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Denis Johnson | del:inglés

Dos Hombres

Traducción : Rodrigo Fresán

Introducción de Alex Bowler

“Dos hombres” se publicó por primera vez en septiembre de 1988, en las páginas de la revista The New Yorker. Cuatro años más tardes apareció como el segundo cuento de la colección de Johnson Hijo de Jesús, un libro que, según buena parte de los literatos del mundo, es el volumen de relatos más sobresaliente del último cuarto de siglo. Narrado por un hombre anónimo que se debate con su adicción a la heroína y el alcohol, se trata, según la crítica, de un libro que le da vida a la “sensibilidad embotada” y el “enorme sentimentalismo” del adicto, creando algo vital y nuevo aun a riesgo de caer en la frialdad. “Dos hombres” tiene solo una docena de páginas. Avanza a la velocidad de una bala.
En las primeras cincuenta líneas, nos presenta un misterio y un problema: “el primero de los hombres” –un drogadicto que no quiere, o no puede, hablar— aparece en el asiento trasero del pequeño Volkswagen del narrador. No hay razón para que esté ahí. ¿Quién es? ¿Y cómo nos vamos a deshacer de él?
Y se presenta una amenaza: un novio celoso –“un malvado, raquítico, inteligente hombre ante el cual yo siempre me sentía poca cosa”— anda detrás del narrador y seguramente va a hacerle “algo doloroso y degradante”.Y entonces vemos la pistola del narrador. Se trata de un pistola barata, “tan barata que estaba seguro de que acabaría estallando en mi mano con solo apretar una vez el gatillo”. Pero sospechamos que es como el rifle de Chéjov: se va a disparar en las próximas doce páginas.
Para cuando volvemos a ver la pistola, si no me equivoco, ha habido al menos tres vueltas de tuerca en el argumento. Hemos encontrado mil misterios y apenas visto tragedias. Hemos visitado las casas de heroinómanos, hemos descubierto a unas “mujeres de aspecto fantasmal”, nos hemos paseado por la ciudad en compañía de unos amigos esbozados con un trazo tan rápido que parecen las siluetas de tiza que se delinean alrededor de los muertos. Nos hemos instalado dentro de una conciencia que ya no parece considerar en absoluto a los demás: una conciencia avasallada por los sentidos, que preferiría no prestar demasiada atención a lo que la rodea, porque cuando lo hace el mundo la supera: puede oír que “las semillas gemían en los jardines”. Pero a través de las grietas de esta conciencia vemos destellos de un pasado vivido a pleno, que se ha degradado hasta la incoherencia. Es una visión desgarradora. El narrador mira a una mujer con graves problemas, una muchacha en sujetador y con el maquillaje corrido, anquilosada en su juventud. “Al mirarla pensé en cómo era ir por los campos junto a mi mujer –dice el narrador— cuando estábamos tan enamorados que no sabíamos qué era lo que nos pasaba.” La acción se precipita porque la conciencia del drogadicto no necesita, o ya no puede ver, una línea coherente de causa y efecto. Es algo liberador para el lector; incluso se disfruta; sentimos una novedad culposa al explorar el mundo de este modo. No tenemos que pararnos a pensar en cómo A lleva a B, cómo B afecta a C. Pero el efecto no puede mantenerse a raya: el catalizador de todo es la enfermedad, y esa enfermedad, esa lógica trastocada, conducirá al angustioso desenlace, y de vuelta a la pistola.
Después, cuando uno termina “Dos hombres”, queda una pregunta muy simple e incontestable: ¿Quién es el segundo hombre del título?. ¿El novio “malvado, raquítico, inteligente”? ¿El “primer hombre”, de cuya segunda impostura nos enteramos conforme avanza el cuento? ¿O se refiere el título al narrador, que está dividido? Y sin embargo, no está dividido en dos, ¿no?
Está hecho pedazos; el todo es irrecuperable. Así pues, “Dos hombres” no es Jekyll y Hyde. Es algo mucho más complicado, intangible e inalcanzable. Y en cierto modo, según sospechamos, un poco más verdadero.

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Conocí al primero de los hombres cuando volvía a casa tras un baile en el Salón de Veteranos de Guerras en el Extranjero. Me sacaban del lugar mis dos buenos amigos. Había olvidado que ellos me habían acompañado, pero ahí estaban. Una vez más, volví a odiarlos. Los tres habíamos formado un grupo basado en algo erróneo, uno de esos malentendidos básicos que todavía no se había hecho del todo evidente, así que seguíamos haciéndonos compañía y yendo a bares y teniendo conversaciones. Por lo general, estas falsas coaliciones morían después de un día o día y medio, pero esta ya duraba más de un año. Tiempo después, uno de ellos acabó herido cuando estábamos robando una farmacia y los otros dos lo dejamos tirado y sangrando en la entrada trasera de un hospital y entonces lo arrestaron y todo vínculo se disolvió. Pagamos su fianza más tarde, y todavía más tarde fueron retirados todos los cargos en su contra, pero habíamos abierto nuestro pecho para mostrar nuestros cobardes corazones, y no es fácil seguir siendo amigos después de algo así.

Esa noche en el Salón de Veteranos de Guerras en el Extranjero yo me había arrimado a una mujer y bailábamos junto al inmenso aparato de aire acondicionado y la besé y le desabroché los pantalones y metí mi mano por la parte delantera. Ella había estado casada con un amigo mío hasta hacía alrededor de un año, y yo siempre pensé que acabaríamos liados; pero su novio, un malvado, raquítico, inteligente hombre ante el cual yo siempre me sentía poca cosa, apareció por una de las esquinas de la máquina y nos miró con el ceño fruncido y le dijo a ella que saliera de allí y se metiera en su auto. Temí que fuera a tomar algún tipo de medida, pero acabó desapareciendo tan rápido como su mujer. El resto de la noche me la pasé preguntándome, segundo tras segundo, si volvería con algunos amigos para hacerme algo doloroso y degradante. Yo llevaba una pistola, lo que no quería decir que fuese a usarla. Era una pistola tan barata que estaba seguro de que acabaría estallando en mi mano con solo apretar una vez el gatillo. Así que eso solo podía contribuir a hacer todo el asunto todavía más humillante. Con el tiempo las personas, por lo general hombres que conversan con mujeres en mi imaginación, dirían: «Tenía una pistola, pero nunca llegó a sacarla de sus pantalones». Bebí todo lo que pude hasta que la banda de música country dejó de cantar y tocar y todas las luces se encendieron.

Mis dos amigos y yo salimos a meternos en mi pequeño Volkswagen verde y ahí descubrimos al hombre del que les hablaba, el primer hombre, durmiendo profundamente en el asiento de atrás.

-¿Quién es este? –les pregunté a mis dos amigos. Pero ninguno de ellos lo había visto antes.

Lo despertamos y se sentó. Era uno de esos tipos bastante grandotes, aunque no tan alto como para que su cabeza golpeara el techo, pero realmente ancho, con un rostro un poco estúpido y el cabello muy corto. Se negaba a salir del auto.

Este hombre se señaló primero las orejas y después la boca, explicando por señas que no podía oír ni hablar.

-¿Que se hace en una situación así? –dije.

Bueno, yo voy a entrar. Haz sitio le dijo Tom al hombre y se sentó junto a él.

Richard y yo nos subimos delante. Los tres nos giramos para mirar a nuestro nuevo acompañante.

Señaló hacia delante y entonces se llevó las manos a las mejillas queriendo decir que tenía sueño.

Solo quiere que lo llevemos a su casa –­supuse.

Bueno –dijo Tom-. Entonces llévalo a su casa.

Tom tenía unos rasgos tan marcados que cuando lo invadía uno de sus ataques de mal humor parecía todavía más enojado de lo que en realidad estaba.

Valiéndose del lenguaje de señas, el pasajero nos mostró adónde quería ir. Tom me transmitía las instrucciones porque yo no podía girarme para ver al hombre mientras conducía.

Dobla a la derecha… aquí a la izquierda… quiere que vayas más despacio… está buscando el lugar

Y así.

Íbamos con las ventanillas bajadas. La suave noche de primavera, después de varios meses de gélido invierno, era como una mujer extranjera respirando en nuestras caras. Llevamos a nuestro pasajero hasta una calle residencial donde los retoños se forzaban a si mismos a salir por las puntas de las ramas y las semillas gemían en los jardines.

Cuando salió del auto vimos que era fornido como un simio, y las manos le colgaban como si en cualquier momento fuera a agacharse para empezar a caminar apoyado en los nudillos. Se deslizó calle arriba hasta dirigirse a una casa en particular y llamó a la puerta. Una luz se encendió en el segundo piso, la cortina se agitó y la luz se apagó. Estaba otra vez junto al auto, golpeando el techo con la mano, antes de que yo hubiera tenido tiempo suficiente para arrancar y dejarlo allí.

Se colgó del parabrisas de mi VW y pareció desmayarse.

Tal vez era la casa equivocada –sugirió Richard.

No puedo maniobrar con él ahí encima –dije yo.

Acelera y frena de golpe –dijo Richard.

Los frenos no funcionan –le dijo Tom a Richard.

El freno de mano funciona –les aseguré a todos.

Tom no tenía paciencia.

Lo único que tienes que hacer es mover el auto y él se caerá.

No quiero lastimarle.

Acabamos cargándolo otra vez en el asiento de atrás, y se apoyó contra la ventanilla.

Lo teníamos pegado a nosotros una vez más. Tom rió con sarcasmo. Los tres encendimos cigarrillos.

Aquí viene Caplan a llenarme las piernas de balas –dije, mirando aterrorizado a un auto que doblaba la esquina hacia nosotros y después pasaba de largo.

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Estaba seguro de que era él –dije mientras las luces traseras se perdían calle abajo.

¿Todavía estás preocupado por lo de Alsatia?

Yo estaba besándola.

No hay ninguna ley en contra de eso –dijo Richard.

No es su abogado quien me preocupa.

No creo que Caplan se la tome tan en serio. Por lo menos no lo suficientemente en serio como para matarte por ella o algo por el estilo.

¿Qué piensas tú de todo esto? –le pregunté a nuestro colega borracho.

Empezó a roncar ostentosamente.

Este tipo no es sordo de verdad… Oye, ¿lo eres? – dijo Tom.

-¿Qué vamos a hacer con él?

Llevémoslo a casa con nosotros.

No contéis conmigo –dije.

En cualquier caso, uno de nosotros debería hacerlo.

Vive ahí. Estaba bien claro por el modo en que golpeaba la puerta.

Salí del auto.

Fui hasta la casa y toqué el timbre y retrocedí unos pasos en el porche, mirando en la oscuridad hacia la ventana de arriba. La cortina blanca volvió a agitarse y una mujer dijo algo.

Toda ella era invisible, excepto la sombra de su mano en el borde de la cortina.

Si no se lo llevan de nuestra calle voy a llamar a la policía.

Me cubrió el torrente de un anhelo tan poderoso que pensé que me ahogaría. Su voz se quebró y descendió flotando.

Ya estoy junto al teléfono. Ahora estoy marcando el número –dijo suavemente.

Creí oír el motor de un auto en alguna parte, no demasiado lejos. Corrí de regreso por la calle.

-¿Qué pasa? –dijo Richard cuando yo entraba.

Los faros venían doblando por la esquina. Un espasmo me corrió por el cuerpo con tal fuerza que sacudió el auto.

Jesús –dije.

El interior se llenó con tanta luz que por dos segundos podrías haber leído un libro. Las sombras de polvo en el parabrisas dibujaron rayas en el rostro de Tom.

No es nadie –dijo Richard, y la oscuridad volvió a cerrarse sobre nosotros después de que quienquiera que fuese siguiera su camino.

De todos modos, Caplan no sabe dónde estás.

La sacudida de miedo me había hecho arder la sangre en las venas. Ahora era como caucho.

Iré por él, entonces. Ajustaremos cuentas.

Tal vez a él no le importa o… no lo sé. ¿Qué sé yo? ¿Por qué estamos hablando sobre él? –dijo Tom.

Tal vez te haya perdonado –dijo Richard.

Oh, Dios, si lo hiciera, entonces seríamos camaradas y todo eso. Lo único que pido es que me castigue y a otra cosa –dije.

El pasajero no se daba por vencido. Gesticulaba en todo el espacio del que disponía, tocándose la frente y las axilas y arreglándoselas para girar sobre su propio eje, como un entrenador de baloncesto impartiendo instrucciones a sus jugadores.

Mira, ya sé que puedes hablar. No actúes como si fuéramos estúpidos –le dije.

Nos condujo a través de esa parte del pueblo y después cerca de las vías del ferrocarril, donde apenas vivía alguien. Aquí y allá había unas chozas débilmente iluminadas, hundidas en el fondo de toda aquella oscuridad. Pero la casa en que me hizo detenerme no tenía luz alguna, exceptuando la del farol de la calle. No ocurrió nada cuando hice sonar el claxon. El hombre al que estábamos ayudando se quedó allí sin hacer nada. Durante todo el rato había estado enunciando muchos deseos, pero no había dicho una sola palabra. Se parecía más y más al perro de alguien.

Iré a echar un vistazo –le dije haciendo que mi voz sonara peligrosa.

Era una pequeña casa de madera con dos postes y una cuerda para colgar la ropa en la parte delantera.

La hierba había crecido para ser aplastada por la nieve y después ser descubierta por el deshielo. Sin molestarme en llamar a la puerta, me acerqué a una de las ventanas de atrás y miré hacia dentro. Había una sola silla junto a una mesa ovalada. La casa parecía abandonada, sin cortinas, sin alfombras. Por todo el suelo había cosas brillantes que me parecieron bombillas quemadas o casquillos de bala vacíos. Pero estaba oscuro y nada se veía con claridad. Espié desde allí hasta que mis ojos se cansaron y entonces me pareció que podía ver dibujos sobre el suelo como esas siluetas de tiza que se dibujan alrededor de las víctimas o esos símbolos para la práctica de extraños rituales.

-¿Por qué no vas y entras? –le pregunté al tipo cuando regresé al auto.

Ve a echar un vistazo. Impostor, perdedor.

Levantó un dedo. Uno.

Qué.

Uno. Uno.

Quiere ir a un último lugar –dijo Richard.

Ya hemos ido a un último lugar. Este. Y era otra mentira.

-¿Qué quieres hacer? –dijo Richard.

Oh, llevémoslo a donde quiera ir.

Yo no quería volver a casa. Mi esposa se estaba comportando de un modo diferente al habitual, y teníamos un bebé de seis meses que me daba miedo, un hijito.

El siguiente lugar al que lo llevamos se alzaba solitario junto a la vieja autopista. Yo había conducido por este camino en más de una ocasión, un poco más lejos cada vez, y no había encontrado allí nada que me hubiera hecho feliz. Algunos amigos habían tenido una granja por aquí, pero la policía había allanado la propiedad y los había metido a todos en la cárcel.

Esta casa no parecía ser parte de una granja. Estaba a medio kilómetro de la vieja autopista, su porche llegaba justo al borde del camino. Cuando nos detuvimos frente a ella y apagamos el motor oímos música procedente del interior de la casa: jazz. Sonaba a algo sofisticado y solitario.

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Caminamos hasta el porche junto al hombre silencioso. Llamó a la puerta. Tom, Richard y yo rodeamos sus flancos manteniendo una leve y muy sutil distancia.

Entró en cuanto se abrió la puerta. Lo seguimos y nos quedamos ahí, pero él ya iba derecho hacia la siguiente habitación.

No llegamos hasta más adentro que la cocina. La siguiente habitación estaba casi a oscuras y apenas iluminada por una luz azul y, desde la puerta, vimos un gran recinto en el que había una casi gigantesca cama en la que yacían varias mujeres de aspecto fantasmal. Una de ellas vino caminando y salió por la puerta de la habitación y se quedó mirándonos con el maquillaje corrido y la pintura de labios borrada a besos. Llevaba una falda pero iba sin blusa, nada más que un sujetador, como las chicas de los anuncios de ropa interior de las revistas para adolescentes. Pero ella era algo mayor que eso. Al mirarla pensé en cómo era ir por los campos junto a mi mujer cuando estábamos tan enamorados que no sabíamos qué era lo que nos pasaba.

Se restregó la nariz, un gesto adormilado. Dos segundos después estaba siendo atendida por un hombre negro que golpeaba la palma de su mano con un par de guantes, un hombre muy alto que me miraba de arriba abajo sin verme y con la invulnerable sonrisa de alguien drogado.

Si hubieran llamado antes les hubiéramos animado a que no lo trajeran aquí –dijo la mujer joven.

Su acompañante estaba encantado:

Esa es una bonita manera de decirlo.

En la habitación, a espaldas de la mujer, el hombre que habíamos traído estaba de pie como una mala escultura, posando con poca naturalidad con sus hombros como marchitándose, como si ya no pudiera seguir llevando sus manos de gigante más lejos de allí.

-¿Cuál es el maldito problema? –preguntó Richard.

No importa cuál sea su problema hasta que él mismo pueda comprenderlo en su totalidad –dijo el hombre.

Tom se río, de algún modo.

-¿Qué es lo que hace? –le preguntó Richard a la chica.

Es un muy buen jugador de fútbol. O al menos lo era. –El rostro de la chica parecía cansado. Nada podía importarle menos.

Sigue siendo bueno. Sigue siendo parte del equipo –dijo el hombre negro.

Ni siquiera está en la universidad.

Pero estaría en el equipo si volviera allí.

Pero nunca va a estar en la universidad, hombre, porque está jodido. Y tú también.

Le dio golpecitos a uno de sus guantes.

Ahora ya estoy al tanto de ello, gracias, nena.

Se te ha caído el otro guante.

Gracias, nena, también estoy al tanto de eso – dijo.

Un chico enorme y musculoso con mejillas sonrosadas y el cabello rubio aplastado con gomina se acercó a nosotros. Me pareció que era el anfitrión, porque sostenía por el asa un jarro verde para cerveza del tamaño de una papelera en el que había pintados una esvástica y el signo del dólar. Este toque personal le daba un aire como de encontrarse en casa, como Hugh Hefner dando vueltas en pijama por una de esas fiestas de Playboy.

Me sonrió y negó con la cabeza.

No puede quedarse. Tammy no lo quiere por aquí.

Vale, sea quien sea Tammy… –dije.

Esta gente me daba hambre. Olí algún tipo de desmadre, el aroma de una poción que desterraría a todo aquello que me había venido infestando.

Ahora sería un buen momento para sacarlo de aquí –dijo el enorme anfitrión.

-¿Cuál es su nombre, ya que estamos?

Stan.

Stan. ¿De verdad está sordo?

La chica lanzó un bufido.

El chico rió y dijo:

Esa sí que es buena.

Richard golpeó mi brazo y miró hacia la puerta como diciéndome que era hora de irse. Comprendí que él y Tom estaban asustados de estas personas; y entonces me di cuenta de que yo también lo estaba. No era que nos fueran a hacer algo; pero junto a ellos nos sentíamos como estúpidos fracasados.

La mujer me hacía daño. Parecía tan suave y perfecta como un maniquí hecho de piel, piel de arriba abajo.

Dejémoslo aquí… ahora –grité corriendo hacia la puerta.

Ya estaba en el asiento del conductor y Tom y Richard venían a mitad de camino cuando Stan salió de la casa.

¡Déjalo! ¡Déjalo! –aulló Tom entrando después de Richard, pero cuando empezamos a movernos el hombre ya estaba agarrado a una de las manijas de la puerta.

Aceleré, pero no se daba por vencido. Incluso se las arregló para correr un poco por delante del auto y mirarme a través del parabrisas, manteniendo conmigo un psicótico contacto visual y luciendo una sonrisa sarcástica, como diciendo que se quedaría para siempre a nuestro lado, corriendo más y más rápido, lanzando nubes de aliento. Después de cien metros, cuando nos acercábamos a la señal de stop junto a la carretera principal, aceleré a fondo esperando librarme de él, pero lo único que conseguí fue estrellarlo contra la señal de stop. Su cabeza fue lo primero que la golpeó, y el poste que la sostenía se quebró como un tallo verde y él se derrumbó sobre todo el estropicio. La madera debía de estar podrida. Suerte para él.

Lo dejamos atrás, un hombre tambaleándose en un cruce de caminos en el que alguna vez hubo una señal de stop.

Yo creía conocer a todos en este pueblo, pero estas personas son completamente nuevas para mí –dijo Tom.

Eran deportistas, pero ahora son drogadictos –dijo Richard.

Gente del fútbol. Nunca pensé que se pondrían así. –Tom miraba hacia atrás, carretera abajo.

Detuve el auto y todos miramos hacia atrás. A medio kilómetro, Stan se detuvo en medio de los campos bajo la luz de las estrellas, en la postura de alguien que tiene una de esas resacas bestiales o que intenta volver a encajar la cabeza alrededor del cuello. Pero no era solo su cabeza, era como si todo él hubiera sido cortado y arrojado a un lado. No en vano no oía ni hablaba, no en vano no tenía ninguna relación con las palabras. Todo lo que podía servirle para esas cosas ya había sido consumido.

Lo miramos y todos nos sentimos como ancianas doncellas. Él, por otra parte, era la esposa de la Muerte.

Nos fuimos.

No hemos conseguido que dijera ni una palabra. Todo el camino de regreso al pueblo, Tom y yo nos lo pasamos criticándolo.

Es que no te das cuenta. Si eres una de esas animadoras o si estás en un equipo, eso no es garantía de nada. Cualquiera puede acabar mal –dijo Richard, que había jugado como quarterback en la secundaria o algo por el estilo.

Tan pronto como llegamos a los límites de la ciudad, donde comenzaba la hilera de farolas, volví a preguntarme por Caplan y a tener miedo de Caplan.

Lo mejor será que vaya a buscarlo en lugar de quedarme esperando –le sugerí a Tom.

-¿A quién?

-¿Tú qué crees?

-¿Vas a olvidarte de eso? Está terminado. En serio.

Ya, vale, vale.

Fuimos por la calle Burlington. Pasamos junto a la gasolinera abierta toda la noche en la esquina de Clinton. Un hombre le estaba dando dinero al empleado, los dos estaban parados en medio de una extraña luz sulfurosa –esas lámparas de sodio eran toda una novedad en nuestro pueblo por aquel entonces– y el pavimento a su alrededor estaba manchado de un petróleo que parecía de color verde, mientras que su viejo Ford no era de color alguno.

-¿Sabes quién era ese? –les dije a Tom y a Richard. Ese era Thatcher.

Hice un giro en U tan pronto como me fue posible.

-¿Y qué?

Y esto –dije, sacando mi treinta y dos, que nunca había disparado.

Richard se río, no sé por qué. Tom puso las manos sobre sus rodillas y suspiró.

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Thatcher ya estaba dentro de su auto. Me acerqué a los surtidores, me detuve junto a su auto en dirección opuesta y bajé la ventanilla.

Compré uno de esos kilos falsos que vendías a doscientos diez a finales del año pasado. No me conoces, porque como-se-llame los vendía por ti. – Dudo que me oyera. Le mostré mi pistola.

Los neumáticos de Thatcher lanzaron un chirrido cuando salió disparado en su Falcon herrumbrado. No creí poder alcanzarlo con mi VW, pero de todos modos giré y salí detrás de él.

– Lo que me vendió era una mierda.

-¿No lo probaste primero? –dijo Richard.

Era una cosa rara.

Bueno, si lo probaste… –dijo.

Parecía estar bien, y entonces ya no lo estaba. Yo no fui el único. Todos los demás dijeron lo mismo.

-Te está dejando atrás.

De golpe, Thatcher dobló abruptamente entre dos edificios.

No lo vi por ninguna parte cuando salimos por el callejón hacia otra de las avenidas. Pero más adelante vi como un montón de nieve vieja se volvía rosada por el reflejo de las luces de los frenos.

Ha girado en esa esquina –dije.

Cuando dimos la vuelta al edificio encontramos su auto estacionado, vacío, en la parte de atrás de un edificio de apartamentos. Una luz se encendió en uno de los apartamentos, y luego se apagó.

Estoy a dos segundos de distancia.

La sensación de que tenía miedo de mí era vigorizante. Dejé el VW en medio del aparcamiento con la puerta abierta, el motor funcionando y los faros encendidos.

Tom y Richard venían detrás de mí mientras subía hasta el primer piso por las escaleras y golpeaba la puerta con la pistola. Sabía que estaba en el sitio correcto. Volví a golpear. Una mujer con un camisón blanco abrió y retrocedió diciendo: «No lo hagan. De acuerdo. Está bien. Está bien».

Thatcher te debe haber dicho que abrieras, si no fuera así jamás habrías abierto la puerta –dije.

-¿Jim? Está fuera de la ciudad. –Llevaba el pelo negro y largo recogido en una coleta. No había duda de que los ojos le giraban en las órbitas.

Ve a buscarlo –dije.

Está en California.

Está en el dormitorio.

Hice que fuera delante de mí apoyándole el cañón de la pistola en el trasero.

– Tengo dos niños ahí dentro –suplicó.

¡No me importa! ¡Al suelo!

Se tumbó en el suelo, y le pegué la mejilla contra la alfombra y apoyé la pistola en su sien.

Thatcher iba a tener que salir o no sabía qué iba a suceder.

¡La tengo aquí tirada en el suelo! –dije en voz alta mirando al dormitorio.

Mis hijos están durmiendo –dijo ella.

Las lágrimas salían de sus ojos y le corrían por la nariz.

De improviso y estúpidamente, Richard avanzó por el pasillo y entró en el dormitorio. Gestos flagrantes y autodestructivos; era bien conocido por ellos.

No hay nadie aquí dentro, salvo dos niños.

Tom fue a su lado.

Se ha descolgado por la ventana –me dijo desde dentro.

Caminé dos pasos hasta la ventana de la sala y miré hacia el aparcamiento. No podía estar seguro, pero parecía que el auto de Thatcher ya no estaba allí abajo.

La mujer no se había movido. Seguía allí, sobre la alfombra.

En serio, no está aquí –dijo.

Sabía que no estaba.

-No me importa. Vas a lamentarlo –dije.


*Este cuento fue publicado en “Hijo de Jesus”, Literatura Random House, Mondadori, 2013

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