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leyendo ahora: El Cruce del Pozo de Agua Fresca | Aravind Adiga
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Aravind Adiga | del:inglés

El Cruce del Pozo de Agua Fresca

Traducción : Martín Schifino

Introducción de Editorial

"El objetivo de Lonely Planet", tal como aparece escrito en la portada de cada guía para viajeros de esta editorial, "es hacer que los viajeros curiosos puedan experimentar el mundo y llegar verdaderamente al corazón de los sitios que ellos visitan". La colección "Entre los asesinatos", de la que se ha extraído el cuento que aquí presentamos, despliega un juego cruel e irónico con esta declaración –propia de toda guía para viajeros moderna– al mismo tiempo que ella enmascara conscientemente, por supuesto, los mismos "truismos" que pueden estorbar la experiencia turística. Aravind Adiga trabajó en esta colección de relatos mientras escribía su novela "El tigre blanco", por la que ganó el Premio Booker en 2008. Los dos asesinatos a los que refiere el título son el de la ex-primer ministra de la India, Indira Gandhi, en 1984, y el de su hijo Rajiv, quien también fue primer ministro, en 1991. Entre estos dos magnicidios, ambos perpetrados por minorías que se levantaron contra la controvertida dinastía política que fomentó la opresión y la división social del país, Adiga configura en su relato las vidas de los habitantes de la ciudad de Kittur. Kittur es una ciudad ficticia ubicada en la costa del Sur de la India, entre Goa y Calicut (hoy llamado Kozhikode), y esta maravillosa colección de relatos es, de hecho, una parodia burlesca de una guía para viajeros que visitan esta ciudad. Los habitantes de Kittur, al igual que los dos niños pordioseros y sus padres en el triste relato que aparece a continuación, están atrapados en una dura realidad que los condena permanentemente a la decepción, aun de las personas más próximas a ellos. Adiga, con gran sensibilidad y muy sentidas descripciones, les ha dado un rostro humano a estos seres marginales, y ha logrado enhebrar un delicado hilo que une el corazón del lector –que no es sino un turista, un visitante temporario– con los habitantes locales, tan lejanos a él. Es el juego irónico de Adiga, precisamente, aquello que logra llevar a cabo la promesa que la guía Lonely Planet ha realizado a sus lectores: "experimentar el mundo y llegar verdaderamente al corazón de los sitios". El título del relato, "El cruce del pozo de agua fresca", no es sino otra manifestación de este mismo juego: el nombre exótico, que supuestamente señala un sitio turístico, no es más que el nombre de una bulliciosa plaza de un barrio sumido en la pobreza, un punto de referencia para una niña que ha sido enviada a recoger una dosis de droga para su padre. Adiga vuelve a poner en escena todo aquello que se ha "ahorrado" a quienes buscan experiencias 'exóticas' en el subcontinente indio, todo lo dañado y lo desesperado y lo gritado. La lectura de sus relatos lleva al lector por senderos que son temblorosos e inseguros, pero también honestos y potentes.

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Se dice que el viejo Pozo de Agua Fresca nunca se seca, pero ahora está clausurado y solo sirve para desviar el tráfico. En las calles que lo rodean hay unas cuantas colonias de viviendas de clase media. Profesionales de distintas castas –bunts, brahmanes y católicos– viven lado a lado, aunque los musulmanes ricos no se mueven del Bunder. El Canara Club, el más exclusivo de la ciudad, tiene allí su sede, en una gran mansión blanca con parque. El barrio es la zona “intelectual” de la ciudad: presume de un Lions Club, un Rotary Club, una Logia de Francmasones, un grupo educativo Bahá’í, una Sociedad Teosófica y una sucursal de la Alliance Française de Pondicherry. De los muchos institutos médicos situados en él, los dos más conocidos son el Hospital de Distrito Havelock Henry y la Clínica de Ortodoncia Sonrisa Feliz del Doctor Shambhu Shetty. El colegio secundario St. Agnes, la escuela para niñas más preciada de Kittur, también se halla en las cercanías. La zona más elegante de los alrededores del Cruce del Pozo de Agua Fresca es una calle bordeada de hibiscos conocida como Rose Lane. Mabroor Engineer, a quien se tiene por el hombre más rico de Kittur, y Anand Kumar, el parlamentario de Kittur, poseen mansiones allí.

–Una cosa es enrollar un poco de marihuana en un chapati y mascarla al final del día, como para relajar los músculos; eso se lo perdono a cualquiera, claro que sí. Pero fumar heroína a las siete de la mañana, fumar esa basura y quedarse tirado en un rincón con la lengua colgando, no se lo permito a nadie aquí en la obra. ¿Entiendes? O quieres que te lo repita en tamil o en algún otro de los idiomas que hablan ustedes.

–Entiendo, señor.

–¿Qué dijiste? ¿Qué dijiste, hijo de…?

De la mano de su hermano, Soumya miró al capataz castigar a su padre. El capataz era joven, mucho más joven que su padre, pero llevaba puesto el uniforme caqui que le había suministrado la empresa y hacía girar un lathi en su mano izquierda, y ella observó que los trabajadores, en vez de defender a su padre, escuchaban en silencio al capataz. El hombre estaba sentado en una silla azul encima de un terraplén de barro; un farol de gas zumbaba ruidosamente sobre un poste de madera que habían clavado a su lado en el suelo. A sus espaldas se abría un cráter en torno a la casa a medio demoler; el interior de la casa estaba lleno de escombros, casi todo su techo se había derrumbado y sus ventanas estaban vacías. Con su bastón y su uniforme, y con la cara duramente iluminada por el farol incandescente de parafina, el capataz parecía un soberano del submundo apostado a las puertas de su reino.

A sus pies se había formado un semicírculo de obreros. El padre de Soumya se hallaba apartado del resto, mirando furtivamente a la madre de Soumya, que ocultaba sus sollozos con una punta del sari. En una voz llorosa dijo:

–Siempre le digo que deje la heroína, siempre se lo digo…

Soumya se preguntó por qué su madre tenía que quejarse de su padre delante de todo el mundo. Raju le apretó la mano.

–¿Por qué regañan a papá?

Ella se la apretó a él. En silencio.

De pronto el capataz se levantó de la silla, bajó del terraplén y levantó el palo por encima del padre de Soumya.

–Presta atención, he dicho. –Y descargó el golpe.

Soumya cerró los ojos y se alejó.

Los obreros habían regresado a sus tiendas, que se encontraban dispersas en el terreno que rodeaba la casa oscura a medio demoler. El padre de Soumya descansaba en su esterilla azul, lejos de todos; ya estaba roncando, con la mano sobre los ojos. Tiempo atrás, ella se habría ido a acurrucar a su lado.

Soumya se acercó a su padre. Le sacudió el dedo gordo del pie, pero él no respondió. Fue hasta donde su madre preparaba arroz y se recostó a su lado.

Por la mañana, la despertó el ruido de los mazos y martillos. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Con cara de sueño se acercó a la casa. Su padre, subido al pedazo de techo que quedaba en pie, serruchaba un travesaño de hierro negro, sobre el que estaba sentado. Dos hombres golpeaban la pared de abajo con mazos; se levantaban nubes de polvo que tapaban a su padre mientras serruchaba. El corazón de Soumya dio un vuelco.

Corrió adonde estaba su madre y gritó:

–¡Papá está trabajando de nuevo!

Su madre estaba con las demás mujeres; sacaban de la casa grandes bandejas de metal sobre la cabeza, llenas hasta el borde de escombros.

–Cuida que Raju no se moje –le dijo a Soumya al pasar.

Solo entonces Soumya se dio cuenta de que lloviznaba.

Raju dormía encima de la manta donde había estado su madre; Soumya lo despertó y lo llevó a una de las tiendas. Raju empezó a lloriquear y a decir que quería dormir un poco más. Ella se acercó a la esterilla azul; su padre no había tocado el arroz que le habían servido la noche anterior. Mezclando el arroz seco con agua de lluvia, Soumya hizo con él una papilla y se la fue metiendo en la boca a Raju. El niño dijo que no le gustaba y, con cada bocado, le mordía los dedos.

Empezó a llover más fuerte, y oyó al capataz que decía:

–¡Hijos de mala madre, no aflojen!

En cuanto dejó de llover, Raju le pidió que lo empujara en la hamaca.

–Está por llover de nuevo –dijo ella, pero él se empecinó. Lo llevó en brazos hasta la vieja hamaca hecha con una rueda de camión que estaba junto al muro del recinto y le dio un empujón, gritando–: ¡Uno! ¡Dos!

Mientras empujaba, se le apareció un hombre.

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Tenía la piel oscura y húmeda recubierta de polvillo blanco, y a Soumya le tomó un instante reconocerlo.

–Cielo –dijo él–, tienes que hacerle un favor a papá.

El corazón le latía demasiado rápido como para articular palabra. Quería que él le dijera “cielo”, pero no como ahora –parecía una palabra cualquiera, puro aire exhalado– sino como antes, cuando le salía del corazón, cuando al mismo tiempo la estrechaba contra su pecho y la abrazaba hondamente y le susurraba locuras en el oído.

Su padre siguió arrastrando las palabras en el mismo tono extraño y lento; le dijo lo que quería que hiciera y luego regresó a la casa.

Soumya se reunió con Raju, que estaba cortando una lombriz en pedacitos con un vidrio que había robado de la zona de demolición, y dijo:

–Tenemos que irnos.

No podía dejarlo solo, aunque fuese un fastidio en una excursión como la de ahora. Una vez lo había dejado solo y se había tragado un pedazo de vidrio.

–¿Adónde vamos? –preguntó él.

–Al Bunder.

–¿Por qué?

–Hay un sitio al lado del Bunder, un jardín, donde los amigos de papá lo están esperando. Papá no puede ir porque el capataz lo golpearía de nuevo. ¿Quieres que el capataz le vuelva a pegar a papá delante de todo el mundo?

–No –dijo Raju–. Y cuando lleguemos al jardín, ¿qué hacemos?

–Les daremos diez rupias a los amigos de papá que están ahí, y ellos nos darán algo que papá necesita de veras.

–¿Qué?

Se lo dijo.

Raju, que ya entendía de dinero, preguntó:

–¿Cuánto cuesta?

–Diez rupias, dijo papá.

–¿Y te dio diez rupias?

–No, me dijo que las consiguiéramos nosotros. Tenemos que mendigar.

Mientras bajaban por Rose Lane, Soumya mantuvo la vista clavada en el suelo. Una vez había encontrado cinco rupias tiradas: sí, ¡cinco! Nunca sabías qué podías encontrar en la zona donde vivían los ricos.

Se acercaron al borde de la acera; un coche blanco se detuvo un momento para pasar un badén de la calle, y ella le gritó al conductor:

–¿Dónde está el puerto, señor?

–Lejos –le gritó él–. Ve hasta la calle principal y dobla a la izquierda.

Las ventanillas ahumadas traseras estaban cerradas, pero por la del conductor Soumya alcanzó a ver la mano del pasajero cubierta de brazaletes de oro; quería golpear el cristal. Pero recordó la regla que el capataz había impuesto a los hijos de los obreros. Nada de mendigar en Rose Lane. Solo en la calle principal. Se contuvo.

En Rose Lane todas las casas estaban siendo demolidas y reconstruidas. Soumya no entendía por qué tiraban abajo aquellas casas espléndidas, grandes, encaladas. Tal vez las casas se volvían inutilizables con el tiempo, como los zapatos.

Cuando el semáforo de la calle principal cambiaba a rojo, ella iba de un rickshaw motorizado a otro, abriendo y cerrando los ojos.

–Señor, tenga piedad, me muero de hambre.

Su técnica era impecable. La había aprendido de su madre. Funcionaba de la siguiente manera: al mendigar, mantenía el contacto visual por tres segundos; después sus ojos se iban hacia el siguiente rickshaw. “Madrecita, tengo hambre –se frotaba la panza–, deme comida”: cerraba los dedos y se los llevaba a la boca. “Hermano, tengo hambre”. “Abuelo, una monedita no más…”.

Mientras ella iba por la calle, Raju se quedaba sentado en la acera, con instrucciones de lloriquear si pasaba alguien bien vestido. Soumya no contaba con que la ayudara mucho, pero, al menos, así no se metía en problemas, como perseguir gatos o intentar acariciar perros callejeros que tal vez estuvieran rabiosos.

Hacia el mediodía, la calle se llenó de coches. Tenían las ventanillas cerradas por la lluvia, y ella debía alzar las manos y arañar como un gato para llamar la atención. Las ventanillas de un coche iban bajas, y ella creyó que su suerte mejoraba.

En uno de los coches, una mujer tenía las manos pintadas con hermosas figuras doradas, y Soumya se quedó mirándolas. Oyó que la mujer de las manos doradas le decía a otro de los pasajeros del coche:

–Hoy en día, en la ciudad hay mendigos por todas partes. Antes no era así.

La otra persona se inclinó hacia delante y miró un momento.

–Tienen la piel tan oscura… ¿De dónde vienen?

–Quién sabe…

Solo cincuenta paise después de una hora.

A continuación intentó subirse a mendigar a un autobús que se detuvo en el semáforo en rojo, pero el cobrador la vio venir y se paró en la puerta:

–De ninguna manera.

–¿Por qué no, señor?

–¿Por quién me tomas, por un rico como el señor Engineer? ¡Vete a pedirle a otro, mocosa!

Con una mirada furibunda, se sacó el cordel de su silbato por encima de la cabeza como si fuera un látigo. Ella bajó tan pronto como pudo.

–Menudo mamón –le dijo a Raju, que tenía algo que enseñarle: una lámina de plástico de envolver lleno de burbujas de aire que podían reventarse.

Asegurándose de que el cobrador no la viera, se arrodilló y puso el plástico en la calle delante de la rueda. Raju se acuclilló.

–No, así no. La rueda no lo va a pisar –dijo él–. Un poco a la derecha.

Cuando el autobús arrancó, las ruedas pasaron por encima de la lámina y las burbujas estallaron y sobresaltaron a los pasajeros; el cobrador asomó la cabeza por la ventanilla para ver qué había pasado. Los niños echaron a correr.

Empezó a llover de nuevo. Los dos se guarecieron bajo un árbol; empezaron a caer cocos, y un hombre que estaba de pie al lado de ellos con un paraguas dio un respingo, maldijo el árbol y escapó a la carrera. Ella soltó una risita, pero a Raju le dio miedo que les cayera un coco encima.

Cuando paró de llover, Soumya encontró una rama y se puso a rasgar el suelo, dibujando un mapa de la ciudad tal y como se la imaginaba. Aquí estaba Rose Lane. Aquí estaba la calle por la que habían venido, cerca de Rose Lane. Aquí… estaba el Bunder. Y aquí el jardín dentro del Bunder que buscaban.

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–¿Entiendes? –le preguntó a Raju, que asintió, animado por el mapa–. Para ir al Bunder tenemos que pasar –dibujó otra flecha– por el hotel grande.

–¿Y después?

–Y después vamos al jardín que está dentro del Bunder.

–¿Y después?

–Buscamos lo que nos pidió papá.

–¿Y después?

Lo cierto era que no tenía idea de si el hotel quedaba de camino al puerto o no; pero la lluvia había ahuyentado a los vehículos de las calles, y el hotel era el único lugar donde por el momento podía mendigar dinero.

–A los turistas tienes que pedirles dinero en inglés –lo provocó a Raju mientras caminaban hacia el hotel–. ¿Sabes qué decir en inglés?

Se detuvieron delante del hotel para mirar una bandada de cuervos que se bañaban en un charco de agua. El sol brillaba en el agua, y el plumaje negro de los cuervos relucía conforme saltaban chispas líquidas de sus cuerpos temblorosos; Raju declaró que nunca había visto nada tan hermoso.

El hombre sin piernas ni brazos estaba sentado delante del hotel; les gritó palabrotas desde enfrente.

–¡Márchense, niños del demonio! ¡Les he dicho que no vengan por aquí!

Ella le respondió:

–¡Vete al infierno, monstruo! ¡Te hemos dicho que no vuelvas!

Estaba sentado en una tabla con ruedas. Cada vez que un coche frenaba en el semáforo delante del hotel, él se impulsaba en su tabla y se acercaba a mendigar de un lado, mientras Soumya mendigaba desde el otro.

Raju, sentado en la acera, bostezaba.

–¿Por qué tenemos que mendigar? Hoy papá trabaja. Lo vi cortando esos cosos.

Separó las piernas y empezó a serruchar un travesaño imaginario.

–Chito.

Dos taxis frenaron cerca del semáforo en rojo. El hombre sin brazos ni piernas se dirigió a toda velocidad hacia el primero; ella corrió al segundo, y metió la mano en la ventanilla abierta. Dentro viajaba un extranjero, que se quedó mirándola con la boca abierta: Soumya vio que sus labios formaban una “O” perfecta.

–¿Conseguiste dinero? –preguntó Raju, cuando ella volvió del coche en el que iba el hombre blanco.

–No. Levántate. –Y lo alzó de un tirón.

Para cuando cruzaron el segundo semáforo, sin embargo, Raju sospechaba algo. Señaló el puño de su hermana.

–El blanco te dio dinero. ¡Tienes dinero!

Soumya se acercó a un rickshaw motorizado aparcado a un lado de la calle.

–Para dónde queda el Bunder.

El conductor bostezó.

–No tengo dinero. Vete.

–No le pido dinero. Le pido que me indique cómo ir al Bunder.

–Ya te lo he dicho, ¡no te voy a dar nada!

Ella lo escupió en la cara. Tomó a Raju de la muñeca y corrieron como locos.

El siguiente conductor de rickshaw al que le preguntaron era un hombre amable.

–Queda muy, muy lejos. ¿Por qué no toman un autobús? El tres-cuatro-tres los lleva. A pie tardarán al menos un par de horas.

–No tenemos dinero, señor.

El hombre les dio una rupia y preguntó:

–¿Dónde están sus padres?

Subieron al autobús y le pagaron al cobrador.

–¿Dónde se bajan? –les gritó este.

–El puerto.

–Este autobús no va al puerto. Tienen que tomar el tres-cuatro-tres. Este es el número…

Se bajaron y empezaron a caminar.

Llegaron cerca del Cruce del Pozo de Agua Fresca. Hallaron al chico que tenía un brazo y una pierna, que trabajaba allí como siempre; daba saltitos de un coche a otro, mendigando antes de que ella pudiera llegar a ellos. Ese día alguien le había dado un rábano, así que el chico mendigaba con un gran rábano blanco en la mano, y golpeaba con él los parabrisas para llamar la atención de los pasajeros.

–¡Ni se les ocurra venir a pedir acá, hijos de perra! –les gritó, amenazándolos con el rábano en alto.

Los dos le sacaron la lengua y gritaron:

–¡Monstruo! ¡Monstruo asqueroso!

Después de una hora, Raju se echó a llorar y se negó a seguir caminando, así que ella rebuscó algo de comida en un cubo de basura. Encontró una caja con dos galletas, y comieron una cada uno.

Caminaron un poco más. Al rato la nariz de Raju empezó a abrirse.

–Desde acá puedo oler el mar.

Ella también podía.

Apretaron el paso. Vieron a un hombre pintando un cartel en inglés a un lado de la calzada; dos gatos peleando en el techo de un Fiat blanco; un carro tirado por un caballo y cargado de leña; un elefante llevando una pila de hojas de nim por la calle; un coche que se había estrellado en un accidente; y un cuervo muerto con las garras rígidas retraídas hacia el pecho y la panza abierta repleta de hormigas negras.

Y entonces llegaron al Bunder.

El sol se ponía en el mar, y cruzaron mercados atestados de gente en busca de un jardín.

–Aquí en el Bunder no hay jardines. Por eso el aire es tan malo –les dijo un vendedor de cacahuetes musulmán–. Les han indicado mal.

Viendo sus caras de decepción, les ofreció un puñado de cacahuetes para picar.

Raju soltó un quejido. Tenía hambre…. ¡al diablo con los cacahuetes! Se los arrojó en la cara al musulmán, que lo llamó demonio.

El insulto puso a Raju tan furioso que abandonó a su hermana y echó a correr, y ella corrió tras él hasta que Raju se detuvo.

–¡Mira! –chilló él, señalando una fila de hombres mutilados con los miembros vendados, que se holgaban delante de un edificio con una cúpula blanca.

Rodearon cuidadosamente a los leprosos. Y luego ella vio a un hombre recostado en un banco, con las manos cruzadas sobre la cara, que respiraba laboriosamente. Soumya se acercó al banco y notó, justo en la orilla del agua, rodeado por un pequeño muro de piedra, un parquecito verde.

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Raju estaba callado.

Al llegar al parque oyeron gritos. Un policía le estaba pegando a un hombre de piel muy oscura.

–¿Robaste esos zapatos? ¿Los robaste?

El hombre de piel oscura negó con la cabeza. El policía lo golpeó con más fuerza.

–Hijo de mala madre, tomas drogas y luego robas, y si serás hijo de…

Tres hombres canosos, que se hallaban ocultos ahí cerca entre un arbusto, le hicieron señas a Soumya para que fuesen a esconderse con ellos. Ella y Raju se refugiaron bajo el arbusto y esperaron a que se marchase el policía.

Les susurró a los hombres canosos:

–Soy hija de Ramachandran, el hombre que derrumba las casas de los ricos en Rose Lane.

Ninguno de ellos conocía a su padre.

–¿Qué quieres, niña?

Dijo la palabra, tan exactamente como la recordaba:

–… eoína.

Uno de los hombres, que al parecer era el líder, frunció el ceño.

–Dila de nuevo.

El hombre asintió al oír la extraña palabra por segunda vez. Tras sacar del bolsillo un paquete hecho con papel de periódico, le dio unos golpecitos: cayó un polvo blanco, como tiza desmenuzada. Extrajo un cigarrillo de su otro bolsillo, lo cortó al medio, tiró el tabaco, llenó el papel con el polvo blanco y le retorció las puntas. Alzó el cigarrillo y con la otra mano le hizo señas a Soumya.

–Doce rupias.

–Solo tengo nueve –dijo–. Tendrá que aceptar nueve.

–Diez.

Les dio el dinero; tomó el cigarrillo. Le entró una duda terrible.

–Si me están robando, si me están engañando… Raju y yo volveremos con papá y… les daremos una paliza a todos.

Los tres hombres, acuclillados, echaron a temblar y luego a reír juntos. ¿Qué les pasaba? Soumya agarró a Raju de la muñeca y echaron a correr.

Destellos de la escena inminente pasaron por su cabeza. Le mostraría a papá lo que le había comprado tan lejos. “Cielo”, le diría él, como lo decía antes, y la abrazaría en un rapto de cariño, y ambos se volverían locos de amor el uno por el otro.

Al rato empezó a dolerle el pie izquierdo, y se puso a doblar los dedos y se los quedó mirando. Raju insistía en que lo alzara; y lo justo era justo, pensó ella: hoy el chiquitín se había portado muy bien.

De nuevo empezó a llover. Raju lloraba. Tuvo que amenazar con dejarlo tres veces; en una ocasión lo abandonó de veras y llegó hasta la siguiente calle antes de que él fuese tras ella corriendo, diciendo que lo perseguía un dragón gigante.

Subieron a un autobús.

–Billetes –gritó el conductor, pero ella le guiñó un ojo y dijo:

–Hermano, déjanos viajar gratis, por favor…

La cara del hombre se ablandó, y les permitió quedarse en el fondo.

Cuando llegaron a Rose Lane, era noche cerrada. Vieron las lámparas encendidas en las mansiones. El capataz estaba sentado a la luz de su farol, hablando con uno de los obreros. La casa parecía más pequeña: habían cortado todos los travesaños.

–¿Anduvieron mendigando por el barrio? –les preguntó el capataz al verlos.

–No.

–¡No mientan! ¿Qué estuvieron haciendo todo el día fuera? ¡Mendigando en Rose Lane!

Ella frunció el labio superior en señal de desprecio.

–¿Por qué no pregunta si estuvimos mendigando antes de acusarnos?

El capataz los miró furioso, pero guardó silencio, derrotado por la lógica de la niña.

Raju se adelantó a la carrera, llamando a gritos a su madre. La encontraron dormida, sola, envuelta en un sari humedecido por la lluvia. Raju corrió hasta donde estaba tumbada, se arrojó de cabeza contra uno de sus flancos y, como un gatito, empezó a frotarse contra su cuerpo en busca de calor; la mujer dormida gimió y se volvió hacia el otro lado. Uno de sus brazos apartó a Raju a manotazos.

–Amma –dijo él, sacudiéndola–. ¡Amma! ¡Tengo hambre! ¡Soumya no me dio nada de comer en todo el día! Me hizo caminar y caminar y tomar un autobús y otro, ¡y sin comer! Un blanco le dio cien rupias pero ella no me dio nada de comer ni de beber.

–¡No mientas! –protestó Soumya–. ¿Y las galletas?

Pero él seguía sacudiendo a su madre.

–¡Amma! ¡Soumya no me dio nada de comer ni de beber en todo el día!

Los niños empezaron a luchar. Luego una mano le dio un golpecito a Soumya en el hombro.

–Cielo.

Al ver a su padre, Raju rompió a lloriquear; volvió corriendo al lado de su madre. Soumya y su padre se fueron aparte.

–¿Tienes lo que te encargué, cielo? ¿Lo tienes?

La niña tomó aire.

–Toma –dijo, y le puso el papel en la mano. Él se lo llevó a la nariz, aspiró y luego se lo puso debajo de la camisa: ella vio cómo su mano pasaba por entre su sarong hasta la ingle. Sacó la mano. Sabía lo que venía a continuación: la caricia.

Él le tomó la mano; sus dedos le marcaron la carne.

–¿Y qué hay de las cien rupias que te dio ese blanco? Oí lo que decía Raju.

–Nadie me dio cien rupias, papá, te lo juro. Raju miente, te lo juro.

–No mientas. ¿Dónde están?

Él alzó la mano. Ella empezó a gritar.

Cuando fue a sentarse al lado de su madre, Raju seguía quejándose de que no había comido nada en todo el día y que lo habían obligado a caminar de aquí para allá y luego a otro lugar y después de vuelta aquí. Al ver las marcas rojas en la cara y el cuello de su hermana hizo silencio. Ella se desplomó en el suelo y se durmió.


*Corrección: Maximiliano Papandrea

*The story is taken from the book Between the Assassinations by Arvind Adiga. Picador India, 2008.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

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