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Jueves 6 de julio

Me pongo a escribir porque al fin tengo algo para contarte. El muchacho del quiosco hoy no me trajo el diario. Fui a quejarme. Camino al quiosco se me ocurrió la idea de pedirle que me traiga un ejemplar de cada uno de los diarios. ¿Cuántos son? Ni él lo sabe, así que nos ponemos a contarlos. Traígame todos los diarios, todos. Tendrías que haberle visto la cara al pobre.

Sábado 15 de julio

Es agotador. Empiezo a las ocho de la mañana. Paro para almorzar y después sigo hasta eso de las siete de la tarde. Leo los diarios como se leen los libros, en perfecto orden, de la primera hasta la última página. Tengo que hacerlo así para no saltearme nada. Al principio probé otros métodos. Por ejemplo, leer primero la sección política de cada uno de los diarios, después la sección deportes, después la de espectáculos, después las páginas internacionales. Pero no, el de ahora es el mejor método.

Domingo 20 de agosto

Lo siento pero tuve que tirar tu ropa. Es raro, no sentí gran culpa. Ya sé que te dije que la iba a donar, pero no tengo tiempo. La tiré. Hay días que este trabajo de los diarios me lleva doce horas y me deja sin fuerzas, sobre todo los fines de semana. Entonces dejo algo para el lunes. Generalmente el martes me reactualizo y aprovecho para ordenar. Como tiré la ropa, ahora tengo lugar en tu armario para guardar los diarios que ya leí. Cada vez que viene de visita, Ana dice que tengo que tirar los diarios. Para qué guardarlos, mamá. Tu olor ahora se mezcla con el olor a tinta de los diarios, pero no es un olor nuevo sino una pugna entre olores.

Viernes 1.° de septiembre

Leo en los diarios lo que nadie lee. A veces me digo que soy la única persona que ha leído tal o cual noticia abandonada en un rincón. A veces me digo que soy la razón por la que publican esas noticias insignificantes que no alteran nada en el curso del mundo. Deberías verme. Comparo las noticias. Copio en un cuaderno las más curiosas. A veces viene Ana y le pido que me ayude a cargar hasta tu armario las pilas que se me van amontonando.

Lunes 11 de septiembre

Desconfío de las noticias que salen en un solo diario. Desconfío de las noticias que salen iguales en todos los diarios. Solo creo en las noticias que salen diferentes en todos los diarios. Ayer viono Ana, le mostré el cuaderno y le leí la noticia del hombre al que le implantaron una segunda cabeza. Salió publicada en un solo diario, o sea que las mejores noticias son aquellas en las que no creo. Ana me dice que todo eso es mentira, que hay diarios que inventan cosas. Claro que sí. Después le pido no te vayas y le leo mi noticia favorita del último mes. En Holanda, un director de cine fue hallado culpable por el asesinato de cuatro actores que años atrás habían trabajado a sus órdenes. El asesino nunca pudo aceptar que sus actores siguieran apareciendo en otras películas hechas por otros directores. Cuando terminé de leer, Ana se largó a reír, tanto que terminó llorando y parecía triste. Le dije entonces que te extraño, que me encantaría leerte a vos las cosas que copio en el cuaderno. Tengo otras noticias que a veces, por las noches, hago de cuenta que te leo. Pero Ana se puso violenta y ya no quiso escucharme.

Domingo 29 de octubre

Hace mucho que Ana no aparece por aquí. La última vez le pedí que no viniera más los fines de semana porque son los días que tengo más trabajo. Sería muy útil que viniera los miércoles después de las seis de la tarde, pero no sé qué le pasa, no entiende razones.

Lunes 6 de noviembre

Ayer Ana me dijo que desde el mes pasado existe un diario nuevo. Yo no lo sabía y me enojé mucho. La verdad, no sé si me enojé por lo que me contó o porque ayer fue domingo y no quiero que nadie me moleste los fines de semana. Hoy fui al quiosco y les dije de todo. Al final me dieron la razón. Sí, señora, desde mañana también le mandamos el diario nuevo.

Viernes 10 de noviembre

Si vieras qué fácil es. Me fijo el número de teléfono. Llamo. Me fijo el nombre de la sección y el nombre de un periodista cualquiera y pido por él. No falla casi nunca. A veces me dicen que no, que es colaborador, entonces lo tacho de la lista. Pero los periodistas que ellos denominan redactores están allá todo el día. Hacen guardia como los médicos o como los policías. Es una obligación. Para que me hablen les pregunto idioteces y los entretengo. Ellos tienen que ser amables porque saben que una siempre puede quejarse a un superior. A esta altura ya les conozco a varios la voz. Los que escriben de política en su mayoría son hombres y tienen voz grave de fumadores. En espectáculos ocurre al revés, todas mujeres con voz de secretarias. Últimamente, cuando leo los artículos firmados por esos con los que hablo seguido, me parece estar oyéndolos.

Jueves 16 de noviembre

No sé si decírtelo. Conocí ayer a Sergio. Tanto nos hablaba Ana de Sergio. ¿Te acordás? Después dejó de hablar de él y yo no sabía si preguntarle. Después volvió a hablar de él, ya no sé si vos estabas, por ahí lo mencionaba como si fueran amigos. Anoche Ana vino con Sergio. No habla mucho ese muchacho. Parece educado, pero me parece que no es como te gustaría que fuera.

Martes 28 de noviembre

Ahora salió otro diario más. Esto complica las cosas porque además los diarios vienen cada vez más gruesos. Me estaba atrasando y por eso no te escribía, pero este fin de semana lo pasé sin dormir y ya me puse de nuevo al día.

Miércoles 29 de noviembre

Me olvidé: Ana se fue de viaje sin Sergio. Es raro porque no se fue de paseo, se fue a buscar un cargamento de no sé qué para el negocio de él. Creo que se fue a Brasil. Por las dudas mañana voy a leer con más atención las noticias de Brasil.

Lunes 11 de diciembre

Ana ya volvió y se fue de nuevo. Con la excusa de que tiene que viajar seguido ya no nos vemos, solo hablamos por teléfono. La semana pasada fui a ver al oftalmólogo porque desde hace algunos meses se me irritan los ojos. No te dije nada para no alarmarte. El problema no es que lea mucho, sino que me refriego los ojos con los dedos manchados de tinta. Eso dice el oftalmólogo y tiene razón. A veces las yemas de mis dedos están negras. Santo remedio desde que anteayer se me ocurrió usar un trapo húmedo y limpiarme las manos cada tanto.

Jueves 21 de diciembre

No lo puedo creer. Nuestra Ana hizo algo terrible. Me enteré por los diarios. Dicen que Sergio está libre, que es inocente y que no tiene nada que ver. Podría haber llamado Sergio, para avisarme. Tal vez no tenga mi número. Tal vez prefiere pasar por casa para explicar bien lo que pasó. Por las dudas no me muevo de acá, así me encuentra. Ahora Ana está en todos los diarios. Pero todos los diarios dicen lo mismo, así que no debería creerles. Voy a llamar y vas a ver que Ana me atiende y nos dice que todo fue un error, que hay otra que se llama igual que ella. ¿Y si atiende Sergio? Ahí no, ahí cuelgo.

Sábado 23 de diciembre

Ana volvió a salir hoy en todos los diarios, pero esta vez no se ponen tan de acuerdo. Sé más de ella ahora que en los últimos tiempos, cuando ya no me visitaba. Por primera vez estar con Ana no significa interrumpir la lectura.

Jueves 4 de enero

En una aldea de China una mujer dio a luz un perro. Lo que no entiendo es cómo ponen una noticia tan importante en una página perdida. Ayer estuve discutiendo con varios de ellos. El asunto es que pierdo la tarde hablando por teléfono y después tengo que recuperar terreno. Pero si siguen haciendo las cosas mal voy a tener que llamar más seguido. Antes esto no pasaba. Y lo peor es que ahora se hacen negar. Por ejemplo, uno de los que escriben sobre Ana ya no quiere atenderme. Antes hablábamos seguido. Ahora siempre me dicen que no está. No tendría que haberle contado quién soy. Al principio no me creyó, sabés, y me habló medio en broma. Escúcheme, le digo. Escúcheme bien. Y le conté la historia de Ana y Sergio, y le di el teléfono de ellos para que me creyera. ¿Cómo es el teléfono?, me preguntó. Y me lo hizo repetir.

Viernes 12 de enero

Voy a tener que pedirle al muchacho del quiosco que me ayude a ordenar los diarios en tu armario. Estuve haciendo cálculos y de acá a tres meses ya no va a haber lugar. Capaz que tiro un poco de ropa mía. Hay cosas que ya no uso.

Miércoles 24 de enero

Hoy me despertó la voz de Ana en el teléfono. ¿Qué hora es? Son las once de la mañana, me dice, ¿dormías? No le discutí porque la pobre está mal pero en mi reloj eran las siete menos diez. Parece que Ana volvió a su casa. Pero me dio otro teléfono y me dijo que me olvide del anterior. ¿Y Sergio? También tenemos que olvidarnos de Sergio. Hace mucho que no aparecés en los diarios, le digo. Entonces Ana se pone a llorar y dice necesito verte, quiero contarte lo que pasó. Por suerte pude responderle no vengas, no hace falta, para qué si ya lo sé todo por los diarios, y le corté.

Lunes 29 de enero

Ana insiste con los llamados. Ahora dice que Sergio fue el culpable, que la mandó de viaje y se hizo después el desentendido. Yo no sé qué pensar. Hace cuatro días que llamo al que escribía sobre Ana para contarle esta historia, para que me diga la verdad. Si hoy me vuelven a decir que no está, llamaré a otro diario.

Martes 13 de febrero

En Hungría, durante un concierto, alguien del público disparó contra el violinista. La policía apresó al agresor y descubrió que era sordo. Acá los diarios se vuelven más gruesos y mi salud más flaca. Ya venía una semana demorada, pero los últimos días los pasé con dolores en el pecho y en las piernas, así que ahora estoy dos semanas atrasada. No veo la televisión ni enciendo la radio para no enterarme de lo que aún no leí. Te vas a reír: ayer hice un pedido al mercado y les dije que no envolvieran los huevos con ningún diario posterior al veinte de enero.

Martes 27 de febrero

Me doy cuenta de que Ana está mejor porque ya casi no me llama y ya no insiste en querer visitarme los fines de semana. Ayer vino por un rato y, de pronto, tuvo la idea de ayudarme a ordenar los diarios. Le dije que en tu armario ya no queda lugar ni olor a vos. Después me tropecé y casi me caigo. La pobre Ana se asustó. ¿Te mareaste? No, le digo. Total ya estoy acostumbrada a que me pase más seguido.

Lunes 5 de marzo

Esto empeora. Me sigo retrasando. De nuevo problemas de vista. Ayer, para colmo, me puse a leer un diario que ya había leído. No sé cómo pudo traspapelarse. Total que perdí una hora porque al principio no me di cuenta. Cuando llegué a la noticia de los cuatrillizos siameses, pegados los cuatro por la cabeza como un trébol de los que traen buena suerte, ahí recién me dijo esto ya lo leí, porque la verdad es que, salvo noticias así, el resto siempre parece lo mismo. Eso fue ayer porque hoy me dolió tanto la cabeza que bajé las persianas y me quedé a oscuras, sin leer. Te escribo apurada. Perdón.

Domingo 11 de marzo

Podés creer qué mala suerte que ayer me vengo a marear después de abrir mi armario, me caigo contra la puerta, el mueble se sacude todo y los últimos tres meses de diarios se derraman por el piso. Ya no sé qué leí y qué no leí. Tengo miedo de agarrar un diario y saltarme por error un día. La cosa es que perdí la cuenta, no me acuerdo por qué fecha iba, solo sé que a esta altura ya estoy muy demorada. Si sigo así voy a vivir leyendo diarios de un año atrás. Igualmente leo el horóscopo y el pronóstico del tiempo como si fueran del día de la fecha.

Martes 20 de marzo

Debo haberme salteado varios días porque de pronto no entiendo las noticias. En España pasan cosas raras. No sé dóndes antes leí esto. Cuando me duele mucho la cabeza solo puedo leer los títulos. No sé si te dije algo que ya me pasó otras veces. Vengo leyendo día a día un hecho, como una de esas novelas por entregas, y de repente el asunto desaparece. Me digo que es pasajero. Pasan los días y nada. ¿Adónde va a para toda esa gente que no es noticia? Nadie en los diarios me sabe decir qué fue de los cuatrillizos. Ya ni ganas de quejarme tengo.

Jueves 29 de marzo

En la India nació un chico con las manos al revés, con las uñas del lado de adentro y las palmas del lado de afuera. Después, por un momento, me pareció que eras vos en el diario. Aunque la foto está borrosa, el muchacho se te parece tanto que agarré la lupa para sacarme la duda. Lo que te contaba de España va de mal en peor. Ahora Ana dice que tiene una idea para solucionar mi retraso. Una amiga suya, enfermera, no consigue trabajo, entonces ella le propuso que me ayude con los diarios. Así, de a dos. Vamos a adelantar.

Sábado 7 de abril

No conozco persona más inútil que Violeta. Si sigue así tendré que echarla. Ana me pide que le tenga paciencia, que está sin trabajo y tiene un hijo de cinco años. Como no sirve para nada con los diarios, ayer la mandé a la cocina para que me prepare algo de comer.

Domingo 15 de abril

Ayer saliste mejor que el otro día. Lo que no entiendo es por qué publican tus fotos en tamaño tan pequeño. Ahora me la paso con la lupa para poder verte. Tuve que echar a Violeta. A veces viene Ana.

Lunes 30 de abril

Me lo rogaron las dos. Por eso le dije a Violeta que está bien, que puede volver, pero a condición de que no toque los diarios. Por las dudas echo llave a los armarios. Ya una vez la descubrí queriendo abrir el tuyo, entonces le pegué dos gritos y se fue corriendo. Pero si grito fuerte me mareo.

Jueves 17 de mayo

Me sigo mareando. Hasta sentada me mareo, como si día y noche estuviera a bordo de un barco.

Miércoles 20 de junio

Esta mañana me despertó un olor agrio que salía del armario. Todo apesta. Los diarios viejos se están pudriendo. No me rindo, pero nunca olí algo así. A veces por las noches me pongo a aullar.

Miércoles 4 de julio

Los diarios ahora vienen de curiosas formas: redondos, romboides, ovalados. El otro día un diario trajo una sola noticia: la misma noticia contada de cien maneras diferentes. Mi atraso ya no tiene solución. Igual no me rindo. Si miro con suma atención, si uso la lupa, en todas las fotos ocurren cosas muy extrañas a tus espaldas. Algunas fotos me dan arcadas. Ayer me desmayé. Lo de España me preocupa más y más. Voy a tener que echar perfume.

Lunes 20 de agosto

Querido papá, soy Ana. Recién ayer encontré este diario. Como ya sabrás, mamá murió hace dos jueves. Supongo que a ella le gustaría ver clausurado este diario con el recorte que voy a pegar a continuación. Pensar que estuve a punto de decirles a los de la funeraria que no pusieran ningún aviso. Después me dio pena. Pensé que acaso, de este modo, alguna vieja amiga podría enterarse. Que yo sepa, es la única vez que mamá salió en los diarios.

 

Este cuento forma parte de Lo inolvidable (Páginas de Espuma, 2010). 

Mi hermana siempre decía que era mucho mejor tener un sobrino que tener un hijo. Supongo que nuestra madre habría estado de acuerdo. Según mi hermana, con un sobrino disfrutabas de todo lo bueno, de todas las alegrías de tener un niño cerca, pero sin ninguno de sus inconvenientes. El embarazo, por ejemplo. Y el parto. Los pañales. Despertar a medianoche. Y, cuando crecen, no tienes que reñirles, ni que educarlos, aseguraba mi hermana. La adolescencia, ese misterio, esa sangría. Puedes limitarte a darles todos los caprichos y a dejarte querer. Puedes comprar un pantalón, por ejemplo, pero no tienes la obligación de comprar todos los pantalones y de supervisarlos y de comprobar cómo se desgastan y cómo se quedan pequeños. Puedes ver cómo crecen los niños, sí, pero con distancia suficiente, a salvo de las explosiones y de los agujeros negros. Por no hablar del tiempo, del tiempo que se escapa, de la sensación de que la vida se desplaza lentamente hacia la nada como un barco a la deriva. Yo no podía estar menos de acuerdo con aquellas afirmaciones, aunque fingía que sí. Un barco a la deriva siempre es mejor que un barco que hace aguas por todas partes, que se va a pique, que ya se hunde sin remedio. Yo quería todos esos inconvenientes que enumeraba mi hermana. Yo quería planchar las rodilleras, limpiar culos, poner el termómetro, ir a las revisiones del pediatra. Dormir siempre mal, con una opresión en el pecho. Siempre es difícil llevarle la contraria a una hermana mayor.

Laura era hija de mi hermana, y por lo tanto era mi sobrina. Una niña frágil y fantasiosa que empezó a quedarse en mi casa una vez por semana, después del colegio, cuando acababa de cumplir cuatro años. Nació en octubre. Al principio nos pareció más conveniente que fuera los jueves, que pasara conmigo las tardes de los jueves. Recuerdo la tarde en que Laura, sentada en el sofá, señaló hacia el pasillo con una expresión de goce indudable, con esa mirada brillante que solo tienen los niños. Era la segunda o la tercera vez que venía a pasar la tarde conmigo, mi hermana aún no había llegado de la sesión y ya empezaba a hacerse de noche, aunque acabábamos de merendar. Seguí la dirección de la mirada de Laura, pero no había nada allí, nadie, solo mi triste pasillo en penumbra. El suelo estaba lleno de miguitas de pan. Entonces ella me miró fijamente y me dijo, entusiasmada: ¿No lo has visto? ¡Acaba de pasar un fantasma! ¡Estaba asustado como una paloma! Aquel día supe que me había ganado su confianza, porque ya era capaz de inventar junto a mí, de mentirme o de bromear o de ponerme a prueba. Hasta entonces había permanecido en silencio.

Después de las navidades mi hermana decidió que era mejor que su hija viniese a mi casa los viernes en lugar de los jueves. Ella, mi hermana, salía agotada de las sesiones, así que parecía preferible que fuesen los viernes por la tarde y que Laura se quedase a dormir conmigo. Mi apartamento solo tenía un dormitorio, pero conseguimos una cama plegable, ya no recuerdo cómo, tal vez la trajimos de la Torre, una cama diminuta con un colchón de apenas diez centímetros de espesor. Aquellos primeros viernes de invierno Laura durmió siempre de un tirón, exhausta por los juegos y la emoción de pasar la noche fuera de casa (nunca antes lo había hecho), tal vez también por el misterio de las actividades adultas y casi clandestinas de su madre. Tardó varios meses en despertarse por primera vez en mitad de la noche, como hacía en su casa de forma habitual, al menos según me contaba su madre. Uno de los momentos más felices de mi vida fue la primera vez que Laura empezó a gritar en mi apartamento a las tres o las cuatro de la mañana. En mi cama, en medio de un sueño profundo, me despertó un llanto infantil situado a solo dos metros de mí y durante unos segundos creí que quien lloraba era un bebé, mi hijo, un hijo o una hija inexistentes (no he tenido hijos, claro) y en medio de ese desconcierto, antes de ir a consolar a mi sobrina, lloré yo también, de alegría y de intuición y tal vez de rabia. Me sumergí en el llanto de Laura y buceé en él como en la idea de otra vida posible. Después me acerqué hasta su cama en la oscuridad y vi que gritaba dormida, con los ojos cerrados y el labio inferior tembloroso, los dedos rojos agarrados al borde del edredón. Le acaricié el pelo y se calmó poco a poco, como si mis dedos le hubieran inyectado alguna droga.

Aquellas estancias periódicas duraron dos años. Compré un cepillo de dientes, una almohada rosa con unos dibujos de animales, un pijama, juguetes, galletas de distintas formas y colores. En su casa dormía siempre con un oso de peluche que le había regalado Jaime, así que yo también le compré un muñeco para que tuviera algo a lo que aferrarse por las noches. Encontré un pato de tela que me cayó simpático desde el principio. Tenía la mirada vacía de los animales disecados o falsos, pero no daba demasiado miedo, porque no parecía real. No era sólido, había algo de gelatinoso en sus movimientos, solo me costó diez euros. Yo lo guardaba en el armario empotrado de mi habitación y todos los viernes por la mañana lo colocaba con cuidado debajo de mi almohada, y lo primero que hacía Laura cuando entraba a mi casa era correr hasta mi cama para destapar al muñeco y saludarlo. Ella creía que el pato pasaba toda la semana allí, que dormía conmigo. Le daba un poco de pena que el muñeco no tuviera niños con los que jugar. Supongo que mi vida le parecía previsible y aburrida, a pesar de todo. Cada vez que Laura veía al pato, saltaba y chillaba de alegría, como si a lo largo de la semana hubiese llegado a dudar de la fidelidad del muñeco, o de la mía. Le inventamos un nombre, Feldespato. ¿Qué tal estás, Feldespato? ¿Me has echado muchísimo de menitos?, decía Laura, mientras le acariciaba el pico naranja o le besaba las patas amarillas y lo llenaba de babas.

Me encantaba pasar los viernes con mi sobrina. La iba a buscar al colegio con el coche, y pasábamos la tarde escuchando música, pintando, en el parque o en el cine. Hacíamos carreras. Escondíamos objetos. Olíamos hojas y pinturas. Nos maquillábamos. Bailábamos alrededor de una hoguera imaginaria mientras tocábamos instrumentos invisibles. Al final de la tarde preparábamos la cena: le gustaba probar, subida a una silla, cada uno de los ingredientes que añadíamos a la pizza o a la ensalada. Antes de acostarla le leía un cuento. Mi colección de cuentos infantiles creció poco a poco y pasó a ocupar más espacio que mi propia biblioteca. Laura construía verbos a partir de sustantivos: decía «bicicletear», «cuentear», «peliculear», «bocadillar». También decía «mantar» en lugar de «arropar». Cuando estaba con ella el mundo cambiaba de significado y cada objeto se convertía en una acción de maravilla posible.

Perdí a Feldespato. Un viernes por la mañana, nada más despertarme, tuve una extraña intuición, como un hueco que se abría en mitad del pecho. De inmediato vi, o imaginé, la mirada indiferente del muñeco. Busqué primero en el armario, donde lo guardaba siempre, y después, como un acto reflejo, debajo de la almohada. A continuación rastreé sin éxito toda la casa, al principio de forma alocada y aleatoria, después de forma sistemática. Los nervios me llevaron a buscarlo en lugares que llevaba años sin recorrer, en la esquina más inverosímil, debajo de la cama y del sofá, en el trastero, en una gigantesca caja de cartón en la que guardaba cartas y papeles antiguos, fotografías familiares, apuntes de la universidad. Pasé revista a mi vida y me sorprendí de haber sido, no muchos años antes, otra persona. Me sentí culpable. Recordaba que había metido el muñeco en la lavadora el domingo anterior, con las sábanas de Laura, y recordaba haberlo tendido en la terraza, sujeto a la cuerda con una pinza que le atenazaba el ala derecha y le daba un aspecto de sometimiento, como una marioneta en espera de una mano que la llene y la anime. Sin embargo, no tenía la certeza de haberlo colocado de nuevo en el armario, en su sitio. Los gestos repetidos pierden nitidez, se amontonan como calcetines o como camisetas, de dos en dos o de tres en tres, al final es imposible distinguirlos. Por suerte, tenía tiempo y pasé por la tienda en la que había comprado el muñeco perdido. Tenían varios iguales, colocados uno junto a otro en una estantería, las patas colgando, sin vida, como niños que esperan su turno. Todos con la misma postura de cansancio, con la misma expresión de nada.

Antes de ir a buscar a Laura coloqué el pato nuevo debajo de la almohada. Me pareció idéntico al otro, indistinguible. A lo mejor había alguna diferencia, el ligero desgaste del que se había perdido, pero una niña de cuatro años no podía darse cuenta.

Cogí el coche y fui hasta el colegio. A esa hora era imposible aparcar y siempre dejaba el coche en doble fila. Las madres (casi todas eran madres) formaban un semicírculo en torno a la puerta. Los niños de primero de infantil salían de uno en uno y corrían hacia la libertad. Laura solía ser una de las últimas. Caminaba hacia mí sonriendo, pero sin precipitarse, como si ya tuviera una idea precisa del concepto de dignidad.

Cuando llegué a casa con ella, repitió su ritual de todas las semanas y corrió hacia mi cama. Levantó la almohada, sacó el muñeco y se lo quedó mirando. La alegría desapareció de su cara. Me miró a mí. Volvió a mirar al muñeco. Este no es Feldespato, dijo. ¿Dónde está Feldespato?

Tuve que explicarle lo que había pasado. Me disculpé una y otra vez. Es difícil ponerle excusas a una niña de cuatro años. Aún no conocen los códigos, y las explicaciones se enredan, parecen absurdas, no sirven. Pero a medida que hablaba me di cuenta de que ella sentía más curiosidad que decepción. No hubo ningún reproche, ni una sola lágrima. En vez de mirarme a mí, miraba a su nuevo muñeco. ¿Sabes una cosa?, me dijo, por fin. Tenemos que ponerle otro nombre. Ah, claro, respondí. Tiene que tener un nombre. Le sugerí varios: Patoso, Matías, Ánade, Bartolo, Juan Carlos. Ninguno le parecía adecuado. No tiene cara de Bartolo, decía, por ejemplo, mientras examinaba con atención los ojos alucinados del muñeco. Pasamos la tarde así, mirando un pato de tela. Laura se tomó el asunto con mucha seriedad. A mí me costaba aguantar la risa. ¿Cómo había sabido que se trataba de otro muñeco? Fue por la noche, después de que la ayudara a ponerse el pijama, cuando me anunció que ya había encontrado el nombre adecuado. Se llamará Patológica, me dijo. Me quedé sin habla. ¿De dónde habría sacado esa palabra? Porque no es un pato, no es exactamente un pato, dijo. Es una chica, una pata. (Tenía una forma muy graciosa de pronunciar algunos adverbios: no dijo «exactamente», claro, sino «sastamente»: «no es sastamente un pato».) Le dije que entonces tendría que llamarse Patalógica, y no Patológica. Se volvió a quedar pensativa. Se llama Patológica, concluyó, dando por cerrada la conversación.

El sábado, cuando mi hermana vino a buscar a Laura mi sobrina le contó a su madre las aventuras de la pata Patológica. «Lo mejor de todo», le dijo, «es que no tenemos ni idea de que ha pasado con el otro muñeco. ¿Habrá salido volando?». El domingo por la mañana sonó el timbre. La vecina de abajo traía bajo el brazo el muñeco originario, Feldespato. Al parecer había caído del tendedor a su terraza. A lo largo de la semana había pasado un par de veces por casa, pero no había dado conmigo. Se lo agradecí. Coloqué los dos patos, uno junto al otro, y traté de encontrar alguna diferencia entre ellos. Con un rotulador negro tracé una F en la etiqueta del pato que me había traído la vecina y una P en el que había comprado sólo tres días antes.

El viernes siguiente quise hacer un experimento. Coloqué bajo la almohada el muñeco que tenía una F en la etiqueta. Fui a buscar a Laura al colegio, y cuando entramos en mi apartamento ella fue hasta mi cama, retiró el muñeco de debajo de la almohada y se puso a gritar como una loca: ¡Ha vuelto Feldespato! ¡Ha vuelto Feldespato! ¿Dónde estabas, Feldespato?

Laura decía que Feldespato era un muñeco triste, y que Patológica era una muñeca que siempre estaba contenta. No tenía ningún problema para diferenciarlos. A partir de ese día empezó a dormir con los dos. Cuando se lo conté a mi hermana, me dijo que yo siempre había sido, desde la infancia, una persona muy despistada y, al mismo tiempo, con una enorme imaginación. Seguro que hay algo que los distingue, algo que hasta una niña de cuatro años es capaz de percibir, y sin embargo a ti se te escapa porque siempre estás pensando en otra cosa. Sentí que en esas palabras había algo de reproche. No quise discutir.

Dos años después, cuando acabó todo, Laura se fue a vivir con su padre a Salamanca. Le ofrecí los patos como regalo de despedida, pero no los quiso. Están acostumbrados a tu casa, me dijo, en Salamanca estarían los dos muy tristes y no sabrían que hacer. No les gustan las ciudades que no conocen. Además, seguro que los cuidas muy bien. Tuve que reprimirme para no llorar delante de la niña.

Sólo unos meses después desperté en mitad de la noche con la certeza de que me estaba ahogando. Encendí el televisor y traté de ver una película. Me comí una mandarina. Era viernes, así que al día siguiente no tenía que ir al despacho. Ya estaba amaneciendo cuando abrí la puerta del armario. Saqué los dos muñecos y les pasé la mano por la tripa de tela. Me fijé en las etiquetas y me di cuenta de que las letras, que los distinguían se habían emborronado. La P y la F parecían iguales, una mancha vertical. Me pregunté si Laura todavía sería capaz de distinguirlos, de decirme cuál era cuál. Me acordé de mi infancia, de mi hermana, de nuestra madre, de los veranos en la Torre, cuando nos bañábamos en una palangana enorme y llena de bichos. ¿Tu eres Patológica, verdad?, le dije a uno de los muñecos. Devolví al otro al fondo del armario. Espero haber acertado, pensé, mientras me metía en la cama. Me abracé al muñeco con fuerza hasta que me venció el sueño. Cuando desperté, casi ocho horas después, el trozo de tela seguía allí. Fui al cuarto de baño, cogí las tijeras con las que me cortaba las uñas (las mismas que había utilizado tantas veces para cortarle las uñas a Laura) y volví a la cama. Miré al muñeco, miré la etiqueta, llegué a sostenerla entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, pero no me decidí. ¿Y si me equivocaba?

Cómo me iba a servir de tales platos distantes

esas cosas, cuando habráse quebrado el propio

hogar, cuando no asoma ni madre a los labios.

Cómo iba yo a almorzar nonada.

César Vallejo

Nací entre frases de pésame, «ya todo se arreglará», «van a salir adelante», «un hijo siempre es una bendición», «todo ocurre por algo». Yo me pregunto: ¿Por qué no te pajeaste al lado? ¿O terminaste afuera? ¿Qué hacía un pendejo en uniforme escolar recibiendo a su hijo en el hospital? ¿Y una cabra chica a quien casi se le desgarra el útero por hacerse la grande? ¿No había una farmacia cerca? ¿No escucharon nunca el cuento de la semillita? ¿No podían tomarse la temperatura y enterarse del día de ovulación? Perros calientes; y les caí yo de regalo inesperado para siempre. Nací parado, a punto de asfixiarme, amenazando con rajarle las entrañas a mi mamá, obligando una cesárea de urgencia que nos salvó la vida a los dos. Después, como si fuésemos tres hermanos, compartimos la misma habitación, incluso la misma cama. En ese tiempo, ¿quién lloraba más, ustedes o yo? No los dejaba dormir con mis berridos. Mi papá dio sus pruebas globales en vacaciones, mi mamá rindió exámenes libres el año siguiente. A ninguno le fue bien en la prueba de ingreso a la universidad.

Pero ustedes no eran un par de adolescentes cualquiera, ustedes querían hacer la revolución, entonces yo era un doble obstáculo, para vivir su juventud y para hacer política. Nací escuchando música de la nueva trova, rock de los setenta, cultivando el oído con tanta melodía distorsionada. Las primeras palabras que aprendí fueron: valores, ideología, partido, pueblo. Todas palabras que imaginaba que mis padres pronunciaban en mayúsculas.

El verano siguiente papá se fue al sur por una reunión de las juventudes del partido, no supimos nada de él durante tres meses. Un vecino comenzó a rondar a mamá. Traía libros, escribían pancartas, iban a reuniones clandestinas ―a las que yo también asistía con mi cuaderno para colorear―. Una mañana la vino a buscar con un pañuelo que le tapaba la boca, lo llevaba tan mal puesto, que más que una estrategia de clandestinidad, me parecía un vulgar juego de seducción. Esa noche se quedó a dormir. A través del tabique de la habitación sentí los gemidos y las risas de dos personas que se gustan. En una artimaña evidente, regresó el día próximo con un regalo para mí, una pista de autos que hacía bastante ruido. Yo pensaba que un tren hubiese sido mejor, con sus pitos intermitentes y sus ruedas sinuosas. Cuando regresó papá, hubo una fuerte discusión de la que se enteraron todos los vecinos, eran lanzadas como boomerangs las grandes palabras de siempre: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. No sé si en ese orden, pero sí con esa frecuencia: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. Yo dibujaba una estrella con cinco puntas y hacía marcas en cada repetición.

Una vez, un padrastro con quien me había encariñado se apareció en la casa, pero con barba, peluca y acento uruguayo. Yo lo miraba de reojo, lo evocaba roncando en la cama de mamá, mientras ahora lo escuchaba haciéndose el estratega de alguna operación comando. De ahí en adelante, comenzamos a ser la familia cromosoma 21: dos madres, tres padres, cinco abuelos, tíos multiplicados por doquier. Viví en varias casas, en pensiones transitorias, en apartamentos abandonados.

Nada odiaba más que la palabra misión, significaba que mi padre o mi madre estarían fuera bastante tiempo. Ante mi resistencia y llantos, repetían la frase mágica: «órdenes del Partido», «órdenes del partido» decía yo, con minúscula. La frasecita aquella era la respuesta a todo: cambios de casa repentinos, ausencias, separaciones familiares, intercambio de parejas. Tiempo después, entre los muebles procedentes de alguna mudanza, leí la noticia de un atentado fallido y los nombres de las personas capturadas.  Comprendí, una tarde bochornosa, que mi padre estaba encarcelado en un cuarto angosto con el sol dando oblicuamente contra los cacharros. Creo que me desmayé mientras los niños sudaban en el espejismo de la canícula de las cuatro de la tarde. Nunca me atreví a verlo en prisión. Todos llegaban tras las visitas moviendo la cabeza, comentando lo delgado que estaba. Prefería mantener la imagen del hombre nervioso, que fumaba cigarros haciendo un arco con la mano en la frente. Tenía una foto de papá debajo de la almohada, y le hablaba en voz baja todas las noches.

Cuando salió libre se quedó en casa. Lo noté más suave en el trato con nosotros, los gestos, el tono de voz. «¿Qué pasa entre tú y mamá?», pregunté. Los dos se encogieron de hombros, ensayaban frases sin decir nada con sentido. Imagino que debe ser difícil que un hijo te mire con tanto desacierto esperando la respuesta de dos padres desorientados. Ella se asomó al pasillo, hizo café, me indicó un espacio en el sofá. Me contó que lo estaban intentando otra vez. «¿Qué cosa?», dije. «El estar juntos, ¿no te alegra?». Pero como era de esperar, la felicidad fue muy frágil. Un día mamá llegó solemne para anunciar: «Me voy un año a la Unión Soviética. A tu padre lo envían a Rumanía, es peligroso que siga acá, lo van a tomar preso de nuevo. Te quedarás con Marta, estarás bien con ella». La miré fijo sin entender qué sucedía en mi interior, cuando conté el segundo doce salí dando un portazo.

Pasé mis catorce años coleccionando billetes de rublos con letras en cirílico, estampillas con el rostro de Lenin, todo esto en la habitación de la amiga de mamá, que me acogió en su casa. Ustedes viajaban por todo el bloque socialista y me enviaban postales. Mi padre se reunió con el Josip Broz Tito o Mariscal Tito, recibí un sobre con el sello Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija y un billete de veinte dinares. Me hice coleccionista de billetes y estampillas por desesperación. Salía al camino del cartero con la respiración contenida, no alcanzaba a tocar el timbre y yo tendía la mano para recibir los sobres extranjeros con tres sellos y dos timbres de egreso e ingreso. Cada vez conocía más nombres, ciudades, países que localizaba en un mapamundi colgado en la pared. Cortaba la estampilla, la ponía en agua hasta soltar el pegamento y la incluía en un álbum de hojas de cartón y pliegos de papel diamante, intercalados.

Mientras picaba unas zanahorias para la cena, le pregunté a Marta cuál era su rol en el partido. «Cuidar a los niños de los camaradas que están en misión,», me respondió mientras tarareaba una canción de Silvio. Marta tenía una hija de diecisiete años, Lili. La contemplaba sin poder disimular mi fascinación por sus pestañas largas, sus piernas firmes. Ella me decía «Te voy a hablar con la verdad». Le pregunté por su papá, me indicó una imagen fotocopiada en la pared: el rostro borroso de un hombre con una frase al pie: «¿Dónde están?». Conocía la pancarta y no dije nada. De venganza, ella me reveló que yo era un «hijo del toque de queda» lo que no me causó mucha gracia.

Mi primera experiencia fue con Lili. Aún tengo la escena en la retina, buscando explosivos en la bodega del patio trasero para terminar desnudándonos a tirones. Nos unía una biografía atípica, con la inocencia propia de la niñez, pero atravesada por la decisión de nuestros padres de empuñar las armas. Le pregunté si tenía algún recuerdo de su padre, «ninguno», me respondió con rabia, mientras me pasaba una estaca. Hicimos una carpa arrimada a una pared de la bodega, juntamos palos, cachivaches y armamos  nuestro hogar. Aquél era un lugar aparte, con leyes propias. Un lugar donde no entraban las miradas de los padres ni la de las madres. Cuando Lili me desnudaba iba notando las pelusas  bajo mis  axilas y una línea larga y estrecha de pelos castaños que me descendía por la barriga hasta abajo. A veces yo tenía un olor ácido que ya era de adulto.  Me daba una especie de lección sobre palabras obscenas. Me conseguía revistas pornográficas y libros, me exigía que aprendiera de memoria algún poema del Siglo de oro que luego le susurraba al oído. Lili tenía un calendario en el que marcaba un día con un círculo y los siguientes cinco con una elipse. Esos días hacíamos maniobras al filo y me apartaba cuando yo pasaba la frontera. Siempre sentí que lo hizo como una misión más, pero con la dedicación de una disciplinada militante, mi aprendizaje amoroso estaba en sus manos.

Conformábamos una organización, ella era la jefa, yo el subordinado. Reñíamos contra los malos, que eran los militares, en función de los buenos, que eran nuestros padres. Después, nos abocábamos a las lecciones del deseo: cómo presionar la mano en el lugar secreto, oprimir el botón con movimientos circulares como si fuera el joystick de un Atari, dejar el dedo en esta posición, saber esperar, reconocer la apropiada humedad, dar besos con lengua sin rozar los dientes, buscar aquel intenso espasmo con los ojos cerrados en un prado.

Marta no preguntaba, ni siquiera creo que sospechara del tenor de nuestra convivencia, me veía como un niño de catorce años, y a su hija como una mujer de diecinueve. Además siempre estaba ocupada, atendiendo visitas, tecleando documentos. La recuerdo sentada en el suelo, con la máquina de escribir Olivetti sobre las piernas y los cigarrillos a mano, hablando con extranjeros, diplomáticos o intelectuales, en dos o tres idiomas distintos de los que transitaba de uno a otro con una mínima torsión en los labios. Debo reconocer que en algún punto me conmovía ese ambiente. Había ilusión en ese desfile de manos que apretaban documentos con firmeza y salían por la puerta principal. Más de algún visitante preguntaba si yo era “hijo de”. Marta asentía, me lanzaban una ojeada solemne,  yo sentía una mezcla de autocompasión y orgullo.

De regreso de su largo viaje ruso, que duró casi cuatro años, mamá venía casada con el vecino. Había cambiado su forma de vestir, usaba un gorro de piel y pañuelos de seda. No sabía si recibirla con un frío beso o abalanzarme sobre esta mujer tan bella. Fue difícil tener que simular ser una familia con un hombre que siempre me cayó mal. Yo, en ese entonces, era un temprano adolescente y sabía que cuando me sentaba en la mesa no me veían a mí, sino a mi padre. Su genética dominante hacía presente a un progenitor que brillaba por su ausencia. Pinchaba la comida con el tenedor y me la llevaba a la boca, con la cabeza hundida en el plato para evitar miradas ambivalentes. Así me blindaba de los que imaginaba eran sus pensamientos internos: «ahí está el hombre que la dejó embarazada, el que nunca envía dinero, el que nunca se sabe dónde está». El joven revolucionario se había convertido en un ordenado funcionario de alguna ONG ecologista en Estados Unidos, que continuamente quedaba cesante entre proyecto y proyecto o entre asesoría y asesoría. Cumplía unos meses viviendo con ellos cuando ocurrió el atentado a Pinochet, era un domingo, tomábamos once, un extra del noticiero 60 minutos nos sobresaltó. Mamá estudiaba cuál debería ser la reacción adecuada frente a su hijo, escondía su felicidad, su culposa felicidad. Se le escapó un «por fin le pasa algo a ese conchesumadre». Yo seguía concentrado en la marraqueta con mortadela. El vecino se daba vueltas lanzando frases iracundas: «tantos años adiestrándose, huevones flojos, seguro que usaron granadas caseras». Otro domingo gris, varios escoltas muertos, los ojos de hurón del nieto de Pinochet con unas magulladuras por las esquirlas de vidrio. En la noche se pronunciaban una y otra vez las palabras: guerrilla, Nicaragua, subversivos. No sé por qué sentía gran angustia y fui a ver a Lili, ella estaba también consternada, nos encerramos en la habitación, no hubo tiempo ni cabeza para pensar en precauciones. Solo había urgencia, estar dentro de ella, abstraernos de la historia. No miramos el calendario, necesitábamos protegernos del futuro.

Mi padre vino a mi graduación de cuarto medio, le habían quitado  la letra L del pasaporte y entraba por Policía Internacional más viejo, con la típica gordura gruesa de los gringos, ropa de buena calidad pero de otra época. En la cena posterior a todos los discursos, por fin tuve a mis padres juntos después de años. Les pedí que guardaran silencio, que no me interrumpieran.

“Es mi turno, me toca hablar a mí, los he escuchado por años”.

Les diré, a su juventud la confundió la revolución. Primero, los trajines de la emergencia diaria. Vivir entre bombas, hombres repartidos entre los escondites, metrallas nocturnas, estado de sitio, toque de queda, libros quemados. Pero saben, ustedes llegaron tarde a la revolución, veinte años después, insistiendo tozudamente en algo que no resultó, porque la naturaleza humana es imperfecta. ¿Hubo alguna vez igualdad entre los ciudadanos de un mismo país? ¿Hubo en todas las personas la misma fuerza y convicción de trabajar para los demás?

A la distancia, creo que se les mezcló la efervescencia de la juventud y la revolución hormonal. Ahora sospecho de su valentía, creo que corrieron riesgos innecesarios, pusieron en la «causa» sus problemas personales… Se creyeron los mesías del futuro, portando armas, vistiendo camuflados, hablando siempre del futuro en primera persona del plural. Jugaron a la guerra, pero con los soldados de plomo del damero familiar. El saldo para ustedes no fue tan malo, aprendieron idiomas, estudiaron posgrados con becas de organizaciones internacionales. Pero me parece que ambos pecaron de soberbia, arrojo, falso heroísmo. Debieron haber dado un paso al costado y dejar pasar la fila de muertos, ¿qué se iba a lograr con sus tímidos esfuerzos? En fin, cada quien tiene su mentira vital. No, no me miren así. Sí, confieso que hay algo de admiración, ¿pero por qué no vieron en mí a un soldado para sus tropas?

El tiempo que siguió no me dio tregua. Mi padre regresó a Estados Unidos, mi madre tuvo un accidente vascular que la dejo hemipléjica. Me sentaba junto a ella y contemplábamos el horizonte. Yo hablaba y hablaba. Tengo una sospecha de un mundo mejor. Alejémonos de la cocina. Distanciémonos de los vasos, las cucharas, tus fotos de jovencita guerrillera en el refrigerador. No, busquemos los boletos de bus, los mapas, las maletas con rueda, los manifiestos, los afiches del Che Guevara… Lili me telefoneó con un «parece que, ven urgente». En menos de una hora estaba en su casa. Me esperaba con un kit comprado en la farmacia. Me dio un beso desabrido y entró al baño. Sentado en la cama despliego el instructivo del test, dice que mide la presencia de una hormona en la orina llamada Gonadotrofina Coriónica Humana o de Subunidad hCG. Los cinco minutos de espera se me hacen infinitos. Pienso en mi infancia, en las postales, en Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija, en los «¿Dónde están?», en la marraqueta con mortadela, en la estampillas de Stalin, en la carpa del amor, en la máquina de escribir Olivetti. Lili viene hacia mí con la tira marcada con un signo positivo en rojo entre dos orificios, ; a mí que no me gustan las sumas ni las restas. Y claro una metralla de recriminaciones: ¿Por qué no me pajeé al lado? ¿O terminé afuera? ¿Por qué sigo siendo un perro caliente? Pienso en la enorme necesidad de ser hijo antes de ser padre. Siento una gran arcada y no sé en qué ideología disfrazar mi desgano de ser padre.

Lo encontré el otro día, mientras buscaba las aletas de buceo en el depósito. Ni siquiera me acordaba que lo había dejado allí. Estaba cubierto de polvo y tenía una telaraña delgada en el pelo. Se la quité. Seguía vestido con el pantalón azul y la chaqueta café con orejas de oso en la capucha. Los ojos cerrados, los brazos extendidos, buscaba un abrazo tal vez. O que lo alzara, siempre quería que lo llevara cargado. No recuerdo bien.

De lo que sí me acuerdo es que lo único que pedí fue que tuviera un botón para prender y apagar. Mientras sostenía la prueba de embarazo en mis manos, imaginé aquel cuerpo que se formaba dentro de mi cuerpo con un interruptor en el pecho. Algo sencillo, como con el que se prende y apaga la luz. De su mismo color de piel, para que no fuera una deformidad demasiado evidente, no quería que cualquiera pudiera hacer uso de él. Solo yo.

Aunque estábamos buscando tener un bebé el embarazó me tomó por sorpresa. ¿Feliz? Algo. Debo aceptar que la idea de tener un hijo no me era del todo desagradable. Desde que nos casamos supimos que esa era una de las metas de nuestra unión: formar una familia. Eso lo dijo el cura durante la ceremonia, eso nos repetían nuestros padres. Ellos nos pedían desde hacía tiempo los hiciéramos abuelos. Así que después de seis años decidimos dejar las pastillas anticonceptivas. Gracioso me suena hoy el “decidimos”, cuando realmente era yo la que me las tomaba, era yo la que sangraba cada mes, era yo la que iba a parir a la criatura. Pero estábamos juntos, porque éramos una pareja, y lo que estaba de moda entonces era que decir: “nosotros estamos embarazados”. Sonaba tan ridículo como decir: “nosotros tenemos una infección vaginal”. Pero bueno, nosotros estábamos embarazados y entusiasmados, aunque sorprendidos por lo rápido que había resultado todo.

Los libros que leí decían que un embarazo planeado podía tardar hasta un año en darse, así ambos estuvieran sanos. Entonces pensé: “Va, un año está bien. Quizás en un año logre convencerme por completo de querer ser mamá”.

Pero no tuve un año. No tuve ni dos meses. Apenas habíamos tirado, qué, ¿tres? ¿cuatro veces? Mientras miraba la prueba positiva solo deseaba desde lo más profundo de mi corazón que tuviera un botoncito. Porque cuando veía a otros niños y a otras mamás, muchas de ellas ojerosas y cansadas, pensaba que esa sería la solución a todo.

Ahí estaba, todo empolvado, metido en una caja con cobijas y su muñeco favorito. No quería que se sintiera solo. ¿Hace cuánto estaba en el depósito?

Al principio, cuando descubrí que podía apagarlo lo acomodaba en su cuna, como si estuviera durmiendo. Lo hacía por un par de horas, dos si mucho. Aprovechaba ese rato para dormir un poco. Todos te dicen que descanses mientras duerme el bebé, porque se supone que todos los bebés solo comen, cagan y duermen. Pero él era distinto. Lloraba mucho, hacía siestas de solo media hora y pedía comida todo el tiempo. La energía se me agotó rápido. A las dos semanas de nacido ya estaba más cansada que en toda mi vida.

El parto fue lo más fácil. De verdad no entiendo cual es toda la alharaca alrededor del parto. Sí, duele, claro. Pero lo pude manejar. Me concentré en respirar. Fue rápido. Había llegado hacía apenas unas cuantas horas a la clínica cuando la doctora me avisó que ya tenía diez centímetros de dilatación. No me alcanzaron a inyectar la anestesia. Yo la quería, por supuesto, pero todo fue tan de prisa que no llegó el anestesiólogo a tiempo. Cuando entró a mi cuarto la ginecóloga le dijo: “ya no”. Él me miró, se disculpó con una sonrisa rápida y se fue. Sentí ganas de pujar y pujé. Volví a pujar y entonces la doctora me avisó que ya estaba afuera la cabeza, que me aguantara las ganas de volver a pujar, que el resto lo hacían entre él y ella.

Lloró. Lloré. Lloramos. Mi marido estuvo al lado mío todo el rato. Me entregaron al niño para que lo pusiera contra mi pecho, lo que llaman contacto piel con piel. Era pequeño, estaba muy arrugado y envuelto en una gelatina blancuzca que lo hacía ver aún más extraterrestre. Todo fue muy rápido. Era mi hijo. ¿Era mi hijo? Era mi hijo, eso decían todos. “Mire ese bebé tan lindo”. Se lo llevaron, el papá fue detrás de él.

El niño tenía un mes cuando descubrí el botón. Fue accidental. No pensé que mis deseos se cumplieran con tanta facilidad. Nunca había escuchado hablar de un bebé que se pudiera apagar. Por eso la primera vez que ocurrió me asusté. Acababa de sacarlo de la tina y estaba secando sus axilas con la toalla cuando sentí que mi dedo gordo hundió una especie de bulto pequeño y escuché un click y él quedó cómo congelado. Me asusté, pero supe de inmediato que algo, alguien, había cumplido mi deseo. Volví a buscar la pequeña protuberancia debajo del brazo y la apreté de nuevo. Se volvió a mover, como siempre. A hacer los mismos ruidos pequeños con su boquita, a mover sus minúsculas manos. Terminé de vestirlo, lo acomodé en el moisés, le puse una cobija encima y volví a buscar el botón. Lo apagué y dormí un poco más de dos horas. Fui feliz.

Al principio no quise contarle a nadie acerca de mi descubrimiento. Solo lo usaba cuando estaba sola en la casa. Me permití dos horas diarias para dormir la primera semana. La segunda comencé a apagarlo también a la hora del almuerzo, así podía prepárame algo más que un sándwich de jamón y queso.

La tercera comencé a hacer uso del botón apenas mi esposo se iba a la oficina, para poder correr un rato en el parque. Regresaba, prendía al bebé, le daba de comer y lo bañaba, lo volvía a apagar para bañarme y dormir un rato. Luego lo prendía, le daba de comer y lo ponía bocarriba en su gimnasio para bebés un rato y después bocabajo, sobre la barriga, para que ejercitara los músculos. Lo volvía a apagar para almorzar y dormía otro rato. Luego lo prendía para montarlo en el coche y sacarlo a dar una vuelta. Esa rutina se me dio bien durante los primeros meses.

Levanté la caja. Olvidé las aletas. Decidí subirla al apartamento. Se veía apacible, pero estaba muy sucio y algo en mi corazón se sintió al verlo en ese estado. Con los cachetes negros de tierra, las manos cubiertas de polvo. La ropa olía a humedad. Pero él se veía bien. Agarré la aspiradora y se la pasé por todas partes. Lo saqué de la caja y sacudí las cobijas, también aspiré el interior de la caja y al perro de peluche. Busqué un trapo y lo humedecí para limpiarle la cara y las manos. Me quedé mirándolo un rato. Cómo me gustaba vestirlo con chaquetas que tuvieran orejas de oso redondas en la capucha. Se veía lindísimo así.

Un día mi marido llegó temprano de trabajar y me encontró dormida y con el bebé apagado en la cuna. Apenas lo vio, tan quieto, congelado, se aterró. Comenzó a sacudirme y a gritar: “¡Algo le pasó al bebé!”. Me asusté. Me senté en la cama y miré la cuna. Me calmé de inmediato. “Tranquilo, amor. Está apagado. Ya lo prendo”. Parecía que se le fueran a salir los ojos de las orbitas. Yo solo tomé al niño en brazos, apreté el botón y él comenzó a moverse tranquilo y a buscar mi seno. “Tiene hambre”. Mi esposo se sentó al borde de nuestra cama. Se agarraba la cabeza con incredulidad. Alimenté al bebé, le cambié el pañal y le puse la piyama. Mi marido no se movía aún. Esperé otro rato. El niño se durmió. Entonces por fin volteó a mirarme y me dijo: “¿O sea que el niño se pude prender y apagar?”. Esperaba que le dijera que lo que vio era mentira, que se lo había soñado, qué sé yo. “Sí, exacto. Tiene un botón en la axila. Lo apago cuando necesito descansar o comer. Pero no lo afecta. Él está divinamente. Míralo, es un bebé feliz”.

Pensé que me iba a reprochar, a decir que era una madre irresponsable, una loca. “¿Será que podemos dejarlo apagado el próximo fin de semana para ir a cine?”, preguntó con una sonrisa tímida.

Las cobijas y el muñeco estaban muy sucios y olían mal. A humedad. Decidí meterlos a la lavadora. Al fondo del gabinete donde guardo los detergentes encontré el jabón hipoalergénico con el que lavaba toda la ropa del bebé. Todavía tenía suficiente para un par de cargas. La ropa estaba igual de sucia, así que se la quité con cuidado y la eché a lavar también. Lo cubrí con el cobertor de la cama mientras tanto.

Comenzamos a apagarlo para salir a comer, ir a cine, visitar amigos, asistir a fiestas. En un principio acordamos que solo lo haríamos para casos especiales. De resto el bebé debía permanecer prendido. Después de hablar al respecto decidimos que el botón solo sería usado para ayudarnos como pareja. Para librarnos un poco de la falta de intimidad que sufrimos después de tenerlo, para unirnos más y darnos espacios para los dos.

La verdad es que yo seguí haciéndolo un par de veces al día sin contarle a nadie, para tener tiempo para cosas básicas como hacer ejercicio, arreglarme las uñas, ver una que otra serie, leer un libro, trabajar.

Cuando cumplió un año fuimos más osados. Lo dejamos apagado tres días y nos escapamos de vacaciones a la playa. Pasamos felices, como si nada hubiera cambiado. Al regresar comenzamos a hacer un uso más libre del botón. A veces desconectábamos a nuestro hijo por un par de días y dejábamos que la vida transcurriera como antes de que llegara él.

De la renovada diversión aparecieron los cuestionamientos. Mi esposo decidió que quería ver el mundo. Después de mucho analizar su vida, en las noches que yacíamos uno al lado del otro sin dormir ni hablar y con el pequeño apagado en el otro cuarto, descubrió que su más íntimo deseo era convertirse en un viajero porfesional, sin hogar ni rumbo fijo. Así que sin mayor preaviso un día me informó que planeaba irse a tener aventuras por el planeta durante dos años. Me dijo que me amaba, pero no quería que me quedara esperándolo, me pidió que rehiciera mi vida y encontrara mi felicidad.

Quedé tan devastada que se me olvidó volver a prender al niño. Después de unos cuantos meses decidí guardarlo en el closet y transformar su cuarto en un estudio. Colgué un televisor inmenso en la pared y conseguí un computador de pantalla gigante para el escritorio, puse una elíptica al lado de la ventana para hacer ejercicio todas las mañanas mientras veía algún programa por Netflix. En algún momento pasé al niño a la caja y la bajé al depósito. Pero ya no recuerdo hace cuánto. ¿Un par de años?

Apenas terminó el ciclo de la secadora procedí a volver a tender la caja con las cobijas y a vestir al chiquitín. Cuando ya estaba listo, con el pantalón azul y la chaqueta pensé que quizás ahora sería un buen momento para volver a encenderlo. Y eso hice. Busqué el botón. Oí el click. De inmediato mi hijo buscó abrazarme. Lo envolví con mis brazos. Se me había olvidado lo rico y caliente que se sentía su cuerpo contra el mío. Le puse la capucha del saco, como hacía cuando íbamos a salir al parque. Qué lindo se veía con esas orejas de oso. Cómo me gustaba vestirlo así.

“Mama”, dijo. “Mamamamamamamama”, repitió. Lo abracé de nuevo. Le besé las mejillas rosadas, regordetas. Busqué el botón. Lo apagué y lo volví a acomodar en su caja. Con el muñeco, por supuesto, para que no se sienta solo.

«Cuán rápido la línea oscura crece, cuán

rápido aumentan las velas apagadas.»

Kavafis, “Velas”.

—Antes, las guerras servían para limpiar el mundo de gente. En tiempos de paz como ahora, esto se arregla cuando ocurre un desastre. No me mires así: es como te lo digo y punto.

La anciana señalaba la minúscula pantalla de la tele con un dedo torcido por la artrosis. Hacía tres meses que había aceptado trasladarse a la residencia y, al principio, no dejó de torturar a su hijo: necesitaba un televisor en la habitación que ocupaba ella sola, era urgente y vital, porque si se moría sin saber cómo acababa el juicio contra el torero infiel no se lo perdonaría jamás. Había días que le aseguraba que si no le satisfacía esa casi última voluntad, cuando muriese iría a buscarlo al infierno y le clavaría la dentadura en el antebrazo. «Te quedará la marca para siempre», lo amenazaba tocándolo con uno de los tres bastones que siempre tenía a su alcance, colgados de un sillón dispuesto para que, en principio, los invitados se sentaran cómodamente.

El hijo había tardado tres semanas en comprar el aparato y, desde entonces, funcionaba día y noche a un volumen muy alto porque la anciana estaba casi sorda. Se perdía el telediario del mediodía y el de la noche porque coincidían con la hora en que los residentes —ella se refería a ellos como «los carcamales»— comían y cenaban en el comedor, pero dedicaba toda la tarde y parte de la noche a los programas de cotilleo. El torero ya estaba en prisión. Su historia, que ya no tenía ningún interés, había sido sustituida por la de un cirujano que violaba a las pacientes después de anestesiarlas: cada nueva información era más truculenta que la anterior, cosa que aseguraba un inexorable incremento de la audiencia.

Esa tarde, la anciana exponía su teoría de la superpoblación mundial a Miguel, el único nieto que la visitaba. Iba una vez por semana, cuando salía de la peluquería canina y, después de encajar los comentarios de turno sobre la peste a perro que soltaba, aguantaba alguna disertación siempre relacionada con la emisión televisiva que tenían delante. Miguel sabía más cosas sobre el torero preso y el cirujano violador que de su abuelo, fallecido cuando él tenía tres años: si hubiese caído en ello alguna vez, se habría esforzado en sonreír, porque intentaba no dejarse vencer por el desánimo y la mala leche. Esa tarde el presentador explicaba que en Brasil un incendio en una discoteca había acabado con la vida de doscientas cincuenta y cinco personas. A la cifra había que sumar más de trescientos heridos, un tercio de los cuales se hallaba en estado grave o incluso crítico.

—Necesitan calamidades de este calibre, en esos países. Si no liquidan a unos cuantos de una tacada, no tienen suficiente comida para todos.

—Ya está bien, abuela. Sabes que no me gusta que digas esas cosas.

—Y a mí no me gusta que ocurran, pero tienen que ocurrir. Son imprescindibles.

Con la intención de pasar página, el nieto comenzó a hablar de su rutina. A las diez en punto ya levantaba la persiana de la peluquería canina —que se llamaba Miqui Manostijeras—, dispuesto a solucionar el primer reto capilar de la jornada.

—No sé qué le ves a eso de arreglar el pelo de los chuchos. ¿Seguro que te lavas bien antes de volver a casa?

—Sí, abuela, sí.

—Y yo que me lo creo.

Antes de abrir la tienda, Miguel había hecho la compra de la semana y había ido hasta el parque para pasear a Elvis. Miguel nunca le había hablado de su mascota a la abuela. Se había enamorado de ella poco después de que Nikki lo dejara. Era un perrito minúsculo, de mirada perspicaz y nervios a flor de piel, que veía en el escaparate de la tienda de mascotas del barrio de camino hacia la peluquería. Llevaba una semana coincidiendo con él cuando se dijo que si en tres días no se lo había llevado nadie, él se lo quedaría. «Un perro tan pequeño no puede dar muchos problemas», le dijo el dependiente la tarde en que se decidió a entrar en su establecimiento dispuesto a adoptar el animalito por un precio bastante razonable. Elvis venía de lejos. La raza se había empezado a criar en los cincuenta, basada en el «English toy terrier», uno de los animales de compañía favoritos de la nobleza rusa, y durante años sus amos habían conseguido mantener los perritos prácticamente en la clandestinidad: el comunismo no toleraba lujos de ningún tipo, y menos si estos eran de raíz occidental. El «English toy terrier» se transformó en el «pequeño perro ruso» (Русский той), que no tardó en dejar de cazar ratones —propósito inicial de la raza— y dedicarse a las monerías propias de un mamífero que apenas pesa dos kilos. Satisfacía con el mismo entusiasmo a niñas escuálidas, adolescentes que ya se habían dejado tentar por la furia del vodka, madres de mirada triste y padres de poblados bigotes, un intento de homenaje a Stalin que más bien parecía un guiño a la majestuosidad inútil de los leones marinos.

Gracias a Elvis, Miguel había ido superando el trago amargo de la ruptura con Nikki. Estaban juntos desde hacía cinco años y, si bien habían llegado a un punto de estancamiento innegable, jamás habría imaginado que ella tomaría la decisión de empezar de cero en Klagenfurt, una pequeña ciudad austriaca.

—Dame un poco de tiempo, Miguel —le había dicho cogiéndole la mano, como si fuera un niño—. Necesito saber que todavía sigo con vida.

Estaba convencido de que Nikki se marchaba a Klagenfurt con alguien. Deseaba que su estancia no fuese tan idílica como esperaba y que al cabo de un tiempo regresase a Barcelona con el rabo entre las piernas. Ella, que pensaba que tener un animal doméstico en un piso era un crimen, tampoco sabía nada de Elvis. Hablaba por teléfono con su ex una vez a la semana y a menudo Miguel y el perrito se miraban con ternura mientras la con-versación se iba volviendo más y más difícil. Nunca había ladrado: sus antepasados habían tenido que vivir al margen de la ley, siempre a punto de ser descubiertos por la policía comunista, y él, como la gran mayoría de sus congéneres, había heredado su predisposición silenciosa.

«Tener un perro y haberse quedado sin pareja es una combinación curiosa», se había dicho Miguel en alguna ocasión mientras paseaba a Elvis y notaba los ojos de alguna chica fijos en la mascota. El afecto instantáneo que podían sentir hacia el perrito podía derivar fácilmente en largos diálogos, que se iniciaban a partir de una pequeña anécdota vinculada con el animal y viraban poco después hacia aguas más personales. Miguel había apuntado algún teléfono en el móvil pero nunca se había atrevido a ponerse en contacto con las desconocidas. Las registraba precedidas por el nombre del perro, para no olvidar el vínculo que los unía. Cuando acumuló media docena, los borró, avergonzado: si alguna vez volvía con Nikki, esa lista podía acabar dándole problemas.

Hasta entonces, Elvis había resultado una compañía constante e inmejorable. Miguel se había acostumbrado a dormir con él y lo último que veía antes de acostarse era aquel par de ojos brillantes y solícitos, que seguían contemplándolo con devoción hasta que se dormía y que a menudo ya estaban abiertos cuando se levantaba.

—Buenos días, Elvis —le decía él.

El perro le prodigaba un áspero lametón en la mejilla y empezaba a mover el rabo.

Si hubiese logrado superar el asco hacia los animales, su abuela habría estado muy bien acompañada por un Elvis que quizá habría retrasado su ingreso en la residencia. Miguel lo imaginaba corriendo excitado por el piso, animando la lobreguez mórbida de las habitaciones, comiendo de un platito en el que habría mandado grabar su nombre —que sería Chispas o Petit, una elección poco creativa— o hasta sentado en su regazo, abrigado con una manta, mientras ella se distraía con cualquiera de los programas de televisión de baja exigencia que miraba piadosamente.

—Se ve que el rey ha ido a cazar elefantes a África y se ha lastimado. Estaba con la fulana —le habría dicho rascándole la cabeza con una de sus uñas largas e indestructibles—. Si yo fuera la reina, acabaría rápido con tanta desfachatez.

Cuando Miguel iba a la residencia y pasaba un rato con su abuela inventaba finales menos terribles para su vida. Desde que tenía a Elvis, le imaginaba una vejez plácida junto a una mascota servicial. Antes, cuando aún estaba con Nikki, la había embarcado mentalmente en un crucero por el Mediterráneo y allí le había hecho conocer a un anciano viudo como ella, a quien le iba como anillo al dedo un poco de compañía. Se habían enamorado durante el viaje y, ya en Barcelona, habían continuado viéndose, hasta que el hombre —un antiguo corredor de seguros esforzado y cumplidor— le proponía vivir juntos. Su abuela abandonaba el pisito de extrarradio y se instalaba en la torre del Maresme que el hombre tenía medio abandonada desde la muerte de su señora.

La residencia deprimía a Miguel y las historias que crecían en su interior le ayudaban a aislarse mientras su abuela se dejaba abducir por la tele. Era verdad que la tenían muy bien atendida y allí estaba bien, quizá incluso mejor que en casa, pero tres o cuatro años atrás le habría resultado imposible adaptarse. La percepción y la exigencia se le habían ablandado. Eso es lo que se decía su nieto, que no habría podido aguantar mucho rato en el salón comunitario, acompañado de ancianos que habían perdido la memoria y pasaban el rato mirando a un punto fijo y a la vez indeterminado de la pared. Tampoco se veía con fuerzas de jugar una partida de dominó con alguien a quien, de sopetón, le caía la dentadura sobre la mesa, y menos aún de comer al lado de un residente afectado por una extraña enfermedad mental que le hacía chillar palabras imprevisibles cada vez que una enfermera le acercaba una cucharada de comida a la boca. «¡Domingo!» «¡Tortuga!» «¡Nenúfar! «

Por un lado, las visitas a su abuela angustiaban a Miguel. Por otro, hacían que saliese de allí con más ganas de vivir que nunca: tenía que superar como fuese que Nikki le hubiera dejado y lo intentaba saliendo a cenar con amigos y amigas o haciendo horas extra en la peluquería canina con la intención de ahorrar dinero suficiente para disfrutar de unas vacaciones en Australia. Un lunes que había decidido ir al cine solo se encontró con una antigua compañera de instituto. Después de la película se fueron juntos a tomar una cerveza. Laura había trabajado hasta hacía poco en un laboratorio farmacéutico. La empresa acababa de ser fagocitada por una multinacional francesa que había decidido cerrar la sucursal española.

—Podría ir a trabajar cerca de París, pero no sé si fiarme de mis jefes: quizá dentro de unos meses cierren la otra fábrica —se lamentó al cabo de un rato, con un vodka con tónica en la mesa.

—Seguro que no —dijo Miguel: desconocía el estado del sector farmacéutico, pero se creía en la obligación de murmurar comentarios reconfortantes.

—¿Te imaginas que el año que viene, ya instalada en París, me dicen que si quiero conservar mi lugar de trabajo tengo que irme a Chequia? ¿Y si al cabo de otro año me acaban enviando a Pekín? Vaya favorcillo me harían.

Laura no se imaginaba formando una familia en la capital china, pero, para tener hijos, primero tenía que encontrar a alguien. Después de este último comentario, Miguel se quedó mirando fijamente su whisky con cola unos segundos, hasta que le explicó brevemente su historia con Nikki. Se habían conocido hacía cinco años en uno de los puestos de fruta del mercado. Habían empezado a hablar poco después, un día que hacían cola en la farmacia. Miguel ya tenía la peluquería de perros y no le ocultó su ocupación, aunque otras chicas habían puesto cara de circunstancias cuando les había contado a qué se dedicaba. Nikki y él se enrollaron enseguida y habían empezado a vivir juntos seis meses después de haberse conocido. Ella cambiaba a menudo de trabajo. Él esquilaba perros: abundaban los caniches y los fox terriers.

—Quizá no era una vida muy ambiciosa, lo reconozco, pero éramos felices.

El verano anterior habían viajado a Múnich. Nikki quedó prendada de un anillo de compromiso y así se lo hizo saber, primero con miradas dulces, más tarde con palabras elogiosas, arropadas con un romanticismo sincero. La tienda quedaba muy cerca de la pensión donde se hospedaban. Cada vez que pasaban por delante, ella miraba la joya, que resplandecía con moderna elegancia entre el resto de anillos, gargantillas y pendientes. Miguel comprendió que era el momento de tomar una decisión y una tarde que Nikki se había quedado dormida después de una visita agotadora al castillo del rey Luis II de Baviera, salió de puntillas de la habitación, bajó hasta la tienda y compró el anillo. Se lo entregaría al final de una cena de lujo. Ese tenía que ser el preludio de la boda.

—No sucedió como yo imaginaba.

—¿Qué pasó?

Laura agarró su vodka con tónica y no volvió a dejarlo sobre la mesa, sin haberlo probado, hasta que Miguel no contestó.

—Qué más da. Ahora vive en una pequeña ciudad austriaca. ¿Has oído a hablar de Klagenfurt? Necesita un poco de tiempo.

Aquella noche acabaron tarde. Tomaron otro combinado mientras agotaban todas las virtudes de la película que habían visto. Embravecidos por el alcohol y por el recuerdo de la historia de adulterio que se contaba en Tabú, ambientada en una casa perdida de la selva mozambiqueña, Miguel y Laura acabaron durmiendo en la misma cama después de siete minutos de sexo, observados por los comprensivos ojos de Elvis. Ni en los momentos más fogosos había soltado un solo ladrido.

A las cuatro de la madrugada, los gritos de Laura despertaron a Miguel.

—Hace tiempo, en otra pesadilla, también maté a alguien —le dijo ella.

Miguel, que acababa de ser consciente de su desnudez, aprovechó que Laura fue al baño para vestirse. No encontraba sus calzoncillos por ninguna parte y tuvo que coger otros del cajón y ponérselos apresuradamente, antes de que su antigua compañera de instituto volviese a la habitación.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Todavía sin una sola pieza de ropa encima —tenía un cuerpo más atlético que el de Nikki—, Laura le dijo que sí y trató de explicarle la pesadilla: salía un testigo de Jehová, una vecina cotilla y dos policías, que la atosigaban primero en la entrada del edificio donde vivía y después, sin transición, apretujados en el salón de casa, señalaban la gran mancha de sangre que ensuciaba casi toda la alfombra.

—Había escondido al muerto de la pesadilla anterior, pero ni yo misma sabía dónde. Para encontrarlo debía esperar a que los policías, el testigo de Jehová y la vecina se fuesen, pero resultaba imposible convencerlos y uno de los agentes me agarraba del pelo y me decía que al día siguiente empezaría mi juicio.

Miguel escuchó la historia en silencio, sentado en la cama, iluminado por la luz blanquecina de la mesilla. Cuando hubo acabado, Laura le pidió un pijama y Miguel le dejó uno suyo. Elvis entró en la habitación y empezó a menear la cola.

Elvis, hoy tienes que irte —le dijo cuando se acercó a la cama.

—Es un perro precioso.

—Normalmente duerme conmigo, pero hoy no se puede quedar.

—Si quieres, me voy yo —le dijo Laura guiñándole un ojo.

Lo echaron y se desnudaron otra vez mientras se besaban con un punto de agresividad. A la mañana siguiente, Miguel se volvió loco intentando localizar los calzoncillos que había perdido por la noche, pero no hubo manera de encontrarlos. Hasta llegó a hurgar en el bolso de su antigua compañera de instituto, por unos segundos convencido de que tenía a una maniaca sexual en la ducha. Allí tampoco los encontró.

Tan pronto como ella se hubo marchado, puso patas arriba la habitación sin resolver el problema. Solo escuchó el resuello del minúsculo Elvis, que lo observaba desde un rincón del dormitorio con las orejas en punta y el hocico hacia el techo.

Al cabo de un par de semanas, Nikki anunció por teléfono a su expareja que a final de mes regresaría a casa. La noticia lo dejó pasmado: solo quedaban diez días. De repente, el paréntesis de Nikki en el extranjero le pareció corto. Si se marchaba de Klagenfurt significaba que se rendía, que la otra vida no era posible y, lo más importante, que había aceptado que Miguel era su camino. Así se lo expresó a Laura esa noche, desnudos en el sofá.

—Lo tendremos que dejar, ¿no? —preguntó ella. Y a continuación suspiró y hundió la cabeza entre los cojines.

Miguel estuvo a punto de disculparse, pero se frenó antes de decir nada. Intentó tragarse el silencio indescifrable del salón con los ojos cerrados. Si los abría, no podría evitar coincidir con las lágrimas de Laura o con la mirada expectante de Elvis.

Cuando ya se hubo ido, Miguel miró con lástima a su mascota. Había tomado una decisión: tenía que deshacerse de él antes del regreso de Nikki.

El dueño de la tienda de animales se lo puso fácil. Le encontró un nuevo amo en tres días. Aquella fue una de las semanas más complicadas en la vida de Miguel: no habría imaginado jamás que separarse de Elvis fuera a resultarle tan terrible. Había estado a punto de levantar el teléfono y cancelar todo media docena de veces, pero en el último momento desistió, convencido de que si era capaz de aquel sacrificio por Nikki (aunque ella no supiera nada del perro), jamás tendrían problemas.

El día que se despidió de su mascota, Miguel llamó a la peluquería canina y le dijo a su socio que tenía fiebre y debía guardar cama. Necesitó llorar un día entero. Cuando volvió al trabajo, todos los perros le recordaban al suyo. Estuvo a punto de perder los papeles cuando le tocó arreglar al pequinés de la señora Roig. Canijo y solícito, el animalito le lamió las manos cuando lo cogió para subirlo a la mesa donde lo esquilaría con pulso temblón y reprimiendo las lágrimas.

Esa misma noche, Miguel soñó que Elvis volvía a estar en casa. Ladraba para que saliera de la cama y él le hacía caso, todavía medio dormido, arreglándose el pijama. Después de besuquearle los pies, el perro metía el hocico en el espacio entre el cabecero y el suelo y sacaba los calzoncillos que había perdido la primera noche que había estado con Laura.

—!Muy bien, Elvis! —chillaba Miguel mientras los recogía.

Después de lamerle un dedo, el animal volvía a hurgar en el mismo sitio y sacaba un calcetín que Miguel no recordaba haber perdido. Todavía rescató otro antes de ofrecerle un papel arrugado y lleno de babas donde se podían leer los primeros tres o cuatro componentes de una lista de la compra.

—Cuántas cosas hay aquí debajo, ¿eh? ¡Estás hecho un detective! —le decía acariciándole la cabeza, mientras el pequeño forcejeaba con algo más.

Elvis sacaba una cajita azul y la dejaba a los pies de su amo, que la miraba boquiabierto. Allí dentro estaba el anillo de compromiso que Miguel había perdido poco después de volver de Múnich, mientras todavía buscaba una fecha propicia para la cena de lujo que precedería la entrega ceremoniosa y, si todo marchaba bien, el noviazgo. Había pasado dos semanas de infarto, intentando localizar la cajita sin que Nikki se diese cuenta. No la había encontrado. Había terminado rindiéndose, convencido de que un lunes o un martes se tomaría el día libre para subirse a un avión, comprar el anillo y volver a casa con el botín. Gracias a ese detalle, habría boda: él estaba convencido de ello. Nikki se había ido a Klagenfurt antes de que pusiese en práctica su redención.

En el sueño, Miguel no abría la cajita azul hasta que Elvis hacía un gesto afirmativo con el hocico, como dándole permiso para continuar. Cuando lo hacía, el anillo resplandecía con la elegancia moderna de Nikki.

—¿Quieres casarte conmigo? —decía.

Se levantó repitiendo la frase. Miguel encendió la luz apresuradamente e, incluso antes de levantar la persiana, antes incluso de ir al baño, desmontó la cama pieza por pieza. En un rincón, camuflados por el polvo, estaban los calzoncillos y la cajita azul. El vecino de arriba no dio ninguna importancia al grito de victoria, fresco e hiperbólico, que le llegó atenuado por las entrañas de su apartamento.

Lo primero que vio Nikki el día que llegó a casa fue la cajita azul encima de la mesa del salón, acompañada de un ramo de rosas rojas y de una nota en la que se leía «Te quiero». Salió del piso corriendo después de haber espiado el contenido. Miguel no esperaba una reacción tan eufórica. Mientras esquilaba un afgano amuermado en la peluquería, oyó el revuelo en la entrada. No pudo ni dejar las tijeras en la bandeja. Nikki se le echó encima y, mientras le besaba la cara —el gesto tenía algo de canino—, le dijo que ella también lo amaba y que quería casarse con él.

Celebraron una pequeña fiesta después de la ceremonia en el ayuntamiento. Allí estaban los padres de ambos, el hermano de Nikki, seis amigas de ella y cinco amigos de él —acompañados de las respectivas parejas, si las había—, el socio de la peluquería —Alejandro— y su abuela, que había podido salir de la residencia con la condición de que la acompañase una auxiliar que se emborrachó antes del postre bajo la mirada desdeñosa de la anciana. En una visita al baño, Miguel vio que tenía un mensaje por abrir en el móvil. Decía: «Felicidades. Laura». Lo borró inmediatamente después de leerlo, pero luego lo lamentó, porque no tenía el número de la antigua compañera de instituto guardado en la agenda. Quedaría como un imbécil, pero no podía dar marcha atrás: el mal ya estaba hecho. Se lavó las manos y regresó al gran comedor del restaurante navarro donde celebraban el convite.

Como no había tenido tiempo suficiente de ahorrar para ir a Australia, Miguel le propuso a Nikki una alternativa de viaje de novios menos espectacular. La generosa aportación de los padres de ambos les permitió replantearse su sueño. Finalmente, consiguieron billetes para Adelaida, con la intención de ir en coche hasta Brisbane. Desde allí bajarían hasta Sidney y pasarían por Canberra y Melbourne antes de coger un barco hasta Tasmania. Una vez hubieran recorrido la isla, volverían a Sidney, desde donde volarían a Yakarta, donde pasarían una noche antes de subirse a un avión con dirección a Estambul y, de allí, volverían a Barcelona.

Después de cortar el pastel y darse el último beso fotografiable, la anciana hizo un gesto a su nieto para que se le acercara y le pidió que no se marchara de viaje.

—Tengo un presentimiento —dijo—. Me parece que sucederá un desastre. Una calamidad.

Miguel le estampó un beso en la frente y le prometió que al cabo de un mes le llevaría un pequeño canguro de plástico que podría poner encima de la tele y que la vigilaría hasta cuando durmiese.

—Ya no necesito nada, hijo.

Cogió una de las manos de la abuela y le dio otro beso en la frente. El último.

Dos semanas atrás te llamó, así, de la nada, y hoy es el día de la madre y vas a volver a verla. Querías empezar de la mejor forma posible, pero el sábado te acostaste tarde y borracho, y el domingo te despertás con un llamado de ella a las once y veinte de la mañana. Pregunta si vas a ir a almorzar como habían quedado. Decís que sí. Pregunta si vas a ir con Fernanda. Decís que no, que ya le habías dicho. Te pide que por favor no llegues tarde, y cortás. En los últimos días apareció el zumbido de que no haberla visto antes en todo este tiempo fue más que nada tu culpa, y empezaste a pensar cómo se habrá sentido ella. Y es que estar con ella es un truco que aprendiste de chico y desde que dejaste de serlo no volvió a salirte demasiado bien. Encima, cuando te esforzás por ser amable perdés la paciencia. Por algún motivo, sin embargo, confiás en que las cosas van a terminar de acomodarse solas durante el almuerzo. El viernes a la tarde le compraste un regalo y no pudiste acordarte cuándo había sido la última vez que lo habías hecho. También tenés algo que decirle; algunas frases para terminar de emparejar todo.

Es el mediodía del tercer domingo de octubre de un año que no tiene ni tendrá década. Te metés en la bañadera y enseguida entrás en una nada brumosa pero impecable, blanca como el decorado de una propaganda de crema o sal. No hay ningún ruido. Nadás en la pileta de la terraza de una torre de treinta pisos oscuros. Nadie. Apoyás la espalda contra los azulejos del fondo. Mirás para arriba: no hay luces ni ruidos. El agua es tan transparente que cuando desaparece no se nota. El suelo es de pasto y caminás como Kwan Chang Caine, como un Johnnie Walker en un prado escocés, hay ovejas blancas que ahora son una sola nube y abrís los ojos, tosés y escupís un poco de agua fría. No tenés idea de qué hora es porque en ese baño siempre es de madrugada. Escuchás el ruido del tránsito y cómo un vecino tira la cadena, se lava las manos y cierra la puerta del otro lado de la pared.

Algo que ves desde esa esquina sobre la avenida te resulta conocido. Es que un paso detrás de otro, como un autómata, caminaste las cuadras que separan tu departamento de la zona donde viviste con tu mamá y tu hermana hasta hace algunos años. Recién ahora, al recorrer esa distancia, te das cuenta de que no te habías alejado tanto en realidad. No te acordás de qué había antes sobre la avenida. Seguro no eran dos locutorios.

Para pasar por la puerta, tironeado por el deseo casi morboso de comprobar el paso del tiempo, solo tenés que doblar en la esquina y seguir media cuadra, pero te quedás quieto. Ya son las dos y diez en el reloj del celular. Tomás un taxi y cuando arranca tanteás los bolsillos buscando plata para pagar. Llegás y tenés que explicarle al guardia del edificio quién sos. No cree que ella tenga un hijo que él nunca vio en este tiempo. Hace que toqués el timbre. Piso catorce. Te pregunta si estuviste de viaje. Sonreís y escabullís la mirada: sobre la mesa desde la que preside el hall de entrada hay un celular de los más caros. Finalmente, la voz de un hombre desconocido dice por el portero eléctrico que podés pasar. En el ascensor te acomodás el pelo y la ropa frente al espejo. Te detenés en tu cara y pensás en tu hermana. De alguna forma sentís que la abandonaste. Por mucho tiempo, habían sido lo único que quedó en pie de esos primeros años en Buenos Aires, el peinado batido de tu mamá, tu papá flaco y con bigotes. Después vos y ella juntos dieron vueltas en las calesitas a las que los fueron subiendo, como un pasajero disputado por dos taxistas una noche desolada.

Pero todo eso ya pasó y ahora es más simple: solo tenés que compartir algunas comidas al año con las dos, un tipo y su familia, en un piso catorce con palier, la puerta abierta y detrás del ventanal del balcón la reserve ecológica y más atrás el río. Te asomás y no ves a nadie. Volvés a salir y tocás el timbre y esperás, pero nada. Das vueltas por el living y te inclinás para leer los lomos de los libros y ver sus caras sonrientes en los portarretratos. La cautela tensa tus movimientos como si todos los adornos estuvieran a punto de quebrarse en cualquier momento, o como si estuvieras entrando a robar en lo de una familia que se fue a pasar el día al country.

Desnuda envuelta en una toalla, una rubia que no es tu hermana pasa al fondo del pasillo. Antes de cerrar la puerta de la habitación se da vuelta y se queda mirándote un segundo interminable, hasta que desde un costado aparece tu mamá y te abraza. Está igual: un poco más flaca, el pelo más rubio y con otro peinado, con ropa nueva y menos arrugas, pero igual. Te aleja, apoya sus manos en tus hombros, te mira y luego te aprieta. Vuelve a alejarte. Está llorando. Dice que está llorando de alegría. Metés la mano en el bolsillo de la campera y tanteás el paquete dentro de la bolsa. Se abrazan y se dan otro beso. Estás por abrir la boca, casi, y ella vuelve a alejarte, los ojos irritados, y dice que la sigas, que quiere mostrarte el departamento. Pero todos los cuartos están cerrados con llave. Dice que deben estar cambiándose y te muestra los baños: en uno todavía quedan restos de vapor, espuma y una bombacha bordó húmeda colgada de la canilla. Estornudás. Volvés a estornudar. Dice que debe ser por la alfombra y que mejor vayan a la cocina. Seguís estornudando, tanto que es como si lo hicieras a propósito, como si por algún motivo quisieras exagerar la sensación de incomodidad.

Mientras te limpiás la nariz ella pregunta si no le harías un favor. “¿Qué?”. Todos están ocupados preparándose y ella todavía tiene que bañarse y calculó mal y necesita más crema para la salsa, y encima no hay vino y a Gustavo no le gusta comer sin vino. Una puerta se abre y la voz de un hombre, la misma del portero eléctrico pero sin distorsión, le pregunta dónde está. Qué importa si no puede comer sin vino, que se lo vaya a buscar él: están solos y no sabés si van a poder volver a estarlo. Pero al mismo tiempo es como si algo te diera pudor, y vas. Pide que ya que estás saques a Lucky, que sale del lavadero estirando las articulaciones.

Es un barrio nuevo construido en tierras ganadas al río, un club de campo de torres: solo hay edificios enormes, separados unos de otros como si fueran demasiado pesados para ese suelo, rodeados de plazas impecables con árboles y bancos recién plantados. Fue en otra vida cuando tus mejores ideas se te ocurrían paseando a ese mismo perro por plazas derruidas, fumando por cuadras a las que ahora no te animás a volver. Desde afuera, el único supermercado de la zona parece un negocio de objetos de diseño. Atás al perro y te acercás a las puertas corredizas, que se abren solas. Un guardia te agarra del brazo y dice que no se pueden dejar perros atados en la vereda. Protestás, pero él se limita a señalar un cartel que dice que está prohibido atar perros y el nudo de la correa alrededor del poste.

Seguís hasta un coreano sobre la avenida a seis cuadras. Todo es más sucio y ruidoso y no hay problema con atar perros. Vas derecho hacia la heladera de lácteos. El olor a limpiador te hace picar la nariz. Comparás varias bodegas y agarrás dos botellas de vino tirando a caro. En la caja, la señora de adelante desparrama todos los productos sobre la cinta, avanza unos pasos y queda a la misma altura que la cajera, que apenas si puede verla. Sobre la tira de caucho negro hay una planta de lechuga, servilletas de papel, pan, un pedazo de carne de un corte que nunca comiste y dos vinos en envase de cartón. Pide que le avise antes de que sean veinte pesos. La cajera dice que van diecinueve con cuarenta, y uno de los vinos queda sin cobrar. Tiene todo lo demás en dos bolsas. No ves qué pasa con el otro vino —si al final lo agarra o lo deja—, porque mientras abre el monedero le dice a la cajera que la comida está muy cara, que cómo puede ser que la comida sea cara. Saca un billete de veinte arrugado, como si saliera de la mano de un chico que va de compras por primera vez, un billete que estuvo años enrollado en la trompa de un elefante de cerámica con piedras de fantasía. Mientras lo alisa, antes de dárselo, le pregunta a la cajera si tiene madre. Después le pregunta si no le da pena tener que trabajar el día de la madre. Y que tendrían que cambiar eso de día de la madre, dice.

Usa anteojos negros y unas bermudas que llegan justo hasta sus rodillas blancas y un poco fuera de escuadra. A la gente a veces se le nota en la postura del cuerpo cuando está a punto de decir ciertas cosas. Porque su mamá había perdido a su mamá —dijo así, dos veces “mamá”— de muy chiquita, y siempre la había pasado mal todos los días de la madre.

La cajera tiene la mirada perdida en las ofertas de carnicería, y a esta altura ya no debe ver más palabras sino signos de admiración y números a lo largo de las góndolas. Números y signos de admiración, en todas las inclinaciones posibles, en los carteles y etiquetas, y una luz que huele a lavandina cayendo del techo. La señora de todas formas sigue hablando: dice que hubo una época en que se llamaba “día de la familia” y que eso le parecía lo mejor. Apoyás la crema en la cinta: el cartón de vino no está. Costaba un décimo de cada botella que estás por comprar. Mientras pagás, mirás hacia afuera asustado, a ver si el perro sigue ahí. Volvés rápido, casi sin mover los brazos, como si al ser agitada en contacto con el exterior, la crema pudiera echarse a perder en cualquier momento.

Están todos sentados alrededor de la mesa. Le das un beso a tu hermana, un apretón de manos a Gustavo, un beso a cada una de sus hijas y otro al hijo menor, que aunque parezca mentira está usando una remera tuya. No decís nada. Es ella quien lo hace notar, como si eso de alguna forma los hermanara. Debe tener dieciséis o diecisiete, y es uno de esos adolescentes que ya no van a crecer mucho más. Es alto, flaco, tiene el pelo apenas largo y no puede saberse si se afeita o la barba todavía no le creció. En la mesa apenas habla. Te preguntás si tendrán algo más en común, seguro está usando muchas más cosas tuyas. Le decís a ella que tendría que haberte preguntado antes. Te mira mal solo un segundo y agarra tu mano. Te hace un elogio desmedido, casi absurdo, que más que avergonzarte te molesta. No decís nada y ella igual intenta darte un beso delante de todos. Te alejás y apenas alcanza a acariciarte. Sacás la mano. No podés evitarlo: es como que hay algo físico que en algún momento se echó a perder.

Encima vive con otro hombre. No es que te moleste, al contrario: sacando su primer comentario (“¿así que pintás?”), Gustavo enseguida te cayó bien. Y con dos vasos de vino pudiste recubrirte de una capa de genuina simpatía que lubrica tus movimientos con las personas. Te gusta cómo la trata, cómo le habla y los chistes que hace para cambiarle el humor luego de tus comentarios. Y lo que cuenta: que en la semana viajó a su campo y lo agarró un corte de ruta. Pero sobre todo el modo, el tono. Es imposible que a esta altura no te caiga mal cualquier comentario sobre el tema.

Resulta que más adelante había un micro, dice, que llevaba a un grupo que tenía que tocar esa noche en una ciudad en otra provincia. Estaban llegando tarde y se bajaron algunos músicos y otros que no tenían cara de músicos y yo también me bajé del auto para ver qué pasaba, y al rato dos de la banda se pusieron a tocar con los redoblantes de los piqueteros, todos cantaban y arengaban. Eran casi todos chicos, adolescentes y mujeres, dice, de todas las edades, más bien de treinta y pico en adelante, y cinco bicicletas dadas vueltas, con el asiento sobre el asfalto, que acumulaban dos kilómetros de autos y camiones a cada lado. Y después los músicos se sacaron una foto con la bandera, todos sonrientes. Que salga el escudo de la organización, gritó una mujer. Y otro dijo bueno, pero miren que el corte no se levanta.

Eran de un pueblo a tres kilómetros y estaban protestando porque iban a instalar una planta refinadora de algo por la zona. Los músicos tenían que seguir, no iban a llegar, y el productor del recital se acercó y pidió que los entendieran, que ellos apoyaban la causa, que apoyaban todas las causas. Que todavía más: esa campera que él tenía puesta, verde militar gastado, se la había regalado el Perro dos semanas atrás, y Gustavo hace un gesto para subrayar el absurdo. Ellos apoyaban la causa, repitió el productor, y les ofreció leer el petitorio en el escenario esa noche. Y les regaló varias copias del primer disco de la banda y algunas del segundo.

También están sus dos hijas. Sabés que una se llama Delfina y la otra Belén, pero no te acordás de cuál es cuál. Te lo dijeron al presentártelas —mirabas a la de la toalla— pero no llegaste a pronunciar sus nombres en voz alta y te distrajiste, el mantel cada vez más sucio. Las dos son rubias. Una tiene veintiséis, la otra veintitrés. Una de las dos dice algo acerca de los músicos, algo como que a todas las mujeres les gustan los músicos pero al final terminan casándose con los que tienen plata. Podría ser peor: podría haber dicho “pintores” o “artistas”, a secas. Gustavo contesta: en realidad, solo las tilingas. Se lo dice bien, como si todavía estuviera educándola.

La de veintitrés es la que parece más grande, te había contado tu mamá por teléfono con cierta picardía. Un poco te molesta esa complicidad que intenta generar; aunque, es cierto, si vivieras ahí con ellos podrías encontrártela cualquier madrugada en la cocina, en camisón, sentada sobre la mesada, las piernas blancas flexionadas a tu alrededor, la bombacha bordó corrida a un costado, la luz de la heladera abierta y los números verdes del reloj del microondas reflejados en el vidrio de la ventana. Y cuando te cuentan que le cambiaron el nombre al perro y ahora lo llaman Eliot, porque “les gusta más”. Todo bien con T. S. Eliot, con Eliot Ness, Billy Elliot, Elliott Smith, Elliott Murphy, Missy Elliott, pero no se le cambia el nombre a un perro, y de repente empezás a llamarlo cada vez más fuerte “¡Lakiii!… ¡Lakiii!”.

Te callás porque te miran todos menos tu hermana. Tras una seguidilla de gestos le encontrás un parecido con Belén y Delfina, sea quien sea cada una. Por un segundo pensás que la familia es algo que se contagia. Después notás que tu hermana está más cerca de ellas que de vos, y sentís que de algún modo no cumpliste bien con el rol de hermano mayor. Pero ya es tarde. Hay otro segundo en el que pensás que la relación con ella se parece a esa planta que dejaron los anteriores dueños en el balcón de tu departamento. Esa planta que no regás, ni siquiera en verano, y sin embargo se mantiene viva, y a veces hasta da algunas flores.

En el único rato en que volvés a estar a solas con ella, no sabés qué pasa, no podés darle el regalo. Sentís como si el envase estuviera roto o el producto fallado, y en tu cabeza todo salía perfecto. Empezás a toser y a estornudar y Gustavo se asoma por la puerta para ver qué está pasando. Te pregunta si estás bien y ella te frota con un repasador en la cara, con una servilleta de papel. Te dice que tenés que dejar de fumar, que te hace mal. Listo, querés irte. Ella dice “por favor”. Pensás que va a decir algo más, que va a pedirte algo, pero no, vuelve a decir “por favor” y se queda mirándote en silencio. Llueve fuerte y Gustavo ofrece llevarte. Si te negás, vas a terminar arruinándolo, lo sabés, y a fin de cuentas las cosas no salieron tan mal. Es que te gustaría poder controlarlo, pero es un remordimiento retorcido que no podés evitar: siempre que te vas sentís que deberías haberte quedado, y siempre que te quedás un rato más, sentís que ya tendrías que haberte ido.

Adentro del auto solo se escucha el ruido empañado de los limpiaparabrisas. Al frenar en un semáforo, Gustavo ve la bolsa que tenés en la mano y pregunta qué es. Decís que un regalo que te hicieron y no te gustó. Y qué bueno que te hizo acordar, porque te habías olvidado de que tenías pensado cambiarlo, y si no vas ahora no vas a hacerlo más. Él te dice que los domingos en general no se hacen cambios ni devoluciones, pero solo querés bajarte del auto, que no lo tome a mal, y le decís que vas a probar ahora que casi dejó de llover, que por favor te deje en la avenida. Antes de bajarte le das la mano y después un beso.

En la estación de servicio de la esquina hay autos haciendo cola para cargar nafta. Gente inflando gomas y llenando el tanque antes de volver a encerrarse hasta el lunes a la mañana. El domingo a la tarde todavía tiene esa melancolía indeleble de que al otro día hay que ir al colegio, sobre todo una tarde como esta, de mucha cita y poco pensamiento propio. Planeás ordenar un poco y terminar una botella de vino que hay que terminar, y en eso, en el palier del edificio, te encontrás con la del sexto sentada en la silla que usa el portero cuando no tiene nada que hacer.

Pasás al lado de ella en silencio porque después de bajar del auto quedaste algo retraído. Vive en el edificio desde antes de que llegaras, con sus dos hijos, un varón y una chica, de unos seis o siete años, que siempre gritan al bajar en el ascensor. Es de Brasil pero el ex es argentino, alguna vez cruzaste algunas palabras con él en la puerta de calle mientras esperaba que bajaran sus hijos. Por la expresión de ella, es como si estuviera esperando que se los traiga de vuelta. Tu papá siempre llegaba tarde cuando tenía que pasar a buscarlos: una, dos horas. Se te caen las llaves al piso y se da vuelta. Te mira callada, medio aturdida. Decís “hola” mientras apretás el botón del ascensor. Pero no responde, y decís que alguien debe haberlo dejado mal cerrado. Mirás por el hueco de la puerta y decís: “Deben estar descargando un piso de bolsas blancas de supermercado”. Pero ella no contesta y sigue con la mirada perdida en la puerta de calle. De repente se ladea y te dice, como si estuviera terminando una frase que había empezado a pensar o a decirse en voz alta justo antes de que entraras, que por suerte el exmarido acaba de llevarse a los hijos a dormir a su casa, que el varón está insoportable, a la mañana le pegó.

Hay algo en el desprecio hacia su hijo y el abatimiento que traslucen su voz y sus facciones, que te hace recorrerla de arriba abajo y notar por primera vez su cuerpo debajo de las calzas y la remera. Le decís que tu abuela, “la mamá de tu mamá”, era de las que decían eso de que “no hay nada más malo que pegarle a la madre”. Se ríe. Pensás que podrías atraerla insinuando una mezcla de ternura y vigor juvenil. Te parece que sería un trato justo, pero no se te ocurre qué decir y empezás a agitar el paquete. Te sobresaltás cuando detrás tuyo escuchás el ruido de la puerta de metal: son los viejitos del quinto que tardan un par de minutos en salir del edificio.

Suben juntos al ascensor y recién decís algo a la altura del cuarto. “Entonces ahora te quedaste sola…”. Siempre te generó una sensación extraña conocer un departamento del edificio en el que vivís, idéntico y a la vez tan distinto al tuyo. Aunque tal vez te dé impresión mirar de reojo hacia el cuarto de los chicos y ver las camas sin hacer, y en el piso ropa y un brazo negro de un muñeco articulado. “Hasta mañana a la tarde, por suerte, que vuelven del colegio”, dice ella, y abre la puerta, se baja, y se queda mirándote desde el pasillo. El camisón que ibas a regalarle a tu mamá le hubiera quedado bien, por ahí algo corto y un poco ajustado. Te gustaría decir algo sobre esta noche, sobre las noches de domingo que es mejor pasar con alguien que solo, decirle que tenés una botella de vino casi entera que hay que terminar, pero te quedás callado y ella dice, a pesar de que son las seis de la tarde, “que duermas bien”, y cierra la puerta de su lado del ascensor.

El living de tu departamento está vacío y revuelto, las luces prendidas. En la mesa hay tres libros abiertos, un cenicero lleno, fotos desordenadas, el celular y un vaso con rastros de vino oxidándose. Sobre la silla hay una camisa arrugada y en la otra un saquito de té seco que conserva la huella de un par de dedos nerviosos. En la calle no hay viento, ni autos, ni ruidos, apenas algunas luces prendidas de acuerdo a un patrón desconocido. Desde el séptimo piso, esa parte de la ciudad es como una maqueta la noche después de la presentación final.

En el borde de la bañadera hay un frasco de shampoo normal, otro de crema de enjuague, un libro con las puntas florecidas, dentífrico para encías sensibles, una taza de café y un cepillo de dientes. Hay sarro en las juntas de algunos azulejos, la cortina de hule enmohecida en las puntas. Hace frío y nunca podés hacer que la ventana cierre del todo. Estás en la bañadera, abrigado por el vapor y el agua caliente por segunda vez. Hay días que pasarías enteros ahí, abriendo cada tanto con un pie la canilla de agua caliente, corriendo con el otro apenas el tapón, para conservar lo más parecido a un atmósfera amniótica.

Pensás que sería bueno que lloviera. Acto seguido, como si te estuvieran cumpliendo un capricho por lástima, ves un relámpago y algunas gotas que golpean contra el vidrio esmerilado. Pensás en la brasileña, en que no debería ser tan difícil, y en que la próxima que te la cruces va a ser mejor tener algo planeado. Tal vez entrar a su departamento cuando no estén los chicos con la excusa de ver si no está filtrándose en el techo de su baño la humedad que emana de tu bañadera. Mientras tanto, por lo pronto, podrías invitar a alguna chica al cine. Pero no tenés idea de qué dan. Ni siquiera un nombre, un actor.

Cuando Ferdinand Klingenreiter rogó silencio al público, compuesto por queridos amigos, familia y niños, para su Gran Ilusión, algunos se rieron y la mayoría siguió hablando. Las niñas de Stadelmann interrumpieron su cacería entre gritos de júbilo y se volvieron hacia el escenario. La más pequeña, Michaela, o Martina, o uno de esos nombres reservados para los chicos a los que se les añadía una a, gritó en un tono estridente y vivaracho al otro lado de la sala:

—Mamá, ¿dónde está el abuelito?

Klingenreiter le hizo una seña con la mano, estaba muy dulce con las trenzas y el tradicional dirdnl, y salió corriendo asustada hacia Stadelmann y se agarró a su brazo.

—Pero si es Freddie, cariño —aclaró la madre—, Freddie… el Fenomenal. Ahora mismo va a hacer magia.

Freddie el Fantástico habría sido lo correcto, pero a Klingenreiter no le importó, de hecho era su primera actuación, ¿cómo iba a haberse fijado alguien ya en su nombre artístico?

En general la sala estaba un poco más tranquila que antes, se oía el borboteo de la cafetera.

Klingenreiter miró hacia la mesa donde estaba sentado Felix. Más bien yacía ahí, pues el chico estaba hundido en la silla, con las manos en los bolsillos, la cabeza en la capucha y un ojo bajo el flequillo. Todo lo que Felix podía hacer desaparecer de su cuerpo, lo hacía desaparecer. El otro ojo miraba el refresco de cola o los palitos salados que había en vasos de plástico sobre el mantel de plástico. No cruzó la mirada con la de su tío abuelo.

El chico tenía la cabeza en otra parte. O simplemente preferiría no estar ahí.

A Ferdinand Klingenreiter no le importó. A lo largo de su vida, en su cabeza también rara vez los pensamientos hallaban el placer donde él los necesitaba, ¿y qué? Se habían ido a recoger cerezas y sueños, en vez de resolver las tareas de la escuela. No se fijaban en fórmulas ni versos, y le costaba mucho atender a cómo se manejaban correctamente las máquinas. O sí, algunos versos sí, los que escribía su Käthe.

En cambio, los trucos de magia los aprendía con la facilidad que sólo se puede aplicar a las cosas inútiles.

Estaba con la cabeza en otra parte, y el cuerpo en cierto modo también. Klingenreiter siempre supo comportarse con tal discreción que todo el mundo olvidaba su presencia. Felix tal vez envidiaría esa capacidad. Esa magia. Pero no sólo implicaba ventajas. Los padres de Klingenreiter se peleaban con mucha vehemencia estando él presente, como si no estuviera. A menudo los gritos continuaban después de que él pidiera intervenir. Eran los únicos momentos en que Klingenreiter deseaba tener a su hermano cerca. Cuando estaba Franz, nadie en el matrimonio daba tirones.

Klingenreiter tardó, tal vez hasta la muerte de Franzen el año pasado, en caer en que tal vez no tuviera talento para pasar desapercibido. A sus padres, a Franz, a la gente en general le daba igual si estaba presente o no. A lo mejor lo de dar igual a la gente también era una virtud.

Quizás a Käthe no. No, a Käthe seguro que no, a Käthe no le daba igual, en su presencia siempre gorjeaba con alegría, y, por supuesto, ahora podría decirse que, con él o sin él, Käthe habría gorjeado igual, pero no es verdad, Käthe también hacía alguna pregunta de vez en cuando a su marido y, aunque tal vez sólo lo hiciera para cerciorarse de que él la escuchaba, al hacerle una pregunta reconocía su presencia.

La puerta se abrió de golpe y entraron en la sala a paso ligero Thomas y la familia, es decir, todos salvo Felix. Lisa, los gemelos y el pequeño Max con un pequeño barril con unos puñitos en la boca, junto al gran barril que era su padre.

Algunos giraron la cabeza, otros se levantaron para saludar a Thomas, como debía ser: entraba el jefe. Klingenreiten saludó con la cabeza a su sobrino, que hizo un gesto de disculpa hacia el escenario y se sentó al lado de Felix en la mesa, a lo que el chico no hizo caso mientras daba un sorbo a la cola.

Thomas llevaba bien el aserradero, es decir, estaba informado y era inflexible. Incluso en ese momento, domingo al mediodía, sacó un montón de papeles del bolsillo, seguro que para el trabajo. Klingenreiter iba a continuar cuando su sobrino hizo un gesto circular de interrogación por encima del montón de papeles a la sala, como si quisiera decirle algo a Klingenreiter, y éste se encogió de hombros como si le diera permiso.

Acto seguido Thomas hizo correr el montón de papeles, «que cada uno coja sólo uno», y casi todo el mundo cogió una hoja o un folleto, o lo que fuera, pues ahí casi sólo había trabajadores con sus familias. Ahora se oía un susurro en todas las mesas, todos lo estaban leyendo. Al fondo del todo, en la salida, había un hombre sentado solo, era el viejo Stangl, que rechazó el papel.

Klintenreiter esperó, ¿qué iba a hacer? Al lado tenía su caja. Dos relámpagos amarillos y un signo de interrogación en rojo. De roble.

Stangl también había sido motivo de discusión para sus padres. Ese nombre, pronunciado a todo volumen, era uno de los primeros recuerdos de Klingenreiter. Le hacía remontarse a años atrás, hasta cuando su padre en algún momento lo echó.

A su madre le gustaba Stangl, era un hecho. Incluso se tuteaban, pero el aserradero era demasiado pequeño para ir a más. De haber ocurrido algo entre ellos, los extractores se habrían enterado y se lo habrían contado a una cuña de separación.

Stangl debía de estar más cerca de los cien años que de los noventa. Había acudido expresamente desde el valle. En autobús. Klingenreiter en seguida lo buscó para saludarlo. En las relaciones personales, para que todo vaya bien basta con buscar a alguien para saludarlo. Pero Stangl no tenía ningún amigo ahí.

Thomas se sirvió un café. Klingenreiter tuvo la tentación de hacer un gesto de desaprobación al verlo, ¿pero qué impresión daría un mago negando con la cabeza?

Vio el pasillo, la nuca y la eterna ambición. Thomas era como Franz. La única gran discusión entre su padre y Franz fue por demasiada ambición.

Fue cuando Franz regresó con ideas de estudiar la carrera. Franz quería renovar, invertir, «desparasitar» el negocio. Carretillas elevadoras, trenes en bloque, instalaciones mecánicas de clasificación.

Su padre no quiso saber nada. No porque no estuviera de acuerdo, sino porque no le gustó que Franz empezara las frases con «yo en tu lugar haría». No le gustaba la presión. Las ideas bonitas y buenas están bien, pero su padre quería darle una lección en la ciencia de las ideas, a saber: había que dotarlas de un buen envoltorio.

Al final modernizaron el taller, también lo racionalizaron un poco, pero sólo cuando su padre vio que era el momento y que la fruta estaba madura.

Las únicas ideas que tenía Klingenreiter afectaban a la cantina y al programa durante las fiestas de Navidad. A Ferdinand Klingenreiter le encantaba el aserradero, además de la conversación, y no le importaba llevar toda una vida como empleado de su propio hermano, por mucho que hablara la gente.

Sólo se había pronunciado sobre un tema, el de los barriles de madera. Klingenreiter estaba en contra de abandonar la producción de barriles, como había propuesto Franz, sobre todo por motivos nostálgicos. ¡Con toda la cerveza que se había almacenado en los barriles de los Klingenreiter! ¡Y la que se podría almacenar en el futuro! Se opuso con insistencia a Franz y su padre, como si se tratara de algo importante.

En su familia los motivos nostálgicos nunca se habían considerado de peso. La nostalgia es la cómplice de los chiflados, no de los ganadores. La producción de barriles se detuvo en el momento justo. El descenso del valor productivo durante los años siguientes resultó ser enorme, por todas partes había sólo aluminio y plástico y otros trastos sin alma, y cada vez más gente bebía cerveza de botella y latas, horrible.

Käthe, y lo que Käthe le decía:

—Ay, alma de cántaro.

—¿Dónde estás otra vez, Freddie? Quédate conmigo.

—Mi Freddie.

Eso lo recordaba muy bien. De muchas cosas que le había dicho su Käthe. A veces sus pensamientos tenían la voz de Käthe, le tiraban de las orejas, le rebatía las decisiones, pues era lamentable decidiendo. A veces también hablaban claro, por desgracia con demasiada poca frecuencia.

Le temblaban las manos. Las cerró en un puño. Ferdinand Klingenreiter nunca había tenido mucho que decir, y ahora estaba trémulo sobre el escenario, mientras la gente esperaba a que dijera algo. Al mismo tiempo sabía y notaba que de todos modos les daba igual lo que tuviera que decir, lo importante era que se tomara su medicina y no se fuera de nuevo a pasear por la carretera en plena noche.

Tal vez Felix, tal vez a Felix no le daba igual.

Su caja aguardaba impávida a su lado. Los dos relámpagos parecían ojos. Quizás a la gente no le diera igual la magia.

Klingenreiter se aclaró la garganta para, incluso en ese momento mientras se hallaba sobre un escenario, recuperar los pensamientos que huían, y los bafles lo acompañaron con un tono agudo. Entonces atrajo su atención.

—Señoras y señores, queridos amigos, queridos niños —Klingenreiter esbozó una sonrisa más amplia. Estaba a punto de decir lo que llevaba toda una vida queriendo decir delante de un público, y todo lo que superaba las cuarenta personas podía considerarse sin duda público, más el coro de la iglesia detrás del escenario. «Dos antes del inicio del programa oficial, para un número de magia no está mal, carcamal», pensó Klingenreiter.

Buscó de nuevo la mirada de su sobrino nieto, y esta vez vislumbró una caída de las pupilas azules, pero Felix bajó la cabeza. Klingenreiter no se lo tomó mal, sabía que el chico estaba ahí, que prestaba atención, pero no quería que lo vieran prestando atención.

—Lo que están a punto de ver cambiará para siempre su visión de la magia. Pero para que lo vean necesito un voluntario —Klingenreiter abrió los brazos en un gesto de invitación, la camisa emitía destellos, y la cafetera un pitido. Nadie se inmutó.

La gran ilusionista Halima dijo algo muy distinto en el momento álgido de su espectáculo, una impertinencia, pero Klingenreiter no se atrevió: «La magia no es lo que hago. La magia es lo que vosotros no veis que hago». Halima, con su melena negra y los brazos largos que agitaba arriba y abajo mientras saltaba, bailaba, volaba sobre el escenario.

Halima tenía música dramática de fondo para sus trucos e ilusiones, Klingenreiter la cafetera. El coro de la iglesia podría haberse ofrecido, habían ensayado antes de su número para la velada, a Klingenreiter le habría encantado primero What if God was One of Us, luego una canción muy triste, Wir sind nur Gäste auf Erden, y una salida muy alegre con Always Look on the Bright Side of Life, todo muy aceptable, Fichtner apenas habría tenido que intervenir.

Sin embargo, Klingenreiter no había podido acordar con Fichtner ninguna canción para acompañar la magia. Le habría encantado que el coro simplemente tarareara, en concreto The Final Countdown, como primera opción, o esa que todo el mundo conoce, Carmina Burana, como segunda elección. Sin embargo, el director del coro no quiso saber nada de tararear.

—Por supuesto que no, tío, Freddie —Felix también tenía su opinión al respecto.

La excusa oficial de Fichtner era que el escenario era demasiado pequeño para el coro y Klingenreiter y su caja, que aún esperaba su entrada con los brazos extendidos de Klingenreiter.

Klingenreiter reservó dos entradas VIP para el espectáculo de magia de Halima, para él y Felix en segunda fila. Fue exactamente un mes antes, poco después de que Felix cumpliera catorce años, la entrada era un regalo de Klingenreiter al chico, su primer gran espectáculo de magia. Para alguien que adoraba la magia desde que tenía uso de razón, que había leído Harry Potter a los sesenta y cinco años y nunca salía de casa sin una baraja de cartas, realmente ya era hora.

Klingenreiter esperaba con mucha ilusión la visita a la capital con Felix. Había buscado un restaurante turco para la cena, la idea surgía porque en su pueblo no había ningún turco. Al chico no pareció importarle, preguntó si podía pedir una cola.

—Pero no hace falta que pidas permiso —Klingenreiter se echó a reír.

Felix dijo «Vale» y pidió una cerveza.

Klingenreiter hizo un gesto exagerado de sorpresa, y Felix sonrió, aburrido.

Catorce años ya eran unos cuantos, pensó Klingenreiter, que pidió una rubia y dos vasos y le sirvió un poco a Felix, que no la tocó, se bebió su refresco y Klingenreiter bebió sólo la mitad por el medicamento.

—¿Qué te gusta hacer? —No se le ocurría nada que no fuera algo en el ordenador.

—¿Por qué yo? —preguntó Felix.

Klingenreiter no le entendió.

—¿Por qué no has traído a los gemelos? También fue su cumpleaños. ¿O a Max? Tiene cuatro años, seguro que le gustan estas cosas.

Klingenreiter sonrió y odió haber sonreído. Siempre esbozaba una media sonrisa cuando se encontraba en apuros. De la pared de baldosas colgaba un tapiz, la barra era de cristal y metal. Klingenreiter buscó madera y no la encontró. El chico parecía relajado, como los vencedores. Como si se alegrara de que no lograran mantener una conversación sencilla.

Con Thomas y la familia había cuarenta y ocho personas en la sala. Ya estaban todos en silencio, pero aún no habían encontrado un voluntario para Klingenreiter.

Klingenreiter agitó los brazos con fuerza en su pretendido abrazo. Tal vez la gente estuviera callada porque su propio silencio era demasiado imponente. Porque es incómodo que haya alguien sobre un escenario sin decir nada. O tal vez se había vuelto a confundir y el silencio era de perplejidad.

Felix lamió la sal de un palito salado.

De la pared de enfrente colgaba la eterna pancarta: «El Verbo se hizo carne».

Junto a él yacía su caja. Los relámpagos eran como reproches, y el signo de interrogación como una sonrisa maliciosa.

La caja la había ideado él. Casi cincuenta años trabajando en un aserradero, y a los setenta y siete hace su primera elaboración propia, desde el diseño hasta la fabricación.

Bueno, Holger Schwarzmann le prestó sus manos no trémulas para el corte fino y Theo Schwarzmann la fuerza del músculo para el sistema de conexión. El corte, en cambio, lo hizo él. Cuando llegó a las mallas y los detalles, a lo esencial de cada utensilio mágico, tuvo que convencer varias veces a Schwarzmann hijo, pues lo desconcertaba del todo que el viejo Klingenreiter le llevara la contraria, y eso que Klingenreiter se había reprimido porque entendía que de alguien que llevaba toda la vida fabricando cajas para transportar patatas no se podía esperar que de golpe lograra crear una caja para una Gran Ilusión, una caja para el arte.

Las superficies de corte debían estar limpias, inmaculadas, y Schwarzmann pasaba con un serrucho de calar, directamente de la mano al corte libre. ¡Pero cada milímetro era importante! Así que Klingenreiter le dio la pequeña sierra japonesa que le había regalado a Franz hace años. Dondequiera que estuviera, fuera el cielo o el infierno, ya no necesitaba sierras.

La sierra se llamaba Hon Dozuki Deluxe. Mango de mimbre. Un utensilio fantástico, bello; de nuestras sierras no puede decirse que sean bonitas.

Sí, entonces pasó por ahí Felix, en realidad fue lo mejor que el chico preguntara qué llevaba en la caja.

—Es para un truco de magia —contestó Klingenreiter.

—¿Cómo?

—Estoy practicando las desapariciones.

—¿Es un truco?

—Depende de si eres el que desaparece o el que observa.

Felix escupió.

—Yo pintaría la caja.

—Lo tenía pensado.

—No, me refiero a que yo podría pintarla. Si puedo.

Por supuesto que podía. Klingenreiter apenas podía disimular su alegría, y Käthe se preguntó en sus pensamientos por qué había que disimular la alegría.

Esa misma tarde se encontraron en la sala de producción. Klingenreiter había comprado pinturas, pinceles, una lámpara. También música y un tentempié, aunque el chico no lo quería, prefería tranquilidad y un refresco de cola.

Estuvieron cuatro horas en la sala por lo demás vacía. Después de cuatro horas uno ya no huele la madera, ni los productos contra el moho.

Aquella tarde sería la respuesta de Klingenreiter a la pregunta de Felix de por qué lo había llevado precisamente a él. El tío abuelo y el sobrino pintaron una caja para un truco de magia, en la sala de producción de 900 m2 del aserradero familiar, rodeados de tableros, marcos, vigas y máquinas de madera, rodeados de los difuntos Klingenreitern convertidos en espíritus de astillas y serrín que escupían con ambición, como era propio en la familia.

—¿Freddie? ¿Puedo un momento…? —Era Thomas. Le hizo una señal con los papeles y se dirigió hacia el escenario sin esperar respuesta. Para entonces Klingenreiter ya se sentía bastante a gusto ahí arriba. También sentía los brazos más ligeros a medida que Thomas se acercaba. Por la manera de agarrar los papeles en la mano y la energía con la que se dirigía al escenario, seguro que quería hacer un anuncio.

¿Ahora? Klingenreiter sintió calor en el rostro, pero le salió un tono amable:

—Damas y caballeros, ¡tenemos nuestro voluntario! ¡Por favor, un aplauso para Thomas Klingenreiter!

Thomas no entendió que el aplauso era para él. En seguida estiró los brazos hacia delante, como si apartara algo pesado, y retrocedió.

—¿Eres un cobarde? —Klingenreiter no sabía si lo había dicho o lo había pensado. Le daba igual. Miró a Felix, que se había incorporado y se había apartado el pelo de la frente.

Durante hora y media, Halima, la primera dama de la magia, lo dio todo en el escenario. Durante cuarenta y cinco minutos Felix no dio muestras de qué le parecía. Estaba hundido en su asiento, con las manos en los bolsillos. Justo antes de la pausa el chico se hizo visible, por así decirlo, y se sentó como si tuviera columna vertebral.

Los artistas invitados de Halima, una pareja ucraniana, bailaron un número loco de cambios de trajes, el único requisito era tener una cabina telefónica. Al principio el hombre entró en la cabina con unos calzoncillos de Micky Mouse, y al cabo de un instante salió con traje. Así continuaron, bailando y cambiándose de ropa durante minutos.

Quickchange —susurró Klingenreiter—. Necesitas sobre todo un buen sastre.

Felix no pareció oírle, y se inclinó hacia delante.

El número terminó con grandes aplausos, el chico también aplaudió, y Klingenreiter aplaudió al chico.

En la pausa estuvieron en el foyer con un brezel y un refresco de cola, y Klingenreiter observó cómo Felix miraba a dos chicas de su edad.

—Dibujo cosas —dijo Felix, con la mirada aún fija en las chicas.

—¿Perdona?

—Querías saber qué me gusta hacer.

—¡Sí! Sí, eso quería saber. Eso está bien, me parece bien —dijo Klingenreiter, y se sintió estúpido.

—Me da igual lo que te parezca. No tiene que gustarle a nadie. A mí me gusta.

En el segundo acto bajaron la luz, desaparecieron los tonos cálidos y sonaron campanas. Halima salió al escenario vestida de negro. La sala estaba completamente a oscuras. El ambiente estaba impregnado del olor a iglesia los domingos.

Halima bailó sobre cuerdas negras, las hizo desaparecer, bailó en el aire despacio, como si estuviera afligida. Se metió en una jaula y salió como un hombre y un ratón, que subieron a una cama que ardió en llamas, y cuando las llamas se extinguieron salió Halima entre el humo. Se metió una espada en el esófago, caminó sobre puntas de dardos y recitó un poema entero de Edgar Allan Poe.

Como todo el que se toma algo en serio, quedó agotada, tenía el maquillaje corrido. El público aplaudió poco y aún así estaba atrapado en su hechizo. Halima no quería sorprender, quería la ilusión perfecta, tenía el semblante frío, casi crispado.

Klingenreiter lo entendió todo. Por qué ese giro, por qué cada posición. Cada construcción y cada final tenían una explicación mecánica, visual o artesanal. Sin embargo, él no disfrutaba con la explicación, sino con lo inexplicable: Halima no cometió ningún error, no tuvo ningún punto débil para que cada una de sus explicaciones al final no fuera más que una suposición.

Halima citó a los grandes magos, cuyas ilusiones y leyendas habían acompañado a Klingenreiter durante toda su vida. Podía huir con ellos cuando el despacho, la madera y la familia eran ya demasiado.

Halima citó a Houdini y atravesó una pared, mientras cantaba a dos voces en un idioma extranjero.

Citó a Hofzinser y transformó el escenario en un salón donde se servía té a los espectadores y caminaban cuervos entre ellos como sirvientes con librea. La maga como anfitriona: ahora susurraba una palabra, acariciaba una sien, ahora un juego de cartas en la mano, ahora un pañuelo, luego una paloma negra. Cuando el escenario volvió a pertenecerle sólo a ella, en los carritos de té, en la alfombra, había relojes, joyas, monederos, teléfonos. El público estalló de júbilo.

Antes de su última y mayor ilusión, un número de liberación, Halima buscó un ayudante. Miró hacia Klingenreiter, señaló detrás de él, negó con la cabeza y entonces se encontraron sus miradas, él señaló a Felix pero lo vio, y se sintió halagado de que lo hubiera escogido entre cientos de personas.

Ya estaba arriba, se inclinó ante la maga. Estallaron los aplausos, amainaron, las ayudantes de Halima lo rodearon como mariposas negras y sonó un clarinete.

El anciano pensó que sería bonita una muerte así.

Halima explicó a Klingenreiter qué esperaba de él, él no la escuchó pero sabía qué tenía que hacer, le interesaban los dedos de Halima, siempre en movimiento, ¿qué señal hacía y a quién? ¿A él?

En medio del escenario un complejo aparato enseñaba los dientes con cuchillas y llamas, con una cuerda colgada encima. Las mariposas entregaron a Klingenreiter una camisa de fuerza para que comprobara que funcionaba y él ayudó a Halima a ponérsela, a apretar las correas con todas sus fuerzas.

Tocó las mangas y en seguida descubrió el cordón con el que se soltaba el forro para tener más espacio. Él también lo sabía: la cuerda en llamas de la que Halima estaba a punto de colgarse tenía el interior de hierro, así que el fuego no la iba a abrasar, un técnico la separaría con un mando a distancia en cuanto Halima se hubiera liberado, no corría peligro.

¿Y si Klingenreiter se volviera y le explicara el truco a Felix? Klingenreiter se volvió, con la camisa de fuerza en las manos, Felix tenía el rostro hacia el parquet y Thomas dijo:

—Tengo que dar un aviso para los chicos del turno de mañana.

Por desgracia, lo de llamarle cobarde sólo se lo había imaginado. Entonces vio que Felix se acercaba a él. «Ahora me quitará el micrófono», pensó, «va a decir que yo soy el cobarde porque no me atrevo a hacer nada contra la insolencia de su padre, ni contra esa vida, contra ser durante toda la vida un payaso en el mejor de los casos».

Ferdinand Klingenreiter tenía el poder con la camisa de fuerza en las manos. La sala estaba a oscuras y a la espera.

—Es auténtica, pueden creerme —Una sonrisa de satisfacción—. Lo sé por propia experiencia —Se oyeron algunas risas. Devolvió la camisa a las mariposas, Halima le envió un beso con la mano, sus dedos le dieron las gracias y Klingenreiter se retiró. En la salida del escenario le esperaba Felix para ayudarle a bajar.

—Ya lo hago yo —Felix se colocó junto a su tío abuelo.

Klingenreiter tragó saliva.

—Damas y caballeros, ¡otro Klingenreiter! —Hizo un guiño a la sala—. Pero este es más valiente.

La gente aplaudió, Thomas regresó a su sitio, Felix susurró un nombre de chica en el micrófono y al cabo de unos segundos cuatro cantantes del coro salieron revoloteando de detrás del telón, de la edad de Felix, se colocaron en el borde del escenario y cuando él les hizo una señal empezaron a tararear un fragmento de Carmina Burana.

Freddie el Fantástico abrió su caja y enseñó al público que estaba vacía. Le pidió a su sobrino nieto que se metiera dentro. Tapó la caja con un pañuelo negro y levantó los brazos por encima de la cabeza como un director de orquesta, como un gran ilusionista.


*Copyright © 2016, Luchterhand Literaturverlag, München.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

 *Imagen: Liu Bolin.

A esa Hilda Fritz la había conocido en un local llamado Paradise Now, en realidad, pura casualidad. Nunca iba a ese tipo de locales, hacía muchos años que se movía en un círculo formado por tres o cuatro bares y cafés, un puñado de buenos restaurantes, la cantina de la oficina y la barra que estaba junto a las canchas de squash. Una noche, durante uno de sus ataques de histeria, Karin mantuvo la lucidez suficiente como para llamar, por orden, a cada uno de esos lugares. Y así lo había encontrado, en el Blaubichler o en el Jakobinerwirt, poco después de medianoche. Fritz era previsible, le disgustaba abandonar sus recorridos habituales. Por eso, a lo largo de todos aquellos años sólo había tenido affaires con colegas del trabajo o, en menor medida, con las esposas de sus compañeros de squash y, más tarde, se consolaría pensando que, de todos modos, una mujer como esa Hilda no habría tenido cabida en su vida.

Y eso que era realmente atractiva, aunque oscura. Él no tenía mucha experiencia con mujeres de pelo oscuro; de algún modo, hasta entonces, siempre había caído en manos de rubias. Si se trataba de una preferencia era algo que no habría sabido decir. Karin era rubia como una niña sueca. Por supuesto, sus dos hijas en común eran rubias, qué sorpresa: él también era del tipo muy claro. Pero incluso Judith, la mayor, que había llegado al matrimonio con Karin, tenía la cabeza como un campo de trigo. Por eso los cinco parecían formar una verdadera familia feliz. “Tanto rubio es raro por acá, se intercalaron demasiados eslavos”, era la gracia que le gustaba repetir a Karin y, al hacerlo, parecía sentirse muy atrevida. Que las amigas de Karin también fueran rubias –si no naturales, entonces teñidas– era algo que a Fritz sólo le llamó la atención muchos años más tarde, después de haber se mudado. E incluso entonces no le dio importancia.

Sea como fuere, a Fritz le había resultado un poco raro hablarle a una mujer sentada frente a un trago color verde pasto con un abanico de duraznos enganchado en el borde. En su círculo se tomaba cerveza y buen vino, a las mujeres les gustaba el champagne. Pero de algún modo la noche entera se había salido de sus carriles por culpa de su colega Wolfgang, que, de pronto, en la cantina, después del turno tarde, le había vomitado encima toda su vida, el matrimonio deshecho, el niño discapacitado, y lo había obligado a acompañarlo a este Paradise Now, en contra de todas sus costumbres. Fritz no había podido decir que no. Ante las emociones, es decir, los poderes de la naturaleza, no sabía defenderse. No estaba habituado a conversar sobre temas personales, y eso que en la redacción ya circulaban algunos rumores sobre Wolfgang. Cuando Wolfgang pidió la tercera pinta de cerveza, lo miró fijo con sus ojos enrojecidos y le explicó que pensaba constantemente en el asesinato y en el suicidio, sólo que no podía decidirse si también debía matar a su esposa o si su supervivencia no sería el más hermoso de los castigos. Fritz pensó incómodo: la Pavlovic, esa intrigante jefa de servicios, nunca habría llegado a esta situación. Pero él, él era considerado un buen tipo. A él le arrojaban intimidades que a otros les habrían fascinado, y él sólo se sentía incómodo. Fritz comenzó a transpirar y tardó unos minutos tortuosos en comprender que Wolfgang no estaba esperando un consejo. Y por eso lo había acompañado al Paradise Now, por su alivio, por su conciencia sucia, y por una sensación de omnipotencia que comenzaba a expandirse de a poco y que sabía disfrazarse perfectamente como sentido de la responsabilidad.

Claro que Fritz se consideraba una persona reflexiva. Karin le había reprochado su desidia más de una vez, pero si él se dejaba estar –Fritz registraba esto a su favor– lo hacía a conciencia. Que se le escapaban algunas cosas sobre sí mismo era algo que él habría negado con vehemencia. Si tomaba algunos hechos tal como venían, era porque no encontraba sentido en resistirse. Por lo tanto, terminaba considerando su no-resistencia como una decisión consciente. Nadie lo haría cambiar de opinión. ¡Si de ese tipo de decisiones suyas, tomadas sin gastos superfluos de energía, la misma Karin había sacado el mayor provecho! La forma en la que se conocieron ya había sido tan precipitada, que otros tal vez se habrían opuesto sólo por principio.

¿O qué veinteañero se habría mudado a lo de una mujer con su beba tras una sola noche de amor? Más tarde, el pragmatismo de Karin le había parecido convincente. ¿Por qué ponerse a buscar una vivienda que, medio año más tarde, cuando se conocieran mejor y se amaran aun más, resultaría demasiado pequeña? Y ella necesitaba una vivienda, a pesar de que el padre de la niña, un joven director de teatro cargado de culpa, le había dejado el alojamiento conjunto después de confesar su amorío y esfumarse en el acto. De ése no acepto nada, cerdo mugroso, fue lo que Karin lanzó por lo bajo, mordiéndose el labio inferior de un modo que, en el futuro, Fritz vería muchas veces. Pero en aquel momento él, que había imaginado que una madre joven y recién abandonada debía ser un espécimen ahogado por el llanto, no pudo evitar la admiración de su furia vital. Aquí había, por fin, una mujer que sabía lo que quería y no una muchacha con flequillo y libros de bolsillo grasientos en la cama, como las que, hasta el momento, había encontrado en la universidad o en las fiestas.

Que estaba embarazada era algo que Karin recién le comunicó unas semanas más tarde, después de haber firmado el contrato de alquiler. Fritz no había encontrado nada raro en ello; embarazada en la primera noche: casi sintió orgullo. Y para la pequeña Judith sólo podía ser algo bueno. De por sí tenía que lidiar con el trauma del cambio de padre, él lo veía del mismo modo. Dicho sea de paso, el director de teatro, el padre de Judith, no era tan terrible, pero Fritz prefirió callarlo. Karin estaba emocionalmente involucrada, él creía comprenderla. En varias ocasiones, a lo largo de los años en los que Judith y Paula fueron creciendo –parecían mellizas–, Fritz había hecho de mediador entre Karin y el director. Siempre se había tratado de dinero, eso es obvio en este tipo de casos.

Más de una vez casi había estado del lado del director. Es posible que, en total, pagara muy poco (y eso se debía a que no declaraba correctamente sus ingresos; Karin diseminaba ese rumor por donde podía). Pero por qué, entonces, ella explotaba precisamente por una campera de invierno de liquidación y gritaba pidiendo abogados, jueces y el Ministerio de Menores: eso ni siquiera lo entendía Fritz. Aunque no lo habría admitido jamás. Tampoco el tono amistoso en el que transcurrían las conversaciones de mediación con el ex marido. Fritz siempre llevaba pensada una solución, por lo general concebida tras averiguar qué era lo que Judith estaba deseando justo en ese momento. Se la proponía al director ni bien se saludaban y después podían tomar en paz un vino tinto e intercambiar opiniones sobre el mundo cultural.

Tras el asunto con la campera de invierno había sido un día de esquí en Semmering. El padre del fin de semana incluso había invitado a Paula. Si bien eso no le quitó ínfulas a Karin –¡ahorra con su única hija en las cuestiones cotidianas, sólo para mostrarse como un fantástico papá aventurero!–, por lo menos sirvió para que terminara con su accionismo jurídico. La carta para el abogado permaneció unos días más sobre su escritorio, hasta que desapareció, y no se fue en el correo.

Por lo general, el director de teatro era de fácil cuidado. Todos los años organizaba unas buenas vacaciones de verano con su hija y, a menudo, también unas de invierno; fin de semana por medio se la llevaba consigo; era muy cauteloso en la forma en que la exponía a sus compañeras de turno. Sobre todo cuando Judith entró en la pubertad, ella parecía disfrutar de esa misteriosa vida lateral con su padre. Se decía que, en la costa provenzal, padre e hija leían en voz alta diálogos de Beckett y Brecht.

Como ya se dijo, las discusiones sólo se daban por dinero. Cuando, por ejemplo, Karin decidió intempestivamente que Judith debía cambiar el apellido de su padre por el de Fritz, la escasa resistencia presentada por el director de teatro lo sorprendió para bien. Karin lo había enviado a hablar primero. Siguiendo las indicaciones recibidas, Fritz había explicado que sería más fácil para Judith en la escuela. Le ahorrarían la estigmatización como hija de divorciados; ella misma ya había preguntado varias veces por qué tenía un nombre distinto del resto de la familia (Fritz exageraba un poco en este punto).Y así sucedió, a pesar de que el director había puesto una cara muy extraña, como vacilante, según Fritz le reportó más tarde a Karin, que pareció derivar una satisfacción un tanto ordinaria del asunto.

Cuando Fritz se apretó en el banco frente a esa Hilda, su hombro rozó la hoja de una palmera artificial. Ella le sonrió. Su voz era mucho más aguda y aniñada de lo que su aspecto llamativo permitía suponer. Vivía sola y tenía un hijo adulto. Siempre había lamentado tener un solo hijo, pero su matrimonio había sido suficientemente difícil y no tardó en deshacerse. Envidió efusivamente a Fritz por sus “dos hijas y media”. ¿Por qué de pronto había dicho “dos y media”? Antes siempre decía “tres”, pero desde su separación de Karin lo rondaba la sensación de tener que devolverle algo al director de teatro. O de tener algo en común con él… no había pensado tanto en el asunto.

Hilda contó que esperaba con ansiedad la llegada de los nietos, que volvía tan loco a su hijo con ese tema que, tal vez, por pura rebeldía, él nunca le daría el gusto. Por lo menos la amenazaba con eso. Entonces yo misma tendría la culpa, dijo y se rió.

A Fritz no le agradaba el tema. Al fin y al cabo, su hija menor ni había cumplido los cuatro. Karin había querido tenerla como una prueba tardía de amor, como expiación por una escapada de la que Fritz ya casi no se acordaba. Que Judith se hubiese ido ni bien terminó la escuela también parece haber tenido su importancia: nunca lo habrían esperado de esa muchacha tan tímida.

Hilda insistió en que Fritz le mostrara una foto de las niñas. Primero se resistió; desde todo punto de vista, el Paradise Now no le parecía un lugar adecuado para ese tipo de confidencias. Ella, por supuesto, dijo lo que decían todos (“ay, tan rubias y bonitas”) y se quedó con la foto en la mano por un tiempo largo. Pero después ninguno mencionó a su familia por un buen rato.

Tuvieron un par de semanas realmente buenas. Los primeros temores de Fritz se disiparon pronto: Hilda vivía en el mismo edificio del Paradise Now y sólo bajaba cuando en su departamento, agradablemente decorado, se terminaba el vino.

Hilda, sobre todo, tenía un cuerpo increíble. Tras todos estos años, experiencias y mujeres a menudo mucho más jóvenes de la redacción, Fritz ya no esperaba volver a entusiasmarse de esa manera con un cuerpo. Y eso que Hilda había sufrido incontables operaciones de la columna, pero las cicatrices sólo estaban en la espalda. Las veía poco, Fritz era un amante convencional. Pero la gimnasia que exigían los dolores de espalda, el entrenamiento muscular, la ocupación casi obsesiva con todas las funciones de su aparato locomotor, habían mantenido a Hilda delgada y flexible. Y una cosmiatra depilaba completamente su pubis, dejándole apenas una delgada franja de pelos. A Fritz eso le resultaba honesto y distinguido, no tan intimidante como las matas descontroladas que habían estado de moda veinte años atrás.

En ese aspecto, Karin era inconsecuente. Experimentaba con cremas que le provocaban sarpullidos, con afeitadoras que la cortaban, o se olvidaba de ambos y le crecían manojos de pelos entre las piernas. Y también estaba ese tono suave, especial, de la piel de Hilda, que fascinaba a Fritz, algo color oliva. En cambio, hacía un tiempo que Karin exageraba un poco con la cama solar.

Sea como fuere, a Fritz Hilda le parecía perfecta. Se la había descrito con exactitud anatómica a Anton, con quien vivía desde la separación de Karin (dos colegas de la oficina cuyos matrimonios, de pronto y para sorpresa de todo el mundo, habían estallado por los aires). Anton se había reído y se había burlado, no creía que él fuera tan sexista. Pero a Fritz le costaba caracterizar a Hilda de otro modo. Increíblemente buena era, había dicho al final, dócil, atenta; claro que no era una mujer tan fuerte como Karin, tan fuerte no era casi ninguna. Que durante el día Hilda le enviara mails con caritas sonrientes y corazoncitos titilantes era algo que prefirió callar. Pero después de haber compartido un vaso de vino con ambos, Anton pareció entender sin más palabras. Sólo de vez en cuando se hacía el envidioso y le preguntaba cómo andaba su gatito. La expresión se clavó en la memoria de Fritz como un arpón. No creía que Anton se estuviese burlando de él, pero igual se sentía un poco incómodo.

La que más sufrió con la separación de Fritz y Karin fue Paula. Mientras que la pequeña Lotte, por suerte, no entendía casi nada y Judith no sólo estaba distraída por sus estudios sino por su primer gran amor, ella pareció perder toda estabilidad. Ya se había puesto difícil con la partida de Judith y había adelgazado en forma atemorizante.

Un par de semanas después de que Karin lo echara de la casa bajo insultos y amenazas, anunciando que reduciría al mínimo posible su contacto con las niñas –”por el bien de ellas”–, Fritz despertó en medio de la noche porque Anton –que en pijamas se veía inesperadamente arrugado– apareció frente a él con el teléfono en la mano. Ya no podía dominar a su hija, lloró Karin, y no era su culpa, en serio, no permitiría que le achacaran toda la responsabilidad. Al final de una conversación de dos horas, en la que, furiosa, había col gado varias veces el teléfono para volver a llamar enseguida, se habían puesto de acuerdo en que Fritz estudiaría con Pau la en ciertos horarios fijos. A lo largo de las semanas siguientes, cada vez que pisaba su vieja casa, Fritz sólo se encontraba con la muchacha. Karin tomaba precauciones para no cruzarse con él y, en una ocasión, Paula comentó con des precio que hacía rato que tenía un tipo nuevo.

Fritz se arregló con Paula mucho mejor de lo esperado. Con él se mostraba mansa como una ovejita y se esforzaba por aprender. Sólo al despedirse se colgaba de su cuello como una pequeña amante, metía sus manos bajo el cuello de su camisa como animalitos ansiosos y le rogaba entre lágrimas que la llevara con él. Y todas las veces él la consolaba con la conciencia sucia, pidiéndole tiempo hasta tener su propia vivienda. Realmente no podía llevar a la niña a su desprolija morada masculina; además, no confiaba en Anton, que, desde su divorcio, salía con muchachas cada vez más jóvenes. Pero se ocupaba con muy poco entusiasmo de su búsqueda. Esta vida de soltero, sin responsabilidades, traía consigo una libertad dulce y desacostumbrada; eso, por lo menos, lo admitía.

A veces, cuando se encontraba con Hilda después del trabajo, ella cargaba grandes bolsas de papel con el dibujo de una juguetería cara. Siempre parecía estar conociendo niños, y compraba regalos para los cumpleaños de todos los hijos de sus colegas. Dedicaba mucho tiempo y cariño a esos regalos. Cada vez que un bebé nuevo llegaba al mundo, se salía completamente de sus casillas. Para estar siempre lista a la hora de felicitar, guardaba un pequeño surtido de zapatitos de bebé, mantitas y animalitos de peluche en un cajón de su escritorio, en la oficina. Pero Fritz no sabía nada de eso, sólo las colegas se burlaban. La única vez que Fritz buscó a Hilda, el cuadro de corcho enorme detrás de su escritorio, repleto de fotos de niños, le había llamado la atención, pero no había pensado mucho al respecto porque sentía apuro por volver a salir. Fritz evitaba todas las circunstancias que pudieran hacer pública la relación. Para las cenas conjuntas proponía locales que buscaba en la guía de restaurantes, fuera de su circuito habitual. Simplemente no estaba listo, había intentado explicarle a Anton, su único testigo, a pesar de que con Hilda se sintiera tan bien como hacía mucho que no le pasaba. Tal vez sí le habían quedado consecuencias de los dieciocho años con Karin, bromeaba, aunque por lo general sólo se burlaba del permanente palabrerío bien-pensante en torno a la traumatización y la necesidad del procesamiento interior. Es que simplemente no quería apurar nada, afirmaba, y además le molestaba la forma en que Judith y Paula comentaban las amistades masculinas de Karin. Sin embargo, cuando Anton dijo una frase al pasar (“miedo a las hijas”), Fritz enfureció de verdad, cosa que lo sorprendió, más que nada, a él mismo. No se trataba de miedo, rugió, sino de respeto frente a las niñas y también a Hilda; respeto, entiendes, ¿es que sabes siquiera lo que eso significa?

Un día Hilda trajo un sapo verde de felpa. Sin saber bien por qué, lo había comprado –tenido que comprar– para la pequeña Lotte, le susurró, y apretó el juguete dentro de la mano de él. Fritz observó el sapo, cuyas patitas delanteras temblaron de miedo, y cuando levantó la vista, los ojos suplicantes de Hilda y los del sapo le parecieron perversamente emparentados. Fritz reaccionó sin consideración, sin con trol, como tantas veces había querido hacerlo frente a Karin y jamás lo había hecho.

Que cómo se lo imaginaba, le había preguntado con sorna tras arrojar el animal esponjoso a la falda de Hilda. ¿Si debía enviarle saludos de ella a la niña de tres años, “sin saber bien por qué”? ¿O decirle que él había comprado el regalo? ¿Y cuáles eran en realidad sus motivos? ¿Quería presionarlo? En ese caso, él podía decirle enseguida que… No, no, había lloriqueado Hilda mientras acunaba el sapo entre sus brazos, lo sentía mucho, por lo visto no había pensado, sólo que ese sapito le había parecido tan encantador y, entonces, ella… con toda inocencia, sólo que a veces soy un poco tonta, discúlpame, ¿puedes? Fritz había pasado el resto de la velada con la sensación de enfado y satisfacción de un hombre que otorga el perdón a regañadientes y, a cambio, recibe un agradecimiento que no cesa, a través de olas de ternura subalterna siempre renovadas. Este juego peligroso se extendió hasta la noche, en la que Hilda se sometió de tal manera que aun al día siguiente, en medio de la reunión editorial, el recuerdo le provocó una erección a Fritz, que sintió por ello bastante vergüenza.

El siguiente capítulo fue que Judith resultó traicionada por su pálido aspirante a veterinario y Karin, Fritz y el director de teatro tuvieron que turnarse junto a su cama de enferma. Ambos padres recibieron la misión de ir a buscar los bienes de Judith a su vivienda en la zona del Gürtel. Por suerte no se toparon allí con el pálido, porque, a pesar de las mejores intenciones, Fritz no habría sabido cómo comportarse. La sed de venganza de las mujeres en casa era ilimitada, pero ni Fritz ni el director eran las personas ideales para ejecutar semejantes deseos tácitos. A lo largo de esas semanas, la relación entre Fritz y Karin se relajó notablemente. La concentración en su hija herida y, como supo más tarde, en un amor nuevo y prometedor hizo que Karin estuviese casi de buen humor. Por eso no vio inconveniente en hacerle un favor, y estuvo dispuesto a mudarse por tres semanas a lo de las niñas cuando ella partió al Caribe con el nuevo.

Todo era casi como antes y él no pudo defenderse de cierto sentimentalismo: se levantaba temprano, preparaba el desayuno, llevaba a la más pequeña al jardín y luego tomaba su café en la mesa de la cocina, antes de dirigirse a la redacción. Lamentablemente, eso significaba una pausa forzosa con Hilda. Porque inventarse reuniones a la noche era algo que no quería, lo había hecho demasiadas veces con Karin. Algo así sólo se hace con la esposa; frente a los niños le parecía, de algún modo, inmoral. Incluso llegó al punto de volver a masturbarse y, como antes, se preocupaba por utilizar sólo las toallas blancas. Se consolaba pensando que la abstinencia era pasajera. Durante el día, Hilda y él intercambiaban mails soeces, cosa que lo divertía bastante. Pero cuando de pronto lo que llegó no fue un mensaje provocador, sino uno ansioso y demasiado patético, con muchos corazoncitos titilantes, que terminaba con la pregunta de si una noche las dos grandes no podían cuidar a la más pequeña, Fritz cortó el contacto con ella por un par de días.

En casa, sus hijas empezaban a reaccionar de forma poco clara. Cada vez que él se sentaba con ellas, comenzaban con las dificultades que decían tener con su madre, se quejaban y lamentaban, se autocompadecían por las deficiencias e injusticias de Karin; pero Fritz no prestaba atención, apenas reaccionaba y no quería oír el mensaje oculto. Una cosa por lo menos le parecía clara: éste no era un buen momento para introducir a Hilda.

Al final, Hilda rompió con todos los acuerdos y una noche lo llamó. Paula, que atendió el teléfono, primero se quedó helada, pero luego hizo muecas en dirección a Judith, que, después de su duro golpe, casi siempre estaba en casa. Fritz se sintió tan furioso como excitado al oír la voz aniñada de Hilda. Sólo intercambió un par de palabras y colgó. A Paula y Judith les espetó por lo bajo que iba a salir y que seguramente no volvería en toda la noche. Que descontaba que Judith estaba en condiciones de llevar a Lotte al jardín al día siguiente. Y se fue haciendo mucho ruido, acompañado por el silencio de sus hijas.

Cuando Hilda abrió la puerta, la agarró y la empujó hasta el dormitorio. Más tarde comprobó que no habían cerrado la puerta principal. Cayó sobre ella como un poseído; era como si así pudiera alejarse ciegamente de ella, de Karin, de sus hijas malcriadas, de toda su vida de mierda. Nunca se había sentido tan extraño a sí mismo. Cuando, tras un orgasmo desaforado en el que bramó como un animal –Fritz siempre había despreciado los sonidos masculinos durante el sexo–, despertó a regañadientes de su delirio, notó que debajo de ellos yacía enterrado un enorme oso de peluche marrón. Casi no pudo soportar la mirada dichosa de Hilda. Y, sin embargo, se sentía acendrado. De pronto se descubrió acurrucado como un niño en sus brazos, haciéndole las promesas más disparatadas. Después fueron al Paradise Now tomados de la mano, se sentaron bajo la palmera artificial y se besuquearon como adolescentes.

Más tarde ya no fue capaz de decir si fue culpa de Paula, que comenzó a comportarse como una desquiciada y terminó extorsionándolo con la negación absoluta a alimentarse; de Karin, que volvió del Caribe tan imprevisible, agresiva y amenazante como en las peores épocas de su matrimonio; de Hilda, que casi lo ahogó con su comprensión ilimitada; o de él mismo, que quizás había sobrevaluado la cuestión con Hilda. Tal vez había sido, nomás, una relación común, de esas que pierden su atractivo ni bien se vuelven obligatorias.

Durante los años que siguieron, en alguna que otra pelea, sus hijas mayores siguieron haciendo comentarios sobre esa Hilda, como si tuvieran entre manos una prueba contra él. En el fondo sólo podían acusarla de “tener el pelo tan asquerosamente negro”, porque apenas la habían conocido. Cuando el asunto aún estaba fresco, habían dicho cosas mucho peores, pero Fritz las había justificado esgrimiendo el período de sensibilidad emocional por el que ellas estaban pasando, y olvidaba las frases lo más rápido posible.

Cuando festejó sus cincuenta años, en el Blaubichler o en el Jakobinerwirt, invitó incluso a Anton. A lo largo de los años, de algún modo, lo había perdido; Fritz ya no habría sabido decir cómo. Claro que también estuvo Karin, con su tercer esposo, un funcionario de la cámara de los industriales. Desde aquellas terribles semanas de entonces, cuando Paula pasó dos días en terapia intensiva y el bronceado caribeño de Karin se veía aun más extraño que su hija entubada, a ella le había vuelto a ir bastante bien. Eso sí, Fritz tenía mucho menos en común con el funcionario que con el director de teatro. Casi le pareció injusto que el funcionario fuese un invitado en su fiesta de cumpleaños y que faltara el director. Pero, sea como fuere, hacía poco que Karin le había conseguido unos albañiles para renovar su casa, algo que realmente hacía falta. De hecho, no habían pintado la cocina desde el nacimiento de Paula. Para ese tipo de tareas prácticas Karin siempre había tenido buena mano. También lo había asesorado en la elección de los azulejos; a Fritz no le parecía raro, al fin y al cabo ella misma había vivido bastante tiempo ahí.

Cuando, aquella vez, después del asunto con Hilda, había juntado sus cosas en lo de Anton y regresado a lo de las niñas, pensó por unos segundos en qué hacer con las cajas que, al irse, había depositado en el sótano de Karin –temporariamente, como había creído en su momento–. Decidió dejar las en el sótano, que después de todo ahora era suyo. Lo que no había necesitado durante los meses en lo de Anton no podía ser tan importante. Algún día, dentro de algunos años, las cosas podrían ser revisadas. Quizá sería de lo más divertido toparse con objetos olvidados hacía rato. Pero era posible que jamás fueran abiertas, esas cajas viejas.

Cuando no le quedaba otra que pensar en aquella época espantosa, prefería recordar la escena con Lotte. Al llegar sin aliento al cuarto piso, cargando el primer cajón de la mudanza, su hija menor había abierto la puerta de par en par, se había sacado el chupete de la boca con un gesto teatral y había exclamado: “Y ahora papá se queda para siempre.”


*Este cuento fue publicado en: “Lässliche Todsünden” by Eva Menasse © 2009, Verlag Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co. KG, Cologne/Germany.
 
*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

Después de leer los letreros que anunciaban la cercanía de Natchez Trace, Jorge le dijo a su padre que se hallaban a punto de entrar en reserva y que lo más conveniente era llenar el tanque. Su padre asintió. Mientras me encuentre en este país, dijo, tú decides. Jorge lo miró por un instante y supo que no había caso, que a pesar de todas sus esperanzas él jamás cambiaría. Apenas vio una gasolinera, disminuyó la velocidad.

Una vez apagado el motor del Chevrolet Cavalier rojo, Jorge le preguntó a su padre si quería algo. Un paquete de Marlboro. Bajó del auto, llenó el tanque y entro a la tienda. Se acercó a la cajera, una obesa mujer que poseía, como única y suficiente belleza exterior, un par de ojos verdes de conmovedora, intensa dulzura.

Would that be all? –preguntó ella. Jorge pidió un paquete de Marlboro. Luego pagó.

Have a nice day.

You too –respondío saliendo de la tienda y retornando al Chevrolet. Hacía calor, la humedad adhería la camisa a su cuerpo, las nubes se habían ido disipando a medida que avanzaba la mañana. Gracias, dijo su padre, y encendió un cigarillo. Jorge reanudó la marcha.

–Allá vamos, Willy –dijo.

Jorge obtenía en cuatro días el BA en periodismo y su padre había venido desde Bolivia para asistir la ceremonia. Con lo poco por ver ya visto en Huntsville, la ciudad donde se hallaba su universidad, Jorge había propuesto viajar a Oxford, Mississippi, a conocer la ciudad de William Faulkner. Eran sólo cuatro horas de viaje. Su padre había aceptado. Jorge se había emocionado mucho con la idea, tanto que la tensa felicidad del reencuentro con su padre y la cercana graduación habían pasado por un momento a segundo plano: siempre había querido visitar la ciudad (y siempre algo se lo había impedido) del escritor que más admiraba, del hombre cuyo ejemplo lo incitaba a consumirse en noches y madrugadas escribiendo y a soñar con tornarse escritor algún día. Pero ahora, en la Natchez Trace, rodeado de bosques de pinos y cada vez más cerca de Oxford, Faulkner se había escondido en algún recodo de su mente y sus pensamientos y sensaciones merodeaban en torno a su padre.

Repitiendo un gesto de adolescencia, lo miró de reojo. ¿Es que siempre lo tenía que mirar de reojo? Por un tiempo, después de recibir su llamado tres semanas atrás comunicándole que asistiría a su graduación, Jorge había pensado en la posibilidad de una reconciliación. Tiene que haber cambiado, se decía, después de todo, está viniendo. Hizo planes que incluían largas charlas en algún bar, el calor de buen jazz y cerveza de barril. Le contaría de sus planes y le preguntaría acerca de su vida: ¿Cómo había sido su infancia? ¿Había participado en la revolución del 52? ¿Cómo había vivido su primer amor? ¿Y qué de sus años de exilio en Buenos Aires? ¿Todavía amaba a su madre? Eran tantas las cosas que podía preguntarle que se sintió avergonzado de saber tan poco de él: sí, había sido un imbécil incapaz del primer paso. Recordó la tarde en que había golpeado la puerta cerrada de su despacho, y una voz quebrada le preguntó qué quería, y él dijo que si le podía dar algunos pesos para el cine, y la voz respondió que sí, por supuesto que sí, y cuando se abrió la puerta Jorge vio un rostro de inconsolable tristeza, pero al rato sintió las monedas en su mano y se despidió. Nunca más, hasta ahora, había vuelto a recordar aquel rostro.

La desolación era excesiva en Natchez Trace: uno que otro auto de rato en rato, una que otra ardilla. A los bordes del camino, en extraña y fascinante combinación, árboles secos color polvo, dignos del otoño, alternaban con el esplendor primaveral de árboles pródigos en verde. Jorge se hallaba cansado de manejar. Volvió a mirar a su padre que, en silencio, fumaba y contemplaba el paisaje. Pensó que si de algo estaba seguro era de no haber sido él el culpable del distanciamiento. Recordó el encuentro en el aeropuerto, el abrazo frugal, las escasas palabras; recordó los dos días siguientes hasta el día de hoy, el retorno de esa sensación de la inminencia de una comunicación que siempre tenía cuando se encontraba con su padre: comunicación que muy pocas veces se realizaba: en general, la elusividad los regía, las palabras no eran pronunicadas, los sentimientos no eran expresados. Él no lo hacía porque esperaba que su padre tomara la iniciativa. Y su padre, ¿por qué no lo hacía? Al venir hasta acá, ¿no lo había hecho? Esa había sido la primera conclusión, pero ahora Jorge no podía menos que pensar que su padre había decidido asistir a la graduación porque quizás se sentía obligado a estar presente en ella.

Y aquí estaban, pensó Jorge, alejados del país y sin intercambiar entre ellos nada más que lo necesario, acaso contando los minutos para que la ceremonia de graduación concluyera y ambos pudieran retomar sus vidas. Pensó increparlo, preguntarle qué cuernos le sucedía, si pensaba quedarse callado hasta el día de su entierro. Pero no, sabía que no lo haría: era incapaz de esos desbordes temperamentales. En ese instante, una idea lo estremeció: al reprimirse, ¿no ponía en movimiento una cualidad heredada de su padre? ¿No se parecía a él más de lo que se hallaba dispuesto a aceptar? ¿No se hallaban unidos por medio de una compleja relación especular? Jorge se imaginó a sí mismo dentro de veinte años, sentado en silencio y fumando al lado de su hijo, mientras este manejaba un Chevrolet Cavalier rojo en dirección a Oxford.

–Hace años que no leo a Faulkner –dijo su padre–. Tengo muy buenos recuerdos de él. Un tiempo fue mi gran pasión.

–¿De veras? –dijo Jorge. Un Mazda los sobrepasó a gran velocidad; pudo distinguir que una mujer lo conducía.

–Fue en mis días de exiliado, cuando vivía en una pensión de quinta. Tú tuviste suerte. Yo no tenía un centavo para extras y mi compañero de cuarto era un cordobés que se la pasaba leyendo. Yo leía sus libros. Recuerdo un montón de novelas de Perry Mason y otro tanto de Faulkner, qué combinación. Perry Mason me gustaba mucho: lo leía y punto, todo se acababa ahí. Faulkner era otra cosa, difícil de entender, pero magnífico, magnífico. Y, ¿lo creerías?, hay frases e imágenes que jamás pude olvidar. Recuerdo, sobre todo, un personaje: Bayard Sartoris. Nunca olvidaré su melancolía, sus alocados viajes en auto, en caballo, en aeroplano… También recuerdo a Temple Drake, así creo que se llamaba, ¿no? Y el cuento de la mujer que dormía con el cadáver de su novio. Y ese otro, el del establo que se incendió y el chiquillo que no sabía si ser fiel a su padre, al llamado de la sangre de la familia, o a sí mismo.

Hizo un pausa.

–Oh, sí, Faulkner, el gran Faulkner –continuó–. ¿Sabías que por unos días quise ser escritor? Sí, estoy hablando en serio, el prosaico ingeniero que tú ves aquí quiso un día ser escritor… Pero claro, lo único que hacía era remedar torpemente a Faulkner. Después de unos meses de hacer el ridículo, renuncié. Y, lo que es la vida, al año el cordobés se fue y nunca más volví a leer a Faulkner. Pensé hacerlo varias veces, pero nunca lo hice. Y ya ves, treinta años pasaron como si nada y jamás lo hice.

Jorge quiso decir algo. No supo qué.

–Tu pasión por Faulkner me hizo recordar mucho esos días –continuó su padre, que hablaba sin dejar de mirar hacia el horizonte–. Nunca me mostraste tus escritos, pero confío en que tú no renunciarás. Confío en que lo tuyo no es pasajero y en que escribirás las cosas que yo no pude escribir. Y volverás a decir a todos, porque es necesario volver a decir de tiempo en tiempo, que entre el dolor y la nada es necesario elegir el dolor. Que amor y dolor son una misma cosa y quien paga barato por el amor se está engañando. Que no hay mejor cosa que estar vivos, aunque sea por el poco tiempo en que se nos ha prestado el aliento.

Jorge se desvió del camino y apagó el motor.

–Papá… –dijo–. ¿Me puedes mirar?

El padre, lentamente, giró su cuello y enfrentó sus ojos a los de Jorge.

–Nuestra relación no ha sido precisamente ejemplar, ¿no?

–No tenía por qué haberlo sido. ¿Conoces alguna?

–Pero podía haber sido mejor.

–Podía.

–¿Ya es tarde?

–Hay cosas de las que es mejor no hablar.

–Te quiero mucho, papá. Muchísimo.

–Ya lo sé –dijo el padre, y le tomó el hombro derecho con la mano izquierda. Fue un caricia suave, fugaz–. Ahora vuelve a manejar.

–Me gustaría charlar un rato.

–Podemos charlar mientras manejas.

Jorge hizo una mueca de disgusto, encendió el motor y reanudó la marcha.

El disgusto, sin embargo, no duró mucho. Al rato, pensó que las cosas se habían dado de esa manera y que de nada valía lamentarse por lo no sucedido. No valia la pena amargarse por todas las palabras no pronunciadas y todos los sentimientos no expresados. Más bien, todo ello le daba más fuerza y significado a los escasos encuentros que se daban entre ellos. Habrá más Faulkners, se dijo. Es cuestión de excavar.

Enfrentando con la mirada la excesiva, intimidatoria belleza que los cercaba, Jorge dijo en voz alta que el día era muy hermoso.

–Sí –dijo su padre–. Muy hermoso.

Y Jorge esbozó una sonrisa ambigua, acaso sincera, acaso irónica.  

A esa edad era un niño y los niños no suelen tener tantos prejuicios, aunque la mayoría no sabe muy bien por qué razón están sentados en esos pupitres de madera, cargando una bolsa llena de cuadernos y lápices, escuchando hablar a una persona que no es ni su padre ni su madre. Y a pesar de que no saben por qué tienen que asistir a una escuela a aprender, lo hacen sin sentir odio, sin recriminarle nada a nadie, a veces tan sólo expresándose a través de sentidos lloriqueos sentimentales o de desaforados gritos de rabia que van amainando con el paso de los días. La mayor parte del tiempo los alumnos escuchábamos en silencio a ese hombre de cabello engomado y corbata mal anudada que nos hablaba con ternura mientras se paseaba a lo largo de las filas donde los niños, sorprendidos, lo seguíamos con la mirada sin acostumbrarnos del todo a sus extravagantes modales, no obstante que llevábamos ya varios años tomando clases en esa humilde escuela de barrio. En el fondo éramos idiotas, porque ahora que han pasado tantos años no puedo creer que no hayamos podido negarnos a hacer todo lo que el profesor ordenaba. Un día se le ocurrió que para celebrar a nuestras madres cada uno de los alumnos debía conseguir agujas y una madeja de estambre para tejer una gorrita de lana que habría de servirle a las viejas para cubrirse el cráneo. Yo sabía que no podría contar con el consentimiento de mi padre porque él no toleraría ver a su hijo tejiendo esa pendejada sin sentir que me estaba volviendo maricón. Así que busqué, como siempre, el apoyo de mi madre quien, por lo demás, se mostró muy complacida. Compró tres madejas de estambre color mostaza, un artefacto de plástico que haría el papel de las agujas de tejer y un carrete de hilo blanco.

Las tardes que ocupaba para patear una pelota contra la pared descascarada de un callejón que se hallaba cerca de mi casa, esas tardes en las que sentado sobre esa misma pelota contaba pasar los autos mientras buscaba una razón que me convenciera de que la prohibición de ir hasta el parque para jugar con otros niños tenía algo de justicia, las cambié para encerrarme en mi recámara a tejer el gorro de mi madre. Y no me quejo, pero me hubiera gustado hacerlo abiertamente, después de todo no era más que una cursilería del profesor, y ¿acaso no había sido mi padre el responsable de haberme enviado a esa escuela? Todavía recuerdo su puño crispado diciendo que iba a matar al hijo de la chingada del profesor que estaba pervirtiendo a su hijo poniéndolo a tejer como si fuera una señorita, “¿Para eso me paso diez horas manejando un trolebús?” Pero mi madre me defendía, no como yo hubiera querido que lo hiciera, con mayor energía, con razones, haciéndole ver que en realidad no sucedía nada grave, me defendía tímidamente porque también le tenía miedo a esos brazos fornidos y a la mirada infame de aquel hombre que nos amenazaba a gritos y nos dejaba caer la mano sobre alguna parte del cuerpo para hacernos sentir que sólo con desearlo podría matarnos. El error había sido confiar en mi hermano, pedirle que por ningún motivo comentara esto con mi padre, quien ese mes había sido nombrado candidato para un cargo en el sindicato de transportes eléctricos, un error grave porque mi hermano, más temeroso que mi madre y yo juntos, pensó que sería mejor estar del lado del más fuerte aunque ello significara delatarnos; y lo hizo, el mismo día que mi padre tapizó la casa con decenas de planillas donde figuraba su nombre, el más pequeño después de los nombres del secretario general y el tesorero; pegó las planillas en ambas hojas de todas las puertas de la casa, en las paredes, en el refrigerador, en las ventanas para que la gente que pasara frente a nuestra casa pudiera ver que en esa familia progresábamos, que mi padre no se iba a quedar de chofer para toda su vida y que era mejor irnos respetando, a nosotros, a los Fadanelli.

No sé por qué se me ocurrió decirle aquella cosa, salió sola, como si mi boca perteneciera a otra persona, le dije, “no me estés chingando por favor”, no podía creerlo, ni yo ni él, ni mi madre, ni mi hermano que estaba espiando por la puerta de la recámara, “no me estés chingando”, y estaba tan sorprendido que no me dolió la bofetada, ni el puntapié en las nalgas, ni que me jalara de los cabellos para tirarme al piso. Le dolió más a él que su planilla perdiera las elecciones porque seguiría siendo chofer, un maldito chofer con un hijo que tejía gorritos de lana. Y mientras su familia se dedicaba a despegar todos los papeles con los que una semana antes habíamos tapizado la casa entera, él miraba por la ventana, con la mandíbula soldada por el coraje, con los puños cerrados, ¿quién sabe en qué estaría pensando? Pero yo pensaba en lo que le diría al profesor cuando me preguntara sobre el tejido, “no me esté chingando, por favor”, le diría igual que le había dicho a mi padre.

La noche del día en que despegamos la propaganda de las paredes escuché sollozos en el cuarto de mis padres. Me levanté y acerqué la oreja a su puerta; mi hermano estaba detrás de mí y escuchó también su llanto, la voz de ella consolándolo y diciéndole que Dios sabía lo que hacía, que no estaba bien maldecir. Llorando como un marica, pensé, mi padre está llorando como un marica. Y mi hermano con sus ojos abiertos, muerto de miedo porque nunca había escuchado que él llorara; y yo satisfecho, porque eso era lo mejor que me podía haber pasado en ese momento, mi madre tenía razón, Dios sabía perfectamente lo que hacía. Aunque todo se hallaba obscuro sabía que mi hermano estaba mirándome, sentía sus ojos húmedos por las lágrimas. Escupí en el piso, dos veces, sintiendo de nuevo el aire milagroso de mis pulmones, dos escupitajos, uno por mi hermano y otro en honor de su padre que lloraba como un marica.


*Este cuento fue publicado en: Compraré un rifle © Guillermo Fadanelli,  Editorial Anagrama 2006.

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