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Ella es una señora de barrio, uno se la encuentra en el supermercado, en la cola del correo. Como el lunes, cuando trae al niño, como el martes, cuando nada sus largos en la piscina pública, como el miércoles, cuando busca al niño, como el jueves, cuando hace las compras, y como el viernes, cuando llega con el paquete de la torta desde la panadería. Como tiradas por una cuerda se cruzan las vecinas del barrio con sus vecinas del barrio, y así podría haber seguido hasta el fin de los tiempos, hasta que sucede otra cosa y durante la inauguración de Cindy Sherman en la Galería Sprüth Magers de Berlín la pintora Uta Päffgen dice: ¿Fantasmas son lo que buscas? Pregúntale a Anne, esa mujer puede convocar fantasmas, tiene una conexión increíble con su método. Y así es como arreglamos una cita con la desconocida Anne, ella abre y nos encontramos nada menos que con dicha vecina de barrio. Esos largos pelos rojo oscuro, la mirada brutalmente divertida, el gran corazón en el pecho amplio y el aroma de la mesa del café ascendiendo a sus espaldas. Esta historia es un regalo de la escritora Anne Hahn, la bruja del vino tinto del barrio berlinés de Mitte, la castellana de Goseck, la médium de Magdeburg. Gracias.

Una mujer dotada de poderes sobrenaturales percibe sus facultades ya de joven y juega con ellas. Un día llega al punto en que la invade un miedo infernal y decide abandonar esa tontería para siempre. Y sin embargo vuelve a convocar a los espíritus una y otra vez, porque no puede dejar de hacerlo. Anne nació en 1966 en Magdeburg. Cuando tenía veintiún años y estaba mortalmente aburrida de todo, decidió huir del país. No sabía que los días de la República Democrática Alemana estaban contados, porque casi nunca consultaba a los espíritus acerca de su propio futuro. Era algo demasiado delicado. Tampoco era ella la única de su círculo de amigos que le daba vueltas a la idea de escaparse. Otros habían pedido permisos de viaje y temían recibir malas noticias. Además de que siempre había que contar con los espías. Imagínate que el espíritu dice en una sesión de güija ante todos los presentes que Anne H. ejecutará la semana siguiente un intento de escape exitoso. Por eso es que no podía arriesgarse a echar una mirada a su propio futuro. Anne y sus amigos estaban fascinados por las sofisticadas y maravillosas historias de los espíritus. Una vez hubo un espíritu que había conocido a Bertolt Brecht, y en otra ocasión se les apareció un niño que siempre estaba sentado sobre la rodilla derecha del santo Dios. Todo eso era entretenido y divertido. Mientras que la realidad y el futuro cercano para los jóvenes ciudadanos de la RDA no era ninguna de las dos cosas, ni entretenida ni divertida. De ahí viene que Anne no les preguntara a los espíritus por su propio porvenir, de lo contrario tal vez se hubiera ahorrado la fuga, la detención y la cárcel de la RDA.

Por aquel entonces, Anne no tenía ningún trabajo en Magdeburg, pero tenía amigos. Los amigos tenían vino tinto y el vino tinto tenía una vela y la vela tenía una copa. Formaban un círculo, daban vuelta la copa y la ponían en el medio de una mesa. Luego colocaban muchos papelitos alrededor de la copa: las palabras “sí” y “no” y todas las letras del alfabeto y los números del uno al cien, ordenados de diez en diez. Cada cual apoyaba suavemente un dedo sobre la copa, luego empezaban. Y qué genial cómo hormigueaba, se movía y vibraba, no bien Anne llamaba a los espíritus. Ahí la copa se ponía a bailar.

Una vez tuvieron a alguien de inmediato adentro de la copa, que decía: SOS, SOS, SOS.

—¿Quién necesita un SOS?

Reciben un número, otro número más, una y otra vez los mismos números. Alguien busca un atlas, comprueba los números en los grados de longitud y latitud. Era un punto en el Atlántico sur. La pandilla de güijeros bebedores de vino tinto de la fase final de la RDA en Magdeburg oyó al otro día en las noticias que ante las costas de las islas Malvinas un barco había sido hundido y toda la tripulación murió ahogada.

Una vez convocaron a un espíritu y no pasó nada. Luego golpearon a la puerta. Uno se puso de pie y abrió, no se veía a nadie y sin embargo alguien entró. Todos estaban sentados en círculo con las piernas cruzadas sobre unas tablas finísimas, viejas y torcidas, y notaron cómo las tablas se elevaban y hundían bajo los pasos del huésped invisible salvo de peso, escuchando crujir las maderas. El huésped rodeó varias veces a los magdeburguenses, infundiéndoles un miedo infernal, y luego volvió a irse. Todos sabían que era Anne la que tenía esa fuerza capaz de provocar a un espíritu tan descarado. Sin Anne no funcionaba nunca, y con Anne era siempre maravilloso y terrible. Pero después de esta experiencia, Anne juró dar por terminado el asunto. La visita de un espíritu en su propia casa era algo demasiado fuerte, y no había que volver a convocar a ningún espíritu en absoluto, porque uno nunca sabía quién era el que venía y qué era lo que traía consigo. Al fin había entendido que, si bien podía convocarlos, no los podía controlar. Así que era una cosa acabada, basta para siempre de invocar espíritus. Pero luego ocurrió esa historia con la señora rara, que al igual que Anne vendía ropa en el mercado de pulgas y que se le vino encima. Fue tal la exagerada amabilidad, tamaña la artificialidad y tan extraordinariamente sospechosa la manera en que invitó a Anne y a su pandilla a su casa que Anne no pudo negarse, además de que quería a toda costa mostrar su fortaleza, así que reunió a sus amigos y con una botella de vino se le apareció a la rara en su casa. La señora rara quiso alegrarse por la inesperada visita, pero le interrumpieron su verborrea para decirle que limpiara la mesa porque la necesitaban ya mismo. La copa dada vuelta se colocó en el centro, con el alfabeto y los números alrededor, habían traído todo. Cada cual apoyó suavemente un dedo sobre el vidrio. La rara no quiso participar, le agarró un terrible cagazo frente a lo sobrenatural, pero le dijeron que no fuera tan aburrida. Anne convocó a los espíritus. Y enseguida tuvo a uno en la copa. Primero cada uno le fue haciendo por turno preguntas sobre cuestiones intrascendentes.

—Gran espíritu, ¿quieres hablar con nosotros?

—Sí.

—¿Eres un espíritu bueno?

—Sí.

—¿Es un lugar bonito ahí donde estás?

—Frío.

—¿Cómo te llamas?

—Ludwig Brenndecker.

—¿Desde cuándo estás muerto?

—1952.

—¿Cuántos años tenías cuando falleciste?

—57.

—¿Cuál era tu profesión?

—Tullido.

No bien la rara empieza a reírse por lo bajo, Anne pasa a hablar de lo que realmente le interesa.

—¿Hay aquí en esta pieza alguien que trabaje para la Stasi?

—Sí.

—¿La pieza está vigilada por micrófonos?

—Sí.

—¿Puedes mostrarme dónde?

—Sí.

—Si voy al rincón donde está el micrófono, di sí.

Anne se pone de pie y camina por la habitación. Cuando se para en la esquina que tiene una vitrina, el espíritu vuelve a comunicarse:

—Sí.

Sobre la vitrina hay una radio. Anne toma la radio y la sacude.

—¿Aquí dentro?

—Sí.

Anne vuelve a sentarse a la mesa. La rara está pálida.

—¡Fuera de mi casa! —grita—. ¡Ya mismo!

Pero ellos no se van, siguen.

—¿Sabes el número de teléfono de la gente que nos está escuchando en este momento?

—Sí.

—¿Puedes dármelo?

El número que les da el espíritu tiene cinco cifras y empieza con un tres. Los números que empezaban con tres eran los de la policía secreta en Magdeburg. ¡Qué triunfo para Anne! Tenía capacidades para las cuales la RDA no estaba preparada. ¡Qué jolgorio! Por esto es que creyó, aunque la muerte seguía rondando sus pensamientos, que lograría fugarse con éxito. Le esperaba otra vida, una sin rejas. Solo era cuestión de marcharse.

Antes de la fuga, Anne realizó dos viajes. Uno de ellos la llevó a Praga, a la tumba de Franz Kafka, y el otro al castillo de Goseck en Thuringia. Aquí quería pasar un último rato con sus amigos. La idea era salir de excursión, beber, reír. Hacía años ya que se estaba despidiendo, un proceso tortuosamente lento y opresivo, sin poder comunicarlo de manera abierta. La despedida en Goseck debía ser diferente, brindar fuerzas. Ahora el castillo de Goseck ha sido restaurado, se le agregaron instalaciones sanitarias acordes a un monumento histórico, se organiza una primavera de tango, se hacen excavaciones arqueológicas y conciertos. Pero en aquel entonces, en los años ochenta de la RDA, el castillo estaba medio derruido y abandonado a la corrosión del tiempo. La mayor parte del castillo estaba cerrada y llena de polvo, yacía allí como en un sueño de bella durmiente. En un ala lateral había un pequeño albergue juvenil, donde se alojaron Anne y sus amigos. Del equipamiento de este albergue Anne guarda un recuerdo desconsolador. Moqueta, muebles de madera liviana y superficies de plástico lavable que no transmitían ninguna sensación de castillo. Una vez, el grupo dio una vuelta en secreto por la parte clausurada. La mayoría de las habitaciones estaba cerrada, pero con una ganzúa y algo de maña pudieron abrir las puertas. Anne armó un juego con eso. Antes de abrir una puerta, describía la pieza que estaba detrás. Parada delante de la puerta cerrada, hacía la lista: a la izquierda el hogar, el hierro está sobre la repisa y la empuñadura se encuentra gastada, la ventana es verde, en el medio hay una columna. O bien: un cuarto oscuro y largo, al fondo a la derecha una ventana diminuta, una mesa grande en el medio, un candelabro de velas fundido en hierro colgando encima a muy baja altura. Y cada vez, las descripciones de Anne quedaban confirmadas. Como si conociera a la perfección estas piezas muertas con sus cortinas deshilachadas y los sucios herrajes de sus puertas, con los muebles medio podridos y los empapelados borroneados. Una vez encontraron durante sus expediciones una botella de vino tinto sin etiqueta en una montaña de escombros. La botella estaba cubierta por una gruesa capa de polvo y tanto el vidrio como el corcho eran de una hechura tan especial que parecían provenir de una época remota. Era una botella que podía tener tal vez sesenta, tal vez cien años. Los amigos abrieron la botella, pero ninguno se animó a probar el vino. Al final lo terminó probando Anne. El vino le gustó tanto que se bebió la botella entera. Luego se acostó en la cama del albergue juvenil. Esa noche soñó que caminaba por el castillo de Goseck. Debía llegar, según la orden que le habían dado, a la capilla del castillo. En camino hacia ese lugar podía atravesar paredes. Meter partes del cuerpo a través de gruesos muros, la cabeza, un brazo, una pierna. Eso le resultaba divertido. De pronto, dejó de avanzar. El sueño había llegado a su fin. Al día siguiente, Anne se enteró de que la noche anterior había muerto en el castillo de Goseck una mujer vieja que tenía allí derecho de habitación vitalicio. La vieja chiflada, según se contaba, era una mujer noble, una condesa, cuya familia había habitado en este castillo largo tiempo. Pero esta historia solo llegó a su fin medio año más tarde, en mayo de 1989. Anne estaba en una celda en la cárcel de Hohenschönhausen, luego de fracasar en su intento de fuga. En esta celda, de repente, el sueño continuó. Anne volvió a estar parada en el mismo sitio del castillo, camino a la capilla, del cual no había podido pasar. Ahora ve también el paisaje, además de un perro de San Bernardo y a sí misma en un vestido blanco con un niño pequeño a su lado, de unos cinco años. De pronto sabe que esa mujer y este niño han sido asesinados por el propio marido de la mujer. El hombre había pasado años en las Cruzadas y ella no se había mantenido casta. El niño es asesinado debido a la infamia que representa y se lo sepulta ante el altar, mientras que a la mujer la emparedan viva. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la vieja condesa?, pregunta ella en el sueño, y hasta recibe una respuesta: “La vieja señora del castillo de Goseck era la última de su sangre y solo pudo morir cuando tú llegaste”. Esa mujer era entonces yo misma, pensó Anne cuando volvió a despertar en su celda de Hohenschönhausen. Esa era mi vida anterior. Es algo que hoy ya no tiene nada que ver conmigo.

Cuando salió de prisión y la RDA dejó de ser un país cerrado, Anne viajó al Mediterráneo y se trajo de allí una piedra. Con ella viajó por segunda vez en su vida a la tumba de Franz Kafka, en Praga. Colocó la piedra sobre la tumba y se disculpó ampliamente ante él por haber sustraído de allí una pequeña piedra el año anterior. Le explicó por qué lo había hecho. Había querido llevarse la piedra, que estaba bien arriba sobre la tumba, con el fin de que le trajera suerte, tanto para su fuga del país como para todos los peligros que le esperaban. Le dijo que había querido poseer una parte de él, a quien tanto admiraba, pero que no había tenido en cuenta que había sido otra persona la que le había ofrendado esa piedra. Desde entonces que solo había tenido mala suerte, todo un año de castigo y desdicha. Y si la RDA no se hubiera derrumbado, aún seguiría pudriéndose en la cárcel. Por eso, le dijo, es que ahora le traía de nuevo la piedra. No era la misma piedra que aquella vez, a la que había terminado perdiendo en los revuelos de ese año, pero era una bonita piedra del Mediterráneo, y ella esperaba que él fuera tan amable de tomarla, aceptarle las disculpas y perdonarla.

Anne se mudó a Berlín, estudió Historia del Arte, trabajó de clasificadora de cartas y por un tiempo fue algo así como la presidenta honoraria de la barra del bar Kommandantur. Una vez volvió a oír hablar del castillo de Goseck. Dos años después del sueño, es decir en 1991, conoció a un joven que venía de Weißenfels, una localidad vecina de Goseck. Los amigos de Anne le hablaron sobre los eventos terroríficos en el castillo y sobre el sueño de Anne, en el que se le habían aparecido una mujer y un niño, la noche en que murió la vieja condesa. Y que desde entonces Anne sostenía con toda firmeza que había un niño enterrado delante del altar de la capilla del castillo de Goseck. El joven palideció y contó que en la capilla del castillo se había encontrado una placa de mármol blanco, debajo de la cual estaba el esqueleto de un niño.

—Ese era mi niño —dijo Anne—, durante la época de las Cruzadas. Ese niño era el que iba conmigo.

En Berlín, esto de la güija y de ver espíritus se acabó casi por completo, lo cual es por supuesto curioso, si consideramos que Berlín está lleno de fantasmas, y estos no tienen ningún motivo para evitar a Anne. De cuando en cuando se le paraba un espíritu a un costado, pero ella a veces ni lo notaba. Una vez confundió a un fantasma con su compañero de piso vestido con ropa oscura. Entró despacio y miró sobre el hombre de ella y leyó con interés el texto que estaba escribiendo sentada a su escritorio. Ella conversó con él. Una conversación muy unilateral, ya que él no contestaba. Cuando ella se dio vuelta, no había nadie. Como si el hombre nunca hubiera estado allí.

A fines de los años noventa, Anne vivió por unos años en un piso derruido de la calle Invaliden 104, en diagonal al Museo de Historia Natural. Más tarde, el dueño del edificio le dio mucho dinero para que se fuera y él pudiera sanear la casa. Era parte de un complejo de edificios en forma de herradura, edificado en el Gründerzeit, muy próximo al hospital de la Charité y de diversas instituciones militares. La novela breve Stine, de Theodor Fontane, ocurre durante aquella época —alrededor de 1890— precisamente en este tramo de la calle Invaliden, que tiene un total de tres kilómetros de largo. No es casualidad que Fontane eligiera justo la Invalidenstraße para su Stine. En esta calle, con sus edificios e instituciones de lo más diversos, fue donde esa época llamada Gründerzeit se vio reflejada con mayor esmero; la calle Invaliden era sangre, sudor, mugre y velocidad: tres estaciones de ferrocarriles de larga distancia (la estación de Lehrter, la de Stettiner y la Hamburger), fábricas de maquinarias de construcción, explanadas para maniobras militares, cuarteles, la Casa de los Inválidos, más allá de eso una cárcel y el hospital Charité; a lo que se añadían algunos edificios de viviendas y un par de cementerios. Fontane describe la difícil vida social de las hermanas Ernestine Rehbein y Pauline Pittelkow en la Invalidenstraße 98e, entre relaciones amorosas y promesas de matrimonio, entre la esperanza de subir en la escala social y conseguir al mismo tiempo la felicidad en el amor. La apocada sociedad de aquel entonces, organizada según los oficios de cada cual, hace que todos los sueños queden frustrados y que solo triunfe la muerte.

Stine miró a su hermana.

—Sí, tú me miras, chica. Estás imaginando milagros si crees que me tranquilizas al decir: “No es un amorío”. Ay, mi querida Stine, con eso no me tranquilizas ná; lo opuesto, por el contrario. Amorío, amorío. Por Dio’, el amorío no es ni por lejos lo peor. Hoy está y mañana ya no, y él va hacía allí y ella hacía allá, y al tercer día vuelven a cantar los dos juntos: “Vete tú, mi parte yo ya la tengo”. Ay, Stine, ¡amorío! Créeme que de eso no se muere naides, ni siquiera cuando termina mal. No, no, Stine, un amorío no es gran cosa, un amorío en realidad no es ná. Pero, cuando se mete aquí —y señaló el corazón—, entonces se vuelve algo, entonces se vuelve asqueroso.

En aquella casa con el número 104, Anne volvió a empezar con la güija. Era tarde en la noche y estaban de a cinco y todo había sido planeado de antemano. Un amigo trajo una botella bien grande de vino, con las gotas más inusuales y delicadas que Anne hubiera bebido jamás; más tarde escribió un cuento corto sobre él, sobre el vino. La sesión empezó como siempre: “Gran espíritu, te invocamos”. En la copa apareció una mujer joven que con tan solo veintitrés años había muerto de tuberculosis. A las preguntas “¿Dónde estás?” y “¿De dónde vienes?”, respondió diciendo “Estoy en el patio” y “Estoy enterrada en el patio”. Anne había escuchado entre los vecinos el rumor de que detrás del complejo de edificios en herradura había estado alguna vez el cementerio de pobres del Charité, donde se enterraba sin demasiadas ceremonias los pacientes muertos, víctimas de pestes y hepatitis C. En esos rumores y conversaciones se hablaba sobre todo de las ratas que provenían del viejo campus del hospital universitario y que insistían en conquistar los sótanos y en revolver los contenedores de basura. Tras esos atracos, se replegaban a través de sus túneles otra vez hacia el parque del hospital. ¿De ahí era entonces que había venido el espíritu? A la pregunta “¿Qué tienes?”, el espíritu de la joven respondió “Odio” y “Furia”. Con las preguntas siguientes apareció la palabra “Oficier”, escrita así, con una f y una c, en lugar de Offizier (oficial de ejército). Con el correr de la sesión, la historia se fue componiendo: el espíritu de la copa era la criada de un “Oficier”, que en algún momento había vivido junto a su mujer en el piso que ahora ocupaba Anne. La muchacha habitaba la diminuta despensa que daba al patio. Pero era también la amante del oficial, y estaba realmente enamorada. Sin embargo, cuando ella enfermó de tuberculosis, al hombre le importó poco y nada. La muchacha fue enterrada en el cementerio para pobres del Charité, no lejos del edificio. El hombre siguió imperturbable con su vida, solo a ella le habían quitado todo lo bello. De ahí la furia. Luego de oír esto, los amigos decidieron hacer algo. La joven mujer les daba por supuesto una pena tremenda, una del grupo incluso lloró de la emoción. Pero Anne quería ante todo que esa furia desenfrenada se alejara de su casa. Descorchó otra botella del extraordinario vino tinto y le dio una charla a la joven. Le habló sobre la breve vida que le había sido concedida a la pobre y sobre las experiencias, peores imposibles, que había hecho con el hombre insensible. Con un minuto de silencio honraron su amargo destino y le desearon a su corazón herido que encontrase la paz eterna. La copa se aquietó. Sí, también este es un conmovedor destino femenino de la Calle de los Inválidos, y si bien no es de Fontane, pertenece al reino de los espíritus. Claro que la reportera de fantasmas no puede dejar la cosa ahí y se dedica a mirar viejos planos de la ciudad, de fines del siglo XIX. Y hete aquí que en ellos encuentra el viejo cementerio del Charité, que pasaba precisamente por detrás de la casa 104. Se extendía a lo largo de la calle Hessische hasta la lavandería del hospital. Casi no queda información sobre este pequeño camposanto, ni siquiera sabe nada al respecto la señora Beer, la empleada del Charité especializada en ese tipo de preguntas y que ofrece visitas históricas por el predio.

—Tendría que bucear muy profundo —dijo—. Tendría que bucear muy profundo.

El cementerio existía desde 1726. Hoy se yergue en su lugar el nuevo vidriado comedor para estudiantes ala norte y el Instituto de Desarrollo Rural. No es imposible creer que los rústicos muros y los canteros de hiedra silvestre con sus oscuros zarcillos de cien metros sean restos del cementerio. Pero en el lugar mismo, nada parece recordar las tumbas para pobres y enfermos, solo lo siguen haciendo viejos mapas, los espíritus de las criadas y los rumores que corren entre los habitantes invadidos por las ratas. Y en lo que se refiere al “oficier”: en la casa con el número 104 vivía efectivamente un militar, según se deduce de las guías de direcciones de Berlín, en especial del “Índice de todas las casas de Berlín con la indicación de sus dueños e inquilinos”. A partir de 1893 vivió allí un tal Müller, que en todas las guías de direcciones de los años siguientes está inscripto alternativamente como sargento mayor y como teniente, y desde 1904 como “teniente (r)”; después de lo cual no vuelve a aparecer. En el ejército del Imperio Alemán, los “sargentos tenientes” eran considerados oficiales u oficiales subalternos y tenían derecho a las correspondientes insignias de rango y a ser llamados en esos términos. Si este sargento Müller era el dicho amante bribón, y si era guapo y si la historia con la criada tuberculosa es cierta, nada de eso pueden revelarnos las guías de direcciones de Berlín. Se trata de un episodio que ha de permanecer en la esfera de lo tenebroso.

Antes de dar por zanjado este asunto, una última reflexión general acerca del talento especial que acompaña a la vida de Anne: durante su juventud en la RDA, fueron muchos más los espíritus que se le manifestaron. Ella les aportaba fuerza e interés a sus historias. Este interés fue disminuyendo a medida que pasaron los años. Porque también con el vino tinto y con las propias fuerzas llega en algún momento la hora de economizar. Sobre todo cuando hay que ocuparse de un niño, amar a un hombre y llevar adelante una vida laboral. El camino de la sabiduría, cuando pasa por el vino, es demasiado arduo. Anne no fue en Berlín el médium que supo ser en Magdeburg. Ahora ya no era el terror de la Stasi, la que vencía a los micrófonos que vigilaban tiempo y espacio. Pero lo que pasó en Berlín: se dio cuenta de que los espíritus y los fantasmas son abastecidos por mucha gente. Anne se topa constantemente con personas que pueden hablar de sus encuentros con espíritus. Como su vecino, el pintor. Ella lo visitó, y fue como si hubiera alguien más en la vivienda, tal vez eran solo ruidos. Miró en derredor.

—¿Ay, ahora también escuchaste algo? —dijo el pintor—. Tengo una subinquilina, pero quién sabe, tal vez sea solo un sueño.

—¡Cuéntalo! —le pidió Anne.

El pintor se mostró escéptico.

—Fue tan solo un sueño.

Pero luego contó:

—Estaba tirado en el sofá y me dormí. Apareció una mujer, llevaba un vestido cubierto por un delantal, largas trenzas. Nos miramos asombrados. Sentí un malestar, no sabía qué hubiera podido decirle. Entonces pensé de repente: ¡pero si estoy durmiendo! Cerré los ojos y volví a despertarme.

Le mostró a Anne un cuadro que había dibujado inmediatamente después de despertar. La mujer llevaba puestas botas de cordones con tacos, parecía pequeña y seria y sobrepasada de trabajo. Una mujer como las de hacía cien años. Su subinquilina.


*This story is taken from: Die Gespenster von Berlin – Wahre Geschichten by Sarah Khan. © Suhrkamp Verlag Berlin 2013.

Cuando volvió del trabajo a su casa, Markus Kellmer se encontró con una mujer desnuda sobre la alfombra de su sala de estar. La cabellera desgreñada le recordó la forma en que de niño dibujaba los nidos de cornejas o las copas de los árboles, la piel relucía como si estuviera vidriada, y cuando Markus la volteó con cuidado a fin de hablarle y así poder enterarse tal vez de quién era y qué hacía en su apartamento, se dio cuenta de que estaba muerta.

Enseguida fue hasta la ventana y cerró las cortinas. En realidad era muy temprano para eso, afuera aún había luz. La primavera había empezado hacía apenas unos días y el sol solo se pondría dentro de una hora, más o menos a las seis. Pocas semanas antes, ya desparecía alrededor de las cuatro de la tarde, pero ahora los días habían aprendido un poco más, mantenían su luminosidad más tiempo y pronto serían sustituidos por el calor veraniego que ya llevaban dentro de sí.

En estos templados días de primavera, los rayos del sol vespertino eran siempre los que primero saludaban a Markus cuando este atravesaba el umbral de su vivienda. Impedirles la entrada le daba dolor de cabeza, como si la sala tuviera migraña. Pero no podía hacer otra cosa, a fin de cuentas estaba tirada ahí una mujer muerta sobre el suelo de su apartamento. Parecía como si alguien hubiera usado la piel de alrededor de su boca y de sus narinas para encender cerillas. Markus alzó el cadáver y lo sentó sobre un sillón. Enseguida volvió a caerse, sus articulaciones eran como gelatina, su cuerpo como un globo lleno de líquido. Lo intentó una vez más, pero el cadáver volvió a no quedarse sentado, sino que cayó hacia adelante como alguien que de repente debe vomitar, y la cabeza golpeó con un chasquido contra el parqué. El fuerte estallido devolvió a Markus a la realidad: fue de inmediato hasta el equipo de música y lo encendió. La música lo ayudaba a reflexionar mejor.

No podía dejar el cadáver tirado en el suelo, pues los cadáveres sufren cambios, su superficie no era tan estable como la de una persona viva. En el fondo, los cadáveres solo están más interesados en una única cosa: su propia disolución. Para desaparecer de la manera más completa posible, precisan un subsuelo con un marcado gusto por el intercambio, el suelo de un boque por ejemplo, o el de una ciénaga. Algo con lo que poder fundirse lentamente. Aquí en todo caso no había nada de eso, de modo que a Markus debía ocurrírsele algo. Tomó el mando a distancia y puso la música más fuerte.

Recordó que hacía poco había escondido detrás del radiador un gran modelo de avión en madera. Eso había sido la semana anterior, cuando lo visitaron sus padres y él quiso evitar que vieran el modelo. Detrás del radiador había mucho lugar, pero ¿entraría también el cuerpo de una mujer adulta en ese hueco? Markus buscó una cinta métrica y midió el cadáver. Bueno, había que hacer la prueba.

Se esforzó durante más de media hora, pero al final siempre asomaban la cabeza y mitad del torso. No obstante: un éxito parcial. Markus se quedó allí sentado durante un rato, el cuerpo recostado contra el marco de la puerta y la mirada perdida. ¿De qué habría muerto la mujer? Él no había descubierto marcas de ahorcamiento o derrames de sangre. Fuera lo que fuera, su cuerpo no parecía haber sufrido lastimaduras. Tal vez la habían envenenado. O había sido alguna causa natural. Pero era bastante joven, Markus calculó su edad entre veinticinco y treinta.

Se puso de pie, se estiró. No, se veía horrible. El modelo de avión había estado a salvo detrás del radiador, pero al cadáver lo vería cualquier persona que entrara en el living. Debía pensar en otro escondite.

Mientras que recorría en mente los diferentes rincones de su apartamento, tiró del cadáver para sacarlo de atrás del radiador. Como estaba desnudo, lo dañó en ciertas partes por tironear y arrastrarlo con impaciencia. Los tubos del radiador cortaron la piel pálida como si fuera manteca. Pero corrió poca sangre, pues el corazón había dejado de bombear y los vasos sanguíneos ya no estaban bajo presión. Así y todo, quedaron algunas manchas feas sobre el suelo y en el mismo radiador. Markus fue al baño y trajo un trapo mojado, con el cual limpió los tubos. Era primavera, y si dejaba que los líquidos corporales se secaran, el próximo invierno, cuando volviera a poner en uso el radiador, empezaría a oler espantosamente.

Tomó el cadáver por los brazos y lo arrastró de nuevo a la sala. Otra vez volvieron a quedar algunas huellas, en esta ocasión huellas largas y rojizas del arrastrado. Meneando la cabeza fue al baño, buscó un segundo trapo y se puso a fregar. A veces era lento de la cabeza, un verdadero pánfilo. Para que algo así no volviera a suceder, envolvió el cadáver en grandes toallas, desde la cabeza hasta los pies. De este modo era también mucho más fácil tirar de él por el suelo de parqué.

La música del equipo se calló, y un locutor mencionó cómo se llamaban el bajo, la batería y la flauta traversa por sus nombres reales.

Durante la noche, Markus dejó el cadáver envuelto en la bañera. Al día siguiente, casi se quedó dormido, por haber confundido en sueños el timbre del despertador con el triste croar de despedida de una rana que era lanzada dentro de un pequeño cohete a una órbita geoestacionaria alrededor de la Tierra. Apenas si le quedó tiempo para un desayuno ligero, luego tomó el bus al trabajo. Regresó a su casa bien entrada la tarde.

Ya al ingresar notó el olor. No era muy fuerte, pero ahí estaba. Fue al baño. El cadáver descansaba como en la tarde anterior, solo que en la toalla que le cubría la cara se había formado una mancha, que por su forma recordaba un poco a una hoja de arce.

El día en la oficina había sido cansador, y en una situación normal a Markus le habría encantado tomarse un baño, estirarse sumergido en agua caliente moviendo los dedos gordos de los pies y dejar que todas las preocupaciones que pululaban en su cabeza se hundieran lentamente en las montañas de espuma chisporroteante. Hoy tal vez podía soportar tener que prescindir de este ritual diario de purificación, pero como solución a largo plazo esa situación no era tolerable bajo ningún concepto. En rigor, ahora ya estaba nervioso. Arrancó el cadáver de la bañera, lo hizo rodar hasta la habitación de al lado y limpió la bañera con la ducha de mano. Gastó casi toda la botella de limpiador de azulejos hasta que finalmente sintió que podía meterse desnudo dentro de la bañera sin demasiada sensación de asco.

Pero antes de tomarse un baño, se propuso meter el cadáver en un ropero medio vacío que estaba en su estudio. Curioso que no hubiera pensado antes en eso. A fin de cuentas, ya había alojado una vez en ese ropero un juego entero de persianas enrolladas (que tenían el aspecto de tubos de dinamita, con el hilo blanco sobresaliendo en la parte de arriba). El cadáver entraba bien en el armario, pero cada vez que Markus intentaba cerrar la puerta, se volcaba hacia adelante y debía atajarlo. El cuerpo lo abrazaba como en un reencuentro después de mucho tiempo. Al final, fijó sus muñecas con cinta adhesiva contra las paredes internas del armario y también le puso varias pasadas de cinta a la ranura de respiración en la parte inferior, hasta tener la sensación de que así el asunto podría funcionar al menos por un par de días.

No había estado ni tres minutos en el baño, jugando con la flor de la ducha, cuando escuchó el golpe. Cerró el agua y prestó atención. Todo en silencio, pero no sirvió de nada, pues ya intuía lo que había pasado. Medio desnudo salió del baño y volvió a su estudio.

Tan ridículo era el espectáculo que presentaba la mujer horriblemente contorsionada, con medio cuerpo adentro del armario y medio afuera, que Markus emitió una especie de estornudo con bufido, originado no por la exagerada estimulación de las membranas mucosas de su nariz, sino por su capacidad imaginativa.

Antes de poder enderezar el cadáver, tuvo primero que desdoblarlo, así es, efectivamente desdoblarlo, pues tenía… mi Dios, ni un contorsionista hubiera tenido resto para semejante posición corporal. Pero era un cadáver, se dijo él, no algo vivo. No se podía medir con la misma vara.

Tal vez era mejor si dejaba el cadáver como estaba, una bola confusa de brazos y piernas y con un tronco que ya sobresalía por varias costuras rotas. En todo caso, transportarlo de esta manera resultaba más fácil, aunque naturalmente ocupaba más espacio que si hubiera estado desdoblado.

La alfombra de la sala de Markus era del tipo antigua y venerable. Había soportado ya a varias generaciones, las pisadas de los pies infantiles se habían convertido sobre ella en los pesados pasos de la adultez y de la responsabilidad, había recibido a parejas de novios y a invitados de luto, su estampado había ocupado el pensamiento geométrico de unas veinte personas o tal vez más aun, había sobrevivido a guerras mundiales y a tiempos de euforia y de caos inspirador, en resumen: era una alfombra bajo la que no se podía esconder un cadáver así como así.

Markus lo sabía. Sabía todo esto y sin embargo… no se le ocurría ninguna otra solución. Había probado todo, el armario, el radiador, la bañera. Salvo levantar el cadáver y tirarlo de cabeza por la ventana, no le quedaban muchas opciones. Y además, el tiempo apremiaba.

Con ambas manos levantó la pesada alfombra y arrastró y golpeó con los pies al cadáver hasta la zona en que las maderas estaban un poco más desteñidas. Esas maderas que no habían sido tocadas ni por la luz ni por la gente eran sin dudas la parte más vulnerable e íntima de la casa. Demoró un rato, pero finalmente logró correr el cadáver hasta el sitio adecuado y extendió la alfombra sobre él. La sensación fue de gran alivio cuando el tejido pesado y denso, que olía a pasado y a cuero de zapato, se posó por entero sobre el cuerpo extraño y prácticamente lo hizo desparecer, como por arte de magia. Markus casi se puso a aplaudir fuerte con las manos.

La nueva colina de alfombra se veía un poco como el modelo tridimensional de un mapa topográfico. La elevación que producía el cadáver se correspondía por casualidad con el estampado concéntrico de la alfombra. Las partes más oscuras estaban ubicadas en el punto geográfico más elevado (el hombro, que siempre sobresalía un poco cuando el cadáver yacía de espaldas). El conjunto daba casi la impresión de haber sido organizado así adrede, con el objetivo de facilitar la orientación.

Esta solución era sin lugar a dudas la mejor hasta ahora. El único problema era pasar por arriba del cadáver, porque uno siempre se tropezaba sobre la empinada alfombra. De modo que Markus corrió su gran escritorio, que igualmente nunca había sido utilizado para algo sensato, desde su estudio a la sala, hasta que quedó exactamente sobre la alfombra. Al menos de esta forma no volvería a tropezarse. Y aunque así, colocada en medio de la pieza, la mesa no estaba en una posición muy ventajosa, quizá él comenzaría a sentarse con mayor frecuencia para seguir trabajando en sus pequeños esbozos poéticos, que le salían con tanta desenvoltura como la pena que también le producían de cara a su notoria inutilidad.

No se veía nada mal. Un pequeño montículo en medio de la habitación, y arriba la mesa. Si no podía inundarla de escritos, en algún momento desplegaría encima un largo mantel, que llegara hasta el suelo.

Listo, pensó Markus y fue a la cocina. Tenía que sí o sí brindar por las fatigas exitosamente superadas de los últimos dos días. Tras leer algunas etiquetas con la mente en blanco, se decidió por un cabernet sauvignon, una botella de contenido rojo oscuro.

Solo cuando estuvo de vuelta en la sala, donde la mesa ocupaba ahora una posición central imposible de no ver, confiriéndole al espacio un nuevo centro de gravedad emocional, Markus notó que había traído dos copas de vino. Con cada paso apenas tintineaban entre sí, suavemente agarradas por los dedos alrededor de sus cuellos delgados y vidriosos.


*This story is taken from: Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes by Clemens J. Setz. © Suhrkamp Verlag Berlin 2011.

*Imagen: Fábio Magalhães

Michael jamás había oído hablar de aquella mujer. Fue el ama de llaves la que le habló de ella: esa tal Mandy afirmaba que no había ningún padre. Ella vivía en W., el pueblo vecino. El ama de llaves rió; Michael soltó un suspiro. Como si no bastara ya con que casi nadie acudiera a la iglesia los domingos, ni con que los viejos lo echaran cuando él los visitaba en la residencia de ancianos, o con que los niños se comportaran con atrevimiento en la instrucción religiosa. Aquello era el comunismo, dijo, sus efectos seguían haciéndose sentir. «Bah», dijo el ama de llaves, eso era así desde siempre. ¿No conocía él el gran campo de remolacha que había junto a la carretera que iba hasta W.? Allí, en medio, había una isla. Un par de árboles en medio del campo, que el campesino dueño de esos terrenos había dejado en pie. «Desde siempre», dijo el ama. Y era allí donde ese campesino se encontraba con una mujer. «¿Qué mujer?—preguntó Michael—. ¿Qué campesino?». «El de allí—dijo el ama de llaves—, y también lo hicieron su padre y su abuelo. Todos. Las cosas son así desde siempre: a fin de cuentas, sólo somos seres humanos, ellos y yo. Cada cual tiene sus necesidades».

Michael suspiró. Desde la primavera, era el guía espiritual de aquella comunidad, pero no por ello había conseguido acercarse a la gente: era oriundo de las montañas, y allí todo era distinto, las personas, el paisaje y el cielo, que aquí era tan infinitamente anchuroso y lejano.

«Ella dice que jamás lo ha hecho con un hombre—dijo el ama de llaves—. Será que el niño se lo ha hecho el bienamado Dios. Esa Mandy—dijo—, es la hija de Gregor, que trabaja para las empresas de autobuses. Es el conductor bajito y gordo. Le pegó una paliza: la chica estaba toda amoratada. Y ahora todo el pueblo se pregunta quién puede ser el padre. Muchos de los hombres que podrían serlo no viven aquí. Tal vez fuera Marco, el mesonero. O algún vagabundo. A fin de cuentas, no tiene nada de guapa. Pero uno coge lo que le dan. Esa Mandy—continuó el ama de llaves—, no es tampoco muy brillante que digamos: a lo mejor ni siquiera se enteró. Mientras recogía cerezas sobre la escalerilla».

«Sí, sí», dijo Michael.

Mandy llegó a la parroquia a la hora en que Michael estaba comiendo. El ama de llaves la hizo entrar, y el párroco le pidió que se sentara y le contara. Pero la joven se quedó allí sentada, con la mirada baja y en silencio. Olía a jabón. Mientras comía, Michael miró a Mandy repetidas veces de manera furtiva. No era guapa, pero tampoco era fea. Tal vez engordaría en un futuro. Ahora ya se veía algo llenita.

«Está en la flor de la vida», pensó Michael, al tiempo que le miraba de reojo la barriga y los grandes senos, que se dibujaban bajo el jersey de color chillón. No sabía si aquello se debía al embarazo o a la comida. Entonces la joven lo miró y volvió a bajar la vista rápidamente, al tiempo que Michael apartaba a un lado el plato medio vacío y se levantaba. «Vayamos al jardín», dijo.

Estaban en el último tercio del año. El follaje de los árboles ya se había coloreado. Por la mañana habían tenido niebla, pero ahora el sol se imponía. Michael y Mandy caminaron lado a lado por el jardín. «Reverendo», dijo ella, pero él la atajó de inmediato: «No, no. Llámeme Michael, yo la llamaré Mandy». Entonces, ¿ella no sabía quién era el padre? «No hubo ningún padre—dijo Mandy—, yo nunca he…». La joven se interrumpió. Michael suspiró. Tendría unos dieciséis, unos dieciocho años, no más, pensó Michael. «Hija mía querida—dijo él—, eso es un pecado, pero Dios te perdonará. Porque esto dice el Señor, Dios de Israel: “Todo odre puede llenarse de vino”».

Mandy arrancó una hoja del viejo tilo a cuya sombra se habían detenido, y Michael le preguntó si ella sabía cómo cohabitaba el hombre con la mujer. «Lo sé por Juan», dijo Mandy, al tiempo que se ruborizaba y bajaba la vista al suelo. Tal vez hubiera sucedido mientras dormía, pensó Michael, cosas así se habían oído. Lo habían aprendido en la escuela, dijo Mandy en voz baja; y entonces, muy rápidamente, añadió: «Erección, coito y método Knaus-Ogino».

«Sí, sí—dijo Michael—. La escuela». Eso era lo que habían logrado los comunistas, quienes seguían ocupando puestos en los consejos escolares.

—Se lo juro por la sagrada Virgen—dijo Mandy—, yo nunca he…

—Sí, sí—dijo Michael, y a continuación, con vehemencia, añadió—: ¿De dónde crees tú que ha salido ese niño?

¿Crees que viene del bienamado Dios?

—Sí—respondió Mandy.

Entonces Michael la mandó de vuelta a casa.

El domingo, Michael vio a Mandy entre las pocas personas que habían acudido a la misa. Si no recordaba mal, nunca antes había estado allí. Llevaba puesto un sencillo vestido de color verde oscuro, con el cual se le podía ver claramente el embarazo. «No tiene vergüenza», dijo el ama de llaves. Mandy no tenía la menor idea de nada. Michael se dio cuenta de cómo la joven miraba a su alrededor. Y también vio que no cantaba cuando los demás lo hacían. Y cuando se acercó al estrado para recibir la hostia, tuvo que decirle que abriera la boca.

Michael habló de la constancia en el sufrimiento. La señora Schmidt, que siempre estaba allí, leyó el pasaje bíblico en voz baja pero firme.

—«Cuidado con no escuchar al que os habla; pues algunos, por no escuchar al que promulgaba oráculos en la tierra, no escaparon al castigo. No olvidéis la hospitalidad, ya que, gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

Michael había cerrado los ojos durante la lectura, y sintió como si viera a aquel ángel entre los presentes, un ángel que tenía el rostro de Mandy y cuya barriga se abombaba bajo la túnica blanca como lo hacía la barriga de la joven bajo su vestido. De repente reinó el silencio en la iglesia. Michael abrió los ojos y vio que todos lo miraban expectantes. Entonces dijo:

—De suerte que podemos decir con confianza: «El Señor es mi auxilio; no temeré».

Tras la misa, Michael se apresuró hasta la entrada para despedir a las ancianas. Cuando hubo cerrado la puerta tras la última de sus fieles, vio que Mandy estaba arrodillada delante del altar. Él se dirigió hacia donde estaba la joven y le puso una mano en la cabeza. La chica lo miró, y él vio que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.

—Ven—le dijo, al tiempo que la conducía fuera de la iglesia y atravesaba con ella la calle en dirección al cementerio—. Mira a toda esa gente—le dijo Michael—. Todos fueron pecadores; pero Dios los acogió en su seno, y Él también perdonará tus pecados.

—Yo estoy llena de pecados—dijo Mandy—, pero no me he acostado con ningún hombre.

—Sí, sí—dijo Michael acariciando el hombro de Mandy. Pero cuando su mano entró en contacto con Mandy, sintió como si su corazón y todo su cuerpo se llenaran de una alegría que él no había sentido en toda su vida, y entonces retrocedió unos pasos como si un fuego le hubiese quemado la mano. «¿Y si fuera cierto?», pensó el cura.

«Y si fuera cierto», pensó Michael esa tarde, mientras caminaba por la carretera comarcal en dirección al pueblo vecino. El sol brillaba, y el cielo se veía vasto y despejado. Michael estaba algo soñoliento a causa de la comida, pero su corazón seguía colmado de aquel contento que había emanado del cuerpo de Mandy hacia él. ¿Y si fuera cierto? Los domingos por la tarde, el párroco solía dar caminatas hasta algún que otro pueblo de la zona, caminaba con pasos rápidos a través de las carreteras, lo mismo si llovía o brillaba el sol. Pero ese día tenía un objetivo concreto. Había telefoneado al médico de W., que se llamaba Klaus, y le había pedido tener una conversación con él. No, no podía decirle de qué se trataba, le dijo Michael.

El tal doctor Klaus era un hombre oriundo del lugar, era hijo y nieto de labradores. Conocía a todo el mundo, y se decía que, si era necesario, atendía también a los animales. Desde que su mujer había muerto, vivía solo en W., en una casa enorme. A Michael le dijo que si no le daba la lata con su Dios, era bienvenido y podía pasar. Él era ateo, le dijo el doctor, pero no, ni siquiera era ateo. Sencillamente, no creía en nada, ni siquiera en la existencia de un Dios: era un hombre de ciencias, no un hombre de fe. «Un comunista», pensó Michael, al tiempo que decía «Sí, sí», y reprimía un bostezo.

El doctor puso una botella de aguardiente encima de la mesa; y, el párroco, por su parte, sabiendo que tenía algo que preguntarle al médico, se bebió el aguardiente. Lo bebió de un trago, y luego se tomó el otro vaso que el doctor le había servido. «Se trata de Mandy—dijo Michael—, de si ella…; de su…—El sacerdote sudaba—. La chica dice que el niño no es el resultado de la unión con un hombre, que ella nunca…; que no…; que ningún hombre la ha…; Dios mío, ya sabe usted a lo que me refiero». El doctor bebió su aguardiente y le preguntó a Michael si creía que el bueno de Dios tenía las manos metidas en ese asunto o si se trataba del tal Juan. Michael lo miró fijamente, con los ojos vacíos de la desesperación. Bebió el otro vaso de aguardiente que el doctor le había servido y se levantó. «El himen—dijo el cura en voz tan baja que apenas se le escuchó—. El himen». «Eso sí que sería un milagro—dijo el doctor—, y tenía que venir a suceder aquí, precisamente». El médico soltó una carcajada. Michael se disculpó. «Yo soy un hombre de ciencias—repitió el médico—, y usted es un hombre de fe. No deberíamos mezclar las cosas. Yo sé lo que sé, crea usted lo que le venga en gana».

Durante el camino de regreso a casa, Michael sudó aún más. Sintió mareos. «Es la tensión», pensó. Entonces se sentó en la hierba, al borde del gran campo de remolachas. Ya habían sacado las remolachas, que yacían apiladas en grandes montones a lo largo de la carretera. El campo era enorme, y al fondo de todo se veía una franja de bosque. Y en medio de esa vastedad, estaba aquella pequeña isla de la que le había hablado el ama de llaves: en medio del campo crecían algunos árboles desde la oscuridad de la tierra. Michael se puso de pie y dio un paso adentrándose en el campo de cultivo. Luego dio otro. Caminó en dirección a la isla. La tierra húmeda se pegaba a sus zapatos en grandes terrones, mientras él tropezaba y se tambaleaba. Le resultaba difícil avanzar. Ánimo—pensó—, iremos a dar en alguna isla». Y continuó andando.

En una ocasión, oyó un coche que pasaba por la carretera, pero no se dio la vuelta. Caminaba a través del campo, paso a paso, y por fin los árboles estuvieron más cerca, y de repente él estaba allí, y vio que aquello era realmente como una isla: los surcos del campo se habían dividido, se habían abierto como si la isla hubiese irrumpido desde el fondo de la tierra, abriéndola como un telón. Pero la isla se elevaba quizá medio metro desde el subsuelo. Al borde crecía un poco de hierba, y detrás había unos matorrales. Michael arrancó una rama de uno de los matojos y, con su ayuda, se despegó los terrones de los zapatos. Luego caminó alrededor de la estrecha franja de hierba que rodeaba la isla. En uno de sus puntos había un claro entre los arbustos, y Michael entró a través de él y llegó a una pequeña abertura situada en medio de los árboles. La alta hierba estaba aplastada, y al borde del prado había un par de botellas de cerveza vacías.

Michael miró hacia lo alto: entre las copas de los árboles podía verse el cielo, que parecía más bajo desde aquí que si se lo miraba desde el ancho campo de cultivo. Reinaba un silencio absoluto. El aire era cálido, aunque el sol estaba muy al oeste. Michael se quitó la chaqueta y la arrojó sobre la hierba. Y luego, sin que pudiera comprender muy bien lo que hacía, se desabrochó los botones de la camisa, se la quitó, y a continuación se quitó también la camiseta, los zapatos, los pantalones, los calzoncillos y, finalmente, los calcetines. Luego se quitó el reloj y lo arrojó sobre el montón de ropa, y lo mismo hizo con las gafas y el anillo que le había regalado su madre para protegerlo. Entonces se vio allí, tal como Dios lo había creado: desnudo, a la espera de una señal.

Michael miró al cielo, al que se sentía unido como nunca antes. Alzó los brazos y sintió aquel mareo que había sentido anteriormente, y cayó hacia delante, de rodillas, desnudo y con los brazos en alto. Empezó a cantar bajito y con voz ronca, pero eso no le bastó. Y entonces empezó a gritar, a gritar tan fuerte como podía, porque sabía que allí sólo podría escucharlo Dios, sabía que Dios lo estaba escuchando y que lo veía desde lo alto.

Y cuando caminó otra vez por el campo y se dirigió a su casa, pensó en Mandy, y la vio tan cercana, como si estuviera dentro de él. Entonces pensó: «Sin saberlo, he hospedado a un ángel».

De regreso en la parroquia, Michael sacó del viejo armario una botella de aguardiente que un campesino le había traído y regalado a raíz de la muerte de su mujer. Se sirvió un primer chupito; luego un segundo. A continuación se tumbó y sólo despertó cuando el ama de llaves lo llamó para la cena. Le dolía la cabeza.

¿Y si fuera cierto?, dijo cuando el ama de llaves le trajo la cena. ¿Y si fuera cierto qué?, preguntó el ama. Lo de Mandy. Si en realidad había concebido a ese niño. ¿De quién? ¿Acaso esa tierra no era también un páramo?, preguntó Michael. ¿Quién nos dice que Él no ha dirigido sus ojos hacia aquí, y que esa criatura, precisamente esa Mandy, ha encontrado la gracia a ojos del Señor? El ama de llaves sacudió, incrédula, la cabeza. El padre era un conductor de autobús, dijo la mujer. ¿Y acaso José no era carpintero?, preguntó Michael. Pero de eso hacía mucho tiempo, replicó ella. ¿No creía ella acaso que Dios todavía vivía y que Jesús regresaría? Por supuesto. Pero no iba a venir aquí. ¿Quién era Mandy? Nadie. Era camarera en un restaurante en W., una ayudante.

—Para Dios no hay nada imposible—dijo Michael—, y os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.

El ama de llaves se puso de morros y desapareció en la cocina. Michael jamás había conseguido animarla a que comiera con él, la mujer siempre decía que no le apetecía, que luego se comentarían cosas en el pueblo. ¿Se comentarían cosas sobre qué? «No somos más que seres humanos—había dicho ella—, todos tenemos nuestras necesidades».

Después de la cena, Michael volvió a salir de la casa. Bajó por la carretera y los perros de las granjas empezaron a ladrar como locos, al punto de que Michael llegó a pensar: «Mejor confiar en Dios que en vuestros perros». Pero ésos eran los comunistas: su deber había sido enseñarles a comportarse, pero no lo había conseguido. Ya no venían a la iglesia más fieles que en primavera, y todos los días podían escucharse historias acerca de abusos sexuales y de bacanales, bastaba con que uno quisiera oírlas.

Michael fue hasta la residencia de ancianos y preguntó por la señora Schmidt, la que leía el texto de la Biblia todos los domingos. «Vamos a ver si está despierta todavía», dijo, de mala gana, la enfermera, la tal Ulla, que, a continuación, desapareció. «Una comunista—pensó Michael—, de eso no cabe duda». Él, a los comunistas, los descubría enseguida, y también sabía lo que pensaban al verlo. No obstante, cuando alguno moría, lo mandaban a buscar. «Para que ese hombre pueda tener decente sepultura», le había dicho en una ocasión la propia Ulla, cuando tuvo que enterrar a un señor que no había pertenecido a ninguna iglesia a lo largo de su vida.

La señora Schmidt estaba despierta todavía. Estaba sentada en su poltrona, mirando el programa ¿Quién quiere ser millonario? Michael le estrechó la mano. «Buenas noches, señora Schmidt». A continuación, acercó una silla y se sentó al lado de la anciana. Ella había hecho una estupenda labor leyendo los textos, y él quería darle las gracias por ello. La señora Schmidt asintió con todo el torso. Michael sacó del bolsillo su pequeña Biblia encuadernada en piel. «Hoy quisiera leerle yo en voz alta un pasaje», le dijo. Y mientras el moderador preguntaba en la televisión qué ciudad había sido sepultada por un volcán en el año 79 después del nacimiento de Cristo, si Troya, Sodoma, Pompeya o Babilonia, Michael empezó a leer en voz alta, y fue haciéndolo en voz cada vez más sonora:

—«Sabed ante todo que en los últimos días aparecerán charlatanes dominados por sus propias pasiones, que, burlándose de todo, preguntarán: “¿En qué ha venido a quedar la promesa de que Cristo volverá? Nuestros padres han muerto y nada ha cambiado, todo sigue igual desde que el mundo es mundo”. Queridos hermanos, no debéis olvidar una cosa: que un día es ante Dios como mil años, y mil años, como un día».

Y a continuación, leyó:

—«El día del Señor vendrá como un ladrón: los cielos se desintegrarán entonces con gran estrépito, los elementos del mundo quedarán hechos cenizas, y la tierra con todo cuanto hay en ella desaparecerá».

Durante todo el tiempo que Michael estuvo leyendo, la anciana no supo hacer otra cosa que asentir: su torso se mecía hacia atrás y hacia delante, como si todo su cuerpo fuera un sonoro «¡Sí!». Luego, por fin, la señora Schmidt se decidió a hablar y dijo:

—No es Sodoma, tampoco es Babilonia. ¿Será Troya?

—El día, quizá, está más cerca de lo que creemos—dijo Michael.

—Pero nadie lo sabrá. Yo no lo sé—dijo la señora Schmidt.

—Vendrá como un ladrón—dijo Michael, poniéndose de pie.

—Troya—dijo la señora Schmidt.

Michael le estrechó la mano. La anciana no dijo nada más y ni siquiera lo siguió con la vista cuando el párroco salió de la habitación.

—Pompeya—dijo el moderador.

—Pompeya—dijo la señora Schmidt.

«Nadie lo sabrá», pensó Michael mientras caminaba hacia su casa. Los perros de los comunistas ladraban, y en una ocasión el párroco llegó a recoger una piedra del suelo y la lanzó contra uno de los portones de madera. Entonces el perro que estaba detrás empezó a ladrar con mayor fuerza, y Michael aceleró el paso para que nadie lo viera. En esa ocasión, sin embargo, no fue de regreso a la casa parroquial, sino que salió del pueblo.

Se tardaba una media hora en llegar a W. En una ocasión le salió al paso un coche. El párroco vio la luz de los faros con bastante antelación y se ocultó detrás de uno de los árboles de la avenida, hasta que el vehículo hubo pasado. La isla era ahora una mancha oscura en medio del campo gris, y parecía estar más próxima que durante el día. Las estrellas brillaban. La temperatura había bajado.

En W. no había ni un alma en la calle. Había luces encendidas en las casas y una farola, situada allí donde una de las carreteras se cruzaba con la otra. Michael sabía dónde vivía Mandy. Se detuvo ante la verja del jardín y miró hacia la casa de una sola planta. Vio en la cocina sombras que se movían. Era como si alguien estuviera fregando la vajilla. Michael sintió cierto calor en el corazón. Se apoyó contra la puerta del jardín. Entonces sintió muy de cerca el ruido de una respiración y, de repente, sonó un ladrido intenso en forma de aullido. El párroco dio un paso atrás y salió corriendo de allí. Aún no se había alejado cien metros de la casa de Mandy, cuando la puerta se abrió, un haz de luz cortó la oscuridad y se oyó la voz de un hombre: «¡Calla la boca!».

Uno de aquellos días, Michael fue hasta el restaurante de W., ya que su ama de llaves le había dicho que Mandy trabajaba allí. Y así era.

El salón era un recinto de techos altos. Las paredes estaban amarillentas por el humo del tabaco; los cristales de las ventanas estaban empañados y los muebles eran anticuados, ninguna pieza hacía juego con las otras. Allí no había nadie más aparte de Mandy, que estaba detrás del mostrador, como si aquél fuera su sitio habitual, con las manos apoyadas sobre la barra de servir la cerveza. La chica sonrió y bajó la mirada, y Michael sintió como si su rostro iluminara aquel recinto sombrío. El párroco tomó asiento en una mesa cercana a la entrada. Mandy se acercó a él. Michael pidió té, y la chica desapareció. «Si no viniera nadie», pensó el sacerdote. A continuación, Mandy trajo el té. Michael removió el azúcar que había añadido a la infusión. Mandy estaba todavía de pie junto a la mesa. «Un ángel a mi lado», pensó Michael. Bebió un rápido sorbo y se quemó la boca al hacerlo. Y entonces el párroco habló, pero sin mirar a Mandy. La joven tampoco lo miraba a él.

Pero aquel día y aquella hora nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los tiempos de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio comían, bebían y se casaban ellos y ellas, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los barrió a todos, así sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Fue entonces cuando Michael miró a Mandy y vio que la joven estaba llorando.

—No temas—le dijo, y entonces se levantó y puso una mano sobre la cabeza de la chica; luego vaciló, y al cabo de un rato puso la otra mano sobre la barriga.

—¿Se llamará Jesús?—preguntó Mandy en voz baja.

Michael estaba perplejo. Jamás se había imaginado una cosa así.

—El viento sopla donde quiere—dijo—; oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y adónde va.

Entonces el párroco le regaló a Mandy la breve guía para chicas jóvenes y mujeres encintas que la Iglesia ponía a su disposición, y a través de la cual él mismo sabía todo lo que sabía. A continuación, le dijo a Mandy que debía venir a las clases de instrucción y a la misa, que eso era lo más importante, tenía muchas cosas que recuperar.

Transcurrieron los meses. El otoño cedió paso al invierno, y las primeras nieves cayeron, cubriéndolo todo: los pueblos, el bosque y los campos. El invierno se extendió por la región, y el olor ácido de la madera quemada descendía hasta las calles.

Michael hacía largas caminatas por la región. Iba de pueblo en pueblo, y caminó otra vez a través del campo de remolachas, que ahora estaba helado, hasta la isla. Y una vez más se vio allí y alzó los brazos. Pero los árboles habían perdido las hojas, y el cielo estaba muy distante. Michael esperaba alguna señal. Pero no llegó ninguna: no había en el firmamento ninguna estrella que no hubiera estado allí antes; no había en el campo ningún ángel que le hablara, ningún rey, ningún pastor, ningún rebaño. Entonces se sintió avergonzado y pensó que él no era el elegido. La señal le llegará a ella, a Mandy, a ella se le aparecerá el ángel.

Todos los miércoles, Mandy acudía a la instrucción, para lo cual viajaba desde W. en su motocicleta; también venía todos los domingos a la iglesia. Su barriga crecía, pero su rostro se hacía cada vez más pequeño y pálido. Cuando acababa la misa, se quedaba en la iglesia hasta que todos se hubieran marchado; luego se sentaba junto a Michael en uno de los bancos y ambos charlaban en voz baja. El niño, decía la joven, debía venir al mundo en febrero. En Navidad, pensó Michael, en Pascua. Pero las Navidades llegarían pronto, y Pascua no sería hasta finales de marzo. Ya se vería.

En eso el ama de llaves asomó la cabeza a través de la puerta y preguntó si el señor párroco pensaba, por casualidad, comer el miércoles. Lo mucho que ella se esforzaba y como si nada, ningún elogio, nada, y al final él terminaba dejando la mitad de la comida. Michael le dijo que Mandy se quedaría a comer, que había suficiente comida para dos. Incluso para tres, dijo el párroco, y ambos sonrieron tímidamente.

—No, si ahora mismo podríamos abrir un mesón—dijo el ama de llaves al poner el segundo cubierto. Estampó con rabia la olla en la mesa, y desapareció sin decir palabra ni desearles buen provecho.

Mandy le contó al párroco que su padre la atormentaba con preguntas acerca de quién era el padre del bebé, y se ponía furioso cuando ella le respondía que había sido el amado Dios en persona. No, él no le pegaba. Sólo le daba alguna que otra bofetada. Y a su madre también, dijo la joven. Quería marcharse de casa. Mandy y Michael comieron en silencio. El párroco no comió mucho, pero Mandy se sirvió dos veces.

—¿Te  gusta?—preguntó el sacerdote.

Ella asintió y se ruborizó. Entonces el párroco le dijo que podía venir a vivir a la casa parroquial, que había sitio suficiente. Mandy lo miró con temor.

—Eso no puede ser—dijo el ama de llaves. Michael guardó silencio—. Antes me marcho.

Michael seguía sin decir nada. Cruzó los brazos. Pensó en Belén. «Esta vez no», pensó. Y aquella idea lo hizo más fuerte.

—Yo me marcho—repitió el ama de llaves, a lo que Michael asintió lentamente.

«Tanto mejor», pensó. Michael ya sospechaba que esa ama de llaves había sido comunista o cualquier otra cosa. Siempre decía que no era más que un ser humano; además, se llamaba Karola, un nombre pagano. Él ya había oído las historias acerca de ella y de su antecesor, que había estado casado: y se comentaba que lo hacían en la sacristía, para colmo. No iba a permitir que esa mujer le hiciera ninguna recriminación. Eso, en primer lugar. Además, tampoco cocinaba bien.

El ama de llaves desapareció en la cocina, y luego desapareció también de la casa, porque aquello no era justo ni decente. Entonces Mandy se vino a vivir a la parroquia: se convirtió en la nueva ama de llaves, así lo hablaron y lo acordaron con sus padres. Hasta le pagaban. Pero Mandy ya estaba en el quinto mes de embarazo, y su barriga había crecido tanto que la joven resoplaba como una vaca cuando subía las escaleras, al punto de que Michael tuvo miedo de que pudiera pasarle algo al niño el día en que tuvo que sacar las pesadas alfombras fuera de la casa.

Un día que Michael regresaba de una de sus caminatas, vio a Mandy sacudiendo las alfombras delante de la casa parroquial. Entonces reprendió a la joven y le dijo que debería cuidarse un poco más, y el propio párroco se encargó de meter las alfombras en la casa, aun cuando apenas estaba en condiciones de hacerlo. Porque su cuerpo no era muy fuerte. «En Navidad tiene que estar todo limpio», dijo Mandy. Eso alegró a Michael, le pareció que se trataba de una buena señal. Por lo demás, no había encontrado demasiada fe en la joven, aun cuando ella juraba por la Virgen y estaba firmemente convencida de que su hijo sería un Niño Jesús, como ella misma solía decir. También dijo que ella era protestante. Pero la verdad es que no lo era demasiado. A Michael le habían entrado sus dudas. Se avergonzaba de ellas, pero esas dudas estaban ahí, y envenenaban su amor y su fe.

A partir de ese momento, Michael empezó a hacer él mismo todas las labores domésticas. Mandy, sin embargo, cocinaba para él, y ambos comían juntos en el oscuro comedor, sin hablar mucho. Por las noches, Michael trabajaba hasta muy tarde. Leía la Biblia, y cuando escuchaba que Mandy había salido del cuarto de baño, esperaba cinco minutos, pues en ese momento no podía trabajar por la alegría que sentía. Entonces tocaba a la puerta de la habitación de Mandy, y la joven le gritaba: «Entre, entre». Y allí estaba ella, tumbada en la cama, con la manta subida hasta el cuello. Él se sentaba a su lado, le colocaba la mano en la frente o sobre la manta, en el sitio donde estaba la barriga.

En una ocasión Michael le preguntó a Mandy acerca de sus sueños: a fin de cuentas, estaba esperando una señal. Pero Mandy no solía soñar, según le dijo la propia chica. Por lo tanto, le preguntó si era cierto eso de que jamás había tenido ningún novio ni algo parecido, si nunca había encontrado sangre en la ropa de cama. «No durante el período», dijo el párroco, que al instante se sintió muy extraño al verse hablándole de ese modo a la joven. «Si ésta es la nueva madre de Dios—pensaba—, ¿cuál es, entonces, mi papel?». Mandy no tenía respuesta para eso. Lloró y preguntó al párroco si no le creía. Él colocó la mano sobre la manta, y sus ojos se humedecieron. «Mirad qué gran amor nos ha dado al hacer que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad—dijo Michael—. Si el mundo no nos conoce, es porque no lo ha conocido a Él».

—¿Quién es Él?—preguntó Mandy.

En una ocasión ella retiró el cubrecama y él la vio allí, tumbada ante él, vistiendo sólo su camisón transparente. La mano de Michael estaba otra vez sobre la manta, y él la había alzado, y ahora flotaba en el aire, sobre la barriga de Mandy.

—Se mueve—dijo Mandy, al tiempo que tomaba la mano del párroco con las suyas y la colocaba sobre su barriga; la apretaba hacia abajo con tal fuerza, que Michael no podía alzarla, y su mano permaneció allí, larga y pesada como un pecado.

Pasó la Navidad. En Nochebuena, Mandy había ido hasta la casa de sus padres, pero al día siguiente ya estaba de regreso. No había mucha gente en la iglesia. En el pueblo se decían cosas sobre ella y sobre Michael, se enviaron cartas al obispo, y otras cartas regresaron. Se había producido una llamada telefónica, y un hombre de confianza del obispo había viajado hasta el pueblo un domingo, y había comido y hablado con Michael. Ese día, Mandy comió en la cocina. Estaba muy nerviosa, pero cuando el visitante se marchó, Michael le dijo que todo estaba bien: según Michael, el obispo sabía que en ese sitio había muy mala sangre, y que algunos comunistas todavía luchaban contra la Iglesia, sembrando la discordia.

A medida que pasaba el tiempo, el niño crecía, y la barriga de Mandy, por lo tanto, se hacía también cada vez más voluminosa, aun cuando Michael, desde hacía bastante tiempo, pensara que ya no podría crecer más. Era como si la barriga ya no perteneciera a aquel cuerpo. Y por eso Michael seguía poniendo su mano sobre aquel niño en gestación y se sentía dichoso.

El susto llegó cuando Michael, una tarde, salió de nuevo a una de sus habituales caminatas y se dio cuenta de que había dejado el libro en casa. Se dio la vuelta y regresó a la parroquia media hora después. Entró sigiloso, y sigiloso subió las escaleras. Mandy solía dormir a menudo durante el día, y si ahora estaba durmiendo, él no quería despertarla. Pero cuando entró en su habitación, Mandy estaba allí, desnuda: estaba de pie delante del gran espejo empotrado en la puerta del armario ropero. Y por eso la joven pudo verse de costado en el espejo y también vio que estaba delante de Michael, que podía verlo todo. Mandy, sin embargo, lo había oído llegar, y se volvió hacia él, y ambos se miraron tal cual eran.

—¿Qué estás buscando en mi habitación?—preguntó Michael, al tiempo que confiaba en que Mandy se cubriera con las manos, cosa que la chica no hizo. Sus manos colgaban a ambos lados de su cuerpo, como las hojas de un árbol. Apenas se movían. Ella dijo que en su habitación no tenía espejo, y que había querido contemplar cómo le había crecido la barriga. Michael se acercó a Mandy para no tener que mirarla, y entonces las manos del párroco tocaron las de la joven, y Michael ya no pensó en nada más, porque estaba con Mandy y ella estaba con él. Y entonces la mano de Michael se posó sobre ella como si se tratase de una recién nacida: y salió el animal de aquella herida.

A continuación, Michael se quedó dormido, y cuando despertó, pensó: «Dios mío, qué he hecho». Mientras yacía en el lecho, encogido, cubría con la mano su pecado, que era grande. La sangre de Mandy era su testimonio y su prueba, y sólo le asombraba que los elementos del mundo no quedaran hechos cenizas, o que el cielo no se desplomara y se abriera sobre él para fulminarlo y castigarlo con un rayo o con cualquier otro medio. Sin embargo, nada sucedió.

El cielo también se abrió un día en que Michael caminaba por la alameda flanqueada de árboles, a lo largo de la carretera que iba hasta W. Quería ir hasta la isla situada en medio del campo, y caminaba con paso rápido, tropezando con los surcos helados. Mandy dormía cuando él salió de la casa, esa Mandy que él había acogido.

Michael llegó y se sentó en la nieve. Sencillamente, ya no podía sostenerse en pie a causa del cansancio, la tristeza y la sensación de estar perdido. Se quedaría en aquel lugar, no se marcharía de allí jamás. Lo encontrarían ellos, el campesino y aquella mujer, cuando cometieran allí sus pecados primaverales.

Oscurecía y hacía frío. Era de noche. Y Michael seguía sentado allí, en la isla, sobre la nieve. La humedad atravesó su abrigo, y él titiritaba de frío a medida que su cuerpo se enfriaba. «No nos permitas amar con palabras—pensó—, ni con la lengua, sino con los hechos». Así lo había guiado Dios hasta Mandy, y había guiado a Mandy hasta él: para que se amasen. Porque ella no era ninguna niña, tendría unos dieciocho o diecinueve años. ¿Acaso no se decía que ningún hombre lo sabría? ¿No se decía que el día llegaría como un ladrón? Por lo tanto, Michael pensó: «No puedo saberlo. Y si ha sido voluntad de Dios que ella conciba a Su Hijo, entonces también ha sido voluntad Suya que lo concibiera de él, porque, ¿acaso no era él una obra y una criatura de Dios?».

A través de los árboles, Michael sólo veía un par de estrellas aisladas. Pero cuando se alejó de aquella parte cubierta y se adentró en el campo, vio todas las estrellas que alguien puede ver en una noche fría, y, por primera vez desde que estaba allí, no tuvo miedo de ese cielo. Se sintió feliz de que el cielo estuviera tan distante, y de que él mismo fuera tan pequeño en aquel campo infinito. Le alegró que Dios tuviera que mirar dos veces para verlo.

Pronto estuvo de regreso en el pueblo. Los perros ladraban, y Michael lanzó piedras contra los portones de entrada de las granjas y ladró él mismo, imitando a los canes, sus estúpidos ladridos y aullidos, y el párroco se rió a carcajadas cuando los perros se pusieron fuera de sí a causa de la rabia y del brío con que ladraban: el propio Michael estaba totalmente fuera de sí.

En la parroquia la luz estaba encendida, y cuando Michael entró, sintió el olor de la comida que Mandy había preparado. Y mientras él se quitaba los zapatos mojados y el pesado abrigo, ella apareció en la puerta de la cocina y lo miró con temor. Había bajado la temperatura, le dijo Michael, y ella le dijo que la cena estaba lista. Entonces Michael se acercó a Mandy y la besó en la boca. ¡Cómo sonreía él! Durante la cena, sin embargo, ambos estuvieron sopesando un nombre para el niño, y luego pensaron en un segundo. A modo de buenas noches, se tomaron de la mano y cada uno se fue a su habitación.

Dado que en enero hizo cada vez más frío y la vieja casa parroquial apenas podía caldearse, Mandy, una noche, se trasladó de la habitación de invitados a la del dueño de la casa. Llevaba su manta delante y se acostó junto a Michael, que se apartó a un lado sin decir una palabra. Y esa noche, y la siguiente, ambos yacieron en la misma cama, aprendiendo a conocerse cada vez mejor y a amarse: y Michael lo vio todo, y Mandy no se avergonzó.

Pero ¿era aquello un pecado? Quién quería saberlo. ¿Acaso Mandy no había dado fe, con su sangre, de que aquel niño que crecía en su vientre era un hijo de Dios, un hijo de la pureza? ¿Podía existir lo puro en lo impuro?

Y cuando Michael ya no creía que su palabra llegara a los hombres y a los comunistas de aquel pueblo, el milagro que se había obrado les llegó, y nadie pudo decir cómo esas mismas gentes llegaron hasta su puerta y llamaron, llegaron sin decir grandes palabras, portando en sus manos lo que tenían. La vecina trajo un pastel. Ella misma lo había horneado, dijo, y era tan fácil hacer uno como hacer dos. También preguntó si Mandy se las arreglaba bien.

Otro día vino Marco, el mesonero, y preguntó cuánto tiempo faltaba. Michael le pidió que pasara y llamó a Mandy y le preparó un té en la cocina. Entonces los tres se sentaron, en silencio, sin saber qué decir. Marco había traído una botella de coñac y la puso delante de él, sobre la mesa. Sabía, dijo, que eso no era lo correcto para un niño pequeño, pero tal vez si un día le daba tos… Entonces quiso que le explicasen, y cuando Michael lo hizo, Marco miró a Mandy, incrédulo, y miró también su barriga. Preguntó si era seguro, y Michael le dijo que ningún hombre lo sabía, ninguno podría saberlo. Porque es muy poco probable, dijo Marco. Entonces tomó de nuevo el coñac entre sus manos y contempló la botella. Parecía dudar, pero luego colocó otra vez la botella encima de la mesa y dijo que era tres estrellas, lo mejor que podía conseguirse en aquel sitio. No era el que se les servía a los clientes. Entonces Marco se cohibió un poco y se levantó, y luego se rascó la cabeza. «En el verano paseaste conmigo en la motocicleta», dijo, riendo. Vaya cosa. Se habían bañado en el lago, toda la pandilla lo hizo, fue cerca de F. Quién lo habría imaginado.

Cuando Marco se marchó, apareció en el jardín la señora Schmidt, que traía lo que había tejido para el niño. Con ella había venido, desde la residencia de ancianos, la enfermera Ulla, a la que Michael había considerado una comunista. Ella también traía algo, un juguete, y quiso que Mandy la tocara.

Y así fueron viniendo uno tras otro. La mesa del salón estaba cubierta de regalos, y en el armario había unas diez botellas de aguardiente, o tal vez más. Los niños trajeron dibujos de Mandy y del niño, y a veces también aparecía en ellos Michael, y también un asno y un buey.

Pronto vino también gente desde W. y de otros pueblos de la región, gente que quería ver a la futura madre para pedirle consejo sobre sus nimios asuntos. Y Mandy ofreció su consejo y su consuelo, y en ocasiones bastaba sólo con que posara su mano sobre el brazo o la cabeza de una de esas personas, sin decir nada. Y fue así como ella se fue volviendo silenciosa y seria, al extremo de que el propio Michael empezó a verla de una manera nueva y distinta. Y todos hicieron lo que había que hacer. En el pueblo, sin embargo, se olvidaron en esos días de algunas disputas, y hasta los perros parecían ahora menos salvajes cuando Michael caminaba por las carreteras, y en algunas casas habían colgado de nuevo, en puertas y ventanas, las guirnaldas y las coronas de la Fiesta de Cristo. Y es que había tal alegría en todo el pueblo, que parecía que se avecinaran las Navidades. Todos lo sabían, pero nadie lo dijo.

Una vez vino incluso el doctor Klaus para comprobar que las cosas iban bien. Pero cuando llamó a la puerta, Michael no le abrió. Estaba arriba, en la planta superior, sentado junto a Mandy. Y se quedaron tan quietos como niños, mirando por la ventana, hasta que vieron que el médico se marchaba.

Al día siguiente, Michael fue hasta W. para ver al médico. Éste le sirvió aguardiente y le preguntó cómo iban las cosas con la tal Mandy. Michael no bebió el aguardiente. Solamente dijo que todo estaba bien, que no necesitaban ningún médico. ¿Y aquellas historias? «El que es de la tierra es terreno y habla como terreno», dijo Michael. «Da igual como sea. Ese niño nacerá en la tierra y no en el cielo. Y si necesitáis ayuda, llamadme, y yo iré». Entonces se dieron la mano y no dijeron nada más. Pero Michael regresó al pueblo y a la residencia de ancianos, a ver a la enfermera Ulla, porque ella había dado a luz a cuatro hijos y sabía cómo era. Y Ulla le prometió que prestaría su ayuda cuando llegara la hora.

Y cuando llegó febrero, llegó la hora. Y el niño nació. Michael estuvo junto a Mandy y también estuvo la enfermera Ulla, a la que Michael había mandado llamar. Y cuando se divulgó la noticia, la gente del pueblo se reunió en la calle y esperó tranquilamente a que sucediera. Ya estaba oscuro cuando sucedió; el niño nació y la enfermera Ulla salió a la ventana y lo alzó delante de todos, para que los de fuera pudieran verlo. Pero era una niña.

Michael estaba sentado junto al lecho de Mandy, sostenía su mano y contemplaba a la niña. «No es hermosa», dijo Mandy, pero lo había dicho en tono de pregunta. Y entonces la hermana Ulla le preguntó a la madre adónde pensaba ir ahora con el niño, si ya no podía ser el ama de llaves del párroco a cambio de dinero. Entonces Michael dijo: «La esposa pertenece al esposo», y besó a Mandy de tal modo que la hermana Ulla pudiera verlo. Y ella se lo contó más tarde a todos: que la promesa había sido dada.

Y puesto que el niño ya no podría llamarse Jesús, le dieron por nombre Sandra. Y si la gente en el pueblo creía que ese niño había nacido para ellos, entonces era igualmente bueno que fuera una niña. Y todos se mostraron satisfechos y contentos.

El domingo siguiente la iglesia se llenó como hacía tiem- po no se llenaba. En el primer banco de todos estaba sentada Mandy con la niña. Sonó el órgano, y cuando hubieron acabado de tocarlo, Michael subió al púlpito y habló así:

—No sabemos ni podemos saber si es éste el niño que el mundo ha esperado tanto tiempo. Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá como el ladrón en la noche. Hermanos, vosotros no vivís en la oscuridad para que ese día pueda sorprenderos, como el ladrón. Porque los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, se emborrachan de noche. Por el contrario, nosotros, hijos del día, seamos sobrios. —Y luego dijo—: Lo que nace de la carne, es carne. Y lo que nace del espíritu, es espíritu. Pero nosotros, queridos míos, somos desde ahora hijos de Dios.


*Este cuento fue publicado en: Wir fliegen de Peter Stamm. © S. Fischer Verlag Frankfurt am Main 2008. 

*Traducción © José Aníbal Campos, 2010.

*Edición en español © Quadernos Crema, 2010, S.A. (Acantilado, Barcelona, España).

—No quiero saber nada más —dijo el hombre que no quería saber nada más.

El hombre que no quería saber nada más dijo:

—No quiero saber nada más.

Eso se dice rápido.

Eso se dice rápido.

Y sonó el teléfono.

Y en vez de arrancar el cable de la pared, que es lo que tendría que hacer, puesto que no quería saber nada más, agarró el auricular y dijo su nombre.

—Buenos días —dijo el otro.

Y el hombre también dijo:

—Buenos días.

—Hoy hace un buen día —dijo el otro.

Y el hombre no dijo: «No quiero saberlo», dijo:

—Sí, es verdad, hoy hace muy buen día.

Y luego el otro dijo algo más.

Y él colgó el auricular y se enfadó mucho porque ahora sabía que hacía buen tiempo.

Entonces arrancó el cable de la pared y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, y lo olvidaré.

Eso se dice pronto.

Eso se dice pronto.

Entonces al otro lado de la ventana brilló el sol, y si el sol brilla al otro lado de la ventana, uno sabe que hace buen día. El hombre cerró los postigos, pero el sol se colaba por las rendijas.

El hombre tomó algo de papel, tapó los cristales de la ventana y se sentó a oscuras.

Estuvo así sentado un buen rato, llegó su mujer, vio los cristales tapados y se asustó.

—¿Qué significa eso?

—Es para impedir que llegue el sol —dijo el hombre.

—Entonces no tienes luz —dijo la mujer.

—Es un inconveniente —dijo el hombre—, pero es mejor así, porque si no tengo sol, no tengo luz, pero por lo menos así no sabré que hace buen tiempo.

—¿Qué tienes en contra del buen tiempo? —preguntó la mujer—. El buen tiempo levanta el ánimo.

—No tengo nada en contra del buen tiempo, no tengo nada en contra del tiempo. Sólo que no quiero saber qué tiempo hace.

—Por lo menos enciende la luz —dijo la mujer, y se dispuso a encenderla, pero el hombre arrancó la lámpara del techo y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, ya no quiero saber que se puede encender la luz.

Su mujer rompió a llorar.

Y el hombre dijo:

—Es que no quiero saber nada más.

Como su esposa no lo entendía, dejó de llorar y dejó a su marido a oscuras.

Y ahí se quedó él durante mucho tiempo.

Las visitas preguntaban a la mujer por su marido, y ella les explicaba:

—Es así, está sentado a oscuras y no quiere saber nada más.

—¿Qué es lo que no quiere saber? —preguntaba la gente, y la mujer respondía:

—Nada, no quiere saber absolutamente nada más.

No quiere saber más qué es lo que ve: es decir, qué tiempo hace.

No quiere saber más qué es lo que oye: es decir, qué dice la gente.

Y no quiere saber más qué es lo que sabe: es decir, cómo se enciende la luz.

—Es así —dijo la mujer.

—Ah, es eso —decía la gente, y ya no iban más de visita.

Y el hombre seguía sentado en la oscuridad.

Y su mujer le llevaba la comida.

Y ella le preguntaba:

—¿Qué es lo que ya no sabes?

Y él decía:

—Sigo sabiéndolo todo.

Y se sentía muy triste por saberlo aún todo.

Entonces su mujer intentaba consolarlo y decía:

—Pero no sabes qué tiempo hace.

—No sé qué tiempo hace —contestaba el hombre—, pero sigo sabiendo qué tiempo puede hacer. Aún recuerdo los días de lluvia, y los días soleados.

—Lo olvidarás —decía la mujer.

Y el hombre decía:

—Eso se dice rápido. Eso se dice rápido.

Y se quedó en la oscuridad, y su esposa le llevaba a diario la comida, y el hombre miraba el plato y decía:

—Sé que son patatas, sé que eso es carne, y conozco la coliflor; nada sirve de nada, siempre lo sabré todo. También sé cada palabra que digo.

Y cuando la vez siguiente la mujer le preguntó:

—¿Qué sigues sabiendo?

Él contestó:

—Sé mucho más que antes, no sólo sé cómo es el buen tiempo y el mal tiempo, ahora también sé cómo es que no haga ningún tiempo. También sé que cuando la oscuridad es absoluta, luego nunca es lo bastante oscuro.

—Pero hay cosas que no sabes —dijo su mujer, que hizo ademán de irse y cuando se detuvo, dijo—: Por ejemplo, no sabes cómo se dice «buen tiempo» en chino.

Siguió andando y cerró la puerta.

Entonces el hombre que no quería saber nada más empezó a reflexionar. Era cierto que no sabía chino, y no le servía de nada decir «tampoco quiero saber eso más», porque eso no lo sabía.

—Primero tengo que saber qué es lo que no quiero saber —exclamó el hombre, que destapó la ventana y abrió los postigos, ante la ventana llovía, y se quedó mirando la lluvia.

Luego fue a la ciudad a comprar libros de chino, regresó y estuvo semanas sentado con esos libros y pintando caracteres chinos en papel.

Si tenían visitas y preguntaban a su mujer por su marido, ella decía:

—Pues es así, ahora aprende chino, es así.

Y la gente no iba más de visita.

Sin embargo, se tardan meses y años en aprender chino, y cuando por fin lo consiguió, dijo:

—Pero aún no sé suficiente. Tengo que saberlo todo, así luego podré decir que ya no quiero saber todo eso.

Tengo que saber cómo sabe el vino, cómo sabe el bueno y el malo.

Y cuando coma patatas, tengo que saber cómo se cultivan.

Tengo que saber cómo es la luna, porque cuando la veo hace tiempo que no sé cómo es, y tengo que saber cómo se llega a ella.

Y los nombres de los animales también tengo que saberlos, y cómo son, qué hacen y dónde viven.

Se compró un libro sobre caniches, otro sobre gallinas, otros sobre los animales del bosque y uno sobre insectos.

Luego se compró un libro sobre el rinoceronte indio.

Y el rinoceronte indio le pareció bonito.

Fue al zoo y allí lo encontró, en un gran cercado, sin moverse.

Y el hombre vio con claridad que el rinoceronte intentaba pensar, intentaba saber algo, y vio el esfuerzo que le costaba.

Y cada vez que al rinoceronte se le ocurría algo, salía corriendo de alegría, daba dos, tres vueltas al cercado y entre tanto olvidaba lo que se le había ocurrido, luego se quedaba quieto mucho rato, una hora, dos horas, y cuando se le volvía a ocurrir algo salía corriendo de nuevo.

Y como siempre salía corriendo un poco demasiado pronto, en realidad no se le ocurría nada.

—Me gustaría ser un rinoceronte —dijo el hombre—, pero ya es demasiado tarde.

Luego se fue a casa y se puso a pensar en su rinoceronte.

Y ya no habló de nada más.

—Mi rinoceronte —decía—, piensa demasiado lento y sale corriendo demasiado pronto, y está bien así.

Y entre tanto se le olvidaba que quería saberlo todo para no querer saberlo más.

Y volvió a llevar la vida de antes.

Sólo que ahora además sabía chino.


*Este cuento fue publicado en: Kindergeschichten by Peter Bichsel. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1997.

*Imagen: Joana Keler

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es allí de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Recintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles toca eternamente música sagrada y entona himnos de alabanza al Buda Tathagata. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. Éstos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa.)

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de «El Portal de Inspección» se nos enseña que, visto y considerado que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de «imaginación exterior» y, luego, en engrandecerlos continuamente. El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. Presumiendo que el yojana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como «Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda»; y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual, era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía sentir una gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo; estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venía de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña, una dama de la Corte del distrito Kyögoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato, se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporal compuesto de carne perecedera. Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo las sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza serviría para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jödo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. Tanto más sorprendente era entonces el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser correspondido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. La dama recordó frases tales como «mi amor perdido y sin esperanzas» que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchas sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos, que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera que sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido, quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. Esto le producía una alegría especial, seguramente porque lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente, era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial una criatura de carne y hueso, ni tampoco una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. La Gran Concubina Imperial de Kyögoku se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la cortesana se volvía tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues a imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del Lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenía una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyögoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuanto veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella «desilusión profundamente arraigada» de la que hablan las sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyögoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

«El Gran Sacerdote», se dijo, «tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo.» Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Gayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada. Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella transmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde fuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semipenumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llevó a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyögoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las kalavinkas. Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte —y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada.

Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyögoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de las sutras.


*Este cuento fue publicado en: La perla y otros cuentos, Siruela, 2008.

Conmigo, en mi piso, en estas tres habitaciones ordenadas y bonitamente arregladas que son exclusivamente de mi propiedad, vive un niño pequeño que me tortura. No logro sacármelo de encima, a tal punto que a esta altura hemos quedado unidos. Pero bien que me gustaría tomarlo, a este pequeño niño demasiado liviano, que casi desaparece de tan ínfimo, bien que me gustaría tomarlo y sentarlo delante de la puerta, o mejor arrojarlo con toda mi fuerza contra mi pared blanca, para ver y asegurarme del todo que se haga añicos contra ella.

Pero no tengo el coraje. Desde que el niño vive conmigo, bebe de mis tazas, se mete hasta en el último rincón de mi cama o se sienta en mi cocina sobre el vano de la ventana a sorber leche y me mira, mientras bambolea las piernas y no hace más que mirarme sin decir nada, ni una palabra que aclare la situación, y yo entonces –con demasiada frecuencia, lamentablemente ocurrió con demasiada frecuencia, deben haber sido como cuatro o cinco veces– y yo entonces de pura desesperación le grito, quiero llegar hasta él bramando “¡vete, desaparece, déjame de una buena vez en paz!”, y él se queda tranquilamente sentado y apenas si hace algún gesto, a lo sumo se ríe para sí: desde entonces que me torturo y no junto el coraje de desterrar a este horrible niño de mi piso. Lo cual tiene sus motivos.

El niño apareció un día de manera repentina y se sentó detrás de la puerta de la sala de estar. Retorcía sin cesar su pelo negro y desgreñado, que ocultaba grandes partes de la piel traslúcida de su rostro. Enseguida vi que necesitaba ayuda y no quise demorarnos con preguntas innecesarias. Todo su cuerpo temblaba y tenía la ropa raída. Lo alcé y enseguida las manos de ese cuerpo subalimentado me tomaron buscando mis hombros, me dejó perpleja la fuerza que estaba en condiciones de desplegar con sus enflaquecidas extremidades. Los grandes ojos negros no se apartaban ni un segundo de mí, me miraban fijo, por un breve instante sentí como si el niño quisiera treparse y meterse dentro de mi cuerpo, pero no había tiempo para mayores reflexiones o interrogatorios, pues a fin de cuentas el niño debía ser atendido.

En serio, mi temor era que el niño se descompensara en cualquier momento delante de mis ojos. El pequeño cuerpo estaba frío, la camisa gastada en los hombros, debajo de ella pude ver piel excoriada, que estaba roja y abierta frente a mí. Lo llevé a mi baño, y en todo el trayecto me estuvo mirando sin decir palabra, al tiempo que con el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda tiraba del hilo suelto de un botón del bolsillo de mi camisa.

Lo senté sobre un taburete y puse a llenar la bañera. Subió el vapor hasta empañar los azulejos. El niño había plegado las piernas, mantenía la cabeza agachada y miraba mis preparativos. Era necesario bañarlo. Me daban pena las heridas, que debían arderle de manera horrible, realmente me daban pena, casi diría que me dolían a mí, apenas si podía sostenerle la mirada al niño. Por eso evité mirarlo y me apresuré después a atenderle las heridas con una pomada, para luego vendarlas. Ahora el niño debía dormir.

Le tendí en la sala una cama realmente confortable y abrigada. Mientras extendía las sábanas, decidí que a la mañana siguiente tendríamos oportunidad de conversar sobre todas las cuestiones importantes. El niño estuvo parado durante todo ese tiempo detrás de mí, inclinándose ligeramente para asomarse desde atrás de mi pierna, a la que se mantenía casi aferrado. Tomé al niño, lo metí en la cama y lo tapé con la frazada. Antes de abandonar la habitación, me aseguré de que no entraran corrientes de aire frío por ningún ángulo, para lo cual recorrí varias veces la pieza de un lado al otro. Había algo de todo punto bonito en tener ahora compañía, pensé para mis adentros, y me fui a fijar si el niño no necesitaba más frazadas, tal vez incluso una bolsa de agua caliente. Pero el niño permanecía sentado allí, con la espalda derecha y apoyado contra la pared fría.

―¿Qué te pasa? ¿Necesitas alguna otra cosa? ¿Quieres tal vez ir de nuevo al baño? Solo debes decirlo, voy a intentar ayudarte todo lo que pueda en tus necesidades. Pero por favor, dime qué es lo que tienes. ¿Por qué me miras así? ¿Qué es lo que ocurre?

El niño seguía sentado en silencio. Alrededor de las comisuras de su boca se formó una pequeña sonrisa. Me seguía con los ojos, bajaba las pestañas a cada segundo y así pasaron minutos enteros. Empecé a entender.         

Entendí que evidentemente este niño miraba con desprecio todos mis esfuerzos. Ese pequeño paquete que me había hecho responsable de él sin que yo se lo pidiera, que realmente había tenido el descaro de usurparme a mí, a mi tiempo y a mi piso –o mejor dicho: de ocuparlos, precisamente porque era un paquete de aspecto tan desamparado– me miraba con desprecio y se reía de mí. No se reía del todo con la cara, ahí solo sonreía. Pero en su interior se reía de mí, de eso no cabía absolutamente ninguna duda. El niño reía con todo el desprecio que puede reunir una persona que ha padecido ese mismo desprecio desde siempre. Le deseé las buenas noches y me fui lo más rápido que pude de la pieza. Pero el niño no se durmió.

El niño no duerme nunca. Solo mira.

Me acosté entonces en mi cama, apagué la luz y quería cerrar los ojos y dormirme, como tengo la costumbre de hacer al final de cada día. Pero daba vueltas de un lado al otro, sudaba y corría las frazadas hacia un costado. La sangre daba vueltas en mis piernas. Luego me puse boca abajo, cosa que no hago nunca. Abrí los ojos y me quedé mirando la frazada. Después miré hacia un costado y ahí estaba el niño.

Estaba parado al lado de mi cama y me miraba con desprecio. Me enderecé.

―¿Qué es lo que pasa ahora de nuevo? Ya veo que no puedes conciliar el sueño. ¡Pero yo necesito dormir! ¡Al menos de noche debes dejarme en paz! Me imagino que entenderás que para mí es imposible cerrar siquiera un ojo si estás parado al lado mío y me miras con desprecio. ¿Qué es lo que pretendes con eso? Dime, ¿qué es lo que te causa risa? Te ríes de mi costumbre de acostarme tan temprano y de solo poder dormirme boca arriba, ¿tengo razón? Sobre eso solo puedo y quiero decir que me da completamente lo mismo lo que pienses acerca del asunto. Ocurre que tengo a mi cargo un puesto de mucha responsabilidad, para ejercer el cual debo descansar bien, a fin de no cometer errores. ¡Nunca! Nunca, ¿me oyes? Nunca en toda mi carrera hasta el presente, en estos quince años que llevo al servicio de la empresa, cometí ni un solo error de gravedad, y eso es algo que tengo todos los motivos para atribuir a la vida sana que llevo. Por lo tanto: ¡ahora realmente tengo que dormir!

Entretanto me había erguido en la cama y había apoyado mis manos en las caderas, con la idea de dejarle en claro al niño mi posición de una vez y para siempre. Delante de la ventana pasó un auto, la luz de los faros se quebró en la persiana y cayó en forma de rayas dentro de mi dormitorio, iluminando al niño por un breve momento. En esa luz vi que, al igual que yo, también él apoyaba ahora las manos en las caderas, sacaba la panza hacia adelante y la balanceaba ridículamente con el fin –y en esto estoy segura– de imitarme de la manera más infame y traicionera.

―Eso te parece ahora muy gracioso, ¿no es cierto? Te crees que con eso me darás inseguridad, pero no es el caso. No tengo nada que reprocharme bajo ningún aspecto y no tengo ni por lejos motivo alguno para asumir que tú pudieras tener el derecho a hacerme reproches. No es para nada así como tú lo piensas. Yo soy una persona muy distinta a lo que tú supones de mí. ¡Solo tienes que esperar! Ahora te irás a toda prisa a tu cama en la sala de estar, mientras que yo me preparo un té para después al fin poder acostarme a dormir. ¡Vamos, a la cama!

Me bajé de la cama y caminé a grandes pasos hacia la cocina. El niño saltó detrás de mí y se prendió a los pantalones de mi pijama, que por eso casi pierdo mientras seguí avanzando. Cuando volví a mirar hacia atrás, vi que el niño ya se había sentado sobre el vano de la ventana.

Aquella noche, el niño no volvió a dejarme en paz ni un segundo. La pasamos juntos en la cocina revolviendo en las tazas, caminamos de una punta a la otra del angosto pasillo, hicimos ambos lo mismo hasta que se hizo de día y más allá también. El niño no se apartó de mi lado.

En los días sucesivos, aprendí a conocerlo en todo su horror y maldad. La posibilidad de recibir visitas quedó descartada, porque el niño no las hubiera tolerado. A este niño, pensaba yo, y así lo expresaba cada una de sus miradas, le falta algo en los ojos, que estaban metidos bien adentro de su cabeza, ese delgado cráneo, y que siguen allí. La boca estaba casi siempre abierta, pues el niño sufría un hambre constante. Engullía todo lo que caía entre sus dedos huesudos. Nunca quedaba satisfecho y tampoco aumentaba de peso, aunque eso hubiera sido lo más urgente. No me quedó más opción que darle abundante alimento y me esforcé todo lo que pude en hacerlo. Le preparé cada una de las comidas que supuse que podrían gustarle y sobre todo que pudieran calmar su hambre. El niño consumía todo a la máxima velocidad. Absorbía el resto de los huesos, lamía los platos, nunca quedaba nada y jamás era suficiente. Si no lo miraba, si por el término de un instante dejaba de prestarle atención, enseguida quería vaciarme por completo todos los armarios. Una vez llegué a la cocina y lo encontré sentado prácticamente adentro de la caja para guardar el pan. Estaba a la espera y vi en sus ojos, esos agujeros de pura negrura, que lo que más hubiera querido era saltarme encima. Como un pequeño mono, quería subirse de un salto a mi cabeza y quedarse allí abrazado.

Desde que el niño vivía conmigo y simplemente no se iba, yo me preguntaba una y otra vez qué era lo que había tenido que ocurrirle para que estuviera tan famélico. Me preguntaba qué podía ser lo que le faltaba a ese niño.

Por qué estás tan famélico, le preguntaba entonces sin ninguna mala intención. El niño no respondía. Se limitaba a sonreír socarronamente y se acurrucaba más en sí mismo, abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez le preguntaba y cada vez me daba más la impresión como si yo –del que sin dudas se burlaba desvergonzadamente desde el inicio– como si yo cargara con toda la culpa por el estado famélico del niño y como si por eso fuera mi deber supremo, y más aún mi culpa, ocuparme de ese niño.

―Por favor, no hago otra cosa que ocuparme de ti y a fin de cuentas tengo derecho a saber cuál es la causa. Es incluso tu deber informarme sobre estas cosas. ¿Qué es lo que te hace reír de nuevo? ―le pregunté.

El niño se colocó sobre el vano de la ventana e imitaba mis gestos de manera pérfida y absolutamente humillante para mí. Si yo me agarraba la frente, él hacía lo mismo. Si yo respiraba fuerte, el niño respiraba fuerte. Tuve entonces que probar si realmente lo hacía adrede y me paré a modo de prueba sobre la pierna izquierda. Con cuidado, las tupidas cejas crispadas y en general juntando toda la fuerza que albergaba ese cuerpo flaco como un palo, el niño alzó su pierna izquierda hasta quedar parado solo sobre ella. Luego se rio, me miró lleno de orgullo y expresó su alegría, incluso su triunfo, por medio de un grito agudo.

Yo le grité:

– Deja ya. ¡Basta con eso!

El niño, con la cabeza enrojecida, mantuvo la posición por unos minutos. Apretaba los puños y parecía usar toda su energía para quedarse parado en una pierna, como yo antes. Sacudí la cabeza. Finalmente bajó la otra pierna, sacudiendo la cabeza él también, y me miró mal. Tan mal que tuve que retroceder un paso, pues de sus ojos salía punzante toda la carencia que había en ese niño para meterse dentro de mí, de modo que no me quedó más opción que alejarme, intuyendo en ese instante que el niño, con esa mala y espantosa carencia en el cuerpo, no podía hacer más que treparse dentro de mí y buscar allí lo que necesitaba, al menos para poder sobrevivir. Mi deber era buscar protección, pero también proteger al niño. De verdad, pues de lo contrario se hubiera muerto de inmediato.

Luego de alejarme por un breve espacio de tiempo encerrándome en el baño, el niño me rechazó por primera vez durante la cena la comida que yo le había preparado. Pero había sido solo un truco de su parte. Bien entrada la noche lo descubrí en un rincón, entre la puerta y el armario de la cocina. Agachado allí comía un trozo de carne cruda que había tomado de mi refrigerador. Al darse cuenta de mi presencia, alzó sus ojos negros, aún hambrientos, y me miró como si yo estuviera poniendo en peligro su vida y por eso quisiera quedarse con la mía. Otra vez pensé que quería entrar en mí a través de mis ojos. Pensé que ese niño quería ser mi vida, para al fin estar seguro. Corrí hacia el dormitorio, me acosté en la cama y me tapé la cabeza con la frazada. La presencia de ese niño se me hacía cada vez más intolerable. No solo que me seguía todo el tiempo, que reclamaba de manera constante mi atención y que enseguida estaba de nuevo parado junto a mi cama para desde allí mirarme con desprecio, no, al final ese niño logró incluso dormir únicamente cuando yo velaba por él, de modo que yo solo velaba.

Aquella tarde en que por el desconcierto me tapé con la frazada para al fin estar un poco a solas, el niño me sacudió la cabeza y tiró la frazada hacia un costado. Le grité y –tampoco quiero negarlo– en ese momento perdí la paciencia.

―¡A ver si desapareces de una buena vez! ¡Vete ya! Tengo que dormir, de lo contrario no puedo cumplir mis tareas con precisión. ¡Esfúmate ya mismo de mi pieza!

Bramé mi ruego hasta quedar sin voz. El niño me miraba. Me observaba en silencio, mientras que yo me aliviaba a los gritos. Gritaba con los ojos cerrados, de la bronca, pero también para rehuir las miradas del niño. Cuando volví a abrir los ojos, aun gritando, vi que el niño estaba tirado en el suelo y se había dormido. Enseguida me callé. Por un rato lo estuve observando. Luego, en silencio para no despertarlo, lo tomé en brazos y lo llevé a su cama. Lo puse bajo la frazada y le acaricié su pequeña frente blanca. Dormía. Con infinito alivio y alegrándome de antemano por poder dormir, giré y me fui a mi cuarto. Tras dar el primer paso, oí al niño respirando a mis espaldas, estaba parado descalzo sobre el suelo. Lo llevé de vuelta a su cama, lo cubrí con la frazada y me senté al borde del colchón hasta que se quedó dormido. No sé cuántas veces lo llevé de vuelta a su cama durante esa noche, lo tapé y me senté al borde del colchón hasta que se durmiera. No las conté, porque fueron incontables. Anduve toda la noche yendo de una habitación a la otra, pues no bien me ponía de pie, con el fin de alejarme del niño dormido y retirarme a hurtadillas hacia mi cama, volvía a tenerlo detrás de mí.

Esa noche quedó en evidencia que el niño solo podía dormir si yo velaba por él a su lado sin dejar de mirarlo, y que desde que vivía conmigo efectivamente no había dormido de verdad ni una sola vez. ¿Qué otra opción tenía más que velar por el niño?

En serio, de lo contrario hacía tiempo que se hubiera muerto.

Yo sacaba mis conclusiones. El niño no aumentaba de peso y solo dormía mediante mi intercesión. Por eso decidí pedirles ayuda a diferentes médicos. Porque el niño se negaba a ir conmigo (prefería vigilar la cocina y las provisiones) fui yo por mi cuenta y les expliqué el problema a los médicos. Con el cuerpo trasnochado, el ánimo sombrío y el rostro pálido, me senté en diferentes sillas frente a diversos escritorios y dije las palabras que traía preparadas, a sabiendas de que este caso no era fácil y que siempre existía la posibilidad de que los médicos no me entendieran. Decía:

―Vengo a verlo porque vive conmigo un niño que me está dando muchas preocupaciones. Está claro que este niño tiene algún tipo de insuficiencia muy básica y urgente. Tiene dificultades para dormir y por mucho que coma, no sube de peso. Puede creerme que he probado todo y no he ahorrado en esfuerzos. Por eso temo que pueda morirse. Me preocupa mucho y espero que usted pueda ayudarme.

Por el agotamiento que sentía, susurraba cada palabra por separado, inclinándome sobre el escritorio hacia los médicos por miedo a que se pudiera perder alguna de mis palabras. Los médicos asentían y hacían preguntas. Tomaban algunas notas, y mientras escribían alzaban una y otra vez la mirada hacia mí. Me preguntaban por mis hábitos alimenticios y de sueño. Primero pensé que se trataba de preguntas de rutina, pero seguían interrogándome sin necesidad alguna por mis hábitos. Desde mi punto de vista, se ocupaban demasiado poco del niño, que era a fin de cuentas la razón por la que había venido. Por eso no me quedó más opción que asumir que ponían en duda mi capacidad para ocuparme de él de la manera adecuada. Un médico, que además era un médico de aspecto muy desaliñado, que hacía por lo menos tres días que no se afeitaba, cuyo delantal no estaba almidonado y colgaba de su cuerpo descuidadamente y que exhibía con toda claridad orlas grises de mugre en su cuello, ese médico quiso incluso prescribirme una cura. De la indignación, pero también porque no veía escapatoria, me golpeé la frente contra la mesa, la alcé de nuevo y le espeté:

―¿Qué es lo que se imagina usted? ¿Quién se va a ocupar del niño si me voy a hacer una cura y por eso no puedo estar a su lado? Por favor, usted no parece entenderme. ¡No he venido por mí, sino porque me preocupa el niño!

El médico asintió y me recomendó tranquilizarme. Pero mi rabia frente a su incapacidad para darme un consejo competente era grande, de veras que me preguntaba cómo era posible que ese médico se presentase ante mí en tal estado de desaseo. Abandoné sin más el consultorio y me volví a toda prisa a casa a través del tránsito vespertino para estar con mi niño, con mucha furia por todas estas visitas a médicos que no habían arrojado resultado alguno.

Poco después de entrar en la vivienda, en rigor ya cuando estaba abriendo la puerta, supe que había pasado algo. En el pasillo, después de dar tan solo el primer paso, me tropecé con una lata de conservas vacía, una lata de hongos en conserva, como comprobé con fastidio. Si hubiera sido solo eso, seguro que lo hubiera dejado pasar. Pero todo el pasillo estaba lleno de paquetes, paquetes de comida vacíos, y entremedio había platos, cubiertos tirados en los rincones, y cuanto más iba avanzando tomándome de las paredes, aun sin poder creerlo, más cosas encontraba en mi camino. Al dormitorio ni quise entrar, tan alto era el obstáculo que formaba la pila de restos de paquetes. El corazón golpeaba en mi pecho, me golpeaba a mí, debajo el estómago se convulsionó y tuve que correr, tropezándome, hasta el baño. Noté que también aquí todo estaba lleno de basura, me abalancé sobre el inodoro y vomité. Desde el rabillo del ojo vi al niño sentado en el taburete. Los ojos bien abiertos y las piernas plegadas contra la panza, que con toda seguridad se había llenado poco antes, pensé, mientras que mi cuerpo me sacudía. Luego de recuperarme un poco, sentada entre jadeos sobre el borde de la bañera, pasé por delante del niño sin decir palabra y sorteando todo el desorden llegué a la cocina. Solo allí la catástrofe se hizo evidente en toda su dimensión. Los armarios estaban abiertos, los restos de paquetes se acumulaban hasta la altura de las rodillas. El niño había vaciado todos los armarios, los había vaciado y comido hasta la última provisión. Ahora sí que habíamos llegado a un límite. El niño se comportaba en mi casa como un ladrón y devoraba sin que nadie se lo pidiera mis provisiones de alimentos, además de dejar detrás de sí un desorden que no había habido nunca y que tampoco habría habido jamás, si este niño espantoso y malo no se hubiera colado entre las paredes de mi piso. Di algunas vueltas maldiciendo en voz alta y hasta pensé en mudarme en ese mismo momento. El niño me seguía mudo, sin que yo le prestara atención. Ni siquiera miraba en su dirección y empecé a ordenar, porque ya se había hecho tarde. Después de horas, en las que estuve levantando la basura habitación por habitación y limpié hasta el último rincón, al fin logré reestablecer el orden. Me dejé caer sobre la cama. El niño se paró al lado y empezó a retorcerse el cabello negro. De castigo hoy no recibiría comida. De mí no recibiría absolutamente nada más. Ni siquiera le deseé las buenas noches, sino que me metí debajo de la frazada y cerré fuerte los ojos. De veras supuse que me sería posible dormir.

Era un goteo, escuché claramente que goteaba. Me enderecé y miré a mi alrededor. El niño seguía inmóvil en el mismo lugar, junto al pie de mi cama. A pesar de que me insté a no hacerlo, no pude dejar de observarlo. Además, quería saber de dónde venía ese goteo, que golpeaba más rápido contra el suelo que mi corazón dentro de mí. Entonces vi que provenía de los ojos del niño. El niño permanecía allí impasible, derramando grandes lágrimas que goteaban sobre el suelo. Rápidamente me di vuelta hacia un lado e intenté dormir.

Cuando empezó a amanecer escuché un ruido nuevo. Venía de la puerta de entrada de la vivienda. Me levanté de un salto, avancé rápido por el pasillo y vi al niño estirándose para alcanzar el picaporte. El niño quería irse. Debajo del brazo sostenía su almohada y las sábanas que yo le había tendido sobre su cama. Sus ojos seguían goteando. Me apresuré a llegar a su lado y lo alcé en brazos. Así lo sostuve y aún lo sigo sosteniendo. Porque este niño será para siempre mi niño. Sea donde sea que vaya con el objetivo de compensar su carencia y al fin quedar satisfecho, jamás encontrará aquello que busca. Se queda aquí. Ya no me dejará dormir y comerá para siempre de mis provisiones.

Otoño de 2009

Fecha: Lun, 19 de agosto 20:41:42-0700 (PDT)

De: Henning

A: Servicio al cliente

Asunto: Vuestro microondas

To whom it may concern:

Estimadas damas y caballeros:

Escribo por un asunto que acaso parezca trivial, a primera vista brilla realmente por su intrascendencia, sobre todo porque yo sería el último que quisiera llamar la atención sobre su persona debido a un donut Krispy Cream natur congelado con relleno de vainilla y avellana libre de lactosa, o sea ese donut de Universalfood que el 6 de junio a las 18:34 horas descongelé según mi costumbre en solo treinta y cinco segundos para mi total satisfacción en vuestro microondas (Modelo: MagicWant single). Lo que con esto quiero decir de antemano es: soy consciente de que están ustedes ante tareas que no solo parecen más urgentes para los profanos, sino que, teniendo en cuenta la totalidad de los factores, efectivamente también lo son. Déjenme por lo tanto adelantarme a disipar cualquier malentendido: no anuncio aquí ninguna falla de funcionamiento en el mencionado microondas ni en ninguno de vuestros numerosos aparatos o aplicaciones en mi unidad residencial, todos los cuales cumplen con sus funciones de manera intachable, al menos yo parto de esa base (?). De ocurrir algún desperfecto técnico, la cosa estaría clara y se dejaría denominar con facilidad (¿y no habrían sido ustedes informados hace tiempo del defecto en cuestión, me refiero a que he sabido que los aparatos les envían a ustedes sus fallas de funcionamiento por sí solos, fallas que ustedes incluso pueden tal vez reparar a distancia, sin necesidad expresa de enviar a un especialista o un montador (?) en persona al lugar?). Me veo por lo tanto obligado a retrotraerme, intentaré ser lo más conciso posible, soy consciente (o al menos lo supongo, sin por eso querer poner en duda el alto grado de autonomía de vuestros aparatos) que el tiempo que le pueden dedicar a cada usuario individual es limitado (y a quién le digo que el tiempo es un recurso valioso si a fin de cuentas ustedes mismos lo dicen ya al principio de su mission statements, en tanto empresa con muchos años de experiencia, alternativamente hablan ustedes de datos que les garantizan a vuestros clientes, entre innumerables facilidades, sobre todo ahorros de tiempo, cada uno de los cuales puede que por separado sea escaso, pero que al sumarse se vuelve considerable –¿y no utilizan en este contexto incluso la palabra “revolución” y, seguramente queriendo hacer referencia con el compuesto al carácter pacífico del conjunto (?), “revolución hogareña”?–). (Si alguien se dirigiera a mí de manera directa sobre este asunto y me preguntara acerca de mis asociaciones –parto de la base de que en este asunto ya han examinado ustedes lo suficiente las costumbres y las preferencias de sus usuarios, al menos en esa dirección interpreto yo una publicidad reciente de su empresa–, pienso aquí en primera línea en vuestro sistema de cierre biométrico, en el refrigerador inteligente YourMaid con sus exclusivas aplicaciones para solicitar productos Universalfood, en la aspiradora robot DustDeath II, incluida su hermana gemela, la aspiradora de ventanas AlwaysOntheBrightSide, y sobre todo en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua, fácil sería continuar la lista, vuestra tostadora e-Sunbeam, que graba alternativamente sobre las tostadas el curso actual del día del DAX 30 o la presión arterial personal de la sístole y la diástole (o ambos superpuestos entre sí), sin dudas un juego de niños que raya en lo pueril pero que por la mañana siempre me confiere una silenciosa satisfacción).

Déjenme, pues, arribar al incidente, o digamos, mejor, describir las circunstancias, pues incidente sería en este contexto un concepto demasiado grande que podría despertar falsas expectativas, lo mismo que acontecimiento y aun suceso, tal vez podamos hablar simplemente de acaecimientos o de procesos (en los que participan varios factores, cuya precisa función y modo de funcionamiento permanecen para mí a menudo en las sombras, siendo por supuesto que yo como persona y actor encarno por fuerza uno de esos factores), sin que yo supiera distinguir entre causas y efectos con la nitidez que se requería en cada ocasión, cuando en la dicha tarde del 6 de junio regresé como de costumbre del trabajo a mi casa entre las seis y las seis y media. En la unidad residencial me instalé hace exactamente un año, el 1 de agosto, cosa que seguramente pueden deducir del perfil que han hecho de mí (al que, si no constituye un esfuerzo demasiado grande, me gustaría, dada la ocasión, poder echarle un vistazo, cosa que digo sin segundas intenciones, por pura curiosidad, que se refiere de manera exclusiva al formato de dicho perfil (¿se encuentra en forma de un protocolo, un acta o más bien un dosier?; ¿y debo imaginarlo como elaborado cronológicamente, tipológicamente o sinópticamente, como una historia de usuario o más bien como una biografía? Creo incluso haber leído hace poco un artículo cuyo autor afirmaba que el manejo de grandes montañas de datos convertía a los usuarios en verdaderos personajes de novela a lo Oliver Twist, solo que ahora a los lectores o recolectores de estos datos ya no les resultaba tan fácil diferenciar entre protagonistas ficticios y reales), tal vez influyen también motivos relacionados con la vanidad en esta solicitud de mi perfil, de ninguna manera quiero descartarlo, pero quizá hay allí conocimientos reveladores también para mí, cosa que solo menciono ahora y pienso en este momento por primera vez merced a estar dirigiéndome de todos modos a usted con este escrito), con gran expectativa y hasta el momento para mi total satisfacción. Como seguramente saben, entro a mi residencia al menos dos días por semana con una cierta impaciencia (pulso ligeramente elevado, respiración poco profunda, etc.) (y es realmente un gran alivio no tener que sacar del bolsillo el manojo de llaves. Yo era una de esas personas que cada vez debía buscar sus llaves en los innumerables bolsillos disponibles, en no pocas ocasiones la posibilidad de haberlas perdido me provocaba un repentino pánico, que a su vez derivaba en una producción más alta de sudor, primero en la zona baja de la espalda, luego en la nuca detrás de las orejas (el sudor no provenía por lo tanto de un agotamiento físico, sino –al menos en parte– de la idea de que mis vecinos, parados tras sus persianas, pudieran una vez más verme entregado, delante de mi propia puerta, a esta acción vergonzosa, por ser en última instancia torpe, y en esa torpeza involuntariamente infantil), aunque nunca he perdido las llaves en ya treinta y cinco años y a último momento siempre las he vuelto a encontrar en cada ocasión, para mi gran alivio, y sin dejar que se me notara nada). Cuando entro a mi unidad en estos días en un estado que sigue siendo de tensión interior (a veces me pregunto si los de afuera deducen de mi mirada un difuso sufrimiento) (aunque me resultaría desagradable la posibilidad de favorecer la sospecha de que padezco de incontinencia urinaria, podrá ser inofensiva y pese a todo es una maldición, pero no me puedo deshacer de esta proyección pese a las diferentes medidas de tipo meditativas que he tomado contra ella), las cosas se ven distintas que en los tiempos del manojo de llaves de metal. Ahora no hay, detrás de la impaciencia, nada más que la necesidad tan simple como instintiva de cerrar con traba tras de mí la puerta de mi unidad lo más rápido posible (lo que naturalmente ocurre en forma automática, solo que en el procedimiento de quitar la traba mi apuro lleva a veces a que se interrumpa el proceso de verificación, por lo que debo volver a dar un paso para atrás y avanzar de nuevo, siempre al ir para atrás cuento hasta cinco porque avanzar demasiado rápido lleva a demoras aún más grandes), a fin de excluir ese mundo al que ahora le doy la espalda al entrar en mi unidad y finalmente poder entregarme, tras un largo día, a la tranquilidad que para este momento ansío con tanta fuerza. Desde el principio, mi nueva unidad me ha proporcionado, también precisamente en este estado de ánimo, un importante sentimiento de felicidad, tal vez debido al gesto, al entrar en ella, de apoyar mi mano alrededor del picaporte biométrico, la cabeza ligeramente volcada hacia la nuca, a fin de mirar en el pequeño ojo de la cámara (que para mi gusto está colocada un poquito demasiado alta, pero ¿no ocurre en las películas futuristas, que yo miraba en mi juventud con gran devoción, que los protagonistas deben alzar la vista con un ligero giro de su cabeza hacia la izquierda o hacia la derecha? A veces también se me aparece intempestivamente la imagen de una mujer vieja que, con las manos juntas y la cabeza erguida como una actriz de cine, alza la mirada hacia la estatua de una santa en una de las iglesias católicas que visité de niño durante las vacaciones familiares junto a mis padres; de las visitas a las iglesia impulsadas por mi madre me ha quedado en el recuerdo, en vez de representaciones del cielo, solo la imagen de la mujer enana, aunque es seguro que hemos visto importantes frescos de techo (Miguel Ángel, etc.)). En definitiva, es sin dudas la suma y la constelación de los numerosos pequeños gestos e impresiones sensoriales las que generan una simple liberación de dopamina que me confiere la tonta pero feliz sensación de estar abordando una nave especial (¿y qué podría conllevar una promesa de libertad más grande que la fantasía, al final del día, con el trabajo realizado, de entrar a una nave espacial para deslizarse hacia las silenciosas vastedades del universo exterior y verse suavemente eximido de todas las míseras preocupaciones del día a día?) (Si la información que manejo es correcta, ¿no tiene vuestra empresa una participación como inversora en una empresa que busca, con visionario ahínco, concretar en un futuro cercano el viaje privado a la luna y a marte?) (Las películas documentales, así como también las novelas –no sé si también en esto están ustedes enterados de mis preferencias, en cuyo caso no necesito mencionarlo especialmente– que se ocupan del tema de los viajes a marte y a otros planetas con todas sus facetas, aún son una de mis grandes pasiones). En una palabra, entro a mi unidad con gusto y con grandes expectativas, además siento claramente su potencial, así como la liberación, que se funda en una concentración en lo esencial (como se dice de vuestros productos) que me proporciona la vida (¿y no le tiene que pasar algo parecido a otras personas?) con la nueva unidad residencial. Si sigo entrando a la unidad residencial en un estado de tensión interna, eso no se debe a vuestros aparatos automáticos, al contrario, soy yo quien trae el peso y la exaltación del mundo exterior hacia adentro de mi unidad, resumiendo: hablo de mi hambre voraz (que se restringe a los alimentos dulces, tal vez mejor hablar por eso de apetito más que de hambre, porque hablar de un así llamado trastorno por atracón (TA), tal como está enlistado entre otros en el DSM y en el ICD-10, sería ir decididamente demasiado lejos en este caso, que no es, para decirlo con toda claridad, ninguno de tipo clínico), que probablemente se relaciona de manera subyacente con la necesidad de aislamiento mencionada más arriba, aun cuando yo no posea, acerca de la conexión entre ambas sensaciones, aquí el apetito, allí la reclusión, ningún saber técnico (hasta ahora no he sabido de ningún estudio especializado que se aboque a este fenómeno, y los únicos detalles que se me ocurren en este sentido, y que podrían aportar a un entendimiento más profundo, conciernen a mi época escolar. Ya por aquel entonces me contaba yo entre los primeros en abandonar el edificio de la escuela no bien finalizaba la clase y apuraba el paso en mi camino directo hacia el hogar, en lo que de hecho era más bien una precipitación, a fin de replegarme otra vez entre las cuatro paredes propias tras haberme visto incorporado, como resulta inevitable, a una estructura social, todo esto en lugar de por ejemplo permanecer con los compañeros de clases en los peldaños de las escaleras, ir a comprar en los kioscos figuritas autoadhesivas o golosinas pegajosas tomadas de grandes recipientes bien surtidos o incluso dar vueltas junto a ellos por la ciudad).

Lo cierto entonces es que en esos por lo general dos, a veces tres y solo muy raramente (sí, se trata siempre de semanas en las que las situaciones sociales me provocan un difuso agotamiento que va más allá de lo normal y al sobrepasar toda medida repercuten sobre mis humores) cuatro días a la semana me precipito hacia la cocina no bien ingreso en mi unidad, aun cuando se oponga a mi costumbre y más aun a mi sentir higiénico esto de ingresar a mi residencia, y sobre todo a la cocinita, en zapatos de calle y con la chaqueta puesta. Sin demoras abro el cajón del congelador (a menudo da la impresión de que lo arranco, pero esto solo es provocado por los rebordes de goma de la puerta del congelador que muy de mala gana se separan del metal ligero de la estructura de la nevera y que por lo tanto obligan a un uso adecuado de la fuerza), retiro una bolsa de congelados del cajón del congelador y de la bolsa tomo dos donuts, uno de los cuales pongo a descongelar de inmediato en vuestro microondas. En los treinta y cinco segundos en los que vuestro microondas descongela mi donut (y lo calienta levemente, es solo un poquito, pero que resulta perfecto, la simulación de que podría tratarse de un donut que acaba de salir del horno me provocaría en ese momento un fuerte rechazo) (¿no descongelaba ya mi madre los donut de mi infancia en el microondas en vez de calentarlos en el horno, aunque sin que yo pudiera acercarme al aparato mientras estuviera en funcionamiento ni apretar la frente o la nariz contra su puerta transparente?), me sirvo un vaso de leche de vaca (1,5 % de grasa con suplemento de vitamina D, 225 ml), para luego sacar el donut del microondas (primero le doy un mordisco al donut, luego bebo un sorbo de leche, con el que trago el último resto del donut). A mi donut con leche lo consumo siempre de parado en la cocinita, menciono esto para subrayar el alto valor y el carácter de umbral que ocupa para mí este primer donut cuando ingreso en mi unidad y paso de una intranquilidad interior, que además es física, pues en última instancia se trata de algo psicosomático, hacia una relajación que se va difundiendo mordisco a mordisco por mi cuerpo (comparable tal vez a la neblina acuosa que rodea lentamente el cuerpo durante la ducha de la mañana gracias a la flor inteligente de la ducha de vuestra competencia (modelo e3250 X) y que solo de a poco va formando gotas y pequeños arroyitos de agua que luego, automáticamente mezclados con la dosis justa de jabón, ruedan primero por el torso (el ligero cosquilleo alrededor de las caderas), bajando por las piernas hasta que alcanzan, en pequeñas anguilas de espuma, mis tobillos y mis pies). En consecuencia, solo después respiro hondo y me paso ambas manos por el pelo. Acto seguido abro el cierre relámpago de mi chaqueta y me deshago de mis zapatos. Me estiro. Después me pongo mis pantuflas sensitivas, que regulan perfectamente la temperatura ambiente retroalimentándose de mi propio pulso y presión arterial. Solo ahora meto el segundo donut en el microondas, del que disfrutaré sentado en mi sillón de la zona de confort, delante de la pantalla que ocupa la totalidad de la pared. En resumidas cuentas, puede que se trate de un sentimiento de felicidad modesto, sumamente susceptible y también de tiempo limitado, este con el cual ingreso ahora a la bien templada zona de confort, con el regusto del primer donut y de la leche aún fresco en el paladar, un regusto que al mismo tiempo atiza la alegría preliminar por el segundo donut, al que a veces llevo envuelto en una servilleta y a veces sobre un platito. De fondo se oye mi música preferida, que empieza a sonar de manera automática no bien la puerta de casa se cierra por sí sola tras mi ingreso en la unidad, al tiempo que se activa la iluminación LED indirecta, así como la luz reconcentrada en la sala de estar, las persianas están a media altura, como más me gusta tenerlas, tal vez zumba aún por el vidrio el robot aspirador de ventanas, imagino que con no poca frecuencia descubre sobre el cristal una sombra que solo se hace visible con el brillo de los rayos solares cuando el sol está bien bajo, del mismo modo que una mirada posterior que cae por casualidad desde un ángulo inesperado del revestimiento cromado de la estantería de cocina que acabamos de limpiar meticulosamente hace pocos minutos descubre una estría que antes había pasado por alto (aun cuando por supuesto soy consciente de que el BrightSight no ve las sombras ni las estrías tal como las veo yo, en rigor no ve nada en absoluto, sino que sigue de manera insondable caminos calculados con anterioridad, pero que así y todo nunca son exactamente iguales, lo cual constituye a mi gusto un auténtico misterio). Todo es pacífico al máximo, silencioso al máximo. Como queda dicho, tengo en claro que el equilibrio que experimento en este instante dentro de mi unidad sea probablemente frágil, a fin de cuentas vivimos, como puede leerse y escucharse casi a diario, en tiempos inseguros. Cuando me paro en la zona de confort (justo a punto de acomodarme en el sillón inteligente de mirar televisión Belaqua –las nalgas aún no han rozado la superficie del asiento y ya se extingue la música de los parlantes, la luz se atenúa y sobre la pared que está frente al sillón, que se revela como monitor en el sitio correspondiente, aparece una imagen de video, ya volveré a ello, se trata de tomas del universo capturadas por una sonda, a veces incluso por una nave espacial, enviadas en tiempo real, es decir a la velocidad de la luz), siento un mareo al pensar que probablemente se necesite poco, apenas un miembro que se salga de esta cadena ajustada de manera delicadamente consecutiva, para desordenar toda una estructura o hacer fracasar una misión. (¿Han tomado conocimiento del reciente informe sobre las crecientes masas de basura en el espacio sideral? El motivo del artículo fue una tripulación que tuvo que evacuar su cohete por los pedazos de chatarra que les volaban encima. ¿Tienen tomada ustedes una posición clara en lo que concierne a la chatarra del espacio sideral? ¿O piensan incluso en tomar medidas propias o hacer que las tomen terceros?).

Pero quiero finalmente hablar de los dichos acaecimientos o procesos (siempre y cuando se trate de eso y no en definitiva de nada). Una vez que tras mi mudanza puse en funcionamiento el horno microondas arriba mencionado, empecé con el tiempo a prestar atención a las relaciones de tipo comunicativo y, según creo, causal, en todo caso se afianzó en mí la sospecha de que existe una relación discreta, que en última instancia debía ser conducida a través de mi persona o de mi comportamiento, entre el dicho microondas, los dichos donut de Universalfood y las dichas imágenes del canal del espacio sideral. No les presté al principio mayor atención a los mensajes de texto que me llegaban a diversos aparatos informándome por ejemplo sobre los valores nutricionales más ventajosos o menos ventajosos, añadiendo a las tablas de valores nutricionales otros estímulos u ofertas, con frecuencia en forma de cupones electrónicos justamente para esos donut con relleno de avellana y vainilla que son los que más me gusta comer, prometiéndome por ejemplo que con la compra de la próxima bolsa congelada XL se me otorgarían gratis junto con la compra las bolitas de masa que se obtienen al hacerle los agujeros a los donut. Me sería incluso difícil precisar cuándo fue que el canal del espacio sideral mostró por primera vez, en lugar de las imágenes del universo, esos anuncios publicitarios que luego se volvieron costumbre; al principio se trataba, si mal no recuerdo, de una campaña de “One apple a day”: una formación de manzanas verdes volaba como mirlos sobre un opulento jardín, se proyectaba enseguida hacia una nube azul y se perdía de vista, solo para de inmediato ingresar en una órbita planetaria. Las imágenes, así parecía, habían sido tomadas desde la perspectiva de la cámara de mi canal del espacio sideral, el paso al stream de ese canal estaba bien logrado y el ojo no entrenado casi no podía distinguirlo, amén de que la correspondiente exhortación a sumarme al movimiento “One Apple a day”, así como las explicaciones de las rebajas asociadas a ello, me llegaban no a través de la pantalla, sino en forma de textos, sin interrumpir el flujo de imágenes. Pocos días más tarde les siguieron imágenes de donuts flotando a través del universo según el orden de galaxias enteras, una impresión que sin embargo solo se afirmaba cuando un único planeta, visto de cerca, se revelaba de pronto como un donut classic envuelto en un glaseado de azúcar blanco, y que en la siguiente vista panorámica volvía a transformarse en un sistema solar, pequeño pero independiente, al meterse en la formación junto a otros bollos. Sea como fuere: que los mensajes y las imágenes están relacionados con vuestro microondas se reforzó una tarde en que fui recibido en el canal del espacio sideral por un médico idéntico en apariencia a mi médico de cabecera (¿o habrá sido efectivamente él?). El médico subrayó la necesidad de dar una cierta cantidad de pasos, que cada individuo realizaba antes de manera automática a diario debido a numerosos recados, como por ejemplo ir al supermercado o al correo, pero que hoy esta tarea podía y debía ser estimulada de manera activa (he obtenido en reiteradas oportunidades las informaciones sobre los aparatos que ustedes tienen en oferta en lo que a esto se refiere y que le ahorran a uno tener que abandonar su unidad con fines de fortalecimiento físico) (aprovechando la oportunidad presente tal vez pueda expresar la solicitud de una cierta aplicación, pues hasta ahora solo he podido encontrar aplicaciones que registran las pérdidas de peso, pero deliberadamente ninguna que registre un aumento de peso al largo plazo). Cuando la alocución de mi médico de cabecera se acercaba a su fin, la cámara se alejó de su rostro y entró en cuadro el Hometrainer sobre el que había estado sentado durante su discurso. En un nuevo enfoque quedaba de manifiesto que el Hometrainer estaba situado dentro de una cápsula espacial, el médico sonrió por última vez (de hecho creo haber percibido en más de una ocasión ese centelleo en sus ojos que es señal de reconocimiento) y asintiendo con la cabeza alzó el dedo pulgar antes de que la cámara se moviera de lado hacia una ventana ovalada de camarote y hacia el universo exterior, superponiéndose a las imágenes del canal del espacio sideral que me resultaban tan familiares. De vez en cuando aparecía en su lugar una ayudante de médico o una asesora de mi seguro médico o el manager de una cadena de supermercados que compite con Universalfood, a veces metidos en una cápsula espacial, a veces su mensaje me llegaba desde la superficie cubierta de polvo y tornasoladamente rojiza del planeta marte.

¿Me robaban las imágenes mi ansiada tranquilidad o estimulaban mi mal humor?

No, en absoluto.

En los días en que no utilizaba el microondas, no aparecían por lo general los mensajes ni las imágenes, cosa que también se correspondía con mi humor, porque en esas tardes, libre de la tensión interior, yo estaba en paz conmigo mismo. Esos días incluso comía a veces una manzana, y esta imagen me proporcionaba de vez en cuando una satisfacción realmente colosal, pues a esta elección, que tanto debía agradarle a los miembros del movimiento “One Apple a Day” o a mi médico de cabecera, yo la había hecho en soledad (puede que se trate de una alegría egoísta, opuesta al espíritu de equipo que cultivan en la empresa, pero aquí me limito a describir lo que sentí). Pues al día siguiente registré que mientras el primer donut giraba dentro del microondas, con el segundo congelado en la congeladora, yo pensaba ya en quién y de qué lugar me recibiría hoy en el canal del espacio sideral, y con qué mensaje. Estaba completamente seguro, o mejor dicho creía saber que las imágenes y los mensajes me llegaban necesariamente una vez que colocaba un donut en el microondas, pues ambas cosas estaban incorporadas al mencionado sistema de relaciones, y lo digo sin pelos en la lengua: saber que mi conducta, si bien no controlaba las imágenes y los mensajes, eso no, pero sí tal vez los guiaba en una cierta dirección o al menos influía sobre ellos, o digamos que los impulsaba, me transmitía un modesto beneplácito. Incluso me imagino, en retrospectiva, que esas imágenes y mensajes del universo, cuyo origen respondía por supuesto a los respectivos intereses de sus emisores, de todos modos reflejaban un interés que se ajustaba al mío de manera congenial, cruzándose con él, y que al hacerlo podían desplegar un efecto vitalizante a la vez que tranquilizador. ¿No debía ser precisamente el universo lo bastante grande como para proporcionarme suficiente espacio a mí con mis necesidades, y no era tan inconmensurablemente grande que aquellas imágenes y mensajes, que se me inscribían por las tardes en mi imaginario al estar delante de mi pantalla, debían servirme como ancla y consuelo de no estar viajando allí afuera con mis necesidades en completa soledad?

Aquel 6 de junio –porque si no me engaño en mi reconstrucción de los acontecimientos, ese día marca el punto de quiebre o el brusco cambio en los procesos descriptos más arriba– regresé de mi trabajo a la unidad tal como lo hacía habitualmente. Según era mi costumbre, consumí mi primer donut de pie en la cocina, y con el segundo me trasladé en ligera tensión, pero que ya estaba decreciendo, hacia la zona de confort. Cuando me senté y la pantalla se encendió, se vieron nada más que las imágenes sin sonido del canal del espacio sideral, de pronto pareció que se podía tocar con las manos la profunda negrura del universo, solo aquí y allí el amplio espacio estaba iluminado por fuentes de luz diminutas que enviaban sus ondas, consumiéndose al hacerlo a sí mismas y no haciendo más que consumirse rumbo a su propio final, un final que ya había tenido lugar de manera irrevocable al momento en que su mensaje llegaba hasta mí. Aquella tarde no me preocupé por la ausencia de cualquier tipo de imagen o de mensaje proveniente de algún agente o soporte publicitario, el desconcierto solo creció cuando este proceso se repitió al día siguiente y se volvió norma con el correr de los días y de las semanas, sin que yo pueda recordar haber hecho aquel martes 6 algo distinto o de manera distinta que antes. Desde entonces que no hay más mensajes ni imágenes, sin que importara si yo regresaba a mi unidad exaltado o relajado, si prendía o no el microondas, si colocaba un donut o verduras nutritivas sobre el plato giratorio. Ni mi médico ni su ayudante ni ninguna otra persona me han recibido desde entonces en el canal del espacio sideral. La pregunta que me tiene inquieto es por eso simplemente si aquella discreta comunicación entre el mencionado microondas, el mencionado donut y los mencionados mensajes existió alguna vez. Y si realmente existió, me pregunto por qué entretanto se ha cortado, o si es que solo se ha desplazado en el ínterin hacia un formato que aún no logro reconocer. Lejos de mí, pues, expresar sospecha alguna de que vuestro microondas probablemente no esté en condiciones de identificar los productos que se le colocan en su interior. ¿No significa esto, por implicación, que vuestro microondas no ve de pronto más necesidad de transmitirle esta comunicación a terceros? ¿O será únicamente que se ha modificado la dirección de esos terceros? Por supuesto que estoy convencido de que las cosas terminarán acomodándose y que tal vez se aclaren por sí solas, ¿o no se dice que el paso del tiempo ejerce un efecto sanador? Sin embargo, aún percibo de vez en cuando aquel desconcierto y, sí, aquella desazón, sin que logre localizar con precisión su asiento dentro de mi cuerpo; pero así y todo relaciono estos humores con los acontecimientos del mencionado día martes, en una palabra: las imágenes del universo que antes me liberaban de las preocupaciones cotidianas, elevándome a esa vastedad silenciosa y sublime, me producen de repente una aguda inquietud, como si las mismas imágenes quisieran ahora llevarme a un vacío tan grande como oscuro, y en soledad, completamente abandonado a mí mismo. ¿No es atemorizador pensar que el universo, en un incansable impulso por expandirse cada vez más y más, no descubre con este movimiento otra cosa que nuevos espacios de absoluto vacío?

No, no sé si puedo hacerme entender, ni si mi malestar se encuentra efectivamente relacionado con vuestro microondas, siempre y cuando este haya cultivado jamás esa discreta relación que yo le supuse con las cosas y los procesos de mi unidad. No quiero bajo ningún concepto negar aquí que un llamado telefónico sería el mejor camino para articular ante ustedes mi desasosiego. En efecto, he hecho algún esfuerzo y me he tomado algún tiempo (once llamados a lo largo de tres días, preocupándome en cada ocasión de llamar en distintos momentos de la jornada a fin de evitar posibles fases de alto tráfico y pescar posibles momentos de calma, sin dudas deben contar ustedes con datos confiables en este sentido, pero lamentablemente a mí no me fue posible encontrar la información respectiva), con el objetivo de hablar con alguna señorita de atención al público (¿es verdad que después de las diez de la noche, siempre que uno logre comunicarse, su llamada es transferida a un call center en India o Bangladesh, cosa que de todos modos sería incomprensible en caso de que sea cierta esa otra declaración que leí o escuché en cuanto a que la gran mayoría de los llamados son atendidos entretanto por sistemas de software de voz?). Cuando al fin esto ocurrió en el llamado número once (a esta altura ya no guardaba ninguna esperanza de ser atendido por nadie, por lo que mis pensamientos habían empezado a divagar, aun cuando en retrospectiva me resulta imposible decir qué pensamientos en concreto eran los que me mantenían ocupado, no sé si esto hubiera sido eventualmente de interés para vuestras investigaciones al servicio de un mejor servicio), la voz clara de mujer me hizo caer en una confusión momentánea, incluso después del tercer ¿hola? seguido de la pregunta de vuestra señorita de atención al cliente (que tal vez sea empleada de ustedes a través de una empresa subcontratada) inquiriendo si en el otro extremo de la línea había alguien, me pareció de repente imposible describir oralmente mi demanda, o mejor dicho me abandonó el coraje para hacerlo. No quiero reprocharle nada a vuestra telefonista, que lleva a cabo su trabajo bajo un fuerte estrés (¿es cierto lo que creo haber leído respecto a que los sueldos de las telefonistas de los call center se basan en su rendimiento, vale decir: según la cantidad de llamadas que realizan?), pero pudo haberse debido también a una cierta impaciencia que sentí acrecentarse sensiblemente de un ¿hola? al siguiente, el tono sin dudas casi imperceptible de una irritación en ciernes, para la cual yo soy tal vez sobremanera sensible y que de ¿hola? en ¿hola? fue corriendo el propósito de articular mi demanda de manera telefónica en lugar de postal a una distancia cada vez mayor hasta que finalmente se hizo inalcanzable. Me pareció en vano querer explicarle a una persona probablemente impaciente lo que sería difícil nombrar de manera directa, como quedó de manifiesto más arriba, y que por lo tanto depende de la paciencia y de una cierta empatía del interlocutor, sobre todo porque no me gusta ser un peso para otra gente. Rápido y sin decir palabra corté la comunicación.

No soy, como han colegido tal vez de mi escrito, una persona que rebose de autoestima; en un círculo compuesto por cuatro o cinco personas, aunque a veces alcanza con que sean una o dos, me resulta difícil, aun durante un silencio, tomar la palabra. (Y, en efecto, a veces me sume en una profunda confusión, para no decir desesperación, el hecho de que el espacio percibido, o tal vez se pueda hablar también de una especie de presencia, que ocupa físicamente mi cuerpo en una ronda compuesta por cuatro o cinco personas se halle en tal contraposición con el espacio que le concedo a mi voz). Pero nada de esto corresponde aquí, estoy empezando a divagar, de modo que, ya cerrando, solo quiero resaltar que mi escrito no cae dentro de la rúbrica de la acostumbrada queja de un cliente (hace poco releí otro artículo que describe el tono en que los clientes expresan sus quejas; la falta de tacto o incluso la abierta rabia y grosería es algo que, presumiblemente igual que a ustedes, me inquieta sobremanera y me produce tanto espanto como aflicción, aunque no veo en ello, pese a todo, razón alguna para volverse pesimistas en lo que se refiere a nuestra cultura; tanto más respeto le tributo por eso a vuestro equipo, o al equipo de colaboradores de la empresa subcontratada por ustedes, o en su defecto lo felicito a usted, en caso de que entretanto efectivamente hayan automatizado en su mayor parte el servicio telefónico de atención al cliente). Pero claro que en este contexto no me sorprendería en absoluto, sino que más o menos parto de esa base (cosa que digo sin reproche ni decepción), que a este escrito usted lo lea y evalúe primero a través de una máquina (¿lo taguea?; ¿lo provee de una sinopsis o de marcar de urgencia? Lamentablemente, mi saber en estas cuestiones es limitado) (¿Es probable que los bancos de datos y las memorias a las que deban ustedes recurrir no se encuentren del todo en vuestras manos, sino que hayan sido puestos fuera de peligro en otros países, de preferencia en regiones frías (permafrost)?), de modo que puede pasar algún tiempo antes de que uno de vuestros colaboradores tenga la oportunidad de encargarse de este asunto. O tal vez no ocurra jamás que una empleada de su firma lea efectivamente el escrito (o que lo lea solo de casualidad, como parte de las pruebas al azar que es probable que ustedes realicen regularmente, creo haber escuchado algo parecido en otro contexto respecto a un proveedor de servicios equiparable, aunque en aquel caso se trataba de borrar imágenes de contenido indecente, un trabajo que a todas luces aún no puede ser realizado por un software). Como sea, por supuesto que no puedo ni voy a juzgar si una respuesta generada por computadora resultaría mejor o peor que una redactada personalmente por vuestros expertos en atención al público (¿no es imaginable que vuestras máquinas encuentren un escrito muy parecido a este, tal vez incluso hasta en el tono o en la construcción de las frases, pero de un usuario anterior, del que las señoritas de atención al cliente estén imposibilitadas de saber nada y al que ya en aquella oportunidad se abocaron con la debida profundidad?). Además, sería presuntuoso considerarme a mí con mi inquietud como un caso aislado que merece un tratamiento especial, y aun si fuera así, sería presuntuoso exigirle a este caso aislado, precisamente porque no posee ninguna relevancia general, una mayor atención de vuestra parte; de todo ello soy consciente. Por último queda entonces solo la pregunta de si al dirigirme a ustedes lo estoy haciendo a la dirección correcta. Caso contrario, pido que ignoren mi escrito, o que me informen que este asunto no está en el área de su incumbencia y que por eso dejan mi escrito sin una respuesta. Universalfood, de cuyo portfolio de productos proviene el mencionado donut Krispy Cream natur con relleno de avellana y vainilla libre de lactosa, ha denegado su incumbencia por medio de una respuesta inequívocamente negativa (y otra cosa no se podía esperar, solo la línea de atención al cliente fácilmente accesible en la bolsa del producto, donde fui comunicado ya la primera vez con una amable empleada de la empresa, me impulsó a intentarlo pese a saber que no serviría, ¿o no se dice, más allá de eso, que a veces lo mejor para acercarse a un objetivo es a través de un procedimiento de descarte?), y lo mismo vale para la empresa constructora a la que le compré mi unidad a crédito, sin que hasta ahora me hayan podido prestar ayuda en lo que concierne a la búsqueda del interlocutor competente.

Un saludo cordial,

Henning


*This story is taken from:”Vor Anbruch der Morgenröte” by Philipp Schönthaler © 2017 Verlag Matthes & Seitz, Berlin/Germany.

Agradezco haber conocido las obras del escritor japonés Yasushi Inoue a una joven colega con la que en el último invierno pasé una tarde larga y ardua. Por aquella época vivía separado de mi mujer y de mi hijo desde hacía unos meses y había alquilado una pieza de hotel en una zona alta de la cordillera del Taunus. La culpa de la separación había sido toda de mi mujer, que me rezongaba constantemente desde que guardo memoria de nuestra relación. Y aparte mi amante tenía pechos más grandes. Solo que vivía a cientos de kilómetros, en Bremen. De modo que tenía suficiente tiempo y razones para reflexionar sobre todas las cosas posibles, por ejemplo también sobre las mujeres.

El día mencionado, la joven colega que me llamaría la atención sobre Inoue había aparecido por la mañana en mi oficina de la redacción. Conversamos sobre un texto que ella había escrito para el periódico. Había puesto especial empeño en componer la primera oración, sonaba magnífica, pero al analizarla con mayor detalle mostraba ser hueca. En líneas generales el manuscrito había salido mal, por razones que no solo se observan en gente que acaba de recibirse en la universidad, aunque en estos casos se den con marcada frecuencia. La autora no sabía lo que quería decir, aunque sabía muy bien cómo quería aparecer ella misma en el texto, cosa que había terminado decidiendo el vocabulario, la sintaxis y el contenido de su manuscrito. Tal vez solo había buscado no mostrar ningún punto débil, pero el resultado era el mismo. Mi tarea se refería de todos modos no a las causas, sino a las consecuencias.

Después de mostrarle a la joven colega que el texto no perdía nada si simplemente se tachaba la oración inicial, en cuya concepción era evidente que había invertido semanas de trabajo; después de señalarle esa y otras carencias y al final le recomendarle que considerase todo el asunto como un intento fracasado y empezara de nuevo, ella estalló en llanto. Algo parecido me había sucedido hacía años con una colaboradora a la que le resultaba difícil asumir que yo, siendo el más joven de ambos, sería a partir de ese momento el que impartiera las instrucciones, y probablemente movida por este sentimiento le había opuesto persistente resistencia a todos mis proyectos. Aquel llanto me había dejado mudo. En rigor, solo se trataba de la estructuración adecuada de determinados apuntes en los expedientes, pero de cara a los hombros delgados y temblorosos de la sollozante mujer, que me había dado la espalda como para ocultar sus lágrimas, me sentí de pronto un descorazonado y un rudo y en mi susto intenté consolarla. Más tarde entendí que con este truco ella solo había conseguido lo que quería.

Por eso esta vez las lágrimas de la joven colega no me impresionan mayormente. Supuse que lloraba para inducirme a publicar su manuscrito. Y de hecho sus lágrimas se secaron al instante cuando le prometí mandar su texto a componer, mientras que en su rostro asomó una sonrisa de liberación, aunque también un poco avergonzada. Si bien me enojaba el malicioso ataque a la tranquilidad de mi corazón, me consolé pensando que la publicación de ese texto intrascendente en un importante periódico ya garantizaba un castigo suficiente.

De este modo quedó restablecida la satisfacción de ambos lados y pasamos a entablar una charla inofensiva, durante cuyo desarrollo se me ocurrió la idea de proseguirla por la tarde. No me seducía regresar a mi habitación detrás de la montaña, e igual de poco me atraía la perspectiva de volver una vez más a pasarme las últimas horas de la tarde en la oficina de la editorial desierta, dejándome afligir por angustioso pensamientos sobre mi hogar tan cercano como inalcanzablemente lejano, donde sabía que estaban mi atónita mujer y mi entristecido hijo.

Así que invité a la joven colega a comer. Hacía tiempo que no conversaba con una mujer de veinticinco años. Creía aún recordar hasta cierto punto qué había sentido y pensado yo y cómo me había visto a mí mismo a esa edad, pero no tan bien como para poder imaginar lo que ahora, con casi cuarenta, encontraría en mi otro yo trece años más joven, si tan solo hubiera podido toparme con él. Esa posibilidad no existía, pero tal vez lograba a cambio mirar en el interior de esta joven mujer, y a través de este rodeo también un poco en mi propio pasado.

Este objetivo no se concretó, y en las largas horas de la tarde me reproché repetidas veces haberlo sabido desde el principio. Por ejemplo tenía muy en claro que ni siquiera con veinticinco años habría sido yo tan obstinado como para querer imponer la publicación de un manuscrito de cuya calidad no podía estar seguro y en contra el consejo de una persona más experimentada, al que si no hubiera acatado por ser inteligente, al menos por mostrarme recatado. Y por supuesto que sabía que una persona que por la mañana se me presenta como engreída y despótica, difícilmente se revele por la tarde como atenta y humilde.

Por otro lado, era una mujer. Aunque el fin de semana anterior yo había resuelto por casualidad el enigma de las mujeres, pensé que no podía perjudicarme recolectar más pruebas para mis nociones aún frescas, en caso de que mi otro propósito – la mirada retrospectiva sobre el pasado – no se dejase llevar a la práctica.

Por lo demás, querido lector, este texto debe ser un ensayo, cuyo objeto es un tema que a mí me ocupa desde hace tiempo y a usted desde hace alrededor de cinco minutos: cómo los autores se representan a sí mismos en sus textos. En caso de que usted crea que mi encuentro con la joven dama perseguía otro objetivo que yo le estoy ocultando, quiero decirle con toda claridad que en este punto se equivoca. En primer lugar, yo tenía ya una amante fija (aquella de los pechos inmensos) y, en segundo, dormía, cuando no estaba en Bremen, casi todos los días con mi mujer. A mí mismo todo esto no me parecía lo correcto, pero así eran las cosas a fin de cuentas, y sabe Dios que con eso me alcanzaba. Solo por seguridad hacía que en mi pieza de hotel tendieran la otra parte de la cama, pues ocupaba una pieza doble. Pero no, qué estoy diciendo: para nada hacía tender la otra parte de la cama, solo pensaba en si por las dudas no debía hacer que la tendieran, para luego tomar distancia de esa idea absurda. En efecto, así era.

De modo que bajo ninguna circunstancia tenía yo asociadas expectativas exorbitantes con el encuentro. Tuvo lugar en un pequeño sushi bar con cuatro mesas, que funcionaba como salita aledaña de un restaurante japonés, en cuyo espacioso comedor los teatrales cocineros preparaban la comida caliente en las mismas mesas en las que estaban sentados los comensales. Todo este restaurante japonés constituía a su vez una pequeña parte de un complejo cuya parte mayor estaba ocupada por un restaurante chino, aun cuando las relaciones entre japoneses y chinos sean en general desde hace algún tiempo poco amistosas. Pegado a los dos restaurantes estaba el hall de entrada de doble altura de un hotel, y a todo esto lo cubría la bóveda de una vidriada galería de compras en medio del centro de la ciudad de Frankfurt. A causa de este intrincado entorno, el pequeño bar siempre parecía estar de alguna forma apartado. Cuando entramos en él, afuera habían empezado a caer los copos de nieve, y el agua derretida de las botas de la gente enturbiaba el reflejo de las luces eléctricas sobre el suelo de mosaicos del pasaje.

Fue una tarde de larga duración. En secreto, me estuve preguntando todo el tiempo por qué no le ponía fin de una buena vez, y encontraba también diversas razones, que no eran en ningún caso especialmente halagüeñas ni para mí ni para la colega. Pero al igual que la joven mujer a la mañana, tampoco yo lograba decidirme ahora a permitir que quedase como malogrado lo que estaba malogrado. En su lugar, una vez que terminó la comida proseguimos nuestra insípida conversación, con fuerzas menguantes, en un rincón del lobby del hotel, bebiendo vino blanco y picando almendras saladas, mientras que una cantante aburrida, embutida en pantalones de polyester color rosa, despachaba melodías clásicas sobre un podio con el acompañamiento de un teclado electrónico. La noche terminaba como esos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar.

Afuera la ciudad se había cubierto de una gruesa capa de nieve. Consideré esa nieve como una nieve que me hubiera hecho imposible, y si no completamente imposible al menos desmesuradamente difícil, llegar con neumáticos de verano a mi hotel pasando la montaña Feldberg. Aunque ya había tomado ese rumbo, tras algunas dudas hice girar el auto y lo dirigí, bajo enigmáticos pruritos de consciencia, hacia el este, a través de calles despobladas y sordas, hacia mi ex hogar, adentro de mi ex garage. De allí me dirigí a mi ex cama en el ex dormitorio de mi ex vivienda junto a mi ex mujer. Mirándolo desde una perspectiva actual, admito que en el final provisorio de esa noche agotadora había llegado de alguna manera a la meta (a diferencia de aquellos ríos que se secan en medio del desierto sin nunca llegar al mar), aun cuando conocía esta meta tan poco como conoce un río cualquiera el mar, o igual de mucho. Lo único que me parecía seguro era que mi ex mujer no iba a rezongar si yo me metía inesperadamente a la una y media de la madrugada con pies fríos bajo su frazada.

Más allá de eso, esa noche señaló no solo el principio de mi relación con las obras del escritor Inoue, sino también el tardío comienzo del duradero clima invernal en Alemania. Y cuando el sábado siguiente crucé junto a mi hijo a la isla de Föhr, podíamos estar contentos de que aún circulara algún ferry. Sobre el mar gris flotaban innumerables témpanos de hielo, los copos de nieve se precipitaban insistentemente contra las ventanillas del salón, y allí donde el barco se abría paso a través de la cerrada capa de hielo, era como si a la proa le pegara un puño gigantesco. El hombre que me alquilaba la casa no había exagerado al decir en verano que febrero era el mejor momento para ir a la isla.

Durante el día emprendíamos con mi hijo largos paseos, envueltos en gruesos abrigos. Cuando a la noche me sentaba frente al hogar y me peleaba por teléfono con mi ex mujer y con la lejana amante o escuchaba a la Luna, el niño se acostaba a mi lado y hacía rechinar los dientes mientras dormía. En una de nuestras excursiones por la playa, entre montañas de témpanos altos hasta las caderas (desde mi perspectiva, altos hasta el cráneo desde la de mi hijo) habíamos descubierto en un nicho el cadáver, en su mayor parte descompuesto, de un pato que había quedado cautivado por la helada. Una de las patas del animal seguía aún enredada en los restos de una red verde, y en su resquebrajada caja torácica se veía, como un guijarro solitario, su corazón negro y reseco.

Mi niño no podía dejar de mirar a la criatura muerta, y cuando al fin logró arrancarse del lugar, a los pocos pasos dio media vuelta y regresó allí otra vez. Estuvimos largo tiempo parados los dos juntos al lado del cadáver, rodeados por rugosos témpanos teñidos de marrón por el lodo, bajo un cielo amplio y abierto. Mi hijo me preguntó por la vida y por la muerte, como si yo estuviera informado sobre estas cosas, tanto como lo estaba sobre todas las otras. En sus mejillas había dos pequeñas lágrimas. La imagen de mi turbado hijo, cavilando junto a la helada tumba del pájaro, penetró en lo profundo de mi alma.

Todos los días le leía de los libros sobre ballenas que había elegido en la librería Wyker. Yo me había llevado una pila de literatura, incluido un pequeño volumen de Inoue: La escopeta de caza. Ese libro había llegado a mi oficina como un obsequio inesperado al día siguiente de mi larga tarde con la joven colega. En la primera página ella había escrito una dedicatoria, en la que para mi sorpresa calificaba la tarde anterior como “muy interesante”. Preferí ver en eso una confirmación de mi propia opinión al respecto más que su puesta en duda.

En aquel momento había terminado de leer la novela Musashi de Eiji Yoshikawa. También en ese libro había una dedicatoria: escrita por la mano de mi ex mujer, que me lo había regalado para Navidad, once años atrás. En cierto modo, la novela me había facilitado, al recorrerla por segunda vez después de tanto tiempo, la deseada mirada retrospectiva sobre el pasado. Si bien se me habían grabado varios pormenores de la acción ya en la primera lectura, ahora leí el libro como con otros ojos. Con el correr de los años había adquirido conocimientos que se parecían en algunos casos a los del autor, por lo que ahora descubrí en la novela cosas que antes me habían permanecido ocultas o inexplicables, a la vez que también podía en paralelo traer a la memoria mi mirada anterior. Pero al igual que una década atrás, me sentí tocado por las conclusiones de Yoshikawa, en las que compara la voluntad y las opiniones de las personas con el rumor de las olas: “… pero ¿quién conoce el alma del mar, cien pies abajo? ¿Quién conoce su profundidad?”.

Para los días en Föhr me había propuesto leer Shogun de James Clavell, pues ese libro trata sobre la misma época japonesa y se dirige, lo mismo que la obra de Yoshikawa y con el mismo éxito, a un público amplio, aunque de gusto occidental. Me habían estimulado a establecer la comparación, entre otras cosas, los comentarios realizados por un experto en Japón acerca de las historias de amor – muy distintas – en ambas novelas. Pero al mismo tiempo tenía sed de más literatura japonesa, así que resultaba apropiado tener en mi maleta el librito de Inoue. Es una novela corta, no llega a cien páginas. Reproduce fundamentalmente tres cartas, todas dirigidas al mismo hombre: una de su esposa, una de su amante y la tercera de la hija de esta última. Después de La escopeta de caza leí todos los libros de Inoue que pude conseguir, aunque lamentablemente solo un puñado ha sido traducido hasta ahora al alemán.

Siento la inclinación por decir que en los escritos de Inoue encontré las respuestas a muchas preguntas que me preocupaban por entonces. Pero lo que en verdad ocurrió es que los textos de Inoue me ayudaron a encarar mejor esas preguntas, ejerciendo un silencioso influjo sobre mi visión de las cosas, entre las cuales también se encuentra aquel tema que como usted, mi cortejado lector, ya sabe, es el objeto de este ensayo: la autorepresentación del autor en sus propios textos. Objetará usted que todo lo que hasta aquí he escrito sobre el asunto no puede ser tomado como un ensayo, sino en el mejor de los casos como algo distinto. Y no lo discuto. Pues hablando con sinceridad, yo no sé escribir ensayos. Una sola vez me torturé redactando uno, apareció en 1989 en el suplemento cultural de los sábados del Frankfurter Allgemeinen Zeitung y me valió, como bien puedo decir, un cierto reconocimiento, tal vez usted lo haya leído. En aquel momento, nadie negó que se tratara de un ensayo. Pero yo como su autor lo sé: solo me hice pasar por ensayista, acercando mi texto lo mejor que pude a un ensayo. Pero no lo era.

En lo que concierne a Inoue, la lectura de sus libros me insumió más tiempo que los doce días que pasé con mi hijo en la nevada isla del Mar del Norte. Entretanto había llegado la primavera, y yo había dejado de pensar en la larga tarde con la joven colega, a quien hacía tiempo que había perdido de vista y cuya vida se había cruzado con la mía únicamente aquel día de invierno. No se me hubiera ocurrido que era ella a quien yo debía agradecerle haber conocido a un autor que para mí significaba tanto como ningún otro en muchos años. Pero cuando un día volví a tomar La escopeta del cazador, mi mirada se topó con su dedicatoria.

Me acordaba de la tarde en el sushi bar precisamente como la he relatado; pero ahora todo eso me pareció sumamente extraño. ¿Cómo una persona que no compartía mis opiniones, que ni parecía siquiera haberlas entendido, había podido llevarme justamente a un autor que había calmado tantas de mis ansiedades? Aún recordaba por ejemplo que la colega había intentado darme lecciones sobre mi padre de manera realmente ridícula. También en las otras cosas su manera de pensar me había parecido de todo punto arrogante. Ahora que conocía a Inoue, no me podía explicar qué era lo que esa mujer podía haber aprendido de un autor como ese. Por supuesto que, como resulta obvio, durante la comida también habíamos hablado sobre Japón, y fue probablemente en ese contexto que ella mencionó La escopeta de caza. Pero luego volví a acordarme: el libro debía ser una prueba.

Se trataba del enigma de las mujeres. Que yo lo tenía resuelto es algo que con buen tino me guardé para mí. Mi silenciado pensamiento de base era: las mujeres son distintas. Admito que, así escrito, no suena excesivamente novedoso. Para los profanos puede incluso dar la impresión de que no he mencionado aquí la solución, sino otra vez solo el enigma. Pero a mi criterio, mi conclusión contiene algo revolucionario. Luego de haberlo pensado por una vez a fondo, me encontré en ese estado de ánimo en el que uno no usa sus conclusiones para echarlas como cebo a otras personas, sino que se ocupa de buscarles alimento a las conclusiones mismas. Y lo cierto es que lo encontraba en todas partes, por ejemplo en el viejo poema chino, de casi tres mil años de antigüedad, que dice: “El hombre listo construye el muro / La mujer lista destruye el muro”.

Habría sido absurdo recitarle justo a una mujer la sabiduría que ponía de manifiesto este verso del Shijing, mucho más si esa mujer era aquella joven colega, que estaba convencida de que toda la diferencia entre los géneros se limitaba a que las mujeres eran “sensibles” y los hombres no. No fue en última instancia alrededor de esta teoría de ella que dio vueltas nuestra lenta conversación. Entremedio, mi colega me había hecho desviar la mirada hacia los acontecimientos que tenían lugar en la mesa de al lado, donde cenaba un grupo de japoneses. Uno de ellos, un hombre pequeño que debía estar promediando los sesenta, parecía ser una personalidad importante, pues toda la atención de los más jóvenes se dirigía a él, mientras que él mismo se ocupaba casi exclusivamente de los alimentos que le iban trayendo uno después del otro. De las conversaciones que se entablaban a su alrededor, solo de vez en cuando pescaba una oración que lograba despertar su interés; entonces – y solo entonces – giraba la cabeza ligeramente en la dirección desde la que había llegado la frase. Pero su atención nunca duraba mucho, y enseguida bajaba la mirada hacia su plato.

No sé cómo ocurrió, si es que mi acompañante y yo de pronto entendíamos japonés o si, como resulta aún menos probable, los japoneses de la mesa de al lado empezaron a hablar en alemán, o si, como me parece lo más evidente, la situación tenía una cualidad supracultural, de modo que cualquiera debía poder entender lo que sucedía allí. Durante la comida, la mujer del hombre pequeño, que estaba sentada al lado, lo estuvo agobiando con consejos del tipo “¡De eso solo come la mitad!” o “Eso es ácido, ¿no prefieres dejarlo de lado?”. “Tienes razón, solo voy a comer la mitad; mejor no como nada de eso”, murmuraba sumisamente su marido en voz baja, como llamándose a razón, para luego volver a anunciar de cuando en cuando, como en un soliloquio: “¡Qué delicado! ¡Me lo como igual!”; y al final siempre terminaba comiendo todo lo que tenía en el plato.

Mi acompañante descubrió en el comportamiento del señor Tanizaki – pues tal era su nombre, como me enteré después – una inaudita piel de elefante, una falta de “sensibilidad” típicamente masculina, frente al amoroso esfuerzo de su esposa, que se desvivía de preocupación por la salud del señor Tanizaki. ¿Realmente debo exponer que la misma cuestión se me presentaba a mí bajo una luz completamente distinta? No, porque lo único que me interesa aquí es que en el transcurso de esta discusión, la joven colega mencionó la novela corta de Inoue: ese libro trataba según ella exactamente nuestro tema, describiendo de la manera más impresionante e irrefutable cómo las mujeres se hacían trizas contra la inaccesibilidad de los hombres.

Por supuesto que la novela describe en todo caso la ilusión de determinadas mujeres de hacerse más o menos trizas contra el carácter inaccesible de un hombre determinado. Muy poco se cuenta sobre el hombre, y ese poco casi exclusivamente desde la perspectiva de aquellas mujeres. Como las tres también opinan sobre las otras en sus cartas y cada una de ellas se engaña de manera dramática, al leerlo me pareció improbable que justo las mujeres hayan podido aprehender de verdad la esencia de aquel hombre. Ya por eso solo, cuando volví a recordar que el libro debía servir como prueba de una suposición, no pude considerarlo como una prueba válida, por ni hablar de que la joven colega había olvidado la circunstancia de que el autor del libro, y con él también las cartas de las mujeres que contenían sus páginas, era un hombre. Visto desde esta perspectiva, al que le debía agradecer haber conocido a la novela y a su autor era en última instancia a un simpático malentendido. Y sin embargo, hay una cosa en que le di a la joven colega toda la razón: se trataba de una obra de un maestro extraordinariamente sensible y, como me permito agregar, bondadoso.

A menudo he intentado en los meses siguientes rastrear en los libros de Inoue su personalidad como si fuera un espectro. Y al final también se me resolvió este enigma, ya lo habrá notado usted. En aquella época, mientras que los témpanos de hielo se derretían, también mi vida volvió a sufrir una extraña restructuración. De manera inexplicable, la costumbre de rezongar desapareció de mi mujer y pasó a mi lejana amante. Y en algún momento del verano siguiente, cuando ya vivía hacía tiempo de nuevo en mi casa, también mi hijo dejó de rechinar los dientes mientras dormía. ¿Fue todo nada más que un sueño? Ay, querido lector, seguro que usted no puede decírmelo.


*Copyright © Volker Zastrow, 1998.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Era finales de enero, poco después de Navidad, cuando la niña gorda vino a verme. Ese invierno había empezado a prestar libros a los niños del barrio, que debían recogerlos y devolverlos un día concreto de la semana. Yo conocía a la mayoría de los niños, claro, pero a veces también venían desconocidos que no vivían en nuestra calle. La mayoría sólo se quedaba el tiempo que duraba el intercambio, pero también había algunos que se sentaban y empezaban a leer allí mismo. Entonces yo me sentaba en mi escritorio a trabajar, los niños se quedaban sentados en la mesita junto a la pared de libros y su presencia me resultaba agradable y no me molestaba. La niña gorda vino un viernes o un sábado, en todo caso no era el día de préstamo. Yo tenía pensado salir y me había hecho a la idea de llevarme al despacho un tentempié que me había preparado. Poco antes había tenido una visita, que seguramente había olvidado cerrar la puerta de entrada. Así que la niña gorda se plantó de pronto delante de mí, justo cuando dejé la bandeja en el escritorio y me di la vuelta para ir a buscar algo a la cocina. Era una niña de unos doce años, con un abrigo tirolés anticuado, unas polainas de rayas y unos patines colgados del cinturón; me sonaba pero no del todo, y como entró con tanto sigilo me asustó:

—¿Te conozco? —pregunté, sorprendido.

La niña gorda no dijo nada. Se quedó ahí plantada, juntó las manos sobre la barriga redonda y me miró con sus ojos claros del color del agua.

—¿Quieres un libro? —pregunté.

La niña gorda no contestó, pero no me sorprendió mucho. Estaba acostumbrado a que los niños fueran tímidos y había que ayudarlos. Así que saqué unos cuantos libros y los dejé delante de la niña desconocida. Luego me dispuse a rellenar las fichas en las que se apuntaban los libros prestados.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Me llaman la Gorda —dijo la niña.

—¿Entonces te llamo así? —pregunté.

—Me da igual —dijo la niña. No me devolvió la sonrisa, y ahora creo recordar que en ese momento hizo una mueca de dolor. Pero no me fijé.

—¿Cuándo naciste? —le pregunté de nuevo.

—En Acuario —contestó la niña con calma.

La respuesta me hizo gracia, la apunté en la tarjeta, como en broma, y luego me volví hacia los libros.

—¿Quieres algo en concreto? —pregunté.

Entonces vi que la niña desconocida no miraba en absoluto los libros, sino que tenía la mirada clavada en la bandeja donde estaban mi té y mis bocadillos.

—A lo mejor quieres comer algo —me apresuré a decir.

La niña asintió, y en ese asentimiento había cierto asombro ofendido porque no se me hubiera ocurrido hasta ahora. Se puso a engullir un bocadillo tras otro, y lo hizo de una forma peculiar en la que no pensé hasta más tarde. Luego se volvió a sentar y deslizó la mirada inerte y fría por la habitación; esa criatura tenía algo que me irritaba y me provocaba rechazo. Sin duda, odié a esa niña desde el principio. Todo en ella me resultaba repulsivo: las extremidades apáticas, el rostro bonito y graso, la manera de hablar, entre amodorrada y arrogante. Y aunque había renunciado a mi paseo por ella, no la traté con amabilidad, sino de manera cruel y fría.

¿O acaso podría considerarse amable sentarme en mi escritorio a dedicarme a mi trabajo y decirle por encima del hombro: «lee», aunque sabía perfectamente que esa niña desconocida no quería leer? Luego me quedé ahí sentado, quería escribir y no conseguí nada porque tenía una extraña sensación de tormento, como cuando uno quiere adivinar algo y hasta que no lo consigue nada puede ser como antes. Lo aguanté un rato, pero no mucho, luego me di la vuelta para iniciar una conversación, aunque sólo se me ocurrían las preguntas más disparatadas.

—¿Tienes hermanos? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Te gusta ir al colegio? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer?

—¿Perdón? —preguntó la niña.

—¿Qué asignatura? —pregunté, desesperado.

—No lo sé —dijo la niña.

—¿Lengua? —pregunté.

—No lo sé —dijo la niña.

Yo daba vueltas al lápiz entre los dedos, y sentí que se despertaba algo en mi interior, un horror que no tenía relación alguna con la aparición de la niña.

—¿Tienes amigas? —pregunté, tembloroso.

—Sí —dijo la niña.

—Seguro que una es tu preferida —dije.

—No lo sé —dijo la niña, y la vi ahí sentada con su abrigo lanudo, como una oruga gorda, también había comido como una oruga y ahora husmeaba como una oruga.

«Ya no recibirás nada más», pensé, invadido por una peculiar sed de venganza. Pero luego salí a buscar pan y salchichas, y la niña se los quedó mirando con su rostro impertérrito, y luego se puso a comer como una oruga, lenta y constante, como impulsada por una fuerza interior, y yo la observé con animadversión y en silencio. Habíamos llegado a un punto en que todo en esa niña empezaba a alterarme y enojarme. Qué niña más boba y blanca, qué cuello más ridículo, pensé cuando la niña se desabrochó el abrigo después de comer. Volví a sentarme a trabajar, pero luego oí a la niña haciendo ruido al comer detrás de mí, era como el sonido pesado de un estanque negro en algún lugar del bosque, me parecía todo seco y acuoso, lo duro y turbio de la naturaleza humana y me contrariaba mucho. ¿Qué quieres de mí?, pensaba, vete, vete. Me daban ganas de echar a la niña de la habitación con mis manos, como se expulsa a un animal pesado. Pero no la eché de la habitación, me limité a seguir hablando con ella, de la misma manera cruel.

—¿Vas a la pista de hielo? —pregunté.

—Sí —dijo la niña gorda.

—¿Sabes patinar bien? —pregunté, al tiempo que señalaba los patines que la niña llevaba aún colgados del brazo.

—Mi hermana sí sabe —dijo la niña, y de nuevo apareció en su rostro una expresión de dolor y tristeza, y de nuevo no me di cuenta.

—¿Cómo es tu hermana? —pregunté—. ¿Se parece a ti?

—Ah, no —dijo la niña gorda—. Mi hermana es muy delgada y tiene el pelo negro y rizado. En verano, cuando estamos en el campo, se despierta por la noche cuando se acerca una tormenta, se sienta arriba, en la galería, en la barandilla, y canta.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo me quedo en la cama —dijo la niña—. Tengo miedo.

—Y tu hermana no tiene miedo, ¿verdad? —dije.

—No —dijo la niña—. Ella nunca tiene miedo. También salta desde el trampolín más alto. Se tira de cabeza, y luego nada muy lejos…

—¿Y qué canta tu hermana? —pregunté, intrigado.

—Canta lo que quiere —dijo la niña gorda, triste—. Escribe poemas.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo no hago nada —dijo la niña. Luego se levantó y dijo—: Tengo que irme.

Le tendí la mano, ella posó sus dedos gordos en ella, y no sé exactamente qué sentí, una especie de orden de seguirla, un grito inaudible y penetrante. «Vuelve algún día», dije, pero no iba en serio, la niña no dijo nada y me miró con sus ojos fríos. Luego se marchó, y en realidad debería haber sentido alivio. Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta de un golpe salí corriendo al pasillo y me puse el abrigo. Bajé la escalera a toda prisa y llegué a la calle en el momento en que la niña desaparecía por la esquina.

«Tengo que ver cómo va en patines esa oruga», pensé. «Tengo que ver cómo se mueve en el hielo esa bola de grasa». Aceleré el paso para no perder de vista a la niña.

Era primera hora de la tarde cuando la niña gorda entró en mi despacho, y ahora empezaba a oscurecer. Aunque pasé unos años de mi infancia en esta ciudad, ya no la conocía bien, y aunque me esforzaba por seguir a la niña, al poco ya no sabía qué camino seguíamos, y las calles y plazas que aparecían ante mí me resultaban completamente desconocidas. De pronto también noté un cambio en el aire. Hacía mucho frío, pero sin duda ahora había empezado el deshielo, y con tanta fuerza que la nieve ya goteaba desde los tejados y en el cielo unas grandes nubes de foehn se abrían camino. Salimos de la ciudad, donde las casas están rodeadas de grandes jardines, luego ya no habían casas y la niña desapareció de repente y emergió una pendiente. Si esperaba ver una pista de hielo, con puestos iluminados, lámparas de arco y una superficie reluciente llena de gritos y música, la imagen que apareció ante mí era totalmente distinta. Abajo se encontraba el lago cuya orilla creía totalmente construida: ahí estaba, solitario, rodeado de bosques negros, exactamente igual que en mi infancia.

Esta inesperada imagen me ilusionó tanto que estuve a punto de perder de vista a la niña. Pero luego la volví a ver, agachada en la orilla, intentando poner una pierna encima de la otra y agarrarse el pie con una mano en el patín, mientras con el otro giraba la llave. La llave se cayó unas cuantas veces, luego la niña gorda se puso en cuatro patas, se resbaló en el hielo dando vueltas y buscaba y miraba como un sapo extraño. Cada vez estaba más oscuro, la pasarela que avanzaba en el lago a sólo unos metros de ella destacaba negra azabache sobre la amplia superficie, con su brillo plateado, pero no igual en todas partes, era un poco más oscuro aquí y allá, y en esas manchas turbias se anunciaba el deshielo. «Rápido», grité, impaciente, y la gorda se apresuraba de verdad, pero no porque yo la apremiara, sino porque fuera, frente al extremo de la pasarela alguien hizo una señal y gritó: «Ven, gorda», alguien que dibujaba sus círculos, una silueta ligera, clara. Se me ocurrió que debía de ser su hermana, la bailarina, la que cantaba a la tormenta, la niña de mi corazón, y enseguida supe que lo que me había llevado hasta allí no era otra cosa que el deseo de ver a esa grácil criatura. No obstante, al mismo tiempo era consciente del peligro que corrían las niñas. De pronto empezó ese peculiar gemido, esos suspiros profundos que parecían surgir del lago antes de que se rompiera la capa de hielo. Esos gemidos corrían por el fondo como un espeluznante lamento, y yo los oía, y las niñas no.

Seguro que no, no los oían. De lo contrario la gorda, esa criatura miedosa, no habría ido hasta allí, no habría seguido avanzando con sus golpes bruscos y desmañados, y la hermana no le habría hecho una señal ni se habría reído, ni habría girado como una bailarina sobre la punta de los patines para luego dibujar unos ochos bonitos, y la gorda habría evitado los lugares negros ante los que ahora se asustaba para luego atravesarlos igualmente, y la hermana no se habría enderezado de repente y no habría resbalado, lejos, lejos, hacia una de las pequeñas ensenadas aisladas.

Lo vi todo con claridad porque había empezado a avanzar por la pasarela, sin parar, paso a paso. Pese a que los tablones estaban helados, avancé más rápido que la niña gorda abajo, y cuando me di la vuelta le vi la cara, con una expresión imprecisa y ansiosa. También vi las grietas que ahora se abrían por todas partes y de las que salía un poco de agua espumosa, como espuma que sale de labios de una persona enfurecida. Y luego también vi, claro, cómo se rompía el hielo debajo de la niña gorda. Ocurrió en el lugar donde antes bailaba la hermana y sólo a unas brazadas del final de la pasarela.

Debo decir que esa quebradura del hielo no era de vida o muerte. El lago se congela en unas cuantas capas, y la segunda se encontraba sólo unos metros por debajo de la primera y aún era firme. Lo que ocurrió fue que la gorda se hundió un metro en el agua helada, claro está, y rodeada de témpanos que se rompían, pero si caminaba unos pasos en el agua podía llegar a la pasarela y subirse, y en eso yo podría ayudarla. Aun así, de inmediato pensé que no lo conseguiría, y parecía que no lo fuera a lograr, viéndola ahí, con un susto de muerte, haciendo sólo algunos movimientos torpes, con el agua creando una corriente alrededor y el hielo rompiéndose bajo las manos. Acuario, pensé yo, ahora se hundirá, y no sentí nada, ni la más mínima compasión, y no me moví.

Sin embargo, la gorda de pronto levantó la cabeza y, como ya era noche cerrada y apareció la luna tras las nubes, vi claramente que algo había cambiado en su rostro. Eran los mismos rasgos y aun así no eran iguales, marcados por la voluntad y la pasión, como si ahora, al enfrentarse a la muerte, se bebieran toda la vida, toda la vida incandescente. Sí, eso creí, se acercaba la muerte y era lo último, me incliné sobre la barandilla y miré el semblante blanco debajo, y ella me miró como un espejo desde la marea negra. Pero la niña había llegado al poste. Estiró las manos y empezó a subir, se agarró muy decidida a los tornillos y ganchos que sobresalían de la madera. El cuerpo pesaba demasiado, le sangraban los dedos, se cayó de nuevo, pero sólo para volver a empezar. Fue una larga lucha, lo que presencié fue un forcejeo horrible, una liberación y una transformación, como cuando se rompe una cáscara o una hilaza, ahora podría ayudar a la niña, pero sabía que ya no necesitaba ayuda, lo entendí…

No recuerdo el camino de regreso a casa aquella noche. Sólo sé que en nuestra escalera le conté a una vecina que aún quedaba un tramo de la orilla del lago con prados y bosques, pero me dijo que no, no los había. Y que luego encontré los papeles de mi escritorio revueltos y en algún lugar una fotografía antigua de mí, con un traje de lana blanco con el cuello Mao, con los ojos claros, acuosos y muy gorda.


*Este cuento fue publicado en: Marie Luise Kaschnitz, Gesammelte Werke in sieben Bänden. Vierter Band. Die Erzählungen. © Insel Verlag Frankfurt am Main 1983.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Later in the night he saw, strangely, the picture of himself as he had been before she came.  

He thought: ‘She has the power to wake the dead.’  – Tanja Blixen, Tempests

Aeropuerto, hoy, noche

En el Este cada día es distinto, dicen los libros antiguos. Está hecho de islas, cada isla es distinta, en cada una vive una bruja, y yo conocí a una de ella.

Se hacía llamar Gabriela Sloane, somos viejos ladrones y nos habíamos encontrado en un parque de Roma mientras se llevaban a cabo las indagaciones de un robo grandioso, sin saber enseguida que tampoco el otro tenía otra intención, ni dominaba otra cosa, que robar. Yo ya me había manifestado criminalmente una vez en su isla del Este, sin sospechar que ella había nacido allí en el año 5502 (bajo el nombre de Pesach Slabosky) y que había pasado allí su infancia de bruja. Mientras que ella estaba metida en su sótano como una zarigüeya, engrasando su Desert Eagle y mordisqueando un pancito mohoso y reseco, yo cenaba y me emborrachaba en el penthouse con Frobart, nuestra víctima. Ella venía desde abajo, cavando túneles, pasando a la fuerza por caños, pernoctando en sótanos, mientras que yo empezaba a trabajar directamente arriba, con cascadas de palabras cultas, halagos, una fingida nobleza de carácter. Desde siempre que he querido dominar el mundo, derramándome sobre él como agua de baño perfumada. Ella, en cambio, lo único que quería era robar y asesinar con toda tranquilidad y practicar sus sangrientas venganzas; hasta hoy no he descubierto para qué, nuestros modos de proceder eran muy diferentes. Pero a veces, en nuestras horas de gloria, ambos éramos jóvenes juntos y estábamos enamorados de la eternidad, porque nos separaban una y otra vez.

Gabriela Sloane, aquí estaba ahora con su conjunto verde en la sala de embarque del Leonardo da Vinci, no se le notaban los sótanos cuando emergía de ellos, ahora andaba quizá llegando a los treinta años, engañosamente joven, engañosamente pequeña, tensa como un resorte, el pelo y los ojos de un negro luminoso, y si yo guardaba aún alguna duda de si esta ladrona y asesina de una hora de gloria estaba capacitada y era mi amante, la mujer odiada, perdida y vuelta a encontrar, sus ojos desvergonzados no dejaban ni que surgiera esa duda. Cada una de sus miradas llegaba profundo; incluso el que a su lado succionaba ávidamente un periódico, y al que ella examinó con desconfianza, perdió de inmediato el dominio sobre su desconsolado interior y percibió los pensamientos asesinos de ella como una tinta negra que se expande en el agua. ¿Veía ella en él un peligro, un perseguidor? Nadie me puede haber seguido, seguirme a mí es completamente imposible, leí en su triste sonrisa del Este, que es tan antigua como los libros. Dos cadáveres, Frobart y señora, la Piazza Bologna en estado de agitación policial, con su furia pistolera me había puesto también a mí en gran peligro, apenas si lograron salvarme mi traje de noche y la nube de severa Eau de Toilette en la que estaba envuelto. Un killer no se pone un Terre d’Hermes cuando sale a hacer su trabajo, dedujeron los uniformados tras largas deliberaciones.

La seguí hasta el Duty Free Shop, oscurecido por sentimientos antiguos y poderosos como telones negros. Al fin quedamos enfrentados entre Baci di Dama Nocciola y Romantica Seifen. Pero ella se apartó para oler los jabones.

– Hola, Pesach.

­– ¿Lo conozco?

Entendí. Era más divertido si volvíamos a no creerlo, a no querer comprenderlo, si recelábamos el uno del otro y negábamos la alegría. Es que no solo somos ladrones, sino que por supuesto también somos mentirosos y soñadores, que se aceptan mutuamente como tales (pero nunca, hasta donde recuerdan mis sentimientos, estuvimos casados, como es práctica común entre mentirosos).

– Nos vimos en el parque que está delante de la casa de Frobart – dije – disfrazados de transeúntes. Tú tenías un visor nocturno, yo no.

Ahora ya no olía los jabones, sino sus negros mechones de pelo, toda inocente y absorta, como si el aquí y ahora en el Duty Free de un aeropuerto de noche excediera su imaginación. Desde siempre que ha sabido cómo transformar su así llamada “conciencia” en narcótico de un momento para el otro (sufría con frecuencia de pesadillas).

– ¿Dónde se consigue uno así?

– ¿Qué cosa?

– Visores nocturnos. Ya sabes que de tecnología no entiendo nada.

Se río con su risa perlas blancas y lengua roja.

– ¿Como los míos? Usted no está bien de la testa, señor pisaverde.

Qué encantadora la elección de vocabulario ligeramente anticuado, el hálito de los siglos que rodeaba a la bruja. Que ya quería irse a buen paso. Encontré su dedo meñique, del cual la retuve con mi propio dedo meñique.

– Te extrañé.

Ella observó nuestros dedos, se tomó tiempo para eso. ¿Iba a acordarse, al fin? Sin alzar la vista dijo despacio:

– Si no me suelta de inmediato, lo mataré aquí mismo junto a los jabones, pero nadie lo notará y tampoco para la humanidad será una pérdida.

Se lo creí a pie juntillas. Y dije:

– Pues bien, Gabriela. Hablemos de negocios.

– ¿De dónde sabe mi nombre?

– Porque te he robado el pasaporte.

Con satisfacción la miré revolver su cartera amarilla y sacar tironeando documentos de identificación cuya existencia jamás pudo comprender.

– Tres veces – sonreí – Pero siempre lo devolví.

Se quedó meditando frente a su pasaporte, como si la propia falsificación, la propia leyenda le resultaran ajenas, incomprensibles, un acertijo.

– ¿Quién es usted?

Je suis le poinçonneur des Lilas. Je fais des trous, des petits trous, encore des petits trous…

Y agregué:

– Y tengo la piedra preciosa de Frobart.

Desde el rabillo del ojo ella observaba todos los movimientos de unos niños llamativamente horribles, viajeritos frecuentes y malcriados, que irrumpieron en la sala apuntándose los unos a los otros con pistolas de agua. ¿Perseguidores? ¿O verdaderos niños? ¿Cómo haría para defenderse aquí de unos perseguidores en superioridad numérica? ¿Tenía un plan? ¿Algún arma invisible? ¿Cómplices que yo no hubiera visto hasta el momento? ¿Tenía un amante? La conocía lo suficiente como para saber que estaba tramando alguna cosa. Ahora además empezó a perforarme el zapato de charol con su taco.

– ¿Así que eso es lo que cree usted? Su piedra es falsa. La cambié por otra mía.

– ¿Reconoces entonces que nos conocemos? Fue hace mucho, es estremecedor, Pesach, debo pellizcarme.

Clavó su taco aun más profundamente.

– Y tú estás más bella que nunca. Por lo demás, he vuelto a cambiar tu piedra, la tuya es la falsa.

– Pero yo volví a cambiarla otra vez.

– ¿Crees que soy un amateur? Yo por supuesto que también.

– Pero yo otra vez más.

– ¿Cómo? ¿La mía no es auténtica?

– O quizá la mía. Usted me vuelve completamente meshigue.

– Gabriela, mírame, dime la verdad, ¿eres ?

Sacudió en silencio sus rizos negros. Hizo desaparecer un par de jabones en su ropa, el poder de la costumbre. Uno cayó al suelo. Ambos nos quedamos mirándolo fijo, como si hubiéramos perdido algo de valor incalculable.

De pronto Rosh Hashana

Mi nombre es Simone Frobart. He cenado con Pablo, en la Rue Gabrielle, ha hecho un bosquejo de mí, pero no me ha pintado. Tengo planeado un periodo azul, ha dicho, y tú de alguna manera no me pareces lo suficientemente azul. O sea que no es posible que haya robado el cuadro, pues no había ningún cuadro de mí, ¿entiende? Además, era el seis de octubre. ¿Usted no entiende? Se lo diré así: usted, Monsieur, anhela el nuevo siglo, mientras que nosotros no, pues ningún siglo ha sostenido jamás lo que había prometido. David y yo tenemos un hijo pequeño, un hijo bastardo, cuando sea grande quiere ser guarda de tren y hacerles agujeritos a los pasajes, más allá de eso no quiero pensar, más conversaciones sobre el futuro no quiero entablar, solo traen desgracia, siempre siento miedo, un miedo muy antiguo. A David nunca lo va a atrapar usted, hace tiempo que ya está en Biarritz o en algún otro sitio. Nosotros mismos ideamos y armamos los buscapiés, queríamos hacer un pequeño espectáculo de fuegos artificiales, solo para nosotros, es que de pronto era Rosh Hashana, la festividad. ¿No la conoce? ¿No viene a cuento? Lamento que hayamos volado por los aires el urinario público, en serio. No, no me río; sí, soy consciente de la seriedad de mi situación. David dijo: nosotros miramos el cielo nocturno, la oscuridad, pero las estrellas vencerán. Dice ese tipo de cosas. Lo admito, yo le enseñé a robar; por cierto, en una hija de alta alcurnia como yo no se llama robo, sino cleptomanía, un trastorno mental aceptado en mis círculos, es probable que de origen libidinoso. David se hacía muy el tonto al robar, y además siempre sentía compasión por las víctimas. No es cierto, por lo demás, que la compasión no sea amor, a menudo es el amor mismo. ¿No le parece gracioso que yo esté sentada aquí y que justo el que logró salvarse sea David, que es ciego? ¿Dice usted que solo se hace el ciego? Hm, ¡y tiene pruebas! Pero usted tiene pruebas para todo. Entonces David es más inteligente de lo que yo creía, pues en cuatro años no me di cuenta de nada. Iba tanteando la calle y la vida de manera tan tonta y encantadora que no quedaba más opción que amarlo, después él se enamoró de mi amor, cosas que pasan. Por lo demás, no le creo a usted ni una palabra, Monsieur, usted quiere separarnos, es algo que ya ha intentado mi padre, que es un traidor y que últimamente se persigna todas las tardes en Sacré-Coeur. David no me envió ningún billet doux, nunca tiene dinero. Nos escondimos un año entero en el sótano de mi padre, allí nuestro hijo vio la luz del mundo, fueron tiempos salvajemente románticos. Con gusto admito que fuimos vendiendo por migajas el mobiliario de mi padre, una a una de sus horribles piezas, él creía que era obra de fantasmas. Entonces, a modo de venganza, se volvió católico. Non, je ne regrette rien.

Una hora antes de su temprana muerte (la mató a golpes su padre), Simone le escribió una carta a David, con la letra vertical y oblicua, ilegible y hermosa, que había aprendido a los cuatro años, bajo un sol grande y muy querido, en otra vida, durante el exilio babilónico.

Queridísimo, me han liberado. El cuadro de Pablo está en un escondite seguro, ni siquiera a ti te revelaré dónde. Padre me ha desheredado, pero algún día venderemos el cuadro, y entonces nuestro pequeño Claude no tendrá que ser guarda de tren. Hoy, el resto del mundo celebra bailando alrededor de los faroles de gas, en el Bois de Vincennes hay fuegos de artificio, falsas estrellas de fuego que olisquean el cielo, no son nuestras estrellas, pero igual brillan. Todos gritan ¡que viva el siglo veinte!, y arrojan sus sombreros al aire. Aun cuando no estés ciego, te extraño. Nous allons changer le monde. Contéstame.

Entretanto en el Leonardo da Vinci

Gabriela Sloane y yo seguimos mirando fijo el jabón caído. El tiempo oscila un instante, como si se hubiera movido en círculos hasta sufrir un desmayo. ¿Cuándo había empezado todo esto? Yo no lo sabía. Ella tampoco lo sabía, o lo ocultaba. Nos golpeamos las cabezas al agacharnos al mismo tiempo para recoger el jabón. En el café de la sala de embarque, donde está todo prohibido menos respirar (quien nunca haya visto a las dos de la mañana el café de una sala de embarque en la que todo está prohibido no conoce los cansancios contra los cuales se mueve el planeta), nos tratamos con amabilidad. Breaking news en las pantallas, la mansión de Frobart, Frobart y su mujer como cadáveres, cada uno de ellos tiene adentro un cargador entero del Desert Eagle de Gabriela, se los llevan envueltos en lonas. Gente que opina, Frobart no era ningún desconocido, vieja familia, banco del Vaticano (una novedad para mí), de chico le había dado la mano al Duce. Bravo, digo yo, no vamos a salir de este lugar jamás en la vida. ¿Por qué nuestro avión está atrasado? Ya te han descubierto, enseguida estarán aquí. ¿Nuestro vuelo?, dice ella con esa mirada desvergonzada, con esa mirada de ¿volamos juntos? Le doy un beso. Tiene gusto a ruibarbo. ¿Creerá que voy a volver a perderla de vista ni una sola vez más? Me da un beso ensimismado que me pasa por el costado, un beso al aire.

En el Este, ruibarbo

El arte, el crimen, también el robo, se basan en (y son impensables sin) una atención y un somnolencia medio deliberadas, medio no deliberadas, una suerte de desmayada sensación temporal. Cada artista sabe cuán angosto es el borde entre la obra informe que aún dormita en la penumbra y el momento en que ya es demasiado tarde como para mejorar nada. La mayoría de los artistas y de los criminales oscilan entre estos dos estadios, pese a todas las buenas intenciones, y eso porque son demasiado haraganes, demasiado indiferentes, demasiados autocomplacientes, demasiado desatentos, demasiado vanidosos. Claro que este es un problema moral, pues todo arte y todo crimen son, en cierto modo, una lucha por la honradez, y hasta diría que por la inocencia…

Así habló Pauline, la modesta señorita de… (no se podía pronunciar su nombre, en rigor sus clases de estética no estaban permitidas, eran solo horas de tejido junto a la estufa).

Pero un beso puede cambiar el mundo, objeté con descaro.

No queremos saber lo que hacemos, respondió ella, hasta que es demasiado tarde como para cambiar alguna cosa. El espíritu humano, prosiguió, es un saco de harapos. El cuerpo, los objetos del mundo exterior, los recuerdos calientes, las fantasías cálidas, la culpa, el miedo, la vacilación, la duda, las mentiras, las pequeñas alegrías, los grandes dolores y mil cosas que casi no se pueden expresar con palabras coexisten en nosotros, coexistente también en usted, señor Frobart.

Nos hallábamos en una isla del Este llamada Weimar, donde la gente competía sin pausa por ver quién componía más poemas. La isla no era grande, estaba ubicada en un mar helado que todo el tiempo roía la isla, de modo que al final acabaría por lavarla, por disolverla, y tal vez solo quedara de ella un cristal de hielo. Me sentía incómodo en mi papel de haragán. ¿No estaba llamado a cosas superiores? ¿No llevaba en mí a un Nathan Frobart completamente distinto? A veces me arrodillaba y rezaba y pensaba: ha llegado el momento.

Luego besé a Pauline de… bajo las lilas. Ella tenía gusto a ruibarbo, que cocinaba en secreto y engullía en grandes cantidades por las noches en el sótano del castillo. Me enteré de que también ella se sentía ajena en Weimar y en su cuerpo y en el mundo. Ya habíamos estado aquí en una ocasión, creíamos, ya nos habíamos besado alguna vez bajo las lilas, en otra era. En aquel entonces éramos distintos (creíamos), intercambiábamos miradas desde ojos negros con forma almendrada, olíamos a cardamomo y mirra, a naranjas. Éramos como más azules, dijo Pauline. Como más viejos, dije yo. ¿Tenemos permitido hablar así, Nathan?, susurró ella, así hablan las brujas. No, así hablan los que aman, respondí.

Un beso cambia el mundo. De golpe el saco de harapos se ordena, todo lo interior se organiza, no hay ningún miedo, ningún temor, adentro solo hay sitio para ti.

Nos hicimos poetas, pero no escribíamos nosotros mismos. Nos servíamos de los otros, les quitábamos los manuscritos de debajo de las almohadas, les robábamos sus borradores y sus manojos de papeles. Tomábamos luego tijeras y recortábamos el conjunto en lonjas como si fuera carne curada, volvíamos a componerlo de nuevo y lo hacíamos imprimir bajo un nom de plume que he olvidado. Siempre llevábamos con nosotros una moneda para el barquero, yo en el monedero que me colgaba del cuello, ella en sus enaguas. Nuestra ansia, nuestro presentimiento de que con nosotros ocurriría algo grande, algo que conmovería al mundo, el reconocimiento universal probablemente, el sentido para el rumbo que tomarían nuestras vidas, se revelaron como correctos. Pero el camino era más largo de lo que habíamos imaginado.

En otra parte

Ahí no podíamos robar, porque estábamos muertos (asfixiados).

Retrato

Hoy es domingo. Nuestra casa no es más que escombros y ceniza, thank you, Mr. Wernher von Braun. En la Muswell Hill Broadway lloran los huérfanos. El padre está muerto, la madre no habló una palabra en siete días, hablaba con su corazón hasta que este se detuvo. Pensábamos que estaríamos a resguardo en Londres, las mujeres en colores rosados como mazapán tenían un efecto tranquilizador sobre nuestros nervios, los hombres de cuero suave y claro y levemente fruncido sonreían divertidos a veces, levantando una ceja, todo tranquilizador, también la vieja lengua del bardo, que tal vez conoce lo fuerte y estridente, pero no el ladrido. El rey Lear nunca va a ladrar, por más de que en Berlín vociferen todo lo que quieran. La tienda de mi padre, el viejo y querido Frobat’s Bookshop, puro escombros. Hurgando entre los tristes restos encuentro un viejo libro sobre la patria, las islas encantadas y las brujas maravillosas que habitan en ellas. Eran una posibilidad, estas brujas, pero mi patria no quería esta posibilidad. El retrato de una bruja sin edad, pequeña y de pelo negro azabache, con ojos que han visto muchas cosas y conocen secretos, me lleva a otra época, de cuando las islas aún estaban emplazadas bajo el sol cálido y a veces emergían del mar y paseaban por la tierra hasta establecerse en otra parte. Una mujer joven como yo, muerta hacía siglos, su nombre era Pesach.

El vuelo 0913 está listo para embarcar

De nuevo en el maldito Duty Free, escenario de los sentimientos reprimidos. Gabriela recordó que necesitaba urgentemente esto y lo otro, por ejemplo Toblerone. Pequeña competencia por ver quién podía hacer desaparecer como por hechizo más Toblerones bajo las cámaras giratorias.

– Cada vez somos mejores – dije.

– ¿Ah, sí? Escúcheme, en la caja se separan nuestros caminos. Y usted paga.

Tomó un cuadrito en miniatura, Roma bajo la lluvia, y me lo aplastó en la mano.

– Esto.

Me puse el cuadro a la altura de la cara.

– Estuviste a punto de besarme…

– …

– Es tarde, Gabriela Sloane. Usted está en peligro.

– ¿No fue siempre tarde?

– No en aquel entonces, en Babilonia – dije.

– …

– Podríamos ir a Londres y jubilarnos. Tengo un piso en Muswell Hill. O a París, ahí soy propietario de un pequeño hotel en la Rue…

– En ese parque – me interrumpió – delante de la casa de Frobart, cuando te sentaste descaradamente al lado mío sobre el banco, ¿te percataste de las palomas?

– ¿Palomas?

– ¿Te das cuenta? Todo el tiempo estás durmiendo, andas sonámbulo a través de nuestra vida, estoy podrida, tengo que liberarme de ti, me haces daño.

– ¿Palomas?

– Sí, palomas. Se paraban en semicírculo alrededor de nosotros, eran palomas bastante viejas que nos clavaban sus ojos duros. Y el cielo estaba tan azul y frío, ¿tampoco te diste cuenta? Él no nos ha perdonado. Y con esto anuncio el final irrevocable.

Ahora al fin me tocó, sus dedos (que también asesinaban) trazaron un pequeño círculo sobre mi mano, y dejó descansar su negra cabellera sobre mi hombro. Parecía como si buscara mi perdón. Por ser joven y bonita e incorrupta y por tener un futuro, mientras que yo era viejo y feo y un pecador y no tenía ninguno.

Lufthansa Flight 0913 now boarding… – la voz incorpórea.

Ay, Berlín, pensamos al unísono. Una ciudad que el destino nos había ahorrado misericordiosamente, alrededor de la cual nos había estado llevando en grandes círculos. ¿Qué buscaba ella en Berlín? A Diamond as big as the Adlon?

– ¿Eso fue Dios? – dije.

– ¿Como el mío?

– La voz.

– No lo aprendes nunca. Nosotros. Somos nosotros – se levantó – Por favor, no me sigas. Vuela a alguna otra parte, vuela a París, donde alguna vez fuimos felices, vive en nuestros recuerdos, necesito una interrupción, una pausa, de al menos un siglo, déjame simplemente sola.

– Sola… – seguí cavilando yo.

Y ella ya se había ido corriendo. Había olvidado lo rápido que podía correr, parecía como si hubiera pasado un pequeño relámpago por la sala de embarque. El resto del mundo hizo lugar, se apartó saltando, qué orgulloso estaba yo de ella. ¿Tenía razón en que necesitábamos una pausa? Primero debía convencerla de suspender los asesinatos, era algo que no estaba en nuestra naturaleza, el robo como una forma del arte era nuestra naturaleza, las palabras y las miradas eran nuestra naturaleza.

Durante el vuelo conversamos sobre visores nocturnos. Son estupendos, dijo ella, si por ejemplo trabajas en una casa con muchos sótanos, ves todo verde, es fantástico, como un sueño. La amaba cuando hablaba de cosas de la profesión, y ella lo sabía, éramos maestros de la distancia, entendíamos y honrábamos la distancia entre las estrellas en sus alojamientos nocturnos en el cielo. Tomó mi rostro en sus manos. Esta su beso no me pasó por el costado. Un beso puede cambiar el mundo, no hay momentos atemporales, aislados, encapsulados, inadvertidos, en los que podemos actuar a voluntad, para luego seguir con nuestras vidas como si no hubiera pasado nada. Hay besos de consecuencias graves. A veces hay que robarlos. Las almas que deambulan intranquilas lo saben. Y los ladrones ni hablar.

Al empezar el aterrizaje en la ciudad de Berlín, el avión empezó a bambolearse, luego a temblar peligrosamente, luego a barrenar, y todo se fue al diablo.

– Esto no puede ser cierto, Pesach, nos caemos. En medio de Europa.

– En efecto – dijo ella.

Me sacó la lengua y extrajo su moneda para el barquero de la cartera amarilla.

– Mejor que tengas tu moneda lista – dijo.

– ¿Has metido mano en esto?

– Tal vez.

– Pesach, Pesach…

– Tengo que decirte algo: también hay una bomba.

– Vamos a destruir medio Berlín.

– Puede ser.

– ¿Es realmente necesario?

Nous allons changer le monde. ¿Tienes miedo?

– Bien que te gustaría.

– Nunca hemos muerto juntos – dijo.

Yo quería decir: sí, oh sí. Pero guardé silencio. Siempre guardo silencio. No soy el único, pienso, y el otro también lo piensa, y así es como todos guardamos silencio.

– ¿Sabes por casualidad qué ha sido de nuestro pequeño Claude? – preguntó.

– Lo que siempre quiso ser, le poinçonneur des Lilas.

Je fais des trous

Des petits trous

Suspiré. Habría sido tan bello. Ella tomó mi mano.

– Baruch, por aquel entonces en Babilonia, el sol sobre nuestras cabezas, qué nuevos que éramos.

Después el avión cayó en picada con ciento veintinueve almas a bordo y explotó en lo profundo de la ciudad y extinguió muchas historias, pero solo de manera fugaz.

¿Tenemos solo una vida? Presumiblemente. ¿Podemos tejer alguna realidad cualquiera a partir de nuestros sueños y de nuestras nostalgias como en su tiempo hacían las parcas, una alfombra encantada y eterna que nos lleve volando por los aires y por los tiempos? Concluido, desaprendido. Y sin embargo, en nuestras horas de gloria somos dioses. Amamos en otra forma, bajo otro aspecto, a las personas que ya amábamos desde siempre, nada se pierde, solo cantamos una canción.

Éramos dioses. Ahora estoy solo en este sótano, sin luz, sin estrellas, sin visor nocturno, solo el pasado, que es un país extranjero. Pesach, ¿estás ahí aún? ¿O ya estás aquí? Contéstame.

Para Hanna


 

*Copyright © Martin Kluger, 2015.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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