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Antes andaba a menudo de a dos. Andaba de a tres. Éramos cuatro, cinco o seis. Tenía hermanos, hermanas, una araña pollito. Padres: sí, también.

Además estaba mi tío Nikolai y el vecino de los guantes con pompón. Nos reíamos, a veces llorábamos, las palomas del parque municipal se asfixiaban con las migas de nuestras galletas. Luego vino el invierno, luego de nuevo el verano y mi prima Sonja me mostró todo tipo de formas en la Playgirl. Más tarde, tiene que haber sido otoño o primavera, me subí con mi primo Arseny a la noria y estuvimos hojeando la Playboy, eso también fue bonito.

Mi hermano Jewgeni se comió el último pedazo de pizza de queso. Mi hermano Jewgeni escribió Idiota con lápiz labial en mi frente. Jewgeni patina con mis patines flamantes a lo largo de la calle. Cierro los ojos y veo a Jewgeni rodar hacia un abismo inmenso o al menos hacia un cementerio nuclear. Tal vez fuera bueno que todos estuvieran realmente muertos. O al menos ausentes.

Después empieza otra vez la escuela y yo soy bueno en matemática. Pienso en otras cosas y bebo a veces licor de un embudo. Más tarde toco a una muchacha por casualidad en el codo y viajamos juntos para un spring break a Miami. Le digo no a la heroína, le digo no a la heroína, a la heroína sí que jamás la probaría.

Luego ya es octubre, más tarde es otro año, caen las hojas y la verdad es que Halloween es algo que nunca entendí. Me disfrazo del velociraptor de Jurassic Park y beso a una chica. Beso a un chico. Beso a mi profesor de matemáticas. Me acuesto con mi profesor de matemáticas. Beso con frecuencia a una muchacha que se disfraza de Alf de la serie televisiva Alf. Juntos miramos Home Improvement y por muy breve tiempo somos muy felices.

Más tarde voy a la universidad y conozco a un bonito ingeniero en geología económica. Hacemos viajes de fin de semana a las siguientes ciudades: Atlanta, Baltimore, Jacksonville. Doy ponencias y me pongo papelitos de LSD sobre la lengua. Aunque no es nuestra intención, nos enamoramos, pero cuando yo le cuento que mi deseo siempre fue viajar por Europa, se ríe de mí y me tilda de conservador, cosa que me enoja bastante y creo que en ese momento algo entre nosotros se rompió. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

La verdad es que el vuelo a Montreal es descaradamente barato y cuando llego al aeropuerto, decido dejar de fumar, comprarme un casco de bicicleta o al menos ser una mejor persona. Paso los primeros días navegando por internet y evito asomarme a la puerta, pero al notar que acabo de leer en theguardian.com el mismo artículo que ya he leído ayer en theguardian.com, me harto de internet y me propongo con toda firmeza fundar una banda de rock indie canadiense que se llame IntercityExperimental o Monsieur Oso Pardo. Canadá: este país me parece increíblemente liberal.

Antes aun de que llegue el otoño, termino mi licenciatura en la NYU y como recompensa me regalo un viaje por tierra a Venezuela. En Caracas no hay un sistema de salud que funcione, ni policías que estén familiarizados con los conceptos de derecho y orden, pero a cambio hay buenas fiestas y una gran ingenuidad de los sentidos, que yo estimo extremadamente simpática e inspiradora. Me compro un teclado electrónico y junto a Juan y al muy dulce de Ignacio fundamos un trío de electro jazz. Muy pronto Juan se revela como un bajista absurdamente malo y en algún momento los primos de Ignacio nos roban todos nuestros instrumentos y nuestro dinero y mi pasaporte, cosa que igual a mí me parece del todo bien. A fin de cuentas, nunca antes me habían asaltado en un país del tercer mundo y esta experiencia me hace más adulto y espiritualmente maduro, de eso no hay ninguna duda.

De manera espontánea decido agregar aun una maestría en Filosofía en Göttingen y me compro en un anticuario online una edición comentada de las obras completas del filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte. Al primer tomo me lo devoro como nada, pero en el último párrafo me salta a la vista un grosero error de pensamiento y me aparto decepcionado de la lectura de Fichte. Más tarde desarrollo verdaderos sentimientos por Susanne, con quien comparto el piso, pero su trabajo como modelo y los muchos viajes tornan imposible un auténtico amorío, al menos para mí, y cuando se lo digo, Susanne lleva adelante un intento de suicidio bastante en serio, que por supuesto igual fracasa, pero eso es algo que yo ya tenía en claro desde antes.

Voy al carnaval de Colonia y me disfrazo del triceratops de El mundo perdido: Jurassic Park 2. Beso a un monaguillo, beso a una pastora, beso a un sacerdote. Colonia: esta ciudad me parece increíblemente liberal. Cuando al final me despierto en un sillón-cama en Düsseldorf, me doy cuenta de que ha desaparecido todo mi dinero, junto con el pasaporte. Y de alguna manera me parece fantástico no poseer nada más. La vivienda en la que estoy pertenece a la muy jovencita estudiante de dirección Annika y tiene una decoración por completo minimalista. Ella dice que no lo hizo a propósito, pero no le creo.

Le pido a mi padre que me mande dinero y vuelo a las siguientes ciudades: Praga, Tokio, Barcelona y Venecia. De alguna manera me gusta viajar por ciudades. Cuando unos días más tarde cruzo con el ferry de Hong Kong a Macao, veo a un hombre que salta al agua y grita sin parar: ¡Chau, chau! ¡Pásenla bien! ¡Los amo! ¡Chau! Y de pronto guardo completo silencio y me siento tremendamente feliz y creo que lo mismo les pasa a todos los que tengo al lado, todos guardan de pronto silencio y son tremendamente felices y son de alguna manera uno solo.

Y entonces decido —siguiendo probablemente un sentimiento del todo espontáneo— visitar la casa en la que nació Bruce Willis en Idar-Oberstein. Pero por supuesto que no es una verdadera casa natal, sino un hospital común y corriente, qué otra cosa podía ser, y durante el tiempo que paso en Idar-Oberstein duermo con las siguientes personas: Malte y la doctora Inga Jansen. Eso fue todo, tampoco es que estuve tanto tiempo.

En el Tíbet hago una breve desintoxicación y mi padre se enoja porque abandoné mis estudios de filosofía. En Shenyang, una ciudad china con millones de habitantes que nadie conoce, cruzo un mercado y me doy cuenta de que tal vez Dios esté realmente muerto. Me abro paso entre las masas de gente en Delhi. En la zona peatonal de Braunschweig. En el carnaval en Río. Me he disfrazado del dinosaurio volador en Jurassic Park 3. A veces deseo que todos estén muertos. O al menos ausentes.

Hago una cura, me relajo, viajo al campo. Luego duermo con la dueña de la granja. Acto seguido de nuevos viajes por ciudades, viajes de drogas, viajes convencionales. Me imagino disparándole a la cara desde corta distancia al presidente de la junta directiva de Google Maps, pero rechazo rápido la idea porque la posibilidad de ser apresado de inmediato me parece muy alta. Hago una veloz desintoxicación en mi región en Key West y por muy poco tiempo soy muy feliz, mientras miro Who’s the Boss? en el pequeño televisor de la institución. Luego me escapo, le robo el pasaporte diplomático a mi padre y vuelvo en mí tres semanas más tarde en el carnaval de Mainz. Curiosamente, me he disfrazado de Chris Pratt en Jurassic World.

La verdad es que a veces podría estrangularte, dice mi madre al teléfono, a veces lo único que quiero es golpear tu pequeña y blanda cabeza contra la pileta de la cocina. Y es probable que tenga razón, es probable que de verdad pueda estrangularme, no lo descartaría para nada. Porque quizá sea cierto, quizá soy en el fondo una persona absurdamente mala que se merece este tipo de cosas, pero tal vez no sea cierto y mi madre tiene la culpa de todo.

Sin más vueltas, mi nuevo compañero de piso Sven y yo decidimos escribir un manifiesto y dice así: Nuestros enemigos son los ópticos y los padres, hombres y mujeres, nuestros enemigos son los hidratos de carbono y los estados nacionales, los horarios e internet y los baños de las estaciones de tren en los que hay que pagar, nuestros enemigos son los cerdos de Google Maps y los que tienen una tarjeta de 25% de descuento para el tren, nuestros enemigos son las tijeras para diestros y los ministros alemanes de relaciones exteriores, nuestros enemigos son….

Pero lamentablemente no lo seguimos porque debemos poner fin a la escritura para andar haciéndonos mimos y luego para andar enredándonos y luego para andar fornicando y todo eso dura tanto que después ya no sabemos qué era lo que queríamos escribir.

De modo que decido criar crustáceos y en líneas generales ser una buena persona. Pero da igual lo que haga, estos malditos crustáceos siempre se me mueren después de un par de días. A veces deseo que también toda la gente simplemente se muera. Abro la ventana de un golpe y bramo: ¡Por qué mejor no se mueren! Sería tan bonito si todos ustedes estuvieran lejos. O al menos muertos. Después es octubre y me despierto en un sillón-cama en Wiesbaden. Ha desaparecido todo mi dinero junto con el pasaporte, y mi compañero de piso Sven también. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

Cuando se hace de noche y me voy a pasear a la vera del Rin, me invade una gran nostalgia o tristeza y siento el secreto deseo de ganarme mi dinero en la liga coreana Star Craft o vendiendo castañas asadas en la Rue Royale de Bruselas o de ser buscado por un asesinato o de ser buscado por secuestrar un avión o de al menos ser buscado por algo, pero al final me decido por ser sensato de una buena vez y con mi hermano Jewgeni fundamos una marca de moda islandesa.

Las leyes impositivas en Reikiavik son increíblemente liberales de verdad y con un poquito de suerte y mediante una hábil táctica volvemos a vender la marca después de nada más que seis meses, de modo que en un breve lapso nos volvemos medianamente ricos y pasamos nuestro tiempo produciendo canciones pop y financiando algunos proyectos de diversidad en Kinshasa. Y sin darnos cuenta en absoluto todos nuestros ahorros se nos van en cocaína y vuelos de larga distancia.

Completamente en la lona llego a Saarbrücken y siento el secreto deseo de hacerme detective, por la razón que sea, es algo que de verdad no puedo explicar. Pero muy rápido me doy cuenta de que este deseo se basa en expectativas del todo falsas, y que por otro lado se relaciona con que mi padre nunca estuvo presente para mí cuando alguna vez lo necesité. Durante mi breve estadía en Saabrücken pienso también mucho en las relaciones y me compro un helado soft y un paquete grande de Marlboro Menthol y me parece que de alguna manera también eso está relacionado.

En una oficina de apuestas gano 200 euros por haber acertado a tres partidos de la liga turca y con el dinero me compro un ticket Intercity a Zúrich. Como no conozco absolutamente a nadie en Zúrich y en general no tengo ni la menor idea de qué hacer aquí, me convierto de veras en un detective privado, aunque solo por dos semanas, porque todo el asunto es bastante tedioso y además de eso pagan mal. Luego me encuentro con mi ex compañero de piso Sven en una fiesta electrónica en Lucerna y él me dice que le da pena cómo terminó todo en aquel entonces pero que me agradece por mis hermosos ojos y mi fiabilidad y mi hermoso trasero, gracias.

Con una scooter viajo al sur de Francia y me tomo dos semanas de vacaciones en un hotel de lujo en Niza con el fin de olvidar todo esta mierda con Sven, y como justo es temporada baja también es descaradamente barato. Me sorprende descubrir que ya no deseo que todos estén muertos o al menos ausentes y me pregunto si entretanto me he convertido en una buena persona. Camino por las estepas de África. Camino por las estepas de Brandenburgo. Me pregunto cómo les estará yendo a mis padres y qué hará ahora mi hermano Jewgeni y dónde se habrá metido esta vez.

Y justo cuando estoy pensando en eso y le doy una pitada a mi cigarrillo electrónico, miro por la ventana de mi cuarto de hotel y hay un incendio, no importa dónde mire hay incendios durante toda la mañana y toda la tarde. También al día siguiente y al otro siguen los incendios, tienen que ser semanas y meses en que las casas están en llamas y se incendian los techos y las personas y las galaxias y ya no hay más fin ni clemencia ni oscuridad, pues todo es luminoso y ominoso y reluciente.

Y luego, algo más tarde, estoy sentado en el bus que va de Cincinnati a Indianápolis y pienso en cosas masculinas, pienso en tiendas de materiales para la construcción, en aparatos de afeitar, en infartos del corazón. Y luego un poco más tarde, tiene que ser primavera u otoño, estoy sentado en el tren que va de Memphis a Phoenix y pienso en cosas femeninas, pienso en armiños, en robots y en lóbulos de oreja. Y luego, un poco más tarde aún, estoy sentado en el tranvía en San Francisco y percibo de pronto ese gran sentimiento en mí, un sentimiento de pureza, el sentimiento de disparar con una ametralladora en medio de una multitud de gente, y de comerme la luna y de ser alguien versado en las cosas, alguien que está presente para los otros y que se anima a expresar sus sentimientos, y no ser alguien como mi padre, sino alguien que está enterado, que por ejemplo sabe que el amor es más importante que Europa, alguien así me gustaría ser, eso es lo que siento y esa es la verdad.

Una vez me visitó en Berlín un filósofo turco de Estambul. Se quedó solo un par de días. Le echó una mirada a la calle y dijo en voz baja: “Creo que aquí no podría vivir”.

No los vuelos de verano, pero los de invierno traían desde Europa hacia Estambul a muchas personas que lloraban, porque en Turquía se les había muerto el padre o la madre. Yo me tomé hace tres años un vuelo de invierno. De pronto, una mujer de adelante se paró frente a su asiento, se tiró al suelo del avión y empezó a gritar. Toda la gente se puso de pie.

—¿Qué está pasando?

Dos hijos de esta mujer habían muerto en un accidente de autos en Estambul y ella debía ir al entierro. Las azafatas volvieron a sentarla en su sitio, le tomaban la mano. La mujer gritaba:

—Abran la puerta. Tírenme hacia afuera. Quiero buscarlos en el cielo.

Miraba todo el tiempo por la ventana, como si en el cielo pudiera ver a sus muertos.

—Abran la puerta.

Luego miró a los pasajeros que tenía detrás, como si todos tuvieran que caminar con ella hacia el cielo, para buscar a sus muertos. Quería que el avión se moviera como un auto, hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia atrás y hacia adelante, a fin de buscar a los muertos. Pero el avión volaba en línea recta, como si tiraran de él con un palo a través del cielo…

Cuando aún vivía en Estambul, hace veinticinco años, una noche de verano estaba sentada en un barco que me transportaba desde el lado europeo hacia el lado asiático. Los vendedores de té le servían té a la gente, en sus bolsillos tintineaban las monedas. La luna estaba tan grande que parecía como si solo viviera en el cielo de Estambul, solo amara Estambul y se puliera cada día solo para esta ciudad. Mirara donde ella mirara, todas las puertas se abrirían al instante para dejarla crecer en el interior de las viviendas. Tocara donde uno tocara, siempre tocaba también a la luna. Cada cual tenía un poquito de luna en sus manos. Ahora la luna alumbraba dos caras que estaban a mi lado sobre el barco. Un chico y una chica. Él dijo:

—O sea que le diste tus llaves también a Mustafa. Me voy. Hasta la vista.

Saltó desde la cubierta del barco al mar y emergió en la luz de la luna. El barco se encontraba exactamente en el medio entre Asia y Europa. La chica se quedó sentada en su lugar bajo el brillo de la luna, sin decir nada. Todas las otras personas corrieron hacia la baranda, el barco se inclinó por la cantidad de gente, también los vasos de té se deslizaron con sus platitos en dirección a la baranda. Un vendedor de té exclamó:

—¡El dinero del té, el dinero del té!

Yo le pregunté a la muchacha:

—¿Sabe nadar bien?

Ella asintió.

La tripulación del barco le arrojó al muchacho dos salvavidas, pero él no quería ningún salvavidas. El barco giró y navegó detrás del joven, un bote de rescate lo sacó del mar. La luna estuvo atenta a todo lo que pasaba, y cuando el joven, con la ropa mojada y los pelos mojados, tuvo que ir a presentarse ante el capitán, la luna lo iluminó con un círculo de luz, como a un payaso en el circo. El barco volvió a poner proa hacia el lado asiático, los vendedores de té encontraron a sus clientes y recolectaron las monedas. La luna brillaba sobre los vasos de té vacíos cuando de pronto el barco volvió a girar en dirección al lado europeo, porque se había olvidado de los salvavidas en el mar. Y la luna seguía todo el tiempo ahí, sobre Europa y sobre Asia.

En el aeropuerto de Estambul esperaba la gente, un largo corredor de personas, algunas lloraban.

¿Cuántas puertas había ahora en Estambul? Doce millones de personas, ¿cuántas puertas abrían? ¿Y puede el brillo de la luna crecer hacia el interior de las viviendas por debajo de todas esas puertas? ¿Es capaz de lograr eso la luna?

Cuando era niña, vivían en Estambul cuatrocientas mil personas.

Nuestra vecina, Madame Atina (“Athena”), una griega de Estambul, estiraba por aquel entonces sus mejillas envejecidas hasta detrás de sus orejas para allí pegárselas con una cinta adhesiva. Yo debía ayudarla en esa tarea. Ella me decía:

—Soy una bizantina, como la iglesia Hagia Sophia, que fue construida en la época del emperador bizantino Constantino el Grande, en el 326 después de Cristo, como una basílica con muros de piedra y techo de madera. En la Hagia Sophia los bizantinos creían estar más cerca de Dios que en ningún otro lado, y yo también creo estar en Constantinopla más cerca de la luna que en cualquier otro sitio del mundo.

Con la cinta adhesiva pegada detrás de las orejas, Madame Atina iba a la verdulería. Yo iba con ella, y como con sus mejillas estiradas hacia atrás se veía joven, yo caminaba rápido. Ella quería caminar tan rápido como yo y por eso a veces se caía en la calle. El dueño de la verdulería era un musulmán y le hacía chistes a Madame Atina:

—Madame, ha venido un ángel musulmán, metió sus dedos en el agujero de una estatua y giró la iglesia Hagia Sophia en dirección a la Meca.

Yo amaba la Hagia Sophia, su suelo era desparejo y en los muros se veían frescos de Cristo sin la cruz. Desde el minarete un almuecín cantaba el ezan, y por las noches la Luna brillaba sobre el rostro de Cristo y sobre el rostro del almuecín.

Una vez, Madame Atina viajó conmigo en el barco rumbo al lado asiático. Yo tenía siete años. Mi madre me dijo:

—Mira, los griegos de Estambul son la sal y el azúcar de la ciudad.

Y Madame Atina me mostró su Constantinopla personal.

—Mira esa pequeña torre en el mar. El emperador bizantino al que le habían vaticinado que a su hija la mordería y la mataría una víbora hizo construir delante de Üsküdar esa Torre de Leandro (Torre de la Doncella) y escondió allí a su hija. Una vez, la niña quiso higos y le trajeron un canasto con higos de la ciudad. Una víbora que se había escondido en el canasto la picó y la muchacha murió.

Madame Atina tomó mi cara entre sus manos y dijo:

—Niña, con esos bellos ojos vas a quemarles los corazones a muchos hombres.

El sol alumbraba sus uñas pintadas de rojo, detrás de las que yo veía la Torre de la Doncella en el mar.

Luego Madame Atina cruzó conmigo el puente del Cuerno de Oro. Al caminar por aquel entonces sobre el puente de baja altura que se movía con las olas, yo no sabía aún que Leonardo da Vinci —los otomanos lo llamaban Lecardo— le había escrito una vez, el 3 de julio de 1503, una carta al sultán. El sultán quería que él construyera un puente en el Cuerno de Oro, y en esa carta dirigida al sultán Leonardo le hacía sus propuestas. Otra propuesta llegó en 1504, por parte de Miguel Ángel. Pero Miguel Ángel tenía una pregunta: “Si yo he de construir ese puente, ¿me exigirá el sultán que adopte la fe musulmana?”. El abad franciscano que discutía con Miguel Ángel la propuesta del sultán le dijo: “No, hijo, conozco Estambul tan bien como Roma. No sé en cuál de las dos ciudades viven más pecadores. El sultán otomano jamás te exigirá algo así”. Miguel Ángel igual no pudo al final construir el puente, porque el papa amenazó al artista con excomulgarlo. Durante siglos los otomanos no construyeron ningún puente entre los dos lados europeos de Estambul, porque de un lado vivían musulmanes y del otro judíos, griegos y armenios. Solo los barcos de pescadores llevaban a la gente de un lado al otro. El sultán Mahmut II (1808-1836) quiso al fin unir a los musulmanes y no musulmanes de Estambul e hizo construir el famoso puente. Una vez que estuvo terminado, los pescadores golpearon el puente con palos, porque les había quitado el trabajo. El puente se transformó en un escenario: judíos, turcos, griegos, árabes, albaneses, armenios, europeos, persas, circacianos, mujeres, hombres, caballos, burros, vacas, gallinas, camellos, todos cruzaban por este puente. En algún momento aparecieron dos locos, una mujer y un hombre, ambos estaban desnudos. El hombre se paró en un extremo del puente, la mujer en el otro. Ella gritó:

—A partir de aquí, Estambul es mía.

Él gritó:

—A partir de aquí, Constantinopla es mía.

En el aeropuerto me tomé un taxi. Desde que Estambul se convirtió en una ciudad de doce millones de habitantes, los taxistas dejaron de encontrar las direcciones y se ponían nerviosos.

—Señora mía, si no sabes a dónde quieres ir, ¿por qué te has subido a mi auto?

Quería ir a lo de una amiga, ya no tenía padre ni madre a los que visitar primero.

Hacía algunos años había llegado una vez a Estambul con un vuelo de invierno para enterrar a mis padres, que habían muerto en el curso de tres días. Primero se fue mi madre. Mi padre se sentó en su sillón, con el sillón de enfrente vacío. Buscó una dentadura, que aún tenía pegado queso de cabra, y dijo:

—Aquí tienen, la dentadura de su madre.

Dos días más tarde también murió él, y en el patio de la mezquita colocaron su ataúd sobre una alta piedra funeraria. En las otras piedras había otros dos ataúdes, y la administración de la mezquita había confundido los ataúdes. No sabían qué muerto correspondía a qué familia. Por eso es que en el cementerio los sepultureros abrieron los féretros para sacar a los cadáveres, que estaban envueltos en telas, y de cada familia un hombre —las mujeres no podían acercarse a la tumba— debía mirar qué muerto le pertenecía. Mi hermano miró la cara de los tres muertos y dijo:

—Este es nuestro padre.

Con el taxi pasé ahora por delante del cementerio donde estaban enterrados mis padres. Ya no sabía en qué tumba estaba mi padre. Solo sabía que desde su tumba se podía ver el mar. Desde que Estambul se convirtió en una ciudad de doce millones de habitantes, la administración del cementerio exigía de los deudos que compraran la tumba, de lo contrario enterrarían nuevos muertos sobre los muertos. Mi hermano me llamó en aquel momento a Alemania:

—¿Qué debemos hacer? ¿Comprar la tumba o dejar que se pierda entro otros muertos?

—¿Tú qué piensas?

—Podemos hacer que lo pongan junto a otros muertos, eso estaría más propio de él.

Como en Estambul no se hacen visitas al cementerio, nos daba lo mismo dónde estuvieran puestos los muertos. Los cementerios están vacíos, son los únicos lugares tranquilos de la ciudad. De joven iba de vez en cuando a los cementerios junto a un poeta. Él anotaba lo que estaba escrito en las lápidas. Me decía:

—Estas son las últimas frases de las personas. Ahí no hay mentiras.

Quería usar estas frases en sus poemas.

Aunque en Estambul no hay gente que visite los cementerios, cada uno de los cementerios tiene sus locos. Dan vueltas alrededor de las lápidas, seguidos por los gatos, porque a estos gatos ellos les dan pan y queso. En el cementerio de mis padres vivieron durante años dos locos. Uno siempre le daba al otro una moneda de una lira. Un día, en vez de darle una lira, le dio tres liras. El otro se enojó y dijo:

—Por qué me das tres liras, si yo solo quiero una lira.

—Hijo mío, ¿no oíste hablar de la inflación? Ahora tres liras son una lira.

El otro empezó a llorar, su amigo le pasó un pañuelo.

El taxista no encontraba la dirección de mi amiga y sudaba. Yo le pasé un pañuelo de papel y le dije:

—Lléveme al centro de la ciudad.

Treinta años atrás había en Estambul un productor de cine que solo filmaba historias tristes, y como estaba seguro de que todos los espectadores iban a llorar, había mandado a fabricar pañuelos de fino algodón. Él mismo se paraba delante del cine y les repartía los pañuelos a los espectadores. Se reía mientras lo hacía. Por esta época había en Estambul un famoso loco del cine, que veneraba especialmente a un actor de cine turco en particular. Como a este actor lo mataban en uno de sus papeles, el loco vino una noche con una pistola al cine e intentó matar al asesino antes de que este disparara, pegándole seis tiros a la pantalla. Estambul ama a los locos. La ciudad les da el pecho y los amamanta. Ya se ha dejado gobernar por muchos sultanes locos. Cuando llega un loco, Estambul le hace un lugar.

Me bajé del taxi justo delante del cine en el que loco le había disparado a la pantalla. Antes de que me fuera a Berlín, hace veintidós años, estuve muchas veces parada delante de este cine, esperando a mis amigos.

Ahora estoy de nuevo parada aquí y miro los rostros de las personas que caminan a mi alrededor. Me daba la impresión como si pasaran, superpuestas, películas de países muy distintos de todo el mundo. Humphrey Bogart habla con una mujer árabe, le pregunta la hora. Una prostituta rusa habla con un hombre que se mueve como Woody Allen.

En las caras de las personas busco a mis amigos de aquel entonces, pero los busco en las caras jóvenes de hoy, como si mis amigos no hubieran envejecido en veintidós años, como si me hubieran estado esperando con sus caras de aquella época. Como si en el momento en que me fui a Europa, Estambul se hubiera quedado rígida como una fotografía, esperándome a mí: con todos sus baños, iglesias, mezquitas, palacios de sultanes, fuentes, torres, muros bizantinos, bazares, casas de madera, callecitas empinadas, puentes, higueras, casas de pobres, gatos callejeros, perros callejeros, piojos, mulas, viento, mar, siete colinas, barcos, locos, vivos, prostitutas, poetas, changadores. Como si Estambul me hubiera estado esperando con sus millones de zapatos, que aguardan en las casas a que llegue la mañana, con sus millones de peines, tirados delante de los espejos con manchas de jabón de afeitar.

Aquí estoy, ahora se van a abrir todas las ventanas. Las mujeres van a gritarles a sus amigas de ventana a ventana. Las plantas de albahaca en las macetas van a soltar su aroma. Los niños de los pobres se van a arrojar con sus largos pantalones de algodón en el mar de Mármara. Todos los barcos entre Asia y Europa van a tocar la bocina. Sobre los techos los gatos van pedir amor a los gritos. Las siete colinas de Estambul van a despertarse. Las gitanas cosecharán allí las flores para más tarde venderlas en el centro de la ciudad. Los chicos se treparán a las higueras. Los pájaros picotearán los higos.

—Madre, la mermelada de higo, ¿se hace de las higueras macho o de las higueras hembra?

—De las macho. Fíjate que sus higos son pequeños y duros.

En los jardines de tulipanes del palacio del sultán las tortugas andarán dando vueltas con velas encendidas sobre sus caparazones, el viento hará que los tulipanes inclinen sus cabezas hacia el mar, también las llamas de las velas sobre las tortugas ondearán en la misma dirección. El viento empujará hoy los barcos haciendo que avancen más rápido, los pasajeros llegarán antes a sus casas. Cuando los hombres estén en su casa, se encenderán las luces en las siete colinas. Los padres se lavarán las manos. Ruido de agua.

—Hija mía, ¿me pasarías una toalla?

—Sí, padre.

Enfrente del cine había un par de tiendas, algunos de los dueños de las tiendas me reconocieron y me saludaron, todos tenían el pelo canoso y las cejas canosas.

Junto al cine estaba parado un hombre pobre, tal vez un campesino, que intentaba fotografiar con una cámara polaroid a la gente que pasaba caminando.

—Recuerdo fotográfico de Estambul. Recuerdo fotográfico de Estambul.

Me hice fotografiar por él, la foto salió movida.

—Sáqueme una más.

—No me queda más rollo.

Una mendiga me sacó la foto de las manos y le dijo al fotógrafo:

—Pero si tú eres el artista, ¿por qué no fotografiaste a la dama delante del McDonald’s?

Miró la foto con mayor atención y exclamó:

—Oh, qué bello es mi tesoro, qué bello.

Pensé que se refería a mí, pero en la foto, sobre el muro que estaba detrás de mí, había sentado un gato. Yo estaba movida, pero al gato estaba nítido.

Después llamé al filósofo turco que no quería vivir en Berlín.

—¿Dónde estás?

—En Estambul.

Crucé a su casa en el lado asiático de Estambul con el barco. Junto al barco viajaba un bote de pescadores, que transportaba dos caballos. La luna brillaba sobre los hocicos de los caballos, que estaban muy tranquilos. Sumergí mis manos en el mar, para tomar un poco de brillo de luna, y la luna se vio de pronto como en mi infancia, como si siguiera viviendo solo aquí en el cielo de Estambul, como si solo amara a Estambul y se puliera cada día solo para esta ciudad.


*Este cuento fue publicado en: Der Hof im Spiegel by Emine Sevgi Özdamar. © Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co. KG, Cologne/Germany.

La historia siguiente es tan verdadera como solo puede serlo para nosotros algo que proviene del mundo del saber, que proviene del reino de los muertos. Aunque no es el mismo biombo, un biombo del mismo tipo se encuentra en el museo de medicina y sanidad en Viena. A los correspondientes timbres se los puede hallar aún hoy, después de más de ocho décadas, y se los puede incluso comprar por poco dinero en negocios de trastos electrónicos, no solo en Austria sino en varios lugares de nuestra felizmente resurgida Europa Central.

Detrás del biombo, detrás del hule y de la madera de sauce barnizada de blanco, el cráneo de pelo gris a un brazo de distancia del botón del timbre, yace, en la noche en que tiene lugar la anécdota, un hombre de más de sesenta años, ya por entonces renombrado y que en breve será célebre, un hombre que hoy, mucho tiempo después de su muerte, sigue cosechando múltiples elogios, uno que en esta templada tarde de la primavera vienesa acaba de ser operado. Respira con un ronquido bajito. Sabe que durante el curso de esta misma noche, después de tres o cuatro horas de reposo, lo darán de alta para entregarlo al cuidado de su familia.

No le preocupa ni le molesta que lo hayan estacionado allí de manera provisoria, que esté acostado en un cuarto para trastos. Sabe, por su propio trabajo, cómo son las cosas en los hospitales, y lo poco que a veces valen allí los privilegios, cuando se trata de solucionar algo de manera rápida y práctica. Que lo hayan dejado ahí debe atribuirse sencillamente a las circunstancias de la intervención ambulatoria. Él mismo ha insistido de antemano para que lo trasladen con el automóvil lo más rápido posible a su casa.  

Respira con dificultad, tose y traga sangre fresca. Es la sangre de la profunda incisión que le han hecho en su boca. Un profesor al que lo unen lazos de amistad, un hombre de su confianza, un experto en cirugía general, le ha extraído un tumor, que se formó debido a sus queridos cigarros. El tumor se internaba en los tejidos más de lo que se había supuesto en un principio. El maestro del escalpelo tampoco ha calculado correctamente las consecuencias de haber cortado cada vez más profundo. Calamitosamente debilitado por la pérdida de sangre, en peligro de desmayarse, el operado, el abandonado comprende allí, de manera paulatina, la gravedad de la situación. Pues él mismo es médico, él mismo es profesor.

La hemorragia amenaza con matarlo. En un verdadero acto de voluntad, con un último esfuerzo, el hombre levanta tortuosamente el brazo derecho, hurga por la pared lisa pintada al aceite, encuentra el botón del timbre y presiona su baquelita. Pero el botón está muerto. La lengüeta de chapa que debe establecer el contacto entre los cables se partió en dos el día anterior cuando tocó la alarma otra persona también estacionada aquí. Aquel, desconocido para nosotros, fue atendido en menos de un minuto; a nuestra muda gran emergencia, en cambio, el jugo vital se le derrama entretanto mortíferamente faringe arriba. La garganta, demasiado débil para llamar, apenas si da abasto tragando. Ahogarse o desangrarse. El mareado doctor, el otrora médico que hace tiempo ha huido hacia una ciencia de su propia invención, intenta en vano incorporarse y luego, igual de vanamente, darse vuelta. Al músculo respectivo le faltan las fuerzas. Solo sus ojos se mueven aún obedientes por el oscuro cielo raso y luego por el biombo, hasta ver a Jodi asomando detrás del borde de hule.         

Jodi babea. Jodi babea como siempre, el pequeño Jodi babea –¡no puede evitarlo!– más que solo un poquito. Jodi se rasca, porque le gusta hacerlo, su gran cabeza meticulosamente pelada al ras. Deja que el hilo de baba se haga más largo y mira y escucha. La sangre borbotea en el paladar. Quién sabe en qué piensa Jodi. En fin, a lo sumo hoy podemos saber: hace tiempo ya que Jodi, el enano de pecho angosto, tiene un trato íntimo con las prácticas cardiológicas de la ciencia moderna, con su quehacer en el cuerpo. En toda su vida hasta el momento, los treinta y tres años enteros, no ha salido del Hospital General de Viena. Las monjas se hicieron cargo de él cuando era un bebé de pecho, luego de que su madre, una equilibrista húngara extraordinariamente grácil –y apenas más grande que sus colegas del reino de Liliput–, muriera sin pena ni gloria en medio de las fatigas del parto y del ser parido. 

El profesor que está tragando sangre, nuestro atragantado psicólogo vienés, reconoce por supuesto a primera vista el tipo de enanismo que tiene ante sus ojos. Piensa en imbecilidad, piensa “cretino”, se ve como forzado a pensar en una debilidad mental sin remedio y en estúpidos balbuceos mudos y al mismo tiempo en el progreso del espíritu, que aquí, en este cuarto para trastos, como si se tratara de destrozar un chiste de exquisitez pesadillesca, contiene la respiración en sincronía con él.

La pieza es el reino de Jodi. Desde que puede vestirse y desvestirse por sí solo, el delgado Jodi de cráneo gordo tiene aquí su camita, detrás de uno de los biombos plegables, en medio de un revoltijo de bártulos abandonados. Aquí está la silla sobre cuyo respaldo están apoyados la camisa y el pantalón de Jodi. Aquí descansa, sobre un armazón bonitamente arqueado, la fuente con cuya agua se lava por las noches los mocos de la naricita y la baba de los labios mudos. Aquí Jodi dormita y sueña los sueños de Jodi, luego de haber ayudado –con infantil solicitud e incansable aplicación, pasillo arriba y pasillo abajo– a limpiar, ordenar y hacer las camas.

Quién sabe lo que piensa nuestro Jodi. El viejo de la cabellera gris piensa otra vez, en un jadeante razonamiento circular, en el timbre roto y en la muy especial burla que su avería representa ahora para él y para su joven teoría, cuando ya la mano izquierda de Jodi se desliza por entre el pelo pegado de sudor, cuando ya la mano derecha de Jodi se mete por debajo de una axila, agarra con firmeza una camisa mojada y los diez dedos de Jodi –¡la boca de Jodi salpica saliva!– tiran una cabeza y un torso hasta dejarlos en posición lateral. El descubridor, el intérprete, el fundador de un longevo culto vomita aliviado su sangre por sobre el borde de la camilla hacia el linóleo de la pieza de los trastos. Se escucha un plaf. Un plaf tan maravilloso, que todos oímos el plaf.

Ahí es cuando nuestro Jodi sale corriendo. Arranca directo en busca de ayuda. La espuma le vuela de la boca trazando un arco alto y bello. Jodi se apresura a salir, corre por el pasillo, enseguida le tirará de la manga a una de sus enfermeras de cofia blanca y, como ella no captará qué es lo que quiere, tirará de su manga reforzada para arrastrarla hasta su pieza, donde ambos se quedarán parados en el charco pegajoso delante del hombre ya felizmente despreocupado ahora que se desmayó.

El doctor Sigmund Freud fue salvado, operado varias veces más en el paladar y en la mandíbula y vivió, con prótesis cambiantes en la boca y en la garganta y chupando innumerables cigarros, otra década y media en pro del crecimiento y del éxito de sus obras. Mientras que las palabras de estas obras generen verdad, nuestro pequeño Jodi ha de correr, las piernitas curvas de Jodi han de tambalearse y el cuero de sus suelas relucientes por el uso ha de tamborilear sobre piedra, parquet, linóleo: no más tiempo que eso, pero al menos la misma cantidad de tiempo los hilos de baba de Jodi, su burbujeante huella ha de perlar todas las oraciones de esta anécdota del enano.


*This story is taken from: Die Logik der Süße by Georg Klein. Copyright © 2010 Rowohlt Verlag GmbH, Reinbek bei Hamburg.

Michael jamás había oído hablar de aquella mujer. Fue el ama de llaves la que le habló de ella: esa tal Mandy afirmaba que no había ningún padre. Ella vivía en W., el pueblo vecino. El ama de llaves rió; Michael soltó un suspiro. Como si no bastara ya con que casi nadie acudiera a la iglesia los domingos, ni con que los viejos lo echaran cuando él los visitaba en la residencia de ancianos, o con que los niños se comportaran con atrevimiento en la instrucción religiosa. Aquello era el comunismo, dijo, sus efectos seguían haciéndose sentir. «Bah», dijo el ama de llaves, eso era así desde siempre. ¿No conocía él el gran campo de remolacha que había junto a la carretera que iba hasta W.? Allí, en medio, había una isla. Un par de árboles en medio del campo, que el campesino dueño de esos terrenos había dejado en pie. «Desde siempre», dijo el ama. Y era allí donde ese campesino se encontraba con una mujer. «¿Qué mujer?—preguntó Michael—. ¿Qué campesino?». «El de allí—dijo el ama de llaves—, y también lo hicieron su padre y su abuelo. Todos. Las cosas son así desde siempre: a fin de cuentas, sólo somos seres humanos, ellos y yo. Cada cual tiene sus necesidades».

Michael suspiró. Desde la primavera, era el guía espiritual de aquella comunidad, pero no por ello había conseguido acercarse a la gente: era oriundo de las montañas, y allí todo era distinto, las personas, el paisaje y el cielo, que aquí era tan infinitamente anchuroso y lejano.

«Ella dice que jamás lo ha hecho con un hombre—dijo el ama de llaves—. Será que el niño se lo ha hecho el bienamado Dios. Esa Mandy—dijo—, es la hija de Gregor, que trabaja para las empresas de autobuses. Es el conductor bajito y gordo. Le pegó una paliza: la chica estaba toda amoratada. Y ahora todo el pueblo se pregunta quién puede ser el padre. Muchos de los hombres que podrían serlo no viven aquí. Tal vez fuera Marco, el mesonero. O algún vagabundo. A fin de cuentas, no tiene nada de guapa. Pero uno coge lo que le dan. Esa Mandy—continuó el ama de llaves—, no es tampoco muy brillante que digamos: a lo mejor ni siquiera se enteró. Mientras recogía cerezas sobre la escalerilla».

«Sí, sí», dijo Michael.

Mandy llegó a la parroquia a la hora en que Michael estaba comiendo. El ama de llaves la hizo entrar, y el párroco le pidió que se sentara y le contara. Pero la joven se quedó allí sentada, con la mirada baja y en silencio. Olía a jabón. Mientras comía, Michael miró a Mandy repetidas veces de manera furtiva. No era guapa, pero tampoco era fea. Tal vez engordaría en un futuro. Ahora ya se veía algo llenita.

«Está en la flor de la vida», pensó Michael, al tiempo que le miraba de reojo la barriga y los grandes senos, que se dibujaban bajo el jersey de color chillón. No sabía si aquello se debía al embarazo o a la comida. Entonces la joven lo miró y volvió a bajar la vista rápidamente, al tiempo que Michael apartaba a un lado el plato medio vacío y se levantaba. «Vayamos al jardín», dijo.

Estaban en el último tercio del año. El follaje de los árboles ya se había coloreado. Por la mañana habían tenido niebla, pero ahora el sol se imponía. Michael y Mandy caminaron lado a lado por el jardín. «Reverendo», dijo ella, pero él la atajó de inmediato: «No, no. Llámeme Michael, yo la llamaré Mandy». Entonces, ¿ella no sabía quién era el padre? «No hubo ningún padre—dijo Mandy—, yo nunca he…». La joven se interrumpió. Michael suspiró. Tendría unos dieciséis, unos dieciocho años, no más, pensó Michael. «Hija mía querida—dijo él—, eso es un pecado, pero Dios te perdonará. Porque esto dice el Señor, Dios de Israel: “Todo odre puede llenarse de vino”».

Mandy arrancó una hoja del viejo tilo a cuya sombra se habían detenido, y Michael le preguntó si ella sabía cómo cohabitaba el hombre con la mujer. «Lo sé por Juan», dijo Mandy, al tiempo que se ruborizaba y bajaba la vista al suelo. Tal vez hubiera sucedido mientras dormía, pensó Michael, cosas así se habían oído. Lo habían aprendido en la escuela, dijo Mandy en voz baja; y entonces, muy rápidamente, añadió: «Erección, coito y método Knaus-Ogino».

«Sí, sí—dijo Michael—. La escuela». Eso era lo que habían logrado los comunistas, quienes seguían ocupando puestos en los consejos escolares.

—Se lo juro por la sagrada Virgen—dijo Mandy—, yo nunca he…

—Sí, sí—dijo Michael, y a continuación, con vehemencia, añadió—: ¿De dónde crees tú que ha salido ese niño?

¿Crees que viene del bienamado Dios?

—Sí—respondió Mandy.

Entonces Michael la mandó de vuelta a casa.

El domingo, Michael vio a Mandy entre las pocas personas que habían acudido a la misa. Si no recordaba mal, nunca antes había estado allí. Llevaba puesto un sencillo vestido de color verde oscuro, con el cual se le podía ver claramente el embarazo. «No tiene vergüenza», dijo el ama de llaves. Mandy no tenía la menor idea de nada. Michael se dio cuenta de cómo la joven miraba a su alrededor. Y también vio que no cantaba cuando los demás lo hacían. Y cuando se acercó al estrado para recibir la hostia, tuvo que decirle que abriera la boca.

Michael habló de la constancia en el sufrimiento. La señora Schmidt, que siempre estaba allí, leyó el pasaje bíblico en voz baja pero firme.

—«Cuidado con no escuchar al que os habla; pues algunos, por no escuchar al que promulgaba oráculos en la tierra, no escaparon al castigo. No olvidéis la hospitalidad, ya que, gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

Michael había cerrado los ojos durante la lectura, y sintió como si viera a aquel ángel entre los presentes, un ángel que tenía el rostro de Mandy y cuya barriga se abombaba bajo la túnica blanca como lo hacía la barriga de la joven bajo su vestido. De repente reinó el silencio en la iglesia. Michael abrió los ojos y vio que todos lo miraban expectantes. Entonces dijo:

—De suerte que podemos decir con confianza: «El Señor es mi auxilio; no temeré».

Tras la misa, Michael se apresuró hasta la entrada para despedir a las ancianas. Cuando hubo cerrado la puerta tras la última de sus fieles, vio que Mandy estaba arrodillada delante del altar. Él se dirigió hacia donde estaba la joven y le puso una mano en la cabeza. La chica lo miró, y él vio que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Ven—le dijo, al tiempo que la conducía fuera de la iglesia y atravesaba con ella la calle en dirección al cementerio—. Mira a toda esa gente—le dijo Michael—. Todos fueron pecadores; pero Dios los acogió en su seno, y Él también perdonará tus pecados.

—Yo estoy llena de pecados—dijo Mandy—, pero no me he acostado con ningún hombre.

—Sí, sí—dijo Michael acariciando el hombro de Mandy. Pero cuando su mano entró en contacto con Mandy, sintió como si su corazón y todo su cuerpo se llenaran de una alegría que él no había sentido en toda su vida, y entonces retrocedió unos pasos como si un fuego le hubiese quemado la mano. «¿Y si fuera cierto?», pensó el cura.

«Y si fuera cierto», pensó Michael esa tarde, mientras caminaba por la carretera comarcal en dirección al pueblo vecino. El sol brillaba, y el cielo se veía vasto y despejado. Michael estaba algo soñoliento a causa de la comida, pero su corazón seguía colmado de aquel contento que había emanado del cuerpo de Mandy hacia él. ¿Y si fuera cierto? Los domingos por la tarde, el párroco solía dar caminatas hasta algún que otro pueblo de la zona, caminaba con pasos rápidos a través de las carreteras, lo mismo si llovía o brillaba el sol. Pero ese día tenía un objetivo concreto. Había telefoneado al médico de W., que se llamaba Klaus, y le había pedido tener una conversación con él. No, no podía decirle de qué se trataba, le dijo Michael.

El tal doctor Klaus era un hombre oriundo del lugar, era hijo y nieto de labradores. Conocía a todo el mundo, y se decía que, si era necesario, atendía también a los animales. Desde que su mujer había muerto, vivía solo en W., en una casa enorme. A Michael le dijo que si no le daba la lata con su Dios, era bienvenido y podía pasar. Él era ateo, le dijo el doctor, pero no, ni siquiera era ateo. Sencillamente, no creía en nada, ni siquiera en la existencia de un Dios: era un hombre de ciencias, no un hombre de fe. «Un comunista», pensó Michael, al tiempo que decía «Sí, sí», y reprimía un bostezo.

El doctor puso una botella de aguardiente encima de la mesa; y, el párroco, por su parte, sabiendo que tenía algo que preguntarle al médico, se bebió el aguardiente. Lo bebió de un trago, y luego se tomó el otro vaso que el doctor le había servido. «Se trata de Mandy—dijo Michael—, de si ella…; de su…—El sacerdote sudaba—. La chica dice que el niño no es el resultado de la unión con un hombre, que ella nunca…; que no…; que ningún hombre la ha…; Dios mío, ya sabe usted a lo que me refiero». El doctor bebió su aguardiente y le preguntó a Michael si creía que el bueno de Dios tenía las manos metidas en ese asunto o si se trataba del tal Juan. Michael lo miró fijamente, con los ojos vacíos de la desesperación. Bebió el otro vaso de aguardiente que el doctor le había servido y se levantó. «El himen—dijo el cura en voz tan baja que apenas se le escuchó—. El himen». «Eso sí que sería un milagro—dijo el doctor—, y tenía que venir a suceder aquí, precisamente». El médico soltó una carcajada. Michael se disculpó. «Yo soy un hombre de ciencias—repitió el médico—, y usted es un hombre de fe. No deberíamos mezclar las cosas. Yo sé lo que sé, crea usted lo que le venga en gana».

Durante el camino de regreso a casa, Michael sudó aún más. Sintió mareos. «Es la tensión», pensó. Entonces se sentó en la hierba, al borde del gran campo de remolachas. Ya habían sacado las remolachas, que yacían apiladas en grandes montones a lo largo de la carretera. El campo era enorme, y al fondo de todo se veía una franja de bosque. Y en medio de esa vastedad, estaba aquella pequeña isla de la que le había hablado el ama de llaves: en medio del campo crecían algunos árboles desde la oscuridad de la tierra. Michael se puso de pie y dio un paso adentrándose en el campo de cultivo. Luego dio otro. Caminó en dirección a la isla. La tierra húmeda se pegaba a sus zapatos en grandes terrones, mientras él tropezaba y se tambaleaba. Le resultaba difícil avanzar. Ánimo—pensó—, iremos a dar en alguna isla». Y continuó andando.

En una ocasión, oyó un coche que pasaba por la carretera, pero no se dio la vuelta. Caminaba a través del campo, paso a paso, y por fin los árboles estuvieron más cerca, y de repente él estaba allí, y vio que aquello era realmente como una isla: los surcos del campo se habían dividido, se habían abierto como si la isla hubiese irrumpido desde el fondo de la tierra, abriéndola como un telón. Pero la isla se elevaba quizá medio metro desde el subsuelo. Al borde crecía un poco de hierba, y detrás había unos matorrales. Michael arrancó una rama de uno de los matojos y, con su ayuda, se despegó los terrones de los zapatos. Luego caminó alrededor de la estrecha franja de hierba que rodeaba la isla. En uno de sus puntos había un claro entre los arbustos, y Michael entró a través de él y llegó a una pequeña abertura situada en medio de los árboles. La alta hierba estaba aplastada, y al borde del prado había un par de botellas de cerveza vacías.

Michael miró hacia lo alto: entre las copas de los árboles podía verse el cielo, que parecía más bajo desde aquí que si se lo miraba desde el ancho campo de cultivo. Reinaba un silencio absoluto. El aire era cálido, aunque el sol estaba muy al oeste. Michael se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la hierba. Y luego, sin que pudiera comprender muy bien lo que hacía, se desabrochó los botones de la camisa, se la quitó, y a continuación se quitó también la camiseta, los zapatos, los pantalones, los calzoncillos y, finalmente, los calcetines. Luego se quitó el reloj y lo arrojó sobre el montón de ropa, y lo mismo hizo con las gafas y el anillo que le había regalado su madre para protegerlo. Entonces se vio allí, tal como Dios lo había creado: desnudo, a la espera de una señal.

Michael miró al cielo, al que se sentía unido como nunca antes. Alzó los brazos y sintió aquel mareo que había sentido anteriormente, y cayó hacia delante, de rodillas, desnudo y con los brazos en alto. Empezó a cantar bajito y con voz ronca, pero eso no le bastó. Y entonces empezó a gritar, a gritar tan fuerte como podía, porque sabía que allí sólo podría escucharlo Dios, sabía que Dios lo estaba escuchando y que lo veía desde lo alto.

Y cuando caminó otra vez por el campo y se dirigió a su casa, pensó en Mandy, y la vio tan cercana, como si estuviera dentro de él. Entonces pensó: «Sin saberlo, he hospedado a un ángel».

De regreso en la parroquia, Michael sacó del viejo armario una botella de aguardiente que un campesino le había traído y regalado a raíz de la muerte de su mujer. Se sirvió un primer chupito; luego un segundo. A continuación se tumbó y sólo despertó cuando el ama de llaves lo llamó para la cena. Le dolía la cabeza.

¿Y si fuera cierto?, dijo cuando el ama de llaves le trajo la cena. ¿Y si fuera cierto qué?, preguntó el ama. Lo de Mandy. Si en realidad había concebido a ese niño. ¿De quién? ¿Acaso esa tierra no era también un páramo?, preguntó Michael. ¿Quién nos dice que Él no ha dirigido sus ojos hacia aquí, y que esa criatura, precisamente esa Mandy, ha encontrado la gracia a ojos del Señor? El ama de llaves sacudió, incrédula, la cabeza. El padre era un conductor de autobús, dijo la mujer. ¿Y acaso José no era carpintero?, preguntó Michael. Pero de eso hacía mucho tiempo, replicó ella. ¿No creía ella acaso que Dios todavía vivía y que Jesús regresaría? Por supuesto. Pero no iba a venir aquí. ¿Quién era Mandy? Nadie. Era camarera en un restaurante en W., una ayudante.

—Para Dios no hay nada imposible—dijo Michael—, y os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.

El ama de llaves se puso de morros y desapareció en la cocina. Michael jamás había conseguido animarla a que comiera con él, la mujer siempre decía que no le apetecía, que luego se comentarían cosas en el pueblo. ¿Se comentarían cosas sobre qué? «No somos más que seres humanos—había dicho ella—, todos tenemos nuestras necesidades».

Después de la cena, Michael volvió a salir de la casa. Bajó por la carretera y los perros de las granjas empezaron a ladrar como locos, al punto de que Michael llegó a pensar: «Mejor confiar en Dios que en vuestros perros». Pero ésos eran los comunistas: su deber había sido enseñarles a comportarse, pero no lo había conseguido. Ya no venían a la iglesia más fieles que en primavera, y todos los días podían escucharse historias acerca de abusos sexuales y de bacanales, bastaba con que uno quisiera oírlas.

Michael fue hasta la residencia de ancianos y preguntó por la señora Schmidt, la que leía el texto de la Biblia todos los domingos. «Vamos a ver si está despierta todavía», dijo, de mala gana, la enfermera, la tal Ulla, que, a continuación, desapareció. «Una comunista—pensó Michael—, de eso no cabe duda». Él, a los comunistas, los descubría enseguida, y también sabía lo que pensaban al verlo. No obstante, cuando alguno moría, lo mandaban a buscar. «Para que ese hombre pueda tener decente sepultura», le había dicho en una ocasión la propia Ulla, cuando tuvo que enterrar a un señor que no había pertenecido a ninguna iglesia a lo largo de su vida.

La señora Schmidt estaba despierta todavía. Estaba sentada en su poltrona, mirando el programa ¿Quién quiere ser millonario? Michael le estrechó la mano. «Buenas noches, señora Schmidt». A continuación, acercó una silla y se sentó al lado de la anciana. Ella había hecho una estupenda labor leyendo los textos, y él quería darle las gracias por ello. La señora Schmidt asintió con todo el torso. Michael sacó del bolsillo su pequeña Biblia encuadernada en piel. «Hoy quisiera leerle yo en voz alta un pasaje», le dijo. Y mientras el moderador preguntaba en la televisión qué ciudad había sido sepultada por un volcán en el año 79 después del nacimiento de Cristo, si Troya, Sodoma, Pompeya o Babilonia, Michael empezó a leer en voz alta, y fue haciéndolo en voz cada vez más sonora:

—«Sabed ante todo que en los últimos días aparecerán charlatanes dominados por sus propias pasiones, que, burlándose de todo, preguntarán: “¿En qué ha venido a quedar la promesa de que Cristo volverá? Nuestros padres han muerto y nada ha cambiado, todo sigue igual desde que el mundo es mundo”. Queridos hermanos, no debéis olvidar una cosa: que un día es ante Dios como mil años, y mil años, como un día».

Y a continuación, leyó:

—«El día del Señor vendrá como un ladrón: los cielos se desintegrarán entonces con gran estrépito, los elementos del mundo quedarán hechos cenizas, y la tierra con todo cuanto hay en ella desaparecerá».

Durante todo el tiempo que Michael estuvo leyendo, la anciana no supo hacer otra cosa que asentir: su torso se mecía hacia atrás y hacia delante, como si todo su cuerpo fuera un sonoro «¡Sí!». Luego, por fin, la señora Schmidt se decidió a hablar y dijo:

—No es Sodoma, tampoco es Babilonia. ¿Será Troya?

—El día, quizá, está más cerca de lo que creemos—dijo Michael.

—Pero nadie lo sabrá. Yo no lo sé—dijo la señora Schmidt.

—Vendrá como un ladrón—dijo Michael, poniéndose de pie.

—Troya—dijo la señora Schmidt.

Michael le estrechó la mano. La anciana no dijo nada más y ni siquiera lo siguió con la vista cuando el párroco salió de la habitación.

—Pompeya—dijo el moderador.

—Pompeya—dijo la señora Schmidt.

«Nadie lo sabrá», pensó Michael mientras caminaba hacia su casa. Los perros de los comunistas ladraban, y en una ocasión el párroco llegó a recoger una piedra del suelo y la lanzó contra uno de los portones de madera. Entonces el perro que estaba detrás empezó a ladrar con mayor fuerza, y Michael aceleró el paso para que nadie lo viera. En esa ocasión, sin embargo, no fue de regreso a la casa parroquial, sino que salió del pueblo.

Se tardaba una media hora en llegar a W. En una ocasión le salió al paso un coche. El párroco vio la luz de los faros con bastante antelación y se ocultó detrás de uno de los árboles de la avenida, hasta que el vehículo hubo pasado. La isla era ahora una mancha oscura en medio del campo gris, y parecía estar más próxima que durante el día. Las estrellas brillaban. La temperatura había bajado.

En W. no había ni un alma en la calle. Había luces encendidas en las casas y una farola, situada allí donde una de las carreteras se cruzaba con la otra. Michael sabía dónde vivía Mandy. Se detuvo ante la verja del jardín y miró hacia la casa de una sola planta. Vio en la cocina sombras que se movían. Era como si alguien estuviera fregando la vajilla. Michael sintió cierto calor en el corazón. Se apoyó contra la puerta del jardín. Entonces sintió muy de cerca el ruido de una respiración y, de repente, sonó un ladrido intenso en forma de aullido. El párroco dio un paso atrás y salió corriendo de allí. Aún no se había alejado cien metros de la casa de Mandy, cuando la puerta se abrió, un haz de luz cortó la oscuridad y se oyó la voz de un hombre: «¡Calla la boca!».

Uno de aquellos días, Michael fue hasta el restaurante de W., ya que su ama de llaves le había dicho que Mandy trabajaba allí. Y así era.

El salón era un recinto de techos altos. Las paredes estaban amarillentas por el humo del tabaco; los cristales de las ventanas estaban empañados y los muebles eran anticuados, ninguna pieza hacía juego con las otras. Allí no había nadie más aparte de Mandy, que estaba detrás del mostrador, como si aquél fuera su sitio habitual, con las manos apoyadas sobre la barra de servir la cerveza. La chica sonrió y bajó la mirada, y Michael sintió como si su rostro iluminara aquel recinto sombrío. El párroco tomó asiento en una mesa cercana a la entrada. Mandy se acercó a él. Michael pidió té, y la chica desapareció. «Si no viniera nadie», pensó el sacerdote. A continuación, Mandy trajo el té. Michael removió el azúcar que había añadido a la infusión. Mandy estaba todavía de pie junto a la mesa. «Un ángel a mi lado», pensó Michael. Bebió un rápido sorbo y se quemó la boca al hacerlo. Y entonces el párroco habló, pero sin mirar a Mandy. La joven tampoco lo miraba a él.

Pero aquel día y aquella hora nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los tiempos de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio comían, bebían y se casaban ellos y ellas, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los barrió a todos, así sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Fue entonces cuando Michael miró a Mandy y vio que la joven estaba llorando.

—No temas—le dijo, y entonces se levantó y puso una mano sobre la cabeza de la chica; luego vaciló, y al cabo de un rato puso la otra mano sobre la barriga.

—¿Se llamará Jesús?—preguntó Mandy en voz baja.

Michael estaba perplejo. Jamás se había imaginado una cosa así.

—El viento sopla donde quiere—dijo—; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y adónde va.

Entonces el párroco le regaló a Mandy la breve guía para chicas jóvenes y mujeres encintas que la Iglesia ponía a su disposición, y a través de la cual él mismo sabía todo lo que sabía. A continuación, le dijo a Mandy que debía venir a las clases de instrucción y a la misa, que eso era lo más importante, tenía muchas cosas que recuperar.

Transcurrieron los meses. El otoño cedió paso al invierno, y las primeras nieves cayeron, cubriéndolo todo: los pueblos, el bosque y los campos. El invierno se extendió por la región, y el olor ácido de la madera quemada descendía hasta las calles.

Michael hacía largas caminatas por la región. Iba de pueblo en pueblo, y caminó otra vez a través del campo de remolachas, que ahora estaba helado, hasta la isla. Y una vez más se vio allí y alzó los brazos. Pero los árboles habían perdido las hojas, y el cielo estaba muy distante. Michael esperaba alguna señal. Pero no llegó ninguna: no había en el firmamento ninguna estrella que no hubiera estado allí antes; no había en el campo ningún ángel que le hablara, ningún rey, ningún pastor, ningún rebaño. Entonces se sintió avergonzado y pensó que él no era el elegido. La señal le llegará a ella, a Mandy, a ella se le aparecerá el ángel.

Todos los miércoles, Mandy acudía a la instrucción, para lo cual viajaba desde W. en su motocicleta; también venía todos los domingos a la iglesia. Su barriga crecía, pero su rostro se hacía cada vez más pequeño y pálido. Cuando acababa la misa, se quedaba en la iglesia hasta que todos se hubieran marchado; luego se sentaba junto a Michael en uno de los bancos y ambos charlaban en voz baja. El niño, decía la joven, debía venir al mundo en febrero. En Navidad, pensó Michael, en Pascua. Pero las Navidades llegarían pronto, y Pascua no sería hasta finales de marzo. Ya se vería.

En eso el ama de llaves asomó la cabeza a través de la puerta y preguntó si el señor párroco pensaba, por casualidad, comer el miércoles. Lo mucho que ella se esforzaba y como si nada, ningún elogio, nada, y al final él terminaba dejando la mitad de la comida. Michael le dijo que Mandy se quedaría a comer, que había suficiente comida para dos. Incluso para tres, dijo el párroco, y ambos sonrieron tímidamente.

—No, si ahora mismo podríamos abrir un mesón—dijo el ama de llaves al poner el segundo cubierto. Estampó con rabia la olla en la mesa, y desapareció sin decir palabra ni desearles buen provecho.

Mandy le contó al párroco que su padre la atormentaba con preguntas acerca de quién era el padre del bebé, y se ponía furioso cuando ella le respondía que había sido el amado Dios en persona. No, él no le pegaba. Sólo le daba alguna que otra bofetada. Y a su madre también, dijo la joven. Quería marcharse de casa. Mandy y Michael comieron en silencio. El párroco no comió mucho, pero Mandy se sirvió dos veces.

—¿Te  gusta?—preguntó el sacerdote.

Ella asintió y se ruborizó. Entonces el párroco le dijo que podía venir a vivir a la casa parroquial, que había sitio suficiente. Mandy lo miró con temor.

—Eso no puede ser—dijo el ama de llaves. Michael guardó silencio—. Antes me marcho.

Michael seguía sin decir nada. Cruzó los brazos. Pensó en Belén. «Esta vez no», pensó. Y aquella idea lo hizo más fuerte.

—Yo me marcho—repitió el ama de llaves, a lo que Michael asintió lentamente.

«Tanto mejor», pensó. Michael ya sospechaba que esa ama de llaves había sido comunista o cualquier otra cosa. Siempre decía que no era más que un ser humano; además, se llamaba Karola, un nombre pagano. Él ya había oído las historias acerca de ella y de su antecesor, que había estado casado: y se comentaba que lo hacían en la sacristía, para colmo. No iba a permitir que esa mujer le hiciera ninguna recriminación. Eso, en primer lugar. Además, tampoco cocinaba bien.

El ama de llaves desapareció en la cocina, y luego desapareció también de la casa, porque aquello no era justo ni decente. Entonces Mandy se vino a vivir a la parroquia: se convirtió en la nueva ama de llaves, así lo hablaron y lo acordaron con sus padres. Hasta le pagaban. Pero Mandy ya estaba en el quinto mes de embarazo, y su barriga había crecido tanto que la joven resoplaba como una vaca cuando subía las escaleras, al punto de que Michael tuvo miedo de que pudiera pasarle algo al niño el día en que tuvo que sacar las pesadas alfombras fuera de la casa.

Un día que Michael regresaba de una de sus caminatas, vio a Mandy sacudiendo las alfombras delante de la casa parroquial. Entonces reprendió a la joven y le dijo que debería cuidarse un poco más, y el propio párroco se encargó de meter las alfombras en la casa, aun cuando apenas estaba en condiciones de hacerlo. Porque su cuerpo no era muy fuerte. «En Navidad tiene que estar todo limpio», dijo Mandy. Eso alegró a Michael, le pareció que se trataba de una buena señal. Por lo demás, no había encontrado demasiada fe en la joven, aun cuando ella juraba por la Virgen y estaba firmemente convencida de que su hijo sería un Niño Jesús, como ella misma solía decir. También dijo que ella era protestante. Pero la verdad es que no lo era demasiado. A Michael le habían entrado sus dudas. Se avergonzaba de ellas, pero esas dudas estaban ahí, y envenenaban su amor y su fe.

A partir de ese momento, Michael empezó a hacer él mismo todas las labores domésticas. Mandy, sin embargo, cocinaba para él, y ambos comían juntos en el oscuro comedor, sin hablar mucho. Por las noches, Michael trabajaba hasta muy tarde. Leía la Biblia, y cuando escuchaba que Mandy había salido del cuarto de baño, esperaba cinco minutos, pues en ese momento no podía trabajar por la alegría que sentía. Entonces tocaba a la puerta de la habitación de Mandy, y la joven le gritaba: «Entre, entre». Y allí estaba ella, tumbada en la cama, con la manta subida hasta el cuello. Él se sentaba a su lado, le colocaba la mano en la frente o sobre la manta, en el sitio donde estaba la barriga.

En una ocasión Michael le preguntó a Mandy acerca de sus sueños: a fin de cuentas, estaba esperando una señal. Pero Mandy no solía soñar, según le dijo la propia chica. Por lo tanto, le preguntó si era cierto eso de que jamás había tenido ningún novio ni algo parecido, si nunca había encontrado sangre en la ropa de cama. «No durante el período», dijo el párroco, que al instante se sintió muy extraño al verse hablándole de ese modo a la joven. «Si ésta es la nueva madre de Dios—pensaba—, ¿cuál es, entonces, mi papel?». Mandy no tenía respuesta para eso. Lloró y preguntó al párroco si no le creía. Él colocó la mano sobre la manta, y sus ojos se humedecieron. «Mirad qué gran amor nos ha dado al hacer que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad—dijo Michael—. Si el mundo no nos conoce, es porque no lo ha conocido a Él».

—¿Quién es Él?—preguntó Mandy.

En una ocasión ella retiró el cubrecama y él la vio allí, tumbada ante él, vistiendo sólo su camisón transparente. La mano de Michael estaba otra vez sobre la manta, y él la había alzado, y ahora flotaba en el aire, sobre la barriga de Mandy.

—Se mueve—dijo Mandy, al tiempo que tomaba la mano del párroco con las suyas y la colocaba sobre su barriga; la apretaba hacia abajo con tal fuerza, que Michael no podía alzarla, y su mano permaneció allí, larga y pesada como un pecado.

Pasó la Navidad. En Nochebuena, Mandy había ido hasta la casa de sus padres, pero al día siguiente ya estaba de regreso. No había mucha gente en la iglesia. En el pueblo se decían cosas sobre ella y sobre Michael, se enviaron cartas al obispo, y otras cartas regresaron. Se había producido una llamada telefónica, y un hombre de confianza del obispo había viajado hasta el pueblo un domingo, y había comido y hablado con Michael. Ese día, Mandy comió en la cocina. Estaba muy nerviosa, pero cuando el visitante se marchó, Michael le dijo que todo estaba bien: según Michael, el obispo sabía que en ese sitio había muy mala sangre, y que algunos comunistas todavía luchaban contra la Iglesia, sembrando la discordia.

A medida que pasaba el tiempo, el niño crecía, y la barriga de Mandy, por lo tanto, se hacía también cada vez más voluminosa, aun cuando Michael, desde hacía bastante tiempo, pensara que ya no podría crecer más. Era como si la barriga ya no perteneciera a aquel cuerpo. Y por eso Michael seguía poniendo su mano sobre aquel niño en gestación y se sentía dichoso.

El susto llegó cuando Michael, una tarde, salió de nuevo a una de sus habituales caminatas y se dio cuenta de que había dejado el libro en casa. Se dio la vuelta y regresó a la parroquia media hora después. Entró sigiloso, y sigiloso subió las escaleras. Mandy solía dormir a menudo durante el día, y si ahora estaba durmiendo, él no quería despertarla. Pero cuando entró en su habitación, Mandy estaba allí, desnuda: estaba de pie delante del gran espejo empotrado en la puerta del armario ropero. Y por eso la joven pudo verse de costado en el espejo y también vio que estaba delante de Michael, que podía verlo todo. Mandy, sin embargo, lo había oído llegar, y se volvió hacia él, y ambos se miraron tal cual eran.

—¿Qué estás buscando en mi habitación?—preguntó Michael, al tiempo que confiaba en que Mandy se cubriera con las manos, cosa que la chica no hizo. Sus manos colgaban a ambos lados de su cuerpo, como las hojas de un árbol. Apenas se movían. Ella dijo que en su habitación no tenía espejo, y que había querido contemplar cómo le había crecido la barriga. Michael se acercó a Mandy para no tener que mirarla, y entonces las manos del párroco tocaron las de la joven, y Michael ya no pensó en nada más, porque estaba con Mandy y ella estaba con él. Y entonces la mano de Michael se posó sobre ella como si se tratase de una recién nacida: y salió el animal de aquella herida.

A continuación, Michael se quedó dormido, y cuando despertó, pensó: «Dios mío, qué he hecho». Mientras yacía en el lecho, encogido, cubría con la mano su pecado, que era grande. La sangre de Mandy era su testimonio y su prueba, y sólo le asombraba que los elementos del mundo no quedaran hechos cenizas, o que el cielo no se desplomara y se abriera sobre él para fulminarlo y castigarlo con un rayo o con cualquier otro medio. Sin embargo, nada sucedió.

El cielo también se abrió un día en que Michael caminaba por la alameda flanqueada de árboles, a lo largo de la carretera que iba hasta W. Quería ir hasta la isla situada en medio del campo, y caminaba con paso rápido, tropezando con los surcos helados. Mandy dormía cuando él salió de la casa, esa Mandy que él había acogido.

Michael llegó y se sentó en la nieve. Sencillamente, ya no podía sostenerse en pie a causa del cansancio, la tristeza y la sensación de estar perdido. Se quedaría en aquel lugar, no se marcharía de allí jamás. Lo encontrarían ellos, el campesino y aquella mujer, cuando cometieran allí sus pecados primaverales.

Oscurecía y hacía frío. Era de noche. Y Michael seguía sentado allí, en la isla, sobre la nieve. La humedad atravesó su abrigo, y él titiritaba de frío a medida que su cuerpo se enfriaba. «No nos permitas amar con palabras—pensó—, ni con la lengua, sino con los hechos». Así lo había guiado Dios hasta Mandy, y había guiado a Mandy hasta él: para que se amasen. Porque ella no era ninguna niña, tendría unos dieciocho o diecinueve años. ¿Acaso no se decía que ningún hombre lo sabría? ¿No se decía que el día llegaría como un ladrón? Por lo tanto, Michael pensó: «No puedo saberlo. Y si ha sido voluntad de Dios que ella conciba a Su Hijo, entonces también ha sido voluntad Suya que lo concibiera de él, porque, ¿acaso no era él una obra y una criatura de Dios?».

A través de los árboles, Michael sólo veía un par de estrellas aisladas. Pero cuando se alejó de aquella parte cubierta y se adentró en el campo, vio todas las estrellas que alguien puede ver en una noche fría, y, por primera vez desde que estaba allí, no tuvo miedo de ese cielo. Se sintió feliz de que el cielo estuviera tan distante, y de que él mismo fuera tan pequeño en aquel campo infinito. Le alegró que Dios tuviera que mirar dos veces para verlo.

Pronto estuvo de regreso en el pueblo. Los perros ladraban, y Michael lanzó piedras contra los portones de entrada de las granjas y ladró él mismo, imitando a los canes, sus estúpidos ladridos y aullidos, y el párroco se rió a carcajadas cuando los perros se pusieron fuera de sí a causa de la rabia y del brío con que ladraban: el propio Michael estaba totalmente fuera de sí.

En la parroquia la luz estaba encendida, y cuando Michael entró, sintió el olor de la comida que Mandy había preparado. Y mientras él se quitaba los zapatos mojados y el pesado abrigo, ella apareció en la puerta de la cocina y lo miró con temor. Había bajado la temperatura, le dijo Michael, y ella le dijo que la cena estaba lista. Entonces Michael se acercó a Mandy y la besó en la boca. ¡Cómo sonreía él! Durante la cena, sin embargo, ambos estuvieron sopesando un nombre para el niño, y luego pensaron en un segundo. A modo de buenas noches, se tomaron de la mano y cada uno se fue a su habitación.

Dado que en enero hizo cada vez más frío y la vieja casa parroquial apenas podía caldearse, Mandy, una noche, se trasladó de la habitación de invitados a la del dueño de la casa. Llevaba su manta delante y se acostó junto a Michael, que se apartó a un lado sin decir una palabra. Y esa noche, y la siguiente, ambos yacieron en la misma cama, aprendiendo a conocerse cada vez mejor y a amarse: y Michael lo vio todo, y Mandy no se avergonzó.

Pero ¿era aquello un pecado? Quién quería saberlo. ¿Acaso Mandy no había dado fe, con su sangre, de que aquel niño que crecía en su vientre era un hijo de Dios, un hijo de la pureza? ¿Podía existir lo puro en lo impuro?

Y cuando Michael ya no creía que su palabra llegara a los hombres y a los comunistas de aquel pueblo, el milagro que se había obrado les llegó, y nadie pudo decir cómo esas mismas gentes llegaron hasta su puerta y llamaron, llegaron sin decir grandes palabras, portando en sus manos lo que tenían. La vecina trajo un pastel. Ella misma lo había horneado, dijo, y era tan fácil hacer uno como hacer dos. También preguntó si Mandy se las arreglaba bien.

Otro día vino Marco, el mesonero, y preguntó cuánto tiempo faltaba. Michael le pidió que pasara y llamó a Mandy y le preparó un té en la cocina. Entonces los tres se sentaron, en silencio, sin saber qué decir. Marco había traído una botella de coñac y la puso delante de él, sobre la mesa. Sabía, dijo, que eso no era lo correcto para un niño pequeño, pero tal vez si un día le daba tos… Entonces quiso que le explicasen, y cuando Michael lo hizo, Marco miró a Mandy, incrédulo, y miró también su barriga. Preguntó si era seguro, y Michael le dijo que ningún hombre lo sabía, ninguno podría saberlo. Porque es muy poco probable, dijo Marco. Entonces tomó de nuevo el coñac entre sus manos y contempló la botella. Parecía dudar, pero luego colocó otra vez la botella encima de la mesa y dijo que era tres estrellas, lo mejor que podía conseguirse en aquel sitio. No era el que se les servía a los clientes. Entonces Marco se cohibió un poco y se levantó, y luego se rascó la cabeza. «En el verano paseaste conmigo en la motocicleta», dijo, riendo. Vaya cosa. Se habían bañado en el lago, toda la pandilla lo hizo, fue cerca de F. Quién lo habría imaginado.

Cuando Marco se marchó, apareció en el jardín la señora Schmidt, que traía lo que había tejido para el niño. Con ella había venido, desde la residencia de ancianos, la enfermera Ulla, a la que Michael había considerado una comunista. Ella también traía algo, un juguete, y quiso que Mandy la tocara.

Y así fueron viniendo uno tras otro. La mesa del salón estaba cubierta de regalos, y en el armario había unas diez botellas de aguardiente, o tal vez más. Los niños trajeron dibujos de Mandy y del niño, y a veces también aparecía en ellos Michael, y también un asno y un buey.

Pronto vino también gente desde W. y de otros pueblos de la región, gente que quería ver a la futura madre para pedirle consejo sobre sus nimios asuntos. Y Mandy ofreció su consejo y su consuelo, y en ocasiones bastaba sólo con que posara su mano sobre el brazo o la cabeza de una de esas personas, sin decir nada. Y fue así como ella se fue volviendo silenciosa y seria, al extremo de que el propio Michael empezó a verla de una manera nueva y distinta. Y todos hicieron lo que había que hacer. En el pueblo, sin embargo, se olvidaron en esos días de algunas disputas, y hasta los perros parecían ahora menos salvajes cuando Michael caminaba por las carreteras, y en algunas casas habían colgado de nuevo, en puertas y ventanas, las guirnaldas y las coronas de la Fiesta de Cristo. Y es que había tal alegría en todo el pueblo, que parecía que se avecinaran las Navidades. Todos lo sabían, pero nadie lo dijo.

Una vez vino incluso el doctor Klaus para comprobar que las cosas iban bien. Pero cuando llamó a la puerta, Michael no le abrió. Estaba arriba, en la planta superior, sentado junto a Mandy. Y se quedaron tan quietos como niños, mirando por la ventana, hasta que vieron que el médico se marchaba.

Al día siguiente, Michael fue hasta W. para ver al médico. Éste le sirvió aguardiente y le preguntó cómo iban las cosas con la tal Mandy. Michael no bebió el aguardiente. Solamente dijo que todo estaba bien, que no necesitaban ningún médico. ¿Y aquellas historias? «El que es de la tierra es terreno y habla como terreno», dijo Michael. «Da igual como sea. Ese niño nacerá en la tierra y no en el cielo. Y si necesitáis ayuda, llamadme, y yo iré». Entonces se dieron la mano y no dijeron nada más. Pero Michael regresó al pueblo y a la residencia de ancianos, a ver a la enfermera Ulla, porque ella había dado a luz a cuatro hijos y sabía cómo era. Y Ulla le prometió que prestaría su ayuda cuando llegara la hora.

Y cuando llegó febrero, llegó la hora. Y el niño nació. Michael estuvo junto a Mandy y también estuvo la enfermera Ulla, a la que Michael había mandado llamar. Y cuando se divulgó la noticia, la gente del pueblo se reunió en la calle y esperó tranquilamente a que sucediera. Ya estaba oscuro cuando sucedió; el niño nació y la enfermera Ulla salió a la ventana y lo alzó delante de todos, para que los de fuera pudieran verlo. Pero era una niña.

Michael estaba sentado junto al lecho de Mandy, sostenía su mano y contemplaba a la niña. «No es hermosa», dijo Mandy, pero lo había dicho en tono de pregunta. Y entonces la hermana Ulla le preguntó a la madre adónde pensaba ir ahora con el niño, si ya no podía ser el ama de llaves del párroco a cambio de dinero. Entonces Michael dijo: «La esposa pertenece al esposo», y besó a Mandy de tal modo que la hermana Ulla pudiera verlo. Y ella se lo contó más tarde a todos: que la promesa había sido dada.

Y puesto que el niño ya no podría llamarse Jesús, le dieron por nombre Sandra. Y si la gente en el pueblo creía que ese niño había nacido para ellos, entonces era igualmente bueno que fuera una niña. Y todos se mostraron satisfechos y contentos.

El domingo siguiente la iglesia se llenó como hacía tiem- po no se llenaba. En el primer banco de todos estaba sentada Mandy con la niña. Sonó el órgano, y cuando hubieron acabado de tocarlo, Michael subió al púlpito y habló así:

—No sabemos ni podemos saber si es éste el niño que el mundo ha esperado tanto tiempo. Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, se emborrachan de noche. Por el contrario, nosotros, hijos del día, seamos sobrios. —Y luego dijo—: Lo que nace de la carne, es carne. Y lo que nace del espíritu, es espíritu. Pero nosotros, queridos míos, somos desde ahora hijos de Dios.


*Este cuento fue publicado en: Wir fliegen de Peter Stamm. © S. Fischer Verlag Frankfurt am Main 2008. 

*Traducción © José Aníbal Campos, 2010.

*Edición en español © Quadernos Crema, 2010, S.A. (Acantilado, Barcelona, España).

—No quiero saber nada más —dijo el hombre que no quería saber nada más.

El hombre que no quería saber nada más dijo:

—No quiero saber nada más.

Eso se dice rápido.

Eso se dice rápido.

Y sonó el teléfono.

Y en vez de arrancar el cable de la pared, que es lo que tendría que hacer, puesto que no quería saber nada más, agarró el auricular y dijo su nombre.

—Buenos días —dijo el otro.

Y el hombre también dijo:

—Buenos días.

—Hoy hace un buen día —dijo el otro.

Y el hombre no dijo: «No quiero saberlo», dijo:

—Sí, es verdad, hoy hace muy buen día.

Y luego el otro dijo algo más.

Y él colgó el auricular y se enfadó mucho porque ahora sabía que hacía buen tiempo.

Entonces arrancó el cable de la pared y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, y lo olvidaré.

Eso se dice pronto.

Eso se dice pronto.

Entonces al otro lado de la ventana brilló el sol, y si el sol brilla al otro lado de la ventana, uno sabe que hace buen día. El hombre cerró los postigos, pero el sol se colaba por las rendijas.

El hombre tomó algo de papel, tapó los cristales de la ventana y se sentó a oscuras.

Estuvo así sentado un buen rato, llegó su mujer, vio los cristales tapados y se asustó.

—¿Qué significa eso?

—Es para impedir que llegue el sol —dijo el hombre.

—Entonces no tienes luz —dijo la mujer.

—Es un inconveniente —dijo el hombre—, pero es mejor así, porque si no tengo sol, no tengo luz, pero por lo menos así no sabré que hace buen tiempo.

—¿Qué tienes en contra del buen tiempo? —preguntó la mujer—. El buen tiempo levanta el ánimo.

—No tengo nada en contra del buen tiempo, no tengo nada en contra del tiempo. Sólo que no quiero saber qué tiempo hace.

—Por lo menos enciende la luz —dijo la mujer, y se dispuso a encenderla, pero el hombre arrancó la lámpara del techo y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, ya no quiero saber que se puede encender la luz.

Su mujer rompió a llorar.

Y el hombre dijo:

—Es que no quiero saber nada más.

Como su esposa no lo entendía, dejó de llorar y dejó a su marido a oscuras.

Y ahí se quedó él durante mucho tiempo.

Las visitas preguntaban a la mujer por su marido, y ella les explicaba:

—Es así, está sentado a oscuras y no quiere saber nada más.

—¿Qué es lo que no quiere saber? —preguntaba la gente, y la mujer respondía:

—Nada, no quiere saber absolutamente nada más.

No quiere saber más qué es lo que ve: es decir, qué tiempo hace.

No quiere saber más qué es lo que oye: es decir, qué dice la gente.

Y no quiere saber más qué es lo que sabe: es decir, cómo se enciende la luz.

—Es así —dijo la mujer.

—Ah, es eso —decía la gente, y ya no iban más de visita.

Y el hombre seguía sentado en la oscuridad.

Y su mujer le llevaba la comida.

Y ella le preguntaba:

—¿Qué es lo que ya no sabes?

Y él decía:

—Sigo sabiéndolo todo.

Y se sentía muy triste por saberlo aún todo.

Entonces su mujer intentaba consolarlo y decía:

—Pero no sabes qué tiempo hace.

—No sé qué tiempo hace —contestaba el hombre—, pero sigo sabiendo qué tiempo puede hacer. Aún recuerdo los días de lluvia, y los días soleados.

—Lo olvidarás —decía la mujer.

Y el hombre decía:

—Eso se dice rápido. Eso se dice rápido.

Y se quedó en la oscuridad, y su esposa le llevaba a diario la comida, y el hombre miraba el plato y decía:

—Sé que son patatas, sé que eso es carne, y conozco la coliflor; nada sirve de nada, siempre lo sabré todo. También sé cada palabra que digo.

Y cuando la vez siguiente la mujer le preguntó:

—¿Qué sigues sabiendo?

Él contestó:

—Sé mucho más que antes, no sólo sé cómo es el buen tiempo y el mal tiempo, ahora también sé cómo es que no haga ningún tiempo. También sé que cuando la oscuridad es absoluta, luego nunca es lo bastante oscuro.

—Pero hay cosas que no sabes —dijo su mujer, que hizo ademán de irse y cuando se detuvo, dijo—: Por ejemplo, no sabes cómo se dice «buen tiempo» en chino.

Siguió andando y cerró la puerta.

Entonces el hombre que no quería saber nada más empezó a reflexionar. Era cierto que no sabía chino, y no le servía de nada decir «tampoco quiero saber eso más», porque eso no lo sabía.

—Primero tengo que saber qué es lo que no quiero saber —exclamó el hombre, que destapó la ventana y abrió los postigos, ante la ventana llovía, y se quedó mirando la lluvia.

Luego fue a la ciudad a comprar libros de chino, regresó y estuvo semanas sentado con esos libros y pintando caracteres chinos en papel.

Si tenían visitas y preguntaban a su mujer por su marido, ella decía:

—Pues es así, ahora aprende chino, es así.

Y la gente no iba más de visita.

Sin embargo, se tardan meses y años en aprender chino, y cuando por fin lo consiguió, dijo:

—Pero aún no sé suficiente. Tengo que saberlo todo, así luego podré decir que ya no quiero saber todo eso.

Tengo que saber cómo sabe el vino, cómo sabe el bueno y el malo.

Y cuando coma patatas, tengo que saber cómo se cultivan.

Tengo que saber cómo es la luna, porque cuando la veo hace tiempo que no sé cómo es, y tengo que saber cómo se llega a ella.

Y los nombres de los animales también tengo que saberlos, y cómo son, qué hacen y dónde viven.

Se compró un libro sobre caniches, otro sobre gallinas, otros sobre los animales del bosque y uno sobre insectos.

Luego se compró un libro sobre el rinoceronte indio.

Y el rinoceronte indio le pareció bonito.

Fue al zoo y allí lo encontró, en un gran cercado, sin moverse.

Y el hombre vio con claridad que el rinoceronte intentaba pensar, intentaba saber algo, y vio el esfuerzo que le costaba.

Y cada vez que al rinoceronte se le ocurría algo, salía corriendo de alegría, daba dos, tres vueltas al cercado y entre tanto olvidaba lo que se le había ocurrido, luego se quedaba quieto mucho rato, una hora, dos horas, y cuando se le volvía a ocurrir algo salía corriendo de nuevo.

Y como siempre salía corriendo un poco demasiado pronto, en realidad no se le ocurría nada.

—Me gustaría ser un rinoceronte —dijo el hombre—, pero ya es demasiado tarde.

Luego se fue a casa y se puso a pensar en su rinoceronte.

Y ya no habló de nada más.

—Mi rinoceronte —decía—, piensa demasiado lento y sale corriendo demasiado pronto, y está bien así.

Y entre tanto se le olvidaba que quería saberlo todo para no querer saberlo más.

Y volvió a llevar la vida de antes.

Sólo que ahora además sabía chino.


*Este cuento fue publicado en: Kindergeschichten by Peter Bichsel. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1997.

*Imagen: Joana Keler

Ricardo González iba al cine. Su primer recuerdo importante al respecto databa de una película de ladrones y policías, en blanco y negro, que había visto hace bastantes años. Antes de eso iba a cine muy de vez en cuando, cada quince días o un mes, pero después de todo fue muy diferente. Al salir del teatro, experimentó una apremiante necesidad de volver a ver la cinta. Y así lo hizo. Se colocó otra vez frente a las mismas secuencias en blanco y negro, siguiendo paso a paso las operaciones de los bandidos, huyendo de la policía. Se robaron un camión blindado, pero jamás pudieron abrirlo. Ricardo González sabía que los demás espectadores no conocían el desenlace, y deseó hablar con alguien acerca de ello, ponderar con su vecino de la butaca siguiente aquel magistral suspenso cuando uno de los bandidos estira la mano para quitarle la pistola que empuña un guardia, ignorando que el tipo vive todavía. Pero Ricardo González no tenía a su alrededor a nadie conocido: todas eran personas extrañas, diferentes. Al final todo les sale mal a los hombres y a la muchacha; ella se arroja, junto con el jefe, de una montaña. Apareció la palabrita «Fin» y Ricardo comprendió que la película no había gustado, basándose en los comentarios del público. Era una lata, decían, el final era incomprensible. Ricardo caminó por la ciudad durante horas, extrañado ante la reacción de los espectadores. Dudó acerca de la calidad de la película: se preguntó si el equivocado no sería él. ¡Pero qué tenía de raro el final, si todo era muy claro! El jefe y la muchacha se suicidan, eso es obvio. ¿Qué era lo que la gente no había entendido? Bueno, él no sabía nada de cine como para asegurar tener la razón, de allí el motivo de sus dudas. Si pudiera conversar con alguno, si conociera a alguien de esta ciudad para preguntarle acerca de la película… Pero no. Lo mejor que pudo encontrar fue volver al teatro al día siguiente. Al entregar la boleta, el portero lo miró entre sonrisas, reconociéndolo.

–Por lo menos a una persona le ha gustado ese hueso de película –dijo a espaldas de Ricardo–. Ese tipo que acaba de entrar ya la ha visto como ocho veces.

Ricardo González se sentó en la misma butaca que había ocupado en las anteriores ocasiones. Nerviosamente, esperó a que las luces se apagaran. Esta vez supo que el actor que hacía de jefe se llamaba Rod Steiger, y la muchacha, Nadja Tiller. Sudando frío siguió los acontecimientos de la historia. En la escena final, cuando Steiger y la muchacha dicen a la policía: «Sí, ya bajamos» desde la montaña, Ricardo comprendió que una vez más el público iba a salir sin comprender.

–¡Se matan, se tiran de la montaña –gritó de pronto, parándose de su butaca y usando las manos como parlante.

Una avalancha de mandadas a callar llovió sobre Ricardo, pero él hizo caso nulo de ellas.

–¡Miren que la cámara enfoca desde abajo, ellos prefieren suicidarse antes que entregarse a la policía, comprendan! –volvió a gritar; allí fue cuando las manos de tres empleados se agarraron de su camisa.

–Lo único bueno de esta estafa fue el tipo que se puso a gritar en la mitad de la sala –comentaba después una señora de vestido morado, franqueando la salida.

Lo mejor es cuando comparto las alegrías de la gente al salir de una gran película, o cuando pido la plata a gritos cuando la película ha sido mala. Eso es lo hermoso del sábado: puedo mirar a las parejas de novios que entran a cine recogidos de la mano, y los amo porque sé que lo más importante para ellos es todo esto. En sábado la gente está contenta, y habla mucho, por eso yo puedo escuchar lo que dicen, puedo estarme cerca de los grupos de personas que hablan sobre la película y comprobar que pienso lo mismo que ellos al respecto. Los domíngos son buenos también, pero diferentes: la gente va a cine pero sin la alegría a flor de cara; la proximidad del lunes es demasiado evidente, creo. Por eso el domingo casi no puedo saber qué tal les ha parecido la película.

Pero si yo tuviera una persona que le gustara el cine, las cosas serían mucho más fáciles. Sí, yendo a cine todos los días, sin importarnos que el teatro estuviera vacío, y conversaríamos después caminando por esta ciudad. Sería muy bueno para mí, sobre todo en los días de entre semana, cuando no va casi nadie a los teatros. Es triste estar sentado sin nadie alrededor, pero si no voy a cine, ¿qué otra cosa me pongo a hacer, después de todo? Muchas veces, un lunes, he pensado en salirme del teatro, cuando junto a mí no hay sino tres o cuatro personas de mirada amarga. Pero un día de estos voy a salir a la ciudad a buscar a la gente que yo sé le gusta el cine, a los que me encuentro todos los sábados en tal o cual teatro. Podría buscar, por ejemplo, a la muchacha esa de pelo bonito que viene con su novio, siempre sonriente. Debe saber mucho de cine, porque va casi dos veces por semana. Buscar a una persona y decirle todo, desde la primera película a la última. Palabra que un día de estos voy a hacerlo.

Ya eres un hombre no aguantó más de tres días en cartel. Ricardo González la vio un viernes durante las tres funciones, y volvió el sábado. Y fue en ese sábado cuando el público, furioso, pidió la plata a la media hora de haber comenzado la película. Y como nadie les hizo caso se pusieron a tirar papeles de celofán enmantecados de papas fritas, y también algunos zapatos que llegaban hasta a estrellarse contra la pantalla. Si hasta tuvieron que encender las luces y advertir que desde ese momento la administración se reservaba el derecho de sacar del teatro a quien lo mereciera por su comportamiento. Apagaron nuevamente la luz, la gente siguió con el mismo escándalo y la administración del teatro no sacó a nadie. Ricardo, temblando de rabia, se preguntaba por qué no suspenderían la función, o por qué la gente, si era que no le gustaba la película, por qué no se iba. Para él la duración de la película fue todo un largo tiempo de martirio, mirando al muchacho nuevo, al debutante, a la hermosa Elizabeth Hartman y a Francis Ford Coppola, pidiéndoles disculpas a todos ellos en nombre de los amantes del cine por tal recibimiento. Después, Ricardo González se tiró entre el tumulto de gente que estaba protestando una vez terminada la película. La muchacha del pelo bonito estaba allí. Ricardo se acercó a sus espaldas para oír qué comentaba, pero ella no decía nada: miraba a su novio y sonreía, eso era todo. Ricardo González pensó, incrédulo, que era demasiado bonita para no decir nada después de haber visto una película tan bella como Ya eres un hombre. Si me demostrara con palabras que la cinta le ha gustado, yo me acercaría y la felicitaría, pero ella no dice nada, lo único que hace es sonreír de ese modo.

–Es una gran película, lo mejor que he visto en este año.

Esas palabras fueron pronunciadas demasiado cerca de su cabeza. Ricardo González volvió la cara con los ojos muy abiertos y las mandíbulas apretadas, buscando al autor de ellas: era una muchacho gordo metido en unos blue jeans americanos, quien seguía ponderando las cualidades de la cinta, enfrentando a una gente que lo miraba con una burla tal vez demasiado belicosa. Pero Ricardo no sintió lástima por él debido a la difícil situación en la que se encontraba. Lo que sintió fue admiración. Quiso tirarse sobre el gordo, abrazarlo y gritarle que él también opinaba lo mismo de la película de Coppola. Pero se contuvo: era mejor esperar hasta que salieran del teatro. Lo vio escabullirse de la gente y pararse frente al afiche de la película. Ricardo lo imitó, comprobando felizmente que el gordo estaba solo. También debe estar buscando a una persona para hablar sobre cine, pensó, cuando el gordo estaba caminando ya avenida abajo.

Admitiendo que había desaprovechado una buena oportunidad para entablar conversación, Ricardo González caminó detrás del gordo, pensando en lo que diría para comenzar el tema. Venga esa mano viejo, se ve que usted sabe de cine. Así es como habla la gente de esta ciudad. Y cuando el gordo le preguntara el motivo de la felicitación, Ricardo le diría yo también pienso lo mismo de Ya eres un hombre, lástima que esos imbéciles no hayan sabido apreciarla. Y se sentarían en cualquier fuente de soda, o si no caminarían por allí con las manos en los bolsillos, hablando de las mejores películas: del Fellini de Julieta de los espíritus, de esa que se llama en español Prófugo de su pasado, de Carol Reed, ¿no lo conoce? Creo que es un inglés, un viejito inglés: Profugo de su pasado, sí, con Laurence Harvey, Alan Bates, se dice Beits. ¿No? Y Lee Remick, una mona de dientes bonitos. En inglés es The Running Man o The Ballad of the Running Man, la balada del corredor, la balada del hombre que huye; más poético, ¿no es cierto? Te la nombro porque es algo hermoso en películas de suspenso. Y hablarían también de Robert Wise, del cine que este hacía antes de comenzar a manufacturar películas que solo sirvieran para ganar óscares. Hablarían de La mansión de los espectros, Hill House o The haunted, no sé, es que siempre se me arma una confusión con los títulos en español y en inglés y con el título de la novela en la que está basada la película, y al final no sé qué corresponde a qué. Hill House, una película de fantasmas con Julie Harris, pero eso sí es modo de tratar el tema, le digo, con qué delicadeza y con qué respeto. Y también le diría que viene yendo al cine desde que nació, pero que nunca había hablado de eso con otra persona. Que es su primera oportunidad de intercambiar ideas. Entonces, esperaría dos cuadras más y se acercaría al gordo de una. A mí también me gustó Ya eres un hombre, venga esa mano en nombre de Francis Ford Coppola, mi viejo.

El gordo sacó las manos de los bolsillos y dejó de caminar, Ricardo González hizo lo mismo seis pasos más atrás. El gordo miró por encima de su hombro, como si se le hubiera caído algo y lo estuviera buscando. Miró hacia atrás y vio a Ricardo, sonriéndole, porque lo único que acertó a hacer fue sonreír, esperando a que el gordo se devolviera y le tendiera la mano. Usted viene de cine, ¿no es verdad? Al ver que el gordo no se acercaba, Ricardo pensó que lo que hacía era esperar a que él fuera a conversarle. Pero tampoco fue así. El gordo se metió nuevamente las manos a los bolsillos y siguió caminando un poco más rápido.

Ya estaba oscureciendo: habían caminado bastante. Ricardo pensó, aligerando el paso, que en la otra esquina se le acercaría. Usted sabe de cine, le ha gustado Ya eres un hombre, ¿no es así? El gordo llegó a la esquina, miró nuevamente por sobre su hombro y Ricardo volvió a sonreírle, pensando que ya el gordo se iba a detener. Pero no lo hizo: cruzó hacia la derecha. Ricardo, sin entender lo que pasaba, casi corrió hacia la esquina y cruzó hacia la derecha, y para su asombro el gordo había desaparecido. Ricardo González se puso las dos manos sobre la frente para ver si esa persona que camina por allá lejos, entre la oscuridad de la calle a las siete de la noche, sería a quien buscaba. No, no era. Preocupado, se preguntó qué le pudo suceder a su amigo. Qué se había hecho hombre, quería conversar con usted sobre Ya eres un hombre, qué gran película, ¿no?

Entonces lo vio aparecer. La puerta de una casa amarilla se abrió y por ella salió el voluminoso cuerpo de su amigo. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su blue jean americano, y estaba mirando fijamente a Ricardo, quien alcanzó a sonreír y a abrir la boca para saludar antes de ver a las otras personas.

–Buenas tardes –dijo Ricardo. Comencé mal. En esta ciudad saludan diciendo hola o quiubo.

El gordo no respondió: se limitó a clavarle la mirada. Detrás de él estaban saliendo cuatro muchachos; un quinto cerró la puerta de la casa amarilla.

–Le gustó la película, ¿cierto? –balbuceó Ricardo, acercándose.

–No me toques marica –amenazó el gordo, después de un instante de vacilación–, no te me acerqués siquiera.

–Vamos a romperle la cara –dijo un muchacho parecido al gordo, pero ridículamente flaco.

–¿Cómo? –preguntó Ricardo González–. No, yo vine a hablar con él –señaló al gordo– para comentar la película. Pregúntenle y verán que es verdad. Usted vio Ya eres un hombre, ¿cierto?

–Qué te pasó, no encontraste a ningún amiguito en el teatro o qué, maricón –preguntó el gordo, golpeando la mano que le extendía Ricardo.

–No, usted no entiende, usted no entiende, yo vine para que comentáramos la película, a usted le gustó, ¿no es verdad?

–No, no me gustó.

Entonces Ricardo González fue golpeado, sintió aquello que se estrelló contra su nuca cuando todavía estaba descifrando la respuesta del gordo. Un golpe allí y después ese puño del gordo y su cara más atrás, algo que choca contra su espalda y los gritos alegres de esos niños, y si me pegan otra vez allí se me va a reventar pero no saldrá sangre, se reventará, dijo que no le había gustado pero no fue él, yo he venido para que hablemos de la película, creo que la mamá está llamando a los niños a comer, esos mangos colgando, esto no sucede aquí porque yo he visto quererse a toda la gente de esta ciudad, antes de que su cuerpo fuera azotado contra algo duro y el cemento dulce y húmedo de pronto.

Llevo tanto tiempo yendo al cine que hasta conozco el olor de las personas que se me presentan en la pantalla. Hace poco vi una nueva película de Peter Collinson: Todo un día para morir, un día demasiado largo donde lo único que se hace es matar, porque ni siquiera cuando se muere, se muere; cuando se muere se mata. Pero han pasado muchos sábados y muchos domingos y muchas películas. Por eso dudo que haya una persona en esta ciudad tan feliz como yo cuando compruebo que lo que pienso de tal o cual película lo opinan también las personas que van a cine conmigo, siempre que yo voy. Un día de estos voy a ponerme a saludar a todos mis amigos, a todas las muchachas que se sientan al lado mío en los teatros; pero si lo hago no voy a acabar jamás. La muchacha esa de pelo bonito no ha vuelto a aparecer por ninguna parte: debe haberse mudado de ciudad; en cambio, el que andaba con ella sigue viniendo a cine, pero con otra muchacha, una de ojos verdes y pelo negro. Esos también son mis amigos: donde me ven me saludan cariñosamente. Han pasado muchas historias por la pantalla y muchos sábados, y soy feliz cuando ellos salen admirados después de un film de Polanski o de Winner o Peter Watkins o Pontecorvo, y también cuando el que ha contado la historia ha sido Stuart Rosenberg, el de La leyenda del indomable con Paul Newman, ¿la vieron? Sí, Cool Hand Luke, pero no me protesten que yo tengo que decir los títulos originales cuando en español les han cambiado el significado, vos lo sabías muy bien. Para eso espero los sábados, para saludar a mis amigos y hablar, recorriendo la ciudad, recordando a Kim Novak en La leyenda de Lylah Clarede de Robert Aldrich, y reconociendo que estamos totalmente enamorados de Lee Remick y de Shirley MacLaine y de Anjanette Comer cuando hizo de mejicana junto a Marlon Brando, y que también queremos a Catherine Deneuve en Repulsión. Y por qué no recordar de vez en cuando los filmes de los difuntos Elizabeth Taylor y Richard Burton y hacer presagios sobre el accidente automovilístico que les causó la muerte: nos burlamos de ellos paro también los recordamos con cariño. Y los fines de semana, siempre lo mismo, cuando vamos a los teatros de segunda o de tercera para ver lo que se nos ha pasado, por ejemplo hace poco tuvimos la oportunidad de ver La jauría humana de Arthur Penn, y yo salgo cogido de la mano de ella, recordando las últimas secuencias de Blow-Up, tú lo sabes amor, el hombre que vaga por la ciudad y observa el cuadro tan bello que forman dos enamorados, está allí presente ante el amor, a modo de fotografía, y el resultado de ese cuadro de amor es crimen y muerte, y el hombre no quiere que eso se le vaya de las manos porque es lo único importante que le ha sucedido en su puerca vida, pero te digo que no se puede amor, allá no se puede subsistir, es mejor unirse a los felices que tiene la buenaventuranza de no pensar, para poder sobrevivir hay que quedarse jugando tenis sin pelota ni raqueta. Así, existe la ciudad y yo habito en la ciudad y veo cine y soy feliz.

A Ricardo González le gustaría como lo más en su vida hablar sobre es película que vio hace ya mucho tiempo, algo de vaqueros, Journey to Shiloh, con exteriores bélicos prestados de otra producción. La única película joven sobre la guerra civil y sobre siete muchachos texanos que corren en busca sin saber qué es lo que realmente están buscando. Le gustaría decirle a cualquier persona lo bello de algunas escenas de esa película, pero se calla, sabe que tiene que callarse, y cuando sale de cine recorre esta ciudad, hablando solo y mirando al suelo, conociendo de memoria los andenes y repiriéndose colores, caricias y palabras que ha visto en la pantalla.

Porque Ricardo González sigue yendo a cine.

1969

 

A la mañana, cuando se despertaron, el arquitecto ya estaba sentado delante del ordenador. En el ala derecha de la casa estaba su oficina, en el ala izquierda vivían ellos. En el patio interno la luz quedaba encendida toda la noche. Pronto se apagaría, y en algún momento también él apagaría la luz en su oficina. Ahora en invierno eso solo podría ocurrir al mediodía. En días especialmente oscuros, la luz brillaba hasta tarde, hasta que terminaba y era el último en dejar la oficina y tomaba el ascensor para reunirse arriba con su familia.

Los saludó con la mano y volvió a sumergirse en su trabajo. Nunca les transmitía la sensación de que los estuviera controlando, pero no se le ocurría correr las cortinas de su oficina. Tampoco ellos corrían nunca sus cortinas. Por lo general, se limitaban a trasladar de un lado al otro del largo ventanal una de esas grandes pantallas quitasol de aluminio con aspecto de ala de avión. A veces se la olvidaban y se despertaban por la mañana y desde la cama lo veían trabajando. Una vez habían tenido sexo en el sofá delante del televisor a mitad del día, eso no pudo habérsele escapado a él. Pero no levantó ni una vez la cabeza, y para hablar por teléfono se iba a la sala grande del fondo, donde su gente estaba sentada en amplias mesas blancas mirando las pantallas de sus computadoras desde la mañana hasta la tarde.

Mientras Naila estaba en el baño, Splash preparó el desayuno. Estaban apurados. Casi nunca estaban apurados, pero Naila tenía que estar antes de las diez en la calle Jacob, porque hoy se vencía su plazo, y él había quedado con el islandés tuerto en la calle Kopenhagener para mostrarle el atelier. Odiaba la idea de no poder seguir trabajando en soledad en su atelier, pero necesitaban el dinero. De todos modos Splash nunca estaba allí, así que daba lo mismo. Hacía casi un año que había dejado de trabajar, desde que vivían juntos, y a veces Splash pensaba que eso se debía a Naila. Luego pensaba que tenía que ver con esa casa. Era demasiado transparente, por todos lados solo vidrio y aluminio y piedra negra, y cada dos minutos pasaba traqueteando el tranvía por la calle Rosenthaler, ahuyentando con su ruido los pocos pensamientos que aún tenía.

Naila regresó desnuda de la ducha. Se había envuelto el pelo en la toalla, y cuando Splash señaló con la cabeza en dirección al arquitecto, ella dijo: “Igual no mira”. Splash se encogió de hombros y fue al baño. Cuando volvió a salir, Naila – que tenía puesta una bombacha y su nueva remera azul – estaba parada junto a la ventana. También el arquitecto estaba en la ventana, y ambos hacían extraños movimientos con sus manos. Splash se dio vuelta, regresó al baño y volvió a salir otra vez dos minutos más tarde. Naila se había vestido y el arquitecto estaba otra vez sentado en su escritorio.

El arquitecto había hecho el plano de este edificio. Era su primer edificio, por eso le costaba tanto separarse de él. O estaba sentado ahí abajo en su oficina, o estaba arriba con su familia. Del edificio solo se iba en auto: salía andando del garage, y cuando regresaba, volvía a meterse en el garage, como si también el auto fuera una parte de este edificio, del que así no tenía que separarse nunca.

Splash solía encontrarse con los hijos y la mujer del arquitecto en el ascensor o en el hall de entrada, cuyas paredes estaban revestidas con grandes placas de acero opaco. Era tan angosto y elevado, que uno se sentía como en el interior de un cohete. La mujer del arquitecto sonreía mucho. Era pequeña, casi tan pequeña como sus hijos, y los hijos también reían mucho, pero Splash no creía en sus risas. Nunca había desconfiado de la risa de un niño. Probablemente era injusto y si no les creía era solo porque la risa de su madre sin dudas era falsa. Quizá los niños no encajaban en este sitio, con sus coloridos y espantosos anoraks, como los que tenían todos los niños, y las gruesas botas de invierno, que por lo general estaban manchadas de barro.

– ¿Vas hoy al atelier, mia tesoro? – dijo Naila.

– Mi tesoro – dijo Splash con impaciencia.

Antes se llamaba Jörn, no Splash, pero hasta el día de hoy que ella no le había preguntado por su nombre verdadero.

– ¿Vas, sí?

– Sí.

– ¡Ay, qué bueno! – dijo ella.

Él la miró y no supo si su alegría era sincera. A veces Naila tenía un tono que él no entendía. Seguramente los amigos y parientes de ella estaban familiarizados con ese tono en su casa, pero él no. Se puso furioso, luego apoyó su mano sobre la de Naila, que estaba sobre la mesa, así sin más, como si no le perteneciera a ella, y pensó en que podría pintar esa mano. La mano era cálida, la acarició, la dio vuelta y la abrió, y en su interior la mano estaba fría. Así que apoyó la palma de su mano sobre la de ella, y de pronto se puso de pie, se inclinó hacia Naila y la besó. Ella no lo besó a él. Esto ocurría con frecuencia en los últimos tiempos. Cuando quiso tocarle los pechos, ella se echó hacia atrás y dijo:

– ¡Basta, que nos ve!

– Pensé que no miraba.

– Pero sí, sí – dijo ella, y ahí estaba de nuevo ese tono que él no entendía – Pero sí, sí – dijo ella de nuevo, y ambos miraron hacia el arquitecto.

El arquitecto hablaba por teléfono de espaldas a ellos. En la pared detrás de él colgaban planos que el arquitecto tenía a la vista mientras hablaba por teléfono, pero todo el tiempo daba vuelta la cabeza para mirar por sobre el hombro hacia donde estaban ellos. Era algo que no había hecho nunca, y en algún momento Splash se cansó, tomó la cara de Naila firmemente con ambas manos y la besó en los labios, pese a su resistencia. Ella lo empujó y corrió al baño, y cuando Splash alzó los ojos, su mirada se cruzó con la del arquitecto. Así de rápido como le subió la sensación de náusea en el estómago, también volvió a desaparecer.

– ¡Naila! – gritó Splash – Ven rápido aquí. ¡Esto tienes que verlo! Creo que se volvió loco.

El arquitecto había seguido tranquilamente con su conversación telefónica, hasta que de pronto arrojó el teléfono al suelo, arrancó los planos de las paredes y barrió del escritorio los papeles, el ordenador y las maquetas. Llegaron sus empleados, dos de ellos lo tomaron de los hombros e intentaron retenerlo y tranquilizarlo, pero él se soltó, corrió hacia la ventana y empezó a darle puñetazos al cristal. Al final patinó agotado por el vidrio hasta el suelo, y su rostro angosto, con los grandes ojos verdes coronados por la negra cabellera, se veía más bonito que de costumbre.

– Lo mismo haré yo si hoy no me elongan el permiso de residencia – dijo Naila.

Estaba parada detrás de Splash y había enganchado sus dedos en los pasadores para el cinto de los jeans de él.

– Si hoy no me prolongan el permiso de residencia – la corrigió él, pensando por qué no.

Entonces podría empezar de nuevo a trabajar y no todo sería solo Naila, Naila, Naila. Entonces no tendría que hablar todo el tiempo sobre la vida de ella, daría lo mismo que su madre hubiera tenido un amorío con su abuelo, que el padre le dijera Puppi y a menudo llamara de noche llorando desde Beirut, que los hombres libaneses fueran todos idiotas y que por eso los hombre de aquí le gustaran tanto, le gustaran demasiado, según él, y entonces él ya no tendría que vivir por culpa de ella en esa casa-cohete estúpida, cara y gélida. Podría volver a mudarse al atelier en la calle Kopenhagener, y podría decirle hoy mismo al islandés tuerto que se buscara otra cosa, que ya no necesitaba su dinero, nunca más.

– ¿Sabes lo que le ha pasado? – dijo Naila.

– Pensé que tú lo sabías – dijo Splash.

– ¿Yo? ¿Por qué yo?

Ella se puso sus botas altas y marrones y la chaqueta roja Alaia de su padre que él tanto odiaba y dijo:

– ¿Tienes mis llaves?

– ¿Por qué me preguntas siempre por tus llaves? Nunca tuve tus llaves.

– Pero siempre las encuentras.

– Hoy no.

– Por favor.

– ¡No!

– Mia tesoro… ¡Mia hijo, mi corazón!

Él se puso de pie y empezó a levantar la mesa. Fue por lo menos veinte veces de un lado al otro entre la mesa y la cocina, siempre sosteniendo un plato o una cuchara o solo la maldita mantequera en la mano. Una vez que la mesa estuvo vacía, se sentó, se encendió un cigarrillo e intentó concentrarse. ¿Debía llamar al islandés y decirle que mejor se encontraban a la tarde? Hasta entonces ya sabría si Naila podía quedarse o no. ¿O debía cancelarle por completo? Ya le había cancelado dos veces, quizá dejaría de venir por eso de todos modos. Pero tal vez no tenía que cancelarle nada. ¿Sí o no? En ese momento escuchó muy cerca el fuerte chirrido de un tranvía y se estremeció. Un soplo gélido de viento le subió por las piernas, pasó tronando el próximo tranvía, levantó la vista y vio que Naila había abierto uno de los enormes ventanales.

– La-lala-lala – hacía ella.

Se puso a pasear riendo por la inmensa sala como por un parque, daba vueltas en círculo bamboleando su gran trasero árabe – La-lala-lala.

– Cierra la ventana, Naila – dijo él – Con ese ruido no puedo pensar.

– La-lala-lala.

– Naila, por favor.

– Solo si me ayudas a buscar.

Se levantó y fue al perchero y de un manotón tomó las llaves del pequeño bolsillo interno de la chaqueta de cuero negro.

– ¿Cómo lo sabías?

– Ahí están siempre – dijo él – Si es que no están en otra chaqueta. O en la jabonera del baño. O en el cajón de las galletas. O en la cama. O debajo del colchón. O debajo de la cama.

– Gracias, mi tesoro – dijo ella y lo abrazó tímidamente.          

– Mia tesoro – dijo él.

– Qué haré sin ti – dijo ella riendo.

En sus ojos había lágrimas, y lo besó en las mejillas y en la boca. Luego volvió a mirarlo, y las lágrimas habían desaparecido. Él se preguntó si habían estado ahí en absoluto. ¿O era ese otra vez un numerito de su gran show libanés de los sentimientos?

– No te preocupes – dijo él – Hoy recibirás tus papeles.

– ¿Y si no?

– ¿Y si no?

– Sí, ¿y si no? ¿Si yo tener que volver a casa?

La miró serio, ella también lo miró seria, y como él no lo aguantó, dejó de mirarla y vagó con la vista por la sala. No era su propia mirada la que veía todo eso, era la mirada de alguien que él no era aún, pero que quizá fuera en breve. Después de haber visto todo, la cama, los dos sillones blancos Pierre Paulin, la lámpara plateada con el pie de mármol, las fotos de la familia de Naila en los marcos dorados sobre el televisor y las viejas pinturas de él en las altas paredes, después de echarle un rápido vistazo a la oficina vacía y oscura del arquitecto, volvió a mirar los ojos marrones, terriblemente marrones de Naila y dijo:

– Si tienes que volverte, mi ángel, yo voy contigo, eso está claro.

– ¿Harías eso? – dijo ella sorprendida – O sea lo harías de verdad…

Deslizo sus brazos hacia los costados, desprendiéndose del abrazo.

– Vamos, tengo que irme – dijo ella.

Apretó dos o tres veces entre sí los labios recién pintados y al girar para irse lanzó una última mirada subrepticia hacia el otro lado del patio interno.

Frente al ascensor se quedaron en silencio uno al lado del otro. Estaban parados de tal forma para justo no tocarse con los brazos y los hombros, lo que casi volvía a ser excitante. Llegó el ascensor, la puerta se abrió y ahí estaba el arquitecto con su mujer, y también todos sus hijos estaban ahí. Splash y Naila se subieron, dijeron hola, y el arquitecto dijo también hola, y su mujer sonrió, y los niños alzaron la cabeza y también sonrieron.

El arquitecto se veía normal otra vez. Splash lo observó con el rabillo del ojo, mientras mantenía la mirada clavada en la pared brillante y plateada del ascensor, entre la cabeza del arquitecto y la cabeza de Naila. También observaba de vez en cuando a Naila, y ella también parecía completamente normal. Tal vez estuviera un poco nerviosa, pero eso se sobreentendía. Él hubiese estado igual de nervioso en su lugar. Si se ponía nervioso ya cuando tenía que ir al médico, o cuando tenía que sacar una visa en un consulado para un viaje. Por miedo había postergado ella el asunto con el Ministerio de Relaciones Exteriores hasta el último día, cosa que él también hubiera hecho, y en consecuencia ahora ella estaba nerviosa. Splash siguió mirando fijo la pared del ascensor, pero igual notó que Naila y el arquitecto se tocaban fugazmente las manos. Ella le acarició con los dedos el dorso de la mano, él la cerró en puño, luego las manos volvieron a alejarse.

El ascensor paró en la planta baja y Splash y Naila se bajaron. El arquitecto y su familia siguieron viaje hasta el garage. Dijeron en voz alta hasta luego y la puerta del ascensor se cerró detrás de ellos como un telón. Splash tomó la mano de Naila y salieron. Caminaron de la mano hasta la parada del tranvía, y cuando Naila se subió a su tranvía y se marchó, Splash la miró alejarse. Tuvo incluso ganas de saludarla con la mano, pero al final no lo hizo. Se dio vuelta y caminó por la calle Rosenthaler hacia el tren urbano, y como el semáforo para peatones frente a Hackeschen Höfen demoraba una eternidad, volvió a alzar la vista hacia el edificio-cohete. La fachada de vidrio opaco, gris cobalto, parecía como muerta en la brumosa luz invernal. En dos pisos había luz – adelante en lo de los arquitectos y en la editorial del piso superior –, y daba la impresión como si las personas en esas oficinas se estuvieran ahogando lentamente en la luz de neón amarillo verdosa. Splash sacudió la cabeza y maldijo en voz baja. Luego se quedó sin ganas de seguir esperando al semáforo entre el gentío, pero qué podía hacer, esperó igual, hasta que se puso en verde. Enseguida volvió a ponerse en rojo, luego en verde otra vez y después de nuevo en rojo, y él aún seguía parado ahí y no sabía qué era lo que debía hacer.


*Este cuento fue publicado en: “Liebe heute” de Maxim Biller © 2007, 2012,Verlag Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co. KG, Cologne/Alemania.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Era miércoles y había llegado el momento de mi baño de leche. Pero el líquido cuadráticamente empaquetado, suckcionado de las ubres en las granjas, blanquito, repito: el líquido de las vacas para sus terneros masticado en infinitas digestiones de pastos ondeando al viento, hurtado, revuelto, suministrado a tambos automatizados y conducido en camiones a los supermercados, no alcanzaba ni por lejos para llenar mi bañera. Busqué crema y queso crema y los sacudí arriba de los diecinueve litros que había aportado Melchior, el armario. Tal como estaban las cosas, iba a tener que ir a comprar más leche. Pero ¡¿adónde?! Todas las tiendas estaban cerradas. ¿A la gasolinera, pues? En el fondo, podía darme ese lujo. Había pasado meses blanqueando paredes y estaba forrado en pasta. Así que salí.

Pero antes de marcharme, me armé una cinta para la frente.

Mi novia Karen había cortado conmigo hacía cuatro meses y al mudarse se había llevado todo: la sandwichera, la cama de altura, el predecesor de Melchior… Todo menos un tornillo de latón de unos catorce centímetros de largo con el que la cama de altura había estado amurada a la pared y con el cual agujereé ahora la vincha y en donde lo pegué con cinta adhesiva de forma tal que allí donde antes decía inocentemente “Nike” ahora había un cuerno. Me até la vincha y me puse el Anorak y afuera.

Oh y afuera, ahí… ¡florecían los tilos! En ninguna parte yacía nieve sobre los techos de los autos que, desocupados, inlevantablemente pesados, mudos bajo la luz de los faroles a lo largo de la acera que iba subiendo conmigo, relucían opacos: se había hecho verano. Sobre los grifos yacían las entradas para conciertos de reggae tiernamente estropeadas por medio de rasgaduras, y biquinis sobre los asientos de los acompañantes, shorts bermudas, esnórquels, platos de cartón repletos de migas de torta marmolada, paquetes de cigarrillos estrujados, colchones de aire sin aire en asientos traseros y botellas vacías de cerveza, vasos de ya consumidas limonadas y jugos de manzana, de pradera veraniega, con etiquetas para desmenuzar durante horas.

Conmovido y triste de que ya pareciera haberse pasado la borrachera de la fiesta, clavé la vista en los relicarios tan veloces en otras circunstancias, esos ataúdes vidriados, blancanievescos, en los que yacía un verano hecho persona. De haber sido yo un príncipe, lo habría despertado con un beso. Habría roto una ventanilla y robado uno de los autos. De haber sido un ladrón, me habría marchado con el auto hacia el sur profundo, al palmar de sentimientos menorcanos que se abría en mi interior. Presté oído a la espuma del tráfico, observé “el mar” sobre los tejados, ese cristal de la imaginación esmerilado por la cinta pulidora de las calles sinuosas hacia el cielo. Qué triste, qué bella, cuán recordada y cuán pasada que era esa tarde, y cándida, ¡y cómo se comportaba ella, resollando bien bajito con sus ollares aplastados en medio de la ciudad! (La oscilante rama de avellano a la que me refiero).

La gasolinera era un resplandor de pequeños tallos ya perceptible a la distancia, el pulso del jugo en las mangas, el giro de las panzas, un vómito de víboras dentro de los tanques, el temor inscripto en los cachetes de que alcancen los billetes, las maldiciones de jeques, ese estar parado junto a estanques en los que no nadaba ningún pez. Un viento suave de rebosante olor a gasolina se situó en mi nariz. Tuve que estornudar. Ya de lejos vi, vestidos con sacos y camisas gritonas, agazapados detrás de sus coches que retumbaban de beats y de portazos, amenazándose entre sí con sus Coltsurtidores, carabinas que se clavan en agujeros laterales rodeados de laca chillonamente colorida, a los tipos que bromeando compiten por ver quién carga más rápido. Tal vez fue solo la sucesión de los pistoleros bromistas fumando y llenando el tanque, pero la lengua aquí, la del recuerdo, me ordena todo en una concurrida concomitancia, una asonancia, a la que aquí quiero dar cabida, en esta misma oración, quiero hacer aquí que ella me haga entrar, con la máxima “¡Ahí va el último unicornio!” en la espalda, a través de la puerta de vidrio de doble hoja que se abre suavemente, hacia lo deslumbrante.

Es como siempre. Es como con cosas, pero que conocidamente son gruesas y deslumbrantes para ser arrojadas. Gruesas y deslumbrantes y granizantes. Un lapidamiento o lucha de cojines de corazones de castañas, de muchos contra uno, que es menudo, no, larguirucho. El tipo larguirucho que ahora ingresa se lleva los brazos a la cara para protegerse del ataque por los cuatro costados de los paquetes de snacks, los paquetes de cigarrillos, las latas de Red Bull, los follepechos, las barritas de chocolate, las botellas de vino, las botellas de champán, las botellas de cerveza, los paquetes de chicles, las revistas, las bolsitas de Gummibärchen, los vistazos, los vasos de cerveza, los braseros, las bandejitas de bombones de brotes de Bach. Se llama simplemente “Hannes”. Y ahora va hacia la vendedora. Todo lo que quiere de ella es una sonrisa, y un beso tal vez. Y ella, de pelo moreno, el rostro maquillado, desde el vamos diciendo que no con la mano, le pinta con un lápiz (que no es de labios) un código de barras en la frente, le pone su pistola infrarroja sobre este pecho de su mente, que es un corazón, y aprieta. Un pitido lacónico. Hannes se entera de que vale apenas 95 centavos, y hace, ante los ojos de la vendedora, que se llama “Carmen”, como alcanza aún a revelar un cartelito con su nombre, su entrada. Caída, el suelo se lo traga.

Ahí estaba yo, pues, en la gasolinera, al color de los ataques, pensando oscuramente en mi casa. Cuán abandonada que parecía ahora. Cuán lejana y vacía y amueblada solo con Melchior y una única silla. Y cuán mucho estaba en esa silla la llave de mi casa y cómo los tres se preguntaban entre murmullos dónde estaría yo. Emocionado por este saber empecé a dar una vuelta por la tienda, que era la de la gasolinera. Hojeé dos, tres revistas. Realmente resistentes las bolsitas con snacks que tenían dentro. Olí lo oval de una pila de Pringles y pilas de grasas e hidratos y colorantes estudié lloriqueante. Comprobé que los limpiaparabrisas estuvieran intactos. Probé una pelota saltarina, hasta que cayó contra los Milky Way de la estantería ubicada bajo el mostrador. Ahí supe de nuevo por qué estaba aquí. ¡Quería leche!

¡Oh, tenían leche! No de mi marca preferida, pero al menos diecisiete litros. En la helada, ¡demasiado helada!, heladera de la gasolinera, aunque ya me podía ver a mí mismo transformar esta necesidad en una virtud parado en mi cocina boxeando la leche hirviente hasta conseguir una maravillosa espuma de baño… Le pedí a un muchacho con músculos, que revolvía una semiesfera transparente llena de latas de Red Bull, si, según me expresé, “muy de repente me podía hacer ahora un favor”. Me miró primero a los ojos. Después el cuerno en mi frente. Después los zapatos. Después a la cara. Después a la expresión en la misma cara y después dijo “Oh…” y después “quei…”. Lo llevé hasta allí (la nevera) y le expliqué el qué y el cómo. Puse mis brazos de modo tal que pudiera apoyar los cartones de leche en la canaleta de mis codos –como haces de leña– no sin antes ponerme mi tarjeta de débito entre los dientes. El muchacho cargó y cargó. La cadenita de oro le resbalaba arriba y abajo de su cuello de toro, y empezó a sudar en serio.

De vez en cuando yo le golpeaba levemente la tibia con la elástica punta de mi zapato a fin de aguijonearlo, le clavaba una rodilla en la zona abdominal para animarlo a apilar más rápido, le tiré, lo que, cargado como ya estaba, no podía y por eso lo retiré, un “sopapo ‘e nuca”, a fin de que avanzara. Duró unos cinco minutos hasta que estuvimos listos. Cuando él, con la cara vuelta hacia mí, retrocediendo, se alejó de donde estaba, sentí como que nos conocíamos desde hacía horas. Lo dejé ir con una especie de solemne asentimiento.

Caro, así se llamaba la vendedora esta vez, nos había estado observando durante nuestra tarea. Debemos haber proporcionado la imagen de dos scouts ofreciéndose a buscar leña durante una parada en un albergue de montaña. Algo así: la preocupación masculina por un fuego, por recolectar ramas, recortar ramas, repartir con rigor las ramas en las llamas, prende bien entre las mujeres voluptuosamente tiritantes, con las rodillas temblequeantes apretadas entre sí, vestidas con cachonda ausencia de sex appeal en trepidantes pulóveres de lana, que miran nostálgicas las brasas y, demasiado tímidas para cantar, demasiado entusiasmadas para callar, tararean en voz baja. Al ponerme en la fila, creí poder reconocer en la cara encendida de Caro el reflejo flameante de las llamas y de la lejana luz de las estrellas.

Delante de mí había aún dos compradores de papel de fumar largo. Caro tomó luego uno de los cartones de mi tambaleante montaña. Lo hizo piar, contó y marcó luego el algoritmo por diecisiete. Cuando me mencionó la suma, exorbitante cual era, alcé las cejas para protestar (¡con lo que casi la vincha se me sale para atrás!) y luego estiré en dirección a ella el cuello con la cabeza en cuya boca estaba metida la tarjeta.

Caro tomó mi tarjeta con la punta de los dedos, lo cual me proporcionó la posibilidad de decir “gracias”, y la pasó por la ranura del aparato. “Clave secreta por favor y confirmar dos veces”, dijo Caro. Apreté la leche más fuerte contra mi cuerpo y me incliné hacia adelante. Mi cuerno cayó sobre las pequeñas teclas de suave piar. Se imprimió una factura. Con ella y la tarjeta en la boca, abandoné la gasolinera.

Con mi blanco cargamento galopé bajo el nocturno firmamento.


*Este cuento fue publicado en: “Milchgesicht. Ein Bestiarium der Liebe” by Jan Snela © 2016 by J. G. Cotta’sche Buchhandlung Nachfolger GmbH, gegr. 1659, Stuttgart.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

La clínica psiquiátrica diurna Sankt Johannesweide abarca un amplio terreno. Los pacientes de esta joya entre los sanatorios de la Baja Baviera son acogidos durante los días hábiles de la semana de las siete de la mañana hasta las seis de la tarde. Desde hace tres semanas esta clínica es mi vida. Tres semanas. En ese tiempo no puede haber hecho efecto ningún antidepresivo todavía, y a nadie puede irle realmente mejor. Es algo que oigo a menudo, y con lo que básicamente estoy de acuerdo. Conservo la paciencia y solo compruebo que los antidepresivos no muestran hasta ahora ningún efecto sobre mi psique, aunque sí un efecto muy claro sobre mi función eréctil.

Cada día realizo extensos paseos por el predio de la clínica. No por autodisciplina o voluntad de curarme, sino porque no sé qué podría hacer si no después de las seis. Paseo horas enteras por las colinas, al costado de los árboles y pasando el estanque con ranas. Solo vuelvo a casa cuando se ha hecho de noche. Pero como el verano avanza de manera irrefrenable, ese momento se demora día a día un poco más. En casa duermo como un asesinado, me aseo mínimamente tras despertarme, no toco bocado, ni siquiera tomo café y vuelvo a la clínica.

Paso los fines de semana durmiendo, lamentablemente no de corrido, sino con interrupciones, inquieto y sin sueños. Cuando me despierto estoy tan agotado como antes de irme a dormir. Durante las horas de vigilia enciendo el televisor. En algún momento pienso en comer algo. Para eso voy al turco de al lado, el único turco en Waldesreuth, vende döner. No bien entro al local, empieza a preparar mi plato en silencio, siempre pido lo mismo, selección de ensaladas y un vaso de té negro. En un rincón del local cuelga un televisor, sintonizado en un canal de noticias. Miro las noticias con indiferencia, porque solo estoy esperando. Espero que llegue el lunes, siete de la mañana.

En el estanque crecen lentamente los renacuajos. Los más fuertes y gordos de entre ellos solo pueden sobrevivir si se vuelven caníbales. Sé de la población de renacuajos y ranas en el agua del estanque porque yo mismo descubrí el conglomerado durante mis paseos. Los médicos habían mencionado más bien al pasar que en el predio seguramente había muchas cosas para descubrir.

A pesar de que pasó un mes, no logro aprender mi plan semanal en la clínica, por eso está colgado sobre mi cama, anotado sobre un papel cuadriculado. El lunes, por ejemplo, lo primero es la preparación conjunta del desayuno, después viene la reunión grupal, después la terapia de movimiento y así. No puedo aprenderme mi plan semanal porque sufro de pérdida de memoria debido a la depresión. Eso es algo que según los médicos debe mejorar con los medicamentos, las charlas y las otras actividades en la clínica.

Para distraerme de la pregunta de si me estoy volviendo loco, presto atención a las singularidades de la naturaleza mientras recorro los terrenos de la clínica: una lombriz resecada; escarabajos apareándose y pegados uno al otro; viento; sol; pedazos de papel que quedan colgados en el césped. ¿Me parecen ridículas mis observaciones? Tal vez. Nunca las habría hecho de haber conservado la salud, pero los médicos me habían dado la tarea de estar atento, de tomar conciencia de mi entorno. De modo que no tenía opción.

En el último tiempo he tenido que discutir mucho el dibujo que hice en terapia artística. Torpemente pinté un caballo al galope, del que se precipita un hombre, pero que en vez de caer contra el suelo duro lo hace sobre un prado de flores. Tuve que hablar, como si lo supiera, sobre qué significaba ese dibujo o por qué lo había pintado.

Entretanto las noches se han hecho tan cortas que voy a mi casa solo para dormir cuatro, cinco horas. Todo el tiempo me olvido de cambiar las sábanas sudadas. Cuando abro la ventana, los mosquitos se reúnen conspirativamente sobre mi cama. Luego me pican. Mi cuerpo está repleto de los testimonios de sus asambleas secretas.

En el estanque, el croar se intensifica. Los renacuajos que pudieron sobrevivir se han hecho adultos y buscan con quién aparearse. El ciclo de su vida está establecido, siempre saben lo que tienen que hacer.

O sea que a todas luces el tiempo pasa. Pero yo no percibo ese tiempo que supuestamente transcurre. Nunca sé con exactitud lo que hice la semana anterior. En algún momento habrán pasado meses y años.

Hace poco anunciaron una fiesta con asado en la clínica. Habrá ponches sin alcohol, y para la comida cada cual tiene que contribuir con algo, de eso se trata en última instancia, de controlar el estrés en el día a día. En mi grupo de terapia hay colgada una lista en la que debemos anotar qué es lo que uno traerá al asado. Yo simplemente voy a buscar una gran porción de ensalada en lo del turco. A otros pacientes la fiesta les genera más preocupaciones que a mí: ¿qué debo aportar de comida? ¿Cómo voy a hacer para preparar lo que elija? ¿De dónde voy a sacar la fuerza para soportar esta presión? En cambio yo me tiro a dormir –los mosquitos giran alrededor de la cama, y yo sé que mañana es el día–, sin pensar en nada.

A la salida del sol me despierto por el ruido de la dentadura de juguete desplegable que con tanta frecuencia les enseñaba a los niños en mi consultorio. Hace tiempo que ya no se encuentra en mi casa, lo que significa que se trata de un ruido fantasma. El día del asado, un viernes, transcurre como cualquier viernes en la clínica. Solo después del mediodía se nota que algo ha cambiado. Los pacientes están dispersos en grupos por el parque. Junto al estanque hay dos hombres que se hicieron amigos en la terapia de movimiento, a la que también asisto yo. Para la fiesta se pusieron ropa fina. Yo llevo la camisa polo amarilla que también solía ponerme para el trabajo. Los dos hombres tienen la vista fija en el estanque y conversan sobre algo. Puedo imaginar perfectamente que sea sobre las ranas. Cuánto más fácil sería todo si uno hubiera nacido siendo una de ellas. Existe por ejemplo un tipo de rana, la rana de bosque norteamericana, que posee una habilidad inconcebible: en invierno, estos animales se congelan. Apagan todas las funciones vitales y su cuerpo produce un medio contra el congelamiento que protege los órganos internos. En primavera, las ranas se descongelan desde adentro para afuera, y sus corazones empiezan lentamente a latir otra vez. Tienen la suerte de poder sobrevivir al duro invierno sin tener que vivirlo. Los dos hombres se ríen, yo me doy vuelta y sigo deambulando.

En el edificio de la clínica reina el ajetreo. Se disponen mesas y se las cubre con los alimentos que trajo cada uno, entre otros también mi ensalada de lo del turco. Muchos pacientes se han disfrazado y se ven ahora como felices invitados a una fiesta. En el ponche sin alcohol que prometieron los asistentes sociales, y que se sirve de una fuente de vidrio con dos cucharones de vidrio, flotan frutas reblandecidas. Reconozco pasas de uvas, guindas, ananás, todas de lata, y cada vez que uno moja uno de los cucharones en la fuente para servirse las frutas de adentro se arremolinan.

Mientras me echo algo del ponche, pongo mi esfuerzo en que ninguna gota se vaya por el costado. Con cuidado bebo un sorbo tras otro. A diferencia de los hombres en el estanque, yo no he hecho amistad con nadie aquí. La mayor parte del tiempo casi no reparo en los demás. Son apenas siluetas en la niebla. De todos modos, saludo a algunos al caminar por el hall y por la terraza, asistimos a las mismas reuniones, o ellos juegan al ping-pong mientras yo miro.

Pronto, el despliegue serio y rápido de los elementos del asado señaliza que el bufet está abierto. No tengo apetito, pero igual como, para mantenerme ocupado. Entonces se me acerca un joven. Tiene unos quince años y lleva puesta una remera negra con un triángulo blanco estampado.

–¿No es usted el dentista?

–Solo tengo cuarenta y dos años.

–¿Y entonces?

–Significa que no tienes que tratarme de usted.

–¿Eres un dentista de verdad?

–Estudié once semestres de odontología. Luego ejercí durante trece años. ¿Alcanza?

–Es que tengo un problema.

–¿Por qué no vas a tu dentista?

Como si eso ya fuera una respuesta, el joven me lleva a un costado y abre su boca. Arriba a la derecha en el once se ha partido un pedazo oblongo y de ningún modo pequeño.

–¿Cómo te pasó eso?

–Salidas. Baile. Soy de festejar fuerte.

El joven repasa una y otra vez con su lengua el sitio cortado y pregunta ceceando si se puede arreglar. Cuando quiero saber por qué querría arreglarlo, me dice que porque se ve horrible y para que nada le siga recordando ese diente roto. Le explico brevemente los procedimientos posibles en este caso: el primero sería pulir el borde del sitio en que se rompió el diente y sellarlo; el segundo, colocarle una especie de media corona sobre el diente averiado, un método más costoso que el primero. Aunque resulte improbable, igual le pregunto si guardó el pedazo de diente partido. El joven lo niega, a lo que tampoco tengo nada más para decir. Miramos a nuestro alrededor con algún desconcierto. Poco antes de desear que el joven se vaya, me extiende la mano y me dice su nombre, Kristan. Yo le digo mi nombre, Jost Uhlich.

Luego nos quedamos parados uno junto al otro. En nuestras manos sostenemos las delicadas copas de ponche como si fueran algo valioso, pero tal vez no es más que una idea nuestra, porque en la clínica son raras las cosas bellas.

–¿Quieres beber algo de verdad? –pregunta Kristan.

–Eso no va con los antidepresivos.

–Pero ¿quieres?

Tras responder por la afirmativa, todo sucede bastante rápido. Kristan mezcla nuestro ponche con vodka barato de una petaca que traía apretada entre sus bóxer a cuadros azules y blancos y sus pantalones. Bebo el primer trago y me derrito.

–Dios, cómo extraño esto.

Kristan sonríe, seguro que cree que soy demasiado viejo para beber y para festejar, y tiene razón.

–Antes de todo este asunto yo mezclaba cócteles. Y me salía bastante bien.

–¿Era tu hobby?

–Sí, hobby.

Miramos a nuestro alrededor. Se asa de manera ininterrumpida, alguien se ocupa del equipo de música, del que salen hace horas variaciones de jazz, y la gente engulle sus alimentos. ¿Sospechará alguien lo que estamos bebiendo? ¿Habrá tenido alguno la misma idea hace ya mucho rato?

–Mi novia de entonces me regaló un set de barman para mi cumpleaños –le digo–. Tenía todo lo necesario para un barman de entrecasa. Dos cocteleras Boston, colador, exprimidor de limones, picahielos y otras cosas.

–¿De dónde conocías las recetas?

–Tenía varios libros en casa.

–¿Cuál era tu cóctel favorito?

Eso es algo que nadie me había vuelto a preguntar desde mi época en la clínica, no, desde hace más tiempo todavía. Observo durante un rato bastante extenso el ponche artificialmente rojizo en mi copa, saboreo de manera pormenorizada su exagerado dulzor. Luego contesto.

–El Daiquiri Hemingway.

Kristan asiente con aprobación, mientras vuelve a extraer la botellita.

–Me gusta su concepto –dice.

–Y a mí su mezcla. Ron blanco, jugo de lima, jugo de pomelo, los dos recién exprimidos, y licor de marrasquino. Todos los ingredientes ya son buenos por sí solos, pero juntos dan como resultado algo mucho mejor.

Kristan asiente sin parar y me sigue sirviendo.

–¿Te lo preparabas seguido?

–De vez en cuando, después de días largos, días difíciles.

–Primero perforarle los dientes a las personas y luego prepararte cócteles.

–¿Tú qué hacías?

Kristan bebe rápido varios sorbos.

–En la escuela era mediocre en todas las materias, pero en fútbol era uno de los mejores.

–Nunca fui bueno jugando al fútbol.

–En fin, te empapas de sudor. Corres hasta caerte detrás de una cosa que carece de importancia en el mundo normal. Es de vida o muerte. Por así decirlo.

–¿Y cuándo volverás a jugar?

–La última vez me lastimé bastante. –Kristan hace una pausa, a fin de vaciar su copa–. Y no fue culpa de otros.

Mientras habla, ocurre algo: tengo una idea. Y me doy cuenta de que ya ni sabía cómo se sentía tener una idea.

Poco tiempo después nos escabullimos del hall y subimos por la escalera trasera al primer piso. Queremos ir al cuarto de los trastos, donde se guardan las obras de la terapia artística. Kristan pregunta si estoy seguro de que aquí está guardado mi dibujo, y yo estoy seguro, porque rechacé la posibilidad de llevármelo a casa. Por eso se queda aquí, junto al arte de los otros melancólicos.

Luego de zarandear el picaporte durante varios minutos en vano, entendemos que se nos tiene que ocurrir alguna otra cosa para poder entrar. Kristan saca exaltado su tarjeta del banco.

–¿Apostamos a que lo consigo?

Introduce la tarjeta en vertical entre la puerta y el marco, justo arriba de la cerradura. Yo estoy parado a su lado y lo observo.

–Cuanto menos te preocupe que la tarjeta se rompa, más rápido logras que la puerta se abra.

Kristan grafica esta afirmación doblando fuerte la tarjeta hacia el lado de la cerradura a la izquierda. Poco después la puerta se abre y echamos una mirada en la pequeña habitación. Las paredes están revestidas de estanterías de aluminio, y en cada estante hay cajas de cartón, con su fecha inscripta. Adentro hay telas y hojas de bloc pegadas sobre cartulinas. Rápidamente encuentro mi dibujo. Lo extraigo y se lo muestro a Kristan.

–¿Es este?

–Ya dije que no sé por qué tengo que hablar todo el tiempo sobre él.

–¿Qué animal es? ¿Un dinosaurio?

–No, un caballo, por supuesto.

–¿Quieres decir un caballo que se ha disfrazado de dinosaurio?

No puedo contener la risa, Kristan tampoco, nos reímos demasiado fuerte. Nuestra estadía en la clínica, el asado, los dibujos de los enfermos, nuestro ponche que sabe horrible, el hecho de que ya no tengamos vida, todo eso es gracioso.

Al fin siento el alcohol. Apenas si logro reconocer al tambaleante Kristan, que observa mi dibujo y dice:

–Mañana la vamos a pasar mal. La resaca es peor con las pastillas.

–¿Cuánto hay que tomar de ambos para no volver a despertar?

–No lo sé, eso lo tienes que averiguar por ti mismo.

Observamos mi dibujo con mayor atención, y Kristan apoya su mano sobre mi hombro.

–La verdad es que no parece un caballo.

Me cuesta unir las palabras individuales para que formen una oración, pero finalmente lo logro.

–Puede ser, pero el prado de flores salió bien. Y eso era lo único que me importaba.


*Este cuento fue publicado en: “Elefanten treffen“ de Kristina Schilke © Piper Verlag GmbH, München/Berlin 2016.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

1

Me pusiste en la mano el anillo con un sello de tu abuelo nazi y me pediste que lo lanzara al mar. O a algunas aguas. Porque no podías con él. Entonces te dije: «No lo voy a hacer, no es mi pariente cabrón, yo también tengo basura bajo la alfombra, está llena, ya no caben los tuyos».

Puse el anillo en mi caja de los horrores con arañas de plástico y otras atrocidades y lo guardé para ti. Ahí sigue hoy en día. Ahora hay uno más.

2

Pese a tener nombres, incluso muy normales, nada de nombres ultraestúpidos como Babsi, Horst o esas cosas, no los utilizamos entre nosotros. Tenemos apelativos cariñosos. Tú dices «Krasívaya». Yo «Líbero». Líbero porque te imagino libre. Y no en el fútbol y algunas excusas, como siempre dices. Te imagino italiano, aunque seas medio rumano. Italiano y libre, un partisano en la montaña o algo así. De vez en cuando compartimos pan y queso en la cresta de la montaña, sin usar cuchillos, y nos tiramos delante de las nubes con el abrigo. Detrás se oyen explosiones. No nos atraparán. Ni en mil años.

«Krasívaya», ni idea de por qué. Porque tengo la cabeza en el espacio y los pies apenas rozando el suelo. Mi mirada siempre es ingrávida.

Quería ser cosmonauta y conozco bien los paracaídas, pues en algún momento se me rompieron las alas por el camino. Por entonces debía de tener entre once y doce años.

3

Cuando mientras caminábamos, empapados por la lluvia, encontramos una cueva en medio del bosque, a punto de anochecer, teníamos frío y el siguiente alojamiento estaba recién a quince kilómetros, propuse pasar la noche en esa cueva. Y tú dijiste: «No», porque te daba miedo encontrar un oso durmiendo dentro. Entonces deseaba que fueras más valiente, como un guerrero, un vaquero, un indio que destruyera a flechazos mi propio miedo. Así que tuve que pasar delante y luchar con los osos hasta que tú te quedaste dormido entre estalagmitas y estalactitas en el cenagoso suelo de la cueva.

4

Todos los viernes de verano entre las cinco y las ocho y media de la tarde bombardeamos el parque con bolas de petanca.

5

Cuando pasamos con nuestras bicicletas de hombre por delante de Sugar, la fulana más guapa de Straßenstrich, nos paramos haciendo chirriar los frenos y le preguntamos por sus callos. Los tiene por las plataformas rojas y hace semanas que la atormentaban. Sugar es maravillosa. En realidad se llama Satwan y antes era un hombre. Hoy en día tiene un clítoris de diseño de un cirujano estrella de Bangkok y hace las mejores mamadas de la ciudad. Eso dice ella. Nosotros le creemos y no queremos pruebas.

6

«Gitanillo», decía tu abuelo sin anillo de sello, y se refería a ti. Tejemos las guirnaldas heroicas de ganchillo más bonitas para la fotografía de tu padre, del que nadie habla. Pensamos que navega por el mar desde que dejó a tu madre. Y no que se ha colgado de un árbol de bosque, como dice ella. «Una tumba, una tumba, qué es una tumba. Un nombre en una piedra, nada más». Bebemos a su salud y por tus raíces y lanzamos las copas contra la pared hasta que el compañero de piso grita que somos imbéciles. «Fulanas de mierda», decía el abuelo nazi a sus propias hijas. Entonces cogiste impulso, apuntaste, le diste y al día siguiente abandonaste el pueblo. Por ello te hice un documento de honor a toro pasado y te pegué un nadador en la camiseta roja.

7

El primer día ya te dije que no debías enamorarte de mí. Y cuando tú lo hiciste de todas formas, te di una bofetada.

8

Habíamos calculado que con tu Vespa tardaríamos 21,3 días en llegar al Mar Negro. Si íbamos despacio. Al final necesitamos 43 días y acabamos durmiendo boca abajo. En Hungría había conflicto, y yo habría dado media vuelta. Pero entonces llegó la luna llena y el Danubio, y tú con los músicos: «Mesečina, Mesečina» y ya no pude más y me lancé a tus brazos.

9

Cinta de varios

Cara A (tu cara)

Francoise Hardy / «Oh, Oh Cheri»

Ernst Busch / «Heimlicher Aufmarsch»

Bregović / «Mesečina» y «Edelezi»

Jacques Brel / «Ne me quitte pas»

Danzig / «Mother»

D. A. D. / «Sleeping my day away»

The The / «Love is stronger than Death»

Tu coreografía en zig zag me mareaba.

Cara B (mi cara)

Nouvelle Vague / «This is not a Lovesong»

Kim Wilde / «Cambodia»

Dead Kennedys / «Holiday in Cambodia»

Lard / «They’re coming to take me away (haha)»

Fugazi / «Waiting Room»

Pixies / «Debaser»

The Notwist / «Moron»

Nouvelle Vague / «Too drunk to Fuck»

10

«¿Cuándo os casaréis por fin?»

Preguntan unos.

«¿Por qué no os casáis?»

Preguntan otros.

11

Nos bebimos una botella de Jameson entre los dos y echamos pestes del mundo. Luego te sentaste en la cabecera, yo tomé el micrófono y canté con peluca y gafas de sol para ti y a tu ritmo, y luego a la videocámara, hasta que me enredé con el cable del micro y acabé en el suelo junto con la cámara, de donde ya no me levanté de la risa. Cuando al día siguiente vi las imágenes vi que nos habíamos besado, antes de quedarme dormida y de que tú apretaras el Stop.

12

El teléfono:

Ring. Ring. Ring. Ring. Ring. Ring.

Tú, muy cabreado:

—¿Sí?

Yo:

—Soy yo.

—Mmmm.

—¿Aún estás en la cama?

Cinco segundos después vuelves a hablar:

—Mierda. ¿Qué hora es?

—No me digas que aún estás en la cama.

—¿Por qué no?

—Porque son otra vez las tres y media de la tarde, joder. Por eso.

—Joder. ¿En serio?

—Sí.

—Mierda.

Oigo cómo te enciendes un cigarrillo.

—¿Se me ha pasado una cita?

—Sí.

—¿Algo importante?

—¿Cuándo te largaste esta noche?

—No lo sé, en algún momento esta mañana.

Fumas, te oigo, luego digo:

—¿Me prestas tu bicicleta? Me han robado la mía.

—Pasa por aquí.

—Ayer nos besamos.

—Sí.

—¿Estuvo bien? En realidad no me acuerdo.

—Estuviste genial, baby.

—Imbécil.

—Hasta ahora.

13

Mi cumpleaños siempre cae en invierno. Todos los años. No me gusta. Siempre había querido celebrar una gran fiesta con todos mis amigos en el parque o en un lago con una hoguera y dormir al aire libre y todas esas cosas. El año pasado me llamaste en verano, me convenciste para ir a bañarnos y me llevaste en la Vespa. Desde el aparcamiento hasta el lago me tuviste por encima de tu hombro, mientras yo cantaba una canción infantil. Cuando vi una mesa junto al lago con nuestros amigos sentados y todos me cantaron Cumpleaños feliz, supe que estabas loco y salí corriendo. Qué suerte que seas más rápido que yo.

14

Sólo discutimos mediante nuestra máquina de discutir, una vieja Olympia, y las reglas funcionan así:

Sólo puede haber una persona cada vez en el teclado.

Sólo se puede escribir, no hablar.

Sólo se puede escribir una frase, luego le toca al otro.

Las actas de las discusiones estaban archivadas en carpetas, marcadas con los años.

15

«¡Manos arriba!», grité cuando atraqué la cafetería donde trabajabas detrás del mostrador. Tenía la pistola de agua apuntándote con firmeza. Miraste a tu jefe, que hacía tiempo que tenía todos los dedos en el aire, luego sonreíste, dejaste el pañuelo y despacio, muy despacio, levantaste las manos.

—¡Esto es un secuestro! —le dije a tu jefe y te guiñé el ojo, vi tu mirada confusa, apreté el gatillo, te di en la frente y te ordené que salieras de detrás del mostrador. Afuera te vendé los ojos, te puse un walkman y te di un par de vueltas delante de la cafetería para que te desorientaras. Te llevé en zigzag hasta la estación, luego fuimos en tren al mar, donde llegamos por la tarde.

16

Navidad con tu madre. Tu abuelo ya estaba muerto y tu madre sola, así que la invitamos a celebrarlo con nosotros. Nochebuena en tu casa con pava y col lombarda, y bolas de patata y abeto y vino y canciones. El primer día de Navidad en mi casa en el sofá con restos del día anterior con galletas y El padrino I-III. Al día siguiente os dejé y me sentí sola.

17

Estábamos de pie medio congelados en el puente sobre los andenes del tranvía. Tú con tu viejo equipo de pescador en las manos. Cada uno con una caña. Hacía tiempo que el cielo se había calmado de los grandes estruendos, entonces pusimos unos cohetes en botellas vacías y atamos nuestras cuerdas de pescar al borde de madera de los misiles. «Commencing countdown, engines on.» Sujetamos los fuegos artificiales por la mecha a la vez. En seguida agarramos las cañas. Tres. Dos. Uno. Los cohetes salieron zumbando hacia el cielo, atados por las cuerdas, y estallaron encima de nuestras cabezas. Pescábamos cohetes. Fue el último fin de año.

18

Los «top 10» de «por qué no puedo estar contigo»:

  1. Sólo tienes un libro
  2. El título del libro es Excel para tontos
  3. Siempre bebes
  4. Hueles como mi padre
  5. No tienes objetivos
  6. Todos tus calcetines tienen agujeros
  7. Siempre dejas las cerraduras abiertas
  8. No vas a votar
  9. Tus besos saben a ceniza
  10. Me dejarás

19

Ayer llamó tu madre. Desde el hospital. Con tu móvil. Pensé que eras tú y contesté con un: «¿Dónde te has metido, idiota?», y tu madre rompió a llorar.

Me dijo que tenía una carta para mí y que estabas en el hospital con el estómago hecho polvo, en cuidados intensivos, y que te encontró tu compañero de piso. Entonces supe por qué no habías ido por la mañana al sitio donde habíamos quedado y fui a verte.

20

Miles de tubos en el cuerpo. Monitores. Pitidos. Hidráulicos. Tú en coma. El médico jefe de turno me ha dicho que te habías intoxicado con pastillas. Se interrumpió la respiración, tu cerebro estuvo varios minutos sin oxígeno, por eso ahora estás en coma, con respiración y alimentación artificial. La pregunta era si volverías a estar normal. Había pocas probabilidades. Me dio las siguientes indicaciones:

– Hable con él en un tono calmado de confianza.

– Explique cosas bonitas.

– Anímele.

– Acaríciele la piel con suavidad.

– Mencione nombres y situaciones conocidas.

Eso puede influir, según el médico, en que tú te inclines por la vida y tal vez vuelvas, no como eras antes, pero podría ser que, tras una rehabilitación intensiva, si bien con una discapacidad mental y en silla de ruedas, podrías vivir unos cuantos años bonitos. Te acaricié la mano y el brazo. En el punto donde llegaba a la piel, entre cánulas y vendas. Te puse recuerdos sobre la mesa, te hablé en un tono calmado, te canté, me inventé un cuento para ti y luego te insulté durante una hora más o menos. Me llevé a casa la carta sin leer.

21

Tu carta de despedida:

«Krasívaya,

lo siento.

Líbero»

22

Gilipollas cobarde.

Ya basta.

23

Hoy es viernes.

¿Quién bombardea el parque conmigo hoy?

¿Y la semana que viene?

¿Y luego?

Ya sé los nombres de todas las enfermeras.

24

Ahora sé qué es el reflejo vestíbulo-ocular. Y dónde está el tallo del cerebro. No has vuelto. Tu madre quería una tumba cerca. Le dije: «¡Un entierro en el mar, él pertenece al mar!» y le dio igual. Han dado tu corazón porque tenías un carnet que lo decía. No soporto la idea de que ahora haya alguien por ahí con un corazón de Líbero.

25

Tu entierro en el mar fue un desastre. Juntos nos habríamos reído a carcajadas de tu madre vomitando y el cura recitando a bordo. Pero yo estaba ahí sola pensando en lo banal que es todo. Me sentía fatal porque pensaba que tenía que ser algo festivo. La urna hizo «plaf» y yo torcí el gesto.

Me siento amputada. ¿No podrías ser como Jesús y resucitar? Un viernes, sí, me parece correcto.

26

El tiempo es como un chicle que va perdiendo el sabor.

27

Lo he vendido todo, también la batería, perdona. Tu Vespa va perfecta, me la quedo. Aún están tus guantes bajo el asiento. Mañana viene el camión de mudanzas. Todos preguntan: «¿Por qué Flensburgo?». Yo me encojo de hombros y me quedo callada.

28

Se llama Simone Michalski. No fue fácil averiguarlo.

Mi piso está en el mismo barrio. Suele ir a una tienda biológica a comprar. Imagínate: el próximo día uno empiezo, de dependienta. Media jornada.

29

Voy todos los días a pasear junto al mar. Se ve Dinamarca. A veces voy con la Vespa, compro regaliz salado y me como un perrito caliente con una salchicha de color rosa dentro. Te encantaría Røde Pølser. El día de tu muerte encendí una luz en el agua y le grité al mar.

30

La veo y busco una pista. Una chispa. Lo peor es que Simone no te gustaría, estoy segura. Hace unos meses que nos vemos una vez por semana. Es una pésima jugadora de petanca. Tampoco sabe jugar al ajedrez. Hace poco que practica macha nórdica, con palos y todo. De hecho es un milagro que no haya tenido un rechazo.

31

Estoy sentada en la máquina de discutir, rompiendo todas las normas.


*Copyright © Carl Hanser Verlag München 2014.

*Este cuento fue traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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