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Sara Paborn | del:sueco

El curso natural de las cosas

Traducción : Roberto Salazar

Hacía treinta años tenía la misma tienda de mascotas en esa dirección. Había visto ir y venir periquitos y loros inseparables. Ratones bailarines, conejillos de Indias, hámsteres, lagartos, insectos palo y tarántulas. Todos ellos habían pasado por su tienda en una u otra ocasión. Incluso hubo un tiempo en los sesenta en que vendió cachorros, antes de que las reglas se pusieran demasiado complicadas. Pero los gatitos nunca habían sido una buena idea. Con todas esas camadas indeseadas que una que otra fulana le traía a lo largo del año, no había nada más que hacer sino acabarlas. Siempre estaba dispuesto a lidiar con eso si le pagaban. Las viejas no querían ni saber cómo lo hacía, solo que fuera “rápido e indoloro”, decían. Y mientras él se limitara a darles gusto asintiendo en silencio, ellas se hacían las de la vista gorda. No era raro que, antes de cruzar la puerta, a las viejas ya el asunto se les hubiera olvidado por completo.

Durante los primeros años era cuestión de echar una bolsa al pozo del patio y sanseacabó, pero cuando modernizaron la ciudad comenzó a asfixiarlos en la estufa gas de la cocineta. Era más rápido. Y se ahorraba el trabajo de sacarlos del pozo.

Los pasillos oscuros de la tienda estaban cubiertos de peceras, terrarios y jaulas. Las secciones estaban tapadas con tablas de aglomerado que formaban corredores aislados para todos los animales.

Al fondo se encontraba la sección de las peceras, con vidrios recubiertos de algas y peces de agua dulce maltrechos en remojo. Había sobre todo peces dorados y bagres. Durante un período, le había comprado peces de agua salada a un mayorista alemán, pero era un fastidio tener que andarles cambiando el agua todo el tiempo. Además, en los acuarios de agua salada se veía todo. Diminutos restos de comida saltaban a la vista como rayones en la pintura de un coche.

En años recientes, por la tienda pasaban sobre todo chiquillos sin intenciones de comprar nada.

Todavía vendía uno que otro conejo, pero no daba para pagar el arriendo.

De modo que se había puesto a vender serpientes bajo cuerda. No tenía ningún reparo en lo de la venta. A la maldita municipalidad le había dado por rechazarle el permiso solo para joderlo. Tantas reglas había ahora en la sociedad que ya no se podía ni cagar sin autorización previa. Ahora las mascotas tenían que andar con pasaporte propio. En este país era más difícil importar una araña que obtener un permiso de residencia. Así él se ahorraba el tiempo y los trámites burocráticos.

Las serpientes las criaba un muchacho que vivía recluído a las afueras de la ciudad. Había equipado su sótano con bombillas de incubadora y un juego de luces de neón de última generación. Criaba más que nada serpientes pitón. La más larga que había vendido en la tienda era una pitón de la India de dos metros de largo, tan gruesa como una viga. Un tipo de mediana edad, de una ciudad cercana, la había adquirido por seis mil coronas porque quería dizque “untarse un poco de naturaleza”. Valiente razón la que tenía el tipo pero al fin y al cabo representaba una suma decente, sin impuestos. Ahora mismo tenía en la tienda una serpiente sin papeles. La había puesto en un terrario con una bombilla para cerdos, en las duchas situadas justo detrás de la caja, al lado de la cocineta. Era una serpiente especial: una pitón amatista, albina, de ojos rojos. Con escamas tan blancas que se parecían a esas como lentejuelas plateadas que flotan en el aire cuando uno llega por las mañanas a la tienda y está oscuro. Era una hembra. No la había criado el muchacho, que la había recibido de un importador ilegal. Durante un mes, la serpiente se había rehusado a probar bocado pero finalmente la había podido engatursar con un ratón vivo. Muy pronto, la serpiente medía poco menos de dos metros, y podía triturar a un ser humano en media hora si le entraba en gana. No era común que las pitones en estado salvaje atacaran a la gente, pero ya había sucedido. Años atrás, había leído la noticia de una pitón en Canadá que, tras deslizarse por los ductos de ventilación, había estrangulado a un niño de cinco años.

A veces se quedaba de pie en el umbral mirando a la serpiente contonearse en su terrario, atenta y astuta, con sus dos ojos rojos como un par de semáforos en la frente. Se preguntaba qué se sentiría al ser asfixiado hasta morir. Si acaso el abrazo lo dejaría paralizado, como a los animales pequeños, o si seguiría debatiéndose hasta el final para desatarse. ¿Y cuánto tiempo sería necesario para digerir a un ser humano?

En los anaqueles de la tienda tenía reptiles que no requerían autorización pero que podían ser igual de interesantes. Víboras de maíz, por ejemplo.

En una ocasión, un grupo de chiquillos particularmente fisgones trató de agarrar un hámster sin permiso. Él se acercó con toda tranquilidad y les preguntó:

“¿Están mirando nada más? ¿No van a comprar nada?”

Los muchachos sacudieron la cabeza, evasivos. Entonces él sencillamente agarró al hámster, lo sacó de la jaula y, sin decir una palabra, lo dejó caer en las fauces de una de sus víboras de maíz. Los niños dieron un brinco hacia atrás, del lado del pasillo de los acuarios mientras el hámster soltaba chillidos tan agudos que dejaban zumbando los oídos. Uno de ellos se puso a llorar.

“Así es. Eso es lo que pasa cuando no compran nada”, les explicó, se fue hacia la caja y se puso a contar monedas.

Al día siguiente, entró una vieja, la madre de uno de los chicos, por supuesto. Estaba molesta, furiosa, con los labios pintorreteados como carne molida, hablando de denunciarlo ante la policía. Él la dejó parlotear. Cuando terminó, le contestó sin mirarla:

“Pues vinieron justamente a la hora en que les doy de comer. Así son las cosas en la naturaleza, ¿sabe? Es cuestión de devorar o ser devorado. El curso natural de las cosas. Si no aguantan ni eso, no es buena idea andar pensando en mascotas.”

No regresaron los chiquillos, pero con eso el negocio no perdía nada. Prefería no tenerlos correteando por ahí. Lo único que hacían era ensuciar los vidrios.

Y ahora estaba el asunto ese de la tortuga.

Había llegado el día anterior en una cajota de cartón como parte de una herencia. Al parecer le había pertenecido a una anciana que vivía a cierta distancia de la ciudad. Como no tenía parientes, fue el mismo albacea quien, con expresión compungida, abrió la puerta de golpe y colocó la caja en el mostrador.

Él la destapó con desconfianza. Adentro había una enorme tortuga, la más grande que había visto. Parecía ser una tortuga griega de tierra, pero con un caparazón tan duro que se veía más bien como una coraza. Sus ojos eran inquietantemente humanos. Los párpados a medio cerrar. Le recordaban la expresión de quienes en la vida han sufrido más de la cuenta y prefieren mantener el mundo a distancia achicando los ojos.

Le dio la impresión de que la tortuga era increíblemente vieja. Corrían historias sobre tortugas que llegaban a vivir más de trescientos años, pero no había manera de calcular su edad. Ni partiéndolas en dos se podía determinar qué edad tenían. Los órganos internos no envejecían, era un truco de la naturaleza que le daba mucha guerra a todos esos biólogos. Cuando era pequeñito, solía leer un libro de aventuras basadas en hechos reales. En él se contaba un cuento que nunca se le había borrado. Describía cómo un grupo, al desembarcar en las Galápagos en la década de los cincuenta, se había encontrado con una tortuga gigante con la fecha 1769 grabada junto al nombre del Capitán Cook. Si no se trataba de una burla, cosa poco probable tratándose de una isla inhabitada, parecía que el viejo descubridor habría mandado un saludo hacía trescientos años, ¡en una tortuga que aún seguía viva! Increíble se queda corto. Los visitantes se comieron la tortuga y regresaron a casa con el caparazón, que aparecía en el libro fotografiado en blanco y negro. Según dicen la carne les había sabido a pollo.

Se inclinó para inspeccionar a la tortuga. Estaba inmóvil en la caja, probablemente porque era demasiado experimentada como para reacciones apresuradas. En lo alto del caparazón, había una marca roja, circular.

–¿Qué es lo que tiene en la espalda?, preguntó.

El albacea compungido frunció el ceño. Tenía un rostro blanco y lustroso como cera o como el pelaje de un ratón bailarín.

–Es esmalte de uñas. Los vecinos me dijeron que la habían pintado para no perderla de vista en el apartamento.

–Vaya manera de ubicarla, respondió.

–No quiero que me la compre, agregó el albacea. Para serle sincero, solo quiero librarme de ella y que quien se quede con ella sepa cuidarla, por supuesto. Anoche la tuve en casa y casi no pude pegar ojo. No estoy acostumbrado a los animales. ¿Será que usted se la puede vender a alguien?

Asintió despacio. Hacía mucho que no tenía una tortuga en el almacén. Muy pocos sabían cómo cuidar de una tortuga y estas no son de las que aprenden a hacen pipí en una arenera.

–Por supuesto, respondió. Yo la cuido.

El hombre desapareció en el umbral y lo dejó solo con la tortuga. Se detuvo un instante a preguntarse dónde la iba a poner. Había una jaula de vidrio vacía en la vitrina. En otro tiempo, estaba llena de ratones pero, como se daban mordiscos entre sí, le había tocado sacarlos. Cómo iba a tener a un montón de ratones cojos con tres cuartos de cola corriendo por la vitrina. Qué ideas no se haría la gente.

Con la tortuga en la caja, el espectáculo sería imponente. Es más, incluso podría traerle nuevos clientes a la tienda. En la habitación tenía una mata de yuca. Si la ponía en la jaula de vidrio, con algo de grava y una luz artificial ultravioleta, la gente pensaría que sí estaba cuidando del animal.

Inclinándose, rascó la marca roja con la uña del pulgar. No se movió un milímetro. Quería quitársela a la tortuga antes de exhibirla en la tienda. ¿Pero cómo? Quitaesmalte no tenía, ya que no estaba casado. En esas cosas nunca le había ido bien y era mejor así. Cuando veía a los clientes y a otros tipos que andaban por la ciudad, se daba cuenta de que se habían metido en un mal negocio.

Un animal criado en cautiverio no siente deseos de salir, de eso estaba convencido. Pero si ya ha sido libre, la cosa es distinta. La mayoría de los hombres casados parecían desdichados, carcomidos por tantos regaños. No los envidiaba en lo más mínimo.

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Quizá lo lograría con trementina. Podía esperar hasta mañana.

Alzó la caja y la colocó en la sección de los periquitos, le preparó a la tortuga una jaula vacía con arena, agua y comida y, empujando cuidadosamente, la puso dentro. Esta apenas si se inmutó. ¿Qué hacía la vieja con una tortuga en el apartamento? No era una mascota para una señora de edad. Casi para nadie. Pero gente con mañas es lo que hay, sí que sí.

Le parecía que olía distinto a sus demás animales, como a polvo. También le parecía distinguir un olor rancio a comida. ¿Sería carne? ¿Frijoles rojos? La tortuga volteó la cabeza y se quedó mirándolo. Era como si supiera algo, como si pudiera atravesarlo con la mirada. Iba a ser necesario salir de ella lo antes posible. Lo incomodaban esos ojos. La cuestión era cuánto podría sacarle. Una tortuga nueva costaba más o menos dos mil coronas, solo que esta era vieja. Con quinientas bastaría. Hasta cuatrocientas. Había esperado que se acercara al plato de pepitas de concentrado con pepinos que le había preparado, pero no se movió de su sitio. Finalmente, apagó la luz, cerró la puerta con llave y dio el día por terminado.

*

Vivía en una habitación arriba de la tienda. Llevaba tanto tiempo en la habitación como en el negocio. Como en los últimos años no se había tomado el trabajo de prender la calefacción muy seguido, la habitación se había puesto húmeda y fría. Acostumbraba dormir vestido. Desde la ventana de su habitación, veía el pozo en desuso y la luna menguante sobre los techos de las casas. Se acostó, pero no pudo conciliar el sueño. Tener una tortuga en el almacén no era lo ideal. ¿Qué tal que le tocara quedarse con ella? ¿Qué tal que nadie la quisiera? Se preguntaba quién había sido su dueña y por qué, y de dónde la había sacado.

Dio vueltas en la cama y pensó en mamá. Cuando chico había tenido un perro, un puro perro callejero. Para asustarlo, ella solía tocar una vieja flauta que guardaba en una caja junto a la cama. El ruido aterrorizaba al perro y a mamá le parecía divertido.

En ese entonces, cuando era niño, sentía pesar por el perro. A veces, cuando no lograba dormir y hacía más frío que de costumbre en el apartamento, le parecía que volvía a oír la flauta silbando en el viento. Cuando, por cosas de la vida, quedó a cargo de la tienda, que en ese entonces solo vendía peces, tuvo que pasar mucho tiempo aprendiendo cómo funcionaban los acuarios. Bombas de circulación. Filtros. Accesorios de aire. Calentador para el agua. Era toda una ciencia. Sentía que les había hecho un favor a los animales al encargarse de ellos, tenían una suerte del demonio, por no tener que hacer ese trabajo, no tener siquiera que pensar, sino solo nadar en círculos, adormilados en el agua dulce y tibia y dejarse alimentar. Se podía quedar sentado durante horas mirándolos fijamente. Le hubiera gustado saber si podían determinar dónde acababan sus cuerpos y dónde empezaba el agua.

En esa época, no le gustaba separarse de los animales. No porque los quisiera, sino porque toda esa situación tenía algo satisfactorio. Ellos en el agua y él mirándolos y decidiendo por ellos. Pero no tenía sentido dejar que sus sentimientos lo controlaran de ese modo. ¡Esa no era la mentalidad de un negociante!

“No te consientas a los animales,” le había dicho mamá. “¿O es que quieres quedarte tú con ellos?” Y luego se había reído de él, de esa manera burlona y silenciosa que siempre le había dado escalofríos.

Con el pasar de los años había cultivado una indiferencia categórica. Se sentía agradecido por haber llegado a esa manera de ser. Ahora su voz se expresaba con sabia experiencia. Les ponía precios a los animales con autoridad, limpiaba metódicamente los pisos y las jaulas, nunca alzaba la voz, se reía en raras ocasiones, no dejaba nunca que nadie supiera qué estaba pensando. Y no era que pensara mucho, en todo caso no de forma activa.

Por debajo de las persianas, que solo se podían bajar hasta la mitad, veía el patio asfaltado y matorrales de malas hierbas y ortigas a lo largo de las fachadas sombrías. Podría alimentar a la tortuga desherbando el patio y ahorrarse el gasto de la comida. Además, ¿no era mejor para ellas la clorofila fresca? Acostado en la cama, intentó recordar dónde había puesto la trementina. Finalmente, se levantó y dio con la botella que estaba bajo el lavaplatos. Si a esas alturas no había logrado dormir, de nada servía seguir intentándolo.

En vez de eso, se puso la chaqueta, salió al jardín y se acurrucó en el matorral. Era fácil reconocer los dientes de león a pesar de la oscuridad casi total. Cogió un puñado de hojas y se llenó el bolsillo, luego le dio la vuelta a la casa y abrió la puerta de la tienda.

*

Los animales dormían todos, incluso los peces. Al abrir la puerta, oyó los gritos curiosos que lanzaron los periquitos australianos y el de patas crujiendo sobre el aserrín de las jaulas de los conejos, pero no se molestó en encender la luz. La luz de la luna entraba por la ventana.

La tortuga estaba en el centro de la caja, en el mismo lugar donde la había dejado. Tenía los ojos bien abiertos. La comida no la había tocado. Los dos inseparables de la jaula de al lado, estaban juntos, pegaditos, como si tuvieran miedo de su nuevo vecino. Se sacó del bolsillo las hojas de diente de león, que tenían un penetrante olor a tierra y las colocó en la caja.

La tortuga volteó la cabeza pero no mostró interés alguno por las hojas. Al moverse, hacía refulgir la marca del caparazón. Tal vez el esmalte de uñas tuviera algún ingrediente que brillaba. Seguramente le echaban escarcha y ese tipo de mierdas. Lo de la trementina habría sido más sencillo con un copo de algodón, pero no tenía. Habría que conformarse con papel higiénico. Fue hasta la caja, donde tenía un paquete de clínex, nunca se sabe cuándo pueden resultar útiles.

Al fondo del pasillo se encontraba lo que se podía llamar una mesa cambiapañales. Solía usarla cuando había que alzar un animal, o cuando alguien acababa de comprar una mascota y quería que la pusieran en una jaula propia. Metió las manos en la caja lentamente para alzar a la tortuga. Era difícil encontrar un punto de agarre. El caparazón era grueso. Le recordaba las uñas de sus pies. El caparazón era pesado, más pesado de lo que había sospechado. La llevó alzada y la colocó en la mesa. Luego empapó uno de los pañuelos con trementina. El olor le produjo mareo. Probablemente, echarle trementina no era la mejor manera de tratar a una tortuga, pero tenía que intentar quitarle la mancha. De otro modo, los clientes se preguntarían si el chiflado que le había pintado el caparazón era él.

Estaba a punto de ponerse a restregar el quitaesmalte con el pañuelo cuando se percató de que la marca del caparazón no era para nada un círculo. ¡Era un dedo!

Un dedo, pintado de rojo, que apuntaba directamente en su dirección. Quitó la mano con espanto. ¿Cómo no lo había visto antes? Ahora veía el dedo con toda claridad. Un dedo robusto, curvo como una garra. Dio un paso hacia atrás. La tortuga se arrastró sobre la lámina, que las garras hicieron retiñir como si fueran de metal. Le latía fuerte el corazón. El dedo brillaba solo en la oscuridad. Les echó una mirada a los pájaros. Ahora estaban despiertos, inmóviles en sus palos y con los ojos muy abiertos. Solo los párpados blancos pestañeaban, siguiéndolo con la mirada. Alcanzaba a oír un chillido proveniente del fondo de la tienda. Los conejillos de indias. Siempre nerviosos, suponiendo siempre que va a suceder lo peor. Volvió a mirar a la tortuga, tal vez el dedo hubiera desaparecido. Pero no. Era como un holograma, como si el dedo continuara en el caparazón y, más allá, penetrara en la carne. Como si estuviera ahí fijo en un agujero y apuntara directamente en su dirección. Tragó saliva, ahora tenía la boca seca. Luego le puso el tapón a la trementina, se secó las manos en el pantalón y volvió a colocar la tortuga en la jaula de vidrio.

*

A la mañana siguiente se sentía exhausto pero más seguro. Encendió la cafetera, recorrió la tienda encargándose con tranquilidad y reposo de los quehaceres matutinos.  Era hora de cambiarles el aserrín a los conejillos de indias. Al hacerlo notó que a uno de los hámsteres se le había atascado una pata en la rueda en la que corría. Se puso a chillar escandalosamente.

“Vas a tener que hacer fila,” pensó, gruñón. Pasársela todo el día aquí limpiando mierda, aseando mascotas que pierden la memoria en menos de lo que se suelta un pedo, y ni con eso basta. No le iba tener miedo a una maldita tortuga. ¿Qué estupideces eran esas? Se tomó su tiempo reponiendo la comida en los platos y cuando, por fin, llegó hasta el hámster, este ya se había tranquilizado y yacía sobre el costado, derrotado. Le sacó la pata de la rueda y el hámster fue a refugiarse en una esquina. ¡Así es! Aquí era él quien mandaba. Al acercarse a la tortuga, sintió que se le aceleraba el pulso otra vez. Lo de la noche anterior había sido extraño. La oscuridad puede jugarnos bromas, pero le había parecido tan real. Cuando terminó de cambiarles el agua y la comida a los periquitos se acercó a la caja de vidrio. Tenía las manos empapadas de sudor y también la espalda.

Era peor de lo que había creído. En el caparazón había más que un dedo. O tal vez sí era solo un dedo, pero no se quedaba quieto. Se extendía hacia fuera, tratando de agarrarlo. Tragó saliva. “Oye”, parecía decir, “¡yo sé lo que hiciste!”

El sudor le escurrió en los ojos. La habitación se puso a dar vueltas a su alrededor. Tuvo que agarrarse a la jaula de las cocotillas. Justo entonces sonó el timbre de la puerta. ¡Carajo! No podía recibir clientes en ese momento. No con ese dedo aún pegado al caparazón. Los clientes lo verían y atarían cabos.

Era una mamá con su hijita cogida de la mano. La pequeña ya estaba frente a los conejos enanos cuando la alcanzó.

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–Lo siento. Hoy estamos cerrados. Carraspeó y le dio un empujoncito hacia la puerta.

–Pero… ¿acaso no acaba de abrir? La madre lo miró con ojos grandes y puso la mano en el hombro de su hija.

¿Por qué a la gente le daba por contradecirlo? ¿Por qué se tenían que meter en lo que no les importaba?

–Se acaba de escapar una serpiente. Váyanse, por favor.

La mamá salió disparada. Tenía un culo tan grande que golpeó el marco de la puerta cuando salió con su niña por delante. Le dio vuelta al cerrojo de seguridad. Nunca, ni una sola vez desde que tenía el local, le había dado vuelta al cerrojo de seguridad.

Lo primero que debía hacer era cubrir las vitrinas. Había dos grandes ventanales que daban a la calle. En uno estaba la jaula de vidrio en que había pensado poner la tortuga. En el otro, un acuario con peces para principiantes que ya estaban un poco pasados de edad. Los hubiera botado en el inodoro si se le hubiera ocurrido antes. Todo eso tendría que esperar ahora. Corrió al depósito donde guardaba la comida y los productos de limpieza y dobló varias cajas de cartón de las que traían orejas de cerdo deshidratadas. Luego cogió un rollo de cinta de empacar y fue hasta la vitrina.

Cubrir el vidrio fue rápido, cuestión de pocos minutos. Que todo lo que había mirado durante treinta años pudiera quedar recubierto en tan solo un instante le resultaba extraño. Esas ventanas eran como un par de ojos, los suyos. Siempre había tenido la impresión de que le daban un panorama completo, de que podía observar el mundo exterior a distancia. Pero ahora la mirada apuntaba hacia dentro, hacia él.

Con las cajas de cartón, el almacén quedó más oscuro de lo que había esperado; era una oscuridad marrón y polvorienta. Las cacatúas cacarearon, atentas como siempre a cambios súbitos. Los demás animales tuvieron la sensatez de cerrar el hocico.

Se quedó inmóvil respirando un instante, preparándose.

Había llegado la hora de borrar ese dedo.

Se percató de que las manos le habían empezado a temblar. Al mirarlas, le parecía que salían del cuerpo de otra persona. Hizo un nudo con ambas manos para retomar las riendas del asunto y caminó hacia la tortuga.

Cómo no. ¡El dedo sí seguía moviéndose! Era un dedo feote, más grueso que uno de los suyos, pero lleno de ampollas y con una uña corta y gorda. Le hacía pensar en el de mamá. Decidió usar guantes. Las tortugas pueden morder y al fin y al cabo era trementina. Los guantes de plástico se deslizaron fácilmente por el sudor de sus manos.

–Ahora sí, esto se acabó, murmuró, extendiendo las manos para agarrar a la tortuga.

Mientras abría la botella de trementina y manipulaba el tapón, se dio cuenta de la tranquilidad que reinaba en la tienda. Quizás fuera porque la oscuridad apaciguaba a los animales y los dejaba calladitos. Al echar un rápido vistazo a su alrededor, cayó en la cuenta de que el tráfago habitual había cesado. Los pericos enanos lo miraban bizqueando con los ojos vacíos. A lo lejos, se alcanzaban a distinguir los conejos. Se habían agrupado en la parte más larga de las jaulas, con las patas en las rejas, observando con atención en su dirección. Con las naricillas temblando en silencio. Lo mismo los hámsteres. El geco, que era tan interesante como los insectos que le daba de comer, habían alzado la cabeza y tenía fija en él su fría mirada de reptil.

–¿Y ustedes qué miran? preguntó con fastidio.

Un perico se acercó de un brinco, girando la cabeza para tener mejor vista. Le hubiera gustado tener una persiana para corrérsela en la cara. Pero por fin pudo empapar la toalla de papel con trementina y, agarrando con firmeza el caparazón, se puso a restregar el dedo que salía de la espalda de la tortuga.

En un principio, parecía que todo estaba saliendo bien. Poco a poco, el dedo empezó a desaparecer. Sin embargo, llegado a la mitad de la mano, más o menos al nivel de algo que era como un agujero, vio cómo la punta del dedo volvía a asomar en el caparazón. La apretó y se dio cuenta de se hundía con la presión.

Pero bastaba con quitar el dedo para que la imagen anterior volviera a aparecer. Era como apretar un moretón. La imagen solo desaparecía momentáneamente. ¿Se habría quedado impregnado de algún modo? ¿Como un tatuaje? Lo restregó con todas sus fuerzas solo para ver cómo el dedo volvía a asomar treinta segundos después. ¿Qué tipo de invento endemoniado era ese?

La tortuga se había puesto a sacudir la cabeza con violencia y trató de asestarle un mordisco en la mano, pero eso era parte de la rutina, demasiado como para caer en la trampa. Pero sí dio un paso atrás. El dedo del caparazón se erguía más claro que nunca. Se veía aún más claramente en la penumbra. Con rabia, lo miró mecerse de un lado a otro, como reprendiéndolo : “No, de mí no te vas a librar”.

Sintió miedo. Le faltaban las palabras para describirlo, pero el cuerpo lo sentía. Estaba totalmente empapado de sudor y tenía ganas de orinar. Empujó la reja de protección frente a la mesa cambiapañales y fue al baño.

La única bombilla que colgaba del cielorraso del baño brillaba solo a intervalos. Llevaba así mucho tiempo pero ahora lamentaba no haberla cambiado antes. El inodoro no era un espectáculo agradable. No había limpiado la porcelana en mucho tiempo. La tapa casi siempre estaba levantada y un fuerte hedor a orines y a tienda de mascotas apestaba en todo el recinto. Se preguntó cuántos peces había tirado allí dentro. Los que otros peces habían atacado, los débiles, los viejos, los feos. Ahora se preguntaba si podían sentir que los estaban tirando, si acaso por instinto intentaban escaparse de las cañerías. ¿Cuánto tiempo seguirían viviendo después de que los tiraran ahí dentro?

Se contempló en el espejo. Tenía un rostro sin afeitar, hinchado, difícil de describir. El cabello entre beige y marrón, la barba entre marrón y gris. Unos ojos profundos y de un color que podría llamarse moteado. Un cuello blanco y lleno de arrugas. A duras penas recordaba qué edad tenía. Cincuenta y uno.

Una vez había tirado un ratón solo porque le daba fastidio. Ahora se arrepentía. Maldición. ¿El asunto ese lo estaba ablandando? ¿Qué diablos estaba sucediendo? Decidió subir a su habitación. Lo consultaría con la almohada y al otro día se le ocurriría una solución, algo que más eficaz que la trementina.

*

Ya estaba entrada la tarde y, afuera, la calle estaba desierta. Con frecuencia, la ciudad estaba vacía. Muchos se habían mudado, pero según la municipalidad, el crecimiento y la calidad de vida nunca habían sido mejores. ¡Tamañas palabrotas! Trabajosamente intentó abrir el cerrojo de seguridad. Estaba duro, no abría. Finalmente sacó la llave y se quedó mirándola como si de algo sirviera, pero visiblemente sí era esa. La volvió a meter en la cerradura y trató de darle vuelta en vano. La cerradura no cedió. Lo intentó una y otra vez, pero acabó por entender lo que había ocurrido. La puerta se había cerrado del otro lado y él se había quedado encerrado en la tienda.

Las vitrinas no se podían abrir y más ventanas no había, si no se contaba una abertura en el baño del lado del jardín, demasiado pequeña como para escabullirse por ahí. Hubiera podido llamar a alguien pero, ¿a quién? Jamás había necesitado pedir un favor y no iba a empezar a esas alturas. Una vez había necesitado contratar a un electricista que, por un descuido, terminó causando un cortocircuito y rostizando un puñado de hámsters. Tuvo que llamar a otra persona para deshacer el daño. Y el cerrajero… no, prefería esperar. Quizá al cabo de una hora la situación mejoraría, era una posibilidad. ¿O no? Además, la pitón llevaba una semana sin comer. Ya iba siendo hora de alimentarla.

Aún reinaba el silencio en la tienda, los animales no habían retomado sus actividades. Por el contrario, seguían sentados, alertas, y contemplaban la obscuridad que se había instalado recientemente.

“Buenas noches, chicos”, se despidió, solo para dejarlos confundidos al entrar, lentamente, a las duchas.

El terrario en que estaba la pitón blanca tenía un metro de largo y uno de ancho, con una puerta corrediza de vidrio a un lado. En ella había colocado, anteriormente, tarántulas de un color rosado grisáceo que le gustaban mucho a las niñitas. Sobre todo por la descripción “tranquila y de buen genio, ¡una amiga de verdad!”

En realidad, las arañas eran unas neuróticas poco fiables y, si uno corría con mala suerte, podían vivir más que un perro.

La serpiente pitón estaba hambrienta. Se notaba por la forma como sacudía la cabeza.

“Por lo menos, tú sigues siendo la misma,” pensó con alivio. “No como tus demás compañeros, que claramente están como raros.”

A la serpiente le daría un ratón para la cena, uno vivo. No uno de los que venían en paquetes congelados por porciones y que parecerían más bien deditos de pescado, salvo porque estaban cubiertos con comida en polvo en vez de apanados. Caminó hacia los ratones y sacó el más gordo. Este se debatió con impaciencia, como si el hecho de que lo tuvieran agarrado de la cola fuera tan solo un problema momentáneo que pronto habría de resolverse. Ya cambiaría de opinión al aterrizar en el terrario, cuando entendiera de qué iba el asunto.

El ratón aterizó con las patas en la arena. De costumbre no había que esperar tanto tiempo, sobre todo cuando la serpiente tenía mucha hambre. El ratón se veía desconcertado, mirando fijamente a través del vidrio. La pitón había enderezado la parte delantera de su cuerpo y se agitaba en un vaivén lento hacia atrás y hacia delante.

Él estaba ansioso por que le clavara los colmillos al ratón. Era como si necesitara que algo lo despertara de veras, algo brutal para que pudiera comprender las cosas extrañas que estaban ocurriendo en la tienda. Podía ser bastante interesante ese proceso, ver cómo apretaba el cuerpo del ratón como un tubo de caviar, sacándole el aire hacia la extremidad antes de que este perdiera la batalla definitivamente. Pero nada ocurrió. La serpiente no arremetió. Aún tenía la cabeza erguida pero no para mirar al ratón. Lo estaba mirando a él. Sus pupilas eran negras como el carbón y, al tiempo, huecas, desoladas, como los agujeros que hacen los orines en la nieve.

“Vamos, ¡ataca!”, gritó señalando, indignado, al ratón. “¡Ahí está! No te quedes ahí quieta mirándolo.”

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Pero la serpiente no lo embistió. El ratón se había sentado tranquilamente en la arena tibia y se lamía una de las patas delanteras con toda tranquilidad. Era una pata rosada, diminuta. Siempre había pensado que esas patas crujientes, como cartílagos de pollo, debían encantarle a la serpiente. Pero al parecer ahora no.

“Pero qué demonios”, murmuró con el sudor corriéndole por la espalda, bajo el talle de los jeans. Qué calor hacía ahí dentro, maldición. Cuánto dinero había gastado en esas luces de neón. Y en la bombilla para cerdos con rayos ultravioletas y en la gravilla y la comida. ¿Así se lo agradecían?

Volvió precipitadamente a la tienda y buscó a tientas el directorio telefónico bajo el mostrador. Tenía el grosor de un periódico semanal. En las últimas páginas estaban las páginas amarillas. Consultó el registro. CERRAJEROS. Un solo resultado. La compañía se llamaba Kalle-Cerrojo. Qué nombrecito. Valiente trabajo, forzar la cerradura de otras personas, pero ya qué remedio con el maldito asunto este. Nervioso, marcó el número en el enorme disco grasoso del teléfono. Oyó cuatro tonos. Luego sonó un contestador.

“Aquí Kalle-Cerrojo. El presidente no está disponble en este momento, pero deje su nombre y número de telefono y cuéntenos qué casa quiere invadir y nosotros lo llamaremos. Bip.”

Dudó un segundo antes de colgar. No podía dejar un mensaje, no sabía ni siquiera si aún tenía su voz. Le daba miedo abrir la boca para comprobarlo. Las manos le temblaban. A alguien más debía poder llamar, ¿pero a quién? Amigos no tenía. Estaban los antiguos compañeros de clase que pasaban a veces por la vitrina y lo saludaban asintiendo silenciosamente, pero eso era todo. ¿A quién podía llamar? ¿A la policía? Ningún crimen había ocurrido. Se había quedado encerrado y punto. Sin contar la tortuga, el ratón y todas esas cosas raras que estaban sucediendo.

Afuera, la luz del día había desaparecido casi por completo. El espacio que separaba las cajas de cartón había tomado el mismo color que las cajas. Marrón.

No era cierto lo de que las tardes fueran claras o azules o rosadas. Eran marrones. Beige. Todo lo demás era mera ocurrencia de la humanidad, una forma de intentar engañarse a sí misma. Él nunca se había comido el cuento. Los animales no caían en la trampa y los seres humanos, al fin y al cabo, eran animales. Animales incapaces de tolerar su propia realidad.

Sintió un vacío en el estómago. ¿Cuántas horas llevaba sin comer? No era precisamente que estuviera con hambre, sino más que nada una necesidad mecánica de echarle algo al cuerpo. Se dirigió a la esquina de la cocineta y encendió la luz. Tenía cafetera, nevera no. Había dejado de tomar leche cuando entendió que la leche para el café era lo único que necesitaba refrigerar. No tenía nada de comer, ni siquiera sopa en polvo. En un platillo había tres cubos de azúcar. Se los echó a la boca. Le hacía falta algo más. No era necesario que pareciera comida. Solo que le llenara la panza. Se puso a escular en la alacena. En las estanterías tenía apiladas paquetotes de cartón llenos de concentrado. Agarró la extremidad de uno de los paquetes y leyó los ingredientes, cosa que jamás había hecho:

Trigo entero en granos, proteína de cerdo seca, gluten, manteca, levadura, aceite de pescado.

¿No era, en principio, lo mismo que tragaba la gente pero en una presentación un poco diferente? Abrió el paquete y lo volcó en un tarro de plástico que estaba al lado del estante. Diablos, si lo importante era que se viera apetitoso, se podría lograr que pareciera cereal. Llevó el tarro a la cocina, se sirvió agua de la llave y revolvió. Luego tomó una cucharita del lavaplatos y se acomodó, con su almuerzo, en la silla giratoria detrás del mostrador.

La oscuridad había caído por completo. Solo los faroles, con su luz débil, se abrían paso por entre las cajas, como proyectores difuminados. Al moverse hacía crujir bajo su peso la silla giratoria. Atrás, en las duchas, la calefacción producía un zumbido monótono. No tenía la intención de honrar con una mirada a su compañía de la trastienda, quizá después de comer. Aún remojado en agua, el concentrado tenía un sabor seco. Como a masacote de papel o de aserrín. Se lo comió todo con determinación y culminó la comida con un eructo sonoro. Los animales replicaron con su silencio. Incluso las cacatúas. Un mundo sin animales. Qué terrible sería. Comprendió con una claridad sorprendente que en realidad preferiría un mundo sin personas. Era cierto que esos animales lo sacaban de quicio, pero por lo menos nunca le habían dicho mentiras. Nunca se habían andado con disimulaciones.

Y quizás ahora mismo tampoco estuvieran mintiendo. ¿Será que la tortuga quería hacerle llegar un mensaje? ¿Y acaso los demás animales querían, con su silencio, ayudar a transmitírselo? A pesar del calor que irradiaba de la ducha, sintió que los pelos de la nuca se le ponían de punta.

Se puso de pie y recorrió en silencio el pasillo de los pájaros. La tortuga seguía quieta en su sitio. Las tortugas eran animales tercos. Pocos sabían que tenían una de las mejores memorias de la naturaleza. La mano del caparazón brillaba, terca también.

“Y tú, ¿qué recuerdos tienes?” pensó, inclinado en la oscuridad. “¿Te acuerdas también de lo que no viviste? ¿Acaso me conoces?”

El dedo índice refulgió de golpe en el caparazón de la tortuga.

Se acostó boca arriba. El dedo resplandecía como cenizas en la fogata de un campamento de exploradores que recordaba de cuando era niño. La única fogata en la que se había sentado.

“¿Qué quieres de mí?”

El dedo refulgió de nuevo, un ascua final.

Miró el pasillo a su alrededor. Los ojos de los loros relucían como piedras lustrosas. Bien sabía que los animales no lloraban. Nada de raro tenía, pues ni él mismo podía llorar.

“Esto me lo he ganado”, pensó con claridad, como cuando hay que deletrearle algo a un sordo. Había que pensarlo de forma clara y sencilla, mentalmente.

Fue a las duchas y se paró en el umbral. Hacía tiempo que el papel tapiz rojo se había despegado en los bordes pero ahora los veía con otros ojos. No como intesticios negros sino como un asunto del que no tenía que encargarse. Quizá una salida, un camino. ¿Acaso no eran negros, los caminos? Marrones. Beige.

Quizás parecían distintos desde el otro lado. El grifo goteaba, como siempre. No se había molestado en ponerle una arandela de repuesto. Los grifos gotean y la vida se acaba, gota a gota. Era el curso de la naturaleza. No sería él quien iba a tratar de encubrirlo. No quería otro zonzo más, un saco de carne timorato de los que pasaban al lado de la ventana creyéndose capaces de domesticar bestias salvajes, creyéndose capaces de domesticar una pitón. Y quizás él era un zonzo, y peor que ellos, pero a pesar de todo no quería ser así.

La bombilla para cerdos despedía un calor intenso, inmóvil en el cielorraso como un sol ardiente. Si uno se hacía el que era un sol de verdad, el calor no era nada fuera de este mundo. Con un par de gafas de sol se habría acostado a broncearse.

De todos los animales de la tienda, ni uno había visto el sol de verdad o, si acaso a veces a través de la ventana sin lavar. Y él, ¿qué tan seguido veía el sol de verdad? En contadas ocasiones. Se había quedado sentado ahí dentro, vigilado por su vigilancia misma, en una jaula que se asemejaba a una casa.

El sol. El sol estaba en la bombilla.

¿Qué calor haría en el terrario? Se acurrucó frente a la puerta corrediza. El terrario era apenas más corto que su cama. La serpiente alzó la cabeza con curiosidad, mirándolo.

“Y tú aquí sentada, feliz de la vida,” murmuró, con el dedo apoyado en el vidrio. Quería sentir la arena ahí dentro, a ver si estaba caliente. El ratón en cualquier caso parecía estar a sus anchas. Sentado en las patas traseras en una esquina, tenía agarrada una bola de arlita que se había caído de algún recipiente. La serpiente contaba con un par de cactus de verdad, una cueva de plástico y un adorno en forma de cráneo que le había dado uno de sus proveedores de comida. ¡Cómo le habría gustado entrar y divertirse ahí dentro! Qué lástima que no podía disfrutarlo él también. Le pareció profundamente injusto: tener que estar sentado afuera, en la tiendra oscura y polvorienta mientras la serpiente y el ratón estaban recostados en la playa. Se quitó la camisa y empujó lentamente la puerta de vidrio hacia el lado. Sintió el golpe de un bochorno seco.

Habitualmente, cuando era hora de alimentarla, solo abría la compuerta superior del terrario, pero ahora que descorría todo el lado, se sentía como en un desierto. O en un útero. Las luces no habían sido un gasto inútil, al fin y al cabo. En cuatro patas, palpó cuidadosamente la arena con las manos. Estaba caliente y tenía un aroma extraño, como a presencia.

Despacio, entró al terrario arrastrándose totalmente con su cuerpo flacuchento. No más los muros de vidrio se cerraron a su alrededor, todos los ruidos del mundo exterior dejaron de oírse. Hasta el calentador. ¡Por fin! pensó. ¡Qué agradable que era el silencio!

Colocó la mejilla en la arena y desde abajo vio cómo la pitón se incorporaba y, como una bailarina o un árbol girando en la tormenta, torcía sus músculos, su espalda blanca, cubierta de lentejuelas. Luego sintió el jalón, los dientes curvados hacia atrás que se hincaban en su grasa, justo abajo de la cintura. Durante un segundo, sintió algo que no podía expresar con palabras. ¿Se sentía agradecido? ¿Halagado? Vio el color rojo de la bombilla en lo alto, los rayos, uno a uno: determinados, imparables. Rayos que no comprendían que estaban rodeados por más rayos, concentrados simplemente en cumplir su misión, única, intrépida, de dar en el blanco, en la arena, en el suelo. El cuerpo de la serpiente se enroscó a su alrededor.

Sintió que el aire se le salía de los pulmones, un relámpago blanco en su campo de visión, ¿acaso las montañas?

Y así, con su último aliento, cedió inmediatamente, se abandonó y, a su vez, abrazó a la serpiente. Ya no sabía quién abrazaba a quién. Se abrazaban mutuamente, como si de ello dependiera su vida.


* Imagen: Dennis Didinger via Fubiz

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