search
leyendo ahora: Domingo | Irène Némirovsky
search

Irène Némirovsky | del:francés

Domingo

Traducción : Martín Schifino

Introducción de Editorial

Una  mañana de domingo presenta todo un derrotero vital del mundo de las mujeres; la atmósfera festiva del día de descanso no es sino la descripción de un círculo vital cuasi fatalista, el cual atrapa en su interior a esas mujeres – sus víctimas. Némirovsky bosqueja, con el ímpetu de una sinfonía dotada de riqueza y de deseo, dos generaciones de mujeres cautivas del amor: la madre, saciada ya de frustraciones y quien ahora no pide más que calma, y la hija, ante quien parece estar abriéndose ahora un sendero de frustraciones y desengaños amorosos. Este círculo es una suerte de leyenda mítica acerca del destino de las mujeres, condenadas a vivir a la sombra de hombres perezosos y traicioneros que persiguen falsas excitaciones, a parir a sus hijos, y a esperarlos en el salón mientras ellos se divierten con sus amantes. La belleza y la melancolía que impregnan este estupendo relato, la voz de los personajes –en la que se deja oír el eco de las voces de tantas mujeres y tantos hombres– y el mundo lleno de luz que construye Némirovsky, todo ello convierte a este breve relato en una obra maestra.

Leer más

La calle Las Cases estaba tan apacible como en pleno verano, con cada ventana abierta protegida por persianas amarillas. Había vuelto el buen tiempo; era el primer domingo de primavera. Tibio, impaciente, inquieto, el día hacía salir a la gente de las casas, de las ciudades. El cielo brillaba con un resplandor suave. En la plaza Sainte-Clotilde sonaba el canto de los pájaros, un dulce piar sorprendido y perezoso, y, en las calles serenas y sonoras, los graznidos roncos de los coches que se dirigían el campo. La única nube del cielo era una conchilla blanca, delicadamente enrollada, que flotó un momento y se disipó en el azul. Los transeúntes levantaban la cabeza con una expresión maravillada y optimista y respiraban el viento, sonrientes.

Agnès cerró a medias los postigos: el sol calentaba, las rosas se abrirían demasiado pronto y morirían. La pequeña Nanette entró a la carrera, saltando de un pie al otro.

—¿Puedo salir, mamá? Afuera está precioso.

Ya terminaba la misa. Ya pasaban por la calle Las Cases los niños en trajes claros, con los brazos desnudos, llevando sus libros de oraciones en las manos enguantadas de blanco; rodeaban a una pequeña comulgante de mofletes colorados cubiertos por los velos; las pantorrillas desnudas, rosas y doradas, con una pelusa como los frutos, centelleaban al sol. Pero ya sonaban las campanas, lenta y melancólicamente, como si dijeran: «Vamos, buena gente, lamentablemente no pueden quedarse. Los hemos acogido cuanto ha sido posible, pero nos vemos obligadas a enviarlos de vuelta al mundo y a las preocupaciones. Vamos. La misa ha terminado».

Cuando los tañidos callaron, el aroma del pan caliente llenó la calle, subiendo a bocanadas desde la panadería que se encontraba abierta; las baldosas estaban recién lavadas y los cristales delgados encastrados en los muros brillaban débilmente a la sombra. A continuación, cada cual regresó a su casa.

—Nanette, ve a ver si papá está listo y avísale a Nadine que el almuerzo está servido — dijo Agnès.

Guillaume entró difundiendo el olor a cigarro caro y agua de lavanda que a ella siempre le disgustaba respirar. Estaba más relleno que de costumbre, barrigón y contento.

En cuanto se sentaron a la mesa anunció:

—Te aviso que después de comer me voy. Cuando uno ha estado sofocándose toda la semana en París, es lo menos… ¿En serio no te tienta?

—No quisiera dejar sola a la niña.

Con una sonrisa, Guillaume le dio un tironcito de pelo a Nanette, que estaba sentada enfrente de él: la noche anterior había tenido unas líneas de fiebre, pero tan ligera que ni siquiera había perdido la frescura de la tez.

—Pero no está enferma. Tiene muy buen apetito.

—Ah, por ella no me preocupo, gracias a Dios —dijo Agnès—. La dejaré salir hasta las cuatro. ¿Adónde piensas ir?

Guillaume se ensombreció visiblemente.

—Bueno… Todavía no lo sé… Siempre esa manía de planear todo por adelantado… Por el lado de Fontainebleau o de Chartres, al azar, a la aventura… En fin. ¿Vienes?

«Se muere si acepto», pensó Agnès. La sonrisa, un poco crispada en las comisuras de los labios prietos, irritaba a Guillaume. Pero Agnès contestó, como de costumbre:

—Tengo cosas que hacer en casa.

Pensó: «¿Y ahora quién será?».

Las amantes de Guillaume. La inquietud de sus celos, sus noches sin dormir. Qué lejos había quedado todo. Era alto, estaba gordo y un poco calvo, con el cuerpo bien firme, bien proporcionado, la cabeza firmemente plantada en un cuello ancho y fuerte; tenía cuarenta y cinco años, la edad en que un hombre es más potente, más pesado, en que pisa con más aplomo el suelo, tiene sangre espesa y abundante. Cuando reía, sacaba la mandíbula hacia delante y exhibía los dientes blancos, apenas recubiertos de oro.

«¿Cuál de ellas —pensó Agnès— le habrá dicho: “Pones cara de lobo, de animal salvaje cuando ríes”? Se debe de haber sentido muy halagado. Antes no hacía ese gesto».

Recordó cómo Guillaume lloraba en sus brazos al término de una aventura amorosa, y del corto gemido que se le escapaba de los labios, mientras abría la boca como si quisiera aspirar sus lágrimas. Pobre Guillaume…

—En cuanto a mí, yo… —dijo Nadine.

Siempre empezaba sus frases así. Era imposible hallar en sus ideas, o en su discurso, una palabra, un destello que no tuviera relación con su persona, con su vestimenta, sus amigos, las medias que se le corrían, el dinero de sus gastos, sus placeres. Era… triunfal. Su piel tenía la blancura de ciertas flores aterciopeladas, mate y al mismo tiempo resplandeciente, como el jazmín, la camelia, pero se le traslucía la sangre joven que palpitaba debajo, que subía a sus mejillas, le hinchaba los labios al parecer dispuestos a derramar un jugo rosa y ardiente como el vino. Sus ojos verdes centelleaban.

«Tiene veinte años», pensó Agnès, que una vez más se obligó a cerrar los ojos, a no ofenderse ante esa belleza demasiado deslumbrante, demasiado ávida, esa risa sonora, ese egoísmo, ese ardor joven, esa dureza de diamante. «Tiene veinte años, no es su culpa… La vida la apagará, la suavizará, la sosegará como a los demás».

—Mamá, ¿me prestas la bufanda roja? No la voy a perder. ¿Y puedo volver tarde?

—Primero dime adónde vas.

—¡Pero lo sabes muy bien, mamá! ¡A Saint-Cloud, a casa de Chantal Aumont! Me pasa a buscar Arlette. Por favor, mamá, ¿puedo volver tarde? ¿Después de las ocho? ¿No te enfadas? Es para evitar la costa de Saint-Cloud el domingo a las siete.

—Tiene toda la razón —dijo Guillaume.

Terminaba el almuerzo. Mariette servía con rapidez. Domingo… En cuanto estuvieran lavados los platos, también ella saldría.

Comían crêpes con sabor a naranja; Agnès había ayudado a Mariette a preparar la masa.

—Están exquisitos —dijo Guillaume con sensibilidad.

Por las ventanas abiertas se oía un tintinear de platos, algunos con más suavidad, como en la tenebrosa planta baja que albergaba a dos solteronas en la sombra, otros con más alegría, más vivacidad. Así era en la casa de enfrente, donde relucía, con doce cubiertos, un amplio mantel adamascado, resplandeciente, con pliegues duros, adornado en el centro con una cesta de rosas blancas de la primera comunión.

—En cuanto a mí, yo iré a prepararme, mamá. No quiero café.

Guillaume tragaba el contenido de su taza sin hablar, con prisa. Mariette empezaba a levantar la mesa.

«Qué apresurados están —pensó Agnès, mientras sus manos ágiles y delgadas doblaban maquinalmente la servilleta de Nanette—. Yo sola…».

El magnífico domingo, para ella sola, no tenía atractivo.

«Nunca me habría imaginado que se iba a volver tan hogareña, tan apagada», pensó Guillaume. La miró, inspiró hondo, hinchó el pecho, feliz, orgulloso de sentir en su interior la corriente de potencia que el buen tiempo parecía infundirle a su cuerpo. «Estoy en muy buena forma. Me mantengo de manera asombrosa», volvió a pensar, recordando todas las razones, crisis, problemas de dinero… Germaine, que se resistía, maldita sea… los impuestos… todo lo que legítimamente hubiera podido deprimirlo, entristecerlo, así como a tantos otros. Pero nada de eso. «¡Siempre he sido así! Un rayo de sol, la perspectiva de un domingo fuera de París, en libertad, con una buena botella, una chica atractiva a mi lado, ¡y vuelvo a tener veinte años! Estoy vivo», se felicitó, mientras contemplaba a su mujer con una sorda hostilidad; su belleza fría lo irritaba, así como el pliegue burlón y crispado de sus labios. Dijo en voz alta:

—Obviamente, si llego a pasar la noche en Chartres te aviso por teléfono. En cualquier caso, volvería mañana por la mañana. Pasaré por casa antes de ir a la oficina.

Agnès pensó con una frialdad extraña y dolorosa: «Un día de estos, después de un almuerzo demasiado abundante, el coche en el que viajan él y la mujer que acaricia se estrellará contra un árbol. Una llamada telefónica desde Senlis o Auxerre». ¿Acaso sufriría?, le preguntó a una imagen especular de sí misma, invisible, muda, atenta en la sombra. Pero, silenciosa e indiferente, la imagen no contestó, y la gruesa silueta de Guillaume se interpuso entre ella y el espejo.

—Hasta luego, querida.

—Hasta luego, cariño.

Guillaume se había ido.

—¿Preparo la mesa de té en el salón, señora?

—No, deja. Ya lo hago yo. Cuando termines con la cocina puedes irte.

—Gracias, señora —dijo la muchacha, cuyas mejillas enrojecieron de inmediato con intensidad, como si las hubiera acercado a un fuego ardiente—. Gracias, señora —repitió con una mirada lánguida que hizo que Agnès se alzara de hombros socarronamente.

Agnès acarició la cabecita lisa y negra de Nanette, que, bien se escondía en los pliegues de su vestido, bien se asomaba riendo.

—Estaremos muy tranquilas las dos solas, cariño.

Entretanto, Nadine se vestía aprisa en su habitación, se empolvaba el cuello, los brazos desnudos, el nacimiento de la garganta, allí donde Rémi, en la penumbra del automóvil, había posado sus labios secos y fervientes, dándole besos rápidos y ardientes como llamas. Las dos y media… Arlette aún no había llegado. «Con la complicidad de Arlette, mamá no sospechará nada». Se habían dado cita a las tres. «Pensar que mamá no ve nada. Y ha sido joven…», pensó la muchacha, tratando en vano de imaginar la juventud, el noviazgo, los primeros años de matrimonio de su madre.

Psst, you might also like:
Gracias

«Siempre ha sido así. El orden, la calma, los cuellos de lino blanco… “Guillaume, no rompas las rosas”. Pues yo…».

Tembló, se mordió suavemente los labios, acercó la cara al espejo. Nada le gustaba tanto como su propio cuerpo, su mirada, sus rasgos, la forma del joven cuello blanco y puro, como una columna. «Es maravilloso tener veinte años —pensó con fervor—. ¿Acaso las demás jovencitas saben apreciarlo como yo, saborean la misma felicidad, el mismo ardor, el mismo vigor, el mismo calor de la sangre? ¿Lo sienten como yo, de una manera tan aguda y profunda? Para una mujer, tener veinte años en 1934 es… es estupendo», pensó, recordando confusamente las noches de campamento, el día que clareaba sobre el coche de Rémi (mientras los padres imaginaban un paseo en grupo por la isla Saint-Louis, para ver el amanecer sobre el Sena, qué inocentes) y el esquí, la natación, el aire libre, el agua fría en su cuerpo joven, la mano de Rémi que le clavaba las uñas en la nuca, dándole un tironcito suave en el cabello corto… «¡Y estos padres que no ven nada! Es cierto que en su época… Me imagino a mi madre, a mi edad, en el primer baile, con los ojos bajos. Rémi… “Estoy enamorada”, le dijo ella a su reflejo, que sonreía en el espejo. “Pero hay que tener cuidado con Rémi, es tan apuesto, tan presumido, tan mimado por las mujeres, los honores. Le debe encantar hacernos sufrir”».

—Pero ya veremos quién es el más fuerte —murmuró apretando nerviosamente los puños, sintiendo que su amor palpitaba en su interior, como un deseo tumultuoso de luchar, de salir al juego ardiente y cruel.

Se rio. Y la risa sonó tan clara, tan insolente, tan fresca en el silencio que se detuvo, encantada, y prestó oídos, como si oyera el eco de un instrumento musical raro y perfecto.

«Por momentos, me parece que estoy enamorada sobre todo de mí misma», pensó al ponerse al cuello el collar verde, cuyas cuentas espejeaban y reflejaban el sol. Su piel pura, firme y lisa tenía el satinado brillante de los animales jóvenes, las flores, las plantas de mayo, un resplandor que se adivinaba efímero, pero que había alcanzado la suma perfección. «Nunca seré tan bella como ahora».

Se perfumó, derrochando el perfume a propósito y extendiéndolo por su cara, por sus hombros: ¡todo lo que era deslumbrante, extravagante, le sentaba bien ese día! «Me gustaría tener un vestido color rojo fuego, joyas de bohemia». Recordó la voz de su madre, cariñosa y cansada: «¡Todo en su justa medida, Nadine!».

«Ay, los viejos», pensó con desprecio.

En la calle, el coche de Arlette se había detenido delante de la casa. Nadine agarró su cartera, una gorra que se puso corriendo y gritó al vuelo: «¡Hasta luego, mamá!», para luego desaparecer.

—Quiero que descanses un poco en el sofá, Nanette. Anoche dormiste muy mal. Trabajaré a tu lado —dijo Agnès—. Después podrás salir con Mademoiselle.

La pequeña Nanette arrugó un momento su delantal rosa con las manos, se dio vuelta para un lado y para el otro, frotó la cara contra los almohadones, bostezó y se durmió. Tenía cinco años. Al igual que Agnès, tenía una piel de rubia, pálida y fresca, pero el cabello negro y los ojos oscuros.

Agnès se sentó a su lado, sin hacer ruido. La casa estaba en silencio, dormida. Fuera, el aroma del café de filtro flotaba en el aire. La habitación estaba sumida en una sombra amarilla, tibia y suave. Agnès oyó a Mariette cerrar la puerta de la cocina con precaución y cruzar el apartamento; la escuchó descender por la escalera de servicio. Suspiró; la invadió una felicidad extraña y melancólica, una paz deliciosa. El silencio, las habitaciones vacías, la certeza de que, hasta la noche, nadie la molestaría, no se oiría ni un paso ni una voz extranjera en esa casa, en ese refugio… La calle estaba tranquila y vacía. Sola, una mujer invisible tocaba el piano, oculta detrás de unas persianas bajas. Luego todo calló. A la misma hora, Mariette, que apretaba con las dos manos la cartera de los domingos, confeccionada en «imitación de piel de cerdo», se dirigía a toda prisa a la estación Sèvres-Croix-Rouge, donde la esperaba su novio, mientras que Guillaume, en el bosque de Compiègne, le decía a una mujer rubia y regordeta, que estaba sentada a su lado: «Es fácil culparme, aunque no sea un mal marido, pero mi mujer…». Nadine, en el autito de Arlette, bordeaba rauda la reja del jardín de Luxembourg. Los castaños estaban en flor. Los niños correteaban, vestidos con pequeños suéters de primavera, sin mangas. Arlette pensaba con amargura que a ella nadie la esperaba; nadie la quería. La toleraban por su precioso automóvil verde y sus ojos redondos enmarcados en carey, que inspiraban confianza a las madres. ¡Dichosa Nadine!

Soplaba un viento frío; los chorros de agua inclinados bruscamente a la izquierda esparcían por entre los transeúntes un polvillo brillante. En la plaza Sainte-Clotilde, los árboles jóvenes se agitaron suavemente.

«Cuánta paz», reflexionó Agnès.

Sonrió; ni su marido ni su hija mayor conocían aquella sonrisa lenta, rara y confiada que despuntaba en sus labios.

Se levantó, fue en silencio a cambiarle el agua a las rosas; recortó con cuidado sus tallos, las flores se abrieron lentamente y los pétalos parecieron separarse con pesar, con miedo y con una especie de pudor divino.

«Qué bien se está aquí», pensó Agnès.

Su casa… El refugio, el caparazón cerrado y tibio, cerrado al ruido de fuera. Cuando avanzaba por la calle Las Cases, isla de tinieblas en los crepúsculos invernales, y reconocía en la puerta la figura sonriente de una mujer esculpida en piedra, el suave rostro familiar adornado con una cinta estrecha, se sentía misteriosamente ablandada, apaciguada, bañada en olas de una dicha tranquila. Su casa… El silencio delicioso, el crujido ligero y furtivo de los muebles, las delicadas marqueterías que apenas relucían en la sombra, ¡cómo le gustaba todo eso! Se sentó; se dejó caer en lo hondo de un sillón, por más que se mantuviera siempre muy erguida, sin doblar la espalda, sin agachar la cabeza.

«Guillaume dice que me gustan más los objetos que los seres humanos… ¡Puede ser!».

Estos la rodeaban con un encanto dulce y mudo. El péndulo, adornado de carey y de cobre, se mecía lenta y apaciblemente en el silencio.

El tintineo musical y familiar de una taza de plata que brillaban en la sombra respondía a cada movimiento, cada suspiro, como un amigo.

¿La felicidad? «La perseguimos, la buscamos, se nos va la vida en ello, y se encuentra aquí —se dijo—, nace cuando nada aguardamos, cuando no abrigamos esperanzas, cuando nada tememos. Obviamente, la salud de las niñas…». Y, maquinalmente, se inclinó a tocar con los labios la frente de Nanette. «Fresca como una flor, gracias a Dios. Ya nada que esperar, cuánta paz. Si habré cambiado», pensó, recordando el pasado, el amor insensato que sentía por Guillaume, la plaza perdida en lo profundo de Passy, donde lo aguardaba en las tardes de primavera. Su familia, su suegra odiosa, el barullo de las hermanas en el saloncito negro desangelado. «¡Ah! Nunca me cansaré de este silencio». Sonrió y dijo en voz baja, como si la Agnès de antes estuviera sentada a su lado, escuchándola incrédula, con la cara joven y pálida enmarcada por sus trenzas negras:

—Sí, te asombra, ¿no? ¿A que he cambiado?

Negó con la cabeza. Al hacer memoria, le parecía que cada día del pasado había sido lluvioso y triste, cada espera vana, cada palabra cruel o mendaz.

«Ah, ¿cómo puede uno lamentarse del amor? Por suerte, Nadine no se me parece. Estas chiquillas son tan frías, tan secas. Nadine es una niña, pero, incluso más adelante, nunca podrá amar, sufrir, como yo. Por otra parte, mejor así, mejor así, Dios mío. Nanette, es de esperar, será como su hermana».

Sonrió: era tan extraño imaginar que esos mofletes rosados y lisos, esos rasgos inciertos se convertirían en un rostro de mujer. Estiró la mano y le acarició suavemente el fino pelo negro. «Los únicos momentos en que mi alma descansa», pensó mientras recordaba a una amiga de juventud, que decía: «Mi alma descansa…», cerrando a medias los ojos al encender un cigarrillo. Pero Agnès no fumaba. No le gustaba divagar, sino sentarse como en ese momento y dedicarse a alguna tarea humilde, precisa, coser, tejer, hacer que sus pensamientos bajaran a tierra, se doblegaran, estar en calma y en silencio, ordenar sus libros, lavar con cuidado y secar, una a una, las copas de Bohemia, las largas copas con doraduras, como se estilaban antes, en las que en su casa se servía el champán. «La felicidad… Sí, a los veinte años, la felicidad me parecía otra cosa, más terrible, más amplia, pero lo maravilloso es que los deseos empequeñecen y están más al alcance de la mano conforme avanzamos hacia el fin de todos los deseos», pensó mientras apoyaba en su regazo la canasta con las labores empezadas, un retazo de seda, un dedal, las tijeras de oro. «¿Qué más necesita una mujer que no ama el amor?».

—Por favor, Arlette, déjame aquí —pidió Nadine.

Psst, you might also like:
Oxitocina

Eran las tres. «Voy a dar una vuelta —pensó—. No quiero ser la primera en llegar».

Arlette obedeció. Nadine bajó de un salto.

—Gracias, linda.

El coche arrancó. Nadine remontó la calle de l’Odéon, obligándose a contener la prisa y el ardor alegre que invadía su cuerpo. «Me gusta la calle —pensó, mirando a su alrededor con amistad, con reconocimiento—. En casa me ahogo. No entienden que soy joven, que tengo veinte años, que no puedo dejar de cantar, bailar, hablar fuerte, reír. Soy feliz». Por entre la fina tela de su vestido sentía el viento delicioso que soplaba en sus piernas. Ligera, aérea, libre, alada, pensó que, en aquel instante, nada la retenía sobre la tierra. «Hay momentos en los que una saldría volando sin esfuerzo», pensó, alzada por la esperanza. ¡Qué hermoso y amable era el mundo! La marea rutilante del sol de mediodía se iba atenuando, se transformaba en una luz pálida y tranquila; en cada esquina, unas mujeres vendían ramilletes de junquillos, ofreciendo cestas a los que pasaban. En los cafés, en las terrazas, las familias bebían granadina, instaladas apaciblemente en torno a una comulgante de mejillas ardientes y ojos brillantes. Y, lentamente, bloqueando las aceras, los soldados marchaban en uniforme de salida y las mujeres caminaba con vestidos negros, con grandes manos rojas y desnudas. «Bombón», dijo un muchacho al pasar, estirando los labios como en un beso y mirando ávidamente a Nadine. Ella rio.

Por momentos, el amor mismo, la imagen misma de Rémi se borraban. Solo quedaban una exaltación, una fiebre y una felicidad agudas y casi intolerables, pero que parecían recelar una angustia extraña y suave en lo más hondo de ella.

«¿El amor? ¿Acaso Rémi me ama? —se preguntó de repente en el umbral del barcito donde él debía esperarla—. ¿Y yo? Somos, sobre todo, amigos, pero ¿y qué? ¡La amistad, la confianza son buenas para los viejos! ¡La ternura misma no es para nosotros! El amor es otra cosa», pensó, recordando el doloroso aguijón que, por momentos, parecían esconder los besos y las palabras más tiernas. Entró.

El café estaba vacío. Brillaba el sol. En la pared resonaba un reloj. Un olor a vino, una frescura de sótano, penetraban la pequeña sala interior donde se sentó Nadine.

Él no había llegado. Nadine sintió que el corazón se le encogía en el pecho. «Son las tres y media, es cierto. ¿Se habrá ido?»

Pidió una bebida al azar.

Cada vez que se abría la puerta, que aparecía la silueta de un hombre en el umbral, su corazón indócil palpitaba de alegría, tumultuoso, inundándola de felicidad; pero siempre entraba un desconocido, la miraba distraídamente e iba a sentarse en la penumbra. Nadine apretó nerviosamente las manos debajo de la mesa, se las retorció.

«Pero ¿dónde está? ¿Por qué no viene?».

A continuación, bajaba la cabeza y seguía esperando.

El reloj sonaba inexorablemente cada cuarto de hora. Con los ojos fijos en la aguja, Nadine esperaba, sin moverse, como si la inmovilidad absoluta y el silencio pudieran detener la marcha del tiempo. Las tres y media. Las tres y cuarenta y cinco. Eso aún no era nada. De un lado o del otro de las y media había muy poca diferencia, por más que fueran las tres y cuarenta, pero si se decía: «Las cuatro menos veinte, las cuatro menos cuarto», todo estaba perdido, arruinado, perdido sin remedio. ¡Rémi no iría, se había burlado de ella! ¡Con quién estaba en ese momento! ¿A quién le diría: «¿Nadine Padouan? La dejé plantada»? Sintió que unas pequeñas lágrimas, acres y amargas, le quemaban los ojos. ¡No, eso no! Las cuatro. Le temblaban los labios. Abrió su cartera, sopló la borla de maquillaje; el polvillo la envolvió en una nube sofocante y perfumada; se miró los rasgos en el pequeño espejo, trémulos y deformados como en el fondo del agua. «No, no lloraré», pensó apretando brutalmente los dientes. Con dedos temblorosos, agarró su lápiz labial y se repasó los labios, se empolvó el hueco satinado, azulado y liso que tenía bajo los ojos, el punto donde más adelante se le formaría la primera arruga. «¿Por qué lo ha hecho?». Un beso, una noche, ¿eso era todo lo que él quería? Al instante, la invadió una humildad desesperada. Todos los recuerdos amargos que puede contener incluso una infancia feliz y colmada refluyeron en su alma: la bofetada inmerecida que le había dado su padre a los doce años, el profesor injusto, las chiquillas inglesas, hacía mucho tiempo, que decían: «We won’t play with you. We don’t play with kids».

«Me duele. No sabía que podía doler tanto».

Dejó de mirar la hora. Permaneció sentada, sin moverse. ¿Adónde ir? Allí en su lugar se sentía protegida. ¿Cuántas mujeres habían esperado a alguien como ella, cuántas se habían tragado las lágrimas como ella, cuántas habían acariciado maquinalmente esa vieja banqueta de molesquín, tibia y suave al tacto, como un pelaje animal? Pero, bruscamente, un sentimiento de orgullo la invadió de nuevo. ¿Qué más daba? «Me duele, soy desdichada». Ah, esas flamantes palabras hermosas: amor, desdicha, deseo. Les moldeaba con suavidad entre sus labios.

—Deseo que él me quiera. Soy joven. Soy atractiva. Me querrá y, si no es él, me querrán otros —murmuró apretándose nerviosamente las manos con las uñas, que llevaba brillantes y aceradas como garras.

Las cinco… La pequeña sala oscura brilló de golpe, como la abertura dorada de un brasero. El sol había dado la vuelta; iluminó el licor dorado que pringaba su vaso, aclaró la cabinita de teléfono que estaba en frente de ella.

«¿Una llamada? —pensó febrilmente—. A lo mejor está enfermo.»

—Bueno, vamos —dijo, encogiéndose furiosamente de hombros.

Había hablado en voz alta; se estremeció. «Pero ¿qué me pasa?». Lo imaginó sangrando, muerto, en la carretera; siempre conducía como un loco…

—¿Y si lo llamara? ¡No! —murmuró, sintiendo por primera vez la debilidad, la bajeza de su corazón.

Y, al mismo tiempo, en el fondo de sí misma, una voz parecía susurrar misteriosamente. «Mira. Escucha. Recuerda. Nunca olvidarás este día. Envejecerás. Pero, a la hora de tu muerte, volverás a ver esta puerta abierta, donde da al sol. Oirás sonar los cuartos de hora del reloj, los ruidos y los gritos de la calle».

Se levantó y entró en la pequeña cabina telefónica que olía a polvo y a tiza; las paredes estaban cubiertas de inscripciones. Se quedó mirando fijo la figura de una mujer, dibujada en un rincón. Al final llamó a la operadora y le indicó el número.

—Hola —contestó una voz desconocida de mujer.

—¿Hablo con el apartamento del señor Rémi Alquier? —preguntó ella, y el sonido de sus palabras la sorprendió; le temblaba la voz.

—Sí, ¿de la parte de quién?

Nadine guardó silencio; oyó claramente una suave risa perezosa, un grito:

—Rémi, es para ti, una niña… ¿Cómo? El señor Alquier no está en casa, señorita.

Con lentitud, Nadine colgó el teléfono, luego salió. Eran las seis y el resplandor del sol de mayo se había velado; un ocaso triste y ligero había invadido el aire. Del jardín de Luxemburgo subía un olor de plantas y flores recién regadas. Nadine tomó una calle al azar, luego otra. Al caminar silbaba bajito; se iluminaron las primeras lámparas en el fondo de las casas, y enseguida los primeros faroles de gas en las calles: sus fuegos deformes brillaron por entre las lágrimas.

En la calle Las Cases, Agnès había acostado a Nanette, que se estaba durmiendo, pero seguía hablando al borde del sueño en una voz vacilante, suave, confiada, seguía hablándose a sí misma, a sus juguetes, a la sombra. Pero en cuanto oía los pasos de Agnès hacía silencio por prudencia.

«Ya empieza», pensó Agnès.

Entró en el salón a oscuras; lo atravesó sin encender las lámparas y se acodó en la ventana. El cielo se iba oscureciendo. Suspiró. El día primaveral escondía una especie de amargura secreta que se esfumaba con la caída de la noche. Del mismo modo los duraznos rosas y perfumados dejaban un regusto amargo en la boca. ¿Dónde estaba Guillaume? «Sin duda no volverá esta noche. Mejor», pensó al imaginar la cama fría y vacía. Tocó con la mano el cristal frío. ¿Cuántas veces había esperado así a Guillaume? Noche tras noche, escuchando en el silencio el tictac del reloj, el rechinar del ascensor que subía, subía lentamente, pasaba su puerta, volvía a bajar. Noche tras noche, al principio desesperada, después con resignación, al final con una indiferencia densa y mortal.

Psst, you might also like:
Cohiba

¿Y ahora? Se encogió de hombros con tristeza.

La calle estaba vacía, y un vapor azulado parecía flotar sobre todas las cosas, como si del cielo velado hubiera comenzado a caer una fina lluvia de cenizas. En la sombra se iluminó la estrella de oro de un farol, y las torres de Sainte-Clotilde parecieron alejarse, fundirse en la distancia. Pasó un pequeño automóvil lleno de flores que volvía del campo; quedaba apenas suficiente luz para ver los ramos de junquillos pegados a los faros. En los portales, los conserjes sentados en sus sillas de paja, con los brazos flojos, apoyados sobre el regazo, guardaban silencio. En cada ventana se cerraban los postigos, y solo por los intersticios brillaba débilmente una lámpara rosa.

«Hace tiempo —recordó Agnès—, cuando tenía la edad de Nadine, ya esperaba a Guillaume en vano durante largas horas». Cerró los ojos, tratando de volver a verlo tal como era entonces, o al menos como se lo parecía. ¿Tan apuesto era? ¿Tan encantador? Dios mío, más delgado que ahora, eso seguro, con la cara más marcada, más seca, con labios atractivos. Sus besos… Soltó una risita triste y amarga.

«Cuánto lo amaba… Qué idiota… Infelizmente idiota… Guillaume me decía palabras de amor. Se conformaba con besarme, besarme hasta que se me derretía el corazón de dulzura y de pena. En 18 meses nunca me dijo: “Te quiero”, ni “Quiero casarme contigo…”. Yo tenía que estar siempre presente, con devoción. “A mi disposición”, decía él. Y a mí me daba placer, así de estúpida y desdichada era. Tenía la edad en que incluso la derrota es embriagadora. Y además pensaba: “Me amará. Seré su mujer. A fuerza de devoción, de amor, me amará”».

Rememoró con extraordinaria precisión una tarde primaveral del pasado remoto. No hacía buen tiempo como esta noche. Era una de esas primaveras parisinas lluviosas y frías, en las que, en cuanto amanece, cae una lluvia densa y helada, que se escurre entre los árboles llenos de hojas. Los castaños en flor, el día largo, el aire tibio parecen una burla cruel. Agnès estaba sentada en un banco, esperando a Guillaume en una plaza vacía; el boj empapado de lluvia desprendía un olor amargo; las gotas caían en el agua de la fuente, marcando lenta y melancólicamente los minutos que se habían ido sin retorno, las lágrimas frías que habían rodado por sus mejillas. Él no llegaba. A su lado se había sentado una mujer, la había mirado si decir una palabra, curvando la espalda bajo la lluvia, apretando con amargura los labios como si pensara: «Otra más».

Agachó un poco la cabeza, la apoyó maquinalmente en el brazo como antaño, doblando el cuello. Una honda tristeza se acumulaba en ella.

«¿Qué me ocurre? Al fin y al cabo, soy feliz, todo está muy tranquilo, es muy apacible. ¿De qué sirve acordarse de esas cosas? No puede sino inspirar en mi alma rencor y una cólera inútil, ¡Dios mío!».

Pero, de pronto, volvió a su memoria la imagen del taxi que la llevaba por los caminos negros y húmedos del Bois de Boulogne, y le pareció reencontrar el sabor y el olor de aquel aire puro, frío, que entraba por las ventanillas bajas, mientras la mano de Guillaume apretaba suave, cruelmente, su pecho desnudo, como si fuera un fruto al que se le ha sacado el jugo. Peleas, reconciliaciones, lágrimas amargas, mentiras, flaqueza apasionada y una felicidad brusca, dulce, cuando él la tocaba con la mano, cuando decía riéndose: “¿Estás enojada? Me gusta hacerte sufrir un poco”.

—Es el pasado, no volverá —dijo Agnès de pronto en voz alta, con una incomprensible desazón. Repentinamente, sintió que las lágrimas subían a sus ojos y corrían por su cara. Ya quisiera sufrir de nuevo.

«¡Sufrir, desesperarme, esperar a alguien! ¡Ya no espero a nadie en el mundo! Estoy vieja. Odio esta casa —pensó de pronto con agitación—. ¡Y esta paz, esta calma! ¿Y las niñas? Sí, la ilusión maternal es la más tenaz y la más vana. Sí, las adoro, son todo lo que tengo en el mundo, pero con eso no alcanza. Quisiera recuperar los años perdidos, los sufrimientos perdidos. Ahora el amor sería tan repugnante, tan feo. ¡Quisiera tener veinte años! ¡Dichosa Nadine! Pero ¡sin duda está en Saint-Cloud, jugando al golf! ¡Se preocupa por el amor! ¡Qué suerte la suya!

Se estremeció. No había oído la puerta abrirse, ni los pasos de Nadine en la alfombra. Se apresuró a decir, limpiándose los ojos a escondidas:

—No enciendas la luz.

Nadine, sin contestar, fue a sentarse a su lado. Había caído la noche, y las dos apartaban la vista. No vieron nada.

Al cabo de un rato, Agnès preguntó:

—¿Lo has pasado bien, cariño?

—Sí, mamá —dijo Nadine.

—¿Qué hora es?

—Ya casi la siete, creo.

—Volviste más pronto de lo que pensaba —dijo Agnès distraídamente.

Nadine, sin contestar, hizo tintinear suavemente unas contra otras las pulseras que llevaba en los brazos desnudos.

«Pero qué callada está», pensó Agnès, ligeramente sorprendida. Dijo en voz alta:

—¿Qué pasa, cariño? ¿Estás cansada?

—Un poco.

—Te acostarás temprano. Ahora ve a lavarte las manos. Cenamos en cinco minutos. No hagas ruido al cruzar el pasillo, Nanette duerme.

En ese momento sonó el teléfono. Nadine levantó bruscamente la cabeza. Apareció Mariette.

—Preguntan por la señorita Nadine.

Nadine, cuyo corazón latía sordamente en su pecho, atravesó despacio el salón, consciente de la mirada de su madre. Cerró detrás de sí la puerta del pequeño escritorio donde se encontraba el aparato.

—¿Nadine? Soy yo, Rémi… Ah, qué enojada estás… Perdóname, vamos… No seas mala… ¡Pero porque te pido perdón! Eso, eso —dijo él como si quisiera calmar a un animal desobediente—. Un poco de indulgencia, por favor, chiquita… ¿Qué quieres? Una vieja relación, una limosna… Ah, Nadine, ¿no querrás que me conforme con las pequeñas naderías que me das? ¿Eh? ¿Eh? —repetía, y ella reconoció el eco de aquella risa voluptuosa y dulce entre los labios cerrados—. Me tienes que perdonar. No me disgusta nada besarte cuando estás enojada y tus ojos verdes lanzan llamas. Me los imagino. Fulguran, ¿no? ¿Mañana? ¿Te parece mañana a la misma hora? ¿Eh…? Nada de plantón, te lo juro… ¿Cómo…? ¿Que no puedes? No me hagas reír. ¿Mañana? En el mismo lugar, a la misma hora. Pero te lo juro… ¿Mañana? —repetía.

Nadine dijo:

—Mañana.

Él rio:

There’s a good girl. Good little girlie. Bye bye.

Nadine entró corriendo en el salón. Su madre no se había movido.

—Pero ¿qué haces todavía ahí sentada, mamá? —exclamó, y su voz, su risa estruendosa hicieron que un sentimiento turbio y amargo, parecido a la envidia, recorriera el alma de Agnès—. ¡Ya es de noche!

Encendió todas las lámparas. Sus ojos brillaban, todavía humedecidos por las lágrimas; en sus mejillas flameaba una llama oscura. Se acercó al espejo tarareando, se arregló el cabello, miró sonriendo su cara iluminada por la dicha, sus labios entreabiertos y temblorosos.

—Qué contenta te has puesto de golpe —dijo Agnès.

Se esforzó por reír, pero solo escapó de sus labios una risita chirriante y triste. Pensó: «¡Pero qué ciega he sido! ¡Esta criatura está enamorada! Ah, tiene demasiada libertad, soy demasiado débil, eso es lo que me inquieta». Pero, en su corazón, reconocía la amargura, el sufrimiento; los saludaba como a viejos amigos. «Estoy celosa, caramba».

—¿Quién te llamó? Sabes perfectamente que a tu padre no le gustan los llamados de desconocidos y las citas misteriosas.

—No sé a qué te refieres, mamá —dijo Nadine, clavando en su madre los ojos brillantes de inocencia, sin que fuese posible leer el pensamiento que se oculta en su profundidad: la madre, la eterna enemiga, la vejez chocha que no entiende nada, que no ve nada, que se encierra en su caparazón y solo piensa en impedirle a la juventud que viva—. Te aseguro que no sé a qué te refieres. Era nada más para avisarme que el partido de tenis que hoy se suspendió se pospuso para mañana. Nada más.

—¡Nada más, qué bien! —dijo Agnès, pero el sonido seco y duro de sus palabras la sorprendió incluso a ella misma.

Miró a Nadine. «Pero me he vuelto loca. Ha de ser por los recuerdos de antes. Si todavía es una niña…». Por un instante volvió a ver en su mente la imagen de una muchacha, con largas trenzas negras, sentada en una plaza perdida entre la bruma y la lluvia; la contempló con tristeza y la alejó para siempre de su memoria.

Apoyó suavemente la mano en el brazo de Nadine.

—Bueno, ven —dijo.

Nadine ahogó una risita irónica. «¿Acaso yo seré igual de… crédula, a su edad? ¿Y estaré tan tranquila? Dichosa mamá —pensó con un ligero desprecio—. Es algo hermoso, la inocencia y la paz del corazón».

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Send this to a friend

Hi, this may be interesting you: Domingo! This is the link: http://www.shortstoryproject.com/es/domingo/