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Jan Snela | del:alemán

Bebé de pecho

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Michael Zöllner

El relato “Bebé de pecho” de Jan Snela es el que le da título a la colección de sus cuentos que salió publicada con el subtítulo “Un bestiario del amor”. Se trata allí exclusivamente de historias de desarrollo, de cambio, casi todas son en sentido figurado metamorfosis, transformaciones zoológicas. Sin embargo, puesto que lo zoológico, lo animal se encuentra tan fuertemente domesticado en nuestra sociedad, no siempre resulta fácil determinar la diferencia con respecto a lo humano. En el relato “Bebé de pecho”, con el que Jan Snela ganó hace algunos años el concurso literario Open-Mike en Berlín, un fanático del wellness, que tiene un cuerno y cierta predilección por bañarse en leche, se transforma en un unicornio. Al igual que en este cuento, los personajes de Snela son en su mayoría nómades modernos que vagan por el desierto en que se ha convertido la cotidianeidad. Entre ellos hay que imaginarse a todo tipo de hedonistas, de revolucionarios de entrecasa y de idealistas sin remedio. Totalmente caídos del mapa, en su mayoría como aventureros sin motivos para estar tan alegres, se construyen sus propios mitos, de los que surgen órdenes mundiales improvisados. Pero tampoco para ellos existe una vida de verdad en lo falso, aunque tal vez sí una vida distinta. Y esto es algo que para mí constituye una forma muy actual de sentir la vida para una generación marcada por la crítica a la globalización y al capitalismo, por el desgano político y por el aislamiento social. Con toda su contemporaneidad, la escritura de Jan Snela se encuentra tan influida por Las metamorfosis y El arte de amar de Ovidio como por los cantos de los trovadores provenzales y el Bestiario de amor de Richard de Fournival. De modo que la próxima vez que usted tenga ganas de darse un baño de leche y no haya leche en casa, le aconsejo reemplazarlo por la lectura de “Bebé de pecho” de Jan Snela.

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Era miércoles y había llegado el momento de mi baño de leche. Pero el líquido cuadráticamente empaquetado, suckcionado de las ubres en las granjas, blanquito, repito: el líquido de las vacas para sus terneros masticado en infinitas digestiones de pastos ondeando al viento, hurtado, revuelto, suministrado a tambos automatizados y conducido en camiones a los supermercados, no alcanzaba ni por lejos para llenar mi bañera. Busqué crema y queso crema y los sacudí arriba de los diecinueve litros que había aportado Melchior, el armario. Tal como estaban las cosas, iba a tener que ir a comprar más leche. Pero ¡¿adónde?! Todas las tiendas estaban cerradas. ¿A la gasolinera, pues? En el fondo, podía darme ese lujo. Había pasado meses blanqueando paredes y estaba forrado en pasta. Así que salí.

Pero antes de marcharme, me armé una cinta para la frente.

Mi novia Karen había cortado conmigo hacía cuatro meses y al mudarse se había llevado todo: la sandwichera, la cama de altura, el predecesor de Melchior… Todo menos un tornillo de latón de unos catorce centímetros de largo con el que la cama de altura había estado amurada a la pared y con el cual agujereé ahora la vincha y en donde lo pegué con cinta adhesiva de forma tal que allí donde antes decía inocentemente “Nike” ahora había un cuerno. Me até la vincha y me puse el Anorak y afuera.

Oh y afuera, ahí… ¡florecían los tilos! En ninguna parte yacía nieve sobre los techos de los autos que, desocupados, inlevantablemente pesados, mudos bajo la luz de los faroles a lo largo de la acera que iba subiendo conmigo, relucían opacos: se había hecho verano. Sobre los grifos yacían las entradas para conciertos de reggae tiernamente estropeadas por medio de rasgaduras, y biquinis sobre los asientos de los acompañantes, shorts bermudas, esnórquels, platos de cartón repletos de migas de torta marmolada, paquetes de cigarrillos estrujados, colchones de aire sin aire en asientos traseros y botellas vacías de cerveza, vasos de ya consumidas limonadas y jugos de manzana, de pradera veraniega, con etiquetas para desmenuzar durante horas.

Conmovido y triste de que ya pareciera haberse pasado la borrachera de la fiesta, clavé la vista en los relicarios tan veloces en otras circunstancias, esos ataúdes vidriados, blancanievescos, en los que yacía un verano hecho persona. De haber sido yo un príncipe, lo habría despertado con un beso. Habría roto una ventanilla y robado uno de los autos. De haber sido un ladrón, me habría marchado con el auto hacia el sur profundo, al palmar de sentimientos menorcanos que se abría en mi interior. Presté oído a la espuma del tráfico, observé “el mar” sobre los tejados, ese cristal de la imaginación esmerilado por la cinta pulidora de las calles sinuosas hacia el cielo. Qué triste, qué bella, cuán recordada y cuán pasada que era esa tarde, y cándida, ¡y cómo se comportaba ella, resollando bien bajito con sus ollares aplastados en medio de la ciudad! (La oscilante rama de avellano a la que me refiero).

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La gasolinera era un resplandor de pequeños tallos ya perceptible a la distancia, el pulso del jugo en las mangas, el giro de las panzas, un vómito de víboras dentro de los tanques, el temor inscripto en los cachetes de que alcancen los billetes, las maldiciones de jeques, ese estar parado junto a estanques en los que no nadaba ningún pez. Un viento suave de rebosante olor a gasolina se situó en mi nariz. Tuve que estornudar. Ya de lejos vi, vestidos con sacos y camisas gritonas, agazapados detrás de sus coches que retumbaban de beats y de portazos, amenazándose entre sí con sus Coltsurtidores, carabinas que se clavan en agujeros laterales rodeados de laca chillonamente colorida, a los tipos que bromeando compiten por ver quién carga más rápido. Tal vez fue solo la sucesión de los pistoleros bromistas fumando y llenando el tanque, pero la lengua aquí, la del recuerdo, me ordena todo en una concurrida concomitancia, una asonancia, a la que aquí quiero dar cabida, en esta misma oración, quiero hacer aquí que ella me haga entrar, con la máxima “¡Ahí va el último unicornio!” en la espalda, a través de la puerta de vidrio de doble hoja que se abre suavemente, hacia lo deslumbrante.

Es como siempre. Es como con cosas, pero que conocidamente son gruesas y deslumbrantes para ser arrojadas. Gruesas y deslumbrantes y granizantes. Un lapidamiento o lucha de cojines de corazones de castañas, de muchos contra uno, que es menudo, no, larguirucho. El tipo larguirucho que ahora ingresa se lleva los brazos a la cara para protegerse del ataque por los cuatro costados de los paquetes de snacks, los paquetes de cigarrillos, las latas de Red Bull, los follepechos, las barritas de chocolate, las botellas de vino, las botellas de champán, las botellas de cerveza, los paquetes de chicles, las revistas, las bolsitas de Gummibärchen, los vistazos, los vasos de cerveza, los braseros, las bandejitas de bombones de brotes de Bach. Se llama simplemente “Hannes”. Y ahora va hacia la vendedora. Todo lo que quiere de ella es una sonrisa, y un beso tal vez. Y ella, de pelo moreno, el rostro maquillado, desde el vamos diciendo que no con la mano, le pinta con un lápiz (que no es de labios) un código de barras en la frente, le pone su pistola infrarroja sobre este pecho de su mente, que es un corazón, y aprieta. Un pitido lacónico. Hannes se entera de que vale apenas 95 centavos, y hace, ante los ojos de la vendedora, que se llama “Carmen”, como alcanza aún a revelar un cartelito con su nombre, su entrada. Caída, el suelo se lo traga.

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Ahí estaba yo, pues, en la gasolinera, al color de los ataques, pensando oscuramente en mi casa. Cuán abandonada que parecía ahora. Cuán lejana y vacía y amueblada solo con Melchior y una única silla. Y cuán mucho estaba en esa silla la llave de mi casa y cómo los tres se preguntaban entre murmullos dónde estaría yo. Emocionado por este saber empecé a dar una vuelta por la tienda, que era la de la gasolinera. Hojeé dos, tres revistas. Realmente resistentes las bolsitas con snacks que tenían dentro. Olí lo oval de una pila de Pringles y pilas de grasas e hidratos y colorantes estudié lloriqueante. Comprobé que los limpiaparabrisas estuvieran intactos. Probé una pelota saltarina, hasta que cayó contra los Milky Way de la estantería ubicada bajo el mostrador. Ahí supe de nuevo por qué estaba aquí. ¡Quería leche!

¡Oh, tenían leche! No de mi marca preferida, pero al menos diecisiete litros. En la helada, ¡demasiado helada!, heladera de la gasolinera, aunque ya me podía ver a mí mismo transformar esta necesidad en una virtud parado en mi cocina boxeando la leche hirviente hasta conseguir una maravillosa espuma de baño… Le pedí a un muchacho con músculos, que revolvía una semiesfera transparente llena de latas de Red Bull, si, según me expresé, “muy de repente me podía hacer ahora un favor”. Me miró primero a los ojos. Después el cuerno en mi frente. Después los zapatos. Después a la cara. Después a la expresión en la misma cara y después dijo “Oh…” y después “quei…”. Lo llevé hasta allí (la nevera) y le expliqué el qué y el cómo. Puse mis brazos de modo tal que pudiera apoyar los cartones de leche en la canaleta de mis codos –como haces de leña– no sin antes ponerme mi tarjeta de débito entre los dientes. El muchacho cargó y cargó. La cadenita de oro le resbalaba arriba y abajo de su cuello de toro, y empezó a sudar en serio.

De vez en cuando yo le golpeaba levemente la tibia con la elástica punta de mi zapato a fin de aguijonearlo, le clavaba una rodilla en la zona abdominal para animarlo a apilar más rápido, le tiré, lo que, cargado como ya estaba, no podía y por eso lo retiré, un “sopapo ‘e nuca”, a fin de que avanzara. Duró unos cinco minutos hasta que estuvimos listos. Cuando él, con la cara vuelta hacia mí, retrocediendo, se alejó de donde estaba, sentí como que nos conocíamos desde hacía horas. Lo dejé ir con una especie de solemne asentimiento.

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Caro, así se llamaba la vendedora esta vez, nos había estado observando durante nuestra tarea. Debemos haber proporcionado la imagen de dos scouts ofreciéndose a buscar leña durante una parada en un albergue de montaña. Algo así: la preocupación masculina por un fuego, por recolectar ramas, recortar ramas, repartir con rigor las ramas en las llamas, prende bien entre las mujeres voluptuosamente tiritantes, con las rodillas temblequeantes apretadas entre sí, vestidas con cachonda ausencia de sex appeal en trepidantes pulóveres de lana, que miran nostálgicas las brasas y, demasiado tímidas para cantar, demasiado entusiasmadas para callar, tararean en voz baja. Al ponerme en la fila, creí poder reconocer en la cara encendida de Caro el reflejo flameante de las llamas y de la lejana luz de las estrellas.

Delante de mí había aún dos compradores de papel de fumar largo. Caro tomó luego uno de los cartones de mi tambaleante montaña. Lo hizo piar, contó y marcó luego el algoritmo por diecisiete. Cuando me mencionó la suma, exorbitante cual era, alcé las cejas para protestar (¡con lo que casi la vincha se me sale para atrás!) y luego estiré en dirección a ella el cuello con la cabeza en cuya boca estaba metida la tarjeta.

Caro tomó mi tarjeta con la punta de los dedos, lo cual me proporcionó la posibilidad de decir “gracias”, y la pasó por la ranura del aparato. “Clave secreta por favor y confirmar dos veces”, dijo Caro. Apreté la leche más fuerte contra mi cuerpo y me incliné hacia adelante. Mi cuerno cayó sobre las pequeñas teclas de suave piar. Se imprimió una factura. Con ella y la tarjeta en la boca, abandoné la gasolinera.

Con mi blanco cargamento galopé bajo el nocturno firmamento.


*Este cuento fue publicado en: “Milchgesicht. Ein Bestiarium der Liebe” by Jan Snela © 2016 by J. G. Cotta’sche Buchhandlung Nachfolger GmbH, gegr. 1659, Stuttgart.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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