search
leyendo ahora: Desidia | Eva Menasse
search

Eva Menasse | del:alemán

Desidia

Traducción : Gabriela Adamo

Introducción de Sandra Heinrici

de hierba, cómo los humanos nos desencontramos el uno al otro. Y también a nosotros mismos. "Esa Hilde", a la que Fritz le habla en el bar "Paradise Now", aun cuando está sentada delante de un cocktail verde como la hierba, podría ser su última posibilidad de dar una vez más un golpe de timón. Arrancarles a su ex mujer y a las hijas una pequeña felicidad propia. Y ya aquí empieza el juego de engaños de la percepción, tanto la propia como la ajena. ¿Está desperdiciando su vida? ¿Lo manipulan sus propias hijas? ¿O se aferra, por el contrario, a lo que vale? La feliz seguridad, la estrechez asfixiante de esta vida indolente en la que se ha instalado Fritz, la exaltación poco antes de que presuntamente se desate el nudo gordiano están inscriptas de la manera más refinada en esta historia, que se lee con tanta liviandad. Al final, nada se ha resuelto, y las preguntas vitales se plantean con mayor urgencia aún. Y precisamente por eso, como sucede a menudo después de leer los cuentos de Menasse, una sigue viviendo de manera más inteligente.

Leer más

A esa Hilda Fritz la había conocido en un local llamado Paradise Now, en realidad, pura casualidad. Nunca iba a ese tipo de locales, hacía muchos años que se movía en un círculo formado por tres o cuatro bares y cafés, un puñado de buenos restaurantes, la cantina de la oficina y la barra que estaba junto a las canchas de squash. Una noche, durante uno de sus ataques de histeria, Karin mantuvo la lucidez suficiente como para llamar, por orden, a cada uno de esos lugares. Y así lo había encontrado, en el Blaubichler o en el Jakobinerwirt, poco después de medianoche. Fritz era previsible, le disgustaba abandonar sus recorridos habituales. Por eso, a lo largo de todos aquellos años sólo había tenido affaires con colegas del trabajo o, en menor medida, con las esposas de sus compañeros de squash y, más tarde, se consolaría pensando que, de todos modos, una mujer como esa Hilda no habría tenido cabida en su vida.

Y eso que era realmente atractiva, aunque oscura. Él no tenía mucha experiencia con mujeres de pelo oscuro; de algún modo, hasta entonces, siempre había caído en manos de rubias. Si se trataba de una preferencia era algo que no habría sabido decir. Karin era rubia como una niña sueca. Por supuesto, sus dos hijas en común eran rubias, qué sorpresa: él también era del tipo muy claro. Pero incluso Judith, la mayor, que había llegado al matrimonio con Karin, tenía la cabeza como un campo de trigo. Por eso los cinco parecían formar una verdadera familia feliz. “Tanto rubio es raro por acá, se intercalaron demasiados eslavos”, era la gracia que le gustaba repetir a Karin y, al hacerlo, parecía sentirse muy atrevida. Que las amigas de Karin también fueran rubias –si no naturales, entonces teñidas– era algo que a Fritz sólo le llamó la atención muchos años más tarde, después de haber se mudado. E incluso entonces no le dio importancia.

Sea como fuere, a Fritz le había resultado un poco raro hablarle a una mujer sentada frente a un trago color verde pasto con un abanico de duraznos enganchado en el borde. En su círculo se tomaba cerveza y buen vino, a las mujeres les gustaba el champagne. Pero de algún modo la noche entera se había salido de sus carriles por culpa de su colega Wolfgang, que, de pronto, en la cantina, después del turno tarde, le había vomitado encima toda su vida, el matrimonio deshecho, el niño discapacitado, y lo había obligado a acompañarlo a este Paradise Now, en contra de todas sus costumbres. Fritz no había podido decir que no. Ante las emociones, es decir, los poderes de la naturaleza, no sabía defenderse. No estaba habituado a conversar sobre temas personales, y eso que en la redacción ya circulaban algunos rumores sobre Wolfgang. Cuando Wolfgang pidió la tercera pinta de cerveza, lo miró fijo con sus ojos enrojecidos y le explicó que pensaba constantemente en el asesinato y en el suicidio, sólo que no podía decidirse si también debía matar a su esposa o si su supervivencia no sería el más hermoso de los castigos. Fritz pensó incómodo: la Pavlovic, esa intrigante jefa de servicios, nunca habría llegado a esta situación. Pero él, él era considerado un buen tipo. A él le arrojaban intimidades que a otros les habrían fascinado, y él sólo se sentía incómodo. Fritz comenzó a transpirar y tardó unos minutos tortuosos en comprender que Wolfgang no estaba esperando un consejo. Y por eso lo había acompañado al Paradise Now, por su alivio, por su conciencia sucia, y por una sensación de omnipotencia que comenzaba a expandirse de a poco y que sabía disfrazarse perfectamente como sentido de la responsabilidad.

Claro que Fritz se consideraba una persona reflexiva. Karin le había reprochado su desidia más de una vez, pero si él se dejaba estar –Fritz registraba esto a su favor– lo hacía a conciencia. Que se le escapaban algunas cosas sobre sí mismo era algo que él habría negado con vehemencia. Si tomaba algunos hechos tal como venían, era porque no encontraba sentido en resistirse. Por lo tanto, terminaba considerando su no-resistencia como una decisión consciente. Nadie lo haría cambiar de opinión. ¡Si de ese tipo de decisiones suyas, tomadas sin gastos superfluos de energía, la misma Karin había sacado el mayor provecho! La forma en la que se conocieron ya había sido tan precipitada, que otros tal vez se habrían opuesto sólo por principio.

¿O qué veinteañero se habría mudado a lo de una mujer con su beba tras una sola noche de amor? Más tarde, el pragmatismo de Karin le había parecido convincente. ¿Por qué ponerse a buscar una vivienda que, medio año más tarde, cuando se conocieran mejor y se amaran aun más, resultaría demasiado pequeña? Y ella necesitaba una vivienda, a pesar de que el padre de la niña, un joven director de teatro cargado de culpa, le había dejado el alojamiento conjunto después de confesar su amorío y esfumarse en el acto. De ése no acepto nada, cerdo mugroso, fue lo que Karin lanzó por lo bajo, mordiéndose el labio inferior de un modo que, en el futuro, Fritz vería muchas veces. Pero en aquel momento él, que había imaginado que una madre joven y recién abandonada debía ser un espécimen ahogado por el llanto, no pudo evitar la admiración de su furia vital. Aquí había, por fin, una mujer que sabía lo que quería y no una muchacha con flequillo y libros de bolsillo grasientos en la cama, como las que, hasta el momento, había encontrado en la universidad o en las fiestas.

Que estaba embarazada era algo que Karin recién le comunicó unas semanas más tarde, después de haber firmado el contrato de alquiler. Fritz no había encontrado nada raro en ello; embarazada en la primera noche: casi sintió orgullo. Y para la pequeña Judith sólo podía ser algo bueno. De por sí tenía que lidiar con el trauma del cambio de padre, él lo veía del mismo modo. Dicho sea de paso, el director de teatro, el padre de Judith, no era tan terrible, pero Fritz prefirió callarlo. Karin estaba emocionalmente involucrada, él creía comprenderla. En varias ocasiones, a lo largo de los años en los que Judith y Paula fueron creciendo –parecían mellizas–, Fritz había hecho de mediador entre Karin y el director. Siempre se había tratado de dinero, eso es obvio en este tipo de casos.

Más de una vez casi había estado del lado del director. Es posible que, en total, pagara muy poco (y eso se debía a que no declaraba correctamente sus ingresos; Karin diseminaba ese rumor por donde podía). Pero por qué, entonces, ella explotaba precisamente por una campera de invierno de liquidación y gritaba pidiendo abogados, jueces y el Ministerio de Menores: eso ni siquiera lo entendía Fritz. Aunque no lo habría admitido jamás. Tampoco el tono amistoso en el que transcurrían las conversaciones de mediación con el ex marido. Fritz siempre llevaba pensada una solución, por lo general concebida tras averiguar qué era lo que Judith estaba deseando justo en ese momento. Se la proponía al director ni bien se saludaban y después podían tomar en paz un vino tinto e intercambiar opiniones sobre el mundo cultural.

Psst, you might also like:
Algunos continentes habría sido mejor que nunca se descubrieran, Europa por ejemplo, con Europa siempre hubo problemas.

Tras el asunto con la campera de invierno había sido un día de esquí en Semmering. El padre del fin de semana incluso había invitado a Paula. Si bien eso no le quitó ínfulas a Karin –¡ahorra con su única hija en las cuestiones cotidianas, sólo para mostrarse como un fantástico papá aventurero!–, por lo menos sirvió para que terminara con su accionismo jurídico. La carta para el abogado permaneció unos días más sobre su escritorio, hasta que desapareció, y no se fue en el correo.

Por lo general, el director de teatro era de fácil cuidado. Todos los años organizaba unas buenas vacaciones de verano con su hija y, a menudo, también unas de invierno; fin de semana por medio se la llevaba consigo; era muy cauteloso en la forma en que la exponía a sus compañeras de turno. Sobre todo cuando Judith entró en la pubertad, ella parecía disfrutar de esa misteriosa vida lateral con su padre. Se decía que, en la costa provenzal, padre e hija leían en voz alta diálogos de Beckett y Brecht.

Como ya se dijo, las discusiones sólo se daban por dinero. Cuando, por ejemplo, Karin decidió intempestivamente que Judith debía cambiar el apellido de su padre por el de Fritz, la escasa resistencia presentada por el director de teatro lo sorprendió para bien. Karin lo había enviado a hablar primero. Siguiendo las indicaciones recibidas, Fritz había explicado que sería más fácil para Judith en la escuela. Le ahorrarían la estigmatización como hija de divorciados; ella misma ya había preguntado varias veces por qué tenía un nombre distinto del resto de la familia (Fritz exageraba un poco en este punto).Y así sucedió, a pesar de que el director había puesto una cara muy extraña, como vacilante, según Fritz le reportó más tarde a Karin, que pareció derivar una satisfacción un tanto ordinaria del asunto.

Cuando Fritz se apretó en el banco frente a esa Hilda, su hombro rozó la hoja de una palmera artificial. Ella le sonrió. Su voz era mucho más aguda y aniñada de lo que su aspecto llamativo permitía suponer. Vivía sola y tenía un hijo adulto. Siempre había lamentado tener un solo hijo, pero su matrimonio había sido suficientemente difícil y no tardó en deshacerse. Envidió efusivamente a Fritz por sus “dos hijas y media”. ¿Por qué de pronto había dicho “dos y media”? Antes siempre decía “tres”, pero desde su separación de Karin lo rondaba la sensación de tener que devolverle algo al director de teatro. O de tener algo en común con él… no había pensado tanto en el asunto.

Hilda contó que esperaba con ansiedad la llegada de los nietos, que volvía tan loco a su hijo con ese tema que, tal vez, por pura rebeldía, él nunca le daría el gusto. Por lo menos la amenazaba con eso. Entonces yo misma tendría la culpa, dijo y se rió.

A Fritz no le agradaba el tema. Al fin y al cabo, su hija menor ni había cumplido los cuatro. Karin había querido tenerla como una prueba tardía de amor, como expiación por una escapada de la que Fritz ya casi no se acordaba. Que Judith se hubiese ido ni bien terminó la escuela también parece haber tenido su importancia: nunca lo habrían esperado de esa muchacha tan tímida.

Hilda insistió en que Fritz le mostrara una foto de las niñas. Primero se resistió; desde todo punto de vista, el Paradise Now no le parecía un lugar adecuado para ese tipo de confidencias. Ella, por supuesto, dijo lo que decían todos (“ay, tan rubias y bonitas”) y se quedó con la foto en la mano por un tiempo largo. Pero después ninguno mencionó a su familia por un buen rato.

Tuvieron un par de semanas realmente buenas. Los primeros temores de Fritz se disiparon pronto: Hilda vivía en el mismo edificio del Paradise Now y sólo bajaba cuando en su departamento, agradablemente decorado, se terminaba el vino.

Hilda, sobre todo, tenía un cuerpo increíble. Tras todos estos años, experiencias y mujeres a menudo mucho más jóvenes de la redacción, Fritz ya no esperaba volver a entusiasmarse de esa manera con un cuerpo. Y eso que Hilda había sufrido incontables operaciones de la columna, pero las cicatrices sólo estaban en la espalda. Las veía poco, Fritz era un amante convencional. Pero la gimnasia que exigían los dolores de espalda, el entrenamiento muscular, la ocupación casi obsesiva con todas las funciones de su aparato locomotor, habían mantenido a Hilda delgada y flexible. Y una cosmiatra depilaba completamente su pubis, dejándole apenas una delgada franja de pelos. A Fritz eso le resultaba honesto y distinguido, no tan intimidante como las matas descontroladas que habían estado de moda veinte años atrás.

En ese aspecto, Karin era inconsecuente. Experimentaba con cremas que le provocaban sarpullidos, con afeitadoras que la cortaban, o se olvidaba de ambos y le crecían manojos de pelos entre las piernas. Y también estaba ese tono suave, especial, de la piel de Hilda, que fascinaba a Fritz, algo color oliva. En cambio, hacía un tiempo que Karin exageraba un poco con la cama solar.

Sea como fuere, a Fritz Hilda le parecía perfecta. Se la había descrito con exactitud anatómica a Anton, con quien vivía desde la separación de Karin (dos colegas de la oficina cuyos matrimonios, de pronto y para sorpresa de todo el mundo, habían estallado por los aires). Anton se había reído y se había burlado, no creía que él fuera tan sexista. Pero a Fritz le costaba caracterizar a Hilda de otro modo. Increíblemente buena era, había dicho al final, dócil, atenta; claro que no era una mujer tan fuerte como Karin, tan fuerte no era casi ninguna. Que durante el día Hilda le enviara mails con caritas sonrientes y corazoncitos titilantes era algo que prefirió callar. Pero después de haber compartido un vaso de vino con ambos, Anton pareció entender sin más palabras. Sólo de vez en cuando se hacía el envidioso y le preguntaba cómo andaba su gatito. La expresión se clavó en la memoria de Fritz como un arpón. No creía que Anton se estuviese burlando de él, pero igual se sentía un poco incómodo.

La que más sufrió con la separación de Fritz y Karin fue Paula. Mientras que la pequeña Lotte, por suerte, no entendía casi nada y Judith no sólo estaba distraída por sus estudios sino por su primer gran amor, ella pareció perder toda estabilidad. Ya se había puesto difícil con la partida de Judith y había adelgazado en forma atemorizante.

Psst, you might also like:
Domingo

Un par de semanas después de que Karin lo echara de la casa bajo insultos y amenazas, anunciando que reduciría al mínimo posible su contacto con las niñas –”por el bien de ellas”–, Fritz despertó en medio de la noche porque Anton –que en pijamas se veía inesperadamente arrugado– apareció frente a él con el teléfono en la mano. Ya no podía dominar a su hija, lloró Karin, y no era su culpa, en serio, no permitiría que le achacaran toda la responsabilidad. Al final de una conversación de dos horas, en la que, furiosa, había col gado varias veces el teléfono para volver a llamar enseguida, se habían puesto de acuerdo en que Fritz estudiaría con Pau la en ciertos horarios fijos. A lo largo de las semanas siguientes, cada vez que pisaba su vieja casa, Fritz sólo se encontraba con la muchacha. Karin tomaba precauciones para no cruzarse con él y, en una ocasión, Paula comentó con des precio que hacía rato que tenía un tipo nuevo.

Fritz se arregló con Paula mucho mejor de lo esperado. Con él se mostraba mansa como una ovejita y se esforzaba por aprender. Sólo al despedirse se colgaba de su cuello como una pequeña amante, metía sus manos bajo el cuello de su camisa como animalitos ansiosos y le rogaba entre lágrimas que la llevara con él. Y todas las veces él la consolaba con la conciencia sucia, pidiéndole tiempo hasta tener su propia vivienda. Realmente no podía llevar a la niña a su desprolija morada masculina; además, no confiaba en Anton, que, desde su divorcio, salía con muchachas cada vez más jóvenes. Pero se ocupaba con muy poco entusiasmo de su búsqueda. Esta vida de soltero, sin responsabilidades, traía consigo una libertad dulce y desacostumbrada; eso, por lo menos, lo admitía.

A veces, cuando se encontraba con Hilda después del trabajo, ella cargaba grandes bolsas de papel con el dibujo de una juguetería cara. Siempre parecía estar conociendo niños, y compraba regalos para los cumpleaños de todos los hijos de sus colegas. Dedicaba mucho tiempo y cariño a esos regalos. Cada vez que un bebé nuevo llegaba al mundo, se salía completamente de sus casillas. Para estar siempre lista a la hora de felicitar, guardaba un pequeño surtido de zapatitos de bebé, mantitas y animalitos de peluche en un cajón de su escritorio, en la oficina. Pero Fritz no sabía nada de eso, sólo las colegas se burlaban. La única vez que Fritz buscó a Hilda, el cuadro de corcho enorme detrás de su escritorio, repleto de fotos de niños, le había llamado la atención, pero no había pensado mucho al respecto porque sentía apuro por volver a salir. Fritz evitaba todas las circunstancias que pudieran hacer pública la relación. Para las cenas conjuntas proponía locales que buscaba en la guía de restaurantes, fuera de su circuito habitual. Simplemente no estaba listo, había intentado explicarle a Anton, su único testigo, a pesar de que con Hilda se sintiera tan bien como hacía mucho que no le pasaba. Tal vez sí le habían quedado consecuencias de los dieciocho años con Karin, bromeaba, aunque por lo general sólo se burlaba del permanente palabrerío bien-pensante en torno a la traumatización y la necesidad del procesamiento interior. Es que simplemente no quería apurar nada, afirmaba, y además le molestaba la forma en que Judith y Paula comentaban las amistades masculinas de Karin. Sin embargo, cuando Anton dijo una frase al pasar (“miedo a las hijas”), Fritz enfureció de verdad, cosa que lo sorprendió, más que nada, a él mismo. No se trataba de miedo, rugió, sino de respeto frente a las niñas y también a Hilda; respeto, entiendes, ¿es que sabes siquiera lo que eso significa?

Un día Hilda trajo un sapo verde de felpa. Sin saber bien por qué, lo había comprado –tenido que comprar– para la pequeña Lotte, le susurró, y apretó el juguete dentro de la mano de él. Fritz observó el sapo, cuyas patitas delanteras temblaron de miedo, y cuando levantó la vista, los ojos suplicantes de Hilda y los del sapo le parecieron perversamente emparentados. Fritz reaccionó sin consideración, sin con trol, como tantas veces había querido hacerlo frente a Karin y jamás lo había hecho.

Que cómo se lo imaginaba, le había preguntado con sorna tras arrojar el animal esponjoso a la falda de Hilda. ¿Si debía enviarle saludos de ella a la niña de tres años, “sin saber bien por qué”? ¿O decirle que él había comprado el regalo? ¿Y cuáles eran en realidad sus motivos? ¿Quería presionarlo? En ese caso, él podía decirle enseguida que… No, no, había lloriqueado Hilda mientras acunaba el sapo entre sus brazos, lo sentía mucho, por lo visto no había pensado, sólo que ese sapito le había parecido tan encantador y, entonces, ella… con toda inocencia, sólo que a veces soy un poco tonta, discúlpame, ¿puedes? Fritz había pasado el resto de la velada con la sensación de enfado y satisfacción de un hombre que otorga el perdón a regañadientes y, a cambio, recibe un agradecimiento que no cesa, a través de olas de ternura subalterna siempre renovadas. Este juego peligroso se extendió hasta la noche, en la que Hilda se sometió de tal manera que aun al día siguiente, en medio de la reunión editorial, el recuerdo le provocó una erección a Fritz, que sintió por ello bastante vergüenza.

El siguiente capítulo fue que Judith resultó traicionada por su pálido aspirante a veterinario y Karin, Fritz y el director de teatro tuvieron que turnarse junto a su cama de enferma. Ambos padres recibieron la misión de ir a buscar los bienes de Judith a su vivienda en la zona del Gürtel. Por suerte no se toparon allí con el pálido, porque, a pesar de las mejores intenciones, Fritz no habría sabido cómo comportarse. La sed de venganza de las mujeres en casa era ilimitada, pero ni Fritz ni el director eran las personas ideales para ejecutar semejantes deseos tácitos. A lo largo de esas semanas, la relación entre Fritz y Karin se relajó notablemente. La concentración en su hija herida y, como supo más tarde, en un amor nuevo y prometedor hizo que Karin estuviese casi de buen humor. Por eso no vio inconveniente en hacerle un favor, y estuvo dispuesto a mudarse por tres semanas a lo de las niñas cuando ella partió al Caribe con el nuevo.

Psst, you might also like:
Segunda Residencia

Todo era casi como antes y él no pudo defenderse de cierto sentimentalismo: se levantaba temprano, preparaba el desayuno, llevaba a la más pequeña al jardín y luego tomaba su café en la mesa de la cocina, antes de dirigirse a la redacción. Lamentablemente, eso significaba una pausa forzosa con Hilda. Porque inventarse reuniones a la noche era algo que no quería, lo había hecho demasiadas veces con Karin. Algo así sólo se hace con la esposa; frente a los niños le parecía, de algún modo, inmoral. Incluso llegó al punto de volver a masturbarse y, como antes, se preocupaba por utilizar sólo las toallas blancas. Se consolaba pensando que la abstinencia era pasajera. Durante el día, Hilda y él intercambiaban mails soeces, cosa que lo divertía bastante. Pero cuando de pronto lo que llegó no fue un mensaje provocador, sino uno ansioso y demasiado patético, con muchos corazoncitos titilantes, que terminaba con la pregunta de si una noche las dos grandes no podían cuidar a la más pequeña, Fritz cortó el contacto con ella por un par de días.

En casa, sus hijas empezaban a reaccionar de forma poco clara. Cada vez que él se sentaba con ellas, comenzaban con las dificultades que decían tener con su madre, se quejaban y lamentaban, se autocompadecían por las deficiencias e injusticias de Karin; pero Fritz no prestaba atención, apenas reaccionaba y no quería oír el mensaje oculto. Una cosa por lo menos le parecía clara: éste no era un buen momento para introducir a Hilda.

Al final, Hilda rompió con todos los acuerdos y una noche lo llamó. Paula, que atendió el teléfono, primero se quedó helada, pero luego hizo muecas en dirección a Judith, que, después de su duro golpe, casi siempre estaba en casa. Fritz se sintió tan furioso como excitado al oír la voz aniñada de Hilda. Sólo intercambió un par de palabras y colgó. A Paula y Judith les espetó por lo bajo que iba a salir y que seguramente no volvería en toda la noche. Que descontaba que Judith estaba en condiciones de llevar a Lotte al jardín al día siguiente. Y se fue haciendo mucho ruido, acompañado por el silencio de sus hijas.

Cuando Hilda abrió la puerta, la agarró y la empujó hasta el dormitorio. Más tarde comprobó que no habían cerrado la puerta principal. Cayó sobre ella como un poseído; era como si así pudiera alejarse ciegamente de ella, de Karin, de sus hijas malcriadas, de toda su vida de mierda. Nunca se había sentido tan extraño a sí mismo. Cuando, tras un orgasmo desaforado en el que bramó como un animal –Fritz siempre había despreciado los sonidos masculinos durante el sexo–, despertó a regañadientes de su delirio, notó que debajo de ellos yacía enterrado un enorme oso de peluche marrón. Casi no pudo soportar la mirada dichosa de Hilda. Y, sin embargo, se sentía acendrado. De pronto se descubrió acurrucado como un niño en sus brazos, haciéndole las promesas más disparatadas. Después fueron al Paradise Now tomados de la mano, se sentaron bajo la palmera artificial y se besuquearon como adolescentes.

Más tarde ya no fue capaz de decir si fue culpa de Paula, que comenzó a comportarse como una desquiciada y terminó extorsionándolo con la negación absoluta a alimentarse; de Karin, que volvió del Caribe tan imprevisible, agresiva y amenazante como en las peores épocas de su matrimonio; de Hilda, que casi lo ahogó con su comprensión ilimitada; o de él mismo, que quizás había sobrevaluado la cuestión con Hilda. Tal vez había sido, nomás, una relación común, de esas que pierden su atractivo ni bien se vuelven obligatorias.

Durante los años que siguieron, en alguna que otra pelea, sus hijas mayores siguieron haciendo comentarios sobre esa Hilda, como si tuvieran entre manos una prueba contra él. En el fondo sólo podían acusarla de “tener el pelo tan asquerosamente negro”, porque apenas la habían conocido. Cuando el asunto aún estaba fresco, habían dicho cosas mucho peores, pero Fritz las había justificado esgrimiendo el período de sensibilidad emocional por el que ellas estaban pasando, y olvidaba las frases lo más rápido posible.

Cuando festejó sus cincuenta años, en el Blaubichler o en el Jakobinerwirt, invitó incluso a Anton. A lo largo de los años, de algún modo, lo había perdido; Fritz ya no habría sabido decir cómo. Claro que también estuvo Karin, con su tercer esposo, un funcionario de la cámara de los industriales. Desde aquellas terribles semanas de entonces, cuando Paula pasó dos días en terapia intensiva y el bronceado caribeño de Karin se veía aun más extraño que su hija entubada, a ella le había vuelto a ir bastante bien. Eso sí, Fritz tenía mucho menos en común con el funcionario que con el director de teatro. Casi le pareció injusto que el funcionario fuese un invitado en su fiesta de cumpleaños y que faltara el director. Pero, sea como fuere, hacía poco que Karin le había conseguido unos albañiles para renovar su casa, algo que realmente hacía falta. De hecho, no habían pintado la cocina desde el nacimiento de Paula. Para ese tipo de tareas prácticas Karin siempre había tenido buena mano. También lo había asesorado en la elección de los azulejos; a Fritz no le parecía raro, al fin y al cabo ella misma había vivido bastante tiempo ahí.

Cuando, aquella vez, después del asunto con Hilda, había juntado sus cosas en lo de Anton y regresado a lo de las niñas, pensó por unos segundos en qué hacer con las cajas que, al irse, había depositado en el sótano de Karin –temporariamente, como había creído en su momento–. Decidió dejar las en el sótano, que después de todo ahora era suyo. Lo que no había necesitado durante los meses en lo de Anton no podía ser tan importante. Algún día, dentro de algunos años, las cosas podrían ser revisadas. Quizá sería de lo más divertido toparse con objetos olvidados hacía rato. Pero era posible que jamás fueran abiertas, esas cajas viejas.

Cuando no le quedaba otra que pensar en aquella época espantosa, prefería recordar la escena con Lotte. Al llegar sin aliento al cuarto piso, cargando el primer cajón de la mudanza, su hija menor había abierto la puerta de par en par, se había sacado el chupete de la boca con un gesto teatral y había exclamado: “Y ahora papá se queda para siempre.”


*Este cuento fue publicado en: “Lässliche Todsünden” by Eva Menasse © 2009, Verlag Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co. KG, Cologne/Germany.
 
*La traducción de este relato contó con el apoyo del Instituto Goethe.

*Imagen: Seung-Hwan OH.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Send this to a friend

Hi, this may be interesting you: Desidia! This is the link: http://www.shortstoryproject.com/es/desidia/