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Maxim Biller | del:alemán

El arquitecto

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Lina Muzur

Este relato es una casa. Mientras lo leo, observo cómo Maxim Biller va poniendo enérgicamente una piedra sobre la otra. Lo titula “El arquitecto”: una piedra. Pero al parecer no trata del arquitecto, sino de Splash y Naila, cuyo piso el arquitecto puede observar en todo momento: piedras dos, tres, cuatro y cinco. Splash se llama en realidad Jörn: piedra seis. Naila dice siempre “mia tesoro”, de modo que Splash, a medias enamorado y a medias exasperado, debe corregirla: piedra siete. Splash está harto de la loca familia libanesa de Naila: piedra ocho. El día en que ocurre la historia, tanto a Splash como a Naila se les vence un plazo importante: piedra nueve. Y así sucesivamente. Tampoco es que sean tantas las piedras que se van colocando aquí, y cuando el edificio está listo, quedo sorprendida, pues si bien no puedo mirar detrás de la fachada, lo sé todo sobre su interior: veo los muebles, el desorden en el baño, la ventana de la cocina a medio abrir, las manchas sobre la alfombra, todo. Y mientras sigo con la mirada clavada en el edificio y me imagino su futuro, el autor lo destroza de un golpe. La casa se derrumba. Ese es el gran arte de la historia breve.

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A la mañana, cuando se despertaron, el arquitecto ya estaba sentado delante del ordenador. En el ala derecha de la casa estaba su oficina, en el ala izquierda vivían ellos. En el patio interno la luz quedaba encendida toda la noche. Pronto se apagaría, y en algún momento también él apagaría la luz en su oficina. Ahora en invierno eso solo podría ocurrir al mediodía. En días especialmente oscuros, la luz brillaba hasta tarde, hasta que terminaba y era el último en dejar la oficina y tomaba el ascensor para reunirse arriba con su familia.

Los saludó con la mano y volvió a sumergirse en su trabajo. Nunca les transmitía la sensación de que los estuviera controlando, pero no se le ocurría correr las cortinas de su oficina. Tampoco ellos corrían nunca sus cortinas. Por lo general, se limitaban a trasladar de un lado al otro del largo ventanal una de esas grandes pantallas quitasol de aluminio con aspecto de ala de avión. A veces se la olvidaban y se despertaban por la mañana y desde la cama lo veían trabajando. Una vez habían tenido sexo en el sofá delante del televisor a mitad del día, eso no pudo habérsele escapado a él. Pero no levantó ni una vez la cabeza, y para hablar por teléfono se iba a la sala grande del fondo, donde su gente estaba sentada en amplias mesas blancas mirando las pantallas de sus computadoras desde la mañana hasta la tarde.

Mientras Naila estaba en el baño, Splash preparó el desayuno. Estaban apurados. Casi nunca estaban apurados, pero Naila tenía que estar antes de las diez en la calle Jacob, porque hoy se vencía su plazo, y él había quedado con el islandés tuerto en la calle Kopenhagener para mostrarle el atelier. Odiaba la idea de no poder seguir trabajando en soledad en su atelier, pero necesitaban el dinero. De todos modos Splash nunca estaba allí, así que daba lo mismo. Hacía casi un año que había dejado de trabajar, desde que vivían juntos, y a veces Splash pensaba que eso se debía a Naila. Luego pensaba que tenía que ver con esa casa. Era demasiado transparente, por todos lados solo vidrio y aluminio y piedra negra, y cada dos minutos pasaba traqueteando el tranvía por la calle Rosenthaler, ahuyentando con su ruido los pocos pensamientos que aún tenía.

Naila regresó desnuda de la ducha. Se había envuelto el pelo en la toalla, y cuando Splash señaló con la cabeza en dirección al arquitecto, ella dijo: “Igual no mira”. Splash se encogió de hombros y fue al baño. Cuando volvió a salir, Naila – que tenía puesta una bombacha y su nueva remera azul – estaba parada junto a la ventana. También el arquitecto estaba en la ventana, y ambos hacían extraños movimientos con sus manos. Splash se dio vuelta, regresó al baño y volvió a salir otra vez dos minutos más tarde. Naila se había vestido y el arquitecto estaba otra vez sentado en su escritorio.

El arquitecto había hecho el plano de este edificio. Era su primer edificio, por eso le costaba tanto separarse de él. O estaba sentado ahí abajo en su oficina, o estaba arriba con su familia. Del edificio solo se iba en auto: salía andando del garage, y cuando regresaba, volvía a meterse en el garage, como si también el auto fuera una parte de este edificio, del que así no tenía que separarse nunca.

Splash solía encontrarse con los hijos y la mujer del arquitecto en el ascensor o en el hall de entrada, cuyas paredes estaban revestidas con grandes placas de acero opaco. Era tan angosto y elevado, que uno se sentía como en el interior de un cohete. La mujer del arquitecto sonreía mucho. Era pequeña, casi tan pequeña como sus hijos, y los hijos también reían mucho, pero Splash no creía en sus risas. Nunca había desconfiado de la risa de un niño. Probablemente era injusto y si no les creía era solo porque la risa de su madre sin dudas era falsa. Quizá los niños no encajaban en este sitio, con sus coloridos y espantosos anoraks, como los que tenían todos los niños, y las gruesas botas de invierno, que por lo general estaban manchadas de barro.

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– ¿Vas hoy al atelier, mia tesoro? – dijo Naila.

– Mi tesoro – dijo Splash con impaciencia.

Antes se llamaba Jörn, no Splash, pero hasta el día de hoy que ella no le había preguntado por su nombre verdadero.

– ¿Vas, sí?

– Sí.

– ¡Ay, qué bueno! – dijo ella.

Él la miró y no supo si su alegría era sincera. A veces Naila tenía un tono que él no entendía. Seguramente los amigos y parientes de ella estaban familiarizados con ese tono en su casa, pero él no. Se puso furioso, luego apoyó su mano sobre la de Naila, que estaba sobre la mesa, así sin más, como si no le perteneciera a ella, y pensó en que podría pintar esa mano. La mano era cálida, la acarició, la dio vuelta y la abrió, y en su interior la mano estaba fría. Así que apoyó la palma de su mano sobre la de ella, y de pronto se puso de pie, se inclinó hacia Naila y la besó. Ella no lo besó a él. Esto ocurría con frecuencia en los últimos tiempos. Cuando quiso tocarle los pechos, ella se echó hacia atrás y dijo:

– ¡Basta, que nos ve!

– Pensé que no miraba.

– Pero sí, sí – dijo ella, y ahí estaba de nuevo ese tono que él no entendía – Pero sí, sí – dijo ella de nuevo, y ambos miraron hacia el arquitecto.

El arquitecto hablaba por teléfono de espaldas a ellos. En la pared detrás de él colgaban planos que el arquitecto tenía a la vista mientras hablaba por teléfono, pero todo el tiempo daba vuelta la cabeza para mirar por sobre el hombro hacia donde estaban ellos. Era algo que no había hecho nunca, y en algún momento Splash se cansó, tomó la cara de Naila firmemente con ambas manos y la besó en los labios, pese a su resistencia. Ella lo empujó y corrió al baño, y cuando Splash alzó los ojos, su mirada se cruzó con la del arquitecto. Así de rápido como le subió la sensación de náusea en el estómago, también volvió a desaparecer.

– ¡Naila! – gritó Splash – Ven rápido aquí. ¡Esto tienes que verlo! Creo que se volvió loco.

El arquitecto había seguido tranquilamente con su conversación telefónica, hasta que de pronto arrojó el teléfono al suelo, arrancó los planos de las paredes y barrió del escritorio los papeles, el ordenador y las maquetas. Llegaron sus empleados, dos de ellos lo tomaron de los hombros e intentaron retenerlo y tranquilizarlo, pero él se soltó, corrió hacia la ventana y empezó a darle puñetazos al cristal. Al final patinó agotado por el vidrio hasta el suelo, y su rostro angosto, con los grandes ojos verdes coronados por la negra cabellera, se veía más bonito que de costumbre.

– Lo mismo haré yo si hoy no me elongan el permiso de residencia – dijo Naila.

Estaba parada detrás de Splash y había enganchado sus dedos en los pasadores para el cinto de los jeans de él.

– Si hoy no me prolongan el permiso de residencia – la corrigió él, pensando por qué no.

Entonces podría empezar de nuevo a trabajar y no todo sería solo Naila, Naila, Naila. Entonces no tendría que hablar todo el tiempo sobre la vida de ella, daría lo mismo que su madre hubiera tenido un amorío con su abuelo, que el padre le dijera Puppi y a menudo llamara de noche llorando desde Beirut, que los hombres libaneses fueran todos idiotas y que por eso los hombre de aquí le gustaran tanto, le gustaran demasiado, según él, y entonces él ya no tendría que vivir por culpa de ella en esa casa-cohete estúpida, cara y gélida. Podría volver a mudarse al atelier en la calle Kopenhagener, y podría decirle hoy mismo al islandés tuerto que se buscara otra cosa, que ya no necesitaba su dinero, nunca más.

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– ¿Sabes lo que le ha pasado? – dijo Naila.

– Pensé que tú lo sabías – dijo Splash.

– ¿Yo? ¿Por qué yo?

Ella se puso sus botas altas y marrones y la chaqueta roja Alaia de su padre que él tanto odiaba y dijo:

– ¿Tienes mis llaves?

– ¿Por qué me preguntas siempre por tus llaves? Nunca tuve tus llaves.

– Pero siempre las encuentras.

– Hoy no.

– Por favor.

– ¡No!

– Mia tesoro… ¡Mia hijo, mi corazón!

Él se puso de pie y empezó a levantar la mesa. Fue por lo menos veinte veces de un lado al otro entre la mesa y la cocina, siempre sosteniendo un plato o una cuchara o solo la maldita mantequera en la mano. Una vez que la mesa estuvo vacía, se sentó, se encendió un cigarrillo e intentó concentrarse. ¿Debía llamar al islandés y decirle que mejor se encontraban a la tarde? Hasta entonces ya sabría si Naila podía quedarse o no. ¿O debía cancelarle por completo? Ya le había cancelado dos veces, quizá dejaría de venir por eso de todos modos. Pero tal vez no tenía que cancelarle nada. ¿Sí o no? En ese momento escuchó muy cerca el fuerte chirrido de un tranvía y se estremeció. Un soplo gélido de viento le subió por las piernas, pasó tronando el próximo tranvía, levantó la vista y vio que Naila había abierto uno de los enormes ventanales.

– La-lala-lala – hacía ella.

Se puso a pasear riendo por la inmensa sala como por un parque, daba vueltas en círculo bamboleando su gran trasero árabe – La-lala-lala.

– Cierra la ventana, Naila – dijo él – Con ese ruido no puedo pensar.

– La-lala-lala.

– Naila, por favor.

– Solo si me ayudas a buscar.

Se levantó y fue al perchero y de un manotón tomó las llaves del pequeño bolsillo interno de la chaqueta de cuero negro.

– ¿Cómo lo sabías?

– Ahí están siempre – dijo él – Si es que no están en otra chaqueta. O en la jabonera del baño. O en el cajón de las galletas. O en la cama. O debajo del colchón. O debajo de la cama.

– Gracias, mi tesoro – dijo ella y lo abrazó tímidamente.          

– Mia tesoro – dijo él.

– Qué haré sin ti – dijo ella riendo.

En sus ojos había lágrimas, y lo besó en las mejillas y en la boca. Luego volvió a mirarlo, y las lágrimas habían desaparecido. Él se preguntó si habían estado ahí en absoluto. ¿O era ese otra vez un numerito de su gran show libanés de los sentimientos?

– No te preocupes – dijo él – Hoy recibirás tus papeles.

– ¿Y si no?

– ¿Y si no?

– Sí, ¿y si no? ¿Si yo tener que volver a casa?

La miró serio, ella también lo miró seria, y como él no lo aguantó, dejó de mirarla y vagó con la vista por la sala. No era su propia mirada la que veía todo eso, era la mirada de alguien que él no era aún, pero que quizá fuera en breve. Después de haber visto todo, la cama, los dos sillones blancos Pierre Paulin, la lámpara plateada con el pie de mármol, las fotos de la familia de Naila en los marcos dorados sobre el televisor y las viejas pinturas de él en las altas paredes, después de echarle un rápido vistazo a la oficina vacía y oscura del arquitecto, volvió a mirar los ojos marrones, terriblemente marrones de Naila y dijo:

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– Si tienes que volverte, mi ángel, yo voy contigo, eso está claro.

– ¿Harías eso? – dijo ella sorprendida – O sea lo harías de verdad…

Deslizo sus brazos hacia los costados, desprendiéndose del abrazo.

– Vamos, tengo que irme – dijo ella.

Apretó dos o tres veces entre sí los labios recién pintados y al girar para irse lanzó una última mirada subrepticia hacia el otro lado del patio interno.

Frente al ascensor se quedaron en silencio uno al lado del otro. Estaban parados de tal forma para justo no tocarse con los brazos y los hombros, lo que casi volvía a ser excitante. Llegó el ascensor, la puerta se abrió y ahí estaba el arquitecto con su mujer, y también todos sus hijos estaban ahí. Splash y Naila se subieron, dijeron hola, y el arquitecto dijo también hola, y su mujer sonrió, y los niños alzaron la cabeza y también sonrieron.

El arquitecto se veía normal otra vez. Splash lo observó con el rabillo del ojo, mientras mantenía la mirada clavada en la pared brillante y plateada del ascensor, entre la cabeza del arquitecto y la cabeza de Naila. También observaba de vez en cuando a Naila, y ella también parecía completamente normal. Tal vez estuviera un poco nerviosa, pero eso se sobreentendía. Él hubiese estado igual de nervioso en su lugar. Si se ponía nervioso ya cuando tenía que ir al médico, o cuando tenía que sacar una visa en un consulado para un viaje. Por miedo había postergado ella el asunto con el Ministerio de Relaciones Exteriores hasta el último día, cosa que él también hubiera hecho, y en consecuencia ahora ella estaba nerviosa. Splash siguió mirando fijo la pared del ascensor, pero igual notó que Naila y el arquitecto se tocaban fugazmente las manos. Ella le acarició con los dedos el dorso de la mano, él la cerró en puño, luego las manos volvieron a alejarse.

El ascensor paró en la planta baja y Splash y Naila se bajaron. El arquitecto y su familia siguieron viaje hasta el garage. Dijeron en voz alta hasta luego y la puerta del ascensor se cerró detrás de ellos como un telón. Splash tomó la mano de Naila y salieron. Caminaron de la mano hasta la parada del tranvía, y cuando Naila se subió a su tranvía y se marchó, Splash la miró alejarse. Tuvo incluso ganas de saludarla con la mano, pero al final no lo hizo. Se dio vuelta y caminó por la calle Rosenthaler hacia el tren urbano, y como el semáforo para peatones frente a Hackeschen Höfen demoraba una eternidad, volvió a alzar la vista hacia el edificio-cohete. La fachada de vidrio opaco, gris cobalto, parecía como muerta en la brumosa luz invernal. En dos pisos había luz – adelante en lo de los arquitectos y en la editorial del piso superior –, y daba la impresión como si las personas en esas oficinas se estuvieran ahogando lentamente en la luz de neón amarillo verdosa. Splash sacudió la cabeza y maldijo en voz baja. Luego se quedó sin ganas de seguir esperando al semáforo entre el gentío, pero qué podía hacer, esperó igual, hasta que se puso en verde. Enseguida volvió a ponerse en rojo, luego en verde otra vez y después de nuevo en rojo, y él aún seguía parado ahí y no sabía qué era lo que debía hacer.


*Este cuento fue publicado en: “Liebe heute” de Maxim Biller © 2007, 2012,Verlag Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co. KG, Cologne/Alemania.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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