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El empapelado amarillo

Charlotte Perkins Gilman | del: inglés

Traducción : Ariel Dilon

Introducción de Anna Kelly

La frase inaugural constituye un comienzo perfecto para un cuento de fantasmas tradicional. No obstante, "El empapelado amarillo" es mucho más que eso: a casi 125 años de su publicación, es la obra que le ha otorgado más fama a Charlotte Perkins-Gilman, y es más recordada que muchos de sus relatos de mayor extensión. La narradora en primera persona del cuento ha dado a luz recientemente, y está padeciendo de una misteriosa enfermedad. Su esposo, que es médico, la denomina “temporaria depresión nerviosa –una ligera tendencia histérica”. El diagnóstico al que llegaría un lector del siglo 21 es depresión posparto. El esposo la lleva a una mansión alejada para pasar allí el verano, creyendo que ella se curará si no hace otra cosa que descansar y comer, y si evita realizar cualquier tipo de trabajo, especialmente escribir. Sin embargo, ella desobedece, en secreto, y las palabras que estamos leyendo son su diario prohibido. La casa es hermosa, y ella intenta recuperarse aplicadamente; pero las paredes de la habitación en la que duerme están cubiertas de un extraño papel amarillo, con raro diseño, que comienza a ocupar su atención, a inquietar sus pensamientos, y finalmente a obsesionarla. Esta mínima historia claustrofóbica –apenas 6000 palabras; todas transcurren en una única habitación– explora grandes temas: esa  institución asfixiante que fue el matrimonio victoriano; la prisión de la división de roles de género en el siglo 19; la enfermedad mental, la escritura y la imaginación. Hay en este relato pequeños detalles aterradores; la habilidad para mostrarle al lector tanto lo que la narradora está observando como aquello que se halla más allá; y el ingenioso y sutil desarrollo de su voz, desde la contenida claridad de las primeras frases hasta la unidad final, que es tan temible como lo había sugerido la frase inaugural, pero que también –y esto es más importante aún– invita a la reflexión.

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Es muy raro que personas comunes y corrientes como John y como yo consigamos casonas señoriales para el verano.

Una mansión colonial, una heredad, casi diría una casa embrujada, y alcanza uno la cima de la felicidad romántica… ¡pero eso sería pedirle demasiado al destino!

Aun así, he de declarar orgullosamente que hay algo extraño en esta casa.

Además, ¿por qué la dejarían tan barata? ¿Y por qué habrá estado tanto tiempo deshabitada?

John se ríe de mí, desde luego, pero eso es lo que una espera, en el matrimonio.

John es en extremo práctico. No tiene ninguna paciencia con la fe, profesa un intenso horror a la superstición y se burla abiertamente de cualquier charla referida a cosas que no puedan tocarse ni verse ni traducirse a números.

John es médico, y tal vez (no es algo que le diría a un alma viviente, desde luego, pero esta es letra muerta y un gran alivio para mi cerebro), tal vez esa sea una de las razones por las que no me recupero más rápidamente.

¿Se dan cuenta? ¡Él no cree que yo esté enferma!

¿Y qué se puede hacer?

Si un médico eminente, a la sazón tu esposo, les asegura a parientes y amigos que no hay realmente de qué preocuparse en lo que a ti respecta, salvo por cierta temporaria depresión nerviosa –una ligera tendencia histérica–, ¿qué se supone que hagas?

Mi hermano también es médico, e igualmente eminente, y él dice lo mismo.

Así que tomo fosfatos y fosfitos –alguno de los dos debe de ser–, y tónicos, y viajes, y aire puro, y ejercicio, y tengo absolutamente prohibido “trabajar”, hasta que vuelva a ponerme bien.

Personalmente, estoy en desacuerdo con esas ideas.

Personalmente, yo creo que un trabajo agradable, con un poco de excitación y de cambio, es algo que me haría muy bien.

¿Pero qué se supone que haga una?

Durante un tiempo escribí, a pesar de ellos; pero me fatiga mucho… tener que valerme de astucias para poder hacerlo, o bien enfrentarme a una dura oposición.

A veces imagino que en mi condición, si tuviese menos oposición y algo más de roce social y de estímulo… pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi condición, y confieso que siempre me hace sentir mal.

Así que mejor voy a dejarlo y hablaré sobre la casa.

¡Un lugar de lo más hermoso! Bastante solitaria, muy retirada de la calle, a unos cinco kilómetros del pueblo. Me hace pensar en esos parajes ingleses sobre los cuales una suele leer, porque hay setos y muros y verjas que franquean el acceso, y montones de casitas separadas para los jardineros y el personal.

¡Hay un jardín delicioso! Nunca he visto un jardín así… amplio y sombrío, lleno de senderos bordeados de setos de boj, delineados por largos emparrados cubiertos de uvas, con bancos debajo.

También había invernaderos, pero ahora están todos rotos.

Hubo algún problema legal, yo creo, algo relacionado con los herederos y coherederos; como sea, el sitio ha estado vacío durante años.

Me temo que eso arruina mi fantasmalidad, pero no me importa… algo extraño hay en la casa, puedo sentirlo.

Hasta se lo dije a John, una noche de luna, pero dijo que solo estaba sintiendo una corriente de aire, y cerró la ventana.

A veces me enojo con John más allá de lo razonable. Estoy segura de que yo no solía ser tan hipersensible. Creo que se debe a esta condición nerviosa que tengo.

Pero John dice que si eso es lo que siento, debería despreocuparme de ejercer un adecuado autocontrol; así que me esfuerzo por controlarme…, frente a él, al menos, y eso me fatiga muchísimo.

Nuestra habitación no me gusta en lo más mínimo. Yo quería una de la planta baja, que se abre sobre la galería y tiene rosas en la ventana, ¡y unos cortinados de chintz tan anticuados y bonitos! Pero John no quiso saber nada.

Dijo que no había más que una sola ventana, ni espacio para dos camas, ni tampoco una habitación cercana, para él, en caso de que decidiera tomar otra.

Es muy prudente y cariñoso, y apenas si deja que me mueva sin indicaciones especiales.

Tengo un programa prescrito para cada hora del día; él se toma todos los cuidados conmigo, así que yo me siento vilmente ingrata por no valorarlo más.

Dijo que veníamos únicamente por mí, que yo necesitaba reposo absoluto y todo el aire que pudiera respirar. “Tu ejercicio depende de tus fuerzas, querida –dijo– y tu alimentación, en cierta medida, de tu apetito; aire, en cambio, puedes absorber todo el tiempo”. Así que nos instalamos en el cuarto para bebés, en lo alto de la casa.

Es una habitación grande y aireada, prácticamente ocupa el piso entero, con ventanas que miran hacia todas partes, y aire y sol en abundancia. Fue cuarto de bebés, primero, y luego sala de juegos y gimnasio, diría yo; pues las ventanas están enrejadas como para niños pequeños, y hay anillos y cosas en las paredes.

La pintura y el empapelado se ven como si lo hubiese usado un niño de escuela. Hay grandes franjas arrancadas –de papel– alrededor de la cabecera de mi cama, más o menos hasta donde yo puedo alcanzar, y una gran área al otro lado de la habitación, cerca del zócalo. Nunca en mi vida he visto papel peor.

Uno de esos motivos escandalosos y despatarrados, que cometen todos los pecados artísticos imaginables.

Es lo bastante monótono como para confundir al ojo al tratar de seguirlo, lo bastante acentuado como para irritarte constantemente e inducir el estudio, y cuando sigues las inciertas curvas aburridas desde una cierta distancia, de repente se suicidan: se precipitan en ángulos indignantes, se destruyen en contradicciones inauditas.

El color es repelente, casi repulsivo; un amarillo sucio y llameante, extrañamente descolorido por la lenta rotación de la luz solar.

Es de un anaranjado insípido pero chillón en algunos lugares, de un tinte enfermizamente sulfúrico en otros.

¡No me sorprendería que los niños lo odiaran! Yo también lo odiaría si tuviese que vivir por mucho tiempo en esta habitación.

Ahí viene John, y debo esconder esto… detesta que yo escriba una palabra.

Hemos estado aquí dos semanas, y no había tenido ganas de escribir, desde aquel primer día.

Ahora estoy sentada junto a la ventana, aquí arriba, en este atroz cuarto de bebé, y no hay nada que dificulte que escriba todo lo que me dé la gana, excepto la falta de fuerzas.

John se va durante todo el día, y hasta algunas noches cuando tiene casos graves.

¡Me alegra que mi caso no sea grave!

Pero estos trastornos nerviosos son espantosamente deprimentes.

John no sabe todo lo que sufro. Él solo sabe que no hay razón para sufrir, y con eso se queda contento.

Por supuesto que se trata tan solo de nerviosismo. ¡Me pesa tanto no cumplir de ninguna forma con mis deberes!

Quise ser de tanta ayuda para John, un verdadero descanso y un consuelo, y heme aquí, en comparación, ¡convertida en una carga!

Nadie creería el esfuerzo que significa hacer lo poco que puedo hacer… vestirme y arreglarme, y otras cosas.

Qué suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Un bebé tan adorable!

Y sin embargo no puedo estar con él, me pone tan nerviosa.

Supongo que John nunca se ha puesto nervioso en su vida. ¡Se ríe tanto de mí cuando le hablo de este empapelado!

Al principio estaba dispuesto a empapelar nuevamente la habitación, pero después dijo que yo ya lo estaba superando, y que no había nada peor para un paciente nervioso que dar cabida a semejantes caprichos.

Dijo que después de que cambiáramos el empapelado serían los pesados bastidores de las camas, y luego las ventanas enrejadas, y más tarde esa reja en lo alto de la escalera, y así sucesivamente.

–Tú sabes que el lugar te está haciendo bien –dijo–, y realmente, querida, no me interesa renovar la casa solo por tres meses de alquiler.

–Entonces vamos abajo –dije–, hay unas habitaciones tan bonitas allí.

Pero me tomó en sus brazos y me llamó su divina gallinita, y dijo que bajaría al sótano, si yo quería, y lo haría blanquear a la cal como parte del trato.

Pero tiene razón con respecto a las camas y las ventanas y lo demás.

Es una habitación tan aireada y confortable como una podría desearla, y desde luego, jamás sería tan tonta como para incomodarlo por un simple antojo.

Le estoy tomando cariño, realmente, a la gran habitación, a todo menos el horrible papel de pared.

Por una de las ventanas puedo ver el jardín, esas misteriosas pérgolas sombrías, las anticuadas flores desordenadas, y los arbustos y los árboles nudosos.

Por otra tengo una adorable vista de la bahía y un pequeño muelle privado que pertenece a la propiedad. Hay un hermoso sendero con sombra que corre hasta allí desde la casa. Siempre imagino que veo gente que camina por esos muchos senderos y pérgolas, pero John me ha advertido que no dé rienda suelta a mi imaginación en lo más mínimo. Dice que con la fuerza de mi imaginación y el hábito de inventar historias, una debilidad nerviosa como la mía conduce sin falta a toda clase de agitadas fantasías, y que yo debería usar mi voluntad y mi buen sentido para controlar esa tendencia.

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Eso intento.

A veces pienso que si tan solo estuviese lo bastante bien para escribir un poco, eso aliviaría la presión de las ideas y me descansaría.

Pero descubro que me cansa bastante intentarlo.

Es tan descorazonador no contar con ningún consejo ni compañerismo acerca de mi trabajo. Cuando me ponga realmente bien dice John que invitaremos al primo Henry y a Julia a hacernos una larga visita; pero dice que antes metería fuegos artificiales dentro de mi almohada que dejarme disfrutar de esa compañía estimulante ahora mismo.

Ojalá me pusiera bien más rápido.

Pero no tengo que pensar en eso. ¡Me parece como si este papel supiera la perversa influencia que tiene!

Hay un sitio recurrente donde el motivo se deja caer como un cuello roto y dos ojos protuberantes te miran al revés.

Definitivamente me enoja la impertinencia de la cosa, su infinitud. Repta de arriba abajo y hacia los costados, y esos absurdos ojos que no parpadean están en todas partes. Hay un lugar donde dos paños no coinciden, y a todo lo largo de la línea, de arriba abajo, los ojos están uno más arriba que el otro.

Nunca antes había visto tanta expresión en una cosa inanimada, ¡y todos sabemos cuánta expresión tienen! Yo solía quedarme despierta en la cama, cuando era niña, y extraía más entretenimiento y terror de las paredes vacías y los muebles desnudos de lo que la mayoría de los niños podrían encontrar en una juguetería.

Recuerdo el gentil parpadeo que solían tener los pomos de los cajones de nuestro viejo y enorme escritorio, y había una silla que siempre me pareció un amigo robusto.

Solía sentir que si cualquiera de las otras cosas se mostraba demasiado feroz, yo siempre podría saltar a esa silla y ponerme a salvo.

Sin embargo, lo peor del mobiliario de esta habitación es que es inarmónico, porque hubo que traerlo todo desde la planta baja. Supongo que cuando esto se empezó a usar como sala de juegos tuvieron que llevarse las cosas de la habitación de bebés, y no me sorprende no haber visto nunca unos destrozos como los que los niños hicieron aquí.

El papel de pared, como ya dije, está arrancado en algunos lugares, a pesar de que no podría estar mejor pegado… debieron tener perseverancia, no solamente odio.

Y el suelo está arañado y escarbado y astillado, el enlucido mismo removido aquí y allá, y esta pesada cama que es todo lo que encontramos en la habitación luce como si hubiese estado en la guerra.

Pero eso no me importa en lo más mínimo… solo el empapelado.

Ahí viene la hermana de John. ¡Tan buena chica que es, y tan cuidadosa conmigo! No debo dejar que encuentre mis escritos.

Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y no anhela mejor profesión. ¡Ciertamente creo que piensa que fue la escritura lo que me enfermó!

Pero puedo escribir cuando se va, y verla durante un largo trayecto desde estas ventanas.

Hay una que domina la calle, una adorable calle serpenteante y con sombra, y otra que simplemente mira el campo. Un campo encantador, también, lleno de grandes olmos y prados de terciopelo.

Este papel de pared tiene una especie de submotivo en un tono diferente, que es particularmente irritante, porque solo puedes verlo bajo ciertas luces, y no muy claramente.

Pero en los lugares donde no está descolorido y donde el sol da plenamente… puedo ver una especie de figura extraña, provocadora e informe, que parece merodear alrededor de ese estúpido y visible dibujo en primer plano.

¡Hermana en las escaleras!

¡Bueno, ya terminó el 4 de julio! La gente se ha ido y estoy exhausta. John pensó que me haría bien tener un poco de compañía, así que recibimos a madre y a Nellie y a los niños durante una semana.

Desde luego que no hice absolutamente nada. Jennie se ocupa de todo ahora.

Pero me fatigó de todas formas.

John dice que si no me recupero más rápido, en otoño deberá enviarme con Weir Mitchell.

Pero yo no quiero ir, en absoluto. Tenía una amiga que estuvo en sus manos, una vez, y dice que es como John y mi hermano, ¡solo que más!

Además, ir tan lejos es un emprendimiento tal.

No creo que valga la pena mover un dedo por nada, y me estoy volviendo espantosamente irritable y quejumbrosa.

Lloro por nada, y lloro la mayor parte del tiempo.

Desde luego no lo hago cuando John está, o cuando hay alguien más, sino cuando estoy sola.

Y paso mucho tiempo sola, ahora. John tiene que quedarse muy a menudo en la ciudad, porque tiene casos graves, y Jennie es buena y me deja sola cuando quiero que lo haga.

Así que camino un poco por el jardín o recorro ese sendero encantador, me siento en el porche, bajo las rosas, y paso acostada largo rato aquí arriba.

Me estoy encariñando con la habitación, realmente, a pesar del papel de pared. Tal vez por causa del papel de pared.

¡Es tan persistente en mi mente!

Me acuesto aquí en esta gran cama imposible de mover –está clavada, creo yo– y sigo ese motivo a cada hora. Es tan bueno como la gimnasia, se lo aseguro. Empiezo, digamos, desde abajo, en la esquina donde está intacto, y decido por milésima vez que esta vez voy a seguir el motivo carente de sentido hasta llegar a alguna clase de conclusión.

Conozco un poco sobre los principios del diseño, y sé que esta cosa no fue compuesta de acuerdo con los principios de la radiación, la alternancia, la repetición, la simetría ni ningún otro del que haya oído hablar.

Se repite, desde luego, a lo ancho, pero en ningún otro sentido.

Si se lo mira de cierta manera, cada paño es independiente, las curvas hinchadas y las florituras –una especie de “románico rebajado” con delirium tremens– se desplazan como patos en columnas aisladas de fatuidad.

Pero, por otra parte, se conectan diagonalmente, y los desgarbados contornos salen corriendo en grandes olas inclinadas de horror óptico, como un montón de algas marinas que holgazanearan en plena batalla.

Todo ello avanza horizontalmente, también, al menos eso parece, y me agoto tratando de distinguir el orden en que viaja en esa dirección.

Usaron un paño horizontal para el friso, y eso añade maravillosamente a la confusión.

Hay un extremo de la habitación donde está casi intacto, y allí, cuando la luz lateral se disipa y el sol del final de la tarde brilla directamente sobre el papel, casi puede dar la ilusión de radiación después de todo… ese grotesco interminable parece formarse alrededor de un centro común y salir pitando en precipitadas zambullidas de idéntica distracción.

Me cansa seguirlo, supongo que tomaré una siesta.

No sé por qué debería escribir esto.

No quiero hacerlo.

No me siento capaz.

Y sé que a John podría parecerle absurdo. Pero debo decir que me siento y pienso de cierta manera… ¡es un alivio tan grande!

Pero el esfuerzo se está haciendo mayor que el alivio.

Ahora la mitad del tiempo estoy horriblemente perezosa, y me paso tanto tiempo acostada.

John dice que no debería perder fuerza, y me hace tomar aceite de hígado de bacalao y tónicos y esas cosas, por no hablar de la cerveza negra y el vino y la carne jugosa.

¡Ese querido John! Me quiere mucho, y odia que esté enferma. Traté de tener una charla verdaderamente honesta y razonable con él, el otro día, y le dije cómo me gustaría que me dejara salir y hacerles una visita al primo Henry y a Julia.

Pero dijo que yo no estaba en condiciones de ir, ni en condiciones de soportarlo una vez que haya llegado allá; y no hice un alegato suficientemente bueno por mi propia causa, puesto que antes de terminar ya estaba llorando.

Se me está convirtiendo en un gran esfuerzo pensar con claridad. Es solo esta debilidad nerviosa, supongo.

Y el querido John me recogió en sus brazos, y me cargó escaleras arriba y me acostó en la cama, y se sentó a mi lado y me leyó hasta que mi mente se cansó.

Dijo que yo era su tesoro y su consuelo y todo lo que tenía, y que debo cuidarme para él, y estar bien.

Dice que nadie más que yo puede ayudarme en eso, que debo usar mi voluntad y mi autocontrol y no dejarme llevar por ninguna tonta imaginación.

Hay un consuelo: el bebé está bien y feliz, y no tiene que ocupar esta habitación para bebés con su empapelado horrible.

Si no la hubiésemos usado, ¡la habría usado ese bendito niño! ¡Qué suerte que pudo evitarse! Caramba, yo no tendría a un hijo mío, una cosita impresionable, viviendo en una habitación como esta ni por todo el oro del mundo.

Nunca lo había pensado antes, pero es una suerte que John me haya retenido aquí después de todo: yo puedo soportarlo mucho más fácilmente que un bebé, como pueden ver.

Por supuesto que ya no se lo menciono a ellos –no soy tan tonta–, pero lo sigo vigilando de todos modos.

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Hay cosas en ese papel de pared que nadie más que yo sabe, o sabrá.

Detrás de ese motivo exterior, las formas tenues se van volviendo cada día más claras.

Es siempre la misma forma, solo que muy numerosa.

Y es como una mujer que se inclina y se arrastra por ahí, detrás de ese motivo. No me gusta en lo más mínimo. Me pregunto… Empiezo a pensar… ¡Ojalá John me sacara de aquí!

Es tan difícil hablar de mi caso con John, porque él es tan sensato, y porque me ama tanto.

Pero anoche lo intenté.

Había luz de luna. La luna alumbra por todas partes, igual que el sol.

A veces detesto verlo, se arrastra tan despacio, y siempre entra por una ventana u otra.

John estaba dormido y yo odiaba tener que despertarlo, así que me quedé quieta, mirando la luz de la luna sobre ese empapelado ondulante hasta que se volvió terrorífico.

La borrosa figura por detrás parecía sacudir el motivo, como si quisiera salir.

Me levanté suavemente y fui a palparlo y ver si efectivamente el papel se movía, y cuando regresé John estaba despierto.

–¿Qué pasa, mi niña? –dijo–. No andes paseando por ahí… te vas a enfriar.

Pensé que era un buen momento para hablar, así que le dije que realmente no estaba mejorando aquí, y que desearía que me llevara a otra parte.

–¡Cariño! –dijo–, Nuestro alquiler termina dentro de tres semanas, y no veo cómo podríamos irnos antes de eso. Las reparaciones en casa todavía no están terminadas, y yo de ninguna manera puedo dejar la ciudad ahora. Por supuesto, si estuvieses en algún peligro, podría, y lo haría, pero realmente estás mejor, querida, ya sea que tú te des cuenta o no. Soy médico, cariño, y sé. Estás recuperando carne y color, tu apetito ha mejorado, realmente me siento mucho más tranquilo con respecto a ti.

–No peso ni un gramo más –dije–, ni siquiera lo mismo; y mi apetito puede que sea mejor en la noche, cuando tú estás aquí, ¡pero empeora por la mañana, cuando no estás!

–¡Corazón bendito! –dijo dándome un gran abrazo–, ¡ella puede estar tan enferma como quiera! ¡Pero ahora, mejoremos las horas de claridad yéndonos a dormir, y hablemos de ello en la mañana!

–¿Y no te irás? –pregunté sombría.

–Caramba, ¿cómo podría irme, cariño? Son solo tres semanas más y luego haremos un lindo viajecito de un par de días, mientras Jennie prepara la casa. ¡De veras estás mejor, cariño!

–Mejor en cuerpo, tal vez… –empecé a decir, pero me detuve, porque él se sentó en la cama y me miró con tanta seriedad y reproche que no pude decir una palabra más.

–Cariño –dijo–, te ruego, por mí y por nuestro hijo, y también por ti misma, ¡que nunca, ni por un instante, dejes entrar esa idea en tu cabeza! No hay nada tan peligroso y tan fascinante para un temperamento como el tuyo. Es una idea falsa y loca. ¿No puedes confiar en mí, como médico, cuando te lo digo?

Así que, por supuesto, no dije nada más a ese respecto, y no tardamos en ponernos a dormir. Él creyó que yo estaba dormida, pero no lo estaba, y pasé horas despierta, tratando de decidir si el motivo principal y el motivo de fondo se movían realmente juntos o separadamente.

En un motivo como este, a la luz del día, hay una falla de continuidad, un desafío a la ley, que es una irritación constante para una mente normal.

El color es bastante horroroso, y bastante poco confiable, y bastante exasperante, pero el motivo es una tortura.

Piensas que has logrado dominarlo, pero justo cuando has logrado progresar en seguirlo, da una vuelta de carnero hacia atrás y ahí estás. Te abofetea en la cara, te derriba y te pisotea. Es como un mal sueño.

El motivo exterior es un arabesco florido, que me recuerda al de un hongo. Si pueden imaginar un collar de setas venenosas, un lazo interminable de setas venenosas, brotando y renovándose en interminables circunvoluciones… vaya, es algo por el estilo.

¡Sí, es así, a veces!

Hay una peculiaridad muy notable acerca de este papel, una cosa que nadie parece advertir excepto yo, y es que cambia a medida que cambia la luz.

Cuando el sol entra por la ventana que da al este –yo siempre vigilo ese rayo largo y directo– cambia tan rápido que no puedo siquiera creerlo.

Es por eso que siempre lo observo.

A la luz de la luna –la luna ilumina toda la noche, cuando hay luna– no me atrevería a decir que es el mismo papel.

De noche, cualquiera sea la luz, en el crepúsculo, con luz de vela o de lámpara, y peor que nada a la luz de la luna, ¡se convierte en unas rejas! El motivo exterior, quiero decir, y la mujer por detrás está tan a la vista como podría llegar a estarlo. Por largo tiempo no me di cuenta de qué era eso que aparecía detrás, ese tenue submotivo, pero ahora estoy bastante segura de que es una mujer.

Bajo la luz del día ella está apagada, quieta. Me imagino que es el motivo el que la mantiene tan inmóvil. Es tan intrigante. Me mantiene al acecho, hora tras hora…

Permanezco tanto tiempo acostada, ahora. John dice que es bueno para mí, y dormir, todo lo que pueda.

De hecho, él inició esta costumbre haciéndome recostar durante una hora después de cada comida.

Es una muy mala costumbre, estoy convencida, porque, como verán, no duermo.

Y eso cultiva el engaño, porque no les digo que estoy despierta… ¡Oh, no!

La cosa es que me estoy empezando a preocupar un poco por John.

Parece muy extraño a veces, y hasta Jennie tiene una expresión inexplicable.

A veces se me ocurre, tan solo como hipótesis científica… ¡que es el papel!

He observado a John cuando él no sabía que lo observaba, y entré repentinamente en la habitación con las excusas más inocentes, y varias veces lo sorprendí… ¡observando el papel! Y también a Jennie, una vez descubrí a Jennie con la mano apoyada en él.

Ella no sabía que yo estaba en la habitación, y cuando le pregunté con voz tranquila, muy tranquila, de la manera más refrenada posible, qué estaba haciendo con el papel… se dio vuelta como si la hubiesen pescado robando, y me miró muy enojada: ¡por qué tenía que asustarla de esa manera!, me preguntó.

Luego dijo que el papel ensuciaba todo lo que tocaba, que había encontrado migajas amarillas sobre mi ropa y la de John, ¡y que le gustaría que fuésemos más cuidadosos!

¿No sonó inocente, eso? Pero sé que ella estaba estudiando el motivo, ¡y estoy decidida a que nadie más que yo lo descubra!

La vida es mucho más excitante ahora de lo que solía ser. Como verán, tengo algo más que esperar, que anhelar, que observar. Realmente estoy comiendo mejor, y estoy mucho más serena.

¡John está tan complacido de verme mejorar! Se rió un poco el otro día, y dijo que yo parecía estar floreciendo a pesar de mi papel de pared.

Me evadí con una risa. No tenía ninguna intención de decirle que era por el papel de pared… se habría burlado de mí. Hasta podría querer sacarme de la casa.

Ahora no quiero irme hasta que lo haya descubierto. Queda una semana más, y creo que será suficiente.

¡Me siento tanto mejor que nunca! No duermo mucho de noche, porque es tan interesante observar desarrollos; pero duermo bastante durante el día.

De día es agotador y desconcertante.

Siempre hay nuevos brotes en el hongo, y nuevos tonos de amarillo en toda la pared. No consigo contarlos, aunque lo he intentado a conciencia.

¡Es el más extraño de los amarillos, el de este papel de pared! Me hace pensar en todas las cosas amarillas que alguna vez he visto… no las hermosas como los ranúnculos, sino las cosas amarillas viejas, malas y repulsivas.

Pero hay algo más acerca del papel… ¡el olor! Lo noté en el momento en que entramos en la habitación, pero con tanto aire y sol no estaba mal. Ahora tuvimos una semana de niebla y lluvia, y ya sea que las ventanas estén abiertas o no, el olor persiste.

Se arrastra por toda la casa.

Lo encuentro merodeando en el comedor, revoloteando en la sala, escondido en el vestíbulo, recostado en las escaleras, esperando que yo suba.

Se mete en mi cabello.

Incluso cuando salgo a pasear, si giro rápidamente la cabeza y lo sorprendo… ¡ahí está el olor!

¡Un aroma tan peculiar, además! He pasado horas tratando de analizarlo, para descubrir a qué olía.

No es desagradable… al principio, y muy suave, pero es el aroma más sutil y perdurable que he conocido.

En este tiempo húmedo, es horrible, me despierto en la noche y lo encuentro colgando sobre mí.

Al principio solía molestarme. Pensé seriamente en incendiar la casa… para quemar el olor.

Pero ahora me he acostumbrado a él. ¡La única cosa en la que puedo pensar que se le parece es el color del papel! Un olor amarillo.

Hay una marca muy curiosa en esta pared, bien abajo, cerca del zócalo. Una mancha que da toda la vuelta a la habitación. Pasa por detrás de cada mueble, excepto la cama. Larga, recta, ligeramente sinuosa como producto del roce repetido.

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Me pregunto cómo fue hecha y quién la hizo, y para qué la hicieron.

Da vueltas y vueltas y vueltas –vueltas y vueltas y vueltas– ¡y me marea!

Realmente descubrí algo, por fin.

A fuerza de observarlo tanto durante la noche, cuando cambia tanto, finalmente lo averigüé.

El motivo principal se mueve… ¡y no me sorprende! ¡La mujer que está detrás lo sacude!

A veces pienso que hay muchísimas mujeres ahí atrás, y a veces solo una, y anda reptando rápidamente, y su movimiento lo sacude todo.

Luego, en los lugares muy claros se queda quieta, y en los lugares muy sombríos simplemente aferra los barrotes y los sacude.

Y todo el tiempo está tratando de trepar del otro lado. Pero nadie podría trepar hasta el otro lado de ese motivo… estrangula tanto; pienso que es por eso que tiene tantas cabezas.

Pasan a través, y luego el motivo las estrangula y las da vuelta, ¡y les pone los ojos en blanco!

Si esas cabezas fuesen cubiertas o retiradas sería la mitad de malo.

¡Yo creo que esa mujer sale durante el día!

Y les diré por qué… entre nosotros: ¡porque la he visto!

¡Puedo verla afuera de cada una de mis ventanas!

Es la misma mujer, estoy segura, porque siempre está arrastrándose, y la mayoría de las mujeres no se arrastran a la luz del día.

La veo en aquella larga calle bajo los árboles, reptando por ella, y cuando viene un carruaje se esconde bajo las zarzamoras.

No la culpo en lo más mínimo. ¡Debe de ser muy humillante que te descubran arrastrándote a plena luz del día!

Yo siempre trabo la puerta cuando me arrastro durante el día. No puedo hacerlo de noche, porque sé que John enseguida sospecharía algo.

Y John está tan extraño ahora que no quiero irritarlo. ¡Ojalá se instalara en otra habitación! Además, no quiero que nadie saque a esa mujer por la noche excepto yo misma.

A menudo me pregunto si podría verla afuera de todas las ventanas al mismo tiempo.

Pero, por muy rápido que gire, solo puedo ver afuera de una de ellas a la vez.

Y aunque siempre la veo, ¡puede ser que ella sea capaz de arrastrarse más velozmente de lo que yo puedo girar!

A veces la he observado afuera, en el campo abierto, arrastrándose tan veloz como la sombra de una nube en un viento fuerte.

¡Si tan solo se pudiese extraer ese motivo superficial de encima del otro! Quiero decir intentarlo, poco a poco.

He descubierto otra cosa curiosa, ¡pero esta vez no debería contarla! No tiene caso confiar demasiado en la gente.

Solo quedan dos días más para sacar este papel, y yo creo que John está empezando a darse cuenta. No me gusta la mirada que tiene.

Le he oído hacerle a Jennie un montón de preguntas profesionales acerca de mí. Ella tenía un excelente informe para dar.

Dijo que yo dormía mucho durante el día.

John sabe que no duermo muy bien de noche, ¡por más que me quedo muy tranquila!

Me hizo toda clase de preguntas, a mí también, y pretendió ser muy amoroso y amable.

¡Como si yo no pudiese ver a través de él!

Sin embargo, no me sorprende que actúe así, después de dormir bajo este papel durante tres meses.

Solo me interesa a mí, pero estoy segura de que a John y a Jennie los afecta secretamente.

¡Hurra! Este es el último día, pero es suficiente. John tiene que pasar la noche en la ciudad, y no saldrá hasta esta noche.

Jennie quería dormir conmigo… ¡la muy ladina! Pero le dije que yo sin lugar a dudas dscansaría mejor si pasaba la noche sola.

¡Eso fue inteligente, porque en realidad no estaba sola en absoluto! Tan pronto como salió la luna y esa pobre cosa empezó a reptar y a sacudir el motivo, me levanté y corrí a ayudarla.

Yo arranqué y ella sacudió, yo sacudí y ella arrancó, y antes de la mañana habíamos pelado metros de papel.

Una franja de más o menos mi altura y media alrededor de toda la habitación.

Y entonces, cuando salió el sol y ese horrendo motivo empezó a reírse de mí, ¡declaré que acabaría con él hoy mismo!

Nos vamos mañana, y están mudando todos mis muebles abajo otra vez para dejar las cosas tal como estaban antes.

Jennie miró la pared con asombro, pero le dije alegremente que lo hice por puro rencor contra esa cosa perversa.

Se echó a reír y dijo que no le molestaría hacerlo ella misma, pero que yo no debo fatigarme.

¡Cómo se traicionó a sí misma con eso!

Pero yo estoy aquí, y nadie más que yo tocará este papel… ¡no mientras yo esté viva!

Trató de sacarme de la habitación… ¡fue demasiado evidente! Pero dije que ahora estaba tan apacible y vacía y limpia que creía que iba a volver a acostarme y a dormir todo lo que pudiera; y que no me despertara ni siquiera para la cena… yo le avisaría cuando despertara.

Así que se ha retirado, ahora, y todos los sirvientes se fueron, y no ha quedado nada excepto el bastidor de la cama clavado al suelo, con el colchón de paño que encontramos sobre ella.

Esta noche debemos dormir en la planta baja, y mañana, tomar el barco rumbo a casa.

Simplemente disfruto de la habitación, ahora está otra vez desnuda.

¡Cómo rompieron esos chicos todo alrededor!

¡El bastidor de la cama está bastante carcomido!

Pero debo ponerme a trabajar.

Trabé la puerta y arrojé la llave al sendero del frente.

No quiero salir, y no quiero dejar entrar a nadie, hasta que llegue John.

Quiero sorprenderlo.

Tengo una cuerda aquí que ni siquiera Jennie encontró. Si esa mujer sale, y trata de escapar, ¡puedo atarla!

¡Pero olvidé que no puedo llegar muy lejos sin algo sobre lo cual pararme!

¡Esta cama no se moverá!

Traté de levantarla y moverla hasta quedar sin fuerzas, y luego me enojé tanto que mordí un pedazo en una esquina… pero me lastimé los dientes.

Entonces arranqué todo el papel que pude alcanzar de pie sobre el suelo.

¡Se pega horriblemente y el motivo sencillamente lo disfruta! Todas esas cabezas estranguladas y los ojos protuberantes y las turgencias de hongos que caminan como patos, ¡sencillamente aúllan de la risa!

Me estoy enfadando lo suficiente como para hacer algo desesperado. Saltar por la ventana sería un ejercicio admirable, pero los barrotes son demasiado fuertes para intentarlo siquiera.

Además es algo que yo no haría. Claro que no. Sé muy bien que un paso como ese es inapropiado y puede ser malinterpretado.

Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas: hay demasiadas de esas mujeres reptantes, y se arrastran tan rápido.

Me pregunto si todas han salido de ese papel de pared como lo hice yo…

Pero ahora estoy bien amarrada con mi cuerda bien oculta… ¡a mí no podrán sacarme a esa calle!

Supongo que tendré que volver a meterme detrás del motivo cuando llegue la noche, ¡y eso es duro!

¡Es tan agradable estar afuera, en esta gran habitación, y reptar por allí a mi gusto!

No quiero ir afuera. No lo haré, aunque Jennie me pida que lo haga.

Porque afuera tienes que arrastrarte por la tierra, y todo es verde en lugar de amarillo.

Pero aquí puedo reptar suavemente sobre el suelo, y mi hombro encaja justo en esa larga huella alrededor de la pared, así que no puedo extraviar mi camino.

¡Vaya, John está en la puerta!

¡Es inútil, jovencito, no puede usted abrir!

¡Cómo vocifera y aporrea la puerta!

Ahora grita que le traigan un hacha.

¡Sería una pena tirar abajo esa hermosa puerta!

–¡John, querido! –digo con mi voz más amable–, ¡la llave está allá abajo en los peldaños del frente, debajo de una hoja de plátano!

Eso lo silenció por unos pocos minutos.

Luego dijo –bastante calmadamente, en realidad–:

–¡Abre la puerta, cariño!

–No puedo –dije. ¡La llave está abajo, junto a la puerta del frente, debajo de una hoja de plátano!

Y volví a decirlo, varias veces, muy amablemente y muy despacio, y lo dije tanto que tuvo que ir y fijarse, y desde luego la encontró, y entró. Se paró en seco junto a la puerta.

–¿Qué sucede? –gritó–. ¡Por el amor de Dios, qué estás haciendo!

Yo seguí reptando de la misma manera, pero lo miré por encima de mi hombro.

–Por fin logré salir –dije–, a pesar de ti y de Jane. Y arranqué la mayor parte del papel, ¡así no podrás volver a meterme ahí!

¿Por qué tenía que venir a desmayarse, este hombre, ahora? Pero lo hizo, y justo en mi camino junto a la pared, ¡como para que tenga que reptar por encima de él cada vez que paso!

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