search

Cuando volvió del trabajo a su casa, Markus Kellmer se encontró con una mujer desnuda sobre la alfombra de su sala de estar. La cabellera desgreñada le recordó la forma en que de niño dibujaba los nidos de cornejas o las copas de los árboles, la piel relucía como si estuviera vidriada, y cuando Markus la volteó con cuidado a fin de hablarle y así poder enterarse tal vez de quién era y qué hacía en su apartamento, se dio cuenta de que estaba muerta.

Enseguida fue hasta la ventana y cerró las cortinas. En realidad era muy temprano para eso, afuera aún había luz. La primavera había empezado hacía apenas unos días y el sol solo se pondría dentro de una hora, más o menos a las seis. Pocas semanas antes, ya desparecía alrededor de las cuatro de la tarde, pero ahora los días habían aprendido un poco más, mantenían su luminosidad más tiempo y pronto serían sustituidos por el calor veraniego que ya llevaban dentro de sí.

En estos templados días de primavera, los rayos del sol vespertino eran siempre los que primero saludaban a Markus cuando este atravesaba el umbral de su vivienda. Impedirles la entrada le daba dolor de cabeza, como si la sala tuviera migraña. Pero no podía hacer otra cosa, a fin de cuentas estaba tirada ahí una mujer muerta sobre el suelo de su apartamento. Parecía como si alguien hubiera usado la piel de alrededor de su boca y de sus narinas para encender cerillas. Markus alzó el cadáver y lo sentó sobre un sillón. Enseguida volvió a caerse, sus articulaciones eran como gelatina, su cuerpo como un globo lleno de líquido. Lo intentó una vez más, pero el cadáver volvió a no quedarse sentado, sino que cayó hacia adelante como alguien que de repente debe vomitar, y la cabeza golpeó con un chasquido contra el parqué. El fuerte estallido devolvió a Markus a la realidad: fue de inmediato hasta el equipo de música y lo encendió. La música lo ayudaba a reflexionar mejor.

No podía dejar el cadáver tirado en el suelo, pues los cadáveres sufren cambios, su superficie no era tan estable como la de una persona viva. En el fondo, los cadáveres solo están más interesados en una única cosa: su propia disolución. Para desaparecer de la manera más completa posible, precisan un subsuelo con un marcado gusto por el intercambio, el suelo de un boque por ejemplo, o el de una ciénaga. Algo con lo que poder fundirse lentamente. Aquí en todo caso no había nada de eso, de modo que a Markus debía ocurrírsele algo. Tomó el mando a distancia y puso la música más fuerte.

Recordó que hacía poco había escondido detrás del radiador un gran modelo de avión en madera. Eso había sido la semana anterior, cuando lo visitaron sus padres y él quiso evitar que vieran el modelo. Detrás del radiador había mucho lugar, pero ¿entraría también el cuerpo de una mujer adulta en ese hueco? Markus buscó una cinta métrica y midió el cadáver. Bueno, había que hacer la prueba.

Se esforzó durante más de media hora, pero al final siempre asomaban la cabeza y mitad del torso. No obstante: un éxito parcial. Markus se quedó allí sentado durante un rato, el cuerpo recostado contra el marco de la puerta y la mirada perdida. ¿De qué habría muerto la mujer? Él no había descubierto marcas de ahorcamiento o derrames de sangre. Fuera lo que fuera, su cuerpo no parecía haber sufrido lastimaduras. Tal vez la habían envenenado. O había sido alguna causa natural. Pero era bastante joven, Markus calculó su edad entre veinticinco y treinta.

Se puso de pie, se estiró. No, se veía horrible. El modelo de avión había estado a salvo detrás del radiador, pero al cadáver lo vería cualquier persona que entrara en el living. Debía pensar en otro escondite.

Mientras que recorría en mente los diferentes rincones de su apartamento, tiró del cadáver para sacarlo de atrás del radiador. Como estaba desnudo, lo dañó en ciertas partes por tironear y arrastrarlo con impaciencia. Los tubos del radiador cortaron la piel pálida como si fuera manteca. Pero corrió poca sangre, pues el corazón había dejado de bombear y los vasos sanguíneos ya no estaban bajo presión. Así y todo, quedaron algunas manchas feas sobre el suelo y en el mismo radiador. Markus fue al baño y trajo un trapo mojado, con el cual limpió los tubos. Era primavera, y si dejaba que los líquidos corporales se secaran, el próximo invierno, cuando volviera a poner en uso el radiador, empezaría a oler espantosamente.

Tomó el cadáver por los brazos y lo arrastró de nuevo a la sala. Otra vez volvieron a quedar algunas huellas, en esta ocasión huellas largas y rojizas del arrastrado. Meneando la cabeza fue al baño, buscó un segundo trapo y se puso a fregar. A veces era lento de la cabeza, un verdadero pánfilo. Para que algo así no volviera a suceder, envolvió el cadáver en grandes toallas, desde la cabeza hasta los pies. De este modo era también mucho más fácil tirar de él por el suelo de parqué.

La música del equipo se calló, y un locutor mencionó cómo se llamaban el bajo, la batería y la flauta traversa por sus nombres reales.

Durante la noche, Markus dejó el cadáver envuelto en la bañera. Al día siguiente, casi se quedó dormido, por haber confundido en sueños el timbre del despertador con el triste croar de despedida de una rana que era lanzada dentro de un pequeño cohete a una órbita geoestacionaria alrededor de la Tierra. Apenas si le quedó tiempo para un desayuno ligero, luego tomó el bus al trabajo. Regresó a su casa bien entrada la tarde.

Ya al ingresar notó el olor. No era muy fuerte, pero ahí estaba. Fue al baño. El cadáver descansaba como en la tarde anterior, solo que en la toalla que le cubría la cara se había formado una mancha, que por su forma recordaba un poco a una hoja de arce.

El día en la oficina había sido cansador, y en una situación normal a Markus le habría encantado tomarse un baño, estirarse sumergido en agua caliente moviendo los dedos gordos de los pies y dejar que todas las preocupaciones que pululaban en su cabeza se hundieran lentamente en las montañas de espuma chisporroteante. Hoy tal vez podía soportar tener que prescindir de este ritual diario de purificación, pero como solución a largo plazo esa situación no era tolerable bajo ningún concepto. En rigor, ahora ya estaba nervioso. Arrancó el cadáver de la bañera, lo hizo rodar hasta la habitación de al lado y limpió la bañera con la ducha de mano. Gastó casi toda la botella de limpiador de azulejos hasta que finalmente sintió que podía meterse desnudo dentro de la bañera sin demasiada sensación de asco.

Pero antes de tomarse un baño, se propuso meter el cadáver en un ropero medio vacío que estaba en su estudio. Curioso que no hubiera pensado antes en eso. A fin de cuentas, ya había alojado una vez en ese ropero un juego entero de persianas enrolladas (que tenían el aspecto de tubos de dinamita, con el hilo blanco sobresaliendo en la parte de arriba). El cadáver entraba bien en el armario, pero cada vez que Markus intentaba cerrar la puerta, se volcaba hacia adelante y debía atajarlo. El cuerpo lo abrazaba como en un reencuentro después de mucho tiempo. Al final, fijó sus muñecas con cinta adhesiva contra las paredes internas del armario y también le puso varias pasadas de cinta a la ranura de respiración en la parte inferior, hasta tener la sensación de que así el asunto podría funcionar al menos por un par de días.

No había estado ni tres minutos en el baño, jugando con la flor de la ducha, cuando escuchó el golpe. Cerró el agua y prestó atención. Todo en silencio, pero no sirvió de nada, pues ya intuía lo que había pasado. Medio desnudo salió del baño y volvió a su estudio.

Tan ridículo era el espectáculo que presentaba la mujer horriblemente contorsionada, con medio cuerpo adentro del armario y medio afuera, que Markus emitió una especie de estornudo con bufido, originado no por la exagerada estimulación de las membranas mucosas de su nariz, sino por su capacidad imaginativa.

Antes de poder enderezar el cadáver, tuvo primero que desdoblarlo, así es, efectivamente desdoblarlo, pues tenía… mi Dios, ni un contorsionista hubiera tenido resto para semejante posición corporal. Pero era un cadáver, se dijo él, no algo vivo. No se podía medir con la misma vara.

Tal vez era mejor si dejaba el cadáver como estaba, una bola confusa de brazos y piernas y con un tronco que ya sobresalía por varias costuras rotas. En todo caso, transportarlo de esta manera resultaba más fácil, aunque naturalmente ocupaba más espacio que si hubiera estado desdoblado.

La alfombra de la sala de Markus era del tipo antigua y venerable. Había soportado ya a varias generaciones, las pisadas de los pies infantiles se habían convertido sobre ella en los pesados pasos de la adultez y de la responsabilidad, había recibido a parejas de novios y a invitados de luto, su estampado había ocupado el pensamiento geométrico de unas veinte personas o tal vez más aun, había sobrevivido a guerras mundiales y a tiempos de euforia y de caos inspirador, en resumen: era una alfombra bajo la que no se podía esconder un cadáver así como así.

Markus lo sabía. Sabía todo esto y sin embargo… no se le ocurría ninguna otra solución. Había probado todo, el armario, el radiador, la bañera. Salvo levantar el cadáver y tirarlo de cabeza por la ventana, no le quedaban muchas opciones. Y además, el tiempo apremiaba.

Con ambas manos levantó la pesada alfombra y arrastró y golpeó con los pies al cadáver hasta la zona en que las maderas estaban un poco más desteñidas. Esas maderas que no habían sido tocadas ni por la luz ni por la gente eran sin dudas la parte más vulnerable e íntima de la casa. Demoró un rato, pero finalmente logró correr el cadáver hasta el sitio adecuado y extendió la alfombra sobre él. La sensación fue de gran alivio cuando el tejido pesado y denso, que olía a pasado y a cuero de zapato, se posó por entero sobre el cuerpo extraño y prácticamente lo hizo desparecer, como por arte de magia. Markus casi se puso a aplaudir fuerte con las manos.

La nueva colina de alfombra se veía un poco como el modelo tridimensional de un mapa topográfico. La elevación que producía el cadáver se correspondía por casualidad con el estampado concéntrico de la alfombra. Las partes más oscuras estaban ubicadas en el punto geográfico más elevado (el hombro, que siempre sobresalía un poco cuando el cadáver yacía de espaldas). El conjunto daba casi la impresión de haber sido organizado así adrede, con el objetivo de facilitar la orientación.

Esta solución era sin lugar a dudas la mejor hasta ahora. El único problema era pasar por arriba del cadáver, porque uno siempre se tropezaba sobre la empinada alfombra. De modo que Markus corrió su gran escritorio, que igualmente nunca había sido utilizado para algo sensato, desde su estudio a la sala, hasta que quedó exactamente sobre la alfombra. Al menos de esta forma no volvería a tropezarse. Y aunque así, colocada en medio de la pieza, la mesa no estaba en una posición muy ventajosa, quizá él comenzaría a sentarse con mayor frecuencia para seguir trabajando en sus pequeños esbozos poéticos, que le salían con tanta desenvoltura como la pena que también le producían de cara a su notoria inutilidad.

No se veía nada mal. Un pequeño montículo en medio de la habitación, y arriba la mesa. Si no podía inundarla de escritos, en algún momento desplegaría encima un largo mantel, que llegara hasta el suelo.

Listo, pensó Markus y fue a la cocina. Tenía que sí o sí brindar por las fatigas exitosamente superadas de los últimos dos días. Tras leer algunas etiquetas con la mente en blanco, se decidió por un cabernet sauvignon, una botella de contenido rojo oscuro.

Solo cuando estuvo de vuelta en la sala, donde la mesa ocupaba ahora una posición central imposible de no ver, confiriéndole al espacio un nuevo centro de gravedad emocional, Markus notó que había traído dos copas de vino. Con cada paso apenas tintineaban entre sí, suavemente agarradas por los dedos alrededor de sus cuellos delgados y vidriosos.


*This story is taken from: Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes by Clemens J. Setz. © Suhrkamp Verlag Berlin 2011.

*Imagen: Fábio Magalhães

La historia siguiente es tan verdadera como solo puede serlo para nosotros algo que proviene del mundo del saber, que proviene del reino de los muertos. Aunque no es el mismo biombo, un biombo del mismo tipo se encuentra en el museo de medicina y sanidad en Viena. A los correspondientes timbres se los puede hallar aún hoy, después de más de ocho décadas, y se los puede incluso comprar por poco dinero en negocios de trastos electrónicos, no solo en Austria sino en varios lugares de nuestra felizmente resurgida Europa Central.

Detrás del biombo, detrás del hule y de la madera de sauce barnizada de blanco, el cráneo de pelo gris a un brazo de distancia del botón del timbre, yace, en la noche en que tiene lugar la anécdota, un hombre de más de sesenta años, ya por entonces renombrado y que en breve será célebre, un hombre que hoy, mucho tiempo después de su muerte, sigue cosechando múltiples elogios, uno que en esta templada tarde de la primavera vienesa acaba de ser operado. Respira con un ronquido bajito. Sabe que durante el curso de esta misma noche, después de tres o cuatro horas de reposo, lo darán de alta para entregarlo al cuidado de su familia.

No le preocupa ni le molesta que lo hayan estacionado allí de manera provisoria, que esté acostado en un cuarto para trastos. Sabe, por su propio trabajo, cómo son las cosas en los hospitales, y lo poco que a veces valen allí los privilegios, cuando se trata de solucionar algo de manera rápida y práctica. Que lo hayan dejado ahí debe atribuirse sencillamente a las circunstancias de la intervención ambulatoria. Él mismo ha insistido de antemano para que lo trasladen con el automóvil lo más rápido posible a su casa.  

Respira con dificultad, tose y traga sangre fresca. Es la sangre de la profunda incisión que le han hecho en su boca. Un profesor al que lo unen lazos de amistad, un hombre de su confianza, un experto en cirugía general, le ha extraído un tumor, que se formó debido a sus queridos cigarros. El tumor se internaba en los tejidos más de lo que se había supuesto en un principio. El maestro del escalpelo tampoco ha calculado correctamente las consecuencias de haber cortado cada vez más profundo. Calamitosamente debilitado por la pérdida de sangre, en peligro de desmayarse, el operado, el abandonado comprende allí, de manera paulatina, la gravedad de la situación. Pues él mismo es médico, él mismo es profesor.

La hemorragia amenaza con matarlo. En un verdadero acto de voluntad, con un último esfuerzo, el hombre levanta tortuosamente el brazo derecho, hurga por la pared lisa pintada al aceite, encuentra el botón del timbre y presiona su baquelita. Pero el botón está muerto. La lengüeta de chapa que debe establecer el contacto entre los cables se partió en dos el día anterior cuando tocó la alarma otra persona también estacionada aquí. Aquel, desconocido para nosotros, fue atendido en menos de un minuto; a nuestra muda gran emergencia, en cambio, el jugo vital se le derrama entretanto mortíferamente faringe arriba. La garganta, demasiado débil para llamar, apenas si da abasto tragando. Ahogarse o desangrarse. El mareado doctor, el otrora médico que hace tiempo ha huido hacia una ciencia de su propia invención, intenta en vano incorporarse y luego, igual de vanamente, darse vuelta. Al músculo respectivo le faltan las fuerzas. Solo sus ojos se mueven aún obedientes por el oscuro cielo raso y luego por el biombo, hasta ver a Jodi asomando detrás del borde de hule.         

Jodi babea. Jodi babea como siempre, el pequeño Jodi babea –¡no puede evitarlo!– más que solo un poquito. Jodi se rasca, porque le gusta hacerlo, su gran cabeza meticulosamente pelada al ras. Deja que el hilo de baba se haga más largo y mira y escucha. La sangre borbotea en el paladar. Quién sabe en qué piensa Jodi. En fin, a lo sumo hoy podemos saber: hace tiempo ya que Jodi, el enano de pecho angosto, tiene un trato íntimo con las prácticas cardiológicas de la ciencia moderna, con su quehacer en el cuerpo. En toda su vida hasta el momento, los treinta y tres años enteros, no ha salido del Hospital General de Viena. Las monjas se hicieron cargo de él cuando era un bebé de pecho, luego de que su madre, una equilibrista húngara extraordinariamente grácil –y apenas más grande que sus colegas del reino de Liliput–, muriera sin pena ni gloria en medio de las fatigas del parto y del ser parido. 

El profesor que está tragando sangre, nuestro atragantado psicólogo vienés, reconoce por supuesto a primera vista el tipo de enanismo que tiene ante sus ojos. Piensa en imbecilidad, piensa “cretino”, se ve como forzado a pensar en una debilidad mental sin remedio y en estúpidos balbuceos mudos y al mismo tiempo en el progreso del espíritu, que aquí, en este cuarto para trastos, como si se tratara de destrozar un chiste de exquisitez pesadillesca, contiene la respiración en sincronía con él.

La pieza es el reino de Jodi. Desde que puede vestirse y desvestirse por sí solo, el delgado Jodi de cráneo gordo tiene aquí su camita, detrás de uno de los biombos plegables, en medio de un revoltijo de bártulos abandonados. Aquí está la silla sobre cuyo respaldo están apoyados la camisa y el pantalón de Jodi. Aquí descansa, sobre un armazón bonitamente arqueado, la fuente con cuya agua se lava por las noches los mocos de la naricita y la baba de los labios mudos. Aquí Jodi dormita y sueña los sueños de Jodi, luego de haber ayudado –con infantil solicitud e incansable aplicación, pasillo arriba y pasillo abajo– a limpiar, ordenar y hacer las camas.

Quién sabe lo que piensa nuestro Jodi. El viejo de la cabellera gris piensa otra vez, en un jadeante razonamiento circular, en el timbre roto y en la muy especial burla que su avería representa ahora para él y para su joven teoría, cuando ya la mano izquierda de Jodi se desliza por entre el pelo pegado de sudor, cuando ya la mano derecha de Jodi se mete por debajo de una axila, agarra con firmeza una camisa mojada y los diez dedos de Jodi –¡la boca de Jodi salpica saliva!– tiran una cabeza y un torso hasta dejarlos en posición lateral. El descubridor, el intérprete, el fundador de un longevo culto vomita aliviado su sangre por sobre el borde de la camilla hacia el linóleo de la pieza de los trastos. Se escucha un plaf. Un plaf tan maravilloso, que todos oímos el plaf.

Ahí es cuando nuestro Jodi sale corriendo. Arranca directo en busca de ayuda. La espuma le vuela de la boca trazando un arco alto y bello. Jodi se apresura a salir, corre por el pasillo, enseguida le tirará de la manga a una de sus enfermeras de cofia blanca y, como ella no captará qué es lo que quiere, tirará de su manga reforzada para arrastrarla hasta su pieza, donde ambos se quedarán parados en el charco pegajoso delante del hombre ya felizmente despreocupado ahora que se desmayó.

El doctor Sigmund Freud fue salvado, operado varias veces más en el paladar y en la mandíbula y vivió, con prótesis cambiantes en la boca y en la garganta y chupando innumerables cigarros, otra década y media en pro del crecimiento y del éxito de sus obras. Mientras que las palabras de estas obras generen verdad, nuestro pequeño Jodi ha de correr, las piernitas curvas de Jodi han de tambalearse y el cuero de sus suelas relucientes por el uso ha de tamborilear sobre piedra, parquet, linóleo: no más tiempo que eso, pero al menos la misma cantidad de tiempo los hilos de baba de Jodi, su burbujeante huella ha de perlar todas las oraciones de esta anécdota del enano.


*This story is taken from: Die Logik der Süße by Georg Klein. Copyright © 2010 Rowohlt Verlag GmbH, Reinbek bei Hamburg.

—No quiero saber nada más —dijo el hombre que no quería saber nada más.

El hombre que no quería saber nada más dijo:

—No quiero saber nada más.

Eso se dice rápido.

Eso se dice rápido.

Y sonó el teléfono.

Y en vez de arrancar el cable de la pared, que es lo que tendría que hacer, puesto que no quería saber nada más, agarró el auricular y dijo su nombre.

—Buenos días —dijo el otro.

Y el hombre también dijo:

—Buenos días.

—Hoy hace un buen día —dijo el otro.

Y el hombre no dijo: «No quiero saberlo», dijo:

—Sí, es verdad, hoy hace muy buen día.

Y luego el otro dijo algo más.

Y él colgó el auricular y se enfadó mucho porque ahora sabía que hacía buen tiempo.

Entonces arrancó el cable de la pared y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, y lo olvidaré.

Eso se dice pronto.

Eso se dice pronto.

Entonces al otro lado de la ventana brilló el sol, y si el sol brilla al otro lado de la ventana, uno sabe que hace buen día. El hombre cerró los postigos, pero el sol se colaba por las rendijas.

El hombre tomó algo de papel, tapó los cristales de la ventana y se sentó a oscuras.

Estuvo así sentado un buen rato, llegó su mujer, vio los cristales tapados y se asustó.

—¿Qué significa eso?

—Es para impedir que llegue el sol —dijo el hombre.

—Entonces no tienes luz —dijo la mujer.

—Es un inconveniente —dijo el hombre—, pero es mejor así, porque si no tengo sol, no tengo luz, pero por lo menos así no sabré que hace buen tiempo.

—¿Qué tienes en contra del buen tiempo? —preguntó la mujer—. El buen tiempo levanta el ánimo.

—No tengo nada en contra del buen tiempo, no tengo nada en contra del tiempo. Sólo que no quiero saber qué tiempo hace.

—Por lo menos enciende la luz —dijo la mujer, y se dispuso a encenderla, pero el hombre arrancó la lámpara del techo y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, ya no quiero saber que se puede encender la luz.

Su mujer rompió a llorar.

Y el hombre dijo:

—Es que no quiero saber nada más.

Como su esposa no lo entendía, dejó de llorar y dejó a su marido a oscuras.

Y ahí se quedó él durante mucho tiempo.

Las visitas preguntaban a la mujer por su marido, y ella les explicaba:

—Es así, está sentado a oscuras y no quiere saber nada más.

—¿Qué es lo que no quiere saber? —preguntaba la gente, y la mujer respondía:

—Nada, no quiere saber absolutamente nada más.

No quiere saber más qué es lo que ve: es decir, qué tiempo hace.

No quiere saber más qué es lo que oye: es decir, qué dice la gente.

Y no quiere saber más qué es lo que sabe: es decir, cómo se enciende la luz.

—Es así —dijo la mujer.

—Ah, es eso —decía la gente, y ya no iban más de visita.

Y el hombre seguía sentado en la oscuridad.

Y su mujer le llevaba la comida.

Y ella le preguntaba:

—¿Qué es lo que ya no sabes?

Y él decía:

—Sigo sabiéndolo todo.

Y se sentía muy triste por saberlo aún todo.

Entonces su mujer intentaba consolarlo y decía:

—Pero no sabes qué tiempo hace.

—No sé qué tiempo hace —contestaba el hombre—, pero sigo sabiendo qué tiempo puede hacer. Aún recuerdo los días de lluvia, y los días soleados.

—Lo olvidarás —decía la mujer.

Y el hombre decía:

—Eso se dice rápido. Eso se dice rápido.

Y se quedó en la oscuridad, y su esposa le llevaba a diario la comida, y el hombre miraba el plato y decía:

—Sé que son patatas, sé que eso es carne, y conozco la coliflor; nada sirve de nada, siempre lo sabré todo. También sé cada palabra que digo.

Y cuando la vez siguiente la mujer le preguntó:

—¿Qué sigues sabiendo?

Él contestó:

—Sé mucho más que antes, no sólo sé cómo es el buen tiempo y el mal tiempo, ahora también sé cómo es que no haga ningún tiempo. También sé que cuando la oscuridad es absoluta, luego nunca es lo bastante oscuro.

—Pero hay cosas que no sabes —dijo su mujer, que hizo ademán de irse y cuando se detuvo, dijo—: Por ejemplo, no sabes cómo se dice «buen tiempo» en chino.

Siguió andando y cerró la puerta.

Entonces el hombre que no quería saber nada más empezó a reflexionar. Era cierto que no sabía chino, y no le servía de nada decir «tampoco quiero saber eso más», porque eso no lo sabía.

—Primero tengo que saber qué es lo que no quiero saber —exclamó el hombre, que destapó la ventana y abrió los postigos, ante la ventana llovía, y se quedó mirando la lluvia.

Luego fue a la ciudad a comprar libros de chino, regresó y estuvo semanas sentado con esos libros y pintando caracteres chinos en papel.

Si tenían visitas y preguntaban a su mujer por su marido, ella decía:

—Pues es así, ahora aprende chino, es así.

Y la gente no iba más de visita.

Sin embargo, se tardan meses y años en aprender chino, y cuando por fin lo consiguió, dijo:

—Pero aún no sé suficiente. Tengo que saberlo todo, así luego podré decir que ya no quiero saber todo eso.

Tengo que saber cómo sabe el vino, cómo sabe el bueno y el malo.

Y cuando coma patatas, tengo que saber cómo se cultivan.

Tengo que saber cómo es la luna, porque cuando la veo hace tiempo que no sé cómo es, y tengo que saber cómo se llega a ella.

Y los nombres de los animales también tengo que saberlos, y cómo son, qué hacen y dónde viven.

Se compró un libro sobre caniches, otro sobre gallinas, otros sobre los animales del bosque y uno sobre insectos.

Luego se compró un libro sobre el rinoceronte indio.

Y el rinoceronte indio le pareció bonito.

Fue al zoo y allí lo encontró, en un gran cercado, sin moverse.

Y el hombre vio con claridad que el rinoceronte intentaba pensar, intentaba saber algo, y vio el esfuerzo que le costaba.

Y cada vez que al rinoceronte se le ocurría algo, salía corriendo de alegría, daba dos, tres vueltas al cercado y entre tanto olvidaba lo que se le había ocurrido, luego se quedaba quieto mucho rato, una hora, dos horas, y cuando se le volvía a ocurrir algo salía corriendo de nuevo.

Y como siempre salía corriendo un poco demasiado pronto, en realidad no se le ocurría nada.

—Me gustaría ser un rinoceronte —dijo el hombre—, pero ya es demasiado tarde.

Luego se fue a casa y se puso a pensar en su rinoceronte.

Y ya no habló de nada más.

—Mi rinoceronte —decía—, piensa demasiado lento y sale corriendo demasiado pronto, y está bien así.

Y entre tanto se le olvidaba que quería saberlo todo para no querer saberlo más.

Y volvió a llevar la vida de antes.

Sólo que ahora además sabía chino.


*Este cuento fue publicado en: Kindergeschichten by Peter Bichsel. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1997.

*Imagen: Joana Keler

Conmigo, en mi piso, en estas tres habitaciones ordenadas y bonitamente arregladas que son exclusivamente de mi propiedad, vive un niño pequeño que me tortura. No logro sacármelo de encima, a tal punto que a esta altura hemos quedado unidos. Pero bien que me gustaría tomarlo, a este pequeño niño demasiado liviano, que casi desaparece de tan ínfimo, bien que me gustaría tomarlo y sentarlo delante de la puerta, o mejor arrojarlo con toda mi fuerza contra mi pared blanca, para ver y asegurarme del todo que se haga añicos contra ella.

Pero no tengo el coraje. Desde que el niño vive conmigo, bebe de mis tazas, se mete hasta en el último rincón de mi cama o se sienta en mi cocina sobre el vano de la ventana a sorber leche y me mira, mientras bambolea las piernas y no hace más que mirarme sin decir nada, ni una palabra que aclare la situación, y yo entonces –con demasiada frecuencia, lamentablemente ocurrió con demasiada frecuencia, deben haber sido como cuatro o cinco veces– y yo entonces de pura desesperación le grito, quiero llegar hasta él bramando “¡vete, desaparece, déjame de una buena vez en paz!”, y él se queda tranquilamente sentado y apenas si hace algún gesto, a lo sumo se ríe para sí: desde entonces que me torturo y no junto el coraje de desterrar a este horrible niño de mi piso. Lo cual tiene sus motivos.

El niño apareció un día de manera repentina y se sentó detrás de la puerta de la sala de estar. Retorcía sin cesar su pelo negro y desgreñado, que ocultaba grandes partes de la piel traslúcida de su rostro. Enseguida vi que necesitaba ayuda y no quise demorarnos con preguntas innecesarias. Todo su cuerpo temblaba y tenía la ropa raída. Lo alcé y enseguida las manos de ese cuerpo subalimentado me tomaron buscando mis hombros, me dejó perpleja la fuerza que estaba en condiciones de desplegar con sus enflaquecidas extremidades. Los grandes ojos negros no se apartaban ni un segundo de mí, me miraban fijo, por un breve instante sentí como si el niño quisiera treparse y meterse dentro de mi cuerpo, pero no había tiempo para mayores reflexiones o interrogatorios, pues a fin de cuentas el niño debía ser atendido.

En serio, mi temor era que el niño se descompensara en cualquier momento delante de mis ojos. El pequeño cuerpo estaba frío, la camisa gastada en los hombros, debajo de ella pude ver piel excoriada, que estaba roja y abierta frente a mí. Lo llevé a mi baño, y en todo el trayecto me estuvo mirando sin decir palabra, al tiempo que con el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda tiraba del hilo suelto de un botón del bolsillo de mi camisa.

Lo senté sobre un taburete y puse a llenar la bañera. Subió el vapor hasta empañar los azulejos. El niño había plegado las piernas, mantenía la cabeza agachada y miraba mis preparativos. Era necesario bañarlo. Me daban pena las heridas, que debían arderle de manera horrible, realmente me daban pena, casi diría que me dolían a mí, apenas si podía sostenerle la mirada al niño. Por eso evité mirarlo y me apresuré después a atenderle las heridas con una pomada, para luego vendarlas. Ahora el niño debía dormir.

Le tendí en la sala una cama realmente confortable y abrigada. Mientras extendía las sábanas, decidí que a la mañana siguiente tendríamos oportunidad de conversar sobre todas las cuestiones importantes. El niño estuvo parado durante todo ese tiempo detrás de mí, inclinándose ligeramente para asomarse desde atrás de mi pierna, a la que se mantenía casi aferrado. Tomé al niño, lo metí en la cama y lo tapé con la frazada. Antes de abandonar la habitación, me aseguré de que no entraran corrientes de aire frío por ningún ángulo, para lo cual recorrí varias veces la pieza de un lado al otro. Había algo de todo punto bonito en tener ahora compañía, pensé para mis adentros, y me fui a fijar si el niño no necesitaba más frazadas, tal vez incluso una bolsa de agua caliente. Pero el niño permanecía sentado allí, con la espalda derecha y apoyado contra la pared fría.

―¿Qué te pasa? ¿Necesitas alguna otra cosa? ¿Quieres tal vez ir de nuevo al baño? Solo debes decirlo, voy a intentar ayudarte todo lo que pueda en tus necesidades. Pero por favor, dime qué es lo que tienes. ¿Por qué me miras así? ¿Qué es lo que ocurre?

El niño seguía sentado en silencio. Alrededor de las comisuras de su boca se formó una pequeña sonrisa. Me seguía con los ojos, bajaba las pestañas a cada segundo y así pasaron minutos enteros. Empecé a entender.         

Entendí que evidentemente este niño miraba con desprecio todos mis esfuerzos. Ese pequeño paquete que me había hecho responsable de él sin que yo se lo pidiera, que realmente había tenido el descaro de usurparme a mí, a mi tiempo y a mi piso –o mejor dicho: de ocuparlos, precisamente porque era un paquete de aspecto tan desamparado– me miraba con desprecio y se reía de mí. No se reía del todo con la cara, ahí solo sonreía. Pero en su interior se reía de mí, de eso no cabía absolutamente ninguna duda. El niño reía con todo el desprecio que puede reunir una persona que ha padecido ese mismo desprecio desde siempre. Le deseé las buenas noches y me fui lo más rápido que pude de la pieza. Pero el niño no se durmió.

El niño no duerme nunca. Solo mira.

Me acosté entonces en mi cama, apagué la luz y quería cerrar los ojos y dormirme, como tengo la costumbre de hacer al final de cada día. Pero daba vueltas de un lado al otro, sudaba y corría las frazadas hacia un costado. La sangre daba vueltas en mis piernas. Luego me puse boca abajo, cosa que no hago nunca. Abrí los ojos y me quedé mirando la frazada. Después miré hacia un costado y ahí estaba el niño.

Estaba parado al lado de mi cama y me miraba con desprecio. Me enderecé.

―¿Qué es lo que pasa ahora de nuevo? Ya veo que no puedes conciliar el sueño. ¡Pero yo necesito dormir! ¡Al menos de noche debes dejarme en paz! Me imagino que entenderás que para mí es imposible cerrar siquiera un ojo si estás parado al lado mío y me miras con desprecio. ¿Qué es lo que pretendes con eso? Dime, ¿qué es lo que te causa risa? Te ríes de mi costumbre de acostarme tan temprano y de solo poder dormirme boca arriba, ¿tengo razón? Sobre eso solo puedo y quiero decir que me da completamente lo mismo lo que pienses acerca del asunto. Ocurre que tengo a mi cargo un puesto de mucha responsabilidad, para ejercer el cual debo descansar bien, a fin de no cometer errores. ¡Nunca! Nunca, ¿me oyes? Nunca en toda mi carrera hasta el presente, en estos quince años que llevo al servicio de la empresa, cometí ni un solo error de gravedad, y eso es algo que tengo todos los motivos para atribuir a la vida sana que llevo. Por lo tanto: ¡ahora realmente tengo que dormir!

Entretanto me había erguido en la cama y había apoyado mis manos en las caderas, con la idea de dejarle en claro al niño mi posición de una vez y para siempre. Delante de la ventana pasó un auto, la luz de los faros se quebró en la persiana y cayó en forma de rayas dentro de mi dormitorio, iluminando al niño por un breve momento. En esa luz vi que, al igual que yo, también él apoyaba ahora las manos en las caderas, sacaba la panza hacia adelante y la balanceaba ridículamente con el fin –y en esto estoy segura– de imitarme de la manera más infame y traicionera.

―Eso te parece ahora muy gracioso, ¿no es cierto? Te crees que con eso me darás inseguridad, pero no es el caso. No tengo nada que reprocharme bajo ningún aspecto y no tengo ni por lejos motivo alguno para asumir que tú pudieras tener el derecho a hacerme reproches. No es para nada así como tú lo piensas. Yo soy una persona muy distinta a lo que tú supones de mí. ¡Solo tienes que esperar! Ahora te irás a toda prisa a tu cama en la sala de estar, mientras que yo me preparo un té para después al fin poder acostarme a dormir. ¡Vamos, a la cama!

Me bajé de la cama y caminé a grandes pasos hacia la cocina. El niño saltó detrás de mí y se prendió a los pantalones de mi pijama, que por eso casi pierdo mientras seguí avanzando. Cuando volví a mirar hacia atrás, vi que el niño ya se había sentado sobre el vano de la ventana.

Aquella noche, el niño no volvió a dejarme en paz ni un segundo. La pasamos juntos en la cocina revolviendo en las tazas, caminamos de una punta a la otra del angosto pasillo, hicimos ambos lo mismo hasta que se hizo de día y más allá también. El niño no se apartó de mi lado.

En los días sucesivos, aprendí a conocerlo en todo su horror y maldad. La posibilidad de recibir visitas quedó descartada, porque el niño no las hubiera tolerado. A este niño, pensaba yo, y así lo expresaba cada una de sus miradas, le falta algo en los ojos, que estaban metidos bien adentro de su cabeza, ese delgado cráneo, y que siguen allí. La boca estaba casi siempre abierta, pues el niño sufría un hambre constante. Engullía todo lo que caía entre sus dedos huesudos. Nunca quedaba satisfecho y tampoco aumentaba de peso, aunque eso hubiera sido lo más urgente. No me quedó más opción que darle abundante alimento y me esforcé todo lo que pude en hacerlo. Le preparé cada una de las comidas que supuse que podrían gustarle y sobre todo que pudieran calmar su hambre. El niño consumía todo a la máxima velocidad. Absorbía el resto de los huesos, lamía los platos, nunca quedaba nada y jamás era suficiente. Si no lo miraba, si por el término de un instante dejaba de prestarle atención, enseguida quería vaciarme por completo todos los armarios. Una vez llegué a la cocina y lo encontré sentado prácticamente adentro de la caja para guardar el pan. Estaba a la espera y vi en sus ojos, esos agujeros de pura negrura, que lo que más hubiera querido era saltarme encima. Como un pequeño mono, quería subirse de un salto a mi cabeza y quedarse allí abrazado.

Desde que el niño vivía conmigo y simplemente no se iba, yo me preguntaba una y otra vez qué era lo que había tenido que ocurrirle para que estuviera tan famélico. Me preguntaba qué podía ser lo que le faltaba a ese niño.

Por qué estás tan famélico, le preguntaba entonces sin ninguna mala intención. El niño no respondía. Se limitaba a sonreír socarronamente y se acurrucaba más en sí mismo, abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez le preguntaba y cada vez me daba más la impresión como si yo –del que sin dudas se burlaba desvergonzadamente desde el inicio– como si yo cargara con toda la culpa por el estado famélico del niño y como si por eso fuera mi deber supremo, y más aún mi culpa, ocuparme de ese niño.

―Por favor, no hago otra cosa que ocuparme de ti y a fin de cuentas tengo derecho a saber cuál es la causa. Es incluso tu deber informarme sobre estas cosas. ¿Qué es lo que te hace reír de nuevo? ―le pregunté.

El niño se colocó sobre el vano de la ventana e imitaba mis gestos de manera pérfida y absolutamente humillante para mí. Si yo me agarraba la frente, él hacía lo mismo. Si yo respiraba fuerte, el niño respiraba fuerte. Tuve entonces que probar si realmente lo hacía adrede y me paré a modo de prueba sobre la pierna izquierda. Con cuidado, las tupidas cejas crispadas y en general juntando toda la fuerza que albergaba ese cuerpo flaco como un palo, el niño alzó su pierna izquierda hasta quedar parado solo sobre ella. Luego se rio, me miró lleno de orgullo y expresó su alegría, incluso su triunfo, por medio de un grito agudo.

Yo le grité:

– Deja ya. ¡Basta con eso!

El niño, con la cabeza enrojecida, mantuvo la posición por unos minutos. Apretaba los puños y parecía usar toda su energía para quedarse parado en una pierna, como yo antes. Sacudí la cabeza. Finalmente bajó la otra pierna, sacudiendo la cabeza él también, y me miró mal. Tan mal que tuve que retroceder un paso, pues de sus ojos salía punzante toda la carencia que había en ese niño para meterse dentro de mí, de modo que no me quedó más opción que alejarme, intuyendo en ese instante que el niño, con esa mala y espantosa carencia en el cuerpo, no podía hacer más que treparse dentro de mí y buscar allí lo que necesitaba, al menos para poder sobrevivir. Mi deber era buscar protección, pero también proteger al niño. De verdad, pues de lo contrario se hubiera muerto de inmediato.

Luego de alejarme por un breve espacio de tiempo encerrándome en el baño, el niño me rechazó por primera vez durante la cena la comida que yo le había preparado. Pero había sido solo un truco de su parte. Bien entrada la noche lo descubrí en un rincón, entre la puerta y el armario de la cocina. Agachado allí comía un trozo de carne cruda que había tomado de mi refrigerador. Al darse cuenta de mi presencia, alzó sus ojos negros, aún hambrientos, y me miró como si yo estuviera poniendo en peligro su vida y por eso quisiera quedarse con la mía. Otra vez pensé que quería entrar en mí a través de mis ojos. Pensé que ese niño quería ser mi vida, para al fin estar seguro. Corrí hacia el dormitorio, me acosté en la cama y me tapé la cabeza con la frazada. La presencia de ese niño se me hacía cada vez más intolerable. No solo que me seguía todo el tiempo, que reclamaba de manera constante mi atención y que enseguida estaba de nuevo parado junto a mi cama para desde allí mirarme con desprecio, no, al final ese niño logró incluso dormir únicamente cuando yo velaba por él, de modo que yo solo velaba.

Aquella tarde en que por el desconcierto me tapé con la frazada para al fin estar un poco a solas, el niño me sacudió la cabeza y tiró la frazada hacia un costado. Le grité y –tampoco quiero negarlo– en ese momento perdí la paciencia.

―¡A ver si desapareces de una buena vez! ¡Vete ya! Tengo que dormir, de lo contrario no puedo cumplir mis tareas con precisión. ¡Esfúmate ya mismo de mi pieza!

Bramé mi ruego hasta quedar sin voz. El niño me miraba. Me observaba en silencio, mientras que yo me aliviaba a los gritos. Gritaba con los ojos cerrados, de la bronca, pero también para rehuir las miradas del niño. Cuando volví a abrir los ojos, aun gritando, vi que el niño estaba tirado en el suelo y se había dormido. Enseguida me callé. Por un rato lo estuve observando. Luego, en silencio para no despertarlo, lo tomé en brazos y lo llevé a su cama. Lo puse bajo la frazada y le acaricié su pequeña frente blanca. Dormía. Con infinito alivio y alegrándome de antemano por poder dormir, giré y me fui a mi cuarto. Tras dar el primer paso, oí al niño respirando a mis espaldas, estaba parado descalzo sobre el suelo. Lo llevé de vuelta a su cama, lo cubrí con la frazada y me senté al borde del colchón hasta que se quedó dormido. No sé cuántas veces lo llevé de vuelta a su cama durante esa noche, lo tapé y me senté al borde del colchón hasta que se durmiera. No las conté, porque fueron incontables. Anduve toda la noche yendo de una habitación a la otra, pues no bien me ponía de pie, con el fin de alejarme del niño dormido y retirarme a hurtadillas hacia mi cama, volvía a tenerlo detrás de mí.

Esa noche quedó en evidencia que el niño solo podía dormir si yo velaba por él a su lado sin dejar de mirarlo, y que desde que vivía conmigo efectivamente no había dormido de verdad ni una sola vez. ¿Qué otra opción tenía más que velar por el niño?

En serio, de lo contrario hacía tiempo que se hubiera muerto.

Yo sacaba mis conclusiones. El niño no aumentaba de peso y solo dormía mediante mi intercesión. Por eso decidí pedirles ayuda a diferentes médicos. Porque el niño se negaba a ir conmigo (prefería vigilar la cocina y las provisiones) fui yo por mi cuenta y les expliqué el problema a los médicos. Con el cuerpo trasnochado, el ánimo sombrío y el rostro pálido, me senté en diferentes sillas frente a diversos escritorios y dije las palabras que traía preparadas, a sabiendas de que este caso no era fácil y que siempre existía la posibilidad de que los médicos no me entendieran. Decía:

―Vengo a verlo porque vive conmigo un niño que me está dando muchas preocupaciones. Está claro que este niño tiene algún tipo de insuficiencia muy básica y urgente. Tiene dificultades para dormir y por mucho que coma, no sube de peso. Puede creerme que he probado todo y no he ahorrado en esfuerzos. Por eso temo que pueda morirse. Me preocupa mucho y espero que usted pueda ayudarme.

Por el agotamiento que sentía, susurraba cada palabra por separado, inclinándome sobre el escritorio hacia los médicos por miedo a que se pudiera perder alguna de mis palabras. Los médicos asentían y hacían preguntas. Tomaban algunas notas, y mientras escribían alzaban una y otra vez la mirada hacia mí. Me preguntaban por mis hábitos alimenticios y de sueño. Primero pensé que se trataba de preguntas de rutina, pero seguían interrogándome sin necesidad alguna por mis hábitos. Desde mi punto de vista, se ocupaban demasiado poco del niño, que era a fin de cuentas la razón por la que había venido. Por eso no me quedó más opción que asumir que ponían en duda mi capacidad para ocuparme de él de la manera adecuada. Un médico, que además era un médico de aspecto muy desaliñado, que hacía por lo menos tres días que no se afeitaba, cuyo delantal no estaba almidonado y colgaba de su cuerpo descuidadamente y que exhibía con toda claridad orlas grises de mugre en su cuello, ese médico quiso incluso prescribirme una cura. De la indignación, pero también porque no veía escapatoria, me golpeé la frente contra la mesa, la alcé de nuevo y le espeté:

―¿Qué es lo que se imagina usted? ¿Quién se va a ocupar del niño si me voy a hacer una cura y por eso no puedo estar a su lado? Por favor, usted no parece entenderme. ¡No he venido por mí, sino porque me preocupa el niño!

El médico asintió y me recomendó tranquilizarme. Pero mi rabia frente a su incapacidad para darme un consejo competente era grande, de veras que me preguntaba cómo era posible que ese médico se presentase ante mí en tal estado de desaseo. Abandoné sin más el consultorio y me volví a toda prisa a casa a través del tránsito vespertino para estar con mi niño, con mucha furia por todas estas visitas a médicos que no habían arrojado resultado alguno.

Poco después de entrar en la vivienda, en rigor ya cuando estaba abriendo la puerta, supe que había pasado algo. En el pasillo, después de dar tan solo el primer paso, me tropecé con una lata de conservas vacía, una lata de hongos en conserva, como comprobé con fastidio. Si hubiera sido solo eso, seguro que lo hubiera dejado pasar. Pero todo el pasillo estaba lleno de paquetes, paquetes de comida vacíos, y entremedio había platos, cubiertos tirados en los rincones, y cuanto más iba avanzando tomándome de las paredes, aun sin poder creerlo, más cosas encontraba en mi camino. Al dormitorio ni quise entrar, tan alto era el obstáculo que formaba la pila de restos de paquetes. El corazón golpeaba en mi pecho, me golpeaba a mí, debajo el estómago se convulsionó y tuve que correr, tropezándome, hasta el baño. Noté que también aquí todo estaba lleno de basura, me abalancé sobre el inodoro y vomité. Desde el rabillo del ojo vi al niño sentado en el taburete. Los ojos bien abiertos y las piernas plegadas contra la panza, que con toda seguridad se había llenado poco antes, pensé, mientras que mi cuerpo me sacudía. Luego de recuperarme un poco, sentada entre jadeos sobre el borde de la bañera, pasé por delante del niño sin decir palabra y sorteando todo el desorden llegué a la cocina. Solo allí la catástrofe se hizo evidente en toda su dimensión. Los armarios estaban abiertos, los restos de paquetes se acumulaban hasta la altura de las rodillas. El niño había vaciado todos los armarios, los había vaciado y comido hasta la última provisión. Ahora sí que habíamos llegado a un límite. El niño se comportaba en mi casa como un ladrón y devoraba sin que nadie se lo pidiera mis provisiones de alimentos, además de dejar detrás de sí un desorden que no había habido nunca y que tampoco habría habido jamás, si este niño espantoso y malo no se hubiera colado entre las paredes de mi piso. Di algunas vueltas maldiciendo en voz alta y hasta pensé en mudarme en ese mismo momento. El niño me seguía mudo, sin que yo le prestara atención. Ni siquiera miraba en su dirección y empecé a ordenar, porque ya se había hecho tarde. Después de horas, en las que estuve levantando la basura habitación por habitación y limpié hasta el último rincón, al fin logré reestablecer el orden. Me dejé caer sobre la cama. El niño se paró al lado y empezó a retorcerse el cabello negro. De castigo hoy no recibiría comida. De mí no recibiría absolutamente nada más. Ni siquiera le deseé las buenas noches, sino que me metí debajo de la frazada y cerré fuerte los ojos. De veras supuse que me sería posible dormir.

Era un goteo, escuché claramente que goteaba. Me enderecé y miré a mi alrededor. El niño seguía inmóvil en el mismo lugar, junto al pie de mi cama. A pesar de que me insté a no hacerlo, no pude dejar de observarlo. Además, quería saber de dónde venía ese goteo, que golpeaba más rápido contra el suelo que mi corazón dentro de mí. Entonces vi que provenía de los ojos del niño. El niño permanecía allí impasible, derramando grandes lágrimas que goteaban sobre el suelo. Rápidamente me di vuelta hacia un lado e intenté dormir.

Cuando empezó a amanecer escuché un ruido nuevo. Venía de la puerta de entrada de la vivienda. Me levanté de un salto, avancé rápido por el pasillo y vi al niño estirándose para alcanzar el picaporte. El niño quería irse. Debajo del brazo sostenía su almohada y las sábanas que yo le había tendido sobre su cama. Sus ojos seguían goteando. Me apresuré a llegar a su lado y lo alcé en brazos. Así lo sostuve y aún lo sigo sosteniendo. Porque este niño será para siempre mi niño. Sea donde sea que vaya con el objetivo de compensar su carencia y al fin quedar satisfecho, jamás encontrará aquello que busca. Se queda aquí. Ya no me dejará dormir y comerá para siempre de mis provisiones.

Otoño de 2009

A paso marcial, digno de un desfile de la caballería (dedos adentro, tacones fuera, rodillas a un lado, la pelvis baja), el mosquito Stasik volvía a casa arrastrándose. Le había pedido al veterinario, el condor Akop, que le vendase el sitio donde le había picado el chinche Mstislav: si no, no había quien anduviese, de lo mucho que picaba la zona afectada. 

Evidentemente, el mosquito Stasik soñaba con comer caliente.

Según se acercaba a su casa, sin embargo, oyó los gritos ahogados de su esposa la mosquita Tomka (“Sí, sí, ¡ahí lo tienes, ya lo tienes, aguanta!) y a alguien que decía con voz ronca: “No puedo”.

El mosquito Stasik se quedó de piedra. No obstante, el estupor le duró un segundo. Luego entró en casa y vio a Tomka arrancándole la barba a Zoya la hiena, pelo a pelo (lo que se dice una limpieza de cutis).

Preguntada por una comida caliente, Tomka le respondió a toda prisa: “¡Largo! Muerde el polvo”.

Muerde el polvo significaba arrastrarse por el barro, extraer, atacar, lavar, limpiar, cortar, derramar, encender, colocar, mezclar, etc. La comida tardaría cuarenta minutos en estar lista. Y para colmo lo más probable es que se quemase y le dejase arena entre los dientes.

Gracias por nada.

Suspirando amargamente bajo los sordos gritos de su mujer y los aullidos de la hiena Zoya, Stasik recibió de la tía Lida, la escarabajo, una preciada botella a la que llamaban “el último recurso”, y se bebió la dosis restante hasta agotar existencias.

Se olvidó de todo, menos de la insinuante minifalda de la cerdita Alla.

El mosquito Stasik sollozó, cantó su canción favorita. “De nuevo allá, donde el mar de luces… “ y, habiéndose olvidado de todas sus heridas, salió volando de casa en dirección a la piara.

Para cuando la mosquito Tomka escondió sus honorarios en una bota, y la hiena Zoya, con los ojos llenos de lágrimas, miraba alegremente su jeta rasurada, el mosquito Stasik rondaba con sus alas a la cerdita Alla. Esta se había repantingado como en su propia casa, ya sin mini alguna. Stasik, con voz estridente, le hizo las siguientes preguntas: a) si hacía tiempo que ella se veía con el chinche Mstislav y b), si sabía que Mstislav tenía una enfermedad fea, la caries, por lo que tendría que ir durante mucho tiempo a curas y ponerse fundas. 

Pero a la cerdita Alla le entró por un oído y le salió por el otro, ya que Stasik no era su único invitado: había allí más acompañantes, como los hijos ya mayorcitos de la mosca Domna Ivánovna, por ejemplo. Perfectamente instalados, volaban enfervorecidos por el sonido de su propio rock n´ roll interior, mientras la araña Afanasii daba una clase de macramé en una esquina, en exclusiva para los allí presentes.

La fiesta estaba en todo su apogeo, pero el mosquito Stasik se sentía solo.

Con idéntico paso marcial, digno de un desfile militar, rodillas afuera y pelvis abajo, solo que aún más hambriento, apareció por casa dispuesto a armarla. Y fue entonces cuando aspiró el maravilloso aroma de un plato caliente.

Resulta que Tomka lo había preparado todo, puesto la mesa y le estaba esperando enfundada en un delantal, como Penélope.

Y Stasik no pudo contener las lágrimas.

Era finales de enero, poco después de Navidad, cuando la niña gorda vino a verme. Ese invierno había empezado a prestar libros a los niños del barrio, que debían recogerlos y devolverlos un día concreto de la semana. Yo conocía a la mayoría de los niños, claro, pero a veces también venían desconocidos que no vivían en nuestra calle. La mayoría sólo se quedaba el tiempo que duraba el intercambio, pero también había algunos que se sentaban y empezaban a leer allí mismo. Entonces yo me sentaba en mi escritorio a trabajar, los niños se quedaban sentados en la mesita junto a la pared de libros y su presencia me resultaba agradable y no me molestaba. La niña gorda vino un viernes o un sábado, en todo caso no era el día de préstamo. Yo tenía pensado salir y me había hecho a la idea de llevarme al despacho un tentempié que me había preparado. Poco antes había tenido una visita, que seguramente había olvidado cerrar la puerta de entrada. Así que la niña gorda se plantó de pronto delante de mí, justo cuando dejé la bandeja en el escritorio y me di la vuelta para ir a buscar algo a la cocina. Era una niña de unos doce años, con un abrigo tirolés anticuado, unas polainas de rayas y unos patines colgados del cinturón; me sonaba pero no del todo, y como entró con tanto sigilo me asustó:

—¿Te conozco? —pregunté, sorprendido.

La niña gorda no dijo nada. Se quedó ahí plantada, juntó las manos sobre la barriga redonda y me miró con sus ojos claros del color del agua.

—¿Quieres un libro? —pregunté.

La niña gorda no contestó, pero no me sorprendió mucho. Estaba acostumbrado a que los niños fueran tímidos y había que ayudarlos. Así que saqué unos cuantos libros y los dejé delante de la niña desconocida. Luego me dispuse a rellenar las fichas en las que se apuntaban los libros prestados.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Me llaman la Gorda —dijo la niña.

—¿Entonces te llamo así? —pregunté.

—Me da igual —dijo la niña. No me devolvió la sonrisa, y ahora creo recordar que en ese momento hizo una mueca de dolor. Pero no me fijé.

—¿Cuándo naciste? —le pregunté de nuevo.

—En Acuario —contestó la niña con calma.

La respuesta me hizo gracia, la apunté en la tarjeta, como en broma, y luego me volví hacia los libros.

—¿Quieres algo en concreto? —pregunté.

Entonces vi que la niña desconocida no miraba en absoluto los libros, sino que tenía la mirada clavada en la bandeja donde estaban mi té y mis bocadillos.

—A lo mejor quieres comer algo —me apresuré a decir.

La niña asintió, y en ese asentimiento había cierto asombro ofendido porque no se me hubiera ocurrido hasta ahora. Se puso a engullir un bocadillo tras otro, y lo hizo de una forma peculiar en la que no pensé hasta más tarde. Luego se volvió a sentar y deslizó la mirada inerte y fría por la habitación; esa criatura tenía algo que me irritaba y me provocaba rechazo. Sin duda, odié a esa niña desde el principio. Todo en ella me resultaba repulsivo: las extremidades apáticas, el rostro bonito y graso, la manera de hablar, entre amodorrada y arrogante. Y aunque había renunciado a mi paseo por ella, no la traté con amabilidad, sino de manera cruel y fría.

¿O acaso podría considerarse amable sentarme en mi escritorio a dedicarme a mi trabajo y decirle por encima del hombro: «lee», aunque sabía perfectamente que esa niña desconocida no quería leer? Luego me quedé ahí sentado, quería escribir y no conseguí nada porque tenía una extraña sensación de tormento, como cuando uno quiere adivinar algo y hasta que no lo consigue nada puede ser como antes. Lo aguanté un rato, pero no mucho, luego me di la vuelta para iniciar una conversación, aunque sólo se me ocurrían las preguntas más disparatadas.

—¿Tienes hermanos? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Te gusta ir al colegio? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer?

—¿Perdón? —preguntó la niña.

—¿Qué asignatura? —pregunté, desesperado.

—No lo sé —dijo la niña.

—¿Lengua? —pregunté.

—No lo sé —dijo la niña.

Yo daba vueltas al lápiz entre los dedos, y sentí que se despertaba algo en mi interior, un horror que no tenía relación alguna con la aparición de la niña.

—¿Tienes amigas? —pregunté, tembloroso.

—Sí —dijo la niña.

—Seguro que una es tu preferida —dije.

—No lo sé —dijo la niña, y la vi ahí sentada con su abrigo lanudo, como una oruga gorda, también había comido como una oruga y ahora husmeaba como una oruga.

«Ya no recibirás nada más», pensé, invadido por una peculiar sed de venganza. Pero luego salí a buscar pan y salchichas, y la niña se los quedó mirando con su rostro impertérrito, y luego se puso a comer como una oruga, lenta y constante, como impulsada por una fuerza interior, y yo la observé con animadversión y en silencio. Habíamos llegado a un punto en que todo en esa niña empezaba a alterarme y enojarme. Qué niña más boba y blanca, qué cuello más ridículo, pensé cuando la niña se desabrochó el abrigo después de comer. Volví a sentarme a trabajar, pero luego oí a la niña haciendo ruido al comer detrás de mí, era como el sonido pesado de un estanque negro en algún lugar del bosque, me parecía todo seco y acuoso, lo duro y turbio de la naturaleza humana y me contrariaba mucho. ¿Qué quieres de mí?, pensaba, vete, vete. Me daban ganas de echar a la niña de la habitación con mis manos, como se expulsa a un animal pesado. Pero no la eché de la habitación, me limité a seguir hablando con ella, de la misma manera cruel.

—¿Vas a la pista de hielo? —pregunté.

—Sí —dijo la niña gorda.

—¿Sabes patinar bien? —pregunté, al tiempo que señalaba los patines que la niña llevaba aún colgados del brazo.

—Mi hermana sí sabe —dijo la niña, y de nuevo apareció en su rostro una expresión de dolor y tristeza, y de nuevo no me di cuenta.

—¿Cómo es tu hermana? —pregunté—. ¿Se parece a ti?

—Ah, no —dijo la niña gorda—. Mi hermana es muy delgada y tiene el pelo negro y rizado. En verano, cuando estamos en el campo, se despierta por la noche cuando se acerca una tormenta, se sienta arriba, en la galería, en la barandilla, y canta.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo me quedo en la cama —dijo la niña—. Tengo miedo.

—Y tu hermana no tiene miedo, ¿verdad? —dije.

—No —dijo la niña—. Ella nunca tiene miedo. También salta desde el trampolín más alto. Se tira de cabeza, y luego nada muy lejos…

—¿Y qué canta tu hermana? —pregunté, intrigado.

—Canta lo que quiere —dijo la niña gorda, triste—. Escribe poemas.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo no hago nada —dijo la niña. Luego se levantó y dijo—: Tengo que irme.

Le tendí la mano, ella posó sus dedos gordos en ella, y no sé exactamente qué sentí, una especie de orden de seguirla, un grito inaudible y penetrante. «Vuelve algún día», dije, pero no iba en serio, la niña no dijo nada y me miró con sus ojos fríos. Luego se marchó, y en realidad debería haber sentido alivio. Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta de un golpe salí corriendo al pasillo y me puse el abrigo. Bajé la escalera a toda prisa y llegué a la calle en el momento en que la niña desaparecía por la esquina.

«Tengo que ver cómo va en patines esa oruga», pensé. «Tengo que ver cómo se mueve en el hielo esa bola de grasa». Aceleré el paso para no perder de vista a la niña.

Era primera hora de la tarde cuando la niña gorda entró en mi despacho, y ahora empezaba a oscurecer. Aunque pasé unos años de mi infancia en esta ciudad, ya no la conocía bien, y aunque me esforzaba por seguir a la niña, al poco ya no sabía qué camino seguíamos, y las calles y plazas que aparecían ante mí me resultaban completamente desconocidas. De pronto también noté un cambio en el aire. Hacía mucho frío, pero sin duda ahora había empezado el deshielo, y con tanta fuerza que la nieve ya goteaba desde los tejados y en el cielo unas grandes nubes de foehn se abrían camino. Salimos de la ciudad, donde las casas están rodeadas de grandes jardines, luego ya no habían casas y la niña desapareció de repente y emergió una pendiente. Si esperaba ver una pista de hielo, con puestos iluminados, lámparas de arco y una superficie reluciente llena de gritos y música, la imagen que apareció ante mí era totalmente distinta. Abajo se encontraba el lago cuya orilla creía totalmente construida: ahí estaba, solitario, rodeado de bosques negros, exactamente igual que en mi infancia.

Esta inesperada imagen me ilusionó tanto que estuve a punto de perder de vista a la niña. Pero luego la volví a ver, agachada en la orilla, intentando poner una pierna encima de la otra y agarrarse el pie con una mano en el patín, mientras con el otro giraba la llave. La llave se cayó unas cuantas veces, luego la niña gorda se puso en cuatro patas, se resbaló en el hielo dando vueltas y buscaba y miraba como un sapo extraño. Cada vez estaba más oscuro, la pasarela que avanzaba en el lago a sólo unos metros de ella destacaba negra azabache sobre la amplia superficie, con su brillo plateado, pero no igual en todas partes, era un poco más oscuro aquí y allá, y en esas manchas turbias se anunciaba el deshielo. «Rápido», grité, impaciente, y la gorda se apresuraba de verdad, pero no porque yo la apremiara, sino porque fuera, frente al extremo de la pasarela alguien hizo una señal y gritó: «Ven, gorda», alguien que dibujaba sus círculos, una silueta ligera, clara. Se me ocurrió que debía de ser su hermana, la bailarina, la que cantaba a la tormenta, la niña de mi corazón, y enseguida supe que lo que me había llevado hasta allí no era otra cosa que el deseo de ver a esa grácil criatura. No obstante, al mismo tiempo era consciente del peligro que corrían las niñas. De pronto empezó ese peculiar gemido, esos suspiros profundos que parecían surgir del lago antes de que se rompiera la capa de hielo. Esos gemidos corrían por el fondo como un espeluznante lamento, y yo los oía, y las niñas no.

Seguro que no, no los oían. De lo contrario la gorda, esa criatura miedosa, no habría ido hasta allí, no habría seguido avanzando con sus golpes bruscos y desmañados, y la hermana no le habría hecho una señal ni se habría reído, ni habría girado como una bailarina sobre la punta de los patines para luego dibujar unos ochos bonitos, y la gorda habría evitado los lugares negros ante los que ahora se asustaba para luego atravesarlos igualmente, y la hermana no se habría enderezado de repente y no habría resbalado, lejos, lejos, hacia una de las pequeñas ensenadas aisladas.

Lo vi todo con claridad porque había empezado a avanzar por la pasarela, sin parar, paso a paso. Pese a que los tablones estaban helados, avancé más rápido que la niña gorda abajo, y cuando me di la vuelta le vi la cara, con una expresión imprecisa y ansiosa. También vi las grietas que ahora se abrían por todas partes y de las que salía un poco de agua espumosa, como espuma que sale de labios de una persona enfurecida. Y luego también vi, claro, cómo se rompía el hielo debajo de la niña gorda. Ocurrió en el lugar donde antes bailaba la hermana y sólo a unas brazadas del final de la pasarela.

Debo decir que esa quebradura del hielo no era de vida o muerte. El lago se congela en unas cuantas capas, y la segunda se encontraba sólo unos metros por debajo de la primera y aún era firme. Lo que ocurrió fue que la gorda se hundió un metro en el agua helada, claro está, y rodeada de témpanos que se rompían, pero si caminaba unos pasos en el agua podía llegar a la pasarela y subirse, y en eso yo podría ayudarla. Aun así, de inmediato pensé que no lo conseguiría, y parecía que no lo fuera a lograr, viéndola ahí, con un susto de muerte, haciendo sólo algunos movimientos torpes, con el agua creando una corriente alrededor y el hielo rompiéndose bajo las manos. Acuario, pensé yo, ahora se hundirá, y no sentí nada, ni la más mínima compasión, y no me moví.

Sin embargo, la gorda de pronto levantó la cabeza y, como ya era noche cerrada y apareció la luna tras las nubes, vi claramente que algo había cambiado en su rostro. Eran los mismos rasgos y aun así no eran iguales, marcados por la voluntad y la pasión, como si ahora, al enfrentarse a la muerte, se bebieran toda la vida, toda la vida incandescente. Sí, eso creí, se acercaba la muerte y era lo último, me incliné sobre la barandilla y miré el semblante blanco debajo, y ella me miró como un espejo desde la marea negra. Pero la niña había llegado al poste. Estiró las manos y empezó a subir, se agarró muy decidida a los tornillos y ganchos que sobresalían de la madera. El cuerpo pesaba demasiado, le sangraban los dedos, se cayó de nuevo, pero sólo para volver a empezar. Fue una larga lucha, lo que presencié fue un forcejeo horrible, una liberación y una transformación, como cuando se rompe una cáscara o una hilaza, ahora podría ayudar a la niña, pero sabía que ya no necesitaba ayuda, lo entendí…

No recuerdo el camino de regreso a casa aquella noche. Sólo sé que en nuestra escalera le conté a una vecina que aún quedaba un tramo de la orilla del lago con prados y bosques, pero me dijo que no, no los había. Y que luego encontré los papeles de mi escritorio revueltos y en algún lugar una fotografía antigua de mí, con un traje de lana blanco con el cuello Mao, con los ojos claros, acuosos y muy gorda.


*Este cuento fue publicado en: Marie Luise Kaschnitz, Gesammelte Werke in sieben Bänden. Vierter Band. Die Erzählungen. © Insel Verlag Frankfurt am Main 1983.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Era miércoles y había llegado el momento de mi baño de leche. Pero el líquido cuadráticamente empaquetado, suckcionado de las ubres en las granjas, blanquito, repito: el líquido de las vacas para sus terneros masticado en infinitas digestiones de pastos ondeando al viento, hurtado, revuelto, suministrado a tambos automatizados y conducido en camiones a los supermercados, no alcanzaba ni por lejos para llenar mi bañera. Busqué crema y queso crema y los sacudí arriba de los diecinueve litros que había aportado Melchior, el armario. Tal como estaban las cosas, iba a tener que ir a comprar más leche. Pero ¡¿adónde?! Todas las tiendas estaban cerradas. ¿A la gasolinera, pues? En el fondo, podía darme ese lujo. Había pasado meses blanqueando paredes y estaba forrado en pasta. Así que salí.

Pero antes de marcharme, me armé una cinta para la frente.

Mi novia Karen había cortado conmigo hacía cuatro meses y al mudarse se había llevado todo: la sandwichera, la cama de altura, el predecesor de Melchior… Todo menos un tornillo de latón de unos catorce centímetros de largo con el que la cama de altura había estado amurada a la pared y con el cual agujereé ahora la vincha y en donde lo pegué con cinta adhesiva de forma tal que allí donde antes decía inocentemente “Nike” ahora había un cuerno. Me até la vincha y me puse el Anorak y afuera.

Oh y afuera, ahí… ¡florecían los tilos! En ninguna parte yacía nieve sobre los techos de los autos que, desocupados, inlevantablemente pesados, mudos bajo la luz de los faroles a lo largo de la acera que iba subiendo conmigo, relucían opacos: se había hecho verano. Sobre los grifos yacían las entradas para conciertos de reggae tiernamente estropeadas por medio de rasgaduras, y biquinis sobre los asientos de los acompañantes, shorts bermudas, esnórquels, platos de cartón repletos de migas de torta marmolada, paquetes de cigarrillos estrujados, colchones de aire sin aire en asientos traseros y botellas vacías de cerveza, vasos de ya consumidas limonadas y jugos de manzana, de pradera veraniega, con etiquetas para desmenuzar durante horas.

Conmovido y triste de que ya pareciera haberse pasado la borrachera de la fiesta, clavé la vista en los relicarios tan veloces en otras circunstancias, esos ataúdes vidriados, blancanievescos, en los que yacía un verano hecho persona. De haber sido yo un príncipe, lo habría despertado con un beso. Habría roto una ventanilla y robado uno de los autos. De haber sido un ladrón, me habría marchado con el auto hacia el sur profundo, al palmar de sentimientos menorcanos que se abría en mi interior. Presté oído a la espuma del tráfico, observé “el mar” sobre los tejados, ese cristal de la imaginación esmerilado por la cinta pulidora de las calles sinuosas hacia el cielo. Qué triste, qué bella, cuán recordada y cuán pasada que era esa tarde, y cándida, ¡y cómo se comportaba ella, resollando bien bajito con sus ollares aplastados en medio de la ciudad! (La oscilante rama de avellano a la que me refiero).

La gasolinera era un resplandor de pequeños tallos ya perceptible a la distancia, el pulso del jugo en las mangas, el giro de las panzas, un vómito de víboras dentro de los tanques, el temor inscripto en los cachetes de que alcancen los billetes, las maldiciones de jeques, ese estar parado junto a estanques en los que no nadaba ningún pez. Un viento suave de rebosante olor a gasolina se situó en mi nariz. Tuve que estornudar. Ya de lejos vi, vestidos con sacos y camisas gritonas, agazapados detrás de sus coches que retumbaban de beats y de portazos, amenazándose entre sí con sus Coltsurtidores, carabinas que se clavan en agujeros laterales rodeados de laca chillonamente colorida, a los tipos que bromeando compiten por ver quién carga más rápido. Tal vez fue solo la sucesión de los pistoleros bromistas fumando y llenando el tanque, pero la lengua aquí, la del recuerdo, me ordena todo en una concurrida concomitancia, una asonancia, a la que aquí quiero dar cabida, en esta misma oración, quiero hacer aquí que ella me haga entrar, con la máxima “¡Ahí va el último unicornio!” en la espalda, a través de la puerta de vidrio de doble hoja que se abre suavemente, hacia lo deslumbrante.

Es como siempre. Es como con cosas, pero que conocidamente son gruesas y deslumbrantes para ser arrojadas. Gruesas y deslumbrantes y granizantes. Un lapidamiento o lucha de cojines de corazones de castañas, de muchos contra uno, que es menudo, no, larguirucho. El tipo larguirucho que ahora ingresa se lleva los brazos a la cara para protegerse del ataque por los cuatro costados de los paquetes de snacks, los paquetes de cigarrillos, las latas de Red Bull, los follepechos, las barritas de chocolate, las botellas de vino, las botellas de champán, las botellas de cerveza, los paquetes de chicles, las revistas, las bolsitas de Gummibärchen, los vistazos, los vasos de cerveza, los braseros, las bandejitas de bombones de brotes de Bach. Se llama simplemente “Hannes”. Y ahora va hacia la vendedora. Todo lo que quiere de ella es una sonrisa, y un beso tal vez. Y ella, de pelo moreno, el rostro maquillado, desde el vamos diciendo que no con la mano, le pinta con un lápiz (que no es de labios) un código de barras en la frente, le pone su pistola infrarroja sobre este pecho de su mente, que es un corazón, y aprieta. Un pitido lacónico. Hannes se entera de que vale apenas 95 centavos, y hace, ante los ojos de la vendedora, que se llama “Carmen”, como alcanza aún a revelar un cartelito con su nombre, su entrada. Caída, el suelo se lo traga.

Ahí estaba yo, pues, en la gasolinera, al color de los ataques, pensando oscuramente en mi casa. Cuán abandonada que parecía ahora. Cuán lejana y vacía y amueblada solo con Melchior y una única silla. Y cuán mucho estaba en esa silla la llave de mi casa y cómo los tres se preguntaban entre murmullos dónde estaría yo. Emocionado por este saber empecé a dar una vuelta por la tienda, que era la de la gasolinera. Hojeé dos, tres revistas. Realmente resistentes las bolsitas con snacks que tenían dentro. Olí lo oval de una pila de Pringles y pilas de grasas e hidratos y colorantes estudié lloriqueante. Comprobé que los limpiaparabrisas estuvieran intactos. Probé una pelota saltarina, hasta que cayó contra los Milky Way de la estantería ubicada bajo el mostrador. Ahí supe de nuevo por qué estaba aquí. ¡Quería leche!

¡Oh, tenían leche! No de mi marca preferida, pero al menos diecisiete litros. En la helada, ¡demasiado helada!, heladera de la gasolinera, aunque ya me podía ver a mí mismo transformar esta necesidad en una virtud parado en mi cocina boxeando la leche hirviente hasta conseguir una maravillosa espuma de baño… Le pedí a un muchacho con músculos, que revolvía una semiesfera transparente llena de latas de Red Bull, si, según me expresé, “muy de repente me podía hacer ahora un favor”. Me miró primero a los ojos. Después el cuerno en mi frente. Después los zapatos. Después a la cara. Después a la expresión en la misma cara y después dijo “Oh…” y después “quei…”. Lo llevé hasta allí (la nevera) y le expliqué el qué y el cómo. Puse mis brazos de modo tal que pudiera apoyar los cartones de leche en la canaleta de mis codos –como haces de leña– no sin antes ponerme mi tarjeta de débito entre los dientes. El muchacho cargó y cargó. La cadenita de oro le resbalaba arriba y abajo de su cuello de toro, y empezó a sudar en serio.

De vez en cuando yo le golpeaba levemente la tibia con la elástica punta de mi zapato a fin de aguijonearlo, le clavaba una rodilla en la zona abdominal para animarlo a apilar más rápido, le tiré, lo que, cargado como ya estaba, no podía y por eso lo retiré, un “sopapo ‘e nuca”, a fin de que avanzara. Duró unos cinco minutos hasta que estuvimos listos. Cuando él, con la cara vuelta hacia mí, retrocediendo, se alejó de donde estaba, sentí como que nos conocíamos desde hacía horas. Lo dejé ir con una especie de solemne asentimiento.

Caro, así se llamaba la vendedora esta vez, nos había estado observando durante nuestra tarea. Debemos haber proporcionado la imagen de dos scouts ofreciéndose a buscar leña durante una parada en un albergue de montaña. Algo así: la preocupación masculina por un fuego, por recolectar ramas, recortar ramas, repartir con rigor las ramas en las llamas, prende bien entre las mujeres voluptuosamente tiritantes, con las rodillas temblequeantes apretadas entre sí, vestidas con cachonda ausencia de sex appeal en trepidantes pulóveres de lana, que miran nostálgicas las brasas y, demasiado tímidas para cantar, demasiado entusiasmadas para callar, tararean en voz baja. Al ponerme en la fila, creí poder reconocer en la cara encendida de Caro el reflejo flameante de las llamas y de la lejana luz de las estrellas.

Delante de mí había aún dos compradores de papel de fumar largo. Caro tomó luego uno de los cartones de mi tambaleante montaña. Lo hizo piar, contó y marcó luego el algoritmo por diecisiete. Cuando me mencionó la suma, exorbitante cual era, alcé las cejas para protestar (¡con lo que casi la vincha se me sale para atrás!) y luego estiré en dirección a ella el cuello con la cabeza en cuya boca estaba metida la tarjeta.

Caro tomó mi tarjeta con la punta de los dedos, lo cual me proporcionó la posibilidad de decir “gracias”, y la pasó por la ranura del aparato. “Clave secreta por favor y confirmar dos veces”, dijo Caro. Apreté la leche más fuerte contra mi cuerpo y me incliné hacia adelante. Mi cuerno cayó sobre las pequeñas teclas de suave piar. Se imprimió una factura. Con ella y la tarjeta en la boca, abandoné la gasolinera.

Con mi blanco cargamento galopé bajo el nocturno firmamento.


*Este cuento fue publicado en: “Milchgesicht. Ein Bestiarium der Liebe” by Jan Snela © 2016 by J. G. Cotta’sche Buchhandlung Nachfolger GmbH, gegr. 1659, Stuttgart.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Fue durante una excursión por la selva cuando ocurrió lo de mi mujer. Caía un atardecer verde, poderoso, de esos con los que uno alardea delante de las visitas. («Cómo nos cubría el sol aquella tarde, ¿verdad? Lo pasamos de miedo»). Por lo demás, nuestra barca se deslizaba silenciosamente río arriba. Yo controlaba a cada minuto mi reloj de carillón. Es una costumbre.

—Niños, ¿veis a esas hormigas comiéndose a un nativo, allí, en la otra orilla?

—Sí, papá, las vemos bien —me respondieron mis criaturas.

Hacia dónde íbamos, en realidad no lo sé, pero me prometía para mí mismo una tarde feliz en compañía de Loretta y mis dos hijos gordos. Juntos, los cuatro, escuchando el chillido de los mandriles en la espesura; quizás permitiéndonos sentir algo de miedo (ese nudo pequeño y gobernable en la boca del estómago) cuando se hiciera de noche y aún no hubiéramos establecido un campamento base. Entonces, en hora, justo como mí me gusta, probablemente seríamos capaces de descubrir dos pupilas sinuosas, de fuego, que nos acechan en la oscuridad tras una línea de árboles. Podríamos hacer una hoguera. Disfrutar de las cosas en familia.

—¿Te gustan las bestias, cielo? ¿Lo estás pasando bien? —le pregunté con inocencia a mi mujer, mientras le acariciaba en círculos lascivos el hueso de la rodilla.

Pero Loretta no me contestó. Sentada en el extremo de la barca, miraba el río con admiración, con deseo, con sus pensamientos muy lejos de allí. A mí esto me parecía muy bien, porque incluso a la mujer de uno hay que dejarla en paz de vez en cuando.

Me olvidé del asunto sin esfuerzo, y más tarde dije:

—Mirad. Una tribu que reduce cabezas nos saluda allá a lo lejos. Sed educados, chicos. Juntad las manos, a la de tres.

Eso era todo más o menos. Lo normal. Aunque recuerdo que, mientras la barca avanzaba pegada a la orilla, oímos varias veces agitarse masas enteras de árboles, como si algo gigante estuviera acechando en la trocha y la selva lo encerrara por poco tiempo. Mis hijos se quejaban bastante del esmoquin que les había obligado a ponerse. Pero he de decir que con esa apostura, erguidos como embajadores, sudando copiosamente y espantando los mosquitos que trataban de picarles en la nuca, yo veía en ellos una dignidad propia de quien está en el mundo con los dos pies, bebe dry martinis y deja su oliva limpia y reluciente. Ahora sé que hice bien. Recuerdo que un poco antes de que Loretta se levantara para anunciarnos aquello, mi hijo más gordo me preguntó si podían tirarse al agua y acercarse a los caimanes. Mis dos hijos, aunque son obesos, tienen ideas peligrosas.

—Papá, ¿nos dejas tirarnos al agua para que nos dé un beso uno de esos cocodrilos tan chulos? —dijo, poniendo cara de reptil abandonado.

—No. No os dejo.

—Por favor, papá. ¡Por favor! —gritaron a la vez.

—He dicho que no. Mirad la selva, que es magnífica.

Vi entonces, fugazmente, el movimiento elegante de Loretta. Vi cómo se levantaba en equilibrio sobre la barca y se mesaba la cabellera pelirroja, se colocaba bien el escote del vestido blanco y nos miraba en su abandono y su locura.

—No os soporto —anunció.

—¿Cómo dices, cielo? —respondí.

—Que no os soporto. No lo aguanto más. Quiero una vida.

Y entonces Loretta se zambulló con limpieza en el agua y comenzó a nadar río adelante. Es verdad que a uno le puede vencer el pánico en esas ocasiones. Resulta fácil que te entren ganas de, por ejemplo, ponerte a golpear un muro con la cabeza hasta machacarte el cráneo. Pero a mí no. En aquel instante, lo que realmente pensé fue en todos esos secretos que no conocía de ella. La verdad es sencilla: siempre había creído que no sabía nadar. En otras salidas, no sé, al mar o a la piscina fantasmal de nuestros vecinos de Baltimore, Loretta nunca expresaba ganas de bañarse. Comía aceitunas negras, hacía recortables de lavadoras para entretenerse, pero lo de meterse en el agua ni se sugería. Incrédulo, en aquel momento pude ver cómo atravesaba el río a toda velocidad, igual que una campeona de competición, y se sumergía y se elevaba, y se perdía más allá de donde podíamos verla con una libertad indómita.

—Te vas a enfriar, cielo —grité absurdamente, creyendo que volvería.

Aquella tarde de excursión sólo ocurrieron un par de cosas más dignas de ser mencionadas. Lo confieso, me sentía confuso y deprimido. El reloj de carillón se había parado sin que tuviera explicación (eso es bastante terrible), y los árboles seguían agitándose de manera extraña a nuestro paso. Fuimos encontrando los restos de la ropa de Loretta abandonados en la corriente. Trozos del vestido blanco que no tardamos en amontonar en la cabecera de la barca. Últimos mensajes a su familia. Imaginé que en cualquier momento nos toparíamos con un charco de sangre flotando en la superficie del río, signo de que Loretta había sido devorada, o ella misma había mordido en el cuello a algún animal. Pienso que así, mis dos hijos y yo podríamos meter las manos en el agua, tocar un poco de la sangre dulce de Loretta y olerla por última vez. Eso sería bueno. Sería una señal de aceptación. En cambio, no pasó nada de eso, y poco después topé con la roca de la realidad. Otra masa de árboles amarillos se agitó violentamente, como hacía un rato. Contuve la respiración cuando un primate de quince metros arrancó un peñasco, derribó con el pie un par de troncos podridos y avanzó al horizonte, con mi mujer —estoy casi seguro, porque estaba desnuda— recogida con ternura en el puño. Loretta le daba órdenes y señalaba con el brazo un lugar fuera de la vista.  En fin: el mono gigante, si no asentía, al menos parecía conforme.

—¡Un mono, un mono! —gritaron mis dos hijos, sin comprender absolutamente nada—. Mamá tiene que verlo. ¡Un mono!

Tuve que mandarles callar. Me acerqué a ellos, les miré a los ojos fijamente (con la seriedad con la que a mí alguien me miró una vez) y entonces les ajusté las pajaritas. Después hice lo mismo con la mía. Sentí que era mi obligación hablarles con voz clara.       

—Dignidad, hijos míos. Ante todo, hay que tener dignidad —Pude notar cómo me envolvía un desamparo desconocido al decir estas palabras—. A mi señal, los tres vamos a elevar la mano al horizonte. Vamos a pensar, muy entregados, que estamos sujetando una copa de dry martini. El sol y la selva tienen que reflejarse el cristal. Es lo único que nos queda.

Adentramos la barca en la orilla una hora más tarde; por primera vez solos en la selva y en todo el mundo. Me preguntaba cuándo podría explicarles la realidad a mis dos chicos. También si Loretta estaría en alguna cueva milenaria, en la oscuridad, sentada a horcajadas en la palma del primate, estableciendo ciertas reglas de convivencia. No recuerdo cuándo llegó el momento de hacer una hoguera, pero les dije a mis pequeños que se comportaran a su gusto.

—Anda, id a cazar algo grande. Así os entretenéis un rato y dejáis a papá tranquilo.

—¡Bien! —gritaron ellos— ¿Podemos destriparlo?

—Podéis —consentí—. Pero no hagáis demasiado ruido.

Ellos se aflojaron las pajaritas con alivio, se les encendieron los ojos (por un momento me recordaron a los peores animales) y se arrastraron selva adentro sin más preámbulos. Cuando estuvieron lejos, fabriqué una hoguera con una provisión de ramas secas que guardábamos en la barca. En unos minutos, las llamas verdes y esqueléticas ya se alzaban ante mí, y me encontré mirando el fuego con una tristeza que hasta ahora no había conocido. Pensé incluso en saltar hacia las llamas y desaparecer. Aún las admiraba cuando, de pronto, percibí una agitación en la espesura.

—Niños —susurré—. Ya vale de jugar con bestias carnívoras. Venid aquí.

El rugido sonó a lo lejos; suave, cristalino, atravesando como una epidemia las ramas y la trocha y las rocas azuladas de los peñascos. Un rugido tan enorme y a la vez tan familiar que durante un segundo me asustó y me hizo coger un palo afilado y ponerme en guardia. Las piernas apenas me sostenían. Pronto me di cuenta de que no era el mono. De eso nada. Era Loretta la que acababa de rugir a la noche azul, desde algún lugar desconocido.

Y aquel rugido aterrador crecía.

Unas horas después, antes de que mis hijos volvieran junto a mí y nos durmiéramos abrazados, decidí firmar estúpidamente en uno de los árboles. Con mi navaja, temblando, grabé mi nombre y el de mi mujer. Después los encerré en un corazón, muy juntos, y bajo ellos, simplemente agachando la cabeza para que nadie pudiera ver cómo se me humedecían los ojos, escribí una fecha que ya era y sería siempre como cualquier otra.


 

*Este cuento fue publicado en: Antes de las jirafas, Páginas de espuma, 2011.

La pobreza

Hoy día, hermanos, ¿cuál es la palabra de moda, eh?

Hoy en día, la palabra en uso de moda es, por supuesto, electrificación.

Este asunto, no lo discuto, es de gran importancia: iluminar la Rusia soviética con electricidad. Pero también tiene su lado oscuro. Yo no digo, camaradas, que sea caro. No hay que pagar tanto: nada más que dinero. No hablo de eso.

Veamos a qué me refiero:

Yo, camaradas, vivía en una casona enorme. Toda la casa se alumbraba con queroseno. Algunos tenían candilejas, otros una pequeña lámpara y, quien no tenía nada, usaba las velas de los popes. ¡Era la pobreza más absoluta!

Y de repente nos instalaron la electricidad.

El primero en instalarlo fue el intendente. Y bien, instalaba y no paraba de instalar. Era un hombre callado, que no exteriorizaba sus opiniones. No obstante, deambulaba de una forma extraña, mientras se sonaba la nariz con aire pensativo.

Pero seguía sin exteriorizar sus opiniones.  

Y fue entonces cuando llegó nuestra querida casera Elizaveta Ignatiéevna Projorova y sugirió que también nosotros electrificásemos nuestra casa.

—Todos lo hacen —dijo ella—. Hasta el intendente —dijo.

¡Qué íbamos a hacer! Así que también nosotros nos pusimos con la instalación.

Instalamos y la electrificamos: ¡cielo santo! El moho y la mugre nos rodearon.

Antes esta era la rutina: sales por la mañana al trabajo, vuelves al final de la tarde, te tomas un té y a dormir. Y con el queroseno no se veía nada en especial. Pero ahora encendemos, miramos y en el suelo está el zapato roído de alguien , aquí la tapicería arrancada y con los jirones a la vista, allá un chinche trota mientras escapa de la luz, acá hay algo parecido a un trapo, por aquí un escupitajo y una colilla, allí corretea una pulga…

¡Cielo santo! Que corra la voz de alarma. Da pena ver un espectáculo así.

Como por ejemplo el sofá que estaba en nuestra habitación. Yo pensaba que era un buen sofá. Más que eso, que ese sofá era la leche. Solía sentarme en él por las tardes Y ahora le das a la luz: ¡cielo santo! ¡Qué pena! ¡Pena de sofá! Todo sobresale, todo cuelga, todo el relleno saliéndose… No me puedo sentar en un sofá semejante: el alma protesta.

Puff, pienso, no vivo en la opulencia. Ver todo esto da asco. Se te cae el alma a los pies hasta para trabajar.

Veo a la dueña Elizaveta Ignatiévna que anda cabizbaja, farfullando en la cocina de su casa mientras limpia.

—¿Por qué alborotas —le pregunto—, casera?

Y ella solo sacude la mano.

—Yo —me dice— querido mío, jamás pensé que vivía en medio de una pobreza semejante.

Le eché un vistazo a los cachivaches de la casera y, a decir verdad, no abultaban mucho; moho, mugre y diferentes tipos de trapos. Y todo ello, inundado ahora por la luminosa luz, saltaba a la vista.

Así que me dispuse a volver a casa como con desgana.

Llegué, encendí la luz, admiré la lámpara nueva durante unos minutos y luego me fui a la piltra.

Después me lo pensé bien, recibí mi sueldo, compré yeso, lo disolví y me puse manos a la obra. Arranqué el empapelado, exterminé a los chinches, barrí las telarañas, limpié el sofá, pinté, acabé con todo: mi alma cantaba de júbilo.

Pero aunque el resultado fue bueno, me dieron gato por liebre. Hermanitos, en vano tiré por la borda dinero: la casera cortó los cables.

—Me duele —dijo ella—  el aspecto mísero que cobra todo con la luz. ¿Cómo —dijo ella— voy a burlar a los chinches en medio de una pobreza semejante?

Yo ya le había suplicado y aducido mis razones, pero no había manera.

—Múdate —me dijo— de este piso. Yo no quiero —me dijo— vivir con luz eléctrica. No tengo dinero para reformar las reformas.  

¿Acaso, camaradas, es fácil mudarse cuando me acabo de gastar una fortuna en hacer reformas? Pues no me quedó otro remedio.

Ay, hermanos, la luz eléctrica es buena, pero también con luz las pasas canutas.

La chancla

Está claro que es fácil perder una chancla en el tranvía.

Especialmente si tienes detrás a un rufián cualquiera, pisándote los talones, y te empuja de costado: así es como usted se queda sin chancla.

Se puede perder una chancla por cualquier tontería.

A mí me la quitaron en un santiamén. Podría decirse que no tuve tiempo ni de protestar.

Entré en el tranvía con las dos chanclas en su sitio. Pero salí del tranvía, miré, y una chancla estaba allí, en mi pie, y la otra no. La bota… seguía allí. El calcetín, al parecer, estaba también allí. Y los calzoncillos, en su sitio. Pero ni rastro de la chancla.

Y ya se sabe que no se alcanza a un tranvía por mucho que corras.

Así pues, me quité la chancla que me quedaba, la envolví en el periódico y me fui de esta guisa.

Después del trabajo, pensé, me pondré a investigar. ¡Las cosas no desaparecen así como así! De alguna parte saltará la liebre.            

Así que después del trabajo me fui en su búsqueda. Lo primero era pedirle consejo a un conocido mío, conductor de tranvía.

Y he aquí exactamente lo que me dijo para alentarme:

—Da gracias, te digo, por haberlo perdido en el tranvía. De otro recinto público no respondo. En cambio, perder algo en el tranvía es mano de santo. Porque nosotros tenemos una cámara para los objetos perdidos. Ven y recógela. Es mano de santo.

—Pues entonces— digo yo— gracias. Me acabas de quitar un peso de encima. Sobre todo porque la chancla era nuevecita: figúrate que es solo la tercera temporada que la llevo.

Al día siguiente voy a la cámara.

—Hermanos, ¿puedo recuperar mi chancla? Me la quitaron en el tranvía.

—Es posible —me dicen—. ¿Qué tipo de chancla?

—Es una chancla normal. En cuanto al número de pie, es un 12.

—Nosotros —me dicen—, tendremos unas doce mil del número 12. Danos más características.

—Las características son las habituales. A saber: el talón está desgastado, por supuesto. Y adentro se ha ido royendo la franela hasta no dejar rastro.

—Nosotros —me dicen—, puede que tengamos más de mil chanclas así. ¿No tiene ningún rasgo distintivo?

—Sí que tiene rasgos distintivos, les digo. Parece como si la punta se hubiese desprendido, a duras penas se sostiene. Y ya casi no le queda tacón: se ha desgastado. En cambio, el lateral todavía mantiene el tipo.

—Siéntese aquí —me dicen—. Ahora lo miramos.

 De pronto me traen mi chancla. Yo me alegré desmesuradamente, por no decir directamente que me enternecí. He aquí, pensé, cómo funciona el famoso “aparato”. Y qué personas tan idealistas, cuántas molestias se han tomado por una chancla. Así que les digo:

—Amigos, les estoy eternamente agradecidos. Vamos, dénmela. Ahora mismo me la pongo. Muchas gracias.

—Imposible —me dicen—, estimado camarada: no se la podemos dar. Nosotros —me dicen—, no sabemos si fue usted quien la perdió.

—Pero sí se lo estoy diciendo: la perdí yo. Palabra de honor.

 Por su parte, ellos me contestan.

—Le creemos y empatizamos plenamente con usted. Es muy posible que fuese usted quien perdió la chancla en cuestión. Pero no se la podemos entregar. Trae un parte certificado de que perdiste realmente esa chancla. Que la dirección de asuntos internos verifique el suceso, y entonces, sin más trámites superfluos, nosotros te entregaremos aquello que legalmente extraviaste.

Yo respondo:

—Hermanos —digo—, venerables camaradas, si en casa no saben nada de este asunto. Puede que no me expidan el documento.

 Y ellos contestan:

—Lo harán —dicen—, está entre sus atribuciones darlo. Si no, ¿para qué se han instalado en su casa?

Yo contemplé una vez más la chancla y me fui.

Al día siguiente me dirigí al delegado de nuestra casa, y le dije:

—Deme los documentos. Si no, perderé mi chancla.

—Ah, es cierto —me responde—, ¿la has perdido? ¿O es que estás forzando la situación? Quizás quieras pescar un excedente del consumo masivo.

— Santo Dios —respondo—, la perdí.

Y él me dice:

—Pero yo no puedo fiarme solo de su palabra, faltaría más. Y es que si tú me hubieses proporcionado el certificado de que habías perdido una chancla en las cocheras del tranvía, entonces yo te entregaría el documento. Pero así sin más no puedo.

Yo le digo:

—Pues para eso me han enviado a usted.

Él me dice:

—Entonces escribe una solicitud.

Yo digo:

—¿Y qué tengo que escribir?

Él contesta:

—Escribe: la fecha en la que la chancla se extravió. Y así sucesivamente. Te daré, según parece, un atestado pendiente de resolución. 

Escribí la solicitud. Al día siguiente recibí un auténtico acuse de recibo.

Fui con el atestado al comité. Y allí, imagínense, sin más trámites ni formulismos, me entregaron mi chancla.

Solo cuando me calcé la chancla, sentí que me embargaba la emoción. Al fin, pienso, ¡un sitio en el que la gente trabaja! En cualquier otra parte, ¿habrían puesto un afán semejante, durante tanto tiempo, solo por mi chancla? Más bien se lo habrían quitado de encima, y asunto resuelto. Y he aquí en cambio, sin que transcurra una semana, me la devuelven.

Una cosa digna de lástima, en el transcurso de esa semana, con todo el trasiego, perdí la primera chancla. La llevé todo el rato, debajo del brazo, en una bolsa, y no recuerdo en qué sitio la dejé. Lo importante es que no ocurrió en el tranvía. ¿Es una causa perdida por no haber sucedido en el tranvía? Porque entonces, ¿dónde buscarla?

Y por eso tengo otra chancla. La he colocado en la cómoda.

La segunda vez se hace aburrida, le echas un vistazo a la chancla, y de alguna forma el ánimo se vuelve más ligero, libre de rencores.

He aquí, pienso, cómo funciona la famosa cancillería.

Conservo esa chancla de recuerdo. Para que nuestros descendientes se puedan mirar a la cara.

Salí porque fui invitada a hacerlo. Acababa de bañarme y estaba asomando los ojos a la ventana de mi habitación cuando, de pronto, me vi pasar. Era yo. Pero no la yo que miraba en las visiones del espejo, sino otra yo que conocía y que tenía mucho tiempo de no ver: yo niña. Imposible confundir mi mirada, mi forma de andar, mi sombra, mi vestido pálido y mis zapatos gruesos. Era yo que pasaba frente a mi casa corriendo con tanta velocidad que me hice dudar. Pensé que se trataba de mi imaginación, que debía haber salido a correr por las calles que, siendo de una ciudad tan joven, se ven ya tan viejas. Me quedé sonriendo por lo bueno que había sido haberme visto de nuevo con los huesos diminutos y los dientes de leche.

Acomodé mejor la vista en la ventana. Tenía la esperanza de que, si me quedaba ahí, si esperaba, yo–niña volvería a pasar sobre mi vuelo como hacen las mariposas. Diez minutos después (el tiempo que de pequeña me tomaba darle la vuelta al barrio), yo–niña aparecí. Me detuve frente a mí, que estaba esperándome en la ventana, me sonreí de nuevo y corrí alrededor del barrio siete veces en total. Entonces, yo–niña me invité a bajar con un ademán insistente. Yo —que deseaba bajar y tomarme de la mano, y correr, correr, correr, correr, correr—, bajé deprisa por las escaleras.

A mitad de ellas me di cuenta de que estaba desnuda y me desistí de salir porque recordé que los vecinos sacaban a pasear a sus infantes a esa hora. Segura de que se alarmarían (las mujeres desnudas que corren por las calles asidas de la mano de ellas mismas cuando eran niñas no son muy frecuentes por acá), subí a la habitación para gritarle que no podía acompañarla porque estaba sin ropas y que lo sentía mucho.

Noté en su rostro que no me había creído. Por eso, me asomé completa a la ventana para probárselo. 

Pareció no importarle. Seguía gritando que saliera, que saliera ya, que saliera pronto, que me apurara. Pataleaba con insistencia, hacía temblar el asfalto. Me hacía angustiarme. Y, cuando me llenó de desesperación por no poder salir, entonces escuché mi voz —pero no mi voz de niña ni mi voz de ahora, sino mi voz de cuando esté ya muy vieja— que me decía que saliera a jugar conmigo–niña, que no me dejara esperándome. Me hablaba con voz de mando. Me lo ordenaba mientras —como yo no daba un paso para cubrirme el cuerpo— me vestía con una sábana y me llevaba de la mano rumbo a la salida. Escaleras abajo, yo–vieja me colgué la llave de la casa al cuello para cuando volviera, me saqué a la calle y me di un empujón para que me alcanzara a mí–niña, que, al verme salir, echó a correr colgando las risas en el aire como si se tratara de globos enormes.

Toda la mañana corrí tras de mí sin darme alcance. Yo–niña me animaba a aumentar la velocidad y a atraparme, pero seguía corriendo más rápido de lo que a mi edad puedo hacerlo. Corría y volvía a verme burlona con mi risa de niña mientras yo–vieja nos vigilaba desde mi puerta. Ambas se veían satisfechas. Parecían modelos de un cuadro. Lo único que quebrantaba la atmósfera de armonía era yo, que no sonreía, que estaba cansada y que me dolía de mis pies sin zapatos lastimados por el asfalto caliente.

Dimos vueltas al barrio. De pronto, yo-niña se internó en la ciudad. Intenté seguirla guiándome solo por su carcajada. Estaba empecinada en darle alcance, pero tenía la desventaja de no saber dónde estaba. No reconocía el paraje. La ciudad parecía desordenarse detrás de mis pasos. No encontraba yo una señal que me revelara su ubicación o la mía. Ni siquiera la gente me ayudaba a situarme. Unas me decían que estaba cerca de mi barrio; otras, que nunca estaría más lejos que entonces. Por eso preferí caminar sola. Sabía que, de alguna manera, saldría de allí. Me pedí paciencia. Me pedí esfuerzo. Me pedí no dejar de caminar. Estaba segura de que conseguiría descifrar el laberinto y salir de él. Pero toda mi seguridad no alejaba la desesperación, que se posaba sobre mí en forma de pájaros oscuros que tenía que espantar con movimientos de manos mientras caminaba.

Anduve tanto y tantas veces alrededor de los mismos sitios que perdí la esperanza de regresar. Y, cuando ya ni siquiera tenía ilusiones, cuando ya ni siquiera deseaba dar con mi casa, visualicé mi techo celeste y mi ventana. Caminé hacia ellos en el ocaso.  La noche se precipitaba tras de mí.

Buscando refugiarme de las noches frías de esta zona, tomé la llave que yo–vieja me ató al cuello y la metí en la cerradura. Entró sin problemas y hasta giró, mas no abrió. Falló en los cuatro intentos. Entonces, aunque vivo sola, toqué para que alguien me abriera.

Cuando nadie atendió mi llamado, comencé a pensar en dónde encontrar un cerrajero que me ayudara y no preguntara por qué me había quedado fuera envuelta en una sábana.

Pensando estaba cuando me cayó una colcha encima. “Para el frío”, me dijo una voz que venía de mi habitación y que distinguí de inmediato porque era con la que hablaba en la infancia. Yo-niña me miraba burlona desde la ventana. Se reía de mí. Le grité que me abriera, que me abriera de inmediato, que me abriera ya. Pero no respondió a mi petición. Solo sonrió y me hizo señales de despedida con la mano hasta que llegué yo–vieja y la halé hacia el interior de la casa. Me miró como ve la gente a un ser molesto cuando le pedí que me abriera, cerró la ventana y desapareció.

Intuí que no me dejarían entrar más, así que me di la vuelta y me interné en la ciudad en búsqueda de un empleo que me permitiera pagar una habitación en la que pudiera vivir. Busqué un lugar en un edificio alto, muy alto, un sitio donde las voces de la gente que camina en la calle no pueden distinguirse para que, si ellas regresan, no pueda yo escucharlas ni aceptar sus invitaciones, ni salir a la calle, ni quedarme de nuevo sin casa.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty