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Clemens J. Setz | del:alemán

El cadáver

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Jan Valk

El que ingresa a la prosa breve de Clemens J. Setz, se para con un pie en terreno familiar y con el otro en terreno extraño. Pero, y esto es lo digno de mención: siempre se para uno sobre suelo firme, todo parece estar sólidamente construido, solo de manera paulatina va apareciendo luego la sensación de mareo. Familiar es por un lado el inventario: uno se mueve aquí por lo general y en principio dentro del terreno de lo cotidiano, en espacios completamente normales. Y familiar es también el espacio de referencia que uno cree percibir: las alusiones a modelos de la historia de la literatura, virtuosamente cazados y traídos aquí desde todos los campos culturales posibles. Extraña — también podría decirse: maravillosamente nueva — es la composición, aquello que Setz hace con su material. Porque de una cosa podemos estar seguros: cada vez que uno cree haberle descubierto el truco y saber qué es lo próximo que va a pasar, lo que pasa es algo absolutamente distinto. “El cadáver” empieza de manera descarada con esa conjunción que tal vez sea la que peor fama tiene desde Kafka: als, cuando. Pero el personaje principal no despierta una mañana de sueños intranquilos, sino que vuelve una tarde — como es usual en el capitalismo tardío —  después del trabajo a su casa. Y tampoco se encuentra convertido en alguna cosa monstruosa, sino que encuentra a una mujer desnuda sobre la alfombra. A más tardar cuando queda claro que no es el hecho de que se trate de un cadáver lo que constituye para él un dolor de cabeza, sino más bien la circunstancia de que tiene que cerrar las cortinas y de ese modo expulsar la bella luz primaveral de la sala, a más tardar entonces todo se desliza hacia el terreno inestable en el que se mueve Setz: ahí es cuando el maravilloso tambaleo a través de la lógica dislocada del relato al fin puede empezar.

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Cuando volvió del trabajo a su casa, Markus Kellmer se encontró con una mujer desnuda sobre la alfombra de su sala de estar. La cabellera desgreñada le recordó la forma en que de niño dibujaba los nidos de cornejas o las copas de los árboles, la piel relucía como si estuviera vidriada, y cuando Markus la volteó con cuidado a fin de hablarle y así poder enterarse tal vez de quién era y qué hacía en su apartamento, se dio cuenta de que estaba muerta.

Enseguida fue hasta la ventana y cerró las cortinas. En realidad era muy temprano para eso, afuera aún había luz. La primavera había empezado hacía apenas unos días y el sol solo se pondría dentro de una hora, más o menos a las seis. Pocas semanas antes, ya desparecía alrededor de las cuatro de la tarde, pero ahora los días habían aprendido un poco más, mantenían su luminosidad más tiempo y pronto serían sustituidos por el calor veraniego que ya llevaban dentro de sí.

En estos templados días de primavera, los rayos del sol vespertino eran siempre los que primero saludaban a Markus cuando este atravesaba el umbral de su vivienda. Impedirles la entrada le daba dolor de cabeza, como si la sala tuviera migraña. Pero no podía hacer otra cosa, a fin de cuentas estaba tirada ahí una mujer muerta sobre el suelo de su apartamento. Parecía como si alguien hubiera usado la piel de alrededor de su boca y de sus narinas para encender cerillas. Markus alzó el cadáver y lo sentó sobre un sillón. Enseguida volvió a caerse, sus articulaciones eran como gelatina, su cuerpo como un globo lleno de líquido. Lo intentó una vez más, pero el cadáver volvió a no quedarse sentado, sino que cayó hacia adelante como alguien que de repente debe vomitar, y la cabeza golpeó con un chasquido contra el parqué. El fuerte estallido devolvió a Markus a la realidad: fue de inmediato hasta el equipo de música y lo encendió. La música lo ayudaba a reflexionar mejor.

No podía dejar el cadáver tirado en el suelo, pues los cadáveres sufren cambios, su superficie no era tan estable como la de una persona viva. En el fondo, los cadáveres solo están más interesados en una única cosa: su propia disolución. Para desaparecer de la manera más completa posible, precisan un subsuelo con un marcado gusto por el intercambio, el suelo de un boque por ejemplo, o el de una ciénaga. Algo con lo que poder fundirse lentamente. Aquí en todo caso no había nada de eso, de modo que a Markus debía ocurrírsele algo. Tomó el mando a distancia y puso la música más fuerte.

Recordó que hacía poco había escondido detrás del radiador un gran modelo de avión en madera. Eso había sido la semana anterior, cuando lo visitaron sus padres y él quiso evitar que vieran el modelo. Detrás del radiador había mucho lugar, pero ¿entraría también el cuerpo de una mujer adulta en ese hueco? Markus buscó una cinta métrica y midió el cadáver. Bueno, había que hacer la prueba.

Se esforzó durante más de media hora, pero al final siempre asomaban la cabeza y mitad del torso. No obstante: un éxito parcial. Markus se quedó allí sentado durante un rato, el cuerpo recostado contra el marco de la puerta y la mirada perdida. ¿De qué habría muerto la mujer? Él no había descubierto marcas de ahorcamiento o derrames de sangre. Fuera lo que fuera, su cuerpo no parecía haber sufrido lastimaduras. Tal vez la habían envenenado. O había sido alguna causa natural. Pero era bastante joven, Markus calculó su edad entre veinticinco y treinta.

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Se puso de pie, se estiró. No, se veía horrible. El modelo de avión había estado a salvo detrás del radiador, pero al cadáver lo vería cualquier persona que entrara en el living. Debía pensar en otro escondite.

Mientras que recorría en mente los diferentes rincones de su apartamento, tiró del cadáver para sacarlo de atrás del radiador. Como estaba desnudo, lo dañó en ciertas partes por tironear y arrastrarlo con impaciencia. Los tubos del radiador cortaron la piel pálida como si fuera manteca. Pero corrió poca sangre, pues el corazón había dejado de bombear y los vasos sanguíneos ya no estaban bajo presión. Así y todo, quedaron algunas manchas feas sobre el suelo y en el mismo radiador. Markus fue al baño y trajo un trapo mojado, con el cual limpió los tubos. Era primavera, y si dejaba que los líquidos corporales se secaran, el próximo invierno, cuando volviera a poner en uso el radiador, empezaría a oler espantosamente.

Tomó el cadáver por los brazos y lo arrastró de nuevo a la sala. Otra vez volvieron a quedar algunas huellas, en esta ocasión huellas largas y rojizas del arrastrado. Meneando la cabeza fue al baño, buscó un segundo trapo y se puso a fregar. A veces era lento de la cabeza, un verdadero pánfilo. Para que algo así no volviera a suceder, envolvió el cadáver en grandes toallas, desde la cabeza hasta los pies. De este modo era también mucho más fácil tirar de él por el suelo de parqué.

La música del equipo se calló, y un locutor mencionó cómo se llamaban el bajo, la batería y la flauta traversa por sus nombres reales.

Durante la noche, Markus dejó el cadáver envuelto en la bañera. Al día siguiente, casi se quedó dormido, por haber confundido en sueños el timbre del despertador con el triste croar de despedida de una rana que era lanzada dentro de un pequeño cohete a una órbita geoestacionaria alrededor de la Tierra. Apenas si le quedó tiempo para un desayuno ligero, luego tomó el bus al trabajo. Regresó a su casa bien entrada la tarde.

Ya al ingresar notó el olor. No era muy fuerte, pero ahí estaba. Fue al baño. El cadáver descansaba como en la tarde anterior, solo que en la toalla que le cubría la cara se había formado una mancha, que por su forma recordaba un poco a una hoja de arce.

El día en la oficina había sido cansador, y en una situación normal a Markus le habría encantado tomarse un baño, estirarse sumergido en agua caliente moviendo los dedos gordos de los pies y dejar que todas las preocupaciones que pululaban en su cabeza se hundieran lentamente en las montañas de espuma chisporroteante. Hoy tal vez podía soportar tener que prescindir de este ritual diario de purificación, pero como solución a largo plazo esa situación no era tolerable bajo ningún concepto. En rigor, ahora ya estaba nervioso. Arrancó el cadáver de la bañera, lo hizo rodar hasta la habitación de al lado y limpió la bañera con la ducha de mano. Gastó casi toda la botella de limpiador de azulejos hasta que finalmente sintió que podía meterse desnudo dentro de la bañera sin demasiada sensación de asco.

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Pero antes de tomarse un baño, se propuso meter el cadáver en un ropero medio vacío que estaba en su estudio. Curioso que no hubiera pensado antes en eso. A fin de cuentas, ya había alojado una vez en ese ropero un juego entero de persianas enrolladas (que tenían el aspecto de tubos de dinamita, con el hilo blanco sobresaliendo en la parte de arriba). El cadáver entraba bien en el armario, pero cada vez que Markus intentaba cerrar la puerta, se volcaba hacia adelante y debía atajarlo. El cuerpo lo abrazaba como en un reencuentro después de mucho tiempo. Al final, fijó sus muñecas con cinta adhesiva contra las paredes internas del armario y también le puso varias pasadas de cinta a la ranura de respiración en la parte inferior, hasta tener la sensación de que así el asunto podría funcionar al menos por un par de días.

No había estado ni tres minutos en el baño, jugando con la flor de la ducha, cuando escuchó el golpe. Cerró el agua y prestó atención. Todo en silencio, pero no sirvió de nada, pues ya intuía lo que había pasado. Medio desnudo salió del baño y volvió a su estudio.

Tan ridículo era el espectáculo que presentaba la mujer horriblemente contorsionada, con medio cuerpo adentro del armario y medio afuera, que Markus emitió una especie de estornudo con bufido, originado no por la exagerada estimulación de las membranas mucosas de su nariz, sino por su capacidad imaginativa.

Antes de poder enderezar el cadáver, tuvo primero que desdoblarlo, así es, efectivamente desdoblarlo, pues tenía… mi Dios, ni un contorsionista hubiera tenido resto para semejante posición corporal. Pero era un cadáver, se dijo él, no algo vivo. No se podía medir con la misma vara.

Tal vez era mejor si dejaba el cadáver como estaba, una bola confusa de brazos y piernas y con un tronco que ya sobresalía por varias costuras rotas. En todo caso, transportarlo de esta manera resultaba más fácil, aunque naturalmente ocupaba más espacio que si hubiera estado desdoblado.

La alfombra de la sala de Markus era del tipo antigua y venerable. Había soportado ya a varias generaciones, las pisadas de los pies infantiles se habían convertido sobre ella en los pesados pasos de la adultez y de la responsabilidad, había recibido a parejas de novios y a invitados de luto, su estampado había ocupado el pensamiento geométrico de unas veinte personas o tal vez más aun, había sobrevivido a guerras mundiales y a tiempos de euforia y de caos inspirador, en resumen: era una alfombra bajo la que no se podía esconder un cadáver así como así.

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Markus lo sabía. Sabía todo esto y sin embargo… no se le ocurría ninguna otra solución. Había probado todo, el armario, el radiador, la bañera. Salvo levantar el cadáver y tirarlo de cabeza por la ventana, no le quedaban muchas opciones. Y además, el tiempo apremiaba.

Con ambas manos levantó la pesada alfombra y arrastró y golpeó con los pies al cadáver hasta la zona en que las maderas estaban un poco más desteñidas. Esas maderas que no habían sido tocadas ni por la luz ni por la gente eran sin dudas la parte más vulnerable e íntima de la casa. Demoró un rato, pero finalmente logró correr el cadáver hasta el sitio adecuado y extendió la alfombra sobre él. La sensación fue de gran alivio cuando el tejido pesado y denso, que olía a pasado y a cuero de zapato, se posó por entero sobre el cuerpo extraño y prácticamente lo hizo desparecer, como por arte de magia. Markus casi se puso a aplaudir fuerte con las manos.

La nueva colina de alfombra se veía un poco como el modelo tridimensional de un mapa topográfico. La elevación que producía el cadáver se correspondía por casualidad con el estampado concéntrico de la alfombra. Las partes más oscuras estaban ubicadas en el punto geográfico más elevado (el hombro, que siempre sobresalía un poco cuando el cadáver yacía de espaldas). El conjunto daba casi la impresión de haber sido organizado así adrede, con el objetivo de facilitar la orientación.

Esta solución era sin lugar a dudas la mejor hasta ahora. El único problema era pasar por arriba del cadáver, porque uno siempre se tropezaba sobre la empinada alfombra. De modo que Markus corrió su gran escritorio, que igualmente nunca había sido utilizado para algo sensato, desde su estudio a la sala, hasta que quedó exactamente sobre la alfombra. Al menos de esta forma no volvería a tropezarse. Y aunque así, colocada en medio de la pieza, la mesa no estaba en una posición muy ventajosa, quizá él comenzaría a sentarse con mayor frecuencia para seguir trabajando en sus pequeños esbozos poéticos, que le salían con tanta desenvoltura como la pena que también le producían de cara a su notoria inutilidad.

No se veía nada mal. Un pequeño montículo en medio de la habitación, y arriba la mesa. Si no podía inundarla de escritos, en algún momento desplegaría encima un largo mantel, que llegara hasta el suelo.

Listo, pensó Markus y fue a la cocina. Tenía que sí o sí brindar por las fatigas exitosamente superadas de los últimos dos días. Tras leer algunas etiquetas con la mente en blanco, se decidió por un cabernet sauvignon, una botella de contenido rojo oscuro.

Solo cuando estuvo de vuelta en la sala, donde la mesa ocupaba ahora una posición central imposible de no ver, confiriéndole al espacio un nuevo centro de gravedad emocional, Markus notó que había traído dos copas de vino. Con cada paso apenas tintineaban entre sí, suavemente agarradas por los dedos alrededor de sus cuellos delgados y vidriosos.


*This story is taken from: Die Liebe zur Zeit des Mahlstädter Kindes by Clemens J. Setz. © Suhrkamp Verlag Berlin 2011.

*Imagen: Fábio Magalhães

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

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