search
leyendo ahora: El hombre que no quería saber nada más | Peter Bichsel
search

Peter Bichsel | del:alemán

El hombre que no quería saber nada más

Traducción : Ana Guelbenzu

Introducción de Tilman Rammstedt

Mis padres seguro que no tenían ni la menor idea de lo que iban a ocasionar en mí cuando a mis ocho años me regalaron un LP con las “Historias para niños” de Peter Bichsel. A fin de cuentas, se llamaban “Historias para niños”, y el hombre que estaba en la tapa del disco tenía un aspecto simpático, apenas extravagante. No sabían lo hipnóticas que resultarían esas historias, esa suave tonalidad suiza, las cascadas de frases, enumeraciones y comparaciones que siempre terminaban en oraciones sobrias de lo más desengañadoras. Solo cuando volví a leerlas años más tarde, ya con veinte, me di cuenta yo mismo de lo profunda y existencialmente tristes que son estas historias. Pero siempre estaba ahí también la esperanza, siempre ese breve momento en el que todo parecía posible: dar la vuelta al mundo a pie, descubrir un país desconocido o incluso olvidarse de todo lo que uno ha aprendido en su vida, como ocurre en “El hombre que no quería saber nada más”. Estas esperanzas quedaban siempre frustradas, porque ocurre que el mundo es demasiado grande, demasiado desparejo, demasiado conocido y demasiado agobiante. Pero siempre quedaba también un resto: un resto de esperanza, o un resto de consuelo, o al menos un resto como para seguir adelante. Siempre quedaba la pequeña duda de si lo imposible no era tal vez posible. “’Quisiera ser un rinoceronte – dijo el hombre –, pero probablemente ya sea demasiado tarde para eso’”, se lee en “El hombre que no quería saber nada más”. Y sí, ya es demasiado tarde, pero queda el “probablemente”, el resto de una posibilidad, de una esperanza, y hay que proteger este “probablemente” y elogiarlo y cuidarlo y buscarlo una y otra vez. Como escritor, le he robado a Peter Bichsel desvergonzadamente, pero es mucho más lo que le agradezco como lector.

Leer más

—No quiero saber nada más —dijo el hombre que no quería saber nada más.

El hombre que no quería saber nada más dijo:

—No quiero saber nada más.

Eso se dice rápido.

Eso se dice rápido.

Y sonó el teléfono.

Y en vez de arrancar el cable de la pared, que es lo que tendría que hacer, puesto que no quería saber nada más, agarró el auricular y dijo su nombre.

—Buenos días —dijo el otro.

Y el hombre también dijo:

—Buenos días.

—Hoy hace un buen día —dijo el otro.

Y el hombre no dijo: «No quiero saberlo», dijo:

—Sí, es verdad, hoy hace muy buen día.

Y luego el otro dijo algo más.

Y él colgó el auricular y se enfadó mucho porque ahora sabía que hacía buen tiempo.

Entonces arrancó el cable de la pared y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, y lo olvidaré.

Eso se dice pronto.

Eso se dice pronto.

Entonces al otro lado de la ventana brilló el sol, y si el sol brilla al otro lado de la ventana, uno sabe que hace buen día. El hombre cerró los postigos, pero el sol se colaba por las rendijas.

El hombre tomó algo de papel, tapó los cristales de la ventana y se sentó a oscuras.

Estuvo así sentado un buen rato, llegó su mujer, vio los cristales tapados y se asustó.

—¿Qué significa eso?

—Es para impedir que llegue el sol —dijo el hombre.

—Entonces no tienes luz —dijo la mujer.

—Es un inconveniente —dijo el hombre—, pero es mejor así, porque si no tengo sol, no tengo luz, pero por lo menos así no sabré que hace buen tiempo.

—¿Qué tienes en contra del buen tiempo? —preguntó la mujer—. El buen tiempo levanta el ánimo.

Psst, you might also like:
Soy yo

—No tengo nada en contra del buen tiempo, no tengo nada en contra del tiempo. Sólo que no quiero saber qué tiempo hace.

—Por lo menos enciende la luz —dijo la mujer, y se dispuso a encenderla, pero el hombre arrancó la lámpara del techo y dijo:

—Tampoco quiero saber eso, ya no quiero saber que se puede encender la luz.

Su mujer rompió a llorar.

Y el hombre dijo:

—Es que no quiero saber nada más.

Como su esposa no lo entendía, dejó de llorar y dejó a su marido a oscuras.

Y ahí se quedó él durante mucho tiempo.

Las visitas preguntaban a la mujer por su marido, y ella les explicaba:

—Es así, está sentado a oscuras y no quiere saber nada más.

—¿Qué es lo que no quiere saber? —preguntaba la gente, y la mujer respondía:

—Nada, no quiere saber absolutamente nada más.

No quiere saber más qué es lo que ve: es decir, qué tiempo hace.

No quiere saber más qué es lo que oye: es decir, qué dice la gente.

Y no quiere saber más qué es lo que sabe: es decir, cómo se enciende la luz.

—Es así —dijo la mujer.

—Ah, es eso —decía la gente, y ya no iban más de visita.

Y el hombre seguía sentado en la oscuridad.

Y su mujer le llevaba la comida.

Y ella le preguntaba:

—¿Qué es lo que ya no sabes?

Y él decía:

—Sigo sabiéndolo todo.

Y se sentía muy triste por saberlo aún todo.

Entonces su mujer intentaba consolarlo y decía:

—Pero no sabes qué tiempo hace.

—No sé qué tiempo hace —contestaba el hombre—, pero sigo sabiendo qué tiempo puede hacer. Aún recuerdo los días de lluvia, y los días soleados.

—Lo olvidarás —decía la mujer.

Y el hombre decía:

—Eso se dice rápido. Eso se dice rápido.

Psst, you might also like:
Papá Noel duerme en casa

Y se quedó en la oscuridad, y su esposa le llevaba a diario la comida, y el hombre miraba el plato y decía:

—Sé que son patatas, sé que eso es carne, y conozco la coliflor; nada sirve de nada, siempre lo sabré todo. También sé cada palabra que digo.

Y cuando la vez siguiente la mujer le preguntó:

—¿Qué sigues sabiendo?

Él contestó:

—Sé mucho más que antes, no sólo sé cómo es el buen tiempo y el mal tiempo, ahora también sé cómo es que no haga ningún tiempo. También sé que cuando la oscuridad es absoluta, luego nunca es lo bastante oscuro.

—Pero hay cosas que no sabes —dijo su mujer, que hizo ademán de irse y cuando se detuvo, dijo—: Por ejemplo, no sabes cómo se dice «buen tiempo» en chino.

Siguió andando y cerró la puerta.

Entonces el hombre que no quería saber nada más empezó a reflexionar. Era cierto que no sabía chino, y no le servía de nada decir «tampoco quiero saber eso más», porque eso no lo sabía.

—Primero tengo que saber qué es lo que no quiero saber —exclamó el hombre, que destapó la ventana y abrió los postigos, ante la ventana llovía, y se quedó mirando la lluvia.

Luego fue a la ciudad a comprar libros de chino, regresó y estuvo semanas sentado con esos libros y pintando caracteres chinos en papel.

Si tenían visitas y preguntaban a su mujer por su marido, ella decía:

—Pues es así, ahora aprende chino, es así.

Y la gente no iba más de visita.

Sin embargo, se tardan meses y años en aprender chino, y cuando por fin lo consiguió, dijo:

—Pero aún no sé suficiente. Tengo que saberlo todo, así luego podré decir que ya no quiero saber todo eso.

Psst, you might also like:
Las últimas palabras de Benito Picone

Tengo que saber cómo sabe el vino, cómo sabe el bueno y el malo.

Y cuando coma patatas, tengo que saber cómo se cultivan.

Tengo que saber cómo es la luna, porque cuando la veo hace tiempo que no sé cómo es, y tengo que saber cómo se llega a ella.

Y los nombres de los animales también tengo que saberlos, y cómo son, qué hacen y dónde viven.

Se compró un libro sobre caniches, otro sobre gallinas, otros sobre los animales del bosque y uno sobre insectos.

Luego se compró un libro sobre el rinoceronte indio.

Y el rinoceronte indio le pareció bonito.

Fue al zoo y allí lo encontró, en un gran cercado, sin moverse.

Y el hombre vio con claridad que el rinoceronte intentaba pensar, intentaba saber algo, y vio el esfuerzo que le costaba.

Y cada vez que al rinoceronte se le ocurría algo, salía corriendo de alegría, daba dos, tres vueltas al cercado y entre tanto olvidaba lo que se le había ocurrido, luego se quedaba quieto mucho rato, una hora, dos horas, y cuando se le volvía a ocurrir algo salía corriendo de nuevo.

Y como siempre salía corriendo un poco demasiado pronto, en realidad no se le ocurría nada.

—Me gustaría ser un rinoceronte —dijo el hombre—, pero ya es demasiado tarde.

Luego se fue a casa y se puso a pensar en su rinoceronte.

Y ya no habló de nada más.

—Mi rinoceronte —decía—, piensa demasiado lento y sale corriendo demasiado pronto, y está bien así.

Y entre tanto se le olvidaba que quería saberlo todo para no querer saberlo más.

Y volvió a llevar la vida de antes.

Sólo que ahora además sabía chino.


*Este cuento fue publicado en: Kindergeschichten by Peter Bichsel. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1997.

*Imagen: Joana Keler

arrow2right arrow2right cuentos que van juntos :

si disfrutaste de este cuento, aquí tienes unos cuentos más que harían excelente pareja.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Send this to a friend

Hi, this may be interesting you: El hombre que no quería saber nada más! This is the link: http://www.shortstoryproject.com/es/el-hombre-que-no-queria-saber-nada-mas/