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Diez kilómetros al sur

Phil Klay | del: inglés

Traducción : Inga Pellisa

Introducción de Jonathan Fein

Diez kilómetros al sur: allí se encuentra el primer objetivo humano del Cañón Seis al cual pertenece el narrador del relato, un artillero del Cuerpo de marines de los EE.UU. en Faluya, Irak. Desde el mismo instante en que el proyectil fue disparado, aquel objetivo –un punto de referencia seco– se convierte para el protagonista innominado en un foco que despierta su indecible curiosidad. “Sé que diez kilómetros al sur hay una zona sembrada de cráteres y cubierta de metralla, edificios destrozados, coches quemados y cadáveres retorcidos”, dice el narrador, pero éste necesita saber algo más. El recorrido breve, insignificante, que él emprende mientras sus compañeros del batallón se van a dormir, no lo lleva diez kilómetros al sur, pero en cierta medida lo acerca al umbral de la comprensión de ese gran ausente para nosotros, los seres mortales. Por medio de elecciones audaces y con un lenguaje sencillo, aunque marcado por algunos momentos líricos, el escritor Phil Klay –ganador del Premio National Book Award por esta colección de relatos– nos lleva hacia lo más desdichado de una realidad concreta en un batallón de artillería en Faluya – a escasa distancia de un destino anhelado que es el más obscuro de todos.

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Esta mañana nuestro cañón ha descargado unos cien kilos de ICM en un control de contrabando diez kilómetros al sur. Nos hemos cargado a un grupo de insurgentes y luego hemos ido a comer a la cantina de Faluya. Yo he tomado pescado y habones. Intento comer sano.

En la mesa, los nueve sonreímos y reímos. Yo aún tiemblo por la excitación nerviosa, y no dejo de sonreír, de retorcerme las manos y de hacer girar mi alianza en el dedo. Estoy sentado entre Voorstadt, nuestro número uno, y Jewett, que está en el equipo de munición con Bolander y conmigo. Voorstadt se ha servido un plato enorme de raviolis y Pop Tarts, y antes de atacar mira a un lado y otro de la mesa y dice: «No me puedo creer que por fin hayamos tenido una misión de artillería».

Y Sanchez dice «Ya era hora de que matáramos a alguien», y el sargento Deetz se echa a reír. Hasta yo río entre dientes, un poco. Llevamos dos meses en Irak, una de las pocas unidades de artillería que se dedica realmente a la artillería, solo que hasta el momento no habíamos disparado más que en misiones de iluminación. Normalmente, los soldados de infantería no quieren arriesgarse a los daños colaterales. Algunos de los cañones de la batería han disparado a los malos, pero nosotros no. No hasta hoy. Hoy ha disparado toda la maldita batería. Y hemos alcanzado al objetivo. Eso nos ha dicho el teniente.

 —¿Cuántos insurgentes creéis que hemos matado? —pregunta Jewett, que ha estado bastante callado.

 —Una unidad del tamaño de un pelotón —responde el sargento Deetz. —¿ Qué? —dice Bolander. Es un cínico profesional con cara de rata, y empieza a reír—. ¿De un pelotón? Sargento, en AQI no tienen pelotones.

 —¿ Por qué crees que hacía falta toda la maldita batería? —suelta gruñendo el sargento Deetz.

 —No hacía falta —dice Bolander—. Cada cañón ha disparado solo dos proyectiles. Supongo que lo único que querían era que todos tuviéramos un rato de fuego contra un objetivo real. Además, hasta un solo proyectil de ICM bastaría para cargarse a un pelotón en pleno desierto. Ni de coña hacía falta la batería entera. Pero ha sido divertido.

El sargento Deetz niega lentamente con la cabeza, los corpulentos hombros encorvados sobre la mesa. —Una unidad del tamaño de un pelotón —repite—. Eso es lo que era. Y dos proyectiles por cañón era lo que necesitábamos para cargárnosla.

—Pero… yo no me refería a toda la batería —dice Jewett con un hilo de voz—. Me refería a nuestro cañón. ¿A cuántos se cargó el nuestro, solo el nuestro?

—¿ Cómo voy a saberlo? —responde el sargento Deetz.

—Un pelotón son como cuarenta —digo yo—. Cuenta, seis cañones, divide y te salen, seis…, no sé, seis coma seis personas por cañón.

 —Sí —dice Bolander—. Hemos matado exactamente seis coma seis personas.

Sanchez saca una libreta y empieza a hacer cuentas, anotando los números con su caligrafía de precisión mecánica.

—Divídelo entre nueve marines por cañón y tú, personalmente, has matado hoy a cero coma siete personas. Eso es como un torso y una cabeza. O quizás un torso y una pierna.

—No hace gracia —le replica Jewett.

—Está claro que nosotros nos cargamos a más —dice el sargento Deetz—. Somos los mejores tiradores de la batería.

Bolander resopla.

—Pero si lo único que hacemos es disparar en el cuadrante y desviación que nos marca el FDC, sargento. Es decir…

—Somos mejores tiradores —lo corta el sargento Deetz—.

Podemos colar una bala en una madriguera de conejos a treinta kilómetros de distancia.

—Pero incluso si estábamos en línea con el objetivo… —dice Jewett.

—Estábamos en línea con el objetivo —dice el sargento Deetz.

—Vale, sargento, lo estábamos. Pero los otros cañones…, a lo mejor les dieron antes. A lo mejor ya estaba todo el mundo muerto.

Me lo puedo imaginar, la metralla penetrando con un ruido sordo en los cuerpos despedazados, la fuerza del impacto sacudiendo los miembros de un lado para otro.

—Mira —interviene Bolander—, incluso si sus proyectiles les dieron primero, eso no significa que todo el mundo estuviera muerto, necesariamente. A lo mejor algún insurgente tenía metralla en el pecho, justo, y está en plan… —Bolander saca la lengua fuera y se agarra el pecho teatralmente, como si se estuviese muriendo en una película antigua en blanco y negro—. Y entonces llega nuestro proyectil, bum, y le arranca la puta cabeza. Ya se estaba muriendo, pero la causa de la muerte sería «ha volado por los putos aires», no «metralla en el pecho».

—Sí, claro, supongo —dice Jewett—. Yo no me siento como si hubiera matado a alguien. Creo que si hubiera matado a alguien lo sabría.

—Nah —le responde el sargento Deetz—. No lo sabrías. No hasta que vieras los cuerpos. —La mesa se queda un momento en silencio. El sargento Deetz se encoge de hombros—. Es la mejor manera.

—¿ No se os hace raro —nos pregunta Jewett—, después de nuestra primera misión real, estar aquí comiendo sin más?

El sargento Deetz lo mira con el ceño fruncido y luego le pega un bocado enorme a su filete ruso y sonríe de oreja a oreja.

—Hay que comer —declara con la boca llena de comida.

—Yo creo que está bien —dice Voorstadt—. Acabamos de matar a unos cuantos malos.

Sanchez asiente con un gesto rápido. —Está bien. —Yo no creo que haya matado a nadie —insiste Jewett.

—Técnicamente, fui yo quien tiró del tirafrictor —dice Voorstadt—. Yo disparé. Tú solo pusiste la carga.

—Como si yo no pudiera tirar de un tirafrictor —dice Jewett. —Sí, pero no lo hiciste tú. —Dejadlo estar —los interrumpe el sargento Deetz—. Es un arma de manejo colectivo. Hace falta un equipo.

—Si usáramos un obús para matar a alguien en Estados Unidos —digo yo—, me pregunto de qué crimen nos acusarían.

—De asesinato —me responde el sargento Deetz—. ¿Eres idiota o qué?

—Sí, claro, de asesinato, pero ¿a cada uno de nosotros? ¿En qué grado? Quiero decir, Bolander, Jewett y yo lo cargamos, ¿no? Si cargo un M-16 y se lo doy a Voorstadt y él le pega un tiro a alguien, no creo que yo haya matado a nadie.

—Es un arma de manejo colectivo —dice el sargento Deetz—. Arma. Manejo. Colectivo. No es lo mismo.

—Y yo lo cargué, pero la munición nos la dieron en el ASP. ¿No deberían ser responsables, también, los marines del ASP?

—Sí —dice Jewett—. ¿El ASP por qué no?

—¿ Y por qué no los obreros que fabricaron la munición? —se burla el sargento Deetz—. ¿O los contribuyentes que la pagaron? ¿Sabes por qué no? Porque es de retrasado.

—El teniente dio la orden —digo—. Él también iría a juicio, ¿no?

—Oh, ¿eso crees? ¿Crees que los oficiales pagarían el pato? —Voorstadt se ríe—. ¿Cuánto tiempo llevas en el Cuerpo?

El sargento Deetz estampa el puño sobre la mesa.

—Escuchadme. Somos el Cañón Seis. Somos responsables de ese cañón. Acabamos de matar a unos cuantos malos. Con nuestro cañón. Todos nosotros. Y eso es un buen día de trabajo. —Yo sigo sin sentir que haya matado a nadie, sargento —dice Jewett.

El sargento Deetz deja escapar un largo suspiro. Todo queda un segundo en silencio. Entonces niega con la cabeza y se echa a reír:

—Bueno, vale, todos nosotros menos tú.

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Cuando salimos de la cantina, no sé qué hacer conmigo. No tenemos nada planeado hasta la noche, cuando habrá otra misión de iluminación, así que la mayoría de los chicos quieren pillar la litera. Pero yo no quiero dormir. Me siento como si por fin estuviese completamente despierto. Por la mañana me había levantado al estilo campo de adiestramiento, después de dos horas de sueño, vestido y listo para matar antes incluso de que mi cerebro tuviese tiempo de ponerse a trabajar. Pero ahora, aunque tengo el cuerpo cansado, mi mente está a tope, y quiero que siga así.

—¿Volvemos al cubo? —le digo a Jewett.

Asiente, y empezamos a recorrer el perímetro de Battle Square, a la sombra de las palmeras que crecen junto a la carretera.

—En parte me gustaría que tuviéramos algo de hierba —dice Jewett.

—Vale.

Es un decir. Niego con la cabeza. Llegamos a la esquina de Battle Square, justo enfrente del hospital de Faluya, y giramos a la derecha.

—Bueno, por fin algo que contarle a mi madre —dice Jewett.

—Sí. Y algo que contarle a Jessie.

— ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?

—Una semana y media.

Jewett no responde nada a eso. Bajo la vista hasta mi alianza. Jessie y yo nos casamos por lo civil una semana antes de que me marchase para que, si moría, ella pudiera cobrar las ayudas. No me siento casado.

—¿ Qué se supone que tengo que contarle? —digo.

Jewett se encoge de hombros.

—Cree que soy un tipo duro. Cree que estoy en peligro.

—De vez en cuando nos lanzan morteros.

Miro a Jewett inexpresivo.

—Algo es algo —dice—. De todos modos, ahora puedes decirle que te has cargado a algunos malos.

—Puede. —Miro el reloj—. Son las cero cuatro, su hora. Tendré que esperar para contarle el héroe que estoy hecho.

—Eso es lo que le digo a mi madre todos los días.

Cuando llegamos cerca de los cubos, le digo a Jewett que me he dejado algo en la línea de cañones y me piro.

La línea de cañones está a dos minutos caminando. A medida que me acerco, las palmeras van cediendo al desierto, y veo la oficina de correos de Camp Faluya. Aquí el cielo se extiende hasta la línea del horizonte. Está perfectamente azul y despejado, como lo ha estado todos los días durante los últimos dos meses. Veo los cañones apuntando hacia arriba. Solo los cañones Dos y Tres están ocupados, y los marines están sentados alrededor. Cuando llegué por la mañana, todos los cañones estaban ocupados y todo el mundo andaba frenético. El cielo era negro, con apenas un toque de rojo asomando por el borde del horizonte. A media luz podían verse los contornos de los gigantescos cañones de acero oscuro, de doce metros de largo, apuntando hacia el cielo de la mañana, y debajo de ellos, las siluetas de los marines corriendo de aquí para allá, comprobando los obuses, los proyectiles, la pólvora.

A la luz del día, los cañones brillan relucientes al sol, pero por la mañana estaban oscuros y sucios. Bolander, Jewett y yo estábamos detrás, a la derecha, esperando junto a la munición mientras Sanchez gritaba el cuadrante y la desviación que le habían asignado al cañón tres.

Yo había puesto las manos sobre uno de nuestros proyectiles, el primero que lanzamos. También el primero que yo disparaba contra objetivos humanos. Habría querido levantarlo ahí mismo, sentir su peso tirando de mis hombros. Me había entrenado para cargar con esos proyectiles. Había entrenado tanto que tenía cicatrices en las manos de las veces que me habían golpeado en los dedos o me habían abierto la piel.

Entonces el cañón tres había disparado dos proyectiles de localización. Y luego, «Misión de fuego. Batería. Dos proyectiles». Sanchez había gritado el cuadrante y la desviación, y el sargento Deetz lo había repetido, y Dupont y Coleman, nuestro artillero y artillero adjunto, lo habían repetido y configurado y comprobado, y el sargento Deetz lo había revisado, Sanchez lo había verificado, y nos dieron la orden de proyectil y tiempo, y Jackson puso la pólvora, y nos movíamos con fluidez, como habíamos aprendido en los entrenamientos, Jewett y yo a ambos lados del portaproyectiles, sosteniéndolo, y Bolander detrás con el atacador. El sargento Deetz revisó la pólvora y dijo, «Tres, cuatro, cinco, propelente». Y luego, a Sanchez, «Carga cinco, propelente». Verificado.

Nos acercamos con el proyectil hasta la escotilla abierta y Bolander lo empujó con el atacador hasta que oímos un sonido metálico. Voorstadt cerró la escotilla.

Sanchez dijo: «Enganche».

Deetz dijo: «Enganche».

Voorstadt enganchó el tirafrictor al disparador. Había visto hacer eso mil veces.

Sanchez dijo: «Preparado».

Deetz dijo: «Preparado».

Voorstadt tensó el tirafrictor sosteniéndolo contra la cintura.

Sanchez dijo: «Fuego».

Deetz dijo: «Fuego».

Voorstadt hizo un giro a la izquierda y nuestro cañón cobró vida.

El sonido nos golpeó, vibrando a lo largo de nuestros cuerpos, muy hondo en nuestros pechos y en nuestras tripas y por detrás de nuestros dientes. Notaba el sabor de la pólvora en el aire. Cuando los obuses disparaban, los cañones retrocedían como pistones y se recolocaban, y la fuerza de los proyectiles al salir levantaba en el aire una nube de humo y polvo. Al mirar hacia la línea, ya no vi seis obuses. Solo vi fuegos entre la neblina, o ni siquiera fuegos, solo destellos de rojo en mitad del polvo y la cordita. Sentía el rugido de cada cañón, no solo del nuestro, cuando disparaba. Y pensé, Dios, esto es por lo que me alegro de ser artillero.

Porque ¿qué dispara un soldado de infantería con un M-16? ¿Cartuchos de 5,56? Incluso con la Calibre 50, ¿qué puedes hacer realmente con ella? O con el cañón principal de un tanque. ¿Qué alcance tiene eso? ¿Dos o tres kilómetros? ¿Y te cargas qué? ¿Una casita? ¿Un vehículo blindado? Donde fuera que estuviéramos lanzando aquellos proyectiles, a algún lugar a diez kilómetros al sur, estaban pegando más fuerte que ninguna otra cosa que hubiese dentro del combate en tierra. Cada cartucho pesa sesenta kilos, una carcasa rellena con ochenta y ocho bombetas que se esparcen por toda la zona objetivo. Y cada bombeta contiene una carga explosiva moldeada capaz de penetrar cinco centímetro de acero macizo y despedir metralla por todo el campo de batalla. Para lanzar esos proyectiles contra un objetivo hacen falta nueve hombres moviéndose perfectamente a la vez. Hace falta un FDC, un buen oteador, y matemáticas y física y técnica, destreza y experiencia. Y aunque yo solo cargaba, que a lo mejor solo era una tercera parte del equipo de munición, me movía perfectamente, y el proyectil entraba con ese gratificante sonido metálico, y salía disparado con un rugido increíble, y volaba hacia el cielo y caía a diez kilómetros al sur. La zona objetivo. Y allí donde acertáramos, todo lo que hubiera en cien metros a la redonda, todo lo que hubiera dentro de un círculo con un radio tan largo como un campo de fútbol americano, todo eso moría.

Antes aún de que el cañón se hubiese recolocado del todo, Voorstadt ya había desenganchado el tirafrictor y abierto la recámara. Limpió el interior con el escobillón y cargamos otro proyectil, el segundo que disparaba ese día contra un objetivo humano, aunque no cabía duda de que para entonces no quedaba ya ningún objetivo viviente. Y disparamos de nuevo, y lo sentimos en los huesos, y vimos la bola de fuego salir disparada del cañón, y más polvo y más cordita llenaron el aire, y nos asfixiamos con la arena del desierto iraquí.

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Y entonces se acabó.

El humo nos rodeaba. No se veía nada más allá de nuestra posición. Yo respiraba con fuerza, inhalando el olor y el sabor de la pólvora. Y miré nuestro cañón, alzándose sobre nosotros, silencioso, gigantesco, y sentí una especie de amor por él.

Pero el polvo empezó a posarse. Y una brisa llegó y empezó a llevarse el humo, lo arrastró y lo elevó por encima de nuestras cabezas, y luego más arriba, hacia el cielo, la única nube que había visto en dos meses. Y después la nube se disolvió, desapareció en el aire, y se mezcló con el rojo tenue del amanecer iraquí.

Ahora, de pie frente a los obuses, con el cielo de un azul perfecto y los cañones alzados atravesándolo, es como si nada de eso hubiera pasado. No queda en nuestro obús ni una mota de esta mañana. El sargento Deetz nos hizo limpiarlo al terminar la misión. Un ritual, o algo así, por haber matado por primera vez como Cañón Seis. Desmontamos el escobillón y el atacador, unimos los dos palos junto con una escobilla de limpieza y luego empapamos la escobilla en limpiador CLP. Entonces nos pusimos en fila detrás del obús, sosteniendo el palo, y lo introdujimos todos a la vez en el interior del cañón. Repetimos el proceso, y vetas negras de CLP y hollín bajaban serpenteando por el palo y nos manchaban las manos. Seguimos haciéndolo hasta que nuestro cañón quedó limpio.

De modo que no se ve ninguna señal de lo que ha pasado, aunque sé que diez kilómetros al sur hay una zona sembrada de cráteres y cubierta de metralla, edificios destrozados, coches quemados y cadáveres retorcidos. Los cuerpos. El sargento Deetz los había visto en su primera campaña, durante la invasión inicial. El resto no los habíamos visto nunca.

Me vuelvo bruscamente, de espaldas a la línea de cañones. Demasiado impoluto. Quizás esta no sea la manera apropiada de verlo. En alguna parte hay un cadáver tendido, blanqueándose al sol. Antes de ser un cadáver fue un hombre que vivía y respiraba y tal vez asesinaba y torturaba, el tipo de hombre al que yo siempre había querido cargarme. En cualquier caso, un hombre definitivamente muerto.

Así que vuelvo hacia el área de nuestra batería, sin girarme en ningún momento. Es un paseo corto, y cuando llego me encuentro a unos cuantos de los chicos echando una partida de Texas Hold’em al lado del fumadero. Están el sargento Deetz, Bolander, Voorstadt y Sanchez. A Deetz le quedan menos fichas que a los demás, y tiene todo el peso del cuerpo apoyado sobre la mesa, mirando el bote con el ceño fruncido.

—Hurra, flipado —dice al verme.

—Hurra, sargento.

Me quedo a verlos jugar. Sanchez muestra el turn y todo el mundo pasa.

—¿ Sargento? —le digo.

—¿ Qué? No sé por dónde empezar.

—¿ No cree que, a lo mejor, tendríamos que montar una patrulla para ver si hay supervivientes?

 —¿ Qué?

El sargento Deetz está concentrado en la partida. En cuanto Sanchez muestra el river, lanza las cartas.

—Me refiero, la misión que hemos tenido. ¿No deberíamos salir, como de patrulla, a ver si hay supervivientes?

El sargente Deetz levanta la vista hacia mí.

—Tú eres idiota, ¿no?

—No, sargento.

—No ha habido ningún superviviente —dice Voorstadt, lanzando sus cartas también.

—¿ Ves a los de Al Qaeda paseándose en tanques por ahí? —me pregunta el sargento Deetz.

—No, sargento.

—¿ Ves a los de Al Qaeda construyendo búnkeres y trincheras increíbles?

—No, sargento.

—¿ Crees que los de Al Qaeda tienen poderes mágicos ninja, en plan, los ICM no me matan?

—No, sargento.

—No. Tienes toda la razón, no.

—Sí, sargento.

La apuesta está ahora entre Sanchez y Bolander.

—Creo que el 2/ 136 hace patrullas por ahí —dice Sanchez mirando el bote, sin dirigirse a nadie en particular.

—Pero, sargento, ¿qué pasa con los cuerpos? —le digo—. ¿No tendría alguien que recoger los cuerpos? —Dios, cabo segundo. ¿Es que tengo pinta de PRP?

—No, sargento.

—¿ De qué tengo pinta?

—De artillero, sargento.

—Exacto, asesino. Yo soy artillero. Nosotros proporcionamos los cuerpos, no los recogemos. ¿Me has oído?

—Sí, sargento. Me mira.

—¿ Y tú qué eres, cabo segundo?

—Artillero, sargento.

—¿ Y qué es lo que haces?

—Proporciono los cuerpos, sargento.

—Exacto, asesino. Eso es.

El sargento Deetz vuelve a la partida. Aprovecho la oportunidad para escurrirme. Ha sido una estupidez preguntarle a Deetz, pero lo que me ha dicho me hace pensar. PRP. La compañía de Recuperación y Procesamiento de Personal militar. También conocida como Asuntos Funerarios. Me había olvidado de ellos. Debían de haber recogido los cuerpos de esta mañana.

La idea del PRP va colándose en mi cabeza. Los cuerpos podrían estar aquí, en la base. Pero no sé dónde está el PRP. Nunca había querido saberlo y tampoco quiero preguntarle a nadie cómo se llega. ¿Por qué iba a querer alguien ir a PRP? Pero salgo del área de la batería y rodeo el perímetro de Battle Square en dirección a los edificios de Logística, esquivando oficiales y suboficiales de estado mayor. Tardo mi buena media hora, escabulléndome de aquí para allá y leyendo los carteles a la puerta de los edificios, en encontrarlo: un edificio largo, bajo y rectangular rodeado de palmeras. Está apartado del resto del complejo de Logística pero, por lo demás, es un edificio como cualquier otro. Eso se hace raro. Si han recogido hoy, debería haber miembros seccionados rebosando por la puerta.

Me quedo fuera, mirando la entrada. Es una sencilla puerta de madera. Y yo no debería estar enfrente de ella, no debería abrirla, no debería cruzarla. Yo soy de una unidad de armas de combate, y este no es mi sitio. Esto es mal yuyu. Pero he venido hasta aquí, lo he encontrado y no soy ningún cobarde. Así que abro la puerta. Dentro hay aire acondicionado, un largo pasillo lleno de puertas cerradas y un marine sentado de espaldas a mí tras un escritorio. Lleva unos auriculares puestos. Están enchufados a un ordenador en el que está viendo una especie de programa de televisión. En la pantalla, una mujer con un vestido de tul está llamando un taxi. Al principio parece bastante guapa, pero luego la pantalla pasa a un primer plano y queda claro que no lo es.

El marine del escritorio se da la vuelta y se quita los auriculares mientras me mira confundido. Busco los galones en el cuello de su uniforme y veo que es sargento de artillería, aunque parece mucho mayor que la mayoría de sargentos de artillería. Un bigote blanco y recortado reposa sobre su labio, y tiene algo de pelusa blanca por encima de las orejas, pero el resto de la cabeza está calva y reluciente. Cuando entrecierra los ojos para mirarme, la piel de alrededor de los ojos se frunce en arrugas. Y está gordo, además. Incluso a través del uniforme, se nota. Dicen que los PRP son todos reservistas, no hay enterradores en el servicio activo del Cuerpo de Marines, y él parece un reservista seguro.

—¿ Puedo ayudarle, cabo segundo? —me dice. Hay un suave deje sureño en su voz.

Me quedo ahí parado mirándolo, con la boca abierta, y van pasando los segundos. Entonces la expresión del viejo armero se suaviza, se inclina hacia delante y me pregunta:

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—¿ Has perdido a alguien, hijo? Me lleva un segundo entender.

—No —respondo—. No, no, no. No.

Me mira confundido y arquea la ceja.

—Soy artillero —le digo.

—De acuerdo.

Nos miramos el uno al otro.

—Hemos tenido una misión esta mañana. ¿Un objetivo diez kilómetros al sur?

Lo miro esperando que lo pille. Me siento oprimido en ese pasillo estrecho, con el escritorio apretujado en medio y el armero gordo y viejo mirándome interrogativo.

—Vale…

—Era mi primera misión así…

—Vale…

Se inclina todavía más hacia delante y entorna los ojos, como si viéndome mejor fuera a entender de qué narices le estoy hablando.

—O sea, yo soy de Nebraska. De Ord, Nebraska. En Ord no hacemos nada.

Me doy perfecta cuenta de que parezco un idiota.

—¿ Está usted bien, cabo segundo?

El viejo armero me mira atentamente, esperando. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo a estas alturas. Cualquier armero que estuviese en una unidad de artillería me habría pateado el culo en cuanto crucé la puerta, por entrar tan campante en un sitio en el que no pinto nada. Pero este armero, quizá porque es un reservista, quizá porque es mayor, quizá porque está gordo, solo me mira y espera a que suelte lo que necesito decir.

—Nunca había matado a nadie —le digo.

—Yo tampoco.

—Pero yo lo he hecho. Creo. Es decir, hemos lanzado los proyectiles y ya está.

—De acuerdo. ¿Y por qué ha venido aquí? Lo miro con expresión de impotencia.

—He pensado que a lo mejor vosotros habíais estado allí. Y habíais visto lo que he hemos hecho. El viejo armero se recuesta en la silla y frunce los labios.

—No —responde. Coge aire y lo suelta lentamente—. Nosotros nos encargamos de las bajas estadounidenses. Los iraquís se encargan de las suyas. Las únicas veces en que veo al enemigo muerto es cuando muere en una instalación médica estadounidense, como el hospital de Faluya. —Hace un gesto con la mano en dirección al hospital de la base—. Además, en TQ tienen una sección de PRP. Seguramente se hayan encargado ahí de cualquier cosa en esa AO.

—Ah…, vale.

—No hemos tenido nada de ese tipo hoy.

—Vale. —Le irá bien.

—Sí. Gracias, armero.

Me quedo ahí, mirándolo un momento. Luego me fijo en todas las puertas cerradas del pasillo, puertas sin nada tras ellas. En la pantalla de ordenador del armero un grupo de mujeres beben pink martinis.

—¿ Está casado, cabo segundo? —El armero está mirándome la mano, la alianza.

—Sí, hace unos dos meses.

—¿ Cuántos años tiene?

—Diecinueve. Asiente, y luego se queda ahí sentado como si estuviera dándole vueltas a algo. Justo cuando estoy a punto de irme, me dice:

—Hay algo que podría hacer por mí. ¿Me haría un favor?

—Claro, armero. Señala la alianza.

—Quítesela y póngala en la cadena con las chapas. Se busca con los dedos la cadena que lleva en torno al cuello y saca las chapas para mostrarme. Ahí, colgando junto a las dos placas de metal que llevan sus datos en caso de muerte, hay un anillo de oro.

—Vale…

—Tenemos que reunir los efectos personales —dice, metiéndose de nuevo las chapas bajo la camisa—. Para mí, lo más difícil es sacar las alianzas de boda.

—Oh. Doy un paso atrás.

—¿ Puede hacer eso por mí?

—Sí. Lo haré.

—Gracias.

—Debería irme —le digo.

—Debería. Me doy la vuelta rápidamente, abro la puerta y me adentro en el aire asfixiante. Me alejo despacio, con la espalda recta, controlando mis pasos, y con la mano derecha sobre la izquierda, jugueteando con la alianza, haciéndola girar.

Le he dicho al armero que lo haría, así que mientras camino cojo el anillo y me lo saco del dedo. Da mal yuyu, ponerlo con las chapas. Pero me las saco, abro el broche a presión, deslizo el anillo en la cadena, cierro el broche y me pongo las chapas de nuevo en torno al cuello. Noto el metal de la alianza contra el pecho.

Sigo alejándome, sin prestar atención al camino que siguen mis pasos, y avanzo por debajo de las palmeras que bordean la carretera en torno a Battle Square. Tengo hambre, y debe de ser hora de ir a la cantina, pero no cojo ese camino. Voy hacia la carretera que pasa por el hospital de Faluya y me paro enfrente. Es un edificio cuadrado y anodino, de color beige y aplastado por el resplandor del sol como todo lo demás. Hay un fumadero cerca, y dos sanitarios están sentados, hablando y dando caladas al cigarrillo, soltando tenues bocanadas de humo en el aire. Espero, y miro el edificio como si fuera a emerger de él algo increíble.

No pasa nada, por supuesto. Pero ahí en mitad del calor, plantado enfrente del hospital de Faluya, recuerdo el aire fresco de la mañana dos días atrás. Íbamos de camino a la cantina, todo el Cañón Seis, riendo y haciendo broma, cuando el sargento Deetz, que estaba gritando algo de que los espartanos eran gays, se calló en mitad de la frase. Se detuvo de golpe, se puso recto, todo lo alto que es, y susurró «Aaa-teen-CIÓN».

Nos pusimos todos firmes, sin saber por qué. El sargento Deetz hizo un saludo con la mano derecha y los demás hicimos lo mismo. Entonces lo vi, a lo lejos, en la carretera: cuatro sanitarios saliendo del quirófano de Faluya con una camilla envuelta en la bandera estadounidense. Todo estaba en silencio, inmóvil. A lo largo de toda la carretera, los marines y marinos se habían puesto en posición de firmes.

Apenas veía nada con las primeras luces de la mañana. Forcé los ojos, fijándome en el contorno del cuerpo bajo la tela gruesa de la bandera. Y luego la camilla desapareció de la vista. Ahora, en pleno día, al ver a esos sanitarios fumando, me pregunto si serían ellos los que llevaban aquel cuerpo. Deben de haber llevado algunos.

Todo el mundo se había quedado tan completamente callado, tan quieto, mientras pasaba el cuerpo… No había ningún sonido ni ningún movimiento más que los pasos lentos de los sanitarios y el avance del cuerpo. Una imagen de la muerte que parecía de otro mundo. Pero ahora sé adónde llevaban ese cuerpo, al viejo armero del PRP. Y si había algún anillo de boda, el armero lo habría sacado poco a poco del dedo muerto y rígido. Habría reunido todos los efectos personales y habría preparado el cuerpo para transportarlo. Entonces lo habrían llevado a TQ en avión. Y mientras lo bajaban, los marines se habrían quedado quietos y en silencio, como en Faluya. Y lo habrían puesto en un C-130 hacia Kuwait. Y en Kuwait se habrían quedado quietos y en silencio. Y se habrían quedado quietos y en silencio en Alemania, quietos y en silencio en la Base Aérea de Dover. Allá donde fuera, los marines y los marinos y los soldados y los aviadores se habrían puesto en posición de firmes mientras viajaba hasta la familia del caído, donde el silencio, la inmovilidad, cesarían.


*Este cuento fue publicado en “Nuevo destino”, Literatura Random House, 2015.

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