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La historia siguiente es tan verdadera como solo puede serlo para nosotros algo que proviene del mundo del saber, que proviene del reino de los muertos. Aunque no es el mismo biombo, un biombo del mismo tipo se encuentra en el museo de medicina y sanidad en Viena. A los correspondientes timbres se los puede hallar aún hoy, después de más de ocho décadas, y se los puede incluso comprar por poco dinero en negocios de trastos electrónicos, no solo en Austria sino en varios lugares de nuestra felizmente resurgida Europa Central.

Detrás del biombo, detrás del hule y de la madera de sauce barnizada de blanco, el cráneo de pelo gris a un brazo de distancia del botón del timbre, yace, en la noche en que tiene lugar la anécdota, un hombre de más de sesenta años, ya por entonces renombrado y que en breve será célebre, un hombre que hoy, mucho tiempo después de su muerte, sigue cosechando múltiples elogios, uno que en esta templada tarde de la primavera vienesa acaba de ser operado. Respira con un ronquido bajito. Sabe que durante el curso de esta misma noche, después de tres o cuatro horas de reposo, lo darán de alta para entregarlo al cuidado de su familia.

No le preocupa ni le molesta que lo hayan estacionado allí de manera provisoria, que esté acostado en un cuarto para trastos. Sabe, por su propio trabajo, cómo son las cosas en los hospitales, y lo poco que a veces valen allí los privilegios, cuando se trata de solucionar algo de manera rápida y práctica. Que lo hayan dejado ahí debe atribuirse sencillamente a las circunstancias de la intervención ambulatoria. Él mismo ha insistido de antemano para que lo trasladen con el automóvil lo más rápido posible a su casa.  

Respira con dificultad, tose y traga sangre fresca. Es la sangre de la profunda incisión que le han hecho en su boca. Un profesor al que lo unen lazos de amistad, un hombre de su confianza, un experto en cirugía general, le ha extraído un tumor, que se formó debido a sus queridos cigarros. El tumor se internaba en los tejidos más de lo que se había supuesto en un principio. El maestro del escalpelo tampoco ha calculado correctamente las consecuencias de haber cortado cada vez más profundo. Calamitosamente debilitado por la pérdida de sangre, en peligro de desmayarse, el operado, el abandonado comprende allí, de manera paulatina, la gravedad de la situación. Pues él mismo es médico, él mismo es profesor.

La hemorragia amenaza con matarlo. En un verdadero acto de voluntad, con un último esfuerzo, el hombre levanta tortuosamente el brazo derecho, hurga por la pared lisa pintada al aceite, encuentra el botón del timbre y presiona su baquelita. Pero el botón está muerto. La lengüeta de chapa que debe establecer el contacto entre los cables se partió en dos el día anterior cuando tocó la alarma otra persona también estacionada aquí. Aquel, desconocido para nosotros, fue atendido en menos de un minuto; a nuestra muda gran emergencia, en cambio, el jugo vital se le derrama entretanto mortíferamente faringe arriba. La garganta, demasiado débil para llamar, apenas si da abasto tragando. Ahogarse o desangrarse. El mareado doctor, el otrora médico que hace tiempo ha huido hacia una ciencia de su propia invención, intenta en vano incorporarse y luego, igual de vanamente, darse vuelta. Al músculo respectivo le faltan las fuerzas. Solo sus ojos se mueven aún obedientes por el oscuro cielo raso y luego por el biombo, hasta ver a Jodi asomando detrás del borde de hule.         

Jodi babea. Jodi babea como siempre, el pequeño Jodi babea –¡no puede evitarlo!– más que solo un poquito. Jodi se rasca, porque le gusta hacerlo, su gran cabeza meticulosamente pelada al ras. Deja que el hilo de baba se haga más largo y mira y escucha. La sangre borbotea en el paladar. Quién sabe en qué piensa Jodi. En fin, a lo sumo hoy podemos saber: hace tiempo ya que Jodi, el enano de pecho angosto, tiene un trato íntimo con las prácticas cardiológicas de la ciencia moderna, con su quehacer en el cuerpo. En toda su vida hasta el momento, los treinta y tres años enteros, no ha salido del Hospital General de Viena. Las monjas se hicieron cargo de él cuando era un bebé de pecho, luego de que su madre, una equilibrista húngara extraordinariamente grácil –y apenas más grande que sus colegas del reino de Liliput–, muriera sin pena ni gloria en medio de las fatigas del parto y del ser parido. 

El profesor que está tragando sangre, nuestro atragantado psicólogo vienés, reconoce por supuesto a primera vista el tipo de enanismo que tiene ante sus ojos. Piensa en imbecilidad, piensa “cretino”, se ve como forzado a pensar en una debilidad mental sin remedio y en estúpidos balbuceos mudos y al mismo tiempo en el progreso del espíritu, que aquí, en este cuarto para trastos, como si se tratara de destrozar un chiste de exquisitez pesadillesca, contiene la respiración en sincronía con él.

La pieza es el reino de Jodi. Desde que puede vestirse y desvestirse por sí solo, el delgado Jodi de cráneo gordo tiene aquí su camita, detrás de uno de los biombos plegables, en medio de un revoltijo de bártulos abandonados. Aquí está la silla sobre cuyo respaldo están apoyados la camisa y el pantalón de Jodi. Aquí descansa, sobre un armazón bonitamente arqueado, la fuente con cuya agua se lava por las noches los mocos de la naricita y la baba de los labios mudos. Aquí Jodi dormita y sueña los sueños de Jodi, luego de haber ayudado –con infantil solicitud e incansable aplicación, pasillo arriba y pasillo abajo– a limpiar, ordenar y hacer las camas.

Quién sabe lo que piensa nuestro Jodi. El viejo de la cabellera gris piensa otra vez, en un jadeante razonamiento circular, en el timbre roto y en la muy especial burla que su avería representa ahora para él y para su joven teoría, cuando ya la mano izquierda de Jodi se desliza por entre el pelo pegado de sudor, cuando ya la mano derecha de Jodi se mete por debajo de una axila, agarra con firmeza una camisa mojada y los diez dedos de Jodi –¡la boca de Jodi salpica saliva!– tiran una cabeza y un torso hasta dejarlos en posición lateral. El descubridor, el intérprete, el fundador de un longevo culto vomita aliviado su sangre por sobre el borde de la camilla hacia el linóleo de la pieza de los trastos. Se escucha un plaf. Un plaf tan maravilloso, que todos oímos el plaf.

Ahí es cuando nuestro Jodi sale corriendo. Arranca directo en busca de ayuda. La espuma le vuela de la boca trazando un arco alto y bello. Jodi se apresura a salir, corre por el pasillo, enseguida le tirará de la manga a una de sus enfermeras de cofia blanca y, como ella no captará qué es lo que quiere, tirará de su manga reforzada para arrastrarla hasta su pieza, donde ambos se quedarán parados en el charco pegajoso delante del hombre ya felizmente despreocupado ahora que se desmayó.

El doctor Sigmund Freud fue salvado, operado varias veces más en el paladar y en la mandíbula y vivió, con prótesis cambiantes en la boca y en la garganta y chupando innumerables cigarros, otra década y media en pro del crecimiento y del éxito de sus obras. Mientras que las palabras de estas obras generen verdad, nuestro pequeño Jodi ha de correr, las piernitas curvas de Jodi han de tambalearse y el cuero de sus suelas relucientes por el uso ha de tamborilear sobre piedra, parquet, linóleo: no más tiempo que eso, pero al menos la misma cantidad de tiempo los hilos de baba de Jodi, su burbujeante huella ha de perlar todas las oraciones de esta anécdota del enano.


*This story is taken from: Die Logik der Süße by Georg Klein. Copyright © 2010 Rowohlt Verlag GmbH, Reinbek bei Hamburg.

Lo encontré el otro día, mientras buscaba las aletas de buceo en el depósito. Ni siquiera me acordaba que lo había dejado allí. Estaba cubierto de polvo y tenía una telaraña delgada en el pelo. Se la quité. Seguía vestido con el pantalón azul y la chaqueta café con orejas de oso en la capucha. Los ojos cerrados, los brazos extendidos, buscaba un abrazo tal vez. O que lo alzara, siempre quería que lo llevara cargado. No recuerdo bien.

De lo que sí me acuerdo es que lo único que pedí fue que tuviera un botón para prender y apagar. Mientras sostenía la prueba de embarazo en mis manos, imaginé aquel cuerpo que se formaba dentro de mi cuerpo con un interruptor en el pecho. Algo sencillo, como con el que se prende y apaga la luz. De su mismo color de piel, para que no fuera una deformidad demasiado evidente, no quería que cualquiera pudiera hacer uso de él. Solo yo.

Aunque estábamos buscando tener un bebé el embarazó me tomó por sorpresa. ¿Feliz? Algo. Debo aceptar que la idea de tener un hijo no me era del todo desagradable. Desde que nos casamos supimos que esa era una de las metas de nuestra unión: formar una familia. Eso lo dijo el cura durante la ceremonia, eso nos repetían nuestros padres. Ellos nos pedían desde hacía tiempo los hiciéramos abuelos. Así que después de seis años decidimos dejar las pastillas anticonceptivas. Gracioso me suena hoy el “decidimos”, cuando realmente era yo la que me las tomaba, era yo la que sangraba cada mes, era yo la que iba a parir a la criatura. Pero estábamos juntos, porque éramos una pareja, y lo que estaba de moda entonces era que decir: “nosotros estamos embarazados”. Sonaba tan ridículo como decir: “nosotros tenemos una infección vaginal”. Pero bueno, nosotros estábamos embarazados y entusiasmados, aunque sorprendidos por lo rápido que había resultado todo.

Los libros que leí decían que un embarazo planeado podía tardar hasta un año en darse, así ambos estuvieran sanos. Entonces pensé: “Va, un año está bien. Quizás en un año logre convencerme por completo de querer ser mamá”.

Pero no tuve un año. No tuve ni dos meses. Apenas habíamos tirado, qué, ¿tres? ¿cuatro veces? Mientras miraba la prueba positiva solo deseaba desde lo más profundo de mi corazón que tuviera un botoncito. Porque cuando veía a otros niños y a otras mamás, muchas de ellas ojerosas y cansadas, pensaba que esa sería la solución a todo.

Ahí estaba, todo empolvado, metido en una caja con cobijas y su muñeco favorito. No quería que se sintiera solo. ¿Hace cuánto estaba en el depósito?

Al principio, cuando descubrí que podía apagarlo lo acomodaba en su cuna, como si estuviera durmiendo. Lo hacía por un par de horas, dos si mucho. Aprovechaba ese rato para dormir un poco. Todos te dicen que descanses mientras duerme el bebé, porque se supone que todos los bebés solo comen, cagan y duermen. Pero él era distinto. Lloraba mucho, hacía siestas de solo media hora y pedía comida todo el tiempo. La energía se me agotó rápido. A las dos semanas de nacido ya estaba más cansada que en toda mi vida.

El parto fue lo más fácil. De verdad no entiendo cual es toda la alharaca alrededor del parto. Sí, duele, claro. Pero lo pude manejar. Me concentré en respirar. Fue rápido. Había llegado hacía apenas unas cuantas horas a la clínica cuando la doctora me avisó que ya tenía diez centímetros de dilatación. No me alcanzaron a inyectar la anestesia. Yo la quería, por supuesto, pero todo fue tan de prisa que no llegó el anestesiólogo a tiempo. Cuando entró a mi cuarto la ginecóloga le dijo: “ya no”. Él me miró, se disculpó con una sonrisa rápida y se fue. Sentí ganas de pujar y pujé. Volví a pujar y entonces la doctora me avisó que ya estaba afuera la cabeza, que me aguantara las ganas de volver a pujar, que el resto lo hacían entre él y ella.

Lloró. Lloré. Lloramos. Mi marido estuvo al lado mío todo el rato. Me entregaron al niño para que lo pusiera contra mi pecho, lo que llaman contacto piel con piel. Era pequeño, estaba muy arrugado y envuelto en una gelatina blancuzca que lo hacía ver aún más extraterrestre. Todo fue muy rápido. Era mi hijo. ¿Era mi hijo? Era mi hijo, eso decían todos. “Mire ese bebé tan lindo”. Se lo llevaron, el papá fue detrás de él.

El niño tenía un mes cuando descubrí el botón. Fue accidental. No pensé que mis deseos se cumplieran con tanta facilidad. Nunca había escuchado hablar de un bebé que se pudiera apagar. Por eso la primera vez que ocurrió me asusté. Acababa de sacarlo de la tina y estaba secando sus axilas con la toalla cuando sentí que mi dedo gordo hundió una especie de bulto pequeño y escuché un click y él quedó cómo congelado. Me asusté, pero supe de inmediato que algo, alguien, había cumplido mi deseo. Volví a buscar la pequeña protuberancia debajo del brazo y la apreté de nuevo. Se volvió a mover, como siempre. A hacer los mismos ruidos pequeños con su boquita, a mover sus minúsculas manos. Terminé de vestirlo, lo acomodé en el moisés, le puse una cobija encima y volví a buscar el botón. Lo apagué y dormí un poco más de dos horas. Fui feliz.

Al principio no quise contarle a nadie acerca de mi descubrimiento. Solo lo usaba cuando estaba sola en la casa. Me permití dos horas diarias para dormir la primera semana. La segunda comencé a apagarlo también a la hora del almuerzo, así podía prepárame algo más que un sándwich de jamón y queso.

La tercera comencé a hacer uso del botón apenas mi esposo se iba a la oficina, para poder correr un rato en el parque. Regresaba, prendía al bebé, le daba de comer y lo bañaba, lo volvía a apagar para bañarme y dormir un rato. Luego lo prendía, le daba de comer y lo ponía bocarriba en su gimnasio para bebés un rato y después bocabajo, sobre la barriga, para que ejercitara los músculos. Lo volvía a apagar para almorzar y dormía otro rato. Luego lo prendía para montarlo en el coche y sacarlo a dar una vuelta. Esa rutina se me dio bien durante los primeros meses.

Levanté la caja. Olvidé las aletas. Decidí subirla al apartamento. Se veía apacible, pero estaba muy sucio y algo en mi corazón se sintió al verlo en ese estado. Con los cachetes negros de tierra, las manos cubiertas de polvo. La ropa olía a humedad. Pero él se veía bien. Agarré la aspiradora y se la pasé por todas partes. Lo saqué de la caja y sacudí las cobijas, también aspiré el interior de la caja y al perro de peluche. Busqué un trapo y lo humedecí para limpiarle la cara y las manos. Me quedé mirándolo un rato. Cómo me gustaba vestirlo con chaquetas que tuvieran orejas de oso redondas en la capucha. Se veía lindísimo así.

Un día mi marido llegó temprano de trabajar y me encontró dormida y con el bebé apagado en la cuna. Apenas lo vio, tan quieto, congelado, se aterró. Comenzó a sacudirme y a gritar: “¡Algo le pasó al bebé!”. Me asusté. Me senté en la cama y miré la cuna. Me calmé de inmediato. “Tranquilo, amor. Está apagado. Ya lo prendo”. Parecía que se le fueran a salir los ojos de las orbitas. Yo solo tomé al niño en brazos, apreté el botón y él comenzó a moverse tranquilo y a buscar mi seno. “Tiene hambre”. Mi esposo se sentó al borde de nuestra cama. Se agarraba la cabeza con incredulidad. Alimenté al bebé, le cambié el pañal y le puse la piyama. Mi marido no se movía aún. Esperé otro rato. El niño se durmió. Entonces por fin volteó a mirarme y me dijo: “¿O sea que el niño se pude prender y apagar?”. Esperaba que le dijera que lo que vio era mentira, que se lo había soñado, qué sé yo. “Sí, exacto. Tiene un botón en la axila. Lo apago cuando necesito descansar o comer. Pero no lo afecta. Él está divinamente. Míralo, es un bebé feliz”.

Pensé que me iba a reprochar, a decir que era una madre irresponsable, una loca. “¿Será que podemos dejarlo apagado el próximo fin de semana para ir a cine?”, preguntó con una sonrisa tímida.

Las cobijas y el muñeco estaban muy sucios y olían mal. A humedad. Decidí meterlos a la lavadora. Al fondo del gabinete donde guardo los detergentes encontré el jabón hipoalergénico con el que lavaba toda la ropa del bebé. Todavía tenía suficiente para un par de cargas. La ropa estaba igual de sucia, así que se la quité con cuidado y la eché a lavar también. Lo cubrí con el cobertor de la cama mientras tanto.

Comenzamos a apagarlo para salir a comer, ir a cine, visitar amigos, asistir a fiestas. En un principio acordamos que solo lo haríamos para casos especiales. De resto el bebé debía permanecer prendido. Después de hablar al respecto decidimos que el botón solo sería usado para ayudarnos como pareja. Para librarnos un poco de la falta de intimidad que sufrimos después de tenerlo, para unirnos más y darnos espacios para los dos.

La verdad es que yo seguí haciéndolo un par de veces al día sin contarle a nadie, para tener tiempo para cosas básicas como hacer ejercicio, arreglarme las uñas, ver una que otra serie, leer un libro, trabajar.

Cuando cumplió un año fuimos más osados. Lo dejamos apagado tres días y nos escapamos de vacaciones a la playa. Pasamos felices, como si nada hubiera cambiado. Al regresar comenzamos a hacer un uso más libre del botón. A veces desconectábamos a nuestro hijo por un par de días y dejábamos que la vida transcurriera como antes de que llegara él.

De la renovada diversión aparecieron los cuestionamientos. Mi esposo decidió que quería ver el mundo. Después de mucho analizar su vida, en las noches que yacíamos uno al lado del otro sin dormir ni hablar y con el pequeño apagado en el otro cuarto, descubrió que su más íntimo deseo era convertirse en un viajero porfesional, sin hogar ni rumbo fijo. Así que sin mayor preaviso un día me informó que planeaba irse a tener aventuras por el planeta durante dos años. Me dijo que me amaba, pero no quería que me quedara esperándolo, me pidió que rehiciera mi vida y encontrara mi felicidad.

Quedé tan devastada que se me olvidó volver a prender al niño. Después de unos cuantos meses decidí guardarlo en el closet y transformar su cuarto en un estudio. Colgué un televisor inmenso en la pared y conseguí un computador de pantalla gigante para el escritorio, puse una elíptica al lado de la ventana para hacer ejercicio todas las mañanas mientras veía algún programa por Netflix. En algún momento pasé al niño a la caja y la bajé al depósito. Pero ya no recuerdo hace cuánto. ¿Un par de años?

Apenas terminó el ciclo de la secadora procedí a volver a tender la caja con las cobijas y a vestir al chiquitín. Cuando ya estaba listo, con el pantalón azul y la chaqueta pensé que quizás ahora sería un buen momento para volver a encenderlo. Y eso hice. Busqué el botón. Oí el click. De inmediato mi hijo buscó abrazarme. Lo envolví con mis brazos. Se me había olvidado lo rico y caliente que se sentía su cuerpo contra el mío. Le puse la capucha del saco, como hacía cuando íbamos a salir al parque. Qué lindo se veía con esas orejas de oso. Cómo me gustaba vestirlo así.

“Mama”, dijo. “Mamamamamamamama”, repitió. Lo abracé de nuevo. Le besé las mejillas rosadas, regordetas. Busqué el botón. Lo apagué y lo volví a acomodar en su caja. Con el muñeco, por supuesto, para que no se sienta solo.

Later in the night he saw, strangely, the picture of himself as he had been before she came.  

He thought: ‘She has the power to wake the dead.’  – Tanja Blixen, Tempests

Aeropuerto, hoy, noche

En el Este cada día es distinto, dicen los libros antiguos. Está hecho de islas, cada isla es distinta, en cada una vive una bruja, y yo conocí a una de ella.

Se hacía llamar Gabriela Sloane, somos viejos ladrones y nos habíamos encontrado en un parque de Roma mientras se llevaban a cabo las indagaciones de un robo grandioso, sin saber enseguida que tampoco el otro tenía otra intención, ni dominaba otra cosa, que robar. Yo ya me había manifestado criminalmente una vez en su isla del Este, sin sospechar que ella había nacido allí en el año 5502 (bajo el nombre de Pesach Slabosky) y que había pasado allí su infancia de bruja. Mientras que ella estaba metida en su sótano como una zarigüeya, engrasando su Desert Eagle y mordisqueando un pancito mohoso y reseco, yo cenaba y me emborrachaba en el penthouse con Frobart, nuestra víctima. Ella venía desde abajo, cavando túneles, pasando a la fuerza por caños, pernoctando en sótanos, mientras que yo empezaba a trabajar directamente arriba, con cascadas de palabras cultas, halagos, una fingida nobleza de carácter. Desde siempre que he querido dominar el mundo, derramándome sobre él como agua de baño perfumada. Ella, en cambio, lo único que quería era robar y asesinar con toda tranquilidad y practicar sus sangrientas venganzas; hasta hoy no he descubierto para qué, nuestros modos de proceder eran muy diferentes. Pero a veces, en nuestras horas de gloria, ambos éramos jóvenes juntos y estábamos enamorados de la eternidad, porque nos separaban una y otra vez.

Gabriela Sloane, aquí estaba ahora con su conjunto verde en la sala de embarque del Leonardo da Vinci, no se le notaban los sótanos cuando emergía de ellos, ahora andaba quizá llegando a los treinta años, engañosamente joven, engañosamente pequeña, tensa como un resorte, el pelo y los ojos de un negro luminoso, y si yo guardaba aún alguna duda de si esta ladrona y asesina de una hora de gloria estaba capacitada y era mi amante, la mujer odiada, perdida y vuelta a encontrar, sus ojos desvergonzados no dejaban ni que surgiera esa duda. Cada una de sus miradas llegaba profundo; incluso el que a su lado succionaba ávidamente un periódico, y al que ella examinó con desconfianza, perdió de inmediato el dominio sobre su desconsolado interior y percibió los pensamientos asesinos de ella como una tinta negra que se expande en el agua. ¿Veía ella en él un peligro, un perseguidor? Nadie me puede haber seguido, seguirme a mí es completamente imposible, leí en su triste sonrisa del Este, que es tan antigua como los libros. Dos cadáveres, Frobart y señora, la Piazza Bologna en estado de agitación policial, con su furia pistolera me había puesto también a mí en gran peligro, apenas si lograron salvarme mi traje de noche y la nube de severa Eau de Toilette en la que estaba envuelto. Un killer no se pone un Terre d’Hermes cuando sale a hacer su trabajo, dedujeron los uniformados tras largas deliberaciones.

La seguí hasta el Duty Free Shop, oscurecido por sentimientos antiguos y poderosos como telones negros. Al fin quedamos enfrentados entre Baci di Dama Nocciola y Romantica Seifen. Pero ella se apartó para oler los jabones.

– Hola, Pesach.

­– ¿Lo conozco?

Entendí. Era más divertido si volvíamos a no creerlo, a no querer comprenderlo, si recelábamos el uno del otro y negábamos la alegría. Es que no solo somos ladrones, sino que por supuesto también somos mentirosos y soñadores, que se aceptan mutuamente como tales (pero nunca, hasta donde recuerdan mis sentimientos, estuvimos casados, como es práctica común entre mentirosos).

– Nos vimos en el parque que está delante de la casa de Frobart – dije – disfrazados de transeúntes. Tú tenías un visor nocturno, yo no.

Ahora ya no olía los jabones, sino sus negros mechones de pelo, toda inocente y absorta, como si el aquí y ahora en el Duty Free de un aeropuerto de noche excediera su imaginación. Desde siempre que ha sabido cómo transformar su así llamada “conciencia” en narcótico de un momento para el otro (sufría con frecuencia de pesadillas).

– ¿Dónde se consigue uno así?

– ¿Qué cosa?

– Visores nocturnos. Ya sabes que de tecnología no entiendo nada.

Se río con su risa perlas blancas y lengua roja.

– ¿Como los míos? Usted no está bien de la testa, señor pisaverde.

Qué encantadora la elección de vocabulario ligeramente anticuado, el hálito de los siglos que rodeaba a la bruja. Que ya quería irse a buen paso. Encontré su dedo meñique, del cual la retuve con mi propio dedo meñique.

– Te extrañé.

Ella observó nuestros dedos, se tomó tiempo para eso. ¿Iba a acordarse, al fin? Sin alzar la vista dijo despacio:

– Si no me suelta de inmediato, lo mataré aquí mismo junto a los jabones, pero nadie lo notará y tampoco para la humanidad será una pérdida.

Se lo creí a pie juntillas. Y dije:

– Pues bien, Gabriela. Hablemos de negocios.

– ¿De dónde sabe mi nombre?

– Porque te he robado el pasaporte.

Con satisfacción la miré revolver su cartera amarilla y sacar tironeando documentos de identificación cuya existencia jamás pudo comprender.

– Tres veces – sonreí – Pero siempre lo devolví.

Se quedó meditando frente a su pasaporte, como si la propia falsificación, la propia leyenda le resultaran ajenas, incomprensibles, un acertijo.

– ¿Quién es usted?

Je suis le poinçonneur des Lilas. Je fais des trous, des petits trous, encore des petits trous…

Y agregué:

– Y tengo la piedra preciosa de Frobart.

Desde el rabillo del ojo ella observaba todos los movimientos de unos niños llamativamente horribles, viajeritos frecuentes y malcriados, que irrumpieron en la sala apuntándose los unos a los otros con pistolas de agua. ¿Perseguidores? ¿O verdaderos niños? ¿Cómo haría para defenderse aquí de unos perseguidores en superioridad numérica? ¿Tenía un plan? ¿Algún arma invisible? ¿Cómplices que yo no hubiera visto hasta el momento? ¿Tenía un amante? La conocía lo suficiente como para saber que estaba tramando alguna cosa. Ahora además empezó a perforarme el zapato de charol con su taco.

– ¿Así que eso es lo que cree usted? Su piedra es falsa. La cambié por otra mía.

– ¿Reconoces entonces que nos conocemos? Fue hace mucho, es estremecedor, Pesach, debo pellizcarme.

Clavó su taco aun más profundamente.

– Y tú estás más bella que nunca. Por lo demás, he vuelto a cambiar tu piedra, la tuya es la falsa.

– Pero yo volví a cambiarla otra vez.

– ¿Crees que soy un amateur? Yo por supuesto que también.

– Pero yo otra vez más.

– ¿Cómo? ¿La mía no es auténtica?

– O quizá la mía. Usted me vuelve completamente meshigue.

– Gabriela, mírame, dime la verdad, ¿eres ?

Sacudió en silencio sus rizos negros. Hizo desaparecer un par de jabones en su ropa, el poder de la costumbre. Uno cayó al suelo. Ambos nos quedamos mirándolo fijo, como si hubiéramos perdido algo de valor incalculable.

De pronto Rosh Hashana

Mi nombre es Simone Frobart. He cenado con Pablo, en la Rue Gabrielle, ha hecho un bosquejo de mí, pero no me ha pintado. Tengo planeado un periodo azul, ha dicho, y tú de alguna manera no me pareces lo suficientemente azul. O sea que no es posible que haya robado el cuadro, pues no había ningún cuadro de mí, ¿entiende? Además, era el seis de octubre. ¿Usted no entiende? Se lo diré así: usted, Monsieur, anhela el nuevo siglo, mientras que nosotros no, pues ningún siglo ha sostenido jamás lo que había prometido. David y yo tenemos un hijo pequeño, un hijo bastardo, cuando sea grande quiere ser guarda de tren y hacerles agujeritos a los pasajes, más allá de eso no quiero pensar, más conversaciones sobre el futuro no quiero entablar, solo traen desgracia, siempre siento miedo, un miedo muy antiguo. A David nunca lo va a atrapar usted, hace tiempo que ya está en Biarritz o en algún otro sitio. Nosotros mismos ideamos y armamos los buscapiés, queríamos hacer un pequeño espectáculo de fuegos artificiales, solo para nosotros, es que de pronto era Rosh Hashana, la festividad. ¿No la conoce? ¿No viene a cuento? Lamento que hayamos volado por los aires el urinario público, en serio. No, no me río; sí, soy consciente de la seriedad de mi situación. David dijo: nosotros miramos el cielo nocturno, la oscuridad, pero las estrellas vencerán. Dice ese tipo de cosas. Lo admito, yo le enseñé a robar; por cierto, en una hija de alta alcurnia como yo no se llama robo, sino cleptomanía, un trastorno mental aceptado en mis círculos, es probable que de origen libidinoso. David se hacía muy el tonto al robar, y además siempre sentía compasión por las víctimas. No es cierto, por lo demás, que la compasión no sea amor, a menudo es el amor mismo. ¿No le parece gracioso que yo esté sentada aquí y que justo el que logró salvarse sea David, que es ciego? ¿Dice usted que solo se hace el ciego? Hm, ¡y tiene pruebas! Pero usted tiene pruebas para todo. Entonces David es más inteligente de lo que yo creía, pues en cuatro años no me di cuenta de nada. Iba tanteando la calle y la vida de manera tan tonta y encantadora que no quedaba más opción que amarlo, después él se enamoró de mi amor, cosas que pasan. Por lo demás, no le creo a usted ni una palabra, Monsieur, usted quiere separarnos, es algo que ya ha intentado mi padre, que es un traidor y que últimamente se persigna todas las tardes en Sacré-Coeur. David no me envió ningún billet doux, nunca tiene dinero. Nos escondimos un año entero en el sótano de mi padre, allí nuestro hijo vio la luz del mundo, fueron tiempos salvajemente románticos. Con gusto admito que fuimos vendiendo por migajas el mobiliario de mi padre, una a una de sus horribles piezas, él creía que era obra de fantasmas. Entonces, a modo de venganza, se volvió católico. Non, je ne regrette rien.

Una hora antes de su temprana muerte (la mató a golpes su padre), Simone le escribió una carta a David, con la letra vertical y oblicua, ilegible y hermosa, que había aprendido a los cuatro años, bajo un sol grande y muy querido, en otra vida, durante el exilio babilónico.

Queridísimo, me han liberado. El cuadro de Pablo está en un escondite seguro, ni siquiera a ti te revelaré dónde. Padre me ha desheredado, pero algún día venderemos el cuadro, y entonces nuestro pequeño Claude no tendrá que ser guarda de tren. Hoy, el resto del mundo celebra bailando alrededor de los faroles de gas, en el Bois de Vincennes hay fuegos de artificio, falsas estrellas de fuego que olisquean el cielo, no son nuestras estrellas, pero igual brillan. Todos gritan ¡que viva el siglo veinte!, y arrojan sus sombreros al aire. Aun cuando no estés ciego, te extraño. Nous allons changer le monde. Contéstame.

Entretanto en el Leonardo da Vinci

Gabriela Sloane y yo seguimos mirando fijo el jabón caído. El tiempo oscila un instante, como si se hubiera movido en círculos hasta sufrir un desmayo. ¿Cuándo había empezado todo esto? Yo no lo sabía. Ella tampoco lo sabía, o lo ocultaba. Nos golpeamos las cabezas al agacharnos al mismo tiempo para recoger el jabón. En el café de la sala de embarque, donde está todo prohibido menos respirar (quien nunca haya visto a las dos de la mañana el café de una sala de embarque en la que todo está prohibido no conoce los cansancios contra los cuales se mueve el planeta), nos tratamos con amabilidad. Breaking news en las pantallas, la mansión de Frobart, Frobart y su mujer como cadáveres, cada uno de ellos tiene adentro un cargador entero del Desert Eagle de Gabriela, se los llevan envueltos en lonas. Gente que opina, Frobart no era ningún desconocido, vieja familia, banco del Vaticano (una novedad para mí), de chico le había dado la mano al Duce. Bravo, digo yo, no vamos a salir de este lugar jamás en la vida. ¿Por qué nuestro avión está atrasado? Ya te han descubierto, enseguida estarán aquí. ¿Nuestro vuelo?, dice ella con esa mirada desvergonzada, con esa mirada de ¿volamos juntos? Le doy un beso. Tiene gusto a ruibarbo. ¿Creerá que voy a volver a perderla de vista ni una sola vez más? Me da un beso ensimismado que me pasa por el costado, un beso al aire.

En el Este, ruibarbo

El arte, el crimen, también el robo, se basan en (y son impensables sin) una atención y un somnolencia medio deliberadas, medio no deliberadas, una suerte de desmayada sensación temporal. Cada artista sabe cuán angosto es el borde entre la obra informe que aún dormita en la penumbra y el momento en que ya es demasiado tarde como para mejorar nada. La mayoría de los artistas y de los criminales oscilan entre estos dos estadios, pese a todas las buenas intenciones, y eso porque son demasiado haraganes, demasiado indiferentes, demasiados autocomplacientes, demasiado desatentos, demasiado vanidosos. Claro que este es un problema moral, pues todo arte y todo crimen son, en cierto modo, una lucha por la honradez, y hasta diría que por la inocencia…

Así habló Pauline, la modesta señorita de… (no se podía pronunciar su nombre, en rigor sus clases de estética no estaban permitidas, eran solo horas de tejido junto a la estufa).

Pero un beso puede cambiar el mundo, objeté con descaro.

No queremos saber lo que hacemos, respondió ella, hasta que es demasiado tarde como para cambiar alguna cosa. El espíritu humano, prosiguió, es un saco de harapos. El cuerpo, los objetos del mundo exterior, los recuerdos calientes, las fantasías cálidas, la culpa, el miedo, la vacilación, la duda, las mentiras, las pequeñas alegrías, los grandes dolores y mil cosas que casi no se pueden expresar con palabras coexisten en nosotros, coexistente también en usted, señor Frobart.

Nos hallábamos en una isla del Este llamada Weimar, donde la gente competía sin pausa por ver quién componía más poemas. La isla no era grande, estaba ubicada en un mar helado que todo el tiempo roía la isla, de modo que al final acabaría por lavarla, por disolverla, y tal vez solo quedara de ella un cristal de hielo. Me sentía incómodo en mi papel de haragán. ¿No estaba llamado a cosas superiores? ¿No llevaba en mí a un Nathan Frobart completamente distinto? A veces me arrodillaba y rezaba y pensaba: ha llegado el momento.

Luego besé a Pauline de… bajo las lilas. Ella tenía gusto a ruibarbo, que cocinaba en secreto y engullía en grandes cantidades por las noches en el sótano del castillo. Me enteré de que también ella se sentía ajena en Weimar y en su cuerpo y en el mundo. Ya habíamos estado aquí en una ocasión, creíamos, ya nos habíamos besado alguna vez bajo las lilas, en otra era. En aquel entonces éramos distintos (creíamos), intercambiábamos miradas desde ojos negros con forma almendrada, olíamos a cardamomo y mirra, a naranjas. Éramos como más azules, dijo Pauline. Como más viejos, dije yo. ¿Tenemos permitido hablar así, Nathan?, susurró ella, así hablan las brujas. No, así hablan los que aman, respondí.

Un beso cambia el mundo. De golpe el saco de harapos se ordena, todo lo interior se organiza, no hay ningún miedo, ningún temor, adentro solo hay sitio para ti.

Nos hicimos poetas, pero no escribíamos nosotros mismos. Nos servíamos de los otros, les quitábamos los manuscritos de debajo de las almohadas, les robábamos sus borradores y sus manojos de papeles. Tomábamos luego tijeras y recortábamos el conjunto en lonjas como si fuera carne curada, volvíamos a componerlo de nuevo y lo hacíamos imprimir bajo un nom de plume que he olvidado. Siempre llevábamos con nosotros una moneda para el barquero, yo en el monedero que me colgaba del cuello, ella en sus enaguas. Nuestra ansia, nuestro presentimiento de que con nosotros ocurriría algo grande, algo que conmovería al mundo, el reconocimiento universal probablemente, el sentido para el rumbo que tomarían nuestras vidas, se revelaron como correctos. Pero el camino era más largo de lo que habíamos imaginado.

En otra parte

Ahí no podíamos robar, porque estábamos muertos (asfixiados).

Retrato

Hoy es domingo. Nuestra casa no es más que escombros y ceniza, thank you, Mr. Wernher von Braun. En la Muswell Hill Broadway lloran los huérfanos. El padre está muerto, la madre no habló una palabra en siete días, hablaba con su corazón hasta que este se detuvo. Pensábamos que estaríamos a resguardo en Londres, las mujeres en colores rosados como mazapán tenían un efecto tranquilizador sobre nuestros nervios, los hombres de cuero suave y claro y levemente fruncido sonreían divertidos a veces, levantando una ceja, todo tranquilizador, también la vieja lengua del bardo, que tal vez conoce lo fuerte y estridente, pero no el ladrido. El rey Lear nunca va a ladrar, por más de que en Berlín vociferen todo lo que quieran. La tienda de mi padre, el viejo y querido Frobat’s Bookshop, puro escombros. Hurgando entre los tristes restos encuentro un viejo libro sobre la patria, las islas encantadas y las brujas maravillosas que habitan en ellas. Eran una posibilidad, estas brujas, pero mi patria no quería esta posibilidad. El retrato de una bruja sin edad, pequeña y de pelo negro azabache, con ojos que han visto muchas cosas y conocen secretos, me lleva a otra época, de cuando las islas aún estaban emplazadas bajo el sol cálido y a veces emergían del mar y paseaban por la tierra hasta establecerse en otra parte. Una mujer joven como yo, muerta hacía siglos, su nombre era Pesach.

El vuelo 0913 está listo para embarcar

De nuevo en el maldito Duty Free, escenario de los sentimientos reprimidos. Gabriela recordó que necesitaba urgentemente esto y lo otro, por ejemplo Toblerone. Pequeña competencia por ver quién podía hacer desaparecer como por hechizo más Toblerones bajo las cámaras giratorias.

– Cada vez somos mejores – dije.

– ¿Ah, sí? Escúcheme, en la caja se separan nuestros caminos. Y usted paga.

Tomó un cuadrito en miniatura, Roma bajo la lluvia, y me lo aplastó en la mano.

– Esto.

Me puse el cuadro a la altura de la cara.

– Estuviste a punto de besarme…

– …

– Es tarde, Gabriela Sloane. Usted está en peligro.

– ¿No fue siempre tarde?

– No en aquel entonces, en Babilonia – dije.

– …

– Podríamos ir a Londres y jubilarnos. Tengo un piso en Muswell Hill. O a París, ahí soy propietario de un pequeño hotel en la Rue…

– En ese parque – me interrumpió – delante de la casa de Frobart, cuando te sentaste descaradamente al lado mío sobre el banco, ¿te percataste de las palomas?

– ¿Palomas?

– ¿Te das cuenta? Todo el tiempo estás durmiendo, andas sonámbulo a través de nuestra vida, estoy podrida, tengo que liberarme de ti, me haces daño.

– ¿Palomas?

– Sí, palomas. Se paraban en semicírculo alrededor de nosotros, eran palomas bastante viejas que nos clavaban sus ojos duros. Y el cielo estaba tan azul y frío, ¿tampoco te diste cuenta? Él no nos ha perdonado. Y con esto anuncio el final irrevocable.

Ahora al fin me tocó, sus dedos (que también asesinaban) trazaron un pequeño círculo sobre mi mano, y dejó descansar su negra cabellera sobre mi hombro. Parecía como si buscara mi perdón. Por ser joven y bonita e incorrupta y por tener un futuro, mientras que yo era viejo y feo y un pecador y no tenía ninguno.

Lufthansa Flight 0913 now boarding… – la voz incorpórea.

Ay, Berlín, pensamos al unísono. Una ciudad que el destino nos había ahorrado misericordiosamente, alrededor de la cual nos había estado llevando en grandes círculos. ¿Qué buscaba ella en Berlín? A Diamond as big as the Adlon?

– ¿Eso fue Dios? – dije.

– ¿Como el mío?

– La voz.

– No lo aprendes nunca. Nosotros. Somos nosotros – se levantó – Por favor, no me sigas. Vuela a alguna otra parte, vuela a París, donde alguna vez fuimos felices, vive en nuestros recuerdos, necesito una interrupción, una pausa, de al menos un siglo, déjame simplemente sola.

– Sola… – seguí cavilando yo.

Y ella ya se había ido corriendo. Había olvidado lo rápido que podía correr, parecía como si hubiera pasado un pequeño relámpago por la sala de embarque. El resto del mundo hizo lugar, se apartó saltando, qué orgulloso estaba yo de ella. ¿Tenía razón en que necesitábamos una pausa? Primero debía convencerla de suspender los asesinatos, era algo que no estaba en nuestra naturaleza, el robo como una forma del arte era nuestra naturaleza, las palabras y las miradas eran nuestra naturaleza.

Durante el vuelo conversamos sobre visores nocturnos. Son estupendos, dijo ella, si por ejemplo trabajas en una casa con muchos sótanos, ves todo verde, es fantástico, como un sueño. La amaba cuando hablaba de cosas de la profesión, y ella lo sabía, éramos maestros de la distancia, entendíamos y honrábamos la distancia entre las estrellas en sus alojamientos nocturnos en el cielo. Tomó mi rostro en sus manos. Esta su beso no me pasó por el costado. Un beso puede cambiar el mundo, no hay momentos atemporales, aislados, encapsulados, inadvertidos, en los que podemos actuar a voluntad, para luego seguir con nuestras vidas como si no hubiera pasado nada. Hay besos de consecuencias graves. A veces hay que robarlos. Las almas que deambulan intranquilas lo saben. Y los ladrones ni hablar.

Al empezar el aterrizaje en la ciudad de Berlín, el avión empezó a bambolearse, luego a temblar peligrosamente, luego a barrenar, y todo se fue al diablo.

– Esto no puede ser cierto, Pesach, nos caemos. En medio de Europa.

– En efecto – dijo ella.

Me sacó la lengua y extrajo su moneda para el barquero de la cartera amarilla.

– Mejor que tengas tu moneda lista – dijo.

– ¿Has metido mano en esto?

– Tal vez.

– Pesach, Pesach…

– Tengo que decirte algo: también hay una bomba.

– Vamos a destruir medio Berlín.

– Puede ser.

– ¿Es realmente necesario?

Nous allons changer le monde. ¿Tienes miedo?

– Bien que te gustaría.

– Nunca hemos muerto juntos – dijo.

Yo quería decir: sí, oh sí. Pero guardé silencio. Siempre guardo silencio. No soy el único, pienso, y el otro también lo piensa, y así es como todos guardamos silencio.

– ¿Sabes por casualidad qué ha sido de nuestro pequeño Claude? – preguntó.

– Lo que siempre quiso ser, le poinçonneur des Lilas.

Je fais des trous

Des petits trous

Suspiré. Habría sido tan bello. Ella tomó mi mano.

– Baruch, por aquel entonces en Babilonia, el sol sobre nuestras cabezas, qué nuevos que éramos.

Después el avión cayó en picada con ciento veintinueve almas a bordo y explotó en lo profundo de la ciudad y extinguió muchas historias, pero solo de manera fugaz.

¿Tenemos solo una vida? Presumiblemente. ¿Podemos tejer alguna realidad cualquiera a partir de nuestros sueños y de nuestras nostalgias como en su tiempo hacían las parcas, una alfombra encantada y eterna que nos lleve volando por los aires y por los tiempos? Concluido, desaprendido. Y sin embargo, en nuestras horas de gloria somos dioses. Amamos en otra forma, bajo otro aspecto, a las personas que ya amábamos desde siempre, nada se pierde, solo cantamos una canción.

Éramos dioses. Ahora estoy solo en este sótano, sin luz, sin estrellas, sin visor nocturno, solo el pasado, que es un país extranjero. Pesach, ¿estás ahí aún? ¿O ya estás aquí? Contéstame.

Para Hanna


 

*Copyright © Martin Kluger, 2015.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

*Imagen: Adam Martinakis

Estas notas fueron encontradas en una carpeta de cuero, escritas en papeles sueltos de buena calidad. La carpeta estaba dentro de un viejo baúl, debajo de un tapado de piel de zorro comido por polillas, pequeños discos negros, varias agujas rotas, retazos de tela cosida hecha jirones y frascos medicinales vacíos, en un edificio declarado en ruinas, el último de varios que serían demolidos para dar lugar a viviendas modernas e higiénicas.

No pude haber nacido en ninguna otra ciudad más que en esta, una gran capital europea de arquitectura hermosa y llena de detalles: un castillo sobre el río, una extensión de cúpulas doradas y cobrizas con forma de cabezas de ajo, gárgolas, campanarios, trenes, postes de luz que parecen lunas atrapadas en vides negras, claraboyas como rocío sobre los edificios, fábricas, talleres, cabarets, un bosque de hierro, piedra, vidrio. Desde luego, no puedo imaginarme existiendo en un pueblo americano o siberiano, en un desierto, un valle. Sólo he visto lugares así en los libros, nunca he abandonado la ciudad en la que nací. Recibo muchas invitaciones para visitar casas de campo en países extranjeros, castillos, la costa, pero me asusta pensar que podría desaparecer al instante tras poner un pie fuera de esta ciudad, como una nube de smog.

Me siento en parte hierro forjado, en parte humano y, no voy a mentir, en parte alimaña.

Tengo ocho piernas, y la parte superior del cuerpo de un hombre normal. Cabello negro, nariz elegante y melancólicos ojos verdes, unos buenos dientes falsos hechos de colmillos de elefante; me hice extraer los verdaderos, como muchos caballeros de mi ciudad, para poder disfrutar de ricas comidas y bebidas sin visitas continuas al dentista. Hice que diseñaran mis dientes falsos para que fueran más afilados que los originales, más parecidos a colmillos. Muchos hombres, jóvenes y viejos, copiaron mi estilo.

Mi aspecto hace pensar en una araña, un paraguas, una marioneta.

Por cómo me muevo, parezco una mano grande con algunos dedos de más. Gracias a dios, sólo tengo un juego de genitales. La delicadeza y la sensación de tener uno entre cada pierna sería insoportable.

Los espacios entre mis otras piernas parecen axilas, pero un poco más firmes. Son peludos. Me saco el pelo con cera, para que haya menos ambigüedad al observar mi cuerpo desnudo. Cuido mucho de mis pies, cada uña está cubierta de esmalte brillante y transparente, cada planta bañada en polvo perfumado.

Mi ano está justo debajo de mí, mis nalgas son un círculo en el centro de mis piernas, como un sanitario sobre el que se sienta permanentemente mi torso. Me resulta mucho más fácil usar un orinal que un inodoro moderno, y los cafés que frecuento me proveen siempre de uno. Luego me limpio con una tela húmeda. Cuido mucho mi apariencia. Tengo trajes hechos especialmente a la medida de las proporciones de mi cuerpo, aunque algunos, incluyendo a mi doctor, han sugerido que me resultaría más cómodo usar una bata.

Nunca uso zapatos que no combinen, aunque algunos deben pensar que me gustaría, para exhibir mi vasta colección de calzado. Compro cuatro pares de cada zapato que quiero, y los uso todos a la vez.

Podría ser un arabesco de piedra que sale reptando de un edificio, o el artilugio complejo de un barbero, un fotógrafo o un matemático. Podría ser una de las tantas cosas que existen en la ciudad moderna, desempeño varios papeles en muchas fantasías.

Es imposible imaginar a mis padres, creo que simplemente surgí de la ciudad, salí de una rejilla humeante como Venus del océano. Hay muchos hombres en la ciudad, deformados por las armas y los cañones de la última guerra, a los que solo les quedan uno o dos miembros, o ninguno; de alguna manera son mis padres. Si no hay nada escandaloso en un hombre con un solo miembro, ¿qué hay de escandaloso en un hombre con ocho?

Cerca de mi departamento, en un pequeño vagón de madera afuera del metro, vive un soldado con un solo brazo y sin ningún otro miembro.  Siempre le daba monedas hasta que un día me preguntó si, en cambio, podía darle dos de mis piernas. Se rió, pero en sus ojos había tanta envidia, tanta avidez, que nunca más me detuve a darle nada. Me escapé corriendo sobre mis ocho pies, infinitamente valiosos, una abundancia de carne.

Según me contaron, me dejaron en la puerta de una iglesia, como una gárgola que se hubiera caído de la fachada. Me llevaron a un orfanato, pero yo era demasiado excepcional para estar mucho tiempo en un orfanato, pronto se corrió la voz sobre mí. Un puñado de mecenas amables y curiosos contrataron a una niñera para que me criara, tutores que me educaran, un doctor que velara por mi salud. Yo era el favorito entre las mujeres ricas. Nadie me poseía, me consideraban un hijo de la ciudad. Toda la gente importante me visitaba, me traía juguetes, libros, instrumentos musicales.

A pesar de que no estaba obligado a aprender alguna habilidad específica, o a resaltar mi diferencia con trucos extraños, como el enano de circo al que se le enseñan malabares y bailes, yo tocaba un poco el piano, tenía una bella voz y sabía aritmética. Pero sabía, desde muy temprana edad, que me dedicaría más que nada a placeres menos esforzados: comer, beber, leer, amar.

Mis piernas son algo débiles, largas pero un poco infantiles, a pesar de los ejercicios especialmente concebidos por mi doctor. Es necesario que camine con un bastón. Tengo uno con una araña plateada en el mango.

Muchas veces obligo a las mujeres a sentarse sobre mí a horcajadas, para no debilitarme demasiado. Duermo como lo hacen las flores, cerrado como un paraguas.

Tengo muchas amigas mujeres, y muchas me cortejan. Una de ellas, la esposa rica de un barón, mandó hacer para mí un tapado de piel de insectos. Hizo matar a cientos de abejas y tarántulas con la intención de seducirme, pero yo nunca había sentido tanta repulsión. Me importan profundamente las criaturas que otros desprecian: las arañas, las polillas, las ratas, los ratones, toda clase de insectos. Son mi especie.

Tengo dos ratas como mascotas, una blanca y una negra. Odilon y Claude, a quienes llevo conmigo a todas partes en una jaula de cuero y oro. Las alimento con almendras confitadas, pedazos de salchicha y naranjas. Me aprecian, les gusta trepar por mis numerosas extremidades, y yo mando hacer los trajes con algunos centímetros extra de género suelto para que puedan sentarse cómodamente entre mis piernas y la tela. La gente suele confundir sus contornos abultados con deformaciones adicionales de mi cuerpo, y se horrorizan cuando se mueven.

Soy la musa de la ciudad. Muchos artistas me han pintado, y hay una escultura de mi cuerpo –desnudo, excepto por un sombrero hongo– en un jardín público, sobre un pedestal que tiene tallado un poema escrito en mi honor.

Un arquitecto diseñó un pabellón de acero y cristal lleno de palmeras donde se puede tomar el té, que tiene una imagen en bronce de mi cabeza en la parte superior, y un teatro circular de mármol blanco y negro, donde el diseño de los arcos de mármol negro emula la forma de mis piernas.

También gano sumas considerables haciendo anuncios de absenta, loción para afeitar, obleas, agua con gas, botas, corbatas de moño, jabón, plumeros, joyas, trufas, seda, dulces de almendras, regaliz, máquinas de escribir, estudios de fotografía, pintura, hilo, té, perfume, café, aceite de bergamota, elásticos para las medias, galochas, ostras enlatadas, paraguas, cera para bigotes, medias de red, bastones, sombreros hongo y turrones.

Me niego a hacer anuncios de insecticida, aunque me lo han pedido varias veces. Cómo odio esos horribles negocios con ratas clavadas a la fachada, cajas de veneno, trampas para criaturas de todos los tamaños, algunas tan grandes que podrían atrapar a un niño desafortunado.

Cómo me gustan las cucarachas, los piojos, las pulgas, las palomas, las polillas, las ratas, los ratones, las arañas, los gorriones y, por supuesto, los cimex lectularius. Es gracias a mí que estos moradores de la ciudad tienen un lugar seguro. Usando mis amplios fondos creé un zoológico donde una selección de estas criaturas a las que llaman alimañas puede existir en fascinante proliferación, en un área cercada de la ciudad donde se construyeron túneles de vidrio para que los ciudadanos humanos puedan pasar sin molestias ni picaduras. Los visitantes les traen carne podrida, pan rancio, ropa y sábanas viejas. Para algunos es relajante, incluso adictivo, mirar a las criaturas propagarse, consumirse, morir; verlas existir en un espacio donde pueden vivir sin restricciones, sin veneno, sin escobas, trampas, felinos o perros.

Visto de lejos, mi zoológico parece una gran galería o una estación de tren. Tiene muchos techos de vidrio, y grandes frontones con frescos que muestran roedores o insectos. En la entrada hay una estatua de bronce de mí, con una rata en una mano y una polilla en la otra.

Me encanta el pabellón de las polillas, porque esas criaturas lo consumen todo. Las polillas están encerradas en una estructura que parece un invernadero. Cada mañana, un hombre con un traje como de apicultor abre uno de los paneles de vidrio y tira una bolsa de pan rancio y una pila de tapados. En esa profusión, los enjambres de polillas parecen franjas de tela marrón, o árboles tropicales extraños y siniestros, que se mecen con una brisa desconocida.

Dentro del pabellón de las ratas hay una maqueta en miniatura de nuestra ciudad, con los mismos edificios y calles, para que uno pueda mirar a las ratas, tan parecidas a los hombres, con sus manos y sus bigotes, hacer sus cosas: reproducirse, comer y digerir. Las cucarachas y los ratones se mantienen escondidos debajo de viejos colchones y sillones. Si uno golpea el vidrio de su jaula con un bastón o con el puño, se mueven de un escondite a otro, como tormentas de marrón y gris. Siempre llevo conmigo un par de prismáticos, para mirar las pulgas y las chinches.

El pabellón de las arañas es silencioso. Tiene tantas telarañas que, por su blancura, parece un paisaje ártico. Está siempre quieto, salvo por la comida de la mañana, cuando se sacrifican moscas y otras criaturas pequeñas. Para mí hay una gran diferencia entre una araña que necesita sangre, y por lo tanto debe matar, y el aplastamiento innecesario de arañas simplemente porque no nos gusta la apariencia de sus telarañas en nuestros alféizares. En el zoológico, el hilado de las telarañas es apenas perceptible para el observador, pero las arañas se comunican entre sí tocando sus telas como las cuerdas de un instrumento, una música armónica que se puede oír cuando todo lo demás está en silencio. Son arañas domésticas comunes, de los alféizares y las esquinas de mi ciudad. Algunas mujeres que creen en los augurios visitan el zoológico específicamente por las arañas, les rezan casi, les cuentan sus secretos y sus penas, como si sus palabras fueran a ser absorbidas por las telas. He oído que algunas mujeres jóvenes traen en estuches preciosos la pulpa de su menstruación para dársela a las arañas, creyendo que hacerlo les traerá amor, matrimonio, hijos, incluso la muerte. El cuidador del zoológico me ha mostrado esos estuches, parecidos a los que contienen anillos, pero manchados de sangre. Los guarda en su oficina, después de tirar los coágulos de sangre al pabellón de las arañas.

Yo también genero atenciones de ese estilo. Mujeres insatisfechas con sus maridos e incapaces de concebir vienen suplicando a mi departamento. A veces las ayudo, si los regalos que me traen son lo suficientemente exquisitos: una estola de piel, o un cajón de granadas o naranjas rojas envueltas en papel de oro, por ejemplo. Todos los niños que resultan de ello tienen mi rostro distinguido, pero ninguno tiene mis piernas múltiples. Algunas mujeres se ponían demasiado nerviosas o inquietas al verme desnudo, con mi falo extendido como una novena pierna. Las mujeres más capaces de tratar con una variedad de cuerpos diferentes eran las prostitutas. Me contaban sobre cientos de deformidades escondidas debajo de la ropa de los hombres. Nunca se sorprendían ni se escandalizaban. En público, yo pasaba la mayor parte del tiempo con actrices y cantantes de ópera. Tenía mi propio palco en todos los teatros y salas de ópera de la ciudad. Siempre usaba una capa negra y me sentaba al fondo del palco, escondido a medias en las sombras, para no desviar la atención de la obra. Era el hombre más famoso de mi ciudad, mi rostro estaba en todas partes. Era como un monumento tan grande que es visible desde cualquier lugar donde uno esté parado. Incluso habían escrito una ópera y un ballet sobre mí. El ballet se llamaba Hijo de Aracné. La ópera, La araña negra.

Me han pedido que suba al escenario, pero mi salud no me lo permite. Sería demasiado agotador, además de todas mis otras actividades.

Sin embargo, fue luego del estreno de Hijo de Aracné que caí en la desesperación. Para el pas de deux, un hombre y una mujer vestían tutús diseñados para parecer piernas múltiples (¡ah, ese equivalente femenino de mí que no existe!). ¡Cómo bailaban juntos, mientras yo afronto la vida solo! Compré una tarántula hembra en una casa de animales exóticos y la puse en una caja de cristal con forma de palacio, me acosté con cuatro prostitutas a la vez para estar inmerso en un revoltijo de piernas femeninas, y luego tomé prestado el traje de ballet e hice que una de las mujeres se lo pusiera, pero nada me satisfacía. Daba largos paseos nocturnos en mi carruaje. El carruaje mismo parecía una araña, e hice que diseñaran las cortinas de encaje para que parecieran telarañas. Yo seguía buscando; me parecía imposible que esta ciudad de fábricas, de tiendas especializadas –esta ciudad que podía producir cualquier cosa en grandes cantidades–, solo hubiera producido uno sólo de mi especie. Me detuve frente a las catedrales góticas y los balcones ornamentados, esperando que una amante parecida a mí bajara reptando de sus alturas.

Una de esas noches, conduciendo por un boulevard comercial donde las luces de las vidrieras permanecían encendidas toda la noche, divisé un muslo hermoso pero inhumano y le pedí a mi chofer que se detuviera. Era una tienda de máquinas de coser. La máquina de la vidriera tenía cuatro piernas, como plantas de hierro, un cuerpo de madera, un cuello curvado de metal como de cisne, una plataforma circular que hacía correr la tela, no muy diferente de la bandeja de un gramófono donde se coloca el disco, y una boca pequeña con un único diente de plata. Era una criatura moderna, inusual. ¡Qué hermosa música debía hacer! Su nombre era Florence, estaba escrito en la vidriera de la tienda. Florence. Me quedé ahí sentado en mi carruaje hasta que amaneció y abrió la tienda. Compré apresurado la máquina de la vidriera. Me preguntaron si quería que la desarmaran para llevar, pero hice que la colocaran así como estaba en mi carruaje. Conduje por la ciudad, mis piernas entrelazadas con las suyas, dos de mis pies apoyados en sus pedales con silueta de horma.

Los dueños de la tienda me dieron un catálogo de máquinas de coser; todos sus nombres eran cautivantes: Cleopatra, Condesa, Dolly Varden, Daisy, Elsa, Alexandra, Diamante, Gloria, Pequeña Joya, Godiva, Jennie June, Perla, Victoria, Titania, Princesa Beatrice, Penelope, Reina Mab, Emperatriz, Anita, Bernina, Pequeña Maravilla, pero ninguna lo era más que mi Florence, que iba sentada frente a mí.

De vuelta en mi departamento, intenté traerla a la vida. Puse un pañuelo de mi bolsillo debajo de su boca, le di de comer hilo de la mejor calidad, apreté el pedal, pero ella era terca. Me insultó con largas puntadas irregulares, líneas toscas sobre mi pañuelo. Lloré, la abracé con desesperación, besando el cuerpo metálico, pero ella estaba quieta y glacial.

Florence quería decirme que necesitaba una mujer que la asistiera, una dama de compañía. Le pedí a uno de mis sirvientes que llamara a una de las prostitutas que yo solía frecuentar y que la trajera en mi carruaje lo antes posible. Se llamaba Polina y su cabello negro y enrulado me recordaba a las piernas de Florence.

Luego de desnudarse, le dije que se sentara a la máquina y cosiera.

Ella apretó el pedal y se rió, tirándome un beso. Se levantó y trató de venir a sentarse conmigo en la otomana, pero le exigí que volviera a sentarse junto a Florence. Hizo una mueca de enojo y se quejó: qué utilidad tenía que supiera cómo usar una máquina de coser. Su Madama le arreglaba la ropa interior cuando esta se rasgaba. ¡No servía! Necesitaba una profesional, una costurera. Le dije a Polina que se fuera. Inmediatamente escribí un aviso para el diario y lo envié por telégrafo para que se publicara la mañana siguiente.

SE BUSCA

COSTURERA

Ay, aquellas pobres criaturas con gafas, que vivían en sótanos y áticos, alimentándose de sopas aguadas y latas abolladas de pescado, con las espaldas jorobadas, los dedos flacos y callosos. Sí, había algo de insecto en ellas. Entrevisté a muchas, y me decidí por una joven criatura, aún no deformada por su profesión. Su cabello era del mismo color castaño que el torso de madera de Florence. Hice que la midieran, y le encargué un vestido de encaje negro que tenía el mismo estampado que las piernas de Florence. Compré rollos de seda blanca, negra y dorada, para que Florence me hablara a través de ellos.

La chica se ruborizó cuando se puso el vestido, se veían sus pechos y su trasero a través de la tela. Me senté cerca y le pedí que se sentara con Florence y comenzara.

Ah, esas puntadas como marcas de lápiz labial sobre servilletas de papel, dulces poemas. La chica trabajó y trabajó, acariciando a Florence en una hermosa danza. Apreté las telas terminadas sobre mi pecho. No quería que la chica se detuviera, cerré las cortinas. Ambos nos hipnotizamos; no sé cuánto tiempo pasó, pero miré y miré, mientras le decía a la chica, respirando rápido, “¡No pares, no te detengas!”, hasta que ella colapsó, la tela se enredó y la boca de Florence se fue deteniendo hasta quedar inmóvil.

Florence, mi amante, había matado a la costurera. Mi estufa era más decorativa que utilitaria, una caja verde y negra con tantas figuras ornamentales y rostros como una sala de ópera. Yo comía en restaurantes, y no usaba la estufa más que para calentar azúcar, así que me llevó todo el día quemar los restos de la costurera, a la que corté en pequeños pedazos del tamaño de un mejillón, no sin antes quitarle el vestido, por supuesto, y colocarlo con cuidado sobre Florence, que era su verdadera dueña.

Muchas veces estuve tentado de llevar el cuerpo de la costurera a mi zoológico. ¡Ah, cómo la consumirían en un instante las ratas, las polillas y las pulgas!

Había pasado días, noches, en compañía de Florence y la costurera, sin noción del tiempo. Cuando el cuerpo de la costurera se quemó por completo, yo estaba hambriento, enormemente debilitado. Besé a Florence y fui a un restaurante. Comí mi comida rápido, estaba impaciente por volver junto a Florence, pero necesitaba otra costurera. No podía usar el mismo diario.

Esperé en mi carruaje cerca de una fábrica de ropa y cuando las chicas salieron para volver a casa, me acerqué y hablé con una que me atrajo; el mismo pelo castaño, el mismo tamaño que mi primera costurera, para poder reutilizar el vestido. Antes de empezar, le di a la chica una comida traída desde el restaurante, para que durara más tiempo, pero no tan pesada como para ponerla letárgica.

Leí los listones de tela, sus puntadas finas, rectas, un lenguaje misterioso y vigorizante, una gran novela de amor para mí. Me envolví en ella, sólo dejaba el departamento para comer, para buscar más costureras, para comprar más tela.

En honor a Florence, abrí un museo de máquinas de coser que, además, me proveería de un flujo constante de costureras. Lo llamé Museo Florentina, y era un edificio de hierro y cristal que parecía una magnífica telaraña. A mis mecenas les encantó la idea, aunque nunca habían cosido. Sería un reconocimiento al trabajo de las mujeres, y me dieron el dinero que necesitaba. El museo se planificó bajo mi dirección, y los fabricantes de máquinas de coser donaron modelos y aportaron más fondos.

Las costureras venían al museo los fines de semana de a montones, por la extraña curiosidad de ver máquinas diferentes de las que ellas usaban o porque tenían miedo de estar lejos de ellas. Nadie las amaba, de modo que dirigían su afecto hacia las mismas máquinas que las destruían. No tenían máquinas de coser en casa, no podían pagarlas. El simple hilo y aguja no les bastaba, así que venían a mi museo en sus horas libres, con sus corazones solitarios deseosos de ver un pedal, una rueda. Las máquinas habían desfigurado a las costureras, estas ponían toda su juventud y belleza en vestidos, cortinas y trajes. Era fácil reconocerlas: la piel pálida; los ojos cansados sobre semicírculos violeta, como anteojos de un color violento; la bizquera; los dedos consumidos, casi como agujas, escondidos en guantes baratos; las piernas temblorosas que habrían sido musculosas de tanto pedalear si hubieran tenido más carne para comer.

El museo tenía un café al que yo iba todos los fines de semana para tomar anís y pasteles de crema de pistacho y café en pequeñas tazas negras y doradas. Las costureras se sentaban a las mesas de hierro forjado con arabescos, balanceando las piernas. Usaban sombreros y zapatos hechos de cartón negro, y llevaban bolsitos llenos de pastillas de hierro y tónicos, que solían darles en la fábrica para mantenerlas con vida, y que ellas tomaban con el café.

–Si pudieras hacerme un corto trabajo de costura, tengo una máquina, unos pijamas de seda que se rasgaron, qué dedos tan finos tienes, te pagaré, por supuesto, y también te daré la cena, un buen filete, un pollo asado.

Perdían la noción del tiempo, no había relojes en mi departamento con este fin, las cortinas estaban cerradas, el aire era denso a causa de la estufa y las lámparas de gas. Las hacía trabajar durante días, y se hipnotizaban, al igual que yo, mirando cómo se movían las hermosas extremidades de hierro de Florence.

Pero llegó un punto en que mirar a las chicas languidecer de cansancio, ver cómo la máquina las consumía, sentir la tela cubierta de puntadas doradas, negras, verdes y rojas ya no fue suficiente. Quería estar involucrado en el proceso, ser tocado por Florence.

Me abrí la pierna con una navaja y le dije a la costurera que estaba sentada frente a Florence, una criatura débil con una fina trenza negra:

–Cóselo, querida. No, no hay necesidad de llamar a un médico, sólo cóselo, querida, en la máquina.

Sin limpiarme la sangre, coloqué una de mis piernas debajo, pálida y cubierta de vello negro, como un rollo de tela aplastado por el peso de alguien dormido, y le ordené a la costurera que cosiera, con la carne fría y metálica de Florence suspendida sobre mí. ¡Qué alivio, qué dicha, qué dolor con esa primera puntada!

Para mí, eran pinchazos de amor. No eran tan legibles ni tan parejas como las puntadas sobre la tela, pero eran igual de hermosas.

Enseguida mis ocho piernas estaban cubiertas de puntadas y cicatrices, como un muñeco de trapo. Los besos de Florence. La pérdida de sangre me debilitó en extremo.  Empecé a caminar con dos bastones en lugar de uno y empecé a tomar pastillas de hierro y tónicos, igual que las costureras. Casi no tenía apetito por la comida, estaba demasiado enamorado. Para mis visitas al zoológico compré una silla de ruedas que empujaba uno de mis sirvientes, pero más allá de eso, no salía de mi departamento, rechazaba invitaciones, ya no modelaba. Sólo mis criaturas del zoológico, pensé, entendían mi deseo ardiente de Florence, mi hambre interminable de la tela cubierta de sus puntadas, de sus puntadas sobre mi piel. Compré una bolsa de pelucas para las polillas, salchichas para las ratas y una jaula llena de gatitos para las pulgas. Las miré comer, y luego volví a casa.

Las pocas veces que recibía visitas entre medio de las costureras –para no levantar demasiadas sospechas, ya que antes había sido tan sociable– cubría a Florence con una tela. No quería que vieran algo que para mí era tan íntimo.

Deshacerme de las costureras usadas era agotador, compré una estufa más grande, con el argumento de que sufría el frío cada vez más. Ni siquiera podía pedir ayuda a mis sirvientes. Despedí a todos menos a uno, el que conducía mi carruaje. Cuando fui a ver al doctor, me rehusé a que me mirara las piernas; le dije que me había atacado el perro de una amiga. El doctor me respondió que tenía que dejar de verla de inmediato y mantenerme alejado de los perros. No podía permitirme perder más sangre, necesitaba más que el común de las personas a causa de mis miembros extra; mi corazón estaba sobreexigido.

Ay, sí que lo estaba, pero él no sabía hasta cuánto. Le dieron asco mis puntadas. ¿A qué horrible cirujano clandestino había acudido, y por qué? ¿Por qué no había ido a verlo a él, mi doctor de cabecera desde la infancia? Me dio un frasco de líquido antiséptico para ponerme en las heridas. Me juré no volver a visitarlo.

Tenía pilas de telegramas, invitaciones, cartas, diarios, pero lo único que leía era la tela de Florence, sí, y sus pinchazos de amor, creo que está empezando a amarme; yo la alimento, ella escribe y escribe

La última página termina con una mancha borrosa, es demasiado vieja para que el ojo desnudo pueda determinar si se trata de sangre, tinta o alcohol.

Llegamos a Martingdale a mediados de noviembre, y el lugar nos pareció de todo menos romántico o agradable. Los senderos estaban húmedos y enlodados, los árboles carecían de hojas y no había flores salvo unas rosas que florecían tarde en el jardín. Había llovido mucho en los últimos meses, y la propiedad daba pena. Clare no quiso invitar a Alice para que le hiciese compañía durante los meses de invierno, como había sido su intención; y en cuanto a mí, los Cronson seguían sin aparecer por New Norfolk, donde se suponía que pasarían Navidad con la vieja señora Cronson, por fin recuperada.

En general, Martingdale presentaba un aspecto bastante inhóspito, y los cuentos de fantasmas con los que nos habíamos entretenido mientras el sol bañaba las salas se volvían cada vez menos irreales cuando lo único con lo que contábamos, para disipar la oscuridad, eran chimeneas encendidas y velas de sebo. Cobraron más realidad cuando un criado tras otros nos abandonó para buscar empleo en otros sitios, los ruidos se hicieron más frecuentes en la casa y Clare y yo empezamos a oír con nuestros propios oídos los pasos, los golpes y la cháchara que se nos habían descrito.

Estimado lector, sin duda usted está libre de supersticiones. Niega la existencia de fantasmas y “solo desea hallar una casa encantada donde pasar la noche”, lo cual es muy valiente y loable de su parte; pero ya quisiera verlo en una vieja mansión de campo desolada e inhóspita, donde resuenan los sonidos más inexplicables, sin un solo criado a excepción de un viejo conserje y su mujer que, al vivir en un extremo de la residencia, no oyen los pasos y el pum, pum, pum que tiene lugar a todas horas de la noche.

En un principio creí que los ruidos eran producto de gente malintencionada que buscaba, por motivos personales, mantener la casa deshabitada; pero poco a poco Clare y yo llegamos a la conclusión de que las visitas debían ser sobrenaturales y que, en consecuencia, Martingdale era imposible de alquilar. No obstante, dado que éramos personas prácticas y que, a diferencia de nuestros predecesores, no teníamos dinero para vivir dónde y cómo nos pluguiera, decidimos esperar a ver si era posible determinar una influencia humana en el asunto. Si no, convenimos que derribaríamos el ala derecha de la casa, así como la escalera principal.

Durante unas cuantas noches nos quedamos despiertos hasta las dos o las tres de la madrugada, Clare ocupada con sus labores y yo leyendo, con un revólver en la mesa que se hallaba a mi lado; pero nada, ni un sonido ni una aparición, recompensó el esfuerzo de la vigilia. Aquello confirmó mis primeras sospechas de que los sonidos no eran sobrenaturales; pero a fin de asegurarme decidí que, en nochebuena, en el aniversario de la desaparición del señor Jeremy Lester, haría guardia yo mismo en la habitación roja. Ni siquiera comuniqué mis intenciones a Clare.

A eso de las 10.00, cansados de las noches que habíamos pasado en vela, los dos nos retiramos a descansar. Con cierta ostentación, quizá, cerré sonoramente la puerta de mi habitación y, cuando la abrí media hora más tarde, salí por el pasillo en mayor silencio y con mayor cautela de lo que habría podido hacerlo un ratón. Me senté a oscuras en la habitación roja. Durante más de una hora no vi en ella más de lo que habría podido ver en mi tumba; pero al final de ese periodo salió la luna y proyectó un extraño relumbre en el suelo y en la pared de la habitación encantada.

Hasta entonces había hecho guardia frente a la ventana, pero en ese momento me situé en un rincón cercano a la puerta, donde me ocultaban las pesadas colgaduras de la cama y un antiguo guardarropas. Continué allí sentado, pero siguió sin oírse nada. Me pesaba la fatiga de tantas noches y, cansado de hacer guardia solo, al cabo me quedé dormido, para despertar al oír la puerta que se abría con delicadeza.

—John —dijo mi hermana, casi en un susurro—. John, ¿estás aquí?

—Sí, Clare —contesté—. ¿Qué haces levantadas a estas horas?

—Ven abajo —contestó—. Están en el salón revestido de encina.

No tuvo que explicarme a quién se refería; la seguí escaleras abajo, avisado por su mano alzada de que era necesario hacer silencio y andar con cautela. Junto a la puerta abierta del salón, Clare se detuvo y los dos miramos dentro.

En esa habitación que por la noche dejábamos a oscuras, había un fuego de leña chispeante encendido en el hogar, velas sobre el estante de la chimenea, una mesita movida de su rincón habitual y dos hombres sentados ante ella, jugando a las cartas. Logramos ver la cara del jugador más joven: era de un hombre de unos 25 años, que había llevado una vida dura y disipada, que había echado a perder su sustancia y su salud, que en vida había sido Jeremy Lester.

Me costaría decir cómo lo supe, cómo en un momento identifiqué los rasgos del jugador con los de un hombre que llevaba 41 años desaparecido: 41 años esa misma noche.

Iba vestido con un traje de otra época; tenía el pelo empolvado y, alrededor de las muñecas, llevaba unos puños de puntillas. Parecía una persona que, de regreso de una gran fiesta, se hubiera sentado en su casa con un amigo íntimo a jugar a las cartas. En el dedo meñique brillaba un anillo, en la pechera de la camisa destellaba un valioso diamante. Tenía hebillas con diamantes en sus zapatos y, de acuerdo con la moda de su época, vestía unas calzas que le llegaban hasta las rodillas y medias de seda, que dejaban al descubierto la forma de una pierna y un tobillo notablemente bien proporcionados. Estaba sentado enfrente de la puerta, pero no levantó la vista para mirarnos. Su atención parecía concentrada en las cartas.

Por un momento la habitación permaneció en completo silencio, interrumpido por los puntos importantes de la partida. Nos quedamos en la puerta, aguantando la respiración, aterrados y al mismo tiempo fascinados por la escena que se desarrollaba ante nosotros. Las cenizas caían en el hogar suavemente, como nieve; oíamos el roce de las cartas que se repartían y golpeaban en la mesa; oímos la cuenta de los puntos —15-2, 15-4 y así sucesivamente—, pero no se pronunció palabra alguna hasta que el jugador cuya cara no veíamos exclamó: «Yo gano; el juego es mío».

A continuación, su oponente tomó las cartas, las mezcló con incuria, las juntó en la mano y se las arrojó a su invitado a la cara, exclamado: «Tramposo, mentiroso, ahí tiendes».

Sobrevino el alboroto y la confusión: cayeron .as sillas, hubo gestos de furia y el ruido de las voces agitadas se mezcló hasta tal punto que no entendimos una sola frase de lo que decían. De inmediato, sin embargo, Jeremy Lester salió del salón con tanta prisa que por poco no nos llevó por delante; se alejó dando pasos ruidosos escaleras arriba, para entrar en la habitación roja, de donde bajó al cabo de pocos minutos con un par de estoques bajo el brazo. Cuando entró en el salón, nos dio la impresión, le dio al otro hombre a elegir entre distintas armas, luego abrió la ventana de un golpe, dejó pasar a su adversario con ceremonia y salió al aire nocturno. Clare y yo los seguimos.  

Atravesamos el jardín y recorrimos un sendero sinuoso hasta llegar a un llano, protegido en el norte por una plantación de abetos jóvenes. Para entonces la luna brillaba en el cielo, y vimos claramente cómo Jeremy Lester calculaba las distancias.

«A la cuenta de tres», le dijo por fin al hombre que seguía dándonos la espalda.

Habían echado la cuenta a la suerte, y el señor Lester había perdido. Se quedó quieto iluminado por la luz de la luna, y no quisiera contemplar a un hombre más apuesto.

«Uno», empezó el otro, «dos», y, antes de que nuestro antepasado sospechara siquiera de sus intenciones, se abalanzó y atravesó el pecho de Jeremy Lester con el estoque.

Al ver aquella cobarde traición, Clare dejó escapar un grito. Al instante los combatientes desaparecieron, la luna se ocultó tras una nube y nos quedamos de pie en la plantación de abetos, temblando de frío y de terror. Pero por fin sabíamos qué le había ocurrido al difunto propietario de Martingdale: no había caído muerto en un duelo justo, sino que lo había asesinado vilmente un falso amigo.

Cuando desperté entrada la mañana de Navidad, me encontré con un mundo blanco, cuya tierra, árboles y arbustos estaban cubiertos de nieve. Había nieve por doquier, como nadie recordaba haber visto en 41 años.

—En una Navidad como esta desapareció el señor Jeremy —comentó el viejo sacristán a mi hermana, que había insistido en que fuéramos a la iglesia a través de la nieve, y al oírlo ella perdió el conocimiento y tuvo que ser llevada a la sacristía, donde le confesé al párroco todo lo que habíamos visto la noche anterior.

Al principio aquel noble individuo quiso tomarse la cuestión a la ligera, pero dos semanas más tarde, cuando la nieve se hubo derretido y pudo examinarse la plantación de abetos, debió aceptar que sin duda había más cosas en el cielo y en la tierra de las que su limitada filosofía había soñado. En un pequeño espacio a la entrada de la plantación se halló el cuerpo de Jeremy Lester. Lo reconocimos por el anillo, las hebillas de diamante y el reluciente prendedor que llevaba en el pecho; y el señor Cronson, que vino a examinar los vestigios en calidad de magistrado, quedó visiblemente perturbado por la narración.

—Por favor, señor Lester, ¿vio usted en su sueño la cara del… del caballero… del oponente de su antepasado?

—No —contesté—, en la casa y en el campo, nos dio la espalda todo el tiempo.

—Pues, obviamente, no hay nada más que hacer —comentó el señor Cronson.

—Nada —contesté.

Y sin duda en ese punto habría acabado el asunto, si no fuera porque unos días más tarde, mientras cenábamos en Cronson Park, de repente Clare dejó caer la copa de agua que se estaba llevando a los labios, y exclamó:

—¡Mira, John, ahí está! —para luego alzarse de su asiento y, con la cara más blanca que el mantel, señalar un retrato que colgaba de la pared—: Lo vi un segundo cuando volvió la cabeza hacia la puerta mientras salía Jeremy Lester —explicó—. Es él.

De lo que ocurrió a continuación del reconocimiento tengo un recuerdo sumamente vago. Los criados empezaron a correr de acá para allá; la señora Cronson se cayó de su silla, presa de un ataque de histeria; las señoritas acudieron al lado de su madre; el señor Cronson, temblando como si lo consumiera la fiebre, intentó dar alguna explicación, mientras Clare rogaba sin parar que la sacaran de allí, como de hecho se hizo. Me la llevé no solo de Cronson Park, sino de Martingdale.

Antes de marcharnos de este sitio, sin embargo, me entrevisté con el señor Cronson, según el cual el retrato que había identificado Clare era el del padre de su esposa, el último hombre que había visto a Jeremy Lester con vida.

—Ahora es un anciano —concluyó el señor Cronson—, un hombre de más de 80 años, que me ha confesado todo. ¿Sería mucho pedir que nos ahorrara más tristeza y vergüenza cuidando de no hacer público este asunto?

Le prometí que guardaría silencio, pero la historia acabó saliendo a la luz, y los Cronson abandonaron la comarca. Mi hermana nunca regresó a Martingdale; se casó y en la actualidad vive en Londres. Aunque le aseguro que en casa no hay ruidos raros, se niega a visitarme en Bedforshire, donde la «muchachita» que otrora me recomendaba «tomar en serio» es ahora mi esposa y la madre de mis hijos.


*Imagen: Eugenio Recuenco

Debería verlo antes de partir -me dijo Wordsworth- Es algo que no se puede perder… Si se atreve, claro.

Wordsworth solía ponerse pedante a ciertas horas de la madrugada, cuando ya sólo quedábamos los solteros y los decididamente alcohólicos en el bar del Grand Hotel des Wagons Lits. En realidad, yo detestaba a ese tipo. Me molestaban su arrogancia y sus aires de superioridad. Pero en el Pekín de 1937, no había mucha gente más con quién compartir una noche de copas. Los japoneses acampaban a pocas millas de la ciudad, preparando la invasión. El gobierno había trasladado la capital. Los occidentales se marchaban. Los pocos que quedábamos vivíamos encerrados en el barrio de las legaciones. Salir de noche se consideraba un suicidio. Aún así, le dije:

-Lléveme. Vamos ahora.

-No me haga sacar el coche si luego va a echarse atrás -dijo Wordsworth, tras una pantalla de humo de cigarrillos.

-¿No me ha oído? He dicho que nos vamos.

En esos tiempos, todo el mundo hablaba del club del Loto. Supuestamente era el más exclusivo de Pekín, pero por eso mismo, nadie admitía ser miembro. Era tal la leyenda del club que yo pensaba que no existía en realidad. Pero Wordsworth, con su enorme boca y su borrachera, acababa de admitir que era socio, y se había ofrecido a llevarme.

-Sólo hay una condición -advirtió-: debe jurar que no contará a nadie lo que ocurra ahí.

-¿Por qué? -preguntaba yo- ¿Qué pasa ahí que sea tan importante?

-He jurado no contarlo -respondía Wordsworth, enigmáticamente.

-¿Y qué pasa si un socio traiciona el juramento?

-A nadie se le ocurriría -sonrió.

Yo también me marchaba. Al día siguiente. Acababa de vender todos los negocios de mi familia en la ciudad. En Londres me esperaba mi prometida Mina, cuya familia poseía un patrimonio considerable. Me preparaba para una vida cómoda pero aburrida. Echaría de menos los fumaderos de opio contrabandeado de Manchuria, las brochetas de alacranes y las prostitutas coreanas. Así que esa noche, no quería dormir. Quería saborear cada segundo en Pekín. Quería aventuras. Y acepté su condición.

-Está bien, lo llevaré -dijo Wordsworth ahora, aplastando su colilla contra un ostentoso cenicero de porcelana-. Será un regalo de despedida. Supongo que se lo ha ganado.

Montados en su Voisin blanco, abandonamos el barrio de las legaciones y penetramos en la China real, entre lámparas rojas de papel y patrullas militares. Wordsworth condujo hasta los hutongs cercanos a la Ciudad Prohibida y se detuvo en uno de ellos, ante una construcción gris y silenciosa.

-¿Está usted seguro? -me dijo mientras apagaba el motor.

Yo asentí con la cabeza.

Nos internamos por un callejón miserable lleno de curvas y bifurcaciones. La luna brillaba intensamente esa noche, y avanzábamos sin dificultad. En algunas esquinas había mendigos durmiendo. Uno de ellos se sacudió bruscamente cuando nos acercamos, y descubrí que estaba lisiado, pero no trató de impedirnos el paso. También escuché el ladrido de algunos perros salvajes, y el sonido de sus mandíbulas cerrándose sobre algo, aunque no conseguí verlos.

Wordsworth se detuvo frente a una puerta, que parecía la más miserable de todo el callejón. Temí que el club fuese un fiasco, un fumadero sórdido para millonarios aburridos. Pero no dije nada. Mi acompañante tocó cinco veces con los nudillos y esperamos mientras el tiempo se congelaba a nuestro alrededor. Tras una breve eternidad, alguien abrió una rejilla del otro lado. A mis oídos llegó un ruido de copas y risas apenas perceptibles. Wordsworth no dijo nada, pero hizo un gesto con la mano, una especie de contraseña visual. Y la puerta se abrió.

Entramos en la sala más lujosa que he visto en mi vida. Arañas de cristal colgaban de los techos, que contra todo pronóstico, eran muy altos, como si la casa fuera más grande por dentro que por fuera. Las paredes estaban cubiertas de mármol y espejos enmarcados en pan de oro. En ese escenario espectacular se celebraba un cóctel. Los caballeros presentes sostenían copas de champán y las damas relucían, forradas en diamantes y terciopelos. Reconocí al embajador francés, al director de la policía, a varios generales del Kuomintang y a algunos rusos blancos adinerados. Si el propio Chang Kai Shek hubiese dado una fiesta, los invitados serían los mismos.

Wordsworth y yo nos mezclamos entre los invitados. Algunos se sorprendían al verme y se alegraban de darme la bienvenida. Pero a mí no me impresionaban especialmente. En cuestión de veinticuatro horas, ellos ya no significarían nada para mí.

-¿Esto es todo? -le pregunté a Wordsworth al oído- ¿El gran club del Loto? Hay fiestas mejores en nuestro barrio.

-Usted no tiene paciencia ¿verdad? -me regañó. Y luego, volviéndose hacia un camarero con una bandeja de whisky, le preguntó-. Mi amigo quiere ver el pozo ¿lo puedes llevar?

El camarero asintió. Dejó la bandeja en una mesa y me guió hacia un patio central, y luego a través de otro salón ricamente decorado con jarrones y dragones de porcelana. Finalmente se detuvo ante una habitación y abrió la puerta. Me invitó a pasar.

Adentro de la habitación, no había muebles. Sólo una lámpara de papel roja colgaba en medio del techo. Y abajo de ella, un pozo.

Me arrodillé en el suelo para asomarme. El pozo tenía unos cinco metros de profundidad  y en el fondo, había un hombre, sentado con las manos y pies atados. Pensé que sería un japonés capturado, al que exhibían por morbo y por decadencia. Estaba sollozando. Lo llamé:

-¡Eh! ¿Quién lo ha metido ahí?

El hombre pareció revivir. Alzó las manos y la cabeza, haciendo sonar las cadenas.

-¡Por favor, sáqueme de aquí! ¡Sálveme de esta gente! ¡Están locos!

La voz tenía acento londinense, y de hecho me sonaba familiar. Mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad del pozo. Y sólo entonces lo vi con claridad. Y con horror.

Era yo.

-¡Vendrán en cualquier momento! -siguió rogando. Iba vestido con mi misma ropa, y tenía mi rostro y mi pelo. Era yo, cada centímetro de mí, como en un espejo infernal- ¡Por favor, sáqueme! Le pagaré.

No quise seguir escuchando. Salí corriendo de esa habitación. Atravesé de vuelta el patio, y la reunión. Me perdí en el laberinto hasta que encontré la salida. Y seguí corriendo, mientras amanecía, hasta llegar a mi hotel.

Dos días después, los japoneses entraron en Pekín.

Yo nunca volví a esa ciudad.


*Imagen: Matthew Spiegelman

Un tribunal de Edmonton, en la provincia de Alberta, Canadá, declaró culpable a la Southern Tobacco Company de los cargos imputados por Joshua Lynn, a quien deberá indemnizar con dos millones de dólares. Esta sentencia sienta un precedente sin igual en la historia penal de la literatura, dando esperanzas a miles de escritores fumadores. Joshua Lynn acusó a la fábrica de tabaco de haber provocado daños y perjuicios no solo a su aparato respiratorio sino también y fundamentalmente a su salud artística.

¿La prueba?

Joshua Lynn fue uno de los escritores más célebres de su generación, gracias a un cuento intitulado “Eva”, publicado en la mítica Astounding Mysteries Magazine, a la edad de diecinueve años, cuando era un estudiante de historia de la universidad de Edmonton.

Joshua Lynn escribió el cuento de un tirón, en una noche de insomnio. Por la mañana, en vez de arrojarlo al tacho de basura, siguiendo los consejos de su novia, lo envió por correo a su revista favorita de ciencia ficción. El comité de redacción lo publicó en el número siguiente, sin vacilar.

Se trataba de una vieja idea, pero muy bien explotada, con una vuelta de tuerca que la volvía increíblemente nueva: la máquina para viajar al futuro, inventada por el doctor Curtis, pero que en vez de viajar al futuro, viajaba al pasado o más exactamente a un pasado modificado, por sustracción, división, multiplicación o adición de sus acontecimientos más significativos. Para Joshua Lynn, el tiempo era curvo y la historia no era más que repetición: repetición de una mínima divergencia que hacía que todo el resto fuera diferencia.

En su primera travesía, Timothy Curtis viaja al año 2061 de nuestra era. En vez de ser testigo de una invasión extraterrestre, se encuentra con Adán durmiendo profundamente en el jardín del Edén, como la primera vez. Pero no es la primera vez. El universo acaba de sucumbir en medio de una guerra intergaláctica y a Dios no le ha quedado más remedio que volver a comenzar de cero.

Como si nada hubiera pasado, al primer día distingue la luz y la oscuridad. Al segundo, separa el cielo y la tierra. Al tercero, cubre la tierra con plantas. Y así sucesivamente, hasta que al sexto día, cuando ya no hay brumas y los colores del prisma son puros, no por refinamiento del arte, sino porque la luz muestra las cosas tal como son, Dios crea al hombre, a imagen y semejanza suya. Y también a la mujer.

En vez de sacarle a Adán una costilla, Dios le arranca una uña. Este ínfimo detalle cambia radicalmente el curso de los hechos. En esta segunda versión de la historia de la humanidad, Eva no es una criatura de carne y hueso, propensa a las tentaciones, sino un ser de materia córnea y semitransparente, con las vísceras a la vista, que no deja de crecer varios milímetros por día.

El problema del primer hombre y de la primera mujer ya no es el pecado original, sino un puro problema material: el problema de la forma. Hay que evitar que Eva pierda la forma. Armado con unas toscas herramientas, Adán se la pasa día y noche, limándole los contornos. El primer hombre no es ni guerrero ni cazador ni agricultor sino manicuro. La tarea es, como pueden imaginarse, sumamente ingrata. Basta con equivocarse un milímetro para que Eva empiece a crecer en cualquier dirección, transformándose al cabo de un tiempo en cualquier cosa: una gallina de Guinea, un baobab o una locomotora con pijama. Para resolver semejante dificultad, Timothy Curtis le hace descubrir a Adán los beneficios de la tijera y el alicate: el cristianismo se vuelve un hecho históricamente innecesario.

La revista recibió una avalancha de cartas de lectores. “Es el cuento más original y divertido de los últimos tiempos”, escribió Burt F. de Athabasca. “Simplemente inolvidable” afirmó Samantha K. de Yorkton. “Hasta el malhumorado Dios del Antiguo Testamento se hubiera reído con una carcajada que hubiera hecho temblar el Universo”, aseguró el reverendo O. de Labrador City.

Era indudable: había nacido un nuevo talento. Gracias a Joshua Lynn, la Astounding Mysteries Magazine agotó su tirada de cinco mil ejemplares. El comité de redacción decidió contratar a Joshua Lynn como colaborador permanente, pagándole una fortuna. Abandonando a su novia y a su Edmonton natal, Joshua Lynn se instaló en Toronto. De la noche a la mañana, se había convertido en una celebridad.

Este éxito rotundo le impuso a Joshua Lynn ciertas obligaciones, como por ejemplo, una vida mundana. Y esta vida mundana le impuso, a su vez, otras obligaciones, como por ejemplo, el imperativo de fumar. El tabaco le daba una pose. ¿Acaso qué era, en aquella época, para nosotros afortunadamente lejana, el retrato de un hombre de letras sin un cigarrillo, un habano o una pipa entre los labios, ligeramente de costado, en frágil equilibrio?

Sin ser consciente del peligro a que se exponía, Joshua Lynn empezó a fumar. Primero diez, luego veinte y, muy pronto, treinta cigarrillos por día: cigarrillos armados con un delicioso tabaco de Virginia, color ámbar. Lo que no dejó de afectar, como era lógico, a su prosa. Cuando el comité de redacción de la revista le encargó un segundo relato, Joshua Lynn se puso a escribir una novela de anticipación, que apareció en veinte entregas semanales, retomando al mismo personaje: el doctor Curtis. A imagen y semejanza de su autor, el doctor Curtis era un personaje fumador, que consumía un promedio de cinco pipas por episodio. La nicotina es una adicción poderosa. Dejar de fumar resulta a veces muy difícil.

En esta primera novela, Timothy Curtis viaja al año 4443 de nuestra era, al antiguo Egipto, el día de la ascensión al trono de Akenatón. Mientras arma una de sus pipas, a Timothy Curtis se le cae por descuido una hebra de tabaco holandés cerca de las orillas del Nilo. Unos días más tarde, aparece una planta de aspecto fétido y repugnante, hasta entonces desconocida por los egipcios: la Nicotiana Tabacum. Un tiempo más tarde, siguiendo el ejemplo de Timothy Curtis, Akenatón y su esposa Nefertiti se ponen a fumar tabaco de hebra larga, sin prensar.

En vez de expulsar a los dioses del Antiguo Egipto, difundiendo la herejía de Amón, dios del sol, Akenatón impone a su pueblo el consumo de cigarrillos. Este nuevo vicio produce una verdadera revolución política, económica, social, teológica y artística. En vez de afanarse en la construcción de pirámides, que serán la admiración de Heródoto, Napoleón y Hegel, los egipcios se ponen a construir fábricas tabacaleras. Las tumbas de los faraones están repletas, no de tesoros, sino de habanos. ¿Acaso un habano no es una momia de tabaco?

Nuevamente la revista recibió una avalancha de cartas de lectores. “El retrato de Nefertiti, con un cigarro entre los labios, me parece diez veces más hermoso que el busto que vi este último verano en el Ägyptisches Museum de Berlín” aseguró Ralph R., de Prince Albert. “Extraordinaria. Aún tengo la carne de gallina” escribió Chloé K. de Vancouver. “Simplemente estupenda”, afirmó Andrew V. de Winisk.

Un editor se interesó en la publicación de Akenatón. Pero Joshua Lynn prefirió el formato pulp. Además de tener una relación más íntima con los lectores, ganaba quince veces más. Gracias a las aventuras de Timothy Curtis, la revista lograba vender más de diez mil ejemplares por número, lo que por aquel entonces era una cifra exorbitante. A Joshua Lynn le correspondía el 30% de las ganancias. Si hubiera pasado por un editor, hubiera ganado un famélico 10%.

Apuesto, célebre y fumador, Joshua Lynn se volvió también rico y contrajo nupcias con una millonaria, también bella y elegantemente fumadora, que aspiraba veinte cigarrillos por día, a través de una boquilla de platino.

Reconfortado por el éxito social, sentimental y profesional, Joshua Lynn se puso a escribir una segunda novela, retomando un argumento que ya era un clásico. Timothy Curtis viaja a la Roma imperial del año 6298, llevando consigo algunas armas de fuego que le permitirán al imperio romano resistir a las invasiones bárbaras. Su objetivo es evitar la caída del imperio romano de Occidente y los siglos de interminables tinieblas que le suceden.

Ahora bien, cuando llega a Roma, se encuentra con una ciudad envuelta en una niebla espesa, a pesar de ser pleno verano. No se trata de un fenómeno meteorológico excepcional, sino de un cambio fundamental en las costumbres de la humanidad en virtud de la modificación introducida en el Antiguo Egipto de su novela anterior. Bajo la influencia de los egipcios, todas las civilizaciones de la cuenca mediterránea se han puesto a fumar. Tan prácticos en todo, los romanos han sabido aprovechar al máximo los beneficios del tabaco.

En vez de un imperio exangüe y dividido, gobernado por Rómulo Augústulo, el último y patético emperador, un pueblo embrutecido por el circo y las costumbres licenciosas, un ejército indisciplinado y mal pagado, Timothy Curtis tiene el agrado de descubrir, caminando por la calle, el Coliseo restaurado, transformado en un gran cenicero, lleno de colillas. Gracias al tabaco, Roma puede soportar las invasiones bárbaras, de manera mucho más relajada, disfrutando plenamente de cada uno de sus instantes.

Una nueva avalancha de cartas de felicitación y admiración invadió el buzón de la Astounding Mysteries Magazine. Pero entre estos cientos de cartas, llegó una cuyo remitente era un tal Cliff Clayton, médico de Prince George, Columbia Británica. La redacción de la revista la publicó, para lanzar una polémica que supuestamente haría aumentar el número de ventas, sin medir las consecuencias. Basta con un hecho insignificante para derribar un imperio o un autor en la cima de la celebridad.

El doctor Clayton pedía que lo dieran de baja inmediatamente como suscriptor. Estaba indignado de que su revista preferida publicara semejante porquería, haciendo la publicidad de un veneno. En realidad, lo que más le molestaba al doctor Clayton era que Joshua Lynn hubiera cometido un error imperdonable en materia histórico-científica. Si la humanidad hubiera comenzado a fumar en la Antigüedad, se hubiera extinguido irremediablemente antes de llegar a la Edad Media. Según recientes estudios epidemiológicos, los fumadores suelen padecer cien veces más de bronquitis, neumonías, insuficiencia cardíaca, hipertensión arterial, úlcera, impotencia, abortos que los no fumadores. Y esto no es lo peor. Está demostrado que el consumo de tabaco aumenta considerablemente el riesgo de cáncer de pulmón, esófago, faringe, laringe, úvula. Incluso de estómago, duodeno, vejiga. Expuesta a tantos achaques, ninguna civilización de la Antigüedad, por avanzados que estuvieran sus conocimientos médicos gracias al embalsamamiento, podría haber llegado a subsistir más de dos siglos.

Al número siguiente, la revista perdió la mitad de sus lectores. Como esta pérdida provocó a la revista serias dificultades financieras, el director decidió prescindir de los servicios de Joshua Lynn. En su lugar, contrataron a un joven talentoso, sí, pero esencialmente no fumador, que escribía una ciencia ficción sin aditivos ni estimulantes. La mujer de Joshua Lynn dejó de fumar y pidió el divorcio.

Joshua Lynn no se dio por vencido e intentó ganar al público perdido, escribiendo una nueva novela. Y también intentó calmar un catarro que no lo dejaba en paz ni de noche ni de día, con unas pastillas mentoladas. El cigarrillo contiene sustancias irritantes que destruyen las cilias bronquiales cuya función es remover el polvo del aire aspirado. Sin cilias bronquiales, los pulmones se van cubriendo de hollín y alquitrán, como una chimenea. Quien fuma un paquete de cigarrillos por día inhala unos 840 cm3 de alquitrán por año. Para dejar de toser, simplemente tendría que haber dejado de fumar. Pero no fue el caso. A veces lo más simple es lo más complicado. La nicotina es una adicción poderosa. Dejar de fumar resulta a veces muy difícil. No dude en buscar ayuda y pedir consejo a un especialista.

Joshua Lynn puso el tabaco en su lugar, esto es, en las mesetas de América Central e hizo viajar a Timothy Curtis a la España de los Reyes Católicos del año 7355. Su objetivo es impedir que Colón descubra América. Sin descubrimiento de América, no habrá descubrimiento del tabaco y sin descubrimiento del tabaco en los comienzos de esta segunda Edad Moderna, no habrá contagio de una costumbre tan mortífera.

Timothy Curtis se embarca en una de las tres carabelas como timonel. Ahora bien, cuando las embarcaciones se alejan unas cuantas millas de las islas Canarias y se encuentran en medio del Atlántico, Timothy Curtis cambia abruptamente de rumbo, virando a estribor unos 90º. En vez de llegar a una isla tropical, la expedición de Colón encalla en una isla ártica, a la que bautizan Groenlandia. En vez de indios fumadores, Rodrigo de Jerez y Luís de la Torre encuentran géiseres. Profundamente decepcionada por el aspecto inhóspito de la tierra que acaban de descubrir, la tripulación le pide a Colón que dé marcha atrás. El Almirante intenta convencer a sus hombres de que sigan adelante, puesto que pronto descubrirán unas islas muy fértiles, con ríos cristalinos y árboles altos y floridos, con frutos deliciosos y refrescantes y ruiseñores saltando y trinando de rama en rama que es una maravilla de ver y de oír. Pero este discurso, pronunciado en medio de una tormenta de nieve no resulta nada convincente. A Colón no le queda más remedio que aceptar el retorno a Europa con las manos vacías. Este fracaso mina su estado anímico. Profundamente deprimido, el Almirante se suicida. Su cuerpo es arrojado al Atlántico y desaparece, devorado por los tiburones.

Joshua Lynn envió el manuscrito a varias revistas. Pero ningún comité de redacción quiso publicar semejante historia. Le dijeron: “De nada sirven las buenas intenciones si no van acompañadas de buenas acciones”. En lugar de seguir escribiendo, hubiera sido mejor que dejara de fumar definitivamente.

Sin darse por vencido, mandó el manuscrito a varias editoriales. Aunque reconocían en esta novela su talento inconfundible, le dijeron que no era posible publicarlo. En cada página y en cada línea, había un pestilencial aliento a tabaco, mal disimulado. Los lectores no podrían dejar de sentirse un solo instante pingüinos, chapoteando en un pantano de alquitrán. Seguramente algún personaje fumaba a escondidas.

Su carrera estaba arruinada, definitivamente arruinada. Así fue como aquel que, a los diecinueve años, con su primer cuento, había alcanzado la cima de la celebridad, algunos años después, sin haber llegado a los cuarenta, se había transformado en una colilla de piel y huesos. A Joshua Lynn, no le quedó más remedio que abrir fuego contra la fábrica de tabaco que durante tantos años le había estado administrando su dosis de veneno.

Incitado por su abogado defensor, intentó dejar de fumar de una vez por todas y para siempre, utilizando el parche de nicotina, que ha dado resultados positivos en más del 65% de los casos. Pero el parche no dio los resultados esperados. La nicotina es una adicción poderosa. Dejar de fumar resulta a veces muy difícil. No dude en buscar ayuda y pedir consejo a un especialista.

Beba muchos líquidos, en especial agua. Tome té y jugos de fruta, limitando el consumo de café y alcohol, que pueden aumentar su deseo de fumar. Evite el azúcar y las comidas ricas en calorías. Muchos fumadores temen engordar al dejar el cigarrillo. Esto puede ocurrir. Pero tenga en cuenta que la obesidad es mucho menos cancerígena que la adicción a la nicotina.

Para evitar el sobrepeso, haga ejercicios regularmente. Camine, corra, riegue el jardín. Dedíquese a los trabajos manuales, como bordar, escribir cartas, resolver crucigramas, lavar el automóvil. Mantenga a mano algunos sustitutos morfológicos o psicológicos del cigarrillo, como zanahorias, tallos de apio, semillas de girasol, uvas secas, goma de mascar sin azúcar.

Si hay una recaída, no se desaliente.


© Diego Vecchio, c/o Schavelzon Graham Agencia Literaria

El extraterrestre estacionó su auto al otro lado de la calle y vino a sentarse en la sala de espera. Él debió verlo con el rabillo del ojo. Pero estaba ocupado cobrándole a una mujer de mediana edad de pelo canoso y enrulado que usaba ropa atractiva, a la que le había tomado un rechazo irracional. Los que tienen que lidiar día tras día con clientes, en especial con dueños de autos, son propensos a tales antipatías. Vio cómo ella se sobresaltaba intentando ocultar su sorpresa, levantó la vista, y allí estaba el extraterrestre.

Los otros clientes en la fila de asientos hacían de cuenta, a su manera inglesa, que no había sucedido nada especial. Terminó de atender a la mujer. Pasaron otros autos y otros clientes; llegó el turno del extraterrestre. Él salió a la calle y con gesto paternal le señaló el camino hasta el hangar, luego lo hizo volver a la sala de espera mientras examinaba el auto rojo. Ingresó la marca y el modelo del auto en la terminal y empezó a revisar el diagnóstico.

El mecánico manejaba el negocio solo, con los robots y la presencia electrónica del cajero, el gerente y la casa central. Sabía leer e incluso escribir. Era una necesidad de su oficio. Estar conectado rutinariamente en medio de toda esa maquinaria de funcionamiento autónomo iría en contra de las normas de seguridad e higiene. Sólo usaba el auricular que le daba indicaciones cuando trataba con modelos exóticos, en los que las instrucciones venían incorporadas a las piezas, e intentaba que sus clientes no lo supieran. La mística del trabajo artesanal le parecía importante.

Por eso le llevó poco tiempo examinar el autito deslucido. Llamó al extraterrestre y le explicó lo que había que hacer, gesticulando mucho.

La costumbre era que si uno no toleraba usar el género neutro al hablar de otro ser viviente, eran todos tratados de “ella”. El mecánico le echó una mirada disimulada al extraterrestre mientras hacía su exposición: el perfil delicado, desprovisto de nariz, los hombros caídos, el torso engrosado por varias capas de extraña ropa interior debajo de la bata anodina, las piernas torpes con sus articulaciones al revés. Tenía tanta apariencia de mujer como los manatíes que los marineros solían llamar “sirenas”. La confusión, pensó, era un insulto para ambas partes. Pero era absurdo esperar que los habitantes de otro sistema solar fueran atractivos para los humanos. Él no tenía prisa. No se sentía ofendido ni asustado, como tal vez se habrían sentido otros, al ver a uno de su especie suelto, fuera del enclave. No cabía duda de que el extraterrestre le daría una propina generosa, pero no era la avaricia la que lo impulsaba a demorarse. Simplemente estaba contento de tenerlo en su negocio.

–Sólo quiero que limpie el transformador.

No se sorprendió de que hablara inglés, aunque había imaginado que no se tomaría la molestia. Pero lo último que esperaba de un extraterrestre era que fuera tacaño.

–Será más barato a largo plazo reemplazar todo el sistema de escape. Ha estado usando un alto porcentaje de metanol, aquí hay mucha corrosión…

El extraterrestre bajó la vista.

–Venga conmigo…

Él lo siguió hasta la sala de espera, donde el extraterrestre se replegó como un perro grande sobre uno de los asientos, con expresión abatida, retorciéndose sobre el pecho las manos fruncidas de piel de gallina.

–Lo voy a vender –explicó el extraterrestre–. Quiero que haga lo mínimo que sea legalmente necesario.

Se dio cuenta de que el extraterrestre no creía que su auto entendiera inglés. Pero tampoco creía que eso fuera imposible. El extraterrestre creía que si uno iba a decir algo desagradable sobre alguien o sobre algo, tenía que retirarse de las inmediaciones de la víctima. Las reglas de etiqueta eran inamovibles, claras y obligatorias. El nivel de comprensión del auto era otro asunto, un tema para la filosofía abstracta.

No era inusual que un mecánico estuviera familiarizado con la psicología alienígena en este aspecto. La naturaleza alienígena se discutía en los programas de televisión en horario central. El mecánico podría haberse sumergido en el tema de haber tenido el tiempo suficiente entre clientes.

–Lo que sea legalmente necesario –repitió. Estaba decepcionado, práctica y espiritualmente, con la pobreza de su cliente, y sin embargo, apaciguado por su extraña sensibilidad.

Claro que sabía que el estado de pobreza en un extraterrestre sólo podía ser temporario y relativo. La propina sería escasa, pero ya se presentaría algún otro beneficio.

Él (o ella) asintió con aire sombrío.

Asentían. Sus gestos eran muy humanos, pero diversos en su significado cultural: para negar alzaban el mentón en lugar de sacudir la cabeza. Era como si hubiesen tomado prestado a propósito un poco de cada raza humana, y tal vez era así. Su viaje hacia el espacio humano había atravesado tal saturación de emisiones humanas que nadie sabía qué parte del comportamiento alienígena en la tierra era natural, y qué parte era una representación elaborada con mucho cuidado.

–¿Espero o vuelvo más tarde?

Durante todo ese intercambio, los otros clientes habían permanecido penosamente fijos en posiciones casuales o de aburrimiento. El mecánico estaba encantado con su atención intensa y disimulada. Por suerte no había niños que arruinaran el efecto de desinterés cosmopolita.

No quería que se quedara. Si se quedaba podía entablar una conversación, convertirse en la propiedad temporaria de uno de estos simples clientes.

–Mejor vuelva después –le dijo, fingiendo que lo lamentaba–. Tengo otro trabajo que no puedo dejar en automático. Vuelva en eso de una hora.

Cuando se fue, el arrepentimiento se volvió real. Salió a la calle polvorienta y miró hacia arriba y hacia abajo. Era octubre. Las hojas del plátano que asomaban sobre la pared del jardín silvestre de al lado eran de un verde ácido bajo un cielo encapotado que prometía lluvia desde hacía días. El centro turístico no estaba lejos: la enorme eminencia que todo el mundo admiraba, y que alguna vez había sido el centro de una ciudad portuaria llamada Liverpool. Alcanzaba a ver las puntas diminutas de los míticos pájaros, dorados otra vez, que titilaban sobre su monumento de gran aplomo comercial. Tierra adentro, la difusa urbanización se extendía hasta los flancos de los Peninos: allí las colinas nadaban ocultas a la vista como monumentos hundidos, hundidos en el tiempo y perdidos para siempre, como la gran ciudad.

No había señales del extraterrestre.

Entró en el negocio, controló el progreso de varias operaciones y, en silencio –para evitar los ojos de las cámaras–, se escabulló por la puerta trasera y subió a su vivienda. Su mujer estaba en el trabajo. Sus dos hijos, de siete y dos años, estaban con ella en el aula de clases y en la guardería. Las habitaciones, pequeñas pero bien abastecidas de bienes no perecederos, parecían extrañamente limpias y silenciosas. Se quedó parado en la sala de estar y examinó una hilera de libros, discos y revistas en la repisa de la biblioteca. Tratar con el extraterrestre; Qué piensan de nosotros; Los viajeros de lejos; La mirada alienígena; ¿Han estado aquí antes?; Xenobiología: Hacia el inicio de una ciencia… El mecánico y su familia no estaban más interesados en los visitantes alienígenas que el común de la gente. Habían comprado los libros, aunque no los habían leído. Pero habría sido una casa muy extraña, o muy pobre, si no hubiese tenido al menos alguno de estos títulos.

En general, el mecánico no sentía que la raza humana estuviese exagerando. Su mujer y él habían votado a favor en el referéndum europeo sobre el cambio global de era, que ya estaba a punto de convertirse en ley. Ese año, el año presente, sería para siempre el año tres: 3AC, quizás, si el lobby del mundo anglosajón se salía con la suya. Después del contacto. Era oficial, esto era lo más grande que le había sucedido a la humanidad después de la difusa y distante “llegada de Cristo”. Y a diferencia de Cristo, los alienígenas estaban aquí. Estaban en los diarios, en las pantallas. Eran indudablemente reales.

Todo lo que estaba en las repisas había sido ingresado en la base de datos; la mujer del mecánico era meticulosa con esa tarea. Sus dedos sobrevolaron el teclado. Pero la misteriosa inercia de la adultez humana lo derrotó. El hijo de siete años era el único que usaba la base de datos. Sacó un libro y luego otro, pasó las páginas, leyó uno o dos párrafos. No sabía qué estaba buscando. Rodeado de cosas rígidas que no le hablaban ni lo miraban, trató de imaginarse cómo se sentiría ser el extraterrestre. Había conocido conductores sentimentales: autos con nombres, autos a los que sus dueños llamaban “ella”, autos maltratados por tener mala conducta. Se había sorprendido a sí mismo (excavando fragmentos de recuerdos) dándole una palmadita afectuosa al flanco lustroso de un robot mientras lo dejaba en su lugar.

Buen chico…

Buen perro…

Los extraterrestres no sabían nada de animales. Tenían herramientas que trepaban, reptaban, volaban; pero las habían hecho ellos mismos. No tenían noción de una creación separada, de vida que no fuera propia. Tal vez las condiciones en su planeta de origen fueran diferentes, pero la evidencia de sus reacciones y de sus propios relatos era otra. Parecía probable que no hubieran compartido su mundo con nadie, con ningún animal independiente de sangre caliente.

Bajó al área de servicio y miró la pantalla que mostraba la sala de espera. Todo estaba tranquilo. No había vuelto. Se alejó de la pantalla y se puso a trabajar entre los vehículos estacionados y las herramientas que zumbaban. No tocó el auto del extraterrestre. Cuando éste volvió, le dijo que estaba teniendo algunos problemas. Por favor, sea paciente, le dijo. Vuelva más tarde, o espere.

 No tomó nuevos clientes. La tarde se convirtió en ocaso. La sala de espera se vació hasta que él (o ella) se quedó solo.

Desde la parada del tranvía volvieron caminando a casa la mujer del mecánico y sus hijos, la bebé en su cochecito. Él oyó las voces infantiles que charlaban y se reían en la puerta de calle, y apretó los dientes como si lo hubiesen interrumpido en una tarea delicada, que requería de alta concentración. Pero no estaba haciendo nada, sólo permanecía sentado en la penumbra, entre las herramientas silenciosas.

El extraterrestre estaba doblado en su asiento. Parecía un animal vestido, un animal parlante de una especie desconocida, de algún dibujo animado infantil. Se puso de pie y sonrió, mostrando la punta de los dientes: el gruñido modificado que podía o no ser un genuino gesto compartido.

El mecánico estaba avergonzado porque no tenía manera de justificar su comportamiento. Un cliente humano, extranjero en una tierra extraña, a esta altura estaría muy enojado o tal vez un poco asustado. El extraterrestre parecía resignado. No esperaba que los humanos se comportaran de manera razonable.

El mecánico sintió una furia misteriosa al pensar que no era la primera persona en hacerlo dar tantas vueltas como ahora. Le habría gustado decir sólo quiero tenerlo cerca por un rato…

Pero esa habría sido una confesión muy bochornosa.

–Quiero hacerle un favor –dijo–. No quise decírselo antes, temí que se avergonzara. Estoy arreglando varias cosas, y sólo voy a cobrarle por la limpieza.

–Ah.

Pensó que parecía sorprendido, tal vez cansado. Era imposible no atribuirles sentimientos humanos, no leer expresiones humanas en sus rostros extraños.

–Gracias.

–Era lo menos que podía hacer, ¡ya que vino de tan lejos!

Se rió nervioso. El extraterrestre no. No se reían.

–¿Le gustaría subir? ¿Le gustaría algo de comer, una taza de té? Mi esposa y mis hijos estarían encantados de conocerlo.

La invitación no era para nada sincera. Lo último que quería era verlo dentro de su casa. No quería compartirlo con nadie. El extraterrestre le dirigió una mirada irónica, como si supiera exactamente lo que sucedía. Según algunas lecturas de su comportamiento, eran telepáticos: lo hacían entre ellos con mucha intensidad, y de forma más moderada con los humanos.

Por otra parte, seguro que otros lo habían molestado antes de la misma manera… como si fuera un animal adiestrado. La idea lo hizo sentir vergüenza, de sí mismo y de esos otros.

–No, gracias –Miró al suelo–. ¿El auto estará listo mañana?

La calle estaba a oscuras. Había algo de luz ahí mismo, lejos de los hoteles y los centros comerciales y los monumentos iluminados, bañados por el agua. Se sintió culpable. El pobre extraterrestre estaría contando mentalmente su dinero, preguntándose qué hacer a continuación. Los extraterrestres que viajaban solos eran rarezas en cualquier lugar. Si no podía refugiarse en un gran hotel lujoso, lo molestarían. La gente se amontonaría a su alrededor, lo apuntarían con sus cámaras.

Pero eso no era culpa del mecánico. Él no quería capturarlo. Tampoco quería sacarle dinero. Le habría gustado que se quedara allí, mantener su presencia real. Podría dormir en los asientos. Él podría bajarle algo de comida. Les gustaban algunos alimentos humanos: helado, pan blanco, hamburguesas; nada demasiado natural.

–Sí, claro, vuelva mañana. Abro a las nueve.

Le dijo a su esposa que tenía que trabajar horas extra. Eso nunca pasaba, pero ella aceptó la idea sin hacer comentarios. La rutina de su vida juntos era tan tranquila que podía tolerar una mentira obvia de vez en cuando sin provocar demasiadas olas.

Se sentó solo en el local de las máquinas y miró a su alrededor.

Autos.

Era extraño ver cuántos europeos sedentarios y urbanos todavía sentían la necesidad de poseerlos, incluso con el racionamiento de combustible y todas las demás leyes de protección ambiental. El mecánico no podía quejarse. Era un trabajo estable, y en general muy placentero. Esta es mi gente, pensó, tomando el punto de vista alienígena. Mi gente, las ovejas de mi rebaño. Tenía una abuela que solía ir a la iglesia. Pero entonces volvió la idea de los animales, la separación de una forma de vida de otra. No era eso lo que pasaba entre un extraterrestre y una máquina alienígena. Se acercó al auto, que estaba sujeto con el cepo en una postura indigna, un paciente indefenso.

–¿Hola? –dijo vacilante.

El auto no respondió, pero la atmósfera en el local cambió. Al hablarle en voz alta él había modificado algo: su propia percepción. De hecho, se había puesto en ridículo. Sólo pudo captar la estela de una emoción más interesante. Era un niño atravesando la puerta de la casa de la bruja, deliciosamente asustado. Pero nada de lo que pudiera decir o hacer volvería real aquello que había imaginado: nada haría que viera pestañear los ojos robóticos, ni que la mandíbula de metal se abriera en una sonrisa y hablara. Nada, salvo la locura, podría cambiar tanto las cosas.

Empezó a trabajar, o mejor dicho, puso a los robots a trabajar. Ahora no tenía opción; tenía que hacer lo que había prometido, y de algún modo hacer cerrar la cuenta. Nada de lo que sucedía en su garage pasaba sin ser grabado. El mecánico nunca había intentado eludir el sistema de la compañía de forma ilegal. Nunca había sido de los que encuentran tentadoras las complicaciones del crimen, y ahora no sabría por dónde empezar. Se puso muy triste al pensar en lo que tendría que hacer: el encubrimiento incómodo de este impulso extraño.

Las máquinas autónomas patinaban de un lado al otro. Otras se desplazaban por los cables aéreos y estiraban sus cabezas de serpiente. El mecánico estaba inquieto. El autito, un modelo coreano de quince años con quemador de metanol, carcaza de plástico rojo, embrague y suspensión líquidos era un equipo complejo de alta calidad, que podría servir otros diez años más. Le hacía falta algo de atención, pero no necesitaba de su atención práctica en absoluto. Se quedó contemplándolo.

Soy redundante, pensó: una reacción exagerada normal a la robótica. ¿Por qué los extraterrestres no se sienten redundantes? Se esforzó por realizar la acción mental de mirar más allá del espejo. Si no fuera por los humanos, si no fuera por mí, no habría autos, robots, ni ninguna otra máquina. No puedo ser reemplazado. Aun si las máquinas se vuelven conscientes, si se vuelven “humanas” (el cuco permanente de los medios masivos), yo seguiré siendo Dios. El creador. El origen.

Arriba, en casa, el bebé ya estaría acostado y el niño también, arropado por uno de los robots tutores hogareños que complementaban la educación que recibía de los empleadores de su madre. La madre estaría disfrutando de su velada, cómoda en su nido repleto de equipos.

De modo empático y subliminal, el mecánico estaba al tanto de sus idas y venidas, de la rutina familiar.

Descubrió por qué el extraterrestre lo llenaba de un deleite inútil e inarticulado. Las máquinas hacían promesas pero no podían cumplirlas. No dejaban de ser cosas, y las personas no dejaban de estar solas. El mecánico había visitado los Parques Nacionales de su país, las grandes extensiones de tierra que debían permanecer inalteradas, sin importar cuán pequeña resultara su sala de estar. Aceptaba la necesidad de su existencia, pero la única emoción que podía sentir era resentimiento. No sentía ninguna amistad por la naturaleza. Los animales podían ser mascotas, pero no eran parte de uno, no eran lo mismo. Los extraterrestres eran la solución al aislamiento humano: un mundo parlante, un mundo con ojos; la compañía soñada por Dios. La visita de los extraterrestres había hecho surgir en él un descontento hacia Dios.

No podía hacer que el extraterrestre se quedara. Pero tal vez podía aprender de él, compartir su experiencia enriquecedora. Imaginó el hangar como un microcosmos de la tecnología y la civilización humanas, un mundo arrancado como ectoplasma de su centro humano, lleno de criaturas creadas a su propia imagen y semejanza: sus dedos y sus pulgares, sus dientes, sus articulaciones flexibles, sus músculos fofos. Incluso su mente, en su nube química discontinua, permeando el soporte físico de su cerebro.

Entusiasmado con esta idea, se levantó y corrió hasta el teclado del hangar. Extrajo el equipo robótico, los brillantes brazos articulados que se deslizaron y plegaron contra la pared. Sacó una caja de herramientas. Le haría el mejor halago posible al auto del extraterrestre. Le otorgaría el beneficio de su artesanía, el tipo de servicio “orgánico, natural” por el cual los ricos pagaban sumas astronómicas.

Durante un rato trabajó como Adán en el Edén, nombrando alegremente las subcreaciones con sus manos y su mente. Trabajó, se detuvo… Se sentó en el piso frío, de manchas oscuras, con una llave de tubo en una mano y un trapo en la otra. Las luces del techo lo iluminaban. Según entendía el mecánico, ellos construían cosas con bacterias. Bacterias que provenían de la misma flora intestinal de los alienígenas, y lo infectaban todo: cada herramienta y cada mueble, incluso la inmensa carcasa de su mundo-nave. Los humanos, cuando querían expresar sentimientos de profunda comunión con su planeta, con su raza, hablaban de “sentirse parte de un gran todo”. Por haber vivido tantos años en un mundo creado por ellos mismos –desde el comienzo de su evolución, según los expertos– los alienígenas no podían experimentar “sentirse parte”. No había partes en su continuum: ni espacios, ni bordes divisorios.

De pronto se sintió asqueado. Los científicos habían establecido que las bacterias alienígenas eran inofensivas. Eso decían, pero tal vez estaban equivocados. Tal vez era una gran mentira que sostenían para evitar el pánico en las calles. Deseó no haber tocado el auto. El extraterrestre lo había estado usando durante meses. Debía estar todo recubierto de ese limo invisible y reptante.

¿Cómo era ser parte de un mundo vivo? Miró la llave que tenía en la mano hasta que el mango de metal perdió su lustre. Se recubrió de piel. La cavidad ajustable de la llave se convirtió en un orificio musculoso, fruncido como un ano, cuyos bordes húmedos se retrajeron por un movimiento del mango tumescente. El mecánico sintió náuseas, pero no pudo soltar la herramienta. No podía alejarse de ella. Si la dejaba caer, esa gota rezumante de consciencia, adherida a su mano, no se separaría de él. Cuerdas minúsculas, hebras de limo viviente se aferrarían y los mantendrían unidos. El aire que respiraba estaba lleno de consciencia, de sustancia humana.

Se paró. Se alejó. La carcasa de un robot se hundió como si fuera de carne. El mecánico dio un aullido y un salto. Su mano, en la que crecía el mango que se recubría de piel, golpeó el teclado y todas las herramientas se accionaron de repente.

Se quedó de pie, sintiendo su propia reacción visceral, apresurada, palpitante; a salvo por un instante gracias a la noción espacial de su esquema corporal. Y luego las paredes se cerraron sobre él. No había luz, sólo una oscuridad rojiza. El mecánico gimió. Luchó contra una horrible necesidad de vomitar y manoteó con desesperación, buscando las teclas.

Cuando todo se tranquilizó, se quedó sentado un rato. Tal vez fueron minutos, pero pareció mucho tiempo. Al fin dejó de sentir ganas de vomitar y logró soltar la llave. Se sentó con la cabeza entre los brazos; entonces se dio cuenta de la humillante posición fetal que había adoptado y de a poco se incorporó. Respiró hondo.

El garage era el mismo de siempre: un lugar muerto y seguro. Entendió que había sido muy privilegiado. De algún modo había logrado entrar por un breve instante en la mente alienígena, había visto el mundo a través de ojos alienígenas. ¿Cómo podía esperar que fuera una experiencia agradable? Ahora que había terminado podía aceptarla, y se sintió agradecido de verdad.

Al fin, jadeó y suspiró y empezó a poner la consola en marcha. Ya no podía tocar el auto con herramientas manuales. Además, temblaba demasiado. Pero a la mañana siguiente le entregaría el auto al extraterrestre, como había prometido, lo más nuevo y reanimado posible. Estaba en deuda con él.

Había intentado tomar algo del extraterrestre a la fuerza. Y lo había conseguido. No era culpa del extraterrestre que él hubiese querido jugar con fuego y se hubiese quemado. Haciendo un enorme esfuerzo ante la sensación de carne viva de las máquinas, preparó las operaciones necesarias.

En poco tiempo todo estuvo listo. Pero era muy tarde. Ahora su mujer le haría preguntas, y él tendría que contarle algo de lo que había sucedido. Se quedó mirando la carcasa plástica y las ingeniosas entrañas, taimadamente baratas, debajo del capó levantado. Decían que las máquinas no podían convivir con la ecoesfera. Algún día la raza humana tendría que abandonar una cosa o la otra: los autos a motor o “el medio ambiente”. Pero ese “algún día” todavía parecía lejano. Mientras tanto, esta era una acertada y pequeña concesión con el desastre.

Se sintió solo y triste. Había visto cómo otro mundo entraba en su vida, había intentado atrapar ese fenómeno y sólo había encontrado algo mucho peor que el vacío. Quería que el extraterrestre le brindara un mundo de ensueño más allá del arcoíris. Había encontrado, en su lugar, un Edén malsano: un tesoro cuyo deleite era tan imposible como regresar al vientre materno.

El mecánico volvió a suspirar y cerró con cuidado el capó.

El auto rojo se acomodó un poco.

-Gracias –dijo.

El extraterrestre llegó a las nueve de la mañana. El auto estaba listo, reluciente en el patio delantero. Dejó su bolso, que no llevaba colgado en la espalda ni en el hombro, sino encajado bajo la axila de ese modo desbalanceado tan característico. Él pensó que tenía aspecto cansado y nervioso. Casi no miró el auto. Tal vez, al igual que los humanos, no quería saber cuánto lo habían estafado.

-¿Cuánto es el daño? –preguntó.

El mecánico se sintió dolido. Le habría gustado repasar todos los arreglos con el extraterrestre: extraer la dulce miel de su aprobación, o quizás solo prolongar un rato más esta transacción menguante. Tuvo que recordarse a sí mismo que el extraterrestre no le debía nada. Para éste, los sentimientos no eran románticos ni extraños en modo alguno. El mundo en el que vivía era común y corriente. La experiencia del mecánico era asunto suyo, había sido un asunto interno desde el principio. El extraterrestre no era responsable de las manías de la psicología humana, ni de incidentes paranormales imaginarios.

-Mire –dijo el mecánico–. Tengo una propuesta para hacerle. Mi hijo mayor acaba de pasar su examen de manejo. Claro que no le permitirán salir solo por un tiempo. Pero pensaba comprarle un autito. Yo, como verá, no tengo auto, nunca sentí la necesidad. Pero a los chicos les gusta la libertad… Me gustaría comprarle su auto.

Bajo la fría luz de la mañana no se atrevió a decirle la verdad. Sabía que el auto no volvería a hablarle nunca más. Pero había sido tocado por el mundo del otro, y sólo quería quedarse con algo: con algún tipo de prueba.

Por el bien del extraterrestre, sin embargo, mantendría la historia del hijo. No había que alimentarles la idea de que los seres humanos los consideraban mágicos.

–A precio de lista –agregó enseguida–. Y un poco más. Porque cualquiera pagaría un poco más por un auto que ha sido manejado por uno de nuestros famosos visitantes. ¿Qué dice?

De modo que el extraterrestre salió del negocio con su tarjeta electrónica bien cargada. Dobló en la esquina, junto al jardín con las hojas de plátano que colgaban sobre la reja, y mostró los dientes puntiagudos en un gesto que parecía una sonrisa. La despedida pudo haber sido tanto para el auto rojo en el patio delantero como para el humano que estaba a su lado, pero, de todos modos, hizo que el hombre se sintiera mejor.

Cabalgaba a través de las tierras bajas, sobre las que el trote del caballo iba dibujando una estela de polvo seco. Un inflamado sol carmesí se sostenía sobre el horizonte como un ojo magullado del que brotaban lágrimas amarillas y azules entre zarcillos de nubes blancas de textura purulenta. A lo lejos, un grupo de hombres estaba ahorcando a un Osama. Detuve mi caballo en la cima de la colina para observarlos. Se encontraban demasiado atareados, embriagados por la sensación de poder y la emoción del momento, para percatarse de mi presencia.

Craso error.

Debían de ser siete. Vestían andrajos verdes, una suerte de uniforme. El Osama se hallaba en medio del grupo, que había formado un círculo en torno a él. Uno de ellos llevaba una cuerda. La pasó sobre una rama. Había un árbol, el único en varios kilómetros a la redonda. Al segundo intento, la cuerda se agarró. El Osama –un ejemplar joven, de barba morena y lustrosa, que agitaba con fuerza sus brazos nervudos– oponía resistencia. Finalmente los hombres lo redujeron. Le pusieron la soga al cuello. Estaban demasiado ocupados como para mirar hacia arriba y, de todos modos, el sol comenzaba a ocultarse. No podía oírlos, me encontraba demasiado lejos. Me preguntaba qué estarían diciendo y en qué idioma. Tenían un aspecto desaliñado y llevaban la barba desgreñada. Casi podía percibir el hedor de sus cuerpos desaseados. Me puse derecho. Colgaron al Osama y tensaron la cuerda.

Lo tenía en mi campo de visión. Respiré hondo y expulsé el aire despacio mientras enfocaba la vista y ejercía cada vez más presión con el dedo sobre el gatillo, hasta que, con una exhalación contenida, lo apreté hasta el tope. El revólver se accionó. El estruendo del disparo resonó en mis oídos. Se alejó rápido, pero no más que la bala.

El proyectil alcanzó la cuerda y la cortó. El Osama cayó al suelo. Lo necesitaba vivo. Los captores reaccionaron de un modo casi cómico. Miraron perplejos a su alrededor, el rostro retorcido por un gesto de desconcierto. Monté de nuevo sobre el caballo y emprendí un galope sostenido hacia ellos con el arma en ristre. No me di prisa. No era necesario.

Me vieron llegar. No portaban armas, pues de lo contrario ya las habrían utilizado. Se quedaron mirándome, siete hombres corpulentos, combativos y agotados que de pronto ya no sentían el menor deseo de seguir peleando. El Osama yacía en el suelo, entre ellos, que apenas si se movían mientras me veían acercarme.

Cuando me situé a su altura, me detuve. Me escrutaban con la mirada. Ninguno de ellos se movió. Uno, el que se encontraba más cerca de mí, me miró con aire pensativo durante un largo instante, tras el que escupió en el suelo, expeliendo de su boca un cordón alargado y espeso que produjo un ruido acuoso al impactar contra la tierra.

–Apartaos –les ordené.

No me hicieron caso. Les mostré mi revólver, argumento que por lo general servía para zanjar cualquier disputa.

–Lo siento, muchachos –dije–. Es mío.

Sus expresiones cambiaron. Resentimiento. Decepción. Me resultaba imposible interpretar sus gestos, pues llevaban demasiado tiempo viviendo como salvajes. No sabía si entendían lo que les decía. No quería matarlos. No me habían contratado para eso.

–Es mío –repetí. Toqué la culata del revólver para enfatizar mis palabras. Aun así, se negaban a hacerse a un lado. El Osama permanecía inmóvil en el suelo, aunque podía ver que todavía respiraba.

El hombre más cercano a mí habló.

–Uno –dijo. Era evidente que le costaba articular las palabras–. Uno… Hombre. –Miró a sus compañeros y los señaló con el dedo como si estuviera construyendo una oración compleja–. Se… Siete –prosiguió. Parecía orgulloso–. Siete hombre –informó.

Asentí y le mostré mi revólver de nuevo.

–Un revólver –dije. Señalé al grupo con la barbilla–. Ningún revólver –les recordé.

Les costaba tanto dar con una solución que casi podía ver el humo saliendo de su sesera. En ese momento parecieron intercambiar un mensaje mudo.

–Uno… Osama –dijo el hombre por fin en representación del grupo. Señaló el horizonte con un gesto impreciso, hacia el este–. Muchos… Osama –sugirió con tono esperanzado.

Me encogí de hombros. Solo me pagarían por este.

–Mío –me limité a decir. Los hombros del portavoz se hundieron–. Tened –añadí. Abrí la alforja. Me miraron sin hacer movimiento alguno. Saqué un bulto. Lo desenvolví despacio y les mostré el contenido. Media barra de pan y un trozo de queso amarillo y duro.

–Comida –dijo el hombre más cercano a mí. Los demás repitieron su observación, uno tras otro, de tal forma que la palabra viajó en círculo por todo el grupo–. Comida… –El sol se ponía cada vez con más premura. El Osama respiraba silenciosamente en el suelo.

Envolví el bulto y se lo lancé. El hombre más cercano a mí lo cogió.

–Comida –dijo.

–Idos –Indiqué.

Asintió. Le respondí con el mismo gesto. Señalé con la cabeza al Osama tendido en el suelo.

–Mío –dije.

–Tuyo –declaró el hombre más cercano a mí. Aguardé. Se encogió de hombros y escupió en el suelo de nuevo. A continuación el grupo se dispersó y se alejó del Osama tendido, caminando despacio hacia el sol poniente. Esperé a que desaparecieran. Desmonté y me acerqué al Osama. No dejaba de apuntarlo con el revólver. Abrió sus ojos brillantes y me miró. No acertaba a identificar lo que se destilaba de ellos. Odio, confusión o resignación. Su mirada era demasiado extraña para interpretarla con certeza.

–Ponte boca abajo –le ordené. No se movió–. ¡Obedece! –Le asesté una patada. Se dio media vuelta. Le cogí las manos, se las puse a la espalda y se las até con la cuerda que había quedado allí olvidada. El Osama aún tenía la soga al cuello. Le sujeté las piernas. Le metí un trapo en la boca. Una vez inmovilizado, lo levanté. Pesaba poco, como todos los demás. Lo eché sobre el caballo, detrás de la alforja. Monté. El animal relinchó. Le di una palmada.

Cabalgamos hacia la noche, el caballo, el Osama y yo.

El pueblo, si aún podía considerarse tal, se llamaba Ninawa. De los edificios solo quedaban los esqueletos, que ya no albergaban ningún rastro de vida. De camino al pueblo me encontré con un Osama colgado de un árbol. Los edificios, quemados y bombardeados, se hallaban medio derruidos, aunque podía verse que se habían realizado algunas obras de reconstrucción, de tal modo que una gran arteria corría ahora entre las minas, donde las casas de madera se elevaban entre los antiguos edificios de hormigón. Había una posada y un cartel pintado a mano donde un hombre estaba siendo devorado por una ballena. Entré en el pueblo. Los habitantes me miraban inquietos desde los porches de madera. Cuando miré hacia las ventanas del burdel, vi que alguien se apresuró a correr las cortinas. Seguí adelante, hasta que llegué a la oficina del sheriff. La puerta tenía por único distintivo una estrella y, junto a esta, una tosca luna creciente. El sheriff salió a recibirme. Era un hombre gordo ataviado con un uniforme militar andrajoso que una vez estuvo limpio. Al verme, escupió. Mascaba tabaco. Tenía los dientes sucios.

–¿Es este? –preguntó.

Asentí. No parecía muy interesado, pero se acercó. Levantó la camisa del Osama, lo cacheó, encontró la marca, hizo un gesto de aprobación con la cabeza y escupió otra vez. Desmonté, descargué al Osama y lo dejé tendido sobre la tierra frente a la puerta del sheriff. El Osama me miraba en silencio. El sheriff regresó al interior de su oficina, volvió a salir con una bolsita de cuero en la mano y me la lanzó. Oí tintinar las monedas. Cogí la bolsita y me la guardé. El sheriff separó los labios en ademán de decir algo pero después cambió de opinión. Asintió. Le devolví el gesto. Subí de nuevo a mi montura, cabalgué hasta la posada y até el caballo allí. Entré y pedí un trago.

Ayer por la mañana recibí la copia para revisión de Osama. La sostuve entre mis manos, desplegué sus páginas, las acerqué a mi rostro y aspiré su aroma. Olían a papel. Comencé a escribir esta historia en Jaffa, pero ahora resido en Surrey, a las afueras de Londres, y hay un zorro sobre el tejado bajo el cobertizo del jardín, donde permanece inmóvil, observando. Aquí el aire es mucho más fresco, tanto que ya casi no recuerdo el calor asfixiante que hacía en Jaffa. Estaba aquí cuando se produjo el atentado de King’s Cross. Ese día E– se habría encontrado de camino al trabajo, pera se hallaba fuera de la ciudad porque debía ir a una entrevista. Mi amigo S—, también escritor, había venido a Londres ese día para asistir a un congreso. Me contó que su avión permaneció volando en círculos sin que les explicasen por qué. Una vez que aterrizaron, el capitán les dijo que había tormenta, por lo que se aconsejó a los pasajeros que utilizasen paraguas.

Eran tres y me estaban esperando. El bar contaba con una alargada barra de madera. En el ambiente sombrío flotaba un olor acre a cerveza derramada, humo y sudor. De la pared colgaba una bandera con demasiadas estrellas. Las paredes de piedra permitían que el interior permaneciera fresco. Había varias mesas bajas de madera pero solo un hombre sentado, de espaldas a la pared, con el rostro velado por una sombra. Me senté junto a la barra y pedí un trago. El hombre que la atendía era tuerto y se tapaba el ojo que le faltaba con la cortina que formaba su melena. Me sirvió una cerveza en una jarra que no parecía demasiado limpia. Le entregué un par de monedas y volvió a ocultarse en la penumbra sin mediar palabra.

Le di un trago a mi cerveza, y después otro. No me aparté cuando un hombre se sentó a mi lado. No lo miré de soslayo. Tomé un trago más. Esperé. Podía sentir sus ojos clavados en mí. Calculé los movimientos que habría de realizar a continuación: estamparle la jarra de cerveza en la cara y partírsela, ponerme de pie, quitarle el taburete de debajo de una patada y desenfundar mi revólver. Di otro trago. El camarero no regresó.

–Nos preguntábamos si tendría un minuto –dijo el hombre que se había sentado junto a mí.

Volví la cabeza hacia él. Llevaba el pelo corto y tenía las sienes plateadas. Vestía de uniforme y su camisa había sido planchada hacía poco. Unas gotas de sudor moteaban su frente. Un profundo silencio imperaba en el local. Oí unos pasos y enseguida apareció otro hombre que se acercó a nosotros. Se abrochó los pantalones según caminaba.

–¿Es él? –preguntó al tiempo que me señalaba con la cabeza.

–Solo queremos hablar –dijo el hombre que se había sentado junto a mí, con tono paciente, ignorando al otro.

Observé que tenía un acento delicado. El dibujo de su placa se componía de una corona y dos espadas cruzadas–. Hablar tranquilamente, señor Longshott.

–¿Este es el tipo? –El hombre que estaba de pie se restregó las manos en los pantalones. Me miró de arriba abajo. Tenía las unas sucias–. ¿Eres un buscaosamas? ¿Tu cazas Osis, vaquero? Joder… –dijo alargando la última sílaba–. Putos vaqueros –gruñó.

–Solo queremos hablar –insistió con voz suave el del acento delicado–. Tenemos un trabajo para el que usted podría ser el hombre indicado.

Tomé un trago de cerveza. No sabía demasiado Bien. Me levanté y aparté el taburete. El hombre que permanecía de pie se sobresaltó, un poco. El que continuaba sentado no se movió un ápice.

Los miré a los dos. Enseguida me di media vuelta y miré al tercer hombre, el que permanecía en la penumbra, de espaldas a la pared, sentado sin compañía en la única mesa ocupada. Asentí, una vez. Respondió con el mismo gesto. Me encaminé hacia él, sin darme prisa, y los otros dos me siguieron como dos sombras.

Me detuve ante la mesa. El hombre que estaba sentado deslizó una silla hacia mí empujándola con el pie. Las patas produjeron un rechino estridente al rozarse contra el suelo de piedra. Cuando se inclinó hacia mí su rostro emergió de las sombras y quedó por fin a la vista. Tenía la cara rectangular, el cabello gris y poblado y los labios tallados en una sonrisa fija e inerte. Conocía su rostro casi tan bien como el de Osama o el mío propio. Antes su rostro podía verse por todas partes. Ahora no tanto. Tenía los dientes blancos.

–Señor Longshott –dijo.

Asentí una vez más.

–General.

–Por favor, póngase cómodo.

Tomé asiento. Posé mi jarra de cerveza sobre la mesa. Los otros dos hombres permanecieron de pie.

–Lo escucho –dije.

–Uno de nuestros Osamas ha desaparecido– anunció el viejo general.

En las películas más conocidas sobre la guerra de Vietnam (Apocalypse Now, Platoon o Full Metal Jacket) los vietnamitas no hablan en ningún momento. Esta no es su historia. Es la historia de una guerra y los soldados que toman parte en ella y combaten contra un enemigo sin nombre, voz ni rostro, un enemigo incógnito. En esos filmes los vietnamitas equivalen a los bichos alienígenas de Starshtip Troopers. Son seres carentes de humanidad, asiaticuchos espurreados por el infierno de la selva.

Escribí Osama en Laos, en Vientián, separado de Tailandia por el Mekong. «¿Por qué Vientián?», se pregunta Joe al final de la novela. Porque está en medio de ninguna parte, y en cualquier parte, podría responderle. Es el escenario de otra guerra. Laos era un lugar seguro donde rememorar otros incidentes, como los de Nairobi, Londres o Ra’s al Shaitan. Donde contemplar la guerra desde el otro lado. Las tropas estadounidenses arrojaron más de dos millones de bombas sobre Laos durante la guerra de Vietnam. Los niños salían a buscar chatarra y volvían sin una pierna o un brazo.

En Vietnam esta guerra es conocida como la Guerra Americana.

Un día compartí un trago junto al Mekong con un voluntario de la ONU especializado en la fabricación de prótesis. Anteriormente había estado destinado en Afganistán.

–Sigo escuchándolo –dije. El general se inclinó hacia mí sobre la mesa, el rostro semioculto bajo las sombras. En ese momento el hombre del acento delicado decidió acercarse. Sostenía una carpeta entre las manos. Estaba hecha de cartón basto y amarronado. Vi mi nombre en la cubierta, escrito a mano con tinta negra y letras marcadas: «Mike Longshott».

–Longshott, Mike –dijo con su voz suave, casi disculpándose. El otro, el de las uñas sucias y los malos modos, resopló.

–Putos vaqueros –gruño sin dirigirse a nadie en particular.

–Condecorado en la segunda guerra y de nuevo en la tercera. Recibió la baja en… –Leyó una fecha irrelevante–. Ocupación actual, varias, pero principalmente cazarrecompensas. Osamas capturados: cincuenta y siete.

El hombre de las uñas sucias emitió un silbido sarcástico.

–Osamas muertos –prosiguió el hombre del acento delicado, ignorándolo–: desconocido. –Tosió, supuse que a modo de disculpa–. Aunque se da por hecho que muchos. Señor Longshott, tiene un historial impresionante.

Tomé un trago de mi cerveza. Aguardé a que prosiguiera. Nadie parecía dispuesto a añadir nada más. Di otro sorbo. Un pesado silencio se había instalado en el bar. No se veía al camarero por ninguna parte. Suspiré y volví a posar la cerveza sobre la mesa.

–Yo no formaba parte del equipo original –declaré–. No estuve en Abbottabad. No participé en la Lanza de Neptuno.

Tuve la sensación de estar facilitándoles demasiada información. Era el único que hablaba. Observé que intercambiaban miradas. Me pregunté qué más pondría en mi ficha. Abbottabad quedaba muy lejos, más allá de las montañas, como si formase parte de una época pretérita. El complejo, los helicópteros acercándose, los soldados saltando en paracaídas, las ametralladoras abriendo fuego… Subimos corriendo por las escaleras, y allí estaba, en la última planta, mirando hacia abajo. Regresó a su dormitorio, lo que fue considerado como acción hostil. Cuando derribamos la puerta lo vimos oculto detrás de dos mujeres tapadas con un velo que intentaban escudarlo. Las apartamos a empujones y acto seguido abrimos contra él varios tiros mortales en la cabeza y el pecho.

–Señor Longshott. –Ahora era el general quien hablaba–. Necesitamos que alguien viaje río arriba y nos capture a un hijo de puta.

–¿En qué podría ayudarlo yo? –pregunté–. Ya tiene… –Hice un gesto con la mano y dejé la frase inacabada. «Los restos de un ejército», pensé sin llegar a decirlo.

–Creemos que no se trata de un Osama cualquiera –reveló.

Recordé lo ocurrido en el complejo de Abbottabad, como se hundían las balas en su carne blanda, y la explosión, que se elevó como una nube de insectos… Sentí una opresión en el pecho. El viejo general asintió.

–Ponedle la cinta –dijo.

El hombre del acento delicado colocó un aparato sobre la mesa. Al pulsar un botón, una voz brotó de aquel, incorpórea. Un escalofrió me arañó la espalda cuando oí su voz. Ya había olvidado su timbre, o eso esperaba.

«Luchamos porque somos hombres libres que no se resignan a vivir oprimidos.»

Aunque la calidad de la grabación era irregular, la voz no temblaba en ningún momento. «Nadie salvo un ladrón necio juega con la seguridad de los demás y después piensa que estará a salvo…»

Cuando el hombre del acento delicado apretó otro botón se oyó un ruido acelerado; después pulsó un nuevo interruptor y volvió a sonar la voz de Osama, que ya había cambiado el tema de su discurso y estaba repasando un suceso espantoso: «Sangre y miembros amputados, mujeres y niños tirados por todas partes. Casas destruidas junto con sus ocupantes y edificios derribados sobre las personas que habitaban en ellos, bajo una lluvia de misiles…». El hombre del acento delicado pulsó otro botón y volvió a hacerse el silencio.

–Subirá por el Éufrates –dijo el viejo general–. Encontrará al Osama y lo eliminará. Fulminantemente.

«Sangre y miembros amputados, mujeres y niños tirados por todas partes. Casas destruidas junto con sus ocupantes y edificios derribados sobre las personas que habitaban en ellos, bajo una lluvia de misiles.» No hablaba de Al-Qaeda, hablaba de una invasión del Líbano que llevaron a cabo los israelíes con la ayuda de Estados Unidos, de la que él fue testigo. Mi padre luchó en aquella guerra, en aquella invasión.

Aquí se respira un ambiente muy apacible, en la habitación que da al jardín, con el sol brillando y la radio sonando de fondo. Aquí, en una Inglaterra cuyo pueblo dividió despreocupadamente Oriente Medio y entró en guerra en Afganistán e Irak y que realmente no tenía la menor idea de por qué lo atacaban. Las mujeres tapadas con burka llevan a sus hijos a la escuela mientras sus vecinos blancos se quejan en voz baja de la presencia de los inmigrantes y de «los musulmanes esos», se preguntan «cómo pueden tratar así a sus mujeres» y dicen que «deberían volver al lugar del que vinieron», a los lugares que bombardeamos. Los lugares que seguimos bombardeando.

Osama sale dentro de dos meses. Deseo poder ponerle fin de una vez a esta ocupación de mi vida. Esta invasión de mi mente. Me acuerdo de Nairobi, del hotel Hilltop de Ngiriama Road, de la estrecha cama en la que dormimos, de los terroristas que se habían alojado una planta más abajo. Recuerdo el esqueleto de la embajada estadounidense y el cordón de soldados que la rodeaba, ya en vano. No podía dejar de escribir Osama. No con los fantasmas y sus susurros en mi cabeza.

Después de un día cabalgando desde Ninawa, me encontraba solo, solo bajo las estrellas. El río apareció en el horizonte. No era el mismo de siempre. El río traía la vida. Parecía el Éufrates pero no era el Éufrates, no exactamente, no desde que el mundo cambió, desde que lo cogieron como si de un juguete se tratara y lo sacudieron, una y otra vez, salvajemente, hasta que cayó de costado y se partió en mil pedazos, de tal modo que cuando se recompuso ya no era el mismo. A lo lejos se elevaban inmensas montañas y tras la cordillera ya no había nada, no desde lo del complejo, desde lo de las esporas. «Viajarás a las tierras salvajes», me dijo el hombre de las uñas sucias. Estábamos fuera. La reunión con el viejo general había terminado. «Las tierras donde viven los Osamas silvestres.» Se rió con frialdad, carraspeó ruidosamente y escupió una flema en el suelo. «Tráenos la cabeza del príncipe Osama», dijo. Me miró y meneó la cabeza. «Putos vaqueros», masculló con tono compasivo.

Lo dejé allí. Podía sentir sus ojos clavándose en mi espalda a medida que me alejaba del pueblo. Al salir los vi arrastrando al Osama al que libré de la horca.

Encendí una hoguera junto a la orilla del río y contemplé las estrellas. Las aguas del Éufrates, de un turbio color marrón, fluían impetuosamente. «Las tierras salvajes», había dicho el hombre de las uñas sucias. Sin embargo, ahora todo eran tierras salvajes. Me quedé dormido y en mis sueños volví a subir por aquellas escaleras, derribar la puerta cerrada del dormitorio, apartar a empujones a las mujeres tapadas con un velo y apretar el gatillo una, dos y tres veces, para que las balas se hundieran en su carne blanda, en su pecho y su cabeza, tras lo que se produjo la explosión. Seguían librando la guerra en el mundo, el mundo era la guerra, y el antiguo Éufrates entraba y salía del espacio y del tiempo, atravesaba Uruk y Avagana, estaba en todas partes y en ninguna parte, y él se hallaba al final de su curso, me lo dijeron, pero no podía ser cierto. El Osama Primigenio.

Me desperté de madrugada. Ensillé el caballo y reanudé la marcha. El sol pendía a ras del horizonte y poco a poco iba ascendiendo, como un escarabajo, ascendiendo.

El paisaje no dejaba de cambiar a medida que avanzaba. Colinas bajas, algún que otro asentamiento. Cada vez que me acercaba a una aldea, la rodeaba. En el mundo había hombres y cosas que un día fueron hombres, y también había Osamas. De vez en cuando observaba rastros recientes. Osamas silvestres. No dejaba de darle vueltas a la voz de la cinta. «Usted era soldado», me dijo el hombre del acento delicado antes de irme. «Pero este no es trabajo para un soldado.»

Seguí el río. Las gaviotas graznaban en el cielo. De cuando en cuando percibía un olor a humo, a comida en preparación. En dos ocasiones encontré cadáveres humanos. Los habían despedazado. Aguardé, pero aun así el ataque me cogió por sorpresa.

Salieron del agua. Su piel era de un color verde grisáceo, similar al de un traje de submarinista. Sus manos terminaban en forma de aletas, garras o dedos humanos, dependía. Al saltar fuera del río el agua se escurría por sus cuerpos. En su día fueron humanos, y tal vez aún creyeran serlo. Cuando disparé a las tripas del primero, este cayó fofamente al suelo. Hombres foca. Los otros no tardaron en alcanzarme. Se despojaban de los restos de su humanidad como si de pellejos muertos se tratase. Me golpeaban con fuerza, como focas. Me mordían la piel y me arrancaban trozos de carne de los brazos y los muslos. Cuando disparé contra uno, la bala le atravesó el cráneo, y después le asesté una patada a otro, en vano: pesaban demasiado y se deslizaban por el suelo, allí, en la oscuridad de la noche, bajo la luna creciente.

Cuando el mundo cambió y se comprimió y ya solo quedaba la guerra, también la luna cambió. Su silueta ya no variaba. Era una luna de guerra, una luna fija, una luna creciente. Intenté luchar pero eran demasiados y notaba como poco a poco las fuerzas me abandonaban. La ironía de morir de esta manera me provocó una carcajada gutural que logró escapar de mis maltrechos pulmones. Entre todos me hicieron caer bajo su peso. Ya solo podía mover el cuchillo y cortar sus pliegues de grasa con la esperanza de alcanzar sus órganos vitales, de llevarme conmigo a todos cuantos pudiera antes de perecer.

Entonces se oyó un ruido aterrador, estridente. El aire pareció escindirse en dos y por un instante me pareció que se trataba del sonido de mi muerte, el gemido del corazón al detenerse. Lo siguió un ladrido desgarrador que hizo retirarse a los hombres foca. Me giré hasta ponerme boca arriba y me limpié la sangre que me empañaba la vista. La opresión del pecho había desaparecido y me sentía más ligero. Pestañeé para adaptarme a la luz de la luna. Sobre mí vi a un Osama silvestre.

Era un Osama anciano. Un Osama que había pasado por todos los estadios de la vida de un Osama. Tenía la barba blanca y su turbante era de un color gris sucio. Las arrugas retorcían su piel y sus labios carecían de color aunque sus ojos seguían siendo los de un Osama, aún conservaban aquella mirada limpia y penetrante. Los hombres foca se alejaron de él. Gruñeron, pero si alguna vez hablaron un idioma, lo habían olvidado. El Osama anciano se acercó a ellos, los pies descalzos. Volví la cabeza y observé.

Tras él, dispuestos en torno a mí en semicírculo, a modo de media luna.

Una manada de Osamas silvestres.

Había bebés de Osama, medio desnudos, sin un solo pelo en las mejillas, mofletudos y sonrientes; Osamas jóvenes, con aire de estudiantes aplicados; Osamas militantes, los que ya habían conocido el desierto, con aspecto de hambrientos; y Osamas de las cuevas, con su característico aspecto de sentirse perseguidos. No era de extrañar que los hombres foca se mantuvieran a distancia. Se sumergieron en el agua, blasfemando sin emplear palabras a falta de un idioma. Pensé que a todos nos faltaba un idioma, a los que quedábamos. Me sentí un tanto inquieto. Los Osamas se acercaron a mí, con cautela. Vi como olisqueaban el aire. Toda precaución era poca para un Osama silvestre. El mundo estaba plagado de tramperos, aldeanos, restos del ejército y cazarrecompensas, como yo. El mundo era hostil para un Osama.

No sabía que pensaban hacer. Ya los había visto desmembrar a un hombre. Me miraban mudamente. Después, el anciano, el guía, profirió un nuevo alarido. Aquel sonido contenía cierto sentido de pérdida y orgullo, pero también algo más, que no llegué a entender entonces. Algo que sonaba a victoria. A continuación se dieron media vuelta, todos los que había en el campamento, y se marcharon, sin más.

Me quede allí tirado, junto al Éufrates, contemplando la marcha de los Osamas. Pasados unos instantes me incorporé y me senté. Me dolía el costillar. Repté hasta la orilla y bebí, pese a la turbidez del agua.

El nombre de «Mike Longshott» lo saqué de las noveluchas hebreas de los sesenta y los setenta, todas las cuales parecían salidas del mismo molde. Se trataba de un ser complejo, un hombre que en realidad no existía. Longshott escribía pornografía blanda, historias sobre campos de concentración nazis donde unas diosas arias, una especie de ninfómanas sádicas del Tercer Reich, maltrataban físicamente a los prisioneros y abusaban de ellos sexualmente.

Era un pseudónimo detrás del cual se ocultaban los escritores noveles que solían estar pelados, para conseguir algo de dinero. Longshott consistía en un colectivo que escarbaba en los tabúes sexuales y sociales de la época. Escribía bazofia y se le pagaba una miseria, y sus libros, vendidos bajo cuerda, pasaban de mano en mano y de cuarto de baño en cuarto de baño, con sus portadas llenas de carne desnuda, fustas, puestos de guardia, prisioneros de guerra esclavizados y toda una plétora de pechos de dimensiones imposibles. Nunca vivió ni respiró, y en general su prosa tan solo merecía caer en el limbo del olvido. Era un plumífero, un narrador de basura, un escritor de novelas sin valor alguno. Se llamaba Mike Longshott e iba a convertirse en mi héroe.

Me hallaba a bordo de un barco y me habían vendado las heridas. Viajaba en un dhow cuya vela nos impulsaba, aunque no sabía si río arriba o abajo. Con todo, podía oler las tierras salvajes, las tierras de los Osamas, y sabía que me estaba acercando. Abrí los ojos. Vi a un hombre mirándome. Pestañeé y entonces supe por qué me sentía tan bien, con los vendajes, como si algún medico profesional de los que teníamos antes hubiera estado cuidándome.

Escruté al hombre y este me sostuvo la mirada sin hacer ningún gesto. Tenía una cicatriz por boca o, mejor dicho, un mapa de cicatrices en lugar de un rostro. Me senté a pesar del dolor. Supuse que me habrían administrado alguna suerte de analgésico. No de los que se suministraban en capsulas, puesto que ya no había de esos (hacía mucho que el dolor podía aflorar libremente). Algún tipo de planta, más bien, que me espesaba las ideas, me mareaba y me mantenía extrañamente feliz. El hombre estaba casi desnudo y hasta el último centímetro cuadrado de su cuerpo se hallaba atravesado por una cicatriz. Algunas, las más antiguas, habían acumulado una gruesa costra. Otras, las más recientes, aún rezumaban sangre.

Intenté hablar. Noté la boca reseca, como si hubiera acabado de tragar un puñado de cuchillas.

–¿Adónde me llevas?

El hombre me miró. Le faltaba un ojo. Sacó un cuchillo y, tranquilamente, se practicó un corte sobre el pezón izquierdo, un tajo largo y lento, con la afilada punta de la hoja, lo que extrajo un alargado hilo de sangre de su piel maltrecha. Tomó aire, como si rezara.

–Ahhh…

–A donde desees ir –contestó otro tripulante. Volví la cabeza. Una versión anciana del mismo hombre iba sentada en la proa, contemplando el agua. Su cuerpo, prácticamente desnudo, también estaba repujado de cicatrices. Todos estábamos repujados de cicatrices, según pude observar, aunque algunos lo habíamos llevado al extremo.

Me tendí otra vez en mi estera, en medio de la cubierta, bajo las estrellas.

Cicatricieros, pensé.

Me habían recogido unos cicatricieros.

El señor Cicatriz gobernaba la nave. Tendría unos diecinueve años. El señor Cicatriz atendía el velamen. Era el mayor, hablaba con parsimonia y con los andrajos de lo que un día fue un uniforme cubría su piel devastada.

El señor Cicatriz era el patrón, él capitaneaba el barco.

El señor Cicatriz era el artillero, era el que nunca hablaba.

En el dhow tuve tiempo de recuperarme. Nunca se desembarcaba. Los cicatricieros llevaban consigo todo cuanto necesitaban. Tenían cuchillos, vendas y flores de loto, y también la espesa pasta que obtenían a partir de estas. El río era denso como el aceite. Corría sereno como la sangre. La cubierta del barco estaba salpicada de manchas antiguas. Cuando me incliné sobre la borda contemplé el paisaje, que no dejaba de cambiar a nuestro paso. El sol nunca terminaba de ponerse. Era de un color carmesí y supuraba pus como una llaga. Las montañas semejaban un esbozo tosco sobre el horizonte. A veces me llegaba un olor a humo. A veces, procedente de muy lejos, oía su llamada, la última canción de los Osamas.

Aun así, a cada kilómetro que recorríamos, la distancia se acortaba. Podía sentirlos cada vez más cerca. También percibía la proximidad de él. Sobre todo la de él.

Bin laden, Osama.

Nació, según el antiguo calendario, el 10 de marzo de 1957, fruto del décimo matrimonio de su padre. Su madre pidió el divorcio más adelante. Osama vivió con ella, su nuevo marido y los cuatro hijos de ambos. Heredó casi treinta millones de dólares procedentes de la fortuna de la familia. En la universidad estudió Ciencias Económicas y Administración de Empresas. Escribía poesía y era hincha del Arsenal Football Club. Se casó en 1974, 1983, 1985, 1987 y 2000. Tuvo entre veinte y veintiséis hijos. Combatió contra los soviéticos en Afganistán y organizó una campaña contra la Casa de Saud. Estableció una base en Sudán. Fue expulsado tras el asesinato frustrado del presidente egipcio. En 1996 le declaró la guerra a Estados Unidos. Regresó a Afganistán. Desde el 11 de septiembre de 2001 vivió escondido, hasta que fue descubierto y ejecutado en el complejo de Abbottabad, ubicado al este de Pakistán, diez años más tarde, en 2011.

Leí su expediente. Antiguas fechas, nombres de lugares que el pasado reclamó para sí. Dolían, escocían como una cicatriz en la lengua.

Nunca lo capturamos. Abbottabad era el origen, el lugar donde todo comenzó. Los días se sucedían pausadamente. El señor Cicatriz gobernaba la nave en silencio. Los cicatricieros no eran malas personas, simplemente no tenían otro sitio adonde ir. Ninguno de nosotros lo tenía. El río fluía y yo recordaba, recordaba Abbottabad.

Recordé cuando subí por aquellas escaleras, las ordenes eran muy claras, el objetivo tendría que hacer magia para salir vivo de allí, porque estaba al final de las escaleras, derribé la puerta y se retiró al dormitorio, donde las mujeres intentaron escudarlo, entre gritos, las empujé para quitarlas de en medio y le metí varios tiros, en el pecho y la cabeza.

Se oyó un ruido blando, un reventón…

El tiempo pareció ralentizarse. No se produjo una explosión de sangre, huesos y sesos, sino que se produjo algo más parecido al estallido de una almohada, desgarrada de sopetón. Todo quedó en silencio. Algo que no eran plumas brotó de él. Se desintegró mientras yo lo observaba, impotente. Las mujeres volvieron la cabeza.

Eran preciosas… Flotaban por la habitación, aquellas cosas como plumas que no eran plumas. Blandas, casi ingrávidas. En enjambre. Salieron volando por las ventanas que alguien había abierto y yo las seguí con la mirada. Una me hizo estornudar cuando me rozó la nariz…

El tiempo se aceleró pero todo permanecía en silencio, un silencio que alguien rompió con un «¡Qué cojones!» que hizo que me volviera, no sé por qué, no sé por qué todavía hoy no sé por qué yo era el único que no se vio afectado, yo no…

Me volví y vi a M—, era un oficial, vi la primera de las… No eran plumas, no eran, eran…

Esporas, y vi la primera de las esporas flotando en el aire… ¡Qué hermosura! Y después se posó, con delicadeza, muy suavemente, como un beso susurrado, en la frente de M— …

Pareció disolverse…

Se introdujo bajo la piel de M—.

Se introdujo en él.

Por un momento no sucedió nada. Abrió la boca, para decir algo, quizá para repetir «¡Qué cojones!», pero sus labios habían empezado a cambiar y tan solo un leve suspiro alcanzó a brotar de su boca, al tiempo que un sarpullido salpicaba su rostro, su piel, lo que más tarde comprendí que era una barba morena y espesa.

Me desperté gritando en plena noche. Alguien me sujetó. Una luna en forma de hoz velaba el barco. Nunca se desembarcaba, pero yo debería hacerlo, mi sitio no estaba allí, no estaba en ninguna parte. «Cógelo», me susurró alguien al oído, «Cógelo». Miré fijamente el cuchillo. Lo tomé de sus manos. Lo deslicé con suavidad, con la levedad de un escalofrío, por mi brazo, del que empezó a manar la sangre.

«Así…», dijo alguien a mi lado. Era el señor Cicatriz, el mayor de ellos. «Así…»

Una inmensa sensación de paz me embargó. Me vendaron, me dieron zumo de amapola y me quedé dormido, y al despertar tenía una nueva y tierna cicatriz.

Hay recuerdos que se impregnan en el cerebro, como si un niño con las manos embadurnadas de pintura de dedos hubiera ido dejando huellas pegajosas y rastros de gouache incrustados por toda la cavidad craneal, en recovecos imposibles de limpiar. Esto es Nairobi para mí: la embajada estadounidense reducida a un edificio carbonizado y rodeado de soldados. Recuerdo el hotel Hilltop, donde coincidimos con aquellos agentes de Al-Qaeda que actuaban de incógnito; la penumbra de las habitaciones; el sosiego. Fuera, el polvo flotaba en el aire inmóvil; los limpiabotas aguardaban a la sombra la llegada de algún cliente; en un puesto vendían papeletas «rasque y gane» y compré varias; caminamos a oscuras hasta un restaurante indio donde éramos los únicos clientes; un profundo silencio se había adueñado de la ciudad; los espíritus de los muertos se deslizaban sobre las aguas.

El Sinaí en 2004; E– en la playa; el sol se había puesto y todo estaba a oscuras, en silencio; una hoguera ardía cerca de nosotros; en la cocina un joven beduino asaba un pollo; alguien fumaba un porro cuyo olor se dispersaba por el aire; el batir del Mar Rojo contra la arena…

¡BUUUM!

Al igual que con las explosiones de los cómics, podía verse cómo los signos de exclamación brotaban de la bola de fuego a modo de dardos…

¡CRABUUUM! ¡BOMMM!

El coche bomba estalló al otro lado de la playa, en Ra’s al Shaitan; lo habían dejado en un campamento idéntico a aquel en el que se alojaba E—, con bungalows de juncos en la arena, mochileros colocados, mosquiteras, mosquitos…

Los gritos inflamaron el aire de la noche; E– no sabía qué hacer, se quedó mirando las llamas; estábamos separados: yo no podía llamar por teléfono; las noticias llegaban atropelladamente; nadie sabía quién seguía con vida ni quién había muerto; alguien llamó: había hablado con alguien que había hablado con alguien que estaba allí; «E– se encuentra bien, por favor llama a C—», a quien no conocía, «y dile que su amiga también ha sobrevivido»…

Los espíritus de los muertos se coagularon, inquietos, se acumulaban, cada vez más; y E– debía pasar por King’s Cross de camino al trabajo cuando los terroristas detonaron las bombas, pero aquel día estaba fuera, no podía regresar a la ciudad; hablamos por teléfono y vimos las noticias en la televisión…

Y a L—, amiga de E—, que había trabajado con esta en Laos, una compañera cooperante, se negaron a renovarle el visado, de modo que regresó a Afganistán (le había encantado su estancia allí), donde la secuestraron, tras lo que se intentó rescatarla; las tropas estadounidenses asaltaron el campamento donde la retenían, y la mataron con una de sus propias granadas…

¡CRABUUUM! ¡BAMMM!

Una guerra de cómic con un presidente de cómic que leía un cuento que trataba sobre una cabra, con un villano de cómic que mascullaba amenazas mirando a cámara, como dos invocadores de los fantasmas del otro, dos molestadores del dios del otro, donde nosotros no éramos más que carnaza para su odio.

–Nosotros no pasaremos de aquí –me dijo el señor Cicatriz. Más adelante el río describía una curva, y sobre un promontorio vi una aldea de la que se elevaba una columna de humo. La luna enferma, la luna en forma de hoz, pendía sobre nosotros como una cicatriz labrada en el cielo.

–¿Por qué? –pregunté.

Encogió los hombros.

–Nos da escalofríos lo que hay allí fuera –respondió apuntando con el dedo–. Aquel es el promontorio de los Osamas.

–¡Los Osamas no navegan! –le recordé, pero el señor Cicatriz se limitó a menear la cabeza, tal vez al rememorar la época en la que teníamos cines y películas, una vía de escape.

Pero una tras otra las puertas se habían cerrado, y los que quedábamos estábamos atrapados aquí, en esta nueva Osamalandia.

–Esta guerra… –comencé a decir, pero el señor Cicatriz me hizo guardar silencio al dirigirme una sonrisa amable, una sonrisa que semejaba una cicatriz, y ponerme una mano en el hombro.

–La guerra ya ha terminado –me dijo–. Terminó hace mucho tiempo.

Observé como el dhow emprendía el camino de vuelta. Me había quedado solo en la orilla. Ya no contaba con mi caballo. Los hombres foca lo mataron y derramaron su sangre roja, que se diluyó en el río marrón. Caminé. Seguí el río mientras recordaba.

Aquella noche el aire se llevó las esporas. Flotaron sobre las casas y las azoteas y el viento las esparció a lo lejos.

Vi a los hombres –vi a mis amigos–, los vi transformarse. Vi como la barba brotaba de sus mejillas desnudas, vi como las arrugas retorcían la piel tersa de sus brazos y vi como sus ojos cambiaban, vi como su mirada se tornaba fija y penetrante, vi como sus labios se afinaban mientras hablaban en un idioma desconocido:

–La seguridad es un pilar indispensable para la vida humana…

–Los hombres libres no renuncian a su seguridad…

–Así como vosotros devastáis nuestro país, nosotros devastaremos el vuestro…

–¿Acaso los cocodrilos comprenden una conversación si esta no trata de armas?

Y así. Los vi coger sus armas. Los vi mirarme. Derribaron los helicópteros y los hombres, moribundos, se transformaban cuando las esporas se posaban sobre ellos.

Corrí. Por alguna razón, no me afectó. No fui osamizado. Corrí y ellos me siguieron, los primeros de la manada silvestre, la prole de Osama, me alcanzaron y cada vez que mataba uno, este explotaba y liberaba una blanda nube de esporas que se elevaba y se elevaba antes de caer, suavemente, para introducirse por las ventanas abiertas y acomodarse en la cara de las mujeres y los hombres que dormían, quienes quedaban transformados.

Me persiguieron durante la noche interminable, mientras el mundo se contraía y cambiaba. Aquel día perdimos la guerra, aquel día estábamos perdidos, y los perdí en las montañas y me oculté en las cuevas oscuras y profundas.

Caminé durante toda la noche. Nada me preocupaba. En la actualidad el mundo era un lugar más apacible. Los restos del ejército y los civiles que quedaban se mantenían concentrados en las ruinas de las ciudades –sitios como Ninawa, Caubul o Nuyok–, donde cazaban y mantenían a raya a los Osamas silvestres. Pero aquí, en las tierras salvajes, vivían pocos hombres y muy lejos los unos de los otros. El río me seguía según caminaba, hasta que llegué al lugar.

Lo llamaban, sencillamente, la base. Al-Qaeda: la base. Se componía de varios edificios de una planta rodeados por una valla entre los cuales crecía algún que otro árbol. El río pasaba junto al recinto, que se hallaba a la sombra de las montañas. Los Osamas, todos ellos distintos en forma y tamaño, me escrutaban mudamente. Vi un cadáver humano que colgaba de una cuerda; sobre su pecho pendía un letrero donde un rótulo blanco de grafía infantil indicaba lo siento.

Mis pies descalzos se hundían en el barro. Me había crecido la barba durante la travesía en barco. Los silenciosos Osamas me observaban. Un cuervo graznó en lo alto.

Atravesé el valle de la sombra de la muerte y no sentí miedo. Las estrellas titilaban en el cielo. Llegué al pie de una colina, subí a la cima y allí lo encontré. Estaba sentado en una silla plegable, mirándome. Era muy viejo. A su lado había un bufón, un hombre no osamizado, vestido con los andrajos de un uniforme militar, carente de insignias. Me dirigió una sonrisa demencial y comenzó a parlotear.

–Los campos de amapolas son preciosos, rojos como la sangre de los mártires. –Su voz sonaba aguda y estridente–. Dios vive entre las nubes, como el humo, y tiene una luenga barba gris.

El hombre que ocupaba la silla plegable lo acuchilló con su mirada penetrante, haciéndolo salir corriendo colina abajo.

Después el anciano volvió la cabeza hacia mí. Tenía los ojos un tanto pitañosos, aunque de alguna manera conservaban su agudeza. Incluso me pareció que sonreía.

–Has venido a matarme –señaló.

–He venido a… –Noté que mi voz sonaba distinta. La edad había teñido de blanco la larga barba del hombre que ocupaba la silla plegable.

–Ya lo habías intentado antes. Lo has intentado muchas veces –declaró con un tono comprensivo–. Sin embargo, ¿no lo entiendes aún? Matar al hombre no basta. Un hombre es algo más que carne, cartílagos, huesos y sangre. Mata al hombre y lo único que conseguirás es preservar su imagen. Convertirlo en icono. Mata al hombre y un millar de esporas de fe y convicción, un millar de esporas de ideas, se esparcirán por el mundo, Mira –dijo. Me tendió la mano. Se la cogí. Nuestras manos formaban una sola. Me llevé la otra mano a la barba y él hizo lo mismo–. Tú y yo no somos tan distintos.

Yo subía corriendo por las escaleras y él estaba en la última planta. Se había refugiado en su dormitorio. Derribé la puerta y vi a las mujeres llorando e intentando escudarlo con su cuerpo. Las aparté a empujones. Llevaba la pistola en la mano y la utilicé, le disparé a quemarropa varias veces, primero al pecho y por último a la cabeza, para confirmar la muerte del objetivo, para eliminarlo sin posibilidad alguna de supervivencia.

Abrí fuego, envuelto por un silencio absoluto, y una nube de esporas echó a flotar, como un enjambre de ideas inmortales. El mundo quedó en calma, oyéndose tan solo un siseo que recordaba al de una fuga de aire.

Osama y Osama y Osama, amen.


*Este cuento fue publicado en: Terra Nova, Antología de ciencia ficción contemporánea Vol. II, Fantascy, 2012.

A mi abuela no le gustaba la lluvia y antes de que cayeran las primeras gotas, cuando el cielo se oscurecía, salía al patio del fondo con botellas y las enterraba hasta la mitad, todo el pico bajo tierra. Yo la seguía y le preguntaba abuela por qué no te gusta la lluvia por qué no te gusta. Pero ella, nada, evasiva, con la palita en la mano, frunciendo la nariz para oler la humedad en el aire. Si finalmente llovía, fuera garúa o tormenta, cerraba puertas y ventanas y subía el volumen del televisor hastataparel ruidode lasgotasy el viento —el techo de su casa era de chapa—; y si el aguacero coincidía con su serie favorita, Combate, no había quién pudiera sacarle una palabra porque estaba perdidamente enamorada de Vic Morrow.

Yo adoraba la lluvia porque ablandaba la tierra seca y permitía que se desatara mi manía ex-cavatoria. ¡Qué de pozos! Usaba la misma pala que la abuela, una muy chica, del tamaño que usaría un niño para jugar en la playa, pero de metal y madera, no de plástico. La tierra del fondo albergaba pedacitos de botellas de vidrio color verde, con los bordes tan lisos que ya no cortaban; piedras suaves que parecían cantos rodados o pequeñas rocas de playa, ¿por qué estarían en el fondo de mi casa? Alguien debía haberlas sepultado. Una vez encontré una piedra ovalada, del tamaño y color de una cucaracha pero sin patas ni antenas. De un lado era lisa, del otro unas muescas formaban los claros rasgos de una cara sonriente. Se la mostré a mi papá, enloquecida porque creía encontrarme ante una reliquia, y me dijo que las marcas formaban un rostro de casualidad. Mi papá nunca se entusiasmaba. También encontré dados negros, con los puntos blancos ya casi invisibles. Encontré restos de vidrios esmerilados verde manzana y turquesa. Mi abuela se acordó de que habían sido parte de una puerta vieja. También jugaba con lombrices y las cortaba en pedacitos bien chiquitos. No me divertía ver el cuerpo dividido retorciéndose un poco para al final seguir adelante. Me parecía que si picaba bien a la lombriz, como a una cebolla, sin dejar contacto alguno entre los anillos, no iba a poder reconstruirse. Nunca me gustaron los bichos.

Encontré los huesos después de una tormenta que convirtió al cuadrado de tierra del fondo en un charco de barro. Los guardé en el balde que usaba para llevar los tesoros hasta la pileta del patio, donde los lavaba. Se los mostré a papá. Dijo que eran huesos de pollo, o a lo mejor de bifes de lomo, o de alguna mascota muerta que debían haber enterrado hacía mu-cho. Perros o gatos. Insistía con lo de los pollos porque antes, en el fondo, cuando él era chico, mi abuela tenía un gallinero.

Parecía una explicación posible hasta que mi abuela se enteró de los huesitos y empezó a arrancarse los pelos y a gritar «la angelita la angelita». Pero el escándalo no duró mucho bajo la mirada de papá: él admitía las «supersticiones» (así las llamaba) de la abuela siempre y cuando no se desbordara. Ella le conocía el gesto de desaprobación y se tranquilizó a la fuerza. Me pidió los huesitos y se los di. Después me pidió que me fuera a la habitación a dormir. Yo me enojé un poco porque no entendía la causa de la penitencia.

Pero más tarde, esa misma noche, me llamó y me contó todo. Era la hermana número diez u once, mi abuela no estaba demasiado segura, en aquel entonces no se les prestaba tanta atención a los chicos. Se había muerto a los pocos meses de nacida, entre fiebres y diarrea. Como era angelita, la sentaron sobre una mesa adornada con flores, envuelta en un trapo rosa, apoyada en un almohadón. Le hicieron alitas de cartón para que subiera al cielo más rápido, y no le llenaron la boca de pétalos de flores rojas porque a la mamá, mi bisabuela, le impresionaba, le parecía sangre. Hubo baile y canto toda la noche, y hasta hubo que echar a un tío borracho y reanimar a mi bisabuela, que se desmayó por el llanto y el calor. Una rezadora india cantó trisagios, y lo único que les cobró fue unas empanadas.

—¿Eso fue acá, abuela?

No, en Salavino, en Santiago. ¡Hacía un calor!

Entonces no son los huesos de la nena, si se murió allá.

Sí que son. Yo me los traje cuando vinimos para acá. No la quise dejar porque lloraba todas las noches, pobrecita. Si lloraba con nosotros cerquita, en la casa, ¡lo que iba a llorar sola, abandonada! Así que me la traje. Ya era huesitos nomás, la puse en una bolsa y la enterré acá en los fondos. Ni tu abuelo sabía. Ni tu bisabuela, nadie. Es que nomás yo la escuchaba llorar. Tu bisabuelo también, pero se hacía el tonto.

—¿Y acá llora la nena? —Cuando llueve nomás.

Después le pregunté a mi papá si la historia de la nena angelita era cierta, y él dijo que la abuela ya estaba muy grande y desvariaba. Muy convencido no parecía, o a lo mejor le resultaba incómoda la conversación. Después la abuela se murió, la casa se vendió, yo me fui a vivir sola sin marido ni hijos, mi papá se quedó con un departamento de Balvanera, y me olvidé de la angelita.

Hasta que apareció al lado de la cama, en mi departamento, diez años después, llorando, una noche de tormenta.

La angelita no parece un fantasma. Ni flota ni está pálida ni lleva vestido blanco. Está a medio pudrir y no habla. La primera vez que apareció creí que soñaba y traté de despertarme de la pesadilla; cuando no pude y empecé a entender que era real grité y lloré y me tapé con las sábanas, los ojos cerrados fuerte y las manos tapando los oídos para no escucharla, porque en ese momento no sabía que era muda. Pero cuando salí de ahí abajo,unas cuantas horas después,la angelita seguía ahí con los restos de una manta vieja puesta sobre los hombros como un poncho. Señalaba con el dedo hacia fuera, hacia la ventana y la calle, y así me di cuenta que era de día. Es raro ver un muerto de día. Le pregunté qué quería pero como respuesta siguió señalando como en una película de terror.

Me levanté y salí corriendo hacia la cocina, a buscar los guantes que usaba para lavar los platos. La angelita me siguió. Apenas una primera muestra de su personalidad demandante. No me amedrentó. Con los guantes puestos la agarré del cogotito y apreté. No es muy coherente intentar ahorcar a un muerto, pero no se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo.No le provoqué ni una tos, nada más yo quedé con restos de carne en descomposición entre los dedos enguantados y a ella le quedó la tráquea a la vista.

Hasta ese momento no sabía que se trataba de Angelita, la hermana de mi abuela. Seguía cerrando los ojos bien fuerte a ver si ella desaparecía o yo me despertaba. Como no funcionaba le caminé alrededor y vi, en la espalda, colgando de los restos amarillentos de lo que ahora sé era la mortaja rosa, dos rudimentarias alitas de cartón con plumas de gallina pegoteadas. En tantos años tendrían que haber desaparecido, pensé, y después me reí un poco histérica y me dije que tenía un bebé muerto en la cocina, que era mi tía abuela y que caminaba, aunque por el tamaño debía haber vivido apenas unos tres meses. Tenía que dejar definitivamente de pensar en términos de qué era posible y qué no.

Le pregunté si era mi tía abuela Angelita—como no habían hecho tiempo de anotarla con un nombre legal, eran otros tiempos, la llamaron siempre por ese nombre genérico—; así descubrí que no hablaba pero contestaba moviendo la cabeza. Entonces mi abuela decía la verdad, pensé, no eran del gallinero, eran los huesitos de su hermana los que desenterré cuando era chica.

Qué quería Angelita era un misterio, porque más que mover la cabeza afirmativa o negativamente no hacía. Pero algo quería con suma urgencia, porque no sólo seguía señalando, sino que no me dejaba en paz. Me seguía por toda la casa. Me esperaba atrás de la cortina del baño cuando tomaba una ducha; se sentaba en el bidet cuando yo hacía pis o caca; se paraba al lado de la heladera cuando lavaba los platos y se sentaba al lado de la silla cuando yo trabajaba con la computadora.

Seguí haciendo mi vida normal durante la primera semana. Creía que a lo mejor se trataba de un pico de estrés con alucinación, y que se iría. Me pedí unos días en el trabajo, tomé pastillas para dormir. La angelita seguía ahí, esperando al lado de la cama a que me despertara. Algunos amigos me visitaron. Al principio no quise atender los mensajes ni abrirles la puerta pero, para no preocuparlos más, accedí a verlos aduciendo agotamiento mental. Ellos comprendieron, estuviste trabajando como una negra, me decían. Ninguno vio a la angelita. La primera vez que me visitó mi amiga Marina metí a la angelita en el placard, pero para mi terror y disgusto, se escapó y se sentó en el brazo del sillón, con esa fea cara podrida verdegrís. Marina ni se dio cuenta.

Poco después saqué a la angelita a la calle. Nada. Salvo ese señor que la miró de pasada y después se dio vuelta y la volvió a mirar y se le descompuso la cara, le debe haber bajado la presión; o la señora que directamente salió corriendo y casi la atropella el 45 en la calle Chacabuco. Alguna gente tenía que verla, eso me lo imaginaba, seguramente no mucha. Para evitarles el mal momento, cuando salíamos juntas — mejor dicho, cuando ella me seguía y a mí no me quedaba otra que dejarme acompañar — lo hacía con una especie de mochila para cargarla (es feo verla caminar, es tan chiquita, es antinatural). También le compré una venda tipo máscara para la cara, de las que se usan para tapar cicatrices de quemaduras. La gente ahora cuando la ve siente asco, pero también conmoción y pena. Ven a un bebé muy enfermo o muy lastimado, ya no a un bebé muerto.

Si me viera mi papá, pensaba, él que siempre se quejó de que iba a morirse sin nietos (y se murió sin nietos, yo lo decepcioné en esa y muchas otras cosas). Le compré juguetes para que se entretuviera, muñecas y dados de plástico y chupetes para que mordiera, pero nada parecía gustarle demasiado, y seguía con el dichoso dedo apuntando para el sur —de eso me di cuenta, era siempre para el sur— mañana, tarde y noche. Yo le hablaba y le preguntaba, pero ella no se podía comunicar bien.

Hasta que una mañana se apareció con una foto de mi casa de la infancia, la casa donde yo había encontrado sus huesitos en el patio del fondo. La sacó de la caja donde las guardo: un asco, dejó todas las otras manchadas de su piel podrida que se desprendía, húmedas y pringosas. Ahora señalaba la casa con el dedo, bien insistente. Querés ir ahí, le pregunté, y me dijo que sí. Le expliqué que la casa ya no era nuestra, que la habíamos vendido y me dijo que sí otra vez.

La cargué en la mochila con su máscara puesta y nos tomamos el 15 hasta Avellaneda. Ella no mira por la ventana en los viajes, tampoco mira a la gente ni se entretiene con nada, le da a lo exterior la misma importancia que a los juguetes. La llevé sentada a upa para que estuviera cómoda, aunque no sé si es posible que esté incómoda o si eso significa algo para ella; ni siquiera sé qué siente. Solamente sé que no es mala, y que le tuve miedo al principio, pero hace rato que no.

Llegamos a la que fue mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Como siempre en verano, ha-bía un olor pesado a riachuelo y nafta sobre la Avenida Mitre, mezclado con tufos de basura. Cruzamos la plaza caminando, después pasamos por el Sanatorio Itoiz donde se murió mi abuela y finalmente rodeamos la cancha de Racing. Atrás estaba mi casa vieja, a dos cuadras de distancia del estadio. Pero ahora que estaba en la puerta, ¿qué hacer? ¿Pedirle a los dueños nuevos que me dejaran pasar? ¿Con qué pretexto? Ni lo había pensado. Claramente me estaba afectando la mente andar para todos lados con un bebé muerto.

Angelita fue la que se encargó de la situación. No hacía falta entrar. Era posible asomarse al fondo por la medianera, eso era lo único que ella quería, ver el fondo. Espiamos las dos, ella en mis brazos — la medianera era más bien baja, debía estar mal hecha—. Ahí, donde solía estar el cuadrado de tierra, había una pileta de natación de plástico azul, empotrada en un hueco del suelo. Evidentemente habían levantado toda la tierra para hacer el hoyo, y con esa acción, habían tirado los huesos de la angelita vaya a saber dónde, los habían revoleado, se habían perdido. Me dio lástima, pobrecita, y le dije que lo sentía mucho, que no podía solucionárselo; hasta le dije que lamentaba no haberlos desenterrado otra vez cuando la casa se vendió, para sepultarlos en algún lugar pacífico, o cerca de la familia si a ella le gustaba así. ¡Pero si tranquilamente podría haberlos puesto adentro de una caja o un florero, y llevarlos a casa! Estuve mal con ella y le pedí disculpas. Angelita dijo que sí. Entendí que las aceptaba. Le pregunté si ahora estaba tranquila y se iba a ir, si me iba a dejar sola. Me dijo que no. Bueno, contesté, y como la respuesta no me cayó muy bien salí caminando rápido hasta la parada del 15 y la obligué a corretear atrás mío con sus pies descalzos que, de tan podridos, estaban dejando asomar los huesitos blancos.


*Imagen: Mira Nedyalkova

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