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Kato Ramone | del:español

Atenuación

Introducción de Editorial

"Atenuación" resume brevemente la vida de la fotógrafa chilena exiliada, Elisa Abenza, y las circunstancias de creación de su fotografía más famosa. Adoptando un tono biográfico paródico, el narrador reflexiona acerca de los mitos que envuelven la obra del arte canónica y el discurso vacío que se desarolla alrededor de ella. Pero como Pierre Menard de Borges o Archimboldi de Bolaño, también Abenza es una artista ficticia y el lector no tiene acceso a su obra, sino a las palabras que se dicen sobre ella. Una historia sobre una artista se transforma, de repente, en una historia sobre el arte y lo que se puede o no se puede decir sobre él. El bello relato de Kato Ramone parece remitir no solo al discurso, sino a la experiencia que lo genera: de la misma manera que "ante la pobreza no existen las fotografías inocentes", así también la obra de arte no surge de la mística, no "se anuncia", sino que aparece mientras la protagonista está vagando por la ciudad entre "almacenes abandonados y casas de estilo victoriano casi en la ruina", cuando "en algún resquicio de la escena, algo borroso cruzó por una ventana". Y no tiene por qué ser un momento solemne o dramático en la vida de la artista, expresa Kato Ramone en la última frase del cuento: "siempre he pensado que se estaba riendo".

 

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No temas llorar detrás de la cámara, pero evita que tus lágrimas mojen el contexto, le había dicho la fotógrafa Nan Baldwin, en 1979, en la habitación de un barrio miserable de Manhattan.

En 1965, durante un día similar a otros, su madre empezó a llamarla tía. Dicha situación se extendió por dos años.

Contrario a lo que pueda creerse, no fue un tiempo triste: jugaban, se entretenían como niñas y no tenía caso imaginarse que la situación podría haber sido distinta. La vieja vivió feliz su último tiempo: como una niñita que creía estar eternamente en un jardín infantil, que se levantaba con ganas de jugar y se acostaba con una sonrisa irrevocable, sin culpa, sin recuerdos, sobre todo sin perspectivas ni cinismos, vale decir, sin pérdidas de tiempo y sin derrotas.

Elisa Abenza tenía veintitrés años cuando por fin murió su madre, en noviembre de 1967. En octubre de aquel año, se había dedicado a tomar fotografías, en particular a hacer retratos y autorretratos borrosos, con la pequeña cámara Kodak que había en la casa.

Una semana después del funeral, se dirigió a un local del centro a revelar los rollos.

Por un error de manipulación, velaron todas las fotos. Decidió aprender fotografía, partiendo por el proceso de revelado. Se educó por sí sola, leyendo libros, haciendo preguntas y, más que nada, apretando el obturador.Versiones del mundo se presentaban ante sus ojos y ella estaba dispuesta a recortarlas.

Dueña de un ojo innato o al menos eso parecía. Pero no era así. Lo cierto es que tenía aquella extraña capacidad que acompaña a algunos buenos artistas: la de equivocarse con estilo.

La mayor parte de las mejores fotografías de sus primeros años son, en realidad, engendros de la impotencia, de la incapacidad, de la desesperación, de la falta de oficio. De la suerte dirán algunos, intentando disimular la envidia; no, no es así, seamos serios, más bien era un azar paradójico, es decir, se trataba de un azar destinado.

Ciertas luces equívocas o ciertas sombras no esperadas, por ejemplo, resultaban en una mirada cuestionadora hacia su tiempo, en una edición inteligente del espacio, en el revés pertinente de algún tema que terminaba, sin apelación posible, desnudando al espectador, dejándolo expuesto ante la realidad, sumido en preguntas que venían reclamando respuestas desde hacía siglos, en fin, y otras expresiones de similar ralea surgidas de determinada crítica cultural que, hoy por hoy, es mejor dejar en lo difuso.

El caso es que la primera en reírse de tales comentarios era, como es de suponer, Elisa.

En varias entrevistas lo dijo, de hecho, con bastante claridad:

“Mis fotos son pulsaciones del error” o “mis fotos están repletas de errores” o “mis fotos surgen del error” o “mis fotos son el error” o, en una de sus últimas entrevistas, “no se engañen, mis fotos son una mierda”.

Se fue del país. “Me largué de Chile”, decía.

Unos cuantos datos ejemplares, a eso suele quedar reducido el inventario de unas vidas.

En 1973, Elisa llevaba algunos años en Francia y dividía el trabajo en dos categorías: la fotografía de mentira y la fotografía de sobrevivencia.

La primera hacía referencia a la fotografía artística y la segunda a la fotografía de matrimonios. El tema de la primera lo constituían los inmigrantes que poblaban los barrios periféricos de París y la segunda tenía como objetivo los casamientos de inmigrantes en los barrios periféricos de París.

Ella misma arrendaba una habitación en uno de los barrios de inmigrantes en la periferia de París, en donde perfeccionaba a diario una serena pobreza.

Cuando comenzaron a llegar los primeros exiliados desde el Chile de la dictadura, intentó participar, sin mística ni discursos (pero con honestidad, es cierto), en actividades de solidaridad y sus imágenes de esa época podrían considerarse fotografía de denuncia, aunque ella, claro está, se resistía a hablar de fotografía denunciante. A finales de 1978 se sentía ya demasiado agobiada por los testimonios de chilenos o por lo que estaba significando ser chileno, y abandonó Europa con rumbo a Estados Unidos.

En cierto modo, volvía a huir de Chile.

Conoció a Nan Baldwin en 1979, es decir, el año en que ésta consiguió la mayor parte de las imágenes que la transformarían en referente de la fotografía documental de finales de los setenta y principios de los ochenta. Aunque se podría considerar un falso elogio o un elogio elevado a la ridiculez absoluta, hubo quienes afirmaron que Nan Baldwin había, en realidad, creado un tema. Esto a ella le sonaba no sólo ridículo, sino también irresponsable e irrespetuoso:

Esa mierda de trasfondo estaba allí desde hacía mucho—le decía en una carta a Elisa—, no la inventé yo, como tampoco inventé el maldito amanecer del sida y sus primeros muertos con sus abandonos, los travestis de mi barrio con sus conversaciones, llantos, risas y silencios, las parejas que culeaban con todo el peso de sus adicciones, las cunas desde las que afloraban llantos y piojos y orines pobres, el aullido de la lucha de clases exhalado desde las balizas, los cines turbios en que caminabas sobre semen y colillas y borrachos y jeringas, ni inventé a los que quisieron en aquella época tratarme de artista, cuando yo sólo era una más de las calles y habitaciones de mis fotografías, es decir, una más que simplemente no figuraba para el gran proxeneta Hegemonía. Yo no inventé un tema—repetía Nan—, lo que es tan cierto como que no inventé a aquella academia aberrante que esperaba reportajes del fin del mundo o del infierno, aunque ese fin del mundo y ese infierno estuvieran a menos de media hora en taxi desde sus oficinas.

Sería exagerado decir que Nan fue su amiga, pero Elisa la veía a menudo durante el tiempo en que vivió en el barrio de Bowery, en New York. Se internaban a media mañana en algunos rancios locales de Loisaida en busca de rollos de películas, fijadores, humectantes, papel fotográfico, cigarrillos y marihuana. Elisa siempre tenía consultas técnicas que hacer y Nan era una gringa que no se hacía problemas en responderle, aunque aparentara distancia o desgano y afirmara cada tanto que la técnica no era lo más importante, que la vida y un buen flash podían hacerse cargo del resto. Nunca aclaró a qué se refería con “el resto”, pero no es descabellado aventurar que, tal vez, se tratara simplemente de omitir la mención de una palabra: realidad.

Eran los días en que Nan había redescubierto el flash y el color, para convertir su práctica en una cacería directa e incansable de las sombras en todas sus variantes.

En medio de un cuarto a oscuras era posible ver una gran mancha de luz, en cuyo interior se apretujaba la miseria de un instante: trapos, muebles manchados, paredes escupidas, pelos corporales pegajosos, ojos en tinta, brazos pinchados o moreteados, una teta baboseada, un fragmento de pene, un resquicio de vagina, puertas y piernas semiabiertas, olores, sonidos de olores inclusive, sobre todo de gemidos, y luego los colores de tales sonidos, colores que uno lograba reconocer en no pocas fotos, algo como oxidado, algo como el retrato del cuadragésimo presidente de Estados Unidos en el suelo, como una mancha de té o café o una borra de grito salivoso, y a veces dedos amarillentos, cabello sin lavarse o recién lavado, sobre todo pieles humanas y sobre todo humanos, el deseo de no morir de frío, el deseo de no morir con pena, el deseo de no morir tosiendo, el deseo de no morir en soledad, el deseo de no morir con hambre, el deseo de no morir sin amigos, el deseo de no morir entre burlas, y el deseo, el deseo, el deseo, todo aquello que puebla las fotografías de Baldwin, de las cuales Elisa extrajo lecciones, no tanto acerca del oficio como de una actitud ante el oficio: puesto que eres quien elige o no elige el momento de hacer el clic, ante la pobreza no existen las fotografías inocentes.

El día que dejó New York para irse al estado de Michigan, lo hizo con algunos dólares en el bolsillo y con pocas esperanzas en el mundo, es decir, ya con el temple necesario para acometer el tipo de fotos que deseaba y con el pálpito de que nunca volvería a ver a Nan.

Como sabemos, Atenuación es la foto emblemática de Elisa Abenza. Sabemos, asimismo, porque lo menciona en alguna entrevista, que fue una foto buscada. Aunque no podía determinar su forma exacta, menos aún el momento en que aparecería, sabía bien qué era aquello que aspiraba a encontrar.

Y apareció una tarde, durante un caluroso viaje a Detroit.

Pese a que aún no la tomaba, la fotografía viajó con ella. Imaginaba que era el día, lo sentía, tenía la impresión de que aquella foto ya andaba tocándole el hombro, buscando salir de la prisión de la mera posibilidad, buscando en suma pasar al estado de arte fotográfico. No obstante, lo que se acaba de decir no es más que invención de profesores de fotografía. Una del tipo de Atenuación no surge así o, al menos, no se anuncia de esa forma. No trata de ser romántica ni amable; no acompaña a nadie, menos al fotógrafo. Unos dirán que no existe hasta que existe y punto; otros, que se trata o no se trata del azar. Ciertamente los cándidos o imbéciles zanjarán todo enarbolando la manida fórmula de “ensayo y error”, pero allá ellos. Elisa no lo sabía, sólo sintió, según sus palabras, que aquel era el día y es indesmentible que sí lo fue.

Atenuación ha sido considerada “fotografía representativa de una época”. Tales palabras pueden asegurar el éxito o la posteridad, pero también dan pie a una pregunta plausible: ¿qué entendemos por vaguedad?

Hoy por hoy Elisa se halla delicada de salud, señala una nota aparecida hace unos días en la prensa. Según declaraciones de su marido, ha dicho que no morirá como fotógrafa, sino como ex fotógrafa y pide que, llegada su hora, se haga valer ese pertinente matiz.

En 1985 abandonó la fotografía, dejó Estados Unidos y regresó a Europa, donde se instaló junto a su esposo .Hasta donde se sabe, no tiene hijos. Hasta donde se sabe, nunca ha regresado a Chile. Es de conocimiento público que vendió todos los negativos de sus fotos a coleccionistas y regaló sus cámaras. Un amigo cercano ha señalado que las razones para su retiro fueron, además de simples, incuestionables: se aburrió.

La imagino diciendo me aburrí y la imagino haciendo su foto Atenuación.

En más de una entrevista relató el momento: caminaba por una de las desahuciadas calles del antiguo vecindario de Brush Park, en Detroit, ya con las últimas luces de la tarde, flanqueada por almacenes abandonados y casas de estilo victoriano casi en ruinas. En algún resquicio de la escena, algo borroso cruzó por una ventana o por su pensamiento y se vio caminando sola, a miles de kilómetros de Chile, incapaz de saber si esa vez huía o entraba o se extraviaba, aunque con la certeza de que, incluso desde cerca, sólo era posible ver su lejanía. Así llegó a aquella intersección, miró, no observó nada y, al ver nada, supo que allí estaba la foto. Se dio cuenta de que eso era; sobre todo, se dio cuenta de que no era más que eso. Después apuntó y ya. Pasaron varios días antes de que la revelara y la viese. Aunque tenía el suficiente oficio para discernir que se trataba de una buena foto, no se le pasó por la mente que se transformaría en una imagen tan famosa.

Y se trata, como sabemos, de una fotografía demasiado sencilla, austera, hasta evidente, si se permite el término. ¿Qué tiene Atenuación, entonces, que la hace tan especial? Al parecer nada y, sin embargo, ahí está. Se ha dicho que Elisa lloraba cuando la tomó, pero yo no lo creo. Siempre he pensado que se estaba riendo.


*© K. Ramone, Tajamar Editores Ltda., 2013

 

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