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Eli se negaba a dejarme parar hasta que cruzáramos la frontera de Utah. Era un clavo en el asiento del acompañante: dura, punzante, con los ojos azules que no paraba de saltar del velocímetro a la doble línea amarilla y vuelta al velocímetro. Dos ríos de maquillaje seco conectaban sus ojos con su mentón. Leon yacía en el asiento trasero donde yo lo había dejado. Tenía el hocico apoyado en una pila de libros de Carlos Castaneda. Sobre las cubiertas naranjas corrían hilitos de baba. Le temblaban las ancas cada vez que pasábamos sobre un pozo. Su mirada vidriosa y dolorida estaba fija en el hombro desnudo de Eli. Le habíamos limpiado la mayor parte de la sangre del pelaje color pizarra del lomo, pero aún le quedaban salpicaduras en la panza pálida. 

La ruta 89 cruza el monte bajo y el polvo de Nevada a lo largo de cincuenta kilómetros antes de doblar al norte por Kanab. En el portatazas traqueteaba una botella medio vacía de Popov. Eli la levantó del cuello.

—A lo mejor nos hace falta —dije.

Se detuvo pensativa, y luego se la bebió. Contra el cielo, los cables eléctricos se perdían en el horizonte, suspendidos entre torres transformadoras. Con toda probabilidad seguirían corriendo así hasta México, como bandidos.

Kanab tenía solo una estación de servicio, una Sinclair pequeña y limpia con una entrada bien fregada y surtidores verdes relucientes. Entré y aparqué. El aire era tan fresco que apenas olía a gasolina. Justo detrás de la tienda terminaba un pinar. «Tierra de la campeona estatal Lady Rams», decía el cartel de una ventana donde deberían haber estado los anuncios de cerveza. Puse el pie en la plataforma de concreto que sostenía el surtidor, pasé la tarjeta de crédito y saqué el inyector del enganche.

Elí salió a estirar las piernas. Mientras se inclinaba a izquierda y derecha, con los brazos encima de la cabeza, los pies descalzos en el pavimento, su torso largo le daba un aspecto sinuoso y ondulante. Se dirigió con un andar rígido, haciendo girar el cuello, al baño que estaba del otro lado de la tienda. «¿Por qué no te calzas?», quería gritarle, pero sabía que no me haría caso. Era un espíritu libre en materia de gérmenes, dinero, ropa interior e indicaciones. Todo lo demás le preocupaba.

Se le había pegado una mata de pelo al ruedo de su vestido naranja. Uno de los tirantes se le había deslizado sobre hombro. Le colgaba hasta el codo. La ropa siempre se le estaba cayendo, sin poder ocultar la muchacha que había debajo. Me dolían los brazos de conducir todo el día y de cargar a Leon.

Eli volvió con un montón de toallas de papel mojadas; la cara le brillaba de preocupación. Abrió la puerta polvorienta del Sentra y empezó tocar con cuidado la piel de Leo alrededor de la herida. Se la habíamos lavado con vodka y vendado como mejor pudimos con tela adhesiva y una camiseta limpia que estaba en mi bolso de gimnasia. La bala le había atravesado la cadera. Ignoraba si ese era un mal sitio para que un coyote recibiera un tiro: si tenían algún órgano ahí detrás.

—Mañana a esta ahora va a estar como nuevo —dije—. Se pondrá bien.

Eli no contestó. Siguió limpiándolo. Sus brazos delgados eran notablemente musculosos. No hacia ejercicio, pero estaba tensa todo el tiempo. Incluso dormida apretaba los dientes. Leon no se quejaba de que lo tocara. Nunca lo hacía; nunca gruñía, o siquiera resoplaba. Eli acercó sus labios cortados contra el hocico de Leon. Se miraron.

Se levantó una ráfaga de viento del norte y temblé al colocar el surtidor en su sitio. Subíamos a latitudes más frías. «A Montana», había dicho Eli cuando yo había salido del cañón con Leon en brazos, hecho una bola ensangrentada. Conocía allí a un veterinario, amigo de su padre. Al parecer, lo había visto curar a lobo con un balazo y en peor estado, y no nos denunciaría a control de animales.

—¿Todo bien por ahí? —preguntó la cajera, cuando entré a comprar agua y manteca de cacao. Era más bonita que la mayoría de las mujeres que trabajan en las estaciones de servicio. Bronceada, con pendientes de pluma y una sonrisa preocupada de madre.

Asentí. Me di cuenta de que tenía sangre seca en la camisa.

—Me he volcado el café.

Empezaron a aparecer montañas en el desierto. Primero rojas: lomas, colinas, columnas de roca. Le conté a Eli sobre la vez que mi padre nos llevó a Zion. Nos quedamos en un Travelodge de Hurricane. La habitación tenía HBO, y mi hermano y yo solo queríamos quedarnos dentro para ver la tele. Mi papá se cabreó tanto que rompió la pantalla de un puñetazo y volvimos a casa dos días antes de lo planeado. Eli trazaba triángulos en la ventana con el dedo mientras el paisaje amarillo-marrón se borroneaba. No me escuchaba. Apretaba los labios, ahora humectados por la manteca de cacao. A través del maquillaje que se había aplicado con descuido sobre la nariz asomaban unas pecas. Era hermosa de una manera demacrada y seca a la que nunca podía sobreponerme.

Leon orinó. El pis cayó con un siseo en el suelo, mojando la alfombrilla y los vasitos vacíos de poliestireno que había debajo de mi asiento. El olor dulzón y tóxico como a vinagre hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas.

Eli se volvió y lo miró tratar de apartarse del pis. Leon tiró dos libros del asiento. Con una pata arañaba el aire. Tenía el cuarto trasero empapado, el pelaje húmedo apelmazado hasta la altura del hueso. Por la funda de plástico del asiento caían al suelo gotas amarillas.

—No pasa nada —dijo Eli—. No pasa nada.

Bajé la ventanilla y dejé que el aire seco me pegara en la cara. Nos incorporamos a la I-15: cuatro carriles anchos que iban hacia el norte directo hasta Butte. Evitaba mirar el espejo retrovisor. En un día o dos, tres como mucho, estaría de vuelta en casa, recién duchado, echado en el sofá con una cerveza fría, mirando tenis femenino. En la franja central de grava crecía una hierba marrón. Adelantábamos semirremolques que traqueteaban, escupiendo gasoil debajo de sus panzas oscuras.

Pasó una hora antes de que Eli volviera a hablar.

—Tiene que comer —dijo.

—Solo va a servir para que se cague —contesté.

Me miró como si fuera un insecto medio aplastado.

—Es una broma —dije—. En serio.

Tomé la salida y empecé a conducir de un lado a otro por las calles tranquilas de un pueblo mormón, entre hileras de casas de madera blancas con ribetes azules y adelante alfombras de césped cortado al ras como una cabeza militar. Pasamos una ferretería, una confitería. No sabía qué buscábamos. A Leon le gustaba comer gatos, y le gustaba comérselos vivos. Propuse que usáramos un poco de pienso para atraer uno al coche.

—No le veo la gracia —dijo Eli.

Encontramos un sitio con sombra donde aparcar detrás de The Country Kitchen, entre un vertedero de basura y un Mustang rojo encerado, quizá del gerente del restaurante: algún pez gordo. Me cambié la camisa, recogí los vasos empapados de pis con la que me había sacado y tiré todo en el vertedero. Eli dejó las ventanillas abiertas unos centímetros. Abrió la puerta trasera y le prometió a Leon que volveríamos enseguida. Me acerqué y me detuve al lado de ella. Me harían falta alfombrillas nuevas, quizá nuevas fundas de asientos. La cabeza de Eli me llegaba al mentón. Si alguna vez se marchaba, lo que no podría olvidar sería era el fresco olor a coral de su cuero cabelludo.

—Sé bueno —dijo, como si le hablara a su hijo—. Quieto.   

Leon levantó la cabeza de los libros, parpadeando. Sus ojos amarillos estaban más dilatados que de costumbre: le brillaban en medio del pelo blanco que los rodeaba. Tenía la boca bien cerrada. Sentía vergüenza, dolor. Cuando estaba contento, dejaba la boca abierta con los dientes al aire libre.

Maldito coyote. Tendí la mano para tocarle la cara. Sacudió las mandíbulas, tratando de morderme.

—Me cago en la leche.

Aparté la mano de un salto. Me había mordido una vez, de cachorro, y todavía conservaba dos pequeñas cicatrices bajo el pulgar. Ahora era cinco veces más grande. Tenía unos colmillos de un centímetro y medio y yo había visto lo que podían hacerle al cráneo de un gato. Me zumbaban los oídos. Quería pegarle. Me di la vuelta y me alejé caminando rápidamente hacia el restaurante.

Eli le murmuró algo, cerró la puerta con suavidad y me siguió adentro.

La camarera nos llevó a un reservado en un rincón. Cada uno de sus muslos era tan ancho como toda Eli. Llevaba un delantal sobre la ingle tan estirado como el suspensorio de un jugador de fútbol. Ojalá el Mustang fuera suyo. El recubrimiento de vinilo de los asientos crujió cuando me senté. Había manteles individuales de papel y un vasito con lápices de colores. Eli miró por la venta un campanario gris que apuñalaba el cielo. Llevaba el pelo rubio cortado todo de un mismo largo, a la altura del mentón. Tenía la cara demacrada y como grisácea, marcada por el agotamiento, físicamente exhausta, pero también encendida por ello, como si estuviera cobrando más vida.

Pidió un batido de cerezas y un filete.

—También tú necesitas comer —dije.

—Me como las patatas.

El campanario no tenía crucifijo, pero pertenecía a una iglesia, sin ninguna duda. Había oído que para entrar en una iglesia mormona había que ser mormón. Dudé de que fuera cierto, y, en tal caso, de lo que habría dentro. Sobre mi mantel dibujé a Richard Nixon en verde: bien enfadado y cachetón.

La camarera nos trajo el batido en una bandeja plateada. En el vaso flotaba una nube de nata batida. Eli puso toda su atención en la bebida. Los tendones del cuello se le tensaron mientras sorbía por la pajita. Tenía la piel del hombro derecho muy colorada a causa del sol que entraba por la ventanilla del coche.

—Despacio —dije—. Se te va a congelar el cerebro.

Cuando el vaso estuvo vacío, Eli dobló la pajita en tres, formando un triángulo. Llenó el triángulo de sal: una pirámide blanca. Tenía las uñas sucias de sangre seca.

—Trató de morderme —dije.

Eli rompió un cristal de sal con la uña del pulgar.

—Está asustado y le duele.

—Pues aquí lo van a matar. Todos esos cazadores.

Señalé con la cabeza la calle vacía.

Se oía una música country a poco volumen, y la camarera chasqueó los dedos al salir por la puerta batiente de metal que daba a la cocina. Mi hamburguesa venía servida con los ingredientes separados en el plato: lechuga, tomate, cebolla, pan, alineados junto a la carne. Eli me miró armar el sándwich y luego me miró comer. El filete que le habían puesto delante tenía la forma del estado de Nevada y era igual de árido. Me di cuenta de que Eli contaba los segundos mentalmente: tic, tic, tic. La camarera estaba apoyada en el mostrador al lado de los pasteles, mirándome también. Yo tragaba sin casi masticar.

Cuando llegó la cuenta, Eli no pidió una caja. Simplemente envolvió el filete en una servilleta de papel y se lo llevó, chorreando, en la mano. Dejé algo de propina y la seguí, con una sonrisa de disculpas.

Fuera había refrescado y flotaba el olor a cobre de los escapes. Se le puso la piel de gallina. Una gota de jugo de carne le cayó por la pantorrilla. Cuando habíamos salido de Phoenix hacía calor. Ahora el sol se ponía sobre las montañas de Wasatch. Las crestas nevadas creaban contra el cielo rosado un electrocardiograma que se extendía hacia el norte. La agarré del hombro, sintiendo los huesos.

—Fue Rod —dijo, abriendo la puerta trasera—. Sé que fue él.

Negué con la cabeza.

—Pueden haber sido un montón de personas.

—Fue Rod.

Le dio el filete a Leon. Le dije que tuviera cuidado, pero no fue necesario. Leon comió despacio, sin siquiera rozarle los dedos con los dientes. Agachaba la cabeza después de cada mordida, tragando la carne. Los bigotes se le mancharon de jugo. Me miró, satisfecho.

—Rod es un maricón —dije—. No tienen armas.

Leon terminó el filete y le limpió las manos a Eli con la lengua.

—Tienen gatos.

—Tenían.

No pude evitar reírme.

Eli exhaló de manera larga y lenta, y me imaginé en forma de cuadro dentro de su cabeza: lo bueno y lo malo, con trozos de conversación, cosas que había hecho, recuerdos incluidos de un lado y del otro. Lo malo seguía acumulándose.

—Todo esto lo hago por ti, sabes —dije—. Faltar al trabajo, conducir tanto tiempo. Es decir, Leon también me importa.

—Pues no parece —preguntó.

—Claro que me importa —El enfado me calentaba el pecho—. Pero es un animal salvaje.

Eli le acarició el cráneo, masajeándole la base de las orejas.

—¿Lo dejarías morir?

—Sabes que me refería a eso.

Pero a lo mejor sí. Nos había dado problemas desde el día en que lo habíamos llevado a casa. Nos meaba la cama, mordisqueaba los rodapiés, perdía pelo por todas partes. Siempre me encontraba pedazos de gato en el jardín: una pata al lado de la puerta, entrañas entre las plantas de tomates, un cráneo a medio comer sobre el felpudo de bienvenida. Empezaba a gruñir cada vez que le levantaba la voz a Eli.

Ahora apretó el hocico largo y peludo contra las manos de Eli y le lamió la muñeca.

—Ya casi llegamos, mi amor —susurró—. Apenas unas horitas más.

Encendí la calefacción y seguimos conduciendo hacia el norte. Clavé la aguja en ciento veinte por un rato —a saber qué diría si nos detenía un policía—, pero Eli no paraba de mirarme mal, así que subí a ciento treinta. Las enormes praderas vacías se cerraron a nuestro alrededor hasta que la única luz visible era la cuña de las luces altas. Yo estaba exhausto. Me dolía la cabeza. Tenía los muslos agarrotados por haber subido y bajado las cuestas del cañón, tropezando en la oscuridad. Leon se había escondido muy bien en un pozo entre dos rocas enormes. Yo lo había encontrado y lo había sacado de allí a cuestas. Al parecer Eli había olvidado ese detalle.

Estaba sentada con los pies subidos al asiento del pasajero, los brazos enlazados alrededor de las espinillas, los muslos contra el estómago. El mentón sobre las rodillas. Las luces del salpicadero teñían su cara de un verde borroso. Le temblaba el ojo izquierdo y la piel contraída indicaba la forma de unas arrugas futuras. Escuchamos la radio hasta que se interrumpió y se convirtió en estática. Sabía que había granjas y zonas de pastoreo a nuestro alrededor, pero daba la impresión de que el mundo podía acabar sin que nos enteráramos hasta la mañana siguiente.  

Esforzándome por mantenerme despierto, me imaginé a Eli desnuda. Allí donde estaba, en el asiento del pasajero, pero sin el vestido y la ropa interior. Los brazos delgados y musculosos en torno a las rodillas. La piel de las costillas arañada y con cardenales por andar dando tumbos en el cañón. Su cuerpo plegado sobre sí mismo, apretado contra sí mismo, del color del trigo.

Le puse una mano sobre la rodilla. La fui subiendo hasta sentir el encaje áspero de sus bragas. Se movió en señal de rechazo, apartándome la mano y bajándose el ruedo del vestido.

Vale, pensé. Vale vale vale.

Salt Lake City era un fantasma debajo de la autopista: edificios mudos que formaban los escalones desiguales de un horizonte urbano nocturno, el parpadeo lento de las luces del aeropuerto. El templo, con las torretas y la balaustrada, parecía un castillo perdido, varado en el continente erróneo. En la cima de una colina colgaba inmóvil una bandera estadounidense, iluminada desde abajo.

Al llegar a las afueras de la ciudad, las casas dieron paso a unos campos surcados por enormes regadores agazapados. Había uno encendido, que despedía arcos de bruma en la noche. El tiempo se aceleró y saltó hacia delante. Pensé en las mujeres que había conocido, los sitios a los que había ido, en bandidos, en lobos. El coche estaba tibio. Di una cabezada y me enderecé de un golpe.

—Tenemos que parar —dije—. Descansar un poco.

—Yo conduzco.

Cambiamos de lugar en una nueva estación de servicio. El dependiente nos miró a través de la ventanilla, con un mondadientes en los labios. Era negro. Negro en Utah. No podía ser fácil. El motel de al lado era una construcción baja y larga con veinte habitaciones dispuestas alrededor de un estacionamiento. «Thunderbird», decía el letrero azul de neón. Sabía que, con toda probabilidad, los colchones serían delgados, con muelles rotos y sábanas estarían manchadas, pero me hubiera dado lo mismo. Solo quería estirarme. Los ojos de Leon brillaban en el espejo retrovisor. Una parte de la lengua le colgaba entre los dientes, rosa como goma de mascar.

Eli conducía con las dos manos sobre el volante, a las dos y diez. Cada tanto se le movían sus labios. Se apretaban casi en un beso, después se estiraban sobre los dientes.

—¿Tendrá camas el veterinario? —pregunté.

—En su casa —dijo—. Duerme. Ya te despierto.

Dejé que mi cabeza cayera sobre el asiento. Olía a pelaje y meada. El motor murmuraba debajo de mí y me imaginé caballos gigantes y unos indígenas gigantes, de treinta metros de altura, atronando sobre las montañas oscuras. 

Cuando desperté el coche se había detenido. Estábamos parados en el arcén, rodeados por una pradera inmensa. Los faros estaban apagados. Pura negrura y, encima, un campo de estrellas. Parpadeé, tratando de tragar algo de humedad, aunque tenía la garganta reseca.

—Mira —susurró Eli.

Leon se había sentado, con las patas delanteras mal apoyadas en las cubiertas poco firmes de los libros. Apretaba el hocico contra la ventanilla. Su cuerpo flacucho —solo dos años, todavía un cachorro— se doblaba hacia el asiento donde reposaban sus cuartos traseros heridos. Tenía los ojos clavados en la figura menguante de la luna, como si esta supiera la respuesta de todos los sufrimientos.

Las negras colinas sureñas subían y bajaban como olas. El aliento de Leon empañaba el cristal.  

Aplastó las orejas largas contra el cráneo, abrió la boca y empezó a aullar. Fuerte y agudo, el sonido atravesó el techo y se extendió por la noche. Sostuvo la nota. Desgarradora. Desesperada. Tan fuerte que me dolieron los oídos.

—No —dije—. No ladres.

Le temblaron las ancas. Se resbaló y cayó contra la puerta.

Eli se había dado la vuelta en el asiento del conductor y se estiraba hacia él con la cara contorsionada, la piel del mismo color que la luna.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Se detuvo, mirándome fijo. En sus ojos desnudos había algo aterrador: quizá asco, o el comienzo del odio.

—Ve a dar una vuelta —dijo.

Me la quedé mirando sin decir nada. Unos mechoncitos de pelo se habían adherido al apoyacabezas, en perpendicular a ella, tensos por la electricidad.

—Por favor. Danos unos minutos solos.

Manoteé la puerta; jalé una y otra vez hasta que Eli se inclinó hacia mí, empujándome hacia atrás con el hombro, y quitó el pestillo. Abrí la puerta de un empellón. El aire frío me golpeó la cara. Me quedé de pie, aturdido, y a continuación me apoyé en el coche. Eli me miraba con los labios estirados, los tendones del cuello marcándosele contra la piel. Las uñas de Leon arañaban la funda plástica del asiento trasero.

—Se va a morir —dije, y cerré de un portazo.

Bajo mis zapatillas crujieron los guijarros. Me alejé de la carretera, bajé una zanja y subí al otro lado. Olía a nieve, árboles. Idaho, quizá. Pensé en caminar hasta encontrar un sitio donde caerme. De un lado y otro del cielo flotaban el Cinturón de Orión y El Carro. Imposible acordarme de otra constelación. Solo un amasijo de estrellas. 

Paul Espeseth, quien había dejado de tomar el antidepresivo Celexa, se preparó para el cataclismo que vendría en SeaWorld. Solo le faltaba saber qué tipo de cataclismo sería.

Espeseth se había opuesto al viaje. Para intentar convencer a su esposa, citó un revelador informe del cable sobre este parque marino, informe que ni él ni ella habían visto. Pero su mujer le hizo una toma de judo a sus argumentos:

–Las niñas tienen derecho a ver a los animales que aman antes de que se terminen de extinguir.

Así que aquí estaba. El primer paso, al parecer, incluía flamencos. Después de empujar a sus hijas gemelas de cuatro años a través de los molinetes y los negocios de suvenires en los que vendían la versión en peluche de las especies que habías ido a ver en carne y hueso, Espeseth y su familia bordearon el perímetro del parque y se encontraron con las aves. Las cabezas de los flamencos, rojinegras e interrogativas, flotaban sobre sus tallos rosados atiborrados de plumas, y por sobre las cabezas de la multitud que esperaba para verlos.

–Chloe, Deirdre: esperen su turno –dijo su mujer.

Viendo que nadie respetaba ningún turno, Espeseth tomó a sus hijas de las manos y se metió entre la muchedumbre en busca de un hueco que les permitiera ver. Su mujer se quedó cuidando el cochecito doble lleno de cachivaches. Una vez cerca, Espeseth se dio cuenta de que las aves estaban atrapadas en una isla: un montículo de tierra con el pasto bien cuidado, cercado por un alambrado bajo, con carteles que decían: “Se ruega no alimentar a los animales”.

–¿Ven? –preguntó a sus hijas en voz baja, como si estuvieran en un safari y la masa de aves exóticas fuera una bandada que podría salir volando. Pero a los flamencos les habían recortado una pluma indispensable para volar, el equivalente de un luchador cortándole el talón de Aquiles a su rival. Las aves no tenían escapatoria del ruidoso aluvión de padres que acercaba a sus hijos para sacarles una foto con el teléfono.

–Tengo miedo –dijo Deirdre.

–Ellos también tienen miedo –le respondió.

Y yo también. Los flamencos fueron lo primero para lo que no estaba preparado; nada hubiera podido prepararlo. Luego de ver cientos de videos de orcas en YouTube y de recortar fotos de orcas en las revistas y de acostar a sus hijas en camas plagadas de peluches de orcas, Paul Espeseth había endurecido su alma en anticipación a las orcas; a la tristeza que emanaba de sus cuerpos, a su drama solitario, a la posibilidad de que, a vista de todo el mundo y con música de fondo, le arrancaran el brazo o el cuello a los entrenadores en traje de neoprene. Pero los dueños del parque la habían hecho bien: le habían hecho bajar la guardia con los flamencos, como una ronda de quemaduras de cigarrillo en las costillas antes del submarino seco.

Las niñas tomaron coraje y avanzaron entre la gente, pero cuando desaceleraron el paso fueron reemplazadas por otros niños, igual de empobrecidos y no menos entusiastas, que llegaron hasta las aves, en lo que debió de ser para ellas una avalancha de psicosis aguda. Comparado con los demás flamencos, estos vendrían a ser astronautas que viajan años luz y vuelven con historias increíbles. Solo que nunca volverían. Para eso ¿por qué no meterlos en batisferas y presentárselos a las orcas? ¿O qué tal esconderles ácido lisérgico en la comida?

–Vamos –dijo, y agarró a sus hijas. Las pequeñas manos de las niñas habían empezado a transpirar, o tal vez eran las suyas las que transpiraban sobre las de ellas–. Nos falta ver bastante.

–¡Or-cas! ¡Or-cas! –chillaron las gemelas al unísono. Habían venido para eso.

–El espectáculo empieza a las once –les dijo–. Todavía falta. Podemos ver otras cosas en el camino: los tiburones, por ejemplo.

Le bastó con un vistazo al mapa para entender el porqué de la distribución física del parque: a excepción de caer en paracaídas, no había forma de llegar al Estadio de Shamú sin pasar por las demás atracciones. Enfiló para el lado de los tiburones y las tortugas gigantes, aunque más no fuera para zafar de la Bahía de Juegos de Plaza Sésamo y de la montaña rusa Mantarraya. Espeseth era un hombre de principios, y un parque llamado “mundo marino” debía restringirse a lo que su nombre indicaba: fauna de las profundidades de los mares y los océanos; no aves, ni tampoco Elmo, la princesa Leia o el capitán de Cap’n Crunch. A medida que seguían el recorrido del parque, Espeseth sentía que perdía control sobre el devenir de su familia. Sintió que lo obligaban a actuar en una obra que consistía en derrochar energía, alegría y dinero; un vaciamiento tanto de su bolsillo como de su alma. Estaba indefenso como una pelota de pinball que rebota sin cesar en la maquinita. Ni siquiera un pinball simple y agradable, como en los arcades de Minneapolis a los que solía ir en los años setenta, sino uno noventoso, histérico e histriónico, con miles de paletas luminosas abofeteándole el cerebro.

Rezó por un milagro como el de Legoland, pero parecía demasiado pedir. Dos meses antes, había ido con su familia al parque de Legoland, en Florida. Legoland no había estado tan mal: tenía variedad, cierta sustancia y algo de filo. Algunas zonas del parque eran muy malas, empezando por un simulacro de ciudad bautizado “Ciudad de la Diversión”. Pero otras estaban bien, más que bien, como los restaurantes de Castle Hill.

Allí, mientras las gemelas se sacaban una foto con la Reina y jugaban con justas en caballitos Lego montados en un riel, se había podido escapar a Castle Ice Cream para tomarse un café doble. Fue una pequeña victoria. Refugiado en un rincón sombrío del patio del castillo, brindó en silencio por sus hijas, mientras veía a una y después a la otra pasar en el caballito. En un punto Legoland tenía la culpa de todo: había aceptado ir al mundo marino justamente porque Legoland no había sido tan terrible; pero SeaWorld, incluso con Celexa (ahora lo sabía), era otra historia.

Irving Renker, su psiquiatra, le había advertido sobre los efectos de privar a su cerebro de Celexa. Hacía solo dos días que Espeseth había dejado la medicación, bajo supervisión de Renker, si es que había alguna.

–Prepárate –dijo Renker–. Puede que empieces a ver vagos y rateros.

–¿Cómo? ¿Voy a tener alucinaciones?

–No –dijo Renker–. No vas a tener alucinaciones. Digo “ver” en el sentido de “advertir”. Puede que de ahora en más notes que hay más vagos y rateros. Personas raras, pervertidos. Incluso gente amputada.

Irving Renker era un judío de Nueva York que había abandonado su arquetipo como una langosta su caparazón: se movía con libertad, abierto y dispuesto, pero llevaba la marca del caparazón impresa en la piel. A Renker le gustaba hacer actividad física; era común encontrarlo surcando en bicicleta las barrancas de Santa Bárbara, con casco y anteojos de sol, suéter sport, pantalón azul y mocasines.

Espeseth nunca lo había visto de civil, y menos cerca de la playa. Sospechaba que era la mujer de Renker la que hacía las compras de la casa. El consultorio era un anexo de la casa familiar, construida sobre la ladera de una colina y apoyada sobre pilotes por el desnivel del terreno. Las persianas estaban siempre bajas, lo cual atraía a los curiosos. ¿Qué había detrás? ¿La guarida secreta de un intelectual judío, con estantes llenos de libros, máscaras fetiches a lo Sigmund y fétidas alfombras persas? Quién sabe. El consultorio en sí era insípido: acuarelas de arte abstracto, sillones beige, un reloj de bronce.

Además de las frases “no te compliques” y “no lo pienses tanto”, Renker usaba términos como “la gente negra”, “el oriental”, “gitanear” y “los vagos”. En una sesión, Espeseth habló de la vez que su papá los llevó a él y a sus hermanos a pescar y los sentó a los tres en el asiento de adelante de la camioneta, a lo que Renker acotó:

–Sí, sí, “mejicanearla” se llama eso.

Espeseth nunca confrontaba ni corregía a su psiquiatra. En lugar de eso, repetía lo que le decía pero usando términos políticamente correctos. Por ejemplo, a la advertencia sobre dejar el Celexa respondió:

–¿O sea que la medicación me impedía ver a las personas en situación de calle? ¿O me hacía más propenso a ser asaltado?   

–Es todo cuestión de adónde va la atención –dijo Renker–. Puede que empieces a reparar en personas que son una basura en vez de en quienes están a su alrededor. No es que vayas a vivir paranoico, pero también puede que proyectes el basurismo a la gente común.

Si se lo ponía a pensar, el hecho de que su psiquiatra creyera en la existencia de “gente común” le parecería preocupante; por eso trató de no pensar en eso. Fue lo que Renker dijo después lo que no se pudo sacar de la cabeza:

–Hubo pacientes que al dejar el Celexa sintieron una especie de vaho de putrefacción, de inmoralidad, de peligro emanando de los resquicios de la cotidianeidad, algo que solamente ellos percibían. Un colega lo definió como “síndrome de la carne agusanada”. Es bueno saberlo de antemano, para que no te tome por sorpresa.

¿Síndrome de la carne agusanada?

Nadie –ni su psiquiatra, ni su mujer; menos que menos sus hijas–, ninguna conciencia humana, aparte de la que residía en el interior de su cráneo, sabía que Paul Espeseth se había rebautizado “Futuro Vegano”. Su nombre secreto era un síntoma, si es que se lo podía llamar síntoma, que se había apoderado de él meses antes de dejar el Celexa. ¿O era un efecto colateral? Esperaba que se le fuera cuando dejara la medicación. No tuvo suerte. Futuro Vegano lo lamentaba pero no tanto. Su nuevo nombre era una cruz, sí, pero se aferraba a él porque de alguna manera le auguraba una existencia superior, una que no estaba al alcance de la mano.

¿Cómo había empezado su búsqueda? Espeseth, cuando ese era su único nombre, había sacado de la biblioteca pública de Santa Bárbara un conocido ensayo sobre cómo los seres humanos llevaron al planeta a un estado insostenible. De allí pasó a leer un par de famosos artículos de denuncia sobre el trato inhumano a animales en granjas y mataderos. Y luego a un libro llamado Cuidado con el reino animal, que relataba brutales actos de venganza contra la raza humana. Fue en ese momento cuando Espeseth sintió que se convertía en Futuro Vegano. Algo crecía dentro suyo, un nuevo conocimiento que solo la inercia y la vergüenza y el conformismo podían detener. Para bien o para mal, Futuro Vegano era especialista en estas tácticas dilatorias.

Lo más difícil iba a ser contárselo a Chloe y Deirdre. Futuro Vegano admiraba la capacidad de sus hijas de vivir sin contradicciones el amar a los animales y disfrutar de la carne. Le parecía un nivel de madurez difícil de alcanzar, algo así como la habilidad de F. Scott Fitzgerald para pensar dos conceptos opuestos al mismo tiempo. Los primeros rituales de aprendizaje de sus hijas parecían tener que ver con esta asimilación de paradojas.

Que, por ejemplo, mamá y papá se pelean pero se aman. Que los seres humanos son maravillosos y que no hay que ser tímidos, pero que debemos estar alerta contra cualquier extraño demasiado interesado en ayudarnos porque podría ser un impostor. Que más de una hora de televisión o de iPad sea considerado un exceso venenoso, pero que los padres puedan prenderse a la pantalla a cada momento. Futuro Vegano pasaba religiosamente tres horas frente al televisor viendo perder al equipo de fútbol americano por el que simpatizaba: los Vikings, talismán de sus raíces ancestrales. A diferencia de los Redskins o los Chiefs, nunca los acusaron de racistas por el nombre o el logo. A nadie le daban lástima las personas blancas. Quizás eso explicara su fascinación por los judíos, quienes parecían poder estar en la misa y en la procesión. Si Irving Renker lo escuchara, se reiría con sorna. No divagues.

Civilizar niños era básicamente inyectarles disonancia cognitiva. La habilidad de las gemelas para abrazar y a su vez devorar mamíferos sin remordimientos era su pasaporte de entrada al club de los humanos. Si Futuro Vegano les confesaba que para él comer carne estaba mal –incluso aunque se siguiera desviviendo por el olor a bife ahumado y la grasa salada de la panceta–, se rebajaría, ante los ojos de sus hijas, al nivel de un absolutismo moral infantil. ¿O sería, más bien, ante sí mismo? Hacía seis meses que había declarado su veganismo a “futuro”. Futuro Vegano imaginaba que algún día alguien –los guardianes de las puertas del Paraíso, por ejemplo, que tendrían seguramente cabezas de lechón o de ternera– le pediría explicaciones por esa demora, algo equiparable a cuando los Aliados se enteraron de los campos de exterminio pero sopesaron su indignación moral con consideraciones táctico-militares. No había cambiado en lo más mínimo su dieta o sus hábitos. No había ni repartido volantes ni pegado calcomanías en el auto. Nada había cambiado, excepto que se había adjudicado un nombre secreto.

Rojo de vergüenza, guio a su familia hacia el área de los tiburones. Caminaban cansados, detrás de otras familias y sus cochecitos. Una cinta deslizadora los llevaba por debajo del estanque –otra vez la arquitectura puesta al servicio de la coerción–, que estaba iluminado desde abajo. Esto permitía ver los níveos lomos de los tiburones y daba a sus dentaduras un aire tétrico. Cayó en la cuenta de que la disposición del parque era de índole alimentaria: te tragaba, te digería y te cagaba.

–Tengo miedo –dijo Deirdre.

–Yo no –dijo Chloe.

Futuro Vegano no se creía digno de hablar por los tiburones. Se limitó a señalar hacia adelante, donde se empezaba a ver la luz de la salida, a la cual los acercaba la cinta deslizadora.

–¿Pa? –dijo Chloe.

–¿Qué?

–¿De verdad los delfines y las orcas son mascotas que se volvieron al mar?

–No, mascotas no –dijo Futuro Vegano–. Animales salvajes. Como los chanchos.

Lo estremeció la creciente confusión; para las gemelas los chanchos eran animales de granja. Justo esa mañana había estado leyendo a escondidas un blog que llevaba por título “El llamado de lo salvaje. Clases de dominados: mascota, domesticado, salvaje, silvestre…”.

La esposa de Futuro Vegano lo miró. Él trató de esquivar la mirada, pero igual sintió los ojos de ella encima.

–A tu papá no le gustan las mascotas –dijo su mujer.

–¡Ya falta poco para el show! –respondió buscando desesperadamente cambiar de tema, y se arrastraron por la garganta del estanque de los tiburones, hasta que volvieron a ver la luz del día.

Todo SeaWorld se retorció.

El síndrome de la carne agusanada, esa idea contraproducente que Renker le había metido en la cabeza, era en sí mismo un gusano que se retorcía en los sesos de Futuro Vegano.

Los Espeseth habían tenido una mascota: un Jack Russell terrier de dos años, macho, castrado. Se llamaba Maurice y lo habían encontrado en un refugio. El perro era un desquiciado mental al que su esposa adoraba y que él… la verdad es que él también lo adoraba, aunque era como vivir con un enigma que no podía descifrar. Maurice corría a una velocidad imposible, saltaba disparado como fuegos artificiales contrabandeados, reclamaba todo lo que se le pasaba por delante e invadía los espacios más privados de los Espeseth. Lo que sucedió fue que –y es por esta razón por la que cada vez que sus hijas decían la palabra “mascota” Futuro Vegano se sentía en falta, y es por ello también por lo que se le paralizaba el corazón cuando su mujer lo miraba fijo–, al ver la reacción del perro ante el embarazo de su esposa, Futuro Vegano echó a Maurice de sus vidas. El perro se mostraba demasiado interesado en el embarazo, demasiado pendiente de la mujer de Futuro Vegano; se acurrucaba junto al vientre de ella, como si él mismo estuviera incubando a las gemelas. A Futuro Vegano lo sacó de quicio que el perro se metiera en el lecho matrimonial. A los seis meses del embarazo, lo devolvió al refugio, y aunque era casi imperdonable –o tal vez imperdonable a secas–, después de que nacieron las niñas nadie volvió a mencionar a Maurice.

Las niñas no podían saber que Maurice las había cuidado cuando estaban en la panza de su madre, a menos que ella se lo contara. De allí que tuvieran que saciar su apetencia a los mamíferos con personajes de Pixar. El viaje de ida se lo pasaron hipnotizadas con las pantallas del auto, lo cual las salvó de la monotonía de la autopista I-5 y de los suburbios: una salida igual que la otra, las barreras acústicas, el pasto seco al costado de la ruta. Llegando a San Diego, Futuro Vegano vio una señal de tránsito que en vez de la figura de un alce o un ciervo tenía la de una familia mejicana cruzando ilegalmente la frontera de la autopista y sus cinco carriles. Se alegró de no tener que explicar a sus hijas lo que significaba.

La vida familiar, un cataclismo de soledades.

Cuando era chico no tenía pantallas con las que entretenerse en los viajes en auto, y se la pasaba mirando por la ventanilla de la camioneta familiar de sus padres: kilómetros y kilómetros del Parque Nacional de Chippewa, la península superior de Michigan y el sur de Ontario y Manitoba. A los diez años, durante su etapa ecologista, inventó un juego para no aburrirse que, al igual que su nuevo nombre, solo él conocía. Consistía en imaginarse que el auto de sus padres tenía adosado un gran cuchillo invisible, como si fuese el ala de un avión, que se extendía o replegaba según las órdenes que él le daba. Los Espeseth simulaban ser una familia convencional, la única protestante en todo el barrio conocido como San Judío, pero en realidad eran enviados de otro planeta que habían venido a defender a la Tierra de la destrucción del hombre. Sólo él podía controlar la cuchilla, que salía escupida para talar los postes de luz y las señales de tránsito y se replegaba para dejar con vida a cuanto árbol fuera posible. Las casas y los demás autos los rebanaba sin piedad. Una vez que la cuchilla tocaba los objetos, tardaban cinco minutos en caer. Esta demora explicaba por qué Espeseth nunca veía la espectacular destrucción de la que había sido artífice, y también por qué las autoridades humanas no podían atrapar a esa fuerza misteriosa que arrasaba con todo a su alrededor. Por esta vía, el planeta recuperaría su flora y fauna.

Últimamente a Futuro Vegano se le venía a la mente la imagen de la cuchilla invisible. Se le aparecía, por ejemplo, cuando se cruzaba con aberraciones arquitectónicas o cuando veía autopistas plagadas de carteles. Pero con SeaWorld el juego no funcionaba. Si se pusiera a tirar cuchillazos en este laberinto de contradicciones, lo único que lograría sería llevar a la muerte a los animales atrapados allí. Lograría liberar a las tortugas marinas y a los tiburones y a las marsopas de sus cárceles de acrílico, sí, pero solo para arrastrarlas al asfalto caliente, donde morirían por asfixia.

Cuando llegaron al Estadio Shamú, contra las predicciones de Renker, Futuro Vegano no vio ningún vago o ratero; vio, en cambio, soldados en su día de descanso. Habían ido a ver a las orcas con sus familias –hijos a los que apenas conocían, estoicas esposas abandonadas–. Se dio cuenta de que eran soldados por el pelo rapado y los tatuajes en los brazos, y por las venas que se les marcaban en el cuello cuando movían la cabeza. A juzgar por la rectitud y el aplomo que transmitían, parecía que alguien hubiera tomado cuerpos de civiles y los hubiera vertido en un único molde, uno que no dejaba lugar para el error. Los rasgos étnicos, que en ellos apenas se vislumbraban, eran palpables en sus esposas e hijos: mayoritariamente negros, mejicanos y orientales, para ponerlo en términos renkerianos. ¿Incluso algunos gitanos? ¿Cómo saberlo? Simplifica, simplifica.

Quizás fueran los soldados quienes desatarían la hecatombe que pedía a gritos el sistema nervioso de Futuro Vegano. Se imaginó helicópteros, vallas policiales, brigadas especiales tratando de contener a familiares desconsolados. El anfiteatro era un templo maya a la espera de un sacrificio acuático. Allí, atrapado con otras cinco mil almas, Futuro Vegano se sintió por un instante sumido en el fondo de su crisis. Si el camino por los túneles y las curvas de SeaWorld era una especie de deglución, entonces había llegado a las cavidades del estómago.

Luego de una presentación insípida y pretenciosa –con música e imagen y andróginos cuerpos recubiertos de lycra haciendo piruetas–, una vez que entraron las orcas y empezaron los saltos, SeaWorld quedó aplastado por la arrolladora presencia de aquellos animales. Sin otro propósito que el de entretener a un estadio lleno de niños, las orcas amarraban dos mundos, cielo y agua. Los niños respondían también con saltos, que hacían temblar los asientos, y emitían sonidos ininteligibles, casi como si hablaran un dialecto propio. Había niños –más grandes y más valientes que las hijas de Futuro Vegano– que bajaban hasta el borde de la piscina y se abalanzaban sobre el acrílico protector para que las orcas los mojaran y ellos agitaran los brazos. Las ballenas asesinas, con sus parches de maquillaje blanco sobre los ojos, eran los payasos letales de la gloria de Dios. Futuro Vegano nunca vio algo más insolente que esos vigorosos cuerpos de felpa. Como pandas rediseñados por Albert Ser. Usted siempre citando el Holocausto, le dijo Renker una vez. ¿Por qué no nos deja eso a nosotros?

Las niñas miraban azoradas, tomadas de la mano, su incorruptible apetito por las orcas completamente desbordado.

–Deirdre tiene miedo –dijo Chloe.

–No es cierto –dijo Deirdre.

Hablaba como en un estado de ensoñación, sin dejar de mirar el estanque. Futuro Vegano deseaba poder arrancarse un pedazo de alma rota y contener en él a sus hijas, en una suerte de compartimento protector. Pero sabía que no podía contenerlas, como no podía contener a SeaWorld, ni al mundo. Todos ellos estaban abiertos al cielo, a los rayos que lograran inmiscuirse por la resquebrajada atmósfera. Las gemelas estaban abiertas al cielo y a que las orcas jugaran con sus indefensos corazones. En cualquier caso, Futuro Vegano no tenía ningún compartimento protector en el alma; era una fantasía, como la cuchilla retráctil del auto de sus papás.

¿Qué pensarían de las orcas una vez que crecieran y se enteraran de cómo eran las cosas en realidad? El mundo, con una nueva desgracia a cada minuto, a la espera de la atención de las gemelas. Algún día ellas mismas descubrirían todas las páginas de internet y los documentales. Puede que repares en tus hijas, debería haberle advertido Renker.

Sí, somos todos blancos, pero somos blancos en la era post-racial.

Entretanto, del otro lado de las gemelas, un misterio: la esposa de Futuro Vegano.

En otro tiempo supieron ser uno. Después, como si se hubiera chocado con ella y le hubiera desprendido dos pedazos, aparecieron las gemelas. En el último año se había vuelto opaca, como si quisiera ahorrarle el disgusto. La carcasa humana de su esposa recubría algo que, en una sesión con Renker, Futuro Vegano había descrito como “la nebulosa de lo desconocido”. Ella lo había metido en el baile de dejar la Celexa, y lo había acompañado luego, pero ahora ¿qué? ¿Había llegado la hora de la demorada sentencia?

Cuando salieron del Estadio Shamú, Futuro Vegano sintió que podía soportar la desaprobación de su esposa, del mismo modo que podía soportar SeaWorld, y que SeaWorld podía soportarse a sí mismo. Ni los veteranos de guerra, ni las orcas ni él habían enloquecido y empezado a disparar o masticar gente. Si el show de las orcas era el clímax, la prueba máxima, ¿entonces no era hora de irse? Ansiaba volver al motel y el mínimo consuelo que le traería: una cama para él y su esposa y otra para sus hijas, los sándwiches del servicio a la habitación, más Disney por pay-per-view.

–Bueno –dijo, dando un aplauso–. ¿Volvemos al auto?

–Las entradas son para todo el día –contestó su mujer–. Y la mamá de Rebecca dijo que no podemos dejar de ver el show de mascotas.

–Yo tengo hambre –dijo él.

–¡Show de mascotas! ¡Show de mascotas! –gritaron las gemelas.

–Aquí hay lugares para comer –dijo su esposa con sequedad–. Y ya estamos aquí y pagamos por todo el día. Las niñas esperaron meses para venir.

Esta vez Futuro Vegano no alcanzó a desviar la mirada y se vio envuelto en la Nebulosa de lo Desconocido.

La siguiente función del show de mascotas empezaba a la una. Dejaron el carrito en un lugar con sombra, y Futuro Vegano fue en busca de algo que pudieran ingerir. Encontró una pizzería, pero la espera era eterna, y no podía ni pensar en meterse en ese lúgubre lugar a comprar algo para llevar. Afuera, sin embargo, encontró un carrito de comida en el que un hombre asaba patas de pavo. Las patas se veían sospechosamente primitivas –ni que estuvieran en el restaurante Medieval Times– pero el olorcito de la carne dorándose le hacía agua la boca.

Comida marina, comida engullida.

Mundo marino, mundo engullido.

Lamentó haberlas comprado incluso antes de que le dieran el vuelto. Las “patas” eran en realidad carne procesada, las sobras del chancho que el frigorífico tiraba a la basura. ¿Por qué directamente no vender pezuñas de caballo u ojos de vaca al escabeche?, pensó. De todos modos se las llevó a su familia, y mientras caminaba se sintió Pedro Picapiedra. Ante la mirada incrédula de su mujer, arrancó pedacitos de la gigantesca y fibrosa pata y se los fue dando de comer a sus hijas, como una madre a sus polluelos. La crujiente y grasienta piel se salió entera y, una vez que la carne quedó desnuda, se veía tan asquerosa que le resultó incomible. Las niñas bajaron la comida con jugo de naranja. Las servilletas de papel, bañadas en grasa, les quedaron pegoteadas a las manos y a la cara.

Como todavía faltaban quince minutos para la función, se desviaron hacia el estanque de las rayas murciélago. Al igual que con los flamencos, Futuro Vegano tuvo que empujar a la gente para que las gemelas pudieran llegar hasta los animales. Les hizo meter las manos en el estanque poco profundo, y sintieron la textura lisa y gomosa de las rayas escapándose entre los tres. Las niñas suspiraron asombradas; tal vez así era la piel de las orcas. Quizás era esa la verdadera conexión, al fin. Para esto habían venido. Otra vez, por un momento, Futuro Vegano vio desaparecer todas las barreras: ya no importaban los ojos de pavo, la música ambiental pasó a ser algo movilizador, como si viniera de las esferas invisibles.

Vaya uno a saber por qué en aquel estanque lleno de rayas expresivas vivía también un esturión con cara de haber recibido una trompada. Un cartel advertía no tocarlo. Futuro Vegano, sumido en una especie de trance, intentó tocarlo. El ceño fruncido del pez parecía estar pidiéndole ayuda. El esturión respondió con un tarascón. Futuro Vegano pegó un salto del susto, rodeado de niños propios y ajenos plenos de alegría. El esturión se alejó, como un gusano en la carne del estanque de las rayas.         

–¿Vieron eso? –dijo a sus hijas, y a todo aquel que quisiese escuchar.

–¿Qué? –dijo Chloe.

–¡El esturión! ¡Por poco no me ladra!

–Ay, pa… –dijo Chloe cariñosamente.

El show de mascotas era en un anfiteatro separado, más chico: unas gradas enfrente de un escenario que tenía escaleras, ventanas, una pista de obstáculos y esculturas gigantes de una zapatilla rojo chillón y un cartón de leche. A diferencia del show de Shamú, había muchos asientos vacíos, y Futuro Vegano y su familia encontraron lugar en la tercera fila. Al poco tiempo empezó el show. A modo de presentación, varios perros y gatos entraron al escenario AstroTurf pasando por distintas puertas-trampa. Después aparecieron un chancho, un avestruz y una fila de patitos. Todos al ritmo de “Who Let the Dogs Out?”. Los perros pasaron por un subibaja del que salieron disparadas mini-hamburguesas de plástico hacia una parrilla de juguete; los gatos treparon por una soga. Las gemelas miraban fascinadas. Uno de los perros tiró de una palanca y se desplegó un cartel con el nombre del show en letra infantil: ¡Las mascotas mandan!

–¿No te parece un claro ejemplo de “la técnica de la gran mentira” de la que hablaba Hitler? –dijo Futuro Vegano.

–¿Qué cosa?

–“Las mascotas mandan”. No lo hacen. Precisamente… no mandan. Odio este lugar.

–Shhh.

–Somos cómplices de una pesadilla aceptada por todos.

–Nunca nadie se quejó del show de mascotas.

Sí, porque estaban muy ocupados sacándose esa aberración moral y estética de la cabeza, querría haber dicho. “Tras tal conocimiento, ¿qué perdón?. En cambio dijo:

–El esturión ese casi me come un dedo.

–Tarde, me parece.

–¿Tarde para qué? ¿Para que el esturión me coma el dedo?

–No, para que tú y el pez salgan en la televisión; hace tiempo que a este lugar se le acabaron sus quince minutos de fama.

El presentador salió al escenario disfrazado de jugador de béisbol y empezó a explicar con un micrófono manos libres de qué se trataba el show de mascotas. Un actor frustrado, pensó Futuro Vegano: el destino quiso que alguien de Recursos Humanos de SeaWorld se topara con su CV, y allí estaba teniendo que recitar el mismo espantoso discurso cinco veces al día. Presentó las “Olimpíadas de mascotas”, en las que competirían perros adiestrados. Cuando los perros-actores salían al escenario, el presentador anunciaba sus nombres y los niños del público aplaudían y chillaban ante cada grotesca bufonada.

–Nuestros perros fueron todos rescatados de refugios –empezó a decir–. Los adiestramos durante tres años para que puedan estar en “¡Las mascotas mandan!”, y ustedes tienen mucha suerte, porque hoy estamos presentando a un amiguito muy querido: Bingo. Y como es la primera vez que se sube a un escenario, cuando diga su nombre, quiero que le muestren todo su cariño y le den la bienvenida que se merece.

Bingo era un Jack Russel terrier. Parecía estar listo para el estrellato: dio dos vueltas en el aire y después abrió con la boca la perilla de un inmenso hidrante de incendios rojo furioso, lo cual hizo disparar un chorro de agua que salpicó a un inocente chanchito y bañó a los espectadores de las primeras filas, quienes gritaron de alegría. Parado en dos patas y sonriendo, el debutante recibió de la mano del presentador su modesta recompensa. Acto seguido, voló desde el escenario, atravesó las primeras dos filas del público y aterrizó en el regazo de Futuro Vegano. Una vez allí empezó a lamerle y mordisquearle la barbilla y la boca frenéticamente: una serie de lengüetazos intercalados con pequeños y filosos mordiscos.

–¡Bingo! –gritó desde el escenario el presentador.

Aunque el chanchito que había sido mojado daba vueltas sin saber qué hacer, la música jocosa seguía chorreando de los parlantes, lo cual hacía hilarante la escena. El perro ya había pasado a las fosas nasales de Futuro Vegano, que no entendía si esto era parte del espectáculo o qué. Las gemelas estaban encantadas y se arrimaron a acariciar al perro. Su esposa hizo lo mismo, y Futuro Vegano sintió por primera vez en mucho tiempo el brazo de su mujer rozándole la panza. La gente de alrededor se hizo apenas a un lado.     

Era la antigua mascota de la familia. El perro que habían rescatado y abandonado, que había sido rescatado por segunda vez y adiestrado, ahora les era devuelto. Futuro Vegano comprendió que Bingo era Maurice. Al igual que él, el perro tenía dos nombres. Había reconocido a Futuro Vegano al instante y había saltado del escenario para pedirles perdón por haberlos abandonado: a él, a su mujer y a las gemelas, que ahora estaban fuera y no dentro del vientre de su madre, donde el perro las había visto por última vez. Había vuelto para honrar a quien había sido el macho alfa del clan. Gracias a su olfato canino Maurice se dio cuenta de que Futuro Vegano había dejado la medicación. A menos que eso fuera un delirio –era un delirio–. El avestruz se había escapado de atrás del telón y había marchado hasta el borde del escenario, claramente fuera de libreto. El show de mascotas se había desmadrado. Un avestruz no era una mascota.

Las ofensas de Futuro Vegano ya tenían vida propia. Pero el perro, a su manera irreflexiva, lo liberaría de culpa y cargo, sobre todo si era recibido con manos embadurnadas de grasa de pavo. Las ofensas de Futuro Vegano gritaban al horizonte infinito. Futuro Vegano escuchó la voz de Irving Renker que le decía “Deja de globalizar”, mientras la frenética lengua del perro le trepidaba la unión entre los dedos.

Aquí estoy planchando, y lo que usted me ha preguntado me atormenta de ida y vuelta con el movimiento de la plancha.

«Me gustaría que se hiciera el tiempo para venir a hablarme de su hija. Estoy seguro de que puede ayudarme a entenderla. Es una jovencita que necesita ayuda y a la que me interesa mucho ayudar».

«Que necesita ayuda…». Aun si fuera, ¿de qué serviría? ¿Cree usted que porque soy su madre tengo la clave, o que de alguna manera podría usarme como clave? Lleva 19 años viva. Hay toda una vida que ocurrió fuera de mí, con independencia de mí.

¿Y cuándo se tiene tiempo de recordar, examinar, sopesar, estimar, cerrar cuentas? Empezaré y habrá una interrupción y tendré que volver a reunirlo todo. O acabaré abrumada por todo lo que hice o no hice, lo que debería haber ocurrido de otra manera y lo que no puede evitarse.

Era una beba preciosa. La única de nuestros cinco hijos que fue preciosa al nacer. Pero no imagina usted lo nueva e incómoda que es para ella su belleza actual. No la conoció durante todos los años en que la consideraban poco atractiva, ni la vio estudiando sus fotografías de bebé, pidiéndome que le repitiera una y otra vez lo preciosa que había sido —y que sería, le decía yo— y que era, para quien supiera mirar. Pero muy pocos o nadie sabía mirar. Ni siquiera yo. 

Le di de mamar. Hoy en día se considera importante. Amamanté a todos mis hijos, pero en el caso de ella, con la empedernida rigidez de la primera maternidad, hice lo que los libros decían. Aunque me hiciera temblar con sus llantos y me dolieran los pechos de tan hinchados, esperaba el decreto del reloj.

¿Por qué empiezo por ahí? Ni siquiera sé si importa, o si explica algo.

Era una beba preciosa. Hacía burbujitas brillantes de sonido. Le encantaba el movimiento, le encantaba la luz, le encantaban el color y la música y las texturas. Se quedaba tendida con su enterito azul golpeando extasiada la superficie del suelo, con tal energía que sus manos y sus pies se desdibujaban. Para mí era un milagro, pero cuando cumplió ocho meses tuve que empezar a dejársela durante el día a la mujer de abajo, para la que no era un milagro en absoluto, porque yo salía a trabajar o a buscar trabajo o a buscar al padre de Emily, que no «podía soportar» (escribió en su nota de despedida) «compartir la miseria» con nosotras.

Yo tenía 19 años. Era la época de la Depresión, antes de que empezaran los programas de ayudas sociales. Me bajaba a toda prisa del tranvía, corría escaleras arriba por el edificio con olor rancio y, en cuanto ella me veía, tanto si ya estaba despierta como si se despertaba de golpe, soltaba un llanto entrecortado que era imposible de calmar, un llanto que aún hoy puedo oír.

Al poco tiempo encontré un trabajo de friegaplatos por la noche que me permitía pasar el día con ella, y así era mejor. Pero en un momento tuve que llevarla a casa de la familia de su padre y dejarla con ellos.

Me tomó mucho tiempo reunir el dinero de su pasaje de vuelta. Después pescó una varicela y tuve que seguir esperando. Cuando por fin regresó, apenas la reconocí, caminaba deprisa y nerviosa como su padre, se parecía a su padre, toda flacucha, e iba vestida con un burdo color rojo que resaltaba su piel amarillenta y las marcas de la varicela. No le quedaba nada de la preciosura de bebé.

Tenía dos años. Edad suficiente para ir a la guardería, dijeron, y yo ignoraba lo que sé ahora: el cansancio del largo día y las laceraciones de la vida grupal en esas guarderías que son solo lugares donde arrumbar a los niños.

Por supuesto, nada habría cambiado si entonces lo hubiera sabido. Era el único sitio que había. La única manera en que podíamos estar juntas, la única manera en que yo podía tener un trabajo.

Y aun sin saber, lo sabía. Sabía que la maestra era mala porque una imagen se me quedó grabada en la memoria todos estos años: el niñito acurrucado en un rincón, la voz áspera de la maestra: «¿Por qué no estás fuera, porque Alvin te pegó? No es motivo, vamos, afuera, miedoso». Sabía que Emily odiaba aquel sitio aun si por la mañana no me agarrara e implorara «no te vayas, mamá», como los demás niños. 

Siempre se inventaba excusas para que nos quedáramos en casa. Mamá, tienes cara de enferma. Mamá, me siento mal. Mamá, hoy las maestras no van al jardín, están enfermas. Mamá, no podemos ir, ayer hubo un incendio. Mamá, mañana es feriado, me dijeron que no había clases.

Pero nunca una protesta directa, una muestra de rebeldía. Pienso en nuestros otros hijos a la edad de tres o cuatro años —los berrinches, el malhumor, las acusaciones, las exigencias— y de repente me siento asqueada. Apoyo la plancha en la tabla. ¿Qué cosa en mí le inspiraba a ella semejante bondad? ¿Y a qué precio, cuál fue el precio que pagó por aquella bondad suya?

El viejo que vivía al fondo una vez me dijo en tono amable: «Debería sonreírle a Emily más de lo que la mira». ¿Qué había exactamente en mi cara cuando la miraba? La amaba. Mi cara estaba llena de actos de amor.

Solo con la llegada de los demás recordé lo que había dicho aquel hombre, porque a ellos les mostraba una cara de felicidad, no de los aprietos económicos o preocupaciones: demasiado tarde para Emily. No sonríe con facilidad, a diferencia de sus hermanos y hermanas que lo hacen casi todo el tiempo. Su cara permanece cerrada y sombría, pero cuando quiere, es muy expresiva. Debe de haberlo visto en sus actuaciones; mencionó usted sus dones atípicos para la comedia en escena, algo que al público le da tanto gusto que aplauden y aplauden y no quieren dejarla ir.

¿De dónde sale, esa comedia? No demostraba nada de eso cuando volvió a vivir conmigo por segunda vez, después de que la enviara de nuevo a casa de los parientes. Entonces se encontró con un nuevo papá al que tenía que aprender a querer, y creo que quizá fueron tiempos mejores.

Salvo cuando la dejábamos sola de noche, diciéndonos que ya tenía edad.

«¿No puedes ir en otro momento, mamá, por ejemplo mañana?», preguntaba. «¿Me prometes que te irás solo un ratito?».

La vez que volvimos, la puerta de calle abierta, el reloj en el suelo del vestíbulo. Ella despierta y rígida. «No fue un ratito. No lloré. Te llamé tres veces, nada más, y después bajé corriendo a abrir la puerta para que vinieras más rápido. El reloj hablaba fuerte. Lo tiré al suelo, me asustaba lo fuerte que hablaba».

Dijo que el reloj volvió a hablar fuerte la noche en que fui al hospital para dar a luz a Susan. Ella deliraba de fiebre por los primeros síntomas de sarampión, pero se mantuvo alerta durante toda la semana que estuve fuera y la semana siguiente, cuando volvimos a casa y ella no podía acercársenos ni al bebé ni a mí.

No se ponía mejor. Estaba en los huesos, no quería comer y tenía pesadillas todas las noches. Me llamaba a su lado, y yo me despertaba exhausta y le decía medio dormida: «No pasa nada, mi amor, vuelve a dormirte, solo estabas soñando», y si seguía llamándome, en una voz más severa: «ahora a dormir, Emily, no hay nada que te vaya a hacer daño». Dos veces, solo dos veces, cuando de todas maneras tenía que levantarme por Susan, fui a sentarme a su lado.

Ahora, cuando es demasiado tarde (y no es que me deje abrazarla y reconfortarla como hago con los otros) me levanto y acudo de inmediato a su lado cuando la oigo gemir o sacudirse en la cama. «¿Estás despierta, Emily? ¿Te traigo algo?» Y la respuesta es siempre la misma: «No, estoy bien, vuelve a la cama, madre».

En el hospital me convencieron de mandarla a una clínica de reposo en el campo, donde pudiera «recibir el tipo de comida y cuidados que usted no consigue darle, mientras se concentra en el nuevo bebé». Aun hoy mandan a niños a ese sitio. En las páginas de sociedad sigo viendo fotografías de mujeres jóvenes que organizan galas para recaudar dinero destinado a eso, o bailan durante las galas, o decoran huevos de Pascua o preparan regalos de Navidad para los niños.

Nunca incluyen fotografías de los niños, así que no sé si las nenas siguen usando los mismos lazos rojos enormes o mostrando sus caras demacradas domingo de por medio, cuando a los padres se les permite visitarlas «salvo indicación contraria», como se nos indicó durante las primeras seis semanas.

Sí, es un sitio agradable, con césped verde y árboles altos y canteros acanalados. Los niños se disponen a gran altura en los balcones de las casitas, las nenas vestidas con lazos rojos y vestidos blancos, los varones con trajes blancos y enormes corbatas rojas. Los padres les gritan hacia arriba para hacerse oír y los niños gritan hacia abajo para hacerse oír, por encima de una pared invisible que significa «Evítese la Contaminación por Gérmenes Parentales o Afecto Físico».

Había una nena pequeñita que siempre se quedaba ahí parada de la mano de Emily. Sus padres nunca iban a verla. En una de las visitas ya no estaba. «La trasladaron a Rose Cottage», gritó Emily a modo de explicación. «Aquí no les gusta que uno se encariñe con nadie».

Nos escribía una vez por semana, con la caligrafía esforzada de sus siete años. «Estoy bien. Cómo está el bebé. Si escribo bien la carta me dan una estrella. Besos». Nunca le dieron la estrella. Le escribíamos día por medio, cartas que no le permitían tocar o guardar, sino que le leían: una sola vez. «Lo cierto es que no tenemos espacio para que los niños conserven sus efectos personales», nos explicaron pacientemente un domingo en que medimos todos nuestros gritos para tratar de convencerlos de lo mucho que significaría para Emily, a la que le encantaba coleccionar cosas, que se le permitiera guardas las cartas y tarjetas.

A cada visita parecía más débil. «No quiere comer», nos decían.

(De desayuno servían huevos revueltos poco hechos o puré con grumos, nos contó Emily más tarde, me lo meto en la boca y no me lo trago. Nada sabía rico, solo el pollo que servían a veces.)

Nos tomó ocho meses conseguir el alta para que volviera a casa, y el trabajador social solo se convenció por el hecho de que recuperó un poquito de los tres kilos y medios perdidos.

Cuando regresó yo trataba de abrazarla y darle afecto, pero el cuerpo se le ponía rígido y enseguida se soltaba de un empujón. Comía poco. Le daba asco la comida, y creo que buena parte de la vida también. Sí, tenía ligereza y esplendor físicos, pasaba a toda velocidad en patines, rebotaba como una pelota al saltar la soga, subiendo y bajando por la colina; pero eran actos fugaces.

Se sentía incómoda con su apariencia, flaca y morocha y con pinta de extranjera, en una época en que toda niñita supuestamente debía ser, o pensaba que debía ser, una réplica de Shirley Temple, rubia y regordeta. A veces tocaban el timbre para venir a buscarla, pero nadie pasaba a jugar dentro de casa ni parecía tener una mejor amiga. Tal vez porque no paraba de moverse.

Se enamoró perdidamente de un chico durante dos semestres escolares seguidos. Más tarde me contó que me había robado peniques de la cartera para comprarle caramelos al chico. «Los que más le gustaban era los de regaliz y yo se lo compraba todos los días, pero él la prefería a Jennifer y no a mí. ¿Por qué, mamá?». Típica pregunta para la que no existe respuesta.

La escuela era una preocupación. Le costaba hablar y era lenta en un mundo en el que la facilidad de palabra y la rapidez se confundían fácilmente con la capacidad de aprender. Para sus maestros, cansados y exasperados por el trabajo, era una «alumna lenta» y demasiado concienzuda, que siempre estaba tratando de ponerse a tiro y faltaba demasiado a clase.  

Yo la dejaba faltar, por más que a veces su supuesta enfermedad fuese imaginaria. Qué diferencia con lo estricta que soy ahora con la asistencia de mis otros hijos. Entonces yo no trabajaba. Habíamos tenido otro bebé, así que estaba en casa. A veces, cuando Susan tuvo edad, tampoco la mandaba a la escuela, para quedarnos todas juntas. 

Emily tenía sobre todo asma, y su respiración, áspera y trabajosa, llenaba la casa con un sonido extrañamente tranquilo. Yo le llevaba al lado de la cama los dos espejos de pie y las cajas en las que guardaba sus colecciones. Ella elegía cuentas y aros, tapas de botellas y conchillas, flores secas y guijarros, postales viejas y recortes, todo tipo de cosas curiosas; luego ella y Susan jugaban al Reino, diseñando paisajes y muebles, llenándolos de acciones.

Eran los únicos momentos que ella y Susan pasaban juntas en paz. Me aparté poco a poco de aquello, el sentimiento venenoso que las separaba, el terrible equilibrio de ofensas y necesidades que tenía que medir entre ellas, y de las que me ocupé muy mal en aquellos primeros años.  

Ah, había conflictos también entre los demás, seres humanos todos con exigencias, necesidades, penas; pero solo entre Emily y Susan, no, de parte de Emily hacia Susan aquel resentimiento corrosivo. De fuera parece muy obvio, pero no es obvio. Susan, la segunda hija, Susan, regordeta y de rizos rubios, rápida y parlanchina y segura de sí misma, en aspecto y en modales todo lo que Emily no era; Susan, que no podía resistirse a los objetos preciosos de Emily y a veces los perdía o los rompía por torpeza; Susan, que contaba chistes y adivinanzas delante de los demás para que la aplaudieran, mientras Emily se quedaba sentada en silencio (para decirme más tarde: esa era mi adivinanza, mamá, yo se la dije a Susan); Susan, que, pese a la diferencia de cinco años, estaba solo un año por detrás de Emily en desarrollo físico.

Hoy me alegro de aquel desarrollo físico lento que amplió la brecha que la separaba de sus contemporáneos, aunque la hiciera sufrir. Era demasiado vulnerable para ese mundo terrible de competencia juvenil, de pavoneo y presunciones, de compararse constantemente con los demás, de envidias: «Ojalá tuviera el pelo cobrizo», «ojalá tuviera esa piel…». Ya bastante atormentaba se sentía por ser distinta de sus hermanos, tenía bastante de la inseguridad, la necesidad de medir las palabras antes de hablar, la preocupación constante —¿qué piensan de mí?—, sin que los despiadados impulsos físicos lo realzaran.

Ronnie me llama. Se ha hecho pis y lo cambio. Ahora rara vez se oye un llanto así. Casi ha pasado la etapa de la maternidad en que el oído no nos pertenece, sino que debe estar siempre tendido y alerta para escuchar el llanto de un hijo, la llamada de un hijo. Nos quedamos sentados un momento y lo abrazo, mientras miro la ciudad de carbón que se extiende afuera, con sus suaves pasillos de luz. «Chuchino», murmura y se arrebuja. Lo llevo a la cama, dormido. Chuchino. Una palabra graciosa, familiar, heredada de Emily, inventada por ella para decir: consuelo. 

De esa manera y otras ha dejado su impronta, digo en voz alta. Y me sobresalto al escucharme. ¿Qué he querido decir? ¿Qué cosa he tratado de convocar, como para darle coherencia? Estábamos en los años terribles del crecimiento. Años de guerra. No los recuerdo bien. Yo trabajaba, por entonces tenía cuatro pequeños, y nada de tiempo para Emily. Ella tenía que ayudarme siendo madre, ama de casa, haciendo las compras. Tenía que establecer su impronta. Mañanas de crisis e histeria al tratar de envolverles las viandas, peinarlos, buscar abrigos y zapatos, todo el mundo al cole o a la guardería a tiempo, el bebé listo para ser transportado. Y siempre uno de los pequeños que garabateaba el periódico, Susan que se dejaba olvidado un libro, los deberes que no se hacían. Salir corriendo a la escuela enorme donde ella era una más, se perdía, era una gota; sufriendo por no estar preparada, tartamudeando e insegura en sus clases.

Por las noches después de acostar a los niños quedaba muy poco tiempo. Ella se peleaba con los libros, siempre comiendo (fue en aquellos años cuando le entró el enorme apetito que se ha vuelto legendario en la familia), y yo planchaba, o preparaba la comida para el día siguiente, o le escribía una carta a Bill, que estaba en el ejército, o me ocupaba del bebé. A veces, para hacerme reír, o de pura desesperación, Emily imitaba acontecimientos o compañeros del colegio.

Creo que una vez le dije: «¿Por qué no haces algo así en el concurso de aficionados del colegio?». Una mañana me llamó al trabajo, y apenas podía hacerse entender entre las lágrimas: «Mamá, lo hice. Gané, gané; me dieron el primer premio; no paraban de aplaudir y no me dejaban irme».

De pronto fue Alguien, tan atrapada en su diferencia como antes en su anonimato.

Empezaron a pedirle que actuara en otros colegios, incluso en universidades, luego en eventos de la ciudad y por todo el estado. El primero al que fuimos, solo la reconocí al comienzo, cuando por poco no se zambulló, flaca, tímida, entre las cortinas. Después: ¿esa era Emily? El control, el dominio, las payasadas convulsivas y mortales, el hechizo, y luego el público que reía a carcajadas y daba pisotones, sin querer que aquella risa rara y preciosa desapareciera de sus vidas.

Más tarde: Usted tendría que hacer algo con un talento como el de ella. Pero, sin tener dinero y sin saber cómo, ¿qué se hace? Lo dejamos todo en sus manos, y el talento se le arremolinó dentro, taponándose y trabándose, tanto como fue utilizado y creció.

Emily acaba de llegar. Corre escaleras arribas saltando los escalones de a dos con paso ligero y agraciado, y creo que esta noche está feliz. Lo que fuese que lo impulsó a usted a llamarme hoy no ha ocurrido.

—¿Nunca vas a dejar de planchar, mamá? Whistler pintó a su madre en una mecedora. Yo tendría que pintar a la mía inclinada sobre una tabla de planchar.

Está en una de sus noches comunicativas y me cuenta todo y nada mientras se prepara un plato de comida que saca del refrigerador.

Es tan hermosa. ¿Por qué me pidió usted que fuese a verlo? ¿Qué le preocupa? Ella encontrará su camino.

Empieza a subir la escalera para ir a acostarse.

—Mañana no me despiertes con los demás.

—Pero creí que tenías exámenes.

—Ah, eso —dice, mientras regresa, me da un beso y sigue suavemente—: En un par de años, cuando estemos todos atomizados, no tendrá ninguna importancia.

No es la primera vez que lo dice. Se lo cree. Pero como le he estado dando vueltas al pasado, y todo lo que compone un ser humano me resulta tan pesado y significativo, esta noche me resulta insoportable.

Nunca voy a cerrar cuentas. Nunca iré a decirle a usted: fue una niña a la que se le sonreía poco. Su padre me dejó antes de que cumpliera un año. Tuve que trabajar durante los primeros seis años de su vida, cuando había trabajo, o mandarla a casa de sus familiares. Hubo unos años en que recibió cuidados que odiaba. Era morocha y flaca y tenía pinta de extranjera en un mundo en el que se valoraba el pelo rubio y los rizos y los hoyuelos, era lenta cuando se valoraba la facilidad de palabra. Fue la hija de un amor que estaba lleno de ansiedad, no de orgullo. Éramos pobres y no podíamos permitirnos la tierra que facilita el crecimiento. Yo era una madre joven, preocupada. Vinieron otros niños que hacían presión, que tenían exigencias. Su hermana pequeña parecería ser todo lo que ella no era. Hubo años en los que no quería que la tocara. Se encerraba demasiado en sí misma, su vida era tal que tenía que encerrarse en sí misma. La sabiduría me llegó tarde. Tiene mucho a su favor y es probable que no haga nada con ello. Es hija de su tiempo, de la depresión, de la guerra, del miedo.

Déjela tranquila. Es cierto que no va a alcanzar todo su potencial: ¿pero cuántos lo alcanzan? Seguirá teniendo suficiente por lo que vivir. Solo ayúdela a saber —haga que tenga motivos para saber— que ella no es solo este vestido que ahora está sobre la tabla de planchar, indefenso ante la plancha.

Esta mañana nuestro cañón ha descargado unos cien kilos de ICM en un control de contrabando diez kilómetros al sur. Nos hemos cargado a un grupo de insurgentes y luego hemos ido a comer a la cantina de Faluya. Yo he tomado pescado y habones. Intento comer sano.

En la mesa, los nueve sonreímos y reímos. Yo aún tiemblo por la excitación nerviosa, y no dejo de sonreír, de retorcerme las manos y de hacer girar mi alianza en el dedo. Estoy sentado entre Voorstadt, nuestro número uno, y Jewett, que está en el equipo de munición con Bolander y conmigo. Voorstadt se ha servido un plato enorme de raviolis y Pop Tarts, y antes de atacar mira a un lado y otro de la mesa y dice: «No me puedo creer que por fin hayamos tenido una misión de artillería».

Y Sanchez dice «Ya era hora de que matáramos a alguien», y el sargento Deetz se echa a reír. Hasta yo río entre dientes, un poco. Llevamos dos meses en Irak, una de las pocas unidades de artillería que se dedica realmente a la artillería, solo que hasta el momento no habíamos disparado más que en misiones de iluminación. Normalmente, los soldados de infantería no quieren arriesgarse a los daños colaterales. Algunos de los cañones de la batería han disparado a los malos, pero nosotros no. No hasta hoy. Hoy ha disparado toda la maldita batería. Y hemos alcanzado al objetivo. Eso nos ha dicho el teniente.

 —¿Cuántos insurgentes creéis que hemos matado? —pregunta Jewett, que ha estado bastante callado.

 —Una unidad del tamaño de un pelotón —responde el sargento Deetz. —¿ Qué? —dice Bolander. Es un cínico profesional con cara de rata, y empieza a reír—. ¿De un pelotón? Sargento, en AQI no tienen pelotones.

 —¿ Por qué crees que hacía falta toda la maldita batería? —suelta gruñendo el sargento Deetz.

 —No hacía falta —dice Bolander—. Cada cañón ha disparado solo dos proyectiles. Supongo que lo único que querían era que todos tuviéramos un rato de fuego contra un objetivo real. Además, hasta un solo proyectil de ICM bastaría para cargarse a un pelotón en pleno desierto. Ni de coña hacía falta la batería entera. Pero ha sido divertido.

El sargento Deetz niega lentamente con la cabeza, los corpulentos hombros encorvados sobre la mesa. —Una unidad del tamaño de un pelotón —repite—. Eso es lo que era. Y dos proyectiles por cañón era lo que necesitábamos para cargárnosla.

—Pero… yo no me refería a toda la batería —dice Jewett con un hilo de voz—. Me refería a nuestro cañón. ¿A cuántos se cargó el nuestro, solo el nuestro?

—¿ Cómo voy a saberlo? —responde el sargento Deetz.

—Un pelotón son como cuarenta —digo yo—. Cuenta, seis cañones, divide y te salen, seis…, no sé, seis coma seis personas por cañón.

 —Sí —dice Bolander—. Hemos matado exactamente seis coma seis personas.

Sanchez saca una libreta y empieza a hacer cuentas, anotando los números con su caligrafía de precisión mecánica.

—Divídelo entre nueve marines por cañón y tú, personalmente, has matado hoy a cero coma siete personas. Eso es como un torso y una cabeza. O quizás un torso y una pierna.

—No hace gracia —le replica Jewett.

—Está claro que nosotros nos cargamos a más —dice el sargento Deetz—. Somos los mejores tiradores de la batería.

Bolander resopla.

—Pero si lo único que hacemos es disparar en el cuadrante y desviación que nos marca el FDC, sargento. Es decir…

—Somos mejores tiradores —lo corta el sargento Deetz—.

Podemos colar una bala en una madriguera de conejos a treinta kilómetros de distancia.

—Pero incluso si estábamos en línea con el objetivo… —dice Jewett.

—Estábamos en línea con el objetivo —dice el sargento Deetz.

—Vale, sargento, lo estábamos. Pero los otros cañones…, a lo mejor les dieron antes. A lo mejor ya estaba todo el mundo muerto.

Me lo puedo imaginar, la metralla penetrando con un ruido sordo en los cuerpos despedazados, la fuerza del impacto sacudiendo los miembros de un lado para otro.

—Mira —interviene Bolander—, incluso si sus proyectiles les dieron primero, eso no significa que todo el mundo estuviera muerto, necesariamente. A lo mejor algún insurgente tenía metralla en el pecho, justo, y está en plan… —Bolander saca la lengua fuera y se agarra el pecho teatralmente, como si se estuviese muriendo en una película antigua en blanco y negro—. Y entonces llega nuestro proyectil, bum, y le arranca la puta cabeza. Ya se estaba muriendo, pero la causa de la muerte sería «ha volado por los putos aires», no «metralla en el pecho».

—Sí, claro, supongo —dice Jewett—. Yo no me siento como si hubiera matado a alguien. Creo que si hubiera matado a alguien lo sabría.

—Nah —le responde el sargento Deetz—. No lo sabrías. No hasta que vieras los cuerpos. —La mesa se queda un momento en silencio. El sargento Deetz se encoge de hombros—. Es la mejor manera.

—¿ No se os hace raro —nos pregunta Jewett—, después de nuestra primera misión real, estar aquí comiendo sin más?

El sargento Deetz lo mira con el ceño fruncido y luego le pega un bocado enorme a su filete ruso y sonríe de oreja a oreja.

—Hay que comer —declara con la boca llena de comida.

—Yo creo que está bien —dice Voorstadt—. Acabamos de matar a unos cuantos malos.

Sanchez asiente con un gesto rápido. —Está bien. —Yo no creo que haya matado a nadie —insiste Jewett.

—Técnicamente, fui yo quien tiró del tirafrictor —dice Voorstadt—. Yo disparé. Tú solo pusiste la carga.

—Como si yo no pudiera tirar de un tirafrictor —dice Jewett. —Sí, pero no lo hiciste tú. —Dejadlo estar —los interrumpe el sargento Deetz—. Es un arma de manejo colectivo. Hace falta un equipo.

—Si usáramos un obús para matar a alguien en Estados Unidos —digo yo—, me pregunto de qué crimen nos acusarían.

—De asesinato —me responde el sargento Deetz—. ¿Eres idiota o qué?

—Sí, claro, de asesinato, pero ¿a cada uno de nosotros? ¿En qué grado? Quiero decir, Bolander, Jewett y yo lo cargamos, ¿no? Si cargo un M-16 y se lo doy a Voorstadt y él le pega un tiro a alguien, no creo que yo haya matado a nadie.

—Es un arma de manejo colectivo —dice el sargento Deetz—. Arma. Manejo. Colectivo. No es lo mismo.

—Y yo lo cargué, pero la munición nos la dieron en el ASP. ¿No deberían ser responsables, también, los marines del ASP?

—Sí —dice Jewett—. ¿El ASP por qué no?

—¿ Y por qué no los obreros que fabricaron la munición? —se burla el sargento Deetz—. ¿O los contribuyentes que la pagaron? ¿Sabes por qué no? Porque es de retrasado.

—El teniente dio la orden —digo—. Él también iría a juicio, ¿no?

—Oh, ¿eso crees? ¿Crees que los oficiales pagarían el pato? —Voorstadt se ríe—. ¿Cuánto tiempo llevas en el Cuerpo?

El sargento Deetz estampa el puño sobre la mesa.

—Escuchadme. Somos el Cañón Seis. Somos responsables de ese cañón. Acabamos de matar a unos cuantos malos. Con nuestro cañón. Todos nosotros. Y eso es un buen día de trabajo. —Yo sigo sin sentir que haya matado a nadie, sargento —dice Jewett.

El sargento Deetz deja escapar un largo suspiro. Todo queda un segundo en silencio. Entonces niega con la cabeza y se echa a reír:

—Bueno, vale, todos nosotros menos tú.

Cuando salimos de la cantina, no sé qué hacer conmigo. No tenemos nada planeado hasta la noche, cuando habrá otra misión de iluminación, así que la mayoría de los chicos quieren pillar la litera. Pero yo no quiero dormir. Me siento como si por fin estuviese completamente despierto. Por la mañana me había levantado al estilo campo de adiestramiento, después de dos horas de sueño, vestido y listo para matar antes incluso de que mi cerebro tuviese tiempo de ponerse a trabajar. Pero ahora, aunque tengo el cuerpo cansado, mi mente está a tope, y quiero que siga así.

—¿Volvemos al cubo? —le digo a Jewett.

Asiente, y empezamos a recorrer el perímetro de Battle Square, a la sombra de las palmeras que crecen junto a la carretera.

—En parte me gustaría que tuviéramos algo de hierba —dice Jewett.

—Vale.

Es un decir. Niego con la cabeza. Llegamos a la esquina de Battle Square, justo enfrente del hospital de Faluya, y giramos a la derecha.

—Bueno, por fin algo que contarle a mi madre —dice Jewett.

—Sí. Y algo que contarle a Jessie.

— ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?

—Una semana y media.

Jewett no responde nada a eso. Bajo la vista hasta mi alianza. Jessie y yo nos casamos por lo civil una semana antes de que me marchase para que, si moría, ella pudiera cobrar las ayudas. No me siento casado.

—¿ Qué se supone que tengo que contarle? —digo.

Jewett se encoge de hombros.

—Cree que soy un tipo duro. Cree que estoy en peligro.

—De vez en cuando nos lanzan morteros.

Miro a Jewett inexpresivo.

—Algo es algo —dice—. De todos modos, ahora puedes decirle que te has cargado a algunos malos.

—Puede. —Miro el reloj—. Son las cero cuatro, su hora. Tendré que esperar para contarle el héroe que estoy hecho.

—Eso es lo que le digo a mi madre todos los días.

Cuando llegamos cerca de los cubos, le digo a Jewett que me he dejado algo en la línea de cañones y me piro.

La línea de cañones está a dos minutos caminando. A medida que me acerco, las palmeras van cediendo al desierto, y veo la oficina de correos de Camp Faluya. Aquí el cielo se extiende hasta la línea del horizonte. Está perfectamente azul y despejado, como lo ha estado todos los días durante los últimos dos meses. Veo los cañones apuntando hacia arriba. Solo los cañones Dos y Tres están ocupados, y los marines están sentados alrededor. Cuando llegué por la mañana, todos los cañones estaban ocupados y todo el mundo andaba frenético. El cielo era negro, con apenas un toque de rojo asomando por el borde del horizonte. A media luz podían verse los contornos de los gigantescos cañones de acero oscuro, de doce metros de largo, apuntando hacia el cielo de la mañana, y debajo de ellos, las siluetas de los marines corriendo de aquí para allá, comprobando los obuses, los proyectiles, la pólvora.

A la luz del día, los cañones brillan relucientes al sol, pero por la mañana estaban oscuros y sucios. Bolander, Jewett y yo estábamos detrás, a la derecha, esperando junto a la munición mientras Sanchez gritaba el cuadrante y la desviación que le habían asignado al cañón tres.

Yo había puesto las manos sobre uno de nuestros proyectiles, el primero que lanzamos. También el primero que yo disparaba contra objetivos humanos. Habría querido levantarlo ahí mismo, sentir su peso tirando de mis hombros. Me había entrenado para cargar con esos proyectiles. Había entrenado tanto que tenía cicatrices en las manos de las veces que me habían golpeado en los dedos o me habían abierto la piel.

Entonces el cañón tres había disparado dos proyectiles de localización. Y luego, «Misión de fuego. Batería. Dos proyectiles». Sanchez había gritado el cuadrante y la desviación, y el sargento Deetz lo había repetido, y Dupont y Coleman, nuestro artillero y artillero adjunto, lo habían repetido y configurado y comprobado, y el sargento Deetz lo había revisado, Sanchez lo había verificado, y nos dieron la orden de proyectil y tiempo, y Jackson puso la pólvora, y nos movíamos con fluidez, como habíamos aprendido en los entrenamientos, Jewett y yo a ambos lados del portaproyectiles, sosteniéndolo, y Bolander detrás con el atacador. El sargento Deetz revisó la pólvora y dijo, «Tres, cuatro, cinco, propelente». Y luego, a Sanchez, «Carga cinco, propelente». Verificado.

Nos acercamos con el proyectil hasta la escotilla abierta y Bolander lo empujó con el atacador hasta que oímos un sonido metálico. Voorstadt cerró la escotilla.

Sanchez dijo: «Enganche».

Deetz dijo: «Enganche».

Voorstadt enganchó el tirafrictor al disparador. Había visto hacer eso mil veces.

Sanchez dijo: «Preparado».

Deetz dijo: «Preparado».

Voorstadt tensó el tirafrictor sosteniéndolo contra la cintura.

Sanchez dijo: «Fuego».

Deetz dijo: «Fuego».

Voorstadt hizo un giro a la izquierda y nuestro cañón cobró vida.

El sonido nos golpeó, vibrando a lo largo de nuestros cuerpos, muy hondo en nuestros pechos y en nuestras tripas y por detrás de nuestros dientes. Notaba el sabor de la pólvora en el aire. Cuando los obuses disparaban, los cañones retrocedían como pistones y se recolocaban, y la fuerza de los proyectiles al salir levantaba en el aire una nube de humo y polvo. Al mirar hacia la línea, ya no vi seis obuses. Solo vi fuegos entre la neblina, o ni siquiera fuegos, solo destellos de rojo en mitad del polvo y la cordita. Sentía el rugido de cada cañón, no solo del nuestro, cuando disparaba. Y pensé, Dios, esto es por lo que me alegro de ser artillero.

Porque ¿qué dispara un soldado de infantería con un M-16? ¿Cartuchos de 5,56? Incluso con la Calibre 50, ¿qué puedes hacer realmente con ella? O con el cañón principal de un tanque. ¿Qué alcance tiene eso? ¿Dos o tres kilómetros? ¿Y te cargas qué? ¿Una casita? ¿Un vehículo blindado? Donde fuera que estuviéramos lanzando aquellos proyectiles, a algún lugar a diez kilómetros al sur, estaban pegando más fuerte que ninguna otra cosa que hubiese dentro del combate en tierra. Cada cartucho pesa sesenta kilos, una carcasa rellena con ochenta y ocho bombetas que se esparcen por toda la zona objetivo. Y cada bombeta contiene una carga explosiva moldeada capaz de penetrar cinco centímetro de acero macizo y despedir metralla por todo el campo de batalla. Para lanzar esos proyectiles contra un objetivo hacen falta nueve hombres moviéndose perfectamente a la vez. Hace falta un FDC, un buen oteador, y matemáticas y física y técnica, destreza y experiencia. Y aunque yo solo cargaba, que a lo mejor solo era una tercera parte del equipo de munición, me movía perfectamente, y el proyectil entraba con ese gratificante sonido metálico, y salía disparado con un rugido increíble, y volaba hacia el cielo y caía a diez kilómetros al sur. La zona objetivo. Y allí donde acertáramos, todo lo que hubiera en cien metros a la redonda, todo lo que hubiera dentro de un círculo con un radio tan largo como un campo de fútbol americano, todo eso moría.

Antes aún de que el cañón se hubiese recolocado del todo, Voorstadt ya había desenganchado el tirafrictor y abierto la recámara. Limpió el interior con el escobillón y cargamos otro proyectil, el segundo que disparaba ese día contra un objetivo humano, aunque no cabía duda de que para entonces no quedaba ya ningún objetivo viviente. Y disparamos de nuevo, y lo sentimos en los huesos, y vimos la bola de fuego salir disparada del cañón, y más polvo y más cordita llenaron el aire, y nos asfixiamos con la arena del desierto iraquí.

Y entonces se acabó.

El humo nos rodeaba. No se veía nada más allá de nuestra posición. Yo respiraba con fuerza, inhalando el olor y el sabor de la pólvora. Y miré nuestro cañón, alzándose sobre nosotros, silencioso, gigantesco, y sentí una especie de amor por él.

Pero el polvo empezó a posarse. Y una brisa llegó y empezó a llevarse el humo, lo arrastró y lo elevó por encima de nuestras cabezas, y luego más arriba, hacia el cielo, la única nube que había visto en dos meses. Y después la nube se disolvió, desapareció en el aire, y se mezcló con el rojo tenue del amanecer iraquí.

Ahora, de pie frente a los obuses, con el cielo de un azul perfecto y los cañones alzados atravesándolo, es como si nada de eso hubiera pasado. No queda en nuestro obús ni una mota de esta mañana. El sargento Deetz nos hizo limpiarlo al terminar la misión. Un ritual, o algo así, por haber matado por primera vez como Cañón Seis. Desmontamos el escobillón y el atacador, unimos los dos palos junto con una escobilla de limpieza y luego empapamos la escobilla en limpiador CLP. Entonces nos pusimos en fila detrás del obús, sosteniendo el palo, y lo introdujimos todos a la vez en el interior del cañón. Repetimos el proceso, y vetas negras de CLP y hollín bajaban serpenteando por el palo y nos manchaban las manos. Seguimos haciéndolo hasta que nuestro cañón quedó limpio.

De modo que no se ve ninguna señal de lo que ha pasado, aunque sé que diez kilómetros al sur hay una zona sembrada de cráteres y cubierta de metralla, edificios destrozados, coches quemados y cadáveres retorcidos. Los cuerpos. El sargento Deetz los había visto en su primera campaña, durante la invasión inicial. El resto no los habíamos visto nunca.

Me vuelvo bruscamente, de espaldas a la línea de cañones. Demasiado impoluto. Quizás esta no sea la manera apropiada de verlo. En alguna parte hay un cadáver tendido, blanqueándose al sol. Antes de ser un cadáver fue un hombre que vivía y respiraba y tal vez asesinaba y torturaba, el tipo de hombre al que yo siempre había querido cargarme. En cualquier caso, un hombre definitivamente muerto.

Así que vuelvo hacia el área de nuestra batería, sin girarme en ningún momento. Es un paseo corto, y cuando llego me encuentro a unos cuantos de los chicos echando una partida de Texas Hold’em al lado del fumadero. Están el sargento Deetz, Bolander, Voorstadt y Sanchez. A Deetz le quedan menos fichas que a los demás, y tiene todo el peso del cuerpo apoyado sobre la mesa, mirando el bote con el ceño fruncido.

—Hurra, flipado —dice al verme.

—Hurra, sargento.

Me quedo a verlos jugar. Sanchez muestra el turn y todo el mundo pasa.

—¿ Sargento? —le digo.

—¿ Qué? No sé por dónde empezar.

—¿ No cree que, a lo mejor, tendríamos que montar una patrulla para ver si hay supervivientes?

 —¿ Qué?

El sargento Deetz está concentrado en la partida. En cuanto Sanchez muestra el river, lanza las cartas.

—Me refiero, la misión que hemos tenido. ¿No deberíamos salir, como de patrulla, a ver si hay supervivientes?

El sargente Deetz levanta la vista hacia mí.

—Tú eres idiota, ¿no?

—No, sargento.

—No ha habido ningún superviviente —dice Voorstadt, lanzando sus cartas también.

—¿ Ves a los de Al Qaeda paseándose en tanques por ahí? —me pregunta el sargento Deetz.

—No, sargento.

—¿ Ves a los de Al Qaeda construyendo búnkeres y trincheras increíbles?

—No, sargento.

—¿ Crees que los de Al Qaeda tienen poderes mágicos ninja, en plan, los ICM no me matan?

—No, sargento.

—No. Tienes toda la razón, no.

—Sí, sargento.

La apuesta está ahora entre Sanchez y Bolander.

—Creo que el 2/ 136 hace patrullas por ahí —dice Sanchez mirando el bote, sin dirigirse a nadie en particular.

—Pero, sargento, ¿qué pasa con los cuerpos? —le digo—. ¿No tendría alguien que recoger los cuerpos? —Dios, cabo segundo. ¿Es que tengo pinta de PRP?

—No, sargento.

—¿ De qué tengo pinta?

—De artillero, sargento.

—Exacto, asesino. Yo soy artillero. Nosotros proporcionamos los cuerpos, no los recogemos. ¿Me has oído?

—Sí, sargento. Me mira.

—¿ Y tú qué eres, cabo segundo?

—Artillero, sargento.

—¿ Y qué es lo que haces?

—Proporciono los cuerpos, sargento.

—Exacto, asesino. Eso es.

El sargento Deetz vuelve a la partida. Aprovecho la oportunidad para escurrirme. Ha sido una estupidez preguntarle a Deetz, pero lo que me ha dicho me hace pensar. PRP. La compañía de Recuperación y Procesamiento de Personal militar. También conocida como Asuntos Funerarios. Me había olvidado de ellos. Debían de haber recogido los cuerpos de esta mañana.

La idea del PRP va colándose en mi cabeza. Los cuerpos podrían estar aquí, en la base. Pero no sé dónde está el PRP. Nunca había querido saberlo y tampoco quiero preguntarle a nadie cómo se llega. ¿Por qué iba a querer alguien ir a PRP? Pero salgo del área de la batería y rodeo el perímetro de Battle Square en dirección a los edificios de Logística, esquivando oficiales y suboficiales de estado mayor. Tardo mi buena media hora, escabulléndome de aquí para allá y leyendo los carteles a la puerta de los edificios, en encontrarlo: un edificio largo, bajo y rectangular rodeado de palmeras. Está apartado del resto del complejo de Logística pero, por lo demás, es un edificio como cualquier otro. Eso se hace raro. Si han recogido hoy, debería haber miembros seccionados rebosando por la puerta.

Me quedo fuera, mirando la entrada. Es una sencilla puerta de madera. Y yo no debería estar enfrente de ella, no debería abrirla, no debería cruzarla. Yo soy de una unidad de armas de combate, y este no es mi sitio. Esto es mal yuyu. Pero he venido hasta aquí, lo he encontrado y no soy ningún cobarde. Así que abro la puerta. Dentro hay aire acondicionado, un largo pasillo lleno de puertas cerradas y un marine sentado de espaldas a mí tras un escritorio. Lleva unos auriculares puestos. Están enchufados a un ordenador en el que está viendo una especie de programa de televisión. En la pantalla, una mujer con un vestido de tul está llamando un taxi. Al principio parece bastante guapa, pero luego la pantalla pasa a un primer plano y queda claro que no lo es.

El marine del escritorio se da la vuelta y se quita los auriculares mientras me mira confundido. Busco los galones en el cuello de su uniforme y veo que es sargento de artillería, aunque parece mucho mayor que la mayoría de sargentos de artillería. Un bigote blanco y recortado reposa sobre su labio, y tiene algo de pelusa blanca por encima de las orejas, pero el resto de la cabeza está calva y reluciente. Cuando entrecierra los ojos para mirarme, la piel de alrededor de los ojos se frunce en arrugas. Y está gordo, además. Incluso a través del uniforme, se nota. Dicen que los PRP son todos reservistas, no hay enterradores en el servicio activo del Cuerpo de Marines, y él parece un reservista seguro.

—¿ Puedo ayudarle, cabo segundo? —me dice. Hay un suave deje sureño en su voz.

Me quedo ahí parado mirándolo, con la boca abierta, y van pasando los segundos. Entonces la expresión del viejo armero se suaviza, se inclina hacia delante y me pregunta:

—¿ Has perdido a alguien, hijo? Me lleva un segundo entender.

—No —respondo—. No, no, no. No.

Me mira confundido y arquea la ceja.

—Soy artillero —le digo.

—De acuerdo.

Nos miramos el uno al otro.

—Hemos tenido una misión esta mañana. ¿Un objetivo diez kilómetros al sur?

Lo miro esperando que lo pille. Me siento oprimido en ese pasillo estrecho, con el escritorio apretujado en medio y el armero gordo y viejo mirándome interrogativo.

—Vale…

—Era mi primera misión así…

—Vale…

Se inclina todavía más hacia delante y entorna los ojos, como si viéndome mejor fuera a entender de qué narices le estoy hablando.

—O sea, yo soy de Nebraska. De Ord, Nebraska. En Ord no hacemos nada.

Me doy perfecta cuenta de que parezco un idiota.

—¿ Está usted bien, cabo segundo?

El viejo armero me mira atentamente, esperando. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo a estas alturas. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo en cuanto crucé la puerta, por entrar tan campante en un sitio en el que no pinto nada. Pero este armero, quizá porque es un reservista, quizá porque es mayor, quizá porque está gordo, solo me mira y espera a que suelte lo que necesito decir.

—Nunca había matado a nadie —le digo.

—Yo tampoco.

—Pero yo lo he hecho. Creo. Es decir, hemos lanzado los proyectiles y ya está.

—De acuerdo. ¿Y por qué ha venido aquí? Lo miro con expresión de impotencia.

—He pensado que a lo mejor vosotros habíais estado allí. Y habíais visto lo que he hemos hecho. El viejo armero se recuesta en la silla y frunce los labios.

—No —responde. Coge aire y lo suelta lentamente—. Nosotros nos encargamos de las bajas estadounidenses. Los iraquís se encargan de las suyas. Las únicas veces en que veo al enemigo muerto es cuando muere en una instalación médica estadounidense, como el hospital de Faluya. —Hace un gesto con la mano en dirección al hospital de la base—. Además, en TQ tienen una sección de PRP. Seguramente se hayan encargado ahí de cualquier cosa en esa AO.

—Ah…, vale.

—No hemos tenido nada de ese tipo hoy.

—Vale. —Le irá bien.

—Sí. Gracias, armero.

Me quedo ahí, mirándolo un momento. Luego me fijo en todas las puertas cerradas del pasillo, puertas sin nada tras ellas. En la pantalla de ordenador del armero un grupo de mujeres beben pink martinis.

—¿ Está casado, cabo segundo? —El armero está mirándome la mano, la alianza.

—Sí, hace unos dos meses.

—¿ Cuántos años tiene?

—Diecinueve. Asiente, y luego se queda ahí sentado como si estuviera dándole vueltas a algo. Justo cuando estoy a punto de irme, me dice:

—Hay algo que podría hacer por mí. ¿Me haría un favor?

—Claro, armero. Señala la alianza.

—Quítesela y póngala en la cadena con las chapas. Se busca con los dedos la cadena que lleva en torno al cuello y saca las chapas para mostrarme. Ahí, colgando junto a las dos placas de metal que llevan sus datos en caso de muerte, hay un anillo de oro.

—Vale…

—Tenemos que reunir los efectos personales —dice, metiéndose de nuevo las chapas bajo la camisa—. Para mí, lo más difícil es sacar las alianzas de boda.

—Oh. Doy un paso atrás.

—¿ Puede hacer eso por mí?

—Sí. Lo haré.

—Gracias.

—Debería irme —le digo.

—Debería. Me doy la vuelta rápidamente, abro la puerta y me adentro en el aire asfixiante. Me alejo despacio, con la espalda recta, controlando mis pasos, y con la mano derecha sobre la izquierda, jugueteando con la alianza, haciéndola girar.

Le he dicho al armero que lo haría, así que mientras camino cojo el anillo y me lo saco del dedo. Da mal yuyu, ponerlo con las chapas. Pero me las saco, abro el broche a presión, deslizo el anillo en la cadena, cierro el broche y me pongo las chapas de nuevo en torno al cuello. Noto el metal de la alianza contra el pecho.

Sigo alejándome, sin prestar atención al camino que siguen mis pasos, y avanzo por debajo de las palmeras que bordean la carretera en torno a Battle Square. Tengo hambre, y debe de ser hora de ir a la cantina, pero no cojo ese camino. Voy hacia la carretera que pasa por el hospital de Faluya y me paro enfrente. Es un edificio cuadrado y anodino, de color beige y aplastado por el resplandor del sol como todo lo demás. Hay un fumadero cerca, y dos sanitarios están sentados, hablando y dando caladas al cigarrillo, soltando tenues bocanadas de humo en el aire. Espero, y miro el edificio como si fuera a emerger de él algo increíble.

No pasa nada, por supuesto. Pero ahí en mitad del calor, plantado enfrente del hospital de Faluya, recuerdo el aire fresco de la mañana dos días atrás. Íbamos de camino a la cantina, todo el Cañón Seis, riendo y haciendo broma, cuando el sargento Deetz, que estaba gritando algo de que los espartanos eran gays, se calló en mitad de la frase. Se detuvo de golpe, se puso recto, todo lo alto que es, y susurró «Aaa-teen-CIÓN».

Nos pusimos todos firmes, sin saber por qué. El sargento Deetz hizo un saludo con la mano derecha y los demás hicimos lo mismo. Entonces lo vi, a lo lejos, en la carretera: cuatro sanitarios saliendo del quirófano de Faluya con una camilla envuelta en la bandera estadounidense. Todo estaba en silencio, inmóvil. A lo largo de toda la carretera, los marines y marinos se habían puesto en posición de firmes.

Apenas veía nada con las primeras luces de la mañana. Forcé los ojos, fijándome en el contorno del cuerpo bajo la tela gruesa de la bandera. Y luego la camilla desapareció de la vista. Ahora, en pleno día, al ver a esos sanitarios fumando, me pregunto si serían ellos los que llevaban aquel cuerpo. Deben de haber llevado algunos.

Todo el mundo se había quedado tan completamente callado, tan quieto, mientras pasaba el cuerpo… No había ningún sonido ni ningún movimiento más que los pasos lentos de los sanitarios y el avance del cuerpo. Una imagen de la muerte que parecía de otro mundo. Pero ahora sé adónde llevaban ese cuerpo, al viejo armero del PRP. Y si había algún anillo de boda, el armero lo habría sacado poco a poco del dedo muerto y rígido. Habría reunido todos los efectos personales y habría preparado el cuerpo para transportarlo. Entonces lo habrían llevado a TQ en avión. Y mientras lo bajaban, los marines se habrían quedado quietos y en silencio, como en Faluya. Y lo habrían puesto en un C-130 hacia Kuwait. Y en Kuwait se habrían quedado quietos y en silencio. Y se habrían quedado quietos y en silencio en Alemania, quietos y en silencio en la Base Aérea de Dover. Allá donde fuera, los marines y los marinos y los soldados y los aviadores se habrían puesto en posición de firmes mientras viajaba hasta la familia del caído, donde el silencio, la inmovilidad, cesarían.


*Este cuento fue publicado en “Nuevo destino”, Literatura Random House, 2015.

Conocí al primero de los hombres cuando volvía a casa tras un baile en el Salón de Veteranos de Guerras en el Extranjero. Me sacaban del lugar mis dos buenos amigos. Había olvidado que ellos me habían acompañado, pero ahí estaban. Una vez más, volví a odiarlos. Los tres habíamos formado un grupo basado en algo erróneo, uno de esos malentendidos básicos que todavía no se había hecho del todo evidente, así que seguíamos haciéndonos compañía y yendo a bares y teniendo conversaciones. Por lo general, estas falsas coaliciones morían después de un día o día y medio, pero esta ya duraba más de un año. Tiempo después, uno de ellos acabó herido cuando estábamos robando una farmacia y los otros dos lo dejamos tirado y sangrando en la entrada trasera de un hospital y entonces lo arrestaron y todo vínculo se disolvió. Pagamos su fianza más tarde, y todavía más tarde fueron retirados todos los cargos en su contra, pero habíamos abierto nuestro pecho para mostrar nuestros cobardes corazones, y no es fácil seguir siendo amigos después de algo así.

Esa noche en el Salón de Veteranos de Guerras en el Extranjero yo me había arrimado a una mujer y bailábamos junto al inmenso aparato de aire acondicionado y la besé y le desabroché los pantalones y metí mi mano por la parte delantera. Ella había estado casada con un amigo mío hasta hacía alrededor de un año, y yo siempre pensé que acabaríamos liados; pero su novio, un malvado, raquítico, inteligente hombre ante el cual yo siempre me sentía poca cosa, apareció por una de las esquinas de la máquina y nos miró con el ceño fruncido y le dijo a ella que saliera de allí y se metiera en su auto. Temí que fuera a tomar algún tipo de medida, pero acabó desapareciendo tan rápido como su mujer. El resto de la noche me la pasé preguntándome, segundo tras segundo, si volvería con algunos amigos para hacerme algo doloroso y degradante. Yo llevaba una pistola, lo que no quería decir que fuese a usarla. Era una pistola tan barata que estaba seguro de que acabaría estallando en mi mano con solo apretar una vez el gatillo. Así que eso solo podía contribuir a hacer todo el asunto todavía más humillante. Con el tiempo las personas, por lo general hombres que conversan con mujeres en mi imaginación, dirían: «Tenía una pistola, pero nunca llegó a sacarla de sus pantalones». Bebí todo lo que pude hasta que la banda de música country dejó de cantar y tocar y todas las luces se encendieron.

Mis dos amigos y yo salimos a meternos en mi pequeño Volkswagen verde y ahí descubrimos al hombre del que les hablaba, el primer hombre, durmiendo profundamente en el asiento de atrás.

-¿Quién es este? –les pregunté a mis dos amigos. Pero ninguno de ellos lo había visto antes.

Lo despertamos y se sentó. Era uno de esos tipos bastante grandotes, aunque no tan alto como para que su cabeza golpeara el techo, pero realmente ancho, con un rostro un poco estúpido y el cabello muy corto. Se negaba a salir del auto.

Este hombre se señaló primero las orejas y después la boca, explicando por señas que no podía oír ni hablar.

-¿Que se hace en una situación así? –dije.

Bueno, yo voy a entrar. Haz sitio le dijo Tom al hombre y se sentó junto a él.

Richard y yo nos subimos delante. Los tres nos giramos para mirar a nuestro nuevo acompañante.

Señaló hacia delante y entonces se llevó las manos a las mejillas queriendo decir que tenía sueño.

Solo quiere que lo llevemos a su casa –­supuse.

Bueno –dijo Tom-. Entonces llévalo a su casa.

Tom tenía unos rasgos tan marcados que cuando lo invadía uno de sus ataques de mal humor parecía todavía más enojado de lo que en realidad estaba.

Valiéndose del lenguaje de señas, el pasajero nos mostró adónde quería ir. Tom me transmitía las instrucciones porque yo no podía girarme para ver al hombre mientras conducía.

Dobla a la derecha… aquí a la izquierda… quiere que vayas más despacio… está buscando el lugar

Y así.

Íbamos con las ventanillas bajadas. La suave noche de primavera, después de varios meses de gélido invierno, era como una mujer extranjera respirando en nuestras caras. Llevamos a nuestro pasajero hasta una calle residencial donde los retoños se forzaban a si mismos a salir por las puntas de las ramas y las semillas gemían en los jardines.

Cuando salió del auto vimos que era fornido como un simio, y las manos le colgaban como si en cualquier momento fuera a agacharse para empezar a caminar apoyado en los nudillos. Se deslizó calle arriba hasta dirigirse a una casa en particular y llamó a la puerta. Una luz se encendió en el segundo piso, la cortina se agitó y la luz se apagó. Estaba otra vez junto al auto, golpeando el techo con la mano, antes de que yo hubiera tenido tiempo suficiente para arrancar y dejarlo allí.

Se colgó del parabrisas de mi VW y pareció desmayarse.

Tal vez era la casa equivocada –sugirió Richard.

No puedo maniobrar con él ahí encima –dije yo.

Acelera y frena de golpe –dijo Richard.

Los frenos no funcionan –le dijo Tom a Richard.

El freno de mano funciona –les aseguré a todos.

Tom no tenía paciencia.

Lo único que tienes que hacer es mover el auto y él se caerá.

No quiero lastimarle.

Acabamos cargándolo otra vez en el asiento de atrás, y se apoyó contra la ventanilla.

Lo teníamos pegado a nosotros una vez más. Tom rió con sarcasmo. Los tres encendimos cigarrillos.

Aquí viene Caplan a llenarme las piernas de balas –dije, mirando aterrorizado a un auto que doblaba la esquina hacia nosotros y después pasaba de largo.

Estaba seguro de que era él –dije mientras las luces traseras se perdían calle abajo.

¿Todavía estás preocupado por lo de Alsatia?

Yo estaba besándola.

No hay ninguna ley en contra de eso –dijo Richard.

No es su abogado quien me preocupa.

No creo que Caplan se la tome tan en serio. Por lo menos no lo suficientemente en serio como para matarte por ella o algo por el estilo.

¿Qué piensas tú de todo esto? –le pregunté a nuestro colega borracho.

Empezó a roncar ostentosamente.

Este tipo no es sordo de verdad… Oye, ¿lo eres? – dijo Tom.

-¿Qué vamos a hacer con él?

Llevémoslo a casa con nosotros.

No contéis conmigo –dije.

En cualquier caso, uno de nosotros debería hacerlo.

Vive ahí. Estaba bien claro por el modo en que golpeaba la puerta.

Salí del auto.

Fui hasta la casa y toqué el timbre y retrocedí unos pasos en el porche, mirando en la oscuridad hacia la ventana de arriba. La cortina blanca volvió a agitarse y una mujer dijo algo.

Toda ella era invisible, excepto la sombra de su mano en el borde de la cortina.

Si no se lo llevan de nuestra calle voy a llamar a la policía.

Me cubrió el torrente de un anhelo tan poderoso que pensé que me ahogaría. Su voz se quebró y descendió flotando.

Ya estoy junto al teléfono. Ahora estoy marcando el número –dijo suavemente.

Creí oír el motor de un auto en alguna parte, no demasiado lejos. Corrí de regreso por la calle.

-¿Qué pasa? –dijo Richard cuando yo entraba.

Los faros venían doblando por la esquina. Un espasmo me corrió por el cuerpo con tal fuerza que sacudió el auto.

Jesús –dije.

El interior se llenó con tanta luz que por dos segundos podrías haber leído un libro. Las sombras de polvo en el parabrisas dibujaron rayas en el rostro de Tom.

No es nadie –dijo Richard, y la oscuridad volvió a cerrarse sobre nosotros después de que quienquiera que fuese siguiera su camino.

De todos modos, Caplan no sabe dónde estás.

La sacudida de miedo me había hecho arder la sangre en las venas. Ahora era como caucho.

Iré por él, entonces. Ajustaremos cuentas.

Tal vez a él no le importa o… no lo sé. ¿Qué sé yo? ¿Por qué estamos hablando sobre él? –dijo Tom.

Tal vez te haya perdonado –dijo Richard.

Oh, Dios, si lo hiciera, entonces seríamos camaradas y todo eso. Lo único que pido es que me castigue y a otra cosa –dije.

El pasajero no se daba por vencido. Gesticulaba en todo el espacio del que disponía, tocándose la frente y las axilas y arreglándoselas para girar sobre su propio eje, como un entrenador de baloncesto impartiendo instrucciones a sus jugadores.

Mira, ya sé que puedes hablar. No actúes como si fuéramos estúpidos –le dije.

Nos condujo a través de esa parte del pueblo y después cerca de las vías del ferrocarril, donde apenas vivía alguien. Aquí y allá había unas chozas débilmente iluminadas, hundidas en el fondo de toda aquella oscuridad. Pero la casa en que me hizo detenerme no tenía luz alguna, exceptuando la del farol de la calle. No ocurrió nada cuando hice sonar el claxon. El hombre al que estábamos ayudando se quedó allí sin hacer nada. Durante todo el rato había estado enunciando muchos deseos, pero no había dicho una sola palabra. Se parecía más y más al perro de alguien.

Iré a echar un vistazo –le dije haciendo que mi voz sonara peligrosa.

Era una pequeña casa de madera con dos postes y una cuerda para colgar la ropa en la parte delantera.

La hierba había crecido para ser aplastada por la nieve y después ser descubierta por el deshielo. Sin molestarme en llamar a la puerta, me acerqué a una de las ventanas de atrás y miré hacia dentro. Había una sola silla junto a una mesa ovalada. La casa parecía abandonada, sin cortinas, sin alfombras. Por todo el suelo había cosas brillantes que me parecieron bombillas quemadas o casquillos de bala vacíos. Pero estaba oscuro y nada se veía con claridad. Espié desde allí hasta que mis ojos se cansaron y entonces me pareció que podía ver dibujos sobre el suelo como esas siluetas de tiza que se dibujan alrededor de las víctimas o esos símbolos para la práctica de extraños rituales.

-¿Por qué no vas y entras? –le pregunté al tipo cuando regresé al auto.

Ve a echar un vistazo. Impostor, perdedor.

Levantó un dedo. Uno.

Qué.

Uno. Uno.

Quiere ir a un último lugar –dijo Richard.

Ya hemos ido a un último lugar. Este. Y era otra mentira.

-¿Qué quieres hacer? –dijo Richard.

Oh, llevémoslo a donde quiera ir.

Yo no quería volver a casa. Mi esposa se estaba comportando de un modo diferente al habitual, y teníamos un bebé de seis meses que me daba miedo, un hijito.

El siguiente lugar al que lo llevamos se alzaba solitario junto a la vieja autopista. Yo había conducido por este camino en más de una ocasión, un poco más lejos cada vez, y no había encontrado allí nada que me hubiera hecho feliz. Algunos amigos habían tenido una granja por aquí, pero la policía había allanado la propiedad y los había metido a todos en la cárcel.

Esta casa no parecía ser parte de una granja. Estaba a medio kilómetro de la vieja autopista, su porche llegaba justo al borde del camino. Cuando nos detuvimos frente a ella y apagamos el motor oímos música procedente del interior de la casa: jazz. Sonaba a algo sofisticado y solitario.

Caminamos hasta el porche junto al hombre silencioso. Llamó a la puerta. Tom, Richard y yo rodeamos sus flancos manteniendo una leve y muy sutil distancia.

Entró en cuanto se abrió la puerta. Lo seguimos y nos quedamos ahí, pero él ya iba derecho hacia la siguiente habitación.

No llegamos hasta más adentro que la cocina. La siguiente habitación estaba casi a oscuras y apenas iluminada por una luz azul y, desde la puerta, vimos un gran recinto en el que había una casi gigantesca cama en la que yacían varias mujeres de aspecto fantasmal. Una de ellas vino caminando y salió por la puerta de la habitación y se quedó mirándonos con el maquillaje corrido y la pintura de labios borrada a besos. Llevaba una falda pero iba sin blusa, nada más que un sujetador, como las chicas de los anuncios de ropa interior de las revistas para adolescentes. Pero ella era algo mayor que eso. Al mirarla pensé en cómo era ir por los campos junto a mi mujer cuando estábamos tan enamorados que no sabíamos qué era lo que nos pasaba.

Se restregó la nariz, un gesto adormilado. Dos segundos después estaba siendo atendida por un hombre negro que golpeaba la palma de su mano con un par de guantes, un hombre muy alto que me miraba de arriba abajo sin verme y con la invulnerable sonrisa de alguien drogado.

Si hubieran llamado antes les hubiéramos animado a que no lo trajeran aquí –dijo la mujer joven.

Su acompañante estaba encantado:

Esa es una bonita manera de decirlo.

En la habitación, a espaldas de la mujer, el hombre que habíamos traído estaba de pie como una mala escultura, posando con poca naturalidad con sus hombros como marchitándose, como si ya no pudiera seguir llevando sus manos de gigante más lejos de allí.

-¿Cuál es el maldito problema? –preguntó Richard.

No importa cuál sea su problema hasta que él mismo pueda comprenderlo en su totalidad –dijo el hombre.

Tom se río, de algún modo.

-¿Qué es lo que hace? –le preguntó Richard a la chica.

Es un muy buen jugador de fútbol. O al menos lo era. –El rostro de la chica parecía cansado. Nada podía importarle menos.

Sigue siendo bueno. Sigue siendo parte del equipo –dijo el hombre negro.

Ni siquiera está en la universidad.

Pero estaría en el equipo si volviera allí.

Pero nunca va a estar en la universidad, hombre, porque está jodido. Y tú también.

Le dio golpecitos a uno de sus guantes.

Ahora ya estoy al tanto de ello, gracias, nena.

Se te ha caído el otro guante.

Gracias, nena, también estoy al tanto de eso – dijo.

Un chico enorme y musculoso con mejillas sonrosadas y el cabello rubio aplastado con gomina se acercó a nosotros. Me pareció que era el anfitrión, porque sostenía por el asa un jarro verde para cerveza del tamaño de una papelera en el que había pintados una esvástica y el signo del dólar. Este toque personal le daba un aire como de encontrarse en casa, como Hugh Hefner dando vueltas en pijama por una de esas fiestas de Playboy.

Me sonrió y negó con la cabeza.

No puede quedarse. Tammy no lo quiere por aquí.

Vale, sea quien sea Tammy… –dije.

Esta gente me daba hambre. Olí algún tipo de desmadre, el aroma de una poción que desterraría a todo aquello que me había venido infestando.

Ahora sería un buen momento para sacarlo de aquí –dijo el enorme anfitrión.

-¿Cuál es su nombre, ya que estamos?

Stan.

Stan. ¿De verdad está sordo?

La chica lanzó un bufido.

El chico rió y dijo:

Esa sí que es buena.

Richard golpeó mi brazo y miró hacia la puerta como diciéndome que era hora de irse. Comprendí que él y Tom estaban asustados de estas personas; y entonces me di cuenta de que yo también lo estaba. No era que nos fueran a hacer algo; pero junto a ellos nos sentíamos como estúpidos fracasados.

La mujer me hacía daño. Parecía tan suave y perfecta como un maniquí hecho de piel, piel de arriba abajo.

Dejémoslo aquí… ahora –grité corriendo hacia la puerta.

Ya estaba en el asiento del conductor y Tom y Richard venían a mitad de camino cuando Stan salió de la casa.

¡Déjalo! ¡Déjalo! –aulló Tom entrando después de Richard, pero cuando empezamos a movernos el hombre ya estaba agarrado a una de las manijas de la puerta.

Aceleré, pero no se daba por vencido. Incluso se las arregló para correr un poco por delante del auto y mirarme a través del parabrisas, manteniendo conmigo un psicótico contacto visual y luciendo una sonrisa sarcástica, como diciendo que se quedaría para siempre a nuestro lado, corriendo más y más rápido, lanzando nubes de aliento. Después de cien metros, cuando nos acercábamos a la señal de stop junto a la carretera principal, aceleré a fondo esperando librarme de él, pero lo único que conseguí fue estrellarlo contra la señal de stop. Su cabeza fue lo primero que la golpeó, y el poste que la sostenía se quebró como un tallo verde y él se derrumbó sobre todo el estropicio. La madera debía de estar podrida. Suerte para él.

Lo dejamos atrás, un hombre tambaleándose en un cruce de caminos en el que alguna vez hubo una señal de stop.

Yo creía conocer a todos en este pueblo, pero estas personas son completamente nuevas para mí –dijo Tom.

Eran deportistas, pero ahora son drogadictos –dijo Richard.

Gente del fútbol. Nunca pensé que se pondrían así. –Tom miraba hacia atrás, carretera abajo.

Detuve el auto y todos miramos hacia atrás. A medio kilómetro, Stan se detuvo en medio de los campos bajo la luz de las estrellas, en la postura de alguien que tiene una de esas resacas bestiales o que intenta volver a encajar la cabeza alrededor del cuello. Pero no era solo su cabeza, era como si todo él hubiera sido cortado y arrojado a un lado. No en vano no oía ni hablaba, no en vano no tenía ninguna relación con las palabras. Todo lo que podía servirle para esas cosas ya había sido consumido.

Lo miramos y todos nos sentimos como ancianas doncellas. Él, por otra parte, era la esposa de la Muerte.

Nos fuimos.

No hemos conseguido que dijera ni una palabra. Todo el camino de regreso al pueblo, Tom y yo nos lo pasamos criticándolo.

Es que no te das cuenta. Si eres una de esas animadoras o si estás en un equipo, eso no es garantía de nada. Cualquiera puede acabar mal –dijo Richard, que había jugado como quarterback en la secundaria o algo por el estilo.

Tan pronto como llegamos a los límites de la ciudad, donde comenzaba la hilera de farolas, volví a preguntarme por Caplan y a tener miedo de Caplan.

Lo mejor será que vaya a buscarlo en lugar de quedarme esperando –le sugerí a Tom.

-¿A quién?

-¿Tú qué crees?

-¿Vas a olvidarte de eso? Está terminado. En serio.

Ya, vale, vale.

Fuimos por la calle Burlington. Pasamos junto a la gasolinera abierta toda la noche en la esquina de Clinton. Un hombre le estaba dando dinero al empleado, los dos estaban parados en medio de una extraña luz sulfurosa –esas lámparas de sodio eran toda una novedad en nuestro pueblo por aquel entonces– y el pavimento a su alrededor estaba manchado de un petróleo que parecía de color verde, mientras que su viejo Ford no era de color alguno.

-¿Sabes quién era ese? –les dije a Tom y a Richard. Ese era Thatcher.

Hice un giro en U tan pronto como me fue posible.

-¿Y qué?

Y esto –dije, sacando mi treinta y dos, que nunca había disparado.

Richard se río, no sé por qué. Tom puso las manos sobre sus rodillas y suspiró.

Thatcher ya estaba dentro de su auto. Me acerqué a los surtidores, me detuve junto a su auto en dirección opuesta y bajé la ventanilla.

Compré uno de esos kilos falsos que vendías a doscientos diez a finales del año pasado. No me conoces, porque como-se-llame los vendía por ti. – Dudo que me oyera. Le mostré mi pistola.

Los neumáticos de Thatcher lanzaron un chirrido cuando salió disparado en su Falcon herrumbrado. No creí poder alcanzarlo con mi VW, pero de todos modos giré y salí detrás de él.

– Lo que me vendió era una mierda.

-¿No lo probaste primero? –dijo Richard.

Era una cosa rara.

Bueno, si lo probaste… –dijo.

Parecía estar bien, y entonces ya no lo estaba. Yo no fui el único. Todos los demás dijeron lo mismo.

-Te está dejando atrás.

De golpe, Thatcher dobló abruptamente entre dos edificios.

No lo vi por ninguna parte cuando salimos por el callejón hacia otra de las avenidas. Pero más adelante vi como un montón de nieve vieja se volvía rosada por el reflejo de las luces de los frenos.

Ha girado en esa esquina –dije.

Cuando dimos la vuelta al edificio encontramos su auto estacionado, vacío, en la parte de atrás de un edificio de apartamentos. Una luz se encendió en uno de los apartamentos, y luego se apagó.

Estoy a dos segundos de distancia.

La sensación de que tenía miedo de mí era vigorizante. Dejé el VW en medio del aparcamiento con la puerta abierta, el motor funcionando y los faros encendidos.

Tom y Richard venían detrás de mí mientras subía hasta el primer piso por las escaleras y golpeaba la puerta con la pistola. Sabía que estaba en el sitio correcto. Volví a golpear. Una mujer con un camisón blanco abrió y retrocedió diciendo: «No lo hagan. De acuerdo. Está bien. Está bien».

Thatcher te debe haber dicho que abrieras, si no fuera así jamás habrías abierto la puerta –dije.

-¿Jim? Está fuera de la ciudad. –Llevaba el pelo negro y largo recogido en una coleta. No había duda de que los ojos le giraban en las órbitas.

Ve a buscarlo –dije.

Está en California.

Está en el dormitorio.

Hice que fuera delante de mí apoyándole el cañón de la pistola en el trasero.

– Tengo dos niños ahí dentro –suplicó.

¡No me importa! ¡Al suelo!

Se tumbó en el suelo, y le pegué la mejilla contra la alfombra y apoyé la pistola en su sien.

Thatcher iba a tener que salir o no sabía qué iba a suceder.

¡La tengo aquí tirada en el suelo! –dije en voz alta mirando al dormitorio.

Mis hijos están durmiendo –dijo ella.

Las lágrimas salían de sus ojos y le corrían por la nariz.

De improviso y estúpidamente, Richard avanzó por el pasillo y entró en el dormitorio. Gestos flagrantes y autodestructivos; era bien conocido por ellos.

No hay nadie aquí dentro, salvo dos niños.

Tom fue a su lado.

Se ha descolgado por la ventana –me dijo desde dentro.

Caminé dos pasos hasta la ventana de la sala y miré hacia el aparcamiento. No podía estar seguro, pero parecía que el auto de Thatcher ya no estaba allí abajo.

La mujer no se había movido. Seguía allí, sobre la alfombra.

En serio, no está aquí –dijo.

Sabía que no estaba.

-No me importa. Vas a lamentarlo –dije.


*Este cuento fue publicado en “Hijo de Jesus”, Literatura Random House, Mondadori, 2013

La primera vez estaba pescando con Danny. La pesca era un sacramento y, por lo tanto, después de la descarga, una vez que se le aclaró la mente, le quedó el regusto borroso del ritual: arrojar la cuchara en repeticiones perezosas, rebobinar lentamente el carrete, escuchar su chirrido, poner carnada en el anzuelo limpio y buscar de manera intuitiva y cósmica los hondos pozos de agua clara que se ocultan bajo el lustre de una tarde tranquila. Cada pez parecía salir del silencio como un milagro: una lobina que boqueaba, engullía el cielo, giraba, se retorcía, se debatía contra la fuerza del líder. Pero entonces le cayó el rayo y se sintió como el pez sujeto al sedal. Hubo un cambio de paradigma: se identificó puramente, al menos por unos meses, con el pez, colgado, sostenido por el sedal invisible que habían arrojado desde el cielo.

***

Lucy tenía brazos lánguidos y piel perlada, suave como el interior de una ostra, le gustaba decir a él. Una noche, al regresar a la granja Morrison, percibió en sus dedos el olor a turba húmeda de su piel. La había tocado —había hundido apenas los dedos en la humedad— y después, incapaz de dormir, había salido a la galería para mecerse en la hamaca hasta que le pasara la adrenalina. Tenía la esperanza de acostarse con ella antes de ir al campamento militar. Se acercaba una tormenta. Láminas de relámpagos se desplegaban dentro de las nubes en el oeste. Murmullos graves y laríngeos ahogaban el ruido de los grillos. El rayo que lo golpeó rebotó a veinte metros de él contra una cerca. Más tarde recordaría que, en un arranque de júbilo producido por la testosterona, había imprecado medio en broma a la tormenta e incluso a Dios. Vamos, malditos, muéstrenme sus fuerzas: las mismas frases que poco después utilizarían los muchachos de su edad para dirigirse a los disparos de mortero que les llovían en los campos de batalla surasiáticos. Vamos, maldito, prueba otra vez, gritó justo antes de que un rayo violáceo y zigzagueante descendiera retorciéndose desde el frente de tormenta y saliera disparado de la cerca —según su imperfecto recuerdo— en ángulo recto. Le dio en pleno esternón, según dedujeron los médicos, dejando una quemadura en forma de cráter lunar que nunca se curaba del todo. Momentos después, con un puro entre los dientes, su padre salía a cerrar el granero antes de que empezara la tormenta (demasiado tarde) y hallaba a su hijo tendido de espaldas, humeando ligeramente. Durante las dos semanas de observación en el hospital, los dientes le dolieron y le zumbaron, aunque no fue capaz de sintonizar las legendarias transmisiones mexicanas hiperpotentes que difundían al otro lado de la frontera. Al regresar a casa, Lucy fue a verlo y —en el silencio de una calurosa tarde de verano— le pasó la mano por debajo del elástico de los calzoncillos.

***

Justo antes de la tercera descarga, unos años más tarde, vio un rechoncho rayo huérfano, una pulgar de chispas saludándolo desde la cerca. (Las investigaciones confirmarían que estos microrrayos realmente existen.) Cuando la revista Life publicó un reportaje fotográfico de una página titulado «El hombre del rayo», el texto decía: «Nick Kelley asegura que tuvo una extraña visión poco antes de que lo golpeara el rayo. Estaba con dos amigos en el campo a pocas horas de Chicago, mostrándoles una propiedad que planeaba renovar. Justo antes de recibir la descarga, vio un pequeño rayo que recorría la cerca. Otros testigos han ratificado estas visiones, probablemente alucinatorias». El montaje fotográfico lo mostraba en el jardín trasero de su casa con un tenedor de asado en la mano, apuntando a un cielo cargado de nubes. El reportaje no mencionaba la severa contusión de su mejilla ni los cambios neurológicos que fueron apareciendo. Su amor por Lucy se había extinguido después del segundo golpe. A raíz del tercero se vaporizó su amistad con Danny. Y entre los dos, perdió por un tiempo todo deseo de pescar.

***

El cuarto llevaba su nombre y era de los que incendian graneros, los que se ven trenzados con el Empire State. Mientras descendía, Nick le habló, alzando los brazos para abrazarlo. Aquello ocurrió, una vez más, en un bote, en medio del lago Michigan, mientras pescaba truchas a la cacea. (Le gustaba la estúpida simplicidad de aquel método de pesca, que consistía en observar con un ojo el sonar, arrastrar el aparejo por las profundidades del lago y esperar sentado en el bote.) El capitán del bote, Pete, recibió un fleco del rayo y quedó calcinado. Nick entabló una conversación con el rayo principal mientras absorbía el impacto. Decía más o menos así: pase lo que pase, te haré frente, cabrón, esta historia es mi historia, un palurdo de Illinois central que aguantó el golpe una vez, dos veces por buena suerte, tres por un amuleto y ahora, ¡oh Júpiter!, ¡oh lo que sea!, ¡oh tormenta de narración y calamidad! ¡Oh glorioso designio de la naturaleza! Párteme con tu furia. Dale a mi corazón el valor de resistir, pero no demasiado. Conviérteme, oh Señor, en un buen conductor. Sufriré imitatione Christi, aceptando las cargas de la corriente y esforzándome por vivir de nuevo.

***

Poco después de que le dieran el alta en el hospital general de Chicago, empezó a ir a misa semanalmente a la Segunda Iglesia de Dios (¿o era la tercera?), donde conoció a su primera esposa, Agnes, que guardaba un asombroso parecido con Lucy (misma tez color duraznos con crema). Cicatrices aparte, cuando se trataba del pasado y de sus encuentros con los rayos, Nick era tan reservado como un espía de la Guerra Fría: pasó página en lo relativo a nube a tierra, maleficios, pararrayos o los adeptos al misticismo. (Le habían hecho ofertas para promocionar pararrayos Pro-Teck-o-Charge Safe-T: ¡los rayos son la causa principal de los incendios de graneros! Y le habían pedido que anunciara a adivinos telefónicos.) Pasó página en relativo a las entrevistas de prensa, los enfrentamientos mano a mano con los grandes rayos. (En absoluto le preocupaban las variantes más pequeñas del rayo, los campos eléctricos vagabundos que rondan por la mayoría de las casas, las anómalas subidas de tensión que funden las líneas de teléfono y liquidan los teléfonos, o los rayos de energía que entran aturdidos por las ventanas de las granjas.) Más tarde, se le ocurrió que había ignorado aquellas cosas a propósito y que así las había provocado. Una vez, un equipo de filmación francés lo rastreó para sacar a la luz su pasado, pero en general procuró llevar una vida normal y se sintió libre de cargas eléctricas, mientras trabajaba en una empresa de relaciones públicas que representaba a asesores financieros. Así las cosas, el siguiente golpe cayó de la nada: del cielo azul como un haz solitario de carga estática, un relámpago estival. Esta vez él y Agnes estaban instalados en una casa de veraneo alquilada en Michigan, mirando un partido de béisbol por televisión. Agnes estaba recostada en el diván, en corpiño y bombacha, exhibiendo sus largas piernas y su vientre de colegiala y los músculos con hoyuelos de sus muslos. El rayo telarañoso desbordó como un antimacasar azul las cortinas, juntó fuerzas, barrió la ventana y pareció congelarse alrededor de Agnes de tal manera que, en el instante previo a que muriera, antes de que saltaran los tapones y la habitación quedara a oscuras, Nick vio un negativo de su espléndida silueta.

***

Para escapar de Chicago, compró una vieja granja familiar, reconstruyó el granero e instaló en su techo seis pararrayos con gordas lámparas azules sujetas a los gruesos cables de aluminio trenzado que colgaban de las paredes. En aquel paraje el horizonte le dejaba ganar al cielo. Hasta el maíz parecía encorvarse como si anticipara la próxima descarga. Por la noche Nick leía a Kant y, en un momento, empezó a salir con una mujer llamada Stacy, una granjera viuda de huesos grandes a la que le gustaba la poesía y que a menudo citaba a T. S. Eliot: toda la primera sección de «Miércoles de ceniza», por ejemplo, y escenas enteras de El cóctel. Nick ya era un hombre de cincuenta años, enjuto por las labores agrícolas y con un dolor de espaldas crónico por conducir la segadora. Pero le encantaba su trabajo. Le encantaba pasar largos ratos solo en la cabina, escuchando sonatas de Mozart mientras el maíz se acercaba al arco de las luces marchando, impaciente por que lo engullera la trituradora. Por detrás de la cabina —en la oscuridad estrellada— emergía la extensión pelada del paisaje.

***

Ya basta de hacer tonterías. Atrás había quedado los días de desafíos embriagadores, pensaba Nick, pasando por alto la naturaleza maleable y flexible del rayo mismo, el modo dramáticamente inconexo en que ocupaba el aire, la forma desarticulada en que se desafiaba a sí mismo. La granja Morrison estaba muerta y enterrada. Ahora trabajaba día y noche en el cultivo de soja en un intento por competir con las grandes granjas industriales de Iowa. Tan agotado que todo le daba lo mismo. La temporada de tormentas casi había terminado. Los nubarrones de otoño pasaban en masa como si estuvieran extintos y aburridos de la tierra, ofreciendo una triste llovizna, si acaso.

***

El rayo que lo golpeó la sexta vez salió por debajo del velo del cielo, según lo vio su jornalero, Earl, que estaba desenganchando un equipamiento y por casualidad miró a Nick, que descansaba la espalda en una reposera amarilla. El enorme rayo cayó a siete metros de Nick, se levantó formando una bola, rodó hasta llegar a sus pies y estalló. Nick salió despedido cabeza abajo contra el granero. En el hospital recordó los ejercicios con balón medicinal que había hecho en la clase de gimnasia de la escuela secundaria, donde los chicos se arrojaban la pelota recubierta de cuero el uno al otro, disfrutando de aquel juego absurdo: intentar a toda costa derribar al otro, desequilibrarlo con la inercia del objeto. Para atrapar un balón medicinal había que absorber la fuerza y retroceder de manera tal de que en un momento el propio envión y el de la pelota se sincronizaran. Era un baile difícil. A él le salía bastante bien.

***

Nick padeció más daños neurológicos, visiones extrañas, un chispeante ramillete de fuegos artificiales bajo los párpados. Empezó a recordar. Lo vio claro. Se había disociado de sí mismo durante el golpe. Una especie de doble había salido de su cuerpo: un homúnculo delgado y enclenque, de hombros caídos, que al avanzar daba golpecitos con su bastón. Uno de esos que tiempo atrás olían el suelo. Un hombre capaz de recoger un puñado de tierra y llevárselo a la nariz y recitar sus atributos: humedad y pH y contenido de cal. Era el pobre granjero de antaño que conocía los métodos de cultivo de secano y le imploraba al cielo con intrincadas danzas que se acabara la sequía brutal. Este hombre esperaba sobre todo que las nubes estallaran llenando el aire de tensión, no solo de truenos y relámpagos, sino del aguacero que merecía la tierra. Era el sobreviviente de los agricultores de secano de ayer: derrotados y quebrados por la tierra, dando lo mejor de sí para encontrar la solución, una antigua danza de la lluvia tradicional, o alguien que viniera con un cañón con el que hacer hoyos en el cielo. Debajo del lugar donde había caído el relámpago esférico la tierra se había solidificado en vidrio, y debajo de ello —Earl lo había desenterrado con una pala— el vidrio continuaba en una estalactita de un metro y medio, bifurcándose hacia el cable enterrado que transmitía corriente desde el viejo granero hasta el cobertizo de las provisiones. Un representante de la compañía eléctrica explicó que los cables subterráneos eran tan propensos a atraer un rayo como los que se hallaban al aire libre. Sabe Dios por qué, agregó.

***

Durante las tres semanas de hospitalización Stacy se sentó al lado de su cama y acompañó su angustia cantándole odas y baladas populares y cancioncitas que había aprendido de niña en Alabama, además de recitarle los poemas completos de T. S. Eliot. Tenía una voz pura y dura que parecía emerger de la tierra norteamericana. En su envoltura de vendas, entre los verdugones que le picaban y el sudor que goteaba por las piernas —todos puntos inalcanzables—, Nick tuvo intensas visiones de la guerra de Corea, en las que la Primera División Estadounidense de Caballería soportaba lo más fuerte de una lluvia de cohetes Katyusha, hasta que el rayo número 8 (según él lo imaginó) intervenía, con su ancho contorno, estrechando el horizonte en un abrazo espantosamente amplio mientras descendía con entusiasmo. Era el definitivo, la culminación de todas las ramas que se unían en una sola furia inimaginable.

***

Después de que Stacy lo abandonara, puso la granja en venta y se mudó diez kilómetros al norte. Llevaría una vida de soltero en un pueblito de Illinois. Se sentía asediado. Se quedaría quieto, evitaría el destino sumiéndose en el vaivén deslucido del paisaje, en la tienda Ellison Feed an Seed que veía desde la ventana, una vista tan aburrida que daban ganas de escupir (y lo hacía). En las demás habitaciones se alojaban peones exiliados, que esnifaban pegamento en bolsas de papel marrón, escuchaban música y pasaban los días escribiendo en la pared con marcadores. No había persona más descarriada y perdida que un peón, entendió. Estaban desanimados porque sabían que el concepto de la granja —el mito agrario del amor tierra-humano, por no hablar del trabajo y las penas de sus familias, que habían padecido tormentas de polvo, sequías y semillas enmohecidas— había quedado reducido a una broma histórica. Dominaban las granjas industriales. Confusos en su papel, escuchaban hip-hop, intentaban adoptar posturas urbanas (a muchos les faltaba algún miembro), fumaban crack y hierbas alucinógenas, se paseaban por la noche medio desnudos con overoles, se hacían tatuajes ellos mismos en los brazos. Nick se sentía afín a ellos. En cierto modo, también los había partido un rayo.

***

Por supuesto que le cayó otro (el 7). Llegó de manera ridículamente arrogante, en una situación tan manida que hasta Nick tuvo reírse de ello cuando pudo reírse, varias semanas después, pasados los temblores, las alucinaciones y las atracciones secundarias llenas de centellas. Sabía que el siguiente sería el último. El siguiente sería el asesino. Fin. No habría ninguno más. En su visión periférica presentía el número 8 mientras miraba por la ventana el pueblo muerto, que estaba tan seco —apresado en la aridez de verano— que le hacía picar la garganta. En su campo visual apreció entonces un punto ciego, vacío y hondo y oscuro. La habitación crepitaba al calor veraniego. La ventana daba a un pueblo agrícola difunto, de cerca de 1920, con falsas fachadas al mejor estilo Western y edificios traumatizados y totalmente desprovistos de vida. Las paredes de madera sintética se ponían viejas y soltaban un seco olor a mostaza. En las largas sombras de la tarde los peones holgazaneaban con la nariz metida en bolsas arrugadas, esnifando pegamento como heridos de Vietnam que respiraran oxígeno embotellado. Como si sirviera de algo. Cuando se atrevía a bajar caminaba rengueando, recargando el peso en el borde de los pies inflamados. Ahora sí que me pueden llamar inválido, les decía a los peones. Se reunían a su alrededor, le tocaban las cicatrices, le mostraban sus tatuajes y heridas superficiales, agitaban rápidamente sus muñones, trazaban con torsiones lustrosas el rastro a medio sanar de incisiones con cutters y peleas con espátulas. Le ofrecían las bolsas arrugadas. Él se negaba. Le ofrecían gasolina para esnifar, marihuana, Valium. Le pedían que les contara sus historias, cosa que hacía, despachándose con largos relatos, adornando los detalles, mirándolos asentir lentamente con la cabeza en señal de apreciación. Eso sí lo comprendían. Que la naturaleza lo volviera loco. Que la naturaleza se le cagara de risa. Él analizaba la naturaleza del rayo. Se pintada como un héroe. Alzaba los puños como Zeus, agarrando rayos en el aire. Arrojaba bolas de relámpagos, se acercaba para darse un respiro. Era lo menos que podía hacer por ellos. Los compadecía por sus ojos vacíos, por la manera agónica en que arrastraban las palabras.

***

En su habitación oscura, mientras los días se sucedían y el sol calcinaba las calles agrietadas y unos hierbajos grandes como arbustos crecían en el asfalto deteriorado, Nick se sintió aún más asediado. Evitaría el siguiente. El número 7 había llegado después de su completa recuperación, cuando lo habían convocado a los tribunales de Chicago para que testimoniara en un litigio sobre un fondo de inversiones. Había ido al Oak Ridge Country Club con Albert Foster. Poco después el Club instalaría un equipo de detección de rayos —el primero así en el área metropolitana de Chicago— a fin de prever las condiciones que llevaron a la descarga número 7. Una masa de aire frío llegó de Canadá, penetró en las zonas cálidas de las Planicies Centrales, cobró velocidad y formó un frente de tormenta que luego produjo un clásico tornado de fuerza 4 y redujo un estacionamiento de casas rodantes a una ensalada de esponjoso material aislante rosado, trozos de fibra de vidrio y pedazos de paneles de yeso. Cuando él arrancó en el segundo hoyo, encorvando los hombros de un modo que predecía el inminente golpe con efecto, el frente lamía el pegajoso aire estival que lo cubría. Al final fue solo un rayo más. Así de simple. Apareció por sorpresa. Dos estruendos súbitos se tragaron la cancha de golf, un destello detrás de ellos, y entonces, mientras Nick completaba el golpe y acomodaba los hombros con la cabeza inclinada, y los ojos fijos en el cielo, el número 7 bajó en zigzag, dividido en cinco caprichosas hendiduras de voltaje crudo, y se clavó en su frente del mismo modo que un tenedor de cóctel se hinca en un camarón.

***

En la habitación oía las paredes crepitar y se quedaba sentado durante horas sin moverse delante de un ventilador oscilante de metal. Calle abajo Ralph, el peluquero, contaba sus propias historias heroicas sobre la Batalla de Bulge. Si el ventilador rotante no lograba hacerle compañía, Nick iba a ver a Ralph cortar el pelo. Fuera del local un poste de madera se estaba pudriendo. Dentro los espejos estaban limpios y siempre brillaban los lavabos de cromo y esmalte. Los tristes parámetros de su vida se hacían patentes en la peluquería de Ralph. He aquí un hombre definido por el rayo, decía el negocio. He aquí un hombre al que le vendría bien una afeitada. Emparejar los lados, rebajar la nuca. En el negocio, su historia era leyenda, mitología, buena charla. En aquellos humildes confines, se aclaraba entre los tijeretazos, la concisa naturaleza irreversible de cortar el pelo. (La gente no sabe lo duro de cortar que es el pelo, decía Ralph.) Entre los cortes —el cepillo, la media americana, el rebajado, mojado o en seco— lo mejor que podía hacer Nick era responder a las preguntas indagadoras que le lanzaba Ralph. Adornaba cuanto podía. Pero nunca mentía. En la peluquería, las palabras parecían sólidas y pesadas. Hacía silencio cuanto era posible, y, cuando no daba resultado, carraspeaba y vacilaba. Pero ante Ralph el silencio parecía necesario. Ralph compensaba lo no dicho con gruñidos y asintiendo con la cabeza y concentrándose en la persona a la que le estaba cortando el pelo; si estaba entre un corte y otro, a lo mejor limpiaba el lavabo u ordenaba sus tijeras o afilaba la navaja con pases inconscientes al estilo Zen. Dios mío, esa sí es una buena historia, Nick, dijo después de oír el recuento del número 7. Ralph tenía una cara larga y pálida —la cara de un hombre que rara vez veía el sol— de ojos caídos inmersos en cuencas caídas. Ralph se posaba en la cerca que separa la duda de la creencia. Nunca le creería por completo a aquel extraño que había aparecido de la nada y que decía haber sido propietario del terreno de Morrison, la famosa granja del condado adyacente, una granja que en su momento había sido quizá el trozo de tierra mejor gestionado de aquella parte de Lincoln Country. Solo le creía a medias a aquel tipo de pinta curtida y extraña. A menudo llegaban hombres así de las Grandes Planicies, incluso entonces, años después de las idas y vueltas de pordioseros y vagabundos, y a menudo hablaban con voz reverencial de acontecimientos ridículos y proféticos, acontecimientos que eran mayormente falsos, pero que en cierto modo sonaban verdaderos. Ralph conocía la importancia de aquellas almas. Andaban por la cornisa que separa los hechos de la ficción y entretanto aligeraban la carga de la verdad. Te hacían cobrar conciencia del gran desierto de los estados del centro, del espacio vacío que seguía imperando. Ralph recortaba con cuidado alrededor de las orejas, encendía la afeitadora y limpiaba el cuello, marcando bien la línea. Escuchaba otra vez las historias del hombre del rayo y, para cuando el repertorio se agotaba, había pasado más o menos un año y él estaba listo para oírlas de nuevo, pues había olvidado suficientes detalles como para que le resultaran interesantes. El hombre del rayo acabaría siendo un incondicional del local. Llegaría a tener su propia silla y su cenicero. Sus palabras se desvanecían en las largas tardes. Le encontrarían un lugar a aquel hombre. Le ofrecerían trabajitos para que subsistiera, ganándose algunos dólares aquí y allá. De ese modo otra alma podría concluir sus días sobre la tierra, al menos hasta que las raras premoniciones se hicieran realidad y el aire se quedara absurdamente quieto y, por sobre la peluquería, las nubes hirvientes empezaran a congregarse, y llegara un ligero y adelantado olor a ozono. Entonces todo cambiaría y ya nada sería igual.


*Corrección de Maximiliano Papandrea

Era un día de holocaustos, cataclismos, tornados, terremotos, apagones, matanzas, erupciones y desgracias diversas, en cuyo apogeo el sol se tragó la tierra y desaparecieron las estrellas.

Pero para decirlo sencillamente, el miembro más respetado de la familia Bentley había muerto.

Perro se llamaba y perro era.

 Los Bentley, al levantarse tarde un sábado por la mañana, encontraron a Perro estirado en el suelo de la cocina, la cabeza hacia la Meca, las patas perfectamente dobladas y sin mover la cola; era la primera vez en veinte años que no la movía.

¡Veinte años! Dios mío, pensaron todos, ¿de veras pasó tanto tiempo? Y ahora, sin pedir permiso, Perro estaba frío y muerto.

Susan, la hija menor, despertó a todo el mundo gritando:

–A Perro le pasa algo. ¡Venid rápido!

Sin molestarse en ponerse la bata de baño, Roger Bentley salió corriendo en ropa interior a mirar aquel animal inmóvil en las baldosas de la cocina. Su mujer, Ruth, llegó detrás de él, y luego su hijo Skip, de doce años. El resto de la familia, Rodney y Sal, que se habían casado y habían volado, llegarían más tarde. Todos dirían lo mismo:

–¡No! Perro era eterno.

Perro no decía nada; seguía allí tendido como la segunda guerra mundial apenas concluida, pura devastación.

Las lágrimas corrieron por las mejillas de Susan, luego por las de Ruth Bentley, y a continuación por las del padre,y al fin, cuando entendió qué pasaba, por las de Skip.

Instintivamente se ordenaron en círculo alrededor de Perro, y se arrodillaron en el suelo para tocarlo, como si eso pudiese de repente obligarlo a sentarse, a sonreír como hacía siempre a la hora de la comida, a ladrar y a llegar antes que todos a la puerta. Pero el hecho de tocarlo no hizo más que aumentar las lágrimas.

Finalmente se levantaron, se abrazaron y fueron como ciegos en busca del desayuno, en medio de todo lo cual Ruth Bentley dijo, aturdida: –No lo podemos dejar ahí.

Roger Bentley levantó a Perro con suavidad, lo sacó al patio y lo puso a la sombra, junto a la piscina.

–¿Ahora qué hacemos?

–No lo sé –dijo Roger Bentley–. Ésta es la primera muerte en la familia en varios años y… –Se interrumpió, resopló y sacudió la cabeza. – Queiro decir…

–Lo dijiste muy bien –interrumpió Ruth Bentley–. Si Perro no era de la familia, ¿qué era? Dios mío, cómo lo quería.

Las lágrimas volvieron a correr por todas las caras, mientras Roger Bentley traía una manta para tapar a Perro, pero Susan lo detuvo.

–No, no. Queiro verlo. No podré verlo nunca más. Es tan bonito… Es tan… viejo.

Todos llevaron el desayuno al patio para sentarse alrededor de Perro; de algún modo sentían que no podían desatenderlo quedándose a comer dentro de la casa.

Roger Bentley telefoneó a los otros hijos, cuya reacción, después de las primeras lágrimas, fue la misma: vendrían enseguida. En un minuto.

Cuando llegaron los hijos que faltaban, primero Rodney, de veintiún años, y después la hija mayor, Sal, de veinticuatro, una nueva ola de dolor invadió a todos, y entonces se sentaron en silencio un rato, mirando a Perro a ver si ocurría un milagro.

–¿Qué planes tenéis? –preguntó al fin Rodney.

–Sé que esto es absurdo –dijo Roger tras una pausa embarrazosa–. Al fin y al cabo, sólo es un perro…

–¿¡Sólo!? –gritaron todos instantáneamente.

Roger tuvo que dar marcha atrás. –Bueno, se merece el Taj Mahal. Pero terminará en el Cementerio de Animales Orion, en Burbank.

–¿¡El Cementerio de Animales!? –gritaron todos, pero cada uno de una manera diferente.

–Dios mío –dijo Rodney–, ¡eso es una estupidez!

–¿Qué tiene de estúpido? –A Skip se le encendió la cara y le tembló el labio. – Nadie puede negar que Perro era una perla… inapreciable.

–¡Sí! –agregó Susan.

–Bueno, perdón. –Roger Bentley se volvió a mirar la piscina, los arbustos, el cielo. – Supongo que podría llamar a esos basureros que recogen cadáveres

–¿Basureros? –exclamó Ruth Bentley.

–¿Cadáveres? –dijo Susan–. ¡Perro no es un cadáver!

–Y ¿qué es? –preguntó Skip con voz sombría.

Todos miraron a Perro allí tendido, inmóvil, junto a la piscina.

–Lo… lo… –soltó finalmente Susan– ¡lo amo!

Antes de que pudiese reiniciarse el llanto, Roger Bentley levantó el teléfono del patio, marcó el número del Cementerio de Animales, habló y colgó.

–Doscientos dólares –informó a todos–. No está nada mal.

–¿Para Perro? –dijo Skip–. ¡Es poco!

–¿Lo dices realmente en serio? –preguntó Ruth Bentley.

–Sí –dijo Roger–. Toda la vida me he burlado de esos sitios. Pero ahora, viendo que nunca más podremos visitar a Perro… –Dejó pasar un momento. – Vendrán buscar a Perro al mediodía. Mañana será el funeral.

–¡Funeral! –Rodney resopló y caminó a pasos largos hasta el borde de la piscina agitando los brazos. – ¡No me meterías en eso!

Todos lo miraron. Finalmente dio media vuelta y dejó caer los hombros. –Maldita sea, allí estaré.

–Si no lo hicieras, Perro jamás te perdonaría. –Susan, lloriqueando, se limpió la nariz.

Pero Roger Bentley no había oído nada. Miró a Perro, luego a su familia, y levantando la mirada al cielo, cerró los ojos y exhaló un fuerte susurro:

–¡Ay, Dios mío! –dijo, con los ojos cerrados–. ¿Te das cuenta de que ésta es la primera cosa terrible que ha sucedido a nuestra familia? ¿Alguna vez hemos estado enfermos, alguna vez hemos ido al hospital? ¿Alguna vez hemos tenido un accidente?

Esperó.

–No –dijeron todos.

–Caramba –dijo Skip.

–¡Sí! ¡Caramba! Y bien que vemos accidentes, enfermedades, hospitales.

–Quizá –dijo Susan, que tuvo que interrumpirse y esperar porque se le quebró la voz–. Quizá Perro murió para que tuviésemos que darnos cuenta de lo afortunados que somos.

–¡¿Afortunados?! –Roger Bentley abrió los ojos y dio media vuelta. – ¡Sí! Vosotros sabéis lo que somos…

–La generación de la ciencia ficción –sugirió Rodney, encendiendo miu tranquilo un cigarrillo.

-¿Qué?

–Siempre hablas de eso con entusiasmo, en las clases universitarias o durante la cena. ¿Abretalas? Ciencia ficción. Automóviles. Radio, televisión, películas. ¡Todo! ¡Eso es ciencia ficción!

–¡Sí, maldita sea, claro que sí! –gritó Roger Bentley y fue a mirar a Perro, como si las respuestas estuvieran allí, entre las últimas pulgas–. Demonios, no hace tanto tiempo no había coches, ni abrelatas, ni televisión. Alguien tuvo que soñarlos. Comienzo del discurso. Alguien tuvo que fabricarlos. Mitad del discurso. Así que los sueños de la ciencia ficción se convirtieron en hechos científicos concretos. ¡Fin del discurso!

–¡Ya lo creo! –Rodney aplaudió cortésmente.

Roger Bentley no pudo evitar hundirse bajo el peso de la ironía de su hijo, y se puso a acariciar la cabez del animal muerto.

–Lo siento mucho. Perro me mordió. No lo puedo evitar. Durante miles de años no hicimos otra cosa que morir. Ahora ese tiempo ha terminado. En resumen: pura ciencie ficción.

–Tonterías. –Rodney soltó una carcajada. – Deja de leer esa basura, papá.

–¿Basura? –Roger tocó el hocico de Perro. – Por supuesto. Pero ¿qué me dices de Lister, Pasteur, Salk? Odiaban la muerte. Saltaron para detenerla. De eso se ocupó siempre la ciencia ficción. De odiar las cosas tal como son y de querer transformarlas. ¡¿Basura?!

–Historia antigua, papá.

–¿Antigua? –Roger Bentley clavó en su hijo una mirada terrible. – Dios mío. Cuando nací, en mil novecientos veinte, si querías visitar a tu familia los domingos…

–¿Ibas al cementerio? –dijo Rodney.

–Sí. Mi hermano y mi hermana murieron cuando yo tenía siete años. ¡Perdí a la mitad de la familia! A ver, hijos queridos, ¿cu´´antos amigos vuestros murieron a lo largo de vuestra vida? Durante la escuela primaria. Durante la escuela secundaria.

Roger abarcó a la familia con la mirada y esperó.

–Ninguno –dijo Rodney al fin.

–¡Ninguno! ¿Estáis oyendo? ¡Ninguno! Santo Dios. ¡Seis de mis mejores amigos murieron antes de que yo cumpliese diez años! ¡Espera! ¡Acabo de recordar!

Roger Bentley corrió a hurgar en un armario de la sala y trajo un viejo disco de 78 rpm a la luz del sol, y le sopló el polvo. Bizqueó mientras leía la etiqueta:

–«Sin novedades, o ¿qué mató al perro?»

Todos se acercaron a mirar el viejo disco.

–Eh, ¿cuántos años tiene eso?

–Cuando yo era niño, en los años veinte, lo escuché un centenar de veces –dijo Roger.

–«Sin novedades, o ¿qué mató al perro?» –Sal miró la cara del padre.– Esto se toca en el funeral de Perro –dijo.

–¿Estás bromeando? –dijo Ruth Bentley.

En ese momento sonó el timbre.

–¿Serán los hombres del Cementerio de Animales, que vienen a llevarse a Perro…?

–¡No! –gritó Susan–. ¡No tan pronto!

De manera instintiva, la familia levantó una pared entre Perro y el sonido del timbre, resistiéndose a la eternidad.

Enseguida gritaron, una vez más.

Lo extraño y maravilloso del funeral fue la cantidad de gente que asistió.

–No sabía que Perro tuviese tantos amigos –lloriqueó Susan.

–Vivía a costa de todo el pueblo –dijo Rodney.

–No hables mal de los muertos.

–Bueno, maldita sea, eso es lo que hacía. Si no, ¿por qué están aquí Bill Johnson, o Gert Skall, o Jim, el de enfrente?

 –Perro –dijo Roger Bentley–, ojalá vieras todo esto.

 –Lo ve. –Los ojos de Susan se llenaron de lágrimas. – Esté donde esté.

 –La buena de Sue –susurró Rodney–, que llora leyendo la guía telefónica…

–¡Cállate! –gritó Susan.

–Silencio, los dos.

Y Roger Bentley, con la mirada clavada en el suelo, fue hacia la parte delantera de la pequeña funeraria donde estaba expuesto Perro con la cabeza echada sobre las patas, en una caja que no era ni muy lujosa ni muy sencilla sino lo justo.

Roger Bentley puso una aguja de acero en el disco negro que giraba en la parte superior de un descascarado aparato portátil. Lag aguja rascó y silbó. Todos los vecinos se inclinaron hacia adelante.

–Nada de oraciones fúnebres –dijo Roger rápidamente–. Sólo esto

Y una voz que hablaba en un día muy lejano contó una historia de un hombre que volvía de las vacaciones y preguntaba a los amigos qué había pasado mientras él no estaba.

Parecía que no había pasado nada.

En realidad, sólo una cosa. Todos se preguntaban qué habría matado al perro.

¿El perro?, preguntaba el turista. ¿Murió mi perro?

Sí, y quizás a causa de la carne de caballo quemada.

¿¡Carne de caballo quemada!?, gritaba el turista.

Bueno, decía el informador, cuando se incendió el establo, la carne de caballo se quemó, así que el perro comió la carne de caballo quemada y se murió.

¿¡El establo!?, gritaba el turista. ¿Cómo se incendió?

Bueno, el viento llevó algunas chispas desde la casa, que prendieron fuego al establo, quemaron la carne de caballo, el perro comió esa carne, murió.

¿¡Chispas desde la casa!?, gritaba el turista. ¿Cómo…?

Fueron las cortinas de la casa, que se incendiaron.

¿Las cortinas? ¿Se incendiaron?

A causa de las velas que rodeaban el ataúd.

¿!Ataúd!?

El ataúd funerario de tu tía, las velas prendieron fuego a las cortinas, la casa se incendió, las chispas que salían de la casa volaron, quemaron el establo, el perro comió la carne de caballo quemada…

Resumiendo: ¡sin novedades, o qué mató al perro!

El disco siseó y se detuvo.

En el silencio, se oyó una risita, aunque la grabación había hablado de la muerto de perros y de personas.

–Ahora, ¿vamos a tener la conferencia? –dijo Rodney.

–No, un sermón.

Roger Bentley apoyó las manos en el púlpito y miró un largo rato las notas que no había tomado.

–No sé si estamos aquí por Perro o por nosotros mismos. Supongo que por las dos cosas. Somo las personas «a las que nunca les pasó nada». Hoy pasa algo por primera vez. No es que quiera una racha de muerte o enfermedades. Dios nos libre. Muerte, tómate tu tiempo, por favor.

Hizo girar el disco entre las manos, una y otra vez, tratando de leer las palabras que había debajo de los surcos.

–Sin novedades. Salvo que las velas funerarias de la tía prenden fuego a las cortinas, las chispas vuelan y el perro se va al otro mundo. En nuestras vidas pasa lo contrario. Durante años no hemos tenido novedades. Hígados sanos, corazones saludables, buena vida. Entonces… ¿qué es todo esto?

Roger Bentley echó una mirada a Rodney, que estaba consultando el reloj pulsera.

–Algún día también nosotros tendremos que morir –prosiguió Roger Bentley–. Cuesta creerlo. Estamos mal acostumbrados. Pero Susan tenía razón. Perro murió para decirnos esto, con dulzura, y tenemos que creerle. Y al mismo tiempo celebrar. ¿Qué? El hecho de que somos el comienzo de una asombrosa y pasmosa historia de supervivencia que no hará más que mejorar con el paso de los siglos. Podéis argumentar que la próxima guerra acabará con todos nosotros. Tal vez.

»Yo sólo puedo decir que pienso que todos llegaréis a viejos, a muy viejos. Dentro de noventa años, la mayoría de la gente se habrá curado el corazón, habrá puesto remedio al cáncer y se habrá saltado los ciclos vitales. Mucha tristeza habrá desaparecido del mundo, gracias a Dios. ¿Será fácil hacer todo eso? No. ¿Lo haremos? Sí. No en todos los países, por el momento. Pero finalmente lo haremos en la mayoría.

»Como dije ayer, hace cincuenta años, si querías visitar a tus tías, tíos, abuelos, hermanos, hermanas, tenías que ir al cementerio. No se hablaba de otra cosa que de la muerte. Era inevitable. ¿Se me acabó el tiempo, Rodney?

Rodney indicó por señas a su padre que le quedaba un minuto.

Roger Bentley resumió su pensamiento:

–Claro que morirán niños. Pero no por millones. ¿Y los viejos? En vez de ir a parar al huerto de mármol, estarán en la Ciudad del Sol.

El padre contempló a su familia, que observaba con ojos vivos desde los bancos.

–Dios mío, ¡miraos en el espejo! Después mirad hacia atrás. Mil siglos de terror, de dolor absoluto. Que me lleve el diablo si sé cómo hacían los padres para no perder la cordura y criar a los hijos cuando se les moría la mitad. Destrozadosm lograban hacerlo. Mientras millones morían a causa de la gripe o de la Peste.

»De modo que aquí estamos, en un nuevo tiempo que no podemos ver porque estamos en el ojo de huracán, donde todo está en calma.

»Ahora, después de decir unas palabras sobre Perro, me callaré. Porque lo queríamos hemos hecho esta cosa casi estúpida, esta ceremonia fúnebre, pero de repente no nos sentimos avergonzados ni arrepentidos de haberle comprado un lugar en el cementerio ni de que yo diga unas palabras. Quién sabe si volveremos alguna vez a visitarlo. Pero tiene un lugar. Perro, bendito seas. Ahora, que todo el mundo se suene la nariz.

Todo el mundo se sonó la nariz.

–Papá –dijo Rodney de repente–, ¿podemos… volver a escuchar el disco?

Todos miraron a Rodney, sorprendidos.

 –Era lo que iba a sugerir –dijo Roger Bentley.

Puso la aguja en el disco. Brotó un silbido.

Cerca de un minuto más tarde, cuando las chispas de la casa saltaron para incendiar el establo y quemar la carne de caballo y matar el perro, hubo un ruido en la entrada trasera de la pequeña funeraria.

 Todo el mundo volvió la cabeza.

En la puerta había un hombre extraño que tenía en la mano una canasta de mimbre de la que salían unos pequeños ladridos.

Y mientras las llamas de las velas que rodeaban el ataúd preendían fuego a las cortinas y las últimas chispas volaban en el viento…

Toda la familia, arrastrada a la luz del sol, se reunió alrededor del desconocido de la canasta de mimbre, esperando a que llegase papá y levantase la cubierta de la pequeña cesta para poder meter todos la mano.

Ese momento, dijo más tarde Susan, fue como leer una vez más la guía telefónica.

Todo se haría en tercios. Yo me llevaría 1/3 del dinero por mecanografiar la novela, y ella 1/3 por corregirla, y él 1/3 por escribirla.

Íbamos a dividir las regalías en tres. Cerramos el trato con un apretón de manos, cada cual consciente de lo que tenía que hacer, del camino por andar, de la puerta al final.

Me correspondía 1/3 porque tenía la máquina de escribir.

Yo vivía en una casucha de mi propia factura revestida de cartón, frente a la vieja casa destartalada que la Seguridad Social alquilaba para ella y su hijo de nueve años, Freddy.

El novelista vivía a un kilómetro y medio de allí en una caravana, junto al estanque de un aserradero donde trabajaba de vigilante.

Yo tenía unos diecisiete años y por esos años me sentía solo y muy raro en el noroeste del Pacífico, en aquella tierra oscura y lluviosa de 1952. Ahora tengo treinta y uno y no sé qué pretendía al vivir como lo hacía entonces.

Ella era una de esas mujeres eternamente frágiles de treinta y largos, que antes fueron muy atractivas y a las que les prestaron mucha atención en moteles y bares, pero que ahora viven de la Seguridad Social y cuyas vidas giran en torno al día del mes en que reciben el cheque de la Seguridad Social.

La palabra “cheque” es la única palabra religiosa en sus vidas, así que siempre la usan cuando menos tres o cuatro veces en cada charla. No importa de qué estén hablando.

El novelista tenía cuarenta y largos, era alto, tirando a pelirrojo y con pinta de que la vida le había aportado una interminable seguidilla de novias infieles, borrachos perdidos y coches con mala transmisión.

Estaba escribiendo la novela porque quería contar una historia que le había ocurrido años atrás cuando trabajaba en el bosque.

También quería ganar dinero: un tercio.

Mi participación en el asunto ocurrió de la siguiente manera: un día estaba parado delante de mi casucha, comiendo una manzana y mirando poco antes de la lluvia un cielo negro y deshilachado y fastidioso como un dolor de muelas.

Así me mantenía ocupado. Estaba ocupado mirando el cielo y comiendo una manzana. Se hubiera dicho que me habían contratado para que lo hiciera, ofreciéndome un buen sueldo y una pensión si me quedaba mirando el cielo bastante tiempo.

–¡EH, TÚ! –oí que me gritaban.

Miré al otro lado de un charco de barro y era la mujer. Llevaba puesto aquel impermeable verde que usaba siempre, salvo cuando iba a ver a la gente de la Seguridad Social en el centro. Entonces se ponía un deforme abrigo gris arratonado.

Vivíamos en la zona pobre de la ciudad, donde las calles no estaban asfaltadas. La calle era solo un gran charco de barro que había que esquivar. La calle ya no servía para los coches. Circulaban en otra frecuencia, donde el asfalto y la grava eran más amables.

Ella llevaba las botas blancas de goma que siempre usaba en invierno, unas botas que le daban un aspecto infantil. Era tan frágil y le debía tanto al departamento de la Seguridad Social que a menudo parecía una niña de doce años.

–¿Qué quieres? –dije.

–Tienes una máquina de escribir, ¿no? –dijo–. Pasé delante de tu casucha y te oí escribir a máquina. Escribes mucho por la noche.

–Sí, tengo una máquina de escribir –dije.

–¿Eres buen mecanógrafo?

–Me las arreglo.

–No tenemos máquina de escribir. ¿Qué te parece juntarte con nosotros? –me gritó desde el otro lado del charco. Realmente aparentaba doce años, ahí de pie con sus botas blancas, la encantadora chica de los lodazales.

–¿A qué te refieres con “juntarse”?

–Bueno, él está escribiendo una novela –dijo–. Lo hace bien. Yo la corrijo. He leído un montón de libros de bolsillo y la revista Reader’s Digest. Nos hace falta alguien que tenga una máquina de escribir para mecanografiarla. Te quedas con un tercio de las ganancias. ¿Qué te parece?

–Me gustaría ver la novela –dije. No entendía qué estaba pasando. Sabía que ella tenía tres o cuatro novios que siempre la visitaban.

–¡Claro! –gritó–. Tienes que verla para mecanografiarla. Ven conmigo. Podemos ir a su casa ahora mismo así lo conoces y le echas un vistazo a la novela. Es un buen tipo. El libro es magnífico.

–Muy bien –dije, y rodeé el charco de barro para ir hasta donde estaba parada ella, al frente de su casa de dentista malvada, con doce años, a unos tres kilómetros de la oficina de la Seguridad Social.

–Vamos –dijo.

***

Fuimos hasta la carretera, enfilamos por ella y pasamos delante de más charcos de barro y estanques de aserraderos, hasta que llegamos a un camino que cruzaba las vías de tren y luego continuaba delante de media docena de estanques de más aserraderos, llenos de troncos negros invernales.

Hablamos muy poco y solo de su cheque, que llevaba dos días de retraso, y ella había llamado a la Seguridad Social, y le habían dicho que se lo habían mandado por correo y que tendría que llegarle al día siguiente, pero que si no lo recibía llamara al día siguiente y le mandarían un giro postal de emergencia.

–Bueno, espero que llegue mañana –dije.

Al lado del último estanque había una vieja caravana amarilla montada sobre bloques de madera. Con solo mirarla uno sabía que nunca más iría a ninguna parte, que la carretera era un cielo lejano al que solo rezarle. Era muy triste y tenía una chimenea como de cementerio que echaba al aire de arriba humo muerto y rasgado.

Había una especie de animal mitad perro y mitad gato sentado delante de la puerta, en un porche improvisado con tablones desnudos. El animal nos ladró a medias y maulló a medias (“¡Gumiau!”) y se escondió debajo de la caravana, mirándonos desde detrás de uno de los bloques de madera.

–Llegamos –dijo la mujer.

Se abrió la puerta de la caravana y salió un hombre al porche. Había una pila de leños amontonados en el porche y estaba tapada con una lona alquitranada negra.

El hombre hizo visera con la mano, cubriéndose los ojos de un sol brillante imaginario, porque todo se había puesto negro y amenazaba con llover.

–Hola –dijo.

–¿Qué hay? –dije.

–Hola, cariño –dijo ella.

El hombre me estrechó la mano y me dio la bienvenida a la caravana, luego le dio a ella un besito en la boca y los tres entramos.

El interior era pequeño y estaba sucio y olía a lluvia estancada y tenía una cama grande sin hacer que parecía haber sido el escenario de algunas de las escenas amorosas más tristes desde la Crucifixión.

Había una media mesita verde llena de cosas y dos sillas como insectos y un lavamanos pequeño y un hornillo que servía para cocinar y para calentar el ambiente.

Había unos platos sucios en el lavamanos. Daba la impresión de que siempre habían estado sucios: nacidos sucios para durar para siempre.

En alguna parte de la caravana una radio pasaba música country, pero no pude ver dónde se encontraba. Miré por todas partes pero la radio no estaba a la vista. A lo mejor estaba debajo de una camisa o algo así.

–Es el chico de la máquina de escribir –dijo ella–. Se llevará un tercio por mecanografiarla.

–Me parece justo –dijo él–. Necesitamos que alguien la mecanografíe. Yo nunca he hecho nada de este tipo.

–¿Por qué no se la muestras? –dijo ella–. Le gustaría echarle un vistazo.

–Bueno. Pero no está muy bien escrita –me dijo–. Solo fui hasta cuarto grado, así que ella va a corregirla, pulir la gramática y poner las comas y esas cosas.

Había un cuaderno sobre la mesa, junto a un cenicero que contenía unas seiscientas colillas. El cuaderno tenía pegada en la tapa una fotografía en colores de Hopalong Cassidy.

Hopalong parecía cansado, como si se hubiera pasado la noche anterior persiguiendo actrices jovencitas por todo Hollywood y apenas le quedaran fuerza para volver a subirse al caballo.

El cuaderno tenía unas veinticinco o treinta páginas escritas. La letra era grande, como de escuela primaria: una mezcla poco feliz de imprenta y cursiva.

–No está terminada –dijo él.

–Tú la mecanografías. Yo la edito. Él la escribe –dijo ella.

Era la historia de un leñador joven que se enamoraba de una camarera. La novela empezaba en 1935 en un café de North Bend, Oregon.

El leñador joven se sentaba a una mesa y la camarera le tomaba el pedido. Era muy atractiva, de pelo rubio y mejillas rosadas. El leñador joven pedía chuletas de ternera con puré de patatas y jugo de carne.

–Sí, yo me encargo de corregirla. Tú puedes mecanografiarla, ¿no? No está mal, ¿eh? –dijo ella en la voz de una niña de doce años a la que la Seguridad Social mira por encima del hombro.

–No –dije–. Es fácil.

De pronto la lluvia empezó a caer con fuerza, sin previo aviso, simplemente caían grandes gotones que por poco no sacudían la caravana.

Ya veo que te gustan las chuletas dijo Maybell tenia el lapis metido en la boca que era linda y roja como una mansana!

 Solamente cuando me tomas el pedio dijo Carl ella dijo que él era un leniador muy timido pero grandote y fuetre como su padre que era duenio del aserrdero!

Yo me encargo de que te pongan mucho jugo!

Entonse se abre la puerta del cafe y entra Rins Adams era apuesto y malo, todo el mundo por hay le tenia miedo pero Carl no y su padre muerto no tenian miedo del no senior!

Maybell temblo cuando lo vio ahi parado con su impermeable negro el le sonrio y Carl sintio que la sangre le herbia como cafe caliente y se puso como loco!

Hola Rins dijo Maybell colorada como un flor, mientras seguíamos sentados en la caravana bajo la lluvia, aporreando las puertas de la literatura norteamericana.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

Me he sentado dos veces al lado de un hombre famoso en un avión. El primero fue Jason Kidd, de los Nets de Nueva Jersey. Le pregunté por qué no volaba en primera clase y me dijo que era porque su primo trabajaba para United.

—¿No sería esa mayor razón para que te pongan en primera?

—Está bien así —me dijo estirando las piernas en el pasillo.

Ya no insistí, porque ¿qué sé yo de los pormenores que conlleva ser una celebridad deportiva? No volvimos a hablar durante el resto del vuelo.

No puedo darles el nombre de la segunda persona famosa, pero les diré que es un galán de Hollywood que está casado con una joven estrella. Además, su nombre incluye la letra “V”. Es todo. No puedo decir nada más. Una pista: espías. Bueno, basta, de verdad es todo. Lo llamaré Roy Spivey, que es casi un anagrama de su nombre.

Si yo fuera una persona más segura de mí misma no me hubiera propuesto para ceder mi asiento en un vuelo atestado, no me hubieran pasado a primera clase y no me hubieran sentado junto a él. Fue el premio a mi falta de voluntad. Durmió durante la primera hora y era sobrecogedor ver esa cara tan famosa parecer vulnerable y vacía. Él tenía ventanilla y yo pasillo, y sentía como si estuviera cuidándolo, protegiéndolo de los destellos y los paparazzi. Duerme, pequeño espía, duerme. En realidad no es pequeño, pero todos somos niños mientras dormimos. Por esta razón, siempre dejo que los hombres me vean dormida desde el principio de nuestra relación. Les hace darse cuenta de que, aunque mido 1,80, soy frágil y necesito que me cuiden. Un hombre que puede percibir la debilidad de un gigante sabe que es, en efecto, un hombre. Pronto, las mujeres pequeñas lo hacen sentir casi amanerado y, he aquí, ahora le gustan las mujeres altas.

Roy Spivey se movió en su asiento, empezando a despertar. Rápidamente, cerré los ojos y luego los abrí lentamente, como si yo también hubiese estado durmiendo. Ay, pero él todavía no acababa de abrir los suyos. Cerré los míos otra vez e inmediatamente los abrí, lentamente, y él abrió los suyos lentamente y nuestras miradas se encontraron y parecía como si hubiésemos despertado de un solo sueño, el sueño de toda nuestra vida. Yo, una mujer alta y sin embargo ordinaria; él un extraordinario espía, pero no de verdad, sólo un actor, pero no de verdad, sólo un hombre, quizás incluso sólo un niño. Ese es el otro efecto que tiene mi altura en los hombres, el más común: me convierto en su madre.

Hablamos incesantemente durante las siguientes dos horas, con ese tipo de conversación que trata específicamente de todo. Me contó detalles de su esposa, la bellísima M. ¿Quién hubiese pensado que fuese tan atormentada?

—Claro, todo lo que sale en los tabloides es verdad.

—¿Ah sí?

—Sí, especialmente lo de sus problemas con la comida.

—Y, ¿lo de las infidelidades?

—No, no lo de las infidelidades, claro que no. No puedes creer lo que lees en los bloides.

—¿Bloides?

—Los llamamos bloides. O tabs.

Cuando sirvieron la comida fue como si estuviéramos desayunando juntos en la cama y cuando me levanté para ir al baño bromeó: “¡Me abandonas!”.

Y yo dije: “¡Volveré!”.

Mientras caminaba por el pasillo, muchos de los pasajeros me miraban fijamente, especialmente las mujeres. Los rumores se expandían rápidamente en este pequeño pueblo volador. Quizá hasta había algunos reporteros de los bloides en el vuelo. Había lectores de bloides, eso seguro. ¿Habíamos hablado demasiado alto? A mí me hubiera parecido que susurrábamos. Sentada en la taza, me miré en el espejo preguntándome si sería yo la persona más insulsa con la que él había hablado. Me quité la blusa y traté de lavarme debajo de los brazos, algo que realmente no es posible en un baño tan pequeño.  Me eché agua con las manos en las axilas y acabó sobre mi falda. Estaba hecha de esa tela que se vuelve mucho más oscura al mojarse. Vaya lío en que me había metido. Reaccioné rápidamente: me quité la falda, la empapé en el lavabo, la exprimí y volví a ponérmela. La alisé con las manos. Listo. Había quedado toda entera un tono más oscuro. Caminé de vuelta por el pasillo, teniendo cuidado de no rozar a nadie con mi falda oscura.

Cuando Roy Spivey me vio gritó: “¡Has vuelto!”.

Yo me reí y él dijo: “¿Qué le ha pasado a tu falda?”.

Me senté y le expliqué toda la historia, empezando con lo de las axilas. Me escuchó atentamente hasta que terminé.

—Bueno, y al final, ¿te pudiste lavar las axilas?

—No.

—¿Te huelen?

—Creo que sí.

—Puedo olerlas y decirte.

—No.

—No hay problema, así es en el mundo del espectáculo.

—¿En serio?

—Sí, a ver…

Se inclinó hacia mí y puso su nariz contra mi  blusa.

—Huele mal.

—Ah. Bueno, traté de lavarla.

Pero ahora ya estaba de pie, había pasado por encima de mí hasta el pasillo y revolvía el compartimento superior. Volvió a su asiento, dramáticamente, con una botella con atomizador en la mano.

—Es Febreze.

—Ah sí, había oído hablar de él.

—Se seca en segundos, eliminando los olores. Levanta los brazos.

Levanté los brazos y él con mucha concentración aplicó tres chisguetes de Febreze bajo cada manga.

—Es mejor si mantienes los brazos extendidos mientras se seca.

Los mantuve extendidos. Un brazo abierto hacía el pasillo y el otro cruzándole el pecho, con la mano apoyada contra la ventana. De esta manera quedó en evidencia lo alta que era. Sólo una mujer muy alta podría asumir tal envergadura. Contempló durante un momento mi brazo frente a su pecho, luego gruñó y lo mordió. Entonces se rió. Yo me reí también, pero no entendí de qué iba esto de morderme el brazo.

—¿Y eso qué fue?

—Eso quiere decir que me caes bien.

—De acuerdo.

—¿Quieres morderme?

—No.

—¿No te caigo bien?

—Sí, claro.

—¿Es porque soy famoso?

—No.

—El hecho de ser famoso no significa que no necesite lo que todos los demás necesitan. Anda, muérdeme en dónde sea. Muérdeme el hombro.

Deslizó un poco su chaqueta, desabrochó los primeros botones de su camisa y la echó hacia atrás, dejando expuesto su gran hombro bronceado. Me incliné hacia él y muy rápidamente lo mordí apenas, y entonces cogí mi catálogo SkyMall y empecé a leerlo. Un minuto después volvió a vestirse y lentamente cogió su ejemplar de SkyMall. Estuvimos leyendo así durante una media hora.

Durante ese tiempo tuve cuidado de no pensar en mi vida. Mi vida estaba muy por debajo de nosotros, en un conjunto de apartamentos de un estuco rosa-naranjilla, y me parecía  ahora como si no tuviera que volver nunca a ella. Sentía el cosquilleo de la sal de su hombro en la punta de mi lengua. Quizá nunca más me quedaría inmóvil en medio de mi sala preguntándome qué hacer. Algunas veces llegué a quedarme ahí parada hasta dos horas, incapaz de generar suficiente energía como para comer, salir, limpiar o dormir. Es poco probable que alguien que acababa de morder a una celebridad y ser mordida por ella tuviera este tipo de problemas.

Leí sobre aspiradoras diseñadas para succionar insectos en el aire. Examiné toalleros que se calientan solos y rocas falsas que pueden esconder una llave. Empezábamos el descenso. Ajustamos nuestros respaldos y bandejas.  Inesperadamente, Roy Spivey se volvió hacia mí y dijo: “Hola”.

—Hola —dije.

—Oye,  lo pasé muy bien contigo.

—También yo.

—Voy a escribirte un número y quiero que lo protejas con tu vida.

—Bueno.

—Si este número cae en manos equivocadas, tendré que pedir a alguien que lo cambie y eso será un problemón.

—Bueno.

Escribió el número en una hoja del catálogo SkyMall, la arrancó y la puso en mi mano presionándola contra mi palma.

—Este es el número personal de la niñera de mis hijos. Las únicas personas que llaman a este número son su novio y su hijo. Así que siempre responderá. Siempre podrás contactarla. Y ella sabrá en dónde estoy.

Miré el número.

—Le falta un dígito.

—Lo sé, ese último número quiero que sólo lo memorices, ¿de acuerdo?

—Bueno.

—Es el cuatro.

Giramos la cara hacia el frente del avión y Roy Spivey cogió delicadamente mi mano. Todavía sostenía la hoja con el número en ella, así que la sostuvo conmigo. Fue una sensación cálida y sencilla. Nada malo podría pasarme mientras estuviéramos cogidos de la mano, y cuando me soltara tendría el número que terminaba en cuatro. Había querido un número como éste toda mi vida. El avión aterrizó graciosamente, como una línea que se dibuja fácilmente. Me ayudó a bajar mi maleta del compartimento; me pareció algo obscenamente cotidiano.

—Mi gente estará esperándome afuera, así que no podré despedirme como se debe.

—Lo sé. No importa.

—Sí, de verdad, importa. Es una farsa.

—Pero lo entiendo.

—Mira, esto es lo que voy a hacer. Justo antes de que salgas del aeropuerto iré hacia ti y te diré: “¿Trabaja aquí?”.

—No, está bien. De verdad lo entiendo.

—No, esto es importante para mí. Te diré: “¿Trabaja aquí?”. Y entonces dices tu parte.

—¿Cuál es mi parte?

—Dices “No”.

—Bueno.

—Y sabré lo que quieres decir. Sabremos el significado secreto.

—Bueno.

Nos miramos a los ojos en una manera que significaba que nada importaba tanto como nosotros dos. Me pregunté si mataría a mis padres para salvar su vida; una pregunta que he venido haciéndome desde que tenía quince años. La respuesta solía ser siempre sí. Pero con el tiempo todos esos chicos se habían desvanecido y mis padres seguían ahí. Ahora estaba cada vez menos dispuesta a matarlos por cualquiera; de hecho, me preocupaba su salud. Sin embargo, en este caso, tendría que decir que sí. Sí lo haría.

Descendimos por el túnel entre el avión y la vida real, y entonces, sin ni siquiera una mirada, se alejó de mí.

Intenté no buscarlo en el área de entrega de equipaje. Él me encontraría antes de irse. Fui al baño. Recogí mi maleta. Bebí agua de la fuente. Vi como unos niños se peleaban. Por último, arrastré la mirada sobre la multitud. Todos y cada uno de ellos eran otro, ninguno él. Pero todos sabían su nombre. Los que tenían talento para el dibujo podrían haberlo dibujado de memoria, y el resto podría ciertamente describirlo, si tuvieran que hacerlo para, digamos, una persona ciega. El ciego sería la única persona que no sabría cómo era. E incluso el ciego sabría el nombre de su esposa, y algunos de ellos sabrían el nombre de la boutique en la que ella había comprado esa camiseta color lavanda con mini-shorts a juego. Roy Spivey estaba en todas partes y en ninguna.  Alguien me tocó en el hombro.

—Perdone, ¿trabaja aquí?

Era él. Excepto que no era él, porque no había voz en sus ojos; sus ojos estaban mudos. Actuaba. Dije mi frase.

—No.

Una empleada del aeropuerto bastante joven apareció a mi lado:

Yo trabajo aquí. Yo puedo ayudarlo —dijo entusiasta.

Durante una fracción de segundo, él hizo una pausa y luego dijo: “Estupendo”. Esperé a ver qué se le ocurría ahora, pero la empleada me fulminó con la mirada,  como si estuviera entrometiéndome, y luego torció los ojos con fastidio, como si estuviera protegiéndolo de gente como yo. Quería gritar “¡Era una clave, tenía un significado secreto!”. Pero sabía lo que parecería, así que me hice a un lado.

Esa noche me encontré inmóvil en medio de la sala. Había hecho la cena y me la había comido, y entonces se me ocurrió una idea: quizá podía limpiar la casa. Iba por la escoba y me detuve de repente, coqueteando con el vacío en el centro de la habitación. Quería saber si podía empezar de nuevo. Pero, por supuesto, conocía la respuesta. Cuanto más tiempo me quedara allí, más tiempo tendría que quedarme. Era intricado y exponencial. Parecía que no estaba haciendo nada, pero en realidad estaba tan ocupada como un físico o un político. Planeaba estratégicamente mi próximo movimiento. Que mi próximo movimiento fuera siempre no moverme no facilitaba las cosas.

Renuncié a la idea de limpiar y espere sólo poder acostarme a una hora razonable. Pensé en Roy Spivey en la cama con M. Y entonces recordé el número. Lo saqué de mi bolsillo. Él lo había escrito encima de una foto de cortinas rosadas. Estaban hechas de una tela diseñada originalmente para los transbordadores espaciales; cambiaban de densidad en reacción a las fluctuaciones de la luz y el calor. Vocalicé en silencio todos los números y entonces dije el último en voz alta. ‘Cuatro’. Me pareció arriesgado e ilícito. Grité: “¡CUATRO!”. Y caminé con facilidad hacia la habitación. Me puse el camisón, me lavé los dientes y me fui a la cama.

En el transcurso de mi vida he usado ese número muchas veces. No el número de teléfono, sólo el cuatro. Cuando acababa de conocer a mi esposo, solía susurrar ‘cuatro’ mientras teníamos relaciones, porque me dolía mucho. Entonces supe de una pequeña operación que podía hacer para ampliarme. Susurré ‘cuatro’ cuando mi padre murió de cáncer de pulmón. Cuando mi hija se metió en problemas haciendo sólo Dios sabe qué en México, me dije ‘cuatro’ mientras le daba el número de mi tarjeta de crédito por teléfono. Era algo confuso, pensar en un número y decir otro. Mi esposo se burla de mi número de la suerte, pero nunca le he contado de Roy. No debe subestimarse la capacidad de un hombre para sentirse amenazado. No hace falta ser una belleza para que los hombres acaben peleándose por ti. En mi reunión de ex alumnos del bachillerato le señalé a un profesor que me gustaba, y al final de la noche ya estaban peleándose en el estacionamiento del hotel. Mi esposo dijo que había sido por un tema de racismo, pero yo lo tenía claro. Algunas cosas es mejor no decirlas.

Esta mañana estaba limpiando mi joyero cuando encontré una hojita de papel con una foto de cortinas rosadas. Pensé que la había perdido hacía mucho, pero no, ahí estaba, doblada debajo de un clavel seco y algunos brazaletes de tan pesados poco prácticos. No había susurrado ‘cuatro’ en años. Ahora, el concepto de suerte me fastidiaba un poco, como Navidad cuando no se está de humor.

De pie junto a la ventana, examiné la escritura de Roy Spivey a la luz. Ahora era más viejo —todos lo éramos— pero seguía trabajando. Tenía su propio programa en la tele. Ya no era un espía; hacía de padre de doce niños traviesos. Se me ocurrió que no había entendido nada. Él había querido que lo llamara. Miré hacía afuera por la ventana; mi esposo estaba en la entrada, aspirando a fondo el coche. Me senté en la cama con el número en mi regazo y el teléfono en las manos. Marqué todos los números, incluyendo el invisible que me había guiado a través de mi vida adulta. Ya no estaba disponible. Claro que no. Era absurdo por mi parte haber pensado que seguiría siendo el número privado de su niñera. Los hijos de Roy Spivey habían crecido desde entonces. La niñera probablemente trabajaba para alguien más, o quizá le había ido bien y se había pagado la escuela de enfermería o negocios. Bien por ella. Volví a mirar el número y me invadió una gran oleada de pérdida. Ya era demasiado tarde, había dejado pasar mucho tiempo.

Escuché el ruido de los tapetes del coche que mi esposo sacudía contra el suelo. Nuestro vetusto gato se restregó contra mis piernas, pidiendo comida. Pero no era capaz de levantarme. Pasaron minutos, casi una hora. Estaba empezando a oscurecer. Mi esposo estaba abajo preparando un trago y yo estaba a punto de levantarme. Los grillos chirriaban en el jardín y yo estaba a punto de levantarme.


*Todos los derechos reservados de esta primera traducción al castellano a Daniela Franco, publicado en Letras Libres, Nov 2011.

Al término de la tercera semana de abril, Anna miró su calendario y no sintió nada por el retriever que había inaugurado el mes con tanta vivacidad. Tenía demasiado pelo, inflado al viento, como de costumbre, pero la sonrisa del perro parecía forzada. Anna pasó la página y clavó el mes de mayo a la pared con una chinche. ¡Oh! ¡El perro de mayo era hermoso! Olfateaba un manojo de flores con los ojos húmedos, llenos de vida; Anna habría dado el alquiler de un mes por ser ese perro, sin ocupación y querido por todos.

A mediados de mayo, el tiempo se puso radiante. Caminando por el Sur de Philly con su ex novio, Anna notó que los vagabundos se veían más felices. Uno había colocado un colchón debajo de un saliente y escuchaba música de una radiocasetera. El celular de Anna empezó a vibrar en el bolsillo. Era un número de Rhode Island. Enseguida se imaginó una beca de posgrado que podría haber ganado. Atendió la llamada.

―¡Hola, Anna, mi nombre es Janine! Soy estudiante de segundo año en la Rhode Island School of Design. ¿Cómo estás?

―Bien, pero―

―Genial. Me preguntaba si tendrías unos minutos para contarte acerca de unas incorporaciones a la escuela que tal vez no conozcas…

―La verdad, no ―Anna puso los ojos en blanco mirando a su ex novio.

―Oh, qué pena.

―Sí. Lamentablemente, tampoco tengo dinero para donar. ―Hasta las escuelas de arte sonaban empresariales al teléfono. Si alguien donaba dinero, lo más seguro es que fuera a parar a un nueva tostadora para sándwiches.

―Bueno, ¿al menos podemos confirmar que tengamos tu dirección correcta? ―Tres chicos hispanos pasaron riéndose en bicicleta. Anna tuvo la certeza de que se reían de ella. Se miró la bragueta y cortó el teléfono.  Su ex novio la miró divertido. Ella tenía unas ganas desesperadas de acostarse con él, pero él se despidió al llegar a su puerta. Dijo que estaba ocupado y que se había divertido, y que tal vez pudieran volver a salir algún otro día. Anna abrió su teléfono como si alguien la hubiese llamado y luego se quedó mirando la pantalla como si contuviera un largo e íntimo mensaje. Su ex novio cerró la puerta.

Su relación había sido un intercambio constante de poder. Al principio, Anna tenía el poder. Les reenviaba a sus amigos los emails insinuantes de él, criticando el estilo sobrecargado de su prosa. Eventualmente, él le ganó por cansancio y ella se enamoró, pero para ese entonces él ya se acostaba con una de sus amigas. Luego Anna lo recuperó, pero unos meses más tarde, él la dejó, y ella se vino abajo.  Fue a sentarse frente al malísimo pero gratuito psicólogo de la escuela.

    ***

Anna era una artista del vidrio poco exitosa. Trabajaba medio día en un taller de soplado de vidrio haciendo gemas gigantes y desquiciadamente coloridas que luego se vendían en tiendas para ancianas. En junio logró que una de sus obras entrara en una exposición, pero no era una exposición normal, era una exposición en un mundo online, para una comunidad online. No era la pieza en sí, sino un JPEG de la pieza.

Anna tenía que registrarse en la comunidad online para poder ver el JPEG expuesto en la muestra. Les dio toda su información, pero le quitó la tilde al casillero que les permitía enviarle sus actualizaciones semanales. Se sintió astuta al quitar la tilde al casillero. Luego tuvo que diseñarse a sí misma. Era divertido, pero Anna hizo de cuenta que era una molestia. Hizo de cuenta para nadie. Se puso un cuerno de unicornio y pelo verde alocado.  Luego se arrepintió, pero no había botón de retroceder, así que continuó.

Se teletransportó a la galería en el mundo online. Había otros JPEGs colgados a su alrededor ―pinturas y dibujos, nada que la impresionara. Les echó una mirada rápida, como habría hecho en una galería real, y vio a otra persona online. Disculpe, tipeó, ¿Cómo hago para caminar? La mujer online le dijo que usara las teclas de las flechas. Anna trató de escribir una respuesta, pero su personaje ya se alejaba caminando rápidamente.

Anna buscó su JPEG, pero su personaje se chocaba una y otra vez con las paredes. La vista de la computadora cambiaba de modo que parecía estar adentro de la pared. Luego se liberaba y trataba de subir las escaleras hacia el otro piso de la galería, pero no sabía cómo usar la escalera. Intentó apretar la tecla de la flecha hacia arriba y su personaje empezó a volar. Atravesó el techo hacia el aire. Anna no tocó ningún botón. Su personaje se elevaba más y más. Más y más lejos del JPEG. Las teclas de las flechas no lo controlaban. Abajo, el mundo online era hermoso y pequeño.

      ***

Los que habían sido sus amigos en la Universidad organizaron una cena en la que cada uno llevaba algo, pero Anna no preparó nada. En cambio, compró platos de cartón y los puso anónimamente sobre una pila de platos reales. Cuando divisó a su ex novio, Anna sintió como si todas sus respiraciones estuvieran contenidas en una cajita dentro de su pecho. Tenía que acordarse de sacarlas, una a una, y respirar. Cada vez que respiraba, otra respiración entraba en la caja.

La mayoría de la gente en la fiesta trabajaba en el taller de un artista estrella egocéntrico. Todo el día las chicas pintaban versiones fotorrealistas de las pinturas que él había diseñado en Photoshop. Para almorzar, las chicas comían en una enorme cafetería de la que Anna había oído hablar varias veces. La mareó llevar la cuenta de quién era quién. De quién tenía cuál personalidad. Tomó una respiración de la caja. Se quedó allí de pie, perpleja.

Mientras su ex novio hablaba con una chica bonita, Anna sacó su teléfono y borró su número. Listo, está muerto, pensó. Se esfumó, se fue, es irrecuperable. Anna se ubicó junto a unas conocidas. Las chicas eran hermosas si las miraba lo suficiente. ¡Ojalá pudiera besarlas a ellas!

―Es difícil con un ex novio ―dijo una alta y deslumbrante cuyo nombre Anna no podía recordar. ―Una siempre quiere meterse en la máquina del tiempo.

―Sí ―dijo Anna. ―Espera, ¿qué?

―Quieres retroceder en el tiempo para sentir lo que sentías por él y cómo te sentías contigo misma. Quieres ser más joven, aunque sea solo unos meses.

―Sí, ―dijo Anna. A la fiesta le faltaba algún mágico ingrediente festivo. Anna conoció a una chica que no podía encontrar chicos atractivos. ―La primavera floreció y mi concha en flor necesita ser desflorada. ―dijo la chica ―Es como si se hubieran marchado todas las abejas y yo estoy deseosa de florecer pero nadie quiere polinizarme. ―Anna estuvo de acuerdo con esa chica. ¿Y si ya no quedaban buenas relaciones? ¿Y si el arte en vidrio se volvía realmente popular después de su muerte?

―¡Ey, juerguistas! ―exclamó un chico al que Anna nunca había visto, y la fiesta se reanudó. Tenía puestos unos extraños pantalones de jogging teñidos y un cable de teléfono enroscado alrededor de la cabeza. Su ex novio ahora coqueteaba con facilidad con la chica de la concha en flor. Anna revisó su teléfono buscando un mensaje que la salvara. En un arranque de capricho le envió un mensaje a un compañero de trabajo, luego tironeó agresivamente su abrigo de una pila de otros abrigos. Anna no estaba segura de si debía llevarse los platos de cartón sobrantes a casa. No sabía qué era lo correcto. Mientras merodeaba sobre ellos, insegura, se le acercó su ex novio.

Al principio, cuando Anna se enamoró de él, sintió que su cara había sido diseñada especialmente para llamar su atención. Sus mejillas tenían un toque de carmín, como Anna imaginaba que tenían las mejillas de los nobles rusos. Tenía una mandíbula firme y despectiva. Ella pensó que el destino la había atraído hacia él, y a él hacia ella, y escribía un diario que guardaba en sus borradores de Google; ahora era menos romántica y comprendía que simplemente era adicta a su cara. Cuando una persona memoriza la cara de alguien, puede volverse esclavo de esa cara. Para sentirse a gusto tienen que estar en presencia de la cara. Pero la cara se va por ahí, la cara sale con otras caras.  Se miraron y a ella le dolieron los pechos. Quería abofetearlo, pero abofetearlo para que se le cayera la ropa. ―Deberías llamarme mañana ―dijo él, de pasada― podríamos hacer algo.

   ***

Al día siguiente, Anna fue a llamar a su ex novio, pero su número ya no estaba. Le mandó un email y esperó. Ignoró una llamada de su compañero de trabajo. Decidió registrarse en varios sitios gratuitos de citas. Llenó formularios durante toda la mañana.  Eligió un nombre de usuario diferente para cada sitio: glass_animal, ghost_world24, bright_ fires. Su identidad se le hacía algo delgado, cambiante.

Su ex novio le mandó un mensaje para pasar por su casa, y ella se alegró. Se bañó del modo entusiasta de quien espera acostarse con alguien. Luego de lidiar con gel y horquillas, se puso maquillaje para ocultar sus granitos. Le sonrió al espejo a esta versión mejorada de sí misma. Se sentía como una bruja, pero una bruja inofensiva y buena.

En casa de su ex novio, hablaron y comieron pizza fría. Miraron capítulos viejos de Arrested Development en su computadora. ―Eres como un capítulo viejo ―le dijo ella.― Pero un capítulo viejo que me gusta mucho. Como que quiero mirarte ―.Quería besarlo, pero si él hubiese querido besarla ya lo habría hecho, ¿verdad? ¿O tal vez quería que ella diera el primer paso? Se quedó mirando un poster de El club de la pelea que nunca antes había notado. ―¿Debería irme, verdad? ―le preguntó.

―Sí.

―Bueno. Está bien ―Anna se ató los zapatos frenéticamente. Tomó su abrigo y dejó caer las llaves, luego las recogió y fue hacia la puerta. Solo sal, se dijo a sí misma; una vez afuera te sentirás mejor. El aire te aliviará. Su ex novio la miró en el pasillo y ella sintió que una oleada lenta de ansiedad chocaba contra una oleada rápida de ansiedad.

― ¿Qué? ―dijo.

―Nada ―dijo él. Sal de aquí, pensó ella. Solo sal. A Anna le dolía el cerebro. Respiró hondo. ¡Siempre se sentiría así! ¡Si salía de la casa se sentiría aún peor! El ex novio le ofreció un abrazo. El sexo lo aclararía todo. El sexo puede volver relajadas y felices a las personas. Era lo mejor que podía hacer. Era una manera creativa de expresarse. Anna dio media vuelta. El ex novio suspiró y el suspiro atravesó a Anna con rayos de odio y deseo. Su teléfono vibró y ella respondió sin mirar.

―¿Qué?

―Hola, Anna.  Me llamo Janine, soy estudiante de Segundo año en la Rhode Island School of Design, ¿cómo estás? ―Anna miró al ex novio e hizo de cuenta que hablaba con alguien interesante.― Estoy bien. ¿Y tú?

―¡Bien! Me preguntaba si tendrías unos minutos para contarte acerca de unas incorporaciones a la escuela que tal vez no conozcas.―Anna saludó a su novio con la mano. Trató de parecer femenina.

―Claro ―dijo al teléfono, y salió.

―Bueno, la nueva biblioteca ya está casi lista, junto con una nueva cafetería en el nuevo edificio de residencias.

―Ah, genial. ¿El edificio del centro? ―El aire nocturno la golpeó de modo muy agradable.

―Así es. Y la biblioteca es solo uno de muchos elementos nuevos. Sin embargo, RISD necesita de más ayuda. ¿Te gustaría donar una pequeña suma? Habría una placa con tu nombre en la pared de la biblioteca.

Anna llegó hasta su casa, pero vio que no había nadie allí para distraerla.

―¿Cuál es tu especialidad, Janine?

―Ilustración, pero estoy por cambiarme a Grabado.

―Qué bien. Grabado es mucho mejor. Además, los chicos son más sociables.

―Totalmente.

Anna fue a su cuarto y se echó en su cama como una persona de verdad. Solo estoy hablando con una amiga, pensó. Volvió a poner su atención en Janine.

―¿Tienes algún plan interesante para el fin de semana?

―No demasiados. Pero anoche tocó Sonic Youth.

―¿En Lupo’s?

―No, Lupo’s ya pasó de moda.

―Ah. Me encanta Sonic Youth. En la secundaria no me gustaban porque me parecían demasiado ruidosos. Pero ahora me gustan.

―A mí siempre me gustaron ―dijo Janine. Anna jugueteó con su pelo y se lo puso sobre la cara. Tarareó una canción inventada al teléfono―. Es muy loco, sabes, cuando te gradúas. Loco de la manera más aburrida posible.

―Sí, bueno, no voy a preocuparme por eso ahora, ―dijo Janine.

―Bueno ―Anna se sopló el pelo de la cara. Miró fijamente el ventilador de techo. ―Tal vez deberías mudarte a Nueva York. Vas a necesitar algo interesante para compensar la depresión post- universidad.―Se oyó un ruido como si Janine estuviera comiendo algo, o hablando con alguien. Anna siguió hablando, de todos modos―. Sí, no sé. Hay muchos chicos en Nueva York, mucho arte. Tal vez puedas vivir con tus compañeros de cuarto de la universidad, si te agradan. El título no te llevará muy lejos, pero tal vez tengas contactos.

―No tengo contactos ―dijo Janine.

―Tal vez puedas usar los contactos de tus amigos.―Anna se reacomodó―. Los bares no son tan divertidos como las fiestas en casas de Providence.

―Yo solo trabajaré en mi habitación.

―Sí, también es bueno hacer algo como música, para abrir otras partes del cerebro. Como leer algo de historia. Muchas de las bandas que te gustaban en la secundaria te sonarán diferentes. Lo mismo con las películas. Tal vez haya pasado el tiempo suficiente como para volver a ver la mayoría.

―Quizás me mude a Londres, o a algún otro lado.

―Bueno, si no lo haces, fíjate si Nueva York te funciona. O trata de averiguar por qué no te funciona. ―Se oyó otra vez el ruido, como si Janine hablara con alguien. Anna se imaginó a Janine juntándose con los chicos de Grabado, desnudos, tomándose fotos punk unos a otros.

―Te sentirás tentada de regresar con tu ex novio, ―dijo― pero trata de no ceder a la tentación. La vida debe vivirse en orden.―Hubo una larga pausa del otro lado.

―Escuché que es casi imposible que alguien mire tu obra ―dijo Janine.

―Mírame a mí. Tengo una escultura en una muestra.

―¿Qué galería?

―Una pequeña, en Philly. Es probable que no hayas oído hablar de ella ―Anna desenfocó la vista, mirando el empapelado.

―¿Tienen sitio web?

―No.

Janine estaba en silencio. Luego dijo: ―Bueno, ahora voy a hacer mis otras llamadas.

―Ey, fue genial hablar contigo ―dijo Anna―. ¡Buena suerte en la vida! ―Escuchó mientras Janine cortaba el teléfono. Pobre Janine. Saldría de la universidad sin tener idea de nada. Se asustaría en su búsqueda de trabajo y acabaría trabando en Kinko’s.

En la inauguración de una muestra del artista egocéntrico, Anna se puso un pulóver con caballos que corrían a través de relámpagos.―¡Qué intenso! ―le dijo la chica de la concha en flor. ―¡Soy intensa! ―respondió Anna. Habían fumado hierba en el baño de la galería y Anna se sentía maravillada y correcta. ―Soy básicamente un dios digital, ―le dijo a Concha en Flor. ―¡Hay copias mías digitales en internet! ―Concha en Flor se reía descontroladamente. El ex novio de Anna se acercó y ella le dirigió una sonrisa radiante. ―¡Eres tú! ¡El quinto amor de mi vida, pero no el último! ―dijo. Las pintoras fotorrealistas se rieron.

El ex novio de Anna la abordó en un rincón. ―¡Estás completamente drogada! ―le dijo.

―Solo lo dices porque estoy diciendo cosas increíbles ―dijo ella, distraída. Él la arrastró hasta una pintura de flores, clips y gatos.

―¿Qué opinas? ―dijo. Anna se rio de modo seductor. Reirse es como mostrarle a todos cómo suena tu orgasmo, pensó. Buscó a Concha en Flor, pero las otras chicas la habían reclamado. Anna vio al artista egocéntrico; se veía apuesto y rico. Ella también quería que le diera un trabajo, pero uno mejor. Uno en el que pudiera sentarse en un almohadón e inventar chistes.

Su ex novio la llevó a otra inauguración, en la que había adultos aburridos.  El arte era minimalista y no había comida. Anna miró a su ex novio, juntos eran jóvenes. ―Ojalá te hubiera conocido en un sitio de citas ―dijo Anna― para poder calificarte frente al mundo.―Su ex novio se rio. Era como si hubiese sacado su personalidad de un frasco, dejando tras de sí el rastro de una nube dulce.

La noche culminó con Anna chupándole la verga con fingido interés. En las partes más aburridas, Anna se sintió como si estuviera haciendo una faena de granja. Se rio para sus adentros y su ex novio se puso incómodo. Luego quedaron acostados en la cama de una plaza de ella y él se durmió enseguida. Ella lo miró y le pareció aburrido.

Tomó su celular, que estaba junto a la cama, y recorrió su agenda entera. Imaginó a todos sus amigos y familia y jefes y caseros parados en una fila, así, en orden alfabético. Podía recorrer la fila, saludándolos a todos. Se detendría, confundida, frente a un extraño, y entonces él le explicaría que era el farmacéutico de la cadena CVS. ¡Parado junto a su mejor amiga!

Habría una mujer de aspecto extraño en algún lugar en el medio. ―¿Quién eres? ―preguntaría Anna.

―Leslie Futón ―diría la mujer en voz baja, y Anna finalmente conocería a la mujer del futón publicado en línea. ―El futón ya no está disponible ―diría Leslie.

―Me compré otro ―diría Anna.

Luego vería a Jessica Terapeuta. ¡Pasaría corriendo delante de Jessica Terapeuta!

Jason, su ex novio de la secundaria, estaría besándose con su prima Jackie, pero solo porque estaban uno al lado del otro. Anna recorrió la lista hacia abajo indignada, fascinada. Se topó con otra extraña. ―Soy Anna ―dijo Anna. ―¿Quién eres?

―Vivo en el antiguo departamento de tu abuelo ―dijo la mujer. ―Supongo que aún no has borrado su número.

Anna se escabulló para evitar a un viejo jefe que la había despedido sin motivo. Vio con horror a su madre hablando animadamente con Molly, amiga de Anna de la universidad, que estaba totalmente borracha. Buscó a alguien con quien de verdad tuviera ganas de hablar. Una buena parte de las personas estaban ocupadas con sus propios teléfonos. Había varias a las que evitaría si las viera por la calle.

Su hermana estaba junto a su ginecólogo. Se miraban con aire indiferente. Anna borró a un viejo amigo a quien había frecuentado por culpa. Y a un chico perturbado, insinuante, que una vez le había dicho que tenía “ojos de animal”. Borró a varios médicos que la habían engañado y empeorado su salud. Más allá había varias personas aparentemente interesantes con las que se había llevado bien, pero con las que nunca había tenido una relación cercana. Anna borró a más y más personas. Miró cómo la fila se inclinaba hacia adelante, hasta que su lista fue corta y pura.

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