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Anna Prizkau | del:alemán

Cincuenta gradaciones de gris

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Maxim Biller

Ella tiene miedo, es curiosa, y ha sabido estar de mejor humor: es la joven reportera Anna Prizkau, que va en busca de una enigmática secta nazi en el vacío Este de Alemania. Lo que encuentra no son los célebres Artamanes, cuyo miembro más conocido fue en el pasado Heinrich Himmler, sino gente completamente normal y triste. No quieren ser confundidos con los nazis que busca Anna Prizkau, llevan adelante una vida simple de campesinos, de todo punto normal, y no sospechan que los Artamanes hace ya tiempo que se encuentran entre ellos. La periodista Anna Prizkau nació en 1986 en Moscú, llegó a Alemania siendo aún una niña y escribe crónicas y relatos breves siguiendo la tradición de Isaak Babel y Heinrich Böll.

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¿Qué buscas aquí? Eso dicen los ojos, severos ojos. La boca solo dice: “La pieza número doce está arriba”. Luego debe retirarse, la severa empleada del hotel. Solo la soledad duerme hoy aquí. Ningún otro huésped. Es el vacío Este de Alemania. Un pueblo en Mecklemburgo – Antepomerania. Su plaza principal mira detrás de la ventana hacia esta pieza número doce. Las calles vacías y oscuras. Ninguna luz. En ninguna casa. ¿Dónde están las personas? ¿Duermen? ¿Tal vez porque están resfriadas, como quizá esté resfriada esta pensión? Porque todo – puertas, paredes, suelos – emite ruidos suspirantes, como si tosiera, la casa.

Y a las doce y media tose tan fuerte que una pared se ha roto seguramente por causa de la fiebre. ¿O son personas? Salgo a mirar al pasillo. En el pasillo no hay nadie, solo Christa Wolf y Fallada. Una mesa con libros. La mano toma la novela de Wolf. En gris, sobre las páginas amarillentas, dice que lo pasado no está muerto, que ni siquiera ha pasado. Eso es Faulkner. Y, en efecto, es por eso que estoy aquí: los viejos nazis son los nuevos nazis. Y nuevos nazis son los que quiero buscar. Mañana, le digo a Wolf, y me duermo.

La mañana se ve igual que una tarde. Las nubes grises se comen el azul del cielo. Un chubasco azota las calles angostas. Una bicicleta, de alquiler, es coartada, es camuflaje, pues siempre hay gente andando en bicicleta por la zona. “Los caminos para bicicleta más bonitos de Mecklemburgo”, así figura en Internet. Mentira. No hay ningún ciclista. Y los transeúntes siguen resfriados.

Pero un par de pueblos más allá se supone que al menos viven neo-Artamanes, esos auténticos y verdaderos viejos viejos nazis. Se los llama colonos nacionalistas, porque pueblan los lugares donde no hay nadie, y creen mucho en la cuestión de la sangre y la tierra, en la que también creía Heinrich Himmler, que era él mismo un Artaman.

El mapa del iPhone dice: hasta los nacionalistas faltan aún 18 kilómetros. Pero esta lluvia ahora arrecia, la chaqueta se moja y pesa. La casita de una parada triste y silenciosa se transforma en escondrijo contra este clima. El aguacero pasa, pero con él también la señal del teléfono. El mapa se ha borrado. Por eso son ahora los recuerdos quienes conducen la bicicleta. Y por eso no llego al pueblo que se llama Klaber, colonizado por los Artamanes, sino a Koppelow. Y Koppelow tampoco está mal, porque se supone que aquí vive un campesino ecológico muy nazi, con pasado en el Partido Nacional Alemán.

Otra vez y por supuesto este vacío. Ningún café ni ningún supermercado, ninguna persona, ningún neonazi en la calle. Solo gallinas delante de los gallineros. Entonces un hombre se acerca desde una casa gris. Perdón, busco a un campesino ecológico que vive aquí, le digo.

– Aquí ya no hay ningún campesino, todos han quedado en bancarrota – dice este hombre, que lleva alrededor de la panza un pulóver gris mugriento y debajo de su nariz un tupido bigote color pulóver – Alguno tiene todavía un par de animales, pero puso todo a nombre del hijo.

– ¿Conoce a ese campesino y a su hijo?

– ¡Todos judíos! ¡Todos judíos! – dice el bigotón.

– ¿Cómo? ¿Son judíos?

– No, es un decir. Usureros son esos, todos usureros.

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Cuando un antisemita llama judío a un hombre del Partido Nacional Alemán hay demasiadas cosas tergiversadas, dadas vuelta. Por eso solo guardar silencio, seguir viaje. Después de una hora arriba y abajo – las colinas de Mecklemburgo son infinitas – me tomo una pausa delante de una bonita casa blanca. Echo un vistazo al teléfono: no hay señal. Y ninguna idea de dónde está Klaber, esa colonia. Pero quizá lo sepa la gente de la casa. Quizá son ellos mismos nacionalistas. Justo cuando estoy a punto de tocar el timbre, un Ford polvoriento se detiene delante de la entrada.

– ¿Qué busca ahí? – exclama el conductor del Ford.

– Preguntar dónde estoy.

– Esa es la casa de los alcohólicos, a esta hora nunca están, tienen que comprar alcohol – me dice el dueño del Ford, y luego – La solidaridad nacionalista ha alojado ahí a los incurables de la región.

Le pregunto dónde está Klaber, pero Klaber está muy lejos. El hombre del Ford me explica después cómo hago para volver al pueblo, a mi pensión. Los nazis entonces mañana, pienso y me marcho, con hambre, cansancio y una ligera depresión. Contra el hambre, el cansancio y la leve depresión solo ayudan los buenos restaurantes. Pero no hay ningún restaurante.

– Solo un bar, que también tiene cocina – eso me dijo la severa empleada de la pensión enferma y vacía.

El bar que también tiene cocina es mudo, las personas no hablan mientras comen, esperan la comida, beben. Una small talk  fracasa. ¿Cómo se puede hablar con la gente? ¿Son estos ya los de derecha? ¿Y me lo quieren callar? Y si no, ¿dónde están los de derecha? Se supone que el Este está repleto de ellos, lo dicen la televisión y los periódicos y los números.

“¿Cómo es que llegamos a ser como somos hoy?”, pregunta la novela de Christa Wolf en la segunda noche. La República Democrática Alemana, el mundo del Partido Socialista Unificado y el falso antifascismo flotan en la cabeza junto con las palabras de Wolf. ¿Qué hacen las viejas mentiras con la nueva gente? En aquel entonces no se veían nazis por aquí, del mismo modo que hoy yo no he visto aún ningún nazi. “¿Entonces mañana?”, le digo a Wolf y me duermo.

La mañana de nuevo sombría. Esta vez otro camino, que lleva a la colonia de los viejos viejos nazis. El camino al paraíso. Porque un poeta muy muerto dijo una vez sobre este paisaje que era el paraíso sobre la tierra. El paraíso tiene el aspecto de una profunda depresión. Todo es gris y está desteñido. Dos horas de bicicleta más tarde, y al fin Klaber. Solo una colina más. Arrastro mi bicicleta ahora.

– ¿Y, demasiado empinado por aquí? – exclama un hombre en un alemán del norte suave y pausado.

– Aquí debería haber una colonia – le digo.

– Aquí no hay nada. Arriba viven algunos del Oeste – dice de pronto con rostro sombrío.

– ¿Cómo son? – le digo.

– No hablo con advenedizos – dice, y en su frase irrumpe la voz de una mujer.

El hombre debe entrar. Un “chau”, solo que con “sh”, muy del norte de Alemania.

Luego está ahí, la casa de los colonos. De ladrillo rojo. Adelante, una pequeña casita de madera tiene colgado un cartel que dice “Miel auténticamente alemana”. ¿Eso es algo neonazistoide? Un sitio en el que anidara el terror nazi habría necesitado al menos dos pequeñas eses en caracteres rúnicos. Nada. En ninguna parte.

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¿Dónde están los colonos?

– ¡Hola! – exclamo en dirección a la casa roja.

Nada. Quizá fue demasiado bajito. Pero más fuerte no puedo, tengo algo metido en la garganta. Sí, miedo. ¿Notarán los nacionalistas que mi sangre es falsa, no nórdica? El miedo permite un nuevo grito bajito. Y de nuevo silencio. Y está bien que no estén, porque los pensamientos siguen girando en torno a la sangre. El cielo ahora está casi negro. El miedo obliga a volver a la bicicleta. ¿Y ahora qué? Un cartel dice que hoy es la fiesta del otoño. Y yo quiero estar entre personas, pero ¿quizá estén allí estos colonos? El miedo lucha con la curiosidad. El miedo pierde.

En la fiesta del otoño solo hay al principio una gran mesa. Allí yace Auralia. Es bonita, redonda y ligeramente colorada. Pero tiene un problema: Auralia viene del Este de Alemania. Tiernos dedos la recorren. Un hombre, ya mayor, que dice:

– En el Oeste la odian por eso.

– ¿Por qué?

– Antes en el Oeste se creía que todo aquí tenía pesticida. Pero, ¿ahora? No lo sé, lamentablemente no soy un alemán occidental.

El hombre es pomólogo. Auralia es un tipo de manzana. Yace ahí con otras cien. El gran show de las manzanas. El Oeste, que solo ve en el Este policías idiotas, maníacos votantes del partido Alternativa para Alemania y neonazis, está tan repleto de arrogancia que hasta existen manzanas discriminadas, pienso yo, y luego pienso que este viaje no es más que arrogancia.

El pomólogo sigue hablándome de las manzanas. Pero las manzanas son conocidas, los colonos no. Por eso pregunto por los neo-Artamanes.

– No tenemos nada que ver con ellos – dice este fan de las manzanas.

Y un visitante, luego:

– Esos están en el Este.

– Pero aquí es el Este – digo.

– No, en dirección a Usedom, ahí viven esos.

Uno delgado y grandote con bellas y profundas arrugas machaca histriónicamente una olla con coles, que serán chucrut; dice que los nacionalistas son muy problemáticos para la movida ecológica. Él también está en la movida ecológica.

– Que uno se ocupe de su tierra con su sangre, hasta ahí puedo entenderlo, pero que se desprecie a la gente que no es alemana, eso es una locura.

Por esos ecologistas de derecha es que el flaco grandote de las arrugas evita las asociaciones bio de Mecklemburgo.

– Ahí los de derecha están sentados a la mesa en todas partes.

Pero, ¿dónde están ahora? El grandote no los conoce personalmente. ¿Por qué nadie aquí los conoce? ¿Porque la vida de campo es tal vez vida en familia? En el libro de Christa Wolf dice eso: “Una familia es un amontonamiento de personas de distintas edades y sexos con el estricto fin de ocultar vergonzosos secretos en común”. Y tal vez, pienso yo, la gente no habla de estos otros porque rige el mismo principio que en una familia.

La fiesta familiar ha llegado ahora a su fin. Por eso de nuevo al bar, que también tiene cocina. Esta vez no está mudo, está repleto. Dos hombres señalan una silla vacía. Están por salir de fiesta, y yo debo ir con ellos, me dicen. Y sí, vamos.

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Un club de pesca con choza de madera y con hogar. Una pared está hecha solo de trofeos, las otras paredes fueron alguna vez blancas, la decoración es minimalista. El anfitrión se llama Martin. Tiene treinta y es cocinero, pero de momento está en rehabilitación.

– El disco intervertebral, el disco intervertebral – dice después del hola.

Once hombres. Y tres mujeres, que hablan “de cosas de mujeres”, así dicen ellas. Hablan de los niños, de los hombres, de Douglas. Una habla con un bello y penetrante acento polaco, hace solo dos meses que está en Alemania. Practica equitación, pero se lastimó y por eso ahora cuida caballos. Tal vez esta extranjera conoce a los xenófobos y hable abiertamente y con franqueza. Le pregunto por los de derecha.

– No, no, la gente aquí me trata de lo más bien – dice.

Eso es demasiado extranjero-bueno, va contra cualquier prejuicio. Salgo a fumar. Está Martin. El tema, mi tema, obviamente Alternativa para Alemania. Pero Martin dice que la derecha y los votantes de ese partido están todos en el Este. Otra vez: en dirección a Usedom.

 – Pero ahora en serio, ustedes tienen problemas con los refugiados – digo con tanta curiosidad como insidia.

– No, si ni los conocemos, aquí no hay. Aquí estamos solos – se enciende un cigarrillo – Pero sería bonito que alguna vez viniera alguien.

Tal vez Martin se refiere a los sirios, tal vez solo a sus amigos, muchos se mudaron a Hamburgo, a Berlín. Habla del vacío en el campo, de su soledad.

– Pero me mantengo bien ocupado – dice en referencia a la pesca.

Los hombres pescan a diario, al menos los que no tienen trabajo. Son la mayoría. De nuevo la leve depresión. Desde la casita de madera grita Bon Jovi, y es hora de irse.

La última mañana no es sombría como las otras. Es brutal. La cabeza estalla de aguardiente Angler. De repente brama el teléfono. Solo un mensaje, Martin. “¿Vienes después a pescar con nosotros?” Pescar es la salvación de Martin, así me contó. Y en el campo, en estos pueblos, cada cual necesita una salvación, para no desesperar de soledad, de vacío. Aquellos que no tienen nada se van. Los otros buscan. Los pomólogos determinan tipos de manzanas. Los bebedores beben en la casa blanca. Los hombres del club de pesca van a pescar. Pero cuando uno no es bebedor ni pomólogo o pescador y tampoco encuentra otra cosa, entonces solo queda tal vez la ideología de derecha. Uno puede muy bien convertirse en nazi en el país que antes era la RDA, en la que supuestamente nunca hubo nazis, pienso de pronto, y luego pienso también: ¿se volvería uno así invisible para los demás? ¿O solo se escondería bien? ¿Cuánto tiempo se escondería bien? ¿Hasta encontrar a la mayoría con la misma ideología?

Busco analgésicos en la cartera y me los tomo y también a Christa Wolf, otra vez el libro. Y ahí, una cita de Gottfried Benn: “Estas ciudades del Este tan grises, tan cubiertas de polvo: de esta forma no es posible entenderlas”. Y Benn y Wolf tienen razón. Aquí no voy a encontrar nada.


*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

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