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Rodge Glass | del:inglés

Cincuenta y nueve lugares donde coger en Arizona

Traducción : Virginia Higa

Introducción de Maya Feldman

Rodge Glass ha escrito un extraordinario y emocionante cuento de amor. En su excelente colección de relatos LoveSexTravelMusik, cuentos para la generación Easyjet, Glass logra una escritura afilada, original y humorística que describe la impotencia y la confusión de una generación entera que, supuestamente, goza de la posibilidad de ver el mundo con un solo click y en un precio asequible. Lo que se expone en este cuento agridulce es la falsedad de esa movilidad. Ella cuida a enfermos terminales, él es un joven desempleado y ambos están atrapados en el círculo vicioso de la supervivencia cotidiana, día tras día, noche tras noche. La solución mágica, el escape que encuentran, como aquellos trabajadores que venden lo único que tienen, es el cuerpo. Y de ahí, ¡el sexo! Ellos cogen. Fingen. Asumen roles. Y en la red, donde hay de t-o-d-o, desde "cultivadores de calabazas de Yorkshire" y hasta "brujas y neopaganos del sur profundo", ahí encuentran el grupo más adecuado para ellos: "Un hogar lejos de casa para viajeros de mente abierta que aprecian las bellezas naturales de todo tipo". La historia se mueve entre la promesa de lo posible y la tan limitada realidad. Como tantos jóvenes de su edad, Jennifer y Daniel nunca visitarán Arizona, pero gracias a su bello amor, podrán ellos también ser, de vez en cuando, Brad Pitt y Angelina Jolie.   

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Desde la audiencia has tenido más tiempo para estudiarla, pero no puedes hacerlo las veinticuatro horas. Hay gente en este mundo que todavía tiene trabajo, y el jefe de Jennifer pondría el grito en el cielo si se enterara de que la estuviste siguiendo a la enfermería. Probando las tabletas. Haciendo preguntas estúpidas. Arrastrándola al armario de suministros para un rapidito mientras algún veterano de guerra balbuceaba sus últimas palabras al otro lado de la pared. No; cuando te eliminan de ese rubro, te eliminan de por vida. Y no todas las ideas de Jennifer son buenas.

Así que durante la mayor parte de los últimos tres meses has limitado tu estudio a las horas domésticas, entreteniéndote solo en el departamento mientras ella está en el trabajo. Cocinaste linguini con camarones y chiles la noche que te despidieron, lasaña vegetariana la noche siguiente. Toda la primera semana limpiaste y aspiraste como un demonio. Jennifer te llamó su perra y los dos se rieron juntos. Vaticinó que pronto se les sincronizarían los períodos; te hizo cruzar los meñiques y prometerle que le prepararías un baño de espuma cada vez que te lo pidiera. Eso fue cuando todavía bullías de entusiasmo por la libertad y todas las tareas eran divertidas; entonces empezó el juego de roles. Ahora, algunas noches, cuando Jennifer está de turno, lo único que haces es meter la mano dentro del jogging para agarrarte las bolas y hacer planes online, en la oscuridad. En el Observatorio Lowell en Flagstaff, te dices a ti mismo entre dientes, cliqueando el mouse con la mano libre. En el Parque Nacional Saguaro, cerca de Tucson. De solo pensarlo se te moja la nuca. Se te seca la boca. Cuando resulta demasiado, vuelves a dominar el FIFA 12.

Noches enteras pasan así.

Ya van cuatro meses desde que la administración le pidió como favor a Jennifer que cubriera un par de guardias nocturnas: una de las chicas nuevas estaba ausente por enfermedad, dijeron. Es sólo hasta que se sienta mejor, dijeron. Probablemente no sea por más de una o dos semanas. Pero ya casi es Navidad, la chica enferma se convirtió en la chica deprimida, y Jennifer sigue en esas guardias nocturnas de pesadilla sin señales de que las cosas vayan a cambiar pronto. Tenías la esperanza de que salir del call center trajera la oportunidad de hablar de un nuevo comienzo, tal vez en algún lugar donde la vida fuera más barata, con más chances de que brillara el sol. Pero no hubo tiempo para esa clase de charla. Seis veces por semana, ella sale de casa después del ocaso y vuelve antes del amanecer. El día es noche y la noche es día. Jennifer dice que le está afectando los sentidos, y también está afectando los tuyos. Tienes que adaptar tus patrones de sueño para estar despiertos al mismo tiempo. En el sendero apache, rodeado de las majestuosas Montañas de la Superstición.

Te aseguras de tener todo listo cuando llega del trabajo –luces apagadas, persianas cerradas– para que Jennifer pueda hacer de cuenta que es de noche. Se merece una bienvenida decente pero has aprendido a no molestarla en la puerta. No le gusta que la agobien. El trabajo que hace no puedes ni imaginarlo. Los últimos momentos de hombres y mujeres comunes, despojados de sí mismos. No es de extrañar que necesite unos minutos de soledad. Así que te quedas ahí en la cama, haciéndote el dormido, escuchándola moverse en la cocina, picando cosas de paquetes en la heladera y comiendo parada mientras afuera la noche se convierte en día. Luego se mete en la cama, te da un beso y se queda dormida, a veces completamente vestida. Si eso sucede, la desvistes despacio, cuidando de no hacer ningún movimiento brusco, quitándole el maquillaje con una toallita para el rostro. Pones su corpiño, bombacha y medias en la cesta de la ropa sucia y cuelgas su uniforme detrás de la puerta del dormitorio, listo para el día siguiente. Entonces cubres los cuerpos de ambos con el acolchado, le rodeas la cintura con los brazos y esperas a que llegue el cansancio. La mayoría de las veces, Jennifer duerme profundamente. A veces tú también.

Los sueños de Jennifer no le aclaran la mente, pero cuando abre los ojos se comporta como si el mundo fuera una moneda brillante recién encontrada en el suelo. Casi todos los días se despierta a eso de las dos, se da vuelta en la cama para mirarte y antes de que puedas hacer foco, susurra: ¿Lo hacemos, vaquero? Cuando está cansada, sus pupilas parecen ruedas de ruleta. Cuando está caliente, envuelve tus piernas con sus piernas cortas y te pregunta qué será hoy. ¿Barack Obama y Michelle en el Salón Oval? ¿Beyoncé y Jay-Z en su mansión de Los Ángeles? ¿Brangelina en su escondite del sur de Francia? Por lo general deciden juntos. Entonces llega el momento de los disfraces, media hora de lo que Jennifer llama rock n’roll en los mismos agujeros de siempre, y a eso de las tres los dos ya están durmiendo de nuevo. Se despiertan alrededor de las cinco, se tiran frente al televisor y comen un sándwich mientras miran telenovelas o un DVD. Un par de horas más tarde todo comienza de nuevo, y las siguientes diez horas son solo tuyas.

La semana pasada le dijiste a Jennifer que esto no podía continuar. Lo de estos ejecutivos es una burla, y le sugeriste que hiciera huelga. Este estilo de vida no es práctico. Le dijiste que habría problemas si las cosas seguían así hasta Hogmanay, la celebración de Año Nuevo en Escocia . ¿Qué iban a hacer con las campanas? ¿Mirar todo por Sky Plus? ¿Mirar el Big Ben la tarde siguiente, todo apagado, cantar Auld Lang Syne y hacer de cuenta que es otro año? Jennifer arrugó la nariz. Las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba. Entonces dijo: Deberíamos hacerlo durante el conteo. Tratar de coordinar, ya sabes, 3, 2, 1… Jennifer es una verdadera romántica. Las últimas semanas notaste algunas cosas que no viste antes, cuando tenías trabajo y todavía atendías el teléfono cuando sonaba. Si Jennifer duerme, te concentras en su respiración, tratando de imitarla con la tuya, preguntándote si se queda contigo solamente porque está demasiado cansada para dejarte. Si está despierta, le prestas atención a sus tics y sus hábitos. Sus deseos. Todavía sirves para algo, ¿verdad? En los baños para discapacitados del Sea Life Aquarium en Tempe. Vestidos de pies a cabeza de indios americanos en el Museo Heard.

Por los tiempos, sabes que ella casi nunca hace una parada en el camino de vuelta a casa. La fina capa de barro húmedo en sus botas prueba que usa siempre el mismo atajo a través del parque; el recorrido de puerta a puerta le lleva unos veintitrés minutos. El conteo de canciones reproducidas en su iPod muestra que de camino escucha los mismos discos: la abundancia de Born in the USA a la ida, el vacío de Nebraska a la vuelta. (Últimamente sólo escucha a Springsteen. Dice que escribió todas las canciones que quiere escuchar. En este asunto no están de acuerdo). No hay muchos negocios abiertos en ese trayecto a las seis de la mañana, pero incluso si los hubiera, te parece poco probable que se detuviera en cualquier lado antes de volver con su hombre. Su Daniel. Jennifer es una chica bastante puntual. Los números hablan por sí solos.

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Segundos más, segundos menos, Jennifer tarda treinta y siete minutos todos los días en prepararse para el trabajo; lo sabes porque tienes un cronómetro en el teléfono. Esos treinta y siete minutos por lo general incluyen unos ocho para vestirse, dos de los cuales usa para ponerse las alhajas que le regalaste para su cumpleaños, para San Valentín, para la última Navidad. Unos seis minutos para sus deposiciones diarias. Tres para lavarse los dientes. Nueve minutos para ponerse un poco de rubor y delineador. Luego cuatro o cinco hablando sobre lo que piensas hacer mientras ella alimenta, baña y cambia a los que ella llama los zombies babeantes de Yorkhill. Es difícil recordar algo que sucedió hace tanto tiempo –fue al comienzo de la relación, hace ya dos o tres años–, pero cuando empezó en el hospicio, Jennifer era mucho más dócil.

En ese entonces hablaba de hacer un trabajo que fuera bueno para el alma. Cuando estaban con gente, le daba un cierto resplandor. Ahora ninguno de los dos socializa, ella trata de no pensar demasiado, los pacientes se han convertido en los zombies, y en casa todo es vestirse de Hitler y Eva Braun y hacer de cuenta que el departamento es el búnker y que llueven bombas aliadas en el exterior mientras logran tener sexo desesperado una última vez antes de que hagan efecto las falsas pastillas para suicidarse. Por su relato de lo que sucede en la enfermería, todos estos comportamientos parecen técnicas de supervivencia bastante esenciales. Jennifer dice que si uno lo piensa, en realidad las fantasías mejoran la calidad del cuidado que recibe la abuelita o el abuelito de alguien en sus últimos días en la tierra. Allá afuera, en el mundo, las fantasías salvan vidas. Así que lo mínimo que puedes hacer es prepararle un baño de espuma cada tanto y asegurarte de conseguir los disfraces por un precio razonable en eBay.

Durante algunas semanas después de la audiencia te diste el gusto de conversar acerca de cómo te gustaría contribuir con los costos de los disfraces, y también de algunas otras cosas mundanas como la hipoteca, el gas y la electricidad; prometiste revisar los diarios para buscar oportunidades. Le dijiste a Jennifer que mirarías los sitios de clasificados y te suscribirías para recibir alertas en el correo electrónico. Algunas veces le dijiste que ibas a encontrarte con tal o cual contacto para tomar una cerveza antes de la hora del cierre; la mayoría de las veces era mentira, pero Jennifer lo dejó pasar. No pedía detalles ni seguía preguntándote luego de que dijeras que habías tenido una entrevista en O2, o H&M, o donde fuera. Aun así, era obvio que no tenías deseos de volver a entrar en el mercado laboral. Barman. Mozo. Vendedor. Si sólo tenemos una vida, pensabas, ¿por qué molestarse con cualquiera de esas cosas?

El martes pasado, cuando Jennifer te preguntó por tus planes para el día, se te ocurrió esto: ¿Recuerdas cuando hablamos de ponerle una almohada en la cabeza a la tía Joan, en Arizona?, dijiste, tratando de descifrar su expresión. ¿Ocupar su casa? Bueno, tal vez no necesitemos a la tía Joan. Mira, encontré algo. Entonces le mostraste el sitio: 17: En el Centro de Ciencias de Arizona. 18: En mitad de la caminata en Squaw Peak, en la reserva de las montañas Phoenix. Esperabas que lanzara algo. Que hiciera una lista de las facturas que había pagado desde que Greg y los muchachos de la oficina central te habían liberado del opresor. No la habrías culpado si se hubiera marchado para no regresar jamás. Pero Jennifer es una maldita santa. Una chica mala. Te rodeó el cuello con los brazos, con su calor flotando en el aire entre sus cuerpos, y te mordió el lóbulo de la oreja, sujetando la piel entre los dientes unos segundos antes de soltarla. Usa tu imaginación, te dijo. Y eso es lo que has estado haciendo desde entonces.

A veces te preguntas cómo sería la vida si hubieras crecido antes de internet. ¿Qué hacía la gente? Tal vez miraban por la ventana, o se pasaban el día mirando el piso, seguros de que ahí afuera había vida, pero incapaces de demostrarlo. Qué suerte tienes de poder acceder a todas las maravillas del universo en un milisegundo. No hay excusas para el aburrimiento cuando hay más posibilidades que nunca para la imaginación humana. Ahí afuera hay una comunidad para todos. Amantes de las palomas de los ex estados yugoslavos. Cultivadores de calabazas de Yorkshire. Brujas y neopaganos del sur profundo. Para algunas personas tanta información resulta abrumadora. Ven el mundo, perciben lo pequeños que son y se desesperan. Pero tú eres uno de los que pueden pasarse un turno entero del hospicio bajando música gratis, mirando videos de hipopótamos bailando en YouTube y buscando lugares inusuales en países extranjeros para darle a la chica que amas una buena y dura demostración de afecto. El universo tiene los brazos abiertos para ambos. No hay motivos para tener miedo. Y como demuestran estas mágicas páginas virtuales, más allá de toda duda, todos tienen sus cositas. El eslogan de uno de los sitios dice: Un hogar lejos de casa para viajeros de mente abierta que aprecian las bellezas naturales de todo tipo.

El número 23 dice: Al anochecer, en el extraordinario Jardín Botánico del Desierto.

El número 31 dice: En una de las increíbles cuevas subterráneas en el Parque Nacional Kartchner Caverns (algún bromista agregó aquí una foto totalmente negra, cuya leyenda dice “Dentro de una cueva”).

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Debajo de la lista completa de los 59 “lugares del desafío” hay enlaces a varios álbumes de fotos, cada uno con imágenes de parejas que se han fotografiado en algunos de los lugares del recorrido. La mayoría no logra hacer más de diez locaciones. Casi todas las imágenes son amateurs. No importa. Una instantánea, de una pareja de Copenhague, está tomada desde la perspectiva de una mujer montando a su marido a orillas del lago Havasu. En la foto se ven sus rodillas apoyadas en los brazos de él. Él está en el piso, mirando hacia arriba. La expresión del hombre no se parece a nada que hayas visto antes, y cuando se la muestras a Jennifer, ella se pregunta en voz alta a qué se dedicará. Si le habrá mentido a su jefe sobre para qué necesitaba tomarse un tiempo del trabajo, y si sus colegas sabrán sobre sus vacaciones. Entonces ella te empuja hacia el piso, mientras la presentación sigue mostrando a la pareja de Copenhague en una serie de ambiciosas posiciones en el Cañon de Chelly, luego en la reserva natural Out of Africa, luego en los estudios Old Tucson. En un video tienen puesto el mismo sombrero cowboy y se escapan desnudos de dos guardaparques. Jennifer insiste con la posición del perrito, los dos mirando la computadora. Empuja fuerte dándote la espalda.

Eso fue hace tres noches.

Esta noche, cuando salía para su turno, Jennifer te abrazó fuerte y te preguntó si tenías algo para ayudarla a pasar el descanso. Lo pensaste, observándola de cerca mientras tomaba sus llaves, se ponía el abrigo y salía por la puerta. Enfiló hacia la entrada. Entonces se detuvo en la acera. Miró hacia atrás. Apoyada en la puerta, la imaginaste como Marilyn Monroe y tú como JFK y dijiste: Número 43: Dentro de las vastas profundidades del Gran Cañón, con vistas espectaculares a aquello que el geólogo y explorador John Wesley Powell llamó alguna vez “el espectáculo más sublime de la naturaleza”. Jennifer volvió a mirar hacia la calle, sacudió la cabeza, sonrió. Mientras se alejaba, dijo: Alguien está excéntrico hoy. Luego se fue y la miraste irse. Tu Marilyn. Tu Coco Chanel. Tu Michelle Obama.

Jennifer siempre dijo que las primeras horas de su turno eran las peores, así que te aseguraste de que tuviera un mensaje de texto esperándola cuando por fin llegara su primer descanso corto; una ayuda para que la segunda mitad del turno pasara un poco más rápido. Decía En una de las mesas de la legendaria Pizzería Bianco (puntaje promedio de Trip Advisor: 4.0 de 5). Darnos de comer en la boca el uno al otro es opcional. Adjuntaste un jpg de Bob y Sue Hampton de Bournemouth, él sin nada más que un sombrero de chef, ella de moza en topless, los dos haciéndolo junto a un gran plato de antipasto. A las doce y diez de la noche llegó la respuesta. Se ve complicado. ¡Pero sabroso! Estoy dispuesta si tú lo estás… Después de eso le empezaste a mandar más sugerencias. No podías evitarlo.

Opción 1: EN EL LEJANO OESTE. Estilo 1880, en el famoso pueblo Rawhide del Lejano Oeste, viajando en el Carruaje Butterfield que cruza el pintoresco desierto de Sonora tirado por una mula. (Otras opciones incluyen casamiento de apuro, costo: 10 dólares, souvenir fotográfico incluido. Potenciales complicaciones: ¿Qué hacer con el guía? ¿Es posible alquilar un carruaje propio? ¿Y a tu madre le molestaría si nos casáramos en el exterior?).

Opción 2: EN EL CINE. En Monument Valley, vestidos como el excéntrico director John Ford, cuatro veces ganador del Oscar, y Mary, su amada esposa por cincuenta y nueve años. Sugerencias: usar un parche ocular, como Ford; reproducir escenas de las obras más destacadas de Ford. (Posibles problemas: ¿cómo hacer que Las uvas de la ira sea sexy? Considerar también: Qué verde era mi valle).

Opción 3: SANTOS Y PECADORES. En la Misión de San Xavier del Bac en Tucson, fundada en 1692. Vestidos de Pastor y de una participante entusiasta de la congregación. (NB: en un supuesto milagro presenciado por gente de toda el área de Tucson, aparentemente el Padre Ignacio José Ramírez y Arrellano continuó sudando durante horas después de su muerte. Luego lo canonizaron. ¿Podríamos incorporarlo de alguna manera, tal vez?).

Jennifer no respondió a ninguna de estas sugerencias, pero era cierto que ella prefería los dramas donde la mujer era dominante. O tal vez no respondió porque era una estupidez y habías llegado demasiado lejos y no tenía tiempo para esta clase de cosas porque estaba ocupada limpiándole el trasero a alguna viejita frágil y asustada que quizás tendría un ataque al corazón ahí mismo si supiera lo que estabas planeando hacer con su dulce y bondadosa enfermera. ¿Por qué Jennifer no respondía? Algo andaba mal. Así es. Así es. Se suponía que no tenías que llamarla cuando estaba de guardia, aun así tuviste que hacerlo. El celular estaba apagado. Por supuesto que estaba apagado. En lugar de dejarle un mensaje de voz, le escribiste otra vez: Te extraño. Estoy muy orgulloso de ti. Cuídate y nos vemos en casa, ¿ok?

Llegó once minutos más tarde de lo normal, de modo que supiste que algo andaba mal antes de verla llorar. Corrió a tus brazos desde el pasillo, ocultó la cabeza en tu hombro y la dejó ahí un largo rato. Cuando levantó la visa, su rostro era todo maquillaje corrido y miedo. No podía respirar. Dijiste, Vamos, vaquera, la levantaste y tambaleándote con ella en brazos, la cargaste por las escaleras. Ella se rio. La abrazaste con suavidad mientras te pegaba y decía, No puedes irte a ningún lado. Los besos suaves se convirtieron en intensos, y poco después los dos estaban tirados en la alfombra del dormitorio, enfrentados, dos cuerpos en la luz matutina. Tráeme pañuelos, Daniel, dijo ella. Así que se los trajiste. Luego subiste a prepararle un baño. Mientras lo hacías, pensaste que si todavía trabajaras en el call center, o en cualquier lado, no habría tiempo para esto. Jennifer habría llegado a casa, se habría secado las lágrimas mientras dormías, tratando de no despertarte antes de que sonara tu alarma. Te habrías levantado poco después, te habrías duchado y vestido deprisa, y habrías notado que algo andaba mal pero no tendrías tiempo de responder a eso, le prometerías que hablarían más tarde. Habrías ido a trabajar, preocupado por Greg, por los objetivos, por cuánto venden los otros en la oficina. Al volver a casa, Jennifer se estaría preparando para salir a su turno y no querría preocuparte, así que haría de cuenta que está bien, y antes de que pudieras notarlo, la sensación habría pasado. En el cañón Oak Creek, Sedona. Entre los pájaros, animales y plantas del Sud Oeste en el Parque Estatal del Arboreto de Boyce Thompson. En Paradise Valley. No, no quieres volver a trabajar nunca más. No quieres perder la oportunidad de estar ahí para ella. Solo pensarlo te da ganas de vomitar.

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Pero todo está bien porque no tienes trabajo, estás aquí, disponible, y sabes cómo a ella le gusta, así que cargas la bañera con dos medidas de espuma de baño y dejas correr primero el agua fría un rato. La llenas hasta casi la mitad. Luego la llevas hasta el baño, le quitas el uniforme, depositando cada pieza con cuidado para que no se arrugue. Ella dice: Estoy despierta, para variar. Tú dices: Sí, lo sé. Le besas la clavícula, detrás de la oreja, te agachas y la besas entre los dedos de los pies. Ella hace de cuenta que te aparta. La dejas. Ha estado llorando todo el tiempo. La alzas de nuevo y la metes suavemente en la bañera. Su color cambia de rosado a blanco, las burbujas pululan a su alrededor y su cuerpo desparece debajo de ellas. Entonces vuelves al piso de abajo, a la heladera, descorchas una botella de vino blanco y regresas. Apoyas la botella y las copas limpias en el piso. ¿Quieres que te sirva? Le preguntas, y ella asiente. ¿Quieres llamar a tu madre?, le preguntas. Ella sacude la cabeza. Más tarde, dice. Entonces Jennifer te toca el brazo y te pide que te quedes.

Sirves las dos copas hasta la mitad.

Con un suspiro, Jennifer dice: No tendría que… quiero decir, pasa todo el tiempo pero… Victoria murió durante la noche. Le respondes: No sabía que les ponías nombres. Jennifer te golpea despacio, se ríe, toma una copa y dice: Tienen nombres cuando llegan, tonto. Y entonces se larga a llorar de nuevo.

Entre lágrimas te cuenta la historia de vida de esta mujer a la que nunca conociste y que Jennifer nunca antes había mencionado. Vivió una vida plena, viajó mucho y hablaba cuatro idiomas. Tenía tres hijos, incluyendo a uno llamado Samuel que murió de muerte súbita. Trabajaba en clubes polacos de jazz y una vez tocó el piano en el Royal Albert Hall. Vivió en Arizona con su segundo marido por seis años antes de volver a Glasgow, y le contó a Jennifer sobre sus amigos y familiares que se mudaron allí luego de la guerra. Ayer Victoria parecía estar bien, cuando le hizo un cumplido a Jennifer por sus mejillas rosadas. Con lo cual quería decir que se veía feliz. No es que nada de eso tenga importancia ahora, dice Jennifer. Sí que la tiene, dices. Le preguntas sobre Victoria arrodillado en la alfombra del baño. Le pasas despacio una esponja por los brazos y las piernas, luego por el abdomen, los hombros, hasta que parece incapaz de seguir hablando. Entonces le secas los ojos, la tomas de las manos y empiezas a hablar. Lo haces en voz baja.

Éste es el plan, dices. ¿Lista?

Jennifer asiente.

Mañana a la noche abriré el auto de Greg, manipularé los cables para encenderlo y aceleraré hasta el hospital para recogerte en mitad de tu turno. Tú apuñalarás a tu supervisor con una aguja infectada en el pasillo, luego saldrás violentamente por la puerta y saltarás al auto por la ventanilla. Entonces tomaremos la autopista, haciendo planes mientras avanzamos. Número 46: En la jaula de los leones en el zoológico de Phoenix. Número 49: En el pozo de las escaleras del Castillo de Montezuma, mirando a los turistas desde las torrecillas. Número 53: Al aire libre, a bordo de un barco en el lago Pleasant. Piensas mientras hablas. Luego conozco a un tipo en el puerto de los ferrys, ya lo tengo planeado, y mientras sale el sol le paso un fajo de billetes a cambio de pasaportes nuevos. Jennifer dice: ¿De dónde sacaste el dinero? Le aprietas la mano para recordarle que no haga preguntas. Me convierto en José, dices. Tú te conviertes en Rosita. Luego hacemos la fila con el resto de los pasajeros, y nos subimos a un crucero de lujo con destino a Nueva York. En el barco lo hacemos de frente a las pequeñas ventanas redondas, el agua, el mar. El calor sube de nuestros cuerpos. En Nueva York robamos otro coche y viajamos los tres mil kilómetros, o algo así, hasta Phoenix. Dormimos en el auto. Asaltamos estaciones de servicio en el camino con la pistola que nos dio nuestro hombre en el puerto. Tienes un talento natural. Amenazas a los empleados y tomas el dinero de la caja. Increíblemente, ninguno de estos lugares que asaltamos tiene cámaras de vigilancia. Jennifer hace una mueca pero te deja seguir. Sólo les disparamos a algunos pero no importa, porque la mayoría son viejos, o tratan mal a sus mujeres. Jennifer vuelve a apretarte la mano y dice: ¡Daniel! Sonríes. Bueno, bueno. En fin. Nadie nos sigue. Nos lleva dos semanas llegar a Phoenix pero cuando llegamos tenemos un gran sobrante de dinero. Jennifer dice: ¿Y entonces qué? Sonríes. ¡Y entonces nos dirigimos al sendero!

Jennifer toma de su copa, luego la deja a un lado y descansa la cabeza al costado de la bañera, de cara al techo. Suena bien, dice, mirándote con sus ojos de ruleta. ¿Pero y los pasajes para esa línea de cruceros? Agitas unos pasajes imaginarios delante de ella. Vamos. ¿Me olvidaría de algo tan importante? Ella te quita el aire de entre los dedos, se incorpora y lo besa. De verdad quiero irme de aquí, dice, y vuelve a temblarle la voz. Lo sé, le dices. Para evitar que vuelva a largarse a llorar, levantas la copa y dices, ¡Por Arizona!, pero chocas las copas con tanta fuerza que la de Jennifer se rompe, dejando cientos de pequeñas esquirlas en el agua.

Le aprietas fuerte la mano y le dices: No te muevas.

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