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Ella es una señora de barrio, uno se la encuentra en el supermercado, en la cola del correo. Como el lunes, cuando trae al niño, como el martes, cuando nada sus largos en la piscina pública, como el miércoles, cuando busca al niño, como el jueves, cuando hace las compras, y como el viernes, cuando llega con el paquete de la torta desde la panadería. Como tiradas por una cuerda se cruzan las vecinas del barrio con sus vecinas del barrio, y así podría haber seguido hasta el fin de los tiempos, hasta que sucede otra cosa y durante la inauguración de Cindy Sherman en la Galería Sprüth Magers de Berlín la pintora Uta Päffgen dice: ¿Fantasmas son lo que buscas? Pregúntale a Anne, esa mujer puede convocar fantasmas, tiene una conexión increíble con su método. Y así es como arreglamos una cita con la desconocida Anne, ella abre y nos encontramos nada menos que con dicha vecina de barrio. Esos largos pelos rojo oscuro, la mirada brutalmente divertida, el gran corazón en el pecho amplio y el aroma de la mesa del café ascendiendo a sus espaldas. Esta historia es un regalo de la escritora Anne Hahn, la bruja del vino tinto del barrio berlinés de Mitte, la castellana de Goseck, la médium de Magdeburg. Gracias.

Una mujer dotada de poderes sobrenaturales percibe sus facultades ya de joven y juega con ellas. Un día llega al punto en que la invade un miedo infernal y decide abandonar esa tontería para siempre. Y sin embargo vuelve a convocar a los espíritus una y otra vez, porque no puede dejar de hacerlo. Anne nació en 1966 en Magdeburg. Cuando tenía veintiún años y estaba mortalmente aburrida de todo, decidió huir del país. No sabía que los días de la República Democrática Alemana estaban contados, porque casi nunca consultaba a los espíritus acerca de su propio futuro. Era algo demasiado delicado. Tampoco era ella la única de su círculo de amigos que le daba vueltas a la idea de escaparse. Otros habían pedido permisos de viaje y temían recibir malas noticias. Además de que siempre había que contar con los espías. Imagínate que el espíritu dice en una sesión de güija ante todos los presentes que Anne H. ejecutará la semana siguiente un intento de escape exitoso. Por eso es que no podía arriesgarse a echar una mirada a su propio futuro. Anne y sus amigos estaban fascinados por las sofisticadas y maravillosas historias de los espíritus. Una vez hubo un espíritu que había conocido a Bertolt Brecht, y en otra ocasión se les apareció un niño que siempre estaba sentado sobre la rodilla derecha del santo Dios. Todo eso era entretenido y divertido. Mientras que la realidad y el futuro cercano para los jóvenes ciudadanos de la RDA no era ninguna de las dos cosas, ni entretenida ni divertida. De ahí viene que Anne no les preguntara a los espíritus por su propio porvenir, de lo contrario tal vez se hubiera ahorrado la fuga, la detención y la cárcel de la RDA.

Por aquel entonces, Anne no tenía ningún trabajo en Magdeburg, pero tenía amigos. Los amigos tenían vino tinto y el vino tinto tenía una vela y la vela tenía una copa. Formaban un círculo, daban vuelta la copa y la ponían en el medio de una mesa. Luego colocaban muchos papelitos alrededor de la copa: las palabras “sí” y “no” y todas las letras del alfabeto y los números del uno al cien, ordenados de diez en diez. Cada cual apoyaba suavemente un dedo sobre la copa, luego empezaban. Y qué genial cómo hormigueaba, se movía y vibraba, no bien Anne llamaba a los espíritus. Ahí la copa se ponía a bailar.

Una vez tuvieron a alguien de inmediato adentro de la copa, que decía: SOS, SOS, SOS.

—¿Quién necesita un SOS?

Reciben un número, otro número más, una y otra vez los mismos números. Alguien busca un atlas, comprueba los números en los grados de longitud y latitud. Era un punto en el Atlántico sur. La pandilla de güijeros bebedores de vino tinto de la fase final de la RDA en Magdeburg oyó al otro día en las noticias que ante las costas de las islas Malvinas un barco había sido hundido y toda la tripulación murió ahogada.

Una vez convocaron a un espíritu y no pasó nada. Luego golpearon a la puerta. Uno se puso de pie y abrió, no se veía a nadie y sin embargo alguien entró. Todos estaban sentados en círculo con las piernas cruzadas sobre unas tablas finísimas, viejas y torcidas, y notaron cómo las tablas se elevaban y hundían bajo los pasos del huésped invisible salvo de peso, escuchando crujir las maderas. El huésped rodeó varias veces a los magdeburguenses, infundiéndoles un miedo infernal, y luego volvió a irse. Todos sabían que era Anne la que tenía esa fuerza capaz de provocar a un espíritu tan descarado. Sin Anne no funcionaba nunca, y con Anne era siempre maravilloso y terrible. Pero después de esta experiencia, Anne juró dar por terminado el asunto. La visita de un espíritu en su propia casa era algo demasiado fuerte, y no había que volver a convocar a ningún espíritu en absoluto, porque uno nunca sabía quién era el que venía y qué era lo que traía consigo. Al fin había entendido que, si bien podía convocarlos, no los podía controlar. Así que era una cosa acabada, basta para siempre de invocar espíritus. Pero luego ocurrió esa historia con la señora rara, que al igual que Anne vendía ropa en el mercado de pulgas y que se le vino encima. Fue tal la exagerada amabilidad, tamaña la artificialidad y tan extraordinariamente sospechosa la manera en que invitó a Anne y a su pandilla a su casa que Anne no pudo negarse, además de que quería a toda costa mostrar su fortaleza, así que reunió a sus amigos y con una botella de vino se le apareció a la rara en su casa. La señora rara quiso alegrarse por la inesperada visita, pero le interrumpieron su verborrea para decirle que limpiara la mesa porque la necesitaban ya mismo. La copa dada vuelta se colocó en el centro, con el alfabeto y los números alrededor, habían traído todo. Cada cual apoyó suavemente un dedo sobre el vidrio. La rara no quiso participar, le agarró un terrible cagazo frente a lo sobrenatural, pero le dijeron que no fuera tan aburrida. Anne convocó a los espíritus. Y enseguida tuvo a uno en la copa. Primero cada uno le fue haciendo por turno preguntas sobre cuestiones intrascendentes.

—Gran espíritu, ¿quieres hablar con nosotros?

—Sí.

—¿Eres un espíritu bueno?

—Sí.

—¿Es un lugar bonito ahí donde estás?

—Frío.

—¿Cómo te llamas?

—Ludwig Brenndecker.

—¿Desde cuándo estás muerto?

—1952.

—¿Cuántos años tenías cuando falleciste?

—57.

—¿Cuál era tu profesión?

—Tullido.

No bien la rara empieza a reírse por lo bajo, Anne pasa a hablar de lo que realmente le interesa.

—¿Hay aquí en esta pieza alguien que trabaje para la Stasi?

—Sí.

—¿La pieza está vigilada por micrófonos?

—Sí.

—¿Puedes mostrarme dónde?

—Sí.

—Si voy al rincón donde está el micrófono, di sí.

Anne se pone de pie y camina por la habitación. Cuando se para en la esquina que tiene una vitrina, el espíritu vuelve a comunicarse:

—Sí.

Sobre la vitrina hay una radio. Anne toma la radio y la sacude.

—¿Aquí dentro?

—Sí.

Anne vuelve a sentarse a la mesa. La rara está pálida.

—¡Fuera de mi casa! —grita—. ¡Ya mismo!

Pero ellos no se van, siguen.

—¿Sabes el número de teléfono de la gente que nos está escuchando en este momento?

—Sí.

—¿Puedes dármelo?

El número que les da el espíritu tiene cinco cifras y empieza con un tres. Los números que empezaban con tres eran los de la policía secreta en Magdeburg. ¡Qué triunfo para Anne! Tenía capacidades para las cuales la RDA no estaba preparada. ¡Qué jolgorio! Por esto es que creyó, aunque la muerte seguía rondando sus pensamientos, que lograría fugarse con éxito. Le esperaba otra vida, una sin rejas. Solo era cuestión de marcharse.

Antes de la fuga, Anne realizó dos viajes. Uno de ellos la llevó a Praga, a la tumba de Franz Kafka, y el otro al castillo de Goseck en Thuringia. Aquí quería pasar un último rato con sus amigos. La idea era salir de excursión, beber, reír. Hacía años ya que se estaba despidiendo, un proceso tortuosamente lento y opresivo, sin poder comunicarlo de manera abierta. La despedida en Goseck debía ser diferente, brindar fuerzas. Ahora el castillo de Goseck ha sido restaurado, se le agregaron instalaciones sanitarias acordes a un monumento histórico, se organiza una primavera de tango, se hacen excavaciones arqueológicas y conciertos. Pero en aquel entonces, en los años ochenta de la RDA, el castillo estaba medio derruido y abandonado a la corrosión del tiempo. La mayor parte del castillo estaba cerrada y llena de polvo, yacía allí como en un sueño de bella durmiente. En un ala lateral había un pequeño albergue juvenil, donde se alojaron Anne y sus amigos. Del equipamiento de este albergue Anne guarda un recuerdo desconsolador. Moqueta, muebles de madera liviana y superficies de plástico lavable que no transmitían ninguna sensación de castillo. Una vez, el grupo dio una vuelta en secreto por la parte clausurada. La mayoría de las habitaciones estaba cerrada, pero con una ganzúa y algo de maña pudieron abrir las puertas. Anne armó un juego con eso. Antes de abrir una puerta, describía la pieza que estaba detrás. Parada delante de la puerta cerrada, hacía la lista: a la izquierda el hogar, el hierro está sobre la repisa y la empuñadura se encuentra gastada, la ventana es verde, en el medio hay una columna. O bien: un cuarto oscuro y largo, al fondo a la derecha una ventana diminuta, una mesa grande en el medio, un candelabro de velas fundido en hierro colgando encima a muy baja altura. Y cada vez, las descripciones de Anne quedaban confirmadas. Como si conociera a la perfección estas piezas muertas con sus cortinas deshilachadas y los sucios herrajes de sus puertas, con los muebles medio podridos y los empapelados borroneados. Una vez encontraron durante sus expediciones una botella de vino tinto sin etiqueta en una montaña de escombros. La botella estaba cubierta por una gruesa capa de polvo y tanto el vidrio como el corcho eran de una hechura tan especial que parecían provenir de una época remota. Era una botella que podía tener tal vez sesenta, tal vez cien años. Los amigos abrieron la botella, pero ninguno se animó a probar el vino. Al final lo terminó probando Anne. El vino le gustó tanto que se bebió la botella entera. Luego se acostó en la cama del albergue juvenil. Esa noche soñó que caminaba por el castillo de Goseck. Debía llegar, según la orden que le habían dado, a la capilla del castillo. En camino hacia ese lugar podía atravesar paredes. Meter partes del cuerpo a través de gruesos muros, la cabeza, un brazo, una pierna. Eso le resultaba divertido. De pronto, dejó de avanzar. El sueño había llegado a su fin. Al día siguiente, Anne se enteró de que la noche anterior había muerto en el castillo de Goseck una mujer vieja que tenía allí derecho de habitación vitalicio. La vieja chiflada, según se contaba, era una mujer noble, una condesa, cuya familia había habitado en este castillo largo tiempo. Pero esta historia solo llegó a su fin medio año más tarde, en mayo de 1989. Anne estaba en una celda en la cárcel de Hohenschönhausen, luego de fracasar en su intento de fuga. En esta celda, de repente, el sueño continuó. Anne volvió a estar parada en el mismo sitio del castillo, camino a la capilla, del cual no había podido pasar. Ahora ve también el paisaje, además de un perro de San Bernardo y a sí misma en un vestido blanco con un niño pequeño a su lado, de unos cinco años. De pronto sabe que esa mujer y este niño han sido asesinados por el propio marido de la mujer. El hombre había pasado años en las Cruzadas y ella no se había mantenido casta. El niño es asesinado debido a la infamia que representa y se lo sepulta ante el altar, mientras que a la mujer la emparedan viva. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la vieja condesa?, pregunta ella en el sueño, y hasta recibe una respuesta: “La vieja señora del castillo de Goseck era la última de su sangre y solo pudo morir cuando tú llegaste”. Esa mujer era entonces yo misma, pensó Anne cuando volvió a despertar en su celda de Hohenschönhausen. Esa era mi vida anterior. Es algo que hoy ya no tiene nada que ver conmigo.

Cuando salió de prisión y la RDA dejó de ser un país cerrado, Anne viajó al Mediterráneo y se trajo de allí una piedra. Con ella viajó por segunda vez en su vida a la tumba de Franz Kafka, en Praga. Colocó la piedra sobre la tumba y se disculpó ampliamente ante él por haber sustraído de allí una pequeña piedra el año anterior. Le explicó por qué lo había hecho. Había querido llevarse la piedra, que estaba bien arriba sobre la tumba, con el fin de que le trajera suerte, tanto para su fuga del país como para todos los peligros que le esperaban. Le dijo que había querido poseer una parte de él, a quien tanto admiraba, pero que no había tenido en cuenta que había sido otra persona la que le había ofrendado esa piedra. Desde entonces que solo había tenido mala suerte, todo un año de castigo y desdicha. Y si la RDA no se hubiera derrumbado, aún seguiría pudriéndose en la cárcel. Por eso, le dijo, es que ahora le traía de nuevo la piedra. No era la misma piedra que aquella vez, a la que había terminado perdiendo en los revuelos de ese año, pero era una bonita piedra del Mediterráneo, y ella esperaba que él fuera tan amable de tomarla, aceptarle las disculpas y perdonarla.

Anne se mudó a Berlín, estudió Historia del Arte, trabajó de clasificadora de cartas y por un tiempo fue algo así como la presidenta honoraria de la barra del bar Kommandantur. Una vez volvió a oír hablar del castillo de Goseck. Dos años después del sueño, es decir en 1991, conoció a un joven que venía de Weißenfels, una localidad vecina de Goseck. Los amigos de Anne le hablaron sobre los eventos terroríficos en el castillo y sobre el sueño de Anne, en el que se le habían aparecido una mujer y un niño, la noche en que murió la vieja condesa. Y que desde entonces Anne sostenía con toda firmeza que había un niño enterrado delante del altar de la capilla del castillo de Goseck. El joven palideció y contó que en la capilla del castillo se había encontrado una placa de mármol blanco, debajo de la cual estaba el esqueleto de un niño.

—Ese era mi niño —dijo Anne—, durante la época de las Cruzadas. Ese niño era el que iba conmigo.

En Berlín, esto de la güija y de ver espíritus se acabó casi por completo, lo cual es por supuesto curioso, si consideramos que Berlín está lleno de fantasmas, y estos no tienen ningún motivo para evitar a Anne. De cuando en cuando se le paraba un espíritu a un costado, pero ella a veces ni lo notaba. Una vez confundió a un fantasma con su compañero de piso vestido con ropa oscura. Entró despacio y miró sobre el hombre de ella y leyó con interés el texto que estaba escribiendo sentada a su escritorio. Ella conversó con él. Una conversación muy unilateral, ya que él no contestaba. Cuando ella se dio vuelta, no había nadie. Como si el hombre nunca hubiera estado allí.

A fines de los años noventa, Anne vivió por unos años en un piso derruido de la calle Invaliden 104, en diagonal al Museo de Historia Natural. Más tarde, el dueño del edificio le dio mucho dinero para que se fuera y él pudiera sanear la casa. Era parte de un complejo de edificios en forma de herradura, edificado en el Gründerzeit, muy próximo al hospital de la Charité y de diversas instituciones militares. La novela breve Stine, de Theodor Fontane, ocurre durante aquella época —alrededor de 1890— precisamente en este tramo de la calle Invaliden, que tiene un total de tres kilómetros de largo. No es casualidad que Fontane eligiera justo la Invalidenstraße para su Stine. En esta calle, con sus edificios e instituciones de lo más diversos, fue donde esa época llamada Gründerzeit se vio reflejada con mayor esmero; la calle Invaliden era sangre, sudor, mugre y velocidad: tres estaciones de ferrocarriles de larga distancia (la estación de Lehrter, la de Stettiner y la Hamburger), fábricas de maquinarias de construcción, explanadas para maniobras militares, cuarteles, la Casa de los Inválidos, más allá de eso una cárcel y el hospital Charité; a lo que se añadían algunos edificios de viviendas y un par de cementerios. Fontane describe la difícil vida social de las hermanas Ernestine Rehbein y Pauline Pittelkow en la Invalidenstraße 98e, entre relaciones amorosas y promesas de matrimonio, entre la esperanza de subir en la escala social y conseguir al mismo tiempo la felicidad en el amor. La apocada sociedad de aquel entonces, organizada según los oficios de cada cual, hace que todos los sueños queden frustrados y que solo triunfe la muerte.

Stine miró a su hermana.

—Sí, tú me miras, chica. Estás imaginando milagros si crees que me tranquilizas al decir: “No es un amorío”. Ay, mi querida Stine, con eso no me tranquilizas ná; lo opuesto, por el contrario. Amorío, amorío. Por Dio’, el amorío no es ni por lejos lo peor. Hoy está y mañana ya no, y él va hacía allí y ella hacía allá, y al tercer día vuelven a cantar los dos juntos: “Vete tú, mi parte yo ya la tengo”. Ay, Stine, ¡amorío! Créeme que de eso no se muere naides, ni siquiera cuando termina mal. No, no, Stine, un amorío no es gran cosa, un amorío en realidad no es ná. Pero, cuando se mete aquí —y señaló el corazón—, entonces se vuelve algo, entonces se vuelve asqueroso.

En aquella casa con el número 104, Anne volvió a empezar con la güija. Era tarde en la noche y estaban de a cinco y todo había sido planeado de antemano. Un amigo trajo una botella bien grande de vino, con las gotas más inusuales y delicadas que Anne hubiera bebido jamás; más tarde escribió un cuento corto sobre él, sobre el vino. La sesión empezó como siempre: “Gran espíritu, te invocamos”. En la copa apareció una mujer joven que con tan solo veintitrés años había muerto de tuberculosis. A las preguntas “¿Dónde estás?” y “¿De dónde vienes?”, respondió diciendo “Estoy en el patio” y “Estoy enterrada en el patio”. Anne había escuchado entre los vecinos el rumor de que detrás del complejo de edificios en herradura había estado alguna vez el cementerio de pobres del Charité, donde se enterraba sin demasiadas ceremonias los pacientes muertos, víctimas de pestes y hepatitis C. En esos rumores y conversaciones se hablaba sobre todo de las ratas que provenían del viejo campus del hospital universitario y que insistían en conquistar los sótanos y en revolver los contenedores de basura. Tras esos atracos, se replegaban a través de sus túneles otra vez hacia el parque del hospital. ¿De ahí era entonces que había venido el espíritu? A la pregunta “¿Qué tienes?”, el espíritu de la joven respondió “Odio” y “Furia”. Con las preguntas siguientes apareció la palabra “Oficier”, escrita así, con una f y una c, en lugar de Offizier (oficial de ejército). Con el correr de la sesión, la historia se fue componiendo: el espíritu de la copa era la criada de un “Oficier”, que en algún momento había vivido junto a su mujer en el piso que ahora ocupaba Anne. La muchacha habitaba la diminuta despensa que daba al patio. Pero era también la amante del oficial, y estaba realmente enamorada. Sin embargo, cuando ella enfermó de tuberculosis, al hombre le importó poco y nada. La muchacha fue enterrada en el cementerio para pobres del Charité, no lejos del edificio. El hombre siguió imperturbable con su vida, solo a ella le habían quitado todo lo bello. De ahí la furia. Luego de oír esto, los amigos decidieron hacer algo. La joven mujer les daba por supuesto una pena tremenda, una del grupo incluso lloró de la emoción. Pero Anne quería ante todo que esa furia desenfrenada se alejara de su casa. Descorchó otra botella del extraordinario vino tinto y le dio una charla a la joven. Le habló sobre la breve vida que le había sido concedida a la pobre y sobre las experiencias, peores imposibles, que había hecho con el hombre insensible. Con un minuto de silencio honraron su amargo destino y le desearon a su corazón herido que encontrase la paz eterna. La copa se aquietó. Sí, también este es un conmovedor destino femenino de la Calle de los Inválidos, y si bien no es de Fontane, pertenece al reino de los espíritus. Claro que la reportera de fantasmas no puede dejar la cosa ahí y se dedica a mirar viejos planos de la ciudad, de fines del siglo XIX. Y hete aquí que en ellos encuentra el viejo cementerio del Charité, que pasaba precisamente por detrás de la casa 104. Se extendía a lo largo de la calle Hessische hasta la lavandería del hospital. Casi no queda información sobre este pequeño camposanto, ni siquiera sabe nada al respecto la señora Beer, la empleada del Charité especializada en ese tipo de preguntas y que ofrece visitas históricas por el predio.

—Tendría que bucear muy profundo —dijo—. Tendría que bucear muy profundo.

El cementerio existía desde 1726. Hoy se yergue en su lugar el nuevo vidriado comedor para estudiantes ala norte y el Instituto de Desarrollo Rural. No es imposible creer que los rústicos muros y los canteros de hiedra silvestre con sus oscuros zarcillos de cien metros sean restos del cementerio. Pero en el lugar mismo, nada parece recordar las tumbas para pobres y enfermos, solo lo siguen haciendo viejos mapas, los espíritus de las criadas y los rumores que corren entre los habitantes invadidos por las ratas. Y en lo que se refiere al “oficier”: en la casa con el número 104 vivía efectivamente un militar, según se deduce de las guías de direcciones de Berlín, en especial del “Índice de todas las casas de Berlín con la indicación de sus dueños e inquilinos”. A partir de 1893 vivió allí un tal Müller, que en todas las guías de direcciones de los años siguientes está inscripto alternativamente como sargento mayor y como teniente, y desde 1904 como “teniente (r)”; después de lo cual no vuelve a aparecer. En el ejército del Imperio Alemán, los “sargentos tenientes” eran considerados oficiales u oficiales subalternos y tenían derecho a las correspondientes insignias de rango y a ser llamados en esos términos. Si este sargento Müller era el dicho amante bribón, y si era guapo y si la historia con la criada tuberculosa es cierta, nada de eso pueden revelarnos las guías de direcciones de Berlín. Se trata de un episodio que ha de permanecer en la esfera de lo tenebroso.

Antes de dar por zanjado este asunto, una última reflexión general acerca del talento especial que acompaña a la vida de Anne: durante su juventud en la RDA, fueron muchos más los espíritus que se le manifestaron. Ella les aportaba fuerza e interés a sus historias. Este interés fue disminuyendo a medida que pasaron los años. Porque también con el vino tinto y con las propias fuerzas llega en algún momento la hora de economizar. Sobre todo cuando hay que ocuparse de un niño, amar a un hombre y llevar adelante una vida laboral. El camino de la sabiduría, cuando pasa por el vino, es demasiado arduo. Anne no fue en Berlín el médium que supo ser en Magdeburg. Ahora ya no era el terror de la Stasi, la que vencía a los micrófonos que vigilaban tiempo y espacio. Pero lo que pasó en Berlín: se dio cuenta de que los espíritus y los fantasmas son abastecidos por mucha gente. Anne se topa constantemente con personas que pueden hablar de sus encuentros con espíritus. Como su vecino, el pintor. Ella lo visitó, y fue como si hubiera alguien más en la vivienda, tal vez eran solo ruidos. Miró en derredor.

—¿Ay, ahora también escuchaste algo? —dijo el pintor—. Tengo una subinquilina, pero quién sabe, tal vez sea solo un sueño.

—¡Cuéntalo! —le pidió Anne.

El pintor se mostró escéptico.

—Fue tan solo un sueño.

Pero luego contó:

—Estaba tirado en el sofá y me dormí. Apareció una mujer, llevaba un vestido cubierto por un delantal, largas trenzas. Nos miramos asombrados. Sentí un malestar, no sabía qué hubiera podido decirle. Entonces pensé de repente: ¡pero si estoy durmiendo! Cerré los ojos y volví a despertarme.

Le mostró a Anne un cuadro que había dibujado inmediatamente después de despertar. La mujer llevaba puestas botas de cordones con tacos, parecía pequeña y seria y sobrepasada de trabajo. Una mujer como las de hacía cien años. Su subinquilina.


*This story is taken from: Die Gespenster von Berlin – Wahre Geschichten by Sarah Khan. © Suhrkamp Verlag Berlin 2013.

Alguien más le dijo, probablemente el revisor: la suya es la única maleta, nadie quiere ir hoy a Alquila, no hay manera en que se pierda. Pero Hernández insistió en llevarla arriba: me gusta ver mis cosas.

En el andén, Hernández se comió unas galletas, compró una botella de agua y se fumó, ansioso, dos o tres cigarros. Luego abrieron las puertas del autobús y entró desbocado, como si hubiera más gente esperando.

Necesito traerla junto, le explicó al chofer en la pequeña escalera, alzando su maleta: traigo aquí mis medicinas. Sin voltearlo a ver, el chofer del autobús asintió con la cabeza pero apretó el volante entre sus manos.

Hombre de supersticiones, Padilla temía que algo le pasara a su camión si hablaba antes de marcharse, igual que temía que algo le pasara a su pasaje. Por eso nunca decía nada hasta llegar a las montañas.

Para entonces, Hernández se había adueñado de una línea de asientos, empotrando su maleta en el pasillo. Le emocionaba ser el único viajero que aquel día hubiera tomado el autobús rumbo a Alquila.

No entorpezca el pasillo, solicitó Padilla saliendo de una curva. Sorprendido, Hernández irguió el cuerpo, buscó los ojos del chofer en el espejo que comunicaba ambas cabinas y sonriendo preguntó: ¿está diciéndomelo en serio?

Es peligroso para el resto del pasaje, respondió Padilla, observando él también a Hernández. Las reglas son las reglas, añadió callándose el motivo de su orden: si dejaba que invadieran el pasillo sufrirían un accidente; en el mejor caso, un retraso.

Señalando los asientos que había en torno suyo, Hernández se dispuso a defenderse pero el chofer, experto en estas discusiones, encendió la radio, subió el volumen y retiró sus ojos del espejo. Meneando la cabeza, Hernández decidió no hacerle caso y recostarse nuevamente.

Minutos después, con el chofer vuelto una furia, Hernández sacó el mapa que guardaba en un bolsillo de su saco: se lo había mandado ella por correo. Emocionado, lo desdobló con cuidado y lo estuvo contemplando un largo rato. Finalmente estaba yendo a verla.

Hernández conoció a Romina tres semanas antes, en una fiesta de la facultad de arquitectura que por poco termina con ellos dos metidos en la cama. Me encantaría verte en Alquila, le dijo ella, sin embargo, ante el portal de su edificio: cuando tú quieras, por supuesto.

Desde entonces, Hernández no había pensado en otra cosa. A sus veinte años, era el único de sus amigos que seguía siendo virgen. Y Romina la única opción real que él tenía para olvidar esa palabra que lo había martirizado tanto tiempo.

Por eso los nervios amenazaban con no dejarlo descansar durante el viaje, un viaje que, para colmo, duraría la noche entera. ¿Y si me vengo antes de tiempo?, se torturaba Hernández en silencio: ¿si no aguanto ni un minuto, si me vengo apenas ver cómo se encuera?

Doblando el mapa y guardándolo de nuevo, Hernández alcanzó su maleta, sacó de ésta una bolsita y revisó que no faltara ni una compra: cuatro paquetes de condones: a ver cuántos echan a perder mis putos nervios; una caja de viagra: por si tengo que imponerme al ridículo, y las pastillas que le habían recomendado, otro cliente en la farmacia, para dormir durante el viaje.

Aunque la caja de somníferos decía que dos bastaban, Hernández, que para entonces ya no era capaz de echar de su cabeza la forma de Romina ni el miedo a que su propio cuerpo le fallara, decidió tomar cuatro tabletas. Al fin que quedan muchas horas, murmuró y dándole un trago a su botella volvió a recostarse, suplicando que el efecto fuera inmediato.

En ese mismo instante, el chofer hizo bajar las diez pantallas que habían permanecido escondidas y la voz de una azafata sonó a todo volumen. Me estás buscando, soltó Hernández dando un brinco y subiendo el tono añadió: ¡no quiero verla! Pero Padilla fingió no escuchar nada y apenas terminar el comercial de la línea que pagaba su salario subió al máximo el volumen que emergía de las bocinas.

Tapándose los oídos y apretando la quijada, Hernández admitió lo absurdo de aquella situación en la que estaba, se levantó dando un salto, apresuró su andar por el pasillo y llegó hasta Padilla: ¿por favor, podría quitarla? Le prometo que no hay nadie que esté viendo la película, sumó instantes después, esbozando una sonrisa que de honesta no tenía ni medio pliegue.

No se puede, respondió Padilla tras dejar pasar, él también, un breve instante: son las reglas. Y ya vi que usted no las respeta, pero yo las sigo a rajatabla, agregó el chofer volviendo el rostro y observando a Hernández fijamente, cuya sonrisa se había erosionado, remató: regrésese a su asiento, aquí no puede estar parado. Está prohibido.

Aguantándose las ganas de insultarlo, Hernández se tragó su frustración, dio media vuelta, empezó a desandar el pasillo que recién había cruzado y en voz baja preguntó: ¿podría aunque sea bajarle un poquitito? No se puede, repitió Padilla acelerando, convencido de que así igual y caería su pasajero sobre el suelo: ni un poquito más ni un poquito menos, nos obliga el reglamento.

Manteniendo el equilibrio, apurando su avanzar y sonriendo nuevamente, esta vez más de impotencia que de burla, Hernández sacudió la cabeza con coraje, masticó un par de palabras que ni él mismo entendió y humillado alcanzó sus cuatro asientos. Por fortuna, pensó, empezaba a sentir la somnolencia que las pastillas dispersaban por su cuerpo.

Así que muy pronto ni el ruido ni aún menos la luz que vomitaban las pantallas ni tampoco los frenazos y arrancones que siguió dando Padilla parecieron importarle a la consciencia de Hernández, quien apenas recostarse se entregó a la nada negra.

Tan profundo durmió Hernández, tan desconectado, que no volvió a saber de sí ni del planeta hasta no estar en Alquila. Cuando Padilla, que se había esforzado por hacer de su trayecto un calvario, lo sacudió del brazo aseverando: ándale, cabrón, que ya llegamos.

Párate, que no me toca estarte despertando, insistió Padilla empujando las piernas de Hernández con la suela del zapato: tampoco tengo que esperarte. O te bajas o te bajo, amenazó el chofer pateando a Hernández nuevamente, quien, tras sentir el golpe de sus talones contra el suelo terminó de espabilarse: órale pues, que ya te oí. Ahorita bajo.

Secándose la baba que escurría por su barbilla y sobándose el rostro con las palmas de las manos, Hernández irguió el cuerpo, se puso en pie aceptando que seguía un tanto mareado, desempotró su maleta como pudo y echó a andar tras el chofer, que en voz baja iba diciendo: ojalá y te trate este lugar como mereces.

En la calle, combatiendo el mareo que las pastillas olvidaran en su cuerpo, Hernández volvió a tallarse el rostro, sacudió de nuevo la cabeza y contempló el sitio al que recién había llegado. Justo estaba amaneciendo y no podía creer que Alquila fuera aún más feo que en las fotos de Romina.

Instantes después alguien le dijo, quizás el chofer que tomaría el autobús que había traído Padilla, hacia dónde dirigirse para llegar hasta la plaza: pero a qué va a ese sitio, no hay nada que ver en esa parte. Sin atender las últimas palabras del extraño, Hernández echó a andar y pronto dejó atrás las seis o siete cuadras que mediaban entre él y su destino. En torno suyo, la luz se fue adueñando del espacio.

No son horas de llamarla, se dijo Hernández en la plaza, y en voz baja, dejándose caer sobre una banca y abrazando su mochila, insistió: es muy temprano y vaya a ser que la despierte. Peor aún, que los despierte ahora a sus padres, murmuró engañándose a sí mismo: lo que en verdad le estaba sucediendo era que habían vuelto los nervios a agarrarle todo el cuerpo: ¿qué chingados le diré cuando conteste?

Mejor no voy a llamarla. Qué si ya ni quiere… si ya se ha arrepentido, soltó observando el ajetreo que empezó de pronto en la plaza, donde la gente apresuraba sus andares de un lado a otro. Alzando el rostro y observando el sol aparecer tras la torre de la iglesia color verde, Hernández añadió, elevando el tono y permitiendo que su propia ambivalencia se mostrara: ¿qué chingados estoy pensando… cómo no voy a llamarla?

¿Por qué iba a arrepentirse?, exclamó elevando aún más el tono y levantándose de un salto: me lo habría dicho desde antes. Pero antes me como algo, que se haga un poco más tarde, añadió echando a andar sobre la plaza, en busca de un lugar donde poder desayunar, sin darse cuenta de que aquello no era más que otro pretexto y sin tampoco darse cuenta de lo extraña que era aquella prisa con que andaban las personas a su lado.

Alguien le dijo entonces, tal vez el señor del puesto de revistas, que no existía mejor lugar que el restorán de doña Eumelia: ése que está del otro lado, donde también está la papelera. Pero apúrese que no le va a dar tiempo. No creo que vaya a estar abierto mucho rato, sumó el periodiquero pero Hernández había echado a andar y no escuchó esta advertencia.

Apenas entrar al sitio que le habían recomendado, Hernández sonrió pensando que habría, sin planearlo, de resolver allí un par de problemas: comer algo, ganando así un poco de tiempo, y comprar de a una el papel con el que habría de envolverle a Romina su regalo. Si al final se arrepiente, con el regalo igual y cede, pensó ordenando unos huevos. Luego se sentó observando, en la vitrina que ocupaba el otro lado del local, los rollos de papel para envoltorio.

Fue uno azul el que al final hizo que Hernández se parara, se acercara al mostrador y le hablara a la encargada, cuya atención yacía petrificada en una tele: ¿me vendería un metro de éste? No se puede, respondió la dependienta, prima hermana y sobrina de doña Eumelia al mismo tiempo, sin mirar apenas a Hernández: estos papeles son para los niños.

Además estoy mirando las noticias. Y usted no es de estas partes, no me gusta comerciar con los de fuera, se entercó la vendedora, sin dejar de ver la tele un solo instante. Para los niños, qué cagada, soltó Hernández sonriendo: los de fuera… deme pues un metro de éste. No se puede, ya le dije, repitió molesta la encargada, volviendo por primera vez a Hernández su semblante.

¿Y si traigo un niño a que lo compre?, preguntó Hernández entonces, volviendo el rostro hacia la plaza, sonriendo incrédulo y buscando el sentido oculto de aquella situación en la que estaba. ¿Lo usaría usted o el niño?, inquirió la dependienta acercándose al mostrador pero regresando la mirada hacia la tele, donde el conductor del noticiero local advertía: será otro día complicado. Es para mí, no para un niño, se lo decía nomás de broma, explicó Hernández: necesito envolver.

Pues no me esté insistiendo entonces, mentiroso, interrumpió la papelera a Hernández: llegan de fuera y traen sus malos modos, añadió la mujer dándose la vuelta y regresando a su asiento remató: no le voy a vender nada. Incapaz de molestarse a pesar de la incredulidad, Hernández pensó en insistir pero la dependienta volvió a pararse de su silla, regresó apurada al mostrador, lo ahuyentó con un leve movimiento de las manos, asomó la cabeza y dirigiéndose a la parte del local que era restaurante exclamó: otra vez están viniendo.

Derrotado, Hernández echó a andar hacia su mesa, donde doña Eumelia servía justo los huevos que ya no habrían de ser comidos. Están diciendo que ahora mismo, lanzó la papelera a espaldas de Hernández, quien justo entonces observó cómo doña Eumelia avanzaba un par de pasos, se paraba bajo el marco de la puerta y paseaba su mirada por la calle: más bien ya otra vez llegaron.

En un par de segundos, la dependienta y doña Eumelia bajaron la cortina del local que compartían, apagaron las luces interiores, se acercaron apuradas a Hernández, lo tomaron de los brazos, le dijeron, con sus voces vueltas coro: lo sentimos pero no puedes quedarte, lo arrastraron sin violencia a la trastienda y lo lanzaron a la calle.

Alguien le dijo a Hernández, quizás uno de los hombres que corría en sentido opuesto al de la plaza: ¿qué estás haciendo ahí parado? Y alguien más sumó después: córrele que están ellos viniendo… se bajaron y andan revisando en todas partes.

Incapaz de comprender qué estaba sucediendo, Hernández echó a correr tras los hombres que recién le habían hablado y que apuraban a unos metros sus escapes. Un par de cuadras después escuchó las primeras explosiones y el estallar de las metrallas. El miedo encogió sus entrañas, amenazó paralizarlo e hizo crujir sus juntas ateridas de repente.

Romina, pensó Hernández, sin dejar de apresurar el ritmo de su marcha: tengo que llamarla, añadió para sí mismo, sacando su teléfono en medio de la calle y escondiéndose después en un portal se dispuso a marcar pero alguien, quizás una mujer que iba corriendo con dos niños en los brazos, le dijo: no te canses… ellos cortan el servicio.

Completamente extraviado, Hernández guardó su teléfono, sacó el mapa en el que Romina también le había escrito su dirección y echó a correr enfebrecido, escuchando, aun así, los disparos y estallidos cada vez más cerca. Un par de pasos por delante de su cuerpo, la mujer tropezó con una grieta, cayó al suelo de boca y sus dos hijos rodaron por el suelo.

Ayudándola a pararse, echándose a uno de los niños a los brazos y corriendo como nunca había corrido antes, Hernández preguntó a la mujer si no sabía cómo llegar de ahí a Arteaga 17. Tienes suerte… estamos cerca… da la vuelta aquí nomás y síguete derecho… cinco… no… deben ser como unas cuatro cuadras. O acompáñame y me ayudas con mi niño… en mi casa puedes esconderte.

Lo siento… de verdad, soltó Hernández deteniéndose un segundo, observando a la mujer y dejando al pequeño sobre el suelo: era incapaz de imaginar que esa decisión que estaba tomando justo ahí, sin dudarlo ni siquiera demasiado, podría terminar siendo la decisión más importante de su vida. Pero él quería llegar a casa de Romina. Y en la distancia se seguían acercando las metrallas y explosiones.

Doblando en la calle que la mujer le había indicado, Hernández apuró sus piernas más allá de lo posible y a pesar de que su pecho amenazaba con partirse encontró fuerzas donde no había ni siquiera sospechado que tuviera. Así fue como llegó a la casa que buscaba, cuya puerta aporreó desesperado, gritando una y otra vez el nombre de Romina.

Pero del otro lado de la puerta no se oyó ninguna voz que preguntara, dijera algo o tan siquiera murmurara. La familia de Romina yacía escondida en el baño de su casa. Y aunque escuchaban el escándalo de Hernández, antes habían oído también las advertencias del jefe de familia: no quiero escucharlos… ni siquiera quiero oírlos que respiran.

No sabemos quiénes son los que hoy vinieron, los que andan en la calle, había añadido el padre de Romina, observando fijamente a su hija, quien se echó a llorar en silencio y quien al oír a Hernández a lo lejos fue sumiendo de a poco la cabeza entre los brazos. Si supiéramos al menos si son ellos, susurró entonces el jefe de familia: pero esta vez no lo sabemos, no podemos arriesgarnos.

Cuando finalmente aceptó que no abrirían la puerta que pateaba y que aporreaba con los puños apretados, Hernández recordó a la mujer y a los dos niños que dejara abandonados. Tan perdido como ansioso, echó a correr encima de sus pasos pero alguien le gritó, tal vez la mujer que había subido hasta su techo: al otro lado… mejor corre al otro lado… por allá están viniendo.

Antes de que Hernández procesara esta advertencia, estalló en algún lugar el llanto de otro hombre y en la esquina aparecieron los que hacían correr a todo el pueblo. Dándose la vuelta, Hernández puso a andar sus pies en sentido contrario pero de golpe se detuvo: también en esa esquina estaban ellos.

Paralizado, sintiendo cómo su vejiga amenazaba su aguante, Hernández esperó a que aquellos hombres se acercaran al lugar donde él estaba. Cuando finalmente llegaron, quiso decir algo pero alguien más volvió a adelantarse a sus palabras: quizás el hombre que después partió su boca en dos con la culata de su arma.

Antes de que sus ojos se cerraran y su consciencia se entregara a la nada nuevamente, Hernández vio alejarse a ese hombre que recién lo había castigado y luego oyó las risotadas de dos niños pequeños, quienes también venían armados.

Aferrándose al mundo con un delgado hilo de asombro, Hernández alcanzó a escuchar la voz de una mujer que ordenaba: súbanlo con todo y esas cosas… no debe ser de aquí del pueblo.

Hernández ya no supo cómo lo arrastraron, cómo lo amarraron de los pies y de las manos ni cómo lo aventaron dentro de una camioneta.

Volvió en sí dos horas más tarde, cuando alguien, quizás alguno de los niños que se habían reído antes, le echó encima un cubetazo. Pero cuando por fin abrió los ojos no había nadie enfrente suyo.

Ante Hernández había sólo un tiradero: habían vaciado su maleta en el solar donde él estaba. Alzando la mirada, contempló el sol un breve instante y sintió que el cuerpo entero le escocía. Así descubrió que no traía su camiseta, que le habían quitado los zapatos y que le ardían las muñecas y los tobillos.

Un par de minutos más tarde, la mujer que había ordenado traerlo apareció en el solar. Escupiendo las semillas de una mandarina, brincó la ropa, se inclinó ante Hernández y en voz baja murmuró: tú no eres de estas partes. Luego se colocó tras él y utilizando una navaja cortó las cuerdas que lo ataban.

Párate y sígueme allá dentro, ordenó y fue así, escuchando otra vez aquella voz, que Hernández comprendió que aquel hablar le recordaba a otra persona o que ese hablar lo había escuchado antes. Quizá sea esa mujer que, pensó Hernández: no… más bien habla idéntico a Romina. O a su madre.

Antes de que pudiera dar más vueltas a esa tontería, ese absurdo al que intentaba aferrarse para no pensar en otra cosa, para no estar donde estaba, Hernández se encontró dentro de un cuarto. Además de él y la mujer a quien seguía, allí lo estaban esperando una docena de adultos y unos tres o cuatro niños.

Un nuevo golpe impactó a Hernández en la boca del estómago y doblando las rodillas cayó al suelo. Arañando la tierra, intentó recuperar el aire que recién había perdido, tragarse luego la saliva que escurría entre sus labios y secar después sus ojos empapados. En torno a él revoloteaban varias risas.

Alguien dijo, quizás el hombre que hacía de jefe en aquel oscuro cuarto: así que vienes a cogerte a nuestras viejas.

Sorprendido y aterrado, Hernández pensó, sin saber por qué lo hacía ni tratar tampoco de explicárselo a sí mismo, que esa voz que ahora le hablaba ya también la conocía, ya también la había escuchado.

Quizá sea la de ese hombre que me dio antes en la calle, se dijo Hernández escuchando cómo iban callándose, una detrás de otra, aquellas carcajadas que en torno a él revoloteaban: no… es el chofer… el que me trajo… o no… es el padre de Romina, insistió en su mutismo: lo he escuchado en el teléfono.

¡Te estoy hablando, hijo de puta!, gritó la voz y esta vez, en lugar de golpear a Hernández, el hombre alzó su rostro y blandiendo ante sus ojos varios paquetes de condones y una caja de viagra repitió: ¿vienes o no vienes a cogerte a nuestras niñas?

Antes de que Hernández atinara a decir algo, el hombre le dio un par de cachetadas: ¡pues cómo ves que no se puede! ¡Aquí tenemos otras reglas!, añadió repitiendo su castigo, esta vez con las dos manos vueltas puños: ¡aquí somos nosotros los que todo lo mandamos!

¿Y sabes qué mando ahora?, preguntó el hombre alejando al fin el rostro de Hernández y observando al resto de presentes: que alguien pida ser primero.

Alguien, entonces, quizás el que había amarrado a Hernández, se adelantó al resto de las voces.

Y los que estaban ahí sobrando fueron dejando de a una el cuarto.


*Este cuento fue publicado en: La superficie más honda © 2016, Emiliano Monge, Penguin Random House Grupo Editorial.

En febrero de 2001 encontramos exactamente lo que buscábamos: una casa de madera en las afueras de Miami con amplias ventanas junto a un canal que vertía sus aguas verdes en el Atlántico. Nos creíamos afortunados. Era una casa a buen precio en un lugar apacible y lejos de la ciudad. No teníamos vecinos excepto por los gatos. Tampoco insectos. La pintamos de amarillo, igual que el buzón de correos de lata que pusimos en la entrada, y reemplazamos todos los cristales de las ventanas: algunos estaban rotos; otros, simplemente rayados. Los sistemas eléctrico e hidráulico estaban impecables y también los pisos de madera; el trabajo de restauración fue en realidad muy poco. Yo misma pulí y barnicé los muebles de segunda mano que compramos, hice las cortinas y los visillos y bordé los almohadones. Allí vivimos unos siete meses hasta la muerte de Philip.

Mi Philip, todo sucedió tan rápido. Sin embargo, cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta. Todo regresa a mi memoria con espantosa pulcritud.

No era feliz, pero mis días por entonces eran tranquilos.

Mi marido se iba temprano por las mañanas y yo me pasaba las horas sentada en el porche mirando a los gatos con un libro sin abrir en el regazo. Deambulaban con desparpajo y las patas siempre enfangadas a causa de la tierra pantanosa de la zona. Quizá sea un modo tonto de expresarlo, pero eran para mí como hombrecitos paseándose al sol. Su curiosidad y su holgazanería me acompañaban. Eran unos siete (a veces, venían menos) y yo velaba por ellos.

Cuando nos mudamos, planté flores en el terreno y traté de organizar una pequeña huerta, pero nada prendía en esa tierra de arcilla mojada. Todo se pudrió al poco tiempo en nuestro pedazo de terreno en la península de la Florida. Nuestro jardín era un útero de barro infértil con un buzón de lata amarilla lleno de propaganda y cupones. Saboree el arco iris: caramelos Skittles. Cupón de descuento por U$D 0,99 válido hasta 1.04.2001.

‒Con razón estaba a buen precio, Jaime ‒dije mientras cargaba una bolsa con tierra fértil: estaba decidida a llenar nuestro jardín de plantas, aunque fuera en macetas‒; quiero decir, si se la compara con las otras casas de la zona, estaba muy bien.

Jaime era el dueño de la tienda. Era cubano y todavía atractivo, con su piel dorada y sus cabellos largos, a sus casi sesenta años. Le gustaba presentarse diciendo que había escapado del corazón del fucking Diablo para vivir in the very ass de uno de sus súcubos.

‒Ahora lo entiendo, Jaime; muy pocos querrían vivir en esa casa, en medio de esa tierra arcillosa.

Puede que mis palabras sonaran como una queja pero no lo eran. Solo hablaba por el gusto de conversar con alguien.

‒Oiga, ponga una hamaca y un juego de jardín de hierro forjado ‒me sugirió‒; ya verá cómo mejora y alegra. El jardín, quiero decir.

Sonreí un poco.

‒Y llévese un par de antorchas con citronella para las tardes.

‒No tenemos mosquitos.

Damn, están todos aquí, igual que esos muchachos.

Con Jaime hablábamos en castellano, salvo cuando se volvía hosco o grosero. Las malas palabras y los insultos los decía invariablemente en inglés. Era su modo de distanciarse de lo que creía que no correspondía a su carácter o a su posición social. Se consideraba a sí mismo como un caballero, aun cuando despotricaba a los gritos contra Fidel y mi compatriota desvergonzado, el Che.

‒Es que cuando me pongo con lo de la revolución cubana… Disculpe mi mal genio; soy de Cienfuegos, Miss.

«Soy de Cienfuegos», era su excusa, monolítica, invariable. Algún día tendré que conocer Cienfuegos para entender a este hombre, me decía a mí misma.

Jaime, los gatos y una pandilla de adolescentes ‒casi un decorado en el parking del almacén‒ eran lo único vivo en el paisaje de mis días. Los gatos eran siete; los adolescentes, unos nueve o diez. Había distinguido dos hembras entre los animales; en la pandilla de adolescentes había una sola. A los gatos les puse nombres: Nevermore, que era completamente negro, y Gondoliere, que tenía el pelaje rayado. Recuerdo también a Phileas Fogg, un perfecto sir ingles que sabía esperar a que se liberara la escudilla con la leche, y a Franky «Frankestein», el más viejo de todos. Tenía el labio leporino y artrosis. Y por supuesto, Philip. Mi Philip. En cambio, nunca supe el nombre de uno solo de esos muchachos. Tampoco el de ella: una rubia oxigenada de ojos grandes que no me quitaba la vista de encima. Su forma de mirar era casi un alarido. Sé que no es fácil comprender lo que digo. Pero no puedo, ni hubiera podido explicar más ni mejor a la chica. En cambio, ellos, los muchachos, eran ‒eso creía entonces‒ más fáciles de leer. Tenían la misma pinta que los chicos que dan problemas en las películas: jeans sucios y rotos, remeras con eslogan, zapatillas y gorras de béisbol, mucho olor a búfalo; siempre estaban mascando chicle y bebiendo cerveza a deshoras. Se movían en moto; el que yo creía que hacía las veces de líder tenía una Harley Davidson impecablemente cuidada en la que brillaba todo el sol del mediodía. Yo tenía un Focus rojo con tapizado de cuero color beige con el que iba y venía del almacén de Jaime. Era la primera vez que tenía un auto con cambios automáticos. Me gustaba conducir hasta lo de Jaime sin pensar demasiado, escuchando música country. Me sentía tan americana como cualquiera; más aún cuando cargaba las provisiones para nosotros y para los gatos en las bolsas de papel madera. El coche tenía la patente blanca LUK 620 con la inscripción en letras verdes «Florida, a sunny state», lo que es parcialmente cierto, porque en el sur de Florida suele llover y mucho. De hecho, ese lunes por la mañana Seguridad Civil había alertado de la proximidad de una tormenta tropical que podía convertirse en huracán.

Por temor al huracán, fui hasta el almacén e hice una compra como para una semana completa. Mientras Jaime leía el código de barra de los artículos, calculé que necesitaría hacer al menos tres viajes para cargar todas las provisiones en el baúl del coche. El cubano trabajaba solo, estaba de pésimo humor y tampoco tendría ganas de ayudarme. Le alcancé mi tarjeta de crédito.

‒Alguna vez le ofrecí dinero a esos fucking kids para que me ayudasen con las provisiones de los clientes ‒Jaime sacó las bolsas de debajo de la caja registradora‒. Pero, ¿usted cree que esa garbage tiene ganas de trabajar, Miss?

Unas diez veces le había dicho que era casada y otras veinte, le había recordado mi nombre. Pero Jaime seguía con su terco «Miss» y a secas.

Assholes, eso es lo que son; la chica, la peor de ellos, Miss.

No lo volvería a corregir. Ni ese lunes por la mañana ni nunca. Yo también estaba de pésimo humor. Mi marido estaría fuera toda la semana. Una convención de negocios para él en Las Vegas y la amenaza de un huracán para mí al sur de la soleada península de Florida.

‒¿No la podían hacer en Tampa u Orlando? ‒le había preguntado esa mañana.

‒Decisiones de la casa matriz.

Mi marido me dio un beso, cargó la valija en el baúl del coche y se fue. Simplemente. Se iría desde la oficina al aeropuerto. Una semana en Nevada y yo en la casa amarilla con los gatos, un libro sin abrir en el porche y las provisiones que tendría que recoger de la tienda de Jaime. Que si Castro, que si mi compatriota, el Che. El exilio, el triste exilio cubano en Miami, Miss. Todas las veces, como si él fuera el único exiliado latinoamericano en todo Estados Unidos. Cada vez que iba al almacén a comprar, ya fuera por fertilizantes o alimento balanceado para gatos, era igual. Yo tenía la impresión de que Jaime hablaba ‒mucho y mal‒ de la revolución cubana y, por supuesto, de los muchachos para callar algo. También ese lunes por la mañana, mientras facturaba los productos de mi compra.

‒Están practicando para maleantes. Loco debía estar el día aquel que quise emplear a alguno de ellos, porque… ‒Se mordió los labios y miró por la ventana: uno de los chicos se acercaba a la tienda‒. Son treinta y cinco dólares, Miss.

Ahora no solo repetía el Miss sino el precio cuando yo ya había pagado. Guardé mis provisiones sin hablar. Sentía la mirada del muchacho en la nuca, el silencio sospechoso de Jaime. Me fui con un par de bolsas al auto.

‒Hey, Miss; mire lo que se dejó aquí. ‒Me había olvidado una lata de atún y otra de merluza para mis hombrecitos junto a la caja‒. Está usted un poco distraída hoy. Ándese con cuidado, porque esto no es bueno.

Thanks, Jaime.

Regresé a la casa a darle de comer a mis gatos. Había hecho la compra, la había acomodado. Había llenado dos escudillas con leche y otras dos, con alimento balanceado. Todo listo y eran solo las once de la mañana del lunes.

Me senté con el libro en el regazo. No tenía ningún plan; excepto ver, luego de la cena, un documental de caza o pesca del canal Wild Life tumbada en el sofá.

Pero la lluvia se anticipó. El pronóstico había anunciado tormenta tropical a partir de las cinco de la tarde; comenzó a llover sobre el mediodía. El agua estuvo toda la tarde estallando arriba, afuera y sobre nuestra casa de madera. Había algo íntimo y extraño, de queja en ese ruido, como si la madera recordara el bosque al que había pertenecido.

La televisión no funcionaba. Tenía luz pero las señales del cable y del teléfono celular estaban caídas. También nuestro buzón de lata amarilla había sido derribado por el viento en algún momento de la tarde, y sobre el barro yacían desperdigados una decena de volantes con publicidades. Saboree el arco iris y esas cosas. ¿Qué otros desastres nos dejaría la tormenta? Nada me preocupaba más que los gatos ‒creo que no llegué ni siquiera a pensar en el vuelo de mi marido que salía hacia Las Vegas poco antes de la medianoche‒. ¿Dónde se guarecerían mis pobrecitos? ¿Y mi Philip? Era el más gordo y el más astuto. El pelo amarillento, los ojos azulados y su carácter histriónico me recordaron desde el primer día a Philip Seymour Hoffman, ¿dónde estabas esa noche, mi Philip? ¿Dónde te encontraron ellos? Cuando nos mudamos, quise tenerlo con nosotros en la casa. Compré una cesta y bordé una almohadilla celeste con sus iniciales ‒PSH‒, pero mi marido, no, que los gatos afuera. Philip nunca vivió con nosotros. Yo pensaba en mi Philip y en Nevermore y Gondoliere, en cada uno de ellos esa noche de tormenta, y también en las dos gatas hembras a quienes jamás bauticé, pero más que nada en Philip.

La monotonía del agua hizo que la noche llegara pronto.

Las ráfagas caían transparentes en la oscuridad. Para mí todo aquello era real e irreal a la vez. Como si mi cabeza hubiese estado cubierta por un tul y a través de la tela oyera las gotas y el viento. Con que esto era una tormenta tropical, pensaba desde mi cama con un libro ‒siempre el mismo‒ sin abrir. Todo a mí alrededor susurraba, igual que si muchas mujeres ancianas se contaran cosas horribles.

Yo pensaba estas cosas sin entender muy bien por qué. Y afuera, el viento, que a ochenta kilómetros por hora aceleraba hasta la sangre en mis venas.

Sobre las diez de la noche parecía que la tormenta iba a calmarse. El viento soplaba blando, un ruido como de naipes arrojados al aire. O quizá no. Quizá fuera solo mi imaginación de algún modo extrañamente vinculada a mi marido, a su convención de trabajo en Las Vegas –toda una semana fuera de casa para hablar de las estrategias en la comercialización de la fibra de vidrio entre máquinas tragamonedas y mesas de ruleta‒. Me levanté y fui a la cocina para hacerme un té caliente. Afuera todo era oscuro, y la oscuridad lo era todo hasta que la luz de algún relámpago ‒eran como largos colmillos brillantes que fulguraban en la boca de la noche‒ permitía entrever la constancia del agua sobre el barro. Abrí apenas la ventana de la cocina. El aire traía el olor salado del mar, de hierbas húmedas, de flores de hibiscos. El aire traía vida revuelta y aplastada en abundantes ráfagas frescas.

Y entonces los vi.

Primero solo a ella. Había levantado nuestro buzón de lata amarilla del suelo y lo traía en la mano, como quien sujeta un cetro. Caminaba en dirección del porche vestida de blanco. Los pies y el bajo del vestido embarrados. Parecía una sacerdotisa preparada para la ejecución del sacrificio. También una reina loca. Luego la seguía, él. Era un chico nuevo y cargaba una enorme mochila. Jamás lo había visto en el parking de Jaime. Definitivamente no era como los otros. No solo porque no parecía sacado de la misma película de chicos malos, sino porque había algo en la forma de caminar, en el modo de cargar la mochila que lo ablandaba. Él, sin lugar a dudas, no cuajaba en ese casting de malos, sucios y locos. Finalmente, cerrando filas, estaban ellos ‒los mugrientos de siempre, con sus gorras de béisbol y su olor a búfalo‒. Se abrieron en dos grupos. Luego se apostarían en los flancos de mi casa, contra los ventanales que daban a nuestra cocina. A mirar embobados y en silencio.

Cerré rápidamente la ventana.

En un instante, verifiqué que todas las ventanas y las puertas estuviesen aseguradas. Apagué las luces. Corrí a mi cuarto. El teléfono celular seguía sin señal. Si, al menos, hubiera podido llegar al coche y escapar. Estaba calculando mis posibilidades de salida por la ventana trasera cuando ella dijo:

‒Sabemos que está ahí, Miss.

EI miedo me recorrió el cuerpo como otra sangre. No respondí. Me quedé inmóvil unos segundos hasta que ella volvió a hablar.

‒Es que esta casa es nuestra. ¿A que sí?

El «a que sí» no fue para mí sino para el chico de la mochila y el resto de los muchachos; al menos, eso creo ahora. Regresé a la cocina y busqué el cuchillo más grande. Luego recordé que, lo habían dicho en un documental de caza del Wild Life Channel a propósito de la desolladura de las presas, un cuchillo más pequeño y más afilado puede ser más efectivo y es, sin lugar a dudas, más fácil de manejar.

Cambié de arma.

Otra vez silencio. Solo conseguía oír mi respiración agitada.

Ya no llovía, una luz tenue de estrellas me permitió ver a los chicos a ambos flancos de la casa contra los cristales de mis ventanas: las caras blancas, las bocas entreabiertas, las narices aplastadas contra los vidrios. Sus alientos empanaban los cristales. Sus ojos de perro mojado. Me pregunté qué verían ellos del interior de la casa desde esa oscuridad nocturna. Y luego, el golpe inesperado que hizo estallar el vidrio de la ventana de la cocina.

La Reina Loca, enmarcada en mi ventana de madera amarilla. El agua le había corrido el rímel y los ojos eran aún más grandes y más agónicos. Tenía el pelo largo suelto y los mechones delanteros, sujetos detrás de las orejas.

Recogió el vestido con modos de dama sureña para ingresar a mi casa por la ventana, como si siempre hubiese sido la suya. Detrás de ella, el nuevo, su fiel monaguillo con mochila de alpinista.

Volví a empuñar el cuchillo grande que había descartado en primer lugar. Ahora tenía dos cuchillos y estaba parapetada detrás de una silla. Era obvio, aunque en el momento me negaba a pensarlo, que si todos se decidían a entrar y atacarme no habría cuchillo ni parapeto posibles. Deseé como nunca, yo que he sido siempre cordero manso, una pistola.

Todo sucedió tan rápido.

Sin embargo, ahora cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta, las vísceras que escapan de las membranas, los huesos como husos. Todo regresa a mi memoria con lentitud. También las luces del coche, los gritos. Siempre acabo vomitando o con el estómago revuelto ante el recuerdo de esa noche. Me destroza los nervios pensar en Miami, en esos chicos, en mi marido, en todo lo que sucedió entonces.

Ya dentro de la casa, la chica encendió las luces. Conocía el lugar donde estaban las llaves; podía moverse con los ojos cerrados por el interior de mi casa. Sin decir palabra, el chico nuevo abrió la mochila. Extrajo: dos cuchillos grandes, un par de guantes descartables, dos bolsas de residuos, un gancho como los que usan los carniceros para colgar las medias reses en las cámaras. Y a Philip dentro de una tercer bolsa. Todo lo dispuso prolijamente sobre la mesa. Pensé que el gato estaba muerto. Me habría tapado la boca ‒quiero decir, ese fue mi impulso‒ pero tenía las manos ocupadas con los cuchillos. Además Philip no estaba muerto. Estaba drogado, supongo, como el resto de esos chicos tontos. Las bocas entreabiertas del gato y de esos muchachos que aplastaban sus narices en mis ventanas respiraban casi al unísono. ¿Por qué no entraron todos juntos a la casa? ¿Por qué se quedaron afuera? ¿Cuántas veces habían repetido esa idéntica ceremonia? Ella, la Reina Loca, adentro con algún novato y los otros, afuera, contemplando la escena con los ojos bovinos.

‒Enhébrale la pata al gancho y lo cuelgas en ese barral ‒ordenó la chica. Por su inglés supe que era sureña.

Hubiera querido gritar: «no lo hagas», pero las palabras no acudieron a mi boca. Solo di un par de pasos con los cuchillos hacia adelante, como una sonámbula armada. No me atreví a más que eso; no hubiera podido hacer más que eso. La Reina Loca decidió ahorrarse cualquier imprevisto. Hizo una seña a sus muchachos afuera y unos segundos después, todos estaban dentro de la casa.

‒Deje los cuchillos, Miss, y tengamos la noche en paz. Dos de los chicos me tomaron por las muñecas y un tercero me los quitó.

‒Así está mejor. ¿A que sí, Miss?‒ dijo la chica (también ella me llamaba «Miss», qué locura).

Me acarició. Tenía las manos ásperas y frías; olían a lluvia, pero el aliento era de alcohol y cigarrillo.

Hubiera querido insultarla o escupirle la cara. Tampoco pude.

‒Ahora, a lo nuestro; a trabajar ‒ordenó al chico nuevo‒. Tampoco vamos a estar aquí toda la noche. ¿A que no, chicos?

Las manos del nuevo temblaron un poco. ¿Podría contar con él? ¿Se rebelaría en el último minuto? ¿Tenía alguna posibilidad de escapar mi Philip? Las manos del nuevo temblaban ahora más. Eran manos comunes. Ni gruesas ni flacas, ni lampiñas ni velludas. Pero sí se notaba –era evidente‒ que eran manos blandas, como de estudiante, poco habituadas a las tareas manuales. ¿Cuánto pesaría Philip? Unos siete y ocho kilos, quizá diez –últimamente había engordado‒. Para el nuevo pesaba igual o más que un reno. No se atrevía con él. Herir o matar ‒un animal o un hombre, da igual‒ con tus propias manos no es lo mismo que hacerlo de un disparo, como esos soberbios cazadores del Wild Life Channel. Ahora lo sé: la carne se opone, se resiste. Los músculos son elásticos y fuertes. Él tenía que encontrar el modo de ensartar un gancho en la carne viva y peluda de un gato. Evitar el hueso, buscar las fibras debajo de la pelambre. La cabellera rubia de mi Philip.

No era una tarea fácil.

Philip luchaba cabeza abajo, todo lo que le permitían los efectos del narcótico, mientras el chico nuevo batallaba contra el miedo y el asco. Yo también debo de haber forcejeado con los muchachos que me sujetaban, porque luego, cuando todo hubo terminado, comprobé que tenía las muñecas con moretones. El nuevo, después de varios intentos, de arcadas contenidas y de gemidos de Philip, consiguió agujerear la carne del gato. En el muslo izquierdo.

Philip colgaba de una pierna y un hilo de sangre iba manchándole el pelaje lentamente. Como una bandera española invertida: amarillo, rojo y amarillo.

Lo peor no era estar indefensa. Lo peor no era estar en una casa alejada con unos chicos enajenados que, quién sabe por qué, estaban practicando un rito de iniciación sobre mi gato preferido. Lo peor era la incertidumbre, el miedo de saberse a merced de La Reina Loca y de quién sabe qué drogas y cuánto alcohol llevaría en sangre. ¿Para qué me querían a mí de testigo? ¿Por qué, de todos los lugares del mundo, tuvieron que elegir mi casa? ¿Era eso lo que sabía Jaime, que mi casa había sido el cuartel permanente de operaciones de estos chicos? Cuántas preguntas acudían a mí y ninguna tendría respuesta.

La Reina Loca ordenó al nuevo lamer un poco de la sangre que goteaba del animal. Ella misma puso el dedo en la herida del gato y se lo llevó a la boca. Se pintó los labios con la sangre. Luego dio varios giros, puso los ojos en blanco y todos esos muchachones oliendo a búfalo la celebraron con un extraño cántico y aplausos.

Nunca sabré qué pruebas suponía el rito de iniciación completo.

En mi interior, tenía la certeza de que el nuevo no las habría superado. Lo intuía porque sus ojos no tenían el brillo húmedo que tenían los ojos del resto de los secuaces, ni la furia de la Reina Loca. Yo quería creer que, a pesar de la sed de reconocimiento que tenía, todavía le quedaba un destello de bondad en los ojos. El nuevo era el único del grupo que era capaz de dudar ‒por miedo, asco, por lo que fuera‒, y la duda hace que uno conserve un dejo de humanidad. No, el nuevo no pasaría las pruebas. Confirmé mis sospechas cuando vi que era el primero en escapar.

Los faros de un coche brillaron en la cocina.

Era mi marido que regresaba. Se había dejado los documentos en casa. Olvidar su documento fue su forma inconsciente de dejar atrás su identidad. Él no era quien decía ser hacía ya mucho tiempo. Por supuesto, no iba a una convención de negocios; por supuesto, no iba solo. Lo único verdadero era que partía una semana a Las Vegas y que sin documentos no pudo comenzar su viaje. Y regresó a casa con ella ‒rubia oxigenada, de ojos grandes, casi una réplica envejecida de la Reina Loca‒ sentada con desparpajo en el asiento del acompañante. Yo no sé por qué a veces la vida hace ese juego de espejos deformados. Pero nada de eso pertenece a esta historia. O casi. Lo único que importa es decir que la luz de dos faros alcanzó para ahuyentarlos. Todos huyeron de pronto, desbandados como aves nocturnas con los primeros rayos del día; y el nuevo, el primero. Solo quedó Philip a medio morir en nuestra cocina y la mochila de alpinista.

Descolgué la pata de Philip del gancho y lo puse sobre nuestra mesa. No quedaba nada de su histrionismo, de la vivacidad de sus ojos azulados. Todo el pelaje amarillo ensangrentado. No tenía fuerzas ni para gemir, el pobrecito. Mi marido entró en la casa con los ojos turbios y los pies llenos de barro. ¿Que teníamos para decirnos que no fuera ya sabido por los dos?

Tomé el cuchillo, el pequeño y filoso como recomendaban en ese documental de caza. Mi marido no alcanzó a preguntar nada. Ni quiénes eran los chicos que seguramente vio correr, ni qué hacían allí, ni qué le había sucedido al gato. Ni siquiera pudo preguntar por la maldita mochila de alpinista con la que había tropezado. Di dos pasos hacia adelante y él retrocedió cuatro. Sin mediar palabra y sin dejar de mirarlo a los ojos y de una sola puñalada, abrí por completo el vientre del gato. Lo hice con tal fiereza que rayé también la madera de la mesa.

Además de las vísceras y la sangre, del vientre del animal salieron tres fetos mojados y de ojos fruncidos. Resultó que Philip tampoco era quien yo pensaba. Nadie lo es.

Mi marido contuvo la arcada. Luego se derrumbó sobre una silla. La mujer que lo esperaba en el coche hizo sonar dos veces la bocina. De algún modo, había dejado de importarnos. Fue como si la sangre de la gata se adueñara de nosotros: seguía escurriéndose desde la herida hasta el borde de la mesa y de allí hasta el suelo. ¿Cuántos minutos fueron necesarios para que Philip se convirtiera en un felpudo machucado? ¿En cuánto tiempo se habían perdido la vida de la gata y de sus fetos? Me miré las manos ensangrentadas y el cuchillo‒ ya no llovía, yo no sé qué olores traería entonces el viento, ni cuántos árboles o plantas la tormenta había arrancado de cuajo‒. La rubia seguía tocando la bocina del coche a intervalos rítmicos cada vez más apremiantes. Mi matrimonio no era lo que yo creía sino exactamente lo contrario. Y yo me decía a mí misma que lo único fértil y vivo de esa casa había sido arrasado por mis manos.


*Este cuento fue publicado en: La condición animal © 2016, Valeria Correa Fiz , Editorial Páginas de Espuma. 

Por las funciones que me tocó desempeñar en cierto momento de mi vida, debía cruzar regularmente varias veces por semana a una hora determinada el puente pequeño (por entonces no se había construido aún el Pont neuf) y al hacerlo me reconocían y me saludaban por lo general algunos obreros o gente del pueblo, aunque ninguno de manera más llamativa y constante que una vendedora muy bonita, cuya tienda se reconocía por un cartel que tenía dos ángeles; durante cinco o seis meses, cada vez que pasaba por allí, ella se inclinaba profundamente y me seguía con la vista todo lo que podía. Su comportamiento no me pasaba desapercibido, y yo también la miraba y me esmeraba por agradecerle. Una vez, hacia el final del invierno, cabalgué desde Fontainebleau a París, y cuando volví a atravesar el puente pequeño, la vendedora se asomó a la puerta de su tienda y me dijo mientras yo pasaba:

– ¡Señor mío, su servidora!

Respondí a su saludo y, dándome vuelta varias veces, vi que se había inclinado hacia adelante para seguirme con la mirada hasta donde pudiera. Detrás de mí venía un criado y un coche de correo, que planeaba enviar esa misma tarde de nuevo a Fontainebleau con cartas para determinadas damas. Siguiendo mis órdenes, el criado desmontó y fue hacia la joven mujer, con el objetivo de decirle en mi nombre que había notado su afición por mirarme y saludarme y que quería, si ella deseaba conocerme mejor, visitarla donde ella dijera.

Ella le respondió al criado que no podría haberle traído un mensaje más deseado y que iría donde yo la citara.

Mientras proseguíamos con la cabalgata, le pregunté al criado si conocía un sitio donde pudiera encontrarme con la mujer. Me respondió que él la llevaría a lo de cierta alcahueta, pero como este criado mío, Wilhelm de Courtral, era una persona muy aprensiva y escrupulosa, enseguida añadió que la peste ya se manifestaba en distintos sitios y que no solo mataba a personas del populacho más bajo y sucio, sino que ya habían muerto también un doctor y un canónigo, por lo que me aconsejaba hacer llevar el colchón, las frazadas y las sábanas desde mi propia casa. Tomé su consejo y me prometió prepararme una buena cama. Antes de apearnos, le dije que también llevara un buen lavabo, una pequeña botella con esencias aromáticas y algunos bollos y manzanas, además de ocuparse de que la pieza estuviera bien caliente, pues hacía tanto frío que los pies se me habían congelado en el estribo, y el cielo estaba cargado de nubes de nieve.

Por la noche fui al lugar y encontré a una mujer muy bonita de alrededor de veinte años sentada sobre la cama, mientras que la alcahueta, que llevaba la cabeza y su redonda espalda abrigadas con un manto negro, le hablaba afanosamente. La puerta estaba entornada, en el hogar ardía con mucho ruido una gran pila de leños nuevos, no me escucharon llegar y me quedé un momento parado en la puerta. La joven miraba tranquilamente las llamas con los ojos bien abiertos; había hecho un movimiento de cabeza como para alejar de sí a la vieja repugnante a millas de distancia, con lo que había provocado que brotara desde abajo de su pequeña cofia de dormir una parte de su oscura y densa cabellera, que ahora caía, ensortijándose en un par de rizos naturales, entre los hombros y el pecho sobre su camisón. Llevaba también unas enaguas cortas de lana verdosa y pantuflas en los pies. En ese instante, algún ruido me debe haber delatado, pues ella dio vuelta la cabeza y me ofreció su rostro, al que la tensión desmesurada de los rasgos le confería una expresión casi salvaje, sin la esplendorosa entrega que manaba de los ojos casi desorbitados y que brotaba a borbotones como llamas invisibles desde su boca muda. Me gustó en grado sumo; más rápido de lo que pudiera pensarse, la vieja se fue de la habitación y yo me senté junto a mi amiga. Cuando en la primera embriaguez de la sorpresiva posesión quise tomarme algunas libertades, ella se me sustrajo con una vehemencia indescriptiblemente vívida, tanto de la mirada como de su voz oscura. Pero al instante siguiente sentí que me abrazaba, aferrándose a mí menos fervorosamente con los labios y los brazos que con la mirada cada vez más perdida de sus ojos inagotables; enseguida pareció otra vez como si quisiera hablar, pero los labios estremecidos de besos no formaron ninguna palabra y la garganta temblorosa no dejó subir ningún sonido nítido, más allá de un sollozo entrecortado.

Ahora bien, yo había pasado una gran parte de ese día cabalgando por caminos helados, luego en la antecámara del rey había tenido un altercado muy enojoso y fuerte y más tarde, para mitigar mi mal humor, había no solo bebido sino también practicado vigorosamente esgrima con el mandoble, y así sucedió que en medio de esta encantadora y misteriosa aventura, cuando yacía con suaves brazos alrededor de la nuca y rociado de una aromática cabellera, me invadió un cansancio y casi un aturdimiento tan repentinos y fuertes que ya no pude recordar cómo había llegado a esa habitación, y por un momento hasta confundí a esa persona cuyo corazón latía tan cerca del mío con una muy distinta de tiempos pasados, para de inmediato caer en un sueño profundo.

Cuando volví a despertar, seguía siendo noche cerrada, pero de inmediato me di cuenta de que mi amiga no estaba conmigo. Alcé la cabeza y al débil brillo de los leños desmoronados y sin llama la vi parada junto a la ventana; había abierto uno de los postigos y miraba hacia afuera a través de la rendija. Luego se dio vuelta, notó que yo me había despertado y exclamó (aun puedo ver cómo sube el puño de su mano izquierda hasta la mejilla para echarse hacia atrás del hombro el pelo que se le había caído hacia adelante):

– ¡Falta mucho para que se haga de día, falta mucho!

Solo ahora noté bien lo grande y bonita que era, y no podía esperar el momento en que estuviera de vuelta a mi lado dando unos pocos pasos tranquilos y grandes con sus bellos pies, por los que subía resplandeciendo el brillo rojizo. Pero antes de eso se acercó de nuevo al hogar, se agachó hasta el suelo, tomó con sus radiantes brazos desnudos el último y pesado haz de leña que había quedado fuera y lo arrojó rápido sobre las brasas. Luego se dio vuelta, su rostro brillaba de llamas y alegría, tomó al pasar una manzana de la mesa y ya estaba a mi lado, con sus miembros aun revueltos por el fresco soplo del fuego, que enseguida quedó disipado por el estremecimiento de las llamas aun más potentes que brotaban desde su interior, y tomándome con la mano derecha al tiempo que sostenía con la izquierda la fruta mordida y fría, le ofreció a mi boca sus mejillas, sus labios y sus ojos. El último leño en el hogar ardió más fuerte que todos los otros. La llama lo aspiraba en su interior echando chispas, para luego dejarlo arder hacia las alturas violentamente, de modo que el brillo del fuego nos golpeaba como una ola que luego rompía contra la pared, haciendo que nuestras sombras abrazadas se precipitaran hacia las alturas y después volvieran a bajar. Una y otra vez chisporroteaba la dura madera, alimentando desde sus entrañas siempre nuevas llamas, que crecían ondulantes y desplazaban la pesada oscuridad con chorros y ráfagas de claridad rojiza. Pero de pronto la llama se hundió y una fría corriente de aire, silenciosa como una mano, abrió el postigo y dejó al desnudo el pálido y repugnante amanecer.

Nos sentamos, sabiendo que ya se había hecho de día. Pero lo de ahí afuera no se parecía a un día. No se parecía al despertar del mundo. Lo que había allí no tenía el aspecto de una calle. Ninguna cosa en particular resultaba reconocible: era un caos descolorido e inmaterial, en el que parecían moverse unas larvas atemporales en una determinada dirección. Desde algún lugar cualquiera y lejano, como salido del recuerdo, sonó un reloj de torre, y una brisa fría y húmeda, que no correspondía a ninguna hora, empezó a ingresar cada vez con mayor fuerza, de modo que nos apretamos el uno contra el otro, temblando. Ella se echó hacia atrás y fijó los ojos con toda su fuerza en mi cara; su garganta trepidaba, algo urgía por subir a través de ella y emergió hasta el borde de los labios, pero no salió ninguna palabra, ningún suspiro y ningún beso, sino algo no nacido que se parecía a esas tres cosas. La claridad iba en aumento a cada instante y la expresión múltiple de su rostro crispado se hacía cada vez más elocuente; de pronto unos pasos arrastrándose y unas voces se acercaron tanto a la ventana desde el exterior que ella se agachó y giró la cabeza hacia la pared. Eran dos hombres que pasaban; por un instante entró el brillo del pequeño farol que llevaba uno de ellos; el otro arrastraba un carro, cuya rueda chirriaba y crujía. Una vez que pasaron, me puse de pie, cerré el postigo y encendí una luz. Todavía quedaba media manzana: la comimos entre los dos, y luego le pregunté si podría verla una vez más, pues me iba de viaje el domingo. Esta pasada había sido la noche del jueves al viernes.

Me contestó que sin dudas lo deseaba con mayor anhelo que yo, pero que si no me quedaba todo el domingo, le sería imposible, pues solo podía verme en la noche del domingo al lunes.

Primero se me ocurrieron diversos impedimentos, de modo que esgrimí algunas dificultades que ella escuchó sin decir palabra, pero con una mirada indagadora sumamente dolorosa, al tiempo que su rostro se volvía tenebrosamente rígido y oscuro. Enseguida le prometí que por supuesto me quedaría el domingo, agregando que me presentaría ese día por la noche otra vez en este mismo sitio. Tras esta promesa me miró fijo y me dijo con una voz completamente ronca y entrecortada:

– Sé muy bien que por ti he venido a una casa de mala fama, pero lo he hecho por propia voluntad, porque quería estar contigo y para ello habría aceptado cualquier condición. Pero me sentiría como la última y más vil de las prostitutas callejeras si tuviera que regresar a este sitio una segunda vez. Lo he hecho por ti, porque eres para mí el que eres, porque eres Bassompierre, porque eres ese hombre en el mundo que mediante su presencia vuelve honorable esta casa para mí.

Había dicho “casa”, y por un momento fue como si hubiera tenido una palabra despreciable en la lengua; al pronunciarla, arrojó tal mirada a esas cuatro paredes, a esa cama y a la frazada que se había deslizado hasta el suelo, que bajo la ráfaga de luz que salió disparada de sus ojos todas esas cosas horribles y vulgares parecieron estremecerse y retroceder agachadas, como si la mísera pieza realmente se hubiera agrandado por un instante.

Luego agregó con un tono indeciblemente suave y festivo:

– ¡Que muera yo de manera miserable si además de mi marido y de ti le he pertenecido jamás a ningún otro y sienta deseo de cualquier otro en el mundo!

Ligeramente volcada hacia adelante con los labios semi abiertos y exhalando vida, pareció esperar algún tipo de respuesta, alguna confirmación de mi fe en ella, pero al no leer en mi rostro aquello que quería, su mirada indagadora y tensa se enturbió, sus pestañas batieron algunas veces y de pronto estaba junto a la ventana, dándome la espalda, la frente apretada con toda la fuerza contra el postigo, el cuerpo entero sacudido por un llanto silencioso pero tan espantosamente violento que las palabras se me murieron en la boca y no me animé a tocarla. Al final tomé una de sus manos, que colgaban como inánimes, y con las palabras más enfáticas que me inspiró la situación, logré después de un largo rato tranquilizarla lo suficiente como para que volviera a girar hacia mí su rostro bañado en lágrimas, hasta que de repente una sonrisa, brotando como una luz desde sus ojos y al mismo tiempo alrededor de los labios, consumió en un instante todas las huellas del llanto e inundó de brillo toda su cara. Ahora pasó a ser el juego más encantador que empezara de nuevo a hablar conmigo jugueteando infinitamente con la frase “¿Quieres verme otra vez? ¡Entonces te recibiré en lo de mi tía!”; diez veces repitió la primera parte, ya con dulce impertinencia, ya con desconfianza puerilmente fingida, para luego susurrarme la segunda parte al oído como si se tratase del mayor secreto y enseguida decírmela por sobre el hombro como si fuera la cita más natural del mundo, mientras encogía sus propios hombros y ponía la boca en punta, y finalmente repetirla pegándose a mi cuerpo, lisonjeándome y riéndose en mi cara. Me describió la casa con toda exactitud, tal como se le describe el camino a un niño que debe cruzar solo por primera la calle para ir a la panadería. Luego se irguió, se puso seria – y todo el poder de sus ojos relucientes se clavó en mí con tal fuerza, que fue como si también estuvieran en condiciones de atraer a una criatura muerta – y prosiguió:

– Te voy a esperar desde las diez hasta la medianoche y también más tarde y siempre, y la puerta de abajo estará abierta. Primero encontrarás un pequeño pasillo, no te detengas allí, pues a ese pasillo da la puerta de mi tía. Luego te vas a topar con una escalera, esa te llevará al primer piso, donde estaré yo.

Y cerrando los ojos, como si se hubiera mareado, echó la cabeza hacia atrás, abrió los brazos y me rodeó con ellos, enseguida se desprendió de mí y se envolvió en sus ropas, extraña y severa, y salió de la habitación, pues ya era pleno día.

Yo cumplí con mis tareas, envié por adelantado a una parte de mi gente con las cosas y ya a la tarde del día siguiente mi impaciencia era tan grande que poco después de las campanas nocturnas crucé el puente pequeño con mi criado Wilhelm, al que no le dejé llevar ninguna luz, para ver si al menos podía observar a mi amiga en su tienda o en la vivienda lindante y darle en el mejor de los casos una señal de mi presencia, aun cuando no me hiciera esperanzas de poder intercambiar con ella más que algunas palabras.

Para no llamar la atención, me quedé parado en el puente y mandé al criado a que se adelantase y estudiara la situación. Estuvo ausente un largo rato y al regresar tenía el gesto abatido y caviloso que yo le conocía de siempre a ese buen hombre cuando no había podido cumplir con éxito alguna de mis órdenes.

– La tienda está cerrada – dijo – y no parece haber nadie adentro. Tampoco se puede oír o ver a nadie en las habitaciones que dan hacia la calle. Al patio solo se puede entrar escalando un muro alto, y en su interior gruñe además un perro grande. Pero de las habitaciones del frente hay una que tiene luz, y por un resquicio se puede observar la parte interna de la tienda, solo que lamentablemente está vacía.

Malhumorado, quería ya emprender el regreso, pero igual pasé lentamente por delante de la casa una vez más; mi diligente criado volvió a echar un ojo a través de la rendija por la que afloraba el brillo de una luz y me susurró que en la pieza no estaba la mujer, pero sí el marido. Curioso por ver a ese tendero, al que no podía recordar haber visto siquiera una única vez en su tienda, y al que me imaginaba alternativamente como una persona gorda hasta la deformidad o como un viejito escuálido y decrépito, me acerqué a la ventana y cuál no sería mi asombro al ver que en la habitación bien amueblada y revestida en madera iba y venía un hombre de estatura inusual y muy buen porte que me llevaba sin duda una cabeza y que al darse vuelta me mostró una cara muy bella y grave, con una barba marrón que contenía algunas pocas hebras plateadas y una frente de una nobleza casi única, en la que las sienes formaban una superficie más amplia que la que jamás había visto en una persona. Aunque estaba solo en la pieza, su mirada igual cambiaba, los labios se movían y, deteniéndose aquí y allí en su deambular, parecía estar conversando en su imaginación con otra persona; una vez incluso movió un brazo, como para despachar una réplica con una superioridad un poco indulgente. Cada uno de sus gestos era de una gran desenvoltura y de un orgullo casi despreciativo, y mirando su solitario ir y venir no pude dejar de recordar con toda vivacidad la imagen de un prisionero muy distinguido que tuve que vigilar, al servicio del rey, durante su arresto en una de las torres del castillo de Blois. El paralelo me pareció aun más acabado cuando el hombre alzó su mano derecha y bajó la vista hacia los dedos curvados hacia arriba para observarlos con atención, y hasta con una severidad sombría. Pues casi con el mismo gesto había visto a menudo a aquel ilustre prisionero contemplando un anillo que llevaba en el índice de la mano derecha, del que nunca se separaba. El hombre en la habitación se acercó luego a la mesa, deslizó la esfera de cristal con agua delante de la luz de la vela y puso sus manos dentro del círculo de luz con los dedos estirados, como para examinarse las uñas. Luego sopló la vela y salió de la habitación, no sin dejarme un sentimiento vago y furioso de celos, porque mi deseo de su mujer siguió creciendo sin cesar, alimentándose como un fuego expansivo de todo lo que me salía al encuentro, incluyendo de manera confusa también esta aparición inesperada, que lo intensificó tanto como cada uno de los copos de nieve que ahora esparcía un viento húmedo y frío y que se me quedaban colgados de a uno en las pestañas y en las mejillas para luego derretirse.

El día siguiente transcurrió de la manera más inservible, no podía concentrarme bien en ningún negocio, compré un caballo que en realidad no me gustaba, me presenté después de la comida en lo del duque de Nemours y pasé algún tiempo allí jugando y conversando de las cosas más pueriles y desagradables. No se charló de otra cosa que no fuera la peste, que se expandía cada vez con mayor ímpetu por la ciudad, y a todos esos nobles no se les podía sacar más que relatos similares sobre el rápido enterramiento de los cadáveres, la paja que había que hacer quemar en las piezas de los difuntos a fin de disipar los vahos venenosos, y así; el más tonto de todos me pareció sin embargo el canónigo de Chandieu, que a pesar de estar gordo y sano como siempre, no podía contenerse y todo el tiempo bajaba su mirada bizca para contemplarse las uñas de los dedos, a ver si ya se observaba en ellas el sospechoso azulado con que suele anunciarse la enfermedad.

Todo esto me provocaba rechazo, me fui temprano a casa y me acosté en la cama, pero no me podía dormir, de la impaciencia volví a vestirme y me propuse ir a ver a mi amiga costara lo que costara, aun cuando tuviera que entrar por la fuerza con mi gente. Me acerqué a la ventana con la idea de despertar a mis criados, pero el helado aire nocturno me devolvió la sensatez y me di cuenta que este era el camino más seguro para arruinarlo todo. Aún vestido me arrojé a la cama y al final terminé durmiéndome.

El domingo transcurrió de modo similar hasta que se hizo de tarde; como llegué demasiado temprano a la calle indicada, me obligué a caminar de un lado al otro por una calleja aledaña, hasta que dieron las diez. Enseguida encontré la casa y la puerta que ella me había indicado, la puerta estaba abierta y detrás estaba el pasillo y la escalera. Pero la segunda puerta, arriba, a la que llevaba la escalera, estaba cerrada, si bien por debajo se veía una delgada franja de luz. De modo que ella estaba adentro y esperaba y acaso estuviera escuchando junto a la puerta del lado de adentro, tal como yo estaba del de afuera. Rasqué la madera con las uñas y entonces escuché pasos en el interior, que me parecieron los pasos vacilantes e inseguros de un pie descalzo. Por un rato contuve la respiración, luego empecé a golpear, pero escuché la voz de un hombre que preguntaba quién andaba ahí afuera. Me acurruqué en lo oscuro de la jamba de la puerta, sin emitir sonido alguno; la puerta permaneció cerrada y yo me deslicé en el mayor de los silencios, peldaño por peldaño, escaleras abajo, avancé a hurtadillas por el pasillo hasta el exterior y anduve yendo y viniendo por algunas calles con las sienes que me latían y los dientes apretados, ardiendo de impaciencia. Al final, volví a verme arrastrado hacia el frente de la casa, pero aún no quería entrar; sentía, sabía que ella alejaría al hombre, tenía que lograrlo, enseguida podríamos estar juntos. El callejón era estrecho; enfrente no había ninguna casa, sino el muro del jardín de un convento; me apoyé contra él y traté de adivinar desde enfrente cuál sería la ventana. En una de las ventanas del piso superior, que estaba abierta, se encendió de pronto el brillo como de una llama, que enseguida volvió a apagarse. Ahora creí verlo todo ante mí: ella había arrojado un leño grande en el hogar como aquella vez, y también como aquella vez estaba ahora parada en medio de la habitación, los miembros reluciendo por las llamas, o sentada en la cama escuchando y esperando. Desde la puerta la vería a ella, y a la sombra de su cuello y de sus hombros elevándose y hundiéndose en la parte translúcida de la pared. Enseguida estuve en el pasillo, llegué a la escalera: ahora tampoco la puerta estaba cerrada, sino entornada, y dejaba pasar el brillo oscilante también hacia un costado. Estiraba mi mano hacia el picaporte cuando creí escuchar en el interior los pasos y las voces de varios. Pero no quise creerlo, lo tomé por el trabajo de mi sangre en las sienes, en el cuello, y por el ardor del fuego en el interior. También en aquella ocasión las llamas habían hecho mucho ruido. Ahora ya había agarrado el picaporte, y tuve que comprender que adentro había personas, varias personas. Pero ya me daba lo mismo, pues sentía, sabía, que también ella estaba allí dentro, y que no bien abriera la puerta, podría verla, agarrarla y con mi brazo arrancarla tal vez de las manos de otros para atraerla hacia mí, ¡aun cuando tuviera que extirpar esa habitación para ella y para mí con mi espada y con mi puñal, recortándola de una multitud de gente que grita! Lo único que me parecía absolutamente intolerable era seguir esperando más tiempo.

Abrí la puerta de un golpe y vi, en medio de la habitación vacía, a un par de personas quemando paja que había sido usada como cama; a la luz de las llamas que iluminaban toda la habitación también vi paredes rasgadas, cuyos escombros yacían en el suelo, y, contra una pared, una mesa sobre la que había dos cuerpos desnudos, uno grande, con la cabeza cubierta, el otro más pequeño, extendido recto contra la pared, y al lado la sombra negra de unas formas finas, que subía juguetona y volvía a caer.

Bajé las escaleras a los tumbos y delante de la casa me choqué con dos sepultureros. Uno de ellos me puso su pequeño farol en la cara y me preguntó qué estaba buscando allí, el otro empujó su carro chirriante y crujiente contra la puerta de entrada. Saqué la espada, a fin de mantenerlos a distancia, y llegué a mi casa. De inmediato bebí tres o cuatro copas grandes de denso vino; tras haber descansado, emprendí al día siguiente el viaje a Lothringen.

Todos los esfuerzos que invertí tras mi regreso para averiguar algo sobre esta mujer fueron en vano. Incluso me dirigí a la tienda de los dos ángeles, pero la gente que ahora la ocupaba no sabía quiénes habían estado allí antes que ellos.

Basado en M. de Bassompierre, Journal de ma vie (Colonia, 1663) y Goethe, Conversaciones de emigrantes alemanes.


*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

¿Qué buscas aquí? Eso dicen los ojos, severos ojos. La boca solo dice: “La pieza número doce está arriba”. Luego debe retirarse, la severa empleada del hotel. Solo la soledad duerme hoy aquí. Ningún otro huésped. Es el vacío Este de Alemania. Un pueblo en Mecklemburgo – Antepomerania. Su plaza principal mira detrás de la ventana hacia esta pieza número doce. Las calles vacías y oscuras. Ninguna luz. En ninguna casa. ¿Dónde están las personas? ¿Duermen? ¿Tal vez porque están resfriadas, como quizá esté resfriada esta pensión? Porque todo – puertas, paredes, suelos – emite ruidos suspirantes, como si tosiera, la casa.

Y a las doce y media tose tan fuerte que una pared se ha roto seguramente por causa de la fiebre. ¿O son personas? Salgo a mirar al pasillo. En el pasillo no hay nadie, solo Christa Wolf y Fallada. Una mesa con libros. La mano toma la novela de Wolf. En gris, sobre las páginas amarillentas, dice que lo pasado no está muerto, que ni siquiera ha pasado. Eso es Faulkner. Y, en efecto, es por eso que estoy aquí: los viejos nazis son los nuevos nazis. Y nuevos nazis son los que quiero buscar. Mañana, le digo a Wolf, y me duermo.

La mañana se ve igual que una tarde. Las nubes grises se comen el azul del cielo. Un chubasco azota las calles angostas. Una bicicleta, de alquiler, es coartada, es camuflaje, pues siempre hay gente andando en bicicleta por la zona. “Los caminos para bicicleta más bonitos de Mecklemburgo”, así figura en Internet. Mentira. No hay ningún ciclista. Y los transeúntes siguen resfriados.

Pero un par de pueblos más allá se supone que al menos viven neo-Artamanes, esos auténticos y verdaderos viejos viejos nazis. Se los llama colonos nacionalistas, porque pueblan los lugares donde no hay nadie, y creen mucho en la cuestión de la sangre y la tierra, en la que también creía Heinrich Himmler, que era él mismo un Artaman.

El mapa del iPhone dice: hasta los nacionalistas faltan aún 18 kilómetros. Pero esta lluvia ahora arrecia, la chaqueta se moja y pesa. La casita de una parada triste y silenciosa se transforma en escondrijo contra este clima. El aguacero pasa, pero con él también la señal del teléfono. El mapa se ha borrado. Por eso son ahora los recuerdos quienes conducen la bicicleta. Y por eso no llego al pueblo que se llama Klaber, colonizado por los Artamanes, sino a Koppelow. Y Koppelow tampoco está mal, porque se supone que aquí vive un campesino ecológico muy nazi, con pasado en el Partido Nacional Alemán.

Otra vez y por supuesto este vacío. Ningún café ni ningún supermercado, ninguna persona, ningún neonazi en la calle. Solo gallinas delante de los gallineros. Entonces un hombre se acerca desde una casa gris. Perdón, busco a un campesino ecológico que vive aquí, le digo.

– Aquí ya no hay ningún campesino, todos han quedado en bancarrota – dice este hombre, que lleva alrededor de la panza un pulóver gris mugriento y debajo de su nariz un tupido bigote color pulóver – Alguno tiene todavía un par de animales, pero puso todo a nombre del hijo.

– ¿Conoce a ese campesino y a su hijo?

– ¡Todos judíos! ¡Todos judíos! – dice el bigotón.

– ¿Cómo? ¿Son judíos?

– No, es un decir. Usureros son esos, todos usureros.

Cuando un antisemita llama judío a un hombre del Partido Nacional Alemán hay demasiadas cosas tergiversadas, dadas vuelta. Por eso solo guardar silencio, seguir viaje. Después de una hora arriba y abajo – las colinas de Mecklemburgo son infinitas – me tomo una pausa delante de una bonita casa blanca. Echo un vistazo al teléfono: no hay señal. Y ninguna idea de dónde está Klaber, esa colonia. Pero quizá lo sepa la gente de la casa. Quizá son ellos mismos nacionalistas. Justo cuando estoy a punto de tocar el timbre, un Ford polvoriento se detiene delante de la entrada.

– ¿Qué busca ahí? – exclama el conductor del Ford.

– Preguntar dónde estoy.

– Esa es la casa de los alcohólicos, a esta hora nunca están, tienen que comprar alcohol – me dice el dueño del Ford, y luego – La solidaridad nacionalista ha alojado ahí a los incurables de la región.

Le pregunto dónde está Klaber, pero Klaber está muy lejos. El hombre del Ford me explica después cómo hago para volver al pueblo, a mi pensión. Los nazis entonces mañana, pienso y me marcho, con hambre, cansancio y una ligera depresión. Contra el hambre, el cansancio y la leve depresión solo ayudan los buenos restaurantes. Pero no hay ningún restaurante.

– Solo un bar, que también tiene cocina – eso me dijo la severa empleada de la pensión enferma y vacía.

El bar que también tiene cocina es mudo, las personas no hablan mientras comen, esperan la comida, beben. Una small talk  fracasa. ¿Cómo se puede hablar con la gente? ¿Son estos ya los de derecha? ¿Y me lo quieren callar? Y si no, ¿dónde están los de derecha? Se supone que el Este está repleto de ellos, lo dicen la televisión y los periódicos y los números.

“¿Cómo es que llegamos a ser como somos hoy?”, pregunta la novela de Christa Wolf en la segunda noche. La República Democrática Alemana, el mundo del Partido Socialista Unificado y el falso antifascismo flotan en la cabeza junto con las palabras de Wolf. ¿Qué hacen las viejas mentiras con la nueva gente? En aquel entonces no se veían nazis por aquí, del mismo modo que hoy yo no he visto aún ningún nazi. “¿Entonces mañana?”, le digo a Wolf y me duermo.

La mañana de nuevo sombría. Esta vez otro camino, que lleva a la colonia de los viejos viejos nazis. El camino al paraíso. Porque un poeta muy muerto dijo una vez sobre este paisaje que era el paraíso sobre la tierra. El paraíso tiene el aspecto de una profunda depresión. Todo es gris y está desteñido. Dos horas de bicicleta más tarde, y al fin Klaber. Solo una colina más. Arrastro mi bicicleta ahora.

– ¿Y, demasiado empinado por aquí? – exclama un hombre en un alemán del norte suave y pausado.

– Aquí debería haber una colonia – le digo.

– Aquí no hay nada. Arriba viven algunos del Oeste – dice de pronto con rostro sombrío.

– ¿Cómo son? – le digo.

– No hablo con advenedizos – dice, y en su frase irrumpe la voz de una mujer.

El hombre debe entrar. Un “chau”, solo que con “sh”, muy del norte de Alemania.

Luego está ahí, la casa de los colonos. De ladrillo rojo. Adelante, una pequeña casita de madera tiene colgado un cartel que dice “Miel auténticamente alemana”. ¿Eso es algo neonazistoide? Un sitio en el que anidara el terror nazi habría necesitado al menos dos pequeñas eses en caracteres rúnicos. Nada. En ninguna parte.

¿Dónde están los colonos?

– ¡Hola! – exclamo en dirección a la casa roja.

Nada. Quizá fue demasiado bajito. Pero más fuerte no puedo, tengo algo metido en la garganta. Sí, miedo. ¿Notarán los nacionalistas que mi sangre es falsa, no nórdica? El miedo permite un nuevo grito bajito. Y de nuevo silencio. Y está bien que no estén, porque los pensamientos siguen girando en torno a la sangre. El cielo ahora está casi negro. El miedo obliga a volver a la bicicleta. ¿Y ahora qué? Un cartel dice que hoy es la fiesta del otoño. Y yo quiero estar entre personas, pero ¿quizá estén allí estos colonos? El miedo lucha con la curiosidad. El miedo pierde.

En la fiesta del otoño solo hay al principio una gran mesa. Allí yace Auralia. Es bonita, redonda y ligeramente colorada. Pero tiene un problema: Auralia viene del Este de Alemania. Tiernos dedos la recorren. Un hombre, ya mayor, que dice:

– En el Oeste la odian por eso.

– ¿Por qué?

– Antes en el Oeste se creía que todo aquí tenía pesticida. Pero, ¿ahora? No lo sé, lamentablemente no soy un alemán occidental.

El hombre es pomólogo. Auralia es un tipo de manzana. Yace ahí con otras cien. El gran show de las manzanas. El Oeste, que solo ve en el Este policías idiotas, maníacos votantes del partido Alternativa para Alemania y neonazis, está tan repleto de arrogancia que hasta existen manzanas discriminadas, pienso yo, y luego pienso que este viaje no es más que arrogancia.

El pomólogo sigue hablándome de las manzanas. Pero las manzanas son conocidas, los colonos no. Por eso pregunto por los neo-Artamanes.

– No tenemos nada que ver con ellos – dice este fan de las manzanas.

Y un visitante, luego:

– Esos están en el Este.

– Pero aquí es el Este – digo.

– No, en dirección a Usedom, ahí viven esos.

Uno delgado y grandote con bellas y profundas arrugas machaca histriónicamente una olla con coles, que serán chucrut; dice que los nacionalistas son muy problemáticos para la movida ecológica. Él también está en la movida ecológica.

– Que uno se ocupe de su tierra con su sangre, hasta ahí puedo entenderlo, pero que se desprecie a la gente que no es alemana, eso es una locura.

Por esos ecologistas de derecha es que el flaco grandote de las arrugas evita las asociaciones bio de Mecklemburgo.

– Ahí los de derecha están sentados a la mesa en todas partes.

Pero, ¿dónde están ahora? El grandote no los conoce personalmente. ¿Por qué nadie aquí los conoce? ¿Porque la vida de campo es tal vez vida en familia? En el libro de Christa Wolf dice eso: “Una familia es un amontonamiento de personas de distintas edades y sexos con el estricto fin de ocultar vergonzosos secretos en común”. Y tal vez, pienso yo, la gente no habla de estos otros porque rige el mismo principio que en una familia.

La fiesta familiar ha llegado ahora a su fin. Por eso de nuevo al bar, que también tiene cocina. Esta vez no está mudo, está repleto. Dos hombres señalan una silla vacía. Están por salir de fiesta, y yo debo ir con ellos, me dicen. Y sí, vamos.

Un club de pesca con choza de madera y con hogar. Una pared está hecha solo de trofeos, las otras paredes fueron alguna vez blancas, la decoración es minimalista. El anfitrión se llama Martin. Tiene treinta y es cocinero, pero de momento está en rehabilitación.

– El disco intervertebral, el disco intervertebral – dice después del hola.

Once hombres. Y tres mujeres, que hablan “de cosas de mujeres”, así dicen ellas. Hablan de los niños, de los hombres, de Douglas. Una habla con un bello y penetrante acento polaco, hace solo dos meses que está en Alemania. Practica equitación, pero se lastimó y por eso ahora cuida caballos. Tal vez esta extranjera conoce a los xenófobos y hable abiertamente y con franqueza. Le pregunto por los de derecha.

– No, no, la gente aquí me trata de lo más bien – dice.

Eso es demasiado extranjero-bueno, va contra cualquier prejuicio. Salgo a fumar. Está Martin. El tema, mi tema, obviamente Alternativa para Alemania. Pero Martin dice que la derecha y los votantes de ese partido están todos en el Este. Otra vez: en dirección a Usedom.

 – Pero ahora en serio, ustedes tienen problemas con los refugiados – digo con tanta curiosidad como insidia.

– No, si ni los conocemos, aquí no hay. Aquí estamos solos – se enciende un cigarrillo – Pero sería bonito que alguna vez viniera alguien.

Tal vez Martin se refiere a los sirios, tal vez solo a sus amigos, muchos se mudaron a Hamburgo, a Berlín. Habla del vacío en el campo, de su soledad.

– Pero me mantengo bien ocupado – dice en referencia a la pesca.

Los hombres pescan a diario, al menos los que no tienen trabajo. Son la mayoría. De nuevo la leve depresión. Desde la casita de madera grita Bon Jovi, y es hora de irse.

La última mañana no es sombría como las otras. Es brutal. La cabeza estalla de aguardiente Angler. De repente brama el teléfono. Solo un mensaje, Martin. “¿Vienes después a pescar con nosotros?” Pescar es la salvación de Martin, así me contó. Y en el campo, en estos pueblos, cada cual necesita una salvación, para no desesperar de soledad, de vacío. Aquellos que no tienen nada se van. Los otros buscan. Los pomólogos determinan tipos de manzanas. Los bebedores beben en la casa blanca. Los hombres del club de pesca van a pescar. Pero cuando uno no es bebedor ni pomólogo o pescador y tampoco encuentra otra cosa, entonces solo queda tal vez la ideología de derecha. Uno puede muy bien convertirse en nazi en el país que antes era la RDA, en la que supuestamente nunca hubo nazis, pienso de pronto, y luego pienso también: ¿se volvería uno así invisible para los demás? ¿O solo se escondería bien? ¿Cuánto tiempo se escondería bien? ¿Hasta encontrar a la mayoría con la misma ideología?

Busco analgésicos en la cartera y me los tomo y también a Christa Wolf, otra vez el libro. Y ahí, una cita de Gottfried Benn: “Estas ciudades del Este tan grises, tan cubiertas de polvo: de esta forma no es posible entenderlas”. Y Benn y Wolf tienen razón. Aquí no voy a encontrar nada.


*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

Estas notas fueron encontradas en una carpeta de cuero, escritas en papeles sueltos de buena calidad. La carpeta estaba dentro de un viejo baúl, debajo de un tapado de piel de zorro comido por polillas, pequeños discos negros, varias agujas rotas, retazos de tela cosida hecha jirones y frascos medicinales vacíos, en un edificio declarado en ruinas, el último de varios que serían demolidos para dar lugar a viviendas modernas e higiénicas.

No pude haber nacido en ninguna otra ciudad más que en esta, una gran capital europea de arquitectura hermosa y llena de detalles: un castillo sobre el río, una extensión de cúpulas doradas y cobrizas con forma de cabezas de ajo, gárgolas, campanarios, trenes, postes de luz que parecen lunas atrapadas en vides negras, claraboyas como rocío sobre los edificios, fábricas, talleres, cabarets, un bosque de hierro, piedra, vidrio. Desde luego, no puedo imaginarme existiendo en un pueblo americano o siberiano, en un desierto, un valle. Sólo he visto lugares así en los libros, nunca he abandonado la ciudad en la que nací. Recibo muchas invitaciones para visitar casas de campo en países extranjeros, castillos, la costa, pero me asusta pensar que podría desaparecer al instante tras poner un pie fuera de esta ciudad, como una nube de smog.

Me siento en parte hierro forjado, en parte humano y, no voy a mentir, en parte alimaña.

Tengo ocho piernas, y la parte superior del cuerpo de un hombre normal. Cabello negro, nariz elegante y melancólicos ojos verdes, unos buenos dientes falsos hechos de colmillos de elefante; me hice extraer los verdaderos, como muchos caballeros de mi ciudad, para poder disfrutar de ricas comidas y bebidas sin visitas continuas al dentista. Hice que diseñaran mis dientes falsos para que fueran más afilados que los originales, más parecidos a colmillos. Muchos hombres, jóvenes y viejos, copiaron mi estilo.

Mi aspecto hace pensar en una araña, un paraguas, una marioneta.

Por cómo me muevo, parezco una mano grande con algunos dedos de más. Gracias a dios, sólo tengo un juego de genitales. La delicadeza y la sensación de tener uno entre cada pierna sería insoportable.

Los espacios entre mis otras piernas parecen axilas, pero un poco más firmes. Son peludos. Me saco el pelo con cera, para que haya menos ambigüedad al observar mi cuerpo desnudo. Cuido mucho de mis pies, cada uña está cubierta de esmalte brillante y transparente, cada planta bañada en polvo perfumado.

Mi ano está justo debajo de mí, mis nalgas son un círculo en el centro de mis piernas, como un sanitario sobre el que se sienta permanentemente mi torso. Me resulta mucho más fácil usar un orinal que un inodoro moderno, y los cafés que frecuento me proveen siempre de uno. Luego me limpio con una tela húmeda. Cuido mucho mi apariencia. Tengo trajes hechos especialmente a la medida de las proporciones de mi cuerpo, aunque algunos, incluyendo a mi doctor, han sugerido que me resultaría más cómodo usar una bata.

Nunca uso zapatos que no combinen, aunque algunos deben pensar que me gustaría, para exhibir mi vasta colección de calzado. Compro cuatro pares de cada zapato que quiero, y los uso todos a la vez.

Podría ser un arabesco de piedra que sale reptando de un edificio, o el artilugio complejo de un barbero, un fotógrafo o un matemático. Podría ser una de las tantas cosas que existen en la ciudad moderna, desempeño varios papeles en muchas fantasías.

Es imposible imaginar a mis padres, creo que simplemente surgí de la ciudad, salí de una rejilla humeante como Venus del océano. Hay muchos hombres en la ciudad, deformados por las armas y los cañones de la última guerra, a los que solo les quedan uno o dos miembros, o ninguno; de alguna manera son mis padres. Si no hay nada escandaloso en un hombre con un solo miembro, ¿qué hay de escandaloso en un hombre con ocho?

Cerca de mi departamento, en un pequeño vagón de madera afuera del metro, vive un soldado con un solo brazo y sin ningún otro miembro.  Siempre le daba monedas hasta que un día me preguntó si, en cambio, podía darle dos de mis piernas. Se rió, pero en sus ojos había tanta envidia, tanta avidez, que nunca más me detuve a darle nada. Me escapé corriendo sobre mis ocho pies, infinitamente valiosos, una abundancia de carne.

Según me contaron, me dejaron en la puerta de una iglesia, como una gárgola que se hubiera caído de la fachada. Me llevaron a un orfanato, pero yo era demasiado excepcional para estar mucho tiempo en un orfanato, pronto se corrió la voz sobre mí. Un puñado de mecenas amables y curiosos contrataron a una niñera para que me criara, tutores que me educaran, un doctor que velara por mi salud. Yo era el favorito entre las mujeres ricas. Nadie me poseía, me consideraban un hijo de la ciudad. Toda la gente importante me visitaba, me traía juguetes, libros, instrumentos musicales.

A pesar de que no estaba obligado a aprender alguna habilidad específica, o a resaltar mi diferencia con trucos extraños, como el enano de circo al que se le enseñan malabares y bailes, yo tocaba un poco el piano, tenía una bella voz y sabía aritmética. Pero sabía, desde muy temprana edad, que me dedicaría más que nada a placeres menos esforzados: comer, beber, leer, amar.

Mis piernas son algo débiles, largas pero un poco infantiles, a pesar de los ejercicios especialmente concebidos por mi doctor. Es necesario que camine con un bastón. Tengo uno con una araña plateada en el mango.

Muchas veces obligo a las mujeres a sentarse sobre mí a horcajadas, para no debilitarme demasiado. Duermo como lo hacen las flores, cerrado como un paraguas.

Tengo muchas amigas mujeres, y muchas me cortejan. Una de ellas, la esposa rica de un barón, mandó hacer para mí un tapado de piel de insectos. Hizo matar a cientos de abejas y tarántulas con la intención de seducirme, pero yo nunca había sentido tanta repulsión. Me importan profundamente las criaturas que otros desprecian: las arañas, las polillas, las ratas, los ratones, toda clase de insectos. Son mi especie.

Tengo dos ratas como mascotas, una blanca y una negra. Odilon y Claude, a quienes llevo conmigo a todas partes en una jaula de cuero y oro. Las alimento con almendras confitadas, pedazos de salchicha y naranjas. Me aprecian, les gusta trepar por mis numerosas extremidades, y yo mando hacer los trajes con algunos centímetros extra de género suelto para que puedan sentarse cómodamente entre mis piernas y la tela. La gente suele confundir sus contornos abultados con deformaciones adicionales de mi cuerpo, y se horrorizan cuando se mueven.

Soy la musa de la ciudad. Muchos artistas me han pintado, y hay una escultura de mi cuerpo –desnudo, excepto por un sombrero hongo– en un jardín público, sobre un pedestal que tiene tallado un poema escrito en mi honor.

Un arquitecto diseñó un pabellón de acero y cristal lleno de palmeras donde se puede tomar el té, que tiene una imagen en bronce de mi cabeza en la parte superior, y un teatro circular de mármol blanco y negro, donde el diseño de los arcos de mármol negro emula la forma de mis piernas.

También gano sumas considerables haciendo anuncios de absenta, loción para afeitar, obleas, agua con gas, botas, corbatas de moño, jabón, plumeros, joyas, trufas, seda, dulces de almendras, regaliz, máquinas de escribir, estudios de fotografía, pintura, hilo, té, perfume, café, aceite de bergamota, elásticos para las medias, galochas, ostras enlatadas, paraguas, cera para bigotes, medias de red, bastones, sombreros hongo y turrones.

Me niego a hacer anuncios de insecticida, aunque me lo han pedido varias veces. Cómo odio esos horribles negocios con ratas clavadas a la fachada, cajas de veneno, trampas para criaturas de todos los tamaños, algunas tan grandes que podrían atrapar a un niño desafortunado.

Cómo me gustan las cucarachas, los piojos, las pulgas, las palomas, las polillas, las ratas, los ratones, las arañas, los gorriones y, por supuesto, los cimex lectularius. Es gracias a mí que estos moradores de la ciudad tienen un lugar seguro. Usando mis amplios fondos creé un zoológico donde una selección de estas criaturas a las que llaman alimañas puede existir en fascinante proliferación, en un área cercada de la ciudad donde se construyeron túneles de vidrio para que los ciudadanos humanos puedan pasar sin molestias ni picaduras. Los visitantes les traen carne podrida, pan rancio, ropa y sábanas viejas. Para algunos es relajante, incluso adictivo, mirar a las criaturas propagarse, consumirse, morir; verlas existir en un espacio donde pueden vivir sin restricciones, sin veneno, sin escobas, trampas, felinos o perros.

Visto de lejos, mi zoológico parece una gran galería o una estación de tren. Tiene muchos techos de vidrio, y grandes frontones con frescos que muestran roedores o insectos. En la entrada hay una estatua de bronce de mí, con una rata en una mano y una polilla en la otra.

Me encanta el pabellón de las polillas, porque esas criaturas lo consumen todo. Las polillas están encerradas en una estructura que parece un invernadero. Cada mañana, un hombre con un traje como de apicultor abre uno de los paneles de vidrio y tira una bolsa de pan rancio y una pila de tapados. En esa profusión, los enjambres de polillas parecen franjas de tela marrón, o árboles tropicales extraños y siniestros, que se mecen con una brisa desconocida.

Dentro del pabellón de las ratas hay una maqueta en miniatura de nuestra ciudad, con los mismos edificios y calles, para que uno pueda mirar a las ratas, tan parecidas a los hombres, con sus manos y sus bigotes, hacer sus cosas: reproducirse, comer y digerir. Las cucarachas y los ratones se mantienen escondidos debajo de viejos colchones y sillones. Si uno golpea el vidrio de su jaula con un bastón o con el puño, se mueven de un escondite a otro, como tormentas de marrón y gris. Siempre llevo conmigo un par de prismáticos, para mirar las pulgas y las chinches.

El pabellón de las arañas es silencioso. Tiene tantas telarañas que, por su blancura, parece un paisaje ártico. Está siempre quieto, salvo por la comida de la mañana, cuando se sacrifican moscas y otras criaturas pequeñas. Para mí hay una gran diferencia entre una araña que necesita sangre, y por lo tanto debe matar, y el aplastamiento innecesario de arañas simplemente porque no nos gusta la apariencia de sus telarañas en nuestros alféizares. En el zoológico, el hilado de las telarañas es apenas perceptible para el observador, pero las arañas se comunican entre sí tocando sus telas como las cuerdas de un instrumento, una música armónica que se puede oír cuando todo lo demás está en silencio. Son arañas domésticas comunes, de los alféizares y las esquinas de mi ciudad. Algunas mujeres que creen en los augurios visitan el zoológico específicamente por las arañas, les rezan casi, les cuentan sus secretos y sus penas, como si sus palabras fueran a ser absorbidas por las telas. He oído que algunas mujeres jóvenes traen en estuches preciosos la pulpa de su menstruación para dársela a las arañas, creyendo que hacerlo les traerá amor, matrimonio, hijos, incluso la muerte. El cuidador del zoológico me ha mostrado esos estuches, parecidos a los que contienen anillos, pero manchados de sangre. Los guarda en su oficina, después de tirar los coágulos de sangre al pabellón de las arañas.

Yo también genero atenciones de ese estilo. Mujeres insatisfechas con sus maridos e incapaces de concebir vienen suplicando a mi departamento. A veces las ayudo, si los regalos que me traen son lo suficientemente exquisitos: una estola de piel, o un cajón de granadas o naranjas rojas envueltas en papel de oro, por ejemplo. Todos los niños que resultan de ello tienen mi rostro distinguido, pero ninguno tiene mis piernas múltiples. Algunas mujeres se ponían demasiado nerviosas o inquietas al verme desnudo, con mi falo extendido como una novena pierna. Las mujeres más capaces de tratar con una variedad de cuerpos diferentes eran las prostitutas. Me contaban sobre cientos de deformidades escondidas debajo de la ropa de los hombres. Nunca se sorprendían ni se escandalizaban. En público, yo pasaba la mayor parte del tiempo con actrices y cantantes de ópera. Tenía mi propio palco en todos los teatros y salas de ópera de la ciudad. Siempre usaba una capa negra y me sentaba al fondo del palco, escondido a medias en las sombras, para no desviar la atención de la obra. Era el hombre más famoso de mi ciudad, mi rostro estaba en todas partes. Era como un monumento tan grande que es visible desde cualquier lugar donde uno esté parado. Incluso habían escrito una ópera y un ballet sobre mí. El ballet se llamaba Hijo de Aracné. La ópera, La araña negra.

Me han pedido que suba al escenario, pero mi salud no me lo permite. Sería demasiado agotador, además de todas mis otras actividades.

Sin embargo, fue luego del estreno de Hijo de Aracné que caí en la desesperación. Para el pas de deux, un hombre y una mujer vestían tutús diseñados para parecer piernas múltiples (¡ah, ese equivalente femenino de mí que no existe!). ¡Cómo bailaban juntos, mientras yo afronto la vida solo! Compré una tarántula hembra en una casa de animales exóticos y la puse en una caja de cristal con forma de palacio, me acosté con cuatro prostitutas a la vez para estar inmerso en un revoltijo de piernas femeninas, y luego tomé prestado el traje de ballet e hice que una de las mujeres se lo pusiera, pero nada me satisfacía. Daba largos paseos nocturnos en mi carruaje. El carruaje mismo parecía una araña, e hice que diseñaran las cortinas de encaje para que parecieran telarañas. Yo seguía buscando; me parecía imposible que esta ciudad de fábricas, de tiendas especializadas –esta ciudad que podía producir cualquier cosa en grandes cantidades–, solo hubiera producido uno sólo de mi especie. Me detuve frente a las catedrales góticas y los balcones ornamentados, esperando que una amante parecida a mí bajara reptando de sus alturas.

Una de esas noches, conduciendo por un boulevard comercial donde las luces de las vidrieras permanecían encendidas toda la noche, divisé un muslo hermoso pero inhumano y le pedí a mi chofer que se detuviera. Era una tienda de máquinas de coser. La máquina de la vidriera tenía cuatro piernas, como plantas de hierro, un cuerpo de madera, un cuello curvado de metal como de cisne, una plataforma circular que hacía correr la tela, no muy diferente de la bandeja de un gramófono donde se coloca el disco, y una boca pequeña con un único diente de plata. Era una criatura moderna, inusual. ¡Qué hermosa música debía hacer! Su nombre era Florence, estaba escrito en la vidriera de la tienda. Florence. Me quedé ahí sentado en mi carruaje hasta que amaneció y abrió la tienda. Compré apresurado la máquina de la vidriera. Me preguntaron si quería que la desarmaran para llevar, pero hice que la colocaran así como estaba en mi carruaje. Conduje por la ciudad, mis piernas entrelazadas con las suyas, dos de mis pies apoyados en sus pedales con silueta de horma.

Los dueños de la tienda me dieron un catálogo de máquinas de coser; todos sus nombres eran cautivantes: Cleopatra, Condesa, Dolly Varden, Daisy, Elsa, Alexandra, Diamante, Gloria, Pequeña Joya, Godiva, Jennie June, Perla, Victoria, Titania, Princesa Beatrice, Penelope, Reina Mab, Emperatriz, Anita, Bernina, Pequeña Maravilla, pero ninguna lo era más que mi Florence, que iba sentada frente a mí.

De vuelta en mi departamento, intenté traerla a la vida. Puse un pañuelo de mi bolsillo debajo de su boca, le di de comer hilo de la mejor calidad, apreté el pedal, pero ella era terca. Me insultó con largas puntadas irregulares, líneas toscas sobre mi pañuelo. Lloré, la abracé con desesperación, besando el cuerpo metálico, pero ella estaba quieta y glacial.

Florence quería decirme que necesitaba una mujer que la asistiera, una dama de compañía. Le pedí a uno de mis sirvientes que llamara a una de las prostitutas que yo solía frecuentar y que la trajera en mi carruaje lo antes posible. Se llamaba Polina y su cabello negro y enrulado me recordaba a las piernas de Florence.

Luego de desnudarse, le dije que se sentara a la máquina y cosiera.

Ella apretó el pedal y se rió, tirándome un beso. Se levantó y trató de venir a sentarse conmigo en la otomana, pero le exigí que volviera a sentarse junto a Florence. Hizo una mueca de enojo y se quejó: qué utilidad tenía que supiera cómo usar una máquina de coser. Su Madama le arreglaba la ropa interior cuando esta se rasgaba. ¡No servía! Necesitaba una profesional, una costurera. Le dije a Polina que se fuera. Inmediatamente escribí un aviso para el diario y lo envié por telégrafo para que se publicara la mañana siguiente.

SE BUSCA

COSTURERA

Ay, aquellas pobres criaturas con gafas, que vivían en sótanos y áticos, alimentándose de sopas aguadas y latas abolladas de pescado, con las espaldas jorobadas, los dedos flacos y callosos. Sí, había algo de insecto en ellas. Entrevisté a muchas, y me decidí por una joven criatura, aún no deformada por su profesión. Su cabello era del mismo color castaño que el torso de madera de Florence. Hice que la midieran, y le encargué un vestido de encaje negro que tenía el mismo estampado que las piernas de Florence. Compré rollos de seda blanca, negra y dorada, para que Florence me hablara a través de ellos.

La chica se ruborizó cuando se puso el vestido, se veían sus pechos y su trasero a través de la tela. Me senté cerca y le pedí que se sentara con Florence y comenzara.

Ah, esas puntadas como marcas de lápiz labial sobre servilletas de papel, dulces poemas. La chica trabajó y trabajó, acariciando a Florence en una hermosa danza. Apreté las telas terminadas sobre mi pecho. No quería que la chica se detuviera, cerré las cortinas. Ambos nos hipnotizamos; no sé cuánto tiempo pasó, pero miré y miré, mientras le decía a la chica, respirando rápido, “¡No pares, no te detengas!”, hasta que ella colapsó, la tela se enredó y la boca de Florence se fue deteniendo hasta quedar inmóvil.

Florence, mi amante, había matado a la costurera. Mi estufa era más decorativa que utilitaria, una caja verde y negra con tantas figuras ornamentales y rostros como una sala de ópera. Yo comía en restaurantes, y no usaba la estufa más que para calentar azúcar, así que me llevó todo el día quemar los restos de la costurera, a la que corté en pequeños pedazos del tamaño de un mejillón, no sin antes quitarle el vestido, por supuesto, y colocarlo con cuidado sobre Florence, que era su verdadera dueña.

Muchas veces estuve tentado de llevar el cuerpo de la costurera a mi zoológico. ¡Ah, cómo la consumirían en un instante las ratas, las polillas y las pulgas!

Había pasado días, noches, en compañía de Florence y la costurera, sin noción del tiempo. Cuando el cuerpo de la costurera se quemó por completo, yo estaba hambriento, enormemente debilitado. Besé a Florence y fui a un restaurante. Comí mi comida rápido, estaba impaciente por volver junto a Florence, pero necesitaba otra costurera. No podía usar el mismo diario.

Esperé en mi carruaje cerca de una fábrica de ropa y cuando las chicas salieron para volver a casa, me acerqué y hablé con una que me atrajo; el mismo pelo castaño, el mismo tamaño que mi primera costurera, para poder reutilizar el vestido. Antes de empezar, le di a la chica una comida traída desde el restaurante, para que durara más tiempo, pero no tan pesada como para ponerla letárgica.

Leí los listones de tela, sus puntadas finas, rectas, un lenguaje misterioso y vigorizante, una gran novela de amor para mí. Me envolví en ella, sólo dejaba el departamento para comer, para buscar más costureras, para comprar más tela.

En honor a Florence, abrí un museo de máquinas de coser que, además, me proveería de un flujo constante de costureras. Lo llamé Museo Florentina, y era un edificio de hierro y cristal que parecía una magnífica telaraña. A mis mecenas les encantó la idea, aunque nunca habían cosido. Sería un reconocimiento al trabajo de las mujeres, y me dieron el dinero que necesitaba. El museo se planificó bajo mi dirección, y los fabricantes de máquinas de coser donaron modelos y aportaron más fondos.

Las costureras venían al museo los fines de semana de a montones, por la extraña curiosidad de ver máquinas diferentes de las que ellas usaban o porque tenían miedo de estar lejos de ellas. Nadie las amaba, de modo que dirigían su afecto hacia las mismas máquinas que las destruían. No tenían máquinas de coser en casa, no podían pagarlas. El simple hilo y aguja no les bastaba, así que venían a mi museo en sus horas libres, con sus corazones solitarios deseosos de ver un pedal, una rueda. Las máquinas habían desfigurado a las costureras, estas ponían toda su juventud y belleza en vestidos, cortinas y trajes. Era fácil reconocerlas: la piel pálida; los ojos cansados sobre semicírculos violeta, como anteojos de un color violento; la bizquera; los dedos consumidos, casi como agujas, escondidos en guantes baratos; las piernas temblorosas que habrían sido musculosas de tanto pedalear si hubieran tenido más carne para comer.

El museo tenía un café al que yo iba todos los fines de semana para tomar anís y pasteles de crema de pistacho y café en pequeñas tazas negras y doradas. Las costureras se sentaban a las mesas de hierro forjado con arabescos, balanceando las piernas. Usaban sombreros y zapatos hechos de cartón negro, y llevaban bolsitos llenos de pastillas de hierro y tónicos, que solían darles en la fábrica para mantenerlas con vida, y que ellas tomaban con el café.

–Si pudieras hacerme un corto trabajo de costura, tengo una máquina, unos pijamas de seda que se rasgaron, qué dedos tan finos tienes, te pagaré, por supuesto, y también te daré la cena, un buen filete, un pollo asado.

Perdían la noción del tiempo, no había relojes en mi departamento con este fin, las cortinas estaban cerradas, el aire era denso a causa de la estufa y las lámparas de gas. Las hacía trabajar durante días, y se hipnotizaban, al igual que yo, mirando cómo se movían las hermosas extremidades de hierro de Florence.

Pero llegó un punto en que mirar a las chicas languidecer de cansancio, ver cómo la máquina las consumía, sentir la tela cubierta de puntadas doradas, negras, verdes y rojas ya no fue suficiente. Quería estar involucrado en el proceso, ser tocado por Florence.

Me abrí la pierna con una navaja y le dije a la costurera que estaba sentada frente a Florence, una criatura débil con una fina trenza negra:

–Cóselo, querida. No, no hay necesidad de llamar a un médico, sólo cóselo, querida, en la máquina.

Sin limpiarme la sangre, coloqué una de mis piernas debajo, pálida y cubierta de vello negro, como un rollo de tela aplastado por el peso de alguien dormido, y le ordené a la costurera que cosiera, con la carne fría y metálica de Florence suspendida sobre mí. ¡Qué alivio, qué dicha, qué dolor con esa primera puntada!

Para mí, eran pinchazos de amor. No eran tan legibles ni tan parejas como las puntadas sobre la tela, pero eran igual de hermosas.

Enseguida mis ocho piernas estaban cubiertas de puntadas y cicatrices, como un muñeco de trapo. Los besos de Florence. La pérdida de sangre me debilitó en extremo.  Empecé a caminar con dos bastones en lugar de uno y empecé a tomar pastillas de hierro y tónicos, igual que las costureras. Casi no tenía apetito por la comida, estaba demasiado enamorado. Para mis visitas al zoológico compré una silla de ruedas que empujaba uno de mis sirvientes, pero más allá de eso, no salía de mi departamento, rechazaba invitaciones, ya no modelaba. Sólo mis criaturas del zoológico, pensé, entendían mi deseo ardiente de Florence, mi hambre interminable de la tela cubierta de sus puntadas, de sus puntadas sobre mi piel. Compré una bolsa de pelucas para las polillas, salchichas para las ratas y una jaula llena de gatitos para las pulgas. Las miré comer, y luego volví a casa.

Las pocas veces que recibía visitas entre medio de las costureras –para no levantar demasiadas sospechas, ya que antes había sido tan sociable– cubría a Florence con una tela. No quería que vieran algo que para mí era tan íntimo.

Deshacerme de las costureras usadas era agotador, compré una estufa más grande, con el argumento de que sufría el frío cada vez más. Ni siquiera podía pedir ayuda a mis sirvientes. Despedí a todos menos a uno, el que conducía mi carruaje. Cuando fui a ver al doctor, me rehusé a que me mirara las piernas; le dije que me había atacado el perro de una amiga. El doctor me respondió que tenía que dejar de verla de inmediato y mantenerme alejado de los perros. No podía permitirme perder más sangre, necesitaba más que el común de las personas a causa de mis miembros extra; mi corazón estaba sobreexigido.

Ay, sí que lo estaba, pero él no sabía hasta cuánto. Le dieron asco mis puntadas. ¿A qué horrible cirujano clandestino había acudido, y por qué? ¿Por qué no había ido a verlo a él, mi doctor de cabecera desde la infancia? Me dio un frasco de líquido antiséptico para ponerme en las heridas. Me juré no volver a visitarlo.

Tenía pilas de telegramas, invitaciones, cartas, diarios, pero lo único que leía era la tela de Florence, sí, y sus pinchazos de amor, creo que está empezando a amarme; yo la alimento, ella escribe y escribe

La última página termina con una mancha borrosa, es demasiado vieja para que el ojo desnudo pueda determinar si se trata de sangre, tinta o alcohol.

Me llamo Tomás, tengo treinta años, vivo con mi padre. Somos dos solitarios en una casa grande que se cruzan a horas insólitas y se tratan con respeto, pero podemos pasar días enteros sin vernos. Los jueves viene una señora que barre los pisos, lava los platos acumulados y deja brillantes los muebles. Tengo un hermano mayor, ingeniero en sistemas, que vive en las sierras con su familia, y a veces los vamos a visitar. Nos turnamos al volante, porque a mi padre se le cansa la vista. Salimos el sábado temprano y volvemos el domingo después del almuerzo, para no agarrar la ruta congestionada.

Pero lo que quiero contar es otra cosa. Algo que no le conté nunca a nadie.

Mi hermano, el de las sierras, no es el original. Es algo en el cuerpo de mi hermano, algo que lo reemplazó. Hace muchos años desapareció en el “bosquecito” y nunca volvió. Quiero decir: volvió, pero ya no era él. No es que estuviera distinto, o cambiado. Era otro, directamente. Otro que se metió en nuestra familia y la devoró por dentro.

Fue un 13 de abril. Me acuerdo bien de la fecha porque coincide con el cumpleaños de mi madre. Esa vez cayó domingo y comimos un asado en un parador, al borde de la ruta 9, yendo para Zenón Pereyra. Los domingos los asadores se llenaban de gente que estacionaba bajo los árboles y se pasaba el día entero ahí, oyendo el partido con la puerta del auto abierta, pero en ese domingo en particular no había casi nadie. Una pareja sola, que comió y se fue temprano.

Bueno, detrás de los asadores, cruzando un alambrado, estaba el bosquecito. Era un monte de esos árboles que se llaman siempreverdes, que habían nacido regados por la desembocadura del canal y cuyas hojas podridas formaban un colchón en el piso. Si uno se metía cien metros el lugar se ponía feo, con pedazos de vidrio emergiendo del barro, chapas podridas, perros muertos inflados por la descomposición y ratas del tamaño de un gato saliendo entre los escombros. De ahí vino lo que ocupó el cuerpo de mi hermano.

Hay una foto de esa tarde. La tengo cerca mientras escribo, porque marca el momento exacto en el que todo comenzó a deteriorarse. Ahí estamos los cuatro, frente los árboles, a un costado asoma la cola celeste del Dodge. Mi madre todavía es joven y tiene un ojo cerrado porque el sol le da en la cara. Un cigarrillo humea entre los dedos de mi padre. Mi hermano sonríe, con los auriculares del walkman colgados del cuello. Es una sonrisa maravillosa, una sonrisa que dice: mírenme, tengo diecisiete años, soy nuevo en el mundo, estoy lleno de brasas. Su sonrisa está congelada en esa foto: es la última vez que la vamos a ver.

Después de esa foto comimos la torta y mis padres se tiraron en las reposeras y se quedaron dormidos. Yo me senté contra un árbol y me puse a leer una revista de historietas. No vi lo que hacía mi hermano. Pasaron, no sé, diez o quince minutos. Entonces mi madre abrió los ojos y me preguntó por él, con las cejas fruncidas por la preocupación. A lo mejor había tenido una pesadilla, uno de sus “pálpitos”. Levanté los hombros: no sabía. Mi madre se acercó al alambrado y lo llamó. Gritó varias veces su nombre. Despertó a mi padre y lo llamamos entre los tres. Después oímos el chasquido de una rama al quebrarse y mi hermano salió de entre los árboles con los walkmans puestos. Se quedó mirándonos. Recuerdo esa expresión y me da frío.

­Sacate eso de las orejas haceme el favor­ lo retó mi madre.

Mi hermano tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, movió la mano para sacarse los auriculares con un gesto que no era para nada suyo. Entonces sospeché que algo andaba mal, algo difícil de definir. Pero no dije nada, ¿qué iba a decir? Nos subimos al auto y volvimos a casa.

Al mes lo llevaron a un médico, el primero: el doctor Ferro. Le hizo radiografías de la cabeza y algunos exámenes, después habló con mis padres. Físicamente, dijo, mi hermano estaba bien, a lo mejor el problema tenía que ver con la adolescencia, la efervescencia hormonal, el rechazo del mundo, incluso la depresión, ¿quién no se deprime a los diecisiete años?

Así que les dio el número de un sicólogo, que habló con mi hermano y les repitió a mis padres el diagnóstico de Ferro: era un chico sano, perfectamente sano. Un poco callado, un poco retraído, pero sano.

Usted no entiende ­ dijo mi madre. ­ Ese chico es otra persona. No es mi hijo. El sicólogo levantó los hombros.

La personalidad de su hijo está fluctuando por la edad. Va a tener que aceptarlo así.

Pero mi madre no lo aceptó. Lo llevó a otros médicos, a un homeópata, a un parasicólogo, a curanderas. La idea la obsesionaba. Con el tiempo comenzaría a perder el control de su vida: a fumar en exceso, a descuidar su aspecto personal, a sufrir largos períodos de insomnio en los que la idea rebotaba en su cabeza como una pelotita de pinball. Mi hermano era otro y ella no podía estar cerca. No soportaba su presencia. Antes era una pesada que lo despeinaba y le decía que estaba cada día más churro, cosas que hacen las madres con sus hijos, pero desde la tarde en el bosquecito no lo tocaba. Incluso le costaba estar cerca suyo: enseguida se ponía nerviosa. Lo mismo nos pasaba a mi padre y a mí: una parte de tu cuerpo sentía una repulsión instintiva hacia él. Ganas de irse lejos y no volver nunca.

No hablamos mucho del tema. Con mi padre recuerdo haberlo hablado una sola vez. Estábamos sentados en el auto, frente al pabellón de deportes donde yo tenía mi hora de gimnasia. Él había insistido en llevarme, aunque siempre me iba caminando o en bicicleta, y cuando me estaba por bajar me dijo que quería preguntarme algo. Pensó un rato:

­¿Vos te diste cuenta? Hice que sí con la cabeza. ­Respira distinto­ dije.

Yo compartía habitación con él y lo oía de noche. ­¿Cómo distinto?

­Distinto, raro. Respira como si fuera otra persona. Y a veces prendo la luz y está sentado en la cama, con los ojos abiertos. Me da miedo.

Mi padre se quedó callado un rato y al final dijo:

­ Tu mamá está deprimida. Ayudala, no la hagas renegar, portate bien, ¿sí? Estuve a punto de contarle de los sueños. Del sueño que había tenido la noche anterior. Pero preferí no hacerlo.

­Sí­ le dije, y me bajé del auto.

Los sueños eran todos más o menos parecidos. Mi hermano andaba por la casa sin prender la luz ni hacer ruido. Se acercaba a las fotos colgadas en la pared y las miraba. Se acercaba a mi cama, se acercaba a la cama de mis padres, nos miraba. Sus ojos eran completamente negros. Después volvía a acostarse.

Mi madre también soñaba, pero no lo supe hasta mucho después. Soñaba con ­como lo llamó­ tu “verdadero hermano”. Mi verdadero hermano, me dijo, estaba en el interior de un pozo, en la tierra. Era un pozo muy profundo, la salida se veía como una moneda de luz en lo alto, y él se había roto las uñas tratando de trepar. Estaba flaco, se le notaban las costillas. Gritaba y gritaba.

­Me despierto angustiada, y le pido a Dios no soñar de nuevo con eso ­ me contó mi madre. ­A veces Dios me escucha.

Un día mi madre lo miró y le dijo: ­¿Por qué no te vas?

­Tranquila­ dijo mi padre.

Estábamos almorzando con la televisión prendida, era un sábado o un domingo. Mi hermano pinchó un raviol, se lo llevó a la boca y masticó sin quitar los ojos de la televisión.

­Yo sé quien sos. Lo sé muy bien ­ dijo mi madre, asintiendo. ­Tranquila­ repitió mi padre.

Mi madre se levantó y fue a fumar al patio.

En ese entonces ya éramos una familia solitaria. Unos meses después del incidente del bosquecito los amigos de mi hermano dejaron de venir. No dieron explicaciones. Después mi madre se encontró con uno en la calle, que le dijo que quedarse solo con él le ponía la piel de gallina, y le mostró el brazo: recordarlo también le ponía la piel de gallina. Con los parientes pasó lo mismo. Incluso con algunos vecinos que antes siempre andaban dando vueltas por casa. Mi hermano los incomodaba. Así que también ellos dejaron de venir.

Yo me despertaba gritando por las noches y mi padre prendía la luz. ­¿Le hiciste algo?­ le preguntaba a mi hermano.

Hablaba con violencia, como si estuviera a punto de pegarle una trompada.

Mi hermano se daba vuelta y se hacía el dormido.

No sé cuánto duró esta situación. Meses probablemente. Meses de comidas tensas, meses de mi madre llorando a escondidas en el lavadero, meses en los que todos preferíamos estar en cualquier parte menos en casa. Una mañana la portera vino al aula y habló con la maestra en voz baja, mirándome. Después la maestra me pidió que guardara los útiles. Mi padre me esperaba en la entrada. En su cara advertí que algo había pasado, algo feo.

­Tu mamá tuvo un ataque de nervios­ me explicó en el auto, negando con la cabeza. ­Quiso cortar a tu hermano con un cuchillo.

Después supe que mi madre había cometido el error de contarles, primero a la policía y después a un sicólogo su teoría sobre el cambio de mi hermano. Les explicó que había sido reemplazado por un espíritu que vive en la madera de los árboles, algo que había leído en alguna revista. El espíritu viviría en su cuerpo hasta desgastarlo, y luego saltaría a otro, y a otro, y a otro. Era como un parásito. Y lo que ella había hecho fue intentar liberarlo. Eso les dijo.

La llevaron a un hospital siquiátrico y por quince días no nos dejaron verla. Se estaba estabilizando, le explicó el siquiatra a mi padre. Fuimos por primera vez un domingo a la tarde. Mi hermano tenía gasas pegadas con cinta en la cara y los brazos, porque en algunos cortes debieron hacerle puntos. Nos sentamos en una mesa de cemento, en el patio, mirando a las internas que recibían las visitas de sus familias.

Al rato una enfermera la trajo. Era una mujer corpulenta y llevaba a mi madre del brazo. Mi madre caminaba arrastrando los pies, con un equipo de jogging celeste y las manos extendidas, como si estuviera ciega. Cuando reconoció a mi hermano, a lo lejos, empezó a gritar y luchar en los brazos de la mujer. Tuvo que acercarse otra y entre las dos la sujetaron y le pusieron una inyección.

Desde entonces, sólo vamos mi padre y yo.

Vamos los domingos, y hace más de veinte años que repetimos el ritual. Le llevamos cigarrillos, chocolate, revistas. Mi madre está cada vez más ausente, más abandonada: cuando se inclina para hablarme al oído puedo oler la fetidez de su aliento, un olor denso, pesado. Siempre me dice lo mismo.

­ No te vayas a quedar solo con ese. Es malo, está lleno de odio. Nos odia a los tres. Nos odia porque somos distintos. ¿Vos me entendés, mi amor?

Yo le digo que sí. Que entiendo.

Cada familia tiene su canción, la canción que canta todos los días. Una canción hecha de pequeños gestos que les permite vivir juntos, dejar pasar el tiempo, no pensar. Mientras se canta esa canción, el fuego arderá en alguna parte. Y si la canción se calla, la familia explota como una gran bomba y sus miembros son esparcidos como esquirlas en cualquier dirección. Por eso cantamos todos los días lo mismo: para permanecer juntos. Para que el fuego siga encendido.

Hace unos meses tuve que hacer un viaje en uno de esos colectivos lecheros. Fue desastroso: las luces individuales estaban rotas, el asiento no se inclinaba, la calefacción era excesiva. En algún momento desperté, ofuscado: el ómnibus estaba detenido en la terminal de un pequeño pueblo. Tenía tres plataformas y estaba casi a oscuras. En el piso grasiento había un perro dormido, y contra una columna un hombre de pie, con un gran bolso Adidas al hombro. Me acuerdo que pensé: qué deprimente vivir en un pueblo así. Y entonces volví a mirar al tipo y era mi hermano. Sentí una aguja helada en la columna vertebral: era mi hermano, era mi hermano, era el verdadero, con algunas hebras grises en el pelo y algunos kilos extra, pero era él, Dios y la Virgen Santa. Tendría que haberme puesto de pie, haber detenido el colectivo, haber gritado como loco, pero la verdad es que me quedé clavado al asiento. El colectivo empezó a retirarse de las plataformas y no pude hacer nada. Me tapé la cara y estuve así un buen rato, hasta que las luces del pueblo quedaron atrás y nos sumergimos en la oscuridad monstruosa de la ruta.

Ahora estamos sentados en el patio de su casa de las sierras, mi hermano y yo. Es un domingo cualquiera, un domingo cálido que anuncia la cercanía del verano. Hace un rato que mi padre, la mujer de mi hermano y su hijo duermen la siesta adentro. Pero nosotros nos quedamos acá, bajo los árboles, mirando las montañas y oyendo el rumor de un arroyo que pasa cerca. Disfrutando de la tranquilidad. No hemos dicho una palabra en veinte minutos.

Miro a mi hermano. Él me mira.

¿Quién sos?, tendría que preguntarle. ¿Qué sos?

Pero prefiero no saberlo. Después de todo, es mi familia.


*Este cuento fue publicado en: El loro que podía adivinar el futuro, editorial Nudista, 2014.

Antes de acostarme contaba las horas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete; miraba el reloj, las cuatro, por lo tanto cuatro y siete eran once, y once menos siete eran cuatro, de lo que deducía que dormiría siete horas, o mejor dicho, seis con quince si les sustraía los cuarenta y cinco minutos promedio que me demandaba encontrar posición en la cama y aislarme de los ruidos que hacía mi amo. Ahora bien, seis horas –no digo ni siquiera seis horas quince– eran suficientes para alguien que no trabajaba o no odiaba. Un trabajador, en cambio, precisaba por lo menos siete horas de sueño. Un trabajador que odiaba –a su patrón, por ejemplo–, ocho horas netas, esto es, ocho horas, ni más ni menos, ocho horas desde que conciliaba el sueño hasta despertar y no desde que se acostaba y buscaba posición y se aislaba de los ruidos.

Mi caso a lo largo de los años varió según mis penurias económicas. De ser un ocioso irrecuperable que dormía seis horas, pasé a ser un ocioso atormentado por la desidia, por lo cual sumé quince minutos a mis horas de sueño. El asesinato de mi padre determinó mi necesidad de trabajar. Tardé meses en recomponerme de la pérdida. El proceso judicial iniciado contra el criminal llegó a su fin. El culpable, un odontólogo jubilado que al parecer había confundido a mi padre con su potencial víctima y por eso mismo se declaraba inocente –no había cometido el crimen que quería cometer–, pagó su delito: prisión perpetua. Recién entonces pude realmente llorar y desapenarme. Después me dediqué a buscar trabajo. Mi apariencia, según me comentaron algunos maliciosos en las colas, estaba bastante desmejorada. A decir verdad, yo nunca noté nada… ni antes ni después de la muerte de papá. Es más, sigo igual, las ojeras grandes, la palidez pronunciada. Así era incluso antes de que papá muriese… Pero esto no viene al caso; si hablo de mi padre, ¿por qué no puedo hablar de mi madre, de quien solamente tengo imágenes lejanas? Lo cierto es que solo en un trabajo fui aceptado sin temores y sin discriminación.

Ocurrió de este modo. Un lunes, un año atrás más o menos, leí en el diario el siguiente aviso: «Se busca joven sin experiencia con facilidad para caminar. Buena visión. Tranquilidad. Pocos prejuicios. Artistas abstenerse». A primera vista me llamó la atención la ausencia de abreviaturas. Repasé el aviso y me resultó un buen augurio eso de «artistas abstenerse». Justamente, en aquel tiempo, lo más ajeno a mí era un artista. De modo que me puse en marcha hacia el lugar indicado. Me eligieron entre una gran cantidad de postulantes y ese mismo día empecé mi trabajo en la casa de Adolfo y Antonieta Voisin. En cuanto me encomendaron la primera tarea, sacar de paseo a Antonieta, el portero del edificio me abordó en un rincón del palier y no se ahorró comentarios:

–Así que usted es el nuevo empleado… Espero que tenga suerte, ninguno aguanta más de una semana –apretó el índice contra la sien–. Si ocurre algo raro, llámeme. Todos me llaman. Ahora vaya, a ver si Antonieta se da cuenta… Ahí viene.

Antonieta se unió a mí y me preguntó con quién hablaba. Con los días comprobé que esa era una de sus preguntas predilectas: siempre creía que cuando no estaba a su lado hablaba con alguien.

–No se le ocurra hablar de nosotros… Tenga discreción –me dijo una vez–. ¿Cómo se sentiría usted si nosotros habláramos de sus intimidades? Por favor, sea discreto. En este barrio los rumores corren espantosamente rápido… Fíjese cómo hablan de Adolfo y de mí. Hasta dicen que tenemos un hijo cautivo.

En infinidad de ocasiones le confirmé que no hablaba casi con nadie y que si alguna vez lo hacía no me atrevía a revelar bajo ninguna excusa la intimidad de mis patrones. Antonieta fingía no escucharme y cambiaba de tema para abordar otra de sus sospechas recurrentes: su marido la quería envenenar, ocurrencia tan extravagante como provechosa, pues secretamente me otorgaba una propina para que probara la comida antes de cada almuerzo y cena.

Ahora bien, mi trabajo en la familia Voisin no consistía solo en pasear a la señora Antonieta por la avenida de Mayo. Había algo más: Antonieta era ciega y pretendía pasar por vidente, lo cual dificultaba notablemente mi tarea de lazarillo. Tenía una percepción y un dominio sorprendente de sus propias torpezas, y si daba un paso en falso o rozaba una pared transfería la responsabilidad del accidente a mi negligencia. Enseguida preguntaba si nos había visto alguien, y mientras más intentaba persuadirla de que nadie había reparado en el contratiempo, más se empeñaba en creer que le mentía. Perdía la calma, se aferraba más a mi brazo y me pedía por favor que le dijera que nadie nos miraba… Yo asentía a todo y, acto seguido, ella disentía y me tildaba de pelafustán y usurero. «Si mi marido se enterara del dinero que usted me saca… si supiera que usted me extorsiona con la excusa de que él me quiere envenenar. Usted es un monstruo. Por favor, lléveme de vuelta a casa«.

Así era siempre. Durante meses repitió con ciertas omisiones o agregados la misma escena. En cuanto llegábamos al edificio, olvidaba mi monstruosidad y me preguntaba si su marido no me parecía sospechoso. Tal era mi temor a mentirle que siempre le confirmaba lo contrario a lo que quería escuchar, por lo cual ella atribuía lo decepcionante de las respuestas a mi carácter impuro y desvirtuado por el comunismo que intuía en el consorcio y, en general, en cualquier situación de vecindad.

El señor Adolfo, por su parte, se mostraba siempre conforme con mis actividades. Yo no le inspiraba sospechas y cuando traía de regreso a su mujer tenía para conmigo ciertas confesiones halagadoras. Me llevaba al comedor mientras Antonieta descansaba las piernas en el cuarto, y me hablaba de su pasado de atleta, sus viajes por Europa, sus gruesas infidelidades. Luego, como si todo fuera una excusa para obtener alguna confidencia de mi parte, me preguntaba por los pormenores del paseo. Al principio tomé esto como una indiscreción amistosa, casi solidaria, hacia su mujer. Poco a poco las exigencias de Adolfo se hicieron más precisas; puesto que entre ellos, según me dijo y según pude comprobar, no tenían ya trato verbal, me rogaba que le reprodujera con exactitud las palabras que ella había empleado durante la última caminata. Para aflojarme la memoria me ofrecía una buena propina, y yo, que creía deberle más fidelidad a él que a ella, ya que por momentos Adolfo me parecía el más cuerdo de los dos, le contaba todo, incluyendo lo del envenenamiento, y él, a cada frase mía, decía: «Pobrecita mi Antonieta, ¿qué le andará pasando? ¿Usted qué piensa?». Para no ofender a mi dadivoso patrón, le contestaba que no sabía. «¿No será algún trastorno de la vejez?», preguntaba él, y yo, encantado, le confirmaba la sospecha.

Cierta vez, cuando caminábamos por la calle Florida, la señora Antonieta dijo tener la premonición de que su marido y yo conspirábamos, ya que pasábamos mucho tiempo juntos después de los paseos. En vano intenté persuadirla de mi lealtad. «Desde ahora usted no prueba más mis comidas», sentenció todavía más irritada, e intentó echarse a correr. Por suerte chocó contra un puesto de diarios, perdió el equilibrio y pude alcanzarla antes de que cruzara la calle. Ella blasfemaba, blasfemaba tan rápido y con tanta furia que se atoraba en su propio odio. Ese día –¡hace tiempo ya, todo ha cambiado tanto!– regresamos en taxi. Adolfo, al ver entrar a su maltrecha mujer, me interrogó a solas, con gravedad, y por primera vez me reprendió al enterarse de que su señora se había dado en la cabeza contra un quiosco.

El incidente dio sus frutos. Durante un tiempo, Antonieta permaneció en cama con la cabeza vendada, y mi única tarea en la casa consistió en suministrarle alimentos y limpiarle el cuerpo, según lo dispuso su esposo, con un trapo húmedo, una esponja y un cepillo de cerdas blandas. Cuando se recompuso, ella me expresó el deseo de abandonar las caminatas y no salir más de su cuarto. Se lo transmití a Adolfo y él lo aprobó con entusiasmo, confiándome, en voz baja, con un pudor malicioso que nunca había percibido en él, que eso era lo que durante mucho tiempo había estado esperando.

Antonieta, a contrapelo de su inmovilidad, no dejaba de hablar. Adolfo, que escuchaba todo detrás de la puerta, cierto día me refirió la preocupación de que Antonieta enloqueciera si él seguía permitiéndole hablar sola. «Es apremiante –utilizó estas palabras– que usted se mude con nosotros». Agradecí y enumeré una serie de razones falsas que me impedían aceptar el ofrecimiento. Adolfo perseveró y ofreció duplicarme el sueldo. Le expliqué que no me importaba el dinero, hasta entonces había ahorrado los seis meses de sueldo que puntualmente me habían pagado porque no tenía en qué gastarlo. Él entonces perdió la compostura, se ruborizó y me gritó que no le importaban mis excusas, que ese mismo día yo me quedaba ahí y que dispondría de una cama en la biblioteca, junto al cuarto de Antonieta. Retrocedí espantado, y el señor Voisin, al advertir lo contraproducente de su conducta, empezó a gimotear y me tomó por los hombros. Sus manos eran frías y huesudas, como forradas en cuero. Me dijo que yo era para él como un hijo… «Estoy muy solo, dentro de poco yo también voy a necesitar a alguien que me escuche… Por favor, no sea así, míreme. Desde niño, cuando íbamos al campo y mi mamá me sentaba sobre sus rodillas, empezó a atormentarme la idea de morir solo, la idea de morir hablando solo. Y mi temor no es infundado, mis padres murieron hablando sin ser escuchados. Mi padre en un manicomio; mi madre en el campo… sola, y todavía peor, hablando como si alguien la escuchara. ¿Qué me dice? Lo sorprendo, ¿no? Ahora sí se va a quedar… ¿O va a dejar que nos volvamos… no me gusta la palabra… mejor decir perder la razón, porque yo nunca podría enloquecer… no, yo solo podría perder la razón, ¿no cree?».

Al día siguiente mudé mis pocas pertenencias a casa de Adolfo. Recién entonces tomé conciencia de lo amplia que era la casa: cantidad de cuartos vacíos, ventanas selladas, corredores detenidos en penumbras que nadie transitaba desde hacía años. Mi cuarto, el más cercano al de Antonieta, era un salón-biblioteca imponente, con una mesa de roble ovalada y un sofá cama.

Tardé en acostumbrarme a la soledad que imponen los ambientes grandes. Por las noches, cuando el silencio de la calle era íntegro, percibía los gritos de Antonieta, los pasos de Adolfo en el corredor, deteniéndose y apoyando la oreja contra la puerta o las paredes del cuarto de su mujer. «Venga, escuche», me propuso alguna vez al verme salir. Por compromiso acepté y, francamente, nunca percibí más que alaridos. «¿Qué dice? ¿Qué dice? Vamos, usted es joven, tiene que entenderla», me arengaba Adolfo, y yo, que nunca quise mentir, después de representar muchas veces la misma escena decidí inventarle que ella pronunciaba un nombre. No sé por qué se me ocurrió un nombre y no otra cosa… Él se sintió espantosamente intrigado e intranquilo. «Dígame a quién llama, por favor, ya es tarde para los celos, soy viejo, hable». Le dije que pronunciaba su nombre, y él, en lugar de desconfiar, empezó a sospechar que ese Adolfo al que invocaba era otro, un amante remoto, un sosias sentimental que lo había antecedido.

Al día siguiente el señor Voisin incorporó el hábito de detenerse también ante mi habitación. Yo oía cómo apoyaba cuidadosamente la oreja sobre la puerta. ¿También yo hablaba solo? Lo más terrible de hablar solo, pensaba, debe ser que uno no se da cuenta; quizá yo hable solo y no pueda saberlo nunca. ¿O pensaría en voz alta? Y apenas especulaba esto, me quedaba inmóvil, recorriendo con la mirada el ambiente que en lo oscuro se asemejaba a la llanura que tanto me refería Adolfo. Me parecían tan misteriosos los objetos que había ahí. Lo más opresivo residía en la presencia de los libros. Eran tantos que por momentos los creía humanos y me sentía vigilado. Entonces tenía la impresión de que otra vez estaba hablando solo y corría hacia un espejo y buscaba mi imagen. Recién cuando a medianoche Adolfo se retiraba a su habitación, yo recobraba la calma y podía dormir. A esa misma hora, además, Antonieta dejaba de hablar en voz alta y pasaba a los susurros de entresueño.

Durante el día ocurrían cosas menos extrañas. A veces yo hacía mandados, pagaba cuentas o limpiaba ligeramente la casa con un plumero y una escoba. El resto del tiempo permanecía junto a la señora Voisin, escuchándola o aseándola. Pronto llegué a la conclusión de que sus crónicas tenían una coherencia interna pero eran incompatibles entre sí. Me refiero a que las formas de su pasado eran irreconciliables. Es inadmisible que una misma persona, a lo largo de su vida, haya sido bailarina becada en el Bolshoi y en París, alpinista, profesora de tenis, instructora de polo, actriz de teatro, tejedora y manicura. Cada tarde se atribuía un destino distinto y después de un tiempo, a fuerza de soportar tanta insensatez, comenzó a intrigarme su pasado: comenzó a mortificarme el deseo de una verdad. Nunca hasta entonces me había preguntado por la identidad de mis amos… Y desde que me lo pregunté empezó a resultarme preocupante y sugestiva mi ignorancia. Tenía la impresión de que el anonimato los hacía más peligrosos. Debía cuidarme, qué sabía yo de lo que era capaz Adolfo; al fin y al cabo la postración de Antonieta era obra suya. Y así como se había tomado el hábito de vigilarme igual que a su mujer, podía estar preparándome un destino equivalente. Me imaginé cautivo en la biblioteca, tullido y hablando ante un joven contratado por Adolfo, a quien le diría que yo era su pobre hijo demente, y a quien lógicamente obligaría a alojarse en una habitación contigua. No, no podía consentir más la obra de Adolfo. No podía dejar que alguien me reemplazara. ¿No era obvio que nos sacrificaba cada noche para afirmar el fino hilo que lo ataba a la existencia?

A lo mejor no exageré mis sospechas. quizá en lo que sucedió después yo tenga alguna responsabilidad. Ciertos hechos son irremediables. Y cuando algo es irremediable se vuelve necesario. Pensar eso rebaja mi desasosiego y la horrorosa situación en que me encuentro.

Lo cierto es que tomé mis recaudos para protegerme del comportamiento sospechoso de Adolfo. A la hora de la cena siempre me llamaba a su cuarto, un ambiente amplio y sin luz, de muebles oscuros y lustrosos, para interrogarme acerca de su esposa. Debía referirle todo lo que ella había dicho por la tarde; él, mientras, se reconfortaba meneando la cabeza, los ojos húmedos y fijos, pronunciando: «Pobre de mi Antonieta». Cuando yo finalizaba la crónica, me reclamaba una opinión, que siempre era breve, porque él me interrumpía y empezaba a hablar de sí mismo, de su pasado de estanciero y de otras frivolidades menos indecorosas. Antes de que me retirara, formulaba su pregunta predilecta: «¿Usted piensa que Antonieta morirá hablando sola?». Cierta vez, en lugar de responderle que no, que moriría delante de mí, decidí preguntarle por un misterio que hacía rato no llegaba a explicarme: ¿por qué evitaban verse? Se retrajo. Noté que las preguntas lo debilitaban: la incapacidad de controlarlas parecía empujarlo hacia una humillación que no podía reconocer como propia. Desde entonces, cada día, al salir, le hacía preguntas entre indiscretas y maliciosas, y él, con una mezcla de vergüenza y furia, me respondía que era un impertinente, que me retirara, que era la última vez que me permitía semejante falta de respeto. Pero el hecho de habitar aquella casa penumbrosa me daba derecho a preguntar, a avanzar sobre mi amo. ¿Acaso no sufría como un habitante más? ¿No tenía tanto derecho como él a vigilar a los demás si respiraba el frío de los corredores y la presencia de los ambientes clausurados?

Mi comportamiento cambió radicalmente. La conciencia que tenía de mi condición me confería ante mis amos un poder insuperable. De noche, después de que Adolfo efectuara sus maniobras detrás de las puertas, yo salía lleno de insolencia al corredor, y cuando él se encerraba en su cuarto, me reclinaba sobre la puerta para espiarlo. Las primeras veces me contenté con oírlo. Caminaba de un lado a otro, los pasos atenuados sobre una alfombra, la tos ronca sonando a cada rato. Sabía que lo espiaba; desde mi llegada y a lo largo de mi estancia había estado esperando que me tomara esa libertad tan obvia. ¿Qué más podía querer sino someterme a la visión de su intimidad? ¿Qué más le quedaba sino el placer de ser espiado al final de su vida? Ante la idea de que en realidad me estuviera utilizando para satisfacer alguna perversidad senil, cedí a la tentación y espié a través de la cerradura. En efecto, comprobé que saberse espiado lo reconfortaba; andaba por el cuarto, desnudo, y lo que yo había tomado por tos era una risa escabrosa que le vibraba en la boca cuando se detenía a contemplar el modo en que oscilaba entre sus piernas el sexo flojo, largo como una lombriz.

Noche a noche, a pesar de los padecimientos morales que me aquejaban durante el día, no pude resistir la idea de volver al ojo de la cerradura. ¿Por qué lo hacía? Luchaba por no ceder a la tentación, ya no podía contentarme con escucharlo. Verlo caminar por el cuarto amplio y aprehender el instante en que la sonrisa se deslizaba en su cara cuando, con un movimiento leve de caderas, hacía oscilar su sexo tan particular, pasó a ser una necesidad que le devolvía sentido a mi vida. Y mientras más luchaba por no ceder, más importancia cobraba en mi vida esa incursión nocturna. Solo quería vivir para que cayera la noche.

Durante todo el día esperaba, junto a Antonieta, a que llegara la ocasión. Contaba las horas. Mis estadías junto a la anciana eran cada vez más insufribles. Comencé a odiarla. Incluso pensé que su presencia exageraba mi ansiedad: todo mi drama especulativo parecía irremediable mientras ella existiera. Sufrí, cada vez con más frecuencia, la necesidad de torturarla. Y recién cuando esta tentación inaudita me abrumó, empecé a ejercer sobre ella mi pequeña venganza…

Tenía derecho a vengarme de su presencia, me dije, del destino que me había traído hasta ahí y había transformado mi vida diurna en una mezcla de desesperación y ruido. Cuando ella me preguntaba por su marido, le comentaba que tenía ciertas actitudes sospechosas: deambulaba por la casa todo el día –lo cual era cierto–, como esperando a que algo interrumpiera esa rutina dolorosa, y por la noche, siempre de la misma forma, me ofrecía dinero para que la envenenara.

–Ve, usted ve, no le dije, lo sabía, es un monstruo –contestaba ella–. Yo también tengo dinero, voy a vivir para hacerlo sufrir… No se va a librar de mí tan fácilmente. Usted espere, él se va a morir primero, va a explotar, y yo le voy a dar, le voy a dar dinero para que usted haga lo que quiera y sea libre… No falta mucho. No ponga esa cara, no le tengo miedo, usted no tiene clase ni manos para matar a alguien que ha cenado con Ingrid Bergman.

Desde luego que no creía en las patrañas de la vieja y le manifestaba, para aterrorizarla más, que Adolfo me había prometido hacer un testamento a mi favor si la envenenaba. Para evitar escenas tétricas y conservar la dignidad, le aconsejaba morir rápido. Nada deseaba más intensamente que deshacerme de ella y quedarme solo, de una vez por todas, con la presencia de mi amo. Estaba decidido a derrotar a Antonieta. A medida que ella hablaba mi odio crecía, y el sueño de llegar a poseer esa totalidad que suponía en Adolfo me impacientaba.

Un mes atrás, calculo –tal vez sean dos–, el desenlace de los hechos se precipitó. Yo mismo, que pregonaba un fin monstruoso, quedé azorado. Por la noche, a la hora en que Adolfo solía detenerse detrás de nuestras puertas, escuché ruidos y movimientos anómalos. Presumí que mi amo había dejado la rutina de espiarnos y había decidido entrar en la habitación de su esposa. Sonaron gritos. Yo escuchaba, apoyado en la puerta, paralizado por el horror ante eso que me parecía inminente y que en ese momento tomaba la forma de un lamentable exceso… Y solo yo escuchaba… Él lo sabía. Solo yo, el único testigo, y él lo sabía. Salí impulsado por una curiosidad morbosa, y observé en el corredor cómo Adolfo, desnudo y en pantuflas, arrastraba a Antonieta del brazo. Ella apenas conservaba fuerzas para protestar en voz baja. Solo se resistió cuando él abrió la puerta del fondo e intentó introducirla en un cuarto al que yo nunca tuve acceso. Entonces mi amo, que parecía calmado a pesar de la situación, la empujó con un bastón que yo nunca antes había visto, y la dejó encerrada bajo llave.

Poco después, Adolfo se mudó al cuarto contiguo al mío. Todo cambió… No sé cómo explicarlo, cómo aceptarlo. Durante el día se paseaba por la casa, desnudo, apoyado en el bastón, y hablaba, hablaba solo y a veces, creo, me ordenaba algo, pero enseguida se desdecía y empezaba a reírse y a agitar su miembro. Yo no sabía qué hacer: ya no podía espiarlo y me preguntaba qué sentido tenía ahora un amo.

Hasta hace poco, por la noche, él solía volver al cuarto donde había arrumbado a su mujer. Creo que le llevaba algunos víveres. Varias veces, siempre durante el día, me acerqué premeditadamente a la puerta del fondo. Escuchaba rumores, pasos; sí, me entretenían los pasos lentos y duros como el tictac de un reloj, y me deleitaba pensar que esos sonidos eran lo único que quedaba de Antonieta.

Quince días atrás, creo, dejé de escuchar los pasos.

Y Adolfo siguió andando de un lado a otro, y cada vez que me cruzaba se reía a carcajadas y pronunciaba cosas inentendibles. Cuando se instalaba en la cama, por la tarde, me ordenaba que permaneciera a su lado. Entonces yo lo alimentaba con amor: le cortaba en trozos su comida preferida, carne y frutas… Me pedía, además, que lo afeitara y le cortara el pelo y las uñas; mientras se reía y su estómago liso se hinchaba, y sus ojos se llenaban de un brillo que me asustaba. Él me había privado de todo, incluso de Antonieta, a quien entonces yo creía haber apreciado más de lo que suponía. Ella hubiera podido salvarme, pensaba… Sí, ella, no él. Y ante semejante equívoco ni siquiera podía poseer a Adolfo y tenía que limitarme a un simulacro doméstico, ya que casi no le quedaban pelos ni uñas y la barba no le crecía.

Lo más terrible residía en que no podía espiarlo porque de día él circulaba a gusto por toda la casa, y de noche deambulaba por su cuarto, que antes era el de Antonieta, y golpeaba las paredes con el bastón. Entonces yo pensaba que lo odiaba profundamente y que podía dar cualquier cosa por deshacerme de él y de sus ruidos.

A veces él salía al pasillo y yo oía su respiración dificultosa, su risa disfrazada de tos. Con la punta del bastón raspaba mi puerta, no sé durante cuánto tiempo, igual yo no podía dormir, contaba las horas que me quedaban de sueño, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, y hacía cálculos… Necesitaba dormir ocho horas, pero al amanecer Adolfo entraba en mi cuarto y me despertaba con su risa. Entonces pensaba que debía huir… Pero ya era tarde, algo estaba por suceder.

Hace dos días la espera terminó. Algo ocurrió. Dejé de escuchar a Adolfo. La última vez gemía; era temprano y no entró en mi cuarto. Lo oí caminar por el pasillo, detenerse en el fondo, abrir y cerrar una puerta. Lo busqué durante horas para curar mi sufrimiento: su ausencia me dolía más de lo que podía haber supuesto. Habría preferido tenerlo a mi lado, soportar su extravagancia, cortarle las uñas.

Varias veces fui hasta la puerta del fondo. La primera vez escuché pasos arrastrándose, casi raspando el piso; luego no los percibí más. Espié por la cerradura: todo estaba oscuro, muy oscuro y silencioso. Me pregunté qué habría ahí. Intenté entrar, pero la puerta parecía clausurada.

Supongo que tarde o temprano deberé forzar la puerta o huir. Mientras, la casa permanece vacía. Camino de un lado a otro y los ambientes enormes parecen espejos dentro de otro espejo. De pronto creo que hay alguien escondido y reviso los rincones y corroboro mi soledad. «Ya no hay nadie», me digo, comiéndome las uñas. Camino otra vez. ¿Y ahora qué?


*Este cuento fue publicado en Hacia la extinción, Fondo Editorial de las Américas, 2015.© Oliverio Coelho, 2015.

Ni bien escuchó el grito, ya que al tiro no lo había oído, o no lo había interpretado como tal, se sabe que para convivir con el manantial incansable de alboroto de un patio interno no hay que ni siquiera preocuparse por decodificarlo, de ahí que ese sitio tan público sea paradójicamente el mejor lugar para cometer un asesinato sin que nadie se entere; ni bien escuchó el grito e interpretó retrospectivamente el tiro que lo precedió y estuvo en condiciones de concluir que el golpe inmediatamente posterior sólo podía provenir de un cuerpo cayendo al suelo, Lichi se levantó del sofá y asomó la cabeza por la única ventana de su monoambiente. El silencio era tan perfecto que lo asustó: por primera vez desde que se mudara con su padre a ese departamentito del Once no sonaba una sola radio ni ladraba un solo perro, no chocaban entre sí los platos ni se oía a nadie discutir por teléfono con su ex pareja. Semejante derroche de mutismo sólo se daba en los lugares donde acababa de ocurrir una tragedia espantosa.

Eran las tres de la tarde de un domingo gris, al igual que todos los días en ese edificio sin verdadero frente, sólo dos patios internos no mucho más amplios que un aireluz, como se denominaba en esa ciudad a los huecos de tufo y penumbra hacia donde ventilaban los ambientes más infectos de la convivencia urbana. Lo natural hubiera sido hacerse el boludo, el deporte más popular en ese país luego del otro que también se jugaba con una pelota, pero Lichi no había elegido la profesión de policía para escaparle a una responsabilidad que le hubiera cabido incluso como civil, acá y en la China. Así como estaba, que era menos de civil que de entrecasa, salió del departamento y tocó timbre en el de enfrente. Si lo impulsaba además algún afán de gloria, de resolver por sí solo un crimen y así trepar abruptamente en el escalafón, una fantasía de boludo importante, diplomado, ni él tuvo tiempo de darse cuenta.

Enfrente lo atendió una señora menuda, casi tan joven como él, que sostenía a un nene de una mano y un revólver en la otra. Si hubiera salido en calzones, Lichi se habría sentido menos desnudo que ahora sin su reglamentaria. Lo que más lo asustó fue que se tratara de un revolver muy antiguo, casi una pieza de museo, de esos que la gente hereda cargados y no sabe usar. 

–Perdón, pensé que era mi ex marido –dijo la mujer guardando el arma en un bolsillo– Pase. 

En el medio año que llevaba en el edificio, Lichi no había pasado con esa mujer del saludo casual, siempre saliendo o llegando del trabajo, por lo que tuvo que concluir que inspiraba más confianza así que con el uniforme de policía, uno de los más desprestigiados en un país donde no se salvaba casi ninguno, salvo tal vez el guardapolvo blanco, y sólo el de una maestra de primaria (de escuela rural). 

Aceptó el convite impulsado menos por su improvisada investigación que por curiosidad lisa y llana, de ese departamento entraban y salían más niños que los que debían caber de pie y sentía intriga por saber cuántos eran en total. 

Contó siete, cada cual algunos centímetros más alto que el de al lado, como muñecas rusas desplegadas, pero tan quietitos y silenciosos que parecían uno solo, y no argentino. Tampoco lo eran, sino de Perú, a juzgar por la banderita plantada sobre el televisor, clavado a su vez en un canal musical de aquel país. Lo que explicaba que siendo tantos casi no hicieran ruido, que era lo que a Lichi más lo sorprendía de su vecina, era que el departamento, además de pequeño, estaba atestado de mercadería. Ni el más endiablado de los purretes hubiera podido corretear por ese espacio. Fardos y fardos de todo tipo de productos se apilaban contra las paredes, obstruyendo incluso la única ventana del monoambiente. Según su tamaño y consistencia, los paquetes de paquetes ocupaban el lugar de los diversos muebles faltantes, mesa y sillas, repisas, sillón y aun camas. El olor a film adherente sobrepasaba al del picante, y de una comida para ocho personas. 

–Justo estaba necesitando mondadientes –dijo Lichi al toparse con el bulto que no dejaba abrir del todo la puerta, mientras trataba de establecer, no si esa mercadería era legal o ilegal, sino a qué estrato de la ilegalidad pertenecía, para de ahí deducir si al ladrón de ladrones le tocaba el perdón o ya nuevamente la cárcel. 

–¿No me ayudaría a ponerlo allí arriba? –le señaló la otra un hueco entre el techo y un par de torres de trapos de piso. 

A Lichi no le molestó, más bien le resultó un alivio, que la vecina hubiese demorado tan poco en dejar en claro por qué lo había hecho pasar. Caballerosamente se agachó, hinchando el pecho como un levantador de pesas y pidiéndole ayuda con un guiño al más grande de los enanitos, que no debía tener más de seis años. Y mal no le hubiera venido que le dieran una mano, pues la suma de esos elementos sin peso específico individual daban un inesperado y casi inmanejable peso muerto. Llevarlo hasta el sitio indicado le costó más que la noche anterior arrastrar a su padre borracho hasta la cama, por muy flaco que fuera. 

–¿No escuchó nada anómalo hace un momento? –preguntó con voz agitada por el esfuerzo, en parte también para recuperar el aire antes de irse. 

–Oí un grito –asintió la Blancanieves morena tras un momento de vacilación, tal vez generada por la anómala palabra que había elegido él para referirse a un ruido raro o extraño– Debe haber sido la tarada del segundo. Parecía que la estaban matando. Por eso pensé que podía ser mi ex marido que se había confundido de piso. 

Lichi se despidió tocándose la gorra que no tenía puesta y subió el piso de diferencia por las escaleras. Eran tres los departamentos que daban hacia el lugar del crimen (acústicamente hablando) y no supo por cuál empezar. Recién cuando tuvo que prender por segunda vez la luz, le llegó la iluminación: si la peruana había dicho que su marido se podría haber confundido, el departamento sólo podía ser el inmediatamente superior. Tocó el timbre.

Enseguida oyó un gemido que era sofocado con corrimiento de cosas. En un departamento contiguo empezó a ladrar un perro. Volvió a tocar, acercándose instintivamente a la mirilla, como si por ella se pudiera ver el interior. Por eso quizá no se sorprendió tanto de que ese fuera el caso: la habían colocado al revés (¿o estaría al revés la puerta?). Igual no vio mucho, apenas un pasillo y al fondo las piernas de una persona en silla de ruedas. Las piernas desaparecieron y en su lugar se fue acercando un hombre calvo de barba abundante. 

Cuando al fin le abrieron, se había vuelto a apagar la luz (más que un timer le habían colocado la próstata de un anciano, imaginó pensando en su padre, que acaso en ese mismo momento estuviera levantándose a orinar, si es que la borrachera se lo permitía). La luz que venía del otro lado del departamento, aunque tenue, no le dejó ver la cara que puso su vecino cuando le explicó que había escuchado gritos y venía a cerciorarse de que no hubiera ocurrido ninguna desdicha (la palabra correcta habría sido desgracia, pero era de las que le costaban pronunciar). Habría sido importante poder verle la cara porque el hombre no contestó. 

–¿Puedo? –exigió Lichi, olvidándose de que no tenía el uniforme puesto, por ni hablar del encargo de allanar un domicilio o el permiso de un juez para hacerlo (pero eso sí que hubiera sido buscarle lo que se dice el pelo al huevo… del boludo). 

Demoró unos segundos más en entender que el otro no entendía castellano y le dio una primera lección, tanto del idioma del país como de su idiosincrasia, abriéndose paso sin más formalidades. A diferencia del departamento de arriba, éste se encontraba casi vacío, apenas si tenía unas telas colgando de las paredes y un par de alfombras en la base de mueblecitos endebles, como hechos de escarbadientes. Sin embargo, la opresión que reinaba en el ambiente era mucho mayor, casi insoportable. Lichi la sintió en el estómago y en el pecho, antes aun de que se potenciara al asomarse a la cocina y ver la silla de ruedas, embutida ahora entre la heladera y una mesa rebatible de fórmica descascarada. Las piernas flacas y desnudas hasta los muslos que en Lichi habían despertado algún ramalazo de fantasía erótica (que jamás confesaría, ni siquiera a sí mismo) pertenecían a una muchacha con los miembros y el rostro desfigurados por una horrible enfermedad, de esas que Lichi se congratulaba de ni siquiera saber el nombre. Tenía el pelo cortado de cualquier manera, la mirada perdida en el techo, la boca babeante y como único rasgo vivaz un aro verde que le colgaba de un lóbulo horriblemente inflamado. Lo que a primera vista parecía un cinto, ciñéndole casi a la altura del escuálido pecho su túnica también verde, enseguida se reveló como una faja que la mantenía atada a su silla precaria, de obra social. No había forma de dudar, en cambio, de que eso que le tapaba la boca era una mordaza casera. 

–Ella quería –apareció de pronto una mujer, que aun cubierta por un velo delataba ser la madre de la muchacha. 

Conmovido por el hecho de que los rasgos parentales sobrevivieran a una enfermedad tan deformante (¿sería también por eso que se las llamaba genéticas?) Lichi tardó unos segundos en entender que la señora sí sabía el idioma, no como su marido, y que le estaba dando explicaciones antes de que él se las pidiera. Estuvo tentado de preguntar qué era lo que había querido la pobre muchacha, si que la ataran o que la amordazaran o ambas cosas, pero la formulación volvió a provocarle una puntada de goce oscuro, infame, y calló avergonzado. 

–Ella quería –repitió la madre como un mantra, o como se llamara en su país a los rezos repetidos–. Ella insistió.

Mientras procedía a desatar la tela que le cruzaba la boca a su hija, despacio y como midiendo si ella entendía que debía comportarse porque había visitas, el padre le ofreció té en una tacita diminuta que parecía haber sacado del bolsillo, como ciertos mozos el plato de ñoquis o milanesas con fritas casi antes de que uno termine de pedirlos. Parecían sentir tanta culpa por el estado de su hija que Lichi empezó a sentirla también, pero aplicada a su propia presencia en el lugar. Habría huido de inmediato si el gentil tecito no lo hubiese amarrado a la situación con lazo más insalvable, a su sutil modo, que la faja para los débiles y retorcidos brazos de la gritona. 

–¿No les llamó la atención accionándose hace un momento un sonido como de pistola? –aprovechó entonces para interrogar a los posibles testigos. 

–La que tiene un arma es la loca de abajo –dijo la madre, casi con el mismo desprecio con que la otra había hablado de su hija. 

En ese momento volvió a escucharse un tiro, mucho más fuerte que el anterior, por lo que Lichi dedujo que debía venir de más arriba todavía (aunque es el sonido el que sube). Apuró la tacita (dejar a medio consumir un recipiente tan pequeño se le antojó que podía ser tomado por una afrenta imperdonable en la cultura de esa gente) y se despidió de la familia. La seguridad de que se toparía con varios vecinos, todos preguntándose qué había pasado o incluso parados alrededor de un cadáver, intensificó la oscuridad y el vacío con que se encontró en el pasillo. Frente a la disyuntiva de la escalera pensó por un instante en olvidar el asunto y volver a su departamento, al menos para cerciorarse de que su padre llegara al baño y no le manchara la cama. 

Fueron más bien las piernas las que les dieron al cerebro la orden de seguir subiendo y llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias, como se dice, aunque el verdadero extremo era más bien el origen de toda esa insensatez. ¿Quién quedaba, no digamos en el rubro policial, sino en cualquier otro, excluyendo al de las maestras rurales, que aún actuase lo que se dice de oficio? Lo más parecido que conocía Lichi a hacer lo que se debe hacer sin que nadie te lo exija ni te vaya a reclamar en caso de abstenerte era el así llamado trabajo a reglamento, al que acudía sobre todo el gremio de los choferes a modo de protesta cuando pedían aumentos de salario. Cumplir con las propias obligaciones era en ese país una paradójica manera de hacer huelga. 

En el tercer piso, la lamparita del pasillo no trabajaba ni a reglamento. La única luz era la que proporcionaban los visillos, tal vez estuvieran todos al revés. Todos menos uno, notó Lichi, y no porque estuviera en la posición correcta, sino porque la que estaba ladeada era la puerta misma. Se acercó y la empujó como para entrar, pero cuando bajó la vista vio un hilo de sangre corriendo por el piso. Siguiendo el hilo hacia afuera notó que enseguida se espaciaba hasta transformarse en gotas en fila y concluyó que esa debía ser la dirección que había tomado el acuchillado, luego de taparse la herida. 

El caminito conducía a las escaleras nuevamente, no del lado que había emergido él sino del que seguía hacia arriba. Terra incognita para Lichi, que nunca había pasado de su primer piso, de ahí que tendiera naturalmente hacia las escaleras y no hacia el ascensor, como cualquier hijo de vecina (del segundo piso para arriba). De ahí también que al llegar a la terraza y no ver a nadie, pero sí la ropa recién colgada y goteando, se sorprendiera de no haberse cruzado con ninguna persona en la escalera. Siguiendo el impulso que lo había hecho ascender los tres pisos al trote, revisó la terraza de punta a punta, lo que tampoco era tanto decir, pues el tamaño de los seis departamentos más el pasillo debía equivaler al de un solo departamento de familia en un barrio más acomodado, es decir casi cualquier otro de la capital. 

Se reclinó a descansar sobre una de las barandas, sacó un cigarrillo, buscó encendedor, no encontró pero igual se lo puso en los labios, succionó por acto reflejo y hasta llegó a sentir el humo entrando en los pulmones. Era el colmo de la sugestión, luego de haber buscado al dueño de la ropa como si colgarla en la terraza fuera un delito (lo era, en cierta forma, o en todo caso se había discutido ya varias veces en las reuniones de consorcio la posibilidad de clausurarla, debido a que los vecinos subían con tacos o elementos punzantes y agujereaban la membrana, pero aun así no se justificaba actuar de oficio en este caso). Y no le podía echar la culpa de su sugestión a la sangre, pues a más tardar bajo la luz externa se había revelado como agua ennegrecida por alguna prenda de mala tintura. 

Haciendo como que fumaba, Lichi se quedó un momento más a contemplar la calle de su edificio, tanto más desolada y gris un día domingo si se tenía en cuenta que durante la semana era un colorido caos de tráfico, mercadería, changarines y clientes. El bullicio diurno era tal que de alguna manera reverberaba aún en los grafitis de las cortinas metálicas, en los carteles gritones proyectándose como lanzas hacia el asfalto, en las veredas sucias y rotas por el uso. Bien mirada, la calle no estaba vacía sino llena de vacío, tumultuosamente solitaria, como un teatro horas antes o después de la función. ¡Esa calle era un cigarrillo sin encender! O un cigarrillo electrónico trucho, de los que vendían precisamente en esos locales. 

En ese tupido silencio Lichi fue testigo cenital de un robo a mano armada. Una chica que pasaba caminando era sorprendida de pronto por dos delincuentes que se materializaron de la nada (por muchas similitudes que en ese país se le viera a la policía y a sus contrincantes, en eso sí que eran lo opuesto, pensó Lichi, pues la ley se anuncia con sus patrulleros ya desde lejos, como ahuyentando cualquier peligro, y después nunca termina de llegar). Mientras uno de los jovencitos le apuntaba con una 22 menos verosímil, incluso a la distancia, que las que se ofertaban en plástico detrás de las cortinas metálicas, el otro le quitó el celular y la cartera, que revisó con la velocidad de un agente aduanero sin ganas de trabajar, pero encontrando enseguida todo lo que quería. Quince segundos más tarde se habían evaporado y la muchacha, con la boca abierta aún para un grito que nunca atinó a dar, tropezó con una baldosa levantada y casi cae a la calle. Pero ni siquiera ese peligroso tambaleo despertó en Lichi el impulso de ir en su ayuda, tal vez porque todo se había desarrollado en el mayor de los silencios, como en una película vista sin volumen. Vio alejarse a la víctima como si nada hubiese interrumpido su paseo y tiró el cigarrillo por la borda de la terraza como si realmente se lo hubiera fumado. 

Bajó las escaleras asombrándose con cada peldaño un poquito más por su pasividad ante un delito concreto, a ojos vistas, en medio de su insensata prosecución de uno ilusorio, de oídas. La materialidad de lo que acababa de ver al menos influyó en su interpretación del tercer disparo que escuchaba ese domingo, justo cuando daba la vuelta a la escalera en el quinto piso. Tocó el timbre del departamento respectivo sabiendo que ese ruido no provenía de un arma sino a lo sumo de alguien queriendo imitar su sonido. Le abrieron enseguida, como si lo hubieran estado esperando. 

–¿Vienes por los disparos? –preguntó entusiasmado un joven cubierto con la camiseta del seleccionado colombiano varios talles más grande que su torso–. ¡No sabes la alegría que me das! Estoy haciendo una serie de tutoriales para Youtube de cómo fabricar efectos caseros de sonido, pero caseros en serio, sólo con cosas que hay en cualquier casa. Ya hice lluvia, truenos, carreta, chirrido de gomas y nave espacial, pero no encontraba la manera de hacer un disparo. Porque lo de reventar un globo o hacer rebotar un listón contra una mesa no sirve. Tampoco lo del Zippo o la engrampadora me terminan de convencer para los gatillamientos. Además de quién tiene globos en su casa, ¿verdad? Después de mucho buscar encontré una receta excelente. Pero no me iba a dar por conforme hasta que algún vecino no se asustara y viniera a ver a quién estaba matando. 

Lichi, al que le zumbaban los oídos por la cháchara del caribeño (para él, el caribe empezaba en Rio), puso su mejor cara de boludo (la normal, según le decían) y sacando el paquete de cigarrillos dijo que no venía por ningún ruido, sino por fuego. 

–En la azotea me di cuenta de que me faltaba llama pal fumo –gozó al menos de ese pequeño triunfo que implica hacer que otro se sienta más boludo de lo que se siente uno mismo.

Azorado, pero sin dudar ni por un momento de que le decían la verdad, el youtuber sonidista metió la mano en el bolsillo de su short y extrajo un Zippo. Al chasquearlo un par de veces antes de conseguir la llama ambos se dieron cuenta de que el sonido era exactamente igual que el de gatillar un arma. ¿No eran acaso los encendedores del ejército norteamericano en Vietnam?, recordó Lichi. Con el pretexto de hacerlos resistentes al viento habían creado un arma sonora que debía poner muy nerviosos a los prisioneros de guerra en las sesiones de tortura. Pensó en transmitirle este saber al moreno, pero prefirió trocarlo por uno más cercano a sus intereses. 

–La imitación más acabada del sonido de una pistola es el sonido de una pistola, y acá todo el mundo tiene una en su casa –impartió a modo de agradecimiento una nueva lección de civilidad argentina, justo él, aunque tal vez fuera el más indicado, cada cual tiene a fin de cuentas el maestro que se merece. 

Desistió de subir de nuevo a la terraza y bajó con deliberada lentitud, para aprovechar al máximo el tabaco antes de llegar a su departamento, donde su padre no le permitía fumar. Tampoco le permitía hacer ninguna otra cosa, en rigor, salvo claro está cumplir con su deber filial de cuidarlo, y tampoco a esa tarea se la hacía fácil, más bien lo contrario. Por eso lo había dejado emborracharse una vez más, cansado de buscar y tirar las botellas de Sake que él traía a escondidas a la casa. 

El lento descenso le sirvió además para pensar en el caso del aireluz y terminar de resolverlo. Cuando pasó por el piso de los árabes entendió que lo que quería la hija era ese adorno que le vio colgando de la oreja y que le había dejado el lóbulo como un tomate. Lichi prefería ni imaginar con qué le habrían hecho el agujero, en todo caso estaba claro que a eso se debía el grito desgarrador que había sido castigado con la mordaza. Y cuando llegó al piso de Blancanieves y los siete peruanitos entendió que el bulto que había levantado era seguramente el que se había caído luego del grito, y luego del tiro también. Así tenía que haber ocurrido el crimen, cuyo escenario no era otro que el patio interno de su mente. Él era el culpable y el detective, y bien pensado incluso la víctima. 

Frente a la puerta de su departamento se acordó de mirar por el visillo, no tanto para comprobar que estuviera invertido como para terminar el pucho. Pero estaba invertido, y lo que vio fue espeluznante: su padre se había caído de la cama y la cabeza parecía haber dado contra la silla de hierro que hacía de mesita de luz, en todo caso sangraba copiosamente, tiñendo la alfombra. Por la posición del brazo derecho se podía deducir que invertía sus últimas fuerzas en llegar al celular de su hijo, vaya uno a saber para llamar a quién. 

Lichi, que había estado a punto de tirar la colilla y aplastarla con el pie, la aprovechó para encenderse un nuevo cigarrillo y seguir camino a la calle. De pronto se había acordado que tenía que comprar algunas cosas y supuso que el chino de la vuelta estaría abierto (sus paisanos eran los únicos que trabajaban en serio en ese país). Luego pensó que mejor iba a la comisaría, a ofrecerse como testigo del hurto presenciado desde la terraza. De paso podía contar la historia del patio interno, seguro que sus col, “Red Rug and Gun” (1981 – 1982)egas se la iban a festejar, aunque después lo trataran de boludo (ya le decían Lichi, como si fuera una fruta, así que le daba igual). Lo importante era demorar la vuelta a casa lo máximo posible y que todos supieran que si la había abandonado por un rato sólo había sido para cumplir con su deber. 

    

Me hallaba una noche después de cenar en el Casino de San Esteban,1 en Ramleh. Mi amigo Alejandro A., que vivía en el Casino, nos había invitado a cenar con él a otro joven, muy cercano a nosotros, y a mí. Como no era una velada con música había venido muy poca gente, de manera que mis amigos y yo teníamos todo el local para nosotros.

Estuvimos hablando de diversas cosas y, como ninguno de nosotros era rico, la conversación derivó naturalmente sobre el dinero y sobre la independencia que da y a los placeres que le acompañan.   

Uno de mis amigos decía que le habría gustado tener 3.000.000 de francos y empezó a contar lo que habría querido hacer y, sobre todo, qué habría dejado de hacer si hubiera estado en posesión de esa enorme cantidad.   

Yo, más comedido, me contentaba con unos ingresos de 20.000 francos al año.    

Alejandro A. dijo:    

«Si hubiera querido, ahora sería no sé cuantas veces millonario, pero no me atreví».    

Estas palabras nos resultaron extrañas. Conocíamos bien la vida de nuestro amigo A. y no recordábamos que jamás se le hubiera presentado la ocasión de hacerse multimillonario, conque supusimos que no hablaba en serio y que vendría después una broma. Pero la cara de nuestro amigo estaba muy seria y le pedimos que nos explicara su enigmática frase.    

Vaciló por un instante y luego dijo:    

«Si estuviese en otra compañía, por ejemplo entre la llamada ‘gente bien’, no tendría que dar explicaciones, porque se reirían de mi. Pero nosotros estamos un poco más por encima de la ‘gente bien’, o sea que el perfecto desarrollo espiritual nos ha vuelto otra vez sencillos, pero sencillos sin ignorancia. Hemos dado un giro completo. Por eso, naturalmente, hemos vuelto al punto de partida. Los demás se han quedado a la mitad. No saben, ni siquiera imaginan, donde termina el camino».    

Estas palabras no nos asombraron en absoluto. Cada uno teníamos una extrema consideración para uno mismo y para los otros dos.

«Sí», repitió Alejandro, «si me hubiera atrevido sería multimillonario, pero me dio miedo.

«Es una historia que se remonta a hace diez años. No tenía entonces mucho dinero, como ahora, o mejor no tenía ninguno, pero de una u otra forma iba tirando y vivía pasablemente bien. Estaba en una casa de la calle Cherif Pachá2 que era de una viuda italiana. Tenía tres habitaciones bien amuebladas y un criado personal, además del servicio de la patrona que también estaba a mi disposición.   

«Una noche había ido al “Rossini” y después de escuchar muchas sandeces decidí salirme a la mitad e irme adormir, porque al día siguiente tenía que madrugar para ir de excursión a Abukir3 a donde me habían invitado.  

«Al llegar a mi cuarto empecé, como tenía por costumbre, a dar vueltas arriba y abajo pensando en todo lo del día. Pero como no había habido nada de interesante me entró sueño y me puse a dormir.    

«Debí de estar durmiendo hora y media o dos horas sin soñar, porque recuerdo que, sobre la una de la madrugada, me despertó un ruido de la calle y no me acordaba de ningún sueño. Debí quedarme otra vez dormido sobre la una y media, y entonces me pareció que en mi cuarto entraba una persona de mediana estatura, de unos cuarenta años. Llevaba un traje negro, bastante raído, y un sombrero de paja. En la mano izquierda llevaba una sortija con una gran esmeralda. Esto me llamó la atención porque contrastaba con su ropa. Tenía una barba negra muy canosa y una expresión extraña en sus ojos, una mirada entre burlona y melancólica. En general era un tipo bastante corriente; de esa gente que encuentras a menudo. Le pregunté qué quería de mí. No me respondió de repente, sino que me estuvo mirando unos minutos como sospechando de mi o como si estuviera examinándome para asegurarse de que no se había equivocado. Luego me dijo —el tono de su voz era humilde y servil— :   

«“Eres pobre, lo sé. He venido para decirte un modo de hacerte rico. Por donde la columna de Pompeyo,4 conozco un sitio donde está escondido un gran tesoro. Yo no quiero nada de este tesoro —sólo me quedaré con un cofrecito de hierro que encontrarás en el fondo. Todo lo demás será tuyo”.    

«“¿Y en qué consiste este gran tesoro?” pregunté.    

«“En monedas de oro” me dijo. “pero sobre todo en piedras preciosas. Hay diez o doce cofres de oro llenos de diamantes, de perlas y, creo,” —como si se esforzara en recordar— “que de zafiros”.    

«Pensé entonces por qué no iba él solo a coger lo que quería y qué necesidad tenía de mi. No me dejó explicarme. “Comprendo qué estás pensando. Por qué, dices, no voy a cogerlo yo mismo. Hay un motivo que me lo impide y que no puedo decirte. Hay algunas cosas que ni siquiera yo puedo hacer”. Cuando dijo “ni siquiera yo” brilló como un destello de sus ojos y una temible grandeza lo transformó por un segundo. Sin embargo, de pronto, recuperó sus modales humildes. “Por eso me darás una alegría si vienes conmigo. Necesito ineludiblemente a alguien y te estoy eligiendo a ti porque quiero tu bien. Ven a buscarme mañana. Te esperaré desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde en la Plaza Chica, en el café que hay al lado de las ferreterías”.    

«Dicho esto desapareció.    

«A la mañana siguiente, cuando me desperté, al principio no me acordaba para nada del sueño. Pero después de lavarme y cuando me senté a desayunar, me vino a la memoria y me pareció bastante raro. “Ojalá fuera verdad” me dije, y enseguida lo olvidé.    

«Me fui a la gira campestre y me divertí mucho. Éramos muchos —unos treinta, entre hombres y mujeres. Nuestro buen humor era extraordinario; pero no os lo cuento con pelos y señales porque nos salimos del tema».    

En este punto mi amigo D. observó: «Y está de más. Porque yo, por lo menos, ya lo sé. Yo también, si no recuerdo mal, estaba en esa excursión».    

«¿Estabas? No te recuerdo» ¿No es la excursión que hizo Marcos G… antes de irse definitivamente a Inglaterra?»    

«Sí, efectivamente. Te acordarás de lo bien que lo pasamos. Buenos tiempos. O, mejor, tiempos pasados. Es lo mismo. Pero volviendo a la historia —regresé de la fiesta bastante cansado y muy tarde. Apenas tuve tiempo para cambiarme de ropa y de cenar y luego fui a casa de una familia amiga mía donde había una especie de timba de cartas y en la que estuve jugando hasta las dos y media de la madrugada. Gané 150 francos y volví a casa más que contento. Me acosté y me quedé traspuesto durmiéndome enseguida gracias al cansancio del día.    

«Nada más conciliar el sueño me sucedió algo extraño. Vi que había luz en la habitación, y no sabía por qué no la había apagado antes de acostarme, cuando veo venir desde el fondo de la habitación, del lado de la puerta —mi cuarto era bastante grande— a un hombre que reconocí de inmediato. Llevaba el mismo traje negro y el mismo viejo sombrero de paja. Pero parecía contrariado, y me dijo: “Te he estado esperando hoy desde el mediodía hasta las cuatro en el café. ¿Por qué no has venido? Te ofrezco hacer tu suerte ¿y no acudes corriendo? Te esperaré otra vez en el café hoy por la tarde, desde el mediodía hasta las cuatro. Y no vengas con nadie”. Luego desapareció como la otra vez.    

«Pero ahora me desperté aterrorizado. La habitación estaba a oscuras. Encendí la luz. El sueño había sido tan real, tan vivo que me quedé aturdido y confuso. Tuve la incertidumbre de ir a ver si la puerta estaba cerrada. Estaba cerrada, como siempre. Miré el reloj: eran las tres y media. Me había acostado a las tres.    

«No os oculto ni me avergüenzo en absoluto de deciros de que estaba muy asustado. Me daba miedo cerrar los ojos y dormirme otra vez y volver a ver a mi fantasmagórico visitante. Me senté en una silla muy nervioso. Sobre las cinco empezó a clarear. Abrí la ventana y vi la calle despertarse poco a poco. Algunas puertas se habían abierto y pasaban algunos lecheros madrugadores y los primeros carros del pan. La luz me tranquilizó un poco y me eché de nuevo quedándome dormido hasta las nueve.    

«A las nueve, cuando me desperté, me acordé del trajín de la noche y la impresión empezó a perder intensidad. No sabía por qué me había agitado tanto. Cauchemars5 tiene todo el mundo y yo he tenido muchas en mi vida. Por otra parte esto no era un cauchemar. Es cierto que había tenido dos veces el mismo sueño. Pero ¿por qué con este? Y ante todo ¿era verdad que lo había tenido dos veces? ¿Es que acaso no había soñado que había visto antes a este mismo hombre? Pero después de mucho recordar, deseché esta idea. Estaba seguro de que había tenido el sueño dos noches antes. Pero ¿qué tenía entonces de raro? El primer sueño parecía haber sido muy vivo y me había causado una fuerte impresión, por eso lo había vuelto a tener. Sin embargo aquí mi lógica fallaba un poco. Pues no recordaba que el primer sueño me hubiera impresionado. Durante todo el día siguiente no había pensado un instante en él. Durante la excursión y en la reunión de por la noche había pensado en todo menos en el sueño. ¿Y qué? ¿Es que no soñamos a menudo con personas que hace muchos años que no vemos? Parece que su recuerdo se nos queda en cierto modo grabado en la memoria y de repente se reaparece en sueños. De manera que ¿qué había de extraño en tener el mismo sueño después de veinticuatro horas, aunque durante el transcurso del día no me hubiera acordado en absoluto? Luego me dije que quizá hubiera leído algo sobre un tesoro escondido y que, sin darme cuenta, hubiera influido en mi mente, pero por más que pensaba no conseguía recordar semejante lectura.

«Al final me aburrí de estos pensamientos y empecé a vestirme. Tenía que ir a una boda y enseguida, con las prisas y con escoger la ropa, el sueño se borró enteramente de mi recuerdo. Después, fui a comer y, para pasar un poco el rato, me puse a leer una revista publicada en Alemania —el Ésperos,6 creo.

«Me fui a la boda, donde se había reunido toda la buena sociedad de la ciudad. Yo tenía entonces muchas relaciones, con lo que, después de la ceremonia, estuve repitiendo infinidad de veces, lo guapísima que estaba la novia, sólo que un poco pálida, lo majo y joven que era el novio, además de ser rico, y cosas así. La boda terminó hacia las once y media de la mañana, y luego me fui a la estación de Bulkeley a ver una casa de la que me habían hablado y que tenía que alquilar por encargo de una familia alemana de El Cairo que quería pasar el verano en Alejandría. La casa era realmente fresca y bien distribuida pero no tan grande como me habían dicho. Con todo, prometí a la dueña que yo recomendaría su casa como la más adecuada. La dueña se deshizo en agradecimientos y para conmoverme me contó todas sus desdichas, cómo y cuando había muerto el marido, que había visitado también Europa, que no era mujer para poner en alquiler su casa, que su padre había sido el médico de no sé que pachá, etc. Una vez cumplido este encargo, volví a la ciudad. Llegué a casa hacia la una de la tarde y comí con gran apetito. Cuando terminé el almuerzo y me tomé un café, salí para ir a casa de un amigo mío que vivía en un hotel cerca del café “Paraíso” para organizar algo para por la tarde. Era el mes de agosto y el sol abrasaba. Bajé despacio por la calle Cherif Pachá para no sudar. La calle a esa hora estaba, como siempre, desierta. Sólo me encontré con un abogado con el que tenía que preparar unos documentos para la venta de un pequeño terreno en Moharrem Bey. Era la última parcela de una finca bastante grande que había ido vendiendo poco a poco para cubrir así una parte de mis gastos. El abogado era una persona honrada y por eso lo había elegido. Pero era un pesado. Hubiera preferido que me robase un poco a que me aturdiera la cabeza con sus palizas. A la menor, empezaba una perorata interminable —me hablaba de derecho mercantil, traía a colación a Justiniano, recordaba viejos procesos en que había tomado parte en Esmirna, hacía el elogio de sí mismo, me explicaba mil cosas sin venir a cuento para nada y me agarraba de la chaqueta, cosa que odio. Tenía que soportar la tabarra de ese estúpido porque cuando se le agotaba el carrete de su sermón yo intentaba saber algo de la venta que para mi tenía un interés vital. Estos esfuerzos míos me desviaron de camino y seguí con él. Atravesamos, por la Plaza de los Cónsules, por la acera de la Bolsa, pasamos por el callejón que une la Plaza Mayor con la Plaza Chica y, por fin, cuando llegamos al centro de la Plaza Chica, había conseguido todas las informaciones que yo quería y mi abogado me dejó al acordarse que tenía que visitar a un cliente que vivía por allí. Me detuve un momento y lo vi alejarse mientras maldecía su cotorrería que en medio de semejante calor y semejante sol me había hecho desviarme de mi camino.    

«Me disponía a volver sobre mis pasos para ir a la calle del Café del Paraíso, cuando de pronto me chocó la idea de encontrarme en la Plaza Chica. Me pregunté a mi mismo el por qué y me acordé del sueño. “Es aquí donde me ha citado el famoso dueño del tesoro”, dije para mí mientras sonreía, y mecánicamente volví la cabeza hacia el sitio donde estaban unas ferreterías.     

«¡Horror! ¡Allí había un cafetín y allí estaba él sentado! Mi primera impresión fue como de vértigo y creí que me caía. Me apoyé en una caseta y volví a mirarlo. El mismo traje negro, el mismo sombrero de paja, el mismo aspecto, la misma mirada. Además me estaba observando sin pestañear. Mis nervios estaban tan tensos como si me hubieran echado por dentro hierro fundido. Sólo pensar que era pleno mediodía, que la gente pasaba indiferente como si no estuviese pasando nada extraordinario y que yo, solamente yo, supiera que estaba sucediendo la cosa más horrible, que ahí estaba sentado un fantasma que quizá tenía poderes y quizá venía de alguna esfera de lo desconocido — ¿de qué Infierno, de qué Érebo7?— me tenía paralizado y me eché a temblar. El fantasma no me quitaba los ojos de encima. Entonces me embargó el terror de que pudiera levantarse y acercarse a mi, de que pudiese hablarme y de que me llevara consigo; en este caso ¿qué fuerza humana habría podido ayudarme? Me subí a un coche y le dije al cochero una dirección, muy lejos, no recuerdo donde.    

«Cuando me recuperé un poco vi que casi había llegado a Sidi Gabir. Había recuperado un poco mi sangre fría y empecé a pensar en el asunto. Mandé al cochero que volviera a la ciudad. “Estoy loco”, pensaba, “indudablemente me he confundido. Sería alguien que se parecía al hombre del sueño. Tengo que volver para asegurarme. Lo más seguro es que se haya ido y eso demostraría que no era él, porque me había dicho que me esperaría hasta las cuatro”.    

«Mientras pensaba en todo esto había llegado hasta el teatro Zizinia; y allí, apelando a todo mi valor, mandé al cochero que me llevara a la Plaza Chica. Mi corazón, cuando llegué al café, palpitaba de tal manera que creía que me iba a estallar. Hice que el cochero se detuviera a cierta distancia. Le tiré del brazo con tanta fuerza que poco faltó para que se cayera del pescante porque veía que se acercaba demasiado al café y porque allí, porque allí estaba todavía el fantasma.    

«Entonces me puse a mirarlo fijamente intentando encontrar alguna diferencia con el hombre del sueño, como si no fuera suficiente para convencerme de que era él, el hecho es que yo estaba dentro de un coche mirándolo con toda atención, cosa de la que cualquier otro se habría asombrado y me habría pedido una explicación. Al contrario, él respondía a mi mirada con una mirada igual de escrutadora y con una expresión llena de intranquilidad por la decisión que yo estuviera dispuesto a tomar. Parecía adivinar mis pensamientos, como los había adivinado en el sueño, y para deshacer cualquier duda sobre su identidad volvió hacia mí su mano izquierda y me enseñó — con tal claridad me la enseñó que temí que el cochero se diera cuenta— la sortija de la esmeralda que tanta impresión me había causado en mi primer sueño.    

«Pegué un grito de terror y dije al cochero, que ya empezaba a inquietarse por la salud de su cliente, que fuera al Boulevard Ramleh.8 Mi único objetivo era alejarme. Cuando llegué al Boulevard Ramleh le dije que se dirigiera a San Esteban, pero como vi que el cochero dudaba y murmuraba algo me bajé y le pagué.  Paré otro coche y le mandé que fuera a San Esteban.    

«Llegué aquí fatal. Entré en el salón del Casino y me asusté al verme en el espejo. Estaba pálido como un cadáver. Afortunadamente el salón estaba vacío. Me tiré en un diván y empecé a pensar qué hacer. Volver a mi casa era imposible. Volver otra vez a aquella habitación donde había entrado de noche, como una Sombra sobrenatural, aquel a quien acababa de ver sentado en un café corriente bajo el aspecto de una persona de carne y hueso, estaba fuera de discusión. Era algo absurdo, porque estaba claro que tenía capacidad para llegar a encontrarme en cualquier sitio. Pero hacía ya bastante tiempo que mis pensamientos eran incoherentes.    

«Por fin tomé una decisión. Y fue recurrir a mi amigo G. V. que vivía entonces en Moharrem Bey».    

«Qué G. V.», pregunté, «Aquel chalado apasionado por los estudios de magia?»    

«Él precisamente —eso es lo que me decidió a elegirlo. Tengo un recuerdo vago y confuso de cómo tomé el tren, de cómo llegué a Moharrem Bey, de qué manera iba yo mirando a derecha e izquierda, como un loco, temiendo que el fantasma pudiese aparecer de nuevo a mi lado, y de cómo acabé en el cuarto de G. V. Sólo recuerdo con claridad que cuando me encontré a su lado empecé a llorar como un histérico y a temblar todo y a contarle mi horrible aventura. G. V. me tranquilizó y, medio en serio, medio en broma, me dijo que no tuviera miedo; que el fantasma no se atrevería a ir a su casa y que aunque fuera lo echaría inmediatamente. Me dijo que él conocía este tipo de apariciones sobrenaturales y que sabía la manera de conjurarlas. Por otra parte, me pedía que me convenciera de que no había motivo alguno de miedo, porque el espectro había venido a mí con un objetivo preciso: hacerse con el ‘cofre de hierro’ que él no podía coger, claro está, sin la ayuda de un ser humano. Este objetivo no lo había conseguido; y con mi terror, él ya se habría dado cuenta de que no tenía esperanzas de conseguirlo. Sin duda se habría ido a convencer a cualquier otro. V. sólo lamentaba que no le hubiera informado a tiempo para ir él en persona a ver al fantasma y hablar con él porque en la Historia de los Fantasmas, añadía, la aparición de estos espíritus o démones a la luz del día es muy rara. Sin embargo, todo esto no bastaba para tranquilizarme. Pasé una noche muy agitada y al día siguiente me desperté con fiebre. El desconocimiento por parte del médico y el estado de tensión de mi sistema nervioso me provocaron una fiebre cerebral de la que por poco me muero. Cuando me recuperé un poco, quise saber qué día era. Había caído enfermo un 3 de agosto y yo creía que sería el 7 o el 8. Era el 2 de septiembre.    

«Un corto viaje a una isla del Egeo aceleró y completó mi curación. Durante toda la enfermedad estuve en casa de mi amigo V., que me cuidó con todo el buen corazón que conocéis. Sin embargo, él estaba intranquilo consigo mismo porque no había tenido suficiente coraje para echar al médico y haberme curado por medios mágicos, cosa que, como yo mismo creo, al menos en este caso, me habría curado tan de prisa como el médico.    

«Esta ha sido, amigos míos, la ocasión que tuve de ser multimillonario –pero no tuve valor. No tuve valor y no me arrepiento».   

Aquí se detuvo Alejandro. Fue tanta la convicción y tanta la sencillez con la que había hecho su relato que nos impidió hacer el menor comentario. Además habían pasado veintisiete minutos de la medianoche. Y como el último tren para la ciudad salía a las doce y media, nos vimos obligados a despedirnos y marcharnos apresuradamente.


*A la luz del día, C.P. Cavafis / Είς τὸφῶς τῆς ἡμέρας. Κ.Π. Καβάφη, Edición y traducción: Pedro Bádenas de la Peña, Málaga 2007. Miguel Gómez Ediciones, ISBN: 978-84-88326-56-4

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