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Antes andaba a menudo de a dos. Andaba de a tres. Éramos cuatro, cinco o seis. Tenía hermanos, hermanas, una araña pollito. Padres: sí, también.

Además estaba mi tío Nikolai y el vecino de los guantes con pompón. Nos reíamos, a veces llorábamos, las palomas del parque municipal se asfixiaban con las migas de nuestras galletas. Luego vino el invierno, luego de nuevo el verano y mi prima Sonja me mostró todo tipo de formas en la Playgirl. Más tarde, tiene que haber sido otoño o primavera, me subí con mi primo Arseny a la noria y estuvimos hojeando la Playboy, eso también fue bonito.

Mi hermano Jewgeni se comió el último pedazo de pizza de queso. Mi hermano Jewgeni escribió Idiota con lápiz labial en mi frente. Jewgeni patina con mis patines flamantes a lo largo de la calle. Cierro los ojos y veo a Jewgeni rodar hacia un abismo inmenso o al menos hacia un cementerio nuclear. Tal vez fuera bueno que todos estuvieran realmente muertos. O al menos ausentes.

Después empieza otra vez la escuela y yo soy bueno en matemática. Pienso en otras cosas y bebo a veces licor de un embudo. Más tarde toco a una muchacha por casualidad en el codo y viajamos juntos para un spring break a Miami. Le digo no a la heroína, le digo no a la heroína, a la heroína sí que jamás la probaría.

Luego ya es octubre, más tarde es otro año, caen las hojas y la verdad es que Halloween es algo que nunca entendí. Me disfrazo del velociraptor de Jurassic Park y beso a una chica. Beso a un chico. Beso a mi profesor de matemáticas. Me acuesto con mi profesor de matemáticas. Beso con frecuencia a una muchacha que se disfraza de Alf de la serie televisiva Alf. Juntos miramos Home Improvement y por muy breve tiempo somos muy felices.

Más tarde voy a la universidad y conozco a un bonito ingeniero en geología económica. Hacemos viajes de fin de semana a las siguientes ciudades: Atlanta, Baltimore, Jacksonville. Doy ponencias y me pongo papelitos de LSD sobre la lengua. Aunque no es nuestra intención, nos enamoramos, pero cuando yo le cuento que mi deseo siempre fue viajar por Europa, se ríe de mí y me tilda de conservador, cosa que me enoja bastante y creo que en ese momento algo entre nosotros se rompió. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

La verdad es que el vuelo a Montreal es descaradamente barato y cuando llego al aeropuerto, decido dejar de fumar, comprarme un casco de bicicleta o al menos ser una mejor persona. Paso los primeros días navegando por internet y evito asomarme a la puerta, pero al notar que acabo de leer en theguardian.com el mismo artículo que ya he leído ayer en theguardian.com, me harto de internet y me propongo con toda firmeza fundar una banda de rock indie canadiense que se llame IntercityExperimental o Monsieur Oso Pardo. Canadá: este país me parece increíblemente liberal.

Antes aun de que llegue el otoño, termino mi licenciatura en la NYU y como recompensa me regalo un viaje por tierra a Venezuela. En Caracas no hay un sistema de salud que funcione, ni policías que estén familiarizados con los conceptos de derecho y orden, pero a cambio hay buenas fiestas y una gran ingenuidad de los sentidos, que yo estimo extremadamente simpática e inspiradora. Me compro un teclado electrónico y junto a Juan y al muy dulce de Ignacio fundamos un trío de electro jazz. Muy pronto Juan se revela como un bajista absurdamente malo y en algún momento los primos de Ignacio nos roban todos nuestros instrumentos y nuestro dinero y mi pasaporte, cosa que igual a mí me parece del todo bien. A fin de cuentas, nunca antes me habían asaltado en un país del tercer mundo y esta experiencia me hace más adulto y espiritualmente maduro, de eso no hay ninguna duda.

De manera espontánea decido agregar aun una maestría en Filosofía en Göttingen y me compro en un anticuario online una edición comentada de las obras completas del filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte. Al primer tomo me lo devoro como nada, pero en el último párrafo me salta a la vista un grosero error de pensamiento y me aparto decepcionado de la lectura de Fichte. Más tarde desarrollo verdaderos sentimientos por Susanne, con quien comparto el piso, pero su trabajo como modelo y los muchos viajes tornan imposible un auténtico amorío, al menos para mí, y cuando se lo digo, Susanne lleva adelante un intento de suicidio bastante en serio, que por supuesto igual fracasa, pero eso es algo que yo ya tenía en claro desde antes.

Voy al carnaval de Colonia y me disfrazo del triceratops de El mundo perdido: Jurassic Park 2. Beso a un monaguillo, beso a una pastora, beso a un sacerdote. Colonia: esta ciudad me parece increíblemente liberal. Cuando al final me despierto en un sillón-cama en Düsseldorf, me doy cuenta de que ha desaparecido todo mi dinero, junto con el pasaporte. Y de alguna manera me parece fantástico no poseer nada más. La vivienda en la que estoy pertenece a la muy jovencita estudiante de dirección Annika y tiene una decoración por completo minimalista. Ella dice que no lo hizo a propósito, pero no le creo.

Le pido a mi padre que me mande dinero y vuelo a las siguientes ciudades: Praga, Tokio, Barcelona y Venecia. De alguna manera me gusta viajar por ciudades. Cuando unos días más tarde cruzo con el ferry de Hong Kong a Macao, veo a un hombre que salta al agua y grita sin parar: ¡Chau, chau! ¡Pásenla bien! ¡Los amo! ¡Chau! Y de pronto guardo completo silencio y me siento tremendamente feliz y creo que lo mismo les pasa a todos los que tengo al lado, todos guardan de pronto silencio y son tremendamente felices y son de alguna manera uno solo.

Y entonces decido —siguiendo probablemente un sentimiento del todo espontáneo— visitar la casa en la que nació Bruce Willis en Idar-Oberstein. Pero por supuesto que no es una verdadera casa natal, sino un hospital común y corriente, qué otra cosa podía ser, y durante el tiempo que paso en Idar-Oberstein duermo con las siguientes personas: Malte y la doctora Inga Jansen. Eso fue todo, tampoco es que estuve tanto tiempo.

En el Tíbet hago una breve desintoxicación y mi padre se enoja porque abandoné mis estudios de filosofía. En Shenyang, una ciudad china con millones de habitantes que nadie conoce, cruzo un mercado y me doy cuenta de que tal vez Dios esté realmente muerto. Me abro paso entre las masas de gente en Delhi. En la zona peatonal de Braunschweig. En el carnaval en Río. Me he disfrazado del dinosaurio volador en Jurassic Park 3. A veces deseo que todos estén muertos. O al menos ausentes.

Hago una cura, me relajo, viajo al campo. Luego duermo con la dueña de la granja. Acto seguido de nuevos viajes por ciudades, viajes de drogas, viajes convencionales. Me imagino disparándole a la cara desde corta distancia al presidente de la junta directiva de Google Maps, pero rechazo rápido la idea porque la posibilidad de ser apresado de inmediato me parece muy alta. Hago una veloz desintoxicación en mi región en Key West y por muy poco tiempo soy muy feliz, mientras miro Who’s the Boss? en el pequeño televisor de la institución. Luego me escapo, le robo el pasaporte diplomático a mi padre y vuelvo en mí tres semanas más tarde en el carnaval de Mainz. Curiosamente, me he disfrazado de Chris Pratt en Jurassic World.

La verdad es que a veces podría estrangularte, dice mi madre al teléfono, a veces lo único que quiero es golpear tu pequeña y blanda cabeza contra la pileta de la cocina. Y es probable que tenga razón, es probable que de verdad pueda estrangularme, no lo descartaría para nada. Porque quizá sea cierto, quizá soy en el fondo una persona absurdamente mala que se merece este tipo de cosas, pero tal vez no sea cierto y mi madre tiene la culpa de todo.

Sin más vueltas, mi nuevo compañero de piso Sven y yo decidimos escribir un manifiesto y dice así: Nuestros enemigos son los ópticos y los padres, hombres y mujeres, nuestros enemigos son los hidratos de carbono y los estados nacionales, los horarios e internet y los baños de las estaciones de tren en los que hay que pagar, nuestros enemigos son los cerdos de Google Maps y los que tienen una tarjeta de 25% de descuento para el tren, nuestros enemigos son las tijeras para diestros y los ministros alemanes de relaciones exteriores, nuestros enemigos son….

Pero lamentablemente no lo seguimos porque debemos poner fin a la escritura para andar haciéndonos mimos y luego para andar enredándonos y luego para andar fornicando y todo eso dura tanto que después ya no sabemos qué era lo que queríamos escribir.

De modo que decido criar crustáceos y en líneas generales ser una buena persona. Pero da igual lo que haga, estos malditos crustáceos siempre se me mueren después de un par de días. A veces deseo que también toda la gente simplemente se muera. Abro la ventana de un golpe y bramo: ¡Por qué mejor no se mueren! Sería tan bonito si todos ustedes estuvieran lejos. O al menos muertos. Después es octubre y me despierto en un sillón-cama en Wiesbaden. Ha desaparecido todo mi dinero junto con el pasaporte, y mi compañero de piso Sven también. Una pena, podríamos haber sido tan felices.

Cuando se hace de noche y me voy a pasear a la vera del Rin, me invade una gran nostalgia o tristeza y siento el secreto deseo de ganarme mi dinero en la liga coreana Star Craft o vendiendo castañas asadas en la Rue Royale de Bruselas o de ser buscado por un asesinato o de ser buscado por secuestrar un avión o de al menos ser buscado por algo, pero al final me decido por ser sensato de una buena vez y con mi hermano Jewgeni fundamos una marca de moda islandesa.

Las leyes impositivas en Reikiavik son increíblemente liberales de verdad y con un poquito de suerte y mediante una hábil táctica volvemos a vender la marca después de nada más que seis meses, de modo que en un breve lapso nos volvemos medianamente ricos y pasamos nuestro tiempo produciendo canciones pop y financiando algunos proyectos de diversidad en Kinshasa. Y sin darnos cuenta en absoluto todos nuestros ahorros se nos van en cocaína y vuelos de larga distancia.

Completamente en la lona llego a Saarbrücken y siento el secreto deseo de hacerme detective, por la razón que sea, es algo que de verdad no puedo explicar. Pero muy rápido me doy cuenta de que este deseo se basa en expectativas del todo falsas, y que por otro lado se relaciona con que mi padre nunca estuvo presente para mí cuando alguna vez lo necesité. Durante mi breve estadía en Saabrücken pienso también mucho en las relaciones y me compro un helado soft y un paquete grande de Marlboro Menthol y me parece que de alguna manera también eso está relacionado.

En una oficina de apuestas gano 200 euros por haber acertado a tres partidos de la liga turca y con el dinero me compro un ticket Intercity a Zúrich. Como no conozco absolutamente a nadie en Zúrich y en general no tengo ni la menor idea de qué hacer aquí, me convierto de veras en un detective privado, aunque solo por dos semanas, porque todo el asunto es bastante tedioso y además de eso pagan mal. Luego me encuentro con mi ex compañero de piso Sven en una fiesta electrónica en Lucerna y él me dice que le da pena cómo terminó todo en aquel entonces pero que me agradece por mis hermosos ojos y mi fiabilidad y mi hermoso trasero, gracias.

Con una scooter viajo al sur de Francia y me tomo dos semanas de vacaciones en un hotel de lujo en Niza con el fin de olvidar todo esta mierda con Sven, y como justo es temporada baja también es descaradamente barato. Me sorprende descubrir que ya no deseo que todos estén muertos o al menos ausentes y me pregunto si entretanto me he convertido en una buena persona. Camino por las estepas de África. Camino por las estepas de Brandenburgo. Me pregunto cómo les estará yendo a mis padres y qué hará ahora mi hermano Jewgeni y dónde se habrá metido esta vez.

Y justo cuando estoy pensando en eso y le doy una pitada a mi cigarrillo electrónico, miro por la ventana de mi cuarto de hotel y hay un incendio, no importa dónde mire hay incendios durante toda la mañana y toda la tarde. También al día siguiente y al otro siguen los incendios, tienen que ser semanas y meses en que las casas están en llamas y se incendian los techos y las personas y las galaxias y ya no hay más fin ni clemencia ni oscuridad, pues todo es luminoso y ominoso y reluciente.

Y luego, algo más tarde, estoy sentado en el bus que va de Cincinnati a Indianápolis y pienso en cosas masculinas, pienso en tiendas de materiales para la construcción, en aparatos de afeitar, en infartos del corazón. Y luego un poco más tarde, tiene que ser primavera u otoño, estoy sentado en el tren que va de Memphis a Phoenix y pienso en cosas femeninas, pienso en armiños, en robots y en lóbulos de oreja. Y luego, un poco más tarde aún, estoy sentado en el tranvía en San Francisco y percibo de pronto ese gran sentimiento en mí, un sentimiento de pureza, el sentimiento de disparar con una ametralladora en medio de una multitud de gente, y de comerme la luna y de ser alguien versado en las cosas, alguien que está presente para los otros y que se anima a expresar sus sentimientos, y no ser alguien como mi padre, sino alguien que está enterado, que por ejemplo sabe que el amor es más importante que Europa, alguien así me gustaría ser, eso es lo que siento y esa es la verdad.

Alguien más le dijo, probablemente el revisor: la suya es la única maleta, nadie quiere ir hoy a Alquila, no hay manera en que se pierda. Pero Hernández insistió en llevarla arriba: me gusta ver mis cosas.

En el andén, Hernández se comió unas galletas, compró una botella de agua y se fumó, ansioso, dos o tres cigarros. Luego abrieron las puertas del autobús y entró desbocado, como si hubiera más gente esperando.

Necesito traerla junto, le explicó al chofer en la pequeña escalera, alzando su maleta: traigo aquí mis medicinas. Sin voltearlo a ver, el chofer del autobús asintió con la cabeza pero apretó el volante entre sus manos.

Hombre de supersticiones, Padilla temía que algo le pasara a su camión si hablaba antes de marcharse, igual que temía que algo le pasara a su pasaje. Por eso nunca decía nada hasta llegar a las montañas.

Para entonces, Hernández se había adueñado de una línea de asientos, empotrando su maleta en el pasillo. Le emocionaba ser el único viajero que aquel día hubiera tomado el autobús rumbo a Alquila.

No entorpezca el pasillo, solicitó Padilla saliendo de una curva. Sorprendido, Hernández irguió el cuerpo, buscó los ojos del chofer en el espejo que comunicaba ambas cabinas y sonriendo preguntó: ¿está diciéndomelo en serio?

Es peligroso para el resto del pasaje, respondió Padilla, observando él también a Hernández. Las reglas son las reglas, añadió callándose el motivo de su orden: si dejaba que invadieran el pasillo sufrirían un accidente; en el mejor caso, un retraso.

Señalando los asientos que había en torno suyo, Hernández se dispuso a defenderse pero el chofer, experto en estas discusiones, encendió la radio, subió el volumen y retiró sus ojos del espejo. Meneando la cabeza, Hernández decidió no hacerle caso y recostarse nuevamente.

Minutos después, con el chofer vuelto una furia, Hernández sacó el mapa que guardaba en un bolsillo de su saco: se lo había mandado ella por correo. Emocionado, lo desdobló con cuidado y lo estuvo contemplando un largo rato. Finalmente estaba yendo a verla.

Hernández conoció a Romina tres semanas antes, en una fiesta de la facultad de arquitectura que por poco termina con ellos dos metidos en la cama. Me encantaría verte en Alquila, le dijo ella, sin embargo, ante el portal de su edificio: cuando tú quieras, por supuesto.

Desde entonces, Hernández no había pensado en otra cosa. A sus veinte años, era el único de sus amigos que seguía siendo virgen. Y Romina la única opción real que él tenía para olvidar esa palabra que lo había martirizado tanto tiempo.

Por eso los nervios amenazaban con no dejarlo descansar durante el viaje, un viaje que, para colmo, duraría la noche entera. ¿Y si me vengo antes de tiempo?, se torturaba Hernández en silencio: ¿si no aguanto ni un minuto, si me vengo apenas ver cómo se encuera?

Doblando el mapa y guardándolo de nuevo, Hernández alcanzó su maleta, sacó de ésta una bolsita y revisó que no faltara ni una compra: cuatro paquetes de condones: a ver cuántos echan a perder mis putos nervios; una caja de viagra: por si tengo que imponerme al ridículo, y las pastillas que le habían recomendado, otro cliente en la farmacia, para dormir durante el viaje.

Aunque la caja de somníferos decía que dos bastaban, Hernández, que para entonces ya no era capaz de echar de su cabeza la forma de Romina ni el miedo a que su propio cuerpo le fallara, decidió tomar cuatro tabletas. Al fin que quedan muchas horas, murmuró y dándole un trago a su botella volvió a recostarse, suplicando que el efecto fuera inmediato.

En ese mismo instante, el chofer hizo bajar las diez pantallas que habían permanecido escondidas y la voz de una azafata sonó a todo volumen. Me estás buscando, soltó Hernández dando un brinco y subiendo el tono añadió: ¡no quiero verla! Pero Padilla fingió no escuchar nada y apenas terminar el comercial de la línea que pagaba su salario subió al máximo el volumen que emergía de las bocinas.

Tapándose los oídos y apretando la quijada, Hernández admitió lo absurdo de aquella situación en la que estaba, se levantó dando un salto, apresuró su andar por el pasillo y llegó hasta Padilla: ¿por favor, podría quitarla? Le prometo que no hay nadie que esté viendo la película, sumó instantes después, esbozando una sonrisa que de honesta no tenía ni medio pliegue.

No se puede, respondió Padilla tras dejar pasar, él también, un breve instante: son las reglas. Y ya vi que usted no las respeta, pero yo las sigo a rajatabla, agregó el chofer volviendo el rostro y observando a Hernández fijamente, cuya sonrisa se había erosionado, remató: regrésese a su asiento, aquí no puede estar parado. Está prohibido.

Aguantándose las ganas de insultarlo, Hernández se tragó su frustración, dio media vuelta, empezó a desandar el pasillo que recién había cruzado y en voz baja preguntó: ¿podría aunque sea bajarle un poquitito? No se puede, repitió Padilla acelerando, convencido de que así igual y caería su pasajero sobre el suelo: ni un poquito más ni un poquito menos, nos obliga el reglamento.

Manteniendo el equilibrio, apurando su avanzar y sonriendo nuevamente, esta vez más de impotencia que de burla, Hernández sacudió la cabeza con coraje, masticó un par de palabras que ni él mismo entendió y humillado alcanzó sus cuatro asientos. Por fortuna, pensó, empezaba a sentir la somnolencia que las pastillas dispersaban por su cuerpo.

Así que muy pronto ni el ruido ni aún menos la luz que vomitaban las pantallas ni tampoco los frenazos y arrancones que siguió dando Padilla parecieron importarle a la consciencia de Hernández, quien apenas recostarse se entregó a la nada negra.

Tan profundo durmió Hernández, tan desconectado, que no volvió a saber de sí ni del planeta hasta no estar en Alquila. Cuando Padilla, que se había esforzado por hacer de su trayecto un calvario, lo sacudió del brazo aseverando: ándale, cabrón, que ya llegamos.

Párate, que no me toca estarte despertando, insistió Padilla empujando las piernas de Hernández con la suela del zapato: tampoco tengo que esperarte. O te bajas o te bajo, amenazó el chofer pateando a Hernández nuevamente, quien, tras sentir el golpe de sus talones contra el suelo terminó de espabilarse: órale pues, que ya te oí. Ahorita bajo.

Secándose la baba que escurría por su barbilla y sobándose el rostro con las palmas de las manos, Hernández irguió el cuerpo, se puso en pie aceptando que seguía un tanto mareado, desempotró su maleta como pudo y echó a andar tras el chofer, que en voz baja iba diciendo: ojalá y te trate este lugar como mereces.

En la calle, combatiendo el mareo que las pastillas olvidaran en su cuerpo, Hernández volvió a tallarse el rostro, sacudió de nuevo la cabeza y contempló el sitio al que recién había llegado. Justo estaba amaneciendo y no podía creer que Alquila fuera aún más feo que en las fotos de Romina.

Instantes después alguien le dijo, quizás el chofer que tomaría el autobús que había traído Padilla, hacia dónde dirigirse para llegar hasta la plaza: pero a qué va a ese sitio, no hay nada que ver en esa parte. Sin atender las últimas palabras del extraño, Hernández echó a andar y pronto dejó atrás las seis o siete cuadras que mediaban entre él y su destino. En torno suyo, la luz se fue adueñando del espacio.

No son horas de llamarla, se dijo Hernández en la plaza, y en voz baja, dejándose caer sobre una banca y abrazando su mochila, insistió: es muy temprano y vaya a ser que la despierte. Peor aún, que los despierte ahora a sus padres, murmuró engañándose a sí mismo: lo que en verdad le estaba sucediendo era que habían vuelto los nervios a agarrarle todo el cuerpo: ¿qué chingados le diré cuando conteste?

Mejor no voy a llamarla. Qué si ya ni quiere… si ya se ha arrepentido, soltó observando el ajetreo que empezó de pronto en la plaza, donde la gente apresuraba sus andares de un lado a otro. Alzando el rostro y observando el sol aparecer tras la torre de la iglesia color verde, Hernández añadió, elevando el tono y permitiendo que su propia ambivalencia se mostrara: ¿qué chingados estoy pensando… cómo no voy a llamarla?

¿Por qué iba a arrepentirse?, exclamó elevando aún más el tono y levantándose de un salto: me lo habría dicho desde antes. Pero antes me como algo, que se haga un poco más tarde, añadió echando a andar sobre la plaza, en busca de un lugar donde poder desayunar, sin darse cuenta de que aquello no era más que otro pretexto y sin tampoco darse cuenta de lo extraña que era aquella prisa con que andaban las personas a su lado.

Alguien le dijo entonces, tal vez el señor del puesto de revistas, que no existía mejor lugar que el restorán de doña Eumelia: ése que está del otro lado, donde también está la papelera. Pero apúrese que no le va a dar tiempo. No creo que vaya a estar abierto mucho rato, sumó el periodiquero pero Hernández había echado a andar y no escuchó esta advertencia.

Apenas entrar al sitio que le habían recomendado, Hernández sonrió pensando que habría, sin planearlo, de resolver allí un par de problemas: comer algo, ganando así un poco de tiempo, y comprar de a una el papel con el que habría de envolverle a Romina su regalo. Si al final se arrepiente, con el regalo igual y cede, pensó ordenando unos huevos. Luego se sentó observando, en la vitrina que ocupaba el otro lado del local, los rollos de papel para envoltorio.

Fue uno azul el que al final hizo que Hernández se parara, se acercara al mostrador y le hablara a la encargada, cuya atención yacía petrificada en una tele: ¿me vendería un metro de éste? No se puede, respondió la dependienta, prima hermana y sobrina de doña Eumelia al mismo tiempo, sin mirar apenas a Hernández: estos papeles son para los niños.

Además estoy mirando las noticias. Y usted no es de estas partes, no me gusta comerciar con los de fuera, se entercó la vendedora, sin dejar de ver la tele un solo instante. Para los niños, qué cagada, soltó Hernández sonriendo: los de fuera… deme pues un metro de éste. No se puede, ya le dije, repitió molesta la encargada, volviendo por primera vez a Hernández su semblante.

¿Y si traigo un niño a que lo compre?, preguntó Hernández entonces, volviendo el rostro hacia la plaza, sonriendo incrédulo y buscando el sentido oculto de aquella situación en la que estaba. ¿Lo usaría usted o el niño?, inquirió la dependienta acercándose al mostrador pero regresando la mirada hacia la tele, donde el conductor del noticiero local advertía: será otro día complicado. Es para mí, no para un niño, se lo decía nomás de broma, explicó Hernández: necesito envolver.

Pues no me esté insistiendo entonces, mentiroso, interrumpió la papelera a Hernández: llegan de fuera y traen sus malos modos, añadió la mujer dándose la vuelta y regresando a su asiento remató: no le voy a vender nada. Incapaz de molestarse a pesar de la incredulidad, Hernández pensó en insistir pero la dependienta volvió a pararse de su silla, regresó apurada al mostrador, lo ahuyentó con un leve movimiento de las manos, asomó la cabeza y dirigiéndose a la parte del local que era restaurante exclamó: otra vez están viniendo.

Derrotado, Hernández echó a andar hacia su mesa, donde doña Eumelia servía justo los huevos que ya no habrían de ser comidos. Están diciendo que ahora mismo, lanzó la papelera a espaldas de Hernández, quien justo entonces observó cómo doña Eumelia avanzaba un par de pasos, se paraba bajo el marco de la puerta y paseaba su mirada por la calle: más bien ya otra vez llegaron.

En un par de segundos, la dependienta y doña Eumelia bajaron la cortina del local que compartían, apagaron las luces interiores, se acercaron apuradas a Hernández, lo tomaron de los brazos, le dijeron, con sus voces vueltas coro: lo sentimos pero no puedes quedarte, lo arrastraron sin violencia a la trastienda y lo lanzaron a la calle.

Alguien le dijo a Hernández, quizás uno de los hombres que corría en sentido opuesto al de la plaza: ¿qué estás haciendo ahí parado? Y alguien más sumó después: córrele que están ellos viniendo… se bajaron y andan revisando en todas partes.

Incapaz de comprender qué estaba sucediendo, Hernández echó a correr tras los hombres que recién le habían hablado y que apuraban a unos metros sus escapes. Un par de cuadras después escuchó las primeras explosiones y el estallar de las metrallas. El miedo encogió sus entrañas, amenazó paralizarlo e hizo crujir sus juntas ateridas de repente.

Romina, pensó Hernández, sin dejar de apresurar el ritmo de su marcha: tengo que llamarla, añadió para sí mismo, sacando su teléfono en medio de la calle y escondiéndose después en un portal se dispuso a marcar pero alguien, quizás una mujer que iba corriendo con dos niños en los brazos, le dijo: no te canses… ellos cortan el servicio.

Completamente extraviado, Hernández guardó su teléfono, sacó el mapa en el que Romina también le había escrito su dirección y echó a correr enfebrecido, escuchando, aun así, los disparos y estallidos cada vez más cerca. Un par de pasos por delante de su cuerpo, la mujer tropezó con una grieta, cayó al suelo de boca y sus dos hijos rodaron por el suelo.

Ayudándola a pararse, echándose a uno de los niños a los brazos y corriendo como nunca había corrido antes, Hernández preguntó a la mujer si no sabía cómo llegar de ahí a Arteaga 17. Tienes suerte… estamos cerca… da la vuelta aquí nomás y síguete derecho… cinco… no… deben ser como unas cuatro cuadras. O acompáñame y me ayudas con mi niño… en mi casa puedes esconderte.

Lo siento… de verdad, soltó Hernández deteniéndose un segundo, observando a la mujer y dejando al pequeño sobre el suelo: era incapaz de imaginar que esa decisión que estaba tomando justo ahí, sin dudarlo ni siquiera demasiado, podría terminar siendo la decisión más importante de su vida. Pero él quería llegar a casa de Romina. Y en la distancia se seguían acercando las metrallas y explosiones.

Doblando en la calle que la mujer le había indicado, Hernández apuró sus piernas más allá de lo posible y a pesar de que su pecho amenazaba con partirse encontró fuerzas donde no había ni siquiera sospechado que tuviera. Así fue como llegó a la casa que buscaba, cuya puerta aporreó desesperado, gritando una y otra vez el nombre de Romina.

Pero del otro lado de la puerta no se oyó ninguna voz que preguntara, dijera algo o tan siquiera murmurara. La familia de Romina yacía escondida en el baño de su casa. Y aunque escuchaban el escándalo de Hernández, antes habían oído también las advertencias del jefe de familia: no quiero escucharlos… ni siquiera quiero oírlos que respiran.

No sabemos quiénes son los que hoy vinieron, los que andan en la calle, había añadido el padre de Romina, observando fijamente a su hija, quien se echó a llorar en silencio y quien al oír a Hernández a lo lejos fue sumiendo de a poco la cabeza entre los brazos. Si supiéramos al menos si son ellos, susurró entonces el jefe de familia: pero esta vez no lo sabemos, no podemos arriesgarnos.

Cuando finalmente aceptó que no abrirían la puerta que pateaba y que aporreaba con los puños apretados, Hernández recordó a la mujer y a los dos niños que dejara abandonados. Tan perdido como ansioso, echó a correr encima de sus pasos pero alguien le gritó, tal vez la mujer que había subido hasta su techo: al otro lado… mejor corre al otro lado… por allá están viniendo.

Antes de que Hernández procesara esta advertencia, estalló en algún lugar el llanto de otro hombre y en la esquina aparecieron los que hacían correr a todo el pueblo. Dándose la vuelta, Hernández puso a andar sus pies en sentido contrario pero de golpe se detuvo: también en esa esquina estaban ellos.

Paralizado, sintiendo cómo su vejiga amenazaba su aguante, Hernández esperó a que aquellos hombres se acercaran al lugar donde él estaba. Cuando finalmente llegaron, quiso decir algo pero alguien más volvió a adelantarse a sus palabras: quizás el hombre que después partió su boca en dos con la culata de su arma.

Antes de que sus ojos se cerraran y su consciencia se entregara a la nada nuevamente, Hernández vio alejarse a ese hombre que recién lo había castigado y luego oyó las risotadas de dos niños pequeños, quienes también venían armados.

Aferrándose al mundo con un delgado hilo de asombro, Hernández alcanzó a escuchar la voz de una mujer que ordenaba: súbanlo con todo y esas cosas… no debe ser de aquí del pueblo.

Hernández ya no supo cómo lo arrastraron, cómo lo amarraron de los pies y de las manos ni cómo lo aventaron dentro de una camioneta.

Volvió en sí dos horas más tarde, cuando alguien, quizás alguno de los niños que se habían reído antes, le echó encima un cubetazo. Pero cuando por fin abrió los ojos no había nadie enfrente suyo.

Ante Hernández había sólo un tiradero: habían vaciado su maleta en el solar donde él estaba. Alzando la mirada, contempló el sol un breve instante y sintió que el cuerpo entero le escocía. Así descubrió que no traía su camiseta, que le habían quitado los zapatos y que le ardían las muñecas y los tobillos.

Un par de minutos más tarde, la mujer que había ordenado traerlo apareció en el solar. Escupiendo las semillas de una mandarina, brincó la ropa, se inclinó ante Hernández y en voz baja murmuró: tú no eres de estas partes. Luego se colocó tras él y utilizando una navaja cortó las cuerdas que lo ataban.

Párate y sígueme allá dentro, ordenó y fue así, escuchando otra vez aquella voz, que Hernández comprendió que aquel hablar le recordaba a otra persona o que ese hablar lo había escuchado antes. Quizá sea esa mujer que, pensó Hernández: no… más bien habla idéntico a Romina. O a su madre.

Antes de que pudiera dar más vueltas a esa tontería, ese absurdo al que intentaba aferrarse para no pensar en otra cosa, para no estar donde estaba, Hernández se encontró dentro de un cuarto. Además de él y la mujer a quien seguía, allí lo estaban esperando una docena de adultos y unos tres o cuatro niños.

Un nuevo golpe impactó a Hernández en la boca del estómago y doblando las rodillas cayó al suelo. Arañando la tierra, intentó recuperar el aire que recién había perdido, tragarse luego la saliva que escurría entre sus labios y secar después sus ojos empapados. En torno a él revoloteaban varias risas.

Alguien dijo, quizás el hombre que hacía de jefe en aquel oscuro cuarto: así que vienes a cogerte a nuestras viejas.

Sorprendido y aterrado, Hernández pensó, sin saber por qué lo hacía ni tratar tampoco de explicárselo a sí mismo, que esa voz que ahora le hablaba ya también la conocía, ya también la había escuchado.

Quizá sea la de ese hombre que me dio antes en la calle, se dijo Hernández escuchando cómo iban callándose, una detrás de otra, aquellas carcajadas que en torno a él revoloteaban: no… es el chofer… el que me trajo… o no… es el padre de Romina, insistió en su mutismo: lo he escuchado en el teléfono.

¡Te estoy hablando, hijo de puta!, gritó la voz y esta vez, en lugar de golpear a Hernández, el hombre alzó su rostro y blandiendo ante sus ojos varios paquetes de condones y una caja de viagra repitió: ¿vienes o no vienes a cogerte a nuestras niñas?

Antes de que Hernández atinara a decir algo, el hombre le dio un par de cachetadas: ¡pues cómo ves que no se puede! ¡Aquí tenemos otras reglas!, añadió repitiendo su castigo, esta vez con las dos manos vueltas puños: ¡aquí somos nosotros los que todo lo mandamos!

¿Y sabes qué mando ahora?, preguntó el hombre alejando al fin el rostro de Hernández y observando al resto de presentes: que alguien pida ser primero.

Alguien, entonces, quizás el que había amarrado a Hernández, se adelantó al resto de las voces.

Y los que estaban ahí sobrando fueron dejando de a una el cuarto.


*Este cuento fue publicado en: La superficie más honda © 2016, Emiliano Monge, Penguin Random House Grupo Editorial.

Estaban borrachos cuando él se lo propuso. Ir a una parroquia de pueblo y pedirle a un cura que los casara ese mismo instante, luego volver al Guan Zhou y continuar bebiendo como si nada hubiera sucedido. A ella le pareció la idea más divertida del mundo.

Esperá, dijo, casi desmayada sobre su propio brazo. Primero me acabo esta cerveza.

Las moscas zumbaban alrededor de las botellas vacías apiladas en la mesa. Ese día faltaron a la universidad. Tampoco habían ido el día anterior. Estaban celebrando; él acababa de regresar de su gira de un mes en bus por todo el país acompañado por Uzi y Sergio, sus amigos de la infancia. Le contó lo que le había ocurrido: se le acabó el dinero justo al final del viaje y tuvo que vender sus pertenencias —una bolsa de dormir, una mochila, una navaja Victorinox— para pagarse el ticket de regreso. No le quedó más remedio que dormir en el pasillo del bus, tiritando de frío, sin ningún abrigo. Le había pedido permiso a una chola para taparse con los refajos de su pollera. La mujer lo rechazó, indignada.

Ella se reía muchísimo con sus historias. En la rocola sonaba «Rezo por vos»: colocaron suficientes monedas en la máquina como para asegurarse de que solo pasaran sus canciones favoritas toda la tarde. Él le puso la mano sobre la pierna, como al descuido. Ambos habían sido infieles y de algún modo lo sabían, pero en ese momento no importaba. Ya habría tiempo para corregir errores.

Se decidieron por la carretera a La Guardia después de echar una moneda al aire. Nunca antes habían tomado esa ruta por su cuenta. Se detuvieron a comprar más cervezas en el camino; él las pagó. Iban peleando por el control de la radio.

No me dejás conducir, protestó él. Nos vamos a chocar.

Vieron a un hombre parado al lado de la carretera y él se detuvo para recogerlo.

Estás loco, dijo ella, de mal humor.

Hoy por ti, mañana por mí. La ley de la carretera.

Boludo. No tengo ganas de jugar a la buena samaritana.

Él se inclinó para besarla. Al hacerlo, le pasó una mano por la cabeza y le jaló el cabello. Ella lo mordió.

¿Adónde van?, les preguntó el hombre del otro lado de la ventanilla. Su ropa estaba manchada de grasa, como si hubiera estado trabajando debajo de un automóvil.

A casarnos, dijo ella, bebiendo de su lata de cerveza.

El hombre se les quedó mirando.

Suba, ordenó él. Lo llevamos.

El hombre era taxista. Se le había arruinado el auto y les pidió que lo acercaran hasta una gasolinera. Le invitaron una lata, y él permaneció en silencio durante los siguientes veinte minutos. Antes de bajarse quiso pagarles, pero ellos no lo dejaron.

Rece por nosotros, gritó ella, agitando la mano por la ventanilla, mientras el hombre se convertía en un punto en la distancia.

Boluda, se rió él. Si no creés en Dios.

Y qué.

Dejaron atrás varios pueblitos. Cruces con coronas de plástico florecían a los costados de la carretera. La luz se fue haciendo anaranjada; era el final de la tarde. Ella le pasó otra cerveza. Nunca se habían quedado a dormir juntos luego de hacer el amor. Ella siempre recogía sus cosas de prisa y regresaba a casa de su madre con las primeras luces, manejando en zigzag y con el viento del amanecer en la cara, la música a todo volumen para no caer en la ensoñación del cansancio y la borrachera. No había querido acostumbrarse a despertar a su lado. Lo nuestro no es el futuro, pensaba.

Hijo de puta, gritó él de pronto, tratando de esquivar al perro que acababa de saltar en media carretera. Las llantas del viejo Ford Fiesta patinaron y la frente de ella rebotó contra el borde de la ventanilla. El automóvil quedó atravesado en la ruta, como un insecto abandonado bajo el sol. Ella se frotó la cabeza; más allá del sobresalto, no parecía nada grave. Él miró con disgusto la cerveza derramada en los asientos.

Le diste, dijo ella, llena de reproche.

No tengo idea, contestó él, mareado por la maniobra.

Yo lo escuché. Le diste. Lo mataste.

Un aullido apagado provino de la parte trasera del Ford Fiesta.

El perro, chilló ella, nerviosa.

No me pienso bajar a averiguar, dijo él, y retrocedió para sacar el vehículo de la vía equivocada. El auto dio un ligero tumbo al pasar por encima del animal.

Ohhh, gritó ella, y se cubrió los oídos con las manos.

Mejor para él. Se acabó su sufrimiento.

Qué horrible, dijo ella.

Él sacudió la cerveza de su ropa y subió el volumen de la radio. Ella permaneció inmóvil en su asiento, despeinada por el brusco movimiento.

Esa estuvo cerca, dijo él, y abrió otra lata de cerveza. Hay gente que se ha muerto en este tipo de accidentes.

Ella no respondió. Él solo se dio cuenta de que algo andaba mal cuando, algunos kilómetros más adelante, se volcó para hablarle y notó que ella lloraba.

Y ahora qué, dijo él, frenando en seco.

Esto no va a funcionar. Quiero bajarme.

Y yo qué he hecho.

Dejame en paz.

Él descendió del auto y se apoyó contra la puerta. Encendió un cigarrillo. No sabía dónde estaban. La carretera se extendía interminable. Se sintió exhausto y aburrido.

Bajate, dijo.

Ella se secó las lágrimas con el reverso de una mano.

¿Ya no vamos a casarnos?, preguntó.

Otro día, contestó él, conteniendo su irritación.

Analía bajó con un portazo y comenzó a caminar sobre el asfalto, en dirección a la puesta de sol. Diego dio marcha al motor y enfiló de vuelta a la ciudad. Le esperaba un largo camino. Ella giró y le arrojó la lata de cerveza. No acertó. Por suerte llevaba su discman en el bolsillo; esta vez no sabía cuánto tiempo le tomaría regresar a casa.

Later in the night he saw, strangely, the picture of himself as he had been before she came.  

He thought: ‘She has the power to wake the dead.’  – Tanja Blixen, Tempests

Aeropuerto, hoy, noche

En el Este cada día es distinto, dicen los libros antiguos. Está hecho de islas, cada isla es distinta, en cada una vive una bruja, y yo conocí a una de ella.

Se hacía llamar Gabriela Sloane, somos viejos ladrones y nos habíamos encontrado en un parque de Roma mientras se llevaban a cabo las indagaciones de un robo grandioso, sin saber enseguida que tampoco el otro tenía otra intención, ni dominaba otra cosa, que robar. Yo ya me había manifestado criminalmente una vez en su isla del Este, sin sospechar que ella había nacido allí en el año 5502 (bajo el nombre de Pesach Slabosky) y que había pasado allí su infancia de bruja. Mientras que ella estaba metida en su sótano como una zarigüeya, engrasando su Desert Eagle y mordisqueando un pancito mohoso y reseco, yo cenaba y me emborrachaba en el penthouse con Frobart, nuestra víctima. Ella venía desde abajo, cavando túneles, pasando a la fuerza por caños, pernoctando en sótanos, mientras que yo empezaba a trabajar directamente arriba, con cascadas de palabras cultas, halagos, una fingida nobleza de carácter. Desde siempre que he querido dominar el mundo, derramándome sobre él como agua de baño perfumada. Ella, en cambio, lo único que quería era robar y asesinar con toda tranquilidad y practicar sus sangrientas venganzas; hasta hoy no he descubierto para qué, nuestros modos de proceder eran muy diferentes. Pero a veces, en nuestras horas de gloria, ambos éramos jóvenes juntos y estábamos enamorados de la eternidad, porque nos separaban una y otra vez.

Gabriela Sloane, aquí estaba ahora con su conjunto verde en la sala de embarque del Leonardo da Vinci, no se le notaban los sótanos cuando emergía de ellos, ahora andaba quizá llegando a los treinta años, engañosamente joven, engañosamente pequeña, tensa como un resorte, el pelo y los ojos de un negro luminoso, y si yo guardaba aún alguna duda de si esta ladrona y asesina de una hora de gloria estaba capacitada y era mi amante, la mujer odiada, perdida y vuelta a encontrar, sus ojos desvergonzados no dejaban ni que surgiera esa duda. Cada una de sus miradas llegaba profundo; incluso el que a su lado succionaba ávidamente un periódico, y al que ella examinó con desconfianza, perdió de inmediato el dominio sobre su desconsolado interior y percibió los pensamientos asesinos de ella como una tinta negra que se expande en el agua. ¿Veía ella en él un peligro, un perseguidor? Nadie me puede haber seguido, seguirme a mí es completamente imposible, leí en su triste sonrisa del Este, que es tan antigua como los libros. Dos cadáveres, Frobart y señora, la Piazza Bologna en estado de agitación policial, con su furia pistolera me había puesto también a mí en gran peligro, apenas si lograron salvarme mi traje de noche y la nube de severa Eau de Toilette en la que estaba envuelto. Un killer no se pone un Terre d’Hermes cuando sale a hacer su trabajo, dedujeron los uniformados tras largas deliberaciones.

La seguí hasta el Duty Free Shop, oscurecido por sentimientos antiguos y poderosos como telones negros. Al fin quedamos enfrentados entre Baci di Dama Nocciola y Romantica Seifen. Pero ella se apartó para oler los jabones.

– Hola, Pesach.

­– ¿Lo conozco?

Entendí. Era más divertido si volvíamos a no creerlo, a no querer comprenderlo, si recelábamos el uno del otro y negábamos la alegría. Es que no solo somos ladrones, sino que por supuesto también somos mentirosos y soñadores, que se aceptan mutuamente como tales (pero nunca, hasta donde recuerdan mis sentimientos, estuvimos casados, como es práctica común entre mentirosos).

– Nos vimos en el parque que está delante de la casa de Frobart – dije – disfrazados de transeúntes. Tú tenías un visor nocturno, yo no.

Ahora ya no olía los jabones, sino sus negros mechones de pelo, toda inocente y absorta, como si el aquí y ahora en el Duty Free de un aeropuerto de noche excediera su imaginación. Desde siempre que ha sabido cómo transformar su así llamada “conciencia” en narcótico de un momento para el otro (sufría con frecuencia de pesadillas).

– ¿Dónde se consigue uno así?

– ¿Qué cosa?

– Visores nocturnos. Ya sabes que de tecnología no entiendo nada.

Se río con su risa perlas blancas y lengua roja.

– ¿Como los míos? Usted no está bien de la testa, señor pisaverde.

Qué encantadora la elección de vocabulario ligeramente anticuado, el hálito de los siglos que rodeaba a la bruja. Que ya quería irse a buen paso. Encontré su dedo meñique, del cual la retuve con mi propio dedo meñique.

– Te extrañé.

Ella observó nuestros dedos, se tomó tiempo para eso. ¿Iba a acordarse, al fin? Sin alzar la vista dijo despacio:

– Si no me suelta de inmediato, lo mataré aquí mismo junto a los jabones, pero nadie lo notará y tampoco para la humanidad será una pérdida.

Se lo creí a pie juntillas. Y dije:

– Pues bien, Gabriela. Hablemos de negocios.

– ¿De dónde sabe mi nombre?

– Porque te he robado el pasaporte.

Con satisfacción la miré revolver su cartera amarilla y sacar tironeando documentos de identificación cuya existencia jamás pudo comprender.

– Tres veces – sonreí – Pero siempre lo devolví.

Se quedó meditando frente a su pasaporte, como si la propia falsificación, la propia leyenda le resultaran ajenas, incomprensibles, un acertijo.

– ¿Quién es usted?

Je suis le poinçonneur des Lilas. Je fais des trous, des petits trous, encore des petits trous…

Y agregué:

– Y tengo la piedra preciosa de Frobart.

Desde el rabillo del ojo ella observaba todos los movimientos de unos niños llamativamente horribles, viajeritos frecuentes y malcriados, que irrumpieron en la sala apuntándose los unos a los otros con pistolas de agua. ¿Perseguidores? ¿O verdaderos niños? ¿Cómo haría para defenderse aquí de unos perseguidores en superioridad numérica? ¿Tenía un plan? ¿Algún arma invisible? ¿Cómplices que yo no hubiera visto hasta el momento? ¿Tenía un amante? La conocía lo suficiente como para saber que estaba tramando alguna cosa. Ahora además empezó a perforarme el zapato de charol con su taco.

– ¿Así que eso es lo que cree usted? Su piedra es falsa. La cambié por otra mía.

– ¿Reconoces entonces que nos conocemos? Fue hace mucho, es estremecedor, Pesach, debo pellizcarme.

Clavó su taco aun más profundamente.

– Y tú estás más bella que nunca. Por lo demás, he vuelto a cambiar tu piedra, la tuya es la falsa.

– Pero yo volví a cambiarla otra vez.

– ¿Crees que soy un amateur? Yo por supuesto que también.

– Pero yo otra vez más.

– ¿Cómo? ¿La mía no es auténtica?

– O quizá la mía. Usted me vuelve completamente meshigue.

– Gabriela, mírame, dime la verdad, ¿eres ?

Sacudió en silencio sus rizos negros. Hizo desaparecer un par de jabones en su ropa, el poder de la costumbre. Uno cayó al suelo. Ambos nos quedamos mirándolo fijo, como si hubiéramos perdido algo de valor incalculable.

De pronto Rosh Hashana

Mi nombre es Simone Frobart. He cenado con Pablo, en la Rue Gabrielle, ha hecho un bosquejo de mí, pero no me ha pintado. Tengo planeado un periodo azul, ha dicho, y tú de alguna manera no me pareces lo suficientemente azul. O sea que no es posible que haya robado el cuadro, pues no había ningún cuadro de mí, ¿entiende? Además, era el seis de octubre. ¿Usted no entiende? Se lo diré así: usted, Monsieur, anhela el nuevo siglo, mientras que nosotros no, pues ningún siglo ha sostenido jamás lo que había prometido. David y yo tenemos un hijo pequeño, un hijo bastardo, cuando sea grande quiere ser guarda de tren y hacerles agujeritos a los pasajes, más allá de eso no quiero pensar, más conversaciones sobre el futuro no quiero entablar, solo traen desgracia, siempre siento miedo, un miedo muy antiguo. A David nunca lo va a atrapar usted, hace tiempo que ya está en Biarritz o en algún otro sitio. Nosotros mismos ideamos y armamos los buscapiés, queríamos hacer un pequeño espectáculo de fuegos artificiales, solo para nosotros, es que de pronto era Rosh Hashana, la festividad. ¿No la conoce? ¿No viene a cuento? Lamento que hayamos volado por los aires el urinario público, en serio. No, no me río; sí, soy consciente de la seriedad de mi situación. David dijo: nosotros miramos el cielo nocturno, la oscuridad, pero las estrellas vencerán. Dice ese tipo de cosas. Lo admito, yo le enseñé a robar; por cierto, en una hija de alta alcurnia como yo no se llama robo, sino cleptomanía, un trastorno mental aceptado en mis círculos, es probable que de origen libidinoso. David se hacía muy el tonto al robar, y además siempre sentía compasión por las víctimas. No es cierto, por lo demás, que la compasión no sea amor, a menudo es el amor mismo. ¿No le parece gracioso que yo esté sentada aquí y que justo el que logró salvarse sea David, que es ciego? ¿Dice usted que solo se hace el ciego? Hm, ¡y tiene pruebas! Pero usted tiene pruebas para todo. Entonces David es más inteligente de lo que yo creía, pues en cuatro años no me di cuenta de nada. Iba tanteando la calle y la vida de manera tan tonta y encantadora que no quedaba más opción que amarlo, después él se enamoró de mi amor, cosas que pasan. Por lo demás, no le creo a usted ni una palabra, Monsieur, usted quiere separarnos, es algo que ya ha intentado mi padre, que es un traidor y que últimamente se persigna todas las tardes en Sacré-Coeur. David no me envió ningún billet doux, nunca tiene dinero. Nos escondimos un año entero en el sótano de mi padre, allí nuestro hijo vio la luz del mundo, fueron tiempos salvajemente románticos. Con gusto admito que fuimos vendiendo por migajas el mobiliario de mi padre, una a una de sus horribles piezas, él creía que era obra de fantasmas. Entonces, a modo de venganza, se volvió católico. Non, je ne regrette rien.

Una hora antes de su temprana muerte (la mató a golpes su padre), Simone le escribió una carta a David, con la letra vertical y oblicua, ilegible y hermosa, que había aprendido a los cuatro años, bajo un sol grande y muy querido, en otra vida, durante el exilio babilónico.

Queridísimo, me han liberado. El cuadro de Pablo está en un escondite seguro, ni siquiera a ti te revelaré dónde. Padre me ha desheredado, pero algún día venderemos el cuadro, y entonces nuestro pequeño Claude no tendrá que ser guarda de tren. Hoy, el resto del mundo celebra bailando alrededor de los faroles de gas, en el Bois de Vincennes hay fuegos de artificio, falsas estrellas de fuego que olisquean el cielo, no son nuestras estrellas, pero igual brillan. Todos gritan ¡que viva el siglo veinte!, y arrojan sus sombreros al aire. Aun cuando no estés ciego, te extraño. Nous allons changer le monde. Contéstame.

Entretanto en el Leonardo da Vinci

Gabriela Sloane y yo seguimos mirando fijo el jabón caído. El tiempo oscila un instante, como si se hubiera movido en círculos hasta sufrir un desmayo. ¿Cuándo había empezado todo esto? Yo no lo sabía. Ella tampoco lo sabía, o lo ocultaba. Nos golpeamos las cabezas al agacharnos al mismo tiempo para recoger el jabón. En el café de la sala de embarque, donde está todo prohibido menos respirar (quien nunca haya visto a las dos de la mañana el café de una sala de embarque en la que todo está prohibido no conoce los cansancios contra los cuales se mueve el planeta), nos tratamos con amabilidad. Breaking news en las pantallas, la mansión de Frobart, Frobart y su mujer como cadáveres, cada uno de ellos tiene adentro un cargador entero del Desert Eagle de Gabriela, se los llevan envueltos en lonas. Gente que opina, Frobart no era ningún desconocido, vieja familia, banco del Vaticano (una novedad para mí), de chico le había dado la mano al Duce. Bravo, digo yo, no vamos a salir de este lugar jamás en la vida. ¿Por qué nuestro avión está atrasado? Ya te han descubierto, enseguida estarán aquí. ¿Nuestro vuelo?, dice ella con esa mirada desvergonzada, con esa mirada de ¿volamos juntos? Le doy un beso. Tiene gusto a ruibarbo. ¿Creerá que voy a volver a perderla de vista ni una sola vez más? Me da un beso ensimismado que me pasa por el costado, un beso al aire.

En el Este, ruibarbo

El arte, el crimen, también el robo, se basan en (y son impensables sin) una atención y un somnolencia medio deliberadas, medio no deliberadas, una suerte de desmayada sensación temporal. Cada artista sabe cuán angosto es el borde entre la obra informe que aún dormita en la penumbra y el momento en que ya es demasiado tarde como para mejorar nada. La mayoría de los artistas y de los criminales oscilan entre estos dos estadios, pese a todas las buenas intenciones, y eso porque son demasiado haraganes, demasiado indiferentes, demasiados autocomplacientes, demasiado desatentos, demasiado vanidosos. Claro que este es un problema moral, pues todo arte y todo crimen son, en cierto modo, una lucha por la honradez, y hasta diría que por la inocencia…

Así habló Pauline, la modesta señorita de… (no se podía pronunciar su nombre, en rigor sus clases de estética no estaban permitidas, eran solo horas de tejido junto a la estufa).

Pero un beso puede cambiar el mundo, objeté con descaro.

No queremos saber lo que hacemos, respondió ella, hasta que es demasiado tarde como para cambiar alguna cosa. El espíritu humano, prosiguió, es un saco de harapos. El cuerpo, los objetos del mundo exterior, los recuerdos calientes, las fantasías cálidas, la culpa, el miedo, la vacilación, la duda, las mentiras, las pequeñas alegrías, los grandes dolores y mil cosas que casi no se pueden expresar con palabras coexisten en nosotros, coexistente también en usted, señor Frobart.

Nos hallábamos en una isla del Este llamada Weimar, donde la gente competía sin pausa por ver quién componía más poemas. La isla no era grande, estaba ubicada en un mar helado que todo el tiempo roía la isla, de modo que al final acabaría por lavarla, por disolverla, y tal vez solo quedara de ella un cristal de hielo. Me sentía incómodo en mi papel de haragán. ¿No estaba llamado a cosas superiores? ¿No llevaba en mí a un Nathan Frobart completamente distinto? A veces me arrodillaba y rezaba y pensaba: ha llegado el momento.

Luego besé a Pauline de… bajo las lilas. Ella tenía gusto a ruibarbo, que cocinaba en secreto y engullía en grandes cantidades por las noches en el sótano del castillo. Me enteré de que también ella se sentía ajena en Weimar y en su cuerpo y en el mundo. Ya habíamos estado aquí en una ocasión, creíamos, ya nos habíamos besado alguna vez bajo las lilas, en otra era. En aquel entonces éramos distintos (creíamos), intercambiábamos miradas desde ojos negros con forma almendrada, olíamos a cardamomo y mirra, a naranjas. Éramos como más azules, dijo Pauline. Como más viejos, dije yo. ¿Tenemos permitido hablar así, Nathan?, susurró ella, así hablan las brujas. No, así hablan los que aman, respondí.

Un beso cambia el mundo. De golpe el saco de harapos se ordena, todo lo interior se organiza, no hay ningún miedo, ningún temor, adentro solo hay sitio para ti.

Nos hicimos poetas, pero no escribíamos nosotros mismos. Nos servíamos de los otros, les quitábamos los manuscritos de debajo de las almohadas, les robábamos sus borradores y sus manojos de papeles. Tomábamos luego tijeras y recortábamos el conjunto en lonjas como si fuera carne curada, volvíamos a componerlo de nuevo y lo hacíamos imprimir bajo un nom de plume que he olvidado. Siempre llevábamos con nosotros una moneda para el barquero, yo en el monedero que me colgaba del cuello, ella en sus enaguas. Nuestra ansia, nuestro presentimiento de que con nosotros ocurriría algo grande, algo que conmovería al mundo, el reconocimiento universal probablemente, el sentido para el rumbo que tomarían nuestras vidas, se revelaron como correctos. Pero el camino era más largo de lo que habíamos imaginado.

En otra parte

Ahí no podíamos robar, porque estábamos muertos (asfixiados).

Retrato

Hoy es domingo. Nuestra casa no es más que escombros y ceniza, thank you, Mr. Wernher von Braun. En la Muswell Hill Broadway lloran los huérfanos. El padre está muerto, la madre no habló una palabra en siete días, hablaba con su corazón hasta que este se detuvo. Pensábamos que estaríamos a resguardo en Londres, las mujeres en colores rosados como mazapán tenían un efecto tranquilizador sobre nuestros nervios, los hombres de cuero suave y claro y levemente fruncido sonreían divertidos a veces, levantando una ceja, todo tranquilizador, también la vieja lengua del bardo, que tal vez conoce lo fuerte y estridente, pero no el ladrido. El rey Lear nunca va a ladrar, por más de que en Berlín vociferen todo lo que quieran. La tienda de mi padre, el viejo y querido Frobat’s Bookshop, puro escombros. Hurgando entre los tristes restos encuentro un viejo libro sobre la patria, las islas encantadas y las brujas maravillosas que habitan en ellas. Eran una posibilidad, estas brujas, pero mi patria no quería esta posibilidad. El retrato de una bruja sin edad, pequeña y de pelo negro azabache, con ojos que han visto muchas cosas y conocen secretos, me lleva a otra época, de cuando las islas aún estaban emplazadas bajo el sol cálido y a veces emergían del mar y paseaban por la tierra hasta establecerse en otra parte. Una mujer joven como yo, muerta hacía siglos, su nombre era Pesach.

El vuelo 0913 está listo para embarcar

De nuevo en el maldito Duty Free, escenario de los sentimientos reprimidos. Gabriela recordó que necesitaba urgentemente esto y lo otro, por ejemplo Toblerone. Pequeña competencia por ver quién podía hacer desaparecer como por hechizo más Toblerones bajo las cámaras giratorias.

– Cada vez somos mejores – dije.

– ¿Ah, sí? Escúcheme, en la caja se separan nuestros caminos. Y usted paga.

Tomó un cuadrito en miniatura, Roma bajo la lluvia, y me lo aplastó en la mano.

– Esto.

Me puse el cuadro a la altura de la cara.

– Estuviste a punto de besarme…

– …

– Es tarde, Gabriela Sloane. Usted está en peligro.

– ¿No fue siempre tarde?

– No en aquel entonces, en Babilonia – dije.

– …

– Podríamos ir a Londres y jubilarnos. Tengo un piso en Muswell Hill. O a París, ahí soy propietario de un pequeño hotel en la Rue…

– En ese parque – me interrumpió – delante de la casa de Frobart, cuando te sentaste descaradamente al lado mío sobre el banco, ¿te percataste de las palomas?

– ¿Palomas?

– ¿Te das cuenta? Todo el tiempo estás durmiendo, andas sonámbulo a través de nuestra vida, estoy podrida, tengo que liberarme de ti, me haces daño.

– ¿Palomas?

– Sí, palomas. Se paraban en semicírculo alrededor de nosotros, eran palomas bastante viejas que nos clavaban sus ojos duros. Y el cielo estaba tan azul y frío, ¿tampoco te diste cuenta? Él no nos ha perdonado. Y con esto anuncio el final irrevocable.

Ahora al fin me tocó, sus dedos (que también asesinaban) trazaron un pequeño círculo sobre mi mano, y dejó descansar su negra cabellera sobre mi hombro. Parecía como si buscara mi perdón. Por ser joven y bonita e incorrupta y por tener un futuro, mientras que yo era viejo y feo y un pecador y no tenía ninguno.

Lufthansa Flight 0913 now boarding… – la voz incorpórea.

Ay, Berlín, pensamos al unísono. Una ciudad que el destino nos había ahorrado misericordiosamente, alrededor de la cual nos había estado llevando en grandes círculos. ¿Qué buscaba ella en Berlín? A Diamond as big as the Adlon?

– ¿Eso fue Dios? – dije.

– ¿Como el mío?

– La voz.

– No lo aprendes nunca. Nosotros. Somos nosotros – se levantó – Por favor, no me sigas. Vuela a alguna otra parte, vuela a París, donde alguna vez fuimos felices, vive en nuestros recuerdos, necesito una interrupción, una pausa, de al menos un siglo, déjame simplemente sola.

– Sola… – seguí cavilando yo.

Y ella ya se había ido corriendo. Había olvidado lo rápido que podía correr, parecía como si hubiera pasado un pequeño relámpago por la sala de embarque. El resto del mundo hizo lugar, se apartó saltando, qué orgulloso estaba yo de ella. ¿Tenía razón en que necesitábamos una pausa? Primero debía convencerla de suspender los asesinatos, era algo que no estaba en nuestra naturaleza, el robo como una forma del arte era nuestra naturaleza, las palabras y las miradas eran nuestra naturaleza.

Durante el vuelo conversamos sobre visores nocturnos. Son estupendos, dijo ella, si por ejemplo trabajas en una casa con muchos sótanos, ves todo verde, es fantástico, como un sueño. La amaba cuando hablaba de cosas de la profesión, y ella lo sabía, éramos maestros de la distancia, entendíamos y honrábamos la distancia entre las estrellas en sus alojamientos nocturnos en el cielo. Tomó mi rostro en sus manos. Esta su beso no me pasó por el costado. Un beso puede cambiar el mundo, no hay momentos atemporales, aislados, encapsulados, inadvertidos, en los que podemos actuar a voluntad, para luego seguir con nuestras vidas como si no hubiera pasado nada. Hay besos de consecuencias graves. A veces hay que robarlos. Las almas que deambulan intranquilas lo saben. Y los ladrones ni hablar.

Al empezar el aterrizaje en la ciudad de Berlín, el avión empezó a bambolearse, luego a temblar peligrosamente, luego a barrenar, y todo se fue al diablo.

– Esto no puede ser cierto, Pesach, nos caemos. En medio de Europa.

– En efecto – dijo ella.

Me sacó la lengua y extrajo su moneda para el barquero de la cartera amarilla.

– Mejor que tengas tu moneda lista – dijo.

– ¿Has metido mano en esto?

– Tal vez.

– Pesach, Pesach…

– Tengo que decirte algo: también hay una bomba.

– Vamos a destruir medio Berlín.

– Puede ser.

– ¿Es realmente necesario?

Nous allons changer le monde. ¿Tienes miedo?

– Bien que te gustaría.

– Nunca hemos muerto juntos – dijo.

Yo quería decir: sí, oh sí. Pero guardé silencio. Siempre guardo silencio. No soy el único, pienso, y el otro también lo piensa, y así es como todos guardamos silencio.

– ¿Sabes por casualidad qué ha sido de nuestro pequeño Claude? – preguntó.

– Lo que siempre quiso ser, le poinçonneur des Lilas.

Je fais des trous

Des petits trous

Suspiré. Habría sido tan bello. Ella tomó mi mano.

– Baruch, por aquel entonces en Babilonia, el sol sobre nuestras cabezas, qué nuevos que éramos.

Después el avión cayó en picada con ciento veintinueve almas a bordo y explotó en lo profundo de la ciudad y extinguió muchas historias, pero solo de manera fugaz.

¿Tenemos solo una vida? Presumiblemente. ¿Podemos tejer alguna realidad cualquiera a partir de nuestros sueños y de nuestras nostalgias como en su tiempo hacían las parcas, una alfombra encantada y eterna que nos lleve volando por los aires y por los tiempos? Concluido, desaprendido. Y sin embargo, en nuestras horas de gloria somos dioses. Amamos en otra forma, bajo otro aspecto, a las personas que ya amábamos desde siempre, nada se pierde, solo cantamos una canción.

Éramos dioses. Ahora estoy solo en este sótano, sin luz, sin estrellas, sin visor nocturno, solo el pasado, que es un país extranjero. Pesach, ¿estás ahí aún? ¿O ya estás aquí? Contéstame.

Para Hanna


 

*Copyright © Martin Kluger, 2015.

*Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

Después de leer los letreros que anunciaban la cercanía de Natchez Trace, Jorge le dijo a su padre que se hallaban a punto de entrar en reserva y que lo más conveniente era llenar el tanque. Su padre asintió. Mientras me encuentre en este país, dijo, tú decides. Jorge lo miró por un instante y supo que no había caso, que a pesar de todas sus esperanzas él jamás cambiaría. Apenas vio una gasolinera, disminuyó la velocidad.

Una vez apagado el motor del Chevrolet Cavalier rojo, Jorge le preguntó a su padre si quería algo. Un paquete de Marlboro. Bajó del auto, llenó el tanque y entro a la tienda. Se acercó a la cajera, una obesa mujer que poseía, como única y suficiente belleza exterior, un par de ojos verdes de conmovedora, intensa dulzura.

Would that be all? –preguntó ella. Jorge pidió un paquete de Marlboro. Luego pagó.

Have a nice day.

You too –respondío saliendo de la tienda y retornando al Chevrolet. Hacía calor, la humedad adhería la camisa a su cuerpo, las nubes se habían ido disipando a medida que avanzaba la mañana. Gracias, dijo su padre, y encendió un cigarillo. Jorge reanudó la marcha.

–Allá vamos, Willy –dijo.

Jorge obtenía en cuatro días el BA en periodismo y su padre había venido desde Bolivia para asistir la ceremonia. Con lo poco por ver ya visto en Huntsville, la ciudad donde se hallaba su universidad, Jorge había propuesto viajar a Oxford, Mississippi, a conocer la ciudad de William Faulkner. Eran sólo cuatro horas de viaje. Su padre había aceptado. Jorge se había emocionado mucho con la idea, tanto que la tensa felicidad del reencuentro con su padre y la cercana graduación habían pasado por un momento a segundo plano: siempre había querido visitar la ciudad (y siempre algo se lo había impedido) del escritor que más admiraba, del hombre cuyo ejemplo lo incitaba a consumirse en noches y madrugadas escribiendo y a soñar con tornarse escritor algún día. Pero ahora, en la Natchez Trace, rodeado de bosques de pinos y cada vez más cerca de Oxford, Faulkner se había escondido en algún recodo de su mente y sus pensamientos y sensaciones merodeaban en torno a su padre.

Repitiendo un gesto de adolescencia, lo miró de reojo. ¿Es que siempre lo tenía que mirar de reojo? Por un tiempo, después de recibir su llamado tres semanas atrás comunicándole que asistiría a su graduación, Jorge había pensado en la posibilidad de una reconciliación. Tiene que haber cambiado, se decía, después de todo, está viniendo. Hizo planes que incluían largas charlas en algún bar, el calor de buen jazz y cerveza de barril. Le contaría de sus planes y le preguntaría acerca de su vida: ¿Cómo había sido su infancia? ¿Había participado en la revolución del 52? ¿Cómo había vivido su primer amor? ¿Y qué de sus años de exilio en Buenos Aires? ¿Todavía amaba a su madre? Eran tantas las cosas que podía preguntarle que se sintió avergonzado de saber tan poco de él: sí, había sido un imbécil incapaz del primer paso. Recordó la tarde en que había golpeado la puerta cerrada de su despacho, y una voz quebrada le preguntó qué quería, y él dijo que si le podía dar algunos pesos para el cine, y la voz respondió que sí, por supuesto que sí, y cuando se abrió la puerta Jorge vio un rostro de inconsolable tristeza, pero al rato sintió las monedas en su mano y se despidió. Nunca más, hasta ahora, había vuelto a recordar aquel rostro.

La desolación era excesiva en Natchez Trace: uno que otro auto de rato en rato, una que otra ardilla. A los bordes del camino, en extraña y fascinante combinación, árboles secos color polvo, dignos del otoño, alternaban con el esplendor primaveral de árboles pródigos en verde. Jorge se hallaba cansado de manejar. Volvió a mirar a su padre que, en silencio, fumaba y contemplaba el paisaje. Pensó que si de algo estaba seguro era de no haber sido él el culpable del distanciamiento. Recordó el encuentro en el aeropuerto, el abrazo frugal, las escasas palabras; recordó los dos días siguientes hasta el día de hoy, el retorno de esa sensación de la inminencia de una comunicación que siempre tenía cuando se encontraba con su padre: comunicación que muy pocas veces se realizaba: en general, la elusividad los regía, las palabras no eran pronunicadas, los sentimientos no eran expresados. Él no lo hacía porque esperaba que su padre tomara la iniciativa. Y su padre, ¿por qué no lo hacía? Al venir hasta acá, ¿no lo había hecho? Esa había sido la primera conclusión, pero ahora Jorge no podía menos que pensar que su padre había decidido asistir a la graduación porque quizás se sentía obligado a estar presente en ella.

Y aquí estaban, pensó Jorge, alejados del país y sin intercambiar entre ellos nada más que lo necesario, acaso contando los minutos para que la ceremonia de graduación concluyera y ambos pudieran retomar sus vidas. Pensó increparlo, preguntarle qué cuernos le sucedía, si pensaba quedarse callado hasta el día de su entierro. Pero no, sabía que no lo haría: era incapaz de esos desbordes temperamentales. En ese instante, una idea lo estremeció: al reprimirse, ¿no ponía en movimiento una cualidad heredada de su padre? ¿No se parecía a él más de lo que se hallaba dispuesto a aceptar? ¿No se hallaban unidos por medio de una compleja relación especular? Jorge se imaginó a sí mismo dentro de veinte años, sentado en silencio y fumando al lado de su hijo, mientras este manejaba un Chevrolet Cavalier rojo en dirección a Oxford.

–Hace años que no leo a Faulkner –dijo su padre–. Tengo muy buenos recuerdos de él. Un tiempo fue mi gran pasión.

–¿De veras? –dijo Jorge. Un Mazda los sobrepasó a gran velocidad; pudo distinguir que una mujer lo conducía.

–Fue en mis días de exiliado, cuando vivía en una pensión de quinta. Tú tuviste suerte. Yo no tenía un centavo para extras y mi compañero de cuarto era un cordobés que se la pasaba leyendo. Yo leía sus libros. Recuerdo un montón de novelas de Perry Mason y otro tanto de Faulkner, qué combinación. Perry Mason me gustaba mucho: lo leía y punto, todo se acababa ahí. Faulkner era otra cosa, difícil de entender, pero magnífico, magnífico. Y, ¿lo creerías?, hay frases e imágenes que jamás pude olvidar. Recuerdo, sobre todo, un personaje: Bayard Sartoris. Nunca olvidaré su melancolía, sus alocados viajes en auto, en caballo, en aeroplano… También recuerdo a Temple Drake, así creo que se llamaba, ¿no? Y el cuento de la mujer que dormía con el cadáver de su novio. Y ese otro, el del establo que se incendió y el chiquillo que no sabía si ser fiel a su padre, al llamado de la sangre de la familia, o a sí mismo.

Hizo un pausa.

–Oh, sí, Faulkner, el gran Faulkner –continuó–. ¿Sabías que por unos días quise ser escritor? Sí, estoy hablando en serio, el prosaico ingeniero que tú ves aquí quiso un día ser escritor… Pero claro, lo único que hacía era remedar torpemente a Faulkner. Después de unos meses de hacer el ridículo, renuncié. Y, lo que es la vida, al año el cordobés se fue y nunca más volví a leer a Faulkner. Pensé hacerlo varias veces, pero nunca lo hice. Y ya ves, treinta años pasaron como si nada y jamás lo hice.

Jorge quiso decir algo. No supo qué.

–Tu pasión por Faulkner me hizo recordar mucho esos días –continuó su padre, que hablaba sin dejar de mirar hacia el horizonte–. Nunca me mostraste tus escritos, pero confío en que tú no renunciarás. Confío en que lo tuyo no es pasajero y en que escribirás las cosas que yo no pude escribir. Y volverás a decir a todos, porque es necesario volver a decir de tiempo en tiempo, que entre el dolor y la nada es necesario elegir el dolor. Que amor y dolor son una misma cosa y quien paga barato por el amor se está engañando. Que no hay mejor cosa que estar vivos, aunque sea por el poco tiempo en que se nos ha prestado el aliento.

Jorge se desvió del camino y apagó el motor.

–Papá… –dijo–. ¿Me puedes mirar?

El padre, lentamente, giró su cuello y enfrentó sus ojos a los de Jorge.

–Nuestra relación no ha sido precisamente ejemplar, ¿no?

–No tenía por qué haberlo sido. ¿Conoces alguna?

–Pero podía haber sido mejor.

–Podía.

–¿Ya es tarde?

–Hay cosas de las que es mejor no hablar.

–Te quiero mucho, papá. Muchísimo.

–Ya lo sé –dijo el padre, y le tomó el hombro derecho con la mano izquierda. Fue un caricia suave, fugaz–. Ahora vuelve a manejar.

–Me gustaría charlar un rato.

–Podemos charlar mientras manejas.

Jorge hizo una mueca de disgusto, encendió el motor y reanudó la marcha.

El disgusto, sin embargo, no duró mucho. Al rato, pensó que las cosas se habían dado de esa manera y que de nada valía lamentarse por lo no sucedido. No valia la pena amargarse por todas las palabras no pronunciadas y todos los sentimientos no expresados. Más bien, todo ello le daba más fuerza y significado a los escasos encuentros que se daban entre ellos. Habrá más Faulkners, se dijo. Es cuestión de excavar.

Enfrentando con la mirada la excesiva, intimidatoria belleza que los cercaba, Jorge dijo en voz alta que el día era muy hermoso.

–Sí –dijo su padre–. Muy hermoso.

Y Jorge esbozó una sonrisa ambigua, acaso sincera, acaso irónica.  

La casa se estaba viniendo abajo y uno, a cierta edad, no hace nada para evitarlo. Pero lo cierto es que los platos sucios se juntaban en la cocina, no había nadie que hiciera mi cama y empezaban a faltar camisas en el placar. Creo que nos salvábamos de las hormigas sólo porque vivíamos en un piso alto. Ocho días después, mamá me pidió que la acompañara a ver si le había pasado algo. Estaba preocupada. Yo la veía cruzar el pasillo o parada en mitad de su cuarto, en camisón, como si hubiera olvidado dónde estaban sus pantuflas y eso fuese algo aterrador. Si no había hecho nada hasta ahora no era por desidia, sino más bien una manera de seguir esperándola.

–¿Y cómo no tenés el teléfono? –le pregunté.

–Nunca lo necesité.

Mamá es así. Da todo por sentado. Elda no tenía la costumbre de faltar y cuando lo hacía avisaba por lo menos con un día de anticipación. En los veintidós años que llevaba trabajando en casa nunca había dejado de llamar.

–Está bien, vamos –le dije. No quería que fuera sola. Pensé que eso me pasaba por ser el último en irme. Antes fuimos al cuarto de servicio y revolvimos sus cosas. Al parecer, todas seguían ahí: el delantal rosa que mamá le había hecho dejar de usar, un cuaderno con anotaciones y cuentas, unos perfumes. Y quizás el último televisor en blanco y negro de la tierra. Cuando terminé de bañarme, las llaves del auto estaban sobre mi cama. No entendí si me estaba apurando o si tenía miedo de que me arrepintiera. Mientras bajábamos en el ascensor traté de hacer un recuento de todos los recuerdos que tenía de Elda. Me sorprendió que fueran tan pocos. No podía evocarla, por ejemplo, el día que me recibí, pero sabía que ella había puesto la mesa y cocinado para mis amigos que aparecieron esa noche para festejar. Y después cuando ya todos se habían ido y nosotros dormíamos, había limpiado y ordenado la casa en silencio. O cuando tuve meningitis mientras mamá y papá estaban de viaje (uno de esos intentos de reparar lo irreparable). Entonces el recuerdo no es más que una sucesión de días y noches de fiebre, invariables, de televisión prendida las veinticuatro horas, de unas manos que me abrigan y me dan de comer, pero sin una cara distinguible.

Mamá traía en su mano un papelito con la dirección. Estaba arrugado y algunas de las letras y números se habían borroneado. La única certeza que teníamos era el nombre del barrio.

–No te preocupes. Preguntando llegamos.

Desde que se fue papá, aprendí a recitar fórmulas de aliento. Me miró de reojo, sonriendo, y sentí que si le sostenía la mirada un segundo más, iba a destapar, uno a uno, mis secretos. Aunque el auto era de ella, yo era el único que lo usaba, a excepción de alguno de mis hermanos. Existía entre los dos el acuerdo tácito de que tenía que pedirlo prestado toda vez que quisiera usarlo.

–¿Vos le pagaste, no?

Doblamos y entramos en la avenida. No me miró.

–¿A quién?

–A Elda.

–¿Cómo no le voy a pagar?

–No sé, tal vez te olvidaste. Puede pasar…

Pero no respondió.

–¿Se habrá ofendido por algo? ¿Algo que le hayas dicho?

Mamá y Elda podían estar el día entero sin hablarse, pero siempre una sabía lo que estaba pensando la otra. Elda servía el té o la cena a la hora que mamá creía que era la hora adecuada. Entraba en los cuartos a ordenar y a limpiar cuando estaba segura de que no molestaba. Se repartían la casa por horarios.

–¿Qué sabés de Elda?

–¿Cómo qué sé de Elda?

–Me refiero a qué sabés de su vida.

Pasamos por una zona de fábricas, cerca del río. Las columnas de humo de las chimeneas se torcían hacia el sur. Oímos la bocina de un barco que no sabíamos si llegaba o se iba.

–Poco –dijo.

Se quedó pensando varios kilómetros. Con el sol de costado, vi extenderse una zona de sombra en su cara.

–Sé que nació en Paraguay, en un pueblito que da al río… El nombre significaba Sol Alto, o algo así, pero no sé cómo se dice en guaraní –hizo una pausa y me miró entusiasmada antes de continuar–. Sé que tiene cuatro hijos. También varios nietos, nueve creo. Está separada desde hace varios años. Él era carpintero o plomero, no me acuerdo muy bien. Cumple años en febrero –contó con los dedos–. ¿Cincuenta y ocho?

No parecía muy segura. Desde una curva, antes de salir de la autopista, vimos un terreno en construcción. En el centro, habían cavado un pozo gigantesco, que más bien parecía el cráter de una bomba. Calculé que el futuro edificio tendría al menos quince, veinte pisos.

–Parece que le pegaba.

–¿Quién?

Cuando bajamos de la autopista, faltaba todavía la mitad del viaje. Y venía la parte que no conocíamos. A medida que nos alejábamos de la ciudad, la señalización era cada vez más imprecisa y empezaban las calles de tierra. Paramos en una panadería a comprar facturas.

–No podemos caer con las manos vacías. Estuve de acuerdo.

–Alguna con dulce de leche.

–¿Creés que le haya pasado algo? –me preguntó.

–No sé. No creo.

Pero entonces tuve la visión de un accidente terrible, en el que dos autos chocaban y se repelían por la violencia del impacto. Quedaban al borde de la ruta, enfrentados. No se veía a nadie moverse adentro. Entonces empezaba a salir humo de las cabinas, lentamente. Y unos minutos después, el fuego. Ninguno de los autos que pasaban por la ruta se detenía.

–Si vuelve, voy a prestarle más atención.

Pasamos por un barrio de casas iguales, con sus tanques de agua arriba, imitando chimeneas. Algunas estaban habitadas pese a que parecían a medio construir. Llegamos a una calle muy angosta, en la que los autos que venían de frente nos obligaban a tirarnos contra la banquina. Desde sus asientos, con el parabrisas de por medio y las manos aferradas al volante, los conductores nos miraban. Era evidente que no sabíamos adónde nos habíamos metido. Cada dos o tres cuadras, mamá bajaba del auto para poder ver los números de las casas. No se veían los carteles o no seguían en orden la numeración. En una esquina, bajé la velocidad y le pregunté a un chico en bicicleta si sabía dónde era la casa de Elda Rubatto. No podía estar muy lejos. Se acercó a la ventanilla, miró hacia las casas que tenía a sus espaldas, y se tomó todo el tiempo del mundo antes de responder.

–Es esa.

La chica que nos abrió la puerta tendría veinte años, no más. El pelo negro, lacio le llegaba hasta los codos. No la había visto nunca en mi vida y sin embargo había pronunciado mi nombre. A mamá le había dicho señora. Hizo un gesto excesivo con la mano, invitándonos a pasar. Cerró la puerta detrás de nosotros y la habitación, que ya era oscura, se apagó todavía un poco más. Elda apareció desde la cocina, limpiándose las manos con un repasador. No parecía sorprendida de vernos y tuve la impresión de que nos esperaba.

–Señora, ¿cómo le va?

–Elda… ¿Qué te pasó? –dijo mamá, sobreactuando su angustia–. Hace más de una semana que…

Pero Elda no la dejó seguir. Nos dio un rápido beso y presentó a Romina, su hija, la chica que nos había abierto la puerta. Después, fue llamando uno por uno a sus nietos, que se presentaron enseguida en la habitación. Estaban agitados como si hubieran venido corriendo desde una distancia incalculable. Sus nombres me entraron por un oído y salieron por el otro, pero todos llevaban en sus gestos la herencia de la abuela. Se quedaron, impacientes, hasta que les dio permiso para irse.

Una vez que nos quedamos solos, Elda dijo que quería mostrarnos la casa. Parecía tan entusiasmada con la idea de ser anfitriona que era imposible decir que no. Acompañados por ella, recorrimos varias habitaciones. Entrábamos en una. Mamá hacía un comentario: qué lindo o mirá qué cómodo o simplemente movía la cabeza, aprobando todo lo que veía. Salíamos. Entrábamos en otra. Los techos tenían alturas desiguales, los pisos estaban hechos con materiales distintos, como si la casa se hubiera construido por etapas, a lo largo de mucho tiempo.

Mamá, como siempre, se dio cuenta antes que yo. En su mirada, en su forma de mover las manos, supe que algo andaba mal. Miré de nuevo la habitación en la que estábamos, como por primera vez, tratando de ver lo mismo que ella. Entonces fue cuando empecé a ver cosas que había visto alguna vez en casa. Adornos, pequeños objetos. Al principio, unos pocos acá y allá. Nada de valor ni importancia. Pero cuando acostumbré la mirada, a medida que avanzábamos, vi muchos más, por todas partes. Se iluminaban en mi cabeza, se ordenaban, al igual que en un mapa, con fechas y referencias. Un cenicero de vidrio. Un juego de cajitas de madera que mamá coleccionaba de sus viajes. Un cuadro horrible de un paisaje lacustre que había pintado mi tía o mi tío, ya no recuerdo. Una silla que hubiera jurado haber visto en la baulera apenas unos días antes. Traté de hacer un balance de cuántas de esas cosas se había desprendido mamá voluntariamente y cuántas habían desaparecido con el correr de los años, sin que lo hubiéramos notado. En ese punto, cerré los ojos. ¿Para qué seguir contando? Y sin embargo, tenía la sensación de que todavía faltaba ir un poco más allá. Cuando volví a abrirlos estábamos en otra habitación. Había avanzado hasta ahí a ciegas. Y entonces entendí lo otro, lo que mamá también ya sabía: que toda la distribución de la casa imitaba la de nuestro departamento. Por eso la había aceptado con naturalidad y la había recorrido mecánicamente como si fuera mi casa. Era admirable cómo en espacios tan pequeños habían colocado los muebles en la misma posición o cómo un espejo ocupaba la misma pared, mirando hacia el mismo lado, en casas distintas.

Quise seguir, adelantarme al grupo, porque de algún modo creía saber lo que venía. Atravesamos puertas, llegamos a un patio. Al fondo del terreno, bajo el sol de la tarde, varios hombres trabajaban en la construcción de una nueva casa. Estaban bañados en sudor. Parecían exhaustos pero sus brazos no se detenían, como determinados a completar la obra antes de que los sorprendiera la noche.

–Mis hijos –dijo Elda.

Desde lejos, saludamos con una mano mientras usábamos la otra de visera. A esa hora los rayos venían de frente. Ellos se detuvieron apenas un instante para responder el saludo y volvieron al trabajo.

Deshicimos el recorrido en silencio.

–Romina. Vamos a tomar té por favor.

Le hablaba a la hija como mamá le había hablado a ella. Siempre con respeto y hasta cariño, pero también con autoridad. El resto de la tarde, hablamos de cosas sin importancia. En algún momento pregunté por el baño, por educación, porque yo ya sabía dónde estaba.

–Por allá.

En los estantes de una repisa vi fotos nuestras entre las de sus hijos. Me vi en mi primera comunión. Cuando recibí mi diploma en séptimo grado. A mi hermano esquiando con amigos. Los cinco en una cena de navidad prehistórica, antes de que se fuera papá. Algunas de las fotos estaban tan cerca de otras que daba la impresión de que todos nos conocíamos, que éramos parte de una misma gran familia.

Cuando salí, Romina apareció de una puerta y me agarró de la mano. Pasamos por un pasillo y lo que parecía una galería hasta un patio más pequeño que el anterior. No habíamos estado en esa parte de la casa. Tres cables cruzaban a la altura de nuestras cabezas con ropa colgada. Reconocí un pulóver que había usado muchos años atrás.

–Vos no te acordás de mí –me dijo.

Hice un esfuerzo, busqué su cara entre todas las caras que conocía.

–Sí –le dije–. Cómo no me voy acordar.

–Mentiroso… Cuando eras un nenito así, mi mamá me llevaba a tu casa. No tenía a nadie con quien dejarme y la señora le daba permiso. Me acuerdo que jugábamos en tu pieza toda la tarde. Me prestabas tus juguetes, pero siempre que estuviera cerca, nunca me dejabas llevarme ninguno.

¿Qué podía decir? Se hizo un silencio, pero no fue incómodo. El viento aleteó varios segundos en las sábanas suspendidas hasta que todo quedó quieto. Podría haberle dado un beso. No era fea. Hubiese sido un buen momento en una telenovela, pensé, con un cinismo que no he vuelto a tener desde entonces. Pero no lo hice y volvimos adentro, sin mirarnos.

Mamá ya estaba de pie, esperándome. Por su cara, entendí que se habían agotado los temas de conversación o que ya no tenía sentido seguir en esa casa. Romina pasó de largo, sin despedirse, recogió las tazas y después oí el agua correr en la cocina.

–¿Vamos?

–Vamos.

Nos íbamos y yo estaba sorprendido de nuestra buena voluntad, de ese talento que hay en mi familia para sostener la parodia. Antes de salir, Elda se detuvo bajo el triángulo de luz de un foquito.

–Sabe señora, siempre pensé en invitarlos a casa. En tener una comida todos juntos. Allá atrás, en el patio, hay lugar para…

Giramos la cabeza simultáneamente hacia la ventana, buscando señales de esa escena que Elda había imaginado, pero ya no se veía nada afuera y el vidrio sólo reflejaba nuestras siluetas. Asentimos con una sonrisa.

Era de noche. Con amplios espacios en sombra, el barrio no nos parecía tan feo ahora. Había olor a naranjas o mandarinas, cítricos seguro. Alguien preparaba un asado a unas pocas casas de distancia. Elda nos acompañó por el sendero de lajas hasta la vereda. Algunos de sus nietos se habían trepado a la ventana y desde ahí nos miraban. Me di vuelta para saludarlos. Sus ojos brillaban como sólo pueden brillar los ojos antes de una foto. Vi dos cabezas que no había visto antes y recordé la casita que había pasando el patio. Sentí que todas las casas de la cuadra se comunicaban, que los pasillos y las puertas no tenían fin. Con un dedo, Elda nos indicó el mejor camino de vuelta, por calles iluminadas y seguras. Pero no teníamos miedo. Nos despedimos con un abrazo y promesas de que nos veríamos de nuevo.

–Gracias, gracias por todo –dijo.

Al subir al auto, vimos pasar una ambulancia con sus sirenas apagadas. Se detuvo en la esquina con una frenada brusca y retrocedió marcha atrás cien metros sobre sus huellas.

Durante todo el viaje de regreso a casa no hablamos. En un momento amagué con encender la radio, pero me arrepentí. No era música lo que quería escuchar. A medida que nos acercábamos a la ciudad, el paisaje progresaba en las ventanas. Las casas y los edificios crecían. Aparecían jardines y negocios por todos lados. Sólo cuando entramos en el estacionamiento me pareció que mamá quería decir algo. Lo noté en el traqueteo de sus labios. Siempre guardábamos el auto en el tercer subsuelo, y aquella noche, a medida que nos hundíamos en su espiral, la atmósfera se tornaba densa y oscura. Las ruedas chirriaron en todas las curvas hasta que estacionamos en el nicho correspondiente a nuestro departamento.

–Llegamos –dije.

Apagué el motor y guardé la radio en la guantera.

–Vos ya estás grande –dijo cuando ya no me lo esperaba–. No falta mucho para que te vayas. Yo sé. Y esta casa no se ensucia tan fácil. Creo que… Creo que por ahora me puedo arreglar yo sola… Un tiempo. Por lo menos hasta que encontremos a alguien.

La miré a los ojos para que supiera que la escuchaba pero no dije nada y, estirándome hacia las dos puertas de atrás, bajé los seguros.


*Este cuento fue publicado en: Familias de sereal © Tomás Sánchez Bellocchio, Editorial Candaya S. L.

Fue durante una excursión por la selva cuando ocurrió lo de mi mujer. Caía un atardecer verde, poderoso, de esos con los que uno alardea delante de las visitas. («Cómo nos cubría el sol aquella tarde, ¿verdad? Lo pasamos de miedo»). Por lo demás, nuestra barca se deslizaba silenciosamente río arriba. Yo controlaba a cada minuto mi reloj de carillón. Es una costumbre.

—Niños, ¿veis a esas hormigas comiéndose a un nativo, allí, en la otra orilla?

—Sí, papá, las vemos bien —me respondieron mis criaturas.

Hacia dónde íbamos, en realidad no lo sé, pero me prometía para mí mismo una tarde feliz en compañía de Loretta y mis dos hijos gordos. Juntos, los cuatro, escuchando el chillido de los mandriles en la espesura; quizás permitiéndonos sentir algo de miedo (ese nudo pequeño y gobernable en la boca del estómago) cuando se hiciera de noche y aún no hubiéramos establecido un campamento base. Entonces, en hora, justo como mí me gusta, probablemente seríamos capaces de descubrir dos pupilas sinuosas, de fuego, que nos acechan en la oscuridad tras una línea de árboles. Podríamos hacer una hoguera. Disfrutar de las cosas en familia.

—¿Te gustan las bestias, cielo? ¿Lo estás pasando bien? —le pregunté con inocencia a mi mujer, mientras le acariciaba en círculos lascivos el hueso de la rodilla.

Pero Loretta no me contestó. Sentada en el extremo de la barca, miraba el río con admiración, con deseo, con sus pensamientos muy lejos de allí. A mí esto me parecía muy bien, porque incluso a la mujer de uno hay que dejarla en paz de vez en cuando.

Me olvidé del asunto sin esfuerzo, y más tarde dije:

—Mirad. Una tribu que reduce cabezas nos saluda allá a lo lejos. Sed educados, chicos. Juntad las manos, a la de tres.

Eso era todo más o menos. Lo normal. Aunque recuerdo que, mientras la barca avanzaba pegada a la orilla, oímos varias veces agitarse masas enteras de árboles, como si algo gigante estuviera acechando en la trocha y la selva lo encerrara por poco tiempo. Mis hijos se quejaban bastante del esmoquin que les había obligado a ponerse. Pero he de decir que con esa apostura, erguidos como embajadores, sudando copiosamente y espantando los mosquitos que trataban de picarles en la nuca, yo veía en ellos una dignidad propia de quien está en el mundo con los dos pies, bebe dry martinis y deja su oliva limpia y reluciente. Ahora sé que hice bien. Recuerdo que un poco antes de que Loretta se levantara para anunciarnos aquello, mi hijo más gordo me preguntó si podían tirarse al agua y acercarse a los caimanes. Mis dos hijos, aunque son obesos, tienen ideas peligrosas.

—Papá, ¿nos dejas tirarnos al agua para que nos dé un beso uno de esos cocodrilos tan chulos? —dijo, poniendo cara de reptil abandonado.

—No. No os dejo.

—Por favor, papá. ¡Por favor! —gritaron a la vez.

—He dicho que no. Mirad la selva, que es magnífica.

Vi entonces, fugazmente, el movimiento elegante de Loretta. Vi cómo se levantaba en equilibrio sobre la barca y se mesaba la cabellera pelirroja, se colocaba bien el escote del vestido blanco y nos miraba en su abandono y su locura.

—No os soporto —anunció.

—¿Cómo dices, cielo? —respondí.

—Que no os soporto. No lo aguanto más. Quiero una vida.

Y entonces Loretta se zambulló con limpieza en el agua y comenzó a nadar río adelante. Es verdad que a uno le puede vencer el pánico en esas ocasiones. Resulta fácil que te entren ganas de, por ejemplo, ponerte a golpear un muro con la cabeza hasta machacarte el cráneo. Pero a mí no. En aquel instante, lo que realmente pensé fue en todos esos secretos que no conocía de ella. La verdad es sencilla: siempre había creído que no sabía nadar. En otras salidas, no sé, al mar o a la piscina fantasmal de nuestros vecinos de Baltimore, Loretta nunca expresaba ganas de bañarse. Comía aceitunas negras, hacía recortables de lavadoras para entretenerse, pero lo de meterse en el agua ni se sugería. Incrédulo, en aquel momento pude ver cómo atravesaba el río a toda velocidad, igual que una campeona de competición, y se sumergía y se elevaba, y se perdía más allá de donde podíamos verla con una libertad indómita.

—Te vas a enfriar, cielo —grité absurdamente, creyendo que volvería.

Aquella tarde de excursión sólo ocurrieron un par de cosas más dignas de ser mencionadas. Lo confieso, me sentía confuso y deprimido. El reloj de carillón se había parado sin que tuviera explicación (eso es bastante terrible), y los árboles seguían agitándose de manera extraña a nuestro paso. Fuimos encontrando los restos de la ropa de Loretta abandonados en la corriente. Trozos del vestido blanco que no tardamos en amontonar en la cabecera de la barca. Últimos mensajes a su familia. Imaginé que en cualquier momento nos toparíamos con un charco de sangre flotando en la superficie del río, signo de que Loretta había sido devorada, o ella misma había mordido en el cuello a algún animal. Pienso que así, mis dos hijos y yo podríamos meter las manos en el agua, tocar un poco de la sangre dulce de Loretta y olerla por última vez. Eso sería bueno. Sería una señal de aceptación. En cambio, no pasó nada de eso, y poco después topé con la roca de la realidad. Otra masa de árboles amarillos se agitó violentamente, como hacía un rato. Contuve la respiración cuando un primate de quince metros arrancó un peñasco, derribó con el pie un par de troncos podridos y avanzó al horizonte, con mi mujer —estoy casi seguro, porque estaba desnuda— recogida con ternura en el puño. Loretta le daba órdenes y señalaba con el brazo un lugar fuera de la vista.  En fin: el mono gigante, si no asentía, al menos parecía conforme.

—¡Un mono, un mono! —gritaron mis dos hijos, sin comprender absolutamente nada—. Mamá tiene que verlo. ¡Un mono!

Tuve que mandarles callar. Me acerqué a ellos, les miré a los ojos fijamente (con la seriedad con la que a mí alguien me miró una vez) y entonces les ajusté las pajaritas. Después hice lo mismo con la mía. Sentí que era mi obligación hablarles con voz clara.       

—Dignidad, hijos míos. Ante todo, hay que tener dignidad —Pude notar cómo me envolvía un desamparo desconocido al decir estas palabras—. A mi señal, los tres vamos a elevar la mano al horizonte. Vamos a pensar, muy entregados, que estamos sujetando una copa de dry martini. El sol y la selva tienen que reflejarse el cristal. Es lo único que nos queda.

Adentramos la barca en la orilla una hora más tarde; por primera vez solos en la selva y en todo el mundo. Me preguntaba cuándo podría explicarles la realidad a mis dos chicos. También si Loretta estaría en alguna cueva milenaria, en la oscuridad, sentada a horcajadas en la palma del primate, estableciendo ciertas reglas de convivencia. No recuerdo cuándo llegó el momento de hacer una hoguera, pero les dije a mis pequeños que se comportaran a su gusto.

—Anda, id a cazar algo grande. Así os entretenéis un rato y dejáis a papá tranquilo.

—¡Bien! —gritaron ellos— ¿Podemos destriparlo?

—Podéis —consentí—. Pero no hagáis demasiado ruido.

Ellos se aflojaron las pajaritas con alivio, se les encendieron los ojos (por un momento me recordaron a los peores animales) y se arrastraron selva adentro sin más preámbulos. Cuando estuvieron lejos, fabriqué una hoguera con una provisión de ramas secas que guardábamos en la barca. En unos minutos, las llamas verdes y esqueléticas ya se alzaban ante mí, y me encontré mirando el fuego con una tristeza que hasta ahora no había conocido. Pensé incluso en saltar hacia las llamas y desaparecer. Aún las admiraba cuando, de pronto, percibí una agitación en la espesura.

—Niños —susurré—. Ya vale de jugar con bestias carnívoras. Venid aquí.

El rugido sonó a lo lejos; suave, cristalino, atravesando como una epidemia las ramas y la trocha y las rocas azuladas de los peñascos. Un rugido tan enorme y a la vez tan familiar que durante un segundo me asustó y me hizo coger un palo afilado y ponerme en guardia. Las piernas apenas me sostenían. Pronto me di cuenta de que no era el mono. De eso nada. Era Loretta la que acababa de rugir a la noche azul, desde algún lugar desconocido.

Y aquel rugido aterrador crecía.

Unas horas después, antes de que mis hijos volvieran junto a mí y nos durmiéramos abrazados, decidí firmar estúpidamente en uno de los árboles. Con mi navaja, temblando, grabé mi nombre y el de mi mujer. Después los encerré en un corazón, muy juntos, y bajo ellos, simplemente agachando la cabeza para que nadie pudiera ver cómo se me humedecían los ojos, escribí una fecha que ya era y sería siempre como cualquier otra.


 

*Este cuento fue publicado en: Antes de las jirafas, Páginas de espuma, 2011.

Los Trenes que van de Bombay a Madrás salen de Victoria Station. Mi guía aseguraba que una salida de Victoria Station vale por sí sola un viaje a la India, y éste era el primer motivo que me había llevado a preferir el tren al avión. Mi guía era un librito un poco excéntrico que daba consejos perfectamente incongruentes, y yo lo estaba siguiendo al pie de la letra. El hecho era que también mi viaje era perfectamente incongruente, así que aquel libro estaba hecho ex profeso para mí. No trataba al viajero como a un saqueador ávido de imágenes estereotipadas al que se aconsejan tres o cuatro itinerarios obligatorios como en los grandes museos visitados a toda prisa, sino como a un ser vagabundo e ilógico, disponible para el ocio y el error. En avión, decía, disfrutará de un viaje cómodo y rápido, pero se perderá la India de las aldeas y de los paisajes inolvidables. Con los trenes de largo recorrido se enfrentará al riesgo de paradas fuera de programa y puede incluso llegar un día más tarde de lo previsto, pero verá la verdadera India. Pero, si tiene la suerte de tomar el tren adecuado, será puntualísimo y confortable, dispondrá de comida excelente y un servicio perfecto, y un billete de primera clase le costará menos de la mitad que un billete de avión. Y no olvide además que en los trenes indios se pueden tener los encuentros más imprevistos.

Estas últimas consideraciones me habían convencido definitivamente; y puede que también me hubiera tocado en suerte el tren adecuado. Había atravesdao paisajes de excepcional belleza, o en cualquier caso inolvidables por la humanidad que había visto; el vagón era de una comodidad extraordinaria, el aire acondicionado agradable, el servicio impecable. Estaba cayendo el crepúsculo y el tren atravesaba un paisaje de montañas rojas y abruptas. el criado entró con un tentempié sobre una bandeja de madera lacada, me ofreció una toallita húmeda, me sirvió el té, me informó con discreción de que nos hallábamos en el centro de la India. Mientras yo comía, él arregló mi litera, señaló que el vagón restaurante estaba abierto hasta medianoche y, si deseaba cenar en mi compartimento, bastaba con que tocara el timbre. Le di las gracias con una pequeña propina y le devolví la bandeja vacía. Luego me quedé fumando y contemplando por la ventanilla aquel panorama ignoto, pensando en mi extraño itinerario. Ir a Madrás a visitar le Sociedad Teosófica y emplear, además, dos días de tren, era, para un agnóstico, una empresa que probablemente habría sido del agrado de los extravagantes autores de mi extravagante guía de viaje. Pero la verdad era que una persona de la Sociedad Teosófica podría proporcionarme una información que me interesaba muchísimo. Era una tenue esperanza, tal vez una ilusión, y no quería quemarla en el breve espacio de un viaje aéreo: prefería mimarla y saborearla con cierta comodidad, como es preferible hacer con las esperanzas a las que nos sentimos muy apegados y que sabemos que tienen pocas posibilidades de realizarse.

El frenazo del tren me arrancó de mis consideraciones, y puede que de mi sopor. Probablemente me había adormilado unos pocos minutos y el tren ya había entrado en una estación sin que yo pudiera leer su nombre en el cartel. Había leído en la guía que una de las paradas intermedias era Mangalore, o quizá Bangalore, no lo recordaba bien, pero ahora no tenía ganas de ponerme de nuevo a hojear el libro para buscar el itinerario de la vía férrea. Debajo de la marquesina había escasos viajeros: indios vestidos a la occidental con aspecto de personas adineradas, un grupo de mujeres, unos cuantos faquires atareados. Debía de ser una ciudad importante e industrializada. En la lejanía, más allá de las vías, se veían las chimeneas de una fábrica, grandes edificios y avenidas arboladas.

El hombre entró mientras el tren se estaba poniendo en marcha. Me saludó con prisas, comprobó que el número de la litera disponible correspondía al de su billete y, después de haber comprobado que no había errores, me pidió disculpas por su intrusión. Era un europeo de una gordura fláccida, vestía un traje azul bastante fuera de lugar teniendo en cuenta el clima y un elegante sombrero. Como equipaje sólo llevaba un maletín de fin de semana de piel negra. Se sentó en su lugar, sacó del bolsillo un pañuelo blanco y se limpió cuidadosamente las gafas, sonriendo. Tenía un aire afable pero reservado, casi compungido.

– ¿Usted también va a Madrás? – me preguntó sin esperar respuesta–. Este tren es muy puntual, llegaremos mañana por la mañana a las siete.

Hablaba un inglés correcto con acento alemán, pero no me pareció alemán. Holandés, se me ocurrió pensar sin saber por qué, o quizá suizo. Tenía aspecto de hombre de negocios, a primera vista parecía tener unos sesenta años, pero puede que fuera más viejo.

– Madrás es la capital de la India dravídica – añadió –, si nunca ha estado allí tendrá cosas extraordinarias para ver.

Hablaba con la desenvoltura un poco distanciada de los europeos que conocen la India, y me preparé para una conversación basada en banalidades. Decidí que era oportuno informarle de que podíamos cenar en el vagón, prefiriendo intercalar los previsibles tópicos del inevitable diálogo con los necesarios silencios previstos por una cena consumida civilizadamente.

Mientras caminábamos por el pasillo me presenté, disculpándome por la distracción de no haberlo hecho antes.

– Oh, ahora las presentaciones se han convertido en un formalismo inútil – afirmó con su aire afable. Esbozó una leve inclinación con la cabeza –. Yo me llamo Peter –concluyó.

En la cena resultó ser un valioso experto. Me desaconsejó las chuletas vegetales hacia las que me estaba inclinando por mera curiosidad, «porque las verduras tienen que ser muy variadas y elaboradas – dijo –, y es difícil que esto pueda producirse en las cocinas de un tren». Sugerí tímidamente otros platos al azar, suscitando siempre su desaprobación. Al final consintió con el tandoori de cordero que había elegido para él, «porque el cordero es un alimento noble y sacrificial, y los indios tienen el sentido de la ritualidad de la comida».

Hablamos mucho de las civilizaciones dravídicas, mejor dicho, habló casi siempre él, porque mis intervenciones se limitaban a las típicas preguntas del profano, a alguna tímida objeción, y, fundamentalmente, al consenso incondicional. Me describió con profusión de detalles los relieves rupestres de Kancheepuram y la arquitectura del Shore Temple, me habló de cultos arcaicos y desconocidos, ajenos al panteísmo hinduista, como el de las águilas blancas de Mahabalipuram; del significado de los colores, de los ritos fúnebres, de las castas. Le expuse con ciertos titubeos lo que yo sabía: mis conocimientos sobre la penetración europea en las costas del Tamil; hablé de la leyenda del martirio de Santo Tomás en Madrás, del fallido intento de los portugueses de fundar otra Goa en aquellas costas, de sus guerras con los reyes locales, de los franceses de Pondicherry. El completó mis informaciones y corrigió algunas de mis inexactitudes sobre las dinastías indígenas citando nombres, fechas, lugares y acontecimientos. Hablaba con seguridad y competencia, y su erudición denotaba una vastedad de conocimientos que llevaban a suponer que era un calificado experto, tal vez un profesor universitario o un ilustre estudioso. Se lo pregunté de manera directa, con una ingenuidad evidente, convencido de que la respuesta sería afirmativa. El sonrió, no sin falsa modestia, y movió la cabeza.

– Sólo un simple aficionado – dijo –, es una pasión que el destino me ha invitado a cultivar.

Su voz tenía un tono dolorido, me pareció, como un lamento o una pena. Sus ojos brillaban, y su rostro lampiño parecía más pálido bajo la luz del vagón restaurante. Tenía las manos delicadas y los gestos cansados. Había una especie de inconclusión en su aspecto, algo a medio terminar, pero era difícil decir qué: pensé en algo enfermizo y oculto, como una vergüenza.

Regresamos a nuestro compartimento sin dejar de conversar, pero ahora su verborrea se había debilitado y nuestro coloquio iba intercalado de largos silencios. Mientras nos disponíamos a prepararnos para la noche, sólo por decir algo, sin un motivo específico, le pregunté por qué viajaba en tren y no en avión. Creía que para una persona de su edad resultaría más fácil y cómodo utilizar el avión, en lugar de soportar un viaje tan largo; y probablemente yo esperaba que me confesara su temor a semejante medio de transporte, como les sucede a veces a las personas que no se habituaron a él en su juventud.

El señor Peter me miró perplejo, como si no hubiera pensado nunca en ello. Luego se le iluminó el rostro de repente y dijo:

– En avión realizan viajes cómodos y rápidos, pero se salta la India auténtica. Es verdad que los trenes que hacen largos recorridos corren el riesgo de llegar hasta con un día de retraso; pero si se tiene la suerte de dar con el tren adecuado se puede hacer un viaje muy confortable y llegar con absoluta puntualidad. Y además en tren siempre existe el placer de entablar una conversación, cosa que el avión no permite.

Fue más fuerte que yo y murmuré:

– India, a travel survival kit.

– ¿Qué? – dijo él.

– Nada – contesté –, me he acordado de un libro. – Y luego dije con seguridad – : Usted no ha estado nunca en Madrás.

El señor Peter me miró con candor.

– Para conocer un lugar no siempre es preciso haber estado en él – afirmó.

Se quitó la chaqueta y los zapatos, metió su maletín debajo de la almohada, corrió la cortina de su litera y me deseó buenas noches.

Me habría gustado decirle que también él tenía una tenue esperanza, y que por eso había tomado el tren: porque prefería mimarla y saborearla largo rato, en lugar de quemarla en el breve espacio de un viaje aéreo, estaba seguro. Pero naturalmente no dije nada, apagué la luz central, dejé la veilleuse azul, corrí mi cortina y le deseé buenas noches.

***

Nos despertó la molestia de la luz encendida de repente y una voz que pedía algo. Por la ventanilla se divisaba una barraca de tablones iluminada por una débil luz, con un letrero incomprensible. El revisor iba acompañado de un policía muy oscuro de aire sospechoso.

– Estamos entrando en el país Tamil Nadu – dijo el revisor con una sonrisa –, es un mero formalismo.

El policía tendió la mano y dijo:

– Documentación, por favor.

Examinó mi pasaporte con aire distraído y lo cerró inmediatamente. Sobre el documento del señor Peter se entretuvo con mayor atención. Mientras lo examinaba descubrí que era un pasaporte israelita.

– ¿Míster… Shi…mail? – silabeó dificultosamente el policía.

– Schlemihl – corrigió mi compañero de viaje –, Peter Schlemihl.

El policía nos devolvió los documentos, apagó la luz y se despidió fríamente. El tren corría de nuevo por la noche india, la luz de la bombilla azul creaba una atmósfera onírica, permanecimos largo rato en silencio, después al final yo hablé.

– Usted no puede llamarse así – dije –, existe un único Peter Schlemihl, es un invento de Chamisso, y usted lo sabe perfectamente. Algo semejante sólo se lo cree un policía indio.

Mi compañero de viaje no contestó. Después me preguntó:

– ¿Le gusta Thomas Mann?

– Algunas cosas – repliqué.

– ¿Qué le gusta?

– Los relatos, algunas novelas cortas, Tonio Kröger, Muerte en Venecia.

– No sé si conoce un prólogo de Peter Schlemihl – dijo –, es un texto admirable.

El silencio se hizo de nuevo. Pensé que mi compañero se había dormido, pero no podía ser, claro. Sólo esperaba que hablara yo, y yo hablé.

– ¿Qué tiene que hacer en Madrás?

Mi compañero de viaje tardó en responder. Tosió ligeramente.

– Voy a ver una estatua – susurró.

– Es un largo viaje para ver una estatua.

Mi compañero no contestó. Se sonó la nariz varias veces.

– Quiero contarle una pequeña historia – dijo luego –, tengo ganas de contarle una pequeña historia.

Hablaba en voz baja y su voz me llegaba afelpada desde el otro lado de la cortina.

– Hace muchos años, en Alemania, conocí a un hombre. Era médico, y tenía que visitarme. Estaba sentado detrás de un escritorio y yo estaba desnudo de pie delante de él. Detrás de mí había una cola de hombres desnudos que él tenía que visitar. Cuando nos llevaron a aquel lugar nos dijeron que nosotros servíamos para el progreso de la ciencia alemana. Junto al médico había dos guardias armados y una enfermera que llenaba las fichas. Él nos hacía preguntas precisas referentes a nuestras funciones viriles, la enfermera procedía a realizar ciertos análisis sobre nuestros cuerpos, y después escribía. La cola avanzaba con rapidez, porque aquel médico tenía prisa. Cuando ya había pasado mi turno, en lugar de continuar hacia la habitación a la que nos conducían, me entretuve unos instantes, porque mi mirada fue atraída por una estatuilla que el médico tenía sobre el escritorio. Era la reproducción de una divinidad oriental, pero yo no la había visto nunca. Representaba una figura danzante, con los brazos y las piernas en posiciones armónicas y divergentes inscritas en un círculo. En aquel círculo sólo quedaban unos pocos espacios abiertos, pequeños vacíos que esperaban ser cerrados por la imaginación de quien los miraba. El médico se dio cuenta de mi arrobo y sonrió. Tenía una boca delgada y burlona. Esta estatua representa el círculo vital, dijo, en el que deben entrar todas las escorias para alcanzar la forma superior de la vida que es la belleza. Le deseo que en el ciclo biológico previsto por la filosofía que concibió esta estatua usted pueda tener, en otra vida, un peldaño superior al que le ha correspondido en su vida actual.

Mi compañero de viaje se calló. Pese al ruido del tren podía percibir perfectamente su respiración pausada y profunda.

– Siga, por favor – le dije.

– No hay mucho que añadir – dijo él –, esa estatua era la imagen de Shiva danzante, pero yo entonces no lo sabía. Como ve, todavía no he entrado en el círculo de la renovación vital, y mi interpretación de aquella figura es otra. Lo he estado pensando todos los días, es en lo único que he pensado en todos estos años.

– ¿Cuántos años han pasado?

– Cuarenta.

– ¿Se puede pensar en una única cosa durante cuarenta años?

– Creo que sí, si se ha comprobado su mala influencia sobre nosotros.

– ¿Y cuál es su interpretación de esa figura?

– Creo que no representa en absoluto el círculo vital. Representa simplemente la danza de la vida.

– ¿En qué consiste la diferencia? – pregunté yo.

– Oh, es muy distinto – susurró el señor Peter –. La vida es un círculo. Hay un día en que el círculo se cierra, y no sabemos cuál. – Se volvió a sonar la nariz y luego dijo –: Y ahora discúlpeme, estoy cansado, si me permite me gustaría intentar dormir.

***

Me desperté en las afueras de Madrás. Mi compañero de viaje ya estaba afeitado y vestido con su impecable traje azul. Su aspecto era reposado y sonriente, había subido su litera y me mostraba la bandeja del desayuno colocada encima de la mesa al lado de la ventanilla.

– He esperado a que se despertara para tomar el té juntos – dijo –. No he querido molestrarle, dormía tan a gusto.

Entré en el cuartito de baño y me lavé con rapidez, recogí mis cosas, ordené mi equipaje y me senté delante del desayuno. Comenzábamos a atravesar un lugar habitado, una zona de aldeas populosas con los primeros indicios de la ciudad.

– Como ve, vamos perfectamente bien de horario – dijo mi compañero –, son las siete menos cuarto. – Dobló cuidadosamente su servilleta –. Me gustaría que también usted fuera a ver esa estatua – añadió –, se encuentra en el museo de Madrás. Me gustaría saber qué le parece.

Se levantó y cogió su maletín. Me tendió la mano y me saludó en su tono afable.

– Le agradezco a mi guía de viaje que me aconsejara este medio de transporte – dijo –, es cierto que en los trenes indios se pueden tener los encuentros más inesperados: su compañía ha sido para mí un placer y un estímulo.

– El placer ha sido recíproco – repliqué –, yo soy quien está agradecido a los consejos de mi guía.

Estábamos entrando en la estación, frente a un andén atestado de gente. El tren accionó los frenos y el convoy se paró suavemente. Le cedí el paso y él bajó en primer lugar, saludándome con la mano. Mientras se alejaba le llamé y él se volvió.

– No sé dónde podría comunicarle mi opinión – grité –, no tengo su dirección.

Él retrocedió, con ese aire perplejo que yo ya conocía, y reflexionó un instante.

– Déjeme un mensaje en el American Express – dijo –, pasaré a recogerlo.

A continuación cada uno de nosotros se perdió entre la multitud.

***

Sólo pasé tres días en Madrás. Fueron días intensos, casi febriles. Madrás es una ciudad enorme de casas bajas y de inmensos espacios sin edificar, atascada por un tráfico de bicicletas, de autobuses inconexos y de animales; para recorrerla de una punta a otra hace falta mucho tiempo. Una vez resueltas las obligaciones que me esperaban me quedó un solo día de libertad, y preferí, antes que el museo, hacer una visita a los relieves rupestres de Kancheepuram, que distan muchos kilómetros de la ciudad. También en esta ocasión mi guía resultó ser una compañía fundamental.

La mañana del cuarto día me encontraba en una estación de los autobuses que hacen el recorrido a Kerala y a Goa. Faltaba una hora para la salida, hacía un calor tórrido y las marquesinas del enorme hangar de la estación eran el único refugio contra el ardor de las calles. Para distraer la espera compré el diario en lengua inglesa de Madrás. Era un diario de sólo cuatro hojas, con aspecto de hoja parroquial, muchos anuncios de todo tipo, resúmenes de películas populares, crónica urbana. En la primera página, muy destacada, estaba la noticia de un homicidio sucedido el día anterior. La víctima era un ciudadano de nacionalidad argentina que vivía en Madrás desde 1958. Se le describía como un señor esquivo y discreto, sin amistades, setentón, que vivía en un chaletito del barrio residencial de Adyar. Su mujer había fallecido tres años antes por causas naturales. No tenían hijos.

Había muerto de un disparo en el corazón. Era un homicidio aparentemente inexplicable, porque el asesino no había actuado con intención de robar. La casa estaba en orden, no había nada roto. El artículo describía la vivienda como una residencia sencilla y sobria, con algunas piezas artísticas de buen gusto y un pequeño jardín. Parecía que la víctima era un entendido en arte dravídico; el diario mencionaba algunos servicios prestados a la catalogación del museo local y publicaba la fotografía de un desconocido: el rostro de un anciano calvo, de ojos claros y boca delgada. Era una descripción neutra y anodina. El único detalle curioso era la fotografía de una estatuilla pegada al rostro de la víctima. Se trataba sin duda de una aproximación plausible, porque la víctima era un entendido en arte dravídico y la danza de Shiva es la pieza más famosa del museo de Madrás, una especie de símbolo. Pero aquella aproximación plausible suscitó en mí otra aproximación. Todavía faltaban veinte minutos para la salida, busqué un teléfono y marqué el número del American Express. Me contestó una amable señorita.

– Querría dejar un mensaje para el señor Schlemihl – dije.

La señorita me rogó que aguardara un instante y luego dijo:

– De momento no tenemos a nadie registrado bajo ese nombre, pero si lo desea puede dejar de todas maneras su recado, le será entregado tan pronto como pase. Oiga, oiga – repitió la telefonista, que ya no oía mi voz.

– Un segundo, señorita – dije –, déjeme pensar un segundo.

¿Qué podía decir? Pensé en la ridiculez de mi recado. ¿Que había entendido? ¿Y qué había entendido? ¿Que para alguien el círculo se había cerrado?

– No tiene importancia – dije –, he cambiado de idea.

Y colgué.

No descarto la posibilidad de que mi imaginación haya volado más de la cuenta. Pero si hubiese adivinado cuál era la sombra que el señor Schlemihl había perdido, y si alguna vez se da la casualidad de que lea este relato, por el mismo extraño azar que nos llevó a encontrarnos aquella noche en el tren, me gustaría hacerle llegar mi saludo. Y mi pena.


*Publicado en “Pequeños equívocos sin importancia”, Editorial Anagrama S.A., Barcelona, España, 1997.

A Narciso, protector de naufragios

Los chicos se habían empeñado en comprar una colchoneta hinchable de camino a la playa. Eligieron la más grande, un círculo amarillo con unas rocas y un cangrejo en relieve. En el centro tenía una palmera también hinchable, dos metros de tronco y largas hojas de plástico. Al llegar a la playa, como no disponíamos de bomba, tardamos casi dos horas en terminar de inflarla. Me habría gustado quedarme leyendo, pero Alberto no sabe nadar, y Laura es aún demasiado pequeña para cuidar de él. Cuando echamos la isla al agua y los niños vieron cómo flotaba se entusiasmaron tanto que insistieron en que nos subiéramos inmediatamente.

La superficie de plástico debía de ser tan nueva que su olor encubría el olor a gente y a lociones bronceadoras. Con satisfacción observé que la palmera daba sombra, porque además de las hojas de plástico tenía otras de tela que formaban una especie de sombrilla. Me recosté y, mientras los niños se afanaban en navegar golpeando el agua con los pies, comencé a leer.

No sé si entró viento de repente o si me despisté tanto que no advertí el esfuerzo de los niños por alejarnos de la orilla, pero el caso es que cuando levanté los ojos del libro la distancia que nos separaba de la costa era tan grande que la muchedumbre de playeros se había hecho indistinguible. Laura y Alberto seguían parloteando con ese sonido que yo había aceptado como fondo de mi lectura para asegurarme de que seguían bien. Antes del miedo sentí un segundo de placer al advertir que sus voces eran el único atributo humano a mi alrededor. Lo siguiente humano que escuché fue mi jadeo, un gemido de ansiedad al preguntarme cómo íbamos a volver.

Comprobé la dirección del viento. La isla seguía alejándonos de tierra, empujada por las hojas de la palmera, que funcionaban como vela. Agarré el tronco y lo doblé por la mitad, sujetándolo con una gomilla del pelo de Laura. Esto frenó algo nuestro avance, pero la mar seguía alejándonos de la playa. Pensé en diferentes opciones. Siendo un excelente nadador todavía tenía posibilidades de alcanzar la tierra a nado, siguiendo la corriente en diagonal. Pero tendría que ir solo, y dudaba de que Laura y Alberto obedecieran mis órdenes de permanecer en la isla hasta que regresara con ayuda. Quizá podía confiar en Laura, pero Alberto nunca hacía caso. Si hubiera tenido la certeza de que nadie nos encontraría a tiempo, les habría dejado allí. Me habría echado al mar para intentar salvar, al menos, a uno de los tres náufragos. Finalmente, opté por la opción de la espera y, ante la posibilidad de que nadie nos localizara, sentí la ridiculez de un padre que decide morir con sus hijos.

Al escuchar el motor supe que no sería un mártir. Salvamento Marítimo se acercaba en una moto de agua que remolcaba una camilla. Algunos minutos después la costa comenzó a acercarse. Primero las sombrillas de colores, luego las personas de colores, después los gritos, las barrigas, las neveras y los bocadillos de embutidos. Una vez en tierra un enfermero nos hizo un reconocimiento y mi mujer vino a perdonarme la vida por la alegría de vernos vivos.

Eva ya había agotado sus vacaciones y, mientras ella trabajaba, yo tenía que seguir yendo a la playa. Parecía una obligación. Lo pensaba al día siguiente, cuando volvía con los niños por el paseo marítimo, cargado de toallas, cubos y rastrillos. Al pasar por la tienda donde la mañana anterior había comprado la colchoneta, tuve una sensación de bienestar al ver que seguían vendiendo la misma isla. Allí estaba, ocupando parte del paseo, con la palmera como un reloj de sol, proyectando sombra sobre el amarillo de su arena. Al mirarla sentí que me alejaba de la playa, una brisa limpia corría entre su plástico y mis piernas, un soplo de libertad me acariciaba. Volví sobre mis pasos, entré en la tienda y la compré, esta vez inflada. Los niños, que no habían llegado a comprender la gravedad del accidente ocurrido el día anterior, me ayudaron a sujetarla para que no rozara el suelo mientras caminábamos hacia la playa.

Peleé por un hueco libre en la arena y coloqué la isla. Extendí la protección solar en los cuerpecitos de Laura y Alberto. La crema blanca les asemejaba a otros niños que jugaban en la orilla. Con la cabeza apoyada en la colchoneta retomé la lectura, pero el pensamiento de volver a alejarme en la isla flotante me desconcentraba. Me fijé en un matrimonio de mediana edad. Me incorporé para pedirles que vigilaran a mis hijos mientras yo me daba un baño. Me puse las aletas, cogí la colchoneta y la empujé con fuerza los primeros metros, antes de subirme y ver cómo las olas continuaban alejándome. En la playa, la bandera amarilla que indicaba precaución comenzó a empequeñecer. Mis hijos también. Mis hijos, tan bellos como paulatinamente invisibles.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien como en mi isla. A partir de cierta distancia la plaga de medusas que parecía procrear en la aglomeración humana empezaba a disiparse, y me dejé llevar bocarriba, con los pies en el agua y la mirada velada de gotas. No me hacía falta nada más que una botella de agua. Si Alejandro Magno hubiera venido a regalarme cuanto quisiera, sólo le habría pedido una cosa: que se fuera. Me sentía un Diógenes en el presente radical de una ola que rompe en espuma.

De regreso a la playa, el matrimonio preocupado, mis hijos llorando. Una masajista pasaba de una espalda a otra sin limpiarse las manos. Aceite y dinero. Eructos de cerveza recalentada. Me disculpé, calmé a los niños y desinflé la colchoneta para que Eva no la viera al llegar a casa.

Al día siguiente busqué otra playa. Había comprado una bomba automática y la isla se levantaría en diez minutos. Esta vez le encargué a una abuela el cuidado de Laura y Alberto. Era el tercer día que salía en la colchoneta, y el día en que vi, por primera vez, la silueta que llegaría a obsesionarme. Llevaba como media hora a la deriva cuando, a unos setenta metros, divisé una isla igual que la mía. La misma palmera con sus hojas de tela ondeando, la misma forma, el mismo tamaño y, sobre ella, la silueta de una mujer. Traté de precisar su edad, pero a aquella distancia sólo podía ver dos manchas rojas que se correspondían con su bikini. Sentí curiosidad, pero no quise perturbarla y me alejé.

La curiosidad creció por la noche. Dormí y desperté con el pensamiento de encontrar de nuevo la otra isla. Recordaba las marcas donde la había avistado y, aunque pensé que esas marcas no me servirían para nada, la hallé en el mismo lugar. Supuse que, quizá, se había encallado entre dos balizas que tenía a ambos lados. El respeto pudo de nuevo más que la curiosidad, y tan sólo le grité si necesitaba algo. Como no obtuve respuesta pensé que ella, como yo, tampoco necesitaba nada. Una nueva emoción me impresionó: había pasado del sentimiento de estar solo en el mundo, al sentimiento de estar solos en el mundo.

Los tres días que siguieron fueron similares. Ella siempre en el mismo sitio. Comprendí que había encallado la isla a propósito. Era un buen lugar, desde allí los edificios de veinte pisos parecían piedras blancas. Cada vez me atrevía a acercarme un poco más, pero, como no quería molestarla, seguía estando demasiado lejos. Podía ver algo mejor las dos manchas rojas de su bikini, pero nada más; no acertaba a precisar el color de pelo, ni siquiera su postura, aunque parecía que habitualmente estaba recostada sobre el tronco de la palmera. Lo único que pude anticipar entonces fue el color de su piel; por contraste con la arena clara de la isla, era un poco más oscura, más anaranjada. Pero a pesar de la escasez de datos, el solo hecho de que pasara las horas en una isla como la mía era suficiente para estimular en mí una atracción enorme, que iba más allá de su edad o aspecto físico.

Uno de los siguientes días Laura y Alberto insistieron tanto en venir que tuve que llevarlos conmigo. A partir de entonces les pondría los flotadores. Con ellos me fue imposible acercarme a la isla, tal como había hecho las últimas veces y, en los días sucesivos, comprobé que cuando los niños me acompañaban siempre había algún factor que hacía imposible mi acercamiento, ya fuera una corriente marina adversa, un cambio de tiempo inesperado o una sed insoportable que me obligó una mañana a terminar la botella de agua de un trago y tener que volver. Por el contrario, cuando iba solo, mi isla parecía conocer su propio rumbo, y navegaba como empujada por un viento amigo.

Mi atrevimiento aún no llegaba a ser suficiente para acercarme, y no podía describir a mi compañera. Así la consideraba, mi compañera, dadas las coincidencias de nuestras circunstancias. Y en cada viaje un nuevo detalle iba apuntalando la atracción. Unos destellos diseminados por lo que debía de ser su cuerpo delataban las gotas de agua. Seguramente acababa de darse un baño, allí, tan lejos, donde el mar deja de ser el jacuzzi que es en la orilla, donde los únicos ojos que nos ven son los de los seres subacuáticos que, como nosotros, rehúyen la costa. Sin duda era, como yo, una gran nadadora. En uno de los últimos trayectos tiré el libro al agua. Ya no me servía, no lograba concentrarme. Pensé en llevar unos prismáticos para verla respetando la distancia, pero aquella idea me pareció una violación y la deseché. Si quería verla, tenía que acercarme, darle la libertad de que ella, al verme, se alejara o me recibiera.

Laura y Alberto me dieron una semana insoportable. Se negaron a volver a quedarse en la playa al cuidado de algún extraño, y de nuevo tuve que llevarlos conmigo. La ventaja era que podíamos estar en la isla mucho más tiempo, y comenzamos a comer allí. Aunque después de la comida los niños se quedaban más tranquilos, seguían parloteando entre ellos. Perdí todos los metros que había ganado las veces que había ido solo. Por alguna razón, incluso mi anterior y discreto acercamiento parecía ahora imposible. La visión de la isla lejana comenzó a desesperarme como el espejismo de un oasis. Y de fondo, el murmullo de los niños, que no me convenía acallar porque al fin y al cabo aquel sonido me permitía no tener que mirarles para saber que seguían bien. Quería reservar mi vista para mi isla vecina, como un reflejo de la mía, como una sombra flotante de mi deseo que, después de tantas horas, se fijaba en mi retina y se proyectaba durante el camino de regreso en breves instantes; en la cara de Laura, en el pico de la montaña, en la linterna del faro en el puerto.

Dejé de tocar a Eva. De madrugada sacaba los pies de la cama para imaginarme cómo sería el próximo día. Entre las sábanas podía sentir el frescor del agua, la ondulación de las olas bajo la colchoneta, la llamada de la isla que me estaba esperando. Todo el tiempo que pasaba en tierra lo empleaba en recrear las sensaciones que tenía cuando flotaba, y una noche determiné que la próxima vez alcanzaría la isla. Concilié un sueño apacible después de noches de insomnio, y me desperté con la lengua acartonada de sal.

Al otro día, dispuesto a evitar cualquier barrera que me limitara un acercamiento, volvimos a embarcarnos pero, llegados a cierto punto, mi isla, como era habitual, se detuvo. La atracción era tan irresistible que pensé en el canto de las sirenas y, de la mano de ese pensamiento, vino otro, que me dio el motivo de la imposibilidad de continuar el rumbo: el verdadero canto de las sirenas no es una melodía, no es una voz ni un coro. El verdadero canto de las sirenas es el silencio.

Intenté apartar de mí la palabra. Todo aquello que fuera palabra incordiaría la unión de nuestras islas. Cada vez más magnetizado, les dije a los niños que callaran. Efectivamente, en cada silencio, ganaba una braza. Pero Laura o Alberto terminaban por reiniciar su parloteo y, de nuevo, nos deteníamos. Sin poder resistirlo por más tiempo, les eché al agua. En sus dos flotadores comenzaron a alejarse y, cuando sus voces se extinguieron, empecé a avanzar, callado, quieto. Había cerrado los ojos. Quería descubrir la aparición al completo. Me dejaba llevar, visualizando en mi cabeza el choque blando de las dos islas como el nacimiento de un nuevo continente. Cuando sentí la colisión abrí los ojos y vi la tierra de plástico frente a mí. Era idéntica a la mía, salvo por un detalle que me hizo lanzar un grito de angustia, una llamada de auxilio, un llanto de padre. La carne de su habitante no era de la misma materia que la mía, sino que estaba hecha del mismo plástico que la palmera, que la arena, que el cangrejo. Mi angustia fue tanta que me extrañó que la mujer hinchable no me abrazara cuando me oyó gritar el nombre de mis hijos.


*Este cuento fue publicado en Leche, Los Libros de Lince, 2013.

Cada vez que trato de recordar cómo acabé pasando todo un verano en Samarcanda, me viene a la cabeza una anécdota del personaje del folclore turco, Nasreddin Hoca. Mientras andaba de noche por un camino solitario, Nasreddin Hoca, según cuenta la historia, se percató de que un grupo de jinetes se aproximaba a él. Preso del pánico, suponiendo que iban a robarle o bien a reclutarlo para el ejército, saltó por encima de un muro cercano y fue a parar a un cementerio. Los jinetes, que en realidad eran viajeros corrientes, se sintieron atraídos por su conducta, así que se acercaron sobre sus cabalgaduras al muro para mirar por encima de él y vieron a Hoca, sin mover un músculo, tendido en el suelo.

—¿Podemos ayudarle? —le preguntaron los viajeros—. ¿Qué hace ahí?

—Veamos —respondió Nasreddin Hoca—. Es más complicado de lo que imaginan. Resulta que yo estoy aquí por ustedes, y ustedes están aquí por mí.

Resulta fácil imaginar la escena: el camino al anochecer, sin duda un perro ladrando en alguna parte, el olor a tierra húmeda, el sonido de los jinetes al aproximarse y, por último, sus rostros mirando por encima del muro, entre preocupados y ligeramente sorprendidos. Esta historia narra sintéticamente el enigma del libre albedrío en la historia del hombre: una esfera en la que, como observó Friedrich Engels, el libre albedrío de unos choca constantemente con el de otros, así que, de manera inevitable, «lo que acaba resultando es algo que ni unos ni otros desearon». Nadie deseó que Nasreddin Hoca acabara tendido en el cementerio aquella noche, y el protagonista mucho menos. Tampoco lo había llevado nadie a la fuerza hasta allí. Y sin embargo, allí estaba.

La cadena de acontecimientos que acabó por llevarme a Samarcanda se puso en funcionamiento por mi decisión de estudiar literatura rusa: fue una decisión impulsiva en sí misma, no diferente a saltar por encima de un muro y acabar en un cementerio, aunque las cosas, en conjunto, fueron bien para mí. No obstante, aprender ruso requiere mucho tiempo, y el tiempo en la universidad pasa tan lento. Después de dos años que me parecieron un periodo de estudio interminable, no era capaz aún de coger un libro en ruso y leerlo. No entendía las películas rusas sin ayuda de subtítulos. Si trataba de entablar conversación con un ruso, se me quedaba mirando como si fuera retrasada. Decidí que, en realidad, la única solución era ir a Rusia.

En la primavera de mi segundo año de carrera, opté a una beca para un programa de estudios en Moscú y a dos puestos de trabajo: uno como secretaria personal en una compañía exportadora peruana de alimentos congelados que andaba en negociaciones con una cadena de supermercados con sede en Moscú y otro como investigadora para las guías de viaje Let’s Go en Rusia. El resultado de mis solicitudes no fue del todo malo, pero tampoco cumplió mis expectativas. Conseguí una beca de desplazamiento por valor de la mitad de lo solicitado, así que no me alcanzaba para la matrícula del curso. El empresario peruano me dijo que podía aspirar al puesto de secretaria a condición de que le enviara una «fotografía reciente de cuerpo entero». Let’s Go me ofreció un empleo, pero en Turquía, pues decían que mi ruso no era lo bastante bueno. Mi turco, en cambio, sí que me permitía moverme por Turquía. El año anterior, Let’s Go había enviado a un joven que no sabía una palabra de turco y que, como resultado de un «malentendido» nunca explicado del todo, acabó recibiendo una paliza de un proxeneta en Konya, tras la cual sufrió una crisis nerviosa que fue minuciosamente documentada en la revista Rolling Stone como parte de un reportaje.

Traté de hacer lo mejor. Respondí educadamente al peruano declinando el trabajo, empleé el dinero de la beca en realizar una estancia de dos semanas en Moscú junto con unos académicos desamparados y, para el resto del verano, acepté el trabajo en Turquía.

Las rutas turcas más lujosas, Estambul y la costa del mar Egeo, las cubrió un arqueólogo turco llamado Erhan a quien secuestraron en alguna parte cerca de Efesos, si bien más tarde se supo que no se trataba de un secuestro sino que se había casado; no obstante, nunca volvió a Boston ni envió el material a la editorial de viajes. Mi familia puso el grito en el cielo, no por lo de Erhan, pues entonces no sabíamos lo que le había ocurrido, sino porque me habían asignado un itinerario muy peligroso: el territorio en disputa del norte de Chipre; la costa mediterránea, donde las discotecas de postín a la europea iban escaseando a medida que te acercabas a la frontera siria y tenías que andar con cuidado con los terroristas del PKK; y lugares apartados en la Anatolia central. Mi madre afirmaba que nunca había oído hablar de la mitad de las ciudades de la lista.

Una ciudad se llamaba Tokat, que significa literalmente «bofetada en la cara». Es también el título del famoso manifiesto de los futuristas rusos: Una bofetada en la cara del gusto público o, como se conoce en turco, Toplumsal zevke bir tokat. La «bofetada turca» —una técnica desarrollada en el ejército otomano, donde los puñetazos estaban mal vistos— se conoce como Osmanli tokat (o, de un modo más gramatical, Osmanlı Tokadı), y si buscas el término en YouTube aparecerán centenares de vídeos de turcos arreándose bofetadas, la mayoría propinadas por otro turco, si bien, en un caso, el que da la bofetada es un mono. Mi madre albergaba malos presentimientos en relación con mi viaje a Tokat.

Cuando llegué a Ankara, donde me alojé en el piso de mi abuela, me fui dando cuenta poco a poco de que mi madre había tomado medidas para garantizar mi seguridad. De alguna manera logró convencer a mi tío Arzu, un oficial de los servicios de inteligencia turcos, para que alguien me siguiera después del anochecer: no un oficial de inteligencia sino uno de sus chóferes. Una noche me encontré con mi perseguidor en Gaziosmanpas¸a, la zona donde se encuentran las embajadas y los hoteles de cinco estrellas. Deambulaba por un club nocturno enorme y deprimente llamado No Parking, tratando de determinar el precio de una Efes Pilner, cuando un hombre trajeado me dio unas palmaditas en el hombro y me informó de que había llegado mi coche.

—Pero si no he pedido un coche —repliqué.

Con todo, explicó el hombre trajeado, el coche estaba allí. Quizá lo hubiese enviado una distinguida señora, probablemente algún familiar.

—Me dio una descripción muy detallada de usted —y, tras haberme repasado de arriba abajo, repitió—: Sí, una descripción muy detallada.

Le seguí afuera. Otro hombre trajeado esperaba junto a un coche aparcado. Cuando entendí quién era y por qué estaba allí, me sentí tan acosada que rompí a llorar.

—Por favor, no se disguste, señorita —dijo el chófer al tiempo que abría la puerta trasera.

Me monté. Atravesamos Gaziosmanpas¸a, dejamos atrás los cubículos de cristal a prueba de balas en cuyo interior los soldados leían el periódico y fumaban cigarrillos, de vuelta hacia Kavaklıdere, donde vivía mi abuela. El chófer me dirigió la palabra sólo una vez, en el cruce principal a las afueras de Swan Park. Allí, los vendedores ofrecían bolsas con galletitas de almendra, que servían para consumo propio o bien para alimentar a los cisnes. De niña, me fascinaban esas galletitas, que en realidad no contenían almendras, aún teniendo su forma. Ésa fue mi primera lección sobre metáfora versus metonimia. Allí, parados en un semáforo en rojo, el chófer se volvió hacia mí.

—¿Le apetece una manzana? —preguntó. —No, gracias —le respondí.

—Las cogí yo mismo —dijo—. Con mis propias manos, en mi jardín.

De una bolsa de plástico que descansaba sobre el asiento del copiloto, hizo aparecer una manzana pequeña.

La manzana era dura, verde y deforme, como si se tratara de la respuesta a algunos enigmas inútiles.

Me fui de Ankara por la mañana temprano, antes de que mi abuela se levantara. Le dejé una nota pidiéndole que no se preocupara, que no tardaría en llamarla. No especificaba cuál sería mi próximo destino. No obstante, cuando bajé del autobús en Tokat, me recibió el inspector de aguas municipal en persona. Un burócrata melancólico bigotudo que habló de mi tía Arzu con gran respeto y me llevó a visitar las plantas de tratamiento de agua.

Como descubrí durante las semanas siguientes, mi tía Arzu había movilizado a un grupo variopinto de contactos para que velasen por mi bienestar. Una tarde, en Kayseri, la capital turca del pastrami, pasó a buscarme por mi hostal un sargento del ejército. Me llevó a un restaurante de kebab para militares, en la cima de un volcán extinguido llamado monte Erciyes. Los esquiadores turcos, que juraría que no son muchos, van allí en invierno. En esa época del año no había nieve en el Erciyes. Al otro lado de las ventanas del restaurante, el sol se ponía sobre unas ovejas pastando y las teñía de rosa, como nubes espesas hechas de algodón de azúcar. Resultaba extraño estar comiendo cordero y, al mismo tiempo, ver esas ovejas rosas y mullidas.

El sargento me preguntó qué estaba estudiando. Cuando le dije que literatura, me preguntó si estaba leyendo las obras de Yaşar Kemal (un famoso novelista turco que escribió su primer relato durante su servicio militar en Kayseri). Pero no, yo no estaba leyendo las obras de Yaşar Kemal.

—¿Qué autor estás leyendo? ¿En cuál estás centrada? —preguntó.

—Todavía no lo sé —le dije—. Tal vez Pushkin. —¿Pushkin? ¿Y quién es ése, un americano? —Bueno, en realidad es más bien ruso.

Ese dato claramente no tenía ni pies ni cabeza para el sargento. Pestañeó una o dos veces y me dijo lo afortunada que era por estudiar en una famosa universidad americana, que muchos chicos y chicas turcos —y no sólo chicos y chicas— darían las orejas por que se les presentase una oportunidad así.

—¿Una oportunidad para qué? —preguntó retóricamente, inclinándose hacia mí por encima de la mesa.

—¿Una oportunidad para qué? —repetí.

—¡Una oportunidad para hacer oír sus voces! ¡Para contar al mundo la verdad sobre Turquía y no las absurdidades que difunden los europeos!

Era oscuro cuando volvimos en coche a la ciudad, pasamos por delante del tercer reclamo de Kayseri, después del pastrami y el esquí: una gigantesca ciudadela de quinientos años de antigüedad labrada en piedra basáltica. Alumbrada por los faros, parecía un caldero diabólico.

Al echar la vista atrás, me sorprende hasta qué punto me tomaba a pecho las palabras de personas como el sargento. Si bien no creía que tenía la responsabilidad de contar a los americanos la verdad sobre Turquía, sí que sentía, no obstante, que estudiar literatura rusa en lugar de literatura turca era, de alguna manera, una pérdida de tiempo. En las clases de lingüística me habían dicho repetidas veces que todas las lenguas son universalmente complejas hasta determinado grado biológico. ¿No quería eso decir que todas las lenguas eran, en términos objetivos, interesantes por igual? Y yo ya sabía turco; era un hecho consumado, como un don, y ahí estaba yo, desaprovechándolo y rompiéndome la cabeza con un puñado de declinaciones que cualquiera que hubiese crecido en Rusia sabría de forma natural.

Visto con los ojos de hoy, este razonamiento me parece terrible. Ahora comprendo que el amor es algo excepcional y valioso y que uno no puede escoger el objeto de ese amor. Vamos por ahí obsesionados por las cosas menos convenientes… y si el único obstáculo en el camino es un poco de trabajo adicional, entonces ése es el maravilloso regalo que nos aguarda.

Pero entonces yo era más joven y boba y me desmoralizaba la situación de la novela turca. Lo más sorprendente de la novela turca era que no contaba con lectores, ni siquiera entre los propios turcos. Me percataba de ello a menudo cuando estaba en Turquía. La mayoría de gente no se apasionaba por las novelas. Preferían cuentos entretenidos, fábulas divertidas, fábulas serias, ensayos, cartas, poemas cortos, poemas largos, periódicos, crucigramas… cualquier cosa impresa antes que novelas. Incluso en 1997, por supuesto, ya existía todo un Orhan Pamuk escribiendo novelas… y ni que decir tiene lo desventurado que era. Ese verano compré El libro negro. Va de un hombre que perdió a una mujer llamada Sueño. El tipo caminaba por las calles de Estambul gritando: «¡Sueño! ¡Sueño!». Recuerdo haberlo leído en un autobús turco y sentir un aburrimiento profundo, visceral. Pasé el resto del viaje mirando por la ventanilla. Me entusiasmaban los nombres de los pueblos. Recuerdo el cartel de una población llamada Şereflikoçhisar, literalmente, «Fortaleza de la honorable Ram».

Haciendo una concesión menos ardua a la idea del «color local», empecé a leer las impresiones turcas de Push­kin, El viaje a Arzrum. Lo encontré mucho más ameno que El libro negro. La premisa misma de que Pushkin hubiese puesto un pie en Turquía ya me divertía. Me resultaba tan divertida como era para los ingleses la premisa de que Jesucristo hubiese puesto un pie en Inglaterra, por ejemplo, para William Blake: «¿Y hollaron esos pies, antaño, los verdes montes de Inglaterra?» Curiosamente, unos de los versos más famosos de Pushkin es una elegía a los pies: «¡Ay, piececitos, piececitos! ¿Dónde estáis ahora…? Acostumbrados a la delicadeza de Oriente, no habéis dejado huellas en la triste nieve del Norte 1 Pushkin no se refiere aquí, por supuesto, a sus pies. Sin embargo, una vez vi en un museo un par de botas de Pushkin y doy fe de que eran muy pequeñas.

A medida que iba transcurriendo el verano, iba tomando autobuses nocturnos de una ciudad desconocida a otra, visitaba cuevas donde los cristianos se escondieron de los romanos y anfiteatros griegos que los seljuks convirtieron en caravanserais; entre cabezada y cabezada, miraba por la ventanilla del autobús en busca de las huellas de Pushkin. ¡Podían estar en cualquier parte! De hecho, la omnipresencia caricaturesca de Pushkin es uno de los aspectos más maravillosos de la cultura literaria rusa. Daniil Jarms escribió una obra sobre ello titulada Pushkin y Gógol, en la que ambos literatos tropiezan todo el rato entre sí:

Gógol, levantándose: ¡Esto es un auténtico pitorreo!

(camina, tropieza con Pushkin y cae) ¡Otra vez Pushkin!

Así es: te encuentras a Pushkin en todas partes. A fecha de hoy, «Pushkin» y «mengano» se usan indistintamente en expresiones rusas como: «Y quién pagará la cuenta, ¿Pushkin?».

Mi parte favorita de El viaje a Arzrum es cuando Pushkin tropieza una y otra vez con un noble llamado… Conde Pushkin. Pushkin y el conde Pushkin deciden viajar juntos, pero discuten y cada uno sigue por su lado. Pushkin no participará en el plan del conde de cruzar por un paso montañoso nevado sobre una britska, tirada por dieciocho toros osetios muy demacrados. Sus caminos se separan… pero vuelven a encontrarse en Tiflis. No pueden escapar el uno del otro. En Turquía, me acordaba del conde Pushkin cada vez que se cruzaba en mi camino otra Elif, algo a lo que no estaba acostumbrada en los Estados Unidos. Fui a todas las tiendas que se llamaban «Confecciones Elif». Compré algo en cada «Ultramarinos Elif». Una vez le di algo de dinero a una gitana que me preguntó mi nombre y se ofreció a leerme la buenaventura.

—¡Mi hija se llama Elif! —exclamó—. ¿No es cierto? Me sobresalté al darme cuenta de que, a su lado, estaba

su hija, una niña esmirriada de cinco o seis años. La gitana observó la palma de mi mano y me advirtió que andara con ojo con una mujer de nombre Mary.

Cuanto más avanzaba en la lectura de El viaje a Arzrum de Pushkin, más paralelismos encontraba con mis experiencias. Si Pushkin se escondía de la policía secreta, yo me ocultaba de mi tía Arzu. Si a Pushkin lo confundían en sus viajes con un francés y un derviche, a mí me tomaban por española o bien una peregrina. Si Pushkin se encontró en su viaje con un maltrecho ejemplar de sus primeros poemas caucásicos, El prisionero del Cáucaso —el texto que se suponía que estaba actualizando con sus nuevas impresiones orientales—, yo también topaba constantemente, en casas de té y jardines, con ediciones anteriores de Let’s Go. Y por último, al igual que Pushkin, que como ruso que era tenía un pie en «Oriente» y otro en la tradición anglo-francesa de literatura de viajes del siglo XVII, yo también me posicionaba ambiguamente entre Turquía y el exasperante discurso de mochilero del siglo XX: la búsqueda de un idilio en el que, por tres dólares, Mustafa te sirviera una comida casera y te hablara de su colección de cabello. La peor parte de este discurso era su engañosa retórica de izquierdas, como si existiera una especie de «querer romper las normas» para rechazar un motel de una cadena por una pensión sin agua caliente llena de lechuzas.

Estuve en todos los hoteles novedosos —tres casas hotel construidas sobre pilotes, hoteles trogloditas labrados en dolomitas— y en todas partes encontré la misma atmósfera de desconfianza. Los viajeros vivían con el temor de que los timaran o bien de perderse una experiencia «auténtica». Los lugareños estaban aterrorizados por desaprovechar una «oportunidad» que les pudiesen brindar los visitantes extranjeros. Como es natural, me encontré con gente cordial y razonable en ambos grupos pero, por definición, eran los asediadores los que te andaban a la caza: los turistas mendigando consejos profesionales, los locales pidiéndote que atrajeras a los extranjeros ricos a sus establecimientos. Un profesor de escuela metido a hotelero me entregó un informe mecanografiado en el que desacreditaba el genocidio armenio para que se lo hiciese llegar al gobierno norteamericano. Un conductor de autobús turístico quería que ayudase a su tío a trasplantarse un riñón «en Houston».

—¿Y quién pagará la factura? —le hice notar, lúgubre—, ¿Pushkin?

Pasé las dos últimas semanas del verano en Moscú, viviendo con dos profesores universitarios rusos muy amables pero deprimentes: un matemático de la Academia de las Ciencias, y su mujer, una bióloga a la que habían despedido recientemente de la Academia y que se pasaba toda la noche en la cocina jugando a Super Mario Bros con una Game Boy de Nintendo. Me alquilaron la habitación de su hija, desterrada en la dacha de su abuela.

Ese año, de vuelta en la facultad, me las arreglé para conseguir una beca algo más cuantiosa y matricularme en un programa de estudios en el extranjero para el semestre de primavera. Dos hombres de negocios rusos, ambos llamados Ígor, dirigían el programa, que tenía un remoto vínculo con una academia liberal de artes en Kansas.

El Moscú de 1998 era como el París de la Restauración. Los oleoductos del Caspio habían atraído las inversiones extranjeras más importantes de la historia de Rusia. Los especuladores invadían la ciudad. El alcalde Luzhkov resucitó la Tabla de rangos de Pedro el Grande y planeó la construcción de una ciudad subterránea en los suburbios. El Estado dejó de financiar el mantenimiento del cadáver de Lenin en la Plaza Roja, y las inmensas reservas de embalsamadores que quedaron en paro eran contratadas para restaurar a las víctimas de atentados de la mafia con coche bomba y para momificar a los nuevos ricos en sus mausoleos de mármol.

En Moscú, por primera y última vez en mi vida, tuve citas con banqueros. Con el primero no fue muy bien, pero todavía recuerdo con cariño al segundo. Se llamaba Rustem, tenía unos ojos extraordinarios color ámbar y había trabajado hasta hacía poco como ingeniero en una fábrica de explosivos de Yekaterinburgo, diseñando bombas que bautizaban con nombres de flores. Cuando lo conocí trabajaba para el banco MENATEP, que el oligarca Mijaíl Jodorkovski utilizaba para administrar los fondos estatales para las víctimas de Chernóbil y también para cometer supuestamente los delitos de apropiación indebida y fraude fiscal, por lo cual, en el momento en que se escribe este libro, cumple condena en la cárcel. Rustem ahorraba dinero para costearse un curso de paracaidismo.

Rustem viajaba con regularidad a Uzbekistán: su hermana vivía en Taskent, se había casado con un ejecutivo uzbeko de quien Rustem decía que se parecía a un vaquero del oeste americano. Sabía contar hasta diez en uzbeko, y me quedé asombrada al descubrir que los números eran casi iguales que en turco. Me habían dicho, pero sin que yo le diera ningún crédito, que el uzbeko estaba relacionado con el turco. No me habían presentado el dato de un modo convincente. Un tío lejano mío se había casado con una belleza uzbeka de nombre Lola, que nunca hablaba con nadie y ni siquiera abría la boca (aunque sonreía a menudo, mostrando unos hoyuelos preciosos). No fue hasta dos años después de que se celebrara su matrimonio cuando todo el mundo supo que Lola tenía tres dientes de oro. Mi tío siempre tenía que aguantar la misma pregunta:

—¿Cómo puedes vivir con una mujer con la que no te puedes comunicar?

Y él siempre contestaba a voz en grito:

—¡El turco uzbeko es muy parecido a nuestro turco! No creí a mi tío, entre otras cosas porque estaba loco —¿acaso no se había pasado los últimos años metido en una caseta de jardín, en New Jersey, escribiendo un libro sobre teoría de cuerdas y sobre arañas?— y también, en parte, porque, por mi experiencia, los turcos creen que todas las lenguas tuvieron algún parentesco con la nuestra. Muchas veces me habían dicho que el húngaro estaba relacionado con el turco, que los húngaros y los turcos descendían de los mismos pueblos altaicos, que Atila, el rey de los hunos, era turco, y cosas por el estilo. Cuando fui a Hungría, no obstante, descubrí que los húngaros no son de la misma opinión. «Claro que adoptamos algunas palabras turcas en nuestra lengua», decían. «Por ejemplo, handcuffs. Pero eso se debe a que ocupasteis nuestro país durante cuatrocientos años.» Pero Rustem tenía un poco de dinero uzbeko en su apartamento, billetes de colores brillantes en que palabras familiares en turco estaban escritas en cirílico, sobre retratos de bardos y geógrafos centroasiáticos de aspecto adusto y ojos almendrados. Parecía dinero de juguete, la moneda de una tierra fantástica donde lo turco y lo ruso se superponían generando otra cosa.

Varios años más tarde, mientras escribía mi tesis (sobre la novelística europea), formulé una teoría sobre la novela: la forma de la novela trata de la lucha del protagonista por transformar su experiencia fragmentada y arbitraria, que le ha sido dada, en una narración tan significativa como sus libros favoritos. Echando la vista atrás, entiendo así mi interés en Asia Central: existía un lugar que podía visitar, con un idioma que podía aprender, que asociaba mis libros favoritos con uno de los aspectos de mi vida más arbitrarios y que me había sido «dado»: ser turca.

Una vez supe de la existencia de Taskent, se cruzó no pocas veces en mi camino. Durante el sitio de Leningrado, Anna Ajmátova fue evacuada a esta ciudad. También la viuda de Bulgákov: allí escondió el manuscrito de El maestro y Margarita. El tumor estomacal de Solzhenitsin se curó de forma milagrosa en un hospital de Taskent, marco en el que se desarrolla la historia de El pabellón del cáncer. En Anna Karénina, Vronski da al traste con su brillante carrera militar al rechazar una «halagadora y arriesgada misión en Taskent» y, en cambio, escapa a Italia con Anna.

Decidí visitar Taskent durante las vacaciones de primavera. Rustem quería acompañarme, pero no podía ausentarse del banco. Los banqueros de la nación hacían largas jornadas de trabajo durante aquellos días. No estaba al día del malestar financiero, cada vez mayor, al que Rustem rara vez hacía referencia; y por lo que respecta a Raísa, la anciana jubilada con quien vivía, sólo ponía las noticias cuando hablaban del escándalo Lewinsky.

—No veo nuestras noticias, son tan lúgubres. Te dejan una mala sensación.

—A mí Monica Lewinsky también me deja una mala sensación —le respondí.

Raísa se encogió de hombros.

—Para vosotros, en los Estados Unidos, supone un gran drama, pero, para nosotros, es divertido. ¡Vuestro Clinton es un hombre joven, lozano y bien parecido! ¿Dónde está la desgracia? Mire a nuestro Yeltsin, moribundo… Si descubriéramos que Borís Nikoláievich se acostaba con una jovencita, declararíamos una fiesta nacional.

Entretanto, en la universidad, el menor de los dos Ígor resultó ser amigo de Anatoli Chubáis, el zar de la privatización, responsable entonces de toda la economía, que se encontraba al borde del colapso, y le convenció para que fuera a dar una charla a los alumnos del curso de ruso avanzado.

—¿Sabes quién debe de tener mucho tiempo libre? —le comenté a Rustem más tarde—. Pues el tal Chubáis. Va por las universidades dando charlas a los estudiantes extranjeros.

Tardé varios minutos en convencer a Rustem de que no estaba bromeando.

—¡Has visto a Chubáis! —se quedó maravillado—. ¿Y qué os ha explicado?

Por desgracia, no recordaba nada de lo que había dicho, salvo que había empleado muchos participios.

Acabé yendo a Asia Central en compañía de uno de mis compañeros de la universidad, un matemático taiwanés llamado Alex. Llegamos a Taskent bajo una lluvia torrencial y empezamos a caminar desde la estación de autobús hasta nuestro hostal, avanzando por un laberinto de patios, haciendo caso omiso a los perros que nos ladraban desde detrás de las vallas de tela metálica, cruzando un charco enorme por un puente improvisado con un tablón podrido.

—Taskent es la Venecia del Este —anunció Alex con su peculiar voz monótona.

Mis recuerdos de ese viaje son dispersos, pero vívidos. Subsistíamos a base de una crema de chocolate para untar que comíamos directamente del tarro con ayuda de una cimitarra uzbeka que vendían como suvenir. Teníamos que sobornar sin cesar a la gente. En un momento dado, pasamos veinte minutos vagando por un salón de billar cerca de una estación de autobuses, tratando de identificar al tipo que, se suponía, debíamos untar. Además, yo tenía que llevar la voz cantante porque nadie entendía lo que decía Alex. Y para mi consternación, también tenía que encargarme de hacer todos los cálculos financieros.

—¿Acaso no eres tú el especialista en matemáticas? —le pregunté una vez a Alex, en plena pesquisa de a quién había que pagar para un visado kirguís.

—Sólo manejo números a nivel teórico —me soltó Alex. Pasamos tres días en Uzbekistán, Kirguistán y Kazajistán, a razón de lugar por día. Pasamos mucho tiempo en las estaciones de autobuses donde Alex me obligaba a hacer con él una tabla de gimnasia, «como los alemanes».

—Estamos desperdiciando minutos —gritaba esforzándose en poner acento alemán.

A veces, resultaba que los soldados habían requisado los autobuses —había una guerra en Kirguistán— y, en esos casos, aunque hubiera asientos libres, teníamos que esperar al siguiente.

—¿No podemos coger también nosotros este autobús? —pregunté una vez.

—¿Cómo…? ¿Con los soldados? —exclamó el encargado de la estación—. ¡Ja, ja, ja!

En Bujara visitamos el palacio del emir, plagado de pavos reales. Algunas habitaciones se habían recubierto de cemento. «Esto era antes el conservatorio, pero los soviéticos se opusieron a los pianos de cola.» En las montañas de Kirguistán visitamos unos baños termales donde, metidos en unos cubículos de madera, nos sumergimos en aguas sulfurosas. El sulfuro se mezclaba con el olor dulzón y empalagoso de la carne de caballo, que alguien cocinaba en una hoguera. En Bishkek nos montamos en una noria que marcaba el lugar donde Tamerlán, supuestamente, había expresado su deseo de ser enterrado. La noria estaba en una plaza que, de no ser por ella, habría estado desierta, donde un niño con varios dientes de oro describía círculos con una bicicleta; otro chico, vestido con un traje gris, disparaba contra un arbusto solitario con una ametralladora de juguete.

Pero la ciudad que más me impresionó fue Samarcanda, con su almacén soviético abandonado y el observatorio astronómico donde, en el siglo XV, Ulughbek marcó las coordenadas de 1.018 estrellas, y la universidad medieval desierta. Los leones del mosaico de la Madraza del León —mitad tigre y mitad reloj— eran, a todas luces, obra de un artesano que nunca había visto un león. Samarcanda es el lugar donde está enterrado Tamerlán, bajo una losa de jade de casi dos metros de largo traída de un templo de China. Por mi mente cruzó el pensamiento de que tal vez, algún día, volvería, cuando estuviera menos cansada, sucia y desconcertada.

Aquel verano, poco después de volver a los Estados Unidos, el rublo se desplomó. Muchos bancos, incluido el Menatep, quebraron de la noche a la mañana. Rustem liquidó sus rublos comprando máquinas de fax; de vez en cuando me enviaba faxes a mi trabajo de verano, en el departamento de corrección de una gran editorial de Nueva York. Con el tiempo los faxes dejaron de llegar; el verano tocó a su fin.

Al volver a las clases aquel otoño, empecé a estudiar el «Oriente ruso»: leí relatos del realismo soviético de escritores uzbekos y kirguises, tratados paneslávicos de lingüistas soviéticos, tratados pantúrquicos de turcos kemalistas, poemas «caucásicos» de poetas rusos. Me matriculé en un curso de uzbeko para principiantes que impartía un estudiante de posgrado, natural de Samarcanda, llamado Gulnora. Estaba fascinada por aquella lengua, que me parecía una versión del turco más áspera, más ingenua, más rusa. Para esas palabras que los turcos kemalistas habían tomado prestadas del francés (del tipo «tren» o «jamón»), los uzbekos soviéticos recurrieron al ruso. En aquel entonces di con un libro sobre Pushkin cuya autora era Monika Greenleaf, profesora de Stanford. Según la investigadora, el viaje que Pushkin realizó a Arzrum fue en realidad en sustitución de un viaje que tenía planeado a París, una ciudad con la que Pushkin había soñado toda su vida —«¡Dentro de una semana estaré definitivamente en París!», así empieza una obra suya inacabada—, pero nunca llegó a visitarla.

Pushkin empezó a viajar a los veintiún años cuando, por unos versos políticos radicales, fue desterrado de Petersburgo para cumplir un encargo de la administración pública en la actual Dniepropetrovsk. Allí hizo amistad con un héroe de la campaña de 1812, el general Raevski, con quien viajó durante tres meses por el Cáucaso y Crimea, recopilando material para El prisionero del Cáucaso y La fuente de Bajchisarái. Después lo trasladaron cerca de Moldavia y luego a Odesa, donde se enamoró locamente de la mujer del gobernador general, se batió en varios duelos y lo obligaron a dejar el servicio civil. Entretanto, la policía secreta había interceptado una carta en la que Pushkin mencionaba estar «estudiando el ateísmo puro» de un inglés sordo en Odesa, que había desmentido de forma concluyente la inmortalidad del alma. So pretexto de esas líneas heréticas, Pushkin fue exiliado a Pskov.

En 1826, el nuevo zar Nikolái I permitió a Pushkin volver a Moscú e incluso asumió la tarea de supervisar y censurar sus trabajos. Por desgracia, el zar se reveló como el censor más molesto que tuvo Pushkin. Peor aún, lo puso bajo custodia del conde Benckendorff, el jefe de la policía secreta, quien tenía que aprobar todas sus peticiones de viaje. (En este punto, apunta Greenleaf, «el exilio tan lamentado de principios de la década de 1820» ya había empezado a «representar la libertad itinerante de su juventud».) Cuando Benckendorff deniega la petición de Pushkin de viajar a París, en 1829, Pushkin decide atravesar la frontera hacia Turquía. Y así el Oriente, que debía de representar «los espacios abiertos para la aventura y para una mirada al pasado personal», representó en realidad lo contrario a la libertad: el destierro de París, el centro del mundo, a la periferia más absurda.

Cuando volví a Stanford como estudiante de posgrado de segundo año, tuve que empezar a tomar un curso de aptitud pedagógica en lengua rusa para preparar mi año obligatorio de enseñanza de ruso a universitarios. Las clases las impartía, en ruso, una lingüista de formación soviética llamada Alla que nos recomendaba, entre otras cosas, tratar a nuestros alumnos más estúpidos con compasión, «como si tuvieran cáncer».

Mientras hacía las prácticas de pedagogía, estalló un escándalo en torno a una de mis compañeras de clase, Janine, una chica rusohablante no nativa que en aquel momento enseñaba ruso a los estudiantes de primer año. Alla se dejó caer por una de las clases de Janine y vio que en la pizarra había escrito la frase vasba imia («su nombre») —que habría estado bien si imia («nombre») fuera un nombre femenino, pero en realidad se trata de un neutro irregular, así que la forma correcta es vashe imia. Los alumnos de Janine fueron reasignados de inmediato a otro estudiante de posgrado (que ahora tenía doble carga lectiva); durante el resto del año, todo lo que se le permitió hacer a Janine fue corregir los deberes de los alumnos utilizando una clave de respuestas.

La situación de Janine me dio mucho que pensar. De acuerdo, «nombre» es una palabra muy común en una clase de primer curso en cualquier lengua, y sí, la maestra debería saber con toda seguridad su género. Por otra parte, de lo que estábamos hablando era de un error de ortografía en una letra de una palabra irregular. ¿Quién de nosotros estaba a salvo de cometer un error parecido?

Mientras reflexionaba sobre todo esto, la Universidad de Berkeley anunció un puesto vacante de profesor de uzbeko, un claro gesto de la «mano invisible». Sólo había cursado un año de uzbeko, pero el profesor que se encargaba del proceso de selección —autor de un famoso estudio semiótico sobre el suicidio— me dijo que si tomaba un curso intensivo de verano en Uzbekistán el puesto sería mío. En Stanford, la directora del programa de lenguas especiales me dijo que también podría enseñar uzbeko allí: las clases de uzbeko tanto en Berkeley como en Stanford computarían para mis prácticas pedagógicas. Me parecía una idea estupenda porque ¿quién iba a rebatir mi ortografía uzbeka en la pizarra? Nadie.

El único curso intensivo de inmersión en lengua uzbeka reconocido por los Estados Unidos estaba dirigido por el Consejo americano de profesores de ruso y tenía un coste de siete mil dólares.

—Me pregunto por qué es tan caro —recuerdo haberle comentado al profesor de Berkeley—. El billete de avión cuesta mil dólares… y, al fin y al cabo, se supone que los gastos fijos en Uzbekistán son muy bajos.

El semiótico, al tiempo que contaba con tres dedos de la mano, calculó:

—Mil dólares por las clases, mil dólares por alojamiento y dietas y cuatro mil para la bolsa de cadáveres con que te enviarán de vuelta a casa.

Conseguí los siete mil dólares, la mayor parte de Stanford y el resto del Departamento de Estado de los Estados Unidos, pero entonces la cuestión fue por otro derrotero. Resultó que el salario del puesto en Berkeley se retribuía con cargo a una beca gubernamental que estipulaba que su destinatario debía ser uzbeko nativo. De modo extraño, también sucedió que la directora del programa de lenguas especiales de Stanford afirmó al comité de becas que yo había «inventado toda la conversación y el intercambio de correos electrónicos» en los que ella me decía que cabía la posibilidad de que yo pudiera impartir clases de uzbeko en Stanford. Todavía conservo su correo electrónico. Dice así: «Estaría encantada de tenerla como profesora de uzbeko en el Programa de Lenguas Especiales.» «Nunca le dije nada a esa mujer», aseguró la directora del programa, al parecer, al comité de subvenciones.

No me tomé las noticias demasiado mal. Tal vez, pensé, lo mejor era que nadie me animara a largarme a Uzbekistán con una bolsa para cadáveres de cuatro mil dólares sólo porque temía que Alla me pillara cometiendo una falta de ortografía. Me cité con la administradora responsable de las becas regionales para los Nuevos Estados Independientes a fin de explicarle que quería devolver el dinero. Mientras le relataba mi historia, la expresión de la administradora se hacía cada vez más distante.

—Esto no tiene buena pinta —dijo al final—. ¿Te estás echando atrás en tu propuesta de investigación sólo porque no puedes optar a un puesto específico en Berkeley este año en concreto? —sacudió la cabeza—. No, no tiene buena pinta. Me caes bien, Elif, y quiero que te vaya bien. Por eso te digo que, si retiras ahora tu proyecto de investigación, la probabilidad de que este comité te vuelva a conceder una beca en el futuro es muy reducida.

De entre todas las circunstancias que contribuyeron a que yo acabara en Samarcanda, este ultimátum fue el más inesperado. ¿Que me fuera a Uzbekistán… o nunca volvería a conseguir financiación del departamento? Mi primer instinto fue decirles lo que podían hacer con su financiación. Pero tres cosas me hicieron cambiar de opinión. Primero, la financiación departamental y las buenas relaciones con el departamento, a la fría luz de la razón, no eran algo que se pudiera desdeñar. Segundo, por entonces yo estaba muy influenciada por Retrato de una dama, libro en el que se puede leer la siguiente frase: «Por lo demás, tenía siempre presente que una no debe jamás lamentar el haber cometido un error generoso.» En consecuencia, estaba reconsiderando a cada instante todas mis decisiones conservadoras y corrigiéndolas en favor de los «errores generosos», una categoría que seguramente incluía ir a Samarcanda a aprender la gran lengua uzbeka. Tercero, mi vida amorosa era un desastre y quería poner tierra de por medio.

En cierto sentido, el tiro me salió por la culata porque una de las personas de las que me quería distanciar, mi novio de la universidad, Eric, insistió en acompañarme por su propia batería de razones (preocupación por mi seguridad; su convicción —y en eso resultó que no andaba equivocado— de que la experiencia nos daría temas de conversación en un futuro; y algunas oscuras ambiciones geopolíticas que conllevaban la búsqueda del conocimiento total del mundo). A mi pesar, me tocó la fibra sensible. Le dije que preguntaría qué gastos le acarrearía acompañarme. Resultó que apenas ninguno. Sólo cabía añadir doscientos dólares para la estancia e incluso gozaría de la póliza de muerte accidental y del seguro por pérdida de un miembro del cuerpo, que recibí por correo a las pocas semanas:

Vida: 25.000 $

Dos o más miembros: 25.000 $ Un miembro: 25.000 $

Pulgar e índice: 6.250 $

Un valor máximo de 50.000 $ para emergencias, repatriación por razones médicas o repatriación de restos mortales.

Repatriación de restos mortales: las prestaciones incluyen, entre otras cosas, los costos de embalsamamiento, cremación, caja mínima necesaria para su envío y transporte.

La «orientación» tuvo lugar en Washington, D.C., en un hotel de categoría media cuya decoración era por completo de color malva. Había treinta y cinco estudiantes en el Programa de estudios de lengua rusa y de área, treinta y tres de los cuales iban a Rusia.

En la cena de la primera noche —«pasta primavera» servida en mesas de color malva en un comedor asimismo malva— tuvimos que escuchar un discurso de un profesor de lingüística que había inventado un sistema para evaluar las competencias en una segunda lengua. La genialidad del sistema se basaba en un concepto de calificación según una escala del uno al cuatro.

En realidad nadie me obligaba a quedarme en aquella sala. Seguramente sería más constructivo ir a comprar un sombrero para protegerme del sol. (Tengo el cabello oscuro y en Uzbekistán hace mucho sol; por cierto, Uzbekistán y Liechtenstein son los dos únicos casos de países en el mundo que están doblemente aislados, pues, además de no tener salida al mar, limitan con países sin salida al mar.) Cuando salí del salón malva, el orador hizo ver que no se daba cuenta, o bien realmente no se dio cuenta. En la recepción pregunté al conserje, en cuya identificación se leía ALBRECHT, dónde podía comprar un sombrero. Albrecht me sugirió que tal vez podría buscarlo en las inmediaciones de Georgetown.

—Así que nosotros estamos aquí… —dijo tratando de posar el bolígrafo del hotel sobre el mapa. Pero el bolígrafo se quedó suspendido, como un helicóptero. Albrecht no era capaz de ubicarlo en el mapa—. Esta situación es de lo más violenta —confesó—. Su sinceridad me dejó muy impresionada.

En aquella tarde húmeda, las luciérnagas revoloteaban a la altura de los ojos sobre las calles de casas de ladrillo. Por alguna razón, acabé metida en un Urban Outfitters. Me vi rodeada por chicas que compraban ropa imposible de llevar: vestidos transparentes con cuello de pico hasta el ombligo; tejanos que medían literalmente cinco centímetros de la cintura a la entrepierna; tangas con incrustaciones de diamantes falsos sin elasticidad alguna. Encontré un sombrero blanco horrendo que no me quedaba nada bien, lo compré y salí corriendo a un Barnes & Noble.

En el curso había otro estudiante que iba a Uzbekistán: Dan, un especialista en ciencias políticas con vínculos en Taskent, indescriptiblemente mediocre, tanto en su aspecto como en su modo de comportarse, una especie de retrato robot. En el avión, Dan se las ingenió para hacerse amigo de un grupo de doce estudiantes uzbekos y ucranianos, beneficiarios de un programa de intercambio. Durante la escala en Frankfurt, nos sentamos todos en dos filas de asientos de una sala de espera y miramos un álbum de fotos de un joven uzbeko llamado Muratbek. Muratbek tenía la tez bronceada, el pelo decolorado y una sonrisa perenne en los labios. Cada vez que expresaba algo en cualquier idioma, añadía la coletilla: «¡Impresionante!»

Turkcha gapirasizmi? —me preguntó—. ¿Hablas turco? ¡Impresionante!

Después de extinguir dos horas de mi juventud de esta manera, me fui a buscar a Eric, que se había saltado la orientación y volaba a Frankfurt directamente desde San Francisco. Su avión llegó a otra terminal, más grande. Un coche BMW, el gran premio de algún concurso, estaba aparcado en el centro de un inmenso atrio. Al otro lado de un panel de cristal, se deslizaba por la pista de aterrizaje un carro abierto con una montaña de maletas, el cual se recortaba sobre el cielo pálido de primera hora matutina. En una pantalla de televisión enorme se retransmitía un partido del Mundial, Turquía contra Japón. Un pequeño grupo de empleados de la limpieza turcos se arracimaba frente a la pantalla. En los momentos de tensión, dejaban caer los mangos de la fregona y se arrojaban a los brazos unos de otros mientras gritaban a los jugadores en alemán.

Eric salió del avión con una camiseta blanca y una mochila. Con sus tiernos ojos achinados y parpadeantes parecía tan filosófico y de buen humor como Snoopy. Como Eric era oficial de inteligencia de la Reserva Naval de los Estados Unidos (de ahí, parte de sus ambiciones geopolíticas), acabamos en una sala de espera para militares con conexión gratuita a internet y pastelitos de salvado, además de una pequeña televisión en que se podía ver el partido Japón-Turquía. Ganó Turquía, 1-0. Incluso en la sala para militares oímos los vítores de los empleados turcos.

Llegamos a Taskent bien entrada la noche. La zona de recogida de equipaje se asemejaba a una habitación aparecida en un sueño, la habitación de la casa de alguien. Una brisa se colaba a través de una ventana abierta. Pasamos por el control de aduana y nos dirigimos a un aparcamiento donde a Dan había ido a buscarlo su familia de acogida en Taskent, compuesta por tres adolescentes con caras avergonzadas y su madre, de nombre Marjuda, una mujer con sobrepeso, dientes de oro y un vestido de color rojo intenso. Marjuda nos dispensó a todos una calurosa bienvenida; escribió en un trozo de papel su número de teléfono y nos dijo a Eric y a mí que la visitáramos en Taskent. Luego hizo un gesto a Dan para que se dirigiese a su coche. Dan se volvió hacia mí:

—Así que esta noche os quedaréis con nosotros, ¿verdad? —dijo con apremio, como si yo fuera íntima amiga suya.

—Ah, no, nos quedaremos en un hotel —le dije. Al día siguiente nos enviarían a un conductor que nos llevaría a Sa­ marcanda.

—Pero ¡si acaba de invitaros!

Hundidos en la neblina del sueño, Eric y yo entramos en el coche de un empleado del Consejo americano de profesores de ruso, que nos conduciría a nuestro hotel. Los eslóganes propagandísticos estaban impresos sobre las paredes y las vallas en letras enormes —pude reconocer HALQIM, «mi pueblo», y VATANIM, «mi país»— y los firmaba Islom Karímov, el que era presidente de Uzbekistán desde la caída del Telón de Acero. La última vez en salir reelegido como líder de la nación fue en 2000, con el 91,9 % de los votos, contra un único adversario, un profesor de filosofía marxista, que más tarde admitió que él también había votado a Karímov.

Por la mañana, un diminuto coche coreano que brincaba con las vibraciones de un estéreo de mala calidad nos recogió en una esquina. Su chófer, un tayiko inescrutable, apagó la radio en cuanto entramos en el coche. Una vez llegamos a la calle principal, el sol empezó a apretar y el calor se hizo insoportable. Cada cierto tiempo, el conductor hacía pequeños ajustes en la temperatura. Ponía el aire acondicionado entre «Máx» y «Mín»; abría y cerraba la rejilla de ventilación; bajaba un poco la ventanilla y luego la volvía a subir. No importaba lo que hiciera, el calor seguía siendo inaguantable.

Después de una hora en silencio absoluto, el conductor se volvió hacia mí y me dijo en ruso:

—¿Así que no trajeron ningún casete?

—No, ninguno —le dije—, pero tal vez podríamos escuchar alguno de los suyos.

El conductor se quedó callado un momento.

—¿Y qué pasa si no les gusta mi música? —preguntó al final.

—Oh, estoy segura de que nos gustará —respondí. El conductor parecía de veras confundido.

—Ni siquiera sabe qué clase de música tengo.

Treinta kilómetros de la autopista entre Taskent y Samarcanda pasaban por Kazajistán. Justo al dejar atrás el punto de control policial, el paisaje cambió por completo. Campos desiguales y parduscos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. No había ni árboles ni figuras humanas. Aquí y allá, se veían unos cuantos caballos melancólicos y esqueléticos con sus cabezas prehistóricas inclinadas.

Veinte minutos más tarde volvieron a surgir árboles, árboles frondosos con los troncos pintados de blanco a ambos márgenes de la carretera; la policía uzbeka había montado un puesto de control.

—¿Volvemos a estar en Uzbekistán? —pregunté al conductor.

—Sí, esto ya es Uzbekistán. ¿No ve los árboles? —Esto… ¿no hay árboles en Kazajistán? Sacudió la cabeza y frunció el ceño.

—No les gustan.

—¿A los kazajos no les gustan… los árboles?

El chófer sacudió la cabeza con mayor convicción si cabe.

—Para nada.

Nos detuvimos frente a la casa a última hora de la tarde. Dos puertas de madera maciza estaban encajadas en una pared de yeso de color rosa; una de ellas se abrió lentamente, y Gulchekhra, nuestra «hospedadora» —realmente la llamaban así, como si fuéramos lombrices intestinales— salió a recibirnos. Curiosamente, una música familiar llegó hasta nosotros. Gulchekhra nos dedicó una sonrisa amable a Eric y a mí, y otra menos cortés al conductor a quien se dirigió en tayiko: a todas luces trataba de despacharlo, mientras él caminaba arrastrando los pies y miraba al suelo, con el aspecto de alguien que espera la paga. No se trataba, como supimos luego, de una triquiñuela. El conductor era algo así como un pariente, en el sentido más amplio de la palabra, por lo que Gulchekhra intentaba ser amable con él, según nos explicó, pero eran los norteamericanos de Taskent quienes tenían su dinero; a ella no se lo habían dado.

Pasamos a través de un pasaje cubierto hasta un patio de piedra con una piscina cuadrada cuya agua verde y turbia estaba poblada de vida vegetal. El aire, caliente y trémulo, vibraba con lo que más tarde reconocería como una balada de Enrique Iglesias. Junto a un equipo de sonido de grandes dimensiones, un muchacho que lucía un mostacho de foca lavaba un sedán Daewoo con una manguera de jardín.

A Eric y a mí nos cedieron un ala entera de la casa, que constaba de tres habitaciones: un dormitorio, una pequeña sala de estar con televisión y un comedor donde destacaba una gran mesa con cabida para una veintena de personas. (El lavabo, de funcionamiento defectuoso, estaba ubicado en un ala diferente.) Gulchekhra nos pidió que la llamáramos Gulya y me anunció su intención de llamarme «Emma», porque mi verdadero nombre era muy complicado de pronunciar. Vieja apparátchitsa2 comunista, en aquel momento trabajaba como agente de viajes y había estado «en todos los países del mundo, excepto América, África y Japón». Tenía dos hijos: Inom, el adolescente que lavaba el coche, y Lila, una niña de cuatro años. El padre de Inom y Lila, nos explicó, «se había hecho yogui» y marchado a California dos años atrás.

Esa tarde Inom me llevó en coche a la universidad, donde conocí al vicerrector Safárov, un personaje de constitución similar a la de un frigorífico, de rostro elástico y de párpados pesados, que me trajo a la memoria cierto mueble antropomórfico de una película de Disney. Recostado en el sillón de piel de su despacho, hablando en un ruso con marcado acento, el vicerrector Safárov me dio un discurso sobre la importancia de la literatura comparada y de los estudios culturales.

—Podemos estudiar los símbolos y la forma en que se utilizan en diferentes culturas —declaró—, o los sistemas folclóricos, o las percepciones del mundo mediante las diferentes estructuras lingüísticas. —Se reclinó en su silla, con los brazos cruzados—. ¿Qué clase de lengua desea estudiar aquí, como elemento principal?

—El uzbeko —me aventuré a decir con cautela. ¿Estaba al corriente de que yo debía impartir clases de ruso al año siguiente?

Safárov sacó un cuaderno y empezó a esbozar mi programa de estudios. Cada día tendría cuatro horas lectivas: dos horas de «expresión oral» y dos de «expresión escrita», o lo que es lo mismo, de la grandiosa lengua literaria uzbeka. Yo era la única estudiante que asistiría a esas clases. Tras levantarse de detrás del escritorio, Safárov abrió la puerta del despacho con gesto teatral y apareció un joven larguirucho con una camisa de vestir.

—Aquí está su profesor de lengua —dijo Safárov—. Se llama Muzaffar.

Muzaffar, un licenciado en filosofía, tenía la piel pálida, ojos claros y rasgados, pómulos salientes y una manera de moverse blanda y triste, como un muñeco. Inclinó la cabeza, al tiempo que se llevaba una mano al pecho. Pese a su aspecto exótico y sus gestos foráneos, el aura de malestar que emanaba me resultaba familiar por observaciones previas de estudiantes de filosofía.

Muzaffar había recibido instrucciones de acompañarme a casa de Gulya. Su presencia me pareció opresiva. En un momento dado de nuestro paseo, pasamos junto a unas chicas rusas que fumaban un cigarrillo.

—Debo pedirte disculpas, Elif —dijo Muzaffar en inglés, en voz baja y en un tono que se me antojó insinuante—. Nuestras chicas, las uzbekas, no fuman en la calle, faltaría más, pero las rusas sí que lo hacen.

—Está bien —le dije y traté de invitarle en dos ocasiones a que se fuera a su casa y me dejara hacer sola el resto del camino, pero no sirvió de nada. Ya fuera por gracia del hombre o de Dios, el sentido de responsabilidad por mi seguridad había arraigado en él de manera firme.

Doblamos hacia la calle de Gulya.

—Te veré mañana —dijo Muzaffar—. Trabajaremos muy duro.

—Estupendo —contesté.

—A nuestra edad —observó—, tenemos que trabajar y estudiar mucho, mientras aún tenemos fuerzas.

Esta observación me hizo sentir, por primera vez, buena disposición para con Muzaffar. Me eché a reír y vi en sus ojos claros un destello divertido.

—Mientras aún tengamos tiempo —aclaró—. El tiempo se agota, pero además pronto tampoco nos quedarán fuerzas.

En aquel momento ya nos encontrábamos a pocos metros de las puertas de madera maciza; se oía ya a Enrique Iglesias. Muzaffar dijo que era hora de despedirse y que él se quedaría detrás de un árbol hasta que yo me encontrara sana y salva dentro de casa.

—Ah, muy bien —dije—. Adiós.

—Adiós. Entra en casa. No te preocupes. Yo me quedaré aquí —señaló un árbol esmirriado.

Llamé a la puerta mientras miré por encima del hombro hacia el lugar donde Muzaffar, fielmente apostado tras el árbol, levantó su brazo flácido. Le devolví el gesto. En el interior del patio, la música estaba muy fuerte. Inom estaba lavando otra vez el coche.

—¿Había un hombre escondido detrás de ese árbol? —preguntó Gulya con desconfianza.

—Yo no he visto a nadie —respondí.


*© Elif Batuman, 2010,
*© Editorial Seix Barral, S.A., 2009, 2010,
*© Traducción: Marta Rebón, 2011.

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