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El hombre del rayo

David Means | del: inglés

Traducción : Martín Schifino

Introducción de Maya Feldman

El golpe de un rayo de tormenta puede ser percibido como una señal del cielo. Dios, por intermedio de un rayo, señala a Nick como el elegido. Recibe otro golpe, y luego otro golpe más; Nick provoca a los rayos, pero él sobrevive. ¿Qué significado tiene esta elección? ¿Sobrevivir para qué? En este cuento deslumbrante, cuya intrincada poética demandó el esfuerzo de dos traductores (esfuerzo que bien valió la pena), la elección de Dios  pareciera no tener ningún significado especial, excepto el modo con que ella devasta la vida de aquél cuyas circunstancias han devastado su vida en no menor medida: la guerra, la industrialización rural y la destrucción de los agricultores, la pérdida, el empobrecimiento, la enfermedad. La historia de Nick no está desconectada del tiempo ni del lugar en los que ella trascurre, “Del gran desierto de los estados del centro, del espacio vacío que seguía imperando”. El hombre del rayo carece de poderes sobrenaturales, su magia se revela a medida que desarrolla su historia: todo, aquí, ocupa su lugar y adquiere su valor únicamente en tanto obra – no de una fuerza superior, o de una fuerza interpretativa que sirva a algún propósito útil, sino de la fuerza maravillosa de la narración per se, de la literatura que devuelve lo que la vida se ha llevado, de la escritura que aparece aquí en todo su esplendor, “por la cornisa que separa los hechos de la ficción y entretanto aligeraban la carga de la verdad”.

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La primera vez estaba pescando con Danny. La pesca era un sacramento y, por lo tanto, después de la descarga, una vez que se le aclaró la mente, le quedó el regusto borroso del ritual: arrojar la cuchara en repeticiones perezosas, rebobinar lentamente el carrete, escuchar su chirrido, poner carnada en el anzuelo limpio y buscar de manera intuitiva y cósmica los hondos pozos de agua clara que se ocultan bajo el lustre de una tarde tranquila. Cada pez parecía salir del silencio como un milagro: una lobina que boqueaba, engullía el cielo, giraba, se retorcía, se debatía contra la fuerza del líder. Pero entonces le cayó el rayo y se sintió como el pez sujeto al sedal. Hubo un cambio de paradigma: se identificó puramente, al menos por unos meses, con el pez, colgado, sostenido por el sedal invisible que habían arrojado desde el cielo.

***

Lucy tenía brazos lánguidos y piel perlada, suave como el interior de una ostra, le gustaba decir a él. Una noche, al regresar a la granja Morrison, percibió en sus dedos el olor a turba húmeda de su piel. La había tocado —había hundido apenas los dedos en la humedad— y después, incapaz de dormir, había salido a la galería para mecerse en la hamaca hasta que le pasara la adrenalina. Tenía la esperanza de acostarse con ella antes de ir al campamento militar. Se acercaba una tormenta. Láminas de relámpagos se desplegaban dentro de las nubes en el oeste. Murmullos graves y laríngeos ahogaban el ruido de los grillos. El rayo que lo golpeó rebotó a veinte metros de él contra una cerca. Más tarde recordaría que, en un arranque de júbilo producido por la testosterona, había imprecado medio en broma a la tormenta e incluso a Dios. Vamos, malditos, muéstrenme sus fuerzas: las mismas frases que poco después utilizarían los muchachos de su edad para dirigirse a los disparos de mortero que les llovían en los campos de batalla surasiáticos. Vamos, maldito, prueba otra vez, gritó justo antes de que un rayo violáceo y zigzagueante descendiera retorciéndose desde el frente de tormenta y saliera disparado de la cerca —según su imperfecto recuerdo— en ángulo recto. Le dio en pleno esternón, según dedujeron los médicos, dejando una quemadura en forma de cráter lunar que nunca se curaba del todo. Momentos después, con un puro entre los dientes, su padre salía a cerrar el granero antes de que empezara la tormenta (demasiado tarde) y hallaba a su hijo tendido de espaldas, humeando ligeramente. Durante las dos semanas de observación en el hospital, los dientes le dolieron y le zumbaron, aunque no fue capaz de sintonizar las legendarias transmisiones mexicanas hiperpotentes que difundían al otro lado de la frontera. Al regresar a casa, Lucy fue a verlo y —en el silencio de una calurosa tarde de verano— le pasó la mano por debajo del elástico de los calzoncillos.

***

Justo antes de la tercera descarga, unos años más tarde, vio un rechoncho rayo huérfano, una pulgar de chispas saludándolo desde la cerca. (Las investigaciones confirmarían que estos microrrayos realmente existen.) Cuando la revista Life publicó un reportaje fotográfico de una página titulado «El hombre del rayo», el texto decía: «Nick Kelley asegura que tuvo una extraña visión poco antes de que lo golpeara el rayo. Estaba con dos amigos en el campo a pocas horas de Chicago, mostrándoles una propiedad que planeaba renovar. Justo antes de recibir la descarga, vio un pequeño rayo que recorría la cerca. Otros testigos han ratificado estas visiones, probablemente alucinatorias». El montaje fotográfico lo mostraba en el jardín trasero de su casa con un tenedor de asado en la mano, apuntando a un cielo cargado de nubes. El reportaje no mencionaba la severa contusión de su mejilla ni los cambios neurológicos que fueron apareciendo. Su amor por Lucy se había extinguido después del segundo golpe. A raíz del tercero se vaporizó su amistad con Danny. Y entre los dos, perdió por un tiempo todo deseo de pescar.

***

El cuarto llevaba su nombre y era de los que incendian graneros, los que se ven trenzados con el Empire State. Mientras descendía, Nick le habló, alzando los brazos para abrazarlo. Aquello ocurrió, una vez más, en un bote, en medio del lago Michigan, mientras pescaba truchas a la cacea. (Le gustaba la estúpida simplicidad de aquel método de pesca, que consistía en observar con un ojo el sonar, arrastrar el aparejo por las profundidades del lago y esperar sentado en el bote.) El capitán del bote, Pete, recibió un fleco del rayo y quedó calcinado. Nick entabló una conversación con el rayo principal mientras absorbía el impacto. Decía más o menos así: pase lo que pase, te haré frente, cabrón, esta historia es mi historia, un palurdo de Illinois central que aguantó el golpe una vez, dos veces por buena suerte, tres por un amuleto y ahora, ¡oh Júpiter!, ¡oh lo que sea!, ¡oh tormenta de narración y calamidad! ¡Oh glorioso designio de la naturaleza! Párteme con tu furia. Dale a mi corazón el valor de resistir, pero no demasiado. Conviérteme, oh Señor, en un buen conductor. Sufriré imitatione Christi, aceptando las cargas de la corriente y esforzándome por vivir de nuevo.

***

Poco después de que le dieran el alta en el hospital general de Chicago, empezó a ir a misa semanalmente a la Segunda Iglesia de Dios (¿o era la tercera?), donde conoció a su primera esposa, Agnes, que guardaba un asombroso parecido con Lucy (misma tez color duraznos con crema). Cicatrices aparte, cuando se trataba del pasado y de sus encuentros con los rayos, Nick era tan reservado como un espía de la Guerra Fría: pasó página en lo relativo a nube a tierra, maleficios, pararrayos o los adeptos al misticismo. (Le habían hecho ofertas para promocionar pararrayos Pro-Teck-o-Charge Safe-T: ¡los rayos son la causa principal de los incendios de graneros! Y le habían pedido que anunciara a adivinos telefónicos.) Pasó página en relativo a las entrevistas de prensa, los enfrentamientos mano a mano con los grandes rayos. (En absoluto le preocupaban las variantes más pequeñas del rayo, los campos eléctricos vagabundos que rondan por la mayoría de las casas, las anómalas subidas de tensión que funden las líneas de teléfono y liquidan los teléfonos, o los rayos de energía que entran aturdidos por las ventanas de las granjas.) Más tarde, se le ocurrió que había ignorado aquellas cosas a propósito y que así las había provocado. Una vez, un equipo de filmación francés lo rastreó para sacar a la luz su pasado, pero en general procuró llevar una vida normal y se sintió libre de cargas eléctricas, mientras trabajaba en una empresa de relaciones públicas que representaba a asesores financieros. Así las cosas, el siguiente golpe cayó de la nada: del cielo azul como un haz solitario de carga estática, un relámpago estival. Esta vez él y Agnes estaban instalados en una casa de veraneo alquilada en Michigan, mirando un partido de béisbol por televisión. Agnes estaba recostada en el diván, en corpiño y bombacha, exhibiendo sus largas piernas y su vientre de colegiala y los músculos con hoyuelos de sus muslos. El rayo telarañoso desbordó como un antimacasar azul las cortinas, juntó fuerzas, barrió la ventana y pareció congelarse alrededor de Agnes de tal manera que, en el instante previo a que muriera, antes de que saltaran los tapones y la habitación quedara a oscuras, Nick vio un negativo de su espléndida silueta.

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***

Para escapar de Chicago, compró una vieja granja familiar, reconstruyó el granero e instaló en su techo seis pararrayos con gordas lámparas azules sujetas a los gruesos cables de aluminio trenzado que colgaban de las paredes. En aquel paraje el horizonte le dejaba ganar al cielo. Hasta el maíz parecía encorvarse como si anticipara la próxima descarga. Por la noche Nick leía a Kant y, en un momento, empezó a salir con una mujer llamada Stacy, una granjera viuda de huesos grandes a la que le gustaba la poesía y que a menudo citaba a T. S. Eliot: toda la primera sección de «Miércoles de ceniza», por ejemplo, y escenas enteras de El cóctel. Nick ya era un hombre de cincuenta años, enjuto por las labores agrícolas y con un dolor de espaldas crónico por conducir la segadora. Pero le encantaba su trabajo. Le encantaba pasar largos ratos solo en la cabina, escuchando sonatas de Mozart mientras el maíz se acercaba al arco de las luces marchando, impaciente por que lo engullera la trituradora. Por detrás de la cabina —en la oscuridad estrellada— emergía la extensión pelada del paisaje.

***

Ya basta de hacer tonterías. Atrás había quedado los días de desafíos embriagadores, pensaba Nick, pasando por alto la naturaleza maleable y flexible del rayo mismo, el modo dramáticamente inconexo en que ocupaba el aire, la forma desarticulada en que se desafiaba a sí mismo. La granja Morrison estaba muerta y enterrada. Ahora trabajaba día y noche en el cultivo de soja en un intento por competir con las grandes granjas industriales de Iowa. Tan agotado que todo le daba lo mismo. La temporada de tormentas casi había terminado. Los nubarrones de otoño pasaban en masa como si estuvieran extintos y aburridos de la tierra, ofreciendo una triste llovizna, si acaso.

***

El rayo que lo golpeó la sexta vez salió por debajo del velo del cielo, según lo vio su jornalero, Earl, que estaba desenganchando un equipamiento y por casualidad miró a Nick, que descansaba la espalda en una reposera amarilla. El enorme rayo cayó a siete metros de Nick, se levantó formando una bola, rodó hasta llegar a sus pies y estalló. Nick salió despedido cabeza abajo contra el granero. En el hospital recordó los ejercicios con balón medicinal que había hecho en la clase de gimnasia de la escuela secundaria, donde los chicos se arrojaban la pelota recubierta de cuero el uno al otro, disfrutando de aquel juego absurdo: intentar a toda costa derribar al otro, desequilibrarlo con la inercia del objeto. Para atrapar un balón medicinal había que absorber la fuerza y retroceder de manera tal de que en un momento el propio envión y el de la pelota se sincronizaran. Era un baile difícil. A él le salía bastante bien.

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Nick padeció más daños neurológicos, visiones extrañas, un chispeante ramillete de fuegos artificiales bajo los párpados. Empezó a recordar. Lo vio claro. Se había disociado de sí mismo durante el golpe. Una especie de doble había salido de su cuerpo: un homúnculo delgado y enclenque, de hombros caídos, que al avanzar daba golpecitos con su bastón. Uno de esos que tiempo atrás olían el suelo. Un hombre capaz de recoger un puñado de tierra y llevárselo a la nariz y recitar sus atributos: humedad y pH y contenido de cal. Era el pobre granjero de antaño que conocía los métodos de cultivo de secano y le imploraba al cielo con intrincadas danzas que se acabara la sequía brutal. Este hombre esperaba sobre todo que las nubes estallaran llenando el aire de tensión, no solo de truenos y relámpagos, sino del aguacero que merecía la tierra. Era el sobreviviente de los agricultores de secano de ayer: derrotados y quebrados por la tierra, dando lo mejor de sí para encontrar la solución, una antigua danza de la lluvia tradicional, o alguien que viniera con un cañón con el que hacer hoyos en el cielo. Debajo del lugar donde había caído el relámpago esférico la tierra se había solidificado en vidrio, y debajo de ello —Earl lo había desenterrado con una pala— el vidrio continuaba en una estalactita de un metro y medio, bifurcándose hacia el cable enterrado que transmitía corriente desde el viejo granero hasta el cobertizo de las provisiones. Un representante de la compañía eléctrica explicó que los cables subterráneos eran tan propensos a atraer un rayo como los que se hallaban al aire libre. Sabe Dios por qué, agregó.

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***

Durante las tres semanas de hospitalización Stacy se sentó al lado de su cama y acompañó su angustia cantándole odas y baladas populares y cancioncitas que había aprendido de niña en Alabama, además de recitarle los poemas completos de T. S. Eliot. Tenía una voz pura y dura que parecía emerger de la tierra norteamericana. En su envoltura de vendas, entre los verdugones que le picaban y el sudor que goteaba por las piernas —todos puntos inalcanzables—, Nick tuvo intensas visiones de la guerra de Corea, en las que la Primera División Estadounidense de Caballería soportaba lo más fuerte de una lluvia de cohetes Katyusha, hasta que el rayo número 8 (según él lo imaginó) intervenía, con su ancho contorno, estrechando el horizonte en un abrazo espantosamente amplio mientras descendía con entusiasmo. Era el definitivo, la culminación de todas las ramas que se unían en una sola furia inimaginable.

***

Después de que Stacy lo abandonara, puso la granja en venta y se mudó diez kilómetros al norte. Llevaría una vida de soltero en un pueblito de Illinois. Se sentía asediado. Se quedaría quieto, evitaría el destino sumiéndose en el vaivén deslucido del paisaje, en la tienda Ellison Feed an Seed que veía desde la ventana, una vista tan aburrida que daban ganas de escupir (y lo hacía). En las demás habitaciones se alojaban peones exiliados, que esnifaban pegamento en bolsas de papel marrón, escuchaban música y pasaban los días escribiendo en la pared con marcadores. No había persona más descarriada y perdida que un peón, entendió. Estaban desanimados porque sabían que el concepto de la granja —el mito agrario del amor tierra-humano, por no hablar del trabajo y las penas de sus familias, que habían padecido tormentas de polvo, sequías y semillas enmohecidas— había quedado reducido a una broma histórica. Dominaban las granjas industriales. Confusos en su papel, escuchaban hip-hop, intentaban adoptar posturas urbanas (a muchos les faltaba algún miembro), fumaban crack y hierbas alucinógenas, se paseaban por la noche medio desnudos con overoles, se hacían tatuajes ellos mismos en los brazos. Nick se sentía afín a ellos. En cierto modo, también los había partido un rayo.

***

Por supuesto que le cayó otro (el 7). Llegó de manera ridículamente arrogante, en una situación tan manida que hasta Nick tuvo reírse de ello cuando pudo reírse, varias semanas después, pasados los temblores, las alucinaciones y las atracciones secundarias llenas de centellas. Sabía que el siguiente sería el último. El siguiente sería el asesino. Fin. No habría ninguno más. En su visión periférica presentía el número 8 mientras miraba por la ventana el pueblo muerto, que estaba tan seco —apresado en la aridez de verano— que le hacía picar la garganta. En su campo visual apreció entonces un punto ciego, vacío y hondo y oscuro. La habitación crepitaba al calor veraniego. La ventana daba a un pueblo agrícola difunto, de cerca de 1920, con falsas fachadas al mejor estilo Western y edificios traumatizados y totalmente desprovistos de vida. Las paredes de madera sintética se ponían viejas y soltaban un seco olor a mostaza. En las largas sombras de la tarde los peones holgazaneaban con la nariz metida en bolsas arrugadas, esnifando pegamento como heridos de Vietnam que respiraran oxígeno embotellado. Como si sirviera de algo. Cuando se atrevía a bajar caminaba rengueando, recargando el peso en el borde de los pies inflamados. Ahora sí que me pueden llamar inválido, les decía a los peones. Se reunían a su alrededor, le tocaban las cicatrices, le mostraban sus tatuajes y heridas superficiales, agitaban rápidamente sus muñones, trazaban con torsiones lustrosas el rastro a medio sanar de incisiones con cutters y peleas con espátulas. Le ofrecían las bolsas arrugadas. Él se negaba. Le ofrecían gasolina para esnifar, marihuana, Valium. Le pedían que les contara sus historias, cosa que hacía, despachándose con largos relatos, adornando los detalles, mirándolos asentir lentamente con la cabeza en señal de apreciación. Eso sí lo comprendían. Que la naturaleza lo volviera loco. Que la naturaleza se le cagara de risa. Él analizaba la naturaleza del rayo. Se pintada como un héroe. Alzaba los puños como Zeus, agarrando rayos en el aire. Arrojaba bolas de relámpagos, se acercaba para darse un respiro. Era lo menos que podía hacer por ellos. Los compadecía por sus ojos vacíos, por la manera agónica en que arrastraban las palabras.

***

En su habitación oscura, mientras los días se sucedían y el sol calcinaba las calles agrietadas y unos hierbajos grandes como arbustos crecían en el asfalto deteriorado, Nick se sintió aún más asediado. Evitaría el siguiente. El número 7 había llegado después de su completa recuperación, cuando lo habían convocado a los tribunales de Chicago para que testimoniara en un litigio sobre un fondo de inversiones. Había ido al Oak Ridge Country Club con Albert Foster. Poco después el Club instalaría un equipo de detección de rayos —el primero así en el área metropolitana de Chicago— a fin de prever las condiciones que llevaron a la descarga número 7. Una masa de aire frío llegó de Canadá, penetró en las zonas cálidas de las Planicies Centrales, cobró velocidad y formó un frente de tormenta que luego produjo un clásico tornado de fuerza 4 y redujo un estacionamiento de casas rodantes a una ensalada de esponjoso material aislante rosado, trozos de fibra de vidrio y pedazos de paneles de yeso. Cuando él arrancó en el segundo hoyo, encorvando los hombros de un modo que predecía el inminente golpe con efecto, el frente lamía el pegajoso aire estival que lo cubría. Al final fue solo un rayo más. Así de simple. Apareció por sorpresa. Dos estruendos súbitos se tragaron la cancha de golf, un destello detrás de ellos, y entonces, mientras Nick completaba el golpe y acomodaba los hombros con la cabeza inclinada, y los ojos fijos en el cielo, el número 7 bajó en zigzag, dividido en cinco caprichosas hendiduras de voltaje crudo, y se clavó en su frente del mismo modo que un tenedor de cóctel se hinca en un camarón.

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***

En la habitación oía las paredes crepitar y se quedaba sentado durante horas sin moverse delante de un ventilador oscilante de metal. Calle abajo Ralph, el peluquero, contaba sus propias historias heroicas sobre la Batalla de Bulge. Si el ventilador rotante no lograba hacerle compañía, Nick iba a ver a Ralph cortar el pelo. Fuera del local un poste de madera se estaba pudriendo. Dentro los espejos estaban limpios y siempre brillaban los lavabos de cromo y esmalte. Los tristes parámetros de su vida se hacían patentes en la peluquería de Ralph. He aquí un hombre definido por el rayo, decía el negocio. He aquí un hombre al que le vendría bien una afeitada. Emparejar los lados, rebajar la nuca. En el negocio, su historia era leyenda, mitología, buena charla. En aquellos humildes confines, se aclaraba entre los tijeretazos, la concisa naturaleza irreversible de cortar el pelo. (La gente no sabe lo duro de cortar que es el pelo, decía Ralph.) Entre los cortes —el cepillo, la media americana, el rebajado, mojado o en seco— lo mejor que podía hacer Nick era responder a las preguntas indagadoras que le lanzaba Ralph. Adornaba cuanto podía. Pero nunca mentía. En la peluquería, las palabras parecían sólidas y pesadas. Hacía silencio cuanto era posible, y, cuando no daba resultado, carraspeaba y vacilaba. Pero ante Ralph el silencio parecía necesario. Ralph compensaba lo no dicho con gruñidos y asintiendo con la cabeza y concentrándose en la persona a la que le estaba cortando el pelo; si estaba entre un corte y otro, a lo mejor limpiaba el lavabo u ordenaba sus tijeras o afilaba la navaja con pases inconscientes al estilo Zen. Dios mío, esa sí es una buena historia, Nick, dijo después de oír el recuento del número 7. Ralph tenía una cara larga y pálida —la cara de un hombre que rara vez veía el sol— de ojos caídos inmersos en cuencas caídas. Ralph se posaba en la cerca que separa la duda de la creencia. Nunca le creería por completo a aquel extraño que había aparecido de la nada y que decía haber sido propietario del terreno de Morrison, la famosa granja del condado adyacente, una granja que en su momento había sido quizá el trozo de tierra mejor gestionado de aquella parte de Lincoln Country. Solo le creía a medias a aquel tipo de pinta curtida y extraña. A menudo llegaban hombres así de las Grandes Planicies, incluso entonces, años después de las idas y vueltas de pordioseros y vagabundos, y a menudo hablaban con voz reverencial de acontecimientos ridículos y proféticos, acontecimientos que eran mayormente falsos, pero que en cierto modo sonaban verdaderos. Ralph conocía la importancia de aquellas almas. Andaban por la cornisa que separa los hechos de la ficción y entretanto aligeraban la carga de la verdad. Te hacían cobrar conciencia del gran desierto de los estados del centro, del espacio vacío que seguía imperando. Ralph recortaba con cuidado alrededor de las orejas, encendía la afeitadora y limpiaba el cuello, marcando bien la línea. Escuchaba otra vez las historias del hombre del rayo y, para cuando el repertorio se agotaba, había pasado más o menos un año y él estaba listo para oírlas de nuevo, pues había olvidado suficientes detalles como para que le resultaran interesantes. El hombre del rayo acabaría siendo un incondicional del local. Llegaría a tener su propia silla y su cenicero. Sus palabras se desvanecían en las largas tardes. Le encontrarían un lugar a aquel hombre. Le ofrecerían trabajitos para que subsistiera, ganándose algunos dólares aquí y allá. De ese modo otra alma podría concluir sus días sobre la tierra, al menos hasta que las raras premoniciones se hicieran realidad y el aire se quedara absurdamente quieto y, por sobre la peluquería, las nubes hirvientes empezaran a congregarse, y llegara un ligero y adelantado olor a ozono. Entonces todo cambiaría y ya nada sería igual.


*Corrección de Maximiliano Papandrea

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