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Del hambre, nuestra envidia era impotente y obtusa, como cada uno de nuestros sentidos. No teníamos fuerzas para los sentimientos, ni para hacer el trabajo algo más llevadero, tampoco para caminar, pedir o preguntar… Solo envidiábamos a los conocidos con los que aparecimos en este mundo. En concreto, a quienes les tocó en suerte un puesto en la oficina, el hospital o las cuadras, donde se libraban de las largas horas de trabajos forzados. De ese trabajo físico que tanto ensalzan los frontones de todos los campos como signo de nobleza y heroísmo. En una palabra: solo envidiábamos a Shestakov.

Solamente algo externo podía sacarnos de la apatía, apartándonos de una muerte que se aproximaba lenta y gradualmente. Una fuerza exterior, nunca interior. En nuestro fuero interno todo eran cenizas y vacío; todo nos daba igual, y no hacíamos planes para más allá del día siguiente. 

Por ejemplo, en ese momento todo lo que yo quería era escaparme al barracón y echarme en la litera. Y sin embargo, seguía de pie junto a la puerta de la tienda de provisiones. En aquella tienda solo podían comprar los condenados por causas comunes, así como los ladrones-reincidentes, que se contaban entre los “amigos del pueblo”.

En cambio, a nosotros no se nos había perdido nada allí, pero no había forma de apartar los ojos de las barras de pan color chocolate; el olor dulce y penetrante del pan recién hecho nos cosquilleaba la nariz: con semejante olor, nos bailaba hasta la cabeza. Yo estaba de pie, mirando el pan, sin saber cuándo reuniría las fuerzas para escaparme al barracón. Y en ese mismo momento me llamó Shestakov.

A Shestakov le conocía de Tierra Grande, de la prisión Butyrka, donde compartimos celda. No es que allí nos hiciésemos amigos: solo éramos conocidos. En la mina, Shestakov no trabajaba en la galería. Como era ingeniero geólogo, lo escogieron para trabajar en las expediciones geológicas, en lo que acabó resultando la oficina. A duras penas saludaba el afortunado a sus conocidos moscovitas. Aunque nosotros no nos enfadábamos: vaya usted a saber qué le habían encomendado. Además, cada uno va a lo suyo, etc.

–Venga, fuma –dijo Shestakov y me alargó un trozo de periódico, le echó majorka y encendió una cerilla, ¡una cerilla de verdad!

Encendí el pitillo.

–Tengo que hablar contigo –dijo Shestakov.

–¿Conmigo?

–Sí.

Nos alejamos tras los barracones, y nos sentamos en el linde de la vieja mina. Mis piernas en seguida se entumecieron, mientras que Shestakov se balanceaba despreocupadamente con sus nuevas botas reglamentarias, que olían ligeramente a aceite de bacalao. Llevaba los bajos de los pantalones metidos, dejando al descubierto unos calcetines con estampado de ajedrez. Yo contemplaba las piernas de Shestakov con genuina admiración, e incluso cierto orgullo: por lo menos había un hombre en nuestra celda que no llevaba harapos en las piernas.

La tierra bajo nuestros pies temblaba con explosiones sordas: así preparaban el terreno para el turno de noche. Los guijarros caían a nuestros pies, brillando como pájaros grises e imperceptibles.

–Seguimos haciendo un rodeo –dijo Shestakov.

–No tengas miedo, que no muerden. Los calcetines seguirán enteros.

–Yo no pienso en los calcetines –dijo Shestiakov y señaló con el dedo índice hacia el horizonte. ¿Cómo lo ves?

–Seguro que la palmamos –dije. Aunque, la verdad, me apetecía menos pensarlo.

–No qué va: yo no estoy dispuesto a morir.

–¿Y bien?

–Tengo un mapa –dijo con indolencia Shestakov–. Yo llevaré a los obreros, te recojo a ti y me dirijo a Fuentes Negras. Está a quince kilómetros de aquí. Me haré con un salvoconducto. Y huiremos en dirección al mar. ¿Conforme?

Él soltó todo aquello con un tonillo indiferente, como de chanza.    

– Pero, ¿y el mar? ¿Lo atravesamos a nado?

–Da igual. Por algo se empieza. No puedo vivir así. “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas” –pronunció  solemne Shestakov. –¿Quién fue que lo dijo?

Y tanto, era una frase familiar. Pero no había fuerzas para recordar quién y cuándo había pronunciado esas palabras. Teníamos los libros totalmente olvidados. No creíamos en los libros. Yo me arremangué los pantalones, y le enseñé mis úlceras rojizas, fruto del escorbuto.       .

–Te curarás en el bosque –dijo Shestakov–, a base de bayas, vitaminas. Yo guío, que conozco el camino. Tengo un mapa…

Cerré los ojos y me puse a reflexionar. Desde aquel lugar al mar había tres caminos. En total, un mínimo de quinientos kilómetros. No solo yo, es que tampoco Shestakov llegaría. ¿Y si me llevaba como comida? No, por supuesto. Pero, ¿entonces por qué mentía? Si todo eso lo sabía tan bien como yo. Y de repente, tuve miedo  de Shestakov, el único de nosotros que se había colocado como especialista. ¿Quién le colocó y a qué precio? Si es que todo en esta vida se paga. Con la sangre ajena, con la vida ajena.

–De acuerdo –dije yo, abriendo los ojos– . Solo que necesito un suplemento alimenticio.

–¡Excelente, excelente!  Tendrás tu suplemento, por supuesto. Te traeré…, conservas. Nosotros tenemos acceso…

Hay muchas conservas en el mundo: cárnicas, de pescado, de frutas o verduras… Pero la más maravillosa de todas es láctea: la leche condensada. No tenía ningún sentido poner agua a hervir para bebérsela, no; estaba claro que había que tomársela a cucharadas. O bien untada en pan, o tragándosela poquito a poco de la lata. Así, uno se la comía lentamente, viendo cómo aquella masa clara y casi líquida amarilleaba, mientras la lata se embadurnaba con estrellitas de azúcar.

–Mañana –dije sin aliento, de pura felicidad– que sean de leche…

–Trato hecho: hay trato. De leche –y Shestakov se fue.

Volví al barracón, me tumbé y cerré los ojos. No era fácil pensar. Era una especie de proceso físico, y por primera vez la materialidad de nuestra psique comparecía ante mí, rotunda y palpable. Dolía pensar, pero había que hacerlo. Él nos recluta para huir y estamos perdidos: eso estaba más claro que el agua. Él pagará su puestazo en la oficina con nuestra sangre.. con mi sangre. A nosotros o nos matarán allí mismo, en Fuentes Negras, o nos traerán de regreso vivos y nos juzgarán, para añadirnos quince años más. Pero si es que él no puede ignorar que no hay salida. Pero la leche, ¡ay!, la leche condensada..

Me dormí, y en mi sueño famélico veía el bote de leche condensada de Shestakov: una lata prodigiosa con una etiqueta azul cielo. El bote era gigantesco, azul como el cielo nocturno. Como la lata estaba perforada en mil sitios, la leche rezumaba y goteaba como el amplio surtidor de la Vía Láctea. Y yo tocaba sin esfuerzo el cielo con las manos y me tomaba ávidamente la leche, tan dulce, estrellada y espesa.   

No recuerdo lo que hice aquel día ni cómo trabajé. Esperé y esperé, hasta que el sol se recostó en el oeste y los caballos relincharon, pues ellos adivinan mucho mejor que las personas cuándo la jornada laborable llega a su fin.

Al primer y estridente toque, me fui al barracón donde vivía Shestakov. Él me esperaba en el zaguán. Dos latas de leche le sobresalían por los bolsillos de su chaquetón.

Nos sentamos en la mesa del barracón, grande y bien limpia, y Shestakov sacó del bolsillo dos latas de leche condensada.

Agujereé la lata con la punta de un hacha. Un espeso chorro blanco goteó sobre la tapa y cayó sobre mi mano.

–Deberías hacer un segundo agujero por el aire–dijo Shestakov.

–Así está bien –dije, lamiendo mis dedos dulzones y sucios.

–Usemos la cuchara –dijo Shestakov, volviéndose hacia los trabajadores que nos rodeaban. Diez cucharas relucientes a fuerza de los lamidos se desplegaron sobre la mesa. Todos estaban de pie, observándome mientras comía. No era por falta de delicadeza ni por el deseo oculto de probarla: ninguno tenía la más mínima esperanza de que la compartiese. No había precedentes: su interés por la comida ajena era totalmente altruista. Además, yo ya sabía que era imposible no mirar la comida que desaparece por la boca de otra persona. Así que me senté para estar cómodo y me comí ambas latas sin pan, aclarándolas de cuando en cuando con agua fría. Luego, los espectadores se dispersaron: había terminado la representación. Shestakov me miraba con empatía.

–¿Sabes qué? –dije, lamiendo la cucharilla con avidez–.  Me lo he pensado mejor. Iros sin mí.

Shestakov lo comprendió y se fue sin decir palabra.

Fue, sin duda, una mísera venganza, débil como todos mis sentimientos. ¿Pero qué más podía hacer yo? ¿Avisar al resto? Si ni siquiera los conocía. Pero había que advertirlos: a Shestakov le dio tiempo de convencer a cinco. Huyeron durante una semana, a dos les mataron cerca de Fuentes Negras, y a los tres restantes les juzgaron al mes siguiente. El caso del propio Shestakov se consideró aparte “por razones productivas”. Rápidamente, se lo llevaron a otra parte. Medio año después me lo encontré en otra mina. No recibió una condena adicional por intentar escapar: las autoridades eran honradas con él, aunque podría haber sido muy diferente.

Él trabajaba en las prospecciones, estaba afeitado y bien alimentado, y sus calcetines ajedrezados seguían enteritos. No me saludó, pero fue por capricho. Dos latas de leche condensada no son nada del otro mundo, al fin y al cabo…

<1956>

A paso marcial, digno de un desfile de la caballería (dedos adentro, tacones fuera, rodillas a un lado, la pelvis baja), el mosquito Stasik volvía a casa arrastrándose. Le había pedido al veterinario, el condor Akop, que le vendase el sitio donde le había picado el chinche Mstislav: si no, no había quien anduviese, de lo mucho que picaba la zona afectada. 

Evidentemente, el mosquito Stasik soñaba con comer caliente.

Según se acercaba a su casa, sin embargo, oyó los gritos ahogados de su esposa la mosquita Tomka (“Sí, sí, ¡ahí lo tienes, ya lo tienes, aguanta!) y a alguien que decía con voz ronca: “No puedo”.

El mosquito Stasik se quedó de piedra. No obstante, el estupor le duró un segundo. Luego entró en casa y vio a Tomka arrancándole la barba a Zoya la hiena, pelo a pelo (lo que se dice una limpieza de cutis).

Preguntada por una comida caliente, Tomka le respondió a toda prisa: “¡Largo! Muerde el polvo”.

Muerde el polvo significaba arrastrarse por el barro, extraer, atacar, lavar, limpiar, cortar, derramar, encender, colocar, mezclar, etc. La comida tardaría cuarenta minutos en estar lista. Y para colmo lo más probable es que se quemase y le dejase arena entre los dientes.

Gracias por nada.

Suspirando amargamente bajo los sordos gritos de su mujer y los aullidos de la hiena Zoya, Stasik recibió de la tía Lida, la escarabajo, una preciada botella a la que llamaban “el último recurso”, y se bebió la dosis restante hasta agotar existencias.

Se olvidó de todo, menos de la insinuante minifalda de la cerdita Alla.

El mosquito Stasik sollozó, cantó su canción favorita. “De nuevo allá, donde el mar de luces… “ y, habiéndose olvidado de todas sus heridas, salió volando de casa en dirección a la piara.

Para cuando la mosquito Tomka escondió sus honorarios en una bota, y la hiena Zoya, con los ojos llenos de lágrimas, miraba alegremente su jeta rasurada, el mosquito Stasik rondaba con sus alas a la cerdita Alla. Esta se había repantingado como en su propia casa, ya sin mini alguna. Stasik, con voz estridente, le hizo las siguientes preguntas: a) si hacía tiempo que ella se veía con el chinche Mstislav y b), si sabía que Mstislav tenía una enfermedad fea, la caries, por lo que tendría que ir durante mucho tiempo a curas y ponerse fundas. 

Pero a la cerdita Alla le entró por un oído y le salió por el otro, ya que Stasik no era su único invitado: había allí más acompañantes, como los hijos ya mayorcitos de la mosca Domna Ivánovna, por ejemplo. Perfectamente instalados, volaban enfervorecidos por el sonido de su propio rock n´ roll interior, mientras la araña Afanasii daba una clase de macramé en una esquina, en exclusiva para los allí presentes.

La fiesta estaba en todo su apogeo, pero el mosquito Stasik se sentía solo.

Con idéntico paso marcial, digno de un desfile militar, rodillas afuera y pelvis abajo, solo que aún más hambriento, apareció por casa dispuesto a armarla. Y fue entonces cuando aspiró el maravilloso aroma de un plato caliente.

Resulta que Tomka lo había preparado todo, puesto la mesa y le estaba esperando enfundada en un delantal, como Penélope.

Y Stasik no pudo contener las lágrimas.

La pobreza

Hoy día, hermanos, ¿cuál es la palabra de moda, eh?

Hoy en día, la palabra en uso de moda es, por supuesto, electrificación.

Este asunto, no lo discuto, es de gran importancia: iluminar la Rusia soviética con electricidad. Pero también tiene su lado oscuro. Yo no digo, camaradas, que sea caro. No hay que pagar tanto: nada más que dinero. No hablo de eso.

Veamos a qué me refiero:

Yo, camaradas, vivía en una casona enorme. Toda la casa se alumbraba con queroseno. Algunos tenían candilejas, otros una pequeña lámpara y, quien no tenía nada, usaba las velas de los popes. ¡Era la pobreza más absoluta!

Y de repente nos instalaron la electricidad.

El primero en instalarlo fue el intendente. Y bien, instalaba y no paraba de instalar. Era un hombre callado, que no exteriorizaba sus opiniones. No obstante, deambulaba de una forma extraña, mientras se sonaba la nariz con aire pensativo.

Pero seguía sin exteriorizar sus opiniones.  

Y fue entonces cuando llegó nuestra querida casera Elizaveta Ignatiéevna Projorova y sugirió que también nosotros electrificásemos nuestra casa.

—Todos lo hacen —dijo ella—. Hasta el intendente —dijo.

¡Qué íbamos a hacer! Así que también nosotros nos pusimos con la instalación.

Instalamos y la electrificamos: ¡cielo santo! El moho y la mugre nos rodearon.

Antes esta era la rutina: sales por la mañana al trabajo, vuelves al final de la tarde, te tomas un té y a dormir. Y con el queroseno no se veía nada en especial. Pero ahora encendemos, miramos y en el suelo está el zapato roído de alguien , aquí la tapicería arrancada y con los jirones a la vista, allá un chinche trota mientras escapa de la luz, acá hay algo parecido a un trapo, por aquí un escupitajo y una colilla, allí corretea una pulga…

¡Cielo santo! Que corra la voz de alarma. Da pena ver un espectáculo así.

Como por ejemplo el sofá que estaba en nuestra habitación. Yo pensaba que era un buen sofá. Más que eso, que ese sofá era la leche. Solía sentarme en él por las tardes Y ahora le das a la luz: ¡cielo santo! ¡Qué pena! ¡Pena de sofá! Todo sobresale, todo cuelga, todo el relleno saliéndose… No me puedo sentar en un sofá semejante: el alma protesta.

Puff, pienso, no vivo en la opulencia. Ver todo esto da asco. Se te cae el alma a los pies hasta para trabajar.

Veo a la dueña Elizaveta Ignatiévna que anda cabizbaja, farfullando en la cocina de su casa mientras limpia.

—¿Por qué alborotas —le pregunto—, casera?

Y ella solo sacude la mano.

—Yo —me dice— querido mío, jamás pensé que vivía en medio de una pobreza semejante.

Le eché un vistazo a los cachivaches de la casera y, a decir verdad, no abultaban mucho; moho, mugre y diferentes tipos de trapos. Y todo ello, inundado ahora por la luminosa luz, saltaba a la vista.

Así que me dispuse a volver a casa como con desgana.

Llegué, encendí la luz, admiré la lámpara nueva durante unos minutos y luego me fui a la piltra.

Después me lo pensé bien, recibí mi sueldo, compré yeso, lo disolví y me puse manos a la obra. Arranqué el empapelado, exterminé a los chinches, barrí las telarañas, limpié el sofá, pinté, acabé con todo: mi alma cantaba de júbilo.

Pero aunque el resultado fue bueno, me dieron gato por liebre. Hermanitos, en vano tiré por la borda dinero: la casera cortó los cables.

—Me duele —dijo ella—  el aspecto mísero que cobra todo con la luz. ¿Cómo —dijo ella— voy a burlar a los chinches en medio de una pobreza semejante?

Yo ya le había suplicado y aducido mis razones, pero no había manera.

—Múdate —me dijo— de este piso. Yo no quiero —me dijo— vivir con luz eléctrica. No tengo dinero para reformar las reformas.  

¿Acaso, camaradas, es fácil mudarse cuando me acabo de gastar una fortuna en hacer reformas? Pues no me quedó otro remedio.

Ay, hermanos, la luz eléctrica es buena, pero también con luz las pasas canutas.

La chancla

Está claro que es fácil perder una chancla en el tranvía.

Especialmente si tienes detrás a un rufián cualquiera, pisándote los talones, y te empuja de costado: así es como usted se queda sin chancla.

Se puede perder una chancla por cualquier tontería.

A mí me la quitaron en un santiamén. Podría decirse que no tuve tiempo ni de protestar.

Entré en el tranvía con las dos chanclas en su sitio. Pero salí del tranvía, miré, y una chancla estaba allí, en mi pie, y la otra no. La bota… seguía allí. El calcetín, al parecer, estaba también allí. Y los calzoncillos, en su sitio. Pero ni rastro de la chancla.

Y ya se sabe que no se alcanza a un tranvía por mucho que corras.

Así pues, me quité la chancla que me quedaba, la envolví en el periódico y me fui de esta guisa.

Después del trabajo, pensé, me pondré a investigar. ¡Las cosas no desaparecen así como así! De alguna parte saltará la liebre.            

Así que después del trabajo me fui en su búsqueda. Lo primero era pedirle consejo a un conocido mío, conductor de tranvía.

Y he aquí exactamente lo que me dijo para alentarme:

—Da gracias, te digo, por haberlo perdido en el tranvía. De otro recinto público no respondo. En cambio, perder algo en el tranvía es mano de santo. Porque nosotros tenemos una cámara para los objetos perdidos. Ven y recógela. Es mano de santo.

—Pues entonces— digo yo— gracias. Me acabas de quitar un peso de encima. Sobre todo porque la chancla era nuevecita: figúrate que es solo la tercera temporada que la llevo.

Al día siguiente voy a la cámara.

—Hermanos, ¿puedo recuperar mi chancla? Me la quitaron en el tranvía.

—Es posible —me dicen—. ¿Qué tipo de chancla?

—Es una chancla normal. En cuanto al número de pie, es un 12.

—Nosotros —me dicen—, tendremos unas doce mil del número 12. Danos más características.

—Las características son las habituales. A saber: el talón está desgastado, por supuesto. Y adentro se ha ido royendo la franela hasta no dejar rastro.

—Nosotros —me dicen—, puede que tengamos más de mil chanclas así. ¿No tiene ningún rasgo distintivo?

—Sí que tiene rasgos distintivos, les digo. Parece como si la punta se hubiese desprendido, a duras penas se sostiene. Y ya casi no le queda tacón: se ha desgastado. En cambio, el lateral todavía mantiene el tipo.

—Siéntese aquí —me dicen—. Ahora lo miramos.

 De pronto me traen mi chancla. Yo me alegré desmesuradamente, por no decir directamente que me enternecí. He aquí, pensé, cómo funciona el famoso “aparato”. Y qué personas tan idealistas, cuántas molestias se han tomado por una chancla. Así que les digo:

—Amigos, les estoy eternamente agradecidos. Vamos, dénmela. Ahora mismo me la pongo. Muchas gracias.

—Imposible —me dicen—, estimado camarada: no se la podemos dar. Nosotros —me dicen—, no sabemos si fue usted quien la perdió.

—Pero sí se lo estoy diciendo: la perdí yo. Palabra de honor.

 Por su parte, ellos me contestan.

—Le creemos y empatizamos plenamente con usted. Es muy posible que fuese usted quien perdió la chancla en cuestión. Pero no se la podemos entregar. Trae un parte certificado de que perdiste realmente esa chancla. Que la dirección de asuntos internos verifique el suceso, y entonces, sin más trámites superfluos, nosotros te entregaremos aquello que legalmente extraviaste.

Yo respondo:

—Hermanos —digo—, venerables camaradas, si en casa no saben nada de este asunto. Puede que no me expidan el documento.

 Y ellos contestan:

—Lo harán —dicen—, está entre sus atribuciones darlo. Si no, ¿para qué se han instalado en su casa?

Yo contemplé una vez más la chancla y me fui.

Al día siguiente me dirigí al delegado de nuestra casa, y le dije:

—Deme los documentos. Si no, perderé mi chancla.

—Ah, es cierto —me responde—, ¿la has perdido? ¿O es que estás forzando la situación? Quizás quieras pescar un excedente del consumo masivo.

— Santo Dios —respondo—, la perdí.

Y él me dice:

—Pero yo no puedo fiarme solo de su palabra, faltaría más. Y es que si tú me hubieses proporcionado el certificado de que habías perdido una chancla en las cocheras del tranvía, entonces yo te entregaría el documento. Pero así sin más no puedo.

Yo le digo:

—Pues para eso me han enviado a usted.

Él me dice:

—Entonces escribe una solicitud.

Yo digo:

—¿Y qué tengo que escribir?

Él contesta:

—Escribe: la fecha en la que la chancla se extravió. Y así sucesivamente. Te daré, según parece, un atestado pendiente de resolución. 

Escribí la solicitud. Al día siguiente recibí un auténtico acuse de recibo.

Fui con el atestado al comité. Y allí, imagínense, sin más trámites ni formulismos, me entregaron mi chancla.

Solo cuando me calcé la chancla, sentí que me embargaba la emoción. Al fin, pienso, ¡un sitio en el que la gente trabaja! En cualquier otra parte, ¿habrían puesto un afán semejante, durante tanto tiempo, solo por mi chancla? Más bien se lo habrían quitado de encima, y asunto resuelto. Y he aquí en cambio, sin que transcurra una semana, me la devuelven.

Una cosa digna de lástima, en el transcurso de esa semana, con todo el trasiego, perdí la primera chancla. La llevé todo el rato, debajo del brazo, en una bolsa, y no recuerdo en qué sitio la dejé. Lo importante es que no ocurrió en el tranvía. ¿Es una causa perdida por no haber sucedido en el tranvía? Porque entonces, ¿dónde buscarla?

Y por eso tengo otra chancla. La he colocado en la cómoda.

La segunda vez se hace aburrida, le echas un vistazo a la chancla, y de alguna forma el ánimo se vuelve más ligero, libre de rencores.

He aquí, pienso, cómo funciona la famosa cancillería.

Conservo esa chancla de recuerdo. Para que nuestros descendientes se puedan mirar a la cara.

Savitski, el jefe de la Sexta División, se levantó al verme; quedé sorprendido ante la belleza de su gigantesco cuerpo. Se levantó, y con la púrpura de sus pantalones de montar, con su gorra carmesí ladeada, con las condecoraciones que le colgaban del pecho, cortó la isba por la mitad como corta un estandarte el cielo. Olía a perfume y a fresco y empalagoso jabón. Sus largas piernas parecían muchachas embutidas hasta los hombros en relucientes botas de montar.

Me sonrió, golpeó la mesa con la fusta y echó mano a la orden que acababa de dictar el jefe del estado mayor. Era una disposición dirigida a Iván Chesnokov para que avanzara en dirección Chugunov-Dobrivodka con el regimiento que tenía a su mando, y para que, al entrar en contacto con el enemigo, lo aniquilara…

… El cual aniquilamiento —empezó a escribir el jefe de la división embadurnando toda la hoja— confío a la responsabilidad del nombrado Chesnokov, responsabilidad sometida a las más extremas medidas que le aplicaría en el acto, circunstancia que vos, camarada Chesnokov, no podéis poner en duda, pues no es el primer mes que trabajáis conmigo aquí en el frente…

El jefe de la Sexta División firmó y rubricó la orden, la arrojó al ordenanza y volvió hacia mí sus ojos grises en los que burbujeaba cierto regocijo.

Le entregué el documento que acreditaba mi destino al estado mayor de la división.

—¡Cúmplase la orden! —dijo el jefe de la división—. Cúmplase la orden e inscríbasele en la lista de todos los placeres excepción hecha de los de abajo. ¿Sabes leer y escribir?

—Sí, sé leer y escribir —respondí envidiando aquella juventud férrea y florida—. Estudio jurisprudencia en la universidad de Petersburgo…

—Eres un niño bonito —exclamó riéndose—, con tus gafitas en la nariz. ¡Qué desmedrado! os envían sin encomendarse a Dios ni al diablo, y aquí os degüellan con lentes y todo. ¿Te quedas, pues, con nosotros?

—Me quedo —respondí, y me fui a la aldea con el furriel en busca de alojamiento.

El furriel llevaba a la espalda mi baulito. La calle del pueblo se extendía ante nosotros, redondeada y amarilla como una calabaza, mientras el moribundo sol exhalaba hacia el cielo su rosado hálito.

Nos acercamos a una casa de adornadas vigas. El furriel se detuvo, y de pronto, sonriendo con aire culpable, dijo:

—Tenemos aquí un buen hueso con lo de las gafas, y no hay forma de arreglarlo. A un hombre de todas prendas le sacan aquí de quicio. Pero deshonre usted a una dama, a la dama más pura, y verá cómo le aprecian los soldados…

Titubeó un poco con mi baúl sobre los hombros, se aproximó hasta casi tocarme, luego retrocedió desalentado y se dirigió rápidamente a la primera casa. Había unos cosacos sentados sobre el heno afeitándose unos a otros.

—Bueno, soldados —dijo el furriel dejando mi baúl en el suelo—. De acuerdo con las órdenes del camarada Savitski, tenéis la obligación de admitir a este hombre en vuestro alojamiento, sin hacer tonterías, pues se trata de alguien que ha pasado lo suyo en su oficio de estudiar…

El furriel se puso colorado y partió sin volver la cabeza. Apliqué la mano a la visera de la gorra y saludé a los cosacos. Un joven de lacios cabellos, con el hermoso rostro de los naturales de Riazán, se acercó a mi baúl y lo arrojó por la puerta hacia fuera. Luego volvió hacia mí sus posaderas y con gran habilidad empezó a emitir unos oprobiosos ruidos.

—Cañón número dos cero —le gritó el cosaco de mayor edad echándose a reír—, fuego rápido…

El joven agotó su poco complicado arte y se marchó. Entonces, arrastrándome por el suelo, empecé a recoger los manuscritos y las agujereadas prendas que se habían salido del baúl. Lo reuní todo y me lo llevé al otro extremo del patio. Junto a la casa, colocado sobre unos ladrillos, había un caldero en el que se cocía carne de cerdo. La vasija humeaba como humea en la lejanía la casa paterna en medio del pueblo, y enmarañaba mi hambre con una soledad sin parangón. Cubrí de heno mi destrozado baúl convirtiéndolo en almohada y me tendí en el suelo para leer en Pravda el discurso de Lenin al Segundo Congreso del Komintern. El sol caía sobre mí por entre las dentadas cimas de las colinas, los cosacos pisaban mis piernas al pasar y el joven se burlaba de mí incansablemente. Mis líneas predilectas venían por un camino de abrojos y no podían llegar hasta mí. Entonces dejé a un lado el periódico y me acerqué a la patrona, que estaba secando hilazas en el porche.

—Patrona —dije—, necesito comer…

La vieja levantó hasta mí sus ojos ciegos, de difuminado blanco, y volvió a bajarlos de nuevo.

—Camarada —repuso después de un silencio—, estas cosas me dan ganas de ahorcarme.

—A Dios Nuestro Señor voy a colgar, madre —murmuré entonces con disgusto, y empujé a la vieja poniéndole el puño en el pecho—. Cómo voy a meteros en la cabeza…

Y al volverme vi un sable abandonado en el suelo no lejos de allí. Un ganso de aire severo vagaba por el patio y se limpiaba imperturbablemente las plumas. Lo alcancé y lo aplasté contra el suelo. La cabeza del ganso crujió bajo mi bota; crujió y empezó a sangrar. El blanco cuello quedó extendido sobre el estiércol y las alas se juntaron por encima del ave muerta.

—¡Ahorcaré a Dios Nuestro Señor, madre! —exclamé atacando al ganso con el sable—. Cuécemelo, patrona.

La vieja, echando destellos por sus ojos cegatos y por sus lentes, recogió el ganso, lo envolvió en el delantal y se lo llevó a la cocina.

—Camarada —dijo después de una pausa—, siento deseos de ahorcarme. —Y cerró tras sí la puerta.

En el patio, los cosacos se habían sentado alrededor de su caldero. Estaban inmóviles, tiesos como viejos magos, sin mirar al ganso.

—Este chico nos conviene —dijo uno de ellos refiriéndose a mí. Guiñó y sacó una cucharada de sopa de coles.

Los cosacos empezaron a cenar con la reservada elegancia de los mujiks que se respetan mutuamente. Yo limpié el sable con arena, salí al portal y volví a entrar consumido de impaciencia. La luna pendía sobre el patio como un arete barato.

—Hermano —me dijo de pronto Surovkov, el mayor de los cosacos—, siéntate a comer con nosotros mientras tu ganso se cuece…

Sacó de la bota una cuchara de recambio y me la entregó. Nos tragamos aquella sopa de col y nos comimos la carne.

—¿Y qué dicen los periódicos? —preguntó el joven de los cabellos lináceos haciéndome sitio.

—Lenin escribe en el periódico —dije sacando Pravda—. Lenin escribe que nos falta de todo…

Y con voz fuerte, cual sordo triunfante, leí a los cosacos el discurso de Lenin.

La tarde me envolvió en la vivificante humedad de sus sábanas crepusculares. La tarde aplicó su mano maternal a mi ardorosa frente.

Leía y me entusiasmaba, pero en medio de mi entusiasmo seguía con atención la misteriosa curva de la recta leninista.

—La Verdad cosquillea las narices de cualquiera —dijo Surovkov cuando hube terminado—, mas es difícil sacarla del montón, mientras que él la pilla al instante, como la gallina el grano.

Esto dijo de Lenin, Surovkov, jefe de destacamento en el escuadrón del estado mayor. Luego nos fuimos a dormir al henil. Dormimos allí los seis, dándonos calor unos a otros, con las piernas entrelazadas bajo aquel techo agujereado que dejaba pasar las estrellas.

Soñé, y vi mujeres en mi sueño, pero mi corazón, manchado por el asesinato, crujía y sangraba.


*Este cuento fue publicado en Caballeria roja y otras obras, RBA Libros, 2011.

Cuando la escotilla se cerró bruscamente sobre su cabeza y se amortiguaron las voces de todos los que se quedaron arriba, Charles Darwin bajó cautelosamente por la escalera. Con un brazo se aferraba a la barandilla, pulida por un sinfín de manos, mientras que en el otro sostenía un candelabro con una gruesa vela de cera. Al bajar los últimos y chirriantes peldaños de la escalera, se soltó de la barandilla y avanzó con tiento.

Ya habían limpiado el suelo. La vela proporcionaba la luz suficiente como para distinguir los desvencijados paneles de las paredes, un barril de aspecto pegajoso, varias patatas esparcidas por el suelo y largas hileras de cajas idénticas que se adentraban en la creciente penumbra. Las cajas se erguían a ambos lados de la pasarela en diferentes filas, y estaban amarradas a la pared con gruesas cuerdas. Varios pasos más allá de la penumbra flotaban unos barriles de vino y una pila de fardos apilados contra la pared. Se ensanchó la pasarela. Más adelante, al parecer, había un poco de movimiento. Darwin se encogió y retrocedió, pero captó al vuelo lo que sucedía: de la penumbra emergió una corriente de aire, las llamas de las velas temblaban e inmediatamente detrás de ellas oscilaban las sombras: parecía que algo se agitaba por delante.

Cuando ya no había más cajas a los lados, Darwin dio con una habitación bastante amplia, cuyas esquinas estaban ocupadas por diferentes cachivaches: trozos de lona, calderas de carbón y tablas apiladas en franco desorden. Un trozo de cuerda se balanceaba suavemente justo delante de su cara. Darwin alzó el candelabro y miró al techo: en sus rústicos tablones había un enorme garfio enroscado, al que habían atado una cabellera. Esquivando concienzudamente la cuerda, Darwin dio varios pasos por el suelo, inestable, y se detuvo junto junto a la mesa y el banco, que se erigían junto a la pared.

Alrededor olía a moho y ratones, pero el olor tampoco era desagradable y no tardó en crear una apariencia de confort. Por su parte, un palo y una cesta cubierta con una tapa de mimbre se apoyaban contra la pared. Ambos se habían quedado en el mismo sitio donde los había dejado la noche anterior. Arremangándose los largos faldones  de la levita, Darwin se sentó en el banco, dejó la vela sobre la mesa y, meditabundo, clavó sus ojos en la penumbra.

¿Acaso no es esta oscuridad — pensó él, mirando alrededor los bordes salientes de los objetos y sus sombras— la misma por la que vaga la inteligencia humana? ¿Acaso no es justamente así como nosotros arrancamos de las tinieblas de la ignorancia un par de paralelismos accesibles para nuestra razón, sobre los que luego intentatamos trazar un mundo a medida de nuestro limitado entendimiento? He aquí ese barril, he aquí la caja que se encuentra su lado, pero del hecho de que ahora mismo los vea no se desprende que seguirá habiendo barricas y cajas allá donde yo vaya… Porque, ¿qué pintan aquí las cajas? Las cajas no pintan nada, y toda esta cuestión no va con ellas… sino con Lamarck, quien confiere mecánicamente a la naturaleza una de las funciones de la conciencia humana: De manera que él habla de una tendencia un tanto abstracta de la vida a perfeccionarse a sí misma. No obstante, si éste fuera el principal motivo de la evolución y de los cambios del mundo natural, tal y como Lamarck reivindica, entonces todos los seres se perfeccionarían en la misma medida. Y sin embargo, lo que vemos es muy diferente: cómo una especie da paso a otra, y luego una tercera reemplaza a esta última. Sin ir más lejos, ayer constatamos que es precisamente el entorno en el que se desarrolla la vida lo que ejerce sobre ésta una influencia decisiva. ¿Pero de qué manera? ¿Por qué una especie muere mientras que otra se multiplica? ¿Qué es lo que dirige este majestuoso proceso? ¿Qué fuerza impulsa a la vida a cobrar nuevas formas? ¿Y cómo hallar armonía en algo que a primera vista parece un caos total y absoluto?».

Su Breguet de bolsillo hizo sonar imperceptiblemente algunas notas de la obertura a Roberto el Diablo y Darwin volvió en sí. Como de costumbre, sus ideas le llevaban lejos, muy lejos. Tanto, que cuando abrió los ojos, no supo inmediatamente dónde se encontraba ni tampoco con qué fin había ido a parar allí.

«Por trabajo — penso— . Empezaremos donde lo dejamos ayer».

Incorporándose, se acercó a la pared, tomó un palo, lo levantó por encima de su cabeza y golpeó el techo con fuerza hasta en tres ocasiones. Pasó un segundo, y del otro lado respondieron con tres golpes idénticos. Entonces Darwin golpeó una vez más y dejó el palo en su sitio. Luego se quitó la levita y la colocó con esmero sobre la mesa. Seguía vistiendo un grueso chaleco negro de cuero, profusamente cubierto de tachuelas de acero. Una vez aflojados los cordones del pecho, Darwin se alejó de la mesa y empezó a mover los brazos y saltar para, tal y como es perceptivo, calentar sus músculos antes del experimento. Pero apenas le quedaba tiempo para la gimnasia: de la oscuridad llegó el crujido de la escotilla abierta, entre voces y gruñidos sordos de amenaza;  un segundo después, en la pasarela por donde acababa de salir, se apagó la luz. Acto seguido, se cerró bruscamente la escotilla, y de nuevo se restablecieron la oscuridad y el silencio.

Pasaron varios minutos, durante los cuales Darwin permaneció de pie, inmóvil junto a la mesa, escuchando con atención. Por fin, fuera de la zona iluminada se oyeron ruidos de arrastre: allende trasladaban algo pesado. Luego crujieron las tablas, se oyó un sonido lejano, parecido a una risa, y por la pasarela rodó rápidamente un barril, directo a los pies de Darwin. Éste se rió y se hizo a un lado. El barril le pasó rozando como una exhalación, chocó contra los sacos de harina y se detuvo.

Y de nuevo se hizo el silencio. De repente, un objeto contundente le golpeó en el pecho a Darwin y rebotó. Darwin se hizo a un lado de un salto y vio una patata enorme que se había caído al suelo. Desde detrás de las cajas voló otra patata y le golpeó en el hombro. Darwin dio un paso adelante, con un movimiento amplio embutió sus piernas en unas altas y pesadas botas, se inclinó y silbó con fuerza. En LA pasarela se dejó ver una figura difusa que agitaba una mano larga… y otra patatata más voló muy cerca de su oreja. Darwin recogió una de las patatas del suelo, apuntó y con todas sus fuerzas la lanzó al centro mismo de la esquiva silueta

En medio de la oscuridad se hizo ostensible un bramido resentido que desembocó en sollozos ahogados, y a Darwin le salió al encuentro una enorme sombra peluda. Ésta, gruñendo amenazadoramente, dio un paso hacia delante y se detuvo  en el borde mismo del espacio iluminado. Ahora era completamente visible. Aunque este espectáculo le era a Darwin enormemente familiar, sin darse cuenta, dio un paso atrás.

Ante él, apoyando sus largos brazos en el suelo, se erguía un viejo orangután. Su testa, angulosa en la coronilla y con un hocico prominente, recordaba a la cabeza de un bebé deforme que se hubiese llevado demasiada comida a la boca; sus rugosos labios estaban hinchados; su nariz era plana y sombría, y sus ojos, completamente humanos, miraban con desdén y desidia. Por encima de la cintura parecía un abotargado amante de la cerveza, cliente asiduo de los pubs de Edimburgo, que se había quitado la camisa por el calor. En su casi imberbe pecho destacaban unos fuertes pliegues, semejantes a unos pechos femeninos flácidos; este parecido lo subrayaban los grandes pezones oscuros, pero Darwin sabía que en los músculos de acero del animal no había ni una sola onza de grasa. Algo femenino había también en las trencitas cobrizas y largas, en las que había entrelazados varios mechones gruesos de pelo que crecían a los lados de un cuerpo poderoso, así como en las fuertes caderas anchas y la tripa que sobresalía hacia delante.

El orangután apartó las manos del suelo y aporreó el suelo con ambos puños. Darwin respondió golpeando con el pie, volvió a silbara y salió a su encuentro. Sus ojos se encontraron, y Darwin sintió que el simio lo entendía todo a las mil maravillas. En cambi él no sabía de qué forma su primitiva receptividad podría aprehender la esencia de lo que allí sucedía. De todas formas notaba que el gorila, tanto como él mismo, estaba listo para la batalla final: una batalla feroz y despiadada por la existencia en este mundo cruel. Darwin entendió todo esto con señales es absolutamente claras para su mirada de experto.

El corto cuello del simio se estremeció y, como si había protegido sus pliegues más profundos, el asunto se alargó. Como siempre, en los momentos de mayor agitación, el orangután hinchó la cavidad de la garganta. A veces Darwin se cubría los párpados por espacio de un segundo, emitía sonidos ahogados como un «oh” y movía las piernas; así, el peso de su robusto cuerpo descansaba sobre las manos, apoyadas en el suelo. Acercándosele lentamente al orangután, Darwin miró directamente sus patas, y cuando éstas fueron a levantarse del suelo, se sentó bruscamente sobre ellas.

Entonces, una enorme pata cayó sobre su cabeza, pero no agarró nada más que vacío. Darwin estaba ya muy cerca. Se sentó con la espalda recta y, sin esperar a que el simio intentase agarrarlo de nuevo, le empujó el pecho mientras resoplaba. El orangután perdió el equilibrio en el acto, agitó los brazos con torpeza, y Darwin le asestó un corto y preciso puñetazo sobre su nariz oscura y plana.

El orangután cayó al suelo, pero inmediatamente se levantó de un salto.

—Oh —murmuró.

Darwin silbó, y el simio le rodeó corriendo, evitando sin embargo acercársele demasiado. Él mientras se desplazó apoyando las manos en el suelo, y lanzó lejos las cortas y peludas piernas. Darwin le siguió con una fría sonrisa, girando sobre su eje para mantenerse en todo momento de cara al orangután. El orangután se detuvo, arrancó las zarpas del suelo y se golpeó fuertemente en el estómago con sus largas manos oblongas.

—Oh, —logró sostenerse una vez más y abrió los brazos.

Darwin saltó rápidamente en su pecho, y ambos cayeron al suelo. Sus dedos oprimieron la garganta rugosa del simio, y las piernas semiencorvadas rodearon tenazmente su vientre abultado. El orangután intentaba darse la vuelta y varias veces le sacudió fuertemente por debajo, pero Darwin se mantuvo  en lo alto y apretó los dedos con más fuerza. Durante algún tiempo las patas del simio lo golpearon a ciegas y someramente por los lados. Luego, de repente, se aferraron a sus patillas: al parecer el mono también quería agarrarlo por la garganta, pero con astucia. Darwin apoyó su barbilla en el pecho. El orangután  concentró su fuerza en las patillas y tiró de ellas hacia sí, presionando prácticamente el rostro de Darwin contra su testa.

Durante un tiempo el simio y el hombre yacieron inmóviles, y tan solo su rápida y ronca respiración rompía el silencio.

«La naturaleza, en esencia —pensó Darwin, haciendo una mueca por el olor pestilente de las fauces del animal—, es única. Es un solo organismo enorme, en el que diferentes seres y especies desempeñan la función de los diferentes órganos o células. Y aquello que, si se observa superficialmente, puede paracer una lucha antagónica por la vida, no es sino la autorenovación de este organismo, un proceso parecido al que ocurre en cualquier ser vivo cuando las células viejas caducan y parece como si rechazaran a las nuevas que emergen en su lugar. ¿Qué es un ser independiente desde el punto de vista de la especie? ¿Y qué supone la pervivencia de la especie desde el punto de vista del medio natural? ¡Un espejismo!».

Los dos cuerpos no se movieron, y un par de ojos clavó la mirada en el otro. Dos existencias se habían encontrado, entrelazándose en algo similar a un abrazo pasional, y tan sólo una de ellos podría vencer y seguir adelante. En cambio la otra, peor adaptada y por lo tanto indigna de existir, tenía que morir y convertirse en alimento para la miríada de criaturas grandes, pequeñas y completamente imperceptibles para el ojo humano, a las que también aguardaba una pelea mortal por cada partícula de carroña.     

«Así pues,—pensó Darwin recobrando fuerzas para el último asalto— incluso la lucha feroz entre dos seres vivos no es más que la interacción entre dos partículas dentro del conjunto de la existencia, una especie de reacción química. De hecho, somos uno, somos células de un ser inmortal que se devora incesantemente a sí mismo, al que llamamos Vida. La naturaleza no distingue a los individuo-o-os».

El orangután se retorció, arqueó la espalda y de repente dos gemidos de odio se fundieron en un alarido transversal, repleto de sufrimiento y amor a la vida. Por unos instantes hubo “un” cuerpo de cuatro brazos y cuatro patas; hasta el punto de que era imposible decir dónde empezaban el torso y las extremidades de cada uno. La garganta repelió la mano y los dedos sueltos arrancaron un mechón de pelo. Un trémulo torso se superpuso contra otro; crujieron las costillas, castañearon los dientes y varios colmillos se desenvainaron. Mientras escupían, el aire borboteaba  por la garganta y los talones chocaban veloces contra el suelo. Cada célula muscular, rígida por la tensión, entró en un combate letal y se esforzó por dar toda la fuerza que llevaba acumulada, como si sintiese que una ocasión así podía no volver a presentarse jamás. Las potentes caderas se doblaron hasta la ingle, la pelvis se abombó, una rodilla peluda presionó en la barriga reblandecida y los gemelos tiraron  longitudinalmente el uno del otro. Finalmente, se ensancharon los orificios nasales y cayó una lengua azul, cubierta de ampollas.

Durante un tiempo, dos voluntades antagónicas oscilaron en equilibrio, pero la suerte estaba ya echada: una de ellas vaciló, sucumbiendo, reculó y se desmoronó bajo el ímpetu de la segunda. Pasaron unos segundos, y dos de los cuatro ojos, velados por la bruma de la indiferencia, comenzaron a empañarse lentamente.

Darwin volvió nuevamente en sí, sacudió la cabeza, distendió los dedos sobre aquella enorme garganta, y se puso en pie con parsimonia. Le crujía todo el cuerpo: le dolía la uña arrancada de su mano derecha y le molestaba la contusión en la rodilla, pero todo ello no tenía comparación con el sentimiento que emergía desde las profundidades de su corazón, reanimando gradualmente su mente. Con mano temblorosa, Darwin se quitó del pecho los despojos que se le habían adherido.

«Siempre debemos ver el triunfo de la vida sobre la máscara del sufrimiento y la muerte —pensó—. A fin de cuentas, no existe la muerte; tan sólo existen las contracciones del parto que preludia el nacimiento de un mundo renovado y mejor. En eso Lamarck tiene toda la razón».

Miró a su alrededor y todos los diferentes cachivaches circundantes (las cajas, los fardos y las patatas tendidas en el suelo) cobraron una nueva presencia; así, cada artículo estaba ungido por el éxtasis de la victoria y destapaba candorosamente la belleza que se escondía en él, como una virgen que se retirase el velo de la cara ante el guerrero que la había conquistado. ¡El mundo era tan hermoso….!

Con las piernas rígidas por la reciente escaramuza, Darwin volvió lentamente hacia la mesa iluminada con una vela, y se sentó en el banco. Hacía tiempo que no se le ocurría ninguna idea nueva. Luego se miró su puño, velludo y lleno de arañazos, y se acordó de Lamarck.

«Pero aún así —pensó— la clave no está en que la naturaleza aspire conscientemente a la perfección. Vemos que hay una selección, y los peor adaptados dan paso a los que se adaptan mejor. Por eso, una especie reemplaza a otra, expandiéndose en su hábitat. Pero surge una pregunta: ¿qué en concreto es lo que determina el grado de adaptación? ¿La fuerza?»

Darwin observó nuevamente su propio puño. En la parte posterior de la mano tenía un tatuaje que esbozaba tres coronas y un libro abierto entre ellas, en cuyas páginas destacaban en azul las siguientes palabras: «Dominus illuminatia mea». Entre «Dominus» e «illuminatia», bajo la piel, latía velozmente una vena azulada.

«No, —pensó Darwin—Si no fuese más que la mera fuerza física, entonces  tan sólo los elefantes y las ballenas poblarían la tierra. Se trata de otra cosa sin duda. ¿Pero de qué? ¿De qué? A veces estoy tan cerca de la solución…».

Pasó mucho tiempo absorto en sus reflexiones, rodeando con los brazos la enorme cadavera. Poco a poco, la llama de la vela se consumía sobre la mesa, al tiempo que se derretía la cera. Mientras tanto, se podía oír a los invisibles ratones. Darwin reflexionó durante largo tiempo. Su imponente figura estaba completamente inmóvil y parecía una estatua.

Finalmente se movió, se puso de pie, agarró el palo apoyado en la pared y golpeó cuatro veces en el techo. Inmediatamente llegaron otros cuatro golpes como respuesta, y Darwin golpeó el techo una vez más. Mientras colocaba el palo en su sitio, se inclinó hacia la cesta, levantó la tapa enlazada y sacó dos plátanos verdes de ésta. Metiéndolos en los bolsillos de los pantalones negros anchos, se desató definitivamente el cordón que ceñía el chaleco, se lo pasó por la cabeza y lo arrojó sobre la mesa, junto a la levita.

Cuando la escotilla invisible se cerró, desde la pasarela, por entre las cajas, se notó el chirrido de las tablas al son de unos pasos acolchados, aunque también pesados. Darwin ya estaba listo. Esta vez ningún tubérculo voló sobre él: el nuevo invitado se comportaba, puesto que no armaba ningún revuelo. Avanzaba sin tocar el suelo con las manos, y se movía con seguridad e impaciencia.

En el haz de luz apareció un enorme gorila, cubierto uniformemente de pelo negro corto. Tan sólo la cara y las manos estaban desnudas, por lo que recordaba a un gigante embutido en unas mallas oscuras. De repente Darwin se sintió pequeño y débil: sus hombros eran casi igual de amplios, pero él medía una cabeza menos.

«Así pues, —pensó él, tragando saliva y apoyando firmemente los pies en el suelo en el suelo vacilante— la clave no está en la fuerza bruta. ¿Y qué es lo que determina entonces la selección natural? ¿Tal vez la adaptación a las condiciones   para la subsistencia? ¿La capacidad para hacer el mejor uso de las posibilidades del medio?»

Dio un paso hacia el gorila. Sus ojos pequeños, clavados profundamente en el cráneo, miraban desde debajo de los superciliares con cautela, pero sin miedo; su nariz era como una monstruosa cicatriz, y solamente las orejas eran completamente humanas. Darwin vio una de ellas cuando el gorila volvió la cabeza para mirar el cadáver de su predecesor.

La visión del cadáver le alteró al gorila. Éste gruñó discretamente, tal y como hacen los perros, exhibió sus enormes colmillos y trasladó su mirada a Darwin. No había tiempo que perder.

Darwin dio dos pasos rápidos hacia adelante, se arrancó  del suelo con todas sus fuerzas y con el salto agarró la cuerda enrollada al techo. Su cuerpo se inclinaba hacia delante como un enorme péndulo y, cuando no le quedaba más que una yarda para tocar al desprendido y miedoso gorila, le golpeó en tromba con ambos talones, directamente en su amplia jeta impasible; el animal intentó cubrirse y protegerse en el último momento, pero no llegó a tiempo.

El golpe fue terrible. El gorila retrocedió, perdió el equilibrió y se desplomó bruscamente sobre el suelo. Evidentemente, se había quedado sordo: una vez caído, intentó yacer inmóvil. Darwin saltó levemente al suelo y se acercó hacia él.

«Y entonces, ¿en qué consiste la adaptación? —pensó él— ¿Qué es lo que determina el grado de adaptación del ser a la vida en uno u otro medio? ¿Su capacidad   supervivencia? Pero entonces tenemos un círculo vicioso: la adaptación determina la capacidad de supervivencia, y la capacidad de supervivencia determina la adaptación. No. He perdido el hilo de este razonamiento lógico…»

Entonces retiró la pierna para patear, pero en este mismo momento el gorila abrió los ojos, se arrancó del suelo con sus patas delanteras y apretó la quijada sobre la bota izquierda de Darwin. Afortunadamente, éste logró retirar la pierna, y los dientes del animal se hundieron en la suela, probando el espeso  acero de la herradura. Darwin se precipitó hacia atrás, y la bota se soltó de su pie. El gorila se levantó de un salto y, trabajando con sus manos y la mandíbula, en unos pocos segundos convirtió la bota en una masa informe de piel deshecha. Sacudiéndola a un lado, dio un paso hacie el científico, gruñó, estiró las piernas hacia adelante, y el pelo ondulado de su cabeza se le puso de punta.

«Sí, —pensó Darwin—, tal vez la clave esté en que las leyes de la naturaleza, aunque sean comunes, se manifiesten con diferente intensidad en la vida de cada especie. Es decir, que se de como una especie de interacción de diferentes patrones, ¡cuya suma determina el resultado de la selección natural!»

—¡R-r-r-r! —exclamó Darwin.

Darwin sacó de su bolsillo un plátano, lo balanceó delante del hocico del gorila y lo lanzó hacia el techo. El simio levantó la cabeza y subió las manos hacia arriba, intentando agarrar el plátano. No obstante, en ese momento, Darwin le golpeó tomando impulso, y llevó el talón de su pie descalzo a su tripa indefensa. El gorila sollozó y se encorvó, y luego un potente gancho de derecha la tiró de vuelta al suelo: se desplomó sobre el pecho, y Darwin, sin perder tiempo, cayó sobre su espalda y le agarró la garganta, rodeándola con la mano.

«La inteligencia, —pensó mientras apretaba sobre su presa las tuercas de acero con más y más fuerza,— o quizás incluso aquello que precede al intelecto: he aquí el factor capaz de aumentar las posibilidades de la especie peor adaptada físicamente en la lucha por la supervivencia…»

Pero la lucha por la supervivencia no había hecho sino comenzar. Una vez recuperado de la conmoción por haber caído al suelo, el gorila gruñó y trató de volverse sobre su espalda. Darwin desplegó ampliamente las piernas, para aumentar su zona de apoyo, y redobló sus esfuerzos. En la garganta del gorila algo regurgitó, y éste entonces llevó su enorme pata hacia atrás. Darwin vio una mano arrugada que aparecía y desparecia como un destello por su misma cara, con los dedos intermedios conectado por una membrana coriáceo, que lo agarró de la pequeña coleta, compuesta de pelos trenzados sobre la cerviz. Los ojos de Darwin se oscurecieron de dolor y aflojó la presión. El gorila lo aprovechó de inmediato y, con un fuerte rugido, se puso de costado. Ahora, Darwin tuvo que ejercer toda su fuerza para mantenerlo en su sitio; al orangután le convenía girar un poco más, y Darwin estaría completamente indefenso ante sus temibles dientes.

Darwin gimió y sintió que estaba perdiendo el conocimiento. Ante sus ojos, se batía una ola rojiza. Luego, de repente vio claramente, como en un grabado polícromo, un edificio de tres plantas situado a la orilla del río, cubierto de hiedra casi hasta el techo; era la casa de Shrewsbury donde había pasado su infancia. Vio su cuarto lleno de cajitas con colecciones de conchas y huevos de aves, y luego se vio a sí mismo de pequeño, con una pequeña levita incómoda y estrecha, vagando por la playa durante las horas de marea baja, contemplando los moluscos y peces que habían arrojado las olas. Entonces vio el rostro a todas luces inspirado del profesor Grant, su primer maestro, hablando de las formas larvarias de sanguijuelas y briozoos, y luego aparecieron otros rostros, extrañamente vivos, a los que sólo había visto retratados: – el de su abuelo Erasmus, quien murió siete años antes de su nacimiento, Carl Linnaeus, Jean-Baptiste Lamarck, John Stevens (e inmediatamente recordó la firma bajo el dibujo de un raro escarabajo, en su libro sobre los insectos británicos: «atrapado por Charles Darwin»). Y todos estos personajes lo miraban esperanzados, pues esperaban que él, encontraría en su interior las fuerzas para vencer y continuaría el trabajo iniciado por ellos; todos ellos, atravesando la penumbra de los años y millas, le enviaban su apoyo y ayuda.

«No tengo derecho a morir —pensó Darwin— . Todavía no sé lo más importante… Yo no me puedo morir ahora»

Éste, con un esfuerzo sobrehumano, tensó todos los músculos de su fornido cuerpo, retorció con el brazo hacia abajo la garganta del simio y oyó el leve chasquido de sus cervicales. Inmediatamente, el gorila se debilitó ante su vigorosa  presión, pero durante un tiempo Darwin no pudo soltar a su presa y se tumbó sobre ella, recobrando así el aliento.

«Sí, —pensó él—, no sólo interviene el intelecto, sino también la voluntad. La voluntad de vivir. Tengo que reflexionar tranquilamente sobre todo esto».

Incorporándose, se acercó lentamente a la mesa, se colocó la levita sobre los hombros y tomó un candelabro con una vela que se extinguía poco a poco. Le sangraba su pecho arañado, le dolía una pierna y le molestaba una contractura en el cuello, pero Darwin, era feliz. La verdad estaba varios pasos más cerca y su majestuosa luz, que aún no brillaba, pero era claramente visible, admiraba a su alma. Darwin pasó por encima de un gorila muerto, evitó las piernas obscenamente arrellanadas del orangután y se dirigió a la salida.

Cuando la escotilla de cubierta principal se abrió, la luz del sol cegó a Darwin. En vano intentó parpadear durante un tiempo, mientras se aferraba a la barandilla;  más tarde, una mano respetuosa vino en su ayuda y le ayudó a ponerse a levantarse en cubierta.

Darwin se cubrió la cara con una mano. Cuando ya sus ojos se habían  acostumbrado un poco a la luz, abrió los párpados y vio la superficie azul clara del infinito océano, sobre la que se suspendían ejemplares de pájaros blancos. A lo lejos, detrás de la pared baja de la borda, a través de la extraña red de jarcias que subían a lo alto, se divisaba la verde orilla de alguna isla desconocida. Entonces, si él por todo esto se quedaba demasiado abajo, se levantaba para estar arriba y ver.

— ¿Está usted bien, Sir Charles? –sonó al oído la voz del capitán.

— No me llames “Sir”, —farfulló Darwin— Por el amor de Dios.

—Créame —dijo solemnemente el capitán— Tanto para mí como para toda la tripulación del bergantín “Beagle'”, es un gran honor acompañarle en este viaje.                                   

Darwin agitó débilmente la mano. Como para confirmar las palabras del capitán, en la proa retumbó un cañón, y una larga bocanada de humo blanco se propagó por el agua. Darwin alzó la vista. A ambos lados, estaban dispuestos los marineros en filas idénticas: habían reunido a casi toda la tripulación. Decenas de ojos lo miraron con afecto. Cuando el subcapitan —en pie con el uniforme de gala y liderando la formación— empuñó el sable por encima de la cubierta, un ensordecedor «hurra» se abrió paso por el mar.

—Yo ya se lo he pedido, —dijo Darwin.— En serio, me resulta embarazoso.

—Usted es el orgullo de Gran Bretaña —dijo el capitán—. Todos estos hombres hablarán de usted a sus nietos.

Darwin, apabullado y con el ceño fruncido, miró de reojo a la formación de marineros y avanzó por la cubierta. A su lado, intentando no quedarse atrás, iba el capitán y corría luego el contramaestre con sus guantes blancos, sosteniendo en las manos un cubo de champán helado. Un viento húmedo desabrochó primero los faldones de su levita para luego refrescar agradablemente el pecho desnudo Darwin.  Así fue cómo éste sintió que recobraba rápidamente las fuerzas.

—¿En qué está pensando?  —preguntó el capitán. 

—Pienso en… ¡Ay Dios, dígales que dejen de gritar…! 

El capitán hizo un gesto con la mano, y cesaron los ensordecedores «hurras».

—Pienso en mis estudios —dijo con sequedad Darwin.

—Créame, Sir Charles —dijo el capitán—: cuando yo me imagino las alturas y abismos sin fondo que recorre vuestro irreductible pensamiento, me siento incómodo. Sé que vuestras ideas pueden ser inaccesibles para un simple oficial de Su Majestad. Pero tampoco me considero un completo ignorante. Yo también estudié en Oxford en mi época…

El capitán, con un movimiento rápido, se arremangó la levita y le enseñó a Darwin un tatuaje: tres coronas azules que se extendían y. abierto entre ellas, un libro con un epígrafe familiar. La mirada de Darwin se tornó más amable.

—Yo estudié en Cambridge, —dijo él— pero no se trata de eso. Estoy reflexionando sobre la existencia. Existir es algo tan hermoso, ¿no es cierto? Pero sólo la lucha es capaz de convertir esta alegría en algo tangible. Una lucha despiadada y cruel, por el derecho a respirar este aire, contemplar este mar y estas gaviotas… ¿Me comprende?

Levantó los ojos hacia el capitán. El capitán asintió pensativo, como un hombre que todavía no entiende el sentido de las palabras que le iban llegando, pero las memoriza cuidadosamente para darse cuenta de su significado más adelante, después de repetírselas a sí mismo varias veces. Sus ojos se encontraron, Darwin levantó la mano para colocarla en el hombro de su interlocutor, y de repente los ojos del capitán se mudaron de color: la atención reverencial que se percibía en ellos se convirtió en un miedo casi físicamente palpable. Darwin sonrió con tristeza y dejó caer la mano. Por enésima vez, sintió el muro que lo separaba de los demás, los ajetreados habitantes de la vida cotidiana, entre los que resultaba tan difícil vivir, inscrito en la eternidad y la historia.

A fin de no incomodar al capitán, Darwin dirigió la mirada a las largas filas de  jaulas que había en la popa. De entre ellas, le miraban inexpresivos decenas de enormes primates; unos sostenían las patas tras los barrotes, varios se habían sentado a la turca y otros se movían somnolientos.

Al meterse la mano en el bolsillo, Darwin notó algo pegajoso y húmedo, y extrajo un plátano machacado, hecho papilla, con un par de pelos rojinegros incrustados. Lanzó el plátano por la borda y se volvió hacia el capitán.

—En una o dos horas suelte a los nuevos —dijo él—: creo que dos más son suficientes por hoy. Y ahora…

—¿Un poco de champán? —preguntó el capitán, dominándose a sí mismo.

—Se lo agradezco, —dijo Darwin— muchas gracias, pero tengo que trabajar. Y si le soy sincero, me duele terriblemente la cabeza.

Una borrachera inesperada

Un buen día Antonina Alekséyevna atizó a su marido con un sello administrativo y le embadurnó la frente con tinta de estampar.   

Un íntimamente ultrajado Piotr Leonídovich, marido de Antonina Alekséyevna, se atrincheró en el baño y no dejó entrar a nadie.  

No obstante, los inquilinos del piso comunal, que tenían una acusada necesidad de pasar allí donde se había instalado Piotr Leonídovich, decidieron forzar la cerradura de la puerta.

Viendo que la suya era una empresa destinada al fracaso, Piotr Leonídovich salió del baño y, de vuelta a sus dominios, se tumbó en  la cama.

Pero Antonina Alekséyevna decidió perseguir a su marido hasta el final. Así que agarró unos trocitos de papel y roció con ellos a Piotr Leonídovich, que seguía tumbado sobre la cama. 

Un furibundo Piotr Leonídovich salió despedido al pasillo y allí mismo se puso a arrancar el empapelado. 

En ese momento salieron corriendo los inquilinos y, al ver lo que estaba haciendo el infeliz Piotr Leonídovich, se abalanzaron sobre él y le arrancaron el chaleco que llevaba puesto. 

Así las cosas, Piotr Leonídovich se dirigió a toda prisa al comité de la vivienda. Mientras tanto, Antonina Alekséyevna se desnudó y se escondió en un arcón. Diez minutos después volvió Piotr Leonídovich, que traía consigo al administrador del piso. Como no veía a su mujer en la habitación, el administrador y Piotr Leonídovich decidieron aprovechar el campo libre y echar un traguito de vodka. Así que Piotr Leonídovich se dispuso a salir a la vuelta de la esquina a por dicho brebaje.

En cuanto Piotr Leonídovich se fue, Antonina Alekséyevna salió reptando del arcón y compareció ante el administrador en cueros. 

Un noqueado administrador pegó un bote en la silla y corrió hacia la ventana pero, al ver la imponente constitución de la joven de veintiséis años, entró de repente en un éxtasis salvaje.

En ese mismo momento volvió Piotr Leonídovich con un litro de vodka.                                      

Al ver lo que se estaba fraguando en su habitación, Piotr Leonídovich frunció el ceño.

No obstante, su cónyuge Antonina Alekséyevna le enseñó su sello administrativo, y Piotr Leonídovich recobró la calma. 

Antonina Alekséyevna manifestó su deseo de tomar parte en la ingesta, aunque obligatoriamente desnuda y, para más inri, sentada sobre la mesa sobre la que planeaban servir el aperitivo con el vodka. 

Los hombres se sentaron en las sillas, Antonina Alekséyevna sobre la mesa, y comenzó la ingesta.

No se puede calificar de higiénico el hecho de que una joven desnuda esté sentada sobre una mesa donde hay comensales. Para colmo, Antonina Alekséyevna era una mujer con curvas y no precisamente escrupulosa… así que sólo el diablo sabe lo que pudo pasar allí.

Muy pronto, sin embargo, se emborracharon todos y se quedaron traspuestos: los hombres sobre el suelo y Antonina Alekséyevna sobre la mesa.Y en el piso comunal se restableció el silencio. 

22 de enero de 1935

La cajera

Encontró Masha una seta, la arrancó y se la llevó al mercado. En el mercado, a  Masha le dieron en la cabeza, y encima le prometieron que le darían una buena tunda por todas las piernas. Masha se asustó y dio marcha atrás. Corrió Masha hacia una cooperativa y quiso allí esconderse tras la caja registradora. Pero el encargado la vio y dijo: ¿qué es eso que llevas en las manos? Y Masha le dijo: “una seta”. El encargado le dijo: ¡menuda listilla! ¿Quieres que te enderece y te ponga a trabajar aquí mismo? Masha repuso: Tú a mí no me mandas. Y el encargado: ¡Ya verás si mando! —y le puso a Masha a hacer girar la caja registradora.

Masha giró y giró la manivela…hasta que se murió de repente. Vino la policía, elaboró un informe y  le ordenó al encargado que pagase una multa de 15 rublos.

El encargado dijo: ¿Pero por qué me multan? Y la policía le respondió: “por asesinato”. El encargado se amedrentó, pagó corriendo la multa y dijo: “pero entonces os lleváis ya mismo a esta cajera difunta”. Intervino entonces el responsable de la frutería: “No, no es cierto, ella no era cajera. Tan sólo hacía girar la manivela de la caja. La cajera está sentada allí mismo”. Así que la policía dijo:

 —A nosotros nos da todo igual: si la orden es llevarse a la cajera, nos la llevamos.

Y la policía empezó a rodear a la cajera.

La cajera estaba tumbada en el suelo, tras la caja, diciendo “yo no me voy”. La policía le dijo: ¿Por qué no vienes, estúpida? A lo cual la cajera repuso: “porque me vais a enterrar viva”.   

Entonces la policía intentó levantarla del suelo, pero no había forma humana de incorporarla, porque la cajera era muy oronda.

—Agarradla por las piernas —exclamó el frutero.

—No —le dice el encargado— esta cajera me sirve como esposa. Así pues, os pido que no la desnudéis por las partes bajas. Y la cajera añade: ¿le estáis oyendo? No os atreváis a desnudarme por las partes bajas.

La policía agarró a la cajera de los sobacos y la echó a rastras de la cooperativa.

El encargado ordenó a los vendedores limpiar las tiendas y abrir el mercadillo.

¿Y ahora qué hacemos con la muerta? —dijo el frutero, señalando a Masha.

 -¡Ay Señor, —dijo el encargado— sí que la hemos fastidiado! Eso es, ¿qué hacemos con la muerta?

—¿Y quién se hará cargo de la caja? —pregunta el frutero.    

El encargado se echó las manos a la cabeza.   

Involuntariamente, le dio un rodillazo a las manzanas y las esparció por el mostrador diciendo:

—¡Pues sí que estamos buenos! ¡Menudo desastre!

—Menudo desastre —repetía el coro de vendedores.  

De repente el encargado se peinó el bigote y dijo:

 —¡Je je! No es tan fácil dejarme fuera de juego.  Colocaremos a la muerta detrás de la caja, y probablemente los visitantes no sabrán ni quién es.  

Así que parapetaron a la difunta tras la registradora, y le metieron un cigarrillo entre los dientes para que pareciese una persona viva. Para mayor verosimilitud, le dejaron la seta como si la sostuviese con las manos. La finada estaba sentaba tras la caja, como si estuviese viva, sólo que con la tez muy verde, un ojo abierto y otro completamente cerrado.

—No pasa nada —dice el gerente— colará.

Y ya los visitantes, alarmados, llamaban a la puerta. “¿Por qué no abren la cooperativa?” Destacaba especialmente una señora enfundada en un abrigo de seda, que gritaba a pleno pulmón: blandía su bolsa y  amenazaba con sus tacones los goznes de la puerta. Y tras la señora, una viejecita con una pañoleta sobre la cabeza gritaba enojada, llamándole tacaño al encargado de la cooperativa.

El encargado abrió la puerta y dejó entrar a los visitantes. Éstos corrieron inmediatamente a la carnicería, y después a por azúcar y pimienta. Por su parte, una vieja se fue directamente a la pescadería, pero de camino vio a la cajera y se paró en seco.

  —¡Señor, —exclamó— que Dios nos asista!

Y la señora del abrigo de seda ya había recorrido todos las secciones y se dirigía directamente a la caja. No había acabado de ojear a la cajera, cuando se paró en seco, y le clavó la mirada sin decir palabra. Pero las vendedoras también se callaron y miraron al encargado. Y el encargado, apostado tras el mostrador, devolvía las miradas, esperando a ver qué sucedía.

 La señora del abrigo de seda se volvió hacia los vendedores y preguntó.

—¿Quién es ésta que tenéis de cajera?

Pero los vendedores callaban, porque no sabían qué responder. Callaba hasta el mismísimo encargado.

Y he aquí que se congregó gente de todas partes. Y que la muchedumbre copaba ya la calle. Aparecieron los porteros y repartieron silbatos. En una palabra: un auténtico escándalo.

La multitud estaba lista para no alejarse de la cooperativa como mínimo hasta la noche, pero alguien dijo que en el callejón Ózernaya caían viejecitas por la ventana. Entonces la multitud que rodeaba la cooperativa remitió, tantos  fueron los que se desplazaron a la Travesía Ózernaya…

31 de agosto de 1936 

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