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—No quiero saber nada más —dijo el hombre que no quería saber nada más.

El hombre que no quería saber nada más dijo:

—No quiero saber nada más.

Eso se dice rápido.

Eso se dice rápido.

Y sonó el teléfono.

Y en vez de arrancar el cable de la pared, que es lo que tendría que hacer, puesto que no quería saber nada más, agarró el auricular y dijo su nombre.

—Buenos días —dijo el otro.

Y el hombre también dijo:

—Buenos días.

—Hoy hace un buen día —dijo el otro.

Y el hombre no dijo: «No quiero saberlo», dijo:

—Sí, es verdad, hoy hace muy buen día.

Y luego el otro dijo algo más.

Y él colgó el auricular y se enfadó mucho porque ahora sabía que hacía buen tiempo.

Entonces arrancó el cable de la pared y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, y lo olvidaré.

Eso se dice pronto.

Eso se dice pronto.

Entonces al otro lado de la ventana brilló el sol, y si el sol brilla al otro lado de la ventana, uno sabe que hace buen día. El hombre cerró los postigos, pero el sol se colaba por las rendijas.

El hombre tomó algo de papel, tapó los cristales de la ventana y se sentó a oscuras.

Estuvo así sentado un buen rato, llegó su mujer, vio los cristales tapados y se asustó.

—¿Qué significa eso?

—Es para impedir que llegue el sol —dijo el hombre.

—Entonces no tienes luz —dijo la mujer.

—Es un inconveniente —dijo el hombre—, pero es mejor así, porque si no tengo sol, no tengo luz, pero por lo menos así no sabré que hace buen tiempo.

—¿Qué tienes en contra del buen tiempo? —preguntó la mujer—. El buen tiempo levanta el ánimo.

—No tengo nada en contra del buen tiempo, no tengo nada en contra del tiempo. Sólo que no quiero saber qué tiempo hace.

—Por lo menos enciende la luz —dijo la mujer, y se dispuso a encenderla, pero el hombre arrancó la lámpara del techo y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, ya no quiero saber que se puede encender la luz.

Su mujer rompió a llorar.

Y el hombre dijo:

—Es que no quiero saber nada más.

Como su esposa no lo entendía, dejó de llorar y dejó a su marido a oscuras.

Y ahí se quedó él durante mucho tiempo.

Las visitas preguntaban a la mujer por su marido, y ella les explicaba:

—Es así, está sentado a oscuras y no quiere saber nada más.

—¿Qué es lo que no quiere saber? —preguntaba la gente, y la mujer respondía:

—Nada, no quiere saber absolutamente nada más.

No quiere saber más qué es lo que ve: es decir, qué tiempo hace.

No quiere saber más qué es lo que oye: es decir, qué dice la gente.

Y no quiere saber más qué es lo que sabe: es decir, cómo se enciende la luz.

—Es así —dijo la mujer.

—Ah, es eso —decía la gente, y ya no iban más de visita.

Y el hombre seguía sentado en la oscuridad.

Y su mujer le llevaba la comida.

Y ella le preguntaba:

—¿Qué es lo que ya no sabes?

Y él decía:

—Sigo sabiéndolo todo.

Y se sentía muy triste por saberlo aún todo.

Entonces su mujer intentaba consolarlo y decía:

—Pero no sabes qué tiempo hace.

—No sé qué tiempo hace —contestaba el hombre—, pero sigo sabiendo qué tiempo puede hacer. Aún recuerdo los días de lluvia, y los días soleados.

—Lo olvidarás —decía la mujer.

Y el hombre decía:

—Eso se dice rápido. Eso se dice rápido.

Y se quedó en la oscuridad, y su esposa le llevaba a diario la comida, y el hombre miraba el plato y decía:

—Sé que son patatas, sé que eso es carne, y conozco la coliflor; nada sirve de nada, siempre lo sabré todo. También sé cada palabra que digo.

Y cuando la vez siguiente la mujer le preguntó:

—¿Qué sigues sabiendo?

Él contestó:

—Sé mucho más que antes, no sólo sé cómo es el buen tiempo y el mal tiempo, ahora también sé cómo es que no haga ningún tiempo. También sé que cuando la oscuridad es absoluta, luego nunca es lo bastante oscuro.

—Pero hay cosas que no sabes —dijo su mujer, que hizo ademán de irse y cuando se detuvo, dijo—: Por ejemplo, no sabes cómo se dice «buen tiempo» en chino.

Siguió andando y cerró la puerta.

Entonces el hombre que no quería saber nada más empezó a reflexionar. Era cierto que no sabía chino, y no le servía de nada decir «tampoco quiero saber eso más», porque eso no lo sabía.

—Primero tengo que saber qué es lo que no quiero saber —exclamó el hombre, que destapó la ventana y abrió los postigos, ante la ventana llovía, y se quedó mirando la lluvia.

Luego fue a la ciudad a comprar libros de chino, regresó y estuvo semanas sentado con esos libros y pintando caracteres chinos en papel.

Si tenían visitas y preguntaban a su mujer por su marido, ella decía:

—Pues es así, ahora aprende chino, es así.

Y la gente no iba más de visita.

Sin embargo, se tardan meses y años en aprender chino, y cuando por fin lo consiguió, dijo:

—Pero aún no sé suficiente. Tengo que saberlo todo, así luego podré decir que ya no quiero saber todo eso.

Tengo que saber cómo sabe el vino, cómo sabe el bueno y el malo.

Y cuando coma patatas, tengo que saber cómo se cultivan.

Tengo que saber cómo es la luna, porque cuando la veo hace tiempo que no sé cómo es, y tengo que saber cómo se llega a ella.

Y los nombres de los animales también tengo que saberlos, y cómo son, qué hacen y dónde viven.

Se compró un libro sobre caniches, otro sobre gallinas, otros sobre los animales del bosque y uno sobre insectos.

Luego se compró un libro sobre el rinoceronte indio.

Y el rinoceronte indio le pareció bonito.

Fue al zoo y allí lo encontró, en un gran cercado, sin moverse.

Y el hombre vio con claridad que el rinoceronte intentaba pensar, intentaba saber algo, y vio el esfuerzo que le costaba.

Y cada vez que al rinoceronte se le ocurría algo, salía corriendo de alegría, daba dos, tres vueltas al cercado y entre tanto olvidaba lo que se le había ocurrido, luego se quedaba quieto mucho rato, una hora, dos horas, y cuando se le volvía a ocurrir algo salía corriendo de nuevo.

Y como siempre salía corriendo un poco demasiado pronto, en realidad no se le ocurría nada.

—Me gustaría ser un rinoceronte —dijo el hombre—, pero ya es demasiado tarde.

Luego se fue a casa y se puso a pensar en su rinoceronte.

Y ya no habló de nada más.

—Mi rinoceronte —decía—, piensa demasiado lento y sale corriendo demasiado pronto, y está bien así.

Y entre tanto se le olvidaba que quería saberlo todo para no querer saberlo más.

Y volvió a llevar la vida de antes.

Sólo que ahora además sabía chino.


*Este cuento fue publicado en: Kindergeschichten by Peter Bichsel. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1997.

*Imagen: Joana Keler

Grietas

Traducción de Marjeta Drobnič y Matías Escalera Cordero

Hay muchas historias. Ésta es una de ellas. Tienes mujer, tienes hijos, tienes trabajo, tienes coche, tienes un chalet en las afueras. Todo apunta a que morirás feliz, tus hijos llorarán en el entierro y los vecinos lamentarán tu ausencia. Entonces, una noche, mientras se evaporan lentamente las últimas partículas de luz, y vuelves a casa no más rápido que de costumbre, oyes un golpe: has atropellado algo. No has visto nada, sólo has sentido el golpe seco contra el coche. Paras, sales y miras a ver qué ha pasado. Debajo de tu coche yace un niño, de siete u ocho años, como uno de los que te esperan en casa, podría ser tuyo. No se mueve. De debajo de su cabeza sale un charco de sangre.

Gritas, te inclinas, palpas sus venas, no sientes nada. Miras alrededor, no hay nadie, la calle está vacía. Pasas por aquí cada día, pero no conoces a nadie, un grupo de viviendas, grises y arrugadas. Nadie mira, todas las luces están apagadas.

 ¿Ahora qué? ¿Qué haces cuando te ocurre algo así? Si el niño gimiera, sería fácil, ¿sabes? Lo meterías en el coche y te lo llevarías a un hospital. O llamarías a una ambulancia. Pero ves que no hay nada que salvar. Cuando te tranquilizas un poco, te das cuenta de que las farolas no están encendidas. Ves que no hay coches en la calle. Miras alrededor a ver si viene alguien, a ver si hay alguien observando, escondido detrás de los contenedores. No hay nadie por ninguna parte.

Te gustaría llamar, pero, ¿a quién? Además, la batería de tu teléfono se agota de repente, y te das cuenta de que nadie respondería aunque el móvil funcionase. Vuelves a mirar al niño. Te parece que lleva horas en el suelo, que su rostro ha palidecido, que la sangre debajo de su cabeza se ha secado. Vuelves a mirar alrededor y te parece que las casas a lo largo de la calle se desconchan, que el asfalto se resquebraja, que en el cielo nocturno aparecen grietas enormes, y que por allí asoma el vacío, para escurrirse adentro.

Sigues apretando la llave del coche en la mano, la miras, miras tu coche, y sabes que jamás volverá a moverse. Dejas caer la llave, se hunde con lentitud en la oscuridad, a tus pies, y no te sorprende no oír el golpe del metal contra el asfalto. Se han apagado todos los ruidos. Los perros han dejado de ladrar, los televisores han dejado de zumbar, los teléfonos de sonar. Vuelves a inclinarte hacia el niño. Es cada vez más menudo y dócil, miras tus manos y aguardas a que aparezcan las grietas. Piensas: tenía mujer, tenía hijos, todo hacía prever que moriría feliz. Ahora ocurrirá otra cosa. Muchas historias no terminan con un final feliz. Ésta es una de ellas.

Tierra firme

Traducción de Marjeta Drobnič

Pasó en los tiempos cuando yo tenía pelo todavía, ahora esos tiempos son lejanos, pero antes los tenía presentes, tan cerquita, antes, cada noche, todo lo tenía muy presente, muy cerquita, pero ahora no voy a hablar de eso, no vamos a hablar de eso ahorita. Quiero hablar de lo que aquella noche ocurrió, de cómo la vi a ella entre todas las mujeres, de cómo dije: ¡qué bella!, y la risa les dio a mis compañeros, y me dijeron, estás loco, ¿bella?, ¿ella? Pero yo, allá ellos, los dejé hablar y me acerqué diciendo que si querría bailar, y ella rio y dijo: ¿te deja tu mamá? Pero yo no me tomé a mal lo que podía sonar fatal, en absoluto me sentaba mal, sino parecióme dulce y cordial. Y después le sugerí que se tomase algo comingo y ella rio otra vez, diciendo, que vale, que bien, y, después, sí que todo estuvo bien, me olvidé de mis amigos y me puse a cien. Y después me contó que el corte en el vientre se lo había hecho un capitán porque ella había salido de su lecho con mucho afán, demasiado afán para él. Y dijo sin vacilar que, después, había dejado el mar, aunque en ella tenían mucho interés, pero que el mar era un azar, que volvería otro capitán. Y que siempre llegaba el desenredo y había que olvidarse del miedo, hacer frente al duro vaivén, pero que ahora estaba aquí, y estaba bien. Y me contaba más y más, cosas que yo creía engañosas o que no ocurrían de hecho, pero a ella sí, aún le ocurrían cuando no estaba al acecho. Y, después, me vi obligado, obligado a decir que ahora me tenía que ir, que, al alba, debería estar en mi cama, si no, para el próximo baile me montaban un drama, y rio de nuevo diciendo que lo sabía, que sabía que me vería obligado a irme y que me iría. Y que había estado bien. Y sólo pude preguntarle en la puerta: ¿irás a bailar otra vez? Y, ahora, siempre cuando paso por allí, donde ya, desde hace tiempo, no se baila más, donde ya todos quedaron atrás, donde llevan años construyendo el hotel más grande que se haya visto jamás, y siempre hay otro dueño que lo hace sin empeño, aún ahora, siempre cuando paso por allí, recuerdo cómo se puso cuando me dijo: no, mañana tengo que volver. ¿Cómo se puso, me estás preguntando? Triste. Y sabía, ya entonces, que todo había sido como había sido para que lo recordase cada vez que por allí pasase y también en otras muchas ocasiones, en las noches, cuando no se duerme, para que recordase cómo había sido, entonces y allí, en remotos tiempos, cuando yo tenía pelo todavía.


*El cuento “Grietas” fue publicado en la colección: Comprendes, ¿no?

Fecha: Lun, 19 de agosto 20:41:42-0700 (PDT)

De: Henning

A: Servicio al cliente

Asunto: Vuestro microondas

To whom it may concern:

Estimadas damas y caballeros:

Escribo por un asunto que acaso parezca trivial, a primera vista brilla realmente por su intrascendencia, sobre todo porque yo sería el último que quisiera llamar la atención sobre su persona debido a un donut Krispy Cream natur congelado con relleno de vainilla y avellana libre de lactosa, o sea ese donut de Universalfood que el 6 de junio a las 18:34 horas descongelé según mi costumbre en solo treinta y cinco segundos para mi total satisfacción en vuestro microondas (Modelo: MagicWant single). Lo que con esto quiero decir de antemano es: soy consciente de que están ustedes ante tareas que no solo parecen más urgentes para los profanos, sino que, teniendo en cuenta la totalidad de los factores, efectivamente también lo son. Déjenme por lo tanto adelantarme a disipar cualquier malentendido: no anuncio aquí ninguna falla de funcionamiento en el mencionado microondas ni en ninguno de vuestros numerosos aparatos o aplicaciones en mi unidad residencial, todos los cuales cumplen con sus funciones de manera intachable, al menos yo parto de esa base (?). De ocurrir algún desperfecto técnico, la cosa estaría clara y se dejaría denominar con facilidad (¿y no habrían sido ustedes informados hace tiempo del defecto en cuestión, me refiero a que he sabido que los aparatos les envían a ustedes sus fallas de funcionamiento por sí solos, fallas que ustedes incluso pueden tal vez reparar a distancia, sin necesidad expresa de enviar a un especialista o un montador (?) en persona al lugar?). Me veo por lo tanto obligado a retrotraerme, intentaré ser lo más conciso posible, soy consciente (o al menos lo supongo, sin por eso querer poner en duda el alto grado de autonomía de vuestros aparatos) que el tiempo que le pueden dedicar a cada usuario individual es limitado (y a quién le digo que el tiempo es un recurso valioso si a fin de cuentas ustedes mismos lo dicen ya al principio de su mission statements, en tanto empresa con muchos años de experiencia, alternativamente hablan ustedes de datos que les garantizan a vuestros clientes, entre innumerables facilidades, sobre todo ahorros de tiempo, cada uno de los cuales puede que por separado sea escaso, pero que al sumarse se vuelve considerable –¿y no utilizan en este contexto incluso la palabra “revolución” y, seguramente queriendo hacer referencia con el compuesto al carácter pacífico del conjunto (?), “revolución hogareña”?–). (Si alguien se dirigiera a mí de manera directa sobre este asunto y me preguntara acerca de mis asociaciones –parto de la base de que en este asunto ya han examinado ustedes lo suficiente las costumbres y las preferencias de sus usuarios, al menos en esa dirección interpreto yo una publicidad reciente de su empresa–, pienso aquí en primera línea en vuestro sistema de cierre biométrico, en el refrigerador inteligente YourMaid con sus exclusivas aplicaciones para solicitar productos Universalfood, en la aspiradora robot DustDeath II, incluida su hermana gemela, la aspiradora de ventanas AlwaysOntheBrightSide, y sobre todo en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua, fácil sería continuar la lista, vuestra tostadora e-Sunbeam, que graba alternativamente sobre las tostadas el curso actual del día del DAX 30 o la presión arterial personal de la sístole y la diástole (o ambos superpuestos entre sí), sin dudas un juego de niños que raya en lo pueril pero que por la mañana siempre me confiere una silenciosa satisfacción).

Déjenme, pues, arribar al incidente, o digamos, mejor, describir las circunstancias, pues incidente sería en este contexto un concepto demasiado grande que podría despertar falsas expectativas, lo mismo que acontecimiento y aun suceso, tal vez podamos hablar simplemente de acaecimientos o de procesos (en los que participan varios factores, cuya precisa función y modo de funcionamiento permanecen para mí a menudo en las sombras, siendo por supuesto que yo como persona y actor encarno por fuerza uno de esos factores), sin que yo supiera distinguir entre causas y efectos con la nitidez que se requería en cada ocasión, cuando en la dicha tarde del 6 de junio regresé como de costumbre del trabajo a mi casa entre las seis y las seis y media. En la unidad residencial me instalé hace exactamente un año, el 1 de agosto, cosa que seguramente pueden deducir del perfil que han hecho de mí (al que, si no constituye un esfuerzo demasiado grande, me gustaría, dada la ocasión, poder echarle un vistazo, cosa que digo sin segundas intenciones, por pura curiosidad, que se refiere de manera exclusiva al formato de dicho perfil (¿se encuentra en forma de un protocolo, un acta o más bien un dosier?; ¿y debo imaginarlo como elaborado cronológicamente, tipológicamente o sinópticamente, como una historia de usuario o más bien como una biografía? Creo incluso haber leído hace poco un artículo cuyo autor afirmaba que el manejo de grandes montañas de datos convertía a los usuarios en verdaderos personajes de novela a lo Oliver Twist, solo que ahora a los lectores o recolectores de estos datos ya no les resultaba tan fácil diferenciar entre protagonistas ficticios y reales), tal vez influyen también motivos relacionados con la vanidad en esta solicitud de mi perfil, de ninguna manera quiero descartarlo, pero quizá hay allí conocimientos reveladores también para mí, cosa que solo menciono ahora y pienso en este momento por primera vez merced a estar dirigiéndome de todos modos a usted con este escrito), con gran expectativa y hasta el momento para mi total satisfacción. Como seguramente saben, entro a mi residencia al menos dos días por semana con una cierta impaciencia (pulso ligeramente elevado, respiración poco profunda, etc.) (y es realmente un gran alivio no tener que sacar del bolsillo el manojo de llaves. Yo era una de esas personas que cada vez debía buscar sus llaves en los innumerables bolsillos disponibles, en no pocas ocasiones la posibilidad de haberlas perdido me provocaba un repentino pánico, que a su vez derivaba en una producción más alta de sudor, primero en la zona baja de la espalda, luego en la nuca detrás de las orejas (el sudor no provenía por lo tanto de un agotamiento físico, sino –al menos en parte– de la idea de que mis vecinos, parados tras sus persianas, pudieran una vez más verme entregado, delante de mi propia puerta, a esta acción vergonzosa, por ser en última instancia torpe, y en esa torpeza involuntariamente infantil), aunque nunca he perdido las llaves en ya treinta y cinco años y a último momento siempre las he vuelto a encontrar en cada ocasión, para mi gran alivio, y sin dejar que se me notara nada). Cuando entro a mi unidad en estos días en un estado que sigue siendo de tensión interior (a veces me pregunto si los de afuera deducen de mi mirada un difuso sufrimiento) (aunque me resultaría desagradable la posibilidad de favorecer la sospecha de que padezco de incontinencia urinaria, podrá ser inofensiva y pese a todo es una maldición, pero no me puedo deshacer de esta proyección pese a las diferentes medidas de tipo meditativas que he tomado contra ella), las cosas se ven distintas que en los tiempos del manojo de llaves de metal. Ahora no hay, detrás de la impaciencia, nada más que la necesidad tan simple como instintiva de cerrar con traba tras de mí la puerta de mi unidad lo más rápido posible (lo que naturalmente ocurre en forma automática, solo que en el procedimiento de quitar la traba mi apuro lleva a veces a que se interrumpa el proceso de verificación, por lo que debo volver a dar un paso para atrás y avanzar de nuevo, siempre al ir para atrás cuento hasta cinco porque avanzar demasiado rápido lleva a demoras aún más grandes), a fin de excluir ese mundo al que ahora le doy la espalda al entrar en mi unidad y finalmente poder entregarme, tras un largo día, a la tranquilidad que para este momento ansío con tanta fuerza. Desde el principio, mi nueva unidad me ha proporcionado, también precisamente en este estado de ánimo, un importante sentimiento de felicidad, tal vez debido al gesto, al entrar en ella, de apoyar mi mano alrededor del picaporte biométrico, la cabeza ligeramente volcada hacia la nuca, a fin de mirar en el pequeño ojo de la cámara (que para mi gusto está colocada un poquito demasiado alta, pero ¿no ocurre en las películas futuristas, que yo miraba en mi juventud con gran devoción, que los protagonistas deben alzar la vista con un ligero giro de su cabeza hacia la izquierda o hacia la derecha? A veces también se me aparece intempestivamente la imagen de una mujer vieja que, con las manos juntas y la cabeza erguida como una actriz de cine, alza la mirada hacia la estatua de una santa en una de las iglesias católicas que visité de niño durante las vacaciones familiares junto a mis padres; de las visitas a las iglesia impulsadas por mi madre me ha quedado en el recuerdo, en vez de representaciones del cielo, solo la imagen de la mujer enana, aunque es seguro que hemos visto importantes frescos de techo (Miguel Ángel, etc.)). En definitiva, es sin dudas la suma y la constelación de los numerosos pequeños gestos e impresiones sensoriales las que generan una simple liberación de dopamina que me confiere la tonta pero feliz sensación de estar abordando una nave especial (¿y qué podría conllevar una promesa de libertad más grande que la fantasía, al final del día, con el trabajo realizado, de entrar a una nave espacial para deslizarse hacia las silenciosas vastedades del universo exterior y verse suavemente eximido de todas las míseras preocupaciones del día a día?) (Si la información que manejo es correcta, ¿no tiene vuestra empresa una participación como inversora en una empresa que busca, con visionario ahínco, concretar en un futuro cercano el viaje privado a la luna y a marte?) (Las películas documentales, así como también las novelas –no sé si también en esto están ustedes enterados de mis preferencias, en cuyo caso no necesito mencionarlo especialmente– que se ocupan del tema de los viajes a marte y a otros planetas con todas sus facetas, aún son una de mis grandes pasiones). En una palabra, entro a mi unidad con gusto y con grandes expectativas, además siento claramente su potencial, así como la liberación, que se funda en una concentración en lo esencial (como se dice de vuestros productos) que me proporciona la vida (¿y no le tiene que pasar algo parecido a otras personas?) con la nueva unidad residencial. Si sigo entrando a la unidad residencial en un estado de tensión interna, eso no se debe a vuestros aparatos automáticos, al contrario, soy yo quien trae el peso y la exaltación del mundo exterior hacia adentro de mi unidad, resumiendo: hablo de mi hambre voraz (que se restringe a los alimentos dulces, tal vez mejor hablar por eso de apetito más que de hambre, porque hablar de un así llamado trastorno por atracón (TA), tal como está enlistado entre otros en el DSM y en el ICD-10, sería ir decididamente demasiado lejos en este caso, que no es, para decirlo con toda claridad, ninguno de tipo clínico), que probablemente se relaciona de manera subyacente con la necesidad de aislamiento mencionada más arriba, aun cuando yo no posea, acerca de la conexión entre ambas sensaciones, aquí el apetito, allí la reclusión, ningún saber técnico (hasta ahora no he sabido de ningún estudio especializado que se aboque a este fenómeno, y los únicos detalles que se me ocurren en este sentido, y que podrían aportar a un entendimiento más profundo, conciernen a mi época escolar. Ya por aquel entonces me contaba yo entre los primeros en abandonar el edificio de la escuela no bien finalizaba la clase y apuraba el paso en mi camino directo hacia el hogar, en lo que de hecho era más bien una precipitación, a fin de replegarme otra vez entre las cuatro paredes propias tras haberme visto incorporado, como resulta inevitable, a una estructura social, todo esto en lugar de por ejemplo permanecer con los compañeros de clases en los peldaños de las escaleras, ir a comprar en los kioscos figuritas autoadhesivas o golosinas pegajosas tomadas de grandes recipientes bien surtidos o incluso dar vueltas junto a ellos por la ciudad).

Lo cierto entonces es que en esos por lo general dos, a veces tres y solo muy raramente (sí, se trata siempre de semanas en las que las situaciones sociales me provocan un difuso agotamiento que va más allá de lo normal y al sobrepasar toda medida repercuten sobre mis humores) cuatro días a la semana me precipito hacia la cocina no bien ingreso en mi unidad, aun cuando se oponga a mi costumbre y más aun a mi sentir higiénico esto de ingresar a mi residencia, y sobre todo a la cocinita, en zapatos de calle y con la chaqueta puesta. Sin demoras abro el cajón del congelador (a menudo da la impresión de que lo arranco, pero esto solo es provocado por los rebordes de goma de la puerta del congelador que muy de mala gana se separan del metal ligero de la estructura de la nevera y que por lo tanto obligan a un uso adecuado de la fuerza), retiro una bolsa de congelados del cajón del congelador y de la bolsa tomo dos donuts, uno de los cuales pongo a descongelar de inmediato en vuestro microondas. En los treinta y cinco segundos en los que vuestro microondas descongela mi donut (y lo calienta levemente, es solo un poquito, pero que resulta perfecto, la simulación de que podría tratarse de un donut que acaba de salir del horno me provocaría en ese momento un fuerte rechazo) (¿no descongelaba ya mi madre los donut de mi infancia en el microondas en vez de calentarlos en el horno, aunque sin que yo pudiera acercarme al aparato mientras estuviera en funcionamiento ni apretar la frente o la nariz contra su puerta transparente?), me sirvo un vaso de leche de vaca (1,5 % de grasa con suplemento de vitamina D, 225 ml), para luego sacar el donut del microondas (primero le doy un mordisco al donut, luego bebo un sorbo de leche, con el que trago el último resto del donut). A mi donut con leche lo consumo siempre de parado en la cocinita, menciono esto para subrayar el alto valor y el carácter de umbral que ocupa para mí este primer donut cuando ingreso en mi unidad y paso de una intranquilidad interior, que además es física, pues en última instancia se trata de algo psicosomático, hacia una relajación que se va difundiendo mordisco a mordisco por mi cuerpo (comparable tal vez a la neblina acuosa que rodea lentamente el cuerpo durante la ducha de la mañana gracias a la flor inteligente de la ducha de vuestra competencia (modelo e3250 X) y que solo de a poco va formando gotas y pequeños arroyitos de agua que luego, automáticamente mezclados con la dosis justa de jabón, ruedan primero por el torso (el ligero cosquilleo alrededor de las caderas), bajando por las piernas hasta que alcanzan, en pequeñas anguilas de espuma, mis tobillos y mis pies). En consecuencia, solo después respiro hondo y me paso ambas manos por el pelo. Acto seguido abro el cierre relámpago de mi chaqueta y me deshago de mis zapatos. Me estiro. Después me pongo mis pantuflas sensitivas, que regulan perfectamente la temperatura ambiente retroalimentándose de mi propio pulso y presión arterial. Solo ahora meto el segundo donut en el microondas, del que disfrutaré sentado en mi sillón de la zona de confort, delante de la pantalla que ocupa la totalidad de la pared. En resumidas cuentas, puede que se trate de un sentimiento de felicidad modesto, sumamente susceptible y también de tiempo limitado, este con el cual ingreso ahora a la bien templada zona de confort, con el regusto del primer donut y de la leche aún fresco en el paladar, un regusto que al mismo tiempo atiza la alegría preliminar por el segundo donut, al que a veces llevo envuelto en una servilleta y a veces sobre un platito. De fondo se oye mi música preferida, que empieza a sonar de manera automática no bien la puerta de casa se cierra por sí sola tras mi ingreso en la unidad, al tiempo que se activa la iluminación LED indirecta, así como la luz reconcentrada en la sala de estar, las persianas están a media altura, como más me gusta tenerlas, tal vez zumba aún por el vidrio el robot aspirador de ventanas, imagino que con no poca frecuencia descubre sobre el cristal una sombra que solo se hace visible con el brillo de los rayos solares cuando el sol está bien bajo, del mismo modo que una mirada posterior que cae por casualidad desde un ángulo inesperado del revestimiento cromado de la estantería de cocina que acabamos de limpiar meticulosamente hace pocos minutos descubre una estría que antes había pasado por alto (aun cuando por supuesto soy consciente de que el BrightSight no ve las sombras ni las estrías tal como las veo yo, en rigor no ve nada en absoluto, sino que sigue de manera insondable caminos calculados con anterioridad, pero que así y todo nunca son exactamente iguales, lo cual constituye a mi gusto un auténtico misterio). Todo es pacífico al máximo, silencioso al máximo. Como queda dicho, tengo en claro que el equilibrio que experimento en este instante dentro de mi unidad sea probablemente frágil, a fin de cuentas vivimos, como puede leerse y escucharse casi a diario, en tiempos inseguros. Cuando me paro en la zona de confort (justo a punto de acomodarme en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua –las nalgas aún no han rozado la superficie del asiento y ya se extingue la música de los parlantes, la luz se atenúa y sobre la pared que está frente al sillón, que se revela como monitor en el sitio correspondiente, aparece una imagen de video, ya volveré a ello, se trata de tomas del universo capturadas por una sonda, a veces incluso por una nave espacial, enviadas en tiempo real, es decir a la velocidad de la luz), siento un mareo al pensar que probablemente se necesite poco, apenas un miembro que se salga de esta cadena ajustada de manera delicadamente consecutiva, para desordenar toda una estructura o hacer fracasar una misión. (¿Han tomado conocimiento del reciente informe sobre las crecientes masas de basura en el espacio sideral? El motivo del artículo fue una tripulación que tuvo que evacuar su cohete por los pedazos de chatarra que les volaban encima. ¿Tienen tomada ustedes una posición clara en lo que concierne a la chatarra del espacio sideral? ¿O piensan incluso en tomar medidas propias o hacer que las tomen terceros?).

Pero quiero finalmente hablar de los dichos acaecimientos o procesos (siempre y cuando se trate de eso y no en definitiva de nada). Una vez que tras mi mudanza puse en funcionamiento el horno microondas arriba mencionado, empecé con el tiempo a prestar atención a las relaciones de tipo comunicativo y, según creo, causal, en todo caso se afianzó en mí la sospecha de que existe una relación discreta, que en última instancia debía ser conducida a través de mi persona o de mi comportamiento, entre el dicho microondas, los dichos donut de Universalfood y las dichas imágenes del canal del espacio sideral. No les presté al principio mayor atención a los mensajes de texto que me llegaban a diversos aparatos informándome por ejemplo sobre los valores nutricionales más ventajosos o menos ventajosos, añadiendo a las tablas de valores nutricionales otros estímulos u ofertas, con frecuencia en forma de cupones electrónicos justamente para esos donut con relleno de avellana y vainilla que son los que más me gusta comer, prometiéndome por ejemplo que con la compra de la próxima bolsa congelada XL se me otorgarían gratis junto con la compra las bolitas de masa que se obtienen al hacerle los agujeros a los donut. Me sería incluso difícil precisar cuándo fue que el canal del espacio sideral mostró por primera vez, en lugar de las imágenes del universo, esos anuncios publicitarios que luego se volvieron costumbre; al principio se trataba, si mal no recuerdo, de una campaña de “One apple a day”: una formación de manzanas verdes volaba como mirlos sobre un opulento jardín, se proyectaba enseguida hacia una nube azul y se perdía de vista, solo para de inmediato ingresar en una órbita planetaria. Las imágenes, así parecía, habían sido tomadas desde la perspectiva de la cámara de mi canal del espacio sideral, el paso al stream de ese canal estaba bien logrado y el ojo no entrenado casi no podía distinguirlo, amén de que la correspondiente exhortación a sumarme al movimiento “One Apple a day”, así como las explicaciones de las rebajas asociadas a ello, me llegaban no a través de la pantalla, sino en forma de textos, sin interrumpir el flujo de imágenes. Pocos días más tarde les siguieron imágenes de donuts flotando a través del universo según el orden de galaxias enteras, una impresión que sin embargo solo se afirmaba cuando un único planeta, visto de cerca, se revelaba de pronto como un donut classic envuelto en un glaseado de azúcar blanco, y que en la siguiente vista panorámica volvía a transformarse en un sistema solar, pequeño pero independiente, al meterse en la formación junto a otros bollos. Sea como fuere: que los mensajes y las imágenes están relacionados con vuestro microondas se reforzó una tarde en que fui recibido en el canal del espacio sideral por un médico idéntico en apariencia a mi médico de cabecera (¿o habrá sido efectivamente él?). El médico subrayó la necesidad de dar una cierta cantidad de pasos, que cada individuo realizaba antes de manera automática a diario debido a numerosos recados, como por ejemplo ir al supermercado o al correo, pero que hoy esta tarea podía y debía ser estimulada de manera activa (he obtenido en reiteradas oportunidades las informaciones sobre los aparatos que ustedes tienen en oferta en lo que a esto se refiere y que le ahorran a uno tener que abandonar su unidad con fines de fortalecimiento físico) (aprovechando la oportunidad presente tal vez pueda expresar la solicitud de una cierta aplicación, pues hasta ahora solo he podido encontrar aplicaciones que registran las pérdidas de peso, pero deliberadamente ninguna que registre un aumento de peso al largo plazo). Cuando la alocución de mi médico de cabecera se acercaba a su fin, la cámara se alejó de su rostro y entró en cuadro el Hometrainer sobre el que había estado sentado durante su discurso. En un nuevo enfoque quedaba de manifiesto que el Hometrainer estaba situado dentro de una cápsula espacial, el médico sonrió por última vez (de hecho creo haber percibido en más de una ocasión ese centelleo en sus ojos que es señal de reconocimiento) y asintiendo con la cabeza alzó el dedo pulgar antes de que la cámara se moviera de lado hacia una ventana ovalada de camarote y hacia el universo exterior, superponiéndose a las imágenes del canal del espacio sideral que me resultaban tan familiares. De vez en cuando aparecía en su lugar una ayudante de médico o una asesora de mi seguro médico o el manager de una cadena de supermercados que compite con Universalfood, a veces metidos en una cápsula espacial, a veces su mensaje me llegaba desde la superficie cubierta de polvo y tornasoladamente rojiza del planeta marte.

¿Me robaban las imágenes mi ansiada tranquilidad o estimulaban mi mal humor?

No, en absoluto.

En los días en que no utilizaba el microondas, no aparecían por lo general los mensajes ni las imágenes, cosa que también se correspondía con mi humor, porque en esas tardes, libre de la tensión interior, yo estaba en paz conmigo mismo. Esos días incluso comía a veces una manzana, y esta imagen me proporcionaba de vez en cuando una satisfacción realmente colosal, pues a esta elección, que tanto debía agradarle a los miembros del movimiento “One Apple a Day” o a mi médico de cabecera, yo la había hecho en soledad (puede que se trate de una alegría egoísta, opuesta al espíritu de equipo que cultivan en la empresa, pero aquí me limito a describir lo que sentí). Pues al día siguiente registré que mientras el primer donut giraba dentro del microondas, con el segundo congelado en la congeladora, yo pensaba ya en quién y de qué lugar me recibiría hoy en el canal del espacio sideral, y con qué mensaje. Estaba completamente seguro, o mejor dicho creía saber que las imágenes y los mensajes me llegaban necesariamente una vez que colocaba un donut en el microondas, pues ambas cosas estaban incorporadas al mencionado sistema de relaciones, y lo digo sin pelos en la lengua: saber que mi conducta, si bien no controlaba las imágenes y los mensajes, eso no, pero sí tal vez los guiaba en una cierta dirección o al menos influía sobre ellos, o digamos que los impulsaba, me transmitía un modesto beneplácito. Incluso me imagino, en retrospectiva, que esas imágenes y mensajes del universo, cuyo origen respondía por supuesto a los respectivos intereses de sus emisores, de todos modos reflejaban un interés que se ajustaba al mío de manera congenial, cruzándose con él, y que al hacerlo podían desplegar un efecto vitalizante a la vez que tranquilizador. ¿No debía ser precisamente el universo lo bastante grande como para proporcionarme suficiente espacio a mí con mis necesidades, y no era tan inconmensurablemente grande que aquellas imágenes y mensajes, que se me inscribían por las tardes en mi imaginario al estar delante de mi pantalla, debían servirme como ancla y consuelo de no estar viajando allí afuera con mis necesidades en completa soledad?

Aquel 6 de junio –porque si no me engaño en mi reconstrucción de los acontecimientos, ese día marca el punto de quiebre o el brusco cambio en los procesos descriptos más arriba– regresé de mi trabajo a la unidad tal como lo hacía habitualmente. Según era mi costumbre, consumí mi primer donut de pie en la cocina, y con el segundo me trasladé en ligera tensión, pero que ya estaba decreciendo, hacia la zona de confort. Cuando me senté y la pantalla se encendió, se vieron nada más que las imágenes sin sonido del canal del espacio sideral, de pronto pareció que se podía tocar con las manos la profunda negrura del universo, solo aquí y allí el amplio espacio estaba iluminado por fuentes de luz diminutas que enviaban sus ondas, consumiéndose al hacerlo a sí mismas y no haciendo más que consumirse rumbo a su propio final, un final que ya había tenido lugar de manera irrevocable al momento en que su mensaje llegaba hasta mí. Aquella tarde no me preocupé por la ausencia de cualquier tipo de imagen o de mensaje proveniente de algún agente o soporte publicitario, el desconcierto solo creció cuando este proceso se repitió al día siguiente y se volvió norma con el correr de los días y de las semanas, sin que yo pueda recordar haber hecho aquel martes 6 algo distinto o de manera distinta que antes. Desde entonces que no hay más mensajes ni imágenes, sin que importara si yo regresaba a mi unidad exaltado o relajado, si prendía o no el microondas, si colocaba un donut o verduras nutritivas sobre el plato giratorio. Ni mi médico ni su ayudante ni ninguna otra persona me han recibido desde entonces en el canal del espacio sideral. La pregunta que me tiene inquieto es por eso simplemente si aquella discreta comunicación entre el mencionado microondas, el mencionado donut y los mencionados mensajes existió alguna vez. Y si realmente existió, me pregunto por qué entretanto se ha cortado, o si es que solo se ha desplazado en el ínterin hacia un formato que aún no logro reconocer. Lejos de mí, pues, expresar sospecha alguna de que vuestro microondas probablemente no esté en condiciones de identificar los productos que se le colocan en su interior. ¿No significa esto, por implicación, que vuestro microondas no ve de pronto más necesidad de transmitirle esta comunicación a terceros? ¿O será únicamente que se ha modificado la dirección de esos terceros? Por supuesto que estoy convencido de que las cosas terminarán acomodándose y que tal vez se aclaren por sí solas, ¿o no se dice que el paso del tiempo ejerce un efecto sanador? Sin embargo, aún percibo de vez en cuando aquel desconcierto y, sí, aquella desazón, sin que logre localizar con precisión su asiento dentro de mi cuerpo; pero así y todo relaciono estos humores con los acontecimientos del mencionado día martes, en una palabra: las imágenes del universo que antes me liberaban de las preocupaciones cotidianas, elevándome a esa vastedad silenciosa y sublime, me producen de repente una aguda inquietud, como si las mismas imágenes quisieran ahora llevarme a un vacío tan grande como oscuro, y en soledad, completamente abandonado a mí mismo. ¿No es atemorizador pensar que el universo, en un incansable impulso por expandirse cada vez más y más, no descubre con este movimiento otra cosa que nuevos espacios de absoluto vacío?

No, no sé si puedo hacerme entender, ni si mi malestar se encuentra efectivamente relacionado con vuestro microondas, siempre y cuando este haya cultivado jamás esa discreta relación que yo le supuse con las cosas y los procesos de mi unidad. No quiero bajo ningún concepto negar aquí que un llamado telefónico sería el mejor camino para articular ante ustedes mi desasosiego. En efecto, he hecho algún esfuerzo y me he tomado algún tiempo (once llamados a lo largo de tres días, preocupándome en cada ocasión de llamar en distintos momentos de la jornada a fin de evitar posibles fases de alto tráfico y pescar posibles momentos de calma, sin dudas deben contar ustedes con datos confiables en este sentido, pero lamentablemente a mí no me fue posible encontrar la información respectiva), con el objetivo de hablar con alguna señorita de atención al público (¿es verdad que después de las diez de la noche, siempre que uno logre comunicarse, su llamada es transferida a un call center en India o Bangladesh, cosa que de todos modos sería incomprensible en caso de que sea cierta esa otra declaración que leí o escuché en cuanto a que la gran mayoría de los llamados son atendidos entretanto por sistemas de software de voz?). Cuando al fin esto ocurrió en el llamado número once (a esta altura ya no guardaba ninguna esperanza de ser atendido por nadie, por lo que mis pensamientos habían empezado a divagar, aun cuando en retrospectiva me resulta imposible decir qué pensamientos en concreto eran los que me mantenían ocupado, no sé si esto hubiera sido eventualmente de interés para vuestras investigaciones al servicio de un mejor servicio), la voz clara de mujer me hizo caer en una confusión momentánea, incluso después del tercer ¿hola? seguido de la pregunta de vuestra señorita de atención al cliente (que tal vez sea empleada de ustedes a través de una empresa subcontratada) inquiriendo si en el otro extremo de la línea había alguien, me pareció de repente imposible describir oralmente mi demanda, o mejor dicho me abandonó el coraje para hacerlo. No quiero reprocharle nada a vuestra telefonista, que lleva a cabo su trabajo bajo un fuerte estrés (¿es cierto lo que creo haber leído respecto a que los sueldos de las telefonistas de los call center se basan en su rendimiento, vale decir: según la cantidad de llamadas que realizan?), pero pudo haberse debido también a una cierta impaciencia que sentí acrecentarse sensiblemente de un ¿hola? al siguiente, el tono sin dudas casi imperceptible de una irritación en ciernes, para la cual yo soy tal vez sobremanera sensible y que de ¿hola? en ¿hola? fue corriendo el propósito de articular mi demanda de manera telefónica en lugar de postal a una distancia cada vez mayor hasta que finalmente se hizo inalcanzable. Me pareció en vano querer explicarle a una persona probablemente impaciente lo que sería difícil nombrar de manera directa, como quedó de manifiesto más arriba, y que por lo tanto depende de la paciencia y de una cierta empatía del interlocutor, sobre todo porque no me gusta ser un peso para otra gente. Rápido y sin decir palabra corté la comunicación.

No soy, como han colegido tal vez de mi escrito, una persona que rebose de autoestima; en un círculo compuesto por cuatro o cinco personas, aunque a veces alcanza con que sean una o dos, me resulta difícil, aun durante un silencio, tomar la palabra. (Y, en efecto, a veces me sume en una profunda confusión, para no decir desesperación, el hecho de que el espacio percibido, o tal vez se pueda hablar también de una especie de presencia, que ocupa físicamente mi cuerpo en una ronda compuesta por cuatro o cinco personas se halle en tal contraposición con el espacio que le concedo a mi voz). Pero nada de esto corresponde aquí, estoy empezando a divagar, de modo que, ya cerrando, solo quiero resaltar que mi escrito no cae dentro de la rúbrica de la acostumbrada queja de un cliente (hace poco releí otro artículo que describe el tono en que los clientes expresan sus quejas; la falta de tacto o incluso la abierta rabia y grosería es algo que, presumiblemente igual que a ustedes, me inquieta sobremanera y me produce tanto espanto como aflicción, aunque no veo en ello, pese a todo, razón alguna para volverse pesimistas en lo que se refiere a nuestra cultura; tanto más respeto le tributo por eso a vuestro equipo, o al equipo de colaboradores de la empresa subcontratada por ustedes, o en su defecto lo felicito a usted, en caso de que entretanto efectivamente hayan automatizado en su mayor parte el servicio telefónico de atención al cliente). Pero claro que en este contexto no me sorprendería en absoluto, sino que más o menos parto de esa base (cosa que digo sin reproche ni decepción), que a este escrito usted lo lea y evalúe primero a través de una máquina (¿lo taguea?; ¿lo provee de una sinopsis o de marcar de urgencia? Lamentablemente, mi saber en estas cuestiones es limitado) (¿Es probable que los bancos de datos y las memorias a las que deban ustedes recurrir no se encuentren del todo en vuestras manos, sino que hayan sido puestos fuera de peligro en otros países, de preferencia en regiones frías (permafrost)?), de modo que puede pasar algún tiempo antes de que uno de vuestros colaboradores tenga la oportunidad de encargarse de este asunto. O tal vez no ocurra jamás que una empleada de su firma lea efectivamente el escrito (o que lo lea solo de casualidad, como parte de las pruebas al azar que es probable que ustedes realicen regularmente, creo haber escuchado algo parecido en otro contexto respecto a un proveedor de servicios equiparable, aunque en aquel caso se trataba de borrar imágenes de contenido indecente, un trabajo que a todas luces aún no puede ser realizado por un software). Como sea, por supuesto que no puedo ni voy a juzgar si una respuesta generada por computadora resultaría mejor o peor que una redactada personalmente por vuestros expertos en atención al público (¿no es imaginable que vuestras máquinas encuentren un escrito muy parecido a este, tal vez incluso hasta en el tono o en la construcción de las frases, pero de un usuario anterior, del que las señoritas de atención al cliente estén imposibilitadas de saber nada y al que ya en aquella oportunidad se abocaron con la debida profundidad?). Además, sería presuntuoso considerarme a mí con mi inquietud como un caso aislado que merece un tratamiento especial, y aun si fuera así, sería presuntuoso exigirle a este caso aislado, precisamente porque no posee ninguna relevancia general, una mayor atención de vuestra parte; de todo ello soy consciente. Por último queda entonces solo la pregunta de si al dirigirme a ustedes lo estoy haciendo a la dirección correcta. Caso contrario, pido que ignoren mi escrito, o que me informen que este asunto no está en el área de su incumbencia y que por eso dejan mi escrito sin una respuesta. Universalfood, de cuyo portfolio de productos proviene el mencionado donut Krispy Cream natur con relleno de avellana y vainilla libre de lactosa, ha denegado su incumbencia por medio de una respuesta inequívocamente negativa (y otra cosa no se podía esperar, solo la línea de atención al cliente fácilmente accesible en la bolsa del producto, donde fui comunicado ya la primera vez con una amable empleada de la empresa, me impulsó a intentarlo pese a saber que no serviría, ¿o no se dice, más allá de eso, que a veces lo mejor para acercarse a un objetivo es a través de un procedimiento de descarte?), y lo mismo vale para la empresa constructora a la que le compré mi unidad a crédito, sin que hasta ahora me hayan podido prestar ayuda en lo que concierne a la búsqueda del interlocutor competente.

Un saludo cordial,

Henning


*This story is taken from:”Vor Anbruch der Morgenröte” by Philipp Schönthaler © 2017 Verlag Matthes & Seitz, Berlin/Germany.

A paso marcial, digno de un desfile de la caballería (dedos adentro, tacones fuera, rodillas a un lado, la pelvis baja), el mosquito Stasik volvía a casa arrastrándose. Le había pedido al veterinario, el condor Akop, que le vendase el sitio donde le había picado el chinche Mstislav: si no, no había quien anduviese, de lo mucho que picaba la zona afectada. 

Evidentemente, el mosquito Stasik soñaba con comer caliente.

Según se acercaba a su casa, sin embargo, oyó los gritos ahogados de su esposa la mosquita Tomka (“Sí, sí, ¡ahí lo tienes, ya lo tienes, aguanta!) y a alguien que decía con voz ronca: “No puedo”.

El mosquito Stasik se quedó de piedra. No obstante, el estupor le duró un segundo. Luego entró en casa y vio a Tomka arrancándole la barba a Zoya la hiena, pelo a pelo (lo que se dice una limpieza de cutis).

Preguntada por una comida caliente, Tomka le respondió a toda prisa: “¡Largo! Muerde el polvo”.

Muerde el polvo significaba arrastrarse por el barro, extraer, atacar, lavar, limpiar, cortar, derramar, encender, colocar, mezclar, etc. La comida tardaría cuarenta minutos en estar lista. Y para colmo lo más probable es que se quemase y le dejase arena entre los dientes.

Gracias por nada.

Suspirando amargamente bajo los sordos gritos de su mujer y los aullidos de la hiena Zoya, Stasik recibió de la tía Lida, la escarabajo, una preciada botella a la que llamaban “el último recurso”, y se bebió la dosis restante hasta agotar existencias.

Se olvidó de todo, menos de la insinuante minifalda de la cerdita Alla.

El mosquito Stasik sollozó, cantó su canción favorita. “De nuevo allá, donde el mar de luces… “ y, habiéndose olvidado de todas sus heridas, salió volando de casa en dirección a la piara.

Para cuando la mosquito Tomka escondió sus honorarios en una bota, y la hiena Zoya, con los ojos llenos de lágrimas, miraba alegremente su jeta rasurada, el mosquito Stasik rondaba con sus alas a la cerdita Alla. Esta se había repantingado como en su propia casa, ya sin mini alguna. Stasik, con voz estridente, le hizo las siguientes preguntas: a) si hacía tiempo que ella se veía con el chinche Mstislav y b), si sabía que Mstislav tenía una enfermedad fea, la caries, por lo que tendría que ir durante mucho tiempo a curas y ponerse fundas. 

Pero a la cerdita Alla le entró por un oído y le salió por el otro, ya que Stasik no era su único invitado: había allí más acompañantes, como los hijos ya mayorcitos de la mosca Domna Ivánovna, por ejemplo. Perfectamente instalados, volaban enfervorecidos por el sonido de su propio rock n´ roll interior, mientras la araña Afanasii daba una clase de macramé en una esquina, en exclusiva para los allí presentes.

La fiesta estaba en todo su apogeo, pero el mosquito Stasik se sentía solo.

Con idéntico paso marcial, digno de un desfile militar, rodillas afuera y pelvis abajo, solo que aún más hambriento, apareció por casa dispuesto a armarla. Y fue entonces cuando aspiró el maravilloso aroma de un plato caliente.

Resulta que Tomka lo había preparado todo, puesto la mesa y le estaba esperando enfundada en un delantal, como Penélope.

Y Stasik no pudo contener las lágrimas.

Escribo: al tapado de Vera le falta un botón; se lo llevó el perro. Ella mira por sobre mi hombro. Un día me va a llevar también a mí, dice Vera, ya lo verás. Yo digo: no seas tonta.

El perro corre adelante. Seguimos su huella en la grava húmeda. Por la noche ha llovido. El camino está hendido por las pezuñas de las cabras. No hay verdaderas calles en Ødland. Paseamos por entre las casas, como si aquí hubiera algo para ver. Escribo: nunca hay luz encendida en ningún sitio. Tacho y escribo: en las casas no hay ninguna luz encendida cuando pasamos por delante. Me pica el pulmón. Se supone que el aire aquí es bueno para mí. Basta con que salga de la casa una vez por día y ya me voy a sentir mejor; así lo formularon. Incluso me lo he anotado.

Escribo: solo de a poco nos acostumbramos al hedor. No nos habían dicho nada sobre los animales. Vera tampoco quería traer al perro, pero ¿dónde dejarlo? Lo cepillo a diario, conteniendo la respiración, para que pierda menos pelo. Además de las cabras hay gansos, gallinas y algunos otros perros que no vemos nunca, solo escuchamos a veces a la distancia. Lo que más odio son los gansos, andan sueltos y hacen un ruido infernal. Vera se les pone bien cerca. Y mientras Vera habla con los gansos, yo busco con la mirada al perro. Está parado en la curva y espera. Por primera vez se ve como un animal, grande y resplandeciente, con ojos completamente distintos.

De regreso en la habitación, pongo todo por escrito. El paisaje, el aire. No puedo dejar de pensar en que mi padre decía que a medida que iba envejeciendo soportaba cada vez menos la imbecilidad. Exactamente así fue como lo dijo. Aquí queda.

Mientras clasifico mis pastillas, Vera clasifica su ropa para los próximos días.

Camino contra la cuesta de la montaña. Es fatigoso. La vibración familiar en el pulmón. Escribo: aquí y allí florecen amapolas al borde del camino. También Vera ha notado las amapolas, dice: es como si señalaran el camino. Pero eso no es cierto. No tenemos ninguna relación con las amapolas, todas las cosas que crecen aquí unas al lado de las otras lo hacen en completa indiferencia.

En el camino de regreso damos con una manada, la corriente se parte en dos al llegar a donde estamos y solo podemos esperar a que haya pasado. Estamos de pie cuerpo contra cuerpo, la mano fría de Vera en la izquierda mía. Ella acaricia los cuerpos huesudos: dice que la piel es bien dura y lisa. Yo me angosto lo máximo posible. Saludo al pastor, no me devuelve el saludo, con un balido nos dice que nos apartemos del camino. Vive justo al lado, nos lo encontramos en cada paseo, pero así son las cosas aquí. Su mujer no sale prácticamente nunca de la casa. Los hijos tampoco saludan, se ven tan parecidos entre sí que no podemos calcular cuántos son. El mismo pelo rubio platinado. Vera observa a los niños en la granja por la ventana de nuestra habitación.

Escribo: los postigos golpean suavemente contra la moldura. Delante de la puerta de nuestra casa, el dueño clasifica leños. No es mucho, pero es verdadero. Le grito desde la ventana si le puedo dar una mano con algo, no levanta la vista, sacude la cabeza. En la granja de enfrente está el hijo del pastor junto a la cerca. Es uno de los muchachos más grandes, está apoyado en una pala y mira para este lado. Le hago una señal con la cabeza, el muchacho vuelve a su casa. No somos de aquí.

Las noches son como si se hubieran caído al agua. El único ruido en todo Ødland proviene por las noches de mi pulmón. Lo escribo, lo tacho. Escribo: una vez escuchamos afuera un llanto. Podía provenir de una persona, pero lo mismo también de un animal, o bien era el viento en un caño. ¡O bien, o bien! Tacho todo. El perro levanta despacio la cabeza. Su contorno se desdibuja en la oscuridad del pasillo, solo sus ojos brillan azulados y opacos. Pienso involuntariamente en el interior de un caracol. Vera pregunta si no deberíamos ir a ver lo que está pasando. Pero yo no quiero. No quiero saberlo. Quiero quedarme en la cama, no hablar con nadie. No pensar en nada.

Las cosas aquí funcionan de esta manera, dice Vera a la mañana siguiente: los hombres les pegan a sus mujeres, las mujeres a sus hijos, los hijos a los perros y los perros persiguen a las cabras, cuando el pastor no los mira. Y nadie va a ver qué pasa, nadie hace preguntas. ¿Y las cabras?, pregunto yo, pero Vera ha desaparecido en el baño y no me escucha. Escribo: bueno, las cabras arrancan el pasto con sus raíces de la tierra, devoran las pendientes hasta dejarlas peladas y pisotean las flores.

Allí donde termina Ødland empieza la así llamada zona agreste. Es lo que figura en el cartel, debajo hay una flecha apuntando hacia la cumbre. En la meseta hay una última posada. Anudamos la correa del perro al cartel, quiere seguirnos, le aprieto los flancos contra el suelo y digo: quédate. Adentro me siento de manera de tenerlo a la vista. El posadero no se levanta cuando entramos. No se ve a nadie más. Hojea un periódico. Lo saludo, no devuelve el saludo. Le pregunto si tiene algo para recomendar, dice que no hay nada para recomendar. Le pregunto si no tiene una sopa del día, responde que no hay sopa del día ni en general ninguna sopa.

El perro afuera está de espaldas a la posada, parece mirar a la lejanía, como si reconociera a alguien, el cuerpo tenso hasta las orejas, la cola detenida en medio del movimiento. Cuando salimos y vamos hacia él, ladra un hola como si no hubiera pasado nada, y probablemente tampoco haya pasado nada.

Estoy en el escritorio e intento escribir, pero nada hace sentido y tal vez sea exactamente así. Corro la mesa enclenque de un rincón al otro. O bien las piernas de la mesa tienen distinto tamaño, o bien el suelo está desparejo. El té sabe a cal y está un poco salado. Escribo: solo escribir lo que hay. Si no hay nada, no escribir. Y luego me invade un gran agotamiento, como si hubiera hecho sabe Dios qué. Verá está parada detrás de mí, no la he oído llegar. Sus manos me acarician la nuca. Los ojos del perro debajo de la cama. Me inclino hacia adelante, ella dice: quédate, y vuelve a llevar mi cuerpo otra vez contra el respaldo. Y yo no me muevo. Los dedos de ella están calientes. Vera está hoy severa conmigo. Yo no me resisto, ella me tira del pulóver, ordena: quítate esto. Y yo obedezco.

En el camino de regreso nos encontramos con la mujer del pastor, en cada brazo carga un tacho de plástico con granos. Está sola. Escribo: no dejar que la sensación de impotencia nos saque de combate. Le pregunto si la puedo ayudar. Me ladra que no sea idiota. Su voz es bonita. Escribo: soy idiota. Más tarde en la habitación, Vera desaparece por un largo rato en el baño. Yo espero, luego voy hasta la ventana, donde por momentos hay señal, e intento dos veces seguidas comunicarme con mi padre, pero él no atiende. Quizá salió a caminar o se fue a la ciudad o ha desaparecido de la faz de la Tierra. Apago el teléfono y lo escondo en lo profundo de la mochila. Me siento al escritorio, todas las patas de la silla estorban. Lo escribo, tacho todo. Vera sale del baño y pregunta si está todo en orden, pero ¿qué orden sería ese?

La nariz del perro choca húmeda contra mi mano, yo lo aparto, pero él no desiste. Vera duerme casi sin hacer ruido, un pie roza la pared, el otro está enterrado debajo de la frazada. Siento mi tórax como un cuerpo hueco, y uno de los pulmones como madera podrida. No sé siquiera a qué le temo. Escribo: el corazón ya no es más un corazón. Hay que atarlo como a un bote, de lo contrario se va a la deriva. Lo tacho, escribo: como a un perro. Entre otros: el miedo al teléfono. El temor a que pueda sonar a cada momento. Y a no poder hacer nada. A que Vera me pregunte por qué no atiendo y no saber por qué no atiendo.

Me levanto y enseguida aparece el perro. Aprieto sus flancos de nuevo contra el suelo, se resiste, aplico cierta rudeza. Debe quedarse acostado. Gruñe, se queda acostado. Escribo: no permitir ninguna autocompasión. Y: más paciencia. La escalera cruje con cada paso, el piso de abajo solo está habitado por el dueño de casa, pero no se despierta, al menos no se oye nada.

Los pies descalzos sobre el frío piso de piedra. En la casa de enfrente hay alguien sentado en la galería, no puedo reconocer quién. Por un momento pienso en mi padre. De cuando en cuando arde en la oscuridad la brasa de un cigarrillo. Toso, digo: hola. Pero nadie me contesta.

Abro la puerta haciendo la menor cantidad posible de ruido, desde la habitación llega un gruñido contenido. Mi perro no me reconoce. Me meto por el angosto resquicio: soy yo, pero si soy yo.

Estoy sobre la cama, panza abajo, la cara vuelta hacia el costado. Cuando lo escriba más tarde, escribo: embotamiento absoluto. Escucho a Vera dando vueltas en puntas de pie. Vera piensa que duermo, pero yo la escucho. Cómo va al baño y se viste despacio. El ruido del cepillo en su pelo. Cómo se repantiga en el antepecho de la ventana y lee un rato, el ruido de las hojas que pasan. Me quedo aún en la cama. Escucho cómo termina de avanzar a hurtadillas, cómo empieza a hacer café, a lavar la vajilla. ¿Cuánta vajilla puede haber que tarda tanto tiempo? Entierro la frente hondo en las sábanas.

Vera está vestida con descuido: se abotonó mal la camisa, lleva el pelo hecho una bola en la nuca. Está sentada sobre el antepecho de la ventana, bamboleando las piernas desnudas. No puedo soportar cuando hace como si tuviera cinco años. A propósito no la miro. El perro ha recostado su pesada cabeza sobre las patas delanteras, las orejas están atentas. Vera alza las piernas hasta el antepecho, dice: el perro acecha. Yo digo: es un perro, lo que hace es andar tirado por ahí, ¿qué debería hacer, en tu opinión?

Escribo: caminamos hacia la montaña. Más allá de la posada. El posadero nos mira pasar. O si no: subimos la montaña, más allá de la posada. En la ventana está el posadero. O bien: está la montaña, el posadero y nosotros. O también: está la montaña, el posadero y el perro. Y Vera. Y yo. En la habitación tacho todo, escribo todo lo que veo, pero siempre hay más. Y todo lo que está ahí está ahí para siempre. Lo que no está ahí desaparece. Escribo: está el paisaje y la mentira. La convivencia de las cosas y el intento de crear un orden. En un mundo que yo al menos no entiendo.

Es casi mediodía. Estoy en la cama y escribo: ya al despertarme, esta sensación. Un querer, de naturaleza imprecisa. Un querer arrancarse. Algo que suelte al corazón. Intento comunicarme con mi padre, pero no atiende. Pienso en la vez que dijo que para él había una sola cosa realmente importante: que cuando muriera, eso no fuera una molestia para nadie. Si era por él, que se lo comieran las gallinas y que nadie se enterara. Exactamente así fue como lo dijo. Aquí queda.

Vera ha ido a buscar leche a la tienda. Se fue con la mayor naturalidad. Si la leche se termina, se compra nueva. Como si no fuera nada. Escribo: conmigo todo está puesto en duda, las cosas más simples. Respirar es un problema.

Camino contra la cuesta de la montaña, a la posada ya no se la ve. El perro tira y tira, como si supiera hacia dónde. Mi mirada sigue la línea curva de caminos posibles, espacios pelados en el pasto, que podrían convertirse en un sendero. Hay que escribirlo todo rápidamente, antes de que desaparezca. Tras un rato, caminar se siente como si no me moviera en absoluto. Como si la tierra se deslizara bajo mis pies, sin mi intervención. Escribo: no saber adónde llegarás, al marcharte. Soltar el bote. Suelto al perro y el perro corre. El aire es completamente claro.

Escribo: tal vez los niños de los vecinos no nos evitan todos juntos. Sino que cada uno nos evita para sí, cada uno por un motivo distinto. Tal vez el pastor persigue a las cabras, cuando los perros no lo miran. ¿Y las cabras? Devoran el pasto. ¿Y el pasto? Crece y crece, como si no hubiera pasado nada. Hoy y mañana y también todos los otros días, lo miremos o no.


*Copyright © Margarita Iov, 2015. 

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Paul Espeseth, quien había dejado de tomar el antidepresivo Celexa, se preparó para el cataclismo que vendría en SeaWorld. Solo le faltaba saber qué tipo de cataclismo sería.

Espeseth se había opuesto al viaje. Para intentar convencer a su esposa, citó un revelador informe del cable sobre este parque marino, informe que ni él ni ella habían visto. Pero su mujer le hizo una toma de judo a sus argumentos:

–Las niñas tienen derecho a ver a los animales que aman antes de que se terminen de extinguir.

Así que aquí estaba. El primer paso, al parecer, incluía flamencos. Después de empujar a sus hijas gemelas de cuatro años a través de los molinetes y los negocios de suvenires en los que vendían la versión en peluche de las especies que habías ido a ver en carne y hueso, Espeseth y su familia bordearon el perímetro del parque y se encontraron con las aves. Las cabezas de los flamencos, rojinegras e interrogativas, flotaban sobre sus tallos rosados atiborrados de plumas, y por sobre las cabezas de la multitud que esperaba para verlos.

–Chloe, Deirdre: esperen su turno –dijo su mujer.

Viendo que nadie respetaba ningún turno, Espeseth tomó a sus hijas de las manos y se metió entre la muchedumbre en busca de un hueco que les permitiera ver. Su mujer se quedó cuidando el cochecito doble lleno de cachivaches. Una vez cerca, Espeseth se dio cuenta de que las aves estaban atrapadas en una isla: un montículo de tierra con el pasto bien cuidado, cercado por un alambrado bajo, con carteles que decían: “Se ruega no alimentar a los animales”.

–¿Ven? –preguntó a sus hijas en voz baja, como si estuvieran en un safari y la masa de aves exóticas fuera una bandada que podría salir volando. Pero a los flamencos les habían recortado una pluma indispensable para volar, el equivalente de un luchador cortándole el talón de Aquiles a su rival. Las aves no tenían escapatoria del ruidoso aluvión de padres que acercaba a sus hijos para sacarles una foto con el teléfono.

–Tengo miedo –dijo Deirdre.

–Ellos también tienen miedo –le respondió.

Y yo también. Los flamencos fueron lo primero para lo que no estaba preparado; nada hubiera podido prepararlo. Luego de ver cientos de videos de orcas en YouTube y de recortar fotos de orcas en las revistas y de acostar a sus hijas en camas plagadas de peluches de orcas, Paul Espeseth había endurecido su alma en anticipación a las orcas; a la tristeza que emanaba de sus cuerpos, a su drama solitario, a la posibilidad de que, a vista de todo el mundo y con música de fondo, le arrancaran el brazo o el cuello a los entrenadores en traje de neoprene. Pero los dueños del parque la habían hecho bien: le habían hecho bajar la guardia con los flamencos, como una ronda de quemaduras de cigarrillo en las costillas antes del submarino seco.

Las niñas tomaron coraje y avanzaron entre la gente, pero cuando desaceleraron el paso fueron reemplazadas por otros niños, igual de empobrecidos y no menos entusiastas, que llegaron hasta las aves, en lo que debió de ser para ellas una avalancha de psicosis aguda. Comparado con los demás flamencos, estos vendrían a ser astronautas que viajan años luz y vuelven con historias increíbles. Solo que nunca volverían. Para eso ¿por qué no meterlos en batisferas y presentárselos a las orcas? ¿O qué tal esconderles ácido lisérgico en la comida?

–Vamos –dijo, y agarró a sus hijas. Las pequeñas manos de las niñas habían empezado a transpirar, o tal vez eran las suyas las que transpiraban sobre las de ellas–. Nos falta ver bastante.

–¡Or-cas! ¡Or-cas! –chillaron las gemelas al unísono. Habían venido para eso.

–El espectáculo empieza a las once –les dijo–. Todavía falta. Podemos ver otras cosas en el camino: los tiburones, por ejemplo.

Le bastó con un vistazo al mapa para entender el porqué de la distribución física del parque: a excepción de caer en paracaídas, no había forma de llegar al Estadio de Shamú sin pasar por las demás atracciones. Enfiló para el lado de los tiburones y las tortugas gigantes, aunque más no fuera para zafar de la Bahía de Juegos de Plaza Sésamo y de la montaña rusa Mantarraya. Espeseth era un hombre de principios, y un parque llamado “mundo marino” debía restringirse a lo que su nombre indicaba: fauna de las profundidades de los mares y los océanos; no aves, ni tampoco Elmo, la princesa Leia o el capitán de Cap’n Crunch. A medida que seguían el recorrido del parque, Espeseth sentía que perdía control sobre el devenir de su familia. Sintió que lo obligaban a actuar en una obra que consistía en derrochar energía, alegría y dinero; un vaciamiento tanto de su bolsillo como de su alma. Estaba indefenso como una pelota de pinball que rebota sin cesar en la maquinita. Ni siquiera un pinball simple y agradable, como en los arcades de Minneapolis a los que solía ir en los años setenta, sino uno noventoso, histérico e histriónico, con miles de paletas luminosas abofeteándole el cerebro.

Rezó por un milagro como el de Legoland, pero parecía demasiado pedir. Dos meses antes, había ido con su familia al parque de Legoland, en Florida. Legoland no había estado tan mal: tenía variedad, cierta sustancia y algo de filo. Algunas zonas del parque eran muy malas, empezando por un simulacro de ciudad bautizado “Ciudad de la Diversión”. Pero otras estaban bien, más que bien, como los restaurantes de Castle Hill.

Allí, mientras las gemelas se sacaban una foto con la Reina y jugaban con justas en caballitos Lego montados en un riel, se había podido escapar a Castle Ice Cream para tomarse un café doble. Fue una pequeña victoria. Refugiado en un rincón sombrío del patio del castillo, brindó en silencio por sus hijas, mientras veía a una y después a la otra pasar en el caballito. En un punto Legoland tenía la culpa de todo: había aceptado ir al mundo marino justamente porque Legoland no había sido tan terrible; pero SeaWorld, incluso con Celexa (ahora lo sabía), era otra historia.

Irving Renker, su psiquiatra, le había advertido sobre los efectos de privar a su cerebro de Celexa. Hacía solo dos días que Espeseth había dejado la medicación, bajo supervisión de Renker, si es que había alguna.

–Prepárate –dijo Renker–. Puede que empieces a ver vagos y rateros.

–¿Cómo? ¿Voy a tener alucinaciones?

–No –dijo Renker–. No vas a tener alucinaciones. Digo “ver” en el sentido de “advertir”. Puede que de ahora en más notes que hay más vagos y rateros. Personas raras, pervertidos. Incluso gente amputada.

Irving Renker era un judío de Nueva York que había abandonado su arquetipo como una langosta su caparazón: se movía con libertad, abierto y dispuesto, pero llevaba la marca del caparazón impresa en la piel. A Renker le gustaba hacer actividad física; era común encontrarlo surcando en bicicleta las barrancas de Santa Bárbara, con casco y anteojos de sol, suéter sport, pantalón azul y mocasines.

Espeseth nunca lo había visto de civil, y menos cerca de la playa. Sospechaba que era la mujer de Renker la que hacía las compras de la casa. El consultorio era un anexo de la casa familiar, construida sobre la ladera de una colina y apoyada sobre pilotes por el desnivel del terreno. Las persianas estaban siempre bajas, lo cual atraía a los curiosos. ¿Qué había detrás? ¿La guarida secreta de un intelectual judío, con estantes llenos de libros, máscaras fetiches a lo Sigmund y fétidas alfombras persas? Quién sabe. El consultorio en sí era insípido: acuarelas de arte abstracto, sillones beige, un reloj de bronce.

Además de las frases “no te compliques” y “no lo pienses tanto”, Renker usaba términos como “la gente negra”, “el oriental”, “gitanear” y “los vagos”. En una sesión, Espeseth habló de la vez que su papá los llevó a él y a sus hermanos a pescar y los sentó a los tres en el asiento de adelante de la camioneta, a lo que Renker acotó:

–Sí, sí, “mejicanearla” se llama eso.

Espeseth nunca confrontaba ni corregía a su psiquiatra. En lugar de eso, repetía lo que le decía pero usando términos políticamente correctos. Por ejemplo, a la advertencia sobre dejar el Celexa respondió:

–¿O sea que la medicación me impedía ver a las personas en situación de calle? ¿O me hacía más propenso a ser asaltado?   

–Es todo cuestión de adónde va la atención –dijo Renker–. Puede que empieces a reparar en personas que son una basura en vez de en quienes están a su alrededor. No es que vayas a vivir paranoico, pero también puede que proyectes el basurismo a la gente común.

Si se lo ponía a pensar, el hecho de que su psiquiatra creyera en la existencia de “gente común” le parecería preocupante; por eso trató de no pensar en eso. Fue lo que Renker dijo después lo que no se pudo sacar de la cabeza:

–Hubo pacientes que al dejar el Celexa sintieron una especie de vaho de putrefacción, de inmoralidad, de peligro emanando de los resquicios de la cotidianeidad, algo que solamente ellos percibían. Un colega lo definió como “síndrome de la carne agusanada”. Es bueno saberlo de antemano, para que no te tome por sorpresa.

¿Síndrome de la carne agusanada?

Nadie –ni su psiquiatra, ni su mujer; menos que menos sus hijas–, ninguna conciencia humana, aparte de la que residía en el interior de su cráneo, sabía que Paul Espeseth se había rebautizado “Futuro Vegano”. Su nombre secreto era un síntoma, si es que se lo podía llamar síntoma, que se había apoderado de él meses antes de dejar el Celexa. ¿O era un efecto colateral? Esperaba que se le fuera cuando dejara la medicación. No tuvo suerte. Futuro Vegano lo lamentaba pero no tanto. Su nuevo nombre era una cruz, sí, pero se aferraba a él porque de alguna manera le auguraba una existencia superior, una que no estaba al alcance de la mano.

¿Cómo había empezado su búsqueda? Espeseth, cuando ese era su único nombre, había sacado de la biblioteca pública de Santa Bárbara un conocido ensayo sobre cómo los seres humanos llevaron al planeta a un estado insostenible. De allí pasó a leer un par de famosos artículos de denuncia sobre el trato inhumano a animales en granjas y mataderos. Y luego a un libro llamado Cuidado con el reino animal, que relataba brutales actos de venganza contra la raza humana. Fue en ese momento cuando Espeseth sintió que se convertía en Futuro Vegano. Algo crecía dentro suyo, un nuevo conocimiento que solo la inercia y la vergüenza y el conformismo podían detener. Para bien o para mal, Futuro Vegano era especialista en estas tácticas dilatorias.

Lo más difícil iba a ser contárselo a Chloe y Deirdre. Futuro Vegano admiraba la capacidad de sus hijas de vivir sin contradicciones el amar a los animales y disfrutar de la carne. Le parecía un nivel de madurez difícil de alcanzar, algo así como la habilidad de F. Scott Fitzgerald para pensar dos conceptos opuestos al mismo tiempo. Los primeros rituales de aprendizaje de sus hijas parecían tener que ver con esta asimilación de paradojas.

Que, por ejemplo, mamá y papá se pelean pero se aman. Que los seres humanos son maravillosos y que no hay que ser tímidos, pero que debemos estar alerta contra cualquier extraño demasiado interesado en ayudarnos porque podría ser un impostor. Que más de una hora de televisión o de iPad sea considerado un exceso venenoso, pero que los padres puedan prenderse a la pantalla a cada momento. Futuro Vegano pasaba religiosamente tres horas frente al televisor viendo perder al equipo de fútbol americano por el que simpatizaba: los Vikings, talismán de sus raíces ancestrales. A diferencia de los Redskins o los Chiefs, nunca los acusaron de racistas por el nombre o el logo. A nadie le daban lástima las personas blancas. Quizás eso explicara su fascinación por los judíos, quienes parecían poder estar en la misa y en la procesión. Si Irving Renker lo escuchara, se reiría con sorna. No divagues.

Civilizar niños era básicamente inyectarles disonancia cognitiva. La habilidad de las gemelas para abrazar y a su vez devorar mamíferos sin remordimientos era su pasaporte de entrada al club de los humanos. Si Futuro Vegano les confesaba que para él comer carne estaba mal –incluso aunque se siguiera desviviendo por el olor a bife ahumado y la grasa salada de la panceta–, se rebajaría, ante los ojos de sus hijas, al nivel de un absolutismo moral infantil. ¿O sería, más bien, ante sí mismo? Hacía seis meses que había declarado su veganismo a “futuro”. Futuro Vegano imaginaba que algún día alguien –los guardianes de las puertas del Paraíso, por ejemplo, que tendrían seguramente cabezas de lechón o de ternera– le pediría explicaciones por esa demora, algo equiparable a cuando los Aliados se enteraron de los campos de exterminio pero sopesaron su indignación moral con consideraciones táctico-militares. No había cambiado en lo más mínimo su dieta o sus hábitos. No había ni repartido volantes ni pegado calcomanías en el auto. Nada había cambiado, excepto que se había adjudicado un nombre secreto.

Rojo de vergüenza, guio a su familia hacia el área de los tiburones. Caminaban cansados, detrás de otras familias y sus cochecitos. Una cinta deslizadora los llevaba por debajo del estanque –otra vez la arquitectura puesta al servicio de la coerción–, que estaba iluminado desde abajo. Esto permitía ver los níveos lomos de los tiburones y daba a sus dentaduras un aire tétrico. Cayó en la cuenta de que la disposición del parque era de índole alimentaria: te tragaba, te digería y te cagaba.

–Tengo miedo –dijo Deirdre.

–Yo no –dijo Chloe.

Futuro Vegano no se creía digno de hablar por los tiburones. Se limitó a señalar hacia adelante, donde se empezaba a ver la luz de la salida, a la cual los acercaba la cinta deslizadora.

–¿Pa? –dijo Chloe.

–¿Qué?

–¿De verdad los delfines y las orcas son mascotas que se volvieron al mar?

–No, mascotas no –dijo Futuro Vegano–. Animales salvajes. Como los chanchos.

Lo estremeció la creciente confusión; para las gemelas los chanchos eran animales de granja. Justo esa mañana había estado leyendo a escondidas un blog que llevaba por título “El llamado de lo salvaje. Clases de dominados: mascota, domesticado, salvaje, silvestre…”.

La esposa de Futuro Vegano lo miró. Él trató de esquivar la mirada, pero igual sintió los ojos de ella encima.

–A tu papá no le gustan las mascotas –dijo su mujer.

–¡Ya falta poco para el show! –respondió buscando desesperadamente cambiar de tema, y se arrastraron por la garganta del estanque de los tiburones, hasta que volvieron a ver la luz del día.

Todo SeaWorld se retorció.

El síndrome de la carne agusanada, esa idea contraproducente que Renker le había metido en la cabeza, era en sí mismo un gusano que se retorcía en los sesos de Futuro Vegano.

Los Espeseth habían tenido una mascota: un Jack Russell terrier de dos años, macho, castrado. Se llamaba Maurice y lo habían encontrado en un refugio. El perro era un desquiciado mental al que su esposa adoraba y que él… la verdad es que él también lo adoraba, aunque era como vivir con un enigma que no podía descifrar. Maurice corría a una velocidad imposible, saltaba disparado como fuegos artificiales contrabandeados, reclamaba todo lo que se le pasaba por delante e invadía los espacios más privados de los Espeseth. Lo que sucedió fue que –y es por esta razón por la que cada vez que sus hijas decían la palabra “mascota” Futuro Vegano se sentía en falta, y es por ello también por lo que se le paralizaba el corazón cuando su mujer lo miraba fijo–, al ver la reacción del perro ante el embarazo de su esposa, Futuro Vegano echó a Maurice de sus vidas. El perro se mostraba demasiado interesado en el embarazo, demasiado pendiente de la mujer de Futuro Vegano; se acurrucaba junto al vientre de ella, como si él mismo estuviera incubando a las gemelas. A Futuro Vegano lo sacó de quicio que el perro se metiera en el lecho matrimonial. A los seis meses del embarazo, lo devolvió al refugio, y aunque era casi imperdonable –o tal vez imperdonable a secas–, después de que nacieron las niñas nadie volvió a mencionar a Maurice.

Las niñas no podían saber que Maurice las había cuidado cuando estaban en la panza de su madre, a menos que ella se lo contara. De allí que tuvieran que saciar su apetencia a los mamíferos con personajes de Pixar. El viaje de ida se lo pasaron hipnotizadas con las pantallas del auto, lo cual las salvó de la monotonía de la autopista I-5 y de los suburbios: una salida igual que la otra, las barreras acústicas, el pasto seco al costado de la ruta. Llegando a San Diego, Futuro Vegano vio una señal de tránsito que en vez de la figura de un alce o un ciervo tenía la de una familia mejicana cruzando ilegalmente la frontera de la autopista y sus cinco carriles. Se alegró de no tener que explicar a sus hijas lo que significaba.

La vida familiar, un cataclismo de soledades.

Cuando era chico no tenía pantallas con las que entretenerse en los viajes en auto, y se la pasaba mirando por la ventanilla de la camioneta familiar de sus padres: kilómetros y kilómetros del Parque Nacional de Chippewa, la península superior de Michigan y el sur de Ontario y Manitoba. A los diez años, durante su etapa ecologista, inventó un juego para no aburrirse que, al igual que su nuevo nombre, solo él conocía. Consistía en imaginarse que el auto de sus padres tenía adosado un gran cuchillo invisible, como si fuese el ala de un avión, que se extendía o replegaba según las órdenes que él le daba. Los Espeseth simulaban ser una familia convencional, la única protestante en todo el barrio conocido como San Judío, pero en realidad eran enviados de otro planeta que habían venido a defender a la Tierra de la destrucción del hombre. Sólo él podía controlar la cuchilla, que salía escupida para talar los postes de luz y las señales de tránsito y se replegaba para dejar con vida a cuanto árbol fuera posible. Las casas y los demás autos los rebanaba sin piedad. Una vez que la cuchilla tocaba los objetos, tardaban cinco minutos en caer. Esta demora explicaba por qué Espeseth nunca veía la espectacular destrucción de la que había sido artífice, y también por qué las autoridades humanas no podían atrapar a esa fuerza misteriosa que arrasaba con todo a su alrededor. Por esta vía, el planeta recuperaría su flora y fauna.

Últimamente a Futuro Vegano se le venía a la mente la imagen de la cuchilla invisible. Se le aparecía, por ejemplo, cuando se cruzaba con aberraciones arquitectónicas o cuando veía autopistas plagadas de carteles. Pero con SeaWorld el juego no funcionaba. Si se pusiera a tirar cuchillazos en este laberinto de contradicciones, lo único que lograría sería llevar a la muerte a los animales atrapados allí. Lograría liberar a las tortugas marinas y a los tiburones y a las marsopas de sus cárceles de acrílico, sí, pero solo para arrastrarlas al asfalto caliente, donde morirían por asfixia.

Cuando llegaron al Estadio Shamú, contra las predicciones de Renker, Futuro Vegano no vio ningún vago o ratero; vio, en cambio, soldados en su día de descanso. Habían ido a ver a las orcas con sus familias –hijos a los que apenas conocían, estoicas esposas abandonadas–. Se dio cuenta de que eran soldados por el pelo rapado y los tatuajes en los brazos, y por las venas que se les marcaban en el cuello cuando movían la cabeza. A juzgar por la rectitud y el aplomo que transmitían, parecía que alguien hubiera tomado cuerpos de civiles y los hubiera vertido en un único molde, uno que no dejaba lugar para el error. Los rasgos étnicos, que en ellos apenas se vislumbraban, eran palpables en sus esposas e hijos: mayoritariamente negros, mejicanos y orientales, para ponerlo en términos renkerianos. ¿Incluso algunos gitanos? ¿Cómo saberlo? Simplifica, simplifica.

Quizás fueran los soldados quienes desatarían la hecatombe que pedía a gritos el sistema nervioso de Futuro Vegano. Se imaginó helicópteros, vallas policiales, brigadas especiales tratando de contener a familiares desconsolados. El anfiteatro era un templo maya a la espera de un sacrificio acuático. Allí, atrapado con otras cinco mil almas, Futuro Vegano se sintió por un instante sumido en el fondo de su crisis. Si el camino por los túneles y las curvas de SeaWorld era una especie de deglución, entonces había llegado a las cavidades del estómago.

Luego de una presentación insípida y pretenciosa –con música e imagen y andróginos cuerpos recubiertos de lycra haciendo piruetas–, una vez que entraron las orcas y empezaron los saltos, SeaWorld quedó aplastado por la arrolladora presencia de aquellos animales. Sin otro propósito que el de entretener a un estadio lleno de niños, las orcas amarraban dos mundos, cielo y agua. Los niños respondían también con saltos, que hacían temblar los asientos, y emitían sonidos ininteligibles, casi como si hablaran un dialecto propio. Había niños –más grandes y más valientes que las hijas de Futuro Vegano– que bajaban hasta el borde de la piscina y se abalanzaban sobre el acrílico protector para que las orcas los mojaran y ellos agitaran los brazos. Las ballenas asesinas, con sus parches de maquillaje blanco sobre los ojos, eran los payasos letales de la gloria de Dios. Futuro Vegano nunca vio algo más insolente que esos vigorosos cuerpos de felpa. Como pandas rediseñados por Albert Ser. Usted siempre citando el Holocausto, le dijo Renker una vez. ¿Por qué no nos deja eso a nosotros?

Las niñas miraban azoradas, tomadas de la mano, su incorruptible apetito por las orcas completamente desbordado.

–Deirdre tiene miedo –dijo Chloe.

–No es cierto –dijo Deirdre.

Hablaba como en un estado de ensoñación, sin dejar de mirar el estanque. Futuro Vegano deseaba poder arrancarse un pedazo de alma rota y contener en él a sus hijas, en una suerte de compartimento protector. Pero sabía que no podía contenerlas, como no podía contener a SeaWorld, ni al mundo. Todos ellos estaban abiertos al cielo, a los rayos que lograran inmiscuirse por la resquebrajada atmósfera. Las gemelas estaban abiertas al cielo y a que las orcas jugaran con sus indefensos corazones. En cualquier caso, Futuro Vegano no tenía ningún compartimento protector en el alma; era una fantasía, como la cuchilla retráctil del auto de sus papás.

¿Qué pensarían de las orcas una vez que crecieran y se enteraran de cómo eran las cosas en realidad? El mundo, con una nueva desgracia a cada minuto, a la espera de la atención de las gemelas. Algún día ellas mismas descubrirían todas las páginas de internet y los documentales. Puede que repares en tus hijas, debería haberle advertido Renker.

Sí, somos todos blancos, pero somos blancos en la era post-racial.

Entretanto, del otro lado de las gemelas, un misterio: la esposa de Futuro Vegano.

En otro tiempo supieron ser uno. Después, como si se hubiera chocado con ella y le hubiera desprendido dos pedazos, aparecieron las gemelas. En el último año se había vuelto opaca, como si quisiera ahorrarle el disgusto. La carcasa humana de su esposa recubría algo que, en una sesión con Renker, Futuro Vegano había descrito como “la nebulosa de lo desconocido”. Ella lo había metido en el baile de dejar la Celexa, y lo había acompañado luego, pero ahora ¿qué? ¿Había llegado la hora de la demorada sentencia?

Cuando salieron del Estadio Shamú, Futuro Vegano sintió que podía soportar la desaprobación de su esposa, del mismo modo que podía soportar SeaWorld, y que SeaWorld podía soportarse a sí mismo. Ni los veteranos de guerra, ni las orcas ni él habían enloquecido y empezado a disparar o masticar gente. Si el show de las orcas era el clímax, la prueba máxima, ¿entonces no era hora de irse? Ansiaba volver al motel y el mínimo consuelo que le traería: una cama para él y su esposa y otra para sus hijas, los sándwiches del servicio a la habitación, más Disney por pay-per-view.

–Bueno –dijo, dando un aplauso–. ¿Volvemos al auto?

–Las entradas son para todo el día –contestó su mujer–. Y la mamá de Rebecca dijo que no podemos dejar de ver el show de mascotas.

–Yo tengo hambre –dijo él.

–¡Show de mascotas! ¡Show de mascotas! –gritaron las gemelas.

–Aquí hay lugares para comer –dijo su esposa con sequedad–. Y ya estamos aquí y pagamos por todo el día. Las niñas esperaron meses para venir.

Esta vez Futuro Vegano no alcanzó a desviar la mirada y se vio envuelto en la Nebulosa de lo Desconocido.

La siguiente función del show de mascotas empezaba a la una. Dejaron el carrito en un lugar con sombra, y Futuro Vegano fue en busca de algo que pudieran ingerir. Encontró una pizzería, pero la espera era eterna, y no podía ni pensar en meterse en ese lúgubre lugar a comprar algo para llevar. Afuera, sin embargo, encontró un carrito de comida en el que un hombre asaba patas de pavo. Las patas se veían sospechosamente primitivas –ni que estuvieran en el restaurante Medieval Times– pero el olorcito de la carne dorándose le hacía agua la boca.

Comida marina, comida engullida.

Mundo marino, mundo engullido.

Lamentó haberlas comprado incluso antes de que le dieran el vuelto. Las “patas” eran en realidad carne procesada, las sobras del chancho que el frigorífico tiraba a la basura. ¿Por qué directamente no vender pezuñas de caballo u ojos de vaca al escabeche?, pensó. De todos modos se las llevó a su familia, y mientras caminaba se sintió Pedro Picapiedra. Ante la mirada incrédula de su mujer, arrancó pedacitos de la gigantesca y fibrosa pata y se los fue dando de comer a sus hijas, como una madre a sus polluelos. La crujiente y grasienta piel se salió entera y, una vez que la carne quedó desnuda, se veía tan asquerosa que le resultó incomible. Las niñas bajaron la comida con jugo de naranja. Las servilletas de papel, bañadas en grasa, les quedaron pegoteadas a las manos y a la cara.

Como todavía faltaban quince minutos para la función, se desviaron hacia el estanque de las rayas murciélago. Al igual que con los flamencos, Futuro Vegano tuvo que empujar a la gente para que las gemelas pudieran llegar hasta los animales. Les hizo meter las manos en el estanque poco profundo, y sintieron la textura lisa y gomosa de las rayas escapándose entre los tres. Las niñas suspiraron asombradas; tal vez así era la piel de las orcas. Quizás era esa la verdadera conexión, al fin. Para esto habían venido. Otra vez, por un momento, Futuro Vegano vio desaparecer todas las barreras: ya no importaban los ojos de pavo, la música ambiental pasó a ser algo movilizador, como si viniera de las esferas invisibles.

Vaya uno a saber por qué en aquel estanque lleno de rayas expresivas vivía también un esturión con cara de haber recibido una trompada. Un cartel advertía no tocarlo. Futuro Vegano, sumido en una especie de trance, intentó tocarlo. El ceño fruncido del pez parecía estar pidiéndole ayuda. El esturión respondió con un tarascón. Futuro Vegano pegó un salto del susto, rodeado de niños propios y ajenos plenos de alegría. El esturión se alejó, como un gusano en la carne del estanque de las rayas.         

–¿Vieron eso? –dijo a sus hijas, y a todo aquel que quisiese escuchar.

–¿Qué? –dijo Chloe.

–¡El esturión! ¡Por poco no me ladra!

–Ay, pa… –dijo Chloe cariñosamente.

El show de mascotas era en un anfiteatro separado, más chico: unas gradas enfrente de un escenario que tenía escaleras, ventanas, una pista de obstáculos y esculturas gigantes de una zapatilla rojo chillón y un cartón de leche. A diferencia del show de Shamú, había muchos asientos vacíos, y Futuro Vegano y su familia encontraron lugar en la tercera fila. Al poco tiempo empezó el show. A modo de presentación, varios perros y gatos entraron al escenario AstroTurf pasando por distintas puertas-trampa. Después aparecieron un chancho, un avestruz y una fila de patitos. Todos al ritmo de “Who Let the Dogs Out?”. Los perros pasaron por un subibaja del que salieron disparadas mini-hamburguesas de plástico hacia una parrilla de juguete; los gatos treparon por una soga. Las gemelas miraban fascinadas. Uno de los perros tiró de una palanca y se desplegó un cartel con el nombre del show en letra infantil: ¡Las mascotas mandan!

–¿No te parece un claro ejemplo de “la técnica de la gran mentira” de la que hablaba Hitler? –dijo Futuro Vegano.

–¿Qué cosa?

–“Las mascotas mandan”. No lo hacen. Precisamente… no mandan. Odio este lugar.

–Shhh.

–Somos cómplices de una pesadilla aceptada por todos.

–Nunca nadie se quejó del show de mascotas.

Sí, porque estaban muy ocupados sacándose esa aberración moral y estética de la cabeza, querría haber dicho. “Tras tal conocimiento, ¿qué perdón?. En cambio dijo:

–El esturión ese casi me come un dedo.

–Tarde, me parece.

–¿Tarde para qué? ¿Para que el esturión me coma el dedo?

–No, para que tú y el pez salgan en la televisión; hace tiempo que a este lugar se le acabaron sus quince minutos de fama.

El presentador salió al escenario disfrazado de jugador de béisbol y empezó a explicar con un micrófono manos libres de qué se trataba el show de mascotas. Un actor frustrado, pensó Futuro Vegano: el destino quiso que alguien de Recursos Humanos de SeaWorld se topara con su CV, y allí estaba teniendo que recitar el mismo espantoso discurso cinco veces al día. Presentó las “Olimpíadas de mascotas”, en las que competirían perros adiestrados. Cuando los perros-actores salían al escenario, el presentador anunciaba sus nombres y los niños del público aplaudían y chillaban ante cada grotesca bufonada.

–Nuestros perros fueron todos rescatados de refugios –empezó a decir–. Los adiestramos durante tres años para que puedan estar en “¡Las mascotas mandan!”, y ustedes tienen mucha suerte, porque hoy estamos presentando a un amiguito muy querido: Bingo. Y como es la primera vez que se sube a un escenario, cuando diga su nombre, quiero que le muestren todo su cariño y le den la bienvenida que se merece.

Bingo era un Jack Russel terrier. Parecía estar listo para el estrellato: dio dos vueltas en el aire y después abrió con la boca la perilla de un inmenso hidrante de incendios rojo furioso, lo cual hizo disparar un chorro de agua que salpicó a un inocente chanchito y bañó a los espectadores de las primeras filas, quienes gritaron de alegría. Parado en dos patas y sonriendo, el debutante recibió de la mano del presentador su modesta recompensa. Acto seguido, voló desde el escenario, atravesó las primeras dos filas del público y aterrizó en el regazo de Futuro Vegano. Una vez allí empezó a lamerle y mordisquearle la barbilla y la boca frenéticamente: una serie de lengüetazos intercalados con pequeños y filosos mordiscos.

–¡Bingo! –gritó desde el escenario el presentador.

Aunque el chanchito que había sido mojado daba vueltas sin saber qué hacer, la música jocosa seguía chorreando de los parlantes, lo cual hacía hilarante la escena. El perro ya había pasado a las fosas nasales de Futuro Vegano, que no entendía si esto era parte del espectáculo o qué. Las gemelas estaban encantadas y se arrimaron a acariciar al perro. Su esposa hizo lo mismo, y Futuro Vegano sintió por primera vez en mucho tiempo el brazo de su mujer rozándole la panza. La gente de alrededor se hizo apenas a un lado.     

Era la antigua mascota de la familia. El perro que habían rescatado y abandonado, que había sido rescatado por segunda vez y adiestrado, ahora les era devuelto. Futuro Vegano comprendió que Bingo era Maurice. Al igual que él, el perro tenía dos nombres. Había reconocido a Futuro Vegano al instante y había saltado del escenario para pedirles perdón por haberlos abandonado: a él, a su mujer y a las gemelas, que ahora estaban fuera y no dentro del vientre de su madre, donde el perro las había visto por última vez. Había vuelto para honrar a quien había sido el macho alfa del clan. Gracias a su olfato canino Maurice se dio cuenta de que Futuro Vegano había dejado la medicación. A menos que eso fuera un delirio –era un delirio–. El avestruz se había escapado de atrás del telón y había marchado hasta el borde del escenario, claramente fuera de libreto. El show de mascotas se había desmadrado. Un avestruz no era una mascota.

Las ofensas de Futuro Vegano ya tenían vida propia. Pero el perro, a su manera irreflexiva, lo liberaría de culpa y cargo, sobre todo si era recibido con manos embadurnadas de grasa de pavo. Las ofensas de Futuro Vegano gritaban al horizonte infinito. Futuro Vegano escuchó la voz de Irving Renker que le decía “Deja de globalizar”, mientras la frenética lengua del perro le trepidaba la unión entre los dedos.

Yo iba en el colectivo, sentado junto a la ventanilla, mirando la calle. De pronto un perro empezó a ladrar muy fuerte, cerca de donde pasábamos. Lo busqué con la vista. Otros pasajeros hicieron lo mismo. El colectivo no iba muy lleno: todos los asientos ocupados, y unos pocos de pie; estos últimos eran los que más posibilidades tenían de verlo, por tener una perspectiva más alta y poder mirar por los dos lados. Aun sentado como iba yo, en el colectivo se dispone de una visión alta, la perspective cavaliére, lo que veían nuestros ancestros montados a caballo; es por eso que prefiero el colectivo al auto, en el que uno va hundido pegado al piso. Los ladridos venían de mi lado, el lado de la vereda, lo que era lógico. Aun así, no lo vi, y como íbamos rápido me hice a la idea de no verlo; ya habría quedado atrás. La módica curiosidad que había despertado era la que despertaba siempre la ocasión de un incidente o accidente, pero en este caso, salvo el volumen de los ladridos, no había grandes posibilidades de que hubiera pasado nada: los perros que la gente saca a pasear en la ciudad rara vez le ladran a nada que no sea otro perro. Así que la atención general dentro del colectivo ya se dispersaba… cuando volvió a encenderse, porque los ladridos seguían a más y mejor. Entonces lo vi. El perro corría por la vereda y le ladraba a nuestro colectivo, lo seguía, aceleraba para no quedarse atrás. Eso sí era rarísimo. Antes, en los pueblos, en las afueras de la ciudad, los perros corrían a los autos ladrándole a las ruedas, yo lo recordaba bien de mi infancia en Pringles. Pero eso había quedado atrás, se diría que los perros habían evolucionado, se habían habituado a la presencia de los autos. Además, este perro no le ladraba a las ruedas del colectivo sino al vehículo entero, levantaba la cabeza hacia las ventanillas. Arriba, todos miraban. ¿Acaso el dueño había subido al colectivo, olvidándose a su perro o dejándolo abandonado? ¿O habría subido alguien que había robado o agredido al dueño del perro? No. No había habido una parada reciente. El vehículo venía avanzando sin detenciones por la avenida Directorio desde hacía unas cuantas cuadras, y sólo en la que estábamos recorriendo el perro había iniciado la persecución. Hipótesis más barrocas, como que el colectivo hubiera atropellado a su dueño o dueña, o a un congénere, podíamos descartarlas porque nada de eso había pasado. Las calles despejadas de un domingo a la tarde no habrían hecho pasar desapercibido un accidente.

Era un perro bastante grande, gris oscuro, hocico en punta, a medio camino entre perro de raza y perro de la calle, aunque hoy en día ya no hay perros de la calle en Buenos Aires, por lo menos en los barrios por los que transitábamos. No era tan grande como para meter miedo de entrada, pero sí lo bastante como para resultar amenazante si se enojaba. Y éste parecía enojado, o más bien, quizás por el momento, desesperado, urgente. No era el impulso de agresión el que lo movía (por el momento, quizás) sino el apuro por alcanzar al colectivo, por hacerlo detener, o quién sabe qué.

La carrera seguía, junto con los ladridos. El colectivo, que en la esquina anterior había tenido que esperar un semáforo en rojo, aceleraba. Iba cerca de la vereda, por la que corría el perro; pero lo dejaba atrás. Ya estábamos casi en la otra bocacalle, y parecía inminente que la persecución cesara. Sin embargo, para nuestra sorpresa, al llegar a la esquina el perro cruzó y siguió por la vereda de la cuadra siguiente, acelerando él también, sin dejar de ladrar. No había mucha gente en la vereda, de otro modo el animal los habría llevado por delante, tan ciego iba, la mirada fija en las ventanillas del colectivo, los ladridos más y más fuertes, ensordecedores, cubrían el ruido del motor del colectivo, llenaban el mundo. Se hacía evidente algo que debería haber sido evidente desde el primer momento: el perro había visto (u olido) a alguien que viajaba en el colectivo, y era tras él que corría. Un pasajero, uno de nosotros… No sólo a mí se me había ocurrido esa explicación, porque los demás empezaron a mirarse, a dirigirse gestos de interrogación. ¿Alguno lo conocía? ¿Alguien sabía de qué se trataba? Un antiguo dueño, un ex conocido… Yo también miraba a mi alrededor, yo también me lo preguntaba. ¿Quién sería? En esos casos, en el último en que uno piensa es en uno mismo. Yo tardé bastante en caer. Fue indirecto. De pronto, llevado por un presentimiento todavía sin forma, miré adelante, por el parabrisas. Vio que a ruta estaba despejada: delante de nosotros se extendía casi hasta el horizonte una fila de luces verdes que prometían una marcha rápida sin interrupciones. Pero recordé, con una alarma que empezaba a encenderse, que no estaba en un taxi: el colectivo tenía paradas fijas cada cuatro o cinco cuadras; es cierto que si no había nadie en la parada, o nadie tocaba el timbre para bajar, no se detenía. Nadie se había acercado a la puerta trasera, por ahora. Y con suerte no habría nadie en la próxima parada. Todas estas reflexiones las hacía simultáneamente. La alarma dentro de mí seguía creciendo; ya estaba a punto de encontrar sus palabras y revelarse. La demoraba la urgencia misma de la situación. ¿El azar nos permitiría seguir sin detenernos hasta que el perro hubiera renunciado a su persecución? Volví a mirarlo; había apartado la vista de él apenas por una fracción de segundo. Seguía corriendo a la par, seguía ladrando como un poseído… y él también me miraba. Ahora yo lo sabía: era a mí al que le ladraba, a mí al que corría. El terror de las catástrofes más impensadas se apoderó de mí. Ese perro me había reconocido y venía por mí. Y aunque, en la presión del instante, ya me estaba jurando a mí mismo negarlo, negar todo, no admitir nada, en el fondo de mi conciencia sabía que él tenía razón y yo no. Porque una vez, en el pasado, yo me había portado mal con ese perro, lo había hecho objeto de una infamia realmente incalificable. Debo reconocer que nunca tuve principios morales muy sólidos. No voy a justificarme, pero hay alguna explicación en el combate incesante que debí librar para sobrevivir, desde mi más tierna edad. Esa lucha fue embotando los escrúpulos. Me he permitido acciones que no se permitiría ningún hombre decente. O quizás sí. Todos tienen sus secretos. Además, lo mío nunca fue tan grave. Nunca llegué al crimen. Y en realidad no olvidaba lo hecho, como haría un canalla auténtico. Vagamente, me prometía pagar de algún modo, nunca me había puesto a pensar cómo. Este reconocimiento del que yo era objeto, tan bizarro, este regreso de un pasado si no olvidado lo bastante sumergido como para parecerlo, era lo que menos había esperado. Había contado, me daba cuenta, con una cierta impunidad. Había dado por sentado, y quizás en mi lugar todos lo habrían hecho, que un perro tenía poco de individuo y casi todo de especie, y a ella se reintegraría por entero, hasta desaparecer. Y con esa desaparición se desvanecía mi culpa. La execrable traición que había ejercido sobre él lo había individualizado por un momento, sólo por un momento. Que ese momento persistiera, después de tantos años, me parecía sobrenatural y me espantaba. Al pensar en el tiempo que había pasado, asomó una esperanza, a la que me aferré: era demasiado. Un perro no vive tanto. Había que multiplicar por siete… Los pensamientos se agolpeaban en mi cabeza, entrechocándose con los ladridos sordos que seguían, y seguían creciendo. No, el tiempo transcurrido no era demasiado, no valía la pena que hiciera la cuenta y siguiera engañándome. Cualquier esperanza sólo podía venir de esa típica reacción psíquica de negación ante algo que nos afecta demasiado: “no puede ser, no puede estar pasando, lo estoy soñando, me equivoqué en la interpretación de los datos”. Esta vez no era la reacción psíquica: era la realidad. Tanto, que ahora evitaba mirarlo; le temía a su expresividad. Pero estaba demasiado nervioso para hacerme el indiferente. Miré hacia adelante; debí de ser el único en hacerlo porque todos los demás pasajeros iban pendientes de la carrera del perro. Hasta el chofer, que volvía la cabeza para mirar, o miraba por el espejo, y hacía un comentario risueño con los pasajeros de adelante; lo odié, porque con esas distracciones aminoraba la velocidad; de otro modo no podía explicarse que el perro siguiera a la par, ya llegando a la segunda bocacalle. ¿Pero qué importaba que siguiera a la par? ¿Qué podía hacer, más que ladrar? No iba a subirse al colectivo. Después del primer shock, yo empezaba a evaluar la situación más racionalmente. Ya había decidido negar que conocía a ese perro, y seguía firme en la decisión. Un ataque, que creía improbable (“perro que ladra no muerde”) me pondría en el papel de víctima y merecería la intervención de los testigos en mi favor, de la fuerza pública si era necesario. Pero, por supuesto, no le daría la ocasión. No pensaba bajar del colectivo hasta que no se hubiera perdido de vista, cosa que tendría que suceder tarde o temprano. El 126 va lejos, hasta Retiro, por un camino que al salir de la avenida San Juan se hace sinuoso, y era impensable que un perro pudiera seguir todo el trayecto. Me atreví a mirarlo, pero aparté la vista de inmediato. Nuestras miradas se habían cruzado, y en la de él no vi la furia que esperaba sino una angustia sin límite, un dolor que no era humano, porque un hombre no lo soportaría. ¿Tan grave era lo que yo le había hecho? No era momento de entrar en análisis. Y no valía la pena porque la conclusión siempre sería la misma. El colectivo seguía acelerando, cruzábamos la segunda bocacalle, y el perro, que se había retrasado, cruzaba también, pasando frente a un auto detenido por el semáforo; si ese auto hubiera venido en marcha habría cruzado igual, tan enceguecido iba. Me avergüenza decirlo, pero le deseé la muerte. No sería algo sin antecedentes; había una escena en una película en la que un judío en Nueva York reconocía, cuarenta años después, a un kapo de un campo de concentración, salía persiguiéndolo por la calle y lo mataba un auto. El recuerdo, al revés del efecto de alivio que suelen producir los antecedentes, me deprimió, porque aquello era una ficción, y hacía resaltar por contraste la calidad de real de lo mío. No quería volver a mirarlo, pero el sonido de los ladridos me indicó que se estaba quedando atrás. El colectivero, seguramente harto de la broma, estaba apretando a fondo el acelerador. Me atreví a volver la cabeza y mirar; no iba a llamar la atención porque todos en el colectivo estaban mirando; al contrario, si yo era el único en no mirar podía hacerme sospechoso. Además, pensé, quizás era mi última oportunidad de verlo; semejante casualidad no podía darse dos veces. Sí, se aquedaba atrás, decididamente. Me pareció más pequeño, más patético, casi ridículo. Los otros pasajeros empezaron a reírse. Era un perro viejo, gastado, quizás al borde de la muerte. Los años de rencor y amargura que este estallido dejaba adivinar habían dejado su huella. La carrera debía de estar matándolo. Pero no podía evitarlo, si había pasado tanto tiempo esperando el momento. Y efectivamente, no aflojaba. Aun sabiendo perdida la partida seguía adelante, corriendo y ladrando, ladrando y corriendo. Quizás, cuando perdiera de vista a lo lejos al colectivo, seguiría corriendo y ladrando, porque ya no podría hacer otra cosa, para siempre. Tuve una visión fugaz de su figura, en un paisaje abstracto (el infinito) y sentí pena, pero una pena tranquila, casi estética, como si la pena me viera a mí desde tan lejos como yo creía estar viendo al perro. ¿Por qué dirán que el pasado no vuelve? Todo había sucedido tan rápido que no me había dado tiempo a pensar. Yo siempre había vivido en el presente porque apenas si me daban las energías del cuerpo y la mente para asimilarlo y reaccionar, sólo me alcanzaba para lo inmediato, y apenas. Siempre sentí que estaban sucediendo demasiadas cosas todas juntas, que precisaba un esfuerzo sobrehumano, más fuerzas de las que tenía, para hacerme cargo del instante. De ahí que no me anduviera con remilgos éticos cuando debía sacarme algo de encima, así fuera por las malas. Debía desalojar lo que no fuera estrictamente necesario para mi supervivencia, conseguir algo de espacio, o de paz, a cualquier precio. Las heridas que eso pudiera provocar en otros no me preocupaban, porque sus consecuencias quedaban fuera del presente, es decir de mi vista. Ahora, una vez más, el presente se desembarazaba de un invitado molesto. El incidente me dejaba un sabor agridulce en la boca, por un lado el alivio de haber escapado por tan poco, por otro una comprensible amargura. Qué triste era ser un perro. Vivir con la muerte tan cerca, tan inexorable. Y más triste todavía ser este perro, que había salido de la resignada fatalidad del destino de la especie sólo para mostrar que la herida que había recibido una vez seguía sangrando. Su figura recortada en la luz del domingo porteño, agitándose sin cesar en su carrera y sus ladridos, había hecho el papel del fantasma, volviendo de la muerte, o más bien del dolor de la vida, para reclamar… ¿qué? ¿Una reparación? ¿Una disculpa? ¿Una caricia? ¿Qué otra cosa podía pretender? No podía querer vengarse, pues la experiencia debía de haberle enseñado de sobra que no podía nada contra el inexpugnable mundo humano. Sólo podía expresarse; lo había hecho, y no le había servido de nada, como no fuera extenuar su viejo corazón cansado. Lo había derrotado la expresión muda, metálica, de un colectivo en marcha alejándose, y una cara que lo miraba desde el otro lado del vidrio de una ventanilla. ¿Cómo me había reconocido? Porque yo también debía de haber cambiado mucho. Por lo visto me tenía muy presente, quizás mi imagen no se había borrado de su mente un solo instante todos esos años. Nadie sabe en realidad cómo opera el psiquismo de un perro. No había que descartar que hubiera sido el olor, en ese rubro se cuentan cosas increíbles de los animales. Por ejemplo una mariposa macho que huele a la hembra a kilómetros de distancia, atravesando los miles de olores que hay entre él y ella. Me dejaba ir a consideraciones ya desinteresadas, intelectuales. Los ladridos eran un eco, que modulaba, más alto, más bajo, como si viniera de otra dimensión. De pronto me sacó de mis pensamientos una intuición que sentí en todo el cuerpo. Me di cuenta de que me había apurado a cantar victoria. La acelerada del colectivo, que acaba de cesar, era la que daban siempre los choferes cuando tenían en vista una parada en la que debían detenerse. Aceleraban, calculando la distancia, y después levantaban el pie y dejaban que por inercia el colectivo llegara a la parada. Y en efecto, ya la velocidad disminuía, acercándose a la vereda. Me enderecé para mirar. En la parada había una señora mayor con un niño. El volumen de los ladridos volvía a crecer. ¿Era posible que el perro siguiera corriendo, que no hubiera renunciado? No miré, pero debía de estar muy cerca. Nosotros ya estábamos detenidos. El niño subió de un salto, pero la señora se tomaba su tiempo; el estribo alto de los colectivos les causaba problemas a las damas de su edad. Yo gritaba interiormente: ¡Apurate, vieja de mierda!, y seguía su maniobra con ansiedad. NO era mi estilo de hablar ni de pensar; me salía así por la nerviosidad, pero me corregí de inmediato. En realidad, no tenía por qué preocuparme. Todo lo que podía pasar era que el perro recuperara terreno, para después volver a perderlo. Lo peor que yo podía temer era que se pusiera a ladrar frente a mi ventanilla de un modo muy ostensible, y los otros pasajeros vieran que era a mí al que perseguía. Pero yo no tenía más que negar todo conocimiento de ese animal, y nadie me desmentiría. Bendije a las palabras, y a su superioridad sobre los ladridos. La vieja estaba subiendo el segundo pie al estribo, ya casi estaba arriba. Un vendaval de ladridos me aturdió. Miré al costado. Llegaba, veloz como el rayo, desmelenado, siempre sonoro. Era increíble su resistencia. A su edad, ¿era posible que no tuviera artrosis, como todos los perros viejos? Quizás estaba quemando sus últimos cartuchos; no debía de tener nada que ahorrar; encontrarme a mí, después de tantos años, expresarme su resentimiento, cerraba el círculo de su destino. Al principio (todo esto sucedía en una fragmentación loca de segundos) no entendí lo que pasaba, sólo capté una extrañeza. La localicé enseguida: no se había detenido frente a mi ventanilla, había seguido de largo. ¿Qué se proponía…? ¿Era posible que..,.? Ya había llegado a la altura de la puerta delantera y con la agilidad de una anguila giraba, saltaba, se escurría… ¡Estaba subiendo al colectivo! O mejor dicho, ya había subido, y sin necesidad de voltear a la vieja, que apenas había sentido un roce en las piernas, ya volvía a girar y casi sin disminuir la velocidad ni dejar de ladrar enfilaba por el pasillo… Ni el chofer ni los pasajeros habían tenido tiempo de reaccionar, los gritos ya se formaban en sus gargantas pero todavía no salían. Yo habría tenido que decirles: No se asusten, no es con ustedes la cosa, es conmigo… Pero yo tampoco había tenido tiempo de reaccionar, salvo para paralizarme y endurecerme en el espanto. Sí tuve tiempo para verlo, precipitándose hacia mí, y ya no pude ver otra cosa. De cerca, y de frente, su aspecto había cambiado. Era como si antes, desde la ventanilla, lo hubiera visto a través del recuerdo o de la idea que me hacía del daño que le había causado, mientras que allí dentro del colectivo, ya al alcance de la mano, veía su realidad. Lo veía joven, vigoroso, elástico, más joven que yo, más vital (en mí la vida había ido desagotándose todos estos años, como el agua de una bañadera), sus ladridos retumbaban en el interior con una fuerza intacta, los dientes blanquísimos en las fauces que ya se cerraban sobre mi carne, los ojos brillantes que no habían dejado por un instante de estar fijos en los míos.

El extraterrestre estacionó su auto al otro lado de la calle y vino a sentarse en la sala de espera. Él debió verlo con el rabillo del ojo. Pero estaba ocupado cobrándole a una mujer de mediana edad de pelo canoso y enrulado que usaba ropa atractiva, a la que le había tomado un rechazo irracional. Los que tienen que lidiar día tras día con clientes, en especial con dueños de autos, son propensos a tales antipatías. Vio cómo ella se sobresaltaba intentando ocultar su sorpresa, levantó la vista, y allí estaba el extraterrestre.

Los otros clientes en la fila de asientos hacían de cuenta, a su manera inglesa, que no había sucedido nada especial. Terminó de atender a la mujer. Pasaron otros autos y otros clientes; llegó el turno del extraterrestre. Él salió a la calle y con gesto paternal le señaló el camino hasta el hangar, luego lo hizo volver a la sala de espera mientras examinaba el auto rojo. Ingresó la marca y el modelo del auto en la terminal y empezó a revisar el diagnóstico.

El mecánico manejaba el negocio solo, con los robots y la presencia electrónica del cajero, el gerente y la casa central. Sabía leer e incluso escribir. Era una necesidad de su oficio. Estar conectado rutinariamente en medio de toda esa maquinaria de funcionamiento autónomo iría en contra de las normas de seguridad e higiene. Sólo usaba el auricular que le daba indicaciones cuando trataba con modelos exóticos, en los que las instrucciones venían incorporadas a las piezas, e intentaba que sus clientes no lo supieran. La mística del trabajo artesanal le parecía importante.

Por eso le llevó poco tiempo examinar el autito deslucido. Llamó al extraterrestre y le explicó lo que había que hacer, gesticulando mucho.

La costumbre era que si uno no toleraba usar el género neutro al hablar de otro ser viviente, eran todos tratados de “ella”. El mecánico le echó una mirada disimulada al extraterrestre mientras hacía su exposición: el perfil delicado, desprovisto de nariz, los hombros caídos, el torso engrosado por varias capas de extraña ropa interior debajo de la bata anodina, las piernas torpes con sus articulaciones al revés. Tenía tanta apariencia de mujer como los manatíes que los marineros solían llamar “sirenas”. La confusión, pensó, era un insulto para ambas partes. Pero era absurdo esperar que los habitantes de otro sistema solar fueran atractivos para los humanos. Él no tenía prisa. No se sentía ofendido ni asustado, como tal vez se habrían sentido otros, al ver a uno de su especie suelto, fuera del enclave. No cabía duda de que el extraterrestre le daría una propina generosa, pero no era la avaricia la que lo impulsaba a demorarse. Simplemente estaba contento de tenerlo en su negocio.

–Sólo quiero que limpie el transformador.

No se sorprendió de que hablara inglés, aunque había imaginado que no se tomaría la molestia. Pero lo último que esperaba de un extraterrestre era que fuera tacaño.

–Será más barato a largo plazo reemplazar todo el sistema de escape. Ha estado usando un alto porcentaje de metanol, aquí hay mucha corrosión…

El extraterrestre bajó la vista.

–Venga conmigo…

Él lo siguió hasta la sala de espera, donde el extraterrestre se replegó como un perro grande sobre uno de los asientos, con expresión abatida, retorciéndose sobre el pecho las manos fruncidas de piel de gallina.

–Lo voy a vender –explicó el extraterrestre–. Quiero que haga lo mínimo que sea legalmente necesario.

Se dio cuenta de que el extraterrestre no creía que su auto entendiera inglés. Pero tampoco creía que eso fuera imposible. El extraterrestre creía que si uno iba a decir algo desagradable sobre alguien o sobre algo, tenía que retirarse de las inmediaciones de la víctima. Las reglas de etiqueta eran inamovibles, claras y obligatorias. El nivel de comprensión del auto era otro asunto, un tema para la filosofía abstracta.

No era inusual que un mecánico estuviera familiarizado con la psicología alienígena en este aspecto. La naturaleza alienígena se discutía en los programas de televisión en horario central. El mecánico podría haberse sumergido en el tema de haber tenido el tiempo suficiente entre clientes.

–Lo que sea legalmente necesario –repitió. Estaba decepcionado, práctica y espiritualmente, con la pobreza de su cliente, y sin embargo, apaciguado por su extraña sensibilidad.

Claro que sabía que el estado de pobreza en un extraterrestre sólo podía ser temporario y relativo. La propina sería escasa, pero ya se presentaría algún otro beneficio.

Él (o ella) asintió con aire sombrío.

Asentían. Sus gestos eran muy humanos, pero diversos en su significado cultural: para negar alzaban el mentón en lugar de sacudir la cabeza. Era como si hubiesen tomado prestado a propósito un poco de cada raza humana, y tal vez era así. Su viaje hacia el espacio humano había atravesado tal saturación de emisiones humanas que nadie sabía qué parte del comportamiento alienígena en la tierra era natural, y qué parte era una representación elaborada con mucho cuidado.

–¿Espero o vuelvo más tarde?

Durante todo ese intercambio, los otros clientes habían permanecido penosamente fijos en posiciones casuales o de aburrimiento. El mecánico estaba encantado con su atención intensa y disimulada. Por suerte no había niños que arruinaran el efecto de desinterés cosmopolita.

No quería que se quedara. Si se quedaba podía entablar una conversación, convertirse en la propiedad temporaria de uno de estos simples clientes.

–Mejor vuelva después –le dijo, fingiendo que lo lamentaba–. Tengo otro trabajo que no puedo dejar en automático. Vuelva en eso de una hora.

Cuando se fue, el arrepentimiento se volvió real. Salió a la calle polvorienta y miró hacia arriba y hacia abajo. Era octubre. Las hojas del plátano que asomaban sobre la pared del jardín silvestre de al lado eran de un verde ácido bajo un cielo encapotado que prometía lluvia desde hacía días. El centro turístico no estaba lejos: la enorme eminencia que todo el mundo admiraba, y que alguna vez había sido el centro de una ciudad portuaria llamada Liverpool. Alcanzaba a ver las puntas diminutas de los míticos pájaros, dorados otra vez, que titilaban sobre su monumento de gran aplomo comercial. Tierra adentro, la difusa urbanización se extendía hasta los flancos de los Peninos: allí las colinas nadaban ocultas a la vista como monumentos hundidos, hundidos en el tiempo y perdidos para siempre, como la gran ciudad.

No había señales del extraterrestre.

Entró en el negocio, controló el progreso de varias operaciones y, en silencio –para evitar los ojos de las cámaras–, se escabulló por la puerta trasera y subió a su vivienda. Su mujer estaba en el trabajo. Sus dos hijos, de siete y dos años, estaban con ella en el aula de clases y en la guardería. Las habitaciones, pequeñas pero bien abastecidas de bienes no perecederos, parecían extrañamente limpias y silenciosas. Se quedó parado en la sala de estar y examinó una hilera de libros, discos y revistas en la repisa de la biblioteca. Tratar con el extraterrestre; Qué piensan de nosotros; Los viajeros de lejos; La mirada alienígena; ¿Han estado aquí antes?; Xenobiología: Hacia el inicio de una ciencia… El mecánico y su familia no estaban más interesados en los visitantes alienígenas que el común de la gente. Habían comprado los libros, aunque no los habían leído. Pero habría sido una casa muy extraña, o muy pobre, si no hubiese tenido al menos alguno de estos títulos.

En general, el mecánico no sentía que la raza humana estuviese exagerando. Su mujer y él habían votado a favor en el referéndum europeo sobre el cambio global de era, que ya estaba a punto de convertirse en ley. Ese año, el año presente, sería para siempre el año tres: 3AC, quizás, si el lobby del mundo anglosajón se salía con la suya. Después del contacto. Era oficial, esto era lo más grande que le había sucedido a la humanidad después de la difusa y distante “llegada de Cristo”. Y a diferencia de Cristo, los alienígenas estaban aquí. Estaban en los diarios, en las pantallas. Eran indudablemente reales.

Todo lo que estaba en las repisas había sido ingresado en la base de datos; la mujer del mecánico era meticulosa con esa tarea. Sus dedos sobrevolaron el teclado. Pero la misteriosa inercia de la adultez humana lo derrotó. El hijo de siete años era el único que usaba la base de datos. Sacó un libro y luego otro, pasó las páginas, leyó uno o dos párrafos. No sabía qué estaba buscando. Rodeado de cosas rígidas que no le hablaban ni lo miraban, trató de imaginarse cómo se sentiría ser el extraterrestre. Había conocido conductores sentimentales: autos con nombres, autos a los que sus dueños llamaban “ella”, autos maltratados por tener mala conducta. Se había sorprendido a sí mismo (excavando fragmentos de recuerdos) dándole una palmadita afectuosa al flanco lustroso de un robot mientras lo dejaba en su lugar.

Buen chico…

Buen perro…

Los extraterrestres no sabían nada de animales. Tenían herramientas que trepaban, reptaban, volaban; pero las habían hecho ellos mismos. No tenían noción de una creación separada, de vida que no fuera propia. Tal vez las condiciones en su planeta de origen fueran diferentes, pero la evidencia de sus reacciones y de sus propios relatos era otra. Parecía probable que no hubieran compartido su mundo con nadie, con ningún animal independiente de sangre caliente.

Bajó al área de servicio y miró la pantalla que mostraba la sala de espera. Todo estaba tranquilo. No había vuelto. Se alejó de la pantalla y se puso a trabajar entre los vehículos estacionados y las herramientas que zumbaban. No tocó el auto del extraterrestre. Cuando éste volvió, le dijo que estaba teniendo algunos problemas. Por favor, sea paciente, le dijo. Vuelva más tarde, o espere.

 No tomó nuevos clientes. La tarde se convirtió en ocaso. La sala de espera se vació hasta que él (o ella) se quedó solo.

Desde la parada del tranvía volvieron caminando a casa la mujer del mecánico y sus hijos, la bebé en su cochecito. Él oyó las voces infantiles que charlaban y se reían en la puerta de calle, y apretó los dientes como si lo hubiesen interrumpido en una tarea delicada, que requería de alta concentración. Pero no estaba haciendo nada, sólo permanecía sentado en la penumbra, entre las herramientas silenciosas.

El extraterrestre estaba doblado en su asiento. Parecía un animal vestido, un animal parlante de una especie desconocida, de algún dibujo animado infantil. Se puso de pie y sonrió, mostrando la punta de los dientes: el gruñido modificado que podía o no ser un genuino gesto compartido.

El mecánico estaba avergonzado porque no tenía manera de justificar su comportamiento. Un cliente humano, extranjero en una tierra extraña, a esta altura estaría muy enojado o tal vez un poco asustado. El extraterrestre parecía resignado. No esperaba que los humanos se comportaran de manera razonable.

El mecánico sintió una furia misteriosa al pensar que no era la primera persona en hacerlo dar tantas vueltas como ahora. Le habría gustado decir sólo quiero tenerlo cerca por un rato…

Pero esa habría sido una confesión muy bochornosa.

–Quiero hacerle un favor –dijo–. No quise decírselo antes, temí que se avergonzara. Estoy arreglando varias cosas, y sólo voy a cobrarle por la limpieza.

–Ah.

Pensó que parecía sorprendido, tal vez cansado. Era imposible no atribuirles sentimientos humanos, no leer expresiones humanas en sus rostros extraños.

–Gracias.

–Era lo menos que podía hacer, ¡ya que vino de tan lejos!

Se rió nervioso. El extraterrestre no. No se reían.

–¿Le gustaría subir? ¿Le gustaría algo de comer, una taza de té? Mi esposa y mis hijos estarían encantados de conocerlo.

La invitación no era para nada sincera. Lo último que quería era verlo dentro de su casa. No quería compartirlo con nadie. El extraterrestre le dirigió una mirada irónica, como si supiera exactamente lo que sucedía. Según algunas lecturas de su comportamiento, eran telepáticos: lo hacían entre ellos con mucha intensidad, y de forma más moderada con los humanos.

Por otra parte, seguro que otros lo habían molestado antes de la misma manera… como si fuera un animal adiestrado. La idea lo hizo sentir vergüenza, de sí mismo y de esos otros.

–No, gracias –Miró al suelo–. ¿El auto estará listo mañana?

La calle estaba a oscuras. Había algo de luz ahí mismo, lejos de los hoteles y los centros comerciales y los monumentos iluminados, bañados por el agua. Se sintió culpable. El pobre extraterrestre estaría contando mentalmente su dinero, preguntándose qué hacer a continuación. Los extraterrestres que viajaban solos eran rarezas en cualquier lugar. Si no podía refugiarse en un gran hotel lujoso, lo molestarían. La gente se amontonaría a su alrededor, lo apuntarían con sus cámaras.

Pero eso no era culpa del mecánico. Él no quería capturarlo. Tampoco quería sacarle dinero. Le habría gustado que se quedara allí, mantener su presencia real. Podría dormir en los asientos. Él podría bajarle algo de comida. Les gustaban algunos alimentos humanos: helado, pan blanco, hamburguesas; nada demasiado natural.

–Sí, claro, vuelva mañana. Abro a las nueve.

Le dijo a su esposa que tenía que trabajar horas extra. Eso nunca pasaba, pero ella aceptó la idea sin hacer comentarios. La rutina de su vida juntos era tan tranquila que podía tolerar una mentira obvia de vez en cuando sin provocar demasiadas olas.

Se sentó solo en el local de las máquinas y miró a su alrededor.

Autos.

Era extraño ver cuántos europeos sedentarios y urbanos todavía sentían la necesidad de poseerlos, incluso con el racionamiento de combustible y todas las demás leyes de protección ambiental. El mecánico no podía quejarse. Era un trabajo estable, y en general muy placentero. Esta es mi gente, pensó, tomando el punto de vista alienígena. Mi gente, las ovejas de mi rebaño. Tenía una abuela que solía ir a la iglesia. Pero entonces volvió la idea de los animales, la separación de una forma de vida de otra. No era eso lo que pasaba entre un extraterrestre y una máquina alienígena. Se acercó al auto, que estaba sujeto con el cepo en una postura indigna, un paciente indefenso.

–¿Hola? –dijo vacilante.

El auto no respondió, pero la atmósfera en el local cambió. Al hablarle en voz alta él había modificado algo: su propia percepción. De hecho, se había puesto en ridículo. Sólo pudo captar la estela de una emoción más interesante. Era un niño atravesando la puerta de la casa de la bruja, deliciosamente asustado. Pero nada de lo que pudiera decir o hacer volvería real aquello que había imaginado: nada haría que viera pestañear los ojos robóticos, ni que la mandíbula de metal se abriera en una sonrisa y hablara. Nada, salvo la locura, podría cambiar tanto las cosas.

Empezó a trabajar, o mejor dicho, puso a los robots a trabajar. Ahora no tenía opción; tenía que hacer lo que había prometido, y de algún modo hacer cerrar la cuenta. Nada de lo que sucedía en su garage pasaba sin ser grabado. El mecánico nunca había intentado eludir el sistema de la compañía de forma ilegal. Nunca había sido de los que encuentran tentadoras las complicaciones del crimen, y ahora no sabría por dónde empezar. Se puso muy triste al pensar en lo que tendría que hacer: el encubrimiento incómodo de este impulso extraño.

Las máquinas autónomas patinaban de un lado al otro. Otras se desplazaban por los cables aéreos y estiraban sus cabezas de serpiente. El mecánico estaba inquieto. El autito, un modelo coreano de quince años con quemador de metanol, carcaza de plástico rojo, embrague y suspensión líquidos era un equipo complejo de alta calidad, que podría servir otros diez años más. Le hacía falta algo de atención, pero no necesitaba de su atención práctica en absoluto. Se quedó contemplándolo.

Soy redundante, pensó: una reacción exagerada normal a la robótica. ¿Por qué los extraterrestres no se sienten redundantes? Se esforzó por realizar la acción mental de mirar más allá del espejo. Si no fuera por los humanos, si no fuera por mí, no habría autos, robots, ni ninguna otra máquina. No puedo ser reemplazado. Aun si las máquinas se vuelven conscientes, si se vuelven “humanas” (el cuco permanente de los medios masivos), yo seguiré siendo Dios. El creador. El origen.

Arriba, en casa, el bebé ya estaría acostado y el niño también, arropado por uno de los robots tutores hogareños que complementaban la educación que recibía de los empleadores de su madre. La madre estaría disfrutando de su velada, cómoda en su nido repleto de equipos.

De modo empático y subliminal, el mecánico estaba al tanto de sus idas y venidas, de la rutina familiar.

Descubrió por qué el extraterrestre lo llenaba de un deleite inútil e inarticulado. Las máquinas hacían promesas pero no podían cumplirlas. No dejaban de ser cosas, y las personas no dejaban de estar solas. El mecánico había visitado los Parques Nacionales de su país, las grandes extensiones de tierra que debían permanecer inalteradas, sin importar cuán pequeña resultara su sala de estar. Aceptaba la necesidad de su existencia, pero la única emoción que podía sentir era resentimiento. No sentía ninguna amistad por la naturaleza. Los animales podían ser mascotas, pero no eran parte de uno, no eran lo mismo. Los extraterrestres eran la solución al aislamiento humano: un mundo parlante, un mundo con ojos; la compañía soñada por Dios. La visita de los extraterrestres había hecho surgir en él un descontento hacia Dios.

No podía hacer que el extraterrestre se quedara. Pero tal vez podía aprender de él, compartir su experiencia enriquecedora. Imaginó el hangar como un microcosmos de la tecnología y la civilización humanas, un mundo arrancado como ectoplasma de su centro humano, lleno de criaturas creadas a su propia imagen y semejanza: sus dedos y sus pulgares, sus dientes, sus articulaciones flexibles, sus músculos fofos. Incluso su mente, en su nube química discontinua, permeando el soporte físico de su cerebro.

Entusiasmado con esta idea, se levantó y corrió hasta el teclado del hangar. Extrajo el equipo robótico, los brillantes brazos articulados que se deslizaron y plegaron contra la pared. Sacó una caja de herramientas. Le haría el mejor halago posible al auto del extraterrestre. Le otorgaría el beneficio de su artesanía, el tipo de servicio “orgánico, natural” por el cual los ricos pagaban sumas astronómicas.

Durante un rato trabajó como Adán en el Edén, nombrando alegremente las subcreaciones con sus manos y su mente. Trabajó, se detuvo… Se sentó en el piso frío, de manchas oscuras, con una llave de tubo en una mano y un trapo en la otra. Las luces del techo lo iluminaban. Según entendía el mecánico, ellos construían cosas con bacterias. Bacterias que provenían de la misma flora intestinal de los alienígenas, y lo infectaban todo: cada herramienta y cada mueble, incluso la inmensa carcasa de su mundo-nave. Los humanos, cuando querían expresar sentimientos de profunda comunión con su planeta, con su raza, hablaban de “sentirse parte de un gran todo”. Por haber vivido tantos años en un mundo creado por ellos mismos –desde el comienzo de su evolución, según los expertos– los alienígenas no podían experimentar “sentirse parte”. No había partes en su continuum: ni espacios, ni bordes divisorios.

De pronto se sintió asqueado. Los científicos habían establecido que las bacterias alienígenas eran inofensivas. Eso decían, pero tal vez estaban equivocados. Tal vez era una gran mentira que sostenían para evitar el pánico en las calles. Deseó no haber tocado el auto. El extraterrestre lo había estado usando durante meses. Debía estar todo recubierto de ese limo invisible y reptante.

¿Cómo era ser parte de un mundo vivo? Miró la llave que tenía en la mano hasta que el mango de metal perdió su lustre. Se recubrió de piel. La cavidad ajustable de la llave se convirtió en un orificio musculoso, fruncido como un ano, cuyos bordes húmedos se retrajeron por un movimiento del mango tumescente. El mecánico sintió náuseas, pero no pudo soltar la herramienta. No podía alejarse de ella. Si la dejaba caer, esa gota rezumante de consciencia, adherida a su mano, no se separaría de él. Cuerdas minúsculas, hebras de limo viviente se aferrarían y los mantendrían unidos. El aire que respiraba estaba lleno de consciencia, de sustancia humana.

Se paró. Se alejó. La carcasa de un robot se hundió como si fuera de carne. El mecánico dio un aullido y un salto. Su mano, en la que crecía el mango que se recubría de piel, golpeó el teclado y todas las herramientas se accionaron de repente.

Se quedó de pie, sintiendo su propia reacción visceral, apresurada, palpitante; a salvo por un instante gracias a la noción espacial de su esquema corporal. Y luego las paredes se cerraron sobre él. No había luz, sólo una oscuridad rojiza. El mecánico gimió. Luchó contra una horrible necesidad de vomitar y manoteó con desesperación, buscando las teclas.

Cuando todo se tranquilizó, se quedó sentado un rato. Tal vez fueron minutos, pero pareció mucho tiempo. Al fin dejó de sentir ganas de vomitar y logró soltar la llave. Se sentó con la cabeza entre los brazos; entonces se dio cuenta de la humillante posición fetal que había adoptado y de a poco se incorporó. Respiró hondo.

El garage era el mismo de siempre: un lugar muerto y seguro. Entendió que había sido muy privilegiado. De algún modo había logrado entrar por un breve instante en la mente alienígena, había visto el mundo a través de ojos alienígenas. ¿Cómo podía esperar que fuera una experiencia agradable? Ahora que había terminado podía aceptarla, y se sintió agradecido de verdad.

Al fin, jadeó y suspiró y empezó a poner la consola en marcha. Ya no podía tocar el auto con herramientas manuales. Además, temblaba demasiado. Pero a la mañana siguiente le entregaría el auto al extraterrestre, como había prometido, lo más nuevo y reanimado posible. Estaba en deuda con él.

Había intentado tomar algo del extraterrestre a la fuerza. Y lo había conseguido. No era culpa del extraterrestre que él hubiese querido jugar con fuego y se hubiese quemado. Haciendo un enorme esfuerzo ante la sensación de carne viva de las máquinas, preparó las operaciones necesarias.

En poco tiempo todo estuvo listo. Pero era muy tarde. Ahora su mujer le haría preguntas, y él tendría que contarle algo de lo que había sucedido. Se quedó mirando la carcasa plástica y las ingeniosas entrañas, taimadamente baratas, debajo del capó levantado. Decían que las máquinas no podían convivir con la ecoesfera. Algún día la raza humana tendría que abandonar una cosa o la otra: los autos a motor o “el medio ambiente”. Pero ese “algún día” todavía parecía lejano. Mientras tanto, esta era una acertada y pequeña concesión con el desastre.

Se sintió solo y triste. Había visto cómo otro mundo entraba en su vida, había intentado atrapar ese fenómeno y sólo había encontrado algo mucho peor que el vacío. Quería que el extraterrestre le brindara un mundo de ensueño más allá del arcoíris. Había encontrado, en su lugar, un Edén malsano: un tesoro cuyo deleite era tan imposible como regresar al vientre materno.

El mecánico volvió a suspirar y cerró con cuidado el capó.

El auto rojo se acomodó un poco.

-Gracias –dijo.

El extraterrestre llegó a las nueve de la mañana. El auto estaba listo, reluciente en el patio delantero. Dejó su bolso, que no llevaba colgado en la espalda ni en el hombro, sino encajado bajo la axila de ese modo desbalanceado tan característico. Él pensó que tenía aspecto cansado y nervioso. Casi no miró el auto. Tal vez, al igual que los humanos, no quería saber cuánto lo habían estafado.

-¿Cuánto es el daño? –preguntó.

El mecánico se sintió dolido. Le habría gustado repasar todos los arreglos con el extraterrestre: extraer la dulce miel de su aprobación, o quizás solo prolongar un rato más esta transacción menguante. Tuvo que recordarse a sí mismo que el extraterrestre no le debía nada. Para éste, los sentimientos no eran románticos ni extraños en modo alguno. El mundo en el que vivía era común y corriente. La experiencia del mecánico era asunto suyo, había sido un asunto interno desde el principio. El extraterrestre no era responsable de las manías de la psicología humana, ni de incidentes paranormales imaginarios.

-Mire –dijo el mecánico–. Tengo una propuesta para hacerle. Mi hijo mayor acaba de pasar su examen de manejo. Claro que no le permitirán salir solo por un tiempo. Pero pensaba comprarle un autito. Yo, como verá, no tengo auto, nunca sentí la necesidad. Pero a los chicos les gusta la libertad… Me gustaría comprarle su auto.

Bajo la fría luz de la mañana no se atrevió a decirle la verdad. Sabía que el auto no volvería a hablarle nunca más. Pero había sido tocado por el mundo del otro, y sólo quería quedarse con algo: con algún tipo de prueba.

Por el bien del extraterrestre, sin embargo, mantendría la historia del hijo. No había que alimentarles la idea de que los seres humanos los consideraban mágicos.

–A precio de lista –agregó enseguida–. Y un poco más. Porque cualquiera pagaría un poco más por un auto que ha sido manejado por uno de nuestros famosos visitantes. ¿Qué dice?

De modo que el extraterrestre salió del negocio con su tarjeta electrónica bien cargada. Dobló en la esquina, junto al jardín con las hojas de plátano que colgaban sobre la reja, y mostró los dientes puntiagudos en un gesto que parecía una sonrisa. La despedida pudo haber sido tanto para el auto rojo en el patio delantero como para el humano que estaba a su lado, pero, de todos modos, hizo que el hombre se sintiera mejor.

No temas llorar detrás de la cámara, pero evita que tus lágrimas mojen el contexto, le había dicho la fotógrafa Nan Baldwin, en 1979, en la habitación de un barrio miserable de Manhattan.

En 1965, durante un día similar a otros, su madre empezó a llamarla tía. Dicha situación se extendió por dos años.

Contrario a lo que pueda creerse, no fue un tiempo triste: jugaban, se entretenían como niñas y no tenía caso imaginarse que la situación podría haber sido distinta. La vieja vivió feliz su último tiempo: como una niñita que creía estar eternamente en un jardín infantil, que se levantaba con ganas de jugar y se acostaba con una sonrisa irrevocable, sin culpa, sin recuerdos, sobre todo sin perspectivas ni cinismos, vale decir, sin pérdidas de tiempo y sin derrotas.

Elisa Abenza tenía veintitrés años cuando por fin murió su madre, en noviembre de 1967. En octubre de aquel año, se había dedicado a tomar fotografías, en particular a hacer retratos y autorretratos borrosos, con la pequeña cámara Kodak que había en la casa.

Una semana después del funeral, se dirigió a un local del centro a revelar los rollos.

Por un error de manipulación, velaron todas las fotos. Decidió aprender fotografía, partiendo por el proceso de revelado. Se educó por sí sola, leyendo libros, haciendo preguntas y, más que nada, apretando el obturador.Versiones del mundo se presentaban ante sus ojos y ella estaba dispuesta a recortarlas.

Dueña de un ojo innato o al menos eso parecía. Pero no era así. Lo cierto es que tenía aquella extraña capacidad que acompaña a algunos buenos artistas: la de equivocarse con estilo.

La mayor parte de las mejores fotografías de sus primeros años son, en realidad, engendros de la impotencia, de la incapacidad, de la desesperación, de la falta de oficio. De la suerte dirán algunos, intentando disimular la envidia; no, no es así, seamos serios, más bien era un azar paradójico, es decir, se trataba de un azar destinado.

Ciertas luces equívocas o ciertas sombras no esperadas, por ejemplo, resultaban en una mirada cuestionadora hacia su tiempo, en una edición inteligente del espacio, en el revés pertinente de algún tema que terminaba, sin apelación posible, desnudando al espectador, dejándolo expuesto ante la realidad, sumido en preguntas que venían reclamando respuestas desde hacía siglos, en fin, y otras expresiones de similar ralea surgidas de determinada crítica cultural que, hoy por hoy, es mejor dejar en lo difuso.

El caso es que la primera en reírse de tales comentarios era, como es de suponer, Elisa.

En varias entrevistas lo dijo, de hecho, con bastante claridad:

“Mis fotos son pulsaciones del error” o “mis fotos están repletas de errores” o “mis fotos surgen del error” o “mis fotos son el error” o, en una de sus últimas entrevistas, “no se engañen, mis fotos son una mierda”.

Se fue del país. “Me largué de Chile”, decía.

Unos cuantos datos ejemplares, a eso suele quedar reducido el inventario de unas vidas.

En 1973, Elisa llevaba algunos años en Francia y dividía el trabajo en dos categorías: la fotografía de mentira y la fotografía de sobrevivencia.

La primera hacía referencia a la fotografía artística y la segunda a la fotografía de matrimonios. El tema de la primera lo constituían los inmigrantes que poblaban los barrios periféricos de París y la segunda tenía como objetivo los casamientos de inmigrantes en los barrios periféricos de París.

Ella misma arrendaba una habitación en uno de los barrios de inmigrantes en la periferia de París, en donde perfeccionaba a diario una serena pobreza.

Cuando comenzaron a llegar los primeros exiliados desde el Chile de la dictadura, intentó participar, sin mística ni discursos (pero con honestidad, es cierto), en actividades de solidaridad y sus imágenes de esa época podrían considerarse fotografía de denuncia, aunque ella, claro está, se resistía a hablar de fotografía denunciante. A finales de 1978 se sentía ya demasiado agobiada por los testimonios de chilenos o por lo que estaba significando ser chileno, y abandonó Europa con rumbo a Estados Unidos.

En cierto modo, volvía a huir de Chile.

Conoció a Nan Baldwin en 1979, es decir, el año en que ésta consiguió la mayor parte de las imágenes que la transformarían en referente de la fotografía documental de finales de los setenta y principios de los ochenta. Aunque se podría considerar un falso elogio o un elogio elevado a la ridiculez absoluta, hubo quienes afirmaron que Nan Baldwin había, en realidad, creado un tema. Esto a ella le sonaba no sólo ridículo, sino también irresponsable e irrespetuoso:

Esa mierda de trasfondo estaba allí desde hacía mucho—le decía en una carta a Elisa—, no la inventé yo, como tampoco inventé el maldito amanecer del sida y sus primeros muertos con sus abandonos, los travestis de mi barrio con sus conversaciones, llantos, risas y silencios, las parejas que culeaban con todo el peso de sus adicciones, las cunas desde las que afloraban llantos y piojos y orines pobres, el aullido de la lucha de clases exhalado desde las balizas, los cines turbios en que caminabas sobre semen y colillas y borrachos y jeringas, ni inventé a los que quisieron en aquella época tratarme de artista, cuando yo sólo era una más de las calles y habitaciones de mis fotografías, es decir, una más que simplemente no figuraba para el gran proxeneta Hegemonía. Yo no inventé un tema—repetía Nan—, lo que es tan cierto como que no inventé a aquella academia aberrante que esperaba reportajes del fin del mundo o del infierno, aunque ese fin del mundo y ese infierno estuvieran a menos de media hora en taxi desde sus oficinas.

Sería exagerado decir que Nan fue su amiga, pero Elisa la veía a menudo durante el tiempo en que vivió en el barrio de Bowery, en New York. Se internaban a media mañana en algunos rancios locales de Loisaida en busca de rollos de películas, fijadores, humectantes, papel fotográfico, cigarrillos y marihuana. Elisa siempre tenía consultas técnicas que hacer y Nan era una gringa que no se hacía problemas en responderle, aunque aparentara distancia o desgano y afirmara cada tanto que la técnica no era lo más importante, que la vida y un buen flash podían hacerse cargo del resto. Nunca aclaró a qué se refería con “el resto”, pero no es descabellado aventurar que, tal vez, se tratara simplemente de omitir la mención de una palabra: realidad.

Eran los días en que Nan había redescubierto el flash y el color, para convertir su práctica en una cacería directa e incansable de las sombras en todas sus variantes.

En medio de un cuarto a oscuras era posible ver una gran mancha de luz, en cuyo interior se apretujaba la miseria de un instante: trapos, muebles manchados, paredes escupidas, pelos corporales pegajosos, ojos en tinta, brazos pinchados o moreteados, una teta baboseada, un fragmento de pene, un resquicio de vagina, puertas y piernas semiabiertas, olores, sonidos de olores inclusive, sobre todo de gemidos, y luego los colores de tales sonidos, colores que uno lograba reconocer en no pocas fotos, algo como oxidado, algo como el retrato del cuadragésimo presidente de Estados Unidos en el suelo, como una mancha de té o café o una borra de grito salivoso, y a veces dedos amarillentos, cabello sin lavarse o recién lavado, sobre todo pieles humanas y sobre todo humanos, el deseo de no morir de frío, el deseo de no morir con pena, el deseo de no morir tosiendo, el deseo de no morir en soledad, el deseo de no morir con hambre, el deseo de no morir sin amigos, el deseo de no morir entre burlas, y el deseo, el deseo, el deseo, todo aquello que puebla las fotografías de Baldwin, de las cuales Elisa extrajo lecciones, no tanto acerca del oficio como de una actitud ante el oficio: puesto que eres quien elige o no elige el momento de hacer el clic, ante la pobreza no existen las fotografías inocentes.

El día que dejó New York para irse al estado de Michigan, lo hizo con algunos dólares en el bolsillo y con pocas esperanzas en el mundo, es decir, ya con el temple necesario para acometer el tipo de fotos que deseaba y con el pálpito de que nunca volvería a ver a Nan.

Como sabemos, Atenuación es la foto emblemática de Elisa Abenza. Sabemos, asimismo, porque lo menciona en alguna entrevista, que fue una foto buscada. Aunque no podía determinar su forma exacta, menos aún el momento en que aparecería, sabía bien qué era aquello que aspiraba a encontrar.

Y apareció una tarde, durante un caluroso viaje a Detroit.

Pese a que aún no la tomaba, la fotografía viajó con ella. Imaginaba que era el día, lo sentía, tenía la impresión de que aquella foto ya andaba tocándole el hombro, buscando salir de la prisión de la mera posibilidad, buscando en suma pasar al estado de arte fotográfico. No obstante, lo que se acaba de decir no es más que invención de profesores de fotografía. Una del tipo de Atenuación no surge así o, al menos, no se anuncia de esa forma. No trata de ser romántica ni amable; no acompaña a nadie, menos al fotógrafo. Unos dirán que no existe hasta que existe y punto; otros, que se trata o no se trata del azar. Ciertamente los cándidos o imbéciles zanjarán todo enarbolando la manida fórmula de “ensayo y error”, pero allá ellos. Elisa no lo sabía, sólo sintió, según sus palabras, que aquel era el día y es indesmentible que sí lo fue.

Atenuación ha sido considerada “fotografía representativa de una época”. Tales palabras pueden asegurar el éxito o la posteridad, pero también dan pie a una pregunta plausible: ¿qué entendemos por vaguedad?

Hoy por hoy Elisa se halla delicada de salud, señala una nota aparecida hace unos días en la prensa. Según declaraciones de su marido, ha dicho que no morirá como fotógrafa, sino como ex fotógrafa y pide que, llegada su hora, se haga valer ese pertinente matiz.

En 1985 abandonó la fotografía, dejó Estados Unidos y regresó a Europa, donde se instaló junto a su esposo .Hasta donde se sabe, no tiene hijos. Hasta donde se sabe, nunca ha regresado a Chile. Es de conocimiento público que vendió todos los negativos de sus fotos a coleccionistas y regaló sus cámaras. Un amigo cercano ha señalado que las razones para su retiro fueron, además de simples, incuestionables: se aburrió.

La imagino diciendo me aburrí y la imagino haciendo su foto Atenuación.

En más de una entrevista relató el momento: caminaba por una de las desahuciadas calles del antiguo vecindario de Brush Park, en Detroit, ya con las últimas luces de la tarde, flanqueada por almacenes abandonados y casas de estilo victoriano casi en ruinas. En algún resquicio de la escena, algo borroso cruzó por una ventana o por su pensamiento y se vio caminando sola, a miles de kilómetros de Chile, incapaz de saber si esa vez huía o entraba o se extraviaba, aunque con la certeza de que, incluso desde cerca, sólo era posible ver su lejanía. Así llegó a aquella intersección, miró, no observó nada y, al ver nada, supo que allí estaba la foto. Se dio cuenta de que eso era; sobre todo, se dio cuenta de que no era más que eso. Después apuntó y ya. Pasaron varios días antes de que la revelara y la viese. Aunque tenía el suficiente oficio para discernir que se trataba de una buena foto, no se le pasó por la mente que se transformaría en una imagen tan famosa.

Y se trata, como sabemos, de una fotografía demasiado sencilla, austera, hasta evidente, si se permite el término. ¿Qué tiene Atenuación, entonces, que la hace tan especial? Al parecer nada y, sin embargo, ahí está. Se ha dicho que Elisa lloraba cuando la tomó, pero yo no lo creo. Siempre he pensado que se estaba riendo.


*© K. Ramone, Tajamar Editores Ltda., 2013

 

Lutan me hizo pasar a una habitación luminosa, de paredes claras y techo alto. No se sorprendió porque después de tres años yo tocara el timbre de su casa en un país en donde las dos éramos extranjeras. Apenas frunció el entrecejo y murmuró algo entre dientes, como si le molestara tanta impuntualidad. Tampoco se mostró interesada por conocer los motivos de mi viaje desde Bangkok ni me ofreció un té, pero yo sabía que para Lutan la llegada de alguien no interrumpe nada y solo la pone de malhumor un rato. Después, sin excusas, se sentó frente al televisor y continuó mirando un programa. Me intrigó saber cuánto entendería. Ella habla hokien, uno de los cinco idiomas chinos, y no estudia otro. En realidad, cree que los idiomas son acentos diferentes que se contagian con el tiempo. Eso me había dicho su marido cuando le pregunté por qué Lutan no se inscribía en un curso de inglés. “Dice que el acento de Brighton vendrá con los años. Hay que esperar”.

Y, que yo supiera, habían estado en Malasia un año y medio; poco tiempo para que se contagie un acento.

La habitación era amplia y con el piso de baldosas blancas y negras. Por todos lados había cajas de mudanza y, en una esquina, sobre una alfombra que decía “Hotel Chang”, se amontonaban docenas de zapatos embarrados. Para atenuar la luz, sin muy buen resultado —la luz de Penang se filtra como si tuviera alguna otra cualidad además de la luminosidad misma—, habían puesto ropa y toallas en las ventanas: camisas, manteles y el saco de un traje. Las puertas estaban abiertas, la principal sujeta con una gran piedra, y el único adorno, una pantalla de papel rojo, se balanceaba de un cable finito. Venía tormenta del noreste. Un temporal que en el camino había deshecho casas de palmera y ahogado a miles de cebúes mansos, pero que ahora, exhausto, convertido en suaves ráfagas que movían las copas de los árboles, solo iba a librarnos del calor. La luz de un relámpago cruzó el cielo como si alguien estuviera sacando fotos desde arriba. Un tropel de nubes negras pasó por la ventana que tenía colgado el saco; pronto flotó un olor diferente, mezcla de tierra mojada y sótano, que en nada se parecía al olor pegajoso y podrido del calor. A pocos kilómetros, los animales de la selva gritaban con el miedo ciego de las criaturas que no recuerdan que las lluvias terminan. Lutan, sentada en posición de loto, las manos sobre los pies diminutos, tan bien cincelados que resultaban manos más que pies, espiaba hacia la puerta del fondo, segura de que el viento traería algo. Y no se equivocó. Un racimo de hojas y flores podridas del tamaño de una pelota de tenis entró haciendo círculos y, al final, se enredó en las patas de una silla. Con inusual diligencia Lutan fue hasta una de las cajas de mudanza, sacó un Buda de material oscuro y cara de mono, tres bowls metálicos y una botellita y en un rincón armó un altar. Repartió gotas de la botellita en los bowls, puso algunas de las flores podridas delante del Buda y deshizo la pila de zapatos para arrodillarse sobre la alfombra que decía “Hotel Chang”. La plegaria duró unos segundos. Pero no es necesario más; si Dios recuerda, y si lo hace sólo puede hacerlo eternamente, poco importa la duración del rezo; y si no, estamos perdidos, porque su olvido debería ser también eterno.

Cuando terminó la plegaria, con idéntica rapidez, Lutan trajo té y unos bollitos de arroz agridulces y se quedó a mi lado, en silencio, cortando todas las fotos de la familia real británica que encontraba en un almanaque. No sé si a la ceremonia de los bollitos antecede siempre un rezo o si ahora sí me estaba dando la bienvenida sin decírmelo. No parecía tener mucha importancia conocer el orden ni las razones. Me desperecé y tomé el té que tenía perfume a jazmín. En el televisor seguían hablando un idioma que ninguna de las dos entendía, afuera una cortina de lluvia se transformaba en vapor al tocar el piso. Poco a poco desapareció ese malestar —producto de un recibimiento tan inusual— y comencé a sentir sueño, que es lo mismo que sentir confianza.

Debían de estar cumpliéndose las palabras de Malcolm, dichas dos años atrás, cuando los profesores del Politécnico de Brighton comentaban el carácter de Lutan. “La mujer de Steve —decían— está quieta horas… No hace nada… Steve la encuentra después del trabajo en la misma posición en que la dejó a la mañana… El pobre tiene que salir corriendo a comprar comida…A ella no le interesa nada… La invitamos a una reunión y…”

Malcolm la defendía con vehemencia. Decía que el problema radicaba en saber por qué nos enfurecía que Lutan no hiciera nada y además, agregaba, con esa autoridad y ese misterio que le conferían haber vivido en Indonesia veinte años, “un día verán que Lutan hace cosas”.

John, el más feroz oponente de Malcolm, respondía que era un cliché creernos que los orientales hacen algo mientras están sentados mirando la pared. Contradecía a Malcolm y, así, comenzaban largas discusiones en la sala de profesores, ante los ojos de muchos estudiantes que consultaban sus problemas de tesis. Hubo un tiempo, incluso, en el cual estas discusiones se convirtieron en uno de los entretenimientos del lugar y, luego, se comentaban en los pasillos ya como parte de la vida académica. Malcolm esgrimía que el cliché era creernos que nosotros, los occidentales, hacíamos algo. “Tenemos una memoria obsesiva —repetía—. Hacemos para recordar. En Asia son mucho más prácticos. Saben que hay olvido.” “Rubbish!“, gritaba John.

Hasta la secretaria, una rubia fea, intervino una vez. Ella “quiso colaborar” con Steve y había invitado a Lutan a la pileta de la universidad. Por supuesto, Lutan rehusó. “Nada le gusta”, concluyó entonces la secretaria, como si la natación fuera el parámetro de interés absoluto. Malcolm, cuando se enteró de este incidente, se puso furioso. Pareció que iba a pegarle a la secretaria o romper el cristal de una estantería. Gritaba que era ridículo que pretendiéramos que Lutan practicara deportes y comprara la comida en los grandes supermercados. La rubia sollozaba: “Pero tiene que adaptarse…”. Malcolm dio un portazo y sus palabras llegaron hasta las habitaciones del fondo, en donde funcionaba el Departamento de Lingüística: “Adaptarse, ¿qué es eso? Es antinatural moverse del lugar en donde uno nació”.

La secretaria, cuando ya Malcolm había desaparecido, continuó: “Esa mujer le está haciendo la vida miserable a Steve”.

Una de las profesoras de francés, una pelirroja anoréxica, trató de calmarla. “No se puede volver de Oriente sin pagar un precio”. No sé si se refería a Malcolm o a Steve.

Malcolm era un profesor cincuentón, de sacos manchados y pelo largo. Había vuelto de Indonesia, en donde vivió veinte años, sin jamás explicar por qué. Tenía modales bruscos y continuos ataques de impertinencia. Me rodeaba los negocios de Sydney Street para comprar libros sobre cualquier tema oriental y contradecía el contenido a gritos. Pasaba horas redibujando costas de islas lejanas y en arranques de furia rompía esas páginas de libros caros que había conseguido en las tiendas de Sydney Street “porque dicen cualquier cosa”. Comía en lugares sucios que de manera sistemática clausuraban al poco tiempo y admiraba a las chicas de rasgos asiáticos en el tren. Casi todos los demás profesores, y la secretaria, lo rechazaban sin disimulo. Se había ganado mala fama, más que por sus modales, por una cualidad que los ingleses no toleran: era esa clase de hombre que admira un solo tipo femenino. Creo que la sociedad británica los considera físicamente peligrosos; quizás piensan que hay corta distancia entre el crimen de sangre y el encasillamiento de mujeres. Además, sin dudas, Malcolm le tuvo celos a Steve, el profesor de Brixton que logró volver de Indonesia con una esposa delicada a quien la cultura inglesa provocaba un único interés: Lutan le hacía copiar a su madre los modelos de Lady Di. Pero tampoco pensemos que solo esta rabia había hecho hablar a Malcolm.

Yo, ahora en Penang, en medio de una tormenta, veía que sus palabras tenían cierta lógica. Éramos nosotros quienes nos poníamos incómodos con la inmovilidad de Lutan, que con su obsesión por la moda de la realeza, los altares que construía para un Buda cómico y las horas que pasaba delante de programas de televisión incomprensibles, estaba tan ocupada como cualquier mortal.

La lluvia acrecentaba y disminuía su fuerza sin que pudiéramos adivinar cuándo iba a hacerlo. Lutan, a mi derecha, seguía recortando los vestidos de Lady Di y la princesa Margarita. Modelos para mujeres altas que su madre en Indonesia debía convertir en miniaturas.

—Lutan, ¿no te parece una casualidad increíble que después de dos años sin tener noticias de ustedes me haya enterado de que vivían en Penang porque me perdí en el barrio chino de Bangkok? —pregunté.

Lutan dejó la tijera en el aire y una capelina rosa a medio cortar.

—Una casualidad —repetí, por si la frase le había resultado demasiado larga.

—No —respondió Lutan—. Entraste al British Council y preguntaste por nosotros.

—Sí, sí, pero entré porque tenía calor, ni pensaba que…

Lutan frunció la frente de cejas invisibles:

—Cuando viajamos es tan difícil saber qué es casualidad y qué no.

Here we are. Entonces, ella se quedaba quieta para ser dueña de los actos. ¿Existe la casualidad para el inmóvil? ¿La había ofendido diciendo que me resultaba increíble volver a verlos? El viento ya se había ido a llevar nubes negras a otra parte. Sonó el teléfono. Antes de atender miré el aparato como si fuese algo que no debía estar allí. Era Steve. Me dijo que tenía mucho trabajo, que me pusiera cómoda y lo esperara. No preguntó por Lutan y me quedé pensando para qué diablos había llamado si no sabía que yo estaría en su casa. Volví al sofá. Lutan guardaba los recortes del almanaque en un sobre. Entrecerré los ojos y no desperté hasta que Steve volvió a llamar. Mientras tanto, soñé algo que ya me había pasado, el modo en que me había perdido en la ciudad de Bangkok y cómo había dado con el paradero de Steve y Lutan. Cuando terminó el sueño decidí que esta iba a ser la versión que contaría, la definitiva. Aunque reconozco que está ligeramente alterada. Yo me perdí en el barrio chino de Bangkok, es cierto, y también pregunté por ellos en el British Council, pero en el sueño aparecieron otras cosas. De todas formas utilizo esa versión porque no soporto que los sueños se conviertan en algo inútil, en algo que uno no puede hacer circular como excusa.

El sueño empezaba con una de esas características que le avisan a uno que se encuentra en un sueño: el día era espléndido pero yo sabía que para los demás hacía un calor insoportable. Siempre son esas diferencias, esos secretos sobre la realidad que sufrimos, o que sufren los demás, la señal que nos indica que soñamos. Yo tomaba la lancha para cruzar al Templo del Amanecer. El río estaba picado. Los camalotes remontaban las crestas de las olas y, después, se hundían enredados con toda la basura. Era mi última visita en la ciudad de Bangkok. Ya había subido a docenas de lanchas para conocer el Buda inclinado, el palacio del Buda de esmeralda, el Buda de oro y los jardines del Buda falso en donde viven tortugas y los monjes de once años se pasean serios. El Templo del Amanecer apareció en la margen derecha del río más grande, como aparecen los edificios en los sueños. Además, tenía la forma y consistencia de algo orgánico que podía crecer infinitamente. A medida que nos acercábamos se veían las filigranas del techo recortadas en un cielo de exquisito color rosa. Cuando la lancha se arrimó al muelle salté a tierra y atravesé corriendo un puente. Quise evitar a una pareja que me había sonreído con la intención de hablar. Frente a la entrada del templo se amontonaban quioscos de frutas y artículos de marcas famosas falsificados. Subí unos escalones hasta llegar a una cúpula. La piedra de los muros estaba cubierta con tallas de diosas malhumoradas y un hongo color gris. En la terraza escuché unas voces inglesas que decían: “Esto debe de haber sido maravilloso en el siglo diecinueve”. De pronto supe que me encontraba en la terraza de la segunda cúpula, aunque no recordaba haberme movido. “No quiero entrar al templo —pensaba— porque todos los templos son iguales: una habitación grande, budas de todos los tamaños, floreros vacíos, un reloj de pie, colmillos de elefantes y algún que otro australiano durmiendo detrás de una columna para ahorrarse los tres dólares de un hotel barato.” Me reí de esto último. Después, miraba las paredes del templo. Tenían algo perecedero, como si fueran a ser destruidas en cualquier momento por un ataque de ira divina. Abajo me encontré con la pareja que filmaba los detalles de una columna. La película les resultaría un fiasco, vaticiné. En los quioscos de la entrada, una norteamericana regateaba el precio de una camisa Chanel.

—Es falsa —decía.

—Pero usted va a hacerla pasar por auténtica —parecía responder la paciente vendedora. Cosas de los sueños; uno entiende lo que piensan los demás.

De pronto me encontré a la sombra de un árbol muy grande de raíces al descubierto. Cerca, un grupo de japoneses se sacaba fotos con una boa dormida. La dueña del animal cobraba un dólar por foto y, en fila, con cara de aviadores suicidas, los japoneses sufrían. En el fondo había una pareja que se besaba hasta hacerse sangrar los labios y yo me decía: “Claro, esto es una costumbre de ellos”. Mientras todo esto pasaba, un hombre moreno se sentó a mi lado. Tenía puesto un traje tipo safari color caqui y se apantallaba con un abanico negro. Hablamos.

—¿Le gusta el templo? —me preguntó.

—Me encanta. ¿A usted no?

—¿Está bien, es como todos aquí… —Tenía un anillo enorme, también negro, y el acento cansado de los indios cuando hablan inglés.

—Los templos budistas no me convienen —decía. Sacó una tarjeta del bolsillo y me la entregó.

Yo, en lugar de una tarjeta, recibía el abanico. Pero es normal que en los sueños haya economía de objetos. Miraba, entonces, el abanico, que resultaba ser una tarjeta de presentación, y sabía el nombre: Rajiv Okra…

—Soy el director de una empresa que comercializa las ofrendas de los templos, y en los templos de Tailandia hay flores y frutas…

—¿Y qué esperaba?

—En Tirumalai, donde tenemos la oficina central… ¿Conoce Tirumalai?

—No. ¿Dónde está?

—Sur de la India. ¿Es usted italiana?

—No.

—¿Española? ¿Francesa?

—No. Argentina.

—¿Tienen presidente en su país?

—Sí.

—¿Y restaurantes con la comida de Tirumalai?

—No, es una lástima. —El viento empezó a cambiar el paisaje. No me pidan que explique cómo, pero el paisaje cambió. En mi sueño ya no hubo más japoneses ni un árbol grande—. Entonces, me dice que su empresa comercializa las ofrendas de los templos. ¿Cómo es eso? No entiendo.

—Miles de feligreses viajan de Madrás y otras partes a Tirumalai y ofrecen sus cabelleras al dios Visnú. Casi quinientos peluqueros trabajan en el templo afeitando cabezas. Demoran cuarenta segundos en cortarle el pelo a una mujer que lo tiene por la cintura. Mi empresa compra el pelo. Toneladas.

—¿Y qué hace su empresa con el pelo?

—Lo vendemos para hacer pelucas. —Apenas dijo esto aparecieron pelucas por todos lados.

Me despedí de este caballero y tomé la primera lancha que pasó. En las orillas del río había casitas de madera destartaladas y gente bañándose. Un barco grande con pescadores de turbantes sedosos que cosían las redes al sol cruzó frente a nuestra lancha. En el agua, sobre las manchas de aceite que despedían los motores, flotaban cabezas de pescados muertos y cáscaras de fruta. Un grupo de monjes nos hizo señas desde un bote. Nos arrimamos y subieron. Llevaban las cejas afeitadas y túnicas de color azafrán. Uno bajó a sentarse, el resto se quedó en la cubierta. El material liviano de las túnicas se agitaba con el viento y les envolvía las piernas magras. Después de unos sauces, la lancha viró y llegamos a un embarcadero. Los monjes desaparecieron entre los árboles. Se los veía muy animados, tomados del brazo y charlando. Estaba desorientada. Seguí unas calles que me parecieron más europeas que asiáticas y enseguida estuve en el centro de un barrio chino. Había un movimiento enloquecedor pero sabía que no era posible retroceder. A cada lado de la calle se abrían las puertas de infinidad de oficinas con sus carteles en mandarín y los paneles de madera oscura, índice de prosperidad. En las oficinas se mezclaban el comercio y los trajines de la vida doméstica; cada tanto aparecía una vieja o lloraba un niño. En las veredas había jovencitas que freían trozos de carne irreconocible, bollitos de gelatina transparente y pájaros enteros. Changadores con cargas monstruosas se caían en el medio de la calle y demoraban el tráfico, pero nadie hacía nada. Las cloacas estaban llenas de basura. Las sombras de las ratas corrían y cientos de rostros con la boca muy abierta me gritaban: ¿Laringe de chancho?, nidos de… ¿lombrices? Yo, entonces, caía desmayada frente a la puerta de un gran edificio, sin que mi desmayo significara que no seguía caminando. De inmediato supe que el edificio era el British Council y esto me alivió. Entré. La secretaria era la secretaria rubia del Politécnico de Brighton y yo preguntaba por Lutan y Steve.

—Te llama Steve, te llama Steve. —Lutan me sacudió con suavidad.

—Está oscuro. ¿Qué hora es? ¿Cuánto dormí? —Me incorporé y vi que Lutan tenía un nene en brazos.

—Steve quiere hablarte. —Señaló el teléfono como si fuera algo que ella jamás se atrevería a tocar.

—Gracias —dije, sin dejar de mirar al nene.

Steve quería decirme que iba a demorar más de lo previsto:

—Hay una reunión de profesores y no puedo salir. El director está por aquí, así que después te explico…

—No te preocupes —le dije—. Te esperamos a cenar.

—Sería un milagro que hubiera algo de comer. No creo que haya nada en la heladera. Ya sabemos que Lutan nació con sirvientes a su alrededor. Aunque podríamos decirle a Shi que venga y nos cocine algo. Lutan tiene su teléfono. ¿Anda Lutan por ahí?

—Sí, está aquí a mi lado. Tiene un bebé —dije, pensando que también para él sería una novedad.

—No puedo creerlo. ¿George está despierto todavía? —No me habían dicho nada…

—Sí —me contestó Steve—. Nació el año pasado en Jakarta. ¡Por Dios! Que lo ponga a dormir antes de que yo llegue. No quiero estar con un nene después de un día como el de hoy.

Corté.

Lutan le estaba poniendo una pulsera en el tobillo a George.

—Si quiere estar despierto tiene que llevar esto —me explicó.

—¿Qué es?

Hizo sonar unos cascabeles delante de mis ojos.

—Un regalo de la abuela. Oro. Así escucho por dónde anda y no tengo que levantarme. Malo, George es malo —repetía Lutan con su inconfundible acento oriental.

George era muy blanco, de ojos rasgados, y continuamente señalaba cosas.

—Cuando habla no lo entiendo —decía Lutan con orgullo.

Salimos al jardín. La tormenta había estropeado la mayoría de las flores, que despedían un aroma intenso, casi empalagoso. En una magnolia había loros. George, al pie del árbol, quería atraparlos.

—George es muy travieso —dijo Lutan—. Siempre busca las cosas altas.

—Dice Steve que deberíamos hablarle a Shi…

—Ya la llamé —dijo Lutan con picardía—. No cocina muy bien pero puede hacernos algo.

—¿Tampoco te gusta la comida de aquí? —pregunté.

—Todo tiene el mismo gusto. No saben comer con picantes —afirmó con el mismo desprecio y las mismas palabras con que había calificado la comida inglesa años atrás.

Oscureció, la luz enceguecedora se volvió azul oscuro. En el jardín seguían viéndose las flores blancas, los troncos de los árboles y, a unos metros, la calle de tierra por donde cada tanto pasaba una bicicleta. George se había sentado bajo la magnolia, quizás esperando que bajasen los loros. Nos sentamos nosotras también, pero en los escalones de la entrada.

Un hombre gritó algo desde el portón. Lutan lo ahuyentó con un gesto, como se quita uno de encima las moscas.

—¿Qué quería? —pregunté.

—No sé —dijo—. Debe ser un vendedor ambulante. Venden cosas feas.

Al rato apareció una mujer de rasgos afilados, descalza, con dos canastos y una gallina muerta colgada del hombro. George de inmediato corrió hacia ella y empezó a hablar.

—Es Shi —dijo Lutan—. George la adora. Le encanta la comida de aquí —concluyó, como si George tuviera la opción de que le gustara otra cosa.

Shi levantó a George en brazos y se dirigió a la casa. Parecía imposible que pudiera caminar con todo.

Steve llegó tarde. O no. Es difícil saber cuánto estuvimos sentadas en los escalones, mientras nos preparaban la cena y escuchábamos el ruido de los grillos, las cigarras y algún que otro mono revolviendo en la basura de las casas vecinas.

—Fue un día terrible —dijo Steve—. Estamos organizando los cursos para el examen del Cambridge First Certificate. Tenemos un director nuevo, pero nos faltan profesores. —Steve había engordado desde la última vez que lo había visto.

Cuando entramos me sorprendió cómo Shi se las había ingeniado para ordenar la habitación, cocinar y, obviamente, acostar a George.

Las cajas de mudanza y la ropa colgando habían desaparecido. Los zapatos estaban ordenados por pares. En el centro de la habitación había dispuesto varios almohadones y una mesa baja. Cada plato tenía una flor al costado y había candelabros con velas de distintos colores, casi todas a punto de apagarse.

Comimos un curry de pollo con salsa de coco. Lutan separaba los trozos de carne y repetía con los dientes apretados: “No tiene gusto a nada”.

Conté el sueño como la más estricta verdad, estaba interesada en saber el tono con el que la secretaria me había informado que ellos vivían en Penang.

—En Bangkok nos detestan —dijo—. Somos la otra sucursal de Asia que puede hacerles sombra. Aunque, no sé… El nuevo director, Louis… —Miró a Lutan como para que ella confirmara alguna de sus palabras.

Lutan estaba chupando sin disimulo unos ajíes que después escupía en el mismo plato.

—¿Louis? —repitió.

—Ese hombre gordo que conociste la semana pasada cuando fuimos a la embajada porque celebraban el cumpleaños del embajador. Me dijiste que hablaba chino muy bien.

—Sí. Él tiene la casa que nos corresponde a nosotros. La casa en la colina. Con un jardinero y una cocinera permanente —respondió Lutan.

Steve se volvió a mí:

—Lutan está convencida de que esa casa debería ser nuestra. Ya le expliqué mil veces que es la casa del director del British Council, pero no lo entiende.

—Y además, él no habla chino tan bien —concluyó Lutan, como si las casas lujosas de Penang correspondieran a los que hablaban chino bien.

—Bueno —siguió Steve—, lo que quería decirte es que Louis no es exactamente el director que esperábamos.

—¿Por qué?

—Trabajó en Colombia y fue un desastre. En solo dos años logró arruinarlos por completo. Para competir necesitamos a alguien que sepa hacer negocios con los chinos de Cantón, con los más astutos.

Lutan fruncía la nariz con desprecio cada vez que escuchaba mencionar a los chinos de Cantón.

Las velas se consumieron y quedamos iluminados solo por la luz que entraba de afuera. Steve y yo seguimos hablando de Inglaterra, recordando viejos tiempos en el Politécnico y el precio de todas las cervezas que él extrañaba.

No sé en qué momento Lutan desapareció, porque cuando Steve y yo nos despedimos para ir cada uno a su cuarto, ella ya no estaba entre los almohadones.

Al día siguiente salí temprano con Steve. El cielo se preparaba para otra tormenta. Camino al British, Steve me mostró el cementerio inglés, donde la mayoría había muerto de malaria o de alguna otra fiebre tropical y las raíces de las plantas destrozaban las lápidas y las cruces hasta dejarlas sin nombres ni fechas.

Lutan había quedado sentada frente al televisor. En la misma posición del día anterior, con sus diminutos pies entre las manos. La saludé pero no me respondió. Mientras hacía un café en la cocina, pensé que había estado siempre ahí, sentada en el sillón frente al televisor, y que todo lo demás, incluso mis recuerdos de Brighton, había sido un espejismo o parte del sueño. Pero eran solo las maneras de una persona que sabe permanecer quieta y desorienta.

Steve me dejó en el centro de Penang.

Quedamos en volver a encontrarnos a la noche y salir a cenar los tres juntos. Había un restaurante cerca del puente que a Lutan le encantaba. “George se puede quedar con Shi”, gritó Steve a manera de despedida, como si el chico la noche anterior nos hubiera molestado.

Caminé por la costanera y vi los edificios de la época colonial enrarecidos por el descuido. Crucé un parque de diversiones y llegué al inevitable barrio chino. Un aire sombrío reemplazaba la mundanidad malaya. Los rostros de muchos hombres tenían la expresión de alguien que está por tomar una medida drástica, o por lo menos lo que nosotros, los occidentales, creemos que es drástico. Sentí hambre. Decidí comer algo que fuera fácil de identificar o absolutamente imposible de reconocer. Opté por la segunda posibilidad porque la primera me hubiera condenado a una dieta de bananas. En una tienda llena de bicicletas una mujer de cara ancha freía unos triángulos en una sartén enorme. Le pregunté:

—¿Usted los vende?

—No.

—¿Puedo comprarle uno?

—Claro.


*Publicado en Caravana, “La Bestia Equilátera”, 2009

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