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Del hambre, nuestra envidia era impotente y obtusa, como cada uno de nuestros sentidos. No teníamos fuerzas para los sentimientos, ni para hacer el trabajo algo más llevadero, tampoco para caminar, pedir o preguntar… Solo envidiábamos a los conocidos con los que aparecimos en este mundo. En concreto, a quienes les tocó en suerte un puesto en la oficina, el hospital o las cuadras, donde se libraban de las largas horas de trabajos forzados. De ese trabajo físico que tanto ensalzan los frontones de todos los campos como signo de nobleza y heroísmo. En una palabra: solo envidiábamos a Shestakov.

Solamente algo externo podía sacarnos de la apatía, apartándonos de una muerte que se aproximaba lenta y gradualmente. Una fuerza exterior, nunca interior. En nuestro fuero interno todo eran cenizas y vacío; todo nos daba igual, y no hacíamos planes para más allá del día siguiente. 

Por ejemplo, en ese momento todo lo que yo quería era escaparme al barracón y echarme en la litera. Y sin embargo, seguía de pie junto a la puerta de la tienda de provisiones. En aquella tienda solo podían comprar los condenados por causas comunes, así como los ladrones-reincidentes, que se contaban entre los “amigos del pueblo”.

En cambio, a nosotros no se nos había perdido nada allí, pero no había forma de apartar los ojos de las barras de pan color chocolate; el olor dulce y penetrante del pan recién hecho nos cosquilleaba la nariz: con semejante olor, nos bailaba hasta la cabeza. Yo estaba de pie, mirando el pan, sin saber cuándo reuniría las fuerzas para escaparme al barracón. Y en ese mismo momento me llamó Shestakov.

A Shestakov le conocía de Tierra Grande, de la prisión Butyrka, donde compartimos celda. No es que allí nos hiciésemos amigos: solo éramos conocidos. En la mina, Shestakov no trabajaba en la galería. Como era ingeniero geólogo, lo escogieron para trabajar en las expediciones geológicas, en lo que acabó resultando la oficina. A duras penas saludaba el afortunado a sus conocidos moscovitas. Aunque nosotros no nos enfadábamos: vaya usted a saber qué le habían encomendado. Además, cada uno va a lo suyo, etc.

–Venga, fuma –dijo Shestakov y me alargó un trozo de periódico, le echó majorka y encendió una cerilla, ¡una cerilla de verdad!

Encendí el pitillo.

–Tengo que hablar contigo –dijo Shestakov.

–¿Conmigo?

–Sí.

Nos alejamos tras los barracones, y nos sentamos en el linde de la vieja mina. Mis piernas en seguida se entumecieron, mientras que Shestakov se balanceaba despreocupadamente con sus nuevas botas reglamentarias, que olían ligeramente a aceite de bacalao. Llevaba los bajos de los pantalones metidos, dejando al descubierto unos calcetines con estampado de ajedrez. Yo contemplaba las piernas de Shestakov con genuina admiración, e incluso cierto orgullo: por lo menos había un hombre en nuestra celda que no llevaba harapos en las piernas.

La tierra bajo nuestros pies temblaba con explosiones sordas: así preparaban el terreno para el turno de noche. Los guijarros caían a nuestros pies, brillando como pájaros grises e imperceptibles.

–Seguimos haciendo un rodeo –dijo Shestakov.

–No tengas miedo, que no muerden. Los calcetines seguirán enteros.

–Yo no pienso en los calcetines –dijo Shestiakov y señaló con el dedo índice hacia el horizonte. ¿Cómo lo ves?

–Seguro que la palmamos –dije. Aunque, la verdad, me apetecía menos pensarlo.

–No qué va: yo no estoy dispuesto a morir.

–¿Y bien?

–Tengo un mapa –dijo con indolencia Shestakov–. Yo llevaré a los obreros, te recojo a ti y me dirijo a Fuentes Negras. Está a quince kilómetros de aquí. Me haré con un salvoconducto. Y huiremos en dirección al mar. ¿Conforme?

Él soltó todo aquello con un tonillo indiferente, como de chanza.    

– Pero, ¿y el mar? ¿Lo atravesamos a nado?

–Da igual. Por algo se empieza. No puedo vivir así. “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas” –pronunció  solemne Shestakov. –¿Quién fue que lo dijo?

Y tanto, era una frase familiar. Pero no había fuerzas para recordar quién y cuándo había pronunciado esas palabras. Teníamos los libros totalmente olvidados. No creíamos en los libros. Yo me arremangué los pantalones, y le enseñé mis úlceras rojizas, fruto del escorbuto.       .

–Te curarás en el bosque –dijo Shestakov–, a base de bayas, vitaminas. Yo guío, que conozco el camino. Tengo un mapa…

Cerré los ojos y me puse a reflexionar. Desde aquel lugar al mar había tres caminos. En total, un mínimo de quinientos kilómetros. No solo yo, es que tampoco Shestakov llegaría. ¿Y si me llevaba como comida? No, por supuesto. Pero, ¿entonces por qué mentía? Si todo eso lo sabía tan bien como yo. Y de repente, tuve miedo  de Shestakov, el único de nosotros que se había colocado como especialista. ¿Quién le colocó y a qué precio? Si es que todo en esta vida se paga. Con la sangre ajena, con la vida ajena.

–De acuerdo –dije yo, abriendo los ojos– . Solo que necesito un suplemento alimenticio.

–¡Excelente, excelente!  Tendrás tu suplemento, por supuesto. Te traeré…, conservas. Nosotros tenemos acceso…

Hay muchas conservas en el mundo: cárnicas, de pescado, de frutas o verduras… Pero la más maravillosa de todas es láctea: la leche condensada. No tenía ningún sentido poner agua a hervir para bebérsela, no; estaba claro que había que tomársela a cucharadas. O bien untada en pan, o tragándosela poquito a poco de la lata. Así, uno se la comía lentamente, viendo cómo aquella masa clara y casi líquida amarilleaba, mientras la lata se embadurnaba con estrellitas de azúcar.

–Mañana –dije sin aliento, de pura felicidad– que sean de leche…

–Trato hecho: hay trato. De leche –y Shestakov se fue.

Volví al barracón, me tumbé y cerré los ojos. No era fácil pensar. Era una especie de proceso físico, y por primera vez la materialidad de nuestra psique comparecía ante mí, rotunda y palpable. Dolía pensar, pero había que hacerlo. Él nos recluta para huir y estamos perdidos: eso estaba más claro que el agua. Él pagará su puestazo en la oficina con nuestra sangre.. con mi sangre. A nosotros o nos matarán allí mismo, en Fuentes Negras, o nos traerán de regreso vivos y nos juzgarán, para añadirnos quince años más. Pero si es que él no puede ignorar que no hay salida. Pero la leche, ¡ay!, la leche condensada..

Me dormí, y en mi sueño famélico veía el bote de leche condensada de Shestakov: una lata prodigiosa con una etiqueta azul cielo. El bote era gigantesco, azul como el cielo nocturno. Como la lata estaba perforada en mil sitios, la leche rezumaba y goteaba como el amplio surtidor de la Vía Láctea. Y yo tocaba sin esfuerzo el cielo con las manos y me tomaba ávidamente la leche, tan dulce, estrellada y espesa.   

No recuerdo lo que hice aquel día ni cómo trabajé. Esperé y esperé, hasta que el sol se recostó en el oeste y los caballos relincharon, pues ellos adivinan mucho mejor que las personas cuándo la jornada laborable llega a su fin.

Al primer y estridente toque, me fui al barracón donde vivía Shestakov. Él me esperaba en el zaguán. Dos latas de leche le sobresalían por los bolsillos de su chaquetón.

Nos sentamos en la mesa del barracón, grande y bien limpia, y Shestakov sacó del bolsillo dos latas de leche condensada.

Agujereé la lata con la punta de un hacha. Un espeso chorro blanco goteó sobre la tapa y cayó sobre mi mano.

–Deberías hacer un segundo agujero por el aire–dijo Shestakov.

–Así está bien –dije, lamiendo mis dedos dulzones y sucios.

–Usemos la cuchara –dijo Shestakov, volviéndose hacia los trabajadores que nos rodeaban. Diez cucharas relucientes a fuerza de los lamidos se desplegaron sobre la mesa. Todos estaban de pie, observándome mientras comía. No era por falta de delicadeza ni por el deseo oculto de probarla: ninguno tenía la más mínima esperanza de que la compartiese. No había precedentes: su interés por la comida ajena era totalmente altruista. Además, yo ya sabía que era imposible no mirar la comida que desaparece por la boca de otra persona. Así que me senté para estar cómodo y me comí ambas latas sin pan, aclarándolas de cuando en cuando con agua fría. Luego, los espectadores se dispersaron: había terminado la representación. Shestakov me miraba con empatía.

–¿Sabes qué? –dije, lamiendo la cucharilla con avidez–.  Me lo he pensado mejor. Iros sin mí.

Shestakov lo comprendió y se fue sin decir palabra.

Fue, sin duda, una mísera venganza, débil como todos mis sentimientos. ¿Pero qué más podía hacer yo? ¿Avisar al resto? Si ni siquiera los conocía. Pero había que advertirlos: a Shestakov le dio tiempo de convencer a cinco. Huyeron durante una semana, a dos les mataron cerca de Fuentes Negras, y a los tres restantes les juzgaron al mes siguiente. El caso del propio Shestakov se consideró aparte “por razones productivas”. Rápidamente, se lo llevaron a otra parte. Medio año después me lo encontré en otra mina. No recibió una condena adicional por intentar escapar: las autoridades eran honradas con él, aunque podría haber sido muy diferente.

Él trabajaba en las prospecciones, estaba afeitado y bien alimentado, y sus calcetines ajedrezados seguían enteritos. No me saludó, pero fue por capricho. Dos latas de leche condensada no son nada del otro mundo, al fin y al cabo…

<1956>

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es allí de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Recintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles toca eternamente música sagrada y entona himnos de alabanza al Buda Tathagata. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. Éstos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa.)

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de «El Portal de Inspección» se nos enseña que, visto y considerado que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de «imaginación exterior» y, luego, en engrandecerlos continuamente. El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. Presumiendo que el yojana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como «Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda»; y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual, era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía sentir una gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo; estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venía de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña, una dama de la Corte del distrito Kyögoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato, se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporal compuesto de carne perecedera. Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo las sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza serviría para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jödo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. Tanto más sorprendente era entonces el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser correspondido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. La dama recordó frases tales como «mi amor perdido y sin esperanzas» que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchas sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos, que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera que sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido, quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. Esto le producía una alegría especial, seguramente porque lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente, era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial una criatura de carne y hueso, ni tampoco una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. La Gran Concubina Imperial de Kyögoku se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la cortesana se volvía tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues a imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del Lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenía una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyögoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuanto veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella «desilusión profundamente arraigada» de la que hablan las sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyögoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

«El Gran Sacerdote», se dijo, «tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo.» Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Gayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada. Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella transmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde fuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semipenumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llevó a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las kalavinkas. Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte —y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada.

Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyögoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de las sutras.


*Este cuento fue publicado en: La perla y otros cuentos, Siruela, 2008.

Por las funciones que me tocó desempeñar en cierto momento de mi vida, debía cruzar regularmente varias veces por semana a una hora determinada el puente pequeño (por entonces no se había construido aún el Pont neuf) y al hacerlo me reconocían y me saludaban por lo general algunos obreros o gente del pueblo, aunque ninguno de manera más llamativa y constante que una vendedora muy bonita, cuya tienda se reconocía por un cartel que tenía dos ángeles; durante cinco o seis meses, cada vez que pasaba por allí, ella se inclinaba profundamente y me seguía con la vista todo lo que podía. Su comportamiento no me pasaba desapercibido, y yo también la miraba y me esmeraba por agradecerle. Una vez, hacia el final del invierno, cabalgué desde Fontainebleau a París, y cuando volví a atravesar el puente pequeño, la vendedora se asomó a la puerta de su tienda y me dijo mientras yo pasaba:

– ¡Señor mío, su servidora!

Respondí a su saludo y, dándome vuelta varias veces, vi que se había inclinado hacia adelante para seguirme con la mirada hasta donde pudiera. Detrás de mí venía un criado y un coche de correo, que planeaba enviar esa misma tarde de nuevo a Fontainebleau con cartas para determinadas damas. Siguiendo mis órdenes, el criado desmontó y fue hacia la joven mujer, con el objetivo de decirle en mi nombre que había notado su afición por mirarme y saludarme y que quería, si ella deseaba conocerme mejor, visitarla donde ella dijera.

Ella le respondió al criado que no podría haberle traído un mensaje más deseado y que iría donde yo la citara.

Mientras proseguíamos con la cabalgata, le pregunté al criado si conocía un sitio donde pudiera encontrarme con la mujer. Me respondió que él la llevaría a lo de cierta alcahueta, pero como este criado mío, Wilhelm de Courtral, era una persona muy aprensiva y escrupulosa, enseguida añadió que la peste ya se manifestaba en distintos sitios y que no solo mataba a personas del populacho más bajo y sucio, sino que ya habían muerto también un doctor y un canónigo, por lo que me aconsejaba hacer llevar el colchón, las frazadas y las sábanas desde mi propia casa. Tomé su consejo y me prometió prepararme una buena cama. Antes de apearnos, le dije que también llevara un buen lavabo, una pequeña botella con esencias aromáticas y algunos bollos y manzanas, además de ocuparse de que la pieza estuviera bien caliente, pues hacía tanto frío que los pies se me habían congelado en el estribo, y el cielo estaba cargado de nubes de nieve.

Por la noche fui al lugar y encontré a una mujer muy bonita de alrededor de veinte años sentada sobre la cama, mientras que la alcahueta, que llevaba la cabeza y su redonda espalda abrigadas con un manto negro, le hablaba afanosamente. La puerta estaba entornada, en el hogar ardía con mucho ruido una gran pila de leños nuevos, no me escucharon llegar y me quedé un momento parado en la puerta. La joven miraba tranquilamente las llamas con los ojos bien abiertos; había hecho un movimiento de cabeza como para alejar de sí a la vieja repugnante a millas de distancia, con lo que había provocado que brotara desde abajo de su pequeña cofia de dormir una parte de su oscura y densa cabellera, que ahora caía, ensortijándose en un par de rizos naturales, entre los hombros y el pecho sobre su camisón. Llevaba también unas enaguas cortas de lana verdosa y pantuflas en los pies. En ese instante, algún ruido me debe haber delatado, pues ella dio vuelta la cabeza y me ofreció su rostro, al que la tensión desmesurada de los rasgos le confería una expresión casi salvaje, sin la esplendorosa entrega que manaba de los ojos casi desorbitados y que brotaba a borbotones como llamas invisibles desde su boca muda. Me gustó en grado sumo; más rápido de lo que pudiera pensarse, la vieja se fue de la habitación y yo me senté junto a mi amiga. Cuando en la primera embriaguez de la sorpresiva posesión quise tomarme algunas libertades, ella se me sustrajo con una vehemencia indescriptiblemente vívida, tanto de la mirada como de su voz oscura. Pero al instante siguiente sentí que me abrazaba, aferrándose a mí menos fervorosamente con los labios y los brazos que con la mirada cada vez más perdida de sus ojos inagotables; enseguida pareció otra vez como si quisiera hablar, pero los labios estremecidos de besos no formaron ninguna palabra y la garganta temblorosa no dejó subir ningún sonido nítido, más allá de un sollozo entrecortado.

Ahora bien, yo había pasado una gran parte de ese día cabalgando por caminos helados, luego en la antecámara del rey había tenido un altercado muy enojoso y fuerte y más tarde, para mitigar mi mal humor, había no solo bebido sino también practicado vigorosamente esgrima con el mandoble, y así sucedió que en medio de esta encantadora y misteriosa aventura, cuando yacía con suaves brazos alrededor de la nuca y rociado de una aromática cabellera, me invadió un cansancio y casi un aturdimiento tan repentinos y fuertes que ya no pude recordar cómo había llegado a esa habitación, y por un momento hasta confundí a esa persona cuyo corazón latía tan cerca del mío con una muy distinta de tiempos pasados, para de inmediato caer en un sueño profundo.

Cuando volví a despertar, seguía siendo noche cerrada, pero de inmediato me di cuenta de que mi amiga no estaba conmigo. Alcé la cabeza y al débil brillo de los leños desmoronados y sin llama la vi parada junto a la ventana; había abierto uno de los postigos y miraba hacia afuera a través de la rendija. Luego se dio vuelta, notó que yo me había despertado y exclamó (aun puedo ver cómo sube el puño de su mano izquierda hasta la mejilla para echarse hacia atrás del hombro el pelo que se le había caído hacia adelante):

– ¡Falta mucho para que se haga de día, falta mucho!

Solo ahora noté bien lo grande y bonita que era, y no podía esperar el momento en que estuviera de vuelta a mi lado dando unos pocos pasos tranquilos y grandes con sus bellos pies, por los que subía resplandeciendo el brillo rojizo. Pero antes de eso se acercó de nuevo al hogar, se agachó hasta el suelo, tomó con sus radiantes brazos desnudos el último y pesado haz de leña que había quedado fuera y lo arrojó rápido sobre las brasas. Luego se dio vuelta, su rostro brillaba de llamas y alegría, tomó al pasar una manzana de la mesa y ya estaba a mi lado, con sus miembros aun revueltos por el fresco soplo del fuego, que enseguida quedó disipado por el estremecimiento de las llamas aun más potentes que brotaban desde su interior, y tomándome con la mano derecha al tiempo que sostenía con la izquierda la fruta mordida y fría, le ofreció a mi boca sus mejillas, sus labios y sus ojos. El último leño en el hogar ardió más fuerte que todos los otros. La llama lo aspiraba en su interior echando chispas, para luego dejarlo arder hacia las alturas violentamente, de modo que el brillo del fuego nos golpeaba como una ola que luego rompía contra la pared, haciendo que nuestras sombras abrazadas se precipitaran hacia las alturas y después volvieran a bajar. Una y otra vez chisporroteaba la dura madera, alimentando desde sus entrañas siempre nuevas llamas, que crecían ondulantes y desplazaban la pesada oscuridad con chorros y ráfagas de claridad rojiza. Pero de pronto la llama se hundió y una fría corriente de aire, silenciosa como una mano, abrió el postigo y dejó al desnudo el pálido y repugnante amanecer.

Nos sentamos, sabiendo que ya se había hecho de día. Pero lo de ahí afuera no se parecía a un día. No se parecía al despertar del mundo. Lo que había allí no tenía el aspecto de una calle. Ninguna cosa en particular resultaba reconocible: era un caos descolorido e inmaterial, en el que parecían moverse unas larvas atemporales en una determinada dirección. Desde algún lugar cualquiera y lejano, como salido del recuerdo, sonó un reloj de torre, y una brisa fría y húmeda, que no correspondía a ninguna hora, empezó a ingresar cada vez con mayor fuerza, de modo que nos apretamos el uno contra el otro, temblando. Ella se echó hacia atrás y fijó los ojos con toda su fuerza en mi cara; su garganta trepidaba, algo urgía por subir a través de ella y emergió hasta el borde de los labios, pero no salió ninguna palabra, ningún suspiro y ningún beso, sino algo no nacido que se parecía a esas tres cosas. La claridad iba en aumento a cada instante y la expresión múltiple de su rostro crispado se hacía cada vez más elocuente; de pronto unos pasos arrastrándose y unas voces se acercaron tanto a la ventana desde el exterior que ella se agachó y giró la cabeza hacia la pared. Eran dos hombres que pasaban; por un instante entró el brillo del pequeño farol que llevaba uno de ellos; el otro arrastraba un carro, cuya rueda chirriaba y crujía. Una vez que pasaron, me puse de pie, cerré el postigo y encendí una luz. Todavía quedaba media manzana: la comimos entre los dos, y luego le pregunté si podría verla una vez más, pues me iba de viaje el domingo. Esta pasada había sido la noche del jueves al viernes.

Me contestó que sin dudas lo deseaba con mayor anhelo que yo, pero que si no me quedaba todo el domingo, le sería imposible, pues solo podía verme en la noche del domingo al lunes.

Primero se me ocurrieron diversos impedimentos, de modo que esgrimí algunas dificultades que ella escuchó sin decir palabra, pero con una mirada indagadora sumamente dolorosa, al tiempo que su rostro se volvía tenebrosamente rígido y oscuro. Enseguida le prometí que por supuesto me quedaría el domingo, agregando que me presentaría ese día por la noche otra vez en este mismo sitio. Tras esta promesa me miró fijo y me dijo con una voz completamente ronca y entrecortada:

– Sé muy bien que por ti he venido a una casa de mala fama, pero lo he hecho por propia voluntad, porque quería estar contigo y para ello habría aceptado cualquier condición. Pero me sentiría como la última y más vil de las prostitutas callejeras si tuviera que regresar a este sitio una segunda vez. Lo he hecho por ti, porque eres para mí el que eres, porque eres Bassompierre, porque eres ese hombre en el mundo que mediante su presencia vuelve honorable esta casa para mí.

Había dicho “casa”, y por un momento fue como si hubiera tenido una palabra despreciable en la lengua; al pronunciarla, arrojó tal mirada a esas cuatro paredes, a esa cama y a la frazada que se había deslizado hasta el suelo, que bajo la ráfaga de luz que salió disparada de sus ojos todas esas cosas horribles y vulgares parecieron estremecerse y retroceder agachadas, como si la mísera pieza realmente se hubiera agrandado por un instante.

Luego agregó con un tono indeciblemente suave y festivo:

– ¡Que muera yo de manera miserable si además de mi marido y de ti le he pertenecido jamás a ningún otro y sienta deseo de cualquier otro en el mundo!

Ligeramente volcada hacia adelante con los labios semi abiertos y exhalando vida, pareció esperar algún tipo de respuesta, alguna confirmación de mi fe en ella, pero al no leer en mi rostro aquello que quería, su mirada indagadora y tensa se enturbió, sus pestañas batieron algunas veces y de pronto estaba junto a la ventana, dándome la espalda, la frente apretada con toda la fuerza contra el postigo, el cuerpo entero sacudido por un llanto silencioso pero tan espantosamente violento que las palabras se me murieron en la boca y no me animé a tocarla. Al final tomé una de sus manos, que colgaban como inánimes, y con las palabras más enfáticas que me inspiró la situación, logré después de un largo rato tranquilizarla lo suficiente como para que volviera a girar hacia mí su rostro bañado en lágrimas, hasta que de repente una sonrisa, brotando como una luz desde sus ojos y al mismo tiempo alrededor de los labios, consumió en un instante todas las huellas del llanto e inundó de brillo toda su cara. Ahora pasó a ser el juego más encantador que empezara de nuevo a hablar conmigo jugueteando infinitamente con la frase “¿Quieres verme otra vez? ¡Entonces te recibiré en lo de mi tía!”; diez veces repitió la primera parte, ya con dulce impertinencia, ya con desconfianza puerilmente fingida, para luego susurrarme la segunda parte al oído como si se tratase del mayor secreto y enseguida decírmela por sobre el hombro como si fuera la cita más natural del mundo, mientras encogía sus propios hombros y ponía la boca en punta, y finalmente repetirla pegándose a mi cuerpo, lisonjeándome y riéndose en mi cara. Me describió la casa con toda exactitud, tal como se le describe el camino a un niño que debe cruzar solo por primera la calle para ir a la panadería. Luego se irguió, se puso seria – y todo el poder de sus ojos relucientes se clavó en mí con tal fuerza, que fue como si también estuvieran en condiciones de atraer a una criatura muerta – y prosiguió:

– Te voy a esperar desde las diez hasta la medianoche y también más tarde y siempre, y la puerta de abajo estará abierta. Primero encontrarás un pequeño pasillo, no te detengas allí, pues a ese pasillo da la puerta de mi tía. Luego te vas a topar con una escalera, esa te llevará al primer piso, donde estaré yo.

Y cerrando los ojos, como si se hubiera mareado, echó la cabeza hacia atrás, abrió los brazos y me rodeó con ellos, enseguida se desprendió de mí y se envolvió en sus ropas, extraña y severa, y salió de la habitación, pues ya era pleno día.

Yo cumplí con mis tareas, envié por adelantado a una parte de mi gente con las cosas y ya a la tarde del día siguiente mi impaciencia era tan grande que poco después de las campanas nocturnas crucé el puente pequeño con mi criado Wilhelm, al que no le dejé llevar ninguna luz, para ver si al menos podía observar a mi amiga en su tienda o en la vivienda lindante y darle en el mejor de los casos una señal de mi presencia, aun cuando no me hiciera esperanzas de poder intercambiar con ella más que algunas palabras.

Para no llamar la atención, me quedé parado en el puente y mandé al criado a que se adelantase y estudiara la situación. Estuvo ausente un largo rato y al regresar tenía el gesto abatido y caviloso que yo le conocía de siempre a ese buen hombre cuando no había podido cumplir con éxito alguna de mis órdenes.

– La tienda está cerrada – dijo – y no parece haber nadie adentro. Tampoco se puede oír o ver a nadie en las habitaciones que dan hacia la calle. Al patio solo se puede entrar escalando un muro alto, y en su interior gruñe además un perro grande. Pero de las habitaciones del frente hay una que tiene luz, y por un resquicio se puede observar la parte interna de la tienda, solo que lamentablemente está vacía.

Malhumorado, quería ya emprender el regreso, pero igual pasé lentamente por delante de la casa una vez más; mi diligente criado volvió a echar un ojo a través de la rendija por la que afloraba el brillo de una luz y me susurró que en la pieza no estaba la mujer, pero sí el marido. Curioso por ver a ese tendero, al que no podía recordar haber visto siquiera una única vez en su tienda, y al que me imaginaba alternativamente como una persona gorda hasta la deformidad o como un viejito escuálido y decrépito, me acerqué a la ventana y cuál no sería mi asombro al ver que en la habitación bien amueblada y revestida en madera iba y venía un hombre de estatura inusual y muy buen porte que me llevaba sin duda una cabeza y que al darse vuelta me mostró una cara muy bella y grave, con una barba marrón que contenía algunas pocas hebras plateadas y una frente de una nobleza casi única, en la que las sienes formaban una superficie más amplia que la que jamás había visto en una persona. Aunque estaba solo en la pieza, su mirada igual cambiaba, los labios se movían y, deteniéndose aquí y allí en su deambular, parecía estar conversando en su imaginación con otra persona; una vez incluso movió un brazo, como para despachar una réplica con una superioridad un poco indulgente. Cada uno de sus gestos era de una gran desenvoltura y de un orgullo casi despreciativo, y mirando su solitario ir y venir no pude dejar de recordar con toda vivacidad la imagen de un prisionero muy distinguido que tuve que vigilar, al servicio del rey, durante su arresto en una de las torres del castillo de Blois. El paralelo me pareció aun más acabado cuando el hombre alzó su mano derecha y bajó la vista hacia los dedos curvados hacia arriba para observarlos con atención, y hasta con una severidad sombría. Pues casi con el mismo gesto había visto a menudo a aquel ilustre prisionero contemplando un anillo que llevaba en el índice de la mano derecha, del que nunca se separaba. El hombre en la habitación se acercó luego a la mesa, deslizó la esfera de cristal con agua delante de la luz de la vela y puso sus manos dentro del círculo de luz con los dedos estirados, como para examinarse las uñas. Luego sopló la vela y salió de la habitación, no sin dejarme un sentimiento vago y furioso de celos, porque mi deseo de su mujer siguió creciendo sin cesar, alimentándose como un fuego expansivo de todo lo que me salía al encuentro, incluyendo de manera confusa también esta aparición inesperada, que lo intensificó tanto como cada uno de los copos de nieve que ahora esparcía un viento húmedo y frío y que se me quedaban colgados de a uno en las pestañas y en las mejillas para luego derretirse.

El día siguiente transcurrió de la manera más inservible, no podía concentrarme bien en ningún negocio, compré un caballo que en realidad no me gustaba, me presenté después de la comida en lo del duque de Nemours y pasé algún tiempo allí jugando y conversando de las cosas más pueriles y desagradables. No se charló de otra cosa que no fuera la peste, que se expandía cada vez con mayor ímpetu por la ciudad, y a todos esos nobles no se les podía sacar más que relatos similares sobre el rápido enterramiento de los cadáveres, la paja que había que hacer quemar en las piezas de los difuntos a fin de disipar los vahos venenosos, y así; el más tonto de todos me pareció sin embargo el canónigo de Chandieu, que a pesar de estar gordo y sano como siempre, no podía contenerse y todo el tiempo bajaba su mirada bizca para contemplarse las uñas de los dedos, a ver si ya se observaba en ellas el sospechoso azulado con que suele anunciarse la enfermedad.

Todo esto me provocaba rechazo, me fui temprano a casa y me acosté en la cama, pero no me podía dormir, de la impaciencia volví a vestirme y me propuse ir a ver a mi amiga costara lo que costara, aun cuando tuviera que entrar por la fuerza con mi gente. Me acerqué a la ventana con la idea de despertar a mis criados, pero el helado aire nocturno me devolvió la sensatez y me di cuenta que este era el camino más seguro para arruinarlo todo. Aún vestido me arrojé a la cama y al final terminé durmiéndome.

El domingo transcurrió de modo similar hasta que se hizo de tarde; como llegué demasiado temprano a la calle indicada, me obligué a caminar de un lado al otro por una calleja aledaña, hasta que dieron las diez. Enseguida encontré la casa y la puerta que ella me había indicado, la puerta estaba abierta y detrás estaba el pasillo y la escalera. Pero la segunda puerta, arriba, a la que llevaba la escalera, estaba cerrada, si bien por debajo se veía una delgada franja de luz. De modo que ella estaba adentro y esperaba y acaso estuviera escuchando junto a la puerta del lado de adentro, tal como yo estaba del de afuera. Rasqué la madera con las uñas y entonces escuché pasos en el interior, que me parecieron los pasos vacilantes e inseguros de un pie descalzo. Por un rato contuve la respiración, luego empecé a golpear, pero escuché la voz de un hombre que preguntaba quién andaba ahí afuera. Me acurruqué en lo oscuro de la jamba de la puerta, sin emitir sonido alguno; la puerta permaneció cerrada y yo me deslicé en el mayor de los silencios, peldaño por peldaño, escaleras abajo, avancé a hurtadillas por el pasillo hasta el exterior y anduve yendo y viniendo por algunas calles con las sienes que me latían y los dientes apretados, ardiendo de impaciencia. Al final, volví a verme arrastrado hacia el frente de la casa, pero aún no quería entrar; sentía, sabía que ella alejaría al hombre, tenía que lograrlo, enseguida podríamos estar juntos. El callejón era estrecho; enfrente no había ninguna casa, sino el muro del jardín de un convento; me apoyé contra él y traté de adivinar desde enfrente cuál sería la ventana. En una de las ventanas del piso superior, que estaba abierta, se encendió de pronto el brillo como de una llama, que enseguida volvió a apagarse. Ahora creí verlo todo ante mí: ella había arrojado un leño grande en el hogar como aquella vez, y también como aquella vez estaba ahora parada en medio de la habitación, los miembros reluciendo por las llamas, o sentada en la cama escuchando y esperando. Desde la puerta la vería a ella, y a la sombra de su cuello y de sus hombros elevándose y hundiéndose en la parte translúcida de la pared. Enseguida estuve en el pasillo, llegué a la escalera: ahora tampoco la puerta estaba cerrada, sino entornada, y dejaba pasar el brillo oscilante también hacia un costado. Estiraba mi mano hacia el picaporte cuando creí escuchar en el interior los pasos y las voces de varios. Pero no quise creerlo, lo tomé por el trabajo de mi sangre en las sienes, en el cuello, y por el ardor del fuego en el interior. También en aquella ocasión las llamas habían hecho mucho ruido. Ahora ya había agarrado el picaporte, y tuve que comprender que adentro había personas, varias personas. Pero ya me daba lo mismo, pues sentía, sabía, que también ella estaba allí dentro, y que no bien abriera la puerta, podría verla, agarrarla y con mi brazo arrancarla tal vez de las manos de otros para atraerla hacia mí, ¡aun cuando tuviera que extirpar esa habitación para ella y para mí con mi espada y con mi puñal, recortándola de una multitud de gente que grita! Lo único que me parecía absolutamente intolerable era seguir esperando más tiempo.

Abrí la puerta de un golpe y vi, en medio de la habitación vacía, a un par de personas quemando paja que había sido usada como cama; a la luz de las llamas que iluminaban toda la habitación también vi paredes rasgadas, cuyos escombros yacían en el suelo, y, contra una pared, una mesa sobre la que había dos cuerpos desnudos, uno grande, con la cabeza cubierta, el otro más pequeño, extendido recto contra la pared, y al lado la sombra negra de unas formas finas, que subía juguetona y volvía a caer.

Bajé las escaleras a los tumbos y delante de la casa me choqué con dos sepultureros. Uno de ellos me puso su pequeño farol en la cara y me preguntó qué estaba buscando allí, el otro empujó su carro chirriante y crujiente contra la puerta de entrada. Saqué la espada, a fin de mantenerlos a distancia, y llegué a mi casa. De inmediato bebí tres o cuatro copas grandes de denso vino; tras haber descansado, emprendí al día siguiente el viaje a Lothringen.

Todos los esfuerzos que invertí tras mi regreso para averiguar algo sobre esta mujer fueron en vano. Incluso me dirigí a la tienda de los dos ángeles, pero la gente que ahora la ocupaba no sabía quiénes habían estado allí antes que ellos.

Basado en M. de Bassompierre, Journal de ma vie (Colonia, 1663) y Goethe, Conversaciones de emigrantes alemanes.


*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

En la Escuela Militar de Sankt Severin. Gimnasio. Con sus claras blusas de cutí, el curso está ordenado en dos filas bajo las grandes lámparas de gas. El profesor de gimnasia, un joven oficial de rostro moreno y endurecido, y ojos fríos e irónicos, ha ordenado ejercicios libres y está distribuyendo las secciones.

– ¡Primera sección, barra fija; segunda sección, paralelas; tercera sección, potro; cuarta sección, escalar! ¡En marcha!

Y los muchachos se dispersan rápidamente con sus ligeras zapatillas, protegidas con colofonia. Algunos se demoran en medio de la sala, dubitativos y enfadados a un tiempo. Son la cuarta sección, los malos gimnastas, a los que no les procura ninguna alegría el movimiento en los aparatos y que ya están hartos de las veinte flexiones, además de un poco confusos y exhaustos.

Sólo uno, uno que, por lo general, es siempre el último en tales ocasiones, Karl Gruber, está ya en las barras de escalar, colocadas en un rincón de la sala algo en penumbra, junto al hueco donde cuelgan las chaquetas de los uniformes que se han quitado. Ha agarrado la primera barra y tira de ella con una fuerza extraordinaria, de manera que oscila libremente en el lugar señalado para el ejercicio. Gruber no la suelta, da un salto y llega bastante arriba, las piernas entrelazadas en el extremo superior que, por lo general, nunca ha sido capaz de rozar, sujeto a la barra. Así a la sección y observa, eso parece, con especial deleite el asombrado enojo del pequeño suboficial polaco que le grita que baje. Pero en esta ocasión Gruber es incluso desobediente, y Jastersky, el suboficial rubio, acaba por gritarle:

– O baja usted o sube hasta arriba; de lo contrario, se lo digo al teniente coronel.

Entonces Gruber empieza a escalar, primero con fuerza, atropellado, levantando poco las piernas y mirando arriba con cierto miedo, despreciando el inconmensurable pedazo de barra que aún tiene por delante. Luego ralentiza sus movimientos, y, como si disfrutara de cada avance como de algo extrañamente grato, enfila hacia lo alto, como alguien acostumbrado a escalar. No repara en el nerviosismo del enojado suboficial, escala y escala, con la vista siempre hacia arriba, como si hubiera descubierto una salida en el techo de la sala y pretendiera alcanzarla. Toda la sección lo sigue con la mirada. Y también algunos de las otras secciones dirigen desde otros lugares su atención al escalador, que antes, jadeando, con el rostro todo rojo y ojos en blanco, apenas alcanzaba el primer tercio de la barra.

– ¡Bravo, Gruber! –grita alguien de la primera sección.

Entonces muchos vuelven la mirada y, durante un rato, la sala permanece en silencio; pero, justo en el momento en que todos están pendientes de la figura de Gruber, éste hace un movimiento arriba, en lo alto, debajo del techo, como si quisiera sacudirlo, y, como evidentemente no lo logra, deja todas esas miradas pegadas al desnudo gancho de hierro y se desliza a toda velocidad por la barra lisa, de manera que todos siguen aún mirando arriba cuando él, mareado y acalorado, lleva ya un rato abajo, mirándose las palmas abrasadas de las manos. Entonces uno de los compañeros que están más cerca le pregunta qué es lo que le ha sucedido hoy:

– ¿Acaso quieres que te pasen a la primera sección?

Gruber sonríe y parece querer responder algo, pero se lo piensa y rápidamente baja la vista. Y luego, mientras el barullo y el jaleo continúan, se retira hasta el rincón sin hacer ruido, se sienta y, temeroso, mira a su alrededor, respira el doble de rápido, vuelve a reír y se dispone a decir algo, pero ya nadie está pendiente de él. Sólo Jerome, que también es de la cuarta sección, ve que está mirándose otra vez las manos, muy inclinado sobre ellas, igual que alguien que quiere leer una carta con escasa luz. Y, pasado un rato, Jerome se acerca a él y pregunta:

– ¿Te has hecho daño?

Gruber se asusta:

– ¿Qué? –dice con su voz de siempre, chapoteando en saliva.

– ¡Déjame ver!

Jerome le coge una mano y la vuelve hacia la luz.

Está un poco excoriada en la palma.

– ¿Sabes? Tengo algo para esto –dice Jerome, al que siempre le mandan de casa tafetán inglés–, ven luego a verme.

Pero parece como si Gruber no hubiera escuchado; está mirando la sala, como si estuviera viendo algo indeterminado, tal vez no en la sala, tal vez fuera, detrás de las ventanas, aunque está oscuro, es tarde y es otoño.

En ese momento el suboficial grita, a su modo imperioso:

– Gruber.

Gruber no se mueve, sólo los pies, estirados, se remueven un poco, rígidos y torpes, por encima del parquet.

–¡Gruber! –grita el suboficial, y la voz le golpea.

El suboficial espera un rato y dice rápidamente y con voz ronca, sin mirar a quien acaba de llamar:

– Preséntese usted después de la clase, ya le…

Y la clase sigue.

– Gruber –dice Jerome inclinándose hacia su camarada, que se hunde aún más en el rincón–, te tocaba otra vez a ti, escalar, en la cuerda; ve, inténtalo, si no Jastersky te va a montar algún número, ¿sabes?

Gruber asiente. Pero, en lugar de levantarse, cierra los ojos de repente y se desliza bajo las palabras de Jerome como bajo una ola, se desliza hacia el fondo, despacio y en silencio, hacia el fondo de su asiento, y Jerome no sabe lo que sucede hasta que oye cómo la cabeza de Gruber restalla con fuerza contra la madera del respaldo y luego cae hacia delante.

– ¡Gruber! –grita con voz ronca.

Al principio nadie se da cuenta. Y Jerome sigue en pie con los brazos caídos gritando:

– ¡Gruber, Gruber!

No se le ocurre incorporarlo. Entonces alguien le golpea y le dice:

– Quita.

Otro lo aparta de un empujón y Jerome ve cómo levantan el cuerpo inerte.

Se lo llevan a algún sitio, probablemente a la habitación de al lado. El teniente coronel llega corriendo. Da órdenes muy breves con voz dura y muy alta. Sus órdenes cortan incisivamente el zumbido de los numerosos chicos que parlotean. Silencio. Sólo se percibe algún que otro movimiento, un balanceo en el aparato, un salto suave, una risa tardía de alguno que no sabe de qué se trata. Después, preguntas rápidas:

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Quién? ¿Gruber? ¿Dónde?

Y más y más preguntas. Luego alguien dice en alto:

– Inconsciente.

Y el suboficial Jastersky, con el rostro encendido, echa a correr detrás del teniente coronel, gritando con malévola voz, temblando de rabia:

– Un cuentista, señor teniente coronel. Un cuentista.

El teniente coronel no le hace caso. Está mirando al frente, se muerde el bigote, con lo que la dura mandíbula sobresale aún más enérgica y puntiaguda. De vez en cuando, da una breve indicación. Los cuatro alumnos que llevan a Gruber y el teniente coronel desaparecen en la habitación. Poco después, los cuatro alumnos regresan. Un bedel cruza la sala. Los otros los miran boquiabiertos y acosan a preguntas a los cuatro:

– ¿Cómo está? ¿Qué le pasa? ¿Ha vuelto ya en sí?

Ninguno de ellos sabe nada en realidad. Y entonces el teniente coronel dice que continúe la clase y le cede el mando al sargento Goldstein. Así que vuelven a hacer gimnasia, en las paralelas, en la barra fija, y los pequeños gorditos de la tercera sección suben penosamente con las piernas bien abiertas al alto potro. Sin embargo, todos los movimientos son diferentes a los de antes, como si sobre todos los muchachos se hubiera posado algo que estuviera al acecho. Los balanceos en la barra fija se interrumpen de repente, y en las paralelas sólo se hacen un montón de ejercicios rutinarios. Las voces son menos confusas, y su susurro es más delicado, como si todos dijeran únicamente una sola palabra:

– Sssí, sssí, sssí…

Entretanto, el pequeño y espabilado Krix está escuchando tras la puerta de la habitación. El suboficial de la segunda sección lo echa de allí levantando la mano para darle un golpe en el trasero. Krix retrocede de un salto, como un gato, con los ojos astutos y brillantes. Ya sabe bastante. Y, pasado un rato, cuando nadie le observa, se lo cuenta a Pawlowich:

– Ha venido el médico del regimiento.

Bueno, ya conocen a Pawlowich; con toda su cara, como si alguien le hubiera dado una orden, atraviesa la sala de sección a sección y dice bien alto:

– El médico del regimiento está dentro.

Y parece que también los suboficiales se interesan por la noticia. Cada vez con mayor frecuencia vuelven la vista hacia la puerta, los ejercicios se hacen cada vez más lentos, y un pequeño de ojos negros está en cuclillas en lo alto del potro, mirando fijamente, boquiabierto, a la habitación. Parece haber algo paralizante en el ambiente. Los más fuertes de la primera sección continúan esforzándose aún un poco, luchan, hacen círculos con las piernas, y Pombert, el atlético tirolés, dobla el brazo y se observa los músculos, que destacan tensos y poderosos a través del cutí. Sí, el pequeño y ágil Baum hace incluso varios círculos con el brazo y, de repente, ese brusco movimiento es el único en toda la sala, un gran círculo centelleante que adquiere un carácter inquietante en medio de la calma general. Y, de golpe, el muchachito se queda parado, se arrodilla con desgana y pone cara de no importarle nada. Pero también sus pequeños ojos apáticos se pegan a la puerta de la habitación.

Ahora se oye la canción de las llamas de gas y el movimiento del reloj de pared. Y entonces suena la campana que da la hora. Su tono es hoy extraño y singular; además, se para de un modo totalmente inesperado, se interrumpe en medio de sus palabras. Pero el suboficial Goldstein conoce sus obligaciones. Grita:

– ¡A sus puestos!

Nadie le escucha. Nadie puede recordar qué sentido tenían esas palabras… antes. ¿Cuándo?

– ¡A sus puestos! –grazna el sargento, y al instante gritan ya con él los demás suboficiales:

– ¡A sus puestos!

– Y también alguno de los alumnos dice como para sus adentros, como en sueños:

– ¡A sus puestos! ¡A sus puestos!

Pero en el fondo todos saben que siguen a la espera de algo. Y en ese momento se abre la puerta de la habitación; durante un rato, nada; luego sale el teniente coronel Wehl, con los ojos bien abiertos, airados, y el paso firme, que marca como en un desfile. Y dice con voz ronca:

– ¡A sus puestos!

A una velocidad indescriptible están ya todos formados.

Ninguno se mueve. Como si estuvieran en presencia de un mariscal. Y de pronto una orden:

– ¡Atención!

Una pausa, y luego, con voz seca y dura:

– Vuestro camarada Gruber acaba de fallecer. Un ataque al corazón. ¡En marcha!

Pausa.

Y, pasado un rato, la voz del alumno de servicio, encogida y suave:

‒ ¡Izquierda! ¡Marchen, compañía, marchen!

Sin dar un paso, muy despacio, la compañía se vuelve hacia la puerta. Jerome es el último. Nadie mira a ningún lado. El aire del pasillo llega frío y húmedo hasta los muchachos. A uno le parece que huele a fenol. Pombert hace un chiste perverso aludiendo al hedor. Nadie se ríe. De repente, Jerome nota que lo cogen por el brazo, como si lo embistieran. Krix se ha colgado de él. Le brillan los ojos y sus dientes refulgen, como si fuera a morder algo.

– Yo lo he visto –susurra jadeante, apretando el brazo de Jerome, con una sonrisa en su interior, meneándolo de un lado para otro. Apenas puede continuar–: Está completamente desnudo, y estaba muy flaco y estirado. Y le han puesto un sello en la planta de los pies…

Y luego reprime una risa, sardónica y picajosa; reprime una risa y le muerde la manga a Jerome.


*Este cuento fue publicado en: Los últimos y otros relatos, Alba Editorial, 2010.

Me hallaba una noche después de cenar en el Casino de San Esteban,1 en Ramleh. Mi amigo Alejandro A., que vivía en el Casino, nos había invitado a cenar con él a otro joven, muy cercano a nosotros, y a mí. Como no era una velada con música había venido muy poca gente, de manera que mis amigos y yo teníamos todo el local para nosotros.

Estuvimos hablando de diversas cosas y, como ninguno de nosotros era rico, la conversación derivó naturalmente sobre el dinero y sobre la independencia que da y a los placeres que le acompañan.   

Uno de mis amigos decía que le habría gustado tener 3.000.000 de francos y empezó a contar lo que habría querido hacer y, sobre todo, qué habría dejado de hacer si hubiera estado en posesión de esa enorme cantidad.   

Yo, más comedido, me contentaba con unos ingresos de 20.000 francos al año.    

Alejandro A. dijo:    

«Si hubiera querido, ahora sería no sé cuantas veces millonario, pero no me atreví».    

Estas palabras nos resultaron extrañas. Conocíamos bien la vida de nuestro amigo A. y no recordábamos que jamás se le hubiera presentado la ocasión de hacerse multimillonario, conque supusimos que no hablaba en serio y que vendría después una broma. Pero la cara de nuestro amigo estaba muy seria y le pedimos que nos explicara su enigmática frase.    

Vaciló por un instante y luego dijo:    

«Si estuviese en otra compañía, por ejemplo entre la llamada ‘gente bien’, no tendría que dar explicaciones, porque se reirían de mi. Pero nosotros estamos un poco más por encima de la ‘gente bien’, o sea que el perfecto desarrollo espiritual nos ha vuelto otra vez sencillos, pero sencillos sin ignorancia. Hemos dado un giro completo. Por eso, naturalmente, hemos vuelto al punto de partida. Los demás se han quedado a la mitad. No saben, ni siquiera imaginan, donde termina el camino».    

Estas palabras no nos asombraron en absoluto. Cada uno teníamos una extrema consideración para uno mismo y para los otros dos.

«Sí», repitió Alejandro, «si me hubiera atrevido sería multimillonario, pero me dio miedo.

«Es una historia que se remonta a hace diez años. No tenía entonces mucho dinero, como ahora, o mejor no tenía ninguno, pero de una u otra forma iba tirando y vivía pasablemente bien. Estaba en una casa de la calle Cherif Pachá2 que era de una viuda italiana. Tenía tres habitaciones bien amuebladas y un criado personal, además del servicio de la patrona que también estaba a mi disposición.   

«Una noche había ido al “Rossini” y después de escuchar muchas sandeces decidí salirme a la mitad e irme adormir, porque al día siguiente tenía que madrugar para ir de excursión a Abukir3 a donde me habían invitado.  

«Al llegar a mi cuarto empecé, como tenía por costumbre, a dar vueltas arriba y abajo pensando en todo lo del día. Pero como no había habido nada de interesante me entró sueño y me puse a dormir.    

«Debí de estar durmiendo hora y media o dos horas sin soñar, porque recuerdo que, sobre la una de la madrugada, me despertó un ruido de la calle y no me acordaba de ningún sueño. Debí quedarme otra vez dormido sobre la una y media, y entonces me pareció que en mi cuarto entraba una persona de mediana estatura, de unos cuarenta años. Llevaba un traje negro, bastante raído, y un sombrero de paja. En la mano izquierda llevaba una sortija con una gran esmeralda. Esto me llamó la atención porque contrastaba con su ropa. Tenía una barba negra muy canosa y una expresión extraña en sus ojos, una mirada entre burlona y melancólica. En general era un tipo bastante corriente; de esa gente que encuentras a menudo. Le pregunté qué quería de mí. No me respondió de repente, sino que me estuvo mirando unos minutos como sospechando de mi o como si estuviera examinándome para asegurarse de que no se había equivocado. Luego me dijo —el tono de su voz era humilde y servil— :   

«“Eres pobre, lo sé. He venido para decirte un modo de hacerte rico. Por donde la columna de Pompeyo,4 conozco un sitio donde está escondido un gran tesoro. Yo no quiero nada de este tesoro —sólo me quedaré con un cofrecito de hierro que encontrarás en el fondo. Todo lo demás será tuyo”.    

«“¿Y en qué consiste este gran tesoro?” pregunté.    

«“En monedas de oro” me dijo. “pero sobre todo en piedras preciosas. Hay diez o doce cofres de oro llenos de diamantes, de perlas y, creo,” —como si se esforzara en recordar— “que de zafiros”.    

«Pensé entonces por qué no iba él solo a coger lo que quería y qué necesidad tenía de mi. No me dejó explicarme. “Comprendo qué estás pensando. Por qué, dices, no voy a cogerlo yo mismo. Hay un motivo que me lo impide y que no puedo decirte. Hay algunas cosas que ni siquiera yo puedo hacer”. Cuando dijo “ni siquiera yo” brilló como un destello de sus ojos y una temible grandeza lo transformó por un segundo. Sin embargo, de pronto, recuperó sus modales humildes. “Por eso me darás una alegría si vienes conmigo. Necesito ineludiblemente a alguien y te estoy eligiendo a ti porque quiero tu bien. Ven a buscarme mañana. Te esperaré desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde en la Plaza Chica, en el café que hay al lado de las ferreterías”.    

«Dicho esto desapareció.    

«A la mañana siguiente, cuando me desperté, al principio no me acordaba para nada del sueño. Pero después de lavarme y cuando me senté a desayunar, me vino a la memoria y me pareció bastante raro. “Ojalá fuera verdad” me dije, y enseguida lo olvidé.    

«Me fui a la gira campestre y me divertí mucho. Éramos muchos —unos treinta, entre hombres y mujeres. Nuestro buen humor era extraordinario; pero no os lo cuento con pelos y señales porque nos salimos del tema».    

En este punto mi amigo D. observó: «Y está de más. Porque yo, por lo menos, ya lo sé. Yo también, si no recuerdo mal, estaba en esa excursión».    

«¿Estabas? No te recuerdo» ¿No es la excursión que hizo Marcos G… antes de irse definitivamente a Inglaterra?»    

«Sí, efectivamente. Te acordarás de lo bien que lo pasamos. Buenos tiempos. O, mejor, tiempos pasados. Es lo mismo. Pero volviendo a la historia —regresé de la fiesta bastante cansado y muy tarde. Apenas tuve tiempo para cambiarme de ropa y de cenar y luego fui a casa de una familia amiga mía donde había una especie de timba de cartas y en la que estuve jugando hasta las dos y media de la madrugada. Gané 150 francos y volví a casa más que contento. Me acosté y me quedé traspuesto durmiéndome enseguida gracias al cansancio del día.    

«Nada más conciliar el sueño me sucedió algo extraño. Vi que había luz en la habitación, y no sabía por qué no la había apagado antes de acostarme, cuando veo venir desde el fondo de la habitación, del lado de la puerta —mi cuarto era bastante grande— a un hombre que reconocí de inmediato. Llevaba el mismo traje negro y el mismo viejo sombrero de paja. Pero parecía contrariado, y me dijo: “Te he estado esperando hoy desde el mediodía hasta las cuatro en el café. ¿Por qué no has venido? Te ofrezco hacer tu suerte ¿y no acudes corriendo? Te esperaré otra vez en el café hoy por la tarde, desde el mediodía hasta las cuatro. Y no vengas con nadie”. Luego desapareció como la otra vez.    

«Pero ahora me desperté aterrorizado. La habitación estaba a oscuras. Encendí la luz. El sueño había sido tan real, tan vivo que me quedé aturdido y confuso. Tuve la incertidumbre de ir a ver si la puerta estaba cerrada. Estaba cerrada, como siempre. Miré el reloj: eran las tres y media. Me había acostado a las tres.    

«No os oculto ni me avergüenzo en absoluto de deciros de que estaba muy asustado. Me daba miedo cerrar los ojos y dormirme otra vez y volver a ver a mi fantasmagórico visitante. Me senté en una silla muy nervioso. Sobre las cinco empezó a clarear. Abrí la ventana y vi la calle despertarse poco a poco. Algunas puertas se habían abierto y pasaban algunos lecheros madrugadores y los primeros carros del pan. La luz me tranquilizó un poco y me eché de nuevo quedándome dormido hasta las nueve.    

«A las nueve, cuando me desperté, me acordé del trajín de la noche y la impresión empezó a perder intensidad. No sabía por qué me había agitado tanto. Cauchemars5 tiene todo el mundo y yo he tenido muchas en mi vida. Por otra parte esto no era un cauchemar. Es cierto que había tenido dos veces el mismo sueño. Pero ¿por qué con este? Y ante todo ¿era verdad que lo había tenido dos veces? ¿Es que acaso no había soñado que había visto antes a este mismo hombre? Pero después de mucho recordar, deseché esta idea. Estaba seguro de que había tenido el sueño dos noches antes. Pero ¿qué tenía entonces de raro? El primer sueño parecía haber sido muy vivo y me había causado una fuerte impresión, por eso lo había vuelto a tener. Sin embargo aquí mi lógica fallaba un poco. Pues no recordaba que el primer sueño me hubiera impresionado. Durante todo el día siguiente no había pensado un instante en él. Durante la excursión y en la reunión de por la noche había pensado en todo menos en el sueño. ¿Y qué? ¿Es que no soñamos a menudo con personas que hace muchos años que no vemos? Parece que su recuerdo se nos queda en cierto modo grabado en la memoria y de repente se reaparece en sueños. De manera que ¿qué había de extraño en tener el mismo sueño después de veinticuatro horas, aunque durante el transcurso del día no me hubiera acordado en absoluto? Luego me dije que quizá hubiera leído algo sobre un tesoro escondido y que, sin darme cuenta, hubiera influido en mi mente, pero por más que pensaba no conseguía recordar semejante lectura.

«Al final me aburrí de estos pensamientos y empecé a vestirme. Tenía que ir a una boda y enseguida, con las prisas y con escoger la ropa, el sueño se borró enteramente de mi recuerdo. Después, fui a comer y, para pasar un poco el rato, me puse a leer una revista publicada en Alemania —el Ésperos,6 creo.

«Me fui a la boda, donde se había reunido toda la buena sociedad de la ciudad. Yo tenía entonces muchas relaciones, con lo que, después de la ceremonia, estuve repitiendo infinidad de veces, lo guapísima que estaba la novia, sólo que un poco pálida, lo majo y joven que era el novio, además de ser rico, y cosas así. La boda terminó hacia las once y media de la mañana, y luego me fui a la estación de Bulkeley a ver una casa de la que me habían hablado y que tenía que alquilar por encargo de una familia alemana de El Cairo que quería pasar el verano en Alejandría. La casa era realmente fresca y bien distribuida pero no tan grande como me habían dicho. Con todo, prometí a la dueña que yo recomendaría su casa como la más adecuada. La dueña se deshizo en agradecimientos y para conmoverme me contó todas sus desdichas, cómo y cuando había muerto el marido, que había visitado también Europa, que no era mujer para poner en alquiler su casa, que su padre había sido el médico de no sé que pachá, etc. Una vez cumplido este encargo, volví a la ciudad. Llegué a casa hacia la una de la tarde y comí con gran apetito. Cuando terminé el almuerzo y me tomé un café, salí para ir a casa de un amigo mío que vivía en un hotel cerca del café “Paraíso” para organizar algo para por la tarde. Era el mes de agosto y el sol abrasaba. Bajé despacio por la calle Cherif Pachá para no sudar. La calle a esa hora estaba, como siempre, desierta. Sólo me encontré con un abogado con el que tenía que preparar unos documentos para la venta de un pequeño terreno en Moharrem Bey. Era la última parcela de una finca bastante grande que había ido vendiendo poco a poco para cubrir así una parte de mis gastos. El abogado era una persona honrada y por eso lo había elegido. Pero era un pesado. Hubiera preferido que me robase un poco a que me aturdiera la cabeza con sus palizas. A la menor, empezaba una perorata interminable —me hablaba de derecho mercantil, traía a colación a Justiniano, recordaba viejos procesos en que había tomado parte en Esmirna, hacía el elogio de sí mismo, me explicaba mil cosas sin venir a cuento para nada y me agarraba de la chaqueta, cosa que odio. Tenía que soportar la tabarra de ese estúpido porque cuando se le agotaba el carrete de su sermón yo intentaba saber algo de la venta que para mi tenía un interés vital. Estos esfuerzos míos me desviaron de camino y seguí con él. Atravesamos, por la Plaza de los Cónsules, por la acera de la Bolsa, pasamos por el callejón que une la Plaza Mayor con la Plaza Chica y, por fin, cuando llegamos al centro de la Plaza Chica, había conseguido todas las informaciones que yo quería y mi abogado me dejó al acordarse que tenía que visitar a un cliente que vivía por allí. Me detuve un momento y lo vi alejarse mientras maldecía su cotorrería que en medio de semejante calor y semejante sol me había hecho desviarme de mi camino.    

«Me disponía a volver sobre mis pasos para ir a la calle del Café del Paraíso, cuando de pronto me chocó la idea de encontrarme en la Plaza Chica. Me pregunté a mi mismo el por qué y me acordé del sueño. “Es aquí donde me ha citado el famoso dueño del tesoro”, dije para mí mientras sonreía, y mecánicamente volví la cabeza hacia el sitio donde estaban unas ferreterías.     

«¡Horror! ¡Allí había un cafetín y allí estaba él sentado! Mi primera impresión fue como de vértigo y creí que me caía. Me apoyé en una caseta y volví a mirarlo. El mismo traje negro, el mismo sombrero de paja, el mismo aspecto, la misma mirada. Además me estaba observando sin pestañear. Mis nervios estaban tan tensos como si me hubieran echado por dentro hierro fundido. Sólo pensar que era pleno mediodía, que la gente pasaba indiferente como si no estuviese pasando nada extraordinario y que yo, solamente yo, supiera que estaba sucediendo la cosa más horrible, que ahí estaba sentado un fantasma que quizá tenía poderes y quizá venía de alguna esfera de lo desconocido — ¿de qué Infierno, de qué Érebo7?— me tenía paralizado y me eché a temblar. El fantasma no me quitaba los ojos de encima. Entonces me embargó el terror de que pudiera levantarse y acercarse a mi, de que pudiese hablarme y de que me llevara consigo; en este caso ¿qué fuerza humana habría podido ayudarme? Me subí a un coche y le dije al cochero una dirección, muy lejos, no recuerdo donde.    

«Cuando me recuperé un poco vi que casi había llegado a Sidi Gabir. Había recuperado un poco mi sangre fría y empecé a pensar en el asunto. Mandé al cochero que volviera a la ciudad. “Estoy loco”, pensaba, “indudablemente me he confundido. Sería alguien que se parecía al hombre del sueño. Tengo que volver para asegurarme. Lo más seguro es que se haya ido y eso demostraría que no era él, porque me había dicho que me esperaría hasta las cuatro”.    

«Mientras pensaba en todo esto había llegado hasta el teatro Zizinia; y allí, apelando a todo mi valor, mandé al cochero que me llevara a la Plaza Chica. Mi corazón, cuando llegué al café, palpitaba de tal manera que creía que me iba a estallar. Hice que el cochero se detuviera a cierta distancia. Le tiré del brazo con tanta fuerza que poco faltó para que se cayera del pescante porque veía que se acercaba demasiado al café y porque allí, porque allí estaba todavía el fantasma.    

«Entonces me puse a mirarlo fijamente intentando encontrar alguna diferencia con el hombre del sueño, como si no fuera suficiente para convencerme de que era él, el hecho es que yo estaba dentro de un coche mirándolo con toda atención, cosa de la que cualquier otro se habría asombrado y me habría pedido una explicación. Al contrario, él respondía a mi mirada con una mirada igual de escrutadora y con una expresión llena de intranquilidad por la decisión que yo estuviera dispuesto a tomar. Parecía adivinar mis pensamientos, como los había adivinado en el sueño, y para deshacer cualquier duda sobre su identidad volvió hacia mí su mano izquierda y me enseñó — con tal claridad me la enseñó que temí que el cochero se diera cuenta— la sortija de la esmeralda que tanta impresión me había causado en mi primer sueño.    

«Pegué un grito de terror y dije al cochero, que ya empezaba a inquietarse por la salud de su cliente, que fuera al Boulevard Ramleh.8 Mi único objetivo era alejarme. Cuando llegué al Boulevard Ramleh le dije que se dirigiera a San Esteban, pero como vi que el cochero dudaba y murmuraba algo me bajé y le pagué.  Paré otro coche y le mandé que fuera a San Esteban.    

«Llegué aquí fatal. Entré en el salón del Casino y me asusté al verme en el espejo. Estaba pálido como un cadáver. Afortunadamente el salón estaba vacío. Me tiré en un diván y empecé a pensar qué hacer. Volver a mi casa era imposible. Volver otra vez a aquella habitación donde había entrado de noche, como una Sombra sobrenatural, aquel a quien acababa de ver sentado en un café corriente bajo el aspecto de una persona de carne y hueso, estaba fuera de discusión. Era algo absurdo, porque estaba claro que tenía capacidad para llegar a encontrarme en cualquier sitio. Pero hacía ya bastante tiempo que mis pensamientos eran incoherentes.    

«Por fin tomé una decisión. Y fue recurrir a mi amigo G. V. que vivía entonces en Moharrem Bey».    

«Qué G. V.», pregunté, «Aquel chalado apasionado por los estudios de magia?»    

«Él precisamente —eso es lo que me decidió a elegirlo. Tengo un recuerdo vago y confuso de cómo tomé el tren, de cómo llegué a Moharrem Bey, de qué manera iba yo mirando a derecha e izquierda, como un loco, temiendo que el fantasma pudiese aparecer de nuevo a mi lado, y de cómo acabé en el cuarto de G. V. Sólo recuerdo con claridad que cuando me encontré a su lado empecé a llorar como un histérico y a temblar todo y a contarle mi horrible aventura. G. V. me tranquilizó y, medio en serio, medio en broma, me dijo que no tuviera miedo; que el fantasma no se atrevería a ir a su casa y que aunque fuera lo echaría inmediatamente. Me dijo que él conocía este tipo de apariciones sobrenaturales y que sabía la manera de conjurarlas. Por otra parte, me pedía que me convenciera de que no había motivo alguno de miedo, porque el espectro había venido a mí con un objetivo preciso: hacerse con el ‘cofre de hierro’ que él no podía coger, claro está, sin la ayuda de un ser humano. Este objetivo no lo había conseguido; y con mi terror, él ya se habría dado cuenta de que no tenía esperanzas de conseguirlo. Sin duda se habría ido a convencer a cualquier otro. V. sólo lamentaba que no le hubiera informado a tiempo para ir él en persona a ver al fantasma y hablar con él porque en la Historia de los Fantasmas, añadía, la aparición de estos espíritus o démones a la luz del día es muy rara. Sin embargo, todo esto no bastaba para tranquilizarme. Pasé una noche muy agitada y al día siguiente me desperté con fiebre. El desconocimiento por parte del médico y el estado de tensión de mi sistema nervioso me provocaron una fiebre cerebral de la que por poco me muero. Cuando me recuperé un poco, quise saber qué día era. Había caído enfermo un 3 de agosto y yo creía que sería el 7 o el 8. Era el 2 de septiembre.    

«Un corto viaje a una isla del Egeo aceleró y completó mi curación. Durante toda la enfermedad estuve en casa de mi amigo V., que me cuidó con todo el buen corazón que conocéis. Sin embargo, él estaba intranquilo consigo mismo porque no había tenido suficiente coraje para echar al médico y haberme curado por medios mágicos, cosa que, como yo mismo creo, al menos en este caso, me habría curado tan de prisa como el médico.    

«Esta ha sido, amigos míos, la ocasión que tuve de ser multimillonario –pero no tuve valor. No tuve valor y no me arrepiento».   

Aquí se detuvo Alejandro. Fue tanta la convicción y tanta la sencillez con la que había hecho su relato que nos impidió hacer el menor comentario. Además habían pasado veintisiete minutos de la medianoche. Y como el último tren para la ciudad salía a las doce y media, nos vimos obligados a despedirnos y marcharnos apresuradamente.


*A la luz del día, C.P. Cavafis / Είς τὸφῶς τῆς ἡμέρας. Κ.Π. Καβάφη, Edición y traducción: Pedro Bádenas de la Peña, Málaga 2007. Miguel Gómez Ediciones, ISBN: 978-84-88326-56-4

La calle Las Cases estaba tan apacible como en pleno verano, con cada ventana abierta protegida por persianas amarillas. Había vuelto el buen tiempo; era el primer domingo de primavera. Tibio, impaciente, inquieto, el día hacía salir a la gente de las casas, de las ciudades. El cielo brillaba con un resplandor suave. En la plaza Sainte-Clotilde sonaba el canto de los pájaros, un dulce piar sorprendido y perezoso, y, en las calles serenas y sonoras, los graznidos roncos de los coches que se dirigían el campo. La única nube del cielo era una conchilla blanca, delicadamente enrollada, que flotó un momento y se disipó en el azul. Los transeúntes levantaban la cabeza con una expresión maravillada y optimista y respiraban el viento, sonrientes.

Agnès cerró a medias los postigos: el sol calentaba, las rosas se abrirían demasiado pronto y morirían. La pequeña Nanette entró a la carrera, saltando de un pie al otro.

—¿Puedo salir, mamá? Afuera está precioso.

Ya terminaba la misa. Ya pasaban por la calle Las Cases los niños en trajes claros, con los brazos desnudos, llevando sus libros de oraciones en las manos enguantadas de blanco; rodeaban a una pequeña comulgante de mofletes colorados cubiertos por los velos; las pantorrillas desnudas, rosas y doradas, con una pelusa como los frutos, centelleaban al sol. Pero ya sonaban las campanas, lenta y melancólicamente, como si dijeran: «Vamos, buena gente, lamentablemente no pueden quedarse. Los hemos acogido cuanto ha sido posible, pero nos vemos obligadas a enviarlos de vuelta al mundo y a las preocupaciones. Vamos. La misa ha terminado».

Cuando los tañidos callaron, el aroma del pan caliente llenó la calle, subiendo a bocanadas desde la panadería que se encontraba abierta; las baldosas estaban recién lavadas y los cristales delgados encastrados en los muros brillaban débilmente a la sombra. A continuación, cada cual regresó a su casa.

—Nanette, ve a ver si papá está listo y avísale a Nadine que el almuerzo está servido — dijo Agnès.

Guillaume entró difundiendo el olor a cigarro caro y agua de lavanda que a ella siempre le disgustaba respirar. Estaba más relleno que de costumbre, barrigón y contento.

En cuanto se sentaron a la mesa anunció:

—Te aviso que después de comer me voy. Cuando uno ha estado sofocándose toda la semana en París, es lo menos… ¿En serio no te tienta?

—No quisiera dejar sola a la niña.

Con una sonrisa, Guillaume le dio un tironcito de pelo a Nanette, que estaba sentada enfrente de él: la noche anterior había tenido unas líneas de fiebre, pero tan ligera que ni siquiera había perdido la frescura de la tez.

—Pero no está enferma. Tiene muy buen apetito.

—Ah, por ella no me preocupo, gracias a Dios —dijo Agnès—. La dejaré salir hasta las cuatro. ¿Adónde piensas ir?

Guillaume se ensombreció visiblemente.

—Bueno… Todavía no lo sé… Siempre esa manía de planear todo por adelantado… Por el lado de Fontainebleau o de Chartres, al azar, a la aventura… En fin. ¿Vienes?

«Se muere si acepto», pensó Agnès. La sonrisa, un poco crispada en las comisuras de los labios prietos, irritaba a Guillaume. Pero Agnès contestó, como de costumbre:

—Tengo cosas que hacer en casa.

Pensó: «¿Y ahora quién será?».

Las amantes de Guillaume. La inquietud de sus celos, sus noches sin dormir. Qué lejos había quedado todo. Era alto, estaba gordo y un poco calvo, con el cuerpo bien firme, bien proporcionado, la cabeza firmemente plantada en un cuello ancho y fuerte; tenía cuarenta y cinco años, la edad en que un hombre es más potente, más pesado, en que pisa con más aplomo el suelo, tiene sangre espesa y abundante. Cuando reía, sacaba la mandíbula hacia delante y exhibía los dientes blancos, apenas recubiertos de oro.

«¿Cuál de ellas —pensó Agnès— le habrá dicho: “Pones cara de lobo, de animal salvaje cuando ríes”? Se debe de haber sentido muy halagado. Antes no hacía ese gesto».

Recordó cómo Guillaume lloraba en sus brazos al término de una aventura amorosa, y del corto gemido que se le escapaba de los labios, mientras abría la boca como si quisiera aspirar sus lágrimas. Pobre Guillaume…

—En cuanto a mí, yo… —dijo Nadine.

Siempre empezaba sus frases así. Era imposible hallar en sus ideas, o en su discurso, una palabra, un destello que no tuviera relación con su persona, con su vestimenta, sus amigos, las medias que se le corrían, el dinero de sus gastos, sus placeres. Era… triunfal. Su piel tenía la blancura de ciertas flores aterciopeladas, mate y al mismo tiempo resplandeciente, como el jazmín, la camelia, pero se le traslucía la sangre joven que palpitaba debajo, que subía a sus mejillas, le hinchaba los labios al parecer dispuestos a derramar un jugo rosa y ardiente como el vino. Sus ojos verdes centelleaban.

«Tiene veinte años», pensó Agnès, que una vez más se obligó a cerrar los ojos, a no ofenderse ante esa belleza demasiado deslumbrante, demasiado ávida, esa risa sonora, ese egoísmo, ese ardor joven, esa dureza de diamante. «Tiene veinte años, no es su culpa… La vida la apagará, la suavizará, la sosegará como a los demás».

—Mamá, ¿me prestas la bufanda roja? No la voy a perder. ¿Y puedo volver tarde?

—Primero dime adónde vas.

—¡Pero lo sabes muy bien, mamá! ¡A Saint-Cloud, a casa de Chantal Aumont! Me pasa a buscar Arlette. Por favor, mamá, ¿puedo volver tarde? ¿Después de las ocho? ¿No te enfadas? Es para evitar la costa de Saint-Cloud el domingo a las siete.

—Tiene toda la razón —dijo Guillaume.

Terminaba el almuerzo. Mariette servía con rapidez. Domingo… En cuanto estuvieran lavados los platos, también ella saldría.

Comían crêpes con sabor a naranja; Agnès había ayudado a Mariette a preparar la masa.

—Están exquisitos —dijo Guillaume con sensibilidad.

Por las ventanas abiertas se oía un tintinear de platos, algunos con más suavidad, como en la tenebrosa planta baja que albergaba a dos solteronas en la sombra, otros con más alegría, más vivacidad. Así era en la casa de enfrente, donde relucía, con doce cubiertos, un amplio mantel adamascado, resplandeciente, con pliegues duros, adornado en el centro con una cesta de rosas blancas de la primera comunión.

—En cuanto a mí, yo iré a prepararme, mamá. No quiero café.

Guillaume tragaba el contenido de su taza sin hablar, con prisa. Mariette empezaba a levantar la mesa.

«Qué apresurados están —pensó Agnès, mientras sus manos ágiles y delgadas doblaban maquinalmente la servilleta de Nanette—. Yo sola…».

El magnífico domingo, para ella sola, no tenía atractivo.

«Nunca me habría imaginado que se iba a volver tan hogareña, tan apagada», pensó Guillaume. La miró, inspiró hondo, hinchó el pecho, feliz, orgulloso de sentir en su interior la corriente de potencia que el buen tiempo parecía infundirle a su cuerpo. «Estoy en muy buena forma. Me mantengo de manera asombrosa», volvió a pensar, recordando todas las razones, crisis, problemas de dinero… Germaine, que se resistía, maldita sea… los impuestos… todo lo que legítimamente hubiera podido deprimirlo, entristecerlo, así como a tantos otros. Pero nada de eso. «¡Siempre he sido así! Un rayo de sol, la perspectiva de un domingo fuera de París, en libertad, con una buena botella, una chica atractiva a mi lado, ¡y vuelvo a tener veinte años! Estoy vivo», se felicitó, mientras contemplaba a su mujer con una sorda hostilidad; su belleza fría lo irritaba, así como el pliegue burlón y crispado de sus labios. Dijo en voz alta:

—Obviamente, si llego a pasar la noche en Chartres te aviso por teléfono. En cualquier caso, volvería mañana por la mañana. Pasaré por casa antes de ir a la oficina.

Agnès pensó con una frialdad extraña y dolorosa: «Un día de estos, después de un almuerzo demasiado abundante, el coche en el que viajan él y la mujer que acaricia se estrellará contra un árbol. Una llamada telefónica desde Senlis o Auxerre». ¿Acaso sufriría?, le preguntó a una imagen especular de sí misma, invisible, muda, atenta en la sombra. Pero, silenciosa e indiferente, la imagen no contestó, y la gruesa silueta de Guillaume se interpuso entre ella y el espejo.

—Hasta luego, querida.

—Hasta luego, cariño.

Guillaume se había ido.

—¿Preparo la mesa de té en el salón, señora?

—No, deja. Ya lo hago yo. Cuando termines con la cocina puedes irte.

—Gracias, señora —dijo la muchacha, cuyas mejillas enrojecieron de inmediato con intensidad, como si las hubiera acercado a un fuego ardiente—. Gracias, señora —repitió con una mirada lánguida que hizo que Agnès se alzara de hombros socarronamente.

Agnès acarició la cabecita lisa y negra de Nanette, que, bien se escondía en los pliegues de su vestido, bien se asomaba riendo.

—Estaremos muy tranquilas las dos solas, cariño.

Entretanto, Nadine se vestía aprisa en su habitación, se empolvaba el cuello, los brazos desnudos, el nacimiento de la garganta, allí donde Rémi, en la penumbra del automóvil, había posado sus labios secos y fervientes, dándole besos rápidos y ardientes como llamas. Las dos y media… Arlette aún no había llegado. «Con la complicidad de Arlette, mamá no sospechará nada». Se habían dado cita a las tres. «Pensar que mamá no ve nada. Y ha sido joven…», pensó la muchacha, tratando en vano de imaginar la juventud, el noviazgo, los primeros años de matrimonio de su madre.

«Siempre ha sido así. El orden, la calma, los cuellos de lino blanco… “Guillaume, no rompas las rosas”. Pues yo…».

Tembló, se mordió suavemente los labios, acercó la cara al espejo. Nada le gustaba tanto como su propio cuerpo, su mirada, sus rasgos, la forma del joven cuello blanco y puro, como una columna. «Es maravilloso tener veinte años —pensó con fervor—. ¿Acaso las demás jovencitas saben apreciarlo como yo, saborean la misma felicidad, el mismo ardor, el mismo vigor, el mismo calor de la sangre? ¿Lo sienten como yo, de una manera tan aguda y profunda? Para una mujer, tener veinte años en 1934 es… es estupendo», pensó, recordando confusamente las noches de campamento, el día que clareaba sobre el coche de Rémi (mientras los padres imaginaban un paseo en grupo por la isla Saint-Louis, para ver el amanecer sobre el Sena, qué inocentes) y el esquí, la natación, el aire libre, el agua fría en su cuerpo joven, la mano de Rémi que le clavaba las uñas en la nuca, dándole un tironcito suave en el cabello corto… «¡Y estos padres que no ven nada! Es cierto que en su época… Me imagino a mi madre, a mi edad, en el primer baile, con los ojos bajos. Rémi… “Estoy enamorada”, le dijo ella a su reflejo, que sonreía en el espejo. “Pero hay que tener cuidado con Rémi, es tan apuesto, tan presumido, tan mimado por las mujeres, los honores. Le debe encantar hacernos sufrir”».

—Pero ya veremos quién es el más fuerte —murmuró apretando nerviosamente los puños, sintiendo que su amor palpitaba en su interior, como un deseo tumultuoso de luchar, de salir al juego ardiente y cruel.

Se rio. Y la risa sonó tan clara, tan insolente, tan fresca en el silencio que se detuvo, encantada, y prestó oídos, como si oyera el eco de un instrumento musical raro y perfecto.

«Por momentos, me parece que estoy enamorada sobre todo de mí misma», pensó al ponerse al cuello el collar verde, cuyas cuentas espejeaban y reflejaban el sol. Su piel pura, firme y lisa tenía el satinado brillante de los animales jóvenes, las flores, las plantas de mayo, un resplandor que se adivinaba efímero, pero que había alcanzado la suma perfección. «Nunca seré tan bella como ahora».

Se perfumó, derrochando el perfume a propósito y extendiéndolo por su cara, por sus hombros: ¡todo lo que era deslumbrante, extravagante, le sentaba bien ese día! «Me gustaría tener un vestido color rojo fuego, joyas de bohemia». Recordó la voz de su madre, cariñosa y cansada: «¡Todo en su justa medida, Nadine!».

«Ay, los viejos», pensó con desprecio.

En la calle, el coche de Arlette se había detenido delante de la casa. Nadine agarró su cartera, una gorra que se puso corriendo y gritó al vuelo: «¡Hasta luego, mamá!», para luego desaparecer.

—Quiero que descanses un poco en el sofá, Nanette. Anoche dormiste muy mal. Trabajaré a tu lado —dijo Agnès—. Después podrás salir con Mademoiselle.

La pequeña Nanette arrugó un momento su delantal rosa con las manos, se dio vuelta para un lado y para el otro, frotó la cara contra los almohadones, bostezó y se durmió. Tenía cinco años. Al igual que Agnès, tenía una piel de rubia, pálida y fresca, pero el cabello negro y los ojos oscuros.

Agnès se sentó a su lado, sin hacer ruido. La casa estaba en silencio, dormida. Fuera, el aroma del café de filtro flotaba en el aire. La habitación estaba sumida en una sombra amarilla, tibia y suave. Agnès oyó a Mariette cerrar la puerta de la cocina con precaución y cruzar el apartamento; la escuchó descender por la escalera de servicio. Suspiró; la invadió una felicidad extraña y melancólica, una paz deliciosa. El silencio, las habitaciones vacías, la certeza de que, hasta la noche, nadie la molestaría, no se oiría ni un paso ni una voz extranjera en esa casa, en ese refugio… La calle estaba tranquila y vacía. Sola, una mujer invisible tocaba el piano, oculta detrás de unas persianas bajas. Luego todo calló. A la misma hora, Mariette, que apretaba con las dos manos la cartera de los domingos, confeccionada en «imitación de piel de cerdo», se dirigía a toda prisa a la estación Sèvres-Croix-Rouge, donde la esperaba su novio, mientras que Guillaume, en el bosque de Compiègne, le decía a una mujer rubia y regordeta, que estaba sentada a su lado: «Es fácil culparme, aunque no sea un mal marido, pero mi mujer…». Nadine, en el autito de Arlette, bordeaba rauda la reja del jardín de Luxembourg. Los castaños estaban en flor. Los niños correteaban, vestidos con pequeños suéters de primavera, sin mangas. Arlette pensaba con amargura que a ella nadie la esperaba; nadie la quería. La toleraban por su precioso automóvil verde y sus ojos redondos enmarcados en carey, que inspiraban confianza a las madres. ¡Dichosa Nadine!

Soplaba un viento frío; los chorros de agua inclinados bruscamente a la izquierda esparcían por entre los transeúntes un polvillo brillante. En la plaza Sainte-Clotilde, los árboles jóvenes se agitaron suavemente.

«Cuánta paz», reflexionó Agnès.

Sonrió; ni su marido ni su hija mayor conocían aquella sonrisa lenta, rara y confiada que despuntaba en sus labios.

Se levantó, fue en silencio a cambiarle el agua a las rosas; recortó con cuidado sus tallos, las flores se abrieron lentamente y los pétalos parecieron separarse con pesar, con miedo y con una especie de pudor divino.

«Qué bien se está aquí», pensó Agnès.

Su casa… El refugio, el caparazón cerrado y tibio, cerrado al ruido de fuera. Cuando avanzaba por la calle Las Cases, isla de tinieblas en los crepúsculos invernales, y reconocía en la puerta la figura sonriente de una mujer esculpida en piedra, el suave rostro familiar adornado con una cinta estrecha, se sentía misteriosamente ablandada, apaciguada, bañada en olas de una dicha tranquila. Su casa… El silencio delicioso, el crujido ligero y furtivo de los muebles, las delicadas marqueterías que apenas relucían en la sombra, ¡cómo le gustaba todo eso! Se sentó; se dejó caer en lo hondo de un sillón, por más que se mantuviera siempre muy erguida, sin doblar la espalda, sin agachar la cabeza.

«Guillaume dice que me gustan más los objetos que los seres humanos… ¡Puede ser!».

Estos la rodeaban con un encanto dulce y mudo. El péndulo, adornado de carey y de cobre, se mecía lenta y apaciblemente en el silencio.

El tintineo musical y familiar de una taza de plata que brillaban en la sombra respondía a cada movimiento, cada suspiro, como un amigo.

¿La felicidad? «La perseguimos, la buscamos, se nos va la vida en ello, y se encuentra aquí —se dijo—, nace cuando nada aguardamos, cuando no abrigamos esperanzas, cuando nada tememos. Obviamente, la salud de las niñas…». Y, maquinalmente, se inclinó a tocar con los labios la frente de Nanette. «Fresca como una flor, gracias a Dios. Ya nada que esperar, cuánta paz. Si habré cambiado», pensó, recordando el pasado, el amor insensato que sentía por Guillaume, la plaza perdida en lo profundo de Passy, donde lo aguardaba en las tardes de primavera. Su familia, su suegra odiosa, el barullo de las hermanas en el saloncito negro desangelado. «¡Ah! Nunca me cansaré de este silencio». Sonrió y dijo en voz baja, como si la Agnès de antes estuviera sentada a su lado, escuchándola incrédula, con la cara joven y pálida enmarcada por sus trenzas negras:

—Sí, te asombra, ¿no? ¿A que he cambiado?

Negó con la cabeza. Al hacer memoria, le parecía que cada día del pasado había sido lluvioso y triste, cada espera vana, cada palabra cruel o mendaz.

«Ah, ¿cómo puede uno lamentarse del amor? Por suerte, Nadine no se me parece. Estas chiquillas son tan frías, tan secas. Nadine es una niña, pero, incluso más adelante, nunca podrá amar, sufrir, como yo. Por otra parte, mejor así, mejor así, Dios mío. Nanette, es de esperar, será como su hermana».

Sonrió: era tan extraño imaginar que esos mofletes rosados y lisos, esos rasgos inciertos se convertirían en un rostro de mujer. Estiró la mano y le acarició suavemente el fino pelo negro. «Los únicos momentos en que mi alma descansa», pensó mientras recordaba a una amiga de juventud, que decía: «Mi alma descansa…», cerrando a medias los ojos al encender un cigarrillo. Pero Agnès no fumaba. No le gustaba divagar, sino sentarse como en ese momento y dedicarse a alguna tarea humilde, precisa, coser, tejer, hacer que sus pensamientos bajaran a tierra, se doblegaran, estar en calma y en silencio, ordenar sus libros, lavar con cuidado y secar, una a una, las copas de Bohemia, las largas copas con doraduras, como se estilaban antes, en las que en su casa se servía el champán. «La felicidad… Sí, a los veinte años, la felicidad me parecía otra cosa, más terrible, más amplia, pero lo maravilloso es que los deseos empequeñecen y están más al alcance de la mano conforme avanzamos hacia el fin de todos los deseos», pensó mientras apoyaba en su regazo la canasta con las labores empezadas, un retazo de seda, un dedal, las tijeras de oro. «¿Qué más necesita una mujer que no ama el amor?».

—Por favor, Arlette, déjame aquí —pidió Nadine.

Eran las tres. «Voy a dar una vuelta —pensó—. No quiero ser la primera en llegar».

Arlette obedeció. Nadine bajó de un salto.

—Gracias, linda.

El coche arrancó. Nadine remontó la calle de l’Odéon, obligándose a contener la prisa y el ardor alegre que invadía su cuerpo. «Me gusta la calle —pensó, mirando a su alrededor con amistad, con reconocimiento—. En casa me ahogo. No entienden que soy joven, que tengo veinte años, que no puedo dejar de cantar, bailar, hablar fuerte, reír. Soy feliz». Por entre la fina tela de su vestido sentía el viento delicioso que soplaba en sus piernas. Ligera, aérea, libre, alada, pensó que, en aquel instante, nada la retenía sobre la tierra. «Hay momentos en los que una saldría volando sin esfuerzo», pensó, alzada por la esperanza. ¡Qué hermoso y amable era el mundo! La marea rutilante del sol de mediodía se iba atenuando, se transformaba en una luz pálida y tranquila; en cada esquina, unas mujeres vendían ramilletes de junquillos, ofreciendo cestas a los que pasaban. En los cafés, en las terrazas, las familias bebían granadina, instaladas apaciblemente en torno a una comulgante de mejillas ardientes y ojos brillantes. Y, lentamente, bloqueando las aceras, los soldados marchaban en uniforme de salida y las mujeres caminaba con vestidos negros, con grandes manos rojas y desnudas. «Bombón», dijo un muchacho al pasar, estirando los labios como en un beso y mirando ávidamente a Nadine. Ella rio.

Por momentos, el amor mismo, la imagen misma de Rémi se borraban. Solo quedaban una exaltación, una fiebre y una felicidad agudas y casi intolerables, pero que parecían recelar una angustia extraña y suave en lo más hondo de ella.

«¿El amor? ¿Acaso Rémi me ama? —se preguntó de repente en el umbral del barcito donde él debía esperarla—. ¿Y yo? Somos, sobre todo, amigos, pero ¿y qué? ¡La amistad, la confianza son buenas para los viejos! ¡La ternura misma no es para nosotros! El amor es otra cosa», pensó, recordando el doloroso aguijón que, por momentos, parecían esconder los besos y las palabras más tiernas. Entró.

El café estaba vacío. Brillaba el sol. En la pared resonaba un reloj. Un olor a vino, una frescura de sótano, penetraban la pequeña sala interior donde se sentó Nadine.

Él no había llegado. Nadine sintió que el corazón se le encogía en el pecho. «Son las tres y media, es cierto. ¿Se habrá ido?»

Pidió una bebida al azar.

Cada vez que se abría la puerta, que aparecía la silueta de un hombre en el umbral, su corazón indócil palpitaba de alegría, tumultuoso, inundándola de felicidad; pero siempre entraba un desconocido, la miraba distraídamente e iba a sentarse en la penumbra. Nadine apretó nerviosamente las manos debajo de la mesa, se las retorció.

«Pero ¿dónde está? ¿Por qué no viene?».

A continuación, bajaba la cabeza y seguía esperando.

El reloj sonaba inexorablemente cada cuarto de hora. Con los ojos fijos en la aguja, Nadine esperaba, sin moverse, como si la inmovilidad absoluta y el silencio pudieran detener la marcha del tiempo. Las tres y media. Las tres y cuarenta y cinco. Eso aún no era nada. De un lado o del otro de las y media había muy poca diferencia, por más que fueran las tres y cuarenta, pero si se decía: «Las cuatro menos veinte, las cuatro menos cuarto», todo estaba perdido, arruinado, perdido sin remedio. ¡Rémi no iría, se había burlado de ella! ¡Con quién estaba en ese momento! ¿A quién le diría: «¿Nadine Padouan? La dejé plantada»? Sintió que unas pequeñas lágrimas, acres y amargas, le quemaban los ojos. ¡No, eso no! Las cuatro. Le temblaban los labios. Abrió su cartera, sopló la borla de maquillaje; el polvillo la envolvió en una nube sofocante y perfumada; se miró los rasgos en el pequeño espejo, trémulos y deformados como en el fondo del agua. «No, no lloraré», pensó apretando brutalmente los dientes. Con dedos temblorosos, agarró su lápiz labial y se repasó los labios, se empolvó el hueco satinado, azulado y liso que tenía bajo los ojos, el punto donde más adelante se le formaría la primera arruga. «¿Por qué lo ha hecho?». Un beso, una noche, ¿eso era todo lo que él quería? Al instante, la invadió una humildad desesperada. Todos los recuerdos amargos que puede contener incluso una infancia feliz y colmada refluyeron en su alma: la bofetada inmerecida que le había dado su padre a los doce años, el profesor injusto, las chiquillas inglesas, hacía mucho tiempo, que decían: «We won’t play with you. We don’t play with kids».

«Me duele. No sabía que podía doler tanto».

Dejó de mirar la hora. Permaneció sentada, sin moverse. ¿Adónde ir? Allí en su lugar se sentía protegida. ¿Cuántas mujeres habían esperado a alguien como ella, cuántas se habían tragado las lágrimas como ella, cuántas habían acariciado maquinalmente esa vieja banqueta de molesquín, tibia y suave al tacto, como un pelaje animal? Pero, bruscamente, un sentimiento de orgullo la invadió de nuevo. ¿Qué más daba? «Me duele, soy desdichada». Ah, esas flamantes palabras hermosas: amor, desdicha, deseo. Les moldeaba con suavidad entre sus labios.

—Deseo que él me quiera. Soy joven. Soy atractiva. Me querrá y, si no es él, me querrán otros —murmuró apretándose nerviosamente las manos con las uñas, que llevaba brillantes y aceradas como garras.

Las cinco… La pequeña sala oscura brilló de golpe, como la abertura dorada de un brasero. El sol había dado la vuelta; iluminó el licor dorado que pringaba su vaso, aclaró la cabinita de teléfono que estaba en frente de ella.

«¿Una llamada? —pensó febrilmente—. A lo mejor está enfermo.»

—Bueno, vamos —dijo, encogiéndose furiosamente de hombros.

Había hablado en voz alta; se estremeció. «Pero ¿qué me pasa?». Lo imaginó sangrando, muerto, en la carretera; siempre conducía como un loco…

—¿Y si lo llamara? ¡No! —murmuró, sintiendo por primera vez la debilidad, la bajeza de su corazón.

Y, al mismo tiempo, en el fondo de sí misma, una voz parecía susurrar misteriosamente. «Mira. Escucha. Recuerda. Nunca olvidarás este día. Envejecerás. Pero, a la hora de tu muerte, volverás a ver esta puerta abierta, donde da al sol. Oirás sonar los cuartos de hora del reloj, los ruidos y los gritos de la calle».

Se levantó y entró en la pequeña cabina telefónica que olía a polvo y a tiza; las paredes estaban cubiertas de inscripciones. Se quedó mirando fijo la figura de una mujer, dibujada en un rincón. Al final llamó a la operadora y le indicó el número.

—Hola —contestó una voz desconocida de mujer.

—¿Hablo con el apartamento del señor Rémi Alquier? —preguntó ella, y el sonido de sus palabras la sorprendió; le temblaba la voz.

—Sí, ¿de la parte de quién?

Nadine guardó silencio; oyó claramente una suave risa perezosa, un grito:

—Rémi, es para ti, una niña… ¿Cómo? El señor Alquier no está en casa, señorita.

Con lentitud, Nadine colgó el teléfono, luego salió. Eran las seis y el resplandor del sol de mayo se había velado; un ocaso triste y ligero había invadido el aire. Del jardín de Luxemburgo subía un olor de plantas y flores recién regadas. Nadine tomó una calle al azar, luego otra. Al caminar silbaba bajito; se iluminaron las primeras lámparas en el fondo de las casas, y enseguida los primeros faroles de gas en las calles: sus fuegos deformes brillaron por entre las lágrimas.

En la calle Las Cases, Agnès había acostado a Nanette, que se estaba durmiendo, pero seguía hablando al borde del sueño en una voz vacilante, suave, confiada, seguía hablándose a sí misma, a sus juguetes, a la sombra. Pero en cuanto oía los pasos de Agnès hacía silencio por prudencia.

«Ya empieza», pensó Agnès.

Entró en el salón a oscuras; lo atravesó sin encender las lámparas y se acodó en la ventana. El cielo se iba oscureciendo. Suspiró. El día primaveral escondía una especie de amargura secreta que se esfumaba con la caída de la noche. Del mismo modo los duraznos rosas y perfumados dejaban un regusto amargo en la boca. ¿Dónde estaba Guillaume? «Sin duda no volverá esta noche. Mejor», pensó al imaginar la cama fría y vacía. Tocó con la mano el cristal frío. ¿Cuántas veces había esperado así a Guillaume? Noche tras noche, escuchando en el silencio el tictac del reloj, el rechinar del ascensor que subía, subía lentamente, pasaba su puerta, volvía a bajar. Noche tras noche, al principio desesperada, después con resignación, al final con una indiferencia densa y mortal.

¿Y ahora? Se encogió de hombros con tristeza.

La calle estaba vacía, y un vapor azulado parecía flotar sobre todas las cosas, como si del cielo velado hubiera comenzado a caer una fina lluvia de cenizas. En la sombra se iluminó la estrella de oro de un farol, y las torres de Sainte-Clotilde parecieron alejarse, fundirse en la distancia. Pasó un pequeño automóvil lleno de flores que volvía del campo; quedaba apenas suficiente luz para ver los ramos de junquillos pegados a los faros. En los portales, los conserjes sentados en sus sillas de paja, con los brazos flojos, apoyados sobre el regazo, guardaban silencio. En cada ventana se cerraban los postigos, y solo por los intersticios brillaba débilmente una lámpara rosa.

«Hace tiempo —recordó Agnès—, cuando tenía la edad de Nadine, ya esperaba a Guillaume en vano durante largas horas». Cerró los ojos, tratando de volver a verlo tal como era entonces, o al menos como se lo parecía. ¿Tan apuesto era? ¿Tan encantador? Dios mío, más delgado que ahora, eso seguro, con la cara más marcada, más seca, con labios atractivos. Sus besos… Soltó una risita triste y amarga.

«Cuánto lo amaba… Qué idiota… Infelizmente idiota… Guillaume me decía palabras de amor. Se conformaba con besarme, besarme hasta que se me derretía el corazón de dulzura y de pena. En 18 meses nunca me dijo: “Te quiero”, ni “Quiero casarme contigo…”. Yo tenía que estar siempre presente, con devoción. “A mi disposición”, decía él. Y a mí me daba placer, así de estúpida y desdichada era. Tenía la edad en que incluso la derrota es embriagadora. Y además pensaba: “Me amará. Seré su mujer. A fuerza de devoción, de amor, me amará”».

Rememoró con extraordinaria precisión una tarde primaveral del pasado remoto. No hacía buen tiempo como esta noche. Era una de esas primaveras parisinas lluviosas y frías, en las que, en cuanto amanece, cae una lluvia densa y helada, que se escurre entre los árboles llenos de hojas. Los castaños en flor, el día largo, el aire tibio parecen una burla cruel. Agnès estaba sentada en un banco, esperando a Guillaume en una plaza vacía; el boj empapado de lluvia desprendía un olor amargo; las gotas caían en el agua de la fuente, marcando lenta y melancólicamente los minutos que se habían ido sin retorno, las lágrimas frías que habían rodado por sus mejillas. Él no llegaba. A su lado se había sentado una mujer, la había mirado si decir una palabra, curvando la espalda bajo la lluvia, apretando con amargura los labios como si pensara: «Otra más».

Agachó un poco la cabeza, la apoyó maquinalmente en el brazo como antaño, doblando el cuello. Una honda tristeza se acumulaba en ella.

«¿Qué me ocurre? Al fin y al cabo, soy feliz, todo está muy tranquilo, es muy apacible. ¿De qué sirve acordarse de esas cosas? No puede sino inspirar en mi alma rencor y una cólera inútil, ¡Dios mío!».

Pero, de pronto, volvió a su memoria la imagen del taxi que la llevaba por los caminos negros y húmedos del Bois de Boulogne, y le pareció reencontrar el sabor y el olor de aquel aire puro, frío, que entraba por las ventanillas bajas, mientras la mano de Guillaume apretaba suave, cruelmente, su pecho desnudo, como si fuera un fruto al que se le ha sacado el jugo. Peleas, reconciliaciones, lágrimas amargas, mentiras, flaqueza apasionada y una felicidad brusca, dulce, cuando él la tocaba con la mano, cuando decía riéndose: “¿Estás enojada? Me gusta hacerte sufrir un poco”.

—Es el pasado, no volverá —dijo Agnès de pronto en voz alta, con una incomprensible desazón. Repentinamente, sintió que las lágrimas subían a sus ojos y corrían por su cara. Ya quisiera sufrir de nuevo.

«¡Sufrir, desesperarme, esperar a alguien! ¡Ya no espero a nadie en el mundo! Estoy vieja. Odio esta casa —pensó de pronto con agitación—. ¡Y esta paz, esta calma! ¿Y las niñas? Sí, la ilusión maternal es la más tenaz y la más vana. Sí, las adoro, son todo lo que tengo en el mundo, pero con eso no alcanza. Quisiera recuperar los años perdidos, los sufrimientos perdidos. Ahora el amor sería tan repugnante, tan feo. ¡Quisiera tener veinte años! ¡Dichosa Nadine! Pero ¡sin duda está en Saint-Cloud, jugando al golf! ¡Se preocupa por el amor! ¡Qué suerte la suya!

Se estremeció. No había oído la puerta abrirse, ni los pasos de Nadine en la alfombra. Se apresuró a decir, limpiándose los ojos a escondidas:

—No enciendas la luz.

Nadine, sin contestar, fue a sentarse a su lado. Había caído la noche, y las dos apartaban la vista. No vieron nada.

Al cabo de un rato, Agnès preguntó:

—¿Lo has pasado bien, cariño?

—Sí, mamá —dijo Nadine.

—¿Qué hora es?

—Ya casi la siete, creo.

—Volviste más pronto de lo que pensaba —dijo Agnès distraídamente.

Nadine, sin contestar, hizo tintinear suavemente unas contra otras las pulseras que llevaba en los brazos desnudos.

«Pero qué callada está», pensó Agnès, ligeramente sorprendida. Dijo en voz alta:

—¿Qué pasa, cariño? ¿Estás cansada?

—Un poco.

—Te acostarás temprano. Ahora ve a lavarte las manos. Cenamos en cinco minutos. No hagas ruido al cruzar el pasillo, Nanette duerme.

En ese momento sonó el teléfono. Nadine levantó bruscamente la cabeza. Apareció Mariette.

—Preguntan por la señorita Nadine.

Nadine, cuyo corazón latía sordamente en su pecho, atravesó despacio el salón, consciente de la mirada de su madre. Cerró detrás de sí la puerta del pequeño escritorio donde se encontraba el aparato.

—¿Nadine? Soy yo, Rémi… Ah, qué enojada estás… Perdóname, vamos… No seas mala… ¡Pero porque te pido perdón! Eso, eso —dijo él como si quisiera calmar a un animal desobediente—. Un poco de indulgencia, por favor, chiquita… ¿Qué quieres? Una vieja relación, una limosna… Ah, Nadine, ¿no querrás que me conforme con las pequeñas naderías que me das? ¿Eh? ¿Eh? —repetía, y ella reconoció el eco de aquella risa voluptuosa y dulce entre los labios cerrados—. Me tienes que perdonar. No me disgusta nada besarte cuando estás enojada y tus ojos verdes lanzan llamas. Me los imagino. Fulguran, ¿no? ¿Mañana? ¿Te parece mañana a la misma hora? ¿Eh…? Nada de plantón, te lo juro… ¿Cómo…? ¿Que no puedes? No me hagas reír. ¿Mañana? En el mismo lugar, a la misma hora. Pero te lo juro… ¿Mañana? —repetía.

Nadine dijo:

—Mañana.

Él rio:

There’s a good girl. Good little girlie. Bye bye.

Nadine entró corriendo en el salón. Su madre no se había movido.

—Pero ¿qué haces todavía ahí sentada, mamá? —exclamó, y su voz, su risa estruendosa hicieron que un sentimiento turbio y amargo, parecido a la envidia, recorriera el alma de Agnès—. ¡Ya es de noche!

Encendió todas las lámparas. Sus ojos brillaban, todavía humedecidos por las lágrimas; en sus mejillas flameaba una llama oscura. Se acercó al espejo tarareando, se arregló el cabello, miró sonriendo su cara iluminada por la dicha, sus labios entreabiertos y temblorosos.

—Qué contenta te has puesto de golpe —dijo Agnès.

Se esforzó por reír, pero solo escapó de sus labios una risita chirriante y triste. Pensó: «¡Pero qué ciega he sido! ¡Esta criatura está enamorada! Ah, tiene demasiada libertad, soy demasiado débil, eso es lo que me inquieta». Pero, en su corazón, reconocía la amargura, el sufrimiento; los saludaba como a viejos amigos. «Estoy celosa, caramba».

—¿Quién te llamó? Sabes perfectamente que a tu padre no le gustan los llamados de desconocidos y las citas misteriosas.

—No sé a qué te refieres, mamá —dijo Nadine, clavando en su madre los ojos brillantes de inocencia, sin que fuese posible leer el pensamiento que se oculta en su profundidad: la madre, la eterna enemiga, la vejez chocha que no entiende nada, que no ve nada, que se encierra en su caparazón y solo piensa en impedirle a la juventud que viva—. Te aseguro que no sé a qué te refieres. Era nada más para avisarme que el partido de tenis que hoy se suspendió se pospuso para mañana. Nada más.

—¡Nada más, qué bien! —dijo Agnès, pero el sonido seco y duro de sus palabras la sorprendió incluso a ella misma.

Miró a Nadine. «Pero me he vuelto loca. Ha de ser por los recuerdos de antes. Si todavía es una niña…». Por un instante volvió a ver en su mente la imagen de una muchacha, con largas trenzas negras, sentada en una plaza perdida entre la bruma y la lluvia; la contempló con tristeza y la alejó para siempre de su memoria.

Apoyó suavemente la mano en el brazo de Nadine.

—Bueno, ven —dijo.

Nadine ahogó una risita irónica. «¿Acaso yo seré igual de… crédula, a su edad? ¿Y estaré tan tranquila? Dichosa mamá —pensó con un ligero desprecio—. Es algo hermoso, la inocencia y la paz del corazón».

Llegamos a Martingdale a mediados de noviembre, y el lugar nos pareció de todo menos romántico o agradable. Los senderos estaban húmedos y enlodados, los árboles carecían de hojas y no había flores salvo unas rosas que florecían tarde en el jardín. Había llovido mucho en los últimos meses, y la propiedad daba pena. Clare no quiso invitar a Alice para que le hiciese compañía durante los meses de invierno, como había sido su intención; y en cuanto a mí, los Cronson seguían sin aparecer por New Norfolk, donde se suponía que pasarían Navidad con la vieja señora Cronson, por fin recuperada.

En general, Martingdale presentaba un aspecto bastante inhóspito, y los cuentos de fantasmas con los que nos habíamos entretenido mientras el sol bañaba las salas se volvían cada vez menos irreales cuando lo único con lo que contábamos, para disipar la oscuridad, eran chimeneas encendidas y velas de sebo. Cobraron más realidad cuando un criado tras otros nos abandonó para buscar empleo en otros sitios, los ruidos se hicieron más frecuentes en la casa y Clare y yo empezamos a oír con nuestros propios oídos los pasos, los golpes y la cháchara que se nos habían descrito.

Estimado lector, sin duda usted está libre de supersticiones. Niega la existencia de fantasmas y “solo desea hallar una casa encantada donde pasar la noche”, lo cual es muy valiente y loable de su parte; pero ya quisiera verlo en una vieja mansión de campo desolada e inhóspita, donde resuenan los sonidos más inexplicables, sin un solo criado a excepción de un viejo conserje y su mujer que, al vivir en un extremo de la residencia, no oyen los pasos y el pum, pum, pum que tiene lugar a todas horas de la noche.

En un principio creí que los ruidos eran producto de gente malintencionada que buscaba, por motivos personales, mantener la casa deshabitada; pero poco a poco Clare y yo llegamos a la conclusión de que las visitas debían ser sobrenaturales y que, en consecuencia, Martingdale era imposible de alquilar. No obstante, dado que éramos personas prácticas y que, a diferencia de nuestros predecesores, no teníamos dinero para vivir dónde y cómo nos pluguiera, decidimos esperar a ver si era posible determinar una influencia humana en el asunto. Si no, convenimos que derribaríamos el ala derecha de la casa, así como la escalera principal.

Durante unas cuantas noches nos quedamos despiertos hasta las dos o las tres de la madrugada, Clare ocupada con sus labores y yo leyendo, con un revólver en la mesa que se hallaba a mi lado; pero nada, ni un sonido ni una aparición, recompensó el esfuerzo de la vigilia. Aquello confirmó mis primeras sospechas de que los sonidos no eran sobrenaturales; pero a fin de asegurarme decidí que, en nochebuena, en el aniversario de la desaparición del señor Jeremy Lester, haría guardia yo mismo en la habitación roja. Ni siquiera comuniqué mis intenciones a Clare.

A eso de las 10.00, cansados de las noches que habíamos pasado en vela, los dos nos retiramos a descansar. Con cierta ostentación, quizá, cerré sonoramente la puerta de mi habitación y, cuando la abrí media hora más tarde, salí por el pasillo en mayor silencio y con mayor cautela de lo que habría podido hacerlo un ratón. Me senté a oscuras en la habitación roja. Durante más de una hora no vi en ella más de lo que habría podido ver en mi tumba; pero al final de ese periodo salió la luna y proyectó un extraño relumbre en el suelo y en la pared de la habitación encantada.

Hasta entonces había hecho guardia frente a la ventana, pero en ese momento me situé en un rincón cercano a la puerta, donde me ocultaban las pesadas colgaduras de la cama y un antiguo guardarropas. Continué allí sentado, pero siguió sin oírse nada. Me pesaba la fatiga de tantas noches y, cansado de hacer guardia solo, al cabo me quedé dormido, para despertar al oír la puerta que se abría con delicadeza.

—John —dijo mi hermana, casi en un susurro—. John, ¿estás aquí?

—Sí, Clare —contesté—. ¿Qué haces levantadas a estas horas?

—Ven abajo —contestó—. Están en el salón revestido de encina.

No tuvo que explicarme a quién se refería; la seguí escaleras abajo, avisado por su mano alzada de que era necesario hacer silencio y andar con cautela. Junto a la puerta abierta del salón, Clare se detuvo y los dos miramos dentro.

En esa habitación que por la noche dejábamos a oscuras, había un fuego de leña chispeante encendido en el hogar, velas sobre el estante de la chimenea, una mesita movida de su rincón habitual y dos hombres sentados ante ella, jugando a las cartas. Logramos ver la cara del jugador más joven: era de un hombre de unos 25 años, que había llevado una vida dura y disipada, que había echado a perder su sustancia y su salud, que en vida había sido Jeremy Lester.

Me costaría decir cómo lo supe, cómo en un momento identifiqué los rasgos del jugador con los de un hombre que llevaba 41 años desaparecido: 41 años esa misma noche.

Iba vestido con un traje de otra época; tenía el pelo empolvado y, alrededor de las muñecas, llevaba unos puños de puntillas. Parecía una persona que, de regreso de una gran fiesta, se hubiera sentado en su casa con un amigo íntimo a jugar a las cartas. En el dedo meñique brillaba un anillo, en la pechera de la camisa destellaba un valioso diamante. Tenía hebillas con diamantes en sus zapatos y, de acuerdo con la moda de su época, vestía unas calzas que le llegaban hasta las rodillas y medias de seda, que dejaban al descubierto la forma de una pierna y un tobillo notablemente bien proporcionados. Estaba sentado enfrente de la puerta, pero no levantó la vista para mirarnos. Su atención parecía concentrada en las cartas.

Por un momento la habitación permaneció en completo silencio, interrumpido por los puntos importantes de la partida. Nos quedamos en la puerta, aguantando la respiración, aterrados y al mismo tiempo fascinados por la escena que se desarrollaba ante nosotros. Las cenizas caían en el hogar suavemente, como nieve; oíamos el roce de las cartas que se repartían y golpeaban en la mesa; oímos la cuenta de los puntos —15-2, 15-4 y así sucesivamente—, pero no se pronunció palabra alguna hasta que el jugador cuya cara no veíamos exclamó: «Yo gano; el juego es mío».

A continuación, su oponente tomó las cartas, las mezcló con incuria, las juntó en la mano y se las arrojó a su invitado a la cara, exclamado: «Tramposo, mentiroso, ahí tienes».

Sobrevino el alboroto y la confusión: cayeron las sillas, hubo gestos de furia y el ruido de las voces agitadas se mezcló hasta tal punto que no entendimos una sola frase de lo que decían. De inmediato, sin embargo, Jeremy Lester salió del salón con tanta prisa que por poco no nos llevó por delante; se alejó dando pasos ruidosos escaleras arriba, para entrar en la habitación roja, de donde bajó al cabo de pocos minutos con un par de estoques bajo el brazo. Cuando entró en el salón, nos dio la impresión, le dio al otro hombre a elegir entre distintas armas, luego abrió la ventana de un golpe, dejó pasar a su adversario con ceremonia y salió al aire nocturno. Clare y yo los seguimos.  

Atravesamos el jardín y recorrimos un sendero sinuoso hasta llegar a un llano, protegido en el norte por una plantación de abetos jóvenes. Para entonces la luna brillaba en el cielo, y vimos claramente cómo Jeremy Lester calculaba las distancias.

«A la cuenta de tres», le dijo por fin al hombre que seguía dándonos la espalda.

Habían echado la cuenta a la suerte, y el señor Lester había perdido. Se quedó quieto iluminado por la luz de la luna, y no quisiera contemplar a un hombre más apuesto.

«Uno», empezó el otro, «dos», y, antes de que nuestro antepasado sospechara siquiera de sus intenciones, se abalanzó y atravesó el pecho de Jeremy Lester con el estoque.

Al ver aquella cobarde traición, Clare dejó escapar un grito. Al instante los combatientes desaparecieron, la luna se ocultó tras una nube y nos quedamos de pie en la plantación de abetos, temblando de frío y de terror. Pero por fin sabíamos qué le había ocurrido al difunto propietario de Martingdale: no había caído muerto en un duelo justo, sino que lo había asesinado vilmente un falso amigo.

Cuando desperté entrada la mañana de Navidad, me encontré con un mundo blanco, cuya tierra, árboles y arbustos estaban cubiertos de nieve. Había nieve por doquier, como nadie recordaba haber visto en 41 años.

—En una Navidad como esta desapareció el señor Jeremy —comentó el viejo sacristán a mi hermana, que había insistido en que fuéramos a la iglesia a través de la nieve, y al oírlo ella perdió el conocimiento y tuvo que ser llevada a la sacristía, donde le confesé al párroco todo lo que habíamos visto la noche anterior.

Al principio aquel noble individuo quiso tomarse la cuestión a la ligera, pero dos semanas más tarde, cuando la nieve se hubo derretido y pudo examinarse la plantación de abetos, debió aceptar que sin duda había más cosas en el cielo y en la tierra de las que su limitada filosofía había soñado. En un pequeño espacio a la entrada de la plantación se halló el cuerpo de Jeremy Lester. Lo reconocimos por el anillo, las hebillas de diamante y el reluciente prendedor que llevaba en el pecho; y el señor Cronson, que vino a examinar los vestigios en calidad de magistrado, quedó visiblemente perturbado por la narración.

—Por favor, señor Lester, ¿vio usted en su sueño la cara del… del caballero… del oponente de su antepasado?

—No —contesté—, en la casa y en el campo, nos dio la espalda todo el tiempo.

—Pues, obviamente, no hay nada más que hacer —comentó el señor Cronson.

—Nada —contesté.

Y sin duda en ese punto habría acabado el asunto, si no fuera porque unos días más tarde, mientras cenábamos en Cronson Park, de repente Clare dejó caer la copa de agua que se estaba llevando a los labios, y exclamó:

—¡Mira, John, ahí está! —para luego alzarse de su asiento y, con la cara más blanca que el mantel, señalar un retrato que colgaba de la pared—: Lo vi un segundo cuando volvió la cabeza hacia la puerta mientras salía Jeremy Lester —explicó—. Es él.

De lo que ocurrió a continuación del reconocimiento tengo un recuerdo sumamente vago. Los criados empezaron a correr de acá para allá; la señora Cronson se cayó de su silla, presa de un ataque de histeria; las señoritas acudieron al lado de su madre; el señor Cronson, temblando como si lo consumiera la fiebre, intentó dar alguna explicación, mientras Clare rogaba sin parar que la sacaran de allí, como de hecho se hizo. Me la llevé no solo de Cronson Park, sino de Martingdale.

Antes de marcharnos de este sitio, sin embargo, me entrevisté con el señor Cronson, según el cual el retrato que había identificado Clare era el del padre de su esposa, el último hombre que había visto a Jeremy Lester con vida.

—Ahora es un anciano —concluyó el señor Cronson—, un hombre de más de 80 años, que me ha confesado todo. ¿Sería mucho pedir que nos ahorrara más tristeza y vergüenza cuidando de no hacer público este asunto?

Le prometí que guardaría silencio, pero la historia acabó saliendo a la luz, y los Cronson abandonaron la comarca. Mi hermana nunca regresó a Martingdale; se casó y en la actualidad vive en Londres. Aunque le aseguro que en casa no hay ruidos raros, se niega a visitarme en Bedforshire, donde la «muchachita» que otrora me recomendaba «tomar en serio» es ahora mi esposa y la madre de mis hijos.

Primera parte

Miserable es el hombre que ama a una mujer y la toma por esposa, que derrama a los pies de ella el sudor de su piel y la sangre de su cuerpo y la vida de su corazón, y que pone en las manos de ella el fruto de sus afanes y el beneficio de su diligencia; pues, cuando poco a poco despierta, descubre que ese corazón que se ha empecinado en comprar fue dado gratuita y sinceramente a otro hombre, para el gozo de los secretos más ocultos y del más profundo amor. Miserable es la mujer que, al dejar atrás las distracciones e inquietudes de la juventud, se encuentra en la casa de un hombre que derrama sobre ella su oro reluciente y sus preciosos regalos, y le concede todos los honores y la gracia de pródigos pasatiempos, pero es incapaz de satisfacer el alma de ella con ese vino celestial que, desde los ojos de un hombre, Dios vierte en el corazón de una mujer.

Yo conocía a Rashid Bey Namaan desde mi juventud; era libanés, nacido y criado en la ciudad de Beirut. Como miembro de una antigua y rica familia que preservaba la tradición y la gloria de sus ancestros, Rashid era aficionado a narrar incidentes que tenían que ver, particularmente, con la nobleza de sus antepasados. En su rutina de vida, seguía las creencias y costumbres que, por ese entonces, prevalecían en Oriente Medio.

Rashid Bey Namaan era generoso y de buen corazón, pero, como muchos sirios, solamente dedicaba su atención a las cosas superficiales en lugar de a la realidad. Nunca escuchaba los dictados de su corazón, sino que se mantenía ocupado obedeciendo las voces de su entorno. Se entretenía con objetos relucientes, que cegaban sus ojos y su corazón a los secretos de la vida; su alma estaba consagrada a una autosatisfacción temporaria, apartada de la comprensión de las leyes de la naturaleza. Era uno de esos hombres que se apresuran a confesar su amor o rechazo por la gente, y que luego, cuando es demasiado tarde para la retirada, deploran su impulsividad. Y entonces les sobrevienen la vergüenza y el ridículo, en lugar del perdón y el beneplácito.

Estas son las características que impulsaron a Rashid Bey Namaan a casarse con Rose Hanie, mucho antes de que el alma de la mujer abrazara el alma del hombre en el verdadero amor que hace de la unión de ambos un paraíso.

Tras algunos años de ausencia, regresé a la ciudad de Beirut. Cuando fui a visitar a Rashid Bey Namaan, lo encontré pálido y demacrado. Uno podía ver en su rostro el espectro de un amargo desengaño; los tristes ojos delataban su corazón roto y la melancolía de su alma. Mi curiosidad quiso indagar la causa de esa miserable aflicción; en todo caso, no vacilé en pedirle explicaciones y le dije:

–¿Qué se ha hecho de ti, Rashid? ¿Dónde fueron a parar la sonrisa radiante y el alegre semblante que te acompañaron desde la niñez? ¿Acaso la muerte se llevó de tu lado a algún querido amigo? ¿O las noches negras te hurtaron el oro que supiste amasar en los blancos días? En el nombre de la amistad, dime qué es lo que causa semejante tristeza en tu corazón y un tal desfallecimiento en tu cuerpo.

Me miró con añoranza, como si mis palabras hubiesen revivido para él recónditas imágenes de los hermosos días del pasado. Con voz angustiada y vacilante, respondió:

–Cuando una persona pierde a un amigo, se consuela con los muchos otros amigos que lo rodean, y si pierde su oro, medita durante un momento y ahuyenta de su espíritu la mala fortuna, especialmente cuando se encuentra saludable y aún cargado de ambición. Pero cuando un hombre pierde el sosiego de su corazón, ¿dónde puede encontrar consuelo, y con qué puede reemplazarlo? ¿Qué mente puede domarlo? Cuando la muerte golpea cerca de ti, has de sufrir. Pero cuando el día y la noche pasan, sentirás el delicado contacto de los dedos suaves de la vida; entonces sonreirás y te regocijarás.

”La Fatalidad llega de repente, trayendo preocupación; ella te mira con ojos horribles y aferra tu garganta con dedos afilados, y te arroja al suelo y te sujeta contra él bajo su pie impasible; entonces se echa a reír y se marcha, pero luego lamenta sus acciones y te pide, por medio de la buena fortuna, que la perdones. Te tiende su mano de seda y te eleva a lo más alto, y te canta la Canción de la Esperanza y hace que te descuides. Crea en ti una nueva piel que te envuelve en confianza y ambición. Si lo que te toca en la vida es un hermoso pájaro al que amas con amor sincero, lo alimentas con las semillas de tu yo interior, y haces de tu corazón su jaula y de tu alma su nido. Pero cuando lo estás admirando con cariño y lo miras con los ojos del amor, él escapa de tus manos y vuela muy alto; luego desciende y entra en otra jaula, y jamás regresa a ti. ¿Qué puedes hacer entonces? ¿Dónde puedes encontrar paciencia y conmiseración? ¿Cómo puedes revivir tus esperanzas y tus sueños? ¿Qué poder puede aplacar tu corazón turbulento?

Habiendo proferido estas palabras con voz ahogada y espíritu sufriente, Rashid Bey Namaan se agitó como un junco entre el viento del norte y el viento del sur. Extendió sus manos como para aferrar alguna cosa con los dedos curvados y destruirla. Su rostro arrugado estaba lívido, durante unos instantes abrió los ojos muy grandes, y creyó ver a un demonio que se aparecía desde la inexistencia, para llevárselo consigo; luego fijó sus ojos en los míos, y su apariencia cambió de repente; su ira se convirtió en punzante sufrimiento y aflicción, y prorrumpió en un grito:

–Es la mujer a quien rescaté de las letales garras de la pobreza; le abrí mis arcones y la convertí en la envidia de todas las mujeres por los hermosos atuendos y las gemas preciosas y los magníficos carruajes tirados por caballos briosos; la mujer amada de mi corazón y a cuyos pies derramé mi cariño; la mujer de quien fui leal amigo, compañero sincero y fiel esposo; la mujer que me traicionó y me abandonó por otro hombre, para compartir con él la indigencia y el pan malo, amasado con vergüenza y preparado con desgracia. La mujer a la que amaba; la hermosa ave que yo alimenté, y para quien hice de mi corazón una jaula y de mi alma un nido, escapó de mí y entró en otra jaula; ese ángel de pureza que residía en el palacio de mi afecto y de mi amor, ahora se me aparece como un horrible demonio, que ha descendido a la oscuridad para sufrir por su pecado y hacerme sufrir en la tierra por causa de su crimen.

Escondió su cara entre las manos como si quisiese protegerse de sí mismo, y se mantuvo por un momento en silencio. Luego suspiró y dijo:

–Esto es todo lo que puedo decirte; por favor, no preguntes más. No des a mi calamidad una estridente voz, déjala ser más bien muda desdicha; tal vez ha de crecer en el silencio y me anestesie para que por fin pueda descansar en paz.

Me levanté con lágrimas en los ojos y piedad en el corazón, y silenciosamente le dije adiós; mis palabras no tenían poder para consolar su corazón herido, y mi conocimiento carecía de una antorcha que pudiera iluminar su alma sombría.

Segunda parte

Pocos días después, en una choza humilde, rodeada de flores y de árboles, conocí a Madame Rose Hanie. Ella sabía algo de mí por Rashid Bey Namaan, el hombre cuyo corazón había destrozado, sobre el que había estampado su sello para luego dejarlo a merced de la Vida, que lo pisoteaba con sus cascos terribles. Cuando vi sus hermosos ojos claros y oí su voz sincera, me dije: “¿Acaso puede ser esta la sórdida mujer? ¿Puede este rostro claro esconder un alma horrible y un corazón criminal? ¿Es esta la esposa infiel? ¿Es esta la mujer de quien yo he hablado mal y a quien imaginé como una serpiente disfrazada en la apariencia de un hermoso pájaro?”. Luego murmuré otra vez para mí: “¿Es este el hermoso rostro que volvió miserable a Rashid Bey Namaan? ¿No hemos oído acaso que la belleza obvia es la causa de muchas aflicciones ocultas y de profundos sufrimientos? La hermosísima luna que inspira a los poetas, ¿no es la misma luna que enfurece el silencio del mar con un rugido terrible?”.

Cuando nos sentamos, Madame Rose Hanie pareció haber oído y leído mis pensamientos y habló como si no quisiera prolongar mis dudas. Inclinó su bello rostro sobre sus manos y, con una voz más dulce que la de la lira, dijo:

–Nunca antes lo he visto, pero he oído los ecos de sus pensamientos y de sus sueños por boca de la gente; ellos me convencieron de que es un hombre compasivo, que comprende a la mujer oprimida… la mujer, de cuyo corazón ha descubierto los secretos y de quien conoce los sentimientos. Permítame revelarle todo lo que hay en mi corazón, para que pueda saber que Rose Hanie nunca ha sido una mujer infiel.

”Apenas tenía dieciocho años cuando el destino me condujo a Rashid Bey Namaan, quien entonces tenía cuarenta. Se enamoró de mí, según dice la gente, y me tomó por esposa, y me llevó a su espléndido hogar, poniendo vestidos y gemas preciosas a mi disposición. Me exhibía como una rareza extraña en las casas de sus amigos y de su familia; sonreía triunfal cuando veía que sus contemporáneos me miraban con sorpresa y admiración; alzaba el mentón con gran orgullo cuando oía a las mujeres hablar de mí con alabanzas y cariño. Pero nunca pudo oír las murmuraciones: “¿Esta es la esposa de Rashid Bey Namaan, o su hija adoptiva?”. Y algún otro que comentaba: “Si se hubiese casado cuando tenía edad para hacerlo, su primogénito sería mayor que Rose Hanie”.

”Todo esto sucedió antes de que mi vida hubiese despertado del profundo desmayo de la juventud, y antes de que Dios inflamase mi corazón con la antorcha del amor, y antes de que creciesen las semillas de mis sentimientos. Sí, todo esto ocurrió durante ese tiempo en que yo creía que la verdadera felicidad provenía de los hermosos vestidos y las mansiones espléndidas. Cuando desperté del sopor de la niñez, sentí que las llamas del fuego sagrado ardían en mi corazón y un ansia espiritual que carcomía mi alma, haciéndola sufrir. Cuando abrí los ojos, descubrí que mis alas se movían a derecha e izquierda, procurando ascender en el espacioso firmamento del amor, pero temblaban y caían bajo las ráfagas de la ley que, como grilletes, había encadenado mi cuerpo a un hombre antes de que yo conociera siquiera el verdadero significado de esa ley. Sentí todas estas cosas, y supe que la felicidad de una mujer no proviene de la gloria y el honor de un hombre, ni de su generosidad y su afecto, sino del amor que une los corazones y los sentimientos de los dos, convirtiéndolos en un único miembro del cuerpo de la vida y en una única palabra en los labios de Dios. Cuando la Verdad me fue revelada, me encontré aprisionada por la ley en la mansión de Rashid Bey Namaan, como un ladrón que roba su pan y se esconde en los oscuros y amigables rincones de la noche. Supe que cada hora transcurrida con él era una mentira terrible, escrita sobre mi frente con letras de fuego ante el cielo y la tierra. Yo no podía darle mi amor y mi cariño como recompensa por su generosidad y su sinceridad. En vano traté de amarlo, pero el amor es un poder que da forma a nuestros corazones, sin que nuestros corazones puedan disponer de ese poder. Recé y recé ante Dios en el silencio de la noche, le pedí que crease, en lo hondo de mi corazón, un apego espiritual capaz de acercarme al hombre que había sido elegido como mi compañero para toda la vida.

”Mis plegarias no fueron atendidas, porque el Amor desciende sobre nuestras almas por voluntad de Dios, y no por el reclamo o la súplica del individuo. Así permanecí por dos años en la casa de ese hombre, envidiando la libertad de los pájaros del campo, mientras que mis amigas envidiaban mis dolorosas cadenas de oro. Era como una mujer a la que se ha separado de su único hijo; como un corazón doliente, que existe sin afecto; como una víctima inocente de la severidad de la ley humana. Poco me faltó para morir de sed espiritual y de ansia.

”Un oscuro día, cuando tenía la vista perdida en aquel cielo cargado, vi derramarse una agradable luz de los ojos de un hombre que marchaba tristemente por la senda de la vida; cerré los ojos a esa luz y me dije: “Oh, mi alma, la oscuridad de la tumba es lo que te ha tocado en suerte, no codicies la luz”. Entonces oí una hermosa melodía del cielo, que revivió con su pureza mi corazón herido, pero cerré los ojos y dije: “Oh, mi alma, el grito del abismo es lo que te ha tocado en suerte, no codicies las celestiales canciones”. Cerré los ojos otra vez para no ver, y tapé mis oídos para no oír, pero mis ojos cerrados continuaron viendo aquella amable luz, y mis oídos no dejaban de oír aquel sonido divino. Por primera vez tuve miedo y me sentí como el mendigo que ha encontrado una joya preciosa cerca del palacio del Emir y que no pudo recogerla por causa del temor, ni dejarla por causa de la pobreza. Grité: era el grito de un alma sedienta que ve un arroyo rodeado de bestias salvajes, y que cae de rodillas, esperando y mirando temeroso.

Entonces apartó sus ojos de mí, como si recordara un pasado que le avergonzaba exponer, pero continuó:

–Esa gente que se remonta a la eternidad antes de probar la dulzura de la vida real es incapaz de entender el significado del sufrimiento de una mujer. Especialmente, cuando ella consagra su alma al hombre a quien ama por voluntad de Dios, y su cuerpo a otro hombre, a quien acaricia por la fuerza de la ley terrenal. Es una tragedia escrita con la sangre de la mujer y con lágrimas que el hombre ve como ridículas porque no las puede comprender; sin embargo, si las comprendiera, su risa se convertiría en desprecio y blasfemia, que actuarían como fuego en el corazón de la mujer. Es un drama representado, en las noches negras, sobre el escenario del alma de la mujer, cuyo cuerpo está atado a un hombre a quien ha conocido como su esposo antes de que pudiera percibir el significado que el matrimonio tiene para Dios. Mientras tanto, su alma merodea alrededor del hombre a quien adora por decreto del amor y la belleza más puros y verdaderos. Es una terrible agonía que empezó con la existencia de la debilidad en la mujer y la existencia de la fuerza en el hombre. Y no terminará, a menos que los días de esclavitud y superioridad del fuerte sobre el débil sean abolidos. Es una horrible guerra entre la corrupta ley de los hombres y los sentimientos sagrados y el santo propósito del corazón. Tal es el campo de batalla en el que yo me hallaba ayer, pero reuní los restos de mis fuerzas, y desencadené los hierros de la cobardía, y solté mis alas del corsé de la debilidad, y me alcé en el cielo espacioso del amor y la libertad.

”Ahora soy una con el hombre a quien amo; él y yo saltamos como una única chispa de la mano de Dios antes del comienzo del mundo. No existe poder bajo el sol que pueda quitarme mi felicidad, porque ella emana del abrazo de dos espíritus, devorados por el entendimiento, irradiados por el Amor y protegidos por el cielo.

Me miró como si quisiese penetrar con sus ojos en mi corazón, para descubrir la impresión que sus palabras me habían causado, y para oír el eco de su voz en mi interior; pero yo permanecí en silencio y ella continuó. Llenaban su voz una memoria amarga y el dulzor de la sinceridad y la libertad, cuando dijo:

–Así que la gente le dirá que Rose Hanie es una mujer herética e infiel, que siguió sus propios deseos al dejar al hombre que hacía de ella su gran regocijo y la elegancia de su casa. Le dirán que es una adúltera y una prostituta, que destruyó con sus manos indecentes la guirnalda de un sagrado matrimonio para reemplazarlo por una unión mancillada, tejida con las espinas del infierno. Ella se quitó el ropaje de la virtud y se echó encima el manto del pecado y la desgracia. Le dirán más que eso, porque los fantasmas de sus padres todavía viven en sus cuerpos. Son como las cavernas abandonadas en las montañas, que devuelven el eco de voces que nadie entiende. No entienden la ley de Dios, ni comprenden la intención real de la verdadera religión, ni distinguen entre el pecador y el inocente. Solo miran la superficie de las cosas, sin conocer sus secretos. Lanzan sus veredictos con ignorancia, y juzgan a ciegas, poniendo en pie de igualdad al inocente y al criminal, al bueno y al malo. Infortunio para aquellos que persiguen y que juzgan a la gente…

”A los ojos de Dios yo era una infiel y una adúltera únicamente mientras estaba en la casa de Rashid Bey Namaan, porque él me hizo su esposa de acuerdo con las costumbres y tradiciones, y a fuerza de apresuramiento, antes de que el cielo pudiese hacerlo mío conforme a la ley espiritual del Amor y el Cariño. Era una pecadora a los ojos de Dios y de mí misma cuando comía de su pan y le ofrecía mi cuerpo en recompensa por su generosidad. Ahora soy pura y limpia, porque la ley del Amor me ha liberado y me ha vuelto honorable y fiel. Dejé de vender mi cuerpo a cambio de refugio y mis días por vestidos. Sí, yo era una adúltera y una criminal cuando la gente me veía como la más honorable y fiel de las esposas; hoy soy pura y noble en espíritu, pero en su opinión estoy corrompida, porque juzgan al alma por el resultado del cuerpo y miden el espíritu con el rasero de lo material.

Miró a través de la ventana y apuntó con su mano derecha hacia la ciudad, como si hubiese visto el fantasma de la corrupción y la sombra de la vergüenza entre los magníficos edificios. Dijo con desprecio:

–Vea esas mansiones majestuosas y esos sublimes palacios donde habita la hipocresía; en esos edificios, entre sus hermosos muros decorados, la Traición vive al lado de la Putrefacción; bajo el cielo raso pintado con hojas de oro fundido, la Falsedad vive al lado de la Pretensión. Observe esas preciosas moradas que representan la felicidad, la gloria y la dominación; no son más que cavernas de miseria y desdicha. Son tumbas enlucidas en las que la Traición de la mujer débil se esconde detrás de los ojos delineados con kohl y los labios color carmín; en sus rincones se agazapa el egoísmo, y a través de su oro y de su plata, la animalidad del hombre gobierna soberana.

”Si esos altos e inexpugnables edificios perfumaran sus puertas con odio, engaño y corrupción, ya se habrían rajado y derrumbado. El pobre aldeano mira esas residencias con ojos bañados en lágrimas, pero cuando descubra que los corazones de los ocupantes están vacíos de ese puro amor que existe en el corazón de su mujer y que llena su dominio, sonreirá y regresará a sus campos bien contento.

Entonces sujetó mi mano y me condujo junto a la ventana y dijo:

–Venga, le mostraré los secretos develados de esa gente cuya senda me he negado a seguir. Mire el palacio con las gigantescas columnas. Allí vive un hombre rico que heredó todo el oro de su padre. Después de llevar una vida de obscenidad y putrefacción, se casó con una mujer de la que no sabía nada, excepto que su padre era uno de los dignatarios del Sultán. Tan pronto como terminó el viaje de bodas, quedó descontento y comenzó a relacionarse con mujeres que venden sus cuerpos por monedas de plata. Su mujer permanecía sola en ese palacio, igual que una botella vacía abandonada por un borracho. Lloraba y sufría por primera vez; luego se dio cuenta de que sus lágrimas eran más preciosas que su degenerado marido. Ahora la mantienen ocupada el amor y la devoción de un hombre joven, sobre quien derrama sus horas jubilosas y en cuyo corazón vierte sincero amor y cariño.

”Ahora déjeme llevarlo a esa preciosa casa rodeada de hermosos jardines. Es el hogar de un hombre que proviene de una noble familia que gobernó el país por muchas generaciones, pero cuyos valores, salud y prestigio han declinado debido a su indulgencia hacia el loco despilfarro y la pereza. Algunos años atrás, este hombre se casó con una mujer fea pero rica. Una vez que se hubo apoderado de su fortuna, la ignoró completamente y comenzó a consagrarse a una atractiva muchacha. Hoy su mujer se dedica a cepillarse el cabello, pintar sus labios y perfumar su cuerpo. Viste los vestidos más costosos y anhela que algún joven le sonría y venga a visitarla, pero todo es en vano, pues la única sonrisa que logrará obtener es la de su fea cara en el espejo.

”Observe esa gran mansión, rodeada de estatuas de mármol; es la morada de una mujer hermosa que posee un extraño carácter. Cuando su primer esposo murió, ella heredó todo su dinero y sus bienes; luego seleccionó un hombre de pocas luces y de cuerpo débil y se convirtió en su esposa para protegerse de las malas lenguas, y para usarlo como escudo para sus abominaciones. Ahora ella es como una abeja entre sus admiradores, que liban las más dulces y deliciosas flores.

”Esa hermosa casa junto a la suya fue construida por el más grande arquitecto de esta provincia; pertenece a un hombre avaro y respetable que consagra todo su tiempo a amasar su oro y a descorazonar a los pobres. Tiene una esposa de una belleza sobrenatural, en cuerpo y en espíritu, pero ella es como las demás, la víctima de un matrimonio precoz. Su padre cometió un crimen al entregarla a un hombre antes de que ella alcanzara la edad de la comprensión, colgándole al cuello el pesado yugo de un matrimonio corrupto. Ahora está delgada y pálida, y no logra encontrar una salida para sus sentimientos prisioneros. Se hunde lentamente, anhelando que la muerte la rescate de la apretada malla de la esclavitud y la libere de un hombre que se pasa la vida juntando su oro y maldiciendo la hora en que desposó a una mujer infértil, que no puede darle un hijo para que lleve su nombre y herede su dinero.

”En aquella casa rodeada de un huerto vive un poeta idealista; se casó con una mujer ignorante, que ridiculiza sus obras porque no puede entenderlas, y se ríe de su comportamiento porque ella no puede adecuarse a su sublime forma de vivir. Ese poeta huyó de la desesperación a través de su amor por una mujer casada, que aprecia su inteligencia y que lo inspira, al encender en su corazón la llama de los sentimientos, revelándole los versos más bellos y eternos a través de sus encantos y su belleza.

Durante algunos instantes reinó el silencio. Madame Hanie se sentó en un sofá junto a la ventana, como si su alma se hallase fatigada de deambular por esos barrios. Luego siguió hablando, lentamente:

–Esas son las moradas en las que me he negado a vivir; esas son las tumbas en las que yo también estuve espiritualmente sepultada. Esa gente de la que yo me liberé son aquellos a quienes el cuerpo atrae y el espíritu ahuyenta, y que no saben nada del Amor y la Belleza. El único intermediario entre ellos y Dios es la compasión de Dios por la ignorancia de Su ley. No puedo juzgar, porque fui una de ellos, pero los compadezco con todo mi corazón. No los odio, pero odio el modo en que se rinden a la debilidad y la falsedad. He dicho todas estas cosas para mostrarle la realidad de esa gente de la cual, contra su voluntad, yo pude escapar. Traté de explicarle la vida de personas que hablan pestes de mí, porque he perdido su amistad y al fin he ganado la mía propia. Salí de sus oscuras mazmorras y dirigí mis ojos hacia la luz, donde la sinceridad, la verdad y la justicia prevalecen. Ahora me han exiliado de su sociedad y eso me complace, porque la humanidad solo exilia a aquel cuyo espíritu noble se rebela contra el despotismo y la opresión. Aquel que no prefiere el exilio a la esclavitud no es libre de acuerdo con ninguna medida de la libertad, la verdad o el deber.

”Ayer yo era como una bandeja que contenía toda clase de apetitosos manjares, y Rashid Bey Namaan jamás se me acercaba a menos que sintiera necesidad de esa comida; pero las almas de los dos se mantenían lejos de nosotros, como dos humildes y dignos sirvientes. Traté de reconciliarme con lo que la gente llama infortunio, pero mi espíritu se negó a pasarse toda la vida hincándose de rodillas conmigo ante un horrible ídolo, erigido por las épocas oscuras y llamado LEY. Conservé mis cadenas hasta que oí el llamado del Amor y vi a mi espíritu preparado para embarcar. Entonces las rompí y salí de la casa de Rashid Bey Namaan, como un pájaro liberado de su jaula de hierro, dejando atrás todas las gemas, los vestidos y los sirvientes. Vine a vivir con mi amado, porque sabía que lo que hacía era honesto. El cielo no quiere que yo solloce y sufra. Muchas veces, por la noche, recé para que llegara el amanecer, y cuando el amanecer llegó, recé para que el día terminase. Dios no quiere que yo lleve una vida miserable, porque Él colocó en lo hondo de mi corazón un deseo de felicidad; Su gloria descansa en la felicidad de mi corazón.

”Esta es mi historia y esta es mi queja ante el cielo y la tierra; esto es lo que canto y repito, mientras la gente se tapa los oídos por temor a oírme y dejarse llevar hacia la rebelión, que derrumbaría los cimientos de su temblorosa sociedad.

”Este es el arduo camino que tuve que abrirme hasta alcanzar la cima de la montaña de mi felicidad. Ahora, si la muerte viene a buscarme, estaré más que dispuesta a ofrecerme ante el Supremo Trono del Cielo, sin miedo ni vergüenza. Estoy lista para el día del juicio y mi corazón es blanco como la nieve. He obedecido la voluntad de Dios en todo lo que he hecho, y he seguido el llamado de mi corazón mientras oía la angélica voz del cielo. Este es mi drama, que la gente de Beirut llama “Una maldición en los labios de la vida” y “una enfermedad en el cuerpo de la sociedad”. Pero un día el amor despertará sus corazones como los rayos del sol, que hacen nacer las flores incluso de la tierra contaminada. Un día los caminantes se detendrán ante mi tumba y saludarán a la tierra que envuelve mi cuerpo y dirán: “Aquí yace Rose Hanie, que se liberó de la esclavitud de las pútridas leyes humanas, para obedecer la ley del puro amor de Dios. Ella volvió su rostro hacia el sol, para no ver la sombra de su cuerpo entre los cráneos y las espinas”.

Se abrió la puerta y entró un hombre. Sus ojos brillaban con mágicos destellos y en sus labios apareció una sonrisa sincera. Madame Hanie se levantó, tomó del brazo a aquel joven y me lo presentó, luego le dijo mi nombre con palabras halagadoras. Supe que él era aquel por quien ella había renegado del mundo entero y violado todas las leyes y costumbres terrenales.

Y nos sentamos, en un silencio atento. Cada uno de nosotros estaba absorto en profundos pensamientos. Un valioso minuto de silencio y respeto había pasado cuando volví a mirar a la pareja, sentados codo a codo. Vi algo que nunca había visto antes, e instantáneamente me di cuenta del significado de la historia de Madame Hanie. Comprendí el secreto de su protesta contra la sociedad, que persigue a aquellos que se rebelan contra las leyes y costumbres restrictivas, antes de averiguar la causa de la rebelión. Vi ante mí a un espíritu celestial, compuesto de dos personas unidas y hermosas, entre las cuales se hallaba el dios del Amor extendiendo sus alas sobre ellos para protegerlos de las malas lenguas. Encontré un entendimiento perfecto que emanaba de dos rostros sonrientes, iluminados por la sinceridad y rodeados por la virtud. Por primera vez en mi vida, encontré al fantasma de la felicidad parado entre un hombre y una mujer, maldecido por la religión y combatido por la ley. Me puse de pie y me despedí de ellos, y dejé esa humilde choza que el Cariño había levantado como un altar del Amor y el mutuo Entendimiento. Caminé ante los edificios que Madame Hanie me había señalado. Cuando alcancé el final de esos barrios me acordé de Rashid Bey Namaan, medité en su miserable situación y me dije: “Está afligido; ¿querrá alguna vez el cielo escucharlo si se lamenta por Madame Hanie? ¿Acaso esa mujer ha hecho mal en dejarlo y en seguir la libertad de su corazón? ¿O fue él quien cometió un crimen al sojuzgar su corazón por el amor? ¿Cuál de los dos es el oprimido y cuál de los dos el opresor? ¿Quién es el criminal y quién el inocente?”.

Luego, tras unos momentos de profunda reflexión, volví a hablar conmigo mismo. “Muchas veces el engaño ha tentado a la mujer a dejar a su esposo y seguir a la riqueza, porque su amor por los ricos y hermosos atuendos la ciega y la conduce a la vergüenza. ¿Fue Madame Hanie deshonesta cuando dejó el palacio de su opulento marido por la cabaña de un hombre pobre? Muchas veces la ignorancia mata el honor de una mujer y revive su pasión; llega a cansarse y deja a su esposo, acicateada por sus deseos, y sigue a un hombre a quien se rebaja. ¿Era Madame Hanie una mujer ignorante que seguía sus deseos físicos cuando declaró públicamente su independencia y se unió a su joven amado? Podría haber satisfecho sus deseos en secreto, sin dejar la casa del marido, pues muchos hombres estaban dispuestos a ser esclavos de su belleza y mártires de su amor. Madame Hanie había sido una mujer desdichada. Ella solo buscó la felicidad, la encontró y la abrazó. Esta es la verdad misma que la sociedad desprecia”. Entonces susurré a través del éter y me interrogué a mí mismo: “¿Le está permitido a una mujer pagar su felicidad con la desdicha de su marido?”. Y mi alma agregó: “¿Es lícito que un hombre esclavice los sentimientos de su mujer, cuando advierte que él nunca los poseerá?”.

Seguí mi camino. La voz de Madame Hanie continuaba sonando en mis oídos cuando alcancé los límites de la ciudad. Ya el sol desaparecía y el silencio reinaba sobre los campos y las praderas, mientras los pájaros comenzaban a cantar sus plegarias. Permanecí allí, reflexionando, y luego suspiré y me dije: “Ante el trono de la Libertad, los árboles se regocijan con la brisa traviesa y disfrutan de los rayos del sol y los fulgores de la luna. En los oídos de la Libertad estos pájaros susurran y alrededor de la Libertad aletean hacia la música de los arroyos. A lo ancho de todo el firmamento de la Libertad estas flores respiran su fragancia, y ante los ojos de la Libertad, sonríen cuando llega el día.

”Todo vive sobre la Tierra de acuerdo con la ley de la naturaleza, y de esa ley surgen la gloria y la alegría de la vida en libertad; pero al hombre se le niega esta fortuna, pues él ha establecido, para el alma que Dios le ha dado, una ley limitada y terrenal de su propia invención. Ha creado para sí mismo estrictas reglas. El hombre ha construido una estrecha y dolorosa prisión en la que recluye sus sentimientos y deseos. Ha cavado una profunda fosa en la que entierra su corazón y su propósito. Si un individuo, a través de los dictados de su alma, declara su retirada de la sociedad y viola la ley, sus semejantes dirán que es un rebelde digno del exilio, o una criatura infame que merece la ejecución. ¿Seguirá siendo el hombre esclavo de su auto-confinamiento hasta el final del mundo? ¿O el paso del tiempo lo liberará y lo hará vivir en el Espíritu y para el Espíritu? ¿Insistirá el hombre en mirar hacia la tierra que está debajo y atrás? ¿O volverá sus ojos hacia el sol, para no ver la sombra de su cuerpo entre los cráneos y las espinas?”.

Savitski, el jefe de la Sexta División, se levantó al verme; quedé sorprendido ante la belleza de su gigantesco cuerpo. Se levantó, y con la púrpura de sus pantalones de montar, con su gorra carmesí ladeada, con las condecoraciones que le colgaban del pecho, cortó la isba por la mitad como corta un estandarte el cielo. Olía a perfume y a fresco y empalagoso jabón. Sus largas piernas parecían muchachas embutidas hasta los hombros en relucientes botas de montar.

Me sonrió, golpeó la mesa con la fusta y echó mano a la orden que acababa de dictar el jefe del estado mayor. Era una disposición dirigida a Iván Chesnokov para que avanzara en dirección Chugunov-Dobrivodka con el regimiento que tenía a su mando, y para que, al entrar en contacto con el enemigo, lo aniquilara…

… El cual aniquilamiento —empezó a escribir el jefe de la división embadurnando toda la hoja— confío a la responsabilidad del nombrado Chesnokov, responsabilidad sometida a las más extremas medidas que le aplicaría en el acto, circunstancia que vos, camarada Chesnokov, no podéis poner en duda, pues no es el primer mes que trabajáis conmigo aquí en el frente…

El jefe de la Sexta División firmó y rubricó la orden, la arrojó al ordenanza y volvió hacia mí sus ojos grises en los que burbujeaba cierto regocijo.

Le entregué el documento que acreditaba mi destino al estado mayor de la división.

—¡Cúmplase la orden! —dijo el jefe de la división—. Cúmplase la orden e inscríbasele en la lista de todos los placeres excepción hecha de los de abajo. ¿Sabes leer y escribir?

—Sí, sé leer y escribir —respondí envidiando aquella juventud férrea y florida—. Estudio jurisprudencia en la universidad de Petersburgo…

—Eres un niño bonito —exclamó riéndose—, con tus gafitas en la nariz. ¡Qué desmedrado! os envían sin encomendarse a Dios ni al diablo, y aquí os degüellan con lentes y todo. ¿Te quedas, pues, con nosotros?

—Me quedo —respondí, y me fui a la aldea con el furriel en busca de alojamiento.

El furriel llevaba a la espalda mi baulito. La calle del pueblo se extendía ante nosotros, redondeada y amarilla como una calabaza, mientras el moribundo sol exhalaba hacia el cielo su rosado hálito.

Nos acercamos a una casa de adornadas vigas. El furriel se detuvo, y de pronto, sonriendo con aire culpable, dijo:

—Tenemos aquí un buen hueso con lo de las gafas, y no hay forma de arreglarlo. A un hombre de todas prendas le sacan aquí de quicio. Pero deshonre usted a una dama, a la dama más pura, y verá cómo le aprecian los soldados…

Titubeó un poco con mi baúl sobre los hombros, se aproximó hasta casi tocarme, luego retrocedió desalentado y se dirigió rápidamente a la primera casa. Había unos cosacos sentados sobre el heno afeitándose unos a otros.

—Bueno, soldados —dijo el furriel dejando mi baúl en el suelo—. De acuerdo con las órdenes del camarada Savitski, tenéis la obligación de admitir a este hombre en vuestro alojamiento, sin hacer tonterías, pues se trata de alguien que ha pasado lo suyo en su oficio de estudiar…

El furriel se puso colorado y partió sin volver la cabeza. Apliqué la mano a la visera de la gorra y saludé a los cosacos. Un joven de lacios cabellos, con el hermoso rostro de los naturales de Riazán, se acercó a mi baúl y lo arrojó por la puerta hacia fuera. Luego volvió hacia mí sus posaderas y con gran habilidad empezó a emitir unos oprobiosos ruidos.

—Cañón número dos cero —le gritó el cosaco de mayor edad echándose a reír—, fuego rápido…

El joven agotó su poco complicado arte y se marchó. Entonces, arrastrándome por el suelo, empecé a recoger los manuscritos y las agujereadas prendas que se habían salido del baúl. Lo reuní todo y me lo llevé al otro extremo del patio. Junto a la casa, colocado sobre unos ladrillos, había un caldero en el que se cocía carne de cerdo. La vasija humeaba como humea en la lejanía la casa paterna en medio del pueblo, y enmarañaba mi hambre con una soledad sin parangón. Cubrí de heno mi destrozado baúl convirtiéndolo en almohada y me tendí en el suelo para leer en Pravda el discurso de Lenin al Segundo Congreso del Komintern. El sol caía sobre mí por entre las dentadas cimas de las colinas, los cosacos pisaban mis piernas al pasar y el joven se burlaba de mí incansablemente. Mis líneas predilectas venían por un camino de abrojos y no podían llegar hasta mí. Entonces dejé a un lado el periódico y me acerqué a la patrona, que estaba secando hilazas en el porche.

—Patrona —dije—, necesito comer…

La vieja levantó hasta mí sus ojos ciegos, de difuminado blanco, y volvió a bajarlos de nuevo.

—Camarada —repuso después de un silencio—, estas cosas me dan ganas de ahorcarme.

—A Dios Nuestro Señor voy a colgar, madre —murmuré entonces con disgusto, y empujé a la vieja poniéndole el puño en el pecho—. Cómo voy a meteros en la cabeza…

Y al volverme vi un sable abandonado en el suelo no lejos de allí. Un ganso de aire severo vagaba por el patio y se limpiaba imperturbablemente las plumas. Lo alcancé y lo aplasté contra el suelo. La cabeza del ganso crujió bajo mi bota; crujió y empezó a sangrar. El blanco cuello quedó extendido sobre el estiércol y las alas se juntaron por encima del ave muerta.

—¡Ahorcaré a Dios Nuestro Señor, madre! —exclamé atacando al ganso con el sable—. Cuécemelo, patrona.

La vieja, echando destellos por sus ojos cegatos y por sus lentes, recogió el ganso, lo envolvió en el delantal y se lo llevó a la cocina.

—Camarada —dijo después de una pausa—, siento deseos de ahorcarme. —Y cerró tras sí la puerta.

En el patio, los cosacos se habían sentado alrededor de su caldero. Estaban inmóviles, tiesos como viejos magos, sin mirar al ganso.

—Este chico nos conviene —dijo uno de ellos refiriéndose a mí. Guiñó y sacó una cucharada de sopa de coles.

Los cosacos empezaron a cenar con la reservada elegancia de los mujiks que se respetan mutuamente. Yo limpié el sable con arena, salí al portal y volví a entrar consumido de impaciencia. La luna pendía sobre el patio como un arete barato.

—Hermano —me dijo de pronto Surovkov, el mayor de los cosacos—, siéntate a comer con nosotros mientras tu ganso se cuece…

Sacó de la bota una cuchara de recambio y me la entregó. Nos tragamos aquella sopa de col y nos comimos la carne.

—¿Y qué dicen los periódicos? —preguntó el joven de los cabellos lináceos haciéndome sitio.

—Lenin escribe en el periódico —dije sacando Pravda—. Lenin escribe que nos falta de todo…

Y con voz fuerte, cual sordo triunfante, leí a los cosacos el discurso de Lenin.

La tarde me envolvió en la vivificante humedad de sus sábanas crepusculares. La tarde aplicó su mano maternal a mi ardorosa frente.

Leía y me entusiasmaba, pero en medio de mi entusiasmo seguía con atención la misteriosa curva de la recta leninista.

—La Verdad cosquillea las narices de cualquiera —dijo Surovkov cuando hube terminado—, mas es difícil sacarla del montón, mientras que él la pilla al instante, como la gallina el grano.

Esto dijo de Lenin, Surovkov, jefe de destacamento en el escuadrón del estado mayor. Luego nos fuimos a dormir al henil. Dormimos allí los seis, dándonos calor unos a otros, con las piernas entrelazadas bajo aquel techo agujereado que dejaba pasar las estrellas.

Soñé, y vi mujeres en mi sueño, pero mi corazón, manchado por el asesinato, crujía y sangraba.


*Este cuento fue publicado en Caballeria roja y otras obras, RBA Libros, 2011.

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.

Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.

Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca. Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde.

Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:

-Son como las cuatro de la tarde.

Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos cuatro.” Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.

Faustino dice:

-Puede que llueva.

Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: “Puede que sí.”

No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.

Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el Llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches tres peleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.

Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.

Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.

Nos dijeron:

-Del pueblo para acá es de ustedes.

Nosotros preguntamos:

 -¿El Llano? -Sí, el Llano. Todo el Llano Grande.

Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano. Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

 -Es que el Llano, señor delegado…

-Son miles y miles de yuntas.

-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.

¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.

-Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.

-Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.

-Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos…

Pero él no nos quiso oír. Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto dposible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.

Melitón dice:

 -Esta es la tierra que nos han dado.

Faustino dice:

 -¿Qué?

Yo no digo nada. Yo pienso: “Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos.”

Melitón vuelve a decir:

-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.

-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.

Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él.

Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.

Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:

 -Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?

-Es la mía- dice él.

-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?

-No la merque, es la gallina de mi corral.

-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?

-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.

-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire. Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:

-Estamos llegando al derrumbadero.

Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no, golpearle la cabeza contra las piedras.

Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.

Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta. Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.

 Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.

 -¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.

Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado está allá arriba.


*© Juan Rulfo, 1953, and heirs of Juan Rulfo.

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