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Del hambre, nuestra envidia era impotente y obtusa, como cada uno de nuestros sentidos. No teníamos fuerzas para los sentimientos, ni para hacer el trabajo algo más llevadero, tampoco para caminar, pedir o preguntar… Solo envidiábamos a los conocidos con los que aparecimos en este mundo. En concreto, a quienes les tocó en suerte un puesto en la oficina, el hospital o las cuadras, donde se libraban de las largas horas de trabajos forzados. De ese trabajo físico que tanto ensalzan los frontones de todos los campos como signo de nobleza y heroísmo. En una palabra: solo envidiábamos a Shestakov.

Solamente algo externo podía sacarnos de la apatía, apartándonos de una muerte que se aproximaba lenta y gradualmente. Una fuerza exterior, nunca interior. En nuestro fuero interno todo eran cenizas y vacío; todo nos daba igual, y no hacíamos planes para más allá del día siguiente. 

Por ejemplo, en ese momento todo lo que yo quería era escaparme al barracón y echarme en la litera. Y sin embargo, seguía de pie junto a la puerta de la tienda de provisiones. En aquella tienda solo podían comprar los condenados por causas comunes, así como los ladrones-reincidentes, que se contaban entre los “amigos del pueblo”.

En cambio, a nosotros no se nos había perdido nada allí, pero no había forma de apartar los ojos de las barras de pan color chocolate; el olor dulce y penetrante del pan recién hecho nos cosquilleaba la nariz: con semejante olor, nos bailaba hasta la cabeza. Yo estaba de pie, mirando el pan, sin saber cuándo reuniría las fuerzas para escaparme al barracón. Y en ese mismo momento me llamó Shestakov.

A Shestakov le conocía de Tierra Grande, de la prisión Butyrka, donde compartimos celda. No es que allí nos hiciésemos amigos: solo éramos conocidos. En la mina, Shestakov no trabajaba en la galería. Como era ingeniero geólogo, lo escogieron para trabajar en las expediciones geológicas, en lo que acabó resultando la oficina. A duras penas saludaba el afortunado a sus conocidos moscovitas. Aunque nosotros no nos enfadábamos: vaya usted a saber qué le habían encomendado. Además, cada uno va a lo suyo, etc.

–Venga, fuma –dijo Shestakov y me alargó un trozo de periódico, le echó majorka y encendió una cerilla, ¡una cerilla de verdad!

Encendí el pitillo.

–Tengo que hablar contigo –dijo Shestakov.

–¿Conmigo?

–Sí.

Nos alejamos tras los barracones, y nos sentamos en el linde de la vieja mina. Mis piernas en seguida se entumecieron, mientras que Shestakov se balanceaba despreocupadamente con sus nuevas botas reglamentarias, que olían ligeramente a aceite de bacalao. Llevaba los bajos de los pantalones metidos, dejando al descubierto unos calcetines con estampado de ajedrez. Yo contemplaba las piernas de Shestakov con genuina admiración, e incluso cierto orgullo: por lo menos había un hombre en nuestra celda que no llevaba harapos en las piernas.

La tierra bajo nuestros pies temblaba con explosiones sordas: así preparaban el terreno para el turno de noche. Los guijarros caían a nuestros pies, brillando como pájaros grises e imperceptibles.

–Seguimos haciendo un rodeo –dijo Shestakov.

–No tengas miedo, que no muerden. Los calcetines seguirán enteros.

–Yo no pienso en los calcetines –dijo Shestiakov y señaló con el dedo índice hacia el horizonte. ¿Cómo lo ves?

–Seguro que la palmamos –dije. Aunque, la verdad, me apetecía menos pensarlo.

–No qué va: yo no estoy dispuesto a morir.

–¿Y bien?

–Tengo un mapa –dijo con indolencia Shestakov–. Yo llevaré a los obreros, te recojo a ti y me dirijo a Fuentes Negras. Está a quince kilómetros de aquí. Me haré con un salvoconducto. Y huiremos en dirección al mar. ¿Conforme?

Él soltó todo aquello con un tonillo indiferente, como de chanza.    

– Pero, ¿y el mar? ¿Lo atravesamos a nado?

–Da igual. Por algo se empieza. No puedo vivir así. “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas” –pronunció  solemne Shestakov. –¿Quién fue que lo dijo?

Y tanto, era una frase familiar. Pero no había fuerzas para recordar quién y cuándo había pronunciado esas palabras. Teníamos los libros totalmente olvidados. No creíamos en los libros. Yo me arremangué los pantalones, y le enseñé mis úlceras rojizas, fruto del escorbuto.       .

–Te curarás en el bosque –dijo Shestakov–, a base de bayas, vitaminas. Yo guío, que conozco el camino. Tengo un mapa…

Cerré los ojos y me puse a reflexionar. Desde aquel lugar al mar había tres caminos. En total, un mínimo de quinientos kilómetros. No solo yo, es que tampoco Shestakov llegaría. ¿Y si me llevaba como comida? No, por supuesto. Pero, ¿entonces por qué mentía? Si todo eso lo sabía tan bien como yo. Y de repente, tuve miedo  de Shestakov, el único de nosotros que se había colocado como especialista. ¿Quién le colocó y a qué precio? Si es que todo en esta vida se paga. Con la sangre ajena, con la vida ajena.

–De acuerdo –dije yo, abriendo los ojos– . Solo que necesito un suplemento alimenticio.

–¡Excelente, excelente!  Tendrás tu suplemento, por supuesto. Te traeré…, conservas. Nosotros tenemos acceso…

Hay muchas conservas en el mundo: cárnicas, de pescado, de frutas o verduras… Pero la más maravillosa de todas es láctea: la leche condensada. No tenía ningún sentido poner agua a hervir para bebérsela, no; estaba claro que había que tomársela a cucharadas. O bien untada en pan, o tragándosela poquito a poco de la lata. Así, uno se la comía lentamente, viendo cómo aquella masa clara y casi líquida amarilleaba, mientras la lata se embadurnaba con estrellitas de azúcar.

–Mañana –dije sin aliento, de pura felicidad– que sean de leche…

–Trato hecho: hay trato. De leche –y Shestakov se fue.

Volví al barracón, me tumbé y cerré los ojos. No era fácil pensar. Era una especie de proceso físico, y por primera vez la materialidad de nuestra psique comparecía ante mí, rotunda y palpable. Dolía pensar, pero había que hacerlo. Él nos recluta para huir y estamos perdidos: eso estaba más claro que el agua. Él pagará su puestazo en la oficina con nuestra sangre.. con mi sangre. A nosotros o nos matarán allí mismo, en Fuentes Negras, o nos traerán de regreso vivos y nos juzgarán, para añadirnos quince años más. Pero si es que él no puede ignorar que no hay salida. Pero la leche, ¡ay!, la leche condensada..

Me dormí, y en mi sueño famélico veía el bote de leche condensada de Shestakov: una lata prodigiosa con una etiqueta azul cielo. El bote era gigantesco, azul como el cielo nocturno. Como la lata estaba perforada en mil sitios, la leche rezumaba y goteaba como el amplio surtidor de la Vía Láctea. Y yo tocaba sin esfuerzo el cielo con las manos y me tomaba ávidamente la leche, tan dulce, estrellada y espesa.   

No recuerdo lo que hice aquel día ni cómo trabajé. Esperé y esperé, hasta que el sol se recostó en el oeste y los caballos relincharon, pues ellos adivinan mucho mejor que las personas cuándo la jornada laborable llega a su fin.

Al primer y estridente toque, me fui al barracón donde vivía Shestakov. Él me esperaba en el zaguán. Dos latas de leche le sobresalían por los bolsillos de su chaquetón.

Nos sentamos en la mesa del barracón, grande y bien limpia, y Shestakov sacó del bolsillo dos latas de leche condensada.

Agujereé la lata con la punta de un hacha. Un espeso chorro blanco goteó sobre la tapa y cayó sobre mi mano.

–Deberías hacer un segundo agujero por el aire–dijo Shestakov.

–Así está bien –dije, lamiendo mis dedos dulzones y sucios.

–Usemos la cuchara –dijo Shestakov, volviéndose hacia los trabajadores que nos rodeaban. Diez cucharas relucientes a fuerza de los lamidos se desplegaron sobre la mesa. Todos estaban de pie, observándome mientras comía. No era por falta de delicadeza ni por el deseo oculto de probarla: ninguno tenía la más mínima esperanza de que la compartiese. No había precedentes: su interés por la comida ajena era totalmente altruista. Además, yo ya sabía que era imposible no mirar la comida que desaparece por la boca de otra persona. Así que me senté para estar cómodo y me comí ambas latas sin pan, aclarándolas de cuando en cuando con agua fría. Luego, los espectadores se dispersaron: había terminado la representación. Shestakov me miraba con empatía.

–¿Sabes qué? –dije, lamiendo la cucharilla con avidez–.  Me lo he pensado mejor. Iros sin mí.

Shestakov lo comprendió y se fue sin decir palabra.

Fue, sin duda, una mísera venganza, débil como todos mis sentimientos. ¿Pero qué más podía hacer yo? ¿Avisar al resto? Si ni siquiera los conocía. Pero había que advertirlos: a Shestakov le dio tiempo de convencer a cinco. Huyeron durante una semana, a dos les mataron cerca de Fuentes Negras, y a los tres restantes les juzgaron al mes siguiente. El caso del propio Shestakov se consideró aparte “por razones productivas”. Rápidamente, se lo llevaron a otra parte. Medio año después me lo encontré en otra mina. No recibió una condena adicional por intentar escapar: las autoridades eran honradas con él, aunque podría haber sido muy diferente.

Él trabajaba en las prospecciones, estaba afeitado y bien alimentado, y sus calcetines ajedrezados seguían enteritos. No me saludó, pero fue por capricho. Dos latas de leche condensada no son nada del otro mundo, al fin y al cabo…

<1956>

Cómo me iba a servir de tales platos distantes

esas cosas, cuando habráse quebrado el propio

hogar, cuando no asoma ni madre a los labios.

Cómo iba yo a almorzar nonada.

César Vallejo

Nací entre frases de pésame, «ya todo se arreglará», «van a salir adelante», «un hijo siempre es una bendición», «todo ocurre por algo». Yo me pregunto: ¿Por qué no te pajeaste al lado? ¿O terminaste afuera? ¿Qué hacía un pendejo en uniforme escolar recibiendo a su hijo en el hospital? ¿Y una cabra chica a quien casi se le desgarra el útero por hacerse la grande? ¿No había una farmacia cerca? ¿No escucharon nunca el cuento de la semillita? ¿No podían tomarse la temperatura y enterarse del día de ovulación? Perros calientes; y les caí yo de regalo inesperado para siempre. Nací parado, a punto de asfixiarme, amenazando con rajarle las entrañas a mi mamá, obligando una cesárea de urgencia que nos salvó la vida a los dos. Después, como si fuésemos tres hermanos, compartimos la misma habitación, incluso la misma cama. En ese tiempo, ¿quién lloraba más, ustedes o yo? No los dejaba dormir con mis berridos. Mi papá dio sus pruebas globales en vacaciones, mi mamá rindió exámenes libres el año siguiente. A ninguno le fue bien en la prueba de ingreso a la universidad.

Pero ustedes no eran un par de adolescentes cualquiera, ustedes querían hacer la revolución, entonces yo era un doble obstáculo, para vivir su juventud y para hacer política. Nací escuchando música de la nueva trova, rock de los setenta, cultivando el oído con tanta melodía distorsionada. Las primeras palabras que aprendí fueron: valores, ideología, partido, pueblo. Todas palabras que imaginaba que mis padres pronunciaban en mayúsculas.

El verano siguiente papá se fue al sur por una reunión de las juventudes del partido, no supimos nada de él durante tres meses. Un vecino comenzó a rondar a mamá. Traía libros, escribían pancartas, iban a reuniones clandestinas ―a las que yo también asistía con mi cuaderno para colorear―. Una mañana la vino a buscar con un pañuelo que le tapaba la boca, lo llevaba tan mal puesto, que más que una estrategia de clandestinidad, me parecía un vulgar juego de seducción. Esa noche se quedó a dormir. A través del tabique de la habitación sentí los gemidos y las risas de dos personas que se gustan. En una artimaña evidente, regresó el día próximo con un regalo para mí, una pista de autos que hacía bastante ruido. Yo pensaba que un tren hubiese sido mejor, con sus pitos intermitentes y sus ruedas sinuosas. Cuando regresó papá, hubo una fuerte discusión de la que se enteraron todos los vecinos, eran lanzadas como boomerangs las grandes palabras de siempre: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. No sé si en ese orden, pero sí con esa frecuencia: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. Yo dibujaba una estrella con cinco puntas y hacía marcas en cada repetición.

Una vez, un padrastro con quien me había encariñado se apareció en la casa, pero con barba, peluca y acento uruguayo. Yo lo miraba de reojo, lo evocaba roncando en la cama de mamá, mientras ahora lo escuchaba haciéndose el estratega de alguna operación comando. De ahí en adelante, comenzamos a ser la familia cromosoma 21: dos madres, tres padres, cinco abuelos, tíos multiplicados por doquier. Viví en varias casas, en pensiones transitorias, en apartamentos abandonados.

Nada odiaba más que la palabra misión, significaba que mi padre o mi madre estarían fuera bastante tiempo. Ante mi resistencia y llantos, repetían la frase mágica: «órdenes del Partido», «órdenes del partido» decía yo, con minúscula. La frasecita aquella era la respuesta a todo: cambios de casa repentinos, ausencias, separaciones familiares, intercambio de parejas. Tiempo después, entre los muebles procedentes de alguna mudanza, leí la noticia de un atentado fallido y los nombres de las personas capturadas.  Comprendí, una tarde bochornosa, que mi padre estaba encarcelado en un cuarto angosto con el sol dando oblicuamente contra los cacharros. Creo que me desmayé mientras los niños sudaban en el espejismo de la canícula de las cuatro de la tarde. Nunca me atreví a verlo en prisión. Todos llegaban tras las visitas moviendo la cabeza, comentando lo delgado que estaba. Prefería mantener la imagen del hombre nervioso, que fumaba cigarros haciendo un arco con la mano en la frente. Tenía una foto de papá debajo de la almohada, y le hablaba en voz baja todas las noches.

Cuando salió libre se quedó en casa. Lo noté más suave en el trato con nosotros, los gestos, el tono de voz. «¿Qué pasa entre tú y mamá?», pregunté. Los dos se encogieron de hombros, ensayaban frases sin decir nada con sentido. Imagino que debe ser difícil que un hijo te mire con tanto desacierto esperando la respuesta de dos padres desorientados. Ella se asomó al pasillo, hizo café, me indicó un espacio en el sofá. Me contó que lo estaban intentando otra vez. «¿Qué cosa?», dije. «El estar juntos, ¿no te alegra?». Pero como era de esperar, la felicidad fue muy frágil. Un día mamá llegó solemne para anunciar: «Me voy un año a la Unión Soviética. A tu padre lo envían a Rumanía, es peligroso que siga acá, lo van a tomar preso de nuevo. Te quedarás con Marta, estarás bien con ella». La miré fijo sin entender qué sucedía en mi interior, cuando conté el segundo doce salí dando un portazo.

Pasé mis catorce años coleccionando billetes de rublos con letras en cirílico, estampillas con el rostro de Lenin, todo esto en la habitación de la amiga de mamá, que me acogió en su casa. Ustedes viajaban por todo el bloque socialista y me enviaban postales. Mi padre se reunió con el Josip Broz Tito o Mariscal Tito, recibí un sobre con el sello Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija y un billete de veinte dinares. Me hice coleccionista de billetes y estampillas por desesperación. Salía al camino del cartero con la respiración contenida, no alcanzaba a tocar el timbre y yo tendía la mano para recibir los sobres extranjeros con tres sellos y dos timbres de egreso e ingreso. Cada vez conocía más nombres, ciudades, países que localizaba en un mapamundi colgado en la pared. Cortaba la estampilla, la ponía en agua hasta soltar el pegamento y la incluía en un álbum de hojas de cartón y pliegos de papel diamante, intercalados.

Mientras picaba unas zanahorias para la cena, le pregunté a Marta cuál era su rol en el partido. «Cuidar a los niños de los camaradas que están en misión,», me respondió mientras tarareaba una canción de Silvio. Marta tenía una hija de diecisiete años, Lili. La contemplaba sin poder disimular mi fascinación por sus pestañas largas, sus piernas firmes. Ella me decía «Te voy a hablar con la verdad». Le pregunté por su papá, me indicó una imagen fotocopiada en la pared: el rostro borroso de un hombre con una frase al pie: «¿Dónde están?». Conocía la pancarta y no dije nada. De venganza, ella me reveló que yo era un «hijo del toque de queda» lo que no me causó mucha gracia.

Mi primera experiencia fue con Lili. Aún tengo la escena en la retina, buscando explosivos en la bodega del patio trasero para terminar desnudándonos a tirones. Nos unía una biografía atípica, con la inocencia propia de la niñez, pero atravesada por la decisión de nuestros padres de empuñar las armas. Le pregunté si tenía algún recuerdo de su padre, «ninguno», me respondió con rabia, mientras me pasaba una estaca. Hicimos una carpa arrimada a una pared de la bodega, juntamos palos, cachivaches y armamos  nuestro hogar. Aquél era un lugar aparte, con leyes propias. Un lugar donde no entraban las miradas de los padres ni la de las madres. Cuando Lili me desnudaba iba notando las pelusas  bajo mis  axilas y una línea larga y estrecha de pelos castaños que me descendía por la barriga hasta abajo. A veces yo tenía un olor ácido que ya era de adulto.  Me daba una especie de lección sobre palabras obscenas. Me conseguía revistas pornográficas y libros, me exigía que aprendiera de memoria algún poema del Siglo de oro que luego le susurraba al oído. Lili tenía un calendario en el que marcaba un día con un círculo y los siguientes cinco con una elipse. Esos días hacíamos maniobras al filo y me apartaba cuando yo pasaba la frontera. Siempre sentí que lo hizo como una misión más, pero con la dedicación de una disciplinada militante, mi aprendizaje amoroso estaba en sus manos.

Conformábamos una organización, ella era la jefa, yo el subordinado. Reñíamos contra los malos, que eran los militares, en función de los buenos, que eran nuestros padres. Después, nos abocábamos a las lecciones del deseo: cómo presionar la mano en el lugar secreto, oprimir el botón con movimientos circulares como si fuera el joystick de un Atari, dejar el dedo en esta posición, saber esperar, reconocer la apropiada humedad, dar besos con lengua sin rozar los dientes, buscar aquel intenso espasmo con los ojos cerrados en un prado.

Marta no preguntaba, ni siquiera creo que sospechara del tenor de nuestra convivencia, me veía como un niño de catorce años, y a su hija como una mujer de diecinueve. Además siempre estaba ocupada, atendiendo visitas, tecleando documentos. La recuerdo sentada en el suelo, con la máquina de escribir Olivetti sobre las piernas y los cigarrillos a mano, hablando con extranjeros, diplomáticos o intelectuales, en dos o tres idiomas distintos de los que transitaba de uno a otro con una mínima torsión en los labios. Debo reconocer que en algún punto me conmovía ese ambiente. Había ilusión en ese desfile de manos que apretaban documentos con firmeza y salían por la puerta principal. Más de algún visitante preguntaba si yo era “hijo de”. Marta asentía, me lanzaban una ojeada solemne,  yo sentía una mezcla de autocompasión y orgullo.

De regreso de su largo viaje ruso, que duró casi cuatro años, mamá venía casada con el vecino. Había cambiado su forma de vestir, usaba un gorro de piel y pañuelos de seda. No sabía si recibirla con un frío beso o abalanzarme sobre esta mujer tan bella. Fue difícil tener que simular ser una familia con un hombre que siempre me cayó mal. Yo, en ese entonces, era un temprano adolescente y sabía que cuando me sentaba en la mesa no me veían a mí, sino a mi padre. Su genética dominante hacía presente a un progenitor que brillaba por su ausencia. Pinchaba la comida con el tenedor y me la llevaba a la boca, con la cabeza hundida en el plato para evitar miradas ambivalentes. Así me blindaba de los que imaginaba eran sus pensamientos internos: «ahí está el hombre que la dejó embarazada, el que nunca envía dinero, el que nunca se sabe dónde está». El joven revolucionario se había convertido en un ordenado funcionario de alguna ONG ecologista en Estados Unidos, que continuamente quedaba cesante entre proyecto y proyecto o entre asesoría y asesoría. Cumplía unos meses viviendo con ellos cuando ocurrió el atentado a Pinochet, era un domingo, tomábamos once, un extra del noticiero 60 minutos nos sobresaltó. Mamá estudiaba cuál debería ser la reacción adecuada frente a su hijo, escondía su felicidad, su culposa felicidad. Se le escapó un «por fin le pasa algo a ese conchesumadre». Yo seguía concentrado en la marraqueta con mortadela. El vecino se daba vueltas lanzando frases iracundas: «tantos años adiestrándose, huevones flojos, seguro que usaron granadas caseras». Otro domingo gris, varios escoltas muertos, los ojos de hurón del nieto de Pinochet con unas magulladuras por las esquirlas de vidrio. En la noche se pronunciaban una y otra vez las palabras: guerrilla, Nicaragua, subversivos. No sé por qué sentía gran angustia y fui a ver a Lili, ella estaba también consternada, nos encerramos en la habitación, no hubo tiempo ni cabeza para pensar en precauciones. Solo había urgencia, estar dentro de ella, abstraernos de la historia. No miramos el calendario, necesitábamos protegernos del futuro.

Mi padre vino a mi graduación de cuarto medio, le habían quitado  la letra L del pasaporte y entraba por Policía Internacional más viejo, con la típica gordura gruesa de los gringos, ropa de buena calidad pero de otra época. En la cena posterior a todos los discursos, por fin tuve a mis padres juntos después de años. Les pedí que guardaran silencio, que no me interrumpieran.

“Es mi turno, me toca hablar a mí, los he escuchado por años”.

Les diré, a su juventud la confundió la revolución. Primero, los trajines de la emergencia diaria. Vivir entre bombas, hombres repartidos entre los escondites, metrallas nocturnas, estado de sitio, toque de queda, libros quemados. Pero saben, ustedes llegaron tarde a la revolución, veinte años después, insistiendo tozudamente en algo que no resultó, porque la naturaleza humana es imperfecta. ¿Hubo alguna vez igualdad entre los ciudadanos de un mismo país? ¿Hubo en todas las personas la misma fuerza y convicción de trabajar para los demás?

A la distancia, creo que se les mezcló la efervescencia de la juventud y la revolución hormonal. Ahora sospecho de su valentía, creo que corrieron riesgos innecesarios, pusieron en la «causa» sus problemas personales… Se creyeron los mesías del futuro, portando armas, vistiendo camuflados, hablando siempre del futuro en primera persona del plural. Jugaron a la guerra, pero con los soldados de plomo del damero familiar. El saldo para ustedes no fue tan malo, aprendieron idiomas, estudiaron posgrados con becas de organizaciones internacionales. Pero me parece que ambos pecaron de soberbia, arrojo, falso heroísmo. Debieron haber dado un paso al costado y dejar pasar la fila de muertos, ¿qué se iba a lograr con sus tímidos esfuerzos? En fin, cada quien tiene su mentira vital. No, no me miren así. Sí, confieso que hay algo de admiración, ¿pero por qué no vieron en mí a un soldado para sus tropas?

El tiempo que siguió no me dio tregua. Mi padre regresó a Estados Unidos, mi madre tuvo un accidente vascular que la dejo hemipléjica. Me sentaba junto a ella y contemplábamos el horizonte. Yo hablaba y hablaba. Tengo una sospecha de un mundo mejor. Alejémonos de la cocina. Distanciémonos de los vasos, las cucharas, tus fotos de jovencita guerrillera en el refrigerador. No, busquemos los boletos de bus, los mapas, las maletas con rueda, los manifiestos, los afiches del Che Guevara… Lili me telefoneó con un «parece que, ven urgente». En menos de una hora estaba en su casa. Me esperaba con un kit comprado en la farmacia. Me dio un beso desabrido y entró al baño. Sentado en la cama despliego el instructivo del test, dice que mide la presencia de una hormona en la orina llamada Gonadotrofina Coriónica Humana o de Subunidad hCG. Los cinco minutos de espera se me hacen infinitos. Pienso en mi infancia, en las postales, en Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija, en los «¿Dónde están?», en la marraqueta con mortadela, en la estampillas de Stalin, en la carpa del amor, en la máquina de escribir Olivetti. Lili viene hacia mí con la tira marcada con un signo positivo en rojo entre dos orificios, ; a mí que no me gustan las sumas ni las restas. Y claro una metralla de recriminaciones: ¿Por qué no me pajeé al lado? ¿O terminé afuera? ¿Por qué sigo siendo un perro caliente? Pienso en la enorme necesidad de ser hijo antes de ser padre. Siento una gran arcada y no sé en qué ideología disfrazar mi desgano de ser padre.

69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.

Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número.

No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos y, extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre él, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a él, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso –con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba– escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu y para siempre el antebrazo de mi abuelo.

Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma.

Verdes y misteriosos hasta hace poco.

A media tarde, sentados sobre su viejo sofá de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo.

Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad.

Fue en Auschwitz.

Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas.

Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwitz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo.

Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando finalmente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. Preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño.

Écheme un dedo más, eh, Oitze, me dijo entregándome su vasito.

Yo lo hice, sabiendo que si mi abuela regresaba pronto de hacer sus compras me lo habría reprochado. Desde que empezó con problemas cardíacos, mi abuelo se tomaba dos onzas de whisky a mediodía y otras dos onzas antes de la cena. No más. Salvo en ocasiones especiales, claro, como alguna fiesta o boda o partido de fútbol o aparición televisiva de Isabel Pantoja. Pero pensé que estaba agarrando fuerza para aquello que quería contarme. Luego pensé que, bebiendo más de la cuenta en su actual estado físico, aquello que quería contarme podría alterarlo, posiblemente demasiado. Se acomodó sobre el viejo sofá y se gozó ese primer sorbo dulzón y yo recordé una vez que, de niño, lo escuché diciéndole a mi abuela que ya necesitaba comprar más Etiqueta Roja, el único whisky que él tomaba, cuando yo recién había descubierto más de treinta botellas guardadas en la despensa. Nuevitas. Y así se lo dije. Y mi abuelo me respondió con una sonrisa llena de misterio, con una sabiduría llena de algún tipo de dolor que yo jamás entendería: Por si hay guerra, Oitze.

Estaba él como alejado. Tenía la mirada opaca y fija en un gran ventanal por donde se podían contemplar las crestas de lluvia descendiendo sobre casi toda la inmensidad del verde barranco de la Colonia Elgin. No dejaba de masticar algo, alguna semilla o basurita o algo así. Entonces me percaté de que llevaba él desabrochado el pantalón de gabardina y abierta a medias la bragueta.

Estuve en el campo de concentración de Sachsenhausen. Cerca de Berlín. Desde noviembre del treinta y nueve.

Y se lamió los labios, bastante, como si lo que acababa de decir fuese comestible. Seguía cubriéndose el número con la mano derecha mientras, con la izquierda, sostenía el vasito sin whisky. Tomé la botella y le pregunté si deseaba que le sirviera un poco más, pero no me respondió o quizás no me escuchó.

En Sachsenhausen, cerca de Berlín, continuó, había dos bloques de judíos y muchos bloques de alemanes, tal vez cincuenta bloques de alemanes, muchos prisioneros alemanes, ladrones alemanes y asesinos alemanes y alemanes que se habían casado con mujeres judías. Rassenschande, les decían en alemán. La vergüenza de la raza.

Calló de nuevo y me pareció que su discurso era como un sosegado oleaje. A lo mejor porque la memoria es también pendular. A lo mejor porque el dolor únicamente se tolera dosificado. Quería pedirle que me hablara de Łódź y de sus hermanos y de sus padres (conservaba una foto familiar, una sola, que había conseguido muchos años más tarde a través de un tío emigrado antes de estallar la guerra, y que mantenía colgada junto a su cama, y que a mí no me hacía sentir nada, como si aquellos pálidos rostros no fuesen de personas reales sino de personajes grises y anónimos arrancados de algún libro escolar de historia), pedirle que me hablara de todo aquello que le había sucedido antes del treinta y nueve, antes de Sachsenhausen.

Amainó un poco la lluvia y de las entrañas del barranco empezó a trepar una nube blanca y saturada.

Yo era el stubendienst de nuestro bloque. El encargado de nuestro bloque. Trescientos hombres. Doscientos ochenta hombres. Trescientos diez hombres. Cada día unos cuantos más, cada día unos cuantos menos. Entiende, Oitze, me dijo a manera de afirmación, no de pregunta, y yo pensé que estaba cerciorándose de mi presencia, de mi compañía, como para no quedarse solito con las palabras. Dijo, y se llevó comida invisible a los labios: Yo era el encargado de conseguirles el café por las mañanas y después, por las tardes, la sopa de papa y el trozo de pan. Dijo, y abanicó el aire con la mano: Yo era el encargado de la limpieza, de barrer, de limpiar los catres. Dijo, y continuó abanicando el aire con la mano: Yo era el encargado de sacar los cuerpos de aquellos hombres que amanecían muertos. Dijo, casi brindando: Pero también era el encargado de recibir a los judíos nuevos cuando llegaban a mi bloque, cuando gritaban en alemán juden eintreffen, juden eintreffen, y yo salía a recibirlos y me daba cuenta de que casi todos los judíos que llegaban a mi bloque traían escondido algún objeto valioso. Alguna cadenita o reloj o anillo o diamante. Algo. Bien guardado. Bien oculto en alguna parte. A veces hasta se lo habían tragado, y entonces unos días después les salía en la mierda.

Me ofreció su vasito y yo le serví otro chorro de whisky. Era la primera vez que escuchaba a mi abuelo decir mierda, y la palabra, en ese momento, en ese contexto, me pareció hermosa.

¿Por qué usted, Oitze?, le pregunté, aprovechando un breve silencio. Él frunció el entrecejo y cerró un poquito los ojos y se quedó mirándome como si de repente hablásemos lenguajes distintos. ¿Por qué lo nombraron a usted encargado?

Y en su viejo rostro, en su vieja mano que había terminado ya de gesticular y ahora se estaba tapando de nuevo el número, comprendí todas las implicaciones de esa pregunta. Comprendí la pregunta disfrazada adentro de esa pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para que lo nombraran encargado? Comprendí la pregunta que jamás se pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para sobrevivir?

Sonrió, encogiéndose de hombros.

Un día, nuestro lagerleiter, nuestro director, sólo me anunció que yo sería el encargado, y ya.

Como si se pudiese decir lo indecible.

Aunque mucho antes, prosiguió tras tomar un trago, en el treinta y nueve, cuando recién había llegado yo a Sachsenhausen, cerca de Berlín, nuestro lagerleiter me descubrió una mañana escondido debajo del catre. Yo no quería ir a trabajar, entiende, y pensé que podía quedarme todo el día escondido debajo del catre. No sé cómo, el lagerleiter me encontró escondido debajo del catre y me arrastró hacia fuera y empezó a golpearme aquí, en el cóccix, con una varilla de madera o tal vez de hierro. No sé cuántas veces. Hasta que perdí el conocimiento. Estuve diez o doce días en cama, sin poder caminar. Desde entonces el lagerleiter cambió su trato para conmigo. Me decía buenos días y buenas noches. Me decía que le gustaba cómo mantenía mi catre de limpio. Y un día me dijo que yo sería el stubendienst, el encargado de limpiar mi bloque. Así nomás.

Se quedó pensativo, sacudiendo la cabeza.

No recuerdo su nombre, ni su cara, dijo, masticó algo un par de veces, lo escupió hacia un lado y, como si eso lo absolviera, como si eso fuese suficiente, añadió: Sus manos eran muy bonitas.

Ni modo. Mi abuelo mantenía sus propias manos impecables. Semanalmente, sentados frente a un televisor cada vez más recio, mi abuela le arrancaba las cutículas con una pequeña pinza, le cortaba las uñas y se las limaba y después, mientras hacía lo mismo con la otra mano, se las dejaba remojando en una pequeña bacinica llena de un líquido viscoso y transparente y con olor a barniz. Al terminar ambas manos, tomaba un bote azul de Nivea y le iba untando y masajeando la pomada blanquecina en cada dedo, lento, tierno, hasta que ambas manos la absorbían por completo y mi abuelo entonces se volvía a colocar el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho, desde hacía casi sesenta años, en forma de luto.

Todos los judíos al entrar me daban a mí esos objetos que traían en secreto a Sachsenhausen, cerca de Berlín. Entiende. Como yo era el encargado. Y yo les recibía esos objetos y los negociaba también en secreto con los cocineros polacos y les conseguía a los judíos que entraban algo aún más valioso. Cambiaba un reloj por un trozo adicional de pan. Una cadena de oro por un poco más de café. Un diamante por el último cucharón de la olla de sopa, el cucharón más deseado de la olla de sopa, donde siempre estaban hundidas las únicas dos o tres papas.

Inició otra vez el murmullo sobre las tejas y yo me puse a pensar en esas dos o tres papas insípidas y sobrecocidas y, adentro de un mundo demarcado por alambre de púas, tanto más valiosas que cualquier lúcido diamante.

Un día, decidí darle al lagerleiter una moneda de veinte dólares en oro.

Saqué mis cigarros y me quedé jugando con uno. Podría decir que no lo encendí por pena, por respeto a mi abuelo, por pleitesía a esa moneda de veinte dólares en oro que de inmediato me imaginé negra y oxidada. Pero mejor no lo digo.

Decidí darle una moneda de veinte dólares en oro al lagerleiter. Tal vez creí que ya había logrado la confianza del lagerleiter o tal vez deseaba quedar bien con el lagerleiter. Un día, en el grupo de judíos que entraba, llegó un ucraniano y me pasó una moneda de veinte dólares en oro. El ucraniano la había escondido debajo de la lengua. Días y días con una moneda de veinte dólares en oro escondida debajo de la lengua, y el ucraniano me la entregó, y yo esperé a que todos salieran del bloque y se fueran a trabajar al campo y entonces llegué con el lagerleiter y se la di. El lagerleiter no me dijo nada. Sólo la guardó en la bolsa superior de su chaqueta, dio media vuelta y se marchó. Algunos días después, me despertaron a medianoche con una patada en el estómago. Me empujaron hacia fuera y allí estaba de pie el lagerleiter, vestido en un impermeable negro y con las manos detrás de la espalda, y entonces reaccioné y entendí por qué me seguían golpeando y pateando. Había nieve en el suelo. Ninguno hablaba. Me echaron en la parte trasera de un camión y cerraron la portezuela y yo me quedé medio dormido y temblando durante todo el trayecto. Era ya de día cuando el camión finalmente se detuvo. Por una rendija en la madera pude ver el gran rótulo sobre el portón de metal. Arbeit Macht Frei, decía. El trabajo libera. Escuché risas. Pero risas cínicas, entiende, risas sucias, como burlándose de mí a través de ese estúpido rótulo. Abrieron la portezuela. Me ordenaron que bajara. Había nieve por todas partes. Vi el Muro Negro. Después vi el Bloque Once de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Bloque Once de Auschwitz. Sabíamos que la gente que se iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz.

En un gesto inútil pero de alguna manera necesario, mi abuelo se llevó a los labios su vasito ya sin nada de whisky.

Era un calabozo oscuro. Muy húmedo. De techo bajo. Casi no había nada de luz. Ni aire. Sólo humedad. Y personas amontonadas. Muchas personas amontonadas. Algunas personas llorando. Otras personas rezando en susurros el Kaddish.

Encendí mi cigarro.

Me solía decir mi abuelo que yo tenía la edad de los semáforos, porque el primer semáforo del país se había instalado en no sé qué intersección del centro el mismo día en que yo nací. También estaba vibrando ante un semáforo cuando le pregunté a mi mamá cómo llegaban los bebés a las panzas de las mujeres. Yo seguía medio hincado sobre el asiento trasero de un Volvo inmenso y color jade que, por alguna razón, vibraba al detenerse en los semáforos. Callé que un amigo (Hasbun) nos había secreteado durante el recreo que una mujer resultaba embarazada cuando un hombre le daba un beso en la boca, y que otro amigo (Asturias) había argumentado, con mucha más audacia, que un hombre y una mujer tenían que desnudarse juntos y luego bañarse juntos y luego hasta dormir juntos en la misma cama, sin tener que tocarse. Me puse de pie en ese maravilloso espacio ubicado entre el asiento trasero y los dos asientos de enfrente, y aguardé una respuesta. El Volvo vibrando ante un semáforo rojo del bulevar Vista Hermosa, el cielo enteramente azul, el olor a tabaco y chicle de anís, la mirada negra y azucarada de un campesino en caites que se acercó a pedirnos limosna, la vergüenza silenciosa de mi mamá tratando de encontrar algunas palabras, las siguientes palabras: Pues cuando una mujer quiere un bebé, va al doctor y éste le da una pastilla celeste si ella quiere un niñito o le da una pastilla rosada si ella quiere una niñita, y entonces la mujer se toma esa pastilla y ya está, queda embarazada. El semáforo cambió a verde. El Volvo dejó de vibrar y yo, aún de pie y sosteniéndome de cualquier cosa para no salir volando, me imaginé a mí mismo metido en un pequeño frasco de vidrio, bien revuelto entre un montón de niñitos celestes y niñitas rosadas, mi nombre grabado en bajorrelieve (igual que la palabra Bayer en las aspirinas que me tomaba de vez en cuando y que tanto me sabían a yeso), inmóvil y calladito mientras esperaba que alguna señora llegase a la clínica del doctor (la observé ancha y deforme a través del cristal, como en uno de esos espejos ondulados de circo) y me tragara con un poquito de agua (y percibí, con la percepción ingenua de un niño, por supuesto, la crueldad del azar, la violencia casual que me tumbaría sobre la mano abierta de alguna señora, cualquier señora, esa mano grande y sudada y fortuita que luego me lanzaría hacia una boca igualmente grande y sudada y fortuita), para así, por fin, introducirme en una panza desconocida y poder nacer. Jamás he logrado sacudirme la sensación de soledad y abandono que sentí metido en aquel frasco de vidrio. A veces la olvido o quizás decido olvidarla o quizás, absurdamente, me aseguro a mí mismo que ya la he olvidado por completo. Hasta que algo, cualquier cosa, la más mínima cosa, me vuelve a meter en aquel frasco de vidrio. Por ejemplo: mi primer encuentro sexual, a los quince años, con una prostituta de un burdel de cinco pesos llamado El Puente. Por ejemplo: una equivocada habitación al final de un viaje balcánico. Por ejemplo: un canario amarillo que, a media plaza de Tecpán, escogió una profecía secreta y rosadita. Por ejemplo: la mano helada de un amigo tartamudo, estrechada por última vez. Por ejemplo: la imagen claustrofóbica del calabozo oscuro y húmedo y apretado y harto de susurros donde estuvo encerrado mi abuelo, sesenta años atrás, en el Bloque Once, en Auschwitz.

Personas lloraban y personas rezaban el Kaddish. Acerqué el cenicero. Me sentía ya un poco mareado, pero igual nos serví lo que restaba del whisky.

Qué más le queda a uno cuando sabe que al día siguiente lo van a fusilar, eh. Nada más. O se tira a llorar o se tira a rezar el Kaddish. Yo no sabía el Kaddish. Pero esa noche, por primera vez en mi vida, también recé el Kaddish. Recé el Kaddish pensando en mis padres y recé el Kaddish pensando que al día siguiente me fusilarían hincado de frente al Muro Negro de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Muro Negro de Auschwitz y yo mismo había visto ese Muro Negro de Auschwitz al bajarme del camión y bien sabía que era donde fusilaban. Gnadenschuss, un solo tiro en la nuca. Pero el Muro Negro de Auschwitz no me pareció tan grande como lo había supuesto. Tampoco me pareció tan negro. Era negro con manchitas blancas. Por todas partes tenía manchitas blancas, dijo mi abuelo mientras presionaba teclas aéreas con el índice y yo, fumando, me imaginaba un cielo estrellado. Dijo: Salpicaduras blancas. Dijo: Hechas quizás por las mismas balas después de atravesar tantas nucas.

Estaba muy oscuro en el calabozo, continuó rápidamente, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. No sé por qué empezó a hablarme en polaco. Tal vez me oyó rezando el Kaddish y reconoció mi acento. Él era un judío de Łódź. Los dos éramos judíos de Łódź, pero yo de la calle Zeromskiego, cerca del mercado Zelony Rinek, y él del lado opuesto, cerca del parque Poniatowski. Él era un boxeador de Łódź. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco. Más bien él me habló toda la noche en polaco. Me dijo en polaco que llevaba mucho tiempo allí, en el Bloque Once, y que los alemanes lo mantenían vivo porque les gustaba verlo boxear. Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio. Y así pasó. Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera y no diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que no dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo jamás supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado.

Machaqué mi cigarro en el cenicero y me empiné el último traguito de whisky. Quería preguntarle algo sobre el número o sobre aquel joven judío que se lo tatuó. Pero sólo le pregunté qué le había dicho el boxeador polaco. Él pareció no entender mi pregunta y entonces se la repetí, un poco más ansioso, un poco más recio. ¿Qué cosas, Oitze, le dijo el boxeador que dijera y no dijera durante aquel juicio?

Mi abuelo se rió aún confundido y se echó para atrás y yo recordé que él se negaba a hablar en polaco, que él llevaba sesenta años negándose a decir una sola palabra en su lengua materna, en la lengua materna de aquellos que, en noviembre del treinta y nueve, decía él, lo habían traicionado.

Nunca supe si mi abuelo no recordaba las palabras del boxeador polaco, o si eligió no decírmelas, o si sencillamente ya no importaban, si habían cumplido ya su propósito como palabras y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco que alguna noche oscura las pronunció.

Una vez más, me quedé viendo el número de mi abuelo, 69752, tatuado una mañana del invierno del cuarenta y dos, por un joven judío, en Auschwitz. Intenté imaginarme el rostro del boxeador polaco, imaginarme sus puños, imaginarme el posible chisguetazo blanco que había hecho la bala después de atravesar su nuca, imaginarme sus palabras en polaco que lograron salvarle la vida a mi abuelo, pero ya sólo logré imaginarme una cola eterna de individuos, todos desnudos, todos pálidos, todos enflaquecidos, todos llorando y rezando el Kaddish en absoluto silencio, todos piadosos de una religión cuya fe está basada en los números mientras esperan en cola para ser ellos mismos numerados.


*Este cuento fue publicado en El boxeador polaco © Eduardo Halfon, 2008, Editorial Pre-Textos.

Yo mismo no viví nada en persona, cosa que por cierto me importa muy poco; no estoy tan mal de la cabeza como para envidiar a un trotamundos, para eso leí demasiado los manuales de geografía de Seydlitz o la enciclopedia de animales de Brehm. ¿Y qué significa Nueva York, a fin de cuentas? Una metrópolis es una metrópolis, y yo estuve las suficientes veces en Hanover: sé lo que es que mil marmitas con sus jarritas salgan disparadas por las mañanas de la estación central de trenes, en formación de abanico, hacia el interior de la época dorada. Uno camina como si lo persiguiera un perro salchicha. Se entremezclan seres color ladrillo, con paraguas como flechas en las manos sangrientas (o también en manos negro mortuorio; enseguida sus máquinas de escribir resonaran agudas como gorjeos de codorniz. Todos los despertados por despertadores. El auto carraspea severo a mi lado, y eso que en realidad, ya solo por mi aspecto exterior, no tengo edad para que pueda sospecharse de mí que la visión de dos glándulas mamarias logre aún hacerme quedar como un imbécil).

Es decir que todo eso no. Pero salir a pasear por las tardes y por las noches me motiva mucho – nótese la triple-murmurante “m”, también yo me acabo de dar desagradable cuenta (“por qué”, es algo no quiero saber; he dejado de creer en los “hallazgos psicológicos” desde que una vez indagué a escondidas el significado de paseos nocturnos como esos-míos. Un peritaje decía sin rodeos que yo era cobarde como una hiena y de naturaleza potencialmente criminal; cosa que sin dudas corresponde a la mayoría de nosotros. El otro dictaminaba que era un fenómeno de valentía, ¡ay, Dios santo! Como sea, muy rápido se me hizo demasiado, también demasiado caro. Luego pensé por mi cuenta largo tiempo en el asunto; la verdadera razón debe ser que tengo mala vista y que de día hay demasiada luz y demasiado calor para mí).

En todo caso, siempre camino primero todita una hora –sé que debería haber escrito “toda”, como es más usual, pero hubiera rimado con “hora”, y no me gustan los poemas–, ahí uno ve de todo y no necesita sentirse un voyeur, o sea “culposo”, o incluso “pecaminoso”: a la mayoría de nosotros se nos va la vida en reajustar laboriosamente las escalas que regulamos de manera errada en la juventud.

La estación del año no importa: puedo perfectamente apreciar un edificio nuevo en invierno, temprano a las 5; los obreros descongelan la bomba descongelada del edificio vecino, que ya está listo, con restos ardientes de papel de pared. Puede ser un meteoro de verano que arrastre a medianoche su hilo de nylon a través de la jirafa y se haga añicos sobre la RDA (así de cerca vivo del cruce fronterizo de las zonas. De ahí que por las dudas reconozco a la República Democrática Alemana). Puede ser una tarde de fines de otoño, donde uno se queda parado y escucha: ¿qué fue ese ruido? ¿Un grillo cercano o un tractor a millas de distancia? (De momento no se me ocurre nada para la primavera, y no soy tan puntilloso como para forzarme por eso de modo alguno; el otoño es de todas maneras mi estación del año preferida).

Posteriormente, me voy por lo general al bar de los camioneros, y esto puede durar largo rato a veces, pues allí se junta toda gente que “ha vivido algo”, o mejor dicho que está aún en medio de la vivencia, y a fondo.

Ya solo la atmósfera allí: la mezcla altamente óptica de pura luz artificial y sombras todas picaditas. Las mesas manchadas (mantel solo tienen las 2, a la izquierda de la entrada, donde se sientan los vigilados distinguidos, las delgadas espirales de dedos aferrándose a los cálices de vidrio helado sobre los cuales nadan corbatines de cáscaras de limón: ÉL, con aquella insipidez honorable y esa seriedad vacía tan inapreciables para la función pública (y al mismo tiempo tan tonto que no podría vender helado de crema ni siquiera en el infierno, si tuviera que trabajar por su cuenta); ELLA, del tipo que en los lugares de camping enseguida planta florcitas delante de la carpa y coloca al lado una piña de abeto).

La gente seria es naturalmente la otra, tanto hombres como mujeres. En su mayoría anchos, con caras enérgicas y cubiertas de carnes, los conductores; todos ellos capaces, en caso de emergencia, de utilizar una pequeña escultura abstracta como abridor de latas (no estoy a favor de lo moderno, tal vez ya se ha notado). Las mujeres, en su mayoría, unas “bobitas”, con el defensor virginitatis ligeramente distendido, pero robusto; tampoco lo está el busto, adelante, Tarn & Tara, ni detrás la Porta nigra.

Por cierto, a la cincuentona en cuestión de anchas espaldas la había visto a menudo por aquí; siempre levemente ponche-ada, de modo que la voz se le volvía un encantador bajo alto afónico. Justo acababa de explicar por medio de la misma: “Mi padre era tamborilero del zar: ¡todo es natural en mí!” (Una lógica que, si bien a mí se me antojó audaz, a su pareja de hoy le resultó al parecer legítima, pues asintió solícitamente. Descubrí cuál era su oficio cuando enseguida se fue solo: hacía sus salidas de fin de semana con el coche fúnebre. Me lo imaginé durante 1 minuto de manera ilustrada. Hasta que no pude contener la risita.)

Mis 2 vecinos al otro lado se pidieron primero “un paquete ‘e ci’arrillos” (a lo que uno de ellos añadió unos “caramelos de menta”); y luego hicieron lo siguiente: cada uno echó en su vaso vacío 2 cucharitas colmadas de Nescafé y luego encima Coca-Cola fría: la espuma subió alto, espesa y de un marrón amarillento; todo parecía haberse disuelto; sorbieron y sonrieron, técnicos. (¡Eso debe levantar terriblemente! Vamo’ a probarlo). Con semejante bebida entyre pecho y espalda, es natural que después pudieran blasfemar, maldecir y contar muy bien:

Del operado de la laringe al que los rusos le habían robado la cánula de plata del cuello (y que además se llamaba “Wilke”, que viene, como es sabido, del eslavo “Wölk”, lo mismo que el alemán “Wolf”, lobo: ¡pero nada de eso le sirvió!).

“¿Quí se’a gana’o una empleada domé’tica que ha tra’ja’o 60 año’ en una y la misma familia?”. “Un certificado del prefecto”, decidió el otro, altanero. / También querían, relata refero, neutralizar y desarmar a Alemania; y después, además, una confederación sólido-laxa “entre Bonn y la RDA”; y su fundamentación no era, como ocurre siempre con los camioneros, para nada tan tonta. Partían de la base de la cláusula de barrera del 5 % y de un futuro estado mundial: en cuyo parlamento la capital “Bonn” no estaría representada de ninguna manera. “Porque cinco pol ciento de tre’ mil millone’, haz la cuenta, ¡eso da ciento cincuenta millone’!”. (Y el otro asintió, con el labio inferior para adelante, à la “yy sí, tampoco aquí to’ anda biem”.) / “¡Hombre, ¿todavía leyendo a Karl May?! ¡En sus libro’ no aparece niún auto! Ahí to’avía andan a caballo, como en lo de un viejo: ¡eso no tiene futuro!” / (Y al fin empezó a contar “cosas vividas”, que es lo que yo había estado esperando; que es lo que siempre espero; no otra cosa es lo que espero en absoluto. Ya volvía a sentirme otra vez como en Homero: ¡vamos: skin the goat!)

El incumbido –(voy a llamarlo, misteriosamente, “el incumbido”. Eso le cabe a muchos: ¿sequía en Baja Sajonia y a cambio inundaciones en Salzburgo?: “¡El incumbido ha vuelto a disponer mal las cosas!”)– había estado de visita aquí “en el Oeste”, lafarraloca; y, puesto que de profesión era empresario de autobuses, también había frecuentado estaciones de servicio y a vendedores de automóviles de por aquí. Con envidia había examinado los autos usados mejor mantenidos, cuando de pronto su ojo azul relució: ese de ahí, ¿no era el mismo autobús que el “de él”? Por supuesto, solo que mucho más elegante, y casi como nuevo. “¡A ese había que tenerlo!”.

Se pusieron de acuerdo relativamente rápido, pues el incumbido tenía como segunda profesión la de directivo de la Organización Comercial, y ahí, como es sabido, siempre algo sobra. Solo que el “de él” tenía detrás 2 ventanas ovaladas: ? : “¡Se la’ recortamo’!”.

“¿Quince mil? ¿Eh?” “Sí. Pero a pagar solo contra entrega”. (Y cómo hacer para pasar la cosa a través de las fronteras de las diversas zonas; ¡a fin de cuentas no se trataba de un objeto que uno pudiera meterse bajo la manga!).

: “¡Y a eso me lo llevé pa’l otro lado!” (Ahora también la descendiente del tamborilero del zar arrimó interesada sus poderosos encantos un poco más. Al menos una parte seguro que era natural).

: “Primero, habían quema’o to’ el techo por dentro”; a saber, al cortar las dos nuevas ventanas traseras, imprescindibles para el camuflaje. Hasta Lüneburg hubo que buscar a un talabartero, “¡y yo ‘staba en a’cuas! Y se hiciero’ la’ nueve” (o sea, P.M.; de esto ya van 30 años, y la numeración de 24 horas sigue sin entrar en el acervo popular); “y se hiciero’ la’ dié’; a la final, a la’ once, me pude ir”.

Y había sido una noche oscura: la lluvia caía a cántaros; bajaba el chirrido de las veletas de las torres de las iglesias cuando él, con su Leviatán detrás, pasaba salpicando por los pueblos dormidos; Paul Revere, un poroto; hasta Helmstedt.

: “Cono’co a un tipo de la aduana, que me dice: ‘Mira a esa parejita, ello’ también esperan hace tre’ día’, a ver si alguien lo’ lleva. Seguro que se ’caparon y ahora quieren volver con mamita’. Tenían una pinta tenebrosa.” (Un portento: esperar 3 días, probablemente sin lavarse, sin dinero, y encima con ese clima. Como sea, y puesto que el bus estaba del todo vacío, él los había llevado, por amor de Dios, hasta la altura de Lehnin. Entendiblemente, con el espejo retrovisor puesto de tal forma de por las dudas poder tener vigilados a los dos arrugaditos. Describió asimismo las evoluciones íntimas de los jóvenes, a lo que nuestra avejentada oyente, con los labios competentemente apretados entre sí, asintió aprobatoria repetidas veces. Aunque en una ocasión lanzó despreciativa el aire por la nariz: ¡principiantes!).

: “Pasando Brunswick, ya había tenido a un ratón blanco detrás de mí” (así se le llama en esas regiones, irrespetuosamente, a un policía de tránsito que circula solo en su motocicleta); en Berlín occidental fue luego un “Coche Pedro” (es decir un patrullero entero) el que lo corrió hacia la banquina y le controló los papeles: habían sido extendidos para Alemania Occidental y Berlín Occidental vía la Zona Este, ergo inapelables; ahí no estaba tampoco la dificultad, pero

: “estoy entonces en Berlín-Charlottenburg y llega el incumbido: ¡con un portafolio’ así! Todo’ de cincuenta y de cien.” Le pasaron el total de la compra a un tercero neutral, respetable y conocido por ambas partes; este escribió con el sudor de su frente 15 formularios de giro postal, cada uno de mil marcos, y entregó en principio 7 de ellos en el correo: en Berlín ya no se sorprenden de nada.

: “¡¿Tienes la matrícula?!” Es decir la del “viejo carromato oriental” del incumbido: primero había que hacer que ambas matrículas encajaran, o sea que los agujeros para los tornillos quedaran justo unos arriba de los otros, y engrasar todas las tuercas. Y luego, como primer riesgo en serio.

: “pasar por la Puerta de Brandemburgo: y esa sí qu’ era angosta, hermano, como en una virgen. ‘Tú mira afuera a la i’quierda, yo a la derecha’.”; así habían pasado, casi rozando las paredes, a través de aquel monumento alemán no marmóreo; y del otro lado ya los esperaba el policía del pueblo.

Ahora bien, para el tránsito interno dentro de Berlín no se necesitan más papeles, pero que haya uno que justo elija visitar el sector Este con un ómnibus vacío le causó un poco de extrañeza al de blanco. Pero el gordo, saturado todo alrededor de frentes de hierro, habló tanto del amor por las excursiones que tenía su corpulencia, señalando a su 1 amigo, hasta que el funcionario, alzándose de hombros, finalmente dijo: “El que gasta gasolina es usted”. Y lo dejó pasar.

: “pero ahora llegó la verda’era dificultá”, que era el paso desde Berlín Occidental a la ‘Zona’, es decir, disons le mot, la RDA: “Ahí yo había moviliza’o a mis conocido’ ya de antemano: ‘Elíjanme un paso de frontera bien solitario’” – sostuvo el índice con gran efecto 3 centímetros delante de los gordos labios de César, y nos fulminó a los oyentes majestuosamente (y también halagado. Los gestos del narrador son aquí múltiples.)

: “y que sea en dirección a Ludwigslust. Así que yo sigo andando to’ el tiempo a lo largo del canal. Delante de nosotro’, nadie; detrá’ de nosotro’, nadie; a fin de cuentas no es más que un camino casi de campo.” Adelante a estribor se hizo visible el puesto de control: una simple barraca de tablas, completamente inofensiva. Avanzaron hasta quedar a 300 metros

: “de’pué’, nos bajamo’. Yo digo: ‘Dame la matrícula: yo voy alante, tú detrá’. Y las tuercas solo así atornillada’ con lo’ dedo’. Tiramo’ la vieja matrícula al canal; y seguía sin aparecer ni el loro. Y yo que enderezaba. Y yo que la daba vuelta. Y ahí le dije: ‘Aquí tienes tu ómnibus’” (Y todos asentimos al compás, con envidia: ¡quedan hombres todavía!)

: “¡El otro no lo podía cré! Que ahora tenía un auto nuevo.” El incumbido se había limitado hasta ese momento a observar, siempre radiante, al monstruo laqueado occidentalmente a nuevo. Alternando con miradas al gordo valiente. Luego se subió feliz de un salto al sitio del conductor, le puso aún en la mano “cien marcos orientales: pa’l almuerzo” y se fue zumbando.

: “toda’ía lo estoy viendo, cómo se acerca a la casita del vigilante. Una única persona mira pa’ ‘fuera, con la cabeza. Y solo para hacer así con la mano” –la suya imitó el movimiento con una debilidad y un adormilamiento como no he visto nunca, in a long and misspent life– “y vuelve a saludar: y pa’ entonce’, el otro ya había pasado. Ningún control. Ná…”. Y extendió las manos, sacudiendo ligeramente la cabeza; y volvió a dejarlas caer sobre la mesa: hecho.

Nos vimos obligados a asentir una vez más. Y lo hicimos con gusto. El otro le ofreció un cigarro de reconocimiento.

“Yo tampoco sabía, por lo demá’, que la Puerta de Brandemburgo no era maciza. Siempre pensé q’ era al meno’ de granito o algo así.” Pero el narrador sacudió su experta cabeza: nada, absolutamente nada: “La pintura a la cal descascarándose por toda’ parte’”.

“Todo es natural en”, dijo la Valquiria, y se echó más de lleno hacia atrás: “¡Mi padre era el tamborilero del zar!”.


* Este cuento fue publicado en: ders., Trommler beim Zaren. © 1966 Stahlberg Verlag GmbH, Karlsruhe. Alle Rechte vorbehalten S. Fischer Verlag GmbH, Frankfurt am Main.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

En la Escuela Militar de Sankt Severin. Gimnasio. Con sus claras blusas de cutí, el curso está ordenado en dos filas bajo las grandes lámparas de gas. El profesor de gimnasia, un joven oficial de rostro moreno y endurecido, y ojos fríos e irónicos, ha ordenado ejercicios libres y está distribuyendo las secciones.

– ¡Primera sección, barra fija; segunda sección, paralelas; tercera sección, potro; cuarta sección, escalar! ¡En marcha!

Y los muchachos se dispersan rápidamente con sus ligeras zapatillas, protegidas con colofonia. Algunos se demoran en medio de la sala, dubitativos y enfadados a un tiempo. Son la cuarta sección, los malos gimnastas, a los que no les procura ninguna alegría el movimiento en los aparatos y que ya están hartos de las veinte flexiones, además de un poco confusos y exhaustos.

Sólo uno, uno que, por lo general, es siempre el último en tales ocasiones, Karl Gruber, está ya en las barras de escalar, colocadas en un rincón de la sala algo en penumbra, junto al hueco donde cuelgan las chaquetas de los uniformes que se han quitado. Ha agarrado la primera barra y tira de ella con una fuerza extraordinaria, de manera que oscila libremente en el lugar señalado para el ejercicio. Gruber no la suelta, da un salto y llega bastante arriba, las piernas entrelazadas en el extremo superior que, por lo general, nunca ha sido capaz de rozar, sujeto a la barra. Así a la sección y observa, eso parece, con especial deleite el asombrado enojo del pequeño suboficial polaco que le grita que baje. Pero en esta ocasión Gruber es incluso desobediente, y Jastersky, el suboficial rubio, acaba por gritarle:

– O baja usted o sube hasta arriba; de lo contrario, se lo digo al teniente coronel.

Entonces Gruber empieza a escalar, primero con fuerza, atropellado, levantando poco las piernas y mirando arriba con cierto miedo, despreciando el inconmensurable pedazo de barra que aún tiene por delante. Luego ralentiza sus movimientos, y, como si disfrutara de cada avance como de algo extrañamente grato, enfila hacia lo alto, como alguien acostumbrado a escalar. No repara en el nerviosismo del enojado suboficial, escala y escala, con la vista siempre hacia arriba, como si hubiera descubierto una salida en el techo de la sala y pretendiera alcanzarla. Toda la sección lo sigue con la mirada. Y también algunos de las otras secciones dirigen desde otros lugares su atención al escalador, que antes, jadeando, con el rostro todo rojo y ojos en blanco, apenas alcanzaba el primer tercio de la barra.

– ¡Bravo, Gruber! –grita alguien de la primera sección.

Entonces muchos vuelven la mirada y, durante un rato, la sala permanece en silencio; pero, justo en el momento en que todos están pendientes de la figura de Gruber, éste hace un movimiento arriba, en lo alto, debajo del techo, como si quisiera sacudirlo, y, como evidentemente no lo logra, deja todas esas miradas pegadas al desnudo gancho de hierro y se desliza a toda velocidad por la barra lisa, de manera que todos siguen aún mirando arriba cuando él, mareado y acalorado, lleva ya un rato abajo, mirándose las palmas abrasadas de las manos. Entonces uno de los compañeros que están más cerca le pregunta qué es lo que le ha sucedido hoy:

– ¿Acaso quieres que te pasen a la primera sección?

Gruber sonríe y parece querer responder algo, pero se lo piensa y rápidamente baja la vista. Y luego, mientras el barullo y el jaleo continúan, se retira hasta el rincón sin hacer ruido, se sienta y, temeroso, mira a su alrededor, respira el doble de rápido, vuelve a reír y se dispone a decir algo, pero ya nadie está pendiente de él. Sólo Jerome, que también es de la cuarta sección, ve que está mirándose otra vez las manos, muy inclinado sobre ellas, igual que alguien que quiere leer una carta con escasa luz. Y, pasado un rato, Jerome se acerca a él y pregunta:

– ¿Te has hecho daño?

Gruber se asusta:

– ¿Qué? –dice con su voz de siempre, chapoteando en saliva.

– ¡Déjame ver!

Jerome le coge una mano y la vuelve hacia la luz.

Está un poco excoriada en la palma.

– ¿Sabes? Tengo algo para esto –dice Jerome, al que siempre le mandan de casa tafetán inglés–, ven luego a verme.

Pero parece como si Gruber no hubiera escuchado; está mirando la sala, como si estuviera viendo algo indeterminado, tal vez no en la sala, tal vez fuera, detrás de las ventanas, aunque está oscuro, es tarde y es otoño.

En ese momento el suboficial grita, a su modo imperioso:

– Gruber.

Gruber no se mueve, sólo los pies, estirados, se remueven un poco, rígidos y torpes, por encima del parquet.

–¡Gruber! –grita el suboficial, y la voz le golpea.

El suboficial espera un rato y dice rápidamente y con voz ronca, sin mirar a quien acaba de llamar:

– Preséntese usted después de la clase, ya le…

Y la clase sigue.

– Gruber –dice Jerome inclinándose hacia su camarada, que se hunde aún más en el rincón–, te tocaba otra vez a ti, escalar, en la cuerda; ve, inténtalo, si no Jastersky te va a montar algún número, ¿sabes?

Gruber asiente. Pero, en lugar de levantarse, cierra los ojos de repente y se desliza bajo las palabras de Jerome como bajo una ola, se desliza hacia el fondo, despacio y en silencio, hacia el fondo de su asiento, y Jerome no sabe lo que sucede hasta que oye cómo la cabeza de Gruber restalla con fuerza contra la madera del respaldo y luego cae hacia delante.

– ¡Gruber! –grita con voz ronca.

Al principio nadie se da cuenta. Y Jerome sigue en pie con los brazos caídos gritando:

– ¡Gruber, Gruber!

No se le ocurre incorporarlo. Entonces alguien le golpea y le dice:

– Quita.

Otro lo aparta de un empujón y Jerome ve cómo levantan el cuerpo inerte.

Se lo llevan a algún sitio, probablemente a la habitación de al lado. El teniente coronel llega corriendo. Da órdenes muy breves con voz dura y muy alta. Sus órdenes cortan incisivamente el zumbido de los numerosos chicos que parlotean. Silencio. Sólo se percibe algún que otro movimiento, un balanceo en el aparato, un salto suave, una risa tardía de alguno que no sabe de qué se trata. Después, preguntas rápidas:

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Quién? ¿Gruber? ¿Dónde?

Y más y más preguntas. Luego alguien dice en alto:

– Inconsciente.

Y el suboficial Jastersky, con el rostro encendido, echa a correr detrás del teniente coronel, gritando con malévola voz, temblando de rabia:

– Un cuentista, señor teniente coronel. Un cuentista.

El teniente coronel no le hace caso. Está mirando al frente, se muerde el bigote, con lo que la dura mandíbula sobresale aún más enérgica y puntiaguda. De vez en cuando, da una breve indicación. Los cuatro alumnos que llevan a Gruber y el teniente coronel desaparecen en la habitación. Poco después, los cuatro alumnos regresan. Un bedel cruza la sala. Los otros los miran boquiabiertos y acosan a preguntas a los cuatro:

– ¿Cómo está? ¿Qué le pasa? ¿Ha vuelto ya en sí?

Ninguno de ellos sabe nada en realidad. Y entonces el teniente coronel dice que continúe la clase y le cede el mando al sargento Goldstein. Así que vuelven a hacer gimnasia, en las paralelas, en la barra fija, y los pequeños gorditos de la tercera sección suben penosamente con las piernas bien abiertas al alto potro. Sin embargo, todos los movimientos son diferentes a los de antes, como si sobre todos los muchachos se hubiera posado algo que estuviera al acecho. Los balanceos en la barra fija se interrumpen de repente, y en las paralelas sólo se hacen un montón de ejercicios rutinarios. Las voces son menos confusas, y su susurro es más delicado, como si todos dijeran únicamente una sola palabra:

– Sssí, sssí, sssí…

Entretanto, el pequeño y espabilado Krix está escuchando tras la puerta de la habitación. El suboficial de la segunda sección lo echa de allí levantando la mano para darle un golpe en el trasero. Krix retrocede de un salto, como un gato, con los ojos astutos y brillantes. Ya sabe bastante. Y, pasado un rato, cuando nadie le observa, se lo cuenta a Pawlowich:

– Ha venido el médico del regimiento.

Bueno, ya conocen a Pawlowich; con toda su cara, como si alguien le hubiera dado una orden, atraviesa la sala de sección a sección y dice bien alto:

– El médico del regimiento está dentro.

Y parece que también los suboficiales se interesan por la noticia. Cada vez con mayor frecuencia vuelven la vista hacia la puerta, los ejercicios se hacen cada vez más lentos, y un pequeño de ojos negros está en cuclillas en lo alto del potro, mirando fijamente, boquiabierto, a la habitación. Parece haber algo paralizante en el ambiente. Los más fuertes de la primera sección continúan esforzándose aún un poco, luchan, hacen círculos con las piernas, y Pombert, el atlético tirolés, dobla el brazo y se observa los músculos, que destacan tensos y poderosos a través del cutí. Sí, el pequeño y ágil Baum hace incluso varios círculos con el brazo y, de repente, ese brusco movimiento es el único en toda la sala, un gran círculo centelleante que adquiere un carácter inquietante en medio de la calma general. Y, de golpe, el muchachito se queda parado, se arrodilla con desgana y pone cara de no importarle nada. Pero también sus pequeños ojos apáticos se pegan a la puerta de la habitación.

Ahora se oye la canción de las llamas de gas y el movimiento del reloj de pared. Y entonces suena la campana que da la hora. Su tono es hoy extraño y singular; además, se para de un modo totalmente inesperado, se interrumpe en medio de sus palabras. Pero el suboficial Goldstein conoce sus obligaciones. Grita:

– ¡A sus puestos!

Nadie le escucha. Nadie puede recordar qué sentido tenían esas palabras… antes. ¿Cuándo?

– ¡A sus puestos! –grazna el sargento, y al instante gritan ya con él los demás suboficiales:

– ¡A sus puestos!

– Y también alguno de los alumnos dice como para sus adentros, como en sueños:

– ¡A sus puestos! ¡A sus puestos!

Pero en el fondo todos saben que siguen a la espera de algo. Y en ese momento se abre la puerta de la habitación; durante un rato, nada; luego sale el teniente coronel Wehl, con los ojos bien abiertos, airados, y el paso firme, que marca como en un desfile. Y dice con voz ronca:

– ¡A sus puestos!

A una velocidad indescriptible están ya todos formados.

Ninguno se mueve. Como si estuvieran en presencia de un mariscal. Y de pronto una orden:

– ¡Atención!

Una pausa, y luego, con voz seca y dura:

– Vuestro camarada Gruber acaba de fallecer. Un ataque al corazón. ¡En marcha!

Pausa.

Y, pasado un rato, la voz del alumno de servicio, encogida y suave:

‒ ¡Izquierda! ¡Marchen, compañía, marchen!

Sin dar un paso, muy despacio, la compañía se vuelve hacia la puerta. Jerome es el último. Nadie mira a ningún lado. El aire del pasillo llega frío y húmedo hasta los muchachos. A uno le parece que huele a fenol. Pombert hace un chiste perverso aludiendo al hedor. Nadie se ríe. De repente, Jerome nota que lo cogen por el brazo, como si lo embistieran. Krix se ha colgado de él. Le brillan los ojos y sus dientes refulgen, como si fuera a morder algo.

– Yo lo he visto –susurra jadeante, apretando el brazo de Jerome, con una sonrisa en su interior, meneándolo de un lado para otro. Apenas puede continuar–: Está completamente desnudo, y estaba muy flaco y estirado. Y le han puesto un sello en la planta de los pies…

Y luego reprime una risa, sardónica y picajosa; reprime una risa y le muerde la manga a Jerome.


*Este cuento fue publicado en: Los últimos y otros relatos, Alba Editorial, 2010.

 

Primera parte

Miserable es el hombre que ama a una mujer y la toma por esposa, que derrama a los pies de ella el sudor de su piel y la sangre de su cuerpo y la vida de su corazón, y que pone en las manos de ella el fruto de sus afanes y el beneficio de su diligencia; pues, cuando poco a poco despierta, descubre que ese corazón que se ha empecinado en comprar fue dado gratuita y sinceramente a otro hombre, para el gozo de los secretos más ocultos y del más profundo amor. Miserable es la mujer que, al dejar atrás las distracciones e inquietudes de la juventud, se encuentra en la casa de un hombre que derrama sobre ella su oro reluciente y sus preciosos regalos, y le concede todos los honores y la gracia de pródigos pasatiempos, pero es incapaz de satisfacer el alma de ella con ese vino celestial que, desde los ojos de un hombre, Dios vierte en el corazón de una mujer.

Yo conocía a Rashid Bey Namaan desde mi juventud; era libanés, nacido y criado en la ciudad de Beirut. Como miembro de una antigua y rica familia que preservaba la tradición y la gloria de sus ancestros, Rashid era aficionado a narrar incidentes que tenían que ver, particularmente, con la nobleza de sus antepasados. En su rutina de vida, seguía las creencias y costumbres que, por ese entonces, prevalecían en Oriente Medio.

Rashid Bey Namaan era generoso y de buen corazón, pero, como muchos sirios, solamente dedicaba su atención a las cosas superficiales en lugar de a la realidad. Nunca escuchaba los dictados de su corazón, sino que se mantenía ocupado obedeciendo las voces de su entorno. Se entretenía con objetos relucientes, que cegaban sus ojos y su corazón a los secretos de la vida; su alma estaba consagrada a una autosatisfacción temporaria, apartada de la comprensión de las leyes de la naturaleza. Era uno de esos hombres que se apresuran a confesar su amor o rechazo por la gente, y que luego, cuando es demasiado tarde para la retirada, deploran su impulsividad. Y entonces les sobrevienen la vergüenza y el ridículo, en lugar del perdón y el beneplácito.

Estas son las características que impulsaron a Rashid Bey Namaan a casarse con Rose Hanie, mucho antes de que el alma de la mujer abrazara el alma del hombre en el verdadero amor que hace de la unión de ambos un paraíso.

Tras algunos años de ausencia, regresé a la ciudad de Beirut. Cuando fui a visitar a Rashid Bey Namaan, lo encontré pálido y demacrado. Uno podía ver en su rostro el espectro de un amargo desengaño; los tristes ojos delataban su corazón roto y la melancolía de su alma. Mi curiosidad quiso indagar la causa de esa miserable aflicción; en todo caso, no vacilé en pedirle explicaciones y le dije:

–¿Qué se ha hecho de ti, Rashid? ¿Dónde fueron a parar la sonrisa radiante y el alegre semblante que te acompañaron desde la niñez? ¿Acaso la muerte se llevó de tu lado a algún querido amigo? ¿O las noches negras te hurtaron el oro que supiste amasar en los blancos días? En el nombre de la amistad, dime qué es lo que causa semejante tristeza en tu corazón y un tal desfallecimiento en tu cuerpo.

Me miró con añoranza, como si mis palabras hubiesen revivido para él recónditas imágenes de los hermosos días del pasado. Con voz angustiada y vacilante, respondió:

–Cuando una persona pierde a un amigo, se consuela con los muchos otros amigos que lo rodean, y si pierde su oro, medita durante un momento y ahuyenta de su espíritu la mala fortuna, especialmente cuando se encuentra saludable y aún cargado de ambición. Pero cuando un hombre pierde el sosiego de su corazón, ¿dónde puede encontrar consuelo, y con qué puede reemplazarlo? ¿Qué mente puede domarlo? Cuando la muerte golpea cerca de ti, has de sufrir. Pero cuando el día y la noche pasan, sentirás el delicado contacto de los dedos suaves de la vida; entonces sonreirás y te regocijarás.

”La Fatalidad llega de repente, trayendo preocupación; ella te mira con ojos horribles y aferra tu garganta con dedos afilados, y te arroja al suelo y te sujeta contra él bajo su pie impasible; entonces se echa a reír y se marcha, pero luego lamenta sus acciones y te pide, por medio de la buena fortuna, que la perdones. Te tiende su mano de seda y te eleva a lo más alto, y te canta la Canción de la Esperanza y hace que te descuides. Crea en ti una nueva piel que te envuelve en confianza y ambición. Si lo que te toca en la vida es un hermoso pájaro al que amas con amor sincero, lo alimentas con las semillas de tu yo interior, y haces de tu corazón su jaula y de tu alma su nido. Pero cuando lo estás admirando con cariño y lo miras con los ojos del amor, él escapa de tus manos y vuela muy alto; luego desciende y entra en otra jaula, y jamás regresa a ti. ¿Qué puedes hacer entonces? ¿Dónde puedes encontrar paciencia y conmiseración? ¿Cómo puedes revivir tus esperanzas y tus sueños? ¿Qué poder puede aplacar tu corazón turbulento?

Habiendo proferido estas palabras con voz ahogada y espíritu sufriente, Rashid Bey Namaan se agitó como un junco entre el viento del norte y el viento del sur. Extendió sus manos como para aferrar alguna cosa con los dedos curvados y destruirla. Su rostro arrugado estaba lívido, durante unos instantes abrió los ojos muy grandes, y creyó ver a un demonio que se aparecía desde la inexistencia, para llevárselo consigo; luego fijó sus ojos en los míos, y su apariencia cambió de repente; su ira se convirtió en punzante sufrimiento y aflicción, y prorrumpió en un grito:

–Es la mujer a quien rescaté de las letales garras de la pobreza; le abrí mis arcones y la convertí en la envidia de todas las mujeres por los hermosos atuendos y las gemas preciosas y los magníficos carruajes tirados por caballos briosos; la mujer amada de mi corazón y a cuyos pies derramé mi cariño; la mujer de quien fui leal amigo, compañero sincero y fiel esposo; la mujer que me traicionó y me abandonó por otro hombre, para compartir con él la indigencia y el pan malo, amasado con vergüenza y preparado con desgracia. La mujer a la que amaba; la hermosa ave que yo alimenté, y para quien hice de mi corazón una jaula y de mi alma un nido, escapó de mí y entró en otra jaula; ese ángel de pureza que residía en el palacio de mi afecto y de mi amor, ahora se me aparece como un horrible demonio, que ha descendido a la oscuridad para sufrir por su pecado y hacerme sufrir en la tierra por causa de su crimen.

Escondió su cara entre las manos como si quisiese protegerse de sí mismo, y se mantuvo por un momento en silencio. Luego suspiró y dijo:

–Esto es todo lo que puedo decirte; por favor, no preguntes más. No des a mi calamidad una estridente voz, déjala ser más bien muda desdicha; tal vez ha de crecer en el silencio y me anestesie para que por fin pueda descansar en paz.

Me levanté con lágrimas en los ojos y piedad en el corazón, y silenciosamente le dije adiós; mis palabras no tenían poder para consolar su corazón herido, y mi conocimiento carecía de una antorcha que pudiera iluminar su alma sombría.

Segunda parte

Pocos días después, en una choza humilde, rodeada de flores y de árboles, conocí a Madame Rose Hanie. Ella sabía algo de mí por Rashid Bey Namaan, el hombre cuyo corazón había destrozado, sobre el que había estampado su sello para luego dejarlo a merced de la Vida, que lo pisoteaba con sus cascos terribles. Cuando vi sus hermosos ojos claros y oí su voz sincera, me dije: “¿Acaso puede ser esta la sórdida mujer? ¿Puede este rostro claro esconder un alma horrible y un corazón criminal? ¿Es esta la esposa infiel? ¿Es esta la mujer de quien yo he hablado mal y a quien imaginé como una serpiente disfrazada en la apariencia de un hermoso pájaro?”. Luego murmuré otra vez para mí: “¿Es este el hermoso rostro que volvió miserable a Rashid Bey Namaan? ¿No hemos oído acaso que la belleza obvia es la causa de muchas aflicciones ocultas y de profundos sufrimientos? La hermosísima luna que inspira a los poetas, ¿no es la misma luna que enfurece el silencio del mar con un rugido terrible?”.

Cuando nos sentamos, Madame Rose Hanie pareció haber oído y leído mis pensamientos y habló como si no quisiera prolongar mis dudas. Inclinó su bello rostro sobre sus manos y, con una voz más dulce que la de la lira, dijo:

–Nunca antes lo he visto, pero he oído los ecos de sus pensamientos y de sus sueños por boca de la gente; ellos me convencieron de que es un hombre compasivo, que comprende a la mujer oprimida… la mujer, de cuyo corazón ha descubierto los secretos y de quien conoce los sentimientos. Permítame revelarle todo lo que hay en mi corazón, para que pueda saber que Rose Hanie nunca ha sido una mujer infiel.

”Apenas tenía dieciocho años cuando el destino me condujo a Rashid Bey Namaan, quien entonces tenía cuarenta. Se enamoró de mí, según dice la gente, y me tomó por esposa, y me llevó a su espléndido hogar, poniendo vestidos y gemas preciosas a mi disposición. Me exhibía como una rareza extraña en las casas de sus amigos y de su familia; sonreía triunfal cuando veía que sus contemporáneos me miraban con sorpresa y admiración; alzaba el mentón con gran orgullo cuando oía a las mujeres hablar de mí con alabanzas y cariño. Pero nunca pudo oír las murmuraciones: “¿Esta es la esposa de Rashid Bey Namaan, o su hija adoptiva?”. Y algún otro que comentaba: “Si se hubiese casado cuando tenía edad para hacerlo, su primogénito sería mayor que Rose Hanie”.

”Todo esto sucedió antes de que mi vida hubiese despertado del profundo desmayo de la juventud, y antes de que Dios inflamase mi corazón con la antorcha del amor, y antes de que creciesen las semillas de mis sentimientos. Sí, todo esto ocurrió durante ese tiempo en que yo creía que la verdadera felicidad provenía de los hermosos vestidos y las mansiones espléndidas. Cuando desperté del sopor de la niñez, sentí que las llamas del fuego sagrado ardían en mi corazón y un ansia espiritual que carcomía mi alma, haciéndola sufrir. Cuando abrí los ojos, descubrí que mis alas se movían a derecha e izquierda, procurando ascender en el espacioso firmamento del amor, pero temblaban y caían bajo las ráfagas de la ley que, como grilletes, había encadenado mi cuerpo a un hombre antes de que yo conociera siquiera el verdadero significado de esa ley. Sentí todas estas cosas, y supe que la felicidad de una mujer no proviene de la gloria y el honor de un hombre, ni de su generosidad y su afecto, sino del amor que une los corazones y los sentimientos de los dos, convirtiéndolos en un único miembro del cuerpo de la vida y en una única palabra en los labios de Dios. Cuando la Verdad me fue revelada, me encontré aprisionada por la ley en la mansión de Rashid Bey Namaan, como un ladrón que roba su pan y se esconde en los oscuros y amigables rincones de la noche. Supe que cada hora transcurrida con él era una mentira terrible, escrita sobre mi frente con letras de fuego ante el cielo y la tierra. Yo no podía darle mi amor y mi cariño como recompensa por su generosidad y su sinceridad. En vano traté de amarlo, pero el amor es un poder que da forma a nuestros corazones, sin que nuestros corazones puedan disponer de ese poder. Recé y recé ante Dios en el silencio de la noche, le pedí que crease, en lo hondo de mi corazón, un apego espiritual capaz de acercarme al hombre que había sido elegido como mi compañero para toda la vida.

”Mis plegarias no fueron atendidas, porque el Amor desciende sobre nuestras almas por voluntad de Dios, y no por el reclamo o la súplica del individuo. Así permanecí por dos años en la casa de ese hombre, envidiando la libertad de los pájaros del campo, mientras que mis amigas envidiaban mis dolorosas cadenas de oro. Era como una mujer a la que se ha separado de su único hijo; como un corazón doliente, que existe sin afecto; como una víctima inocente de la severidad de la ley humana. Poco me faltó para morir de sed espiritual y de ansia.

”Un oscuro día, cuando tenía la vista perdida en aquel cielo cargado, vi derramarse una agradable luz de los ojos de un hombre que marchaba tristemente por la senda de la vida; cerré los ojos a esa luz y me dije: “Oh, mi alma, la oscuridad de la tumba es lo que te ha tocado en suerte, no codicies la luz”. Entonces oí una hermosa melodía del cielo, que revivió con su pureza mi corazón herido, pero cerré los ojos y dije: “Oh, mi alma, el grito del abismo es lo que te ha tocado en suerte, no codicies las celestiales canciones”. Cerré los ojos otra vez para no ver, y tapé mis oídos para no oír, pero mis ojos cerrados continuaron viendo aquella amable luz, y mis oídos no dejaban de oír aquel sonido divino. Por primera vez tuve miedo y me sentí como el mendigo que ha encontrado una joya preciosa cerca del palacio del Emir y que no pudo recogerla por causa del temor, ni dejarla por causa de la pobreza. Grité: era el grito de un alma sedienta que ve un arroyo rodeado de bestias salvajes, y que cae de rodillas, esperando y mirando temeroso.

Entonces apartó sus ojos de mí, como si recordara un pasado que le avergonzaba exponer, pero continuó:

–Esa gente que se remonta a la eternidad antes de probar la dulzura de la vida real es incapaz de entender el significado del sufrimiento de una mujer. Especialmente, cuando ella consagra su alma al hombre a quien ama por voluntad de Dios, y su cuerpo a otro hombre, a quien acaricia por la fuerza de la ley terrenal. Es una tragedia escrita con la sangre de la mujer y con lágrimas que el hombre ve como ridículas porque no las puede comprender; sin embargo, si las comprendiera, su risa se convertiría en desprecio y blasfemia, que actuarían como fuego en el corazón de la mujer. Es un drama representado, en las noches negras, sobre el escenario del alma de la mujer, cuyo cuerpo está atado a un hombre a quien ha conocido como su esposo antes de que pudiera percibir el significado que el matrimonio tiene para Dios. Mientras tanto, su alma merodea alrededor del hombre a quien adora por decreto del amor y la belleza más puros y verdaderos. Es una terrible agonía que empezó con la existencia de la debilidad en la mujer y la existencia de la fuerza en el hombre. Y no terminará, a menos que los días de esclavitud y superioridad del fuerte sobre el débil sean abolidos. Es una horrible guerra entre la corrupta ley de los hombres y los sentimientos sagrados y el santo propósito del corazón. Tal es el campo de batalla en el que yo me hallaba ayer, pero reuní los restos de mis fuerzas, y desencadené los hierros de la cobardía, y solté mis alas del corsé de la debilidad, y me alcé en el cielo espacioso del amor y la libertad.

”Ahora soy una con el hombre a quien amo; él y yo saltamos como una única chispa de la mano de Dios antes del comienzo del mundo. No existe poder bajo el sol que pueda quitarme mi felicidad, porque ella emana del abrazo de dos espíritus, devorados por el entendimiento, irradiados por el Amor y protegidos por el cielo.

Me miró como si quisiese penetrar con sus ojos en mi corazón, para descubrir la impresión que sus palabras me habían causado, y para oír el eco de su voz en mi interior; pero yo permanecí en silencio y ella continuó. Llenaban su voz una memoria amarga y el dulzor de la sinceridad y la libertad, cuando dijo:

–Así que la gente le dirá que Rose Hanie es una mujer herética e infiel, que siguió sus propios deseos al dejar al hombre que hacía de ella su gran regocijo y la elegancia de su casa. Le dirán que es una adúltera y una prostituta, que destruyó con sus manos indecentes la guirnalda de un sagrado matrimonio para reemplazarlo por una unión mancillada, tejida con las espinas del infierno. Ella se quitó el ropaje de la virtud y se echó encima el manto del pecado y la desgracia. Le dirán más que eso, porque los fantasmas de sus padres todavía viven en sus cuerpos. Son como las cavernas abandonadas en las montañas, que devuelven el eco de voces que nadie entiende. No entienden la ley de Dios, ni comprenden la intención real de la verdadera religión, ni distinguen entre el pecador y el inocente. Solo miran la superficie de las cosas, sin conocer sus secretos. Lanzan sus veredictos con ignorancia, y juzgan a ciegas, poniendo en pie de igualdad al inocente y al criminal, al bueno y al malo. Infortunio para aquellos que persiguen y que juzgan a la gente…

”A los ojos de Dios yo era una infiel y una adúltera únicamente mientras estaba en la casa de Rashid Bey Namaan, porque él me hizo su esposa de acuerdo con las costumbres y tradiciones, y a fuerza de apresuramiento, antes de que el cielo pudiese hacerlo mío conforme a la ley espiritual del Amor y el Cariño. Era una pecadora a los ojos de Dios y de mí misma cuando comía de su pan y le ofrecía mi cuerpo en recompensa por su generosidad. Ahora soy pura y limpia, porque la ley del Amor me ha liberado y me ha vuelto honorable y fiel. Dejé de vender mi cuerpo a cambio de refugio y mis días por vestidos. Sí, yo era una adúltera y una criminal cuando la gente me veía como la más honorable y fiel de las esposas; hoy soy pura y noble en espíritu, pero en su opinión estoy corrompida, porque juzgan al alma por el resultado del cuerpo y miden el espíritu con el rasero de lo material.

Miró a través de la ventana y apuntó con su mano derecha hacia la ciudad, como si hubiese visto el fantasma de la corrupción y la sombra de la vergüenza entre los magníficos edificios. Dijo con desprecio:

–Vea esas mansiones majestuosas y esos sublimes palacios donde habita la hipocresía; en esos edificios, entre sus hermosos muros decorados, la Traición vive al lado de la Putrefacción; bajo el cielo raso pintado con hojas de oro fundido, la Falsedad vive al lado de la Pretensión. Observe esas preciosas moradas que representan la felicidad, la gloria y la dominación; no son más que cavernas de miseria y desdicha. Son tumbas enlucidas en las que la Traición de la mujer débil se esconde detrás de los ojos delineados con kohl y los labios color carmín; en sus rincones se agazapa el egoísmo, y a través de su oro y de su plata, la animalidad del hombre gobierna soberana.

”Si esos altos e inexpugnables edificios perfumaran sus puertas con odio, engaño y corrupción, ya se habrían rajado y derrumbado. El pobre aldeano mira esas residencias con ojos bañados en lágrimas, pero cuando descubra que los corazones de los ocupantes están vacíos de ese puro amor que existe en el corazón de su mujer y que llena su dominio, sonreirá y regresará a sus campos bien contento.

Entonces sujetó mi mano y me condujo junto a la ventana y dijo:

–Venga, le mostraré los secretos develados de esa gente cuya senda me he negado a seguir. Mire el palacio con las gigantescas columnas. Allí vive un hombre rico que heredó todo el oro de su padre. Después de llevar una vida de obscenidad y putrefacción, se casó con una mujer de la que no sabía nada, excepto que su padre era uno de los dignatarios del Sultán. Tan pronto como terminó el viaje de bodas, quedó descontento y comenzó a relacionarse con mujeres que venden sus cuerpos por monedas de plata. Su mujer permanecía sola en ese palacio, igual que una botella vacía abandonada por un borracho. Lloraba y sufría por primera vez; luego se dio cuenta de que sus lágrimas eran más preciosas que su degenerado marido. Ahora la mantienen ocupada el amor y la devoción de un hombre joven, sobre quien derrama sus horas jubilosas y en cuyo corazón vierte sincero amor y cariño.

”Ahora déjeme llevarlo a esa preciosa casa rodeada de hermosos jardines. Es el hogar de un hombre que proviene de una noble familia que gobernó el país por muchas generaciones, pero cuyos valores, salud y prestigio han declinado debido a su indulgencia hacia el loco despilfarro y la pereza. Algunos años atrás, este hombre se casó con una mujer fea pero rica. Una vez que se hubo apoderado de su fortuna, la ignoró completamente y comenzó a consagrarse a una atractiva muchacha. Hoy su mujer se dedica a cepillarse el cabello, pintar sus labios y perfumar su cuerpo. Viste los vestidos más costosos y anhela que algún joven le sonría y venga a visitarla, pero todo es en vano, pues la única sonrisa que logrará obtener es la de su fea cara en el espejo.

”Observe esa gran mansión, rodeada de estatuas de mármol; es la morada de una mujer hermosa que posee un extraño carácter. Cuando su primer esposo murió, ella heredó todo su dinero y sus bienes; luego seleccionó un hombre de pocas luces y de cuerpo débil y se convirtió en su esposa para protegerse de las malas lenguas, y para usarlo como escudo para sus abominaciones. Ahora ella es como una abeja entre sus admiradores, que liban las más dulces y deliciosas flores.

”Esa hermosa casa junto a la suya fue construida por el más grande arquitecto de esta provincia; pertenece a un hombre avaro y respetable que consagra todo su tiempo a amasar su oro y a descorazonar a los pobres. Tiene una esposa de una belleza sobrenatural, en cuerpo y en espíritu, pero ella es como las demás, la víctima de un matrimonio precoz. Su padre cometió un crimen al entregarla a un hombre antes de que ella alcanzara la edad de la comprensión, colgándole al cuello el pesado yugo de un matrimonio corrupto. Ahora está delgada y pálida, y no logra encontrar una salida para sus sentimientos prisioneros. Se hunde lentamente, anhelando que la muerte la rescate de la apretada malla de la esclavitud y la libere de un hombre que se pasa la vida juntando su oro y maldiciendo la hora en que desposó a una mujer infértil, que no puede darle un hijo para que lleve su nombre y herede su dinero.

”En aquella casa rodeada de un huerto vive un poeta idealista; se casó con una mujer ignorante, que ridiculiza sus obras porque no puede entenderlas, y se ríe de su comportamiento porque ella no puede adecuarse a su sublime forma de vivir. Ese poeta huyó de la desesperación a través de su amor por una mujer casada, que aprecia su inteligencia y que lo inspira, al encender en su corazón la llama de los sentimientos, revelándole los versos más bellos y eternos a través de sus encantos y su belleza.

Durante algunos instantes reinó el silencio. Madame Hanie se sentó en un sofá junto a la ventana, como si su alma se hallase fatigada de deambular por esos barrios. Luego siguió hablando, lentamente:

–Esas son las moradas en las que me he negado a vivir; esas son las tumbas en las que yo también estuve espiritualmente sepultada. Esa gente de la que yo me liberé son aquellos a quienes el cuerpo atrae y el espíritu ahuyenta, y que no saben nada del Amor y la Belleza. El único intermediario entre ellos y Dios es la compasión de Dios por la ignorancia de Su ley. No puedo juzgar, porque fui una de ellos, pero los compadezco con todo mi corazón. No los odio, pero odio el modo en que se rinden a la debilidad y la falsedad. He dicho todas estas cosas para mostrarle la realidad de esa gente de la cual, contra su voluntad, yo pude escapar. Traté de explicarle la vida de personas que hablan pestes de mí, porque he perdido su amistad y al fin he ganado la mía propia. Salí de sus oscuras mazmorras y dirigí mis ojos hacia la luz, donde la sinceridad, la verdad y la justicia prevalecen. Ahora me han exiliado de su sociedad y eso me complace, porque la humanidad solo exilia a aquel cuyo espíritu noble se rebela contra el despotismo y la opresión. Aquel que no prefiere el exilio a la esclavitud no es libre de acuerdo con ninguna medida de la libertad, la verdad o el deber.

”Ayer yo era como una bandeja que contenía toda clase de apetitosos manjares, y Rashid Bey Namaan jamás se me acercaba a menos que sintiera necesidad de esa comida; pero las almas de los dos se mantenían lejos de nosotros, como dos humildes y dignos sirvientes. Traté de reconciliarme con lo que la gente llama infortunio, pero mi espíritu se negó a pasarse toda la vida hincándose de rodillas conmigo ante un horrible ídolo, erigido por las épocas oscuras y llamado LEY. Conservé mis cadenas hasta que oí el llamado del Amor y vi a mi espíritu preparado para embarcar. Entonces las rompí y salí de la casa de Rashid Bey Namaan, como un pájaro liberado de su jaula de hierro, dejando atrás todas las gemas, los vestidos y los sirvientes. Vine a vivir con mi amado, porque sabía que lo que hacía era honesto. El cielo no quiere que yo solloce y sufra. Muchas veces, por la noche, recé para que llegara el amanecer, y cuando el amanecer llegó, recé para que el día terminase. Dios no quiere que yo lleve una vida miserable, porque Él colocó en lo hondo de mi corazón un deseo de felicidad; Su gloria descansa en la felicidad de mi corazón.

”Esta es mi historia y esta es mi queja ante el cielo y la tierra; esto es lo que canto y repito, mientras la gente se tapa los oídos por temor a oírme y dejarse llevar hacia la rebelión, que derrumbaría los cimientos de su temblorosa sociedad.

”Este es el arduo camino que tuve que abrirme hasta alcanzar la cima de la montaña de mi felicidad. Ahora, si la muerte viene a buscarme, estaré más que dispuesta a ofrecerme ante el Supremo Trono del Cielo, sin miedo ni vergüenza. Estoy lista para el día del juicio y mi corazón es blanco como la nieve. He obedecido la voluntad de Dios en todo lo que he hecho, y he seguido el llamado de mi corazón mientras oía la angélica voz del cielo. Este es mi drama, que la gente de Beirut llama “Una maldición en los labios de la vida” y “una enfermedad en el cuerpo de la sociedad”. Pero un día el amor despertará sus corazones como los rayos del sol, que hacen nacer las flores incluso de la tierra contaminada. Un día los caminantes se detendrán ante mi tumba y saludarán a la tierra que envuelve mi cuerpo y dirán: “Aquí yace Rose Hanie, que se liberó de la esclavitud de las pútridas leyes humanas, para obedecer la ley del puro amor de Dios. Ella volvió su rostro hacia el sol, para no ver la sombra de su cuerpo entre los cráneos y las espinas”.

Se abrió la puerta y entró un hombre. Sus ojos brillaban con mágicos destellos y en sus labios apareció una sonrisa sincera. Madame Hanie se levantó, tomó del brazo a aquel joven y me lo presentó, luego le dijo mi nombre con palabras halagadoras. Supe que él era aquel por quien ella había renegado del mundo entero y violado todas las leyes y costumbres terrenales.

Y nos sentamos, en un silencio atento. Cada uno de nosotros estaba absorto en profundos pensamientos. Un valioso minuto de silencio y respeto había pasado cuando volví a mirar a la pareja, sentados codo a codo. Vi algo que nunca había visto antes, e instantáneamente me di cuenta del significado de la historia de Madame Hanie. Comprendí el secreto de su protesta contra la sociedad, que persigue a aquellos que se rebelan contra las leyes y costumbres restrictivas, antes de averiguar la causa de la rebelión. Vi ante mí a un espíritu celestial, compuesto de dos personas unidas y hermosas, entre las cuales se hallaba el dios del Amor extendiendo sus alas sobre ellos para protegerlos de las malas lenguas. Encontré un entendimiento perfecto que emanaba de dos rostros sonrientes, iluminados por la sinceridad y rodeados por la virtud. Por primera vez en mi vida, encontré al fantasma de la felicidad parado entre un hombre y una mujer, maldecido por la religión y combatido por la ley. Me puse de pie y me despedí de ellos, y dejé esa humilde choza que el Cariño había levantado como un altar del Amor y el mutuo Entendimiento. Caminé ante los edificios que Madame Hanie me había señalado. Cuando alcancé el final de esos barrios me acordé de Rashid Bey Namaan, medité en su miserable situación y me dije: “Está afligido; ¿querrá alguna vez el cielo escucharlo si se lamenta por Madame Hanie? ¿Acaso esa mujer ha hecho mal en dejarlo y en seguir la libertad de su corazón? ¿O fue él quien cometió un crimen al sojuzgar su corazón por el amor? ¿Cuál de los dos es el oprimido y cuál de los dos el opresor? ¿Quién es el criminal y quién el inocente?”.

Luego, tras unos momentos de profunda reflexión, volví a hablar conmigo mismo. “Muchas veces el engaño ha tentado a la mujer a dejar a su esposo y seguir a la riqueza, porque su amor por los ricos y hermosos atuendos la ciega y la conduce a la vergüenza. ¿Fue Madame Hanie deshonesta cuando dejó el palacio de su opulento marido por la cabaña de un hombre pobre? Muchas veces la ignorancia mata el honor de una mujer y revive su pasión; llega a cansarse y deja a su esposo, acicateada por sus deseos, y sigue a un hombre a quien se rebaja. ¿Era Madame Hanie una mujer ignorante que seguía sus deseos físicos cuando declaró públicamente su independencia y se unió a su joven amado? Podría haber satisfecho sus deseos en secreto, sin dejar la casa del marido, pues muchos hombres estaban dispuestos a ser esclavos de su belleza y mártires de su amor. Madame Hanie había sido una mujer desdichada. Ella solo buscó la felicidad, la encontró y la abrazó. Esta es la verdad misma que la sociedad desprecia”. Entonces susurré a través del éter y me interrogué a mí mismo: “¿Le está permitido a una mujer pagar su felicidad con la desdicha de su marido?”. Y mi alma agregó: “¿Es lícito que un hombre esclavice los sentimientos de su mujer, cuando advierte que él nunca los poseerá?”.

Seguí mi camino. La voz de Madame Hanie continuaba sonando en mis oídos cuando alcancé los límites de la ciudad. Ya el sol desaparecía y el silencio reinaba sobre los campos y las praderas, mientras los pájaros comenzaban a cantar sus plegarias. Permanecí allí, reflexionando, y luego suspiré y me dije: “Ante el trono de la Libertad, los árboles se regocijan con la brisa traviesa y disfrutan de los rayos del sol y los fulgores de la luna. En los oídos de la Libertad estos pájaros susurran y alrededor de la Libertad aletean hacia la música de los arroyos. A lo ancho de todo el firmamento de la Libertad estas flores respiran su fragancia, y ante los ojos de la Libertad, sonríen cuando llega el día.

”Todo vive sobre la Tierra de acuerdo con la ley de la naturaleza, y de esa ley surgen la gloria y la alegría de la vida en libertad; pero al hombre se le niega esta fortuna, pues él ha establecido, para el alma que Dios le ha dado, una ley limitada y terrenal de su propia invención. Ha creado para sí mismo estrictas reglas. El hombre ha construido una estrecha y dolorosa prisión en la que recluye sus sentimientos y deseos. Ha cavado una profunda fosa en la que entierra su corazón y su propósito. Si un individuo, a través de los dictados de su alma, declara su retirada de la sociedad y viola la ley, sus semejantes dirán que es un rebelde digno del exilio, o una criatura infame que merece la ejecución. ¿Seguirá siendo el hombre esclavo de su auto-confinamiento hasta el final del mundo? ¿O el paso del tiempo lo liberará y lo hará vivir en el Espíritu y para el Espíritu? ¿Insistirá el hombre en mirar hacia la tierra que está debajo y atrás? ¿O volverá sus ojos hacia el sol, para no ver la sombra de su cuerpo entre los cráneos y las espinas?”.

No se trataba de un par de zapatos de mujer con la forma exacta de sus talones en el fondo del placard. Tampoco de abrir una caja y encontrar todas sus cartas escritas durante la guerra, dedicadas con amor a un chico de once años.

Descubrimientos así se hacen en cualquier geriátrico todos los días. Ningún empleado los comenta porque a nadie le interesa la vida de un viejo. Los empleados sólo hurgan entre los despojos de los muertos buscando dólares.

En la peor decrepitud, cuando la orina es una mancha indeleble en sus pantalones y necesitan una receta distinta para poder tragarse cada bocanada de aire, los viejos siempre esconden dólares.

Quince minutos después de avisar que se había muerto, la administradora del geriátrico llamó por teléfono otra vez. Con un tono más drástico dijo: “Alguien tiene que sacar ese baúl de la habitación cuanto antes”.

El arcón privado de sus recuerdos.

Cuando llegamos al geriátrico, dos tipos de brazos gruesos estaban empujando el baúl hacia la puerta.

Tuve que forcejear un rato hasta que se resignaron a dejarlo donde estaba. “Lléveselo, no queremos problemas.”

Problemas.

Vivimos acostumbrados a que, cuando alguien se muere, el instante siguiente tiene lugar a la sombra de un cedro bien recortado sobre un cementerio conveniente. Nadie habla sobre la necesidad burocrática de identificar el cadáver. Tampoco sobre el transporte, el ataúd, la mortaja. Nadie habla nunca sobre los costos laborales del sepulturero y los lacayos.

Mi problema era que todavía faltaba conseguir el certificado de defunción y retirar el cuerpo de la morgue. Así que no se me ocurrió preguntar a qué se referían con eso de problemas. Todo lo que un viejo deja después de morirse es un problema. La basura de cualquier anciano es un problema.

En ese preciso instante, mi único y verdadero problema era que mamá estaba demasiado angustiada.

Ella había dejado de verlo cuando la enfermedad terminó de volverlo intratable.

Claro que, por eso, no dejaba de ser el hombre más importante de su vida.

El humilde artesano del vidrio que había llegado desde Kasos en mil novecientos cuarenta y seis. Con una mano atrás y otra adelante. Desde una isla perdida del Dodecaneso que después de la guerra ni siquiera podía importarles a los propios griegos.

Yo no tuve mucho que decir. Mi vínculo con el abuelo se había cimentado del mismo modo que con cualquier otra persona. Yo me hacía cargo de los costos exorbitantes de su vida en esa lujosa residencia para ancianos y de todos sus tratamientos quirúrgicos desde hacía casi diez años. Era una fatiga financiera que mi secretaria se ocupaba de administrar con solvencia mes a mes. Y eso era mucho más de lo que el resto de la familia estaba dispuesta a hacer por él.

Llevé el baúl hasta mi casa en un taxi y lo dejé ahí. Al abuelo lo cremamos al día siguiente.

En un momento, el cura preguntó si queríamos despedirlo con algunas palabras. Mamá se secó las lágrimas y empezó con los recuerdos heroicos. El Eje le había declarado la guerra al mundo cuando su padre era un joven artesano en Kasos. El Dodecaneso estaba bajo ocupación italiana, así que el abuelo pasó a formar parte de la Regia Marina de Benito Mussolini. Como todo griego, conocía el mar a su alrededor mejor que cualquier extranjero.

No tardaron mucho en nombrarlo capitán de un submarino Clase Argonauta.

“Pero no servía para la guerra y se convirtió en espía de la Ellinikos Laikos Apeleftherotikos Stratos, la resistencia griega”, dijo mamá.

El diario íntimo de la odisea de un inmigrante. “¿Quedarán familiares de su padre en la isla?”, preguntó el cura.

“¿Y si viaja a Kasos?”

El cura se había sentido muy útil durante la cremación, así que nunca le dijimos que el abuelo pertenecía en realidad a la iglesia ortodoxa griega. La propuesta del viaje, sin embargo, quedó flotando en el aire.

Mamá hablaba griego a la perfección. Ese no era el problema. El problema era la idea de permitirle viajar sola a un lugar en el que nunca había estado pero que encontraría repleto de los recuerdos que su padre le había relatado a lo largo de toda su vida.

Hacía falta una excusa.

Un día, mamá se convenció de que necesitaba arrojar las cenizas de su padre al Egeo. No hizo falta más.

Nadie dejaría de atenderse en su quirófano si postergaba los turnos para las cirugías plásticas hasta el mes siguiente. Compró dos pasajes por Lufthansa y me pidió que la acompañara.

Ordené mis asuntos en Buenos Aires y le dije que sí. Viajamos a Atenas. Once mil seiscientos kilómetros con una urna entre las manos: seiscientos kilómetros más hasta la isla de Kasos.

Conseguimos una habitación frente a las playas de Emporeios e hicimos una pequeña caminata. Mamá insistió en comenzar a sacar fotos casi desde el momento en que dejamos las valijas en el lobby del hotel.

Como de costumbre, las sacaba torcidas y fuera de foco. Habíamos llevado solamente mi cámara y yo no lograba entender cómo alguien podía hacer que un equipo profesional como aquel diera tan malos resultados.

Pero no quería iniciar discusiones por asuntos como ese, claro que no. Estábamos por otros asuntos. Aún así, después de casi ocho horas en Kasos, ella insistía en fotografiar lo que fuera que se cruzara en el camino. Y lo hacía mal. El encuadre, la luz, el contraste.

La pesadilla de cualquier Departamento de Fotografía y Retocado Digital.

Tal vez porque era mi primera vez en el Mediterráneo noté un poco mejor lo que pasó más tarde, cuando volvimos al hotel. Todo era celeste y azul. Todo era la brisa tibia y transparente de las Cícladas. Hasta que mamá deletreó el apellido del abuelo.

Hasta ese preciso momento, el dueño del lugar se había limitado a cumplir su rol de anfitrión. Preguntar de dónde veníamos, qué teníamos pensado hacer, hasta cuándo íbamos a quedarnos. La clase de preguntas que hace cualquier dueño de un hotel en una isla perdida del Egeo.

Estaba seguro de que entre los gritos del dueño del hotel y los de mamá no se estaban resolviendo ni los detalles del desayuno, ni los costos del taxi que nos llevaría hasta el aeropuerto de Kasos siete días más tarde (otro problema: en las islas casi no hay taxis y los que hay se comparten).

Yo no conocía demasiado el idioma griego, pero sabía que skatá significaba mierda.

“Este oligofrénico se confunde a tu abuelo con otra persona”, dijo mamá. “Me parece que hablar con turistas noruegos toda su vida le arruinó la lucidez griega”.

Tal vez si hubiese esperado a que mamá saliera a fumar un cigarrillo frente al mar, decidiendo desde qué monte era mejor arrojar las cenizas del abuelo. O si hubiese esperado a que el dueño del hotel se calmara, para preguntarle en inglés qué había pasado.

La mañana siguiente fuimos al Registro Civil. Una oficina imperceptible a la sombra de un pequeño platanus orientalis, al que mamá le sacó una foto desde demasiado lejos.

En Kasos no hay tasa de nacimientos porque casi nadie vive en Kasos.

El último casamiento registrado fue en mil novecientos ochenta y dos.

Si viajaran a Kasos, no les resultaría extraña la idea de una isla convertida en una máquina turística operada por un pequeño grupo de especialistas. Cuando el verano se acaba, esos especialistas vuelven al continente hasta la próxima temporada.

Los habitantes reales de Kasos son un puñado de ancianos y otro puñado de labradores. Personajes de postal que viven de encarnar un color local.

Espectros.

Quisiera poder conservar alguna buena imagen de los labradores, pero ninguna logró el foco adecuado a través del lente que mamá insistía en monopolizar.

La empleada del Registro Civil era una de las pocas mujeres jóvenes en la isla. Durante las tardes administraba el aeropuerto y los fines de semana hacía de guía turística.

Mamá deletreó nuestro apellido y preguntó si quedaban parientes vivos en el lugar. La empleada nos miró unos segundos y dijo que había un hotel al otro lado de la isla con ese nombre. “Deberían preguntar ahí”, sugirió en inglés. Después miró a mamá y le dijo —en griego— que le diera tiempo hasta el día siguiente para revisar los registros.

En julio del cuarenta y dos, el submarino Clase Argonauta del abuelo había sido cedido a la Marina Griega como botín de guerra. Quinientas noventa y nueve toneladas impulsadas por un motor diesel con una velocidad final de nueve nudos en inmersión. Un cañón de cuatro pulgadas. Dos ametralladoras antiaéreas de trece milímetros. Seis torpedos.

Gracias al coraje del abuelo, pasaron a operarlo de inmediato los espías de la resistencia griega en su lucha sin cuartel contra el enemigo invasor.

El relato épico.

Cuando la guerra terminó, de todos modos, Kasos había quedado arrasada. A lo largo de la Historia la habían arrasado los turcos, los egipcios, los albanos y los británicos. Pero los alemanes y su blitzkrieg no habían dejado nada en pie.

Entonces llegó el momento de que el capitán rebelde del submarino Clase Argonauta renunciara a los honores, recogiera sus herramientas para el vidrio y partiera a Sudamérica.

Esa era la versión familiar del asunto.

Mamá se la repitió al mozo que nos sirvió los keftedes con tzatziki y encendió otro cigarrillo. “Conoció a mi madre y abrió uno de los talleres de vidrio más importantes en Buenos Aires”, dijo. Yo quise sacar una foto de los kataifi, pero mamá insistió en hacerlo ella. El flash refractado sobre el plato arruina cualquier detalle interesante.

Terminamos de almorzar y fuimos hasta ese hotel con nuestro nombre, al otro lado de la isla.

El dueño era de Rhodas. Había elegido ese nombre por casualidad. “Conozco gente con ese apellido en muchas islas”, dijo. El komboloi iba y venía entre sus dedos.

Las olas trasparentes del mar azul. El perfume suave de los olivos. El calor seco del Mediterráneo. Todo era una postal —fuera de foco, claro, pero una postal—, excepto la ansiedad evidente de ese tipo. “Kosta es el historiador de esta isla”, dijo. Después señaló a un hombre que tomaba café en una pequeña terraza celeste frente al mar, aunque todo en Kasos está frente al mar. “Si hay alguien que puede ayudarlos, es él”.

El abuelo había aprendido italiano desde la cuna. Pero el alemán no le había costado nada. Hablar los idiomas de los invasores había sido una ventaja: aprendía todo antes y mejor que los demás. Así fue como un joven artesano del vidrio, forzado por el destino, perfeccionó sus destrezas de marinero y se convirtió rápido en el capitán de un submarino Clase Argonauta.

El mito genealógico del coraje.

Kosta dejó su café frappé en la mesa y nos pidió — en griego y en inglés— que lo acompañáramos hasta una pequeña oficina frente al hotel. “Mi humilde museo personal”, dijo al abrir la puerta.

Las ventanas estaban cubiertas con papel.

Encendió los tubos de luz y después de algunos relampagueos —durante los que brotaron desde todas las paredes banderas de la Deutschland Erwache, la National Sozialistische y la Hitlerjugend— la habitación quedó iluminada. “Todo esto lo recogí yo mismo de la isla durante sesenta años”, dijo orgulloso.

En el centro había tres vitrinas llenas de medallas, cascos, encendedores, monedas, municiones, cantimploras, antiparras. Algunas estaban oxidadas. Otras habrían sido la envidia del Imperial War Museum de Londres. Tengo en mi poder otra de las fotos que sacó mamá donde, a pesar de una grave deficiencia en el encuadre, se distinguen perfectamente las dagas para oficiales de la Wehrmacht, que no se mezclaban con las dagas para oficiales de las Waffen SS, ni con las dagas de la Luftwaffe.

Kosta se acercó a la última vitrina.

Había una Luger P—08. Ocho cartuchos. Cañón de ciento dos milímetros y seis estrías en perfecto estado. “La reihenfeuerpistolen del ejército alemán” dijo Kosta, en griego. Miró el arma y me dijo en inglés: “Cualquier parecido con la Luger US Army no es casualidad”. Al lado había una Browning FN1922. “La favorita de los oficiales de la Luftwaffe”. La sacó de la vitrina despacio. Señaló una pequeña insignia grabada junto al gatillo: un águila negra sobre una esvástica. “La Waffenamt de los inspectores alemanes”, dijo. “La marca de aprobación oficial antes de enviarlas a la Wehrmacht”.

Kosta le pidió a mamá que le repitiera su apellido una vez más.

Caminó hasta un escritorio y abrió el único cajón cerrado con llave.

Debajo de algunas balas oxidadas había un sobre con fotografías. “El lanzacohetes que sostiene ese hombre se llama Panzerschreck. El terror de los blindados aliados”.

Kosta apoyó el dedo índice sobre la silueta borrosa de un soldado con uniforme italiano. “Estas son fotos tomadas en Kasos entre mil novecientos treinta y nueve y mil novecientos cuarenta y tres”, dijo en inglés.

Después empezó a hablar en griego, así que supuse que sólo quería hablar con mamá.

Mi ventaja es que cuando no estoy viajando por el mundo esparciendo las cenizas de mis parientes, trabajo como publicista. Por lo tanto, tengo un desarrollado sentido de la decepción.

“Ese joven con la Treue Dienste in der Wehrmacht, la medalla del Reich al servicio leal en sus fuerzas armadas”, dijo Kosta, en inglés, con su dedo índice sobre otra foto.

La publicidad es una profesión con sus ventajas.

La principal es que uno aprende a intuir rápido de qué se trata todo lo que se escucha pero, sobre todo, lo que nadie dice.

“Ese hombre comenzó delatando a insurgentes griegos en Kasos”.

Una de las cosas que se aprenden más rápido es que detrás de esa marca de lujo que provoca tirones de pelo y patadas entre las modelos antes de un desfile, siempre hay un taller clandestino donde trabajan extranjeros indocumentados durante dieciocho horas diarias de esclavitud. Mi trabajo es que nadie piense en eso frente al espejo del probador, antes de comprar.

“Después fue transferido por los alemanes a la Kriegsmarine”.

Una de mis últimas cuentas publicitarias es la bomba sexual del momento.

Conoce las sábanas de todos los mandatarios del Mercosur. Y sólo porque me hizo caso cuando le hablé sobre la gluteoplastia de aumento con implantes. Tres semanas de faja compresiva de lycra después, se ganó el culo natural más famoso de Buenos Aires.

Con esto quiero decir que uno está preparado para descubrir que nada es exactamente como le dicen.

Por ejemplo, el submarino italiano Clase Argonauta del que tu abuelo fue capitán. Nunca había sido cedido a la resistencia griega como botín de guerra, sino que se había dedicado a torpedear a la marina mercante ateniense hasta aniquilarla.

“Cuando la guerra terminó, ese hombre desapareció de Grecia para que no lo fusilaran por traidor”.

Todo puede retocarse. Reformularse.

“Ese hombre”, dijo Kosta. En inglés.

Mamá no quiso ver las fotografías. “Mi padre era un artesano del vidrio”, dijo en griego. “Usted se confunde”.

Adelantar el vuelo desde Kasos hacia Atenas para el día siguiente no fue fácil. Apenas un poco más difícil que adelantar desde Atenas el pasaje de vuelta a Buenos Aires.

Tuve que esperar hasta que mamá saliera a fumar otro cigarrillo a orillas del mar —un mar azul, tibio y transparente— para hacer mi último llamado a Buenos Aires.

Hablé con uno de mis asistentes y le pedí que fuera urgente hasta mi departamento. Es la única ventaja de tener uno de esos letreros con la palabra Ejecutivo en la puerta de mi oficina. Siempre hay un novato dispuesto a ofrecer gratis la misma obsecuencia por la que un cliente está obligado a pagar.

 A once mil seiscientos kilómetros de distancia, mi asistente me devolvió el llamado a los quince minutos. Tenía ese tono que en el ambiente publicitario suele llamarse aterrador.

Ahora pienso que tal vez se trate de algo genético. De cierta predisposición para trastocar.

“¿Esto que tenés acá es real?”

Eso no quita que, a veces, uno necesite escuchar determinadas mentiras para quedarse tranquilo. Y por mentiras quiero decir: cosas que no tengan nada que ver con lo que realmente sucede.

Entre cada uno de sus suspiros, a mi asistente se le dio por contarme sus recuerdos escolares. “Una vez nos hicieron estudiar el árbol genealógico de Adolfo Hitler para mostrarnos que tenía un pariente judío”, dijo.

Podía escuchar cómo abría la tapa del baúl del abuelo. La colección privada de sus logros de juventud.

Dicho sea de paso, nadie debería desestimar el poder de Google a la hora de averiguar de qué se trata todo lo que hay en el baúl de un humilde artesano griego del vidrio que acaba de morir.

“Nunca vi una medalla del Deutsches Kreuz en mi vida. Una Cruz Germánica como la de Erich Hartmann”. No hizo falta que le preguntara quién era Erich Hartmann. “El Diablo Negro de Ucrania”, dijo. “Uno de los ases más famosos de la Luftwaffe”.

Podía escuchar cómo el baúl del abuelo rodaba y se vaciaba sobre mi living. Podía escuchar los fragmentos de vidrio estrellándose contra el parqué al otro lado del mundo. El ruido seco de todas sus reliquias, entre las que ni siquiera había algún dólar. “También estudiamos que la muralla de Troya había caído porque entre los dioses que la habían construido había un mortal. ¿Entendés a dónde quiero llegar?”, dijo mi asistente.

Entendía, pero no me interesaba. Eso lo dije en castellano.

En publicidad lo llaman adaptación. Ajustar un original al formato que exige el soporte. En otros términos: convertir lo ya existente en algo a la medida del deseo ajeno.

“Nunca creí que pudiera ser cierto”, dijo mi asistente. Había escuchado hablar sobre las coronas de oro arrancadas de millones de mandíbulas en Dachau o Treblinka, pero nunca sobre la encuadernación antropodérmica.

“¿Pero una Biblia?”

Pensé después que, llegado el caso, debería hablarle a mamá sobre otro término publicitario. Actitud. La disposición del individuo ante un determinado estímulo.

“Sandalias hechas con el pelo de los prisioneros”. Hizo una pausa hasta que Google terminó la búsqueda. “Un calzado mudo para cualquier sonar”.

Los tesoros del heroísmo.

“Lo que no entiendo son estas fotos”, escuché después a mi asistente. Lo decía con el miedo reverencial de quien se siente irremediablemente en falta. Yo daba algunos pasos por la habitación tratando de no perder la señal. “Es el mismo hombre de las otras, pero a color y mucho más viejo”.

Me acerqué a la ventana y vi a mamá, todavía fumando su cigarrillo.

“Se ven algunos edificios a través de una ventana. Es Buenos Aires. Una especie de…” Ella iba y venía por la orilla.

“¿Una fiesta de disfraces?”, escuché que decía mi asistente con el tono patético de una disculpa. “Igual, impresiona ver uniformes militares con esvásticas a color, aunque estén completamente fuera de foco”.

Mamá había dejado sus zapatillas sobre una silla y daba algunos pasos sobre el mar.

El agua avanzaba cada vez más contra la orilla. “Algunas fotos están fechadas a mano detrás”, escuché otra vez. “Mil novecientos setenta y dos”.

Me aclaró que él no había nacido todavía en esa época. Yo tampoco, pensé. Yo tampoco había nacido en esa época, le dije.

El problema es que, después de algunos años, en mi profesión se logra una vigorosa coraza de cinismo.

“Están muy mal sacadas”, dijo.

Una capacidad casi inconsciente de negación.

“Fuera de foco”, escuché que decía mi asistente. “Pésimamente encuadradas”.

Miré otra vez por la ventana. Mamá caminaba de vuelta hacia el hotel.


Este cuento fue publicado en No alimenten al troll, Editorial Tamarisco, 2012.

Los Trenes que van de Bombay a Madrás salen de Victoria Station. Mi guía aseguraba que una salida de Victoria Station vale por sí sola un viaje a la India, y éste era el primer motivo que me había llevado a preferir el tren al avión. Mi guía era un librito un poco excéntrico que daba consejos perfectamente incongruentes, y yo lo estaba siguiendo al pie de la letra. El hecho era que también mi viaje era perfectamente incongruente, así que aquel libro estaba hecho ex profeso para mí. No trataba al viajero como a un saqueador ávido de imágenes estereotipadas al que se aconsejan tres o cuatro itinerarios obligatorios como en los grandes museos visitados a toda prisa, sino como a un ser vagabundo e ilógico, disponible para el ocio y el error. En avión, decía, disfrutará de un viaje cómodo y rápido, pero se perderá la India de las aldeas y de los paisajes inolvidables. Con los trenes de largo recorrido se enfrentará al riesgo de paradas fuera de programa y puede incluso llegar un día más tarde de lo previsto, pero verá la verdadera India. Pero, si tiene la suerte de tomar el tren adecuado, será puntualísimo y confortable, dispondrá de comida excelente y un servicio perfecto, y un billete de primera clase le costará menos de la mitad que un billete de avión. Y no olvide además que en los trenes indios se pueden tener los encuentros más imprevistos.

Estas últimas consideraciones me habían convencido definitivamente; y puede que también me hubiera tocado en suerte el tren adecuado. Había atravesdao paisajes de excepcional belleza, o en cualquier caso inolvidables por la humanidad que había visto; el vagón era de una comodidad extraordinaria, el aire acondicionado agradable, el servicio impecable. Estaba cayendo el crepúsculo y el tren atravesaba un paisaje de montañas rojas y abruptas. el criado entró con un tentempié sobre una bandeja de madera lacada, me ofreció una toallita húmeda, me sirvió el té, me informó con discreción de que nos hallábamos en el centro de la India. Mientras yo comía, él arregló mi litera, señaló que el vagón restaurante estaba abierto hasta medianoche y, si deseaba cenar en mi compartimento, bastaba con que tocara el timbre. Le di las gracias con una pequeña propina y le devolví la bandeja vacía. Luego me quedé fumando y contemplando por la ventanilla aquel panorama ignoto, pensando en mi extraño itinerario. Ir a Madrás a visitar le Sociedad Teosófica y emplear, además, dos días de tren, era, para un agnóstico, una empresa que probablemente habría sido del agrado de los extravagantes autores de mi extravagante guía de viaje. Pero la verdad era que una persona de la Sociedad Teosófica podría proporcionarme una información que me interesaba muchísimo. Era una tenue esperanza, tal vez una ilusión, y no quería quemarla en el breve espacio de un viaje aéreo: prefería mimarla y saborearla con cierta comodidad, como es preferible hacer con las esperanzas a las que nos sentimos muy apegados y que sabemos que tienen pocas posibilidades de realizarse.

El frenazo del tren me arrancó de mis consideraciones, y puede que de mi sopor. Probablemente me había adormilado unos pocos minutos y el tren ya había entrado en una estación sin que yo pudiera leer su nombre en el cartel. Había leído en la guía que una de las paradas intermedias era Mangalore, o quizá Bangalore, no lo recordaba bien, pero ahora no tenía ganas de ponerme de nuevo a hojear el libro para buscar el itinerario de la vía férrea. Debajo de la marquesina había escasos viajeros: indios vestidos a la occidental con aspecto de personas adineradas, un grupo de mujeres, unos cuantos faquires atareados. Debía de ser una ciudad importante e industrializada. En la lejanía, más allá de las vías, se veían las chimeneas de una fábrica, grandes edificios y avenidas arboladas.

El hombre entró mientras el tren se estaba poniendo en marcha. Me saludó con prisas, comprobó que el número de la litera disponible correspondía al de su billete y, después de haber comprobado que no había errores, me pidió disculpas por su intrusión. Era un europeo de una gordura fláccida, vestía un traje azul bastante fuera de lugar teniendo en cuenta el clima y un elegante sombrero. Como equipaje sólo llevaba un maletín de fin de semana de piel negra. Se sentó en su lugar, sacó del bolsillo un pañuelo blanco y se limpió cuidadosamente las gafas, sonriendo. Tenía un aire afable pero reservado, casi compungido.

– ¿Usted también va a Madrás? – me preguntó sin esperar respuesta–. Este tren es muy puntual, llegaremos mañana por la mañana a las siete.

Hablaba un inglés correcto con acento alemán, pero no me pareció alemán. Holandés, se me ocurrió pensar sin saber por qué, o quizá suizo. Tenía aspecto de hombre de negocios, a primera vista parecía tener unos sesenta años, pero puede que fuera más viejo.

– Madrás es la capital de la India dravídica – añadió –, si nunca ha estado allí tendrá cosas extraordinarias para ver.

Hablaba con la desenvoltura un poco distanciada de los europeos que conocen la India, y me preparé para una conversación basada en banalidades. Decidí que era oportuno informarle de que podíamos cenar en el vagón, prefiriendo intercalar los previsibles tópicos del inevitable diálogo con los necesarios silencios previstos por una cena consumida civilizadamente.

Mientras caminábamos por el pasillo me presenté, disculpándome por la distracción de no haberlo hecho antes.

– Oh, ahora las presentaciones se han convertido en un formalismo inútil – afirmó con su aire afable. Esbozó una leve inclinación con la cabeza –. Yo me llamo Peter –concluyó.

En la cena resultó ser un valioso experto. Me desaconsejó las chuletas vegetales hacia las que me estaba inclinando por mera curiosidad, «porque las verduras tienen que ser muy variadas y elaboradas – dijo –, y es difícil que esto pueda producirse en las cocinas de un tren». Sugerí tímidamente otros platos al azar, suscitando siempre su desaprobación. Al final consintió con el tandoori de cordero que había elegido para él, «porque el cordero es un alimento noble y sacrificial, y los indios tienen el sentido de la ritualidad de la comida».

Hablamos mucho de las civilizaciones dravídicas, mejor dicho, habló casi siempre él, porque mis intervenciones se limitaban a las típicas preguntas del profano, a alguna tímida objeción, y, fundamentalmente, al consenso incondicional. Me describió con profusión de detalles los relieves rupestres de Kancheepuram y la arquitectura del Shore Temple, me habló de cultos arcaicos y desconocidos, ajenos al panteísmo hinduista, como el de las águilas blancas de Mahabalipuram; del significado de los colores, de los ritos fúnebres, de las castas. Le expuse con ciertos titubeos lo que yo sabía: mis conocimientos sobre la penetración europea en las costas del Tamil; hablé de la leyenda del martirio de Santo Tomás en Madrás, del fallido intento de los portugueses de fundar otra Goa en aquellas costas, de sus guerras con los reyes locales, de los franceses de Pondicherry. El completó mis informaciones y corrigió algunas de mis inexactitudes sobre las dinastías indígenas citando nombres, fechas, lugares y acontecimientos. Hablaba con seguridad y competencia, y su erudición denotaba una vastedad de conocimientos que llevaban a suponer que era un calificado experto, tal vez un profesor universitario o un ilustre estudioso. Se lo pregunté de manera directa, con una ingenuidad evidente, convencido de que la respuesta sería afirmativa. El sonrió, no sin falsa modestia, y movió la cabeza.

– Sólo un simple aficionado – dijo –, es una pasión que el destino me ha invitado a cultivar.

Su voz tenía un tono dolorido, me pareció, como un lamento o una pena. Sus ojos brillaban, y su rostro lampiño parecía más pálido bajo la luz del vagón restaurante. Tenía las manos delicadas y los gestos cansados. Había una especie de inconclusión en su aspecto, algo a medio terminar, pero era difícil decir qué: pensé en algo enfermizo y oculto, como una vergüenza.

Regresamos a nuestro compartimento sin dejar de conversar, pero ahora su verborrea se había debilitado y nuestro coloquio iba intercalado de largos silencios. Mientras nos disponíamos a prepararnos para la noche, sólo por decir algo, sin un motivo específico, le pregunté por qué viajaba en tren y no en avión. Creía que para una persona de su edad resultaría más fácil y cómodo utilizar el avión, en lugar de soportar un viaje tan largo; y probablemente yo esperaba que me confesara su temor a semejante medio de transporte, como les sucede a veces a las personas que no se habituaron a él en su juventud.

El señor Peter me miró perplejo, como si no hubiera pensado nunca en ello. Luego se le iluminó el rostro de repente y dijo:

– En avión realizan viajes cómodos y rápidos, pero se salta la India auténtica. Es verdad que los trenes que hacen largos recorridos corren el riesgo de llegar hasta con un día de retraso; pero si se tiene la suerte de dar con el tren adecuado se puede hacer un viaje muy confortable y llegar con absoluta puntualidad. Y además en tren siempre existe el placer de entablar una conversación, cosa que el avión no permite.

Fue más fuerte que yo y murmuré:

– India, a travel survival kit.

– ¿Qué? – dijo él.

– Nada – contesté –, me he acordado de un libro. – Y luego dije con seguridad – : Usted no ha estado nunca en Madrás.

El señor Peter me miró con candor.

– Para conocer un lugar no siempre es preciso haber estado en él – afirmó.

Se quitó la chaqueta y los zapatos, metió su maletín debajo de la almohada, corrió la cortina de su litera y me deseó buenas noches.

Me habría gustado decirle que también él tenía una tenue esperanza, y que por eso había tomado el tren: porque prefería mimarla y saborearla largo rato, en lugar de quemarla en el breve espacio de un viaje aéreo, estaba seguro. Pero naturalmente no dije nada, apagué la luz central, dejé la veilleuse azul, corrí mi cortina y le deseé buenas noches.

                                                                     ***

Nos despertó la molestia de la luz encendida de repente y una voz que pedía algo. Por la ventanilla se divisaba una barraca de tablones iluminada por una débil luz, con un letrero incomprensible. El revisor iba acompañado de un policía muy oscuro de aire sospechoso.

– Estamos entrando en el país Tamil Nadu – dijo el revisor con una sonrisa –, es un mero formalismo.

El policía tendió la mano y dijo:

– Documentación, por favor.

Examinó mi pasaporte con aire distraído y lo cerró inmediatamente. Sobre el documento del señor Peter se entretuvo con mayor atención. Mientras lo examinaba descubrí que era un pasaporte israelita.

– ¿Míster… Shi…mail? – silabeó dificultosamente el policía.

– Schlemihl – corrigió mi compañero de viaje –, Peter Schlemihl.

El policía nos devolvió los documentos, apagó la luz y se despidió fríamente. El tren corría de nuevo por la noche india, la luz de la bombilla azul creaba una atmósfera onírica, permanecimos largo rato en silencio, después al final yo hablé.

– Usted no puede llamarse así – dije –, existe un único Peter Schlemihl, es un invento de Chamisso, y usted lo sabe perfectamente. Algo semejante sólo se lo cree un policía indio.

Mi compañero de viaje no contestó. Después me preguntó:

– ¿Le gusta Thomas Mann?

– Algunas cosas – repliqué.

– ¿Qué le gusta?

– Los relatos, algunas novelas cortas, Tonio Kröger, Muerte en Venecia.

– No sé si conoce un prólogo de Peter Schlemihl – dijo –, es un texto admirable.

El silencio se hizo de nuevo. Pensé que mi compañero se había dormido, pero no podía ser, claro. Sólo esperaba que hablara yo, y yo hablé.

– ¿Qué tiene que hacer en Madrás?

Mi compañero de viaje tardó en responder. Tosió ligeramente.

– Voy a ver una estatua – susurró.

– Es un largo viaje para ver una estatua.

Mi compañero no contestó. Se sonó la nariz varias veces.

– Quiero contarle una pequeña historia – dijo luego –, tengo ganas de contarle una pequeña historia.

Hablaba en voz baja y su voz me llegaba afelpada desde el otro lado de la cortina.

– Hace muchos años, en Alemania, conocí a un hombre. Era médico, y tenía que visitarme. Estaba sentado detrás de un escritorio y yo estaba desnudo de pie delante de él. Detrás de mí había una cola de hombres desnudos que él tenía que visitar. Cuando nos llevaron a aquel lugar nos dijeron que nosotros servíamos para el progreso de la ciencia alemana. Junto al médico había dos guardias armados y una enfermera que llenaba las fichas. Él nos hacía preguntas precisas referentes a nuestras funciones viriles, la enfermera procedía a realizar ciertos análisis sobre nuestros cuerpos, y después escribía. La cola avanzaba con rapidez, porque aquel médico tenía prisa. Cuando ya había pasado mi turno, en lugar de continuar hacia la habitación a la que nos conducían, me entretuve unos instantes, porque mi mirada fue atraída por una estatuilla que el médico tenía sobre el escritorio. Era la reproducción de una divinidad oriental, pero yo no la había visto nunca. Representaba una figura danzante, con los brazos y las piernas en posiciones armónicas y divergentes inscritas en un círculo. En aquel círculo sólo quedaban unos pocos espacios abiertos, pequeños vacíos que esperaban ser cerrados por la imaginación de quien los miraba. El médico se dio cuenta de mi arrobo y sonrió. Tenía una boca delgada y burlona. Esta estatua representa el círculo vital, dijo, en el que deben entrar todas las escorias para alcanzar la forma superior de la vida que es la belleza. Le deseo que en el ciclo biológico previsto por la filosofía que concibió esta estatua usted pueda tener, en otra vida, un peldaño superior al que le ha correspondido en su vida actual.

Mi compañero de viaje se calló. Pese al ruido del tren podía percibir perfectamente su respiración pausada y profunda.

– Siga, por favor – le dije.

– No hay mucho que añadir – dijo él –, esa estatua era la imagen de Shiva danzante, pero yo entonces no lo sabía. Como ve, todavía no he entrado en el círculo de la renovación vital, y mi interpretación de aquella figura es otra. Lo he estado pensando todos los días, es en lo único que he pensado en todos estos años.

– ¿Cuántos años han pasado?

– Cuarenta.

– ¿Se puede pensar en una única cosa durante cuarenta años?

– Creo que sí, si se ha comprobado su mala influencia sobre nosotros.

– ¿Y cuál es su interpretación de esa figura?

– Creo que no representa en absoluto el círculo vital. Representa simplemente la danza de la vida.

– ¿En qué consiste la diferencia? – pregunté yo.

– Oh, es muy distinto – susurró el señor Peter –. La vida es un círculo. Hay un día en que el círculo se cierra, y no sabemos cuál. – Se volvió a sonar la nariz y luego dijo –: Y ahora discúlpeme, estoy cansado, si me permite me gustaría intentar dormir.

                                                                      ***

Me desperté en las afueras de Madrás. Mi compañero de viaje ya estaba afeitado y vestido con su impecable traje azul. Su aspecto era reposado y sonriente, había subido su litera y me mostraba la bandeja del desayuno colocada encima de la mesa al lado de la ventanilla.

– He esperado a que se despertara para tomar el té juntos – dijo –. No he querido molestrarle, dormía tan a gusto.

Entré en el cuartito de baño y me lavé con rapidez, recogí mis cosas, ordené mi equipaje y me senté delante del desayuno. Comenzábamos a atravesar un lugar habitado, una zona de aldeas populosas con los primeros indicios de la ciudad.

– Como ve, vamos perfectamente bien de horario – dijo mi compañero –, son las siete menos cuarto. – Dobló cuidadosamente su servilleta –. Me gustaría que también usted fuera a ver esa estatua – añadió –, se encuentra en el museo de Madrás. Me gustaría saber qué le parece.

Se levantó y cogió su maletín. Me tendió la mano y me saludó en su tono afable.

– Le agradezco a mi guía de viaje que me aconsejara este medio de transporte – dijo –, es cierto que en los trenes indios se pueden tener los encuentros más inesperados: su compañía ha sido para mí un placer y un estímulo.

– El placer ha sido recíproco – repliqué –, yo soy quien está agradecido a los consejos de mi guía.

Estábamos entrando en la estación, frente a un andén atestado de gente. El tren accionó los frenos y el convoy se paró suavemente. Le cedí el paso y él bajó en primer lugar, saludándome con la mano. Mientras se alejaba le llamé y él se volvió.

– No sé dónde podría comunicarle mi opinión – grité –, no tengo su dirección.

Él retrocedió, con ese aire perplejo que yo ya conocía, y reflexionó un instante.

– Déjeme un mensaje en el American Express – dijo –, pasaré a recogerlo.

A continuación cada uno de nosotros se perdió entre la multitud.

                                                                      ***

Sólo pasé tres días en Madrás. Fueron días intensos, casi febriles. Madrás es una ciudad enorme de casas bajas y de inmensos espacios sin edificar, atascada por un tráfico de bicicletas, de autobuses inconexos y de animales; para recorrerla de una punta a otra hace falta mucho tiempo. Una vez resueltas las obligaciones que me esperaban me quedó un solo día de libertad, y preferí, antes que el museo, hacer una visita a los relieves rupestres de Kancheepuram, que distan muchos kilómetros de la ciudad. También en esta ocasión mi guía resultó ser una compañía fundamental.

La mañana del cuarto día me encontraba en una estación de los autobuses que hacen el recorrido a Kerala y a Goa. Faltaba una hora para la salida, hacía un calor tórrido y las marquesinas del enorme hangar de la estación eran el único refugio contra el ardor de las calles. Para distraer la espera compré el diario en lengua inglesa de Madrás. Era un diario de sólo cuatro hojas, con aspecto de hoja parroquial, muchos anuncios de todo tipo, resúmenes de películas populares, crónica urbana. En la primera página, muy destacada, estaba la noticia de un homicidio sucedido el día anterior. La víctima era un ciudadano de nacionalidad argentina que vivía en Madrás desde 1958. Se le describía como un señor esquivo y discreto, sin amistades, setentón, que vivía en un chaletito del barrio residencial de Adyar. Su mujer había fallecido tres años antes por causas naturales. No tenían hijos.

Había muerto de un disparo en el corazón. Era un homicidio aparentemente inexplicable, porque el asesino no había actuado con intención de robar. La casa estaba en orden, no había nada roto. El artículo describía la vivienda como una residencia sencilla y sobria, con algunas piezas artísticas de buen gusto y un pequeño jardín. Parecía que la víctima era un entendido en arte dravídico; el diario mencionaba algunos servicios prestados a la catalogación del museo local y publicaba la fotografía de un desconocido: el rostro de un anciano calvo, de ojos claros y boca delgada. Era una descripción neutra y anodina. El único detalle curioso era la fotografía de una estatuilla pegada al rostro de la víctima. Se trataba sin duda de una aproximación plausible, porque la víctima era un entendido en arte dravídico y la danza de Shiva es la pieza más famosa del museo de Madrás, una especie de símbolo. Pero aquella aproximación plausible suscitó en mí otra aproximación. Todavía faltaban veinte minutos para la salida, busqué un teléfono y marqué el número del American Express. Me contestó una amable señorita.

– Querría dejar un mensaje para el señor Schlemihl – dije.

La señorita me rogó que aguardara un instante y luego dijo:

– De momento no tenemos a nadie registrado bajo ese nombre, pero si lo desea puede dejar de todas maneras su recado, le será entregado tan pronto como pase. Oiga, oiga – repitió la telefonista, que ya no oía mi voz.

– Un segundo, señorita – dije –, déjeme pensar un segundo.

¿Qué podía decir? Pensé en la ridiculez de mi recado. ¿Que había entendido? ¿Y qué había entendido? ¿Que para alguien el círculo se había cerrado?

– No tiene importancia – dije –, he cambiado de idea.

Y colgué.

No descarto la posibilidad de que mi imaginación haya volado más de la cuenta. Pero si hubiese adivinado cuál era la sombra que el señor Schlemihl había perdido, y si alguna vez se da la casualidad de que lea este relato, por el mismo extraño azar que nos llevó a encontrarnos aquella noche en el tren, me gustaría hacerle llegar mi saludo. Y mi pena.


*Publicado en “Pequeños equívocos sin importancia”, Editorial Anagrama S.A., Barcelona, España, 1997.

Lo trajo una noche sin avisar. Se habían encontrado en la estación Carlos Pellegrini; como en las películas, los dos caminaban en direcciones opuestas y chocaron de frente. Cosas del destino. Vivir en la ciudad más grande del país y de pronto encontrarse bajo tierra con gente que no vemos hace siglos.

Los dos hombres estaban en la puerta de la cocina, esperando a que cerrara la canilla y se acercara a saludar.

-¿Te acordás de Morin? Estuvimos juntos en Puerto Belgrano -Ismael rodeaba el hombro de un tipo de su altura pero más fibroso, piel mate y ojos verdes, como muchos provincianos agringados.

Ángela se secó las manos en el jean y caminó hacia ellos. No, no se acordaba, pero asintió con sonrisa franca. Cuando sonreía sus ojos grises se ponían brillosos y el iris se encendía amarillento como los gatos. Con la cara enrojecida por el calor del horno, sus ojos brillaban todavía más. Sintió el contraste de temperatura cuando besó su mejilla, el contacto con el frío de la calle y cierto alivio inesperado.

-¿Hace falta comprar algo? -preguntó Ismael.

Ángela negó con la cabeza y fue a vigilar cómo iba el pollo. Justo ese día había puesto uno entero. Lo habitual era que cocinara una presa para cada uno, dos pata-muslo con mucho limón, un rulo de manteca, rodajas de cebolla y tiritas de morrón colorado.

En un momento, Ismael se puso a contar anécdotas de cuando estuvieron en la Base, era el único lazo que los unía y que ahora se desenterraba, como un objeto perdido hace mucho tiempo. Pero eso fue después de comer el pollo al horno con papas, después de tomar las dos botellas de Norton que los hombres habían comprado antes de subir al departamento, después de pelar tres manzanas rojas y rebanarlas en un plato como postre improvisado, después que el invitado contara la vuelta a la casa de los viejos en Posadas (donde nadie lo esperaba), después que Ángela se diera cuenta quién era Morin.

-¿Te acordás, amor? -a veces las preguntas de Ismael tenían un tono examinatorio, como si le estuviera haciendo un test de memoria y concentración.

-¿De qué? -Ángela puso el manojo de cubiertos sucios sobre la pila de platos y se levantó de la silla.

-Del colimba que se mató.

-Qué horror.

-Si ya te conté, ¿no te acordás? Que estábamos de centinelas, que recibió la carta de la novia diciendo que lo dejaba.

Morin bajó la cabeza pensativo.

-A las 12 pasó el correo y media hora después se pegó el tiro, ¿no? -Ismael tocó el codo del compañero.

Morin asintió mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo de la camisa, lo tuvo todo el tiempo en la mano sin encender.

-Quién puede decir por qué se mata una persona… -Ángela apoyó la pila de platos que sostenía en el aire.

-Lo que un marino dice, es cierto; lo que promete, se cumple; lo que hace es digno -recitó Ismael con una solemnidad sobreactuada-. Grabado a fuego -dijo, dándose unas palmaditas en la frente.

Morin observó de reojo la expresión impaciente de Ángela: quería escucharlos y, a la vez, terminar de levantar la mesa. Morin corrió la silla hacia atrás y se dio impulso para levantarse.

-No, no, no, yo me arreglo -Ángela lo volvió a sentar apoyando una mano en el hombro.

-Su guía le lamió la sangre.

-¿Qué guía? -preguntó Ángela, alzando los platos otra vez.

-El perro con el que hacía la guardia. Cuando llegabas a la Base te asignaban un perro, un ovejero alemán. Lo tenías que entrenar, darle de comer, llevarlo al canil. Vos cuidabas al perro y el perro te cuidaba a vos. Así era la cosa, ¿no? -preguntó Ismael tocando el brazo de Morin.

Morin asintió con la mirada perdida en el mantel, los agujeros de la nariz se dilataron, como si estuviera a punto de soltar una emoción.

-Pobrecito -puchereó Ángela-. Lo que daría por tener uno.

-¿Un perro? -se sorprendió Ismael.

-Sí -gritó Ángela desde la cocina.

-¿Un perro acá? -preguntó Ismael, levantando el tono de voz.

-Por qué no. ¿Café? -Ángela asomó la cabeza en el pasillo.

-Morin quiere. Yo también -contestó Ismael sin variar el tono.

Los dos hombres se quedaron callados, atentos a los ruidos que llegaban de la cocina: el chorro de agua repicando en el fondo de la pava, la pava sobre la hornalla, la fricción del fósforo en el borde de la caja, el zumbido del gas abierto.

-Estamos buscando -dijo Ismael mientras enrollaba la servilleta de tela hasta formar un tubito que se doblaba sobre sí mismo, como un fideo de plastilina naranja.

Morin andaba en otra cosa.

-Ya tuvimos bastante tiempo para nosotros, nos dimos todos los gustos. Bá, todos los que pudimos. Ya era hora de ponerse en campaña. ¿Y vos?

¿Y él? Nada. Nadie.

Desde el pasillo miró al amigo de su marido, tenía el físico de alguien que trabajó en el campo. Cuando le tocó el hombro para que volviera a sentarse sintió su contextura, también sintió otras cosas. Como si hubiese tocado hielo seco, algo que enfría y arde a la vez. A primera vista, parecía mucho más joven que Ismael. Sin canas, sin entradas, sin patas de gallo. Pero había algo en su forma de mirar, algo antiguo.

-Ángela, te estoy hablando.

-Sí.

-¿Qué estás haciendo? -preguntó Ismael conteniendo la tentación-. Ella es así -se justificó con Morin.

Ángela estaba parada en el pasillo que unía el living y la cocina, rígida como una estatua, la boca abierta y la vista hacia el techo. Como sumergida en un estado de trance o revelación. Ismael tomaba esos momentos con humor. Pensaba que el problema era que se le ocurrían demasiadas cosas a la vez, y se atoraba. ¿Cuántos hombres están casados con una mujer que los divierte de verdad? Pocos. Menos de los que imaginamos. Él era un privilegiado. Además estaba seguro de que iba a ser una buena madre, aunque la familia pensara lo contrario.

-Hay que prestar atención a ciertas cosas -contestó Ángela, peinándose el pelo con ambas manos y caminando hacia su silla-. Ah, escuchen esto, el otro día leí una historia increíble. Resulta que un hombre estuvo 40 años lavándose la cara en el bidé. Un día, viendo un programa de televisión, se dio cuenta que llevaba 40 años equivocado y que nadie le había enseñado cómo usarlo.

Ismael volvió a tentarse. Morin también sonreía.

-No puede ser.

-El tipo declaró que si su esposa y sus cinco hijos nunca le dijeron nada (sabiendo lo que hacía), si lo dejaron meter la cara donde ellos habían puesto lo que ya saben, es que estaba completamente solo en el mundo.

-¿Y se fue de su casa? -preguntó Ismael, como para alargar el juego.

-Sí, se mudó a una pensión sin bidé, a reponerse como un animal herido.

Ismael explotó con una carcajada y corrió para el baño diciendo que se meaba. Morin agarró el vaso lleno hasta la mitad y de un trago se terminó el vino. Ángela miró hacia donde había corrido su marido, inclinó el pecho sobre la mesa y habló con calma y un dejo de malicia.

-Él también tarda en darse cuenta.

Morin se relamió el bigote de gotitas color borgoña y sonrió como un chico al que descubren acurrucado en su escondite.

-Supongo que viniste por algo.

Morin la miró con curiosidad. Mientras hablaba, Ángela marcaba cruces de cementerio en el mantel.

-En el placard tenemos una caja donde guardamos los secretos más importantes de cada uno. Los escribimos en papelitos, los leímos en voz alta y los guardamos. Fue idea de Ismael, él dijo que así nuestro amor iba a ser más fuerte. Los secretos sabidos y bien guardados. Estoy segura que tu nombre no está en esa caja. Pero estás acá y no sé por qué. ¿Te debe algo?

Morin hizo rodar el cigarrillo sobre la mesa y lo atajó antes de que se cayera. Ella le apretó el dorso de la mano.

-Decime.

Morin empezó a negar con la cabeza, pero terminó mirando en dirección al baño. Ismael venía acomodándose la camisa dentro del pantalón.

-Por Dios, casi me muero.

La pava tembló en la hornalla, Ángela se levantó de un salto y corrió a la cocina. Mientras colaba el café, acercó la nariz y respiró lentamente el aroma torrado. También podía ser un reencuentro entre viejos amigos, un ataque de nostalgia nada más. Acomodó el juego de café en una bandeja con manijitas de bronce. Muchas cosas se vuelven lujosas con el paso del tiempo, eso había pasado con ese juego de porcelana marrón heredado de su abuela. Parecía una reliquia.

Ángela volvió haciendo equilibrio con la bandeja.

Ismael tenía la silla alejada de la mesa, el cuerpo rígido, los ojos clavados en su viejo camarada. Como si acabara de enterarse de algo que todos sabían menos él.

Mientras Ángela servía el café se escuchó un golpe fuerte en la parte baja de la puerta del departamento, parecía una patada hecha con la puntera de un zapato duro, una patada con envión. Los tres se miraron. Ismael se levantó de la silla en cámara lenta. De pronto la noche se hizo tan larga. ¿Hacía cuánto que estaban en la mesa?

-Voy a ver.

Cuando abrió la puerta, se encontró con el paisaje de todos los días: la luz automática encendida, el mosaico color jenjibre, la alfombrita gastada del departamento de enfrente, el ruido del ascensor frenando y arrancando. Ismael cerró de un portazo y se quedó a esperar. El golpe volvió a repetirse. Puso el ojo en la mirilla y vio todo negro. Apoyó la oreja a la altura de la cerradura y oyó el jadeo, las uñas arañando el piso, el ladrido que retumbó en el pasillo.

Abrió la puerta y presionó el botón de la luz, a unos pasos el ovejero alemán lo miraba con la lengua afuera y la panza inflándose y desinflándose como un fuelle. Parecía que había subido cincuenta pisos por escalera y no cinco. Ismael miró en dirección al living. Ángela estaba parada con la cafetera en la mano, alelada, como si no pudiera creer lo rápido que se le había cumplido el deseo de tener una mascota.

El perro se coló por entre las piernas de Ismael y entró patinando en el parquet. Avanzaba como una tromba, cayéndose y levantándose, ladrando y gimiendo, mientras su cola plumereaba como loca. Esquivó las piernas de Ángela como si fuera una silla que le interrumpía la corrida.

Morin estaba de pie para recibirlo. Ya lo estaba viendo, ya lo estaba sintiendo. Cómo se le tiraba encima, apoyando las dos patas en sus hombros para lamerle la cara con devoción. Los mismos lengüetazos desesperados que le dio aquél mediodía en la garita. Despidiéndose entonces, y ahora, dándole la bienvenida.

 

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.

Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.

Pero el pueblo está todavía muy allá. Es el viento el que lo acerca. Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde.

Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:

-Son como las cuatro de la tarde.

Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: “Somos cuatro.” Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo que somos nosotros.

Faustino dice:

-Puede que llueva.

Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: “Puede que sí.”

No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas. Por eso a nadie le da por platicar.

Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

No, el Llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches tres peleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada.

Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina.

Yo siempre he pensado que en eso de quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con “la 30” amarrada a las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los caballos junto con la carabina.

Vuelvo hacia todos lados y miro el Llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.

Nos dijeron:

-Del pueblo para acá es de ustedes.

Nosotros preguntamos:

 -¿El Llano? -Sí, el Llano. Todo el Llano Grande.

Nosotros paramos la jeta para decir que el Llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano. Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

-No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

 -Es que el Llano, señor delegado…

-Son miles y miles de yuntas.

-Pero no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.

¿Y el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.

-Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.

-Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.

-Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro. Todo es contra el llano… No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que hemos dicho… Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por donde íbamos…

Pero él no nos quiso oír. Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto dposible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por donde uno camina como reculando.

Melitón dice:

 -Esta es la tierra que nos han dado.

Faustino dice:

 -¿Qué?

Yo no digo nada. Yo pienso: “Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón? Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los remolinos.”

Melitón vuelve a decir:

-Servirá de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.

-¿Cuáles yeguas? -le pregunta Esteban.

Yo no me había fijado bien a bien en Esteban. Ahora que habla, me fijo en él.

Lleva puesto un gabán que le llega al ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.

Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara. Yo le pregunto:

 -Oye, Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?

-Es la mía- dice él.

-No la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?

-No la merque, es la gallina de mi corral.

-Entonces te la trajiste de bastimento, ¿no?

-No, la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.

-Allí escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire. Él se la acomoda debajo del brazo y le sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:

-Estamos llegando al derrumbadero.

Yo ya no oigo lo que sigue diciendo Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante. Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato, para no, golpearle la cabeza contra las piedras.

Conforme bajamos, la tierra se hace buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajará por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.

Por encima del río, sobre las copas verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es lo que nos gusta. Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en la barranca y la llena de todos sus ruidos.

 Esteban ha vuelto a abrazar su gallina cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.

 -¡Por aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.

Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado está allá arriba.


*© Juan Rulfo, 1953, and heirs of Juan Rulfo.

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