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¿Por qué no comprarles a Mike, Robert o Knosi? Pero los muchachos dicen que Mike, Robert y Knosi no tienen tiempo y que no hay otra opción, así que tenemos que volver a subir, de nuevo tenemos que ir al cuarto apestoso de Watan en el décimo piso, que huele a perro aunque no tiene ninguno, y donde las persianas están siempre bajas, cosa nada agradable. Sentado a la mesa, Watan pesa la hierba con su ridícula romana, agrega un poco y vuelve a pesar, y lo único que uno puede esperar es que no empiece de nuevo a recitar poemas persas, aunque por otro lado da lo mismo porque igual se pone a hablar. Y sabemos perfectamente lo que se viene, me refiero a la cuestión con las astillas de madera que le clavaron a su tío debajo de las uñas, y la cuestión con el huevo caliente que le introdujeron a su tío por atrás. Y después asiente de pronto, como si ahora viniera un chiste, pero solo nos cuenta que su padre era muy valiente, igual de valiente que él, Watan, pesando y pesando y contándonos sobre los panfletos que tenía que repartir en la escuela, pero también eso es algo que ya contó mil veces. Mil veces nos dibujó el símbolo con el alambre de púa y el clavel, y ahora nos pregunta si queremos que nos dibuje el símbolo del partido comunista. Le repreguntamos si no se acuerda del dibujo de ayer, pero él ni nos escucha. Ahora describe la película que estaba viendo en el cine cuando le dispararon a su padre, y eso es algo que conocemos en detalle, así como conocemos la repentina sensación que lo empujó a salir del cine, sabemos que su padre luego se desangró y que era un hombre valiente, esto es algo que mencionó por última vez hace dos minutos. Le decimos: queremos ir a una fiesta, Watan, no tenemos tanto tiempo.

Pregunta si queremos tomar un té.

Y nos hace un té y habla de mujeres, y uno casi podría pensar: ahora se va a poner bueno, pero enseguida notamos adónde lleva esto, y es rumbo a sus tías del Mar Caspio, en donde se alojó junto a su padre muerto, esas eran mujeres de verdad, como ya sabíamos, diez mujeres gordas que se golpeaban la cabeza de la tristeza.

Y Watan se ríe.

Watan se ríe solo, mientras trae el té y otra vez describe a su padre tendido en el sótano ya lavado y maquillado, y cómo lo enterraron luego en el jardín, es algo que sabemos de memoria. Le decimos: Watan, has enterrado a tu padre, y luego anduviste dando vueltas por el Mar Caspio, donde las mujeres se meten cubiertas al agua, y conociste a la pequeña Asfael, que era completamente distinta con su pelo corto. La seguiste por los campos, pasando los árboles de granadas y las chatarras de heladeras, y ella era casi como un muchacho y se sentaba sobre los muros, y cuando besaba, mordía. Pero ¿queremos escuchar todo eso de nuevo, Watan? ¿Queremos escuchar de nuevo cómo de pronto Asfael se fue y vinieron los policías y te pegaron en el estómago porque los habían visto juntos? ¿Y que pensaste que te iban a colgar de una grúa en el depósito de chatarra, y que los policías luego se fueron y al final no te colgaron de una grúa, y que Asfael salió de una heladera y se rio como si no hubiera tenido miedo? Más bien no, Watan, más bien no queremos oír eso de nuevo, no al menos por enésima vez, y por qué traes entonces hojas de parra rellenas y vuelves a hacer el viejo chiste llamando a las hojas de parra las bombachas de Eva. Mejor pesa la hierba, Watan, pesa la hierba.

Y Watan pesa y calla y luego dice: la guerra, y nosotros decimos: no, Watan, ahora menos guerra y más hierba, pues ¿qué es lo que nos falta saber? ¿Es que no sabemos que fuiste llamado a filas y te escapaste y tuviste que esperar tres días en una cueva a los traficantes de personas? ¿No sabemos que vino Asfael, que también quería huir, aun cuando los traficantes estaban en contra, y que al final estuvieron de acuerdo porque ella sacó dinero de su bolsillo? Y que los traficantes se presentaron todos como “Ali”, ¿no lo sabemos? ¿No sabemos que atravesaron las montañas nevadas a caballo y que de tanta nieve que había ya no podías ver nada? Le decimos: sí, Watan, lo sabemos bien, ya cabalgamos mil veces contigo a través de esas montañas, y mil veces nos preguntamos contigo si el caballo está yendo para adelante o para atrás, y si ya estaremos en el más allá. Hemos visto la nieve azulada y las grúas y el alambre de espino, que en realidad no eran eso, y sabemos que el más fuerte de los Ali te pegó, Watan, porque tenías tan poca fuerza. Hemos visto los helicópteros sobre los pueblitos montañeses, y cómo tuvieron que esconderse ustedes entre las cabras, y que tocaste tres veces el mojón de la frontera con Turquía para convencerte de que existía de verdad. Lo podemos recitar dormidos, Watan: eran veinte iraníes y se escondieron en un camión, detrás de unas alfombras, y a tu muchacha le sangró el pulgar y tuviste que besárselo, y ella quería oír todo el tiempo cuánto la amabas, pero tú ya no tenías fuerza para eso. Y alguien volcó el bidón en el que habían orinado y había sido el levantador de pesas de Zahedán, al que ya de todos modos no soportabas, pues siempre andaba mostrando el artículo de periódico con su foto y hablaba en voz muy alta de los premios que había ganado, incluso cuando se detenían en los restaurantes de la ruta, donde no tenían permitido hablar bajo ninguna circunstancia, ¿lo sabías? ¡Déjanos contártelo, Watan, porque lo sabemos muy bien! Asfael se acurrucó contra ti, dejándote sin aliento, y luego había un agujero en la lona y por primera vez volviste a ver casas, Watan, nosotros mismos las vemos.

Aahh, dice Watan, está bien, está bien, entiendo, pero ¿no quieren quizá un huevo caliente? ¿Quieren que les introduzcan un huevo caliente por atrás, como hicieron con mi tío? Y se pone de pie y hace como si fuera a hervir un huevo, pero después arquea una ceja, lo decía en broma, a lo que todos nosotros sonreímos al mismo tiempo, sí, ahora sonreímos casi un poco, pero en realidad no sonreímos, le decimos: por favor, Watan, pesa la hierba. Y él pesa la hierba, pero la charla le brota de adentro, viene desde su labio inferior. Hay una cosa que aún no nos ha contado, que es cómo se pescó sarna, tenía que rascarse el pecho con una cuchara hasta hacerse sangrar, ahí ya estaban en Estambul, Asfael y él, el invierno entero en una pieza diminuta esperando los pasaportes. Y se había tenido que dejar crecer la barba, para solo volver a afeitársela cuando llegara el momento de la foto, porque entonces la piel de abajo quedaba muy blanca y lisa y servía para simular que era más joven, pero a él le picaba también la barba y todo era un solo picor. Y además estaba Asfael, que calentaba el armario, aun cuando Ali había dicho que no había que calentar el armario, y que se habían peleado y que él quería dormir con ella pero ella solo dormiría con él si él la amaba, y que él no podía decir que la amaba. Y que le dijéramos cómo se podía amar a alguien de verdad cuando las persianas están siempre cerradas y el Ali del pan viene solo de vez en cuando, y cuando la única distracción es la televisión turca que solo emite de seis a nueve y principalmente películas de amor de las que uno no entiende nada, solo rababababab, que probablemente significaba te amo. Cómo amar a alguien ahí, que se lo dijéramos. Cómo amarla cuando al fin aparece el Ali mayor con el fotógrafo y dos mujeres dándoselas de rey en su tapado de piel, y aunque le toca a Asfael sus pechos casi inexistentes ella le sonríe amable porque quiere tener sus leños para la calefacción. Y ahí el Ali mayor dice que no usaban suficiente alcohol de quemar y que los iraníes no saben manejar el fuego, y quiere demostrar cómo se usa la estufa. Lo cual era en realidad gracioso, dice Watan, ¿no nos parecía gracioso? El Ali mayor salpicó la estufa con alcohol y tiró dentro un fósforo, se oyó una explosión y una nube gigantesca de hollín tiñó de negro el cuarto entero. Aunque lo que no fue muy gracioso es que el Ali mayor volvió a desaparecer, como castigo por su propia estupidez, y solo apareció con los pasaportes seis semanas más tarde, pero eso no quería contárnoslo, su intención no era ponerse pesado. Tampoco quería contar cómo ese Ali mayor lo siguió jodiendo y le dijo que en el aeropuerto debía decir que tenía un daño cerebral y que se quería hacer operar en Alemania. Y que de hecho dijo eso en el aeropuerto y que voló como turco a Alemania y que ahora se llamaba Amir Huschang Rahbarsare, lo cual sí era gracioso. Pero no quería contarnos eso, tampoco que el funcionario en la ventanilla frotó la fotografía de Asfael y comprobó que la habían cambiado, y que él, Watan, no pudo ayudarla y se quedó mirando el pulgar del funcionario y trató de decir alguna cosa sobre el clima, pero ella ya se había escapado y desapareció para siempre. Y lo que tampoco quería contarnos era que de pronto la amó de verdad, a no ser que quisiéramos escucharlo.

Y nosotros decimos: en el fondo, sinceramente, no, sobre todo no, porque ya nos da pesadillas, Watan, ¡pesa de una vez esa hierba! Y él pesa la hierba y dice: Uf, esta balanza está loca, se las doy así. Ahora sí nos entendemos, y le damos las gracias. Nos levantamos y por fin nos ponemos en marcha hacia la fiesta, aunque claro que antes Watan pregunta si puede venir con nosotros. Pero le decimos que desgraciadamente no, Watan, es una fiesta privada, lo lamentamos, pero seguro que lo entiendes, ¿no es cierto? Y él dice que lo entiende, y sin embargo se viene con nosotros, tiene que ir al quiosco y queda en la misma dirección, pero luego de habernos despedido en el quiosco notamos que no sigue atrás. Siempre que nos damos vuelta, se mueve en alguna sombra, y es muy rara la sensación que tenemos cuando finalmente llegamos a la fiesta. Delante de la puerta están las chicas a las que debíamos traerle la hierba, nos miran pero no parecen interesarse por nosotros, solo alzan la cabeza y preguntan: ¿qué es lo que viene ahí detrás de ustedes?

Y nosotros decimos: es Watan, le compramos su hierba.


*© Andreas Stichmann, 2013. 

¿Qué buscas aquí? Eso dicen los ojos, severos ojos. La boca solo dice: “La pieza número doce está arriba”. Luego debe retirarse, la severa empleada del hotel. Solo la soledad duerme hoy aquí. Ningún otro huésped. Es el vacío Este de Alemania. Un pueblo en Mecklemburgo – Antepomerania. Su plaza principal mira detrás de la ventana hacia esta pieza número doce. Las calles vacías y oscuras. Ninguna luz. En ninguna casa. ¿Dónde están las personas? ¿Duermen? ¿Tal vez porque están resfriadas, como quizá esté resfriada esta pensión? Porque todo – puertas, paredes, suelos – emite ruidos suspirantes, como si tosiera, la casa.

Y a las doce y media tose tan fuerte que una pared se ha roto seguramente por causa de la fiebre. ¿O son personas? Salgo a mirar al pasillo. En el pasillo no hay nadie, solo Christa Wolf y Fallada. Una mesa con libros. La mano toma la novela de Wolf. En gris, sobre las páginas amarillentas, dice que lo pasado no está muerto, que ni siquiera ha pasado. Eso es Faulkner. Y, en efecto, es por eso que estoy aquí: los viejos nazis son los nuevos nazis. Y nuevos nazis son los que quiero buscar. Mañana, le digo a Wolf, y me duermo.

La mañana se ve igual que una tarde. Las nubes grises se comen el azul del cielo. Un chubasco azota las calles angostas. Una bicicleta, de alquiler, es coartada, es camuflaje, pues siempre hay gente andando en bicicleta por la zona. “Los caminos para bicicleta más bonitos de Mecklemburgo”, así figura en Internet. Mentira. No hay ningún ciclista. Y los transeúntes siguen resfriados.

Pero un par de pueblos más allá se supone que al menos viven neo-Artamanes, esos auténticos y verdaderos viejos viejos nazis. Se los llama colonos nacionalistas, porque pueblan los lugares donde no hay nadie, y creen mucho en la cuestión de la sangre y la tierra, en la que también creía Heinrich Himmler, que era él mismo un Artaman.

El mapa del iPhone dice: hasta los nacionalistas faltan aún 18 kilómetros. Pero esta lluvia ahora arrecia, la chaqueta se moja y pesa. La casita de una parada triste y silenciosa se transforma en escondrijo contra este clima. El aguacero pasa, pero con él también la señal del teléfono. El mapa se ha borrado. Por eso son ahora los recuerdos quienes conducen la bicicleta. Y por eso no llego al pueblo que se llama Klaber, colonizado por los Artamanes, sino a Koppelow. Y Koppelow tampoco está mal, porque se supone que aquí vive un campesino ecológico muy nazi, con pasado en el Partido Nacional Alemán.

Otra vez y por supuesto este vacío. Ningún café ni ningún supermercado, ninguna persona, ningún neonazi en la calle. Solo gallinas delante de los gallineros. Entonces un hombre se acerca desde una casa gris. Perdón, busco a un campesino ecológico que vive aquí, le digo.

– Aquí ya no hay ningún campesino, todos han quedado en bancarrota – dice este hombre, que lleva alrededor de la panza un pulóver gris mugriento y debajo de su nariz un tupido bigote color pulóver – Alguno tiene todavía un par de animales, pero puso todo a nombre del hijo.

– ¿Conoce a ese campesino y a su hijo?

– ¡Todos judíos! ¡Todos judíos! – dice el bigotón.

– ¿Cómo? ¿Son judíos?

– No, es un decir. Usureros son esos, todos usureros.

Cuando un antisemita llama judío a un hombre del Partido Nacional Alemán hay demasiadas cosas tergiversadas, dadas vuelta. Por eso solo guardar silencio, seguir viaje. Después de una hora arriba y abajo – las colinas de Mecklemburgo son infinitas – me tomo una pausa delante de una bonita casa blanca. Echo un vistazo al teléfono: no hay señal. Y ninguna idea de dónde está Klaber, esa colonia. Pero quizá lo sepa la gente de la casa. Quizá son ellos mismos nacionalistas. Justo cuando estoy a punto de tocar el timbre, un Ford polvoriento se detiene delante de la entrada.

– ¿Qué busca ahí? – exclama el conductor del Ford.

– Preguntar dónde estoy.

– Esa es la casa de los alcohólicos, a esta hora nunca están, tienen que comprar alcohol – me dice el dueño del Ford, y luego – La solidaridad nacionalista ha alojado ahí a los incurables de la región.

Le pregunto dónde está Klaber, pero Klaber está muy lejos. El hombre del Ford me explica después cómo hago para volver al pueblo, a mi pensión. Los nazis entonces mañana, pienso y me marcho, con hambre, cansancio y una ligera depresión. Contra el hambre, el cansancio y la leve depresión solo ayudan los buenos restaurantes. Pero no hay ningún restaurante.

– Solo un bar, que también tiene cocina – eso me dijo la severa empleada de la pensión enferma y vacía.

El bar que también tiene cocina es mudo, las personas no hablan mientras comen, esperan la comida, beben. Una small talk  fracasa. ¿Cómo se puede hablar con la gente? ¿Son estos ya los de derecha? ¿Y me lo quieren callar? Y si no, ¿dónde están los de derecha? Se supone que el Este está repleto de ellos, lo dicen la televisión y los periódicos y los números.

“¿Cómo es que llegamos a ser como somos hoy?”, pregunta la novela de Christa Wolf en la segunda noche. La República Democrática Alemana, el mundo del Partido Socialista Unificado y el falso antifascismo flotan en la cabeza junto con las palabras de Wolf. ¿Qué hacen las viejas mentiras con la nueva gente? En aquel entonces no se veían nazis por aquí, del mismo modo que hoy yo no he visto aún ningún nazi. “¿Entonces mañana?”, le digo a Wolf y me duermo.

La mañana de nuevo sombría. Esta vez otro camino, que lleva a la colonia de los viejos viejos nazis. El camino al paraíso. Porque un poeta muy muerto dijo una vez sobre este paisaje que era el paraíso sobre la tierra. El paraíso tiene el aspecto de una profunda depresión. Todo es gris y está desteñido. Dos horas de bicicleta más tarde, y al fin Klaber. Solo una colina más. Arrastro mi bicicleta ahora.

– ¿Y, demasiado empinado por aquí? – exclama un hombre en un alemán del norte suave y pausado.

– Aquí debería haber una colonia – le digo.

– Aquí no hay nada. Arriba viven algunos del Oeste – dice de pronto con rostro sombrío.

– ¿Cómo son? – le digo.

– No hablo con advenedizos – dice, y en su frase irrumpe la voz de una mujer.

El hombre debe entrar. Un “chau”, solo que con “sh”, muy del norte de Alemania.

Luego está ahí, la casa de los colonos. De ladrillo rojo. Adelante, una pequeña casita de madera tiene colgado un cartel que dice “Miel auténticamente alemana”. ¿Eso es algo neonazistoide? Un sitio en el que anidara el terror nazi habría necesitado al menos dos pequeñas eses en caracteres rúnicos. Nada. En ninguna parte.

¿Dónde están los colonos?

– ¡Hola! – exclamo en dirección a la casa roja.

Nada. Quizá fue demasiado bajito. Pero más fuerte no puedo, tengo algo metido en la garganta. Sí, miedo. ¿Notarán los nacionalistas que mi sangre es falsa, no nórdica? El miedo permite un nuevo grito bajito. Y de nuevo silencio. Y está bien que no estén, porque los pensamientos siguen girando en torno a la sangre. El cielo ahora está casi negro. El miedo obliga a volver a la bicicleta. ¿Y ahora qué? Un cartel dice que hoy es la fiesta del otoño. Y yo quiero estar entre personas, pero ¿quizá estén allí estos colonos? El miedo lucha con la curiosidad. El miedo pierde.

En la fiesta del otoño solo hay al principio una gran mesa. Allí yace Auralia. Es bonita, redonda y ligeramente colorada. Pero tiene un problema: Auralia viene del Este de Alemania. Tiernos dedos la recorren. Un hombre, ya mayor, que dice:

– En el Oeste la odian por eso.

– ¿Por qué?

– Antes en el Oeste se creía que todo aquí tenía pesticida. Pero, ¿ahora? No lo sé, lamentablemente no soy un alemán occidental.

El hombre es pomólogo. Auralia es un tipo de manzana. Yace ahí con otras cien. El gran show de las manzanas. El Oeste, que solo ve en el Este policías idiotas, maníacos votantes del partido Alternativa para Alemania y neonazis, está tan repleto de arrogancia que hasta existen manzanas discriminadas, pienso yo, y luego pienso que este viaje no es más que arrogancia.

El pomólogo sigue hablándome de las manzanas. Pero las manzanas son conocidas, los colonos no. Por eso pregunto por los neo-Artamanes.

– No tenemos nada que ver con ellos – dice este fan de las manzanas.

Y un visitante, luego:

– Esos están en el Este.

– Pero aquí es el Este – digo.

– No, en dirección a Usedom, ahí viven esos.

Uno delgado y grandote con bellas y profundas arrugas machaca histriónicamente una olla con coles, que serán chucrut; dice que los nacionalistas son muy problemáticos para la movida ecológica. Él también está en la movida ecológica.

– Que uno se ocupe de su tierra con su sangre, hasta ahí puedo entenderlo, pero que se desprecie a la gente que no es alemana, eso es una locura.

Por esos ecologistas de derecha es que el flaco grandote de las arrugas evita las asociaciones bio de Mecklemburgo.

– Ahí los de derecha están sentados a la mesa en todas partes.

Pero, ¿dónde están ahora? El grandote no los conoce personalmente. ¿Por qué nadie aquí los conoce? ¿Porque la vida de campo es tal vez vida en familia? En el libro de Christa Wolf dice eso: “Una familia es un amontonamiento de personas de distintas edades y sexos con el estricto fin de ocultar vergonzosos secretos en común”. Y tal vez, pienso yo, la gente no habla de estos otros porque rige el mismo principio que en una familia.

La fiesta familiar ha llegado ahora a su fin. Por eso de nuevo al bar, que también tiene cocina. Esta vez no está mudo, está repleto. Dos hombres señalan una silla vacía. Están por salir de fiesta, y yo debo ir con ellos, me dicen. Y sí, vamos.

Un club de pesca con choza de madera y con hogar. Una pared está hecha solo de trofeos, las otras paredes fueron alguna vez blancas, la decoración es minimalista. El anfitrión se llama Martin. Tiene treinta y es cocinero, pero de momento está en rehabilitación.

– El disco intervertebral, el disco intervertebral – dice después del hola.

Once hombres. Y tres mujeres, que hablan “de cosas de mujeres”, así dicen ellas. Hablan de los niños, de los hombres, de Douglas. Una habla con un bello y penetrante acento polaco, hace solo dos meses que está en Alemania. Practica equitación, pero se lastimó y por eso ahora cuida caballos. Tal vez esta extranjera conoce a los xenófobos y hable abiertamente y con franqueza. Le pregunto por los de derecha.

– No, no, la gente aquí me trata de lo más bien – dice.

Eso es demasiado extranjero-bueno, va contra cualquier prejuicio. Salgo a fumar. Está Martin. El tema, mi tema, obviamente Alternativa para Alemania. Pero Martin dice que la derecha y los votantes de ese partido están todos en el Este. Otra vez: en dirección a Usedom.

 – Pero ahora en serio, ustedes tienen problemas con los refugiados – digo con tanta curiosidad como insidia.

– No, si ni los conocemos, aquí no hay. Aquí estamos solos – se enciende un cigarrillo – Pero sería bonito que alguna vez viniera alguien.

Tal vez Martin se refiere a los sirios, tal vez solo a sus amigos, muchos se mudaron a Hamburgo, a Berlín. Habla del vacío en el campo, de su soledad.

– Pero me mantengo bien ocupado – dice en referencia a la pesca.

Los hombres pescan a diario, al menos los que no tienen trabajo. Son la mayoría. De nuevo la leve depresión. Desde la casita de madera grita Bon Jovi, y es hora de irse.

La última mañana no es sombría como las otras. Es brutal. La cabeza estalla de aguardiente Angler. De repente brama el teléfono. Solo un mensaje, Martin. “¿Vienes después a pescar con nosotros?” Pescar es la salvación de Martin, así me contó. Y en el campo, en estos pueblos, cada cual necesita una salvación, para no desesperar de soledad, de vacío. Aquellos que no tienen nada se van. Los otros buscan. Los pomólogos determinan tipos de manzanas. Los bebedores beben en la casa blanca. Los hombres del club de pesca van a pescar. Pero cuando uno no es bebedor ni pomólogo o pescador y tampoco encuentra otra cosa, entonces solo queda tal vez la ideología de derecha. Uno puede muy bien convertirse en nazi en el país que antes era la RDA, en la que supuestamente nunca hubo nazis, pienso de pronto, y luego pienso también: ¿se volvería uno así invisible para los demás? ¿O solo se escondería bien? ¿Cuánto tiempo se escondería bien? ¿Hasta encontrar a la mayoría con la misma ideología?

Busco analgésicos en la cartera y me los tomo y también a Christa Wolf, otra vez el libro. Y ahí, una cita de Gottfried Benn: “Estas ciudades del Este tan grises, tan cubiertas de polvo: de esta forma no es posible entenderlas”. Y Benn y Wolf tienen razón. Aquí no voy a encontrar nada.


*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

La pobreza

Hoy día, hermanos, ¿cuál es la palabra de moda, eh?

Hoy en día, la palabra en uso de moda es, por supuesto, electrificación.

Este asunto, no lo discuto, es de gran importancia: iluminar la Rusia soviética con electricidad. Pero también tiene su lado oscuro. Yo no digo, camaradas, que sea caro. No hay que pagar tanto: nada más que dinero. No hablo de eso.

Veamos a qué me refiero:

Yo, camaradas, vivía en una casona enorme. Toda la casa se alumbraba con queroseno. Algunos tenían candilejas, otros una pequeña lámpara y, quien no tenía nada, usaba las velas de los popes. ¡Era la pobreza más absoluta!

Y de repente nos instalaron la electricidad.

El primero en instalarlo fue el intendente. Y bien, instalaba y no paraba de instalar. Era un hombre callado, que no exteriorizaba sus opiniones. No obstante, deambulaba de una forma extraña, mientras se sonaba la nariz con aire pensativo.

Pero seguía sin exteriorizar sus opiniones.  

Y fue entonces cuando llegó nuestra querida casera Elizaveta Ignatiéevna Projorova y sugirió que también nosotros electrificásemos nuestra casa.

—Todos lo hacen —dijo ella—. Hasta el intendente —dijo.

¡Qué íbamos a hacer! Así que también nosotros nos pusimos con la instalación.

Instalamos y la electrificamos: ¡cielo santo! El moho y la mugre nos rodearon.

Antes esta era la rutina: sales por la mañana al trabajo, vuelves al final de la tarde, te tomas un té y a dormir. Y con el queroseno no se veía nada en especial. Pero ahora encendemos, miramos y en el suelo está el zapato roído de alguien , aquí la tapicería arrancada y con los jirones a la vista, allá un chinche trota mientras escapa de la luz, acá hay algo parecido a un trapo, por aquí un escupitajo y una colilla, allí corretea una pulga…

¡Cielo santo! Que corra la voz de alarma. Da pena ver un espectáculo así.

Como por ejemplo el sofá que estaba en nuestra habitación. Yo pensaba que era un buen sofá. Más que eso, que ese sofá era la leche. Solía sentarme en él por las tardes Y ahora le das a la luz: ¡cielo santo! ¡Qué pena! ¡Pena de sofá! Todo sobresale, todo cuelga, todo el relleno saliéndose… No me puedo sentar en un sofá semejante: el alma protesta.

Puff, pienso, no vivo en la opulencia. Ver todo esto da asco. Se te cae el alma a los pies hasta para trabajar.

Veo a la dueña Elizaveta Ignatiévna que anda cabizbaja, farfullando en la cocina de su casa mientras limpia.

—¿Por qué alborotas —le pregunto—, casera?

Y ella solo sacude la mano.

—Yo —me dice— querido mío, jamás pensé que vivía en medio de una pobreza semejante.

Le eché un vistazo a los cachivaches de la casera y, a decir verdad, no abultaban mucho; moho, mugre y diferentes tipos de trapos. Y todo ello, inundado ahora por la luminosa luz, saltaba a la vista.

Así que me dispuse a volver a casa como con desgana.

Llegué, encendí la luz, admiré la lámpara nueva durante unos minutos y luego me fui a la piltra.

Después me lo pensé bien, recibí mi sueldo, compré yeso, lo disolví y me puse manos a la obra. Arranqué el empapelado, exterminé a los chinches, barrí las telarañas, limpié el sofá, pinté, acabé con todo: mi alma cantaba de júbilo.

Pero aunque el resultado fue bueno, me dieron gato por liebre. Hermanitos, en vano tiré por la borda dinero: la casera cortó los cables.

—Me duele —dijo ella—  el aspecto mísero que cobra todo con la luz. ¿Cómo —dijo ella— voy a burlar a los chinches en medio de una pobreza semejante?

Yo ya le había suplicado y aducido mis razones, pero no había manera.

—Múdate —me dijo— de este piso. Yo no quiero —me dijo— vivir con luz eléctrica. No tengo dinero para reformar las reformas.  

¿Acaso, camaradas, es fácil mudarse cuando me acabo de gastar una fortuna en hacer reformas? Pues no me quedó otro remedio.

Ay, hermanos, la luz eléctrica es buena, pero también con luz las pasas canutas.

La chancla

Está claro que es fácil perder una chancla en el tranvía.

Especialmente si tienes detrás a un rufián cualquiera, pisándote los talones, y te empuja de costado: así es como usted se queda sin chancla.

Se puede perder una chancla por cualquier tontería.

A mí me la quitaron en un santiamén. Podría decirse que no tuve tiempo ni de protestar.

Entré en el tranvía con las dos chanclas en su sitio. Pero salí del tranvía, miré, y una chancla estaba allí, en mi pie, y la otra no. La bota… seguía allí. El calcetín, al parecer, estaba también allí. Y los calzoncillos, en su sitio. Pero ni rastro de la chancla.

Y ya se sabe que no se alcanza a un tranvía por mucho que corras.

Así pues, me quité la chancla que me quedaba, la envolví en el periódico y me fui de esta guisa.

Después del trabajo, pensé, me pondré a investigar. ¡Las cosas no desaparecen así como así! De alguna parte saltará la liebre.            

Así que después del trabajo me fui en su búsqueda. Lo primero era pedirle consejo a un conocido mío, conductor de tranvía.

Y he aquí exactamente lo que me dijo para alentarme:

—Da gracias, te digo, por haberlo perdido en el tranvía. De otro recinto público no respondo. En cambio, perder algo en el tranvía es mano de santo. Porque nosotros tenemos una cámara para los objetos perdidos. Ven y recógela. Es mano de santo.

—Pues entonces— digo yo— gracias. Me acabas de quitar un peso de encima. Sobre todo porque la chancla era nuevecita: figúrate que es solo la tercera temporada que la llevo.

Al día siguiente voy a la cámara.

—Hermanos, ¿puedo recuperar mi chancla? Me la quitaron en el tranvía.

—Es posible —me dicen—. ¿Qué tipo de chancla?

—Es una chancla normal. En cuanto al número de pie, es un 12.

—Nosotros —me dicen—, tendremos unas doce mil del número 12. Danos más características.

—Las características son las habituales. A saber: el talón está desgastado, por supuesto. Y adentro se ha ido royendo la franela hasta no dejar rastro.

—Nosotros —me dicen—, puede que tengamos más de mil chanclas así. ¿No tiene ningún rasgo distintivo?

—Sí que tiene rasgos distintivos, les digo. Parece como si la punta se hubiese desprendido, a duras penas se sostiene. Y ya casi no le queda tacón: se ha desgastado. En cambio, el lateral todavía mantiene el tipo.

—Siéntese aquí —me dicen—. Ahora lo miramos.

 De pronto me traen mi chancla. Yo me alegré desmesuradamente, por no decir directamente que me enternecí. He aquí, pensé, cómo funciona el famoso “aparato”. Y qué personas tan idealistas, cuántas molestias se han tomado por una chancla. Así que les digo:

—Amigos, les estoy eternamente agradecidos. Vamos, dénmela. Ahora mismo me la pongo. Muchas gracias.

—Imposible —me dicen—, estimado camarada: no se la podemos dar. Nosotros —me dicen—, no sabemos si fue usted quien la perdió.

—Pero sí se lo estoy diciendo: la perdí yo. Palabra de honor.

 Por su parte, ellos me contestan.

—Le creemos y empatizamos plenamente con usted. Es muy posible que fuese usted quien perdió la chancla en cuestión. Pero no se la podemos entregar. Trae un parte certificado de que perdiste realmente esa chancla. Que la dirección de asuntos internos verifique el suceso, y entonces, sin más trámites superfluos, nosotros te entregaremos aquello que legalmente extraviaste.

Yo respondo:

—Hermanos —digo—, venerables camaradas, si en casa no saben nada de este asunto. Puede que no me expidan el documento.

 Y ellos contestan:

—Lo harán —dicen—, está entre sus atribuciones darlo. Si no, ¿para qué se han instalado en su casa?

Yo contemplé una vez más la chancla y me fui.

Al día siguiente me dirigí al delegado de nuestra casa, y le dije:

—Deme los documentos. Si no, perderé mi chancla.

—Ah, es cierto —me responde—, ¿la has perdido? ¿O es que estás forzando la situación? Quizás quieras pescar un excedente del consumo masivo.

— Santo Dios —respondo—, la perdí.

Y él me dice:

—Pero yo no puedo fiarme solo de su palabra, faltaría más. Y es que si tú me hubieses proporcionado el certificado de que habías perdido una chancla en las cocheras del tranvía, entonces yo te entregaría el documento. Pero así sin más no puedo.

Yo le digo:

—Pues para eso me han enviado a usted.

Él me dice:

—Entonces escribe una solicitud.

Yo digo:

—¿Y qué tengo que escribir?

Él contesta:

—Escribe: la fecha en la que la chancla se extravió. Y así sucesivamente. Te daré, según parece, un atestado pendiente de resolución. 

Escribí la solicitud. Al día siguiente recibí un auténtico acuse de recibo.

Fui con el atestado al comité. Y allí, imagínense, sin más trámites ni formulismos, me entregaron mi chancla.

Solo cuando me calcé la chancla, sentí que me embargaba la emoción. Al fin, pienso, ¡un sitio en el que la gente trabaja! En cualquier otra parte, ¿habrían puesto un afán semejante, durante tanto tiempo, solo por mi chancla? Más bien se lo habrían quitado de encima, y asunto resuelto. Y he aquí en cambio, sin que transcurra una semana, me la devuelven.

Una cosa digna de lástima, en el transcurso de esa semana, con todo el trasiego, perdí la primera chancla. La llevé todo el rato, debajo del brazo, en una bolsa, y no recuerdo en qué sitio la dejé. Lo importante es que no ocurrió en el tranvía. ¿Es una causa perdida por no haber sucedido en el tranvía? Porque entonces, ¿dónde buscarla?

Y por eso tengo otra chancla. La he colocado en la cómoda.

La segunda vez se hace aburrida, le echas un vistazo a la chancla, y de alguna forma el ánimo se vuelve más ligero, libre de rencores.

He aquí, pienso, cómo funciona la famosa cancillería.

Conservo esa chancla de recuerdo. Para que nuestros descendientes se puedan mirar a la cara.

Aquí estoy planchando, y lo que usted me ha preguntado me atormenta de ida y vuelta con el movimiento de la plancha.

«Me gustaría que se hiciera el tiempo para venir a hablarme de su hija. Estoy seguro de que puede ayudarme a entenderla. Es una jovencita que necesita ayuda y a la que me interesa mucho ayudar».

«Que necesita ayuda…». Aun si fuera, ¿de qué serviría? ¿Cree usted que porque soy su madre tengo la clave, o que de alguna manera podría usarme como clave? Lleva 19 años viva. Hay toda una vida que ocurrió fuera de mí, con independencia de mí.

¿Y cuándo se tiene tiempo de recordar, examinar, sopesar, estimar, cerrar cuentas? Empezaré y habrá una interrupción y tendré que volver a reunirlo todo. O acabaré abrumada por todo lo que hice o no hice, lo que debería haber ocurrido de otra manera y lo que no puede evitarse.

Era una beba preciosa. La única de nuestros cinco hijos que fue preciosa al nacer. Pero no imagina usted lo nueva e incómoda que es para ella su belleza actual. No la conoció durante todos los años en que la consideraban poco atractiva, ni la vio estudiando sus fotografías de bebé, pidiéndome que le repitiera una y otra vez lo preciosa que había sido —y que sería, le decía yo— y que era, para quien supiera mirar. Pero muy pocos o nadie sabía mirar. Ni siquiera yo. 

Le di de mamar. Hoy en día se considera importante. Amamanté a todos mis hijos, pero en el caso de ella, con la empedernida rigidez de la primera maternidad, hice lo que los libros decían. Aunque me hiciera temblar con sus llantos y me dolieran los pechos de tan hinchados, esperaba el decreto del reloj.

¿Por qué empiezo por ahí? Ni siquiera sé si importa, o si explica algo.

Era una beba preciosa. Hacía burbujitas brillantes de sonido. Le encantaba el movimiento, le encantaba la luz, le encantaban el color y la música y las texturas. Se quedaba tendida con su enterito azul golpeando extasiada la superficie del suelo, con tal energía que sus manos y sus pies se desdibujaban. Para mí era un milagro, pero cuando cumplió ocho meses tuve que empezar a dejársela durante el día a la mujer de abajo, para la que no era un milagro en absoluto, porque yo salía a trabajar o a buscar trabajo o a buscar al padre de Emily, que no «podía soportar» (escribió en su nota de despedida) «compartir la miseria» con nosotras.

Yo tenía 19 años. Era la época de la Depresión, antes de que empezaran los programas de ayudas sociales. Me bajaba a toda prisa del tranvía, corría escaleras arriba por el edificio con olor rancio y, en cuanto ella me veía, tanto si ya estaba despierta como si se despertaba de golpe, soltaba un llanto entrecortado que era imposible de calmar, un llanto que aún hoy puedo oír.

Al poco tiempo encontré un trabajo de friegaplatos por la noche que me permitía pasar el día con ella, y así era mejor. Pero en un momento tuve que llevarla a casa de la familia de su padre y dejarla con ellos.

Me tomó mucho tiempo reunir el dinero de su pasaje de vuelta. Después pescó una varicela y tuve que seguir esperando. Cuando por fin regresó, apenas la reconocí, caminaba deprisa y nerviosa como su padre, se parecía a su padre, toda flacucha, e iba vestida con un burdo color rojo que resaltaba su piel amarillenta y las marcas de la varicela. No le quedaba nada de la preciosura de bebé.

Tenía dos años. Edad suficiente para ir a la guardería, dijeron, y yo ignoraba lo que sé ahora: el cansancio del largo día y las laceraciones de la vida grupal en esas guarderías que son solo lugares donde arrumbar a los niños.

Por supuesto, nada habría cambiado si entonces lo hubiera sabido. Era el único sitio que había. La única manera en que podíamos estar juntas, la única manera en que yo podía tener un trabajo.

Y aun sin saber, lo sabía. Sabía que la maestra era mala porque una imagen se me quedó grabada en la memoria todos estos años: el niñito acurrucado en un rincón, la voz áspera de la maestra: «¿Por qué no estás fuera, porque Alvin te pegó? No es motivo, vamos, afuera, miedoso». Sabía que Emily odiaba aquel sitio aun si por la mañana no me agarrara e implorara «no te vayas, mamá», como los demás niños. 

Siempre se inventaba excusas para que nos quedáramos en casa. Mamá, tienes cara de enferma. Mamá, me siento mal. Mamá, hoy las maestras no van al jardín, están enfermas. Mamá, no podemos ir, ayer hubo un incendio. Mamá, mañana es feriado, me dijeron que no había clases.

Pero nunca una protesta directa, una muestra de rebeldía. Pienso en nuestros otros hijos a la edad de tres o cuatro años —los berrinches, el malhumor, las acusaciones, las exigencias— y de repente me siento asqueada. Apoyo la plancha en la tabla. ¿Qué cosa en mí le inspiraba a ella semejante bondad? ¿Y a qué precio, cuál fue el precio que pagó por aquella bondad suya?

El viejo que vivía al fondo una vez me dijo en tono amable: «Debería sonreírle a Emily más de lo que la mira». ¿Qué había exactamente en mi cara cuando la miraba? La amaba. Mi cara estaba llena de actos de amor.

Solo con la llegada de los demás recordé lo que había dicho aquel hombre, porque a ellos les mostraba una cara de felicidad, no de los aprietos económicos o preocupaciones: demasiado tarde para Emily. No sonríe con facilidad, a diferencia de sus hermanos y hermanas que lo hacen casi todo el tiempo. Su cara permanece cerrada y sombría, pero cuando quiere, es muy expresiva. Debe de haberlo visto en sus actuaciones; mencionó usted sus dones atípicos para la comedia en escena, algo que al público le da tanto gusto que aplauden y aplauden y no quieren dejarla ir.

¿De dónde sale, esa comedia? No demostraba nada de eso cuando volvió a vivir conmigo por segunda vez, después de que la enviara de nuevo a casa de los parientes. Entonces se encontró con un nuevo papá al que tenía que aprender a querer, y creo que quizá fueron tiempos mejores.

Salvo cuando la dejábamos sola de noche, diciéndonos que ya tenía edad.

«¿No puedes ir en otro momento, mamá, por ejemplo mañana?», preguntaba. «¿Me prometes que te irás solo un ratito?».

La vez que volvimos, la puerta de calle abierta, el reloj en el suelo del vestíbulo. Ella despierta y rígida. «No fue un ratito. No lloré. Te llamé tres veces, nada más, y después bajé corriendo a abrir la puerta para que vinieras más rápido. El reloj hablaba fuerte. Lo tiré al suelo, me asustaba lo fuerte que hablaba».

Dijo que el reloj volvió a hablar fuerte la noche en que fui al hospital para dar a luz a Susan. Ella deliraba de fiebre por los primeros síntomas de sarampión, pero se mantuvo alerta durante toda la semana que estuve fuera y la semana siguiente, cuando volvimos a casa y ella no podía acercársenos ni al bebé ni a mí.

No se ponía mejor. Estaba en los huesos, no quería comer y tenía pesadillas todas las noches. Me llamaba a su lado, y yo me despertaba exhausta y le decía medio dormida: «No pasa nada, mi amor, vuelve a dormirte, solo estabas soñando», y si seguía llamándome, en una voz más severa: «ahora a dormir, Emily, no hay nada que te vaya a hacer daño». Dos veces, solo dos veces, cuando de todas maneras tenía que levantarme por Susan, fui a sentarme a su lado.

Ahora, cuando es demasiado tarde (y no es que me deje abrazarla y reconfortarla como hago con los otros) me levanto y acudo de inmediato a su lado cuando la oigo gemir o sacudirse en la cama. «¿Estás despierta, Emily? ¿Te traigo algo?» Y la respuesta es siempre la misma: «No, estoy bien, vuelve a la cama, madre».

En el hospital me convencieron de mandarla a una clínica de reposo en el campo, donde pudiera «recibir el tipo de comida y cuidados que usted no consigue darle, mientras se concentra en el nuevo bebé». Aun hoy mandan a niños a ese sitio. En las páginas de sociedad sigo viendo fotografías de mujeres jóvenes que organizan galas para recaudar dinero destinado a eso, o bailan durante las galas, o decoran huevos de Pascua o preparan regalos de Navidad para los niños.

Nunca incluyen fotografías de los niños, así que no sé si las nenas siguen usando los mismos lazos rojos enormes o mostrando sus caras demacradas domingo de por medio, cuando a los padres se les permite visitarlas «salvo indicación contraria», como se nos indicó durante las primeras seis semanas.

Sí, es un sitio agradable, con césped verde y árboles altos y canteros acanalados. Los niños se disponen a gran altura en los balcones de las casitas, las nenas vestidas con lazos rojos y vestidos blancos, los varones con trajes blancos y enormes corbatas rojas. Los padres les gritan hacia arriba para hacerse oír y los niños gritan hacia abajo para hacerse oír, por encima de una pared invisible que significa «Evítese la Contaminación por Gérmenes Parentales o Afecto Físico».

Había una nena pequeñita que siempre se quedaba ahí parada de la mano de Emily. Sus padres nunca iban a verla. En una de las visitas ya no estaba. «La trasladaron a Rose Cottage», gritó Emily a modo de explicación. «Aquí no les gusta que uno se encariñe con nadie».

Nos escribía una vez por semana, con la caligrafía esforzada de sus siete años. «Estoy bien. Cómo está el bebé. Si escribo bien la carta me dan una estrella. Besos». Nunca le dieron la estrella. Le escribíamos día por medio, cartas que no le permitían tocar o guardar, sino que le leían: una sola vez. «Lo cierto es que no tenemos espacio para que los niños conserven sus efectos personales», nos explicaron pacientemente un domingo en que medimos todos nuestros gritos para tratar de convencerlos de lo mucho que significaría para Emily, a la que le encantaba coleccionar cosas, que se le permitiera guardas las cartas y tarjetas.

A cada visita parecía más débil. «No quiere comer», nos decían.

(De desayuno servían huevos revueltos poco hechos o puré con grumos, nos contó Emily más tarde, me lo meto en la boca y no me lo trago. Nada sabía rico, solo el pollo que servían a veces.)

Nos tomó ocho meses conseguir el alta para que volviera a casa, y el trabajador social solo se convenció por el hecho de que recuperó un poquito de los tres kilos y medios perdidos.

Cuando regresó yo trataba de abrazarla y darle afecto, pero el cuerpo se le ponía rígido y enseguida se soltaba de un empujón. Comía poco. Le daba asco la comida, y creo que buena parte de la vida también. Sí, tenía ligereza y esplendor físicos, pasaba a toda velocidad en patines, rebotaba como una pelota al saltar la soga, subiendo y bajando por la colina; pero eran actos fugaces.

Se sentía incómoda con su apariencia, flaca y morocha y con pinta de extranjera, en una época en que toda niñita supuestamente debía ser, o pensaba que debía ser, una réplica de Shirley Temple, rubia y regordeta. A veces tocaban el timbre para venir a buscarla, pero nadie pasaba a jugar dentro de casa ni parecía tener una mejor amiga. Tal vez porque no paraba de moverse.

Se enamoró perdidamente de un chico durante dos semestres escolares seguidos. Más tarde me contó que me había robado peniques de la cartera para comprarle caramelos al chico. «Los que más le gustaban era los de regaliz y yo se lo compraba todos los días, pero él la prefería a Jennifer y no a mí. ¿Por qué, mamá?». Típica pregunta para la que no existe respuesta.

La escuela era una preocupación. Le costaba hablar y era lenta en un mundo en el que la facilidad de palabra y la rapidez se confundían fácilmente con la capacidad de aprender. Para sus maestros, cansados y exasperados por el trabajo, era una «alumna lenta» y demasiado concienzuda, que siempre estaba tratando de ponerse a tiro y faltaba demasiado a clase.  

Yo la dejaba faltar, por más que a veces su supuesta enfermedad fuese imaginaria. Qué diferencia con lo estricta que soy ahora con la asistencia de mis otros hijos. Entonces yo no trabajaba. Habíamos tenido otro bebé, así que estaba en casa. A veces, cuando Susan tuvo edad, tampoco la mandaba a la escuela, para quedarnos todas juntas. 

Emily tenía sobre todo asma, y su respiración, áspera y trabajosa, llenaba la casa con un sonido extrañamente tranquilo. Yo le llevaba al lado de la cama los dos espejos de pie y las cajas en las que guardaba sus colecciones. Ella elegía cuentas y aros, tapas de botellas y conchillas, flores secas y guijarros, postales viejas y recortes, todo tipo de cosas curiosas; luego ella y Susan jugaban al Reino, diseñando paisajes y muebles, llenándolos de acciones.

Eran los únicos momentos que ella y Susan pasaban juntas en paz. Me aparté poco a poco de aquello, el sentimiento venenoso que las separaba, el terrible equilibrio de ofensas y necesidades que tenía que medir entre ellas, y de las que me ocupé muy mal en aquellos primeros años.  

Ah, había conflictos también entre los demás, seres humanos todos con exigencias, necesidades, penas; pero solo entre Emily y Susan, no, de parte de Emily hacia Susan aquel resentimiento corrosivo. De fuera parece muy obvio, pero no es obvio. Susan, la segunda hija, Susan, regordeta y de rizos rubios, rápida y parlanchina y segura de sí misma, en aspecto y en modales todo lo que Emily no era; Susan, que no podía resistirse a los objetos preciosos de Emily y a veces los perdía o los rompía por torpeza; Susan, que contaba chistes y adivinanzas delante de los demás para que la aplaudieran, mientras Emily se quedaba sentada en silencio (para decirme más tarde: esa era mi adivinanza, mamá, yo se la dije a Susan); Susan, que, pese a la diferencia de cinco años, estaba solo un año por detrás de Emily en desarrollo físico.

Hoy me alegro de aquel desarrollo físico lento que amplió la brecha que la separaba de sus contemporáneos, aunque la hiciera sufrir. Era demasiado vulnerable para ese mundo terrible de competencia juvenil, de pavoneo y presunciones, de compararse constantemente con los demás, de envidias: «Ojalá tuviera el pelo cobrizo», «ojalá tuviera esa piel…». Ya bastante atormentaba se sentía por ser distinta de sus hermanos, tenía bastante de la inseguridad, la necesidad de medir las palabras antes de hablar, la preocupación constante —¿qué piensan de mí?—, sin que los despiadados impulsos físicos lo realzaran.

Ronnie me llama. Se ha hecho pis y lo cambio. Ahora rara vez se oye un llanto así. Casi ha pasado la etapa de la maternidad en que el oído no nos pertenece, sino que debe estar siempre tendido y alerta para escuchar el llanto de un hijo, la llamada de un hijo. Nos quedamos sentados un momento y lo abrazo, mientras miro la ciudad de carbón que se extiende afuera, con sus suaves pasillos de luz. «Chuchino», murmura y se arrebuja. Lo llevo a la cama, dormido. Chuchino. Una palabra graciosa, familiar, heredada de Emily, inventada por ella para decir: consuelo. 

De esa manera y otras ha dejado su impronta, digo en voz alta. Y me sobresalto al escucharme. ¿Qué he querido decir? ¿Qué cosa he tratado de convocar, como para darle coherencia? Estábamos en los años terribles del crecimiento. Años de guerra. No los recuerdo bien. Yo trabajaba, por entonces tenía cuatro pequeños, y nada de tiempo para Emily. Ella tenía que ayudarme siendo madre, ama de casa, haciendo las compras. Tenía que establecer su impronta. Mañanas de crisis e histeria al tratar de envolverles las viandas, peinarlos, buscar abrigos y zapatos, todo el mundo al cole o a la guardería a tiempo, el bebé listo para ser transportado. Y siempre uno de los pequeños que garabateaba el periódico, Susan que se dejaba olvidado un libro, los deberes que no se hacían. Salir corriendo a la escuela enorme donde ella era una más, se perdía, era una gota; sufriendo por no estar preparada, tartamudeando e insegura en sus clases.

Por las noches después de acostar a los niños quedaba muy poco tiempo. Ella se peleaba con los libros, siempre comiendo (fue en aquellos años cuando le entró el enorme apetito que se ha vuelto legendario en la familia), y yo planchaba, o preparaba la comida para el día siguiente, o le escribía una carta a Bill, que estaba en el ejército, o me ocupaba del bebé. A veces, para hacerme reír, o de pura desesperación, Emily imitaba acontecimientos o compañeros del colegio.

Creo que una vez le dije: «¿Por qué no haces algo así en el concurso de aficionados del colegio?». Una mañana me llamó al trabajo, y apenas podía hacerse entender entre las lágrimas: «Mamá, lo hice. Gané, gané; me dieron el primer premio; no paraban de aplaudir y no me dejaban irme».

De pronto fue Alguien, tan atrapada en su diferencia como antes en su anonimato.

Empezaron a pedirle que actuara en otros colegios, incluso en universidades, luego en eventos de la ciudad y por todo el estado. El primero al que fuimos, solo la reconocí al comienzo, cuando por poco no se zambulló, flaca, tímida, entre las cortinas. Después: ¿esa era Emily? El control, el dominio, las payasadas convulsivas y mortales, el hechizo, y luego el público que reía a carcajadas y daba pisotones, sin querer que aquella risa rara y preciosa desapareciera de sus vidas.

Más tarde: Usted tendría que hacer algo con un talento como el de ella. Pero, sin tener dinero y sin saber cómo, ¿qué se hace? Lo dejamos todo en sus manos, y el talento se le arremolinó dentro, taponándose y trabándose, tanto como fue utilizado y creció.

Emily acaba de llegar. Corre escaleras arribas saltando los escalones de a dos con paso ligero y agraciado, y creo que esta noche está feliz. Lo que fuese que lo impulsó a usted a llamarme hoy no ha ocurrido.

—¿Nunca vas a dejar de planchar, mamá? Whistler pintó a su madre en una mecedora. Yo tendría que pintar a la mía inclinada sobre una tabla de planchar.

Está en una de sus noches comunicativas y me cuenta todo y nada mientras se prepara un plato de comida que saca del refrigerador.

Es tan hermosa. ¿Por qué me pidió usted que fuese a verlo? ¿Qué le preocupa? Ella encontrará su camino.

Empieza a subir la escalera para ir a acostarse.

—Mañana no me despiertes con los demás.

—Pero creí que tenías exámenes.

—Ah, eso —dice, mientras regresa, me da un beso y sigue suavemente—: En un par de años, cuando estemos todos atomizados, no tendrá ninguna importancia.

No es la primera vez que lo dice. Se lo cree. Pero como le he estado dando vueltas al pasado, y todo lo que compone un ser humano me resulta tan pesado y significativo, esta noche me resulta insoportable.

Nunca voy a cerrar cuentas. Nunca iré a decirle a usted: fue una niña a la que se le sonreía poco. Su padre me dejó antes de que cumpliera un año. Tuve que trabajar durante los primeros seis años de su vida, cuando había trabajo, o mandarla a casa de sus familiares. Hubo unos años en que recibió cuidados que odiaba. Era morocha y flaca y tenía pinta de extranjera en un mundo en el que se valoraba el pelo rubio y los rizos y los hoyuelos, era lenta cuando se valoraba la facilidad de palabra. Fue la hija de un amor que estaba lleno de ansiedad, no de orgullo. Éramos pobres y no podíamos permitirnos la tierra que facilita el crecimiento. Yo era una madre joven, preocupada. Vinieron otros niños que hacían presión, que tenían exigencias. Su hermana pequeña parecería ser todo lo que ella no era. Hubo años en los que no quería que la tocara. Se encerraba demasiado en sí misma, su vida era tal que tenía que encerrarse en sí misma. La sabiduría me llegó tarde. Tiene mucho a su favor y es probable que no haga nada con ello. Es hija de su tiempo, de la depresión, de la guerra, del miedo.

Déjela tranquila. Es cierto que no va a alcanzar todo su potencial: ¿pero cuántos lo alcanzan? Seguirá teniendo suficiente por lo que vivir. Solo ayúdela a saber —haga que tenga motivos para saber— que ella no es solo este vestido que ahora está sobre la tabla de planchar, indefenso ante la plancha.

Antes de ir a Nigeria, Julie compró doce tijeras afiladas de costura. Estar bien equipada era signo de respeto. Y comprar cosas la ayudaba a no entrar en pánico. Temía que a las mujeres les molestara su aparición repentina, que se instalara para enseñarles. Compró seis tijeras dentadas, diez paquetes de agujas y diez de alfileres, treinta carretes surtidos de hilo. Había ahorrado el dinero suficiente para pagar el pasaje y para comprar tres máquinas de coser restauradas de la tienda Singer de la calle Stockport. La revista Pura costura había donado ciento cincuenta libras a cambio de “consejos de moda de una joven diseñadora” para su próximo número. Julie mejoró un poco su ensayo de tercer año sobre el color:

¡Usa accesorios en rojo! No hay nada que pegue más que unos zapatos rojos brillantes combinados con una cartera roja. Brilla con un vestido negro, o transforma unos jeans y una camiseta en algo especial. Recuerda, el rojo entra en los ojos mucho más rápido que cualquier otro color.

Cuando aterrizó en Jos, ya había perdido el miedo. Desde el momento en que la empleada de control de pasaportes le sonrió y le dijo “Bienvenida a Nigeria” con su voz profunda y gorjeante, Julie se sintió de buen humor. Le encantaron los colores fuertes y los diseños de los vestidos de las mujeres,  y su postura grácil. Le encantó el calor y la luz, y el aire exótico, húmedo, que olía a gasolina; los chillidos de pájaros invisibles que parecían monos; los rojos y púrpuras de los hibiscos y las Santa Rita.

Lo único que la decepcionó fue la mujer del refugio. Fran apareció cuando Julie intentaba arrebatarle su equipaje a un funcionario arisco.

–Llevo máquinas de coser para una organización benéfica. Me dijeron que no me cobrarían.

Fran sonrió distraídamente y le dio dinero al hombre. Cuando Julie empezó a arrastrar sus valijas para subirlas a un carrito, Fran la detuvo.

–El chofer las traerá.

–No entiendo por qué le diste… –Julie dejó que se extinguiera su reclamo a medida que Fran se alejaba hacia el estacionamiento.

El chofer cargaba dos de las valijas de Julie con una mano, y la valija más grande con la otra. Julie intentó sacársela pero él negó con la cabeza.

Se sentaron en el asiento trasero mientras el chofer luchaba para hacer entrar las valijas en el baúl. Fran tomó una botella de agua fresca de abajo del asiento del acompañante y se la alcanzó a Julie diciendo:

–Por favor, no abras la ventanilla.

Tenía marcas como de rasguños alrededor de los ojos, y su pelo era más gris que rubio.

–¿Cuánto hace que trabajas aquí? –le preguntó Julie.

–Yewande y yo armamos el refugio en 2002. Pero hace años que estoy en Jos, antes daba clases.

Julie debió haberlo adivinado. El chofer subió al auto.

–Simon, Julie. Simon es nuestro chofer y guardia de seguridad.

Simon emitió una risita servil.

Cuando paraban en los semáforos, la gente al costado de la calle inundaba el tránsito: mujeres con cestos de naranjas sobre la cabeza, niños que vendían encendedores y teléfonos celulares, un hombre sin piernas en un carrito ofreciendo latas de gaseosas.

–¡Señorita Julie, ventana! –gritó Simon. Una niña había metido los dedos en la ranura que Julie había dejado desafiantemente abierta. Julie se alejó de los dedos, que eran de un rosa amarronado, con uñas romas y mordisqueadas, y ondulaban como los tentáculos de un pulpo. Fran se estiró para golpetear bruscamente la ventanilla y gritarle a la niña que se alejara. Los dedos ondulantes se retiraron. Fran subió la ventanilla de Julie por completo.

–La gente se lastima. Si tienen los dedos adentro y el auto avanza.

El refugio de mujeres era tal como Julie esperaba, aunque no había previsto que hubiera un guardia armado en la entrada del complejo. Fran le confirmó que era un arma de verdad.

–Tanto para su protección como para la de los demás.

En el patio, los niños corrían, peleaban y jugaban al fútbol con una pelota desinflada mientras las mujeres, la mayoría de ellas con un bebé dormido atado elegantemente en la espalda, charlaban, colgaban la ropa, cocinaban, les trenzaban el pelo a sus hijas y cantaban acompañando el murmullo de una radio.

Algunas le sonrieron. Podía ser cualquier grupo de madres e hijos en cualquier lugar, pero entonces sintió la conmoción de un brazo en cabestrillo, de la renguera, de las ronchas rojas producidas por un tazón de avena hirviendo.

La habitación de Julie, al igual que todas las otras, se abría hacia el patio. La ventana angosta dejaba entrar un rectángulo de luz que se movía a lo largo del piso por la mañana y desaparecía por la tarde. Sentada en su cama, mientras oía a los niños que cantaban afuera, Julie sintió un revoloteo de mariposas en el estómago.  ¡Eso era! Realmente iba a hacer una diferencia.

En su primera noche, Fran y Yewande la invitaron a su cuarto. Yewande era más joven y más sonriente que Fran, pero las dos hablaban de la misma manera llana y reflexiva; “como si el entusiasmo fuera una mala palabra”, le escribió más tarde Julie a su amiga Elspeth. Al menos Yewande era mitad nigeriana, al menos su ropa no era tan descuidada como la de Fran; aunque su blusa era demasiado apretada. Se podía ver el lugar donde el corpiño se incrustaba en la espalda. Las dos necesitaban un cambio de estilo. Mientras le daba sorbos a su cerveza fría y miraba las repisas con máscaras y muñecas primitivas de pechos cónicos y desnudos, Julie se dijo que seguramente fueran lesbianas.

Le contaron las reglas. Mantener el equipo de costura a salvo en la habitación, mantener la puerta de la habitación cerrada. Tratar de no tener una favorita entre las mujeres. Avisar a Fran o a Yewande ante el menor signo de problemas, y no hablar sobre religión. Quien sea que esté a cargo debe fichar la llegada del guardia de seguridad, cuando Obi releva a Zacchaeus, o Simon releva a Obi, o Zacchaeus releva a Simon. El portón exterior sólo puede ser abierto por el guardia. Nunca dejar entrar a nadie desconocido.

–Hombres, querrán decir –dijo Julie.

–Nunca dejes entrar a nadie que no viva aquí –la voz de Fran se arrastraba como dos pies planos.

–¿Pero cómo llegan nuevas mujeres?

–A través del hospital, o de las iglesias.

–Pensé que éste no era un lugar religioso.

–No tenemos ninguna afiliación tribal o religiosa –dijo enseguida Yewande–. En absoluto. Pero las iglesias a veces funcionan como refugio.

–Y trabajamos estrechamente con mi antigua escuela –dijo Fran–. Muchas veces nos envían…

–Pero si alguien está en peligro seguramente…

Yewande negó con la cabeza.

–No podemos tomar gente de la calle, es demasiado riesgoso. Algunos de los maridos de estas mujeres pasan por aquí todos los días.

–¿Alguno entró alguna vez?

–Un hombre con un machete. Pero Fran lo detuvo –dijo Yewande, riéndose.

–¿Cómo lo hiciste?

–Le dije que se fuera a casa antes de que llamara a la policía –dijo Fran, sin emoción.

Muy pronto Julie entendió todo. En realidad el lugar se administraba a sí mismo. Fran y Yewande tenían una especie de consultorio por la mañana, en el que daban consejos legales y de salud; Yewande también dictaba una clase de alfabetización. Y por las tardes tenían costura.

La primera tarde, nueve mujeres se reunieron alrededor de la larga mesa del comedor. Una mujer imponente cuyo nombre empezaba con R dijo que ella ya había cosido muchas prendas.

–Algunas de estas mujeres no saben nada –le dijo a Julie desdeñosamente–. Algunas de estas mujeres son ig-no-ran-tes.

Fran anunció que la señorita Julie venía a darles la oportunidad de hacer ropa para sus hijos y de aprender una habilidad con salida laboral. Les dijo que siempre debían pedir permiso antes de usar las máquinas. Las tijeras, las tijeras dentadas y las agujas, todo el equipamiento que se había traído de Inglaterra especialmente para ellas, debía contarse al comienzo y al final de cada clase. Julie miraba fijo hacia abajo, esperando que las mujeres no pensaran que había sido idea suya tratarlas con tanta condescendencia.

Al fin Fran terminó y Julie dio un paso adelante. Iban a hacer cuadrados con retazos, y luego coserlos para hacer colchas de patchwork. Primero practicarían cómo hacer dobladillos a mano, luego a máquina. Hizo una demostración de los primeros pasos; midió cuadrados de seis pulgadas, cortó, dobló y ajustó los cuatro dobladillos con alfileres.

–Ah, ¡esto es muy fácil! –dijo R, cuyo nombre era Rifkatu. Algunas de las mujeres se rieron, Julie no supo si porque estaban de acuerdo o porque pensaban que Rifkatu estaba alardeando. Algunas permanecieron en silencio, mirando fugazmente a Julie debajo de los párpados, y luego apartando la vista, como si tuvieran miedo de que ella las viera. Si ya sabían coser, este ejercicio sería un insulto. Puso las muestras sobre la mesa y trató de sonreír.

–Elijan un color que les guste.

Dos mujeres quisieron tomar el mismo rectángulo de flores rojas y se rieron. Otra, hojeando en la pila, les consiguió uno idéntico. Todas medían, cortaban y ponían alfileres, dos de ellas con facilidad, las otras un poco más lentamente. Hablaban bajito entre ellas en su propia lengua. En el extremo más alejado de la mesa, una mujer delgada, ojerosa y de piel caoba toqueteaba su pedazo de tela. Julie rodeó la mesa y se ofreció a ayudarla.

–No puede entenderte. No habla inglés –dijeron las otras.

–¿Pueden traducirme? –les preguntó, y las mujeres se rieron–. ¿Pueden?

Ellas negaron con la cabeza:

–Nadie habla esa lengua.

–Ig-no-ran-te –dijo Rifkatu.

–Está bien –dijo Julie–. ¿Cómo te llamas?

La mujer la miró con atención.

–Soy Julie, ¿cómo te llamas? –dijo, e hizo una mímica incómoda con gestos. Cuando la mujer susurró su nombre, éste era un siseo de consonantes que Julie no pudo reproducir.

–Bien, te voy a mostrar. –Volvió a demostrar despacio la forma de medir, de cortar. Los ojos de la mujer seguían sus movimientos–. ¿Quieres intentar?

Le tendió la tijera a la mujer, que se estremeció bruscamente.

–Déjela, señorita Julie. Es una mujer simple. No entiende na-da.

Las mujeres se reían. Se mostraban unas a otras su trabajo, y se reían otra vez de los dobladillos torcidos y las esquinas que se levantaban. Se agruparon alrededor de Julie, que les mostró cómo sujetar el hilo a la tela, y cómo hacer pequeñas puntadas que fueran invisibles del otro lado. Las mujeres asintieron y elogiaron su trabajo, y enhebraron sus propias agujas. Dos de ellas se fueron para alimentar a sus bebés. Rifkatu preguntó si podía usar una de las máquinas, y Sara fue a buscar la plancha. La mujer extraña estaba sentada en la punta de la mesa, mirándolas a todas en silencio.

Al término de la tarde había una pequeña pila de cuadrados con su dobladillo hecho, y Julie les había mostrado cómo enhebrar las agujas de las máquinas. Las mujeres habían hablado y se habían reído, y la mayoría había seguido sus instrucciones. Había roto la aburrida atmósfera de salón de clases de Fran.

Le preguntó a Yewande sobre la mujer silenciosa.

–Mathenneh. La envió el hospital. No habla la lengua hausa así que no sabemos su historia completa. Lo único que podemos hacer es hacerla sentir a salvo.

Yewande le contó a Julie que menos de la mitad de las mujeres hablaban inglés.

–La mayoría habla la lengua hausa. Pero sus lenguas maternas… sus lenguas tribales… bueno… por el momento tenemos hablantes de duguza, tarok, izere, yoruba y berom. Berom es la que más se habla localmente. Pienso que Mathenneh debe venir de más al norte.

La clase de costura se convirtió en un gran éxito. Las mujeres aprendían a usar las máquinas de coser y charlaban sin parar. Sara y Hanatu se sentaban al lado de Julie y le traducían las bromas y los escándalos que encendían a las otras. Cuando entró Mathenneh, el coro de voces se convirtió en un murmullo bajo, y luego en silencio. Ésta se dio vuelta para irse, sin siquiera sentarse, y varias de las mujeres le dijeron cosas. Hubo un estallido de risas.

–¿Qué dijeron? –preguntó Julie.

–Nada –le dijo Sara–. A estas mujeres les gusta decir tonterías.

Sara tenía unos treinta años, era una mujer robusta y tenía un modo gracioso de mirar para arriba cuando Fran no paraba de hablar. Hanatu era más joven, como de la edad de Julie, y tenía una hija de tres meses. Irradiaba la dulce amabilidad de una llama piloto. Sara le contó a Julie que su marido la golpeaba con frecuencia, pero que la última vez habían tenido que llevarla al hospital, o la bebé habría muerto. Luego de eso, Hanatu no volvió a su casa. Las dos imaginaban para sí mismas futuros elaborados en los que se mudarían a Lagos y tendrían trabajos urbanos, bien pagos, de oficina. Les encantaban las copias de Vogue y Elle que había llevado Julie, y Sara hizo comentarios fulminantes acerca de las modelos raquíticas y mal vestidas. Todas se reían mucho en la clase de costura. Es cierto que una o dos cosas desaparecieron. El número de tijeras bajó a cinco y las tijeras dentadas iban y venían. Valía la pena perder algunas cositas para no tener que hacer de maestra de primaria y contar las cosas al final de la clase.

Muy pronto, todos los retazos estuvieron cosidos a máquina, luego cosidos en franjas, y finalmente las franjas se unieron, rellenando con mitades de retazos las partes donde las medidas habían fallado un poco. Había tres colchas coloridas. Fran decretó que irían a las camas de las tres recién llegadas, y que pasarían por turnos a las que fueran llegando. Las mujeres a las que primero les tocaban las colchas eran Mathenneh, Rifkatu y Catherine. Esto fue recibido en silencio. Julie le escribió un email a Elspeth diciendo “Fran le saca la alegría a todo”.

Yewande dijo que Mathenneh era musulmana, y que tal vez por eso las otras la evitaban.

–Pero aquí tienen otras mujeres musulmanas, ¿no? Kubra usa hiyab.

–Kubra nació en Jos, y fue a la escuela aquí. Es distinto. Mathenneh viene de las tribus pastoriles del norte. ¿Sabes que fueron los pastores los que cometieron las atrocidades en marzo?

Lo único que sabía Julie de las atrocidades era que los musulmanes habían asesinado a cristianos en pueblos al sur de Jos. Había salido en las noticias. Julie había calmado a su madre señalándole la naturaleza religiosa del conflicto y su distancia con Jos, y ella misma se lo había quitado de la cabeza. Yewande, con su voz suave y cascada, le explicó mientras tomaban café en el desayuno, en una esquina del patio:

–Esos pastores llegaron a caballo a Dogo Na Hawa a las tres de la mañana y dispararon para asustar a los pobladores y hacerlos salir de sus chozas. Luego los despedazaron con machetes –hombres, mujeres y niños– y quemaron las chozas. Murieron cientos. Todas las mujeres de aquí conocen a alguien que conoce a alguien que murió.

–Pero, ¿por qué?

Yewande se encogió de hombros.

–¿Represalias por las quemas de mezquitas de los cristianos y el asesinato de Jasawa, en enero? ¿Rabia porque los colonos granjeros tienen más derechos? No lo sé, es una locura. Los cristianos y los musulmanes viven juntos aquí en el pueblo, hasta se casan entre ellos, y luego surgen estas explosiones de violencia. Las matanzas siempre son venganzas. Y luego venganza de la venganza.

Fran apareció en la puerta de la oficina, parpadeando de frente al sol. Se acercó a ellas.

–Te estaba buscando –le dijo a Yewande.

–Perdón, ya voy.

Yewande se puso de pie.

–Estas mujeres tienen mucho con lo que lidiar –le dijo a Julie–. Problemas personales, y además conflictos tribales y religiosos. Tenemos que mantenerlas a salvo.

Mientras las miraba volver a la oficina, Julie se preguntó si Fran no estaría celosa. Yewande casi siempre se sentaba a charlar con Julie en el desayuno. “Desearía ser lesbiana” le escribió Julie a Elspeth. “No conocí a un solo hombre, aparte de los guardias de seguridad, que me tienen miedo. ¡¡¡Cuidado con la ninfómana cuando vuelva a casa!!!”.

Después de cuatro semanas, Julie ya era una veterana. Las mujeres de la clase de costura habían hecho batas coloridas con retazos para sus hijos. La antigua escuela de Fran había donado un rollo de algodón barato sin teñir con el que cosieron delantales para los alumnos; Julie tomó una foto de las mujeres sentadas en las máquinas y de los niños sonrientes con sus delantales, y se la envió a Pura Costura.

Entonces se quedaron sin tela, y sin dinero para comprar más. Julie fue al mercado con Sara. Recorrieron los puestos de venta de telas:

–La mejor calidad, señora, ¡la última moda en París! No se destiñe, no se encoje, le durará toda la vida, señora.

Había anclas doradas sobre un fondo azul estridente; palmeras verdes y cocos violetas sobre fondo blanco. Julie compró un majestuoso batik de círculos concéntricos en rojo y violeta. Le describió su plan a Sara. Había diseñado una prenda simple. Una camisa de estilo kaftan con mangas anchas y cuello en v, lo suficientemente holgada para que pasara por la cabeza. Haría un prototipo y convencería a Fran y a Yewande de que juntaran algo de dinero. Con un pequeño aporte de capital, la clase de costura podría comprar una variedad de estas telas llamativas, hacer camisas kaftan y vendérselas a los turistas. Eran souvenirs perfectos: étnicos, unisex, y tenían mucho más estilo que una camiseta. Las mujeres muy pronto ganarían lo suficiente como para pagar el préstamo y ganar algo para ellas. Julie le explicó a Sara el término “pan comido” y las dos se rieron durante todo el camino de vuelta.

Fran y Yewande estaban indecisas. Julie sabía que así sería, pero de todas formas era exasperante. Alegaron que el refugio era una organización benéfica, no un negocio; no tenían permitido ganar dinero. Además, había que tener en cuenta los requisitos de seguridad e higiene. Y ¿quién vendería las camisas? ¿Quién decidiría el precio, y qué porcentaje de las ventas iría para cada quién?

En su email a Elspeth, Julie describió a Fran y Yewande como “la clase de personas que no encenderían un fósforo por miedo a causar un incendio forestal. ¡Aaaaargh! Les quiero poner una bomba”.

Fran finalmente decretó que el refugio pagaría las telas y las camisas se venderían en la escuela y en eventos de caridad de la iglesia. Las ganancias se usarían para financiar mejoras en el refugio, como la instalación de una nueva cabina de ducha.

–Puedes hacerlas para vender por tu cuenta cuando te vayas de aquí –le señaló Julie a Sara. Hanatu y tú pueden empezar un negocio.

–Está el pequeño problema de la máquina de coser.

–No veo por qué no pueda darte una de estas. Después de todo, yo las traje.

Se sintió incómoda pensando en sugerir esto a Fran y Yewande, pero, ¿acaso no eran suyas para entregárselas a quien quisiera?

Muy pronto, cada una de las mujeres de la clase de costura había completado su primera camisa, y había una carrera para ver quién podía hacer más. Durante las comidas, Julie se sentaba con ellas; se sentía mal por las otras mujeres, las que no hablaban inglés, o las que tenían vidas tan arrasadas por la crisis que la costura era una cosa irrelevante. Lamentó, sin embargo, la ausencia de Mathenneh. Yewande especuló que debía ser muda por elección: el traductor de lengua fula no había logrado sacarle una palabra, y ahora Yewande estaba tratando de que hiciera dibujos.

–Está traumatizada. Dios sabe lo que habrá visto. Necesita un psiquiatra, pero ¿quién va a pagar por eso?

La mujer fulani ya ni aparecía por la clase de costura: merodeaba en el borde del patio, o se sentaba en cuclillas en su habitación, que quedaba a tres de distancia de la de Julie, mirando a través de la puerta abierta a los niños que jugaban. Una vez, Julie escuchó que Rifkatu vociferaba:

–¡Quítale los ojos de encima a mi niño, mujer fantasma!

Pero Mathenneh no hablaba inglés, de modo que no podía haber entendido.

Cuando nadie la miraba, Julie hacía una pausa para hablarle.

–¿Por qué no vuelves a la clase de costura conmigo?

Apuntaba hacia la sala de costura y hacía la mímica de la aguja entrando y saliendo de la tela. Los ojos grandes y tristes de Mathenneh la miraban fijo, pero cuando Julie extendió la mano, Mathenneh retrocedió. Fue entonces que Julie vio una de sus tijeras sobre la mesa. Mathenneh debió notar su mirada, porque la tomó y la escondió detrás de la espalda.

–Tienes mi tijera –dijo Julie.

Mathenneh mantuvo su postura, y Julie se rio. Un momento después, la sombra de una sonrisa pareció cruzar el rostro de Mathenneh. ¡Qué joven era! Lentamente sacó la tijera de atrás de la espalda y la volvió a colocar sobre la mesa.

–¿Puedo llevármela?

Mathenneh apoyó los dedos sobre la tijera como protegiéndola.

–Eso quiere decir que no.

Se miraron.

–¿Vendrás a costura un día de estos, Mathenneh? ¿Por qué no traes las tijeras y vienes a costura?

Mathenneh apretó la tijera con más fuerza, y Julie fue a la clase de costura sintiéndose un poco halagada. Tal vez la tijera le recordara a Mathenneh una época en la que su vida había sido normal, antes de que le pasara lo que fuera que le hubiera pasado. La tijera mostraba que valoraba algo que Julie había traído. Tal vez realmente quería volver a la clase de costura.

El segundo sábado de junio hubo un Festival de Gala en la antigua escuela de Fran. Julie y Sara iban a llevar la primera tanda de treinta kaftanes para vender. Julie logró convencer a Hanatu, que tenía miedo de dejar el refugio, de ir con ellas. Ese mismo día, Fran y Yewande irían en auto hasta Abuja por el cumpleaños número sesenta de la madre de Yewande.

–Tendremos que irnos al mediodía, pero todo saldrá bien, siempre y cuando vuelvan y controlen el ingreso del guardia de seguridad a las tres –dijo Fran.

–Miren, probablemente esté de vuelta antes de que se vayan. Sólo quiero ayudarlas a armar el puesto. Un par de horas y estaré aquí.

Era raro que Fran y Yewande se ausentaran; Julie esperaba con ansias una dinámica diferente durante la cena. Le parecía que Fran creaba un clima sombrío.

Julie no consideraba que el Festival estuviera realmente a la altura. Un quiosco en la calle o en el mercado atraería a más turistas. Pero cuando llegaron para armar su puesto, una multitud festiva ya estaba esperando en la puerta. Niños pulcros de uniforme, mujeres resplandecientes en sus nuevos y coloridos vestidos tradicionales o luciendo su ropa occidental, con hermosos sombreros y turbantes; había un grupo de norteamericanos con cámaras y abultadas riñoneras. El Ministro de Educación del gobierno local se paró en un escenario construido especialmente en el patio escolar y le agradeció al Director, a los asistentes, los maestros, y el presidente y tesorero de la asociación de padres. Le agradeció al Gobernador del Estado de Plateau y a su encantadora esposa, y a una serie de funcionarios, cada uno más remotamente asociado con el evento que el anterior. Sara miró para arriba y a Julie se le escapó una risita nerviosa. Hanatu, con un pañuelo sobre la cabeza, se escabulló para alimentar a su bebé. Se entregaron premios; el coro escolar subió al escenario y cantó; el Director dio un discurso con agradecimientos por los agradecimientos, y una banda de niños más grandes tocó la flauta. Bocadillos fritos, café, gaseosas, tortas y rodajas de fruta aparecieron desde la cocina y la gente se amontonó alrededor de las mesas, dispuestas bajo la sombra de los árboles en el estacionamiento, que había sido cerrado para la ocasión.

Al mediodía, cuando abrieron los puestos, la gente los asedió, y las camisas del refugio de mujeres fueron una sensación. Una mujer norteamericana compró seis.

–¡Ya tengo regalos para todo mi grupo de estudio bíblico! –le dijo alegre a Julie.

A las dos y media de la tarde ya habían vendido todo. Había tanto efectivo que no entraba en la carterita roja de Julie, y tuvieron que guardarlo en una canasta de compras. Julie no podía dejar de sonreír: podrían comprar rollos y rollos de tela nueva. Rollos y rollos. Las mujeres podrían empezar un negocio, ¡podrían transformar sus vidas!

Pasearon por los otros puestos; la mayoría de las cosas buenas se habían vendido, pero había un puesto de ropa de segunda mano que Julie quería investigar. Luego, a las tres y media, un grupo copó el escenario con guitarras acústicas y panderetas. Era imposible no bailar; Julie se entregó al calor y al ritmo de la multitud, hasta que Hanatu le tocó suavemente el brazo y le dijo:

–Es tarde.

Mientras volvían, estuvieron de acuerdo en que ahora Fran y Yewande tendrían que repensar su actitud hacia los kaftanes.

De golpe, Julie se acordó.

–¡Están en Abuja! El guardia de seguridad…

–Hacen el cambio de guardia tres veces al día –dijo Sara–, es probable que estos hombres ya lo tengan dominado.

–A Fran le gusta tenernos a salvo –dijo Hanatu, tapándose la cara con el pañuelo–. Pero todo estará bien, nadie le va a contar.

Sara se rio.

–¡Espera a que se enteren de que somos ricas!

Pero cuando llegaron al complejo, no había ningún guardia de turno. Julie empujó el portón, que se abrió de golpe. Se dio cuenta de que no había ningún sonido en el patio. No se oía el golpe seco de la pelota de los niños, ni cantos, ni risas, ni el murmullo de la radio. Silencio. Pisando despacio, como si sus pisadas pudieran despertar algo terrible, entraron en el patio desierto. Todas las puertas estaban cerradas.

–Algo pasó. Algo…

–Tal vez María tuvo a su bebé –susurró Hanatu.

Pero Julie sabía que no era eso. Incluso si María hubiese ido al hospital, eran las seis de la tarde, las preparaciones para la cena deberían estar en marcha. Se dirigió a la primera puerta y golpeó. No hubo respuesta. Intentó girar el picaporte; estaba cerrado.

–¿Rifkatu? ¿Rifkatu? –habló bajito, apoyándose en la puerta de madera, con el corazón latiéndole a destiempo.

Hubo un movimiento detrás de la puerta. Luego la voz de Rifkatu.

–¿Señorita Julie?

–Sí, Rifkatu, abre la puerta.

La cerradura giró lentamente, y lentamente se abrió la puerta. Los dos hijos de Rifkatu estaban sentados en la cama, detrás de ella. Tenían la cara gris.

–¿Qué pasó? ¿Dónde están todas?

–Están todas en sus habitaciones –dijo Rifkatu–. Oímos que había problemas.

–¿Qué tipo de problemas?

–Problemas –dijo Rifkatu con gravedad.

–¿Qué?

Rifkatu negó con la cabeza.

–¿Qué oyeron?

–Nada.

Sara chasqueó la lengua.

–Voy a buscar a María.

Luego de un momento, se entreabrió la puerta de María. Estaba bien. El sonido de sus voces debió oírse en las otras habitaciones porque gradualmente, una tras otra, se abrieron todas las puertas alrededor del patio. Las mujeres miraban hacia afuera, serias. Nadie habló.

–¿Qué pasa? –preguntó Julie–. ¿Qué pasó?

Cuatro puertas permanecían cerradas. La de Sara, la de Hanatu, la de Julie y la tercera puerta desde la habitación de Julie. Mientras iba hacia la habitación de Mathenneh sintió que las otras mujeres volvían a cerrar sus puertas, aunque no vio ni escuchó nada.

–¿Mathenneh? ¿Mathenneh? Soy Julie.

Tocó el picaporte y la puerta se abrió de golpe.

Rojo. El rojo entra en los ojos más rápido que cualquier otro color. En la pared, sobre la colcha colorida, en el piso, salpicado en el techo. Rojo sangre. A medida que el rojo entraba en los ojos de Julie, el olor le golpeó la garganta. El bulto en el piso era rojo, rojo y empapado, con un charco carmesí a su alrededor. El rojo siguió entrando en los ojos de Julie. No paraba. Y entonces la tijera. Sobresalía de la mejilla de Mathenneh.

Cuando Julie se subió al avión que la llevaría de vuelta a casa, seguía sin saber qué había pasado. Sólo rumores. Obi no había llegado para relevar a Simon. Simon les dijo que se había quedado treinta y cinco minutos después de su turno y entonces se había ido porque tenía que llevar a su mujer a visitar al nuevo bebé de su hermana. Simon lloró. Obi declaró que se había demorado porque le robaron la bicicleta, y luego el amigo que le había prometido llevarlo lo dejó plantado y su barrio está muy lejos del refugio. Declaró que sólo había llegado cuarenta y cinco minutos tarde, pero cuando llegó, la puerta estaba abierta y no había nadie alrededor. Le dio mala espina, así que volvió a irse. Podía o no estar diciendo la verdad. El arma, que debía pasar de un guardia a otro, fue encontrada, sin usar, en una esquina de la cabina.

Todas las mujeres dijeron que no sabían nada. Escucharon un grito, dijeron. Alrededor de las cuatro de la tarde. Escucharon un grito y pensaron que había entrado alguien peligroso, así que se encerraron junto con sus hijos en sus habitaciones, como Fran y Yewande les habían recomendado.

–Su marido malvado vino a buscarla –declaró Rifkatu–, la rastreó como una bestia.

Pero el arma asesina era una tijera. Había tantas puñaladas, tantas heridas… ¿podían haber sido hechas con una sola tijera?

Fran y Yewande casi no hablaron con Julie. Lidiaron de manera directa y tranquila con la policía y el fiscal. Hablaron con las mujeres y el personal que habían estado en el complejo en el momento del ataque. Julie fue a decirles, llorando, que Mathenneh tenía una de sus tijeras sobre la mesa, a la vista de todos.

–Yo no se la quité. No sé  por qué. Lo siento mucho.

A la mañana siguiente Fran fue a la habitación de Julie y le dijo que debía irse.

–No estás entre los sospechosos. No tiene nada que ver contigo. Deberías volver a casa.

–Lo siento mucho, Fran, lo siento mucho. Tendría que haber vuelto a tiempo, tendría que haber contado todas las…

–Usa el teléfono de la oficina, súbete al próximo vuelo.

–Pero… ¿no hay nada que pueda…?

Fran se dio vuelta para irse.

–¿Fue su marido?

Fran se detuvo en la puerta. Su cara estaba en sombras.

–Si fue él, sabía exactamente en qué media hora el portón quedaría sin guardia.

–Tal vez perdió los estribos y tomó la tijera…

Fran no respondió.

–¿Qué va a pasar?

–Ya te lo dije. Vuelve a casa. El refugio va a cerrar.

–¿Por un tiempo? ¿Temporariamente, mientras investigan el asunto?

–Si no podemos mantener a las mujeres a salvo, estamos fracasando. Pero no es tu culpa. ¡No es tu culpa! Yo soy la que… –Fran hizo un sonido extraño, como una risa contenida–. Es mi culpa. Yo tendría que haberte vigilado más de cerca. Pero porque Yewande… No quería que Yewande pensara que yo estaba…

–Lo siento –susurró Julie una vez más.

Fran resopló.

–Yo le pregunté. Le dije, ¿de qué hablan ustedes dos? Ella dijo que habían estado hablando de Dogo Na Hawa. Ahora Julie entiende las tensiones que hay aquí. Le importan estas mujeres.

–Fran, no entiendo.

Fran hablaba sin emoción.

–Una mujer fulani fue asesinada aquí, entre cristianas. ¿Qué es lo que no entiendes? Tenemos que enviar lejos a estas mujeres. No podemos protegerlas.

Julie no fue a cenar esa noche pero Sara fue a su habitación y le contó en susurros que la policía estaba revisando todos los cuartos de las mujeres.

–¿Qué están buscando? –preguntó Julie. Pero ya lo sabía–. Incluso si las encuentran, eso no prueba… Bueno, las van a encontrar, porque faltan siete tijeras. Eso no prueba…

–No –dijo Sara–. No prueba nada. Pero tienen miedo.

En el avión de vuelta a casa, Julie recordó el bolso de dinero del festival. Esperaba que Sara y Hanatu todavía lo tuvieran. Se preguntó adónde irían todas, y qué harían Fran y Yewande. Pensó en ellas, en su salón lleno de máscaras y muñecos. Al recordar sus reglas tediosas y prudentes, se le revolvió el estómago como si la hubiesen arrojado de cabeza por las escaleras.

Así que miró por la ventanilla hacia el cielo estúpidamente azul y las nubes blancas y doradas allá abajo, obligando a sus ojos a permanecer abiertos. Cada vez que los cerraba, en ellos entraba el rojo.

Esta mañana nuestro cañón ha descargado unos cien kilos de ICM en un control de contrabando diez kilómetros al sur. Nos hemos cargado a un grupo de insurgentes y luego hemos ido a comer a la cantina de Faluya. Yo he tomado pescado y habones. Intento comer sano.

En la mesa, los nueve sonreímos y reímos. Yo aún tiemblo por la excitación nerviosa, y no dejo de sonreír, de retorcerme las manos y de hacer girar mi alianza en el dedo. Estoy sentado entre Voorstadt, nuestro número uno, y Jewett, que está en el equipo de munición con Bolander y conmigo. Voorstadt se ha servido un plato enorme de raviolis y Pop Tarts, y antes de atacar mira a un lado y otro de la mesa y dice: «No me puedo creer que por fin hayamos tenido una misión de artillería».

Y Sanchez dice «Ya era hora de que matáramos a alguien», y el sargento Deetz se echa a reír. Hasta yo río entre dientes, un poco. Llevamos dos meses en Irak, una de las pocas unidades de artillería que se dedica realmente a la artillería, solo que hasta el momento no habíamos disparado más que en misiones de iluminación. Normalmente, los soldados de infantería no quieren arriesgarse a los daños colaterales. Algunos de los cañones de la batería han disparado a los malos, pero nosotros no. No hasta hoy. Hoy ha disparado toda la maldita batería. Y hemos alcanzado al objetivo. Eso nos ha dicho el teniente.

 —¿Cuántos insurgentes creéis que hemos matado? —pregunta Jewett, que ha estado bastante callado.

 —Una unidad del tamaño de un pelotón —responde el sargento Deetz. —¿ Qué? —dice Bolander. Es un cínico profesional con cara de rata, y empieza a reír—. ¿De un pelotón? Sargento, en AQI no tienen pelotones.

 —¿ Por qué crees que hacía falta toda la maldita batería? —suelta gruñendo el sargento Deetz.

 —No hacía falta —dice Bolander—. Cada cañón ha disparado solo dos proyectiles. Supongo que lo único que querían era que todos tuviéramos un rato de fuego contra un objetivo real. Además, hasta un solo proyectil de ICM bastaría para cargarse a un pelotón en pleno desierto. Ni de coña hacía falta la batería entera. Pero ha sido divertido.

El sargento Deetz niega lentamente con la cabeza, los corpulentos hombros encorvados sobre la mesa. —Una unidad del tamaño de un pelotón —repite—. Eso es lo que era. Y dos proyectiles por cañón era lo que necesitábamos para cargárnosla.

—Pero… yo no me refería a toda la batería —dice Jewett con un hilo de voz—. Me refería a nuestro cañón. ¿A cuántos se cargó el nuestro, solo el nuestro?

—¿ Cómo voy a saberlo? —responde el sargento Deetz.

—Un pelotón son como cuarenta —digo yo—. Cuenta, seis cañones, divide y te salen, seis…, no sé, seis coma seis personas por cañón.

 —Sí —dice Bolander—. Hemos matado exactamente seis coma seis personas.

Sanchez saca una libreta y empieza a hacer cuentas, anotando los números con su caligrafía de precisión mecánica.

—Divídelo entre nueve marines por cañón y tú, personalmente, has matado hoy a cero coma siete personas. Eso es como un torso y una cabeza. O quizás un torso y una pierna.

—No hace gracia —le replica Jewett.

—Está claro que nosotros nos cargamos a más —dice el sargento Deetz—. Somos los mejores tiradores de la batería.

Bolander resopla.

—Pero si lo único que hacemos es disparar en el cuadrante y desviación que nos marca el FDC, sargento. Es decir…

—Somos mejores tiradores —lo corta el sargento Deetz—.

Podemos colar una bala en una madriguera de conejos a treinta kilómetros de distancia.

—Pero incluso si estábamos en línea con el objetivo… —dice Jewett.

—Estábamos en línea con el objetivo —dice el sargento Deetz.

—Vale, sargento, lo estábamos. Pero los otros cañones…, a lo mejor les dieron antes. A lo mejor ya estaba todo el mundo muerto.

Me lo puedo imaginar, la metralla penetrando con un ruido sordo en los cuerpos despedazados, la fuerza del impacto sacudiendo los miembros de un lado para otro.

—Mira —interviene Bolander—, incluso si sus proyectiles les dieron primero, eso no significa que todo el mundo estuviera muerto, necesariamente. A lo mejor algún insurgente tenía metralla en el pecho, justo, y está en plan… —Bolander saca la lengua fuera y se agarra el pecho teatralmente, como si se estuviese muriendo en una película antigua en blanco y negro—. Y entonces llega nuestro proyectil, bum, y le arranca la puta cabeza. Ya se estaba muriendo, pero la causa de la muerte sería «ha volado por los putos aires», no «metralla en el pecho».

—Sí, claro, supongo —dice Jewett—. Yo no me siento como si hubiera matado a alguien. Creo que si hubiera matado a alguien lo sabría.

—Nah —le responde el sargento Deetz—. No lo sabrías. No hasta que vieras los cuerpos. —La mesa se queda un momento en silencio. El sargento Deetz se encoge de hombros—. Es la mejor manera.

—¿ No se os hace raro —nos pregunta Jewett—, después de nuestra primera misión real, estar aquí comiendo sin más?

El sargento Deetz lo mira con el ceño fruncido y luego le pega un bocado enorme a su filete ruso y sonríe de oreja a oreja.

—Hay que comer —declara con la boca llena de comida.

—Yo creo que está bien —dice Voorstadt—. Acabamos de matar a unos cuantos malos.

Sanchez asiente con un gesto rápido. —Está bien. —Yo no creo que haya matado a nadie —insiste Jewett.

—Técnicamente, fui yo quien tiró del tirafrictor —dice Voorstadt—. Yo disparé. Tú solo pusiste la carga.

—Como si yo no pudiera tirar de un tirafrictor —dice Jewett. —Sí, pero no lo hiciste tú. —Dejadlo estar —los interrumpe el sargento Deetz—. Es un arma de manejo colectivo. Hace falta un equipo.

—Si usáramos un obús para matar a alguien en Estados Unidos —digo yo—, me pregunto de qué crimen nos acusarían.

—De asesinato —me responde el sargento Deetz—. ¿Eres idiota o qué?

—Sí, claro, de asesinato, pero ¿a cada uno de nosotros? ¿En qué grado? Quiero decir, Bolander, Jewett y yo lo cargamos, ¿no? Si cargo un M-16 y se lo doy a Voorstadt y él le pega un tiro a alguien, no creo que yo haya matado a nadie.

—Es un arma de manejo colectivo —dice el sargento Deetz—. Arma. Manejo. Colectivo. No es lo mismo.

—Y yo lo cargué, pero la munición nos la dieron en el ASP. ¿No deberían ser responsables, también, los marines del ASP?

—Sí —dice Jewett—. ¿El ASP por qué no?

—¿ Y por qué no los obreros que fabricaron la munición? —se burla el sargento Deetz—. ¿O los contribuyentes que la pagaron? ¿Sabes por qué no? Porque es de retrasado.

—El teniente dio la orden —digo—. Él también iría a juicio, ¿no?

—Oh, ¿eso crees? ¿Crees que los oficiales pagarían el pato? —Voorstadt se ríe—. ¿Cuánto tiempo llevas en el Cuerpo?

El sargento Deetz estampa el puño sobre la mesa.

—Escuchadme. Somos el Cañón Seis. Somos responsables de ese cañón. Acabamos de matar a unos cuantos malos. Con nuestro cañón. Todos nosotros. Y eso es un buen día de trabajo. —Yo sigo sin sentir que haya matado a nadie, sargento —dice Jewett.

El sargento Deetz deja escapar un largo suspiro. Todo queda un segundo en silencio. Entonces niega con la cabeza y se echa a reír:

—Bueno, vale, todos nosotros menos tú.

Cuando salimos de la cantina, no sé qué hacer conmigo. No tenemos nada planeado hasta la noche, cuando habrá otra misión de iluminación, así que la mayoría de los chicos quieren pillar la litera. Pero yo no quiero dormir. Me siento como si por fin estuviese completamente despierto. Por la mañana me había levantado al estilo campo de adiestramiento, después de dos horas de sueño, vestido y listo para matar antes incluso de que mi cerebro tuviese tiempo de ponerse a trabajar. Pero ahora, aunque tengo el cuerpo cansado, mi mente está a tope, y quiero que siga así.

—¿Volvemos al cubo? —le digo a Jewett.

Asiente, y empezamos a recorrer el perímetro de Battle Square, a la sombra de las palmeras que crecen junto a la carretera.

—En parte me gustaría que tuviéramos algo de hierba —dice Jewett.

—Vale.

Es un decir. Niego con la cabeza. Llegamos a la esquina de Battle Square, justo enfrente del hospital de Faluya, y giramos a la derecha.

—Bueno, por fin algo que contarle a mi madre —dice Jewett.

—Sí. Y algo que contarle a Jessie.

— ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?

—Una semana y media.

Jewett no responde nada a eso. Bajo la vista hasta mi alianza. Jessie y yo nos casamos por lo civil una semana antes de que me marchase para que, si moría, ella pudiera cobrar las ayudas. No me siento casado.

—¿ Qué se supone que tengo que contarle? —digo.

Jewett se encoge de hombros.

—Cree que soy un tipo duro. Cree que estoy en peligro.

—De vez en cuando nos lanzan morteros.

Miro a Jewett inexpresivo.

—Algo es algo —dice—. De todos modos, ahora puedes decirle que te has cargado a algunos malos.

—Puede. —Miro el reloj—. Son las cero cuatro, su hora. Tendré que esperar para contarle el héroe que estoy hecho.

—Eso es lo que le digo a mi madre todos los días.

Cuando llegamos cerca de los cubos, le digo a Jewett que me he dejado algo en la línea de cañones y me piro.

La línea de cañones está a dos minutos caminando. A medida que me acerco, las palmeras van cediendo al desierto, y veo la oficina de correos de Camp Faluya. Aquí el cielo se extiende hasta la línea del horizonte. Está perfectamente azul y despejado, como lo ha estado todos los días durante los últimos dos meses. Veo los cañones apuntando hacia arriba. Solo los cañones Dos y Tres están ocupados, y los marines están sentados alrededor. Cuando llegué por la mañana, todos los cañones estaban ocupados y todo el mundo andaba frenético. El cielo era negro, con apenas un toque de rojo asomando por el borde del horizonte. A media luz podían verse los contornos de los gigantescos cañones de acero oscuro, de doce metros de largo, apuntando hacia el cielo de la mañana, y debajo de ellos, las siluetas de los marines corriendo de aquí para allá, comprobando los obuses, los proyectiles, la pólvora.

A la luz del día, los cañones brillan relucientes al sol, pero por la mañana estaban oscuros y sucios. Bolander, Jewett y yo estábamos detrás, a la derecha, esperando junto a la munición mientras Sanchez gritaba el cuadrante y la desviación que le habían asignado al cañón tres.

Yo había puesto las manos sobre uno de nuestros proyectiles, el primero que lanzamos. También el primero que yo disparaba contra objetivos humanos. Habría querido levantarlo ahí mismo, sentir su peso tirando de mis hombros. Me había entrenado para cargar con esos proyectiles. Había entrenado tanto que tenía cicatrices en las manos de las veces que me habían golpeado en los dedos o me habían abierto la piel.

Entonces el cañón tres había disparado dos proyectiles de localización. Y luego, «Misión de fuego. Batería. Dos proyectiles». Sanchez había gritado el cuadrante y la desviación, y el sargento Deetz lo había repetido, y Dupont y Coleman, nuestro artillero y artillero adjunto, lo habían repetido y configurado y comprobado, y el sargento Deetz lo había revisado, Sanchez lo había verificado, y nos dieron la orden de proyectil y tiempo, y Jackson puso la pólvora, y nos movíamos con fluidez, como habíamos aprendido en los entrenamientos, Jewett y yo a ambos lados del portaproyectiles, sosteniéndolo, y Bolander detrás con el atacador. El sargento Deetz revisó la pólvora y dijo, «Tres, cuatro, cinco, propelente». Y luego, a Sanchez, «Carga cinco, propelente». Verificado.

Nos acercamos con el proyectil hasta la escotilla abierta y Bolander lo empujó con el atacador hasta que oímos un sonido metálico. Voorstadt cerró la escotilla.

Sanchez dijo: «Enganche».

Deetz dijo: «Enganche».

Voorstadt enganchó el tirafrictor al disparador. Había visto hacer eso mil veces.

Sanchez dijo: «Preparado».

Deetz dijo: «Preparado».

Voorstadt tensó el tirafrictor sosteniéndolo contra la cintura.

Sanchez dijo: «Fuego».

Deetz dijo: «Fuego».

Voorstadt hizo un giro a la izquierda y nuestro cañón cobró vida.

El sonido nos golpeó, vibrando a lo largo de nuestros cuerpos, muy hondo en nuestros pechos y en nuestras tripas y por detrás de nuestros dientes. Notaba el sabor de la pólvora en el aire. Cuando los obuses disparaban, los cañones retrocedían como pistones y se recolocaban, y la fuerza de los proyectiles al salir levantaba en el aire una nube de humo y polvo. Al mirar hacia la línea, ya no vi seis obuses. Solo vi fuegos entre la neblina, o ni siquiera fuegos, solo destellos de rojo en mitad del polvo y la cordita. Sentía el rugido de cada cañón, no solo del nuestro, cuando disparaba. Y pensé, Dios, esto es por lo que me alegro de ser artillero.

Porque ¿qué dispara un soldado de infantería con un M-16? ¿Cartuchos de 5,56? Incluso con la Calibre 50, ¿qué puedes hacer realmente con ella? O con el cañón principal de un tanque. ¿Qué alcance tiene eso? ¿Dos o tres kilómetros? ¿Y te cargas qué? ¿Una casita? ¿Un vehículo blindado? Donde fuera que estuviéramos lanzando aquellos proyectiles, a algún lugar a diez kilómetros al sur, estaban pegando más fuerte que ninguna otra cosa que hubiese dentro del combate en tierra. Cada cartucho pesa sesenta kilos, una carcasa rellena con ochenta y ocho bombetas que se esparcen por toda la zona objetivo. Y cada bombeta contiene una carga explosiva moldeada capaz de penetrar cinco centímetro de acero macizo y despedir metralla por todo el campo de batalla. Para lanzar esos proyectiles contra un objetivo hacen falta nueve hombres moviéndose perfectamente a la vez. Hace falta un FDC, un buen oteador, y matemáticas y física y técnica, destreza y experiencia. Y aunque yo solo cargaba, que a lo mejor solo era una tercera parte del equipo de munición, me movía perfectamente, y el proyectil entraba con ese gratificante sonido metálico, y salía disparado con un rugido increíble, y volaba hacia el cielo y caía a diez kilómetros al sur. La zona objetivo. Y allí donde acertáramos, todo lo que hubiera en cien metros a la redonda, todo lo que hubiera dentro de un círculo con un radio tan largo como un campo de fútbol americano, todo eso moría.

Antes aún de que el cañón se hubiese recolocado del todo, Voorstadt ya había desenganchado el tirafrictor y abierto la recámara. Limpió el interior con el escobillón y cargamos otro proyectil, el segundo que disparaba ese día contra un objetivo humano, aunque no cabía duda de que para entonces no quedaba ya ningún objetivo viviente. Y disparamos de nuevo, y lo sentimos en los huesos, y vimos la bola de fuego salir disparada del cañón, y más polvo y más cordita llenaron el aire, y nos asfixiamos con la arena del desierto iraquí.

Y entonces se acabó.

El humo nos rodeaba. No se veía nada más allá de nuestra posición. Yo respiraba con fuerza, inhalando el olor y el sabor de la pólvora. Y miré nuestro cañón, alzándose sobre nosotros, silencioso, gigantesco, y sentí una especie de amor por él.

Pero el polvo empezó a posarse. Y una brisa llegó y empezó a llevarse el humo, lo arrastró y lo elevó por encima de nuestras cabezas, y luego más arriba, hacia el cielo, la única nube que había visto en dos meses. Y después la nube se disolvió, desapareció en el aire, y se mezcló con el rojo tenue del amanecer iraquí.

Ahora, de pie frente a los obuses, con el cielo de un azul perfecto y los cañones alzados atravesándolo, es como si nada de eso hubiera pasado. No queda en nuestro obús ni una mota de esta mañana. El sargento Deetz nos hizo limpiarlo al terminar la misión. Un ritual, o algo así, por haber matado por primera vez como Cañón Seis. Desmontamos el escobillón y el atacador, unimos los dos palos junto con una escobilla de limpieza y luego empapamos la escobilla en limpiador CLP. Entonces nos pusimos en fila detrás del obús, sosteniendo el palo, y lo introdujimos todos a la vez en el interior del cañón. Repetimos el proceso, y vetas negras de CLP y hollín bajaban serpenteando por el palo y nos manchaban las manos. Seguimos haciéndolo hasta que nuestro cañón quedó limpio.

De modo que no se ve ninguna señal de lo que ha pasado, aunque sé que diez kilómetros al sur hay una zona sembrada de cráteres y cubierta de metralla, edificios destrozados, coches quemados y cadáveres retorcidos. Los cuerpos. El sargento Deetz los había visto en su primera campaña, durante la invasión inicial. El resto no los habíamos visto nunca.

Me vuelvo bruscamente, de espaldas a la línea de cañones. Demasiado impoluto. Quizás esta no sea la manera apropiada de verlo. En alguna parte hay un cadáver tendido, blanqueándose al sol. Antes de ser un cadáver fue un hombre que vivía y respiraba y tal vez asesinaba y torturaba, el tipo de hombre al que yo siempre había querido cargarme. En cualquier caso, un hombre definitivamente muerto.

Así que vuelvo hacia el área de nuestra batería, sin girarme en ningún momento. Es un paseo corto, y cuando llego me encuentro a unos cuantos de los chicos echando una partida de Texas Hold’em al lado del fumadero. Están el sargento Deetz, Bolander, Voorstadt y Sanchez. A Deetz le quedan menos fichas que a los demás, y tiene todo el peso del cuerpo apoyado sobre la mesa, mirando el bote con el ceño fruncido.

—Hurra, flipado —dice al verme.

—Hurra, sargento.

Me quedo a verlos jugar. Sanchez muestra el turn y todo el mundo pasa.

—¿ Sargento? —le digo.

—¿ Qué? No sé por dónde empezar.

—¿ No cree que, a lo mejor, tendríamos que montar una patrulla para ver si hay supervivientes?

 —¿ Qué?

El sargento Deetz está concentrado en la partida. En cuanto Sanchez muestra el river, lanza las cartas.

—Me refiero, la misión que hemos tenido. ¿No deberíamos salir, como de patrulla, a ver si hay supervivientes?

El sargente Deetz levanta la vista hacia mí.

—Tú eres idiota, ¿no?

—No, sargento.

—No ha habido ningún superviviente —dice Voorstadt, lanzando sus cartas también.

—¿ Ves a los de Al Qaeda paseándose en tanques por ahí? —me pregunta el sargento Deetz.

—No, sargento.

—¿ Ves a los de Al Qaeda construyendo búnkeres y trincheras increíbles?

—No, sargento.

—¿ Crees que los de Al Qaeda tienen poderes mágicos ninja, en plan, los ICM no me matan?

—No, sargento.

—No. Tienes toda la razón, no.

—Sí, sargento.

La apuesta está ahora entre Sanchez y Bolander.

—Creo que el 2/ 136 hace patrullas por ahí —dice Sanchez mirando el bote, sin dirigirse a nadie en particular.

—Pero, sargento, ¿qué pasa con los cuerpos? —le digo—. ¿No tendría alguien que recoger los cuerpos? —Dios, cabo segundo. ¿Es que tengo pinta de PRP?

—No, sargento.

—¿ De qué tengo pinta?

—De artillero, sargento.

—Exacto, asesino. Yo soy artillero. Nosotros proporcionamos los cuerpos, no los recogemos. ¿Me has oído?

—Sí, sargento. Me mira.

—¿ Y tú qué eres, cabo segundo?

—Artillero, sargento.

—¿ Y qué es lo que haces?

—Proporciono los cuerpos, sargento.

—Exacto, asesino. Eso es.

El sargento Deetz vuelve a la partida. Aprovecho la oportunidad para escurrirme. Ha sido una estupidez preguntarle a Deetz, pero lo que me ha dicho me hace pensar. PRP. La compañía de Recuperación y Procesamiento de Personal militar. También conocida como Asuntos Funerarios. Me había olvidado de ellos. Debían de haber recogido los cuerpos de esta mañana.

La idea del PRP va colándose en mi cabeza. Los cuerpos podrían estar aquí, en la base. Pero no sé dónde está el PRP. Nunca había querido saberlo y tampoco quiero preguntarle a nadie cómo se llega. ¿Por qué iba a querer alguien ir a PRP? Pero salgo del área de la batería y rodeo el perímetro de Battle Square en dirección a los edificios de Logística, esquivando oficiales y suboficiales de estado mayor. Tardo mi buena media hora, escabulléndome de aquí para allá y leyendo los carteles a la puerta de los edificios, en encontrarlo: un edificio largo, bajo y rectangular rodeado de palmeras. Está apartado del resto del complejo de Logística pero, por lo demás, es un edificio como cualquier otro. Eso se hace raro. Si han recogido hoy, debería haber miembros seccionados rebosando por la puerta.

Me quedo fuera, mirando la entrada. Es una sencilla puerta de madera. Y yo no debería estar enfrente de ella, no debería abrirla, no debería cruzarla. Yo soy de una unidad de armas de combate, y este no es mi sitio. Esto es mal yuyu. Pero he venido hasta aquí, lo he encontrado y no soy ningún cobarde. Así que abro la puerta. Dentro hay aire acondicionado, un largo pasillo lleno de puertas cerradas y un marine sentado de espaldas a mí tras un escritorio. Lleva unos auriculares puestos. Están enchufados a un ordenador en el que está viendo una especie de programa de televisión. En la pantalla, una mujer con un vestido de tul está llamando un taxi. Al principio parece bastante guapa, pero luego la pantalla pasa a un primer plano y queda claro que no lo es.

El marine del escritorio se da la vuelta y se quita los auriculares mientras me mira confundido. Busco los galones en el cuello de su uniforme y veo que es sargento de artillería, aunque parece mucho mayor que la mayoría de sargentos de artillería. Un bigote blanco y recortado reposa sobre su labio, y tiene algo de pelusa blanca por encima de las orejas, pero el resto de la cabeza está calva y reluciente. Cuando entrecierra los ojos para mirarme, la piel de alrededor de los ojos se frunce en arrugas. Y está gordo, además. Incluso a través del uniforme, se nota. Dicen que los PRP son todos reservistas, no hay enterradores en el servicio activo del Cuerpo de Marines, y él parece un reservista seguro.

—¿ Puedo ayudarle, cabo segundo? —me dice. Hay un suave deje sureño en su voz.

Me quedo ahí parado mirándolo, con la boca abierta, y van pasando los segundos. Entonces la expresión del viejo armero se suaviza, se inclina hacia delante y me pregunta:

—¿ Has perdido a alguien, hijo? Me lleva un segundo entender.

—No —respondo—. No, no, no. No.

Me mira confundido y arquea la ceja.

—Soy artillero —le digo.

—De acuerdo.

Nos miramos el uno al otro.

—Hemos tenido una misión esta mañana. ¿Un objetivo diez kilómetros al sur?

Lo miro esperando que lo pille. Me siento oprimido en ese pasillo estrecho, con el escritorio apretujado en medio y el armero gordo y viejo mirándome interrogativo.

—Vale…

—Era mi primera misión así…

—Vale…

Se inclina todavía más hacia delante y entorna los ojos, como si viéndome mejor fuera a entender de qué narices le estoy hablando.

—O sea, yo soy de Nebraska. De Ord, Nebraska. En Ord no hacemos nada.

Me doy perfecta cuenta de que parezco un idiota.

—¿ Está usted bien, cabo segundo?

El viejo armero me mira atentamente, esperando. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo a estas alturas. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo en cuanto crucé la puerta, por entrar tan campante en un sitio en el que no pinto nada. Pero este armero, quizá porque es un reservista, quizá porque es mayor, quizá porque está gordo, solo me mira y espera a que suelte lo que necesito decir.

—Nunca había matado a nadie —le digo.

—Yo tampoco.

—Pero yo lo he hecho. Creo. Es decir, hemos lanzado los proyectiles y ya está.

—De acuerdo. ¿Y por qué ha venido aquí? Lo miro con expresión de impotencia.

—He pensado que a lo mejor vosotros habíais estado allí. Y habíais visto lo que he hemos hecho. El viejo armero se recuesta en la silla y frunce los labios.

—No —responde. Coge aire y lo suelta lentamente—. Nosotros nos encargamos de las bajas estadounidenses. Los iraquís se encargan de las suyas. Las únicas veces en que veo al enemigo muerto es cuando muere en una instalación médica estadounidense, como el hospital de Faluya. —Hace un gesto con la mano en dirección al hospital de la base—. Además, en TQ tienen una sección de PRP. Seguramente se hayan encargado ahí de cualquier cosa en esa AO.

—Ah…, vale.

—No hemos tenido nada de ese tipo hoy.

—Vale. —Le irá bien.

—Sí. Gracias, armero.

Me quedo ahí, mirándolo un momento. Luego me fijo en todas las puertas cerradas del pasillo, puertas sin nada tras ellas. En la pantalla de ordenador del armero un grupo de mujeres beben pink martinis.

—¿ Está casado, cabo segundo? —El armero está mirándome la mano, la alianza.

—Sí, hace unos dos meses.

—¿ Cuántos años tiene?

—Diecinueve. Asiente, y luego se queda ahí sentado como si estuviera dándole vueltas a algo. Justo cuando estoy a punto de irme, me dice:

—Hay algo que podría hacer por mí. ¿Me haría un favor?

—Claro, armero. Señala la alianza.

—Quítesela y póngala en la cadena con las chapas. Se busca con los dedos la cadena que lleva en torno al cuello y saca las chapas para mostrarme. Ahí, colgando junto a las dos placas de metal que llevan sus datos en caso de muerte, hay un anillo de oro.

—Vale…

—Tenemos que reunir los efectos personales —dice, metiéndose de nuevo las chapas bajo la camisa—. Para mí, lo más difícil es sacar las alianzas de boda.

—Oh. Doy un paso atrás.

—¿ Puede hacer eso por mí?

—Sí. Lo haré.

—Gracias.

—Debería irme —le digo.

—Debería. Me doy la vuelta rápidamente, abro la puerta y me adentro en el aire asfixiante. Me alejo despacio, con la espalda recta, controlando mis pasos, y con la mano derecha sobre la izquierda, jugueteando con la alianza, haciéndola girar.

Le he dicho al armero que lo haría, así que mientras camino cojo el anillo y me lo saco del dedo. Da mal yuyu, ponerlo con las chapas. Pero me las saco, abro el broche a presión, deslizo el anillo en la cadena, cierro el broche y me pongo las chapas de nuevo en torno al cuello. Noto el metal de la alianza contra el pecho.

Sigo alejándome, sin prestar atención al camino que siguen mis pasos, y avanzo por debajo de las palmeras que bordean la carretera en torno a Battle Square. Tengo hambre, y debe de ser hora de ir a la cantina, pero no cojo ese camino. Voy hacia la carretera que pasa por el hospital de Faluya y me paro enfrente. Es un edificio cuadrado y anodino, de color beige y aplastado por el resplandor del sol como todo lo demás. Hay un fumadero cerca, y dos sanitarios están sentados, hablando y dando caladas al cigarrillo, soltando tenues bocanadas de humo en el aire. Espero, y miro el edificio como si fuera a emerger de él algo increíble.

No pasa nada, por supuesto. Pero ahí en mitad del calor, plantado enfrente del hospital de Faluya, recuerdo el aire fresco de la mañana dos días atrás. Íbamos de camino a la cantina, todo el Cañón Seis, riendo y haciendo broma, cuando el sargento Deetz, que estaba gritando algo de que los espartanos eran gays, se calló en mitad de la frase. Se detuvo de golpe, se puso recto, todo lo alto que es, y susurró «Aaa-teen-CIÓN».

Nos pusimos todos firmes, sin saber por qué. El sargento Deetz hizo un saludo con la mano derecha y los demás hicimos lo mismo. Entonces lo vi, a lo lejos, en la carretera: cuatro sanitarios saliendo del quirófano de Faluya con una camilla envuelta en la bandera estadounidense. Todo estaba en silencio, inmóvil. A lo largo de toda la carretera, los marines y marinos se habían puesto en posición de firmes.

Apenas veía nada con las primeras luces de la mañana. Forcé los ojos, fijándome en el contorno del cuerpo bajo la tela gruesa de la bandera. Y luego la camilla desapareció de la vista. Ahora, en pleno día, al ver a esos sanitarios fumando, me pregunto si serían ellos los que llevaban aquel cuerpo. Deben de haber llevado algunos.

Todo el mundo se había quedado tan completamente callado, tan quieto, mientras pasaba el cuerpo… No había ningún sonido ni ningún movimiento más que los pasos lentos de los sanitarios y el avance del cuerpo. Una imagen de la muerte que parecía de otro mundo. Pero ahora sé adónde llevaban ese cuerpo, al viejo armero del PRP. Y si había algún anillo de boda, el armero lo habría sacado poco a poco del dedo muerto y rígido. Habría reunido todos los efectos personales y habría preparado el cuerpo para transportarlo. Entonces lo habrían llevado a TQ en avión. Y mientras lo bajaban, los marines se habrían quedado quietos y en silencio, como en Faluya. Y lo habrían puesto en un C-130 hacia Kuwait. Y en Kuwait se habrían quedado quietos y en silencio. Y se habrían quedado quietos y en silencio en Alemania, quietos y en silencio en la Base Aérea de Dover. Allá donde fuera, los marines y los marinos y los soldados y los aviadores se habrían puesto en posición de firmes mientras viajaba hasta la familia del caído, donde el silencio, la inmovilidad, cesarían.


*Este cuento fue publicado en “Nuevo destino”, Literatura Random House, 2015.

No se trataba de un par de zapatos de mujer con la forma exacta de sus talones en el fondo del placard. Tampoco de abrir una caja y encontrar todas sus cartas escritas durante la guerra, dedicadas con amor a un chico de once años.

Descubrimientos así se hacen en cualquier geriátrico todos los días. Ningún empleado los comenta porque a nadie le interesa la vida de un viejo. Los empleados sólo hurgan entre los despojos de los muertos buscando dólares.

En la peor decrepitud, cuando la orina es una mancha indeleble en sus pantalones y necesitan una receta distinta para poder tragarse cada bocanada de aire, los viejos siempre esconden dólares.

Quince minutos después de avisar que se había muerto, la administradora del geriátrico llamó por teléfono otra vez. Con un tono más drástico dijo: “Alguien tiene que sacar ese baúl de la habitación cuanto antes”.

El arcón privado de sus recuerdos.

Cuando llegamos al geriátrico, dos tipos de brazos gruesos estaban empujando el baúl hacia la puerta.

Tuve que forcejear un rato hasta que se resignaron a dejarlo donde estaba. “Lléveselo, no queremos problemas.”

Problemas.

Vivimos acostumbrados a que, cuando alguien se muere, el instante siguiente tiene lugar a la sombra de un cedro bien recortado sobre un cementerio conveniente. Nadie habla sobre la necesidad burocrática de identificar el cadáver. Tampoco sobre el transporte, el ataúd, la mortaja. Nadie habla nunca sobre los costos laborales del sepulturero y los lacayos.

Mi problema era que todavía faltaba conseguir el certificado de defunción y retirar el cuerpo de la morgue. Así que no se me ocurrió preguntar a qué se referían con eso de problemas. Todo lo que un viejo deja después de morirse es un problema. La basura de cualquier anciano es un problema.

En ese preciso instante, mi único y verdadero problema era que mamá estaba demasiado angustiada.

Ella había dejado de verlo cuando la enfermedad terminó de volverlo intratable.

Claro que, por eso, no dejaba de ser el hombre más importante de su vida.

El humilde artesano del vidrio que había llegado desde Kasos en mil novecientos cuarenta y seis. Con una mano atrás y otra adelante. Desde una isla perdida del Dodecaneso que después de la guerra ni siquiera podía importarles a los propios griegos.

Yo no tuve mucho que decir. Mi vínculo con el abuelo se había cimentado del mismo modo que con cualquier otra persona. Yo me hacía cargo de los costos exorbitantes de su vida en esa lujosa residencia para ancianos y de todos sus tratamientos quirúrgicos desde hacía casi diez años. Era una fatiga financiera que mi secretaria se ocupaba de administrar con solvencia mes a mes. Y eso era mucho más de lo que el resto de la familia estaba dispuesta a hacer por él.

Llevé el baúl hasta mi casa en un taxi y lo dejé ahí. Al abuelo lo cremamos al día siguiente.

En un momento, el cura preguntó si queríamos despedirlo con algunas palabras. Mamá se secó las lágrimas y empezó con los recuerdos heroicos. El Eje le había declarado la guerra al mundo cuando su padre era un joven artesano en Kasos. El Dodecaneso estaba bajo ocupación italiana, así que el abuelo pasó a formar parte de la Regia Marina de Benito Mussolini. Como todo griego, conocía el mar a su alrededor mejor que cualquier extranjero.

No tardaron mucho en nombrarlo capitán de un submarino Clase Argonauta.

“Pero no servía para la guerra y se convirtió en espía de la Ellinikos Laikos Apeleftherotikos Stratos, la resistencia griega”, dijo mamá.

El diario íntimo de la odisea de un inmigrante. “¿Quedarán familiares de su padre en la isla?”, preguntó el cura.

“¿Y si viaja a Kasos?”

El cura se había sentido muy útil durante la cremación, así que nunca le dijimos que el abuelo pertenecía en realidad a la iglesia ortodoxa griega. La propuesta del viaje, sin embargo, quedó flotando en el aire.

Mamá hablaba griego a la perfección. Ese no era el problema. El problema era la idea de permitirle viajar sola a un lugar en el que nunca había estado pero que encontraría repleto de los recuerdos que su padre le había relatado a lo largo de toda su vida.

Hacía falta una excusa.

Un día, mamá se convenció de que necesitaba arrojar las cenizas de su padre al Egeo. No hizo falta más.

Nadie dejaría de atenderse en su quirófano si postergaba los turnos para las cirugías plásticas hasta el mes siguiente. Compró dos pasajes por Lufthansa y me pidió que la acompañara.

Ordené mis asuntos en Buenos Aires y le dije que sí. Viajamos a Atenas. Once mil seiscientos kilómetros con una urna entre las manos: seiscientos kilómetros más hasta la isla de Kasos.

Conseguimos una habitación frente a las playas de Emporeios e hicimos una pequeña caminata. Mamá insistió en comenzar a sacar fotos casi desde el momento en que dejamos las valijas en el lobby del hotel.

Como de costumbre, las sacaba torcidas y fuera de foco. Habíamos llevado solamente mi cámara y yo no lograba entender cómo alguien podía hacer que un equipo profesional como aquel diera tan malos resultados.

Pero no quería iniciar discusiones por asuntos como ese, claro que no. Estábamos por otros asuntos. Aún así, después de casi ocho horas en Kasos, ella insistía en fotografiar lo que fuera que se cruzara en el camino. Y lo hacía mal. El encuadre, la luz, el contraste.

La pesadilla de cualquier Departamento de Fotografía y Retocado Digital.

Tal vez porque era mi primera vez en el Mediterráneo noté un poco mejor lo que pasó más tarde, cuando volvimos al hotel. Todo era celeste y azul. Todo era la brisa tibia y transparente de las Cícladas. Hasta que mamá deletreó el apellido del abuelo.

Hasta ese preciso momento, el dueño del lugar se había limitado a cumplir su rol de anfitrión. Preguntar de dónde veníamos, qué teníamos pensado hacer, hasta cuándo íbamos a quedarnos. La clase de preguntas que hace cualquier dueño de un hotel en una isla perdida del Egeo.

Estaba seguro de que entre los gritos del dueño del hotel y los de mamá no se estaban resolviendo ni los detalles del desayuno, ni los costos del taxi que nos llevaría hasta el aeropuerto de Kasos siete días más tarde (otro problema: en las islas casi no hay taxis y los que hay se comparten).

Yo no conocía demasiado el idioma griego, pero sabía que skatá significaba mierda.

“Este oligofrénico se confunde a tu abuelo con otra persona”, dijo mamá. “Me parece que hablar con turistas noruegos toda su vida le arruinó la lucidez griega”.

Tal vez si hubiese esperado a que mamá saliera a fumar un cigarrillo frente al mar, decidiendo desde qué monte era mejor arrojar las cenizas del abuelo. O si hubiese esperado a que el dueño del hotel se calmara, para preguntarle en inglés qué había pasado.

La mañana siguiente fuimos al Registro Civil. Una oficina imperceptible a la sombra de un pequeño platanus orientalis, al que mamá le sacó una foto desde demasiado lejos.

En Kasos no hay tasa de nacimientos porque casi nadie vive en Kasos.

El último casamiento registrado fue en mil novecientos ochenta y dos.

Si viajaran a Kasos, no les resultaría extraña la idea de una isla convertida en una máquina turística operada por un pequeño grupo de especialistas. Cuando el verano se acaba, esos especialistas vuelven al continente hasta la próxima temporada.

Los habitantes reales de Kasos son un puñado de ancianos y otro puñado de labradores. Personajes de postal que viven de encarnar un color local.

Espectros.

Quisiera poder conservar alguna buena imagen de los labradores, pero ninguna logró el foco adecuado a través del lente que mamá insistía en monopolizar.

La empleada del Registro Civil era una de las pocas mujeres jóvenes en la isla. Durante las tardes administraba el aeropuerto y los fines de semana hacía de guía turística.

Mamá deletreó nuestro apellido y preguntó si quedaban parientes vivos en el lugar. La empleada nos miró unos segundos y dijo que había un hotel al otro lado de la isla con ese nombre. “Deberían preguntar ahí”, sugirió en inglés. Después miró a mamá y le dijo —en griego— que le diera tiempo hasta el día siguiente para revisar los registros.

En julio del cuarenta y dos, el submarino Clase Argonauta del abuelo había sido cedido a la Marina Griega como botín de guerra. Quinientas noventa y nueve toneladas impulsadas por un motor diesel con una velocidad final de nueve nudos en inmersión. Un cañón de cuatro pulgadas. Dos ametralladoras antiaéreas de trece milímetros. Seis torpedos.

Gracias al coraje del abuelo, pasaron a operarlo de inmediato los espías de la resistencia griega en su lucha sin cuartel contra el enemigo invasor.

El relato épico.

Cuando la guerra terminó, de todos modos, Kasos había quedado arrasada. A lo largo de la Historia la habían arrasado los turcos, los egipcios, los albanos y los británicos. Pero los alemanes y su blitzkrieg no habían dejado nada en pie.

Entonces llegó el momento de que el capitán rebelde del submarino Clase Argonauta renunciara a los honores, recogiera sus herramientas para el vidrio y partiera a Sudamérica.

Esa era la versión familiar del asunto.

Mamá se la repitió al mozo que nos sirvió los keftedes con tzatziki y encendió otro cigarrillo. “Conoció a mi madre y abrió uno de los talleres de vidrio más importantes en Buenos Aires”, dijo. Yo quise sacar una foto de los kataifi, pero mamá insistió en hacerlo ella. El flash refractado sobre el plato arruina cualquier detalle interesante.

Terminamos de almorzar y fuimos hasta ese hotel con nuestro nombre, al otro lado de la isla.

El dueño era de Rhodas. Había elegido ese nombre por casualidad. “Conozco gente con ese apellido en muchas islas”, dijo. El komboloi iba y venía entre sus dedos.

Las olas trasparentes del mar azul. El perfume suave de los olivos. El calor seco del Mediterráneo. Todo era una postal —fuera de foco, claro, pero una postal—, excepto la ansiedad evidente de ese tipo. “Kosta es el historiador de esta isla”, dijo. Después señaló a un hombre que tomaba café en una pequeña terraza celeste frente al mar, aunque todo en Kasos está frente al mar. “Si hay alguien que puede ayudarlos, es él”.

El abuelo había aprendido italiano desde la cuna. Pero el alemán no le había costado nada. Hablar los idiomas de los invasores había sido una ventaja: aprendía todo antes y mejor que los demás. Así fue como un joven artesano del vidrio, forzado por el destino, perfeccionó sus destrezas de marinero y se convirtió rápido en el capitán de un submarino Clase Argonauta.

El mito genealógico del coraje.

Kosta dejó su café frappé en la mesa y nos pidió — en griego y en inglés— que lo acompañáramos hasta una pequeña oficina frente al hotel. “Mi humilde museo personal”, dijo al abrir la puerta.

Las ventanas estaban cubiertas con papel.

Encendió los tubos de luz y después de algunos relampagueos —durante los que brotaron desde todas las paredes banderas de la Deutschland Erwache, la National Sozialistische y la Hitlerjugend— la habitación quedó iluminada. “Todo esto lo recogí yo mismo de la isla durante sesenta años”, dijo orgulloso.

En el centro había tres vitrinas llenas de medallas, cascos, encendedores, monedas, municiones, cantimploras, antiparras. Algunas estaban oxidadas. Otras habrían sido la envidia del Imperial War Museum de Londres. Tengo en mi poder otra de las fotos que sacó mamá donde, a pesar de una grave deficiencia en el encuadre, se distinguen perfectamente las dagas para oficiales de la Wehrmacht, que no se mezclaban con las dagas para oficiales de las Waffen SS, ni con las dagas de la Luftwaffe.

Kosta se acercó a la última vitrina.

Había una Luger P—08. Ocho cartuchos. Cañón de ciento dos milímetros y seis estrías en perfecto estado. “La reihenfeuerpistolen del ejército alemán” dijo Kosta, en griego. Miró el arma y me dijo en inglés: “Cualquier parecido con la Luger US Army no es casualidad”. Al lado había una Browning FN1922. “La favorita de los oficiales de la Luftwaffe”. La sacó de la vitrina despacio. Señaló una pequeña insignia grabada junto al gatillo: un águila negra sobre una esvástica. “La Waffenamt de los inspectores alemanes”, dijo. “La marca de aprobación oficial antes de enviarlas a la Wehrmacht”.

Kosta le pidió a mamá que le repitiera su apellido una vez más.

Caminó hasta un escritorio y abrió el único cajón cerrado con llave.

Debajo de algunas balas oxidadas había un sobre con fotografías. “El lanzacohetes que sostiene ese hombre se llama Panzerschreck. El terror de los blindados aliados”.

Kosta apoyó el dedo índice sobre la silueta borrosa de un soldado con uniforme italiano. “Estas son fotos tomadas en Kasos entre mil novecientos treinta y nueve y mil novecientos cuarenta y tres”, dijo en inglés.

Después empezó a hablar en griego, así que supuse que sólo quería hablar con mamá.

Mi ventaja es que cuando no estoy viajando por el mundo esparciendo las cenizas de mis parientes, trabajo como publicista. Por lo tanto, tengo un desarrollado sentido de la decepción.

“Ese joven con la Treue Dienste in der Wehrmacht, la medalla del Reich al servicio leal en sus fuerzas armadas”, dijo Kosta, en inglés, con su dedo índice sobre otra foto.

La publicidad es una profesión con sus ventajas.

La principal es que uno aprende a intuir rápido de qué se trata todo lo que se escucha pero, sobre todo, lo que nadie dice.

“Ese hombre comenzó delatando a insurgentes griegos en Kasos”.

Una de las cosas que se aprenden más rápido es que detrás de esa marca de lujo que provoca tirones de pelo y patadas entre las modelos antes de un desfile, siempre hay un taller clandestino donde trabajan extranjeros indocumentados durante dieciocho horas diarias de esclavitud. Mi trabajo es que nadie piense en eso frente al espejo del probador, antes de comprar.

“Después fue transferido por los alemanes a la Kriegsmarine”.

Una de mis últimas cuentas publicitarias es la bomba sexual del momento.

Conoce las sábanas de todos los mandatarios del Mercosur. Y sólo porque me hizo caso cuando le hablé sobre la gluteoplastia de aumento con implantes. Tres semanas de faja compresiva de lycra después, se ganó el culo natural más famoso de Buenos Aires.

Con esto quiero decir que uno está preparado para descubrir que nada es exactamente como le dicen.

Por ejemplo, el submarino italiano Clase Argonauta del que tu abuelo fue capitán. Nunca había sido cedido a la resistencia griega como botín de guerra, sino que se había dedicado a torpedear a la marina mercante ateniense hasta aniquilarla.

“Cuando la guerra terminó, ese hombre desapareció de Grecia para que no lo fusilaran por traidor”.

Todo puede retocarse. Reformularse.

“Ese hombre”, dijo Kosta. En inglés.

Mamá no quiso ver las fotografías. “Mi padre era un artesano del vidrio”, dijo en griego. “Usted se confunde”.

Adelantar el vuelo desde Kasos hacia Atenas para el día siguiente no fue fácil. Apenas un poco más difícil que adelantar desde Atenas el pasaje de vuelta a Buenos Aires.

Tuve que esperar hasta que mamá saliera a fumar otro cigarrillo a orillas del mar —un mar azul, tibio y transparente— para hacer mi último llamado a Buenos Aires.

Hablé con uno de mis asistentes y le pedí que fuera urgente hasta mi departamento. Es la única ventaja de tener uno de esos letreros con la palabra Ejecutivo en la puerta de mi oficina. Siempre hay un novato dispuesto a ofrecer gratis la misma obsecuencia por la que un cliente está obligado a pagar.

 A once mil seiscientos kilómetros de distancia, mi asistente me devolvió el llamado a los quince minutos. Tenía ese tono que en el ambiente publicitario suele llamarse aterrador.

Ahora pienso que tal vez se trate de algo genético. De cierta predisposición para trastocar.

“¿Esto que tenés acá es real?”

Eso no quita que, a veces, uno necesite escuchar determinadas mentiras para quedarse tranquilo. Y por mentiras quiero decir: cosas que no tengan nada que ver con lo que realmente sucede.

Entre cada uno de sus suspiros, a mi asistente se le dio por contarme sus recuerdos escolares. “Una vez nos hicieron estudiar el árbol genealógico de Adolfo Hitler para mostrarnos que tenía un pariente judío”, dijo.

Podía escuchar cómo abría la tapa del baúl del abuelo. La colección privada de sus logros de juventud.

Dicho sea de paso, nadie debería desestimar el poder de Google a la hora de averiguar de qué se trata todo lo que hay en el baúl de un humilde artesano griego del vidrio que acaba de morir.

“Nunca vi una medalla del Deutsches Kreuz en mi vida. Una Cruz Germánica como la de Erich Hartmann”. No hizo falta que le preguntara quién era Erich Hartmann. “El Diablo Negro de Ucrania”, dijo. “Uno de los ases más famosos de la Luftwaffe”.

Podía escuchar cómo el baúl del abuelo rodaba y se vaciaba sobre mi living. Podía escuchar los fragmentos de vidrio estrellándose contra el parqué al otro lado del mundo. El ruido seco de todas sus reliquias, entre las que ni siquiera había algún dólar. “También estudiamos que la muralla de Troya había caído porque entre los dioses que la habían construido había un mortal. ¿Entendés a dónde quiero llegar?”, dijo mi asistente.

Entendía, pero no me interesaba. Eso lo dije en castellano.

En publicidad lo llaman adaptación. Ajustar un original al formato que exige el soporte. En otros términos: convertir lo ya existente en algo a la medida del deseo ajeno.

“Nunca creí que pudiera ser cierto”, dijo mi asistente. Había escuchado hablar sobre las coronas de oro arrancadas de millones de mandíbulas en Dachau o Treblinka, pero nunca sobre la encuadernación antropodérmica.

“¿Pero una Biblia?”

Pensé después que, llegado el caso, debería hablarle a mamá sobre otro término publicitario. Actitud. La disposición del individuo ante un determinado estímulo.

“Sandalias hechas con el pelo de los prisioneros”. Hizo una pausa hasta que Google terminó la búsqueda. “Un calzado mudo para cualquier sonar”.

Los tesoros del heroísmo.

“Lo que no entiendo son estas fotos”, escuché después a mi asistente. Lo decía con el miedo reverencial de quien se siente irremediablemente en falta. Yo daba algunos pasos por la habitación tratando de no perder la señal. “Es el mismo hombre de las otras, pero a color y mucho más viejo”.

Me acerqué a la ventana y vi a mamá, todavía fumando su cigarrillo.

“Se ven algunos edificios a través de una ventana. Es Buenos Aires. Una especie de…” Ella iba y venía por la orilla.

“¿Una fiesta de disfraces?”, escuché que decía mi asistente con el tono patético de una disculpa. “Igual, impresiona ver uniformes militares con esvásticas a color, aunque estén completamente fuera de foco”.

Mamá había dejado sus zapatillas sobre una silla y daba algunos pasos sobre el mar.

El agua avanzaba cada vez más contra la orilla. “Algunas fotos están fechadas a mano detrás”, escuché otra vez. “Mil novecientos setenta y dos”.

Me aclaró que él no había nacido todavía en esa época. Yo tampoco, pensé. Yo tampoco había nacido en esa época, le dije.

El problema es que, después de algunos años, en mi profesión se logra una vigorosa coraza de cinismo.

“Están muy mal sacadas”, dijo.

Una capacidad casi inconsciente de negación.

“Fuera de foco”, escuché que decía mi asistente. “Pésimamente encuadradas”.

Miré otra vez por la ventana. Mamá caminaba de vuelta hacia el hotel.


*Este cuento fue publicado en No alimenten al troll, Editorial Tamarisco, 2012.

Se dice que el viejo Pozo de Agua Fresca nunca se seca, pero ahora está clausurado y solo sirve para desviar el tráfico. En las calles que lo rodean hay unas cuantas colonias de viviendas de clase media. Profesionales de distintas castas –bunts, brahmanes y católicos– viven lado a lado, aunque los musulmanes ricos no se mueven del Bunder. El Canara Club, el más exclusivo de la ciudad, tiene allí su sede, en una gran mansión blanca con parque. El barrio es la zona “intelectual” de la ciudad: presume de un Lions Club, un Rotary Club, una Logia de Francmasones, un grupo educativo Bahá’í, una Sociedad Teosófica y una sucursal de la Alliance Française de Pondicherry. De los muchos institutos médicos situados en él, los dos más conocidos son el Hospital de Distrito Havelock Henry y la Clínica de Ortodoncia Sonrisa Feliz del Doctor Shambhu Shetty. El colegio secundario St. Agnes, la escuela para niñas más preciada de Kittur, también se halla en las cercanías. La zona más elegante de los alrededores del Cruce del Pozo de Agua Fresca es una calle bordeada de hibiscos conocida como Rose Lane. Mabroor Engineer, a quien se tiene por el hombre más rico de Kittur, y Anand Kumar, el parlamentario de Kittur, poseen mansiones allí.

–Una cosa es enrollar un poco de marihuana en un chapati y mascarla al final del día, como para relajar los músculos; eso se lo perdono a cualquiera, claro que sí. Pero fumar heroína a las siete de la mañana, fumar esa basura y quedarse tirado en un rincón con la lengua colgando, no se lo permito a nadie aquí en la obra. ¿Entiendes? O quieres que te lo repita en tamil o en algún otro de los idiomas que hablan ustedes.

–Entiendo, señor.

–¿Qué dijiste? ¿Qué dijiste, hijo de…?

De la mano de su hermano, Soumya miró al capataz castigar a su padre. El capataz era joven, mucho más joven que su padre, pero llevaba puesto el uniforme caqui que le había suministrado la empresa y hacía girar un lathi en su mano izquierda, y ella observó que los trabajadores, en vez de defender a su padre, escuchaban en silencio al capataz. El hombre estaba sentado en una silla azul encima de un terraplén de barro; un farol de gas zumbaba ruidosamente sobre un poste de madera que habían clavado a su lado en el suelo. A sus espaldas se abría un cráter en torno a la casa a medio demoler; el interior de la casa estaba lleno de escombros, casi todo su techo se había derrumbado y sus ventanas estaban vacías. Con su bastón y su uniforme, y con la cara duramente iluminada por el farol incandescente de parafina, el capataz parecía un soberano del submundo apostado a las puertas de su reino.

A sus pies se había formado un semicírculo de obreros. El padre de Soumya se hallaba apartado del resto, mirando furtivamente a la madre de Soumya, que ocultaba sus sollozos con una punta del sari. En una voz llorosa dijo:

–Siempre le digo que deje la heroína, siempre se lo digo…

Soumya se preguntó por qué su madre tenía que quejarse de su padre delante de todo el mundo. Raju le apretó la mano.

–¿Por qué regañan a papá?

Ella se la apretó a él. En silencio.

De pronto el capataz se levantó de la silla, bajó del terraplén y levantó el palo por encima del padre de Soumya.

–Presta atención, he dicho. –Y descargó el golpe.

Soumya cerró los ojos y se alejó.

Los obreros habían regresado a sus tiendas, que se encontraban dispersas en el terreno que rodeaba la casa oscura a medio demoler. El padre de Soumya descansaba en su esterilla azul, lejos de todos; ya estaba roncando, con la mano sobre los ojos. Tiempo atrás, ella se habría ido a acurrucar a su lado.

Soumya se acercó a su padre. Le sacudió el dedo gordo del pie, pero él no respondió. Fue hasta donde su madre preparaba arroz y se recostó a su lado.

Por la mañana, la despertó el ruido de los mazos y martillos. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Con cara de sueño se acercó a la casa. Su padre, subido al pedazo de techo que quedaba en pie, serruchaba un travesaño de hierro negro, sobre el que estaba sentado. Dos hombres golpeaban la pared de abajo con mazos; se levantaban nubes de polvo que tapaban a su padre mientras serruchaba. El corazón de Soumya dio un vuelco.

Corrió adonde estaba su madre y gritó:

–¡Papá está trabajando de nuevo!

Su madre estaba con las demás mujeres; sacaban de la casa grandes bandejas de metal sobre la cabeza, llenas hasta el borde de escombros.

–Cuida que Raju no se moje –le dijo a Soumya al pasar.

Solo entonces Soumya se dio cuenta de que lloviznaba.

Raju dormía encima de la manta donde había estado su madre; Soumya lo despertó y lo llevó a una de las tiendas. Raju empezó a lloriquear y a decir que quería dormir un poco más. Ella se acercó a la esterilla azul; su padre no había tocado el arroz que le habían servido la noche anterior. Mezclando el arroz seco con agua de lluvia, Soumya hizo con él una papilla y se la fue metiendo en la boca a Raju. El niño dijo que no le gustaba y, con cada bocado, le mordía los dedos.

Empezó a llover más fuerte, y oyó al capataz que decía:

–¡Hijos de mala madre, no aflojen!

En cuanto dejó de llover, Raju le pidió que lo empujara en la hamaca.

–Está por llover de nuevo –dijo ella, pero él se empecinó. Lo llevó en brazos hasta la vieja hamaca hecha con una rueda de camión que estaba junto al muro del recinto y le dio un empujón, gritando–: ¡Uno! ¡Dos!

Mientras empujaba, se le apareció un hombre.

Tenía la piel oscura y húmeda recubierta de polvillo blanco, y a Soumya le tomó un instante reconocerlo.

–Cielo –dijo él–, tienes que hacerle un favor a papá.

El corazón le latía demasiado rápido como para articular palabra. Quería que él le dijera “cielo”, pero no como ahora –parecía una palabra cualquiera, puro aire exhalado– sino como antes, cuando le salía del corazón, cuando al mismo tiempo la estrechaba contra su pecho y la abrazaba hondamente y le susurraba locuras en el oído.

Su padre siguió arrastrando las palabras en el mismo tono extraño y lento; le dijo lo que quería que hiciera y luego regresó a la casa.

Soumya se reunió con Raju, que estaba cortando una lombriz en pedacitos con un vidrio que había robado de la zona de demolición, y dijo:

–Tenemos que irnos.

No podía dejarlo solo, aunque fuese un fastidio en una excursión como la de ahora. Una vez lo había dejado solo y se había tragado un pedazo de vidrio.

–¿Adónde vamos? –preguntó él.

–Al Bunder.

–¿Por qué?

–Hay un sitio al lado del Bunder, un jardín, donde los amigos de papá lo están esperando. Papá no puede ir porque el capataz lo golpearía de nuevo. ¿Quieres que el capataz le vuelva a pegar a papá delante de todo el mundo?

–No –dijo Raju–. Y cuando lleguemos al jardín, ¿qué hacemos?

–Les daremos diez rupias a los amigos de papá que están ahí, y ellos nos darán algo que papá necesita de veras.

–¿Qué?

Se lo dijo.

Raju, que ya entendía de dinero, preguntó:

–¿Cuánto cuesta?

–Diez rupias, dijo papá.

–¿Y te dio diez rupias?

–No, me dijo que las consiguiéramos nosotros. Tenemos que mendigar.

Mientras bajaban por Rose Lane, Soumya mantuvo la vista clavada en el suelo. Una vez había encontrado cinco rupias tiradas: sí, ¡cinco! Nunca sabías qué podías encontrar en la zona donde vivían los ricos.

Se acercaron al borde de la acera; un coche blanco se detuvo un momento para pasar un badén de la calle, y ella le gritó al conductor:

–¿Dónde está el puerto, señor?

–Lejos –le gritó él–. Ve hasta la calle principal y dobla a la izquierda.

Las ventanillas ahumadas traseras estaban cerradas, pero por la del conductor Soumya alcanzó a ver la mano del pasajero cubierta de brazaletes de oro; quería golpear el cristal. Pero recordó la regla que el capataz había impuesto a los hijos de los obreros. Nada de mendigar en Rose Lane. Solo en la calle principal. Se contuvo.

En Rose Lane todas las casas estaban siendo demolidas y reconstruidas. Soumya no entendía por qué tiraban abajo aquellas casas espléndidas, grandes, encaladas. Tal vez las casas se volvían inutilizables con el tiempo, como los zapatos.

Cuando el semáforo de la calle principal cambiaba a rojo, ella iba de un rickshaw motorizado a otro, abriendo y cerrando los ojos.

–Señor, tenga piedad, me muero de hambre.

Su técnica era impecable. La había aprendido de su madre. Funcionaba de la siguiente manera: al mendigar, mantenía el contacto visual por tres segundos; después sus ojos se iban hacia el siguiente rickshaw. “Madrecita, tengo hambre –se frotaba la panza–, deme comida”: cerraba los dedos y se los llevaba a la boca. “Hermano, tengo hambre”. “Abuelo, una monedita no más…”.

Mientras ella iba por la calle, Raju se quedaba sentado en la acera, con instrucciones de lloriquear si pasaba alguien bien vestido. Soumya no contaba con que la ayudara mucho, pero, al menos, así no se metía en problemas, como perseguir gatos o intentar acariciar perros callejeros que tal vez estuvieran rabiosos.

Hacia el mediodía, la calle se llenó de coches. Tenían las ventanillas cerradas por la lluvia, y ella debía alzar las manos y arañar como un gato para llamar la atención. Las ventanillas de un coche iban bajas, y ella creyó que su suerte mejoraba.

En uno de los coches, una mujer tenía las manos pintadas con hermosas figuras doradas, y Soumya se quedó mirándolas. Oyó que la mujer de las manos doradas le decía a otro de los pasajeros del coche:

–Hoy en día, en la ciudad hay mendigos por todas partes. Antes no era así.

La otra persona se inclinó hacia delante y miró un momento.

–Tienen la piel tan oscura… ¿De dónde vienen?

–Quién sabe…

Solo cincuenta paise después de una hora.

A continuación intentó subirse a mendigar a un autobús que se detuvo en el semáforo en rojo, pero el cobrador la vio venir y se paró en la puerta:

–De ninguna manera.

–¿Por qué no, señor?

–¿Por quién me tomas, por un rico como el señor Engineer? ¡Vete a pedirle a otro, mocosa!

Con una mirada furibunda, se sacó el cordel de su silbato por encima de la cabeza como si fuera un látigo. Ella bajó tan pronto como pudo.

–Menudo mamón –le dijo a Raju, que tenía algo que enseñarle: una lámina de plástico de envolver lleno de burbujas de aire que podían reventarse.

Asegurándose de que el cobrador no la viera, se arrodilló y puso el plástico en la calle delante de la rueda. Raju se acuclilló.

–No, así no. La rueda no lo va a pisar –dijo él–. Un poco a la derecha.

Cuando el autobús arrancó, las ruedas pasaron por encima de la lámina y las burbujas estallaron y sobresaltaron a los pasajeros; el cobrador asomó la cabeza por la ventanilla para ver qué había pasado. Los niños echaron a correr.

Empezó a llover de nuevo. Los dos se guarecieron bajo un árbol; empezaron a caer cocos, y un hombre que estaba de pie al lado de ellos con un paraguas dio un respingo, maldijo el árbol y escapó a la carrera. Ella soltó una risita, pero a Raju le dio miedo que les cayera un coco encima.

Cuando paró de llover, Soumya encontró una rama y se puso a rasgar el suelo, dibujando un mapa de la ciudad tal y como se la imaginaba. Aquí estaba Rose Lane. Aquí estaba la calle por la que habían venido, cerca de Rose Lane. Aquí… estaba el Bunder. Y aquí el jardín dentro del Bunder que buscaban.

–¿Entiendes? –le preguntó a Raju, que asintió, animado por el mapa–. Para ir al Bunder tenemos que pasar –dibujó otra flecha– por el hotel grande.

–¿Y después?

–Y después vamos al jardín que está dentro del Bunder.

–¿Y después?

–Buscamos lo que nos pidió papá.

–¿Y después?

Lo cierto era que no tenía idea de si el hotel quedaba de camino al puerto o no; pero la lluvia había ahuyentado a los vehículos de las calles, y el hotel era el único lugar donde por el momento podía mendigar dinero.

–A los turistas tienes que pedirles dinero en inglés –lo provocó a Raju mientras caminaban hacia el hotel–. ¿Sabes qué decir en inglés?

Se detuvieron delante del hotel para mirar una bandada de cuervos que se bañaban en un charco de agua. El sol brillaba en el agua, y el plumaje negro de los cuervos relucía conforme saltaban chispas líquidas de sus cuerpos temblorosos; Raju declaró que nunca había visto nada tan hermoso.

El hombre sin piernas ni brazos estaba sentado delante del hotel; les gritó palabrotas desde enfrente.

–¡Márchense, niños del demonio! ¡Les he dicho que no vengan por aquí!

Ella le respondió:

–¡Vete al infierno, monstruo! ¡Te hemos dicho que no vuelvas!

Estaba sentado en una tabla con ruedas. Cada vez que un coche frenaba en el semáforo delante del hotel, él se impulsaba en su tabla y se acercaba a mendigar de un lado, mientras Soumya mendigaba desde el otro.

Raju, sentado en la acera, bostezaba.

–¿Por qué tenemos que mendigar? Hoy papá trabaja. Lo vi cortando esos cosos.

Separó las piernas y empezó a serruchar un travesaño imaginario.

–Chito.

Dos taxis frenaron cerca del semáforo en rojo. El hombre sin brazos ni piernas se dirigió a toda velocidad hacia el primero; ella corrió al segundo, y metió la mano en la ventanilla abierta. Dentro viajaba un extranjero, que se quedó mirándola con la boca abierta: Soumya vio que sus labios formaban una “O” perfecta.

–¿Conseguiste dinero? –preguntó Raju, cuando ella volvió del coche en el que iba el hombre blanco.

–No. Levántate. –Y lo alzó de un tirón.

Para cuando cruzaron el segundo semáforo, sin embargo, Raju sospechaba algo. Señaló el puño de su hermana.

–El blanco te dio dinero. ¡Tienes dinero!

Soumya se acercó a un rickshaw motorizado aparcado a un lado de la calle.

–Para dónde queda el Bunder.

El conductor bostezó.

–No tengo dinero. Vete.

–No le pido dinero. Le pido que me indique cómo ir al Bunder.

–Ya te lo he dicho, ¡no te voy a dar nada!

Ella lo escupió en la cara. Tomó a Raju de la muñeca y corrieron como locos.

El siguiente conductor de rickshaw al que le preguntaron era un hombre amable.

–Queda muy, muy lejos. ¿Por qué no toman un autobús? El tres-cuatro-tres los lleva. A pie tardarán al menos un par de horas.

–No tenemos dinero, señor.

El hombre les dio una rupia y preguntó:

–¿Dónde están sus padres?

Subieron al autobús y le pagaron al cobrador.

–¿Dónde se bajan? –les gritó este.

–El puerto.

–Este autobús no va al puerto. Tienen que tomar el tres-cuatro-tres. Este es el número…

Se bajaron y empezaron a caminar.

Llegaron cerca del Cruce del Pozo de Agua Fresca. Hallaron al chico que tenía un brazo y una pierna, que trabajaba allí como siempre; daba saltitos de un coche a otro, mendigando antes de que ella pudiera llegar a ellos. Ese día alguien le había dado un rábano, así que el chico mendigaba con un gran rábano blanco en la mano, y golpeaba con él los parabrisas para llamar la atención de los pasajeros.

–¡Ni se les ocurra venir a pedir acá, hijos de perra! –les gritó, amenazándolos con el rábano en alto.

Los dos le sacaron la lengua y gritaron:

–¡Monstruo! ¡Monstruo asqueroso!

Después de una hora, Raju se echó a llorar y se negó a seguir caminando, así que ella rebuscó algo de comida en un cubo de basura. Encontró una caja con dos galletas, y comieron una cada uno.

Caminaron un poco más. Al rato la nariz de Raju empezó a abrirse.

–Desde acá puedo oler el mar.

Ella también podía.

Apretaron el paso. Vieron a un hombre pintando un cartel en inglés a un lado de la calzada; dos gatos peleando en el techo de un Fiat blanco; un carro tirado por un caballo y cargado de leña; un elefante llevando una pila de hojas de nim por la calle; un coche que se había estrellado en un accidente; y un cuervo muerto con las garras rígidas retraídas hacia el pecho y la panza abierta repleta de hormigas negras.

Y entonces llegaron al Bunder.

El sol se ponía en el mar, y cruzaron mercados atestados de gente en busca de un jardín.

–Aquí en el Bunder no hay jardines. Por eso el aire es tan malo –les dijo un vendedor de cacahuetes musulmán–. Les han indicado mal.

Viendo sus caras de decepción, les ofreció un puñado de cacahuetes para picar.

Raju soltó un quejido. Tenía hambre…. ¡al diablo con los cacahuetes! Se los arrojó en la cara al musulmán, que lo llamó demonio.

El insulto puso a Raju tan furioso que abandonó a su hermana y echó a correr, y ella corrió tras él hasta que Raju se detuvo.

–¡Mira! –chilló él, señalando una fila de hombres mutilados con los miembros vendados, que se holgaban delante de un edificio con una cúpula blanca.

Rodearon cuidadosamente a los leprosos. Y luego ella vio a un hombre recostado en un banco, con las manos cruzadas sobre la cara, que respiraba laboriosamente. Soumya se acercó al banco y notó, justo en la orilla del agua, rodeado por un pequeño muro de piedra, un parquecito verde.

Raju estaba callado.

Al llegar al parque oyeron gritos. Un policía le estaba pegando a un hombre de piel muy oscura.

–¿Robaste esos zapatos? ¿Los robaste?

El hombre de piel oscura negó con la cabeza. El policía lo golpeó con más fuerza.

–Hijo de mala madre, tomas drogas y luego robas, y si serás hijo de…

Tres hombres canosos, que se hallaban ocultos ahí cerca entre un arbusto, le hicieron señas a Soumya para que fuesen a esconderse con ellos. Ella y Raju se refugiaron bajo el arbusto y esperaron a que se marchase el policía.

Les susurró a los hombres canosos:

–Soy hija de Ramachandran, el hombre que derrumba las casas de los ricos en Rose Lane.

Ninguno de ellos conocía a su padre.

–¿Qué quieres, niña?

Dijo la palabra, tan exactamente como la recordaba:

–… eoína.

Uno de los hombres, que al parecer era el líder, frunció el ceño.

–Dila de nuevo.

El hombre asintió al oír la extraña palabra por segunda vez. Tras sacar del bolsillo un paquete hecho con papel de periódico, le dio unos golpecitos: cayó un polvo blanco, como tiza desmenuzada. Extrajo un cigarrillo de su otro bolsillo, lo cortó al medio, tiró el tabaco, llenó el papel con el polvo blanco y le retorció las puntas. Alzó el cigarrillo y con la otra mano le hizo señas a Soumya.

–Doce rupias.

–Solo tengo nueve –dijo–. Tendrá que aceptar nueve.

–Diez.

Les dio el dinero; tomó el cigarrillo. Le entró una duda terrible.

–Si me están robando, si me están engañando… Raju y yo volveremos con papá y… les daremos una paliza a todos.

Los tres hombres, acuclillados, echaron a temblar y luego a reír juntos. ¿Qué les pasaba? Soumya agarró a Raju de la muñeca y echaron a correr.

Destellos de la escena inminente pasaron por su cabeza. Le mostraría a papá lo que le había comprado tan lejos. “Cielo”, le diría él, como lo decía antes, y la abrazaría en un rapto de cariño, y ambos se volverían locos de amor el uno por el otro.

Al rato empezó a dolerle el pie izquierdo, y se puso a doblar los dedos y se los quedó mirando. Raju insistía en que lo alzara; y lo justo era justo, pensó ella: hoy el chiquitín se había portado muy bien.

De nuevo empezó a llover. Raju lloraba. Tuvo que amenazar con dejarlo tres veces; en una ocasión lo abandonó de veras y llegó hasta la siguiente calle antes de que él fuese tras ella corriendo, diciendo que lo perseguía un dragón gigante.

Subieron a un autobús.

–Billetes –gritó el conductor, pero ella le guiñó un ojo y dijo:

–Hermano, déjanos viajar gratis, por favor…

La cara del hombre se ablandó, y les permitió quedarse en el fondo.

Cuando llegaron a Rose Lane, era noche cerrada. Vieron las lámparas encendidas en las mansiones. El capataz estaba sentado a la luz de su farol, hablando con uno de los obreros. La casa parecía más pequeña: habían cortado todos los travesaños.

–¿Anduvieron mendigando por el barrio? –les preguntó el capataz al verlos.

–No.

–¡No mientan! ¿Qué estuvieron haciendo todo el día fuera? ¡Mendigando en Rose Lane!

Ella frunció el labio superior en señal de desprecio.

–¿Por qué no pregunta si estuvimos mendigando antes de acusarnos?

El capataz los miró furioso, pero guardó silencio, derrotado por la lógica de la niña.

Raju se adelantó a la carrera, llamando a gritos a su madre. La encontraron dormida, sola, envuelta en un sari humedecido por la lluvia. Raju corrió hasta donde estaba tumbada, se arrojó de cabeza contra uno de sus flancos y, como un gatito, empezó a frotarse contra su cuerpo en busca de calor; la mujer dormida gimió y se volvió hacia el otro lado. Uno de sus brazos apartó a Raju a manotazos.

–Amma –dijo él, sacudiéndola–. ¡Amma! ¡Tengo hambre! ¡Soumya no me dio nada de comer en todo el día! Me hizo caminar y caminar y tomar un autobús y otro, ¡y sin comer! Un blanco le dio cien rupias pero ella no me dio nada de comer ni de beber.

–¡No mientas! –protestó Soumya–. ¿Y las galletas?

Pero él seguía sacudiendo a su madre.

–¡Amma! ¡Soumya no me dio nada de comer ni de beber en todo el día!

Los niños empezaron a luchar. Luego una mano le dio un golpecito a Soumya en el hombro.

–Cielo.

Al ver a su padre, Raju rompió a lloriquear; volvió corriendo al lado de su madre. Soumya y su padre se fueron aparte.

–¿Tienes lo que te encargué, cielo? ¿Lo tienes?

La niña tomó aire.

–Toma –dijo, y le puso el papel en la mano. Él se lo llevó a la nariz, aspiró y luego se lo puso debajo de la camisa: ella vio cómo su mano pasaba por entre su sarong hasta la ingle. Sacó la mano. Sabía lo que venía a continuación: la caricia.

Él le tomó la mano; sus dedos le marcaron la carne.

–¿Y qué hay de las cien rupias que te dio ese blanco? Oí lo que decía Raju.

–Nadie me dio cien rupias, papá, te lo juro. Raju miente, te lo juro.

–No mientas. ¿Dónde están?

Él alzó la mano. Ella empezó a gritar.

Cuando fue a sentarse al lado de su madre, Raju seguía quejándose de que no había comido nada en todo el día y que lo habían obligado a caminar de aquí para allá y luego a otro lugar y después de vuelta aquí. Al ver las marcas rojas en la cara y el cuello de su hermana hizo silencio. Ella se desplomó en el suelo y se durmió.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

*The story is taken from the book Between the Assassinations by Arvind Adiga. Picador India, 2008.

Savitski, el jefe de la Sexta División, se levantó al verme; quedé sorprendido ante la belleza de su gigantesco cuerpo. Se levantó, y con la púrpura de sus pantalones de montar, con su gorra carmesí ladeada, con las condecoraciones que le colgaban del pecho, cortó la isba por la mitad como corta un estandarte el cielo. Olía a perfume y a fresco y empalagoso jabón. Sus largas piernas parecían muchachas embutidas hasta los hombros en relucientes botas de montar.

Me sonrió, golpeó la mesa con la fusta y echó mano a la orden que acababa de dictar el jefe del estado mayor. Era una disposición dirigida a Iván Chesnokov para que avanzara en dirección Chugunov-Dobrivodka con el regimiento que tenía a su mando, y para que, al entrar en contacto con el enemigo, lo aniquilara…

… El cual aniquilamiento —empezó a escribir el jefe de la división embadurnando toda la hoja— confío a la responsabilidad del nombrado Chesnokov, responsabilidad sometida a las más extremas medidas que le aplicaría en el acto, circunstancia que vos, camarada Chesnokov, no podéis poner en duda, pues no es el primer mes que trabajáis conmigo aquí en el frente…

El jefe de la Sexta División firmó y rubricó la orden, la arrojó al ordenanza y volvió hacia mí sus ojos grises en los que burbujeaba cierto regocijo.

Le entregué el documento que acreditaba mi destino al estado mayor de la división.

—¡Cúmplase la orden! —dijo el jefe de la división—. Cúmplase la orden e inscríbasele en la lista de todos los placeres excepción hecha de los de abajo. ¿Sabes leer y escribir?

—Sí, sé leer y escribir —respondí envidiando aquella juventud férrea y florida—. Estudio jurisprudencia en la universidad de Petersburgo…

—Eres un niño bonito —exclamó riéndose—, con tus gafitas en la nariz. ¡Qué desmedrado! os envían sin encomendarse a Dios ni al diablo, y aquí os degüellan con lentes y todo. ¿Te quedas, pues, con nosotros?

—Me quedo —respondí, y me fui a la aldea con el furriel en busca de alojamiento.

El furriel llevaba a la espalda mi baulito. La calle del pueblo se extendía ante nosotros, redondeada y amarilla como una calabaza, mientras el moribundo sol exhalaba hacia el cielo su rosado hálito.

Nos acercamos a una casa de adornadas vigas. El furriel se detuvo, y de pronto, sonriendo con aire culpable, dijo:

—Tenemos aquí un buen hueso con lo de las gafas, y no hay forma de arreglarlo. A un hombre de todas prendas le sacan aquí de quicio. Pero deshonre usted a una dama, a la dama más pura, y verá cómo le aprecian los soldados…

Titubeó un poco con mi baúl sobre los hombros, se aproximó hasta casi tocarme, luego retrocedió desalentado y se dirigió rápidamente a la primera casa. Había unos cosacos sentados sobre el heno afeitándose unos a otros.

—Bueno, soldados —dijo el furriel dejando mi baúl en el suelo—. De acuerdo con las órdenes del camarada Savitski, tenéis la obligación de admitir a este hombre en vuestro alojamiento, sin hacer tonterías, pues se trata de alguien que ha pasado lo suyo en su oficio de estudiar…

El furriel se puso colorado y partió sin volver la cabeza. Apliqué la mano a la visera de la gorra y saludé a los cosacos. Un joven de lacios cabellos, con el hermoso rostro de los naturales de Riazán, se acercó a mi baúl y lo arrojó por la puerta hacia fuera. Luego volvió hacia mí sus posaderas y con gran habilidad empezó a emitir unos oprobiosos ruidos.

—Cañón número dos cero —le gritó el cosaco de mayor edad echándose a reír—, fuego rápido…

El joven agotó su poco complicado arte y se marchó. Entonces, arrastrándome por el suelo, empecé a recoger los manuscritos y las agujereadas prendas que se habían salido del baúl. Lo reuní todo y me lo llevé al otro extremo del patio. Junto a la casa, colocado sobre unos ladrillos, había un caldero en el que se cocía carne de cerdo. La vasija humeaba como humea en la lejanía la casa paterna en medio del pueblo, y enmarañaba mi hambre con una soledad sin parangón. Cubrí de heno mi destrozado baúl convirtiéndolo en almohada y me tendí en el suelo para leer en Pravda el discurso de Lenin al Segundo Congreso del Komintern. El sol caía sobre mí por entre las dentadas cimas de las colinas, los cosacos pisaban mis piernas al pasar y el joven se burlaba de mí incansablemente. Mis líneas predilectas venían por un camino de abrojos y no podían llegar hasta mí. Entonces dejé a un lado el periódico y me acerqué a la patrona, que estaba secando hilazas en el porche.

—Patrona —dije—, necesito comer…

La vieja levantó hasta mí sus ojos ciegos, de difuminado blanco, y volvió a bajarlos de nuevo.

—Camarada —repuso después de un silencio—, estas cosas me dan ganas de ahorcarme.

—A Dios Nuestro Señor voy a colgar, madre —murmuré entonces con disgusto, y empujé a la vieja poniéndole el puño en el pecho—. Cómo voy a meteros en la cabeza…

Y al volverme vi un sable abandonado en el suelo no lejos de allí. Un ganso de aire severo vagaba por el patio y se limpiaba imperturbablemente las plumas. Lo alcancé y lo aplasté contra el suelo. La cabeza del ganso crujió bajo mi bota; crujió y empezó a sangrar. El blanco cuello quedó extendido sobre el estiércol y las alas se juntaron por encima del ave muerta.

—¡Ahorcaré a Dios Nuestro Señor, madre! —exclamé atacando al ganso con el sable—. Cuécemelo, patrona.

La vieja, echando destellos por sus ojos cegatos y por sus lentes, recogió el ganso, lo envolvió en el delantal y se lo llevó a la cocina.

—Camarada —dijo después de una pausa—, siento deseos de ahorcarme. —Y cerró tras sí la puerta.

En el patio, los cosacos se habían sentado alrededor de su caldero. Estaban inmóviles, tiesos como viejos magos, sin mirar al ganso.

—Este chico nos conviene —dijo uno de ellos refiriéndose a mí. Guiñó y sacó una cucharada de sopa de coles.

Los cosacos empezaron a cenar con la reservada elegancia de los mujiks que se respetan mutuamente. Yo limpié el sable con arena, salí al portal y volví a entrar consumido de impaciencia. La luna pendía sobre el patio como un arete barato.

—Hermano —me dijo de pronto Surovkov, el mayor de los cosacos—, siéntate a comer con nosotros mientras tu ganso se cuece…

Sacó de la bota una cuchara de recambio y me la entregó. Nos tragamos aquella sopa de col y nos comimos la carne.

—¿Y qué dicen los periódicos? —preguntó el joven de los cabellos lináceos haciéndome sitio.

—Lenin escribe en el periódico —dije sacando Pravda—. Lenin escribe que nos falta de todo…

Y con voz fuerte, cual sordo triunfante, leí a los cosacos el discurso de Lenin.

La tarde me envolvió en la vivificante humedad de sus sábanas crepusculares. La tarde aplicó su mano maternal a mi ardorosa frente.

Leía y me entusiasmaba, pero en medio de mi entusiasmo seguía con atención la misteriosa curva de la recta leninista.

—La Verdad cosquillea las narices de cualquiera —dijo Surovkov cuando hube terminado—, mas es difícil sacarla del montón, mientras que él la pilla al instante, como la gallina el grano.

Esto dijo de Lenin, Surovkov, jefe de destacamento en el escuadrón del estado mayor. Luego nos fuimos a dormir al henil. Dormimos allí los seis, dándonos calor unos a otros, con las piernas entrelazadas bajo aquel techo agujereado que dejaba pasar las estrellas.

Soñé, y vi mujeres en mi sueño, pero mi corazón, manchado por el asesinato, crujía y sangraba.


*Este cuento fue publicado en Caballeria roja y otras obras, RBA Libros, 2011.

6 de Agosto 1983

25 DE ABRIL DE 1982, DOWNING STREET:

Anuncio de la recuperación de Georgia del Sur, en las Islas Falkland.

Sra. Thatcher: Damas y caballeros, el ministro de Defensa acaba de comunicarme una magnífica noticia…

Ministro: Hemos recibido el mensaje de que las tropas británicas han desembarcado en Georgia del Sur esta tarde, poco después de las cuatro, hora de Londres… El comandante de la operación ha enviado el siguiente mensaje: «Me complace informar a Su Majestad de que el Pabellón Blanco ondea junto a la Union Jack en Georgia del Sur. Dios salve a la Reina».

Sra. Thatcher: Alegrémonos de esa noticia y felicitemos a nuestras fuerzas armadas y a nuestros infantes de marina. Buenas noches, caballeros.

La señora Thatcher se vuelve hacia la puerta del nº 10 de Downing Street.

Periodista: ¿Vamos a declarar la guerra a Argentina, señora Thatcher?

Sra. Thatcher (deteniéndose en el escalón de la entrada): Alegrémonos.

Imagina primero la calle en la que ella exhaló su último aliento. Es una calle tranquila, sosegada, sombreada por viejos árboles: una calle de casas altas, las fachadas lisas como glaseado blanco, la mampostería del color de la miel. Algunas son georgianas, de fachadas planas. Otras son victorianas, con miradores relucientes. Son demasiado grandes para viviendas modernas y muchas se han dividido en pisos. Pero eso no elimina la elegancia de la proporción ni merma el intenso lustre de las puertas principales de paneles, guarnecidas de latón y pintadas de azul marino o verde bosque. El único inconveniente del vecindario es que hay más coches que espacio donde ponerlos. Los residentes los aparcan pegados unos a otros, con los permisos a la vista. Los que tienen caminos de acceso para coches se ven a menudo bloqueados en ellos. Pero son vecinos pacientes, orgullosos de su hermosa calle y dispuestos a sufrir por vivir en ella. Si alzas la vista, ves un frágil montante georgiano, o una cálida extensión de tejas de terracota, o un brillo de cristal coloreado. En primavera, los cerezos sueltan sus exóticos volantes de flores. Cuando el viento desprende los pétalos, remolinean en rosadas derivas y alfombran las aceras, como si unos gigantes hubiesen celebrado en la calle una boda. En verano, flota música que sale de las ventanas abiertas: Vivaldi, Mozart, Bach.

La calle en sí describe una curva suave, uniéndose a la vía principal cuando abandona la ciudad. La iglesia de Holy Trinity, insularizada, tiene colgadas banderas de guarnición. Mirando la ciudad desde la ventana de un piso alto (como hice yo el día del asesinato) sientes la presencia próxima de la fortaleza y el castillo. Miras a tu izquierda, y surge amenazadora imponiéndose sobre los cristales la Torre Redonda. Pero los días de aguanieve y nubes a la deriva la torre se achica, como el dibujo de un aficionado medio borrado. Sus líneas se suavizan, sus bordes se difuminan; se encoge en el frío crudo del río, parece más una montaña con un velo de niebla que un castillo construido para reyes.

Las casas a la derecha de Trinity Place (es decir, la derecha si miras hacia fuera de la ciudad) tienen jardines grandes, compartido ya por tres o cuatro vecinos cada uno de ellos. A principios de la década de 1980, Inglaterra no había sucumbido al olor a quemado. El tufo carbonizado de la barbacoa de fin de semana era desconocido, salvo en los «palacios de ginebra», los restaurantes de la ribera de Maidenhead y Bray. Nuestros jardines, aunque inmaculadamente conservados, veían pocas pisadas; no había niños en la calle, sólo parejas jóvenes que aún no habían engendrado y parejas mayores que podrían, como mucho, abrir una puerta para dejar que una fiesta vespertina se derramase en la terraza. El césped se asaba descuidado a lo largo de las tardes de calor, y en la tierra desmigajada de las urnas de piedra dormitaban enroscados los gatos. En otoño, compostaban en los patios montones de hojas que eran paleadas por los irritados propietarios de las plantas bajas. Las lluvias invernales empapaban los matorrales, sin que nadie lo viera.

Pero en el verano de 1983 este elegante rincón, por el que pasan de largo compradores y turistas, se había convertido en foco de interés nacional. Detrás de los jardines de los números 20 y 21 hay un hospital privado, un edificio pálido y gracioso que hace esquina. Tres días antes del asesinato, la primera ministra ingresó en ese hospital para una operación menor de la vista. La zona había quedado dislocada. Desde entonces. Los desconocidos daban empujones a los residentes, periodistas y equipos de televisión bloqueaban la calle y aparcaban sin permiso en los caminos de acceso de vehículos. Les veías subir y bajar por Spinner Walk’s arrastrando cables y focos, la mirada fija en las puertas del hospital de la carretera Clarence, las correas de las cámaras al cuello. Coagulaban cada pocos minutos en una masa de gruesas guerreras, como para asegurarse mutuamente de que no ocurría nada, pero de que podría ocurrir más tarde. Esperaban, y mientras esperaban sorbían zumo de naranja de envases de cartón y cerveza de latas; comían, derramándose migas por el pecho, tirando las bolsas de papel sucias en los parterres de flores. La panadera de la carretera St. Leonard se quedaba sin panecillos de queso a las diez de la mañana y sin todo lo demás al mediodía. Los windsorianos se agrupan en Trinity Place, bolsas de compras apoyadas en los muretes bajos. Especulamos sobre por qué se nos habría otorgado aquel honor, y sobre cuándo podría irse ella.

Windsor no es lo que piensas. Tiene su intelectualidad. Una vez que bajas del castillo hasta el final de la calle Peascod, no todos son aduladores monárquicos; y si cruzas la intersección hasta la carretera St. Leonard puedes olfatear republicanos secretos. De todos modos, era un triste consuelo en las elecciones para los socialistas locales, y la gente murmuraba que eran votos desperdiciados; tenían que mostrar la fuerza de sus sentimientos con una votación táctica, y la de su espíritu asistiendo a acontecimientos extravagantes en el centro artístico. Instalado en el parque de bomberos recientemente remodelado, era un lugar donde poetas autopublicados encontraban una plataforma, y se dispensaba vino blanco agrio de envases de cartón; los sábados por la mañana había clases de autoafirmación, yoga y enmarcado.

Pero cuando vino la señora Thatcher, los disidentes salieron a las calles. Se reunieron en grupos, inspeccionando a la prensa y girando los hombros hacia las puertas del hospital, donde una hilera de valiosas zonas de aparcamiento estaban marcadas y reservadas: SÓLO DOCTORES.

Una mujer dijo:

—Yo tengo un doctorado, y me siento a menudo tentada de aparcar ahí.

Era temprano y su barra aún estaba caliente de la panadería; la apretaba contra ella como si fuera un perrito. Añadió:

—Hay algunos comentarios fuertes circulando por ahí.

—El mío es una daga y vuela directamente hacia el corazón de él — dije yo.

—Tu sentimiento — dijo ella admirativamente— es el más fuerte que he oído.

—Bueno, tengo que volver a casa. Espero al señor Duggan para que arregle la caldera.

—¿Un sábado? ¿Duggan? Te hace un gran honor. Más vale que corras. Si no estás, te cobrará la espera. Es un tiburón ese hombre. Pero ¿qué vas a hacer?

Buscó un boli en el fondo del bolso.

—Te daré mi número. — Lo escribió en mi brazo desnudo, pues ninguna de las dos tenía papel—. Llámame. ¿Vas alguna vez al centro artístico? Podemos vernos allí y tomar un vaso de vino.

Cuando estaba metiendo el agua Perrier en la nevera sonó el timbre de la puerta. Había estado pensando: ahora no lo sabemos, pero recordaremos luego con cariño los días que la señora Thatcher estuvo aquí; nuevas amistades hechas en la calle, chismorreo sobre fontaneros que tenemos en común. El interfono emitía su crepitar habitual, como si alguien hubiese prendido fuego a la línea.

—Suba, señor Duggan — dije. Convenía ser respetuosa con él.

Yo vivía en la tercera planta, las escaleras eran empinadas, y Duggan, voluminoso y pesado. Así que me sorprendió que llamara a la puerta del piso tan rápido.

—Hola — dije—. ¿Ha conseguido aparcar la furgoneta?

En el descansillo (o más bien en el último escalón, pues yo estaba sola allí arriba) había un hombre de cazadora barata acolchada. Mi idea inocente fue: es el hijo de Duggan.

—¿La caldera? — dije.

—Sí — dijo él.

Entró con su bolsa de calderero. Estábamos nariz con nariz en un recibidor tamaño caja. Su cazadora, más que adecuada para el verano inglés, ocupaba el espacio que había entre nosotros. Me eché hacia atrás.

—¿Qué le pasa? — dijo.

—Gruñe y golpetea. Ya sé que estamos en agosto, pero…

—No, hace bien, hace bien, nunca se puede fiar uno del tiempo. ¿Se calientan los radiadores?

—A trozos.

—Aire en el sistema — dijo él—. Lo purgaré mientras espero. Podría hacerlo. Si tiene usted una llave. Entonces me asaltó una sospecha. «Espero», decía. ¿Espera qué?

—¿Es usted fotógrafo?

No contestó. Estaba tanteándose, buscando en los bolsillos, fruncía el ceño.

—Yo esperaba al fontanero. No debería haber entrado así.

—Usted me ha abierto la puerta.

—No a usted. De todos modos no sé por qué se ha molestado. No puede ver las puertas delanteras desde este lado. Tiene que salir de aquí — dije con acritud— y girar a la izquierda.

—Dicen que va a salir por la parte de atrás. Y queda muy a tiro desde aquí.

En mi dormitorio había una vista perfecta del jardín del hospital; cualquiera que diese un rodeo a la casa podía suponerlo.

—¿Para quién trabaja? — le pregunté.

—No necesita usted saberlo.

—Quizá no, pero sería correcto que me lo dijera.

Cuando retrocedí y entré en la cocina, me siguió. La habitación estaba inundada de sol y entonces lo vi claramente: un hombre corpulento, treinta y tantos, desastrado, con una cara redondeada y amistosa y pelo revuelto. Dejó la bolsa en la mesa y se quitó la cazadora. Su tamaño disminuyó a la mitad.

—Digamos que trabajo por mi cuenta.

—Aun así — dije—, yo debería recibir algo por el uso de mi piso. Es lo justo.

—No se podría poner un precio a esto — dijo él.

Era, por el acento, de Liverpool. Nada que ver con Duggan ni con el hijo de Duggan. Pero no había hablado hasta que estaba en la puerta del piso, así que ¿cómo iba a saberlo yo? Podría haber sido un fontanero, me dije. No había sido tan tonta, en realidad; de momento, lo único que me preocupaba era no perderme el respeto a mí misma. Antes de dejar entrar a un desconocido, aconseja la gente, pídele que se identifique. Pero imagina el follón que habría armado Duggan si yo hubiese hecho esperar a su chico en las escaleras, impidiéndole llegar a la caldera siguiente de su lista y mermando sus posibilidades de saqueo.

La ventana de la cocina daba a Trinity Place, que era un hervidero de gente en aquel momento. Si estiraba el cuello podía ver nueva presencia policial a mi izquierda, que subía de los jardines privados de Clarence Crescent.

—¿Quiere uno de éstos? — El visitante había encontrado sus cigarrillos.

—No. Y preferiría que no fumara.

—Está bien.

Se guardó la cajetilla en el bolsillo y sacó un pañuelo hecho una bola. Retrocedió de la alta ventana limpiándose la cara; cara y pañuelo estaban ambos arrugados y grises. No era claramente algo a lo que estuviese acostumbrado, colarse en casas particulares.

Me sentía más enojada conmigo misma que con él. Tenía que ganarse la vida, y quizá no pudieses culparle por colarse si una tonta le abría la puerta.

—¿Cuánto tiempo se propone estar aquí? — dije.

—La esperan dentro de una hora.

—Está bien. — Eso explicaba el aumento del ruido y el zumbido de la calle—. ¿Cómo lo sabe?

—Tenemos una chica dentro. Una enfermera.

Le entregué dos hojas del papel de cocina.

—Gracias. — Se secó la frente—. Ella va a salir y los médicos y las enfermeras se pondrán en fila para que pueda darles las gracias. Recorrerá la fila con su gracias-gracias y su adiós-adiós, luego dará vuelta a la esquina, entrará en una limusina y se irá. Bueno, ésa es la idea. No sé el momento exacto. Así que pensé que si estaba aquí pronto, podría instalarme, comprobar los ángulos.

—¿Cuánto conseguirá si todo sale bien?

—Perpetua sin condicional — dijo él. Me eché a reír.

—No es ningún crimen.

—Eso pienso yo.

—Hay bastante distancia — dije—. Quiero decir, ya sé que tienen lentes especiales, y es el único que está aquí arriba, pero ¿no prefiere tirarla de cerca?

—No — dijo él—. Mientras haya una vista despejada, la distancia no importa.

Arrugó el papel de cocina y buscó con la mirada el cubo de basura. Le cogí el papel, él gruñó, luego se aplicó a abrir la bolsa, una bolsa de lona para todo que yo suponía que sería tan adecuada para un fotógrafo como para cualquier trabajador manual. Pero fue sacando una a una piezas de metal que, incluso en mi ignorancia, comprendí que no formaban parte del equipo de un fotógrafo. Empezó a montarlas; tenía unas yemas de los dedos delicadas. Cantaba mientras trabajaba, casi entre dientes, una cancioncilla de las gradas de los campos de fútbol.

Eres de Liverpool, un liverpuliano cochino, tu papá anda robando, tu mamá traficando, sólo eres feliz cuando los del paro te mandan el giro. A nuestros tapacubos, por favor, no les eches mano.

—Tres millones de parados — dijo—. Casi todos viven en nuestra zona. Aquí no sería un problema, ¿verdad?

—Oh, no. Hay muchas tiendas de regalos para dar trabajo a todo el mundo. ¿No ha ido hasta la calle High?

Pensé en las masas de turistas echándose unos a otros de la acera, peleándose por las bobadas de recuerdo y los nerviosos Beefeaters. Podría haber sido otro país. No llegaban voces de abajo, de la calle.

Nuestro hombre tarareaba, ensimismado. Me pregunté si su canción tendría una segunda estrofa. Limpiaba las piezas que iba sacando de la bolsa con un paño que estaba más limpio que su pañuelo, manejándolas con delicado respeto, como haría un monaguillo que limpiase los cálices para la misa.

Cuando el mecanismo estuvo montado lo alzó para que yo lo inspeccionara.

—Material plegable ––dijo—. Qué maravilla, ¿eh?¿Cabe en un paquete de copos de maíz. Lo llaman el haceviudas. Aunque no en este caso. Pobre Denis, ¿verdad? A partir de ahora, tendrá que hervirse él los huevos.

Parece, retrospectivamente, como si hubiera por delante horas, mientras estábamos los dos sentados en el dormitorio, él en una silla plegable cerca de la ventana de guillotina, su vaso de té acunado en las manos, el arma a los pies; yo sentada en el borde de la cama, sobre la que había echado rápidamente el edredón para adecentarla. Él había traído su cazadora de la cocina; quizá los bolsillos estuviesen llenos de cosas esenciales de asesino. Cuando la echó en la cama, resbaló en ella y cayó al suelo. Intenté cogerla y mi palma resbaló en el nailon; parecía tener vida propia, como un reptil. La eché en la cama a mi lado y la cogí por el cuello. Él miraba con indulgente aprobación.

Seguía mirando su reloj, aunque decía que no tenía ninguna hora fija. Frotó una vez la esfera con la palma, como si pudiera estar brumosa y ocultase debajo una hora diferente. Comprobaba, con el rabillo del ojo, que yo seguía donde debía estar, con las manos a la vista: prefería, como explicó, que lo estuvieran. Luego fijaba la mirada abajo en los pradillos de césped, en las verjas traseras. Echaba la silla hacia delante sobre las patas delanteras, como si pretendiera estar así más cerca de su objetivo.

—Lo que no soporto es la falsa feminidad — dije—, el que falsee la voz. Y cómo se ufana de su papá el tendero y lo que le enseñó, aunque es evidente que si pudiese lo cambiaría todo para nacer de gente rica. Y cómo ama a los ricos, cómo los adora. Su filisteísmo, su ignorancia y esa forma que tiene de recrearse en ella. Su falta de compasión. ¿Por qué necesita operarse de la vista? ¿Porque no puede llorar? Cuando sonó el teléfono dimos los dos un salto. Yo interrumpí lo que estaba diciendo.

—Conteste — dijo él—. Será para mí.

Me resultaba difícil imaginar la atareada red de actividad que había tras los planes del día.

«Un momento», le había dicho después de preguntarle «¿té o café?» mientras encendía el hervidor.

—¿Sabía que yo estaba esperando al calderero?

Estoy segura de que no tardará en venir.

—¿Duggan? — dijo él—. No.

—¿Conoce a Duggan?

—Sé que no vendrá.

—¿Qué le han hecho?

—Vamos, por amor de Dios — replicó—. ¿Por qué íbamos a hacerle algo? No hay necesidad. Recibió el aviso. Tenemos camaradas en todas partes.

Camaradas. Una palabra agradable. Casi arcaica. «Santo cielo — pensé—: Duggan, un hombre del IRA.» Aunque mi visitante no hubiese indicado su filiación, yo me lo había dicho ya a voz en grito mentalmente. La palabra, las iniciales, no me causaban la conmoción ni  el desasosiego que os causarían a vosotros, tal vez. Le dije esto mientras iba a la nevera a por leche y esperaba a que hirviese el agua:

—Le impediría hacerlo si pudiese, pero sería sólo porque me da miedo por mí misma y por lo que va a pasarme a mí después de que lo haya hecho; lo cual, por cierto, ¿qué será? No soy amiga de esa mujer, aunque no creo — me sentí obligada a añadir— que la violencia resuelva nada. Pero no le traicionaría, porque…

—Sí — dijo él—. Todo el mundo tiene una abuela irlandesa. Eso no garantiza absolutamente nada. Estoy aquí por la situación de su piso. Me tienen sin cuidado sus afinidades. No se acerque a la ventana delantera y no toque el teléfono, o le doy un golpe que la mato. Me tienen sin cuidado las canciones que le cantaban sus condenados tíos abuelos los sábados por la noche.

Asentí. No era más que lo que yo misma había pensado. Era sentimiento sin ninguna sustancia.

El joven cantor a la guerra se va,

en las filas de los muertos lo encontrarás.

A la cintura lleva la espada de su padre,

y colgada a la espalda un arpa indomable.

Mis tíos abuelos (él tenía razón respecto a ellos) no habrían reconocido un arpa indomable aunque hubiese aparecido de pronto y les hubiese mordido en el trasero. El patriotismo sólo era una excusa para lo que ellos llamaban coger una buena, mientras sus mujeres tomaban té con pastas de jengibre y luego rezaban el rosario en la trascocina. Todo el asunto era una excusa: porque estamos oprimidos. Porque nos encontramos aquí sentados estando oprimidos, mientras gente de otras tribus prospera por sus propios impíos esfuerzos y se compra trajes de tres piezas.

Mientras nosotros estamos paralizados aquí dándole al la-la-la vieja Irlanda (porque a esta distancia en el tiempo se nos escapan las palabras), nuestros vecinos van resolviendo sus disputas, perdiendo sus orígenes y avanzando hacia formas más modernas no sectarias de estigma, expresadas en canciones modernas: eres liverpuliano, un cochino liverpuliano. Yo no lo soy, personalmente. Pero el norte es todo igual para los sureños. En Berkshire y en los Home Counties, todas las causas son la misma, todas las ideas por las que una persona podría querer morir: son molestias, una ruptura de la paz, y es probable que interrumpan el tráfico o hagan retrasarse los trenes.

—Parece que sabe sobre mí — dije. Mi tono parecía resentido.

—Todo lo que necesita saber cualquiera. Es decir, no que sea usted nada especial. Puede ser una ayuda si quiere, y si no quiere, nosotros podemos obrar en consecuencia.

Hablaba como si tuviese compañeros. Era un solo hombre. Aunque corpulento, incluso sin la cazadora. Supongamos que yo hubiese sido una conservadora de pura cepa, o una de esas almas devotas incapaces de aplastar un mosquito: no habría intentado de todos modos hacer ninguna trampa. Dada la situación, él contaba con que yo fuese dócil, o quizá confiase en mí hasta cierto punto, pese a su actitud burlona. De todos modos, me dejó seguirle al dormitorio con mi vaso de té. Él llevaba el suyo en la mano izquierda y el arma en la derecha. Dejó las esposas y el rollo de cinta adhesiva en la mesa de la cocina, donde los había dejado al sacarlos de la bolsa.

Y ahora me permite coger la extensión del teléfono de la mesita de noche y dárselo. Oí una voz de mujer joven, tímida y lejana. No parecía que estuviese en el hospital de la esquina. «¿Brendan?», dijo. Supuse que no era su verdadero nombre.

Posó el receptor tan fuerte que repiqueteó.

—Una puñetera demora. Serán unos veinte minutos, me dice. O treinta, podrían ser incluso treinta. — Dejó escapar el aliento como si hubiese estado reteniéndolo desde que había subido por las escaleras—. Qué putada. ¿Dónde está el retrete?

Puedes sorprender a una persona con «afinidades», pensé, y luego decir «¿Dónde está el retrete?». No es una expresión de Windsor. Tampoco había mucha duda en realidad. El piso era tan pequeño que su distribución era obvia. Se llevó el arma con él. Le oí orinar. Abrir un grifo. Chapotear. Salir, subiéndose la cremallera. Tenía la cara roja donde había aplicado la toalla. Se sentó con firmeza en la silla plegable. Se oyó un gemido del frágil entramado de caña.

—Tiene un número escrito en el brazo.

—Sí.

—¿Un número de qué?

—De una mujer.

Me humedecí el índice con la lengua y lo pasé por la tinta.

—Así no lo borrará. Tiene que usar jabón y frotar bien.

—Muy amable por tomarse tanto interés.

—¿Lo ha anotado ya? ¿Ese número?

—No.

—¿No lo quiere?

«Sólo si tengo un futuro», pensé. Me planteé cuándo sería adecuado preguntar.

—Prepare otro brebaje. Y póngale azúcar esta vez.

—Ah — dije; me avergonzó aquel fallo como anfitriona—.

No sabía que tomase azúcar. Puede que no tenga blanca.

—La burguesa, ¿eh?

Me enfadé.

—El orgullo no le impide disparar desde mi ventana de guillotina burguesa, ¿verdad?

Se echó hacia delante, la mano buscando el arma. No era para dispararme a mí, pero mi corazón saltó. Miraba furioso hacia abajo, hacia los jardines, tan tenso como si fuese a atravesar el cristal con la cabeza. Emitió un pequeño gruñido insatisfecho y volvió a aposentarse en la silla.

—Un puñetero gato en la verja.

—Tengo azúcar moreno — dije—. Supongo que sabrá igual una vez revuelto.

—No habrá pensado ponerse a gritar por la ventana de la cocina, ¿verdad? — preguntó él—. O intentar lanzarse escaleras abajo.

—¿Qué? ¿Después de todo lo que he dicho?

—¿Cree que está de mi lado? — Sudaba otra vez—. No sabe cuál es mi lado. Créame, no tiene ni idea.

Entonces se me pasó por la cabeza que tal vez no fuese un «provisional», sino de uno de los grupos locos escindidos de los que se hablaba. Yo no estaba en posición de poder pararme en nimiedades, al final el resultado sería el mismo. Pero dije:

—¿Burguesía? ¿Qué clase de expresión de politécnico es ésa?

Estaba insultándole, y me proponía hacerlo. Para aquellos de tierna edad debería explicar que los politécnicos eran institutos de educación superior para los jóvenes que se perdían el acceso a la universidad: para aquellos que eran lo suficientemente brillantes para decir «afinidades», pero aun así llevaban cazadoras baratas de nailon.

Frunció el ceño.

—Haga el té.

—Creo que no debería burlarse de mis tíos abuelos por ser irlandeses de pega; si habla en tópicos, qué puede esperar.

—Era una especie de chiste — dijo.

—Ah, vaya. ¿De veras? — me quedé sorprendida—. No parecía que tuviese mucho más sentido del humor que ella.

Señalé con un cabeceo los jardines del otro lado de la ventana, donde la primera ministra iba a morir en breve.

—Yo no la culpo de no reírse — dijo—. No la culparé por eso.

—Pues debería hacerlo. Es lo que le impide darse cuenta de lo ridícula que es.

—Yo no diría que es ridícula — dijo él, testarudo—. Cruel y malvada, sí, pero ridícula no. ¿Puede dar risa eso?

—Todos los humanos se ríen. Todas las cosas humanas dan risa — dije.

—Jesús lloró — repuso él después de pensárselo un poco.

Esbozó una sonrisa burlona. Sonrió. Vi que se había relajado al saber que, debido al puñetero retraso, aún no tendría que asesinar.

—La verdad es que tal vez ella se riese de nosotros si nos viera ahora. Piense que probablemente se reiría si estuviese aquí — dije—. Se reiría porque nos desprecia. Mire su anorak. Ella desprecia su anorak. Mire mi pelo. Ella desprecia mi pelo.

Alzó la vista. No me había mirado antes, no para verme; yo sólo era la que hacía el té.

—Cuelga así, sin más — expliqué—, en vez de ondularse. Y debería llevarlo lavado y arreglado. Debería ir en rulos graduados, ella sabe lo que significa ese tipo de peinado. Y no me gustan sus andares. «A pasitos», ha dicho antes. «Daría la vuelta a pasitos.» Lo ha dicho bien, ¿sabe?

—¿De qué cree usted que va esto? — me preguntó.

—Irlanda.

Asintió.

—Y quiero que lo entienda. No voy a dispararle porque no le guste la ópera. O porque a usted no le gusten…, ¿cómo demonios los ha llamado?…, sus accesorios.

No se trata de su bolso. No se trata de su peinado. Es por Irlanda. Sólo Irlanda, ¿entiende?

—Oh, no sé — dije—. Me parece que también usted es un poco falso. No está más cerca de la madre patria que yo. Sus tíos abuelos podían conocer tal vez la música pero no la letra. Así que podría necesitar razones de apoyo. Adjuntos.

—A mí me educaron en una tradición — dijo—. Y mire, nos trae aquí.

Miró alrededor como si no lo creyese: el acto decisivo de una vida de entrega, dentro de diez minutos, de espaldas a un armario ropero de conglomerado embellecido con contrachapado blanco; una mampara de papel plegado, una cama sin hacer, una desconocida y el último té sin azúcar.

—Pienso en esos muchachos en huelga de hambre — dijo—, el primero de ellos muerto casi dos años después del día que ella fue elegida por primera vez. ¿Lo sabía usted? Tuvieron que pasar sesenta y seis días para que Bobby muriera. Y otros nueve muchachos después de él. Dicen que cuando llevas cuarenta y cinco días sin comer te sientes mejor. Ya no te dan arcadas y puedes beber agua de nuevo. Pero ésa es tu última oportunidad, porque a los cincuenta días apenas puedes ver ni oír. Tu cuerpo se digiere a sí mismo. Se come a sí mismo desesperado. ¿Se extraña de que ella no sea capaz de reír? No veo nada de lo que reírse.

—¿Qué puedo decir? — le pregunté—. Estoy de acuerdo con todo lo que ha dicho.

Vaya y haga usted el té y yo me quedaré aquí sentada con el arma.

Pareció considerarlo por un momento.

—No acertaría usted. No tiene ningún entrenamiento.

—¿Cómo se entrenó usted?

—Blancos.

—No es como una persona viva. Podría dar a las enfermeras. A los médicos.

—Podría, desde luego.

Oí su tos larga de fumador.

—Ah, sí, el té — dije—. Pero ¿sabe otra cosa? Ellos pueden haber estado ciegos al final, pero tenían los ojos abiertos cuando empezaron. No se puede forzar a la piedad a un gobierno como el de ella. ¿Por qué iba a negociar? ¿Por qué esperarlo? ¿Qué era una docena de irlandeses para ellos? ¿O un centenar? Toda esa gente eran reos de pena capital. Pretenden ser modernos, pero si los dejaran acabarían sacando ojos en las plazas públicas.

—Podría no ser una mala cosa — dijo él—. Ahorcar.

En determinadas circunstancias.

Lo miré fijamente.

—¿Para un mártir irlandés? De acuerdo. Sí. Más rápido que morir de hambre.

—Desde luego. En eso tiene razón.

—¿Sabe lo que dicen los hombres en el bar? Dicen: «Nombra un mártir irlandés». Dicen: «Venga, venga, no puedes, ¿verdad?».

—Podría darle una retahíla de nombres — dijo él—. Estaban en el periódico. Dos años, ¿es demasiado para no recordarlo?

—No. Pero aguarde un momento, ¿quiere? Quienes lo dicen son ingleses.

—Tiene razón. Son ingleses — dijo con tristeza—. No recuerdan absolutamente nada. Ni una puta cosa.

«Diez minutos», pensé. Diez minutos más o menos. Me deslicé, desafiándole, hasta la ventana de la cocina. La calle había caído en el letargo del fin de semana; las multitudes estaban a la vuelta de la esquina. Debían de esperarla en breve. Había un teléfono en la encimera de la cocina al alcance de mi mano, pero si lo descolgaba él oiría sonido en la extensión del dormitorio y vendría a matarme no con una bala sino de alguna forma más discreta que no alertara a los vecinos y le echara a perder el día.

Esperé junto a la tetera mientras el agua hervía.

«¿Habrá sido un éxito la cirugía ocular? — me pregunté—. ¿Podrá ver cuando salga como una persona normal? ¿Tendrán que guiarla?  ¿Llevará los ojos vendados?»

No me gustó la imagen que se pintó en mi mente. Le grité a él para que me lo dijera.

«No, los viejos ojos serán agudísimos — gritó en respuesta—, tan agudos como una chincheta.»

«No hay ni una lágrima en ella — pensé—. Ni por la madre bajo la lluvia en la parada del autobús, ni por el marinero que se abrasa en el mar. Ella duerme cuatro horas por noche. Se sustenta con los vapores de whisky y el hierro de la sangre de su presa.»

Cuando volví con la segunda taza de té, con el azúcar moreno revuelto en ella, él se había quitado el maltrecho jersey, que estaba deshilachándose por los puños; «se viste para la tumba — pensé—, capa sobre capa, pero no impedirá que pase el frío». Debajo de la lana llevaba una camisa de franela desteñida, el cuello retorcido hecho un ovillo; «parece un hombre que se lava la ropa él mismo», pensé.

—¿Hay alguien que deje a su suerte? — dije.

—No — dijo él—. Yo no llego muy lejos con las chicas. — Se pasó una mano por el pelo para alisarlo, como si el ajuste pudiese cambiar su suerte—. Ningún crío; bueno, ninguno que yo sepa.

Le pasé el té. Bebió un trago e hizo una mueca.

—Después… — dijo.

—¿Sí?

—Localizarán enseguida la procedencia de los disparos, lo sabrán al momento. En cuanto baje las escaleras y salga por la puerta principal de la casa me tendrán allí en la calle. Llevaré el arma, así que me matarán en cuanto me vean. — Hizo una pausa y luego añadió, como si yo hubiese puesto reparos—: Es lo mejor.

—Ah — dije—. Yo creía que tenía un plan. Quiero decir, algo distinto a que le mataran.

—¿Qué plan mejor podría tener? — Sólo había un leve sarcasmo—. Es una bendición, esto. El hospital. Su piso. Su ventana. Usted. Es barato. Es pulcro. Queda hecho el trabajo y sólo cuesta un hombre. Yo le había dicho antes que la violencia no resolvía nada. Pero era sólo un tópico piadoso, como una oración antes de comer la carne. No estaba atendiendo a su significado cuando lo decía, me sentí hipócrita. Es sólo lo que los fuertes predican a los débiles: nunca lo oirás a la inversa; los fuertes no dejan sus armas.

—¿Y si yo pudiese ayudarle? — dije—. ¿Y si se pusiese cazadora para disparar y estuviese preparado para irse, dejar el arma aquí y salir con la bolsa vacía como un calderero, lo mismo que entró?

—En cuanto salga de esta casa estoy liquidado.

—Pero ¿y si sale de la casa de al lado?

—¿Y cómo podría hacerlo? — dijo.

—Acompáñeme — dije.

Lo ponía nervioso dejar su puesto de centinela, pero ante esa promesa debía hacerlo.

—Aún tenemos cinco minutos — dije—, y lo sabe, así que venga, deje el arma con cuidado debajo de la silla.

Se amontonó detrás de mí en el vestíbulo y tuve que decirle que retrocediera para así poder abrir la puerta.

—Eche el pestillo para que no se cierre — me aconsejó—. Sería una sandez que nos quedáramos en la escalera con la puerta cerrada.

Las escaleras de estas casas no tienen luz diurna. Puedes pulsar un interruptor temporal en la pared e inundar los descansillos de un resplandor amarillo. Tras los dos minutos asignados vuelves a la oscuridad. Pero la oscuridad no es tan profunda como te parece al principio.

Esperas, respirando suave, regularmente, los ojos adaptándose. Pies silenciosos sobre la gruesa alfombra, bajas sólo media planta. Escucha: la casa está silenciosa. Los inquilinos que comparten esta escalera están fuera todo el día. Las puertas cerradas amortiguan y anulan el mundo exterior, el cacareo de los boletines de noticias de las radios, el zumbido de los viajeros de la parte alta de la ciudad, hasta el apocalíptico estruendo de los aviones que descienden hacia Heathrow. El aire, que no circula, tiene un olor a alcanfor, como si la gente que vivió primero aquí estuviese abriendo chirriantes armarios, sacando su ropa de luto. Ni dentro ni fuera de la casa, visible pero no visto, podrías acechar aquí una hora sin que nada te molestara, podías pasarte un día entero. Podrías dormir aquí; podrías soñar. Ni inocente ni culpable, podrías ocultarte aquí durante décadas, mientras la hija del regidor envejece: envejecer también tú entre escalón y escalón, desprenderte del lazo corredizo de tu nombre. Un día Trinity Palace se derrumbará, en un soplo de yeso y de hueso empolvado. El tiempo llegará a un nivel cero, un punto: los ángeles buscarán entre las ruinas levantando a patadas los pétalos de las alcantarillas, los brazos envueltos en astrosas banderas.

En las escaleras, una palabra susurrada:

—¿Y me matará a mí?

Es una pregunta que sólo puedes hacer en la oscuridad.

—La dejaré atada y amordazada — dice—. En la cocina. Puede explicarles que lo hice en cuanto irrumpí en el piso.

—Pero ¿cuándo lo hará realmente? — La voz un susurro.

—Justo antes. Después no hay tiempo.

—Así no. Quiero ver. Yo no me pierdo esto.

—Entonces la ataré en el dormitorio, ¿de acuerdo?

La ataré de forma que pueda ver.

—Podría dejarme bajar las escaleras discretamente antes. Llevaré una bolsa de la compra. Si nadie me ve, diré que estuve fuera todo el tiempo. Pero no se olvide de forzar la puerta, ¿eh? Como un allanamiento…

—Veo que conoce mi trabajo.

—Estoy aprendiendo.

—Creía que quería ver cómo pasaba.

—Podría oírlo. Será como el estruendo del circo romano.

—No. No haremos eso. — Un toque: mano que roza un brazo—. Enséñeme eso que dice. Sea lo que sea estoy aquí para eso, perdiendo tiempo.

A la mitad del tramo de escalera hay una puerta. Parece la puerta de un armario de las cosas de la limpieza.Pero es pesada. Cuesta abrirla, la mano resbala en la manilla de metal.

—Puerta de incendios.

Me echa a un lado y la abre de un tirón.

A pocos centímetros de distancia, otra puerta.

—Empuje.

Empuja. Deslizarse lento, oscuridad en similar oscuridad. El mismo olor leve, estancado, acumulado, el olor de ese margen donde se encuentran el mundo público y el privado: gotas de agua de lluvia sobre moqueta, paraguas mojado, cuero de zapato empapado, olor metálico penetrante de llaves, la sal del metal en la palma. Pero ésta es la casa de al lado. Mira abajo la oscura caja de escalera. Es la misma, pero no. Puedes salir de un edificio y entrar en el otro. Entras en el número 21 como un asesino. Sales por el número 20 como un fontanero. Más allá de la escalera de incendios hay otras casas con otras vidas.

Historias diferentes que están próximas; están enroscadas como animales en invierno, la respiración superficial, el pulso imperceptible.

Lo que necesitamos, está claro, es tiempo. El obsequio de unos cuantos minutos para librarnos de una situación que parece innegociable. Hay una anomalía en la estructura del edificio. Es una posibilidad remota pero la única. De la puerta de la casa de al lado él saldrá unos metros más cerca del final de la calle: más cerca del final de la derecha, lejos de la ciudad y del castillo, lejos del crimen. Debemos suponer que no se propone morir si puede evitarlo: que en algún lugar de las calles del entorno, ilegalmente aparcado en el sitio reservado a un residente o bloqueando la salida de otro, hay un vehículo esperándole, para ponerle a salvo y disolverle como si nunca hubiera sido.

Él vacila, mirando la oscuridad.

—Inténtelo. No encienda la luz. No hable. Pase.

¿Quién no ha visto la puerta en el muro? Es el consuelo del niño inválido, la última esperanza del prisionero. Es la salida fácil para el agonizante, que no perece en la presa mortal de un ruidoso estertor, sino que se va en un suspiro, como una pluma que cae. Es una puerta especial y no obedece a ninguna de las leyes que gobiernan la madera o el hierro. Ningún cerrajero puede vencerla, ningún alguacil puede abrirla de una patada; los policías que patrullan pasan de largo, porque sólo es visible para los ojos de la fe. Una vez que la cruzas, regresas como ángulos y aire, como chispas y llama. Sabes que el asesino era un centelleo en su marco. Al otro lado de la puerta de incendios se funde, y por eso es por lo que nunca le has visto en las noticias. Por eso no conoces su nombre, su rostro. Por eso es por lo que, para tu conocimiento cierto, la señora Thatcher siguió viviendo hasta que se murió. Pero fíjate en la puerta: fíjate en la pared: fíjate en el poder de la puerta en la pared que nunca viste que estaba allí. Y fíjate en el viento frío que sopla cuando la abres un poco. La historia podría haber sido siempre de otro modo. Pero está el tiempo, el lugar, la negra oportunidad: el día, la hora, la inclinación de la luz, la furgoneta de los helados que campanillea en una carretera lejana cerca de la vía de circunvalación.

Y de vuelta atrás, al número 21, el asesino resopla y ríe.

—¡Chis! — le digo.

—¿Es ésa su gran sugerencia? ¿Que me maten en la misma calle un poco más allá? Bien, lo intentaremos. Salir por otro sitio. Una sorpresita.

Queda ya poco tiempo. Regresamos al dormitorio. Él no había dicho si yo viviría o si tenía otros planes. Me lleva a la ventana.

—Ábrala ya. Luego retroceda.

Teme que un ruido súbito sobresalte a alguien abajo. Pero aunque la ventana es pesada, y tiembla a veces en el marco, se desliza con suavidad hacia arriba. No tiene por qué temer. Los jardines están vacíos. Pero más allá, en el hospital, detrás de las verjas y los matorrales, hay movimiento. Están empezando a salir: no la camarilla oficial, sino un grupo de enfermeras con sus batas y sus gorros.

Él coge el haceviudas, lo coloca tiernamente sobre las rodillas. Inclina la silla hacia delante y, como veo que sus manos están una vez más resbaladizas de sudor, le llevo una toalla y él la coge sin hablar y se seca las palmas. Vuelvo a tener el recuerdo de algo sacerdotal: un sacrificio. Haraganea una avispa en el alféizar. El aroma del jardín es acuoso, verde. Entra bamboleante la tibia luz del sol, abrillanta los zapatones sucios de él, avanza tímidamente por la superficie del tocador. Deseo preguntar: «Cuando suceda lo que ha de suceder, ¿será ruidoso? ¿Desde donde esté sentada yo? ¿Voy a estar sentada? ¿O de pie? ¿De pie dónde? ¿Junto a su hombro? Quizá debiera arrodillarme y rezar».

Ya estamos a segundos del blanco. La terraza, los céspedes, gorjean con personal del hospital. Se ha formado una línea de recepción. Médicos, enfermeras, empleados. Se incorpora el chef, con su uniforme blanco y su gorro. Es un tipo de sombrero que yo sólo he visto en los cuentos infantiles ilustrados. Me río sin poder evitarlo. Percibo cada subir y bajar de la respiración del asesino. Cae un silencio: sobre los jardines y sobre nosotros.

Tacones altos sobre el sendero musgoso. Tip-top. Pasito a pasito. Ella se está esforzando, pero se acerca muy deprisa a ninguna parte. El bolso en el brazo cuelga como un escudo. El traje sastre exactamente como yo he previsto, el lazo de gatito, un largo collar de perlas y (un toque nuevo) grandes gafas protectoras. Para protegerla, sin duda, de las pruebas de la tarde. Va recorriendo la línea dando la mano. Ahora que estamos aquí al fin, hay todo el tiempo del mundo. El asesino se arrodilla, colocándose en posición. Ve lo que yo veo, el casco reluciente de pelo. Lo ve brillar como una moneda de oro en una alcantarilla, lo ve grande como la luna llena. La avispa revolotea en el alféizar, se queda suspendida en el aire quieto. Un fácil guiño del ojo ciego del mundo:

—Alegrémonos — dice él—. Alegrémonos, joder.


*© por la traducción, José Manuel Álvarez Flórez, Editorial Planeta, S. A., 2015

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