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Mi hermana está saliendo con un tipo que se hizo famoso por participar en un reality en Estados Unidos. Lo conoció en el café donde ella trabaja, en Los Ángeles, que es donde vive desde que en 2002 me dijo que acá no aguantaba más y se fue. Lo atendió como atendía a todos sus clientes, y cuando el tipo ya se había ido, sus compañeras saltaron a su alrededor y una de ellas le dijo «¿No lo reconociste? Era Ozzy, el de Survivor.» Ella nunca había visto el programa (yo tampoco), salvo por algunos episodios sueltos de una de las primeras temporadas, así que mi hermana no entendió en ese momento de qué se trataba todo el asunto de Survivor ni por qué sus compañeras podían estar emocionadas por alguien tan rancio como un ex participante de un reality show.

Al día siguiente, Ozzy volvió y mi hermana hubiera querido atenderlo como atendía a todos sus clientes, pero esa vez no pudo reprimir un comentario sobre el libro de tiburones que él estaba hojeando y que ella conocía bien (yo le había regalado ese libro en su cumpleaños de quince; un librero me había dicho que era un clásico, con información dura pero apto para aficionados, y pronto se convirtió en el preferido de ella y en el primero de una colección de veinte títulos sobre el tema). Mi hermana me dijo que había sentido cierta emoción al ver que alguien más en el mundo tenía ese libro, sólo eso, y que su emoción no tenía nada que ver con que ese alguien fuera Ozzy el de Survivor porque para ella Survivor no significaba nada. Y yo me acordé de una nota que había leído en una revista: los hijos de Ricky Martin recién ahora, que tienen casi siete años, descubrieron quién «es» su padre: «¿Tú eres Ricky Martin?», le preguntaron asombrados después de ver por primera vez uno de sus shows entre el público y no desde un costado del escenario.

O sea que mi hermana no tenía nada que decir sobre Ozzy el de Survivor, pero sí hablaba mucho de Ozzy el chico que iba casi todos los días al café y que le parecía irresistible: lindo, con cara de buena gente, sencillo y muy amable. Poco a poco, y a pesar de la timidez de los dos, habían ido encontrando coincidencias y excusas para verse cuando ella salía del trabajo.

Todo lo que mi hermana me había ido contando de él a partir de entonces me hacía pensar que eran el uno para el otro, en especial por el hecho de que las máximas expectativas en la vida de los dos eran alcanzables y eso los volvía personas propensas a ser felices.

Un día mi hermana me dijo que estaba enamorada. Completamente enamorada, dijo. «¿Y él?», le pregunté, preocupada, porque el enamoramiento era un estado que suele dejarla demasiado vulnerable. Ella me dijo que sólo cuando el sentimiento es recíproco una puede estar enamorada y serena al mismo tiempo. Y entonces recordé que el amor también la vuelve un poco cursi.

Yo había googleado «Ozzy» y «Survivor» en cuanto ella me lo mencionó por primera vez. Vi varias de sus fotos, como para hacerme una idea de su aspecto, y leí unas notas sueltas y comentarios de algunos foros para tratar de averiguar qué clase de persona era (sabía que mi hermana jamás haría una cosa así y a mí me parecía un desperdicio no aprovechar la ventaja que nos daba el hecho de que él fuera muy conocido). Me preocupaba un poco imaginar a mi hermana, así como es ella, tan cándida a veces, adentro de la vida de un casi famoso.

Enseguida descubrí que Ozzy era un personaje bastante popular del reality, no sólo un concursante más, que la mayoría de los seguidores del ciclo tenían una opinión sobre él, y lo más extraño: que casi todos opinaban lo mismo, incluso cuando algunos tomaban ciertos rasgos como virtudes y estaban a su favor y otros, por esos mismos motivos, estaban en su contra.

En ese rápido rastreo descubrí también que Ozzy en realidad se llamaba Oscar, que había nacido en Guanajuato, México, y que no había estado en una sino en tres ediciones del programa. Al parecer, después de su primera participación se convirtió en una especie de concursante estrella, un favorito del público, que votaba por él cada vez que los productores del ciclo decidían hacer una temporada especial en la que volvían algunos antiguos «náufragos». Entonces, y después de su primera aparición en Survivor: Cook Islands, volvió como parte de Survivor Micronesia: Fans vs. Favorites y al final formó parte de la edición Survivor: South Pacific.

El premio del programa, que se lleva un único ganador entre los veinte participantes, es de un millón de dólares. Él nunca ganó el premio y sólo la primera vez llegó a la final, aunque en las otras dos ediciones formó parte del «jurado» (el grupo de los últimos siete participantes recién expulsados que debe votar y elegir al ganador). Dos veces, la primera y la última, ganó el premio de cien mil dólares de «Survivor favorito»: el único que se entrega por el voto del público. Al parecer, para la audiencia Ozzy era la máxima expresión del superviviente, y lo premiaban por ser todo un Robinson capaz de trepar árboles como si fuera un mono, de aguantar la respiración bajo el agua por más de tres minutos y de atrapar con un arpón peces de más de un kilo. Además ganaba todas las pruebas físicas a las que debían someterse los participantes para ganar «inmunidad» o «recompensas». Así era como lograba avanzar mucho en el juego, pero al parecer su falta de malicia, su arrogancia y su incapacidad para manipular a los demás y para adelantarse a una traición lo dejaban siempre afuera del gran premio. Claro que todo esto era lo que, para sus fans, lo convertía en el auténtico «ganador moral» del juego. Para sus detractores, era lo que lo volvía un pusilánime atlético y descerebrado. Survivor despierta grandes pasiones en el público de Estados Unidos y, en contra y a favor de Ozzy (y de cualquier otro personaje más o menos llamativo), se usaban estas y otras expresiones incluso más entusiastas o crueles.

Un par de veces había intentado que mi hermana me hablara de Ozzy y su experiencia en el programa, y en especial de lo que pudiera pensar sobre su incapacidad para ganar el millón, pero ella se negaba a hablar de Ozzy el de Survivor. De hecho, con el tiempo empezó a llamarlo Oscar. A ella no le interesaba nada que tuviera que ver con el paso de él por la tele. Incluso parecía sentir cierto rechazo por esa parte de él. Pero se negaba a reconocerlo abiertamente.

Fue más o menos por la época en que ella empezó a llamarlo Oscar cuando yo decidí que ya era tiempo de ver Survivor.

No podía viajar, con mi sueldo era imposible pensar en comprar un pasaje a Estados Unidos. Pero el hecho de que él hubiera pasado tantas horas en televisión siendo «él mismo» en un reality me daba la oportunidad de conocer en acción al tipo con el que mi hermana pasaba cada vez más tiempo. Las últimas veces que hablamos él estaba ahí, ni dijo nada ni nunca se dejó ver en el Skype, pero yo supe que estaba ahí. Una vez mi hermana le pidió que bajara el volumen del televisor; otra vez, entre risas, le dijo que se quedara quieto (quizá le estuviera haciendo cosquillas); y la última vez vi una de sus manos, que pasó rápidamente frente al monitor para agarrar unos papeles del escritorio.

Cuando podía darme cuenta de lo que estaba pasando cerca de mi hermana (no porque ella me lo dijera directamente sino por algún otro indicio), mi sensación respecto de la distancia que nos separaba se volvía más angustiante. Porque yo no había visto ni había estado jamás en esos lugares desde los que me hablaba. No conocía la cafetería donde trabajaba, ni el departamento que alquilaba junto con una de las chicas del trabajo, ni la escuela donde estaba estudiando repostería (mi hermana siempre había tenido una gran mano para la cocina y desde hacía un tiempo había decidido convertir esa disposición natural en una actividad más oficial y, con suerte, lucrativa). Creo que Ozzy el de Survivor había tenido algo que ver con que mi hermana, siempre tan reacia a todo lo relacionado con agendas escolares y metas de estudio (había sido una batalla campal lograr que terminara el secundario), se inscribiera en una escuela de cocina de mucho prestigio y estuviera siendo tan consecuente con sus clases. Incluso estoy segura de que fue él quien pagó la matrícula y hasta las cuotas mensuales. Mi hermana me lo negaba todo. Pero era una pésima mentirosa. Usaba detalles para volver las cosas más creíbles, tantos detalles que alguno, en algún momento, terminaba delatándola. Quizá porque mi principal instinto era protegerla nunca le hice saber que la había descubierto en una mentira. Y cuando la becaron en la academia de cocina (beca que jamás le habrían concedido a una inmigrante que no tiene los papeles en regla) no fue la excepción. Lo que hice fue felicitarla y quedarme pensando que si Ozzy estaba haciendo esas cosas por ella era porque la relación se estaba volviendo muy seria. También pensé que la propuesta de casamiento debía estar cerca. Él le compraría un anillo, se pondría de rodillas durante alguna cena romántica, y muy pronto serían fiancés. Era extraño que los yanquis tuvieran tan arraigada la idea de las tres etapas: noviazgo, compromiso, matrimonio. Y aunque Ozzy había nacido en México, había pasado toda su vida en Estados Unidos y seguramente esos hábitos ya eran también parte de él.

No fue fácil conseguir completa, y en una calidad decente, Survivor: Cook Islands, debut de Ozzy en el programa.

La temporada arranca con los veinte participantes y el conductor en un barco. Mientras los concursantes se tiran por la borda antes de que termine el tiempo para nadar hasta las balsas en las que deberán remar hacia las islas desiertas donde van a pasar los siguientes treinta y nueve días, el conductor explica que es la primera vez que las cuatro tribus con las que arranca el juego representarán etnias distintas. Ozzy forma parte de la tribu de latinos. Además hay una tribu de afro-americanos, otra de asiático-americanos y una de caucásicos.

Esa temporada fue filmada entre junio y agosto de 2006, y con ocho años menos Ozzy era un chico de pelo corto y enrulado, piel aceitunada y cuerpo ágil, que casi no sonreía y hablaba poco, aunque muy pronto se las ingenió para ponerse al frente de su tribu. Uno de sus tres compañeros, al verlo trepar a una palmera para conseguir cocos, dijo que le parecía estar frente a una imagen de El libro de la selva. «Pensé que era Mowgli subiendo por los árboles.» También pescaba con gran facilidad usando lo que llamaban un arpón hawaiano, dirigió la construcción del refugio (fabricado con bambú y hojas de palmera) y diseñó una trampa para cazar gallinas salvajes. Pero sus compañeros no confiaban completamente en él, no sabían explicar por qué, pero no confiaban en él. Yo creo que debía ser porque Ozzy no parecía tener sentido del humor, se tomaba a sí mismo y todo lo que hacía muy en serio, parecía obsesionado por ganar cada desafío y era autosuficiente al punto de resultar irritante.

Creí que iba a llevarme al menos una semana ver los catorce episodios de esa temporada. Pero la curiosidad y la misma dinámica del programa (perfectamente diseñado para generar tensión e intriga) hicieron que me pasara todo el sábado en casa. A las dos de la mañana ya había visto hasta la reunión posfinal. Además de un dolor de cabeza insoportable, tenía una idea bastante clara de qué habían visto en Ozzy sus seguidores.

Unas aspirinas y una buena noche de sueño me depositaron en el domingo recuperada y con más interés que antes en hablar con el famoso novio de mi hermana y en saber cómo se sentía tras haber perdido el gran premio por apenas cuatro votos contra cinco (el ganador fue Yul, un abogado de origen coreano que dominó el juego desde el punto de vista social). La gran final (que es cuando se leen los votos del jurado y se anuncia el ganador) se filmó en un set de la CBS en Nueva York. Ahí estaban reunidos (y ya recuperados de la mugre, el hambre y las lesiones que arrasan físicamente a todos los participantes) los veinte concursantes de esa temporada, y tanto ellos como el conductor y el público tenían varias preguntas generales sobre cómo o por qué había pasado esto o aquello, pero todos tenían también una única gran pregunta para Ozzy: ¿cómo era posible que un chico de ciudad, de más de veinte años, mexicano y que en ese entonces trabajaba como camarero, pareciera haber nacido para vivir y sobrevivir en una isla desierta? Ozzy, siempre serio, escuchó la pregunta sin hacer una mueca y respondió lo único que nadie esperaba y con lo que nadie supo qué hacer: «Siempre leí mucho», dijo. Yo aplaudí. Sentada sola, en el living de casa, frente a la notebook encendida donde el joven Ozzy hablaba de su primer amor, Robinson Crusoe, y de cómo desde chico había fantaseado con ser abandonado en una isla desierta, aplaudí.

En ese momento tuve ganas de llamar a mi hermana y pedirle, por primera vez, hablar directamente con Ozzy. Quería felicitarlo por la respuesta, pero también quería preguntarle qué otros libros habían sido importantes para él (después de todo, Robinson Crusoe no dejaba de parecerme una respuesta obvia. (Esa noche estaba cansada, pero decidí que la próxima vez que habláramos le diría a mi hermana que ya era momento de que me presentara a su novio («quisiera conocerlo un poco», sería mi excusa.)

Descubrí que la temporada Survivor Micronesia: Fans vs. Favorites (la segunda en la que participó Ozzy) estaba completa en YouTube.

Durante dos días, al volver de la escuela donde estaba haciendo una suplencia de un tercer grado, me sentaba frente a mi computadora a mirar el programa. Me sentía completamente atrapada. Era lo único que tenía ganas de hacer, era lo único en lo que lograba concentrarme. Tenía una opinión sobre Ozzy y sobre cada participante, sobre cada alianza, sobre cada eliminado en el consejo tribal. Me emocionaban las pruebas por recompensa o inmunidad. Los fans (una tribu de diez personas que nunca antes habían jugado el juego) me parecían ingenuos, torpes, fuera de lugar. Esperaba ansiosa los momentos en que las cámaras volvían a la tribu de los favoritos (Ozzy y otros nueve ex participantes), donde hasta las conversaciones más banales tenían una potencial repercusión en el desarrollo del juego y donde todos eran extremadamente autoconscientes y desconfiados.

El viernes a la noche, mientras yo terminaba de mirar la final, y veía y retrocedía para volver a ver a Ozzy haciendo sus comentarios sobre las dos finalistas antes de emitir su voto por el millón de dólares, sonó el teléfono en casa. Supe que era mi hermana. Desde que me separé de Germán nadie más llama a casa a esa hora. «Conectate», dijo ella. Casi no me saludó, dijo «conectate» y cortó.

Últimamente chateábamos en Gmail. Así que abrí mi casilla y le mandé un mensajito para avisarle que ya estaba ahí. «Por Skype», me escribió. A mí no me gustaba usar Skype. Por supuesto todo era más cómodo y fluido que chateando, pero el problema era después. Terminar de chatear era escribir «Besos», o «Besooooos», o una frasecita del estilo de «Te extraño» o «Te quiero» (todo dependía de cómo hubiera sido la charla). Cortar el Skype, decirle «chau» a mi hermana, que estaba ahí, en la pantalla, moviéndose y llevándose la palma de la mano derecha a los labios para mandarme el beso con el que siempre se despedía, eso me daba miedo. Cortar la comunicación y quedarme frente a la pantalla en negro me parecía terrorífico. En mi cabeza me había fabricado la idea de que hacer eso era como darle al mundo la oportunidad de tragársela; que, del otro lado, el monitor oscuro se volvía una gran boca que se abría para tragarse a mi hermana llevándosela para siempre.

Cuando nos conectamos, y en cuanto la cara de mi hermana apareció en el monitor, me di cuenta de que había estado llorando. Le pregunté si estaba bien. Ella me sonrió, una sonrisa débil, y dijo: «Lo invitaron de nuevo al programa.»

Cuando a mi hermana le pasaban cosas buenas, yo me alegraba. Me alegraba muchísimo, incluso. Pero cuando esas buenas noticias por algún motivo se truncaban o se volvían en su contra, entonces también me alegraba. Y me daba mucha vergüenza que me pasara eso. Sabía que era pura envidia, y de la peor, y también que era el resultado de una idea que jamás le confesaría a nadie: no creía que existiera ningún motivo para que a ella le fuera mejor que a mí. En esos momentos también me daba cuenta de que seguía resentida porque ella se había ido cuando acá en el país se caía todo a pedazos. Yo me quedé, pensaba a veces, y aguantar es mucho más meritorio que irse a un lugar donde todo es más fácil.

No había nadie en el mundo a quien yo quisiera más que a mi hermana y no había ninguna otra persona que despertara en mí sentimientos tan bajos como el rencor y la envidia. No entendía por qué me pasaba eso, ni me lo perdonaba, y hacía grandes esfuerzos por reprimirlo. Sin embargo, cuando vi su desconsuelo porque Ozzy había recibido una invitación de la CBS para una nueva temporada especial de Survivor, sentí que de alguna retorcida manera aquello me resultaba un giro justo.

«No es tan grave», le dije. Y ella se largó a llorar como cuando éramos chicas. Después de calmarse, me explicó que la temporada se llamaría Blood vs. Water y que cada uno de los ex participantes elegidos por el público debían concursar junto a un ser querido. Ozzy quería que mi hermana fuera con él. «Pero vos no sos pariente de sangre, ni siquiera están casados», fue lo único que se me ocurrió decir intentando parecer que me ponía de su parte. Pero ella me dijo que dos de los que ya habían aceptado participarían junto a sus novios. Al parecer, para los productores de Survivor, «sangre» y «seres queridos» eran lo mismo. Yo no estoy de acuerdo.

No necesité preguntárselo para saber que mi hermana ya le había dicho a Ozzy que ella no quería participar. Me faltaba saber cómo había reaccionado él. «Está furioso», dijo mi hermana, y empezó a llorar otra vez. «Dice que ése es su lugar preferido en el mundo, que ahí es feliz. Es ridículo, estamos hablando de un programa de tele.» Yo intenté explicarle que él seguramente no se estaba refiriendo al programa en sí mismo sino a los lugares donde el programa se filmaba (en general, islas paradisíacas en medio del Pacífico) y en los que Ozzy parecía realmente en su elemento. «Vos no lo conocés», dijo mi hermana. Y yo seguí insistiendo con que ella tampoco iba a conocerlo del todo hasta que lo viera trepar árboles, nadar como un delfín, abrir cocos con un machete, y que recién entonces se iba a dar cuenta de que, haciendo eso, él era feliz. Eso y la competencia lo hacían feliz. Porque no era como ver a un tipo disfrutando de unas vacaciones exóticas, sino a alguien extremadamente competitivo peleando por ganar en un juego en el que se sabe bueno pero no imbatible y que puede superarse. «Todo el concepto del programa es su lugar en el mundo, ¿entendés?», le dije. «Y quizá es una buena idea que lo acompañes. Hasta podrían ganar.» Hubo un silencio. Mi hermana me miraba fijamente. Por un momento pensé que se había congelado la imagen. La conexión en mi casa era malísima. Pero entonces ella parpadeó. «Te odio», me dijo. Y en ese momento no estaba mirando mi imagen en su monitor sino que miró a la webcam para que yo sintiera sus ojos sobre los míos. «Los odio a los dos», dijo, y cortó.

Pantalla en negro y silencio. Tardé un rato en reaccionar. No terminaba de entender lo que había pasado. Esta vez, al verla llorar así, yo había logrado olvidarme de todo y aconsejarla para su bien, hasta me sentía orgullosa por haberla alentado a ir al programa. Después de todo, si llegaban a ganar era perderla completamente. Un novio y un millón de dólares eran suficiente para que no pensara nunca más en volver. Y yo, en el fondo, siempre estaba esperando que mi hermana quisiera volver. Entonces pensé que ella no estaba entendiendo realmente la situación, que estaba cometiendo un error grave y que yo tenía que ayudarla.

Me llevó toda la noche, pero encontré lo que necesitaba. Preparé un archivo con un compilado de YouTube que algún fan había armado con los mejores momentos de Ozzy en el programa, otro videíto de un minuto en el que Ozzy (entrevistado poco después de haber sido eliminado en Survivor: South Pacific) decía a cámara cuánto lo deprimía tener que volver a su vida, a la ciudad, a todo lo que él sentía que lo alejaba de su yo más verdadero. También había un tercer video en el que, durante su primera temporada, Ozzy festejaba por haber pasado tanto tiempo en la isla al grito de «treinta días, es increíble», y lo decía con una inesperada gran sonrisa y en español (nunca había hablado en español en el programa, y sabía que con mi hermana sólo hablaban en inglés). El último video lo había compilado yo misma y eran varios pasajes de Ozzy nadando, porque eso era lo mejor de lo mejor de Ozzy. Verlo nadar era hermoso. Y no era cuestión de admirar la técnica, o la velocidad, o la resistencia, era simplemente emocionante. Era como soltar a un gato de departamento, perezoso y lento, en un jardín desconocido y ver cómo instantáneamente se convierte en un animal salvaje.

Guardé los archivos como un adjunto en un mail en blanco y escribí en el asunto: «No te lo pierdas». Mandé el mail y me fui a dormir. Me sentía satisfecha conmigo misma. Había superado mis más bajos instintos y volvía a ser la persona que mi hermana se merecía, alguien que la aconsejaba por su bien y con el más generoso objetivo: su felicidad (y quizá incluso la de su «Oscar»). Me desperté cerca del mediodía. Era domingo. En la bandeja de entrada había un mail de mi hermana. No una respuesta al que yo le había mandado sino uno nuevo. Abrí el mail y vi que tampoco tenía texto sino un video adjunto sin título. Estuve un rato sentada frente a la computadora sin animarme a abrir el archivo. Tenía miedo de que mi hermana no hubiera entendido lo que yo había intentado decirle con mi mensaje y que ahora estuviera todavía más enojada. Por muy poco ya me había dicho «Te odio». ¿Qué había después de eso?

Prendí un cigarrillo y le di play. El video empezaba con una placa donde decía «Reality show», y seguía con varios fragmentos editados de grabaciones muy caseras. Ozzy ahora tenía el pelo bien corto y varios kilos más que el chico de la tele.

En todas las tomas mi hermana está usando ropa que no le conozco. En todas se están filmando uno al otro o alguien los filma a los dos juntos en situaciones muy domésticas. Un desayuno. La preparación de un cartel de bienvenida para alguien que ella nunca me mencionó y que tampoco supe de dónde estaría regresando. Un brindis por alguna cuestión importante para mi hermana de la que yo nunca supe nada. Ozzy abriendo los brazos y sonriendo a cámara en la entrada de un cine. Ella con la ropa mojada actuando un enojo mientras amenaza a cámara con un balde lleno de agua. Los dos tirados en un parque, sobre el pasto, mientras un perro de no sé quién pasa corriendo sobre ellos y los dos se retuercen de risa y se besan y saludan al que los está filmando. Los dos dormidos compartiendo el asiento de un bus. Los dos muy serios y elegantes caminando como parte del cortejo en la boda de alguien. Los dos en la cama, ella sosteniendo la cámara en alto para que tome sus caras en primer plano, ninguno habla pero sonríen, sonríen y respiran ligeramente agitados y se miran y al fin se dicen algo que no se escucha.

Hace días de esto y no supe nada más de ella. Todavía no le respondí. Estoy cansada de hablar y entender. Lo que hice fue cambiar la foto en todos mis perfiles, imposible que no la vea. Ahora hay una imagen de la gran fogata que hacen al final de cada episodio de Survivor para el consejo tribal, ese en el que los participantes deciden a qué miembro de la tribu van a eliminar del gran juego.


*Este cuento fue publicado en: Seres queridos © Vera Giaconi, 2017, Editorial Anagrama.

Cuando volvió del trabajo a su casa, Markus Kellmer se encontró con una mujer desnuda sobre la alfombra de su sala de estar. La cabellera desgreñada le recordó la forma en que de niño dibujaba los nidos de cornejas o las copas de los árboles, la piel relucía como si estuviera vidriada, y cuando Markus la volteó con cuidado a fin de hablarle y así poder enterarse tal vez de quién era y qué hacía en su apartamento, se dio cuenta de que estaba muerta.

Enseguida fue hasta la ventana y cerró las cortinas. En realidad era muy temprano para eso, afuera aún había luz. La primavera había empezado hacía apenas unos días y el sol solo se pondría dentro de una hora, más o menos a las seis. Pocas semanas antes, ya desparecía alrededor de las cuatro de la tarde, pero ahora los días habían aprendido un poco más, mantenían su luminosidad más tiempo y pronto serían sustituidos por el calor veraniego que ya llevaban dentro de sí.

En estos templados días de primavera, los rayos del sol vespertino eran siempre los que primero saludaban a Markus cuando este atravesaba el umbral de su vivienda. Impedirles la entrada le daba dolor de cabeza, como si la sala tuviera migraña. Pero no podía hacer otra cosa, a fin de cuentas estaba tirada ahí una mujer muerta sobre el suelo de su apartamento. Parecía como si alguien hubiera usado la piel de alrededor de su boca y de sus narinas para encender cerillas. Markus alzó el cadáver y lo sentó sobre un sillón. Enseguida volvió a caerse, sus articulaciones eran como gelatina, su cuerpo como un globo lleno de líquido. Lo intentó una vez más, pero el cadáver volvió a no quedarse sentado, sino que cayó hacia adelante como alguien que de repente debe vomitar, y la cabeza golpeó con un chasquido contra el parqué. El fuerte estallido devolvió a Markus a la realidad: fue de inmediato hasta el equipo de música y lo encendió. La música lo ayudaba a reflexionar mejor.

No podía dejar el cadáver tirado en el suelo, pues los cadáveres sufren cambios, su superficie no era tan estable como la de una persona viva. En el fondo, los cadáveres solo están más interesados en una única cosa: su propia disolución. Para desaparecer de la manera más completa posible, precisan un subsuelo con un marcado gusto por el intercambio, el suelo de un boque por ejemplo, o el de una ciénaga. Algo con lo que poder fundirse lentamente. Aquí en todo caso no había nada de eso, de modo que a Markus debía ocurrírsele algo. Tomó el mando a distancia y puso la música más fuerte.

Recordó que hacía poco había escondido detrás del radiador un gran modelo de avión en madera. Eso había sido la semana anterior, cuando lo visitaron sus padres y él quiso evitar que vieran el modelo. Detrás del radiador había mucho lugar, pero ¿entraría también el cuerpo de una mujer adulta en ese hueco? Markus buscó una cinta métrica y midió el cadáver. Bueno, había que hacer la prueba.

Se esforzó durante más de media hora, pero al final siempre asomaban la cabeza y mitad del torso. No obstante: un éxito parcial. Markus se quedó allí sentado durante un rato, el cuerpo recostado contra el marco de la puerta y la mirada perdida. ¿De qué habría muerto la mujer? Él no había descubierto marcas de ahorcamiento o derrames de sangre. Fuera lo que fuera, su cuerpo no parecía haber sufrido lastimaduras. Tal vez la habían envenenado. O había sido alguna causa natural. Pero era bastante joven, Markus calculó su edad entre veinticinco y treinta.

Se puso de pie, se estiró. No, se veía horrible. El modelo de avión había estado a salvo detrás del radiador, pero al cadáver lo vería cualquier persona que entrara en el living. Debía pensar en otro escondite.

Mientras que recorría en mente los diferentes rincones de su apartamento, tiró del cadáver para sacarlo de atrás del radiador. Como estaba desnudo, lo dañó en ciertas partes por tironear y arrastrarlo con impaciencia. Los tubos del radiador cortaron la piel pálida como si fuera manteca. Pero corrió poca sangre, pues el corazón había dejado de bombear y los vasos sanguíneos ya no estaban bajo presión. Así y todo, quedaron algunas manchas feas sobre el suelo y en el mismo radiador. Markus fue al baño y trajo un trapo mojado, con el cual limpió los tubos. Era primavera, y si dejaba que los líquidos corporales se secaran, el próximo invierno, cuando volviera a poner en uso el radiador, empezaría a oler espantosamente.

Tomó el cadáver por los brazos y lo arrastró de nuevo a la sala. Otra vez volvieron a quedar algunas huellas, en esta ocasión huellas largas y rojizas del arrastrado. Meneando la cabeza fue al baño, buscó un segundo trapo y se puso a fregar. A veces era lento de la cabeza, un verdadero pánfilo. Para que algo así no volviera a suceder, envolvió el cadáver en grandes toallas, desde la cabeza hasta los pies. De este modo era también mucho más fácil tirar de él por el suelo de parqué.

La música del equipo se calló, y un locutor mencionó cómo se llamaban el bajo, la batería y la flauta traversa por sus nombres reales.

Durante la noche, Markus dejó el cadáver envuelto en la bañera. Al día siguiente, casi se quedó dormido, por haber confundido en sueños el timbre del despertador con el triste croar de despedida de una rana que era lanzada dentro de un pequeño cohete a una órbita geoestacionaria alrededor de la Tierra. Apenas si le quedó tiempo para un desayuno ligero, luego tomó el bus al trabajo. Regresó a su casa bien entrada la tarde.

Ya al ingresar notó el olor. No era muy fuerte, pero ahí estaba. Fue al baño. El cadáver descansaba como en la tarde anterior, solo que en la toalla que le cubría la cara se había formado una mancha, que por su forma recordaba un poco a una hoja de arce.

El día en la oficina había sido cansador, y en una situación normal a Markus le habría encantado tomarse un baño, estirarse sumergido en agua caliente moviendo los dedos gordos de los pies y dejar que todas las preocupaciones que pululaban en su cabeza se hundieran lentamente en las montañas de espuma chisporroteante. Hoy tal vez podía soportar tener que prescindir de este ritual diario de purificación, pero como solución a largo plazo esa situación no era tolerable bajo ningún concepto. En rigor, ahora ya estaba nervioso. Arrancó el cadáver de la bañera, lo hizo rodar hasta la habitación de al lado y limpió la bañera con la ducha de mano. Gastó casi toda la botella de limpiador de azulejos hasta que finalmente sintió que podía meterse desnudo dentro de la bañera sin demasiada sensación de asco.

Pero antes de tomarse un baño, se propuso meter el cadáver en un ropero medio vacío que estaba en su estudio. Curioso que no hubiera pensado antes en eso. A fin de cuentas, ya había alojado una vez en ese ropero un juego entero de persianas enrolladas (que tenían el aspecto de tubos de dinamita, con el hilo blanco sobresaliendo en la parte de arriba). El cadáver entraba bien en el armario, pero cada vez que Markus intentaba cerrar la puerta, se volcaba hacia adelante y debía atajarlo. El cuerpo lo abrazaba como en un reencuentro después de mucho tiempo. Al final, fijó sus muñecas con cinta adhesiva contra las paredes internas del armario y también le puso varias pasadas de cinta a la ranura de respiración en la parte inferior, hasta tener la sensación de que así el asunto podría funcionar al menos por un par de días.

No había estado ni tres minutos en el baño, jugando con la flor de la ducha, cuando escuchó el golpe. Cerró el agua y prestó atención. Todo en silencio, pero no sirvió de nada, pues ya intuía lo que había pasado. Medio desnudo salió del baño y volvió a su estudio.

Tan ridículo era el espectáculo que presentaba la mujer horriblemente contorsionada, con medio cuerpo adentro del armario y medio afuera, que Markus emitió una especie de estornudo con bufido, originado no por la exagerada estimulación de las membranas mucosas de su nariz, sino por su capacidad imaginativa.

Antes de poder enderezar el cadáver, tuvo primero que desdoblarlo, así es, efectivamente desdoblarlo, pues tenía… mi Dios, ni un contorsionista hubiera tenido resto para semejante posición corporal. Pero era un cadáver, se dijo él, no algo vivo. No se podía medir con la misma vara.

Tal vez era mejor si dejaba el cadáver como estaba, una bola confusa de brazos y piernas y con un tronco que ya sobresalía por varias costuras rotas. En todo caso, transportarlo de esta manera resultaba más fácil, aunque naturalmente ocupaba más espacio que si hubiera estado desdoblado.

La alfombra de la sala de Markus era del tipo antigua y venerable. Había soportado ya a varias generaciones, las pisadas de los pies infantiles se habían convertido sobre ella en los pesados pasos de la adultez y de la responsabilidad, había recibido a parejas de novios y a invitados de luto, su estampado había ocupado el pensamiento geométrico de unas veinte personas o tal vez más aun, había sobrevivido a guerras mundiales y a tiempos de euforia y de caos inspirador, en resumen: era una alfombra bajo la que no se podía esconder un cadáver así como así.

Markus lo sabía. Sabía todo esto y sin embargo… no se le ocurría ninguna otra solución. Había probado todo, el armario, el radiador, la bañera. Salvo levantar el cadáver y tirarlo de cabeza por la ventana, no le quedaban muchas opciones. Y además, el tiempo apremiaba.

Con ambas manos levantó la pesada alfombra y arrastró y golpeó con los pies al cadáver hasta la zona en que las maderas estaban un poco más desteñidas. Esas maderas que no habían sido tocadas ni por la luz ni por la gente eran sin dudas la parte más vulnerable e íntima de la casa. Demoró un rato, pero finalmente logró correr el cadáver hasta el sitio adecuado y extendió la alfombra sobre él. La sensación fue de gran alivio cuando el tejido pesado y denso, que olía a pasado y a cuero de zapato, se posó por entero sobre el cuerpo extraño y prácticamente lo hizo desparecer, como por arte de magia. Markus casi se puso a aplaudir fuerte con las manos.

La nueva colina de alfombra se veía un poco como el modelo tridimensional de un mapa topográfico. La elevación que producía el cadáver se correspondía por casualidad con el estampado concéntrico de la alfombra. Las partes más oscuras estaban ubicadas en el punto geográfico más elevado (el hombro, que siempre sobresalía un poco cuando el cadáver yacía de espaldas). El conjunto daba casi la impresión de haber sido organizado así adrede, con el objetivo de facilitar la orientación.

Esta solución era sin lugar a dudas la mejor hasta ahora. El único problema era pasar por arriba del cadáver, porque uno siempre se tropezaba sobre la empinada alfombra. De modo que Markus corrió su gran escritorio, que igualmente nunca había sido utilizado para algo sensato, desde su estudio a la sala, hasta que quedó exactamente sobre la alfombra. Al menos de esta forma no volvería a tropezarse. Y aunque así, colocada en medio de la pieza, la mesa no estaba en una posición muy ventajosa, quizá él comenzaría a sentarse con mayor frecuencia para seguir trabajando en sus pequeños esbozos poéticos, que le salían con tanta desenvoltura como la pena que también le producían de cara a su notoria inutilidad.

No se veía nada mal. Un pequeño montículo en medio de la habitación, y arriba la mesa. Si no podía inundarla de escritos, en algún momento desplegaría encima un largo mantel, que llegara hasta el suelo.

Listo, pensó Markus y fue a la cocina. Tenía que sí o sí brindar por las fatigas exitosamente superadas de los últimos dos días. Tras leer algunas etiquetas con la mente en blanco, se decidió por un cabernet sauvignon, una botella de contenido rojo oscuro.

Solo cuando estuvo de vuelta en la sala, donde la mesa ocupaba ahora una posición central imposible de no ver, confiriéndole al espacio un nuevo centro de gravedad emocional, Markus notó que había traído dos copas de vino. Con cada paso apenas tintineaban entre sí, suavemente agarradas por los dedos alrededor de sus cuellos delgados y vidriosos.


*This story is taken from: Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes by Clemens J. Setz. © Suhrkamp Verlag Berlin 2011.

*Imagen: Fábio Magalhães

La historia siguiente es tan verdadera como solo puede serlo para nosotros algo que proviene del mundo del saber, que proviene del reino de los muertos. Aunque no es el mismo biombo, un biombo del mismo tipo se encuentra en el museo de medicina y sanidad en Viena. A los correspondientes timbres se los puede hallar aún hoy, después de más de ocho décadas, y se los puede incluso comprar por poco dinero en negocios de trastos electrónicos, no solo en Austria sino en varios lugares de nuestra felizmente resurgida Europa Central.

Detrás del biombo, detrás del hule y de la madera de sauce barnizada de blanco, el cráneo de pelo gris a un brazo de distancia del botón del timbre, yace, en la noche en que tiene lugar la anécdota, un hombre de más de sesenta años, ya por entonces renombrado y que en breve será célebre, un hombre que hoy, mucho tiempo después de su muerte, sigue cosechando múltiples elogios, uno que en esta templada tarde de la primavera vienesa acaba de ser operado. Respira con un ronquido bajito. Sabe que durante el curso de esta misma noche, después de tres o cuatro horas de reposo, lo darán de alta para entregarlo al cuidado de su familia.

No le preocupa ni le molesta que lo hayan estacionado allí de manera provisoria, que esté acostado en un cuarto para trastos. Sabe, por su propio trabajo, cómo son las cosas en los hospitales, y lo poco que a veces valen allí los privilegios, cuando se trata de solucionar algo de manera rápida y práctica. Que lo hayan dejado ahí debe atribuirse sencillamente a las circunstancias de la intervención ambulatoria. Él mismo ha insistido de antemano para que lo trasladen con el automóvil lo más rápido posible a su casa.  

Respira con dificultad, tose y traga sangre fresca. Es la sangre de la profunda incisión que le han hecho en su boca. Un profesor al que lo unen lazos de amistad, un hombre de su confianza, un experto en cirugía general, le ha extraído un tumor, que se formó debido a sus queridos cigarros. El tumor se internaba en los tejidos más de lo que se había supuesto en un principio. El maestro del escalpelo tampoco ha calculado correctamente las consecuencias de haber cortado cada vez más profundo. Calamitosamente debilitado por la pérdida de sangre, en peligro de desmayarse, el operado, el abandonado comprende allí, de manera paulatina, la gravedad de la situación. Pues él mismo es médico, él mismo es profesor.

La hemorragia amenaza con matarlo. En un verdadero acto de voluntad, con un último esfuerzo, el hombre levanta tortuosamente el brazo derecho, hurga por la pared lisa pintada al aceite, encuentra el botón del timbre y presiona su baquelita. Pero el botón está muerto. La lengüeta de chapa que debe establecer el contacto entre los cables se partió en dos el día anterior cuando tocó la alarma otra persona también estacionada aquí. Aquel, desconocido para nosotros, fue atendido en menos de un minuto; a nuestra muda gran emergencia, en cambio, el jugo vital se le derrama entretanto mortíferamente faringe arriba. La garganta, demasiado débil para llamar, apenas si da abasto tragando. Ahogarse o desangrarse. El mareado doctor, el otrora médico que hace tiempo ha huido hacia una ciencia de su propia invención, intenta en vano incorporarse y luego, igual de vanamente, darse vuelta. Al músculo respectivo le faltan las fuerzas. Solo sus ojos se mueven aún obedientes por el oscuro cielo raso y luego por el biombo, hasta ver a Jodi asomando detrás del borde de hule.         

Jodi babea. Jodi babea como siempre, el pequeño Jodi babea –¡no puede evitarlo!– más que solo un poquito. Jodi se rasca, porque le gusta hacerlo, su gran cabeza meticulosamente pelada al ras. Deja que el hilo de baba se haga más largo y mira y escucha. La sangre borbotea en el paladar. Quién sabe en qué piensa Jodi. En fin, a lo sumo hoy podemos saber: hace tiempo ya que Jodi, el enano de pecho angosto, tiene un trato íntimo con las prácticas cardiológicas de la ciencia moderna, con su quehacer en el cuerpo. En toda su vida hasta el momento, los treinta y tres años enteros, no ha salido del Hospital General de Viena. Las monjas se hicieron cargo de él cuando era un bebé de pecho, luego de que su madre, una equilibrista húngara extraordinariamente grácil –y apenas más grande que sus colegas del reino de Liliput–, muriera sin pena ni gloria en medio de las fatigas del parto y del ser parido. 

El profesor que está tragando sangre, nuestro atragantado psicólogo vienés, reconoce por supuesto a primera vista el tipo de enanismo que tiene ante sus ojos. Piensa en imbecilidad, piensa “cretino”, se ve como forzado a pensar en una debilidad mental sin remedio y en estúpidos balbuceos mudos y al mismo tiempo en el progreso del espíritu, que aquí, en este cuarto para trastos, como si se tratara de destrozar un chiste de exquisitez pesadillesca, contiene la respiración en sincronía con él.

La pieza es el reino de Jodi. Desde que puede vestirse y desvestirse por sí solo, el delgado Jodi de cráneo gordo tiene aquí su camita, detrás de uno de los biombos plegables, en medio de un revoltijo de bártulos abandonados. Aquí está la silla sobre cuyo respaldo están apoyados la camisa y el pantalón de Jodi. Aquí descansa, sobre un armazón bonitamente arqueado, la fuente con cuya agua se lava por las noches los mocos de la naricita y la baba de los labios mudos. Aquí Jodi dormita y sueña los sueños de Jodi, luego de haber ayudado –con infantil solicitud e incansable aplicación, pasillo arriba y pasillo abajo– a limpiar, ordenar y hacer las camas.

Quién sabe lo que piensa nuestro Jodi. El viejo de la cabellera gris piensa otra vez, en un jadeante razonamiento circular, en el timbre roto y en la muy especial burla que su avería representa ahora para él y para su joven teoría, cuando ya la mano izquierda de Jodi se desliza por entre el pelo pegado de sudor, cuando ya la mano derecha de Jodi se mete por debajo de una axila, agarra con firmeza una camisa mojada y los diez dedos de Jodi –¡la boca de Jodi salpica saliva!– tiran una cabeza y un torso hasta dejarlos en posición lateral. El descubridor, el intérprete, el fundador de un longevo culto vomita aliviado su sangre por sobre el borde de la camilla hacia el linóleo de la pieza de los trastos. Se escucha un plaf. Un plaf tan maravilloso, que todos oímos el plaf.

Ahí es cuando nuestro Jodi sale corriendo. Arranca directo en busca de ayuda. La espuma le vuela de la boca trazando un arco alto y bello. Jodi se apresura a salir, corre por el pasillo, enseguida le tirará de la manga a una de sus enfermeras de cofia blanca y, como ella no captará qué es lo que quiere, tirará de su manga reforzada para arrastrarla hasta su pieza, donde ambos se quedarán parados en el charco pegajoso delante del hombre ya felizmente despreocupado ahora que se desmayó.

El doctor Sigmund Freud fue salvado, operado varias veces más en el paladar y en la mandíbula y vivió, con prótesis cambiantes en la boca y en la garganta y chupando innumerables cigarros, otra década y media en pro del crecimiento y del éxito de sus obras. Mientras que las palabras de estas obras generen verdad, nuestro pequeño Jodi ha de correr, las piernitas curvas de Jodi han de tambalearse y el cuero de sus suelas relucientes por el uso ha de tamborilear sobre piedra, parquet, linóleo: no más tiempo que eso, pero al menos la misma cantidad de tiempo los hilos de baba de Jodi, su burbujeante huella ha de perlar todas las oraciones de esta anécdota del enano.


*This story is taken from: Die Logik der Süße by Georg Klein. Copyright © 2010 Rowohlt Verlag GmbH, Reinbek bei Hamburg.

«Cuán rápido la línea oscura crece, cuán

rápido aumentan las velas apagadas.»

Kavafis, “Velas”.

—Antes, las guerras servían para limpiar el mundo de gente. En tiempos de paz como ahora, esto se arregla cuando ocurre un desastre. No me mires así: es como te lo digo y punto.

La anciana señalaba la minúscula pantalla de la tele con un dedo torcido por la artrosis. Hacía tres meses que había aceptado trasladarse a la residencia y, al principio, no dejó de torturar a su hijo: necesitaba un televisor en la habitación que ocupaba ella sola, era urgente y vital, porque si se moría sin saber cómo acababa el juicio contra el torero infiel no se lo perdonaría jamás. Había días que le aseguraba que si no le satisfacía esa casi última voluntad, cuando muriese iría a buscarlo al infierno y le clavaría la dentadura en el antebrazo. «Te quedará la marca para siempre», lo amenazaba tocándolo con uno de los tres bastones que siempre tenía a su alcance, colgados de un sillón dispuesto para que, en principio, los invitados se sentaran cómodamente.

El hijo había tardado tres semanas en comprar el aparato y, desde entonces, funcionaba día y noche a un volumen muy alto porque la anciana estaba casi sorda. Se perdía el telediario del mediodía y el de la noche porque coincidían con la hora en que los residentes —ella se refería a ellos como «los carcamales»— comían y cenaban en el comedor, pero dedicaba toda la tarde y parte de la noche a los programas de cotilleo. El torero ya estaba en prisión. Su historia, que ya no tenía ningún interés, había sido sustituida por la de un cirujano que violaba a las pacientes después de anestesiarlas: cada nueva información era más truculenta que la anterior, cosa que aseguraba un inexorable incremento de la audiencia.

Esa tarde, la anciana exponía su teoría de la superpoblación mundial a Miguel, el único nieto que la visitaba. Iba una vez por semana, cuando salía de la peluquería canina y, después de encajar los comentarios de turno sobre la peste a perro que soltaba, aguantaba alguna disertación siempre relacionada con la emisión televisiva que tenían delante. Miguel sabía más cosas sobre el torero preso y el cirujano violador que de su abuelo, fallecido cuando él tenía tres años: si hubiese caído en ello alguna vez, se habría esforzado en sonreír, porque intentaba no dejarse vencer por el desánimo y la mala leche. Esa tarde el presentador explicaba que en Brasil un incendio en una discoteca había acabado con la vida de doscientas cincuenta y cinco personas. A la cifra había que sumar más de trescientos heridos, un tercio de los cuales se hallaba en estado grave o incluso crítico.

—Necesitan calamidades de este calibre, en esos países. Si no liquidan a unos cuantos de una tacada, no tienen suficiente comida para todos.

—Ya está bien, abuela. Sabes que no me gusta que digas esas cosas.

—Y a mí no me gusta que ocurran, pero tienen que ocurrir. Son imprescindibles.

Con la intención de pasar página, el nieto comenzó a hablar de su rutina. A las diez en punto ya levantaba la persiana de la peluquería canina —que se llamaba Miqui Manostijeras—, dispuesto a solucionar el primer reto capilar de la jornada.

—No sé qué le ves a eso de arreglar el pelo de los chuchos. ¿Seguro que te lavas bien antes de volver a casa?

—Sí, abuela, sí.

—Y yo que me lo creo.

Antes de abrir la tienda, Miguel había hecho la compra de la semana y había ido hasta el parque para pasear a Elvis. Miguel nunca le había hablado de su mascota a la abuela. Se había enamorado de ella poco después de que Nikki lo dejara. Era un perrito minúsculo, de mirada perspicaz y nervios a flor de piel, que veía en el escaparate de la tienda de mascotas del barrio de camino hacia la peluquería. Llevaba una semana coincidiendo con él cuando se dijo que si en tres días no se lo había llevado nadie, él se lo quedaría. «Un perro tan pequeño no puede dar muchos problemas», le dijo el dependiente la tarde en que se decidió a entrar en su establecimiento dispuesto a adoptar el animalito por un precio bastante razonable. Elvis venía de lejos. La raza se había empezado a criar en los cincuenta, basada en el «English toy terrier», uno de los animales de compañía favoritos de la nobleza rusa, y durante años sus amos habían conseguido mantener los perritos prácticamente en la clandestinidad: el comunismo no toleraba lujos de ningún tipo, y menos si estos eran de raíz occidental. El «English toy terrier» se transformó en el «pequeño perro ruso» (Русский той), que no tardó en dejar de cazar ratones —propósito inicial de la raza— y dedicarse a las monerías propias de un mamífero que apenas pesa dos kilos. Satisfacía con el mismo entusiasmo a niñas escuálidas, adolescentes que ya se habían dejado tentar por la furia del vodka, madres de mirada triste y padres de poblados bigotes, un intento de homenaje a Stalin que más bien parecía un guiño a la majestuosidad inútil de los leones marinos.

Gracias a Elvis, Miguel había ido superando el trago amargo de la ruptura con Nikki. Estaban juntos desde hacía cinco años y, si bien habían llegado a un punto de estancamiento innegable, jamás habría imaginado que ella tomaría la decisión de empezar de cero en Klagenfurt, una pequeña ciudad austriaca.

—Dame un poco de tiempo, Miguel —le había dicho cogiéndole la mano, como si fuera un niño—. Necesito saber que todavía sigo con vida.

Estaba convencido de que Nikki se marchaba a Klagenfurt con alguien. Deseaba que su estancia no fuese tan idílica como esperaba y que al cabo de un tiempo regresase a Barcelona con el rabo entre las piernas. Ella, que pensaba que tener un animal doméstico en un piso era un crimen, tampoco sabía nada de Elvis. Hablaba por teléfono con su ex una vez a la semana y a menudo Miguel y el perrito se miraban con ternura mientras la con-versación se iba volviendo más y más difícil. Nunca había ladrado: sus antepasados habían tenido que vivir al margen de la ley, siempre a punto de ser descubiertos por la policía comunista, y él, como la gran mayoría de sus congéneres, había heredado su predisposición silenciosa.

«Tener un perro y haberse quedado sin pareja es una combinación curiosa», se había dicho Miguel en alguna ocasión mientras paseaba a Elvis y notaba los ojos de alguna chica fijos en la mascota. El afecto instantáneo que podían sentir hacia el perrito podía derivar fácilmente en largos diálogos, que se iniciaban a partir de una pequeña anécdota vinculada con el animal y viraban poco después hacia aguas más personales. Miguel había apuntado algún teléfono en el móvil pero nunca se había atrevido a ponerse en contacto con las desconocidas. Las registraba precedidas por el nombre del perro, para no olvidar el vínculo que los unía. Cuando acumuló media docena, los borró, avergonzado: si alguna vez volvía con Nikki, esa lista podía acabar dándole problemas.

Hasta entonces, Elvis había resultado una compañía constante e inmejorable. Miguel se había acostumbrado a dormir con él y lo último que veía antes de acostarse era aquel par de ojos brillantes y solícitos, que seguían contemplándolo con devoción hasta que se dormía y que a menudo ya estaban abiertos cuando se levantaba.

—Buenos días, Elvis —le decía él.

El perro le prodigaba un áspero lametón en la mejilla y empezaba a mover el rabo.

Si hubiese logrado superar el asco hacia los animales, su abuela habría estado muy bien acompañada por un Elvis que quizá habría retrasado su ingreso en la residencia. Miguel lo imaginaba corriendo excitado por el piso, animando la lobreguez mórbida de las habitaciones, comiendo de un platito en el que habría mandado grabar su nombre —que sería Chispas o Petit, una elección poco creativa— o hasta sentado en su regazo, abrigado con una manta, mientras ella se distraía con cualquiera de los programas de televisión de baja exigencia que miraba piadosamente.

—Se ve que el rey ha ido a cazar elefantes a África y se ha lastimado. Estaba con la fulana —le habría dicho rascándole la cabeza con una de sus uñas largas e indestructibles—. Si yo fuera la reina, acabaría rápido con tanta desfachatez.

Cuando Miguel iba a la residencia y pasaba un rato con su abuela inventaba finales menos terribles para su vida. Desde que tenía a Elvis, le imaginaba una vejez plácida junto a una mascota servicial. Antes, cuando aún estaba con Nikki, la había embarcado mentalmente en un crucero por el Mediterráneo y allí le había hecho conocer a un anciano viudo como ella, a quien le iba como anillo al dedo un poco de compañía. Se habían enamorado durante el viaje y, ya en Barcelona, habían continuado viéndose, hasta que el hombre —un antiguo corredor de seguros esforzado y cumplidor— le proponía vivir juntos. Su abuela abandonaba el pisito de extrarradio y se instalaba en la torre del Maresme que el hombre tenía medio abandonada desde la muerte de su señora.

La residencia deprimía a Miguel y las historias que crecían en su interior le ayudaban a aislarse mientras su abuela se dejaba abducir por la tele. Era verdad que la tenían muy bien atendida y allí estaba bien, quizá incluso mejor que en casa, pero tres o cuatro años atrás le habría resultado imposible adaptarse. La percepción y la exigencia se le habían ablandado. Eso es lo que se decía su nieto, que no habría podido aguantar mucho rato en el salón comunitario, acompañado de ancianos que habían perdido la memoria y pasaban el rato mirando a un punto fijo y a la vez indeterminado de la pared. Tampoco se veía con fuerzas de jugar una partida de dominó con alguien a quien, de sopetón, le caía la dentadura sobre la mesa, y menos aún de comer al lado de un residente afectado por una extraña enfermedad mental que le hacía chillar palabras imprevisibles cada vez que una enfermera le acercaba una cucharada de comida a la boca. «¡Domingo!» «¡Tortuga!» «¡Nenúfar! «

Por un lado, las visitas a su abuela angustiaban a Miguel. Por otro, hacían que saliese de allí con más ganas de vivir que nunca: tenía que superar como fuese que Nikki le hubiera dejado y lo intentaba saliendo a cenar con amigos y amigas o haciendo horas extra en la peluquería canina con la intención de ahorrar dinero suficiente para disfrutar de unas vacaciones en Australia. Un lunes que había decidido ir al cine solo se encontró con una antigua compañera de instituto. Después de la película se fueron juntos a tomar una cerveza. Laura había trabajado hasta hacía poco en un laboratorio farmacéutico. La empresa acababa de ser fagocitada por una multinacional francesa que había decidido cerrar la sucursal española.

—Podría ir a trabajar cerca de París, pero no sé si fiarme de mis jefes: quizá dentro de unos meses cierren la otra fábrica —se lamentó al cabo de un rato, con un vodka con tónica en la mesa.

—Seguro que no —dijo Miguel: desconocía el estado del sector farmacéutico, pero se creía en la obligación de murmurar comentarios reconfortantes.

—¿Te imaginas que el año que viene, ya instalada en París, me dicen que si quiero conservar mi lugar de trabajo tengo que irme a Chequia? ¿Y si al cabo de otro año me acaban enviando a Pekín? Vaya favorcillo me harían.

Laura no se imaginaba formando una familia en la capital china, pero, para tener hijos, primero tenía que encontrar a alguien. Después de este último comentario, Miguel se quedó mirando fijamente su whisky con cola unos segundos, hasta que le explicó brevemente su historia con Nikki. Se habían conocido hacía cinco años en uno de los puestos de fruta del mercado. Habían empezado a hablar poco después, un día que hacían cola en la farmacia. Miguel ya tenía la peluquería de perros y no le ocultó su ocupación, aunque otras chicas habían puesto cara de circunstancias cuando les había contado a qué se dedicaba. Nikki y él se enrollaron enseguida y habían empezado a vivir juntos seis meses después de haberse conocido. Ella cambiaba a menudo de trabajo. Él esquilaba perros: abundaban los caniches y los fox terriers.

—Quizá no era una vida muy ambiciosa, lo reconozco, pero éramos felices.

El verano anterior habían viajado a Múnich. Nikki quedó prendada de un anillo de compromiso y así se lo hizo saber, primero con miradas dulces, más tarde con palabras elogiosas, arropadas con un romanticismo sincero. La tienda quedaba muy cerca de la pensión donde se hospedaban. Cada vez que pasaban por delante, ella miraba la joya, que resplandecía con moderna elegancia entre el resto de anillos, gargantillas y pendientes. Miguel comprendió que era el momento de tomar una decisión y una tarde que Nikki se había quedado dormida después de una visita agotadora al castillo del rey Luis II de Baviera, salió de puntillas de la habitación, bajó hasta la tienda y compró el anillo. Se lo entregaría al final de una cena de lujo. Ese tenía que ser el preludio de la boda.

—No sucedió como yo imaginaba.

—¿Qué pasó?

Laura agarró su vodka con tónica y no volvió a dejarlo sobre la mesa, sin haberlo probado, hasta que Miguel no contestó.

—Qué más da. Ahora vive en una pequeña ciudad austriaca. ¿Has oído a hablar de Klagenfurt? Necesita un poco de tiempo.

Aquella noche acabaron tarde. Tomaron otro combinado mientras agotaban todas las virtudes de la película que habían visto. Embravecidos por el alcohol y por el recuerdo de la historia de adulterio que se contaba en Tabú, ambientada en una casa perdida de la selva mozambiqueña, Miguel y Laura acabaron durmiendo en la misma cama después de siete minutos de sexo, observados por los comprensivos ojos de Elvis. Ni en los momentos más fogosos había soltado un solo ladrido.

A las cuatro de la madrugada, los gritos de Laura despertaron a Miguel.

—Hace tiempo, en otra pesadilla, también maté a alguien —le dijo ella.

Miguel, que acababa de ser consciente de su desnudez, aprovechó que Laura fue al baño para vestirse. No encontraba sus calzoncillos por ninguna parte y tuvo que coger otros del cajón y ponérselos apresuradamente, antes de que su antigua compañera de instituto volviese a la habitación.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Todavía sin una sola pieza de ropa encima —tenía un cuerpo más atlético que el de Nikki—, Laura le dijo que sí y trató de explicarle la pesadilla: salía un testigo de Jehová, una vecina cotilla y dos policías, que la atosigaban primero en la entrada del edificio donde vivía y después, sin transición, apretujados en el salón de casa, señalaban la gran mancha de sangre que ensuciaba casi toda la alfombra.

—Había escondido al muerto de la pesadilla anterior, pero ni yo misma sabía dónde. Para encontrarlo debía esperar a que los policías, el testigo de Jehová y la vecina se fuesen, pero resultaba imposible convencerlos y uno de los agentes me agarraba del pelo y me decía que al día siguiente empezaría mi juicio.

Miguel escuchó la historia en silencio, sentado en la cama, iluminado por la luz blanquecina de la mesilla. Cuando hubo acabado, Laura le pidió un pijama y Miguel le dejó uno suyo. Elvis entró en la habitación y empezó a menear la cola.

Elvis, hoy tienes que irte —le dijo cuando se acercó a la cama.

—Es un perro precioso.

—Normalmente duerme conmigo, pero hoy no se puede quedar.

—Si quieres, me voy yo —le dijo Laura guiñándole un ojo.

Lo echaron y se desnudaron otra vez mientras se besaban con un punto de agresividad. A la mañana siguiente, Miguel se volvió loco intentando localizar los calzoncillos que había perdido por la noche, pero no hubo manera de encontrarlos. Hasta llegó a hurgar en el bolso de su antigua compañera de instituto, por unos segundos convencido de que tenía a una maniaca sexual en la ducha. Allí tampoco los encontró.

Tan pronto como ella se hubo marchado, puso patas arriba la habitación sin resolver el problema. Solo escuchó el resuello del minúsculo Elvis, que lo observaba desde un rincón del dormitorio con las orejas en punta y el hocico hacia el techo.

Al cabo de un par de semanas, Nikki anunció por teléfono a su expareja que a final de mes regresaría a casa. La noticia lo dejó pasmado: solo quedaban diez días. De repente, el paréntesis de Nikki en el extranjero le pareció corto. Si se marchaba de Klagenfurt significaba que se rendía, que la otra vida no era posible y, lo más importante, que había aceptado que Miguel era su camino. Así se lo expresó a Laura esa noche, desnudos en el sofá.

—Lo tendremos que dejar, ¿no? —preguntó ella. Y a continuación suspiró y hundió la cabeza entre los cojines.

Miguel estuvo a punto de disculparse, pero se frenó antes de decir nada. Intentó tragarse el silencio indescifrable del salón con los ojos cerrados. Si los abría, no podría evitar coincidir con las lágrimas de Laura o con la mirada expectante de Elvis.

Cuando ya se hubo ido, Miguel miró con lástima a su mascota. Había tomado una decisión: tenía que deshacerse de él antes del regreso de Nikki.

El dueño de la tienda de animales se lo puso fácil. Le encontró un nuevo amo en tres días. Aquella fue una de las semanas más complicadas en la vida de Miguel: no habría imaginado jamás que separarse de Elvis fuera a resultarle tan terrible. Había estado a punto de levantar el teléfono y cancelar todo media docena de veces, pero en el último momento desistió, convencido de que si era capaz de aquel sacrificio por Nikki (aunque ella no supiera nada del perro), jamás tendrían problemas.

El día que se despidió de su mascota, Miguel llamó a la peluquería canina y le dijo a su socio que tenía fiebre y debía guardar cama. Necesitó llorar un día entero. Cuando volvió al trabajo, todos los perros le recordaban al suyo. Estuvo a punto de perder los papeles cuando le tocó arreglar al pequinés de la señora Roig. Canijo y solícito, el animalito le lamió las manos cuando lo cogió para subirlo a la mesa donde lo esquilaría con pulso temblón y reprimiendo las lágrimas.

Esa misma noche, Miguel soñó que Elvis volvía a estar en casa. Ladraba para que saliera de la cama y él le hacía caso, todavía medio dormido, arreglándose el pijama. Después de besuquearle los pies, el perro metía el hocico en el espacio entre el cabecero y el suelo y sacaba los calzoncillos que había perdido la primera noche que había estado con Laura.

—!Muy bien, Elvis! —chillaba Miguel mientras los recogía.

Después de lamerle un dedo, el animal volvía a hurgar en el mismo sitio y sacaba un calcetín que Miguel no recordaba haber perdido. Todavía rescató otro antes de ofrecerle un papel arrugado y lleno de babas donde se podían leer los primeros tres o cuatro componentes de una lista de la compra.

—Cuántas cosas hay aquí debajo, ¿eh? ¡Estás hecho un detective! —le decía acariciándole la cabeza, mientras el pequeño forcejeaba con algo más.

Elvis sacaba una cajita azul y la dejaba a los pies de su amo, que la miraba boquiabierto. Allí dentro estaba el anillo de compromiso que Miguel había perdido poco después de volver de Múnich, mientras todavía buscaba una fecha propicia para la cena de lujo que precedería la entrega ceremoniosa y, si todo marchaba bien, el noviazgo. Había pasado dos semanas de infarto, intentando localizar la cajita sin que Nikki se diese cuenta. No la había encontrado. Había terminado rindiéndose, convencido de que un lunes o un martes se tomaría el día libre para subirse a un avión, comprar el anillo y volver a casa con el botín. Gracias a ese detalle, habría boda: él estaba convencido de ello. Nikki se había ido a Klagenfurt antes de que pusiese en práctica su redención.

En el sueño, Miguel no abría la cajita azul hasta que Elvis hacía un gesto afirmativo con el hocico, como dándole permiso para continuar. Cuando lo hacía, el anillo resplandecía con la elegancia moderna de Nikki.

—¿Quieres casarte conmigo? —decía.

Se levantó repitiendo la frase. Miguel encendió la luz apresuradamente e, incluso antes de levantar la persiana, antes incluso de ir al baño, desmontó la cama pieza por pieza. En un rincón, camuflados por el polvo, estaban los calzoncillos y la cajita azul. El vecino de arriba no dio ninguna importancia al grito de victoria, fresco e hiperbólico, que le llegó atenuado por las entrañas de su apartamento.

Lo primero que vio Nikki el día que llegó a casa fue la cajita azul encima de la mesa del salón, acompañada de un ramo de rosas rojas y de una nota en la que se leía «Te quiero». Salió del piso corriendo después de haber espiado el contenido. Miguel no esperaba una reacción tan eufórica. Mientras esquilaba un afgano amuermado en la peluquería, oyó el revuelo en la entrada. No pudo ni dejar las tijeras en la bandeja. Nikki se le echó encima y, mientras le besaba la cara —el gesto tenía algo de canino—, le dijo que ella también lo amaba y que quería casarse con él.

Celebraron una pequeña fiesta después de la ceremonia en el ayuntamiento. Allí estaban los padres de ambos, el hermano de Nikki, seis amigas de ella y cinco amigos de él —acompañados de las respectivas parejas, si las había—, el socio de la peluquería —Alejandro— y su abuela, que había podido salir de la residencia con la condición de que la acompañase una auxiliar que se emborrachó antes del postre bajo la mirada desdeñosa de la anciana. En una visita al baño, Miguel vio que tenía un mensaje por abrir en el móvil. Decía: «Felicidades. Laura». Lo borró inmediatamente después de leerlo, pero luego lo lamentó, porque no tenía el número de la antigua compañera de instituto guardado en la agenda. Quedaría como un imbécil, pero no podía dar marcha atrás: el mal ya estaba hecho. Se lavó las manos y regresó al gran comedor del restaurante navarro donde celebraban el convite.

Como no había tenido tiempo suficiente de ahorrar para ir a Australia, Miguel le propuso a Nikki una alternativa de viaje de novios menos espectacular. La generosa aportación de los padres de ambos les permitió replantearse su sueño. Finalmente, consiguieron billetes para Adelaida, con la intención de ir en coche hasta Brisbane. Desde allí bajarían hasta Sidney y pasarían por Canberra y Melbourne antes de coger un barco hasta Tasmania. Una vez hubieran recorrido la isla, volverían a Sidney, desde donde volarían a Yakarta, donde pasarían una noche antes de subirse a un avión con dirección a Estambul y, de allí, volverían a Barcelona.

Después de cortar el pastel y darse el último beso fotografiable, la anciana hizo un gesto a su nieto para que se le acercara y le pidió que no se marchara de viaje.

—Tengo un presentimiento —dijo—. Me parece que sucederá un desastre. Una calamidad.

Miguel le estampó un beso en la frente y le prometió que al cabo de un mes le llevaría un pequeño canguro de plástico que podría poner encima de la tele y que la vigilaría hasta cuando durmiese.

—Ya no necesito nada, hijo.

Cogió una de las manos de la abuela y le dio otro beso en la frente. El último.

—No quiero saber nada más —dijo el hombre que no quería saber nada más.

El hombre que no quería saber nada más dijo:

—No quiero saber nada más.

Eso se dice rápido.

Eso se dice rápido.

Y sonó el teléfono.

Y en vez de arrancar el cable de la pared, que es lo que tendría que hacer, puesto que no quería saber nada más, agarró el auricular y dijo su nombre.

—Buenos días —dijo el otro.

Y el hombre también dijo:

—Buenos días.

—Hoy hace un buen día —dijo el otro.

Y el hombre no dijo: «No quiero saberlo», dijo:

—Sí, es verdad, hoy hace muy buen día.

Y luego el otro dijo algo más.

Y él colgó el auricular y se enfadó mucho porque ahora sabía que hacía buen tiempo.

Entonces arrancó el cable de la pared y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, y lo olvidaré.

Eso se dice pronto.

Eso se dice pronto.

Entonces al otro lado de la ventana brilló el sol, y si el sol brilla al otro lado de la ventana, uno sabe que hace buen día. El hombre cerró los postigos, pero el sol se colaba por las rendijas.

El hombre tomó algo de papel, tapó los cristales de la ventana y se sentó a oscuras.

Estuvo así sentado un buen rato, llegó su mujer, vio los cristales tapados y se asustó.

—¿Qué significa eso?

—Es para impedir que llegue el sol —dijo el hombre.

—Entonces no tienes luz —dijo la mujer.

—Es un inconveniente —dijo el hombre—, pero es mejor así, porque si no tengo sol, no tengo luz, pero por lo menos así no sabré que hace buen tiempo.

—¿Qué tienes en contra del buen tiempo? —preguntó la mujer—. El buen tiempo levanta el ánimo.

—No tengo nada en contra del buen tiempo, no tengo nada en contra del tiempo. Sólo que no quiero saber qué tiempo hace.

—Por lo menos enciende la luz —dijo la mujer, y se dispuso a encenderla, pero el hombre arrancó la lámpara del techo y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, ya no quiero saber que se puede encender la luz.

Su mujer rompió a llorar.

Y el hombre dijo:

—Es que no quiero saber nada más.

Como su esposa no lo entendía, dejó de llorar y dejó a su marido a oscuras.

Y ahí se quedó él durante mucho tiempo.

Las visitas preguntaban a la mujer por su marido, y ella les explicaba:

—Es así, está sentado a oscuras y no quiere saber nada más.

—¿Qué es lo que no quiere saber? —preguntaba la gente, y la mujer respondía:

—Nada, no quiere saber absolutamente nada más.

No quiere saber más qué es lo que ve: es decir, qué tiempo hace.

No quiere saber más qué es lo que oye: es decir, qué dice la gente.

Y no quiere saber más qué es lo que sabe: es decir, cómo se enciende la luz.

—Es así —dijo la mujer.

—Ah, es eso —decía la gente, y ya no iban más de visita.

Y el hombre seguía sentado en la oscuridad.

Y su mujer le llevaba la comida.

Y ella le preguntaba:

—¿Qué es lo que ya no sabes?

Y él decía:

—Sigo sabiéndolo todo.

Y se sentía muy triste por saberlo aún todo.

Entonces su mujer intentaba consolarlo y decía:

—Pero no sabes qué tiempo hace.

—No sé qué tiempo hace —contestaba el hombre—, pero sigo sabiendo qué tiempo puede hacer. Aún recuerdo los días de lluvia, y los días soleados.

—Lo olvidarás —decía la mujer.

Y el hombre decía:

—Eso se dice rápido. Eso se dice rápido.

Y se quedó en la oscuridad, y su esposa le llevaba a diario la comida, y el hombre miraba el plato y decía:

—Sé que son patatas, sé que eso es carne, y conozco la coliflor; nada sirve de nada, siempre lo sabré todo. También sé cada palabra que digo.

Y cuando la vez siguiente la mujer le preguntó:

—¿Qué sigues sabiendo?

Él contestó:

—Sé mucho más que antes, no sólo sé cómo es el buen tiempo y el mal tiempo, ahora también sé cómo es que no haga ningún tiempo. También sé que cuando la oscuridad es absoluta, luego nunca es lo bastante oscuro.

—Pero hay cosas que no sabes —dijo su mujer, que hizo ademán de irse y cuando se detuvo, dijo—: Por ejemplo, no sabes cómo se dice «buen tiempo» en chino.

Siguió andando y cerró la puerta.

Entonces el hombre que no quería saber nada más empezó a reflexionar. Era cierto que no sabía chino, y no le servía de nada decir «tampoco quiero saber eso más», porque eso no lo sabía.

—Primero tengo que saber qué es lo que no quiero saber —exclamó el hombre, que destapó la ventana y abrió los postigos, ante la ventana llovía, y se quedó mirando la lluvia.

Luego fue a la ciudad a comprar libros de chino, regresó y estuvo semanas sentado con esos libros y pintando caracteres chinos en papel.

Si tenían visitas y preguntaban a su mujer por su marido, ella decía:

—Pues es así, ahora aprende chino, es así.

Y la gente no iba más de visita.

Sin embargo, se tardan meses y años en aprender chino, y cuando por fin lo consiguió, dijo:

—Pero aún no sé suficiente. Tengo que saberlo todo, así luego podré decir que ya no quiero saber todo eso.

Tengo que saber cómo sabe el vino, cómo sabe el bueno y el malo.

Y cuando coma patatas, tengo que saber cómo se cultivan.

Tengo que saber cómo es la luna, porque cuando la veo hace tiempo que no sé cómo es, y tengo que saber cómo se llega a ella.

Y los nombres de los animales también tengo que saberlos, y cómo son, qué hacen y dónde viven.

Se compró un libro sobre caniches, otro sobre gallinas, otros sobre los animales del bosque y uno sobre insectos.

Luego se compró un libro sobre el rinoceronte indio.

Y el rinoceronte indio le pareció bonito.

Fue al zoo y allí lo encontró, en un gran cercado, sin moverse.

Y el hombre vio con claridad que el rinoceronte intentaba pensar, intentaba saber algo, y vio el esfuerzo que le costaba.

Y cada vez que al rinoceronte se le ocurría algo, salía corriendo de alegría, daba dos, tres vueltas al cercado y entre tanto olvidaba lo que se le había ocurrido, luego se quedaba quieto mucho rato, una hora, dos horas, y cuando se le volvía a ocurrir algo salía corriendo de nuevo.

Y como siempre salía corriendo un poco demasiado pronto, en realidad no se le ocurría nada.

—Me gustaría ser un rinoceronte —dijo el hombre—, pero ya es demasiado tarde.

Luego se fue a casa y se puso a pensar en su rinoceronte.

Y ya no habló de nada más.

—Mi rinoceronte —decía—, piensa demasiado lento y sale corriendo demasiado pronto, y está bien así.

Y entre tanto se le olvidaba que quería saberlo todo para no querer saberlo más.

Y volvió a llevar la vida de antes.

Sólo que ahora además sabía chino.


*Este cuento fue publicado en: Kindergeschichten by Peter Bichsel. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1997.

*Imagen: Joana Keler

Desde la audiencia has tenido más tiempo para estudiarla, pero no puedes hacerlo las veinticuatro horas. Hay gente en este mundo que todavía tiene trabajo, y el jefe de Jennifer pondría el grito en el cielo si se enterara de que la estuviste siguiendo a la enfermería. Probando las tabletas. Haciendo preguntas estúpidas. Arrastrándola al armario de suministros para un rapidito mientras algún veterano de guerra balbuceaba sus últimas palabras al otro lado de la pared. No; cuando te eliminan de ese rubro, te eliminan de por vida. Y no todas las ideas de Jennifer son buenas.

Así que durante la mayor parte de los últimos tres meses has limitado tu estudio a las horas domésticas, entreteniéndote solo en el departamento mientras ella está en el trabajo. Cocinaste linguini con camarones y chiles la noche que te despidieron, lasaña vegetariana la noche siguiente. Toda la primera semana limpiaste y aspiraste como un demonio. Jennifer te llamó su perra y los dos se rieron juntos. Vaticinó que pronto se les sincronizarían los períodos; te hizo cruzar los meñiques y prometerle que le prepararías un baño de espuma cada vez que te lo pidiera. Eso fue cuando todavía bullías de entusiasmo por la libertad y todas las tareas eran divertidas; entonces empezó el juego de roles. Ahora, algunas noches, cuando Jennifer está de turno, lo único que haces es meter la mano dentro del jogging para agarrarte las bolas y hacer planes online, en la oscuridad. En el Observatorio Lowell en Flagstaff, te dices a ti mismo entre dientes, cliqueando el mouse con la mano libre. En el Parque Nacional Saguaro, cerca de Tucson. De solo pensarlo se te moja la nuca. Se te seca la boca. Cuando resulta demasiado, vuelves a dominar el FIFA 12.

Noches enteras pasan así.

Ya van cuatro meses desde que la administración le pidió como favor a Jennifer que cubriera un par de guardias nocturnas: una de las chicas nuevas estaba ausente por enfermedad, dijeron. Es sólo hasta que se sienta mejor, dijeron. Probablemente no sea por más de una o dos semanas. Pero ya casi es Navidad, la chica enferma se convirtió en la chica deprimida, y Jennifer sigue en esas guardias nocturnas de pesadilla sin señales de que las cosas vayan a cambiar pronto. Tenías la esperanza de que salir del call center trajera la oportunidad de hablar de un nuevo comienzo, tal vez en algún lugar donde la vida fuera más barata, con más chances de que brillara el sol. Pero no hubo tiempo para esa clase de charla. Seis veces por semana, ella sale de casa después del ocaso y vuelve antes del amanecer. El día es noche y la noche es día. Jennifer dice que le está afectando los sentidos, y también está afectando los tuyos. Tienes que adaptar tus patrones de sueño para estar despiertos al mismo tiempo. En el sendero apache, rodeado de las majestuosas Montañas de la Superstición.

Te aseguras de tener todo listo cuando llega del trabajo –luces apagadas, persianas cerradas– para que Jennifer pueda hacer de cuenta que es de noche. Se merece una bienvenida decente pero has aprendido a no molestarla en la puerta. No le gusta que la agobien. El trabajo que hace no puedes ni imaginarlo. Los últimos momentos de hombres y mujeres comunes, despojados de sí mismos. No es de extrañar que necesite unos minutos de soledad. Así que te quedas ahí en la cama, haciéndote el dormido, escuchándola moverse en la cocina, picando cosas de paquetes en la heladera y comiendo parada mientras afuera la noche se convierte en día. Luego se mete en la cama, te da un beso y se queda dormida, a veces completamente vestida. Si eso sucede, la desvistes despacio, cuidando de no hacer ningún movimiento brusco, quitándole el maquillaje con una toallita para el rostro. Pones su corpiño, bombacha y medias en la cesta de la ropa sucia y cuelgas su uniforme detrás de la puerta del dormitorio, listo para el día siguiente. Entonces cubres los cuerpos de ambos con el acolchado, le rodeas la cintura con los brazos y esperas a que llegue el cansancio. La mayoría de las veces, Jennifer duerme profundamente. A veces tú también.

Los sueños de Jennifer no le aclaran la mente, pero cuando abre los ojos se comporta como si el mundo fuera una moneda brillante recién encontrada en el suelo. Casi todos los días se despierta a eso de las dos, se da vuelta en la cama para mirarte y antes de que puedas hacer foco, susurra: ¿Lo hacemos, vaquero? Cuando está cansada, sus pupilas parecen ruedas de ruleta. Cuando está caliente, envuelve tus piernas con sus piernas cortas y te pregunta qué será hoy. ¿Barack Obama y Michelle en el Salón Oval? ¿Beyoncé y Jay-Z en su mansión de Los Ángeles? ¿Brangelina en su escondite del sur de Francia? Por lo general deciden juntos. Entonces llega el momento de los disfraces, media hora de lo que Jennifer llama rock n’roll en los mismos agujeros de siempre, y a eso de las tres los dos ya están durmiendo de nuevo. Se despiertan alrededor de las cinco, se tiran frente al televisor y comen un sándwich mientras miran telenovelas o un DVD. Un par de horas más tarde todo comienza de nuevo, y las siguientes diez horas son solo tuyas.

La semana pasada le dijiste a Jennifer que esto no podía continuar. Lo de estos ejecutivos es una burla, y le sugeriste que hiciera huelga. Este estilo de vida no es práctico. Le dijiste que habría problemas si las cosas seguían así hasta Hogmanay, la celebración de Año Nuevo en Escocia . ¿Qué iban a hacer con las campanas? ¿Mirar todo por Sky Plus? ¿Mirar el Big Ben la tarde siguiente, todo apagado, cantar Auld Lang Syne y hacer de cuenta que es otro año? Jennifer arrugó la nariz. Las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba. Entonces dijo: Deberíamos hacerlo durante el conteo. Tratar de coordinar, ya sabes, 3, 2, 1… Jennifer es una verdadera romántica. Las últimas semanas notaste algunas cosas que no viste antes, cuando tenías trabajo y todavía atendías el teléfono cuando sonaba. Si Jennifer duerme, te concentras en su respiración, tratando de imitarla con la tuya, preguntándote si se queda contigo solamente porque está demasiado cansada para dejarte. Si está despierta, le prestas atención a sus tics y sus hábitos. Sus deseos. Todavía sirves para algo, ¿verdad? En los baños para discapacitados del Sea Life Aquarium en Tempe. Vestidos de pies a cabeza de indios americanos en el Museo Heard.

Por los tiempos, sabes que ella casi nunca hace una parada en el camino de vuelta a casa. La fina capa de barro húmedo en sus botas prueba que usa siempre el mismo atajo a través del parque; el recorrido de puerta a puerta le lleva unos veintitrés minutos. El conteo de canciones reproducidas en su iPod muestra que de camino escucha los mismos discos: la abundancia de Born in the USA a la ida, el vacío de Nebraska a la vuelta. (Últimamente sólo escucha a Springsteen. Dice que escribió todas las canciones que quiere escuchar. En este asunto no están de acuerdo). No hay muchos negocios abiertos en ese trayecto a las seis de la mañana, pero incluso si los hubiera, te parece poco probable que se detuviera en cualquier lado antes de volver con su hombre. Su Daniel. Jennifer es una chica bastante puntual. Los números hablan por sí solos.

Segundos más, segundos menos, Jennifer tarda treinta y siete minutos todos los días en prepararse para el trabajo; lo sabes porque tienes un cronómetro en el teléfono. Esos treinta y siete minutos por lo general incluyen unos ocho para vestirse, dos de los cuales usa para ponerse las alhajas que le regalaste para su cumpleaños, para San Valentín, para la última Navidad. Unos seis minutos para sus deposiciones diarias. Tres para lavarse los dientes. Nueve minutos para ponerse un poco de rubor y delineador. Luego cuatro o cinco hablando sobre lo que piensas hacer mientras ella alimenta, baña y cambia a los que ella llama los zombies babeantes de Yorkhill. Es difícil recordar algo que sucedió hace tanto tiempo –fue al comienzo de la relación, hace ya dos o tres años–, pero cuando empezó en el hospicio, Jennifer era mucho más dócil.

En ese entonces hablaba de hacer un trabajo que fuera bueno para el alma. Cuando estaban con gente, le daba un cierto resplandor. Ahora ninguno de los dos socializa, ella trata de no pensar demasiado, los pacientes se han convertido en los zombies, y en casa todo es vestirse de Hitler y Eva Braun y hacer de cuenta que el departamento es el búnker y que llueven bombas aliadas en el exterior mientras logran tener sexo desesperado una última vez antes de que hagan efecto las falsas pastillas para suicidarse. Por su relato de lo que sucede en la enfermería, todos estos comportamientos parecen técnicas de supervivencia bastante esenciales. Jennifer dice que si uno lo piensa, en realidad las fantasías mejoran la calidad del cuidado que recibe la abuelita o el abuelito de alguien en sus últimos días en la tierra. Allá afuera, en el mundo, las fantasías salvan vidas. Así que lo mínimo que puedes hacer es prepararle un baño de espuma cada tanto y asegurarte de conseguir los disfraces por un precio razonable en eBay.

Durante algunas semanas después de la audiencia te diste el gusto de conversar acerca de cómo te gustaría contribuir con los costos de los disfraces, y también de algunas otras cosas mundanas como la hipoteca, el gas y la electricidad; prometiste revisar los diarios para buscar oportunidades. Le dijiste a Jennifer que mirarías los sitios de clasificados y te suscribirías para recibir alertas en el correo electrónico. Algunas veces le dijiste que ibas a encontrarte con tal o cual contacto para tomar una cerveza antes de la hora del cierre; la mayoría de las veces era mentira, pero Jennifer lo dejó pasar. No pedía detalles ni seguía preguntándote luego de que dijeras que habías tenido una entrevista en O2, o H&M, o donde fuera. Aun así, era obvio que no tenías deseos de volver a entrar en el mercado laboral. Barman. Mozo. Vendedor. Si sólo tenemos una vida, pensabas, ¿por qué molestarse con cualquiera de esas cosas?

El martes pasado, cuando Jennifer te preguntó por tus planes para el día, se te ocurrió esto: ¿Recuerdas cuando hablamos de ponerle una almohada en la cabeza a la tía Joan, en Arizona?, dijiste, tratando de descifrar su expresión. ¿Ocupar su casa? Bueno, tal vez no necesitemos a la tía Joan. Mira, encontré algo. Entonces le mostraste el sitio: 17: En el Centro de Ciencias de Arizona. 18: En mitad de la caminata en Squaw Peak, en la reserva de las montañas Phoenix. Esperabas que lanzara algo. Que hiciera una lista de las facturas que había pagado desde que Greg y los muchachos de la oficina central te habían liberado del opresor. No la habrías culpado si se hubiera marchado para no regresar jamás. Pero Jennifer es una maldita santa. Una chica mala. Te rodeó el cuello con los brazos, con su calor flotando en el aire entre sus cuerpos, y te mordió el lóbulo de la oreja, sujetando la piel entre los dientes unos segundos antes de soltarla. Usa tu imaginación, te dijo. Y eso es lo que has estado haciendo desde entonces.

A veces te preguntas cómo sería la vida si hubieras crecido antes de internet. ¿Qué hacía la gente? Tal vez miraban por la ventana, o se pasaban el día mirando el piso, seguros de que ahí afuera había vida, pero incapaces de demostrarlo. Qué suerte tienes de poder acceder a todas las maravillas del universo en un milisegundo. No hay excusas para el aburrimiento cuando hay más posibilidades que nunca para la imaginación humana. Ahí afuera hay una comunidad para todos. Amantes de las palomas de los ex estados yugoslavos. Cultivadores de calabazas de Yorkshire. Brujas y neopaganos del sur profundo. Para algunas personas tanta información resulta abrumadora. Ven el mundo, perciben lo pequeños que son y se desesperan. Pero tú eres uno de los que pueden pasarse un turno entero del hospicio bajando música gratis, mirando videos de hipopótamos bailando en YouTube y buscando lugares inusuales en países extranjeros para darle a la chica que amas una buena y dura demostración de afecto. El universo tiene los brazos abiertos para ambos. No hay motivos para tener miedo. Y como demuestran estas mágicas páginas virtuales, más allá de toda duda, todos tienen sus cositas. El eslogan de uno de los sitios dice: Un hogar lejos de casa para viajeros de mente abierta que aprecian las bellezas naturales de todo tipo.

El número 23 dice: Al anochecer, en el extraordinario Jardín Botánico del Desierto.

El número 31 dice: En una de las increíbles cuevas subterráneas en el Parque Nacional Kartchner Caverns (algún bromista agregó aquí una foto totalmente negra, cuya leyenda dice “Dentro de una cueva”).

Debajo de la lista completa de los 59 “lugares del desafío” hay enlaces a varios álbumes de fotos, cada uno con imágenes de parejas que se han fotografiado en algunos de los lugares del recorrido. La mayoría no logra hacer más de diez locaciones. Casi todas las imágenes son amateurs. No importa. Una instantánea, de una pareja de Copenhague, está tomada desde la perspectiva de una mujer montando a su marido a orillas del lago Havasu. En la foto se ven sus rodillas apoyadas en los brazos de él. Él está en el piso, mirando hacia arriba. La expresión del hombre no se parece a nada que hayas visto antes, y cuando se la muestras a Jennifer, ella se pregunta en voz alta a qué se dedicará. Si le habrá mentido a su jefe sobre para qué necesitaba tomarse un tiempo del trabajo, y si sus colegas sabrán sobre sus vacaciones. Entonces ella te empuja hacia el piso, mientras la presentación sigue mostrando a la pareja de Copenhague en una serie de ambiciosas posiciones en el Cañon de Chelly, luego en la reserva natural Out of Africa, luego en los estudios Old Tucson. En un video tienen puesto el mismo sombrero cowboy y se escapan desnudos de dos guardaparques. Jennifer insiste con la posición del perrito, los dos mirando la computadora. Empuja fuerte dándote la espalda.

Eso fue hace tres noches.

Esta noche, cuando salía para su turno, Jennifer te abrazó fuerte y te preguntó si tenías algo para ayudarla a pasar el descanso. Lo pensaste, observándola de cerca mientras tomaba sus llaves, se ponía el abrigo y salía por la puerta. Enfiló hacia la entrada. Entonces se detuvo en la acera. Miró hacia atrás. Apoyada en la puerta, la imaginaste como Marilyn Monroe y tú como JFK y dijiste: Número 43: Dentro de las vastas profundidades del Gran Cañón, con vistas espectaculares a aquello que el geólogo y explorador John Wesley Powell llamó alguna vez “el espectáculo más sublime de la naturaleza”. Jennifer volvió a mirar hacia la calle, sacudió la cabeza, sonrió. Mientras se alejaba, dijo: Alguien está excéntrico hoy. Luego se fue y la miraste irse. Tu Marilyn. Tu Coco Chanel. Tu Michelle Obama.

Jennifer siempre dijo que las primeras horas de su turno eran las peores, así que te aseguraste de que tuviera un mensaje de texto esperándola cuando por fin llegara su primer descanso corto; una ayuda para que la segunda mitad del turno pasara un poco más rápido. Decía En una de las mesas de la legendaria Pizzería Bianco (puntaje promedio de Trip Advisor: 4.0 de 5). Darnos de comer en la boca el uno al otro es opcional. Adjuntaste un jpg de Bob y Sue Hampton de Bournemouth, él sin nada más que un sombrero de chef, ella de moza en topless, los dos haciéndolo junto a un gran plato de antipasto. A las doce y diez de la noche llegó la respuesta. Se ve complicado. ¡Pero sabroso! Estoy dispuesta si tú lo estás… Después de eso le empezaste a mandar más sugerencias. No podías evitarlo.

Opción 1: EN EL LEJANO OESTE. Estilo 1880, en el famoso pueblo Rawhide del Lejano Oeste, viajando en el Carruaje Butterfield que cruza el pintoresco desierto de Sonora tirado por una mula. (Otras opciones incluyen casamiento de apuro, costo: 10 dólares, souvenir fotográfico incluido. Potenciales complicaciones: ¿Qué hacer con el guía? ¿Es posible alquilar un carruaje propio? ¿Y a tu madre le molestaría si nos casáramos en el exterior?).

Opción 2: EN EL CINE. En Monument Valley, vestidos como el excéntrico director John Ford, cuatro veces ganador del Oscar, y Mary, su amada esposa por cincuenta y nueve años. Sugerencias: usar un parche ocular, como Ford; reproducir escenas de las obras más destacadas de Ford. (Posibles problemas: ¿cómo hacer que Las uvas de la ira sea sexy? Considerar también: Qué verde era mi valle).

Opción 3: SANTOS Y PECADORES. En la Misión de San Xavier del Bac en Tucson, fundada en 1692. Vestidos de Pastor y de una participante entusiasta de la congregación. (NB: en un supuesto milagro presenciado por gente de toda el área de Tucson, aparentemente el Padre Ignacio José Ramírez y Arrellano continuó sudando durante horas después de su muerte. Luego lo canonizaron. ¿Podríamos incorporarlo de alguna manera, tal vez?).

Jennifer no respondió a ninguna de estas sugerencias, pero era cierto que ella prefería los dramas donde la mujer era dominante. O tal vez no respondió porque era una estupidez y habías llegado demasiado lejos y no tenía tiempo para esta clase de cosas porque estaba ocupada limpiándole el trasero a alguna viejita frágil y asustada que quizás tendría un ataque al corazón ahí mismo si supiera lo que estabas planeando hacer con su dulce y bondadosa enfermera. ¿Por qué Jennifer no respondía? Algo andaba mal. Así es. Así es. Se suponía que no tenías que llamarla cuando estaba de guardia, aun así tuviste que hacerlo. El celular estaba apagado. Por supuesto que estaba apagado. En lugar de dejarle un mensaje de voz, le escribiste otra vez: Te extraño. Estoy muy orgulloso de ti. Cuídate y nos vemos en casa, ¿ok?

Llegó once minutos más tarde de lo normal, de modo que supiste que algo andaba mal antes de verla llorar. Corrió a tus brazos desde el pasillo, ocultó la cabeza en tu hombro y la dejó ahí un largo rato. Cuando levantó la visa, su rostro era todo maquillaje corrido y miedo. No podía respirar. Dijiste, Vamos, vaquera, la levantaste y tambaleándote con ella en brazos, la cargaste por las escaleras. Ella se rio. La abrazaste con suavidad mientras te pegaba y decía, No puedes irte a ningún lado. Los besos suaves se convirtieron en intensos, y poco después los dos estaban tirados en la alfombra del dormitorio, enfrentados, dos cuerpos en la luz matutina. Tráeme pañuelos, Daniel, dijo ella. Así que se los trajiste. Luego subiste a prepararle un baño. Mientras lo hacías, pensaste que si todavía trabajaras en el call center, o en cualquier lado, no habría tiempo para esto. Jennifer habría llegado a casa, se habría secado las lágrimas mientras dormías, tratando de no despertarte antes de que sonara tu alarma. Te habrías levantado poco después, te habrías duchado y vestido deprisa, y habrías notado que algo andaba mal pero no tendrías tiempo de responder a eso, le prometerías que hablarían más tarde. Habrías ido a trabajar, preocupado por Greg, por los objetivos, por cuánto venden los otros en la oficina. Al volver a casa, Jennifer se estaría preparando para salir a su turno y no querría preocuparte, así que haría de cuenta que está bien, y antes de que pudieras notarlo, la sensación habría pasado. En el cañón Oak Creek, Sedona. Entre los pájaros, animales y plantas del Sud Oeste en el Parque Estatal del Arboreto de Boyce Thompson. En Paradise Valley. No, no quieres volver a trabajar nunca más. No quieres perder la oportunidad de estar ahí para ella. Solo pensarlo te da ganas de vomitar.

Pero todo está bien porque no tienes trabajo, estás aquí, disponible, y sabes cómo a ella le gusta, así que cargas la bañera con dos medidas de espuma de baño y dejas correr primero el agua fría un rato. La llenas hasta casi la mitad. Luego la llevas hasta el baño, le quitas el uniforme, depositando cada pieza con cuidado para que no se arrugue. Ella dice: Estoy despierta, para variar. Tú dices: Sí, lo sé. Le besas la clavícula, detrás de la oreja, te agachas y la besas entre los dedos de los pies. Ella hace de cuenta que te aparta. La dejas. Ha estado llorando todo el tiempo. La alzas de nuevo y la metes suavemente en la bañera. Su color cambia de rosado a blanco, las burbujas pululan a su alrededor y su cuerpo desparece debajo de ellas. Entonces vuelves al piso de abajo, a la heladera, descorchas una botella de vino blanco y regresas. Apoyas la botella y las copas limpias en el piso. ¿Quieres que te sirva? Le preguntas, y ella asiente. ¿Quieres llamar a tu madre?, le preguntas. Ella sacude la cabeza. Más tarde, dice. Entonces Jennifer te toca el brazo y te pide que te quedes.

Sirves las dos copas hasta la mitad.

Con un suspiro, Jennifer dice: No tendría que… quiero decir, pasa todo el tiempo pero… Victoria murió durante la noche. Le respondes: No sabía que les ponías nombres. Jennifer te golpea despacio, se ríe, toma una copa y dice: Tienen nombres cuando llegan, tonto. Y entonces se larga a llorar de nuevo.

Entre lágrimas te cuenta la historia de vida de esta mujer a la que nunca conociste y que Jennifer nunca antes había mencionado. Vivió una vida plena, viajó mucho y hablaba cuatro idiomas. Tenía tres hijos, incluyendo a uno llamado Samuel que murió de muerte súbita. Trabajaba en clubes polacos de jazz y una vez tocó el piano en el Royal Albert Hall. Vivió en Arizona con su segundo marido por seis años antes de volver a Glasgow, y le contó a Jennifer sobre sus amigos y familiares que se mudaron allí luego de la guerra. Ayer Victoria parecía estar bien, cuando le hizo un cumplido a Jennifer por sus mejillas rosadas. Con lo cual quería decir que se veía feliz. No es que nada de eso tenga importancia ahora, dice Jennifer. Sí que la tiene, dices. Le preguntas sobre Victoria arrodillado en la alfombra del baño. Le pasas despacio una esponja por los brazos y las piernas, luego por el abdomen, los hombros, hasta que parece incapaz de seguir hablando. Entonces le secas los ojos, la tomas de las manos y empiezas a hablar. Lo haces en voz baja.

Éste es el plan, dices. ¿Lista?

Jennifer asiente.

Mañana a la noche abriré el auto de Greg, manipularé los cables para encenderlo y aceleraré hasta el hospital para recogerte en mitad de tu turno. Tú apuñalarás a tu supervisor con una aguja infectada en el pasillo, luego saldrás violentamente por la puerta y saltarás al auto por la ventanilla. Entonces tomaremos la autopista, haciendo planes mientras avanzamos. Número 46: En la jaula de los leones en el zoológico de Phoenix. Número 49: En el pozo de las escaleras del Castillo de Montezuma, mirando a los turistas desde las torrecillas. Número 53: Al aire libre, a bordo de un barco en el lago Pleasant. Piensas mientras hablas. Luego conozco a un tipo en el puerto de los ferrys, ya lo tengo planeado, y mientras sale el sol le paso un fajo de billetes a cambio de pasaportes nuevos. Jennifer dice: ¿De dónde sacaste el dinero? Le aprietas la mano para recordarle que no haga preguntas. Me convierto en José, dices. Tú te conviertes en Rosita. Luego hacemos la fila con el resto de los pasajeros, y nos subimos a un crucero de lujo con destino a Nueva York. En el barco lo hacemos de frente a las pequeñas ventanas redondas, el agua, el mar. El calor sube de nuestros cuerpos. En Nueva York robamos otro coche y viajamos los tres mil kilómetros, o algo así, hasta Phoenix. Dormimos en el auto. Asaltamos estaciones de servicio en el camino con la pistola que nos dio nuestro hombre en el puerto. Tienes un talento natural. Amenazas a los empleados y tomas el dinero de la caja. Increíblemente, ninguno de estos lugares que asaltamos tiene cámaras de vigilancia. Jennifer hace una mueca pero te deja seguir. Sólo les disparamos a algunos pero no importa, porque la mayoría son viejos, o tratan mal a sus mujeres. Jennifer vuelve a apretarte la mano y dice: ¡Daniel! Sonríes. Bueno, bueno. En fin. Nadie nos sigue. Nos lleva dos semanas llegar a Phoenix pero cuando llegamos tenemos un gran sobrante de dinero. Jennifer dice: ¿Y entonces qué? Sonríes. ¡Y entonces nos dirigimos al sendero!

Jennifer toma de su copa, luego la deja a un lado y descansa la cabeza al costado de la bañera, de cara al techo. Suena bien, dice, mirándote con sus ojos de ruleta. ¿Pero y los pasajes para esa línea de cruceros? Agitas unos pasajes imaginarios delante de ella. Vamos. ¿Me olvidaría de algo tan importante? Ella te quita el aire de entre los dedos, se incorpora y lo besa. De verdad quiero irme de aquí, dice, y vuelve a temblarle la voz. Lo sé, le dices. Para evitar que vuelva a largarse a llorar, levantas la copa y dices, ¡Por Arizona!, pero chocas las copas con tanta fuerza que la de Jennifer se rompe, dejando cientos de pequeñas esquirlas en el agua.

Le aprietas fuerte la mano y le dices: No te muevas.

Cuando llegué a Bruselas empezaba a oírse en algunos medios de comunicación aquella idea del fin del sueño europeo. En general, la desconfianza había aumentado, así como la violencia en los transportes públicos, que siempre comenzaba cuando un pasajero le exigía a otro que bajara la música de su mp3 o su teléfono móvil. Un día, mientras volvía de visitar un estudio que se alquilaba en el barrio de Ixelles, dos grupos de más de treinta jóvenes se zurraban con botellas de cerveza Jupiler en las escaleras del edificio de la Bolsa. Rodaban hasta un puesto de patatas fritas y allí, en un angosto limbo de mayonesa, crudités y fricandela, empezaban a sangrar. Los dueños de los apartamentos a los que llamaba no dejaban de hacerme las preguntas más rebuscadas; un anciano llegó incluso a inquirirme por la frecuencia de mi vida sexual, y (susurró) si las chicas que solía llevar a mi casa eran «sensatas, lo que se dice sigilosas». Hacía años que andaba encadenado, igual que cualquier presidiario de tebeo, a una desagradable bola de inquilinato y mezquindad sin límites. Por suerte, durante una cena a la que fui invitado conocí a Elin. Era sueca. La acompañé a casa tras la reunión. Aunque el anfitrión nos había sentado juntos por ser ambos traductores, habíamos congeniado gracias a nuestro colosal desinterés hacia el resto de personas. Elin se había encargado de la edición de una de las obras de juventud de un candidato al Premio Nobel, un poeta egipcio o turco; la traté de usted, pues no estaba seguro de si ella había cumplido ya los cuarenta. Me dijo que tenía pensado trasladarse a algún lugar de Oriente Medio una temporada, así que me ofreció quedarme en su apartamento durante su ausencia. «Lo ocurrido», me dijo el día siguiente, mientras yo buscaba mis zapatos y ella se cerraba el albornoz, con un pecho todavía al aire, «no le da derecho a tutearme, por descontado». Bélgica era un país vagamente caótico y sin gobierno.

A cambio, yo me encargaría de la gata —Elin me tendió una especie de cartilla sanitaria del veterinario— y de las facturas de la luz y el agua. Además, me comprometía a asumir los gastos de limpieza, lo que significaba pagar las dos visitas al mes de Teresita, una señora filipina. «Carece de permiso de residencia. No quisiera privarla de uno de sus pocos trabajos. Es muy simpática y muy católica», dijo Elin abriendo mucho los ojos, como si la idea le resultara inconcebible, «y todo lo que gana lo manda a su familia en… ¿Manila, es realmente la capital de Filipinas? Tiene una llave de la casa».

Consagrado a mis trabajos de traducción, me las apañaba para no estar presente los días en que Teresita venía a limpiar, unas tres o cuatro horas a partir del mediodía. Por alguna razón aquello me hacía sentir incómodo, igual que cuando uno le da limosna a un tullido y se cuida de mirarle las pústulas. Nunca había tenido servicio doméstico, ni mi situación económica me lo hubiera permitido. Dejaba un par de billetes en la mesa de la cocina y salía a dar una vuelta, a ver la programación de la sala Ancienne Belgique o hasta una biblioteca pública en la que un grupo de holandeses vendía cocaína adulterada tras la sección de poesía extranjera.

De vez en cuando recibía un email de Elin preguntándome por la gata. El animal comía bien y dormía a todas horas, aunque seguía sin cobrarme ningún afecto. Le informé de las cartas del Ayuntamiento de Bruselas que estaban llegando a su nombre y que yo había abierto con su permiso. Aunque habíamos firmado un contrato reglamentario (yo necesitaba un domicilio para mis actividades profesionales; también comprobé la edad de Elin en la fotocopia de su pasaporte, tenía exactamente treinta y nueve años, diez más que yo), el ayuntamiento quería comprobar que la casa estaba habitada por las personas que rubricaban el contrato.

«De momento, no les abras», respondió escuetamente Elin en su siguiente correo electrónico.

(Ella sí había decidido tutearme).

«¿Quiere que no salga a la calle y que permanezca encerrado todo el día?», le escribí yo.

«La casa está también a nombre de mi marido», me explicó en el siguiente mail. (No me sorprendió). «En teoría, él vive allí con nosotros. Se llama Kees. Haz, por favor, lo que te digo».

No contesté. Me imaginé a su marido como uno de esos hombres trajeados que cada viernes llenaban las terrazas de los bares pijos junto a otros empleados de cualquier oficina ministerial (luego, los domingos, Kees cocinaría macarrones enfundado en un pantalón de pana. Ella seguiría amándolo, allá donde él estuviese.) 

Tampoco me encerré en casa de Elin, por supuesto, pero me preocupé cuando empezaron a tocar al timbre. Decidí alejar la mesa de trabajo de las ventanas del salón. En aquella época, yo estaba traduciendo a un autor polaco del siglo xix, fundamentalmente por las noches, entre las diez y las cuatro de la mañana. Antes de dormir, me asomaba al patio interior y, con el corazón en un puño, veía a la gata caminar alegremente por la barandilla del tercer piso. Desafiándome a cinco metros de altura.

Pero aquello continuó. Al principio llamaban a mediodía. Pasaron varios días hasta la siguiente ocasión, a media tarde, aunque ya no podía saber con certeza quién llamaba, si los funcionarios del ayuntamiento, algún conocido o —por qué no— el cartero. Al poco, empezaron a tocar el timbre cada mañana entre las ocho y las nueve, mientras yo estaba todavía en la cama. Me quejé por email a Elin; prometió que iba a ponerse en contacto con el ayuntamiento. Entretanto decidí trabajar en la cocina, en la parte trasera de la casa, cuyas ventanas daban a aquel oscuro patio interior de ladrillos.

Un día, aparté el ordenador y comencé a prepararme la comida. Le estaba dando vueltas a la extraña propensión del autor polaco a que sus personajes mantuvieran agotadoras, interminables cópulas cuando, de repente, mientras almorzaba, oí un crujido proveniente del pasillo de la entrada. Pensé que eran los funcionarios que forzaban la puerta. Me recompuse y carraspeé un par de veces (¿para infundirme valor?). Al asomarme a la escalera vi un par de piececitos descalzos que precedían a un cuerpo diminuto y femenino. Había olvidado por completo qué día era. Se detuvo junto al cajón de arena de la gata y me señaló con la misma mano en la que sostenía un par de bailarinas sin cordones. Empezó a reírse, se cubrió la boca con la otra mano y dijo:

—Me llamo Teresita —apoyó las zapatillas en el suelo, tendiéndome la mano. Hablaba en inglés—. ¿No es divertido? Sí, me llamo Teresita.

Le dije quién era yo. Sin inmutarse, se dirigió a la cocina y rebuscó algo en un barreño en el que yo nunca había reparado, lleno de productos de limpieza. Compuso una mueca insondable y se quedó mirando un reloj de Coca-Cola que había sobre el microondas. Eran las dos menos cuarto. Desde la mesa, yo la observaba con interés mientras terminaba mi sándwich de pollo. Lanzó un gritito:

—Quince minutos.

A continuación extrajo una servilleta de su bolso, un plátano y una botella de agua a medias. De un salto se aupó a una silla al otro lado de la mesa. Lo más probable es que le colgaran las piernas.

—Puede coger lo que quiera del frigorífico —le ofrecí—. Un refresco, cerveza, yogur… También tengo té —nada de aquello era cierto.

Se rió, negando con la cabeza.

—Un plátano está bien. Me gusta comer cada tarde un plátano —me dijo.

Cogí del armario un tenedor y un cuchillo y corté en trozos lo que quedaba de sándwich:

—¿Mucho trabajo? —pregunté.

Mucho trabajo, poco trabajo… Mucho trabajo, poco trabajo —contestó con una sonrisa y su particular entonación musical.

Me levanté por una manzana y comencé a pelarla.

—La semana que viene tal vez venga Elin —dije.

—Cariñosa. Oh, es tan cariñosa la señora Elin… —echó un trago y se quedó mirando a la gata, que acababa de entrar en la cocina atraída por aquel alboroto. El animal arqueó el lomo y agitó el rabo con sacudidas frenéticas, como si únicamente lo electrocutaran a la altura del ano. De manera inesperada tomó impulso y saltó a mi regazo. Pensé que la gata me atacaba; sin embargo, se quedó allí, estática. Apoyó la mandíbula inferior en el borde de la mesa. Teresita terminó su plátano y empezó a aplaudir.

—Es la primera vez —intenté explicarle—. Hasta ahora, nunca antes…

—¿Le gustan los gatos? —me preguntó, limpiándose las lágrimas de júbilo.

—Son una compañía muy buena. Pero también son independientes– ahí acababan todos mis conocimientos sobre esos animales.

—¿Le importa que fume?

Encendió un cigarro y se quedó mirándome, mientras me rodeaba una densa nube de humo de hachís.

—Tabaco aliñado —dije sonriéndole.

—¿Cómo dice?

—¿Le gustan los gatos?

—No, no, no —me respondió, con una mueca de repulsión—. Son sucios y hacen pipí por todas partes —al ilustrar con su brazo aquel «por todas partes» desparramó las cenizas del porro en la mesa.

Saltó de la silla para agarrar un vaso de cerveza Chouffe, que utilizó como cenicero. Sus pies eran los más pequeños que yo había visto nunca.

—¿Come siempre solo? —me preguntó.

—¿Solo?

—Usted solo. O usted solo y la gata, o usted solo y él —afirmó, señalando el ordenador sin tocarlo, como si se tratara de un artefacto explosivo.

—Sí.

Le sacó la lengua a la gata y me sonrió:

—No es bueno que un hombre coma solo. No es sano.

—A mí me gusta —repuse mecánicamente—, me gusta la tranquilidad.

—Pero la gente que come sola se vuelve hosca y dura —dio una larga bocanada y apagó el porro en el fondo del vaso de Chouffe—. Hay que hacerle justicia a la comida.

—¿Quién dice eso? —pregunté.

Permaneció callada y luego exclamó:

—¡Las dos en punto! ¡A trabajar!

Se calzó las bailarinas y empezó a corretear por todas partes. Llenó un par de cubos de agua caliente en la pila de la cocina y desapareció en el baño y luego al otro lado de las puertas del salón. Tras los cristales opacos, los movimientos de Teresita parecían hechos de una sustancia semejante al éter. Seguí trabajando en mi traducción: me hallaba encallado en la descripción de una suerte de Casa del Sueño que aparecía en la obra de aquel autor polaco. En una ciudad de la frontera, donde la nieve se extiende en febrero como una mortaja, se instala una dama rusa llamada Natalia, de soltera Golanova. Recluta a algunos hombres sin trabajo y los pone a limpiar un local en alquiler; son los únicos habitantes desempleados: tullidos, un grupo de finlandeses —que nadie sabe de dónde han salido— y varios enfermos de cáncer de pulmón. El resto de la población se pasa el día en la mina. Una tarde, dos mineros borrachos ayudan a colocar el letrero sobre una pared limpia y renovada: Casa del Sueño de Natalia Golanova. Chiflidos, aplausos, desconcierto. Se rumorea que la tal Natalia tiene la voz ronca y que domina la medicina y modifica el clima en su provecho. Bastan esos rumores para que algunos mineros rebusquen entre la pernera con las manos, pensando ya dónde derramar su goce. Sin embargo, en las habitaciones de la «Casa del Sueño de Natalia Golanova» (todas individuales) no se admiten mujeres. Sus camas son el último grito en descanso en San Petersburgo, reza un cartel colgado en la puerta. Y es cierto, es un descanso muy particular, en el que los trabajadores se deslizan como sobre una mullida cataplasma. No han transcurrido aún dos meses y los hombres ya se reúnen cada domingo en la Casa del Sueño de Natalia Golanova. Bajo el pórtico delantero se relatan sus sueños, la mayoría de los cuales no son más que extensos coitos donde el flexible cuerpo de Natalia sirve para que el autor interprete los destinos del Imperio ruso y de Polonia según las teorías psicofisiológicas en boga.

Eso me hizo recordar que había soñado con Elin, cuyas formas no podía recordar con exactitud. Y eso es siempre un motivo de insatisfacción.

Entonces Teresita irrumpió en la cocina. Llevaba la mano izquierda envuelta en un guante de plástico rosa, lo que provocaba que sus dedos rechonchos semejaran penes de seres minusválidos. Me observaba como quien supervisa a un niño enfermo que manipula un proyectil:

—¿Necesita algo? —pregunté.

—La puerta —dijo—. Están llamando.

Mis pensamientos quedaron en suspenso durante unos segundos. «La gente que come sola se vuelve hosca y dura», volví a repetirme.

—No vamos a abrir —sin darme cuenta la había incluido a ella.

—¿Quiere que abra yo?

—Si lo hace, usted y yo tendríamos un serio problema.

Le expliqué el asunto de las cartas, de los funcionarios y de los controles del ayuntamiento. Instintivamente dio un par de pasos atrás y se situó bajo el hueco del calentador. Se pasó el pulgar por los labios, meditando qué hacer o cómo reaccionar ante aquello. Seguía descalza.

Llené un vaso de agua y se lo tendí. Se lo bebió mirando al frente, como si tuviera las córneas resecas o sufriera hipertiroidismo. Dijo: «No me gusta», pero no aclaró el qué.

Hubo una segunda tanda de timbrazos.

—¿Me daría uno de esos cigarrillos, Teresita?

Lo encendí. Cuando le hube dado un par de caladas, me lo arrancó de entre los dedos y aspiró con los brazos en jarras.

—Puede quedarse todo el tiempo que quiera, si se queda más tranquila.

—¿Elin lo permite? —preguntó indignada, apagando el cigarrillo recién encendido y acumulando todo el rencor posible contra mí—. ¿Por qué está usted en esta casa?

Me acerqué a tranquilizarla. Le pasé un brazo por los hombros e intenté transmitirle afecto y confianza. Parecerle digno de aquella vivienda. ¿Cuántos años tendría Teresita: treinta y cinco, cincuenta y cinco? ¿Tendría hijos? Estaba empezando a odiar a Elin y a imaginar el encabezamiento del correo electrónico en el que le comunicaría que me negaba a pagar las labores de limpieza.

—El señor Kees es tan cariñoso… —dijo algo así como kitsch—. ¿Lo conoce? A veces me llama y tenemos largas conversaciones.

Tomé una decisión, harto de aquello:

—Déjelo por hoy, y no se preocupe por el dinero —saqué dos billetes de mi cartera—. Puede quedarse todo el tiempo que quiera, aquí no van a molestarla.

Se escurrió y encerró en el baño con su bolso. Pasaron varios minutos sin que se oyera nada. Durante ese intervalo, procedí a llenar un cuenco con pienso para la gata. Luego, aterrado, llamé a la puerta del baño. Abrió sin dirigirme la mirada, ataviada con su ropa de calle, con las zapatillas puestas y una diadema de brillantes en el pelo. Tenía la cara sonrosada, como si hubiera emergido de los vestuarios de un reputado club de tenis. Cogió el dinero que yo había dejado en la mesa de la cocina y se lo guardó en algún lugar bajo la blusa.

—Acompáñeme —me dijo de un modo autoritario.

Fui con ella hasta la puerta de entrada. Con un gesto de la mano, me indicó que abriera. Tras obedecer, me instó a que fuera hasta la esquina y controlase la presencia de algún funcionario del ayuntamiento en las inmediaciones. Salí, recorrí la calle hasta la estación de metro y volví sobre mis pasos. Frente a la casa, en la plazuela donde se hallaba el consulado de un país asiático desconocido y recién independizado, un sacerdote se estaba encarando con un mendigo negro que daba vueltas sobre sí mismo encima de unos patines. Hubo un amago de pelea hasta que el sacerdote nos vio a Teresita y a mí.

Teresita me dijo si podía preguntarme algo. La había encontrado sentada en el cordón de la acera.

—¿No siente vergüenza?

Quise preguntarle de qué hablaban Kees y ella. No hubo tiempo. Cuando me disponía a interrogarla sobre el contenido de sus conversaciones con el marido de Elin —si le leía el tarot, su carta astral o algún tipo de homilía—, se agarró a su bolso de imitación, dio la espalda a la plazuela y, con pasos muy veloces, recorrió la calle pegada a la pared. Cuando fue devorada por las escaleras mecánicas del metro de Bruselas, miré al otro lado de la plaza y vi cómo se me acercaban el cura y el negro. Al aproximarse, advertí que el sacerdote era en realidad otro indigente cubierto con una casulla andrajosa, como en una parodia post-punk. Comenzaron a correr, así que me precipité atropelladamente hacia la puerta y, nervioso, cerré con llave. Era cuestión de segundos que empezaran a tocar el timbre. Descolgué el telefonillo, concentrándome en la afonía metálica procedente de la calle: uno de ellos dijo «Buh» (como si quisiera asustar a un niño desvalido) y eructó. Tras unos pocos segundos el estallido de unas risotadas indicó que los mendigos parecían alejarse, igual que todo cuanto me importaba durante aquella época de hosca y dura soledad.


*Este cuento fue publicado en: Solitario empeño © Cristian Crusat, 2015, Pre-Textos.

Fecha: Lun, 19 de agosto 20:41:42-0700 (PDT)

De: Henning

A: Servicio al cliente

Asunto: Vuestro microondas

To whom it may concern:

Estimadas damas y caballeros:

Escribo por un asunto que acaso parezca trivial, a primera vista brilla realmente por su intrascendencia, sobre todo porque yo sería el último que quisiera llamar la atención sobre su persona debido a un donut Krispy Cream natur congelado con relleno de vainilla y avellana libre de lactosa, o sea ese donut de Universalfood que el 6 de junio a las 18:34 horas descongelé según mi costumbre en solo treinta y cinco segundos para mi total satisfacción en vuestro microondas (Modelo: MagicWant single). Lo que con esto quiero decir de antemano es: soy consciente de que están ustedes ante tareas que no solo parecen más urgentes para los profanos, sino que, teniendo en cuenta la totalidad de los factores, efectivamente también lo son. Déjenme por lo tanto adelantarme a disipar cualquier malentendido: no anuncio aquí ninguna falla de funcionamiento en el mencionado microondas ni en ninguno de vuestros numerosos aparatos o aplicaciones en mi unidad residencial, todos los cuales cumplen con sus funciones de manera intachable, al menos yo parto de esa base (?). De ocurrir algún desperfecto técnico, la cosa estaría clara y se dejaría denominar con facilidad (¿y no habrían sido ustedes informados hace tiempo del defecto en cuestión, me refiero a que he sabido que los aparatos les envían a ustedes sus fallas de funcionamiento por sí solos, fallas que ustedes incluso pueden tal vez reparar a distancia, sin necesidad expresa de enviar a un especialista o un montador (?) en persona al lugar?). Me veo por lo tanto obligado a retrotraerme, intentaré ser lo más conciso posible, soy consciente (o al menos lo supongo, sin por eso querer poner en duda el alto grado de autonomía de vuestros aparatos) que el tiempo que le pueden dedicar a cada usuario individual es limitado (y a quién le digo que el tiempo es un recurso valioso si a fin de cuentas ustedes mismos lo dicen ya al principio de su mission statements, en tanto empresa con muchos años de experiencia, alternativamente hablan ustedes de datos que les garantizan a vuestros clientes, entre innumerables facilidades, sobre todo ahorros de tiempo, cada uno de los cuales puede que por separado sea escaso, pero que al sumarse se vuelve considerable –¿y no utilizan en este contexto incluso la palabra “revolución” y, seguramente queriendo hacer referencia con el compuesto al carácter pacífico del conjunto (?), “revolución hogareña”?–). (Si alguien se dirigiera a mí de manera directa sobre este asunto y me preguntara acerca de mis asociaciones –parto de la base de que en este asunto ya han examinado ustedes lo suficiente las costumbres y las preferencias de sus usuarios, al menos en esa dirección interpreto yo una publicidad reciente de su empresa–, pienso aquí en primera línea en vuestro sistema de cierre biométrico, en el refrigerador inteligente YourMaid con sus exclusivas aplicaciones para solicitar productos Universalfood, en la aspiradora robot DustDeath II, incluida su hermana gemela, la aspiradora de ventanas AlwaysOntheBrightSide, y sobre todo en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua, fácil sería continuar la lista, vuestra tostadora e-Sunbeam, que graba alternativamente sobre las tostadas el curso actual del día del DAX 30 o la presión arterial personal de la sístole y la diástole (o ambos superpuestos entre sí), sin dudas un juego de niños que raya en lo pueril pero que por la mañana siempre me confiere una silenciosa satisfacción).

Déjenme, pues, arribar al incidente, o digamos, mejor, describir las circunstancias, pues incidente sería en este contexto un concepto demasiado grande que podría despertar falsas expectativas, lo mismo que acontecimiento y aun suceso, tal vez podamos hablar simplemente de acaecimientos o de procesos (en los que participan varios factores, cuya precisa función y modo de funcionamiento permanecen para mí a menudo en las sombras, siendo por supuesto que yo como persona y actor encarno por fuerza uno de esos factores), sin que yo supiera distinguir entre causas y efectos con la nitidez que se requería en cada ocasión, cuando en la dicha tarde del 6 de junio regresé como de costumbre del trabajo a mi casa entre las seis y las seis y media. En la unidad residencial me instalé hace exactamente un año, el 1 de agosto, cosa que seguramente pueden deducir del perfil que han hecho de mí (al que, si no constituye un esfuerzo demasiado grande, me gustaría, dada la ocasión, poder echarle un vistazo, cosa que digo sin segundas intenciones, por pura curiosidad, que se refiere de manera exclusiva al formato de dicho perfil (¿se encuentra en forma de un protocolo, un acta o más bien un dosier?; ¿y debo imaginarlo como elaborado cronológicamente, tipológicamente o sinópticamente, como una historia de usuario o más bien como una biografía? Creo incluso haber leído hace poco un artículo cuyo autor afirmaba que el manejo de grandes montañas de datos convertía a los usuarios en verdaderos personajes de novela a lo Oliver Twist, solo que ahora a los lectores o recolectores de estos datos ya no les resultaba tan fácil diferenciar entre protagonistas ficticios y reales), tal vez influyen también motivos relacionados con la vanidad en esta solicitud de mi perfil, de ninguna manera quiero descartarlo, pero quizá hay allí conocimientos reveladores también para mí, cosa que solo menciono ahora y pienso en este momento por primera vez merced a estar dirigiéndome de todos modos a usted con este escrito), con gran expectativa y hasta el momento para mi total satisfacción. Como seguramente saben, entro a mi residencia al menos dos días por semana con una cierta impaciencia (pulso ligeramente elevado, respiración poco profunda, etc.) (y es realmente un gran alivio no tener que sacar del bolsillo el manojo de llaves. Yo era una de esas personas que cada vez debía buscar sus llaves en los innumerables bolsillos disponibles, en no pocas ocasiones la posibilidad de haberlas perdido me provocaba un repentino pánico, que a su vez derivaba en una producción más alta de sudor, primero en la zona baja de la espalda, luego en la nuca detrás de las orejas (el sudor no provenía por lo tanto de un agotamiento físico, sino –al menos en parte– de la idea de que mis vecinos, parados tras sus persianas, pudieran una vez más verme entregado, delante de mi propia puerta, a esta acción vergonzosa, por ser en última instancia torpe, y en esa torpeza involuntariamente infantil), aunque nunca he perdido las llaves en ya treinta y cinco años y a último momento siempre las he vuelto a encontrar en cada ocasión, para mi gran alivio, y sin dejar que se me notara nada). Cuando entro a mi unidad en estos días en un estado que sigue siendo de tensión interior (a veces me pregunto si los de afuera deducen de mi mirada un difuso sufrimiento) (aunque me resultaría desagradable la posibilidad de favorecer la sospecha de que padezco de incontinencia urinaria, podrá ser inofensiva y pese a todo es una maldición, pero no me puedo deshacer de esta proyección pese a las diferentes medidas de tipo meditativas que he tomado contra ella), las cosas se ven distintas que en los tiempos del manojo de llaves de metal. Ahora no hay, detrás de la impaciencia, nada más que la necesidad tan simple como instintiva de cerrar con traba tras de mí la puerta de mi unidad lo más rápido posible (lo que naturalmente ocurre en forma automática, solo que en el procedimiento de quitar la traba mi apuro lleva a veces a que se interrumpa el proceso de verificación, por lo que debo volver a dar un paso para atrás y avanzar de nuevo, siempre al ir para atrás cuento hasta cinco porque avanzar demasiado rápido lleva a demoras aún más grandes), a fin de excluir ese mundo al que ahora le doy la espalda al entrar en mi unidad y finalmente poder entregarme, tras un largo día, a la tranquilidad que para este momento ansío con tanta fuerza. Desde el principio, mi nueva unidad me ha proporcionado, también precisamente en este estado de ánimo, un importante sentimiento de felicidad, tal vez debido al gesto, al entrar en ella, de apoyar mi mano alrededor del picaporte biométrico, la cabeza ligeramente volcada hacia la nuca, a fin de mirar en el pequeño ojo de la cámara (que para mi gusto está colocada un poquito demasiado alta, pero ¿no ocurre en las películas futuristas, que yo miraba en mi juventud con gran devoción, que los protagonistas deben alzar la vista con un ligero giro de su cabeza hacia la izquierda o hacia la derecha? A veces también se me aparece intempestivamente la imagen de una mujer vieja que, con las manos juntas y la cabeza erguida como una actriz de cine, alza la mirada hacia la estatua de una santa en una de las iglesias católicas que visité de niño durante las vacaciones familiares junto a mis padres; de las visitas a las iglesia impulsadas por mi madre me ha quedado en el recuerdo, en vez de representaciones del cielo, solo la imagen de la mujer enana, aunque es seguro que hemos visto importantes frescos de techo (Miguel Ángel, etc.)). En definitiva, es sin dudas la suma y la constelación de los numerosos pequeños gestos e impresiones sensoriales las que generan una simple liberación de dopamina que me confiere la tonta pero feliz sensación de estar abordando una nave especial (¿y qué podría conllevar una promesa de libertad más grande que la fantasía, al final del día, con el trabajo realizado, de entrar a una nave espacial para deslizarse hacia las silenciosas vastedades del universo exterior y verse suavemente eximido de todas las míseras preocupaciones del día a día?) (Si la información que manejo es correcta, ¿no tiene vuestra empresa una participación como inversora en una empresa que busca, con visionario ahínco, concretar en un futuro cercano el viaje privado a la luna y a marte?) (Las películas documentales, así como también las novelas –no sé si también en esto están ustedes enterados de mis preferencias, en cuyo caso no necesito mencionarlo especialmente– que se ocupan del tema de los viajes a marte y a otros planetas con todas sus facetas, aún son una de mis grandes pasiones). En una palabra, entro a mi unidad con gusto y con grandes expectativas, además siento claramente su potencial, así como la liberación, que se funda en una concentración en lo esencial (como se dice de vuestros productos) que me proporciona la vida (¿y no le tiene que pasar algo parecido a otras personas?) con la nueva unidad residencial. Si sigo entrando a la unidad residencial en un estado de tensión interna, eso no se debe a vuestros aparatos automáticos, al contrario, soy yo quien trae el peso y la exaltación del mundo exterior hacia adentro de mi unidad, resumiendo: hablo de mi hambre voraz (que se restringe a los alimentos dulces, tal vez mejor hablar por eso de apetito más que de hambre, porque hablar de un así llamado trastorno por atracón (TA), tal como está enlistado entre otros en el DSM y en el ICD-10, sería ir decididamente demasiado lejos en este caso, que no es, para decirlo con toda claridad, ninguno de tipo clínico), que probablemente se relaciona de manera subyacente con la necesidad de aislamiento mencionada más arriba, aun cuando yo no posea, acerca de la conexión entre ambas sensaciones, aquí el apetito, allí la reclusión, ningún saber técnico (hasta ahora no he sabido de ningún estudio especializado que se aboque a este fenómeno, y los únicos detalles que se me ocurren en este sentido, y que podrían aportar a un entendimiento más profundo, conciernen a mi época escolar. Ya por aquel entonces me contaba yo entre los primeros en abandonar el edificio de la escuela no bien finalizaba la clase y apuraba el paso en mi camino directo hacia el hogar, en lo que de hecho era más bien una precipitación, a fin de replegarme otra vez entre las cuatro paredes propias tras haberme visto incorporado, como resulta inevitable, a una estructura social, todo esto en lugar de por ejemplo permanecer con los compañeros de clases en los peldaños de las escaleras, ir a comprar en los kioscos figuritas autoadhesivas o golosinas pegajosas tomadas de grandes recipientes bien surtidos o incluso dar vueltas junto a ellos por la ciudad).

Lo cierto entonces es que en esos por lo general dos, a veces tres y solo muy raramente (sí, se trata siempre de semanas en las que las situaciones sociales me provocan un difuso agotamiento que va más allá de lo normal y al sobrepasar toda medida repercuten sobre mis humores) cuatro días a la semana me precipito hacia la cocina no bien ingreso en mi unidad, aun cuando se oponga a mi costumbre y más aun a mi sentir higiénico esto de ingresar a mi residencia, y sobre todo a la cocinita, en zapatos de calle y con la chaqueta puesta. Sin demoras abro el cajón del congelador (a menudo da la impresión de que lo arranco, pero esto solo es provocado por los rebordes de goma de la puerta del congelador que muy de mala gana se separan del metal ligero de la estructura de la nevera y que por lo tanto obligan a un uso adecuado de la fuerza), retiro una bolsa de congelados del cajón del congelador y de la bolsa tomo dos donuts, uno de los cuales pongo a descongelar de inmediato en vuestro microondas. En los treinta y cinco segundos en los que vuestro microondas descongela mi donut (y lo calienta levemente, es solo un poquito, pero que resulta perfecto, la simulación de que podría tratarse de un donut que acaba de salir del horno me provocaría en ese momento un fuerte rechazo) (¿no descongelaba ya mi madre los donut de mi infancia en el microondas en vez de calentarlos en el horno, aunque sin que yo pudiera acercarme al aparato mientras estuviera en funcionamiento ni apretar la frente o la nariz contra su puerta transparente?), me sirvo un vaso de leche de vaca (1,5 % de grasa con suplemento de vitamina D, 225 ml), para luego sacar el donut del microondas (primero le doy un mordisco al donut, luego bebo un sorbo de leche, con el que trago el último resto del donut). A mi donut con leche lo consumo siempre de parado en la cocinita, menciono esto para subrayar el alto valor y el carácter de umbral que ocupa para mí este primer donut cuando ingreso en mi unidad y paso de una intranquilidad interior, que además es física, pues en última instancia se trata de algo psicosomático, hacia una relajación que se va difundiendo mordisco a mordisco por mi cuerpo (comparable tal vez a la neblina acuosa que rodea lentamente el cuerpo durante la ducha de la mañana gracias a la flor inteligente de la ducha de vuestra competencia (modelo e3250 X) y que solo de a poco va formando gotas y pequeños arroyitos de agua que luego, automáticamente mezclados con la dosis justa de jabón, ruedan primero por el torso (el ligero cosquilleo alrededor de las caderas), bajando por las piernas hasta que alcanzan, en pequeñas anguilas de espuma, mis tobillos y mis pies). En consecuencia, solo después respiro hondo y me paso ambas manos por el pelo. Acto seguido abro el cierre relámpago de mi chaqueta y me deshago de mis zapatos. Me estiro. Después me pongo mis pantuflas sensitivas, que regulan perfectamente la temperatura ambiente retroalimentándose de mi propio pulso y presión arterial. Solo ahora meto el segundo donut en el microondas, del que disfrutaré sentado en mi sillón de la zona de confort, delante de la pantalla que ocupa la totalidad de la pared. En resumidas cuentas, puede que se trate de un sentimiento de felicidad modesto, sumamente susceptible y también de tiempo limitado, este con el cual ingreso ahora a la bien templada zona de confort, con el regusto del primer donut y de la leche aún fresco en el paladar, un regusto que al mismo tiempo atiza la alegría preliminar por el segundo donut, al que a veces llevo envuelto en una servilleta y a veces sobre un platito. De fondo se oye mi música preferida, que empieza a sonar de manera automática no bien la puerta de casa se cierra por sí sola tras mi ingreso en la unidad, al tiempo que se activa la iluminación LED indirecta, así como la luz reconcentrada en la sala de estar, las persianas están a media altura, como más me gusta tenerlas, tal vez zumba aún por el vidrio el robot aspirador de ventanas, imagino que con no poca frecuencia descubre sobre el cristal una sombra que solo se hace visible con el brillo de los rayos solares cuando el sol está bien bajo, del mismo modo que una mirada posterior que cae por casualidad desde un ángulo inesperado del revestimiento cromado de la estantería de cocina que acabamos de limpiar meticulosamente hace pocos minutos descubre una estría que antes había pasado por alto (aun cuando por supuesto soy consciente de que el BrightSight no ve las sombras ni las estrías tal como las veo yo, en rigor no ve nada en absoluto, sino que sigue de manera insondable caminos calculados con anterioridad, pero que así y todo nunca son exactamente iguales, lo cual constituye a mi gusto un auténtico misterio). Todo es pacífico al máximo, silencioso al máximo. Como queda dicho, tengo en claro que el equilibrio que experimento en este instante dentro de mi unidad sea probablemente frágil, a fin de cuentas vivimos, como puede leerse y escucharse casi a diario, en tiempos inseguros. Cuando me paro en la zona de confort (justo a punto de acomodarme en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua –las nalgas aún no han rozado la superficie del asiento y ya se extingue la música de los parlantes, la luz se atenúa y sobre la pared que está frente al sillón, que se revela como monitor en el sitio correspondiente, aparece una imagen de video, ya volveré a ello, se trata de tomas del universo capturadas por una sonda, a veces incluso por una nave espacial, enviadas en tiempo real, es decir a la velocidad de la luz), siento un mareo al pensar que probablemente se necesite poco, apenas un miembro que se salga de esta cadena ajustada de manera delicadamente consecutiva, para desordenar toda una estructura o hacer fracasar una misión. (¿Han tomado conocimiento del reciente informe sobre las crecientes masas de basura en el espacio sideral? El motivo del artículo fue una tripulación que tuvo que evacuar su cohete por los pedazos de chatarra que les volaban encima. ¿Tienen tomada ustedes una posición clara en lo que concierne a la chatarra del espacio sideral? ¿O piensan incluso en tomar medidas propias o hacer que las tomen terceros?).

Pero quiero finalmente hablar de los dichos acaecimientos o procesos (siempre y cuando se trate de eso y no en definitiva de nada). Una vez que tras mi mudanza puse en funcionamiento el horno microondas arriba mencionado, empecé con el tiempo a prestar atención a las relaciones de tipo comunicativo y, según creo, causal, en todo caso se afianzó en mí la sospecha de que existe una relación discreta, que en última instancia debía ser conducida a través de mi persona o de mi comportamiento, entre el dicho microondas, los dichos donut de Universalfood y las dichas imágenes del canal del espacio sideral. No les presté al principio mayor atención a los mensajes de texto que me llegaban a diversos aparatos informándome por ejemplo sobre los valores nutricionales más ventajosos o menos ventajosos, añadiendo a las tablas de valores nutricionales otros estímulos u ofertas, con frecuencia en forma de cupones electrónicos justamente para esos donut con relleno de avellana y vainilla que son los que más me gusta comer, prometiéndome por ejemplo que con la compra de la próxima bolsa congelada XL se me otorgarían gratis junto con la compra las bolitas de masa que se obtienen al hacerle los agujeros a los donut. Me sería incluso difícil precisar cuándo fue que el canal del espacio sideral mostró por primera vez, en lugar de las imágenes del universo, esos anuncios publicitarios que luego se volvieron costumbre; al principio se trataba, si mal no recuerdo, de una campaña de “One apple a day”: una formación de manzanas verdes volaba como mirlos sobre un opulento jardín, se proyectaba enseguida hacia una nube azul y se perdía de vista, solo para de inmediato ingresar en una órbita planetaria. Las imágenes, así parecía, habían sido tomadas desde la perspectiva de la cámara de mi canal del espacio sideral, el paso al stream de ese canal estaba bien logrado y el ojo no entrenado casi no podía distinguirlo, amén de que la correspondiente exhortación a sumarme al movimiento “One Apple a day”, así como las explicaciones de las rebajas asociadas a ello, me llegaban no a través de la pantalla, sino en forma de textos, sin interrumpir el flujo de imágenes. Pocos días más tarde les siguieron imágenes de donuts flotando a través del universo según el orden de galaxias enteras, una impresión que sin embargo solo se afirmaba cuando un único planeta, visto de cerca, se revelaba de pronto como un donut classic envuelto en un glaseado de azúcar blanco, y que en la siguiente vista panorámica volvía a transformarse en un sistema solar, pequeño pero independiente, al meterse en la formación junto a otros bollos. Sea como fuere: que los mensajes y las imágenes están relacionados con vuestro microondas se reforzó una tarde en que fui recibido en el canal del espacio sideral por un médico idéntico en apariencia a mi médico de cabecera (¿o habrá sido efectivamente él?). El médico subrayó la necesidad de dar una cierta cantidad de pasos, que cada individuo realizaba antes de manera automática a diario debido a numerosos recados, como por ejemplo ir al supermercado o al correo, pero que hoy esta tarea podía y debía ser estimulada de manera activa (he obtenido en reiteradas oportunidades las informaciones sobre los aparatos que ustedes tienen en oferta en lo que a esto se refiere y que le ahorran a uno tener que abandonar su unidad con fines de fortalecimiento físico) (aprovechando la oportunidad presente tal vez pueda expresar la solicitud de una cierta aplicación, pues hasta ahora solo he podido encontrar aplicaciones que registran las pérdidas de peso, pero deliberadamente ninguna que registre un aumento de peso al largo plazo). Cuando la alocución de mi médico de cabecera se acercaba a su fin, la cámara se alejó de su rostro y entró en cuadro el Hometrainer sobre el que había estado sentado durante su discurso. En un nuevo enfoque quedaba de manifiesto que el Hometrainer estaba situado dentro de una cápsula espacial, el médico sonrió por última vez (de hecho creo haber percibido en más de una ocasión ese centelleo en sus ojos que es señal de reconocimiento) y asintiendo con la cabeza alzó el dedo pulgar antes de que la cámara se moviera de lado hacia una ventana ovalada de camarote y hacia el universo exterior, superponiéndose a las imágenes del canal del espacio sideral que me resultaban tan familiares. De vez en cuando aparecía en su lugar una ayudante de médico o una asesora de mi seguro médico o el manager de una cadena de supermercados que compite con Universalfood, a veces metidos en una cápsula espacial, a veces su mensaje me llegaba desde la superficie cubierta de polvo y tornasoladamente rojiza del planeta marte.

¿Me robaban las imágenes mi ansiada tranquilidad o estimulaban mi mal humor?

No, en absoluto.

En los días en que no utilizaba el microondas, no aparecían por lo general los mensajes ni las imágenes, cosa que también se correspondía con mi humor, porque en esas tardes, libre de la tensión interior, yo estaba en paz conmigo mismo. Esos días incluso comía a veces una manzana, y esta imagen me proporcionaba de vez en cuando una satisfacción realmente colosal, pues a esta elección, que tanto debía agradarle a los miembros del movimiento “One Apple a Day” o a mi médico de cabecera, yo la había hecho en soledad (puede que se trate de una alegría egoísta, opuesta al espíritu de equipo que cultivan en la empresa, pero aquí me limito a describir lo que sentí). Pues al día siguiente registré que mientras el primer donut giraba dentro del microondas, con el segundo congelado en la congeladora, yo pensaba ya en quién y de qué lugar me recibiría hoy en el canal del espacio sideral, y con qué mensaje. Estaba completamente seguro, o mejor dicho creía saber que las imágenes y los mensajes me llegaban necesariamente una vez que colocaba un donut en el microondas, pues ambas cosas estaban incorporadas al mencionado sistema de relaciones, y lo digo sin pelos en la lengua: saber que mi conducta, si bien no controlaba las imágenes y los mensajes, eso no, pero sí tal vez los guiaba en una cierta dirección o al menos influía sobre ellos, o digamos que los impulsaba, me transmitía un modesto beneplácito. Incluso me imagino, en retrospectiva, que esas imágenes y mensajes del universo, cuyo origen respondía por supuesto a los respectivos intereses de sus emisores, de todos modos reflejaban un interés que se ajustaba al mío de manera congenial, cruzándose con él, y que al hacerlo podían desplegar un efecto vitalizante a la vez que tranquilizador. ¿No debía ser precisamente el universo lo bastante grande como para proporcionarme suficiente espacio a mí con mis necesidades, y no era tan inconmensurablemente grande que aquellas imágenes y mensajes, que se me inscribían por las tardes en mi imaginario al estar delante de mi pantalla, debían servirme como ancla y consuelo de no estar viajando allí afuera con mis necesidades en completa soledad?

Aquel 6 de junio –porque si no me engaño en mi reconstrucción de los acontecimientos, ese día marca el punto de quiebre o el brusco cambio en los procesos descriptos más arriba– regresé de mi trabajo a la unidad tal como lo hacía habitualmente. Según era mi costumbre, consumí mi primer donut de pie en la cocina, y con el segundo me trasladé en ligera tensión, pero que ya estaba decreciendo, hacia la zona de confort. Cuando me senté y la pantalla se encendió, se vieron nada más que las imágenes sin sonido del canal del espacio sideral, de pronto pareció que se podía tocar con las manos la profunda negrura del universo, solo aquí y allí el amplio espacio estaba iluminado por fuentes de luz diminutas que enviaban sus ondas, consumiéndose al hacerlo a sí mismas y no haciendo más que consumirse rumbo a su propio final, un final que ya había tenido lugar de manera irrevocable al momento en que su mensaje llegaba hasta mí. Aquella tarde no me preocupé por la ausencia de cualquier tipo de imagen o de mensaje proveniente de algún agente o soporte publicitario, el desconcierto solo creció cuando este proceso se repitió al día siguiente y se volvió norma con el correr de los días y de las semanas, sin que yo pueda recordar haber hecho aquel martes 6 algo distinto o de manera distinta que antes. Desde entonces que no hay más mensajes ni imágenes, sin que importara si yo regresaba a mi unidad exaltado o relajado, si prendía o no el microondas, si colocaba un donut o verduras nutritivas sobre el plato giratorio. Ni mi médico ni su ayudante ni ninguna otra persona me han recibido desde entonces en el canal del espacio sideral. La pregunta que me tiene inquieto es por eso simplemente si aquella discreta comunicación entre el mencionado microondas, el mencionado donut y los mencionados mensajes existió alguna vez. Y si realmente existió, me pregunto por qué entretanto se ha cortado, o si es que solo se ha desplazado en el ínterin hacia un formato que aún no logro reconocer. Lejos de mí, pues, expresar sospecha alguna de que vuestro microondas probablemente no esté en condiciones de identificar los productos que se le colocan en su interior. ¿No significa esto, por implicación, que vuestro microondas no ve de pronto más necesidad de transmitirle esta comunicación a terceros? ¿O será únicamente que se ha modificado la dirección de esos terceros? Por supuesto que estoy convencido de que las cosas terminarán acomodándose y que tal vez se aclaren por sí solas, ¿o no se dice que el paso del tiempo ejerce un efecto sanador? Sin embargo, aún percibo de vez en cuando aquel desconcierto y, sí, aquella desazón, sin que logre localizar con precisión su asiento dentro de mi cuerpo; pero así y todo relaciono estos humores con los acontecimientos del mencionado día martes, en una palabra: las imágenes del universo que antes me liberaban de las preocupaciones cotidianas, elevándome a esa vastedad silenciosa y sublime, me producen de repente una aguda inquietud, como si las mismas imágenes quisieran ahora llevarme a un vacío tan grande como oscuro, y en soledad, completamente abandonado a mí mismo. ¿No es atemorizador pensar que el universo, en un incansable impulso por expandirse cada vez más y más, no descubre con este movimiento otra cosa que nuevos espacios de absoluto vacío?

No, no sé si puedo hacerme entender, ni si mi malestar se encuentra efectivamente relacionado con vuestro microondas, siempre y cuando este haya cultivado jamás esa discreta relación que yo le supuse con las cosas y los procesos de mi unidad. No quiero bajo ningún concepto negar aquí que un llamado telefónico sería el mejor camino para articular ante ustedes mi desasosiego. En efecto, he hecho algún esfuerzo y me he tomado algún tiempo (once llamados a lo largo de tres días, preocupándome en cada ocasión de llamar en distintos momentos de la jornada a fin de evitar posibles fases de alto tráfico y pescar posibles momentos de calma, sin dudas deben contar ustedes con datos confiables en este sentido, pero lamentablemente a mí no me fue posible encontrar la información respectiva), con el objetivo de hablar con alguna señorita de atención al público (¿es verdad que después de las diez de la noche, siempre que uno logre comunicarse, su llamada es transferida a un call center en India o Bangladesh, cosa que de todos modos sería incomprensible en caso de que sea cierta esa otra declaración que leí o escuché en cuanto a que la gran mayoría de los llamados son atendidos entretanto por sistemas de software de voz?). Cuando al fin esto ocurrió en el llamado número once (a esta altura ya no guardaba ninguna esperanza de ser atendido por nadie, por lo que mis pensamientos habían empezado a divagar, aun cuando en retrospectiva me resulta imposible decir qué pensamientos en concreto eran los que me mantenían ocupado, no sé si esto hubiera sido eventualmente de interés para vuestras investigaciones al servicio de un mejor servicio), la voz clara de mujer me hizo caer en una confusión momentánea, incluso después del tercer ¿hola? seguido de la pregunta de vuestra señorita de atención al cliente (que tal vez sea empleada de ustedes a través de una empresa subcontratada) inquiriendo si en el otro extremo de la línea había alguien, me pareció de repente imposible describir oralmente mi demanda, o mejor dicho me abandonó el coraje para hacerlo. No quiero reprocharle nada a vuestra telefonista, que lleva a cabo su trabajo bajo un fuerte estrés (¿es cierto lo que creo haber leído respecto a que los sueldos de las telefonistas de los call center se basan en su rendimiento, vale decir: según la cantidad de llamadas que realizan?), pero pudo haberse debido también a una cierta impaciencia que sentí acrecentarse sensiblemente de un ¿hola? al siguiente, el tono sin dudas casi imperceptible de una irritación en ciernes, para la cual yo soy tal vez sobremanera sensible y que de ¿hola? en ¿hola? fue corriendo el propósito de articular mi demanda de manera telefónica en lugar de postal a una distancia cada vez mayor hasta que finalmente se hizo inalcanzable. Me pareció en vano querer explicarle a una persona probablemente impaciente lo que sería difícil nombrar de manera directa, como quedó de manifiesto más arriba, y que por lo tanto depende de la paciencia y de una cierta empatía del interlocutor, sobre todo porque no me gusta ser un peso para otra gente. Rápido y sin decir palabra corté la comunicación.

No soy, como han colegido tal vez de mi escrito, una persona que rebose de autoestima; en un círculo compuesto por cuatro o cinco personas, aunque a veces alcanza con que sean una o dos, me resulta difícil, aun durante un silencio, tomar la palabra. (Y, en efecto, a veces me sume en una profunda confusión, para no decir desesperación, el hecho de que el espacio percibido, o tal vez se pueda hablar también de una especie de presencia, que ocupa físicamente mi cuerpo en una ronda compuesta por cuatro o cinco personas se halle en tal contraposición con el espacio que le concedo a mi voz). Pero nada de esto corresponde aquí, estoy empezando a divagar, de modo que, ya cerrando, solo quiero resaltar que mi escrito no cae dentro de la rúbrica de la acostumbrada queja de un cliente (hace poco releí otro artículo que describe el tono en que los clientes expresan sus quejas; la falta de tacto o incluso la abierta rabia y grosería es algo que, presumiblemente igual que a ustedes, me inquieta sobremanera y me produce tanto espanto como aflicción, aunque no veo en ello, pese a todo, razón alguna para volverse pesimistas en lo que se refiere a nuestra cultura; tanto más respeto le tributo por eso a vuestro equipo, o al equipo de colaboradores de la empresa subcontratada por ustedes, o en su defecto lo felicito a usted, en caso de que entretanto efectivamente hayan automatizado en su mayor parte el servicio telefónico de atención al cliente). Pero claro que en este contexto no me sorprendería en absoluto, sino que más o menos parto de esa base (cosa que digo sin reproche ni decepción), que a este escrito usted lo lea y evalúe primero a través de una máquina (¿lo taguea?; ¿lo provee de una sinopsis o de marcar de urgencia? Lamentablemente, mi saber en estas cuestiones es limitado) (¿Es probable que los bancos de datos y las memorias a las que deban ustedes recurrir no se encuentren del todo en vuestras manos, sino que hayan sido puestos fuera de peligro en otros países, de preferencia en regiones frías (permafrost)?), de modo que puede pasar algún tiempo antes de que uno de vuestros colaboradores tenga la oportunidad de encargarse de este asunto. O tal vez no ocurra jamás que una empleada de su firma lea efectivamente el escrito (o que lo lea solo de casualidad, como parte de las pruebas al azar que es probable que ustedes realicen regularmente, creo haber escuchado algo parecido en otro contexto respecto a un proveedor de servicios equiparable, aunque en aquel caso se trataba de borrar imágenes de contenido indecente, un trabajo que a todas luces aún no puede ser realizado por un software). Como sea, por supuesto que no puedo ni voy a juzgar si una respuesta generada por computadora resultaría mejor o peor que una redactada personalmente por vuestros expertos en atención al público (¿no es imaginable que vuestras máquinas encuentren un escrito muy parecido a este, tal vez incluso hasta en el tono o en la construcción de las frases, pero de un usuario anterior, del que las señoritas de atención al cliente estén imposibilitadas de saber nada y al que ya en aquella oportunidad se abocaron con la debida profundidad?). Además, sería presuntuoso considerarme a mí con mi inquietud como un caso aislado que merece un tratamiento especial, y aun si fuera así, sería presuntuoso exigirle a este caso aislado, precisamente porque no posee ninguna relevancia general, una mayor atención de vuestra parte; de todo ello soy consciente. Por último queda entonces solo la pregunta de si al dirigirme a ustedes lo estoy haciendo a la dirección correcta. Caso contrario, pido que ignoren mi escrito, o que me informen que este asunto no está en el área de su incumbencia y que por eso dejan mi escrito sin una respuesta. Universalfood, de cuyo portfolio de productos proviene el mencionado donut Krispy Cream natur con relleno de avellana y vainilla libre de lactosa, ha denegado su incumbencia por medio de una respuesta inequívocamente negativa (y otra cosa no se podía esperar, solo la línea de atención al cliente fácilmente accesible en la bolsa del producto, donde fui comunicado ya la primera vez con una amable empleada de la empresa, me impulsó a intentarlo pese a saber que no serviría, ¿o no se dice, más allá de eso, que a veces lo mejor para acercarse a un objetivo es a través de un procedimiento de descarte?), y lo mismo vale para la empresa constructora a la que le compré mi unidad a crédito, sin que hasta ahora me hayan podido prestar ayuda en lo que concierne a la búsqueda del interlocutor competente.

Un saludo cordial,

Henning


*This story is taken from:”Vor Anbruch der Morgenröte” by Philipp Schönthaler © 2017 Verlag Matthes & Seitz, Berlin/Germany.

A paso marcial, digno de un desfile de la caballería (dedos adentro, tacones fuera, rodillas a un lado, la pelvis baja), el mosquito Stasik volvía a casa arrastrándose. Le había pedido al veterinario, el condor Akop, que le vendase el sitio donde le había picado el chinche Mstislav: si no, no había quien anduviese, de lo mucho que picaba la zona afectada. 

Evidentemente, el mosquito Stasik soñaba con comer caliente.

Según se acercaba a su casa, sin embargo, oyó los gritos ahogados de su esposa la mosquita Tomka (“Sí, sí, ¡ahí lo tienes, ya lo tienes, aguanta!) y a alguien que decía con voz ronca: “No puedo”.

El mosquito Stasik se quedó de piedra. No obstante, el estupor le duró un segundo. Luego entró en casa y vio a Tomka arrancándole la barba a Zoya la hiena, pelo a pelo (lo que se dice una limpieza de cutis).

Preguntada por una comida caliente, Tomka le respondió a toda prisa: “¡Largo! Muerde el polvo”.

Muerde el polvo significaba arrastrarse por el barro, extraer, atacar, lavar, limpiar, cortar, derramar, encender, colocar, mezclar, etc. La comida tardaría cuarenta minutos en estar lista. Y para colmo lo más probable es que se quemase y le dejase arena entre los dientes.

Gracias por nada.

Suspirando amargamente bajo los sordos gritos de su mujer y los aullidos de la hiena Zoya, Stasik recibió de la tía Lida, la escarabajo, una preciada botella a la que llamaban “el último recurso”, y se bebió la dosis restante hasta agotar existencias.

Se olvidó de todo, menos de la insinuante minifalda de la cerdita Alla.

El mosquito Stasik sollozó, cantó su canción favorita. “De nuevo allá, donde el mar de luces… “ y, habiéndose olvidado de todas sus heridas, salió volando de casa en dirección a la piara.

Para cuando la mosquito Tomka escondió sus honorarios en una bota, y la hiena Zoya, con los ojos llenos de lágrimas, miraba alegremente su jeta rasurada, el mosquito Stasik rondaba con sus alas a la cerdita Alla. Esta se había repantingado como en su propia casa, ya sin mini alguna. Stasik, con voz estridente, le hizo las siguientes preguntas: a) si hacía tiempo que ella se veía con el chinche Mstislav y b), si sabía que Mstislav tenía una enfermedad fea, la caries, por lo que tendría que ir durante mucho tiempo a curas y ponerse fundas. 

Pero a la cerdita Alla le entró por un oído y le salió por el otro, ya que Stasik no era su único invitado: había allí más acompañantes, como los hijos ya mayorcitos de la mosca Domna Ivánovna, por ejemplo. Perfectamente instalados, volaban enfervorecidos por el sonido de su propio rock n´ roll interior, mientras la araña Afanasii daba una clase de macramé en una esquina, en exclusiva para los allí presentes.

La fiesta estaba en todo su apogeo, pero el mosquito Stasik se sentía solo.

Con idéntico paso marcial, digno de un desfile militar, rodillas afuera y pelvis abajo, solo que aún más hambriento, apareció por casa dispuesto a armarla. Y fue entonces cuando aspiró el maravilloso aroma de un plato caliente.

Resulta que Tomka lo había preparado todo, puesto la mesa y le estaba esperando enfundada en un delantal, como Penélope.

Y Stasik no pudo contener las lágrimas.

Yo mismo no viví nada en persona, cosa que por cierto me importa muy poco; no estoy tan mal de la cabeza como para envidiar a un trotamundos, para eso leí demasiado los manuales de geografía de Seydlitz o la enciclopedia de animales de Brehm. ¿Y qué significa Nueva York, a fin de cuentas? Una metrópolis es una metrópolis, y yo estuve las suficientes veces en Hanover: sé lo que es que mil marmitas con sus jarritas salgan disparadas por las mañanas de la estación central de trenes, en formación de abanico, hacia el interior de la época dorada. Uno camina como si lo persiguiera un perro salchicha. Se entremezclan seres color ladrillo, con paraguas como flechas en las manos sangrientas (o también en manos negro mortuorio; enseguida sus máquinas de escribir resonaran agudas como gorjeos de codorniz. Todos los despertados por despertadores. El auto carraspea severo a mi lado, y eso que en realidad, ya solo por mi aspecto exterior, no tengo edad para que pueda sospecharse de mí que la visión de dos glándulas mamarias logre aún hacerme quedar como un imbécil).

Es decir que todo eso no. Pero salir a pasear por las tardes y por las noches me motiva mucho – nótese la triple-murmurante “m”, también yo me acabo de dar desagradable cuenta (“por qué”, es algo no quiero saber; he dejado de creer en los “hallazgos psicológicos” desde que una vez indagué a escondidas el significado de paseos nocturnos como esos-míos. Un peritaje decía sin rodeos que yo era cobarde como una hiena y de naturaleza potencialmente criminal; cosa que sin dudas corresponde a la mayoría de nosotros. El otro dictaminaba que era un fenómeno de valentía, ¡ay, Dios santo! Como sea, muy rápido se me hizo demasiado, también demasiado caro. Luego pensé por mi cuenta largo tiempo en el asunto; la verdadera razón debe ser que tengo mala vista y que de día hay demasiada luz y demasiado calor para mí).

En todo caso, siempre camino primero todita una hora –sé que debería haber escrito “toda”, como es más usual, pero hubiera rimado con “hora”, y no me gustan los poemas–, ahí uno ve de todo y no necesita sentirse un voyeur, o sea “culposo”, o incluso “pecaminoso”: a la mayoría de nosotros se nos va la vida en reajustar laboriosamente las escalas que regulamos de manera errada en la juventud.

La estación del año no importa: puedo perfectamente apreciar un edificio nuevo en invierno, temprano a las 5; los obreros descongelan la bomba descongelada del edificio vecino, que ya está listo, con restos ardientes de papel de pared. Puede ser un meteoro de verano que arrastre a medianoche su hilo de nylon a través de la jirafa y se haga añicos sobre la RDA (así de cerca vivo del cruce fronterizo de las zonas. De ahí que por las dudas reconozco a la República Democrática Alemana). Puede ser una tarde de fines de otoño, donde uno se queda parado y escucha: ¿qué fue ese ruido? ¿Un grillo cercano o un tractor a millas de distancia? (De momento no se me ocurre nada para la primavera, y no soy tan puntilloso como para forzarme por eso de modo alguno; el otoño es de todas maneras mi estación del año preferida).

Posteriormente, me voy por lo general al bar de los camioneros, y esto puede durar largo rato a veces, pues allí se junta toda gente que “ha vivido algo”, o mejor dicho que está aún en medio de la vivencia, y a fondo.

Ya solo la atmósfera allí: la mezcla altamente óptica de pura luz artificial y sombras todas picaditas. Las mesas manchadas (mantel solo tienen las 2, a la izquierda de la entrada, donde se sientan los vigilados distinguidos, las delgadas espirales de dedos aferrándose a los cálices de vidrio helado sobre los cuales nadan corbatines de cáscaras de limón: ÉL, con aquella insipidez honorable y esa seriedad vacía tan inapreciables para la función pública (y al mismo tiempo tan tonto que no podría vender helado de crema ni siquiera en el infierno, si tuviera que trabajar por su cuenta); ELLA, del tipo que en los lugares de camping enseguida planta florcitas delante de la carpa y coloca al lado una piña de abeto).

La gente seria es naturalmente la otra, tanto hombres como mujeres. En su mayoría anchos, con caras enérgicas y cubiertas de carnes, los conductores; todos ellos capaces, en caso de emergencia, de utilizar una pequeña escultura abstracta como abridor de latas (no estoy a favor de lo moderno, tal vez ya se ha notado). Las mujeres, en su mayoría, unas “bobitas”, con el defensor virginitatis ligeramente distendido, pero robusto; tampoco lo está el busto, adelante, Tarn & Tara, ni detrás la Porta nigra.

Por cierto, a la cincuentona en cuestión de anchas espaldas la había visto a menudo por aquí; siempre levemente ponche-ada, de modo que la voz se le volvía un encantador bajo alto afónico. Justo acababa de explicar por medio de la misma: “Mi padre era tamborilero del zar: ¡todo es natural en mí!” (Una lógica que, si bien a mí se me antojó audaz, a su pareja de hoy le resultó al parecer legítima, pues asintió solícitamente. Descubrí cuál era su oficio cuando enseguida se fue solo: hacía sus salidas de fin de semana con el coche fúnebre. Me lo imaginé durante 1 minuto de manera ilustrada. Hasta que no pude contener la risita.)

Mis 2 vecinos al otro lado se pidieron primero “un paquete ‘e ci’arrillos” (a lo que uno de ellos añadió unos “caramelos de menta”); y luego hicieron lo siguiente: cada uno echó en su vaso vacío 2 cucharitas colmadas de Nescafé y luego encima Coca-Cola fría: la espuma subió alto, espesa y de un marrón amarillento; todo parecía haberse disuelto; sorbieron y sonrieron, técnicos. (¡Eso debe levantar terriblemente! Vamo’ a probarlo). Con semejante bebida entyre pecho y espalda, es natural que después pudieran blasfemar, maldecir y contar muy bien:

Del operado de la laringe al que los rusos le habían robado la cánula de plata del cuello (y que además se llamaba “Wilke”, que viene, como es sabido, del eslavo “Wölk”, lo mismo que el alemán “Wolf”, lobo: ¡pero nada de eso le sirvió!).

“¿Quí se’a gana’o una empleada domé’tica que ha tra’ja’o 60 año’ en una y la misma familia?”. “Un certificado del prefecto”, decidió el otro, altanero. / También querían, relata refero, neutralizar y desarmar a Alemania; y después, además, una confederación sólido-laxa “entre Bonn y la RDA”; y su fundamentación no era, como ocurre siempre con los camioneros, para nada tan tonta. Partían de la base de la cláusula de barrera del 5 % y de un futuro estado mundial: en cuyo parlamento la capital “Bonn” no estaría representada de ninguna manera. “Porque cinco pol ciento de tre’ mil millone’, haz la cuenta, ¡eso da ciento cincuenta millone’!”. (Y el otro asintió, con el labio inferior para adelante, à la “yy sí, tampoco aquí to’ anda biem”.) / “¡Hombre, ¿todavía leyendo a Karl May?! ¡En sus libro’ no aparece niún auto! Ahí to’avía andan a caballo, como en lo de un viejo: ¡eso no tiene futuro!” / (Y al fin empezó a contar “cosas vividas”, que es lo que yo había estado esperando; que es lo que siempre espero; no otra cosa es lo que espero en absoluto. Ya volvía a sentirme otra vez como en Homero: ¡vamos: skin the goat!)

El incumbido –(voy a llamarlo, misteriosamente, “el incumbido”. Eso le cabe a muchos: ¿sequía en Baja Sajonia y a cambio inundaciones en Salzburgo?: “¡El incumbido ha vuelto a disponer mal las cosas!”)– había estado de visita aquí “en el Oeste”, lafarraloca; y, puesto que de profesión era empresario de autobuses, también había frecuentado estaciones de servicio y a vendedores de automóviles de por aquí. Con envidia había examinado los autos usados mejor mantenidos, cuando de pronto su ojo azul relució: ese de ahí, ¿no era el mismo autobús que el “de él”? Por supuesto, solo que mucho más elegante, y casi como nuevo. “¡A ese había que tenerlo!”.

Se pusieron de acuerdo relativamente rápido, pues el incumbido tenía como segunda profesión la de directivo de la Organización Comercial, y ahí, como es sabido, siempre algo sobra. Solo que el “de él” tenía detrás 2 ventanas ovaladas: ? : “¡Se la’ recortamo’!”.

“¿Quince mil? ¿Eh?” “Sí. Pero a pagar solo contra entrega”. (Y cómo hacer para pasar la cosa a través de las fronteras de las diversas zonas; ¡a fin de cuentas no se trataba de un objeto que uno pudiera meterse bajo la manga!).

: “¡Y a eso me lo llevé pa’l otro lado!” (Ahora también la descendiente del tamborilero del zar arrimó interesada sus poderosos encantos un poco más. Al menos una parte seguro que era natural).

: “Primero, habían quema’o to’ el techo por dentro”; a saber, al cortar las dos nuevas ventanas traseras, imprescindibles para el camuflaje. Hasta Lüneburg hubo que buscar a un talabartero, “¡y yo ‘staba en a’cuas! Y se hiciero’ la’ nueve” (o sea, P.M.; de esto ya van 30 años, y la numeración de 24 horas sigue sin entrar en el acervo popular); “y se hiciero’ la’ dié’; a la final, a la’ once, me pude ir”.

Y había sido una noche oscura: la lluvia caía a cántaros; bajaba el chirrido de las veletas de las torres de las iglesias cuando él, con su Leviatán detrás, pasaba salpicando por los pueblos dormidos; Paul Revere, un poroto; hasta Helmstedt.

: “Cono’co a un tipo de la aduana, que me dice: ‘Mira a esa parejita, ello’ también esperan hace tre’ día’, a ver si alguien lo’ lleva. Seguro que se ’caparon y ahora quieren volver con mamita’. Tenían una pinta tenebrosa.” (Un portento: esperar 3 días, probablemente sin lavarse, sin dinero, y encima con ese clima. Como sea, y puesto que el bus estaba del todo vacío, él los había llevado, por amor de Dios, hasta la altura de Lehnin. Entendiblemente, con el espejo retrovisor puesto de tal forma de por las dudas poder tener vigilados a los dos arrugaditos. Describió asimismo las evoluciones íntimas de los jóvenes, a lo que nuestra avejentada oyente, con los labios competentemente apretados entre sí, asintió aprobatoria repetidas veces. Aunque en una ocasión lanzó despreciativa el aire por la nariz: ¡principiantes!).

: “Pasando Brunswick, ya había tenido a un ratón blanco detrás de mí” (así se le llama en esas regiones, irrespetuosamente, a un policía de tránsito que circula solo en su motocicleta); en Berlín occidental fue luego un “Coche Pedro” (es decir un patrullero entero) el que lo corrió hacia la banquina y le controló los papeles: habían sido extendidos para Alemania Occidental y Berlín Occidental vía la Zona Este, ergo inapelables; ahí no estaba tampoco la dificultad, pero

: “estoy entonces en Berlín-Charlottenburg y llega el incumbido: ¡con un portafolio’ así! Todo’ de cincuenta y de cien.” Le pasaron el total de la compra a un tercero neutral, respetable y conocido por ambas partes; este escribió con el sudor de su frente 15 formularios de giro postal, cada uno de mil marcos, y entregó en principio 7 de ellos en el correo: en Berlín ya no se sorprenden de nada.

: “¡¿Tienes la matrícula?!” Es decir la del “viejo carromato oriental” del incumbido: primero había que hacer que ambas matrículas encajaran, o sea que los agujeros para los tornillos quedaran justo unos arriba de los otros, y engrasar todas las tuercas. Y luego, como primer riesgo en serio.

: “pasar por la Puerta de Brandemburgo: y esa sí qu’ era angosta, hermano, como en una virgen. ‘Tú mira afuera a la i’quierda, yo a la derecha’.”; así habían pasado, casi rozando las paredes, a través de aquel monumento alemán no marmóreo; y del otro lado ya los esperaba el policía del pueblo.

Ahora bien, para el tránsito interno dentro de Berlín no se necesitan más papeles, pero que haya uno que justo elija visitar el sector Este con un ómnibus vacío le causó un poco de extrañeza al de blanco. Pero el gordo, saturado todo alrededor de frentes de hierro, habló tanto del amor por las excursiones que tenía su corpulencia, señalando a su 1 amigo, hasta que el funcionario, alzándose de hombros, finalmente dijo: “El que gasta gasolina es usted”. Y lo dejó pasar.

: “pero ahora llegó la verda’era dificultá”, que era el paso desde Berlín Occidental a la ‘Zona’, es decir, disons le mot, la RDA: “Ahí yo había moviliza’o a mis conocido’ ya de antemano: ‘Elíjanme un paso de frontera bien solitario’” – sostuvo el índice con gran efecto 3 centímetros delante de los gordos labios de César, y nos fulminó a los oyentes majestuosamente (y también halagado. Los gestos del narrador son aquí múltiples.)

: “y que sea en dirección a Ludwigslust. Así que yo sigo andando to’ el tiempo a lo largo del canal. Delante de nosotro’, nadie; detrá’ de nosotro’, nadie; a fin de cuentas no es más que un camino casi de campo.” Adelante a estribor se hizo visible el puesto de control: una simple barraca de tablas, completamente inofensiva. Avanzaron hasta quedar a 300 metros

: “de’pué’, nos bajamo’. Yo digo: ‘Dame la matrícula: yo voy alante, tú detrá’. Y las tuercas solo así atornillada’ con lo’ dedo’. Tiramo’ la vieja matrícula al canal; y seguía sin aparecer ni el loro. Y yo que enderezaba. Y yo que la daba vuelta. Y ahí le dije: ‘Aquí tienes tu ómnibus’” (Y todos asentimos al compás, con envidia: ¡quedan hombres todavía!)

: “¡El otro no lo podía cré! Que ahora tenía un auto nuevo.” El incumbido se había limitado hasta ese momento a observar, siempre radiante, al monstruo laqueado occidentalmente a nuevo. Alternando con miradas al gordo valiente. Luego se subió feliz de un salto al sitio del conductor, le puso aún en la mano “cien marcos orientales: pa’l almuerzo” y se fue zumbando.

: “toda’ía lo estoy viendo, cómo se acerca a la casita del vigilante. Una única persona mira pa’ ‘fuera, con la cabeza. Y solo para hacer así con la mano” –la suya imitó el movimiento con una debilidad y un adormilamiento como no he visto nunca, in a long and misspent life– “y vuelve a saludar: y pa’ entonce’, el otro ya había pasado. Ningún control. Ná…”. Y extendió las manos, sacudiendo ligeramente la cabeza; y volvió a dejarlas caer sobre la mesa: hecho.

Nos vimos obligados a asentir una vez más. Y lo hicimos con gusto. El otro le ofreció un cigarro de reconocimiento.

“Yo tampoco sabía, por lo demá’, que la Puerta de Brandemburgo no era maciza. Siempre pensé q’ era al meno’ de granito o algo así.” Pero el narrador sacudió su experta cabeza: nada, absolutamente nada: “La pintura a la cal descascarándose por toda’ parte’”.

“Todo es natural en”, dijo la Valquiria, y se echó más de lleno hacia atrás: “¡Mi padre era el tamborilero del zar!”.


* Este cuento fue publicado en: ders., Trommler beim Zaren. © 1966 Stahlberg Verlag GmbH, Karlsruhe. Alle Rechte vorbehalten S. Fischer Verlag GmbH, Frankfurt am Main.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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