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Cómo me iba a servir de tales platos distantes

esas cosas, cuando habráse quebrado el propio

hogar, cuando no asoma ni madre a los labios.

Cómo iba yo a almorzar nonada.

César Vallejo

Nací entre frases de pésame, «ya todo se arreglará», «van a salir adelante», «un hijo siempre es una bendición», «todo ocurre por algo». Yo me pregunto: ¿Por qué no te pajeaste al lado? ¿O terminaste afuera? ¿Qué hacía un pendejo en uniforme escolar recibiendo a su hijo en el hospital? ¿Y una cabra chica a quien casi se le desgarra el útero por hacerse la grande? ¿No había una farmacia cerca? ¿No escucharon nunca el cuento de la semillita? ¿No podían tomarse la temperatura y enterarse del día de ovulación? Perros calientes; y les caí yo de regalo inesperado para siempre. Nací parado, a punto de asfixiarme, amenazando con rajarle las entrañas a mi mamá, obligando una cesárea de urgencia que nos salvó la vida a los dos. Después, como si fuésemos tres hermanos, compartimos la misma habitación, incluso la misma cama. En ese tiempo, ¿quién lloraba más, ustedes o yo? No los dejaba dormir con mis berridos. Mi papá dio sus pruebas globales en vacaciones, mi mamá rindió exámenes libres el año siguiente. A ninguno le fue bien en la prueba de ingreso a la universidad.

Pero ustedes no eran un par de adolescentes cualquiera, ustedes querían hacer la revolución, entonces yo era un doble obstáculo, para vivir su juventud y para hacer política. Nací escuchando música de la nueva trova, rock de los setenta, cultivando el oído con tanta melodía distorsionada. Las primeras palabras que aprendí fueron: valores, ideología, partido, pueblo. Todas palabras que imaginaba que mis padres pronunciaban en mayúsculas.

El verano siguiente papá se fue al sur por una reunión de las juventudes del partido, no supimos nada de él durante tres meses. Un vecino comenzó a rondar a mamá. Traía libros, escribían pancartas, iban a reuniones clandestinas ―a las que yo también asistía con mi cuaderno para colorear―. Una mañana la vino a buscar con un pañuelo que le tapaba la boca, lo llevaba tan mal puesto, que más que una estrategia de clandestinidad, me parecía un vulgar juego de seducción. Esa noche se quedó a dormir. A través del tabique de la habitación sentí los gemidos y las risas de dos personas que se gustan. En una artimaña evidente, regresó el día próximo con un regalo para mí, una pista de autos que hacía bastante ruido. Yo pensaba que un tren hubiese sido mejor, con sus pitos intermitentes y sus ruedas sinuosas. Cuando regresó papá, hubo una fuerte discusión de la que se enteraron todos los vecinos, eran lanzadas como boomerangs las grandes palabras de siempre: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. No sé si en ese orden, pero sí con esa frecuencia: valores, compromiso, ideología, partido, pueblo. Yo dibujaba una estrella con cinco puntas y hacía marcas en cada repetición.

Una vez, un padrastro con quien me había encariñado se apareció en la casa, pero con barba, peluca y acento uruguayo. Yo lo miraba de reojo, lo evocaba roncando en la cama de mamá, mientras ahora lo escuchaba haciéndose el estratega de alguna operación comando. De ahí en adelante, comenzamos a ser la familia cromosoma 21: dos madres, tres padres, cinco abuelos, tíos multiplicados por doquier. Viví en varias casas, en pensiones transitorias, en apartamentos abandonados.

Nada odiaba más que la palabra misión, significaba que mi padre o mi madre estarían fuera bastante tiempo. Ante mi resistencia y llantos, repetían la frase mágica: «órdenes del Partido», «órdenes del partido» decía yo, con minúscula. La frasecita aquella era la respuesta a todo: cambios de casa repentinos, ausencias, separaciones familiares, intercambio de parejas. Tiempo después, entre los muebles procedentes de alguna mudanza, leí la noticia de un atentado fallido y los nombres de las personas capturadas.  Comprendí, una tarde bochornosa, que mi padre estaba encarcelado en un cuarto angosto con el sol dando oblicuamente contra los cacharros. Creo que me desmayé mientras los niños sudaban en el espejismo de la canícula de las cuatro de la tarde. Nunca me atreví a verlo en prisión. Todos llegaban tras las visitas moviendo la cabeza, comentando lo delgado que estaba. Prefería mantener la imagen del hombre nervioso, que fumaba cigarros haciendo un arco con la mano en la frente. Tenía una foto de papá debajo de la almohada, y le hablaba en voz baja todas las noches.

Cuando salió libre se quedó en casa. Lo noté más suave en el trato con nosotros, los gestos, el tono de voz. «¿Qué pasa entre tú y mamá?», pregunté. Los dos se encogieron de hombros, ensayaban frases sin decir nada con sentido. Imagino que debe ser difícil que un hijo te mire con tanto desacierto esperando la respuesta de dos padres desorientados. Ella se asomó al pasillo, hizo café, me indicó un espacio en el sofá. Me contó que lo estaban intentando otra vez. «¿Qué cosa?», dije. «El estar juntos, ¿no te alegra?». Pero como era de esperar, la felicidad fue muy frágil. Un día mamá llegó solemne para anunciar: «Me voy un año a la Unión Soviética. A tu padre lo envían a Rumanía, es peligroso que siga acá, lo van a tomar preso de nuevo. Te quedarás con Marta, estarás bien con ella». La miré fijo sin entender qué sucedía en mi interior, cuando conté el segundo doce salí dando un portazo.

Pasé mis catorce años coleccionando billetes de rublos con letras en cirílico, estampillas con el rostro de Lenin, todo esto en la habitación de la amiga de mamá, que me acogió en su casa. Ustedes viajaban por todo el bloque socialista y me enviaban postales. Mi padre se reunió con el Josip Broz Tito o Mariscal Tito, recibí un sobre con el sello Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija y un billete de veinte dinares. Me hice coleccionista de billetes y estampillas por desesperación. Salía al camino del cartero con la respiración contenida, no alcanzaba a tocar el timbre y yo tendía la mano para recibir los sobres extranjeros con tres sellos y dos timbres de egreso e ingreso. Cada vez conocía más nombres, ciudades, países que localizaba en un mapamundi colgado en la pared. Cortaba la estampilla, la ponía en agua hasta soltar el pegamento y la incluía en un álbum de hojas de cartón y pliegos de papel diamante, intercalados.

Mientras picaba unas zanahorias para la cena, le pregunté a Marta cuál era su rol en el partido. «Cuidar a los niños de los camaradas que están en misión,», me respondió mientras tarareaba una canción de Silvio. Marta tenía una hija de diecisiete años, Lili. La contemplaba sin poder disimular mi fascinación por sus pestañas largas, sus piernas firmes. Ella me decía «Te voy a hablar con la verdad». Le pregunté por su papá, me indicó una imagen fotocopiada en la pared: el rostro borroso de un hombre con una frase al pie: «¿Dónde están?». Conocía la pancarta y no dije nada. De venganza, ella me reveló que yo era un «hijo del toque de queda» lo que no me causó mucha gracia.

Mi primera experiencia fue con Lili. Aún tengo la escena en la retina, buscando explosivos en la bodega del patio trasero para terminar desnudándonos a tirones. Nos unía una biografía atípica, con la inocencia propia de la niñez, pero atravesada por la decisión de nuestros padres de empuñar las armas. Le pregunté si tenía algún recuerdo de su padre, «ninguno», me respondió con rabia, mientras me pasaba una estaca. Hicimos una carpa arrimada a una pared de la bodega, juntamos palos, cachivaches y armamos  nuestro hogar. Aquél era un lugar aparte, con leyes propias. Un lugar donde no entraban las miradas de los padres ni la de las madres. Cuando Lili me desnudaba iba notando las pelusas  bajo mis  axilas y una línea larga y estrecha de pelos castaños que me descendía por la barriga hasta abajo. A veces yo tenía un olor ácido que ya era de adulto.  Me daba una especie de lección sobre palabras obscenas. Me conseguía revistas pornográficas y libros, me exigía que aprendiera de memoria algún poema del Siglo de oro que luego le susurraba al oído. Lili tenía un calendario en el que marcaba un día con un círculo y los siguientes cinco con una elipse. Esos días hacíamos maniobras al filo y me apartaba cuando yo pasaba la frontera. Siempre sentí que lo hizo como una misión más, pero con la dedicación de una disciplinada militante, mi aprendizaje amoroso estaba en sus manos.

Conformábamos una organización, ella era la jefa, yo el subordinado. Reñíamos contra los malos, que eran los militares, en función de los buenos, que eran nuestros padres. Después, nos abocábamos a las lecciones del deseo: cómo presionar la mano en el lugar secreto, oprimir el botón con movimientos circulares como si fuera el joystick de un Atari, dejar el dedo en esta posición, saber esperar, reconocer la apropiada humedad, dar besos con lengua sin rozar los dientes, buscar aquel intenso espasmo con los ojos cerrados en un prado.

Marta no preguntaba, ni siquiera creo que sospechara del tenor de nuestra convivencia, me veía como un niño de catorce años, y a su hija como una mujer de diecinueve. Además siempre estaba ocupada, atendiendo visitas, tecleando documentos. La recuerdo sentada en el suelo, con la máquina de escribir Olivetti sobre las piernas y los cigarrillos a mano, hablando con extranjeros, diplomáticos o intelectuales, en dos o tres idiomas distintos de los que transitaba de uno a otro con una mínima torsión en los labios. Debo reconocer que en algún punto me conmovía ese ambiente. Había ilusión en ese desfile de manos que apretaban documentos con firmeza y salían por la puerta principal. Más de algún visitante preguntaba si yo era “hijo de”. Marta asentía, me lanzaban una ojeada solemne,  yo sentía una mezcla de autocompasión y orgullo.

De regreso de su largo viaje ruso, que duró casi cuatro años, mamá venía casada con el vecino. Había cambiado su forma de vestir, usaba un gorro de piel y pañuelos de seda. No sabía si recibirla con un frío beso o abalanzarme sobre esta mujer tan bella. Fue difícil tener que simular ser una familia con un hombre que siempre me cayó mal. Yo, en ese entonces, era un temprano adolescente y sabía que cuando me sentaba en la mesa no me veían a mí, sino a mi padre. Su genética dominante hacía presente a un progenitor que brillaba por su ausencia. Pinchaba la comida con el tenedor y me la llevaba a la boca, con la cabeza hundida en el plato para evitar miradas ambivalentes. Así me blindaba de los que imaginaba eran sus pensamientos internos: «ahí está el hombre que la dejó embarazada, el que nunca envía dinero, el que nunca se sabe dónde está». El joven revolucionario se había convertido en un ordenado funcionario de alguna ONG ecologista en Estados Unidos, que continuamente quedaba cesante entre proyecto y proyecto o entre asesoría y asesoría. Cumplía unos meses viviendo con ellos cuando ocurrió el atentado a Pinochet, era un domingo, tomábamos once, un extra del noticiero 60 minutos nos sobresaltó. Mamá estudiaba cuál debería ser la reacción adecuada frente a su hijo, escondía su felicidad, su culposa felicidad. Se le escapó un «por fin le pasa algo a ese conchesumadre». Yo seguía concentrado en la marraqueta con mortadela. El vecino se daba vueltas lanzando frases iracundas: «tantos años adiestrándose, huevones flojos, seguro que usaron granadas caseras». Otro domingo gris, varios escoltas muertos, los ojos de hurón del nieto de Pinochet con unas magulladuras por las esquirlas de vidrio. En la noche se pronunciaban una y otra vez las palabras: guerrilla, Nicaragua, subversivos. No sé por qué sentía gran angustia y fui a ver a Lili, ella estaba también consternada, nos encerramos en la habitación, no hubo tiempo ni cabeza para pensar en precauciones. Solo había urgencia, estar dentro de ella, abstraernos de la historia. No miramos el calendario, necesitábamos protegernos del futuro.

Mi padre vino a mi graduación de cuarto medio, le habían quitado  la letra L del pasaporte y entraba por Policía Internacional más viejo, con la típica gordura gruesa de los gringos, ropa de buena calidad pero de otra época. En la cena posterior a todos los discursos, por fin tuve a mis padres juntos después de años. Les pedí que guardaran silencio, que no me interrumpieran.

“Es mi turno, me toca hablar a mí, los he escuchado por años”.

Les diré, a su juventud la confundió la revolución. Primero, los trajines de la emergencia diaria. Vivir entre bombas, hombres repartidos entre los escondites, metrallas nocturnas, estado de sitio, toque de queda, libros quemados. Pero saben, ustedes llegaron tarde a la revolución, veinte años después, insistiendo tozudamente en algo que no resultó, porque la naturaleza humana es imperfecta. ¿Hubo alguna vez igualdad entre los ciudadanos de un mismo país? ¿Hubo en todas las personas la misma fuerza y convicción de trabajar para los demás?

A la distancia, creo que se les mezcló la efervescencia de la juventud y la revolución hormonal. Ahora sospecho de su valentía, creo que corrieron riesgos innecesarios, pusieron en la «causa» sus problemas personales… Se creyeron los mesías del futuro, portando armas, vistiendo camuflados, hablando siempre del futuro en primera persona del plural. Jugaron a la guerra, pero con los soldados de plomo del damero familiar. El saldo para ustedes no fue tan malo, aprendieron idiomas, estudiaron posgrados con becas de organizaciones internacionales. Pero me parece que ambos pecaron de soberbia, arrojo, falso heroísmo. Debieron haber dado un paso al costado y dejar pasar la fila de muertos, ¿qué se iba a lograr con sus tímidos esfuerzos? En fin, cada quien tiene su mentira vital. No, no me miren así. Sí, confieso que hay algo de admiración, ¿pero por qué no vieron en mí a un soldado para sus tropas?

El tiempo que siguió no me dio tregua. Mi padre regresó a Estados Unidos, mi madre tuvo un accidente vascular que la dejo hemipléjica. Me sentaba junto a ella y contemplábamos el horizonte. Yo hablaba y hablaba. Tengo una sospecha de un mundo mejor. Alejémonos de la cocina. Distanciémonos de los vasos, las cucharas, tus fotos de jovencita guerrillera en el refrigerador. No, busquemos los boletos de bus, los mapas, las maletas con rueda, los manifiestos, los afiches del Che Guevara… Lili me telefoneó con un «parece que, ven urgente». En menos de una hora estaba en su casa. Me esperaba con un kit comprado en la farmacia. Me dio un beso desabrido y entró al baño. Sentado en la cama despliego el instructivo del test, dice que mide la presencia de una hormona en la orina llamada Gonadotrofina Coriónica Humana o de Subunidad hCG. Los cinco minutos de espera se me hacen infinitos. Pienso en mi infancia, en las postales, en Socijalisticka Federativna Republika Jugoslavija, en los «¿Dónde están?», en la marraqueta con mortadela, en la estampillas de Stalin, en la carpa del amor, en la máquina de escribir Olivetti. Lili viene hacia mí con la tira marcada con un signo positivo en rojo entre dos orificios, ; a mí que no me gustan las sumas ni las restas. Y claro una metralla de recriminaciones: ¿Por qué no me pajeé al lado? ¿O terminé afuera? ¿Por qué sigo siendo un perro caliente? Pienso en la enorme necesidad de ser hijo antes de ser padre. Siento una gran arcada y no sé en qué ideología disfrazar mi desgano de ser padre.

Los padres de Holger ya se habían acostado.

Yo estaba sentado en piyama sobre la cama, con gusto a pasta dentífrica ajena en la boca.

Holger estaba parado delante del acuario y le daba de comer a los peces guppy.

– Pero no, por favor ahora jimmi no – dijo.

Lo pronunció en alemán, o sea no shimmy, sino ‘imi, como a los jeans.

– ¿Quién?

– Otra vez están haciendo jimmi.

Ni idea de lo que estaba hablando.

Lo que escuché fue un chirrido bajito y regular, pero no supe a qué atribuirlo. Sonaba un poco como un auto que no arranca. Pero también podría haber sido un pájaro. Una paloma, tal vez, esas sonaban parecido, solo que más grave. ¿Una pequeña paloma, quizás? Por otro lado, el ruido parecía venir directo de la pared, o de la pieza de los padres que estaba detrás, por lo que ni lo uno ni lo otro entraba en consideración. Enigmático, y Holger no dio muestras de querer explicarme lo que estaba pasando. Solo revoleó los ojos y siguió golpeando con el dedo índice la lata de comida para peces.

Me había ido con Holger y su padre después del partido. Hacía semanas que esperaba esa tarde que pasaría con ellos. Holger me había contado tantas cosas sobre su magnífico hogar que ahora sentí pánico escénico. Los dos empleados de seguridad que me acompañaban y protegían nos habían seguido en su auto, sin perder de vista a nuestro Volkswagen Escarabajo. Se bajaron delante del edificio de tres pisos, en el que la familia de Holger ocupaba el del medio, y habían hablado brevemente con su padre, seguro que para coordinar la hora en que me buscarían al día siguiente. Cuando se fueron, les dije adiós con la mano, y el señor Danner al volante hizo el saludo del indio Winnetou, mientras que su colega, el señor Volquardsen, miraba por la ventana hacia el otro lado. 

El ruido se escuchaba ahora con mayor claridad. Un chirrido regular, de origen evidentemente mecánico, no bucal, cuya causa empecé paulatinamente a intuir por el desquiciado silencio de Holger.

Jimmi – jimmi – jimmi – jimmi – jimmi – jimmi.

Fue del acuario al tocadiscos y puso el disco de Slade que el equipo le había regalado para su cumpleaños. “Mama, weer all crazee now”. Aunque la música tapaba ahora el otro ruido, toda mi atención se dirigió hacia la pared, era casi como si solo esperara al surco vacío del LP, la pausa entre la canción que estaba tocando y la próxima, para escuchar cuál era el estado de la cuestión al lado.

Nuestro arquero, Nettekoven, había contado hacía un tiempo que sus padres, cuya cama doble estaba integrada a un armario de pared y se desplegaba desde allí, se habían pasado una noche y medio día enterrados vivos porque la cama se les había caído encima y no habían podido volver a levantarla. El domingo a la tarde volvió el hijo a la casa y buscó ayuda, de modo que los atrapados finalmente fueron liberados. Nettekoven había dicho con un chillido que sus padres habían estado “copulando” cuando ocurrió la desgracia, lo que acrecentó mi sospecha de que todo era una invención. Durante una conversación entre los policías Stöckl y Danner había oído una vez que el primero leía en voz alta un artículo del Express con una historia parecida, en la que por supuesto no aparecía el verbo que había utilizado Nettekoven, sino que se lo esquivaba graciosamente. En este caso, la pareja se había quedado atrapada dentro de un auto y había sido liberada con ayuda de un soplete, además de que el asunto había tenido lugar en Inglaterra. Sea como sea, el señor Danner no había podido contenerse.

Nos acostamos en la cama, Holger en la suya, donde yo había estado sentado hasta hace un momento, y yo adelante sobre un colchón de gomaespuma en el suelo. La luz del acuario brillaba violeta contra el cielorraso y la pared, creando una atmósfera acogedora a la vez que un poco fantasmal. Jimmi y Slade habían enmudecido, y yo levanté la vista hacia Holger, pero solo vi su pelo hirsuto sobresaliendo de la almohada y dibujándose en la pared. Poco tiempo después escuché su respiración regular.

Pensé en la hermosa noche que acabábamos de pasar: junto a los padres de Holger habíamos visto el programa “Tres por nueve” con Wim Thoelke, engullendo los panes con salame y queso de untar con champiñones que la madre de Holger había dispuesto en una bandeja. Entre los panes, pepinillos en vinagre cortados en abanico. Con cuidado corrí hacia los bordes de mi plato las rositas de perejil y los tajos de manzana dorados hasta las enzimas, pero la madre de Holger igual se dio cuenta. Cuando me lo dijo – al verme descubierto me puse colorado de inmediato – Holger me salvó tomando el pequeño montoncito y metiéndoselo entero en la boca; risas. Más tarde, cada uno recibió una porción de postre helado de tres colores con un barquillo insertado, y como despedida llegaron a la mesa fuentecitas de vidrio coloridas con caramelos de goma.

– Lástima que no te quedes a almorzar mañana – había dicho la madre de Holger – Tendremos la comida preferida de Siegfried, lengua de vaca en vino de Madeira.

Mi sonrisa podía significar cualquier cosa, es algo que le había copiado a mi madre. Ahora en todo caso me hizo muy feliz saber que al mediodía siguiente estaría muy lejos. Los padres de Holger habían bebido cerveza Kurfürsten Kölsch, nosotros Tri-Top de mandarina, los vasos y las copas tenían posavasos modelados y cocidos en plastilina por la hermana mayor de Holger, Biggi, y yo quedé entusiasmado por lo perfectamente organizado de esa vida. 

Todo y cada quien parecían tener su desarrollo y su lugar definidos, como un trencito eléctrico por rieles pensados y dispuestos de antemano, sin ningún peligro de desviarse o de chocar. La impresión era que representaban una obra que, tras haber sido ensayada y considerada buena, se llevaba a cabo desde entonces y para siempre de la misma manera. Aquí no parecían existir preguntas como las que a mí se me planteaban a diario y cuya respuesta absorbía gran parte de mi tiempo.

Por ejemplo, a una señal para mí invisible, tal vez siempre a la misma hora, todos los miembros de la familia se retiraban a sus habitaciones, para acudir algunos minutos más tarde, en distintas variantes de la vestimenta de tiempo libre, a mirar televisión en la sala de estar.

Holger y yo teníamos puestos nuestros piyamas, su padre vestía un equipo de entrenamiento azul brillante con el escudo en blanco y negro del águila y la inscripción Ejército sobre el corazón, lo que le añadía a su figura de por sí rechoncha algo aún más cuadrático. Llevaba la chaqueta abierta, se le podía ver la camiseta y la tupida pelambre del pecho, en la que estaba suavemente embutido un pequeño colgante dorado, pendiendo de una cadena igual de delgada, que mostraba el signo zodíaco de Aries. En los pies tenía pantuflas de pana de la marca Romika “con plantilla”, según me aclaró en una ocasión. Durante el entrenamiento yo había aquejado dolores en el tendón de Aquiles y el padre de Holger, cuando se lo conté, estuvo seguro de que eso se debía a que a mis zapatos les faltaba una plantilla decente. El tema había salido varias veces más, y él siempre me preguntaba con gesto de seria preocupación si había habido avances con el asunto de la plantilla. Parecía obsesionado. Pero mi madre, cuando le expresé mi deseo de tener zapatos con una plantilla decente, se había limitado a alzarse de hombros sin entender.

Vestida ahora con un enterizo de felpa naranja y cierre dorado, la madre de Holger trajo un plato más con panes. También ella llevaba zapatos de andar por casa que no dejaban lugar a dudas en cuanto a que satisfacían las más altas exigencias en materia de protección de las articulaciones y sostén del arco longitudinal, probablemente hasta incluyeran pelotas de felpa para abrir los dedos de los pies, quién sabe.

La hermana de Holger, Biggi, que ya tenía quince y esta noche había salido a una fiesta, se quedaba a dormir a su vez en lo de una amiga. No supe si eso era algo que lamentaba o si en realidad me producía alivio. Es probable que ambas cosas al mismo tiempo.

El piso de la familia de Holger era de construcción moderna y contaba con una sala de estar, la habitación de los padres, las habitaciones de Holger y Biggi, la cocina y un baño. Todo estos ambientes salían de un pasillo, en el que había un perchero junto a la puerta y, a la altura de la puerta de la cocina, una mesita con un teléfono revestido con un brocado y acompañado de una guía telefónica igual de ennoblecida. Desde un primer momento me impresionó que gracias al esmero de sus habitantes todo en este departamento hubiera experimentado una revalorización tanto óptica como práctica.

La sala de estar, cubierta con una alfombra verde musgo, era un ambiente bastante pequeño y casi cuadrado, con una ventana que daba a la calle y al estacionamiento. Ahora de todos modos habían bajado las persianas, como pude adivinar a través del estor de crochet. Las paredes estaban pintadas de un marrón castaño, y el techo bajo de marrón claro.

Al entrar en la sala, había a la derecha contra la pared un sofá en L para cuatro personas revestido en pana beige, en cuyo tramo más corto, sobre el lado de la ventana, estaba el lugar del padre de Holger. Holger y yo nos sentamos en la parte central del sofá, delante del cual había, sobre una pequeña alfombra de lana, una mesa ratona de estructura cromada y una oscura placa de vidrio ahumado. Sobre esta, un cenicero de giro hecho de cristal y su correspondiente encendedor de mesa; al lado había cigarrillos, un paquete de Kim y otro de HB. Sobre el sofá colgaba una reproducción enmarcada de una pintura al óleo que mostraba el faro de Sankt Peter Ording, según leí al sentarme.

La madre de Holger se sentó a nuestra izquierda sobre un sillón del mismo color que pertenecía al conjunto. Apenas por sobre la mesa ratona pendía una lámpara de tonalidad glaseada, tuve que tomarla en cuenta para que su cable blanco en espiral no me tapara la visión al mirar la tele. El aparato estaba dentro del armario de roble que ocupaba toda la pared de enfrente. Durante el día estaba escondido detrás de una puerta plegable, que el padre de Holger había abierto tarareando de alegría. Arriba del armario había tubos de neón, encendidos como la lámpara colgante, de modo que la claridad era mucho más intensa que la que yo conocía de mi casa. Mi madre, que odiaba las luces de techo, empezaba con la caída de la noche a encender todas las lámparas y candilejas que estaban repartidas y en parte escondidas por la sala, porque era de la opinión que así resultaba más agradable. Aquí en cambio habían encendido la televisión, una último modelo de la marca Nordmende, y el padre de Holger se dejó caer sobre el tapizado frotándose las manos.

Empezó el programa y Holger y su madre cantaron la letra de la música de los títulos, mientras el padre los acompañaba silbando.

– Juegue con nosotros, la suerte hace hoy su show, juegue con nosotros, hoy la fortuna no dice no.

Era un tipo de entusiasmo nuevo para mí, en casa más bien se reían de algo así, se dormían enseguida o se levantaban a más tardar después de cinco minutos y se iban sin hacer comentarios, a lo sumo con las cejas alzadas, de modo que, si mi madre no se compadecía, yo era el único que se quedaba solo frente al televisor.

Aquí siguieron el programa entero sin que declinara la atención, adivinando junto con los participantes (“Riiiesgo”, había murmurado la tribuna de la sala en coro) y cantando (“Haces sonar en mí acordes nunca conocidos, el Grand Prix d’ amour, eso eres para mí”), y compartiendo sus opiniones sobre el presentador y sus invitados famosos: “Thoelke también engordó”.

Cuando terminó de sonar el potpurrí final entonado por la orquesta Max Greger, los padres de Holger se hicieron una breve señal con la cabeza, apagaron el televisor, se pusieron de pie y rápidamente levantaron la mesa siguiendo un ritual ensayado. Traté de adaptarme de manera intuitiva a las reglas de este procedimiento, pero lamentablemente sin éxito, por lo que todo el tiempo estuve estorbando. Después fuimos con Holger a lavarnos los dientes y cuando salimos del baño el pasillo estaba oscuro y vacío.

Me costaba tranquilizarme, ahí acostado y escuchando la respiración de Holger, por la agitación de esa tarde compartida en ese mundo maravilloso. ¡Esa tarde me había mostrado cómo y dónde quería vivir yo! Mi vida futura se veía como la de aquí.

Cuántas cosas que me pasaban por la cabeza. Más tarde tal vez pudiera ingresar también yo a la administración del Parlamento y seguir la carrera como funcionario del padre de Holger, ¿por qué no? Pero solo después de hacer con Holger los cuatro años de ejército, algo que, según nos había explicado su padre, traía consigo, además de camaradería y el fortalecimiento tanto del cuerpo como del carácter, muchas ventajas económicas. Por ejemplo, elegido así al azar, con el seguro del auto, porque después de haber sacado el registro de balde en la mili, para auto más moto y camión, podíamos exigir las tarifas rebajadas para empleados públicos. Por ni hablar de los servicios para fomentar la formación de capital. Ahí papá Estado aportaba su buena porción.

La reconfortante armonía de este imaginario me adormeció de inmediato. Pero también veía ahora que lo de aquí era en todos los aspectos lo contrario a mi hogar. ¿O mejor debía decir de mi ex hogar? Por un lado, sentía pena de mí mismo por el hecho de que el destino pareciera haberme deparado este dilema, pero por el otro me sentía realmente eufórico por el hecho de que en la tarde de hoy me hubieran mostrado de manera tan patente una alternativa a la vida que me estaba esperando.

Sentí de pronto ganas de reírme al recordar una historia escuchada por la tarde. Había alabado el revestimiento de felpa de la tapa del inodoro, que hacía juego por su color con la pequeña alfombrita que estaba delante, y le dije a Holger lo hogareño que me parecía eso, a lo que Holger corrió conmigo hacia la cocina y allí le rogó a su madre que me contara la historia de la tía Otti, cosa que ella hizo de buena gana.

Lo que había ocurrido fue lo siguiente: a la señora Otto, una tía del padre de Holger que vivía en Dresde, le mandaban regularmente paquetes con alimentos, vestimenta y otros artículos que no se conseguían en el Este. En uno de esos paquetes habían puesto cierta vez uno de los juegos de baño de felpa que yo había admirado. Tiempo más tarde, los padres de Holger recibieron una carta de agradecimiento de dicha tía, que contenía la frase: “Gracias por la bella bufanda, lamentablemente la gorra me queda muy grande”. La madre de Holger casi no pudo terminar de contar la historia, mientras que Holger mismo se retorcía de risa en el suelo de la cocina. Yo en cambio no entendí dónde estaba el chiste de la cuestión hasta que me lo explicaron: la vieja señora, que desconocía la finalidad de esos elementos, se había puesto al parecer el cobertor de la tapa del inodoro en la cabeza y el felpudo alrededor del cuello.

Nadie esperaba de mí que le tuviera lástima, como lo demostraba la reacción de sus parientes. También eso me resultó inusual y desconcertante.

Mientras mirábamos televisión, me había pasado lo que ya tantas veces: cuando me sentía bien en un lugar, debía asimilarme a ese entorno por completo. No solo quería ser como esa gente entre la que me hallaba, sino que incluso quería ser más ellos que ellos mismos. Al mismo tiempo, sentía subir una profunda furia contra mi hogar, en especial contra mis padres, que me habían privado de tantas cosas, como descubría ahora. De todas las cosas, bien mirado, que hacían que la vida fuera digna de ser vivida. ¿Por qué debía ser arrancado a la mañana siguiente del seno de la familia con la que había pasado esa tarde grandiosa y de la que hacía tiempo que me sentía como un miembro más?

Por los míos ya no sentía en ese momento ningún amor. Pero esta amarga constatación no generaba en mí ninguna tristeza o nostalgia, y parecía como si la claridad y la frialdad del descubrimiento me prestara la fuerza necesaria para la ineludible emancipación, el corte, que habría de llevar a cabo algún día. Si todos los involucrados dejaban que reinara la racionalidad, se encontraría una forma digna de separación, para la cual ya no había alternativa alguna. En última instancia, nadie tenía la culpa de que la casualidad me hubiese puesto en el medio ambiente de un supuesto hogar que no me cuadraba en absoluto. No, del camino que ahora me habían mostrado ya no había vuelta atrás. Emocionado por mi propia bravura antes esta prueba que se me imponía a una edad tan temprana, finalmente logré dormirme, entregándome con seriedad y serenidad a lo inevitable.

Pasó un rato hasta que percibí que el gemido que me despertó venía de mí mismo. Por un segundo estuve desorientado en la pieza extraña. Me había frotado los ojos y al tocar con el dorso de las manos mi almohada sentí que estaba húmeda. Al enderezarme, una corriente de aire acarició mis mejillas bañadas en lágrimas. Demoré un poco en reconocer el motivo de mi desgracia, pero entonces me pegó con fuerza. El estómago se me contrajo de golpe y el siguiente sollozo escapó de mi oprimida garganta.

Y luego – la conciencia fue más lenta que el cuerpo – me llegaron los pensamientos y las imágenes que a todas luces venían provocando este ataque desde hacía algún rato. Oí a mi madre desearme bajito las buenas noches, sentí mi frente apoyada contra la pechera de mi padre y supe que los había traicionado a ellos y a su amor. Que ahora no había nada que deseara más que estar con ellos, pero que ellos, tal era mi miedo, estaban perdidos para mí, porque hacía no más de un par de horas yo los había negado de manera tan inescrupulosa. Me puse la almohada delante de la cara, por miedo a que Holger se despertara. Solo quería una cosa, irme lo más rápido posible a casa, pero debía aguantar aquí hasta que los policías pasaran a buscarme. En ese instante, me pareció inconcebible sobrevivir las horas que faltaban hasta que eso ocurriese. Una fuerte presión pesaba sobre mi pecho, y me sentí tan solo como nunca antes. Con cuánto gusto hubiera borrado los pensamientos que había tenido antes de dormirme. Pero no era posible.     

A mi lado, Holger gruñía y daba vueltas, rápidamente giré hacia el otro lado. Mi padre me había contado una vez – yo le había preguntado qué significaba exactamente la saudade – una historia de tiempos antiguos sobre los mercenarios suizos del ejército francés, en cuya presencia el gobierno había prohibido, bajo amenaza de muerte, que se cantara una determinada canción popular, porque los mercenarios no aguantaban más de la saudade, enseguida desertaban y se marchaban hacia sus hogares. 

Extrañaba tanto a Gabor, la amplitud, ese estar solo que no era soledad.

El agotamiento hizo que en algún momento volviera a dormirme, quizá también un poco aliviado, porque me daba cuenta de que mi dolor no era otra cosa que el reconocimiento de cuál era mi lugar de pertenencia.

Durante el desayuno conjunto con Holger y sus padres anduve masticando mi pan por guardar las formas, aunque en realidad no podía tragar nada. Debía conseguir dejar intacto el gelatinoso huevo, pero ahí el tiempo jugaba a mi favor. Cuando el padre de Holger abrió la heladera para sacar la mermelada, aparté rápido la vista, por miedo a ver la azulada lengua de vaca que servirían al mediodía. De ninguna manera quería arriesgarme a que me preguntaran qué era lo que me pasaba, pues hubiera puesto en peligro la serenidad que guardaba con tanto esfuerzo.

Una y otra vez miraba con disimulo el reloj de cocina sobre la puerta. Es curioso: solo cuando lo miraba, escuchaba lo fuerte que hacía tic tac, de lo contrario no. Como si respondiera a mi mirada. Al mismo tiempo prestaba atención por si podía oír a través de la puerta de vidrio el ruido del motor del auto del señor Danner y del señor Volquardsen, mis salvadores. Habían arreglado con el padre de Holger que me buscarían a las diez de la mañana. Solo había que soportar un rato más, una vez en el auto ya estaría a salvo.

Era domingo a la mañana, y como por ese motivo casi no había gente circulando, escuché el Audi desde lejos. Me levanté de un salto, me precipité hacia la puerta del balcón y vi el auto entrando al estacionamiento. Ni con la mejor voluntad hubiera podido conservar la apariencia de calma, en un instante estuve en la habitación de Holger para buscar el bolso que hacía tiempo tenía preparado, y desde ahí corrí por el pasillo hasta el perchero para ponerme mi campera. Les di rápidamente la mano a los padres de Holger en la cocina e hice una reverencia. En realidad quería agradecerles la hospitalidad y la bonita velada, pero al abrir la boca, el labio inferior empezó de nuevo a temblarme y los ojos se me llenaron de lágrimas. Resollé fuerte como un caballo, me di vuelta sin decir palabra y me fui. La familia quedó estupefacta en su sitio.

Por suerte, la llave de la casa estaba colgada del lado de adentro de la puerta, de modo que pude abrir yo mismo y correr hacia abajo, siempre saltando de a dos escalones a la vez. Afuera corrí hacia el señor Danner, que se había bajado del auto, y lo abracé, de manera abrupta para él. El señor Volquardsen se había quedado sentado adentro del vehículo. “¡Buenoss díass!”, gruñó, con la mirada puesta hacia el frente, de una forma que dejaba en claro que ese había sido tanto el principio como el final de nuestra conversación. Nada más habría entre nosotros, algo que en ese momento me dio profundamente lo mismo. Hasta su mal humor despertó en mí una agradable nostalgia del hogar. Era raro, pero en mi actual euforia casi que no podía recordar la absoluta desesperación que había sentido unas horas antes.

Durante el viaje miré largo rato desde el asiento trasero la estampita de San Cristóbal que estaba pegada sobre el tablero.

Cuando la puerta corrediza se cerró detrás de mí, Gabor llegó ladrando a toda velocidad, yo sabía que durante mi ausencia debía haberse enfermado de inquietud. Lo saludé, luego miré la casa blanca demasiado grande en la que todos nos perdíamos con tanta facilidad.

Aquí quería estar.

Con ellos. Para mí.

En ninguna otra parte.


*Este cuento fue publicado en: “Raumpatrouille” por Matthias Brandt © 2016, Verlag Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co, KG, Cologne/Alemania.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Era finales de enero, poco después de Navidad, cuando la niña gorda vino a verme. Ese invierno había empezado a prestar libros a los niños del barrio, que debían recogerlos y devolverlos un día concreto de la semana. Yo conocía a la mayoría de los niños, claro, pero a veces también venían desconocidos que no vivían en nuestra calle. La mayoría sólo se quedaba el tiempo que duraba el intercambio, pero también había algunos que se sentaban y empezaban a leer allí mismo. Entonces yo me sentaba en mi escritorio a trabajar, los niños se quedaban sentados en la mesita junto a la pared de libros y su presencia me resultaba agradable y no me molestaba. La niña gorda vino un viernes o un sábado, en todo caso no era el día de préstamo. Yo tenía pensado salir y me había hecho a la idea de llevarme al despacho un tentempié que me había preparado. Poco antes había tenido una visita, que seguramente había olvidado cerrar la puerta de entrada. Así que la niña gorda se plantó de pronto delante de mí, justo cuando dejé la bandeja en el escritorio y me di la vuelta para ir a buscar algo a la cocina. Era una niña de unos doce años, con un abrigo tirolés anticuado, unas polainas de rayas y unos patines colgados del cinturón; me sonaba pero no del todo, y como entró con tanto sigilo me asustó:

—¿Te conozco? —pregunté, sorprendido.

La niña gorda no dijo nada. Se quedó ahí plantada, juntó las manos sobre la barriga redonda y me miró con sus ojos claros del color del agua.

—¿Quieres un libro? —pregunté.

La niña gorda no contestó, pero no me sorprendió mucho. Estaba acostumbrado a que los niños fueran tímidos y había que ayudarlos. Así que saqué unos cuantos libros y los dejé delante de la niña desconocida. Luego me dispuse a rellenar las fichas en las que se apuntaban los libros prestados.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Me llaman la Gorda —dijo la niña.

—¿Entonces te llamo así? —pregunté.

—Me da igual —dijo la niña. No me devolvió la sonrisa, y ahora creo recordar que en ese momento hizo una mueca de dolor. Pero no me fijé.

—¿Cuándo naciste? —le pregunté de nuevo.

—En Acuario —contestó la niña con calma.

La respuesta me hizo gracia, la apunté en la tarjeta, como en broma, y luego me volví hacia los libros.

—¿Quieres algo en concreto? —pregunté.

Entonces vi que la niña desconocida no miraba en absoluto los libros, sino que tenía la mirada clavada en la bandeja donde estaban mi té y mis bocadillos.

—A lo mejor quieres comer algo —me apresuré a decir.

La niña asintió, y en ese asentimiento había cierto asombro ofendido porque no se me hubiera ocurrido hasta ahora. Se puso a engullir un bocadillo tras otro, y lo hizo de una forma peculiar en la que no pensé hasta más tarde. Luego se volvió a sentar y deslizó la mirada inerte y fría por la habitación; esa criatura tenía algo que me irritaba y me provocaba rechazo. Sin duda, odié a esa niña desde el principio. Todo en ella me resultaba repulsivo: las extremidades apáticas, el rostro bonito y graso, la manera de hablar, entre amodorrada y arrogante. Y aunque había renunciado a mi paseo por ella, no la traté con amabilidad, sino de manera cruel y fría.

¿O acaso podría considerarse amable sentarme en mi escritorio a dedicarme a mi trabajo y decirle por encima del hombro: «lee», aunque sabía perfectamente que esa niña desconocida no quería leer? Luego me quedé ahí sentado, quería escribir y no conseguí nada porque tenía una extraña sensación de tormento, como cuando uno quiere adivinar algo y hasta que no lo consigue nada puede ser como antes. Lo aguanté un rato, pero no mucho, luego me di la vuelta para iniciar una conversación, aunque sólo se me ocurrían las preguntas más disparatadas.

—¿Tienes hermanos? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Te gusta ir al colegio? —pregunté.

—Sí —dijo la niña.

—¿Qué es lo que más te gusta hacer?

—¿Perdón? —preguntó la niña.

—¿Qué asignatura? —pregunté, desesperado.

—No lo sé —dijo la niña.

—¿Lengua? —pregunté.

—No lo sé —dijo la niña.

Yo daba vueltas al lápiz entre los dedos, y sentí que se despertaba algo en mi interior, un horror que no tenía relación alguna con la aparición de la niña.

—¿Tienes amigas? —pregunté, tembloroso.

—Sí —dijo la niña.

—Seguro que una es tu preferida —dije.

—No lo sé —dijo la niña, y la vi ahí sentada con su abrigo lanudo, como una oruga gorda, también había comido como una oruga y ahora husmeaba como una oruga.

«Ya no recibirás nada más», pensé, invadido por una peculiar sed de venganza. Pero luego salí a buscar pan y salchichas, y la niña se los quedó mirando con su rostro impertérrito, y luego se puso a comer como una oruga, lenta y constante, como impulsada por una fuerza interior, y yo la observé con animadversión y en silencio. Habíamos llegado a un punto en que todo en esa niña empezaba a alterarme y enojarme. Qué niña más boba y blanca, qué cuello más ridículo, pensé cuando la niña se desabrochó el abrigo después de comer. Volví a sentarme a trabajar, pero luego oí a la niña haciendo ruido al comer detrás de mí, era como el sonido pesado de un estanque negro en algún lugar del bosque, me parecía todo seco y acuoso, lo duro y turbio de la naturaleza humana y me contrariaba mucho. ¿Qué quieres de mí?, pensaba, vete, vete. Me daban ganas de echar a la niña de la habitación con mis manos, como se expulsa a un animal pesado. Pero no la eché de la habitación, me limité a seguir hablando con ella, de la misma manera cruel.

—¿Vas a la pista de hielo? —pregunté.

—Sí —dijo la niña gorda.

—¿Sabes patinar bien? —pregunté, al tiempo que señalaba los patines que la niña llevaba aún colgados del brazo.

—Mi hermana sí sabe —dijo la niña, y de nuevo apareció en su rostro una expresión de dolor y tristeza, y de nuevo no me di cuenta.

—¿Cómo es tu hermana? —pregunté—. ¿Se parece a ti?

—Ah, no —dijo la niña gorda—. Mi hermana es muy delgada y tiene el pelo negro y rizado. En verano, cuando estamos en el campo, se despierta por la noche cuando se acerca una tormenta, se sienta arriba, en la galería, en la barandilla, y canta.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo me quedo en la cama —dijo la niña—. Tengo miedo.

—Y tu hermana no tiene miedo, ¿verdad? —dije.

—No —dijo la niña—. Ella nunca tiene miedo. También salta desde el trampolín más alto. Se tira de cabeza, y luego nada muy lejos…

—¿Y qué canta tu hermana? —pregunté, intrigado.

—Canta lo que quiere —dijo la niña gorda, triste—. Escribe poemas.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo no hago nada —dijo la niña. Luego se levantó y dijo—: Tengo que irme.

Le tendí la mano, ella posó sus dedos gordos en ella, y no sé exactamente qué sentí, una especie de orden de seguirla, un grito inaudible y penetrante. «Vuelve algún día», dije, pero no iba en serio, la niña no dijo nada y me miró con sus ojos fríos. Luego se marchó, y en realidad debería haber sentido alivio. Sin embargo, en cuanto se cerró la puerta de un golpe salí corriendo al pasillo y me puse el abrigo. Bajé la escalera a toda prisa y llegué a la calle en el momento en que la niña desaparecía por la esquina.

«Tengo que ver cómo va en patines esa oruga», pensé. «Tengo que ver cómo se mueve en el hielo esa bola de grasa». Aceleré el paso para no perder de vista a la niña.

Era primera hora de la tarde cuando la niña gorda entró en mi despacho, y ahora empezaba a oscurecer. Aunque pasé unos años de mi infancia en esta ciudad, ya no la conocía bien, y aunque me esforzaba por seguir a la niña, al poco ya no sabía qué camino seguíamos, y las calles y plazas que aparecían ante mí me resultaban completamente desconocidas. De pronto también noté un cambio en el aire. Hacía mucho frío, pero sin duda ahora había empezado el deshielo, y con tanta fuerza que la nieve ya goteaba desde los tejados y en el cielo unas grandes nubes de foehn se abrían camino. Salimos de la ciudad, donde las casas están rodeadas de grandes jardines, luego ya no habían casas y la niña desapareció de repente y emergió una pendiente. Si esperaba ver una pista de hielo, con puestos iluminados, lámparas de arco y una superficie reluciente llena de gritos y música, la imagen que apareció ante mí era totalmente distinta. Abajo se encontraba el lago cuya orilla creía totalmente construida: ahí estaba, solitario, rodeado de bosques negros, exactamente igual que en mi infancia.

Esta inesperada imagen me ilusionó tanto que estuve a punto de perder de vista a la niña. Pero luego la volví a ver, agachada en la orilla, intentando poner una pierna encima de la otra y agarrarse el pie con una mano en el patín, mientras con el otro giraba la llave. La llave se cayó unas cuantas veces, luego la niña gorda se puso en cuatro patas, se resbaló en el hielo dando vueltas y buscaba y miraba como un sapo extraño. Cada vez estaba más oscuro, la pasarela que avanzaba en el lago a sólo unos metros de ella destacaba negra azabache sobre la amplia superficie, con su brillo plateado, pero no igual en todas partes, era un poco más oscuro aquí y allá, y en esas manchas turbias se anunciaba el deshielo. «Rápido», grité, impaciente, y la gorda se apresuraba de verdad, pero no porque yo la apremiara, sino porque fuera, frente al extremo de la pasarela alguien hizo una señal y gritó: «Ven, gorda», alguien que dibujaba sus círculos, una silueta ligera, clara. Se me ocurrió que debía de ser su hermana, la bailarina, la que cantaba a la tormenta, la niña de mi corazón, y enseguida supe que lo que me había llevado hasta allí no era otra cosa que el deseo de ver a esa grácil criatura. No obstante, al mismo tiempo era consciente del peligro que corrían las niñas. De pronto empezó ese peculiar gemido, esos suspiros profundos que parecían surgir del lago antes de que se rompiera la capa de hielo. Esos gemidos corrían por el fondo como un espeluznante lamento, y yo los oía, y las niñas no.

Seguro que no, no los oían. De lo contrario la gorda, esa criatura miedosa, no habría ido hasta allí, no habría seguido avanzando con sus golpes bruscos y desmañados, y la hermana no le habría hecho una señal ni se habría reído, ni habría girado como una bailarina sobre la punta de los patines para luego dibujar unos ochos bonitos, y la gorda habría evitado los lugares negros ante los que ahora se asustaba para luego atravesarlos igualmente, y la hermana no se habría enderezado de repente y no habría resbalado, lejos, lejos, hacia una de las pequeñas ensenadas aisladas.

Lo vi todo con claridad porque había empezado a avanzar por la pasarela, sin parar, paso a paso. Pese a que los tablones estaban helados, avancé más rápido que la niña gorda abajo, y cuando me di la vuelta le vi la cara, con una expresión imprecisa y ansiosa. También vi las grietas que ahora se abrían por todas partes y de las que salía un poco de agua espumosa, como espuma que sale de labios de una persona enfurecida. Y luego también vi, claro, cómo se rompía el hielo debajo de la niña gorda. Ocurrió en el lugar donde antes bailaba la hermana y sólo a unas brazadas del final de la pasarela.

Debo decir que esa quebradura del hielo no era de vida o muerte. El lago se congela en unas cuantas capas, y la segunda se encontraba sólo unos metros por debajo de la primera y aún era firme. Lo que ocurrió fue que la gorda se hundió un metro en el agua helada, claro está, y rodeada de témpanos que se rompían, pero si caminaba unos pasos en el agua podía llegar a la pasarela y subirse, y en eso yo podría ayudarla. Aun así, de inmediato pensé que no lo conseguiría, y parecía que no lo fuera a lograr, viéndola ahí, con un susto de muerte, haciendo sólo algunos movimientos torpes, con el agua creando una corriente alrededor y el hielo rompiéndose bajo las manos. Acuario, pensé yo, ahora se hundirá, y no sentí nada, ni la más mínima compasión, y no me moví.

Sin embargo, la gorda de pronto levantó la cabeza y, como ya era noche cerrada y apareció la luna tras las nubes, vi claramente que algo había cambiado en su rostro. Eran los mismos rasgos y aun así no eran iguales, marcados por la voluntad y la pasión, como si ahora, al enfrentarse a la muerte, se bebieran toda la vida, toda la vida incandescente. Sí, eso creí, se acercaba la muerte y era lo último, me incliné sobre la barandilla y miré el semblante blanco debajo, y ella me miró como un espejo desde la marea negra. Pero la niña había llegado al poste. Estiró las manos y empezó a subir, se agarró muy decidida a los tornillos y ganchos que sobresalían de la madera. El cuerpo pesaba demasiado, le sangraban los dedos, se cayó de nuevo, pero sólo para volver a empezar. Fue una larga lucha, lo que presencié fue un forcejeo horrible, una liberación y una transformación, como cuando se rompe una cáscara o una hilaza, ahora podría ayudar a la niña, pero sabía que ya no necesitaba ayuda, lo entendí…

No recuerdo el camino de regreso a casa aquella noche. Sólo sé que en nuestra escalera le conté a una vecina que aún quedaba un tramo de la orilla del lago con prados y bosques, pero me dijo que no, no los había. Y que luego encontré los papeles de mi escritorio revueltos y en algún lugar una fotografía antigua de mí, con un traje de lana blanco con el cuello Mao, con los ojos claros, acuosos y muy gorda.


*Este cuento fue publicado en: Marie Luise Kaschnitz, Gesammelte Werke in sieben Bänden. Vierter Band. Die Erzählungen. © Insel Verlag Frankfurt am Main 1983.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

A esa edad era un niño y los niños no suelen tener tantos prejuicios, aunque la mayoría no sabe muy bien por qué razón están sentados en esos pupitres de madera, cargando una bolsa llena de cuadernos y lápices, escuchando hablar a una persona que no es ni su padre ni su madre. Y a pesar de que no saben por qué tienen que asistir a una escuela a aprender, lo hacen sin sentir odio, sin recriminarle nada a nadie, a veces tan sólo expresándose a través de sentidos lloriqueos sentimentales o de desaforados gritos de rabia que van amainando con el paso de los días. La mayor parte del tiempo los alumnos escuchábamos en silencio a ese hombre de cabello engomado y corbata mal anudada que nos hablaba con ternura mientras se paseaba a lo largo de las filas donde los niños, sorprendidos, lo seguíamos con la mirada sin acostumbrarnos del todo a sus extravagantes modales, no obstante que llevábamos ya varios años tomando clases en esa humilde escuela de barrio. En el fondo éramos idiotas, porque ahora que han pasado tantos años no puedo creer que no hayamos podido negarnos a hacer todo lo que el profesor ordenaba. Un día se le ocurrió que para celebrar a nuestras madres cada uno de los alumnos debía conseguir agujas y una madeja de estambre para tejer una gorrita de lana que habría de servirle a las viejas para cubrirse el cráneo. Yo sabía que no podría contar con el consentimiento de mi padre porque él no toleraría ver a su hijo tejiendo esa pendejada sin sentir que me estaba volviendo maricón. Así que busqué, como siempre, el apoyo de mi madre quien, por lo demás, se mostró muy complacida. Compró tres madejas de estambre color mostaza, un artefacto de plástico que haría el papel de las agujas de tejer y un carrete de hilo blanco.

Las tardes que ocupaba para patear una pelota contra la pared descascarada de un callejón que se hallaba cerca de mi casa, esas tardes en las que sentado sobre esa misma pelota contaba pasar los autos mientras buscaba una razón que me convenciera de que la prohibición de ir hasta el parque para jugar con otros niños tenía algo de justicia, las cambié para encerrarme en mi recámara a tejer el gorro de mi madre. Y no me quejo, pero me hubiera gustado hacerlo abiertamente, después de todo no era más que una cursilería del profesor, y ¿acaso no había sido mi padre el responsable de haberme enviado a esa escuela? Todavía recuerdo su puño crispado diciendo que iba a matar al hijo de la chingada del profesor que estaba pervirtiendo a su hijo poniéndolo a tejer como si fuera una señorita, “¿Para eso me paso diez horas manejando un trolebús?” Pero mi madre me defendía, no como yo hubiera querido que lo hiciera, con mayor energía, con razones, haciéndole ver que en realidad no sucedía nada grave, me defendía tímidamente porque también le tenía miedo a esos brazos fornidos y a la mirada infame de aquel hombre que nos amenazaba a gritos y nos dejaba caer la mano sobre alguna parte del cuerpo para hacernos sentir que sólo con desearlo podría matarnos. El error había sido confiar en mi hermano, pedirle que por ningún motivo comentara esto con mi padre, quien ese mes había sido nombrado candidato para un cargo en el sindicato de transportes eléctricos, un error grave porque mi hermano, más temeroso que mi madre y yo juntos, pensó que sería mejor estar del lado del más fuerte aunque ello significara delatarnos; y lo hizo, el mismo día que mi padre tapizó la casa con decenas de planillas donde figuraba su nombre, el más pequeño después de los nombres del secretario general y el tesorero; pegó las planillas en ambas hojas de todas las puertas de la casa, en las paredes, en el refrigerador, en las ventanas para que la gente que pasara frente a nuestra casa pudiera ver que en esa familia progresábamos, que mi padre no se iba a quedar de chofer para toda su vida y que era mejor irnos respetando, a nosotros, a los Fadanelli.

No sé por qué se me ocurrió decirle aquella cosa, salió sola, como si mi boca perteneciera a otra persona, le dije, “no me estés chingando por favor”, no podía creerlo, ni yo ni él, ni mi madre, ni mi hermano que estaba espiando por la puerta de la recámara, “no me estés chingando”, y estaba tan sorprendido que no me dolió la bofetada, ni el puntapié en las nalgas, ni que me jalara de los cabellos para tirarme al piso. Le dolió más a él que su planilla perdiera las elecciones porque seguiría siendo chofer, un maldito chofer con un hijo que tejía gorritos de lana. Y mientras su familia se dedicaba a despegar todos los papeles con los que una semana antes habíamos tapizado la casa entera, él miraba por la ventana, con la mandíbula soldada por el coraje, con los puños cerrados, ¿quién sabe en qué estaría pensando? Pero yo pensaba en lo que le diría al profesor cuando me preguntara sobre el tejido, “no me esté chingando, por favor”, le diría igual que le había dicho a mi padre.

La noche del día en que despegamos la propaganda de las paredes escuché sollozos en el cuarto de mis padres. Me levanté y acerqué la oreja a su puerta; mi hermano estaba detrás de mí y escuchó también su llanto, la voz de ella consolándolo y diciéndole que Dios sabía lo que hacía, que no estaba bien maldecir. Llorando como un marica, pensé, mi padre está llorando como un marica. Y mi hermano con sus ojos abiertos, muerto de miedo porque nunca había escuchado que él llorara; y yo satisfecho, porque eso era lo mejor que me podía haber pasado en ese momento, mi madre tenía razón, Dios sabía perfectamente lo que hacía. Aunque todo se hallaba obscuro sabía que mi hermano estaba mirándome, sentía sus ojos húmedos por las lágrimas. Escupí en el piso, dos veces, sintiendo de nuevo el aire milagroso de mis pulmones, dos escupitajos, uno por mi hermano y otro en honor de su padre que lloraba como un marica.


*Este cuento fue publicado en: Compraré un rifle © Guillermo Fadanelli,  Editorial Anagrama 2006.

En la Escuela Militar de Sankt Severin. Gimnasio. Con sus claras blusas de cutí, el curso está ordenado en dos filas bajo las grandes lámparas de gas. El profesor de gimnasia, un joven oficial de rostro moreno y endurecido, y ojos fríos e irónicos, ha ordenado ejercicios libres y está distribuyendo las secciones.

– ¡Primera sección, barra fija; segunda sección, paralelas; tercera sección, potro; cuarta sección, escalar! ¡En marcha!

Y los muchachos se dispersan rápidamente con sus ligeras zapatillas, protegidas con colofonia. Algunos se demoran en medio de la sala, dubitativos y enfadados a un tiempo. Son la cuarta sección, los malos gimnastas, a los que no les procura ninguna alegría el movimiento en los aparatos y que ya están hartos de las veinte flexiones, además de un poco confusos y exhaustos.

Sólo uno, uno que, por lo general, es siempre el último en tales ocasiones, Karl Gruber, está ya en las barras de escalar, colocadas en un rincón de la sala algo en penumbra, junto al hueco donde cuelgan las chaquetas de los uniformes que se han quitado. Ha agarrado la primera barra y tira de ella con una fuerza extraordinaria, de manera que oscila libremente en el lugar señalado para el ejercicio. Gruber no la suelta, da un salto y llega bastante arriba, las piernas entrelazadas en el extremo superior que, por lo general, nunca ha sido capaz de rozar, sujeto a la barra. Así a la sección y observa, eso parece, con especial deleite el asombrado enojo del pequeño suboficial polaco que le grita que baje. Pero en esta ocasión Gruber es incluso desobediente, y Jastersky, el suboficial rubio, acaba por gritarle:

– O baja usted o sube hasta arriba; de lo contrario, se lo digo al teniente coronel.

Entonces Gruber empieza a escalar, primero con fuerza, atropellado, levantando poco las piernas y mirando arriba con cierto miedo, despreciando el inconmensurable pedazo de barra que aún tiene por delante. Luego ralentiza sus movimientos, y, como si disfrutara de cada avance como de algo extrañamente grato, enfila hacia lo alto, como alguien acostumbrado a escalar. No repara en el nerviosismo del enojado suboficial, escala y escala, con la vista siempre hacia arriba, como si hubiera descubierto una salida en el techo de la sala y pretendiera alcanzarla. Toda la sección lo sigue con la mirada. Y también algunos de las otras secciones dirigen desde otros lugares su atención al escalador, que antes, jadeando, con el rostro todo rojo y ojos en blanco, apenas alcanzaba el primer tercio de la barra.

– ¡Bravo, Gruber! –grita alguien de la primera sección.

Entonces muchos vuelven la mirada y, durante un rato, la sala permanece en silencio; pero, justo en el momento en que todos están pendientes de la figura de Gruber, éste hace un movimiento arriba, en lo alto, debajo del techo, como si quisiera sacudirlo, y, como evidentemente no lo logra, deja todas esas miradas pegadas al desnudo gancho de hierro y se desliza a toda velocidad por la barra lisa, de manera que todos siguen aún mirando arriba cuando él, mareado y acalorado, lleva ya un rato abajo, mirándose las palmas abrasadas de las manos. Entonces uno de los compañeros que están más cerca le pregunta qué es lo que le ha sucedido hoy:

– ¿Acaso quieres que te pasen a la primera sección?

Gruber sonríe y parece querer responder algo, pero se lo piensa y rápidamente baja la vista. Y luego, mientras el barullo y el jaleo continúan, se retira hasta el rincón sin hacer ruido, se sienta y, temeroso, mira a su alrededor, respira el doble de rápido, vuelve a reír y se dispone a decir algo, pero ya nadie está pendiente de él. Sólo Jerome, que también es de la cuarta sección, ve que está mirándose otra vez las manos, muy inclinado sobre ellas, igual que alguien que quiere leer una carta con escasa luz. Y, pasado un rato, Jerome se acerca a él y pregunta:

– ¿Te has hecho daño?

Gruber se asusta:

– ¿Qué? –dice con su voz de siempre, chapoteando en saliva.

– ¡Déjame ver!

Jerome le coge una mano y la vuelve hacia la luz.

Está un poco excoriada en la palma.

– ¿Sabes? Tengo algo para esto –dice Jerome, al que siempre le mandan de casa tafetán inglés–, ven luego a verme.

Pero parece como si Gruber no hubiera escuchado; está mirando la sala, como si estuviera viendo algo indeterminado, tal vez no en la sala, tal vez fuera, detrás de las ventanas, aunque está oscuro, es tarde y es otoño.

En ese momento el suboficial grita, a su modo imperioso:

– Gruber.

Gruber no se mueve, sólo los pies, estirados, se remueven un poco, rígidos y torpes, por encima del parquet.

–¡Gruber! –grita el suboficial, y la voz le golpea.

El suboficial espera un rato y dice rápidamente y con voz ronca, sin mirar a quien acaba de llamar:

– Preséntese usted después de la clase, ya le…

Y la clase sigue.

– Gruber –dice Jerome inclinándose hacia su camarada, que se hunde aún más en el rincón–, te tocaba otra vez a ti, escalar, en la cuerda; ve, inténtalo, si no Jastersky te va a montar algún número, ¿sabes?

Gruber asiente. Pero, en lugar de levantarse, cierra los ojos de repente y se desliza bajo las palabras de Jerome como bajo una ola, se desliza hacia el fondo, despacio y en silencio, hacia el fondo de su asiento, y Jerome no sabe lo que sucede hasta que oye cómo la cabeza de Gruber restalla con fuerza contra la madera del respaldo y luego cae hacia delante.

– ¡Gruber! –grita con voz ronca.

Al principio nadie se da cuenta. Y Jerome sigue en pie con los brazos caídos gritando:

– ¡Gruber, Gruber!

No se le ocurre incorporarlo. Entonces alguien le golpea y le dice:

– Quita.

Otro lo aparta de un empujón y Jerome ve cómo levantan el cuerpo inerte.

Se lo llevan a algún sitio, probablemente a la habitación de al lado. El teniente coronel llega corriendo. Da órdenes muy breves con voz dura y muy alta. Sus órdenes cortan incisivamente el zumbido de los numerosos chicos que parlotean. Silencio. Sólo se percibe algún que otro movimiento, un balanceo en el aparato, un salto suave, una risa tardía de alguno que no sabe de qué se trata. Después, preguntas rápidas:

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Quién? ¿Gruber? ¿Dónde?

Y más y más preguntas. Luego alguien dice en alto:

– Inconsciente.

Y el suboficial Jastersky, con el rostro encendido, echa a correr detrás del teniente coronel, gritando con malévola voz, temblando de rabia:

– Un cuentista, señor teniente coronel. Un cuentista.

El teniente coronel no le hace caso. Está mirando al frente, se muerde el bigote, con lo que la dura mandíbula sobresale aún más enérgica y puntiaguda. De vez en cuando, da una breve indicación. Los cuatro alumnos que llevan a Gruber y el teniente coronel desaparecen en la habitación. Poco después, los cuatro alumnos regresan. Un bedel cruza la sala. Los otros los miran boquiabiertos y acosan a preguntas a los cuatro:

– ¿Cómo está? ¿Qué le pasa? ¿Ha vuelto ya en sí?

Ninguno de ellos sabe nada en realidad. Y entonces el teniente coronel dice que continúe la clase y le cede el mando al sargento Goldstein. Así que vuelven a hacer gimnasia, en las paralelas, en la barra fija, y los pequeños gorditos de la tercera sección suben penosamente con las piernas bien abiertas al alto potro. Sin embargo, todos los movimientos son diferentes a los de antes, como si sobre todos los muchachos se hubiera posado algo que estuviera al acecho. Los balanceos en la barra fija se interrumpen de repente, y en las paralelas sólo se hacen un montón de ejercicios rutinarios. Las voces son menos confusas, y su susurro es más delicado, como si todos dijeran únicamente una sola palabra:

– Sssí, sssí, sssí…

Entretanto, el pequeño y espabilado Krix está escuchando tras la puerta de la habitación. El suboficial de la segunda sección lo echa de allí levantando la mano para darle un golpe en el trasero. Krix retrocede de un salto, como un gato, con los ojos astutos y brillantes. Ya sabe bastante. Y, pasado un rato, cuando nadie le observa, se lo cuenta a Pawlowich:

– Ha venido el médico del regimiento.

Bueno, ya conocen a Pawlowich; con toda su cara, como si alguien le hubiera dado una orden, atraviesa la sala de sección a sección y dice bien alto:

– El médico del regimiento está dentro.

Y parece que también los suboficiales se interesan por la noticia. Cada vez con mayor frecuencia vuelven la vista hacia la puerta, los ejercicios se hacen cada vez más lentos, y un pequeño de ojos negros está en cuclillas en lo alto del potro, mirando fijamente, boquiabierto, a la habitación. Parece haber algo paralizante en el ambiente. Los más fuertes de la primera sección continúan esforzándose aún un poco, luchan, hacen círculos con las piernas, y Pombert, el atlético tirolés, dobla el brazo y se observa los músculos, que destacan tensos y poderosos a través del cutí. Sí, el pequeño y ágil Baum hace incluso varios círculos con el brazo y, de repente, ese brusco movimiento es el único en toda la sala, un gran círculo centelleante que adquiere un carácter inquietante en medio de la calma general. Y, de golpe, el muchachito se queda parado, se arrodilla con desgana y pone cara de no importarle nada. Pero también sus pequeños ojos apáticos se pegan a la puerta de la habitación.

Ahora se oye la canción de las llamas de gas y el movimiento del reloj de pared. Y entonces suena la campana que da la hora. Su tono es hoy extraño y singular; además, se para de un modo totalmente inesperado, se interrumpe en medio de sus palabras. Pero el suboficial Goldstein conoce sus obligaciones. Grita:

– ¡A sus puestos!

Nadie le escucha. Nadie puede recordar qué sentido tenían esas palabras… antes. ¿Cuándo?

– ¡A sus puestos! –grazna el sargento, y al instante gritan ya con él los demás suboficiales:

– ¡A sus puestos!

– Y también alguno de los alumnos dice como para sus adentros, como en sueños:

– ¡A sus puestos! ¡A sus puestos!

Pero en el fondo todos saben que siguen a la espera de algo. Y en ese momento se abre la puerta de la habitación; durante un rato, nada; luego sale el teniente coronel Wehl, con los ojos bien abiertos, airados, y el paso firme, que marca como en un desfile. Y dice con voz ronca:

– ¡A sus puestos!

A una velocidad indescriptible están ya todos formados.

Ninguno se mueve. Como si estuvieran en presencia de un mariscal. Y de pronto una orden:

– ¡Atención!

Una pausa, y luego, con voz seca y dura:

– Vuestro camarada Gruber acaba de fallecer. Un ataque al corazón. ¡En marcha!

Pausa.

Y, pasado un rato, la voz del alumno de servicio, encogida y suave:

‒ ¡Izquierda! ¡Marchen, compañía, marchen!

Sin dar un paso, muy despacio, la compañía se vuelve hacia la puerta. Jerome es el último. Nadie mira a ningún lado. El aire del pasillo llega frío y húmedo hasta los muchachos. A uno le parece que huele a fenol. Pombert hace un chiste perverso aludiendo al hedor. Nadie se ríe. De repente, Jerome nota que lo cogen por el brazo, como si lo embistieran. Krix se ha colgado de él. Le brillan los ojos y sus dientes refulgen, como si fuera a morder algo.

– Yo lo he visto –susurra jadeante, apretando el brazo de Jerome, con una sonrisa en su interior, meneándolo de un lado para otro. Apenas puede continuar–: Está completamente desnudo, y estaba muy flaco y estirado. Y le han puesto un sello en la planta de los pies…

Y luego reprime una risa, sardónica y picajosa; reprime una risa y le muerde la manga a Jerome.


*Este cuento fue publicado en: Los últimos y otros relatos, Alba Editorial, 2010.

Para L.K.

A los nueve años, mi padre me rentaba una puta. Una puta, lógicamente, de nueve años. He olvidado la ropa, los juguetes, la comida, todo lo que era mi vida a los nueve años, pero no he olvidado a la puta.

Fabiana no se acostaba conmigo. O, mejor dicho, se acostaba conmigo y nada más. Mi padre insistía en que durmiéramos juntos y se aseguraba de que nos abrazáramos bajo las cobijas de la cama. Nunca probamos a desnudarnos —cómo me angustiaba a los catorce años, al recordar a Fabiana y mi indiferencia hacia ella—, y apenas si alguna noche nos atrevimos a juntar los labios en algo que sería generoso calificar como beso.

Fabiana llegaba a la casa los viernes, a la hora de la cena, con una mochila de ropa en el hombro y una película en la mano. Pasábamos el fin de semana en mi casa y dormíamos y nos bañábamos en la alberca, pero nunca fuimos juntos a la ducha —cómo lo recordaba, torturándome, a los catorce, al acariciar cada gota de las paredes de la ducha donde nunca estuve con ella.

Mi padre decía que yo no tenía suficientes amigos y se afanaba por reunirme con Fabiana. Yo, de hecho, tenía amigos, pero mi padre no terminaba de resignarse a que jugara con los hijos de la servidumbre y jamás hubiera permitido que durmiera con uno de ellos. “No quiero, Jacobo, que te pienses que la servidumbre juega contigo por amistad”, me decía. “Juegan contigo porque les pago”.

Supe que Fabiana era una puta por boca de un compañero de la escuela. Mauricio había orinado las camas a lo largo de sus nueve años, había mojado camas de primos y hermanos, de hospitales, de terapeutas y de amigos, de hoteles en Mónaco lo mismo que en Tlaxcala. Así que sus padres decidieron probar con Fabiana: los movía la esperanza de que su hijo, atemorizado por una presencia extraña en la cama, se contuviera. No fue así, al menos de inicio. Durante sus primeras noches juntos, Fabiana se encargaba de despertarlo al sentirse inundada, y lo ayudaba a cambiar las sábanas. Nunca salió de su boca un reproche o una queja. Quizá por ello, a la vuelta de unos meses Mauricio dejó de orinarse. “Fabiana tiene algo que ayuda a la gente”, decía mi amigo. “Por eso mis padres la rentaron para mí”. Mauricio le había preguntado a un primo adolescente cómo podría llamarse a una mujer que se renta para ayudar. El primo lo pensó un momento, e incluso consultó un diccionario. “Una puta”, concluyó. Así que Fabiana era una puta.

Ahora bien, si mi padre había requerido los servicios de Fabiana, era porque pensaba que yo padecía algún mal tan serio, al menos, como la incontinencia de Mauricio. Que yo tuviera o no amigos no podía ser el asunto que lo preocupaba: incluso él debía aceptar que pasarse la tarde jugando al futbol con los hijos de la servidumbre hacía de mí un niño normal. Aunque tuviera que pagar por ello. ¿Cuál sería, entonces, el problema que se esperaba que Fabiana remediara?

Antes de que pudiera resolver el enigma, o antes de que el influjo benéfico de Fabiana hiciera inútil la resolución, mi padre sufrió un ataque y murió. “No dejes de traerle a la niña”, alcanzó a decirle a mi tío antes de expirar. Mi tío, en cierta medida, fue ejemplar. Custodió con honradez mi herencia, y se encargó de aumentar mi robusto patrimonio con inversiones prudentes y certeras. Cuando estuve en edad de administrarlo, era claro que jamás tendría que estudiar ninguna carrera productiva o rebajarme a buscar un empleo. Sin embargo, al asumir mi tutela, mi tío decidió que el hecho de que yo durmiera con una niña —y más todavía, una niña rentada— resultaba inadmisible. Así que Fabiana dejó de ir a la casa. A veces la veía en los jardines comunes del fraccionamiento —su casa estaba a unos metros de la mía—, acompañando siempre a algún niño con pinta de muestrario de taras psiquiátricas. Cuando nuestras miradas se cruzaban, Fabiana sonreía. Probablemente, estaba insatisfecha por no haber tenido suficiente tiempo para acabar con mi problema, cualquiera que fuese.

Un par de años después, la familia de Fabiana vendió la casa y los muebles y desapareció. El ama de llaves comentó que el padre de la niña debía haber cometido algún delito, porque unos agentes policiacos llegaron al fraccionamiento después de la arrebatada mudanza para hacer preguntas sobre ellos.

De Fabiana sólo conservé una lapicera de colorines que había olvidado en mi recámara en nuestra última noche juntos. Durante años, fantaseé con la idea de buscarla, y caminar hasta ella y apartarla un momento del paranoico o hiperactivo o esquizoide en turno y decirle: “Esta es tu lapicera”. A los catorce años, mi fantasía incluía un largo beso de reconciliación.

Cuando fui mayor de edad y la custodia de mi tío llegó a su fin, contraté un detective para que localizara a Fabiana. El detective era un ex policía grasiento, que había sido guardaespaldas del padre de Mauricio. Administró con talento mi esperanza y desesperación: a lo largo de tres años, me hizo creer que se aproximaba cada día más a Fabiana, y que ésta, convertida en alguna suerte de astuta y elusiva espía, lograba escapar en el último momento. Un día contraté a otro detective —un tal Santa Marina, a quien elegí al azar en la guía telefónica—, para apalear al primero. Se metió a su oficina una noche y le pegó tanto que le provocó un derrame cerebral. Santa Marina trajo el archivo correspondiente a Fabiana que el primer detective había compilado, unos pocos apuntes sobre la desaparición de la familia —asunto que yo conocía mejor que él— y una tarjeta de presentación en la que se leía: “Revista Caras. Fabiana Urrutia, colaboradora”. La tarjeta era lo suficientemente lustrosa para permitirme albergar esperanzas de que esa dirección y ese teléfono fueran los adecuados.

Pasé unos días decidiéndome a marcar el número de la tarjeta. Temblaba durante el día y me estremecía durante la noche. Soñaba con la escena de la entrega de la lapicera y la modificaba en decenas de variantes épicas, sexuales o sentimentales. Santa Marina se tomó la libertad de investigar a la familia de Fabiana y me trajo un informe: sus padres habían muerto por inhalación de gas, poco después de que se supiera que habían sido demandados por una pareja extranjera que reclamaba haberles hecho un fuerte préstamo. “Iban a abrir una clínica. Pero el dinero fue retirado del banco y la familia escapó”. Las muertes se habían producido meses después de la mudanza del fraccionamiento.

Esa noche cené con mi tío en su estudio y le referí el asunto. “Eran una pareja peculiar”, dijo con su acostumbrada voz cascada. “Rentaban a la hija para que hiciera cosas raras con los enfermos. Tú quizá no lo recordarás, pero durante un tiempo tu padre la rentó y ella iba a tu casa todos los viernes”.

“Así que mi padre pensaba que yo tenía alguna enfermedad”.

Mi tío me miró sin alarma.

“No: sólo pensaba que te hacían falta amigos”.

Le pedí a Santa Marina que la llamara por mí. A su lado, yo trataba de adivinar la voz de Fabiana en la bocina. Caras era una revista de sociales y Santa Marina, presentándose como mi secretario, la invitó a conocer el nuevo jardín japonés de mi casa, para hacer unas fotografías “y quizá platicar con el licenciado”. Mi casa no tenía un jardín japonés. Yo no tenía un título de licenciado.

Perdimos la tarde en buscar plantas y bambúes, y terminamos por comprar unos quimonos para la servidumbre. Un poco avergonzado, Santa Marina improvisó un hipotético compromiso y se abstuvo de asistir a la entrevista. “Trataré de llegar después, y la seguiré al irse”, prometió.

Fabiana estaba bellísima, mucho más de lo que aparecía en mis nostalgias de ducha y fantasías de lapicera. La vi detrás de la cortina del estudio, mientras el ama de llaves —incómoda y restirada dentro de su quimono—, la invitaba a pasar.

“El licenciado la recibirá en su estudio cuando usted termine de retratar el jardín”, le dijo la mujer, según lo convenido. Fabiana dio una mirada al remedo oriental —que había quedado espantoso, pese a los afanes de Santa Marina por darle alguna estética—, y emprendió el camino al estudio. Respiré profundamente y bajé a su encuentro, aferrando la lapicera en la mano como un crucifijo.

“Fabiana”.

“Jacobo. Esa es mi lapicera”.

No pude negarlo. Se la acerqué con un murmullo. Las palabras de la fantasía se atoraban entre mis dientes.

“Esta es tu lapicera”.

“Jacobo. Estás muy cambiado”.

“Esta es tu lapicera y…”.

“Siempre quise saber qué había sido de ti”.

“Esta es tu lapicera y…”.

“Jacobo”.

Su boca era húmeda como las paredes de la ducha.

Por mi mente pasó la imagen de mi padre, espiándonos como solía espiarnos bajo la manta para asegurarse de que estuviéramos abrazados. Fabiana me cobró un precio verdaderamente bajo, de amigos.

Por la mañana, mandé que Santa Marina desmontara el jardín japonés. Parecía irritado. Me dijo que el primer detective usó mi dinero en pagarse decenas de noches con Fabiana. “Si mi dinero acabó en sus manos, estuvo bien empleado”, argüí. “¿Y qué más puedo hacerle al tipo, si ya usted lo dejó en estado vegetal?”.

Le ofrecí un sueldo fijo para que siguiera a Fabiana y me informara de sus actividades. Se rehusó pero recomendó a un colega competente. Nos estrechamos las manos como generales victoriosos y él emprendió el camino a la puerta, cargado de macetas y bambúes.

Yo subí al estudio y me senté a esperar la llegada del viernes. 


*Este cuento fue publicado en: El jardín Japonés, Páginas de Espuma, 2007.

© Antonio Ortuño, 2007

La navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

–Se la enviamos a Papá Noel –y le pasó el sobre.

El tipo de la ventanilla ni saludó, porque había mucha gente y se ve que ya estaba cansado de tanto trabajo, la época navideña debe ser la peor para ellos. Tomó la carta, la miró y dijo:

–Falta el código postal.

–Pero es para Papá Noel –dijo papá, y le sonrió, y le guiñó un ojo, se ve que para hacerse amigo, y el tipo dijo:

–Sin código postal no sale.

–Usted sabe que la dirección de Papá Noel no tiene código postal -dijo papá. –Sin código postal no sale -dijo el tipo, y llamó al siguiente.

Y entonces papá trepó el mostrador, agarró al tipo del cuello de la camisa, y la carta salió.

Por eso yo estaba preocupado ese día, porque no sabía si la carta le había llegado o no a Papá Noel. Además no podíamos contar con mamá desde hacía casi dos meses, y eso también me preocupaba, porque la que siempre estaba en todo era mamá, y las cosas salían bien entonces. Hasta que dejó de preocuparse, así nomás, de un día para el otro. La vieron algunos médicos, papá siempre la acompañaba y yo me quedaba en la casa de Marcela, que es nuestra vecina. Pero mamá no mejoró. Dejó de haber ropa limpia, leche y cereales a la mañana, papá llegaba tarde a los lugares a los que debía llevarme, y después llegaba otra vez tarde para pasarme a buscar. Cuando pedí explicaciones papá dijo que mamá no estaba enferma ni tenía cáncer ni se iba a morir. Que bien podría haber pasado algo así pero él no era un hombre de tanta suerte. Marcela me explicó que mamá simplemente había dejado de creer en las cosas, que eso era estar “deprimido”, y te quitaba las ganas de todo, y tardaba en irse. Mamá no iba más a trabajar ni se juntaba con amigas ni hablaba por teléfono con la abuela. Se sentaba con su bata frente al televisor, y hacía zapping toda la mañana, toda la tarde y toda la noche. Yo era el encargado de darle de comer. Marcela dejaba comida hecha en el freezer con las porciones marcadas. Había que combinarlas. No podía, por ejemplo, darle todo el pastel de papas y después toda la tarta de verdura. La descongelaba en el microondas y se la alcanzaba en una bandeja, con el vaso de agua y los cubiertos. Mamá decía:

–Gracias mi amor, no tomes frío –lo decía sin mirarme, sin perder de vista lo que sucedía en el televisor.

A la salida del colegio me agarraba de la mano de la mamá de Augusto, que era hermosa. Eso funcionaba cuando venía a buscarme papá, pero después, cuando empezó a venir Marcela, a ninguna de las dos parecía gustarle eso, así que esperaba solo debajo del árbol de la esquina. Viniera quien viniera a buscarme, siempre llegaban tarde.

Marcela y papá se hicieron muy amigos, y algunas noches papá se quedaba con ella en la casa de al lado, jugando al póquer, y a mamá y a mí nos costaba dormirnos sin él en la casa. Nos cruzábamos en el baño y entonces mamá decía:

–Cuidado mi amor, no tomes frío –y volvía frente al televisor.

Muchas tardes Marcela estaba en casa, eran las tardes en que cocinaba para nosotros y ordenaba un poco. No sé por qué lo hacía. Supongo que papá le pediría ayuda y como ella era su amiga se sentía en la obligación, porque la verdad es que no se la veía muy contenta. Un par de veces le apagó el televisor a mamá, se sentó frente a ella y le dijo:

–Irene, tenemos que hablar, esto no puede seguir así…

Le decía que tenía que cambiar de actitud, que así no llegaría a ningún lado, que ella ya no podía seguir ocupándose de todo, que tenía que reaccionar y tomar una decisión o terminaría por arruinarnos la vida. Pero mamá nunca contestaba. Y al final Marcela terminaba yéndose con un portazo, y esa noche papá pedía pizza porque no había nada para cenar, y a mí la pizza me encanta.

Yo le había dicho a Augusto que mamá había dejado de “creer en las cosas”, y que entonces estaba “deprimida”, y él quiso venir a ver cómo era. Hicimos algo muy feo que a veces me avergüenza: saltamos frente a ella un rato, mamá apenas nos esquivaba con la cabeza; después le hicimos un sombrero con papel de diario, se lo probamos de distintas maneras y se lo dejamos puesto toda la tarde, pero ella ni se movió. Le quité el sombrero antes de que llegue papá. Estaba seguro de que mamá no iba a decirle nada, pero me sentía mal de todos modos.

Después llegó navidad. Marcela hizo su pollo al horno con verduras horribles pero como era una noche especial me preparó además papas fritas. Papá le pidió a mamá que dejara el sillón y cenara con nosotros. La movió cuidadosamente hasta la mesa -Marcela la había preparado con un mantel rojo, velas verdes y los platos que usamos para las visitas-, la sentó en una de las cabeceras y se alejó unos pasos hacia atrás, sin dejar de mirarla, supongo que pensó que podía funcionar, pero en cuanto él estuvo lo suficientemente lejos ella se levantó y volvió a su sillón. Así que mudamos las cosas a la mesa ratonera del living y comimos ahí con ella. La tele estaba prendida, por supuesto, y el noticiero mostraba una nota sobre un sitio de gente pobre que había recibido un montón de regalos y comida de gente de más plata, y entonces ahora estaban muy contentos. Yo estaba nervioso y miraba todo el tiempo el árbol de navidad porque ya iban a ser las doce y quería mi auto. Entonces mamá señaló el televisor. Fue como ver moverse un mueble. Papá y Marcela se miraron. En la tele Papá Noel estaba sentado en el living de una casa, con una mano abrazaba a un chico sentado sobre sus piernas, y con la otra a una mujer parecida a la mamá de Augusto, y entonces la mujer se inclinaba y besaba a Papá Noel y Papá Noel te miraba y decía:

–…y cuando vuelvo del trabajo solo quiero estar con mi familia -y un logo de café aparecía en la pantalla.

Mamá se puso a llorar. Marcela me tomó de la mano y me dijo que subiera al cuarto, pero yo me negué. Volvió a decírmelo, esta vez con el tono impaciente con el que le habla a mamá, pero nada iba a alejarme esa noche del árbol. Papá quiso apagar el televisor pero mamá empezó a luchar con él como una nena. Sonó el timbre y yo dije:

–Es Papá Noel –y Marcela me dio una cachetada y entonces papá empezó a pelear con Marcela y mamá encendió otra vez el televisor pero Papá Noel ya no estaba en ningún canal. El timbre volvió a sonar y papa dijo:

–¿Quién mierda es?

Pensé que ojalá que no fuese el del correo porque volverían a pelear porque papá ya estaba de mal humor.

El timbre sonó otra vez muchas veces seguidas, y entonces papá se cansó, fue hasta la puerta y cuando la abrió vio que era Papá Noel. No era tan gordo como en televisión y se lo veía cansado, no podía mantenerse de pie y se apoyaba un momento de un lado de la puerta, otro momento del otro.

–¿Qué quiere? -dijo papá.

–Soy Papá Noel –dijo Papá Noel.

–Y yo soy Blanca Nieves –dijo papá y le cerró la puerta.

Entonces mamá se levantó, corrió hasta la puerta, la abrió y Papá Noel todavía estaba ahí, tratando de sostenerse, y lo abrazó. A papá le agarró un ataque:

–¿Éste es el tipo Irene? –le gritó a mamá, y empezó a decir malas palabras y a tratar de separarlos. Y mamá le dijo a Papá Noel:

–Bruno, no puedo vivir sin vos, me estoy muriendo.

Papá logró separarlos y le dio a Papá Noel una trompada y Papá Noel cayó para atrás y quedó seco sobre la entrada. Mamá empezó a gritar como loca. Yo estaba triste por lo que le estaba pasando a Papá Noel, y porque todo esto atrasaba lo del auto, aunque por otro lado me alegraba ver a mamá otra vez en movimiento.

Papá le dijo a mamá que iba a matarlos a los dos y mamá le dijo que si él era tan feliz con su amiga por qué ella no podía ser amiga de Papá Noel, cosa que a mí me pareció lógica. Marcela se acercó a ayudar a Papá Noel, que empezaba a moverse en el piso, y le dio una mano para levantarse. Y entonces papá otra vez empezó a decirle de todo y mamá a gritar. Marcela decía cálmense, entremos, por favor, pero nadie la escuchaba. Papá Noel se llevó la mano a la nuca y vio que le sangraba. Escupió a papá y papá le dijo:

–Maricón de mierda.

Y mamá le dijo a papá:

–Maricón serás vos hijo de puta – y también lo escupió. Le dio a Papá Noel la mano, lo hizo entrar a la casa, se lo llevó a su cuarto y se encerró.

Papá se quedó como congelado, y en cuanto reaccionó se dio cuenta que yo todavía seguía ahí y me mandó furioso a la cama. Sabía que no estaba en condiciones de discutir; me fui al cuarto sin navidad y sin regalo. Esperé acostado a que todo quedara en silencio, mirando nadar en las paredes el reflejo de los peces de plástico de mi velador. No tendría mi auto a control remoto, eso era clarísimo, pero Papá Noel dormía en casa esa noche y eso me aseguraba un año mejor.


∗ Este cuento fue publicado en: La furia de las pestes © 2008, Samanta Schweblin.

El zorro mordió a Mamá tres meses después de que ella vendió nuestro departamento, compró esta tierra y nos mudó a ambas aquí sin preguntarme. La Tierra tenía una casa rudimentaria, una letrina detrás, y un pozo en el extremo norte del terreno. Un alambre de púas delimitaba la frontera de nuestro Nuevo Mundo. Mamá planeaba reconstruir la casa en cuanto llegamos pero durante aquellos primeros meses, quizá porque entonces el interior no era tan distinto del exterior, o quizá por puro romanticismo, dormíamos con frecuencia en la tierra de nadie que era nuestro traspatio. A Mamá le dio por estudiar las estrellas y en esas noches cargábamos mantas y almohadas hasta un claro en el bosque, donde ella escrutaba el cielo tratando de hacerlo rimar con los mapas de sus libros. Pronunciaba y repetía los nombres de las constelaciones en voz baja, como en un rezo. Hydra, Fornax, Carina: se hacían personajes en las historias que me contaba a mí misma hasta quedarme dormida. Más tarde, el frío de la madrugada nos empujaba de vuelta a la casa. Mamá me cargaba hasta la cama, a veces riendo de gozo.

En medio de lo que resultó nuestra última noche al aire libre, Mamá se puso a gritar. Yo también me desperté gritando, el miedo apoderándose de mi cerebro antes que la conciencia. Yo no vi a la bestia. Mamá siempre ha asegurado que ella sí, que la vio y que era un zorro, a pesar de que nunca se ha visto un zorro en la región.

De una sacudida, Mamá liberó una funda de su almohada y con ella se envolvió la mano. Dijo “alcohol” y yo corrí a la casa, lo encontré y corrí de vuelta al claro. La luna, esa noche, estaba de nuestro lado.

Mamá me arrebató la botella y la abrió con los dientes. Aunque había sangre, aunque su miedo y dolor eran casi contagiosos, fue verla abrir la botella con los dientes y escupir la tapa y vaciarse toscamente el líquido en la herida y todo alrededor, lo que me infundió un terror agudo, el terror a esa nueva versión de ella. Pero cuando el alcohol atravesó la tela de la funda y le tocó la piel abierta, Mamá cayó de rodillas. Y a mí eso, tenerla de vuelta entre los frágiles, me alivió.

Encontré y nos puse los cuatro zapatos como si no tuviera siete años, como si lo hubiera hecho antes. Luego Mamá se levantó y se echó a caminar hacia la brecha que llevaba a la escalera de lodo que nos conectaba con la carretera. La seguí. Luego me enojé y paré. Me estaba dejando rezagada y eso no tenía sentido para la niña consentida que yo era. Es una pesadilla, le dije. ¡Detente para que se vaya, deja de caminar! Lloré fuerte porque hasta entonces mi llanto siempre había resultado infalible, pero Mamá ni siquiera se volvió. Quédate en ese escalón hasta que regrese, me dijo y siguió marchando torpemente, sosteniéndose cerca del pecho el brazo izquierdo, envuelto. Durante largos minutos me quedé en el escalón, apretando los ojos, concentrada en despertar. Luego sentí pánico y corrí por las escaleras resbalosas hasta alcanzar la carretera. La luz pálida de un farol me infundió una esperanza pequeña, pero Mamá bajo su aura no era ningún alivio. Estaba en el piso, empapada en sudor. Los ruiditos que hacía eran espantosos, aunque más bajos que antes. Intentó sonreírme pero el esfuerzo le hizo temblar la cara.

Me hice cargo. Cuando finalmente pasó un auto le sacudí los brazos y se detuvo. No puedo recordar al chofer, sólo las luces de su coche, y ese sentimiento de estar teniendo mi primera interacción adulta y a la vez estarla registrando como tal, a pesar de que todo lo demás era tan intenso, tan urgente. Abracé a Mamá todo el camino y tomé entre mis manos su falso vendaje, porque me daba vergüenza dejar el asiento trasero de nuestro salvador manchado de sangre.

El paisaje por aquí ha cambiado mucho desde entonces. La carretera está iluminada y bordeada por casas casi hasta la entrada del pueblo. Pero hay una curva en particular donde cada vez me viene el recuerdo –ni siquiera un recuerdo, en realidad, sino una sensación, un punto incómodo en la nuca- de esa noche y ese instante en que por primera vez me dije: se va a morir.

Mamá no se murió. El hombre nos condujo a la clínica del pueblo y gente que he olvidado se encargó de nosotras. Pero sí perdió buena parte de su mano izquierda. Y en sustitución, a la par de la cicatriz le creció una determinación enferma. Entró en guerra. Yo la veía sabiéndome incapaz de elegir bando. Mamá sostenía su guerra personal contra La Tierra y yo serví en ambos frentes por muchos años. Uno a uno, sus sueños de una vida natural se fueron viciando. Trabajaba en el campo, bajo el sol, hasta exhaustarse. Cosía por la noche con una lámpara de aceite y no paraba hasta terminar, sin importar lo mala costurera que era, o cuántas veces la aguja le atravesaba los restos de dedos izquierdos, con los que sostenía los trapos. Tenía el gordo y el índice y la mitad del medio y un año después de que el zorro le mordió los otros, Mamá se había entrenado para hacer todo con esos tres. Era ella contra La Tierra; y La Tierra tenía las de ganar. Hubo inundaciones y sequías; virus, heladas, hormigas. Pero se hizo fuerte. Pasaron los años y se hizo tan fuerte que creímos que había ganado. Compramos una cabra y un gallo y seis gallinas. Mamá hacía pan y queso y me enseñaba a leer y escribir. Nuestros productos se vendían cada día mejor en el mercado y conseguimos electricidad, agua corriente, una ganancia sólida. Pero incluso durante esos periodos de calma después de que empecé a caminar cada día hasta la escuela, y a volver por la tarde a una madre pacífica, que escribía poesía y hacía mermelada además de todo lo demás, la maldición seguía actuando en sutiles, diabólicas maneras.

Nuestros limones eran hermosos por fuera pero estaban secos por dentro sin importar qué les hiciéramos; se aferraban a su jugo, lo absorbían, lo enviaban sabe Dios a dónde con tal de no compartírnoslo. El limón siempre ha sido su fruta favorita, por lo que Mamá nunca renunció a ese asunto incluso después de que otras frutas probaron ser perfectas para nuestra tierra. Un limón al día, solía repetir en mis primeras lecciones de higiene rural, te mantiene el pelo brilloso, los dientes blancos. Pero teníamos que pagarlos y eso la enfurecía.

En mi último año de primaria, compramos un par de conejos para que se reprodujeran como locos. Pero sólo tuvieron dos crías y una murió. Mientras Mamá se reía de la ironía, con una de esas risas que la conducía directamente a las lágrimas, yo sostuve al conejo muerto en la mano y pensé de nuevo en la maldición. Creía que había terminado, que estábamos a salvo, que La Tierra nos había perdonado. Pero no. El zorro, los limones y, más tarde, el gallo, eran todos parte de un juego que La Tierra jugaba con nosotros. Enterré el conejito y juré nunca olvidar de nuevo el juego.

Un invierno a Mamá le entraron ganas de bailar. Había bailado desde la infancia hasta que nos llevó a La Tierra, y yo también había bailado de muy pequeña, antes de dejar la ciudad. De pronto bailar se volvió un tema central, como si una vez cubiertas las necesidades básicas se nos despertara la inclinación artística, como enseñan que es lógico en la escuela, al exponer los inicios de la vida sedentaria. Para entonces ya teníamos electricidad y una camioneta y una casa cómoda, pero nuestra vida seguía siendo sumamente rural. Mamá no es del tipo que se queda con las ganas, así que con la primavera anunció que construiríamos un estudio de danza. La idea me emocionó. He de haber tenido 11 o 12 años, ya me había convertido en el animal que hoy soy, pero algunas veces, los domingos en especial, un nudo de nostalgia me ataba el pecho y algo a la vez fuera y dentro de mí lo apretaba con fuerza, estrujándome. Entonces extrañaba una vida que apenas recordaba, la vida en potencia, la que habíamos dejado ir y las cosas con las que habíamos pagado el precio de esa elección. Estaba la mano de Mamá, claro, y un tiempo en el que usaba vestidos y daba clases en la universidad. Pero también el zoológico, los helados y sí, las clases de ballet, por qué no. Seguro que los niños de mi edad que vivían en las ciudades no enloquecían de tristeza los domingos porque tenían cines y hermanos y caminos pavimentados donde rodar sus bicicletas.

El prospecto de un espacio vacío, dedicado enteramente al baile, se volvió sagrado. Yo lo dibujaba. Mamá calculaba los costos. Contratamos a dos hombres que excavaron los cimientos y luego se pusieron a construir. Trabajaban cada mañana y poco a poco se levantó el estudio. El herrero del pueblo nos forjó dos largas barras. Cada sábado, después de vender nuestros productos, comprábamos tabiques, varillas, cemento. Mamá me dejaba viajar en la batea de la camioneta, entre los materiales. Luego cubrimos el piso con duela. Las barras se instalaron en dos paredes enfrentadas y por lo demás enteramente cubiertas con espejos. Una tercera pared se pintó de azul y tenía una puerta de madera. La cuarta pared faltaba. Con la duela se nos había acabado el dinero y Mamá no quería cerrar el estudio con tabique, porque lo que deseaba era vidrio. Quería bailar con vista. Los trabajadores dejaron de venir y nosotras empezamos a bailar. Sabíamos que había que poner las ventanas antes de que empezaran las lluvias, pero esto no iba a detenernos. Después de todo, éramos las naturales, las mujeres de aire libre.

En un mercado de pulgas compramos un tocadiscos y con una modesta ceremonia privada lo colocamos en una esquina del estudio. Nuestra danza se convirtió en un ritual. Mamá elegía un disco de su pequeña colección en la casa y luego andábamos juntas al estudio. Nos acostumbramos a entrar a través del hueco de la pared faltante, creo que nunca usamos la puerta. Mamá ponía el disco y bailábamos sin parar hasta que la pequeña aguja terminaba su travesía en el lago de vinilo. Una armonía especial llenaba esas horas.

Una noche a mis trece años, Mamá y yo volvimos de comer en la granja de unos amigos. Llegamos contentas, con una canasta de pan casero y limones. (Nuestros amigos siempre nos compartían de sus limones porque sabían que los nuestros estaban malditos). Mientras yo estacionaba la camioneta, que llevaba un año manejando, Mamá me preguntó Would you care for some dancing?, con su acento británico, que sólo usaba para esta pregunta y la de: Fancy some tea, my dear?

Why, darling, I would love some! había aprendido yo a contestar, mucho antes de aprender inglés.

Guardé las cosas de la canasta. Mamá eligió un disco. Nos cambiamos de ropa. Estaba anocheciendo y los mosquitos nos atacaron durante el medio kilómetro que separa la casa del estudio. Bailando los espantamos, aseguró Mamá. Pero luego alguna de las dos encendió la luz y allí terminó la hermosa vida que con tanto esfuerzo nos habíamos construido.

Nuestro gallo, nuestro guapo gallo mayor, yacía muerto, o muriendo, sobre la duela. Los ojos cerrados. Las espuelas desgarradas. Una carne rosa, brillante, se le dejaba ver a través de las heridas peladas de las patas. La sangre en el espejo se había puesto café. La madera estaba manchada, también, y había un olor fuerte. El gallo se había salido del gallinero, metido al estudio y descubierto su imagen en el espejo. Creyendo que era otro gallo, debía haberla atacado. Una y otra, y otra vez. La explicación nos cubrió como un manto: el imbécil se había batido a muerte contra su reflejo. Mamá se puso tan blanca que me hizo pensar en el pálido del que hablan en los libros, el pálido verdoso de los enfermos literarios. Se había congelado, también, así que yo caminé hasta el animal y tuve que ser la que declarara: está frío. Y, porque podía ver que la escena estaba haciendo girar unos engranes muy profundos en el cerebro de Mamá, sumé: No podemos hacer nada, estas cosas pasan. Pero ninguna nos lo creímos y los engranes hicieron su reacomodo fatal.

Mamá resolvió ir a buscar los vidrios. Empacó una maleta, avisó en la ciudad que necesitaría hospedaje y se marchó. Desde entonces no la he visto. Me escribe, desde luego, pero nunca volvió, nunca visita. Yo ya ni siquiera estoy enojada. Me he acostumbrado, creo además que hace mucho que La Tierra quería que Mamá se fuera. La Tierra la había llamado, cuando yo tenía siete años, pero La Tierra era a mí a quien quería, ella era un mal necesario. De todos modos le da culpa y me miente, dice que está ahorrando lo que le pagan por los cursos que da. Dice que “las cosas se dieron” en cuanto llegó a la ciudad, y lo dice como si no hubiera estado pidiendo por ellas, como si no fuéramos los pordioseros, la costra urbana. Dice que yo debería de visitarla a ella y yo a veces creo que debería. Pero luego es tiempo de cosecha y no puedo abandonar mi tierra y así los años sin vernos se apilan. En las cartas yo le miento también, le digo que manejo cada día a la preparatoria y que este año sí la terminaré. Pero obviamente hace mucho que no voy a la escuela. No puedo desatender el maíz, los duraznos, las gallinas porque en los días de mercado más vale que esté bueno mi producto. Que esté fresco. Que rechinen los quesos, que crujan las galletas. Hay mucha competencia y esta casa todo el tiempo necesita reparaciones. Al estudio además, todavía le falta una pared por lo que toma mucho trabajo mantenerlo libre de inundaciones y animales. Vale la pena el trabajo, por supuesto, un lugar tan increíblemente hermoso. Lo cuido bien y no queda nada de esa escena inmunda en que el idiota gallo lo convirtió por una noche. A veces me gustaría que Mamá pudiera verlo. What a lovely sight, diría en british, y tendría la boca llena de verdad.

En las esquinas de ambos espejos, unas peculiares manchas blancuzcas ahora enmarcan su perpetuo, mutuo reflejo. Por las barras se enredan plantas y es hermoso el contraste del verde con el óxido. También el azul desvencijado de la pared impar. El tocadiscos aún funciona. Nunca bailo pero a veces pongo música y el estudio es todavía, incluso más que antes, un lugar sagrado. En el centro de todo tengo un pequeño altar a La Tierra, que es mi alma mater. Y porque a diferencia de las universidades o las iglesias, La Tierra no perdona a los que le fallan, cuido el altar con diligencia. Le cambio las flores cada tercer día y le prendo a diario velas. Y una vez a la semana, antes de que el aire mortífero de los domingos me de en el pecho y me robe el alma, antes de esa hora fatal en la que fácilmente olvido quién soy y para qué estoy aquí, me encargo de la jarra del altar. Cada sábado le vacío un litro de formol. Esto parece despilfarrador pero de todos modos lo hago porque sé que para que la maldición se considere alimentada, es vital mantener frescos mis dedos en su jarra.


*© Laia Jufresa, 2014

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papá sube el volumen y dice “escuchen esto, escuchen esto” y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestro cántico filial favorito que dice “Queremos comer, queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada…”. Pero después Vicky empieza a traer libros para el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la marihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild Horses y hay momentos casi espirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald’s. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4×4 no hace ruido. La autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo “acá”, y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.


* © Pedro Mairal.

Lo primero que me llevé al entrar, la primera impresión, quiero decir, fue la de estar en un lugar extremadamente ajeno y pesado y oscuro, algo que iba más allá de las puertas cerradas y de los techos bajos y de la enorme cantidad de trastos acumulados no sólo en el zaguán, sino también en el pasillo por el que la mujer enseguida nos invitó a pasar, algo que no podría llamarse desorden, porque no lo era, sino más bien falta de espacio, por un lado, y necesidad, por otro, de todos esos trastos, maquinaria, para ser más precisa, bombonas de oxígeno y camillas y otros aparatos ortopédicos cuyo nombre desconozco, además de los enseres habituales en una casa –un carro de la compra, una escalera plegable, cajas de zapatos, productos de limpieza–, cosas de todo tipo que se amontonaban también por todos lados porque la vivienda, eso ya lo había podido atisbar desde fuera, era más bien pequeña. La mujer sonreía y su sonrisa sobrepasaba la amabilidad con un gesto de íntima satisfacción que, Dios me perdone, me pareció al principio complacencia, aunque imagino que complacerse de algo así, o estar orgullosa de algo así, no es lo habitual ni lo sano ni lo deseable. En todo caso, había en su cara una ancha sonrisa, una franca alegría de vernos, y la rápida aceptación de nuestras disculpas por el retraso –«el tráfico…»–, mientras nos guiaba por el estrecho pasillo hasta la habitación final, la única que tenía la puerta abierta, o mejor dicho entreabierta, por la que se escuchaba el rumor de un respirador o una bomba de aire, y se intuía una luz distinta, con una tonalidad naranja o enturbiada, formando un triángulo en el suelo como para marcar el camino de entrada.

Esa luz, supe luego, era para proporcionarle vitamina D, y también un buen ánimo, pues al fin y al cabo, nos dijo, por mucho que ella se esforzase en sacarlo de allí a tomar el sol, era difícil, era realmente duro: tardaban dos horas en prepararlo y otras dos a la vuelta para acostarlo de nuevo, eso sin contar con que necesitaba al menos dos personas que la ayudasen a transportar toda la maquinaria de la que dependía para vivir, es decir, tres personas para moverlo a él, que debía de pesar unos cuarenta kilos como mucho. Todo esto lo explicaba sin alterar su sonrisa, la sonrisa abnegada, sacrificada, la sonrisa que no cuestiona el destino que se le impone por malo que éste sea, y yo sentí un poco de vergüenza de súbito, y agaché la cabeza, y me di cuenta de que era así como había que entrar en aquel santuario –pues era un santuario–: con la cabeza reclinada y el corazón dispuesto a reconocer el sufrimiento que flotaba alrededor y a admirar la capacidad para afrontarlo.

La pedagoga se acercaba ahora al chico, le tomaba la mano y se la acariciaba hablándole con dulzura, como si fuese un crío pequeño, a pesar de que ella misma me había estado recordando durante el trayecto que su edad mental era exactamente la que le correspondía, esto es, que era un chico de quince con mentalidad de quince o aún más, decía, porque su reclusión hace que lea sin parar y que estudie todo lo estudiable y eso ha hecho que desarrolle una gran inteligencia, añadido a un carácter entusiasta y curioso y, aunque parezca increíble, unas arrolladoras ganas de vivir, así que no lo olvides, háblale como si le hablases a cualquier otro de tus alumnos, hacer lo contrario sería hiriente para él, y yo había asentido mirando al frente, sin soltar el volante, imaginando algo bien distinto de lo que tenía ahora ante mí. Ella me hizo un gesto de impaciencia.

–Vamos, salúdale, ¿no? –Hola –musité.

Los ojos del chico no manifestaron ningún cambio. Miraban, o más bien apuntaban, hacia el techo, vacíos por completo de expresión, pero aun así continué hablándole, cómo te encuentras, dije, y me presenté, le expliqué que era su profesora de biología y que había ido hasta allí para examinarlo, y sonriendo añadí que no se preocupara, que las preguntas que le haría eran muy sencillas, que seguro que se las sabía todas a la primera. La pedagoga se apresuró a aclarar que eran las mismas, exactamente las mismas preguntas, que deberían responder los otros alumnos, así que no tenía por qué sentirse menos que el resto, ya sabes, no eres menos que el resto, y se te va a evaluar como a todos, y tendrás tu boletín de notas igual que todos.

El chico no movió los ojos.

La madre se levantó, aún con la sonrisa estampada en la cara, y nos preguntó si podía quedarse. Habían estado preparando juntos el temario y quería estar presente en el momento del sobresaliente, pues no tenía duda alguna de que su hijo sacaría un rotundo sobresaliente en la prueba. La pedagoga sugirió que se lo preguntara a él mismo, a ver qué pensaba él. Es su opinión la que debe contar, añadió. Claro, musitó la madre, y miró al hijo sin repetir la pregunta, lo miró fijamente, y el chico, pude verlo, elevó las pupilas unos milímetros, apenas unos milímetros, y eso, al parecer, significaba «sí». La madre sonrió y volvió a tomar asiento.

–¿Ves? –me aleccionó la pedagoga–. Él escucha todas nuestras conversaciones, cosa que a veces la gente olvida.

Luego sacó su tabla con las letras del alfabeto, ordenadas según la frecuencia de aparición en español, de las más habituales a las menos habituales, orden que facilitaba la rapidez del proceso, me dijo, aunque ese orden no era sin embargo el resultante de los últimos estudios lingüísticos, que sitúan en primer lugar la e al tener en cuenta artículos, preposiciones y conjunciones como el omnipresente «que», explicó, y yo pensé que estaba confundida, pero daba igual, la idea la entendía, y la idea era que el chico prescindiera de todas las partículas para aligerar la comunicación y se centrara en las palabras esenciales, las más significativas, precisó ella, de modo que su tabla estaba encabezada por la a, a la que seguía la e y luego la ese, la o, la erre, la ene y la i, sin tener en cuenta que a veces la secuencia que se iba formando ya demandaba claramente una vocal, y entonces ella iba directamente a las vocales, por ejemplo si el chico señala la p y luego la l, está claro que toca una vocal, ¿entiendes? Asentí y entonces ella me dijo que haríamos una prueba.

–¿Quieres decirle algo a tu profesora, cielo?

Yo pensé que no había necesidad de llamarlo así, «cielo», puesto que si se trataba de un alumno igual al resto de los alumnos, como tanto insistía en recordarme, más le valía saber que ningún profesor se dirige así a sus alumnos, ninguno al menos que yo conozca, y no desde luego a alumnos de quince años. Me daba cuenta de que una mezcla de miedo, culpabilidad y rencor se agitaba en mí al observar a la pedagoga marcando las letras con un puntero, con tanta rapidez como destreza, deteniéndose sólo cuando el chico levantaba las pupilas, para formar un mensaje que empezó por h –la ortografía hay que respetarla, dijo–, y terminó al cabo de unos minutos de la siguiente forma: HOLA PROFESORA ERES MUY GUAPA. La pedagoga, dejando la tabla sobre la cama, soltó una risa jovial y comprensiva.

–Tiene mucho sentido del humor.

Sonreí y lo miré de nuevo, aunque debo reconocer que me costaba, y mucho, mirarlo como si no pasara nada, como si aquello fuese de lo más normal, ese cuerpo aplastado, deformado, el cráneo casi plano, los brazos sin músculo, las piernas escuálidas bajo la sábana, a pesar de que la pedagoga me había dicho que aquel chico estaba feliz con su vida y que su existencia suponía una lección para todos, una lección «moral», dijo, nosotros, el resto, que siempre nos quejamos por nimiedades y que nos impedimos la felicidad a nosotros mismos, mientras él, él sí, él se conformaba con lo que tenía, no sólo se conformaba, «conformarse» no es la palabra, sino que lo aceptaba como un regalo e incluso pensaba, según la pedagoga, que había sido muy afortunado por nacer así, porque eso le había permitido ser quien era, y él se encontraba orgulloso de ser quien era, y no añoraba nunca haber sido otra persona.

Me costaba creerlo, como me costaba admitir que aquel cuerpo exangüe, ablandado, envejecido, albergara un ser humano que tenía sentido del humor y que me había dicho Hola profesora eres muy guapa, y se me cruzó por la cabeza, veloz, la absurda idea de que todo era, o pudiera ser, una invención de la pedagoga, que nos estaba engañando haciéndonos creer que aquel cuerpo sin alma sentía, razonaba y se comunicaba, siendo todo una pura invención de ella, la puñetera tabla y las frases que de ella salían como si acaso fuese una tabla de la ouija, pero enseguida me avergoncé de aquel pensamiento, sobre todo de la expresión «cuerpo sin alma», que había pensado así, literalmente, cuerpo sin alma, una crueldad sin duda, una muestra enorme de mi insensibilidad y mi ignorancia y de esa incapacidad para empatizar que algunas veces, en otros contextos, otras personas me habían echado en cara, así que hice el esfuerzo de creérmelo todo y me dispuse a amar a aquel ser todo lo más que pudiera amarlo, dándole todo lo más que pudiera darle, y saqué mi cuaderno y anuncié que iba a hacerle el examen. La pedagoga repitió:

–Las mismas preguntas que al resto.

Y la madre asintió satisfecha. Yo suscribí la afirmación con un pequeño asentimiento, las mismas, sí, pero también era cierto, y de eso obviamente no iba a decir nada, que eran las mismas porque había modificado el examen habitual, cambiando las preguntas de desarrollo por preguntas cortas que se contestaban con una o dos palabras a lo sumo, e incluso formulando algunas con formato de test, tan sólo tres opciones de respuesta, lo cual, comprendí ante el asunto del alzamiento de pupilas, me iba a facilitar mucho las cosas. También llevaba el dibujo de un oído humano cuyas partes él tenía que identificar, para lo cual colocamos la lámina fijada a una pantalla luminosa que había sobre su cabeza y que él, supuestamente, podía ver.

Tardamos muchísimo, en especial con el asunto del dibujo, que incluía demasiadas palabras largas e incluso denominaciones dobles como «trompa de Eustaquio», «conductos semicirculares», «glándula ceruminosa» o «conducto endolinfático», unas buenas dos horas porque el chico se las sabía todas y se empeñaba en deletrearlas por completo, no le bastaba con COND ni siquiera con CONDUCT, sino que tenía que llegar hasta el final, lo cual lo hacía pesado y extremadamente tenso para mí, sentía que faltaba aire en aquella habitación, demasiado calor, la madre allí sentada con los brazos cruzados, sonriente, orgullosa de su hijo, la pedagoga con su bastoncito para marcar con rápidos toques las letras sobre la tabla, y yo pensando que aquel método no dejaba de ser claramente anacrónico, que seguro que con el levísimo movimiento de pupilas –el único movimiento al que podía aspirar el chico– bastaría para que algún lector informático interpretara un código binario de comunicación, o algo similar, pues aunque no sea demasiado entendida en estas cosas estoy convencida de que podría haberse diseñado algo más rápido. Luego pensé que quizá nadie se había planteado que el método pudiese ser diferente, y cuando digo «diferente» estoy queriendo decir «mejor», pues aquella mujer sonriente y feliz en su casa atestada de trastos, aquella mujer pobre, en definitiva, había conseguido la atención de las administraciones –me había mostrado algunas fotografías enmarcadas del alcalde con el chico, el obispo con el chico, la consejera de educación con el chico e incluso un futbolista de cierto renombre también con el chico–, una atención que, sin la dimensión tan incontestable de su desgracia, no habría podido obtener nunca, pero sin duda una atención insuficiente, epidérmica y mucho, mucho más barata de lo que hubiese sido preciso.

–9,7 –dije al fin.

–¿Estás contento? –le preguntó la pedagoga al chico.

Movimiento de pupilas: «Sí.»

Sin soltar la tabla, con el puntero entre sus dedos tensados, le dio la enhorabuena y le preguntó si quería decirme algo más.

PUEDE RECOMENDARME LIBRO

–¿De biología? –dije.

PARA LEER NORMAL

–¿Qué te gusta?

TODO. Luego matizó: FANTASÍA.

Pensé que para él cualquier libro, incluso el más realista, era de fantasía, pero de inmediato me arrepentí de mi cinismo y le recomendé los cuentos de Poe. La pedagoga soltó una pequeña carcajada diciendo que ya tenía una tarea más, que a todo el que lo visitaba, el chico, voraz de nuevas historias, le pedía recomendaciones de libros, pero después era ella quien se los tenía que leer, pues, como me había explicado a la ida, en el coche, la madre no leía con demasiada soltura, y si bien había sido ella la que lo introdujo en el placer de leer –dijo eso: «el placer de leer»–, mediante cuentos infantiles fundamentalmente, había llegado un momento en que el nivel de complejidad que demandaba el chico ella no podía dárselo, se atascaba, iba muy lenta, no pronunciaba bien los nombres extranjeros, de modo que era ahora la pedagoga quien se encargaba de aquello, y por ejemplo, enumeró satisfecha, le había leído novelas de García Márquez, que le habían gustado mucho, y de Isabel Allende, que también le habían gustado mucho, y una de Eduardo Mendoza, con la que, a su modo, seguro que el chico se había reído sin parar, en fin, concluyó, literatura buena, y yo asentía con los ojos clavados en la larguísima fila de coches del atasco.

Luego miró el reloj abiertamente –yo lo había hecho antes con discreción– y anunció que debíamos marcharnos, a lo que la madre contestó con un obsequioso por supuesto y una nueva sonrisa aún más ancha que antes –el sobresaliente, supongo, la hacía aún más feliz–, y yo me volví por última vez hacia el cráneo aplastado sobre la almohada, el cráneo deformado por la postura desde su nacimiento, la boca inexpresiva, los ojos ahora inmóviles, sin brillo, como los de un pescado, y musité un adiós y, aunque era absurdo hacerlo, esperé pasivamente con mi estúpida sonrisa compasiva a que el chico se despidiera, otro buen rato porque el chico era educado y la despedida fue completa, HASTA OTRO DÍA MUCHAS GRACIAS VENIR PROFESORA.

Cuando salimos de la casa no pude evitar coger una bocanada de aire.

–Es asfixiante –dije.

La pedagoga me dedicó una larga mirada de reproche.

–Sí, eso dicen todos.

En el camino de vuelta, vacía ya la autovía a esa hora, tardamos poco y apenas hablamos. Era innegable que las dos estábamos agotadas.

Asomé la cabeza sin llamar porque la puerta estaba abierta y el director no suele ser amigo de formalidades. Con el auricular encajado entre la barbilla y el hombro, me hizo un gesto para que me sentara, pero negué con una sonrisa y esperé de pie, observando los pósteres de ONG, la estantería con recuerdos de sus hijos –fotos, dibujos–, un par de tiestos con potos, un jarroncito ridículo con una flor de papel, y pensé que había algo ostentoso allí, no en el sentido de lujoso, sino en el hecho de poner justo aquello a la vista, de mostrarlo con satisfacción, y recordé que el director siempre hace mención de su buen gusto, no directamente, claro está, pero sí de manera lateral, preguntando nuestra opinión sobre esto o lo otro, a que es bonito el cuenco que me traje de Marruecos, mira qué maravilla la lámina que compré en la Tate, ese tipo de cosas, y en ese momento tomé conciencia, por primera vez quizá, de lo mal que en realidad me caía y tuve la intuición de que quizá me había llamado para abroncarme por algo que yo todavía no podía siquiera sospechar. Cuando colgó me miró de frente y usó mi nombre auténtico –el que nadie usa nunca, como él bien sabe–, y luego mencionó la charla de educación sexual. ¿La charla?, dije. ¿Qué pasa con la charla? Teníamos que pensar cómo adecentaríamos el aula para que el chico cupiese, explicó, pues se precisaba una unidad médica móvil, y ahora que la Consejería había aprobado el presupuesto convenía prepararlo todo bien para no quedar mal con ellos. ¿Preparar todo?, dije, y él insistió, preparar todo, lo que equivalía, añadió, a poner en marcha cierta intendencia, un plan de acción –este término le gustaba especialmente: «plan de acción»–, prevenir a los demás alumnos, aunque la mayoría ya lo conocía –aquel trimestre se habían organizado visitas a su casa por turnos–, y sobre todo prevenir a la encargada de dar la clase, la sexóloga, psicóloga, o lo que fuese, dejarlo todo bien cerrado, evitar esas nefastas eventualidades finales que siempre nos sobrevenían, y creí percibir una crítica soterrada hacia otro asunto que no supe determinar, pues me sobrepasaba lo inesperado, la sorpresa del momento, tan grande que no pude evitar elevar un poco –más de lo que debiera– el tono de mi voz.

–¿Pero de verdad él va a venir a esa charla? –Claro que sí. ¿Por qué no?

Continuó hablando con el tono ahora alterado, impetuoso. Dijo que la de lengua no había puesto problema alguno cuando decidieron llevarlo al teatro y que el de plástica había solicitado presupuesto para que pudiese visitar la exposición de grabados del Museo de Cárdenas. Tragué saliva. Es diferente, dije. Aquella charla tendría una orientación práctica, se centraría en la prevención de embarazos –ya llevábamos varios en el instituto– y en las enfermedades de transmisión sexual, y en general se hablaría de la responsabilidad en las relaciones íntimas, así que me parecía un disparate –dije «disparate», pero enseguida me corregí y dije, simplemente, «error»–, un error por tanto, llevar allí a un chico que desgraciadamente jamás podría probar el sexo –dije eso, o quizá dije «estar con una chica»–, y sería muy incómodo para todos que él estuviese allí, incluso para él mismo sería desconcertante, por lo que había que evitar que sucediera, la visita debía suspenderse, era un error, repetí, un error. Él elevó las cejas, me miró con escepticismo.

–Tampoco nosotros vamos a escalar nunca el Eve­ rest, pero nos encanta ver en la tele cómo lo hacen otros.

–Es distinto –insistí.

Cruzó los brazos y preguntó por qué. Por qué era distinto. ¿Podría precisarle yo exactamente en qué era distinto? Recalcaba mucho ese «exactamente», así que me forzó a ser más explícita. Le dije que allí iban a explicar, por ejemplo, cómo había que ponerse un condón, lo escenificaban con un pene de plástico, mostraban cómo desenrollarlo correctamente, cómo colocarlo para evitar imprevistos, yo había vivido esa escena ya otras veces, los alumnos solían reírse bastante, darse codazos, entre ruborizados y envalentonados, era un momento curioso, y qué sentido tenía que aquel chico viese aquello, él jamás podría ponerse un condón ni bien ni mal, jamás había podido siquiera tocarse a sí mismo, no tenía erecciones –aquí me sonrojé–, me parecía cruel, eso dije, «cruel», como ponerle delante de la boca el caramelo que nunca se podría comer.

–¿Cruel?

La carcajada fue irónica, seca, cortante.

–Más cruel es excluirlo –dijo. Se levantó para ponerse a mi altura–. No puede tener sexo, de acuerdo, pero no hay ni una sola razón para robarle ese conocimiento. Además, hay cosas que sí puede hacer: relacionarse con los demás alumnos, reírse con ellos, pasar un buen rato, por qué no.

–¿Reírse con ellos? ¡Él no puede reírse!

–¿Cómo que no? Reírse es algo más que emitir carcajadas. Aunque no seas capaz de entenderlo, él puede reírse.

Me miraba asqueado y a mí se me agolpaban las respuestas, que le daba desordenadamente, con furia, cómo podía hablar de reír, si no hay carcajadas cómo puede él saber que está riendo, quizá está llorando, quién es nadie para interpretar lo que él siente, pero él respondía igualmente, decía que el chico se expresa perfectamente, que tras la actividad siempre explica cómo se lo ha pasado, qué le ha parecido, si ha estado a gusto o no. Lo hizo tras el teatro, donde la función empezó una hora tarde porque desde el palco donde lo situaron no podía ver nada, de modo que tuvieron que levantar la camilla casi noventa grados, con las complicaciones añadidas de los tubos y demás. El espectáculo, pensé, había estado en el palco, y no en el escenario, pero el director insistía en que el chico lo pasó estupendamente, él mismo lo había dicho al acabar, le gustaba relacionarse con sus compañeros, repetía, y yo pensaba –no lo decía– que podíamos llamarlos como quisiera, pero «compañeros» no, era una verdadera idiotez fingir que él iba a clase como los demás y que tenía compañeros de clase como un chico normal, porque no, por muchos disfraces que le quisiéramos poner a la realidad no eran sus compañeros, sólo eran chicos corrientes con vidas corrientes que nada tenían que ver con la suya, y aquellas visitas a su casa que se habían organizado semanalmente eran para ellos, en el mejor de los casos, una obligación incómoda, y en el peor, una atracción de circo.

–Aprende todo lo que tiene que aprender –insistí–. No le estoy ocultando nada, nadie le está ocultando nada. Hace años que conoce el sistema reproductivo. Sabe cómo es el cuerpo humano, cada parte del cuerpo, incluido el clítoris. Yo misma lo he examinado de anatomía. Pero esto es diferente. Pensar que puede participar en todo como si no pasara nada es puro paternalismo. Haremos el ridículo.

–¿Paternalismo? ¡Tú eres la paternalista! ¿Sabes que él mismo ha pedido venir? ¿Que su madre está de acuerdo? ¿Por qué te crees con derecho a decidir lo que es bueno o malo para él? ¿Quieres ahorrarle daño a él o a ti misma?

Y yo pensaba: cómo podría él pedir ir a esa charla de educación sexual si no se la hubiesen ofrecido, y a quién se le ocurrió ofrecérsela, y cómo iba él a decir que no, y su madre cómo iba a decir que no, si todo en ella eran sonrisas, era agradecimiento, su vida entera centrada en sacar a su hijo de allí y que lo vieran y lo quisieran, y toda aquella aventura de la unidad móvil, los enfermeros de la administración enviados allí específicamente, y una ambulancia, y la salida de su rutina asfixiante, todo para que el chico viese cómo se coloca un condón, no, cómo tienen que hacer los demás, pero él no, para colocarse un condón.

–Bajo esa misma lógica, que venga al patio a participar en la gymkhana de fin de curso.

–También lo hemos pensado.

¿Lo habían pensado? ¿De verdad no estaba bromeando? ¿El chico en su camilla inclinada, como si fuese un libro en un atril, con su cráneo achatado y el cuerpo inmóvil, allí en el patio para poder ver a los demás corriendo, saltando, lanzándose globos de agua unos a otros, brillando, tonteando, deseándose, y él mientras tanto levantando unos milímetros las pupilas para decir, sí, TODO MUY DIVERTIDO? Durante un momento me invadió la ira, luego la risa, después pasé por unos instantes de duda: por qué el director y todos los demás, según me decía, la de lengua, el de plástica, por qué todos lo veían tan claro y yo tan oscuro, ahí estaba de nuevo, quizá, mi maldita capacidad de ver siempre las cosas desde el ángulo podrido, ésas eran las palabras exactas que una vez me dijo alguien a quien quise mucho, «la capacidad de ver siempre las cosas desde el ángulo podrido», pero pensé también que no ganaba nada oponiéndome a los deseos de ellos, a los deseos del propio chico y de su madre, según aseguraba el director, que insistía ahora en decirme, con tono categórico, que el chico participaría en todas las actividades posibles, que me fuese acostumbrando a ello –el matiz era amenazante–, que se fuese acostumbrando toda la sociedad, la sociedad al completo, la sociedad a la que le incomoda lo diferente, la sociedad que se pone la venda ante los ojos para no ver que existen otros seres humanos distintos a nosotros, la sociedad festiva y hedonista que no asume el sufrimiento y el sacrificio y la vitalidad de otros, de los que están abajo, de los que considera inservibles, inútiles, incapaces, feos, y me sermoneaba, me daba lecciones, yo me daba perfecta cuenta de ello, pero agachaba la cabeza porque también pensaba que había una parte de razón en sus palabras, lo referido al menos a la negativa a mirar, yo no quería realmente mirar al chico, prefería pensar que no existía, prefería que no hubiese nacido, y el director siempre tuvo capacidad retórica, hablaba bien, articulaba bien los argumentos, y yo no, yo era torpe expresándome, me ponía demasiado nerviosa, me faltaba vocabulario, y él me sobrepasaba, casi me convencía, y sí, terminé dándole la razón, quizá yo estaba equivocada, le dije, aunque no lo creía así realmente, no al menos con rotundidad, añadí que solamente había pensado en el bien del chico, pero él seguía, sabiéndose ganador ya no aceptaba disculpas, el bien del chico era que formase parte de la vida del instituto, por difícil que fuese, por duro que fuese, y ésa era la meta, y no iba a consentir que nadie cuestionase la meta, y todo

estaba ya cerrado, y lo único que yo tenía que hacer era colaborar y no poner trabas, y ya estaba todo dicho, y yo dije de acuerdo, dije de acuerdo, dije de acuerdo, y salí.

Luego corrí hacia el coche con una cosquilleante sensación de incomodidad en el estómago, aunque cuando arranqué me olvidé de inmediato del chico, sólo me fijé en un anuncio que alguien había puesto en mi parabrisas, «quitamos multas, reunificación de deudas, asesoría fiscal, consulte nuestros servicios», todo lo hacían, y vi que la lluvia había ablandado el anuncio y lo había pegado en el cristal, de modo que cuando activé el limpiaparabrisas se formó una papilla de papel con la tinta corrida, «consult deud fisc mult quit», un engrudo que sólo se desprendió, pedazo a pedazo, a medida que el coche iba ganando velocidad hacia mi casa.

Luego ya vino todo lo demás. Las miradas por los pasillos. Los cuchicheos, el rumor constante. Ella se opuso, ella era la que no quería, todo ha pasado por culpa de ella, no preparó a los alumnos, tiene que haber un filtro previo, ella no hizo nada, ella lo hizo todo. Y, sin embargo, no es sorprendente que sucediera lo que sucedió. Pusimos el pie al borde del precipicio y nos caímos, eso fue todo, eso es lo que pienso. La chica encargada de la clase, la sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera, había asentido con profesionalidad cuando la avisé, por supuesto que no había problema, dijo, la psicología aplicada a la educación sexual contempla todo tipo de casos, no había que preocuparse. Él no puede mover nada, expliqué, ni una sola parte de su cuerpo, su estado es muy grave, «vegetal», iba a decir –aunque no lo dije–: ella hizo un movimiento apaciguador con la mano, también impaciente, tranquila, en serio, me he visto en peores. ¿En peores? Tuve que reírme para mis adentros. Luego la escruté cuando él llegaba, inspeccioné su cara para rastrear en ella una reacción de sorpresa, o de miedo, quizá los pequeños movimientos de la mandíbula, o el tamaño de las pupilas, y lo hice lo más discretamente que pude, pero aun así, supongo, siendo un poco descarada, y, en efecto, ella no pareció inmutarse lo más mínimo ante aquella parafernalia, la ambulancia entrando en el patio de recreo, los enfermeros alrededor, la salida de la camilla, la visión del cuerpo acercándose bajo el sol, con esa tonalidad blanquecina que hacía pensar más en goma que en carne humana, el traqueteo de los hierros, los tubos, la madre alrededor, los profesores alrededor, los alumnos ya asomados por las ventanas de las aulas. Y luego, en la clase, los giros, las risitas, codazos y empujones, pero a qué eran debidos, pensé, al fin y al cabo en estas charlas siempre hay risitas, todo podía ser equívoco, todo era equívoco, menos el chico en un lateral del aula como una realidad inequívoca, reclinado hacia adelante pero aun así sin poder ver del todo, sin poder soltar él mismo alguna risa, cerrado y enigmático. La sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera preguntaba a los demás, los hacía participar, les pedía que hablaran, organizaba el turno de preguntas, mientras la pedagoga se sentaba a su lado, preparada con la tabla y el puntero por si acaso le preguntaban al chico si conocía los anticonceptivos masculinos o los femeninos, si sabía dónde se dispensa la píldora del día después y cómo y sus riesgos, si de verdad creía que la primera vez no puede producirse un embarazo, preparada por si acaso, pero la sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera, hábilmente, acabó con el clima participativo y dejó de preguntar, y ya todo fue charla pura, en un tono dinámico, eso sí, juvenil y cercano, como es habitual en estas cosas. Mientras tanto, la madre esperaba fuera, sentada en un banco del pasillo, tomándose el café que le ofrecieron en la sala de profesores, y los de la ambulancia miraban a las chicas de bachillerato jugar al baloncesto en la cancha nueva, tan reluciente.

Todo en el aire lo estaba presagiando, y no supimos verlo.

Primero fue la chica, una de las repetidoras, morena, con su chicle, los pendientes largos, el pelo largo, las uñas largas, una chica ordinaria y preciosa a la vez, la que empezó a reírse, sacudiendo los hombros ya sin disimulo, los ojos achinados por la risa, justo en el momento en que la sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera se había acercado hasta el borde de la camilla para que el chico pudiese ver bien la burda representación del pene y el condón –ella decía «profiláctico»–, y cómo no reírse, pensé yo, después de todo fue una risa nerviosa, casi catártica, algo probablemente inevitable que alguien tenía que hacer porque estábamos todos muy tensos, todos menos quizá la pedagoga, que seguía con su tabla preparada, y si al menos se hubiese callado, si al menos, pienso yo, hubiésemos seguido todos representando la comedia como si nada, fingiendo que no habíamos oído la risa, pero no, tuvo que levantarse, tuvo que acercarse a la chica –una leona, como yo ya tenía más que sabido– y encararse con ella, y preguntarle qué pasaba, de qué se reía, qué era aquello tan gracioso, gritándole directamente a la leona, a lo que ella respondió enseguida –no iba a callarse, nunca se callaba– diciendo lo que todos estábamos pensando, que para qué enseñarle aquello al chico si jamás iba a poder hacerlo.

–Nunca se sabe lo que vamos a hacer en la vida. A lo mejor a ti luego te atropella un autobús y te mata y tampoco puedes hacerlo.

La chica se dio una palmada en el muslo.

–Poh vale –dijo–. ¡Yo ya lo he hecho un montón de veces! ¡Que me quiten lo follao!

Ahora, sí, fue la risotada, el alboroto extendiéndose, una marea de voces, de risas, de reproches y silbidos, y yo también me levanté, le pedí a la chica que se callara, mientras la sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera continuaba boquiabierta con el condón en la mano, todavía sin enfundar en el pene de plástico, y la pedagoga alzaba la voz, debería darte vergüenza, y la otra, qué quieres, maestra, el nota me da pena, ¿cómo pena?, te vamos a expulsar por lo que has dicho, y una voz más al fondo, del chulito, el novio quizá o uno de los muchos que rondaban a la leona, defendiéndola, león, pavo real, urogallo él mismo, con su grito de guerra, pero, maestra, si tiene razón, si es que el nota no se puede ni hacer una paja, para qué coño lo habéis traído.

«Para qué coño lo habéis traído.» Aquellas palabras ante las que nos fingimos sordos retumbaban con fuerza en el aula.

Luego vino el silencio. Un silencio brevísimo y hondo, que enseguida dio paso de nuevo a la confusión, como una respiración alterada.

Expulsé a la pareja de la clase. La madre del chico los vio al salir, les sonrió porque no sabía nada de lo que había pasado dentro –quizá aunque lo hubiera sabido, llena de comprensión y generosidad, les habría sonreído del mismo modo–. La pedagoga y la sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera se alternaron para mostrar su indignación, su pequeña dosis de aleccionamiento añadido para el grupo, y yo intercalé también alguna frase, esto no puede ser, hay que trabajar más en la igualdad, nadie debe reírse de nadie, todos tenemos los mismos derechos, mientras los alumnos se iban apaciguando, algunos incluso francamente avergonzados por lo sucedido, escandalizados por la mala educación de los que ya habían sido expulsados o, como poco, dispuestos a seguir con la clase para que todo se olvidara lo más pronto posible, mirando de reojo al chico, que en su camilla permanecía como si no oyera nada, como si no supiese nada, sin dar la más mínima muestra de nada.

Cuando se hizo el silencio, la charla continuó y, en media hora más, había terminado del todo.

En la puerta esperaba ahora el director, charlando con la madre, o más bien hablándole a la madre, que asentía con expresión ansiosa, de querer comprender y no hacerlo del todo. Cuando sacaron la camilla todos se arremolinaron en torno al chico, y con todos me refiero también a la sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera, la pedagoga, otros dos o tres profesores que habían dado sus clases en las aulas contiguas, y yo misma. Recuerdo que un rayo de luz, filtrado por uno de los ventanales del techo, caía sobre el rostro del chico, directamente sobre sus ojos, y pensé que quizá le molestaría para mover las pupilas, pero nadie dijo nada, y yo tampoco. La pedagoga sacó su tabla, le acarició el pelo –muy liso, con calvas por detrás debido al roce de la cama–, cogió aire y le hizo la consabida pregunta evaluadora: qué tal todo. Luego vino la enumeración de las letras, a, e, ese, o, erre, ene, el rápido movimiento del puntero, el mensaje que iba tomando forma en nuestras cabezas, el mensaje que nos devolvía a la normalidad de lo anormal, MUY BIEN DISFRUTADO TODO APRENDIDO

MUCHO. –¿Algo más?

La pedagoga se inclinaba hacia el chico con dulzura, sin soltar ni el puntero ni la tabla. También la sexóloga-psicóloga-o-lo-que-fuera le acariciaba ahora la mano, maternal, únicamente con la punta de sus dedos, un roce evasivo y sin compromiso. Las pupilas volvieron a moverse.

GRACIAS

El director me miró de reojo. No hacía falta que me dijera nada: aquella mirada contenía en sí misma toda la rotundidad de su victoria. Tuve la sensación, contradictoria, de que en mi interior se instalaba la culpa, y no sólo la culpa, sino también la certidumbre de que, aunque hubiese hecho justamente lo contrario, aunque hubiese dicho lo opuesto y ejecutado lo opuesto e incluso pensado lo opuesto, esa culpa no me iba a abandonar nunca, pues era una culpa colectiva, la Culpa Con Mayúsculas, la culpa de la salud frente a la enfermedad o, yendo más lejos, diría, la culpa de la vida frente a la muerte, una culpa que latía contenida en apenas unos pocos milímetros, si esto no sonara tan solemne y tan cursi y, al mismo tiempo, si no sonara tan ineludiblemente verdadero.


*Este cuento fue publicado en Mala letra, Anagrama, 2016.

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