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Miriam les cuenta que la casa la construyó él con sus propias manos. Les cuenta que apilaba las piedras los días de lluvia, para que se empapasen bien antes de soldarlas al cemento. Les cuenta que está en el límite entre dos regiones, un lugar mágico, habitado de espíritus, de meigas. Les explica lo que son las meigas, usando la palabra original, ellos la repiten frenando en cada sílaba, con el respeto con el que se pronuncia una plegaria.

Miriam se inventa toda esa historia, va saltando de una frase a otra de puntillas, como se posarían unos pies ingrávidos sobre las piedras de un río, y modula la voz suave, de tal manera que hasta él acabaría creyéndoselo todo, toda esa desorientación de la verdad. Miriam hace un silencio, la pausa suficiente como para que Rafael mire sus manos, libres ahora de la aspereza de entonces. Luego arquea su espalda, menos flexible, y piensa que ahora todo se acaba, esa casa, todo envuelto por la cháchara despreocupada de Miriam, que no ha callado desde su llegada.

—Salgo a tomar el aire.

Para cuando Rafael dice eso, ella ya está gesticulando ante los ingleses. Se pone a fumar un cigarrillo invisible y saca un humo que nadie percibe. Se da aires de cabaretera. Rafael espera a estar fuera para encenderlo. En el recibidor, se distrae mirando el papel pintado, que puso de cualquier manera una mañana de domingo, solo para ver cómo quedaba, solo para probar. Una esquina quiere despegarse. Pasa las yemas de los dedos por encima, lo acaricia. El papel se desprende como virutas de la corteza de un haya.

Le sorprende el frío. Se enciende el cigarrillo andando en círculos, observa el ascua anaranjada en su punta. Se gira y mira a su espalda. Toma perspectiva. La finca está en una ladera. Hay una parte en la que la loma se corta. Los días de lluvia intensa, el agua cae por ese costado, como perseguida por una rapaz. En el interior, alguien descorcha otra botella y enseguida se oyen unas risas. Piensa que son de Miriam. Después piensa que pueden pertenecer a cualquier otra mujer.

—Dentro de un año, tal vez dos, ni siquiera te acordarás de este sitio —le había dicho ella.

Habían quedado con los ingleses para cerrar la venta. Por la mañana ha ido solo. La autopista se le antoja más vacía de coches, más hueca. Los campos segados se difuminan deprisa en el espejo retrovisor.

—Voy a echar un vistazo —había dicho cogiendo las llaves del coche—. Seguro que nos hemos dejado algo sin recoger.

Cierra la puerta. No espera respuesta.

Cuando llega, sube al piso de arriba. El fluorescente del baño tiembla. Se mira en el espejo, abre más las hojas laterales y observa su rostro triplicado. Es la última vez que me afeito en este lavabo, piensa, y no sabe muy bien si esa es la razón para hacerlo con parsimonia, deslizando la cuchilla varias veces sobre los mismos surcos. Antes de quitar el tapón cromado, busca la desconchadura detrás del grifo del agua caliente. Solo tiene que tantear unos segundos. Allí está. Un cuarto de vuelta de llave inglesa hizo saltar el esmalte al instalarlo. Se acerca un poco más, alza la barbilla para afeitarse un hueco en la mandíbula, a continuación se aclara. Recoge todos los enseres con la minuciosidad de un asesino y sale al exterior.

Necesita la escalera del garaje para descolgar el columpio. Recuerda cuando las niñas se subían a él, una foto en la que Miriam se mecía, con la más pequeña en brazos. Se pregunta dónde estará aquella foto, si se habrá extraviado también en la última de las mudanzas. Ahora no tiene sentido. Las niñas han crecido, se preocupan por otras cosas. Intenta sacar los clavos, pero llevan tanto tiempo incrustados en el árbol que la rama los ha hecho suyos. Busca las tenazas de podar y corta las cuerdas. El tablón golpea el suelo haciendo un ruido sordo.

Tras el esfuerzo se siente cansado. El pecho le late con fuerza, ahora con una pulsión distinta de la de entonces, un sonido más lejano, como salido del fondo de un pozo.

La tumbona de playa está en el jardín. Se sienta a horcajadas y mira al bosque, enfrente. Alguien se ha dejado olvidado un cuaderno de autodefinidos, abierto por la mitad. Será de Miriam. Nunca acaba lo que una vez empezó con desaforado entusiasmo, se dice. Lo coge por el borde, del mismo modo en que se agarra del pescuezo a un cachorro, e intenta completar las tres casillas horizontales que faltan. Río de Mesopotamia, seis letras. Emperador romano, siete. C-L-A-U-D-I-O. Claudio cabe, pero no tiene bolígrafo. Sería preciso entrar en la casa y revolver los cajones hasta encontrar uno. Arruga el cuaderno y lo lanza contra el árbol. El viento revuelve con perversidad las páginas más superficiales.

—Lo meteré todo en el coche y fuera —dice en voz alta.

Permanece unos segundos en esa posición. Acaricia la tela a rayas de la tumbona, los agujeros que el tiempo y el uso han dejado sobre su superficie. Sería necesario plegarla, pero tal vez no se acuerde de cómo. La meterá de cualquier manera, aunque tenga que dejar la puerta del maletero semiabierta, y la lanzará a la escombrera. Acabará en ese lugar, junto con los tresillos raídos, sobre los chasis de lavadoras. Para sellar la despedida, saca las llaves del bolsillo del vaquero y deja que la más alargada se hunda en la espuma. Un agujero más, nuevo, reciente, provocado, separa una franja azul de otra blanca. Ya nadie se molestará en coserlo.

Se levanta arrastrando el cuerpo y sale del terreno acotado del jardín, la mirada fija en el río. Lo puede ver detrás de los árboles que el verano ha vuelto más tupidos. Le da la impresión de estar acechando los pasos de alguien, un guía, hasta más allá de la verja de la propiedad. A sus pies, la tierra está húmeda. En la copa del árbol más alto se oye un pájaro cantando sin descanso. Presta atención. Se pregunta si seguirá allí posado cuando ese lugar no le pertenezca y le parece que así será, por mucho tiempo, al menos hasta la próxima estación fría. Más tarde se vuelve, contempla el agreste césped alcanzando los pies de la casa, el leve tono amarillento, la pared de piedra gris. Sigue avanzando. Aparta algunas ramas que no existían los años pasados, ni tampoco los anteriores. Es como ir descorriendo un frondoso telón. Entonces puede ver, de lejos, sin necesidad de aproximarse a la orilla, la silueta de Ruth saliendo del agua, sus piernas, sus hombros redondeados, su melena empapada de bañista, con el tambaleo inseguro de quien pisa sobre cantos rodados.

—Quítate esa americana anticuada —le gritaba desde el agua, los brazos en cruz.

Miriam los ha recibido hoy con los brazos extendidos.

Welcome to your home —ha dicho de un tirón, pero la pronunciación era mejor durante los ensayos.

Miriam tiene un inglés rudimentario y los ingleses no hablan nada de español. No importa, el albariño que Rafael guarda en la despensa les gusta mucho.

—Bueno, muy bueno —dicen a coro. Eso sí saben decirlo.

Rafael entra precedido por la bocanada de humo que no se molesta en ocultar. Frente a él, Miriam ha cogido otra botella por el gollete. La limpia con un paño antes de quitarle el corcho. Los ingleses comienzan a estar algo borrachos, hablan entre ellos muy deprisa y Miriam no los puede seguir. Se han sentado en el sillón con las copas en la mano. Se diría que llevan viviendo allí toda la vida. Miriam ha encendido la televisión e intenta explicarles el funcionamiento de un concurso transmitido por el segundo canal. Se muestran interesados, pero quizás es pura cortesía y no están entendiendo nada.

—Ven, siéntate con nosotros —dice Miriam.

Pero él se queda de pie junto a la ventana, deseando que acaben con todas las botellas que quedan, no llevarse nada de aquel lugar.

Más allá de los cristales, al otro lado del jardín, la ladera ondula suavemente, como una inmensa alfombra que alguien estuviese sacudiendo y que, durante un instante, hubiera detenido el viento.

Ruth trabajaba en la empresa, lo cual hacía bastante fáciles sus encuentros. Salían a la misma hora, quedaban en el segundo piso del subterráneo. Nadie aparcaba en ese lugar si podía hacerlo en la planta baja y ahorrarse así un par de tramos de escalera. Ruth tenía veinticinco años, los ojos turbios y una nariz regia. Siempre la precedía el retumbar de sus tacones sobre el asfalto parcelado del aparcamiento.

No la había llevado a la casa la primera vez. Para entonces, habían pasado por unos cuantos hostales de las afueras, intentando no repetir demasiado. Era la propia Ruth la que se encargaba de reservar la habitación. La recordaba intrépida, estaba siempre dispuesta a jugar. En una ocasión, habían acabado incluso en uno de los hoteles del aeropuerto. Los aviones rugían como elefantes furiosos y luego ya no se oía nada más. Un aterrador silencio. Al mirar por la ventana, como en ese instante pero en otro lugar, se podía divisar el extremo acristalado de una terminal.

Mientras conducía, Ruth iba a su lado, su cuello esbelto de bailarina, sus mejillas, su perfume mezclado con el sudor de despacho, acumulado detrás de la nuca.

—Me gusta tu coche —decía—. ¿Te he dicho alguna vez que me gusta tu coche?

Se sentaban a tomar café en la mesa de forja del jardín. Ruth dejaba que la blusa se humedeciese bajo la melena. Se echaba a veces en la tumbona a rayas, por entonces recién comprada, y cerraba los ojos, pero no llegaba a dormirse. Sin maquillar o con los restos de sombra desdibujados bajo sus párpados era todavía más atractiva. Rafael iba descalzo y no pensaba en ella, pensaba en los días venideros, en todos los viernes de su vida que serían minuciosos, por completo iguales que aquel.

—¿Queda queso en la nevera? —preguntaba Ruth.

En una ocasión comieron tarta los dos, él de pie, ella aupada sobre la encimera. Ni siquiera utilizaban platos. Rafael no quiere recordar si se trataba de las sobras de alguna fiesta infantil, del cumpleaños de alguna de las niñas.

—¿Queda vino en la cocina? —pregunta Miriam—.Creo que esta gente ha acabado con todo.

—Si no hay más en la despensa, no queda nada.

Mira a Miriam a los ojos. Su cara le recuerda a todas las fotografías que han ido guardando en los álbumes.

Los ingleses entienden el funcionamiento del concurso y los invade una especie de euforia. Consiste en adivinar los lugares cuyas imágenes aparecen por unos segundos en pantalla. Aseguran que hay un programa similar en la televisión de su país. Se quedan mudos ante la imagen de una torre altísima en forma de hongo.

—Toronto, Canada —dice el inglés acentuando la primera de las aes.

La presentadora confirma la respuesta. Miriam da palmaditas al aire.

—Muy bien, muy bueno.

Lo dice en español. Eso lo entienden y el inglés responde levantando los pulgares en señal de triunfo.

Rafael se sienta en una de las sillas de la mesa donde han cenado, a una distancia prudencial de los demás. Sobre el mantel quedan aún unas servilletas de papel arrugadas, migas de pan y restos de paté reseco sobre los platos de postre. Se toca la barbilla, afeitada esa mañana. El vidrio de la ventana le devuelve una imagen traslúcida y deforme, su pelo canoso y demasiado largo, el abdomen abultado que ahora le molesta en determinadas posturas, como al atarse los zapatos o al abonar las hortensias.

—Seremos buenos amigos mucho tiempo —había prometido Ruth.

De repente, le sobreviene una sensación de alivio, de profundo alivio y tristeza. Trata de acordarse del nombre del chico rubio, Julián o Jaime, por el que Ruth no volvió a meterse en el río. Cuando la empresa lo prejubiló, pasó muchas veces por delante de las nuevas oficinas. En ocasiones estuvo tentado de bajar al aparcamiento, buscar el Golf rojo de ella. Nunca se atrevió. Probablemente se había comprado uno nuevo, uno descapotable. Incluso podría ser que tuviera un hijo.

Los ingleses duermen en lo que ahora ya es su antiguo dormitorio. A Rafael le cuesta conciliar el sueño. Oye ruidos lejanos durante la noche, un aleteo intermitente. El desvelo lo lleva con el pensamiento a la cisterna del váter de la planta baja, al lado de la cocina. Se imagina el reguero de agua, la cal solidificándose con morosidad en las paredes del inodoro. Miriam ha bebido más de la cuenta y su respiración es cadenciosa, en una cama de ochenta centímetros. Se abraza con fuerza a la almohada.

Ambos pasan la noche en el cuarto que ocupaban las niñas. Hay un cielo de estrellas fluorescentes encima de sus cabezas, en el que los planetas más pesados se despegaron con el deterioro del pegamento. Rafael se duerme en algún punto incierto entre la Luna y Orión.

Por la mañana entra una luz percuciente por las rendijas verticales de las contraventanas. Nota cómo alguien le zarandea el hombro.

—Vamos, hombre, levanta.

Le pesa la cabeza. Ha dormido poco, a trompicones, despertándose a ratos y preguntándose dónde se encuentra. Lo recuerda todo de forma súbita. Las últimas horas de luz, unas tejas sueltas del cobertizo que ha arreglado aquella mañana, las manos del inglés aferradas al volante a la derecha, la punta del bolígrafo firmando el cheque. Nota un imperceptible vuelco en el corazón, que desaparece casi al instante.

—Vamos, a qué esperas, larguémonos de aquí.

Es la primera vez que escucha esa palabra en la boca de Miriam. Se incorpora aturdido, se pone la chaqueta. Ha dormido vestido. Su cuerpo deja una hendidura profunda sobre la colcha. Pasa la mano por la superficie, pero los pliegues no desaparecen. Es Miriam quien cierra la puerta de la entrada, pero antes coloca el manojo de llaves encima de la cómoda del recibidor.

—¿Tú crees que las verán? —pregunta cuando ya están fuera.

Rafael se encoge de hombros. Mira hacia el seto con expresión de aburrimiento, suspira. Recuerda por un instante el rostro desdibujado de Ruth y solo puede asegurar que una ventana de su nariz era más pequeña que la otra.

—Verán las llaves, ¿verdad? —insiste Miriam. Miriam alza la vista hacia las ventanas del piso superior. En el cielo, de un azul intenso, unas nubes ligeras se persiguen. Rafael tiene la clara impresión de que Miriam le va a decir algo, de que va a pedirle que fuerce la puerta para escribirles una nota y pegarla en el frigorífico o algo así, pero entonces ella se mete en el coche y dice con voz de niña:

—¿Me llevas a la ciudad?

La gravilla cruje por la presión de los neumáticos. Rafael da marcha atrás. Siempre teme atropellar al perro en esa maniobra y abre la puerta para ver mejor, pero el perro murió de viejo y está enterrado junto al roble. Le vienen a la cabeza las lágrimas calientes de las niñas mientras él echaba paladas de tierra sobre el animal.

Bajo las ruedas traseras no hay más que una suave pendiente y las piedras blancas marcando el camino de salida.


*Este cuento fue publicado en: Segunda residencia, Tropo Editores S. L., 2011, © Margarita Leoz.

69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.

Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número.

No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos y, extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre él, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a él, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso –con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba– escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu y para siempre el antebrazo de mi abuelo.

Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma.

Verdes y misteriosos hasta hace poco.

A media tarde, sentados sobre su viejo sofá de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo.

Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad.

Fue en Auschwitz.

Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas.

Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwitz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo.

Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando finalmente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. Preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño.

Écheme un dedo más, eh, Oitze, me dijo entregándome su vasito.

Yo lo hice, sabiendo que si mi abuela regresaba pronto de hacer sus compras me lo habría reprochado. Desde que empezó con problemas cardíacos, mi abuelo se tomaba dos onzas de whisky a mediodía y otras dos onzas antes de la cena. No más. Salvo en ocasiones especiales, claro, como alguna fiesta o boda o partido de fútbol o aparición televisiva de Isabel Pantoja. Pero pensé que estaba agarrando fuerza para aquello que quería contarme. Luego pensé que, bebiendo más de la cuenta en su actual estado físico, aquello que quería contarme podría alterarlo, posiblemente demasiado. Se acomodó sobre el viejo sofá y se gozó ese primer sorbo dulzón y yo recordé una vez que, de niño, lo escuché diciéndole a mi abuela que ya necesitaba comprar más Etiqueta Roja, el único whisky que él tomaba, cuando yo recién había descubierto más de treinta botellas guardadas en la despensa. Nuevitas. Y así se lo dije. Y mi abuelo me respondió con una sonrisa llena de misterio, con una sabiduría llena de algún tipo de dolor que yo jamás entendería: Por si hay guerra, Oitze.

Estaba él como alejado. Tenía la mirada opaca y fija en un gran ventanal por donde se podían contemplar las crestas de lluvia descendiendo sobre casi toda la inmensidad del verde barranco de la Colonia Elgin. No dejaba de masticar algo, alguna semilla o basurita o algo así. Entonces me percaté de que llevaba él desabrochado el pantalón de gabardina y abierta a medias la bragueta.

Estuve en el campo de concentración de Sachsenhausen. Cerca de Berlín. Desde noviembre del treinta y nueve.

Y se lamió los labios, bastante, como si lo que acababa de decir fuese comestible. Seguía cubriéndose el número con la mano derecha mientras, con la izquierda, sostenía el vasito sin whisky. Tomé la botella y le pregunté si deseaba que le sirviera un poco más, pero no me respondió o quizás no me escuchó.

En Sachsenhausen, cerca de Berlín, continuó, había dos bloques de judíos y muchos bloques de alemanes, tal vez cincuenta bloques de alemanes, muchos prisioneros alemanes, ladrones alemanes y asesinos alemanes y alemanes que se habían casado con mujeres judías. Rassenschande, les decían en alemán. La vergüenza de la raza.

Calló de nuevo y me pareció que su discurso era como un sosegado oleaje. A lo mejor porque la memoria es también pendular. A lo mejor porque el dolor únicamente se tolera dosificado. Quería pedirle que me hablara de Łódź y de sus hermanos y de sus padres (conservaba una foto familiar, una sola, que había conseguido muchos años más tarde a través de un tío emigrado antes de estallar la guerra, y que mantenía colgada junto a su cama, y que a mí no me hacía sentir nada, como si aquellos pálidos rostros no fuesen de personas reales sino de personajes grises y anónimos arrancados de algún libro escolar de historia), pedirle que me hablara de todo aquello que le había sucedido antes del treinta y nueve, antes de Sachsenhausen.

Amainó un poco la lluvia y de las entrañas del barranco empezó a trepar una nube blanca y saturada.

Yo era el stubendienst de nuestro bloque. El encargado de nuestro bloque. Trescientos hombres. Doscientos ochenta hombres. Trescientos diez hombres. Cada día unos cuantos más, cada día unos cuantos menos. Entiende, Oitze, me dijo a manera de afirmación, no de pregunta, y yo pensé que estaba cerciorándose de mi presencia, de mi compañía, como para no quedarse solito con las palabras. Dijo, y se llevó comida invisible a los labios: Yo era el encargado de conseguirles el café por las mañanas y después, por las tardes, la sopa de papa y el trozo de pan. Dijo, y abanicó el aire con la mano: Yo era el encargado de la limpieza, de barrer, de limpiar los catres. Dijo, y continuó abanicando el aire con la mano: Yo era el encargado de sacar los cuerpos de aquellos hombres que amanecían muertos. Dijo, casi brindando: Pero también era el encargado de recibir a los judíos nuevos cuando llegaban a mi bloque, cuando gritaban en alemán juden eintreffen, juden eintreffen, y yo salía a recibirlos y me daba cuenta de que casi todos los judíos que llegaban a mi bloque traían escondido algún objeto valioso. Alguna cadenita o reloj o anillo o diamante. Algo. Bien guardado. Bien oculto en alguna parte. A veces hasta se lo habían tragado, y entonces unos días después les salía en la mierda.

Me ofreció su vasito y yo le serví otro chorro de whisky. Era la primera vez que escuchaba a mi abuelo decir mierda, y la palabra, en ese momento, en ese contexto, me pareció hermosa.

¿Por qué usted, Oitze?, le pregunté, aprovechando un breve silencio. Él frunció el entrecejo y cerró un poquito los ojos y se quedó mirándome como si de repente hablásemos lenguajes distintos. ¿Por qué lo nombraron a usted encargado?

Y en su viejo rostro, en su vieja mano que había terminado ya de gesticular y ahora se estaba tapando de nuevo el número, comprendí todas las implicaciones de esa pregunta. Comprendí la pregunta disfrazada adentro de esa pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para que lo nombraran encargado? Comprendí la pregunta que jamás se pregunta: ¿qué tuvo que hacer usted para sobrevivir?

Sonrió, encogiéndose de hombros.

Un día, nuestro lagerleiter, nuestro director, sólo me anunció que yo sería el encargado, y ya.

Como si se pudiese decir lo indecible.

Aunque mucho antes, prosiguió tras tomar un trago, en el treinta y nueve, cuando recién había llegado yo a Sachsenhausen, cerca de Berlín, nuestro lagerleiter me descubrió una mañana escondido debajo del catre. Yo no quería ir a trabajar, entiende, y pensé que podía quedarme todo el día escondido debajo del catre. No sé cómo, el lagerleiter me encontró escondido debajo del catre y me arrastró hacia fuera y empezó a golpearme aquí, en el cóccix, con una varilla de madera o tal vez de hierro. No sé cuántas veces. Hasta que perdí el conocimiento. Estuve diez o doce días en cama, sin poder caminar. Desde entonces el lagerleiter cambió su trato para conmigo. Me decía buenos días y buenas noches. Me decía que le gustaba cómo mantenía mi catre de limpio. Y un día me dijo que yo sería el stubendienst, el encargado de limpiar mi bloque. Así nomás.

Se quedó pensativo, sacudiendo la cabeza.

No recuerdo su nombre, ni su cara, dijo, masticó algo un par de veces, lo escupió hacia un lado y, como si eso lo absolviera, como si eso fuese suficiente, añadió: Sus manos eran muy bonitas.

Ni modo. Mi abuelo mantenía sus propias manos impecables. Semanalmente, sentados frente a un televisor cada vez más recio, mi abuela le arrancaba las cutículas con una pequeña pinza, le cortaba las uñas y se las limaba y después, mientras hacía lo mismo con la otra mano, se las dejaba remojando en una pequeña bacinica llena de un líquido viscoso y transparente y con olor a barniz. Al terminar ambas manos, tomaba un bote azul de Nivea y le iba untando y masajeando la pomada blanquecina en cada dedo, lento, tierno, hasta que ambas manos la absorbían por completo y mi abuelo entonces se volvía a colocar el anillo de piedra negra que usaba en el meñique derecho, desde hacía casi sesenta años, en forma de luto.

Todos los judíos al entrar me daban a mí esos objetos que traían en secreto a Sachsenhausen, cerca de Berlín. Entiende. Como yo era el encargado. Y yo les recibía esos objetos y los negociaba también en secreto con los cocineros polacos y les conseguía a los judíos que entraban algo aún más valioso. Cambiaba un reloj por un trozo adicional de pan. Una cadena de oro por un poco más de café. Un diamante por el último cucharón de la olla de sopa, el cucharón más deseado de la olla de sopa, donde siempre estaban hundidas las únicas dos o tres papas.

Inició otra vez el murmullo sobre las tejas y yo me puse a pensar en esas dos o tres papas insípidas y sobrecocidas y, adentro de un mundo demarcado por alambre de púas, tanto más valiosas que cualquier lúcido diamante.

Un día, decidí darle al lagerleiter una moneda de veinte dólares en oro.

Saqué mis cigarros y me quedé jugando con uno. Podría decir que no lo encendí por pena, por respeto a mi abuelo, por pleitesía a esa moneda de veinte dólares en oro que de inmediato me imaginé negra y oxidada. Pero mejor no lo digo.

Decidí darle una moneda de veinte dólares en oro al lagerleiter. Tal vez creí que ya había logrado la confianza del lagerleiter o tal vez deseaba quedar bien con el lagerleiter. Un día, en el grupo de judíos que entraba, llegó un ucraniano y me pasó una moneda de veinte dólares en oro. El ucraniano la había escondido debajo de la lengua. Días y días con una moneda de veinte dólares en oro escondida debajo de la lengua, y el ucraniano me la entregó, y yo esperé a que todos salieran del bloque y se fueran a trabajar al campo y entonces llegué con el lagerleiter y se la di. El lagerleiter no me dijo nada. Sólo la guardó en la bolsa superior de su chaqueta, dio media vuelta y se marchó. Algunos días después, me despertaron a medianoche con una patada en el estómago. Me empujaron hacia fuera y allí estaba de pie el lagerleiter, vestido en un impermeable negro y con las manos detrás de la espalda, y entonces reaccioné y entendí por qué me seguían golpeando y pateando. Había nieve en el suelo. Ninguno hablaba. Me echaron en la parte trasera de un camión y cerraron la portezuela y yo me quedé medio dormido y temblando durante todo el trayecto. Era ya de día cuando el camión finalmente se detuvo. Por una rendija en la madera pude ver el gran rótulo sobre el portón de metal. Arbeit Macht Frei, decía. El trabajo libera. Escuché risas. Pero risas cínicas, entiende, risas sucias, como burlándose de mí a través de ese estúpido rótulo. Abrieron la portezuela. Me ordenaron que bajara. Había nieve por todas partes. Vi el Muro Negro. Después vi el Bloque Once de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Bloque Once de Auschwitz. Sabíamos que la gente que se iba al Bloque Once de Auschwitz nunca regresaba. Me dejaron tirado en el suelo de un calabozo del Bloque Once de Auschwitz.

En un gesto inútil pero de alguna manera necesario, mi abuelo se llevó a los labios su vasito ya sin nada de whisky.

Era un calabozo oscuro. Muy húmedo. De techo bajo. Casi no había nada de luz. Ni aire. Sólo humedad. Y personas amontonadas. Muchas personas amontonadas. Algunas personas llorando. Otras personas rezando en susurros el Kaddish.

Encendí mi cigarro.

Me solía decir mi abuelo que yo tenía la edad de los semáforos, porque el primer semáforo del país se había instalado en no sé qué intersección del centro el mismo día en que yo nací. También estaba vibrando ante un semáforo cuando le pregunté a mi mamá cómo llegaban los bebés a las panzas de las mujeres. Yo seguía medio hincado sobre el asiento trasero de un Volvo inmenso y color jade que, por alguna razón, vibraba al detenerse en los semáforos. Callé que un amigo (Hasbun) nos había secreteado durante el recreo que una mujer resultaba embarazada cuando un hombre le daba un beso en la boca, y que otro amigo (Asturias) había argumentado, con mucha más audacia, que un hombre y una mujer tenían que desnudarse juntos y luego bañarse juntos y luego hasta dormir juntos en la misma cama, sin tener que tocarse. Me puse de pie en ese maravilloso espacio ubicado entre el asiento trasero y los dos asientos de enfrente, y aguardé una respuesta. El Volvo vibrando ante un semáforo rojo del bulevar Vista Hermosa, el cielo enteramente azul, el olor a tabaco y chicle de anís, la mirada negra y azucarada de un campesino en caites que se acercó a pedirnos limosna, la vergüenza silenciosa de mi mamá tratando de encontrar algunas palabras, las siguientes palabras: Pues cuando una mujer quiere un bebé, va al doctor y éste le da una pastilla celeste si ella quiere un niñito o le da una pastilla rosada si ella quiere una niñita, y entonces la mujer se toma esa pastilla y ya está, queda embarazada. El semáforo cambió a verde. El Volvo dejó de vibrar y yo, aún de pie y sosteniéndome de cualquier cosa para no salir volando, me imaginé a mí mismo metido en un pequeño frasco de vidrio, bien revuelto entre un montón de niñitos celestes y niñitas rosadas, mi nombre grabado en bajorrelieve (igual que la palabra Bayer en las aspirinas que me tomaba de vez en cuando y que tanto me sabían a yeso), inmóvil y calladito mientras esperaba que alguna señora llegase a la clínica del doctor (la observé ancha y deforme a través del cristal, como en uno de esos espejos ondulados de circo) y me tragara con un poquito de agua (y percibí, con la percepción ingenua de un niño, por supuesto, la crueldad del azar, la violencia casual que me tumbaría sobre la mano abierta de alguna señora, cualquier señora, esa mano grande y sudada y fortuita que luego me lanzaría hacia una boca igualmente grande y sudada y fortuita), para así, por fin, introducirme en una panza desconocida y poder nacer. Jamás he logrado sacudirme la sensación de soledad y abandono que sentí metido en aquel frasco de vidrio. A veces la olvido o quizás decido olvidarla o quizás, absurdamente, me aseguro a mí mismo que ya la he olvidado por completo. Hasta que algo, cualquier cosa, la más mínima cosa, me vuelve a meter en aquel frasco de vidrio. Por ejemplo: mi primer encuentro sexual, a los quince años, con una prostituta de un burdel de cinco pesos llamado El Puente. Por ejemplo: una equivocada habitación al final de un viaje balcánico. Por ejemplo: un canario amarillo que, a media plaza de Tecpán, escogió una profecía secreta y rosadita. Por ejemplo: la mano helada de un amigo tartamudo, estrechada por última vez. Por ejemplo: la imagen claustrofóbica del calabozo oscuro y húmedo y apretado y harto de susurros donde estuvo encerrado mi abuelo, sesenta años atrás, en el Bloque Once, en Auschwitz.

Personas lloraban y personas rezaban el Kaddish. Acerqué el cenicero. Me sentía ya un poco mareado, pero igual nos serví lo que restaba del whisky.

Qué más le queda a uno cuando sabe que al día siguiente lo van a fusilar, eh. Nada más. O se tira a llorar o se tira a rezar el Kaddish. Yo no sabía el Kaddish. Pero esa noche, por primera vez en mi vida, también recé el Kaddish. Recé el Kaddish pensando en mis padres y recé el Kaddish pensando que al día siguiente me fusilarían hincado de frente al Muro Negro de Auschwitz. Era ya el año cuarenta y dos y todos habíamos oído hablar del Muro Negro de Auschwitz y yo mismo había visto ese Muro Negro de Auschwitz al bajarme del camión y bien sabía que era donde fusilaban. Gnadenschuss, un solo tiro en la nuca. Pero el Muro Negro de Auschwitz no me pareció tan grande como lo había supuesto. Tampoco me pareció tan negro. Era negro con manchitas blancas. Por todas partes tenía manchitas blancas, dijo mi abuelo mientras presionaba teclas aéreas con el índice y yo, fumando, me imaginaba un cielo estrellado. Dijo: Salpicaduras blancas. Dijo: Hechas quizás por las mismas balas después de atravesar tantas nucas.

Estaba muy oscuro en el calabozo, continuó rápidamente, como para no perderse en esa misma oscuridad. Y un hombre sentado a mi lado empezó a hablarme en polaco. No sé por qué empezó a hablarme en polaco. Tal vez me oyó rezando el Kaddish y reconoció mi acento. Él era un judío de Łódź. Los dos éramos judíos de Łódź, pero yo de la calle Zeromskiego, cerca del mercado Zelony Rinek, y él del lado opuesto, cerca del parque Poniatowski. Él era un boxeador de Łódź. Un boxeador polaco. Y hablamos toda la noche en polaco. Más bien él me habló toda la noche en polaco. Me dijo en polaco que llevaba mucho tiempo allí, en el Bloque Once, y que los alemanes lo mantenían vivo porque les gustaba verlo boxear. Me dijo en polaco que al día siguiente me harían un juicio y me dijo en polaco qué cosas sí decir durante ese juicio y qué cosas no decir durante ese juicio. Y así pasó. Al día siguiente, dos alemanes me sacaron del calabozo, me llevaron con un joven judío que me tatuó este número en el brazo y después me dejaron en una oficina donde se llevó a cabo mi juicio, ante una señorita, y yo me salvé diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que dijera y no diciéndole a la señorita todo lo que el boxeador polaco me había dicho que no dijera. Entiende. Usé sus palabras y sus palabras me salvaron la vida y yo jamás supe el nombre del boxeador polaco ni le conocí el rostro. A lo mejor murió fusilado.

Machaqué mi cigarro en el cenicero y me empiné el último traguito de whisky. Quería preguntarle algo sobre el número o sobre aquel joven judío que se lo tatuó. Pero sólo le pregunté qué le había dicho el boxeador polaco. Él pareció no entender mi pregunta y entonces se la repetí, un poco más ansioso, un poco más recio. ¿Qué cosas, Oitze, le dijo el boxeador que dijera y no dijera durante aquel juicio?

Mi abuelo se rió aún confundido y se echó para atrás y yo recordé que él se negaba a hablar en polaco, que él llevaba sesenta años negándose a decir una sola palabra en su lengua materna, en la lengua materna de aquellos que, en noviembre del treinta y nueve, decía él, lo habían traicionado.

Nunca supe si mi abuelo no recordaba las palabras del boxeador polaco, o si eligió no decírmelas, o si sencillamente ya no importaban, si habían cumplido ya su propósito como palabras y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco que alguna noche oscura las pronunció.

Una vez más, me quedé viendo el número de mi abuelo, 69752, tatuado una mañana del invierno del cuarenta y dos, por un joven judío, en Auschwitz. Intenté imaginarme el rostro del boxeador polaco, imaginarme sus puños, imaginarme el posible chisguetazo blanco que había hecho la bala después de atravesar su nuca, imaginarme sus palabras en polaco que lograron salvarle la vida a mi abuelo, pero ya sólo logré imaginarme una cola eterna de individuos, todos desnudos, todos pálidos, todos enflaquecidos, todos llorando y rezando el Kaddish en absoluto silencio, todos piadosos de una religión cuya fe está basada en los números mientras esperan en cola para ser ellos mismos numerados.


*Este cuento fue publicado en El boxeador polaco © Eduardo Halfon, 2008, Editorial Pre-Textos.

Está decidido que hay que hacerlo y que se hará hoy mismo. Anne tiene el turno, lo tiene hoy y no mañana, y va a ir allí y entonces le extraerán el embrión. Irá sola.

– Max – dijo ella –, es algo que tengo que hacer sola, no quiero que vengas conmigo.

Yo le dije:

– ¿Estás segura? ¿Tampoco quieres que vaya a buscarte? Te pido por favor que lo pienses de nuevo. ¿Realmente quieres estar sola cuando despiertes?

Pero Anne inclinó levemente la cabeza hacia un lado y me miró severa, como queriendo decirme: Este es mi cuerpo y tu pregunta sugerente te la puedes meter ya sabes dónde, así que ahora por favor simplemente acéptalo. Y eso fue todo. La esclarecida Anne. Ante esa mirada solo vale cerrar el pico, de lo contrario rápidamente terminamos gritándonos, ya lo conozco. Son valores empíricos. Hace más de dos años que estamos juntos.

Anne se prepara en grande. Hace tres cuartos de hora que está en el baño, antes pude escuchar el secador de pelo, y antes de eso se había duchado. Cuando salimos no necesita ni la mitad de tiempo y grita por lo menos dos veces a través de todo el apartamento que no tiene nada para ponerse. Después viene a mi habitación, se planta delante de mí, siempre algo de lado, con una pierna doblada ligeramente, bastante nerviosa, resuella fuerte y pregunta si puede ir así. A mí siempre me enamora esa postura y ese resuello y digo:

– Te ves bien. Te ves fantástica.

Lo digo con cualquier cosa que se ponga, es un ritual.

Sale del baño, va en ropa interior directo a su pieza y cierra la puerta, sin decir palabra. Yo no tengo la menor idea de qué hacer. Me siento en el sillón de la cocina y me miro las uñas de las manos, de vez en cuando muerdo un pedazo de cutícula. Espero, espero a que simplemente haya pasado. Presto oídos al apartamento, para escuchar qué hace Anne. Lo que más me gustaría sería beber, el día entero. Anne se viste.

Hace tres meses nada de esto podría haber ocurrido. Anne apenas si estaba con ganas de tener sexo. Era algo frustrante, para ella y para mí, semana a semana, cada vez un poquito más. Primero solo cuando intentábamos dormir juntos, y cada vez era más frecuente que no funcionara, y entonces nos quedábamos acostados espalda contra espalda en la cama, hasta que alguno le tocaba suavemente el brazo al otro. Más tarde me rechazaba antes de que pudiéramos llegar a tanto. Supongo que lo hacía porque quería evitar mi abierta decepción y su bronca con el propio cuerpo. Pero no por eso la cosa mejoró.

En algún momento, toda nuestra relación empezó a sufrir las consecuencias. El trato entre los dos se hizo más distante, rara vez Anne se sentaba ahora sobre mi regazo después del desayuno del domingo. Dejamos de darnos un beso cuando alguno de los dos volvía a casa. Nos irritábamos con el otro con mucha mayor frecuencia y nos hacíamos reproches por cualquier nimiedad. Esas cosas se fueron metiendo a hurtadillas en la relación, nos dimos cuenta cuando era casi demasiado tarde y nos preguntamos, tras una fuerte pelea, si realmente nos seguíamos queriendo.

El ginecólogo dijo que la pastilla podía provocar una disminución del deseo. Entonces Anne dejó de tomarla. Y efectivamente ayudó, volvimos a dormir juntos más a menudo. Nuestras relaciones sexuales se modificaron, se hicieron mejores en esa época. Creo que ante todo Anne disfrutaba más. Solo que no nos gustaban los preservativos. Tampoco nos cuidábamos de otra manera. Simplemente ignorábamos el peligro de un embarazo, tampoco hablábamos sobre el asunto, era más un acontecer que un hacer. Diez días atrás volví a casa y Anne dijo:

– Estoy embarazada.

Fue la primera y última vez que pronunció esa palabra.

Son las cuatro de la tarde, el turno es en media hora, más temprano no se podía, a Anne la metieron entre dos turnos. Desde el desayuno que está sobria.

Todavía tiene que cruzar toda la ciudad. Pero se toma tiempo para vestirse. Golpeo la puerta de su habitación.

– ¿Qué pasa? – dice.

– ¿Puedo entrar? – pregunto.

– Si tiene que ser.

Tiene puesta una blusa blanca, un traje negro de chaqueta y pantalón y zapatos de taco. Está muy pintada. Lápiz labial rojo, polvos, maquillaje, sombra, rímel, delineador oscuro, rouge, todo el set, y sobre todo en cantidad. Se ven pequeñas imperfecciones de la piel debajo del maquillaje y un borde en el cuello. A los pelos se los sujetó fuerte hacia atrás con una cola de caballo. Anne no se ve para nada como Anne. Se ve como una versión de sí misma que va a venderle por encima de su valor un auto con el cuentakilómetros adulterado a un vendedor de autos usados.

– Ahora al menos di algo – dice – Dime al menos cómo me veo.

– Te ves bien. Te ves fantástica – digo – En la sala de espera todos se van a enamorar de ti.

– Es un ginecólogo, Max. Solo habrá mujeres. Mujeres que esperan un turno médico, en el que un extraño les mira el coño.

Se observa en el espejo. Se tira de su cola de caballo y de su escote, arruga la frente.

– Ahí nadie se enamora de nadie – dice.

– ¿Qué es lo que pasa? Solo quería decir que me parece que te ves bien.

– Está bien, Max, está bien.

Hasta ahora el día había transcurrido con toda normalidad. Los acontecimientos habituales por la mañana. Anne fue primera al baño, yo me quedé acostado en la cama y le dije lo bella que era cuando volvió de nuevo a la habitación en ropa interior y con la toalla sobre la cabeza y se paró como siempre delante del ropero. Usamos la mañana para hacer una limpieza profunda. Fregar los armarios de la cocina, quitarle la cal al calentador eléctrico de agua, destapar las cañerías. Casi no hablamos. Cuando decíamos algo, tenía que ver con la sorpresa que nos daba que los armarios cerrados pudieran ensuciarse tanto por dentro.

Uno de nuestros grandes platos para pastas se rompió, era el último que teníamos. Alguna vez habían sido cuatro, todos rotos. Fui yo el que lo dejé caer cuando Anne me lo alcanzó. Los pedazos saltaron por el suelo en todas las direcciones, Anne maldijo en voz alta y me recriminó que fuera tan terriblemente torpe. Más tarde me hice fideos y los comí en un plato plano. Anne me miró comer en silencio, luego se fue al baño.

Gira hacia mí.

– Tengo que sacarme la cosa de adentro. ¿Realmente entiendes lo que eso hace conmigo?

Vuelve a girar hacia el espejo y se pasa la mano por el pelo. Se saca con un pañuelo lo que sobra de lápiz labial. Toma su cartera y sale de la pieza, pasando a mi lado. La sigo al pasillo y hasta la puerta de entrada.

– Si todo transcurre sin problemas, después me va a busca Marie – dice – Nos iremos a comer o algo por el estilo. Te llamo cuando haya terminado. En todo caso, no me esperes, todavía no sé cuándo voy a volver.          

– ¿Tiene que ser? – digo – ¿Tiene que ser esto ahora?

– En un rato me van a extraer algo a mí, Max, ¡a mí! Pero no te preocupes, me las voy a arreglar.

Supe de inmediato que yo no quería tenerlo. Reaccioné con claridad desde el principio. Dije:

– Sencillamente no me lo puedo imaginar.

Anne lloraba.   Yo dije:

– O sea, en general sí, también contigo, pero no ahora.

Hacía solo medio año que nos habíamos mudado juntos. Anne acababa de hacerse cargo de su propio grupo en el jardín de infantes. Yo tenía que escribir mi tesina y preparar los exámenes finales. Para el verano teníamos planificado un gran viaje por Estados Unidos. Esa era la situación. Estábamos sentados sobre la cama, nos tomábamos de la mano y no podíamos creer lo estúpidos que habíamos sido. Golpeábamos el colchón y tirábamos las almohadas al suelo. Estábamos de acuerdo en que un embarazo debía ser una noticia alegre. No hablamos sobre lo que eso significaba, solo decidimos no contarle a nuestros padres. Anne dijo que ya el olor del café y del cigarrillo le daba náuseas.

Baja las escaleras sin antes besarme o abrazarme una vez más. Yo me quedo parado en la puerta del apartamento.

– ¿Tienes el certificado contigo? – le hablo a sus espaldas.

Anne se queda parada en el descanso de la escalera. Se toma de la baranda, mira por sobre su hombro hacia arriba. Justo encima de ella cuelga una lámpara de techo, la luz arroja sombras en su rostro, bajo sus ojos y sobre las mejillas. Su aspecto es duro. Mi querida pequeña Anne, la niña que después de nuestra primera noche juntos se paró ante el ropero y no sabía qué medias debía ponerse, la misma Anne está parada ahora, tensa en su blusa planchada y sobre tacos, medio piso debajo de mí; y su mirada también es dura y ella dice:

– Sí, tengo el certificado.

– ¿Estás segura? Fíjate de nuevo. Necesitas el certificado.

Pero Anne deja de contestarme y sigue bajando los escalones. Sus tacos retumban con un ruido sordo por el pasillo del edificio. Yo estoy parado delante de la puerta abierta del apartamento y me rasco una irregularidad de la piel en mi cuello. Luego se cierra la puerta de entrada del edificio. Durante los últimos diez días nunca pude imaginarme cómo se hubiera visto Anne con un embarazo avanzado.

La última vez que volvió del ginecólogo, Anne lloró camino a casa. Desde su primer regla que se atendía con él. Atravesamos el barrio de su juventud, Anne miraba todo el tiempo por la ventanilla, llorando en silencio. Ya teníamos la certeza, la médica había señalado el monitor del ultrasonido y dicho:

– Sí, ahí, ¿ve eso? Usted está embarazada.

Con mucha fantasía se podía reconocer un gusanito del tamaño de una falange. Nos dio un folleto con la dirección de lugares que ofrecían asesoramiento para embarazos en conflicto y volvimos a casa y Anne lloraba.

Me vuelvo al apartamento y miro hacia la calle desde la ventana. A Anne ya no se la ve. En la cocina tomo una cerveza del refrigerador. Me doy cuenta de que me tiembla la mano. Dejo el abridor al lado de la botella, me apoyo sobre la mesada y respiro hondo. Luego extiendo ambas manos. Estoy temblando. Miro mis manos temblorosas y me acuerdo de la vez en que mi padre me dijo que desde mi nacimiento había perdido el control de su vida: solo reaccionaba, no accionaba, era un constante andar con cuidado. No había reproche en su voz, más bien asombro por haber llegado a esta conclusión. Estábamos sentados bajo un cerezo en flor en el jardín de mis abuelos, bebiendo una cerveza fresca. Se puso de pie y volvió a la terraza, en la que estaban sentadas tres generaciones juntas. Mi padre tenía 26 cuando yo nací, la misma edad que yo tengo ahora.

No se lo contamos a nadie. El fin de semana nos fuimos al campo, lejos de todo, a una pequeña pensión con muebles de roble en la sala de desayuno. Conocimos el pueblo, hicimos asado en la terraza de la posada y paseamos por senderos vecinales.

Por la noche nos imaginamos qué pasaría si lo tuviéramos. Hablamos solo de problemas de organización. Dinero, licencia para padres, situación habitacional. Cada uno eligió un amigo con el que quería hablar del asunto. Ni una sola vez hicimos el ejercicio de imaginarnos juntos cómo se vería el niño acostado en la mesa para cambiar pañales. Cómo nos sonreiría mientras se tiraba un pedo, cómo se recostaría sobre el pecho de Anne para tomar la leche, cómo gatearía por el apartamento o diría sus primeras palabras.

Tampoco hablamos sobre los costados fatigosos de los primeros años de ser padres, las noches sin dormir, las limitaciones en general. Sobre nada de eso.

– Deberíamos mudarnos – así hablábamos.

Solo durante nuestros paseos, o cuando estaba acostado en la cama aún despierto, yo pensaba en cómo sería arrastrar ahora un carrito de bebé o escuchar otra respiración junto a la de Anne en la pieza. Pero no hablé con ella de estos pensamientos. La última noche, Anne volvió a fumar y a beber. La palabra aborto no se pronunció.

Estoy sentado a la mesa de la cocina, delante de mí hay entretanto tres botellas de cerveza vacías. Tengo la frente apoyada en mi mano y sigo esperando. Me doy cuenta de que deberíamos volver a aceitar la placa de la mesa, la madera está reseca y descolorida. En un sitio se puede ver una muesca profunda y circular. Resto de una de nuestras peleas. Yo estaba tan furioso que golpee un vaso contra la mesa.

Tomo una nueva cerveza del refrigerador y vuelvo a sentarme. El temblor ha mejorado un poco. Todo está silencioso, increíblemente silencioso. Solo oigo el tic-tac del reloj de pared. Me pone nervioso, lo tomo de la pared y le saco la batería. Queda parado en las 18:12 horas. Lo pongo dado vuelta sobre la mesa, junto a las botellas vacías. Pienso en Anne y en que varios médicos y asistentes dan vueltas delante de sus piernas abiertas. La veo acostada ahí, con el tubo del respirador en la boca. El anestesista se sienta junto a su cabeza y observa el electrocardiograma, cuida el pulso de mi Anne, mientras que por delante le introducen instrumentos esterilizados. Empiezo a sudar, en la nuca, en la frente, en los sobacos. Me pregunto si todo habrá salido bien, si ha vuelto a despertarse. Si ya se resolvió. Me termino la cuarta cerveza.

Creo que fuimos un caso fácil para la asesora pro familia. Ya habíamos tomado nuestra decisión. Necesitábamos el certificado de asesoramiento y sabíamos que lo recibían todos los que asistían a una charla de asesoramiento. En un papel debíamos anotar nuestras razones para estar en conflicto con el embarazo. En primer y segundo lugar figuraban los problemas familiares y de pareja y el padre del niño no apoya el embarazo / a la mujer. Yo puse mis crucecitas en el número trece, situación financiera / económica y en el dieciséis, situación profesional / laboral y empujé mi papel sobre la mesa. Anne pudo ver lo que yo había anotado. Luego colocó su papel con la parte de adelante hacia abajo sobre la mesa y se lo pasó a la consejera.

La consejera observó nuestros papeles y luego preguntó:

– Expresado en porcentaje, ¿cuánto deseo tiene de no tener al bebé?

– Noventa por ciento – dije.

Anne me miró de costado, luego dijo:

– Noventa por ciento.

Después de treinta minutos, nuestro certificado estuvo sellado. Anne se metió en la cartera varios folletos informativos que tomó de un folletero. Estaba estipulado que la charla durara una hora.

Ya son pasadas las nueve. Anne sigue sin llamar. Yo bebo cerveza, y la bebo cada vez más rápido. Entretanto me he emborrachado, camino de un lado al otro de la cocina y por el pasillo. Camino como un poseso por todo el apartamento. Ya no me preocupo, estoy furioso, con Anne, con nosotros, con todo. Me tambaleo un poco y me doy contra el marco de una puerta. Deberías serenarte, maldita sea, pienso. Enciendo el televisor, pero no soporto ni un solo programa por más de cinco minutos. En cada canal, algo desata alguna asociación desagradable dentro de mí. No puedo ver ni un programa de cocina. Sigo con el zapping porque me muestran cómo le sacan las pepitas a un melón. Vuelvo a apagar la televisión y cierro los ojos, entonces suena mi móvil.

– Quería llamarte – dice Anne.

Escucho música de fondo, voces.

– ¿Cómo te va? – le digo – ¿Ya terminó? ¿Dónde estás?

– Ni idea, en alguna parte. Marie está conmigo. Estamos por comer algo.

Suena exhausta, habla despacio y con lengua pesada.

– Ven a casa – le digo – por favor. Ven a casa.

– Vamos a comer algo aquí, ya te lo dije. No me esperes. Ahora tengo que cortar.

– Espera – digo –, maldición, ahora espera un momento. ¿Está todo en orden?

– Sí, sí, tengo que ir al baño – dice.

Luego la comunicación se corta.

La llamo de inmediato de nuevo, una vez, dos veces, a la tercera vez ella rechaza el llamado. Cuando llamo por cuarta vez, me comunico directo con su casilla de mensajes. Arrojo mi móvil al suelo, la batería sale disparada. Me cuesta respirar y me tengo que sentar en el suelo. Lloro por primera vez desde que Anne me dijo que estaba embarazada. Lloro histéricamente y hasta lanzo un grito fuerte. Luego vuelvo a pararme, me limpio la cara con la mano y rearmo mi móvil. Empiezo a registrar el apartamento en busca de pistas de dónde podría haber ido Anne con Marie.

Leo los papeles con anotaciones en su escritorio. Enciendo su ordenador y miro el historial de su browser. Estoy firmemente decidido a descubrir dónde está, ir hasta allí y traerla a casa. En los últimos tres días no buscó ningún restaurante ni bar. A cambio, parece haberse leído todos los foros del mundo en idioma alemán sobre interrupción de embarazo. Entradas con los títulos memoria eterna o se cumple un año de la fecha calculada para el parto. Mis ojos se topan con el montículo de folletos informativos que Anne se había llevado de pro familia. En las tapas están retratados padres de aspecto feliz con sus bebés: Asignación para padres y licencias para padres; Estudiar con un hijo; Embarazada en Berlín. Borro el historial del browser. Tomo los folletos, los llevo directo al sótano y los tiro en el contenedor para papeles. De regreso al apartamento, escucho sonar mi móvil. Subo la escalera a los saltos.

– ¿Dónde estás? – pregunto.

– Soy Marie – dice Marie – Me manda decirte Anne que está todo en orden. Estamos en un restaurante, más tarde la llevo a casa.

– ¿En qué restaurante? Paso a buscarlas.

– Max – dice Marie – Anne no quiere que vengas. Más tarde la llevo a casa, no te preocupes. Por favor no vuelvas a llamar.

Y corta.          

Un par de minutos más tarde vuelvo a llamar a Anne, me atiende el contestador. El mensaje de Anne es alegre, suena de buen humor y feliz, a uno le dan ganas de dejarle un mensaje a esa voz en el contestador.

Después de la señal, digo con voz entrecortada:

– Anne, soy Max. Si hice alguna cosa mal, lo lamento. Pero por favor ven ahora a casa. Ven a casa, ¿vale? No aguanto más… Te amo.

Parado junto a la ventana, vigilo ansioso. Cada auto que se acerca espero que sea un taxi ocupado, en el que venga Anne. Ahora bebo sobras de aguardiente barata con cubitos de hielos. El móvil está a mi lado sobre el vano de la ventana. En el edificio de enfrente hay una pareja enfrente del televisor, tomados del brazo. Un enjambre de insectos revolotea alrededor de la luz encendida de un farol de calle. De nuevo llega un auto despacio, pero no se detiene. Me pregunto cuándo he perdido a Anne por el camino. Busco un momento, algún gesto, una frase que debiera señalarme que en los últimos diez días ella estuvo viviendo un rollo completamente distinto al mío. Se me hace evidente que no sé cómo seguirá lo nuestro.

Me despierto al escuchar que abren la puerta de entrada al apartamento. El televisor brilla mudo y arroja al ritmo de los cortes en la película una luz débil en la habitación. Me levanto y voy rápido al pasillo. Al entrar, Anne se golpea contra la pared. Su maquillaje está corrido, su cara tiene un torcimiento extraño, ha estado llorando.

– Anne… – le digo y voy hacia ella.

Ella retrocede medio paso y levanta las manos hasta la altura del pecho en gesto de repulsa, con la mirada perdida en el vacío. Parece un cartel de stop.

– Anne… – digo de nuevo – Ahora ya ha pasado, quedó atrás.

No contesta, se desliza por mi costado con las manos aún alzadas, prestando atención a no tocarme. Cuando la tengo al lado, procuro tomarla suavemente del mentón, de modo que levante la cabeza y al menos lograr que me mire, así sé qué es lo que está pasando. Me toma de la muñeca, me mira y vuelve a bajarme bien despacio la mano. Se siente como una amenaza. Desde sus ojos me grita un desprecio que me eriza la piel de la nuca. Luego se va a su cuarto.

Escucho cómo saca algo de abajo de su cama. Voy tras ella y me quedo parado en el umbral de la puerta. Anne está haciendo una maleta, dice:

– Hoy duermo en lo de Marie.


*This story is taken from: “Das Licht der Flammen auf unseren Gesichtern” by Dorian Steinhoff © mairisch Verlag 2013.

Grietas

Traducción de Marjeta Drobnič y Matías Escalera Cordero

Hay muchas historias. Ésta es una de ellas. Tienes mujer, tienes hijos, tienes trabajo, tienes coche, tienes un chalet en las afueras. Todo apunta a que morirás feliz, tus hijos llorarán en el entierro y los vecinos lamentarán tu ausencia. Entonces, una noche, mientras se evaporan lentamente las últimas partículas de luz, y vuelves a casa no más rápido que de costumbre, oyes un golpe: has atropellado algo. No has visto nada, sólo has sentido el golpe seco contra el coche. Paras, sales y miras a ver qué ha pasado. Debajo de tu coche yace un niño, de siete u ocho años, como uno de los que te esperan en casa, podría ser tuyo. No se mueve. De debajo de su cabeza sale un charco de sangre.

Gritas, te inclinas, palpas sus venas, no sientes nada. Miras alrededor, no hay nadie, la calle está vacía. Pasas por aquí cada día, pero no conoces a nadie, un grupo de viviendas, grises y arrugadas. Nadie mira, todas las luces están apagadas.

 ¿Ahora qué? ¿Qué haces cuando te ocurre algo así? Si el niño gimiera, sería fácil, ¿sabes? Lo meterías en el coche y te lo llevarías a un hospital. O llamarías a una ambulancia. Pero ves que no hay nada que salvar. Cuando te tranquilizas un poco, te das cuenta de que las farolas no están encendidas. Ves que no hay coches en la calle. Miras alrededor a ver si viene alguien, a ver si hay alguien observando, escondido detrás de los contenedores. No hay nadie por ninguna parte.

Te gustaría llamar, pero, ¿a quién? Además, la batería de tu teléfono se agota de repente, y te das cuenta de que nadie respondería aunque el móvil funcionase. Vuelves a mirar al niño. Te parece que lleva horas en el suelo, que su rostro ha palidecido, que la sangre debajo de su cabeza se ha secado. Vuelves a mirar alrededor y te parece que las casas a lo largo de la calle se desconchan, que el asfalto se resquebraja, que en el cielo nocturno aparecen grietas enormes, y que por allí asoma el vacío, para escurrirse adentro.

Sigues apretando la llave del coche en la mano, la miras, miras tu coche, y sabes que jamás volverá a moverse. Dejas caer la llave, se hunde con lentitud en la oscuridad, a tus pies, y no te sorprende no oír el golpe del metal contra el asfalto. Se han apagado todos los ruidos. Los perros han dejado de ladrar, los televisores han dejado de zumbar, los teléfonos de sonar. Vuelves a inclinarte hacia el niño. Es cada vez más menudo y dócil, miras tus manos y aguardas a que aparezcan las grietas. Piensas: tenía mujer, tenía hijos, todo hacía prever que moriría feliz. Ahora ocurrirá otra cosa. Muchas historias no terminan con un final feliz. Ésta es una de ellas.

Tierra firme

Traducción de Marjeta Drobnič

Pasó en los tiempos cuando yo tenía pelo todavía, ahora esos tiempos son lejanos, pero antes los tenía presentes, tan cerquita, antes, cada noche, todo lo tenía muy presente, muy cerquita, pero ahora no voy a hablar de eso, no vamos a hablar de eso ahorita. Quiero hablar de lo que aquella noche ocurrió, de cómo la vi a ella entre todas las mujeres, de cómo dije: ¡qué bella!, y la risa les dio a mis compañeros, y me dijeron, estás loco, ¿bella?, ¿ella? Pero yo, allá ellos, los dejé hablar y me acerqué diciendo que si querría bailar, y ella rio y dijo: ¿te deja tu mamá? Pero yo no me tomé a mal lo que podía sonar fatal, en absoluto me sentaba mal, sino parecióme dulce y cordial. Y después le sugerí que se tomase algo comingo y ella rio otra vez, diciendo, que vale, que bien, y, después, sí que todo estuvo bien, me olvidé de mis amigos y me puse a cien. Y después me contó que el corte en el vientre se lo había hecho un capitán porque ella había salido de su lecho con mucho afán, demasiado afán para él. Y dijo sin vacilar que, después, había dejado el mar, aunque en ella tenían mucho interés, pero que el mar era un azar, que volvería otro capitán. Y que siempre llegaba el desenredo y había que olvidarse del miedo, hacer frente al duro vaivén, pero que ahora estaba aquí, y estaba bien. Y me contaba más y más, cosas que yo creía engañosas o que no ocurrían de hecho, pero a ella sí, aún le ocurrían cuando no estaba al acecho. Y, después, me vi obligado, obligado a decir que ahora me tenía que ir, que, al alba, debería estar en mi cama, si no, para el próximo baile me montaban un drama, y rio de nuevo diciendo que lo sabía, que sabía que me vería obligado a irme y que me iría. Y que había estado bien. Y sólo pude preguntarle en la puerta: ¿irás a bailar otra vez? Y, ahora, siempre cuando paso por allí, donde ya, desde hace tiempo, no se baila más, donde ya todos quedaron atrás, donde llevan años construyendo el hotel más grande que se haya visto jamás, y siempre hay otro dueño que lo hace sin empeño, aún ahora, siempre cuando paso por allí, recuerdo cómo se puso cuando me dijo: no, mañana tengo que volver. ¿Cómo se puso, me estás preguntando? Triste. Y sabía, ya entonces, que todo había sido como había sido para que lo recordase cada vez que por allí pasase y también en otras muchas ocasiones, en las noches, cuando no se duerme, para que recordase cómo había sido, entonces y allí, en remotos tiempos, cuando yo tenía pelo todavía.


*El cuento “Grietas” fue publicado en la colección: Comprendes, ¿no?

Dos semanas atrás te llamó, así, de la nada, y hoy es el día de la madre y vas a volver a verla. Querías empezar de la mejor forma posible, pero el sábado te acostaste tarde y borracho, y el domingo te despertás con un llamado de ella a las once y veinte de la mañana. Pregunta si vas a ir a almorzar como habían quedado. Decís que sí. Pregunta si vas a ir con Fernanda. Decís que no, que ya le habías dicho. Te pide que por favor no llegues tarde, y cortás. En los últimos días apareció el zumbido de que no haberla visto antes en todo este tiempo fue más que nada tu culpa, y empezaste a pensar cómo se habrá sentido ella. Y es que estar con ella es un truco que aprendiste de chico y desde que dejaste de serlo no volvió a salirte demasiado bien. Encima, cuando te esforzás por ser amable perdés la paciencia. Por algún motivo, sin embargo, confiás en que las cosas van a terminar de acomodarse solas durante el almuerzo. El viernes a la tarde le compraste un regalo y no pudiste acordarte cuándo había sido la última vez que lo habías hecho. También tenés algo que decirle; algunas frases para terminar de emparejar todo.

Es el mediodía del tercer domingo de octubre de un año que no tiene ni tendrá década. Te metés en la bañadera y enseguida entrás en una nada brumosa pero impecable, blanca como el decorado de una propaganda de crema o sal. No hay ningún ruido. Nadás en la pileta de la terraza de una torre de treinta pisos oscuros. Nadie. Apoyás la espalda contra los azulejos del fondo. Mirás para arriba: no hay luces ni ruidos. El agua es tan transparente que cuando desaparece no se nota. El suelo es de pasto y caminás como Kwan Chang Caine, como un Johnnie Walker en un prado escocés, hay ovejas blancas que ahora son una sola nube y abrís los ojos, tosés y escupís un poco de agua fría. No tenés idea de qué hora es porque en ese baño siempre es de madrugada. Escuchás el ruido del tránsito y cómo un vecino tira la cadena, se lava las manos y cierra la puerta del otro lado de la pared.

Algo que ves desde esa esquina sobre la avenida te resulta conocido. Es que un paso detrás de otro, como un autómata, caminaste las cuadras que separan tu departamento de la zona donde viviste con tu mamá y tu hermana hasta hace algunos años. Recién ahora, al recorrer esa distancia, te das cuenta de que no te habías alejado tanto en realidad. No te acordás de qué había antes sobre la avenida. Seguro no eran dos locutorios.

Para pasar por la puerta, tironeado por el deseo casi morboso de comprobar el paso del tiempo, solo tenés que doblar en la esquina y seguir media cuadra, pero te quedás quieto. Ya son las dos y diez en el reloj del celular. Tomás un taxi y cuando arranca tanteás los bolsillos buscando plata para pagar. Llegás y tenés que explicarle al guardia del edificio quién sos. No cree que ella tenga un hijo que él nunca vio en este tiempo. Hace que toqués el timbre. Piso catorce. Te pregunta si estuviste de viaje. Sonreís y escabullís la mirada: sobre la mesa desde la que preside el hall de entrada hay un celular de los más caros. Finalmente, la voz de un hombre desconocido dice por el portero eléctrico que podés pasar. En el ascensor te acomodás el pelo y la ropa frente al espejo. Te detenés en tu cara y pensás en tu hermana. De alguna forma sentís que la abandonaste. Por mucho tiempo, habían sido lo único que quedó en pie de esos primeros años en Buenos Aires, el peinado batido de tu mamá, tu papá flaco y con bigotes. Después vos y ella juntos dieron vueltas en las calesitas a las que los fueron subiendo, como un pasajero disputado por dos taxistas una noche desolada.

Pero todo eso ya pasó y ahora es más simple: solo tenés que compartir algunas comidas al año con las dos, un tipo y su familia, en un piso catorce con palier, la puerta abierta y detrás del ventanal del balcón la reserve ecológica y más atrás el río. Te asomás y no ves a nadie. Volvés a salir y tocás el timbre y esperás, pero nada. Das vueltas por el living y te inclinás para leer los lomos de los libros y ver sus caras sonrientes en los portarretratos. La cautela tensa tus movimientos como si todos los adornos estuvieran a punto de quebrarse en cualquier momento, o como si estuvieras entrando a robar en lo de una familia que se fue a pasar el día al country.

Desnuda envuelta en una toalla, una rubia que no es tu hermana pasa al fondo del pasillo. Antes de cerrar la puerta de la habitación se da vuelta y se queda mirándote un segundo interminable, hasta que desde un costado aparece tu mamá y te abraza. Está igual: un poco más flaca, el pelo más rubio y con otro peinado, con ropa nueva y menos arrugas, pero igual. Te aleja, apoya sus manos en tus hombros, te mira y luego te aprieta. Vuelve a alejarte. Está llorando. Dice que está llorando de alegría. Metés la mano en el bolsillo de la campera y tanteás el paquete dentro de la bolsa. Se abrazan y se dan otro beso. Estás por abrir la boca, casi, y ella vuelve a alejarte, los ojos irritados, y dice que la sigas, que quiere mostrarte el departamento. Pero todos los cuartos están cerrados con llave. Dice que deben estar cambiándose y te muestra los baños: en uno todavía quedan restos de vapor, espuma y una bombacha bordó húmeda colgada de la canilla. Estornudás. Volvés a estornudar. Dice que debe ser por la alfombra y que mejor vayan a la cocina. Seguís estornudando, tanto que es como si lo hicieras a propósito, como si por algún motivo quisieras exagerar la sensación de incomodidad.

Mientras te limpiás la nariz ella pregunta si no le harías un favor. “¿Qué?”. Todos están ocupados preparándose y ella todavía tiene que bañarse y calculó mal y necesita más crema para la salsa, y encima no hay vino y a Gustavo no le gusta comer sin vino. Una puerta se abre y la voz de un hombre, la misma del portero eléctrico pero sin distorsión, le pregunta dónde está. Qué importa si no puede comer sin vino, que se lo vaya a buscar él: están solos y no sabés si van a poder volver a estarlo. Pero al mismo tiempo es como si algo te diera pudor, y vas. Pide que ya que estás saques a Lucky, que sale del lavadero estirando las articulaciones.

Es un barrio nuevo construido en tierras ganadas al río, un club de campo de torres: solo hay edificios enormes, separados unos de otros como si fueran demasiado pesados para ese suelo, rodeados de plazas impecables con árboles y bancos recién plantados. Fue en otra vida cuando tus mejores ideas se te ocurrían paseando a ese mismo perro por plazas derruidas, fumando por cuadras a las que ahora no te animás a volver. Desde afuera, el único supermercado de la zona parece un negocio de objetos de diseño. Atás al perro y te acercás a las puertas corredizas, que se abren solas. Un guardia te agarra del brazo y dice que no se pueden dejar perros atados en la vereda. Protestás, pero él se limita a señalar un cartel que dice que está prohibido atar perros y el nudo de la correa alrededor del poste.

Seguís hasta un coreano sobre la avenida a seis cuadras. Todo es más sucio y ruidoso y no hay problema con atar perros. Vas derecho hacia la heladera de lácteos. El olor a limpiador te hace picar la nariz. Comparás varias bodegas y agarrás dos botellas de vino tirando a caro. En la caja, la señora de adelante desparrama todos los productos sobre la cinta, avanza unos pasos y queda a la misma altura que la cajera, que apenas si puede verla. Sobre la tira de caucho negro hay una planta de lechuga, servilletas de papel, pan, un pedazo de carne de un corte que nunca comiste y dos vinos en envase de cartón. Pide que le avise antes de que sean veinte pesos. La cajera dice que van diecinueve con cuarenta, y uno de los vinos queda sin cobrar. Tiene todo lo demás en dos bolsas. No ves qué pasa con el otro vino —si al final lo agarra o lo deja—, porque mientras abre el monedero le dice a la cajera que la comida está muy cara, que cómo puede ser que la comida sea cara. Saca un billete de veinte arrugado, como si saliera de la mano de un chico que va de compras por primera vez, un billete que estuvo años enrollado en la trompa de un elefante de cerámica con piedras de fantasía. Mientras lo alisa, antes de dárselo, le pregunta a la cajera si tiene madre. Después le pregunta si no le da pena tener que trabajar el día de la madre. Y que tendrían que cambiar eso de día de la madre, dice.

Usa anteojos negros y unas bermudas que llegan justo hasta sus rodillas blancas y un poco fuera de escuadra. A la gente a veces se le nota en la postura del cuerpo cuando está a punto de decir ciertas cosas. Porque su mamá había perdido a su mamá —dijo así, dos veces “mamá”— de muy chiquita, y siempre la había pasado mal todos los días de la madre.

La cajera tiene la mirada perdida en las ofertas de carnicería, y a esta altura ya no debe ver más palabras sino signos de admiración y números a lo largo de las góndolas. Números y signos de admiración, en todas las inclinaciones posibles, en los carteles y etiquetas, y una luz que huele a lavandina cayendo del techo. La señora de todas formas sigue hablando: dice que hubo una época en que se llamaba “día de la familia” y que eso le parecía lo mejor. Apoyás la crema en la cinta: el cartón de vino no está. Costaba un décimo de cada botella que estás por comprar. Mientras pagás, mirás hacia afuera asustado, a ver si el perro sigue ahí. Volvés rápido, casi sin mover los brazos, como si al ser agitada en contacto con el exterior, la crema pudiera echarse a perder en cualquier momento.

Están todos sentados alrededor de la mesa. Le das un beso a tu hermana, un apretón de manos a Gustavo, un beso a cada una de sus hijas y otro al hijo menor, que aunque parezca mentira está usando una remera tuya. No decís nada. Es ella quien lo hace notar, como si eso de alguna forma los hermanara. Debe tener dieciséis o diecisiete, y es uno de esos adolescentes que ya no van a crecer mucho más. Es alto, flaco, tiene el pelo apenas largo y no puede saberse si se afeita o la barba todavía no le creció. En la mesa apenas habla. Te preguntás si tendrán algo más en común, seguro está usando muchas más cosas tuyas. Le decís a ella que tendría que haberte preguntado antes. Te mira mal solo un segundo y agarra tu mano. Te hace un elogio desmedido, casi absurdo, que más que avergonzarte te molesta. No decís nada y ella igual intenta darte un beso delante de todos. Te alejás y apenas alcanza a acariciarte. Sacás la mano. No podés evitarlo: es como que hay algo físico que en algún momento se echó a perder.

Encima vive con otro hombre. No es que te moleste, al contrario: sacando su primer comentario (“¿así que pintás?”), Gustavo enseguida te cayó bien. Y con dos vasos de vino pudiste recubrirte de una capa de genuina simpatía que lubrica tus movimientos con las personas. Te gusta cómo la trata, cómo le habla y los chistes que hace para cambiarle el humor luego de tus comentarios. Y lo que cuenta: que en la semana viajó a su campo y lo agarró un corte de ruta. Pero sobre todo el modo, el tono. Es imposible que a esta altura no te caiga mal cualquier comentario sobre el tema.

Resulta que más adelante había un micro, dice, que llevaba a un grupo que tenía que tocar esa noche en una ciudad en otra provincia. Estaban llegando tarde y se bajaron algunos músicos y otros que no tenían cara de músicos y yo también me bajé del auto para ver qué pasaba, y al rato dos de la banda se pusieron a tocar con los redoblantes de los piqueteros, todos cantaban y arengaban. Eran casi todos chicos, adolescentes y mujeres, dice, de todas las edades, más bien de treinta y pico en adelante, y cinco bicicletas dadas vueltas, con el asiento sobre el asfalto, que acumulaban dos kilómetros de autos y camiones a cada lado. Y después los músicos se sacaron una foto con la bandera, todos sonrientes. Que salga el escudo de la organización, gritó una mujer. Y otro dijo bueno, pero miren que el corte no se levanta.

Eran de un pueblo a tres kilómetros y estaban protestando porque iban a instalar una planta refinadora de algo por la zona. Los músicos tenían que seguir, no iban a llegar, y el productor del recital se acercó y pidió que los entendieran, que ellos apoyaban la causa, que apoyaban todas las causas. Que todavía más: esa campera que él tenía puesta, verde militar gastado, se la había regalado el Perro dos semanas atrás, y Gustavo hace un gesto para subrayar el absurdo. Ellos apoyaban la causa, repitió el productor, y les ofreció leer el petitorio en el escenario esa noche. Y les regaló varias copias del primer disco de la banda y algunas del segundo.

También están sus dos hijas. Sabés que una se llama Delfina y la otra Belén, pero no te acordás de cuál es cuál. Te lo dijeron al presentártelas —mirabas a la de la toalla— pero no llegaste a pronunciar sus nombres en voz alta y te distrajiste, el mantel cada vez más sucio. Las dos son rubias. Una tiene veintiséis, la otra veintitrés. Una de las dos dice algo acerca de los músicos, algo como que a todas las mujeres les gustan los músicos pero al final terminan casándose con los que tienen plata. Podría ser peor: podría haber dicho “pintores” o “artistas”, a secas. Gustavo contesta: en realidad, solo las tilingas. Se lo dice bien, como si todavía estuviera educándola.

La de veintitrés es la que parece más grande, te había contado tu mamá por teléfono con cierta picardía. Un poco te molesta esa complicidad que intenta generar; aunque, es cierto, si vivieras ahí con ellos podrías encontrártela cualquier madrugada en la cocina, en camisón, sentada sobre la mesada, las piernas blancas flexionadas a tu alrededor, la bombacha bordó corrida a un costado, la luz de la heladera abierta y los números verdes del reloj del microondas reflejados en el vidrio de la ventana. Y cuando te cuentan que le cambiaron el nombre al perro y ahora lo llaman Eliot, porque “les gusta más”. Todo bien con T. S. Eliot, con Eliot Ness, Billy Elliot, Elliott Smith, Elliott Murphy, Missy Elliott, pero no se le cambia el nombre a un perro, y de repente empezás a llamarlo cada vez más fuerte “¡Lakiii!… ¡Lakiii!”.

Te callás porque te miran todos menos tu hermana. Tras una seguidilla de gestos le encontrás un parecido con Belén y Delfina, sea quien sea cada una. Por un segundo pensás que la familia es algo que se contagia. Después notás que tu hermana está más cerca de ellas que de vos, y sentís que de algún modo no cumpliste bien con el rol de hermano mayor. Pero ya es tarde. Hay otro segundo en el que pensás que la relación con ella se parece a esa planta que dejaron los anteriores dueños en el balcón de tu departamento. Esa planta que no regás, ni siquiera en verano, y sin embargo se mantiene viva, y a veces hasta da algunas flores.

En el único rato en que volvés a estar a solas con ella, no sabés qué pasa, no podés darle el regalo. Sentís como si el envase estuviera roto o el producto fallado, y en tu cabeza todo salía perfecto. Empezás a toser y a estornudar y Gustavo se asoma por la puerta para ver qué está pasando. Te pregunta si estás bien y ella te frota con un repasador en la cara, con una servilleta de papel. Te dice que tenés que dejar de fumar, que te hace mal. Listo, querés irte. Ella dice “por favor”. Pensás que va a decir algo más, que va a pedirte algo, pero no, vuelve a decir “por favor” y se queda mirándote en silencio. Llueve fuerte y Gustavo ofrece llevarte. Si te negás, vas a terminar arruinándolo, lo sabés, y a fin de cuentas las cosas no salieron tan mal. Es que te gustaría poder controlarlo, pero es un remordimiento retorcido que no podés evitar: siempre que te vas sentís que deberías haberte quedado, y siempre que te quedás un rato más, sentís que ya tendrías que haberte ido.

Adentro del auto solo se escucha el ruido empañado de los limpiaparabrisas. Al frenar en un semáforo, Gustavo ve la bolsa que tenés en la mano y pregunta qué es. Decís que un regalo que te hicieron y no te gustó. Y qué bueno que te hizo acordar, porque te habías olvidado de que tenías pensado cambiarlo, y si no vas ahora no vas a hacerlo más. Él te dice que los domingos en general no se hacen cambios ni devoluciones, pero solo querés bajarte del auto, que no lo tome a mal, y le decís que vas a probar ahora que casi dejó de llover, que por favor te deje en la avenida. Antes de bajarte le das la mano y después un beso.

En la estación de servicio de la esquina hay autos haciendo cola para cargar nafta. Gente inflando gomas y llenando el tanque antes de volver a encerrarse hasta el lunes a la mañana. El domingo a la tarde todavía tiene esa melancolía indeleble de que al otro día hay que ir al colegio, sobre todo una tarde como esta, de mucha cita y poco pensamiento propio. Planeás ordenar un poco y terminar una botella de vino que hay que terminar, y en eso, en el palier del edificio, te encontrás con la del sexto sentada en la silla que usa el portero cuando no tiene nada que hacer.

Pasás al lado de ella en silencio porque después de bajar del auto quedaste algo retraído. Vive en el edificio desde antes de que llegaras, con sus dos hijos, un varón y una chica, de unos seis o siete años, que siempre gritan al bajar en el ascensor. Es de Brasil pero el ex es argentino, alguna vez cruzaste algunas palabras con él en la puerta de calle mientras esperaba que bajaran sus hijos. Por la expresión de ella, es como si estuviera esperando que se los traiga de vuelta. Tu papá siempre llegaba tarde cuando tenía que pasar a buscarlos: una, dos horas. Se te caen las llaves al piso y se da vuelta. Te mira callada, medio aturdida. Decís “hola” mientras apretás el botón del ascensor. Pero no responde, y decís que alguien debe haberlo dejado mal cerrado. Mirás por el hueco de la puerta y decís: “Deben estar descargando un piso de bolsas blancas de supermercado”. Pero ella no contesta y sigue con la mirada perdida en la puerta de calle. De repente se ladea y te dice, como si estuviera terminando una frase que había empezado a pensar o a decirse en voz alta justo antes de que entraras, que por suerte el exmarido acaba de llevarse a los hijos a dormir a su casa, que el varón está insoportable, a la mañana le pegó.

Hay algo en el desprecio hacia su hijo y el abatimiento que traslucen su voz y sus facciones, que te hace recorrerla de arriba abajo y notar por primera vez su cuerpo debajo de las calzas y la remera. Le decís que tu abuela, “la mamá de tu mamá”, era de las que decían eso de que “no hay nada más malo que pegarle a la madre”. Se ríe. Pensás que podrías atraerla insinuando una mezcla de ternura y vigor juvenil. Te parece que sería un trato justo, pero no se te ocurre qué decir y empezás a agitar el paquete. Te sobresaltás cuando detrás tuyo escuchás el ruido de la puerta de metal: son los viejitos del quinto que tardan un par de minutos en salir del edificio.

Suben juntos al ascensor y recién decís algo a la altura del cuarto. “Entonces ahora te quedaste sola…”. Siempre te generó una sensación extraña conocer un departamento del edificio en el que vivís, idéntico y a la vez tan distinto al tuyo. Aunque tal vez te dé impresión mirar de reojo hacia el cuarto de los chicos y ver las camas sin hacer, y en el piso ropa y un brazo negro de un muñeco articulado. “Hasta mañana a la tarde, por suerte, que vuelven del colegio”, dice ella, y abre la puerta, se baja, y se queda mirándote desde el pasillo. El camisón que ibas a regalarle a tu mamá le hubiera quedado bien, por ahí algo corto y un poco ajustado. Te gustaría decir algo sobre esta noche, sobre las noches de domingo que es mejor pasar con alguien que solo, decirle que tenés una botella de vino casi entera que hay que terminar, pero te quedás callado y ella dice, a pesar de que son las seis de la tarde, “que duermas bien”, y cierra la puerta de su lado del ascensor.

El living de tu departamento está vacío y revuelto, las luces prendidas. En la mesa hay tres libros abiertos, un cenicero lleno, fotos desordenadas, el celular y un vaso con rastros de vino oxidándose. Sobre la silla hay una camisa arrugada y en la otra un saquito de té seco que conserva la huella de un par de dedos nerviosos. En la calle no hay viento, ni autos, ni ruidos, apenas algunas luces prendidas de acuerdo a un patrón desconocido. Desde el séptimo piso, esa parte de la ciudad es como una maqueta la noche después de la presentación final.

En el borde de la bañadera hay un frasco de shampoo normal, otro de crema de enjuague, un libro con las puntas florecidas, dentífrico para encías sensibles, una taza de café y un cepillo de dientes. Hay sarro en las juntas de algunos azulejos, la cortina de hule enmohecida en las puntas. Hace frío y nunca podés hacer que la ventana cierre del todo. Estás en la bañadera, abrigado por el vapor y el agua caliente por segunda vez. Hay días que pasarías enteros ahí, abriendo cada tanto con un pie la canilla de agua caliente, corriendo con el otro apenas el tapón, para conservar lo más parecido a un atmósfera amniótica.

Pensás que sería bueno que lloviera. Acto seguido, como si te estuvieran cumpliendo un capricho por lástima, ves un relámpago y algunas gotas que golpean contra el vidrio esmerilado. Pensás en la brasileña, en que no debería ser tan difícil, y en que la próxima que te la cruces va a ser mejor tener algo planeado. Tal vez entrar a su departamento cuando no estén los chicos con la excusa de ver si no está filtrándose en el techo de su baño la humedad que emana de tu bañadera. Mientras tanto, por lo pronto, podrías invitar a alguna chica al cine. Pero no tenés idea de qué dan. Ni siquiera un nombre, un actor.

En febrero de 2001 encontramos exactamente lo que buscábamos: una casa de madera en las afueras de Miami con amplias ventanas junto a un canal que vertía sus aguas verdes en el Atlántico. Nos creíamos afortunados. Era una casa a buen precio en un lugar apacible y lejos de la ciudad. No teníamos vecinos excepto por los gatos. Tampoco insectos. La pintamos de amarillo, igual que el buzón de correos de lata que pusimos en la entrada, y reemplazamos todos los cristales de las ventanas: algunos estaban rotos; otros, simplemente rayados. Los sistemas eléctrico e hidráulico estaban impecables y también los pisos de madera; el trabajo de restauración fue en realidad muy poco. Yo misma pulí y barnicé los muebles de segunda mano que compramos, hice las cortinas y los visillos y bordé los almohadones. Allí vivimos unos siete meses hasta la muerte de Philip.

Mi Philip, todo sucedió tan rápido. Sin embargo, cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta. Todo regresa a mi memoria con espantosa pulcritud.

No era feliz, pero mis días por entonces eran tranquilos.

Mi marido se iba temprano por las mañanas y yo me pasaba las horas sentada en el porche mirando a los gatos con un libro sin abrir en el regazo. Deambulaban con desparpajo y las patas siempre enfangadas a causa de la tierra pantanosa de la zona. Quizá sea un modo tonto de expresarlo, pero eran para mí como hombrecitos paseándose al sol. Su curiosidad y su holgazanería me acompañaban. Eran unos siete (a veces, venían menos) y yo velaba por ellos.

Cuando nos mudamos, planté flores en el terreno y traté de organizar una pequeña huerta, pero nada prendía en esa tierra de arcilla mojada. Todo se pudrió al poco tiempo en nuestro pedazo de terreno en la península de la Florida. Nuestro jardín era un útero de barro infértil con un buzón de lata amarilla lleno de propaganda y cupones. Saboree el arco iris: caramelos Skittles. Cupón de descuento por U$D 0,99 válido hasta 1.04.2001.

‒Con razón estaba a buen precio, Jaime ‒dije mientras cargaba una bolsa con tierra fértil: estaba decidida a llenar nuestro jardín de plantas, aunque fuera en macetas‒; quiero decir, si se la compara con las otras casas de la zona, estaba muy bien.

Jaime era el dueño de la tienda. Era cubano y todavía atractivo, con su piel dorada y sus cabellos largos, a sus casi sesenta años. Le gustaba presentarse diciendo que había escapado del corazón del fucking Diablo para vivir in the very ass de uno de sus súcubos.

‒Ahora lo entiendo, Jaime; muy pocos querrían vivir en esa casa, en medio de esa tierra arcillosa.

Puede que mis palabras sonaran como una queja pero no lo eran. Solo hablaba por el gusto de conversar con alguien.

‒Oiga, ponga una hamaca y un juego de jardín de hierro forjado ‒me sugirió‒; ya verá cómo mejora y alegra. El jardín, quiero decir.

Sonreí un poco.

‒Y llévese un par de antorchas con citronella para las tardes.

‒No tenemos mosquitos.

Damn, están todos aquí, igual que esos muchachos.

Con Jaime hablábamos en castellano, salvo cuando se volvía hosco o grosero. Las malas palabras y los insultos los decía invariablemente en inglés. Era su modo de distanciarse de lo que creía que no correspondía a su carácter o a su posición social. Se consideraba a sí mismo como un caballero, aun cuando despotricaba a los gritos contra Fidel y mi compatriota desvergonzado, el Che.

‒Es que cuando me pongo con lo de la revolución cubana… Disculpe mi mal genio; soy de Cienfuegos, Miss.

«Soy de Cienfuegos», era su excusa, monolítica, invariable. Algún día tendré que conocer Cienfuegos para entender a este hombre, me decía a mí misma.

Jaime, los gatos y una pandilla de adolescentes ‒casi un decorado en el parking del almacén‒ eran lo único vivo en el paisaje de mis días. Los gatos eran siete; los adolescentes, unos nueve o diez. Había distinguido dos hembras entre los animales; en la pandilla de adolescentes había una sola. A los gatos les puse nombres: Nevermore, que era completamente negro, y Gondoliere, que tenía el pelaje rayado. Recuerdo también a Phileas Fogg, un perfecto sir ingles que sabía esperar a que se liberara la escudilla con la leche, y a Franky «Frankestein», el más viejo de todos. Tenía el labio leporino y artrosis. Y por supuesto, Philip. Mi Philip. En cambio, nunca supe el nombre de uno solo de esos muchachos. Tampoco el de ella: una rubia oxigenada de ojos grandes que no me quitaba la vista de encima. Su forma de mirar era casi un alarido. Sé que no es fácil comprender lo que digo. Pero no puedo, ni hubiera podido explicar más ni mejor a la chica. En cambio, ellos, los muchachos, eran ‒eso creía entonces‒ más fáciles de leer. Tenían la misma pinta que los chicos que dan problemas en las películas: jeans sucios y rotos, remeras con eslogan, zapatillas y gorras de béisbol, mucho olor a búfalo; siempre estaban mascando chicle y bebiendo cerveza a deshoras. Se movían en moto; el que yo creía que hacía las veces de líder tenía una Harley Davidson impecablemente cuidada en la que brillaba todo el sol del mediodía. Yo tenía un Focus rojo con tapizado de cuero color beige con el que iba y venía del almacén de Jaime. Era la primera vez que tenía un auto con cambios automáticos. Me gustaba conducir hasta lo de Jaime sin pensar demasiado, escuchando música country. Me sentía tan americana como cualquiera; más aún cuando cargaba las provisiones para nosotros y para los gatos en las bolsas de papel madera. El coche tenía la patente blanca LUK 620 con la inscripción en letras verdes «Florida, a sunny state», lo que es parcialmente cierto, porque en el sur de Florida suele llover y mucho. De hecho, ese lunes por la mañana Seguridad Civil había alertado de la proximidad de una tormenta tropical que podía convertirse en huracán.

Por temor al huracán, fui hasta el almacén e hice una compra como para una semana completa. Mientras Jaime leía el código de barra de los artículos, calculé que necesitaría hacer al menos tres viajes para cargar todas las provisiones en el baúl del coche. El cubano trabajaba solo, estaba de pésimo humor y tampoco tendría ganas de ayudarme. Le alcancé mi tarjeta de crédito.

‒Alguna vez le ofrecí dinero a esos fucking kids para que me ayudasen con las provisiones de los clientes ‒Jaime sacó las bolsas de debajo de la caja registradora‒. Pero, ¿usted cree que esa garbage tiene ganas de trabajar, Miss?

Unas diez veces le había dicho que era casada y otras veinte, le había recordado mi nombre. Pero Jaime seguía con su terco «Miss» y a secas.

Assholes, eso es lo que son; la chica, la peor de ellos, Miss.

No lo volvería a corregir. Ni ese lunes por la mañana ni nunca. Yo también estaba de pésimo humor. Mi marido estaría fuera toda la semana. Una convención de negocios para él en Las Vegas y la amenaza de un huracán para mí al sur de la soleada península de Florida.

‒¿No la podían hacer en Tampa u Orlando? ‒le había preguntado esa mañana.

‒Decisiones de la casa matriz.

Mi marido me dio un beso, cargó la valija en el baúl del coche y se fue. Simplemente. Se iría desde la oficina al aeropuerto. Una semana en Nevada y yo en la casa amarilla con los gatos, un libro sin abrir en el porche y las provisiones que tendría que recoger de la tienda de Jaime. Que si Castro, que si mi compatriota, el Che. El exilio, el triste exilio cubano en Miami, Miss. Todas las veces, como si él fuera el único exiliado latinoamericano en todo Estados Unidos. Cada vez que iba al almacén a comprar, ya fuera por fertilizantes o alimento balanceado para gatos, era igual. Yo tenía la impresión de que Jaime hablaba ‒mucho y mal‒ de la revolución cubana y, por supuesto, de los muchachos para callar algo. También ese lunes por la mañana, mientras facturaba los productos de mi compra.

‒Están practicando para maleantes. Loco debía estar el día aquel que quise emplear a alguno de ellos, porque… ‒Se mordió los labios y miró por la ventana: uno de los chicos se acercaba a la tienda‒. Son treinta y cinco dólares, Miss.

Ahora no solo repetía el Miss sino el precio cuando yo ya había pagado. Guardé mis provisiones sin hablar. Sentía la mirada del muchacho en la nuca, el silencio sospechoso de Jaime. Me fui con un par de bolsas al auto.

‒Hey, Miss; mire lo que se dejó aquí. ‒Me había olvidado una lata de atún y otra de merluza para mis hombrecitos junto a la caja‒. Está usted un poco distraída hoy. Ándese con cuidado, porque esto no es bueno.

Thanks, Jaime.

Regresé a la casa a darle de comer a mis gatos. Había hecho la compra, la había acomodado. Había llenado dos escudillas con leche y otras dos, con alimento balanceado. Todo listo y eran solo las once de la mañana del lunes.

Me senté con el libro en el regazo. No tenía ningún plan; excepto ver, luego de la cena, un documental de caza o pesca del canal Wild Life tumbada en el sofá.

Pero la lluvia se anticipó. El pronóstico había anunciado tormenta tropical a partir de las cinco de la tarde; comenzó a llover sobre el mediodía. El agua estuvo toda la tarde estallando arriba, afuera y sobre nuestra casa de madera. Había algo íntimo y extraño, de queja en ese ruido, como si la madera recordara el bosque al que había pertenecido.

La televisión no funcionaba. Tenía luz pero las señales del cable y del teléfono celular estaban caídas. También nuestro buzón de lata amarilla había sido derribado por el viento en algún momento de la tarde, y sobre el barro yacían desperdigados una decena de volantes con publicidades. Saboree el arco iris y esas cosas. ¿Qué otros desastres nos dejaría la tormenta? Nada me preocupaba más que los gatos ‒creo que no llegué ni siquiera a pensar en el vuelo de mi marido que salía hacia Las Vegas poco antes de la medianoche‒. ¿Dónde se guarecerían mis pobrecitos? ¿Y mi Philip? Era el más gordo y el más astuto. El pelo amarillento, los ojos azulados y su carácter histriónico me recordaron desde el primer día a Philip Seymour Hoffman, ¿dónde estabas esa noche, mi Philip? ¿Dónde te encontraron ellos? Cuando nos mudamos, quise tenerlo con nosotros en la casa. Compré una cesta y bordé una almohadilla celeste con sus iniciales ‒PSH‒, pero mi marido, no, que los gatos afuera. Philip nunca vivió con nosotros. Yo pensaba en mi Philip y en Nevermore y Gondoliere, en cada uno de ellos esa noche de tormenta, y también en las dos gatas hembras a quienes jamás bauticé, pero más que nada en Philip.

La monotonía del agua hizo que la noche llegara pronto.

Las ráfagas caían transparentes en la oscuridad. Para mí todo aquello era real e irreal a la vez. Como si mi cabeza hubiese estado cubierta por un tul y a través de la tela oyera las gotas y el viento. Con que esto era una tormenta tropical, pensaba desde mi cama con un libro ‒siempre el mismo‒ sin abrir. Todo a mí alrededor susurraba, igual que si muchas mujeres ancianas se contaran cosas horribles.

Yo pensaba estas cosas sin entender muy bien por qué. Y afuera, el viento, que a ochenta kilómetros por hora aceleraba hasta la sangre en mis venas.

Sobre las diez de la noche parecía que la tormenta iba a calmarse. El viento soplaba blando, un ruido como de naipes arrojados al aire. O quizá no. Quizá fuera solo mi imaginación de algún modo extrañamente vinculada a mi marido, a su convención de trabajo en Las Vegas –toda una semana fuera de casa para hablar de las estrategias en la comercialización de la fibra de vidrio entre máquinas tragamonedas y mesas de ruleta‒. Me levanté y fui a la cocina para hacerme un té caliente. Afuera todo era oscuro, y la oscuridad lo era todo hasta que la luz de algún relámpago ‒eran como largos colmillos brillantes que fulguraban en la boca de la noche‒ permitía entrever la constancia del agua sobre el barro. Abrí apenas la ventana de la cocina. El aire traía el olor salado del mar, de hierbas húmedas, de flores de hibiscos. El aire traía vida revuelta y aplastada en abundantes ráfagas frescas.

Y entonces los vi.

Primero solo a ella. Había levantado nuestro buzón de lata amarilla del suelo y lo traía en la mano, como quien sujeta un cetro. Caminaba en dirección del porche vestida de blanco. Los pies y el bajo del vestido embarrados. Parecía una sacerdotisa preparada para la ejecución del sacrificio. También una reina loca. Luego la seguía, él. Era un chico nuevo y cargaba una enorme mochila. Jamás lo había visto en el parking de Jaime. Definitivamente no era como los otros. No solo porque no parecía sacado de la misma película de chicos malos, sino porque había algo en la forma de caminar, en el modo de cargar la mochila que lo ablandaba. Él, sin lugar a dudas, no cuajaba en ese casting de malos, sucios y locos. Finalmente, cerrando filas, estaban ellos ‒los mugrientos de siempre, con sus gorras de béisbol y su olor a búfalo‒. Se abrieron en dos grupos. Luego se apostarían en los flancos de mi casa, contra los ventanales que daban a nuestra cocina. A mirar embobados y en silencio.

Cerré rápidamente la ventana.

En un instante, verifiqué que todas las ventanas y las puertas estuviesen aseguradas. Apagué las luces. Corrí a mi cuarto. El teléfono celular seguía sin señal. Si, al menos, hubiera podido llegar al coche y escapar. Estaba calculando mis posibilidades de salida por la ventana trasera cuando ella dijo:

‒Sabemos que está ahí, Miss.

EI miedo me recorrió el cuerpo como otra sangre. No respondí. Me quedé inmóvil unos segundos hasta que ella volvió a hablar.

‒Es que esta casa es nuestra. ¿A que sí?

El «a que sí» no fue para mí sino para el chico de la mochila y el resto de los muchachos; al menos, eso creo ahora. Regresé a la cocina y busqué el cuchillo más grande. Luego recordé que, lo habían dicho en un documental de caza del Wild Life Channel a propósito de la desolladura de las presas, un cuchillo más pequeño y más afilado puede ser más efectivo y es, sin lugar a dudas, más fácil de manejar.

Cambié de arma.

Otra vez silencio. Solo conseguía oír mi respiración agitada.

Ya no llovía, una luz tenue de estrellas me permitió ver a los chicos a ambos flancos de la casa contra los cristales de mis ventanas: las caras blancas, las bocas entreabiertas, las narices aplastadas contra los vidrios. Sus alientos empanaban los cristales. Sus ojos de perro mojado. Me pregunté qué verían ellos del interior de la casa desde esa oscuridad nocturna. Y luego, el golpe inesperado que hizo estallar el vidrio de la ventana de la cocina.

La Reina Loca, enmarcada en mi ventana de madera amarilla. El agua le había corrido el rímel y los ojos eran aún más grandes y más agónicos. Tenía el pelo largo suelto y los mechones delanteros, sujetos detrás de las orejas.

Recogió el vestido con modos de dama sureña para ingresar a mi casa por la ventana, como si siempre hubiese sido la suya. Detrás de ella, el nuevo, su fiel monaguillo con mochila de alpinista.

Volví a empuñar el cuchillo grande que había descartado en primer lugar. Ahora tenía dos cuchillos y estaba parapetada detrás de una silla. Era obvio, aunque en el momento me negaba a pensarlo, que si todos se decidían a entrar y atacarme no habría cuchillo ni parapeto posibles. Deseé como nunca, yo que he sido siempre cordero manso, una pistola.

Todo sucedió tan rápido.

Sin embargo, ahora cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta, las vísceras que escapan de las membranas, los huesos como husos. Todo regresa a mi memoria con lentitud. También las luces del coche, los gritos. Siempre acabo vomitando o con el estómago revuelto ante el recuerdo de esa noche. Me destroza los nervios pensar en Miami, en esos chicos, en mi marido, en todo lo que sucedió entonces.

Ya dentro de la casa, la chica encendió las luces. Conocía el lugar donde estaban las llaves; podía moverse con los ojos cerrados por el interior de mi casa. Sin decir palabra, el chico nuevo abrió la mochila. Extrajo: dos cuchillos grandes, un par de guantes descartables, dos bolsas de residuos, un gancho como los que usan los carniceros para colgar las medias reses en las cámaras. Y a Philip dentro de una tercer bolsa. Todo lo dispuso prolijamente sobre la mesa. Pensé que el gato estaba muerto. Me habría tapado la boca ‒quiero decir, ese fue mi impulso‒ pero tenía las manos ocupadas con los cuchillos. Además Philip no estaba muerto. Estaba drogado, supongo, como el resto de esos chicos tontos. Las bocas entreabiertas del gato y de esos muchachos que aplastaban sus narices en mis ventanas respiraban casi al unísono. ¿Por qué no entraron todos juntos a la casa? ¿Por qué se quedaron afuera? ¿Cuántas veces habían repetido esa idéntica ceremonia? Ella, la Reina Loca, adentro con algún novato y los otros, afuera, contemplando la escena con los ojos bovinos.

‒Enhébrale la pata al gancho y lo cuelgas en ese barral ‒ordenó la chica. Por su inglés supe que era sureña.

Hubiera querido gritar: «no lo hagas», pero las palabras no acudieron a mi boca. Solo di un par de pasos con los cuchillos hacia adelante, como una sonámbula armada. No me atreví a más que eso; no hubiera podido hacer más que eso. La Reina Loca decidió ahorrarse cualquier imprevisto. Hizo una seña a sus muchachos afuera y unos segundos después, todos estaban dentro de la casa.

‒Deje los cuchillos, Miss, y tengamos la noche en paz. Dos de los chicos me tomaron por las muñecas y un tercero me los quitó.

‒Así está mejor. ¿A que sí, Miss?‒ dijo la chica (también ella me llamaba «Miss», qué locura).

Me acarició. Tenía las manos ásperas y frías; olían a lluvia, pero el aliento era de alcohol y cigarrillo.

Hubiera querido insultarla o escupirle la cara. Tampoco pude.

‒Ahora, a lo nuestro; a trabajar ‒ordenó al chico nuevo‒. Tampoco vamos a estar aquí toda la noche. ¿A que no, chicos?

Las manos del nuevo temblaron un poco. ¿Podría contar con él? ¿Se rebelaría en el último minuto? ¿Tenía alguna posibilidad de escapar mi Philip? Las manos del nuevo temblaban ahora más. Eran manos comunes. Ni gruesas ni flacas, ni lampiñas ni velludas. Pero sí se notaba –era evidente‒ que eran manos blandas, como de estudiante, poco habituadas a las tareas manuales. ¿Cuánto pesaría Philip? Unos siete y ocho kilos, quizá diez –últimamente había engordado‒. Para el nuevo pesaba igual o más que un reno. No se atrevía con él. Herir o matar ‒un animal o un hombre, da igual‒ con tus propias manos no es lo mismo que hacerlo de un disparo, como esos soberbios cazadores del Wild Life Channel. Ahora lo sé: la carne se opone, se resiste. Los músculos son elásticos y fuertes. Él tenía que encontrar el modo de ensartar un gancho en la carne viva y peluda de un gato. Evitar el hueso, buscar las fibras debajo de la pelambre. La cabellera rubia de mi Philip.

No era una tarea fácil.

Philip luchaba cabeza abajo, todo lo que le permitían los efectos del narcótico, mientras el chico nuevo batallaba contra el miedo y el asco. Yo también debo de haber forcejeado con los muchachos que me sujetaban, porque luego, cuando todo hubo terminado, comprobé que tenía las muñecas con moretones. El nuevo, después de varios intentos, de arcadas contenidas y de gemidos de Philip, consiguió agujerear la carne del gato. En el muslo izquierdo.

Philip colgaba de una pierna y un hilo de sangre iba manchándole el pelaje lentamente. Como una bandera española invertida: amarillo, rojo y amarillo.

Lo peor no era estar indefensa. Lo peor no era estar en una casa alejada con unos chicos enajenados que, quién sabe por qué, estaban practicando un rito de iniciación sobre mi gato preferido. Lo peor era la incertidumbre, el miedo de saberse a merced de La Reina Loca y de quién sabe qué drogas y cuánto alcohol llevaría en sangre. ¿Para qué me querían a mí de testigo? ¿Por qué, de todos los lugares del mundo, tuvieron que elegir mi casa? ¿Era eso lo que sabía Jaime, que mi casa había sido el cuartel permanente de operaciones de estos chicos? Cuántas preguntas acudían a mí y ninguna tendría respuesta.

La Reina Loca ordenó al nuevo lamer un poco de la sangre que goteaba del animal. Ella misma puso el dedo en la herida del gato y se lo llevó a la boca. Se pintó los labios con la sangre. Luego dio varios giros, puso los ojos en blanco y todos esos muchachones oliendo a búfalo la celebraron con un extraño cántico y aplausos.

Nunca sabré qué pruebas suponía el rito de iniciación completo.

En mi interior, tenía la certeza de que el nuevo no las habría superado. Lo intuía porque sus ojos no tenían el brillo húmedo que tenían los ojos del resto de los secuaces, ni la furia de la Reina Loca. Yo quería creer que, a pesar de la sed de reconocimiento que tenía, todavía le quedaba un destello de bondad en los ojos. El nuevo era el único del grupo que era capaz de dudar ‒por miedo, asco, por lo que fuera‒, y la duda hace que uno conserve un dejo de humanidad. No, el nuevo no pasaría las pruebas. Confirmé mis sospechas cuando vi que era el primero en escapar.

Los faros de un coche brillaron en la cocina.

Era mi marido que regresaba. Se había dejado los documentos en casa. Olvidar su documento fue su forma inconsciente de dejar atrás su identidad. Él no era quien decía ser hacía ya mucho tiempo. Por supuesto, no iba a una convención de negocios; por supuesto, no iba solo. Lo único verdadero era que partía una semana a Las Vegas y que sin documentos no pudo comenzar su viaje. Y regresó a casa con ella ‒rubia oxigenada, de ojos grandes, casi una réplica envejecida de la Reina Loca‒ sentada con desparpajo en el asiento del acompañante. Yo no sé por qué a veces la vida hace ese juego de espejos deformados. Pero nada de eso pertenece a esta historia. O casi. Lo único que importa es decir que la luz de dos faros alcanzó para ahuyentarlos. Todos huyeron de pronto, desbandados como aves nocturnas con los primeros rayos del día; y el nuevo, el primero. Solo quedó Philip a medio morir en nuestra cocina y la mochila de alpinista.

Descolgué la pata de Philip del gancho y lo puse sobre nuestra mesa. No quedaba nada de su histrionismo, de la vivacidad de sus ojos azulados. Todo el pelaje amarillo ensangrentado. No tenía fuerzas ni para gemir, el pobrecito. Mi marido entró en la casa con los ojos turbios y los pies llenos de barro. ¿Que teníamos para decirnos que no fuera ya sabido por los dos?

Tomé el cuchillo, el pequeño y filoso como recomendaban en ese documental de caza. Mi marido no alcanzó a preguntar nada. Ni quiénes eran los chicos que seguramente vio correr, ni qué hacían allí, ni qué le había sucedido al gato. Ni siquiera pudo preguntar por la maldita mochila de alpinista con la que había tropezado. Di dos pasos hacia adelante y él retrocedió cuatro. Sin mediar palabra y sin dejar de mirarlo a los ojos y de una sola puñalada, abrí por completo el vientre del gato. Lo hice con tal fiereza que rayé también la madera de la mesa.

Además de las vísceras y la sangre, del vientre del animal salieron tres fetos mojados y de ojos fruncidos. Resultó que Philip tampoco era quien yo pensaba. Nadie lo es.

Mi marido contuvo la arcada. Luego se derrumbó sobre una silla. La mujer que lo esperaba en el coche hizo sonar dos veces la bocina. De algún modo, había dejado de importarnos. Fue como si la sangre de la gata se adueñara de nosotros: seguía escurriéndose desde la herida hasta el borde de la mesa y de allí hasta el suelo. ¿Cuántos minutos fueron necesarios para que Philip se convirtiera en un felpudo machucado? ¿En cuánto tiempo se habían perdido la vida de la gata y de sus fetos? Me miré las manos ensangrentadas y el cuchillo‒ ya no llovía, yo no sé qué olores traería entonces el viento, ni cuántos árboles o plantas la tormenta había arrancado de cuajo‒. La rubia seguía tocando la bocina del coche a intervalos rítmicos cada vez más apremiantes. Mi matrimonio no era lo que yo creía sino exactamente lo contrario. Y yo me decía a mí misma que lo único fértil y vivo de esa casa había sido arrasado por mis manos.


*Este cuento fue publicado en: La condición animal © 2016, Valeria Correa Fiz , Editorial Páginas de Espuma. 

Cuando Ferdinand Klingenreiter rogó silencio al público, compuesto por queridos amigos, familia y niños, para su Gran Ilusión, algunos se rieron y la mayoría siguió hablando. Las niñas de Stadelmann interrumpieron su cacería entre gritos de júbilo y se volvieron hacia el escenario. La más pequeña, Michaela, o Martina, o uno de esos nombres reservados para los chicos a los que se les añadía una a, gritó en un tono estridente y vivaracho al otro lado de la sala:

—Mamá, ¿dónde está el abuelito?

Klingenreiter le hizo una seña con la mano, estaba muy dulce con las trenzas y el tradicional dirdnl, y salió corriendo asustada hacia Stadelmann y se agarró a su brazo.

—Pero si es Freddie, cariño —aclaró la madre—, Freddie… el Fenomenal. Ahora mismo va a hacer magia.

Freddie el Fantástico habría sido lo correcto, pero a Klingenreiter no le importó, de hecho era su primera actuación, ¿cómo iba a haberse fijado alguien ya en su nombre artístico?

En general la sala estaba un poco más tranquila que antes, se oía el borboteo de la cafetera.

Klingenreiter miró hacia la mesa donde estaba sentado Felix. Más bien yacía ahí, pues el chico estaba hundido en la silla, con las manos en los bolsillos, la cabeza en la capucha y un ojo bajo el flequillo. Todo lo que Felix podía hacer desaparecer de su cuerpo, lo hacía desaparecer. El otro ojo miraba el refresco de cola o los palitos salados que había en vasos de plástico sobre el mantel de plástico. No cruzó la mirada con la de su tío abuelo.

El chico tenía la cabeza en otra parte. O simplemente preferiría no estar ahí.

A Ferdinand Klingenreiter no le importó. A lo largo de su vida, en su cabeza también rara vez los pensamientos hallaban el placer donde él los necesitaba, ¿y qué? Se habían ido a recoger cerezas y sueños, en vez de resolver las tareas de la escuela. No se fijaban en fórmulas ni versos, y le costaba mucho atender a cómo se manejaban correctamente las máquinas. O sí, algunos versos sí, los que escribía su Käthe.

En cambio, los trucos de magia los aprendía con la facilidad que sólo se puede aplicar a las cosas inútiles.

Estaba con la cabeza en otra parte, y el cuerpo en cierto modo también. Klingenreiter siempre supo comportarse con tal discreción que todo el mundo olvidaba su presencia. Felix tal vez envidiaría esa capacidad. Esa magia. Pero no sólo implicaba ventajas. Los padres de Klingenreiter se peleaban con mucha vehemencia estando él presente, como si no estuviera. A menudo los gritos continuaban después de que él pidiera intervenir. Eran los únicos momentos en que Klingenreiter deseaba tener a su hermano cerca. Cuando estaba Franz, nadie en el matrimonio daba tirones.

Klingenreiter tardó, tal vez hasta la muerte de Franzen el año pasado, en caer en que tal vez no tuviera talento para pasar desapercibido. A sus padres, a Franz, a la gente en general le daba igual si estaba presente o no. A lo mejor lo de dar igual a la gente también era una virtud.

Quizás a Käthe no. No, a Käthe seguro que no, a Käthe no le daba igual, en su presencia siempre gorjeaba con alegría, y, por supuesto, ahora podría decirse que, con él o sin él, Käthe habría gorjeado igual, pero no es verdad, Käthe también hacía alguna pregunta de vez en cuando a su marido y, aunque tal vez sólo lo hiciera para cerciorarse de que él la escuchaba, al hacerle una pregunta reconocía su presencia.

La puerta se abrió de golpe y entraron en la sala a paso ligero Thomas y la familia, es decir, todos salvo Felix. Lisa, los gemelos y el pequeño Max con un pequeño barril con unos puñitos en la boca, junto al gran barril que era su padre.

Algunos giraron la cabeza, otros se levantaron para saludar a Thomas, como debía ser: entraba el jefe. Klingenreiten saludó con la cabeza a su sobrino, que hizo un gesto de disculpa hacia el escenario y se sentó al lado de Felix en la mesa, a lo que el chico no hizo caso mientras daba un sorbo a la cola.

Thomas llevaba bien el aserradero, es decir, estaba informado y era inflexible. Incluso en ese momento, domingo al mediodía, sacó un montón de papeles del bolsillo, seguro que para el trabajo. Klingenreiter iba a continuar cuando su sobrino hizo un gesto circular de interrogación por encima del montón de papeles a la sala, como si quisiera decirle algo a Klingenreiter, y éste se encogió de hombros como si le diera permiso.

Acto seguido Thomas hizo correr el montón de papeles, «que cada uno coja sólo uno», y casi todo el mundo cogió una hoja o un folleto, o lo que fuera, pues ahí casi sólo había trabajadores con sus familias. Ahora se oía un susurro en todas las mesas, todos lo estaban leyendo. Al fondo del todo, en la salida, había un hombre sentado solo, era el viejo Stangl, que rechazó el papel.

Klintenreiter esperó, ¿qué iba a hacer? Al lado tenía su caja. Dos relámpagos amarillos y un signo de interrogación en rojo. De roble.

Stangl también había sido motivo de discusión para sus padres. Ese nombre, pronunciado a todo volumen, era uno de los primeros recuerdos de Klingenreiter. Le hacía remontarse a años atrás, hasta cuando su padre en algún momento lo echó.

A su madre le gustaba Stangl, era un hecho. Incluso se tuteaban, pero el aserradero era demasiado pequeño para ir a más. De haber ocurrido algo entre ellos, los extractores se habrían enterado y se lo habrían contado a una cuña de separación.

Stangl debía de estar más cerca de los cien años que de los noventa. Había acudido expresamente desde el valle. En autobús. Klingenreiter en seguida lo buscó para saludarlo. En las relaciones personales, para que todo vaya bien basta con buscar a alguien para saludarlo. Pero Stangl no tenía ningún amigo ahí.

Thomas se sirvió un café. Klingenreiter tuvo la tentación de hacer un gesto de desaprobación al verlo, ¿pero qué impresión daría un mago negando con la cabeza?

Vio el pasillo, la nuca y la eterna ambición. Thomas era como Franz. La única gran discusión entre su padre y Franz fue por demasiada ambición.

Fue cuando Franz regresó con ideas de estudiar la carrera. Franz quería renovar, invertir, «desparasitar» el negocio. Carretillas elevadoras, trenes en bloque, instalaciones mecánicas de clasificación.

Su padre no quiso saber nada. No porque no estuviera de acuerdo, sino porque no le gustó que Franz empezara las frases con «yo en tu lugar haría». No le gustaba la presión. Las ideas bonitas y buenas están bien, pero su padre quería darle una lección en la ciencia de las ideas, a saber: había que dotarlas de un buen envoltorio.

Al final modernizaron el taller, también lo racionalizaron un poco, pero sólo cuando su padre vio que era el momento y que la fruta estaba madura.

Las únicas ideas que tenía Klingenreiter afectaban a la cantina y al programa durante las fiestas de Navidad. A Ferdinand Klingenreiter le encantaba el aserradero, además de la conversación, y no le importaba llevar toda una vida como empleado de su propio hermano, por mucho que hablara la gente.

Sólo se había pronunciado sobre un tema, el de los barriles de madera. Klingenreiter estaba en contra de abandonar la producción de barriles, como había propuesto Franz, sobre todo por motivos nostálgicos. ¡Con toda la cerveza que se había almacenado en los barriles de los Klingenreiter! ¡Y la que se podría almacenar en el futuro! Se opuso con insistencia a Franz y su padre, como si se tratara de algo importante.

En su familia los motivos nostálgicos nunca se habían considerado de peso. La nostalgia es la cómplice de los chiflados, no de los ganadores. La producción de barriles se detuvo en el momento justo. El descenso del valor productivo durante los años siguientes resultó ser enorme, por todas partes había sólo aluminio y plástico y otros trastos sin alma, y cada vez más gente bebía cerveza de botella y latas, horrible.

Käthe, y lo que Käthe le decía:

—Ay, alma de cántaro.

—¿Dónde estás otra vez, Freddie? Quédate conmigo.

—Mi Freddie.

Eso lo recordaba muy bien. De muchas cosas que le había dicho su Käthe. A veces sus pensamientos tenían la voz de Käthe, le tiraban de las orejas, le rebatía las decisiones, pues era lamentable decidiendo. A veces también hablaban claro, por desgracia con demasiada poca frecuencia.

Le temblaban las manos. Las cerró en un puño. Ferdinand Klingenreiter nunca había tenido mucho que decir, y ahora estaba trémulo sobre el escenario, mientras la gente esperaba a que dijera algo. Al mismo tiempo sabía y notaba que de todos modos les daba igual lo que tuviera que decir, lo importante era que se tomara su medicina y no se fuera de nuevo a pasear por la carretera en plena noche.

Tal vez Felix, tal vez a Felix no le daba igual.

Su caja aguardaba impávida a su lado. Los dos relámpagos parecían ojos. Quizás a la gente no le diera igual la magia.

Klingenreiter se aclaró la garganta para, incluso en ese momento mientras se hallaba sobre un escenario, recuperar los pensamientos que huían, y los bafles lo acompañaron con un tono agudo. Entonces atrajo su atención.

—Señoras y señores, queridos amigos, queridos niños —Klingenreiter esbozó una sonrisa más amplia. Estaba a punto de decir lo que llevaba toda una vida queriendo decir delante de un público, y todo lo que superaba las cuarenta personas podía considerarse sin duda público, más el coro de la iglesia detrás del escenario. «Dos antes del inicio del programa oficial, para un número de magia no está mal, carcamal», pensó Klingenreiter.

Buscó de nuevo la mirada de su sobrino nieto, y esta vez vislumbró una caída de las pupilas azules, pero Felix bajó la cabeza. Klingenreiter no se lo tomó mal, sabía que el chico estaba ahí, que prestaba atención, pero no quería que lo vieran prestando atención.

—Lo que están a punto de ver cambiará para siempre su visión de la magia. Pero para que lo vean necesito un voluntario —Klingenreiter abrió los brazos en un gesto de invitación, la camisa emitía destellos, y la cafetera un pitido. Nadie se inmutó.

La gran ilusionista Halima dijo algo muy distinto en el momento álgido de su espectáculo, una impertinencia, pero Klingenreiter no se atrevió: «La magia no es lo que hago. La magia es lo que vosotros no veis que hago». Halima, con su melena negra y los brazos largos que agitaba arriba y abajo mientras saltaba, bailaba, volaba sobre el escenario.

Halima tenía música dramática de fondo para sus trucos e ilusiones, Klingenreiter la cafetera. El coro de la iglesia podría haberse ofrecido, habían ensayado antes de su número para la velada, a Klingenreiter le habría encantado primero What if God was One of Us, luego una canción muy triste, Wir sind nur Gäste auf Erden, y una salida muy alegre con Always Look on the Bright Side of Life, todo muy aceptable, Fichtner apenas habría tenido que intervenir.

Sin embargo, Klingenreiter no había podido acordar con Fichtner ninguna canción para acompañar la magia. Le habría encantado que el coro simplemente tarareara, en concreto The Final Countdown, como primera opción, o esa que todo el mundo conoce, Carmina Burana, como segunda elección. Sin embargo, el director del coro no quiso saber nada de tararear.

—Por supuesto que no, tío, Freddie —Felix también tenía su opinión al respecto.

La excusa oficial de Fichtner era que el escenario era demasiado pequeño para el coro y Klingenreiter y su caja, que aún esperaba su entrada con los brazos extendidos de Klingenreiter.

Klingenreiter reservó dos entradas VIP para el espectáculo de magia de Halima, para él y Felix en segunda fila. Fue exactamente un mes antes, poco después de que Felix cumpliera catorce años, la entrada era un regalo de Klingenreiter al chico, su primer gran espectáculo de magia. Para alguien que adoraba la magia desde que tenía uso de razón, que había leído Harry Potter a los sesenta y cinco años y nunca salía de casa sin una baraja de cartas, realmente ya era hora.

Klingenreiter esperaba con mucha ilusión la visita a la capital con Felix. Había buscado un restaurante turco para la cena, la idea surgía porque en su pueblo no había ningún turco. Al chico no pareció importarle, preguntó si podía pedir una cola.

—Pero no hace falta que pidas permiso —Klingenreiter se echó a reír.

Felix dijo «Vale» y pidió una cerveza.

Klingenreiter hizo un gesto exagerado de sorpresa, y Felix sonrió, aburrido.

Catorce años ya eran unos cuantos, pensó Klingenreiter, que pidió una rubia y dos vasos y le sirvió un poco a Felix, que no la tocó, se bebió su refresco y Klingenreiter bebió sólo la mitad por el medicamento.

—¿Qué te gusta hacer? —No se le ocurría nada que no fuera algo en el ordenador.

—¿Por qué yo? —preguntó Felix.

Klingenreiter no le entendió.

—¿Por qué no has traído a los gemelos? También fue su cumpleaños. ¿O a Max? Tiene cuatro años, seguro que le gustan estas cosas.

Klingenreiter sonrió y odió haber sonreído. Siempre esbozaba una media sonrisa cuando se encontraba en apuros. De la pared de baldosas colgaba un tapiz, la barra era de cristal y metal. Klingenreiter buscó madera y no la encontró. El chico parecía relajado, como los vencedores. Como si se alegrara de que no lograran mantener una conversación sencilla.

Con Thomas y la familia había cuarenta y ocho personas en la sala. Ya estaban todos en silencio, pero aún no habían encontrado un voluntario para Klingenreiter.

Klingenreiter agitó los brazos con fuerza en su pretendido abrazo. Tal vez la gente estuviera callada porque su propio silencio era demasiado imponente. Porque es incómodo que haya alguien sobre un escenario sin decir nada. O tal vez se había vuelto a confundir y el silencio era de perplejidad.

Felix lamió la sal de un palito salado.

De la pared de enfrente colgaba la eterna pancarta: «El Verbo se hizo carne».

Junto a él yacía su caja. Los relámpagos eran como reproches, y el signo de interrogación como una sonrisa maliciosa.

La caja la había ideado él. Casi cincuenta años trabajando en un aserradero, y a los setenta y siete hace su primera elaboración propia, desde el diseño hasta la fabricación.

Bueno, Holger Schwarzmann le prestó sus manos no trémulas para el corte fino y Theo Schwarzmann la fuerza del músculo para el sistema de conexión. El corte, en cambio, lo hizo él. Cuando llegó a las mallas y los detalles, a lo esencial de cada utensilio mágico, tuvo que convencer varias veces a Schwarzmann hijo, pues lo desconcertaba del todo que el viejo Klingenreiter le llevara la contraria, y eso que Klingenreiter se había reprimido porque entendía que de alguien que llevaba toda la vida fabricando cajas para transportar patatas no se podía esperar que de golpe lograra crear una caja para una Gran Ilusión, una caja para el arte.

Las superficies de corte debían estar limpias, inmaculadas, y Schwarzmann pasaba con un serrucho de calar, directamente de la mano al corte libre. ¡Pero cada milímetro era importante! Así que Klingenreiter le dio la pequeña sierra japonesa que le había regalado a Franz hace años. Dondequiera que estuviera, fuera el cielo o el infierno, ya no necesitaba sierras.

La sierra se llamaba Hon Dozuki Deluxe. Mango de mimbre. Un utensilio fantástico, bello; de nuestras sierras no puede decirse que sean bonitas.

Sí, entonces pasó por ahí Felix, en realidad fue lo mejor que el chico preguntara qué llevaba en la caja.

—Es para un truco de magia —contestó Klingenreiter.

—¿Cómo?

—Estoy practicando las desapariciones.

—¿Es un truco?

—Depende de si eres el que desaparece o el que observa.

Felix escupió.

—Yo pintaría la caja.

—Lo tenía pensado.

—No, me refiero a que yo podría pintarla. Si puedo.

Por supuesto que podía. Klingenreiter apenas podía disimular su alegría, y Käthe se preguntó en sus pensamientos por qué había que disimular la alegría.

Esa misma tarde se encontraron en la sala de producción. Klingenreiter había comprado pinturas, pinceles, una lámpara. También música y un tentempié, aunque el chico no lo quería, prefería tranquilidad y un refresco de cola.

Estuvieron cuatro horas en la sala por lo demás vacía. Después de cuatro horas uno ya no huele la madera, ni los productos contra el moho.

Aquella tarde sería la respuesta de Klingenreiter a la pregunta de Felix de por qué lo había llevado precisamente a él. El tío abuelo y el sobrino pintaron una caja para un truco de magia, en la sala de producción de 900 m2 del aserradero familiar, rodeados de tableros, marcos, vigas y máquinas de madera, rodeados de los difuntos Klingenreitern convertidos en espíritus de astillas y serrín que escupían con ambición, como era propio en la familia.

—¿Freddie? ¿Puedo un momento…? —Era Thomas. Le hizo una señal con los papeles y se dirigió hacia el escenario sin esperar respuesta. Para entonces Klingenreiter ya se sentía bastante a gusto ahí arriba. También sentía los brazos más ligeros a medida que Thomas se acercaba. Por la manera de agarrar los papeles en la mano y la energía con la que se dirigía al escenario, seguro que quería hacer un anuncio.

¿Ahora? Klingenreiter sintió calor en el rostro, pero le salió un tono amable:

—Damas y caballeros, ¡tenemos nuestro voluntario! ¡Por favor, un aplauso para Thomas Klingenreiter!

Thomas no entendió que el aplauso era para él. En seguida estiró los brazos hacia delante, como si apartara algo pesado, y retrocedió.

—¿Eres un cobarde? —Klingenreiter no sabía si lo había dicho o lo había pensado. Le daba igual. Miró a Felix, que se había incorporado y se había apartado el pelo de la frente.

Durante hora y media, Halima, la primera dama de la magia, lo dio todo en el escenario. Durante cuarenta y cinco minutos Felix no dio muestras de qué le parecía. Estaba hundido en su asiento, con las manos en los bolsillos. Justo antes de la pausa el chico se hizo visible, por así decirlo, y se sentó como si tuviera columna vertebral.

Los artistas invitados de Halima, una pareja ucraniana, bailaron un número loco de cambios de trajes, el único requisito era tener una cabina telefónica. Al principio el hombre entró en la cabina con unos calzoncillos de Micky Mouse, y al cabo de un instante salió con traje. Así continuaron, bailando y cambiándose de ropa durante minutos.

Quickchange —susurró Klingenreiter—. Necesitas sobre todo un buen sastre.

Felix no pareció oírle, y se inclinó hacia delante.

El número terminó con grandes aplausos, el chico también aplaudió, y Klingenreiter aplaudió al chico.

En la pausa estuvieron en el foyer con un brezel y un refresco de cola, y Klingenreiter observó cómo Felix miraba a dos chicas de su edad.

—Dibujo cosas —dijo Felix, con la mirada aún fija en las chicas.

—¿Perdona?

—Querías saber qué me gusta hacer.

—¡Sí! Sí, eso quería saber. Eso está bien, me parece bien —dijo Klingenreiter, y se sintió estúpido.

—Me da igual lo que te parezca. No tiene que gustarle a nadie. A mí me gusta.

En el segundo acto bajaron la luz, desaparecieron los tonos cálidos y sonaron campanas. Halima salió al escenario vestida de negro. La sala estaba completamente a oscuras. El ambiente estaba impregnado del olor a iglesia los domingos.

Halima bailó sobre cuerdas negras, las hizo desaparecer, bailó en el aire despacio, como si estuviera afligida. Se metió en una jaula y salió como un hombre y un ratón, que subieron a una cama que ardió en llamas, y cuando las llamas se extinguieron salió Halima entre el humo. Se metió una espada en el esófago, caminó sobre puntas de dardos y recitó un poema entero de Edgar Allan Poe.

Como todo el que se toma algo en serio, quedó agotada, tenía el maquillaje corrido. El público aplaudió poco y aún así estaba atrapado en su hechizo. Halima no quería sorprender, quería la ilusión perfecta, tenía el semblante frío, casi crispado.

Klingenreiter lo entendió todo. Por qué ese giro, por qué cada posición. Cada construcción y cada final tenían una explicación mecánica, visual o artesanal. Sin embargo, él no disfrutaba con la explicación, sino con lo inexplicable: Halima no cometió ningún error, no tuvo ningún punto débil para que cada una de sus explicaciones al final no fuera más que una suposición.

Halima citó a los grandes magos, cuyas ilusiones y leyendas habían acompañado a Klingenreiter durante toda su vida. Podía huir con ellos cuando el despacho, la madera y la familia eran ya demasiado.

Halima citó a Houdini y atravesó una pared, mientras cantaba a dos voces en un idioma extranjero.

Citó a Hofzinser y transformó el escenario en un salón donde se servía té a los espectadores y caminaban cuervos entre ellos como sirvientes con librea. La maga como anfitriona: ahora susurraba una palabra, acariciaba una sien, ahora un juego de cartas en la mano, ahora un pañuelo, luego una paloma negra. Cuando el escenario volvió a pertenecerle sólo a ella, en los carritos de té, en la alfombra, había relojes, joyas, monederos, teléfonos. El público estalló de júbilo.

Antes de su última y mayor ilusión, un número de liberación, Halima buscó un ayudante. Miró hacia Klingenreiter, señaló detrás de él, negó con la cabeza y entonces se encontraron sus miradas, él señaló a Felix pero lo vio, y se sintió halagado de que lo hubiera escogido entre cientos de personas.

Ya estaba arriba, se inclinó ante la maga. Estallaron los aplausos, amainaron, las ayudantes de Halima lo rodearon como mariposas negras y sonó un clarinete.

El anciano pensó que sería bonita una muerte así.

Halima explicó a Klingenreiter qué esperaba de él, él no la escuchó pero sabía qué tenía que hacer, le interesaban los dedos de Halima, siempre en movimiento, ¿qué señal hacía y a quién? ¿A él?

En medio del escenario un complejo aparato enseñaba los dientes con cuchillas y llamas, con una cuerda colgada encima. Las mariposas entregaron a Klingenreiter una camisa de fuerza para que comprobara que funcionaba y él ayudó a Halima a ponérsela, a apretar las correas con todas sus fuerzas.

Tocó las mangas y en seguida descubrió el cordón con el que se soltaba el forro para tener más espacio. Él también lo sabía: la cuerda en llamas de la que Halima estaba a punto de colgarse tenía el interior de hierro, así que el fuego no la iba a abrasar, un técnico la separaría con un mando a distancia en cuanto Halima se hubiera liberado, no corría peligro.

¿Y si Klingenreiter se volviera y le explicara el truco a Felix? Klingenreiter se volvió, con la camisa de fuerza en las manos, Felix tenía el rostro hacia el parquet y Thomas dijo:

—Tengo que dar un aviso para los chicos del turno de mañana.

Por desgracia, lo de llamarle cobarde sólo se lo había imaginado. Entonces vio que Felix se acercaba a él. «Ahora me quitará el micrófono», pensó, «va a decir que yo soy el cobarde porque no me atrevo a hacer nada contra la insolencia de su padre, ni contra esa vida, contra ser durante toda la vida un payaso en el mejor de los casos».

Ferdinand Klingenreiter tenía el poder con la camisa de fuerza en las manos. La sala estaba a oscuras y a la espera.

—Es auténtica, pueden creerme —Una sonrisa de satisfacción—. Lo sé por propia experiencia —Se oyeron algunas risas. Devolvió la camisa a las mariposas, Halima le envió un beso con la mano, sus dedos le dieron las gracias y Klingenreiter se retiró. En la salida del escenario le esperaba Felix para ayudarle a bajar.

—Ya lo hago yo —Felix se colocó junto a su tío abuelo.

Klingenreiter tragó saliva.

—Damas y caballeros, ¡otro Klingenreiter! —Hizo un guiño a la sala—. Pero este es más valiente.

La gente aplaudió, Thomas regresó a su sitio, Felix susurró un nombre de chica en el micrófono y al cabo de unos segundos cuatro cantantes del coro salieron revoloteando de detrás del telón, de la edad de Felix, se colocaron en el borde del escenario y cuando él les hizo una señal empezaron a tararear un fragmento de Carmina Burana.

Freddie el Fantástico abrió su caja y enseñó al público que estaba vacía. Le pidió a su sobrino nieto que se metiera dentro. Tapó la caja con un pañuelo negro y levantó los brazos por encima de la cabeza como un director de orquesta, como un gran ilusionista.


*Copyright © 2016, Luchterhand Literaturverlag, München.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

 *Imagen: Liu Bolin.

La clínica psiquiátrica diurna Sankt Johannesweide abarca un amplio terreno. Los pacientes de esta joya entre los sanatorios de la Baja Baviera son acogidos durante los días hábiles de la semana de las siete de la mañana hasta las seis de la tarde. Desde hace tres semanas esta clínica es mi vida. Tres semanas. En ese tiempo no puede haber hecho efecto ningún antidepresivo todavía, y a nadie puede irle realmente mejor. Es algo que oigo a menudo, y con lo que básicamente estoy de acuerdo. Conservo la paciencia y solo compruebo que los antidepresivos no muestran hasta ahora ningún efecto sobre mi psique, aunque sí un efecto muy claro sobre mi función eréctil.

Cada día realizo extensos paseos por el predio de la clínica. No por autodisciplina o voluntad de curarme, sino porque no sé qué podría hacer si no después de las seis. Paseo horas enteras por las colinas, al costado de los árboles y pasando el estanque con ranas. Solo vuelvo a casa cuando se ha hecho de noche. Pero como el verano avanza de manera irrefrenable, ese momento se demora día a día un poco más. En casa duermo como un asesinado, me aseo mínimamente tras despertarme, no toco bocado, ni siquiera tomo café y vuelvo a la clínica.

Paso los fines de semana durmiendo, lamentablemente no de corrido, sino con interrupciones, inquieto y sin sueños. Cuando me despierto estoy tan agotado como antes de irme a dormir. Durante las horas de vigilia enciendo el televisor. En algún momento pienso en comer algo. Para eso voy al turco de al lado, el único turco en Waldesreuth, vende döner. No bien entro al local, empieza a preparar mi plato en silencio, siempre pido lo mismo, selección de ensaladas y un vaso de té negro. En un rincón del local cuelga un televisor, sintonizado en un canal de noticias. Miro las noticias con indiferencia, porque solo estoy esperando. Espero que llegue el lunes, siete de la mañana.

En el estanque crecen lentamente los renacuajos. Los más fuertes y gordos de entre ellos solo pueden sobrevivir si se vuelven caníbales. Sé de la población de renacuajos y ranas en el agua del estanque porque yo mismo descubrí el conglomerado durante mis paseos. Los médicos habían mencionado más bien al pasar que en el predio seguramente había muchas cosas para descubrir.

A pesar de que pasó un mes, no logro aprender mi plan semanal en la clínica, por eso está colgado sobre mi cama, anotado sobre un papel cuadriculado. El lunes, por ejemplo, lo primero es la preparación conjunta del desayuno, después viene la reunión grupal, después la terapia de movimiento y así. No puedo aprenderme mi plan semanal porque sufro de pérdida de memoria debido a la depresión. Eso es algo que según los médicos debe mejorar con los medicamentos, las charlas y las otras actividades en la clínica.

Para distraerme de la pregunta de si me estoy volviendo loco, presto atención a las singularidades de la naturaleza mientras recorro los terrenos de la clínica: una lombriz resecada; escarabajos apareándose y pegados uno al otro; viento; sol; pedazos de papel que quedan colgados en el césped. ¿Me parecen ridículas mis observaciones? Tal vez. Nunca las habría hecho de haber conservado la salud, pero los médicos me habían dado la tarea de estar atento, de tomar conciencia de mi entorno. De modo que no tenía opción.

En el último tiempo he tenido que discutir mucho el dibujo que hice en terapia artística. Torpemente pinté un caballo al galope, del que se precipita un hombre, pero que en vez de caer contra el suelo duro lo hace sobre un prado de flores. Tuve que hablar, como si lo supiera, sobre qué significaba ese dibujo o por qué lo había pintado.

Entretanto las noches se han hecho tan cortas que voy a mi casa solo para dormir cuatro, cinco horas. Todo el tiempo me olvido de cambiar las sábanas sudadas. Cuando abro la ventana, los mosquitos se reúnen conspirativamente sobre mi cama. Luego me pican. Mi cuerpo está repleto de los testimonios de sus asambleas secretas.

En el estanque, el croar se intensifica. Los renacuajos que pudieron sobrevivir se han hecho adultos y buscan con quién aparearse. El ciclo de su vida está establecido, siempre saben lo que tienen que hacer.

O sea que a todas luces el tiempo pasa. Pero yo no percibo ese tiempo que supuestamente transcurre. Nunca sé con exactitud lo que hice la semana anterior. En algún momento habrán pasado meses y años.

Hace poco anunciaron una fiesta con asado en la clínica. Habrá ponches sin alcohol, y para la comida cada cual tiene que contribuir con algo, de eso se trata en última instancia, de controlar el estrés en el día a día. En mi grupo de terapia hay colgada una lista en la que debemos anotar qué es lo que uno traerá al asado. Yo simplemente voy a buscar una gran porción de ensalada en lo del turco. A otros pacientes la fiesta les genera más preocupaciones que a mí: ¿qué debo aportar de comida? ¿Cómo voy a hacer para preparar lo que elija? ¿De dónde voy a sacar la fuerza para soportar esta presión? En cambio yo me tiro a dormir –los mosquitos giran alrededor de la cama, y yo sé que mañana es el día–, sin pensar en nada.

A la salida del sol me despierto por el ruido de la dentadura de juguete desplegable que con tanta frecuencia les enseñaba a los niños en mi consultorio. Hace tiempo que ya no se encuentra en mi casa, lo que significa que se trata de un ruido fantasma. El día del asado, un viernes, transcurre como cualquier viernes en la clínica. Solo después del mediodía se nota que algo ha cambiado. Los pacientes están dispersos en grupos por el parque. Junto al estanque hay dos hombres que se hicieron amigos en la terapia de movimiento, a la que también asisto yo. Para la fiesta se pusieron ropa fina. Yo llevo la camisa polo amarilla que también solía ponerme para el trabajo. Los dos hombres tienen la vista fija en el estanque y conversan sobre algo. Puedo imaginar perfectamente que sea sobre las ranas. Cuánto más fácil sería todo si uno hubiera nacido siendo una de ellas. Existe por ejemplo un tipo de rana, la rana de bosque norteamericana, que posee una habilidad inconcebible: en invierno, estos animales se congelan. Apagan todas las funciones vitales y su cuerpo produce un medio contra el congelamiento que protege los órganos internos. En primavera, las ranas se descongelan desde adentro para afuera, y sus corazones empiezan lentamente a latir otra vez. Tienen la suerte de poder sobrevivir al duro invierno sin tener que vivirlo. Los dos hombres se ríen, yo me doy vuelta y sigo deambulando.

En el edificio de la clínica reina el ajetreo. Se disponen mesas y se las cubre con los alimentos que trajo cada uno, entre otros también mi ensalada de lo del turco. Muchos pacientes se han disfrazado y se ven ahora como felices invitados a una fiesta. En el ponche sin alcohol que prometieron los asistentes sociales, y que se sirve de una fuente de vidrio con dos cucharones de vidrio, flotan frutas reblandecidas. Reconozco pasas de uvas, guindas, ananás, todas de lata, y cada vez que uno moja uno de los cucharones en la fuente para servirse las frutas de adentro se arremolinan.

Mientras me echo algo del ponche, pongo mi esfuerzo en que ninguna gota se vaya por el costado. Con cuidado bebo un sorbo tras otro. A diferencia de los hombres en el estanque, yo no he hecho amistad con nadie aquí. La mayor parte del tiempo casi no reparo en los demás. Son apenas siluetas en la niebla. De todos modos, saludo a algunos al caminar por el hall y por la terraza, asistimos a las mismas reuniones, o ellos juegan al ping-pong mientras yo miro.

Pronto, el despliegue serio y rápido de los elementos del asado señaliza que el bufet está abierto. No tengo apetito, pero igual como, para mantenerme ocupado. Entonces se me acerca un joven. Tiene unos quince años y lleva puesta una remera negra con un triángulo blanco estampado.

–¿No es usted el dentista?

–Solo tengo cuarenta y dos años.

–¿Y entonces?

–Significa que no tienes que tratarme de usted.

–¿Eres un dentista de verdad?

–Estudié once semestres de odontología. Luego ejercí durante trece años. ¿Alcanza?

–Es que tengo un problema.

–¿Por qué no vas a tu dentista?

Como si eso ya fuera una respuesta, el joven me lleva a un costado y abre su boca. Arriba a la derecha en el once se ha partido un pedazo oblongo y de ningún modo pequeño.

–¿Cómo te pasó eso?

–Salidas. Baile. Soy de festejar fuerte.

El joven repasa una y otra vez con su lengua el sitio cortado y pregunta ceceando si se puede arreglar. Cuando quiero saber por qué querría arreglarlo, me dice que porque se ve horrible y para que nada le siga recordando ese diente roto. Le explico brevemente los procedimientos posibles en este caso: el primero sería pulir el borde del sitio en que se rompió el diente y sellarlo; el segundo, colocarle una especie de media corona sobre el diente averiado, un método más costoso que el primero. Aunque resulte improbable, igual le pregunto si guardó el pedazo de diente partido. El joven lo niega, a lo que tampoco tengo nada más para decir. Miramos a nuestro alrededor con algún desconcierto. Poco antes de desear que el joven se vaya, me extiende la mano y me dice su nombre, Kristan. Yo le digo mi nombre, Jost Uhlich.

Luego nos quedamos parados uno junto al otro. En nuestras manos sostenemos las delicadas copas de ponche como si fueran algo valioso, pero tal vez no es más que una idea nuestra, porque en la clínica son raras las cosas bellas.

–¿Quieres beber algo de verdad? –pregunta Kristan.

–Eso no va con los antidepresivos.

–Pero ¿quieres?

Tras responder por la afirmativa, todo sucede bastante rápido. Kristan mezcla nuestro ponche con vodka barato de una petaca que traía apretada entre sus bóxer a cuadros azules y blancos y sus pantalones. Bebo el primer trago y me derrito.

–Dios, cómo extraño esto.

Kristan sonríe, seguro que cree que soy demasiado viejo para beber y para festejar, y tiene razón.

–Antes de todo este asunto yo mezclaba cócteles. Y me salía bastante bien.

–¿Era tu hobby?

–Sí, hobby.

Miramos a nuestro alrededor. Se asa de manera ininterrumpida, alguien se ocupa del equipo de música, del que salen hace horas variaciones de jazz, y la gente engulle sus alimentos. ¿Sospechará alguien lo que estamos bebiendo? ¿Habrá tenido alguno la misma idea hace ya mucho rato?

–Mi novia de entonces me regaló un set de barman para mi cumpleaños –le digo–. Tenía todo lo necesario para un barman de entrecasa. Dos cocteleras Boston, colador, exprimidor de limones, picahielos y otras cosas.

–¿De dónde conocías las recetas?

–Tenía varios libros en casa.

–¿Cuál era tu cóctel favorito?

Eso es algo que nadie me había vuelto a preguntar desde mi época en la clínica, no, desde hace más tiempo todavía. Observo durante un rato bastante extenso el ponche artificialmente rojizo en mi copa, saboreo de manera pormenorizada su exagerado dulzor. Luego contesto.

–El Daiquiri Hemingway.

Kristan asiente con aprobación, mientras vuelve a extraer la botellita.

–Me gusta su concepto –dice.

–Y a mí su mezcla. Ron blanco, jugo de lima, jugo de pomelo, los dos recién exprimidos, y licor de marrasquino. Todos los ingredientes ya son buenos por sí solos, pero juntos dan como resultado algo mucho mejor.

Kristan asiente sin parar y me sigue sirviendo.

–¿Te lo preparabas seguido?

–De vez en cuando, después de días largos, días difíciles.

–Primero perforarle los dientes a las personas y luego prepararte cócteles.

–¿Tú qué hacías?

Kristan bebe rápido varios sorbos.

–En la escuela era mediocre en todas las materias, pero en fútbol era uno de los mejores.

–Nunca fui bueno jugando al fútbol.

–En fin, te empapas de sudor. Corres hasta caerte detrás de una cosa que carece de importancia en el mundo normal. Es de vida o muerte. Por así decirlo.

–¿Y cuándo volverás a jugar?

–La última vez me lastimé bastante. –Kristan hace una pausa, a fin de vaciar su copa–. Y no fue culpa de otros.

Mientras habla, ocurre algo: tengo una idea. Y me doy cuenta de que ya ni sabía cómo se sentía tener una idea.

Poco tiempo después nos escabullimos del hall y subimos por la escalera trasera al primer piso. Queremos ir al cuarto de los trastos, donde se guardan las obras de la terapia artística. Kristan pregunta si estoy seguro de que aquí está guardado mi dibujo, y yo estoy seguro, porque rechacé la posibilidad de llevármelo a casa. Por eso se queda aquí, junto al arte de los otros melancólicos.

Luego de zarandear el picaporte durante varios minutos en vano, entendemos que se nos tiene que ocurrir alguna otra cosa para poder entrar. Kristan saca exaltado su tarjeta del banco.

–¿Apostamos a que lo consigo?

Introduce la tarjeta en vertical entre la puerta y el marco, justo arriba de la cerradura. Yo estoy parado a su lado y lo observo.

–Cuanto menos te preocupe que la tarjeta se rompa, más rápido logras que la puerta se abra.

Kristan grafica esta afirmación doblando fuerte la tarjeta hacia el lado de la cerradura a la izquierda. Poco después la puerta se abre y echamos una mirada en la pequeña habitación. Las paredes están revestidas de estanterías de aluminio, y en cada estante hay cajas de cartón, con su fecha inscripta. Adentro hay telas y hojas de bloc pegadas sobre cartulinas. Rápidamente encuentro mi dibujo. Lo extraigo y se lo muestro a Kristan.

–¿Es este?

–Ya dije que no sé por qué tengo que hablar todo el tiempo sobre él.

–¿Qué animal es? ¿Un dinosaurio?

–No, un caballo, por supuesto.

–¿Quieres decir un caballo que se ha disfrazado de dinosaurio?

No puedo contener la risa, Kristan tampoco, nos reímos demasiado fuerte. Nuestra estadía en la clínica, el asado, los dibujos de los enfermos, nuestro ponche que sabe horrible, el hecho de que ya no tengamos vida, todo eso es gracioso.

Al fin siento el alcohol. Apenas si logro reconocer al tambaleante Kristan, que observa mi dibujo y dice:

–Mañana la vamos a pasar mal. La resaca es peor con las pastillas.

–¿Cuánto hay que tomar de ambos para no volver a despertar?

–No lo sé, eso lo tienes que averiguar por ti mismo.

Observamos mi dibujo con mayor atención, y Kristan apoya su mano sobre mi hombro.

–La verdad es que no parece un caballo.

Me cuesta unir las palabras individuales para que formen una oración, pero finalmente lo logro.

–Puede ser, pero el prado de flores salió bien. Y eso era lo único que me importaba.


*Este cuento fue publicado en: “Elefanten treffen“ de Kristina Schilke © Piper Verlag GmbH, München/Berlin 2016.

*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

1

Me pusiste en la mano el anillo con un sello de tu abuelo nazi y me pediste que lo lanzara al mar. O a algunas aguas. Porque no podías con él. Entonces te dije: «No lo voy a hacer, no es mi pariente cabrón, yo también tengo basura bajo la alfombra, está llena, ya no caben los tuyos».

Puse el anillo en mi caja de los horrores con arañas de plástico y otras atrocidades y lo guardé para ti. Ahí sigue hoy en día. Ahora hay uno más.

2

Pese a tener nombres, incluso muy normales, nada de nombres ultraestúpidos como Babsi, Horst o esas cosas, no los utilizamos entre nosotros. Tenemos apelativos cariñosos. Tú dices «Krasívaya». Yo «Líbero». Líbero porque te imagino libre. Y no en el fútbol y algunas excusas, como siempre dices. Te imagino italiano, aunque seas medio rumano. Italiano y libre, un partisano en la montaña o algo así. De vez en cuando compartimos pan y queso en la cresta de la montaña, sin usar cuchillos, y nos tiramos delante de las nubes con el abrigo. Detrás se oyen explosiones. No nos atraparán. Ni en mil años.

«Krasívaya», ni idea de por qué. Porque tengo la cabeza en el espacio y los pies apenas rozando el suelo. Mi mirada siempre es ingrávida.

Quería ser cosmonauta y conozco bien los paracaídas, pues en algún momento se me rompieron las alas por el camino. Por entonces debía de tener entre once y doce años.

3

Cuando mientras caminábamos, empapados por la lluvia, encontramos una cueva en medio del bosque, a punto de anochecer, teníamos frío y el siguiente alojamiento estaba recién a quince kilómetros, propuse pasar la noche en esa cueva. Y tú dijiste: «No», porque te daba miedo encontrar un oso durmiendo dentro. Entonces deseaba que fueras más valiente, como un guerrero, un vaquero, un indio que destruyera a flechazos mi propio miedo. Así que tuve que pasar delante y luchar con los osos hasta que tú te quedaste dormido entre estalagmitas y estalactitas en el cenagoso suelo de la cueva.

4

Todos los viernes de verano entre las cinco y las ocho y media de la tarde bombardeamos el parque con bolas de petanca.

5

Cuando pasamos con nuestras bicicletas de hombre por delante de Sugar, la fulana más guapa de Straßenstrich, nos paramos haciendo chirriar los frenos y le preguntamos por sus callos. Los tiene por las plataformas rojas y hace semanas que la atormentaban. Sugar es maravillosa. En realidad se llama Satwan y antes era un hombre. Hoy en día tiene un clítoris de diseño de un cirujano estrella de Bangkok y hace las mejores mamadas de la ciudad. Eso dice ella. Nosotros le creemos y no queremos pruebas.

6

«Gitanillo», decía tu abuelo sin anillo de sello, y se refería a ti. Tejemos las guirnaldas heroicas de ganchillo más bonitas para la fotografía de tu padre, del que nadie habla. Pensamos que navega por el mar desde que dejó a tu madre. Y no que se ha colgado de un árbol de bosque, como dice ella. «Una tumba, una tumba, qué es una tumba. Un nombre en una piedra, nada más». Bebemos a su salud y por tus raíces y lanzamos las copas contra la pared hasta que el compañero de piso grita que somos imbéciles. «Fulanas de mierda», decía el abuelo nazi a sus propias hijas. Entonces cogiste impulso, apuntaste, le diste y al día siguiente abandonaste el pueblo. Por ello te hice un documento de honor a toro pasado y te pegué un nadador en la camiseta roja.

7

El primer día ya te dije que no debías enamorarte de mí. Y cuando tú lo hiciste de todas formas, te di una bofetada.

8

Habíamos calculado que con tu Vespa tardaríamos 21,3 días en llegar al Mar Negro. Si íbamos despacio. Al final necesitamos 43 días y acabamos durmiendo boca abajo. En Hungría había conflicto, y yo habría dado media vuelta. Pero entonces llegó la luna llena y el Danubio, y tú con los músicos: «Mesečina, Mesečina» y ya no pude más y me lancé a tus brazos.

9

Cinta de varios

Cara A (tu cara)

Francoise Hardy / «Oh, Oh Cheri»

Ernst Busch / «Heimlicher Aufmarsch»

Bregović / «Mesečina» y «Edelezi»

Jacques Brel / «Ne me quitte pas»

Danzig / «Mother»

D. A. D. / «Sleeping my day away»

The The / «Love is stronger than Death»

Tu coreografía en zig zag me mareaba.

Cara B (mi cara)

Nouvelle Vague / «This is not a Lovesong»

Kim Wilde / «Cambodia»

Dead Kennedys / «Holiday in Cambodia»

Lard / «They’re coming to take me away (haha)»

Fugazi / «Waiting Room»

Pixies / «Debaser»

The Notwist / «Moron»

Nouvelle Vague / «Too drunk to Fuck»

10

«¿Cuándo os casaréis por fin?»

Preguntan unos.

«¿Por qué no os casáis?»

Preguntan otros.

11

Nos bebimos una botella de Jameson entre los dos y echamos pestes del mundo. Luego te sentaste en la cabecera, yo tomé el micrófono y canté con peluca y gafas de sol para ti y a tu ritmo, y luego a la videocámara, hasta que me enredé con el cable del micro y acabé en el suelo junto con la cámara, de donde ya no me levanté de la risa. Cuando al día siguiente vi las imágenes vi que nos habíamos besado, antes de quedarme dormida y de que tú apretaras el Stop.

12

El teléfono:

Ring. Ring. Ring. Ring. Ring. Ring.

Tú, muy cabreado:

—¿Sí?

Yo:

—Soy yo.

—Mmmm.

—¿Aún estás en la cama?

Cinco segundos después vuelves a hablar:

—Mierda. ¿Qué hora es?

—No me digas que aún estás en la cama.

—¿Por qué no?

—Porque son otra vez las tres y media de la tarde, joder. Por eso.

—Joder. ¿En serio?

—Sí.

—Mierda.

Oigo cómo te enciendes un cigarrillo.

—¿Se me ha pasado una cita?

—Sí.

—¿Algo importante?

—¿Cuándo te largaste esta noche?

—No lo sé, en algún momento esta mañana.

Fumas, te oigo, luego digo:

—¿Me prestas tu bicicleta? Me han robado la mía.

—Pasa por aquí.

—Ayer nos besamos.

—Sí.

—¿Estuvo bien? En realidad no me acuerdo.

—Estuviste genial, baby.

—Imbécil.

—Hasta ahora.

13

Mi cumpleaños siempre cae en invierno. Todos los años. No me gusta. Siempre había querido celebrar una gran fiesta con todos mis amigos en el parque o en un lago con una hoguera y dormir al aire libre y todas esas cosas. El año pasado me llamaste en verano, me convenciste para ir a bañarnos y me llevaste en la Vespa. Desde el aparcamiento hasta el lago me tuviste por encima de tu hombro, mientras yo cantaba una canción infantil. Cuando vi una mesa junto al lago con nuestros amigos sentados y todos me cantaron Cumpleaños feliz, supe que estabas loco y salí corriendo. Qué suerte que seas más rápido que yo.

14

Sólo discutimos mediante nuestra máquina de discutir, una vieja Olympia, y las reglas funcionan así:

Sólo puede haber una persona cada vez en el teclado.

Sólo se puede escribir, no hablar.

Sólo se puede escribir una frase, luego le toca al otro.

Las actas de las discusiones estaban archivadas en carpetas, marcadas con los años.

15

«¡Manos arriba!», grité cuando atraqué la cafetería donde trabajabas detrás del mostrador. Tenía la pistola de agua apuntándote con firmeza. Miraste a tu jefe, que hacía tiempo que tenía todos los dedos en el aire, luego sonreíste, dejaste el pañuelo y despacio, muy despacio, levantaste las manos.

—¡Esto es un secuestro! —le dije a tu jefe y te guiñé el ojo, vi tu mirada confusa, apreté el gatillo, te di en la frente y te ordené que salieras de detrás del mostrador. Afuera te vendé los ojos, te puse un walkman y te di un par de vueltas delante de la cafetería para que te desorientaras. Te llevé en zigzag hasta la estación, luego fuimos en tren al mar, donde llegamos por la tarde.

16

Navidad con tu madre. Tu abuelo ya estaba muerto y tu madre sola, así que la invitamos a celebrarlo con nosotros. Nochebuena en tu casa con pava y col lombarda, y bolas de patata y abeto y vino y canciones. El primer día de Navidad en mi casa en el sofá con restos del día anterior con galletas y El padrino I-III. Al día siguiente os dejé y me sentí sola.

17

Estábamos de pie medio congelados en el puente sobre los andenes del tranvía. Tú con tu viejo equipo de pescador en las manos. Cada uno con una caña. Hacía tiempo que el cielo se había calmado de los grandes estruendos, entonces pusimos unos cohetes en botellas vacías y atamos nuestras cuerdas de pescar al borde de madera de los misiles. «Commencing countdown, engines on.» Sujetamos los fuegos artificiales por la mecha a la vez. En seguida agarramos las cañas. Tres. Dos. Uno. Los cohetes salieron zumbando hacia el cielo, atados por las cuerdas, y estallaron encima de nuestras cabezas. Pescábamos cohetes. Fue el último fin de año.

18

Los «top 10» de «por qué no puedo estar contigo»:

  1. Sólo tienes un libro
  2. El título del libro es Excel para tontos
  3. Siempre bebes
  4. Hueles como mi padre
  5. No tienes objetivos
  6. Todos tus calcetines tienen agujeros
  7. Siempre dejas las cerraduras abiertas
  8. No vas a votar
  9. Tus besos saben a ceniza
  10. Me dejarás

19

Ayer llamó tu madre. Desde el hospital. Con tu móvil. Pensé que eras tú y contesté con un: «¿Dónde te has metido, idiota?», y tu madre rompió a llorar.

Me dijo que tenía una carta para mí y que estabas en el hospital con el estómago hecho polvo, en cuidados intensivos, y que te encontró tu compañero de piso. Entonces supe por qué no habías ido por la mañana al sitio donde habíamos quedado y fui a verte.

20

Miles de tubos en el cuerpo. Monitores. Pitidos. Hidráulicos. Tú en coma. El médico jefe de turno me ha dicho que te habías intoxicado con pastillas. Se interrumpió la respiración, tu cerebro estuvo varios minutos sin oxígeno, por eso ahora estás en coma, con respiración y alimentación artificial. La pregunta era si volverías a estar normal. Había pocas probabilidades. Me dio las siguientes indicaciones:

– Hable con él en un tono calmado de confianza.

– Explique cosas bonitas.

– Anímele.

– Acaríciele la piel con suavidad.

– Mencione nombres y situaciones conocidas.

Eso puede influir, según el médico, en que tú te inclines por la vida y tal vez vuelvas, no como eras antes, pero podría ser que, tras una rehabilitación intensiva, si bien con una discapacidad mental y en silla de ruedas, podrías vivir unos cuantos años bonitos. Te acaricié la mano y el brazo. En el punto donde llegaba a la piel, entre cánulas y vendas. Te puse recuerdos sobre la mesa, te hablé en un tono calmado, te canté, me inventé un cuento para ti y luego te insulté durante una hora más o menos. Me llevé a casa la carta sin leer.

21

Tu carta de despedida:

«Krasívaya,

lo siento.

Líbero»

22

Gilipollas cobarde.

Ya basta.

23

Hoy es viernes.

¿Quién bombardea el parque conmigo hoy?

¿Y la semana que viene?

¿Y luego?

Ya sé los nombres de todas las enfermeras.

24

Ahora sé qué es el reflejo vestíbulo-ocular. Y dónde está el tallo del cerebro. No has vuelto. Tu madre quería una tumba cerca. Le dije: «¡Un entierro en el mar, él pertenece al mar!» y le dio igual. Han dado tu corazón porque tenías un carnet que lo decía. No soporto la idea de que ahora haya alguien por ahí con un corazón de Líbero.

25

Tu entierro en el mar fue un desastre. Juntos nos habríamos reído a carcajadas de tu madre vomitando y el cura recitando a bordo. Pero yo estaba ahí sola pensando en lo banal que es todo. Me sentía fatal porque pensaba que tenía que ser algo festivo. La urna hizo «plaf» y yo torcí el gesto.

Me siento amputada. ¿No podrías ser como Jesús y resucitar? Un viernes, sí, me parece correcto.

26

El tiempo es como un chicle que va perdiendo el sabor.

27

Lo he vendido todo, también la batería, perdona. Tu Vespa va perfecta, me la quedo. Aún están tus guantes bajo el asiento. Mañana viene el camión de mudanzas. Todos preguntan: «¿Por qué Flensburgo?». Yo me encojo de hombros y me quedo callada.

28

Se llama Simone Michalski. No fue fácil averiguarlo.

Mi piso está en el mismo barrio. Suele ir a una tienda biológica a comprar. Imagínate: el próximo día uno empiezo, de dependienta. Media jornada.

29

Voy todos los días a pasear junto al mar. Se ve Dinamarca. A veces voy con la Vespa, compro regaliz salado y me como un perrito caliente con una salchicha de color rosa dentro. Te encantaría Røde Pølser. El día de tu muerte encendí una luz en el agua y le grité al mar.

30

La veo y busco una pista. Una chispa. Lo peor es que Simone no te gustaría, estoy segura. Hace unos meses que nos vemos una vez por semana. Es una pésima jugadora de petanca. Tampoco sabe jugar al ajedrez. Hace poco que practica macha nórdica, con palos y todo. De hecho es un milagro que no haya tenido un rechazo.

31

Estoy sentada en la máquina de discutir, rompiendo todas las normas.


*Copyright © Carl Hanser Verlag München 2014.

*Este cuento fue traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

… y la encontró durmiendo de la tristeza. Las primeras palabras por la mañana, la oración subrayada con el señalador, regalo de Marie, y el sol sale detrás de los castaños del paseo Fontane, donde aún no se ve ninguna persona, ningún perro, solo una urraca, saltando por el camino de grava, adelante de su larga sombra. El reloj en el zapato junto a la cama, el pequeño despertador del Perú, se ha detenido; por la luz, debía sonar dentro de una hora.

Cornejas, enormes bandadas en formaciones cambiantes, vuelan sobre la casa hacia el parque, cada mañana hacia el Hasenheide. Las habitaciones luminosas, el agua casi caliente, y la pasta dentífrica, sin mentol, se cae tras un breve movimiento de la boca junto con el cepillo, un momento en el que uno cierra los ojos, respira profundo y empieza de nuevo el día que ayer creyó haber superado.

Y la encontró durmiendo. Un sorbo de té en la mesa de la cocina, la radio, dos minutos de noticias, más calor aún se espera en este verano record; los tilos de la calle Blücher se ven polvorientos, el césped artificial del campo de deportes se ondula, y lo que exhala en el ardor del día quién quiere saberlo. Nunca tiene encima un animal, ningún pájaro, ninguna de las ratas que corretean por los arbustos.

Limpiarse los zapatos, empacar la pequeña mochila, la billetera, las llaves. Pese a las pocas horas de sueño, ningún aturdimiento, ningún movimiento superfluo, todo, incluido abotonarse la camisa azul, aun planchada por Marie, impregnado de una seriedad que hasta ahora él no se conocía. Cierra la puerta, camina por el pasillo y abre el piso de ella, dos piezas con vista al patio interno. El de ella es más pequeño que el de él, más ordenado, completamente a la sombra de un abedul, y Raul entra al dormitorio y toma el ícono de la pared, santa Ana, apenas más grande que una tarjeta de crédito. También está planchado el pañuelo blanco en el que lo envuelve.

Hasta la piscina pública Prinzenbad son ocho minutos; casi no hay tránsito a esta hora, pocas bicicletas contra el muro, la caja está cerrada. Alrededor de una docena de hombres y mujeres esperan delante de la reja, la gorda pareja de jubilados bien adelante. Muñidos de heladeras portátiles, periódicos y de una pequeña radio, se quedan siempre hasta que cierra la piscina a las ocho de la noche en la terraza de la cafetería, comen y beben sin parar, resuelven un crucigrama tras otro y jamás, ni siquiera cuando el calor es intenso, se meten en el agua. Las otras son personas atléticas que hojean sus agendas, casi todos los días las mismas, nadan sus largos desde las siete hasta poco antes de las ocho y enseguida se marchan a toda prisa con sus bicicletas y motocicletas con más de veinte cambios y candados electrónicos.

Cuando la reja se desliza hacia un costado, todos sacan su pase mensual; algunos hombres empiezan a desabotonarse la camisa mientras avanzaban hacia las cabinas, y también Raul se adelanta a arrojar su mochila en el armarito abierto, número cincuenta y tres, como siempre. Traje de baño, antiparras, la pulsera con las llaves, y tras una rápida ducha, fría, la primera decepción. La piscina deportiva está cerrada, trabajos de limpieza. Los otros siguen de largo refunfuñando hacia la segunda piscina, bajo las acacias, climatizada y tumultuosamente llena durante el día, un griterío que se escucha desde lejos. El agua allí tiene mala fama; pelos, chicles, follaje pudriéndose y tiritas autoadhesivas con manchas de un rojo turbio se balancean sobre la superficie. Los nadadores la llaman el guiso.

Se detiene. El empleado del delantal gris que arrastra el aparato cromado adosado a una bomba aspiradora por el suelo de la piscina deportiva contrae brevemente las cejas, pero no levanta la vista. Avanza línea por línea de azulejos, solo le falta limpiar tres, y Raul se sienta en el borde de la terraza para tomar sol, hace ejercicios de respiración y observa la superficie brillosa, la imagen de los álamos sobre el tembloroso azul.

Empezar, aplacar el día y todas las posibilidades de destrucción que contiene con un salto en ese espejo es ahora lo único correcto. Detrás de eso se encuentra el final del miedo: una puerta de cristal, un largo pasillo, gorjeos en el parque lleno de mujeres en flamantes saltos de cama, mujeres jóvenes que dan pasos pequeños y tímidos en sus medias contra la trombosis y sosteniéndose el abdomen. Es suficiente. Detrás yacen las últimas lágrimas, un breve dolor, después del cual todo mejora, créanos, por qué no ha venido antes. Pero Marie, con una gruesa aguja en el brazo, extrayéndose sangre para ella misma, por peligro de infección, Marie ríe su risa clara, casi doce años más joven que ella, y le muestra el regalo de la vecina, que había sido dada de alta el día anterior, vaciamiento total de la pieza, y que había regresado otra vez por el parque de la clínica y le había traído el trébol, de cuatro hojas, descubierto junto al portón de entrada.

Defensas, anticuerpos, dos mil metros cada día. ¿Y quién es usted? Un acompañante que siempre está, en cada revisación, cada estudio de ultrasonido, el que le limpia de la panza el gel de contacto y hasta le mide la presión sanguínea. Los médicos se vuelven cuidadosos y menos informales, las enfermeras sonríen un poco más y el anestesista se sienta de nuevo al oír la palabra parálisis espinal. ¿Es usted un colega?

Nubes blancas delante de la ventana, un par de mariposas, y él apoya la lapicera sobre la cama y señala las líneas de puntos. Pero Marie ya no quiere saber lo que firma, Marie está cansada, cucharea en su sopa, traga la pastilla, observa las rosas. Hasta mañana, corazón. ¿Vienes temprano? Las enfermeras en su cabina de cristal lo saludan con la mano, él les devuelve el saludo con los formularios, toma el ascensor y los mete en el buzón de la administración, también ese en el que la paciente declara su conformidad para que seccionen su cuerpo en caso de muerte. Y que él no le mostró.

El hombre del delantal saca el aparato cromado de la piscina, da un paso al costado y empieza a limpiar la próxima fila de azulejos. Casi nunca una enfermedad, jamás en la vida una operación, y Raul con todo ese saber inútil, la materia prima de su miedo, ha visto morir a personas en intervenciones mucho más simples: una anomalía minúscula, debilidad de los tejidos, el tubo roza la carótida, de pronto hay sangre, en grandes oleadas, y ninguno de los muchos médicos lo trae de vuelta, al atlético bachiller al que solo le habían quitado el apéndice, y por cuya garganta abierta escapa ahora un último largo sonido casi furioso…

¿Quién se lo dice al jefe? Y cuántas habitaciones de convalecientes había visitado que eran como esta, luminosa, amigable, las “Amapolas” de Emil Noldes, cuántas cofias para pelo le había alcanzado a los pacientes: Hola, ya es hora, ¿tiene que pasar antes por el baño? Y entonces Marie necesita mucho tiempo, desesperadamente mucho, le da la impresión a él; la enfermera de la unidad mira su reloj, la alumna bosteza y mira ensoñadoramente a través de la ventana, follaje resplandeciente, y él toma la hoja médica y lee los valores de la presión, que hace tiempo sabe de memoria. Al fin ella sale, cierra la puerta detrás de sí y se observa la mano, los pinchazos en el dorso. Abre la puerta una vez más, palpa dentro del cuarto y apaga la luz. ¿Te mostré ya el afeitado? Muy punk. Y la alumna ríe y la ayuda a ir hasta la cama.

Raul le quita la cofia a la enfermera, otra cosa que hace por sí solo, mete los rizos rojos bajo el dobladillo de goma y suelta, con una patadita, la traba de las ruedas.

Te ves elegante. Pero Marie siente que él preferiría largarse a llorar, por supuesto que siente eso y le acaricia el brazo. Va a salir bien, créeme, ayer me miraron otra vez con el espéculo, hasta el profesor estaba presente. Todo de perlas. ¿Vas a estar cuando me despierte? ¿Estás ahí?       

El traqueteo de las ruedas en el umbral del ascensor, y otro saludo al salir del pozo de acero y guiñar los ojos sin ningún miedo, según parece, el efecto de la pastilla. Luego la puerta se cierra de prisa y él inclina, como ella, la cabeza hacia un lado, una última mirada. Adiós.

Los dientes apretados, los puños cerrados, entra a la sala de espera, tira sin querer un par de revistas de la mesa y se tropieza con el felpudo del balcón. En el edificio de enfrente un dibujo infantil, pájaros sin pico, sobre el techo un helicóptero, y él arranca un manojo de flores del cantero, geranios, y las arroja por sobre la baranda.

Las devuelve el viento, un soplo débil. Estoy aquí. Sin comer o beber, un designio que él no puede justificar y que sin embargo, siente él, es el correcto. No comer nada, no beber nada, no apoyarse en nada, ni en una silla ni en el marco de la puerta o la baranda del balcón, mientras la estén operando. Dos horas, tres. Y después otras dos horas más, en las que ella se queda en la unidad de recuperación post-anestésica, y la amable enfermera, una polaca, coloca una bandeja junto al televisor frío, pan y té. Raul agradece y no toca nada.

Esperar. Y una y otra vez el susto cuando se abren las puertas del ascensor y alguna paciente recién operada entra a la unidad, despierta o durmiendo en las almohadas profundas y a menudo solo reconocible a la segunda mirada; las sombras de las plantas sobre la pared de vidrio ahumado que separa la sala del corredor le hacen creer que ve a Marie, y por un momento cierra los ojos, cuando la mujer le pregunta: ¿Y tú? ¿Cuánto tiempo vas a estar sentado aquí?

Más de veinte años. Se había dormido en el bar cerca de la clínica universitaria en el que se había emborrachado luego de decidir que colgaría el estetoscopio para siempre. Ya no más sufrimientos y muerte y las mentiras de la esperanza, no más esta carrera de ratas en delantales blancos, no más médicos que caminan sobre cadáveres para ser directores… Quería descansar, investigar tal vez, quería vivir, viajar, y otro trago más de esta camarera. El local estaba tan oscuro que uno no encontraba el cambio, pero el pelo de ella ardía en todos los espejos. Le trajo un café.

Eres tú entonces, susurró ella, cuando se besaron por primera vez, apenas un día más tarde, en horas de la mañana detrás del bar, y ya por entonces su cara, la boca, el arco de las cejas y las líneas de la frente le parecieron como una escritura, una santa repentinamente fulgurante en la que estaban escritas las palabras que lo salvarían para siempre.

Veinte años. Un abrir y cerrar de ojos. Levanta la valla, la banda rojiblanca, se sienta sobre la plataforma de largada, y el empleado lo amenaza amablemente con el dedo, mientras limpia el último andarivel. Y luego es de tarde, cuando la puerta se abre deslizándose y la cama es empujada hacia afuera del ascensor; cuando de pronto el corazón le empieza a latir en la garganta y tras dos o tres pasos está parado en la cabecera de la cama y la enfermera le susurra sonriendo ¡despacio! Marie, que está despierta y lo mira, asombrada, haciendo un esfuerzo por orientarse, la cara entera un mudo ¿Eh, qué pasó? Marie está tan pálida como nunca, los labios prácticamente no se distinguen de la piel, y su mano, que él le toma y que no contesta a la presión, claro que no, la mano con la cánula en el dorso está fría.

Ayuda a las enfermeras a instalar la cama en la sala, cuelga las infusiones del perchero, fija el tubo de drenaje al camisón y con una aguja clava en el borde del colchón la bolsa, llena a medias. Luego saca las botellas con la solución de glucosa y de sal común, doce de cada una, y ajusta el contador de gotas. Las enfermeras agradecen y lo dejan solo con Marie.

Duerme. En la carpeta con la hoja médica y los diagnósticos ningún informe de operación, y él le toma el pulso, que está acelerado, pero la presión es normal. Con cuidado levanta la manta, el abdomen está marrón por la solución desinfectante, el corte apenas cubierto con gasas, justo por encima del límite del vello púbico afeitado, va de una cresta iliaca a la otra, y Marie, sin abrir los ojos, pregunta despacio: ¿Cómo se ve?

Maravilloso, dice él asustado, por supuesto que dice eso, no necesitas ningún traje baño nuevo. Hicieron un corte horizontal y solo cosieron las capas inferiores de piel; la de arriba está pegada. Ninguna puntada. La cicatriz será prácticamente invisible.

Ella se aclara la garganta, traga; aún no tiene permitido beber. Los labios están ásperos. ¿Sabes – susurra – lo que me dijeron antes de estudiarme con el espéculo? ¿Lo que descubrieron?

Él calla, espera, pero ella ya se ha vuelto a quedar dormida; el analgésico, del que aún quedan dos ampollas sobre la mesa. El líquido de lavado rojo claro gotea por la manguera conectada a un agujero junto a la costura, hidrógeno y sangre, solo un poco, el efecto tinta. Los valores en todo caso están bien, aun cuando él no pueda leer la hora de la última toma, el sello está borroneado; se sienta en la silla junto a la cama y le agarra la mano.

Las primeras rosas dejan colgar sus cabezas, y pese a que la ventana está abierta reina el silencio; casi no hay gente en el parque, solo el golpeteo bajito de la vajilla y de los cubiertos desde la clínica para niños de enfrente, y un gato cruza lento por el pasto, a través de los tupidos tréboles.

Raul observa a la durmiente, su frente clara, las pecas bajo la línea rojiza y dorada en que empieza la cabellera. La nariz está ligeramente torcida en la parte superior, un accidente de bicicleta en la infancia, la curva de los labios siempre le pareció florentina, y piensa en el tiempo que también se inscribió en ese rostro, que si bien es algo más joven que el de él, es mucho más experimentado en amor. En un amor cuya imperturbable seguridad y naturalidad siempre lo ha desconcertado y con frecuencia avergonzado; que aceptaba casi todo, cualquier renuncia, cualquiera de los humores de él, de sus injusticias y brutalidades; un amor que era siempre más sabio que ellos dos y que superaba incluso las pruebas más difíciles. Cuando él, tras una separación de casi ocho meses, en los que ni se hablaron ni se escribieron, la llamó cabizbajo y no del todo sobrio – estaba en el bar de un hotel en Swansea, Gales, y la empresa farmacéutica para la que debía dirigir el montaje de la feria lo había echado – lo único que ella dijo fue: ¡Ya era tiempo! Mucho más no hubiera aguantado.

Y ahora el dolor, tragar en seco, los rasgos alrededor de la boca se ahondan, y él abre serruchando la ampolla, inyecta el remedio en la manguera de infusión. En algún lugar detrás del edificio se pone el sol, las ventanas de enfrente reflejan la luz, un destello se posa sobre los pómulos de Marie, el hueco de la garganta, y aquí y allí reluce un poco de pelusa, una fina espiral junto a la oreja. Tranquila la respiración, casi sin sonido, y tras una larga mirada en su rostro, que ella como siempre no deja de sentir, pues los párpados se crispan, Raul le besa la frente, que ya no está tan fría, cuelga una nueva infusión del perchero y cierra despacio la puerta.

En la cabina de vidrio no hay nadie, y él entra en la oficina de atrás y pregunta por el informe de la operación a la enfermera que hojea papeles mientras fuma. La enfermera asiente, pero no levanta la vista. Usted no es ni el marido ni un pariente, ¿verdad? Entonces lamentablemente no es mucho lo que le puedo decir. Hasta ahora, todo en orden. Una intervención que transcurrió de manera muy normal. Salvo tal vez… Mete la carpeta en el estante, y él avanza un paso hacia ella. ¡Salvo qué!

El cigarrillo huele a mentol. Bueno, las pelirrojas de piel muy clara sangran mucho durante las operaciones, por eso la extracción antes. Pero con su amiga fue distinto. Ahí casi no había nada que taponar, si le voy a ser sincera. Debe tener que ver con la fase de la luna… Y el resto que se lo cuente ella misma, agrega con una sonrisa seca, y solo ahora Raul ve el cartel en el delantal de la mujer, a la que se dirigió como si fuera una enfermera, pero que en realidad es médica de la unidad, turno noche.

Vuelve a Kreuzberg con el bus, a la calle Bergmann, donde come algo en Milagro y toma dos vasos de vino tinto. Aunque es el tramo más bonito, en el breve camino de regreso a su casa no pasea a lo largo de los cementerios. Se acuesta sobre la cama de Marie y mira televisión. Pero luego siente sueño, le duelen todas las extremidades, y camina por el pasillo hacia su piso, se cepilla los dientes, apaga la luz. Ha refrescado, las viejas maderas del suelo crujen. El canto dorado del libro reluce opaco. ¿No puedes quedarte despierto conmigo una hora?

Y poco antes de medianoche suena entonces el teléfono, es una señora la que llama, aturdido por el sueño la confunde con Marie. Tira la lámpara de noche, se enreda con el cable. ¿Marie? Luego reconoce la voz de la enfermera polaca: pensé que mejor lo llamaba rapidito. Una revisación. No hay motivos para preocuparse, ni siquiera es urgente, pero es una revisación. A las nueve, como primera paciente. ¿Qué puedo decirle a ella? ¿Estará usted presente?

Mira el reloj sobre la casita donde está la caja y se sube a la plataforma de largada. Si nada crol solo mil metros y después se toma un taxi, lo puede lograr. El hombre del delantal tira de la manguera envuelta en alambre, la enrolla alrededor del motor, y él se pone las antiparras. La superficie del agua está completamente lisa e intacta y parece casi convexa en su quietud, de modo que Raul, ya inclinado para el salto, por un momento no sabe si el cielo con las bandadas de pájaros que surgen de pronto otra vez está arriba o abajo de él. Y no bien ve la máquina aspiradora, el relámpago del motor cromado, se lanza de la plataforma y se sumerge en el final de su larga sombra en el agua, que no está ni fría ni caliente, ni clara ni turbia, que no es en absoluto agua en ese momento, sino alguna cosa resplandeciente, así como el grito del otro lado no es más que el silencio en el interior del corazón, espacio infinitamente distante en el que resuena una voz suave.

El repentino reconocimiento de una mujer especial. La clara formulación de las propias oscuridades y la desconcertante armonía en cosas con las que uno había creído que iba a tener que estar a solas toda su vida. La fuerza y el calor en la cercanía de una persona siempre optimista y dispuesta para la felicidad, y la bella tristeza en la base de su sonrisa…

Cuando Raul llega a eso de las ocho y media a la unidad, la puerta de la habitación de Marie está abierta. La cama está vacía, un hombre en overol limpia la ventana y lo saluda con la cabeza. Hay cintitas autoadhesivas pegadas al borde del colchón y en el baño están tirados un par de guantes de goma y la bolsa plástica con el líquido de lavado. En el jabón, un único pelo rojo, sobre la mesa de noche la hoja médica y aquel formulario, que él no le mostró al hacérselo firmar, un signo de pregunta detrás de la línea de puntos, y por un momento – el hombre mueve la ventana, unos transeúntes se reflejan en el vidrio – él cree reconocer las silueta de ella sobre la almohada hundida, el hálito de un contorno.


*Este cuento fue publicado en: Ralf Rothmann, Rehe am Meer. Erzählungen. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 2006.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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