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Cuando volvió del trabajo a su casa, Markus Kellmer se encontró con una mujer desnuda sobre la alfombra de su sala de estar. La cabellera desgreñada le recordó la forma en que de niño dibujaba los nidos de cornejas o las copas de los árboles, la piel relucía como si estuviera vidriada, y cuando Markus la volteó con cuidado a fin de hablarle y así poder enterarse tal vez de quién era y qué hacía en su apartamento, se dio cuenta de que estaba muerta.

Enseguida fue hasta la ventana y cerró las cortinas. En realidad era muy temprano para eso, afuera aún había luz. La primavera había empezado hacía apenas unos días y el sol solo se pondría dentro de una hora, más o menos a las seis. Pocas semanas antes, ya desparecía alrededor de las cuatro de la tarde, pero ahora los días habían aprendido un poco más, mantenían su luminosidad más tiempo y pronto serían sustituidos por el calor veraniego que ya llevaban dentro de sí.

En estos templados días de primavera, los rayos del sol vespertino eran siempre los que primero saludaban a Markus cuando este atravesaba el umbral de su vivienda. Impedirles la entrada le daba dolor de cabeza, como si la sala tuviera migraña. Pero no podía hacer otra cosa, a fin de cuentas estaba tirada ahí una mujer muerta sobre el suelo de su apartamento. Parecía como si alguien hubiera usado la piel de alrededor de su boca y de sus narinas para encender cerillas. Markus alzó el cadáver y lo sentó sobre un sillón. Enseguida volvió a caerse, sus articulaciones eran como gelatina, su cuerpo como un globo lleno de líquido. Lo intentó una vez más, pero el cadáver volvió a no quedarse sentado, sino que cayó hacia adelante como alguien que de repente debe vomitar, y la cabeza golpeó con un chasquido contra el parqué. El fuerte estallido devolvió a Markus a la realidad: fue de inmediato hasta el equipo de música y lo encendió. La música lo ayudaba a reflexionar mejor.

No podía dejar el cadáver tirado en el suelo, pues los cadáveres sufren cambios, su superficie no era tan estable como la de una persona viva. En el fondo, los cadáveres solo están más interesados en una única cosa: su propia disolución. Para desaparecer de la manera más completa posible, precisan un subsuelo con un marcado gusto por el intercambio, el suelo de un boque por ejemplo, o el de una ciénaga. Algo con lo que poder fundirse lentamente. Aquí en todo caso no había nada de eso, de modo que a Markus debía ocurrírsele algo. Tomó el mando a distancia y puso la música más fuerte.

Recordó que hacía poco había escondido detrás del radiador un gran modelo de avión en madera. Eso había sido la semana anterior, cuando lo visitaron sus padres y él quiso evitar que vieran el modelo. Detrás del radiador había mucho lugar, pero ¿entraría también el cuerpo de una mujer adulta en ese hueco? Markus buscó una cinta métrica y midió el cadáver. Bueno, había que hacer la prueba.

Se esforzó durante más de media hora, pero al final siempre asomaban la cabeza y mitad del torso. No obstante: un éxito parcial. Markus se quedó allí sentado durante un rato, el cuerpo recostado contra el marco de la puerta y la mirada perdida. ¿De qué habría muerto la mujer? Él no había descubierto marcas de ahorcamiento o derrames de sangre. Fuera lo que fuera, su cuerpo no parecía haber sufrido lastimaduras. Tal vez la habían envenenado. O había sido alguna causa natural. Pero era bastante joven, Markus calculó su edad entre veinticinco y treinta.

Se puso de pie, se estiró. No, se veía horrible. El modelo de avión había estado a salvo detrás del radiador, pero al cadáver lo vería cualquier persona que entrara en el living. Debía pensar en otro escondite.

Mientras que recorría en mente los diferentes rincones de su apartamento, tiró del cadáver para sacarlo de atrás del radiador. Como estaba desnudo, lo dañó en ciertas partes por tironear y arrastrarlo con impaciencia. Los tubos del radiador cortaron la piel pálida como si fuera manteca. Pero corrió poca sangre, pues el corazón había dejado de bombear y los vasos sanguíneos ya no estaban bajo presión. Así y todo, quedaron algunas manchas feas sobre el suelo y en el mismo radiador. Markus fue al baño y trajo un trapo mojado, con el cual limpió los tubos. Era primavera, y si dejaba que los líquidos corporales se secaran, el próximo invierno, cuando volviera a poner en uso el radiador, empezaría a oler espantosamente.

Tomó el cadáver por los brazos y lo arrastró de nuevo a la sala. Otra vez volvieron a quedar algunas huellas, en esta ocasión huellas largas y rojizas del arrastrado. Meneando la cabeza fue al baño, buscó un segundo trapo y se puso a fregar. A veces era lento de la cabeza, un verdadero pánfilo. Para que algo así no volviera a suceder, envolvió el cadáver en grandes toallas, desde la cabeza hasta los pies. De este modo era también mucho más fácil tirar de él por el suelo de parqué.

La música del equipo se calló, y un locutor mencionó cómo se llamaban el bajo, la batería y la flauta traversa por sus nombres reales.

Durante la noche, Markus dejó el cadáver envuelto en la bañera. Al día siguiente, casi se quedó dormido, por haber confundido en sueños el timbre del despertador con el triste croar de despedida de una rana que era lanzada dentro de un pequeño cohete a una órbita geoestacionaria alrededor de la Tierra. Apenas si le quedó tiempo para un desayuno ligero, luego tomó el bus al trabajo. Regresó a su casa bien entrada la tarde.

Ya al ingresar notó el olor. No era muy fuerte, pero ahí estaba. Fue al baño. El cadáver descansaba como en la tarde anterior, solo que en la toalla que le cubría la cara se había formado una mancha, que por su forma recordaba un poco a una hoja de arce.

El día en la oficina había sido cansador, y en una situación normal a Markus le habría encantado tomarse un baño, estirarse sumergido en agua caliente moviendo los dedos gordos de los pies y dejar que todas las preocupaciones que pululaban en su cabeza se hundieran lentamente en las montañas de espuma chisporroteante. Hoy tal vez podía soportar tener que prescindir de este ritual diario de purificación, pero como solución a largo plazo esa situación no era tolerable bajo ningún concepto. En rigor, ahora ya estaba nervioso. Arrancó el cadáver de la bañera, lo hizo rodar hasta la habitación de al lado y limpió la bañera con la ducha de mano. Gastó casi toda la botella de limpiador de azulejos hasta que finalmente sintió que podía meterse desnudo dentro de la bañera sin demasiada sensación de asco.

Pero antes de tomarse un baño, se propuso meter el cadáver en un ropero medio vacío que estaba en su estudio. Curioso que no hubiera pensado antes en eso. A fin de cuentas, ya había alojado una vez en ese ropero un juego entero de persianas enrolladas (que tenían el aspecto de tubos de dinamita, con el hilo blanco sobresaliendo en la parte de arriba). El cadáver entraba bien en el armario, pero cada vez que Markus intentaba cerrar la puerta, se volcaba hacia adelante y debía atajarlo. El cuerpo lo abrazaba como en un reencuentro después de mucho tiempo. Al final, fijó sus muñecas con cinta adhesiva contra las paredes internas del armario y también le puso varias pasadas de cinta a la ranura de respiración en la parte inferior, hasta tener la sensación de que así el asunto podría funcionar al menos por un par de días.

No había estado ni tres minutos en el baño, jugando con la flor de la ducha, cuando escuchó el golpe. Cerró el agua y prestó atención. Todo en silencio, pero no sirvió de nada, pues ya intuía lo que había pasado. Medio desnudo salió del baño y volvió a su estudio.

Tan ridículo era el espectáculo que presentaba la mujer horriblemente contorsionada, con medio cuerpo adentro del armario y medio afuera, que Markus emitió una especie de estornudo con bufido, originado no por la exagerada estimulación de las membranas mucosas de su nariz, sino por su capacidad imaginativa.

Antes de poder enderezar el cadáver, tuvo primero que desdoblarlo, así es, efectivamente desdoblarlo, pues tenía… mi Dios, ni un contorsionista hubiera tenido resto para semejante posición corporal. Pero era un cadáver, se dijo él, no algo vivo. No se podía medir con la misma vara.

Tal vez era mejor si dejaba el cadáver como estaba, una bola confusa de brazos y piernas y con un tronco que ya sobresalía por varias costuras rotas. En todo caso, transportarlo de esta manera resultaba más fácil, aunque naturalmente ocupaba más espacio que si hubiera estado desdoblado.

La alfombra de la sala de Markus era del tipo antigua y venerable. Había soportado ya a varias generaciones, las pisadas de los pies infantiles se habían convertido sobre ella en los pesados pasos de la adultez y de la responsabilidad, había recibido a parejas de novios y a invitados de luto, su estampado había ocupado el pensamiento geométrico de unas veinte personas o tal vez más aun, había sobrevivido a guerras mundiales y a tiempos de euforia y de caos inspirador, en resumen: era una alfombra bajo la que no se podía esconder un cadáver así como así.

Markus lo sabía. Sabía todo esto y sin embargo… no se le ocurría ninguna otra solución. Había probado todo, el armario, el radiador, la bañera. Salvo levantar el cadáver y tirarlo de cabeza por la ventana, no le quedaban muchas opciones. Y además, el tiempo apremiaba.

Con ambas manos levantó la pesada alfombra y arrastró y golpeó con los pies al cadáver hasta la zona en que las maderas estaban un poco más desteñidas. Esas maderas que no habían sido tocadas ni por la luz ni por la gente eran sin dudas la parte más vulnerable e íntima de la casa. Demoró un rato, pero finalmente logró correr el cadáver hasta el sitio adecuado y extendió la alfombra sobre él. La sensación fue de gran alivio cuando el tejido pesado y denso, que olía a pasado y a cuero de zapato, se posó por entero sobre el cuerpo extraño y prácticamente lo hizo desparecer, como por arte de magia. Markus casi se puso a aplaudir fuerte con las manos.

La nueva colina de alfombra se veía un poco como el modelo tridimensional de un mapa topográfico. La elevación que producía el cadáver se correspondía por casualidad con el estampado concéntrico de la alfombra. Las partes más oscuras estaban ubicadas en el punto geográfico más elevado (el hombro, que siempre sobresalía un poco cuando el cadáver yacía de espaldas). El conjunto daba casi la impresión de haber sido organizado así adrede, con el objetivo de facilitar la orientación.

Esta solución era sin lugar a dudas la mejor hasta ahora. El único problema era pasar por arriba del cadáver, porque uno siempre se tropezaba sobre la empinada alfombra. De modo que Markus corrió su gran escritorio, que igualmente nunca había sido utilizado para algo sensato, desde su estudio a la sala, hasta que quedó exactamente sobre la alfombra. Al menos de esta forma no volvería a tropezarse. Y aunque así, colocada en medio de la pieza, la mesa no estaba en una posición muy ventajosa, quizá él comenzaría a sentarse con mayor frecuencia para seguir trabajando en sus pequeños esbozos poéticos, que le salían con tanta desenvoltura como la pena que también le producían de cara a su notoria inutilidad.

No se veía nada mal. Un pequeño montículo en medio de la habitación, y arriba la mesa. Si no podía inundarla de escritos, en algún momento desplegaría encima un largo mantel, que llegara hasta el suelo.

Listo, pensó Markus y fue a la cocina. Tenía que sí o sí brindar por las fatigas exitosamente superadas de los últimos dos días. Tras leer algunas etiquetas con la mente en blanco, se decidió por un cabernet sauvignon, una botella de contenido rojo oscuro.

Solo cuando estuvo de vuelta en la sala, donde la mesa ocupaba ahora una posición central imposible de no ver, confiriéndole al espacio un nuevo centro de gravedad emocional, Markus notó que había traído dos copas de vino. Con cada paso apenas tintineaban entre sí, suavemente agarradas por los dedos alrededor de sus cuellos delgados y vidriosos.


*This story is taken from: Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes by Clemens J. Setz. © Suhrkamp Verlag Berlin 2011.

*Imagen: Fábio Magalhães

Mi hermana siempre decía que era mucho mejor tener un sobrino que tener un hijo. Supongo que nuestra madre habría estado de acuerdo. Según mi hermana, con un sobrino disfrutabas de todo lo bueno, de todas las alegrías de tener un niño cerca, pero sin ninguno de sus inconvenientes. El embarazo, por ejemplo. Y el parto. Los pañales. Despertar a medianoche. Y, cuando crecen, no tienes que reñirles, ni que educarlos, aseguraba mi hermana. La adolescencia, ese misterio, esa sangría. Puedes limitarte a darles todos los caprichos y a dejarte querer. Puedes comprar un pantalón, por ejemplo, pero no tienes la obligación de comprar todos los pantalones y de supervisarlos y de comprobar cómo se desgastan y cómo se quedan pequeños. Puedes ver cómo crecen los niños, sí, pero con distancia suficiente, a salvo de las explosiones y de los agujeros negros. Por no hablar del tiempo, del tiempo que se escapa, de la sensación de que la vida se desplaza lentamente hacia la nada como un barco a la deriva. Yo no podía estar menos de acuerdo con aquellas afirmaciones, aunque fingía que sí. Un barco a la deriva siempre es mejor que un barco que hace aguas por todas partes, que se va a pique, que ya se hunde sin remedio. Yo quería todos esos inconvenientes que enumeraba mi hermana. Yo quería planchar las rodilleras, limpiar culos, poner el termómetro, ir a las revisiones del pediatra. Dormir siempre mal, con una opresión en el pecho. Siempre es difícil llevarle la contraria a una hermana mayor.

Laura era hija de mi hermana, y por lo tanto era mi sobrina. Una niña frágil y fantasiosa que empezó a quedarse en mi casa una vez por semana, después del colegio, cuando acababa de cumplir cuatro años. Nació en octubre. Al principio nos pareció más conveniente que fuera los jueves, que pasara conmigo las tardes de los jueves. Recuerdo la tarde en que Laura, sentada en el sofá, señaló hacia el pasillo con una expresión de goce indudable, con esa mirada brillante que solo tienen los niños. Era la segunda o la tercera vez que venía a pasar la tarde conmigo, mi hermana aún no había llegado de la sesión y ya empezaba a hacerse de noche, aunque acabábamos de merendar. Seguí la dirección de la mirada de Laura, pero no había nada allí, nadie, solo mi triste pasillo en penumbra. El suelo estaba lleno de miguitas de pan. Entonces ella me miró fijamente y me dijo, entusiasmada: ¿No lo has visto? ¡Acaba de pasar un fantasma! ¡Estaba asustado como una paloma! Aquel día supe que me había ganado su confianza, porque ya era capaz de inventar junto a mí, de mentirme o de bromear o de ponerme a prueba. Hasta entonces había permanecido en silencio.

Después de las navidades mi hermana decidió que era mejor que su hija viniese a mi casa los viernes en lugar de los jueves. Ella, mi hermana, salía agotada de las sesiones, así que parecía preferible que fuesen los viernes por la tarde y que Laura se quedase a dormir conmigo. Mi apartamento solo tenía un dormitorio, pero conseguimos una cama plegable, ya no recuerdo cómo, tal vez la trajimos de la Torre, una cama diminuta con un colchón de apenas diez centímetros de espesor. Aquellos primeros viernes de invierno Laura durmió siempre de un tirón, exhausta por los juegos y la emoción de pasar la noche fuera de casa (nunca antes lo había hecho), tal vez también por el misterio de las actividades adultas y casi clandestinas de su madre. Tardó varios meses en despertarse por primera vez en mitad de la noche, como hacía en su casa de forma habitual, al menos según me contaba su madre. Uno de los momentos más felices de mi vida fue la primera vez que Laura empezó a gritar en mi apartamento a las tres o las cuatro de la mañana. En mi cama, en medio de un sueño profundo, me despertó un llanto infantil situado a solo dos metros de mí y durante unos segundos creí que quien lloraba era un bebé, mi hijo, un hijo o una hija inexistentes (no he tenido hijos, claro) y en medio de ese desconcierto, antes de ir a consolar a mi sobrina, lloré yo también, de alegría y de intuición y tal vez de rabia. Me sumergí en el llanto de Laura y buceé en él como en la idea de otra vida posible. Después me acerqué hasta su cama en la oscuridad y vi que gritaba dormida, con los ojos cerrados y el labio inferior tembloroso, los dedos rojos agarrados al borde del edredón. Le acaricié el pelo y se calmó poco a poco, como si mis dedos le hubieran inyectado alguna droga.

Aquellas estancias periódicas duraron dos años. Compré un cepillo de dientes, una almohada rosa con unos dibujos de animales, un pijama, juguetes, galletas de distintas formas y colores. En su casa dormía siempre con un oso de peluche que le había regalado Jaime, así que yo también le compré un muñeco para que tuviera algo a lo que aferrarse por las noches. Encontré un pato de tela que me cayó simpático desde el principio. Tenía la mirada vacía de los animales disecados o falsos, pero no daba demasiado miedo, porque no parecía real. No era sólido, había algo de gelatinoso en sus movimientos, solo me costó diez euros. Yo lo guardaba en el armario empotrado de mi habitación y todos los viernes por la mañana lo colocaba con cuidado debajo de mi almohada, y lo primero que hacía Laura cuando entraba a mi casa era correr hasta mi cama para destapar al muñeco y saludarlo. Ella creía que el pato pasaba toda la semana allí, que dormía conmigo. Le daba un poco de pena que el muñeco no tuviera niños con los que jugar. Supongo que mi vida le parecía previsible y aburrida, a pesar de todo. Cada vez que Laura veía al pato, saltaba y chillaba de alegría, como si a lo largo de la semana hubiese llegado a dudar de la fidelidad del muñeco, o de la mía. Le inventamos un nombre, Feldespato. ¿Qué tal estás, Feldespato? ¿Me has echado muchísimo de menitos?, decía Laura, mientras le acariciaba el pico naranja o le besaba las patas amarillas y lo llenaba de babas.

Me encantaba pasar los viernes con mi sobrina. La iba a buscar al colegio con el coche, y pasábamos la tarde escuchando música, pintando, en el parque o en el cine. Hacíamos carreras. Escondíamos objetos. Olíamos hojas y pinturas. Nos maquillábamos. Bailábamos alrededor de una hoguera imaginaria mientras tocábamos instrumentos invisibles. Al final de la tarde preparábamos la cena: le gustaba probar, subida a una silla, cada uno de los ingredientes que añadíamos a la pizza o a la ensalada. Antes de acostarla le leía un cuento. Mi colección de cuentos infantiles creció poco a poco y pasó a ocupar más espacio que mi propia biblioteca. Laura construía verbos a partir de sustantivos: decía «bicicletear», «cuentear», «peliculear», «bocadillar». También decía «mantar» en lugar de «arropar». Cuando estaba con ella el mundo cambiaba de significado y cada objeto se convertía en una acción de maravilla posible.

Perdí a Feldespato. Un viernes por la mañana, nada más despertarme, tuve una extraña intuición, como un hueco que se abría en mitad del pecho. De inmediato vi, o imaginé, la mirada indiferente del muñeco. Busqué primero en el armario, donde lo guardaba siempre, y después, como un acto reflejo, debajo de la almohada. A continuación rastreé sin éxito toda la casa, al principio de forma alocada y aleatoria, después de forma sistemática. Los nervios me llevaron a buscarlo en lugares que llevaba años sin recorrer, en la esquina más inverosímil, debajo de la cama y del sofá, en el trastero, en una gigantesca caja de cartón en la que guardaba cartas y papeles antiguos, fotografías familiares, apuntes de la universidad. Pasé revista a mi vida y me sorprendí de haber sido, no muchos años antes, otra persona. Me sentí culpable. Recordaba que había metido el muñeco en la lavadora el domingo anterior, con las sábanas de Laura, y recordaba haberlo tendido en la terraza, sujeto a la cuerda con una pinza que le atenazaba el ala derecha y le daba un aspecto de sometimiento, como una marioneta en espera de una mano que la llene y la anime. Sin embargo, no tenía la certeza de haberlo colocado de nuevo en el armario, en su sitio. Los gestos repetidos pierden nitidez, se amontonan como calcetines o como camisetas, de dos en dos o de tres en tres, al final es imposible distinguirlos. Por suerte, tenía tiempo y pasé por la tienda en la que había comprado el muñeco perdido. Tenían varios iguales, colocados uno junto a otro en una estantería, las patas colgando, sin vida, como niños que esperan su turno. Todos con la misma postura de cansancio, con la misma expresión de nada.

Antes de ir a buscar a Laura coloqué el pato nuevo debajo de la almohada. Me pareció idéntico al otro, indistinguible. A lo mejor había alguna diferencia, el ligero desgaste del que se había perdido, pero una niña de cuatro años no podía darse cuenta.

Cogí el coche y fui hasta el colegio. A esa hora era imposible aparcar y siempre dejaba el coche en doble fila. Las madres (casi todas eran madres) formaban un semicírculo en torno a la puerta. Los niños de primero de infantil salían de uno en uno y corrían hacia la libertad. Laura solía ser una de las últimas. Caminaba hacia mí sonriendo, pero sin precipitarse, como si ya tuviera una idea precisa del concepto de dignidad.

Cuando llegué a casa con ella, repitió su ritual de todas las semanas y corrió hacia mi cama. Levantó la almohada, sacó el muñeco y se lo quedó mirando. La alegría desapareció de su cara. Me miró a mí. Volvió a mirar al muñeco. Este no es Feldespato, dijo. ¿Dónde está Feldespato?

Tuve que explicarle lo que había pasado. Me disculpé una y otra vez. Es difícil ponerle excusas a una niña de cuatro años. Aún no conocen los códigos, y las explicaciones se enredan, parecen absurdas, no sirven. Pero a medida que hablaba me di cuenta de que ella sentía más curiosidad que decepción. No hubo ningún reproche, ni una sola lágrima. En vez de mirarme a mí, miraba a su nuevo muñeco. ¿Sabes una cosa?, me dijo, por fin. Tenemos que ponerle otro nombre. Ah, claro, respondí. Tiene que tener un nombre. Le sugerí varios: Patoso, Matías, Ánade, Bartolo, Juan Carlos. Ninguno le parecía adecuado. No tiene cara de Bartolo, decía, por ejemplo, mientras examinaba con atención los ojos alucinados del muñeco. Pasamos la tarde así, mirando un pato de tela. Laura se tomó el asunto con mucha seriedad. A mí me costaba aguantar la risa. ¿Cómo había sabido que se trataba de otro muñeco? Fue por la noche, después de que la ayudara a ponerse el pijama, cuando me anunció que ya había encontrado el nombre adecuado. Se llamará Patológica, me dijo. Me quedé sin habla. ¿De dónde habría sacado esa palabra? Porque no es un pato, no es exactamente un pato, dijo. Es una chica, una pata. (Tenía una forma muy graciosa de pronunciar algunos adverbios: no dijo «exactamente», claro, sino «sastamente»: «no es sastamente un pato».) Le dije que entonces tendría que llamarse Patalógica, y no Patológica. Se volvió a quedar pensativa. Se llama Patológica, concluyó, dando por cerrada la conversación.

El sábado, cuando mi hermana vino a buscar a Laura mi sobrina le contó a su madre las aventuras de la pata Patológica. «Lo mejor de todo», le dijo, «es que no tenemos ni idea de que ha pasado con el otro muñeco. ¿Habrá salido volando?». El domingo por la mañana sonó el timbre. La vecina de abajo traía bajo el brazo el muñeco originario, Feldespato. Al parecer había caído del tendedor a su terraza. A lo largo de la semana había pasado un par de veces por casa, pero no había dado conmigo. Se lo agradecí. Coloqué los dos patos, uno junto al otro, y traté de encontrar alguna diferencia entre ellos. Con un rotulador negro tracé una F en la etiqueta del pato que me había traído la vecina y una P en el que había comprado sólo tres días antes.

El viernes siguiente quise hacer un experimento. Coloqué bajo la almohada el muñeco que tenía una F en la etiqueta. Fui a buscar a Laura al colegio, y cuando entramos en mi apartamento ella fue hasta mi cama, retiró el muñeco de debajo de la almohada y se puso a gritar como una loca: ¡Ha vuelto Feldespato! ¡Ha vuelto Feldespato! ¿Dónde estabas, Feldespato?

Laura decía que Feldespato era un muñeco triste, y que Patológica era una muñeca que siempre estaba contenta. No tenía ningún problema para diferenciarlos. A partir de ese día empezó a dormir con los dos. Cuando se lo conté a mi hermana, me dijo que yo siempre había sido, desde la infancia, una persona muy despistada y, al mismo tiempo, con una enorme imaginación. Seguro que hay algo que los distingue, algo que hasta una niña de cuatro años es capaz de percibir, y sin embargo a ti se te escapa porque siempre estás pensando en otra cosa. Sentí que en esas palabras había algo de reproche. No quise discutir.

Dos años después, cuando acabó todo, Laura se fue a vivir con su padre a Salamanca. Le ofrecí los patos como regalo de despedida, pero no los quiso. Están acostumbrados a tu casa, me dijo, en Salamanca estarían los dos muy tristes y no sabrían que hacer. No les gustan las ciudades que no conocen. Además, seguro que los cuidas muy bien. Tuve que reprimirme para no llorar delante de la niña.

Sólo unos meses después desperté en mitad de la noche con la certeza de que me estaba ahogando. Encendí el televisor y traté de ver una película. Me comí una mandarina. Era viernes, así que al día siguiente no tenía que ir al despacho. Ya estaba amaneciendo cuando abrí la puerta del armario. Saqué los dos muñecos y les pasé la mano por la tripa de tela. Me fijé en las etiquetas y me di cuenta de que las letras, que los distinguían se habían emborronado. La P y la F parecían iguales, una mancha vertical. Me pregunté si Laura todavía sería capaz de distinguirlos, de decirme cuál era cuál. Me acordé de mi infancia, de mi hermana, de nuestra madre, de los veranos en la Torre, cuando nos bañábamos en una palangana enorme y llena de bichos. ¿Tu eres Patológica, verdad?, le dije a uno de los muñecos. Devolví al otro al fondo del armario. Espero haber acertado, pensé, mientras me metía en la cama. Me abracé al muñeco con fuerza hasta que me venció el sueño. Cuando desperté, casi ocho horas después, el trozo de tela seguía allí. Fui al cuarto de baño, cogí las tijeras con las que me cortaba las uñas (las mismas que había utilizado tantas veces para cortarle las uñas a Laura) y volví a la cama. Miré al muñeco, miré la etiqueta, llegué a sostenerla entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, pero no me decidí. ¿Y si me equivocaba?

Desde la audiencia has tenido más tiempo para estudiarla, pero no puedes hacerlo las veinticuatro horas. Hay gente en este mundo que todavía tiene trabajo, y el jefe de Jennifer pondría el grito en el cielo si se enterara de que la estuviste siguiendo a la enfermería. Probando las tabletas. Haciendo preguntas estúpidas. Arrastrándola al armario de suministros para un rapidito mientras algún veterano de guerra balbuceaba sus últimas palabras al otro lado de la pared. No; cuando te eliminan de ese rubro, te eliminan de por vida. Y no todas las ideas de Jennifer son buenas.

Así que durante la mayor parte de los últimos tres meses has limitado tu estudio a las horas domésticas, entreteniéndote solo en el departamento mientras ella está en el trabajo. Cocinaste linguini con camarones y chiles la noche que te despidieron, lasaña vegetariana la noche siguiente. Toda la primera semana limpiaste y aspiraste como un demonio. Jennifer te llamó su perra y los dos se rieron juntos. Vaticinó que pronto se les sincronizarían los períodos; te hizo cruzar los meñiques y prometerle que le prepararías un baño de espuma cada vez que te lo pidiera. Eso fue cuando todavía bullías de entusiasmo por la libertad y todas las tareas eran divertidas; entonces empezó el juego de roles. Ahora, algunas noches, cuando Jennifer está de turno, lo único que haces es meter la mano dentro del jogging para agarrarte las bolas y hacer planes online, en la oscuridad. En el Observatorio Lowell en Flagstaff, te dices a ti mismo entre dientes, cliqueando el mouse con la mano libre. En el Parque Nacional Saguaro, cerca de Tucson. De solo pensarlo se te moja la nuca. Se te seca la boca. Cuando resulta demasiado, vuelves a dominar el FIFA 12.

Noches enteras pasan así.

Ya van cuatro meses desde que la administración le pidió como favor a Jennifer que cubriera un par de guardias nocturnas: una de las chicas nuevas estaba ausente por enfermedad, dijeron. Es sólo hasta que se sienta mejor, dijeron. Probablemente no sea por más de una o dos semanas. Pero ya casi es Navidad, la chica enferma se convirtió en la chica deprimida, y Jennifer sigue en esas guardias nocturnas de pesadilla sin señales de que las cosas vayan a cambiar pronto. Tenías la esperanza de que salir del call center trajera la oportunidad de hablar de un nuevo comienzo, tal vez en algún lugar donde la vida fuera más barata, con más chances de que brillara el sol. Pero no hubo tiempo para esa clase de charla. Seis veces por semana, ella sale de casa después del ocaso y vuelve antes del amanecer. El día es noche y la noche es día. Jennifer dice que le está afectando los sentidos, y también está afectando los tuyos. Tienes que adaptar tus patrones de sueño para estar despiertos al mismo tiempo. En el sendero apache, rodeado de las majestuosas Montañas de la Superstición.

Te aseguras de tener todo listo cuando llega del trabajo –luces apagadas, persianas cerradas– para que Jennifer pueda hacer de cuenta que es de noche. Se merece una bienvenida decente pero has aprendido a no molestarla en la puerta. No le gusta que la agobien. El trabajo que hace no puedes ni imaginarlo. Los últimos momentos de hombres y mujeres comunes, despojados de sí mismos. No es de extrañar que necesite unos minutos de soledad. Así que te quedas ahí en la cama, haciéndote el dormido, escuchándola moverse en la cocina, picando cosas de paquetes en la heladera y comiendo parada mientras afuera la noche se convierte en día. Luego se mete en la cama, te da un beso y se queda dormida, a veces completamente vestida. Si eso sucede, la desvistes despacio, cuidando de no hacer ningún movimiento brusco, quitándole el maquillaje con una toallita para el rostro. Pones su corpiño, bombacha y medias en la cesta de la ropa sucia y cuelgas su uniforme detrás de la puerta del dormitorio, listo para el día siguiente. Entonces cubres los cuerpos de ambos con el acolchado, le rodeas la cintura con los brazos y esperas a que llegue el cansancio. La mayoría de las veces, Jennifer duerme profundamente. A veces tú también.

Los sueños de Jennifer no le aclaran la mente, pero cuando abre los ojos se comporta como si el mundo fuera una moneda brillante recién encontrada en el suelo. Casi todos los días se despierta a eso de las dos, se da vuelta en la cama para mirarte y antes de que puedas hacer foco, susurra: ¿Lo hacemos, vaquero? Cuando está cansada, sus pupilas parecen ruedas de ruleta. Cuando está caliente, envuelve tus piernas con sus piernas cortas y te pregunta qué será hoy. ¿Barack Obama y Michelle en el Salón Oval? ¿Beyoncé y Jay-Z en su mansión de Los Ángeles? ¿Brangelina en su escondite del sur de Francia? Por lo general deciden juntos. Entonces llega el momento de los disfraces, media hora de lo que Jennifer llama rock n’roll en los mismos agujeros de siempre, y a eso de las tres los dos ya están durmiendo de nuevo. Se despiertan alrededor de las cinco, se tiran frente al televisor y comen un sándwich mientras miran telenovelas o un DVD. Un par de horas más tarde todo comienza de nuevo, y las siguientes diez horas son solo tuyas.

La semana pasada le dijiste a Jennifer que esto no podía continuar. Lo de estos ejecutivos es una burla, y le sugeriste que hiciera huelga. Este estilo de vida no es práctico. Le dijiste que habría problemas si las cosas seguían así hasta Hogmanay, la celebración de Año Nuevo en Escocia . ¿Qué iban a hacer con las campanas? ¿Mirar todo por Sky Plus? ¿Mirar el Big Ben la tarde siguiente, todo apagado, cantar Auld Lang Syne y hacer de cuenta que es otro año? Jennifer arrugó la nariz. Las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba. Entonces dijo: Deberíamos hacerlo durante el conteo. Tratar de coordinar, ya sabes, 3, 2, 1… Jennifer es una verdadera romántica. Las últimas semanas notaste algunas cosas que no viste antes, cuando tenías trabajo y todavía atendías el teléfono cuando sonaba. Si Jennifer duerme, te concentras en su respiración, tratando de imitarla con la tuya, preguntándote si se queda contigo solamente porque está demasiado cansada para dejarte. Si está despierta, le prestas atención a sus tics y sus hábitos. Sus deseos. Todavía sirves para algo, ¿verdad? En los baños para discapacitados del Sea Life Aquarium en Tempe. Vestidos de pies a cabeza de indios americanos en el Museo Heard.

Por los tiempos, sabes que ella casi nunca hace una parada en el camino de vuelta a casa. La fina capa de barro húmedo en sus botas prueba que usa siempre el mismo atajo a través del parque; el recorrido de puerta a puerta le lleva unos veintitrés minutos. El conteo de canciones reproducidas en su iPod muestra que de camino escucha los mismos discos: la abundancia de Born in the USA a la ida, el vacío de Nebraska a la vuelta. (Últimamente sólo escucha a Springsteen. Dice que escribió todas las canciones que quiere escuchar. En este asunto no están de acuerdo). No hay muchos negocios abiertos en ese trayecto a las seis de la mañana, pero incluso si los hubiera, te parece poco probable que se detuviera en cualquier lado antes de volver con su hombre. Su Daniel. Jennifer es una chica bastante puntual. Los números hablan por sí solos.

Segundos más, segundos menos, Jennifer tarda treinta y siete minutos todos los días en prepararse para el trabajo; lo sabes porque tienes un cronómetro en el teléfono. Esos treinta y siete minutos por lo general incluyen unos ocho para vestirse, dos de los cuales usa para ponerse las alhajas que le regalaste para su cumpleaños, para San Valentín, para la última Navidad. Unos seis minutos para sus deposiciones diarias. Tres para lavarse los dientes. Nueve minutos para ponerse un poco de rubor y delineador. Luego cuatro o cinco hablando sobre lo que piensas hacer mientras ella alimenta, baña y cambia a los que ella llama los zombies babeantes de Yorkhill. Es difícil recordar algo que sucedió hace tanto tiempo –fue al comienzo de la relación, hace ya dos o tres años–, pero cuando empezó en el hospicio, Jennifer era mucho más dócil.

En ese entonces hablaba de hacer un trabajo que fuera bueno para el alma. Cuando estaban con gente, le daba un cierto resplandor. Ahora ninguno de los dos socializa, ella trata de no pensar demasiado, los pacientes se han convertido en los zombies, y en casa todo es vestirse de Hitler y Eva Braun y hacer de cuenta que el departamento es el búnker y que llueven bombas aliadas en el exterior mientras logran tener sexo desesperado una última vez antes de que hagan efecto las falsas pastillas para suicidarse. Por su relato de lo que sucede en la enfermería, todos estos comportamientos parecen técnicas de supervivencia bastante esenciales. Jennifer dice que si uno lo piensa, en realidad las fantasías mejoran la calidad del cuidado que recibe la abuelita o el abuelito de alguien en sus últimos días en la tierra. Allá afuera, en el mundo, las fantasías salvan vidas. Así que lo mínimo que puedes hacer es prepararle un baño de espuma cada tanto y asegurarte de conseguir los disfraces por un precio razonable en eBay.

Durante algunas semanas después de la audiencia te diste el gusto de conversar acerca de cómo te gustaría contribuir con los costos de los disfraces, y también de algunas otras cosas mundanas como la hipoteca, el gas y la electricidad; prometiste revisar los diarios para buscar oportunidades. Le dijiste a Jennifer que mirarías los sitios de clasificados y te suscribirías para recibir alertas en el correo electrónico. Algunas veces le dijiste que ibas a encontrarte con tal o cual contacto para tomar una cerveza antes de la hora del cierre; la mayoría de las veces era mentira, pero Jennifer lo dejó pasar. No pedía detalles ni seguía preguntándote luego de que dijeras que habías tenido una entrevista en O2, o H&M, o donde fuera. Aun así, era obvio que no tenías deseos de volver a entrar en el mercado laboral. Barman. Mozo. Vendedor. Si sólo tenemos una vida, pensabas, ¿por qué molestarse con cualquiera de esas cosas?

El martes pasado, cuando Jennifer te preguntó por tus planes para el día, se te ocurrió esto: ¿Recuerdas cuando hablamos de ponerle una almohada en la cabeza a la tía Joan, en Arizona?, dijiste, tratando de descifrar su expresión. ¿Ocupar su casa? Bueno, tal vez no necesitemos a la tía Joan. Mira, encontré algo. Entonces le mostraste el sitio: 17: En el Centro de Ciencias de Arizona. 18: En mitad de la caminata en Squaw Peak, en la reserva de las montañas Phoenix. Esperabas que lanzara algo. Que hiciera una lista de las facturas que había pagado desde que Greg y los muchachos de la oficina central te habían liberado del opresor. No la habrías culpado si se hubiera marchado para no regresar jamás. Pero Jennifer es una maldita santa. Una chica mala. Te rodeó el cuello con los brazos, con su calor flotando en el aire entre sus cuerpos, y te mordió el lóbulo de la oreja, sujetando la piel entre los dientes unos segundos antes de soltarla. Usa tu imaginación, te dijo. Y eso es lo que has estado haciendo desde entonces.

A veces te preguntas cómo sería la vida si hubieras crecido antes de internet. ¿Qué hacía la gente? Tal vez miraban por la ventana, o se pasaban el día mirando el piso, seguros de que ahí afuera había vida, pero incapaces de demostrarlo. Qué suerte tienes de poder acceder a todas las maravillas del universo en un milisegundo. No hay excusas para el aburrimiento cuando hay más posibilidades que nunca para la imaginación humana. Ahí afuera hay una comunidad para todos. Amantes de las palomas de los ex estados yugoslavos. Cultivadores de calabazas de Yorkshire. Brujas y neopaganos del sur profundo. Para algunas personas tanta información resulta abrumadora. Ven el mundo, perciben lo pequeños que son y se desesperan. Pero tú eres uno de los que pueden pasarse un turno entero del hospicio bajando música gratis, mirando videos de hipopótamos bailando en YouTube y buscando lugares inusuales en países extranjeros para darle a la chica que amas una buena y dura demostración de afecto. El universo tiene los brazos abiertos para ambos. No hay motivos para tener miedo. Y como demuestran estas mágicas páginas virtuales, más allá de toda duda, todos tienen sus cositas. El eslogan de uno de los sitios dice: Un hogar lejos de casa para viajeros de mente abierta que aprecian las bellezas naturales de todo tipo.

El número 23 dice: Al anochecer, en el extraordinario Jardín Botánico del Desierto.

El número 31 dice: En una de las increíbles cuevas subterráneas en el Parque Nacional Kartchner Caverns (algún bromista agregó aquí una foto totalmente negra, cuya leyenda dice “Dentro de una cueva”).

Debajo de la lista completa de los 59 “lugares del desafío” hay enlaces a varios álbumes de fotos, cada uno con imágenes de parejas que se han fotografiado en algunos de los lugares del recorrido. La mayoría no logra hacer más de diez locaciones. Casi todas las imágenes son amateurs. No importa. Una instantánea, de una pareja de Copenhague, está tomada desde la perspectiva de una mujer montando a su marido a orillas del lago Havasu. En la foto se ven sus rodillas apoyadas en los brazos de él. Él está en el piso, mirando hacia arriba. La expresión del hombre no se parece a nada que hayas visto antes, y cuando se la muestras a Jennifer, ella se pregunta en voz alta a qué se dedicará. Si le habrá mentido a su jefe sobre para qué necesitaba tomarse un tiempo del trabajo, y si sus colegas sabrán sobre sus vacaciones. Entonces ella te empuja hacia el piso, mientras la presentación sigue mostrando a la pareja de Copenhague en una serie de ambiciosas posiciones en el Cañon de Chelly, luego en la reserva natural Out of Africa, luego en los estudios Old Tucson. En un video tienen puesto el mismo sombrero cowboy y se escapan desnudos de dos guardaparques. Jennifer insiste con la posición del perrito, los dos mirando la computadora. Empuja fuerte dándote la espalda.

Eso fue hace tres noches.

Esta noche, cuando salía para su turno, Jennifer te abrazó fuerte y te preguntó si tenías algo para ayudarla a pasar el descanso. Lo pensaste, observándola de cerca mientras tomaba sus llaves, se ponía el abrigo y salía por la puerta. Enfiló hacia la entrada. Entonces se detuvo en la acera. Miró hacia atrás. Apoyada en la puerta, la imaginaste como Marilyn Monroe y tú como JFK y dijiste: Número 43: Dentro de las vastas profundidades del Gran Cañón, con vistas espectaculares a aquello que el geólogo y explorador John Wesley Powell llamó alguna vez “el espectáculo más sublime de la naturaleza”. Jennifer volvió a mirar hacia la calle, sacudió la cabeza, sonrió. Mientras se alejaba, dijo: Alguien está excéntrico hoy. Luego se fue y la miraste irse. Tu Marilyn. Tu Coco Chanel. Tu Michelle Obama.

Jennifer siempre dijo que las primeras horas de su turno eran las peores, así que te aseguraste de que tuviera un mensaje de texto esperándola cuando por fin llegara su primer descanso corto; una ayuda para que la segunda mitad del turno pasara un poco más rápido. Decía En una de las mesas de la legendaria Pizzería Bianco (puntaje promedio de Trip Advisor: 4.0 de 5). Darnos de comer en la boca el uno al otro es opcional. Adjuntaste un jpg de Bob y Sue Hampton de Bournemouth, él sin nada más que un sombrero de chef, ella de moza en topless, los dos haciéndolo junto a un gran plato de antipasto. A las doce y diez de la noche llegó la respuesta. Se ve complicado. ¡Pero sabroso! Estoy dispuesta si tú lo estás… Después de eso le empezaste a mandar más sugerencias. No podías evitarlo.

Opción 1: EN EL LEJANO OESTE. Estilo 1880, en el famoso pueblo Rawhide del Lejano Oeste, viajando en el Carruaje Butterfield que cruza el pintoresco desierto de Sonora tirado por una mula. (Otras opciones incluyen casamiento de apuro, costo: 10 dólares, souvenir fotográfico incluido. Potenciales complicaciones: ¿Qué hacer con el guía? ¿Es posible alquilar un carruaje propio? ¿Y a tu madre le molestaría si nos casáramos en el exterior?).

Opción 2: EN EL CINE. En Monument Valley, vestidos como el excéntrico director John Ford, cuatro veces ganador del Oscar, y Mary, su amada esposa por cincuenta y nueve años. Sugerencias: usar un parche ocular, como Ford; reproducir escenas de las obras más destacadas de Ford. (Posibles problemas: ¿cómo hacer que Las uvas de la ira sea sexy? Considerar también: Qué verde era mi valle).

Opción 3: SANTOS Y PECADORES. En la Misión de San Xavier del Bac en Tucson, fundada en 1692. Vestidos de Pastor y de una participante entusiasta de la congregación. (NB: en un supuesto milagro presenciado por gente de toda el área de Tucson, aparentemente el Padre Ignacio José Ramírez y Arrellano continuó sudando durante horas después de su muerte. Luego lo canonizaron. ¿Podríamos incorporarlo de alguna manera, tal vez?).

Jennifer no respondió a ninguna de estas sugerencias, pero era cierto que ella prefería los dramas donde la mujer era dominante. O tal vez no respondió porque era una estupidez y habías llegado demasiado lejos y no tenía tiempo para esta clase de cosas porque estaba ocupada limpiándole el trasero a alguna viejita frágil y asustada que quizás tendría un ataque al corazón ahí mismo si supiera lo que estabas planeando hacer con su dulce y bondadosa enfermera. ¿Por qué Jennifer no respondía? Algo andaba mal. Así es. Así es. Se suponía que no tenías que llamarla cuando estaba de guardia, aun así tuviste que hacerlo. El celular estaba apagado. Por supuesto que estaba apagado. En lugar de dejarle un mensaje de voz, le escribiste otra vez: Te extraño. Estoy muy orgulloso de ti. Cuídate y nos vemos en casa, ¿ok?

Llegó once minutos más tarde de lo normal, de modo que supiste que algo andaba mal antes de verla llorar. Corrió a tus brazos desde el pasillo, ocultó la cabeza en tu hombro y la dejó ahí un largo rato. Cuando levantó la visa, su rostro era todo maquillaje corrido y miedo. No podía respirar. Dijiste, Vamos, vaquera, la levantaste y tambaleándote con ella en brazos, la cargaste por las escaleras. Ella se rio. La abrazaste con suavidad mientras te pegaba y decía, No puedes irte a ningún lado. Los besos suaves se convirtieron en intensos, y poco después los dos estaban tirados en la alfombra del dormitorio, enfrentados, dos cuerpos en la luz matutina. Tráeme pañuelos, Daniel, dijo ella. Así que se los trajiste. Luego subiste a prepararle un baño. Mientras lo hacías, pensaste que si todavía trabajaras en el call center, o en cualquier lado, no habría tiempo para esto. Jennifer habría llegado a casa, se habría secado las lágrimas mientras dormías, tratando de no despertarte antes de que sonara tu alarma. Te habrías levantado poco después, te habrías duchado y vestido deprisa, y habrías notado que algo andaba mal pero no tendrías tiempo de responder a eso, le prometerías que hablarían más tarde. Habrías ido a trabajar, preocupado por Greg, por los objetivos, por cuánto venden los otros en la oficina. Al volver a casa, Jennifer se estaría preparando para salir a su turno y no querría preocuparte, así que haría de cuenta que está bien, y antes de que pudieras notarlo, la sensación habría pasado. En el cañón Oak Creek, Sedona. Entre los pájaros, animales y plantas del Sud Oeste en el Parque Estatal del Arboreto de Boyce Thompson. En Paradise Valley. No, no quieres volver a trabajar nunca más. No quieres perder la oportunidad de estar ahí para ella. Solo pensarlo te da ganas de vomitar.

Pero todo está bien porque no tienes trabajo, estás aquí, disponible, y sabes cómo a ella le gusta, así que cargas la bañera con dos medidas de espuma de baño y dejas correr primero el agua fría un rato. La llenas hasta casi la mitad. Luego la llevas hasta el baño, le quitas el uniforme, depositando cada pieza con cuidado para que no se arrugue. Ella dice: Estoy despierta, para variar. Tú dices: Sí, lo sé. Le besas la clavícula, detrás de la oreja, te agachas y la besas entre los dedos de los pies. Ella hace de cuenta que te aparta. La dejas. Ha estado llorando todo el tiempo. La alzas de nuevo y la metes suavemente en la bañera. Su color cambia de rosado a blanco, las burbujas pululan a su alrededor y su cuerpo desparece debajo de ellas. Entonces vuelves al piso de abajo, a la heladera, descorchas una botella de vino blanco y regresas. Apoyas la botella y las copas limpias en el piso. ¿Quieres que te sirva? Le preguntas, y ella asiente. ¿Quieres llamar a tu madre?, le preguntas. Ella sacude la cabeza. Más tarde, dice. Entonces Jennifer te toca el brazo y te pide que te quedes.

Sirves las dos copas hasta la mitad.

Con un suspiro, Jennifer dice: No tendría que… quiero decir, pasa todo el tiempo pero… Victoria murió durante la noche. Le respondes: No sabía que les ponías nombres. Jennifer te golpea despacio, se ríe, toma una copa y dice: Tienen nombres cuando llegan, tonto. Y entonces se larga a llorar de nuevo.

Entre lágrimas te cuenta la historia de vida de esta mujer a la que nunca conociste y que Jennifer nunca antes había mencionado. Vivió una vida plena, viajó mucho y hablaba cuatro idiomas. Tenía tres hijos, incluyendo a uno llamado Samuel que murió de muerte súbita. Trabajaba en clubes polacos de jazz y una vez tocó el piano en el Royal Albert Hall. Vivió en Arizona con su segundo marido por seis años antes de volver a Glasgow, y le contó a Jennifer sobre sus amigos y familiares que se mudaron allí luego de la guerra. Ayer Victoria parecía estar bien, cuando le hizo un cumplido a Jennifer por sus mejillas rosadas. Con lo cual quería decir que se veía feliz. No es que nada de eso tenga importancia ahora, dice Jennifer. Sí que la tiene, dices. Le preguntas sobre Victoria arrodillado en la alfombra del baño. Le pasas despacio una esponja por los brazos y las piernas, luego por el abdomen, los hombros, hasta que parece incapaz de seguir hablando. Entonces le secas los ojos, la tomas de las manos y empiezas a hablar. Lo haces en voz baja.

Éste es el plan, dices. ¿Lista?

Jennifer asiente.

Mañana a la noche abriré el auto de Greg, manipularé los cables para encenderlo y aceleraré hasta el hospital para recogerte en mitad de tu turno. Tú apuñalarás a tu supervisor con una aguja infectada en el pasillo, luego saldrás violentamente por la puerta y saltarás al auto por la ventanilla. Entonces tomaremos la autopista, haciendo planes mientras avanzamos. Número 46: En la jaula de los leones en el zoológico de Phoenix. Número 49: En el pozo de las escaleras del Castillo de Montezuma, mirando a los turistas desde las torrecillas. Número 53: Al aire libre, a bordo de un barco en el lago Pleasant. Piensas mientras hablas. Luego conozco a un tipo en el puerto de los ferrys, ya lo tengo planeado, y mientras sale el sol le paso un fajo de billetes a cambio de pasaportes nuevos. Jennifer dice: ¿De dónde sacaste el dinero? Le aprietas la mano para recordarle que no haga preguntas. Me convierto en José, dices. Tú te conviertes en Rosita. Luego hacemos la fila con el resto de los pasajeros, y nos subimos a un crucero de lujo con destino a Nueva York. En el barco lo hacemos de frente a las pequeñas ventanas redondas, el agua, el mar. El calor sube de nuestros cuerpos. En Nueva York robamos otro coche y viajamos los tres mil kilómetros, o algo así, hasta Phoenix. Dormimos en el auto. Asaltamos estaciones de servicio en el camino con la pistola que nos dio nuestro hombre en el puerto. Tienes un talento natural. Amenazas a los empleados y tomas el dinero de la caja. Increíblemente, ninguno de estos lugares que asaltamos tiene cámaras de vigilancia. Jennifer hace una mueca pero te deja seguir. Sólo les disparamos a algunos pero no importa, porque la mayoría son viejos, o tratan mal a sus mujeres. Jennifer vuelve a apretarte la mano y dice: ¡Daniel! Sonríes. Bueno, bueno. En fin. Nadie nos sigue. Nos lleva dos semanas llegar a Phoenix pero cuando llegamos tenemos un gran sobrante de dinero. Jennifer dice: ¿Y entonces qué? Sonríes. ¡Y entonces nos dirigimos al sendero!

Jennifer toma de su copa, luego la deja a un lado y descansa la cabeza al costado de la bañera, de cara al techo. Suena bien, dice, mirándote con sus ojos de ruleta. ¿Pero y los pasajes para esa línea de cruceros? Agitas unos pasajes imaginarios delante de ella. Vamos. ¿Me olvidaría de algo tan importante? Ella te quita el aire de entre los dedos, se incorpora y lo besa. De verdad quiero irme de aquí, dice, y vuelve a temblarle la voz. Lo sé, le dices. Para evitar que vuelva a largarse a llorar, levantas la copa y dices, ¡Por Arizona!, pero chocas las copas con tanta fuerza que la de Jennifer se rompe, dejando cientos de pequeñas esquirlas en el agua.

Le aprietas fuerte la mano y le dices: No te muevas.

Dos semanas atrás te llamó, así, de la nada, y hoy es el día de la madre y vas a volver a verla. Querías empezar de la mejor forma posible, pero el sábado te acostaste tarde y borracho, y el domingo te despertás con un llamado de ella a las once y veinte de la mañana. Pregunta si vas a ir a almorzar como habían quedado. Decís que sí. Pregunta si vas a ir con Fernanda. Decís que no, que ya le habías dicho. Te pide que por favor no llegues tarde, y cortás. En los últimos días apareció el zumbido de que no haberla visto antes en todo este tiempo fue más que nada tu culpa, y empezaste a pensar cómo se habrá sentido ella. Y es que estar con ella es un truco que aprendiste de chico y desde que dejaste de serlo no volvió a salirte demasiado bien. Encima, cuando te esforzás por ser amable perdés la paciencia. Por algún motivo, sin embargo, confiás en que las cosas van a terminar de acomodarse solas durante el almuerzo. El viernes a la tarde le compraste un regalo y no pudiste acordarte cuándo había sido la última vez que lo habías hecho. También tenés algo que decirle; algunas frases para terminar de emparejar todo.

Es el mediodía del tercer domingo de octubre de un año que no tiene ni tendrá década. Te metés en la bañadera y enseguida entrás en una nada brumosa pero impecable, blanca como el decorado de una propaganda de crema o sal. No hay ningún ruido. Nadás en la pileta de la terraza de una torre de treinta pisos oscuros. Nadie. Apoyás la espalda contra los azulejos del fondo. Mirás para arriba: no hay luces ni ruidos. El agua es tan transparente que cuando desaparece no se nota. El suelo es de pasto y caminás como Kwan Chang Caine, como un Johnnie Walker en un prado escocés, hay ovejas blancas que ahora son una sola nube y abrís los ojos, tosés y escupís un poco de agua fría. No tenés idea de qué hora es porque en ese baño siempre es de madrugada. Escuchás el ruido del tránsito y cómo un vecino tira la cadena, se lava las manos y cierra la puerta del otro lado de la pared.

Algo que ves desde esa esquina sobre la avenida te resulta conocido. Es que un paso detrás de otro, como un autómata, caminaste las cuadras que separan tu departamento de la zona donde viviste con tu mamá y tu hermana hasta hace algunos años. Recién ahora, al recorrer esa distancia, te das cuenta de que no te habías alejado tanto en realidad. No te acordás de qué había antes sobre la avenida. Seguro no eran dos locutorios.

Para pasar por la puerta, tironeado por el deseo casi morboso de comprobar el paso del tiempo, solo tenés que doblar en la esquina y seguir media cuadra, pero te quedás quieto. Ya son las dos y diez en el reloj del celular. Tomás un taxi y cuando arranca tanteás los bolsillos buscando plata para pagar. Llegás y tenés que explicarle al guardia del edificio quién sos. No cree que ella tenga un hijo que él nunca vio en este tiempo. Hace que toqués el timbre. Piso catorce. Te pregunta si estuviste de viaje. Sonreís y escabullís la mirada: sobre la mesa desde la que preside el hall de entrada hay un celular de los más caros. Finalmente, la voz de un hombre desconocido dice por el portero eléctrico que podés pasar. En el ascensor te acomodás el pelo y la ropa frente al espejo. Te detenés en tu cara y pensás en tu hermana. De alguna forma sentís que la abandonaste. Por mucho tiempo, habían sido lo único que quedó en pie de esos primeros años en Buenos Aires, el peinado batido de tu mamá, tu papá flaco y con bigotes. Después vos y ella juntos dieron vueltas en las calesitas a las que los fueron subiendo, como un pasajero disputado por dos taxistas una noche desolada.

Pero todo eso ya pasó y ahora es más simple: solo tenés que compartir algunas comidas al año con las dos, un tipo y su familia, en un piso catorce con palier, la puerta abierta y detrás del ventanal del balcón la reserve ecológica y más atrás el río. Te asomás y no ves a nadie. Volvés a salir y tocás el timbre y esperás, pero nada. Das vueltas por el living y te inclinás para leer los lomos de los libros y ver sus caras sonrientes en los portarretratos. La cautela tensa tus movimientos como si todos los adornos estuvieran a punto de quebrarse en cualquier momento, o como si estuvieras entrando a robar en lo de una familia que se fue a pasar el día al country.

Desnuda envuelta en una toalla, una rubia que no es tu hermana pasa al fondo del pasillo. Antes de cerrar la puerta de la habitación se da vuelta y se queda mirándote un segundo interminable, hasta que desde un costado aparece tu mamá y te abraza. Está igual: un poco más flaca, el pelo más rubio y con otro peinado, con ropa nueva y menos arrugas, pero igual. Te aleja, apoya sus manos en tus hombros, te mira y luego te aprieta. Vuelve a alejarte. Está llorando. Dice que está llorando de alegría. Metés la mano en el bolsillo de la campera y tanteás el paquete dentro de la bolsa. Se abrazan y se dan otro beso. Estás por abrir la boca, casi, y ella vuelve a alejarte, los ojos irritados, y dice que la sigas, que quiere mostrarte el departamento. Pero todos los cuartos están cerrados con llave. Dice que deben estar cambiándose y te muestra los baños: en uno todavía quedan restos de vapor, espuma y una bombacha bordó húmeda colgada de la canilla. Estornudás. Volvés a estornudar. Dice que debe ser por la alfombra y que mejor vayan a la cocina. Seguís estornudando, tanto que es como si lo hicieras a propósito, como si por algún motivo quisieras exagerar la sensación de incomodidad.

Mientras te limpiás la nariz ella pregunta si no le harías un favor. “¿Qué?”. Todos están ocupados preparándose y ella todavía tiene que bañarse y calculó mal y necesita más crema para la salsa, y encima no hay vino y a Gustavo no le gusta comer sin vino. Una puerta se abre y la voz de un hombre, la misma del portero eléctrico pero sin distorsión, le pregunta dónde está. Qué importa si no puede comer sin vino, que se lo vaya a buscar él: están solos y no sabés si van a poder volver a estarlo. Pero al mismo tiempo es como si algo te diera pudor, y vas. Pide que ya que estás saques a Lucky, que sale del lavadero estirando las articulaciones.

Es un barrio nuevo construido en tierras ganadas al río, un club de campo de torres: solo hay edificios enormes, separados unos de otros como si fueran demasiado pesados para ese suelo, rodeados de plazas impecables con árboles y bancos recién plantados. Fue en otra vida cuando tus mejores ideas se te ocurrían paseando a ese mismo perro por plazas derruidas, fumando por cuadras a las que ahora no te animás a volver. Desde afuera, el único supermercado de la zona parece un negocio de objetos de diseño. Atás al perro y te acercás a las puertas corredizas, que se abren solas. Un guardia te agarra del brazo y dice que no se pueden dejar perros atados en la vereda. Protestás, pero él se limita a señalar un cartel que dice que está prohibido atar perros y el nudo de la correa alrededor del poste.

Seguís hasta un coreano sobre la avenida a seis cuadras. Todo es más sucio y ruidoso y no hay problema con atar perros. Vas derecho hacia la heladera de lácteos. El olor a limpiador te hace picar la nariz. Comparás varias bodegas y agarrás dos botellas de vino tirando a caro. En la caja, la señora de adelante desparrama todos los productos sobre la cinta, avanza unos pasos y queda a la misma altura que la cajera, que apenas si puede verla. Sobre la tira de caucho negro hay una planta de lechuga, servilletas de papel, pan, un pedazo de carne de un corte que nunca comiste y dos vinos en envase de cartón. Pide que le avise antes de que sean veinte pesos. La cajera dice que van diecinueve con cuarenta, y uno de los vinos queda sin cobrar. Tiene todo lo demás en dos bolsas. No ves qué pasa con el otro vino —si al final lo agarra o lo deja—, porque mientras abre el monedero le dice a la cajera que la comida está muy cara, que cómo puede ser que la comida sea cara. Saca un billete de veinte arrugado, como si saliera de la mano de un chico que va de compras por primera vez, un billete que estuvo años enrollado en la trompa de un elefante de cerámica con piedras de fantasía. Mientras lo alisa, antes de dárselo, le pregunta a la cajera si tiene madre. Después le pregunta si no le da pena tener que trabajar el día de la madre. Y que tendrían que cambiar eso de día de la madre, dice.

Usa anteojos negros y unas bermudas que llegan justo hasta sus rodillas blancas y un poco fuera de escuadra. A la gente a veces se le nota en la postura del cuerpo cuando está a punto de decir ciertas cosas. Porque su mamá había perdido a su mamá —dijo así, dos veces “mamá”— de muy chiquita, y siempre la había pasado mal todos los días de la madre.

La cajera tiene la mirada perdida en las ofertas de carnicería, y a esta altura ya no debe ver más palabras sino signos de admiración y números a lo largo de las góndolas. Números y signos de admiración, en todas las inclinaciones posibles, en los carteles y etiquetas, y una luz que huele a lavandina cayendo del techo. La señora de todas formas sigue hablando: dice que hubo una época en que se llamaba “día de la familia” y que eso le parecía lo mejor. Apoyás la crema en la cinta: el cartón de vino no está. Costaba un décimo de cada botella que estás por comprar. Mientras pagás, mirás hacia afuera asustado, a ver si el perro sigue ahí. Volvés rápido, casi sin mover los brazos, como si al ser agitada en contacto con el exterior, la crema pudiera echarse a perder en cualquier momento.

Están todos sentados alrededor de la mesa. Le das un beso a tu hermana, un apretón de manos a Gustavo, un beso a cada una de sus hijas y otro al hijo menor, que aunque parezca mentira está usando una remera tuya. No decís nada. Es ella quien lo hace notar, como si eso de alguna forma los hermanara. Debe tener dieciséis o diecisiete, y es uno de esos adolescentes que ya no van a crecer mucho más. Es alto, flaco, tiene el pelo apenas largo y no puede saberse si se afeita o la barba todavía no le creció. En la mesa apenas habla. Te preguntás si tendrán algo más en común, seguro está usando muchas más cosas tuyas. Le decís a ella que tendría que haberte preguntado antes. Te mira mal solo un segundo y agarra tu mano. Te hace un elogio desmedido, casi absurdo, que más que avergonzarte te molesta. No decís nada y ella igual intenta darte un beso delante de todos. Te alejás y apenas alcanza a acariciarte. Sacás la mano. No podés evitarlo: es como que hay algo físico que en algún momento se echó a perder.

Encima vive con otro hombre. No es que te moleste, al contrario: sacando su primer comentario (“¿así que pintás?”), Gustavo enseguida te cayó bien. Y con dos vasos de vino pudiste recubrirte de una capa de genuina simpatía que lubrica tus movimientos con las personas. Te gusta cómo la trata, cómo le habla y los chistes que hace para cambiarle el humor luego de tus comentarios. Y lo que cuenta: que en la semana viajó a su campo y lo agarró un corte de ruta. Pero sobre todo el modo, el tono. Es imposible que a esta altura no te caiga mal cualquier comentario sobre el tema.

Resulta que más adelante había un micro, dice, que llevaba a un grupo que tenía que tocar esa noche en una ciudad en otra provincia. Estaban llegando tarde y se bajaron algunos músicos y otros que no tenían cara de músicos y yo también me bajé del auto para ver qué pasaba, y al rato dos de la banda se pusieron a tocar con los redoblantes de los piqueteros, todos cantaban y arengaban. Eran casi todos chicos, adolescentes y mujeres, dice, de todas las edades, más bien de treinta y pico en adelante, y cinco bicicletas dadas vueltas, con el asiento sobre el asfalto, que acumulaban dos kilómetros de autos y camiones a cada lado. Y después los músicos se sacaron una foto con la bandera, todos sonrientes. Que salga el escudo de la organización, gritó una mujer. Y otro dijo bueno, pero miren que el corte no se levanta.

Eran de un pueblo a tres kilómetros y estaban protestando porque iban a instalar una planta refinadora de algo por la zona. Los músicos tenían que seguir, no iban a llegar, y el productor del recital se acercó y pidió que los entendieran, que ellos apoyaban la causa, que apoyaban todas las causas. Que todavía más: esa campera que él tenía puesta, verde militar gastado, se la había regalado el Perro dos semanas atrás, y Gustavo hace un gesto para subrayar el absurdo. Ellos apoyaban la causa, repitió el productor, y les ofreció leer el petitorio en el escenario esa noche. Y les regaló varias copias del primer disco de la banda y algunas del segundo.

También están sus dos hijas. Sabés que una se llama Delfina y la otra Belén, pero no te acordás de cuál es cuál. Te lo dijeron al presentártelas —mirabas a la de la toalla— pero no llegaste a pronunciar sus nombres en voz alta y te distrajiste, el mantel cada vez más sucio. Las dos son rubias. Una tiene veintiséis, la otra veintitrés. Una de las dos dice algo acerca de los músicos, algo como que a todas las mujeres les gustan los músicos pero al final terminan casándose con los que tienen plata. Podría ser peor: podría haber dicho “pintores” o “artistas”, a secas. Gustavo contesta: en realidad, solo las tilingas. Se lo dice bien, como si todavía estuviera educándola.

La de veintitrés es la que parece más grande, te había contado tu mamá por teléfono con cierta picardía. Un poco te molesta esa complicidad que intenta generar; aunque, es cierto, si vivieras ahí con ellos podrías encontrártela cualquier madrugada en la cocina, en camisón, sentada sobre la mesada, las piernas blancas flexionadas a tu alrededor, la bombacha bordó corrida a un costado, la luz de la heladera abierta y los números verdes del reloj del microondas reflejados en el vidrio de la ventana. Y cuando te cuentan que le cambiaron el nombre al perro y ahora lo llaman Eliot, porque “les gusta más”. Todo bien con T. S. Eliot, con Eliot Ness, Billy Elliot, Elliott Smith, Elliott Murphy, Missy Elliott, pero no se le cambia el nombre a un perro, y de repente empezás a llamarlo cada vez más fuerte “¡Lakiii!… ¡Lakiii!”.

Te callás porque te miran todos menos tu hermana. Tras una seguidilla de gestos le encontrás un parecido con Belén y Delfina, sea quien sea cada una. Por un segundo pensás que la familia es algo que se contagia. Después notás que tu hermana está más cerca de ellas que de vos, y sentís que de algún modo no cumpliste bien con el rol de hermano mayor. Pero ya es tarde. Hay otro segundo en el que pensás que la relación con ella se parece a esa planta que dejaron los anteriores dueños en el balcón de tu departamento. Esa planta que no regás, ni siquiera en verano, y sin embargo se mantiene viva, y a veces hasta da algunas flores.

En el único rato en que volvés a estar a solas con ella, no sabés qué pasa, no podés darle el regalo. Sentís como si el envase estuviera roto o el producto fallado, y en tu cabeza todo salía perfecto. Empezás a toser y a estornudar y Gustavo se asoma por la puerta para ver qué está pasando. Te pregunta si estás bien y ella te frota con un repasador en la cara, con una servilleta de papel. Te dice que tenés que dejar de fumar, que te hace mal. Listo, querés irte. Ella dice “por favor”. Pensás que va a decir algo más, que va a pedirte algo, pero no, vuelve a decir “por favor” y se queda mirándote en silencio. Llueve fuerte y Gustavo ofrece llevarte. Si te negás, vas a terminar arruinándolo, lo sabés, y a fin de cuentas las cosas no salieron tan mal. Es que te gustaría poder controlarlo, pero es un remordimiento retorcido que no podés evitar: siempre que te vas sentís que deberías haberte quedado, y siempre que te quedás un rato más, sentís que ya tendrías que haberte ido.

Adentro del auto solo se escucha el ruido empañado de los limpiaparabrisas. Al frenar en un semáforo, Gustavo ve la bolsa que tenés en la mano y pregunta qué es. Decís que un regalo que te hicieron y no te gustó. Y qué bueno que te hizo acordar, porque te habías olvidado de que tenías pensado cambiarlo, y si no vas ahora no vas a hacerlo más. Él te dice que los domingos en general no se hacen cambios ni devoluciones, pero solo querés bajarte del auto, que no lo tome a mal, y le decís que vas a probar ahora que casi dejó de llover, que por favor te deje en la avenida. Antes de bajarte le das la mano y después un beso.

En la estación de servicio de la esquina hay autos haciendo cola para cargar nafta. Gente inflando gomas y llenando el tanque antes de volver a encerrarse hasta el lunes a la mañana. El domingo a la tarde todavía tiene esa melancolía indeleble de que al otro día hay que ir al colegio, sobre todo una tarde como esta, de mucha cita y poco pensamiento propio. Planeás ordenar un poco y terminar una botella de vino que hay que terminar, y en eso, en el palier del edificio, te encontrás con la del sexto sentada en la silla que usa el portero cuando no tiene nada que hacer.

Pasás al lado de ella en silencio porque después de bajar del auto quedaste algo retraído. Vive en el edificio desde antes de que llegaras, con sus dos hijos, un varón y una chica, de unos seis o siete años, que siempre gritan al bajar en el ascensor. Es de Brasil pero el ex es argentino, alguna vez cruzaste algunas palabras con él en la puerta de calle mientras esperaba que bajaran sus hijos. Por la expresión de ella, es como si estuviera esperando que se los traiga de vuelta. Tu papá siempre llegaba tarde cuando tenía que pasar a buscarlos: una, dos horas. Se te caen las llaves al piso y se da vuelta. Te mira callada, medio aturdida. Decís “hola” mientras apretás el botón del ascensor. Pero no responde, y decís que alguien debe haberlo dejado mal cerrado. Mirás por el hueco de la puerta y decís: “Deben estar descargando un piso de bolsas blancas de supermercado”. Pero ella no contesta y sigue con la mirada perdida en la puerta de calle. De repente se ladea y te dice, como si estuviera terminando una frase que había empezado a pensar o a decirse en voz alta justo antes de que entraras, que por suerte el exmarido acaba de llevarse a los hijos a dormir a su casa, que el varón está insoportable, a la mañana le pegó.

Hay algo en el desprecio hacia su hijo y el abatimiento que traslucen su voz y sus facciones, que te hace recorrerla de arriba abajo y notar por primera vez su cuerpo debajo de las calzas y la remera. Le decís que tu abuela, “la mamá de tu mamá”, era de las que decían eso de que “no hay nada más malo que pegarle a la madre”. Se ríe. Pensás que podrías atraerla insinuando una mezcla de ternura y vigor juvenil. Te parece que sería un trato justo, pero no se te ocurre qué decir y empezás a agitar el paquete. Te sobresaltás cuando detrás tuyo escuchás el ruido de la puerta de metal: son los viejitos del quinto que tardan un par de minutos en salir del edificio.

Suben juntos al ascensor y recién decís algo a la altura del cuarto. “Entonces ahora te quedaste sola…”. Siempre te generó una sensación extraña conocer un departamento del edificio en el que vivís, idéntico y a la vez tan distinto al tuyo. Aunque tal vez te dé impresión mirar de reojo hacia el cuarto de los chicos y ver las camas sin hacer, y en el piso ropa y un brazo negro de un muñeco articulado. “Hasta mañana a la tarde, por suerte, que vuelven del colegio”, dice ella, y abre la puerta, se baja, y se queda mirándote desde el pasillo. El camisón que ibas a regalarle a tu mamá le hubiera quedado bien, por ahí algo corto y un poco ajustado. Te gustaría decir algo sobre esta noche, sobre las noches de domingo que es mejor pasar con alguien que solo, decirle que tenés una botella de vino casi entera que hay que terminar, pero te quedás callado y ella dice, a pesar de que son las seis de la tarde, “que duermas bien”, y cierra la puerta de su lado del ascensor.

El living de tu departamento está vacío y revuelto, las luces prendidas. En la mesa hay tres libros abiertos, un cenicero lleno, fotos desordenadas, el celular y un vaso con rastros de vino oxidándose. Sobre la silla hay una camisa arrugada y en la otra un saquito de té seco que conserva la huella de un par de dedos nerviosos. En la calle no hay viento, ni autos, ni ruidos, apenas algunas luces prendidas de acuerdo a un patrón desconocido. Desde el séptimo piso, esa parte de la ciudad es como una maqueta la noche después de la presentación final.

En el borde de la bañadera hay un frasco de shampoo normal, otro de crema de enjuague, un libro con las puntas florecidas, dentífrico para encías sensibles, una taza de café y un cepillo de dientes. Hay sarro en las juntas de algunos azulejos, la cortina de hule enmohecida en las puntas. Hace frío y nunca podés hacer que la ventana cierre del todo. Estás en la bañadera, abrigado por el vapor y el agua caliente por segunda vez. Hay días que pasarías enteros ahí, abriendo cada tanto con un pie la canilla de agua caliente, corriendo con el otro apenas el tapón, para conservar lo más parecido a un atmósfera amniótica.

Pensás que sería bueno que lloviera. Acto seguido, como si te estuvieran cumpliendo un capricho por lástima, ves un relámpago y algunas gotas que golpean contra el vidrio esmerilado. Pensás en la brasileña, en que no debería ser tan difícil, y en que la próxima que te la cruces va a ser mejor tener algo planeado. Tal vez entrar a su departamento cuando no estén los chicos con la excusa de ver si no está filtrándose en el techo de su baño la humedad que emana de tu bañadera. Mientras tanto, por lo pronto, podrías invitar a alguna chica al cine. Pero no tenés idea de qué dan. Ni siquiera un nombre, un actor.

Cuando llegué a Bruselas empezaba a oírse en algunos medios de comunicación aquella idea del fin del sueño europeo. En general, la desconfianza había aumentado, así como la violencia en los transportes públicos, que siempre comenzaba cuando un pasajero le exigía a otro que bajara la música de su mp3 o su teléfono móvil. Un día, mientras volvía de visitar un estudio que se alquilaba en el barrio de Ixelles, dos grupos de más de treinta jóvenes se zurraban con botellas de cerveza Jupiler en las escaleras del edificio de la Bolsa. Rodaban hasta un puesto de patatas fritas y allí, en un angosto limbo de mayonesa, crudités y fricandela, empezaban a sangrar. Los dueños de los apartamentos a los que llamaba no dejaban de hacerme las preguntas más rebuscadas; un anciano llegó incluso a inquirirme por la frecuencia de mi vida sexual, y (susurró) si las chicas que solía llevar a mi casa eran «sensatas, lo que se dice sigilosas». Hacía años que andaba encadenado, igual que cualquier presidiario de tebeo, a una desagradable bola de inquilinato y mezquindad sin límites. Por suerte, durante una cena a la que fui invitado conocí a Elin. Era sueca. La acompañé a casa tras la reunión. Aunque el anfitrión nos había sentado juntos por ser ambos traductores, habíamos congeniado gracias a nuestro colosal desinterés hacia el resto de personas. Elin se había encargado de la edición de una de las obras de juventud de un candidato al Premio Nobel, un poeta egipcio o turco; la traté de usted, pues no estaba seguro de si ella había cumplido ya los cuarenta. Me dijo que tenía pensado trasladarse a algún lugar de Oriente Medio una temporada, así que me ofreció quedarme en su apartamento durante su ausencia. «Lo ocurrido», me dijo el día siguiente, mientras yo buscaba mis zapatos y ella se cerraba el albornoz, con un pecho todavía al aire, «no le da derecho a tutearme, por descontado». Bélgica era un país vagamente caótico y sin gobierno.

A cambio, yo me encargaría de la gata —Elin me tendió una especie de cartilla sanitaria del veterinario— y de las facturas de la luz y el agua. Además, me comprometía a asumir los gastos de limpieza, lo que significaba pagar las dos visitas al mes de Teresita, una señora filipina. «Carece de permiso de residencia. No quisiera privarla de uno de sus pocos trabajos. Es muy simpática y muy católica», dijo Elin abriendo mucho los ojos, como si la idea le resultara inconcebible, «y todo lo que gana lo manda a su familia en… ¿Manila, es realmente la capital de Filipinas? Tiene una llave de la casa».

Consagrado a mis trabajos de traducción, me las apañaba para no estar presente los días en que Teresita venía a limpiar, unas tres o cuatro horas a partir del mediodía. Por alguna razón aquello me hacía sentir incómodo, igual que cuando uno le da limosna a un tullido y se cuida de mirarle las pústulas. Nunca había tenido servicio doméstico, ni mi situación económica me lo hubiera permitido. Dejaba un par de billetes en la mesa de la cocina y salía a dar una vuelta, a ver la programación de la sala Ancienne Belgique o hasta una biblioteca pública en la que un grupo de holandeses vendía cocaína adulterada tras la sección de poesía extranjera.

De vez en cuando recibía un email de Elin preguntándome por la gata. El animal comía bien y dormía a todas horas, aunque seguía sin cobrarme ningún afecto. Le informé de las cartas del Ayuntamiento de Bruselas que estaban llegando a su nombre y que yo había abierto con su permiso. Aunque habíamos firmado un contrato reglamentario (yo necesitaba un domicilio para mis actividades profesionales; también comprobé la edad de Elin en la fotocopia de su pasaporte, tenía exactamente treinta y nueve años, diez más que yo), el ayuntamiento quería comprobar que la casa estaba habitada por las personas que rubricaban el contrato.

«De momento, no les abras», respondió escuetamente Elin en su siguiente correo electrónico.

(Ella sí había decidido tutearme).

«¿Quiere que no salga a la calle y que permanezca encerrado todo el día?», le escribí yo.

«La casa está también a nombre de mi marido», me explicó en el siguiente mail. (No me sorprendió). «En teoría, él vive allí con nosotros. Se llama Kees. Haz, por favor, lo que te digo».

No contesté. Me imaginé a su marido como uno de esos hombres trajeados que cada viernes llenaban las terrazas de los bares pijos junto a otros empleados de cualquier oficina ministerial (luego, los domingos, Kees cocinaría macarrones enfundado en un pantalón de pana. Ella seguiría amándolo, allá donde él estuviese.) 

Tampoco me encerré en casa de Elin, por supuesto, pero me preocupé cuando empezaron a tocar al timbre. Decidí alejar la mesa de trabajo de las ventanas del salón. En aquella época, yo estaba traduciendo a un autor polaco del siglo xix, fundamentalmente por las noches, entre las diez y las cuatro de la mañana. Antes de dormir, me asomaba al patio interior y, con el corazón en un puño, veía a la gata caminar alegremente por la barandilla del tercer piso. Desafiándome a cinco metros de altura.

Pero aquello continuó. Al principio llamaban a mediodía. Pasaron varios días hasta la siguiente ocasión, a media tarde, aunque ya no podía saber con certeza quién llamaba, si los funcionarios del ayuntamiento, algún conocido o —por qué no— el cartero. Al poco, empezaron a tocar el timbre cada mañana entre las ocho y las nueve, mientras yo estaba todavía en la cama. Me quejé por email a Elin; prometió que iba a ponerse en contacto con el ayuntamiento. Entretanto decidí trabajar en la cocina, en la parte trasera de la casa, cuyas ventanas daban a aquel oscuro patio interior de ladrillos.

Un día, aparté el ordenador y comencé a prepararme la comida. Le estaba dando vueltas a la extraña propensión del autor polaco a que sus personajes mantuvieran agotadoras, interminables cópulas cuando, de repente, mientras almorzaba, oí un crujido proveniente del pasillo de la entrada. Pensé que eran los funcionarios que forzaban la puerta. Me recompuse y carraspeé un par de veces (¿para infundirme valor?). Al asomarme a la escalera vi un par de piececitos descalzos que precedían a un cuerpo diminuto y femenino. Había olvidado por completo qué día era. Se detuvo junto al cajón de arena de la gata y me señaló con la misma mano en la que sostenía un par de bailarinas sin cordones. Empezó a reírse, se cubrió la boca con la otra mano y dijo:

—Me llamo Teresita —apoyó las zapatillas en el suelo, tendiéndome la mano. Hablaba en inglés—. ¿No es divertido? Sí, me llamo Teresita.

Le dije quién era yo. Sin inmutarse, se dirigió a la cocina y rebuscó algo en un barreño en el que yo nunca había reparado, lleno de productos de limpieza. Compuso una mueca insondable y se quedó mirando un reloj de Coca-Cola que había sobre el microondas. Eran las dos menos cuarto. Desde la mesa, yo la observaba con interés mientras terminaba mi sándwich de pollo. Lanzó un gritito:

—Quince minutos.

A continuación extrajo una servilleta de su bolso, un plátano y una botella de agua a medias. De un salto se aupó a una silla al otro lado de la mesa. Lo más probable es que le colgaran las piernas.

—Puede coger lo que quiera del frigorífico —le ofrecí—. Un refresco, cerveza, yogur… También tengo té —nada de aquello era cierto.

Se rió, negando con la cabeza.

—Un plátano está bien. Me gusta comer cada tarde un plátano —me dijo.

Cogí del armario un tenedor y un cuchillo y corté en trozos lo que quedaba de sándwich:

—¿Mucho trabajo? —pregunté.

Mucho trabajo, poco trabajo… Mucho trabajo, poco trabajo —contestó con una sonrisa y su particular entonación musical.

Me levanté por una manzana y comencé a pelarla.

—La semana que viene tal vez venga Elin —dije.

—Cariñosa. Oh, es tan cariñosa la señora Elin… —echó un trago y se quedó mirando a la gata, que acababa de entrar en la cocina atraída por aquel alboroto. El animal arqueó el lomo y agitó el rabo con sacudidas frenéticas, como si únicamente lo electrocutaran a la altura del ano. De manera inesperada tomó impulso y saltó a mi regazo. Pensé que la gata me atacaba; sin embargo, se quedó allí, estática. Apoyó la mandíbula inferior en el borde de la mesa. Teresita terminó su plátano y empezó a aplaudir.

—Es la primera vez —intenté explicarle—. Hasta ahora, nunca antes…

—¿Le gustan los gatos? —me preguntó, limpiándose las lágrimas de júbilo.

—Son una compañía muy buena. Pero también son independientes– ahí acababan todos mis conocimientos sobre esos animales.

—¿Le importa que fume?

Encendió un cigarro y se quedó mirándome, mientras me rodeaba una densa nube de humo de hachís.

—Tabaco aliñado —dije sonriéndole.

—¿Cómo dice?

—¿Le gustan los gatos?

—No, no, no —me respondió, con una mueca de repulsión—. Son sucios y hacen pipí por todas partes —al ilustrar con su brazo aquel «por todas partes» desparramó las cenizas del porro en la mesa.

Saltó de la silla para agarrar un vaso de cerveza Chouffe, que utilizó como cenicero. Sus pies eran los más pequeños que yo había visto nunca.

—¿Come siempre solo? —me preguntó.

—¿Solo?

—Usted solo. O usted solo y la gata, o usted solo y él —afirmó, señalando el ordenador sin tocarlo, como si se tratara de un artefacto explosivo.

—Sí.

Le sacó la lengua a la gata y me sonrió:

—No es bueno que un hombre coma solo. No es sano.

—A mí me gusta —repuse mecánicamente—, me gusta la tranquilidad.

—Pero la gente que come sola se vuelve hosca y dura —dio una larga bocanada y apagó el porro en el fondo del vaso de Chouffe—. Hay que hacerle justicia a la comida.

—¿Quién dice eso? —pregunté.

Permaneció callada y luego exclamó:

—¡Las dos en punto! ¡A trabajar!

Se calzó las bailarinas y empezó a corretear por todas partes. Llenó un par de cubos de agua caliente en la pila de la cocina y desapareció en el baño y luego al otro lado de las puertas del salón. Tras los cristales opacos, los movimientos de Teresita parecían hechos de una sustancia semejante al éter. Seguí trabajando en mi traducción: me hallaba encallado en la descripción de una suerte de Casa del Sueño que aparecía en la obra de aquel autor polaco. En una ciudad de la frontera, donde la nieve se extiende en febrero como una mortaja, se instala una dama rusa llamada Natalia, de soltera Golanova. Recluta a algunos hombres sin trabajo y los pone a limpiar un local en alquiler; son los únicos habitantes desempleados: tullidos, un grupo de finlandeses —que nadie sabe de dónde han salido— y varios enfermos de cáncer de pulmón. El resto de la población se pasa el día en la mina. Una tarde, dos mineros borrachos ayudan a colocar el letrero sobre una pared limpia y renovada: Casa del Sueño de Natalia Golanova. Chiflidos, aplausos, desconcierto. Se rumorea que la tal Natalia tiene la voz ronca y que domina la medicina y modifica el clima en su provecho. Bastan esos rumores para que algunos mineros rebusquen entre la pernera con las manos, pensando ya dónde derramar su goce. Sin embargo, en las habitaciones de la «Casa del Sueño de Natalia Golanova» (todas individuales) no se admiten mujeres. Sus camas son el último grito en descanso en San Petersburgo, reza un cartel colgado en la puerta. Y es cierto, es un descanso muy particular, en el que los trabajadores se deslizan como sobre una mullida cataplasma. No han transcurrido aún dos meses y los hombres ya se reúnen cada domingo en la Casa del Sueño de Natalia Golanova. Bajo el pórtico delantero se relatan sus sueños, la mayoría de los cuales no son más que extensos coitos donde el flexible cuerpo de Natalia sirve para que el autor interprete los destinos del Imperio ruso y de Polonia según las teorías psicofisiológicas en boga.

Eso me hizo recordar que había soñado con Elin, cuyas formas no podía recordar con exactitud. Y eso es siempre un motivo de insatisfacción.

Entonces Teresita irrumpió en la cocina. Llevaba la mano izquierda envuelta en un guante de plástico rosa, lo que provocaba que sus dedos rechonchos semejaran penes de seres minusválidos. Me observaba como quien supervisa a un niño enfermo que manipula un proyectil:

—¿Necesita algo? —pregunté.

—La puerta —dijo—. Están llamando.

Mis pensamientos quedaron en suspenso durante unos segundos. «La gente que come sola se vuelve hosca y dura», volví a repetirme.

—No vamos a abrir —sin darme cuenta la había incluido a ella.

—¿Quiere que abra yo?

—Si lo hace, usted y yo tendríamos un serio problema.

Le expliqué el asunto de las cartas, de los funcionarios y de los controles del ayuntamiento. Instintivamente dio un par de pasos atrás y se situó bajo el hueco del calentador. Se pasó el pulgar por los labios, meditando qué hacer o cómo reaccionar ante aquello. Seguía descalza.

Llené un vaso de agua y se lo tendí. Se lo bebió mirando al frente, como si tuviera las córneas resecas o sufriera hipertiroidismo. Dijo: «No me gusta», pero no aclaró el qué.

Hubo una segunda tanda de timbrazos.

—¿Me daría uno de esos cigarrillos, Teresita?

Lo encendí. Cuando le hube dado un par de caladas, me lo arrancó de entre los dedos y aspiró con los brazos en jarras.

—Puede quedarse todo el tiempo que quiera, si se queda más tranquila.

—¿Elin lo permite? —preguntó indignada, apagando el cigarrillo recién encendido y acumulando todo el rencor posible contra mí—. ¿Por qué está usted en esta casa?

Me acerqué a tranquilizarla. Le pasé un brazo por los hombros e intenté transmitirle afecto y confianza. Parecerle digno de aquella vivienda. ¿Cuántos años tendría Teresita: treinta y cinco, cincuenta y cinco? ¿Tendría hijos? Estaba empezando a odiar a Elin y a imaginar el encabezamiento del correo electrónico en el que le comunicaría que me negaba a pagar las labores de limpieza.

—El señor Kees es tan cariñoso… —dijo algo así como kitsch—. ¿Lo conoce? A veces me llama y tenemos largas conversaciones.

Tomé una decisión, harto de aquello:

—Déjelo por hoy, y no se preocupe por el dinero —saqué dos billetes de mi cartera—. Puede quedarse todo el tiempo que quiera, aquí no van a molestarla.

Se escurrió y encerró en el baño con su bolso. Pasaron varios minutos sin que se oyera nada. Durante ese intervalo, procedí a llenar un cuenco con pienso para la gata. Luego, aterrado, llamé a la puerta del baño. Abrió sin dirigirme la mirada, ataviada con su ropa de calle, con las zapatillas puestas y una diadema de brillantes en el pelo. Tenía la cara sonrosada, como si hubiera emergido de los vestuarios de un reputado club de tenis. Cogió el dinero que yo había dejado en la mesa de la cocina y se lo guardó en algún lugar bajo la blusa.

—Acompáñeme —me dijo de un modo autoritario.

Fui con ella hasta la puerta de entrada. Con un gesto de la mano, me indicó que abriera. Tras obedecer, me instó a que fuera hasta la esquina y controlase la presencia de algún funcionario del ayuntamiento en las inmediaciones. Salí, recorrí la calle hasta la estación de metro y volví sobre mis pasos. Frente a la casa, en la plazuela donde se hallaba el consulado de un país asiático desconocido y recién independizado, un sacerdote se estaba encarando con un mendigo negro que daba vueltas sobre sí mismo encima de unos patines. Hubo un amago de pelea hasta que el sacerdote nos vio a Teresita y a mí.

Teresita me dijo si podía preguntarme algo. La había encontrado sentada en el cordón de la acera.

—¿No siente vergüenza?

Quise preguntarle de qué hablaban Kees y ella. No hubo tiempo. Cuando me disponía a interrogarla sobre el contenido de sus conversaciones con el marido de Elin —si le leía el tarot, su carta astral o algún tipo de homilía—, se agarró a su bolso de imitación, dio la espalda a la plazuela y, con pasos muy veloces, recorrió la calle pegada a la pared. Cuando fue devorada por las escaleras mecánicas del metro de Bruselas, miré al otro lado de la plaza y vi cómo se me acercaban el cura y el negro. Al aproximarse, advertí que el sacerdote era en realidad otro indigente cubierto con una casulla andrajosa, como en una parodia post-punk. Comenzaron a correr, así que me precipité atropelladamente hacia la puerta y, nervioso, cerré con llave. Era cuestión de segundos que empezaran a tocar el timbre. Descolgué el telefonillo, concentrándome en la afonía metálica procedente de la calle: uno de ellos dijo «Buh» (como si quisiera asustar a un niño desvalido) y eructó. Tras unos pocos segundos el estallido de unas risotadas indicó que los mendigos parecían alejarse, igual que todo cuanto me importaba durante aquella época de hosca y dura soledad.


*Este cuento fue publicado en: Solitario empeño © Cristian Crusat, 2015, Pre-Textos.

¿Por qué no comprarles a Mike, Robert o Knosi? Pero los muchachos dicen que Mike, Robert y Knosi no tienen tiempo y que no hay otra opción, así que tenemos que volver a subir, de nuevo tenemos que ir al cuarto apestoso de Watan en el décimo piso, que huele a perro aunque no tiene ninguno, y donde las persianas están siempre bajas, cosa nada agradable. Sentado a la mesa, Watan pesa la hierba con su ridícula romana, agrega un poco y vuelve a pesar, y lo único que uno puede esperar es que no empiece de nuevo a recitar poemas persas, aunque por otro lado da lo mismo porque igual se pone a hablar. Y sabemos perfectamente lo que se viene, me refiero a la cuestión con las astillas de madera que le clavaron a su tío debajo de las uñas, y la cuestión con el huevo caliente que le introdujeron a su tío por atrás. Y después asiente de pronto, como si ahora viniera un chiste, pero solo nos cuenta que su padre era muy valiente, igual de valiente que él, Watan, pesando y pesando y contándonos sobre los panfletos que tenía que repartir en la escuela, pero también eso es algo que ya contó mil veces. Mil veces nos dibujó el símbolo con el alambre de púa y el clavel, y ahora nos pregunta si queremos que nos dibuje el símbolo del partido comunista. Le repreguntamos si no se acuerda del dibujo de ayer, pero él ni nos escucha. Ahora describe la película que estaba viendo en el cine cuando le dispararon a su padre, y eso es algo que conocemos en detalle, así como conocemos la repentina sensación que lo empujó a salir del cine, sabemos que su padre luego se desangró y que era un hombre valiente, esto es algo que mencionó por última vez hace dos minutos. Le decimos: queremos ir a una fiesta, Watan, no tenemos tanto tiempo.

Pregunta si queremos tomar un té.

Y nos hace un té y habla de mujeres, y uno casi podría pensar: ahora se va a poner bueno, pero enseguida notamos adónde lleva esto, y es rumbo a sus tías del Mar Caspio, en donde se alojó junto a su padre muerto, esas eran mujeres de verdad, como ya sabíamos, diez mujeres gordas que se golpeaban la cabeza de la tristeza.

Y Watan se ríe.

Watan se ríe solo, mientras trae el té y otra vez describe a su padre tendido en el sótano ya lavado y maquillado, y cómo lo enterraron luego en el jardín, es algo que sabemos de memoria. Le decimos: Watan, has enterrado a tu padre, y luego anduviste dando vueltas por el Mar Caspio, donde las mujeres se meten cubiertas al agua, y conociste a la pequeña Asfael, que era completamente distinta con su pelo corto. La seguiste por los campos, pasando los árboles de granadas y las chatarras de heladeras, y ella era casi como un muchacho y se sentaba sobre los muros, y cuando besaba, mordía. Pero ¿queremos escuchar todo eso de nuevo, Watan? ¿Queremos escuchar de nuevo cómo de pronto Asfael se fue y vinieron los policías y te pegaron en el estómago porque los habían visto juntos? ¿Y que pensaste que te iban a colgar de una grúa en el depósito de chatarra, y que los policías luego se fueron y al final no te colgaron de una grúa, y que Asfael salió de una heladera y se rio como si no hubiera tenido miedo? Más bien no, Watan, más bien no queremos oír eso de nuevo, no al menos por enésima vez, y por qué traes entonces hojas de parra rellenas y vuelves a hacer el viejo chiste llamando a las hojas de parra las bombachas de Eva. Mejor pesa la hierba, Watan, pesa la hierba.

Y Watan pesa y calla y luego dice: la guerra, y nosotros decimos: no, Watan, ahora menos guerra y más hierba, pues ¿qué es lo que nos falta saber? ¿Es que no sabemos que fuiste llamado a filas y te escapaste y tuviste que esperar tres días en una cueva a los traficantes de personas? ¿No sabemos que vino Asfael, que también quería huir, aun cuando los traficantes estaban en contra, y que al final estuvieron de acuerdo porque ella sacó dinero de su bolsillo? Y que los traficantes se presentaron todos como “Ali”, ¿no lo sabemos? ¿No sabemos que atravesaron las montañas nevadas a caballo y que de tanta nieve que había ya no podías ver nada? Le decimos: sí, Watan, lo sabemos bien, ya cabalgamos mil veces contigo a través de esas montañas, y mil veces nos preguntamos contigo si el caballo está yendo para adelante o para atrás, y si ya estaremos en el más allá. Hemos visto la nieve azulada y las grúas y el alambre de espino, que en realidad no eran eso, y sabemos que el más fuerte de los Ali te pegó, Watan, porque tenías tan poca fuerza. Hemos visto los helicópteros sobre los pueblitos montañeses, y cómo tuvieron que esconderse ustedes entre las cabras, y que tocaste tres veces el mojón de la frontera con Turquía para convencerte de que existía de verdad. Lo podemos recitar dormidos, Watan: eran veinte iraníes y se escondieron en un camión, detrás de unas alfombras, y a tu muchacha le sangró el pulgar y tuviste que besárselo, y ella quería oír todo el tiempo cuánto la amabas, pero tú ya no tenías fuerza para eso. Y alguien volcó el bidón en el que habían orinado y había sido el levantador de pesas de Zahedán, al que ya de todos modos no soportabas, pues siempre andaba mostrando el artículo de periódico con su foto y hablaba en voz muy alta de los premios que había ganado, incluso cuando se detenían en los restaurantes de la ruta, donde no tenían permitido hablar bajo ninguna circunstancia, ¿lo sabías? ¡Déjanos contártelo, Watan, porque lo sabemos muy bien! Asfael se acurrucó contra ti, dejándote sin aliento, y luego había un agujero en la lona y por primera vez volviste a ver casas, Watan, nosotros mismos las vemos.

Aahh, dice Watan, está bien, está bien, entiendo, pero ¿no quieren quizá un huevo caliente? ¿Quieren que les introduzcan un huevo caliente por atrás, como hicieron con mi tío? Y se pone de pie y hace como si fuera a hervir un huevo, pero después arquea una ceja, lo decía en broma, a lo que todos nosotros sonreímos al mismo tiempo, sí, ahora sonreímos casi un poco, pero en realidad no sonreímos, le decimos: por favor, Watan, pesa la hierba. Y él pesa la hierba, pero la charla le brota de adentro, viene desde su labio inferior. Hay una cosa que aún no nos ha contado, que es cómo se pescó sarna, tenía que rascarse el pecho con una cuchara hasta hacerse sangrar, ahí ya estaban en Estambul, Asfael y él, el invierno entero en una pieza diminuta esperando los pasaportes. Y se había tenido que dejar crecer la barba, para solo volver a afeitársela cuando llegara el momento de la foto, porque entonces la piel de abajo quedaba muy blanca y lisa y servía para simular que era más joven, pero a él le picaba también la barba y todo era un solo picor. Y además estaba Asfael, que calentaba el armario, aun cuando Ali había dicho que no había que calentar el armario, y que se habían peleado y que él quería dormir con ella pero ella solo dormiría con él si él la amaba, y que él no podía decir que la amaba. Y que le dijéramos cómo se podía amar a alguien de verdad cuando las persianas están siempre cerradas y el Ali del pan viene solo de vez en cuando, y cuando la única distracción es la televisión turca que solo emite de seis a nueve y principalmente películas de amor de las que uno no entiende nada, solo rababababab, que probablemente significaba te amo. Cómo amar a alguien ahí, que se lo dijéramos. Cómo amarla cuando al fin aparece el Ali mayor con el fotógrafo y dos mujeres dándoselas de rey en su tapado de piel, y aunque le toca a Asfael sus pechos casi inexistentes ella le sonríe amable porque quiere tener sus leños para la calefacción. Y ahí el Ali mayor dice que no usaban suficiente alcohol de quemar y que los iraníes no saben manejar el fuego, y quiere demostrar cómo se usa la estufa. Lo cual era en realidad gracioso, dice Watan, ¿no nos parecía gracioso? El Ali mayor salpicó la estufa con alcohol y tiró dentro un fósforo, se oyó una explosión y una nube gigantesca de hollín tiñó de negro el cuarto entero. Aunque lo que no fue muy gracioso es que el Ali mayor volvió a desaparecer, como castigo por su propia estupidez, y solo apareció con los pasaportes seis semanas más tarde, pero eso no quería contárnoslo, su intención no era ponerse pesado. Tampoco quería contar cómo ese Ali mayor lo siguió jodiendo y le dijo que en el aeropuerto debía decir que tenía un daño cerebral y que se quería hacer operar en Alemania. Y que de hecho dijo eso en el aeropuerto y que voló como turco a Alemania y que ahora se llamaba Amir Huschang Rahbarsare, lo cual sí era gracioso. Pero no quería contarnos eso, tampoco que el funcionario en la ventanilla frotó la fotografía de Asfael y comprobó que la habían cambiado, y que él, Watan, no pudo ayudarla y se quedó mirando el pulgar del funcionario y trató de decir alguna cosa sobre el clima, pero ella ya se había escapado y desapareció para siempre. Y lo que tampoco quería contarnos era que de pronto la amó de verdad, a no ser que quisiéramos escucharlo.

Y nosotros decimos: en el fondo, sinceramente, no, sobre todo no, porque ya nos da pesadillas, Watan, ¡pesa de una vez esa hierba! Y él pesa la hierba y dice: Uf, esta balanza está loca, se las doy así. Ahora sí nos entendemos, y le damos las gracias. Nos levantamos y por fin nos ponemos en marcha hacia la fiesta, aunque claro que antes Watan pregunta si puede venir con nosotros. Pero le decimos que desgraciadamente no, Watan, es una fiesta privada, lo lamentamos, pero seguro que lo entiendes, ¿no es cierto? Y él dice que lo entiende, y sin embargo se viene con nosotros, tiene que ir al quiosco y queda en la misma dirección, pero luego de habernos despedido en el quiosco notamos que no sigue atrás. Siempre que nos damos vuelta, se mueve en alguna sombra, y es muy rara la sensación que tenemos cuando finalmente llegamos a la fiesta. Delante de la puerta están las chicas a las que debíamos traerle la hierba, nos miran pero no parecen interesarse por nosotros, solo alzan la cabeza y preguntan: ¿qué es lo que viene ahí detrás de ustedes?

Y nosotros decimos: es Watan, le compramos su hierba.


*© Andreas Stichmann, 2013. 

Agradezco haber conocido las obras del escritor japonés Yasushi Inoue a una joven colega con la que en el último invierno pasé una tarde larga y ardua. Por aquella época vivía separado de mi mujer y de mi hijo desde hacía unos meses y había alquilado una pieza de hotel en una zona alta de la cordillera del Taunus. La culpa de la separación había sido toda de mi mujer, que me rezongaba constantemente desde que guardo memoria de nuestra relación. Y aparte mi amante tenía pechos más grandes. Solo que vivía a cientos de kilómetros, en Bremen. De modo que tenía suficiente tiempo y razones para reflexionar sobre todas las cosas posibles, por ejemplo también sobre las mujeres.

El día mencionado, la joven colega que me llamaría la atención sobre Inoue había aparecido por la mañana en mi oficina de la redacción. Conversamos sobre un texto que ella había escrito para el periódico. Había puesto especial empeño en componer la primera oración, sonaba magnífica, pero al analizarla con mayor detalle mostraba ser hueca. En líneas generales el manuscrito había salido mal, por razones que no solo se observan en gente que acaba de recibirse en la universidad, aunque en estos casos se den con marcada frecuencia. La autora no sabía lo que quería decir, aunque sabía muy bien cómo quería aparecer ella misma en el texto, cosa que había terminado decidiendo el vocabulario, la sintaxis y el contenido de su manuscrito. Tal vez solo había buscado no mostrar ningún punto débil, pero el resultado era el mismo. Mi tarea se refería de todos modos no a las causas, sino a las consecuencias.

Después de mostrarle a la joven colega que el texto no perdía nada si simplemente se tachaba la oración inicial, en cuya concepción era evidente que había invertido semanas de trabajo; después de señalarle esa y otras carencias y al final le recomendarle que considerase todo el asunto como un intento fracasado y empezara de nuevo, ella estalló en llanto. Algo parecido me había sucedido hacía años con una colaboradora a la que le resultaba difícil asumir que yo, siendo el más joven de ambos, sería a partir de ese momento el que impartiera las instrucciones, y probablemente movida por este sentimiento le había opuesto persistente resistencia a todos mis proyectos. Aquel llanto me había dejado mudo. En rigor, solo se trataba de la estructuración adecuada de determinados apuntes en los expedientes, pero de cara a los hombros delgados y temblorosos de la sollozante mujer, que me había dado la espalda como para ocultar sus lágrimas, me sentí de pronto un descorazonado y un rudo y en mi susto intenté consolarla. Más tarde entendí que con este truco ella solo había conseguido lo que quería.

Por eso esta vez las lágrimas de la joven colega no me impresionan mayormente. Supuse que lloraba para inducirme a publicar su manuscrito. Y de hecho sus lágrimas se secaron al instante cuando le prometí mandar su texto a componer, mientras que en su rostro asomó una sonrisa de liberación, aunque también un poco avergonzada. Si bien me enojaba el malicioso ataque a la tranquilidad de mi corazón, me consolé pensando que la publicación de ese texto intrascendente en un importante periódico ya garantizaba un castigo suficiente.

De este modo quedó restablecida la satisfacción de ambos lados y pasamos a entablar una charla inofensiva, durante cuyo desarrollo se me ocurrió la idea de proseguirla por la tarde. No me seducía regresar a mi habitación detrás de la montaña, e igual de poco me atraía la perspectiva de volver una vez más a pasarme las últimas horas de la tarde en la oficina de la editorial desierta, dejándome afligir por angustioso pensamientos sobre mi hogar tan cercano como inalcanzablemente lejano, donde sabía que estaban mi atónita mujer y mi entristecido hijo.

Así que invité a la joven colega a comer. Hacía tiempo que no conversaba con una mujer de veinticinco años. Creía aún recordar hasta cierto punto qué había sentido y pensado yo y cómo me había visto a mí mismo a esa edad, pero no tan bien como para poder imaginar lo que ahora, con casi cuarenta, encontraría en mi otro yo trece años más joven, si tan solo hubiera podido toparme con él. Esa posibilidad no existía, pero tal vez lograba a cambio mirar en el interior de esta joven mujer, y a través de este rodeo también un poco en mi propio pasado.

Este objetivo no se concretó, y en las largas horas de la tarde me reproché repetidas veces haberlo sabido desde el principio. Por ejemplo tenía muy en claro que ni siquiera con veinticinco años habría sido yo tan obstinado como para querer imponer la publicación de un manuscrito de cuya calidad no podía estar seguro y en contra el consejo de una persona más experimentada, al que si no hubiera acatado por ser inteligente, al menos por mostrarme recatado. Y por supuesto que sabía que una persona que por la mañana se me presenta como engreída y despótica, difícilmente se revele por la tarde como atenta y humilde.

Por otro lado, era una mujer. Aunque el fin de semana anterior yo había resuelto por casualidad el enigma de las mujeres, pensé que no podía perjudicarme recolectar más pruebas para mis nociones aún frescas, en caso de que mi otro propósito – la mirada retrospectiva sobre el pasado – no se dejase llevar a la práctica.

Por lo demás, querido lector, este texto debe ser un ensayo, cuyo objeto es un tema que a mí me ocupa desde hace tiempo y a usted desde hace alrededor de cinco minutos: cómo los autores se representan a sí mismos en sus textos. En caso de que usted crea que mi encuentro con la joven dama perseguía otro objetivo que yo le estoy ocultando, quiero decirle con toda claridad que en este punto se equivoca. En primer lugar, yo tenía ya una amante fija (aquella de los pechos inmensos) y, en segundo, dormía, cuando no estaba en Bremen, casi todos los días con mi mujer. A mí mismo todo esto no me parecía lo correcto, pero así eran las cosas a fin de cuentas, y sabe Dios que con eso me alcanzaba. Solo por seguridad hacía que en mi pieza de hotel tendieran la otra parte de la cama, pues ocupaba una pieza doble. Pero no, qué estoy diciendo: para nada hacía tender la otra parte de la cama, solo pensaba en si por las dudas no debía hacer que la tendieran, para luego tomar distancia de esa idea absurda. En efecto, así era.

De modo que bajo ninguna circunstancia tenía yo asociadas expectativas exorbitantes con el encuentro. Tuvo lugar en un pequeño sushi bar con cuatro mesas, que funcionaba como salita aledaña de un restaurante japonés, en cuyo espacioso comedor los teatrales cocineros preparaban la comida caliente en las mismas mesas en las que estaban sentados los comensales. Todo este restaurante japonés constituía a su vez una pequeña parte de un complejo cuya parte mayor estaba ocupada por un restaurante chino, aun cuando las relaciones entre japoneses y chinos sean en general desde hace algún tiempo poco amistosas. Pegado a los dos restaurantes estaba el hall de entrada de doble altura de un hotel, y a todo esto lo cubría la bóveda de una vidriada galería de compras en medio del centro de la ciudad de Frankfurt. A causa de este intrincado entorno, el pequeño bar siempre parecía estar de alguna forma apartado. Cuando entramos en él, afuera habían empezado a caer los copos de nieve, y el agua derretida de las botas de la gente enturbiaba el reflejo de las luces eléctricas sobre el suelo de mosaicos del pasaje.

Fue una tarde de larga duración. En secreto, me estuve preguntando todo el tiempo por qué no le ponía fin de una buena vez, y encontraba también diversas razones, que no eran en ningún caso especialmente halagüeñas ni para mí ni para la colega. Pero al igual que la joven mujer a la mañana, tampoco yo lograba decidirme ahora a permitir que quedase como malogrado lo que estaba malogrado. En su lugar, una vez que terminó la comida proseguimos nuestra insípida conversación, con fuerzas menguantes, en un rincón del lobby del hotel, bebiendo vino blanco y picando almendras saladas, mientras que una cantante aburrida, embutida en pantalones de polyester color rosa, despachaba melodías clásicas sobre un podio con el acompañamiento de un teclado electrónico. La noche terminaba como esos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar.

Afuera la ciudad se había cubierto de una gruesa capa de nieve. Consideré esa nieve como una nieve que me hubiera hecho imposible, y si no completamente imposible al menos desmesuradamente difícil, llegar con neumáticos de verano a mi hotel pasando la montaña Feldberg. Aunque ya había tomado ese rumbo, tras algunas dudas hice girar el auto y lo dirigí, bajo enigmáticos pruritos de consciencia, hacia el este, a través de calles despobladas y sordas, hacia mi ex hogar, adentro de mi ex garage. De allí me dirigí a mi ex cama en el ex dormitorio de mi ex vivienda junto a mi ex mujer. Mirándolo desde una perspectiva actual, admito que en el final provisorio de esa noche agotadora había llegado de alguna manera a la meta (a diferencia de aquellos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar), aun cuando conocía esta meta tan poco como conoce un río cualquiera el mar, o igual de mucho. Lo único que me parecía seguro era que mi ex mujer no iba a rezongar si yo me metía inesperadamente a la una y media de la madrugada con pies fríos bajo su frazada.

Más allá de eso, esa noche señaló no solo el principio de mi relación con las obras del escritor Inoue, sino también el tardío comienzo del duradero clima invernal en Alemania. Y cuando el sábado siguiente crucé junto a mi hijo a la isla de Föhr, podíamos estar contentos de que aún circulara algún ferry. Sobre el mar gris flotaban innumerables témpanos de hielo, los copos de nieve se precipitaban insistentemente contra las ventanillas del salón, y allí donde el barco se abría paso a través de la cerrada capa de hielo, era como si a la proa le pegara un puño gigantesco. El hombre que me alquilaba la casa no había exagerado al decir en verano que febrero era el mejor momento para ir a la isla.

Durante el día emprendíamos con mi hijo largos paseos, envueltos en gruesos abrigos. Cuando a la noche me sentaba frente al hogar y me peleaba por teléfono con mi ex mujer y con la lejana amante o escuchaba a la Luna, el niño se acostaba a mi lado y hacía rechinar los dientes mientras dormía. En una de nuestras excursiones por la playa, entre montañas de témpanos altos hasta las caderas (desde mi perspectiva, altos hasta el cráneo desde la de mi hijo) habíamos descubierto en un nicho el cadáver, en su mayor parte descompuesto, de un pato que había quedado cautivado por la helada. Una de las patas del animal seguía aún enredada en los restos de una red verde, y en su resquebrajada caja torácica se veía, como un guijarro solitario, su corazón negro y reseco.

Mi niño no podía dejar de mirar a la criatura muerta, y cuando al fin logró arrancarse del lugar, a los pocos pasos dio media vuelta y regresó allí otra vez. Estuvimos largo tiempo parados los dos juntos al lado del cadáver, rodeados por rugosos témpanos teñidos de marrón por el lodo, bajo un cielo amplio y abierto. Mi hijo me preguntó por la vida y por la muerte, como si yo estuviera informado sobre estas cosas, tanto como lo estaba sobre todas las otras. En sus mejillas había dos pequeñas lágrimas. La imagen de mi turbado hijo, cavilando junto a la helada tumba del pájaro, penetró en lo profundo de mi alma.

Todos los días le leía de los libros sobre ballenas que había elegido en la librería Wyker. Yo me había llevado una pila de literatura, incluido un pequeño volumen de Inoue: La escopeta de caza. Ese libro había llegado a mi oficina como un obsequio inesperado al día siguiente de mi larga tarde con la joven colega. En la primera página ella había escrito una dedicatoria, en la que para mi sorpresa calificaba la tarde anterior como “muy interesante”. Preferí ver en eso una confirmación de mi propia opinión al respecto más que su puesta en duda.

En aquel momento había terminado de leer la novela Musashi de Eiji Yoshikawa. También en ese libro había una dedicatoria: escrita por la mano de mi ex mujer, que me lo había regalado para Navidad, once años atrás. En cierto modo, la novela me había facilitado, al recorrerla por segunda vez después de tanto tiempo, la deseada mirada retrospectiva sobre el pasado. Si bien se me habían grabado varios pormenores de la acción ya en la primera lectura, ahora leí el libro como con otros ojos. Con el correr de los años había adquirido conocimientos que se parecían en algunos casos a los del autor, por lo que ahora descubrí en la novela cosas que antes me habían permanecido ocultas o inexplicables, a la vez que también podía en paralelo traer a la memoria mi mirada anterior. Pero al igual que una década atrás, me sentí tocado por las conclusiones de Yoshikawa, en las que compara la voluntad y las opiniones de las personas con el rumor de las olas: “… pero ¿quién conoce el alma del mar, cien pies abajo? ¿Quién conoce su profundidad?”.

Para los días en Föhr me había propuesto leer Shogun de James Clavell, pues ese libro trata sobre la misma época japonesa y se dirige, lo mismo que la obra de Yoshikawa y con el mismo éxito, a un público amplio, aunque de gusto occidental. Me habían estimulado a establecer la comparación, entre otras cosas, los comentarios realizados por un experto en Japón acerca de las historias de amor – muy distintas – en ambas novelas. Pero al mismo tiempo tenía sed de más literatura japonesa, así que resultaba apropiado tener en mi maleta el librito de Inoue. Es una novela corta, no llega a cien páginas. Reproduce fundamentalmente tres cartas, todas dirigidas al mismo hombre: una de su esposa, una de su amante y la tercera de la hija de esta última. Después de La escopeta de caza leí todos los libros de Inoue que pude conseguir, aunque lamentablemente solo un puñado ha sido traducido hasta ahora al alemán.

Siento la inclinación por decir que en los escritos de Inoue encontré las respuestas a muchas preguntas que me preocupaban por entonces. Pero lo que en verdad ocurrió es que los textos de Inoue me ayudaron a encarar mejor esas preguntas, ejerciendo un silencioso influjo sobre mi visión de las cosas, entre las cuales también se encuentra aquel tema que como usted, mi cortejado lector, ya sabe, es el objeto de este ensayo: la autorepresentación del autor en sus propios textos. Objetará usted que todo lo que hasta aquí he escrito sobre el asunto no puede ser tomado como un ensayo, sino en el mejor de los casos como algo distinto. Y no lo discuto. Pues hablando con sinceridad, yo no sé escribir ensayos. Una sola vez me torturé redactando uno, apareció en 1989 en el suplemento cultural de los sábados del Frankfurter Allgemeinen Zeitung y me valió, como bien puedo decir, un cierto reconocimiento, tal vez usted lo haya leído. En aquel momento, nadie negó que se tratara de un ensayo. Pero yo como su autor lo sé: solo me hice pasar por ensayista, acercando mi texto lo mejor que pude a un ensayo. Pero no lo era.

En lo que concierne a Inoue, la lectura de sus libros me insumió más tiempo que los doce días que pasé con mi hijo en la nevada isla del Mar del Norte. Entretanto había llegado la primavera, y yo había dejado de pensar en la larga tarde con la joven colega, a quien hacía tiempo que había perdido de vista y cuya vida se había cruzado con la mía únicamente aquel día de invierno. No se me hubiera ocurrido que era ella a quien yo debía agradecerle haber conocido a un autor que para mí significaba tanto como ningún otro en muchos años. Pero cuando un día volví a tomar La escopeta del cazador, mi mirada se topó con su dedicatoria.

Me acordaba de la tarde en el sushi bar precisamente como la he relatado; pero ahora todo eso me pareció sumamente extraño. ¿Cómo una persona que no compartía mis opiniones, que ni parecía siquiera haberlas entendido, había podido llevarme justamente a un autor que había calmado tantas de mis ansiedades? Aún recordaba por ejemplo que la colega había intentado darme lecciones sobre mi padre de manera realmente ridícula. También en las otras cosas su manera de pensar me había parecido de todo punto arrogante. Ahora que conocía a Inoue, no me podía explicar qué era lo que esa mujer podía haber aprendido de un autor como ese. Por supuesto que, como resulta obvio, durante la comida también habíamos hablado sobre Japón, y fue probablemente en ese contexto que ella mencionó La escopeta de caza. Pero luego volví a acordarme: el libro debía ser una prueba.

Se trataba del enigma de las mujeres. Que yo lo tenía resuelto es algo que con buen tino me guardé para mí. Mi silenciado pensamiento de base era: las mujeres son distintas. Admito que, así escrito, no suena excesivamente novedoso. Para los profanos puede incluso dar la impresión de que no he mencionado aquí la solución, sino otra vez solo el enigma. Pero a mi criterio, mi conclusión contiene algo revolucionario. Luego de haberlo pensado por una vez a fondo, me encontré en ese estado de ánimo en el que uno no usa sus conclusiones para echarlas como cebo a otras personas, sino que se ocupa de buscarles alimento a las conclusiones mismas. Y lo cierto es que lo encontraba en todas partes, por ejemplo en el viejo poema chino, de casi tres mil años de antigüedad, que dice: “El hombre listo construye el muro / La mujer lista destruye el muro”.

Habría sido absurdo recitarle justo a una mujer la sabiduría que ponía de manifiesto este verso del Shijing, mucho más si esa mujer era aquella joven colega, que estaba convencida de que toda la diferencia entre los géneros se limitaba a que las mujeres eran “sensibles” y los hombres no. No fue en última instancia alrededor de esta teoría de ella que dio vueltas nuestra lenta conversación. Entremedio, mi colega me había hecho desviar la mirada hacia los acontecimientos que tenían lugar en la mesa de al lado, donde cenaba un grupo de japoneses. Uno de ellos, un hombre pequeño que debía estar promediando los sesenta, parecía ser una personalidad importante, pues toda la atención de los más jóvenes se dirigía a él, mientras que él mismo se ocupaba casi exclusivamente de los alimentos que le iban trayendo uno después del otro. De las conversaciones que se entablaban a su alrededor, solo de vez en cuando pescaba una oración que lograba despertar su interés; entonces – y solo entonces – giraba la cabeza ligeramente en la dirección desde la que había llegado la frase. Pero su atención nunca duraba mucho, y enseguida bajaba la mirada hacia su plato.

No sé cómo ocurrió, si es que mi acompañante y yo de pronto entendíamos japonés o si, como resulta aún menos probable, los japoneses de la mesa de al lado empezaron a hablar en alemán, o si, como me parece lo más evidente, la situación tenía una cualidad supracultural, de modo que cualquiera debía poder entender lo que sucedía allí. Durante la comida, la mujer del hombre pequeño, que estaba sentada al lado, lo estuvo agobiando con consejos del tipo “¡De eso solo come la mitad!” o “Eso es ácido, ¿no prefieres dejarlo de lado?”. “Tienes razón, solo voy a comer la mitad; mejor no como nada de eso”, murmuraba sumisamente su marido en voz baja, como llamándose a razón, para luego volver a anunciar de cuando en cuando, como en un soliloquio: “¡Qué delicado! ¡Me lo como igual!”; y al final siempre terminaba comiendo todo lo que tenía en el plato.

Mi acompañante descubrió en el comportamiento del señor Tanizaki – pues tal era su nombre, como me enteré después – una inaudita piel de elefante, una falta de “sensibilidad” típicamente masculina, frente al amoroso esfuerzo de su esposa, que se desvivía de preocupación por la salud del señor Tanizaki. ¿Realmente debo exponer que la misma cuestión se me presentaba a mí bajo una luz completamente distinta? No, porque lo único que me interesa aquí es que en el transcurso de esta discusión, la joven colega mencionó la novela corta de Inoue: ese libro trataba según ella exactamente nuestro tema, describiendo de la manera más impresionante e irrefutable cómo las mujeres se hacían trizas contra la inaccesibilidad de los hombres.

Por supuesto que la novela describe en todo caso la ilusión de determinadas mujeres de hacerse más o menos trizas contra el carácter inaccesible de un hombre determinado. Muy poco se cuenta sobre el hombre, y ese poco casi exclusivamente desde la perspectiva de aquellas mujeres. Como las tres también opinan sobre las otras en sus cartas y cada una de ellas se engaña de manera dramática, al leerlo me pareció improbable que justo las mujeres hayan podido aprehender de verdad la esencia de aquel hombre. Ya por eso solo, cuando volví a recordar que el libro debía servir como prueba de una suposición, no pude considerarlo como una prueba válida, por ni hablar de que la joven colega había olvidado la circunstancia de que el autor del libro, y con él también las cartas de las mujeres que contenían sus páginas, era un hombre. Visto desde esta perspectiva, al que le debía agradecer haber conocido a la novela y a su autor era en última instancia a un simpático malentendido. Y sin embargo, hay una cosa en que le di a la joven colega toda la razón: se trataba de una obra de un maestro extraordinariamente sensible y, como me permito agregar, bondadoso.

A menudo he intentado en los meses siguientes rastrear en los libros de Inoue su personalidad como si fuera un espectro. Y al final también se me resolvió este enigma, ya lo habrá notado usted. En aquella época, mientras que los témpanos de hielo se derretían, también mi vida volvió a sufrir una extraña restructuración. De manera inexplicable, la costumbre de rezongar desapareció de mi mujer y pasó a mi lejana amante. Y en algún momento del verano siguiente, cuando ya vivía hacía tiempo de nuevo en mi casa, también mi hijo dejó de rechinar los dientes mientras dormía. ¿Fue todo nada más que un sueño? Ay, querido lector, seguro que usted no puede decírmelo.


*Copyright © Volker Zastrow, 1998.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Tiene las piernas largas como si fueran dos ríos que se tocan al nacer, en la profunda laguna: oscura, húmeda, misteriosa. Pero también tiene dos palabras que repite siempre, y un tatuaje en la espalda, y unas manos que acarician como si hicieran pan.

Y dice que mató al tío. Y camina descalza porque siente a la tierra creciéndole por dentro: dice que la tierra se le mete por los talones, y que le crece al costado de las venas, como los cables, o las rutas, crecieron a los costados de las vías del tren.

La tierra la vuelve fuerte, dice, le permite enfrentar los ojos de la gente. Que si no fuera por la tierra, ella, ahora, estaría quebrada como un ombú: loca, dice. 

Y dice que dejó un hijo recién nacido en un campito de Benítez, hace como cinco años. Las marcas del tiempo las tiene claras. También tiene claras las notas de la cumbia que silba por el medio de la avenida Güemes, cuando la avenida Güemes entra en un declive que parece enterrarse, y no sólo deja de estar asfaltada sino además se llena de recortes de ladrillos, que se supone deben emparejar los pozos de los alrededores de la Cerámica.

Entonces ahora me contás un cuento vos, me pide siempre, cuando termina de narrar su historia. Siempre me cuenta su historia. Y después se pone un tronquito de pasto en la boca, sentada junto al arroyo que lleva los desperdicios de los chiqueros y de la Cerámica, que está atrás nuestro, y que en esta tardecita calurosa, la Cerámica, parece un imperio derrumbándose. Y le invento una historia. Le gustan las aventuras de los guerreros y de las princesas. Le gustan los castillos y las brujas. Le gustan los paisajes que, más lejos de estas ruinas, la transporten. Le gustan los tigres.

2

No es de acá, dicen los remiseros de la curva. Vino con los bolitas que levantaron los edificios de la Federación, y se quedó. Vive atrás de la Cerámica, en una tapera impenetrable. Se la ve con perros (les habla a los perros), y se junta con los chicos del monte, que son mucho más chicos que ella, dicen. Ella seguro hijos todavía no debe tener, pero en cualquier momento, de seguir así, ligera, alguien la emboca, dicen los remiseros, sentados en los sillones de mimbre en la vereda de la curva, ignorando la verdadera historia de la chica; ni siquiera pueden imaginar la escena entre las chapas del rancho, en una quinta de Castilla, el tío agarrándola de los pelos, arrancándole la ropa, penetrándola con un oscuro placer en los ojos, y un susurro áspero, constante entre los labios; no pueden imaginar, por ejemplo, los remiseros, cómo fue que, a los seis meses, embarazada, una noche de lluvia en que el tío reincidió, ella, certera, le enterró una cuchilla en el abdomen, con la frialdad con que cualquiera corta un pan al medio; no pueden, tampoco, los remiseros, ver en la cara de la chica, la imagen que la persigue cada vez que cierra los ojos en ese colchón viejo de la tapera, dejando a su hijo – porque le parecía que no era de ella, que había nacido sucio – entre fardos secos en un campito de Benítez; no pueden imaginarla, aunque digan, inventen otras historias, aunque la vean perderse, ahora, silbando por el medio de la avenida Güemes, mientras se bambolea sobre esas piernas largas, como si fueran dos ríos que se tocan al nacer.

A la mañana, cuando se despertaron, el arquitecto ya estaba sentado delante del ordenador. En el ala derecha de la casa estaba su oficina, en el ala izquierda vivían ellos. En el patio interno la luz quedaba encendida toda la noche. Pronto se apagaría, y en algún momento también él apagaría la luz en su oficina. Ahora en invierno eso solo podría ocurrir al mediodía. En días especialmente oscuros, la luz brillaba hasta tarde, hasta que terminaba y era el último en dejar la oficina y tomaba el ascensor para reunirse arriba con su familia.

Los saludó con la mano y volvió a sumergirse en su trabajo. Nunca les transmitía la sensación de que los estuviera controlando, pero no se le ocurría correr las cortinas de su oficina. Tampoco ellos corrían nunca sus cortinas. Por lo general, se limitaban a trasladar de un lado al otro del largo ventanal una de esas grandes pantallas quitasol de aluminio con aspecto de ala de avión. A veces se la olvidaban y se despertaban por la mañana y desde la cama lo veían trabajando. Una vez habían tenido sexo en el sofá delante del televisor a mitad del día, eso no pudo habérsele escapado a él. Pero no levantó ni una vez la cabeza, y para hablar por teléfono se iba a la sala grande del fondo, donde su gente estaba sentada en amplias mesas blancas mirando las pantallas de sus computadoras desde la mañana hasta la tarde.

Mientras Naila estaba en el baño, Splash preparó el desayuno. Estaban apurados. Casi nunca estaban apurados, pero Naila tenía que estar antes de las diez en la calle Jacob, porque hoy se vencía su plazo, y él había quedado con el islandés tuerto en la calle Kopenhagener para mostrarle el atelier. Odiaba la idea de no poder seguir trabajando en soledad en su atelier, pero necesitaban el dinero. De todos modos Splash nunca estaba allí, así que daba lo mismo. Hacía casi un año que había dejado de trabajar, desde que vivían juntos, y a veces Splash pensaba que eso se debía a Naila. Luego pensaba que tenía que ver con esa casa. Era demasiado transparente, por todos lados solo vidrio y aluminio y piedra negra, y cada dos minutos pasaba traqueteando el tranvía por la calle Rosenthaler, ahuyentando con su ruido los pocos pensamientos que aún tenía.

Naila regresó desnuda de la ducha. Se había envuelto el pelo en la toalla, y cuando Splash señaló con la cabeza en dirección al arquitecto, ella dijo: “Igual no mira”. Splash se encogió de hombros y fue al baño. Cuando volvió a salir, Naila – que tenía puesta una bombacha y su nueva remera azul – estaba parada junto a la ventana. También el arquitecto estaba en la ventana, y ambos hacían extraños movimientos con sus manos. Splash se dio vuelta, regresó al baño y volvió a salir otra vez dos minutos más tarde. Naila se había vestido y el arquitecto estaba otra vez sentado en su escritorio.

El arquitecto había hecho el plano de este edificio. Era su primer edificio, por eso le costaba tanto separarse de él. O estaba sentado ahí abajo en su oficina, o estaba arriba con su familia. Del edificio solo se iba en auto: salía andando del garage, y cuando regresaba, volvía a meterse en el garage, como si también el auto fuera una parte de este edificio, del que así no tenía que separarse nunca.

Splash solía encontrarse con los hijos y la mujer del arquitecto en el ascensor o en el hall de entrada, cuyas paredes estaban revestidas con grandes placas de acero opaco. Era tan angosto y elevado, que uno se sentía como en el interior de un cohete. La mujer del arquitecto sonreía mucho. Era pequeña, casi tan pequeña como sus hijos, y los hijos también reían mucho, pero Splash no creía en sus risas. Nunca había desconfiado de la risa de un niño. Probablemente era injusto y si no les creía era solo porque la risa de su madre sin dudas era falsa. Quizá los niños no encajaban en este sitio, con sus coloridos y espantosos anoraks, como los que tenían todos los niños, y las gruesas botas de invierno, que por lo general estaban manchadas de barro.

– ¿Vas hoy al atelier, mia tesoro? – dijo Naila.

– Mi tesoro – dijo Splash con impaciencia.

Antes se llamaba Jörn, no Splash, pero hasta el día de hoy que ella no le había preguntado por su nombre verdadero.

– ¿Vas, sí?

– Sí.

– ¡Ay, qué bueno! – dijo ella.

Él la miró y no supo si su alegría era sincera. A veces Naila tenía un tono que él no entendía. Seguramente los amigos y parientes de ella estaban familiarizados con ese tono en su casa, pero él no. Se puso furioso, luego apoyó su mano sobre la de Naila, que estaba sobre la mesa, así sin más, como si no le perteneciera a ella, y pensó en que podría pintar esa mano. La mano era cálida, la acarició, la dio vuelta y la abrió, y en su interior la mano estaba fría. Así que apoyó la palma de su mano sobre la de ella, y de pronto se puso de pie, se inclinó hacia Naila y la besó. Ella no lo besó a él. Esto ocurría con frecuencia en los últimos tiempos. Cuando quiso tocarle los pechos, ella se echó hacia atrás y dijo:

– ¡Basta, que nos ve!

– Pensé que no miraba.

– Pero sí, sí – dijo ella, y ahí estaba de nuevo ese tono que él no entendía – Pero sí, sí – dijo ella de nuevo, y ambos miraron hacia el arquitecto.

El arquitecto hablaba por teléfono de espaldas a ellos. En la pared detrás de él colgaban planos que el arquitecto tenía a la vista mientras hablaba por teléfono, pero todo el tiempo daba vuelta la cabeza para mirar por sobre el hombro hacia donde estaban ellos. Era algo que no había hecho nunca, y en algún momento Splash se cansó, tomó la cara de Naila firmemente con ambas manos y la besó en los labios, pese a su resistencia. Ella lo empujó y corrió al baño, y cuando Splash alzó los ojos, su mirada se cruzó con la del arquitecto. Así de rápido como le subió la sensación de náusea en el estómago, también volvió a desaparecer.

– ¡Naila! – gritó Splash – Ven rápido aquí. ¡Esto tienes que verlo! Creo que se volvió loco.

El arquitecto había seguido tranquilamente con su conversación telefónica, hasta que de pronto arrojó el teléfono al suelo, arrancó los planos de las paredes y barrió del escritorio los papeles, el ordenador y las maquetas. Llegaron sus empleados, dos de ellos lo tomaron de los hombros e intentaron retenerlo y tranquilizarlo, pero él se soltó, corrió hacia la ventana y empezó a darle puñetazos al cristal. Al final patinó agotado por el vidrio hasta el suelo, y su rostro angosto, con los grandes ojos verdes coronados por la negra cabellera, se veía más bonito que de costumbre.

– Lo mismo haré yo si hoy no me elongan el permiso de residencia – dijo Naila.

Estaba parada detrás de Splash y había enganchado sus dedos en los pasadores para el cinto de los jeans de él.

– Si hoy no me prolongan el permiso de residencia – la corrigió él, pensando por qué no.

Entonces podría empezar de nuevo a trabajar y no todo sería solo Naila, Naila, Naila. Entonces no tendría que hablar todo el tiempo sobre la vida de ella, daría lo mismo que su madre hubiera tenido un amorío con su abuelo, que el padre le dijera Puppi y a menudo llamara de noche llorando desde Beirut, que los hombres libaneses fueran todos idiotas y que por eso los hombre de aquí le gustaran tanto, le gustaran demasiado, según él, y entonces él ya no tendría que vivir por culpa de ella en esa casa-cohete estúpida, cara y gélida. Podría volver a mudarse al atelier en la calle Kopenhagener, y podría decirle hoy mismo al islandés tuerto que se buscara otra cosa, que ya no necesitaba su dinero, nunca más.

– ¿Sabes lo que le ha pasado? – dijo Naila.

– Pensé que tú lo sabías – dijo Splash.

– ¿Yo? ¿Por qué yo?

Ella se puso sus botas altas y marrones y la chaqueta roja Alaia de su padre que él tanto odiaba y dijo:

– ¿Tienes mis llaves?

– ¿Por qué me preguntas siempre por tus llaves? Nunca tuve tus llaves.

– Pero siempre las encuentras.

– Hoy no.

– Por favor.

– ¡No!

– Mia tesoro… ¡Mia hijo, mi corazón!

Él se puso de pie y empezó a levantar la mesa. Fue por lo menos veinte veces de un lado al otro entre la mesa y la cocina, siempre sosteniendo un plato o una cuchara o solo la maldita mantequera en la mano. Una vez que la mesa estuvo vacía, se sentó, se encendió un cigarrillo e intentó concentrarse. ¿Debía llamar al islandés y decirle que mejor se encontraban a la tarde? Hasta entonces ya sabría si Naila podía quedarse o no. ¿O debía cancelarle por completo? Ya le había cancelado dos veces, quizá dejaría de venir por eso de todos modos. Pero tal vez no tenía que cancelarle nada. ¿Sí o no? En ese momento escuchó muy cerca el fuerte chirrido de un tranvía y se estremeció. Un soplo gélido de viento le subió por las piernas, pasó tronando el próximo tranvía, levantó la vista y vio que Naila había abierto uno de los enormes ventanales.

– La-lala-lala – hacía ella.

Se puso a pasear riendo por la inmensa sala como por un parque, daba vueltas en círculo bamboleando su gran trasero árabe – La-lala-lala.

– Cierra la ventana, Naila – dijo él – Con ese ruido no puedo pensar.

– La-lala-lala.

– Naila, por favor.

– Solo si me ayudas a buscar.

Se levantó y fue al perchero y de un manotón tomó las llaves del pequeño bolsillo interno de la chaqueta de cuero negro.

– ¿Cómo lo sabías?

– Ahí están siempre – dijo él – Si es que no están en otra chaqueta. O en la jabonera del baño. O en el cajón de las galletas. O en la cama. O debajo del colchón. O debajo de la cama.

– Gracias, mi tesoro – dijo ella y lo abrazó tímidamente.          

– Mia tesoro – dijo él.

– Qué haré sin ti – dijo ella riendo.

En sus ojos había lágrimas, y lo besó en las mejillas y en la boca. Luego volvió a mirarlo, y las lágrimas habían desaparecido. Él se preguntó si habían estado ahí en absoluto. ¿O era ese otra vez un numerito de su gran show libanés de los sentimientos?

– No te preocupes – dijo él – Hoy recibirás tus papeles.

– ¿Y si no?

– ¿Y si no?

– Sí, ¿y si no? ¿Si yo tener que volver a casa?

La miró serio, ella también lo miró seria, y como él no lo aguantó, dejó de mirarla y vagó con la vista por la sala. No era su propia mirada la que veía todo eso, era la mirada de alguien que él no era aún, pero que quizá fuera en breve. Después de haber visto todo, la cama, los dos sillones blancos Pierre Paulin, la lámpara plateada con el pie de mármol, las fotos de la familia de Naila en los marcos dorados sobre el televisor y las viejas pinturas de él en las altas paredes, después de echarle un rápido vistazo a la oficina vacía y oscura del arquitecto, volvió a mirar los ojos marrones, terriblemente marrones de Naila y dijo:

– Si tienes que volverte, mi ángel, yo voy contigo, eso está claro.

– ¿Harías eso? – dijo ella sorprendida – O sea lo harías de verdad…

Deslizo sus brazos hacia los costados, desprendiéndose del abrazo.

– Vamos, tengo que irme – dijo ella.

Apretó dos o tres veces entre sí los labios recién pintados y al girar para irse lanzó una última mirada subrepticia hacia el otro lado del patio interno.

Frente al ascensor se quedaron en silencio uno al lado del otro. Estaban parados de tal forma para justo no tocarse con los brazos y los hombros, lo que casi volvía a ser excitante. Llegó el ascensor, la puerta se abrió y ahí estaba el arquitecto con su mujer, y también todos sus hijos estaban ahí. Splash y Naila se subieron, dijeron hola, y el arquitecto dijo también hola, y su mujer sonrió, y los niños alzaron la cabeza y también sonrieron.

El arquitecto se veía normal otra vez. Splash lo observó con el rabillo del ojo, mientras mantenía la mirada clavada en la pared brillante y plateada del ascensor, entre la cabeza del arquitecto y la cabeza de Naila. También observaba de vez en cuando a Naila, y ella también parecía completamente normal. Tal vez estuviera un poco nerviosa, pero eso se sobreentendía. Él hubiese estado igual de nervioso en su lugar. Si se ponía nervioso ya cuando tenía que ir al médico, o cuando tenía que sacar una visa en un consulado para un viaje. Por miedo había postergado ella el asunto con el Ministerio de Relaciones Exteriores hasta el último día, cosa que él también hubiera hecho, y en consecuencia ahora ella estaba nerviosa. Splash siguió mirando fijo la pared del ascensor, pero igual notó que Naila y el arquitecto se tocaban fugazmente las manos. Ella le acarició con los dedos el dorso de la mano, él la cerró en puño, luego las manos volvieron a alejarse.

El ascensor paró en la planta baja y Splash y Naila se bajaron. El arquitecto y su familia siguieron viaje hasta el garage. Dijeron en voz alta hasta luego y la puerta del ascensor se cerró detrás de ellos como un telón. Splash tomó la mano de Naila y salieron. Caminaron de la mano hasta la parada del tranvía, y cuando Naila se subió a su tranvía y se marchó, Splash la miró alejarse. Tuvo incluso ganas de saludarla con la mano, pero al final no lo hizo. Se dio vuelta y caminó por la calle Rosenthaler hacia el tren urbano, y como el semáforo para peatones frente a Hackeschen Höfen demoraba una eternidad, volvió a alzar la vista hacia el edificio-cohete. La fachada de vidrio opaco, gris cobalto, parecía como muerta en la brumosa luz invernal. En dos pisos había luz – adelante en lo de los arquitectos y en la editorial del piso superior –, y daba la impresión como si las personas en esas oficinas se estuvieran ahogando lentamente en la luz de neón amarillo verdosa. Splash sacudió la cabeza y maldijo en voz baja. Luego se quedó sin ganas de seguir esperando al semáforo entre el gentío, pero qué podía hacer, esperó igual, hasta que se puso en verde. Enseguida volvió a ponerse en rojo, luego en verde otra vez y después de nuevo en rojo, y él aún seguía parado ahí y no sabía qué era lo que debía hacer.


*Este cuento fue publicado en: “Liebe heute” de Maxim Biller © 2007, 2012,Verlag Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co. KG, Cologne/Alemania.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Cuando Ferdinand Klingenreiter rogó silencio al público, compuesto por queridos amigos, familia y niños, para su Gran Ilusión, algunos se rieron y la mayoría siguió hablando. Las niñas de Stadelmann interrumpieron su cacería entre gritos de júbilo y se volvieron hacia el escenario. La más pequeña, Michaela, o Martina, o uno de esos nombres reservados para los chicos a los que se les añadía una a, gritó en un tono estridente y vivaracho al otro lado de la sala:

—Mamá, ¿dónde está el abuelito?

Klingenreiter le hizo una seña con la mano, estaba muy dulce con las trenzas y el tradicional dirdnl, y salió corriendo asustada hacia Stadelmann y se agarró a su brazo.

—Pero si es Freddie, cariño —aclaró la madre—, Freddie… el Fenomenal. Ahora mismo va a hacer magia.

Freddie el Fantástico habría sido lo correcto, pero a Klingenreiter no le importó, de hecho era su primera actuación, ¿cómo iba a haberse fijado alguien ya en su nombre artístico?

En general la sala estaba un poco más tranquila que antes, se oía el borboteo de la cafetera.

Klingenreiter miró hacia la mesa donde estaba sentado Felix. Más bien yacía ahí, pues el chico estaba hundido en la silla, con las manos en los bolsillos, la cabeza en la capucha y un ojo bajo el flequillo. Todo lo que Felix podía hacer desaparecer de su cuerpo, lo hacía desaparecer. El otro ojo miraba el refresco de cola o los palitos salados que había en vasos de plástico sobre el mantel de plástico. No cruzó la mirada con la de su tío abuelo.

El chico tenía la cabeza en otra parte. O simplemente preferiría no estar ahí.

A Ferdinand Klingenreiter no le importó. A lo largo de su vida, en su cabeza también rara vez los pensamientos hallaban el placer donde él los necesitaba, ¿y qué? Se habían ido a recoger cerezas y sueños, en vez de resolver las tareas de la escuela. No se fijaban en fórmulas ni versos, y le costaba mucho atender a cómo se manejaban correctamente las máquinas. O sí, algunos versos sí, los que escribía su Käthe.

En cambio, los trucos de magia los aprendía con la facilidad que sólo se puede aplicar a las cosas inútiles.

Estaba con la cabeza en otra parte, y el cuerpo en cierto modo también. Klingenreiter siempre supo comportarse con tal discreción que todo el mundo olvidaba su presencia. Felix tal vez envidiaría esa capacidad. Esa magia. Pero no sólo implicaba ventajas. Los padres de Klingenreiter se peleaban con mucha vehemencia estando él presente, como si no estuviera. A menudo los gritos continuaban después de que él pidiera intervenir. Eran los únicos momentos en que Klingenreiter deseaba tener a su hermano cerca. Cuando estaba Franz, nadie en el matrimonio daba tirones.

Klingenreiter tardó, tal vez hasta la muerte de Franzen el año pasado, en caer en que tal vez no tuviera talento para pasar desapercibido. A sus padres, a Franz, a la gente en general le daba igual si estaba presente o no. A lo mejor lo de dar igual a la gente también era una virtud.

Quizás a Käthe no. No, a Käthe seguro que no, a Käthe no le daba igual, en su presencia siempre gorjeaba con alegría, y, por supuesto, ahora podría decirse que, con él o sin él, Käthe habría gorjeado igual, pero no es verdad, Käthe también hacía alguna pregunta de vez en cuando a su marido y, aunque tal vez sólo lo hiciera para cerciorarse de que él la escuchaba, al hacerle una pregunta reconocía su presencia.

La puerta se abrió de golpe y entraron en la sala a paso ligero Thomas y la familia, es decir, todos salvo Felix. Lisa, los gemelos y el pequeño Max con un pequeño barril con unos puñitos en la boca, junto al gran barril que era su padre.

Algunos giraron la cabeza, otros se levantaron para saludar a Thomas, como debía ser: entraba el jefe. Klingenreiten saludó con la cabeza a su sobrino, que hizo un gesto de disculpa hacia el escenario y se sentó al lado de Felix en la mesa, a lo que el chico no hizo caso mientras daba un sorbo a la cola.

Thomas llevaba bien el aserradero, es decir, estaba informado y era inflexible. Incluso en ese momento, domingo al mediodía, sacó un montón de papeles del bolsillo, seguro que para el trabajo. Klingenreiter iba a continuar cuando su sobrino hizo un gesto circular de interrogación por encima del montón de papeles a la sala, como si quisiera decirle algo a Klingenreiter, y éste se encogió de hombros como si le diera permiso.

Acto seguido Thomas hizo correr el montón de papeles, «que cada uno coja sólo uno», y casi todo el mundo cogió una hoja o un folleto, o lo que fuera, pues ahí casi sólo había trabajadores con sus familias. Ahora se oía un susurro en todas las mesas, todos lo estaban leyendo. Al fondo del todo, en la salida, había un hombre sentado solo, era el viejo Stangl, que rechazó el papel.

Klintenreiter esperó, ¿qué iba a hacer? Al lado tenía su caja. Dos relámpagos amarillos y un signo de interrogación en rojo. De roble.

Stangl también había sido motivo de discusión para sus padres. Ese nombre, pronunciado a todo volumen, era uno de los primeros recuerdos de Klingenreiter. Le hacía remontarse a años atrás, hasta cuando su padre en algún momento lo echó.

A su madre le gustaba Stangl, era un hecho. Incluso se tuteaban, pero el aserradero era demasiado pequeño para ir a más. De haber ocurrido algo entre ellos, los extractores se habrían enterado y se lo habrían contado a una cuña de separación.

Stangl debía de estar más cerca de los cien años que de los noventa. Había acudido expresamente desde el valle. En autobús. Klingenreiter en seguida lo buscó para saludarlo. En las relaciones personales, para que todo vaya bien basta con buscar a alguien para saludarlo. Pero Stangl no tenía ningún amigo ahí.

Thomas se sirvió un café. Klingenreiter tuvo la tentación de hacer un gesto de desaprobación al verlo, ¿pero qué impresión daría un mago negando con la cabeza?

Vio el pasillo, la nuca y la eterna ambición. Thomas era como Franz. La única gran discusión entre su padre y Franz fue por demasiada ambición.

Fue cuando Franz regresó con ideas de estudiar la carrera. Franz quería renovar, invertir, «desparasitar» el negocio. Carretillas elevadoras, trenes en bloque, instalaciones mecánicas de clasificación.

Su padre no quiso saber nada. No porque no estuviera de acuerdo, sino porque no le gustó que Franz empezara las frases con «yo en tu lugar haría». No le gustaba la presión. Las ideas bonitas y buenas están bien, pero su padre quería darle una lección en la ciencia de las ideas, a saber: había que dotarlas de un buen envoltorio.

Al final modernizaron el taller, también lo racionalizaron un poco, pero sólo cuando su padre vio que era el momento y que la fruta estaba madura.

Las únicas ideas que tenía Klingenreiter afectaban a la cantina y al programa durante las fiestas de Navidad. A Ferdinand Klingenreiter le encantaba el aserradero, además de la conversación, y no le importaba llevar toda una vida como empleado de su propio hermano, por mucho que hablara la gente.

Sólo se había pronunciado sobre un tema, el de los barriles de madera. Klingenreiter estaba en contra de abandonar la producción de barriles, como había propuesto Franz, sobre todo por motivos nostálgicos. ¡Con toda la cerveza que se había almacenado en los barriles de los Klingenreiter! ¡Y la que se podría almacenar en el futuro! Se opuso con insistencia a Franz y su padre, como si se tratara de algo importante.

En su familia los motivos nostálgicos nunca se habían considerado de peso. La nostalgia es la cómplice de los chiflados, no de los ganadores. La producción de barriles se detuvo en el momento justo. El descenso del valor productivo durante los años siguientes resultó ser enorme, por todas partes había sólo aluminio y plástico y otros trastos sin alma, y cada vez más gente bebía cerveza de botella y latas, horrible.

Käthe, y lo que Käthe le decía:

—Ay, alma de cántaro.

—¿Dónde estás otra vez, Freddie? Quédate conmigo.

—Mi Freddie.

Eso lo recordaba muy bien. De muchas cosas que le había dicho su Käthe. A veces sus pensamientos tenían la voz de Käthe, le tiraban de las orejas, le rebatía las decisiones, pues era lamentable decidiendo. A veces también hablaban claro, por desgracia con demasiada poca frecuencia.

Le temblaban las manos. Las cerró en un puño. Ferdinand Klingenreiter nunca había tenido mucho que decir, y ahora estaba trémulo sobre el escenario, mientras la gente esperaba a que dijera algo. Al mismo tiempo sabía y notaba que de todos modos les daba igual lo que tuviera que decir, lo importante era que se tomara su medicina y no se fuera de nuevo a pasear por la carretera en plena noche.

Tal vez Felix, tal vez a Felix no le daba igual.

Su caja aguardaba impávida a su lado. Los dos relámpagos parecían ojos. Quizás a la gente no le diera igual la magia.

Klingenreiter se aclaró la garganta para, incluso en ese momento mientras se hallaba sobre un escenario, recuperar los pensamientos que huían, y los bafles lo acompañaron con un tono agudo. Entonces atrajo su atención.

—Señoras y señores, queridos amigos, queridos niños —Klingenreiter esbozó una sonrisa más amplia. Estaba a punto de decir lo que llevaba toda una vida queriendo decir delante de un público, y todo lo que superaba las cuarenta personas podía considerarse sin duda público, más el coro de la iglesia detrás del escenario. «Dos antes del inicio del programa oficial, para un número de magia no está mal, carcamal», pensó Klingenreiter.

Buscó de nuevo la mirada de su sobrino nieto, y esta vez vislumbró una caída de las pupilas azules, pero Felix bajó la cabeza. Klingenreiter no se lo tomó mal, sabía que el chico estaba ahí, que prestaba atención, pero no quería que lo vieran prestando atención.

—Lo que están a punto de ver cambiará para siempre su visión de la magia. Pero para que lo vean necesito un voluntario —Klingenreiter abrió los brazos en un gesto de invitación, la camisa emitía destellos, y la cafetera un pitido. Nadie se inmutó.

La gran ilusionista Halima dijo algo muy distinto en el momento álgido de su espectáculo, una impertinencia, pero Klingenreiter no se atrevió: «La magia no es lo que hago. La magia es lo que vosotros no veis que hago». Halima, con su melena negra y los brazos largos que agitaba arriba y abajo mientras saltaba, bailaba, volaba sobre el escenario.

Halima tenía música dramática de fondo para sus trucos e ilusiones, Klingenreiter la cafetera. El coro de la iglesia podría haberse ofrecido, habían ensayado antes de su número para la velada, a Klingenreiter le habría encantado primero What if God was One of Us, luego una canción muy triste, Wir sind nur Gäste auf Erden, y una salida muy alegre con Always Look on the Bright Side of Life, todo muy aceptable, Fichtner apenas habría tenido que intervenir.

Sin embargo, Klingenreiter no había podido acordar con Fichtner ninguna canción para acompañar la magia. Le habría encantado que el coro simplemente tarareara, en concreto The Final Countdown, como primera opción, o esa que todo el mundo conoce, Carmina Burana, como segunda elección. Sin embargo, el director del coro no quiso saber nada de tararear.

—Por supuesto que no, tío, Freddie —Felix también tenía su opinión al respecto.

La excusa oficial de Fichtner era que el escenario era demasiado pequeño para el coro y Klingenreiter y su caja, que aún esperaba su entrada con los brazos extendidos de Klingenreiter.

Klingenreiter reservó dos entradas VIP para el espectáculo de magia de Halima, para él y Felix en segunda fila. Fue exactamente un mes antes, poco después de que Felix cumpliera catorce años, la entrada era un regalo de Klingenreiter al chico, su primer gran espectáculo de magia. Para alguien que adoraba la magia desde que tenía uso de razón, que había leído Harry Potter a los sesenta y cinco años y nunca salía de casa sin una baraja de cartas, realmente ya era hora.

Klingenreiter esperaba con mucha ilusión la visita a la capital con Felix. Había buscado un restaurante turco para la cena, la idea surgía porque en su pueblo no había ningún turco. Al chico no pareció importarle, preguntó si podía pedir una cola.

—Pero no hace falta que pidas permiso —Klingenreiter se echó a reír.

Felix dijo «Vale» y pidió una cerveza.

Klingenreiter hizo un gesto exagerado de sorpresa, y Felix sonrió, aburrido.

Catorce años ya eran unos cuantos, pensó Klingenreiter, que pidió una rubia y dos vasos y le sirvió un poco a Felix, que no la tocó, se bebió su refresco y Klingenreiter bebió sólo la mitad por el medicamento.

—¿Qué te gusta hacer? —No se le ocurría nada que no fuera algo en el ordenador.

—¿Por qué yo? —preguntó Felix.

Klingenreiter no le entendió.

—¿Por qué no has traído a los gemelos? También fue su cumpleaños. ¿O a Max? Tiene cuatro años, seguro que le gustan estas cosas.

Klingenreiter sonrió y odió haber sonreído. Siempre esbozaba una media sonrisa cuando se encontraba en apuros. De la pared de baldosas colgaba un tapiz, la barra era de cristal y metal. Klingenreiter buscó madera y no la encontró. El chico parecía relajado, como los vencedores. Como si se alegrara de que no lograran mantener una conversación sencilla.

Con Thomas y la familia había cuarenta y ocho personas en la sala. Ya estaban todos en silencio, pero aún no habían encontrado un voluntario para Klingenreiter.

Klingenreiter agitó los brazos con fuerza en su pretendido abrazo. Tal vez la gente estuviera callada porque su propio silencio era demasiado imponente. Porque es incómodo que haya alguien sobre un escenario sin decir nada. O tal vez se había vuelto a confundir y el silencio era de perplejidad.

Felix lamió la sal de un palito salado.

De la pared de enfrente colgaba la eterna pancarta: «El Verbo se hizo carne».

Junto a él yacía su caja. Los relámpagos eran como reproches, y el signo de interrogación como una sonrisa maliciosa.

La caja la había ideado él. Casi cincuenta años trabajando en un aserradero, y a los setenta y siete hace su primera elaboración propia, desde el diseño hasta la fabricación.

Bueno, Holger Schwarzmann le prestó sus manos no trémulas para el corte fino y Theo Schwarzmann la fuerza del músculo para el sistema de conexión. El corte, en cambio, lo hizo él. Cuando llegó a las mallas y los detalles, a lo esencial de cada utensilio mágico, tuvo que convencer varias veces a Schwarzmann hijo, pues lo desconcertaba del todo que el viejo Klingenreiter le llevara la contraria, y eso que Klingenreiter se había reprimido porque entendía que de alguien que llevaba toda la vida fabricando cajas para transportar patatas no se podía esperar que de golpe lograra crear una caja para una Gran Ilusión, una caja para el arte.

Las superficies de corte debían estar limpias, inmaculadas, y Schwarzmann pasaba con un serrucho de calar, directamente de la mano al corte libre. ¡Pero cada milímetro era importante! Así que Klingenreiter le dio la pequeña sierra japonesa que le había regalado a Franz hace años. Dondequiera que estuviera, fuera el cielo o el infierno, ya no necesitaba sierras.

La sierra se llamaba Hon Dozuki Deluxe. Mango de mimbre. Un utensilio fantástico, bello; de nuestras sierras no puede decirse que sean bonitas.

Sí, entonces pasó por ahí Felix, en realidad fue lo mejor que el chico preguntara qué llevaba en la caja.

—Es para un truco de magia —contestó Klingenreiter.

—¿Cómo?

—Estoy practicando las desapariciones.

—¿Es un truco?

—Depende de si eres el que desaparece o el que observa.

Felix escupió.

—Yo pintaría la caja.

—Lo tenía pensado.

—No, me refiero a que yo podría pintarla. Si puedo.

Por supuesto que podía. Klingenreiter apenas podía disimular su alegría, y Käthe se preguntó en sus pensamientos por qué había que disimular la alegría.

Esa misma tarde se encontraron en la sala de producción. Klingenreiter había comprado pinturas, pinceles, una lámpara. También música y un tentempié, aunque el chico no lo quería, prefería tranquilidad y un refresco de cola.

Estuvieron cuatro horas en la sala por lo demás vacía. Después de cuatro horas uno ya no huele la madera, ni los productos contra el moho.

Aquella tarde sería la respuesta de Klingenreiter a la pregunta de Felix de por qué lo había llevado precisamente a él. El tío abuelo y el sobrino pintaron una caja para un truco de magia, en la sala de producción de 900 m2 del aserradero familiar, rodeados de tableros, marcos, vigas y máquinas de madera, rodeados de los difuntos Klingenreitern convertidos en espíritus de astillas y serrín que escupían con ambición, como era propio en la familia.

—¿Freddie? ¿Puedo un momento…? —Era Thomas. Le hizo una señal con los papeles y se dirigió hacia el escenario sin esperar respuesta. Para entonces Klingenreiter ya se sentía bastante a gusto ahí arriba. También sentía los brazos más ligeros a medida que Thomas se acercaba. Por la manera de agarrar los papeles en la mano y la energía con la que se dirigía al escenario, seguro que quería hacer un anuncio.

¿Ahora? Klingenreiter sintió calor en el rostro, pero le salió un tono amable:

—Damas y caballeros, ¡tenemos nuestro voluntario! ¡Por favor, un aplauso para Thomas Klingenreiter!

Thomas no entendió que el aplauso era para él. En seguida estiró los brazos hacia delante, como si apartara algo pesado, y retrocedió.

—¿Eres un cobarde? —Klingenreiter no sabía si lo había dicho o lo había pensado. Le daba igual. Miró a Felix, que se había incorporado y se había apartado el pelo de la frente.

Durante hora y media, Halima, la primera dama de la magia, lo dio todo en el escenario. Durante cuarenta y cinco minutos Felix no dio muestras de qué le parecía. Estaba hundido en su asiento, con las manos en los bolsillos. Justo antes de la pausa el chico se hizo visible, por así decirlo, y se sentó como si tuviera columna vertebral.

Los artistas invitados de Halima, una pareja ucraniana, bailaron un número loco de cambios de trajes, el único requisito era tener una cabina telefónica. Al principio el hombre entró en la cabina con unos calzoncillos de Micky Mouse, y al cabo de un instante salió con traje. Así continuaron, bailando y cambiándose de ropa durante minutos.

Quickchange —susurró Klingenreiter—. Necesitas sobre todo un buen sastre.

Felix no pareció oírle, y se inclinó hacia delante.

El número terminó con grandes aplausos, el chico también aplaudió, y Klingenreiter aplaudió al chico.

En la pausa estuvieron en el foyer con un brezel y un refresco de cola, y Klingenreiter observó cómo Felix miraba a dos chicas de su edad.

—Dibujo cosas —dijo Felix, con la mirada aún fija en las chicas.

—¿Perdona?

—Querías saber qué me gusta hacer.

—¡Sí! Sí, eso quería saber. Eso está bien, me parece bien —dijo Klingenreiter, y se sintió estúpido.

—Me da igual lo que te parezca. No tiene que gustarle a nadie. A mí me gusta.

En el segundo acto bajaron la luz, desaparecieron los tonos cálidos y sonaron campanas. Halima salió al escenario vestida de negro. La sala estaba completamente a oscuras. El ambiente estaba impregnado del olor a iglesia los domingos.

Halima bailó sobre cuerdas negras, las hizo desaparecer, bailó en el aire despacio, como si estuviera afligida. Se metió en una jaula y salió como un hombre y un ratón, que subieron a una cama que ardió en llamas, y cuando las llamas se extinguieron salió Halima entre el humo. Se metió una espada en el esófago, caminó sobre puntas de dardos y recitó un poema entero de Edgar Allan Poe.

Como todo el que se toma algo en serio, quedó agotada, tenía el maquillaje corrido. El público aplaudió poco y aún así estaba atrapado en su hechizo. Halima no quería sorprender, quería la ilusión perfecta, tenía el semblante frío, casi crispado.

Klingenreiter lo entendió todo. Por qué ese giro, por qué cada posición. Cada construcción y cada final tenían una explicación mecánica, visual o artesanal. Sin embargo, él no disfrutaba con la explicación, sino con lo inexplicable: Halima no cometió ningún error, no tuvo ningún punto débil para que cada una de sus explicaciones al final no fuera más que una suposición.

Halima citó a los grandes magos, cuyas ilusiones y leyendas habían acompañado a Klingenreiter durante toda su vida. Podía huir con ellos cuando el despacho, la madera y la familia eran ya demasiado.

Halima citó a Houdini y atravesó una pared, mientras cantaba a dos voces en un idioma extranjero.

Citó a Hofzinser y transformó el escenario en un salón donde se servía té a los espectadores y caminaban cuervos entre ellos como sirvientes con librea. La maga como anfitriona: ahora susurraba una palabra, acariciaba una sien, ahora un juego de cartas en la mano, ahora un pañuelo, luego una paloma negra. Cuando el escenario volvió a pertenecerle sólo a ella, en los carritos de té, en la alfombra, había relojes, joyas, monederos, teléfonos. El público estalló de júbilo.

Antes de su última y mayor ilusión, un número de liberación, Halima buscó un ayudante. Miró hacia Klingenreiter, señaló detrás de él, negó con la cabeza y entonces se encontraron sus miradas, él señaló a Felix pero lo vio, y se sintió halagado de que lo hubiera escogido entre cientos de personas.

Ya estaba arriba, se inclinó ante la maga. Estallaron los aplausos, amainaron, las ayudantes de Halima lo rodearon como mariposas negras y sonó un clarinete.

El anciano pensó que sería bonita una muerte así.

Halima explicó a Klingenreiter qué esperaba de él, él no la escuchó pero sabía qué tenía que hacer, le interesaban los dedos de Halima, siempre en movimiento, ¿qué señal hacía y a quién? ¿A él?

En medio del escenario un complejo aparato enseñaba los dientes con cuchillas y llamas, con una cuerda colgada encima. Las mariposas entregaron a Klingenreiter una camisa de fuerza para que comprobara que funcionaba y él ayudó a Halima a ponérsela, a apretar las correas con todas sus fuerzas.

Tocó las mangas y en seguida descubrió el cordón con el que se soltaba el forro para tener más espacio. Él también lo sabía: la cuerda en llamas de la que Halima estaba a punto de colgarse tenía el interior de hierro, así que el fuego no la iba a abrasar, un técnico la separaría con un mando a distancia en cuanto Halima se hubiera liberado, no corría peligro.

¿Y si Klingenreiter se volviera y le explicara el truco a Felix? Klingenreiter se volvió, con la camisa de fuerza en las manos, Felix tenía el rostro hacia el parquet y Thomas dijo:

—Tengo que dar un aviso para los chicos del turno de mañana.

Por desgracia, lo de llamarle cobarde sólo se lo había imaginado. Entonces vio que Felix se acercaba a él. «Ahora me quitará el micrófono», pensó, «va a decir que yo soy el cobarde porque no me atrevo a hacer nada contra la insolencia de su padre, ni contra esa vida, contra ser durante toda la vida un payaso en el mejor de los casos».

Ferdinand Klingenreiter tenía el poder con la camisa de fuerza en las manos. La sala estaba a oscuras y a la espera.

—Es auténtica, pueden creerme —Una sonrisa de satisfacción—. Lo sé por propia experiencia —Se oyeron algunas risas. Devolvió la camisa a las mariposas, Halima le envió un beso con la mano, sus dedos le dieron las gracias y Klingenreiter se retiró. En la salida del escenario le esperaba Felix para ayudarle a bajar.

—Ya lo hago yo —Felix se colocó junto a su tío abuelo.

Klingenreiter tragó saliva.

—Damas y caballeros, ¡otro Klingenreiter! —Hizo un guiño a la sala—. Pero este es más valiente.

La gente aplaudió, Thomas regresó a su sitio, Felix susurró un nombre de chica en el micrófono y al cabo de unos segundos cuatro cantantes del coro salieron revoloteando de detrás del telón, de la edad de Felix, se colocaron en el borde del escenario y cuando él les hizo una señal empezaron a tararear un fragmento de Carmina Burana.

Freddie el Fantástico abrió su caja y enseñó al público que estaba vacía. Le pidió a su sobrino nieto que se metiera dentro. Tapó la caja con un pañuelo negro y levantó los brazos por encima de la cabeza como un director de orquesta, como un gran ilusionista.


*Copyright © 2016, Luchterhand Literaturverlag, München.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

 *Imagen: Liu Bolin.

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