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leyendo ahora: Del diario de Sherlock Holmes | Maurice Baring
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Del diario de Sherlock Holmes

Maurice Baring | del: inglés

Traducción : Martín Schifino

Introducción de Dror A. Mishani

En los últimos años, algunos investigadores de la literatura han formulado la siguiente y fascinante pregunta teórica: ¿Es posible que Sherlock Holmes (así como otros detectives posteriores) haya estado equivocado? En otros términos: ¿Es posible leer un relato detectivesco contra la proclamación del detective de poseer la verdad?
En el brillante cuento que sigue a continuación, escrito por el novelista, poeta y ensayista británico Maurice Baring (1874-1945) y extraído de su excelente libro "Lost Diaries" (1913) [Diarios perdidos], el autor consigue demostrar que dicho interrogante teórico ya había sido formulado cuando Holmes y Watson aún estaban con vida. Baring también demuestra que una parodia de un género o de una forma literaria nacen siempre al mismo tiempo que dicha forma, y no posteriormente (del mismo modo que "Don Quijote" es la primera novela y, simultáneamente, una parodia de novela), y asimismo demuestra, en general, que la parodia puede ser –ella misma– una admirable obra literaria. Este relato de Baring, para mí, no es sólo una parodia de Holmes, sino un texto en el que el personaje del inmortal detective aparece más interesante, y ciertamente más entrañable, que en cualquier otro relato.

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Baker Street, 1ro de enero. Empiezo el diario para apuntar unos cuantos sucesos útiles que de nada le servirán a Watson. A menudo Watson no consigue ver que un caso sin éxito es más interesante desde un punto de vista profesional que uno exitoso. Tiene buenas intenciones.

6 de enero. Watson se marchó a Brighton por unos días, para cambiar de aires. Esta mañana ocurrió un pequeño suceso de interés que me parece un ejemplo útil de cómo las personas que carecen de capacidades deductivas en ocasiones se topan con la verdad por equivocación. (Esto nunca le pasa a Watson, por fortuna). Lestrade llamó de Scotland Yard para hablarme de un anillo de rubíes y diamantes robado de entre los regalos de boda de Lady Dorothy Smith. En pocas palabras, los hechos eran los siguientes: el jueves por la tarde las joyas que había recibido de regalo Lady Dorothy fueron trasladadas de su dormitorio al salón para que las admirara un grupo de amigos. El anillo se hallaba entre ellas. Después de su exposición, las joyas fueron llevadas nuevamente arriba y guardadas en la caja fuerte. A la mañana siguiente faltaba el anillo. Al investigar el asunto, Lestrade había sacado la conclusión de que el anillo no había sido robado sino que debía de haberse caído en el salón o puesto en otro estuche; pero hasta entonces su teoría no contaba con apoyo alguno, pues se había registrado el salón y los demás estuches sin éxito. Lo acompañé a la residencia de la madre de Lady Dorothy, Lady Middlesex, en Eaton Square.

Cuando registrábamos el salón, Lestrade dio un grito de júbilo y sacó el anillo del forro de un sillón. Le dije que bien podía celebrar su éxito, pero que el asunto no era tan simple como al parecer creía. Un vistazo me bastó para notar no solo que las piedras eran falsas, sino además que habían fabricado el falso anillo a toda prisa. Por supuesto, deducir el nombre del falsificador fue un juego de niños. Lestrade o cualquier alumno de Scotland Yard habría supuesto que se trataba del mismo joyero que había hecho el anillo verdadero. Pregunté por el regalo del novio y, al poco tiempo, pude interrogar al joyero que lo había suministrado. Tal como pensé, había hecho un segundo anillo, con piedras de imitación (hechas con polvo de piedras verdaderas), una semana atrás, a pedido de una señorita. La dama no había dado su nombre y había recogido y pagado el anillo en persona. Deduje la obviedad de que Lady Dorothy había perdido el anillo verdadero (regalo de su tío) y, sin atreverse a confesarlo, había encargado uno nuevo. Regresé a la casa y encontré a Lestrade, que estaba de visita para supervisar que se vigilaran los regalos mientras los exhibían.

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Pedí ver a Lady Dorothy, que me dijo de inmediato:

–El señor Lestrade encontró ayer el anillo.

–Lo sé –respondí–, pero ¿cuál de ellos?

No pudo reprimir un temblorcito en los párpados cuando dijo:

–Había solo un anillo.

Le informé de mi descubrimiento y de mis investigaciones.

–Qué coincidencia más rara, señor Holmes –dijo–. Alguien más habrá encargado una imitación. Pero si quiere puede examinar el anillo usted mismo.

Al instante trajo el anillo, y vi que no era una imitación. Por supuesto, en el ínterin había encontrado el anillo verdadero.

Pero para mi gran irritación se lo llevó a Lestrade y le preguntó:

–¿No es este el anillo que encontró ayer usted, señor Lestrade?

Lestrade lo examinó y dijo:

–Por supuesto, es idéntico en todo sentido.

–¿Y cree usted que es una imitación? –preguntó aquella provocadora jovencita.

–Claro que no –dijo Lestrade y, volviéndose hacia mí, agregó–: Ah, Holmes, ya ve adónde nos lleva la teoría. En Scotland Yard preferimos los hechos.

No pude decir nada; pero al despedirme felicité a Lady Dorothy por haber encontrado el anillo verdadero. Aunque demostraba que mi razonamiento era correcto, el suceso me fastidió porque le dio a aquel necio despistado la oportunidad de jactarse a mi costa.

10 de enero. Un hombre vino a verme justo cuando Watson y yo desayunábamos. No dio su nombre. Me preguntó si sabía quién era. Dije: “Más allá de ver que no está casado, que ha venido esta mañana desde Sussex, que prestó servicio en el ejército francés, que escribe para los periódicos y le interesan en especial las batallas de la Edad Media, que da conferencias, que es católico y que una vez estuvo en Japón, no sé quién es usted”.

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El hombre respondió que no estaba casado, pero que vivía en Manchester, nunca había ido a Sussex ni a Japón, que no había escrito un renglón en su vida, que lejos de ser católico era francmasón y que se ganaba la vida como ingeniero eléctrico. Sospechando que mentía, le pregunté por qué sus botas estaban manchadas con la mezcla de arcilla y greda típica de Horsham; por qué llevaba botas del Ejército Francés, con elásticos a los costados, probablemente compradas en Valmy; por qué asomaba del bolsillo de su chaqueta un billete de ida y vuelta a Southwater; por qué usaba la medalla de St. Anthony en la cadena de su reloj; por qué fumaba cigarrillos Caporal; por qué sobresalían del bolsillo de su pecho las galeradas de un artículo sobre la Batalla de Eylau, junto con un ejemplar de The Tablet; por qué llevaba un paquete que, debido a la incuria con que había sido hecho (una incuria que, en consonancia con el resto de su ropa, demostraba que no podía estar casado), revelaba que contenía diapositivas para una linterna mágica; y por qué tenía un pez japonés tatuado en la muñeca izquierda.

–He venido a consultarlo para que me explique algunas de estas cosas –contestó–. Anoche me hospedé en el Hotel Windsor y, al despertar esta mañana, me encontré con unas prendas totalmente distintas de las mías. Llamé al camarero y se lo señalé, pero ni el camarero ni ningún otro de los empleados, pese a las averiguaciones que hicieron, fueron capaces de explicar el cambio. Ninguno de los ocupantes del hotel se había quejado de ningún problema con sus ropas.

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»Dos caballeros habían salido temprano del hotel, a las 7:30. Uno de ellos se había marchado definitivamente; se supone que el otro regresará.

»Todas las pertenencias que llevo puestas, incluido este paquete, que contiene diapositivas, le pertenecen a otro.

»Mis posesiones no incluían nada de valor: eran prendas y botas muy similares a estas; mi abrigo también estaba lleno de papeles. Y en cuanto al tatuaje, me lo hizo en un baño turco un tipo que había aprendido a hacerlo en la armada.

El caso no presentaba el menor interés. Me limité a aconsejarle al hombre que volviera al hotel y esperara al dueño de la ropa, que evidentemente era uno de los hombres que habían salido a las 7:30.

He ahí un ejemplo de cómo mi razonamiento, con una excepción parcial, era perfectamente correcto. Sin duda todo lo que había deducido hubiera encajado en el caso del verdadero dueño de la ropa.

De manera bastante irrelevante, Watson me preguntó cómo era que no me había dado cuenta de que aquel no tenía puesta su propia ropa.

Una pregunta estúpida, porque las prendas de segunda mano que llevaba le quedaban todo lo bien que tales prendas pueden quedarle a quien sea, y con toda seguridad él era de la misma talla que su dueño.

12 de enero. Encontré un carbúnculo de tamaño inusitado en mi pastel de ciruela. Sospeché que era el comienzo de un caso interesante. Pero, por suerte, antes de que le expusiera alguna hipótesis a Watson –que estaba muy animado–, entró la señora Turner, vio el objeto y dijo que su travieso sobrino Bill había estado haciendo de las suyas una vez más, y que la piedra provenía de un árbol de Navidad. Desde luego, yo no la había examinado con mi lupa.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

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