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Antes andaba a menudo de a dos. Andaba de a tres. Éramos cuatro, cinco o seis. Tenía hermanos, hermanas, una araña pollito. Padres: sí, también.

Además estaba mi tío Nikolai y el vecino de los guantes con pompón. Nos reíamos, a veces llorábamos, las palomas del parque municipal se asfixiaban con las migas de nuestras galletas. Luego vino el invierno, luego de nuevo el verano y mi prima Sonja me mostró todo tipo de formas en la Playgirl. Más tarde, tiene que haber sido otoño o primavera, me subí con mi primo Arseny a la noria y estuvimos hojeando la Playboy, eso también fue bonito.

Mi hermano Jewgeni se comió el último pedazo de pizza de queso. Mi hermano Jewgeni escribió Idiota con lápiz labial en mi frente. Jewgeni patina con mis patines flamantes a lo largo de la calle. Cierro los ojos y veo a Jewgeni rodar hacia un abismo inmenso o al menos hacia un cementerio nuclear. Tal vez fuera bueno que todos estuvieran realmente muertos. O al menos ausentes.

Después empieza otra vez la escuela y yo soy bueno en matemática. Pienso en otras cosas y bebo a veces licor de un embudo. Más tarde toco a una muchacha por casualidad en el codo y viajamos juntos para un spring break a Miami. Le digo no a la heroína, le digo no a la heroína, a la heroína sí que jamás la probaría.

Luego ya es octubre, más tarde es otro año, caen las hojas y la verdad es que Halloween es algo que nunca entendí. Me disfrazo del velociraptor de Jurassic Park y beso a una chica. Beso a un chico. Beso a mi profesor de matemáticas. Me acuesto con mi profesor de matemáticas. Beso con frecuencia a una muchacha que se disfraza de Alf de la serie televisiva Alf. Juntos miramos Home Improvement y por muy breve tiempo somos muy felices.

Más tarde voy a la universidad y conozco a un bonito ingeniero en geología económica. Hacemos viajes de fin de semana a las siguientes ciudades: Atlanta, Baltimore, Jacksonville. Doy ponencias y me pongo papelitos de LSD sobre la lengua. Aunque no es nuestra intención, nos enamoramos, pero cuando yo le cuento que mi deseo siempre fue viajar por Europa, se ríe de mí y me tilda de conservador, cosa que me enoja bastante y creo que en ese momento algo entre nosotros se rompió. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

La verdad es que el vuelo a Montreal es descaradamente barato y cuando llego al aeropuerto, decido dejar de fumar, comprarme un casco de bicicleta o al menos ser una mejor persona. Paso los primeros días navegando por internet y evito asomarme a la puerta, pero al notar que acabo de leer en theguardian.com el mismo artículo que ya he leído ayer en theguardian.com, me harto de internet y me propongo con toda firmeza fundar una banda de rock indie canadiense que se llame IntercityExperimental o Monsieur Oso Pardo. Canadá: este país me parece increíblemente liberal.

Antes aun de que llegue el otoño, termino mi licenciatura en la NYU y como recompensa me regalo un viaje por tierra a Venezuela. En Caracas no hay un sistema de salud que funcione, ni policías que estén familiarizados con los conceptos de derecho y orden, pero a cambio hay buenas fiestas y una gran ingenuidad de los sentidos, que yo estimo extremadamente simpática e inspiradora. Me compro un teclado electrónico y junto a Juan y al muy dulce de Ignacio fundamos un trío de electro jazz. Muy pronto Juan se revela como un bajista absurdamente malo y en algún momento los primos de Ignacio nos roban todos nuestros instrumentos y nuestro dinero y mi pasaporte, cosa que igual a mí me parece del todo bien. A fin de cuentas, nunca antes me habían asaltado en un país del tercer mundo y esta experiencia me hace más adulto y espiritualmente maduro, de eso no hay ninguna duda.

De manera espontánea decido agregar aun una maestría en Filosofía en Göttingen y me compro en un anticuario online una edición comentada de las obras completas del filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte. Al primer tomo me lo devoro como nada, pero en el último párrafo me salta a la vista un grosero error de pensamiento y me aparto decepcionado de la lectura de Fichte. Más tarde desarrollo verdaderos sentimientos por Susanne, con quien comparto el piso, pero su trabajo como modelo y los muchos viajes tornan imposible un auténtico amorío, al menos para mí, y cuando se lo digo, Susanne lleva adelante un intento de suicidio bastante en serio, que por supuesto igual fracasa, pero eso es algo que yo ya tenía en claro desde antes.

Voy al carnaval de Colonia y me disfrazo del triceratops de El mundo perdido: Jurassic Park 2. Beso a un monaguillo, beso a una pastora, beso a un sacerdote. Colonia: esta ciudad me parece increíblemente liberal. Cuando al final me despierto en un sillón-cama en Düsseldorf, me doy cuenta de que ha desaparecido todo mi dinero, junto con el pasaporte. Y de alguna manera me parece fantástico no poseer nada más. La vivienda en la que estoy pertenece a la muy jovencita estudiante de dirección Annika y tiene una decoración por completo minimalista. Ella dice que no lo hizo a propósito, pero no le creo.

Le pido a mi padre que me mande dinero y vuelo a las siguientes ciudades: Praga, Tokio, Barcelona y Venecia. De alguna manera me gusta viajar por ciudades. Cuando unos días más tarde cruzo con el ferry de Hong Kong a Macao, veo a un hombre que salta al agua y grita sin parar: ¡Chau, chau! ¡Pásenla bien! ¡Los amo! ¡Chau! Y de pronto guardo completo silencio y me siento tremendamente feliz y creo que lo mismo les pasa a todos los que tengo al lado, todos guardan de pronto silencio y son tremendamente felices y son de alguna manera uno solo.

Y entonces decido —siguiendo probablemente un sentimiento del todo espontáneo— visitar la casa en la que nació Bruce Willis en Idar-Oberstein. Pero por supuesto que no es una verdadera casa natal, sino un hospital común y corriente, qué otra cosa podía ser, y durante el tiempo que paso en Idar-Oberstein duermo con las siguientes personas: Malte y la doctora Inga Jansen. Eso fue todo, tampoco es que estuve tanto tiempo.

En el Tíbet hago una breve desintoxicación y mi padre se enoja porque abandoné mis estudios de filosofía. En Shenyang, una ciudad china con millones de habitantes que nadie conoce, cruzo un mercado y me doy cuenta de que tal vez Dios esté realmente muerto. Me abro paso entre las masas de gente en Delhi. En la zona peatonal de Braunschweig. En el carnaval en Río. Me he disfrazado del dinosaurio volador en Jurassic Park 3. A veces deseo que todos estén muertos. O al menos ausentes.

Hago una cura, me relajo, viajo al campo. Luego duermo con la dueña de la granja. Acto seguido de nuevos viajes por ciudades, viajes de drogas, viajes convencionales. Me imagino disparándole a la cara desde corta distancia al presidente de la junta directiva de Google Maps, pero rechazo rápido la idea porque la posibilidad de ser apresado de inmediato me parece muy alta. Hago una veloz desintoxicación en mi región en Key West y por muy poco tiempo soy muy feliz, mientras miro Who’s the Boss? en el pequeño televisor de la institución. Luego me escapo, le robo el pasaporte diplomático a mi padre y vuelvo en mí tres semanas más tarde en el carnaval de Mainz. Curiosamente, me he disfrazado de Chris Pratt en Jurassic World.

La verdad es que a veces podría estrangularte, dice mi madre al teléfono, a veces lo único que quiero es golpear tu pequeña y blanda cabeza contra la pileta de la cocina. Y es probable que tenga razón, es probable que de verdad pueda estrangularme, no lo descartaría para nada. Porque quizá sea cierto, quizá soy en el fondo una persona absurdamente mala que se merece este tipo de cosas, pero tal vez no sea cierto y mi madre tiene la culpa de todo.

Sin más vueltas, mi nuevo compañero de piso Sven y yo decidimos escribir un manifiesto y dice así: Nuestros enemigos son los ópticos y los padres, hombres y mujeres, nuestros enemigos son los hidratos de carbono y los estados nacionales, los horarios e internet y los baños de las estaciones de tren en los que hay que pagar, nuestros enemigos son los cerdos de Google Maps y los que tienen una tarjeta de 25% de descuento para el tren, nuestros enemigos son las tijeras para diestros y los ministros alemanes de relaciones exteriores, nuestros enemigos son….

Pero lamentablemente no lo seguimos porque debemos poner fin a la escritura para andar haciéndonos mimos y luego para andar enredándonos y luego para andar fornicando y todo eso dura tanto que después ya no sabemos qué era lo que queríamos escribir.

De modo que decido criar crustáceos y en líneas generales ser una buena persona. Pero da igual lo que haga, estos malditos crustáceos siempre se me mueren después de un par de días. A veces deseo que también toda la gente simplemente se muera. Abro la ventana de un golpe y bramo: ¡Por qué mejor no se mueren! Sería tan bonito si todos ustedes estuvieran lejos. O al menos muertos. Después es octubre y me despierto en un sillón-cama en Wiesbaden. Ha desaparecido todo mi dinero junto con el pasaporte, y mi compañero de piso Sven también. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

Cuando se hace de noche y me voy a pasear a la vera del Rin, me invade una gran nostalgia o tristeza y siento el secreto deseo de ganarme mi dinero en la liga coreana Star Craft o vendiendo castañas asadas en la Rue Royale de Bruselas o de ser buscado por un asesinato o de ser buscado por secuestrar un avión o de al menos ser buscado por algo, pero al final me decido por ser sensato de una buena vez y con mi hermano Jewgeni fundamos una marca de moda islandesa.

Las leyes impositivas en Reikiavik son increíblemente liberales de verdad y con un poquito de suerte y mediante una hábil táctica volvemos a vender la marca después de nada más que seis meses, de modo que en un breve lapso nos volvemos medianamente ricos y pasamos nuestro tiempo produciendo canciones pop y financiando algunos proyectos de diversidad en Kinshasa. Y sin darnos cuenta en absoluto todos nuestros ahorros se nos van en cocaína y vuelos de larga distancia.

Completamente en la lona llego a Saarbrücken y siento el secreto deseo de hacerme detective, por la razón que sea, es algo que de verdad no puedo explicar. Pero muy rápido me doy cuenta de que este deseo se basa en expectativas del todo falsas, y que por otro lado se relaciona con que mi padre nunca estuvo presente para mí cuando alguna vez lo necesité. Durante mi breve estadía en Saabrücken pienso también mucho en las relaciones y me compro un helado soft y un paquete grande de Marlboro Menthol y me parece que de alguna manera también eso está relacionado.

En una oficina de apuestas gano 200 euros por haber acertado a tres partidos de la liga turca y con el dinero me compro un ticket Intercity a Zúrich. Como no conozco absolutamente a nadie en Zúrich y en general no tengo ni la menor idea de qué hacer aquí, me convierto de veras en un detective privado, aunque solo por dos semanas, porque todo el asunto es bastante tedioso y además de eso pagan mal. Luego me encuentro con mi ex compañero de piso Sven en una fiesta electrónica en Lucerna y él me dice que le da pena cómo terminó todo en aquel entonces pero que me agradece por mis hermosos ojos y mi fiabilidad y mi hermoso trasero, gracias.

Con una scooter viajo al sur de Francia y me tomo dos semanas de vacaciones en un hotel de lujo en Niza con el fin de olvidar todo esta mierda con Sven, y como justo es temporada baja también es descaradamente barato. Me sorprende descubrir que ya no deseo que todos estén muertos o al menos ausentes y me pregunto si entretanto me he convertido en una buena persona. Camino por las estepas de África. Camino por las estepas de Brandenburgo. Me pregunto cómo les estará yendo a mis padres y qué hará ahora mi hermano Jewgeni y dónde se habrá metido esta vez.

Y justo cuando estoy pensando en eso y le doy una pitada a mi cigarrillo electrónico, miro por la ventana de mi cuarto de hotel y hay un incendio, no importa dónde mire hay incendios durante toda la mañana y toda la tarde. También al día siguiente y al otro siguen los incendios, tienen que ser semanas y meses en que las casas están en llamas y se incendian los techos y las personas y las galaxias y ya no hay más fin ni clemencia ni oscuridad, pues todo es luminoso y ominoso y reluciente.

Y luego, algo más tarde, estoy sentado en el bus que va de Cincinnati a Indianápolis y pienso en cosas masculinas, pienso en tiendas de materiales para la construcción, en aparatos de afeitar, en infartos del corazón. Y luego un poco más tarde, tiene que ser primavera u otoño, estoy sentado en el tren que va de Memphis a Phoenix y pienso en cosas femeninas, pienso en armiños, en robots y en lóbulos de oreja. Y luego, un poco más tarde aún, estoy sentado en el tranvía en San Francisco y percibo de pronto ese gran sentimiento en mí, un sentimiento de pureza, el sentimiento de disparar con una ametralladora en medio de una multitud de gente, y de comerme la luna y de ser alguien versado en las cosas, alguien que está presente para los otros y que se anima a expresar sus sentimientos, y no ser alguien como mi padre, sino alguien que está enterado, que por ejemplo sabe que el amor es más importante que Europa, alguien así me gustaría ser, eso es lo que siento y esa es la verdad.

Michael jamás había oído hablar de aquella mujer. Fue el ama de llaves la que le habló de ella: esa tal Mandy afirmaba que no había ningún padre. Ella vivía en W., el pueblo vecino. El ama de llaves rió; Michael soltó un suspiro. Como si no bastara ya con que casi nadie acudiera a la iglesia los domingos, ni con que los viejos lo echaran cuando él los visitaba en la residencia de ancianos, o con que los niños se comportaran con atrevimiento en la instrucción religiosa. Aquello era el comunismo, dijo, sus efectos seguían haciéndose sentir. «Bah», dijo el ama de llaves, eso era así desde siempre. ¿No conocía él el gran campo de remolacha que había junto a la carretera que iba hasta W.? Allí, en medio, había una isla. Un par de árboles en medio del campo, que el campesino dueño de esos terrenos había dejado en pie. «Desde siempre», dijo el ama. Y era allí donde ese campesino se encontraba con una mujer. «¿Qué mujer?—preguntó Michael—. ¿Qué campesino?». «El de allí—dijo el ama de llaves—, y también lo hicieron su padre y su abuelo. Todos. Las cosas son así desde siempre: a fin de cuentas, sólo somos seres humanos, ellos y yo. Cada cual tiene sus necesidades».

Michael suspiró. Desde la primavera, era el guía espiritual de aquella comunidad, pero no por ello había conseguido acercarse a la gente: era oriundo de las montañas, y allí todo era distinto, las personas, el paisaje y el cielo, que aquí era tan infinitamente anchuroso y lejano.

«Ella dice que jamás lo ha hecho con un hombre—dijo el ama de llaves—. Será que el niño se lo ha hecho el bienamado Dios. Esa Mandy—dijo—, es la hija de Gregor, que trabaja para las empresas de autobuses. Es el conductor bajito y gordo. Le pegó una paliza: la chica estaba toda amoratada. Y ahora todo el pueblo se pregunta quién puede ser el padre. Muchos de los hombres que podrían serlo no viven aquí. Tal vez fuera Marco, el mesonero. O algún vagabundo. A fin de cuentas, no tiene nada de guapa. Pero uno coge lo que le dan. Esa Mandy—continuó el ama de llaves—, no es tampoco muy brillante que digamos: a lo mejor ni siquiera se enteró. Mientras recogía cerezas sobre la escalerilla».

«Sí, sí», dijo Michael.

Mandy llegó a la parroquia a la hora en que Michael estaba comiendo. El ama de llaves la hizo entrar, y el párroco le pidió que se sentara y le contara. Pero la joven se quedó allí sentada, con la mirada baja y en silencio. Olía a jabón. Mientras comía, Michael miró a Mandy repetidas veces de manera furtiva. No era guapa, pero tampoco era fea. Tal vez engordaría en un futuro. Ahora ya se veía algo llenita.

«Está en la flor de la vida», pensó Michael, al tiempo que le miraba de reojo la barriga y los grandes senos, que se dibujaban bajo el jersey de color chillón. No sabía si aquello se debía al embarazo o a la comida. Entonces la joven lo miró y volvió a bajar la vista rápidamente, al tiempo que Michael apartaba a un lado el plato medio vacío y se levantaba. «Vayamos al jardín», dijo.

Estaban en el último tercio del año. El follaje de los árboles ya se había coloreado. Por la mañana habían tenido niebla, pero ahora el sol se imponía. Michael y Mandy caminaron lado a lado por el jardín. «Reverendo», dijo ella, pero él la atajó de inmediato: «No, no. Llámeme Michael, yo la llamaré Mandy». Entonces, ¿ella no sabía quién era el padre? «No hubo ningún padre—dijo Mandy—, yo nunca he…». La joven se interrumpió. Michael suspiró. Tendría unos dieciséis, unos dieciocho años, no más, pensó Michael. «Hija mía querida—dijo él—, eso es un pecado, pero Dios te perdonará. Porque esto dice el Señor, Dios de Israel: “Todo odre puede llenarse de vino”».

Mandy arrancó una hoja del viejo tilo a cuya sombra se habían detenido, y Michael le preguntó si ella sabía cómo cohabitaba el hombre con la mujer. «Lo sé por Juan», dijo Mandy, al tiempo que se ruborizaba y bajaba la vista al suelo. Tal vez hubiera sucedido mientras dormía, pensó Michael, cosas así se habían oído. Lo habían aprendido en la escuela, dijo Mandy en voz baja; y entonces, muy rápidamente, añadió: «Erección, coito y método Knaus-Ogino».

«Sí, sí—dijo Michael—. La escuela». Eso era lo que habían logrado los comunistas, quienes seguían ocupando puestos en los consejos escolares.

—Se lo juro por la sagrada Virgen—dijo Mandy—, yo nunca he…

—Sí, sí—dijo Michael, y a continuación, con vehemencia, añadió—: ¿De dónde crees tú que ha salido ese niño?

¿Crees que viene del bienamado Dios?

—Sí—respondió Mandy.

Entonces Michael la mandó de vuelta a casa.

El domingo, Michael vio a Mandy entre las pocas personas que habían acudido a la misa. Si no recordaba mal, nunca antes había estado allí. Llevaba puesto un sencillo vestido de color verde oscuro, con el cual se le podía ver claramente el embarazo. «No tiene vergüenza», dijo el ama de llaves. Mandy no tenía la menor idea de nada. Michael se dio cuenta de cómo la joven miraba a su alrededor. Y también vio que no cantaba cuando los demás lo hacían. Y cuando se acercó al estrado para recibir la hostia, tuvo que decirle que abriera la boca.

Michael habló de la constancia en el sufrimiento. La señora Schmidt, que siempre estaba allí, leyó el pasaje bíblico en voz baja pero firme.

—«Cuidado con no escuchar al que os habla; pues algunos, por no escuchar al que promulgaba oráculos en la tierra, no escaparon al castigo. No olvidéis la hospitalidad, ya que, gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

Michael había cerrado los ojos durante la lectura, y sintió como si viera a aquel ángel entre los presentes, un ángel que tenía el rostro de Mandy y cuya barriga se abombaba bajo la túnica blanca como lo hacía la barriga de la joven bajo su vestido. De repente reinó el silencio en la iglesia. Michael abrió los ojos y vio que todos lo miraban expectantes. Entonces dijo:

—De suerte que podemos decir con confianza: «El Señor es mi auxilio; no temeré».

Tras la misa, Michael se apresuró hasta la entrada para despedir a las ancianas. Cuando hubo cerrado la puerta tras la última de sus fieles, vio que Mandy estaba arrodillada delante del altar. Él se dirigió hacia donde estaba la joven y le puso una mano en la cabeza. La chica lo miró, y él vio que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Ven—le dijo, al tiempo que la conducía fuera de la iglesia y atravesaba con ella la calle en dirección al cementerio—. Mira a toda esa gente—le dijo Michael—. Todos fueron pecadores; pero Dios los acogió en su seno, y Él también perdonará tus pecados.

—Yo estoy llena de pecados—dijo Mandy—, pero no me he acostado con ningún hombre.

—Sí, sí—dijo Michael acariciando el hombro de Mandy. Pero cuando su mano entró en contacto con Mandy, sintió como si su corazón y todo su cuerpo se llenaran de una alegría que él no había sentido en toda su vida, y entonces retrocedió unos pasos como si un fuego le hubiese quemado la mano. «¿Y si fuera cierto?», pensó el cura.

«Y si fuera cierto», pensó Michael esa tarde, mientras caminaba por la carretera comarcal en dirección al pueblo vecino. El sol brillaba, y el cielo se veía vasto y despejado. Michael estaba algo soñoliento a causa de la comida, pero su corazón seguía colmado de aquel contento que había emanado del cuerpo de Mandy hacia él. ¿Y si fuera cierto? Los domingos por la tarde, el párroco solía dar caminatas hasta algún que otro pueblo de la zona, caminaba con pasos rápidos a través de las carreteras, lo mismo si llovía o brillaba el sol. Pero ese día tenía un objetivo concreto. Había telefoneado al médico de W., que se llamaba Klaus, y le había pedido tener una conversación con él. No, no podía decirle de qué se trataba, le dijo Michael.

El tal doctor Klaus era un hombre oriundo del lugar, era hijo y nieto de labradores. Conocía a todo el mundo, y se decía que, si era necesario, atendía también a los animales. Desde que su mujer había muerto, vivía solo en W., en una casa enorme. A Michael le dijo que si no le daba la lata con su Dios, era bienvenido y podía pasar. Él era ateo, le dijo el doctor, pero no, ni siquiera era ateo. Sencillamente, no creía en nada, ni siquiera en la existencia de un Dios: era un hombre de ciencias, no un hombre de fe. «Un comunista», pensó Michael, al tiempo que decía «Sí, sí», y reprimía un bostezo.

El doctor puso una botella de aguardiente encima de la mesa; y, el párroco, por su parte, sabiendo que tenía algo que preguntarle al médico, se bebió el aguardiente. Lo bebió de un trago, y luego se tomó el otro vaso que el doctor le había servido. «Se trata de Mandy—dijo Michael—, de si ella…; de su…—El sacerdote sudaba—. La chica dice que el niño no es el resultado de la unión con un hombre, que ella nunca…; que no…; que ningún hombre la ha…; Dios mío, ya sabe usted a lo que me refiero». El doctor bebió su aguardiente y le preguntó a Michael si creía que el bueno de Dios tenía las manos metidas en ese asunto o si se trataba del tal Juan. Michael lo miró fijamente, con los ojos vacíos de la desesperación. Bebió el otro vaso de aguardiente que el doctor le había servido y se levantó. «El himen—dijo el cura en voz tan baja que apenas se le escuchó—. El himen». «Eso sí que sería un milagro—dijo el doctor—, y tenía que venir a suceder aquí, precisamente». El médico soltó una carcajada. Michael se disculpó. «Yo soy un hombre de ciencias—repitió el médico—, y usted es un hombre de fe. No deberíamos mezclar las cosas. Yo sé lo que sé, crea usted lo que le venga en gana».

Durante el camino de regreso a casa, Michael sudó aún más. Sintió mareos. «Es la tensión», pensó. Entonces se sentó en la hierba, al borde del gran campo de remolachas. Ya habían sacado las remolachas, que yacían apiladas en grandes montones a lo largo de la carretera. El campo era enorme, y al fondo de todo se veía una franja de bosque. Y en medio de esa vastedad, estaba aquella pequeña isla de la que le había hablado el ama de llaves: en medio del campo crecían algunos árboles desde la oscuridad de la tierra. Michael se puso de pie y dio un paso adentrándose en el campo de cultivo. Luego dio otro. Caminó en dirección a la isla. La tierra húmeda se pegaba a sus zapatos en grandes terrones, mientras él tropezaba y se tambaleaba. Le resultaba difícil avanzar. Ánimo—pensó—, iremos a dar en alguna isla». Y continuó andando.

En una ocasión, oyó un coche que pasaba por la carretera, pero no se dio la vuelta. Caminaba a través del campo, paso a paso, y por fin los árboles estuvieron más cerca, y de repente él estaba allí, y vio que aquello era realmente como una isla: los surcos del campo se habían dividido, se habían abierto como si la isla hubiese irrumpido desde el fondo de la tierra, abriéndola como un telón. Pero la isla se elevaba quizá medio metro desde el subsuelo. Al borde crecía un poco de hierba, y detrás había unos matorrales. Michael arrancó una rama de uno de los matojos y, con su ayuda, se despegó los terrones de los zapatos. Luego caminó alrededor de la estrecha franja de hierba que rodeaba la isla. En uno de sus puntos había un claro entre los arbustos, y Michael entró a través de él y llegó a una pequeña abertura situada en medio de los árboles. La alta hierba estaba aplastada, y al borde del prado había un par de botellas de cerveza vacías.

Michael miró hacia lo alto: entre las copas de los árboles podía verse el cielo, que parecía más bajo desde aquí que si se lo miraba desde el ancho campo de cultivo. Reinaba un silencio absoluto. El aire era cálido, aunque el sol estaba muy al oeste. Michael se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la hierba. Y luego, sin que pudiera comprender muy bien lo que hacía, se desabrochó los botones de la camisa, se la quitó, y a continuación se quitó también la camiseta, los zapatos, los pantalones, los calzoncillos y, finalmente, los calcetines. Luego se quitó el reloj y lo arrojó sobre el montón de ropa, y lo mismo hizo con las gafas y el anillo que le había regalado su madre para protegerlo. Entonces se vio allí, tal como Dios lo había creado: desnudo, a la espera de una señal.

Michael miró al cielo, al que se sentía unido como nunca antes. Alzó los brazos y sintió aquel mareo que había sentido anteriormente, y cayó hacia delante, de rodillas, desnudo y con los brazos en alto. Empezó a cantar bajito y con voz ronca, pero eso no le bastó. Y entonces empezó a gritar, a gritar tan fuerte como podía, porque sabía que allí sólo podría escucharlo Dios, sabía que Dios lo estaba escuchando y que lo veía desde lo alto.

Y cuando caminó otra vez por el campo y se dirigió a su casa, pensó en Mandy, y la vio tan cercana, como si estuviera dentro de él. Entonces pensó: «Sin saberlo, he hospedado a un ángel».

De regreso en la parroquia, Michael sacó del viejo armario una botella de aguardiente que un campesino le había traído y regalado a raíz de la muerte de su mujer. Se sirvió un primer chupito; luego un segundo. A continuación se tumbó y sólo despertó cuando el ama de llaves lo llamó para la cena. Le dolía la cabeza.

¿Y si fuera cierto?, dijo cuando el ama de llaves le trajo la cena. ¿Y si fuera cierto qué?, preguntó el ama. Lo de Mandy. Si en realidad había concebido a ese niño. ¿De quién? ¿Acaso esa tierra no era también un páramo?, preguntó Michael. ¿Quién nos dice que Él no ha dirigido sus ojos hacia aquí, y que esa criatura, precisamente esa Mandy, ha encontrado la gracia a ojos del Señor? El ama de llaves sacudió, incrédula, la cabeza. El padre era un conductor de autobús, dijo la mujer. ¿Y acaso José no era carpintero?, preguntó Michael. Pero de eso hacía mucho tiempo, replicó ella. ¿No creía ella acaso que Dios todavía vivía y que Jesús regresaría? Por supuesto. Pero no iba a venir aquí. ¿Quién era Mandy? Nadie. Era camarera en un restaurante en W., una ayudante.

—Para Dios no hay nada imposible—dijo Michael—, y os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.

El ama de llaves se puso de morros y desapareció en la cocina. Michael jamás había conseguido animarla a que comiera con él, la mujer siempre decía que no le apetecía, que luego se comentarían cosas en el pueblo. ¿Se comentarían cosas sobre qué? «No somos más que seres humanos—había dicho ella—, todos tenemos nuestras necesidades».

Después de la cena, Michael volvió a salir de la casa. Bajó por la carretera y los perros de las granjas empezaron a ladrar como locos, al punto de que Michael llegó a pensar: «Mejor confiar en Dios que en vuestros perros». Pero ésos eran los comunistas: su deber había sido enseñarles a comportarse, pero no lo había conseguido. Ya no venían a la iglesia más fieles que en primavera, y todos los días podían escucharse historias acerca de abusos sexuales y de bacanales, bastaba con que uno quisiera oírlas.

Michael fue hasta la residencia de ancianos y preguntó por la señora Schmidt, la que leía el texto de la Biblia todos los domingos. «Vamos a ver si está despierta todavía», dijo, de mala gana, la enfermera, la tal Ulla, que, a continuación, desapareció. «Una comunista—pensó Michael—, de eso no cabe duda». Él, a los comunistas, los descubría enseguida, y también sabía lo que pensaban al verlo. No obstante, cuando alguno moría, lo mandaban a buscar. «Para que ese hombre pueda tener decente sepultura», le había dicho en una ocasión la propia Ulla, cuando tuvo que enterrar a un señor que no había pertenecido a ninguna iglesia a lo largo de su vida.

La señora Schmidt estaba despierta todavía. Estaba sentada en su poltrona, mirando el programa ¿Quién quiere ser millonario? Michael le estrechó la mano. «Buenas noches, señora Schmidt». A continuación, acercó una silla y se sentó al lado de la anciana. Ella había hecho una estupenda labor leyendo los textos, y él quería darle las gracias por ello. La señora Schmidt asintió con todo el torso. Michael sacó del bolsillo su pequeña Biblia encuadernada en piel. «Hoy quisiera leerle yo en voz alta un pasaje», le dijo. Y mientras el moderador preguntaba en la televisión qué ciudad había sido sepultada por un volcán en el año 79 después del nacimiento de Cristo, si Troya, Sodoma, Pompeya o Babilonia, Michael empezó a leer en voz alta, y fue haciéndolo en voz cada vez más sonora:

—«Sabed ante todo que en los últimos días aparecerán charlatanes dominados por sus propias pasiones, que, burlándose de todo, preguntarán: “¿En qué ha venido a quedar la promesa de que Cristo volverá? Nuestros padres han muerto y nada ha cambiado, todo sigue igual desde que el mundo es mundo”. Queridos hermanos, no debéis olvidar una cosa: que un día es ante Dios como mil años, y mil años, como un día».

Y a continuación, leyó:

—«El día del Señor vendrá como un ladrón: los cielos se desintegrarán entonces con gran estrépito, los elementos del mundo quedarán hechos cenizas, y la tierra con todo cuanto hay en ella desaparecerá».

Durante todo el tiempo que Michael estuvo leyendo, la anciana no supo hacer otra cosa que asentir: su torso se mecía hacia atrás y hacia delante, como si todo su cuerpo fuera un sonoro «¡Sí!». Luego, por fin, la señora Schmidt se decidió a hablar y dijo:

—No es Sodoma, tampoco es Babilonia. ¿Será Troya?

—El día, quizá, está más cerca de lo que creemos—dijo Michael.

—Pero nadie lo sabrá. Yo no lo sé—dijo la señora Schmidt.

—Vendrá como un ladrón—dijo Michael, poniéndose de pie.

—Troya—dijo la señora Schmidt.

Michael le estrechó la mano. La anciana no dijo nada más y ni siquiera lo siguió con la vista cuando el párroco salió de la habitación.

—Pompeya—dijo el moderador.

—Pompeya—dijo la señora Schmidt.

«Nadie lo sabrá», pensó Michael mientras caminaba hacia su casa. Los perros de los comunistas ladraban, y en una ocasión el párroco llegó a recoger una piedra del suelo y la lanzó contra uno de los portones de madera. Entonces el perro que estaba detrás empezó a ladrar con mayor fuerza, y Michael aceleró el paso para que nadie lo viera. En esa ocasión, sin embargo, no fue de regreso a la casa parroquial, sino que salió del pueblo.

Se tardaba una media hora en llegar a W. En una ocasión le salió al paso un coche. El párroco vio la luz de los faros con bastante antelación y se ocultó detrás de uno de los árboles de la avenida, hasta que el vehículo hubo pasado. La isla era ahora una mancha oscura en medio del campo gris, y parecía estar más próxima que durante el día. Las estrellas brillaban. La temperatura había bajado.

En W. no había ni un alma en la calle. Había luces encendidas en las casas y una farola, situada allí donde una de las carreteras se cruzaba con la otra. Michael sabía dónde vivía Mandy. Se detuvo ante la verja del jardín y miró hacia la casa de una sola planta. Vio en la cocina sombras que se movían. Era como si alguien estuviera fregando la vajilla. Michael sintió cierto calor en el corazón. Se apoyó contra la puerta del jardín. Entonces sintió muy de cerca el ruido de una respiración y, de repente, sonó un ladrido intenso en forma de aullido. El párroco dio un paso atrás y salió corriendo de allí. Aún no se había alejado cien metros de la casa de Mandy, cuando la puerta se abrió, un haz de luz cortó la oscuridad y se oyó la voz de un hombre: «¡Calla la boca!».

Uno de aquellos días, Michael fue hasta el restaurante de W., ya que su ama de llaves le había dicho que Mandy trabajaba allí. Y así era.

El salón era un recinto de techos altos. Las paredes estaban amarillentas por el humo del tabaco; los cristales de las ventanas estaban empañados y los muebles eran anticuados, ninguna pieza hacía juego con las otras. Allí no había nadie más aparte de Mandy, que estaba detrás del mostrador, como si aquél fuera su sitio habitual, con las manos apoyadas sobre la barra de servir la cerveza. La chica sonrió y bajó la mirada, y Michael sintió como si su rostro iluminara aquel recinto sombrío. El párroco tomó asiento en una mesa cercana a la entrada. Mandy se acercó a él. Michael pidió té, y la chica desapareció. «Si no viniera nadie», pensó el sacerdote. A continuación, Mandy trajo el té. Michael removió el azúcar que había añadido a la infusión. Mandy estaba todavía de pie junto a la mesa. «Un ángel a mi lado», pensó Michael. Bebió un rápido sorbo y se quemó la boca al hacerlo. Y entonces el párroco habló, pero sin mirar a Mandy. La joven tampoco lo miraba a él.

Pero aquel día y aquella hora nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los tiempos de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio comían, bebían y se casaban ellos y ellas, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los barrió a todos, así sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Fue entonces cuando Michael miró a Mandy y vio que la joven estaba llorando.

—No temas—le dijo, y entonces se levantó y puso una mano sobre la cabeza de la chica; luego vaciló, y al cabo de un rato puso la otra mano sobre la barriga.

—¿Se llamará Jesús?—preguntó Mandy en voz baja.

Michael estaba perplejo. Jamás se había imaginado una cosa así.

—El viento sopla donde quiere—dijo—; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y adónde va.

Entonces el párroco le regaló a Mandy la breve guía para chicas jóvenes y mujeres encintas que la Iglesia ponía a su disposición, y a través de la cual él mismo sabía todo lo que sabía. A continuación, le dijo a Mandy que debía venir a las clases de instrucción y a la misa, que eso era lo más importante, tenía muchas cosas que recuperar.

Transcurrieron los meses. El otoño cedió paso al invierno, y las primeras nieves cayeron, cubriéndolo todo: los pueblos, el bosque y los campos. El invierno se extendió por la región, y el olor ácido de la madera quemada descendía hasta las calles.

Michael hacía largas caminatas por la región. Iba de pueblo en pueblo, y caminó otra vez a través del campo de remolachas, que ahora estaba helado, hasta la isla. Y una vez más se vio allí y alzó los brazos. Pero los árboles habían perdido las hojas, y el cielo estaba muy distante. Michael esperaba alguna señal. Pero no llegó ninguna: no había en el firmamento ninguna estrella que no hubiera estado allí antes; no había en el campo ningún ángel que le hablara, ningún rey, ningún pastor, ningún rebaño. Entonces se sintió avergonzado y pensó que él no era el elegido. La señal le llegará a ella, a Mandy, a ella se le aparecerá el ángel.

Todos los miércoles, Mandy acudía a la instrucción, para lo cual viajaba desde W. en su motocicleta; también venía todos los domingos a la iglesia. Su barriga crecía, pero su rostro se hacía cada vez más pequeño y pálido. Cuando acababa la misa, se quedaba en la iglesia hasta que todos se hubieran marchado; luego se sentaba junto a Michael en uno de los bancos y ambos charlaban en voz baja. El niño, decía la joven, debía venir al mundo en febrero. En Navidad, pensó Michael, en Pascua. Pero las Navidades llegarían pronto, y Pascua no sería hasta finales de marzo. Ya se vería.

En eso el ama de llaves asomó la cabeza a través de la puerta y preguntó si el señor párroco pensaba, por casualidad, comer el miércoles. Lo mucho que ella se esforzaba y como si nada, ningún elogio, nada, y al final él terminaba dejando la mitad de la comida. Michael le dijo que Mandy se quedaría a comer, que había suficiente comida para dos. Incluso para tres, dijo el párroco, y ambos sonrieron tímidamente.

—No, si ahora mismo podríamos abrir un mesón—dijo el ama de llaves al poner el segundo cubierto. Estampó con rabia la olla en la mesa, y desapareció sin decir palabra ni desearles buen provecho.

Mandy le contó al párroco que su padre la atormentaba con preguntas acerca de quién era el padre del bebé, y se ponía furioso cuando ella le respondía que había sido el amado Dios en persona. No, él no le pegaba. Sólo le daba alguna que otra bofetada. Y a su madre también, dijo la joven. Quería marcharse de casa. Mandy y Michael comieron en silencio. El párroco no comió mucho, pero Mandy se sirvió dos veces.

—¿Te  gusta?—preguntó el sacerdote.

Ella asintió y se ruborizó. Entonces el párroco le dijo que podía venir a vivir a la casa parroquial, que había sitio suficiente. Mandy lo miró con temor.

—Eso no puede ser—dijo el ama de llaves. Michael guardó silencio—. Antes me marcho.

Michael seguía sin decir nada. Cruzó los brazos. Pensó en Belén. «Esta vez no», pensó. Y aquella idea lo hizo más fuerte.

—Yo me marcho—repitió el ama de llaves, a lo que Michael asintió lentamente.

«Tanto mejor», pensó. Michael ya sospechaba que esa ama de llaves había sido comunista o cualquier otra cosa. Siempre decía que no era más que un ser humano; además, se llamaba Karola, un nombre pagano. Él ya había oído las historias acerca de ella y de su antecesor, que había estado casado: y se comentaba que lo hacían en la sacristía, para colmo. No iba a permitir que esa mujer le hiciera ninguna recriminación. Eso, en primer lugar. Además, tampoco cocinaba bien.

El ama de llaves desapareció en la cocina, y luego desapareció también de la casa, porque aquello no era justo ni decente. Entonces Mandy se vino a vivir a la parroquia: se convirtió en la nueva ama de llaves, así lo hablaron y lo acordaron con sus padres. Hasta le pagaban. Pero Mandy ya estaba en el quinto mes de embarazo, y su barriga había crecido tanto que la joven resoplaba como una vaca cuando subía las escaleras, al punto de que Michael tuvo miedo de que pudiera pasarle algo al niño el día en que tuvo que sacar las pesadas alfombras fuera de la casa.

Un día que Michael regresaba de una de sus caminatas, vio a Mandy sacudiendo las alfombras delante de la casa parroquial. Entonces reprendió a la joven y le dijo que debería cuidarse un poco más, y el propio párroco se encargó de meter las alfombras en la casa, aun cuando apenas estaba en condiciones de hacerlo. Porque su cuerpo no era muy fuerte. «En Navidad tiene que estar todo limpio», dijo Mandy. Eso alegró a Michael, le pareció que se trataba de una buena señal. Por lo demás, no había encontrado demasiada fe en la joven, aun cuando ella juraba por la Virgen y estaba firmemente convencida de que su hijo sería un Niño Jesús, como ella misma solía decir. También dijo que ella era protestante. Pero la verdad es que no lo era demasiado. A Michael le habían entrado sus dudas. Se avergonzaba de ellas, pero esas dudas estaban ahí, y envenenaban su amor y su fe.

A partir de ese momento, Michael empezó a hacer él mismo todas las labores domésticas. Mandy, sin embargo, cocinaba para él, y ambos comían juntos en el oscuro comedor, sin hablar mucho. Por las noches, Michael trabajaba hasta muy tarde. Leía la Biblia, y cuando escuchaba que Mandy había salido del cuarto de baño, esperaba cinco minutos, pues en ese momento no podía trabajar por la alegría que sentía. Entonces tocaba a la puerta de la habitación de Mandy, y la joven le gritaba: «Entre, entre». Y allí estaba ella, tumbada en la cama, con la manta subida hasta el cuello. Él se sentaba a su lado, le colocaba la mano en la frente o sobre la manta, en el sitio donde estaba la barriga.

En una ocasión Michael le preguntó a Mandy acerca de sus sueños: a fin de cuentas, estaba esperando una señal. Pero Mandy no solía soñar, según le dijo la propia chica. Por lo tanto, le preguntó si era cierto eso de que jamás había tenido ningún novio ni algo parecido, si nunca había encontrado sangre en la ropa de cama. «No durante el período», dijo el párroco, que al instante se sintió muy extraño al verse hablándole de ese modo a la joven. «Si ésta es la nueva madre de Dios—pensaba—, ¿cuál es, entonces, mi papel?». Mandy no tenía respuesta para eso. Lloró y preguntó al párroco si no le creía. Él colocó la mano sobre la manta, y sus ojos se humedecieron. «Mirad qué gran amor nos ha dado al hacer que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad—dijo Michael—. Si el mundo no nos conoce, es porque no lo ha conocido a Él».

—¿Quién es Él?—preguntó Mandy.

En una ocasión ella retiró el cubrecama y él la vio allí, tumbada ante él, vistiendo sólo su camisón transparente. La mano de Michael estaba otra vez sobre la manta, y él la había alzado, y ahora flotaba en el aire, sobre la barriga de Mandy.

—Se mueve—dijo Mandy, al tiempo que tomaba la mano del párroco con las suyas y la colocaba sobre su barriga; la apretaba hacia abajo con tal fuerza, que Michael no podía alzarla, y su mano permaneció allí, larga y pesada como un pecado.

Pasó la Navidad. En Nochebuena, Mandy había ido hasta la casa de sus padres, pero al día siguiente ya estaba de regreso. No había mucha gente en la iglesia. En el pueblo se decían cosas sobre ella y sobre Michael, se enviaron cartas al obispo, y otras cartas regresaron. Se había producido una llamada telefónica, y un hombre de confianza del obispo había viajado hasta el pueblo un domingo, y había comido y hablado con Michael. Ese día, Mandy comió en la cocina. Estaba muy nerviosa, pero cuando el visitante se marchó, Michael le dijo que todo estaba bien: según Michael, el obispo sabía que en ese sitio había muy mala sangre, y que algunos comunistas todavía luchaban contra la Iglesia, sembrando la discordia.

A medida que pasaba el tiempo, el niño crecía, y la barriga de Mandy, por lo tanto, se hacía también cada vez más voluminosa, aun cuando Michael, desde hacía bastante tiempo, pensara que ya no podría crecer más. Era como si la barriga ya no perteneciera a aquel cuerpo. Y por eso Michael seguía poniendo su mano sobre aquel niño en gestación y se sentía dichoso.

El susto llegó cuando Michael, una tarde, salió de nuevo a una de sus habituales caminatas y se dio cuenta de que había dejado el libro en casa. Se dio la vuelta y regresó a la parroquia media hora después. Entró sigiloso, y sigiloso subió las escaleras. Mandy solía dormir a menudo durante el día, y si ahora estaba durmiendo, él no quería despertarla. Pero cuando entró en su habitación, Mandy estaba allí, desnuda: estaba de pie delante del gran espejo empotrado en la puerta del armario ropero. Y por eso la joven pudo verse de costado en el espejo y también vio que estaba delante de Michael, que podía verlo todo. Mandy, sin embargo, lo había oído llegar, y se volvió hacia él, y ambos se miraron tal cual eran.

—¿Qué estás buscando en mi habitación?—preguntó Michael, al tiempo que confiaba en que Mandy se cubriera con las manos, cosa que la chica no hizo. Sus manos colgaban a ambos lados de su cuerpo, como las hojas de un árbol. Apenas se movían. Ella dijo que en su habitación no tenía espejo, y que había querido contemplar cómo le había crecido la barriga. Michael se acercó a Mandy para no tener que mirarla, y entonces las manos del párroco tocaron las de la joven, y Michael ya no pensó en nada más, porque estaba con Mandy y ella estaba con él. Y entonces la mano de Michael se posó sobre ella como si se tratase de una recién nacida: y salió el animal de aquella herida.

A continuación, Michael se quedó dormido, y cuando despertó, pensó: «Dios mío, qué he hecho». Mientras yacía en el lecho, encogido, cubría con la mano su pecado, que era grande. La sangre de Mandy era su testimonio y su prueba, y sólo le asombraba que los elementos del mundo no quedaran hechos cenizas, o que el cielo no se desplomara y se abriera sobre él para fulminarlo y castigarlo con un rayo o con cualquier otro medio. Sin embargo, nada sucedió.

El cielo también se abrió un día en que Michael caminaba por la alameda flanqueada de árboles, a lo largo de la carretera que iba hasta W. Quería ir hasta la isla situada en medio del campo, y caminaba con paso rápido, tropezando con los surcos helados. Mandy dormía cuando él salió de la casa, esa Mandy que él había acogido.

Michael llegó y se sentó en la nieve. Sencillamente, ya no podía sostenerse en pie a causa del cansancio, la tristeza y la sensación de estar perdido. Se quedaría en aquel lugar, no se marcharía de allí jamás. Lo encontrarían ellos, el campesino y aquella mujer, cuando cometieran allí sus pecados primaverales.

Oscurecía y hacía frío. Era de noche. Y Michael seguía sentado allí, en la isla, sobre la nieve. La humedad atravesó su abrigo, y él titiritaba de frío a medida que su cuerpo se enfriaba. «No nos permitas amar con palabras—pensó—, ni con la lengua, sino con los hechos». Así lo había guiado Dios hasta Mandy, y había guiado a Mandy hasta él: para que se amasen. Porque ella no era ninguna niña, tendría unos dieciocho o diecinueve años. ¿Acaso no se decía que ningún hombre lo sabría? ¿No se decía que el día llegaría como un ladrón? Por lo tanto, Michael pensó: «No puedo saberlo. Y si ha sido voluntad de Dios que ella conciba a Su Hijo, entonces también ha sido voluntad Suya que lo concibiera de él, porque, ¿acaso no era él una obra y una criatura de Dios?».

A través de los árboles, Michael sólo veía un par de estrellas aisladas. Pero cuando se alejó de aquella parte cubierta y se adentró en el campo, vio todas las estrellas que alguien puede ver en una noche fría, y, por primera vez desde que estaba allí, no tuvo miedo de ese cielo. Se sintió feliz de que el cielo estuviera tan distante, y de que él mismo fuera tan pequeño en aquel campo infinito. Le alegró que Dios tuviera que mirar dos veces para verlo.

Pronto estuvo de regreso en el pueblo. Los perros ladraban, y Michael lanzó piedras contra los portones de entrada de las granjas y ladró él mismo, imitando a los canes, sus estúpidos ladridos y aullidos, y el párroco se rió a carcajadas cuando los perros se pusieron fuera de sí a causa de la rabia y del brío con que ladraban: el propio Michael estaba totalmente fuera de sí.

En la parroquia la luz estaba encendida, y cuando Michael entró, sintió el olor de la comida que Mandy había preparado. Y mientras él se quitaba los zapatos mojados y el pesado abrigo, ella apareció en la puerta de la cocina y lo miró con temor. Había bajado la temperatura, le dijo Michael, y ella le dijo que la cena estaba lista. Entonces Michael se acercó a Mandy y la besó en la boca. ¡Cómo sonreía él! Durante la cena, sin embargo, ambos estuvieron sopesando un nombre para el niño, y luego pensaron en un segundo. A modo de buenas noches, se tomaron de la mano y cada uno se fue a su habitación.

Dado que en enero hizo cada vez más frío y la vieja casa parroquial apenas podía caldearse, Mandy, una noche, se trasladó de la habitación de invitados a la del dueño de la casa. Llevaba su manta delante y se acostó junto a Michael, que se apartó a un lado sin decir una palabra. Y esa noche, y la siguiente, ambos yacieron en la misma cama, aprendiendo a conocerse cada vez mejor y a amarse: y Michael lo vio todo, y Mandy no se avergonzó.

Pero ¿era aquello un pecado? Quién quería saberlo. ¿Acaso Mandy no había dado fe, con su sangre, de que aquel niño que crecía en su vientre era un hijo de Dios, un hijo de la pureza? ¿Podía existir lo puro en lo impuro?

Y cuando Michael ya no creía que su palabra llegara a los hombres y a los comunistas de aquel pueblo, el milagro que se había obrado les llegó, y nadie pudo decir cómo esas mismas gentes llegaron hasta su puerta y llamaron, llegaron sin decir grandes palabras, portando en sus manos lo que tenían. La vecina trajo un pastel. Ella misma lo había horneado, dijo, y era tan fácil hacer uno como hacer dos. También preguntó si Mandy se las arreglaba bien.

Otro día vino Marco, el mesonero, y preguntó cuánto tiempo faltaba. Michael le pidió que pasara y llamó a Mandy y le preparó un té en la cocina. Entonces los tres se sentaron, en silencio, sin saber qué decir. Marco había traído una botella de coñac y la puso delante de él, sobre la mesa. Sabía, dijo, que eso no era lo correcto para un niño pequeño, pero tal vez si un día le daba tos… Entonces quiso que le explicasen, y cuando Michael lo hizo, Marco miró a Mandy, incrédulo, y miró también su barriga. Preguntó si era seguro, y Michael le dijo que ningún hombre lo sabía, ninguno podría saberlo. Porque es muy poco probable, dijo Marco. Entonces tomó de nuevo el coñac entre sus manos y contempló la botella. Parecía dudar, pero luego colocó otra vez la botella encima de la mesa y dijo que era tres estrellas, lo mejor que podía conseguirse en aquel sitio. No era el que se les servía a los clientes. Entonces Marco se cohibió un poco y se levantó, y luego se rascó la cabeza. «En el verano paseaste conmigo en la motocicleta», dijo, riendo. Vaya cosa. Se habían bañado en el lago, toda la pandilla lo hizo, fue cerca de F. Quién lo habría imaginado.

Cuando Marco se marchó, apareció en el jardín la señora Schmidt, que traía lo que había tejido para el niño. Con ella había venido, desde la residencia de ancianos, la enfermera Ulla, a la que Michael había considerado una comunista. Ella también traía algo, un juguete, y quiso que Mandy la tocara.

Y así fueron viniendo uno tras otro. La mesa del salón estaba cubierta de regalos, y en el armario había unas diez botellas de aguardiente, o tal vez más. Los niños trajeron dibujos de Mandy y del niño, y a veces también aparecía en ellos Michael, y también un asno y un buey.

Pronto vino también gente desde W. y de otros pueblos de la región, gente que quería ver a la futura madre para pedirle consejo sobre sus nimios asuntos. Y Mandy ofreció su consejo y su consuelo, y en ocasiones bastaba sólo con que posara su mano sobre el brazo o la cabeza de una de esas personas, sin decir nada. Y fue así como ella se fue volviendo silenciosa y seria, al extremo de que el propio Michael empezó a verla de una manera nueva y distinta. Y todos hicieron lo que había que hacer. En el pueblo, sin embargo, se olvidaron en esos días de algunas disputas, y hasta los perros parecían ahora menos salvajes cuando Michael caminaba por las carreteras, y en algunas casas habían colgado de nuevo, en puertas y ventanas, las guirnaldas y las coronas de la Fiesta de Cristo. Y es que había tal alegría en todo el pueblo, que parecía que se avecinaran las Navidades. Todos lo sabían, pero nadie lo dijo.

Una vez vino incluso el doctor Klaus para comprobar que las cosas iban bien. Pero cuando llamó a la puerta, Michael no le abrió. Estaba arriba, en la planta superior, sentado junto a Mandy. Y se quedaron tan quietos como niños, mirando por la ventana, hasta que vieron que el médico se marchaba.

Al día siguiente, Michael fue hasta W. para ver al médico. Éste le sirvió aguardiente y le preguntó cómo iban las cosas con la tal Mandy. Michael no bebió el aguardiente. Solamente dijo que todo estaba bien, que no necesitaban ningún médico. ¿Y aquellas historias? «El que es de la tierra es terreno y habla como terreno», dijo Michael. «Da igual como sea. Ese niño nacerá en la tierra y no en el cielo. Y si necesitáis ayuda, llamadme, y yo iré». Entonces se dieron la mano y no dijeron nada más. Pero Michael regresó al pueblo y a la residencia de ancianos, a ver a la enfermera Ulla, porque ella había dado a luz a cuatro hijos y sabía cómo era. Y Ulla le prometió que prestaría su ayuda cuando llegara la hora.

Y cuando llegó febrero, llegó la hora. Y el niño nació. Michael estuvo junto a Mandy y también estuvo la enfermera Ulla, a la que Michael había mandado llamar. Y cuando se divulgó la noticia, la gente del pueblo se reunió en la calle y esperó tranquilamente a que sucediera. Ya estaba oscuro cuando sucedió; el niño nació y la enfermera Ulla salió a la ventana y lo alzó delante de todos, para que los de fuera pudieran verlo. Pero era una niña.

Michael estaba sentado junto al lecho de Mandy, sostenía su mano y contemplaba a la niña. «No es hermosa», dijo Mandy, pero lo había dicho en tono de pregunta. Y entonces la hermana Ulla le preguntó a la madre adónde pensaba ir ahora con el niño, si ya no podía ser el ama de llaves del párroco a cambio de dinero. Entonces Michael dijo: «La esposa pertenece al esposo», y besó a Mandy de tal modo que la hermana Ulla pudiera verlo. Y ella se lo contó más tarde a todos: que la promesa había sido dada.

Y puesto que el niño ya no podría llamarse Jesús, le dieron por nombre Sandra. Y si la gente en el pueblo creía que ese niño había nacido para ellos, entonces era igualmente bueno que fuera una niña. Y todos se mostraron satisfechos y contentos.

El domingo siguiente la iglesia se llenó como hacía tiem- po no se llenaba. En el primer banco de todos estaba sentada Mandy con la niña. Sonó el órgano, y cuando hubieron acabado de tocarlo, Michael subió al púlpito y habló así:

—No sabemos ni podemos saber si es éste el niño que el mundo ha esperado tanto tiempo. Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, se emborrachan de noche. Por el contrario, nosotros, hijos del día, seamos sobrios. —Y luego dijo—: Lo que nace de la carne, es carne. Y lo que nace del espíritu, es espíritu. Pero nosotros, queridos míos, somos desde ahora hijos de Dios.


*Este cuento fue publicado en: Wir fliegen de Peter Stamm. © S. Fischer Verlag Frankfurt am Main 2008. 

*Traducción © José Aníbal Campos, 2010.

*Edición en español © Quadernos Crema, 2010, S.A. (Acantilado, Barcelona, España).

Eli se negaba a dejarme parar hasta que cruzáramos la frontera de Utah. Era un clavo en el asiento del acompañante: dura, punzante, con los ojos azules que no paraba de saltar del velocímetro a la doble línea amarilla y vuelta al velocímetro. Dos ríos de maquillaje seco conectaban sus ojos con su mentón. Leon yacía en el asiento trasero donde yo lo había dejado. Tenía el hocico apoyado en una pila de libros de Carlos Castaneda. Sobre las cubiertas naranjas corrían hilitos de baba. Le temblaban las ancas cada vez que pasábamos sobre un pozo. Su mirada vidriosa y dolorida estaba fija en el hombro desnudo de Eli. Le habíamos limpiado la mayor parte de la sangre del pelaje color pizarra del lomo, pero aún le quedaban salpicaduras en la panza pálida. 

La ruta 89 cruza el monte bajo y el polvo de Nevada a lo largo de cincuenta kilómetros antes de doblar al norte por Kanab. En el portatazas traqueteaba una botella medio vacía de Popov. Eli la levantó del cuello.

—A lo mejor nos hace falta —dije.

Se detuvo pensativa, y luego se la bebió. Contra el cielo, los cables eléctricos se perdían en el horizonte, suspendidos entre torres transformadoras. Con toda probabilidad seguirían corriendo así hasta México, como bandidos.

Kanab tenía solo una estación de servicio, una Sinclair pequeña y limpia con una entrada bien fregada y surtidores verdes relucientes. Entré y aparqué. El aire era tan fresco que apenas olía a gasolina. Justo detrás de la tienda terminaba un pinar. «Tierra de la campeona estatal Lady Rams», decía el cartel de una ventana donde deberían haber estado los anuncios de cerveza. Puse el pie en la plataforma de concreto que sostenía el surtidor, pasé la tarjeta de crédito y saqué el inyector del enganche.

Elí salió a estirar las piernas. Mientras se inclinaba a izquierda y derecha, con los brazos encima de la cabeza, los pies descalzos en el pavimento, su torso largo le daba un aspecto sinuoso y ondulante. Se dirigió con un andar rígido, haciendo girar el cuello, al baño que estaba del otro lado de la tienda. «¿Por qué no te calzas?», quería gritarle, pero sabía que no me haría caso. Era un espíritu libre en materia de gérmenes, dinero, ropa interior e indicaciones. Todo lo demás le preocupaba.

Se le había pegado una mata de pelo al ruedo de su vestido naranja. Uno de los tirantes se le había deslizado sobre hombro. Le colgaba hasta el codo. La ropa siempre se le estaba cayendo, sin poder ocultar la muchacha que había debajo. Me dolían los brazos de conducir todo el día y de cargar a Leon.

Eli volvió con un montón de toallas de papel mojadas; la cara le brillaba de preocupación. Abrió la puerta polvorienta del Sentra y empezó tocar con cuidado la piel de Leo alrededor de la herida. Se la habíamos lavado con vodka y vendado como mejor pudimos con tela adhesiva y una camiseta limpia que estaba en mi bolso de gimnasia. La bala le había atravesado la cadera. Ignoraba si ese era un mal sitio para que un coyote recibiera un tiro: si tenían algún órgano ahí detrás.

—Mañana a esta ahora va a estar como nuevo —dije—. Se pondrá bien.

Eli no contestó. Siguió limpiándolo. Sus brazos delgados eran notablemente musculosos. No hacia ejercicio, pero estaba tensa todo el tiempo. Incluso dormida apretaba los dientes. Leon no se quejaba de que lo tocara. Nunca lo hacía; nunca gruñía, o siquiera resoplaba. Eli acercó sus labios cortados contra el hocico de Leon. Se miraron.

Se levantó una ráfaga de viento del norte y temblé al colocar el surtidor en su sitio. Subíamos a latitudes más frías. «A Montana», había dicho Eli cuando yo había salido del cañón con Leon en brazos, hecho una bola ensangrentada. Conocía allí a un veterinario, amigo de su padre. Al parecer, lo había visto curar a lobo con un balazo y en peor estado, y no nos denunciaría a control de animales.

—¿Todo bien por ahí? —preguntó la cajera, cuando entré a comprar agua y manteca de cacao. Era más bonita que la mayoría de las mujeres que trabajan en las estaciones de servicio. Bronceada, con pendientes de pluma y una sonrisa preocupada de madre.

Asentí. Me di cuenta de que tenía sangre seca en la camisa.

—Me he volcado el café.

Empezaron a aparecer montañas en el desierto. Primero rojas: lomas, colinas, columnas de roca. Le conté a Eli sobre la vez que mi padre nos llevó a Zion. Nos quedamos en un Travelodge de Hurricane. La habitación tenía HBO, y mi hermano y yo solo queríamos quedarnos dentro para ver la tele. Mi papá se cabreó tanto que rompió la pantalla de un puñetazo y volvimos a casa dos días antes de lo planeado. Eli trazaba triángulos en la ventana con el dedo mientras el paisaje amarillo-marrón se borroneaba. No me escuchaba. Apretaba los labios, ahora humectados por la manteca de cacao. A través del maquillaje que se había aplicado con descuido sobre la nariz asomaban unas pecas. Era hermosa de una manera demacrada y seca a la que nunca podía sobreponerme.

Leon orinó. El pis cayó con un siseo en el suelo, mojando la alfombrilla y los vasitos vacíos de poliestireno que había debajo de mi asiento. El olor dulzón y tóxico como a vinagre hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.

Eli se volvió y lo miró tratar de apartarse del pis. Leon tiró dos libros del asiento. Con una pata arañaba el aire. Tenía el cuarto trasero empapado, el pelaje húmedo apelmazado hasta la altura del hueso. Por la funda de plástico del asiento caían al suelo gotas amarillas.

—No pasa nada —dijo Eli—. No pasa nada.

Bajé la ventanilla y dejé que el aire seco me pegara en la cara. Nos incorporamos a la I-15: cuatro carriles anchos que iban hacia el norte directo hasta Butte. Evitaba mirar el espejo retrovisor. En un día o dos, tres como mucho, estaría de vuelta en casa, recién duchado, echado en el sofá con una cerveza fría, mirando tenis femenino. En la franja central de grava crecía una hierba marrón. Adelantábamos semirremolques que traqueteaban, escupiendo gasoil debajo de sus panzas oscuras.

Pasó una hora antes de que Eli volviera a hablar.

—Tiene que comer —dijo.

—Solo va a servir para que se cague —contesté.

Me miró como si fuera un insecto medio aplastado.

—Es una broma —dije—. En serio.

Tomé la salida y empecé a conducir de un lado a otro por las calles tranquilas de un pueblo mormón, entre hileras de casas de madera blancas con ribetes azules y adelante alfombras de césped cortado al ras como una cabeza militar. Pasamos una ferretería, una confitería. No sabía qué buscábamos. A Leon le gustaba comer gatos, y le gustaba comérselos vivos. Propuse que usáramos un poco de pienso para atraer uno al coche.

—No le veo la gracia —dijo Eli.

Encontramos un sitio con sombra donde aparcar detrás de The Country Kitchen, entre un vertedero de basura y un Mustang rojo encerado, quizá del gerente del restaurante: algún pez gordo. Me cambié la camisa, recogí los vasos empapados de pis con la que me había sacado y tiré todo en el vertedero. Eli dejó las ventanillas abiertas unos centímetros. Abrió la puerta trasera y le prometió a Leon que volveríamos enseguida. Me acerqué y me detuve al lado de ella. Me harían falta alfombrillas nuevas, quizá nuevas fundas de asientos. La cabeza de Eli me llegaba al mentón. Si alguna vez se marchaba, lo que no podría olvidar sería era el fresco olor a coral de su cuero cabelludo.

—Sé bueno —dijo, como si le hablara a su hijo—. Quieto.   

Leon levantó la cabeza de los libros, parpadeando. Sus ojos amarillos estaban más dilatados que de costumbre: le brillaban en medio del pelo blanco que los rodeaba. Tenía la boca bien cerrada. Sentía vergüenza, dolor. Cuando estaba contento, dejaba la boca abierta con los dientes al aire libre.

Maldito coyote. Tendí la mano para tocarle la cara. Sacudió las mandíbulas, tratando de morderme.

—Me cago en la leche.

Aparté la mano de un salto. Me había mordido una vez, de cachorro, y todavía conservaba dos pequeñas cicatrices bajo el pulgar. Ahora era cinco veces más grande. Tenía unos colmillos de un centímetro y medio y yo había visto lo que podían hacerle al cráneo de un gato. Me zumbaban los oídos. Quería pegarle. Me di la vuelta y me alejé caminando rápidamente hacia el restaurante.

Eli le murmuró algo, cerró la puerta con suavidad y me siguió adentro.

La camarera nos llevó a un reservado en un rincón. Cada uno de sus muslos era tan ancho como toda Eli. Llevaba un delantal sobre la ingle tan estirado como el suspensorio de un jugador de fútbol. Ojalá el Mustang fuera suyo. El recubrimiento de vinilo de los asientos crujió cuando me senté. Había manteles individuales de papel y un vasito con lápices de colores. Eli miró por la venta un campanario gris que apuñalaba el cielo. Llevaba el pelo rubio cortado todo de un mismo largo, a la altura del mentón. Tenía la cara demacrada y como grisácea, marcada por el agotamiento, físicamente exhausta, pero también encendida por ello, como si estuviera cobrando más vida.

Pidió un batido de cerezas y un filete.

—También tú necesitas comer —dije.

—Me como las patatas.

El campanario no tenía crucifijo, pero pertenecía a una iglesia, sin ninguna duda. Había oído que para entrar en una iglesia mormona había que ser mormón. Dudé de que fuera cierto, y, en tal caso, de lo que habría dentro. Sobre mi mantel dibujé a Richard Nixon en verde: bien enfadado y cachetón.

La camarera nos trajo el batido en una bandeja plateada. En el vaso flotaba una nube de nata batida. Eli puso toda su atención en la bebida. Los tendones del cuello se le tensaron mientras sorbía por la pajita. Tenía la piel del hombro derecho muy colorada a causa del sol que entraba por la ventanilla del coche.

—Despacio —dije—. Se te va a congelar el cerebro.

Cuando el vaso estuvo vacío, Eli dobló la pajita en tres, formando un triángulo. Llenó el triángulo de sal: una pirámide blanca. Tenía las uñas sucias de sangre seca.

—Trató de morderme —dije.

Eli rompió un cristal de sal con la uña del pulgar.

—Está asustado y le duele.

—Pues aquí lo van a matar. Todos esos cazadores.

Señalé con la cabeza la calle vacía.

Se oía una música country a poco volumen, y la camarera chasqueó los dedos al salir por la puerta batiente de metal que daba a la cocina. Mi hamburguesa venía servida con los ingredientes separados en el plato: lechuga, tomate, cebolla, pan, alineados junto a la carne. Eli me miró armar el sándwich y luego me miró comer. El filete que le habían puesto delante tenía la forma del estado de Nevada y era igual de árido. Me di cuenta de que Eli contaba los segundos mentalmente: tic, tic, tic. La camarera estaba apoyada en el mostrador al lado de los pasteles, mirándome también. Yo tragaba sin casi masticar.

Cuando llegó la cuenta, Eli no pidió una caja. Simplemente envolvió el filete en una servilleta de papel y se lo llevó, chorreando, en la mano. Dejé algo de propina y la seguí, con una sonrisa de disculpas.

Fuera había refrescado y flotaba el olor a cobre de los escapes. Se le puso la piel de gallina. Una gota de jugo de carne le cayó por la pantorrilla. Cuando habíamos salido de Phoenix hacía calor. Ahora el sol se ponía sobre las montañas de Wasatch. Las crestas nevadas creaban contra el cielo rosado un electrocardiograma que se extendía hacia el norte. La agarré del hombro, sintiendo los huesos.

—Fue Rod —dijo, abriendo la puerta trasera—. Sé que fue él.

Negué con la cabeza.

—Pueden haber sido un montón de personas.

—Fue Rod.

Le dio el filete a Leon. Le dije que tuviera cuidado, pero no fue necesario. Leon comió despacio, sin siquiera rozarle los dedos con los dientes. Agachaba la cabeza después de cada mordida, tragando la carne. Los bigotes se le mancharon de jugo. Me miró, satisfecho.

—Rod es un maricón —dije—. No tienen armas.

Leon terminó el filete y le limpió las manos a Eli con la lengua.

—Tienen gatos.

—Tenían.

No pude evitar reírme.

Eli exhaló de manera larga y lenta, y me imaginé en forma de cuadro dentro de su cabeza: lo bueno y lo malo, con trozos de conversación, cosas que había hecho, recuerdos incluidos de un lado y del otro. Lo malo seguía acumulándose.

—Todo esto lo hago por ti, sabes —dije—. Faltar al trabajo, conducir tanto tiempo. Es decir, Leon también me importa.

—Pues no parece —preguntó.

—Claro que me importa —El enfado me calentaba el pecho—. Pero es un animal salvaje.

Eli le acarició el cráneo, masajeándole la base de las orejas.

—¿Lo dejarías morir?

—Sabes que me refería a eso.

Pero a lo mejor sí. Nos había dado problemas desde el día en que lo habíamos llevado a casa. Nos meaba la cama, mordisqueaba los rodapiés, perdía pelo por todas partes. Siempre me encontraba pedazos de gato en el jardín: una pata al lado de la puerta, entrañas entre las plantas de tomates, un cráneo a medio comer sobre el felpudo de bienvenida. Empezaba a gruñir cada vez que le levantaba la voz a Eli.

Ahora apretó el hocico largo y peludo contra las manos de Eli y le lamió la muñeca.

—Ya casi llegamos, mi amor —susurró—. Apenas unas horitas más.

Encendí la calefacción y seguimos conduciendo hacia el norte. Clavé la aguja en ciento veinte por un rato —a saber qué diría si nos detenía un policía—, pero Eli no paraba de mirarme mal, así que subí a ciento treinta. Las enormes praderas vacías se cerraron a nuestro alrededor hasta que la única luz visible era la cuña de las luces altas. Yo estaba exhausto. Me dolía la cabeza. Tenía los muslos agarrotados por haber subido y bajado las cuestas del cañón, tropezando en la oscuridad. Leon se había escondido muy bien en un pozo entre dos rocas enormes. Yo lo había encontrado y lo había sacado de allí a cuestas. Al parecer Eli había olvidado ese detalle.

Estaba sentada con los pies subidos al asiento del pasajero, los brazos enlazados alrededor de las espinillas, los muslos contra el estómago. El mentón sobre las rodillas. Las luces del salpicadero teñían su cara de un verde borroso. Le temblaba el ojo izquierdo y la piel contraída indicaba la forma de unas arrugas futuras. Escuchamos la radio hasta que se interrumpió y se convirtió en estática. Sabía que había granjas y zonas de pastoreo a nuestro alrededor, pero daba la impresión de que el mundo podía acabar sin que nos enteráramos hasta la mañana siguiente.  

Esforzándome por mantenerme despierto, me imaginé a Eli desnuda. Allí donde estaba, en el asiento del pasajero, pero sin el vestido y la ropa interior. Los brazos delgados y musculosos en torno a las rodillas. La piel de las costillas arañada y con cardenales por andar dando tumbos en el cañón. Su cuerpo plegado sobre sí mismo, apretado contra sí mismo, del color del trigo.

Le puse una mano sobre la rodilla. La fui subiendo hasta sentir el encaje áspero de sus bragas. Se movió en señal de rechazo, apartándome la mano y bajándose el ruedo del vestido.

Vale, pensé. Vale vale vale.

Salt Lake City era un fantasma debajo de la autopista: edificios mudos que formaban los escalones desiguales de un horizonte urbano nocturno, el parpadeo lento de las luces del aeropuerto. El templo, con las torretas y la balaustrada, parecía un castillo perdido, varado en el continente erróneo. En la cima de una colina colgaba inmóvil una bandera estadounidense, iluminada desde abajo.

Al llegar a las afueras de la ciudad, las casas dieron paso a unos campos surcados por enormes regadores agazapados. Había uno encendido, que despedía arcos de bruma en la noche. El tiempo se aceleró y saltó hacia delante. Pensé en las mujeres que había conocido, los sitios a los que había ido, en bandidos, en lobos. El coche estaba tibio. Di una cabezada y me enderecé de un golpe.

—Tenemos que parar —dije—. Descansar un poco.

—Yo conduzco.

Cambiamos de lugar en una nueva estación de servicio. El dependiente nos miró a través de la ventanilla, con un mondadientes en los labios. Era negro. Negro en Utah. No podía ser fácil. El motel de al lado era una construcción baja y larga con veinte habitaciones dispuestas alrededor de un estacionamiento. «Thunderbird», decía el letrero azul de neón. Sabía que, con toda probabilidad, los colchones serían delgados, con muelles rotos y sábanas estarían manchadas, pero me hubiera dado lo mismo. Solo quería estirarme. Los ojos de Leon brillaban en el espejo retrovisor. Una parte de la lengua le colgaba entre los dientes, rosa como goma de mascar.

Eli conducía con las dos manos sobre el volante, a las dos y diez. Cada tanto se le movían sus labios. Se apretaban casi en un beso, después se estiraban sobre los dientes.

—¿Tendrá camas el veterinario? —pregunté.

—En su casa —dijo—. Duerme. Ya te despierto.

Dejé que mi cabeza cayera sobre el asiento. Olía a pelaje y meada. El motor murmuraba debajo de mí y me imaginé caballos gigantes y unos indígenas gigantes, de treinta metros de altura, atronando sobre las montañas oscuras. 

Cuando desperté el coche se había detenido. Estábamos parados en el arcén, rodeados por una pradera inmensa. Los faros estaban apagados. Pura negrura y, encima, un campo de estrellas. Parpadeé, tratando de tragar algo de humedad, aunque tenía la garganta reseca.

—Mira —susurró Eli.

Leon se había sentado, con las patas delanteras mal apoyadas en las cubiertas poco firmes de los libros. Apretaba el hocico contra la ventanilla. Su cuerpo flacucho —solo dos años, todavía un cachorro— se doblaba hacia el asiento donde reposaban sus cuartos traseros heridos. Tenía los ojos clavados en la figura menguante de la luna, como si esta supiera la respuesta de todos los sufrimientos.

Las negras colinas sureñas subían y bajaban como olas. El aliento de Leon empañaba el cristal.  

Aplastó las orejas largas contra el cráneo, abrió la boca y empezó a aullar. Fuerte y agudo, el sonido atravesó el techo y se extendió por la noche. Sostuvo la nota. Desgarradora. Desesperada. Tan fuerte que me dolieron los oídos.

—No —dije—. No ladres.

Le temblaron las ancas. Se resbaló y cayó contra la puerta.

Eli se había dado la vuelta en el asiento del conductor y se estiraba hacia él con la cara contorsionada, la piel del mismo color que la luna.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Se detuvo, mirándome fijo. En sus ojos desnudos había algo aterrador: quizá asco, o el comienzo del odio.

—Ve a dar una vuelta —dijo.

Me la quedé mirando sin decir nada. Unos mechoncitos de pelo se habían adherido al apoyacabezas, en perpendicular a ella, tensos por la electricidad.

—Por favor. Danos unos minutos solos.

Manoteé la puerta; jalé una y otra vez hasta que Eli se inclinó hacia mí, empujándome hacia atrás con el hombro, y quitó el pestillo. Abrí la puerta de un empellón. El aire frío me golpeó la cara. Me quedé de pie, aturdido, y a continuación me apoyé en el coche. Eli me miraba con los labios estirados, los tendones del cuello marcándosele contra la piel. Las uñas de Leon arañaban la funda plástica del asiento trasero.

—Se va a morir —dije, y cerré de un portazo.

Bajo mis zapatillas crujieron los guijarros. Me alejé de la carretera, bajé una zanja y subí al otro lado. Olía a nieve, árboles. Idaho, quizá. Pensé en caminar hasta encontrar un sitio donde caerme. De un lado y otro del cielo flotaban el Cinturón de Orión y El Carro. Imposible acordarme de otra constelación. Solo un amasijo de estrellas. 

«Cuán rápido la línea oscura crece, cuán

rápido aumentan las velas apagadas.»

Kavafis, “Velas”.

—Antes, las guerras servían para limpiar el mundo de gente. En tiempos de paz como ahora, esto se arregla cuando ocurre un desastre. No me mires así: es como te lo digo y punto.

La anciana señalaba la minúscula pantalla de la tele con un dedo torcido por la artrosis. Hacía tres meses que había aceptado trasladarse a la residencia y, al principio, no dejó de torturar a su hijo: necesitaba un televisor en la habitación que ocupaba ella sola, era urgente y vital, porque si se moría sin saber cómo acababa el juicio contra el torero infiel no se lo perdonaría jamás. Había días que le aseguraba que si no le satisfacía esa casi última voluntad, cuando muriese iría a buscarlo al infierno y le clavaría la dentadura en el antebrazo. «Te quedará la marca para siempre», lo amenazaba tocándolo con uno de los tres bastones que siempre tenía a su alcance, colgados de un sillón dispuesto para que, en principio, los invitados se sentaran cómodamente.

El hijo había tardado tres semanas en comprar el aparato y, desde entonces, funcionaba día y noche a un volumen muy alto porque la anciana estaba casi sorda. Se perdía el telediario del mediodía y el de la noche porque coincidían con la hora en que los residentes —ella se refería a ellos como «los carcamales»— comían y cenaban en el comedor, pero dedicaba toda la tarde y parte de la noche a los programas de cotilleo. El torero ya estaba en prisión. Su historia, que ya no tenía ningún interés, había sido sustituida por la de un cirujano que violaba a las pacientes después de anestesiarlas: cada nueva información era más truculenta que la anterior, cosa que aseguraba un inexorable incremento de la audiencia.

Esa tarde, la anciana exponía su teoría de la superpoblación mundial a Miguel, el único nieto que la visitaba. Iba una vez por semana, cuando salía de la peluquería canina y, después de encajar los comentarios de turno sobre la peste a perro que soltaba, aguantaba alguna disertación siempre relacionada con la emisión televisiva que tenían delante. Miguel sabía más cosas sobre el torero preso y el cirujano violador que de su abuelo, fallecido cuando él tenía tres años: si hubiese caído en ello alguna vez, se habría esforzado en sonreír, porque intentaba no dejarse vencer por el desánimo y la mala leche. Esa tarde el presentador explicaba que en Brasil un incendio en una discoteca había acabado con la vida de doscientas cincuenta y cinco personas. A la cifra había que sumar más de trescientos heridos, un tercio de los cuales se hallaba en estado grave o incluso crítico.

—Necesitan calamidades de este calibre, en esos países. Si no liquidan a unos cuantos de una tacada, no tienen suficiente comida para todos.

—Ya está bien, abuela. Sabes que no me gusta que digas esas cosas.

—Y a mí no me gusta que ocurran, pero tienen que ocurrir. Son imprescindibles.

Con la intención de pasar página, el nieto comenzó a hablar de su rutina. A las diez en punto ya levantaba la persiana de la peluquería canina —que se llamaba Miqui Manostijeras—, dispuesto a solucionar el primer reto capilar de la jornada.

—No sé qué le ves a eso de arreglar el pelo de los chuchos. ¿Seguro que te lavas bien antes de volver a casa?

—Sí, abuela, sí.

—Y yo que me lo creo.

Antes de abrir la tienda, Miguel había hecho la compra de la semana y había ido hasta el parque para pasear a Elvis. Miguel nunca le había hablado de su mascota a la abuela. Se había enamorado de ella poco después de que Nikki lo dejara. Era un perrito minúsculo, de mirada perspicaz y nervios a flor de piel, que veía en el escaparate de la tienda de mascotas del barrio de camino hacia la peluquería. Llevaba una semana coincidiendo con él cuando se dijo que si en tres días no se lo había llevado nadie, él se lo quedaría. «Un perro tan pequeño no puede dar muchos problemas», le dijo el dependiente la tarde en que se decidió a entrar en su establecimiento dispuesto a adoptar el animalito por un precio bastante razonable. Elvis venía de lejos. La raza se había empezado a criar en los cincuenta, basada en el «English toy terrier», uno de los animales de compañía favoritos de la nobleza rusa, y durante años sus amos habían conseguido mantener los perritos prácticamente en la clandestinidad: el comunismo no toleraba lujos de ningún tipo, y menos si estos eran de raíz occidental. El «English toy terrier» se transformó en el «pequeño perro ruso» (Русский той), que no tardó en dejar de cazar ratones —propósito inicial de la raza— y dedicarse a las monerías propias de un mamífero que apenas pesa dos kilos. Satisfacía con el mismo entusiasmo a niñas escuálidas, adolescentes que ya se habían dejado tentar por la furia del vodka, madres de mirada triste y padres de poblados bigotes, un intento de homenaje a Stalin que más bien parecía un guiño a la majestuosidad inútil de los leones marinos.

Gracias a Elvis, Miguel había ido superando el trago amargo de la ruptura con Nikki. Estaban juntos desde hacía cinco años y, si bien habían llegado a un punto de estancamiento innegable, jamás habría imaginado que ella tomaría la decisión de empezar de cero en Klagenfurt, una pequeña ciudad austriaca.

—Dame un poco de tiempo, Miguel —le había dicho cogiéndole la mano, como si fuera un niño—. Necesito saber que todavía sigo con vida.

Estaba convencido de que Nikki se marchaba a Klagenfurt con alguien. Deseaba que su estancia no fuese tan idílica como esperaba y que al cabo de un tiempo regresase a Barcelona con el rabo entre las piernas. Ella, que pensaba que tener un animal doméstico en un piso era un crimen, tampoco sabía nada de Elvis. Hablaba por teléfono con su ex una vez a la semana y a menudo Miguel y el perrito se miraban con ternura mientras la con-versación se iba volviendo más y más difícil. Nunca había ladrado: sus antepasados habían tenido que vivir al margen de la ley, siempre a punto de ser descubiertos por la policía comunista, y él, como la gran mayoría de sus congéneres, había heredado su predisposición silenciosa.

«Tener un perro y haberse quedado sin pareja es una combinación curiosa», se había dicho Miguel en alguna ocasión mientras paseaba a Elvis y notaba los ojos de alguna chica fijos en la mascota. El afecto instantáneo que podían sentir hacia el perrito podía derivar fácilmente en largos diálogos, que se iniciaban a partir de una pequeña anécdota vinculada con el animal y viraban poco después hacia aguas más personales. Miguel había apuntado algún teléfono en el móvil pero nunca se había atrevido a ponerse en contacto con las desconocidas. Las registraba precedidas por el nombre del perro, para no olvidar el vínculo que los unía. Cuando acumuló media docena, los borró, avergonzado: si alguna vez volvía con Nikki, esa lista podía acabar dándole problemas.

Hasta entonces, Elvis había resultado una compañía constante e inmejorable. Miguel se había acostumbrado a dormir con él y lo último que veía antes de acostarse era aquel par de ojos brillantes y solícitos, que seguían contemplándolo con devoción hasta que se dormía y que a menudo ya estaban abiertos cuando se levantaba.

—Buenos días, Elvis —le decía él.

El perro le prodigaba un áspero lametón en la mejilla y empezaba a mover el rabo.

Si hubiese logrado superar el asco hacia los animales, su abuela habría estado muy bien acompañada por un Elvis que quizá habría retrasado su ingreso en la residencia. Miguel lo imaginaba corriendo excitado por el piso, animando la lobreguez mórbida de las habitaciones, comiendo de un platito en el que habría mandado grabar su nombre —que sería Chispas o Petit, una elección poco creativa— o hasta sentado en su regazo, abrigado con una manta, mientras ella se distraía con cualquiera de los programas de televisión de baja exigencia que miraba piadosamente.

—Se ve que el rey ha ido a cazar elefantes a África y se ha lastimado. Estaba con la fulana —le habría dicho rascándole la cabeza con una de sus uñas largas e indestructibles—. Si yo fuera la reina, acabaría rápido con tanta desfachatez.

Cuando Miguel iba a la residencia y pasaba un rato con su abuela inventaba finales menos terribles para su vida. Desde que tenía a Elvis, le imaginaba una vejez plácida junto a una mascota servicial. Antes, cuando aún estaba con Nikki, la había embarcado mentalmente en un crucero por el Mediterráneo y allí le había hecho conocer a un anciano viudo como ella, a quien le iba como anillo al dedo un poco de compañía. Se habían enamorado durante el viaje y, ya en Barcelona, habían continuado viéndose, hasta que el hombre —un antiguo corredor de seguros esforzado y cumplidor— le proponía vivir juntos. Su abuela abandonaba el pisito de extrarradio y se instalaba en la torre del Maresme que el hombre tenía medio abandonada desde la muerte de su señora.

La residencia deprimía a Miguel y las historias que crecían en su interior le ayudaban a aislarse mientras su abuela se dejaba abducir por la tele. Era verdad que la tenían muy bien atendida y allí estaba bien, quizá incluso mejor que en casa, pero tres o cuatro años atrás le habría resultado imposible adaptarse. La percepción y la exigencia se le habían ablandado. Eso es lo que se decía su nieto, que no habría podido aguantar mucho rato en el salón comunitario, acompañado de ancianos que habían perdido la memoria y pasaban el rato mirando a un punto fijo y a la vez indeterminado de la pared. Tampoco se veía con fuerzas de jugar una partida de dominó con alguien a quien, de sopetón, le caía la dentadura sobre la mesa, y menos aún de comer al lado de un residente afectado por una extraña enfermedad mental que le hacía chillar palabras imprevisibles cada vez que una enfermera le acercaba una cucharada de comida a la boca. «¡Domingo!» «¡Tortuga!» «¡Nenúfar! «

Por un lado, las visitas a su abuela angustiaban a Miguel. Por otro, hacían que saliese de allí con más ganas de vivir que nunca: tenía que superar como fuese que Nikki le hubiera dejado y lo intentaba saliendo a cenar con amigos y amigas o haciendo horas extra en la peluquería canina con la intención de ahorrar dinero suficiente para disfrutar de unas vacaciones en Australia. Un lunes que había decidido ir al cine solo se encontró con una antigua compañera de instituto. Después de la película se fueron juntos a tomar una cerveza. Laura había trabajado hasta hacía poco en un laboratorio farmacéutico. La empresa acababa de ser fagocitada por una multinacional francesa que había decidido cerrar la sucursal española.

—Podría ir a trabajar cerca de París, pero no sé si fiarme de mis jefes: quizá dentro de unos meses cierren la otra fábrica —se lamentó al cabo de un rato, con un vodka con tónica en la mesa.

—Seguro que no —dijo Miguel: desconocía el estado del sector farmacéutico, pero se creía en la obligación de murmurar comentarios reconfortantes.

—¿Te imaginas que el año que viene, ya instalada en París, me dicen que si quiero conservar mi lugar de trabajo tengo que irme a Chequia? ¿Y si al cabo de otro año me acaban enviando a Pekín? Vaya favorcillo me harían.

Laura no se imaginaba formando una familia en la capital china, pero, para tener hijos, primero tenía que encontrar a alguien. Después de este último comentario, Miguel se quedó mirando fijamente su whisky con cola unos segundos, hasta que le explicó brevemente su historia con Nikki. Se habían conocido hacía cinco años en uno de los puestos de fruta del mercado. Habían empezado a hablar poco después, un día que hacían cola en la farmacia. Miguel ya tenía la peluquería de perros y no le ocultó su ocupación, aunque otras chicas habían puesto cara de circunstancias cuando les había contado a qué se dedicaba. Nikki y él se enrollaron enseguida y habían empezado a vivir juntos seis meses después de haberse conocido. Ella cambiaba a menudo de trabajo. Él esquilaba perros: abundaban los caniches y los fox terriers.

—Quizá no era una vida muy ambiciosa, lo reconozco, pero éramos felices.

El verano anterior habían viajado a Múnich. Nikki quedó prendada de un anillo de compromiso y así se lo hizo saber, primero con miradas dulces, más tarde con palabras elogiosas, arropadas con un romanticismo sincero. La tienda quedaba muy cerca de la pensión donde se hospedaban. Cada vez que pasaban por delante, ella miraba la joya, que resplandecía con moderna elegancia entre el resto de anillos, gargantillas y pendientes. Miguel comprendió que era el momento de tomar una decisión y una tarde que Nikki se había quedado dormida después de una visita agotadora al castillo del rey Luis II de Baviera, salió de puntillas de la habitación, bajó hasta la tienda y compró el anillo. Se lo entregaría al final de una cena de lujo. Ese tenía que ser el preludio de la boda.

—No sucedió como yo imaginaba.

—¿Qué pasó?

Laura agarró su vodka con tónica y no volvió a dejarlo sobre la mesa, sin haberlo probado, hasta que Miguel no contestó.

—Qué más da. Ahora vive en una pequeña ciudad austriaca. ¿Has oído a hablar de Klagenfurt? Necesita un poco de tiempo.

Aquella noche acabaron tarde. Tomaron otro combinado mientras agotaban todas las virtudes de la película que habían visto. Embravecidos por el alcohol y por el recuerdo de la historia de adulterio que se contaba en Tabú, ambientada en una casa perdida de la selva mozambiqueña, Miguel y Laura acabaron durmiendo en la misma cama después de siete minutos de sexo, observados por los comprensivos ojos de Elvis. Ni en los momentos más fogosos había soltado un solo ladrido.

A las cuatro de la madrugada, los gritos de Laura despertaron a Miguel.

—Hace tiempo, en otra pesadilla, también maté a alguien —le dijo ella.

Miguel, que acababa de ser consciente de su desnudez, aprovechó que Laura fue al baño para vestirse. No encontraba sus calzoncillos por ninguna parte y tuvo que coger otros del cajón y ponérselos apresuradamente, antes de que su antigua compañera de instituto volviese a la habitación.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Todavía sin una sola pieza de ropa encima —tenía un cuerpo más atlético que el de Nikki—, Laura le dijo que sí y trató de explicarle la pesadilla: salía un testigo de Jehová, una vecina cotilla y dos policías, que la atosigaban primero en la entrada del edificio donde vivía y después, sin transición, apretujados en el salón de casa, señalaban la gran mancha de sangre que ensuciaba casi toda la alfombra.

—Había escondido al muerto de la pesadilla anterior, pero ni yo misma sabía dónde. Para encontrarlo debía esperar a que los policías, el testigo de Jehová y la vecina se fuesen, pero resultaba imposible convencerlos y uno de los agentes me agarraba del pelo y me decía que al día siguiente empezaría mi juicio.

Miguel escuchó la historia en silencio, sentado en la cama, iluminado por la luz blanquecina de la mesilla. Cuando hubo acabado, Laura le pidió un pijama y Miguel le dejó uno suyo. Elvis entró en la habitación y empezó a menear la cola.

Elvis, hoy tienes que irte —le dijo cuando se acercó a la cama.

—Es un perro precioso.

—Normalmente duerme conmigo, pero hoy no se puede quedar.

—Si quieres, me voy yo —le dijo Laura guiñándole un ojo.

Lo echaron y se desnudaron otra vez mientras se besaban con un punto de agresividad. A la mañana siguiente, Miguel se volvió loco intentando localizar los calzoncillos que había perdido por la noche, pero no hubo manera de encontrarlos. Hasta llegó a hurgar en el bolso de su antigua compañera de instituto, por unos segundos convencido de que tenía a una maniaca sexual en la ducha. Allí tampoco los encontró.

Tan pronto como ella se hubo marchado, puso patas arriba la habitación sin resolver el problema. Solo escuchó el resuello del minúsculo Elvis, que lo observaba desde un rincón del dormitorio con las orejas en punta y el hocico hacia el techo.

Al cabo de un par de semanas, Nikki anunció por teléfono a su expareja que a final de mes regresaría a casa. La noticia lo dejó pasmado: solo quedaban diez días. De repente, el paréntesis de Nikki en el extranjero le pareció corto. Si se marchaba de Klagenfurt significaba que se rendía, que la otra vida no era posible y, lo más importante, que había aceptado que Miguel era su camino. Así se lo expresó a Laura esa noche, desnudos en el sofá.

—Lo tendremos que dejar, ¿no? —preguntó ella. Y a continuación suspiró y hundió la cabeza entre los cojines.

Miguel estuvo a punto de disculparse, pero se frenó antes de decir nada. Intentó tragarse el silencio indescifrable del salón con los ojos cerrados. Si los abría, no podría evitar coincidir con las lágrimas de Laura o con la mirada expectante de Elvis.

Cuando ya se hubo ido, Miguel miró con lástima a su mascota. Había tomado una decisión: tenía que deshacerse de él antes del regreso de Nikki.

El dueño de la tienda de animales se lo puso fácil. Le encontró un nuevo amo en tres días. Aquella fue una de las semanas más complicadas en la vida de Miguel: no habría imaginado jamás que separarse de Elvis fuera a resultarle tan terrible. Había estado a punto de levantar el teléfono y cancelar todo media docena de veces, pero en el último momento desistió, convencido de que si era capaz de aquel sacrificio por Nikki (aunque ella no supiera nada del perro), jamás tendrían problemas.

El día que se despidió de su mascota, Miguel llamó a la peluquería canina y le dijo a su socio que tenía fiebre y debía guardar cama. Necesitó llorar un día entero. Cuando volvió al trabajo, todos los perros le recordaban al suyo. Estuvo a punto de perder los papeles cuando le tocó arreglar al pequinés de la señora Roig. Canijo y solícito, el animalito le lamió las manos cuando lo cogió para subirlo a la mesa donde lo esquilaría con pulso temblón y reprimiendo las lágrimas.

Esa misma noche, Miguel soñó que Elvis volvía a estar en casa. Ladraba para que saliera de la cama y él le hacía caso, todavía medio dormido, arreglándose el pijama. Después de besuquearle los pies, el perro metía el hocico en el espacio entre el cabecero y el suelo y sacaba los calzoncillos que había perdido la primera noche que había estado con Laura.

—!Muy bien, Elvis! —chillaba Miguel mientras los recogía.

Después de lamerle un dedo, el animal volvía a hurgar en el mismo sitio y sacaba un calcetín que Miguel no recordaba haber perdido. Todavía rescató otro antes de ofrecerle un papel arrugado y lleno de babas donde se podían leer los primeros tres o cuatro componentes de una lista de la compra.

—Cuántas cosas hay aquí debajo, ¿eh? ¡Estás hecho un detective! —le decía acariciándole la cabeza, mientras el pequeño forcejeaba con algo más.

Elvis sacaba una cajita azul y la dejaba a los pies de su amo, que la miraba boquiabierto. Allí dentro estaba el anillo de compromiso que Miguel había perdido poco después de volver de Múnich, mientras todavía buscaba una fecha propicia para la cena de lujo que precedería la entrega ceremoniosa y, si todo marchaba bien, el noviazgo. Había pasado dos semanas de infarto, intentando localizar la cajita sin que Nikki se diese cuenta. No la había encontrado. Había terminado rindiéndose, convencido de que un lunes o un martes se tomaría el día libre para subirse a un avión, comprar el anillo y volver a casa con el botín. Gracias a ese detalle, habría boda: él estaba convencido de ello. Nikki se había ido a Klagenfurt antes de que pusiese en práctica su redención.

En el sueño, Miguel no abría la cajita azul hasta que Elvis hacía un gesto afirmativo con el hocico, como dándole permiso para continuar. Cuando lo hacía, el anillo resplandecía con la elegancia moderna de Nikki.

—¿Quieres casarte conmigo? —decía.

Se levantó repitiendo la frase. Miguel encendió la luz apresuradamente e, incluso antes de levantar la persiana, antes incluso de ir al baño, desmontó la cama pieza por pieza. En un rincón, camuflados por el polvo, estaban los calzoncillos y la cajita azul. El vecino de arriba no dio ninguna importancia al grito de victoria, fresco e hiperbólico, que le llegó atenuado por las entrañas de su apartamento.

Lo primero que vio Nikki el día que llegó a casa fue la cajita azul encima de la mesa del salón, acompañada de un ramo de rosas rojas y de una nota en la que se leía «Te quiero». Salió del piso corriendo después de haber espiado el contenido. Miguel no esperaba una reacción tan eufórica. Mientras esquilaba un afgano amuermado en la peluquería, oyó el revuelo en la entrada. No pudo ni dejar las tijeras en la bandeja. Nikki se le echó encima y, mientras le besaba la cara —el gesto tenía algo de canino—, le dijo que ella también lo amaba y que quería casarse con él.

Celebraron una pequeña fiesta después de la ceremonia en el ayuntamiento. Allí estaban los padres de ambos, el hermano de Nikki, seis amigas de ella y cinco amigos de él —acompañados de las respectivas parejas, si las había—, el socio de la peluquería —Alejandro— y su abuela, que había podido salir de la residencia con la condición de que la acompañase una auxiliar que se emborrachó antes del postre bajo la mirada desdeñosa de la anciana. En una visita al baño, Miguel vio que tenía un mensaje por abrir en el móvil. Decía: «Felicidades. Laura». Lo borró inmediatamente después de leerlo, pero luego lo lamentó, porque no tenía el número de la antigua compañera de instituto guardado en la agenda. Quedaría como un imbécil, pero no podía dar marcha atrás: el mal ya estaba hecho. Se lavó las manos y regresó al gran comedor del restaurante navarro donde celebraban el convite.

Como no había tenido tiempo suficiente de ahorrar para ir a Australia, Miguel le propuso a Nikki una alternativa de viaje de novios menos espectacular. La generosa aportación de los padres de ambos les permitió replantearse su sueño. Finalmente, consiguieron billetes para Adelaida, con la intención de ir en coche hasta Brisbane. Desde allí bajarían hasta Sidney y pasarían por Canberra y Melbourne antes de coger un barco hasta Tasmania. Una vez hubieran recorrido la isla, volverían a Sidney, desde donde volarían a Yakarta, donde pasarían una noche antes de subirse a un avión con dirección a Estambul y, de allí, volverían a Barcelona.

Después de cortar el pastel y darse el último beso fotografiable, la anciana hizo un gesto a su nieto para que se le acercara y le pidió que no se marchara de viaje.

—Tengo un presentimiento —dijo—. Me parece que sucederá un desastre. Una calamidad.

Miguel le estampó un beso en la frente y le prometió que al cabo de un mes le llevaría un pequeño canguro de plástico que podría poner encima de la tele y que la vigilaría hasta cuando durmiese.

—Ya no necesito nada, hijo.

Cogió una de las manos de la abuela y le dio otro beso en la frente. El último.

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es allí de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Recintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles toca eternamente música sagrada y entona himnos de alabanza al Buda Tathagata. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. Éstos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa.)

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de «El Portal de Inspección» se nos enseña que, visto y considerado que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de «imaginación exterior» y, luego, en engrandecerlos continuamente. El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. Presumiendo que el yojana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como «Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda»; y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual, era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía sentir una gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo; estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venía de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña, una dama de la Corte del distrito Kyögoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato, se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporal compuesto de carne perecedera. Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo las sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza serviría para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jödo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. Tanto más sorprendente era entonces el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser correspondido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. La dama recordó frases tales como «mi amor perdido y sin esperanzas» que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchas sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos, que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera que sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido, quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. Esto le producía una alegría especial, seguramente porque lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente, era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial una criatura de carne y hueso, ni tampoco una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. La Gran Concubina Imperial de Kyögoku se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la cortesana se volvía tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues a imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del Lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenía una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyögoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuanto veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella «desilusión profundamente arraigada» de la que hablan las sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyögoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

«El Gran Sacerdote», se dijo, «tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo.» Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Gayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada. Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella transmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde fuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semipenumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llevó a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las kalavinkas. Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte —y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada.

Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyögoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de las sutras.


*Este cuento fue publicado en: La perla y otros cuentos, Siruela, 2008.

Alguien más le dijo, probablemente el revisor: la suya es la única maleta, nadie quiere ir hoy a Alquila, no hay manera en que se pierda. Pero Hernández insistió en llevarla arriba: me gusta ver mis cosas.

En el andén, Hernández se comió unas galletas, compró una botella de agua y se fumó, ansioso, dos o tres cigarros. Luego abrieron las puertas del autobús y entró desbocado, como si hubiera más gente esperando.

Necesito traerla junto, le explicó al chofer en la pequeña escalera, alzando su maleta: traigo aquí mis medicinas. Sin voltearlo a ver, el chofer del autobús asintió con la cabeza pero apretó el volante entre sus manos.

Hombre de supersticiones, Padilla temía que algo le pasara a su camión si hablaba antes de marcharse, igual que temía que algo le pasara a su pasaje. Por eso nunca decía nada hasta llegar a las montañas.

Para entonces, Hernández se había adueñado de una línea de asientos, empotrando su maleta en el pasillo. Le emocionaba ser el único viajero que aquel día hubiera tomado el autobús rumbo a Alquila.

No entorpezca el pasillo, solicitó Padilla saliendo de una curva. Sorprendido, Hernández irguió el cuerpo, buscó los ojos del chofer en el espejo que comunicaba ambas cabinas y sonriendo preguntó: ¿está diciéndomelo en serio?

Es peligroso para el resto del pasaje, respondió Padilla, observando él también a Hernández. Las reglas son las reglas, añadió callándose el motivo de su orden: si dejaba que invadieran el pasillo sufrirían un accidente; en el mejor caso, un retraso.

Señalando los asientos que había en torno suyo, Hernández se dispuso a defenderse pero el chofer, experto en estas discusiones, encendió la radio, subió el volumen y retiró sus ojos del espejo. Meneando la cabeza, Hernández decidió no hacerle caso y recostarse nuevamente.

Minutos después, con el chofer vuelto una furia, Hernández sacó el mapa que guardaba en un bolsillo de su saco: se lo había mandado ella por correo. Emocionado, lo desdobló con cuidado y lo estuvo contemplando un largo rato. Finalmente estaba yendo a verla.

Hernández conoció a Romina tres semanas antes, en una fiesta de la facultad de arquitectura que por poco termina con ellos dos metidos en la cama. Me encantaría verte en Alquila, le dijo ella, sin embargo, ante el portal de su edificio: cuando tú quieras, por supuesto.

Desde entonces, Hernández no había pensado en otra cosa. A sus veinte años, era el único de sus amigos que seguía siendo virgen. Y Romina la única opción real que él tenía para olvidar esa palabra que lo había martirizado tanto tiempo.

Por eso los nervios amenazaban con no dejarlo descansar durante el viaje, un viaje que, para colmo, duraría la noche entera. ¿Y si me vengo antes de tiempo?, se torturaba Hernández en silencio: ¿si no aguanto ni un minuto, si me vengo apenas ver cómo se encuera?

Doblando el mapa y guardándolo de nuevo, Hernández alcanzó su maleta, sacó de ésta una bolsita y revisó que no faltara ni una compra: cuatro paquetes de condones: a ver cuántos echan a perder mis putos nervios; una caja de viagra: por si tengo que imponerme al ridículo, y las pastillas que le habían recomendado, otro cliente en la farmacia, para dormir durante el viaje.

Aunque la caja de somníferos decía que dos bastaban, Hernández, que para entonces ya no era capaz de echar de su cabeza la forma de Romina ni el miedo a que su propio cuerpo le fallara, decidió tomar cuatro tabletas. Al fin que quedan muchas horas, murmuró y dándole un trago a su botella volvió a recostarse, suplicando que el efecto fuera inmediato.

En ese mismo instante, el chofer hizo bajar las diez pantallas que habían permanecido escondidas y la voz de una azafata sonó a todo volumen. Me estás buscando, soltó Hernández dando un brinco y subiendo el tono añadió: ¡no quiero verla! Pero Padilla fingió no escuchar nada y apenas terminar el comercial de la línea que pagaba su salario subió al máximo el volumen que emergía de las bocinas.

Tapándose los oídos y apretando la quijada, Hernández admitió lo absurdo de aquella situación en la que estaba, se levantó dando un salto, apresuró su andar por el pasillo y llegó hasta Padilla: ¿por favor, podría quitarla? Le prometo que no hay nadie que esté viendo la película, sumó instantes después, esbozando una sonrisa que de honesta no tenía ni medio pliegue.

No se puede, respondió Padilla tras dejar pasar, él también, un breve instante: son las reglas. Y ya vi que usted no las respeta, pero yo las sigo a rajatabla, agregó el chofer volviendo el rostro y observando a Hernández fijamente, cuya sonrisa se había erosionado, remató: regrésese a su asiento, aquí no puede estar parado. Está prohibido.

Aguantándose las ganas de insultarlo, Hernández se tragó su frustración, dio media vuelta, empezó a desandar el pasillo que recién había cruzado y en voz baja preguntó: ¿podría aunque sea bajarle un poquitito? No se puede, repitió Padilla acelerando, convencido de que así igual y caería su pasajero sobre el suelo: ni un poquito más ni un poquito menos, nos obliga el reglamento.

Manteniendo el equilibrio, apurando su avanzar y sonriendo nuevamente, esta vez más de impotencia que de burla, Hernández sacudió la cabeza con coraje, masticó un par de palabras que ni él mismo entendió y humillado alcanzó sus cuatro asientos. Por fortuna, pensó, empezaba a sentir la somnolencia que las pastillas dispersaban por su cuerpo.

Así que muy pronto ni el ruido ni aún menos la luz que vomitaban las pantallas ni tampoco los frenazos y arrancones que siguió dando Padilla parecieron importarle a la consciencia de Hernández, quien apenas recostarse se entregó a la nada negra.

Tan profundo durmió Hernández, tan desconectado, que no volvió a saber de sí ni del planeta hasta no estar en Alquila. Cuando Padilla, que se había esforzado por hacer de su trayecto un calvario, lo sacudió del brazo aseverando: ándale, cabrón, que ya llegamos.

Párate, que no me toca estarte despertando, insistió Padilla empujando las piernas de Hernández con la suela del zapato: tampoco tengo que esperarte. O te bajas o te bajo, amenazó el chofer pateando a Hernández nuevamente, quien, tras sentir el golpe de sus talones contra el suelo terminó de espabilarse: órale pues, que ya te oí. Ahorita bajo.

Secándose la baba que escurría por su barbilla y sobándose el rostro con las palmas de las manos, Hernández irguió el cuerpo, se puso en pie aceptando que seguía un tanto mareado, desempotró su maleta como pudo y echó a andar tras el chofer, que en voz baja iba diciendo: ojalá y te trate este lugar como mereces.

En la calle, combatiendo el mareo que las pastillas olvidaran en su cuerpo, Hernández volvió a tallarse el rostro, sacudió de nuevo la cabeza y contempló el sitio al que recién había llegado. Justo estaba amaneciendo y no podía creer que Alquila fuera aún más feo que en las fotos de Romina.

Instantes después alguien le dijo, quizás el chofer que tomaría el autobús que había traído Padilla, hacia dónde dirigirse para llegar hasta la plaza: pero a qué va a ese sitio, no hay nada que ver en esa parte. Sin atender las últimas palabras del extraño, Hernández echó a andar y pronto dejó atrás las seis o siete cuadras que mediaban entre él y su destino. En torno suyo, la luz se fue adueñando del espacio.

No son horas de llamarla, se dijo Hernández en la plaza, y en voz baja, dejándose caer sobre una banca y abrazando su mochila, insistió: es muy temprano y vaya a ser que la despierte. Peor aún, que los despierte ahora a sus padres, murmuró engañándose a sí mismo: lo que en verdad le estaba sucediendo era que habían vuelto los nervios a agarrarle todo el cuerpo: ¿qué chingados le diré cuando conteste?

Mejor no voy a llamarla. Qué si ya ni quiere… si ya se ha arrepentido, soltó observando el ajetreo que empezó de pronto en la plaza, donde la gente apresuraba sus andares de un lado a otro. Alzando el rostro y observando el sol aparecer tras la torre de la iglesia color verde, Hernández añadió, elevando el tono y permitiendo que su propia ambivalencia se mostrara: ¿qué chingados estoy pensando… cómo no voy a llamarla?

¿Por qué iba a arrepentirse?, exclamó elevando aún más el tono y levantándose de un salto: me lo habría dicho desde antes. Pero antes me como algo, que se haga un poco más tarde, añadió echando a andar sobre la plaza, en busca de un lugar donde poder desayunar, sin darse cuenta de que aquello no era más que otro pretexto y sin tampoco darse cuenta de lo extraña que era aquella prisa con que andaban las personas a su lado.

Alguien le dijo entonces, tal vez el señor del puesto de revistas, que no existía mejor lugar que el restorán de doña Eumelia: ése que está del otro lado, donde también está la papelera. Pero apúrese que no le va a dar tiempo. No creo que vaya a estar abierto mucho rato, sumó el periodiquero pero Hernández había echado a andar y no escuchó esta advertencia.

Apenas entrar al sitio que le habían recomendado, Hernández sonrió pensando que habría, sin planearlo, de resolver allí un par de problemas: comer algo, ganando así un poco de tiempo, y comprar de a una el papel con el que habría de envolverle a Romina su regalo. Si al final se arrepiente, con el regalo igual y cede, pensó ordenando unos huevos. Luego se sentó observando, en la vitrina que ocupaba el otro lado del local, los rollos de papel para envoltorio.

Fue uno azul el que al final hizo que Hernández se parara, se acercara al mostrador y le hablara a la encargada, cuya atención yacía petrificada en una tele: ¿me vendería un metro de éste? No se puede, respondió la dependienta, prima hermana y sobrina de doña Eumelia al mismo tiempo, sin mirar apenas a Hernández: estos papeles son para los niños.

Además estoy mirando las noticias. Y usted no es de estas partes, no me gusta comerciar con los de fuera, se entercó la vendedora, sin dejar de ver la tele un solo instante. Para los niños, qué cagada, soltó Hernández sonriendo: los de fuera… deme pues un metro de éste. No se puede, ya le dije, repitió molesta la encargada, volviendo por primera vez a Hernández su semblante.

¿Y si traigo un niño a que lo compre?, preguntó Hernández entonces, volviendo el rostro hacia la plaza, sonriendo incrédulo y buscando el sentido oculto de aquella situación en la que estaba. ¿Lo usaría usted o el niño?, inquirió la dependienta acercándose al mostrador pero regresando la mirada hacia la tele, donde el conductor del noticiero local advertía: será otro día complicado. Es para mí, no para un niño, se lo decía nomás de broma, explicó Hernández: necesito envolver.

Pues no me esté insistiendo entonces, mentiroso, interrumpió la papelera a Hernández: llegan de fuera y traen sus malos modos, añadió la mujer dándose la vuelta y regresando a su asiento remató: no le voy a vender nada. Incapaz de molestarse a pesar de la incredulidad, Hernández pensó en insistir pero la dependienta volvió a pararse de su silla, regresó apurada al mostrador, lo ahuyentó con un leve movimiento de las manos, asomó la cabeza y dirigiéndose a la parte del local que era restaurante exclamó: otra vez están viniendo.

Derrotado, Hernández echó a andar hacia su mesa, donde doña Eumelia servía justo los huevos que ya no habrían de ser comidos. Están diciendo que ahora mismo, lanzó la papelera a espaldas de Hernández, quien justo entonces observó cómo doña Eumelia avanzaba un par de pasos, se paraba bajo el marco de la puerta y paseaba su mirada por la calle: más bien ya otra vez llegaron.

En un par de segundos, la dependienta y doña Eumelia bajaron la cortina del local que compartían, apagaron las luces interiores, se acercaron apuradas a Hernández, lo tomaron de los brazos, le dijeron, con sus voces vueltas coro: lo sentimos pero no puedes quedarte, lo arrastraron sin violencia a la trastienda y lo lanzaron a la calle.

Alguien le dijo a Hernández, quizás uno de los hombres que corría en sentido opuesto al de la plaza: ¿qué estás haciendo ahí parado? Y alguien más sumó después: córrele que están ellos viniendo… se bajaron y andan revisando en todas partes.

Incapaz de comprender qué estaba sucediendo, Hernández echó a correr tras los hombres que recién le habían hablado y que apuraban a unos metros sus escapes. Un par de cuadras después escuchó las primeras explosiones y el estallar de las metrallas. El miedo encogió sus entrañas, amenazó paralizarlo e hizo crujir sus juntas ateridas de repente.

Romina, pensó Hernández, sin dejar de apresurar el ritmo de su marcha: tengo que llamarla, añadió para sí mismo, sacando su teléfono en medio de la calle y escondiéndose después en un portal se dispuso a marcar pero alguien, quizás una mujer que iba corriendo con dos niños en los brazos, le dijo: no te canses… ellos cortan el servicio.

Completamente extraviado, Hernández guardó su teléfono, sacó el mapa en el que Romina también le había escrito su dirección y echó a correr enfebrecido, escuchando, aun así, los disparos y estallidos cada vez más cerca. Un par de pasos por delante de su cuerpo, la mujer tropezó con una grieta, cayó al suelo de boca y sus dos hijos rodaron por el suelo.

Ayudándola a pararse, echándose a uno de los niños a los brazos y corriendo como nunca había corrido antes, Hernández preguntó a la mujer si no sabía cómo llegar de ahí a Arteaga 17. Tienes suerte… estamos cerca… da la vuelta aquí nomás y síguete derecho… cinco… no… deben ser como unas cuatro cuadras. O acompáñame y me ayudas con mi niño… en mi casa puedes esconderte.

Lo siento… de verdad, soltó Hernández deteniéndose un segundo, observando a la mujer y dejando al pequeño sobre el suelo: era incapaz de imaginar que esa decisión que estaba tomando justo ahí, sin dudarlo ni siquiera demasiado, podría terminar siendo la decisión más importante de su vida. Pero él quería llegar a casa de Romina. Y en la distancia se seguían acercando las metrallas y explosiones.

Doblando en la calle que la mujer le había indicado, Hernández apuró sus piernas más allá de lo posible y a pesar de que su pecho amenazaba con partirse encontró fuerzas donde no había ni siquiera sospechado que tuviera. Así fue como llegó a la casa que buscaba, cuya puerta aporreó desesperado, gritando una y otra vez el nombre de Romina.

Pero del otro lado de la puerta no se oyó ninguna voz que preguntara, dijera algo o tan siquiera murmurara. La familia de Romina yacía escondida en el baño de su casa. Y aunque escuchaban el escándalo de Hernández, antes habían oído también las advertencias del jefe de familia: no quiero escucharlos… ni siquiera quiero oírlos que respiran.

No sabemos quiénes son los que hoy vinieron, los que andan en la calle, había añadido el padre de Romina, observando fijamente a su hija, quien se echó a llorar en silencio y quien al oír a Hernández a lo lejos fue sumiendo de a poco la cabeza entre los brazos. Si supiéramos al menos si son ellos, susurró entonces el jefe de familia: pero esta vez no lo sabemos, no podemos arriesgarnos.

Cuando finalmente aceptó que no abrirían la puerta que pateaba y que aporreaba con los puños apretados, Hernández recordó a la mujer y a los dos niños que dejara abandonados. Tan perdido como ansioso, echó a correr encima de sus pasos pero alguien le gritó, tal vez la mujer que había subido hasta su techo: al otro lado… mejor corre al otro lado… por allá están viniendo.

Antes de que Hernández procesara esta advertencia, estalló en algún lugar el llanto de otro hombre y en la esquina aparecieron los que hacían correr a todo el pueblo. Dándose la vuelta, Hernández puso a andar sus pies en sentido contrario pero de golpe se detuvo: también en esa esquina estaban ellos.

Paralizado, sintiendo cómo su vejiga amenazaba su aguante, Hernández esperó a que aquellos hombres se acercaran al lugar donde él estaba. Cuando finalmente llegaron, quiso decir algo pero alguien más volvió a adelantarse a sus palabras: quizás el hombre que después partió su boca en dos con la culata de su arma.

Antes de que sus ojos se cerraran y su consciencia se entregara a la nada nuevamente, Hernández vio alejarse a ese hombre que recién lo había castigado y luego oyó las risotadas de dos niños pequeños, quienes también venían armados.

Aferrándose al mundo con un delgado hilo de asombro, Hernández alcanzó a escuchar la voz de una mujer que ordenaba: súbanlo con todo y esas cosas… no debe ser de aquí del pueblo.

Hernández ya no supo cómo lo arrastraron, cómo lo amarraron de los pies y de las manos ni cómo lo aventaron dentro de una camioneta.

Volvió en sí dos horas más tarde, cuando alguien, quizás alguno de los niños que se habían reído antes, le echó encima un cubetazo. Pero cuando por fin abrió los ojos no había nadie enfrente suyo.

Ante Hernández había sólo un tiradero: habían vaciado su maleta en el solar donde él estaba. Alzando la mirada, contempló el sol un breve instante y sintió que el cuerpo entero le escocía. Así descubrió que no traía su camiseta, que le habían quitado los zapatos y que le ardían las muñecas y los tobillos.

Un par de minutos más tarde, la mujer que había ordenado traerlo apareció en el solar. Escupiendo las semillas de una mandarina, brincó la ropa, se inclinó ante Hernández y en voz baja murmuró: tú no eres de estas partes. Luego se colocó tras él y utilizando una navaja cortó las cuerdas que lo ataban.

Párate y sígueme allá dentro, ordenó y fue así, escuchando otra vez aquella voz, que Hernández comprendió que aquel hablar le recordaba a otra persona o que ese hablar lo había escuchado antes. Quizá sea esa mujer que, pensó Hernández: no… más bien habla idéntico a Romina. O a su madre.

Antes de que pudiera dar más vueltas a esa tontería, ese absurdo al que intentaba aferrarse para no pensar en otra cosa, para no estar donde estaba, Hernández se encontró dentro de un cuarto. Además de él y la mujer a quien seguía, allí lo estaban esperando una docena de adultos y unos tres o cuatro niños.

Un nuevo golpe impactó a Hernández en la boca del estómago y doblando las rodillas cayó al suelo. Arañando la tierra, intentó recuperar el aire que recién había perdido, tragarse luego la saliva que escurría entre sus labios y secar después sus ojos empapados. En torno a él revoloteaban varias risas.

Alguien dijo, quizás el hombre que hacía de jefe en aquel oscuro cuarto: así que vienes a cogerte a nuestras viejas.

Sorprendido y aterrado, Hernández pensó, sin saber por qué lo hacía ni tratar tampoco de explicárselo a sí mismo, que esa voz que ahora le hablaba ya también la conocía, ya también la había escuchado.

Quizá sea la de ese hombre que me dio antes en la calle, se dijo Hernández escuchando cómo iban callándose, una detrás de otra, aquellas carcajadas que en torno a él revoloteaban: no… es el chofer… el que me trajo… o no… es el padre de Romina, insistió en su mutismo: lo he escuchado en el teléfono.

¡Te estoy hablando, hijo de puta!, gritó la voz y esta vez, en lugar de golpear a Hernández, el hombre alzó su rostro y blandiendo ante sus ojos varios paquetes de condones y una caja de viagra repitió: ¿vienes o no vienes a cogerte a nuestras niñas?

Antes de que Hernández atinara a decir algo, el hombre le dio un par de cachetadas: ¡pues cómo ves que no se puede! ¡Aquí tenemos otras reglas!, añadió repitiendo su castigo, esta vez con las dos manos vueltas puños: ¡aquí somos nosotros los que todo lo mandamos!

¿Y sabes qué mando ahora?, preguntó el hombre alejando al fin el rostro de Hernández y observando al resto de presentes: que alguien pida ser primero.

Alguien, entonces, quizás el que había amarrado a Hernández, se adelantó al resto de las voces.

Y los que estaban ahí sobrando fueron dejando de a una el cuarto.


*Este cuento fue publicado en: La superficie más honda © 2016, Emiliano Monge, Penguin Random House Grupo Editorial.

Está decidido que hay que hacerlo y que se hará hoy mismo. Anne tiene el turno, lo tiene hoy y no mañana, y va a ir allí y entonces le extraerán el embrión. Irá sola.

– Max – dijo ella –, es algo que tengo que hacer sola, no quiero que vengas conmigo.

Yo le dije:

– ¿Estás segura? ¿Tampoco quieres que vaya a buscarte? Te pido por favor que lo pienses de nuevo. ¿Realmente quieres estar sola cuando despiertes?

Pero Anne inclinó levemente la cabeza hacia un lado y me miró severa, como queriendo decirme: Este es mi cuerpo y tu pregunta sugerente te la puedes meter ya sabes dónde, así que ahora por favor simplemente acéptalo. Y eso fue todo. La esclarecida Anne. Ante esa mirada solo vale cerrar el pico, de lo contrario rápidamente terminamos gritándonos, ya lo conozco. Son valores empíricos. Hace más de dos años que estamos juntos.

Anne se prepara en grande. Hace tres cuartos de hora que está en el baño, antes pude escuchar el secador de pelo, y antes de eso se había duchado. Cuando salimos no necesita ni la mitad de tiempo y grita por lo menos dos veces a través de todo el apartamento que no tiene nada para ponerse. Después viene a mi habitación, se planta delante de mí, siempre algo de lado, con una pierna doblada ligeramente, bastante nerviosa, resuella fuerte y pregunta si puede ir así. A mí siempre me enamora esa postura y ese resuello y digo:

– Te ves bien. Te ves fantástica.

Lo digo con cualquier cosa que se ponga, es un ritual.

Sale del baño, va en ropa interior directo a su pieza y cierra la puerta, sin decir palabra. Yo no tengo la menor idea de qué hacer. Me siento en el sillón de la cocina y me miro las uñas de las manos, de vez en cuando muerdo un pedazo de cutícula. Espero, espero a que simplemente haya pasado. Presto oídos al apartamento, para escuchar qué hace Anne. Lo que más me gustaría sería beber, el día entero. Anne se viste.

Hace tres meses nada de esto podría haber ocurrido. Anne apenas si estaba con ganas de tener sexo. Era algo frustrante, para ella y para mí, semana a semana, cada vez un poquito más. Primero solo cuando intentábamos dormir juntos, y cada vez era más frecuente que no funcionara, y entonces nos quedábamos acostados espalda contra espalda en la cama, hasta que alguno le tocaba suavemente el brazo al otro. Más tarde me rechazaba antes de que pudiéramos llegar a tanto. Supongo que lo hacía porque quería evitar mi abierta decepción y su bronca con el propio cuerpo. Pero no por eso la cosa mejoró.

En algún momento, toda nuestra relación empezó a sufrir las consecuencias. El trato entre los dos se hizo más distante, rara vez Anne se sentaba ahora sobre mi regazo después del desayuno del domingo. Dejamos de darnos un beso cuando alguno de los dos volvía a casa. Nos irritábamos con el otro con mucha mayor frecuencia y nos hacíamos reproches por cualquier nimiedad. Esas cosas se fueron metiendo a hurtadillas en la relación, nos dimos cuenta cuando era casi demasiado tarde y nos preguntamos, tras una fuerte pelea, si realmente nos seguíamos queriendo.

El ginecólogo dijo que la pastilla podía provocar una disminución del deseo. Entonces Anne dejó de tomarla. Y efectivamente ayudó, volvimos a dormir juntos más a menudo. Nuestras relaciones sexuales se modificaron, se hicieron mejores en esa época. Creo que ante todo Anne disfrutaba más. Solo que no nos gustaban los preservativos. Tampoco nos cuidábamos de otra manera. Simplemente ignorábamos el peligro de un embarazo, tampoco hablábamos sobre el asunto, era más un acontecer que un hacer. Diez días atrás volví a casa y Anne dijo:

– Estoy embarazada.

Fue la primera y última vez que pronunció esa palabra.

Son las cuatro de la tarde, el turno es en media hora, más temprano no se podía, a Anne la metieron entre dos turnos. Desde el desayuno que está sobria.

Todavía tiene que cruzar toda la ciudad. Pero se toma tiempo para vestirse. Golpeo la puerta de su habitación.

– ¿Qué pasa? – dice.

– ¿Puedo entrar? – pregunto.

– Si tiene que ser.

Tiene puesta una blusa blanca, un traje negro de chaqueta y pantalón y zapatos de taco. Está muy pintada. Lápiz labial rojo, polvos, maquillaje, sombra, rímel, delineador oscuro, rouge, todo el set, y sobre todo en cantidad. Se ven pequeñas imperfecciones de la piel debajo del maquillaje y un borde en el cuello. A los pelos se los sujetó fuerte hacia atrás con una cola de caballo. Anne no se ve para nada como Anne. Se ve como una versión de sí misma que va a venderle por encima de su valor un auto con el cuentakilómetros adulterado a un vendedor de autos usados.

– Ahora al menos di algo – dice – Dime al menos cómo me veo.

– Te ves bien. Te ves fantástica – digo – En la sala de espera todos se van a enamorar de ti.

– Es un ginecólogo, Max. Solo habrá mujeres. Mujeres que esperan un turno médico, en el que un extraño les mira el coño.

Se observa en el espejo. Se tira de su cola de caballo y de su escote, arruga la frente.

– Ahí nadie se enamora de nadie – dice.

– ¿Qué es lo que pasa? Solo quería decir que me parece que te ves bien.

– Está bien, Max, está bien.

Hasta ahora el día había transcurrido con toda normalidad. Los acontecimientos habituales por la mañana. Anne fue primera al baño, yo me quedé acostado en la cama y le dije lo bella que era cuando volvió de nuevo a la habitación en ropa interior y con la toalla sobre la cabeza y se paró como siempre delante del ropero. Usamos la mañana para hacer una limpieza profunda. Fregar los armarios de la cocina, quitarle la cal al calentador eléctrico de agua, destapar las cañerías. Casi no hablamos. Cuando decíamos algo, tenía que ver con la sorpresa que nos daba que los armarios cerrados pudieran ensuciarse tanto por dentro.

Uno de nuestros grandes platos para pastas se rompió, era el último que teníamos. Alguna vez habían sido cuatro, todos rotos. Fui yo el que lo dejé caer cuando Anne me lo alcanzó. Los pedazos saltaron por el suelo en todas las direcciones, Anne maldijo en voz alta y me recriminó que fuera tan terriblemente torpe. Más tarde me hice fideos y los comí en un plato plano. Anne me miró comer en silencio, luego se fue al baño.

Gira hacia mí.

– Tengo que sacarme la cosa de adentro. ¿Realmente entiendes lo que eso hace conmigo?

Vuelve a girar hacia el espejo y se pasa la mano por el pelo. Se saca con un pañuelo lo que sobra de lápiz labial. Toma su cartera y sale de la pieza, pasando a mi lado. La sigo al pasillo y hasta la puerta de entrada.

– Si todo transcurre sin problemas, después me va a busca Marie – dice – Nos iremos a comer o algo por el estilo. Te llamo cuando haya terminado. En todo caso, no me esperes, todavía no sé cuándo voy a volver.          

– ¿Tiene que ser? – digo – ¿Tiene que ser esto ahora?

– En un rato me van a extraer algo a mí, Max, ¡a mí! Pero no te preocupes, me las voy a arreglar.

Supe de inmediato que yo no quería tenerlo. Reaccioné con claridad desde el principio. Dije:

– Sencillamente no me lo puedo imaginar.

Anne lloraba.   Yo dije:

– O sea, en general sí, también contigo, pero no ahora.

Hacía solo medio año que nos habíamos mudado juntos. Anne acababa de hacerse cargo de su propio grupo en el jardín de infantes. Yo tenía que escribir mi tesina y preparar los exámenes finales. Para el verano teníamos planificado un gran viaje por Estados Unidos. Esa era la situación. Estábamos sentados sobre la cama, nos tomábamos de la mano y no podíamos creer lo estúpidos que habíamos sido. Golpeábamos el colchón y tirábamos las almohadas al suelo. Estábamos de acuerdo en que un embarazo debía ser una noticia alegre. No hablamos sobre lo que eso significaba, solo decidimos no contarle a nuestros padres. Anne dijo que ya el olor del café y del cigarrillo le daba náuseas.

Baja las escaleras sin antes besarme o abrazarme una vez más. Yo me quedo parado en la puerta del apartamento.

– ¿Tienes el certificado contigo? – le hablo a sus espaldas.

Anne se queda parada en el descanso de la escalera. Se toma de la baranda, mira por sobre su hombro hacia arriba. Justo encima de ella cuelga una lámpara de techo, la luz arroja sombras en su rostro, bajo sus ojos y sobre las mejillas. Su aspecto es duro. Mi querida pequeña Anne, la niña que después de nuestra primera noche juntos se paró ante el ropero y no sabía qué medias debía ponerse, la misma Anne está parada ahora, tensa en su blusa planchada y sobre tacos, medio piso debajo de mí; y su mirada también es dura y ella dice:

– Sí, tengo el certificado.

– ¿Estás segura? Fíjate de nuevo. Necesitas el certificado.

Pero Anne deja de contestarme y sigue bajando los escalones. Sus tacos retumban con un ruido sordo por el pasillo del edificio. Yo estoy parado delante de la puerta abierta del apartamento y me rasco una irregularidad de la piel en mi cuello. Luego se cierra la puerta de entrada del edificio. Durante los últimos diez días nunca pude imaginarme cómo se hubiera visto Anne con un embarazo avanzado.

La última vez que volvió del ginecólogo, Anne lloró camino a casa. Desde su primer regla que se atendía con él. Atravesamos el barrio de su juventud, Anne miraba todo el tiempo por la ventanilla, llorando en silencio. Ya teníamos la certeza, la médica había señalado el monitor del ultrasonido y dicho:

– Sí, ahí, ¿ve eso? Usted está embarazada.

Con mucha fantasía se podía reconocer un gusanito del tamaño de una falange. Nos dio un folleto con la dirección de lugares que ofrecían asesoramiento para embarazos en conflicto y volvimos a casa y Anne lloraba.

Me vuelvo al apartamento y miro hacia la calle desde la ventana. A Anne ya no se la ve. En la cocina tomo una cerveza del refrigerador. Me doy cuenta de que me tiembla la mano. Dejo el abridor al lado de la botella, me apoyo sobre la mesada y respiro hondo. Luego extiendo ambas manos. Estoy temblando. Miro mis manos temblorosas y me acuerdo de la vez en que mi padre me dijo que desde mi nacimiento había perdido el control de su vida: solo reaccionaba, no accionaba, era un constante andar con cuidado. No había reproche en su voz, más bien asombro por haber llegado a esta conclusión. Estábamos sentados bajo un cerezo en flor en el jardín de mis abuelos, bebiendo una cerveza fresca. Se puso de pie y volvió a la terraza, en la que estaban sentadas tres generaciones juntas. Mi padre tenía 26 cuando yo nací, la misma edad que yo tengo ahora.

No se lo contamos a nadie. El fin de semana nos fuimos al campo, lejos de todo, a una pequeña pensión con muebles de roble en la sala de desayuno. Conocimos el pueblo, hicimos asado en la terraza de la posada y paseamos por senderos vecinales.

Por la noche nos imaginamos qué pasaría si lo tuviéramos. Hablamos solo de problemas de organización. Dinero, licencia para padres, situación habitacional. Cada uno eligió un amigo con el que quería hablar del asunto. Ni una sola vez hicimos el ejercicio de imaginarnos juntos cómo se vería el niño acostado en la mesa para cambiar pañales. Cómo nos sonreiría mientras se tiraba un pedo, cómo se recostaría sobre el pecho de Anne para tomar la leche, cómo gatearía por el apartamento o diría sus primeras palabras.

Tampoco hablamos sobre los costados fatigosos de los primeros años de ser padres, las noches sin dormir, las limitaciones en general. Sobre nada de eso.

– Deberíamos mudarnos – así hablábamos.

Solo durante nuestros paseos, o cuando estaba acostado en la cama aún despierto, yo pensaba en cómo sería arrastrar ahora un carrito de bebé o escuchar otra respiración junto a la de Anne en la pieza. Pero no hablé con ella de estos pensamientos. La última noche, Anne volvió a fumar y a beber. La palabra aborto no se pronunció.

Estoy sentado a la mesa de la cocina, delante de mí hay entretanto tres botellas de cerveza vacías. Tengo la frente apoyada en mi mano y sigo esperando. Me doy cuenta de que deberíamos volver a aceitar la placa de la mesa, la madera está reseca y descolorida. En un sitio se puede ver una muesca profunda y circular. Resto de una de nuestras peleas. Yo estaba tan furioso que golpee un vaso contra la mesa.

Tomo una nueva cerveza del refrigerador y vuelvo a sentarme. El temblor ha mejorado un poco. Todo está silencioso, increíblemente silencioso. Solo oigo el tic-tac del reloj de pared. Me pone nervioso, lo tomo de la pared y le saco la batería. Queda parado en las 18:12 horas. Lo pongo dado vuelta sobre la mesa, junto a las botellas vacías. Pienso en Anne y en que varios médicos y asistentes dan vueltas delante de sus piernas abiertas. La veo acostada ahí, con el tubo del respirador en la boca. El anestesista se sienta junto a su cabeza y observa el electrocardiograma, cuida el pulso de mi Anne, mientras que por delante le introducen instrumentos esterilizados. Empiezo a sudar, en la nuca, en la frente, en los sobacos. Me pregunto si todo habrá salido bien, si ha vuelto a despertarse. Si ya se resolvió. Me termino la cuarta cerveza.

Creo que fuimos un caso fácil para la asesora pro familia. Ya habíamos tomado nuestra decisión. Necesitábamos el certificado de asesoramiento y sabíamos que lo recibían todos los que asistían a una charla de asesoramiento. En un papel debíamos anotar nuestras razones para estar en conflicto con el embarazo. En primer y segundo lugar figuraban los problemas familiares y de pareja y el padre del niño no apoya el embarazo / a la mujer. Yo puse mis crucecitas en el número trece, situación financiera / económica y en el dieciséis, situación profesional / laboral y empujé mi papel sobre la mesa. Anne pudo ver lo que yo había anotado. Luego colocó su papel con la parte de adelante hacia abajo sobre la mesa y se lo pasó a la consejera.

La consejera observó nuestros papeles y luego preguntó:

– Expresado en porcentaje, ¿cuánto deseo tiene de no tener al bebé?

– Noventa por ciento – dije.

Anne me miró de costado, luego dijo:

– Noventa por ciento.

Después de treinta minutos, nuestro certificado estuvo sellado. Anne se metió en la cartera varios folletos informativos que tomó de un folletero. Estaba estipulado que la charla durara una hora.

Ya son pasadas las nueve. Anne sigue sin llamar. Yo bebo cerveza, y la bebo cada vez más rápido. Entretanto me he emborrachado, camino de un lado al otro de la cocina y por el pasillo. Camino como un poseso por todo el apartamento. Ya no me preocupo, estoy furioso, con Anne, con nosotros, con todo. Me tambaleo un poco y me doy contra el marco de una puerta. Deberías serenarte, maldita sea, pienso. Enciendo el televisor, pero no soporto ni un solo programa por más de cinco minutos. En cada canal, algo desata alguna asociación desagradable dentro de mí. No puedo ver ni un programa de cocina. Sigo con el zapping porque me muestran cómo le sacan las pepitas a un melón. Vuelvo a apagar la televisión y cierro los ojos, entonces suena mi móvil.

– Quería llamarte – dice Anne.

Escucho música de fondo, voces.

– ¿Cómo te va? – le digo – ¿Ya terminó? ¿Dónde estás?

– Ni idea, en alguna parte. Marie está conmigo. Estamos por comer algo.

Suena exhausta, habla despacio y con lengua pesada.

– Ven a casa – le digo – por favor. Ven a casa.

– Vamos a comer algo aquí, ya te lo dije. No me esperes. Ahora tengo que cortar.

– Espera – digo –, maldición, ahora espera un momento. ¿Está todo en orden?

– Sí, sí, tengo que ir al baño – dice.

Luego la comunicación se corta.

La llamo de inmediato de nuevo, una vez, dos veces, a la tercera vez ella rechaza el llamado. Cuando llamo por cuarta vez, me comunico directo con su casilla de mensajes. Arrojo mi móvil al suelo, la batería sale disparada. Me cuesta respirar y me tengo que sentar en el suelo. Lloro por primera vez desde que Anne me dijo que estaba embarazada. Lloro histéricamente y hasta lanzo un grito fuerte. Luego vuelvo a pararme, me limpio la cara con la mano y rearmo mi móvil. Empiezo a registrar el apartamento en busca de pistas de dónde podría haber ido Anne con Marie.

Leo los papeles con anotaciones en su escritorio. Enciendo su ordenador y miro el historial de su browser. Estoy firmemente decidido a descubrir dónde está, ir hasta allí y traerla a casa. En los últimos tres días no buscó ningún restaurante ni bar. A cambio, parece haberse leído todos los foros del mundo en idioma alemán sobre interrupción de embarazo. Entradas con los títulos memoria eterna o se cumple un año de la fecha calculada para el parto. Mis ojos se topan con el montículo de folletos informativos que Anne se había llevado de pro familia. En las tapas están retratados padres de aspecto feliz con sus bebés: Asignación para padres y licencias para padres; Estudiar con un hijo; Embarazada en Berlín. Borro el historial del browser. Tomo los folletos, los llevo directo al sótano y los tiro en el contenedor para papeles. De regreso al apartamento, escucho sonar mi móvil. Subo la escalera a los saltos.

– ¿Dónde estás? – pregunto.

– Soy Marie – dice Marie – Me manda decirte Anne que está todo en orden. Estamos en un restaurante, más tarde la llevo a casa.

– ¿En qué restaurante? Paso a buscarlas.

– Max – dice Marie – Anne no quiere que vengas. Más tarde la llevo a casa, no te preocupes. Por favor no vuelvas a llamar.

Y corta.          

Un par de minutos más tarde vuelvo a llamar a Anne, me atiende el contestador. El mensaje de Anne es alegre, suena de buen humor y feliz, a uno le dan ganas de dejarle un mensaje a esa voz en el contestador.

Después de la señal, digo con voz entrecortada:

– Anne, soy Max. Si hice alguna cosa mal, lo lamento. Pero por favor ven ahora a casa. Ven a casa, ¿vale? No aguanto más… Te amo.

Parado junto a la ventana, vigilo ansioso. Cada auto que se acerca espero que sea un taxi ocupado, en el que venga Anne. Ahora bebo sobras de aguardiente barata con cubitos de hielos. El móvil está a mi lado sobre el vano de la ventana. En el edificio de enfrente hay una pareja enfrente del televisor, tomados del brazo. Un enjambre de insectos revolotea alrededor de la luz encendida de un farol de calle. De nuevo llega un auto despacio, pero no se detiene. Me pregunto cuándo he perdido a Anne por el camino. Busco un momento, algún gesto, una frase que debiera señalarme que en los últimos diez días ella estuvo viviendo un rollo completamente distinto al mío. Se me hace evidente que no sé cómo seguirá lo nuestro.

Me despierto al escuchar que abren la puerta de entrada al apartamento. El televisor brilla mudo y arroja al ritmo de los cortes en la película una luz débil en la habitación. Me levanto y voy rápido al pasillo. Al entrar, Anne se golpea contra la pared. Su maquillaje está corrido, su cara tiene un torcimiento extraño, ha estado llorando.

– Anne… – le digo y voy hacia ella.

Ella retrocede medio paso y levanta las manos hasta la altura del pecho en gesto de repulsa, con la mirada perdida en el vacío. Parece un cartel de stop.

– Anne… – digo de nuevo – Ahora ya ha pasado, quedó atrás.

No contesta, se desliza por mi costado con las manos aún alzadas, prestando atención a no tocarme. Cuando la tengo al lado, procuro tomarla suavemente del mentón, de modo que levante la cabeza y al menos lograr que me mire, así sé qué es lo que está pasando. Me toma de la muñeca, me mira y vuelve a bajarme bien despacio la mano. Se siente como una amenaza. Desde sus ojos me grita un desprecio que me eriza la piel de la nuca. Luego se va a su cuarto.

Escucho cómo saca algo de abajo de su cama. Voy tras ella y me quedo parado en el umbral de la puerta. Anne está haciendo una maleta, dice:

– Hoy duermo en lo de Marie.


*This story is taken from: “Das Licht der Flammen auf unseren Gesichtern” by Dorian Steinhoff © mairisch Verlag 2013.

Desde la audiencia has tenido más tiempo para estudiarla, pero no puedes hacerlo las veinticuatro horas. Hay gente en este mundo que todavía tiene trabajo, y el jefe de Jennifer pondría el grito en el cielo si se enterara de que la estuviste siguiendo a la enfermería. Probando las tabletas. Haciendo preguntas estúpidas. Arrastrándola al armario de suministros para un rapidito mientras algún veterano de guerra balbuceaba sus últimas palabras al otro lado de la pared. No; cuando te eliminan de ese rubro, te eliminan de por vida. Y no todas las ideas de Jennifer son buenas.

Así que durante la mayor parte de los últimos tres meses has limitado tu estudio a las horas domésticas, entreteniéndote solo en el departamento mientras ella está en el trabajo. Cocinaste linguini con camarones y chiles la noche que te despidieron, lasaña vegetariana la noche siguiente. Toda la primera semana limpiaste y aspiraste como un demonio. Jennifer te llamó su perra y los dos se rieron juntos. Vaticinó que pronto se les sincronizarían los períodos; te hizo cruzar los meñiques y prometerle que le prepararías un baño de espuma cada vez que te lo pidiera. Eso fue cuando todavía bullías de entusiasmo por la libertad y todas las tareas eran divertidas; entonces empezó el juego de roles. Ahora, algunas noches, cuando Jennifer está de turno, lo único que haces es meter la mano dentro del jogging para agarrarte las bolas y hacer planes online, en la oscuridad. En el Observatorio Lowell en Flagstaff, te dices a ti mismo entre dientes, cliqueando el mouse con la mano libre. En el Parque Nacional Saguaro, cerca de Tucson. De solo pensarlo se te moja la nuca. Se te seca la boca. Cuando resulta demasiado, vuelves a dominar el FIFA 12.

Noches enteras pasan así.

Ya van cuatro meses desde que la administración le pidió como favor a Jennifer que cubriera un par de guardias nocturnas: una de las chicas nuevas estaba ausente por enfermedad, dijeron. Es sólo hasta que se sienta mejor, dijeron. Probablemente no sea por más de una o dos semanas. Pero ya casi es Navidad, la chica enferma se convirtió en la chica deprimida, y Jennifer sigue en esas guardias nocturnas de pesadilla sin señales de que las cosas vayan a cambiar pronto. Tenías la esperanza de que salir del call center trajera la oportunidad de hablar de un nuevo comienzo, tal vez en algún lugar donde la vida fuera más barata, con más chances de que brillara el sol. Pero no hubo tiempo para esa clase de charla. Seis veces por semana, ella sale de casa después del ocaso y vuelve antes del amanecer. El día es noche y la noche es día. Jennifer dice que le está afectando los sentidos, y también está afectando los tuyos. Tienes que adaptar tus patrones de sueño para estar despiertos al mismo tiempo. En el sendero apache, rodeado de las majestuosas Montañas de la Superstición.

Te aseguras de tener todo listo cuando llega del trabajo –luces apagadas, persianas cerradas– para que Jennifer pueda hacer de cuenta que es de noche. Se merece una bienvenida decente pero has aprendido a no molestarla en la puerta. No le gusta que la agobien. El trabajo que hace no puedes ni imaginarlo. Los últimos momentos de hombres y mujeres comunes, despojados de sí mismos. No es de extrañar que necesite unos minutos de soledad. Así que te quedas ahí en la cama, haciéndote el dormido, escuchándola moverse en la cocina, picando cosas de paquetes en la heladera y comiendo parada mientras afuera la noche se convierte en día. Luego se mete en la cama, te da un beso y se queda dormida, a veces completamente vestida. Si eso sucede, la desvistes despacio, cuidando de no hacer ningún movimiento brusco, quitándole el maquillaje con una toallita para el rostro. Pones su corpiño, bombacha y medias en la cesta de la ropa sucia y cuelgas su uniforme detrás de la puerta del dormitorio, listo para el día siguiente. Entonces cubres los cuerpos de ambos con el acolchado, le rodeas la cintura con los brazos y esperas a que llegue el cansancio. La mayoría de las veces, Jennifer duerme profundamente. A veces tú también.

Los sueños de Jennifer no le aclaran la mente, pero cuando abre los ojos se comporta como si el mundo fuera una moneda brillante recién encontrada en el suelo. Casi todos los días se despierta a eso de las dos, se da vuelta en la cama para mirarte y antes de que puedas hacer foco, susurra: ¿Lo hacemos, vaquero? Cuando está cansada, sus pupilas parecen ruedas de ruleta. Cuando está caliente, envuelve tus piernas con sus piernas cortas y te pregunta qué será hoy. ¿Barack Obama y Michelle en el Salón Oval? ¿Beyoncé y Jay-Z en su mansión de Los Ángeles? ¿Brangelina en su escondite del sur de Francia? Por lo general deciden juntos. Entonces llega el momento de los disfraces, media hora de lo que Jennifer llama rock n’roll en los mismos agujeros de siempre, y a eso de las tres los dos ya están durmiendo de nuevo. Se despiertan alrededor de las cinco, se tiran frente al televisor y comen un sándwich mientras miran telenovelas o un DVD. Un par de horas más tarde todo comienza de nuevo, y las siguientes diez horas son solo tuyas.

La semana pasada le dijiste a Jennifer que esto no podía continuar. Lo de estos ejecutivos es una burla, y le sugeriste que hiciera huelga. Este estilo de vida no es práctico. Le dijiste que habría problemas si las cosas seguían así hasta Hogmanay, la celebración de Año Nuevo en Escocia . ¿Qué iban a hacer con las campanas? ¿Mirar todo por Sky Plus? ¿Mirar el Big Ben la tarde siguiente, todo apagado, cantar Auld Lang Syne y hacer de cuenta que es otro año? Jennifer arrugó la nariz. Las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba. Entonces dijo: Deberíamos hacerlo durante el conteo. Tratar de coordinar, ya sabes, 3, 2, 1… Jennifer es una verdadera romántica. Las últimas semanas notaste algunas cosas que no viste antes, cuando tenías trabajo y todavía atendías el teléfono cuando sonaba. Si Jennifer duerme, te concentras en su respiración, tratando de imitarla con la tuya, preguntándote si se queda contigo solamente porque está demasiado cansada para dejarte. Si está despierta, le prestas atención a sus tics y sus hábitos. Sus deseos. Todavía sirves para algo, ¿verdad? En los baños para discapacitados del Sea Life Aquarium en Tempe. Vestidos de pies a cabeza de indios americanos en el Museo Heard.

Por los tiempos, sabes que ella casi nunca hace una parada en el camino de vuelta a casa. La fina capa de barro húmedo en sus botas prueba que usa siempre el mismo atajo a través del parque; el recorrido de puerta a puerta le lleva unos veintitrés minutos. El conteo de canciones reproducidas en su iPod muestra que de camino escucha los mismos discos: la abundancia de Born in the USA a la ida, el vacío de Nebraska a la vuelta. (Últimamente sólo escucha a Springsteen. Dice que escribió todas las canciones que quiere escuchar. En este asunto no están de acuerdo). No hay muchos negocios abiertos en ese trayecto a las seis de la mañana, pero incluso si los hubiera, te parece poco probable que se detuviera en cualquier lado antes de volver con su hombre. Su Daniel. Jennifer es una chica bastante puntual. Los números hablan por sí solos.

Segundos más, segundos menos, Jennifer tarda treinta y siete minutos todos los días en prepararse para el trabajo; lo sabes porque tienes un cronómetro en el teléfono. Esos treinta y siete minutos por lo general incluyen unos ocho para vestirse, dos de los cuales usa para ponerse las alhajas que le regalaste para su cumpleaños, para San Valentín, para la última Navidad. Unos seis minutos para sus deposiciones diarias. Tres para lavarse los dientes. Nueve minutos para ponerse un poco de rubor y delineador. Luego cuatro o cinco hablando sobre lo que piensas hacer mientras ella alimenta, baña y cambia a los que ella llama los zombies babeantes de Yorkhill. Es difícil recordar algo que sucedió hace tanto tiempo –fue al comienzo de la relación, hace ya dos o tres años–, pero cuando empezó en el hospicio, Jennifer era mucho más dócil.

En ese entonces hablaba de hacer un trabajo que fuera bueno para el alma. Cuando estaban con gente, le daba un cierto resplandor. Ahora ninguno de los dos socializa, ella trata de no pensar demasiado, los pacientes se han convertido en los zombies, y en casa todo es vestirse de Hitler y Eva Braun y hacer de cuenta que el departamento es el búnker y que llueven bombas aliadas en el exterior mientras logran tener sexo desesperado una última vez antes de que hagan efecto las falsas pastillas para suicidarse. Por su relato de lo que sucede en la enfermería, todos estos comportamientos parecen técnicas de supervivencia bastante esenciales. Jennifer dice que si uno lo piensa, en realidad las fantasías mejoran la calidad del cuidado que recibe la abuelita o el abuelito de alguien en sus últimos días en la tierra. Allá afuera, en el mundo, las fantasías salvan vidas. Así que lo mínimo que puedes hacer es prepararle un baño de espuma cada tanto y asegurarte de conseguir los disfraces por un precio razonable en eBay.

Durante algunas semanas después de la audiencia te diste el gusto de conversar acerca de cómo te gustaría contribuir con los costos de los disfraces, y también de algunas otras cosas mundanas como la hipoteca, el gas y la electricidad; prometiste revisar los diarios para buscar oportunidades. Le dijiste a Jennifer que mirarías los sitios de clasificados y te suscribirías para recibir alertas en el correo electrónico. Algunas veces le dijiste que ibas a encontrarte con tal o cual contacto para tomar una cerveza antes de la hora del cierre; la mayoría de las veces era mentira, pero Jennifer lo dejó pasar. No pedía detalles ni seguía preguntándote luego de que dijeras que habías tenido una entrevista en O2, o H&M, o donde fuera. Aun así, era obvio que no tenías deseos de volver a entrar en el mercado laboral. Barman. Mozo. Vendedor. Si sólo tenemos una vida, pensabas, ¿por qué molestarse con cualquiera de esas cosas?

El martes pasado, cuando Jennifer te preguntó por tus planes para el día, se te ocurrió esto: ¿Recuerdas cuando hablamos de ponerle una almohada en la cabeza a la tía Joan, en Arizona?, dijiste, tratando de descifrar su expresión. ¿Ocupar su casa? Bueno, tal vez no necesitemos a la tía Joan. Mira, encontré algo. Entonces le mostraste el sitio: 17: En el Centro de Ciencias de Arizona. 18: En mitad de la caminata en Squaw Peak, en la reserva de las montañas Phoenix. Esperabas que lanzara algo. Que hiciera una lista de las facturas que había pagado desde que Greg y los muchachos de la oficina central te habían liberado del opresor. No la habrías culpado si se hubiera marchado para no regresar jamás. Pero Jennifer es una maldita santa. Una chica mala. Te rodeó el cuello con los brazos, con su calor flotando en el aire entre sus cuerpos, y te mordió el lóbulo de la oreja, sujetando la piel entre los dientes unos segundos antes de soltarla. Usa tu imaginación, te dijo. Y eso es lo que has estado haciendo desde entonces.

A veces te preguntas cómo sería la vida si hubieras crecido antes de internet. ¿Qué hacía la gente? Tal vez miraban por la ventana, o se pasaban el día mirando el piso, seguros de que ahí afuera había vida, pero incapaces de demostrarlo. Qué suerte tienes de poder acceder a todas las maravillas del universo en un milisegundo. No hay excusas para el aburrimiento cuando hay más posibilidades que nunca para la imaginación humana. Ahí afuera hay una comunidad para todos. Amantes de las palomas de los ex estados yugoslavos. Cultivadores de calabazas de Yorkshire. Brujas y neopaganos del sur profundo. Para algunas personas tanta información resulta abrumadora. Ven el mundo, perciben lo pequeños que son y se desesperan. Pero tú eres uno de los que pueden pasarse un turno entero del hospicio bajando música gratis, mirando videos de hipopótamos bailando en YouTube y buscando lugares inusuales en países extranjeros para darle a la chica que amas una buena y dura demostración de afecto. El universo tiene los brazos abiertos para ambos. No hay motivos para tener miedo. Y como demuestran estas mágicas páginas virtuales, más allá de toda duda, todos tienen sus cositas. El eslogan de uno de los sitios dice: Un hogar lejos de casa para viajeros de mente abierta que aprecian las bellezas naturales de todo tipo.

El número 23 dice: Al anochecer, en el extraordinario Jardín Botánico del Desierto.

El número 31 dice: En una de las increíbles cuevas subterráneas en el Parque Nacional Kartchner Caverns (algún bromista agregó aquí una foto totalmente negra, cuya leyenda dice “Dentro de una cueva”).

Debajo de la lista completa de los 59 “lugares del desafío” hay enlaces a varios álbumes de fotos, cada uno con imágenes de parejas que se han fotografiado en algunos de los lugares del recorrido. La mayoría no logra hacer más de diez locaciones. Casi todas las imágenes son amateurs. No importa. Una instantánea, de una pareja de Copenhague, está tomada desde la perspectiva de una mujer montando a su marido a orillas del lago Havasu. En la foto se ven sus rodillas apoyadas en los brazos de él. Él está en el piso, mirando hacia arriba. La expresión del hombre no se parece a nada que hayas visto antes, y cuando se la muestras a Jennifer, ella se pregunta en voz alta a qué se dedicará. Si le habrá mentido a su jefe sobre para qué necesitaba tomarse un tiempo del trabajo, y si sus colegas sabrán sobre sus vacaciones. Entonces ella te empuja hacia el piso, mientras la presentación sigue mostrando a la pareja de Copenhague en una serie de ambiciosas posiciones en el Cañon de Chelly, luego en la reserva natural Out of Africa, luego en los estudios Old Tucson. En un video tienen puesto el mismo sombrero cowboy y se escapan desnudos de dos guardaparques. Jennifer insiste con la posición del perrito, los dos mirando la computadora. Empuja fuerte dándote la espalda.

Eso fue hace tres noches.

Esta noche, cuando salía para su turno, Jennifer te abrazó fuerte y te preguntó si tenías algo para ayudarla a pasar el descanso. Lo pensaste, observándola de cerca mientras tomaba sus llaves, se ponía el abrigo y salía por la puerta. Enfiló hacia la entrada. Entonces se detuvo en la acera. Miró hacia atrás. Apoyada en la puerta, la imaginaste como Marilyn Monroe y tú como JFK y dijiste: Número 43: Dentro de las vastas profundidades del Gran Cañón, con vistas espectaculares a aquello que el geólogo y explorador John Wesley Powell llamó alguna vez “el espectáculo más sublime de la naturaleza”. Jennifer volvió a mirar hacia la calle, sacudió la cabeza, sonrió. Mientras se alejaba, dijo: Alguien está excéntrico hoy. Luego se fue y la miraste irse. Tu Marilyn. Tu Coco Chanel. Tu Michelle Obama.

Jennifer siempre dijo que las primeras horas de su turno eran las peores, así que te aseguraste de que tuviera un mensaje de texto esperándola cuando por fin llegara su primer descanso corto; una ayuda para que la segunda mitad del turno pasara un poco más rápido. Decía En una de las mesas de la legendaria Pizzería Bianco (puntaje promedio de Trip Advisor: 4.0 de 5). Darnos de comer en la boca el uno al otro es opcional. Adjuntaste un jpg de Bob y Sue Hampton de Bournemouth, él sin nada más que un sombrero de chef, ella de moza en topless, los dos haciéndolo junto a un gran plato de antipasto. A las doce y diez de la noche llegó la respuesta. Se ve complicado. ¡Pero sabroso! Estoy dispuesta si tú lo estás… Después de eso le empezaste a mandar más sugerencias. No podías evitarlo.

Opción 1: EN EL LEJANO OESTE. Estilo 1880, en el famoso pueblo Rawhide del Lejano Oeste, viajando en el Carruaje Butterfield que cruza el pintoresco desierto de Sonora tirado por una mula. (Otras opciones incluyen casamiento de apuro, costo: 10 dólares, souvenir fotográfico incluido. Potenciales complicaciones: ¿Qué hacer con el guía? ¿Es posible alquilar un carruaje propio? ¿Y a tu madre le molestaría si nos casáramos en el exterior?).

Opción 2: EN EL CINE. En Monument Valley, vestidos como el excéntrico director John Ford, cuatro veces ganador del Oscar, y Mary, su amada esposa por cincuenta y nueve años. Sugerencias: usar un parche ocular, como Ford; reproducir escenas de las obras más destacadas de Ford. (Posibles problemas: ¿cómo hacer que Las uvas de la ira sea sexy? Considerar también: Qué verde era mi valle).

Opción 3: SANTOS Y PECADORES. En la Misión de San Xavier del Bac en Tucson, fundada en 1692. Vestidos de Pastor y de una participante entusiasta de la congregación. (NB: en un supuesto milagro presenciado por gente de toda el área de Tucson, aparentemente el Padre Ignacio José Ramírez y Arrellano continuó sudando durante horas después de su muerte. Luego lo canonizaron. ¿Podríamos incorporarlo de alguna manera, tal vez?).

Jennifer no respondió a ninguna de estas sugerencias, pero era cierto que ella prefería los dramas donde la mujer era dominante. O tal vez no respondió porque era una estupidez y habías llegado demasiado lejos y no tenía tiempo para esta clase de cosas porque estaba ocupada limpiándole el trasero a alguna viejita frágil y asustada que quizás tendría un ataque al corazón ahí mismo si supiera lo que estabas planeando hacer con su dulce y bondadosa enfermera. ¿Por qué Jennifer no respondía? Algo andaba mal. Así es. Así es. Se suponía que no tenías que llamarla cuando estaba de guardia, aun así tuviste que hacerlo. El celular estaba apagado. Por supuesto que estaba apagado. En lugar de dejarle un mensaje de voz, le escribiste otra vez: Te extraño. Estoy muy orgulloso de ti. Cuídate y nos vemos en casa, ¿ok?

Llegó once minutos más tarde de lo normal, de modo que supiste que algo andaba mal antes de verla llorar. Corrió a tus brazos desde el pasillo, ocultó la cabeza en tu hombro y la dejó ahí un largo rato. Cuando levantó la visa, su rostro era todo maquillaje corrido y miedo. No podía respirar. Dijiste, Vamos, vaquera, la levantaste y tambaleándote con ella en brazos, la cargaste por las escaleras. Ella se rio. La abrazaste con suavidad mientras te pegaba y decía, No puedes irte a ningún lado. Los besos suaves se convirtieron en intensos, y poco después los dos estaban tirados en la alfombra del dormitorio, enfrentados, dos cuerpos en la luz matutina. Tráeme pañuelos, Daniel, dijo ella. Así que se los trajiste. Luego subiste a prepararle un baño. Mientras lo hacías, pensaste que si todavía trabajaras en el call center, o en cualquier lado, no habría tiempo para esto. Jennifer habría llegado a casa, se habría secado las lágrimas mientras dormías, tratando de no despertarte antes de que sonara tu alarma. Te habrías levantado poco después, te habrías duchado y vestido deprisa, y habrías notado que algo andaba mal pero no tendrías tiempo de responder a eso, le prometerías que hablarían más tarde. Habrías ido a trabajar, preocupado por Greg, por los objetivos, por cuánto venden los otros en la oficina. Al volver a casa, Jennifer se estaría preparando para salir a su turno y no querría preocuparte, así que haría de cuenta que está bien, y antes de que pudieras notarlo, la sensación habría pasado. En el cañón Oak Creek, Sedona. Entre los pájaros, animales y plantas del Sud Oeste en el Parque Estatal del Arboreto de Boyce Thompson. En Paradise Valley. No, no quieres volver a trabajar nunca más. No quieres perder la oportunidad de estar ahí para ella. Solo pensarlo te da ganas de vomitar.

Pero todo está bien porque no tienes trabajo, estás aquí, disponible, y sabes cómo a ella le gusta, así que cargas la bañera con dos medidas de espuma de baño y dejas correr primero el agua fría un rato. La llenas hasta casi la mitad. Luego la llevas hasta el baño, le quitas el uniforme, depositando cada pieza con cuidado para que no se arrugue. Ella dice: Estoy despierta, para variar. Tú dices: Sí, lo sé. Le besas la clavícula, detrás de la oreja, te agachas y la besas entre los dedos de los pies. Ella hace de cuenta que te aparta. La dejas. Ha estado llorando todo el tiempo. La alzas de nuevo y la metes suavemente en la bañera. Su color cambia de rosado a blanco, las burbujas pululan a su alrededor y su cuerpo desparece debajo de ellas. Entonces vuelves al piso de abajo, a la heladera, descorchas una botella de vino blanco y regresas. Apoyas la botella y las copas limpias en el piso. ¿Quieres que te sirva? Le preguntas, y ella asiente. ¿Quieres llamar a tu madre?, le preguntas. Ella sacude la cabeza. Más tarde, dice. Entonces Jennifer te toca el brazo y te pide que te quedes.

Sirves las dos copas hasta la mitad.

Con un suspiro, Jennifer dice: No tendría que… quiero decir, pasa todo el tiempo pero… Victoria murió durante la noche. Le respondes: No sabía que les ponías nombres. Jennifer te golpea despacio, se ríe, toma una copa y dice: Tienen nombres cuando llegan, tonto. Y entonces se larga a llorar de nuevo.

Entre lágrimas te cuenta la historia de vida de esta mujer a la que nunca conociste y que Jennifer nunca antes había mencionado. Vivió una vida plena, viajó mucho y hablaba cuatro idiomas. Tenía tres hijos, incluyendo a uno llamado Samuel que murió de muerte súbita. Trabajaba en clubes polacos de jazz y una vez tocó el piano en el Royal Albert Hall. Vivió en Arizona con su segundo marido por seis años antes de volver a Glasgow, y le contó a Jennifer sobre sus amigos y familiares que se mudaron allí luego de la guerra. Ayer Victoria parecía estar bien, cuando le hizo un cumplido a Jennifer por sus mejillas rosadas. Con lo cual quería decir que se veía feliz. No es que nada de eso tenga importancia ahora, dice Jennifer. Sí que la tiene, dices. Le preguntas sobre Victoria arrodillado en la alfombra del baño. Le pasas despacio una esponja por los brazos y las piernas, luego por el abdomen, los hombros, hasta que parece incapaz de seguir hablando. Entonces le secas los ojos, la tomas de las manos y empiezas a hablar. Lo haces en voz baja.

Éste es el plan, dices. ¿Lista?

Jennifer asiente.

Mañana a la noche abriré el auto de Greg, manipularé los cables para encenderlo y aceleraré hasta el hospital para recogerte en mitad de tu turno. Tú apuñalarás a tu supervisor con una aguja infectada en el pasillo, luego saldrás violentamente por la puerta y saltarás al auto por la ventanilla. Entonces tomaremos la autopista, haciendo planes mientras avanzamos. Número 46: En la jaula de los leones en el zoológico de Phoenix. Número 49: En el pozo de las escaleras del Castillo de Montezuma, mirando a los turistas desde las torrecillas. Número 53: Al aire libre, a bordo de un barco en el lago Pleasant. Piensas mientras hablas. Luego conozco a un tipo en el puerto de los ferrys, ya lo tengo planeado, y mientras sale el sol le paso un fajo de billetes a cambio de pasaportes nuevos. Jennifer dice: ¿De dónde sacaste el dinero? Le aprietas la mano para recordarle que no haga preguntas. Me convierto en José, dices. Tú te conviertes en Rosita. Luego hacemos la fila con el resto de los pasajeros, y nos subimos a un crucero de lujo con destino a Nueva York. En el barco lo hacemos de frente a las pequeñas ventanas redondas, el agua, el mar. El calor sube de nuestros cuerpos. En Nueva York robamos otro coche y viajamos los tres mil kilómetros, o algo así, hasta Phoenix. Dormimos en el auto. Asaltamos estaciones de servicio en el camino con la pistola que nos dio nuestro hombre en el puerto. Tienes un talento natural. Amenazas a los empleados y tomas el dinero de la caja. Increíblemente, ninguno de estos lugares que asaltamos tiene cámaras de vigilancia. Jennifer hace una mueca pero te deja seguir. Sólo les disparamos a algunos pero no importa, porque la mayoría son viejos, o tratan mal a sus mujeres. Jennifer vuelve a apretarte la mano y dice: ¡Daniel! Sonríes. Bueno, bueno. En fin. Nadie nos sigue. Nos lleva dos semanas llegar a Phoenix pero cuando llegamos tenemos un gran sobrante de dinero. Jennifer dice: ¿Y entonces qué? Sonríes. ¡Y entonces nos dirigimos al sendero!

Jennifer toma de su copa, luego la deja a un lado y descansa la cabeza al costado de la bañera, de cara al techo. Suena bien, dice, mirándote con sus ojos de ruleta. ¿Pero y los pasajes para esa línea de cruceros? Agitas unos pasajes imaginarios delante de ella. Vamos. ¿Me olvidaría de algo tan importante? Ella te quita el aire de entre los dedos, se incorpora y lo besa. De verdad quiero irme de aquí, dice, y vuelve a temblarle la voz. Lo sé, le dices. Para evitar que vuelva a largarse a llorar, levantas la copa y dices, ¡Por Arizona!, pero chocas las copas con tanta fuerza que la de Jennifer se rompe, dejando cientos de pequeñas esquirlas en el agua.

Le aprietas fuerte la mano y le dices: No te muevas.

Grietas

Traducción de Marjeta Drobnič y Matías Escalera Cordero

Hay muchas historias. Ésta es una de ellas. Tienes mujer, tienes hijos, tienes trabajo, tienes coche, tienes un chalet en las afueras. Todo apunta a que morirás feliz, tus hijos llorarán en el entierro y los vecinos lamentarán tu ausencia. Entonces, una noche, mientras se evaporan lentamente las últimas partículas de luz, y vuelves a casa no más rápido que de costumbre, oyes un golpe: has atropellado algo. No has visto nada, sólo has sentido el golpe seco contra el coche. Paras, sales y miras a ver qué ha pasado. Debajo de tu coche yace un niño, de siete u ocho años, como uno de los que te esperan en casa, podría ser tuyo. No se mueve. De debajo de su cabeza sale un charco de sangre.

Gritas, te inclinas, palpas sus venas, no sientes nada. Miras alrededor, no hay nadie, la calle está vacía. Pasas por aquí cada día, pero no conoces a nadie, un grupo de viviendas, grises y arrugadas. Nadie mira, todas las luces están apagadas.

 ¿Ahora qué? ¿Qué haces cuando te ocurre algo así? Si el niño gimiera, sería fácil, ¿sabes? Lo meterías en el coche y te lo llevarías a un hospital. O llamarías a una ambulancia. Pero ves que no hay nada que salvar. Cuando te tranquilizas un poco, te das cuenta de que las farolas no están encendidas. Ves que no hay coches en la calle. Miras alrededor a ver si viene alguien, a ver si hay alguien observando, escondido detrás de los contenedores. No hay nadie por ninguna parte.

Te gustaría llamar, pero, ¿a quién? Además, la batería de tu teléfono se agota de repente, y te das cuenta de que nadie respondería aunque el móvil funcionase. Vuelves a mirar al niño. Te parece que lleva horas en el suelo, que su rostro ha palidecido, que la sangre debajo de su cabeza se ha secado. Vuelves a mirar alrededor y te parece que las casas a lo largo de la calle se desconchan, que el asfalto se resquebraja, que en el cielo nocturno aparecen grietas enormes, y que por allí asoma el vacío, para escurrirse adentro.

Sigues apretando la llave del coche en la mano, la miras, miras tu coche, y sabes que jamás volverá a moverse. Dejas caer la llave, se hunde con lentitud en la oscuridad, a tus pies, y no te sorprende no oír el golpe del metal contra el asfalto. Se han apagado todos los ruidos. Los perros han dejado de ladrar, los televisores han dejado de zumbar, los teléfonos de sonar. Vuelves a inclinarte hacia el niño. Es cada vez más menudo y dócil, miras tus manos y aguardas a que aparezcan las grietas. Piensas: tenía mujer, tenía hijos, todo hacía prever que moriría feliz. Ahora ocurrirá otra cosa. Muchas historias no terminan con un final feliz. Ésta es una de ellas.

Tierra firme

Traducción de Marjeta Drobnič

Pasó en los tiempos cuando yo tenía pelo todavía, ahora esos tiempos son lejanos, pero antes los tenía presentes, tan cerquita, antes, cada noche, todo lo tenía muy presente, muy cerquita, pero ahora no voy a hablar de eso, no vamos a hablar de eso ahorita. Quiero hablar de lo que aquella noche ocurrió, de cómo la vi a ella entre todas las mujeres, de cómo dije: ¡qué bella!, y la risa les dio a mis compañeros, y me dijeron, estás loco, ¿bella?, ¿ella? Pero yo, allá ellos, los dejé hablar y me acerqué diciendo que si querría bailar, y ella rio y dijo: ¿te deja tu mamá? Pero yo no me tomé a mal lo que podía sonar fatal, en absoluto me sentaba mal, sino parecióme dulce y cordial. Y después le sugerí que se tomase algo comingo y ella rio otra vez, diciendo, que vale, que bien, y, después, sí que todo estuvo bien, me olvidé de mis amigos y me puse a cien. Y después me contó que el corte en el vientre se lo había hecho un capitán porque ella había salido de su lecho con mucho afán, demasiado afán para él. Y dijo sin vacilar que, después, había dejado el mar, aunque en ella tenían mucho interés, pero que el mar era un azar, que volvería otro capitán. Y que siempre llegaba el desenredo y había que olvidarse del miedo, hacer frente al duro vaivén, pero que ahora estaba aquí, y estaba bien. Y me contaba más y más, cosas que yo creía engañosas o que no ocurrían de hecho, pero a ella sí, aún le ocurrían cuando no estaba al acecho. Y, después, me vi obligado, obligado a decir que ahora me tenía que ir, que, al alba, debería estar en mi cama, si no, para el próximo baile me montaban un drama, y rio de nuevo diciendo que lo sabía, que sabía que me vería obligado a irme y que me iría. Y que había estado bien. Y sólo pude preguntarle en la puerta: ¿irás a bailar otra vez? Y, ahora, siempre cuando paso por allí, donde ya, desde hace tiempo, no se baila más, donde ya todos quedaron atrás, donde llevan años construyendo el hotel más grande que se haya visto jamás, y siempre hay otro dueño que lo hace sin empeño, aún ahora, siempre cuando paso por allí, recuerdo cómo se puso cuando me dijo: no, mañana tengo que volver. ¿Cómo se puso, me estás preguntando? Triste. Y sabía, ya entonces, que todo había sido como había sido para que lo recordase cada vez que por allí pasase y también en otras muchas ocasiones, en las noches, cuando no se duerme, para que recordase cómo había sido, entonces y allí, en remotos tiempos, cuando yo tenía pelo todavía.


*El cuento “Grietas” fue publicado en la colección: Comprendes, ¿no?

Se acordó de aquella noche por el asunto de los regalos. Cuando se peleaban y él la echaba de la casa, siempre la obligaba a devolver lo que le había regalado. Las botas, sobre todo, que fueron su primer regalo de cumpleaños. Y se acordó también porque aquella noche, antes de encerrarse en el balcón, Iván había tirado una de las botas por la ventana, y porque a la mañana siguiente cuando sonó el timbre y él pensó que eran los de inmigración que venían a buscarlo, ella recibió de manos de un vecino una bota roja, larga, que parecía una de esas medias de Navidad que se cuelgan de la chimenea y se llenan de caramelos. “¿Esto es suyo?”, dijo el hombre, y levantó la bota, sosteniéndola apenas con dos dedos, como si la locura pudiera contagiarse en ese mínimo contacto. Ella agradeció. Ni siquiera recordaba el momento en que él había abierto la ventana del living. Después, cuando fue al supermercado, encontró un corpiño discretamente colgado de la verja del edificio. Un corpiño blanco, empapado por la última nevada.

No es que la manta que ahora tenía sobre la mesa fuese estrictamente un regalo, pero igual se acordó de aquella noche e intentó reconstruir la pelea. Todas empezaban más o menos igual, aunque no terminaban del mismo modo. Se vio a sí misma, más bien se oyó, gritando a través de la puerta de vidrio que daba al balcón:

—La última vez que lo vieron estaba corriendo desnudo por la calle y tirándose sobre los autos. No quiso matarse, pero terminó muerto. Neumonía y paro cardíaco. Dale, Iván, entrá. ¡La neumonía no es pavada!

Él se lleva el dedo a la sien y le hace señas de que está loca. Por un momento ella piensa que es cierto, que no puede estar cuerda si hace meses que vive con una valija armada junto a la puerta, si ya ha subido y bajado incontables veces los tres pisos por escalera con esa misma valija donde caben todas sus pertenencias (mentira: sus pertenencias caben en dos valijas; en la segunda tiene lo menos importante, lo que no le molestaría abandonar si él volviera a echarla, o si volviera a romper, a arrasar y a pisotear todo lo que encuentra a su paso mientras grita que cada tornillo de esa casa le pertenece porque lo ganó con su talento. “Talento” es su palabra favorita. Talento y “mediocre”. Él tiene talento, ella es una mediocre), no puede estar cuerda, no, si ya arrastró esa valija incontables veces por la vereda tupida de nieve, entre los charcos negros de barro y de mugre líquida que salpican los autos. La nieve después de la nieve; lo que pasa cuando lo inmaculado se mancha, se gasta. ¿Y será que todo termina así, escupido, pisoteado? Hace una semana nomás bajó los tres pisos con la valija, tiró de ella hasta el subte —donde también hay escaleras—, se sentó en el banco de metal y dejó pasar tres o cuatro trenes mientras el frío del banco empezaba a traspasarle el saco de piel y ella seguía llorando, no por tristeza, sino por la rabia de que sus ojos se obstinaran en mirar hacia el puente, esperando que él viniera a buscarla. Cuento hasta diez y me voy. Pero después contó hasta veinte, volvió a mirar el reloj de agujas fluorescentes y dejó pasar un tren más, el último, porque ya estaba oscureciendo y el viento helado le había dormido las mejillas.

Al final siempre subía a algún tren. Pasaba la noche en un hotel o daba una vuelta en redondo en el subte —la vuelta completa tardaba una hora y quince— y volvía a la casa. Él demoraba en abrirle, le decía “andate” hasta que ella se cansaba de repetir que no tenía adonde ir y le pedía por favor. Otras veces, cuando le abría, estaba borracho y desnudo, picando chiles rojos, de los que anestesian la boca. Si ella trataba de sacarle la botella, él le apuntaba con el cuchillo, pero no como apuntaría un delincuente, no, sólo sin querer, moviéndolo distraídamente en su dirección, mientras decía que ésa era su casa y que en su casa tenía derecho a tomar todo el whisky que se le antojara.

Tiene razón, estoy loca. Entonces recuerda que es él el que está desnudo en el balcón y que afuera hace cinco grados bajo cero. Ella está del otro lado de la puerta ventana, con un edredón de plumas en la mano, mostrándoselo como si fueran las alas esponjosas de un ángel. Él hace que no con la cabeza, tironea del picaporte, grita:

—¡Quiero agarrarme una neumonía!

Ella amenaza con irse. Sabe que él está descalzo sobre una fina capa de hielo, la nieve endurecida y resbalosa que no llegará a derretirse hasta la primavera. Cuando por fin abre la puerta, ella aprovecha para tirarle el edredón encima como a un hombre en llamas. Lo envuelve y él se deja guiar hasta la cama. Tirita. Tiene la piel roja, no blanca como uno pensaría, sino roja y seca. Sos loco, Iván, repite ella, mientras traba la ventana e intenta recordar cómo fue que terminaron con él desnudo en el balcón y ella sintiendo, otra vez, que debía protegerlo. La escritora francesa. ¿No fue eso? Él dijo que ser bisexual era una imbecilidad a la moda. Que ahora todas las minitas eran tortilleras. A ella le irritaba su forma de hablar y él sabía usar las palabras exactas que servirían de disparador para una nueva pelea. A menudo sus discusiones empezaban por matices del lenguaje. Todas las feministas son unas amargadas. Aunque al rato ese ataque se volvía contra ella: “Vos te hacés la moderna, pero el hombre y la mujer no son lo mismo”.

Y sin embargo el día había empezado bien. Ella llegó contenta de la caminata en el parque; él la estaba esperando con el almuerzo; se emocionaron juntos mirando el documental de Pulqui; le sacaron punta a los lápices y los ordenaron sobre el escritorio. A fin de cuentas qué importaba si ella tenía razón, por qué se encarnizaba tanto en cambiarlo si podían ser felices así, comiendo mango y chocolate belga en un sillón, él sin camisa, ella recostada en su pecho, aspirando ese olor ácido, de cierto modo desagradable, pero tan concreto que hasta podía existir por fuera de él, como sus zapatos o su ropa. Así y todo, no pudo contenerse: citó a esa escritora francesa, bisexual en el mil novecientos. Él dijo que ésa era otra imbécil. ¿Pero vos la leíste? No, él no necesitaba leerla para saber que era una imbécil. Imbécil y mediocre como tu ex, y como ese amigo tuyo, el muerto. De ahí a lo otro —cosas rotas, insultos, valija por la escalera—, había solo un paso.

Desde abajo del edredón, Iván le pide que cierre la cortina. Ya no tirita, pero su voz se hunde en las almohadas.

—Male, vos sos mía, ¿no?

Ella le dice que sí y camina hacia la ventana.

—Nunca nos vamos a separar porque sos mía, ¿no?

Ella se detiene un momento antes de cerrar la cortina y mira hacia afuera. Otra vez el cielo tiene ese resplandor sucio de los inviernos del norte.

—Nieva —dice, y se queda ahí, de espaldas a él, buscando con la mirada los copos débiles que sólo se ven a contraluz, bajo los focos de la calle.

Una iglesia barroca en una plaza principal de una ciudad de provincia. Una plaza como tantas en el sur. En el norte del sur, debería decir. Es que ahora ya no viven en otro continente, ni siquiera viven juntos. Ahora ella está en la terraza de un bar, la noche instalada ya, las estrellas arremolinadas tras la torre de la iglesia, y tal vez por eso piense en la nieve. Porque la nieve mansa de las noches sin viento no cae, sino que parece surgir del aire y quedar suspendida igual que esas estrellas de verano.

¿La había mirado raro el mozo cuando le tomó el pedido? Raro, ¿con pena? Una mujer con la muñeca vendada, la cara seca pero tirante de llanto viejo, el brazo amoratado. ¿La había mirado por eso o simplemente porque era una mujer que tomaba cerveza sola? De las mesas vecinas se escapaban risas, alguien hablaba sobre un partido de fútbol; de vez en cuando pasaba un grupo apurado con vinchas de plumas y tambores. Un auto negro, casi funerario, paró al frente y de él bajaron tres novias. Dos con un vestido blanco tan inflado y barroco como las molduras de la iglesia; la tercera con un vestido lila. Lila el vestido, lila la tiara, lila los zapatos forrados de raso. Un charter de novias, pensó. No le daban envidia, tampoco le daban pena. Sí se dio cuenta de que estaba pensando para qué. ¿Para qué todo? Pero tal vez sólo fuera un pensamiento dirigido a los zapatos de taco y a esos vestidos feos, probablemente alquilados, a ese despilfarro en fotógrafos y sueños. Miró su plato manchado de salsa blanca. La etiqueta de la botella se había humedecido y casi pudo arrancarla entera. Quería pedir otra cerveza pero le daba miedo la mirada del mozo. También le dolía el brazo, ahí donde Iván la había agarrado para arrastrarla fuera de la casa. Siempre le sorprendían los moretones; casi podía decir que le fascinaban. En el momento no sentía dolor. Humillación, sí, impotencia, también, pero no dolor. Después se sorprendía al verlos tan grandes: la sangre acumulada debajo de la piel como los paisajes de la luna.

Otra vez se estaba mirando de afuera. En los peores momentos, tenía la sensación de que la vida era una especie de videojuego. No una película con un guión demasiado elaborado, sino un Pacman, algo absurdo que se manejaba con una palanquita y cuatro botones. La novia de lila estaba recostada contra un farol. El fotógrafo le decía: “¡Más sonrisa, más sonrisa!”. ¿Cuántas cerecitas habría comido ya? ¿Cuántas vidas le quedaban?

Un chico se acercó a su mesa y le mostró algo, una tela. Ella se sobresaltó, se había quedado absorta mirando las latas atadas al guardabarros de la limusina, latas de arvejas sin etiqueta, comunes y corrientes, ahora mudas sobre la calle de adoquines. No oyó lo que el chico dijo, pero hizo un gesto automático de rechazo, no al chico flaquito de cara indígena o a lo que él tuviera para vender, sino a una imagen de sí misma. A mil kilómetros de su casa, mirando novias frente a una iglesia, machucada, imbécil, y hasta con vergüenza de llamar al mozo; los últimos ahorros gastados en un coche cama, un hostal sucio y las empanadas más caras de la ciudad. Así era: un impulso, un solo momento de estupidez, y game over.

¿Qué le había dicho el chico? “Andá a cantarle a tu abuela”, eso es lo primero que entendió. Él se había alejado un poco y la miraba, medio inclinado sobre una mesa vacía, con una expresión que ella interpretó de desprecio. ¿O le había dicho “la concha de tu abuela”?

—¿Cómo? —preguntó.

—Que las hace mi abuela.

Hacía apenas tres horas había arriesgado la vida en una moto manejada por un loco sin casco que gritaba contra el viento: “Hija de puta, te odio, nos vamos a matar. Nos vamos a matar, hija de puta”. A ese loco, una vez, ella lo había querido, y una vez hasta casi lo salva de la neumonía; le calentó la espalda con un secador para aliviarle las contracturas, le calculó la hora de los remedios. En la moto, el viento caliente arrastra las palabras y a ella le pegan en la cara como granizo, reza el Ave María, los guiones de la ruta se disparan junto a las ruedas casi en una línea continua, un camión con zorra toca bocina. Más despacio, dice ella, y se agarra con fuerza a su cintura. Le da asco tocarlo, no lo conoce, no lo recuerda. Y él: “Callate, hija de puta, callate. ¿A qué viniste? ¿A cagarme la vida?”. Él fue caballero; le dio el casco a ella, casi la obligó a subirse a la moto con la mochila en la espalda y el bolso entre las piernas, antes de dejarla en una parada de micros sobre la ruta. ¿Y todo para qué? ¿Para temerle a un chico de siete años con una colcha de hilo en la mano?

—A ver, vení —le dice—, mostrame.

El chico se acerca; dice que hay de otros colores.

—Es muy linda. Mostrame las otras.

Él las va desplegando una a una. Lo hace con ilusión, como si no supiera lo que va a encontrar adentro, como si cada manta fuera una galera de la que va a salir algo mágico. “Mariposa, flores”, dice él bajito.

—También hay una de panda.

Tiene la sonrisa más linda que ha visto, los ojos bien negros. Ella le pregunta si no va esa noche al carnaval. Él dice que no, que nunca fue a un corso. Le habla de sus hermanos que esperan en la plaza; quiere saber cuándo vuelve a Buenos Aires y cuántas horas tarda el viaje. A lo lejos suenan los tambores de otra tierra. Al final ella dice: “Me llevo la de flores”.

—Es para el viaje, ¿sabés?

Él asiente:

—Así viaja calentita.

Ella le paga y por nada del mundo se le habría ocurrido regatearle el precio. Acaba de decidir que comprará todo lo que le ofrezcan de ahí hasta que se tome el ómnibus de regreso la tarde siguiente. De todos modos ya no tiene nada: ni computadora ni ahorros ni muchas otras cosas que se fueron quebrando en los últimos años. Y quiere tener menos. Quiere llegar al fondo de este asunto. Va a gastarse todo lo que le queda —incluso el almuerzo y el alquiler de la toalla— en regalos. Regalos, piensa, y ahí recuerda las botas. La colcha de flores no es lo que le interesa, sino la sonrisa del chico, la forma amable en que sus ojos la tocaron. “Gracias”, dice ella, y él parece entender algo, porque todavía le ofrece un momento más y la deja que lo ayude a doblar las mantas, cada uno agarrando dos puntas y juntándose en el medio como en la danza de los pañuelos.

Las novias ya se fueron, no las vio entrar al coche ni oyó las latas en los adoquines. La luna subió y el resplandor no deja ver las estrellas. Sobre la mesa se fueron acumulando algunas cosas más: una estampita de la Virgen de los Milagros, una cuchara de algarrobo, una bolsa de caramelos, un cactus hecho de fósforos, una bombilla de alpaca. El bar está cerrando; las sillas dadas vuelta sobre las mesas vacías parecen flores del desierto. Llama al mozo y pide la cuenta. Mientras le cobra, el mozo le dice que es una linda noche.

—Linda noche, ¿no?

—Sí, preciosa.

Antes de volver al hostal se sienta en un banco de la plaza. En el mismo banco, dos amigas hablan sobre una tercera que acaba de mandarles un mensaje de texto. No quiere mirarlas abiertamente pero ve que son muy jóvenes. Les falta poco para ser una de esas novias de lila, y tal vez hasta alquilen juntas el charter del fotógrafo.

—La culpa es de ella —dice una—. Se la chuponeó toda y ella lo dejó. Ahora que no llore.

—Igual, ¿qué le importa? —responde la otra—. Si al tipo no lo va a ver más.

Por un momento delirante, un momento de videojuego, Malena consideró la posibilidad de que ese tipo fuera Iván. Miró las piernas bronceadas de una de las muchachas, la más joven, la que tenía la minifalda, y se preguntó si Iván podría acostarse con ella. Enseguida se preguntó si acaso ella podría hacerlo. La interrumpió una mujer que vendía medias artesanales. Casi no intercambiaron palabra, pero le compró un par de medias gruesas, hechas con lana de llama.

Volvió caminando al hostal. Era sábado y ya no quedaba nadie excepto dos chicas que se estaban maquillando frente a un espejo con luz a pila apoyado sobre una de las cuchetas. Las dos revolvían dentro del mismo neceser lleno de pinturas rotas. Que estaban rotas ella lo sabía sin necesidad de mirar adentro, sólo porque veía el plástico sucio de sombra gris y brillantina. Desde su cama podía oler la sombra hecha picadillo, el labial de Maybelline y el agua de colonia. Era el mismo olor que tenía el neceser de su madre.

No se preocupó por guardar la computadora bajo llave, igual estaba rota; en la mochila se veía la huella del zapato de Iván y unas manchas de pasto. Ella estaba sucia, y se sentía sucia, pero le faltaban los dos pesos para la toalla y de todos modos no quería mojar la venda. Después de comprar las medias, el último cambio se lo dio a un cuidacoches que también se llevó la bolsa de caramelos. Sólo le quedaba un peso veinte para el colectivo desde Retiro hasta su casa, pero tenía la extraña sensación de que, recién ahora, podría empezar a tener algo.

La recepcionista golpeó la puerta y la invitó a mirar una película de terror en la sala. Ella se excusó. La caída (eso fue lo que dijo cuando le preguntaron) y la espera en el hospital la dejaron cansada. Antes de acostarse, sin embargo, miró el correo en la computadora del hall. Cinco mensajes nuevos. Todos de Iván. El último recibido a las 00:37.

Pasó una noche mala, sin poder dormir sobre el lado derecho, su lado. Cada vez que giraba en el sueño, pegaba un salto de dolor. Había pensado dormir hasta tarde pero a las siete ya empezaron a levantarse los demás: puertas que se golpeaban, conversaciones, armado de bolsos. A las nueve se levantó a desayunar. Lo último que quería era verle la cara a un grupo de adolescentes mochileros trasnochados, con sus ojeras de fiesta y alcohol y ese cansancio blancuzco que es el resultado de la alegría. Se sentía cien años más vieja que ellos, y se habría ido a desayunar a otra parte si no fuera porque sólo le quedaba un peso veinte.

Café con leche y dos medialunas con manteca y mermelada. Come con la vista perdida en el patio donde hay un futbolito y unas cuerdas de colgar ropa. No se puso los lentes de contacto sino sus lentes viejos, torcidos de tanto habérseles sentado encima. Tiene el pelo recogido de cualquier manera, un torniquete que se hizo al despertar, sin siquiera mirarse al espejo; tampoco se lavó la cara y se siente transpirada. No debe ser un gran espectáculo, pero igual nota que alguien la mira. En la mesa de enfrente, en diagonal, un morocho de bermudas verdes y pinta de G.I. Joe, la observa. La observa, sí, porque “mirar” no sería la palabra.

—¿Qué te pasó en la muñeca? —le pregunta, serio, la cara totalmente limpia, el pelo perfecto con gel, los ojos penetrantes. Si bailó hasta las seis de la mañana, nadie podría notarlo. Se lo ve fresco como una lechuga, totalmente despabilado. ¿No puede dejarla en paz? Le da fastidio hablar en el desayuno.

—Estupidez —dice ella.

Espera un poco, toma otro sorbo de café, lo mira.

 —Atravesé un vidrio con la mano. Fue sin querer.

Lo que de verdad quiso fue empujar la ventana del living, la que daba justo sobre el escritorio de Iván, y arrasar con todo, lápices, computadora, vasos. Lo que de verdad quería era convertirse en Iván, romper por fin, romperse: abandonar todo intento de cordura. Sólo que calculó mal y su mano atravesó el vidrio sin esfuerzo, como si se hundiera en el agua.

—Ni siquiera lo sentí —le dice al extraño.

Él no duda; hay algo tan incisivo y terrenal en su aplomo, en su forma de pronunciar las palabras, que parece dar órdenes en lugar de hacer preguntas.

—¿Tan enojada estabas?

Ella sonríe, también sin querer, y esa risa improbable, malhumorada, es como un hilito que le tira de la lengua y que le hace decir, por primera vez, la verdad. Las palabras exactas no las recuerda. Sólo la expresión de ese desconocido con brazos fuertes, anguloso, más joven que ella, y la manera en que enarca las cejas. Tamaña confesión para escuchar a las nueve de la mañana en un hostal de mochileros. Y ella cree, cree, que incluso llegó a contarle lo que Iván le dijo una vez: “Yo nunca te pegué con el puño cerrado. Es que vos te marcás de nada”.

Se quedan un rato conversando. Él tiene que dejar el hostal; sale en dos horas para Humahuaca, pero ella le pide que la espere, quiere mostrarle los regalos que compró la noche anterior. Vuelve a su habitación y aprovecha para ponerse los lentes de contacto y soltarse el pelo. De pronto tiene una imagen: ve al desconocido entrar a la habitación y arrinconarla contra la pared. La agarra de la muñeca sana pero no apoya el cuerpo contra el de ella. Va a lamerle la mano, el pliegue flexible entre los dedos; la lengua ancha como un molusco o una cuchara tibia. El pensamiento la asusta. Saca rápido la bolsa de la mochila, vuelve a la sala y desparrama los regalos sobre la mesa. “¿Todo esto compraste?”, dice él. Se ríen. Ella le mira las manos mientras él inspecciona las medias de llama. ¿Soy yo, entonces? ¿Está bien desear este dolor?

—Te regalo las medias —dice de golpe—. Para que te acuerdes de mí en la montaña. Él vuelve a su habitación y regresa cargando una mochila gigante, casi de su misma altura. Ella no siente nada cuando por fin lo abraza, torpemente, por encima de las correas y las cantimploras colgantes. Le hace adiós con la mano hasta que el último trozo de mochila desaparece por la puerta. La sala va quedando vacía, pero ella espera a estar sola antes de sentarse frente a la computadora y mirar el correo. Un nuevo mensaje. De Iván. ¿No ves que este odio es la medida de mi amor? Recibido a las 4:23 a.m.

Cierra el correo enseguida pero no se levanta de la silla. La bolsa con los regalos, menos las medias, quedó sobre la mesa donde desayunaron. Ni siquiera es mediodía, pero el sol ya entra con fuerza al rectángulo del patio interno y las paredes encaladas resplandecen. Al mirar hacia ahí ve algo que cae del cielo. Lento, blanco, liviano. ¿Y eso? Sale al patio y, entre las cuerdas sin ropa, mira hacia arriba, al cielo brillante y sin nubes. Una lluvia de polvo, una lluvia seca. Barre el piso con el pie y el zapato deja una huella alargada.

—Ceniza —dice, y tiene ganas de contárselo a alguien. A Iván, al hombre rumbo a Humahuaca.

Mira alrededor, mira con asombro las habitaciones vacías. Después abre los brazos, espera, deja que las motas blancas se vayan depositando suavemente sobre sus hombros desnudos. Ceniza, no, piensa. Ceniza, no, nieve.


*Este cuento fue publicado en: No soñarás flores, Lagua Libros, 2016.

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