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leyendo ahora: El JPEG | Rachel B. Glaser
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Rachel B. Glaser | del:inglés

El JPEG

Traducción : virginia Higa

Imagen: Patrick Seymour via Cargo

Introducción de Editorial

¿De qué modo es posible inventar una realidad y contárnosla a nosotros mismos en una época en la que el espacio virtual nos confunde, tornando difusos los límites entre lo real y lo imaginario? La soledad de Anna, la protagonista de este relato que es egresada de una escuela de arte, es sintómatica de su edad y de los tiempos que corren. A Anna se le hace difícil integrarse a un mundo que ya no traza caminos bien definidos, y encuentra refugio en ciertas zonas embarazosas que se hallan entre la impostura, la falsedad y la imitación. El lector, sin embargo, no encuentra que Anna es ridícula, sino que precisamente se identifica con ella, reconociendo los 'baches' que son propios de esa zona, baches cómicos pero también punzantes y entrañables. No por nada ha decidido Rachel Glaser situar su historia dentro de la 'escena' artística, donde los límites suelen ser franqueados más que en ningún otro lugar. El archivo JPEG, que le da título al relato, suscita un incómodo interrogante que se halla en el seno de la existencia contemporánea: ¿Cómo distinguir verdaderamente la obra artística de Anna, de su archivo JPEG que se exhibe en la galería virtual?

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Al término de la tercera semana de abril, Anna miró su calendario y no sintió nada por el retriever que había inaugurado el mes con tanta vivacidad. Tenía demasiado pelo, inflado al viento, como de costumbre, pero la sonrisa del perro parecía forzada. Anna pasó la página y clavó el mes de mayo a la pared con una chinche. ¡Oh! ¡El perro de mayo era hermoso! Olfateaba un manojo de flores con los ojos húmedos, llenos de vida; Anna habría dado el alquiler de un mes por ser ese perro, sin ocupación y querido por todos.

A mediados de mayo, el tiempo se puso radiante. Caminando por el Sur de Philly con su ex novio, Anna notó que los vagabundos se veían más felices. Uno había colocado un colchón debajo de un saliente y escuchaba música de una radiocasetera. El celular de Anna empezó a vibrar en el bolsillo. Era un número de Rhode Island. Enseguida se imaginó una beca de posgrado que podría haber ganado. Atendió la llamada.

―¡Hola, Anna, mi nombre es Janine! Soy estudiante de segundo año en la Rhode Island School of Design. ¿Cómo estás?

―Bien, pero―

―Genial. Me preguntaba si tendrías unos minutos para contarte acerca de unas incorporaciones a la escuela que tal vez no conozcas…

―La verdad, no ―Anna puso los ojos en blanco mirando a su ex novio.

―Oh, qué pena.

―Sí. Lamentablemente, tampoco tengo dinero para donar. ―Hasta las escuelas de arte sonaban empresariales al teléfono. Si alguien donaba dinero, lo más seguro es que fuera a parar a un nueva tostadora para sándwiches.

―Bueno, ¿al menos podemos confirmar que tengamos tu dirección correcta? ―Tres chicos hispanos pasaron riéndose en bicicleta. Anna tuvo la certeza de que se reían de ella. Se miró la bragueta y cortó el teléfono.  Su ex novio la miró divertido. Ella tenía unas ganas desesperadas de acostarse con él, pero él se despidió al llegar a su puerta. Dijo que estaba ocupado y que se había divertido, y que tal vez pudieran volver a salir algún otro día. Anna abrió su teléfono como si alguien la hubiese llamado y luego se quedó mirando la pantalla como si contuviera un largo e íntimo mensaje. Su ex novio cerró la puerta.

Su relación había sido un intercambio constante de poder. Al principio, Anna tenía el poder. Les reenviaba a sus amigos los emails insinuantes de él, criticando el estilo sobrecargado de su prosa. Eventualmente, él le ganó por cansancio y ella se enamoró, pero para ese entonces él ya se acostaba con una de sus amigas. Luego Anna lo recuperó, pero unos meses más tarde, él la dejó, y ella se vino abajo.  Fue a sentarse frente al malísimo pero gratuito psicólogo de la escuela.

    ***

Anna era una artista del vidrio poco exitosa. Trabajaba medio día en un taller de soplado de vidrio haciendo gemas gigantes y desquiciadamente coloridas que luego se vendían en tiendas para ancianas. En junio logró que una de sus obras entrara en una exposición, pero no era una exposición normal, era una exposición en un mundo online, para una comunidad online. No era la pieza en sí, sino un JPEG de la pieza.

Anna tenía que registrarse en la comunidad online para poder ver el JPEG expuesto en la muestra. Les dio toda su información, pero le quitó la tilde al casillero que les permitía enviarle sus actualizaciones semanales. Se sintió astuta al quitar la tilde al casillero. Luego tuvo que diseñarse a sí misma. Era divertido, pero Anna hizo de cuenta que era una molestia. Hizo de cuenta para nadie. Se puso un cuerno de unicornio y pelo verde alocado.  Luego se arrepintió, pero no había botón de retroceder, así que continuó.

Se teletransportó a la galería en el mundo online. Había otros JPEGs colgados a su alrededor ―pinturas y dibujos, nada que la impresionara. Les echó una mirada rápida, como habría hecho en una galería real, y vio a otra persona online. Disculpe, tipeó, ¿Cómo hago para caminar? La mujer online le dijo que usara las teclas de las flechas. Anna trató de escribir una respuesta, pero su personaje ya se alejaba caminando rápidamente.

Anna buscó su JPEG, pero su personaje se chocaba una y otra vez con las paredes. La vista de la computadora cambiaba de modo que parecía estar adentro de la pared. Luego se liberaba y trataba de subir las escaleras hacia el otro piso de la galería, pero no sabía cómo usar la escalera. Intentó apretar la tecla de la flecha hacia arriba y su personaje empezó a volar. Atravesó el techo hacia el aire. Anna no tocó ningún botón. Su personaje se elevaba más y más. Más y más lejos del JPEG. Las teclas de las flechas no lo controlaban. Abajo, el mundo online era hermoso y pequeño.

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      ***

Los que habían sido sus amigos en la Universidad organizaron una cena en la que cada uno llevaba algo, pero Anna no preparó nada. En cambio, compró platos de cartón y los puso anónimamente sobre una pila de platos reales. Cuando divisó a su ex novio, Anna sintió como si todas sus respiraciones estuvieran contenidas en una cajita dentro de su pecho. Tenía que acordarse de sacarlas, una a una, y respirar. Cada vez que respiraba, otra respiración entraba en la caja.

La mayoría de la gente en la fiesta trabajaba en el taller de un artista estrella egocéntrico. Todo el día las chicas pintaban versiones fotorrealistas de las pinturas que él había diseñado en Photoshop. Para almorzar, las chicas comían en una enorme cafetería de la que Anna había oído hablar varias veces. La mareó llevar la cuenta de quién era quién. De quién tenía cuál personalidad. Tomó una respiración de la caja. Se quedó allí de pie, perpleja.

Mientras su ex novio hablaba con una chica bonita, Anna sacó su teléfono y borró su número. Listo, está muerto, pensó. Se esfumó, se fue, es irrecuperable. Anna se ubicó junto a unas conocidas. Las chicas eran hermosas si las miraba lo suficiente. ¡Ojalá pudiera besarlas a ellas!

―Es difícil con un ex novio ―dijo una alta y deslumbrante cuyo nombre Anna no podía recordar. ―Una siempre quiere meterse en la máquina del tiempo.

―Sí ―dijo Anna. ―Espera, ¿qué?

―Quieres retroceder en el tiempo para sentir lo que sentías por él y cómo te sentías contigo misma. Quieres ser más joven, aunque sea solo unos meses.

―Sí, ―dijo Anna. A la fiesta le faltaba algún mágico ingrediente festivo. Anna conoció a una chica que no podía encontrar chicos atractivos. ―La primavera floreció y mi concha en flor necesita ser desflorada. ―dijo la chica ―Es como si se hubieran marchado todas las abejas y yo estoy deseosa de florecer pero nadie quiere polinizarme. ―Anna estuvo de acuerdo con esa chica. ¿Y si ya no quedaban buenas relaciones? ¿Y si el arte en vidrio se volvía realmente popular después de su muerte?

―¡Ey, juerguistas! ―exclamó un chico al que Anna nunca había visto, y la fiesta se reanudó. Tenía puestos unos extraños pantalones de jogging teñidos y un cable de teléfono enroscado alrededor de la cabeza. Su ex novio ahora coqueteaba con facilidad con la chica de la concha en flor. Anna revisó su teléfono buscando un mensaje que la salvara. En un arranque de capricho le envió un mensaje a un compañero de trabajo, luego tironeó agresivamente su abrigo de una pila de otros abrigos. Anna no estaba segura de si debía llevarse los platos de cartón sobrantes a casa. No sabía qué era lo correcto. Mientras merodeaba sobre ellos, insegura, se le acercó su ex novio.

Al principio, cuando Anna se enamoró de él, sintió que su cara había sido diseñada especialmente para llamar su atención. Sus mejillas tenían un toque de carmín, como Anna imaginaba que tenían las mejillas de los nobles rusos. Tenía una mandíbula firme y despectiva. Ella pensó que el destino la había atraído hacia él, y a él hacia ella, y escribía un diario que guardaba en sus borradores de Google; ahora era menos romántica y comprendía que simplemente era adicta a su cara. Cuando una persona memoriza la cara de alguien, puede volverse esclavo de esa cara. Para sentirse a gusto tienen que estar en presencia de la cara. Pero la cara se va por ahí, la cara sale con otras caras.  Se miraron y a ella le dolieron los pechos. Quería abofetearlo, pero abofetearlo para que se le cayera la ropa. ―Deberías llamarme mañana ―dijo él, de pasada― podríamos hacer algo.

   ***

Al día siguiente, Anna fue a llamar a su ex novio, pero su número ya no estaba. Le mandó un email y esperó. Ignoró una llamada de su compañero de trabajo. Decidió registrarse en varios sitios gratuitos de citas. Llenó formularios durante toda la mañana.  Eligió un nombre de usuario diferente para cada sitio: glass_animal, ghost_world24, bright_ fires. Su identidad se le hacía algo delgado, cambiante.

Su ex novio le mandó un mensaje para pasar por su casa, y ella se alegró. Se bañó del modo entusiasta de quien espera acostarse con alguien. Luego de lidiar con gel y horquillas, se puso maquillaje para ocultar sus granitos. Le sonrió al espejo a esta versión mejorada de sí misma. Se sentía como una bruja, pero una bruja inofensiva y buena.

En casa de su ex novio, hablaron y comieron pizza fría. Miraron capítulos viejos de Arrested Development en su computadora. ―Eres como un capítulo viejo ―le dijo ella.― Pero un capítulo viejo que me gusta mucho. Como que quiero mirarte ―.Quería besarlo, pero si él hubiese querido besarla ya lo habría hecho, ¿verdad? ¿O tal vez quería que ella diera el primer paso? Se quedó mirando un poster de El club de la pelea que nunca antes había notado. ―¿Debería irme, verdad? ―le preguntó.

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―Sí.

―Bueno. Está bien ―Anna se ató los zapatos frenéticamente. Tomó su abrigo y dejó caer las llaves, luego las recogió y fue hacia la puerta. Solo sal, se dijo a sí misma; una vez afuera te sentirás mejor. El aire te aliviará. Su ex novio la miró en el pasillo y ella sintió que una oleada lenta de ansiedad chocaba contra una oleada rápida de ansiedad.

― ¿Qué? ―dijo.

―Nada ―dijo él. Sal de aquí, pensó ella. Solo sal. A Anna le dolía el cerebro. Respiró hondo. ¡Siempre se sentiría así! ¡Si salía de la casa se sentiría aún peor! El ex novio le ofreció un abrazo. El sexo lo aclararía todo. El sexo puede volver relajadas y felices a las personas. Era lo mejor que podía hacer. Era una manera creativa de expresarse. Anna dio media vuelta. El ex novio suspiró y el suspiro atravesó a Anna con rayos de odio y deseo. Su teléfono vibró y ella respondió sin mirar.

―¿Qué?

―Hola, Anna.  Me llamo Janine, soy estudiante de Segundo año en la Rhode Island School of Design, ¿cómo estás? ―Anna miró al ex novio e hizo de cuenta que hablaba con alguien interesante.― Estoy bien. ¿Y tú?

―¡Bien! Me preguntaba si tendrías unos minutos para contarte acerca de unas incorporaciones a la escuela que tal vez no conozcas.―Anna saludó a su novio con la mano. Trató de parecer femenina.

―Claro ―dijo al teléfono, y salió.

―Bueno, la nueva biblioteca ya está casi lista, junto con una nueva cafetería en el nuevo edificio de residencias.

―Ah, genial. ¿El edificio del centro? ―El aire nocturno la golpeó de modo muy agradable.

―Así es. Y la biblioteca es solo uno de muchos elementos nuevos. Sin embargo, RISD necesita de más ayuda. ¿Te gustaría donar una pequeña suma? Habría una placa con tu nombre en la pared de la biblioteca.

Anna llegó hasta su casa, pero vio que no había nadie allí para distraerla.

―¿Cuál es tu especialidad, Janine?

―Ilustración, pero estoy por cambiarme a Grabado.

―Qué bien. Grabado es mucho mejor. Además, los chicos son más sociables.

―Totalmente.

Anna fue a su cuarto y se echó en su cama como una persona de verdad. Solo estoy hablando con una amiga, pensó. Volvió a poner su atención en Janine.

―¿Tienes algún plan interesante para el fin de semana?

―No demasiados. Pero anoche tocó Sonic Youth.

―¿En Lupo’s?

―No, Lupo’s ya pasó de moda.

―Ah. Me encanta Sonic Youth. En la secundaria no me gustaban porque me parecían demasiado ruidosos. Pero ahora me gustan.

―A mí siempre me gustaron ―dijo Janine. Anna jugueteó con su pelo y se lo puso sobre la cara. Tarareó una canción inventada al teléfono―. Es muy loco, sabes, cuando te gradúas. Loco de la manera más aburrida posible.

―Sí, bueno, no voy a preocuparme por eso ahora, ―dijo Janine.

―Bueno ―Anna se sopló el pelo de la cara. Miró fijamente el ventilador de techo. ―Tal vez deberías mudarte a Nueva York. Vas a necesitar algo interesante para compensar la depresión post- universidad.―Se oyó un ruido como si Janine estuviera comiendo algo, o hablando con alguien. Anna siguió hablando, de todos modos―. Sí, no sé. Hay muchos chicos en Nueva York, mucho arte. Tal vez puedas vivir con tus compañeros de cuarto de la universidad, si te agradan. El título no te llevará muy lejos, pero tal vez tengas contactos.

―No tengo contactos ―dijo Janine.

―Tal vez puedas usar los contactos de tus amigos.―Anna se reacomodó―. Los bares no son tan divertidos como las fiestas en casas de Providence.

―Yo solo trabajaré en mi habitación.

―Sí, también es bueno hacer algo como música, para abrir otras partes del cerebro. Como leer algo de historia. Muchas de las bandas que te gustaban en la secundaria te sonarán diferentes. Lo mismo con las películas. Tal vez haya pasado el tiempo suficiente como para volver a ver la mayoría.

―Quizás me mude a Londres, o a algún otro lado.

―Bueno, si no lo haces, fíjate si Nueva York te funciona. O trata de averiguar por qué no te funciona. ―Se oyó otra vez el ruido, como si Janine hablara con alguien. Anna se imaginó a Janine juntándose con los chicos de Grabado, desnudos, tomándose fotos punk unos a otros.

―Te sentirás tentada de regresar con tu ex novio, ―dijo― pero trata de no ceder a la tentación. La vida debe vivirse en orden.―Hubo una larga pausa del otro lado.

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―Escuché que es casi imposible que alguien mire tu obra ―dijo Janine.

―Mírame a mí. Tengo una escultura en una muestra.

―¿Qué galería?

―Una pequeña, en Philly. Es probable que no hayas oído hablar de ella ―Anna desenfocó la vista, mirando el empapelado.

―¿Tienen sitio web?

―No.

Janine estaba en silencio. Luego dijo: ―Bueno, ahora voy a hacer mis otras llamadas.

―Ey, fue genial hablar contigo ―dijo Anna―. ¡Buena suerte en la vida! ―Escuchó mientras Janine cortaba el teléfono. Pobre Janine. Saldría de la universidad sin tener idea de nada. Se asustaría en su búsqueda de trabajo y acabaría trabando en Kinko’s.

En la inauguración de una muestra del artista egocéntrico, Anna se puso un pulóver con caballos que corrían a través de relámpagos.―¡Qué intenso! ―le dijo la chica de la concha en flor. ―¡Soy intensa! ―respondió Anna. Habían fumado hierba en el baño de la galería y Anna se sentía maravillada y correcta. ―Soy básicamente un dios digital, ―le dijo a Concha en Flor. ―¡Hay copias mías digitales en internet! ―Concha en Flor se reía descontroladamente. El ex novio de Anna se acercó y ella le dirigió una sonrisa radiante. ―¡Eres tú! ¡El quinto amor de mi vida, pero no el último! ―dijo. Las pintoras fotorrealistas se rieron.

El ex novio de Anna la abordó en un rincón. ―¡Estás completamente drogada! ―le dijo.

―Solo lo dices porque estoy diciendo cosas increíbles ―dijo ella, distraída. Él la arrastró hasta una pintura de flores, clips y gatos.

―¿Qué opinas? ―dijo. Anna se rio de modo seductor. Reirse es como mostrarle a todos cómo suena tu orgasmo, pensó. Buscó a Concha en Flor, pero las otras chicas la habían reclamado. Anna vio al artista egocéntrico; se veía apuesto y rico. Ella también quería que le diera un trabajo, pero uno mejor. Uno en el que pudiera sentarse en un almohadón e inventar chistes.

Su ex novio la llevó a otra inauguración, en la que había adultos aburridos.  El arte era minimalista y no había comida. Anna miró a su ex novio, juntos eran jóvenes. ―Ojalá te hubiera conocido en un sitio de citas ―dijo Anna― para poder calificarte frente al mundo.―Su ex novio se rio. Era como si hubiese sacado su personalidad de un frasco, dejando tras de sí el rastro de una nube dulce.

La noche culminó con Anna chupándole la verga con fingido interés. En las partes más aburridas, Anna se sintió como si estuviera haciendo una faena de granja. Se rio para sus adentros y su ex novio se puso incómodo. Luego quedaron acostados en la cama de una plaza de ella y él se durmió enseguida. Ella lo miró y le pareció aburrido.

Tomó su celular, que estaba junto a la cama, y recorrió su agenda entera. Imaginó a todos sus amigos y familia y jefes y caseros parados en una fila, así, en orden alfabético. Podía recorrer la fila, saludándolos a todos. Se detendría, confundida, frente a un extraño, y entonces él le explicaría que era el farmacéutico de la cadena CVS. ¡Parado junto a su mejor amiga!

Habría una mujer de aspecto extraño en algún lugar en el medio. ―¿Quién eres? ―preguntaría Anna.

―Leslie Futón ―diría la mujer en voz baja, y Anna finalmente conocería a la mujer del futón publicado en línea. ―El futón ya no está disponible ―diría Leslie.

―Me compré otro ―diría Anna.

Luego vería a Jessica Terapeuta. ¡Pasaría corriendo delante de Jessica Terapeuta!

Jason, su ex novio de la secundaria, estaría besándose con su prima Jackie, pero solo porque estaban uno al lado del otro. Anna recorrió la lista hacia abajo indignada, fascinada. Se topó con otra extraña. ―Soy Anna ―dijo Anna. ―¿Quién eres?

―Vivo en el antiguo departamento de tu abuelo ―dijo la mujer. ―Supongo que aún no has borrado su número.

Anna se escabulló para evitar a un viejo jefe que la había despedido sin motivo. Vio con horror a su madre hablando animadamente con Molly, amiga de Anna de la universidad, que estaba totalmente borracha. Buscó a alguien con quien de verdad tuviera ganas de hablar. Una buena parte de las personas estaban ocupadas con sus propios teléfonos. Había varias a las que evitaría si las viera por la calle.

Su hermana estaba junto a su ginecólogo. Se miraban con aire indiferente. Anna borró a un viejo amigo a quien había frecuentado por culpa. Y a un chico perturbado, insinuante, que una vez le había dicho que tenía “ojos de animal”. Borró a varios médicos que la habían engañado y empeorado su salud. Más allá había varias personas aparentemente interesantes con las que se había llevado bien, pero con las que nunca había tenido una relación cercana. Anna borró a más y más personas. Miró cómo la fila se inclinaba hacia adelante, hasta que su lista fue corta y pura.

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