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Alguien más le dijo, probablemente el revisor: la suya es la única maleta, nadie quiere ir hoy a Alquila, no hay manera en que se pierda. Pero Hernández insistió en llevarla arriba: me gusta ver mis cosas.

En el andén, Hernández se comió unas galletas, compró una botella de agua y se fumó, ansioso, dos o tres cigarros. Luego abrieron las puertas del autobús y entró desbocado, como si hubiera más gente esperando.

Necesito traerla junto, le explicó al chofer en la pequeña escalera, alzando su maleta: traigo aquí mis medicinas. Sin voltearlo a ver, el chofer del autobús asintió con la cabeza pero apretó el volante entre sus manos.

Hombre de supersticiones, Padilla temía que algo le pasara a su camión si hablaba antes de marcharse, igual que temía que algo le pasara a su pasaje. Por eso nunca decía nada hasta llegar a las montañas.

Para entonces, Hernández se había adueñado de una línea de asientos, empotrando su maleta en el pasillo. Le emocionaba ser el único viajero que aquel día hubiera tomado el autobús rumbo a Alquila.

No entorpezca el pasillo, solicitó Padilla saliendo de una curva. Sorprendido, Hernández irguió el cuerpo, buscó los ojos del chofer en el espejo que comunicaba ambas cabinas y sonriendo preguntó: ¿está diciéndomelo en serio?

Es peligroso para el resto del pasaje, respondió Padilla, observando él también a Hernández. Las reglas son las reglas, añadió callándose el motivo de su orden: si dejaba que invadieran el pasillo sufrirían un accidente; en el mejor caso, un retraso.

Señalando los asientos que había en torno suyo, Hernández se dispuso a defenderse pero el chofer, experto en estas discusiones, encendió la radio, subió el volumen y retiró sus ojos del espejo. Meneando la cabeza, Hernández decidió no hacerle caso y recostarse nuevamente.

Minutos después, con el chofer vuelto una furia, Hernández sacó el mapa que guardaba en un bolsillo de su saco: se lo había mandado ella por correo. Emocionado, lo desdobló con cuidado y lo estuvo contemplando un largo rato. Finalmente estaba yendo a verla.

Hernández conoció a Romina tres semanas antes, en una fiesta de la facultad de arquitectura que por poco termina con ellos dos metidos en la cama. Me encantaría verte en Alquila, le dijo ella, sin embargo, ante el portal de su edificio: cuando tú quieras, por supuesto.

Desde entonces, Hernández no había pensado en otra cosa. A sus veinte años, era el único de sus amigos que seguía siendo virgen. Y Romina la única opción real que él tenía para olvidar esa palabra que lo había martirizado tanto tiempo.

Por eso los nervios amenazaban con no dejarlo descansar durante el viaje, un viaje que, para colmo, duraría la noche entera. ¿Y si me vengo antes de tiempo?, se torturaba Hernández en silencio: ¿si no aguanto ni un minuto, si me vengo apenas ver cómo se encuera?

Doblando el mapa y guardándolo de nuevo, Hernández alcanzó su maleta, sacó de ésta una bolsita y revisó que no faltara ni una compra: cuatro paquetes de condones: a ver cuántos echan a perder mis putos nervios; una caja de viagra: por si tengo que imponerme al ridículo, y las pastillas que le habían recomendado, otro cliente en la farmacia, para dormir durante el viaje.

Aunque la caja de somníferos decía que dos bastaban, Hernández, que para entonces ya no era capaz de echar de su cabeza la forma de Romina ni el miedo a que su propio cuerpo le fallara, decidió tomar cuatro tabletas. Al fin que quedan muchas horas, murmuró y dándole un trago a su botella volvió a recostarse, suplicando que el efecto fuera inmediato.

En ese mismo instante, el chofer hizo bajar las diez pantallas que habían permanecido escondidas y la voz de una azafata sonó a todo volumen. Me estás buscando, soltó Hernández dando un brinco y subiendo el tono añadió: ¡no quiero verla! Pero Padilla fingió no escuchar nada y apenas terminar el comercial de la línea que pagaba su salario subió al máximo el volumen que emergía de las bocinas.

Tapándose los oídos y apretando la quijada, Hernández admitió lo absurdo de aquella situación en la que estaba, se levantó dando un salto, apresuró su andar por el pasillo y llegó hasta Padilla: ¿por favor, podría quitarla? Le prometo que no hay nadie que esté viendo la película, sumó instantes después, esbozando una sonrisa que de honesta no tenía ni medio pliegue.

No se puede, respondió Padilla tras dejar pasar, él también, un breve instante: son las reglas. Y ya vi que usted no las respeta, pero yo las sigo a rajatabla, agregó el chofer volviendo el rostro y observando a Hernández fijamente, cuya sonrisa se había erosionado, remató: regrésese a su asiento, aquí no puede estar parado. Está prohibido.

Aguantándose las ganas de insultarlo, Hernández se tragó su frustración, dio media vuelta, empezó a desandar el pasillo que recién había cruzado y en voz baja preguntó: ¿podría aunque sea bajarle un poquitito? No se puede, repitió Padilla acelerando, convencido de que así igual y caería su pasajero sobre el suelo: ni un poquito más ni un poquito menos, nos obliga el reglamento.

Manteniendo el equilibrio, apurando su avanzar y sonriendo nuevamente, esta vez más de impotencia que de burla, Hernández sacudió la cabeza con coraje, masticó un par de palabras que ni él mismo entendió y humillado alcanzó sus cuatro asientos. Por fortuna, pensó, empezaba a sentir la somnolencia que las pastillas dispersaban por su cuerpo.

Así que muy pronto ni el ruido ni aún menos la luz que vomitaban las pantallas ni tampoco los frenazos y arrancones que siguió dando Padilla parecieron importarle a la consciencia de Hernández, quien apenas recostarse se entregó a la nada negra.

Tan profundo durmió Hernández, tan desconectado, que no volvió a saber de sí ni del planeta hasta no estar en Alquila. Cuando Padilla, que se había esforzado por hacer de su trayecto un calvario, lo sacudió del brazo aseverando: ándale, cabrón, que ya llegamos.

Párate, que no me toca estarte despertando, insistió Padilla empujando las piernas de Hernández con la suela del zapato: tampoco tengo que esperarte. O te bajas o te bajo, amenazó el chofer pateando a Hernández nuevamente, quien, tras sentir el golpe de sus talones contra el suelo terminó de espabilarse: órale pues, que ya te oí. Ahorita bajo.

Secándose la baba que escurría por su barbilla y sobándose el rostro con las palmas de las manos, Hernández irguió el cuerpo, se puso en pie aceptando que seguía un tanto mareado, desempotró su maleta como pudo y echó a andar tras el chofer, que en voz baja iba diciendo: ojalá y te trate este lugar como mereces.

En la calle, combatiendo el mareo que las pastillas olvidaran en su cuerpo, Hernández volvió a tallarse el rostro, sacudió de nuevo la cabeza y contempló el sitio al que recién había llegado. Justo estaba amaneciendo y no podía creer que Alquila fuera aún más feo que en las fotos de Romina.

Instantes después alguien le dijo, quizás el chofer que tomaría el autobús que había traído Padilla, hacia dónde dirigirse para llegar hasta la plaza: pero a qué va a ese sitio, no hay nada que ver en esa parte. Sin atender las últimas palabras del extraño, Hernández echó a andar y pronto dejó atrás las seis o siete cuadras que mediaban entre él y su destino. En torno suyo, la luz se fue adueñando del espacio.

No son horas de llamarla, se dijo Hernández en la plaza, y en voz baja, dejándose caer sobre una banca y abrazando su mochila, insistió: es muy temprano y vaya a ser que la despierte. Peor aún, que los despierte ahora a sus padres, murmuró engañándose a sí mismo: lo que en verdad le estaba sucediendo era que habían vuelto los nervios a agarrarle todo el cuerpo: ¿qué chingados le diré cuando conteste?

Mejor no voy a llamarla. Qué si ya ni quiere… si ya se ha arrepentido, soltó observando el ajetreo que empezó de pronto en la plaza, donde la gente apresuraba sus andares de un lado a otro. Alzando el rostro y observando el sol aparecer tras la torre de la iglesia color verde, Hernández añadió, elevando el tono y permitiendo que su propia ambivalencia se mostrara: ¿qué chingados estoy pensando… cómo no voy a llamarla?

¿Por qué iba a arrepentirse?, exclamó elevando aún más el tono y levantándose de un salto: me lo habría dicho desde antes. Pero antes me como algo, que se haga un poco más tarde, añadió echando a andar sobre la plaza, en busca de un lugar donde poder desayunar, sin darse cuenta de que aquello no era más que otro pretexto y sin tampoco darse cuenta de lo extraña que era aquella prisa con que andaban las personas a su lado.

Alguien le dijo entonces, tal vez el señor del puesto de revistas, que no existía mejor lugar que el restorán de doña Eumelia: ése que está del otro lado, donde también está la papelera. Pero apúrese que no le va a dar tiempo. No creo que vaya a estar abierto mucho rato, sumó el periodiquero pero Hernández había echado a andar y no escuchó esta advertencia.

Apenas entrar al sitio que le habían recomendado, Hernández sonrió pensando que habría, sin planearlo, de resolver allí un par de problemas: comer algo, ganando así un poco de tiempo, y comprar de a una el papel con el que habría de envolverle a Romina su regalo. Si al final se arrepiente, con el regalo igual y cede, pensó ordenando unos huevos. Luego se sentó observando, en la vitrina que ocupaba el otro lado del local, los rollos de papel para envoltorio.

Fue uno azul el que al final hizo que Hernández se parara, se acercara al mostrador y le hablara a la encargada, cuya atención yacía petrificada en una tele: ¿me vendería un metro de éste? No se puede, respondió la dependienta, prima hermana y sobrina de doña Eumelia al mismo tiempo, sin mirar apenas a Hernández: estos papeles son para los niños.

Además estoy mirando las noticias. Y usted no es de estas partes, no me gusta comerciar con los de fuera, se entercó la vendedora, sin dejar de ver la tele un solo instante. Para los niños, qué cagada, soltó Hernández sonriendo: los de fuera… deme pues un metro de éste. No se puede, ya le dije, repitió molesta la encargada, volviendo por primera vez a Hernández su semblante.

¿Y si traigo un niño a que lo compre?, preguntó Hernández entonces, volviendo el rostro hacia la plaza, sonriendo incrédulo y buscando el sentido oculto de aquella situación en la que estaba. ¿Lo usaría usted o el niño?, inquirió la dependienta acercándose al mostrador pero regresando la mirada hacia la tele, donde el conductor del noticiero local advertía: será otro día complicado. Es para mí, no para un niño, se lo decía nomás de broma, explicó Hernández: necesito envolver.

Pues no me esté insistiendo entonces, mentiroso, interrumpió la papelera a Hernández: llegan de fuera y traen sus malos modos, añadió la mujer dándose la vuelta y regresando a su asiento remató: no le voy a vender nada. Incapaz de molestarse a pesar de la incredulidad, Hernández pensó en insistir pero la dependienta volvió a pararse de su silla, regresó apurada al mostrador, lo ahuyentó con un leve movimiento de las manos, asomó la cabeza y dirigiéndose a la parte del local que era restaurante exclamó: otra vez están viniendo.

Derrotado, Hernández echó a andar hacia su mesa, donde doña Eumelia servía justo los huevos que ya no habrían de ser comidos. Están diciendo que ahora mismo, lanzó la papelera a espaldas de Hernández, quien justo entonces observó cómo doña Eumelia avanzaba un par de pasos, se paraba bajo el marco de la puerta y paseaba su mirada por la calle: más bien ya otra vez llegaron.

En un par de segundos, la dependienta y doña Eumelia bajaron la cortina del local que compartían, apagaron las luces interiores, se acercaron apuradas a Hernández, lo tomaron de los brazos, le dijeron, con sus voces vueltas coro: lo sentimos pero no puedes quedarte, lo arrastraron sin violencia a la trastienda y lo lanzaron a la calle.

Alguien le dijo a Hernández, quizás uno de los hombres que corría en sentido opuesto al de la plaza: ¿qué estás haciendo ahí parado? Y alguien más sumó después: córrele que están ellos viniendo… se bajaron y andan revisando en todas partes.

Incapaz de comprender qué estaba sucediendo, Hernández echó a correr tras los hombres que recién le habían hablado y que apuraban a unos metros sus escapes. Un par de cuadras después escuchó las primeras explosiones y el estallar de las metrallas. El miedo encogió sus entrañas, amenazó paralizarlo e hizo crujir sus juntas ateridas de repente.

Romina, pensó Hernández, sin dejar de apresurar el ritmo de su marcha: tengo que llamarla, añadió para sí mismo, sacando su teléfono en medio de la calle y escondiéndose después en un portal se dispuso a marcar pero alguien, quizás una mujer que iba corriendo con dos niños en los brazos, le dijo: no te canses… ellos cortan el servicio.

Completamente extraviado, Hernández guardó su teléfono, sacó el mapa en el que Romina también le había escrito su dirección y echó a correr enfebrecido, escuchando, aun así, los disparos y estallidos cada vez más cerca. Un par de pasos por delante de su cuerpo, la mujer tropezó con una grieta, cayó al suelo de boca y sus dos hijos rodaron por el suelo.

Ayudándola a pararse, echándose a uno de los niños a los brazos y corriendo como nunca había corrido antes, Hernández preguntó a la mujer si no sabía cómo llegar de ahí a Arteaga 17. Tienes suerte… estamos cerca… da la vuelta aquí nomás y síguete derecho… cinco… no… deben ser como unas cuatro cuadras. O acompáñame y me ayudas con mi niño… en mi casa puedes esconderte.

Lo siento… de verdad, soltó Hernández deteniéndose un segundo, observando a la mujer y dejando al pequeño sobre el suelo: era incapaz de imaginar que esa decisión que estaba tomando justo ahí, sin dudarlo ni siquiera demasiado, podría terminar siendo la decisión más importante de su vida. Pero él quería llegar a casa de Romina. Y en la distancia se seguían acercando las metrallas y explosiones.

Doblando en la calle que la mujer le había indicado, Hernández apuró sus piernas más allá de lo posible y a pesar de que su pecho amenazaba con partirse encontró fuerzas donde no había ni siquiera sospechado que tuviera. Así fue como llegó a la casa que buscaba, cuya puerta aporreó desesperado, gritando una y otra vez el nombre de Romina.

Pero del otro lado de la puerta no se oyó ninguna voz que preguntara, dijera algo o tan siquiera murmurara. La familia de Romina yacía escondida en el baño de su casa. Y aunque escuchaban el escándalo de Hernández, antes habían oído también las advertencias del jefe de familia: no quiero escucharlos… ni siquiera quiero oírlos que respiran.

No sabemos quiénes son los que hoy vinieron, los que andan en la calle, había añadido el padre de Romina, observando fijamente a su hija, quien se echó a llorar en silencio y quien al oír a Hernández a lo lejos fue sumiendo de a poco la cabeza entre los brazos. Si supiéramos al menos si son ellos, susurró entonces el jefe de familia: pero esta vez no lo sabemos, no podemos arriesgarnos.

Cuando finalmente aceptó que no abrirían la puerta que pateaba y que aporreaba con los puños apretados, Hernández recordó a la mujer y a los dos niños que dejara abandonados. Tan perdido como ansioso, echó a correr encima de sus pasos pero alguien le gritó, tal vez la mujer que había subido hasta su techo: al otro lado… mejor corre al otro lado… por allá están viniendo.

Antes de que Hernández procesara esta advertencia, estalló en algún lugar el llanto de otro hombre y en la esquina aparecieron los que hacían correr a todo el pueblo. Dándose la vuelta, Hernández puso a andar sus pies en sentido contrario pero de golpe se detuvo: también en esa esquina estaban ellos.

Paralizado, sintiendo cómo su vejiga amenazaba su aguante, Hernández esperó a que aquellos hombres se acercaran al lugar donde él estaba. Cuando finalmente llegaron, quiso decir algo pero alguien más volvió a adelantarse a sus palabras: quizás el hombre que después partió su boca en dos con la culata de su arma.

Antes de que sus ojos se cerraran y su consciencia se entregara a la nada nuevamente, Hernández vio alejarse a ese hombre que recién lo había castigado y luego oyó las risotadas de dos niños pequeños, quienes también venían armados.

Aferrándose al mundo con un delgado hilo de asombro, Hernández alcanzó a escuchar la voz de una mujer que ordenaba: súbanlo con todo y esas cosas… no debe ser de aquí del pueblo.

Hernández ya no supo cómo lo arrastraron, cómo lo amarraron de los pies y de las manos ni cómo lo aventaron dentro de una camioneta.

Volvió en sí dos horas más tarde, cuando alguien, quizás alguno de los niños que se habían reído antes, le echó encima un cubetazo. Pero cuando por fin abrió los ojos no había nadie enfrente suyo.

Ante Hernández había sólo un tiradero: habían vaciado su maleta en el solar donde él estaba. Alzando la mirada, contempló el sol un breve instante y sintió que el cuerpo entero le escocía. Así descubrió que no traía su camiseta, que le habían quitado los zapatos y que le ardían las muñecas y los tobillos.

Un par de minutos más tarde, la mujer que había ordenado traerlo apareció en el solar. Escupiendo las semillas de una mandarina, brincó la ropa, se inclinó ante Hernández y en voz baja murmuró: tú no eres de estas partes. Luego se colocó tras él y utilizando una navaja cortó las cuerdas que lo ataban.

Párate y sígueme allá dentro, ordenó y fue así, escuchando otra vez aquella voz, que Hernández comprendió que aquel hablar le recordaba a otra persona o que ese hablar lo había escuchado antes. Quizá sea esa mujer que, pensó Hernández: no… más bien habla idéntico a Romina. O a su madre.

Antes de que pudiera dar más vueltas a esa tontería, ese absurdo al que intentaba aferrarse para no pensar en otra cosa, para no estar donde estaba, Hernández se encontró dentro de un cuarto. Además de él y la mujer a quien seguía, allí lo estaban esperando una docena de adultos y unos tres o cuatro niños.

Un nuevo golpe impactó a Hernández en la boca del estómago y doblando las rodillas cayó al suelo. Arañando la tierra, intentó recuperar el aire que recién había perdido, tragarse luego la saliva que escurría entre sus labios y secar después sus ojos empapados. En torno a él revoloteaban varias risas.

Alguien dijo, quizás el hombre que hacía de jefe en aquel oscuro cuarto: así que vienes a cogerte a nuestras viejas.

Sorprendido y aterrado, Hernández pensó, sin saber por qué lo hacía ni tratar tampoco de explicárselo a sí mismo, que esa voz que ahora le hablaba ya también la conocía, ya también la había escuchado.

Quizá sea la de ese hombre que me dio antes en la calle, se dijo Hernández escuchando cómo iban callándose, una detrás de otra, aquellas carcajadas que en torno a él revoloteaban: no… es el chofer… el que me trajo… o no… es el padre de Romina, insistió en su mutismo: lo he escuchado en el teléfono.

¡Te estoy hablando, hijo de puta!, gritó la voz y esta vez, en lugar de golpear a Hernández, el hombre alzó su rostro y blandiendo ante sus ojos varios paquetes de condones y una caja de viagra repitió: ¿vienes o no vienes a cogerte a nuestras niñas?

Antes de que Hernández atinara a decir algo, el hombre le dio un par de cachetadas: ¡pues cómo ves que no se puede! ¡Aquí tenemos otras reglas!, añadió repitiendo su castigo, esta vez con las dos manos vueltas puños: ¡aquí somos nosotros los que todo lo mandamos!

¿Y sabes qué mando ahora?, preguntó el hombre alejando al fin el rostro de Hernández y observando al resto de presentes: que alguien pida ser primero.

Alguien, entonces, quizás el que había amarrado a Hernández, se adelantó al resto de las voces.

Y los que estaban ahí sobrando fueron dejando de a una el cuarto.


*Este cuento fue publicado en: La superficie más honda © 2016, Emiliano Monge, Penguin Random House Grupo Editorial.

*Imagen: © Jon Foster.  

En febrero de 2001 encontramos exactamente lo que buscábamos: una casa de madera en las afueras de Miami con amplias ventanas junto a un canal que vertía sus aguas verdes en el Atlántico. Nos creíamos afortunados. Era una casa a buen precio en un lugar apacible y lejos de la ciudad. No teníamos vecinos excepto por los gatos. Tampoco insectos. La pintamos de amarillo, igual que el buzón de correos de lata que pusimos en la entrada, y reemplazamos todos los cristales de las ventanas: algunos estaban rotos; otros, simplemente rayados. Los sistemas eléctrico e hidráulico estaban impecables y también los pisos de madera; el trabajo de restauración fue en realidad muy poco. Yo misma pulí y barnicé los muebles de segunda mano que compramos, hice las cortinas y los visillos y bordé los almohadones. Allí vivimos unos siete meses hasta la muerte de Philip.

Mi Philip, todo sucedió tan rápido. Sin embargo, cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta. Todo regresa a mi memoria con espantosa pulcritud.

No era feliz, pero mis días por entonces eran tranquilos.

Mi marido se iba temprano por las mañanas y yo me pasaba las horas sentada en el porche mirando a los gatos con un libro sin abrir en el regazo. Deambulaban con desparpajo y las patas siempre enfangadas a causa de la tierra pantanosa de la zona. Quizá sea un modo tonto de expresarlo, pero eran para mí como hombrecitos paseándose al sol. Su curiosidad y su holgazanería me acompañaban. Eran unos siete (a veces, venían menos) y yo velaba por ellos.

Cuando nos mudamos, planté flores en el terreno y traté de organizar una pequeña huerta, pero nada prendía en esa tierra de arcilla mojada. Todo se pudrió al poco tiempo en nuestro pedazo de terreno en la península de la Florida. Nuestro jardín era un útero de barro infértil con un buzón de lata amarilla lleno de propaganda y cupones. Saboree el arco iris: caramelos Skittles. Cupón de descuento por U$D 0,99 válido hasta 1.04.2001.

‒Con razón estaba a buen precio, Jaime ‒dije mientras cargaba una bolsa con tierra fértil: estaba decidida a llenar nuestro jardín de plantas, aunque fuera en macetas‒; quiero decir, si se la compara con las otras casas de la zona, estaba muy bien.

Jaime era el dueño de la tienda. Era cubano y todavía atractivo, con su piel dorada y sus cabellos largos, a sus casi sesenta años. Le gustaba presentarse diciendo que había escapado del corazón del fucking Diablo para vivir in the very ass de uno de sus súcubos.

‒Ahora lo entiendo, Jaime; muy pocos querrían vivir en esa casa, en medio de esa tierra arcillosa.

Puede que mis palabras sonaran como una queja pero no lo eran. Solo hablaba por el gusto de conversar con alguien.

‒Oiga, ponga una hamaca y un juego de jardín de hierro forjado ‒me sugirió‒; ya verá cómo mejora y alegra. El jardín, quiero decir.

Sonreí un poco.

‒Y llévese un par de antorchas con citronella para las tardes.

‒No tenemos mosquitos.

Damn, están todos aquí, igual que esos muchachos.

Con Jaime hablábamos en castellano, salvo cuando se volvía hosco o grosero. Las malas palabras y los insultos los decía invariablemente en inglés. Era su modo de distanciarse de lo que creía que no correspondía a su carácter o a su posición social. Se consideraba a sí mismo como un caballero, aun cuando despotricaba a los gritos contra Fidel y mi compatriota desvergonzado, el Che.

‒Es que cuando me pongo con lo de la revolución cubana… Disculpe mi mal genio; soy de Cienfuegos, Miss.

«Soy de Cienfuegos», era su excusa, monolítica, invariable. Algún día tendré que conocer Cienfuegos para entender a este hombre, me decía a mí misma.

Jaime, los gatos y una pandilla de adolescentes ‒casi un decorado en el parking del almacén‒ eran lo único vivo en el paisaje de mis días. Los gatos eran siete; los adolescentes, unos nueve o diez. Había distinguido dos hembras entre los animales; en la pandilla de adolescentes había una sola. A los gatos les puse nombres: Nevermore, que era completamente negro, y Gondoliere, que tenía el pelaje rayado. Recuerdo también a Phileas Fogg, un perfecto sir ingles que sabía esperar a que se liberara la escudilla con la leche, y a Franky «Frankestein», el más viejo de todos. Tenía el labio leporino y artrosis. Y por supuesto, Philip. Mi Philip. En cambio, nunca supe el nombre de uno solo de esos muchachos. Tampoco el de ella: una rubia oxigenada de ojos grandes que no me quitaba la vista de encima. Su forma de mirar era casi un alarido. Sé que no es fácil comprender lo que digo. Pero no puedo, ni hubiera podido explicar más ni mejor a la chica. En cambio, ellos, los muchachos, eran ‒eso creía entonces‒ más fáciles de leer. Tenían la misma pinta que los chicos que dan problemas en las películas: jeans sucios y rotos, remeras con eslogan, zapatillas y gorras de béisbol, mucho olor a búfalo; siempre estaban mascando chicle y bebiendo cerveza a deshoras. Se movían en moto; el que yo creía que hacía las veces de líder tenía una Harley Davidson impecablemente cuidada en la que brillaba todo el sol del mediodía. Yo tenía un Focus rojo con tapizado de cuero color beige con el que iba y venía del almacén de Jaime. Era la primera vez que tenía un auto con cambios automáticos. Me gustaba conducir hasta lo de Jaime sin pensar demasiado, escuchando música country. Me sentía tan americana como cualquiera; más aún cuando cargaba las provisiones para nosotros y para los gatos en las bolsas de papel madera. El coche tenía la patente blanca LUK 620 con la inscripción en letras verdes «Florida, a sunny state», lo que es parcialmente cierto, porque en el sur de Florida suele llover y mucho. De hecho, ese lunes por la mañana Seguridad Civil había alertado de la proximidad de una tormenta tropical que podía convertirse en huracán.

Por temor al huracán, fui hasta el almacén e hice una compra como para una semana completa. Mientras Jaime leía el código de barra de los artículos, calculé que necesitaría hacer al menos tres viajes para cargar todas las provisiones en el baúl del coche. El cubano trabajaba solo, estaba de pésimo humor y tampoco tendría ganas de ayudarme. Le alcancé mi tarjeta de crédito.

‒Alguna vez le ofrecí dinero a esos fucking kids para que me ayudasen con las provisiones de los clientes ‒Jaime sacó las bolsas de debajo de la caja registradora‒. Pero, ¿usted cree que esa garbage tiene ganas de trabajar, Miss?

Unas diez veces le había dicho que era casada y otras veinte, le había recordado mi nombre. Pero Jaime seguía con su terco «Miss» y a secas.

Assholes, eso es lo que son; la chica, la peor de ellos, Miss.

No lo volvería a corregir. Ni ese lunes por la mañana ni nunca. Yo también estaba de pésimo humor. Mi marido estaría fuera toda la semana. Una convención de negocios para él en Las Vegas y la amenaza de un huracán para mí al sur de la soleada península de Florida.

‒¿No la podían hacer en Tampa u Orlando? ‒le había preguntado esa mañana.

‒Decisiones de la casa matriz.

Mi marido me dio un beso, cargó la valija en el baúl del coche y se fue. Simplemente. Se iría desde la oficina al aeropuerto. Una semana en Nevada y yo en la casa amarilla con los gatos, un libro sin abrir en el porche y las provisiones que tendría que recoger de la tienda de Jaime. Que si Castro, que si mi compatriota, el Che. El exilio, el triste exilio cubano en Miami, Miss. Todas las veces, como si él fuera el único exiliado latinoamericano en todo Estados Unidos. Cada vez que iba al almacén a comprar, ya fuera por fertilizantes o alimento balanceado para gatos, era igual. Yo tenía la impresión de que Jaime hablaba ‒mucho y mal‒ de la revolución cubana y, por supuesto, de los muchachos para callar algo. También ese lunes por la mañana, mientras facturaba los productos de mi compra.

‒Están practicando para maleantes. Loco debía estar el día aquel que quise emplear a alguno de ellos, porque… ‒Se mordió los labios y miró por la ventana: uno de los chicos se acercaba a la tienda‒. Son treinta y cinco dólares, Miss.

Ahora no solo repetía el Miss sino el precio cuando yo ya había pagado. Guardé mis provisiones sin hablar. Sentía la mirada del muchacho en la nuca, el silencio sospechoso de Jaime. Me fui con un par de bolsas al auto.

‒Hey, Miss; mire lo que se dejó aquí. ‒Me había olvidado una lata de atún y otra de merluza para mis hombrecitos junto a la caja‒. Está usted un poco distraída hoy. Ándese con cuidado, porque esto no es bueno.

Thanks, Jaime.

Regresé a la casa a darle de comer a mis gatos. Había hecho la compra, la había acomodado. Había llenado dos escudillas con leche y otras dos, con alimento balanceado. Todo listo y eran solo las once de la mañana del lunes.

Me senté con el libro en el regazo. No tenía ningún plan; excepto ver, luego de la cena, un documental de caza o pesca del canal Wild Life tumbada en el sofá.

Pero la lluvia se anticipó. El pronóstico había anunciado tormenta tropical a partir de las cinco de la tarde; comenzó a llover sobre el mediodía. El agua estuvo toda la tarde estallando arriba, afuera y sobre nuestra casa de madera. Había algo íntimo y extraño, de queja en ese ruido, como si la madera recordara el bosque al que había pertenecido.

La televisión no funcionaba. Tenía luz pero las señales del cable y del teléfono celular estaban caídas. También nuestro buzón de lata amarilla había sido derribado por el viento en algún momento de la tarde, y sobre el barro yacían desperdigados una decena de volantes con publicidades. Saboree el arco iris y esas cosas. ¿Qué otros desastres nos dejaría la tormenta? Nada me preocupaba más que los gatos ‒creo que no llegué ni siquiera a pensar en el vuelo de mi marido que salía hacia Las Vegas poco antes de la medianoche‒. ¿Dónde se guarecerían mis pobrecitos? ¿Y mi Philip? Era el más gordo y el más astuto. El pelo amarillento, los ojos azulados y su carácter histriónico me recordaron desde el primer día a Philip Seymour Hoffman, ¿dónde estabas esa noche, mi Philip? ¿Dónde te encontraron ellos? Cuando nos mudamos, quise tenerlo con nosotros en la casa. Compré una cesta y bordé una almohadilla celeste con sus iniciales ‒PSH‒, pero mi marido, no, que los gatos afuera. Philip nunca vivió con nosotros. Yo pensaba en mi Philip y en Nevermore y Gondoliere, en cada uno de ellos esa noche de tormenta, y también en las dos gatas hembras a quienes jamás bauticé, pero más que nada en Philip.

La monotonía del agua hizo que la noche llegara pronto.

Las ráfagas caían transparentes en la oscuridad. Para mí todo aquello era real e irreal a la vez. Como si mi cabeza hubiese estado cubierta por un tul y a través de la tela oyera las gotas y el viento. Con que esto era una tormenta tropical, pensaba desde mi cama con un libro ‒siempre el mismo‒ sin abrir. Todo a mí alrededor susurraba, igual que si muchas mujeres ancianas se contaran cosas horribles.

Yo pensaba estas cosas sin entender muy bien por qué. Y afuera, el viento, que a ochenta kilómetros por hora aceleraba hasta la sangre en mis venas.

Sobre las diez de la noche parecía que la tormenta iba a calmarse. El viento soplaba blando, un ruido como de naipes arrojados al aire. O quizá no. Quizá fuera solo mi imaginación de algún modo extrañamente vinculada a mi marido, a su convención de trabajo en Las Vegas –toda una semana fuera de casa para hablar de las estrategias en la comercialización de la fibra de vidrio entre máquinas tragamonedas y mesas de ruleta‒. Me levanté y fui a la cocina para hacerme un té caliente. Afuera todo era oscuro, y la oscuridad lo era todo hasta que la luz de algún relámpago ‒eran como largos colmillos brillantes que fulguraban en la boca de la noche‒ permitía entrever la constancia del agua sobre el barro. Abrí apenas la ventana de la cocina. El aire traía el olor salado del mar, de hierbas húmedas, de flores de hibiscos. El aire traía vida revuelta y aplastada en abundantes ráfagas frescas.

Y entonces los vi.

Primero solo a ella. Había levantado nuestro buzón de lata amarilla del suelo y lo traía en la mano, como quien sujeta un cetro. Caminaba en dirección del porche vestida de blanco. Los pies y el bajo del vestido embarrados. Parecía una sacerdotisa preparada para la ejecución del sacrificio. También una reina loca. Luego la seguía, él. Era un chico nuevo y cargaba una enorme mochila. Jamás lo había visto en el parking de Jaime. Definitivamente no era como los otros. No solo porque no parecía sacado de la misma película de chicos malos, sino porque había algo en la forma de caminar, en el modo de cargar la mochila que lo ablandaba. Él, sin lugar a dudas, no cuajaba en ese casting de malos, sucios y locos. Finalmente, cerrando filas, estaban ellos ‒los mugrientos de siempre, con sus gorras de béisbol y su olor a búfalo‒. Se abrieron en dos grupos. Luego se apostarían en los flancos de mi casa, contra los ventanales que daban a nuestra cocina. A mirar embobados y en silencio.

Cerré rápidamente la ventana.

En un instante, verifiqué que todas las ventanas y las puertas estuviesen aseguradas. Apagué las luces. Corrí a mi cuarto. El teléfono celular seguía sin señal. Si, al menos, hubiera podido llegar al coche y escapar. Estaba calculando mis posibilidades de salida por la ventana trasera cuando ella dijo:

‒Sabemos que está ahí, Miss.

EI miedo me recorrió el cuerpo como otra sangre. No respondí. Me quedé inmóvil unos segundos hasta que ella volvió a hablar.

‒Es que esta casa es nuestra. ¿A que sí?

El «a que sí» no fue para mí sino para el chico de la mochila y el resto de los muchachos; al menos, eso creo ahora. Regresé a la cocina y busqué el cuchillo más grande. Luego recordé que, lo habían dicho en un documental de caza del Wild Life Channel a propósito de la desolladura de las presas, un cuchillo más pequeño y más afilado puede ser más efectivo y es, sin lugar a dudas, más fácil de manejar.

Cambié de arma.

Otra vez silencio. Solo conseguía oír mi respiración agitada.

Ya no llovía, una luz tenue de estrellas me permitió ver a los chicos a ambos flancos de la casa contra los cristales de mis ventanas: las caras blancas, las bocas entreabiertas, las narices aplastadas contra los vidrios. Sus alientos empanaban los cristales. Sus ojos de perro mojado. Me pregunté qué verían ellos del interior de la casa desde esa oscuridad nocturna. Y luego, el golpe inesperado que hizo estallar el vidrio de la ventana de la cocina.

La Reina Loca, enmarcada en mi ventana de madera amarilla. El agua le había corrido el rímel y los ojos eran aún más grandes y más agónicos. Tenía el pelo largo suelto y los mechones delanteros, sujetos detrás de las orejas.

Recogió el vestido con modos de dama sureña para ingresar a mi casa por la ventana, como si siempre hubiese sido la suya. Detrás de ella, el nuevo, su fiel monaguillo con mochila de alpinista.

Volví a empuñar el cuchillo grande que había descartado en primer lugar. Ahora tenía dos cuchillos y estaba parapetada detrás de una silla. Era obvio, aunque en el momento me negaba a pensarlo, que si todos se decidían a entrar y atacarme no habría cuchillo ni parapeto posibles. Deseé como nunca, yo que he sido siempre cordero manso, una pistola.

Todo sucedió tan rápido.

Sin embargo, ahora cuando pienso en ello, vuelvo a ver la precisión de los cortes, la sangre, lo correoso de la carne abierta, las vísceras que escapan de las membranas, los huesos como husos. Todo regresa a mi memoria con lentitud. También las luces del coche, los gritos. Siempre acabo vomitando o con el estómago revuelto ante el recuerdo de esa noche. Me destroza los nervios pensar en Miami, en esos chicos, en mi marido, en todo lo que sucedió entonces.

Ya dentro de la casa, la chica encendió las luces. Conocía el lugar donde estaban las llaves; podía moverse con los ojos cerrados por el interior de mi casa. Sin decir palabra, el chico nuevo abrió la mochila. Extrajo: dos cuchillos grandes, un par de guantes descartables, dos bolsas de residuos, un gancho como los que usan los carniceros para colgar las medias reses en las cámaras. Y a Philip dentro de una tercer bolsa. Todo lo dispuso prolijamente sobre la mesa. Pensé que el gato estaba muerto. Me habría tapado la boca ‒quiero decir, ese fue mi impulso‒ pero tenía las manos ocupadas con los cuchillos. Además Philip no estaba muerto. Estaba drogado, supongo, como el resto de esos chicos tontos. Las bocas entreabiertas del gato y de esos muchachos que aplastaban sus narices en mis ventanas respiraban casi al unísono. ¿Por qué no entraron todos juntos a la casa? ¿Por qué se quedaron afuera? ¿Cuántas veces habían repetido esa idéntica ceremonia? Ella, la Reina Loca, adentro con algún novato y los otros, afuera, contemplando la escena con los ojos bovinos.

‒Enhébrale la pata al gancho y lo cuelgas en ese barral ‒ordenó la chica. Por su inglés supe que era sureña.

Hubiera querido gritar: «no lo hagas», pero las palabras no acudieron a mi boca. Solo di un par de pasos con los cuchillos hacia adelante, como una sonámbula armada. No me atreví a más que eso; no hubiera podido hacer más que eso. La Reina Loca decidió ahorrarse cualquier imprevisto. Hizo una seña a sus muchachos afuera y unos segundos después, todos estaban dentro de la casa.

‒Deje los cuchillos, Miss, y tengamos la noche en paz. Dos de los chicos me tomaron por las muñecas y un tercero me los quitó.

‒Así está mejor. ¿A que sí, Miss?‒ dijo la chica (también ella me llamaba «Miss», qué locura).

Me acarició. Tenía las manos ásperas y frías; olían a lluvia, pero el aliento era de alcohol y cigarrillo.

Hubiera querido insultarla o escupirle la cara. Tampoco pude.

‒Ahora, a lo nuestro; a trabajar ‒ordenó al chico nuevo‒. Tampoco vamos a estar aquí toda la noche. ¿A que no, chicos?

Las manos del nuevo temblaron un poco. ¿Podría contar con él? ¿Se rebelaría en el último minuto? ¿Tenía alguna posibilidad de escapar mi Philip? Las manos del nuevo temblaban ahora más. Eran manos comunes. Ni gruesas ni flacas, ni lampiñas ni velludas. Pero sí se notaba –era evidente‒ que eran manos blandas, como de estudiante, poco habituadas a las tareas manuales. ¿Cuánto pesaría Philip? Unos siete y ocho kilos, quizá diez –últimamente había engordado‒. Para el nuevo pesaba igual o más que un reno. No se atrevía con él. Herir o matar ‒un animal o un hombre, da igual‒ con tus propias manos no es lo mismo que hacerlo de un disparo, como esos soberbios cazadores del Wild Life Channel. Ahora lo sé: la carne se opone, se resiste. Los músculos son elásticos y fuertes. Él tenía que encontrar el modo de ensartar un gancho en la carne viva y peluda de un gato. Evitar el hueso, buscar las fibras debajo de la pelambre. La cabellera rubia de mi Philip.

No era una tarea fácil.

Philip luchaba cabeza abajo, todo lo que le permitían los efectos del narcótico, mientras el chico nuevo batallaba contra el miedo y el asco. Yo también debo de haber forcejeado con los muchachos que me sujetaban, porque luego, cuando todo hubo terminado, comprobé que tenía las muñecas con moretones. El nuevo, después de varios intentos, de arcadas contenidas y de gemidos de Philip, consiguió agujerear la carne del gato. En el muslo izquierdo.

Philip colgaba de una pierna y un hilo de sangre iba manchándole el pelaje lentamente. Como una bandera española invertida: amarillo, rojo y amarillo.

Lo peor no era estar indefensa. Lo peor no era estar en una casa alejada con unos chicos enajenados que, quién sabe por qué, estaban practicando un rito de iniciación sobre mi gato preferido. Lo peor era la incertidumbre, el miedo de saberse a merced de La Reina Loca y de quién sabe qué drogas y cuánto alcohol llevaría en sangre. ¿Para qué me querían a mí de testigo? ¿Por qué, de todos los lugares del mundo, tuvieron que elegir mi casa? ¿Era eso lo que sabía Jaime, que mi casa había sido el cuartel permanente de operaciones de estos chicos? Cuántas preguntas acudían a mí y ninguna tendría respuesta.

La Reina Loca ordenó al nuevo lamer un poco de la sangre que goteaba del animal. Ella misma puso el dedo en la herida del gato y se lo llevó a la boca. Se pintó los labios con la sangre. Luego dio varios giros, puso los ojos en blanco y todos esos muchachones oliendo a búfalo la celebraron con un extraño cántico y aplausos.

Nunca sabré qué pruebas suponía el rito de iniciación completo.

En mi interior, tenía la certeza de que el nuevo no las habría superado. Lo intuía porque sus ojos no tenían el brillo húmedo que tenían los ojos del resto de los secuaces, ni la furia de la Reina Loca. Yo quería creer que, a pesar de la sed de reconocimiento que tenía, todavía le quedaba un destello de bondad en los ojos. El nuevo era el único del grupo que era capaz de dudar ‒por miedo, asco, por lo que fuera‒, y la duda hace que uno conserve un dejo de humanidad. No, el nuevo no pasaría las pruebas. Confirmé mis sospechas cuando vi que era el primero en escapar.

Los faros de un coche brillaron en la cocina.

Era mi marido que regresaba. Se había dejado los documentos en casa. Olvidar su documento fue su forma inconsciente de dejar atrás su identidad. Él no era quien decía ser hacía ya mucho tiempo. Por supuesto, no iba a una convención de negocios; por supuesto, no iba solo. Lo único verdadero era que partía una semana a Las Vegas y que sin documentos no pudo comenzar su viaje. Y regresó a casa con ella ‒rubia oxigenada, de ojos grandes, casi una réplica envejecida de la Reina Loca‒ sentada con desparpajo en el asiento del acompañante. Yo no sé por qué a veces la vida hace ese juego de espejos deformados. Pero nada de eso pertenece a esta historia. O casi. Lo único que importa es decir que la luz de dos faros alcanzó para ahuyentarlos. Todos huyeron de pronto, desbandados como aves nocturnas con los primeros rayos del día; y el nuevo, el primero. Solo quedó Philip a medio morir en nuestra cocina y la mochila de alpinista.

Descolgué la pata de Philip del gancho y lo puse sobre nuestra mesa. No quedaba nada de su histrionismo, de la vivacidad de sus ojos azulados. Todo el pelaje amarillo ensangrentado. No tenía fuerzas ni para gemir, el pobrecito. Mi marido entró en la casa con los ojos turbios y los pies llenos de barro. ¿Que teníamos para decirnos que no fuera ya sabido por los dos?

Tomé el cuchillo, el pequeño y filoso como recomendaban en ese documental de caza. Mi marido no alcanzó a preguntar nada. Ni quiénes eran los chicos que seguramente vio correr, ni qué hacían allí, ni qué le había sucedido al gato. Ni siquiera pudo preguntar por la maldita mochila de alpinista con la que había tropezado. Di dos pasos hacia adelante y él retrocedió cuatro. Sin mediar palabra y sin dejar de mirarlo a los ojos y de una sola puñalada, abrí por completo el vientre del gato. Lo hice con tal fiereza que rayé también la madera de la mesa.

Además de las vísceras y la sangre, del vientre del animal salieron tres fetos mojados y de ojos fruncidos. Resultó que Philip tampoco era quien yo pensaba. Nadie lo es.

Mi marido contuvo la arcada. Luego se derrumbó sobre una silla. La mujer que lo esperaba en el coche hizo sonar dos veces la bocina. De algún modo, había dejado de importarnos. Fue como si la sangre de la gata se adueñara de nosotros: seguía escurriéndose desde la herida hasta el borde de la mesa y de allí hasta el suelo. ¿Cuántos minutos fueron necesarios para que Philip se convirtiera en un felpudo machucado? ¿En cuánto tiempo se habían perdido la vida de la gata y de sus fetos? Me miré las manos ensangrentadas y el cuchillo‒ ya no llovía, yo no sé qué olores traería entonces el viento, ni cuántos árboles o plantas la tormenta había arrancado de cuajo‒. La rubia seguía tocando la bocina del coche a intervalos rítmicos cada vez más apremiantes. Mi matrimonio no era lo que yo creía sino exactamente lo contrario. Y yo me decía a mí misma que lo único fértil y vivo de esa casa había sido arrasado por mis manos.


*Este cuento fue publicado en: La condición animal © 2016, Valeria Correa Fiz , Editorial Páginas de Espuma. 

Por las funciones que me tocó desempeñar en cierto momento de mi vida, debía cruzar regularmente varias veces por semana a una hora determinada el puente pequeño (por entonces no se había construido aún el Pont neuf) y al hacerlo me reconocían y me saludaban por lo general algunos obreros o gente del pueblo, aunque ninguno de manera más llamativa y constante que una vendedora muy bonita, cuya tienda se reconocía por un cartel que tenía dos ángeles; durante cinco o seis meses, cada vez que pasaba por allí, ella se inclinaba profundamente y me seguía con la vista todo lo que podía. Su comportamiento no me pasaba desapercibido, y yo también la miraba y me esmeraba por agradecerle. Una vez, hacia el final del invierno, cabalgué desde Fontainebleau a París, y cuando volví a atravesar el puente pequeño, la vendedora se asomó a la puerta de su tienda y me dijo mientras yo pasaba:

– ¡Señor mío, su servidora!

Respondí a su saludo y, dándome vuelta varias veces, vi que se había inclinado hacia adelante para seguirme con la mirada hasta donde pudiera. Detrás de mí venía un criado y un coche de correo, que planeaba enviar esa misma tarde de nuevo a Fontainebleau con cartas para determinadas damas. Siguiendo mis órdenes, el criado desmontó y fue hacia la joven mujer, con el objetivo de decirle en mi nombre que había notado su afición por mirarme y saludarme y que quería, si ella deseaba conocerme mejor, visitarla donde ella dijera.

Ella le respondió al criado que no podría haberle traído un mensaje más deseado y que iría donde yo la citara.

Mientras proseguíamos con la cabalgata, le pregunté al criado si conocía un sitio donde pudiera encontrarme con la mujer. Me respondió que él la llevaría a lo de cierta alcahueta, pero como este criado mío, Wilhelm de Courtral, era una persona muy aprensiva y escrupulosa, enseguida añadió que la peste ya se manifestaba en distintos sitios y que no solo mataba a personas del populacho más bajo y sucio, sino que ya habían muerto también un doctor y un canónigo, por lo que me aconsejaba hacer llevar el colchón, las frazadas y las sábanas desde mi propia casa. Tomé su consejo y me prometió prepararme una buena cama. Antes de apearnos, le dije que también llevara un buen lavabo, una pequeña botella con esencias aromáticas y algunos bollos y manzanas, además de ocuparse de que la pieza estuviera bien caliente, pues hacía tanto frío que los pies se me habían congelado en el estribo, y el cielo estaba cargado de nubes de nieve.

Por la noche fui al lugar y encontré a una mujer muy bonita de alrededor de veinte años sentada sobre la cama, mientras que la alcahueta, que llevaba la cabeza y su redonda espalda abrigadas con un manto negro, le hablaba afanosamente. La puerta estaba entornada, en el hogar ardía con mucho ruido una gran pila de leños nuevos, no me escucharon llegar y me quedé un momento parado en la puerta. La joven miraba tranquilamente las llamas con los ojos bien abiertos; había hecho un movimiento de cabeza como para alejar de sí a la vieja repugnante a millas de distancia, con lo que había provocado que brotara desde abajo de su pequeña cofia de dormir una parte de su oscura y densa cabellera, que ahora caía, ensortijándose en un par de rizos naturales, entre los hombros y el pecho sobre su camisón. Llevaba también unas enaguas cortas de lana verdosa y pantuflas en los pies. En ese instante, algún ruido me debe haber delatado, pues ella dio vuelta la cabeza y me ofreció su rostro, al que la tensión desmesurada de los rasgos le confería una expresión casi salvaje, sin la esplendorosa entrega que manaba de los ojos casi desorbitados y que brotaba a borbotones como llamas invisibles desde su boca muda. Me gustó en grado sumo; más rápido de lo que pudiera pensarse, la vieja se fue de la habitación y yo me senté junto a mi amiga. Cuando en la primera embriaguez de la sorpresiva posesión quise tomarme algunas libertades, ella se me sustrajo con una vehemencia indescriptiblemente vívida, tanto de la mirada como de su voz oscura. Pero al instante siguiente sentí que me abrazaba, aferrándose a mí menos fervorosamente con los labios y los brazos que con la mirada cada vez más perdida de sus ojos inagotables; enseguida pareció otra vez como si quisiera hablar, pero los labios estremecidos de besos no formaron ninguna palabra y la garganta temblorosa no dejó subir ningún sonido nítido, más allá de un sollozo entrecortado.

Ahora bien, yo había pasado una gran parte de ese día cabalgando por caminos helados, luego en la antecámara del rey había tenido un altercado muy enojoso y fuerte y más tarde, para mitigar mi mal humor, había no solo bebido sino también practicado vigorosamente esgrima con el mandoble, y así sucedió que en medio de esta encantadora y misteriosa aventura, cuando yacía con suaves brazos alrededor de la nuca y rociado de una aromática cabellera, me invadió un cansancio y casi un aturdimiento tan repentinos y fuertes que ya no pude recordar cómo había llegado a esa habitación, y por un momento hasta confundí a esa persona cuyo corazón latía tan cerca del mío con una muy distinta de tiempos pasados, para de inmediato caer en un sueño profundo.

Cuando volví a despertar, seguía siendo noche cerrada, pero de inmediato me di cuenta de que mi amiga no estaba conmigo. Alcé la cabeza y al débil brillo de los leños desmoronados y sin llama la vi parada junto a la ventana; había abierto uno de los postigos y miraba hacia afuera a través de la rendija. Luego se dio vuelta, notó que yo me había despertado y exclamó (aun puedo ver cómo sube el puño de su mano izquierda hasta la mejilla para echarse hacia atrás del hombro el pelo que se le había caído hacia adelante):

– ¡Falta mucho para que se haga de día, falta mucho!

Solo ahora noté bien lo grande y bonita que era, y no podía esperar el momento en que estuviera de vuelta a mi lado dando unos pocos pasos tranquilos y grandes con sus bellos pies, por los que subía resplandeciendo el brillo rojizo. Pero antes de eso se acercó de nuevo al hogar, se agachó hasta el suelo, tomó con sus radiantes brazos desnudos el último y pesado haz de leña que había quedado fuera y lo arrojó rápido sobre las brasas. Luego se dio vuelta, su rostro brillaba de llamas y alegría, tomó al pasar una manzana de la mesa y ya estaba a mi lado, con sus miembros aun revueltos por el fresco soplo del fuego, que enseguida quedó disipado por el estremecimiento de las llamas aun más potentes que brotaban desde su interior, y tomándome con la mano derecha al tiempo que sostenía con la izquierda la fruta mordida y fría, le ofreció a mi boca sus mejillas, sus labios y sus ojos. El último leño en el hogar ardió más fuerte que todos los otros. La llama lo aspiraba en su interior echando chispas, para luego dejarlo arder hacia las alturas violentamente, de modo que el brillo del fuego nos golpeaba como una ola que luego rompía contra la pared, haciendo que nuestras sombras abrazadas se precipitaran hacia las alturas y después volvieran a bajar. Una y otra vez chisporroteaba la dura madera, alimentando desde sus entrañas siempre nuevas llamas, que crecían ondulantes y desplazaban la pesada oscuridad con chorros y ráfagas de claridad rojiza. Pero de pronto la llama se hundió y una fría corriente de aire, silenciosa como una mano, abrió el postigo y dejó al desnudo el pálido y repugnante amanecer.

Nos sentamos, sabiendo que ya se había hecho de día. Pero lo de ahí afuera no se parecía a un día. No se parecía al despertar del mundo. Lo que había allí no tenía el aspecto de una calle. Ninguna cosa en particular resultaba reconocible: era un caos descolorido e inmaterial, en el que parecían moverse unas larvas atemporales en una determinada dirección. Desde algún lugar cualquiera y lejano, como salido del recuerdo, sonó un reloj de torre, y una brisa fría y húmeda, que no correspondía a ninguna hora, empezó a ingresar cada vez con mayor fuerza, de modo que nos apretamos el uno contra el otro, temblando. Ella se echó hacia atrás y fijó los ojos con toda su fuerza en mi cara; su garganta trepidaba, algo urgía por subir a través de ella y emergió hasta el borde de los labios, pero no salió ninguna palabra, ningún suspiro y ningún beso, sino algo no nacido que se parecía a esas tres cosas. La claridad iba en aumento a cada instante y la expresión múltiple de su rostro crispado se hacía cada vez más elocuente; de pronto unos pasos arrastrándose y unas voces se acercaron tanto a la ventana desde el exterior que ella se agachó y giró la cabeza hacia la pared. Eran dos hombres que pasaban; por un instante entró el brillo del pequeño farol que llevaba uno de ellos; el otro arrastraba un carro, cuya rueda chirriaba y crujía. Una vez que pasaron, me puse de pie, cerré el postigo y encendí una luz. Todavía quedaba media manzana: la comimos entre los dos, y luego le pregunté si podría verla una vez más, pues me iba de viaje el domingo. Esta pasada había sido la noche del jueves al viernes.

Me contestó que sin dudas lo deseaba con mayor anhelo que yo, pero que si no me quedaba todo el domingo, le sería imposible, pues solo podía verme en la noche del domingo al lunes.

Primero se me ocurrieron diversos impedimentos, de modo que esgrimí algunas dificultades que ella escuchó sin decir palabra, pero con una mirada indagadora sumamente dolorosa, al tiempo que su rostro se volvía tenebrosamente rígido y oscuro. Enseguida le prometí que por supuesto me quedaría el domingo, agregando que me presentaría ese día por la noche otra vez en este mismo sitio. Tras esta promesa me miró fijo y me dijo con una voz completamente ronca y entrecortada:

– Sé muy bien que por ti he venido a una casa de mala fama, pero lo he hecho por propia voluntad, porque quería estar contigo y para ello habría aceptado cualquier condición. Pero me sentiría como la última y más vil de las prostitutas callejeras si tuviera que regresar a este sitio una segunda vez. Lo he hecho por ti, porque eres para mí el que eres, porque eres Bassompierre, porque eres ese hombre en el mundo que mediante su presencia vuelve honorable esta casa para mí.

Había dicho “casa”, y por un momento fue como si hubiera tenido una palabra despreciable en la lengua; al pronunciarla, arrojó tal mirada a esas cuatro paredes, a esa cama y a la frazada que se había deslizado hasta el suelo, que bajo la ráfaga de luz que salió disparada de sus ojos todas esas cosas horribles y vulgares parecieron estremecerse y retroceder agachadas, como si la mísera pieza realmente se hubiera agrandado por un instante.

Luego agregó con un tono indeciblemente suave y festivo:

– ¡Que muera yo de manera miserable si además de mi marido y de ti le he pertenecido jamás a ningún otro y sienta deseo de cualquier otro en el mundo!

Ligeramente volcada hacia adelante con los labios semi abiertos y exhalando vida, pareció esperar algún tipo de respuesta, alguna confirmación de mi fe en ella, pero al no leer en mi rostro aquello que quería, su mirada indagadora y tensa se enturbió, sus pestañas batieron algunas veces y de pronto estaba junto a la ventana, dándome la espalda, la frente apretada con toda la fuerza contra el postigo, el cuerpo entero sacudido por un llanto silencioso pero tan espantosamente violento que las palabras se me murieron en la boca y no me animé a tocarla. Al final tomé una de sus manos, que colgaban como inánimes, y con las palabras más enfáticas que me inspiró la situación, logré después de un largo rato tranquilizarla lo suficiente como para que volviera a girar hacia mí su rostro bañado en lágrimas, hasta que de repente una sonrisa, brotando como una luz desde sus ojos y al mismo tiempo alrededor de los labios, consumió en un instante todas las huellas del llanto e inundó de brillo toda su cara. Ahora pasó a ser el juego más encantador que empezara de nuevo a hablar conmigo jugueteando infinitamente con la frase “¿Quieres verme otra vez? ¡Entonces te recibiré en lo de mi tía!”; diez veces repitió la primera parte, ya con dulce impertinencia, ya con desconfianza puerilmente fingida, para luego susurrarme la segunda parte al oído como si se tratase del mayor secreto y enseguida decírmela por sobre el hombro como si fuera la cita más natural del mundo, mientras encogía sus propios hombros y ponía la boca en punta, y finalmente repetirla pegándose a mi cuerpo, lisonjeándome y riéndose en mi cara. Me describió la casa con toda exactitud, tal como se le describe el camino a un niño que debe cruzar solo por primera la calle para ir a la panadería. Luego se irguió, se puso seria – y todo el poder de sus ojos relucientes se clavó en mí con tal fuerza, que fue como si también estuvieran en condiciones de atraer a una criatura muerta – y prosiguió:

– Te voy a esperar desde las diez hasta la medianoche y también más tarde y siempre, y la puerta de abajo estará abierta. Primero encontrarás un pequeño pasillo, no te detengas allí, pues a ese pasillo da la puerta de mi tía. Luego te vas a topar con una escalera, esa te llevará al primer piso, donde estaré yo.

Y cerrando los ojos, como si se hubiera mareado, echó la cabeza hacia atrás, abrió los brazos y me rodeó con ellos, enseguida se desprendió de mí y se envolvió en sus ropas, extraña y severa, y salió de la habitación, pues ya era pleno día.

Yo cumplí con mis tareas, envié por adelantado a una parte de mi gente con las cosas y ya a la tarde del día siguiente mi impaciencia era tan grande que poco después de las campanas nocturnas crucé el puente pequeño con mi criado Wilhelm, al que no le dejé llevar ninguna luz, para ver si al menos podía observar a mi amiga en su tienda o en la vivienda lindante y darle en el mejor de los casos una señal de mi presencia, aun cuando no me hiciera esperanzas de poder intercambiar con ella más que algunas palabras.

Para no llamar la atención, me quedé parado en el puente y mandé al criado a que se adelantase y estudiara la situación. Estuvo ausente un largo rato y al regresar tenía el gesto abatido y caviloso que yo le conocía de siempre a ese buen hombre cuando no había podido cumplir con éxito alguna de mis órdenes.

– La tienda está cerrada – dijo – y no parece haber nadie adentro. Tampoco se puede oír o ver a nadie en las habitaciones que dan hacia la calle. Al patio solo se puede entrar escalando un muro alto, y en su interior gruñe además un perro grande. Pero de las habitaciones del frente hay una que tiene luz, y por un resquicio se puede observar la parte interna de la tienda, solo que lamentablemente está vacía.

Malhumorado, quería ya emprender el regreso, pero igual pasé lentamente por delante de la casa una vez más; mi diligente criado volvió a echar un ojo a través de la rendija por la que afloraba el brillo de una luz y me susurró que en la pieza no estaba la mujer, pero sí el marido. Curioso por ver a ese tendero, al que no podía recordar haber visto siquiera una única vez en su tienda, y al que me imaginaba alternativamente como una persona gorda hasta la deformidad o como un viejito escuálido y decrépito, me acerqué a la ventana y cuál no sería mi asombro al ver que en la habitación bien amueblada y revestida en madera iba y venía un hombre de estatura inusual y muy buen porte que me llevaba sin duda una cabeza y que al darse vuelta me mostró una cara muy bella y grave, con una barba marrón que contenía algunas pocas hebras plateadas y una frente de una nobleza casi única, en la que las sienes formaban una superficie más amplia que la que jamás había visto en una persona. Aunque estaba solo en la pieza, su mirada igual cambiaba, los labios se movían y, deteniéndose aquí y allí en su deambular, parecía estar conversando en su imaginación con otra persona; una vez incluso movió un brazo, como para despachar una réplica con una superioridad un poco indulgente. Cada uno de sus gestos era de una gran desenvoltura y de un orgullo casi despreciativo, y mirando su solitario ir y venir no pude dejar de recordar con toda vivacidad la imagen de un prisionero muy distinguido que tuve que vigilar, al servicio del rey, durante su arresto en una de las torres del castillo de Blois. El paralelo me pareció aun más acabado cuando el hombre alzó su mano derecha y bajó la vista hacia los dedos curvados hacia arriba para observarlos con atención, y hasta con una severidad sombría. Pues casi con el mismo gesto había visto a menudo a aquel ilustre prisionero contemplando un anillo que llevaba en el índice de la mano derecha, del que nunca se separaba. El hombre en la habitación se acercó luego a la mesa, deslizó la esfera de cristal con agua delante de la luz de la vela y puso sus manos dentro del círculo de luz con los dedos estirados, como para examinarse las uñas. Luego sopló la vela y salió de la habitación, no sin dejarme un sentimiento vago y furioso de celos, porque mi deseo de su mujer siguió creciendo sin cesar, alimentándose como un fuego expansivo de todo lo que me salía al encuentro, incluyendo de manera confusa también esta aparición inesperada, que lo intensificó tanto como cada uno de los copos de nieve que ahora esparcía un viento húmedo y frío y que se me quedaban colgados de a uno en las pestañas y en las mejillas para luego derretirse.

El día siguiente transcurrió de la manera más inservible, no podía concentrarme bien en ningún negocio, compré un caballo que en realidad no me gustaba, me presenté después de la comida en lo del duque de Nemours y pasé algún tiempo allí jugando y conversando de las cosas más pueriles y desagradables. No se charló de otra cosa que no fuera la peste, que se expandía cada vez con mayor ímpetu por la ciudad, y a todos esos nobles no se les podía sacar más que relatos similares sobre el rápido enterramiento de los cadáveres, la paja que había que hacer quemar en las piezas de los difuntos a fin de disipar los vahos venenosos, y así; el más tonto de todos me pareció sin embargo el canónigo de Chandieu, que a pesar de estar gordo y sano como siempre, no podía contenerse y todo el tiempo bajaba su mirada bizca para contemplarse las uñas de los dedos, a ver si ya se observaba en ellas el sospechoso azulado con que suele anunciarse la enfermedad.

Todo esto me provocaba rechazo, me fui temprano a casa y me acosté en la cama, pero no me podía dormir, de la impaciencia volví a vestirme y me propuse ir a ver a mi amiga costara lo que costara, aun cuando tuviera que entrar por la fuerza con mi gente. Me acerqué a la ventana con la idea de despertar a mis criados, pero el helado aire nocturno me devolvió la sensatez y me di cuenta que este era el camino más seguro para arruinarlo todo. Aún vestido me arrojé a la cama y al final terminé durmiéndome.

El domingo transcurrió de modo similar hasta que se hizo de tarde; como llegué demasiado temprano a la calle indicada, me obligué a caminar de un lado al otro por una calleja aledaña, hasta que dieron las diez. Enseguida encontré la casa y la puerta que ella me había indicado, la puerta estaba abierta y detrás estaba el pasillo y la escalera. Pero la segunda puerta, arriba, a la que llevaba la escalera, estaba cerrada, si bien por debajo se veía una delgada franja de luz. De modo que ella estaba adentro y esperaba y acaso estuviera escuchando junto a la puerta del lado de adentro, tal como yo estaba del de afuera. Rasqué la madera con las uñas y entonces escuché pasos en el interior, que me parecieron los pasos vacilantes e inseguros de un pie descalzo. Por un rato contuve la respiración, luego empecé a golpear, pero escuché la voz de un hombre que preguntaba quién andaba ahí afuera. Me acurruqué en lo oscuro de la jamba de la puerta, sin emitir sonido alguno; la puerta permaneció cerrada y yo me deslicé en el mayor de los silencios, peldaño por peldaño, escaleras abajo, avancé a hurtadillas por el pasillo hasta el exterior y anduve yendo y viniendo por algunas calles con las sienes que me latían y los dientes apretados, ardiendo de impaciencia. Al final, volví a verme arrastrado hacia el frente de la casa, pero aún no quería entrar; sentía, sabía que ella alejaría al hombre, tenía que lograrlo, enseguida podríamos estar juntos. El callejón era estrecho; enfrente no había ninguna casa, sino el muro del jardín de un convento; me apoyé contra él y traté de adivinar desde enfrente cuál sería la ventana. En una de las ventanas del piso superior, que estaba abierta, se encendió de pronto el brillo como de una llama, que enseguida volvió a apagarse. Ahora creí verlo todo ante mí: ella había arrojado un leño grande en el hogar como aquella vez, y también como aquella vez estaba ahora parada en medio de la habitación, los miembros reluciendo por las llamas, o sentada en la cama escuchando y esperando. Desde la puerta la vería a ella, y a la sombra de su cuello y de sus hombros elevándose y hundiéndose en la parte translúcida de la pared. Enseguida estuve en el pasillo, llegué a la escalera: ahora tampoco la puerta estaba cerrada, sino entornada, y dejaba pasar el brillo oscilante también hacia un costado. Estiraba mi mano hacia el picaporte cuando creí escuchar en el interior los pasos y las voces de varios. Pero no quise creerlo, lo tomé por el trabajo de mi sangre en las sienes, en el cuello, y por el ardor del fuego en el interior. También en aquella ocasión las llamas habían hecho mucho ruido. Ahora ya había agarrado el picaporte, y tuve que comprender que adentro había personas, varias personas. Pero ya me daba lo mismo, pues sentía, sabía, que también ella estaba allí dentro, y que no bien abriera la puerta, podría verla, agarrarla y con mi brazo arrancarla tal vez de las manos de otros para atraerla hacia mí, ¡aun cuando tuviera que extirpar esa habitación para ella y para mí con mi espada y con mi puñal, recortándola de una multitud de gente que grita! Lo único que me parecía absolutamente intolerable era seguir esperando más tiempo.

Abrí la puerta de un golpe y vi, en medio de la habitación vacía, a un par de personas quemando paja que había sido usada como cama; a la luz de las llamas que iluminaban toda la habitación también vi paredes rasgadas, cuyos escombros yacían en el suelo, y, contra una pared, una mesa sobre la que había dos cuerpos desnudos, uno grande, con la cabeza cubierta, el otro más pequeño, extendido recto contra la pared, y al lado la sombra negra de unas formas finas, que subía juguetona y volvía a caer.

Bajé las escaleras a los tumbos y delante de la casa me choqué con dos sepultureros. Uno de ellos me puso su pequeño farol en la cara y me preguntó qué estaba buscando allí, el otro empujó su carro chirriante y crujiente contra la puerta de entrada. Saqué la espada, a fin de mantenerlos a distancia, y llegué a mi casa. De inmediato bebí tres o cuatro copas grandes de denso vino; tras haber descansado, emprendí al día siguiente el viaje a Lothringen.

Todos los esfuerzos que invertí tras mi regreso para averiguar algo sobre esta mujer fueron en vano. Incluso me dirigí a la tienda de los dos ángeles, pero la gente que ahora la ocupaba no sabía quiénes habían estado allí antes que ellos.

Basado en M. de Bassompierre, Journal de ma vie (Colonia, 1663) y Goethe, Conversaciones de emigrantes alemanes.


*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Estas notas fueron encontradas en una carpeta de cuero, escritas en papeles sueltos de buena calidad. La carpeta estaba dentro de un viejo baúl, debajo de un tapado de piel de zorro comido por polillas, pequeños discos negros, varias agujas rotas, retazos de tela cosida hecha jirones y frascos medicinales vacíos, en un edificio declarado en ruinas, el último de varios que serían demolidos para dar lugar a viviendas modernas e higiénicas.

No pude haber nacido en ninguna otra ciudad más que en esta, una gran capital europea de arquitectura hermosa y llena de detalles: un castillo sobre el río, una extensión de cúpulas doradas y cobrizas con forma de cabezas de ajo, gárgolas, campanarios, trenes, postes de luz que parecen lunas atrapadas en vides negras, claraboyas como rocío sobre los edificios, fábricas, talleres, cabarets, un bosque de hierro, piedra, vidrio. Desde luego, no puedo imaginarme existiendo en un pueblo americano o siberiano, en un desierto, un valle. Sólo he visto lugares así en los libros, nunca he abandonado la ciudad en la que nací. Recibo muchas invitaciones para visitar casas de campo en países extranjeros, castillos, la costa, pero me asusta pensar que podría desaparecer al instante tras poner un pie fuera de esta ciudad, como una nube de smog.

Me siento en parte hierro forjado, en parte humano y, no voy a mentir, en parte alimaña.

Tengo ocho piernas, y la parte superior del cuerpo de un hombre normal. Cabello negro, nariz elegante y melancólicos ojos verdes, unos buenos dientes falsos hechos de colmillos de elefante; me hice extraer los verdaderos, como muchos caballeros de mi ciudad, para poder disfrutar de ricas comidas y bebidas sin visitas continuas al dentista. Hice que diseñaran mis dientes falsos para que fueran más afilados que los originales, más parecidos a colmillos. Muchos hombres, jóvenes y viejos, copiaron mi estilo.

Mi aspecto hace pensar en una araña, un paraguas, una marioneta.

Por cómo me muevo, parezco una mano grande con algunos dedos de más. Gracias a dios, sólo tengo un juego de genitales. La delicadeza y la sensación de tener uno entre cada pierna sería insoportable.

Los espacios entre mis otras piernas parecen axilas, pero un poco más firmes. Son peludos. Me saco el pelo con cera, para que haya menos ambigüedad al observar mi cuerpo desnudo. Cuido mucho de mis pies, cada uña está cubierta de esmalte brillante y transparente, cada planta bañada en polvo perfumado.

Mi ano está justo debajo de mí, mis nalgas son un círculo en el centro de mis piernas, como un sanitario sobre el que se sienta permanentemente mi torso. Me resulta mucho más fácil usar un orinal que un inodoro moderno, y los cafés que frecuento me proveen siempre de uno. Luego me limpio con una tela húmeda. Cuido mucho mi apariencia. Tengo trajes hechos especialmente a la medida de las proporciones de mi cuerpo, aunque algunos, incluyendo a mi doctor, han sugerido que me resultaría más cómodo usar una bata.

Nunca uso zapatos que no combinen, aunque algunos deben pensar que me gustaría, para exhibir mi vasta colección de calzado. Compro cuatro pares de cada zapato que quiero, y los uso todos a la vez.

Podría ser un arabesco de piedra que sale reptando de un edificio, o el artilugio complejo de un barbero, un fotógrafo o un matemático. Podría ser una de las tantas cosas que existen en la ciudad moderna, desempeño varios papeles en muchas fantasías.

Es imposible imaginar a mis padres, creo que simplemente surgí de la ciudad, salí de una rejilla humeante como Venus del océano. Hay muchos hombres en la ciudad, deformados por las armas y los cañones de la última guerra, a los que solo les quedan uno o dos miembros, o ninguno; de alguna manera son mis padres. Si no hay nada escandaloso en un hombre con un solo miembro, ¿qué hay de escandaloso en un hombre con ocho?

Cerca de mi departamento, en un pequeño vagón de madera afuera del metro, vive un soldado con un solo brazo y sin ningún otro miembro.  Siempre le daba monedas hasta que un día me preguntó si, en cambio, podía darle dos de mis piernas. Se rió, pero en sus ojos había tanta envidia, tanta avidez, que nunca más me detuve a darle nada. Me escapé corriendo sobre mis ocho pies, infinitamente valiosos, una abundancia de carne.

Según me contaron, me dejaron en la puerta de una iglesia, como una gárgola que se hubiera caído de la fachada. Me llevaron a un orfanato, pero yo era demasiado excepcional para estar mucho tiempo en un orfanato, pronto se corrió la voz sobre mí. Un puñado de mecenas amables y curiosos contrataron a una niñera para que me criara, tutores que me educaran, un doctor que velara por mi salud. Yo era el favorito entre las mujeres ricas. Nadie me poseía, me consideraban un hijo de la ciudad. Toda la gente importante me visitaba, me traía juguetes, libros, instrumentos musicales.

A pesar de que no estaba obligado a aprender alguna habilidad específica, o a resaltar mi diferencia con trucos extraños, como el enano de circo al que se le enseñan malabares y bailes, yo tocaba un poco el piano, tenía una bella voz y sabía aritmética. Pero sabía, desde muy temprana edad, que me dedicaría más que nada a placeres menos esforzados: comer, beber, leer, amar.

Mis piernas son algo débiles, largas pero un poco infantiles, a pesar de los ejercicios especialmente concebidos por mi doctor. Es necesario que camine con un bastón. Tengo uno con una araña plateada en el mango.

Muchas veces obligo a las mujeres a sentarse sobre mí a horcajadas, para no debilitarme demasiado. Duermo como lo hacen las flores, cerrado como un paraguas.

Tengo muchas amigas mujeres, y muchas me cortejan. Una de ellas, la esposa rica de un barón, mandó hacer para mí un tapado de piel de insectos. Hizo matar a cientos de abejas y tarántulas con la intención de seducirme, pero yo nunca había sentido tanta repulsión. Me importan profundamente las criaturas que otros desprecian: las arañas, las polillas, las ratas, los ratones, toda clase de insectos. Son mi especie.

Tengo dos ratas como mascotas, una blanca y una negra. Odilon y Claude, a quienes llevo conmigo a todas partes en una jaula de cuero y oro. Las alimento con almendras confitadas, pedazos de salchicha y naranjas. Me aprecian, les gusta trepar por mis numerosas extremidades, y yo mando hacer los trajes con algunos centímetros extra de género suelto para que puedan sentarse cómodamente entre mis piernas y la tela. La gente suele confundir sus contornos abultados con deformaciones adicionales de mi cuerpo, y se horrorizan cuando se mueven.

Soy la musa de la ciudad. Muchos artistas me han pintado, y hay una escultura de mi cuerpo –desnudo, excepto por un sombrero hongo– en un jardín público, sobre un pedestal que tiene tallado un poema escrito en mi honor.

Un arquitecto diseñó un pabellón de acero y cristal lleno de palmeras donde se puede tomar el té, que tiene una imagen en bronce de mi cabeza en la parte superior, y un teatro circular de mármol blanco y negro, donde el diseño de los arcos de mármol negro emula la forma de mis piernas.

También gano sumas considerables haciendo anuncios de absenta, loción para afeitar, obleas, agua con gas, botas, corbatas de moño, jabón, plumeros, joyas, trufas, seda, dulces de almendras, regaliz, máquinas de escribir, estudios de fotografía, pintura, hilo, té, perfume, café, aceite de bergamota, elásticos para las medias, galochas, ostras enlatadas, paraguas, cera para bigotes, medias de red, bastones, sombreros hongo y turrones.

Me niego a hacer anuncios de insecticida, aunque me lo han pedido varias veces. Cómo odio esos horribles negocios con ratas clavadas a la fachada, cajas de veneno, trampas para criaturas de todos los tamaños, algunas tan grandes que podrían atrapar a un niño desafortunado.

Cómo me gustan las cucarachas, los piojos, las pulgas, las palomas, las polillas, las ratas, los ratones, las arañas, los gorriones y, por supuesto, los cimex lectularius. Es gracias a mí que estos moradores de la ciudad tienen un lugar seguro. Usando mis amplios fondos creé un zoológico donde una selección de estas criaturas a las que llaman alimañas puede existir en fascinante proliferación, en un área cercada de la ciudad donde se construyeron túneles de vidrio para que los ciudadanos humanos puedan pasar sin molestias ni picaduras. Los visitantes les traen carne podrida, pan rancio, ropa y sábanas viejas. Para algunos es relajante, incluso adictivo, mirar a las criaturas propagarse, consumirse, morir; verlas existir en un espacio donde pueden vivir sin restricciones, sin veneno, sin escobas, trampas, felinos o perros.

Visto de lejos, mi zoológico parece una gran galería o una estación de tren. Tiene muchos techos de vidrio, y grandes frontones con frescos que muestran roedores o insectos. En la entrada hay una estatua de bronce de mí, con una rata en una mano y una polilla en la otra.

Me encanta el pabellón de las polillas, porque esas criaturas lo consumen todo. Las polillas están encerradas en una estructura que parece un invernadero. Cada mañana, un hombre con un traje como de apicultor abre uno de los paneles de vidrio y tira una bolsa de pan rancio y una pila de tapados. En esa profusión, los enjambres de polillas parecen franjas de tela marrón, o árboles tropicales extraños y siniestros, que se mecen con una brisa desconocida.

Dentro del pabellón de las ratas hay una maqueta en miniatura de nuestra ciudad, con los mismos edificios y calles, para que uno pueda mirar a las ratas, tan parecidas a los hombres, con sus manos y sus bigotes, hacer sus cosas: reproducirse, comer y digerir. Las cucarachas y los ratones se mantienen escondidos debajo de viejos colchones y sillones. Si uno golpea el vidrio de su jaula con un bastón o con el puño, se mueven de un escondite a otro, como tormentas de marrón y gris. Siempre llevo conmigo un par de prismáticos, para mirar las pulgas y las chinches.

El pabellón de las arañas es silencioso. Tiene tantas telarañas que, por su blancura, parece un paisaje ártico. Está siempre quieto, salvo por la comida de la mañana, cuando se sacrifican moscas y otras criaturas pequeñas. Para mí hay una gran diferencia entre una araña que necesita sangre, y por lo tanto debe matar, y el aplastamiento innecesario de arañas simplemente porque no nos gusta la apariencia de sus telarañas en nuestros alféizares. En el zoológico, el hilado de las telarañas es apenas perceptible para el observador, pero las arañas se comunican entre sí tocando sus telas como las cuerdas de un instrumento, una música armónica que se puede oír cuando todo lo demás está en silencio. Son arañas domésticas comunes, de los alféizares y las esquinas de mi ciudad. Algunas mujeres que creen en los augurios visitan el zoológico específicamente por las arañas, les rezan casi, les cuentan sus secretos y sus penas, como si sus palabras fueran a ser absorbidas por las telas. He oído que algunas mujeres jóvenes traen en estuches preciosos la pulpa de su menstruación para dársela a las arañas, creyendo que hacerlo les traerá amor, matrimonio, hijos, incluso la muerte. El cuidador del zoológico me ha mostrado esos estuches, parecidos a los que contienen anillos, pero manchados de sangre. Los guarda en su oficina, después de tirar los coágulos de sangre al pabellón de las arañas.

Yo también genero atenciones de ese estilo. Mujeres insatisfechas con sus maridos e incapaces de concebir vienen suplicando a mi departamento. A veces las ayudo, si los regalos que me traen son lo suficientemente exquisitos: una estola de piel, o un cajón de granadas o naranjas rojas envueltas en papel de oro, por ejemplo. Todos los niños que resultan de ello tienen mi rostro distinguido, pero ninguno tiene mis piernas múltiples. Algunas mujeres se ponían demasiado nerviosas o inquietas al verme desnudo, con mi falo extendido como una novena pierna. Las mujeres más capaces de tratar con una variedad de cuerpos diferentes eran las prostitutas. Me contaban sobre cientos de deformidades escondidas debajo de la ropa de los hombres. Nunca se sorprendían ni se escandalizaban. En público, yo pasaba la mayor parte del tiempo con actrices y cantantes de ópera. Tenía mi propio palco en todos los teatros y salas de ópera de la ciudad. Siempre usaba una capa negra y me sentaba al fondo del palco, escondido a medias en las sombras, para no desviar la atención de la obra. Era el hombre más famoso de mi ciudad, mi rostro estaba en todas partes. Era como un monumento tan grande que es visible desde cualquier lugar donde uno esté parado. Incluso habían escrito una ópera y un ballet sobre mí. El ballet se llamaba Hijo de Aracné. La ópera, La araña negra.

Me han pedido que suba al escenario, pero mi salud no me lo permite. Sería demasiado agotador, además de todas mis otras actividades.

Sin embargo, fue luego del estreno de Hijo de Aracné que caí en la desesperación. Para el pas de deux, un hombre y una mujer vestían tutús diseñados para parecer piernas múltiples (¡ah, ese equivalente femenino de mí que no existe!). ¡Cómo bailaban juntos, mientras yo afronto la vida solo! Compré una tarántula hembra en una casa de animales exóticos y la puse en una caja de cristal con forma de palacio, me acosté con cuatro prostitutas a la vez para estar inmerso en un revoltijo de piernas femeninas, y luego tomé prestado el traje de ballet e hice que una de las mujeres se lo pusiera, pero nada me satisfacía. Daba largos paseos nocturnos en mi carruaje. El carruaje mismo parecía una araña, e hice que diseñaran las cortinas de encaje para que parecieran telarañas. Yo seguía buscando; me parecía imposible que esta ciudad de fábricas, de tiendas especializadas –esta ciudad que podía producir cualquier cosa en grandes cantidades–, solo hubiera producido uno sólo de mi especie. Me detuve frente a las catedrales góticas y los balcones ornamentados, esperando que una amante parecida a mí bajara reptando de sus alturas.

Una de esas noches, conduciendo por un boulevard comercial donde las luces de las vidrieras permanecían encendidas toda la noche, divisé un muslo hermoso pero inhumano y le pedí a mi chofer que se detuviera. Era una tienda de máquinas de coser. La máquina de la vidriera tenía cuatro piernas, como plantas de hierro, un cuerpo de madera, un cuello curvado de metal como de cisne, una plataforma circular que hacía correr la tela, no muy diferente de la bandeja de un gramófono donde se coloca el disco, y una boca pequeña con un único diente de plata. Era una criatura moderna, inusual. ¡Qué hermosa música debía hacer! Su nombre era Florence, estaba escrito en la vidriera de la tienda. Florence. Me quedé ahí sentado en mi carruaje hasta que amaneció y abrió la tienda. Compré apresurado la máquina de la vidriera. Me preguntaron si quería que la desarmaran para llevar, pero hice que la colocaran así como estaba en mi carruaje. Conduje por la ciudad, mis piernas entrelazadas con las suyas, dos de mis pies apoyados en sus pedales con silueta de horma.

Los dueños de la tienda me dieron un catálogo de máquinas de coser; todos sus nombres eran cautivantes: Cleopatra, Condesa, Dolly Varden, Daisy, Elsa, Alexandra, Diamante, Gloria, Pequeña Joya, Godiva, Jennie June, Perla, Victoria, Titania, Princesa Beatrice, Penelope, Reina Mab, Emperatriz, Anita, Bernina, Pequeña Maravilla, pero ninguna lo era más que mi Florence, que iba sentada frente a mí.

De vuelta en mi departamento, intenté traerla a la vida. Puse un pañuelo de mi bolsillo debajo de su boca, le di de comer hilo de la mejor calidad, apreté el pedal, pero ella era terca. Me insultó con largas puntadas irregulares, líneas toscas sobre mi pañuelo. Lloré, la abracé con desesperación, besando el cuerpo metálico, pero ella estaba quieta y glacial.

Florence quería decirme que necesitaba una mujer que la asistiera, una dama de compañía. Le pedí a uno de mis sirvientes que llamara a una de las prostitutas que yo solía frecuentar y que la trajera en mi carruaje lo antes posible. Se llamaba Polina y su cabello negro y enrulado me recordaba a las piernas de Florence.

Luego de desnudarse, le dije que se sentara a la máquina y cosiera.

Ella apretó el pedal y se rió, tirándome un beso. Se levantó y trató de venir a sentarse conmigo en la otomana, pero le exigí que volviera a sentarse junto a Florence. Hizo una mueca de enojo y se quejó: qué utilidad tenía que supiera cómo usar una máquina de coser. Su Madama le arreglaba la ropa interior cuando esta se rasgaba. ¡No servía! Necesitaba una profesional, una costurera. Le dije a Polina que se fuera. Inmediatamente escribí un aviso para el diario y lo envié por telégrafo para que se publicara la mañana siguiente.

SE BUSCA

COSTURERA

Ay, aquellas pobres criaturas con gafas, que vivían en sótanos y áticos, alimentándose de sopas aguadas y latas abolladas de pescado, con las espaldas jorobadas, los dedos flacos y callosos. Sí, había algo de insecto en ellas. Entrevisté a muchas, y me decidí por una joven criatura, aún no deformada por su profesión. Su cabello era del mismo color castaño que el torso de madera de Florence. Hice que la midieran, y le encargué un vestido de encaje negro que tenía el mismo estampado que las piernas de Florence. Compré rollos de seda blanca, negra y dorada, para que Florence me hablara a través de ellos.

La chica se ruborizó cuando se puso el vestido, se veían sus pechos y su trasero a través de la tela. Me senté cerca y le pedí que se sentara con Florence y comenzara.

Ah, esas puntadas como marcas de lápiz labial sobre servilletas de papel, dulces poemas. La chica trabajó y trabajó, acariciando a Florence en una hermosa danza. Apreté las telas terminadas sobre mi pecho. No quería que la chica se detuviera, cerré las cortinas. Ambos nos hipnotizamos; no sé cuánto tiempo pasó, pero miré y miré, mientras le decía a la chica, respirando rápido, “¡No pares, no te detengas!”, hasta que ella colapsó, la tela se enredó y la boca de Florence se fue deteniendo hasta quedar inmóvil.

Florence, mi amante, había matado a la costurera. Mi estufa era más decorativa que utilitaria, una caja verde y negra con tantas figuras ornamentales y rostros como una sala de ópera. Yo comía en restaurantes, y no usaba la estufa más que para calentar azúcar, así que me llevó todo el día quemar los restos de la costurera, a la que corté en pequeños pedazos del tamaño de un mejillón, no sin antes quitarle el vestido, por supuesto, y colocarlo con cuidado sobre Florence, que era su verdadera dueña.

Muchas veces estuve tentado de llevar el cuerpo de la costurera a mi zoológico. ¡Ah, cómo la consumirían en un instante las ratas, las polillas y las pulgas!

Había pasado días, noches, en compañía de Florence y la costurera, sin noción del tiempo. Cuando el cuerpo de la costurera se quemó por completo, yo estaba hambriento, enormemente debilitado. Besé a Florence y fui a un restaurante. Comí mi comida rápido, estaba impaciente por volver junto a Florence, pero necesitaba otra costurera. No podía usar el mismo diario.

Esperé en mi carruaje cerca de una fábrica de ropa y cuando las chicas salieron para volver a casa, me acerqué y hablé con una que me atrajo; el mismo pelo castaño, el mismo tamaño que mi primera costurera, para poder reutilizar el vestido. Antes de empezar, le di a la chica una comida traída desde el restaurante, para que durara más tiempo, pero no tan pesada como para ponerla letárgica.

Leí los listones de tela, sus puntadas finas, rectas, un lenguaje misterioso y vigorizante, una gran novela de amor para mí. Me envolví en ella, sólo dejaba el departamento para comer, para buscar más costureras, para comprar más tela.

En honor a Florence, abrí un museo de máquinas de coser que, además, me proveería de un flujo constante de costureras. Lo llamé Museo Florentina, y era un edificio de hierro y cristal que parecía una magnífica telaraña. A mis mecenas les encantó la idea, aunque nunca habían cosido. Sería un reconocimiento al trabajo de las mujeres, y me dieron el dinero que necesitaba. El museo se planificó bajo mi dirección, y los fabricantes de máquinas de coser donaron modelos y aportaron más fondos.

Las costureras venían al museo los fines de semana de a montones, por la extraña curiosidad de ver máquinas diferentes de las que ellas usaban o porque tenían miedo de estar lejos de ellas. Nadie las amaba, de modo que dirigían su afecto hacia las mismas máquinas que las destruían. No tenían máquinas de coser en casa, no podían pagarlas. El simple hilo y aguja no les bastaba, así que venían a mi museo en sus horas libres, con sus corazones solitarios deseosos de ver un pedal, una rueda. Las máquinas habían desfigurado a las costureras, estas ponían toda su juventud y belleza en vestidos, cortinas y trajes. Era fácil reconocerlas: la piel pálida; los ojos cansados sobre semicírculos violeta, como anteojos de un color violento; la bizquera; los dedos consumidos, casi como agujas, escondidos en guantes baratos; las piernas temblorosas que habrían sido musculosas de tanto pedalear si hubieran tenido más carne para comer.

El museo tenía un café al que yo iba todos los fines de semana para tomar anís y pasteles de crema de pistacho y café en pequeñas tazas negras y doradas. Las costureras se sentaban a las mesas de hierro forjado con arabescos, balanceando las piernas. Usaban sombreros y zapatos hechos de cartón negro, y llevaban bolsitos llenos de pastillas de hierro y tónicos, que solían darles en la fábrica para mantenerlas con vida, y que ellas tomaban con el café.

–Si pudieras hacerme un corto trabajo de costura, tengo una máquina, unos pijamas de seda que se rasgaron, qué dedos tan finos tienes, te pagaré, por supuesto, y también te daré la cena, un buen filete, un pollo asado.

Perdían la noción del tiempo, no había relojes en mi departamento con este fin, las cortinas estaban cerradas, el aire era denso a causa de la estufa y las lámparas de gas. Las hacía trabajar durante días, y se hipnotizaban, al igual que yo, mirando cómo se movían las hermosas extremidades de hierro de Florence.

Pero llegó un punto en que mirar a las chicas languidecer de cansancio, ver cómo la máquina las consumía, sentir la tela cubierta de puntadas doradas, negras, verdes y rojas ya no fue suficiente. Quería estar involucrado en el proceso, ser tocado por Florence.

Me abrí la pierna con una navaja y le dije a la costurera que estaba sentada frente a Florence, una criatura débil con una fina trenza negra:

–Cóselo, querida. No, no hay necesidad de llamar a un médico, sólo cóselo, querida, en la máquina.

Sin limpiarme la sangre, coloqué una de mis piernas debajo, pálida y cubierta de vello negro, como un rollo de tela aplastado por el peso de alguien dormido, y le ordené a la costurera que cosiera, con la carne fría y metálica de Florence suspendida sobre mí. ¡Qué alivio, qué dicha, qué dolor con esa primera puntada!

Para mí, eran pinchazos de amor. No eran tan legibles ni tan parejas como las puntadas sobre la tela, pero eran igual de hermosas.

Enseguida mis ocho piernas estaban cubiertas de puntadas y cicatrices, como un muñeco de trapo. Los besos de Florence. La pérdida de sangre me debilitó en extremo.  Empecé a caminar con dos bastones en lugar de uno y empecé a tomar pastillas de hierro y tónicos, igual que las costureras. Casi no tenía apetito por la comida, estaba demasiado enamorado. Para mis visitas al zoológico compré una silla de ruedas que empujaba uno de mis sirvientes, pero más allá de eso, no salía de mi departamento, rechazaba invitaciones, ya no modelaba. Sólo mis criaturas del zoológico, pensé, entendían mi deseo ardiente de Florence, mi hambre interminable de la tela cubierta de sus puntadas, de sus puntadas sobre mi piel. Compré una bolsa de pelucas para las polillas, salchichas para las ratas y una jaula llena de gatitos para las pulgas. Las miré comer, y luego volví a casa.

Las pocas veces que recibía visitas entre medio de las costureras –para no levantar demasiadas sospechas, ya que antes había sido tan sociable– cubría a Florence con una tela. No quería que vieran algo que para mí era tan íntimo.

Deshacerme de las costureras usadas era agotador, compré una estufa más grande, con el argumento de que sufría el frío cada vez más. Ni siquiera podía pedir ayuda a mis sirvientes. Despedí a todos menos a uno, el que conducía mi carruaje. Cuando fui a ver al doctor, me rehusé a que me mirara las piernas; le dije que me había atacado el perro de una amiga. El doctor me respondió que tenía que dejar de verla de inmediato y mantenerme alejado de los perros. No podía permitirme perder más sangre, necesitaba más que el común de las personas a causa de mis miembros extra; mi corazón estaba sobreexigido.

Ay, sí que lo estaba, pero él no sabía hasta cuánto. Le dieron asco mis puntadas. ¿A qué horrible cirujano clandestino había acudido, y por qué? ¿Por qué no había ido a verlo a él, mi doctor de cabecera desde la infancia? Me dio un frasco de líquido antiséptico para ponerme en las heridas. Me juré no volver a visitarlo.

Tenía pilas de telegramas, invitaciones, cartas, diarios, pero lo único que leía era la tela de Florence, sí, y sus pinchazos de amor, creo que está empezando a amarme; yo la alimento, ella escribe y escribe

La última página termina con una mancha borrosa, es demasiado vieja para que el ojo desnudo pueda determinar si se trata de sangre, tinta o alcohol.

Antes de acostarme contaba las horas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete; miraba el reloj, las cuatro, por lo tanto cuatro y siete eran once, y once menos siete eran cuatro, de lo que deducía que dormiría siete horas, o mejor dicho, seis con quince si les sustraía los cuarenta y cinco minutos promedio que me demandaba encontrar posición en la cama y aislarme de los ruidos que hacía mi amo. Ahora bien, seis horas –no digo ni siquiera seis horas quince– eran suficientes para alguien que no trabajaba o no odiaba. Un trabajador, en cambio, precisaba por lo menos siete horas de sueño. Un trabajador que odiaba –a su patrón, por ejemplo–, ocho horas netas, esto es, ocho horas, ni más ni menos, ocho horas desde que conciliaba el sueño hasta despertar y no desde que se acostaba y buscaba posición y se aislaba de los ruidos.

Mi caso a lo largo de los años varió según mis penurias económicas. De ser un ocioso irrecuperable que dormía seis horas, pasé a ser un ocioso atormentado por la desidia, por lo cual sumé quince minutos a mis horas de sueño. El asesinato de mi padre determinó mi necesidad de trabajar. Tardé meses en recomponerme de la pérdida. El proceso judicial iniciado contra el criminal llegó a su fin. El culpable, un odontólogo jubilado que al parecer había confundido a mi padre con su potencial víctima y por eso mismo se declaraba inocente –no había cometido el crimen que quería cometer–, pagó su delito: prisión perpetua. Recién entonces pude realmente llorar y desapenarme. Después me dediqué a buscar trabajo. Mi apariencia, según me comentaron algunos maliciosos en las colas, estaba bastante desmejorada. A decir verdad, yo nunca noté nada… ni antes ni después de la muerte de papá. Es más, sigo igual, las ojeras grandes, la palidez pronunciada. Así era incluso antes de que papá muriese… Pero esto no viene al caso; si hablo de mi padre, ¿por qué no puedo hablar de mi madre, de quien solamente tengo imágenes lejanas? Lo cierto es que solo en un trabajo fui aceptado sin temores y sin discriminación.

Ocurrió de este modo. Un lunes, un año atrás más o menos, leí en el diario el siguiente aviso: «Se busca joven sin experiencia con facilidad para caminar. Buena visión. Tranquilidad. Pocos prejuicios. Artistas abstenerse». A primera vista me llamó la atención la ausencia de abreviaturas. Repasé el aviso y me resultó un buen augurio eso de «artistas abstenerse». Justamente, en aquel tiempo, lo más ajeno a mí era un artista. De modo que me puse en marcha hacia el lugar indicado. Me eligieron entre una gran cantidad de postulantes y ese mismo día empecé mi trabajo en la casa de Adolfo y Antonieta Voisin. En cuanto me encomendaron la primera tarea, sacar de paseo a Antonieta, el portero del edificio me abordó en un rincón del palier y no se ahorró comentarios:

–Así que usted es el nuevo empleado… Espero que tenga suerte, ninguno aguanta más de una semana –apretó el índice contra la sien–. Si ocurre algo raro, llámeme. Todos me llaman. Ahora vaya, a ver si Antonieta se da cuenta… Ahí viene.

Antonieta se unió a mí y me preguntó con quién hablaba. Con los días comprobé que esa era una de sus preguntas predilectas: siempre creía que cuando no estaba a su lado hablaba con alguien.

–No se le ocurra hablar de nosotros… Tenga discreción –me dijo una vez–. ¿Cómo se sentiría usted si nosotros habláramos de sus intimidades? Por favor, sea discreto. En este barrio los rumores corren espantosamente rápido… Fíjese cómo hablan de Adolfo y de mí. Hasta dicen que tenemos un hijo cautivo.

En infinidad de ocasiones le confirmé que no hablaba casi con nadie y que si alguna vez lo hacía no me atrevía a revelar bajo ninguna excusa la intimidad de mis patrones. Antonieta fingía no escucharme y cambiaba de tema para abordar otra de sus sospechas recurrentes: su marido la quería envenenar, ocurrencia tan extravagante como provechosa, pues secretamente me otorgaba una propina para que probara la comida antes de cada almuerzo y cena.

Ahora bien, mi trabajo en la familia Voisin no consistía solo en pasear a la señora Antonieta por la avenida de Mayo. Había algo más: Antonieta era ciega y pretendía pasar por vidente, lo cual dificultaba notablemente mi tarea de lazarillo. Tenía una percepción y un dominio sorprendente de sus propias torpezas, y si daba un paso en falso o rozaba una pared transfería la responsabilidad del accidente a mi negligencia. Enseguida preguntaba si nos había visto alguien, y mientras más intentaba persuadirla de que nadie había reparado en el contratiempo, más se empeñaba en creer que le mentía. Perdía la calma, se aferraba más a mi brazo y me pedía por favor que le dijera que nadie nos miraba… Yo asentía a todo y, acto seguido, ella disentía y me tildaba de pelafustán y usurero. «Si mi marido se enterara del dinero que usted me saca… si supiera que usted me extorsiona con la excusa de que él me quiere envenenar. Usted es un monstruo. Por favor, lléveme de vuelta a casa«.

Así era siempre. Durante meses repitió con ciertas omisiones o agregados la misma escena. En cuanto llegábamos al edificio, olvidaba mi monstruosidad y me preguntaba si su marido no me parecía sospechoso. Tal era mi temor a mentirle que siempre le confirmaba lo contrario a lo que quería escuchar, por lo cual ella atribuía lo decepcionante de las respuestas a mi carácter impuro y desvirtuado por el comunismo que intuía en el consorcio y, en general, en cualquier situación de vecindad.

El señor Adolfo, por su parte, se mostraba siempre conforme con mis actividades. Yo no le inspiraba sospechas y cuando traía de regreso a su mujer tenía para conmigo ciertas confesiones halagadoras. Me llevaba al comedor mientras Antonieta descansaba las piernas en el cuarto, y me hablaba de su pasado de atleta, sus viajes por Europa, sus gruesas infidelidades. Luego, como si todo fuera una excusa para obtener alguna confidencia de mi parte, me preguntaba por los pormenores del paseo. Al principio tomé esto como una indiscreción amistosa, casi solidaria, hacia su mujer. Poco a poco las exigencias de Adolfo se hicieron más precisas; puesto que entre ellos, según me dijo y según pude comprobar, no tenían ya trato verbal, me rogaba que le reprodujera con exactitud las palabras que ella había empleado durante la última caminata. Para aflojarme la memoria me ofrecía una buena propina, y yo, que creía deberle más fidelidad a él que a ella, ya que por momentos Adolfo me parecía el más cuerdo de los dos, le contaba todo, incluyendo lo del envenenamiento, y él, a cada frase mía, decía: «Pobrecita mi Antonieta, ¿qué le andará pasando? ¿Usted qué piensa?». Para no ofender a mi dadivoso patrón, le contestaba que no sabía. «¿No será algún trastorno de la vejez?», preguntaba él, y yo, encantado, le confirmaba la sospecha.

Cierta vez, cuando caminábamos por la calle Florida, la señora Antonieta dijo tener la premonición de que su marido y yo conspirábamos, ya que pasábamos mucho tiempo juntos después de los paseos. En vano intenté persuadirla de mi lealtad. «Desde ahora usted no prueba más mis comidas», sentenció todavía más irritada, e intentó echarse a correr. Por suerte chocó contra un puesto de diarios, perdió el equilibrio y pude alcanzarla antes de que cruzara la calle. Ella blasfemaba, blasfemaba tan rápido y con tanta furia que se atoraba en su propio odio. Ese día –¡hace tiempo ya, todo ha cambiado tanto!– regresamos en taxi. Adolfo, al ver entrar a su maltrecha mujer, me interrogó a solas, con gravedad, y por primera vez me reprendió al enterarse de que su señora se había dado en la cabeza contra un quiosco.

El incidente dio sus frutos. Durante un tiempo, Antonieta permaneció en cama con la cabeza vendada, y mi única tarea en la casa consistió en suministrarle alimentos y limpiarle el cuerpo, según lo dispuso su esposo, con un trapo húmedo, una esponja y un cepillo de cerdas blandas. Cuando se recompuso, ella me expresó el deseo de abandonar las caminatas y no salir más de su cuarto. Se lo transmití a Adolfo y él lo aprobó con entusiasmo, confiándome, en voz baja, con un pudor malicioso que nunca había percibido en él, que eso era lo que durante mucho tiempo había estado esperando.

Antonieta, a contrapelo de su inmovilidad, no dejaba de hablar. Adolfo, que escuchaba todo detrás de la puerta, cierto día me refirió la preocupación de que Antonieta enloqueciera si él seguía permitiéndole hablar sola. «Es apremiante –utilizó estas palabras– que usted se mude con nosotros». Agradecí y enumeré una serie de razones falsas que me impedían aceptar el ofrecimiento. Adolfo perseveró y ofreció duplicarme el sueldo. Le expliqué que no me importaba el dinero, hasta entonces había ahorrado los seis meses de sueldo que puntualmente me habían pagado porque no tenía en qué gastarlo. Él entonces perdió la compostura, se ruborizó y me gritó que no le importaban mis excusas, que ese mismo día yo me quedaba ahí y que dispondría de una cama en la biblioteca, junto al cuarto de Antonieta. Retrocedí espantado, y el señor Voisin, al advertir lo contraproducente de su conducta, empezó a gimotear y me tomó por los hombros. Sus manos eran frías y huesudas, como forradas en cuero. Me dijo que yo era para él como un hijo… «Estoy muy solo, dentro de poco yo también voy a necesitar a alguien que me escuche… Por favor, no sea así, míreme. Desde niño, cuando íbamos al campo y mi mamá me sentaba sobre sus rodillas, empezó a atormentarme la idea de morir solo, la idea de morir hablando solo. Y mi temor no es infundado, mis padres murieron hablando sin ser escuchados. Mi padre en un manicomio; mi madre en el campo… sola, y todavía peor, hablando como si alguien la escuchara. ¿Qué me dice? Lo sorprendo, ¿no? Ahora sí se va a quedar… ¿O va a dejar que nos volvamos… no me gusta la palabra… mejor decir perder la razón, porque yo nunca podría enloquecer… no, yo solo podría perder la razón, ¿no cree?».

Al día siguiente mudé mis pocas pertenencias a casa de Adolfo. Recién entonces tomé conciencia de lo amplia que era la casa: cantidad de cuartos vacíos, ventanas selladas, corredores detenidos en penumbras que nadie transitaba desde hacía años. Mi cuarto, el más cercano al de Antonieta, era un salón-biblioteca imponente, con una mesa de roble ovalada y un sofá cama.

Tardé en acostumbrarme a la soledad que imponen los ambientes grandes. Por las noches, cuando el silencio de la calle era íntegro, percibía los gritos de Antonieta, los pasos de Adolfo en el corredor, deteniéndose y apoyando la oreja contra la puerta o las paredes del cuarto de su mujer. «Venga, escuche», me propuso alguna vez al verme salir. Por compromiso acepté y, francamente, nunca percibí más que alaridos. «¿Qué dice? ¿Qué dice? Vamos, usted es joven, tiene que entenderla», me arengaba Adolfo, y yo, que nunca quise mentir, después de representar muchas veces la misma escena decidí inventarle que ella pronunciaba un nombre. No sé por qué se me ocurrió un nombre y no otra cosa… Él se sintió espantosamente intrigado e intranquilo. «Dígame a quién llama, por favor, ya es tarde para los celos, soy viejo, hable». Le dije que pronunciaba su nombre, y él, en lugar de desconfiar, empezó a sospechar que ese Adolfo al que invocaba era otro, un amante remoto, un sosias sentimental que lo había antecedido.

Al día siguiente el señor Voisin incorporó el hábito de detenerse también ante mi habitación. Yo oía cómo apoyaba cuidadosamente la oreja sobre la puerta. ¿También yo hablaba solo? Lo más terrible de hablar solo, pensaba, debe ser que uno no se da cuenta; quizá yo hable solo y no pueda saberlo nunca. ¿O pensaría en voz alta? Y apenas especulaba esto, me quedaba inmóvil, recorriendo con la mirada el ambiente que en lo oscuro se asemejaba a la llanura que tanto me refería Adolfo. Me parecían tan misteriosos los objetos que había ahí. Lo más opresivo residía en la presencia de los libros. Eran tantos que por momentos los creía humanos y me sentía vigilado. Entonces tenía la impresión de que otra vez estaba hablando solo y corría hacia un espejo y buscaba mi imagen. Recién cuando a medianoche Adolfo se retiraba a su habitación, yo recobraba la calma y podía dormir. A esa misma hora, además, Antonieta dejaba de hablar en voz alta y pasaba a los susurros de entresueño.

Durante el día ocurrían cosas menos extrañas. A veces yo hacía mandados, pagaba cuentas o limpiaba ligeramente la casa con un plumero y una escoba. El resto del tiempo permanecía junto a la señora Voisin, escuchándola o aseándola. Pronto llegué a la conclusión de que sus crónicas tenían una coherencia interna pero eran incompatibles entre sí. Me refiero a que las formas de su pasado eran irreconciliables. Es inadmisible que una misma persona, a lo largo de su vida, haya sido bailarina becada en el Bolshoi y en París, alpinista, profesora de tenis, instructora de polo, actriz de teatro, tejedora y manicura. Cada tarde se atribuía un destino distinto y después de un tiempo, a fuerza de soportar tanta insensatez, comenzó a intrigarme su pasado: comenzó a mortificarme el deseo de una verdad. Nunca hasta entonces me había preguntado por la identidad de mis amos… Y desde que me lo pregunté empezó a resultarme preocupante y sugestiva mi ignorancia. Tenía la impresión de que el anonimato los hacía más peligrosos. Debía cuidarme, qué sabía yo de lo que era capaz Adolfo; al fin y al cabo la postración de Antonieta era obra suya. Y así como se había tomado el hábito de vigilarme igual que a su mujer, podía estar preparándome un destino equivalente. Me imaginé cautivo en la biblioteca, tullido y hablando ante un joven contratado por Adolfo, a quien le diría que yo era su pobre hijo demente, y a quien lógicamente obligaría a alojarse en una habitación contigua. No, no podía consentir más la obra de Adolfo. No podía dejar que alguien me reemplazara. ¿No era obvio que nos sacrificaba cada noche para afirmar el fino hilo que lo ataba a la existencia?

A lo mejor no exageré mis sospechas. quizá en lo que sucedió después yo tenga alguna responsabilidad. Ciertos hechos son irremediables. Y cuando algo es irremediable se vuelve necesario. Pensar eso rebaja mi desasosiego y la horrorosa situación en que me encuentro.

Lo cierto es que tomé mis recaudos para protegerme del comportamiento sospechoso de Adolfo. A la hora de la cena siempre me llamaba a su cuarto, un ambiente amplio y sin luz, de muebles oscuros y lustrosos, para interrogarme acerca de su esposa. Debía referirle todo lo que ella había dicho por la tarde; él, mientras, se reconfortaba meneando la cabeza, los ojos húmedos y fijos, pronunciando: «Pobre de mi Antonieta». Cuando yo finalizaba la crónica, me reclamaba una opinión, que siempre era breve, porque él me interrumpía y empezaba a hablar de sí mismo, de su pasado de estanciero y de otras frivolidades menos indecorosas. Antes de que me retirara, formulaba su pregunta predilecta: «¿Usted piensa que Antonieta morirá hablando sola?». Cierta vez, en lugar de responderle que no, que moriría delante de mí, decidí preguntarle por un misterio que hacía rato no llegaba a explicarme: ¿por qué evitaban verse? Se retrajo. Noté que las preguntas lo debilitaban: la incapacidad de controlarlas parecía empujarlo hacia una humillación que no podía reconocer como propia. Desde entonces, cada día, al salir, le hacía preguntas entre indiscretas y maliciosas, y él, con una mezcla de vergüenza y furia, me respondía que era un impertinente, que me retirara, que era la última vez que me permitía semejante falta de respeto. Pero el hecho de habitar aquella casa penumbrosa me daba derecho a preguntar, a avanzar sobre mi amo. ¿Acaso no sufría como un habitante más? ¿No tenía tanto derecho como él a vigilar a los demás si respiraba el frío de los corredores y la presencia de los ambientes clausurados?

Mi comportamiento cambió radicalmente. La conciencia que tenía de mi condición me confería ante mis amos un poder insuperable. De noche, después de que Adolfo efectuara sus maniobras detrás de las puertas, yo salía lleno de insolencia al corredor, y cuando él se encerraba en su cuarto, me reclinaba sobre la puerta para espiarlo. Las primeras veces me contenté con oírlo. Caminaba de un lado a otro, los pasos atenuados sobre una alfombra, la tos ronca sonando a cada rato. Sabía que lo espiaba; desde mi llegada y a lo largo de mi estancia había estado esperando que me tomara esa libertad tan obvia. ¿Qué más podía querer sino someterme a la visión de su intimidad? ¿Qué más le quedaba sino el placer de ser espiado al final de su vida? Ante la idea de que en realidad me estuviera utilizando para satisfacer alguna perversidad senil, cedí a la tentación y espié a través de la cerradura. En efecto, comprobé que saberse espiado lo reconfortaba; andaba por el cuarto, desnudo, y lo que yo había tomado por tos era una risa escabrosa que le vibraba en la boca cuando se detenía a contemplar el modo en que oscilaba entre sus piernas el sexo flojo, largo como una lombriz.

Noche a noche, a pesar de los padecimientos morales que me aquejaban durante el día, no pude resistir la idea de volver al ojo de la cerradura. ¿Por qué lo hacía? Luchaba por no ceder a la tentación, ya no podía contentarme con escucharlo. Verlo caminar por el cuarto amplio y aprehender el instante en que la sonrisa se deslizaba en su cara cuando, con un movimiento leve de caderas, hacía oscilar su sexo tan particular, pasó a ser una necesidad que le devolvía sentido a mi vida. Y mientras más luchaba por no ceder, más importancia cobraba en mi vida esa incursión nocturna. Solo quería vivir para que cayera la noche.

Durante todo el día esperaba, junto a Antonieta, a que llegara la ocasión. Contaba las horas. Mis estadías junto a la anciana eran cada vez más insufribles. Comencé a odiarla. Incluso pensé que su presencia exageraba mi ansiedad: todo mi drama especulativo parecía irremediable mientras ella existiera. Sufrí, cada vez con más frecuencia, la necesidad de torturarla. Y recién cuando esta tentación inaudita me abrumó, empecé a ejercer sobre ella mi pequeña venganza…

Tenía derecho a vengarme de su presencia, me dije, del destino que me había traído hasta ahí y había transformado mi vida diurna en una mezcla de desesperación y ruido. Cuando ella me preguntaba por su marido, le comentaba que tenía ciertas actitudes sospechosas: deambulaba por la casa todo el día –lo cual era cierto–, como esperando a que algo interrumpiera esa rutina dolorosa, y por la noche, siempre de la misma forma, me ofrecía dinero para que la envenenara.

–Ve, usted ve, no le dije, lo sabía, es un monstruo –contestaba ella–. Yo también tengo dinero, voy a vivir para hacerlo sufrir… No se va a librar de mí tan fácilmente. Usted espere, él se va a morir primero, va a explotar, y yo le voy a dar, le voy a dar dinero para que usted haga lo que quiera y sea libre… No falta mucho. No ponga esa cara, no le tengo miedo, usted no tiene clase ni manos para matar a alguien que ha cenado con Ingrid Bergman.

Desde luego que no creía en las patrañas de la vieja y le manifestaba, para aterrorizarla más, que Adolfo me había prometido hacer un testamento a mi favor si la envenenaba. Para evitar escenas tétricas y conservar la dignidad, le aconsejaba morir rápido. Nada deseaba más intensamente que deshacerme de ella y quedarme solo, de una vez por todas, con la presencia de mi amo. Estaba decidido a derrotar a Antonieta. A medida que ella hablaba mi odio crecía, y el sueño de llegar a poseer esa totalidad que suponía en Adolfo me impacientaba.

Un mes atrás, calculo –tal vez sean dos–, el desenlace de los hechos se precipitó. Yo mismo, que pregonaba un fin monstruoso, quedé azorado. Por la noche, a la hora en que Adolfo solía detenerse detrás de nuestras puertas, escuché ruidos y movimientos anómalos. Presumí que mi amo había dejado la rutina de espiarnos y había decidido entrar en la habitación de su esposa. Sonaron gritos. Yo escuchaba, apoyado en la puerta, paralizado por el horror ante eso que me parecía inminente y que en ese momento tomaba la forma de un lamentable exceso… Y solo yo escuchaba… Él lo sabía. Solo yo, el único testigo, y él lo sabía. Salí impulsado por una curiosidad morbosa, y observé en el corredor cómo Adolfo, desnudo y en pantuflas, arrastraba a Antonieta del brazo. Ella apenas conservaba fuerzas para protestar en voz baja. Solo se resistió cuando él abrió la puerta del fondo e intentó introducirla en un cuarto al que yo nunca tuve acceso. Entonces mi amo, que parecía calmado a pesar de la situación, la empujó con un bastón que yo nunca antes había visto, y la dejó encerrada bajo llave.

Poco después, Adolfo se mudó al cuarto contiguo al mío. Todo cambió… No sé cómo explicarlo, cómo aceptarlo. Durante el día se paseaba por la casa, desnudo, apoyado en el bastón, y hablaba, hablaba solo y a veces, creo, me ordenaba algo, pero enseguida se desdecía y empezaba a reírse y a agitar su miembro. Yo no sabía qué hacer: ya no podía espiarlo y me preguntaba qué sentido tenía ahora un amo.

Hasta hace poco, por la noche, él solía volver al cuarto donde había arrumbado a su mujer. Creo que le llevaba algunos víveres. Varias veces, siempre durante el día, me acerqué premeditadamente a la puerta del fondo. Escuchaba rumores, pasos; sí, me entretenían los pasos lentos y duros como el tictac de un reloj, y me deleitaba pensar que esos sonidos eran lo único que quedaba de Antonieta.

Quince días atrás, creo, dejé de escuchar los pasos.

Y Adolfo siguió andando de un lado a otro, y cada vez que me cruzaba se reía a carcajadas y pronunciaba cosas inentendibles. Cuando se instalaba en la cama, por la tarde, me ordenaba que permaneciera a su lado. Entonces yo lo alimentaba con amor: le cortaba en trozos su comida preferida, carne y frutas… Me pedía, además, que lo afeitara y le cortara el pelo y las uñas; mientras se reía y su estómago liso se hinchaba, y sus ojos se llenaban de un brillo que me asustaba. Él me había privado de todo, incluso de Antonieta, a quien entonces yo creía haber apreciado más de lo que suponía. Ella hubiera podido salvarme, pensaba… Sí, ella, no él. Y ante semejante equívoco ni siquiera podía poseer a Adolfo y tenía que limitarme a un simulacro doméstico, ya que casi no le quedaban pelos ni uñas y la barba no le crecía.

Lo más terrible residía en que no podía espiarlo porque de día él circulaba a gusto por toda la casa, y de noche deambulaba por su cuarto, que antes era el de Antonieta, y golpeaba las paredes con el bastón. Entonces yo pensaba que lo odiaba profundamente y que podía dar cualquier cosa por deshacerme de él y de sus ruidos.

A veces él salía al pasillo y yo oía su respiración dificultosa, su risa disfrazada de tos. Con la punta del bastón raspaba mi puerta, no sé durante cuánto tiempo, igual yo no podía dormir, contaba las horas que me quedaban de sueño, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, y hacía cálculos… Necesitaba dormir ocho horas, pero al amanecer Adolfo entraba en mi cuarto y me despertaba con su risa. Entonces pensaba que debía huir… Pero ya era tarde, algo estaba por suceder.

Hace dos días la espera terminó. Algo ocurrió. Dejé de escuchar a Adolfo. La última vez gemía; era temprano y no entró en mi cuarto. Lo oí caminar por el pasillo, detenerse en el fondo, abrir y cerrar una puerta. Lo busqué durante horas para curar mi sufrimiento: su ausencia me dolía más de lo que podía haber supuesto. Habría preferido tenerlo a mi lado, soportar su extravagancia, cortarle las uñas.

Varias veces fui hasta la puerta del fondo. La primera vez escuché pasos arrastrándose, casi raspando el piso; luego no los percibí más. Espié por la cerradura: todo estaba oscuro, muy oscuro y silencioso. Me pregunté qué habría ahí. Intenté entrar, pero la puerta parecía clausurada.

Supongo que tarde o temprano deberé forzar la puerta o huir. Mientras, la casa permanece vacía. Camino de un lado a otro y los ambientes enormes parecen espejos dentro de otro espejo. De pronto creo que hay alguien escondido y reviso los rincones y corroboro mi soledad. «Ya no hay nadie», me digo, comiéndome las uñas. Camino otra vez. ¿Y ahora qué?


*Este cuento fue publicado en Hacia la extinción, Fondo Editorial de las Américas, 2015.© Oliverio Coelho, 2015.

*Imagen: Virgil Finlay

Ni bien escuchó el grito, ya que al tiro no lo había oído, o no lo había interpretado como tal, se sabe que para convivir con el manantial incansable de alboroto de un patio interno no hay que ni siquiera preocuparse por decodificarlo, de ahí que ese sitio tan público sea paradójicamente el mejor lugar para cometer un asesinato sin que nadie se entere; ni bien escuchó el grito e interpretó retrospectivamente el tiro que lo precedió y estuvo en condiciones de concluir que el golpe inmediatamente posterior sólo podía provenir de un cuerpo cayendo al suelo, Lichi se levantó del sofá y asomó la cabeza por la única ventana de su monoambiente. El silencio era tan perfecto que lo asustó: por primera vez desde que se mudara con su padre a ese departamentito del Once no sonaba una sola radio ni ladraba un solo perro, no chocaban entre sí los platos ni se oía a nadie discutir por teléfono con su ex pareja. Semejante derroche de mutismo sólo se daba en los lugares donde acababa de ocurrir una tragedia espantosa.

Eran las tres de la tarde de un domingo gris, al igual que todos los días en ese edificio sin verdadero frente, sólo dos patios internos no mucho más amplios que un aireluz, como se denominaba en esa ciudad a los huecos de tufo y penumbra hacia donde ventilaban los ambientes más infectos de la convivencia urbana. Lo natural hubiera sido hacerse el boludo, el deporte más popular en ese país luego del otro que también se jugaba con una pelota, pero Lichi no había elegido la profesión de policía para escaparle a una responsabilidad que le hubiera cabido incluso como civil, acá y en la China. Así como estaba, que era menos de civil que de entrecasa, salió del departamento y tocó timbre en el de enfrente. Si lo impulsaba además algún afán de gloria, de resolver por sí solo un crimen y así trepar abruptamente en el escalafón, una fantasía de boludo importante, diplomado, ni él tuvo tiempo de darse cuenta.

Enfrente lo atendió una señora menuda, casi tan joven como él, que sostenía a un nene de una mano y un revólver en la otra. Si hubiera salido en calzones, Lichi se habría sentido menos desnudo que ahora sin su reglamentaria. Lo que más lo asustó fue que se tratara de un revolver muy antiguo, casi una pieza de museo, de esos que la gente hereda cargados y no sabe usar. 

–Perdón, pensé que era mi ex marido –dijo la mujer guardando el arma en un bolsillo– Pase. 

En el medio año que llevaba en el edificio, Lichi no había pasado con esa mujer del saludo casual, siempre saliendo o llegando del trabajo, por lo que tuvo que concluir que inspiraba más confianza así que con el uniforme de policía, uno de los más desprestigiados en un país donde no se salvaba casi ninguno, salvo tal vez el guardapolvo blanco, y sólo el de una maestra de primaria (de escuela rural). 

Aceptó el convite impulsado menos por su improvisada investigación que por curiosidad lisa y llana, de ese departamento entraban y salían más niños que los que debían caber de pie y sentía intriga por saber cuántos eran en total. 

Contó siete, cada cual algunos centímetros más alto que el de al lado, como muñecas rusas desplegadas, pero tan quietitos y silenciosos que parecían uno solo, y no argentino. Tampoco lo eran, sino de Perú, a juzgar por la banderita plantada sobre el televisor, clavado a su vez en un canal musical de aquel país. Lo que explicaba que siendo tantos casi no hicieran ruido, que era lo que a Lichi más lo sorprendía de su vecina, era que el departamento, además de pequeño, estaba atestado de mercadería. Ni el más endiablado de los purretes hubiera podido corretear por ese espacio. Fardos y fardos de todo tipo de productos se apilaban contra las paredes, obstruyendo incluso la única ventana del monoambiente. Según su tamaño y consistencia, los paquetes de paquetes ocupaban el lugar de los diversos muebles faltantes, mesa y sillas, repisas, sillón y aun camas. El olor a film adherente sobrepasaba al del picante, y de una comida para ocho personas. 

–Justo estaba necesitando mondadientes –dijo Lichi al toparse con el bulto que no dejaba abrir del todo la puerta, mientras trataba de establecer, no si esa mercadería era legal o ilegal, sino a qué estrato de la ilegalidad pertenecía, para de ahí deducir si al ladrón de ladrones le tocaba el perdón o ya nuevamente la cárcel. 

–¿No me ayudaría a ponerlo allí arriba? –le señaló la otra un hueco entre el techo y un par de torres de trapos de piso. 

A Lichi no le molestó, más bien le resultó un alivio, que la vecina hubiese demorado tan poco en dejar en claro por qué lo había hecho pasar. Caballerosamente se agachó, hinchando el pecho como un levantador de pesas y pidiéndole ayuda con un guiño al más grande de los enanitos, que no debía tener más de seis años. Y mal no le hubiera venido que le dieran una mano, pues la suma de esos elementos sin peso específico individual daban un inesperado y casi inmanejable peso muerto. Llevarlo hasta el sitio indicado le costó más que la noche anterior arrastrar a su padre borracho hasta la cama, por muy flaco que fuera. 

–¿No escuchó nada anómalo hace un momento? –preguntó con voz agitada por el esfuerzo, en parte también para recuperar el aire antes de irse. 

–Oí un grito –asintió la Blancanieves morena tras un momento de vacilación, tal vez generada por la anómala palabra que había elegido él para referirse a un ruido raro o extraño– Debe haber sido la tarada del segundo. Parecía que la estaban matando. Por eso pensé que podía ser mi ex marido que se había confundido de piso. 

Lichi se despidió tocándose la gorra que no tenía puesta y subió el piso de diferencia por las escaleras. Eran tres los departamentos que daban hacia el lugar del crimen (acústicamente hablando) y no supo por cuál empezar. Recién cuando tuvo que prender por segunda vez la luz, le llegó la iluminación: si la peruana había dicho que su marido se podría haber confundido, el departamento sólo podía ser el inmediatamente superior. Tocó el timbre.

Enseguida oyó un gemido que era sofocado con corrimiento de cosas. En un departamento contiguo empezó a ladrar un perro. Volvió a tocar, acercándose instintivamente a la mirilla, como si por ella se pudiera ver el interior. Por eso quizá no se sorprendió tanto de que ese fuera el caso: la habían colocado al revés (¿o estaría al revés la puerta?). Igual no vio mucho, apenas un pasillo y al fondo las piernas de una persona en silla de ruedas. Las piernas desaparecieron y en su lugar se fue acercando un hombre calvo de barba abundante. 

Cuando al fin le abrieron, se había vuelto a apagar la luz (más que un timer le habían colocado la próstata de un anciano, imaginó pensando en su padre, que acaso en ese mismo momento estuviera levantándose a orinar, si es que la borrachera se lo permitía). La luz que venía del otro lado del departamento, aunque tenue, no le dejó ver la cara que puso su vecino cuando le explicó que había escuchado gritos y venía a cerciorarse de que no hubiera ocurrido ninguna desdicha (la palabra correcta habría sido desgracia, pero era de las que le costaban pronunciar). Habría sido importante poder verle la cara porque el hombre no contestó. 

–¿Puedo? –exigió Lichi, olvidándose de que no tenía el uniforme puesto, por ni hablar del encargo de allanar un domicilio o el permiso de un juez para hacerlo (pero eso sí que hubiera sido buscarle lo que se dice el pelo al huevo… del boludo). 

Demoró unos segundos más en entender que el otro no entendía castellano y le dio una primera lección, tanto del idioma del país como de su idiosincrasia, abriéndose paso sin más formalidades. A diferencia del departamento de arriba, éste se encontraba casi vacío, apenas si tenía unas telas colgando de las paredes y un par de alfombras en la base de mueblecitos endebles, como hechos de escarbadientes. Sin embargo, la opresión que reinaba en el ambiente era mucho mayor, casi insoportable. Lichi la sintió en el estómago y en el pecho, antes aun de que se potenciara al asomarse a la cocina y ver la silla de ruedas, embutida ahora entre la heladera y una mesa rebatible de fórmica descascarada. Las piernas flacas y desnudas hasta los muslos que en Lichi habían despertado algún ramalazo de fantasía erótica (que jamás confesaría, ni siquiera a sí mismo) pertenecían a una muchacha con los miembros y el rostro desfigurados por una horrible enfermedad, de esas que Lichi se congratulaba de ni siquiera saber el nombre. Tenía el pelo cortado de cualquier manera, la mirada perdida en el techo, la boca babeante y como único rasgo vivaz un aro verde que le colgaba de un lóbulo horriblemente inflamado. Lo que a primera vista parecía un cinto, ciñéndole casi a la altura del escuálido pecho su túnica también verde, enseguida se reveló como una faja que la mantenía atada a su silla precaria, de obra social. No había forma de dudar, en cambio, de que eso que le tapaba la boca era una mordaza casera. 

–Ella quería –apareció de pronto una mujer, que aun cubierta por un velo delataba ser la madre de la muchacha. 

Conmovido por el hecho de que los rasgos parentales sobrevivieran a una enfermedad tan deformante (¿sería también por eso que se las llamaba genéticas?) Lichi tardó unos segundos en entender que la señora sí sabía el idioma, no como su marido, y que le estaba dando explicaciones antes de que él se las pidiera. Estuvo tentado de preguntar qué era lo que había querido la pobre muchacha, si que la ataran o que la amordazaran o ambas cosas, pero la formulación volvió a provocarle una puntada de goce oscuro, infame, y calló avergonzado. 

–Ella quería –repitió la madre como un mantra, o como se llamara en su país a los rezos repetidos–. Ella insistió.

Mientras procedía a desatar la tela que le cruzaba la boca a su hija, despacio y como midiendo si ella entendía que debía comportarse porque había visitas, el padre le ofreció té en una tacita diminuta que parecía haber sacado del bolsillo, como ciertos mozos el plato de ñoquis o milanesas con fritas casi antes de que uno termine de pedirlos. Parecían sentir tanta culpa por el estado de su hija que Lichi empezó a sentirla también, pero aplicada a su propia presencia en el lugar. Habría huido de inmediato si el gentil tecito no lo hubiese amarrado a la situación con lazo más insalvable, a su sutil modo, que la faja para los débiles y retorcidos brazos de la gritona. 

–¿No les llamó la atención accionándose hace un momento un sonido como de pistola? –aprovechó entonces para interrogar a los posibles testigos. 

–La que tiene un arma es la loca de abajo –dijo la madre, casi con el mismo desprecio con que la otra había hablado de su hija. 

En ese momento volvió a escucharse un tiro, mucho más fuerte que el anterior, por lo que Lichi dedujo que debía venir de más arriba todavía (aunque es el sonido el que sube). Apuró la tacita (dejar a medio consumir un recipiente tan pequeño se le antojó que podía ser tomado por una afrenta imperdonable en la cultura de esa gente) y se despidió de la familia. La seguridad de que se toparía con varios vecinos, todos preguntándose qué había pasado o incluso parados alrededor de un cadáver, intensificó la oscuridad y el vacío con que se encontró en el pasillo. Frente a la disyuntiva de la escalera pensó por un instante en olvidar el asunto y volver a su departamento, al menos para cerciorarse de que su padre llegara al baño y no le manchara la cama. 

Fueron más bien las piernas las que les dieron al cerebro la orden de seguir subiendo y llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias, como se dice, aunque el verdadero extremo era más bien el origen de toda esa insensatez. ¿Quién quedaba, no digamos en el rubro policial, sino en cualquier otro, excluyendo al de las maestras rurales, que aún actuase lo que se dice de oficio? Lo más parecido que conocía Lichi a hacer lo que se debe hacer sin que nadie te lo exija ni te vaya a reclamar en caso de abstenerte era el así llamado trabajo a reglamento, al que acudía sobre todo el gremio de los choferes a modo de protesta cuando pedían aumentos de salario. Cumplir con las propias obligaciones era en ese país una paradójica manera de hacer huelga. 

En el tercer piso, la lamparita del pasillo no trabajaba ni a reglamento. La única luz era la que proporcionaban los visillos, tal vez estuvieran todos al revés. Todos menos uno, notó Lichi, y no porque estuviera en la posición correcta, sino porque la que estaba ladeada era la puerta misma. Se acercó y la empujó como para entrar, pero cuando bajó la vista vio un hilo de sangre corriendo por el piso. Siguiendo el hilo hacia afuera notó que enseguida se espaciaba hasta transformarse en gotas en fila y concluyó que esa debía ser la dirección que había tomado el acuchillado, luego de taparse la herida. 

El caminito conducía a las escaleras nuevamente, no del lado que había emergido él sino del que seguía hacia arriba. Terra incognita para Lichi, que nunca había pasado de su primer piso, de ahí que tendiera naturalmente hacia las escaleras y no hacia el ascensor, como cualquier hijo de vecina (del segundo piso para arriba). De ahí también que al llegar a la terraza y no ver a nadie, pero sí la ropa recién colgada y goteando, se sorprendiera de no haberse cruzado con ninguna persona en la escalera. Siguiendo el impulso que lo había hecho ascender los tres pisos al trote, revisó la terraza de punta a punta, lo que tampoco era tanto decir, pues el tamaño de los seis departamentos más el pasillo debía equivaler al de un solo departamento de familia en un barrio más acomodado, es decir casi cualquier otro de la capital. 

Se reclinó a descansar sobre una de las barandas, sacó un cigarrillo, buscó encendedor, no encontró pero igual se lo puso en los labios, succionó por acto reflejo y hasta llegó a sentir el humo entrando en los pulmones. Era el colmo de la sugestión, luego de haber buscado al dueño de la ropa como si colgarla en la terraza fuera un delito (lo era, en cierta forma, o en todo caso se había discutido ya varias veces en las reuniones de consorcio la posibilidad de clausurarla, debido a que los vecinos subían con tacos o elementos punzantes y agujereaban la membrana, pero aun así no se justificaba actuar de oficio en este caso). Y no le podía echar la culpa de su sugestión a la sangre, pues a más tardar bajo la luz externa se había revelado como agua ennegrecida por alguna prenda de mala tintura. 

Haciendo como que fumaba, Lichi se quedó un momento más a contemplar la calle de su edificio, tanto más desolada y gris un día domingo si se tenía en cuenta que durante la semana era un colorido caos de tráfico, mercadería, changarines y clientes. El bullicio diurno era tal que de alguna manera reverberaba aún en los grafitis de las cortinas metálicas, en los carteles gritones proyectándose como lanzas hacia el asfalto, en las veredas sucias y rotas por el uso. Bien mirada, la calle no estaba vacía sino llena de vacío, tumultuosamente solitaria, como un teatro horas antes o después de la función. ¡Esa calle era un cigarrillo sin encender! O un cigarrillo electrónico trucho, de los que vendían precisamente en esos locales. 

En ese tupido silencio Lichi fue testigo cenital de un robo a mano armada. Una chica que pasaba caminando era sorprendida de pronto por dos delincuentes que se materializaron de la nada (por muchas similitudes que en ese país se le viera a la policía y a sus contrincantes, en eso sí que eran lo opuesto, pensó Lichi, pues la ley se anuncia con sus patrulleros ya desde lejos, como ahuyentando cualquier peligro, y después nunca termina de llegar). Mientras uno de los jovencitos le apuntaba con una 22 menos verosímil, incluso a la distancia, que las que se ofertaban en plástico detrás de las cortinas metálicas, el otro le quitó el celular y la cartera, que revisó con la velocidad de un agente aduanero sin ganas de trabajar, pero encontrando enseguida todo lo que quería. Quince segundos más tarde se habían evaporado y la muchacha, con la boca abierta aún para un grito que nunca atinó a dar, tropezó con una baldosa levantada y casi cae a la calle. Pero ni siquiera ese peligroso tambaleo despertó en Lichi el impulso de ir en su ayuda, tal vez porque todo se había desarrollado en el mayor de los silencios, como en una película vista sin volumen. Vio alejarse a la víctima como si nada hubiese interrumpido su paseo y tiró el cigarrillo por la borda de la terraza como si realmente se lo hubiera fumado. 

Bajó las escaleras asombrándose con cada peldaño un poquito más por su pasividad ante un delito concreto, a ojos vistas, en medio de su insensata prosecución de uno ilusorio, de oídas. La materialidad de lo que acababa de ver al menos influyó en su interpretación del tercer disparo que escuchaba ese domingo, justo cuando daba la vuelta a la escalera en el quinto piso. Tocó el timbre del departamento respectivo sabiendo que ese ruido no provenía de un arma sino a lo sumo de alguien queriendo imitar su sonido. Le abrieron enseguida, como si lo hubieran estado esperando. 

–¿Vienes por los disparos? –preguntó entusiasmado un joven cubierto con la camiseta del seleccionado colombiano varios talles más grande que su torso–. ¡No sabes la alegría que me das! Estoy haciendo una serie de tutoriales para Youtube de cómo fabricar efectos caseros de sonido, pero caseros en serio, sólo con cosas que hay en cualquier casa. Ya hice lluvia, truenos, carreta, chirrido de gomas y nave espacial, pero no encontraba la manera de hacer un disparo. Porque lo de reventar un globo o hacer rebotar un listón contra una mesa no sirve. Tampoco lo del Zippo o la engrampadora me terminan de convencer para los gatillamientos. Además de quién tiene globos en su casa, ¿verdad? Después de mucho buscar encontré una receta excelente. Pero no me iba a dar por conforme hasta que algún vecino no se asustara y viniera a ver a quién estaba matando. 

Lichi, al que le zumbaban los oídos por la cháchara del caribeño (para él, el caribe empezaba en Rio), puso su mejor cara de boludo (la normal, según le decían) y sacando el paquete de cigarrillos dijo que no venía por ningún ruido, sino por fuego. 

–En la azotea me di cuenta de que me faltaba llama pal fumo –gozó al menos de ese pequeño triunfo que implica hacer que otro se sienta más boludo de lo que se siente uno mismo.

Azorado, pero sin dudar ni por un momento de que le decían la verdad, el youtuber sonidista metió la mano en el bolsillo de su short y extrajo un Zippo. Al chasquearlo un par de veces antes de conseguir la llama ambos se dieron cuenta de que el sonido era exactamente igual que el de gatillar un arma. ¿No eran acaso los encendedores del ejército norteamericano en Vietnam?, recordó Lichi. Con el pretexto de hacerlos resistentes al viento habían creado un arma sonora que debía poner muy nerviosos a los prisioneros de guerra en las sesiones de tortura. Pensó en transmitirle este saber al moreno, pero prefirió trocarlo por uno más cercano a sus intereses. 

–La imitación más acabada del sonido de una pistola es el sonido de una pistola, y acá todo el mundo tiene una en su casa –impartió a modo de agradecimiento una nueva lección de civilidad argentina, justo él, aunque tal vez fuera el más indicado, cada cual tiene a fin de cuentas el maestro que se merece. 

Desistió de subir de nuevo a la terraza y bajó con deliberada lentitud, para aprovechar al máximo el tabaco antes de llegar a su departamento, donde su padre no le permitía fumar. Tampoco le permitía hacer ninguna otra cosa, en rigor, salvo claro está cumplir con su deber filial de cuidarlo, y tampoco a esa tarea se la hacía fácil, más bien lo contrario. Por eso lo había dejado emborracharse una vez más, cansado de buscar y tirar las botellas de Sake que él traía a escondidas a la casa. 

El lento descenso le sirvió además para pensar en el caso del aireluz y terminar de resolverlo. Cuando pasó por el piso de los árabes entendió que lo que quería la hija era ese adorno que le vio colgando de la oreja y que le había dejado el lóbulo como un tomate. Lichi prefería ni imaginar con qué le habrían hecho el agujero, en todo caso estaba claro que a eso se debía el grito desgarrador que había sido castigado con la mordaza. Y cuando llegó al piso de Blancanieves y los siete peruanitos entendió que el bulto que había levantado era seguramente el que se había caído luego del grito, y luego del tiro también. Así tenía que haber ocurrido el crimen, cuyo escenario no era otro que el patio interno de su mente. Él era el culpable y el detective, y bien pensado incluso la víctima. 

Frente a la puerta de su departamento se acordó de mirar por el visillo, no tanto para comprobar que estuviera invertido como para terminar el pucho. Pero estaba invertido, y lo que vio fue espeluznante: su padre se había caído de la cama y la cabeza parecía haber dado contra la silla de hierro que hacía de mesita de luz, en todo caso sangraba copiosamente, tiñendo la alfombra. Por la posición del brazo derecho se podía deducir que invertía sus últimas fuerzas en llegar al celular de su hijo, vaya uno a saber para llamar a quién. 

Lichi, que había estado a punto de tirar la colilla y aplastarla con el pie, la aprovechó para encenderse un nuevo cigarrillo y seguir camino a la calle. De pronto se había acordado que tenía que comprar algunas cosas y supuso que el chino de la vuelta estaría abierto (sus paisanos eran los únicos que trabajaban en serio en ese país). Luego pensó que mejor iba a la comisaría, a ofrecerse como testigo del hurto presenciado desde la terraza. De paso podía contar la historia del patio interno, seguro que sus col, “Red Rug and Gun” (1981 – 1982)egas se la iban a festejar, aunque después lo trataran de boludo (ya le decían Lichi, como si fuera una fruta, así que le daba igual). Lo importante era demorar la vuelta a casa lo máximo posible y que todos supieran que si la había abandonado por un rato sólo había sido para cumplir con su deber. 

    


*Imagen: William Eggelston, “Alfombra roja y pistola” (1981 – 1982)                                                                                                                               

Llegamos a Martingdale a mediados de noviembre, y el lugar nos pareció de todo menos romántico o agradable. Los senderos estaban húmedos y enlodados, los árboles carecían de hojas y no había flores salvo unas rosas que florecían tarde en el jardín. Había llovido mucho en los últimos meses, y la propiedad daba pena. Clare no quiso invitar a Alice para que le hiciese compañía durante los meses de invierno, como había sido su intención; y en cuanto a mí, los Cronson seguían sin aparecer por New Norfolk, donde se suponía que pasarían Navidad con la vieja señora Cronson, por fin recuperada.

En general, Martingdale presentaba un aspecto bastante inhóspito, y los cuentos de fantasmas con los que nos habíamos entretenido mientras el sol bañaba las salas se volvían cada vez menos irreales cuando lo único con lo que contábamos, para disipar la oscuridad, eran chimeneas encendidas y velas de sebo. Cobraron más realidad cuando un criado tras otros nos abandonó para buscar empleo en otros sitios, los ruidos se hicieron más frecuentes en la casa y Clare y yo empezamos a oír con nuestros propios oídos los pasos, los golpes y la cháchara que se nos habían descrito.

Estimado lector, sin duda usted está libre de supersticiones. Niega la existencia de fantasmas y “solo desea hallar una casa encantada donde pasar la noche”, lo cual es muy valiente y loable de su parte; pero ya quisiera verlo en una vieja mansión de campo desolada e inhóspita, donde resuenan los sonidos más inexplicables, sin un solo criado a excepción de un viejo conserje y su mujer que, al vivir en un extremo de la residencia, no oyen los pasos y el pum, pum, pum que tiene lugar a todas horas de la noche.

En un principio creí que los ruidos eran producto de gente malintencionada que buscaba, por motivos personales, mantener la casa deshabitada; pero poco a poco Clare y yo llegamos a la conclusión de que las visitas debían ser sobrenaturales y que, en consecuencia, Martingdale era imposible de alquilar. No obstante, dado que éramos personas prácticas y que, a diferencia de nuestros predecesores, no teníamos dinero para vivir dónde y cómo nos pluguiera, decidimos esperar a ver si era posible determinar una influencia humana en el asunto. Si no, convenimos que derribaríamos el ala derecha de la casa, así como la escalera principal.

Durante unas cuantas noches nos quedamos despiertos hasta las dos o las tres de la madrugada, Clare ocupada con sus labores y yo leyendo, con un revólver en la mesa que se hallaba a mi lado; pero nada, ni un sonido ni una aparición, recompensó el esfuerzo de la vigilia. Aquello confirmó mis primeras sospechas de que los sonidos no eran sobrenaturales; pero a fin de asegurarme decidí que, en nochebuena, en el aniversario de la desaparición del señor Jeremy Lester, haría guardia yo mismo en la habitación roja. Ni siquiera comuniqué mis intenciones a Clare.

A eso de las 10.00, cansados de las noches que habíamos pasado en vela, los dos nos retiramos a descansar. Con cierta ostentación, quizá, cerré sonoramente la puerta de mi habitación y, cuando la abrí media hora más tarde, salí por el pasillo en mayor silencio y con mayor cautela de lo que habría podido hacerlo un ratón. Me senté a oscuras en la habitación roja. Durante más de una hora no vi en ella más de lo que habría podido ver en mi tumba; pero al final de ese periodo salió la luna y proyectó un extraño relumbre en el suelo y en la pared de la habitación encantada.

Hasta entonces había hecho guardia frente a la ventana, pero en ese momento me situé en un rincón cercano a la puerta, donde me ocultaban las pesadas colgaduras de la cama y un antiguo guardarropas. Continué allí sentado, pero siguió sin oírse nada. Me pesaba la fatiga de tantas noches y, cansado de hacer guardia solo, al cabo me quedé dormido, para despertar al oír la puerta que se abría con delicadeza.

—John —dijo mi hermana, casi en un susurro—. John, ¿estás aquí?

—Sí, Clare —contesté—. ¿Qué haces levantadas a estas horas?

—Ven abajo —contestó—. Están en el salón revestido de encina.

No tuvo que explicarme a quién se refería; la seguí escaleras abajo, avisado por su mano alzada de que era necesario hacer silencio y andar con cautela. Junto a la puerta abierta del salón, Clare se detuvo y los dos miramos dentro.

En esa habitación que por la noche dejábamos a oscuras, había un fuego de leña chispeante encendido en el hogar, velas sobre el estante de la chimenea, una mesita movida de su rincón habitual y dos hombres sentados ante ella, jugando a las cartas. Logramos ver la cara del jugador más joven: era de un hombre de unos 25 años, que había llevado una vida dura y disipada, que había echado a perder su sustancia y su salud, que en vida había sido Jeremy Lester.

Me costaría decir cómo lo supe, cómo en un momento identifiqué los rasgos del jugador con los de un hombre que llevaba 41 años desaparecido: 41 años esa misma noche.

Iba vestido con un traje de otra época; tenía el pelo empolvado y, alrededor de las muñecas, llevaba unos puños de puntillas. Parecía una persona que, de regreso de una gran fiesta, se hubiera sentado en su casa con un amigo íntimo a jugar a las cartas. En el dedo meñique brillaba un anillo, en la pechera de la camisa destellaba un valioso diamante. Tenía hebillas con diamantes en sus zapatos y, de acuerdo con la moda de su época, vestía unas calzas que le llegaban hasta las rodillas y medias de seda, que dejaban al descubierto la forma de una pierna y un tobillo notablemente bien proporcionados. Estaba sentado enfrente de la puerta, pero no levantó la vista para mirarnos. Su atención parecía concentrada en las cartas.

Por un momento la habitación permaneció en completo silencio, interrumpido por los puntos importantes de la partida. Nos quedamos en la puerta, aguantando la respiración, aterrados y al mismo tiempo fascinados por la escena que se desarrollaba ante nosotros. Las cenizas caían en el hogar suavemente, como nieve; oíamos el roce de las cartas que se repartían y golpeaban en la mesa; oímos la cuenta de los puntos —15-2, 15-4 y así sucesivamente—, pero no se pronunció palabra alguna hasta que el jugador cuya cara no veíamos exclamó: «Yo gano; el juego es mío».

A continuación, su oponente tomó las cartas, las mezcló con incuria, las juntó en la mano y se las arrojó a su invitado a la cara, exclamado: «Tramposo, mentiroso, ahí tiendes».

Sobrevino el alboroto y la confusión: cayeron .as sillas, hubo gestos de furia y el ruido de las voces agitadas se mezcló hasta tal punto que no entendimos una sola frase de lo que decían. De inmediato, sin embargo, Jeremy Lester salió del salón con tanta prisa que por poco no nos llevó por delante; se alejó dando pasos ruidosos escaleras arriba, para entrar en la habitación roja, de donde bajó al cabo de pocos minutos con un par de estoques bajo el brazo. Cuando entró en el salón, nos dio la impresión, le dio al otro hombre a elegir entre distintas armas, luego abrió la ventana de un golpe, dejó pasar a su adversario con ceremonia y salió al aire nocturno. Clare y yo los seguimos.  

Atravesamos el jardín y recorrimos un sendero sinuoso hasta llegar a un llano, protegido en el norte por una plantación de abetos jóvenes. Para entonces la luna brillaba en el cielo, y vimos claramente cómo Jeremy Lester calculaba las distancias.

«A la cuenta de tres», le dijo por fin al hombre que seguía dándonos la espalda.

Habían echado la cuenta a la suerte, y el señor Lester había perdido. Se quedó quieto iluminado por la luz de la luna, y no quisiera contemplar a un hombre más apuesto.

«Uno», empezó el otro, «dos», y, antes de que nuestro antepasado sospechara siquiera de sus intenciones, se abalanzó y atravesó el pecho de Jeremy Lester con el estoque.

Al ver aquella cobarde traición, Clare dejó escapar un grito. Al instante los combatientes desaparecieron, la luna se ocultó tras una nube y nos quedamos de pie en la plantación de abetos, temblando de frío y de terror. Pero por fin sabíamos qué le había ocurrido al difunto propietario de Martingdale: no había caído muerto en un duelo justo, sino que lo había asesinado vilmente un falso amigo.

Cuando desperté entrada la mañana de Navidad, me encontré con un mundo blanco, cuya tierra, árboles y arbustos estaban cubiertos de nieve. Había nieve por doquier, como nadie recordaba haber visto en 41 años.

—En una Navidad como esta desapareció el señor Jeremy —comentó el viejo sacristán a mi hermana, que había insistido en que fuéramos a la iglesia a través de la nieve, y al oírlo ella perdió el conocimiento y tuvo que ser llevada a la sacristía, donde le confesé al párroco todo lo que habíamos visto la noche anterior.

Al principio aquel noble individuo quiso tomarse la cuestión a la ligera, pero dos semanas más tarde, cuando la nieve se hubo derretido y pudo examinarse la plantación de abetos, debió aceptar que sin duda había más cosas en el cielo y en la tierra de las que su limitada filosofía había soñado. En un pequeño espacio a la entrada de la plantación se halló el cuerpo de Jeremy Lester. Lo reconocimos por el anillo, las hebillas de diamante y el reluciente prendedor que llevaba en el pecho; y el señor Cronson, que vino a examinar los vestigios en calidad de magistrado, quedó visiblemente perturbado por la narración.

—Por favor, señor Lester, ¿vio usted en su sueño la cara del… del caballero… del oponente de su antepasado?

—No —contesté—, en la casa y en el campo, nos dio la espalda todo el tiempo.

—Pues, obviamente, no hay nada más que hacer —comentó el señor Cronson.

—Nada —contesté.

Y sin duda en ese punto habría acabado el asunto, si no fuera porque unos días más tarde, mientras cenábamos en Cronson Park, de repente Clare dejó caer la copa de agua que se estaba llevando a los labios, y exclamó:

—¡Mira, John, ahí está! —para luego alzarse de su asiento y, con la cara más blanca que el mantel, señalar un retrato que colgaba de la pared—: Lo vi un segundo cuando volvió la cabeza hacia la puerta mientras salía Jeremy Lester —explicó—. Es él.

De lo que ocurrió a continuación del reconocimiento tengo un recuerdo sumamente vago. Los criados empezaron a correr de acá para allá; la señora Cronson se cayó de su silla, presa de un ataque de histeria; las señoritas acudieron al lado de su madre; el señor Cronson, temblando como si lo consumiera la fiebre, intentó dar alguna explicación, mientras Clare rogaba sin parar que la sacaran de allí, como de hecho se hizo. Me la llevé no solo de Cronson Park, sino de Martingdale.

Antes de marcharnos de este sitio, sin embargo, me entrevisté con el señor Cronson, según el cual el retrato que había identificado Clare era el del padre de su esposa, el último hombre que había visto a Jeremy Lester con vida.

—Ahora es un anciano —concluyó el señor Cronson—, un hombre de más de 80 años, que me ha confesado todo. ¿Sería mucho pedir que nos ahorrara más tristeza y vergüenza cuidando de no hacer público este asunto?

Le prometí que guardaría silencio, pero la historia acabó saliendo a la luz, y los Cronson abandonaron la comarca. Mi hermana nunca regresó a Martingdale; se casó y en la actualidad vive en Londres. Aunque le aseguro que en casa no hay ruidos raros, se niega a visitarme en Bedforshire, donde la «muchachita» que otrora me recomendaba «tomar en serio» es ahora mi esposa y la madre de mis hijos.


*Imagen: Eugenio Recuenco

Yo iba en el colectivo, sentado junto a la ventanilla, mirando la calle. De pronto un perro empezó a ladrar muy fuerte, cerca de donde pasábamos. Lo busqué con la vista. Otros pasajeros hicieron lo mismo. El colectivo no iba muy lleno: todos los asientos ocupados, y unos pocos de pie; estos últimos eran los que más posibilidades tenían de verlo, por tener una perspectiva más alta y poder mirar por los dos lados. Aun sentado como iba yo, en el colectivo se dispone de una visión alta, la perspective cavaliére, lo que veían nuestros ancestros montados a caballo; es por eso que prefiero el colectivo al auto, en el que uno va hundido pegado al piso. Los ladridos venían de mi lado, el lado de la vereda, lo que era lógico. Aun así, no lo vi, y como íbamos rápido me hice a la idea de no verlo; ya habría quedado atrás. La módica curiosidad que había despertado era la que despertaba siempre la ocasión de un incidente o accidente, pero en este caso, salvo el volumen de los ladridos, no había grandes posibilidades de que hubiera pasado nada: los perros que la gente saca a pasear en la ciudad rara vez le ladran a nada que no sea otro perro. Así que la atención general dentro del colectivo ya se dispersaba… cuando volvió a encenderse, porque los ladridos seguían a más y mejor. Entonces lo vi. El perro corría por la vereda y le ladraba a nuestro colectivo, lo seguía, aceleraba para no quedarse atrás. Eso sí era rarísimo. Antes, en los pueblos, en las afueras de la ciudad, los perros corrían a los autos ladrándole a las ruedas, yo lo recordaba bien de mi infancia en Pringles. Pero eso había quedado atrás, se diría que los perros habían evolucionado, se habían habituado a la presencia de los autos. Además, este perro no le ladraba a las ruedas del colectivo sino al vehículo entero, levantaba la cabeza hacia las ventanillas. Arriba, todos miraban. ¿Acaso el dueño había subido al colectivo, olvidándose a su perro o dejándolo abandonado? ¿O habría subido alguien que había robado o agredido al dueño del perro? No. No había habido una parada reciente. El vehículo venía avanzando sin detenciones por la avenida Directorio desde hacía unas cuantas cuadras, y sólo en la que estábamos recorriendo el perro había iniciado la persecución. Hipótesis más barrocas, como que el colectivo hubiera atropellado a su dueño o dueña, o a un congénere, podíamos descartarlas porque nada de eso había pasado. Las calles despejadas de un domingo a la tarde no habrían hecho pasar desapercibido un accidente.

Era un perro bastante grande, gris oscuro, hocico en punta, a medio camino entre perro de raza y perro de la calle, aunque hoy en día ya no hay perros de la calle en Buenos Aires, por lo menos en los barrios por los que transitábamos. No era tan grande como para meter miedo de entrada, pero sí lo bastante como para resultar amenazante si se enojaba. Y éste parecía enojado, o más bien, quizás por el momento, desesperado, urgente. No era el impulso de agresión el que lo movía (por el momento, quizás) sino el apuro por alcanzar al colectivo, por hacerlo detener, o quién sabe qué.

La carrera seguía, junto con los ladridos. El colectivo, que en la esquina anterior había tenido que esperar un semáforo en rojo, aceleraba. Iba cerca de la vereda, por la que corría el perro; pero lo dejaba atrás. Ya estábamos casi en la otra bocacalle, y parecía inminente que la persecución cesara. Sin embargo, para nuestra sorpresa, al llegar a la esquina el perro cruzó y siguió por la vereda de la cuadra siguiente, acelerando él también, sin dejar de ladrar. No había mucha gente en la vereda, de otro modo el animal los habría llevado por delante, tan ciego iba, la mirada fija en las ventanillas del colectivo, los ladridos más y más fuertes, ensordecedores, cubrían el ruido del motor del colectivo, llenaban el mundo. Se hacía evidente algo que debería haber sido evidente desde el primer momento: el perro había visto (u olido) a alguien que viajaba en el colectivo, y era tras él que corría. Un pasajero, uno de nosotros… No sólo a mí se me había ocurrido esa explicación, porque los demás empezaron a mirarse, a dirigirse gestos de interrogación. ¿Alguno lo conocía? ¿Alguien sabía de qué se trataba? Un antiguo dueño, un ex conocido… Yo también miraba a mi alrededor, yo también me lo preguntaba. ¿Quién sería? En esos casos, en el último en que uno piensa es en uno mismo. Yo tardé bastante en caer. Fue indirecto. De pronto, llevado por un presentimiento todavía sin forma, miré adelante, por el parabrisas. Vio que a ruta estaba despejada: delante de nosotros se extendía casi hasta el horizonte una fila de luces verdes que prometían una marcha rápida sin interrupciones. Pero recordé, con una alarma que empezaba a encenderse, que no estaba en un taxi: el colectivo tenía paradas fijas cada cuatro o cinco cuadras; es cierto que si no había nadie en la parada, o nadie tocaba el timbre para bajar, no se detenía. Nadie se había acercado a la puerta trasera, por ahora. Y con suerte no habría nadie en la próxima parada. Todas estas reflexiones las hacía simultáneamente. La alarma dentro de mí seguía creciendo; ya estaba a punto de encontrar sus palabras y revelarse. La demoraba la urgencia misma de la situación. ¿El azar nos permitiría seguir sin detenernos hasta que el perro hubiera renunciado a su persecución? Volví a mirarlo; había apartado la vista de él apenas por una fracción de segundo. Seguía corriendo a la par, seguía ladrando como un poseído… y él también me miraba. Ahora yo lo sabía: era a mí al que le ladraba, a mí al que corría. El terror de las catástrofes más impensadas se apoderó de mí. Ese perro me había reconocido y venía por mí. Y aunque, en la presión del instante, ya me estaba jurando a mí mismo negarlo, negar todo, no admitir nada, en el fondo de mi conciencia sabía que él tenía razón y yo no. Porque una vez, en el pasado, yo me había portado mal con ese perro, lo había hecho objeto de una infamia realmente incalificable. Debo reconocer que nunca tuve principios morales muy sólidos. No voy a justificarme, pero hay alguna explicación en el combate incesante que debí librar para sobrevivir, desde mi más tierna edad. Esa lucha fue embotando los escrúpulos. Me he permitido acciones que no se permitiría ningún hombre decente. O quizás sí. Todos tienen sus secretos. Además, lo mío nunca fue tan grave. Nunca llegué al crimen. Y en realidad no olvidaba lo hecho, como haría un canalla auténtico. Vagamente, me prometía pagar de algún modo, nunca me había puesto a pensar cómo. Este reconocimiento del que yo era objeto, tan bizarro, este regreso de un pasado si no olvidado lo bastante sumergido como para parecerlo, era lo que menos había esperado. Había contado, me daba cuenta, con una cierta impunidad. Había dado por sentado, y quizás en mi lugar todos lo habrían hecho, que un perro tenía poco de individuo y casi todo de especie, y a ella se reintegraría por entero, hasta desaparecer. Y con esa desaparición se desvanecía mi culpa. La execrable traición que había ejercido sobre él lo había individualizado por un momento, sólo por un momento. Que ese momento persistiera, después de tantos años, me parecía sobrenatural y me espantaba. Al pensar en el tiempo que había pasado, asomó una esperanza, a la que me aferré: era demasiado. Un perro no vive tanto. Había que multiplicar por siete… Los pensamientos se agolpeaban en mi cabeza, entrechocándose con los ladridos sordos que seguían, y seguían creciendo. No, el tiempo transcurrido no era demasiado, no valía la pena que hiciera la cuenta y siguiera engañándome. Cualquier esperanza sólo podía venir de esa típica reacción psíquica de negación ante algo que nos afecta demasiado: “no puede ser, no puede estar pasando, lo estoy soñando, me equivoqué en la interpretación de los datos”. Esta vez no era la reacción psíquica: era la realidad. Tanto, que ahora evitaba mirarlo; le temía a su expresividad. Pero estaba demasiado nervioso para hacerme el indiferente. Miré hacia adelante; debí de ser el único en hacerlo porque todos los demás pasajeros iban pendientes de la carrera del perro. Hasta el chofer, que volvía la cabeza para mirar, o miraba por el espejo, y hacía un comentario risueño con los pasajeros de adelante; lo odié, porque con esas distracciones aminoraba la velocidad; de otro modo no podía explicarse que el perro siguiera a la par, ya llegando a la segunda bocacalle. ¿Pero qué importaba que siguiera a la par? ¿Qué podía hacer, más que ladrar? No iba a subirse al colectivo. Después del primer shock, yo empezaba a evaluar la situación más racionalmente. Ya había decidido negar que conocía a ese perro, y seguía firme en la decisión. Un ataque, que creía improbable (“perro que ladra no muerde”) me pondría en el papel de víctima y merecería la intervención de los testigos en mi favor, de la fuerza pública si era necesario. Pero, por supuesto, no le daría la ocasión. No pensaba bajar del colectivo hasta que no se hubiera perdido de vista, cosa que tendría que suceder tarde o temprano. El 126 va lejos, hasta Retiro, por un camino que al salir de la avenida San Juan se hace sinuoso, y era impensable que un perro pudiera seguir todo el trayecto. Me atreví a mirarlo, pero aparté la vista de inmediato. Nuestras miradas se habían cruzado, y en la de él no vi la furia que esperaba sino una angustia sin límite, un dolor que no era humano, porque un hombre no lo soportaría. ¿Tan grave era lo que yo le había hecho? No era momento de entrar en análisis. Y no valía la pena porque la conclusión siempre sería la misma. El colectivo seguía acelerando, cruzábamos la segunda bocacalle, y el perro, que se había retrasado, cruzaba también, pasando frente a un auto detenido por el semáforo; si ese auto hubiera venido en marcha habría cruzado igual, tan enceguecido iba. Me avergüenza decirlo, pero le deseé la muerte. No sería algo sin antecedentes; había una escena en una película en la que un judío en Nueva York reconocía, cuarenta años después, a un kapo de un campo de concentración, salía persiguiéndolo por la calle y lo mataba un auto. El recuerdo, al revés del efecto de alivio que suelen producir los antecedentes, me deprimió, porque aquello era una ficción, y hacía resaltar por contraste la calidad de real de lo mío. No quería volver a mirarlo, pero el sonido de los ladridos me indicó que se estaba quedando atrás. El colectivero, seguramente harto de la broma, estaba apretando a fondo el acelerador. Me atreví a volver la cabeza y mirar; no iba a llamar la atención porque todos en el colectivo estaban mirando; al contrario, si yo era el único en no mirar podía hacerme sospechoso. Además, pensé, quizás era mi última oportunidad de verlo; semejante casualidad no podía darse dos veces. Sí, se aquedaba atrás, decididamente. Me pareció más pequeño, más patético, casi ridículo. Los otros pasajeros empezaron a reírse. Era un perro viejo, gastado, quizás al borde de la muerte. Los años de rencor y amargura que este estallido dejaba adivinar habían dejado su huella. La carrera debía de estar matándolo. Pero no podía evitarlo, si había pasado tanto tiempo esperando el momento. Y efectivamente, no aflojaba. Aun sabiendo perdida la partida seguía adelante, corriendo y ladrando, ladrando y corriendo. Quizás, cuando perdiera de vista a lo lejos al colectivo, seguiría corriendo y ladrando, porque ya no podría hacer otra cosa, para siempre. Tuve una visión fugaz de su figura, en un paisaje abstracto (el infinito) y sentí pena, pero una pena tranquila, casi estética, como si la pena me viera a mí desde tan lejos como yo creía estar viendo al perro. ¿Por qué dirán que el pasado no vuelve? Todo había sucedido tan rápido que no me había dado tiempo a pensar. Yo siempre había vivido en el presente porque apenas si me daban las energías del cuerpo y la mente para asimilarlo y reaccionar, sólo me alcanzaba para lo inmediato, y apenas. Siempre sentí que estaban sucediendo demasiadas cosas todas juntas, que precisaba un esfuerzo sobrehumano, más fuerzas de las que tenía, para hacerme cargo del instante. De ahí que no me anduviera con remilgos éticos cuando debía sacarme algo de encima, así fuera por las malas. Debía desalojar lo que no fuera estrictamente necesario para mi supervivencia, conseguir algo de espacio, o de paz, a cualquier precio. Las heridas que eso pudiera provocar en otros no me preocupaban, porque sus consecuencias quedaban fuera del presente, es decir de mi vista. Ahora, una vez más, el presente se desembarazaba de un invitado molesto. El incidente me dejaba un sabor agridulce en la boca, por un lado el alivio de haber escapado por tan poco, por otro una comprensible amargura. Qué triste era ser un perro. Vivir con la muerte tan cerca, tan inexorable. Y más triste todavía ser este perro, que había salido de la resignada fatalidad del destino de la especie sólo para mostrar que la herida que había recibido una vez seguía sangrando. Su figura recortada en la luz del domingo porteño, agitándose sin cesar en su carrera y sus ladridos, había hecho el papel del fantasma, volviendo de la muerte, o más bien del dolor de la vida, para reclamar… ¿qué? ¿Una reparación? ¿Una disculpa? ¿Una caricia? ¿Qué otra cosa podía pretender? No podía querer vengarse, pues la experiencia debía de haberle enseñado de sobra que no podía nada contra el inexpugnable mundo humano. Sólo podía expresarse; lo había hecho, y no le había servido de nada, como no fuera extenuar su viejo corazón cansado. Lo había derrotado la expresión muda, metálica, de un colectivo en marcha alejándose, y una cara que lo miraba desde el otro lado del vidrio de una ventanilla. ¿Cómo me había reconocido? Porque yo también debía de haber cambiado mucho. Por lo visto me tenía muy presente, quizás mi imagen no se había borrado de su mente un solo instante todos esos años. Nadie sabe en realidad cómo opera el psiquismo de un perro. No había que descartar que hubiera sido el olor, en ese rubro se cuentan cosas increíbles de los animales. Por ejemplo una mariposa macho que huele a la hembra a kilómetros de distancia, atravesando los miles de olores que hay entre él y ella. Me dejaba ir a consideraciones ya desinteresadas, intelectuales. Los ladridos eran un eco, que modulaba, más alto, más bajo, como si viniera de otra dimensión. De pronto me sacó de mis pensamientos una intuición que sentí en todo el cuerpo. Me di cuenta de que me había apurado a cantar victoria. La acelerada del colectivo, que acaba de cesar, era la que daban siempre los choferes cuando tenían en vista una parada en la que debían detenerse. Aceleraban, calculando la distancia, y después levantaban el pie y dejaban que por inercia el colectivo llegara a la parada. Y en efecto, ya la velocidad disminuía, acercándose a la vereda. Me enderecé para mirar. En la parada había una señora mayor con un niño. El volumen de los ladridos volvía a crecer. ¿Era posible que el perro siguiera corriendo, que no hubiera renunciado? No miré, pero debía de estar muy cerca. Nosotros ya estábamos detenidos. El niño subió de un salto, pero la señora se tomaba su tiempo; el estribo alto de los colectivos les causaba problemas a las damas de su edad. Yo gritaba interiormente: ¡Apurate, vieja de mierda!, y seguía su maniobra con ansiedad. NO era mi estilo de hablar ni de pensar; me salía así por la nerviosidad, pero me corregí de inmediato. En realidad, no tenía por qué preocuparme. Todo lo que podía pasar era que el perro recuperara terreno, para después volver a perderlo. Lo peor que yo podía temer era que se pusiera a ladrar frente a mi ventanilla de un modo muy ostensible, y los otros pasajeros vieran que era a mí al que perseguía. Pero yo no tenía más que negar todo conocimiento de ese animal, y nadie me desmentiría. Bendije a las palabras, y a su superioridad sobre los ladridos. La vieja estaba subiendo el segundo pie al estribo, ya casi estaba arriba. Un vendaval de ladridos me aturdió. Miré al costado. Llegaba, veloz como el rayo, desmelenado, siempre sonoro. Era increíble su resistencia. A su edad, ¿era posible que no tuviera artrosis, como todos los perros viejos? Quizás estaba quemando sus últimos cartuchos; no debía de tener nada que ahorrar; encontrarme a mí, después de tantos años, expresarme su resentimiento, cerraba el círculo de su destino. Al principio (todo esto sucedía en una fragmentación loca de segundos) no entendí lo que pasaba, sólo capté una extrañeza. La localicé enseguida: no se había detenido frente a mi ventanilla, había seguido de largo. ¿Qué se proponía…? ¿Era posible que..,.? Ya había llegado a la altura de la puerta delantera y con la agilidad de una anguila giraba, saltaba, se escurría… ¡Estaba subiendo al colectivo! O mejor dicho, ya había subido, y sin necesidad de voltear a la vieja, que apenas había sentido un roce en las piernas, ya volvía a girar y casi sin disminuir la velocidad ni dejar de ladrar enfilaba por el pasillo… Ni el chofer ni los pasajeros habían tenido tiempo de reaccionar, los gritos ya se formaban en sus gargantas pero todavía no salían. Yo habría tenido que decirles: No se asusten, no es con ustedes la cosa, es conmigo… Pero yo tampoco había tenido tiempo de reaccionar, salvo para paralizarme y endurecerme en el espanto. Sí tuve tiempo para verlo, precipitándose hacia mí, y ya no pude ver otra cosa. De cerca, y de frente, su aspecto había cambiado. Era como si antes, desde la ventanilla, lo hubiera visto a través del recuerdo o de la idea que me hacía del daño que le había causado, mientras que allí dentro del colectivo, ya al alcance de la mano, veía su realidad. Lo veía joven, vigoroso, elástico, más joven que yo, más vital (en mí la vida había ido desagotándose todos estos años, como el agua de una bañadera), sus ladridos retumbaban en el interior con una fuerza intacta, los dientes blanquísimos en las fauces que ya se cerraban sobre mi carne, los ojos brillantes que no habían dejado por un instante de estar fijos en los míos.


*Imagen: James Ruby

Debería verlo antes de partir -me dijo Wordsworth- Es algo que no se puede perder… Si se atreve, claro.

Wordsworth solía ponerse pedante a ciertas horas de la madrugada, cuando ya sólo quedábamos los solteros y los decididamente alcohólicos en el bar del Grand Hotel des Wagons Lits. En realidad, yo detestaba a ese tipo. Me molestaban su arrogancia y sus aires de superioridad. Pero en el Pekín de 1937, no había mucha gente más con quién compartir una noche de copas. Los japoneses acampaban a pocas millas de la ciudad, preparando la invasión. El gobierno había trasladado la capital. Los occidentales se marchaban. Los pocos que quedábamos vivíamos encerrados en el barrio de las legaciones. Salir de noche se consideraba un suicidio. Aún así, le dije:

-Lléveme. Vamos ahora.

-No me haga sacar el coche si luego va a echarse atrás -dijo Wordsworth, tras una pantalla de humo de cigarrillos.

-¿No me ha oído? He dicho que nos vamos.

En esos tiempos, todo el mundo hablaba del club del Loto. Supuestamente era el más exclusivo de Pekín, pero por eso mismo, nadie admitía ser miembro. Era tal la leyenda del club que yo pensaba que no existía en realidad. Pero Wordsworth, con su enorme boca y su borrachera, acababa de admitir que era socio, y se había ofrecido a llevarme.

-Sólo hay una condición -advirtió-: debe jurar que no contará a nadie lo que ocurra ahí.

-¿Por qué? -preguntaba yo- ¿Qué pasa ahí que sea tan importante?

-He jurado no contarlo -respondía Wordsworth, enigmáticamente.

-¿Y qué pasa si un socio traiciona el juramento?

-A nadie se le ocurriría -sonrió.

Yo también me marchaba. Al día siguiente. Acababa de vender todos los negocios de mi familia en la ciudad. En Londres me esperaba mi prometida Mina, cuya familia poseía un patrimonio considerable. Me preparaba para una vida cómoda pero aburrida. Echaría de menos los fumaderos de opio contrabandeado de Manchuria, las brochetas de alacranes y las prostitutas coreanas. Así que esa noche, no quería dormir. Quería saborear cada segundo en Pekín. Quería aventuras. Y acepté su condición.

-Está bien, lo llevaré -dijo Wordsworth ahora, aplastando su colilla contra un ostentoso cenicero de porcelana-. Será un regalo de despedida. Supongo que se lo ha ganado.

Montados en su Voisin blanco, abandonamos el barrio de las legaciones y penetramos en la China real, entre lámparas rojas de papel y patrullas militares. Wordsworth condujo hasta los hutongs cercanos a la Ciudad Prohibida y se detuvo en uno de ellos, ante una construcción gris y silenciosa.

-¿Está usted seguro? -me dijo mientras apagaba el motor.

Yo asentí con la cabeza.

Nos internamos por un callejón miserable lleno de curvas y bifurcaciones. La luna brillaba intensamente esa noche, y avanzábamos sin dificultad. En algunas esquinas había mendigos durmiendo. Uno de ellos se sacudió bruscamente cuando nos acercamos, y descubrí que estaba lisiado, pero no trató de impedirnos el paso. También escuché el ladrido de algunos perros salvajes, y el sonido de sus mandíbulas cerrándose sobre algo, aunque no conseguí verlos.

Wordsworth se detuvo frente a una puerta, que parecía la más miserable de todo el callejón. Temí que el club fuese un fiasco, un fumadero sórdido para millonarios aburridos. Pero no dije nada. Mi acompañante tocó cinco veces con los nudillos y esperamos mientras el tiempo se congelaba a nuestro alrededor. Tras una breve eternidad, alguien abrió una rejilla del otro lado. A mis oídos llegó un ruido de copas y risas apenas perceptibles. Wordsworth no dijo nada, pero hizo un gesto con la mano, una especie de contraseña visual. Y la puerta se abrió.

Entramos en la sala más lujosa que he visto en mi vida. Arañas de cristal colgaban de los techos, que contra todo pronóstico, eran muy altos, como si la casa fuera más grande por dentro que por fuera. Las paredes estaban cubiertas de mármol y espejos enmarcados en pan de oro. En ese escenario espectacular se celebraba un cóctel. Los caballeros presentes sostenían copas de champán y las damas relucían, forradas en diamantes y terciopelos. Reconocí al embajador francés, al director de la policía, a varios generales del Kuomintang y a algunos rusos blancos adinerados. Si el propio Chang Kai Shek hubiese dado una fiesta, los invitados serían los mismos.

Wordsworth y yo nos mezclamos entre los invitados. Algunos se sorprendían al verme y se alegraban de darme la bienvenida. Pero a mí no me impresionaban especialmente. En cuestión de veinticuatro horas, ellos ya no significarían nada para mí.

-¿Esto es todo? -le pregunté a Wordsworth al oído- ¿El gran club del Loto? Hay fiestas mejores en nuestro barrio.

-Usted no tiene paciencia ¿verdad? -me regañó. Y luego, volviéndose hacia un camarero con una bandeja de whisky, le preguntó-. Mi amigo quiere ver el pozo ¿lo puedes llevar?

El camarero asintió. Dejó la bandeja en una mesa y me guió hacia un patio central, y luego a través de otro salón ricamente decorado con jarrones y dragones de porcelana. Finalmente se detuvo ante una habitación y abrió la puerta. Me invitó a pasar.

Adentro de la habitación, no había muebles. Sólo una lámpara de papel roja colgaba en medio del techo. Y abajo de ella, un pozo.

Me arrodillé en el suelo para asomarme. El pozo tenía unos cinco metros de profundidad  y en el fondo, había un hombre, sentado con las manos y pies atados. Pensé que sería un japonés capturado, al que exhibían por morbo y por decadencia. Estaba sollozando. Lo llamé:

-¡Eh! ¿Quién lo ha metido ahí?

El hombre pareció revivir. Alzó las manos y la cabeza, haciendo sonar las cadenas.

-¡Por favor, sáqueme de aquí! ¡Sálveme de esta gente! ¡Están locos!

La voz tenía acento londinense, y de hecho me sonaba familiar. Mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad del pozo. Y sólo entonces lo vi con claridad. Y con horror.

Era yo.

-¡Vendrán en cualquier momento! -siguió rogando. Iba vestido con mi misma ropa, y tenía mi rostro y mi pelo. Era yo, cada centímetro de mí, como en un espejo infernal- ¡Por favor, sáqueme! Le pagaré.

No quise seguir escuchando. Salí corriendo de esa habitación. Atravesé de vuelta el patio, y la reunión. Me perdí en el laberinto hasta que encontré la salida. Y seguí corriendo, mientras amanecía, hasta llegar a mi hotel.

Dos días después, los japoneses entraron en Pekín.

Yo nunca volví a esa ciudad.


*Imagen: Matthew Spiegelman

Debo comenzar pidiéndole disculpas por enviarle esta carta sin que nos conozcamos. En un primer momento me propuse visitarla en su casa y contarle en persona lo que aquí voy a escribir, pero después pensé que esta opción sería más adecuada: nos pone a ambos en una situación mucho menos incómoda y me permite escoger mejor las palabras. En cualquier caso, confío en que sabrá perdonar mis más que probables vacilaciones. Cuando haya terminado usted de leer las presentes líneas y meditado sobre lo recogido en ellas, si lo cree pertinente, no dude, por favor, en ponerse en contacto conmigo a través del número de teléfono que le adjunto más adelante.

A continuación debo pedirle disculpas de nuevo, esta vez por empezar mi historia con algo tan doloroso como la enfermedad y muerte de mi mujer. No puedo saber si usted y Sara se conocían. Seguramente coincidieran al llevar a los niños al colegio, o cuando iban a recogerlos. No lo sé. Mientras su salud se lo permitió, Sara se hizo cargo siempre de esas tareas. Si en efecto se conocían y alguna vez ella la mencionó a usted, no soy capaz de recordarlo.

La enfermedad no llegó precedida por ningún malestar ni síntoma apreciable, sino que fue descubierta durante una revisión ginecológica de rutina. Para entonces el mal estaba extendido en una medida que se contradecía con lo bien que se sentía Sara. A partir de aquel momento, sin embargo, las cosas se desarrollaron con rapidez. Sara tuvo que abandonar su trabajo y centrarse en la recuperación. Nosotros lo llamábamos recuperación. Los médicos lo denominaban tratamiento, término mucho menos comprometido.

A nuestro hijo no le ocultamos lo que pasaba, si bien no llegamos a revelarle lo grave de la situación. Tiene diez años, edad suficiente para darse cuenta de que algo no iba bien. El declive físico de Sara pronto fue apreciable y ella no podía dedicarle tanta atención como antes. Poco después apenas era capaz de prestarle ninguna atención. Yo solicité una excedencia para cuidar de ella y pasar juntos todo el tiempo posible.

También me ocupaba de nuestro hijo, en la medida que el ánimo y mis capacidades me lo permitían. Al principio no me puso las cosas difíciles. Siempre ha sido un niño callado e introvertido, con tendencia a enfrascarse en fantasías personales. Le gusta leer y dibujar. Puede pasar horas en su habitación, entretenido sin necesidad de nadie más.

Yo le dedicaba un rato cada tarde. Lo visitaba en su cuarto. Quería hacerle saber que seguíamos preocupándonos por él, a pesar de lo que sucedía. Le preguntaba por sus clases. Lo cierto es que no era fácil hablar con él. Resultaba imposible sacarle dos frases seguidas. Al poco rato ninguno sabía qué más decir y nos quedábamos callados. Yo buscaba disculpas para continuar en su habitación, pero debía de ser evidente que deseaba salir de allí, y creo que él prefería quedarse a solas.

Cuando yo era niño me encantaban los juegos de construcciones, y aún me siguen gustando. Bueno, ahora ya no tanto.

Un día, cuando regresaba de la farmacia, me detuve en una juguetería y compré a mi hijo una caja de Lego. Con las piezas que contenía podía construirse un camión de volquete.

Recibió el regalo sin ninguna emoción, más o menos como es su estilo. Abrió la caja sobre la mesa de su cuarto y contempló las piezas como si no supiera qué hacer con ellas. Le propuse montar el camión entre los dos y, temiendo que me contestara que no, me puse a ello sin esperar su respuesta. Hice la mayor parte del trabajo, aunque iba explicándole cada paso que daba, señalándole los gráficos de las instrucciones. Era un bonito camión. La caja basculaba para desalojar la carga. Fui a la cocina y la llené de arroz, como si el vehículo transportara un cargamento de grava. Pregunté a mi hijo si le gustaba y respondió que sí.

Al día siguiente, cuando entré en su habitación, el camión de Lego seguía en la mesa, aunque arrinconado. Le pregunté si quería que construyéramos algo más; las instrucciones ofrecían un par de alternativas, menos llamativas que el camión de volquete, que podían realizarse con las mismas piezas. Tuve que insistir para que aceptara mi propuesta. Desmontamos el camión y escogimos una de las alternativas posibles. Esta vez participó más. De hecho lo hizo casi todo. Yo, con las instrucciones en la mano, iba indicándole los pasos.

Adquirimos la costumbre de construir cosas entre los dos. Yo le compraba uno o dos Lego cada semana. Mientras encajábamos las piezas charlábamos, aunque no mucho. Siguiendo el precedente del camión de volquete le llevé otros vehículos de construcción: una apisonadora, una grúa, una excavadora… Después pasamos a las réplicas de arquitectura. En una juguetería del centro encontré una réplica de la Casa de la Cascada de Frank Lloyd Wright. Y luego el Guggenheim de Nueva York y el edificio Empire State. Llegué a esperar con ansiedad aquellos ratos que pasábamos juntos.

Una tarde entré en su habitación y, para mi sorpresa, vi que estaba construyendo algo por su cuenta. Lo habitual era que le tuviera que pedir una o dos veces que dejara lo que estuviera haciendo para que nos pusiéramos a jugar con los Lego. Sin embargo, aquella tarde él había reunido en un montón todas las piezas de todas las cajas que yo le había regalado y construía algo que no fui capaz de distinguir. Trabajaba sin ayuda de instrucciones, tan concentrado que no se percató de mi presencia. Preferí no molestarlo. Ese día Sara sufría más de lo habitual y creí mejor estar con ella.

El malestar de Sara empeoró en las fechas siguientes, por lo que apenas tuve ocasión de estar con el niño, que pasaba en su habitación casi todo el tiempo que estaba en casa. En las breves visitas que le hice comprobé que seguía con su proyecto de construcción. Lo que estaba haciendo no se parecía a nada reconocible, una mera acumulación sin sentido de piezas, semejante a una torre de la que brotaban salientes diversos, sin pauta ni función apreciables. La mezcla de colores de las piezas, en la que tampoco podía apreciarse ninguna pauta, hacía el conjunto aún más desconcertante y feo.

El estado de Sara se agravó tanto que tuvo que ser trasladada al hospital. Mi madre vino a casa para ocuparse del niño. Yo casi dejé de verlo, centrado como estaba en hacer compañía a Sara.

Mi mujer fallecía una semana después.

Siguieron unos días que, aunque su narración fuera imprescindible para el propósito de esta carta, no me vería capaz de rememorar.

Durante ese tiempo, aquella cosa construida por mi hijo permaneció sobre la mesa de su habitación. Imposible no fijarse en ella. Medía medio metro de alto y otro tanto de ancho. Su sección era más o menos circular. Tenía aspecto macizo.

No le presté importancia. Para mí la época de nuestras construcciones de Lego había quedado atrás, al igual que tantas otras cosas. Di por sentado que él pensaba del mismo modo y que si no se libraba de aquello era por la pereza de desmontar la gran cantidad de piezas que lo formaban.

Regresé al trabajo. Tenía que mantenerme ocupado. Mientras tanto mi hijo se volvía más y más introvertido y yo era consciente de ello y no tenía fuerzas para remediarlo. Lo visitaba en su cuarto, me sentaba junto a él, intercambiábamos algunas palabras. Yo le acariciaba la cabeza como quien frota con desgana una lámpara encontrada en un desván, por si pudiera salir un genio.

No trato de disculparme.

Ante aquella situación comprenderá usted que me alegrara el día que llegué a casa y lo encontré jugando con otro niño, un compañero del colegio. Hacía semanas que mi hijo no estaba tan alegre. Se entretenían con la construcción de Lego, añadiéndole nuevas piezas. No pregunté de dónde las habían sacado. Desde el pasillo los oí cuchichear animadamente.

Al día siguiente mi hijo volvía a jugar solo. Le pregunté por su amigo y me dijo que esa tarde tenía clase de kárate. Unos días después, cuando le hice la misma pregunta, se limitó a encogerse de hombros. No insistí más.

Poco más tarde, no obstante, otro niño fue a jugar a casa, otro compañero del colegio. También jugaron con la construcción de Lego. El nuevo amigo le añadió piezas que fue sacando de una arrugada bolsa de supermercado. Las colocaba obedientemente donde mi hijo le indicaba. Al igual que el anterior niño, éste sólo visitó nuestra casa una vez. Incorporó a la construcción las piezas que había llevado y no volví a verlo.

Hubo más visitas, igual de fugaces. Todos los niños aportaban piezas. Unos, cajas enteras; otros, apenas un puñado, que transportaban en el bolsillo.

Pregunté si no tendrían problemas para saber de quién era cada una cuando desmontaran lo que estaban construyendo. Mi hijo me miró como si no hubiera pensado en ello, pero dijo que no sería un problema. Le pregunté también qué era lo que estaban haciendo y respondió que no estaba seguro. Le pregunté si intentaban averiguar hasta dónde podían llegar juntando piezas y piezas y respondió que sí, que eso era lo que estaban haciendo.

Días después entré en la habitación de mi hijo mientras él no estaba en casa. Necesitaba un bolígrafo y pensé que encontraría alguno entre sus cosas.

La construcción de Lego abarcaba toda la mesa y ya medía más de un metro de alto. Debo reconocer que era impresionante. Mientras buscaba en los cajones tropecé con ella. Lo difícil habría sido no hacerlo. Asomaba de ella gran número de brazos, algunos de los cuales se proyectaban más allá de los límites de la mesa. Fue con uno de ellos con lo que tropecé, uno de los superiores y por tanto una de las últimas partes sumadas a la construcción. El brazo se desprendió y cayó al suelo. Me apresuré a recogerlo. Pero antes de colocarlo de nuevo vi algo que llamó mi atención.

También se habían desprendido varias piezas de la zona donde el brazo entroncaba con la construcción, y al hacerlo habían dejado a la vista un espacio hueco, poco mayor que una caja de cerillas, en el interior de aquella cosa. Dentro había algo. Tuve que desmontar algunas piezas más para sacarlo. Era un papel, doblado una y otra vez. Lo desplegué: una página arrancada de un cuaderno. En la parte superior aparecía escrito: «quiero un reloj nuevo». Debajo figuraba el dibujo de un reloj digital con muchos botones. La caligrafía era infantil. El dibujo había sido hecho con lápices de cera. La petición estaba subrayada varias veces y alrededor de la misma, así como del reloj, había dibujados unos rayos que brotaban de ellos, como si las palabras y el reloj brillaran.

La caligrafía no era la de mi hijo, y el dibujo tampoco era suyo; él dibuja mucho mejor. Supuse que el autor fue uno de los niños que habían pasado últimamente por allí.

Con cuidado, desmonté más partes de la construcción en busca de nuevas cámaras interiores. Encontré dos, con sus correspondientes papeles doblados y vueltos a doblar: «quiero ser más alto» y «quiero que no se rían de mí». Ambas peticiones iban acompañadas por su correspondiente dibujo. En la primera: un monigote con unas piernas larguísimas; en la segunda, otro monigote, éste de anchas espaldas y puños desproporcionadamente grandes, y a sus pies otros monigotes más pequeños, del tamaño de hormigas. También en ambos casos aparecían los rayos, amarillos y naranjas, brotando de palabras y dibujos. Las caligrafías eran diferentes entre sí y diferentes a la del primer papel. Ninguna correspondía a mi hijo.

Lo interpreté como un juego. Cosas de críos. Cuando yo era pequeño también hacíamos cosas así. Sobre todo las hacían las niñas. Escribían peticiones y las metían en cajitas o botellas y enterraban éstas entre las raíces de un árbol.

Preferí no seguir buscando. Corría el riesgo de no saber recomponer la construcción. Devolví los papeles a sus cámaras secretas y monté las piezas retiradas.

En las semanas siguientes, cada vez que un niño se presentaba en casa con nuevas ofrendas en forma de piezas de Lego y con un papelito doblado en el bolsillo, yo me divertía adivinando qué pediría. ¿No llevar gafas? ¿Que sus padres le compraran ropa mejor? ¿Tener las orejas más pequeñas?

Cuando mi hijo no estaba en casa, yo desmontaba los últimos añadidos a la construcción en busca de las peticiones. Algunas veces coincidían con lo predicho. Otras no: «quiero ver desnudas a las mujeres que yo quiera», «quiero que la gente no hable tan alto».

En cualquier caso, siempre eran niñerías. No me preocupé.

Empecé a hacerlo cuando llegó un niño que no se limitó a incorporar nuevas piezas a la construcción y luego desaparecer, sino que sus visitas se convirtieron en rutina. Me encontraba con él casi a diario. Siempre traía nuevas ofrendas en forma de piezas adicionales. Un niño alto para su edad, silencioso, educado. No me extrañó que mi hijo y él hicieran buenas migas.

Por si albergara usted alguna duda, ese niño era su hijo, además del motivo por el que le escribo esta carta.

Pasaron varios días hasta que tuve ocasión de entrar en la habitación del niño, desmontar parte de la construcción y leer las nuevas peticiones. Sólo había una. Di por sentado que era la depositada por su hijo.

En el papel decía: «quiero que mis padres se mueran». El dibujo adjunto ilustraba perfectamente esas palabras: dos cuerpos despedazados, extremidades y cabezas separadas de los torsos, abundante sangre y los habituales rayos de poder que emanaban de todo ello. Un letrero aclaratorio, «Mamá», figuraba junto a una de las cabezas, una con el pelo largo; otro: «Papá», estaba al lado de la segunda.

Ahora comprenderá usted mi decisión de escribirle esta carta en lugar de reunirnos y hablar cara a cara. Si ése hubiera sido el caso, llegado al punto que acabo de referirle, muy probablemente usted me habría ordenado callar, incrédula y escandalizada. Me habría echado de su casa sin querer oír una palabra más, lo que habría sido una reacción comprensible. En el mejor de los casos, usted me habría exigido unas explicaciones que no puedo facilitarle. De este modo, por el contrario, la indignación quizá le haga abandonar la lectura, incluso arrugar estas páginas y arrojarlas a la papelera. Pero también puede suceder, y confío en que así sea, que más tarde, cuando su enfado haya remitido, la curiosidad la empuje a terminar de leer lo que debo contarle.

Esa misma noche, después de cenar, hablé con mi hijo. Dije que me había fijado en que había un niño que venía bastante a casa. Le pregunté quién era. Su respuesta fue la habitual: un compañero del colegio. Añadió que en realidad no eran amigos, sólo jugaban juntos. Le pregunté si había estado alguna vez en la casa de su compañero y me dijo que no. Mientras hablábamos, él hojeaba un cómic. Sus respuestas se demoraban unos instantes, como si debiera pensarlas o, simplemente, no le interesara nuestra conversación. Continué diciendo que, aunque no hubiera estado en su casa, seguramente conocería a sus padres. Al parecer no era así. Le pregunté si su compañero de juegos hablaba de ellos. No lo hacía o mi hijo no lo recordaba. Le pregunté si él los había visto alguna vez. En este caso la respuesta fue afirmativa. Los había visto varias veces, cuando iban a recoger a su hijo al colegio; unas veces el padre, otras la madre. Le pregunté cómo eran. Mi hijo se encogió de hombros, limitándose a decir que eran normales.

Me quedé rumiando la respuesta. Él siguió leyendo su cómic. Me sentía cada vez más enfadado y harto de aquella historia. Él debió de notarlo porque lo sorprendí mirándome de reojo y a continuación se levantó con intención de abandonar la habitación. Le ordené que no se moviera. Volví a preguntarle qué era eso que estaban construyendo y me respondió como había hecho antes; dijo que no sabía lo que era, sólo un juego en el que juntaban piezas y piezas. Le pregunté entonces, sin ocultar mi irritación, que hasta cuándo iba a durar ese juego. Me miró confuso, por lo visto no lo sabía. ¿Cómo sabrás cuándo ha terminado? ¿Cómo sabrás cuándo no tenéis que poner más piezas? Eso fue lo que le pregunté. Le dije que quería una respuesta concreta pero se quedó mirándome en silencio. A continuación le dije que su juego no me gustaba, que estaba harto de aquella cosa y le ordené desmontarla. Se quejó y se hizo el remolón. Me preguntó si no podía dejarla allí un poco más. Pregunté que cuánto tiempo más y para qué. Me dijo que unos días.

Por supuesto, respondí que no. Le dije que empezara a desmontarla en ese mismo instante.

Se encerró en su habitación. Un rato después fui a decirle que ya era hora de irse a la cama. Lo encontré sentado ante la mesa, con una pieza de Lego entre las manos. Canturreaba, mirándola ensimismado. Había desmontado dos extremidades de la construcción y parte de una tercera. La zona central, donde se albergaban las peticiones, permanecía intacta. Cuando me quejé de que sólo hubiera hecho eso respondió que era más difícil de lo que parecía, que algunas piezas estaban pegadas y costaba mucho soltarlas. Le ordené cepillarse los dientes y meterse en la cama.

A la mañana siguiente llamé al trabajo para decir que llegaría tarde. Esperé hasta que el niño se fue al colegio y entré en su habitación. Yo mismo me encargaría de desmontar aquello.

Me llevó mucho más tiempo del que esperaba. En efecto, algunas piezas parecían soldadas entre sí. A medida que iba encontrándome con las peticiones, las guardaba para deshacerme luego de ellas. Las piezas fueron formando una pila sobre la alfombra, en mitad de la habitación.

Por fin llegué a la parte inferior, la formada por las piezas de los Lego que yo había comprado. Y entonces encontré un nuevo papel, uno que no había visto antes. En este caso la caligrafía sí era la de mi hijo. Su petición era: «quiero que mi madre se muera de una puta vez». Prefiero no describir el dibujo que acompañaba estas palabras. Como ya he dicho, mi hijo dibuja muy bien.

Esa petición, la primera, estaba enterrada bajo una infinidad de piezas traídas por otros niños. La leí varias veces. Luego la guardé y terminé de desmontar la construcción. En realidad no la desmonté. La arrojé contra la pared, una vez tras otra, hasta que se deshizo.

Tiré las peticiones, menos la de mi hijo. Ahora me doy cuenta de que también debería haber conservado la del suyo, pero espero que confíe usted en mi palabra.

Cuando mi hijo volvió aquella tarde del colegio estaba esperándolo. Aguardé a que entrara en su habitación y un momento después fui tras él. Mi hijo estaba de pie en el umbral y contemplaba el montón de piezas de Lego que se alzaba en la alfombra. Le dije que le había ahorrado el trabajo de desmontar. Él, al contrario de lo que yo esperaba, se mostró sereno. Le pregunté si le importaba que lo hubiera hecho y murmuró que no. A continuación me preguntó si eso era todo. Hizo la pregunta señalando las piezas. Le dije que claro que eso era todo. ¿Qué más iba a haber? Me miró fijamente y repitió su pregunta. Yo respondí que en aquel montón estaba todo lo que había en la construcción. No faltaba nada. Él volvió a mirar las piezas, pensativo, y asintió. Luego las recojo, dijo.

¿Por qué iba a mostrarse molesto? Yo no había destruido nada importante, una mera imagen de aquello a lo que él y los demás niños, incluido su hijo, dedicaban sus peticiones. Mi acción tuvo el mismo efecto que podría tener romper en pedazos una estampa de la Virgen.

Entenderá ahora mi necesidad de contarle todo esto. Porque estoy plenamente seguro de que ni usted ni su marido se merecen lo que les desea su hijo, de la misma manera que no se lo merecía Sara. Porque son ustedes normales, al igual que lo era ella y lo soy yo.


*Este cuento fue publicado en “Física Familiar”, Editorial Salto de página, 2014.

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