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Antonia Baum | del:alemán

El niño

Traducción : Ariel Magnus

Conmigo, en mi piso, en estas tres habitaciones ordenadas y bonitamente arregladas que son exclusivamente de mi propiedad, vive un niño pequeño que me tortura. No logro sacármelo de encima, a tal punto que a esta altura hemos quedado unidos. Pero bien que me gustaría tomarlo, a este pequeño niño demasiado liviano, que casi desaparece de tan ínfimo, bien que me gustaría tomarlo y sentarlo delante de la puerta, o mejor arrojarlo con toda mi fuerza contra mi pared blanca, para ver y asegurarme del todo que se haga añicos contra ella.

Pero no tengo el coraje. Desde que el niño vive conmigo, bebe de mis tazas, se mete hasta en el último rincón de mi cama o se sienta en mi cocina sobre el vano de la ventana a sorber leche y me mira, mientras bambolea las piernas y no hace más que mirarme sin decir nada, ni una palabra que aclare la situación, y yo entonces –con demasiada frecuencia, lamentablemente ocurrió con demasiada frecuencia, deben haber sido como cuatro o cinco veces– y yo entonces de pura desesperación le grito, quiero llegar hasta él bramando “¡vete, desaparece, déjame de una buena vez en paz!”, y él se queda tranquilamente sentado y apenas si hace algún gesto, a lo sumo se ríe para sí: desde entonces que me torturo y no junto el coraje de desterrar a este horrible niño de mi piso. Lo cual tiene sus motivos.

El niño apareció un día de manera repentina y se sentó detrás de la puerta de la sala de estar. Retorcía sin cesar su pelo negro y desgreñado, que ocultaba grandes partes de la piel traslúcida de su rostro. Enseguida vi que necesitaba ayuda y no quise demorarnos con preguntas innecesarias. Todo su cuerpo temblaba y tenía la ropa raída. Lo alcé y enseguida las manos de ese cuerpo subalimentado me tomaron buscando mis hombros, me dejó perpleja la fuerza que estaba en condiciones de desplegar con sus enflaquecidas extremidades. Los grandes ojos negros no se apartaban ni un segundo de mí, me miraban fijo, por un breve instante sentí como si el niño quisiera treparse y meterse dentro de mi cuerpo, pero no había tiempo para mayores reflexiones o interrogatorios, pues a fin de cuentas el niño debía ser atendido.

En serio, mi temor era que el niño se descompensara en cualquier momento delante de mis ojos. El pequeño cuerpo estaba frío, la camisa gastada en los hombros, debajo de ella pude ver piel excoriada, que estaba roja y abierta frente a mí. Lo llevé a mi baño, y en todo el trayecto me estuvo mirando sin decir palabra, al tiempo que con el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda tiraba del hilo suelto de un botón del bolsillo de mi camisa.

Lo senté sobre un taburete y puse a llenar la bañera. Subió el vapor hasta empañar los azulejos. El niño había plegado las piernas, mantenía la cabeza agachada y miraba mis preparativos. Era necesario bañarlo. Me daban pena las heridas, que debían arderle de manera horrible, realmente me daban pena, casi diría que me dolían a mí, apenas si podía sostenerle la mirada al niño. Por eso evité mirarlo y me apresuré después a atenderle las heridas con una pomada, para luego vendarlas. Ahora el niño debía dormir.

Le tendí en la sala una cama realmente confortable y abrigada. Mientras extendía las sábanas, decidí que a la mañana siguiente tendríamos oportunidad de conversar sobre todas las cuestiones importantes. El niño estuvo parado durante todo ese tiempo detrás de mí, inclinándose ligeramente para asomarse desde atrás de mi pierna, a la que se mantenía casi aferrado. Tomé al niño, lo metí en la cama y lo tapé con la frazada. Antes de abandonar la habitación, me aseguré de que no entraran corrientes de aire frío por ningún ángulo, para lo cual recorrí varias veces la pieza de un lado al otro. Había algo de todo punto bonito en tener ahora compañía, pensé para mis adentros, y me fui a fijar si el niño no necesitaba más frazadas, tal vez incluso una bolsa de agua caliente. Pero el niño permanecía sentado allí, con la espalda derecha y apoyado contra la pared fría.

―¿Qué te pasa? ¿Necesitas alguna otra cosa? ¿Quieres tal vez ir de nuevo al baño? Solo debes decirlo, voy a intentar ayudarte todo lo que pueda en tus necesidades. Pero por favor, dime qué es lo que tienes. ¿Por qué me miras así? ¿Qué es lo que ocurre?

El niño seguía sentado en silencio. Alrededor de las comisuras de su boca se formó una pequeña sonrisa. Me seguía con los ojos, bajaba las pestañas a cada segundo y así pasaron minutos enteros. Empecé a entender.         

Entendí que evidentemente este niño miraba con desprecio todos mis esfuerzos. Ese pequeño paquete que me había hecho responsable de él sin que yo se lo pidiera, que realmente había tenido el descaro de usurparme a mí, a mi tiempo y a mi piso –o mejor dicho: de ocuparlos, precisamente porque era un paquete de aspecto tan desamparado– me miraba con desprecio y se reía de mí. No se reía del todo con la cara, ahí solo sonreía. Pero en su interior se reía de mí, de eso no cabía absolutamente ninguna duda. El niño reía con todo el desprecio que puede reunir una persona que ha padecido ese mismo desprecio desde siempre. Le deseé las buenas noches y me fui lo más rápido que pude de la pieza. Pero el niño no se durmió.

El niño no duerme nunca. Solo mira.

Me acosté entonces en mi cama, apagué la luz y quería cerrar los ojos y dormirme, como tengo la costumbre de hacer al final de cada día. Pero daba vueltas de un lado al otro, sudaba y corría las frazadas hacia un costado. La sangre daba vueltas en mis piernas. Luego me puse boca abajo, cosa que no hago nunca. Abrí los ojos y me quedé mirando la frazada. Después miré hacia un costado y ahí estaba el niño.

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Estaba parado al lado de mi cama y me miraba con desprecio. Me enderecé.

―¿Qué es lo que pasa ahora de nuevo? Ya veo que no puedes conciliar el sueño. ¡Pero yo necesito dormir! ¡Al menos de noche debes dejarme en paz! Me imagino que entenderás que para mí es imposible cerrar siquiera un ojo si estás parado al lado mío y me miras con desprecio. ¿Qué es lo que pretendes con eso? Dime, ¿qué es lo que te causa risa? Te ríes de mi costumbre de acostarme tan temprano y de solo poder dormirme boca arriba, ¿tengo razón? Sobre eso solo puedo y quiero decir que me da completamente lo mismo lo que pienses acerca del asunto. Ocurre que tengo a mi cargo un puesto de mucha responsabilidad, para ejercer el cual debo descansar bien, a fin de no cometer errores. ¡Nunca! Nunca, ¿me oyes? Nunca en toda mi carrera hasta el presente, en estos quince años que llevo al servicio de la empresa, cometí ni un solo error de gravedad, y eso es algo que tengo todos los motivos para atribuir a la vida sana que llevo. Por lo tanto: ¡ahora realmente tengo que dormir!

Entretanto me había erguido en la cama y había apoyado mis manos en las caderas, con la idea de dejarle en claro al niño mi posición de una vez y para siempre. Delante de la ventana pasó un auto, la luz de los faros se quebró en la persiana y cayó en forma de rayas dentro de mi dormitorio, iluminando al niño por un breve momento. En esa luz vi que, al igual que yo, también él apoyaba ahora las manos en las caderas, sacaba la panza hacia adelante y la balanceaba ridículamente con el fin –y en esto estoy segura– de imitarme de la manera más infame y traicionera.

―Eso te parece ahora muy gracioso, ¿no es cierto? Te crees que con eso me darás inseguridad, pero no es el caso. No tengo nada que reprocharme bajo ningún aspecto y no tengo ni por lejos motivo alguno para asumir que tú pudieras tener el derecho a hacerme reproches. No es para nada así como tú lo piensas. Yo soy una persona muy distinta a lo que tú supones de mí. ¡Solo tienes que esperar! Ahora te irás a toda prisa a tu cama en la sala de estar, mientras que yo me preparo un té para después al fin poder acostarme a dormir. ¡Vamos, a la cama!

Me bajé de la cama y caminé a grandes pasos hacia la cocina. El niño saltó detrás de mí y se prendió a los pantalones de mi pijama, que por eso casi pierdo mientras seguí avanzando. Cuando volví a mirar hacia atrás, vi que el niño ya se había sentado sobre el vano de la ventana.

Aquella noche, el niño no volvió a dejarme en paz ni un segundo. La pasamos juntos en la cocina revolviendo en las tazas, caminamos de una punta a la otra del angosto pasillo, hicimos ambos lo mismo hasta que se hizo de día y más allá también. El niño no se apartó de mi lado.

En los días sucesivos, aprendí a conocerlo en todo su horror y maldad. La posibilidad de recibir visitas quedó descartada, porque el niño no las hubiera tolerado. A este niño, pensaba yo, y así lo expresaba cada una de sus miradas, le falta algo en los ojos, que estaban metidos bien adentro de su cabeza, ese delgado cráneo, y que siguen allí. La boca estaba casi siempre abierta, pues el niño sufría un hambre constante. Engullía todo lo que caía entre sus dedos huesudos. Nunca quedaba satisfecho y tampoco aumentaba de peso, aunque eso hubiera sido lo más urgente. No me quedó más opción que darle abundante alimento y me esforcé todo lo que pude en hacerlo. Le preparé cada una de las comidas que supuse que podrían gustarle y sobre todo que pudieran calmar su hambre. El niño consumía todo a la máxima velocidad. Absorbía el resto de los huesos, lamía los platos, nunca quedaba nada y jamás era suficiente. Si no lo miraba, si por el término de un instante dejaba de prestarle atención, enseguida quería vaciarme por completo todos los armarios. Una vez llegué a la cocina y lo encontré sentado prácticamente adentro de la caja para guardar el pan. Estaba a la espera y vi en sus ojos, esos agujeros de pura negrura, que lo que más hubiera querido era saltarme encima. Como un pequeño mono, quería subirse de un salto a mi cabeza y quedarse allí abrazado.

 

Desde que el niño vivía conmigo y simplemente no se iba, yo me preguntaba una y otra vez qué era lo que había tenido que ocurrirle para que estuviera tan famélico. Me preguntaba qué podía ser lo que le faltaba a ese niño.

Por qué estás tan famélico, le preguntaba entonces sin ninguna mala intención. El niño no respondía. Se limitaba a sonreír socarronamente y se acurrucaba más en sí mismo, abriendo y cerrando los ojos. Una y otra vez le preguntaba y cada vez me daba más la impresión como si yo –del que sin dudas se burlaba desvergonzadamente desde el inicio– como si yo cargara con toda la culpa por el estado famélico del niño y como si por eso fuera mi deber supremo, y más aún mi culpa, ocuparme de ese niño.

―Por favor, no hago otra cosa que ocuparme de ti y a fin de cuentas tengo derecho a saber cuál es la causa. Es incluso tu deber informarme sobre estas cosas. ¿Qué es lo que te hace reír de nuevo? ―le pregunté.

El niño se colocó sobre el vano de la ventana e imitaba mis gestos de manera pérfida y absolutamente humillante para mí. Si yo me agarraba la frente, él hacía lo mismo. Si yo respiraba fuerte, el niño respiraba fuerte. Tuve entonces que probar si realmente lo hacía adrede y me paré a modo de prueba sobre la pierna izquierda. Con cuidado, las tupidas cejas crispadas y en general juntando toda la fuerza que albergaba ese cuerpo flaco como un palo, el niño alzó su pierna izquierda hasta quedar parado solo sobre ella. Luego se rio, me miró lleno de orgullo y expresó su alegría, incluso su triunfo, por medio de un grito agudo.

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Yo le grité:

– Deja ya. ¡Basta con eso!

El niño, con la cabeza enrojecida, mantuvo la posición por unos minutos. Apretaba los puños y parecía usar toda su energía para quedarse parado en una pierna, como yo antes. Sacudí la cabeza. Finalmente bajó la otra pierna, sacudiendo la cabeza él también, y me miró mal. Tan mal que tuve que retroceder un paso, pues de sus ojos salía punzante toda la carencia que había en ese niño para meterse dentro de mí, de modo que no me quedó más opción que alejarme, intuyendo en ese instante que el niño, con esa mala y espantosa carencia en el cuerpo, no podía hacer más que treparse dentro de mí y buscar allí lo que necesitaba, al menos para poder sobrevivir. Mi deber era buscar protección, pero también proteger al niño. De verdad, pues de lo contrario se hubiera muerto de inmediato.

Luego de alejarme por un breve espacio de tiempo encerrándome en el baño, el niño me rechazó por primera vez durante la cena la comida que yo le había preparado. Pero había sido solo un truco de su parte. Bien entrada la noche lo descubrí en un rincón, entre la puerta y el armario de la cocina. Agachado allí comía un trozo de carne cruda que había tomado de mi refrigerador. Al darse cuenta de mi presencia, alzó sus ojos negros, aún hambrientos, y me miró como si yo estuviera poniendo en peligro su vida y por eso quisiera quedarse con la mía. Otra vez pensé que quería entrar en mí a través de mis ojos. Pensé que ese niño quería ser mi vida, para al fin estar seguro. Corrí hacia el dormitorio, me acosté en la cama y me tapé la cabeza con la frazada. La presencia de ese niño se me hacía cada vez más intolerable. No solo que me seguía todo el tiempo, que reclamaba de manera constante mi atención y que enseguida estaba de nuevo parado junto a mi cama para desde allí mirarme con desprecio, no, al final ese niño logró incluso dormir únicamente cuando yo velaba por él, de modo que yo solo velaba.

Aquella tarde en que por el desconcierto me tapé con la frazada para al fin estar un poco a solas, el niño me sacudió la cabeza y tiró la frazada hacia un costado. Le grité y –tampoco quiero negarlo– en ese momento perdí la paciencia.

―¡A ver si desapareces de una buena vez! ¡Vete ya! Tengo que dormir, de lo contrario no puedo cumplir mis tareas con precisión. ¡Esfúmate ya mismo de mi pieza!

Bramé mi ruego hasta quedar sin voz. El niño me miraba. Me observaba en silencio, mientras que yo me aliviaba a los gritos. Gritaba con los ojos cerrados, de la bronca, pero también para rehuir las miradas del niño. Cuando volví a abrir los ojos, aun gritando, vi que el niño estaba tirado en el suelo y se había dormido. Enseguida me callé. Por un rato lo estuve observando. Luego, en silencio para no despertarlo, lo tomé en brazos y lo llevé a su cama. Lo puse bajo la frazada y le acaricié su pequeña frente blanca. Dormía. Con infinito alivio y alegrándome de antemano por poder dormir, giré y me fui a mi cuarto. Tras dar el primer paso, oí al niño respirando a mis espaldas, estaba parado descalzo sobre el suelo. Lo llevé de vuelta a su cama, lo cubrí con la frazada y me senté al borde del colchón hasta que se quedó dormido. No sé cuántas veces lo llevé de vuelta a su cama durante esa noche, lo tapé y me senté al borde del colchón hasta que se durmiera. No las conté, porque fueron incontables. Anduve toda la noche yendo de una habitación a la otra, pues no bien me ponía de pie, con el fin de alejarme del niño dormido y retirarme a hurtadillas hacia mi cama, volvía a tenerlo detrás de mí.

Esa noche quedó en evidencia que el niño solo podía dormir si yo velaba por él a su lado sin dejar de mirarlo, y que desde que vivía conmigo efectivamente no había dormido de verdad ni una sola vez. ¿Qué otra opción tenía más que velar por el niño?

En serio, de lo contrario hacía tiempo que se hubiera muerto.

Yo sacaba mis conclusiones. El niño no aumentaba de peso y solo dormía mediante mi intercesión. Por eso decidí pedirles ayuda a diferentes médicos. Porque el niño se negaba a ir conmigo (prefería vigilar la cocina y las provisiones) fui yo por mi cuenta y les expliqué el problema a los médicos. Con el cuerpo trasnochado, el ánimo sombrío y el rostro pálido, me senté en diferentes sillas frente a diversos escritorios y dije las palabras que traía preparadas, a sabiendas de que este caso no era fácil y que siempre existía la posibilidad de que los médicos no me entendieran. Decía:

―Vengo a verlo porque vive conmigo un niño que me está dando muchas preocupaciones. Está claro que este niño tiene algún tipo de insuficiencia muy básica y urgente. Tiene dificultades para dormir y por mucho que coma, no sube de peso. Puede creerme que he probado todo y no he ahorrado en esfuerzos. Por eso temo que pueda morirse. Me preocupa mucho y espero que usted pueda ayudarme.

Por el agotamiento que sentía, susurraba cada palabra por separado, inclinándome sobre el escritorio hacia los médicos por miedo a que se pudiera perder alguna de mis palabras. Los médicos asentían y hacían preguntas. Tomaban algunas notas, y mientras escribían alzaban una y otra vez la mirada hacia mí. Me preguntaban por mis hábitos alimenticios y de sueño. Primero pensé que se trataba de preguntas de rutina, pero seguían interrogándome sin necesidad alguna por mis hábitos. Desde mi punto de vista, se ocupaban demasiado poco del niño, que era a fin de cuentas la razón por la que había venido. Por eso no me quedó más opción que asumir que ponían en duda mi capacidad para ocuparme de él de la manera adecuada. Un médico, que además era un médico de aspecto muy desaliñado, que hacía por lo menos tres días que no se afeitaba, cuyo delantal no estaba almidonado y colgaba de su cuerpo descuidadamente y que exhibía con toda claridad orlas grises de mugre en su cuello, ese médico quiso incluso prescribirme una cura. De la indignación, pero también porque no veía escapatoria, me golpeé la frente contra la mesa, la alcé de nuevo y le espeté:

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―¿Qué es lo que se imagina usted? ¿Quién se va a ocupar del niño si me voy a hacer una cura y por eso no puedo estar a su lado? Por favor, usted no parece entenderme. ¡No he venido por mí, sino porque me preocupa el niño!

El médico asintió y me recomendó tranquilizarme. Pero mi rabia frente a su incapacidad para darme un consejo competente era grande, de veras que me preguntaba cómo era posible que ese médico se presentase ante mí en tal estado de desaseo. Abandoné sin más el consultorio y me volví a toda prisa a casa a través del tránsito vespertino para estar con mi niño, con mucha furia por todas estas visitas a médicos que no habían arrojado resultado alguno.

Poco después de entrar en la vivienda, en rigor ya cuando estaba abriendo la puerta, supe que había pasado algo. En el pasillo, después de dar tan solo el primer paso, me tropecé con una lata de conservas vacía, una lata de hongos en conserva, como comprobé con fastidio. Si hubiera sido solo eso, seguro que lo hubiera dejado pasar. Pero todo el pasillo estaba lleno de paquetes, paquetes de comida vacíos, y entremedio había platos, cubiertos tirados en los rincones, y cuanto más iba avanzando tomándome de las paredes, aun sin poder creerlo, más cosas encontraba en mi camino. Al dormitorio ni quise entrar, tan alto era el obstáculo que formaba la pila de restos de paquetes. El corazón golpeaba en mi pecho, me golpeaba a mí, debajo el estómago se convulsionó y tuve que correr, tropezándome, hasta el baño. Noté que también aquí todo estaba lleno de basura, me abalancé sobre el inodoro y vomité. Desde el rabillo del ojo vi al niño sentado en el taburete. Los ojos bien abiertos y las piernas plegadas contra la panza, que con toda seguridad se había llenado poco antes, pensé, mientras que mi cuerpo me sacudía. Luego de recuperarme un poco, sentada entre jadeos sobre el borde de la bañera, pasé por delante del niño sin decir palabra y sorteando todo el desorden llegué a la cocina. Solo allí la catástrofe se hizo evidente en toda su dimensión. Los armarios estaban abiertos, los restos de paquetes se acumulaban hasta la altura de las rodillas. El niño había vaciado todos los armarios, los había vaciado y comido hasta la última provisión. Ahora sí que habíamos llegado a un límite. El niño se comportaba en mi casa como un ladrón y devoraba sin que nadie se lo pidiera mis provisiones de alimentos, además de dejar detrás de sí un desorden que no había habido nunca y que tampoco habría habido jamás, si este niño espantoso y malo no se hubiera colado entre las paredes de mi piso. Di algunas vueltas maldiciendo en voz alta y hasta pensé en mudarme en ese mismo momento. El niño me seguía mudo, sin que yo le prestara atención. Ni siquiera miraba en su dirección y empecé a ordenar, porque ya se había hecho tarde. Después de horas, en las que estuve levantando la basura habitación por habitación y limpié hasta el último rincón, al fin logré reestablecer el orden. Me dejé caer sobre la cama. El niño se paró al lado y empezó a retorcerse el cabello negro. De castigo hoy no recibiría comida. De mí no recibiría absolutamente nada más. Ni siquiera le deseé las buenas noches, sino que me metí debajo de la frazada y cerré fuerte los ojos. De veras supuse que me sería posible dormir.

Era un goteo, escuché claramente que goteaba. Me enderecé y miré a mi alrededor. El niño seguía inmóvil en el mismo lugar, junto al pie de mi cama. A pesar de que me insté a no hacerlo, no pude dejar de observarlo. Además, quería saber de dónde venía ese goteo, que golpeaba más rápido contra el suelo que mi corazón dentro de mí. Entonces vi que provenía de los ojos del niño. El niño permanecía allí impasible, derramando grandes lágrimas que goteaban sobre el suelo. Rápidamente me di vuelta hacia un lado e intenté dormir.

Cuando empezó a amanecer escuché un ruido nuevo. Venía de la puerta de entrada de la vivienda. Me levanté de un salto, avancé rápido por el pasillo y vi al niño estirándose para alcanzar el picaporte. El niño quería irse. Debajo del brazo sostenía su almohada y las sábanas que yo le había tendido sobre su cama. Sus ojos seguían goteando. Me apresuré a llegar a su lado y lo alcé en brazos. Así lo sostuve y aún lo sigo sosteniendo. Porque este niño será para siempre mi niño. Sea donde sea que vaya con el objetivo de compensar su carencia y al fin quedar satisfecho, jamás encontrará aquello que busca. Se queda aquí. Ya no me dejará dormir y comerá para siempre de mis provisiones.

Otoño de 2009


*Imagen: Oleg Doun

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