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György Spiró | del:húngaro

El nieto del terrorista

Traducción : Eszter Orbán y José Miguel González Trevejo

Introducción de David Tarbay

György Spiró, uno de los escritores más importantes de Hungría, conoce con profundidad las lenguas y las culturas eslavas, y la realidad política y la historia literaria de la región centro-este de Europa, con todas sus complejidades.
En este relato que configura un simposio que tuvo lugar en una feria internacional del libro en Alemania, al que fue invitado junto a colegas serbo-croatas, Spiró toca algunos de los "puntos dolorosos" contemporáneos de esta región tan querida por él: la sensación de abandono y explotación en el patio trasero de Europa, el nacionalismo, la insoportable levedad de la distorsión de la historia, y la hipocresía de quienes se ven a sí mismos como "la elite". El temple anímico del relato expresa lo que hoy ya es sabido por todos: la euforia tras la caída del Muro de Berlín fue rápidamente reemplazada por la amarga decepción que resultó de la incapacidad de la mayoría de los países de la ex "Europa Central" de alcanzar un nivel de vida occidental y de construir un sistema socioeconómico estable y productivo. "Europa Central, si es que alguna vez existió, ha dejado de existir. Hoy sólo se puede hablar de Europa Oriental […], que se ha convertido en la periferia europea del post-capitalismo, con todo el encanto y la tristeza que eso conlleva", sostuvo Spiró en una entrevista que concedió en 2014 a un blog literario húngaro. "La buena noticia", agregó, "es que también en Occidente hay gente estúpida, como en cualquier lugar". Los problemas existen también allí, explica Spiró, sólo que han sido ocultados de manera más civilizada o culta. "El nieto del terrorista" pone en escena también esta tensión.
El tono de Spiró es, como siempre, irónico y filoso. El autor alza un espejo y nos obliga a mirarlo. Debajo de la liviandad y del humor se esconde una crítica muy directa, y una comparación entre lo que hubo antes y lo que ocurre ahora (aquí, el simposio se realiza para marcar los 100 años transcurridos desde el estallido de la Primera Guerra Mundial). La historia se repite, dice el cliché, pero en la obra de Spiró ella se esconde debajo de la superficie, hasta que irrumpe de repente a través de personajes que reflejan disputas y situaciones absurdas con las que una generación entera ha debido lidiar.

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 Estamos en una larga mesa en un estrado: un actor alemán, un escritor bosnio de mediana edad, una moderadora alemana, una escritora treintañera de Croacia, la intérprete croata, un historiador serbio, un joven escritor serbio y yo. Ante nosotros, en sus asientos, el público, unas treinta personas al menos, detrás, una multitud que viene y va. Es sábado, la una de la tarde. Ocupamos el rincón señalado con el número 507 en la sala D. La muchedumbre se aglomera también en las cantinas. Sopa de carne, bratwurst, ensalada de patata, perritos calientes, cerveza, refrescos; el café se despacha algo más allá. La salchicha asada, a juzgar por mis esporádicas visitas a diferentes rincones de Alemania desde hace ya más de cuarenta años, sigue siendo igualmente aceptable. En mi país, los últimos veinticinco años han acabado definitivamente con las salchichas comestibles.

En los pasillos de cristal que unen los distintos pabellones se apiña una multitud. Abundan los jóvenes, disfrazados casi sin excepción, se empujan, esperan de pie, se sientan por doquier. Los alumnos de secundaria pueden entrar gratis y usar el transporte público municipal e interurbano también gratis si llevan puestos un disfraz; estos días, la ciudad está llena de jóvenes con pelucas y máscaras; algunos ni siquiera se pasan por la feria, solo hacen uso del transporte público gratuito.

Uno tarda en darse cuenta de por qué esos jóvenes bulliciosos y descomedidos le recuerdan la mili: tanto la peluca como el disfraz son casi como el uniforme; se nota cierto toque folclórico, sobre todo en las faldas blancas y anchas de las chicas. La mayoría de las pelucas son rojas y largas, y las llevan por igual chicos y chicas. Si certifican su asistencia, se tiene en cuenta a la hora de las calificaciones. Camino de la feria se ven también profesores, explicando algo a cuatro o cinco alumnos; quizás les informen sobre los puestos por ver.

Estar aquí equivale a haber leído unos cuantos libros. Sin embargo, no se han leído ninguno. En la feria no se venden libros, los libros son meros objetos de exposición que lucen en las estanterías y que ni el último monigote mira o se lleva a la mano. Los escritores -es decir, los llamados escritores-, sirven para contestar en vivo a las largas preguntas de tono importuno de los entrevistadores o los representantes. Por lo general, se turnan cada media hora, los de más renombre están autorizados a una hora. No se les concede más tiempo, hay democracia. La muchedumbre más numerosa se reúne en torno a los puestos de las distintas cadenas de televisión, en los que famosos presentadores preguntan a famosos autores, conocidos también por la televisión, sobre lo mismo y de la misma manera. Hay entre ellos muchas escritoras, por eso de la igualdad de derechos. El ciudadano se detiene aquí y allá, con una publicación más o menos voluminosa en la mano, con la mirada fija en la pantalla, aunque no oye mucho de lo que dicen, porque el ruido de fondo es demasiado alto, sin embargo está presente, como cualquiera, tiene derecho a detenerse en cualquier rincón o a hacer cola delante de los comederos. Las familias están solas, aisladas incluso en la muchedumbre; los individuos se envuelven en su propio mundo; los profesionales se abren paso agrupados en pequeñas manadas, se les reconoce por sus chaquetas y conjuntos. Los niños corretean por ahí, trasteando con empleados disfrazados de pies a cabeza de peluches de cuentos, y los padres los fotografían diligentes, otro sábado arreglado.

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Los libros están en alemán, las revistas están en alemán, hay miles y miles de libros, aquí se tiene en alta estima la literatura. Toda Europa expone, y aunque no se hacen negocios, hay que estar presente, el que no está, no existe. Por la noches, en las distintas salas de exposición de la ciudad, en los teatros, en los “bares en ruinas” y en las bases militares intervienen los mismos que durante el día en los pabellones; les hacen las mismas preguntas, contestan lo mismo, y el público también es muy parecido, si no idéntico. Todas las pequeñas naciones sienten la necesidad de brillar con su presencia, aunque sea modestamente; para ello destinan dinero público, ya sea más o menos.

Por lo general, los que llegan de tierras lejanas dan cuenta de ese segmento de la política internacional en el que les ha tocado vivir, y la mayoría de ellos han sido formados para hacerlo. Son escritores, pero nunca hablan de literatura. Se ha traducido alguno de sus libros, se ha publicado sobre ellos alguna que otra reseña, y como casi todos han disfrutado de una beca alemana y un curso de lengua gratuito, se han vuelto apropiados para decir, en representación de tierras lejanas, exactamente lo que los alemanes quieren oír. A esos los traen en palmitas. Desde hace unas décadas conviene propagar ideas liberales, y al que, pese a su mala pronunciación y sus errores gramaticales, sea capaz de ello, casi lo tratan como a un ser humano. Es la producción en serie de opiniones a escala industrial.

Lo que está de moda en la actualidad es la Primera Guerra Mundial, que estalló hace 100 años, mira qué suerte. Y aun mayor suerte es que la tercera esté en un tris de estallar, cosa que los responsables de asignar los temas de la feria aún no podían saber al elaborar el programa; ahora se puede trazar un paralelo entre los sucesos de hace cien años y los eventos actuales. Es un placer poder horrorizarse conjuntamente de las atrocidades que suceden en el extremo oriental de Europa, cosas que nunca les ocurrirían a ellos, los alemanes. No son conscientes de lo despectivo que resultan sus aspavientos, es más, creen sinceramente que nuestra personalidad y nuestra opinión caen casi en la misma categoría que la suya.

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La joven escritora bielorrusa, que habla bien alemán, escucha con envidia al escritor ucraniano, que habla igualmente bien alemán, porque en Ucrania la guerra es inminente; eso mantendrá durante años alta la cotización del autor ucraniano. Pobres bielorrusos, no les darán la palabra porque gracias a los ucranianos van a redistribuir las cuotas que le tocan a Europa Oriental. Hasta el momento, un ucraniano valía tres bielorrusos, pero a partir de ahora valdrá treinta, y perecerá el nimio interés hacia estos últimos. La redistribución nos afectará también a nosotros: hasta ahora un húngaro valía dos o tres ucranianos, en el futuro serán tres húngaros los que valgan un ucraniano.

Hace veinticinco años despertábamos interés porque éramos el bastión más occidental del enemigo, a cuyos soldados había que quebrar; hoy ya estamos completamente quebrados. Nos invitan todavía hoy en día, y si nos horrorizamos debidamente ante la actividad de los salvajes del este, siguen dispuestos a reafirmar nuestro puesto entre los más civilizados, la capa superior de los salvajes. De vez en cuando servimos aún como maniquíes.

A los hijos e hijas de las pequeñas naciones les bastan unas pocas palabras para entenderse, los hijas y las hijas de las grandes naciones gustan de charlar únicamente con los vástagos de los grandes; la mentalidad de los pequeños y la de los grandes no son compatibles. Uno se acostumbra, resulta inútil rebelarse.

En los encuentros con los lectores conviene mostrarse ocurrente. Todos los lugares comunes, caducados allá en su hogar, antaño, son recibidos con sumo agrado. El que suelta ocurrencias, es escritor. No han leído ni una línea suya, sea renombrado o no, pero si es gracioso y lo suficientemente conciso, lo aplauden entusiasmados. Cinco o seis frases, y llega el turno del siguiente gracioso. Yo he cosechado un gran éxito con el viejo lugar común de que la Primera Guerra Mundial no ha concluido hasta hoy. La afirmación me parece cierta, sin embargo, de esa forma resulta superficial. Así que he añadido que, según otras opiniones, la Primera Guerra Mundial empezó con las guerras napoleónicas. Con eso ya no he cosechado ningún éxito, es que el público ignora quién era Napoleón.

Estamos en la larga mesa, el tema es, esta vez también, la Primera Guerra Mundial. El actor alemán recita un fragmento de un ensayo. El historiador serbio habla en su idioma largo y tendido, la señora croata lo  traduce al alemán. Los que están sentados permanecen inmóviles, algunos se levantan, otros ocupan su asiento, detrás de ellos la multitud viene y va.

Se trata el atentado de Sarajevo. Llega el turno del hombre de mediana edad sentado a mi lado. Habla en voz baja, balbuceando un tanto, aunque en alemán, me dispongo a dormir con los ojos abiertos. De súbito oigo que su abuelo formó parte del grupo terrorista al que pertenecía también Gavrilo Princip. El escritor bosnio ha traído consigo un libro de Sarajevo, en croata, de 1964, las memorias de su abuelo. ¿Está en alemán? No, no está en alemán. Los participantes  menean la cabeza, ¡qué bueno sería tener el libro en alemán! Se nota que, con excepción de la intérprete, es la primera vez que oyen del asunto. El público no menea la cabeza, al público no lo estremece que las memorias de un conspirador desconocido no se hayan publicado en alemán.

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El bosnio cuenta que el propio Ivo Andrić le escribió una carta a su abuelo, pues era miembro del mismo grupo terrorista que él. El público no levanta la cabeza al oír ese nombre. El premio Nobel no salva del olvido. El nieto revela que él, en realidad, no sabe nada de la conspiración. Me gusta el amigo, cosas así normalmente no se confiesan. Tenía diecisiete años cuando murió su abuelo y no se le ocurrió preguntarle nada. Eso me parece tan sincero que de repente despierta en mí la sospecha: a lo mejor no es escritor. Su abuelo pasó cuatro años en la cárcel de Theresienstadt, donde cogió tal reumatismo que tuvo que pasar sentado el resto de su vida. El nieto, efectivamente, no es escritor, fue profesional de televisión, su mujer es alemana; lo rescataron a duras penas del Sarajevo azotado por la guerra civil, en ese momento no sabía ni una palabra de alemán, pero desde entonces trabaja en una emisora de radio alemana.

Se calla. Le toca al siguiente.

La croata empieza con que todo lo que sabe de la Primera Guerra Mundial es lo que le enseñaron en el instituto. A pesar de eso ha escrito un libro sobre la Primera Guerra Mundial, que ha sido publicado también en alemán. Buena noticia. Pinta largo y tendido cómo es cuando chavales de dieciséis o diecisiete años perpetran un atentado.

Le pido al nieto el libro croata escrito en 1964, lo hojeo. Recorro algún que otro párrafo. Interesante.

La croata sigue con lo del alma de los chicos de diecisiete años.

No puedo evitar comentarle en voz baja al nieto del terrorista:

-En el momento del atentado, a Gavrilo Princip le faltaban tres semanas para cumplir veinte años.

-Lo sé -dice él.

-Por eso no lo condenaron a muerte -digo yo.

-Sí -confirma él-, porque en aquel entonces solo los mayores de edad podían ser condenados a muerte.

Nadie grita, ¡por favor, pero si Gavrilo Princip no tenía diecisiete años, sino casi veinte!

Los aficionados a los libros siguen en sus asientos, imbuidos de cultura. Uno podría pensar que han leído algo.

Qué cosa más bonita es la feria del libro, mañana cerrará, el año que viene se volverá a abrir, y mientras tanto no hará falta leer nada.

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