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Miriam les cuenta que la casa la construyó él con sus propias manos. Les cuenta que apilaba las piedras los días de lluvia, para que se empapasen bien antes de soldarlas al cemento. Les cuenta que está en el límite entre dos regiones, un lugar mágico, habitado de espíritus, de meigas. Les explica lo que son las meigas, usando la palabra original, ellos la repiten frenando en cada sílaba, con el respeto con el que se pronuncia una plegaria.

Miriam se inventa toda esa historia, va saltando de una frase a otra de puntillas, como se posarían unos pies ingrávidos sobre las piedras de un río, y modula la voz suave, de tal manera que hasta él acabaría creyéndoselo todo, toda esa desorientación de la verdad. Miriam hace un silencio, la pausa suficiente como para que Rafael mire sus manos, libres ahora de la aspereza de entonces. Luego arquea su espalda, menos flexible, y piensa que ahora todo se acaba, esa casa, todo envuelto por la cháchara despreocupada de Miriam, que no ha callado desde su llegada.

—Salgo a tomar el aire.

Para cuando Rafael dice eso, ella ya está gesticulando ante los ingleses. Se pone a fumar un cigarrillo invisible y saca un humo que nadie percibe. Se da aires de cabaretera. Rafael espera a estar fuera para encenderlo. En el recibidor, se distrae mirando el papel pintado, que puso de cualquier manera una mañana de domingo, solo para ver cómo quedaba, solo para probar. Una esquina quiere despegarse. Pasa las yemas de los dedos por encima, lo acaricia. El papel se desprende como virutas de la corteza de un haya.

Le sorprende el frío. Se enciende el cigarrillo andando en círculos, observa el ascua anaranjada en su punta. Se gira y mira a su espalda. Toma perspectiva. La finca está en una ladera. Hay una parte en la que la loma se corta. Los días de lluvia intensa, el agua cae por ese costado, como perseguida por una rapaz. En el interior, alguien descorcha otra botella y enseguida se oyen unas risas. Piensa que son de Miriam. Después piensa que pueden pertenecer a cualquier otra mujer.

—Dentro de un año, tal vez dos, ni siquiera te acordarás de este sitio —le había dicho ella.

Habían quedado con los ingleses para cerrar la venta. Por la mañana ha ido solo. La autopista se le antoja más vacía de coches, más hueca. Los campos segados se difuminan deprisa en el espejo retrovisor.

—Voy a echar un vistazo —había dicho cogiendo las llaves del coche—. Seguro que nos hemos dejado algo sin recoger.

Cierra la puerta. No espera respuesta.

Cuando llega, sube al piso de arriba. El fluorescente del baño tiembla. Se mira en el espejo, abre más las hojas laterales y observa su rostro triplicado. Es la última vez que me afeito en este lavabo, piensa, y no sabe muy bien si esa es la razón para hacerlo con parsimonia, deslizando la cuchilla varias veces sobre los mismos surcos. Antes de quitar el tapón cromado, busca la desconchadura detrás del grifo del agua caliente. Solo tiene que tantear unos segundos. Allí está. Un cuarto de vuelta de llave inglesa hizo saltar el esmalte al instalarlo. Se acerca un poco más, alza la barbilla para afeitarse un hueco en la mandíbula, a continuación se aclara. Recoge todos los enseres con la minuciosidad de un asesino y sale al exterior.

Necesita la escalera del garaje para descolgar el columpio. Recuerda cuando las niñas se subían a él, una foto en la que Miriam se mecía, con la más pequeña en brazos. Se pregunta dónde estará aquella foto, si se habrá extraviado también en la última de las mudanzas. Ahora no tiene sentido. Las niñas han crecido, se preocupan por otras cosas. Intenta sacar los clavos, pero llevan tanto tiempo incrustados en el árbol que la rama los ha hecho suyos. Busca las tenazas de podar y corta las cuerdas. El tablón golpea el suelo haciendo un ruido sordo.

Tras el esfuerzo se siente cansado. El pecho le late con fuerza, ahora con una pulsión distinta de la de entonces, un sonido más lejano, como salido del fondo de un pozo.

La tumbona de playa está en el jardín. Se sienta a horcajadas y mira al bosque, enfrente. Alguien se ha dejado olvidado un cuaderno de autodefinidos, abierto por la mitad. Será de Miriam. Nunca acaba lo que una vez empezó con desaforado entusiasmo, se dice. Lo coge por el borde, del mismo modo en que se agarra del pescuezo a un cachorro, e intenta completar las tres casillas horizontales que faltan. Río de Mesopotamia, seis letras. Emperador romano, siete. C-L-A-U-D-I-O. Claudio cabe, pero no tiene bolígrafo. Sería preciso entrar en la casa y revolver los cajones hasta encontrar uno. Arruga el cuaderno y lo lanza contra el árbol. El viento revuelve con perversidad las páginas más superficiales.

—Lo meteré todo en el coche y fuera —dice en voz alta.

Permanece unos segundos en esa posición. Acaricia la tela a rayas de la tumbona, los agujeros que el tiempo y el uso han dejado sobre su superficie. Sería necesario plegarla, pero tal vez no se acuerde de cómo. La meterá de cualquier manera, aunque tenga que dejar la puerta del maletero semiabierta, y la lanzará a la escombrera. Acabará en ese lugar, junto con los tresillos raídos, sobre los chasis de lavadoras. Para sellar la despedida, saca las llaves del bolsillo del vaquero y deja que la más alargada se hunda en la espuma. Un agujero más, nuevo, reciente, provocado, separa una franja azul de otra blanca. Ya nadie se molestará en coserlo.

Se levanta arrastrando el cuerpo y sale del terreno acotado del jardín, la mirada fija en el río. Lo puede ver detrás de los árboles que el verano ha vuelto más tupidos. Le da la impresión de estar acechando los pasos de alguien, un guía, hasta más allá de la verja de la propiedad. A sus pies, la tierra está húmeda. En la copa del árbol más alto se oye un pájaro cantando sin descanso. Presta atención. Se pregunta si seguirá allí posado cuando ese lugar no le pertenezca y le parece que así será, por mucho tiempo, al menos hasta la próxima estación fría. Más tarde se vuelve, contempla el agreste césped alcanzando los pies de la casa, el leve tono amarillento, la pared de piedra gris. Sigue avanzando. Aparta algunas ramas que no existían los años pasados, ni tampoco los anteriores. Es como ir descorriendo un frondoso telón. Entonces puede ver, de lejos, sin necesidad de aproximarse a la orilla, la silueta de Ruth saliendo del agua, sus piernas, sus hombros redondeados, su melena empapada de bañista, con el tambaleo inseguro de quien pisa sobre cantos rodados.

—Quítate esa americana anticuada —le gritaba desde el agua, los brazos en cruz.

Miriam los ha recibido hoy con los brazos extendidos.

Welcome to your home —ha dicho de un tirón, pero la pronunciación era mejor durante los ensayos.

Miriam tiene un inglés rudimentario y los ingleses no hablan nada de español. No importa, el albariño que Rafael guarda en la despensa les gusta mucho.

—Bueno, muy bueno —dicen a coro. Eso sí saben decirlo.

Rafael entra precedido por la bocanada de humo que no se molesta en ocultar. Frente a él, Miriam ha cogido otra botella por el gollete. La limpia con un paño antes de quitarle el corcho. Los ingleses comienzan a estar algo borrachos, hablan entre ellos muy deprisa y Miriam no los puede seguir. Se han sentado en el sillón con las copas en la mano. Se diría que llevan viviendo allí toda la vida. Miriam ha encendido la televisión e intenta explicarles el funcionamiento de un concurso transmitido por el segundo canal. Se muestran interesados, pero quizás es pura cortesía y no están entendiendo nada.

—Ven, siéntate con nosotros —dice Miriam.

Pero él se queda de pie junto a la ventana, deseando que acaben con todas las botellas que quedan, no llevarse nada de aquel lugar.

Más allá de los cristales, al otro lado del jardín, la ladera ondula suavemente, como una inmensa alfombra que alguien estuviese sacudiendo y que, durante un instante, hubiera detenido el viento.

Ruth trabajaba en la empresa, lo cual hacía bastante fáciles sus encuentros. Salían a la misma hora, quedaban en el segundo piso del subterráneo. Nadie aparcaba en ese lugar si podía hacerlo en la planta baja y ahorrarse así un par de tramos de escalera. Ruth tenía veinticinco años, los ojos turbios y una nariz regia. Siempre la precedía el retumbar de sus tacones sobre el asfalto parcelado del aparcamiento.

No la había llevado a la casa la primera vez. Para entonces, habían pasado por unos cuantos hostales de las afueras, intentando no repetir demasiado. Era la propia Ruth la que se encargaba de reservar la habitación. La recordaba intrépida, estaba siempre dispuesta a jugar. En una ocasión, habían acabado incluso en uno de los hoteles del aeropuerto. Los aviones rugían como elefantes furiosos y luego ya no se oía nada más. Un aterrador silencio. Al mirar por la ventana, como en ese instante pero en otro lugar, se podía divisar el extremo acristalado de una terminal.

Mientras conducía, Ruth iba a su lado, su cuello esbelto de bailarina, sus mejillas, su perfume mezclado con el sudor de despacho, acumulado detrás de la nuca.

—Me gusta tu coche —decía—. ¿Te he dicho alguna vez que me gusta tu coche?

Se sentaban a tomar café en la mesa de forja del jardín. Ruth dejaba que la blusa se humedeciese bajo la melena. Se echaba a veces en la tumbona a rayas, por entonces recién comprada, y cerraba los ojos, pero no llegaba a dormirse. Sin maquillar o con los restos de sombra desdibujados bajo sus párpados era todavía más atractiva. Rafael iba descalzo y no pensaba en ella, pensaba en los días venideros, en todos los viernes de su vida que serían minuciosos, por completo iguales que aquel.

—¿Queda queso en la nevera? —preguntaba Ruth.

En una ocasión comieron tarta los dos, él de pie, ella aupada sobre la encimera. Ni siquiera utilizaban platos. Rafael no quiere recordar si se trataba de las sobras de alguna fiesta infantil, del cumpleaños de alguna de las niñas.

—¿Queda vino en la cocina? —pregunta Miriam—.Creo que esta gente ha acabado con todo.

—Si no hay más en la despensa, no queda nada.

Mira a Miriam a los ojos. Su cara le recuerda a todas las fotografías que han ido guardando en los álbumes.

Los ingleses entienden el funcionamiento del concurso y los invade una especie de euforia. Consiste en adivinar los lugares cuyas imágenes aparecen por unos segundos en pantalla. Aseguran que hay un programa similar en la televisión de su país. Se quedan mudos ante la imagen de una torre altísima en forma de hongo.

—Toronto, Canada —dice el inglés acentuando la primera de las aes.

La presentadora confirma la respuesta. Miriam da palmaditas al aire.

—Muy bien, muy bueno.

Lo dice en español. Eso lo entienden y el inglés responde levantando los pulgares en señal de triunfo.

Rafael se sienta en una de las sillas de la mesa donde han cenado, a una distancia prudencial de los demás. Sobre el mantel quedan aún unas servilletas de papel arrugadas, migas de pan y restos de paté reseco sobre los platos de postre. Se toca la barbilla, afeitada esa mañana. El vidrio de la ventana le devuelve una imagen traslúcida y deforme, su pelo canoso y demasiado largo, el abdomen abultado que ahora le molesta en determinadas posturas, como al atarse los zapatos o al abonar las hortensias.

—Seremos buenos amigos mucho tiempo —había prometido Ruth.

De repente, le sobreviene una sensación de alivio, de profundo alivio y tristeza. Trata de acordarse del nombre del chico rubio, Julián o Jaime, por el que Ruth no volvió a meterse en el río. Cuando la empresa lo prejubiló, pasó muchas veces por delante de las nuevas oficinas. En ocasiones estuvo tentado de bajar al aparcamiento, buscar el Golf rojo de ella. Nunca se atrevió. Probablemente se había comprado uno nuevo, uno descapotable. Incluso podría ser que tuviera un hijo.

Los ingleses duermen en lo que ahora ya es su antiguo dormitorio. A Rafael le cuesta conciliar el sueño. Oye ruidos lejanos durante la noche, un aleteo intermitente. El desvelo lo lleva con el pensamiento a la cisterna del váter de la planta baja, al lado de la cocina. Se imagina el reguero de agua, la cal solidificándose con morosidad en las paredes del inodoro. Miriam ha bebido más de la cuenta y su respiración es cadenciosa, en una cama de ochenta centímetros. Se abraza con fuerza a la almohada.

Ambos pasan la noche en el cuarto que ocupaban las niñas. Hay un cielo de estrellas fluorescentes encima de sus cabezas, en el que los planetas más pesados se despegaron con el deterioro del pegamento. Rafael se duerme en algún punto incierto entre la Luna y Orión.

Por la mañana entra una luz percuciente por las rendijas verticales de las contraventanas. Nota cómo alguien le zarandea el hombro.

—Vamos, hombre, levanta.

Le pesa la cabeza. Ha dormido poco, a trompicones, despertándose a ratos y preguntándose dónde se encuentra. Lo recuerda todo de forma súbita. Las últimas horas de luz, unas tejas sueltas del cobertizo que ha arreglado aquella mañana, las manos del inglés aferradas al volante a la derecha, la punta del bolígrafo firmando el cheque. Nota un imperceptible vuelco en el corazón, que desaparece casi al instante.

—Vamos, a qué esperas, larguémonos de aquí.

Es la primera vez que escucha esa palabra en la boca de Miriam. Se incorpora aturdido, se pone la chaqueta. Ha dormido vestido. Su cuerpo deja una hendidura profunda sobre la colcha. Pasa la mano por la superficie, pero los pliegues no desaparecen. Es Miriam quien cierra la puerta de la entrada, pero antes coloca el manojo de llaves encima de la cómoda del recibidor.

—¿Tú crees que las verán? —pregunta cuando ya están fuera.

Rafael se encoge de hombros. Mira hacia el seto con expresión de aburrimiento, suspira. Recuerda por un instante el rostro desdibujado de Ruth y solo puede asegurar que una ventana de su nariz era más pequeña que la otra.

—Verán las llaves, ¿verdad? —insiste Miriam. Miriam alza la vista hacia las ventanas del piso superior. En el cielo, de un azul intenso, unas nubes ligeras se persiguen. Rafael tiene la clara impresión de que Miriam le va a decir algo, de que va a pedirle que fuerce la puerta para escribirles una nota y pegarla en el frigorífico o algo así, pero entonces ella se mete en el coche y dice con voz de niña:

—¿Me llevas a la ciudad?

La gravilla cruje por la presión de los neumáticos. Rafael da marcha atrás. Siempre teme atropellar al perro en esa maniobra y abre la puerta para ver mejor, pero el perro murió de viejo y está enterrado junto al roble. Le vienen a la cabeza las lágrimas calientes de las niñas mientras él echaba paladas de tierra sobre el animal.

Bajo las ruedas traseras no hay más que una suave pendiente y las piedras blancas marcando el camino de salida.


*Este cuento fue publicado en: Segunda residencia, Tropo Editores S. L., 2011, © Margarita Leoz.

Conmigo, en mi piso, en estas tres habitaciones ordenadas y bonitamente arregladas que son exclusivamente de mi propiedad, vive un niño pequeño que me tortura. No logro sacármelo de encima, a tal punto que a esta altura hemos quedado unidos. Pero bien que me gustaría tomarlo, a este pequeño niño demasiado liviano, que casi desaparece de tan ínfimo, bien que me gustaría tomarlo y sentarlo delante de la puerta, o mejor arrojarlo con toda mi fuerza contra mi pared blanca, para ver y asegurarme del todo que se haga añicos contra ella.

Pero no tengo el coraje. Desde que el niño vive conmigo, bebe de mis tazas, se mete hasta en el último rincón de mi cama o se sienta en mi cocina sobre el vano de la ventana a sorber leche y me mira, mientras bambolea las piernas y no hace más que mirarme sin decir nada, ni una palabra que aclare la situación, y yo entonces –con demasiada frecuencia, lamentablemente ocurrió con demasiada frecuencia, deben haber sido como cuatro o cinco veces– y yo entonces de pura desesperación le grito, quiero llegar hasta él bramando “¡vete, desaparece, déjame de una buena vez en paz!”, y él se queda tranquilamente sentado y apenas si hace algún gesto, a lo sumo se ríe para sí: desde entonces que me torturo y no junto el coraje de desterrar a este horrible niño de mi piso. Lo cual tiene sus motivos.

El niño apareció un día de manera repentina y se sentó detrás de la puerta de la sala de estar. Retorcía sin cesar su pelo negro y desgreñado, que ocultaba grandes partes de la piel traslúcida de su rostro. Enseguida vi que necesitaba ayuda y no quise demorarnos con preguntas innecesarias. Todo su cuerpo temblaba y tenía la ropa raída. Lo alcé y enseguida las manos de ese cuerpo subalimentado me tomaron buscando mis hombros, me dejó perpleja la fuerza que estaba en condiciones de desplegar con sus enflaquecidas extremidades. Los grandes ojos negros no se apartaban ni un segundo de mí, me miraban fijo, por un breve instante sentí como si el niño quisiera treparse y meterse dentro de mi cuerpo, pero no había tiempo para mayores reflexiones o interrogatorios, pues a fin de cuentas el niño debía ser atendido.

En serio, mi temor era que el niño se descompensara en cualquier momento delante de mis ojos. El pequeño cuerpo estaba frío, la camisa gastada en los hombros, debajo de ella pude ver piel excoriada, que estaba roja y abierta frente a mí. Lo llevé a mi baño, y en todo el trayecto me estuvo mirando sin decir palabra, al tiempo que con el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda tiraba del hilo suelto de un botón del bolsillo de mi camisa.

Lo senté sobre un taburete y puse a llenar la bañera. Subió el vapor hasta empañar los azulejos. El niño había plegado las piernas, mantenía la cabeza agachada y miraba mis preparativos. Era necesario bañarlo. Me daban pena las heridas, que debían arderle de manera horrible, realmente me daban pena, casi diría que me dolían a mí, apenas si podía sostenerle la mirada al niño. Por eso evité mirarlo y me apresuré después a atenderle las heridas con una pomada, para luego vendarlas. Ahora el niño debía dormir.

Le tendí en la sala una cama realmente confortable y abrigada. Mientras extendía las sábanas, decidí que a la mañana siguiente tendríamos oportunidad de conversar sobre todas las cuestiones importantes. El niño estuvo parado durante todo ese tiempo detrás de mí, inclinándose ligeramente para asomarse desde atrás de mi pierna, a la que se mantenía casi aferrado. Tomé al niño, lo metí en la cama y lo tapé con la frazada. Antes de abandonar la habitación, me aseguré de que no entraran corrientes de aire frío por ningún ángulo, para lo cual recorrí varias veces la pieza de un lado al otro. Había algo de todo punto bonito en tener ahora compañía, pensé para mis adentros, y me fui a fijar si el niño no necesitaba más frazadas, tal vez incluso una bolsa de agua caliente. Pero el niño permanecía sentado allí, con la espalda derecha y apoyado contra la pared fría.

―¿Qué te pasa? ¿Necesitas alguna otra cosa? ¿Quieres tal vez ir de nuevo al baño? Solo debes decirlo, voy a intentar ayudarte todo lo que pueda en tus necesidades. Pero por favor, dime qué es lo que tienes. ¿Por qué me miras así? ¿Qué es lo que ocurre?

El niño seguía sentado en silencio. Alrededor de las comisuras de su boca se formó una pequeña sonrisa. Me seguía con los ojos, bajaba las pestañas a cada segundo y así pasaron minutos enteros. Empecé a entender.         

Entendí que evidentemente este niño miraba con desprecio todos mis esfuerzos. Ese pequeño paquete que me había hecho responsable de él sin que yo se lo pidiera, que realmente había tenido el descaro de usurparme a mí, a mi tiempo y a mi piso –o mejor dicho: de ocuparlos, precisamente porque era un paquete de aspecto tan desamparado– me miraba con desprecio y se reía de mí. No se reía del todo con la cara, ahí solo sonreía. Pero en su interior se reía de mí, de eso no cabía absolutamente ninguna duda. El niño reía con todo el desprecio que puede reunir una persona que ha padecido ese mismo desprecio desde siempre. Le deseé las buenas noches y me fui lo más rápido que pude de la pieza. Pero el niño no se durmió.

El niño no duerme nunca. Solo mira.

Me acosté entonces en mi cama, apagué la luz y quería cerrar los ojos y dormirme, como tengo la costumbre de hacer al final de cada día. Pero daba vueltas de un lado al otro, sudaba y corría las frazadas hacia un costado. La sangre daba vueltas en mis piernas. Luego me puse boca abajo, cosa que no hago nunca. Abrí los ojos y me quedé mirando la frazada. Después miré hacia un costado y ahí estaba el niño.

Estaba parado al lado de mi cama y me miraba con desprecio. Me enderecé.

―¿Qué es lo que pasa ahora de nuevo? Ya veo que no puedes conciliar el sueño. ¡Pero yo necesito dormir! ¡Al menos de noche debes dejarme en paz! Me imagino que entenderás que para mí es imposible cerrar siquiera un ojo si estás parado al lado mío y me miras con desprecio. ¿Qué es lo que pretendes con eso? Dime, ¿qué es lo que te causa risa? Te ríes de mi costumbre de acostarme tan temprano y de solo poder dormirme boca arriba, ¿tengo razón? Sobre eso solo puedo y quiero decir que me da completamente lo mismo lo que pienses acerca del asunto. Ocurre que tengo a mi cargo un puesto de mucha responsabilidad, para ejercer el cual debo descansar bien, a fin de no cometer errores. ¡Nunca! Nunca, ¿me oyes? Nunca en toda mi carrera hasta el presente, en estos quince años que llevo al servicio de la empresa, cometí ni un solo error de gravedad, y eso es algo que tengo todos los motivos para atribuir a la vida sana que llevo. Por lo tanto: ¡ahora realmente tengo que dormir!

Entretanto me había erguido en la cama y había apoyado mis manos en las caderas, con la idea de dejarle en claro al niño mi posición de una vez y para siempre. Delante de la ventana pasó un auto, la luz de los faros se quebró en la persiana y cayó en forma de rayas dentro de mi dormitorio, iluminando al niño por un breve momento. En esa luz vi que, al igual que yo, también él apoyaba ahora las manos en las caderas, sacaba la panza hacia adelante y la balanceaba ridículamente con el fin –y en esto estoy segura– de imitarme de la manera más infame y traicionera.

―Eso te parece ahora muy gracioso, ¿no es cierto? Te crees que con eso me darás inseguridad, pero no es el caso. No tengo nada que reprocharme bajo ningún aspecto y no tengo ni por lejos motivo alguno para asumir que tú pudieras tener el derecho a hacerme reproches. No es para nada así como tú lo piensas. Yo soy una persona muy distinta a lo que tú supones de mí. ¡Solo tienes que esperar! Ahora te irás a toda prisa a tu cama en la sala de estar, mientras que yo me preparo un té para después al fin poder acostarme a dormir. ¡Vamos, a la cama!

Me bajé de la cama y caminé a grandes pasos hacia la cocina. El niño saltó detrás de mí y se prendió a los pantalones de mi pijama, que por eso casi pierdo mientras seguí avanzando. Cuando volví a mirar hacia atrás, vi que el niño ya se había sentado sobre el vano de la ventana.

Aquella noche, el niño no volvió a dejarme en paz ni un segundo. La pasamos juntos en la cocina revolviendo en las tazas, caminamos de una punta a la otra del angosto pasillo, hicimos ambos lo mismo hasta que se hizo de día y más allá también. El niño no se apartó de mi lado.

En los días sucesivos, aprendí a conocerlo en todo su horror y maldad. La posibilidad de recibir visitas quedó descartada, porque el niño no las hubiera tolerado. A este niño, pensaba yo, y así lo expresaba cada una de sus miradas, le falta algo en los ojos, que estaban metidos bien adentro de su cabeza, ese delgado cráneo, y que siguen allí. La boca estaba casi siempre abierta, pues el niño sufría un hambre constante. Engullía todo lo que caía entre sus dedos huesudos. Nunca quedaba satisfecho y tampoco aumentaba de peso, aunque eso hubiera sido lo más urgente. No me quedó más opción que darle abundante alimento y me esforcé todo lo que pude en hacerlo. Le preparé cada una de las comidas que supuse que podrían gustarle y sobre todo que pudieran calmar su hambre. El niño consumía todo a la máxima velocidad. Absorbía el resto de los huesos, lamía los platos, nunca quedaba nada y jamás era suficiente. Si no lo miraba, si por el término de un instante dejaba de prestarle atención, enseguida quería vaciarme por completo todos los armarios. Una vez llegué a la cocina y lo encontré sentado prácticamente adentro de la caja para guardar el pan. Estaba a la espera y vi en sus ojos, esos agujeros de pura negrura, que lo que más hubiera querido era saltarme encima. Como un pequeño mono, quería subirse de un salto a mi cabeza y quedarse allí abrazado.

Desde que el niño vivía conmigo y simplemente no se iba, yo me preguntaba una y otra vez qué era lo que había tenido que ocurrirle para que estuviera tan famélico. Me preguntaba qué podía ser lo que le faltaba a ese niño.

Por qué estás tan famélico, le preguntaba entonces sin ninguna mala intención. El niño no respondía. Se limitaba a sonreír socarronamente y se acurrucaba más en sí mismo, abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez le preguntaba y cada vez me daba más la impresión como si yo –del que sin dudas se burlaba desvergonzadamente desde el inicio– como si yo cargara con toda la culpa por el estado famélico del niño y como si por eso fuera mi deber supremo, y más aún mi culpa, ocuparme de ese niño.

―Por favor, no hago otra cosa que ocuparme de ti y a fin de cuentas tengo derecho a saber cuál es la causa. Es incluso tu deber informarme sobre estas cosas. ¿Qué es lo que te hace reír de nuevo? ―le pregunté.

El niño se colocó sobre el vano de la ventana e imitaba mis gestos de manera pérfida y absolutamente humillante para mí. Si yo me agarraba la frente, él hacía lo mismo. Si yo respiraba fuerte, el niño respiraba fuerte. Tuve entonces que probar si realmente lo hacía adrede y me paré a modo de prueba sobre la pierna izquierda. Con cuidado, las tupidas cejas crispadas y en general juntando toda la fuerza que albergaba ese cuerpo flaco como un palo, el niño alzó su pierna izquierda hasta quedar parado solo sobre ella. Luego se rio, me miró lleno de orgullo y expresó su alegría, incluso su triunfo, por medio de un grito agudo.

Yo le grité:

– Deja ya. ¡Basta con eso!

El niño, con la cabeza enrojecida, mantuvo la posición por unos minutos. Apretaba los puños y parecía usar toda su energía para quedarse parado en una pierna, como yo antes. Sacudí la cabeza. Finalmente bajó la otra pierna, sacudiendo la cabeza él también, y me miró mal. Tan mal que tuve que retroceder un paso, pues de sus ojos salía punzante toda la carencia que había en ese niño para meterse dentro de mí, de modo que no me quedó más opción que alejarme, intuyendo en ese instante que el niño, con esa mala y espantosa carencia en el cuerpo, no podía hacer más que treparse dentro de mí y buscar allí lo que necesitaba, al menos para poder sobrevivir. Mi deber era buscar protección, pero también proteger al niño. De verdad, pues de lo contrario se hubiera muerto de inmediato.

Luego de alejarme por un breve espacio de tiempo encerrándome en el baño, el niño me rechazó por primera vez durante la cena la comida que yo le había preparado. Pero había sido solo un truco de su parte. Bien entrada la noche lo descubrí en un rincón, entre la puerta y el armario de la cocina. Agachado allí comía un trozo de carne cruda que había tomado de mi refrigerador. Al darse cuenta de mi presencia, alzó sus ojos negros, aún hambrientos, y me miró como si yo estuviera poniendo en peligro su vida y por eso quisiera quedarse con la mía. Otra vez pensé que quería entrar en mí a través de mis ojos. Pensé que ese niño quería ser mi vida, para al fin estar seguro. Corrí hacia el dormitorio, me acosté en la cama y me tapé la cabeza con la frazada. La presencia de ese niño se me hacía cada vez más intolerable. No solo que me seguía todo el tiempo, que reclamaba de manera constante mi atención y que enseguida estaba de nuevo parado junto a mi cama para desde allí mirarme con desprecio, no, al final ese niño logró incluso dormir únicamente cuando yo velaba por él, de modo que yo solo velaba.

Aquella tarde en que por el desconcierto me tapé con la frazada para al fin estar un poco a solas, el niño me sacudió la cabeza y tiró la frazada hacia un costado. Le grité y –tampoco quiero negarlo– en ese momento perdí la paciencia.

―¡A ver si desapareces de una buena vez! ¡Vete ya! Tengo que dormir, de lo contrario no puedo cumplir mis tareas con precisión. ¡Esfúmate ya mismo de mi pieza!

Bramé mi ruego hasta quedar sin voz. El niño me miraba. Me observaba en silencio, mientras que yo me aliviaba a los gritos. Gritaba con los ojos cerrados, de la bronca, pero también para rehuir las miradas del niño. Cuando volví a abrir los ojos, aun gritando, vi que el niño estaba tirado en el suelo y se había dormido. Enseguida me callé. Por un rato lo estuve observando. Luego, en silencio para no despertarlo, lo tomé en brazos y lo llevé a su cama. Lo puse bajo la frazada y le acaricié su pequeña frente blanca. Dormía. Con infinito alivio y alegrándome de antemano por poder dormir, giré y me fui a mi cuarto. Tras dar el primer paso, oí al niño respirando a mis espaldas, estaba parado descalzo sobre el suelo. Lo llevé de vuelta a su cama, lo cubrí con la frazada y me senté al borde del colchón hasta que se quedó dormido. No sé cuántas veces lo llevé de vuelta a su cama durante esa noche, lo tapé y me senté al borde del colchón hasta que se durmiera. No las conté, porque fueron incontables. Anduve toda la noche yendo de una habitación a la otra, pues no bien me ponía de pie, con el fin de alejarme del niño dormido y retirarme a hurtadillas hacia mi cama, volvía a tenerlo detrás de mí.

Esa noche quedó en evidencia que el niño solo podía dormir si yo velaba por él a su lado sin dejar de mirarlo, y que desde que vivía conmigo efectivamente no había dormido de verdad ni una sola vez. ¿Qué otra opción tenía más que velar por el niño?

En serio, de lo contrario hacía tiempo que se hubiera muerto.

Yo sacaba mis conclusiones. El niño no aumentaba de peso y solo dormía mediante mi intercesión. Por eso decidí pedirles ayuda a diferentes médicos. Porque el niño se negaba a ir conmigo (prefería vigilar la cocina y las provisiones) fui yo por mi cuenta y les expliqué el problema a los médicos. Con el cuerpo trasnochado, el ánimo sombrío y el rostro pálido, me senté en diferentes sillas frente a diversos escritorios y dije las palabras que traía preparadas, a sabiendas de que este caso no era fácil y que siempre existía la posibilidad de que los médicos no me entendieran. Decía:

―Vengo a verlo porque vive conmigo un niño que me está dando muchas preocupaciones. Está claro que este niño tiene algún tipo de insuficiencia muy básica y urgente. Tiene dificultades para dormir y por mucho que coma, no sube de peso. Puede creerme que he probado todo y no he ahorrado en esfuerzos. Por eso temo que pueda morirse. Me preocupa mucho y espero que usted pueda ayudarme.

Por el agotamiento que sentía, susurraba cada palabra por separado, inclinándome sobre el escritorio hacia los médicos por miedo a que se pudiera perder alguna de mis palabras. Los médicos asentían y hacían preguntas. Tomaban algunas notas, y mientras escribían alzaban una y otra vez la mirada hacia mí. Me preguntaban por mis hábitos alimenticios y de sueño. Primero pensé que se trataba de preguntas de rutina, pero seguían interrogándome sin necesidad alguna por mis hábitos. Desde mi punto de vista, se ocupaban demasiado poco del niño, que era a fin de cuentas la razón por la que había venido. Por eso no me quedó más opción que asumir que ponían en duda mi capacidad para ocuparme de él de la manera adecuada. Un médico, que además era un médico de aspecto muy desaliñado, que hacía por lo menos tres días que no se afeitaba, cuyo delantal no estaba almidonado y colgaba de su cuerpo descuidadamente y que exhibía con toda claridad orlas grises de mugre en su cuello, ese médico quiso incluso prescribirme una cura. De la indignación, pero también porque no veía escapatoria, me golpeé la frente contra la mesa, la alcé de nuevo y le espeté:

―¿Qué es lo que se imagina usted? ¿Quién se va a ocupar del niño si me voy a hacer una cura y por eso no puedo estar a su lado? Por favor, usted no parece entenderme. ¡No he venido por mí, sino porque me preocupa el niño!

El médico asintió y me recomendó tranquilizarme. Pero mi rabia frente a su incapacidad para darme un consejo competente era grande, de veras que me preguntaba cómo era posible que ese médico se presentase ante mí en tal estado de desaseo. Abandoné sin más el consultorio y me volví a toda prisa a casa a través del tránsito vespertino para estar con mi niño, con mucha furia por todas estas visitas a médicos que no habían arrojado resultado alguno.

Poco después de entrar en la vivienda, en rigor ya cuando estaba abriendo la puerta, supe que había pasado algo. En el pasillo, después de dar tan solo el primer paso, me tropecé con una lata de conservas vacía, una lata de hongos en conserva, como comprobé con fastidio. Si hubiera sido solo eso, seguro que lo hubiera dejado pasar. Pero todo el pasillo estaba lleno de paquetes, paquetes de comida vacíos, y entremedio había platos, cubiertos tirados en los rincones, y cuanto más iba avanzando tomándome de las paredes, aun sin poder creerlo, más cosas encontraba en mi camino. Al dormitorio ni quise entrar, tan alto era el obstáculo que formaba la pila de restos de paquetes. El corazón golpeaba en mi pecho, me golpeaba a mí, debajo el estómago se convulsionó y tuve que correr, tropezándome, hasta el baño. Noté que también aquí todo estaba lleno de basura, me abalancé sobre el inodoro y vomité. Desde el rabillo del ojo vi al niño sentado en el taburete. Los ojos bien abiertos y las piernas plegadas contra la panza, que con toda seguridad se había llenado poco antes, pensé, mientras que mi cuerpo me sacudía. Luego de recuperarme un poco, sentada entre jadeos sobre el borde de la bañera, pasé por delante del niño sin decir palabra y sorteando todo el desorden llegué a la cocina. Solo allí la catástrofe se hizo evidente en toda su dimensión. Los armarios estaban abiertos, los restos de paquetes se acumulaban hasta la altura de las rodillas. El niño había vaciado todos los armarios, los había vaciado y comido hasta la última provisión. Ahora sí que habíamos llegado a un límite. El niño se comportaba en mi casa como un ladrón y devoraba sin que nadie se lo pidiera mis provisiones de alimentos, además de dejar detrás de sí un desorden que no había habido nunca y que tampoco habría habido jamás, si este niño espantoso y malo no se hubiera colado entre las paredes de mi piso. Di algunas vueltas maldiciendo en voz alta y hasta pensé en mudarme en ese mismo momento. El niño me seguía mudo, sin que yo le prestara atención. Ni siquiera miraba en su dirección y empecé a ordenar, porque ya se había hecho tarde. Después de horas, en las que estuve levantando la basura habitación por habitación y limpié hasta el último rincón, al fin logré reestablecer el orden. Me dejé caer sobre la cama. El niño se paró al lado y empezó a retorcerse el cabello negro. De castigo hoy no recibiría comida. De mí no recibiría absolutamente nada más. Ni siquiera le deseé las buenas noches, sino que me metí debajo de la frazada y cerré fuerte los ojos. De veras supuse que me sería posible dormir.

Era un goteo, escuché claramente que goteaba. Me enderecé y miré a mi alrededor. El niño seguía inmóvil en el mismo lugar, junto al pie de mi cama. A pesar de que me insté a no hacerlo, no pude dejar de observarlo. Además, quería saber de dónde venía ese goteo, que golpeaba más rápido contra el suelo que mi corazón dentro de mí. Entonces vi que provenía de los ojos del niño. El niño permanecía allí impasible, derramando grandes lágrimas que goteaban sobre el suelo. Rápidamente me di vuelta hacia un lado e intenté dormir.

Cuando empezó a amanecer escuché un ruido nuevo. Venía de la puerta de entrada de la vivienda. Me levanté de un salto, avancé rápido por el pasillo y vi al niño estirándose para alcanzar el picaporte. El niño quería irse. Debajo del brazo sostenía su almohada y las sábanas que yo le había tendido sobre su cama. Sus ojos seguían goteando. Me apresuré a llegar a su lado y lo alcé en brazos. Así lo sostuve y aún lo sigo sosteniendo. Porque este niño será para siempre mi niño. Sea donde sea que vaya con el objetivo de compensar su carencia y al fin quedar satisfecho, jamás encontrará aquello que busca. Se queda aquí. Ya no me dejará dormir y comerá para siempre de mis provisiones.

Otoño de 2009

Se acordó de aquella noche por el asunto de los regalos. Cuando se peleaban y él la echaba de la casa, siempre la obligaba a devolver lo que le había regalado. Las botas, sobre todo, que fueron su primer regalo de cumpleaños. Y se acordó también porque aquella noche, antes de encerrarse en el balcón, Iván había tirado una de las botas por la ventana, y porque a la mañana siguiente cuando sonó el timbre y él pensó que eran los de inmigración que venían a buscarlo, ella recibió de manos de un vecino una bota roja, larga, que parecía una de esas medias de Navidad que se cuelgan de la chimenea y se llenan de caramelos. “¿Esto es suyo?”, dijo el hombre, y levantó la bota, sosteniéndola apenas con dos dedos, como si la locura pudiera contagiarse en ese mínimo contacto. Ella agradeció. Ni siquiera recordaba el momento en que él había abierto la ventana del living. Después, cuando fue al supermercado, encontró un corpiño discretamente colgado de la verja del edificio. Un corpiño blanco, empapado por la última nevada.

No es que la manta que ahora tenía sobre la mesa fuese estrictamente un regalo, pero igual se acordó de aquella noche e intentó reconstruir la pelea. Todas empezaban más o menos igual, aunque no terminaban del mismo modo. Se vio a sí misma, más bien se oyó, gritando a través de la puerta de vidrio que daba al balcón:

—La última vez que lo vieron estaba corriendo desnudo por la calle y tirándose sobre los autos. No quiso matarse, pero terminó muerto. Neumonía y paro cardíaco. Dale, Iván, entrá. ¡La neumonía no es pavada!

Él se lleva el dedo a la sien y le hace señas de que está loca. Por un momento ella piensa que es cierto, que no puede estar cuerda si hace meses que vive con una valija armada junto a la puerta, si ya ha subido y bajado incontables veces los tres pisos por escalera con esa misma valija donde caben todas sus pertenencias (mentira: sus pertenencias caben en dos valijas; en la segunda tiene lo menos importante, lo que no le molestaría abandonar si él volviera a echarla, o si volviera a romper, a arrasar y a pisotear todo lo que encuentra a su paso mientras grita que cada tornillo de esa casa le pertenece porque lo ganó con su talento. “Talento” es su palabra favorita. Talento y “mediocre”. Él tiene talento, ella es una mediocre), no puede estar cuerda, no, si ya arrastró esa valija incontables veces por la vereda tupida de nieve, entre los charcos negros de barro y de mugre líquida que salpican los autos. La nieve después de la nieve; lo que pasa cuando lo inmaculado se mancha, se gasta. ¿Y será que todo termina así, escupido, pisoteado? Hace una semana nomás bajó los tres pisos con la valija, tiró de ella hasta el subte —donde también hay escaleras—, se sentó en el banco de metal y dejó pasar tres o cuatro trenes mientras el frío del banco empezaba a traspasarle el saco de piel y ella seguía llorando, no por tristeza, sino por la rabia de que sus ojos se obstinaran en mirar hacia el puente, esperando que él viniera a buscarla. Cuento hasta diez y me voy. Pero después contó hasta veinte, volvió a mirar el reloj de agujas fluorescentes y dejó pasar un tren más, el último, porque ya estaba oscureciendo y el viento helado le había dormido las mejillas.

Al final siempre subía a algún tren. Pasaba la noche en un hotel o daba una vuelta en redondo en el subte —la vuelta completa tardaba una hora y quince— y volvía a la casa. Él demoraba en abrirle, le decía “andate” hasta que ella se cansaba de repetir que no tenía adonde ir y le pedía por favor. Otras veces, cuando le abría, estaba borracho y desnudo, picando chiles rojos, de los que anestesian la boca. Si ella trataba de sacarle la botella, él le apuntaba con el cuchillo, pero no como apuntaría un delincuente, no, sólo sin querer, moviéndolo distraídamente en su dirección, mientras decía que ésa era su casa y que en su casa tenía derecho a tomar todo el whisky que se le antojara.

Tiene razón, estoy loca. Entonces recuerda que es él el que está desnudo en el balcón y que afuera hace cinco grados bajo cero. Ella está del otro lado de la puerta ventana, con un edredón de plumas en la mano, mostrándoselo como si fueran las alas esponjosas de un ángel. Él hace que no con la cabeza, tironea del picaporte, grita:

—¡Quiero agarrarme una neumonía!

Ella amenaza con irse. Sabe que él está descalzo sobre una fina capa de hielo, la nieve endurecida y resbalosa que no llegará a derretirse hasta la primavera. Cuando por fin abre la puerta, ella aprovecha para tirarle el edredón encima como a un hombre en llamas. Lo envuelve y él se deja guiar hasta la cama. Tirita. Tiene la piel roja, no blanca como uno pensaría, sino roja y seca. Sos loco, Iván, repite ella, mientras traba la ventana e intenta recordar cómo fue que terminaron con él desnudo en el balcón y ella sintiendo, otra vez, que debía protegerlo. La escritora francesa. ¿No fue eso? Él dijo que ser bisexual era una imbecilidad a la moda. Que ahora todas las minitas eran tortilleras. A ella le irritaba su forma de hablar y él sabía usar las palabras exactas que servirían de disparador para una nueva pelea. A menudo sus discusiones empezaban por matices del lenguaje. Todas las feministas son unas amargadas. Aunque al rato ese ataque se volvía contra ella: “Vos te hacés la moderna, pero el hombre y la mujer no son lo mismo”.

Y sin embargo el día había empezado bien. Ella llegó contenta de la caminata en el parque; él la estaba esperando con el almuerzo; se emocionaron juntos mirando el documental de Pulqui; le sacaron punta a los lápices y los ordenaron sobre el escritorio. A fin de cuentas qué importaba si ella tenía razón, por qué se encarnizaba tanto en cambiarlo si podían ser felices así, comiendo mango y chocolate belga en un sillón, él sin camisa, ella recostada en su pecho, aspirando ese olor ácido, de cierto modo desagradable, pero tan concreto que hasta podía existir por fuera de él, como sus zapatos o su ropa. Así y todo, no pudo contenerse: citó a esa escritora francesa, bisexual en el mil novecientos. Él dijo que ésa era otra imbécil. ¿Pero vos la leíste? No, él no necesitaba leerla para saber que era una imbécil. Imbécil y mediocre como tu ex, y como ese amigo tuyo, el muerto. De ahí a lo otro —cosas rotas, insultos, valija por la escalera—, había solo un paso.

Desde abajo del edredón, Iván le pide que cierre la cortina. Ya no tirita, pero su voz se hunde en las almohadas.

—Male, vos sos mía, ¿no?

Ella le dice que sí y camina hacia la ventana.

—Nunca nos vamos a separar porque sos mía, ¿no?

Ella se detiene un momento antes de cerrar la cortina y mira hacia afuera. Otra vez el cielo tiene ese resplandor sucio de los inviernos del norte.

—Nieva —dice, y se queda ahí, de espaldas a él, buscando con la mirada los copos débiles que sólo se ven a contraluz, bajo los focos de la calle.

Una iglesia barroca en una plaza principal de una ciudad de provincia. Una plaza como tantas en el sur. En el norte del sur, debería decir. Es que ahora ya no viven en otro continente, ni siquiera viven juntos. Ahora ella está en la terraza de un bar, la noche instalada ya, las estrellas arremolinadas tras la torre de la iglesia, y tal vez por eso piense en la nieve. Porque la nieve mansa de las noches sin viento no cae, sino que parece surgir del aire y quedar suspendida igual que esas estrellas de verano.

¿La había mirado raro el mozo cuando le tomó el pedido? Raro, ¿con pena? Una mujer con la muñeca vendada, la cara seca pero tirante de llanto viejo, el brazo amoratado. ¿La había mirado por eso o simplemente porque era una mujer que tomaba cerveza sola? De las mesas vecinas se escapaban risas, alguien hablaba sobre un partido de fútbol; de vez en cuando pasaba un grupo apurado con vinchas de plumas y tambores. Un auto negro, casi funerario, paró al frente y de él bajaron tres novias. Dos con un vestido blanco tan inflado y barroco como las molduras de la iglesia; la tercera con un vestido lila. Lila el vestido, lila la tiara, lila los zapatos forrados de raso. Un charter de novias, pensó. No le daban envidia, tampoco le daban pena. Sí se dio cuenta de que estaba pensando para qué. ¿Para qué todo? Pero tal vez sólo fuera un pensamiento dirigido a los zapatos de taco y a esos vestidos feos, probablemente alquilados, a ese despilfarro en fotógrafos y sueños. Miró su plato manchado de salsa blanca. La etiqueta de la botella se había humedecido y casi pudo arrancarla entera. Quería pedir otra cerveza pero le daba miedo la mirada del mozo. También le dolía el brazo, ahí donde Iván la había agarrado para arrastrarla fuera de la casa. Siempre le sorprendían los moretones; casi podía decir que le fascinaban. En el momento no sentía dolor. Humillación, sí, impotencia, también, pero no dolor. Después se sorprendía al verlos tan grandes: la sangre acumulada debajo de la piel como los paisajes de la luna.

Otra vez se estaba mirando de afuera. En los peores momentos, tenía la sensación de que la vida era una especie de videojuego. No una película con un guión demasiado elaborado, sino un Pacman, algo absurdo que se manejaba con una palanquita y cuatro botones. La novia de lila estaba recostada contra un farol. El fotógrafo le decía: “¡Más sonrisa, más sonrisa!”. ¿Cuántas cerecitas habría comido ya? ¿Cuántas vidas le quedaban?

Un chico se acercó a su mesa y le mostró algo, una tela. Ella se sobresaltó, se había quedado absorta mirando las latas atadas al guardabarros de la limusina, latas de arvejas sin etiqueta, comunes y corrientes, ahora mudas sobre la calle de adoquines. No oyó lo que el chico dijo, pero hizo un gesto automático de rechazo, no al chico flaquito de cara indígena o a lo que él tuviera para vender, sino a una imagen de sí misma. A mil kilómetros de su casa, mirando novias frente a una iglesia, machucada, imbécil, y hasta con vergüenza de llamar al mozo; los últimos ahorros gastados en un coche cama, un hostal sucio y las empanadas más caras de la ciudad. Así era: un impulso, un solo momento de estupidez, y game over.

¿Qué le había dicho el chico? “Andá a cantarle a tu abuela”, eso es lo primero que entendió. Él se había alejado un poco y la miraba, medio inclinado sobre una mesa vacía, con una expresión que ella interpretó de desprecio. ¿O le había dicho “la concha de tu abuela”?

—¿Cómo? —preguntó.

—Que las hace mi abuela.

Hacía apenas tres horas había arriesgado la vida en una moto manejada por un loco sin casco que gritaba contra el viento: “Hija de puta, te odio, nos vamos a matar. Nos vamos a matar, hija de puta”. A ese loco, una vez, ella lo había querido, y una vez hasta casi lo salva de la neumonía; le calentó la espalda con un secador para aliviarle las contracturas, le calculó la hora de los remedios. En la moto, el viento caliente arrastra las palabras y a ella le pegan en la cara como granizo, reza el Ave María, los guiones de la ruta se disparan junto a las ruedas casi en una línea continua, un camión con zorra toca bocina. Más despacio, dice ella, y se agarra con fuerza a su cintura. Le da asco tocarlo, no lo conoce, no lo recuerda. Y él: “Callate, hija de puta, callate. ¿A qué viniste? ¿A cagarme la vida?”. Él fue caballero; le dio el casco a ella, casi la obligó a subirse a la moto con la mochila en la espalda y el bolso entre las piernas, antes de dejarla en una parada de micros sobre la ruta. ¿Y todo para qué? ¿Para temerle a un chico de siete años con una colcha de hilo en la mano?

—A ver, vení —le dice—, mostrame.

El chico se acerca; dice que hay de otros colores.

—Es muy linda. Mostrame las otras.

Él las va desplegando una a una. Lo hace con ilusión, como si no supiera lo que va a encontrar adentro, como si cada manta fuera una galera de la que va a salir algo mágico. “Mariposa, flores”, dice él bajito.

—También hay una de panda.

Tiene la sonrisa más linda que ha visto, los ojos bien negros. Ella le pregunta si no va esa noche al carnaval. Él dice que no, que nunca fue a un corso. Le habla de sus hermanos que esperan en la plaza; quiere saber cuándo vuelve a Buenos Aires y cuántas horas tarda el viaje. A lo lejos suenan los tambores de otra tierra. Al final ella dice: “Me llevo la de flores”.

—Es para el viaje, ¿sabés?

Él asiente:

—Así viaja calentita.

Ella le paga y por nada del mundo se le habría ocurrido regatearle el precio. Acaba de decidir que comprará todo lo que le ofrezcan de ahí hasta que se tome el ómnibus de regreso la tarde siguiente. De todos modos ya no tiene nada: ni computadora ni ahorros ni muchas otras cosas que se fueron quebrando en los últimos años. Y quiere tener menos. Quiere llegar al fondo de este asunto. Va a gastarse todo lo que le queda —incluso el almuerzo y el alquiler de la toalla— en regalos. Regalos, piensa, y ahí recuerda las botas. La colcha de flores no es lo que le interesa, sino la sonrisa del chico, la forma amable en que sus ojos la tocaron. “Gracias”, dice ella, y él parece entender algo, porque todavía le ofrece un momento más y la deja que lo ayude a doblar las mantas, cada uno agarrando dos puntas y juntándose en el medio como en la danza de los pañuelos.

Las novias ya se fueron, no las vio entrar al coche ni oyó las latas en los adoquines. La luna subió y el resplandor no deja ver las estrellas. Sobre la mesa se fueron acumulando algunas cosas más: una estampita de la Virgen de los Milagros, una cuchara de algarrobo, una bolsa de caramelos, un cactus hecho de fósforos, una bombilla de alpaca. El bar está cerrando; las sillas dadas vuelta sobre las mesas vacías parecen flores del desierto. Llama al mozo y pide la cuenta. Mientras le cobra, el mozo le dice que es una linda noche.

—Linda noche, ¿no?

—Sí, preciosa.

Antes de volver al hostal se sienta en un banco de la plaza. En el mismo banco, dos amigas hablan sobre una tercera que acaba de mandarles un mensaje de texto. No quiere mirarlas abiertamente pero ve que son muy jóvenes. Les falta poco para ser una de esas novias de lila, y tal vez hasta alquilen juntas el charter del fotógrafo.

—La culpa es de ella —dice una—. Se la chuponeó toda y ella lo dejó. Ahora que no llore.

—Igual, ¿qué le importa? —responde la otra—. Si al tipo no lo va a ver más.

Por un momento delirante, un momento de videojuego, Malena consideró la posibilidad de que ese tipo fuera Iván. Miró las piernas bronceadas de una de las muchachas, la más joven, la que tenía la minifalda, y se preguntó si Iván podría acostarse con ella. Enseguida se preguntó si acaso ella podría hacerlo. La interrumpió una mujer que vendía medias artesanales. Casi no intercambiaron palabra, pero le compró un par de medias gruesas, hechas con lana de llama.

Volvió caminando al hostal. Era sábado y ya no quedaba nadie excepto dos chicas que se estaban maquillando frente a un espejo con luz a pila apoyado sobre una de las cuchetas. Las dos revolvían dentro del mismo neceser lleno de pinturas rotas. Que estaban rotas ella lo sabía sin necesidad de mirar adentro, sólo porque veía el plástico sucio de sombra gris y brillantina. Desde su cama podía oler la sombra hecha picadillo, el labial de Maybelline y el agua de colonia. Era el mismo olor que tenía el neceser de su madre.

No se preocupó por guardar la computadora bajo llave, igual estaba rota; en la mochila se veía la huella del zapato de Iván y unas manchas de pasto. Ella estaba sucia, y se sentía sucia, pero le faltaban los dos pesos para la toalla y de todos modos no quería mojar la venda. Después de comprar las medias, el último cambio se lo dio a un cuidacoches que también se llevó la bolsa de caramelos. Sólo le quedaba un peso veinte para el colectivo desde Retiro hasta su casa, pero tenía la extraña sensación de que, recién ahora, podría empezar a tener algo.

La recepcionista golpeó la puerta y la invitó a mirar una película de terror en la sala. Ella se excusó. La caída (eso fue lo que dijo cuando le preguntaron) y la espera en el hospital la dejaron cansada. Antes de acostarse, sin embargo, miró el correo en la computadora del hall. Cinco mensajes nuevos. Todos de Iván. El último recibido a las 00:37.

Pasó una noche mala, sin poder dormir sobre el lado derecho, su lado. Cada vez que giraba en el sueño, pegaba un salto de dolor. Había pensado dormir hasta tarde pero a las siete ya empezaron a levantarse los demás: puertas que se golpeaban, conversaciones, armado de bolsos. A las nueve se levantó a desayunar. Lo último que quería era verle la cara a un grupo de adolescentes mochileros trasnochados, con sus ojeras de fiesta y alcohol y ese cansancio blancuzco que es el resultado de la alegría. Se sentía cien años más vieja que ellos, y se habría ido a desayunar a otra parte si no fuera porque sólo le quedaba un peso veinte.

Café con leche y dos medialunas con manteca y mermelada. Come con la vista perdida en el patio donde hay un futbolito y unas cuerdas de colgar ropa. No se puso los lentes de contacto sino sus lentes viejos, torcidos de tanto habérseles sentado encima. Tiene el pelo recogido de cualquier manera, un torniquete que se hizo al despertar, sin siquiera mirarse al espejo; tampoco se lavó la cara y se siente transpirada. No debe ser un gran espectáculo, pero igual nota que alguien la mira. En la mesa de enfrente, en diagonal, un morocho de bermudas verdes y pinta de G.I. Joe, la observa. La observa, sí, porque “mirar” no sería la palabra.

—¿Qué te pasó en la muñeca? —le pregunta, serio, la cara totalmente limpia, el pelo perfecto con gel, los ojos penetrantes. Si bailó hasta las seis de la mañana, nadie podría notarlo. Se lo ve fresco como una lechuga, totalmente despabilado. ¿No puede dejarla en paz? Le da fastidio hablar en el desayuno.

—Estupidez —dice ella.

Espera un poco, toma otro sorbo de café, lo mira.

 —Atravesé un vidrio con la mano. Fue sin querer.

Lo que de verdad quiso fue empujar la ventana del living, la que daba justo sobre el escritorio de Iván, y arrasar con todo, lápices, computadora, vasos. Lo que de verdad quería era convertirse en Iván, romper por fin, romperse: abandonar todo intento de cordura. Sólo que calculó mal y su mano atravesó el vidrio sin esfuerzo, como si se hundiera en el agua.

—Ni siquiera lo sentí —le dice al extraño.

Él no duda; hay algo tan incisivo y terrenal en su aplomo, en su forma de pronunciar las palabras, que parece dar órdenes en lugar de hacer preguntas.

—¿Tan enojada estabas?

Ella sonríe, también sin querer, y esa risa improbable, malhumorada, es como un hilito que le tira de la lengua y que le hace decir, por primera vez, la verdad. Las palabras exactas no las recuerda. Sólo la expresión de ese desconocido con brazos fuertes, anguloso, más joven que ella, y la manera en que enarca las cejas. Tamaña confesión para escuchar a las nueve de la mañana en un hostal de mochileros. Y ella cree, cree, que incluso llegó a contarle lo que Iván le dijo una vez: “Yo nunca te pegué con el puño cerrado. Es que vos te marcás de nada”.

Se quedan un rato conversando. Él tiene que dejar el hostal; sale en dos horas para Humahuaca, pero ella le pide que la espere, quiere mostrarle los regalos que compró la noche anterior. Vuelve a su habitación y aprovecha para ponerse los lentes de contacto y soltarse el pelo. De pronto tiene una imagen: ve al desconocido entrar a la habitación y arrinconarla contra la pared. La agarra de la muñeca sana pero no apoya el cuerpo contra el de ella. Va a lamerle la mano, el pliegue flexible entre los dedos; la lengua ancha como un molusco o una cuchara tibia. El pensamiento la asusta. Saca rápido la bolsa de la mochila, vuelve a la sala y desparrama los regalos sobre la mesa. “¿Todo esto compraste?”, dice él. Se ríen. Ella le mira las manos mientras él inspecciona las medias de llama. ¿Soy yo, entonces? ¿Está bien desear este dolor?

—Te regalo las medias —dice de golpe—. Para que te acuerdes de mí en la montaña. Él vuelve a su habitación y regresa cargando una mochila gigante, casi de su misma altura. Ella no siente nada cuando por fin lo abraza, torpemente, por encima de las correas y las cantimploras colgantes. Le hace adiós con la mano hasta que el último trozo de mochila desaparece por la puerta. La sala va quedando vacía, pero ella espera a estar sola antes de sentarse frente a la computadora y mirar el correo. Un nuevo mensaje. De Iván. ¿No ves que este odio es la medida de mi amor? Recibido a las 4:23 a.m.

Cierra el correo enseguida pero no se levanta de la silla. La bolsa con los regalos, menos las medias, quedó sobre la mesa donde desayunaron. Ni siquiera es mediodía, pero el sol ya entra con fuerza al rectángulo del patio interno y las paredes encaladas resplandecen. Al mirar hacia ahí ve algo que cae del cielo. Lento, blanco, liviano. ¿Y eso? Sale al patio y, entre las cuerdas sin ropa, mira hacia arriba, al cielo brillante y sin nubes. Una lluvia de polvo, una lluvia seca. Barre el piso con el pie y el zapato deja una huella alargada.

—Ceniza —dice, y tiene ganas de contárselo a alguien. A Iván, al hombre rumbo a Humahuaca.

Mira alrededor, mira con asombro las habitaciones vacías. Después abre los brazos, espera, deja que las motas blancas se vayan depositando suavemente sobre sus hombros desnudos. Ceniza, no, piensa. Ceniza, no, nieve.


*Este cuento fue publicado en: No soñarás flores, Lagua Libros, 2016.

Era finales de enero, poco después de Navidad, cuando la niña gorda vino a verme. Ese invierno había empezado a prestar libros a los niños del barrio, que debían recogerlos y devolverlos un día concreto de la semana. Yo conocía a la mayoría de los niños, claro, pero a veces también venían desconocidos que no vivían en nuestra calle. La mayoría sólo se quedaba el tiempo que duraba el intercambio, pero también había algunos que se sentaban y empezaban a leer allí mismo. Entonces yo me sentaba en mi escritorio a trabajar, los niños se quedaban sentados en la mesita junto a la pared de libros y su presencia me resultaba agradable y no me molestaba. La niña gorda vino un viernes o un sábado, en todo caso no era el día de préstamo. Yo tenía pensado salir y me había hecho a la idea de llevarme al despacho un tentempié que me había preparado. Poco antes había tenido una visita, que seguramente había olvidado cerrar la puerta de entrada. Así que la niña gorda se plantó de pronto delante de mí, justo cuando dejé la bandeja en el escritorio y me di la vuelta para ir a buscar algo a la cocina. Era una niña de unos doce años, con un abrigo tirolés anticuado, unas polainas de rayas y unos patines colgados del cinturón; me sonaba pero no del todo, y como entró con tanto sigilo me asustó:

—¿Te conozco? —pregunté, sorprendido.

La niña gorda no dijo nada. Se quedó ahí plantada, juntó las manos sobre la barriga redonda y me miró con sus ojos claros del color del agua.

—¿Quieres un libro? —pregunté.

La niña gorda no contestó, pero no me sorprendió mucho. Estaba acostumbrado a que los niños fueran tímidos y había que ayudarlos. Así que saqué unos cuantos libros y los dejé delante de la niña desconocida. Luego me dispuse a rellenar las fichas en las que se apuntaban los libros prestados.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Me llaman la Gorda —dijo la niña.

—¿Entonces te llamo así? —pregunté.

—Me da igual —dijo la niña. No me devolvió la sonrisa, y ahora creo recordar que en ese momento hizo una mueca de dolor. Pero no me fijé.

—¿Cuándo naciste? —le pregunté de nuevo.

—En Acuario —contestó la niña con calma.

La respuesta me hizo gracia, la apunté en la tarjeta, como en broma, y luego me volví hacia los libros.

—¿Quieres algo en concreto? —pregunté.

Entonces vi que la niña desconocida no miraba en absoluto los libros, sino que tenía la mirada clavada en la bandeja donde estaban mi té y mis bocadillos.

—A lo mejor quieres comer algo —me apresuré a decir.

La niña asintió, y en ese asentimiento había cierto asombro ofendido porque no se me hubiera ocurrido hasta ahora. Se puso a engullir un bocadillo tras otro, y lo hizo de una forma peculiar en la que no pensé hasta más tarde. Luego se volvió a sentar y deslizó la mirada inerte y fría por la habitación; esa criatura tenía algo que me irritaba y me provocaba rechazo. Sin duda, odié a esa niña desde el principio. Todo en ella me resultaba repulsivo: las extremidades apáticas, el rostro bonito y graso, la manera de hablar, entre amodorrada y arrogante. Y aunque había renunciado a mi paseo por ella, no la traté con amabilidad, sino de manera cruel y fría.

¿O acaso podría considerarse amable sentarme en mi escritorio a dedicarme a mi trabajo y decirle por encima del hombro: «lee», aunque sabía perfectamente que esa niña desconocida no quería leer? Luego me quedé ahí sentado, quería escribir y no conseguí nada porque tenía una extraña sensación de tormento, como cuando uno quiere adivinar algo y hasta que no lo consigue nada puede ser como antes. Lo aguanté un rato, pero no mucho, luego me di la vuelta para iniciar una conversación, aunque sólo se me ocurrían las preguntas más disparatadas.

—¿Tienes hermanos? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Te gusta ir al colegio? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer?

—¿Perdón? —preguntó la niña.

—¿Qué asignatura? —pregunté, desesperado.

—No lo sé —dijo la niña.

—¿Lengua? —pregunté.

—No lo sé —dijo la niña.

Yo daba vueltas al lápiz entre los dedos, y sentí que se despertaba algo en mi interior, un horror que no tenía relación alguna con la aparición de la niña.

—¿Tienes amigas? —pregunté, tembloroso.

—Sí —dijo la niña.

—Seguro que una es tu preferida —dije.

—No lo sé —dijo la niña, y la vi ahí sentada con su abrigo lanudo, como una oruga gorda, también había comido como una oruga y ahora husmeaba como una oruga.

«Ya no recibirás nada más», pensé, invadido por una peculiar sed de venganza. Pero luego salí a buscar pan y salchichas, y la niña se los quedó mirando con su rostro impertérrito, y luego se puso a comer como una oruga, lenta y constante, como impulsada por una fuerza interior, y yo la observé con animadversión y en silencio. Habíamos llegado a un punto en que todo en esa niña empezaba a alterarme y enojarme. Qué niña más boba y blanca, qué cuello más ridículo, pensé cuando la niña se desabrochó el abrigo después de comer. Volví a sentarme a trabajar, pero luego oí a la niña haciendo ruido al comer detrás de mí, era como el sonido pesado de un estanque negro en algún lugar del bosque, me parecía todo seco y acuoso, lo duro y turbio de la naturaleza humana y me contrariaba mucho. ¿Qué quieres de mí?, pensaba, vete, vete. Me daban ganas de echar a la niña de la habitación con mis manos, como se expulsa a un animal pesado. Pero no la eché de la habitación, me limité a seguir hablando con ella, de la misma manera cruel.

—¿Vas a la pista de hielo? —pregunté.

—Sí —dijo la niña gorda.

—¿Sabes patinar bien? —pregunté, al tiempo que señalaba los patines que la niña llevaba aún colgados del brazo.

—Mi hermana sí sabe —dijo la niña, y de nuevo apareció en su rostro una expresión de dolor y tristeza, y de nuevo no me di cuenta.

—¿Cómo es tu hermana? —pregunté—. ¿Se parece a ti?

—Ah, no —dijo la niña gorda—. Mi hermana es muy delgada y tiene el pelo negro y rizado. En verano, cuando estamos en el campo, se despierta por la noche cuando se acerca una tormenta, se sienta arriba, en la galería, en la barandilla, y canta.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo me quedo en la cama —dijo la niña—. Tengo miedo.

—Y tu hermana no tiene miedo, ¿verdad? —dije.

—No —dijo la niña—. Ella nunca tiene miedo. También salta desde el trampolín más alto. Se tira de cabeza, y luego nada muy lejos…

—¿Y qué canta tu hermana? —pregunté, intrigado.

—Canta lo que quiere —dijo la niña gorda, triste—. Escribe poemas.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo no hago nada —dijo la niña. Luego se levantó y dijo—: Tengo que irme.

Le tendí la mano, ella posó sus dedos gordos en ella, y no sé exactamente qué sentí, una especie de orden de seguirla, un grito inaudible y penetrante. «Vuelve algún día», dije, pero no iba en serio, la niña no dijo nada y me miró con sus ojos fríos. Luego se marchó, y en realidad debería haber sentido alivio. Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta de un golpe salí corriendo al pasillo y me puse el abrigo. Bajé la escalera a toda prisa y llegué a la calle en el momento en que la niña desaparecía por la esquina.

«Tengo que ver cómo va en patines esa oruga», pensé. «Tengo que ver cómo se mueve en el hielo esa bola de grasa». Aceleré el paso para no perder de vista a la niña.

Era primera hora de la tarde cuando la niña gorda entró en mi despacho, y ahora empezaba a oscurecer. Aunque pasé unos años de mi infancia en esta ciudad, ya no la conocía bien, y aunque me esforzaba por seguir a la niña, al poco ya no sabía qué camino seguíamos, y las calles y plazas que aparecían ante mí me resultaban completamente desconocidas. De pronto también noté un cambio en el aire. Hacía mucho frío, pero sin duda ahora había empezado el deshielo, y con tanta fuerza que la nieve ya goteaba desde los tejados y en el cielo unas grandes nubes de foehn se abrían camino. Salimos de la ciudad, donde las casas están rodeadas de grandes jardines, luego ya no habían casas y la niña desapareció de repente y emergió una pendiente. Si esperaba ver una pista de hielo, con puestos iluminados, lámparas de arco y una superficie reluciente llena de gritos y música, la imagen que apareció ante mí era totalmente distinta. Abajo se encontraba el lago cuya orilla creía totalmente construida: ahí estaba, solitario, rodeado de bosques negros, exactamente igual que en mi infancia.

Esta inesperada imagen me ilusionó tanto que estuve a punto de perder de vista a la niña. Pero luego la volví a ver, agachada en la orilla, intentando poner una pierna encima de la otra y agarrarse el pie con una mano en el patín, mientras con el otro giraba la llave. La llave se cayó unas cuantas veces, luego la niña gorda se puso en cuatro patas, se resbaló en el hielo dando vueltas y buscaba y miraba como un sapo extraño. Cada vez estaba más oscuro, la pasarela que avanzaba en el lago a sólo unos metros de ella destacaba negra azabache sobre la amplia superficie, con su brillo plateado, pero no igual en todas partes, era un poco más oscuro aquí y allá, y en esas manchas turbias se anunciaba el deshielo. «Rápido», grité, impaciente, y la gorda se apresuraba de verdad, pero no porque yo la apremiara, sino porque fuera, frente al extremo de la pasarela alguien hizo una señal y gritó: «Ven, gorda», alguien que dibujaba sus círculos, una silueta ligera, clara. Se me ocurrió que debía de ser su hermana, la bailarina, la que cantaba a la tormenta, la niña de mi corazón, y enseguida supe que lo que me había llevado hasta allí no era otra cosa que el deseo de ver a esa grácil criatura. No obstante, al mismo tiempo era consciente del peligro que corrían las niñas. De pronto empezó ese peculiar gemido, esos suspiros profundos que parecían surgir del lago antes de que se rompiera la capa de hielo. Esos gemidos corrían por el fondo como un espeluznante lamento, y yo los oía, y las niñas no.

Seguro que no, no los oían. De lo contrario la gorda, esa criatura miedosa, no habría ido hasta allí, no habría seguido avanzando con sus golpes bruscos y desmañados, y la hermana no le habría hecho una señal ni se habría reído, ni habría girado como una bailarina sobre la punta de los patines para luego dibujar unos ochos bonitos, y la gorda habría evitado los lugares negros ante los que ahora se asustaba para luego atravesarlos igualmente, y la hermana no se habría enderezado de repente y no habría resbalado, lejos, lejos, hacia una de las pequeñas ensenadas aisladas.

Lo vi todo con claridad porque había empezado a avanzar por la pasarela, sin parar, paso a paso. Pese a que los tablones estaban helados, avancé más rápido que la niña gorda abajo, y cuando me di la vuelta le vi la cara, con una expresión imprecisa y ansiosa. También vi las grietas que ahora se abrían por todas partes y de las que salía un poco de agua espumosa, como espuma que sale de labios de una persona enfurecida. Y luego también vi, claro, cómo se rompía el hielo debajo de la niña gorda. Ocurrió en el lugar donde antes bailaba la hermana y sólo a unas brazadas del final de la pasarela.

Debo decir que esa quebradura del hielo no era de vida o muerte. El lago se congela en unas cuantas capas, y la segunda se encontraba sólo unos metros por debajo de la primera y aún era firme. Lo que ocurrió fue que la gorda se hundió un metro en el agua helada, claro está, y rodeada de témpanos que se rompían, pero si caminaba unos pasos en el agua podía llegar a la pasarela y subirse, y en eso yo podría ayudarla. Aun así, de inmediato pensé que no lo conseguiría, y parecía que no lo fuera a lograr, viéndola ahí, con un susto de muerte, haciendo sólo algunos movimientos torpes, con el agua creando una corriente alrededor y el hielo rompiéndose bajo las manos. Acuario, pensé yo, ahora se hundirá, y no sentí nada, ni la más mínima compasión, y no me moví.

Sin embargo, la gorda de pronto levantó la cabeza y, como ya era noche cerrada y apareció la luna tras las nubes, vi claramente que algo había cambiado en su rostro. Eran los mismos rasgos y aun así no eran iguales, marcados por la voluntad y la pasión, como si ahora, al enfrentarse a la muerte, se bebieran toda la vida, toda la vida incandescente. Sí, eso creí, se acercaba la muerte y era lo último, me incliné sobre la barandilla y miré el semblante blanco debajo, y ella me miró como un espejo desde la marea negra. Pero la niña había llegado al poste. Estiró las manos y empezó a subir, se agarró muy decidida a los tornillos y ganchos que sobresalían de la madera. El cuerpo pesaba demasiado, le sangraban los dedos, se cayó de nuevo, pero sólo para volver a empezar. Fue una larga lucha, lo que presencié fue un forcejeo horrible, una liberación y una transformación, como cuando se rompe una cáscara o una hilaza, ahora podría ayudar a la niña, pero sabía que ya no necesitaba ayuda, lo entendí…

No recuerdo el camino de regreso a casa aquella noche. Sólo sé que en nuestra escalera le conté a una vecina que aún quedaba un tramo de la orilla del lago con prados y bosques, pero me dijo que no, no los había. Y que luego encontré los papeles de mi escritorio revueltos y en algún lugar una fotografía antigua de mí, con un traje de lana blanco con el cuello Mao, con los ojos claros, acuosos y muy gorda.


*Este cuento fue publicado en: Marie Luise Kaschnitz, Gesammelte Werke in sieben Bänden. Vierter Band. Die Erzählungen. © Insel Verlag Frankfurt am Main 1983.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

1

Me pusiste en la mano el anillo con un sello de tu abuelo nazi y me pediste que lo lanzara al mar. O a algunas aguas. Porque no podías con él. Entonces te dije: «No lo voy a hacer, no es mi pariente cabrón, yo también tengo basura bajo la alfombra, está llena, ya no caben los tuyos».

Puse el anillo en mi caja de los horrores con arañas de plástico y otras atrocidades y lo guardé para ti. Ahí sigue hoy en día. Ahora hay uno más.

2

Pese a tener nombres, incluso muy normales, nada de nombres ultraestúpidos como Babsi, Horst o esas cosas, no los utilizamos entre nosotros. Tenemos apelativos cariñosos. Tú dices «Krasívaya». Yo «Líbero». Líbero porque te imagino libre. Y no en el fútbol y algunas excusas, como siempre dices. Te imagino italiano, aunque seas medio rumano. Italiano y libre, un partisano en la montaña o algo así. De vez en cuando compartimos pan y queso en la cresta de la montaña, sin usar cuchillos, y nos tiramos delante de las nubes con el abrigo. Detrás se oyen explosiones. No nos atraparán. Ni en mil años.

«Krasívaya», ni idea de por qué. Porque tengo la cabeza en el espacio y los pies apenas rozando el suelo. Mi mirada siempre es ingrávida.

Quería ser cosmonauta y conozco bien los paracaídas, pues en algún momento se me rompieron las alas por el camino. Por entonces debía de tener entre once y doce años.

3

Cuando mientras caminábamos, empapados por la lluvia, encontramos una cueva en medio del bosque, a punto de anochecer, teníamos frío y el siguiente alojamiento estaba recién a quince kilómetros, propuse pasar la noche en esa cueva. Y tú dijiste: «No», porque te daba miedo encontrar un oso durmiendo dentro. Entonces deseaba que fueras más valiente, como un guerrero, un vaquero, un indio que destruyera a flechazos mi propio miedo. Así que tuve que pasar delante y luchar con los osos hasta que tú te quedaste dormido entre estalagmitas y estalactitas en el cenagoso suelo de la cueva.

4

Todos los viernes de verano entre las cinco y las ocho y media de la tarde bombardeamos el parque con bolas de petanca.

5

Cuando pasamos con nuestras bicicletas de hombre por delante de Sugar, la fulana más guapa de Straßenstrich, nos paramos haciendo chirriar los frenos y le preguntamos por sus callos. Los tiene por las plataformas rojas y hace semanas que la atormentaban. Sugar es maravillosa. En realidad se llama Satwan y antes era un hombre. Hoy en día tiene un clítoris de diseño de un cirujano estrella de Bangkok y hace las mejores mamadas de la ciudad. Eso dice ella. Nosotros le creemos y no queremos pruebas.

6

«Gitanillo», decía tu abuelo sin anillo de sello, y se refería a ti. Tejemos las guirnaldas heroicas de ganchillo más bonitas para la fotografía de tu padre, del que nadie habla. Pensamos que navega por el mar desde que dejó a tu madre. Y no que se ha colgado de un árbol de bosque, como dice ella. «Una tumba, una tumba, qué es una tumba. Un nombre en una piedra, nada más». Bebemos a su salud y por tus raíces y lanzamos las copas contra la pared hasta que el compañero de piso grita que somos imbéciles. «Fulanas de mierda», decía el abuelo nazi a sus propias hijas. Entonces cogiste impulso, apuntaste, le diste y al día siguiente abandonaste el pueblo. Por ello te hice un documento de honor a toro pasado y te pegué un nadador en la camiseta roja.

7

El primer día ya te dije que no debías enamorarte de mí. Y cuando tú lo hiciste de todas formas, te di una bofetada.

8

Habíamos calculado que con tu Vespa tardaríamos 21,3 días en llegar al Mar Negro. Si íbamos despacio. Al final necesitamos 43 días y acabamos durmiendo boca abajo. En Hungría había conflicto, y yo habría dado media vuelta. Pero entonces llegó la luna llena y el Danubio, y tú con los músicos: «Mesečina, Mesečina» y ya no pude más y me lancé a tus brazos.

9

Cinta de varios

Cara A (tu cara)

Francoise Hardy / «Oh, Oh Cheri»

Ernst Busch / «Heimlicher Aufmarsch»

Bregović / «Mesečina» y «Edelezi»

Jacques Brel / «Ne me quitte pas»

Danzig / «Mother»

D. A. D. / «Sleeping my day away»

The The / «Love is stronger than Death»

Tu coreografía en zig zag me mareaba.

Cara B (mi cara)

Nouvelle Vague / «This is not a Lovesong»

Kim Wilde / «Cambodia»

Dead Kennedys / «Holiday in Cambodia»

Lard / «They’re coming to take me away (haha)»

Fugazi / «Waiting Room»

Pixies / «Debaser»

The Notwist / «Moron»

Nouvelle Vague / «Too drunk to Fuck»

10

«¿Cuándo os casaréis por fin?»

Preguntan unos.

«¿Por qué no os casáis?»

Preguntan otros.

11

Nos bebimos una botella de Jameson entre los dos y echamos pestes del mundo. Luego te sentaste en la cabecera, yo tomé el micrófono y canté con peluca y gafas de sol para ti y a tu ritmo, y luego a la videocámara, hasta que me enredé con el cable del micro y acabé en el suelo junto con la cámara, de donde ya no me levanté de la risa. Cuando al día siguiente vi las imágenes vi que nos habíamos besado, antes de quedarme dormida y de que tú apretaras el Stop.

12

El teléfono:

Ring. Ring. Ring. Ring. Ring. Ring.

Tú, muy cabreado:

—¿Sí?

Yo:

—Soy yo.

—Mmmm.

—¿Aún estás en la cama?

Cinco segundos después vuelves a hablar:

—Mierda. ¿Qué hora es?

—No me digas que aún estás en la cama.

—¿Por qué no?

—Porque son otra vez las tres y media de la tarde, joder. Por eso.

—Joder. ¿En serio?

—Sí.

—Mierda.

Oigo cómo te enciendes un cigarrillo.

—¿Se me ha pasado una cita?

—Sí.

—¿Algo importante?

—¿Cuándo te largaste esta noche?

—No lo sé, en algún momento esta mañana.

Fumas, te oigo, luego digo:

—¿Me prestas tu bicicleta? Me han robado la mía.

—Pasa por aquí.

—Ayer nos besamos.

—Sí.

—¿Estuvo bien? En realidad no me acuerdo.

—Estuviste genial, baby.

—Imbécil.

—Hasta ahora.

13

Mi cumpleaños siempre cae en invierno. Todos los años. No me gusta. Siempre había querido celebrar una gran fiesta con todos mis amigos en el parque o en un lago con una hoguera y dormir al aire libre y todas esas cosas. El año pasado me llamaste en verano, me convenciste para ir a bañarnos y me llevaste en la Vespa. Desde el aparcamiento hasta el lago me tuviste por encima de tu hombro, mientras yo cantaba una canción infantil. Cuando vi una mesa junto al lago con nuestros amigos sentados y todos me cantaron Cumpleaños feliz, supe que estabas loco y salí corriendo. Qué suerte que seas más rápido que yo.

14

Sólo discutimos mediante nuestra máquina de discutir, una vieja Olympia, y las reglas funcionan así:

Sólo puede haber una persona cada vez en el teclado.

Sólo se puede escribir, no hablar.

Sólo se puede escribir una frase, luego le toca al otro.

Las actas de las discusiones estaban archivadas en carpetas, marcadas con los años.

15

«¡Manos arriba!», grité cuando atraqué la cafetería donde trabajabas detrás del mostrador. Tenía la pistola de agua apuntándote con firmeza. Miraste a tu jefe, que hacía tiempo que tenía todos los dedos en el aire, luego sonreíste, dejaste el pañuelo y despacio, muy despacio, levantaste las manos.

—¡Esto es un secuestro! —le dije a tu jefe y te guiñé el ojo, vi tu mirada confusa, apreté el gatillo, te di en la frente y te ordené que salieras de detrás del mostrador. Afuera te vendé los ojos, te puse un walkman y te di un par de vueltas delante de la cafetería para que te desorientaras. Te llevé en zigzag hasta la estación, luego fuimos en tren al mar, donde llegamos por la tarde.

16

Navidad con tu madre. Tu abuelo ya estaba muerto y tu madre sola, así que la invitamos a celebrarlo con nosotros. Nochebuena en tu casa con pava y col lombarda, y bolas de patata y abeto y vino y canciones. El primer día de Navidad en mi casa en el sofá con restos del día anterior con galletas y El padrino I-III. Al día siguiente os dejé y me sentí sola.

17

Estábamos de pie medio congelados en el puente sobre los andenes del tranvía. Tú con tu viejo equipo de pescador en las manos. Cada uno con una caña. Hacía tiempo que el cielo se había calmado de los grandes estruendos, entonces pusimos unos cohetes en botellas vacías y atamos nuestras cuerdas de pescar al borde de madera de los misiles. «Commencing countdown, engines on.» Sujetamos los fuegos artificiales por la mecha a la vez. En seguida agarramos las cañas. Tres. Dos. Uno. Los cohetes salieron zumbando hacia el cielo, atados por las cuerdas, y estallaron encima de nuestras cabezas. Pescábamos cohetes. Fue el último fin de año.

18

Los «top 10» de «por qué no puedo estar contigo»:

  1. Sólo tienes un libro
  2. El título del libro es Excel para tontos
  3. Siempre bebes
  4. Hueles como mi padre
  5. No tienes objetivos
  6. Todos tus calcetines tienen agujeros
  7. Siempre dejas las cerraduras abiertas
  8. No vas a votar
  9. Tus besos saben a ceniza
  10. Me dejarás

19

Ayer llamó tu madre. Desde el hospital. Con tu móvil. Pensé que eras tú y contesté con un: «¿Dónde te has metido, idiota?», y tu madre rompió a llorar.

Me dijo que tenía una carta para mí y que estabas en el hospital con el estómago hecho polvo, en cuidados intensivos, y que te encontró tu compañero de piso. Entonces supe por qué no habías ido por la mañana al sitio donde habíamos quedado y fui a verte.

20

Miles de tubos en el cuerpo. Monitores. Pitidos. Hidráulicos. Tú en coma. El médico jefe de turno me ha dicho que te habías intoxicado con pastillas. Se interrumpió la respiración, tu cerebro estuvo varios minutos sin oxígeno, por eso ahora estás en coma, con respiración y alimentación artificial. La pregunta era si volverías a estar normal. Había pocas probabilidades. Me dio las siguientes indicaciones:

– Hable con él en un tono calmado de confianza.

– Explique cosas bonitas.

– Anímele.

– Acaríciele la piel con suavidad.

– Mencione nombres y situaciones conocidas.

Eso puede influir, según el médico, en que tú te inclines por la vida y tal vez vuelvas, no como eras antes, pero podría ser que, tras una rehabilitación intensiva, si bien con una discapacidad mental y en silla de ruedas, podrías vivir unos cuantos años bonitos. Te acaricié la mano y el brazo. En el punto donde llegaba a la piel, entre cánulas y vendas. Te puse recuerdos sobre la mesa, te hablé en un tono calmado, te canté, me inventé un cuento para ti y luego te insulté durante una hora más o menos. Me llevé a casa la carta sin leer.

21

Tu carta de despedida:

«Krasívaya,

lo siento.

Líbero»

22

Gilipollas cobarde.

Ya basta.

23

Hoy es viernes.

¿Quién bombardea el parque conmigo hoy?

¿Y la semana que viene?

¿Y luego?

Ya sé los nombres de todas las enfermeras.

24

Ahora sé qué es el reflejo vestíbulo-ocular. Y dónde está el tallo del cerebro. No has vuelto. Tu madre quería una tumba cerca. Le dije: «¡Un entierro en el mar, él pertenece al mar!» y le dio igual. Han dado tu corazón porque tenías un carnet que lo decía. No soporto la idea de que ahora haya alguien por ahí con un corazón de Líbero.

25

Tu entierro en el mar fue un desastre. Juntos nos habríamos reído a carcajadas de tu madre vomitando y el cura recitando a bordo. Pero yo estaba ahí sola pensando en lo banal que es todo. Me sentía fatal porque pensaba que tenía que ser algo festivo. La urna hizo «plaf» y yo torcí el gesto.

Me siento amputada. ¿No podrías ser como Jesús y resucitar? Un viernes, sí, me parece correcto.

26

El tiempo es como un chicle que va perdiendo el sabor.

27

Lo he vendido todo, también la batería, perdona. Tu Vespa va perfecta, me la quedo. Aún están tus guantes bajo el asiento. Mañana viene el camión de mudanzas. Todos preguntan: «¿Por qué Flensburgo?». Yo me encojo de hombros y me quedo callada.

28

Se llama Simone Michalski. No fue fácil averiguarlo.

Mi piso está en el mismo barrio. Suele ir a una tienda biológica a comprar. Imagínate: el próximo día uno empiezo, de dependienta. Media jornada.

29

Voy todos los días a pasear junto al mar. Se ve Dinamarca. A veces voy con la Vespa, compro regaliz salado y me como un perrito caliente con una salchicha de color rosa dentro. Te encantaría Røde Pølser. El día de tu muerte encendí una luz en el agua y le grité al mar.

30

La veo y busco una pista. Una chispa. Lo peor es que Simone no te gustaría, estoy segura. Hace unos meses que nos vemos una vez por semana. Es una pésima jugadora de petanca. Tampoco sabe jugar al ajedrez. Hace poco que practica macha nórdica, con palos y todo. De hecho es un milagro que no haya tenido un rechazo.

31

Estoy sentada en la máquina de discutir, rompiendo todas las normas.


*Copyright © Carl Hanser Verlag München 2014.

*Este cuento fue traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

La puerta del colectivo se abrió. Elena, desde su asiento, observó a la gente que se trepaba al estribo.

—¿Dónde los pensará meter este tipo? —le preguntó a su hija que estaba sentada del lado de la ventanilla.

Jesi movía la cabeza de pelo negro y mechas azules, absorta en la música que salía del walkman. Elena suspiró y fijó la mirada más allá del vidrio, en algún punto perdido de la calle.

—¿Piensa que lleva ganado, chofer? —se escuchó. La voz chillona convocó la atención de Elena que se había puesto a pensar en el dinero que Jesi gastaba en casetes. Alzó la vista y en ese instante vio subir a una embarazada. Hundió el codo en la cintura de su hija.

—Jesi, levántate.

Jesi tiró del cable del walkman y los auriculares saltaron de las orejas.

—¿Qué pasa?

Elena señaló con la cabeza a la embarazada. —Dale el asiento a la señora.

Jesi miró a Elena con los ojos muy abiertos. —¿Estás loca, ma? ¿Con esta pollera me voy a meter en ese quilombo de gente?

Elena consideró la diferencia entre sus discretos pantalones pinzados y la minifalda de Jesi. Resignada, se tomó del pasamanos para levantarse.

—Siempre una excusa a mano, ¿no? —deslizó.

—Es la verdad, ma —retrucó Jesi, y en un tono cómplice y simpático agregó—: A las viejas no les hacen nada.

Elena miró a Jesi. La vio ponerse los auriculares en las orejas. Desentendida de lo que había dicho ahora dirigía su mirada por la ventanilla hacia afuera.

Elena miró hacia adelante. Vio a la embarazada tratando de sujetarse de un pasamanos. Le hizo señas para que se acercara. Mientras intentaba hacerse un lugar entre el gentío, maldijo todas esas teorías que condenaban el impulso de estampar una soberbia cachetada en la mejilla bronceada de Jesi.

—Gracias —dijo la embarazada.

—Por nada —contestó Elena con una sonrisa que disimulaba la incomodidad de verse aplastada por el avance de un vientre ochomesino. La embarazada tomó posesión de su asiento con un bufido. Jesi ni se inmutó. Elena intentó separar un poco los pies para hacer equilibrio en las frenadas.

—Flor de malcriada —dijo una mujer a su izquierda.

Elena reconoció la voz chillona que había escuchado antes y se hizo la sorda. Lo único que me falta es que me cuestionen la educación que le doy a mi hija, pensó. Y clavó una mirada de odio en Jesi. Desde esa perspectiva aérea los pechos de su hija se veían más juntos y abultados. Se preguntó cuándo había desarrollado semejante cuerpo. Con razón se la disputan esos imberbes, pensó recordando los obstinados llamados telefónicos de dos compañeros de secundaria de Jesi. Se creía toda una diosa. Lo que necesitaba esa chica era que la ubicaran en su lugar. Después de todo solo tenía catorce años. Ella también había sido linda a su edad, y no solo linda. Por sobre todo había sido rebelde. Pensaba. Y pensaba bastante. Sin embargo, se bancaba los cachetazos sin chistar. Y no estaba hablando de otro siglo. De los sesenta a los noventa no habían pasado ni. Se interrumpió alarmada: ¿Treinta años? ¿Era posible que hubieran pasado treinta años desde sus catorce? Recordó la piel arrugada de Jagger en el último recital que había visto por la tele hacía un mes. Se sintió mal. ¿Era el calor, el olor ofensivo de la gente que la apretujaba, o estaba a punto de desmayarse? ¿Cuántos años tenía Jagger ahora? Mientras frenaba con su sandalia el avance del pie de la persona que tenía a su izquierda (la de la voz chillona, seguro), intentó hacer cuentas. Jagger tendría unos veinte años cuando salió besando el micrófono en el póster que había traído la revista Pelo. Se vio a sí misma clavando el póster con chinches en la madera lustrada del placard recién comprado. Keith Richards con sus pantalones de terciopelo ajustados. Adoraba los frunces que se le hacían en la ingle. Pero nada como la bocaza de Jagger. Qué época gloriosa. Píntalo de negro a todo volumen en el combinado y la puerta de su cuarto que se abre. La madre agarrándose la cabeza frente al placard. Gesticulando como una loca. Pobre vieja. Una mano pesada como esa era la que Jesi necesitaba sentir en la mejilla. ¿Pero treinta años habían pasado? Una presión fuerte en su espalda interrumpió sus pensamientos. O se corría un poco hacia el costado para hacerle lugar a ese cuerpo prepotente que parecía pedir espacio, o se aplastaba contra la embarazada. Decidió apretarse contra la mujer de la izquierda. No tuvo más remedio que mirarla. Lo primero que vio fue el bigotito transpirado y atravesado por surcos. La mujer era mayor que ella y la miraba con un gesto poco amable. Elena no quiso pensar en cuánto mayor que ella era realmente. Treinta años seguro que no. Mientras se convencía de que entonces habían pasado treinta años desde sus catorce y aquel campamento en Gesell, se apretó más contra la mujer para lograr que su espalda se viera libre de tanta presión.

—Disculpe —dijo—. Me están apretando.

—Se tendría que haber levantado la mocosa —dijo la señora.

Elena trató de sonreír para restarle dramatismo a la escena, pero adivinó en su cara la mueca de disculpa. Vergüenza le pareció más exacto. Intentó rescatar el orgullo de haber dormido bajo los pinos de Gesell. Catorce años, qué valentía. Miró hacia atrás, ya con coraje y dispuesta a reclamar por su mínimo espacio.

Un muchacho de pelo largo teñido de rubio le sonrió. Tremendos ojos tenés, pensó Elena.

—Me estás empujando —le dijo y notó que su voz había perdido todo rastro de reclamo. Había sonado dulce, casi íntima.

—Perdoname. A mí también me empujan. Elena le dio la espalda. Estaba aturdida. El chico la había tuteado. Perdoname había dicho. Qué voz suave había salido de esa boca entreabierta. Morocho de ojos color miel. Teñido de rubio. Perdoname. Los labios del morocho volvieron a su memoria produciéndole un estado de excitación. Cerró los ojos. Un insistente codo empujando en su cadera izquierda la hizo volver a la realidad. Miró a la vieja. Ahora se daba cuenta de que realmente había diferencia entre ella y la mujer que la miraba inquisidora.

 

—¿La está molestando?

—¿Quién? —preguntó Elena.

—El de atrás.

Elena sacudió la cabeza, burlona. —No. —Miró de reojo por sobre el hombro. El chico le guiñó un ojo. Qué seductor, por Dios. Volvió a sonreírle rápido a la vieja. Estaba ruborizada y no era el calor. Un segundo después sintió que algo se había apoyado suavemente contra su pantalón como tanteando la respuesta. No pudo esquivarlo. O no quiso. Sofocada miró a Jesi. Qué inocente le parecía ahora con su movimiento de cabeza, ajena a la realidad. Pensó con delicia en un hipotético, imposible diálogo que se producía apenas bajaban del colectivo: Jesi —una Jesi descolocada y boquiabierta— escuchando sin poder creer todo lo que le contaba: así que a las viejas no les hacen nada, le decía ella. Pero no. Lo mejor del asunto estaba en que era secreto. Los pinos de esta villa cubrirán para siempre nuestro secreto, había escrito en Gesell su primer amor. Cuarenta y pico y seguís en carrera Elenita, se dijo orgullosa mientras con un leve movimiento hacia atrás provocaba una mayor presión contra sus glúteos. Le pareció sentir el aliento cálido del chico sobre su cuello. Estaba suspirando. Se le endurecieron los pezones. Observó una mirada molesta proveniente de la izquierda. La vieja se estaría dando cuenta de lo que ocurría. Eso le pasaba por metida. La embarazada comenzó a abanicarse con la mano. Elena transpiraba pero estaba segura de que la causa no era solo el calor. Pensó que si se desmayaba caería en brazos del chico. Un movimiento de Jesi la puso en guardia. Estaba dando vuelta el casete. La vio acomodar el volumen y mirarla. Qué quería con esa expresión de cejas alzadas y cara seria. Jesi movió la cabeza como diciendo ¿todo bien? Elena se preguntó si su cara mostraría la plenitud de esos domingos, cuando después de un recuperado contacto amoroso, se miraba desnuda en el espejo del baño. Sonrió, en un intento de mostrarse presente, tranquilizadora. Jesi volvió a mirar por la ventanilla. Elena, a concentrarse en lo que pasaba a su espalda. ¿Era posible que un chico se estuviera excitando con ella de esa manera? Solo quedaba disimular el placer, los movimientos de aproximación. Jamás, jamás le contaría a Jesi lo que le hacen a una vieja. Alzó ambos brazos para tomarse del pasamanos del techo y juntó las muñecas en una actitud de entrega destinada a él, cerró los ojos y escuchó la voz de Jagger en Azúcar marrón

Cuando oyó los insultos desde el fondo del colectivo abrió los ojos. La presión contra su cuerpo había desaparecido y el codazo de la vieja pareció clavársele en las costillas. Una confusión de murmullos envolvió a Elena. Miró hacia la puerta. Lo vio bajarse del colectivo.

—Fíjese en la cartera, señora —le estaba diciendo la vieja.

—Tiene el cierre abierto —le señaló la embarazada.

Elena hundió apenas la mano en su bolso. Le faltaba la billetera.

La voz chillona sonó estridente y satisfecha: —¿Vio? ¿Qué le decía yo? Se aprovechan…

Elena miró a la vieja. Cerró suavemente el cierre. —¿Se aprovechan de qué? —dijo con voz firme—.

A mí no me falta nada.


*Este cuento fue publicado en Lo que dicen cuando callan @ Alejandra Laurencich, c/o Guillermo Schavelzon & Asoc. Agencia Literaria.

Él era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hacía algún tatuaje. Él estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante francés.

Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafetería de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respondía con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extendía sobre el hombro de Ella. Ella miró atrás, sonrió reconociendo el rostro y dijo « gracias » mientras guardaba apresurada la caja de Marlboro. Él sonrió y la invitó a una cerveza. Ella prefirió caminar y caminaron.

—La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.

Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.

—Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.

Él quiso saber su nombre, por si lo conocía, quién sabe, pero Ella se negó.

—Nunca reveles la identidad de tus amantes, además…, es casado, como tú.

Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sabía de su esposa japonesa y suspiró pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos años mayor que tú, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el año de viaje, como tú, pero en latitudes distintas.

—Ton, ton —dijo Ella golpeando su corazón—. Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.

Él quiso ser divertido y la invitó a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la farándula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.

—Dime una cosa, ¿qué prefieres, la noche o la mañana?

—Soy músico, animal nocturno.

—¿El invierno o el verano?

—Verano tenemos todo el año, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.

—Una más, sólo una, ¿los gatos o los perros?

Él sonrió.

—En casa de mi madre tengo dos gatos: Ochún y Changó. Ella sonrió mordiéndose los labios.

—OK, no iré a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…

Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada después de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. Él le traía copas y escribía la fecha en los corchos de las botellas que bebían juntos. Luego, y durante y antes y después hacían el amor. Él cantaba baladas a su oído mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.

El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.

—¿Lo amas? —preguntó Él y Ella sonrió sin decir nada—. Si no lo amas ¿por qué no lo dejas y te quedas conmigo?

—Ton, ton, corazoncito egoísta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa también tú tendrás vacaciones.

Él quiso decir algo, pero se mordió la lengua. Al otro día le escribió una canción y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el francés, algunos días para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.

Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella bebía un agua tónica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor francés leía tomando el sol a su lado. Él se bajó del carro y caminó con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoció al escritor y se detuvo. Él reparó en Ella. Su esposa acercó la boca para decirle al oído quién era el canoso de la revista. Él asintió callado, no lo conocía. La pareja siguió andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. Él bajó la vista. Ella bebió su agua tónica. El escritor sonrió molesto por ser reconocido.

De aquel encuentro nunca hablaron. Él prefirió callar. Ella besó los poros de su cuerpo y le hizo el amor en español.

—Ton, ton —dijo Él golpeando el corazón—. Yo te quiero, ¿sabes?

Ella le regaló una vela con forma de caracol.

Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.

—Lo hace para agradarte —dijo Él—. Yo, de muy buena gana te dedicaría un disco, pero mi mujer querría saber quién eres tú y como dijiste, «nunca reveles la identidad de tus amantes…».

Ella rió complacida, besó el libro y luego besó la boca de su cantante de salsa. Su amante que empezó a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del frío y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar traía periódicos y revistas donde salía su foto, las críticas de prensa, la promoción de los discos y los lápices raros que se había empeñado en encontrar para la colección de Ella. En uno de esos regresos, la encontró un poco extraña, preocupada.

—No es nada —dijo Ella—. Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¿sabes?

Él la ayudó a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hacía sólo en ocasiones especiales, algún día, si él quería podría hacer algo en su cuerpo. Ella no tenía ninguno, pero los hacía muy bien, le gustaba.

Una semana después regresó la japonesa y Él dejó de verla. Su esposa permaneció más de un mes en casa y Él sólo consiguió llamadas telefónicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirtió en un hastío donde apenas se alcanzaba la armonía cuando hablaban de próximas giras y contratos. La japonesa lo notó demasiado distante y Él culpó al calor. Percibió que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y Él aludió «un bache creativo». Descubrió unas velas extrañas encima del armario y Él se justificó con la crisis energética. En el aeropuerto lo abrazó, Él besó su frente deseándole buen viaje y dos segundos después de verla desaparecer tras el cristal, montó en el carro y fue a buscarla a Ella.

Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sabía que la japonesa había partido y contó que no estaba en casa porque conoció a un cineasta español, un tipo interesante con el que conversó largas horas. Él quería permanecer juntos el mayor tiempo posible y preguntó cuándo venía el francés.

—Ya no vendrá más, se acabó —dijo Ella—. Está loco, la última semana dijo que su mujer lo sabía todo, él mismo se lo contó porque quería abandonar a su familia y llevarme a París para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acabó.

Él suspiró con cierto alivio nada disimulado y la abrazó muy fuerte.

—Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedarás conmigo.

Ella sonrió y mojó con su lengua la punta de la nariz de Él. Dijo que quería beber un agua tónica y hacer el amor en las sábanas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. Él no quiso que se fuera al otro día, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y así hizo Ella, lo esperó desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. Él regresó muy tarde y vertió ron en el cuerpo que lamió hasta emborracharse. En la mañana, aún desnudos y cansados, le escribió otra canción y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisión donde estrenaba la música hecha a la mujer más maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y Él regresó amándola.

Luego vino una corta gira a Japón donde su esposa lo recibió con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que recién comenzaba a grabar. Él se entusiasmó, pero no quería a la empresaria japonesa, la quería a Ella. Ella, que lo recibió con una botella de vino español y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. Él comenzaba a grabar y permanecía casi todo el día en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. Él dejaba todas sus energías en cada canción. Pensando en Ella haría bailar al mundo entero, haría estremecer a la vieja Europa.

El día que terminó la grabación fue a buscarla con flores. Compró una caja de ron, dos de agua tónica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. Él puso la contestadora telefónica y bajó el timbre del teléfono. Ella quemó incienso y se quitó la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, Él dijo que tenía una sorpresa.

—Me tienes loco, estoy loco —dijo—. Cambiaste mi vida, me viraste al revés y no es justo ocultar lo que siento… el disco está dedicado a ti, ya están imprimiendo, tu nombre va a salir en la carátula de un disco que se venderá en todo el mundo —sonrió y dio golpecitos en el corazón de Ella—. Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…

Ella abrazó su cuello lamiéndole las orejas. Se estremeció porque las manos de Él volvían a recorrer su espalda y la envolvían toda. Besó sus labios.

—Soy feliz —dijo apartándose un poco—. Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendrá unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… Déjame hacerte un tatuaje.

Él sintió una emoción extraña y se mordió los labios. Bebió de la botella, casi a punto de estallar de la alegría y aceptó. El dibujo era en la nuca, un extraño dibujo, pequeño, particular. Cuando terminó, estaba borracho y exhausto por la posición de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarició su rostro, y se levantó a beber agua tónica, mientras lo veía adormecerse.

La gira de seis meses por Europa quedó confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y partió con la promesa de una larga conversación cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los últimos tiempos.

—Este disco será un éxito, lo sé —dijo Él tendido sobre la arena mirando el atardecer.

—Cambiará tu vida, te lo auguro —dijo Ella, tendida junto a Él.

—Cambiar… —dijo Él y giró su cuerpo para mirarla—. Ton, ton, corazoncito mío… Estaba pensando, ¿qué tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.

Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.

—Se acabó, yo no te amo.

Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpió agregando que además tenía otro amante, no diría su nombre, era un cineasta español, sólo eso. Tampoco le parecía una buena acción eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. Él se frotó la cara, no quiso creer.

—Pero, ¿y entonces? Todo esto… Lo nuestro…

Ella le acarició el rostro y se levantó sacudiéndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompañarla, no era tarde, y su amante español vendría a recogerla muy cerca de allí. Él se levantó para decir algo pero terminó tragando en seco.

—Ton, ton, corazoncito tonto —dijo Ella golpeándole el corazón—. ¿Alguna vez dije que te amaba? —besó su mejilla húmeda de sudor y dio unos pasos—. ¿Sabes?, es que… Yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… Tú que andas por el mundo podrás reconocer mi marca, hay muchos por ahí con ese dibujo en la nuca… —sonrió— Y todos son famosos…

Él era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un éxito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. Él estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante.


*Este cuento fue publicado en: Carroza para actores, Norma Editorial, 2001. 

Salí porque fui invitada a hacerlo. Acababa de bañarme y estaba asomando los ojos a la ventana de mi habitación cuando, de pronto, me vi pasar. Era yo. Pero no la yo que miraba en las visiones del espejo, sino otra yo que conocía y que tenía mucho tiempo de no ver: yo niña. Imposible confundir mi mirada, mi forma de andar, mi sombra, mi vestido pálido y mis zapatos gruesos. Era yo que pasaba frente a mi casa corriendo con tanta velocidad que me hice dudar. Pensé que se trataba de mi imaginación, que debía haber salido a correr por las calles que, siendo de una ciudad tan joven, se ven ya tan viejas. Me quedé sonriendo por lo bueno que había sido haberme visto de nuevo con los huesos diminutos y los dientes de leche.

Acomodé mejor la vista en la ventana. Tenía la esperanza de que, si me quedaba ahí, si esperaba, yo–niña volvería a pasar sobre mi vuelo como hacen las mariposas. Diez minutos después (el tiempo que de pequeña me tomaba darle la vuelta al barrio), yo–niña aparecí. Me detuve frente a mí, que estaba esperándome en la ventana, me sonreí de nuevo y corrí alrededor del barrio siete veces en total. Entonces, yo–niña me invité a bajar con un ademán insistente. Yo —que deseaba bajar y tomarme de la mano, y correr, correr, correr, correr, correr—, bajé deprisa por las escaleras.

A mitad de ellas me di cuenta de que estaba desnuda y me desistí de salir porque recordé que los vecinos sacaban a pasear a sus infantes a esa hora. Segura de que se alarmarían (las mujeres desnudas que corren por las calles asidas de la mano de ellas mismas cuando eran niñas no son muy frecuentes por acá), subí a la habitación para gritarle que no podía acompañarla porque estaba sin ropas y que lo sentía mucho.

Noté en su rostro que no me había creído. Por eso, me asomé completa a la ventana para probárselo. 

Pareció no importarle. Seguía gritando que saliera, que saliera ya, que saliera pronto, que me apurara. Pataleaba con insistencia, hacía temblar el asfalto. Me hacía angustiarme. Y, cuando me llenó de desesperación por no poder salir, entonces escuché mi voz —pero no mi voz de niña ni mi voz de ahora, sino mi voz de cuando esté ya muy vieja— que me decía que saliera a jugar conmigo–niña, que no me dejara esperándome. Me hablaba con voz de mando. Me lo ordenaba mientras —como yo no daba un paso para cubrirme el cuerpo— me vestía con una sábana y me llevaba de la mano rumbo a la salida. Escaleras abajo, yo–vieja me colgué la llave de la casa al cuello para cuando volviera, me saqué a la calle y me di un empujón para que me alcanzara a mí–niña, que, al verme salir, echó a correr colgando las risas en el aire como si se tratara de globos enormes.

Toda la mañana corrí tras de mí sin darme alcance. Yo–niña me animaba a aumentar la velocidad y a atraparme, pero seguía corriendo más rápido de lo que a mi edad puedo hacerlo. Corría y volvía a verme burlona con mi risa de niña mientras yo–vieja nos vigilaba desde mi puerta. Ambas se veían satisfechas. Parecían modelos de un cuadro. Lo único que quebrantaba la atmósfera de armonía era yo, que no sonreía, que estaba cansada y que me dolía de mis pies sin zapatos lastimados por el asfalto caliente.

Dimos vueltas al barrio. De pronto, yo-niña se internó en la ciudad. Intenté seguirla guiándome solo por su carcajada. Estaba empecinada en darle alcance, pero tenía la desventaja de no saber dónde estaba. No reconocía el paraje. La ciudad parecía desordenarse detrás de mis pasos. No encontraba yo una señal que me revelara su ubicación o la mía. Ni siquiera la gente me ayudaba a situarme. Unas me decían que estaba cerca de mi barrio; otras, que nunca estaría más lejos que entonces. Por eso preferí caminar sola. Sabía que, de alguna manera, saldría de allí. Me pedí paciencia. Me pedí esfuerzo. Me pedí no dejar de caminar. Estaba segura de que conseguiría descifrar el laberinto y salir de él. Pero toda mi seguridad no alejaba la desesperación, que se posaba sobre mí en forma de pájaros oscuros que tenía que espantar con movimientos de manos mientras caminaba.

Anduve tanto y tantas veces alrededor de los mismos sitios que perdí la esperanza de regresar. Y, cuando ya ni siquiera tenía ilusiones, cuando ya ni siquiera deseaba dar con mi casa, visualicé mi techo celeste y mi ventana. Caminé hacia ellos en el ocaso.  La noche se precipitaba tras de mí.

Buscando refugiarme de las noches frías de esta zona, tomé la llave que yo–vieja me ató al cuello y la metí en la cerradura. Entró sin problemas y hasta giró, mas no abrió. Falló en los cuatro intentos. Entonces, aunque vivo sola, toqué para que alguien me abriera.

Cuando nadie atendió mi llamado, comencé a pensar en dónde encontrar un cerrajero que me ayudara y no preguntara por qué me había quedado fuera envuelta en una sábana.

Pensando estaba cuando me cayó una colcha encima. “Para el frío”, me dijo una voz que venía de mi habitación y que distinguí de inmediato porque era con la que hablaba en la infancia. Yo-niña me miraba burlona desde la ventana. Se reía de mí. Le grité que me abriera, que me abriera de inmediato, que me abriera ya. Pero no respondió a mi petición. Solo sonrió y me hizo señales de despedida con la mano hasta que llegué yo–vieja y la halé hacia el interior de la casa. Me miró como ve la gente a un ser molesto cuando le pedí que me abriera, cerró la ventana y desapareció.

Intuí que no me dejarían entrar más, así que me di la vuelta y me interné en la ciudad en búsqueda de un empleo que me permitiera pagar una habitación en la que pudiera vivir. Busqué un lugar en un edificio alto, muy alto, un sitio donde las voces de la gente que camina en la calle no pueden distinguirse para que, si ellas regresan, no pueda yo escucharlas ni aceptar sus invitaciones, ni salir a la calle, ni quedarme de nuevo sin casa.

Aquí estoy planchando, y lo que usted me ha preguntado me atormenta de ida y vuelta con el movimiento de la plancha.

«Me gustaría que se hiciera el tiempo para venir a hablarme de su hija. Estoy seguro de que puede ayudarme a entenderla. Es una jovencita que necesita ayuda y a la que me interesa mucho ayudar».

«Que necesita ayuda…». Aun si fuera, ¿de qué serviría? ¿Cree usted que porque soy su madre tengo la clave, o que de alguna manera podría usarme como clave? Lleva 19 años viva. Hay toda una vida que ocurrió fuera de mí, con independencia de mí.

¿Y cuándo se tiene tiempo de recordar, examinar, sopesar, estimar, cerrar cuentas? Empezaré y habrá una interrupción y tendré que volver a reunirlo todo. O acabaré abrumada por todo lo que hice o no hice, lo que debería haber ocurrido de otra manera y lo que no puede evitarse.

Era una beba preciosa. La única de nuestros cinco hijos que fue preciosa al nacer. Pero no imagina usted lo nueva e incómoda que es para ella su belleza actual. No la conoció durante todos los años en que la consideraban poco atractiva, ni la vio estudiando sus fotografías de bebé, pidiéndome que le repitiera una y otra vez lo preciosa que había sido —y que sería, le decía yo— y que era, para quien supiera mirar. Pero muy pocos o nadie sabía mirar. Ni siquiera yo. 

Le di de mamar. Hoy en día se considera importante. Amamanté a todos mis hijos, pero en el caso de ella, con la empedernida rigidez de la primera maternidad, hice lo que los libros decían. Aunque me hiciera temblar con sus llantos y me dolieran los pechos de tan hinchados, esperaba el decreto del reloj.

¿Por qué empiezo por ahí? Ni siquiera sé si importa, o si explica algo.

Era una beba preciosa. Hacía burbujitas brillantes de sonido. Le encantaba el movimiento, le encantaba la luz, le encantaban el color y la música y las texturas. Se quedaba tendida con su enterito azul golpeando extasiada la superficie del suelo, con tal energía que sus manos y sus pies se desdibujaban. Para mí era un milagro, pero cuando cumplió ocho meses tuve que empezar a dejársela durante el día a la mujer de abajo, para la que no era un milagro en absoluto, porque yo salía a trabajar o a buscar trabajo o a buscar al padre de Emily, que no «podía soportar» (escribió en su nota de despedida) «compartir la miseria» con nosotras.

Yo tenía 19 años. Era la época de la Depresión, antes de que empezaran los programas de ayudas sociales. Me bajaba a toda prisa del tranvía, corría escaleras arriba por el edificio con olor rancio y, en cuanto ella me veía, tanto si ya estaba despierta como si se despertaba de golpe, soltaba un llanto entrecortado que era imposible de calmar, un llanto que aún hoy puedo oír.

Al poco tiempo encontré un trabajo de friegaplatos por la noche que me permitía pasar el día con ella, y así era mejor. Pero en un momento tuve que llevarla a casa de la familia de su padre y dejarla con ellos.

Me tomó mucho tiempo reunir el dinero de su pasaje de vuelta. Después pescó una varicela y tuve que seguir esperando. Cuando por fin regresó, apenas la reconocí, caminaba deprisa y nerviosa como su padre, se parecía a su padre, toda flacucha, e iba vestida con un burdo color rojo que resaltaba su piel amarillenta y las marcas de la varicela. No le quedaba nada de la preciosura de bebé.

Tenía dos años. Edad suficiente para ir a la guardería, dijeron, y yo ignoraba lo que sé ahora: el cansancio del largo día y las laceraciones de la vida grupal en esas guarderías que son solo lugares donde arrumbar a los niños.

Por supuesto, nada habría cambiado si entonces lo hubiera sabido. Era el único sitio que había. La única manera en que podíamos estar juntas, la única manera en que yo podía tener un trabajo.

Y aun sin saber, lo sabía. Sabía que la maestra era mala porque una imagen se me quedó grabada en la memoria todos estos años: el niñito acurrucado en un rincón, la voz áspera de la maestra: «¿Por qué no estás fuera, porque Alvin te pegó? No es motivo, vamos, afuera, miedoso». Sabía que Emily odiaba aquel sitio aun si por la mañana no me agarrara e implorara «no te vayas, mamá», como los demás niños. 

Siempre se inventaba excusas para que nos quedáramos en casa. Mamá, tienes cara de enferma. Mamá, me siento mal. Mamá, hoy las maestras no van al jardín, están enfermas. Mamá, no podemos ir, ayer hubo un incendio. Mamá, mañana es feriado, me dijeron que no había clases.

Pero nunca una protesta directa, una muestra de rebeldía. Pienso en nuestros otros hijos a la edad de tres o cuatro años —los berrinches, el malhumor, las acusaciones, las exigencias— y de repente me siento asqueada. Apoyo la plancha en la tabla. ¿Qué cosa en mí le inspiraba a ella semejante bondad? ¿Y a qué precio, cuál fue el precio que pagó por aquella bondad suya?

El viejo que vivía al fondo una vez me dijo en tono amable: «Debería sonreírle a Emily más de lo que la mira». ¿Qué había exactamente en mi cara cuando la miraba? La amaba. Mi cara estaba llena de actos de amor.

Solo con la llegada de los demás recordé lo que había dicho aquel hombre, porque a ellos les mostraba una cara de felicidad, no de los aprietos económicos o preocupaciones: demasiado tarde para Emily. No sonríe con facilidad, a diferencia de sus hermanos y hermanas que lo hacen casi todo el tiempo. Su cara permanece cerrada y sombría, pero cuando quiere, es muy expresiva. Debe de haberlo visto en sus actuaciones; mencionó usted sus dones atípicos para la comedia en escena, algo que al público le da tanto gusto que aplauden y aplauden y no quieren dejarla ir.

¿De dónde sale, esa comedia? No demostraba nada de eso cuando volvió a vivir conmigo por segunda vez, después de que la enviara de nuevo a casa de los parientes. Entonces se encontró con un nuevo papá al que tenía que aprender a querer, y creo que quizá fueron tiempos mejores.

Salvo cuando la dejábamos sola de noche, diciéndonos que ya tenía edad.

«¿No puedes ir en otro momento, mamá, por ejemplo mañana?», preguntaba. «¿Me prometes que te irás solo un ratito?».

La vez que volvimos, la puerta de calle abierta, el reloj en el suelo del vestíbulo. Ella despierta y rígida. «No fue un ratito. No lloré. Te llamé tres veces, nada más, y después bajé corriendo a abrir la puerta para que vinieras más rápido. El reloj hablaba fuerte. Lo tiré al suelo, me asustaba lo fuerte que hablaba».

Dijo que el reloj volvió a hablar fuerte la noche en que fui al hospital para dar a luz a Susan. Ella deliraba de fiebre por los primeros síntomas de sarampión, pero se mantuvo alerta durante toda la semana que estuve fuera y la semana siguiente, cuando volvimos a casa y ella no podía acercársenos ni al bebé ni a mí.

No se ponía mejor. Estaba en los huesos, no quería comer y tenía pesadillas todas las noches. Me llamaba a su lado, y yo me despertaba exhausta y le decía medio dormida: «No pasa nada, mi amor, vuelve a dormirte, solo estabas soñando», y si seguía llamándome, en una voz más severa: «ahora a dormir, Emily, no hay nada que te vaya a hacer daño». Dos veces, solo dos veces, cuando de todas maneras tenía que levantarme por Susan, fui a sentarme a su lado.

Ahora, cuando es demasiado tarde (y no es que me deje abrazarla y reconfortarla como hago con los otros) me levanto y acudo de inmediato a su lado cuando la oigo gemir o sacudirse en la cama. «¿Estás despierta, Emily? ¿Te traigo algo?» Y la respuesta es siempre la misma: «No, estoy bien, vuelve a la cama, madre».

En el hospital me convencieron de mandarla a una clínica de reposo en el campo, donde pudiera «recibir el tipo de comida y cuidados que usted no consigue darle, mientras se concentra en el nuevo bebé». Aun hoy mandan a niños a ese sitio. En las páginas de sociedad sigo viendo fotografías de mujeres jóvenes que organizan galas para recaudar dinero destinado a eso, o bailan durante las galas, o decoran huevos de Pascua o preparan regalos de Navidad para los niños.

Nunca incluyen fotografías de los niños, así que no sé si las nenas siguen usando los mismos lazos rojos enormes o mostrando sus caras demacradas domingo de por medio, cuando a los padres se les permite visitarlas «salvo indicación contraria», como se nos indicó durante las primeras seis semanas.

Sí, es un sitio agradable, con césped verde y árboles altos y canteros acanalados. Los niños se disponen a gran altura en los balcones de las casitas, las nenas vestidas con lazos rojos y vestidos blancos, los varones con trajes blancos y enormes corbatas rojas. Los padres les gritan hacia arriba para hacerse oír y los niños gritan hacia abajo para hacerse oír, por encima de una pared invisible que significa «Evítese la Contaminación por Gérmenes Parentales o Afecto Físico».

Había una nena pequeñita que siempre se quedaba ahí parada de la mano de Emily. Sus padres nunca iban a verla. En una de las visitas ya no estaba. «La trasladaron a Rose Cottage», gritó Emily a modo de explicación. «Aquí no les gusta que uno se encariñe con nadie».

Nos escribía una vez por semana, con la caligrafía esforzada de sus siete años. «Estoy bien. Cómo está el bebé. Si escribo bien la carta me dan una estrella. Besos». Nunca le dieron la estrella. Le escribíamos día por medio, cartas que no le permitían tocar o guardar, sino que le leían: una sola vez. «Lo cierto es que no tenemos espacio para que los niños conserven sus efectos personales», nos explicaron pacientemente un domingo en que medimos todos nuestros gritos para tratar de convencerlos de lo mucho que significaría para Emily, a la que le encantaba coleccionar cosas, que se le permitiera guardas las cartas y tarjetas.

A cada visita parecía más débil. «No quiere comer», nos decían.

(De desayuno servían huevos revueltos poco hechos o puré con grumos, nos contó Emily más tarde, me lo meto en la boca y no me lo trago. Nada sabía rico, solo el pollo que servían a veces.)

Nos tomó ocho meses conseguir el alta para que volviera a casa, y el trabajador social solo se convenció por el hecho de que recuperó un poquito de los tres kilos y medios perdidos.

Cuando regresó yo trataba de abrazarla y darle afecto, pero el cuerpo se le ponía rígido y enseguida se soltaba de un empujón. Comía poco. Le daba asco la comida, y creo que buena parte de la vida también. Sí, tenía ligereza y esplendor físicos, pasaba a toda velocidad en patines, rebotaba como una pelota al saltar la soga, subiendo y bajando por la colina; pero eran actos fugaces.

Se sentía incómoda con su apariencia, flaca y morocha y con pinta de extranjera, en una época en que toda niñita supuestamente debía ser, o pensaba que debía ser, una réplica de Shirley Temple, rubia y regordeta. A veces tocaban el timbre para venir a buscarla, pero nadie pasaba a jugar dentro de casa ni parecía tener una mejor amiga. Tal vez porque no paraba de moverse.

Se enamoró perdidamente de un chico durante dos semestres escolares seguidos. Más tarde me contó que me había robado peniques de la cartera para comprarle caramelos al chico. «Los que más le gustaban era los de regaliz y yo se lo compraba todos los días, pero él la prefería a Jennifer y no a mí. ¿Por qué, mamá?». Típica pregunta para la que no existe respuesta.

La escuela era una preocupación. Le costaba hablar y era lenta en un mundo en el que la facilidad de palabra y la rapidez se confundían fácilmente con la capacidad de aprender. Para sus maestros, cansados y exasperados por el trabajo, era una «alumna lenta» y demasiado concienzuda, que siempre estaba tratando de ponerse a tiro y faltaba demasiado a clase.  

Yo la dejaba faltar, por más que a veces su supuesta enfermedad fuese imaginaria. Qué diferencia con lo estricta que soy ahora con la asistencia de mis otros hijos. Entonces yo no trabajaba. Habíamos tenido otro bebé, así que estaba en casa. A veces, cuando Susan tuvo edad, tampoco la mandaba a la escuela, para quedarnos todas juntas. 

Emily tenía sobre todo asma, y su respiración, áspera y trabajosa, llenaba la casa con un sonido extrañamente tranquilo. Yo le llevaba al lado de la cama los dos espejos de pie y las cajas en las que guardaba sus colecciones. Ella elegía cuentas y aros, tapas de botellas y conchillas, flores secas y guijarros, postales viejas y recortes, todo tipo de cosas curiosas; luego ella y Susan jugaban al Reino, diseñando paisajes y muebles, llenándolos de acciones.

Eran los únicos momentos que ella y Susan pasaban juntas en paz. Me aparté poco a poco de aquello, el sentimiento venenoso que las separaba, el terrible equilibrio de ofensas y necesidades que tenía que medir entre ellas, y de las que me ocupé muy mal en aquellos primeros años.  

Ah, había conflictos también entre los demás, seres humanos todos con exigencias, necesidades, penas; pero solo entre Emily y Susan, no, de parte de Emily hacia Susan aquel resentimiento corrosivo. De fuera parece muy obvio, pero no es obvio. Susan, la segunda hija, Susan, regordeta y de rizos rubios, rápida y parlanchina y segura de sí misma, en aspecto y en modales todo lo que Emily no era; Susan, que no podía resistirse a los objetos preciosos de Emily y a veces los perdía o los rompía por torpeza; Susan, que contaba chistes y adivinanzas delante de los demás para que la aplaudieran, mientras Emily se quedaba sentada en silencio (para decirme más tarde: esa era mi adivinanza, mamá, yo se la dije a Susan); Susan, que, pese a la diferencia de cinco años, estaba solo un año por detrás de Emily en desarrollo físico.

Hoy me alegro de aquel desarrollo físico lento que amplió la brecha que la separaba de sus contemporáneos, aunque la hiciera sufrir. Era demasiado vulnerable para ese mundo terrible de competencia juvenil, de pavoneo y presunciones, de compararse constantemente con los demás, de envidias: «Ojalá tuviera el pelo cobrizo», «ojalá tuviera esa piel…». Ya bastante atormentaba se sentía por ser distinta de sus hermanos, tenía bastante de la inseguridad, la necesidad de medir las palabras antes de hablar, la preocupación constante —¿qué piensan de mí?—, sin que los despiadados impulsos físicos lo realzaran.

Ronnie me llama. Se ha hecho pis y lo cambio. Ahora rara vez se oye un llanto así. Casi ha pasado la etapa de la maternidad en que el oído no nos pertenece, sino que debe estar siempre tendido y alerta para escuchar el llanto de un hijo, la llamada de un hijo. Nos quedamos sentados un momento y lo abrazo, mientras miro la ciudad de carbón que se extiende afuera, con sus suaves pasillos de luz. «Chuchino», murmura y se arrebuja. Lo llevo a la cama, dormido. Chuchino. Una palabra graciosa, familiar, heredada de Emily, inventada por ella para decir: consuelo. 

De esa manera y otras ha dejado su impronta, digo en voz alta. Y me sobresalto al escucharme. ¿Qué he querido decir? ¿Qué cosa he tratado de convocar, como para darle coherencia? Estábamos en los años terribles del crecimiento. Años de guerra. No los recuerdo bien. Yo trabajaba, por entonces tenía cuatro pequeños, y nada de tiempo para Emily. Ella tenía que ayudarme siendo madre, ama de casa, haciendo las compras. Tenía que establecer su impronta. Mañanas de crisis e histeria al tratar de envolverles las viandas, peinarlos, buscar abrigos y zapatos, todo el mundo al cole o a la guardería a tiempo, el bebé listo para ser transportado. Y siempre uno de los pequeños que garabateaba el periódico, Susan que se dejaba olvidado un libro, los deberes que no se hacían. Salir corriendo a la escuela enorme donde ella era una más, se perdía, era una gota; sufriendo por no estar preparada, tartamudeando e insegura en sus clases.

Por las noches después de acostar a los niños quedaba muy poco tiempo. Ella se peleaba con los libros, siempre comiendo (fue en aquellos años cuando le entró el enorme apetito que se ha vuelto legendario en la familia), y yo planchaba, o preparaba la comida para el día siguiente, o le escribía una carta a Bill, que estaba en el ejército, o me ocupaba del bebé. A veces, para hacerme reír, o de pura desesperación, Emily imitaba acontecimientos o compañeros del colegio.

Creo que una vez le dije: «¿Por qué no haces algo así en el concurso de aficionados del colegio?». Una mañana me llamó al trabajo, y apenas podía hacerse entender entre las lágrimas: «Mamá, lo hice. Gané, gané; me dieron el primer premio; no paraban de aplaudir y no me dejaban irme».

De pronto fue Alguien, tan atrapada en su diferencia como antes en su anonimato.

Empezaron a pedirle que actuara en otros colegios, incluso en universidades, luego en eventos de la ciudad y por todo el estado. El primero al que fuimos, solo la reconocí al comienzo, cuando por poco no se zambulló, flaca, tímida, entre las cortinas. Después: ¿esa era Emily? El control, el dominio, las payasadas convulsivas y mortales, el hechizo, y luego el público que reía a carcajadas y daba pisotones, sin querer que aquella risa rara y preciosa desapareciera de sus vidas.

Más tarde: Usted tendría que hacer algo con un talento como el de ella. Pero, sin tener dinero y sin saber cómo, ¿qué se hace? Lo dejamos todo en sus manos, y el talento se le arremolinó dentro, taponándose y trabándose, tanto como fue utilizado y creció.

Emily acaba de llegar. Corre escaleras arribas saltando los escalones de a dos con paso ligero y agraciado, y creo que esta noche está feliz. Lo que fuese que lo impulsó a usted a llamarme hoy no ha ocurrido.

—¿Nunca vas a dejar de planchar, mamá? Whistler pintó a su madre en una mecedora. Yo tendría que pintar a la mía inclinada sobre una tabla de planchar.

Está en una de sus noches comunicativas y me cuenta todo y nada mientras se prepara un plato de comida que saca del refrigerador.

Es tan hermosa. ¿Por qué me pidió usted que fuese a verlo? ¿Qué le preocupa? Ella encontrará su camino.

Empieza a subir la escalera para ir a acostarse.

—Mañana no me despiertes con los demás.

—Pero creí que tenías exámenes.

—Ah, eso —dice, mientras regresa, me da un beso y sigue suavemente—: En un par de años, cuando estemos todos atomizados, no tendrá ninguna importancia.

No es la primera vez que lo dice. Se lo cree. Pero como le he estado dando vueltas al pasado, y todo lo que compone un ser humano me resulta tan pesado y significativo, esta noche me resulta insoportable.

Nunca voy a cerrar cuentas. Nunca iré a decirle a usted: fue una niña a la que se le sonreía poco. Su padre me dejó antes de que cumpliera un año. Tuve que trabajar durante los primeros seis años de su vida, cuando había trabajo, o mandarla a casa de sus familiares. Hubo unos años en que recibió cuidados que odiaba. Era morocha y flaca y tenía pinta de extranjera en un mundo en el que se valoraba el pelo rubio y los rizos y los hoyuelos, era lenta cuando se valoraba la facilidad de palabra. Fue la hija de un amor que estaba lleno de ansiedad, no de orgullo. Éramos pobres y no podíamos permitirnos la tierra que facilita el crecimiento. Yo era una madre joven, preocupada. Vinieron otros niños que hacían presión, que tenían exigencias. Su hermana pequeña parecería ser todo lo que ella no era. Hubo años en los que no quería que la tocara. Se encerraba demasiado en sí misma, su vida era tal que tenía que encerrarse en sí misma. La sabiduría me llegó tarde. Tiene mucho a su favor y es probable que no haga nada con ello. Es hija de su tiempo, de la depresión, de la guerra, del miedo.

Déjela tranquila. Es cierto que no va a alcanzar todo su potencial: ¿pero cuántos lo alcanzan? Seguirá teniendo suficiente por lo que vivir. Solo ayúdela a saber —haga que tenga motivos para saber— que ella no es solo este vestido que ahora está sobre la tabla de planchar, indefenso ante la plancha.

La calle Las Cases estaba tan apacible como en pleno verano, con cada ventana abierta protegida por persianas amarillas. Había vuelto el buen tiempo; era el primer domingo de primavera. Tibio, impaciente, inquieto, el día hacía salir a la gente de las casas, de las ciudades. El cielo brillaba con un resplandor suave. En la plaza Sainte-Clotilde sonaba el canto de los pájaros, un dulce piar sorprendido y perezoso, y, en las calles serenas y sonoras, los graznidos roncos de los coches que se dirigían el campo. La única nube del cielo era una conchilla blanca, delicadamente enrollada, que flotó un momento y se disipó en el azul. Los transeúntes levantaban la cabeza con una expresión maravillada y optimista y respiraban el viento, sonrientes.

Agnès cerró a medias los postigos: el sol calentaba, las rosas se abrirían demasiado pronto y morirían. La pequeña Nanette entró a la carrera, saltando de un pie al otro.

—¿Puedo salir, mamá? Afuera está precioso.

Ya terminaba la misa. Ya pasaban por la calle Las Cases los niños en trajes claros, con los brazos desnudos, llevando sus libros de oraciones en las manos enguantadas de blanco; rodeaban a una pequeña comulgante de mofletes colorados cubiertos por los velos; las pantorrillas desnudas, rosas y doradas, con una pelusa como los frutos, centelleaban al sol. Pero ya sonaban las campanas, lenta y melancólicamente, como si dijeran: «Vamos, buena gente, lamentablemente no pueden quedarse. Los hemos acogido cuanto ha sido posible, pero nos vemos obligadas a enviarlos de vuelta al mundo y a las preocupaciones. Vamos. La misa ha terminado».

Cuando los tañidos callaron, el aroma del pan caliente llenó la calle, subiendo a bocanadas desde la panadería que se encontraba abierta; las baldosas estaban recién lavadas y los cristales delgados encastrados en los muros brillaban débilmente a la sombra. A continuación, cada cual regresó a su casa.

—Nanette, ve a ver si papá está listo y avísale a Nadine que el almuerzo está servido — dijo Agnès.

Guillaume entró difundiendo el olor a cigarro caro y agua de lavanda que a ella siempre le disgustaba respirar. Estaba más relleno que de costumbre, barrigón y contento.

En cuanto se sentaron a la mesa anunció:

—Te aviso que después de comer me voy. Cuando uno ha estado sofocándose toda la semana en París, es lo menos… ¿En serio no te tienta?

—No quisiera dejar sola a la niña.

Con una sonrisa, Guillaume le dio un tironcito de pelo a Nanette, que estaba sentada enfrente de él: la noche anterior había tenido unas líneas de fiebre, pero tan ligera que ni siquiera había perdido la frescura de la tez.

—Pero no está enferma. Tiene muy buen apetito.

—Ah, por ella no me preocupo, gracias a Dios —dijo Agnès—. La dejaré salir hasta las cuatro. ¿Adónde piensas ir?

Guillaume se ensombreció visiblemente.

—Bueno… Todavía no lo sé… Siempre esa manía de planear todo por adelantado… Por el lado de Fontainebleau o de Chartres, al azar, a la aventura… En fin. ¿Vienes?

«Se muere si acepto», pensó Agnès. La sonrisa, un poco crispada en las comisuras de los labios prietos, irritaba a Guillaume. Pero Agnès contestó, como de costumbre:

—Tengo cosas que hacer en casa.

Pensó: «¿Y ahora quién será?».

Las amantes de Guillaume. La inquietud de sus celos, sus noches sin dormir. Qué lejos había quedado todo. Era alto, estaba gordo y un poco calvo, con el cuerpo bien firme, bien proporcionado, la cabeza firmemente plantada en un cuello ancho y fuerte; tenía cuarenta y cinco años, la edad en que un hombre es más potente, más pesado, en que pisa con más aplomo el suelo, tiene sangre espesa y abundante. Cuando reía, sacaba la mandíbula hacia delante y exhibía los dientes blancos, apenas recubiertos de oro.

«¿Cuál de ellas —pensó Agnès— le habrá dicho: “Pones cara de lobo, de animal salvaje cuando ríes”? Se debe de haber sentido muy halagado. Antes no hacía ese gesto».

Recordó cómo Guillaume lloraba en sus brazos al término de una aventura amorosa, y del corto gemido que se le escapaba de los labios, mientras abría la boca como si quisiera aspirar sus lágrimas. Pobre Guillaume…

—En cuanto a mí, yo… —dijo Nadine.

Siempre empezaba sus frases así. Era imposible hallar en sus ideas, o en su discurso, una palabra, un destello que no tuviera relación con su persona, con su vestimenta, sus amigos, las medias que se le corrían, el dinero de sus gastos, sus placeres. Era… triunfal. Su piel tenía la blancura de ciertas flores aterciopeladas, mate y al mismo tiempo resplandeciente, como el jazmín, la camelia, pero se le traslucía la sangre joven que palpitaba debajo, que subía a sus mejillas, le hinchaba los labios al parecer dispuestos a derramar un jugo rosa y ardiente como el vino. Sus ojos verdes centelleaban.

«Tiene veinte años», pensó Agnès, que una vez más se obligó a cerrar los ojos, a no ofenderse ante esa belleza demasiado deslumbrante, demasiado ávida, esa risa sonora, ese egoísmo, ese ardor joven, esa dureza de diamante. «Tiene veinte años, no es su culpa… La vida la apagará, la suavizará, la sosegará como a los demás».

—Mamá, ¿me prestas la bufanda roja? No la voy a perder. ¿Y puedo volver tarde?

—Primero dime adónde vas.

—¡Pero lo sabes muy bien, mamá! ¡A Saint-Cloud, a casa de Chantal Aumont! Me pasa a buscar Arlette. Por favor, mamá, ¿puedo volver tarde? ¿Después de las ocho? ¿No te enfadas? Es para evitar la costa de Saint-Cloud el domingo a las siete.

—Tiene toda la razón —dijo Guillaume.

Terminaba el almuerzo. Mariette servía con rapidez. Domingo… En cuanto estuvieran lavados los platos, también ella saldría.

Comían crêpes con sabor a naranja; Agnès había ayudado a Mariette a preparar la masa.

—Están exquisitos —dijo Guillaume con sensibilidad.

Por las ventanas abiertas se oía un tintinear de platos, algunos con más suavidad, como en la tenebrosa planta baja que albergaba a dos solteronas en la sombra, otros con más alegría, más vivacidad. Así era en la casa de enfrente, donde relucía, con doce cubiertos, un amplio mantel adamascado, resplandeciente, con pliegues duros, adornado en el centro con una cesta de rosas blancas de la primera comunión.

—En cuanto a mí, yo iré a prepararme, mamá. No quiero café.

Guillaume tragaba el contenido de su taza sin hablar, con prisa. Mariette empezaba a levantar la mesa.

«Qué apresurados están —pensó Agnès, mientras sus manos ágiles y delgadas doblaban maquinalmente la servilleta de Nanette—. Yo sola…».

El magnífico domingo, para ella sola, no tenía atractivo.

«Nunca me habría imaginado que se iba a volver tan hogareña, tan apagada», pensó Guillaume. La miró, inspiró hondo, hinchó el pecho, feliz, orgulloso de sentir en su interior la corriente de potencia que el buen tiempo parecía infundirle a su cuerpo. «Estoy en muy buena forma. Me mantengo de manera asombrosa», volvió a pensar, recordando todas las razones, crisis, problemas de dinero… Germaine, que se resistía, maldita sea… los impuestos… todo lo que legítimamente hubiera podido deprimirlo, entristecerlo, así como a tantos otros. Pero nada de eso. «¡Siempre he sido así! Un rayo de sol, la perspectiva de un domingo fuera de París, en libertad, con una buena botella, una chica atractiva a mi lado, ¡y vuelvo a tener veinte años! Estoy vivo», se felicitó, mientras contemplaba a su mujer con una sorda hostilidad; su belleza fría lo irritaba, así como el pliegue burlón y crispado de sus labios. Dijo en voz alta:

—Obviamente, si llego a pasar la noche en Chartres te aviso por teléfono. En cualquier caso, volvería mañana por la mañana. Pasaré por casa antes de ir a la oficina.

Agnès pensó con una frialdad extraña y dolorosa: «Un día de estos, después de un almuerzo demasiado abundante, el coche en el que viajan él y la mujer que acaricia se estrellará contra un árbol. Una llamada telefónica desde Senlis o Auxerre». ¿Acaso sufriría?, le preguntó a una imagen especular de sí misma, invisible, muda, atenta en la sombra. Pero, silenciosa e indiferente, la imagen no contestó, y la gruesa silueta de Guillaume se interpuso entre ella y el espejo.

—Hasta luego, querida.

—Hasta luego, cariño.

Guillaume se había ido.

—¿Preparo la mesa de té en el salón, señora?

—No, deja. Ya lo hago yo. Cuando termines con la cocina puedes irte.

—Gracias, señora —dijo la muchacha, cuyas mejillas enrojecieron de inmediato con intensidad, como si las hubiera acercado a un fuego ardiente—. Gracias, señora —repitió con una mirada lánguida que hizo que Agnès se alzara de hombros socarronamente.

Agnès acarició la cabecita lisa y negra de Nanette, que, bien se escondía en los pliegues de su vestido, bien se asomaba riendo.

—Estaremos muy tranquilas las dos solas, cariño.

Entretanto, Nadine se vestía aprisa en su habitación, se empolvaba el cuello, los brazos desnudos, el nacimiento de la garganta, allí donde Rémi, en la penumbra del automóvil, había posado sus labios secos y fervientes, dándole besos rápidos y ardientes como llamas. Las dos y media… Arlette aún no había llegado. «Con la complicidad de Arlette, mamá no sospechará nada». Se habían dado cita a las tres. «Pensar que mamá no ve nada. Y ha sido joven…», pensó la muchacha, tratando en vano de imaginar la juventud, el noviazgo, los primeros años de matrimonio de su madre.

«Siempre ha sido así. El orden, la calma, los cuellos de lino blanco… “Guillaume, no rompas las rosas”. Pues yo…».

Tembló, se mordió suavemente los labios, acercó la cara al espejo. Nada le gustaba tanto como su propio cuerpo, su mirada, sus rasgos, la forma del joven cuello blanco y puro, como una columna. «Es maravilloso tener veinte años —pensó con fervor—. ¿Acaso las demás jovencitas saben apreciarlo como yo, saborean la misma felicidad, el mismo ardor, el mismo vigor, el mismo calor de la sangre? ¿Lo sienten como yo, de una manera tan aguda y profunda? Para una mujer, tener veinte años en 1934 es… es estupendo», pensó, recordando confusamente las noches de campamento, el día que clareaba sobre el coche de Rémi (mientras los padres imaginaban un paseo en grupo por la isla Saint-Louis, para ver el amanecer sobre el Sena, qué inocentes) y el esquí, la natación, el aire libre, el agua fría en su cuerpo joven, la mano de Rémi que le clavaba las uñas en la nuca, dándole un tironcito suave en el cabello corto… «¡Y estos padres que no ven nada! Es cierto que en su época… Me imagino a mi madre, a mi edad, en el primer baile, con los ojos bajos. Rémi… “Estoy enamorada”, le dijo ella a su reflejo, que sonreía en el espejo. “Pero hay que tener cuidado con Rémi, es tan apuesto, tan presumido, tan mimado por las mujeres, los honores. Le debe encantar hacernos sufrir”».

—Pero ya veremos quién es el más fuerte —murmuró apretando nerviosamente los puños, sintiendo que su amor palpitaba en su interior, como un deseo tumultuoso de luchar, de salir al juego ardiente y cruel.

Se rio. Y la risa sonó tan clara, tan insolente, tan fresca en el silencio que se detuvo, encantada, y prestó oídos, como si oyera el eco de un instrumento musical raro y perfecto.

«Por momentos, me parece que estoy enamorada sobre todo de mí misma», pensó al ponerse al cuello el collar verde, cuyas cuentas espejeaban y reflejaban el sol. Su piel pura, firme y lisa tenía el satinado brillante de los animales jóvenes, las flores, las plantas de mayo, un resplandor que se adivinaba efímero, pero que había alcanzado la suma perfección. «Nunca seré tan bella como ahora».

Se perfumó, derrochando el perfume a propósito y extendiéndolo por su cara, por sus hombros: ¡todo lo que era deslumbrante, extravagante, le sentaba bien ese día! «Me gustaría tener un vestido color rojo fuego, joyas de bohemia». Recordó la voz de su madre, cariñosa y cansada: «¡Todo en su justa medida, Nadine!».

«Ay, los viejos», pensó con desprecio.

En la calle, el coche de Arlette se había detenido delante de la casa. Nadine agarró su cartera, una gorra que se puso corriendo y gritó al vuelo: «¡Hasta luego, mamá!», para luego desaparecer.

—Quiero que descanses un poco en el sofá, Nanette. Anoche dormiste muy mal. Trabajaré a tu lado —dijo Agnès—. Después podrás salir con Mademoiselle.

La pequeña Nanette arrugó un momento su delantal rosa con las manos, se dio vuelta para un lado y para el otro, frotó la cara contra los almohadones, bostezó y se durmió. Tenía cinco años. Al igual que Agnès, tenía una piel de rubia, pálida y fresca, pero el cabello negro y los ojos oscuros.

Agnès se sentó a su lado, sin hacer ruido. La casa estaba en silencio, dormida. Fuera, el aroma del café de filtro flotaba en el aire. La habitación estaba sumida en una sombra amarilla, tibia y suave. Agnès oyó a Mariette cerrar la puerta de la cocina con precaución y cruzar el apartamento; la escuchó descender por la escalera de servicio. Suspiró; la invadió una felicidad extraña y melancólica, una paz deliciosa. El silencio, las habitaciones vacías, la certeza de que, hasta la noche, nadie la molestaría, no se oiría ni un paso ni una voz extranjera en esa casa, en ese refugio… La calle estaba tranquila y vacía. Sola, una mujer invisible tocaba el piano, oculta detrás de unas persianas bajas. Luego todo calló. A la misma hora, Mariette, que apretaba con las dos manos la cartera de los domingos, confeccionada en «imitación de piel de cerdo», se dirigía a toda prisa a la estación Sèvres-Croix-Rouge, donde la esperaba su novio, mientras que Guillaume, en el bosque de Compiègne, le decía a una mujer rubia y regordeta, que estaba sentada a su lado: «Es fácil culparme, aunque no sea un mal marido, pero mi mujer…». Nadine, en el autito de Arlette, bordeaba rauda la reja del jardín de Luxembourg. Los castaños estaban en flor. Los niños correteaban, vestidos con pequeños suéters de primavera, sin mangas. Arlette pensaba con amargura que a ella nadie la esperaba; nadie la quería. La toleraban por su precioso automóvil verde y sus ojos redondos enmarcados en carey, que inspiraban confianza a las madres. ¡Dichosa Nadine!

Soplaba un viento frío; los chorros de agua inclinados bruscamente a la izquierda esparcían por entre los transeúntes un polvillo brillante. En la plaza Sainte-Clotilde, los árboles jóvenes se agitaron suavemente.

«Cuánta paz», reflexionó Agnès.

Sonrió; ni su marido ni su hija mayor conocían aquella sonrisa lenta, rara y confiada que despuntaba en sus labios.

Se levantó, fue en silencio a cambiarle el agua a las rosas; recortó con cuidado sus tallos, las flores se abrieron lentamente y los pétalos parecieron separarse con pesar, con miedo y con una especie de pudor divino.

«Qué bien se está aquí», pensó Agnès.

Su casa… El refugio, el caparazón cerrado y tibio, cerrado al ruido de fuera. Cuando avanzaba por la calle Las Cases, isla de tinieblas en los crepúsculos invernales, y reconocía en la puerta la figura sonriente de una mujer esculpida en piedra, el suave rostro familiar adornado con una cinta estrecha, se sentía misteriosamente ablandada, apaciguada, bañada en olas de una dicha tranquila. Su casa… El silencio delicioso, el crujido ligero y furtivo de los muebles, las delicadas marqueterías que apenas relucían en la sombra, ¡cómo le gustaba todo eso! Se sentó; se dejó caer en lo hondo de un sillón, por más que se mantuviera siempre muy erguida, sin doblar la espalda, sin agachar la cabeza.

«Guillaume dice que me gustan más los objetos que los seres humanos… ¡Puede ser!».

Estos la rodeaban con un encanto dulce y mudo. El péndulo, adornado de carey y de cobre, se mecía lenta y apaciblemente en el silencio.

El tintineo musical y familiar de una taza de plata que brillaban en la sombra respondía a cada movimiento, cada suspiro, como un amigo.

¿La felicidad? «La perseguimos, la buscamos, se nos va la vida en ello, y se encuentra aquí —se dijo—, nace cuando nada aguardamos, cuando no abrigamos esperanzas, cuando nada tememos. Obviamente, la salud de las niñas…». Y, maquinalmente, se inclinó a tocar con los labios la frente de Nanette. «Fresca como una flor, gracias a Dios. Ya nada que esperar, cuánta paz. Si habré cambiado», pensó, recordando el pasado, el amor insensato que sentía por Guillaume, la plaza perdida en lo profundo de Passy, donde lo aguardaba en las tardes de primavera. Su familia, su suegra odiosa, el barullo de las hermanas en el saloncito negro desangelado. «¡Ah! Nunca me cansaré de este silencio». Sonrió y dijo en voz baja, como si la Agnès de antes estuviera sentada a su lado, escuchándola incrédula, con la cara joven y pálida enmarcada por sus trenzas negras:

—Sí, te asombra, ¿no? ¿A que he cambiado?

Negó con la cabeza. Al hacer memoria, le parecía que cada día del pasado había sido lluvioso y triste, cada espera vana, cada palabra cruel o mendaz.

«Ah, ¿cómo puede uno lamentarse del amor? Por suerte, Nadine no se me parece. Estas chiquillas son tan frías, tan secas. Nadine es una niña, pero, incluso más adelante, nunca podrá amar, sufrir, como yo. Por otra parte, mejor así, mejor así, Dios mío. Nanette, es de esperar, será como su hermana».

Sonrió: era tan extraño imaginar que esos mofletes rosados y lisos, esos rasgos inciertos se convertirían en un rostro de mujer. Estiró la mano y le acarició suavemente el fino pelo negro. «Los únicos momentos en que mi alma descansa», pensó mientras recordaba a una amiga de juventud, que decía: «Mi alma descansa…», cerrando a medias los ojos al encender un cigarrillo. Pero Agnès no fumaba. No le gustaba divagar, sino sentarse como en ese momento y dedicarse a alguna tarea humilde, precisa, coser, tejer, hacer que sus pensamientos bajaran a tierra, se doblegaran, estar en calma y en silencio, ordenar sus libros, lavar con cuidado y secar, una a una, las copas de Bohemia, las largas copas con doraduras, como se estilaban antes, en las que en su casa se servía el champán. «La felicidad… Sí, a los veinte años, la felicidad me parecía otra cosa, más terrible, más amplia, pero lo maravilloso es que los deseos empequeñecen y están más al alcance de la mano conforme avanzamos hacia el fin de todos los deseos», pensó mientras apoyaba en su regazo la canasta con las labores empezadas, un retazo de seda, un dedal, las tijeras de oro. «¿Qué más necesita una mujer que no ama el amor?».

—Por favor, Arlette, déjame aquí —pidió Nadine.

Eran las tres. «Voy a dar una vuelta —pensó—. No quiero ser la primera en llegar».

Arlette obedeció. Nadine bajó de un salto.

—Gracias, linda.

El coche arrancó. Nadine remontó la calle de l’Odéon, obligándose a contener la prisa y el ardor alegre que invadía su cuerpo. «Me gusta la calle —pensó, mirando a su alrededor con amistad, con reconocimiento—. En casa me ahogo. No entienden que soy joven, que tengo veinte años, que no puedo dejar de cantar, bailar, hablar fuerte, reír. Soy feliz». Por entre la fina tela de su vestido sentía el viento delicioso que soplaba en sus piernas. Ligera, aérea, libre, alada, pensó que, en aquel instante, nada la retenía sobre la tierra. «Hay momentos en los que una saldría volando sin esfuerzo», pensó, alzada por la esperanza. ¡Qué hermoso y amable era el mundo! La marea rutilante del sol de mediodía se iba atenuando, se transformaba en una luz pálida y tranquila; en cada esquina, unas mujeres vendían ramilletes de junquillos, ofreciendo cestas a los que pasaban. En los cafés, en las terrazas, las familias bebían granadina, instaladas apaciblemente en torno a una comulgante de mejillas ardientes y ojos brillantes. Y, lentamente, bloqueando las aceras, los soldados marchaban en uniforme de salida y las mujeres caminaba con vestidos negros, con grandes manos rojas y desnudas. «Bombón», dijo un muchacho al pasar, estirando los labios como en un beso y mirando ávidamente a Nadine. Ella rio.

Por momentos, el amor mismo, la imagen misma de Rémi se borraban. Solo quedaban una exaltación, una fiebre y una felicidad agudas y casi intolerables, pero que parecían recelar una angustia extraña y suave en lo más hondo de ella.

«¿El amor? ¿Acaso Rémi me ama? —se preguntó de repente en el umbral del barcito donde él debía esperarla—. ¿Y yo? Somos, sobre todo, amigos, pero ¿y qué? ¡La amistad, la confianza son buenas para los viejos! ¡La ternura misma no es para nosotros! El amor es otra cosa», pensó, recordando el doloroso aguijón que, por momentos, parecían esconder los besos y las palabras más tiernas. Entró.

El café estaba vacío. Brillaba el sol. En la pared resonaba un reloj. Un olor a vino, una frescura de sótano, penetraban la pequeña sala interior donde se sentó Nadine.

Él no había llegado. Nadine sintió que el corazón se le encogía en el pecho. «Son las tres y media, es cierto. ¿Se habrá ido?»

Pidió una bebida al azar.

Cada vez que se abría la puerta, que aparecía la silueta de un hombre en el umbral, su corazón indócil palpitaba de alegría, tumultuoso, inundándola de felicidad; pero siempre entraba un desconocido, la miraba distraídamente e iba a sentarse en la penumbra. Nadine apretó nerviosamente las manos debajo de la mesa, se las retorció.

«Pero ¿dónde está? ¿Por qué no viene?».

A continuación, bajaba la cabeza y seguía esperando.

El reloj sonaba inexorablemente cada cuarto de hora. Con los ojos fijos en la aguja, Nadine esperaba, sin moverse, como si la inmovilidad absoluta y el silencio pudieran detener la marcha del tiempo. Las tres y media. Las tres y cuarenta y cinco. Eso aún no era nada. De un lado o del otro de las y media había muy poca diferencia, por más que fueran las tres y cuarenta, pero si se decía: «Las cuatro menos veinte, las cuatro menos cuarto», todo estaba perdido, arruinado, perdido sin remedio. ¡Rémi no iría, se había burlado de ella! ¡Con quién estaba en ese momento! ¿A quién le diría: «¿Nadine Padouan? La dejé plantada»? Sintió que unas pequeñas lágrimas, acres y amargas, le quemaban los ojos. ¡No, eso no! Las cuatro. Le temblaban los labios. Abrió su cartera, sopló la borla de maquillaje; el polvillo la envolvió en una nube sofocante y perfumada; se miró los rasgos en el pequeño espejo, trémulos y deformados como en el fondo del agua. «No, no lloraré», pensó apretando brutalmente los dientes. Con dedos temblorosos, agarró su lápiz labial y se repasó los labios, se empolvó el hueco satinado, azulado y liso que tenía bajo los ojos, el punto donde más adelante se le formaría la primera arruga. «¿Por qué lo ha hecho?». Un beso, una noche, ¿eso era todo lo que él quería? Al instante, la invadió una humildad desesperada. Todos los recuerdos amargos que puede contener incluso una infancia feliz y colmada refluyeron en su alma: la bofetada inmerecida que le había dado su padre a los doce años, el profesor injusto, las chiquillas inglesas, hacía mucho tiempo, que decían: «We won’t play with you. We don’t play with kids».

«Me duele. No sabía que podía doler tanto».

Dejó de mirar la hora. Permaneció sentada, sin moverse. ¿Adónde ir? Allí en su lugar se sentía protegida. ¿Cuántas mujeres habían esperado a alguien como ella, cuántas se habían tragado las lágrimas como ella, cuántas habían acariciado maquinalmente esa vieja banqueta de molesquín, tibia y suave al tacto, como un pelaje animal? Pero, bruscamente, un sentimiento de orgullo la invadió de nuevo. ¿Qué más daba? «Me duele, soy desdichada». Ah, esas flamantes palabras hermosas: amor, desdicha, deseo. Les moldeaba con suavidad entre sus labios.

—Deseo que él me quiera. Soy joven. Soy atractiva. Me querrá y, si no es él, me querrán otros —murmuró apretándose nerviosamente las manos con las uñas, que llevaba brillantes y aceradas como garras.

Las cinco… La pequeña sala oscura brilló de golpe, como la abertura dorada de un brasero. El sol había dado la vuelta; iluminó el licor dorado que pringaba su vaso, aclaró la cabinita de teléfono que estaba en frente de ella.

«¿Una llamada? —pensó febrilmente—. A lo mejor está enfermo.»

—Bueno, vamos —dijo, encogiéndose furiosamente de hombros.

Había hablado en voz alta; se estremeció. «Pero ¿qué me pasa?». Lo imaginó sangrando, muerto, en la carretera; siempre conducía como un loco…

—¿Y si lo llamara? ¡No! —murmuró, sintiendo por primera vez la debilidad, la bajeza de su corazón.

Y, al mismo tiempo, en el fondo de sí misma, una voz parecía susurrar misteriosamente. «Mira. Escucha. Recuerda. Nunca olvidarás este día. Envejecerás. Pero, a la hora de tu muerte, volverás a ver esta puerta abierta, donde da al sol. Oirás sonar los cuartos de hora del reloj, los ruidos y los gritos de la calle».

Se levantó y entró en la pequeña cabina telefónica que olía a polvo y a tiza; las paredes estaban cubiertas de inscripciones. Se quedó mirando fijo la figura de una mujer, dibujada en un rincón. Al final llamó a la operadora y le indicó el número.

—Hola —contestó una voz desconocida de mujer.

—¿Hablo con el apartamento del señor Rémi Alquier? —preguntó ella, y el sonido de sus palabras la sorprendió; le temblaba la voz.

—Sí, ¿de la parte de quién?

Nadine guardó silencio; oyó claramente una suave risa perezosa, un grito:

—Rémi, es para ti, una niña… ¿Cómo? El señor Alquier no está en casa, señorita.

Con lentitud, Nadine colgó el teléfono, luego salió. Eran las seis y el resplandor del sol de mayo se había velado; un ocaso triste y ligero había invadido el aire. Del jardín de Luxemburgo subía un olor de plantas y flores recién regadas. Nadine tomó una calle al azar, luego otra. Al caminar silbaba bajito; se iluminaron las primeras lámparas en el fondo de las casas, y enseguida los primeros faroles de gas en las calles: sus fuegos deformes brillaron por entre las lágrimas.

En la calle Las Cases, Agnès había acostado a Nanette, que se estaba durmiendo, pero seguía hablando al borde del sueño en una voz vacilante, suave, confiada, seguía hablándose a sí misma, a sus juguetes, a la sombra. Pero en cuanto oía los pasos de Agnès hacía silencio por prudencia.

«Ya empieza», pensó Agnès.

Entró en el salón a oscuras; lo atravesó sin encender las lámparas y se acodó en la ventana. El cielo se iba oscureciendo. Suspiró. El día primaveral escondía una especie de amargura secreta que se esfumaba con la caída de la noche. Del mismo modo los duraznos rosas y perfumados dejaban un regusto amargo en la boca. ¿Dónde estaba Guillaume? «Sin duda no volverá esta noche. Mejor», pensó al imaginar la cama fría y vacía. Tocó con la mano el cristal frío. ¿Cuántas veces había esperado así a Guillaume? Noche tras noche, escuchando en el silencio el tictac del reloj, el rechinar del ascensor que subía, subía lentamente, pasaba su puerta, volvía a bajar. Noche tras noche, al principio desesperada, después con resignación, al final con una indiferencia densa y mortal.

¿Y ahora? Se encogió de hombros con tristeza.

La calle estaba vacía, y un vapor azulado parecía flotar sobre todas las cosas, como si del cielo velado hubiera comenzado a caer una fina lluvia de cenizas. En la sombra se iluminó la estrella de oro de un farol, y las torres de Sainte-Clotilde parecieron alejarse, fundirse en la distancia. Pasó un pequeño automóvil lleno de flores que volvía del campo; quedaba apenas suficiente luz para ver los ramos de junquillos pegados a los faros. En los portales, los conserjes sentados en sus sillas de paja, con los brazos flojos, apoyados sobre el regazo, guardaban silencio. En cada ventana se cerraban los postigos, y solo por los intersticios brillaba débilmente una lámpara rosa.

«Hace tiempo —recordó Agnès—, cuando tenía la edad de Nadine, ya esperaba a Guillaume en vano durante largas horas». Cerró los ojos, tratando de volver a verlo tal como era entonces, o al menos como se lo parecía. ¿Tan apuesto era? ¿Tan encantador? Dios mío, más delgado que ahora, eso seguro, con la cara más marcada, más seca, con labios atractivos. Sus besos… Soltó una risita triste y amarga.

«Cuánto lo amaba… Qué idiota… Infelizmente idiota… Guillaume me decía palabras de amor. Se conformaba con besarme, besarme hasta que se me derretía el corazón de dulzura y de pena. En 18 meses nunca me dijo: “Te quiero”, ni “Quiero casarme contigo…”. Yo tenía que estar siempre presente, con devoción. “A mi disposición”, decía él. Y a mí me daba placer, así de estúpida y desdichada era. Tenía la edad en que incluso la derrota es embriagadora. Y además pensaba: “Me amará. Seré su mujer. A fuerza de devoción, de amor, me amará”».

Rememoró con extraordinaria precisión una tarde primaveral del pasado remoto. No hacía buen tiempo como esta noche. Era una de esas primaveras parisinas lluviosas y frías, en las que, en cuanto amanece, cae una lluvia densa y helada, que se escurre entre los árboles llenos de hojas. Los castaños en flor, el día largo, el aire tibio parecen una burla cruel. Agnès estaba sentada en un banco, esperando a Guillaume en una plaza vacía; el boj empapado de lluvia desprendía un olor amargo; las gotas caían en el agua de la fuente, marcando lenta y melancólicamente los minutos que se habían ido sin retorno, las lágrimas frías que habían rodado por sus mejillas. Él no llegaba. A su lado se había sentado una mujer, la había mirado si decir una palabra, curvando la espalda bajo la lluvia, apretando con amargura los labios como si pensara: «Otra más».

Agachó un poco la cabeza, la apoyó maquinalmente en el brazo como antaño, doblando el cuello. Una honda tristeza se acumulaba en ella.

«¿Qué me ocurre? Al fin y al cabo, soy feliz, todo está muy tranquilo, es muy apacible. ¿De qué sirve acordarse de esas cosas? No puede sino inspirar en mi alma rencor y una cólera inútil, ¡Dios mío!».

Pero, de pronto, volvió a su memoria la imagen del taxi que la llevaba por los caminos negros y húmedos del Bois de Boulogne, y le pareció reencontrar el sabor y el olor de aquel aire puro, frío, que entraba por las ventanillas bajas, mientras la mano de Guillaume apretaba suave, cruelmente, su pecho desnudo, como si fuera un fruto al que se le ha sacado el jugo. Peleas, reconciliaciones, lágrimas amargas, mentiras, flaqueza apasionada y una felicidad brusca, dulce, cuando él la tocaba con la mano, cuando decía riéndose: “¿Estás enojada? Me gusta hacerte sufrir un poco”.

—Es el pasado, no volverá —dijo Agnès de pronto en voz alta, con una incomprensible desazón. Repentinamente, sintió que las lágrimas subían a sus ojos y corrían por su cara. Ya quisiera sufrir de nuevo.

«¡Sufrir, desesperarme, esperar a alguien! ¡Ya no espero a nadie en el mundo! Estoy vieja. Odio esta casa —pensó de pronto con agitación—. ¡Y esta paz, esta calma! ¿Y las niñas? Sí, la ilusión maternal es la más tenaz y la más vana. Sí, las adoro, son todo lo que tengo en el mundo, pero con eso no alcanza. Quisiera recuperar los años perdidos, los sufrimientos perdidos. Ahora el amor sería tan repugnante, tan feo. ¡Quisiera tener veinte años! ¡Dichosa Nadine! Pero ¡sin duda está en Saint-Cloud, jugando al golf! ¡Se preocupa por el amor! ¡Qué suerte la suya!

Se estremeció. No había oído la puerta abrirse, ni los pasos de Nadine en la alfombra. Se apresuró a decir, limpiándose los ojos a escondidas:

—No enciendas la luz.

Nadine, sin contestar, fue a sentarse a su lado. Había caído la noche, y las dos apartaban la vista. No vieron nada.

Al cabo de un rato, Agnès preguntó:

—¿Lo has pasado bien, cariño?

—Sí, mamá —dijo Nadine.

—¿Qué hora es?

—Ya casi la siete, creo.

—Volviste más pronto de lo que pensaba —dijo Agnès distraídamente.

Nadine, sin contestar, hizo tintinear suavemente unas contra otras las pulseras que llevaba en los brazos desnudos.

«Pero qué callada está», pensó Agnès, ligeramente sorprendida. Dijo en voz alta:

—¿Qué pasa, cariño? ¿Estás cansada?

—Un poco.

—Te acostarás temprano. Ahora ve a lavarte las manos. Cenamos en cinco minutos. No hagas ruido al cruzar el pasillo, Nanette duerme.

En ese momento sonó el teléfono. Nadine levantó bruscamente la cabeza. Apareció Mariette.

—Preguntan por la señorita Nadine.

Nadine, cuyo corazón latía sordamente en su pecho, atravesó despacio el salón, consciente de la mirada de su madre. Cerró detrás de sí la puerta del pequeño escritorio donde se encontraba el aparato.

—¿Nadine? Soy yo, Rémi… Ah, qué enojada estás… Perdóname, vamos… No seas mala… ¡Pero porque te pido perdón! Eso, eso —dijo él como si quisiera calmar a un animal desobediente—. Un poco de indulgencia, por favor, chiquita… ¿Qué quieres? Una vieja relación, una limosna… Ah, Nadine, ¿no querrás que me conforme con las pequeñas naderías que me das? ¿Eh? ¿Eh? —repetía, y ella reconoció el eco de aquella risa voluptuosa y dulce entre los labios cerrados—. Me tienes que perdonar. No me disgusta nada besarte cuando estás enojada y tus ojos verdes lanzan llamas. Me los imagino. Fulguran, ¿no? ¿Mañana? ¿Te parece mañana a la misma hora? ¿Eh…? Nada de plantón, te lo juro… ¿Cómo…? ¿Que no puedes? No me hagas reír. ¿Mañana? En el mismo lugar, a la misma hora. Pero te lo juro… ¿Mañana? —repetía.

Nadine dijo:

—Mañana.

Él rio:

There’s a good girl. Good little girlie. Bye bye.

Nadine entró corriendo en el salón. Su madre no se había movido.

—Pero ¿qué haces todavía ahí sentada, mamá? —exclamó, y su voz, su risa estruendosa hicieron que un sentimiento turbio y amargo, parecido a la envidia, recorriera el alma de Agnès—. ¡Ya es de noche!

Encendió todas las lámparas. Sus ojos brillaban, todavía humedecidos por las lágrimas; en sus mejillas flameaba una llama oscura. Se acercó al espejo tarareando, se arregló el cabello, miró sonriendo su cara iluminada por la dicha, sus labios entreabiertos y temblorosos.

—Qué contenta te has puesto de golpe —dijo Agnès.

Se esforzó por reír, pero solo escapó de sus labios una risita chirriante y triste. Pensó: «¡Pero qué ciega he sido! ¡Esta criatura está enamorada! Ah, tiene demasiada libertad, soy demasiado débil, eso es lo que me inquieta». Pero, en su corazón, reconocía la amargura, el sufrimiento; los saludaba como a viejos amigos. «Estoy celosa, caramba».

—¿Quién te llamó? Sabes perfectamente que a tu padre no le gustan los llamados de desconocidos y las citas misteriosas.

—No sé a qué te refieres, mamá —dijo Nadine, clavando en su madre los ojos brillantes de inocencia, sin que fuese posible leer el pensamiento que se oculta en su profundidad: la madre, la eterna enemiga, la vejez chocha que no entiende nada, que no ve nada, que se encierra en su caparazón y solo piensa en impedirle a la juventud que viva—. Te aseguro que no sé a qué te refieres. Era nada más para avisarme que el partido de tenis que hoy se suspendió se pospuso para mañana. Nada más.

—¡Nada más, qué bien! —dijo Agnès, pero el sonido seco y duro de sus palabras la sorprendió incluso a ella misma.

Miró a Nadine. «Pero me he vuelto loca. Ha de ser por los recuerdos de antes. Si todavía es una niña…». Por un instante volvió a ver en su mente la imagen de una muchacha, con largas trenzas negras, sentada en una plaza perdida entre la bruma y la lluvia; la contempló con tristeza y la alejó para siempre de su memoria.

Apoyó suavemente la mano en el brazo de Nadine.

—Bueno, ven —dijo.

Nadine ahogó una risita irónica. «¿Acaso yo seré igual de… crédula, a su edad? ¿Y estaré tan tranquila? Dichosa mamá —pensó con un ligero desprecio—. Es algo hermoso, la inocencia y la paz del corazón».

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