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Luis Negrón | del:español

El jardín

Introducción de Maximiliano Papandrea

Hay libros que se abren paso solos por el mundo gracias a la belleza que nos vienen a traer. Publicado originalmente en San Juan de Puerto Rico en 2010, en edición de autor y con una tirada de solo 50 ejemplares, Mundo cruel, primer libro de relatos de Luis Negrón, ha cosechado desde entonces ediciones, traducciones y premios en todas partes. Decir que “El jardín” cuenta la despedida entre un hombre que está por morir a causa del HIV y su joven pareja que lo cuida y ama es hacerle poca justicia. Si conmueve tanto no es por la dureza del tema, ni por la honestidad con que está tratado, sino por la ligereza (de tono y desarrollo) que lo recorre de principio a fin, envolviendo a los tres protagonistas —los dos hombres y Sharon, un personaje inolvidable– en un aire dulce que recuerda la época dorada del cine de Hollywood. No sorprende que el mismo autor haya convertido luego este cuento en un musical. Línea a línea, Negrón le va dando color a esta historia entrañable con pequeñas anécdotas y observaciones, con pinceladas de humor, con un empleo perfecto del detalle, y aunque todo transcurre en una noche de fin de año y en una casa, el acotado presente del cuento se va convirtiendo en un instante pleno que rebosa de historias. En varios sentidos, el jardín del que habla el cuento es un mundo ideal, un lugar donde por fin se encuentran la realidad y la fantasía, el deseo y la aceptación, la alegría y el dolor, y donde todo, incluso la enfermedad, es vida y florece.

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Sharon aprovechó que lavábamos los platos para decirme que había estado pensando en el día en que Willie, mi amante, ya no estuviera.

—No paro de pensar en eso, Nestito. Lo veo todo el tiempo amotetado y cada vez empeora más. Como si presintiera que se nos va.

Es cierto. Lo presentía desde aquella tarde en que recibió los resultados y los metió en el bolsillo de su pantalón, asumiendo de inmediato su realidad. Yo lo conocí esa misma noche. En una fiesta de lesbianas en Miramar. Cuando nos presentaron traté de establecer una conversación con él, pero al pasar unos minutos pareció aburrido; se excusó y fue a hablar con unas chicas. Me ignoró toda la noche. Era rubio, con brazos bien formados, pecho amplio. Un blanquito (con lo que me mataban y me matan los blanquitos). Hice lo que pude por llamar su atención: me reí duro, hablé alto y hasta pasé los pasapalos de jamón entre los invitados, pero solo miró el plato y dijo con la cabeza que no. En una me senté solo y puse cara de melancólico para ver si le daba pena, pero nada. Hasta que llegó la hora de irme y dije que me iba, que la última guagua pasaba a las once. Él entonces:

—¿Para dónde vas?

—Para la Parada 20.

—Yo te llevo.

Cuando bajamos en el ascensor me dijo que era positivo. Me lo dijo como insinuando que por eso me había ignorado durante la fiesta. Lo pensé más de dos veces, pero le dije que eso no era problema.

—Me acabo de enterar hoy —añadió tocando el bolsillo y entendí con ese gesto que el papel con los resultados estaba allí.

—¿Qué vas a hacer?

—Llevarte a comer —me dijo.

Desde esa noche estamos juntos. Dos años, tres meses y once días. Willie me acusa de cursi por darles tanta importancia a las fechas. Dice que cada vez me parezco más a Sharon, su hermana, que vive con nosotros en Santa Rita.

La preocupación de Sharon venía por el hecho de que a Willie le había dado con que hiciéramos una fiesta para despedir el 1989. Quería una cena suculenta y buen vino. Pasó días encargándome discos que tenía que ir a buscar a la Parada 15. No me molestaba ir. Antes de estar con Willie había vivido cerca de Sagrado, donde estudiaba biología ya ni sé por qué. Me sentía cómodo en aquellas calles. Río Piedras me daba miedo. La Plaza del Mercado, que tanto amaba Sharon, me aterraba. Tanta gente loca en las calles, tanta joyería, tanto altoparlante repitiendo lo mismo. Solo en la casa de Willie me sentía cómodo.

—Quiero flores —ordenó otra vez Willie: alcatraces para él, gardenias para Sharon y tulipanes para mí—. Trae velones azules para Yemayá, que yo soy su hijo, al igual que tú y que Sharon.

Los tres éramos piscianos. Willie decía que su ascendente era Leo, por eso era la cabeza de la familia. Que el mío estaba en Tauro, por eso lo cabeciduro, y que Sharon estaba también en piscis, y por eso era un desastre total. Sharon se encargaba de copiar el menú que, por supuesto, Willie dictaba desde su cama.

Todo estaba listo para la despedida de año. Faltaban dos noches. Willie me había enviado a Televideo, donde Norma, la muchacha que lo atendía cuando todavía podía ir, ya tenía las películas que había mandado alquilar por teléfono. Eran dos: una mexicana para Sharon y un musical para mí, The Sound of Music, mi película favorita de todos los tiempos. Esa y Love Story, que Willie odiaba por lo cursi.

Por eso fue que Sharon me trajo su preocupación: —Está muy complaciente, Nestito, y tú más que nadie sabes lo voluntarioso que es. Es raro todo esto. Willie se va, Nestito. Tú no me dejes, te quedas aquí, que ya yo me muero también y te lo dejo todo —­decía con gesto de que reconocía que era mucho lo que me ofrecía, pero era totalmente honesta en su propuesta—. Tú eres joven y puedes rehacer tu vida cuando falte Willie, sabes. Y si tienes un amigo también se te acepta.

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Estábamos en el patio al que Sharon y Willie llamaban “jardín”, como en el cine, testimonio de su pertenencia a una familia académica. Sus abuelos y abuelas habían enseñado en la universidad. Sus padres habían tenido la oportunidad de estudiar en España y habían regresado a dar clases en el campus riopedrense. Sharon nunca dio clases pero trabajó durante años como asistente de profesores visitantes. Hablaba cuatro idiomas sin problemas, además de esperanto, la lengua franca soñada por un viejo polaco y que Willie renegaba como un invento sin sentido de palabras que no resonaban a experiencia vivida alguna. Willie se fue a Columbia y regresó con un doctorado en historia del arte con especialización en cine. En su apellido se guardaba un mito universitario, significativo como la Torre misma. Vivían en Santa Rita desde que se construyó, mucho antes de que la desmembraran en cuartuchos con el único propósito de sacar dinero.

La residencia tenía los techos altos, tres baños, cuatro dormitorios y un garaje donde Sharon se escondía para verse con su amante de más de veinte años.

—No sé por qué lo ocultan —se preguntaba Willie—. No sé por qué no se casó con él cuando murió papá, ni por qué razón lo recibe allí.

Veinte años era mucho tiempo para mí, que tenía apenas veintitrés. Era mucho tiempo para cualquiera.

—Se habrán acostumbrado —decía yo, muerto de curiosidad por ver al susodicho, pero Willie me había hecho prometer que por ninguna razón trataría de indagar o averiguar la identidad del amante; que eso era de mal gusto, recordándome con la advertencia mi origen de casa de bajo costo en parcelas repartidas por el municipio.

Era fácil saber cuándo se daría el encuentro con el amante. Sharon se transformaba. Actuaba con nerviosismo. Disimulaba inútilmente con gestos ensimismados la ansiedad de no tener ya lo deseado. A eso de las nueve de la noche, si estábamos en el jardín o en el cuarto de Willie, se excusaba siempre con la misma frase:

—Me retiro.

—Va a pecar —decía Willie en tono de burla, imitando la voz de una diva de cine.

Desde el garaje nos llegaba el débil sonido de una radio que tocaba solo boleros. Luego, ya ida la visita, Sharon se sentaba en el jardín y fumaba, envuelta en una bata blanca que parecía plateada con la luz nocturna que entraba al patio.

Salí a su encuentro. Sonrió.

—Es un pequeño pecadito —dijo mirando el cigarrillo.

Me invitó a caminar por el jardín y yo, deliberadamente, hice que nos acercáramos al garaje. Una vez allí, mentí simulando que había pisado en falso y me recosté de la pared.

—Estoy lastimado —le dije como en una película—. Por favor, Sharon, entra al garaje y busca algo que me sirva de muleta.

En eso escuchamos la voz de Willie que llamaba desde su cuarto al fondo de la casa. Me asusté y disimulé una recuperación también cinematográfica. Sharon me echó el brazo y me pidió:

—Nunca entres a ese garaje.

—Tu vida peligraría. La suya no era una advertencia vulgar, como las de mi hermana de “te voy a matar, condenao”. El peligro era otro, más allá de ella.

—Nestito —dijo con su voz fañosa—. Te voy a con­ tar un secreto.

Mi corazón quería adelantarse al placer de escucharlo.

—Soy víctima de un secuestro. Desde hace veinte años un hombre importante del bajo mundo me obliga a encontrarme con él en ese garaje. Es de la mafia —confesó, agrandando los ojos para que viera en su cara lo grande del asunto.

—¿Secuestrada? ¿Por veinte años? —pregunté obvia­ mente incrédulo.

—Sí, aunque no me lo creas. Una noche hace veinte años, sin querer, fui suya. Y digo “sin querer” porque yo, en verdad, no era yo. Él era lindo, como Sidney Poitier, el negrito de las películas. Idéntico. Al principio los confundí. Una noche vino por aquí y empezamos a hablar. Yo le dije, después de un tiempo, que nos fuéramos al garaje y por tonta me le entregué. Yo obviamente le dije que esa era la última vez, pero me amenazó con decirle todo a papá y pedir mi mano. Yo no tuve más remedio que aceptar cuando me dijo que era del hampa china. Aunque no es chino, es de Haití, pero sabe chino. Él me enseña. Voy a aprender bien para que podamos hablar tú y yo sin que Willie se entere de lo que hablamos. Nesti, de todo esto, ni una palabra a nadie.

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Quedé boquiabierto, pero esa era su manera de explicarme su realidad. Me sentí mal por indiscreto. Tal vez la había llevado demasiado cerca de ser descubierta y con la clase que tiene prefirió dar el paso al frente y descubrirse ella misma. A su manera, claro está.

Willie llamó de nuevo. Fuimos adonde él. —Luego te cuento más. “Te quiero mucho” en chino se dice “chon chuan” o “chon chun”. Algo así —me dijo con una fonética convincente.

El antiguo salón de estar, donde una vez hubo un piano en el que, según Willie, Sharon solía masacrar al pobre Chopin, lo habíamos habilitado para evitar subir escaleras desde que él empeoró. Pusimos la cama de posición frente al ventanal que daba al jardín, desde donde se veían las trinitarias. Estaba lleno de libros. Willie era un lector voraz. Leía de igual forma a Hesse que a Amy Tan. Se negaba a que yo los llevara a las librerías de la Ponce de León para venderlos y con eso comprar otros que él quería. Allí estaba con sus lentes para leer, con un libro entre las manos.

La cara que tenía cuando lo conocí estaba hundida en un nuevo rostro que solo identificaba como suyo por los gestos. Aún actuaba como el ser hermoso que fue. Le gritó a su hermana:

—Sharon, vete al salón que Kike te va a peinar para que recibas el año.

Sharon intentó protestar, pero Willie insistió.

—Que te peinen como Diana.

Sharon, como por arte de magia, se entusiasmó con la idea y salió del cuarto diciendo:

—¿Yo, de Lady Di? Qué locura.

Como si la locura fuera precisamente lo más genial del mundo.

Me acosté al lado de Willie. Estaba recién bañado. Había cambiado conmigo desde que cayó en cama. Durante meses me había ignorado como en la fiesta en que nos conocimos. Yo no era yo, era parte de un dúo con Sharon. “Ustedes esto, ustedes lo otro”. Miré su cuerpo de cerca y pasé la mano por su pecho. Sus axilas eran tierra fértil para pequeñas flores. Lo apreté suavemente. Sus huesos se sentían frágiles. Cuerpo, huésped. Huerto alimentado de nutrientes ajenos. Busqué su rostro, besé las llagas secas, saqué una pestaña que descansaba en su mejilla. Miré sus ojos y encontré, por fin, después de ocho meses y dieciséis días, deseo.

Moví su cuerpo con cuidado para poder abrazarle la espalda. Su boca seca, como de lija, comenzó a besarme en sincronía con mis ganas. Sus brazos, flacos como troncos de arbusto escuálido, intentaban apretarme. Olía a tierra recién preparada. Frotaba mi nariz sobre su pecho pegajoso a causa de los parchos. Apretó mi piel, como para no caer, pero las ganas lo sostenían. Los pañales desechables, pegados a nosotros, sonaban como el crujir de hojas secas. Nos miramos. Seguimos en silencio, seguros, a salvo.

Me quedé en la cama con él. Recordé la primera vez que vine a su casa, los dos en el jardín. Prendió pasto y nos pusimos a fumar. Yo estaba fascinado con su elocuencia, hablando de filósofos y escritores como si los conociera, con su arrogancia natural, merecida. Luego, desnudos en la cama, él, con una medallita de la Virgen, al cuello. Con el aliento pesado por la marihuana.

Miró sus pantalones sobre la silla y con una sonrisa me dijo:

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—Se supone que esté llorando y, sin embargo, me siento bien. ¿Quieres ver cuán bien? —me preguntó llevando mi mano a su pene erecto. Comenzó a llover. Noté cómo se le erizaba la piel y lo arropé.

—Sharon dice que te vas a morir por lo de la fiesta. —Te voy a pedir algo, Nesti —dijo serio, como hace su hermana—. Cuida a Sharon. Ella quiere dejarte la casa y dice que hasta te hace un apartamento —enfatizó—. ¿Sabes? Todos los miembros de mi familia, absolutamente todos, han nacido bajo el signo de piscis.

Miramos un rato el agua caer sobre las trinitarias. Nos dormimos.

Cuando desperté, fui a mi baño y me duché. Me encantaba esa seguridad que sentía después de que hacía el amor con Willie. Me sequé y me fumé un gallo. Pensé en el cuento de Sharon y sonreí pensando en que esta gente era mi verdadera familia y que ese momento de mi vida se iba a ir con Willie. Todo iba a cambiar. Después, con la nota me dio por pensar que Willie se había muerto. Con que estaría muerto en la cama. Imaginé al policía haciéndome las preguntas de rigor y yo divagando, incoherente. Salí del baño en toalla y me fui directo al cuarto. Willie estaba de pie. Lucía fuerte, saludable. Me miró y dijo:

—Esas nalgas tuyas son milagrosas.

Recibimos a Sharon en el jardín. Se veía radiante y hacía morisquetas, coqueta, mientras movía su nuevo peinado en un rubio retocado por el tinte.

—Te ves estupenda —celebró Willie.

A Sharon le cambió la cara. De pronto salió de sí y vio que su hermano, postrado en cama por meses, estaba sentado en el pequeño jardín charlando con ella.

—Willie, ¿qué tú haces levantado? Nestito, ¿qué hace Willie aquí afuera?

Hice un gesto de que lo dejara y ella me entendió. Se puso en posición de soldado, miró a su hermano y le dijo:

—Lo que usted diga, y si quiere abro un vinito de papá, que la tarde está linda y una copita no hace mal.

Tembló cuando servía el vino. Era piscis: reconocía en ella esa comodidad en situaciones sórdidas y casos perdidos. Tomamos sin brindar; para ellos brindar era desaprovechar un momento de verdadera comunión, en donde el brindis siempre era falta de imaginación.

Terminamos en el cuarto de Willie, los tres acomodados en la cama de posición, viendo The Sound of Music. Sentía la respiración de Willie agotarse de nuevo, en paz con su verdadera realidad. Se me apretó el pecho, como si un perro me mordiera ahí. En noches anteriores, cuando su cuerpo flaqueaba y en arcadas obstinadas botaba lo que no tenía, aun así, tomarlo en mis brazos, apoyado en su debilidad, era un goce. Un verdadero goce sostener a ese ser tan generoso en la cama, tan sensual y atrevido. Tan fresco, como diría su hermana. Quería llevarlo al cine a ver dos películas corridas como solíamos hacer al principio. Quería llevarlo a mi casa en Arroyo para que entendiera por qué yo era tan jíbaro. Para que mis padres supieran que él era profesor y de familia. Que fuéramos a Guayama a la casa de Palés, a comer un helado de los chinos y luego, a ver una película en el Teatro Calimano.

En la tele, la familia Von Trapp decía adiós con una canción.

Willie lo había dejado todo preparado para su funeral. Sería cremado y las cenizas echadas en el jardín de su casa en Río Piedras, cerca de las trinitarias. Fue una ceremonia discreta: las amigas que nos presentaron aquella noche en la fiesta, el monje budista que dispuso Willie una noche arrebatado por la marihuana y que Sharon dio por hecho; ella, yo y un señor que me presentó como viejo amigo de la familia. Un hombre negro, alto y fornido que con una sonrisa parecida a la de Sidney Poitier, me dio el pésame. Willie se quedó sin verlo y sin saber el cuento completo.

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