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¿Por qué no comprarles a Mike, Robert o Knosi? Pero los muchachos dicen que Mike, Robert y Knosi no tienen tiempo y que no hay otra opción, así que tenemos que volver a subir, de nuevo tenemos que ir al cuarto apestoso de Watan en el décimo piso, que huele a perro aunque no tiene ninguno, y donde las persianas están siempre bajas, cosa nada agradable. Sentado a la mesa, Watan pesa la hierba con su ridícula romana, agrega un poco y vuelve a pesar, y lo único que uno puede esperar es que no empiece de nuevo a recitar poemas persas, aunque por otro lado da lo mismo porque igual se pone a hablar. Y sabemos perfectamente lo que se viene, me refiero a la cuestión con las astillas de madera que le clavaron a su tío debajo de las uñas, y la cuestión con el huevo caliente que le introdujeron a su tío por atrás. Y después asiente de pronto, como si ahora viniera un chiste, pero solo nos cuenta que su padre era muy valiente, igual de valiente que él, Watan, pesando y pesando y contándonos sobre los panfletos que tenía que repartir en la escuela, pero también eso es algo que ya contó mil veces. Mil veces nos dibujó el símbolo con el alambre de púa y el clavel, y ahora nos pregunta si queremos que nos dibuje el símbolo del partido comunista. Le repreguntamos si no se acuerda del dibujo de ayer, pero él ni nos escucha. Ahora describe la película que estaba viendo en el cine cuando le dispararon a su padre, y eso es algo que conocemos en detalle, así como conocemos la repentina sensación que lo empujó a salir del cine, sabemos que su padre luego se desangró y que era un hombre valiente, esto es algo que mencionó por última vez hace dos minutos. Le decimos: queremos ir a una fiesta, Watan, no tenemos tanto tiempo.

Pregunta si queremos tomar un té.

Y nos hace un té y habla de mujeres, y uno casi podría pensar: ahora se va a poner bueno, pero enseguida notamos adónde lleva esto, y es rumbo a sus tías del Mar Caspio, en donde se alojó junto a su padre muerto, esas eran mujeres de verdad, como ya sabíamos, diez mujeres gordas que se golpeaban la cabeza de la tristeza.

Y Watan se ríe.

Watan se ríe solo, mientras trae el té y otra vez describe a su padre tendido en el sótano ya lavado y maquillado, y cómo lo enterraron luego en el jardín, es algo que sabemos de memoria. Le decimos: Watan, has enterrado a tu padre, y luego anduviste dando vueltas por el Mar Caspio, donde las mujeres se meten cubiertas al agua, y conociste a la pequeña Asfael, que era completamente distinta con su pelo corto. La seguiste por los campos, pasando los árboles de granadas y las chatarras de heladeras, y ella era casi como un muchacho y se sentaba sobre los muros, y cuando besaba, mordía. Pero ¿queremos escuchar todo eso de nuevo, Watan? ¿Queremos escuchar de nuevo cómo de pronto Asfael se fue y vinieron los policías y te pegaron en el estómago porque los habían visto juntos? ¿Y que pensaste que te iban a colgar de una grúa en el depósito de chatarra, y que los policías luego se fueron y al final no te colgaron de una grúa, y que Asfael salió de una heladera y se rio como si no hubiera tenido miedo? Más bien no, Watan, más bien no queremos oír eso de nuevo, no al menos por enésima vez, y por qué traes entonces hojas de parra rellenas y vuelves a hacer el viejo chiste llamando a las hojas de parra las bombachas de Eva. Mejor pesa la hierba, Watan, pesa la hierba.

Y Watan pesa y calla y luego dice: la guerra, y nosotros decimos: no, Watan, ahora menos guerra y más hierba, pues ¿qué es lo que nos falta saber? ¿Es que no sabemos que fuiste llamado a filas y te escapaste y tuviste que esperar tres días en una cueva a los traficantes de personas? ¿No sabemos que vino Asfael, que también quería huir, aun cuando los traficantes estaban en contra, y que al final estuvieron de acuerdo porque ella sacó dinero de su bolsillo? Y que los traficantes se presentaron todos como “Ali”, ¿no lo sabemos? ¿No sabemos que atravesaron las montañas nevadas a caballo y que de tanta nieve que había ya no podías ver nada? Le decimos: sí, Watan, lo sabemos bien, ya cabalgamos mil veces contigo a través de esas montañas, y mil veces nos preguntamos contigo si el caballo está yendo para adelante o para atrás, y si ya estaremos en el más allá. Hemos visto la nieve azulada y las grúas y el alambre de espino, que en realidad no eran eso, y sabemos que el más fuerte de los Ali te pegó, Watan, porque tenías tan poca fuerza. Hemos visto los helicópteros sobre los pueblitos montañeses, y cómo tuvieron que esconderse ustedes entre las cabras, y que tocaste tres veces el mojón de la frontera con Turquía para convencerte de que existía de verdad. Lo podemos recitar dormidos, Watan: eran veinte iraníes y se escondieron en un camión, detrás de unas alfombras, y a tu muchacha le sangró el pulgar y tuviste que besárselo, y ella quería oír todo el tiempo cuánto la amabas, pero tú ya no tenías fuerza para eso. Y alguien volcó el bidón en el que habían orinado y había sido el levantador de pesas de Zahedán, al que ya de todos modos no soportabas, pues siempre andaba mostrando el artículo de periódico con su foto y hablaba en voz muy alta de los premios que había ganado, incluso cuando se detenían en los restaurantes de la ruta, donde no tenían permitido hablar bajo ninguna circunstancia, ¿lo sabías? ¡Déjanos contártelo, Watan, porque lo sabemos muy bien! Asfael se acurrucó contra ti, dejándote sin aliento, y luego había un agujero en la lona y por primera vez volviste a ver casas, Watan, nosotros mismos las vemos.

Aahh, dice Watan, está bien, está bien, entiendo, pero ¿no quieren quizá un huevo caliente? ¿Quieren que les introduzcan un huevo caliente por atrás, como hicieron con mi tío? Y se pone de pie y hace como si fuera a hervir un huevo, pero después arquea una ceja, lo decía en broma, a lo que todos nosotros sonreímos al mismo tiempo, sí, ahora sonreímos casi un poco, pero en realidad no sonreímos, le decimos: por favor, Watan, pesa la hierba. Y él pesa la hierba, pero la charla le brota de adentro, viene desde su labio inferior. Hay una cosa que aún no nos ha contado, que es cómo se pescó sarna, tenía que rascarse el pecho con una cuchara hasta hacerse sangrar, ahí ya estaban en Estambul, Asfael y él, el invierno entero en una pieza diminuta esperando los pasaportes. Y se había tenido que dejar crecer la barba, para solo volver a afeitársela cuando llegara el momento de la foto, porque entonces la piel de abajo quedaba muy blanca y lisa y servía para simular que era más joven, pero a él le picaba también la barba y todo era un solo picor. Y además estaba Asfael, que calentaba el armario, aun cuando Ali había dicho que no había que calentar el armario, y que se habían peleado y que él quería dormir con ella pero ella solo dormiría con él si él la amaba, y que él no podía decir que la amaba. Y que le dijéramos cómo se podía amar a alguien de verdad cuando las persianas están siempre cerradas y el Ali del pan viene solo de vez en cuando, y cuando la única distracción es la televisión turca que solo emite de seis a nueve y principalmente películas de amor de las que uno no entiende nada, solo rababababab, que probablemente significaba te amo. Cómo amar a alguien ahí, que se lo dijéramos. Cómo amarla cuando al fin aparece el Ali mayor con el fotógrafo y dos mujeres dándoselas de rey en su tapado de piel, y aunque le toca a Asfael sus pechos casi inexistentes ella le sonríe amable porque quiere tener sus leños para la calefacción. Y ahí el Ali mayor dice que no usaban suficiente alcohol de quemar y que los iraníes no saben manejar el fuego, y quiere demostrar cómo se usa la estufa. Lo cual era en realidad gracioso, dice Watan, ¿no nos parecía gracioso? El Ali mayor salpicó la estufa con alcohol y tiró dentro un fósforo, se oyó una explosión y una nube gigantesca de hollín tiñó de negro el cuarto entero. Aunque lo que no fue muy gracioso es que el Ali mayor volvió a desaparecer, como castigo por su propia estupidez, y solo apareció con los pasaportes seis semanas más tarde, pero eso no quería contárnoslo, su intención no era ponerse pesado. Tampoco quería contar cómo ese Ali mayor lo siguió jodiendo y le dijo que en el aeropuerto debía decir que tenía un daño cerebral y que se quería hacer operar en Alemania. Y que de hecho dijo eso en el aeropuerto y que voló como turco a Alemania y que ahora se llamaba Amir Huschang Rahbarsare, lo cual sí era gracioso. Pero no quería contarnos eso, tampoco que el funcionario en la ventanilla frotó la fotografía de Asfael y comprobó que la habían cambiado, y que él, Watan, no pudo ayudarla y se quedó mirando el pulgar del funcionario y trató de decir alguna cosa sobre el clima, pero ella ya se había escapado y desapareció para siempre. Y lo que tampoco quería contarnos era que de pronto la amó de verdad, a no ser que quisiéramos escucharlo.

Y nosotros decimos: en el fondo, sinceramente, no, sobre todo no, porque ya nos da pesadillas, Watan, ¡pesa de una vez esa hierba! Y él pesa la hierba y dice: Uf, esta balanza está loca, se las doy así. Ahora sí nos entendemos, y le damos las gracias. Nos levantamos y por fin nos ponemos en marcha hacia la fiesta, aunque claro que antes Watan pregunta si puede venir con nosotros. Pero le decimos que desgraciadamente no, Watan, es una fiesta privada, lo lamentamos, pero seguro que lo entiendes, ¿no es cierto? Y él dice que lo entiende, y sin embargo se viene con nosotros, tiene que ir al quiosco y queda en la misma dirección, pero luego de habernos despedido en el quiosco notamos que no sigue atrás. Siempre que nos damos vuelta, se mueve en alguna sombra, y es muy rara la sensación que tenemos cuando finalmente llegamos a la fiesta. Delante de la puerta están las chicas a las que debíamos traerle la hierba, nos miran pero no parecen interesarse por nosotros, solo alzan la cabeza y preguntan: ¿qué es lo que viene ahí detrás de ustedes?

Y nosotros decimos: es Watan, le compramos su hierba.


*© Andreas Stichmann, 2013. 

Tiene las piernas largas como si fueran dos ríos que se tocan al nacer, en la profunda laguna: oscura, húmeda, misteriosa. Pero también tiene dos palabras que repite siempre, y un tatuaje en la espalda, y unas manos que acarician como si hicieran pan.

Y dice que mató al tío. Y camina descalza porque siente a la tierra creciéndole por dentro: dice que la tierra se le mete por los talones, y que le crece al costado de las venas, como los cables, o las rutas, crecieron a los costados de las vías del tren.

La tierra la vuelve fuerte, dice, le permite enfrentar los ojos de la gente. Que si no fuera por la tierra, ella, ahora, estaría quebrada como un ombú: loca, dice. 

Y dice que dejó un hijo recién nacido en un campito de Benítez, hace como cinco años. Las marcas del tiempo las tiene claras. También tiene claras las notas de la cumbia que silba por el medio de la avenida Güemes, cuando la avenida Güemes entra en un declive que parece enterrarse, y no sólo deja de estar asfaltada sino además se llena de recortes de ladrillos, que se supone deben emparejar los pozos de los alrededores de la Cerámica.

Entonces ahora me contás un cuento vos, me pide siempre, cuando termina de narrar su historia. Siempre me cuenta su historia. Y después se pone un tronquito de pasto en la boca, sentada junto al arroyo que lleva los desperdicios de los chiqueros y de la Cerámica, que está atrás nuestro, y que en esta tardecita calurosa, la Cerámica, parece un imperio derrumbándose. Y le invento una historia. Le gustan las aventuras de los guerreros y de las princesas. Le gustan los castillos y las brujas. Le gustan los paisajes que, más lejos de estas ruinas, la transporten. Le gustan los tigres.

2

No es de acá, dicen los remiseros de la curva. Vino con los bolitas que levantaron los edificios de la Federación, y se quedó. Vive atrás de la Cerámica, en una tapera impenetrable. Se la ve con perros (les habla a los perros), y se junta con los chicos del monte, que son mucho más chicos que ella, dicen. Ella seguro hijos todavía no debe tener, pero en cualquier momento, de seguir así, ligera, alguien la emboca, dicen los remiseros, sentados en los sillones de mimbre en la vereda de la curva, ignorando la verdadera historia de la chica; ni siquiera pueden imaginar la escena entre las chapas del rancho, en una quinta de Castilla, el tío agarrándola de los pelos, arrancándole la ropa, penetrándola con un oscuro placer en los ojos, y un susurro áspero, constante entre los labios; no pueden imaginar, por ejemplo, los remiseros, cómo fue que, a los seis meses, embarazada, una noche de lluvia en que el tío reincidió, ella, certera, le enterró una cuchilla en el abdomen, con la frialdad con que cualquiera corta un pan al medio; no pueden, tampoco, los remiseros, ver en la cara de la chica, la imagen que la persigue cada vez que cierra los ojos en ese colchón viejo de la tapera, dejando a su hijo – porque le parecía que no era de ella, que había nacido sucio – entre fardos secos en un campito de Benítez; no pueden imaginarla, aunque digan, inventen otras historias, aunque la vean perderse, ahora, silbando por el medio de la avenida Güemes, mientras se bambolea sobre esas piernas largas, como si fueran dos ríos que se tocan al nacer.

Desde mi terraza puedo ver a Georges al borde de la piscina, unos treinta metros colina abajo. Nos separa un montecito, que cubre una cuesta de tierra roja y agrietada, bordeado a ambos lados por muros de piedra seca. Georges está en bañador y sandalias y lleva puestas unas gafas de sol de los años setenta, sobre las cuales sé, porque las compramos juntos, que le tapan la parte superior de las mejillas, como dos grandes gotas de agua a puntos de soltarse, y que no le quedan bien. La piscina tiene la forma de una alubia y recuerda la de esas gafas. Si bien todas las mañanas sale a analizar el pH del agua y pasa un buen rato un bichero por la superficie para sacar la suciedad, Georges no se mete en el agua nunca, ni lo hace de hecho nadie, a excepción de las avispas. Las avispas lo ponen nervioso: para librarse de ellas lo ha intentado casi todo en materia de trampas, pero se siguen amontonando en el borde de la piscina. A veces lo veo aplastar una con el pie e ir a limpiarse la suela en la hierba rala del jardín. Ya nunca alza la vista en dirección a mi terraza, de manera que puedo observarlo todo lo que me dé la gana mientras se ocupa de la piscina; todas las mañanas el mismo ritual. A menudo me adormezco bajo la sombrilla, hasta que Louis me trae el almuerzo con el correo y dos periódicos. Después hago algunas llamadas telefónicas rápidas e impersonales. A esa hora, Georges ya ha abandonado la piscina para, imagino, entrar en la casa, de la que solo veo una punta del techo. De ese lado del panorama, unos árboles bastante altos me tapan la vista que podría tener de la terraza de Georges, unas cuantas baldosas feas y rústicas cubiertas por un toldo de rayas naranja con bordes grisáceos, bajo el que lo imagino sentado e inmóvil como yo. A lo mejor se ha puesto una camisa y servido una copa de algo: ignoro si ha renunciado por completo al alcohol. Nuestras respectivas casas son las más bajas y modestas de la propiedad, edificadas en los años cincuenta, la una y la otra bastante feas, aunque la de Georges es especialmente fea: todos sus intentos por mejorarla solo han empeorado las cosas, y no es raro que algún visitante desorientado se acerque a llamar a su puerta, convencido de que están llamando a la puerta de un guardián.

Bajo el sol de mediodía, la piscina de Georges es una mancha centellante que no volverá a ponerse azul hasta bien entrada la tarde. También centellea el enorme cartel rojo del supermercado Champion, que ahora cuenta entre sus clientes con los residentes más influyentes de la colina, los mismos que en un principio se movilizaron vigorosamente para que lo echaran abajo. Según tengo entendido, la carne de Champion, en especial la ternera de Champion, es notable, y el carnicero del Champion sabe de una mirada con quién está tratando. Por aquí, siempre que hay una cena se sirve ternera de Champion, cocida en todo tipo de salsas y con fama de ser tan tierna que ya casi nadie se ofusca por el cartel, que, iluminado día y noche, se ve desde todas las terrazas, incluida la de los Klausen, la más alta de todas, donde, vencida por la insistencia de Susi Klausen, que no ha dejado de llamarme desde junio, acabé por cenar anoche. Ayer al caer la noche, después de resistir durante más de un mes a sus peticiones, me infligí la casa de los Klausen, el champán de los Klausen y la conversación de los Klausen; y, mientras Louis me llevaba hasta allí, pensé en lo que me esperaba: Rolf Klausen vestido de yachtsman, apoyado en la barandilla de su balcón como en el antepecho de un buque, Susi Klausen saliendo como un bólido para despedir a Louis con un gesto, tomar el manillar de mi silla de ruedas y, con la destreza de la enfermera que fue antes de echarle mano a Rolf Klausen, hacerla girar en dirección del rectángulo de césped dedicado a los aperitivos. Allí, bajo la luz de los spots diminutos, habría una mezcla de especies botánicas, esculturas e invitados que daban fe de cómo emplea Susi Klausen los millones de Rolf Klausen, quien, invariablemente amable, haría alarde de una bonhomía forzada, mientras esperara el momento de poder ir a acostarse. Y ayer me encontré estrechando la mano de Rolf Klausen, como si estrechase la mano del buen hombre alborozado que parecía, sin ignorar en absoluto que estrechaba la mano de un canalla. Al estrechar la mano de Rolf Kaufman primero y de los invitados después, no dejaba de oír la voz de Georges, una voz que echo de menos, afirmando que en esta colina son todos una pandilla de canallas especuladores. En cada una de las casas de la colina, decía Georges cuando éramos amigos, hay un criminal especulador que ha vivido en toda legalidad su existencia de criminal, enteramente dedicada a la especulación. Y el dinero que eso les ha reportado está en las fundaciones de arte y las galerías de arte y los museos de todo mundo que lo reciclan; allí donde hay arte, decía Georges, hay un canalla que se compra mediante el arte una conciencia artística, aun cuando no entienda nada de arte o cuando el arte le dé fastidio, pues desde luego ha comprendido y evaluado el beneficio en materia de respetabilidad que puede reportarle del arte. Cuando los Klausen se instalaron en la colina, Georges era crítico de arte, y fue en calidad de crítico de arte que lo invitaron a cenar los Klausen, una sola vez, después de lo cual los Klausen no quisieron saber nada de Georges: bien porque ejerció sus facultades críticas ante las pinturas con que los Klausen cubrieron las paredes de su casa nueva, bien porque pasó alegremente delante de ellas sin decir palabra, o bien porque le levantó la falta a Susi Klausen en el momento en el que ella le pasaba un plato con bocaditos, lo cierto es que de un modo u otro Georges se las arregló para que no volvieran a invitarlo.  

Y mientras Susi Klausen, después de orientar el respaldo de mi silla hacia un estanque que proyectaba su humedad sobre mis riñones, contaba el robo del que habían sido víctimas esa misma tarde —un pequeño bronce del renacimiento que estaba en el salón cuando ella había bajado de la primera planta a las cinco y media en punto para ir a la cocina, pero había desaparecido cuando salió unos diez minutos más tarde— pensé que yo no había tenido la suerte de terminar con las invitaciones de los Klausen. Habría sido muy fácil, decía Susi Klausen, descolgar también tal o cual cuadro de las paredes del salón, porque obviamente el sistema de alarma al que estaba conectado cada uno de ellos no se activaba durante el día. Pero, desdeñando los cuadros, solo se habían llevado el pequeño bronce del renacimiento, así como un mechero de mesa que estaba a su lado, por lo que la policía se inclinaba a pensar que se trataba de un robo de aficionados, el primero de la temporada, según ellos. En ese momento, cuando cada uno de los invitados, fingiendo interesarse en el robo de los Klausen, sin duda empezaba a inquietarse por su propia casa y las puertas y ventanas que acaso habían olvidado de cerrar con llave, Susi Klausen declaró, espero que todos hayan sido precavidos, pero, vamos a ver, dijo con calma Rolf Klausen, a fin de cuentas, aquí tenemos buena vigilancia, pues para muestra un botón, replicó Susi Klausen de manera cortante. No me lo van a creer, agregó, pero lo que más extraño es el mechero, lo utilizábamos desde hace años, un mechero de mesa que funciona más de veinticuatro horas seguidas, todos sabemos que no tiene precio. La mujer que estaba sentada a mi lado se volvió hacia mí, me miró con la cabeza ligeramente ladeada y una vez más debí aceptar la extraña atracción que ejerce en estas personas la silla en la que me desplazo desde hace menos de un año, cuando salí eyectada del coche de Georges. La mujer había apoyado la mano en la rueda de la silla y la acariciaba lentamente con el dedo índice, etc. Su marido, o al menos quien al cabo juzgué su marido, era sumamente viejo. Debía se ser el famoso filósofo ginebrino cuya presencia me había mencionado Susi Klausen. La mujer, unos treinta años más joven, tenía el cabello esponjoso, un poco pelirrojo, un vestido escotado y flojo, y hablaba aprisa, con la alegría falsa de los melancólicos: habían alquilado por el verano una de las casas de la colina, probablemente la única de todas que no tenía piscina, declaró la mujer con una sonrisa, y yo no la saqué de su error, si bien yo nunca he tenido piscina, siempre me las he arreglado con la piscina de George, pero ¿qué esperamos para pasar a la mesa?   

Observé a los invitados silenciosos de los Klausen —éramos catorce— que formaban un pequeño racimo confuso en la noche, iluminado aquí y allá por los spots de jardín, entre los que destacaban Rolf y Susi Klausen, así como el filósofo viejo y su mujer demasiado joven, dos parejas a las que podía imaginarme en la intimidad a la hora en que tocara a su fin aquella cena, la ceremonia muda de acostarse en el silencio de las habitaciones, los somníferos que se tragaban, la amargura de Susi Klausen al ponerse tapones en los oídos, la solicitud impotentes del filósofo viejo, las lámparas apagadas sin que se hiciera el menor intento de acercamiento, una vez que habían pasado de la desafección al rechazo, del desencanto al odio. Mi vecina, aunque seguía inclinada hacia mí, se había callado, no me había preguntado nada sobre la silla de ruedas, sin duda informada por Susi Klausen sobre el accidente espantoso, sin ignorar tampoco la manea en la que, hace un año, Georges, completamente borracho, había acabado empotrando el coche contra el guardarraíl de la carretera que da al mar, y cómo había salido totalmente ileso, mientras que yo, proyectada a través del parabrisas, había iniciado un vuelo libre sobre aquel mismo guardarraíl. Es Susi Klausen quien, al mencionar el accidente, emplea el término de vuelo libre, una acrobacia que yo no recuerdo haber realizado, ningún testigo ha confirmado y, por el modo en que ella la describe, me causa en cada ocasión el efecto medio burlesco de un plano cinematográfico que se rebobina y se vuelve a pasar eternamente en cámara rápida. Supe después que no me dieron muchas esperanzas de vida al recogerme al otro lado del guardarraíl, tirada entre dos vides, pero las cosas son lo que son y aquí sigo, comportándome como una inválida razonable, dotada de un equipo excelente y armada del fatalismo necesario. Sin embargo, Georges no es otra cosa que mi asesino a ojos de Susi Klausen, a quien le reconozco que vino a verme a diario al hospital, recuperando de inmediato sus reflejos de enfermera, hasta el punto de que se encargó ella misma del tema delicado de anunciarme con qué partes del cuerpo podía seguir contando. Pero, por más que Susi Klausen sin duda me resultó de mucho valor en el marco del hospital, en el marco actual Susi Klausen me resulta insoportable, por un lado una excelente exenfermera, por el otro una compañía absurda a la que me he esforzado, desde que regresé a casa, de tener lejos. Mi ingratitud ante Susi Klausen es inigualable en la descortesía que demuestro al mandarla a paseo cada vez que me llama por teléfono, es decir, al menos dos veces por semana, cuando no le encargo a Louis que se libre de ella. Louis me lo proporcionó Susi Klausen cuando salí del hospital; el día en que regresé a casa me esperaba en la puerta Louis, un tipo alto y flaco con pinta sombría, impasible, a quien desde entonces nada le ha hecho perder el aplomo. A ojos de Susi Klausen, Georges no es solo mi asesino, sino además el de su mujer. La mujer de Georges murió el verano pasado, en la piscina de Georges, algunas semanas después de mi regreso del hospital, sin que haya podido establecerse si se había metido para bañarse o para ahogarse. Nadie de aquí la conocía muy bien —era italiana, la boda había tenido lugar seis meses antes en Italia—, pero Susi Klausen, como da a entender claramente, tiene motivos de sobra para pensar que Georges, de un modo u otro, es responsable de la muerte de su mujer, de quien se ha averiguado que nunca se bañaba en la piscina, siempre en el mar. Excelente nadadora, precisa Susi Klausen. Casada, para su desdicha, con ese ser destructor, que solo ha podido, afirma, llevarla hasta el límite, destruirla como destruye todo. Yo la dejo hablar, por más que sepa lo mucho que se querían y lo inconsolable que está ahora Georges, mientras hace todas las mañanas los mismos gestos ridículos en torno a la piscina. A Georges le retiraron el permiso de conducir (Georges está impedido de conducir de por vida como yo estoy impedida de caminar de por vida), de manera que le resulta muy difícil ir a visitar la tumba de su mujer, sepultada en la cripta italiana de su familia. Por un tiempo pensé que Georges iría a instalarse allá, cerca de la tumba de su mujer, pero no, se ha quedado aquí, cerca de la piscina en la que la encontró y de la que la sacó él mismo, y de la que se ocupa día a día bajo mi mirada, con una diligencia espantosa, sin poder ignorar, por más que nunca levante la vista, que lo observo desde mi terraza. Ese hombre no es otra cosa que un criminal, repite Susi Klausen y, por el movimiento del brazo con el que acompaña sus palabras, no se me escapa que estas engloban no solo la silla de ruedas y la piscina en la que apareció su mujer, sino también los cuadros y las esculturas con que ella ha llenado su casa, la famosa colección Klausen, a la que sin duda Georges, la única vez que lo invitaron, solo le echó un vistazo distraído, si no pasó delante sin verla. El crimen más grande de Georges fue no haber admirado y por lo tanto validado, según las expectativas de Susi Klausen, la supuestamente audaz colección Klausen, un revoltijo de bagatelas, por cuanto se limitó a comentarme más tarde el propio Georges. Solo una tela muy pequeña, colgada al pie de la escalera en un rincón, despertó vagamente su interés, una obra que Susi Klausen, precisamente, le dijo haber comprado en un rapto de inconsciencia y en la que le suplicó que no se fijara. Por lo demás, es evidente, a decir de Georges, que todos los vendedores de arte del planeta se aprovecharon de los Klausen, incapaces de albergar el menor sentimiento artístico. Que echen en falta cultura artística a Georges poco le importa, pero semejante falta de sensibilidad, no. Compraron lo más insignificante que se hace hoy en día, lo más vulgar y lo más caro, me dijo Georges de los Klausen. Los artistas me dan pena, dijo, por mediocres que sean, cuando están obligados a frecuentar a estos individuos, los Klausen que conocemos y todos los demás Klausen, incapaces de comportarse delante de un artista sino de manera insultante, porque al ver sus obras no piensan ni siente nada que no esté dictado por la vanidad o la falta de sensibilidad. Muchas personas, y no solo idiotas, viene todos los veranos para admirar la colección Klausen y las últimas adquisiciones de los Klausen, pero lo que en realidad les fascina son los millones de los Klausen, en cuya otra casa, a la que se retiran a comienzos del otoño para pasar, según Susi Klausen, el invierno como ermitaños, bien se sabe que no hay una sola obra de arte similar a las que exponen aquí. El invierno, los Klausen lo pasan en una casa antigua de varios siglos, en medio de los valores seguros de lo antiguo; lo pasan, como le ha oído Georges decir a Susi Klausen, rodeados de sus apacibles antigüedades.

¿Y qué es de su amigo Georges?, me preguntó en voz alta Rolf Klausen, después de cruzar el césped con una botella en la mano y acercárseme, un poco demasiado, hasta que tuve a la altura de mis ojos los botones de su chaqueta, relucientes como dos ojos exorbitados. Me pareció que vacilaba un poco. Un tipo bastante divertido, si no recuerdo mal, me dijo. Vi a Susi Klausen dirigirse derecha a mí con su vestido multicolor, para apartar a su marido con un gesto brusco y, haciendo tintinear las pulseras, volver a agarrar los puños de la silla, después de lo cual los invitados se levantaron y fuimos la terraza donde estaba preparada la mesa para la cena, con las sillas ligeramente más espaciadas en el sitio que se me había asignado, entre la mujer del filósofo viejo y la hermana de Susi Klausen, Laure, según se presentó sin más, desplegando una servilleta con su manos delgadas. Hasta ese momento no me había fijado en ella, y enseguida me pregunté cómo podía ser la hermana de Susi Klausen, al tiempo que notaba que la esposa del filósofo viejo sentada a mi derecha —luego venía Rolf Klausen— llevaba un perfume sumamente empalagoso que, cada vez que movía el tenedor o agarraba su copa, se difundía hacia mí, quitándome las ganas de comer. La hermana de Susi Klausen tampoco parecía tener mucho apetito, y cuando se lo hice notar sonrió y me dijo que en efecto no, quizá porque había preparado ella misma esa parte de la comida, de manera que hice el esfuerzo por tragarme todo lo que había en mi plato. El cabello de Laure era sumamente lacio y sedoso y le caía sobre la cara de una manera enternecedora sin que ella le prestara atención, contrariamente a la mujer del filósofo viejo que no dejaba de sacudir y zarandear el suyo y a la que le volví decididamente la espalda para orientarme hacia Laure, con un movimiento resuelto que al parecer la desconcertó un poco. Enfrente de ella, desplomado en una silla, el filósofo viejo, con los ojos saltones y una barba corta apelmazada que le comía las mejillas, observaba un punto del mantel con una mirada carente de expresión, como dormitando. Nos trajeron otros platos y Laure me preguntó cortésmente si vivía allí todo el año. Le respondí en el mismo tono que sí y agregué que me había instalado allí hacía tiempo, mucho antes de que se construyeran todas las demás casas. Un lugar aterrador, tronó el filósofo viejo bruscamente, recién salido de su ensimismamiento. Y tenedor en mano golpeó la mesa. Alguien se rio un instante y luego las conservaciones se reanudaron. No sabía que Susi tenía una hermana, le dije a Laure. Nos vemos poco, dijo, vivo en el extranjero, en Bombay, de momento en Bombay. En Bombay, dije. Sí, dijo. Lejos, pensé. ¿Conoce la India?, me preguntó Laure. No, dije, imaginándome de pronto recorriendo las calles de Bombay, llenas de tullidos, siempre he sido bastante sedentaria. Sonreí. Ha tenido usted un año difícil, me dijo Laure. Me voy acostumbrando, dije, lo que era casi cierto. Con los meses, había llegado a pensar que, en el fondo, el accidente no me había cambiado demasiado la vida; nunca había vivido realmente a lo grande, le dije a Laure, me encantaba la soledad, cierto silencio a mi alrededor y, cuando me hartaba de estar sola, tenía a Georges, le dije, me bastaba con hacer unos pocos metros y estaba en casa de Georges, no sé por qué le cuento a usted todo esto. Echarlo todo abajo, berreó súbitamente el filósofo viejo clavándole los ojos redondos a Laure. ¿Georges?, retomó Laure. El que iba al volante. Laure agachó la cabeza lentamente y pensé que a lo mejor creía que había muerto, como lo había creído yo al despertar en el hospital, hasta que Georges entró en la habitación, con su mujer, y se quedaron los dos al lado de mi cama tomados de la mano. Durante semanas, le habría podido decir a Laure, vi a Georges y a su mujer entrar en mi habitación y quedarse tomados de la mano al lado de la cama, y, cuando pude acercarme a la ventana, pude ver el brazo de Georges sobre los hombros de su mujer, mientras iban juntos al coche aparcado en el estacionamiento del hospital. Una vez, habría podido decirle a Laure, la mujer de Georges vino de visita sola. Yo no estaba en un buen día y me dio miedo de que viniera para hablarme del accidente, lo que habría sido completamente inútil, pero ella solo había venido, me dijo, para sentarse un momento conmigo, porque como era obvio siempre pensaban en mí y, añadió con una gran naturalidad, había tenido necesidad de venir, había venido por ella. Le dije admitamos, después, un poco más tarde, que me gustaba mucho su sonrisa, y pensé que, si en el futuro había otros momentos como aquel, a lo mejor la cosa funcionaba, al final. Y hubo algunos, si bien nunca idénticos a aquel, porque la mujer de Georges se ahogó, una mañana en que yo estaba en mi terraza y Louis en alguna parte a mis espaldas, ocupado en podar unos macetas, y me hubiera bastado con llamarlo cuando la vi de pronto, justo después de que me hiciera gesto con la mano, vacilar al borde de la piscina que estaba regando, sin duda para ahuyentar a las avispas y, como sorprendida, soltar la manguera y caerse lentamente al agua, con las gafas de sol puestas. Sin moverme de mi silla, me quedé mirando a la mujer de Georges hundirse, con el único ruido de fondo de las tijeras de Louis, y cuando el ruido se interrumpió y Louis soltó las tijeras y echó a correr, alertado por los alaridos de Georges, yo ya no podía ver nada por haber mirado la superficie centellante de la piscina. Recuerdo el cuerpo tendido en el borde, le habría podido decir también a Laure, la cara estupefacta que Georges, de rodillas, levantó para mirarme, el silencio extraordinario de ese momento. Usted se había dormido, me dijo Louis más tarde, con un tono que no admitía ninguna otra versión. Y ahora que servían el postre en la mesa de los Klausen, pensé en que Louis pronto iría a buscarme, que me llevaría de vuelta a casa y me ayudaría a acostarme, luego me oí preguntarle a Laure, cuya respuesta no escuché, cuánto tiempo tenía previsto quedarse.

Madre desapareció el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos. El veintiuno de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las ocho de la noche y treinta minutos llamó Padre y me lo comunicó: “Madre ha muerto a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos de anoche”. Regresé a la cama y proseguí con la lectura del comic de los patos, interrumpida la noche anterior. Desde hace tiempo que contábamos con la desaparición de Madre. A mediados de abril del año mil novecientos noventa y siete llamó Padre y dijo que a partir de ahora los órganos podían fallar en cualquier momento. El diecinueve de agosto de mil novecientos noventa y ocho Madre cayó por última vez en estado vegetativo, luego de no haber comido nada en los días anteriores y de no haber caminado es decir definitivamente ya no haber caminado más. Solo estar acostada en la cama observándose los pies de manera aparentemente ininterrumpida. Tenía vista al parque, pero ya no lo miraba. ¡Mi Madre sin ventanas! Tras recriminarle a Padre durante semanas enteras que nunca regresaba con puntualidad a casa y que los niños no se portaban bien en la mesa, pasó de pronto a decir de vez en cuando “ah, ahí estás”, o simplemente “Padre”, o “Padre” también en tono de pregunta, cuando Padre pisaba la habitación del hospital y con su entrada a la habitación la visitaba. Ahora estaba delgada y hundida en la cama. Ahora tenía manchas por todas partes. Cuando dos días antes del entierro Padre me preguntó si quería verla una vez más, le contesté por la negativa.

Enterramos a Madre el veintiocho de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Yo arrojé una rosa amarilla en el foso. La rosa estaba dispuesta en algo así como una caja. Uno mete la mano en la caja y extrae una rosa. Luego tira la rosa en el foso, que ya está preparado. No es que uno piense en una vida lanzada allí dentro, se tira la rosa en el foso y se llora. Retengo a Madre con buenos ojos. Sentada derecha sobre la cama con una chaqueta de punto blanca contra el frío. Me pregunta si me va bien, a lo que respondo por la afirmativa. Me dice que es probable que ella ya no vuelva a casa. En líneas generales es ahora sorprendentemente clara. Es de una claridad sorprendente. De pronto se ha convertido en una mujer vieja, que nunca fue. Ahora envejece a diario. Se acuerda de que hace mucho de que ya no vivo en casa. Tampoco ella vive en casa, dice, pero no sabe bien dónde vive ahora en realidad, si es que tiene una vivienda, aún. Vive aquí y allí.

Cuando Madre desapareció y Padre llamó para decir que Madre había muerto esa noche, regresé a la cama y regresé a la lectura y a los ratones los patos el avaro Tío Rico. El Tío Rico está de nuevo ocupado en acrecentar su riqueza hasta lo inconmensurable. La logística que aplica para ello es de lo más lastimosa. También sus sobrinos forman parte de esa logística. Una y otra vez la salvan en el momento decisivo. Donald siempre está definitivamente harto cuando el Tío Rico lo hace trabajar gratis. Así es. ¿Es Donald la vida y el Tío Rico la muerte?

Ahora ya no puedes llamar y preguntar por Madre, compruebo. Y nunca has ido con Madre al cine y nunca has ido con Madre al teatro, compruebo. En general siempre has ido con ella a ninguna parte. Hay tantas últimas miradas que ya ni sé con precisión cuándo fue que la vi por última vez. En todo caso vi a Madre por última vez el dieciséis de julio de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Me doy vuelta para saludarla con la mano una vez más y la puerta pesada y gris de picaporte acariciante se desliza despacio en la segura cerradura. En esta unidad, el pie quebrado yace junto a la muerte. Afuera todo marcha a lo largo del pasillo. Madre tiene dificultades con la lengua, pero su voz no está tomada. Traga mal y debe beber saliva de manera asistida.

La primera vez luego de su internación, en principio voluntaria y al mismo tiempo definitiva, la visitamos en el feriado de Pentecostés de mil novecientos noventa y ocho. Se encuentra en un estado tan deplorable que no estoy en condiciones de hacer otra cosa que estar sentado junto a ella horas enteras sin decir ni una palabra. Incluso mirar resulta imposible. También apoyar la mano furtivamente sobre la manta de lana azul resulta imposible. Barbara volvió a salir directo de la habitación bañada en lágrimas, no bien vio a Madre así acostada y en estado tan deplorable y acostada así casi desaparecida demacrada reseca y huesuda enseguida salió de nuevo de la habitación. ¿Qué debería haberle dicho yo a Madre? Constantemente señala con el dedo huidizo figuras curiosas ahí en la pared o aquí sobre la mesa. Al hacerlo levanta un poco la cabeza lo mejor que puede y mira intensamente con ojos pequeños al centro de su mundo sobrenatural. ¿Tenía sentido decirle que eso no era más que una flor, un suministrador de jabón un bicho color piel de madera que siempre estaba junto a ella? Ella no quería creerlo. Ella ve pájaros volando y rostros. Cuando Barbara vuelve a entrar en la habitación, Madre acababa de beber algo de té del pistero y tuvo que vomitar. Barbara limpia la mancha marrón, el té para la bilis, de su boca y de su saquito blanco. Es una grosería, se avergüenza Madre. No puede soportarlo, ella que toda su vida fue tan tiquismiquis. Y que la chaquetita blanca haya quedado inutilizable, en realidad no podía tolerar nada de todo esto, y que por la noche se celebraran encima de ella fiestas licenciosas con acosos sexuales, y así. Admira en silencio mi anillo plateado, con el que le gustaría quedarse. Pero seguro que su dedo era demasiado delgado. Entre las frases sufre momentáneas ausencias, rigidez facial, perspectiva. En Pentecostés, el estado de Madre era tan deplorable que yo sentía todo mi cuerpo sedente como vertido a su lado y con algo así como un entumecimiento de los sentidos. Madre no parecía tener miedo.

De a poco se ve que voy envejeciendo, dijo de pronto hace años. O dijo voy envejeciendo, hasta que un día dijo hemos envejecido. Está sentada en casa sobre el sillón. Hay algo que no le viene a la memoria. Se acuerda perfectamente de que hay un nombre que no le viene a la memoria. Sí, dice, siento perfectamente que he envejecido. No le viene a la memoria. En Pentecostés, Madre habló de encuentros nocturnos con su padre, de exploraciones nocturnas y de dudas sobre si todo aquí corría por vías legales, divisaba de vez en cuando una figura extraña en la habitación, contra el techo o bien cerca de la cama, de vez en cuando quería que le alcanzaran su crema preferida y que según decía le había costado un ojo de la cara para frotarse las manos que se iban resecando cada vez más pero que en contraposición aún podía mover aceptablemente sus piernas, al menos eso. Y lo que no la dejaba en paz era la pérdida de su anillo de diamantes plateado que según decía le había costado un ojo de la cara y que se le había extraviado sin dejar rastros. Eso solo podía deberse a sus dedos, es que se le habían vuelto tan delgados, ahora se le caía todo, lo que durante años no le había entrado al final se caía. Ahora al fin apoyo mi mano sin hacer presión sobre la manta, debajo están metidas sus piernas completamente escuálidas. Barruntar las piernas. Está tan flaca que los tendones del cuello crecen como ramas secas desde su cuerpo así de flacos. La nuez le sobresale como si quisiera estar a solas. Los brazos amenazan con quebrarse de repente, su cuerpo entero es una marioneta sin gobierno a la que alguien le enredó los hilos. Me muestra sus revistas, que aún sigue queriendo que le traigan, aunque ya no puede leer, solo mirar los dibujos. Esa era la moda que se venía, y me preguntó si me gustaba. A ella no, me dice. Sus pies le pican, pero no puede hacer nada contra eso, es que ya no puede levantar las piernas y hace tiempo que ya tampoco lo ha intentado. Tras algunos minutos de solo estar ahí sentada acostada abstraída la invade la sospecha de tener que cagar y vomitar al mismo tiempo, cosa que no dice de esta manera. De pronto me siento mal de una manera indefinible, le sale decir. Llamamos a la enfermera, caminamos aparatosamente de un lado al otro del pasillo, hasta que Madre vuelve a sentirse bien. Me doy cuenta de que su pelo descolorido yace ahora aún más desgajado junto a la cabeza. No se preocupen, había dicho Madre cuando volví a verla después de su primera operación. Ahora no dice ese tipo de cosas. Todo le resulta vergonzoso. Sin ayuda de un tercero no puede ir al baño. Cada vez la sientan sobre una silla. Antes todo eso era muy distinto. Ella sabe que está totalmente reacia. En su vida no se había imaginado que algo así pudiera pasar. Nos desea todo lo mejor. ¿Podríamos abrir un poco la puerta del balcón, que el aire está insoportablemente estancado? ¿No lo sentíamos nosotros también? Por un breve lapso de tiempo se hunde en el sueño o el ocaso. Tiene puestos sus grandes anteojos, a través de los cuales se le puede ver una mancha bajo su ojo izquierdo. Se ve claramente una mancha rojo oscuro. Nunca le he preguntado por qué esa mancha está ahí debajo de su ojo. Si se le pregunta directamente cómo le va, siempre dice que le va bien. A todos les dice que le va bien. Me va bien, les dice a todos los que le preguntan. Nunca le pregunté si pensaba en morirse pronto.

Una vez que la enfermedad llegó al hígado, ya no hubo más esperanza. A nadie le dijo que entonces eso había sido seguramente todo. Ningún anuncio sobre la muerte. Ni una palabra. A veces estallaba en llanto y luego hacía como que se había atragantado o tenía la boca seca o algo raro en la garganta. Padre dice que ella nunca habló sobre la muerte. Se alegraba cuando veníamos a visitarla. No se quejaba cuando debíamos irnos. Solo de Padre se quejaba, de manera interrumpida le reprochaba a él y a todos que no estuviera allí para ella, que viniera y se fuera cuándo y a dónde él quería, que la dejara allí abandonada, que siempre fuera impuntual, eso antes no era así, no se estaba ateniendo a lo acordado y simplemente estaba lejos la mayor parte del tiempo. Padre siempre aguantaba estos reproches con paciente mansedumbre. Su alegre chaqueta a cuadros, y ella enfundada en su camisón. Carrera caries. Andar del caballo, galope rápido. Destrucción de las partes óseas. Aparecer desde allí a toda carrera. Podredumbre putrefacción. Así como antes iba él a la oficina pública, iba al trabajo, así como ella desaparece tangiblemente. Una tercera cosa queda excluida. Antes lloraba en público. En público era en casa. Según mi estimación, se trataba de un llanto de amargura. Rara vez tenía gripe o “historias del corazón”, como se le decía a ese cuento de viejas, yacía de día y noches enteras durante días en la cama con las cortinas cerradas o abiertas y estaba intratable de una manera benevolente pero algo así como susceptible de darle a veces los buenos días dados antes por Padre y yacía ahí en camisón en la cama días enteros con esta fea palabra que no existía en aquel entonces, con depresiones. Madre, en cama, ya entonces hojeando revistas, tan secreta como misteriosa. Pero no había nada ahí salvo negación. Absorción de la moda. Y salió al exterior. Y volvió a entrar en otro sitio. En la habitación del hospital. En la cámara de cadáveres. En el cementerio. En la dispersión lejanía. Fue sustraída de nuestro centro. Dónde será que queda eso. Anotaciones. Lenguaje de cebos. Hablar de Madre como de algo inédito. Fragmento, glosa al margen. Allanar, desgarro y tirón. Forma y quiebre, cortafuego y raya.

Una enfermedad es siempre también una enfermedad de la consciencia. Aquello hacia lo que se encamina todo. Resumen de la vida como aviso de que ahí hay cáncer en los intestinos. Pero que ahí ya existe un avance es algo que bajo ningún concepto se le hace saber a Madre de manera directa. Hasta su muerte solo tuvo un aviso interno de lo que presentía con tanto horror cuando no pudo cagar durante semanas enteras. Tenía dolores indecibles que localizaba con precisión en la zona de los intestinos. Un día va al médico y dice, ahí hay algo. Que sentía hacía meses. El médico le toma placas. Se ubica delante de mi Madre y dice, ahí hay algo. ¿Puede que exista algo así como una consciencia de que ahí hay algo?, le pregunta mi Madre al médico. Es absolutamente no imposible que usted haya sabido antes lo que yo ahora le afirmo. Y si era malo. Que era realmente malo. Luego siempre resumen resumen resumen. Un hacer patente. Una porción diaria de despedida.

La noche del diez de enero de mil novecientos noventa y cuatro estoy invitado a comer. Pato ocho tesoros. Sobre la mesa iluminada por las velas la anfitriona se ha tendido a sí misma. De inmediato quiero alcanzarla con la lengua entre los muslos. Teléfono. Aquí Padre. Madre está gravemente enferma. Cierre de emisión. Esto fue en mil novecientos noventa y cuatro. La comida terminó ahí. Gravemente enferma suena aún hoy a final de la vida. Para no decir que ya está agonizando. Ocho fríos tesoros. No más comida. Desde mil novecientos noventa y cuatro no he vuelto a comer. “¡Incluso más que devastados!”1. El propio empático saber es un tumor maligno y ha consumido todo el sudor y el tesón y las provisiones. ¿Qué es eso que uno piensa? ¿Adónde van todos esos pensamientos, una vez borrado el sistema operativo? ¿Gira eso incesantemente en sí mismo? ¿Son reales nuestros pensamientos, carecen nuestros pensamientos realmente de ventanas? ¿Tiene el amor la solución, ahora que ya es mora y ramo ya es?2 Preguntas que no tocan a Madre. ¡No tocar a Madre! La Madre, pensar ajeno. ¡Nunca lo alcanzas! Posiblemente sea así, que todo pensar es igual: e igualmente extinguido.

Hubo bellas conversaciones en nuestra vida. Pero de qué trataban. Es importante hablar de cosas como la comida y el clima. A Madre le gustaba hablar del clima y de la comida. Tomen asiento y no hablen tanto de cosas que no se pueden comer. Podría haber sido de ella. Pero el clima era algo que estaba dentro de ella, a eso podía sentirlo, eso la desmoralizaba o la alegraba. Madre no pertenecía a esta sociedad. Creo que pertenecía a la guerra, y comparaba todo con lo de la guerra. Y ahí claro que había pocas coincidencias. No crió a sus hijos a la altura de la sociedad, me refiero a que esta sociedad siempre le resultaba un obstáculo en su educación, me refiero a que esta sociedad le resultaba siempre un obstáculo, es decir existían como prejuicios, como ángulos muertos mutuos, prometimientos invivibles, ella tomaba su fatigosa senda para bicicletas camino a la escuela, aprendió cosas farmacéuticas después, y luego aparecieron como quiebres, un presente que irrumpía de pronto tan repentinamente, una proporcionada posición en el mundo, en rigor ella continuaba yendo a la escuela por su senda para bicicletas. Me gustaría saber si llevaba una economía hogareña de pensamientos, tal como llevaba una economía hogareña de la economía hogareña, en la que todo estaba protocolado y anotado, pero seguro que no anotaba más que las cosas de la casa, los frascos de fruta, las recetas, las pocas cartas con su bella letra azul, con su hogar. Su matrimonio hogareño, la letra más bella que se pueda concebir. Riachuelo grácilmente trazado. Al final ya no podía telefonear por sí sola, aunque sí hablaba, cuando había alguien en la línea. Su voz su letra. Al final dejó de entender el alfabeto de los números, se le fue extraviando todo lo que establece una conexión hacia afuera, donde creen que todavía entiende ese lenguaje.

En su pieza ahora abandonada abro el armario de par en par y pesco una última nota con su letra temblorosa rugosa. Ahí está de nuevo ese ligero cálido trazo ese alfabeto finalmente desaprendido con huellas de ser niño en el coto conocido cuando leer aún era recolectar. Alguien le decía un nombre una calle algo que aún quedaba por hacer o ella recordaba algo y lo anotaba. Una boya una ubicación una oportunidad atrapada furtivamente. Lo que queda es una letra. Ella intenta descifrar la nota. Ya no puede leer ningún paisaje. Lo que repite una y otra vez, eso no debe ni puede ser otra cosa que no ser más que suficiente. Hace años que se olvida, como cae en la cuenta semanas antes de su muerte, de remendar un calcetín. Ahora que está sentada con comodidad o con relativa comodidad en su sillón quiere remendar ese olvidado calcetín. También la aguja que fluye resulta grosera. No lleva a nada. Puesto que nota que esto no lleva a nada más que a tiempo y nada más que a tiempo derrochado, simplemente se queda sentada ahí y si llegara alguien con la barbaluz de este patriarca3 impuntual y atemporal, ella también se avergonzaría enseguida por él. ¿No tienes nada mejor que hacer? Sangría. Ahora que está muerta es una extraña. Cómo es que, ahora que alguien está muerto, es un extraño. Ahora que alguien está muerto es un extraño. Qué ahora es ese ahora que. Será su vida un recuerdo que resulta ajeno, se pregunta ahora lo que resta. Todo brota. Hay un gran asombro en el mundo de que todo igual brote, ahora que ella está muerta. La Madre aflojada por la guerra, que se perdió en el camino. Adónde se marcha un pensamiento cuando es pensado. Si no es un museo directo cuando uno deja atrás sus armarios y sus puertas, sus escaleras y calabozos, su documento confidencial. Ella abre el cajón de su secreter y nada más que llaves y papel fotográfico. Siempre revolvió ahí adentro de ese modo. Mina de oro al tiempo que arca del tesoro cerrada. Allí el instante temporal es un rostro infantil. Allí hace rato que ya no hay ninguna cerradura para. ¿Quién por todos los cielos ha de pensar/vivir todo esto en conjunto? Una nota llena de nombres un paquete de nombres en blanco. Recetas fotos recetas. Y la foto con el abue en delantal de médico y pequeñas cosas no utilizadas que ya nadie necesita. Reserva de gomitas elásticas estiletes jamás usados. Un mundo una sala de improducción. Un pasaporte. Una palabra. Un ya no regresar. Un caerse. Fotos de Padre en todos los años. Sistemas de ordenamiento registros. Porque aquello que nunca pierdes has de llorarlo por siempre.4 Eso podría haber sido de ella. Ella no perdía nada. Todo lo archivaba. Ni siquiera podía decir, mi orden se ve siempre tan desordenado. Su orden se veía como todo orden. Un mero enumerar. Un meter ahí. Sistema de llaves. Cerraduras inhallables. Barras de metal con las que abrir la tapa del secreter. Madre una vez demostró cómo se hacía y me dejó impresionado. Habilidades manuales, abrir el piso del medio. Iluminación, a todas luces. Hace años que no lo consigo. Hace años que intuyo detrás de las cosas y en las cosas arcas cajas recámaras un tesoro una familiaridad una fotográfica anestesia total que me rapte hacia el país de mi Madre, que por un instante de respiración paralizada me deje pararme valientemente en su paisaje Düsseldorf Bitburg Nonnenwerth y Neuerburg allí estuvo una vez con nosotros, hacia allí afuera señaló alguna vez desde el auto en el que pasábamos sentados, que una vez había estado ahí, bien ella misma. De sus acentos el que más me gustaba era el que ya era luxemburgués. Lo escuchaba durante horas, sin entender ni una palabra. Podía cantarlo cuando íbamos a Geichlingen en la frontera luxemburguesa a visitar a Grete, la ama de llaves de los abuelos. Un día Grete hizo blanquear de nuevo su granja. Creí hacerle un favor aplastando las moscas de a cientos con el matamoscas contra los muros exteriores recientemente pintados a la cal. La blanqueada fachada parecía como infectada de sarampión. Luego volé de allí. Somos jóvenes y fue bonito, como dijo alguien alguna vez.5

En su última foto, Madre ya tiene puesto el vestido con el que más tarde será enterrada. Siempre le quedó bien, y porque esa es su última foto, dice Padre. Marcada por la muerte, como se dice comúnmente, así se ve Madre de manera biunívoca nueve meses antes de su muerte. Como si tuviera que tomar posición a la desprevenida mayor brevedad, cuando la mera presencia le significaba el más ingente de los esfuerzos. Todo cuaja hacia un así llamado. Parada a diario delante de mí. Si sueño, no está muerta. Lo sé en mis membranas y en mis remembranzas. No llego hasta allí. Precisamente no olvidar a Bas Jan Ader, que el nuevo de julio de mil novecientos setenta y cinco se hizo a la mar con un pequeño velero desde Cape Cod para cruzar el Atlántico con rumbo a Inglaterra. ¡Nada ahí! Un barquito medio podrido. Eso fue. Boyando con la quilla al sol. Tan al oeste de Irlanda. Él mismo, desaparecido. Sangría. “Mi cuerpo, practicando ahogarse”, anotó una vez. Y luego: “I’m too sad to tell you”, aquella maravillosa película en dieciséis milímetros de llanto desenfrenado. Eso es. Un universo de llanto. Y si después habrá un momento de tranquilidad. Si después de este universo todo queda afuera. Es que a veces pasa con el propio llanto que uno mismo no lo puede distinguir de un llanto filmado. Se aprende y se llora la vida entera.

Aceite. Una líquida luz de vela una ración de cinco días de luz eterna. Y regresar otra vez. Y pensar otra vez. La memoria es un árbol. Un ramo de flores. Un rezo asaltado y de inmediato interrumpido otra vez. Un aniversario de fallecimiento como un anillo conmemorativo. Una germinante floración primaveral con raíz. Una cáscara. Y regresar. Dar vuelta la tierra. Y de vuelta el invierno. Y quedarse al lado. Siempre acercarse hasta ahí hasta que alguien venga a ti. Haciendo contacto con el césped con rumbo turístico. Tal vez también con esta imagen indecible en los labios con esta rigidez o movimiento de cabeza ya no realizable. Ahí tal cual yace ella. Tal cual solo poco puede hacer. Darse vuelta por ejemplo una imposibilidad. Despedida imposible. Miope sin devolver el saludo. Miope y llena de espacio en el rostro. Entrar. Pararse de un lado. Del otro. La vida es un desacostumbrarse. Y una muerte como esta también ayuda en eso. Yace solita y sola sobre el catre de muerte. A Padre ya se le cierran los ojos. La muerte que se aguarda hace horas pero que hace días se demora en llegar. Comatosa con la cabeza estirada hacia atrás. Tiene puesta una camiseta. Ninguna frase postrera que haya trascendido. Ha estado se ha ido. Desnudez. Y adónde lleva eso. A Padre se le cierran los ojos. Se va a casa ahora. Un desierto solito y solo la sala en la que Madre desaparece. Ella no dice vete entonces a casa, ahora debo morir. Pasar al más allá. Estirar la pata. Dormir afuera. Hacer lugar. Haber oído mal la vida entera. Preguntarse la vida entera ¿lo entendí bien? Y un día querer dejar en claro algo. El sistema operativo de Madre chequeaba por así decirlo perpetuamente sus interfaces. Tal vez no había ninguna. Una cocina que se va a apagando a sí misma. Lo que es bello brilla bienaventurado en sí mismo.6 Lo que se extingue tan seco ahí en la sábana. Tan apolítico el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho. De cómo entramos a la habitación y nos quedamos helados. De cómo todo queda repentinamente en silencio. De cómo escuchamos el escuchar en lo escuchado. Tal vez sea esto algo que no acaba nunca, este morir que no acaba nunca. Ese delgado bracito que brota desde la sábana. Esa mano sin anillos que anhela un anillo. Ese cuerpo completamente subterráneo que ni él mismo puede creerlo. Si ayer mismo estaba más completo, se vuelve a decir este cuerpo con gusto. Qué es lo grave de pronto como para que esto no pueda seguir así.

Repetidamente contabiliza algunas cosas mal. Por ejemplo el haber recibido la negativa vehemente siquiera de algún hijo. “¡Pero si mi hijo me visitó!”. Hasta lo último hubo de parte de Padre para Madre almuerzos elegidos y de hecho elegidos con una semana de anticipación, a saber en esta ocasión alguna cosa con sopa al vapor carne y pío-pío. Debido a la dieta muy tediosamente digerible y digno de marcharse. Pero qué se le va a hacer. Todo en el mundo encuentra en algún lugar del mundo una comprensión catastrófica. Cuando Padre preguntó dos días antes del entierro si yo quería verla de nuevo, respondí por la negativa. Me hubiera gustado desarrollar por una vez una comprensión sobre lo que ocurre ahí en términos del organismo, sobre lo que cae y cesa en términos del organismo. Lo cierto es que con mucho gusto habría penetrado con este teclado en las vísceras, pero lo cierto es que no era algo que hubiese podido ni lograr bien en vida. La gramática alemana emana siempre como un destacado hedor a descomposición. Este idioma alemán permanentemente bendecido por el Papa. Este idioma del ahorro. Este idioma de filósofos. Esta botella retornable. Este cristianismo mortuorio. Este ente transportado. Este orgullo: “Será injusto conmigo / aquel que llore mi muerte”.7 La muerte de ella. Una muerte un tiempo real y en derredor algo así como hermenéutica o carnaval de Karlsruhe. Leí “Será la pálida muerte con su fría mano”8, pero no me asusté.

La visitamos en Pentecostés de mil novecientos noventa y ocho. Incluso mirar era imposible. ¡ESO te expulsaba hacia el exterior como si no hubiera lugar! Pero poco antes de su muerte se había comprado en cantidades industriales ropa interior en una tienda de ropa interior y siempre quería ir de compras. Ir de compras era para Madre siempre un acto de estado. El padre director de la parte alta de la ciudad, y Madre sale ahora de compras para la familia del director de la parte alta de la ciudad. Ir de compras en este Düren cagado. Ir de compras en este Düren totalmente venido abajo en lo espiritual. ¡Con excepción del museo urge que por favor se clausure esta ciudad! Una ciudad que durante la guerra fue destruida en un noventa y ocho por ciento habría sido mejor que no fuese reconstruida. Se debería haber dejado todo como estaba o como yacía, pudriéndose. Entonces se podría haber conducido por allí a hombres y mujeres de todos los rincones del mundo incluso cincuenta años después de la guerra diciéndoles: ESTO es la guerra. Por favor todos cierren Düren. Una ciudad con pretensiones como de queso suizo. Poca forma y mucha nada. La nada resplandece al través. Siempre esta representación del ir siendo menos. Y despertarse asustado por la noche porque en el sueño Madre aún sigue sentada allí, y se habla de un milagro. Se habla de que para ella es probable que ya haya pasado lo peor. Que ahora no es mucho lo que puede sucederle. Y ahí está sentada Madre entonces, y la pasa bien. No hay quien le pueda. Abstraída ahí en su asiento. Una visita de otro mundo. Habla de pronto de una manera completamente distinta que en persona. Otra vez despertar del susto, tras notar la treta. Clarificar de inmediato que Madre ha pasado al otro lado. Tranquiliza saberlo, por así decirlo. Todo como antes. También ella le tenía miedo a las noches. En realidad ya no quería tener más noches. Solo estar acostada en la cama observándose los pies de manera aparentemente ininterrumpida. Tenía vista al parque, pero ya no lo miraba. Allí en el parque del hospital hay una escultura. Una vez mi Madre miró por la ventana hacia el parque y vio exactamente esa cosa. Que le gustó. Después de que Madre desapareció el veinte de agosto de mil novecientos noventa y ocho a eso de las veintitrés horas y cincuenta minutos, Padre le encarga al escultor que confeccione una bonita estela para la tumba. Acabó siendo un objeto de piedra gris muy firme, enroscado o retorcido alrededor del centro. Entretanto ya se ha enmohecido. No, mi Madre no me llamó personalmente para decirme “tengo cáncer”. Unas semanas después de recibir por parte de Padre la noticia de que Madre estaba gravemente enferma recibí por intermedio de ese mismo Padre un número de teléfono con el cual podía visitar a Madre, que ya había sido operada y aún estaba convaleciente en la cama del hospital. Ninguno de nosotros tenía desarrollado un buen criterio de conversación. Su voz era una fuerte debilidad. Solo llamadas cortas, había dicho Padre. Una vida es siempre un deseo de uno a otro. No, esas son frases gastadas. Esa no es ninguna salida. Mejorar el estilo significa mejorar los pensamientos, dijo alguien alguna vez.9 Uno marca este número no una sola vez no del todo, sino siempre solo hasta el tope, siempre solo hasta el anteúltimo número, siempre solo hasta a lo sumo el último número, pero que ya no pasa del todo, antes bien empieza a sonar como mucho un poco, luego rápido el tubo sobre la horquilla. Se le rehúye al primer amor como a la primera muerte. Todo está comunicado y numerado. Tomar de nuevo el tubo, puesto que se trata de la única voz que cuenta.

Existe una única carta de ella. Allí anuncia que tiene guardado el pantalón que me olvidé en mi última visita luego de la mudanza y que me podría enviar, en principio. De esto hace años. Amablemente me envió dentro de una caja el pantalón, que entretanto hace tiempo que ya está fuera de la así llamada moda. Es que yo le había escrito una carta, por favor mándame el dicho pantalón, porque se está poniendo frío y me falta ese pantalón. El pantalón entretanto se ha podrido, la caja la conservé. Adentro hay tirado todo tipo de cosas insensatas. Conservé la caja, pues, pero no volví a mirar adentro. El pantalón ya era desde el principio demasiado corto, yo igual me encajaba dentro y siempre llamaba a este pantalón “calza”. Entre que estire la pata una persona cercana y que estire la pata una persona casi idéntica solo está el acto de ponerse un pantalón. O el alfabeto. Tú te pones un pantalón y Franz Papaver habla de identidad, que solo es variada repetición.

Como sea, la cuestión es que vi a Madre por última vez el dieciséis de julio de mil novecientos noventa y ocho a eso de las diez de la mañana. Madre justo había desayunado, lo que al contrario que en días anteriores parecía haberla alegrado esta vez, dijo Padre. Para mí estaba completamente claro que era la última vez que la había visto. Con una renovada entrada a la habitación esta consciencia podría haberse convertido es una distinta. Pero no había absolutamente ninguna excusa ningún pretexto para entrar de nuevo a la habitación. Me tengo que ir, exclamé, saludándola una vez más con la mano, y la puerta pesada y gris con el picaporte acariciante se desliza despacio en la segura cerradura. Pero, ¿adónde ir? Abandonar la habitación, abandonar la unidad, abandonar el edificio. Tomar una vez más noticia de este aislamiento. De este lugar de reparación, sanación y finalización. Decir con toda firmeza, aquí no quieres volver a entrar hasta el fin de tus días. Hacer como si no hubiera pasado nada. Pensar en otra cosa, por así decirlo. ¿Pero adónde, entonces? Pasar de largo por delante de la vieja y demolida piscina pública, por delante de todos estos sobreesfuerzos como sacados de una galera llamados Düren. Por delante de este conjunto completo de la necesidad. Por delante de esta ciudad mediana. Por delante de ti mismo beber un café en esos establecimientos venidos a menos del centro de la ciudad. Esta es una pequeña ciudad digna de ser olvidada de punta a punta. Se yergue de pronto en la cama, luego de horas sin haber emitido ningún sonido. Acaso esté persiguiendo otra vez un fantasma. Preguntas que ella plantea. Si escuché lo que dice el abue. Le causa un profundo asombro que el abue diga algo aquí delante de toda la gente. El abue solo le dice cosas siempre a ella sola y por las mañanas en el baño. Por favor que me ocupe de echar a la gente. Que no es cierto lo que digo. Que no estoy solo con ella en esta habitación. Que esas otras personas traman algo malo. Que a veces ella no está del todo atenta. Ella tiene según dice en sus momentos de lucidez la sensación de realmente estar entregada al envejecimiento desde hace tiempo pero todo esto aquí y que dios la disculpase ya no tenía nada que ver con envejecer, esto era algo completamente distinto, y si yo podía facilitarle un indicio de qué era lo que podía ser esto ahora exactamente, ella por su parte tal vez había oído algo sobre el asunto, pero entretanto se lo había olvidado, o en todo caso tenía otras cosas que hacer. Además, aunque esto no era urgente, no se acordaba de esa única palabra. Que algo así fuera definitivo. Vuelve a caer sobre la cama como muerta. Así entonces se verá cuando esté muerta tal vez. Ahora hace diez minutos que está muerta. Su piel sobre las mejillas. Su frente brillante, que se frota más y más con un ungüento digamos de alta gradación. Qué es lo que ha sido de nosotros. Esta pregunta cotidiana este dolor ungido. Las venas de sus sienes que se precipitan como un riachuelo por la montaña. Su sueño, que es una montaña. Y desde la montaña alza de pronto la vista con una sonrisa ya casi conciliadora que parece abarcarlo todo. ¿Estamos aún a tiempo aquí? ¿Está todo aún en hora?

El dieciocho de agosto de dos mil, Padre me comunica que volvió a encontrar las cartas de amor de Madre. Habían estado dentro de una lata de galletas. En todo caso en una lata de metal. Madre y él habían acordado en aquel entonces destruir sus cartas de amor. A las cartas de amor de él ella las había quemado de manera impecable. Ahora encontraba como por casualidad en una caja marrón, y aunque fuera una vieja caja sin importancia, estas cartas de amor de ella, que entonces él no había quemado tal y como habían acordado hacer. Se asombraba como por sí solo. Estaban metidas aquí dentro de una lata en esta caja marrón. Madre había quemado todas las cartas de amor de él, dice Padre. Esto quedaba demostrado, dice Padre. Había sacado del armario esta canasta y en vez de la presumida decoración del árbol navideño lo que había adentro eran estas cartas. Durante todos estos años tuvo entonces que haber estado guardando y por último en este lugar las cartas de amor de ella dirigidas a él, mientras que ella según lo acordado había quemado como era debido las cartas de amor de él, supone. Encuentra entonces en esta lata de galletas las cartas de amor de Madre retira en el acto todos los sobres que quedaban con las cambiantes direcciones y señas y los arroja de inmediato al tacho de la basura, dice Padre. Me muestra un archivador con hojas de papel manuscritas pulcramente agujereadas. Las cartas de amor de Madre. No puede ser verdad, le respondo. A la pregunta de por qué agujereó las cartas y tiró los sobres en vez de conservarlas intactas dentro de la lata en la caja, Padre contesta que solo le interesaban las cartas. Ciertamente tenía ahora cada una dos agujeros, pero él había prestado especial atención a no tocar ninguna parte de texto.

Ni bien escuchó el grito, ya que al tiro no lo había oído, o no lo había interpretado como tal, se sabe que para convivir con el manantial incansable de alboroto de un patio interno no hay que ni siquiera preocuparse por decodificarlo, de ahí que ese sitio tan público sea paradójicamente el mejor lugar para cometer un asesinato sin que nadie se entere; ni bien escuchó el grito e interpretó retrospectivamente el tiro que lo precedió y estuvo en condiciones de concluir que el golpe inmediatamente posterior sólo podía provenir de un cuerpo cayendo al suelo, Lichi se levantó del sofá y asomó la cabeza por la única ventana de su monoambiente. El silencio era tan perfecto que lo asustó: por primera vez desde que se mudara con su padre a ese departamentito del Once no sonaba una sola radio ni ladraba un solo perro, no chocaban entre sí los platos ni se oía a nadie discutir por teléfono con su ex pareja. Semejante derroche de mutismo sólo se daba en los lugares donde acababa de ocurrir una tragedia espantosa.

Eran las tres de la tarde de un domingo gris, al igual que todos los días en ese edificio sin verdadero frente, sólo dos patios internos no mucho más amplios que un aireluz, como se denominaba en esa ciudad a los huecos de tufo y penumbra hacia donde ventilaban los ambientes más infectos de la convivencia urbana. Lo natural hubiera sido hacerse el boludo, el deporte más popular en ese país luego del otro que también se jugaba con una pelota, pero Lichi no había elegido la profesión de policía para escaparle a una responsabilidad que le hubiera cabido incluso como civil, acá y en la China. Así como estaba, que era menos de civil que de entrecasa, salió del departamento y tocó timbre en el de enfrente. Si lo impulsaba además algún afán de gloria, de resolver por sí solo un crimen y así trepar abruptamente en el escalafón, una fantasía de boludo importante, diplomado, ni él tuvo tiempo de darse cuenta.

Enfrente lo atendió una señora menuda, casi tan joven como él, que sostenía a un nene de una mano y un revólver en la otra. Si hubiera salido en calzones, Lichi se habría sentido menos desnudo que ahora sin su reglamentaria. Lo que más lo asustó fue que se tratara de un revolver muy antiguo, casi una pieza de museo, de esos que la gente hereda cargados y no sabe usar. 

–Perdón, pensé que era mi ex marido –dijo la mujer guardando el arma en un bolsillo– Pase. 

En el medio año que llevaba en el edificio, Lichi no había pasado con esa mujer del saludo casual, siempre saliendo o llegando del trabajo, por lo que tuvo que concluir que inspiraba más confianza así que con el uniforme de policía, uno de los más desprestigiados en un país donde no se salvaba casi ninguno, salvo tal vez el guardapolvo blanco, y sólo el de una maestra de primaria (de escuela rural). 

Aceptó el convite impulsado menos por su improvisada investigación que por curiosidad lisa y llana, de ese departamento entraban y salían más niños que los que debían caber de pie y sentía intriga por saber cuántos eran en total. 

Contó siete, cada cual algunos centímetros más alto que el de al lado, como muñecas rusas desplegadas, pero tan quietitos y silenciosos que parecían uno solo, y no argentino. Tampoco lo eran, sino de Perú, a juzgar por la banderita plantada sobre el televisor, clavado a su vez en un canal musical de aquel país. Lo que explicaba que siendo tantos casi no hicieran ruido, que era lo que a Lichi más lo sorprendía de su vecina, era que el departamento, además de pequeño, estaba atestado de mercadería. Ni el más endiablado de los purretes hubiera podido corretear por ese espacio. Fardos y fardos de todo tipo de productos se apilaban contra las paredes, obstruyendo incluso la única ventana del monoambiente. Según su tamaño y consistencia, los paquetes de paquetes ocupaban el lugar de los diversos muebles faltantes, mesa y sillas, repisas, sillón y aun camas. El olor a film adherente sobrepasaba al del picante, y de una comida para ocho personas. 

–Justo estaba necesitando mondadientes –dijo Lichi al toparse con el bulto que no dejaba abrir del todo la puerta, mientras trataba de establecer, no si esa mercadería era legal o ilegal, sino a qué estrato de la ilegalidad pertenecía, para de ahí deducir si al ladrón de ladrones le tocaba el perdón o ya nuevamente la cárcel. 

–¿No me ayudaría a ponerlo allí arriba? –le señaló la otra un hueco entre el techo y un par de torres de trapos de piso. 

A Lichi no le molestó, más bien le resultó un alivio, que la vecina hubiese demorado tan poco en dejar en claro por qué lo había hecho pasar. Caballerosamente se agachó, hinchando el pecho como un levantador de pesas y pidiéndole ayuda con un guiño al más grande de los enanitos, que no debía tener más de seis años. Y mal no le hubiera venido que le dieran una mano, pues la suma de esos elementos sin peso específico individual daban un inesperado y casi inmanejable peso muerto. Llevarlo hasta el sitio indicado le costó más que la noche anterior arrastrar a su padre borracho hasta la cama, por muy flaco que fuera. 

–¿No escuchó nada anómalo hace un momento? –preguntó con voz agitada por el esfuerzo, en parte también para recuperar el aire antes de irse. 

–Oí un grito –asintió la Blancanieves morena tras un momento de vacilación, tal vez generada por la anómala palabra que había elegido él para referirse a un ruido raro o extraño– Debe haber sido la tarada del segundo. Parecía que la estaban matando. Por eso pensé que podía ser mi ex marido que se había confundido de piso. 

Lichi se despidió tocándose la gorra que no tenía puesta y subió el piso de diferencia por las escaleras. Eran tres los departamentos que daban hacia el lugar del crimen (acústicamente hablando) y no supo por cuál empezar. Recién cuando tuvo que prender por segunda vez la luz, le llegó la iluminación: si la peruana había dicho que su marido se podría haber confundido, el departamento sólo podía ser el inmediatamente superior. Tocó el timbre.

Enseguida oyó un gemido que era sofocado con corrimiento de cosas. En un departamento contiguo empezó a ladrar un perro. Volvió a tocar, acercándose instintivamente a la mirilla, como si por ella se pudiera ver el interior. Por eso quizá no se sorprendió tanto de que ese fuera el caso: la habían colocado al revés (¿o estaría al revés la puerta?). Igual no vio mucho, apenas un pasillo y al fondo las piernas de una persona en silla de ruedas. Las piernas desaparecieron y en su lugar se fue acercando un hombre calvo de barba abundante. 

Cuando al fin le abrieron, se había vuelto a apagar la luz (más que un timer le habían colocado la próstata de un anciano, imaginó pensando en su padre, que acaso en ese mismo momento estuviera levantándose a orinar, si es que la borrachera se lo permitía). La luz que venía del otro lado del departamento, aunque tenue, no le dejó ver la cara que puso su vecino cuando le explicó que había escuchado gritos y venía a cerciorarse de que no hubiera ocurrido ninguna desdicha (la palabra correcta habría sido desgracia, pero era de las que le costaban pronunciar). Habría sido importante poder verle la cara porque el hombre no contestó. 

–¿Puedo? –exigió Lichi, olvidándose de que no tenía el uniforme puesto, por ni hablar del encargo de allanar un domicilio o el permiso de un juez para hacerlo (pero eso sí que hubiera sido buscarle lo que se dice el pelo al huevo… del boludo). 

Demoró unos segundos más en entender que el otro no entendía castellano y le dio una primera lección, tanto del idioma del país como de su idiosincrasia, abriéndose paso sin más formalidades. A diferencia del departamento de arriba, éste se encontraba casi vacío, apenas si tenía unas telas colgando de las paredes y un par de alfombras en la base de mueblecitos endebles, como hechos de escarbadientes. Sin embargo, la opresión que reinaba en el ambiente era mucho mayor, casi insoportable. Lichi la sintió en el estómago y en el pecho, antes aun de que se potenciara al asomarse a la cocina y ver la silla de ruedas, embutida ahora entre la heladera y una mesa rebatible de fórmica descascarada. Las piernas flacas y desnudas hasta los muslos que en Lichi habían despertado algún ramalazo de fantasía erótica (que jamás confesaría, ni siquiera a sí mismo) pertenecían a una muchacha con los miembros y el rostro desfigurados por una horrible enfermedad, de esas que Lichi se congratulaba de ni siquiera saber el nombre. Tenía el pelo cortado de cualquier manera, la mirada perdida en el techo, la boca babeante y como único rasgo vivaz un aro verde que le colgaba de un lóbulo horriblemente inflamado. Lo que a primera vista parecía un cinto, ciñéndole casi a la altura del escuálido pecho su túnica también verde, enseguida se reveló como una faja que la mantenía atada a su silla precaria, de obra social. No había forma de dudar, en cambio, de que eso que le tapaba la boca era una mordaza casera. 

–Ella quería –apareció de pronto una mujer, que aun cubierta por un velo delataba ser la madre de la muchacha. 

Conmovido por el hecho de que los rasgos parentales sobrevivieran a una enfermedad tan deformante (¿sería también por eso que se las llamaba genéticas?) Lichi tardó unos segundos en entender que la señora sí sabía el idioma, no como su marido, y que le estaba dando explicaciones antes de que él se las pidiera. Estuvo tentado de preguntar qué era lo que había querido la pobre muchacha, si que la ataran o que la amordazaran o ambas cosas, pero la formulación volvió a provocarle una puntada de goce oscuro, infame, y calló avergonzado. 

–Ella quería –repitió la madre como un mantra, o como se llamara en su país a los rezos repetidos–. Ella insistió.

Mientras procedía a desatar la tela que le cruzaba la boca a su hija, despacio y como midiendo si ella entendía que debía comportarse porque había visitas, el padre le ofreció té en una tacita diminuta que parecía haber sacado del bolsillo, como ciertos mozos el plato de ñoquis o milanesas con fritas casi antes de que uno termine de pedirlos. Parecían sentir tanta culpa por el estado de su hija que Lichi empezó a sentirla también, pero aplicada a su propia presencia en el lugar. Habría huido de inmediato si el gentil tecito no lo hubiese amarrado a la situación con lazo más insalvable, a su sutil modo, que la faja para los débiles y retorcidos brazos de la gritona. 

–¿No les llamó la atención accionándose hace un momento un sonido como de pistola? –aprovechó entonces para interrogar a los posibles testigos. 

–La que tiene un arma es la loca de abajo –dijo la madre, casi con el mismo desprecio con que la otra había hablado de su hija. 

En ese momento volvió a escucharse un tiro, mucho más fuerte que el anterior, por lo que Lichi dedujo que debía venir de más arriba todavía (aunque es el sonido el que sube). Apuró la tacita (dejar a medio consumir un recipiente tan pequeño se le antojó que podía ser tomado por una afrenta imperdonable en la cultura de esa gente) y se despidió de la familia. La seguridad de que se toparía con varios vecinos, todos preguntándose qué había pasado o incluso parados alrededor de un cadáver, intensificó la oscuridad y el vacío con que se encontró en el pasillo. Frente a la disyuntiva de la escalera pensó por un instante en olvidar el asunto y volver a su departamento, al menos para cerciorarse de que su padre llegara al baño y no le manchara la cama. 

Fueron más bien las piernas las que les dieron al cerebro la orden de seguir subiendo y llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias, como se dice, aunque el verdadero extremo era más bien el origen de toda esa insensatez. ¿Quién quedaba, no digamos en el rubro policial, sino en cualquier otro, excluyendo al de las maestras rurales, que aún actuase lo que se dice de oficio? Lo más parecido que conocía Lichi a hacer lo que se debe hacer sin que nadie te lo exija ni te vaya a reclamar en caso de abstenerte era el así llamado trabajo a reglamento, al que acudía sobre todo el gremio de los choferes a modo de protesta cuando pedían aumentos de salario. Cumplir con las propias obligaciones era en ese país una paradójica manera de hacer huelga. 

En el tercer piso, la lamparita del pasillo no trabajaba ni a reglamento. La única luz era la que proporcionaban los visillos, tal vez estuvieran todos al revés. Todos menos uno, notó Lichi, y no porque estuviera en la posición correcta, sino porque la que estaba ladeada era la puerta misma. Se acercó y la empujó como para entrar, pero cuando bajó la vista vio un hilo de sangre corriendo por el piso. Siguiendo el hilo hacia afuera notó que enseguida se espaciaba hasta transformarse en gotas en fila y concluyó que esa debía ser la dirección que había tomado el acuchillado, luego de taparse la herida. 

El caminito conducía a las escaleras nuevamente, no del lado que había emergido él sino del que seguía hacia arriba. Terra incognita para Lichi, que nunca había pasado de su primer piso, de ahí que tendiera naturalmente hacia las escaleras y no hacia el ascensor, como cualquier hijo de vecina (del segundo piso para arriba). De ahí también que al llegar a la terraza y no ver a nadie, pero sí la ropa recién colgada y goteando, se sorprendiera de no haberse cruzado con ninguna persona en la escalera. Siguiendo el impulso que lo había hecho ascender los tres pisos al trote, revisó la terraza de punta a punta, lo que tampoco era tanto decir, pues el tamaño de los seis departamentos más el pasillo debía equivaler al de un solo departamento de familia en un barrio más acomodado, es decir casi cualquier otro de la capital. 

Se reclinó a descansar sobre una de las barandas, sacó un cigarrillo, buscó encendedor, no encontró pero igual se lo puso en los labios, succionó por acto reflejo y hasta llegó a sentir el humo entrando en los pulmones. Era el colmo de la sugestión, luego de haber buscado al dueño de la ropa como si colgarla en la terraza fuera un delito (lo era, en cierta forma, o en todo caso se había discutido ya varias veces en las reuniones de consorcio la posibilidad de clausurarla, debido a que los vecinos subían con tacos o elementos punzantes y agujereaban la membrana, pero aun así no se justificaba actuar de oficio en este caso). Y no le podía echar la culpa de su sugestión a la sangre, pues a más tardar bajo la luz externa se había revelado como agua ennegrecida por alguna prenda de mala tintura. 

Haciendo como que fumaba, Lichi se quedó un momento más a contemplar la calle de su edificio, tanto más desolada y gris un día domingo si se tenía en cuenta que durante la semana era un colorido caos de tráfico, mercadería, changarines y clientes. El bullicio diurno era tal que de alguna manera reverberaba aún en los grafitis de las cortinas metálicas, en los carteles gritones proyectándose como lanzas hacia el asfalto, en las veredas sucias y rotas por el uso. Bien mirada, la calle no estaba vacía sino llena de vacío, tumultuosamente solitaria, como un teatro horas antes o después de la función. ¡Esa calle era un cigarrillo sin encender! O un cigarrillo electrónico trucho, de los que vendían precisamente en esos locales. 

En ese tupido silencio Lichi fue testigo cenital de un robo a mano armada. Una chica que pasaba caminando era sorprendida de pronto por dos delincuentes que se materializaron de la nada (por muchas similitudes que en ese país se le viera a la policía y a sus contrincantes, en eso sí que eran lo opuesto, pensó Lichi, pues la ley se anuncia con sus patrulleros ya desde lejos, como ahuyentando cualquier peligro, y después nunca termina de llegar). Mientras uno de los jovencitos le apuntaba con una 22 menos verosímil, incluso a la distancia, que las que se ofertaban en plástico detrás de las cortinas metálicas, el otro le quitó el celular y la cartera, que revisó con la velocidad de un agente aduanero sin ganas de trabajar, pero encontrando enseguida todo lo que quería. Quince segundos más tarde se habían evaporado y la muchacha, con la boca abierta aún para un grito que nunca atinó a dar, tropezó con una baldosa levantada y casi cae a la calle. Pero ni siquiera ese peligroso tambaleo despertó en Lichi el impulso de ir en su ayuda, tal vez porque todo se había desarrollado en el mayor de los silencios, como en una película vista sin volumen. Vio alejarse a la víctima como si nada hubiese interrumpido su paseo y tiró el cigarrillo por la borda de la terraza como si realmente se lo hubiera fumado. 

Bajó las escaleras asombrándose con cada peldaño un poquito más por su pasividad ante un delito concreto, a ojos vistas, en medio de su insensata prosecución de uno ilusorio, de oídas. La materialidad de lo que acababa de ver al menos influyó en su interpretación del tercer disparo que escuchaba ese domingo, justo cuando daba la vuelta a la escalera en el quinto piso. Tocó el timbre del departamento respectivo sabiendo que ese ruido no provenía de un arma sino a lo sumo de alguien queriendo imitar su sonido. Le abrieron enseguida, como si lo hubieran estado esperando. 

–¿Vienes por los disparos? –preguntó entusiasmado un joven cubierto con la camiseta del seleccionado colombiano varios talles más grande que su torso–. ¡No sabes la alegría que me das! Estoy haciendo una serie de tutoriales para Youtube de cómo fabricar efectos caseros de sonido, pero caseros en serio, sólo con cosas que hay en cualquier casa. Ya hice lluvia, truenos, carreta, chirrido de gomas y nave espacial, pero no encontraba la manera de hacer un disparo. Porque lo de reventar un globo o hacer rebotar un listón contra una mesa no sirve. Tampoco lo del Zippo o la engrampadora me terminan de convencer para los gatillamientos. Además de quién tiene globos en su casa, ¿verdad? Después de mucho buscar encontré una receta excelente. Pero no me iba a dar por conforme hasta que algún vecino no se asustara y viniera a ver a quién estaba matando. 

Lichi, al que le zumbaban los oídos por la cháchara del caribeño (para él, el caribe empezaba en Rio), puso su mejor cara de boludo (la normal, según le decían) y sacando el paquete de cigarrillos dijo que no venía por ningún ruido, sino por fuego. 

–En la azotea me di cuenta de que me faltaba llama pal fumo –gozó al menos de ese pequeño triunfo que implica hacer que otro se sienta más boludo de lo que se siente uno mismo.

Azorado, pero sin dudar ni por un momento de que le decían la verdad, el youtuber sonidista metió la mano en el bolsillo de su short y extrajo un Zippo. Al chasquearlo un par de veces antes de conseguir la llama ambos se dieron cuenta de que el sonido era exactamente igual que el de gatillar un arma. ¿No eran acaso los encendedores del ejército norteamericano en Vietnam?, recordó Lichi. Con el pretexto de hacerlos resistentes al viento habían creado un arma sonora que debía poner muy nerviosos a los prisioneros de guerra en las sesiones de tortura. Pensó en transmitirle este saber al moreno, pero prefirió trocarlo por uno más cercano a sus intereses. 

–La imitación más acabada del sonido de una pistola es el sonido de una pistola, y acá todo el mundo tiene una en su casa –impartió a modo de agradecimiento una nueva lección de civilidad argentina, justo él, aunque tal vez fuera el más indicado, cada cual tiene a fin de cuentas el maestro que se merece. 

Desistió de subir de nuevo a la terraza y bajó con deliberada lentitud, para aprovechar al máximo el tabaco antes de llegar a su departamento, donde su padre no le permitía fumar. Tampoco le permitía hacer ninguna otra cosa, en rigor, salvo claro está cumplir con su deber filial de cuidarlo, y tampoco a esa tarea se la hacía fácil, más bien lo contrario. Por eso lo había dejado emborracharse una vez más, cansado de buscar y tirar las botellas de Sake que él traía a escondidas a la casa. 

El lento descenso le sirvió además para pensar en el caso del aireluz y terminar de resolverlo. Cuando pasó por el piso de los árabes entendió que lo que quería la hija era ese adorno que le vio colgando de la oreja y que le había dejado el lóbulo como un tomate. Lichi prefería ni imaginar con qué le habrían hecho el agujero, en todo caso estaba claro que a eso se debía el grito desgarrador que había sido castigado con la mordaza. Y cuando llegó al piso de Blancanieves y los siete peruanitos entendió que el bulto que había levantado era seguramente el que se había caído luego del grito, y luego del tiro también. Así tenía que haber ocurrido el crimen, cuyo escenario no era otro que el patio interno de su mente. Él era el culpable y el detective, y bien pensado incluso la víctima. 

Frente a la puerta de su departamento se acordó de mirar por el visillo, no tanto para comprobar que estuviera invertido como para terminar el pucho. Pero estaba invertido, y lo que vio fue espeluznante: su padre se había caído de la cama y la cabeza parecía haber dado contra la silla de hierro que hacía de mesita de luz, en todo caso sangraba copiosamente, tiñendo la alfombra. Por la posición del brazo derecho se podía deducir que invertía sus últimas fuerzas en llegar al celular de su hijo, vaya uno a saber para llamar a quién. 

Lichi, que había estado a punto de tirar la colilla y aplastarla con el pie, la aprovechó para encenderse un nuevo cigarrillo y seguir camino a la calle. De pronto se había acordado que tenía que comprar algunas cosas y supuso que el chino de la vuelta estaría abierto (sus paisanos eran los únicos que trabajaban en serio en ese país). Luego pensó que mejor iba a la comisaría, a ofrecerse como testigo del hurto presenciado desde la terraza. De paso podía contar la historia del patio interno, seguro que sus col, “Red Rug and Gun” (1981 – 1982)egas se la iban a festejar, aunque después lo trataran de boludo (ya le decían Lichi, como si fuera una fruta, así que le daba igual). Lo importante era demorar la vuelta a casa lo máximo posible y que todos supieran que si la había abandonado por un rato sólo había sido para cumplir con su deber. 

    

Natalia llegó tarde al bar pero nos trajo una historia, lo cual fue aceptado como salvoconducto por todos. Esta vez mi hermana no se disculpó por el desajuste horario, sabía que gozaba de nuestra indulgencia hacía ya un par de horas. Al fin y al cabo, todos somos gente de prensa y, en el bar de la esquina, la espera nunca es un problema. Se sentó y comenzó a hablar, cosa muy rara pues usualmente escucha lo que dice Gabriel, cuya gran inteligencia lo ocupa todo. Me gusta mucho oírla. No sé qué hay en su timbre tenue y frío que me adormece. Pero esta vez su voz no era serena, acababa de dejar el periódico y todavía palpitaba en la urgencia de la tinta y la medianoche. Han apresado a un hombre, se le escapó y, por su ansiedad, preguntamos si era inocente. Pero ella respondió casi con una disculpa: Es que no lo sé, dijo y enlazó su mano a la de Gabriel.

Expuso los únicos datos exactos que poseía: la muerte de Rebeca, tan verídica como su proclamación de Reina del Carnaval. Le habían proporcionado las fotografías de ambos sucesos. Pudimos reconstruir entonces un carnaval de baratija, con un corso de extramuro, perdido entre el arenal y la basura, que Rebeca no había alcanzado a protagonizar pues fue asesinada antes. Natalia nos contó de su reinado fugaz y, por su exposición, adivinamos un pueblo aborigen de pobreza infame que, igual que la chica, se dirigía inexorablemente hacia la desaparición. Gabriel la besó en la cabeza, un segundo antes de que mi hermana le soltara la mano y dijera, no sin cierto suspenso: Nadie podía prever lo que tenía preparado el destino para la Reina, menos aún cuando la eligieron.

Aquel día se había presentado luminosa con el cabello suelto y liso, la risa fácil y un clavel rojo atado a la pretina de los pantaloncitos cortos que destacaban sus caderas evidentes. Rebeca tenía catorce pero hacía mucho que había dejado de ser una niña. Quizás no había tenido niñez alguna y había nacido directamente en la vida adulta, pensé, mientras Natalia explicaba, según le habían dicho los expertos, que la chica provenía de una cultura originalmente concupiscente. Tratamos de desentrañar que querían decir los expertos con “concupiscente” y tradujimos así: un pueblo amazónico de cazadores, nómada, tejedor, en el que las virtudes carnales son virtudes cardinales. Todavía era muy abstracto. Un seno materno, acompañado de cantos femeninos, en el que los placeres del cuerpo son inculcados a las niñas desde muy pronto. Un tiempo y un espacio narrados oralmente, dijo Natalia, donde la lascivia y el placer no son un pecado sino algo natural, vital. Su aclaración nos llevó por unos segundos al Paraíso y en seguida al Infierno, al recrear este mismo ecosistema en la ciudad, en donde la libertad se vuelve un yugo y se encamina a la más antigua moledora de carne. La pobreza puede molerlo todo: las niñas indias se entregan por exiguas cantidades de monedas, desde edades impronunciables, en los márgenes urbanos. ¿Y cuánto es una cantidad exigua?, pregunté. Natalia contestó sin poesía: Son dos pesos.

Su voz fatigada me hizo pensar en la nieve, en el dolor de mi piel congelada y en la desaparición del hielo convertido en agua. En La Paz. Al contrario que Rebeca, yo había salido de la infancia tarde, cuando me fui a estudiar con mi hermana a La Paz. Es verdad que no era precisamente una niña; lo mío era, en realidad, una adolescencia aniñada de pueblo que yo padecía como una enfermedad. Diecisiete años es un poco tarde para un chica citadina, pero no para una muchacha de provincia, demasiado cuidada y demasiado apurada por saltar.

No podría decir que abrí las alas como lo hacen los pichones cuando están listos. El mío no iba a ser un vuelo a favor del viento y sin batir alas. Cautela es algo que nunca tuve y menos en aquellos días en los que cualquier precaución hubiera sido una afrenta a mi lustrosa libertad. Lo mío iba a ser un vuelo feroz, aerodinámico, en picada; un salto violento hacia lo desconocido, un vuelo rasante por la ciudad, por todo aquello que moría no sólo por ver sino por probar. Sí, los demonios no se los debo a nadie. No hay más responsables que yo en todo esto. Y aunque Natalia se culpe a menudo por haberme llevado a ese lugar, la verdad es que la decisión fue sólo mía. De lo único que he podido acusarla, cuando he tenido ganas de estar muerta, es de salvarme, de haberme puesto la nieve que cogió del techo de un auto en las mejillas para que no me desmayara. La nieve y su voz cada vez más lejana: ¿Qué tienes, nena? ¿Qué te han hecho? ¿Qué les voy a decir a papá y a mamá? Y yo: Nada, no les dirás nada, júramelo.

Natalia prosiguió: Rebeca había sido levantada por el conductor de un taxi que la llevó con la promesa de ir de paseo. Todo esto se supo por boca de otra chica, Angélica, testigo del último momento en que Rebeca fuera vista con vida. Ambas querían subir al auto, pero Angélica no fue porque se le veía ya muy avanzada la barriguita preñada y el taxista no la había querido. ¿Embarazada?, preguntó alguien, como si no pudiera creerlo, no me acuerdo quién. Yo miré instintivamente hacia otra parte. Natalia confirmó: Sí, el taxista no la quiso, a pesar de que días antes sí la había querido. Era asiduo de la Pampa. ¿Y cómo era?, requerimos. Gordo, dijo Natalia, en realidad más barrigón que gordo; grande, en edad y estatura. Angélica había sido precisa: como un abuelo; blanco, igual que el taxi. Casi tierno. Daba más de dos monedas, seguramente, porque las muchachas se pelearon un poquito por subir, además siempre las devolvía con un helado. Pero aquella tarde o noche, fue a eso de las siete y todavía estaba claro, eligió a la Reina por ser la más linda. Rebeca no sólo era más linda, se le había escapado al fotógrafo que iba con Natalia, era el corazón de una sandía muy roja y jugosa; a cuarenta grados de calor, dijo Gabriel.

Gabriel me esquivaba, como cuando cambias de vereda para no saludar a alguien que sabes que te ha visto y que no te quieres cruzar; seguía de reojo mis manos, remachaba mis intervenciones con apostillas de silencio que nadie notaba, excepto Natalia y yo. Desde niña, él veía en mí a una criatura mimada, a una mocosa que le provocaba irritación y ternura. Tendría yo unos cuatro o tal vez cinco años, cuando Gabriel ya venía a casa a buscar a Natalia. No eran todavía novios, pero nos era tan natural que estuvieran juntos como ahora. Gabriel llegaba por las tardes, disparando chistes con la honda venenosa de su humor. Natalia me daba en las manos, a escondidas: ¡Deja ya de sacarte los mocos, cochina! Pero yo no lo podía resistir y me introducía el dedo por la nariz hasta las alturas. El pasatiempo preferido de mi hermana era atraparme y el mío, saborear aquella cosa prohibida e inconfesable. Gabriel no tenía como imaginarlo porque Natalia no me iba a vender jamás; pero entonces yo no lo sabía. Ignoraba muchas cosas, entre ellas, el poder de la lengua. Él había llegado a la hora de la siesta, mientras yo jugaba sentada en el piso de la galería, absorta conmigo misma. Hola mocosa, dijo y yo, al ver sus ojos en la punta de mi dedo, me eché a llorar. Natalia no podía contenerse. Mala, mala, eres muy mala, grité. Gabriel no entendía y mi hermana, hincada de la risa: Que te lo dice de cariño, tonta, no por los mocos.

Alguien preguntó de nuevo por Rebeca y quiso hacer una aproximación sicológica. En esto Natalia dejó que teorizáramos. Cómo describir sin aplanar con lo obtuso de un adjetivo. Alegre y extrovertida, dijimos, no habría podido ser coronada de otra manera. Pero concordamos en que se puede ser alegre de distintas formas. Poseer una alegría corporal que se traduce en un temperamento eléctrico y, por momentos, agresivo, que sin embargo se agota con el esfuerzo de la vida; o una alegría más racional, inoculada rutinariamente, que es más determinante­ que el destino y a la que denominamos vagamente como optimismo. Acordamos que la alegría de Rebeca debía ser un poco intransigente, es decir estaba allí a pesar de todo, y todo era ya un horror en su vida; en cuyo caso, estábamos hablando de una alegría inconsistente y, entonces quién sabe, lo extrovertido en el carácter de Rebeca era una máscara, una defensa. Parecía más adecuado para su edad poseer un temperamento tímido, alegre, sensible a lo inesperado. Para ella inesperado podría haber sido casi cualquier cosa, hasta lo más insignificante: un vestido nuevo, una mesa con mantel, agua caliente, ir al colegio, que le regalaran algo sin que ella tuviera que entregarse a cambio. Callamos.

Natalia dijo que no la echaron en falta hasta que la Policía la encontró en un monte a la vera del camino. Nadie la extrañó porque Rebeca era como un gato, dijo la abuela, siempre se iba y así también regresaba. A Rebeca le gustaba viajar, contó Angélica, perderse. ¿A quién no le hace bien perderse?, pensé, doblada por el frío del aire acondicionado. Por eso tenía sus latitas de pega Hércules en el bolso y se iba lejos. Cuando la reconocieron en la morgue, Rebeca ya no parecía una reina, sin los pantaloncitos cortos ni el clavel rojo, sin el cabello lacio, que en esta hora era una masa; estaba tapada con una bolsa de yute que debió haber contenido papas. La abuela le había pasado las manos ritualmente por todo el cuerpo, sin llorarla. Admitía seguramente que la muerte no necesitaba explicaciones, a pesar de que el sargento se esmeraba en una definición de asfixia y estrangulamiento, dado que no podía asegurarse una violación. Angélica le contó a Natalia que el cuerpo de su amiga tenía la piel pringada de pegamento, el mismo de las latitas, pero en grandes cantidades y que, por eso, apenas pudieron distinguir sus tatuajes, de corazón, de lagartija, de estrella. La carne es triste, susurré, era tan cierto el poema de Mallarmé.

Gabriel esperaba que Natalia entendiera su señal para que cambiara de tema en el momento en que el relato se había vuelto procaz. Pero nuestro silencio absoluto la alentó a continuar.El periodismo puede llegar a ser una enfermedad inmunológica, se había excusado él. Unas veces es sencillo inmunizarse, añadió ella con sarcasmo, pero otras, otras sencillamente te contaminas. Natalia no podía dejar de guerrear con Gabriel, aunque las suyas fueran victorias insignificantes como tener la última palabra en una charla, cerrar con ingenio una frase o ser, de manera general, mucho más atractiva y encantadora que él. De pronto la vi muy cansada. No había dormido bien durante los últimos días y Gabriel, en consecuencia, tampoco. En su insomnio repetido, ella trataba de recomponer el asesinato de Rebeca en su cabeza, pero no lo conseguía. Él, que al inicio la había acompañado, al final le había pedido resignación: duérmete, duérmete ya, mujer. Gabriel se rió. Todos reímos, incluso Natalia, que a esas alturas también estaba congelada.

Aprovechando que destapaban un par de botellas de cerveza nuevas y que llenaban los vasos, escapé al baño. Me senté en el inodoro, aliviada por el tibio y sofocante microclima del excusado, adonde no llegaba el invierno artificial del bar. Sólo en una raza como la nuestra era posible esa curiosidad científica, acaso morbosa, con la que podíamos hablar de una violación, de una muerte, y sin perder el apetito; me pellizqué las mejillas frente al espejo, tras mojarme la cara. Natalia era fuerte para este tipo de historias. Si alguien lo sabía era yo. Allí había estado ella, cargándome en su espalda, arrastrándome prácticamente hasta la parada del bus, porque no teníamos plata, y luego bajándome la fiebre con trapos mojados y mascullando entre rezos: Loca, locas de mierda… Dios te salve… Dios te salve María… Volví a la mesa.

Por lo que estaban explicando cuando me senté –y visto desde el tiempo formal e investigativo–, fue realmente poco lo que había transcurrido desde el hallazgo del cuerpo de Rebeca hasta que la Policía tuvo que acudir a las puertas de la comunidad para apresar al culpable. Unas quince horas como mucho, dijo Natalia. Y el uso del verbo no era accidental: la Policía realmente “tuvo” que acudir porque la comunidad no estaba dispuesta a esperar los tiempos “formales” e “investigativos”. Quince horas nada más, en un país donde la justicia puede tardar siglos. Pero claro, dijo Natalia, el tiempo nunca es perfecto para los condenados… Tampoco lo fue para mi: fue el paso de las horas, dijeron los médicos, lo que le dio a los acontecimientos un curso trágico. Unas horas que Natalia no ha podido olvidar porque perdió la noción del tiempo y fue Gabriel quien la obligó a dejar el cuarto, cogió un taxi y nos arrastró a las dos al hospital. A mí, desvaída, perdida, yerta; y a mi hermana desdibujada y temblorosa, con los ojos vacíos por el cansancio y por el horror de la sangre.

A las tres de la madrugada ya no quedábamos más que nosotros en la barra. El fotógrafo abrió la boca, a manera de epílogo: acostumbrados como estamos a la mierda, dijo, a nadie tendría que sorprenderle el tiempo, sino el modo en que las mujeres encontraron al supuesto asesino. Pero a nadie le llamó la atención. Según le contaron a Natalia algunos testigos que no quisieron ser identificados, ellas estaban echadas sobre los cordones de acera derruidos, cuando vieron venir a un muchacho hacia los márgenes de su territorio. Estaba recién bañado, la camisa dentro del pantalón y una tabla entre las manos. Sin decirse una palabra, guiadas por su saber, se habían mirado en sesgo, como aves. El chico incluso les había sonreído antes de preguntar por Rebeca; y ellas le habían respondido en bandada, con un griterío violento que al poco ya era jauría y al que acudieron los hombres ebrios, ciegos de alcohol, y en ánimo de somanta. Natalia abrevió, condensando el drama: Lo colgaron de un poste, cuya luz amarilla lo dibujaba con si estuviera bajo el reflector de un escenario. Lo demás fue, efectivamente, teatral: hombres, mujeres y niños rodearon al crucificado, exorcizándose la furia, igual que en el Carnaval, mas no bailando sino golpeando aquel cuerpo con piedras, palos y cinturones, en nombre de la Reina muerta.

 Gabriel contó que la Policía había bajado al muchacho cuando ya estaba medio muerto, con la cabeza y el cuerpo vencidos y la ropa hecha jirones. Natalia agregó un dato sentimental: Angélica conservaba la tabla de madera que él había traído como regalo para Rebeca, una tabla de cortar para la cocina de su abuela. Era carpintero, precisó, tenía dieciocho años y medía 1,70. En su declaración, confesó haber pagado por Rebeca dos veces. Cuando estaban acoplados Gabriel y Natalia parecían un dúo de presentadores de televisión. Su ensambladura era perfecta. Por algo habían procreado tres niños. Tres, a falta de uno. Y en cada embarazo, mi hermana y sus ojos infractores, que me miraban como si quisieran evitar hacerme un daño, aunque yo me esforzara en pedirle que no se preocupara, que igual estaba feliz por ella.

En el corazón de un periódico late un reloj, dijo Natalia. Lo dijo avejentada por la hora de cierre, esa noche en que debió escribir el perfil de un asesino y lo hizo sin tener algo en lo que creyera. Es que podría ser un chico que sólo pasaba, le había dicho a su editor; pero no lo sé, nos había confesado a nosotros. Había en su semblante una nube de remordimiento, muy a pesar de que pusiera en sus palabras cierta resignación. Tenía todos los resguardos. Isaac Chingano, Saúl Rosales, Roque Pando, Juan Bustos, Juana Nomine, el Fiscal, el investigador, el cacique, la abuela, todos a quienes había consultado le habían dicho que el caso estaba cerrado, que la comunidad se había pronunciado, que se había hecho justicia porque habían atrapado al culpable. Cómo no va a ser bienvenido alguien que tranquilice, dijo Gabriel, alguien que calme y que permita seguir viviendo. Alguien que te salve, pensé, como siempre había hecho Natalia conmigo; como quería hacer ahora, tratando de convencerlo de que la dejara ser un vientre para mí.

Apagaron por fin el aire acondicionado y al hacerlo se instaló en el ambiente un silencio nítido, casi con eco. Tuve la sensación de que se hubiesen encendido los focos de una habitación en penumbra. Entonces, Gabriel preguntó: ¿Pero cómo supieron que fue él? ¿Qué razón te dieron? Y Natalia respondió con una mueca amarga: Lo supieron porque le ataron a Rebeca una cinta roja en el pie izquierdo, para que trajera al asesino y él fue el primero que llegó, preguntando por ella. ¿Y entonces tú que hiciste?, requerí injustamente, como si mi hermana tuviera que resolverlo todo. Lo escribí, se disculpó Natalia, lo mejor que pude.


*Este cuento fue traducido en: La composición de la sal, Plurar Editores, 2014 © Magela Baudoin c/o Schavelzon Graham Agencia Literaria.

Antes de ir a Nigeria, Julie compró doce tijeras afiladas de costura. Estar bien equipada era signo de respeto. Y comprar cosas la ayudaba a no entrar en pánico. Temía que a las mujeres les molestara su aparición repentina, que se instalara para enseñarles. Compró seis tijeras dentadas, diez paquetes de agujas y diez de alfileres, treinta carretes surtidos de hilo. Había ahorrado el dinero suficiente para pagar el pasaje y para comprar tres máquinas de coser restauradas de la tienda Singer de la calle Stockport. La revista Pura costura había donado ciento cincuenta libras a cambio de “consejos de moda de una joven diseñadora” para su próximo número. Julie mejoró un poco su ensayo de tercer año sobre el color:

¡Usa accesorios en rojo! No hay nada que pegue más que unos zapatos rojos brillantes combinados con una cartera roja. Brilla con un vestido negro, o transforma unos jeans y una camiseta en algo especial. Recuerda, el rojo entra en los ojos mucho más rápido que cualquier otro color.

Cuando aterrizó en Jos, ya había perdido el miedo. Desde el momento en que la empleada de control de pasaportes le sonrió y le dijo “Bienvenida a Nigeria” con su voz profunda y gorjeante, Julie se sintió de buen humor. Le encantaron los colores fuertes y los diseños de los vestidos de las mujeres,  y su postura grácil. Le encantó el calor y la luz, y el aire exótico, húmedo, que olía a gasolina; los chillidos de pájaros invisibles que parecían monos; los rojos y púrpuras de los hibiscos y las Santa Rita.

Lo único que la decepcionó fue la mujer del refugio. Fran apareció cuando Julie intentaba arrebatarle su equipaje a un funcionario arisco.

–Llevo máquinas de coser para una organización benéfica. Me dijeron que no me cobrarían.

Fran sonrió distraídamente y le dio dinero al hombre. Cuando Julie empezó a arrastrar sus valijas para subirlas a un carrito, Fran la detuvo.

–El chofer las traerá.

–No entiendo por qué le diste… –Julie dejó que se extinguiera su reclamo a medida que Fran se alejaba hacia el estacionamiento.

El chofer cargaba dos de las valijas de Julie con una mano, y la valija más grande con la otra. Julie intentó sacársela pero él negó con la cabeza.

Se sentaron en el asiento trasero mientras el chofer luchaba para hacer entrar las valijas en el baúl. Fran tomó una botella de agua fresca de abajo del asiento del acompañante y se la alcanzó a Julie diciendo:

–Por favor, no abras la ventanilla.

Tenía marcas como de rasguños alrededor de los ojos, y su pelo era más gris que rubio.

–¿Cuánto hace que trabajas aquí? –le preguntó Julie.

–Yewande y yo armamos el refugio en 2002. Pero hace años que estoy en Jos, antes daba clases.

Julie debió haberlo adivinado. El chofer subió al auto.

–Simon, Julie. Simon es nuestro chofer y guardia de seguridad.

Simon emitió una risita servil.

Cuando paraban en los semáforos, la gente al costado de la calle inundaba el tránsito: mujeres con cestos de naranjas sobre la cabeza, niños que vendían encendedores y teléfonos celulares, un hombre sin piernas en un carrito ofreciendo latas de gaseosas.

–¡Señorita Julie, ventana! –gritó Simon. Una niña había metido los dedos en la ranura que Julie había dejado desafiantemente abierta. Julie se alejó de los dedos, que eran de un rosa amarronado, con uñas romas y mordisqueadas, y ondulaban como los tentáculos de un pulpo. Fran se estiró para golpetear bruscamente la ventanilla y gritarle a la niña que se alejara. Los dedos ondulantes se retiraron. Fran subió la ventanilla de Julie por completo.

–La gente se lastima. Si tienen los dedos adentro y el auto avanza.

El refugio de mujeres era tal como Julie esperaba, aunque no había previsto que hubiera un guardia armado en la entrada del complejo. Fran le confirmó que era un arma de verdad.

–Tanto para su protección como para la de los demás.

En el patio, los niños corrían, peleaban y jugaban al fútbol con una pelota desinflada mientras las mujeres, la mayoría de ellas con un bebé dormido atado elegantemente en la espalda, charlaban, colgaban la ropa, cocinaban, les trenzaban el pelo a sus hijas y cantaban acompañando el murmullo de una radio.

Algunas le sonrieron. Podía ser cualquier grupo de madres e hijos en cualquier lugar, pero entonces sintió la conmoción de un brazo en cabestrillo, de la renguera, de las ronchas rojas producidas por un tazón de avena hirviendo.

La habitación de Julie, al igual que todas las otras, se abría hacia el patio. La ventana angosta dejaba entrar un rectángulo de luz que se movía a lo largo del piso por la mañana y desaparecía por la tarde. Sentada en su cama, mientras oía a los niños que cantaban afuera, Julie sintió un revoloteo de mariposas en el estómago.  ¡Eso era! Realmente iba a hacer una diferencia.

En su primera noche, Fran y Yewande la invitaron a su cuarto. Yewande era más joven y más sonriente que Fran, pero las dos hablaban de la misma manera llana y reflexiva; “como si el entusiasmo fuera una mala palabra”, le escribió más tarde Julie a su amiga Elspeth. Al menos Yewande era mitad nigeriana, al menos su ropa no era tan descuidada como la de Fran; aunque su blusa era demasiado apretada. Se podía ver el lugar donde el corpiño se incrustaba en la espalda. Las dos necesitaban un cambio de estilo. Mientras le daba sorbos a su cerveza fría y miraba las repisas con máscaras y muñecas primitivas de pechos cónicos y desnudos, Julie se dijo que seguramente fueran lesbianas.

Le contaron las reglas. Mantener el equipo de costura a salvo en la habitación, mantener la puerta de la habitación cerrada. Tratar de no tener una favorita entre las mujeres. Avisar a Fran o a Yewande ante el menor signo de problemas, y no hablar sobre religión. Quien sea que esté a cargo debe fichar la llegada del guardia de seguridad, cuando Obi releva a Zacchaeus, o Simon releva a Obi, o Zacchaeus releva a Simon. El portón exterior sólo puede ser abierto por el guardia. Nunca dejar entrar a nadie desconocido.

–Hombres, querrán decir –dijo Julie.

–Nunca dejes entrar a nadie que no viva aquí –la voz de Fran se arrastraba como dos pies planos.

–¿Pero cómo llegan nuevas mujeres?

–A través del hospital, o de las iglesias.

–Pensé que éste no era un lugar religioso.

–No tenemos ninguna afiliación tribal o religiosa –dijo enseguida Yewande–. En absoluto. Pero las iglesias a veces funcionan como refugio.

–Y trabajamos estrechamente con mi antigua escuela –dijo Fran–. Muchas veces nos envían…

–Pero si alguien está en peligro seguramente…

Yewande negó con la cabeza.

–No podemos tomar gente de la calle, es demasiado riesgoso. Algunos de los maridos de estas mujeres pasan por aquí todos los días.

–¿Alguno entró alguna vez?

–Un hombre con un machete. Pero Fran lo detuvo –dijo Yewande, riéndose.

–¿Cómo lo hiciste?

–Le dije que se fuera a casa antes de que llamara a la policía –dijo Fran, sin emoción.

Muy pronto Julie entendió todo. En realidad el lugar se administraba a sí mismo. Fran y Yewande tenían una especie de consultorio por la mañana, en el que daban consejos legales y de salud; Yewande también dictaba una clase de alfabetización. Y por las tardes tenían costura.

La primera tarde, nueve mujeres se reunieron alrededor de la larga mesa del comedor. Una mujer imponente cuyo nombre empezaba con R dijo que ella ya había cosido muchas prendas.

–Algunas de estas mujeres no saben nada –le dijo a Julie desdeñosamente–. Algunas de estas mujeres son ig-no-ran-tes.

Fran anunció que la señorita Julie venía a darles la oportunidad de hacer ropa para sus hijos y de aprender una habilidad con salida laboral. Les dijo que siempre debían pedir permiso antes de usar las máquinas. Las tijeras, las tijeras dentadas y las agujas, todo el equipamiento que se había traído de Inglaterra especialmente para ellas, debía contarse al comienzo y al final de cada clase. Julie miraba fijo hacia abajo, esperando que las mujeres no pensaran que había sido idea suya tratarlas con tanta condescendencia.

Al fin Fran terminó y Julie dio un paso adelante. Iban a hacer cuadrados con retazos, y luego coserlos para hacer colchas de patchwork. Primero practicarían cómo hacer dobladillos a mano, luego a máquina. Hizo una demostración de los primeros pasos; midió cuadrados de seis pulgadas, cortó, dobló y ajustó los cuatro dobladillos con alfileres.

–Ah, ¡esto es muy fácil! –dijo R, cuyo nombre era Rifkatu. Algunas de las mujeres se rieron, Julie no supo si porque estaban de acuerdo o porque pensaban que Rifkatu estaba alardeando. Algunas permanecieron en silencio, mirando fugazmente a Julie debajo de los párpados, y luego apartando la vista, como si tuvieran miedo de que ella las viera. Si ya sabían coser, este ejercicio sería un insulto. Puso las muestras sobre la mesa y trató de sonreír.

–Elijan un color que les guste.

Dos mujeres quisieron tomar el mismo rectángulo de flores rojas y se rieron. Otra, hojeando en la pila, les consiguió uno idéntico. Todas medían, cortaban y ponían alfileres, dos de ellas con facilidad, las otras un poco más lentamente. Hablaban bajito entre ellas en su propia lengua. En el extremo más alejado de la mesa, una mujer delgada, ojerosa y de piel caoba toqueteaba su pedazo de tela. Julie rodeó la mesa y se ofreció a ayudarla.

–No puede entenderte. No habla inglés –dijeron las otras.

–¿Pueden traducirme? –les preguntó, y las mujeres se rieron–. ¿Pueden?

Ellas negaron con la cabeza:

–Nadie habla esa lengua.

–Ig-no-ran-te –dijo Rifkatu.

–Está bien –dijo Julie–. ¿Cómo te llamas?

La mujer la miró con atención.

–Soy Julie, ¿cómo te llamas? –dijo, e hizo una mímica incómoda con gestos. Cuando la mujer susurró su nombre, éste era un siseo de consonantes que Julie no pudo reproducir.

–Bien, te voy a mostrar. –Volvió a demostrar despacio la forma de medir, de cortar. Los ojos de la mujer seguían sus movimientos–. ¿Quieres intentar?

Le tendió la tijera a la mujer, que se estremeció bruscamente.

–Déjela, señorita Julie. Es una mujer simple. No entiende na-da.

Las mujeres se reían. Se mostraban unas a otras su trabajo, y se reían otra vez de los dobladillos torcidos y las esquinas que se levantaban. Se agruparon alrededor de Julie, que les mostró cómo sujetar el hilo a la tela, y cómo hacer pequeñas puntadas que fueran invisibles del otro lado. Las mujeres asintieron y elogiaron su trabajo, y enhebraron sus propias agujas. Dos de ellas se fueron para alimentar a sus bebés. Rifkatu preguntó si podía usar una de las máquinas, y Sara fue a buscar la plancha. La mujer extraña estaba sentada en la punta de la mesa, mirándolas a todas en silencio.

Al término de la tarde había una pequeña pila de cuadrados con su dobladillo hecho, y Julie les había mostrado cómo enhebrar las agujas de las máquinas. Las mujeres habían hablado y se habían reído, y la mayoría había seguido sus instrucciones. Había roto la aburrida atmósfera de salón de clases de Fran.

Le preguntó a Yewande sobre la mujer silenciosa.

–Mathenneh. La envió el hospital. No habla la lengua hausa así que no sabemos su historia completa. Lo único que podemos hacer es hacerla sentir a salvo.

Yewande le contó a Julie que menos de la mitad de las mujeres hablaban inglés.

–La mayoría habla la lengua hausa. Pero sus lenguas maternas… sus lenguas tribales… bueno… por el momento tenemos hablantes de duguza, tarok, izere, yoruba y berom. Berom es la que más se habla localmente. Pienso que Mathenneh debe venir de más al norte.

La clase de costura se convirtió en un gran éxito. Las mujeres aprendían a usar las máquinas de coser y charlaban sin parar. Sara y Hanatu se sentaban al lado de Julie y le traducían las bromas y los escándalos que encendían a las otras. Cuando entró Mathenneh, el coro de voces se convirtió en un murmullo bajo, y luego en silencio. Ésta se dio vuelta para irse, sin siquiera sentarse, y varias de las mujeres le dijeron cosas. Hubo un estallido de risas.

–¿Qué dijeron? –preguntó Julie.

–Nada –le dijo Sara–. A estas mujeres les gusta decir tonterías.

Sara tenía unos treinta años, era una mujer robusta y tenía un modo gracioso de mirar para arriba cuando Fran no paraba de hablar. Hanatu era más joven, como de la edad de Julie, y tenía una hija de tres meses. Irradiaba la dulce amabilidad de una llama piloto. Sara le contó a Julie que su marido la golpeaba con frecuencia, pero que la última vez habían tenido que llevarla al hospital, o la bebé habría muerto. Luego de eso, Hanatu no volvió a su casa. Las dos imaginaban para sí mismas futuros elaborados en los que se mudarían a Lagos y tendrían trabajos urbanos, bien pagos, de oficina. Les encantaban las copias de Vogue y Elle que había llevado Julie, y Sara hizo comentarios fulminantes acerca de las modelos raquíticas y mal vestidas. Todas se reían mucho en la clase de costura. Es cierto que una o dos cosas desaparecieron. El número de tijeras bajó a cinco y las tijeras dentadas iban y venían. Valía la pena perder algunas cositas para no tener que hacer de maestra de primaria y contar las cosas al final de la clase.

Muy pronto, todos los retazos estuvieron cosidos a máquina, luego cosidos en franjas, y finalmente las franjas se unieron, rellenando con mitades de retazos las partes donde las medidas habían fallado un poco. Había tres colchas coloridas. Fran decretó que irían a las camas de las tres recién llegadas, y que pasarían por turnos a las que fueran llegando. Las mujeres a las que primero les tocaban las colchas eran Mathenneh, Rifkatu y Catherine. Esto fue recibido en silencio. Julie le escribió un email a Elspeth diciendo “Fran le saca la alegría a todo”.

Yewande dijo que Mathenneh era musulmana, y que tal vez por eso las otras la evitaban.

–Pero aquí tienen otras mujeres musulmanas, ¿no? Kubra usa hiyab.

–Kubra nació en Jos, y fue a la escuela aquí. Es distinto. Mathenneh viene de las tribus pastoriles del norte. ¿Sabes que fueron los pastores los que cometieron las atrocidades en marzo?

Lo único que sabía Julie de las atrocidades era que los musulmanes habían asesinado a cristianos en pueblos al sur de Jos. Había salido en las noticias. Julie había calmado a su madre señalándole la naturaleza religiosa del conflicto y su distancia con Jos, y ella misma se lo había quitado de la cabeza. Yewande, con su voz suave y cascada, le explicó mientras tomaban café en el desayuno, en una esquina del patio:

–Esos pastores llegaron a caballo a Dogo Na Hawa a las tres de la mañana y dispararon para asustar a los pobladores y hacerlos salir de sus chozas. Luego los despedazaron con machetes –hombres, mujeres y niños– y quemaron las chozas. Murieron cientos. Todas las mujeres de aquí conocen a alguien que conoce a alguien que murió.

–Pero, ¿por qué?

Yewande se encogió de hombros.

–¿Represalias por las quemas de mezquitas de los cristianos y el asesinato de Jasawa, en enero? ¿Rabia porque los colonos granjeros tienen más derechos? No lo sé, es una locura. Los cristianos y los musulmanes viven juntos aquí en el pueblo, hasta se casan entre ellos, y luego surgen estas explosiones de violencia. Las matanzas siempre son venganzas. Y luego venganza de la venganza.

Fran apareció en la puerta de la oficina, parpadeando de frente al sol. Se acercó a ellas.

–Te estaba buscando –le dijo a Yewande.

–Perdón, ya voy.

Yewande se puso de pie.

–Estas mujeres tienen mucho con lo que lidiar –le dijo a Julie–. Problemas personales, y además conflictos tribales y religiosos. Tenemos que mantenerlas a salvo.

Mientras las miraba volver a la oficina, Julie se preguntó si Fran no estaría celosa. Yewande casi siempre se sentaba a charlar con Julie en el desayuno. “Desearía ser lesbiana” le escribió Julie a Elspeth. “No conocí a un solo hombre, aparte de los guardias de seguridad, que me tienen miedo. ¡¡¡Cuidado con la ninfómana cuando vuelva a casa!!!”.

Después de cuatro semanas, Julie ya era una veterana. Las mujeres de la clase de costura habían hecho batas coloridas con retazos para sus hijos. La antigua escuela de Fran había donado un rollo de algodón barato sin teñir con el que cosieron delantales para los alumnos; Julie tomó una foto de las mujeres sentadas en las máquinas y de los niños sonrientes con sus delantales, y se la envió a Pura Costura.

Entonces se quedaron sin tela, y sin dinero para comprar más. Julie fue al mercado con Sara. Recorrieron los puestos de venta de telas:

–La mejor calidad, señora, ¡la última moda en París! No se destiñe, no se encoje, le durará toda la vida, señora.

Había anclas doradas sobre un fondo azul estridente; palmeras verdes y cocos violetas sobre fondo blanco. Julie compró un majestuoso batik de círculos concéntricos en rojo y violeta. Le describió su plan a Sara. Había diseñado una prenda simple. Una camisa de estilo kaftan con mangas anchas y cuello en v, lo suficientemente holgada para que pasara por la cabeza. Haría un prototipo y convencería a Fran y a Yewande de que juntaran algo de dinero. Con un pequeño aporte de capital, la clase de costura podría comprar una variedad de estas telas llamativas, hacer camisas kaftan y vendérselas a los turistas. Eran souvenirs perfectos: étnicos, unisex, y tenían mucho más estilo que una camiseta. Las mujeres muy pronto ganarían lo suficiente como para pagar el préstamo y ganar algo para ellas. Julie le explicó a Sara el término “pan comido” y las dos se rieron durante todo el camino de vuelta.

Fran y Yewande estaban indecisas. Julie sabía que así sería, pero de todas formas era exasperante. Alegaron que el refugio era una organización benéfica, no un negocio; no tenían permitido ganar dinero. Además, había que tener en cuenta los requisitos de seguridad e higiene. Y ¿quién vendería las camisas? ¿Quién decidiría el precio, y qué porcentaje de las ventas iría para cada quién?

En su email a Elspeth, Julie describió a Fran y Yewande como “la clase de personas que no encenderían un fósforo por miedo a causar un incendio forestal. ¡Aaaaargh! Les quiero poner una bomba”.

Fran finalmente decretó que el refugio pagaría las telas y las camisas se venderían en la escuela y en eventos de caridad de la iglesia. Las ganancias se usarían para financiar mejoras en el refugio, como la instalación de una nueva cabina de ducha.

–Puedes hacerlas para vender por tu cuenta cuando te vayas de aquí –le señaló Julie a Sara. Hanatu y tú pueden empezar un negocio.

–Está el pequeño problema de la máquina de coser.

–No veo por qué no pueda darte una de estas. Después de todo, yo las traje.

Se sintió incómoda pensando en sugerir esto a Fran y Yewande, pero, ¿acaso no eran suyas para entregárselas a quien quisiera?

Muy pronto, cada una de las mujeres de la clase de costura había completado su primera camisa, y había una carrera para ver quién podía hacer más. Durante las comidas, Julie se sentaba con ellas; se sentía mal por las otras mujeres, las que no hablaban inglés, o las que tenían vidas tan arrasadas por la crisis que la costura era una cosa irrelevante. Lamentó, sin embargo, la ausencia de Mathenneh. Yewande especuló que debía ser muda por elección: el traductor de lengua fula no había logrado sacarle una palabra, y ahora Yewande estaba tratando de que hiciera dibujos.

–Está traumatizada. Dios sabe lo que habrá visto. Necesita un psiquiatra, pero ¿quién va a pagar por eso?

La mujer fulani ya ni aparecía por la clase de costura: merodeaba en el borde del patio, o se sentaba en cuclillas en su habitación, que quedaba a tres de distancia de la de Julie, mirando a través de la puerta abierta a los niños que jugaban. Una vez, Julie escuchó que Rifkatu vociferaba:

–¡Quítale los ojos de encima a mi niño, mujer fantasma!

Pero Mathenneh no hablaba inglés, de modo que no podía haber entendido.

Cuando nadie la miraba, Julie hacía una pausa para hablarle.

–¿Por qué no vuelves a la clase de costura conmigo?

Apuntaba hacia la sala de costura y hacía la mímica de la aguja entrando y saliendo de la tela. Los ojos grandes y tristes de Mathenneh la miraban fijo, pero cuando Julie extendió la mano, Mathenneh retrocedió. Fue entonces que Julie vio una de sus tijeras sobre la mesa. Mathenneh debió notar su mirada, porque la tomó y la escondió detrás de la espalda.

–Tienes mi tijera –dijo Julie.

Mathenneh mantuvo su postura, y Julie se rio. Un momento después, la sombra de una sonrisa pareció cruzar el rostro de Mathenneh. ¡Qué joven era! Lentamente sacó la tijera de atrás de la espalda y la volvió a colocar sobre la mesa.

–¿Puedo llevármela?

Mathenneh apoyó los dedos sobre la tijera como protegiéndola.

–Eso quiere decir que no.

Se miraron.

–¿Vendrás a costura un día de estos, Mathenneh? ¿Por qué no traes las tijeras y vienes a costura?

Mathenneh apretó la tijera con más fuerza, y Julie fue a la clase de costura sintiéndose un poco halagada. Tal vez la tijera le recordara a Mathenneh una época en la que su vida había sido normal, antes de que le pasara lo que fuera que le hubiera pasado. La tijera mostraba que valoraba algo que Julie había traído. Tal vez realmente quería volver a la clase de costura.

El segundo sábado de junio hubo un Festival de Gala en la antigua escuela de Fran. Julie y Sara iban a llevar la primera tanda de treinta kaftanes para vender. Julie logró convencer a Hanatu, que tenía miedo de dejar el refugio, de ir con ellas. Ese mismo día, Fran y Yewande irían en auto hasta Abuja por el cumpleaños número sesenta de la madre de Yewande.

–Tendremos que irnos al mediodía, pero todo saldrá bien, siempre y cuando vuelvan y controlen el ingreso del guardia de seguridad a las tres –dijo Fran.

–Miren, probablemente esté de vuelta antes de que se vayan. Sólo quiero ayudarlas a armar el puesto. Un par de horas y estaré aquí.

Era raro que Fran y Yewande se ausentaran; Julie esperaba con ansias una dinámica diferente durante la cena. Le parecía que Fran creaba un clima sombrío.

Julie no consideraba que el Festival estuviera realmente a la altura. Un quiosco en la calle o en el mercado atraería a más turistas. Pero cuando llegaron para armar su puesto, una multitud festiva ya estaba esperando en la puerta. Niños pulcros de uniforme, mujeres resplandecientes en sus nuevos y coloridos vestidos tradicionales o luciendo su ropa occidental, con hermosos sombreros y turbantes; había un grupo de norteamericanos con cámaras y abultadas riñoneras. El Ministro de Educación del gobierno local se paró en un escenario construido especialmente en el patio escolar y le agradeció al Director, a los asistentes, los maestros, y el presidente y tesorero de la asociación de padres. Le agradeció al Gobernador del Estado de Plateau y a su encantadora esposa, y a una serie de funcionarios, cada uno más remotamente asociado con el evento que el anterior. Sara miró para arriba y a Julie se le escapó una risita nerviosa. Hanatu, con un pañuelo sobre la cabeza, se escabulló para alimentar a su bebé. Se entregaron premios; el coro escolar subió al escenario y cantó; el Director dio un discurso con agradecimientos por los agradecimientos, y una banda de niños más grandes tocó la flauta. Bocadillos fritos, café, gaseosas, tortas y rodajas de fruta aparecieron desde la cocina y la gente se amontonó alrededor de las mesas, dispuestas bajo la sombra de los árboles en el estacionamiento, que había sido cerrado para la ocasión.

Al mediodía, cuando abrieron los puestos, la gente los asedió, y las camisas del refugio de mujeres fueron una sensación. Una mujer norteamericana compró seis.

–¡Ya tengo regalos para todo mi grupo de estudio bíblico! –le dijo alegre a Julie.

A las dos y media de la tarde ya habían vendido todo. Había tanto efectivo que no entraba en la carterita roja de Julie, y tuvieron que guardarlo en una canasta de compras. Julie no podía dejar de sonreír: podrían comprar rollos y rollos de tela nueva. Rollos y rollos. Las mujeres podrían empezar un negocio, ¡podrían transformar sus vidas!

Pasearon por los otros puestos; la mayoría de las cosas buenas se habían vendido, pero había un puesto de ropa de segunda mano que Julie quería investigar. Luego, a las tres y media, un grupo copó el escenario con guitarras acústicas y panderetas. Era imposible no bailar; Julie se entregó al calor y al ritmo de la multitud, hasta que Hanatu le tocó suavemente el brazo y le dijo:

–Es tarde.

Mientras volvían, estuvieron de acuerdo en que ahora Fran y Yewande tendrían que repensar su actitud hacia los kaftanes.

De golpe, Julie se acordó.

–¡Están en Abuja! El guardia de seguridad…

–Hacen el cambio de guardia tres veces al día –dijo Sara–, es probable que estos hombres ya lo tengan dominado.

–A Fran le gusta tenernos a salvo –dijo Hanatu, tapándose la cara con el pañuelo–. Pero todo estará bien, nadie le va a contar.

Sara se rio.

–¡Espera a que se enteren de que somos ricas!

Pero cuando llegaron al complejo, no había ningún guardia de turno. Julie empujó el portón, que se abrió de golpe. Se dio cuenta de que no había ningún sonido en el patio. No se oía el golpe seco de la pelota de los niños, ni cantos, ni risas, ni el murmullo de la radio. Silencio. Pisando despacio, como si sus pisadas pudieran despertar algo terrible, entraron en el patio desierto. Todas las puertas estaban cerradas.

–Algo pasó. Algo…

–Tal vez María tuvo a su bebé –susurró Hanatu.

Pero Julie sabía que no era eso. Incluso si María hubiese ido al hospital, eran las seis de la tarde, las preparaciones para la cena deberían estar en marcha. Se dirigió a la primera puerta y golpeó. No hubo respuesta. Intentó girar el picaporte; estaba cerrado.

–¿Rifkatu? ¿Rifkatu? –habló bajito, apoyándose en la puerta de madera, con el corazón latiéndole a destiempo.

Hubo un movimiento detrás de la puerta. Luego la voz de Rifkatu.

–¿Señorita Julie?

–Sí, Rifkatu, abre la puerta.

La cerradura giró lentamente, y lentamente se abrió la puerta. Los dos hijos de Rifkatu estaban sentados en la cama, detrás de ella. Tenían la cara gris.

–¿Qué pasó? ¿Dónde están todas?

–Están todas en sus habitaciones –dijo Rifkatu–. Oímos que había problemas.

–¿Qué tipo de problemas?

–Problemas –dijo Rifkatu con gravedad.

–¿Qué?

Rifkatu negó con la cabeza.

–¿Qué oyeron?

–Nada.

Sara chasqueó la lengua.

–Voy a buscar a María.

Luego de un momento, se entreabrió la puerta de María. Estaba bien. El sonido de sus voces debió oírse en las otras habitaciones porque gradualmente, una tras otra, se abrieron todas las puertas alrededor del patio. Las mujeres miraban hacia afuera, serias. Nadie habló.

–¿Qué pasa? –preguntó Julie–. ¿Qué pasó?

Cuatro puertas permanecían cerradas. La de Sara, la de Hanatu, la de Julie y la tercera puerta desde la habitación de Julie. Mientras iba hacia la habitación de Mathenneh sintió que las otras mujeres volvían a cerrar sus puertas, aunque no vio ni escuchó nada.

–¿Mathenneh? ¿Mathenneh? Soy Julie.

Tocó el picaporte y la puerta se abrió de golpe.

Rojo. El rojo entra en los ojos más rápido que cualquier otro color. En la pared, sobre la colcha colorida, en el piso, salpicado en el techo. Rojo sangre. A medida que el rojo entraba en los ojos de Julie, el olor le golpeó la garganta. El bulto en el piso era rojo, rojo y empapado, con un charco carmesí a su alrededor. El rojo siguió entrando en los ojos de Julie. No paraba. Y entonces la tijera. Sobresalía de la mejilla de Mathenneh.

Cuando Julie se subió al avión que la llevaría de vuelta a casa, seguía sin saber qué había pasado. Sólo rumores. Obi no había llegado para relevar a Simon. Simon les dijo que se había quedado treinta y cinco minutos después de su turno y entonces se había ido porque tenía que llevar a su mujer a visitar al nuevo bebé de su hermana. Simon lloró. Obi declaró que se había demorado porque le robaron la bicicleta, y luego el amigo que le había prometido llevarlo lo dejó plantado y su barrio está muy lejos del refugio. Declaró que sólo había llegado cuarenta y cinco minutos tarde, pero cuando llegó, la puerta estaba abierta y no había nadie alrededor. Le dio mala espina, así que volvió a irse. Podía o no estar diciendo la verdad. El arma, que debía pasar de un guardia a otro, fue encontrada, sin usar, en una esquina de la cabina.

Todas las mujeres dijeron que no sabían nada. Escucharon un grito, dijeron. Alrededor de las cuatro de la tarde. Escucharon un grito y pensaron que había entrado alguien peligroso, así que se encerraron junto con sus hijos en sus habitaciones, como Fran y Yewande les habían recomendado.

–Su marido malvado vino a buscarla –declaró Rifkatu–, la rastreó como una bestia.

Pero el arma asesina era una tijera. Había tantas puñaladas, tantas heridas… ¿podían haber sido hechas con una sola tijera?

Fran y Yewande casi no hablaron con Julie. Lidiaron de manera directa y tranquila con la policía y el fiscal. Hablaron con las mujeres y el personal que habían estado en el complejo en el momento del ataque. Julie fue a decirles, llorando, que Mathenneh tenía una de sus tijeras sobre la mesa, a la vista de todos.

–Yo no se la quité. No sé  por qué. Lo siento mucho.

A la mañana siguiente Fran fue a la habitación de Julie y le dijo que debía irse.

–No estás entre los sospechosos. No tiene nada que ver contigo. Deberías volver a casa.

–Lo siento mucho, Fran, lo siento mucho. Tendría que haber vuelto a tiempo, tendría que haber contado todas las…

–Usa el teléfono de la oficina, súbete al próximo vuelo.

–Pero… ¿no hay nada que pueda…?

Fran se dio vuelta para irse.

–¿Fue su marido?

Fran se detuvo en la puerta. Su cara estaba en sombras.

–Si fue él, sabía exactamente en qué media hora el portón quedaría sin guardia.

–Tal vez perdió los estribos y tomó la tijera…

Fran no respondió.

–¿Qué va a pasar?

–Ya te lo dije. Vuelve a casa. El refugio va a cerrar.

–¿Por un tiempo? ¿Temporariamente, mientras investigan el asunto?

–Si no podemos mantener a las mujeres a salvo, estamos fracasando. Pero no es tu culpa. ¡No es tu culpa! Yo soy la que… –Fran hizo un sonido extraño, como una risa contenida–. Es mi culpa. Yo tendría que haberte vigilado más de cerca. Pero porque Yewande… No quería que Yewande pensara que yo estaba…

–Lo siento –susurró Julie una vez más.

Fran resopló.

–Yo le pregunté. Le dije, ¿de qué hablan ustedes dos? Ella dijo que habían estado hablando de Dogo Na Hawa. Ahora Julie entiende las tensiones que hay aquí. Le importan estas mujeres.

–Fran, no entiendo.

Fran hablaba sin emoción.

–Una mujer fulani fue asesinada aquí, entre cristianas. ¿Qué es lo que no entiendes? Tenemos que enviar lejos a estas mujeres. No podemos protegerlas.

Julie no fue a cenar esa noche pero Sara fue a su habitación y le contó en susurros que la policía estaba revisando todos los cuartos de las mujeres.

–¿Qué están buscando? –preguntó Julie. Pero ya lo sabía–. Incluso si las encuentran, eso no prueba… Bueno, las van a encontrar, porque faltan siete tijeras. Eso no prueba…

–No –dijo Sara–. No prueba nada. Pero tienen miedo.

En el avión de vuelta a casa, Julie recordó el bolso de dinero del festival. Esperaba que Sara y Hanatu todavía lo tuvieran. Se preguntó adónde irían todas, y qué harían Fran y Yewande. Pensó en ellas, en su salón lleno de máscaras y muñecos. Al recordar sus reglas tediosas y prudentes, se le revolvió el estómago como si la hubiesen arrojado de cabeza por las escaleras.

Así que miró por la ventanilla hacia el cielo estúpidamente azul y las nubes blancas y doradas allá abajo, obligando a sus ojos a permanecer abiertos. Cada vez que los cerraba, en ellos entraba el rojo.

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papá sube el volumen y dice “escuchen esto, escuchen esto” y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestro cántico filial favorito que dice “Queremos comer, queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada…”. Pero después Vicky empieza a traer libros para el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la marihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild Horses y hay momentos casi espirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald’s. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4×4 no hace ruido. La autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo “acá”, y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.


* © Pedro Mairal.

Esta mañana nuestro cañón ha descargado unos cien kilos de ICM en un control de contrabando diez kilómetros al sur. Nos hemos cargado a un grupo de insurgentes y luego hemos ido a comer a la cantina de Faluya. Yo he tomado pescado y habones. Intento comer sano.

En la mesa, los nueve sonreímos y reímos. Yo aún tiemblo por la excitación nerviosa, y no dejo de sonreír, de retorcerme las manos y de hacer girar mi alianza en el dedo. Estoy sentado entre Voorstadt, nuestro número uno, y Jewett, que está en el equipo de munición con Bolander y conmigo. Voorstadt se ha servido un plato enorme de raviolis y Pop Tarts, y antes de atacar mira a un lado y otro de la mesa y dice: «No me puedo creer que por fin hayamos tenido una misión de artillería».

Y Sanchez dice «Ya era hora de que matáramos a alguien», y el sargento Deetz se echa a reír. Hasta yo río entre dientes, un poco. Llevamos dos meses en Irak, una de las pocas unidades de artillería que se dedica realmente a la artillería, solo que hasta el momento no habíamos disparado más que en misiones de iluminación. Normalmente, los soldados de infantería no quieren arriesgarse a los daños colaterales. Algunos de los cañones de la batería han disparado a los malos, pero nosotros no. No hasta hoy. Hoy ha disparado toda la maldita batería. Y hemos alcanzado al objetivo. Eso nos ha dicho el teniente.

 —¿Cuántos insurgentes creéis que hemos matado? —pregunta Jewett, que ha estado bastante callado.

 —Una unidad del tamaño de un pelotón —responde el sargento Deetz. —¿ Qué? —dice Bolander. Es un cínico profesional con cara de rata, y empieza a reír—. ¿De un pelotón? Sargento, en AQI no tienen pelotones.

 —¿ Por qué crees que hacía falta toda la maldita batería? —suelta gruñendo el sargento Deetz.

 —No hacía falta —dice Bolander—. Cada cañón ha disparado solo dos proyectiles. Supongo que lo único que querían era que todos tuviéramos un rato de fuego contra un objetivo real. Además, hasta un solo proyectil de ICM bastaría para cargarse a un pelotón en pleno desierto. Ni de coña hacía falta la batería entera. Pero ha sido divertido.

El sargento Deetz niega lentamente con la cabeza, los corpulentos hombros encorvados sobre la mesa. —Una unidad del tamaño de un pelotón —repite—. Eso es lo que era. Y dos proyectiles por cañón era lo que necesitábamos para cargárnosla.

—Pero… yo no me refería a toda la batería —dice Jewett con un hilo de voz—. Me refería a nuestro cañón. ¿A cuántos se cargó el nuestro, solo el nuestro?

—¿ Cómo voy a saberlo? —responde el sargento Deetz.

—Un pelotón son como cuarenta —digo yo—. Cuenta, seis cañones, divide y te salen, seis…, no sé, seis coma seis personas por cañón.

 —Sí —dice Bolander—. Hemos matado exactamente seis coma seis personas.

Sanchez saca una libreta y empieza a hacer cuentas, anotando los números con su caligrafía de precisión mecánica.

—Divídelo entre nueve marines por cañón y tú, personalmente, has matado hoy a cero coma siete personas. Eso es como un torso y una cabeza. O quizás un torso y una pierna.

—No hace gracia —le replica Jewett.

—Está claro que nosotros nos cargamos a más —dice el sargento Deetz—. Somos los mejores tiradores de la batería.

Bolander resopla.

—Pero si lo único que hacemos es disparar en el cuadrante y desviación que nos marca el FDC, sargento. Es decir…

—Somos mejores tiradores —lo corta el sargento Deetz—.

Podemos colar una bala en una madriguera de conejos a treinta kilómetros de distancia.

—Pero incluso si estábamos en línea con el objetivo… —dice Jewett.

—Estábamos en línea con el objetivo —dice el sargento Deetz.

—Vale, sargento, lo estábamos. Pero los otros cañones…, a lo mejor les dieron antes. A lo mejor ya estaba todo el mundo muerto.

Me lo puedo imaginar, la metralla penetrando con un ruido sordo en los cuerpos despedazados, la fuerza del impacto sacudiendo los miembros de un lado para otro.

—Mira —interviene Bolander—, incluso si sus proyectiles les dieron primero, eso no significa que todo el mundo estuviera muerto, necesariamente. A lo mejor algún insurgente tenía metralla en el pecho, justo, y está en plan… —Bolander saca la lengua fuera y se agarra el pecho teatralmente, como si se estuviese muriendo en una película antigua en blanco y negro—. Y entonces llega nuestro proyectil, bum, y le arranca la puta cabeza. Ya se estaba muriendo, pero la causa de la muerte sería «ha volado por los putos aires», no «metralla en el pecho».

—Sí, claro, supongo —dice Jewett—. Yo no me siento como si hubiera matado a alguien. Creo que si hubiera matado a alguien lo sabría.

—Nah —le responde el sargento Deetz—. No lo sabrías. No hasta que vieras los cuerpos. —La mesa se queda un momento en silencio. El sargento Deetz se encoge de hombros—. Es la mejor manera.

—¿ No se os hace raro —nos pregunta Jewett—, después de nuestra primera misión real, estar aquí comiendo sin más?

El sargento Deetz lo mira con el ceño fruncido y luego le pega un bocado enorme a su filete ruso y sonríe de oreja a oreja.

—Hay que comer —declara con la boca llena de comida.

—Yo creo que está bien —dice Voorstadt—. Acabamos de matar a unos cuantos malos.

Sanchez asiente con un gesto rápido. —Está bien. —Yo no creo que haya matado a nadie —insiste Jewett.

—Técnicamente, fui yo quien tiró del tirafrictor —dice Voorstadt—. Yo disparé. Tú solo pusiste la carga.

—Como si yo no pudiera tirar de un tirafrictor —dice Jewett. —Sí, pero no lo hiciste tú. —Dejadlo estar —los interrumpe el sargento Deetz—. Es un arma de manejo colectivo. Hace falta un equipo.

—Si usáramos un obús para matar a alguien en Estados Unidos —digo yo—, me pregunto de qué crimen nos acusarían.

—De asesinato —me responde el sargento Deetz—. ¿Eres idiota o qué?

—Sí, claro, de asesinato, pero ¿a cada uno de nosotros? ¿En qué grado? Quiero decir, Bolander, Jewett y yo lo cargamos, ¿no? Si cargo un M-16 y se lo doy a Voorstadt y él le pega un tiro a alguien, no creo que yo haya matado a nadie.

—Es un arma de manejo colectivo —dice el sargento Deetz—. Arma. Manejo. Colectivo. No es lo mismo.

—Y yo lo cargué, pero la munición nos la dieron en el ASP. ¿No deberían ser responsables, también, los marines del ASP?

—Sí —dice Jewett—. ¿El ASP por qué no?

—¿ Y por qué no los obreros que fabricaron la munición? —se burla el sargento Deetz—. ¿O los contribuyentes que la pagaron? ¿Sabes por qué no? Porque es de retrasado.

—El teniente dio la orden —digo—. Él también iría a juicio, ¿no?

—Oh, ¿eso crees? ¿Crees que los oficiales pagarían el pato? —Voorstadt se ríe—. ¿Cuánto tiempo llevas en el Cuerpo?

El sargento Deetz estampa el puño sobre la mesa.

—Escuchadme. Somos el Cañón Seis. Somos responsables de ese cañón. Acabamos de matar a unos cuantos malos. Con nuestro cañón. Todos nosotros. Y eso es un buen día de trabajo. —Yo sigo sin sentir que haya matado a nadie, sargento —dice Jewett.

El sargento Deetz deja escapar un largo suspiro. Todo queda un segundo en silencio. Entonces niega con la cabeza y se echa a reír:

—Bueno, vale, todos nosotros menos tú.

Cuando salimos de la cantina, no sé qué hacer conmigo. No tenemos nada planeado hasta la noche, cuando habrá otra misión de iluminación, así que la mayoría de los chicos quieren pillar la litera. Pero yo no quiero dormir. Me siento como si por fin estuviese completamente despierto. Por la mañana me había levantado al estilo campo de adiestramiento, después de dos horas de sueño, vestido y listo para matar antes incluso de que mi cerebro tuviese tiempo de ponerse a trabajar. Pero ahora, aunque tengo el cuerpo cansado, mi mente está a tope, y quiero que siga así.

—¿Volvemos al cubo? —le digo a Jewett.

Asiente, y empezamos a recorrer el perímetro de Battle Square, a la sombra de las palmeras que crecen junto a la carretera.

—En parte me gustaría que tuviéramos algo de hierba —dice Jewett.

—Vale.

Es un decir. Niego con la cabeza. Llegamos a la esquina de Battle Square, justo enfrente del hospital de Faluya, y giramos a la derecha.

—Bueno, por fin algo que contarle a mi madre —dice Jewett.

—Sí. Y algo que contarle a Jessie.

— ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?

—Una semana y media.

Jewett no responde nada a eso. Bajo la vista hasta mi alianza. Jessie y yo nos casamos por lo civil una semana antes de que me marchase para que, si moría, ella pudiera cobrar las ayudas. No me siento casado.

—¿ Qué se supone que tengo que contarle? —digo.

Jewett se encoge de hombros.

—Cree que soy un tipo duro. Cree que estoy en peligro.

—De vez en cuando nos lanzan morteros.

Miro a Jewett inexpresivo.

—Algo es algo —dice—. De todos modos, ahora puedes decirle que te has cargado a algunos malos.

—Puede. —Miro el reloj—. Son las cero cuatro, su hora. Tendré que esperar para contarle el héroe que estoy hecho.

—Eso es lo que le digo a mi madre todos los días.

Cuando llegamos cerca de los cubos, le digo a Jewett que me he dejado algo en la línea de cañones y me piro.

La línea de cañones está a dos minutos caminando. A medida que me acerco, las palmeras van cediendo al desierto, y veo la oficina de correos de Camp Faluya. Aquí el cielo se extiende hasta la línea del horizonte. Está perfectamente azul y despejado, como lo ha estado todos los días durante los últimos dos meses. Veo los cañones apuntando hacia arriba. Solo los cañones Dos y Tres están ocupados, y los marines están sentados alrededor. Cuando llegué por la mañana, todos los cañones estaban ocupados y todo el mundo andaba frenético. El cielo era negro, con apenas un toque de rojo asomando por el borde del horizonte. A media luz podían verse los contornos de los gigantescos cañones de acero oscuro, de doce metros de largo, apuntando hacia el cielo de la mañana, y debajo de ellos, las siluetas de los marines corriendo de aquí para allá, comprobando los obuses, los proyectiles, la pólvora.

A la luz del día, los cañones brillan relucientes al sol, pero por la mañana estaban oscuros y sucios. Bolander, Jewett y yo estábamos detrás, a la derecha, esperando junto a la munición mientras Sanchez gritaba el cuadrante y la desviación que le habían asignado al cañón tres.

Yo había puesto las manos sobre uno de nuestros proyectiles, el primero que lanzamos. También el primero que yo disparaba contra objetivos humanos. Habría querido levantarlo ahí mismo, sentir su peso tirando de mis hombros. Me había entrenado para cargar con esos proyectiles. Había entrenado tanto que tenía cicatrices en las manos de las veces que me habían golpeado en los dedos o me habían abierto la piel.

Entonces el cañón tres había disparado dos proyectiles de localización. Y luego, «Misión de fuego. Batería. Dos proyectiles». Sanchez había gritado el cuadrante y la desviación, y el sargento Deetz lo había repetido, y Dupont y Coleman, nuestro artillero y artillero adjunto, lo habían repetido y configurado y comprobado, y el sargento Deetz lo había revisado, Sanchez lo había verificado, y nos dieron la orden de proyectil y tiempo, y Jackson puso la pólvora, y nos movíamos con fluidez, como habíamos aprendido en los entrenamientos, Jewett y yo a ambos lados del portaproyectiles, sosteniéndolo, y Bolander detrás con el atacador. El sargento Deetz revisó la pólvora y dijo, «Tres, cuatro, cinco, propelente». Y luego, a Sanchez, «Carga cinco, propelente». Verificado.

Nos acercamos con el proyectil hasta la escotilla abierta y Bolander lo empujó con el atacador hasta que oímos un sonido metálico. Voorstadt cerró la escotilla.

Sanchez dijo: «Enganche».

Deetz dijo: «Enganche».

Voorstadt enganchó el tirafrictor al disparador. Había visto hacer eso mil veces.

Sanchez dijo: «Preparado».

Deetz dijo: «Preparado».

Voorstadt tensó el tirafrictor sosteniéndolo contra la cintura.

Sanchez dijo: «Fuego».

Deetz dijo: «Fuego».

Voorstadt hizo un giro a la izquierda y nuestro cañón cobró vida.

El sonido nos golpeó, vibrando a lo largo de nuestros cuerpos, muy hondo en nuestros pechos y en nuestras tripas y por detrás de nuestros dientes. Notaba el sabor de la pólvora en el aire. Cuando los obuses disparaban, los cañones retrocedían como pistones y se recolocaban, y la fuerza de los proyectiles al salir levantaba en el aire una nube de humo y polvo. Al mirar hacia la línea, ya no vi seis obuses. Solo vi fuegos entre la neblina, o ni siquiera fuegos, solo destellos de rojo en mitad del polvo y la cordita. Sentía el rugido de cada cañón, no solo del nuestro, cuando disparaba. Y pensé, Dios, esto es por lo que me alegro de ser artillero.

Porque ¿qué dispara un soldado de infantería con un M-16? ¿Cartuchos de 5,56? Incluso con la Calibre 50, ¿qué puedes hacer realmente con ella? O con el cañón principal de un tanque. ¿Qué alcance tiene eso? ¿Dos o tres kilómetros? ¿Y te cargas qué? ¿Una casita? ¿Un vehículo blindado? Donde fuera que estuviéramos lanzando aquellos proyectiles, a algún lugar a diez kilómetros al sur, estaban pegando más fuerte que ninguna otra cosa que hubiese dentro del combate en tierra. Cada cartucho pesa sesenta kilos, una carcasa rellena con ochenta y ocho bombetas que se esparcen por toda la zona objetivo. Y cada bombeta contiene una carga explosiva moldeada capaz de penetrar cinco centímetro de acero macizo y despedir metralla por todo el campo de batalla. Para lanzar esos proyectiles contra un objetivo hacen falta nueve hombres moviéndose perfectamente a la vez. Hace falta un FDC, un buen oteador, y matemáticas y física y técnica, destreza y experiencia. Y aunque yo solo cargaba, que a lo mejor solo era una tercera parte del equipo de munición, me movía perfectamente, y el proyectil entraba con ese gratificante sonido metálico, y salía disparado con un rugido increíble, y volaba hacia el cielo y caía a diez kilómetros al sur. La zona objetivo. Y allí donde acertáramos, todo lo que hubiera en cien metros a la redonda, todo lo que hubiera dentro de un círculo con un radio tan largo como un campo de fútbol americano, todo eso moría.

Antes aún de que el cañón se hubiese recolocado del todo, Voorstadt ya había desenganchado el tirafrictor y abierto la recámara. Limpió el interior con el escobillón y cargamos otro proyectil, el segundo que disparaba ese día contra un objetivo humano, aunque no cabía duda de que para entonces no quedaba ya ningún objetivo viviente. Y disparamos de nuevo, y lo sentimos en los huesos, y vimos la bola de fuego salir disparada del cañón, y más polvo y más cordita llenaron el aire, y nos asfixiamos con la arena del desierto iraquí.

Y entonces se acabó.

El humo nos rodeaba. No se veía nada más allá de nuestra posición. Yo respiraba con fuerza, inhalando el olor y el sabor de la pólvora. Y miré nuestro cañón, alzándose sobre nosotros, silencioso, gigantesco, y sentí una especie de amor por él.

Pero el polvo empezó a posarse. Y una brisa llegó y empezó a llevarse el humo, lo arrastró y lo elevó por encima de nuestras cabezas, y luego más arriba, hacia el cielo, la única nube que había visto en dos meses. Y después la nube se disolvió, desapareció en el aire, y se mezcló con el rojo tenue del amanecer iraquí.

Ahora, de pie frente a los obuses, con el cielo de un azul perfecto y los cañones alzados atravesándolo, es como si nada de eso hubiera pasado. No queda en nuestro obús ni una mota de esta mañana. El sargento Deetz nos hizo limpiarlo al terminar la misión. Un ritual, o algo así, por haber matado por primera vez como Cañón Seis. Desmontamos el escobillón y el atacador, unimos los dos palos junto con una escobilla de limpieza y luego empapamos la escobilla en limpiador CLP. Entonces nos pusimos en fila detrás del obús, sosteniendo el palo, y lo introdujimos todos a la vez en el interior del cañón. Repetimos el proceso, y vetas negras de CLP y hollín bajaban serpenteando por el palo y nos manchaban las manos. Seguimos haciéndolo hasta que nuestro cañón quedó limpio.

De modo que no se ve ninguna señal de lo que ha pasado, aunque sé que diez kilómetros al sur hay una zona sembrada de cráteres y cubierta de metralla, edificios destrozados, coches quemados y cadáveres retorcidos. Los cuerpos. El sargento Deetz los había visto en su primera campaña, durante la invasión inicial. El resto no los habíamos visto nunca.

Me vuelvo bruscamente, de espaldas a la línea de cañones. Demasiado impoluto. Quizás esta no sea la manera apropiada de verlo. En alguna parte hay un cadáver tendido, blanqueándose al sol. Antes de ser un cadáver fue un hombre que vivía y respiraba y tal vez asesinaba y torturaba, el tipo de hombre al que yo siempre había querido cargarme. En cualquier caso, un hombre definitivamente muerto.

Así que vuelvo hacia el área de nuestra batería, sin girarme en ningún momento. Es un paseo corto, y cuando llego me encuentro a unos cuantos de los chicos echando una partida de Texas Hold’em al lado del fumadero. Están el sargento Deetz, Bolander, Voorstadt y Sanchez. A Deetz le quedan menos fichas que a los demás, y tiene todo el peso del cuerpo apoyado sobre la mesa, mirando el bote con el ceño fruncido.

—Hurra, flipado —dice al verme.

—Hurra, sargento.

Me quedo a verlos jugar. Sanchez muestra el turn y todo el mundo pasa.

—¿ Sargento? —le digo.

—¿ Qué? No sé por dónde empezar.

—¿ No cree que, a lo mejor, tendríamos que montar una patrulla para ver si hay supervivientes?

 —¿ Qué?

El sargento Deetz está concentrado en la partida. En cuanto Sanchez muestra el river, lanza las cartas.

—Me refiero, la misión que hemos tenido. ¿No deberíamos salir, como de patrulla, a ver si hay supervivientes?

El sargente Deetz levanta la vista hacia mí.

—Tú eres idiota, ¿no?

—No, sargento.

—No ha habido ningún superviviente —dice Voorstadt, lanzando sus cartas también.

—¿ Ves a los de Al Qaeda paseándose en tanques por ahí? —me pregunta el sargento Deetz.

—No, sargento.

—¿ Ves a los de Al Qaeda construyendo búnkeres y trincheras increíbles?

—No, sargento.

—¿ Crees que los de Al Qaeda tienen poderes mágicos ninja, en plan, los ICM no me matan?

—No, sargento.

—No. Tienes toda la razón, no.

—Sí, sargento.

La apuesta está ahora entre Sanchez y Bolander.

—Creo que el 2/ 136 hace patrullas por ahí —dice Sanchez mirando el bote, sin dirigirse a nadie en particular.

—Pero, sargento, ¿qué pasa con los cuerpos? —le digo—. ¿No tendría alguien que recoger los cuerpos? —Dios, cabo segundo. ¿Es que tengo pinta de PRP?

—No, sargento.

—¿ De qué tengo pinta?

—De artillero, sargento.

—Exacto, asesino. Yo soy artillero. Nosotros proporcionamos los cuerpos, no los recogemos. ¿Me has oído?

—Sí, sargento. Me mira.

—¿ Y tú qué eres, cabo segundo?

—Artillero, sargento.

—¿ Y qué es lo que haces?

—Proporciono los cuerpos, sargento.

—Exacto, asesino. Eso es.

El sargento Deetz vuelve a la partida. Aprovecho la oportunidad para escurrirme. Ha sido una estupidez preguntarle a Deetz, pero lo que me ha dicho me hace pensar. PRP. La compañía de Recuperación y Procesamiento de Personal militar. También conocida como Asuntos Funerarios. Me había olvidado de ellos. Debían de haber recogido los cuerpos de esta mañana.

La idea del PRP va colándose en mi cabeza. Los cuerpos podrían estar aquí, en la base. Pero no sé dónde está el PRP. Nunca había querido saberlo y tampoco quiero preguntarle a nadie cómo se llega. ¿Por qué iba a querer alguien ir a PRP? Pero salgo del área de la batería y rodeo el perímetro de Battle Square en dirección a los edificios de Logística, esquivando oficiales y suboficiales de estado mayor. Tardo mi buena media hora, escabulléndome de aquí para allá y leyendo los carteles a la puerta de los edificios, en encontrarlo: un edificio largo, bajo y rectangular rodeado de palmeras. Está apartado del resto del complejo de Logística pero, por lo demás, es un edificio como cualquier otro. Eso se hace raro. Si han recogido hoy, debería haber miembros seccionados rebosando por la puerta.

Me quedo fuera, mirando la entrada. Es una sencilla puerta de madera. Y yo no debería estar enfrente de ella, no debería abrirla, no debería cruzarla. Yo soy de una unidad de armas de combate, y este no es mi sitio. Esto es mal yuyu. Pero he venido hasta aquí, lo he encontrado y no soy ningún cobarde. Así que abro la puerta. Dentro hay aire acondicionado, un largo pasillo lleno de puertas cerradas y un marine sentado de espaldas a mí tras un escritorio. Lleva unos auriculares puestos. Están enchufados a un ordenador en el que está viendo una especie de programa de televisión. En la pantalla, una mujer con un vestido de tul está llamando un taxi. Al principio parece bastante guapa, pero luego la pantalla pasa a un primer plano y queda claro que no lo es.

El marine del escritorio se da la vuelta y se quita los auriculares mientras me mira confundido. Busco los galones en el cuello de su uniforme y veo que es sargento de artillería, aunque parece mucho mayor que la mayoría de sargentos de artillería. Un bigote blanco y recortado reposa sobre su labio, y tiene algo de pelusa blanca por encima de las orejas, pero el resto de la cabeza está calva y reluciente. Cuando entrecierra los ojos para mirarme, la piel de alrededor de los ojos se frunce en arrugas. Y está gordo, además. Incluso a través del uniforme, se nota. Dicen que los PRP son todos reservistas, no hay enterradores en el servicio activo del Cuerpo de Marines, y él parece un reservista seguro.

—¿ Puedo ayudarle, cabo segundo? —me dice. Hay un suave deje sureño en su voz.

Me quedo ahí parado mirándolo, con la boca abierta, y van pasando los segundos. Entonces la expresión del viejo armero se suaviza, se inclina hacia delante y me pregunta:

—¿ Has perdido a alguien, hijo? Me lleva un segundo entender.

—No —respondo—. No, no, no. No.

Me mira confundido y arquea la ceja.

—Soy artillero —le digo.

—De acuerdo.

Nos miramos el uno al otro.

—Hemos tenido una misión esta mañana. ¿Un objetivo diez kilómetros al sur?

Lo miro esperando que lo pille. Me siento oprimido en ese pasillo estrecho, con el escritorio apretujado en medio y el armero gordo y viejo mirándome interrogativo.

—Vale…

—Era mi primera misión así…

—Vale…

Se inclina todavía más hacia delante y entorna los ojos, como si viéndome mejor fuera a entender de qué narices le estoy hablando.

—O sea, yo soy de Nebraska. De Ord, Nebraska. En Ord no hacemos nada.

Me doy perfecta cuenta de que parezco un idiota.

—¿ Está usted bien, cabo segundo?

El viejo armero me mira atentamente, esperando. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo a estas alturas. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo en cuanto crucé la puerta, por entrar tan campante en un sitio en el que no pinto nada. Pero este armero, quizá porque es un reservista, quizá porque es mayor, quizá porque está gordo, solo me mira y espera a que suelte lo que necesito decir.

—Nunca había matado a nadie —le digo.

—Yo tampoco.

—Pero yo lo he hecho. Creo. Es decir, hemos lanzado los proyectiles y ya está.

—De acuerdo. ¿Y por qué ha venido aquí? Lo miro con expresión de impotencia.

—He pensado que a lo mejor vosotros habíais estado allí. Y habíais visto lo que he hemos hecho. El viejo armero se recuesta en la silla y frunce los labios.

—No —responde. Coge aire y lo suelta lentamente—. Nosotros nos encargamos de las bajas estadounidenses. Los iraquís se encargan de las suyas. Las únicas veces en que veo al enemigo muerto es cuando muere en una instalación médica estadounidense, como el hospital de Faluya. —Hace un gesto con la mano en dirección al hospital de la base—. Además, en TQ tienen una sección de PRP. Seguramente se hayan encargado ahí de cualquier cosa en esa AO.

—Ah…, vale.

—No hemos tenido nada de ese tipo hoy.

—Vale. —Le irá bien.

—Sí. Gracias, armero.

Me quedo ahí, mirándolo un momento. Luego me fijo en todas las puertas cerradas del pasillo, puertas sin nada tras ellas. En la pantalla de ordenador del armero un grupo de mujeres beben pink martinis.

—¿ Está casado, cabo segundo? —El armero está mirándome la mano, la alianza.

—Sí, hace unos dos meses.

—¿ Cuántos años tiene?

—Diecinueve. Asiente, y luego se queda ahí sentado como si estuviera dándole vueltas a algo. Justo cuando estoy a punto de irme, me dice:

—Hay algo que podría hacer por mí. ¿Me haría un favor?

—Claro, armero. Señala la alianza.

—Quítesela y póngala en la cadena con las chapas. Se busca con los dedos la cadena que lleva en torno al cuello y saca las chapas para mostrarme. Ahí, colgando junto a las dos placas de metal que llevan sus datos en caso de muerte, hay un anillo de oro.

—Vale…

—Tenemos que reunir los efectos personales —dice, metiéndose de nuevo las chapas bajo la camisa—. Para mí, lo más difícil es sacar las alianzas de boda.

—Oh. Doy un paso atrás.

—¿ Puede hacer eso por mí?

—Sí. Lo haré.

—Gracias.

—Debería irme —le digo.

—Debería. Me doy la vuelta rápidamente, abro la puerta y me adentro en el aire asfixiante. Me alejo despacio, con la espalda recta, controlando mis pasos, y con la mano derecha sobre la izquierda, jugueteando con la alianza, haciéndola girar.

Le he dicho al armero que lo haría, así que mientras camino cojo el anillo y me lo saco del dedo. Da mal yuyu, ponerlo con las chapas. Pero me las saco, abro el broche a presión, deslizo el anillo en la cadena, cierro el broche y me pongo las chapas de nuevo en torno al cuello. Noto el metal de la alianza contra el pecho.

Sigo alejándome, sin prestar atención al camino que siguen mis pasos, y avanzo por debajo de las palmeras que bordean la carretera en torno a Battle Square. Tengo hambre, y debe de ser hora de ir a la cantina, pero no cojo ese camino. Voy hacia la carretera que pasa por el hospital de Faluya y me paro enfrente. Es un edificio cuadrado y anodino, de color beige y aplastado por el resplandor del sol como todo lo demás. Hay un fumadero cerca, y dos sanitarios están sentados, hablando y dando caladas al cigarrillo, soltando tenues bocanadas de humo en el aire. Espero, y miro el edificio como si fuera a emerger de él algo increíble.

No pasa nada, por supuesto. Pero ahí en mitad del calor, plantado enfrente del hospital de Faluya, recuerdo el aire fresco de la mañana dos días atrás. Íbamos de camino a la cantina, todo el Cañón Seis, riendo y haciendo broma, cuando el sargento Deetz, que estaba gritando algo de que los espartanos eran gays, se calló en mitad de la frase. Se detuvo de golpe, se puso recto, todo lo alto que es, y susurró «Aaa-teen-CIÓN».

Nos pusimos todos firmes, sin saber por qué. El sargento Deetz hizo un saludo con la mano derecha y los demás hicimos lo mismo. Entonces lo vi, a lo lejos, en la carretera: cuatro sanitarios saliendo del quirófano de Faluya con una camilla envuelta en la bandera estadounidense. Todo estaba en silencio, inmóvil. A lo largo de toda la carretera, los marines y marinos se habían puesto en posición de firmes.

Apenas veía nada con las primeras luces de la mañana. Forcé los ojos, fijándome en el contorno del cuerpo bajo la tela gruesa de la bandera. Y luego la camilla desapareció de la vista. Ahora, en pleno día, al ver a esos sanitarios fumando, me pregunto si serían ellos los que llevaban aquel cuerpo. Deben de haber llevado algunos.

Todo el mundo se había quedado tan completamente callado, tan quieto, mientras pasaba el cuerpo… No había ningún sonido ni ningún movimiento más que los pasos lentos de los sanitarios y el avance del cuerpo. Una imagen de la muerte que parecía de otro mundo. Pero ahora sé adónde llevaban ese cuerpo, al viejo armero del PRP. Y si había algún anillo de boda, el armero lo habría sacado poco a poco del dedo muerto y rígido. Habría reunido todos los efectos personales y habría preparado el cuerpo para transportarlo. Entonces lo habrían llevado a TQ en avión. Y mientras lo bajaban, los marines se habrían quedado quietos y en silencio, como en Faluya. Y lo habrían puesto en un C-130 hacia Kuwait. Y en Kuwait se habrían quedado quietos y en silencio. Y se habrían quedado quietos y en silencio en Alemania, quietos y en silencio en la Base Aérea de Dover. Allá donde fuera, los marines y los marinos y los soldados y los aviadores se habrían puesto en posición de firmes mientras viajaba hasta la familia del caído, donde el silencio, la inmovilidad, cesarían.


*Este cuento fue publicado en “Nuevo destino”, Literatura Random House, 2015.

Se dice que el viejo Pozo de Agua Fresca nunca se seca, pero ahora está clausurado y solo sirve para desviar el tráfico. En las calles que lo rodean hay unas cuantas colonias de viviendas de clase media. Profesionales de distintas castas –bunts, brahmanes y católicos– viven lado a lado, aunque los musulmanes ricos no se mueven del Bunder. El Canara Club, el más exclusivo de la ciudad, tiene allí su sede, en una gran mansión blanca con parque. El barrio es la zona “intelectual” de la ciudad: presume de un Lions Club, un Rotary Club, una Logia de Francmasones, un grupo educativo Bahá’í, una Sociedad Teosófica y una sucursal de la Alliance Française de Pondicherry. De los muchos institutos médicos situados en él, los dos más conocidos son el Hospital de Distrito Havelock Henry y la Clínica de Ortodoncia Sonrisa Feliz del Doctor Shambhu Shetty. El colegio secundario St. Agnes, la escuela para niñas más preciada de Kittur, también se halla en las cercanías. La zona más elegante de los alrededores del Cruce del Pozo de Agua Fresca es una calle bordeada de hibiscos conocida como Rose Lane. Mabroor Engineer, a quien se tiene por el hombre más rico de Kittur, y Anand Kumar, el parlamentario de Kittur, poseen mansiones allí.

–Una cosa es enrollar un poco de marihuana en un chapati y mascarla al final del día, como para relajar los músculos; eso se lo perdono a cualquiera, claro que sí. Pero fumar heroína a las siete de la mañana, fumar esa basura y quedarse tirado en un rincón con la lengua colgando, no se lo permito a nadie aquí en la obra. ¿Entiendes? O quieres que te lo repita en tamil o en algún otro de los idiomas que hablan ustedes.

–Entiendo, señor.

–¿Qué dijiste? ¿Qué dijiste, hijo de…?

De la mano de su hermano, Soumya miró al capataz castigar a su padre. El capataz era joven, mucho más joven que su padre, pero llevaba puesto el uniforme caqui que le había suministrado la empresa y hacía girar un lathi en su mano izquierda, y ella observó que los trabajadores, en vez de defender a su padre, escuchaban en silencio al capataz. El hombre estaba sentado en una silla azul encima de un terraplén de barro; un farol de gas zumbaba ruidosamente sobre un poste de madera que habían clavado a su lado en el suelo. A sus espaldas se abría un cráter en torno a la casa a medio demoler; el interior de la casa estaba lleno de escombros, casi todo su techo se había derrumbado y sus ventanas estaban vacías. Con su bastón y su uniforme, y con la cara duramente iluminada por el farol incandescente de parafina, el capataz parecía un soberano del submundo apostado a las puertas de su reino.

A sus pies se había formado un semicírculo de obreros. El padre de Soumya se hallaba apartado del resto, mirando furtivamente a la madre de Soumya, que ocultaba sus sollozos con una punta del sari. En una voz llorosa dijo:

–Siempre le digo que deje la heroína, siempre se lo digo…

Soumya se preguntó por qué su madre tenía que quejarse de su padre delante de todo el mundo. Raju le apretó la mano.

–¿Por qué regañan a papá?

Ella se la apretó a él. En silencio.

De pronto el capataz se levantó de la silla, bajó del terraplén y levantó el palo por encima del padre de Soumya.

–Presta atención, he dicho. –Y descargó el golpe.

Soumya cerró los ojos y se alejó.

Los obreros habían regresado a sus tiendas, que se encontraban dispersas en el terreno que rodeaba la casa oscura a medio demoler. El padre de Soumya descansaba en su esterilla azul, lejos de todos; ya estaba roncando, con la mano sobre los ojos. Tiempo atrás, ella se habría ido a acurrucar a su lado.

Soumya se acercó a su padre. Le sacudió el dedo gordo del pie, pero él no respondió. Fue hasta donde su madre preparaba arroz y se recostó a su lado.

Por la mañana, la despertó el ruido de los mazos y martillos. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Con cara de sueño se acercó a la casa. Su padre, subido al pedazo de techo que quedaba en pie, serruchaba un travesaño de hierro negro, sobre el que estaba sentado. Dos hombres golpeaban la pared de abajo con mazos; se levantaban nubes de polvo que tapaban a su padre mientras serruchaba. El corazón de Soumya dio un vuelco.

Corrió adonde estaba su madre y gritó:

–¡Papá está trabajando de nuevo!

Su madre estaba con las demás mujeres; sacaban de la casa grandes bandejas de metal sobre la cabeza, llenas hasta el borde de escombros.

–Cuida que Raju no se moje –le dijo a Soumya al pasar.

Solo entonces Soumya se dio cuenta de que lloviznaba.

Raju dormía encima de la manta donde había estado su madre; Soumya lo despertó y lo llevó a una de las tiendas. Raju empezó a lloriquear y a decir que quería dormir un poco más. Ella se acercó a la esterilla azul; su padre no había tocado el arroz que le habían servido la noche anterior. Mezclando el arroz seco con agua de lluvia, Soumya hizo con él una papilla y se la fue metiendo en la boca a Raju. El niño dijo que no le gustaba y, con cada bocado, le mordía los dedos.

Empezó a llover más fuerte, y oyó al capataz que decía:

–¡Hijos de mala madre, no aflojen!

En cuanto dejó de llover, Raju le pidió que lo empujara en la hamaca.

–Está por llover de nuevo –dijo ella, pero él se empecinó. Lo llevó en brazos hasta la vieja hamaca hecha con una rueda de camión que estaba junto al muro del recinto y le dio un empujón, gritando–: ¡Uno! ¡Dos!

Mientras empujaba, se le apareció un hombre.

Tenía la piel oscura y húmeda recubierta de polvillo blanco, y a Soumya le tomó un instante reconocerlo.

–Cielo –dijo él–, tienes que hacerle un favor a papá.

El corazón le latía demasiado rápido como para articular palabra. Quería que él le dijera “cielo”, pero no como ahora –parecía una palabra cualquiera, puro aire exhalado– sino como antes, cuando le salía del corazón, cuando al mismo tiempo la estrechaba contra su pecho y la abrazaba hondamente y le susurraba locuras en el oído.

Su padre siguió arrastrando las palabras en el mismo tono extraño y lento; le dijo lo que quería que hiciera y luego regresó a la casa.

Soumya se reunió con Raju, que estaba cortando una lombriz en pedacitos con un vidrio que había robado de la zona de demolición, y dijo:

–Tenemos que irnos.

No podía dejarlo solo, aunque fuese un fastidio en una excursión como la de ahora. Una vez lo había dejado solo y se había tragado un pedazo de vidrio.

–¿Adónde vamos? –preguntó él.

–Al Bunder.

–¿Por qué?

–Hay un sitio al lado del Bunder, un jardín, donde los amigos de papá lo están esperando. Papá no puede ir porque el capataz lo golpearía de nuevo. ¿Quieres que el capataz le vuelva a pegar a papá delante de todo el mundo?

–No –dijo Raju–. Y cuando lleguemos al jardín, ¿qué hacemos?

–Les daremos diez rupias a los amigos de papá que están ahí, y ellos nos darán algo que papá necesita de veras.

–¿Qué?

Se lo dijo.

Raju, que ya entendía de dinero, preguntó:

–¿Cuánto cuesta?

–Diez rupias, dijo papá.

–¿Y te dio diez rupias?

–No, me dijo que las consiguiéramos nosotros. Tenemos que mendigar.

Mientras bajaban por Rose Lane, Soumya mantuvo la vista clavada en el suelo. Una vez había encontrado cinco rupias tiradas: sí, ¡cinco! Nunca sabías qué podías encontrar en la zona donde vivían los ricos.

Se acercaron al borde de la acera; un coche blanco se detuvo un momento para pasar un badén de la calle, y ella le gritó al conductor:

–¿Dónde está el puerto, señor?

–Lejos –le gritó él–. Ve hasta la calle principal y dobla a la izquierda.

Las ventanillas ahumadas traseras estaban cerradas, pero por la del conductor Soumya alcanzó a ver la mano del pasajero cubierta de brazaletes de oro; quería golpear el cristal. Pero recordó la regla que el capataz había impuesto a los hijos de los obreros. Nada de mendigar en Rose Lane. Solo en la calle principal. Se contuvo.

En Rose Lane todas las casas estaban siendo demolidas y reconstruidas. Soumya no entendía por qué tiraban abajo aquellas casas espléndidas, grandes, encaladas. Tal vez las casas se volvían inutilizables con el tiempo, como los zapatos.

Cuando el semáforo de la calle principal cambiaba a rojo, ella iba de un rickshaw motorizado a otro, abriendo y cerrando los ojos.

–Señor, tenga piedad, me muero de hambre.

Su técnica era impecable. La había aprendido de su madre. Funcionaba de la siguiente manera: al mendigar, mantenía el contacto visual por tres segundos; después sus ojos se iban hacia el siguiente rickshaw. “Madrecita, tengo hambre –se frotaba la panza–, deme comida”: cerraba los dedos y se los llevaba a la boca. “Hermano, tengo hambre”. “Abuelo, una monedita no más…”.

Mientras ella iba por la calle, Raju se quedaba sentado en la acera, con instrucciones de lloriquear si pasaba alguien bien vestido. Soumya no contaba con que la ayudara mucho, pero, al menos, así no se metía en problemas, como perseguir gatos o intentar acariciar perros callejeros que tal vez estuvieran rabiosos.

Hacia el mediodía, la calle se llenó de coches. Tenían las ventanillas cerradas por la lluvia, y ella debía alzar las manos y arañar como un gato para llamar la atención. Las ventanillas de un coche iban bajas, y ella creyó que su suerte mejoraba.

En uno de los coches, una mujer tenía las manos pintadas con hermosas figuras doradas, y Soumya se quedó mirándolas. Oyó que la mujer de las manos doradas le decía a otro de los pasajeros del coche:

–Hoy en día, en la ciudad hay mendigos por todas partes. Antes no era así.

La otra persona se inclinó hacia delante y miró un momento.

–Tienen la piel tan oscura… ¿De dónde vienen?

–Quién sabe…

Solo cincuenta paise después de una hora.

A continuación intentó subirse a mendigar a un autobús que se detuvo en el semáforo en rojo, pero el cobrador la vio venir y se paró en la puerta:

–De ninguna manera.

–¿Por qué no, señor?

–¿Por quién me tomas, por un rico como el señor Engineer? ¡Vete a pedirle a otro, mocosa!

Con una mirada furibunda, se sacó el cordel de su silbato por encima de la cabeza como si fuera un látigo. Ella bajó tan pronto como pudo.

–Menudo mamón –le dijo a Raju, que tenía algo que enseñarle: una lámina de plástico de envolver lleno de burbujas de aire que podían reventarse.

Asegurándose de que el cobrador no la viera, se arrodilló y puso el plástico en la calle delante de la rueda. Raju se acuclilló.

–No, así no. La rueda no lo va a pisar –dijo él–. Un poco a la derecha.

Cuando el autobús arrancó, las ruedas pasaron por encima de la lámina y las burbujas estallaron y sobresaltaron a los pasajeros; el cobrador asomó la cabeza por la ventanilla para ver qué había pasado. Los niños echaron a correr.

Empezó a llover de nuevo. Los dos se guarecieron bajo un árbol; empezaron a caer cocos, y un hombre que estaba de pie al lado de ellos con un paraguas dio un respingo, maldijo el árbol y escapó a la carrera. Ella soltó una risita, pero a Raju le dio miedo que les cayera un coco encima.

Cuando paró de llover, Soumya encontró una rama y se puso a rasgar el suelo, dibujando un mapa de la ciudad tal y como se la imaginaba. Aquí estaba Rose Lane. Aquí estaba la calle por la que habían venido, cerca de Rose Lane. Aquí… estaba el Bunder. Y aquí el jardín dentro del Bunder que buscaban.

–¿Entiendes? –le preguntó a Raju, que asintió, animado por el mapa–. Para ir al Bunder tenemos que pasar –dibujó otra flecha– por el hotel grande.

–¿Y después?

–Y después vamos al jardín que está dentro del Bunder.

–¿Y después?

–Buscamos lo que nos pidió papá.

–¿Y después?

Lo cierto era que no tenía idea de si el hotel quedaba de camino al puerto o no; pero la lluvia había ahuyentado a los vehículos de las calles, y el hotel era el único lugar donde por el momento podía mendigar dinero.

–A los turistas tienes que pedirles dinero en inglés –lo provocó a Raju mientras caminaban hacia el hotel–. ¿Sabes qué decir en inglés?

Se detuvieron delante del hotel para mirar una bandada de cuervos que se bañaban en un charco de agua. El sol brillaba en el agua, y el plumaje negro de los cuervos relucía conforme saltaban chispas líquidas de sus cuerpos temblorosos; Raju declaró que nunca había visto nada tan hermoso.

El hombre sin piernas ni brazos estaba sentado delante del hotel; les gritó palabrotas desde enfrente.

–¡Márchense, niños del demonio! ¡Les he dicho que no vengan por aquí!

Ella le respondió:

–¡Vete al infierno, monstruo! ¡Te hemos dicho que no vuelvas!

Estaba sentado en una tabla con ruedas. Cada vez que un coche frenaba en el semáforo delante del hotel, él se impulsaba en su tabla y se acercaba a mendigar de un lado, mientras Soumya mendigaba desde el otro.

Raju, sentado en la acera, bostezaba.

–¿Por qué tenemos que mendigar? Hoy papá trabaja. Lo vi cortando esos cosos.

Separó las piernas y empezó a serruchar un travesaño imaginario.

–Chito.

Dos taxis frenaron cerca del semáforo en rojo. El hombre sin brazos ni piernas se dirigió a toda velocidad hacia el primero; ella corrió al segundo, y metió la mano en la ventanilla abierta. Dentro viajaba un extranjero, que se quedó mirándola con la boca abierta: Soumya vio que sus labios formaban una “O” perfecta.

–¿Conseguiste dinero? –preguntó Raju, cuando ella volvió del coche en el que iba el hombre blanco.

–No. Levántate. –Y lo alzó de un tirón.

Para cuando cruzaron el segundo semáforo, sin embargo, Raju sospechaba algo. Señaló el puño de su hermana.

–El blanco te dio dinero. ¡Tienes dinero!

Soumya se acercó a un rickshaw motorizado aparcado a un lado de la calle.

–Para dónde queda el Bunder.

El conductor bostezó.

–No tengo dinero. Vete.

–No le pido dinero. Le pido que me indique cómo ir al Bunder.

–Ya te lo he dicho, ¡no te voy a dar nada!

Ella lo escupió en la cara. Tomó a Raju de la muñeca y corrieron como locos.

El siguiente conductor de rickshaw al que le preguntaron era un hombre amable.

–Queda muy, muy lejos. ¿Por qué no toman un autobús? El tres-cuatro-tres los lleva. A pie tardarán al menos un par de horas.

–No tenemos dinero, señor.

El hombre les dio una rupia y preguntó:

–¿Dónde están sus padres?

Subieron al autobús y le pagaron al cobrador.

–¿Dónde se bajan? –les gritó este.

–El puerto.

–Este autobús no va al puerto. Tienen que tomar el tres-cuatro-tres. Este es el número…

Se bajaron y empezaron a caminar.

Llegaron cerca del Cruce del Pozo de Agua Fresca. Hallaron al chico que tenía un brazo y una pierna, que trabajaba allí como siempre; daba saltitos de un coche a otro, mendigando antes de que ella pudiera llegar a ellos. Ese día alguien le había dado un rábano, así que el chico mendigaba con un gran rábano blanco en la mano, y golpeaba con él los parabrisas para llamar la atención de los pasajeros.

–¡Ni se les ocurra venir a pedir acá, hijos de perra! –les gritó, amenazándolos con el rábano en alto.

Los dos le sacaron la lengua y gritaron:

–¡Monstruo! ¡Monstruo asqueroso!

Después de una hora, Raju se echó a llorar y se negó a seguir caminando, así que ella rebuscó algo de comida en un cubo de basura. Encontró una caja con dos galletas, y comieron una cada uno.

Caminaron un poco más. Al rato la nariz de Raju empezó a abrirse.

–Desde acá puedo oler el mar.

Ella también podía.

Apretaron el paso. Vieron a un hombre pintando un cartel en inglés a un lado de la calzada; dos gatos peleando en el techo de un Fiat blanco; un carro tirado por un caballo y cargado de leña; un elefante llevando una pila de hojas de nim por la calle; un coche que se había estrellado en un accidente; y un cuervo muerto con las garras rígidas retraídas hacia el pecho y la panza abierta repleta de hormigas negras.

Y entonces llegaron al Bunder.

El sol se ponía en el mar, y cruzaron mercados atestados de gente en busca de un jardín.

–Aquí en el Bunder no hay jardines. Por eso el aire es tan malo –les dijo un vendedor de cacahuetes musulmán–. Les han indicado mal.

Viendo sus caras de decepción, les ofreció un puñado de cacahuetes para picar.

Raju soltó un quejido. Tenía hambre…. ¡al diablo con los cacahuetes! Se los arrojó en la cara al musulmán, que lo llamó demonio.

El insulto puso a Raju tan furioso que abandonó a su hermana y echó a correr, y ella corrió tras él hasta que Raju se detuvo.

–¡Mira! –chilló él, señalando una fila de hombres mutilados con los miembros vendados, que se holgaban delante de un edificio con una cúpula blanca.

Rodearon cuidadosamente a los leprosos. Y luego ella vio a un hombre recostado en un banco, con las manos cruzadas sobre la cara, que respiraba laboriosamente. Soumya se acercó al banco y notó, justo en la orilla del agua, rodeado por un pequeño muro de piedra, un parquecito verde.

Raju estaba callado.

Al llegar al parque oyeron gritos. Un policía le estaba pegando a un hombre de piel muy oscura.

–¿Robaste esos zapatos? ¿Los robaste?

El hombre de piel oscura negó con la cabeza. El policía lo golpeó con más fuerza.

–Hijo de mala madre, tomas drogas y luego robas, y si serás hijo de…

Tres hombres canosos, que se hallaban ocultos ahí cerca entre un arbusto, le hicieron señas a Soumya para que fuesen a esconderse con ellos. Ella y Raju se refugiaron bajo el arbusto y esperaron a que se marchase el policía.

Les susurró a los hombres canosos:

–Soy hija de Ramachandran, el hombre que derrumba las casas de los ricos en Rose Lane.

Ninguno de ellos conocía a su padre.

–¿Qué quieres, niña?

Dijo la palabra, tan exactamente como la recordaba:

–… eoína.

Uno de los hombres, que al parecer era el líder, frunció el ceño.

–Dila de nuevo.

El hombre asintió al oír la extraña palabra por segunda vez. Tras sacar del bolsillo un paquete hecho con papel de periódico, le dio unos golpecitos: cayó un polvo blanco, como tiza desmenuzada. Extrajo un cigarrillo de su otro bolsillo, lo cortó al medio, tiró el tabaco, llenó el papel con el polvo blanco y le retorció las puntas. Alzó el cigarrillo y con la otra mano le hizo señas a Soumya.

–Doce rupias.

–Solo tengo nueve –dijo–. Tendrá que aceptar nueve.

–Diez.

Les dio el dinero; tomó el cigarrillo. Le entró una duda terrible.

–Si me están robando, si me están engañando… Raju y yo volveremos con papá y… les daremos una paliza a todos.

Los tres hombres, acuclillados, echaron a temblar y luego a reír juntos. ¿Qué les pasaba? Soumya agarró a Raju de la muñeca y echaron a correr.

Destellos de la escena inminente pasaron por su cabeza. Le mostraría a papá lo que le había comprado tan lejos. “Cielo”, le diría él, como lo decía antes, y la abrazaría en un rapto de cariño, y ambos se volverían locos de amor el uno por el otro.

Al rato empezó a dolerle el pie izquierdo, y se puso a doblar los dedos y se los quedó mirando. Raju insistía en que lo alzara; y lo justo era justo, pensó ella: hoy el chiquitín se había portado muy bien.

De nuevo empezó a llover. Raju lloraba. Tuvo que amenazar con dejarlo tres veces; en una ocasión lo abandonó de veras y llegó hasta la siguiente calle antes de que él fuese tras ella corriendo, diciendo que lo perseguía un dragón gigante.

Subieron a un autobús.

–Billetes –gritó el conductor, pero ella le guiñó un ojo y dijo:

–Hermano, déjanos viajar gratis, por favor…

La cara del hombre se ablandó, y les permitió quedarse en el fondo.

Cuando llegaron a Rose Lane, era noche cerrada. Vieron las lámparas encendidas en las mansiones. El capataz estaba sentado a la luz de su farol, hablando con uno de los obreros. La casa parecía más pequeña: habían cortado todos los travesaños.

–¿Anduvieron mendigando por el barrio? –les preguntó el capataz al verlos.

–No.

–¡No mientan! ¿Qué estuvieron haciendo todo el día fuera? ¡Mendigando en Rose Lane!

Ella frunció el labio superior en señal de desprecio.

–¿Por qué no pregunta si estuvimos mendigando antes de acusarnos?

El capataz los miró furioso, pero guardó silencio, derrotado por la lógica de la niña.

Raju se adelantó a la carrera, llamando a gritos a su madre. La encontraron dormida, sola, envuelta en un sari humedecido por la lluvia. Raju corrió hasta donde estaba tumbada, se arrojó de cabeza contra uno de sus flancos y, como un gatito, empezó a frotarse contra su cuerpo en busca de calor; la mujer dormida gimió y se volvió hacia el otro lado. Uno de sus brazos apartó a Raju a manotazos.

–Amma –dijo él, sacudiéndola–. ¡Amma! ¡Tengo hambre! ¡Soumya no me dio nada de comer en todo el día! Me hizo caminar y caminar y tomar un autobús y otro, ¡y sin comer! Un blanco le dio cien rupias pero ella no me dio nada de comer ni de beber.

–¡No mientas! –protestó Soumya–. ¿Y las galletas?

Pero él seguía sacudiendo a su madre.

–¡Amma! ¡Soumya no me dio nada de comer ni de beber en todo el día!

Los niños empezaron a luchar. Luego una mano le dio un golpecito a Soumya en el hombro.

–Cielo.

Al ver a su padre, Raju rompió a lloriquear; volvió corriendo al lado de su madre. Soumya y su padre se fueron aparte.

–¿Tienes lo que te encargué, cielo? ¿Lo tienes?

La niña tomó aire.

–Toma –dijo, y le puso el papel en la mano. Él se lo llevó a la nariz, aspiró y luego se lo puso debajo de la camisa: ella vio cómo su mano pasaba por entre su sarong hasta la ingle. Sacó la mano. Sabía lo que venía a continuación: la caricia.

Él le tomó la mano; sus dedos le marcaron la carne.

–¿Y qué hay de las cien rupias que te dio ese blanco? Oí lo que decía Raju.

–Nadie me dio cien rupias, papá, te lo juro. Raju miente, te lo juro.

–No mientas. ¿Dónde están?

Él alzó la mano. Ella empezó a gritar.

Cuando fue a sentarse al lado de su madre, Raju seguía quejándose de que no había comido nada en todo el día y que lo habían obligado a caminar de aquí para allá y luego a otro lugar y después de vuelta aquí. Al ver las marcas rojas en la cara y el cuello de su hermana hizo silencio. Ella se desplomó en el suelo y se durmió.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

*The story is taken from the book Between the Assassinations by Arvind Adiga. Picador India, 2008.

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