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Clemens Meyer | del:alemán

Afuera delante de la puerta

Traducción : Ariel Magnus

Imagen: Dragan Bibin via Booooooom

Introducción de Petra Gropp

Clemens Meyer es, quizás, el escritor alemán más fascinante de su generación. En sus cuentos cortos, así como en sus novelas, Meyer pone al descubierto los miedos, la lucha y el afán de salvación de la existencia humana. Nacido en 1977 en Halle, Alemania Oriental, su deslumbrante primera novela "Als wir träumten" [Cuando soñábamos] trata sobre jóvenes desesperados, inmediatamente tras la caída del Muro de Berlín, cuando el sistema había colapsado y "gobernaban" los sueños. En ese estado de anarquía, los jóvenes protagonistas viven de fiestas y peleas sin cuartel, iluminando así la locura, el glamour y la magia del mundo en que vivimos. La escritura de Meyer puede ser impiadosa e irritante, pero a veces, también, lírica y sensual. Su relato acerca del hombre que intenta desesperadamente ingresar a su apartamento cerrado con llave, es, al mismo tiempo, una comedia bufonesca, una imagen atemporal de la vanidad, y un comentario sobre la muerte y la pérdida. Clemens Meyer nos ofrece una imagen de humanidad llena de grandeza, orgullo y piedad.

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I

Salgo al patio con el perro. Son poco más de las dos de la mañana, la noche está muy calurosa, el verano ha vuelto este agosto luego de que estuviera largo tiempo fresco y lluvioso. El día más caluroso del año fue esta semana. No le hizo bien a mi perro, el calor. Tampoco a mí me hizo bien que las noches no refrescaran, cuando escribía. Siempre me propongo escribir de día, pero después empiezo solo cuando todo está en calma. Vivo en la planta baja, entresuelo, una palabra que casi no se usa ya. De niño pasé mucho tiempo sin saber lo que significaba, cuando la leía en los libros. Imaginaba un misterio. Un extraño plano intermedio en las casas.

A mi perro le cuesta bajar el par de escalones. Lentamente apoya una pata delantera sobre el primer escalón, muy dubitativo estira demasiado la otra hacia abajo y no encuentra el próximo, por lo que tengo que agarrarlo; a menudo se cae, si no presto atención, y patina sobre las baldosas, rodando a veces hasta la puerta del patio. Las baldosas son lisas y las patas traseras se le patinan, se abren de par en par como las de una bailarina. El cuerpo apenas si logra sostenerse. Parado en el umbral, veo cómo avanza un par de metros en el patio y hace pis en el mismo sitio del suelo de piedra donde siempre hace pis. Las piedras allí se han puesto casi blancas, entretanto. Lo cargo escaleras arriba, ha perdido peso de manera notoria en las últimas semanas. Su pis huele fuerte a azufre, hasta la escalera del edificio. La puerta de casa está cerrada. No recuerdo haberla cerrado. Busco el manojo de llaves en los bolsillos de mi pantalón. Nada. ¿Cómo entro ahora a mi casa? Mi madre tiene una llave de repuesto, podría cruzar a la cabina de teléfono y llamarla. Pero ella está en África, creo que hasta fin de mes.

La puerta de mi casa es de dos hojas. Si empujo para adentro todo lo que se pueda la hoja derecha, donde están el picaporte y la cerradura, llego con la mano a través de la rendija hasta las dos trabas que mantienen cerrada la otra hoja ayudadas por dos cerrojos de metal, el que se hunde abajo en el suelo y el que se encuentra arriba en una pequeña abertura del marco de la puerta. Si consigo llegar a las palancas que mueven los cerrojos, puedo empujar la hoja hacia adentro y la cerradura cedería. Un procedimiento complicado. Sobre todo porque adosé un corcho a la traba superior, a fin de impedir que se pueda bajar la respectiva palanca y de ese modo abrir la puerta. Alcanza con sacar ese cerrojo de su anclaje en la madera del marco para que el de abajo se suelte por sí solo, siempre que el cuerpo empuje con la fuerza suficiente contra ambas hojas de la puerta, de preferencia en el medio. Es difícil describir procedimientos de tipo técnico o mecánico con exactitud.

Aclarémoslo con toda sencillez mediante un ejemplo: Bien, ya he preparado algunos materiales, Hazlo con nosotros, Hazlo como nosotros, Hazlo mejor1, Entrenamiento Meyer de mecánica práctica. Tenemos aquí dos grandes tablas. Una de las tablas, mi tabla, no es en principio otra cosa que un rectángulo tridimensional. Así que lo pongo aquí de canto y ya toma el aspecto de una puerta, o digamos de una de las hojas de mi puerta. Por delante una gran superficie, por detrás una gran superficie. Y luego tenemos dos largos bordes internos entre ambas superficies y dos cortos, arriba y abajo. Si ahora colocamos nuestras dos tablas rectangulares de canto una al lado de la otra, de modo que se toquen en el medio, los largos y delgados bordes internos se unen de manera directa y solo queda visible una mínima rendija entre estas dos hojas. Por allí se desliza, desde la hoja derecha hacia la izquierda, el pestillo metálico de la cerradura, cuando uno la cierra. Y precisamente sobre esta larga superficie delgada del rectángulo tridimensional están colocadas las trabas. Y ahora vuelvo a separar las tablas (¡el trabajo en el hogar es la alegría del joven carpintero, el tra-tra-bajo-en-el-hogar!2), giro la tabla que representa la hoja izquierda de mi puerta, así, de modo que la parte larga y angosta quede mirando a cámara. Ya no es para nada tan complicado todo el asunto, ¿eh? En este lado angosto de la madera hay dos aperturas, una arriba y otra abajo, y ahí están metidos los cerrojos de acero con las palancas móviles o pasadores, adentro-afuera, adentro-afuera, hoja de puerta firme, hoja que se abre, ¿comprende 3?

Y en la apertura superior metí a la fuerza un corcho, en realidad no entraba para nada, metí el corcho a presión con un martillo en la pequeña abertura, ahora sostiene la palanca y el cerrojo bien firmes, así nadie que se ponga a empujar la puerta puede meter la mano en la rendija y simplemente sacar el cerrojo de su anclaje en el marco de la puerta y luego abrir la puerta cuando no estoy en casa, y desvalijarla, y yo que no estoy asegurado.

Mi perro está junto a la puerta, palpa un par de veces la madera con el hocico y me mira como embobado. Está muy viejo y no le gusta quedarse de pie demasiado tiempo, ya se sienta un poco sobre las patas traseras, quiere ir a su rincón para pasar el resto de la noche. ¿Qué hacer? Mi madre está en África, la llave de repuesto en su casa; podría ir a lo de mi hermana, que vive a unos veinte minutos y tiene llave de la casa de mi madre, que vive a unos diez minutos. ¿Pero qué hago entonces con el perro? Es un camino demasiado largo para él, desde hace un par de semanas que no llega ni al otro lado de la calle, donde está el pequeño bosque al que voy con él desde hace casi diez años, los que llevo viviendo aquí. Antes vivía también muy cerca; si mal no recuerdo, desde 1999 que voy con el perro a ese terreno, hasta 1994 había ahí una fábrica enorme, VEB Polygraph, la empresa que apadrinaba mi escuela, eran fabricantes de impresoras; algunas veces –tiene que haber sido entre 1986 y 1989– la visité con mi clase. Nos pasearon por los grandes pabellones, máquinas por todas partes, calles entre los pabellones y los edificios como en una pequeña ciudad, había incluso una conexión de ferrocarril. Todavía se pueden ver los rieles. Cruzan en perpendicular la calle y terminan en la verja detrás de la cual crece el pequeño bosque desde hace quince años. En 1999 los árboles y arbustos todavía no eran tan altos ni tupidos. A veces la gente se detenía sobre las aceras al vernos caminar a mí y a mi gran perro negro a través del matorral. Había grandes hondonadas en los lugares donde habían estado los sótanos de la fábrica, en una de estas hondonadas se juntó hacia el año 2000 tanta agua, nieve y lluvia que una familia de patos vivió dentro de ella durante más de un año. Alcanzaba a gritarle para que volviese justo antes de que se les fuese al cogote, en realidad solo sentía curiosidad y quería jugar, aunque eso es lo que dicen todos los dueños de perros: “Bah, lo único que quiere es jugar”. Pero en el caso de mi perro era cierto, era muy manso, si bien algo impetuoso, pocas veces me he cruzado con alguien que fuera ni parecidamente manso.

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Con el correr de los años, la vegetación de enfrente se hizo tan espesa que en verano podía esconderme allí durante horas, me sentaba con el perro en una de las hondonadas llenas a medias de vegetación y leía o apuntaba las líneas argumentales de las grandes obras. Y ahora caga solo en el patio, por suerte hay un poco de césped silvestre alrededor de un viejo cerezo, en realidad pertenece ya al terreno vecino, solo que a la casa la tiraron abajo hace dos o tres años, ahora tengo la vista despejada hasta una pequeña construcción chata, directamente bajo el terraplén que corre detrás de la casa, donde funciona una carpintería a veces hasta tarde en la noche, de vez en cuando echa por una pequeña chimenea de chapa unos vapores de olor tan tóxico que me veo obligado a cerrar la ventana. Frente a la carpintería corre el arco sinuoso de casas de una calle lateral que sale de la calle principal donde está, muy aislado, mi edificio. Son bellas casas renovadas, pero muchos pisos están vacíos. Un par de rusos se instalaron en uno de los edificios. A veces puedo escucharlos por las noches. Bramidos y voceríos, de cuando en cuando grita una mujer. Esa parece ser su vida normal de todos los días, hacer fiestas y pelearse. Solo una vez en que estaba sentado una nochecita sobre mi silla plegable mirando al perro –no puede haber sido hace mucho porque para ese entonces ya se caía a veces incluso al cagar debido a que las patas traseras habían perdido estabilidad en posición de acuclillado–, ahí uno de los rusos disparó con un revólver por la ventana. Seguramente solo era una pistola de fogueo, pero quién puede saberlo. Sé que fue uno de los rusos porque además insultó en voz alta. Como si no alcanzara con andar disparando a la noche, también hay que bramar un par de gruesos insultos. Y claro que nadie llamó a la poli, yo no lo hago por principio, para eso tiene que salir uno a dispararle a la gente como un loco de verdad.

Ahora estoy parado delante de mi puerta con el perro viejo y cansado y no sé cómo entrar, entretanto se han hecho las dos y cuarto. Corro el felpudo que está delante de la puerta hacia la pared de enfrente y le digo al perro que se eche ahí. Gira y da vueltas antes de recostarse, luego se para nuevamente y apoya su trasero primero ahí y luego en el otro extremo de mi gran felpudo, al menos no tiene que acostarse sobre las baldosas desnudas, como cualquier viejo quiere algo blando y cálido para sus frágiles huesos. Está echado justo debajo de la caja con los contadores de electricidad. Cuántas veces se habrá parado ahí uno de la compañía de electricidad del Estado para cortarnos la corriente a mí o algún otro del edificio. Ahora cuando me atraso en el pago, ya sea porque estoy de viaje o porque rechazo durante semanas el mundo exterior y me la paso escribiendo o tirado en la cama dejando que las historias trabajen dentro de mí, son muy amables cuando vienen: “Sí, señor Meyer, por supuesto que puedo volver más tarde, cuando haya pasado por el banco, ¿qué horario le vendría bien?”. Cinco o seis años atrás bajaban el interruptor y lo precintaban sin comentarios, cuando andaba sin fondos para abonar. Y cuando yo, porque toda persona necesita electricidad, aun si está en bancarrota, corría el precinto del interruptor con ayuda de un poco de lubricante, venían otra vez y le ponían un seguro desde el interior del contador mismo, a ese no podía desactivarlo tan fácilmente, ya eran demasiados voltios. Una vez me desperté, se ve que no había escuchado el timbre, y ahí estaba uno de estos policías de la electricidad justo enfrente de mi puerta con la cabeza dentro de la caja metiendo mano y destornillador, y cuando abrí mi puerta para preguntar qué carajo pasaba ahora de nuevo, el perro me pasa entre las piernas y le salta al policía de la electricidad por la espalda, haciéndole pegar un grito fuerte y agudo de miedo.

Pero ya he dicho que solo sentía curiosidad y quería saludarlo, a su modo.

Empujo el ala derecha de la puerta todo lo que se puede, con el hombro hacia adentro de cara al pasillo. En la rendija que se abre veo la pequeña palanca bajo la cual está el corcho. Empujo más fuerte e intento ampliar la brecha. Luego intento meter la mano y agarrar el corcho de alguna manera. Pero no bien desplazo un poco mi cuerpo, y con él la presión que hace, la rendija se achica demasiado para mis dedos.

Hay que conseguir alguna especie de cuña. Salgo de nuevo al patio. Encuentro un par de ramas del cerezo, que también envejece. Todavía da cerezas en verano, pero cada año son menos. El último verano había cientos de cerezas sobre el césped y alrededor del árbol, el perro comía todos los días las frutas fermentadas, se hizo alcohólico, tambaleaba bajo el sol y me miraba embobado con ojos vacíos y cuando ya era otoño y hacía rato que toda la fruta había desaparecido, seguía buscando desesperadamente más provisiones por el suelo. Parto algunas maderas a medida, cuidándome de no pisar los montículos de mierda que hay sobre el césped y entre los pequeños arbustos. Van a seguir fertilizando el suelo cuando el perro haya desaparecido mucho tiempo atrás. Entro. Otra vez el cuerpo contra la puerta y meter la rama más fuerte en la rendija. Ahí está metida, pues, y puedo ver la palanquita con el corcho debajo. Pero la rendija sigue sin ser lo suficientemente amplia como para introducir la mano entera, por lo que me toma un buen rato encajar un segundo pedazo de madera entre las dos hojas de la puerta, y como eso sigue sin ser suficiente, un tercero. Ya estoy bastante sudado, me saco la remera y continúo con mi trabajo en camiseta. Ahora puedo llegar al corcho, la rendija tendrá unos dos dedos de ancho y con esos dos dedos intento agarrarlo. Entonces grito como una bestia. Porque una de mis cuñas provisorias cede y no se mantiene en la rendija, y las otras dos se le unen antes de que pueda sacar los dedos. El perro me mira algo embobado, pero más bien sorprendido, con la cabeza gacha y sus ojos oscuros, mientras yo grito y saco los dedos del abrazo de madera. Corro de nuevo hacia el patio, no encuentro ninguna rama lo suficientemente fuerte, vuelvo a entrar, bañado en sudor bajo al sótano, que por suerte está abierto, entre las escobas y palas del portero encuentro el mango de madera partido de una pala o una paleta. De nuevo arriba delante de la puerta, hago palanca primero abajo y retiro el cerrojo de metal de su anclaje, pero el sistema de bloqueo arriba mantiene las hojas juntas, por muchas veces que me arroje contra ellas; ahora sé que necesito una herramienta puntiaguda, un destornillador o un punzón, para realmente picar el corcho hasta sacarlo de la apertura bajo la palanca, porque está firme y bloquea todo.

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Vuelvo a correr escaleras abajo al sótano, pero no encuentro ni un destornillador ni una herramienta de características similares. El sudor me entra en los ojos. Ahora ya son casi las tres de la mañana. Me pregunto a quién puedo tocarle el timbre dentro del edificio. Un destornillador es algo que tiene cualquiera. Muchas opciones no tengo. ¿A los dos de bien arriba? A la izquierda el hombre alto y flaco, casi desdentado, a la derecha la mujer gorda. Quizá estén juntos en la misma casa, no sé detalles sobre su relación, al principio creía que eran hermanos, en realidad no quiero saberlo y decido dejarlos dormir. Son buena gente, me llevo bien con ellos, aun cuando él sea hincha del Lokomotive Leipzig. Tiene una calcomanía del Lok en su buzón, la calcomanía del BSG Chemie en el mío es por lo menos el doble de grande. Si alguien me tocara el timbre a las tres de la mañana, no abriría, o mejor dicho haría como que no estoy. La contra de la planta baja, entresuelo, es que se ve la luz. Durante un tiempo el borrachín Thilo tocaba con regularidad cuando veía mi luz a la noche. Un par de metros calle abajo hay una estación de servicio. Ese fue su camino de aprovisionamiento durante muchos años. Y él no era el único. Sobre todo en las noches de verano pasan interminables caravanas de borrachos por delante de mis ventanas. Por eso amo los inviernos largos y fríos, que ya casi no hay.

Podría tocar en lo de Ali. Es un hombre muy hospitalario, seguro que me prestaría un destornillador. Hasta hace dos o tres años lo visitaba con frecuencia. A mi casa no le gustaba venir, por el perro. Los perros son animales impuros, me decía. Igual nos llevábamos muy bien. Fumábamos narguile y tomábamos té, hablando del islam y de Dios y de las mujeres. Ali es creyente ortodoxo, yo al menos lo llamaría así. En la sala de su casa cuelgan grandes tapices con las caras de distintos santos, Imam Ali, Ayatolá Jomeini y un par de otros cuyos nombres he olvidado. Algunas veces, pero de esto hace también cinco o seis años, fui con él a la mezquita. No porque me haya convertido a la fe verdadera, sino porque nunca había estado en una mezquita y pensaba que en tiempos del terrorismo islámico, de la islamofobia y de la islamización de Europa, África y el mundo, hay que haber estado una vez en un lugar así, para indagar sobre el secreto de esos pórticos divinos y de la trascendencia grupal que reina allí. Pero la mezquita de Leipzig me decepcionó un poco, no era más que un piso grande en un deteriorado edificio de alquiler, al que le habían arrancado a tal punto las paredes que se formaban un par de pequeñas columnas. Alfombras sobre el suelo, alfombras sobre las paredes, caracteres arábigos, mucho oro, mucho kitsch, muchas chucherías, lo principal era que Dios se sintiera cómodo. En el piso de al lado estaba la mezquita para las mujeres y las muchachas, es como en los vestuarios separados de la piscina pública, un dios para los hombres y uno para las mujeres, o digamos que ahí es donde muestra su lado femenino. La novia alemana que tenía Ali por esa época iba siempre a la mezquita para damas, él la convirtió a la fe verdadera, no salía a la calle sin su velo y tenía prohibido darme la mano, como explicación me dijo que a Dios no le gustaba porque yo no era su marido. La mujer no era mi tipo, pero era muy amable. Una vez que Ali viajó a lo de su familia en Kuwait por un tiempo largo, la cosa se puso movidita entre los retratos santos de su sala de estar, todo el tiempo me encontraba con gente joven en la escalera, retumbaba la música, los cubos de basura estaban llenos de botellas vacías… Aun cuando casi no nos habíamos visto en los últimos años, pocas veces me crucé con una persona tan cordial como Ali; también en la mezquita siempre fui bienvenido como cristiano, y después de las prédicas (de las que naturalmente no entendía ni una palabra, puesto que eran en árabe, la lengua de Dios, por momentos uno cree escuchar cosas como “¡Bin Laden!” o “¡La yihad viene a Europa!”, pero me parece que esta comunidad chiita no era un escondrijo para extremistas, los chiitas en general tienen poco que ver con el wahabismo de Bin Laden y compañía, hablé un par de veces con el Imam y fumé fuertes cigarrillos árabes, que no eran cilíndricos sino ovalados) me invitaban a comer, sobre el suelo. Comíamos sobre una gran lona de plástico, y la mayor cordialidad consistía en servirle al vecino un poco de carne y arroz en el plato sin previo aviso, lo cual se agradecía sonriendo con una leve inclinación y las manos juntas. Y por eso no le toco el timbre tampoco a él para pedirle un destornillador, sé que sale temprano de su casa para ir al trabajo.

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Y ahí se acaban también las opciones que tengo. El piso arriba del mío está vacío, el de al lado de Ali también está desocupado de momento, el tipo está en la cárcel, no sé por cuánto tiempo aún. Es una especie de piso de la mala suerte, diría, porque el tipo que vivía antes ahí también está en prisión. Debe de haber sido hace unos dos o tres años que se lo llevaron los polis. Era un turco que se había casado con una dama mayor de Leipzig por el permiso de permanencia, lo cual le había costado su dinero también. Leí con sumo interés las cartas del juzgado y del abogado del divorcio cuando su buzón rebalsó, luego de que lo metieran adentro. No sé bien qué le encajaron. Quizá algo con drogas, lo vi un par de veces rondando al costado de las vías con sospechosa lentitud, hace años que ese es un lugar de transa. También bebía mucho, aunque a mí, una vez que fui a su casa a tomar el té, me dijo que no entendía los excesos alcohólicos de los alemanes: “De vez en cuando una cervecita, ok, pero licor, tanto licor, ahí la gente se pone mala”. Apenas un par de semanas más tarde resonó por todo el edificio la pelea que tuvo con su novia. Se hacía cada vez más fuerte y terrible, la mujer chillaba y gritaba como si la estuvieran asando, él insultaba, maldecía, de cuando en cuando algo crujía, ahora se hace añicos la buena vajilla, pensaba yo, pensando también en subir e intervenir, pero bastante tenía ya que hacer con mis asuntos. Hasta que en el punto máximo del ruido pasó volando una sombra por delante de mi ventana de entresuelo a la calle, venía de arriba pero no se podía reconocer con precisión, y pegó con un estallido sordo en algún lugar junto al edificio. Listo, pensé, eso fue él o ella. Y casi no me animé a salir a la calle, porque esperaba encontrarme con un cuerpo destrozado. Pero solo era una mesa, o mejor dicho los restos de una mesa. Una mesa ratona con superficie de mosaicos, los pedazos de mosaico yacían esparcidos como esquirlas de granada varios metros alrededor de la detonación. Un hombre me miró desde la acera de enfrente con la boca abierta, ¡puntaje máximo, el candidato eligió la acera correcta!

Así que terminé subiendo. Una navaja abierta detrás de la espalda. Quién sabe con qué va a abrir ese… Llevaba puesto solo unos calzones y olía horriblemente a licor, le dije “se te acaba de caer algo por la ventana” y me prometió, tambaleándose y balbuciendo, limpiar todo enseguida. La mujer no estaba a la vista.

Maniobro sudoroso en mi puerta. El perro duerme sobre el felpudo bajo la caja de los fusibles. Con una mano encajo el mango de pala entre las hojas de la puerta y hago palanca para separarlas todo lo que se pueda, con la otra mano clavo mi nueva herramienta puntiaguda en el corcho. Salta la laca de la madera, ya empiezan a romperse algunos pequeños pedazos del corcho. Lo que hice fue quitar un gancho flojo de la canaleta del patio, mi camiseta está sucia y manchada de óxido, pero el corcho se va desmigajando, se quiebra el bloqueo, las tres y diecisiete, la puerta se abre con estrépito, el perro se despierta.

II

Afuera delante de la puerta, en mi patio, justo al lado del viejo cerezo, hay un pequeño sepulcro de ladrillos rojos. Ahí yace mi perro Piet. Lo hice cremar y enterré allí la urna. Vivió más de catorce años. El 19 de octubre en horas de la tarde el médico detuvo su corazón. Los días previos había comido poco, a su última comida apenas si la olió, luego comió un par de bocaditos, como si algo sospechara.

El médico le inyectó primero un anestésico, no muy fuerte, para que se fuera desvaneciendo con toda lentitud. Me quedé un rato sentado a su lado, había lavado sus mantitas para que muriera limpio y mullido. El médico preguntó y yo asentí, tomó entonces otra jeringa con una aguja más larga y fina, le palpó las costillas, buscó el corazón e inyectó directamente ahí dentro. Apoyo mi mano sobre su hocico, para que me pueda oler. Se alza brevemente, abre la boca, meto mi mano, quiero que me olfatee en sus últimos segundos. Y se tranquiliza, puedo sentir el momento, sus dientes rozan mi piel. Se ha ido.


*Corrección: Maimiliano Papandrea.

  1. Popular programa deportivo que emitía la televisión de Alemania del Este.
  2. Alusión a “Pasear es la alegría de Müller”, primer verso de un poema de Wilhelm Müller (1794-1827), popularizado luego por varias versiones musicales.
  3. En español en el original.

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