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D.H. Lawrence | del:inglés

El olor de los crisantemos

Traducción : Ariel Dilon

Introducción de Joanna Dingley

“El olor de los crisantemos fue escrita en 1909, cuando Lawrence tenía apenas 24 años de edad. El cuento sigue de cerca a Elizabeth Bates, la esposa de un minero, mientras ella espera en su casa a que Walter, su esposo, regrese de su jornada laboral en la mina. Leí por primera vez este relato cuando estaba en el tercer año de la Universidad, en mi casa de entonces, una casa de estudiantes húmeda y atravesada por corrientes de aire. Extrañaba el confort del hogar familiar, y entonces llené mi pequeña casa con ramos de crisantemos baratos y multicolores, insertos en viejas botellas de vino y frascos de jalea vacíos. Para mí, esas pequeñas flores tendrán por siempre un olor en el que se mezclan libertad y miedo, excitación y soledad. Yo había salido al mundo y estaba haciendo exactamente lo que siempre había soñado, y sin embargo, estaba sola. El olor de los crisantemos suscita en Elizabeth Bates una emoción similar. El aroma le provoca recuerdos, al mismo tiempo amados y resentidos, de un largo matrimonio con un hombre del que ya se siente demasiado lejos. A lo largo del relato Elizabeth es forzada a enfrentarse con la confusión de sentimientos que esas pequeñas flores le provocan. Amor y odio se difuminan entre las páginas, y Elizabeth y Walter, la víctima y el abusador, cambian de roles una y otra vez en su angustiosa danza. Cuando el hijo de ambos esparce algunos pétalos de crisantemos sobre el sendero del jardín, Elizabeth lo reprende porque ella odia esa apariencia de las flores. Sin embargo, ella se inclina y recoge los tallos quebrados y los deposita en un pliegue de su delantal. Cuando su hija pequeña señala lo bien que huelen esas flores, Elizabeth contesta: “No para mí. Había crisantemos cuando me casé con él, y crisantemos cuando tú naciste, y la primera vez que lo trajeron a casa borracho, traía un crisantemo marrón en el ojal”. Y sin embargo esas flores crecen en el jardín, ella tiene canteros repletos de esas flores en su casa, y con mucha ternura lleva en su delantal algunos pétalos aplastados. “El olor de los crisantemos” trata sobre la complejidad de las relaciones humanas, y sobre el papel que desempeñamos en sus triunfos y en sus fracasos. Es un relato lleno de nostalgia agridulce que me emocionó hace ya muchos años, y que vuelve a hacerlo cada vez que lo releo.

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I.

La pequeña locomotora, la número 4, venía rechinando y a los tumbos desde Selston, con siete vagones cargados. Apareció en la curva con ruidosas amenazas de velocidad, pero un potro al que ahuyentó de entre las aulagas –que aún destellaban, difusamente, en la tarde desapacible– la dejó atrás a medio galope. Una mujer, que caminaba por las vías en dirección a Underwood, retrocedió metiéndose en el seto, apartó su cesta hacia un costado y observó la plataforma de la máquina que avanzaba. Los furgones pasaron retumbando, uno tras otro, con movimiento lento e inevitable, mientras ella permanecía atrapada, insignificante, entre el seto y los vagones negros, traqueteantes, que se arquearon enseguida hacia la arboleda donde las hojas marchitas de los robles caían sin ruido, y los pájaros, tironeando de los escaramujos escarlatas junto a las vías, huían en el crepúsculo que ya se deslizaba tras el bosquecillo. El humo de la máquina descendía en el espacio abierto, y se adhería a la hierba irregular. Los campos estaban sombríos y abandonados, y en la franja pantanosa que llevaba a la cisterna del cabrestante, un pozo lleno de juncos, las aves ya habían abandonado su corral entre los alisos para guarecerse en el gallinero embreado. El terraplén del pozo se alzaba más allá de la cisterna, con llamas como llagas rojas que lamían sus bordes cubiertos de cenizas en la luz estancada de la tarde. Justo detrás se erigían las chimeneas estrechas y las siluetas negras y desmañadas de los castilletes de la mina de carbón de Brinsley. Allá arriba, las dos ruedas giraban a toda marcha contra el cielo, y la máquina de extracción lanzaba sus pequeños espasmos. Los mineros estaban subiendo.

La máquina hizo sonar el silbato al entrar en la explanada de vías férreas junto a la mina, donde había hileras de vagones estacionados.

Los mineros, de a uno, en hilera y en grupos, pasaban como sombras que se iban dispersando en dirección a sus casas. Junto al desnivel de las vías muertas se agazapaba una cabaña baja, tres peldaños por debajo del sendero de ceniza. Una gran parra escuálida abrazaba la casa, como para mantener en su sitio el techo de tejas. Alrededor del patio de ladrillos crecía un puñado de prímulas invernales. Más allá, el largo jardín descendía hasta el lecho de un arroyo cubierto de malezas. Había algunos manzanos descarnados, con la corteza agrietada por el invierno, y repollos deshilachados. Junto al sendero, algunos crisantemos rosas colgaban desgreñados sobre los matorrales. Una mujer, medio agachada, salió del gallinero cubierto de fieltro, hacia la mitad del jardín. Cerró la puerta y echó el candado, luego se irguió, tras sacudirse las briznas del delantal blanco.

Era alta, de maneras imperiosas, bonita, con unas cejas negras muy marcadas. Llevaba el cabello negro y suave peinado en una exacta raya al medio. Se quedó unos instantes mirando insistentemente a los mineros que pasaban a lo largo de las vías; luego se volvió hacia el lecho del arroyo. Su rostro era sereno y resuelto, la boca cerrada en una mueca de desilusión. Después de un momento, gritó:

–¡John! –No hubo respuesta. Esperó, y luego dijo, con claridad–: ¿Dónde estás?

–¡Aquí! –respondió la voz enfurruñada de un niño, entre los matorrales. La mujer escrutó a través del crepúsculo.

–¿Estás en ese arroyo? –preguntó, severa.

Por toda respuesta el niño apareció delante de unas cañas de frambuesa que crecían como látigos. Era un niño de cinco años, bajito y fornido. Se quedó muy quieto, desafiante.

–¡Ah! –dijo la madre, aliviada–. Pensé que estabas metido en ese arroyo… Y recuerdas lo que te dije…

El niño no se movió ni respondió.

–Ven, ven adentro –dijo ella más suavemente–, se está poniendo oscuro. ¡La locomotora de tu abuelo viene por la vía!

El muchacho avanzó despacio, con movimiento resentido y taciturno. Llevaba pantalones y chaleco de una tela que era demasiado gruesa y dura para la talla de las prendas. Evidentemente habían sido cortadas de las ropas de un hombre.

Mientras caminaban lentamente hacia la casa, él arrancó un manojo marchito de crisantemos y dejó caer los pétalos en puñados a lo largo del sendero.

–No hagas eso… dejas todo hecho un desastre –dijo su madre. Él se contuvo, y ella, con repentina compasión, rompió un tallo con tres o cuatro flores pálidas y las sostuvo contra su rostro. Cuando madre e hijo llegaron al patio, su mano vaciló, y en lugar de dejar las flores a un costado, las metió en la cinta de su delantal. La madre y el hijo se detuvieron al pie de los tres peldaños, mirando al otro lado de la explanada de las vías, a los mineros que pasaban rumbo a sus casas. El paso del pequeño tren era inminente. De repente, la máquina apareció más allá de la casa y se detuvo en frente del portal.

El maquinista, un hombre bajo, con una barba redonda y gris, se asomó fuera de la cabina, muy por encima de la altura de la mujer.

–¿Tendrá usted una taza de té? –dijo, en tono alegre y cordial.

Era su padre. Ella fue adentro, diciendo que colaría un poco. Enseguida volvió.

–No vine a verte el domingo –empezó a decir el hombre pequeño de barba gris.

–No te esperaba –dijo su hija.

El maquinista se crispó; luego, recuperando su aire alegre y ligero, dijo:

–Ah, ¿así que ya lo has oído? Bien, ¿y qué piensas?

–Creo que es muy pronto –repuso ella.

El hombrecito hizo un gesto de impaciencia ante la parca censura de su hija, y dijo melosamente, pero con peligrosa frialdad:

–Bueno, ¿y qué debe hacer un hombre? No es vida para un hombre, a mi edad, sentarme solo ante mi propia chimenea como un extraño. Y si voy a volver a casarme, más vale temprano que tarde… ¿Qué le importa eso a nadie?

La mujer no contestó, pero se dio vuelta y entró en la casa. El hombre en la cabina de la máquina se plantó muy firme hasta que ella regresó con una taza de té y un pedazo de pan con manteca en una bandeja. Subió los peldaños y se detuvo cerca de la plataforma de la máquina siseante.

–No necesitabas traerme pan con manteca –dijo el padre–. Solo una taza de té –dio un sorbo apreciativo–: está muy bueno.

Siguió bebiendo por unos instantes, luego dijo:

–Oí que Walter tuvo otra borrachera.

–¿Y cuándo no? –dijo acerbamente la mujer.

–Oí decir en el Lord Nelson que fanfarroneaba con todo lo que iba a gastarse allí antes de salir: medio soberano de oro.

–¿Cuándo? –preguntó la mujer.

–Sábado por la noche. Sé que es verdad.

–Es muy probable –la mujer rió con amargura–: apenas me da veintitrés chelines.

–Sí, ¡qué bien que un hombre no sepa hacer con su dinero otra cosa que embrutecerse! –dijo el hombre del bigote gris. La mujer apartó la cabeza. Su padre tragó el último resto de té y le tendió la taza.

–Sí –suspiró, pasándose la mano por la boca–. Qué bien me sienta el té.

Puso su mano sobre la palanca. La pequeña locomotora se tensó y gimió, y el tren se puso en camino al cruce. Una vez más la mujer escrutó el otro lado del terraplén. La oscuridad ya caía sobre la explanada de las vías, sobre los vagones estacionados: los mineros, en grupos grises y sombríos, continuaban pasando hacia sus casas. La máquina de extracción los pescaba apresuradamente, con breves pausas. Elizabeth Bates contempló la triste marea de hombres, luego entró en la casa. Su marido no venía.

La cocina era pequeña y la llenaba la luz del fuego: carbones rojos apilados que resplandecían en la boca de la chimenea. Toda la vida de la sala parecía concentrarse en el hogar, blanco y cálido, y en el guardafuego de acero que reflejaba el fuego rojo. El mantel estaba puesto para la cena; las tazas centelleaban en las sombras. Al fondo, donde los escalones más bajos irrumpían en la estancia, el chico estaba sentado y se esmeraba con un cuchillo y un pedazo de madera de abeto. Se hallaba casi oculto en las sombras. Eran las cuatro y media. No tenían más que aguardar al padre para empezar con la cena. Mientras la madre observaba la pequeña lucha huraña de su hijo con la madera, se vio a sí misma en su silencio y tenacidad; vio al padre en la indiferencia del chico a todo lo que no fuera él mismo. Ella parecía estar invadida por su esposo. Probablemente había pasado por delante de su casa, se había escabullido de su propia casa para beber antes de regresar, mientras su cena se estropeaba y se desperdiciaba esperándolo. Echó una mirada al reloj, luego tomó las papas para escurrirlas en el patio. El jardín y los campos más allá del arroyo estaban cerrados en una oscuridad incierta. Cuando se levantó con la cacerola en las manos, mientras el drenaje echaba vapor dentro de la noche que se alzaba a sus espaldas, vio que se encendían las lámparas amarillas a lo largo de la carretera que ascendía hacia la colina, más allá del espacio de las vías férreas y los campos.

Una vez más observó a los hombres que marchaban hacia sus casas, cada vez menos numerosos.

Adentro el fuego se estaba extinguiendo y la habitación se teñía de un rojo oscuro. La mujer puso su cacerola sobre el hornillo y colocó el pudin cerca de la boca del fogón. Luego se quedó inmóvil. Decididos, agradecidos, unos pasos jóvenes y rápidos se acercaron a la puerta. Alguien aferró el pestillo durante un momento, luego entró una niña y comenzó a quitarse las prendas de calle, arrastrando sobre sus ojos, con el sombrero, una masa de rizos que apenas maduraban del oro al marrón.

Su madre la retó por venir tarde de la escuela, le dijo que tendría que retenerla en casa durante los días sombríos del invierno.

–Pero, mamá, apenas si está un poco oscuro. Las lámparas no están encendidas y papá no ha llegado aún.

–No, no llegó. ¡Pero son las cinco menos cuarto! ¿Lo viste en alguna parte?

La niña se puso seria. Miraba a su madre con grandes ojos melancólicos.

–No, mamá, no lo he visto. ¿Por qué? ¿Apareció y siguió de largo para el Old Brinsley? No lo creo, porque no lo vi.

–Se habrá fijado bien –dijo la madre amargamente–, se habrá asegurado de que no lo vieras. Pero puedes contar con eso, estará sentado en el Prince of Wales. No se habría retrasado tanto si no.

La niña miró a su madre lastimeramente.

–Comamos nuestra cena, madre, ¿sí? –dijo.

La madre llamó a John a la mesa. Abrió la puerta una vez más y miró más allá de la oscuridad de las líneas. Todo estaba desierto: ya no se oían las máquinas de extracción. “Tal vez –se dijo–, se detuvo a arar un poco”.

Se sentaron a cenar. John, en el extremo de la mesa más cercano a la puerta, estaba casi perdido en la oscuridad. Los rostros quedaban ocultos unos de otros. La niña se agachó hacia el guardafuego, moviendo un grueso pedazo de pan delante de las llamas. El muchacho, con el rostro convertido en una fosca señal en la negrura, observaba a su hermana transfigurada por el fulgor rojo.

–Yo creo que es hermoso mirar el fuego –dijo el chico.

–¿Tú crees? –dijo su madre–. ¿Por qué?

–Es tan rojo, y lleno de pequeñas cuevas… y te da una sensación tan linda, y lo puedes oler.

–Habría que arreglarlo –dijo ella–, y si viene tu padre armará un escándalo y dirá que nunca hay fuego cuando un hombre llega todo sudado del socavón… Un bar siempre está lo bastante tibio para él.

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Se hizo un silencio, hasta que el chico dijo, en tono de queja:

–¡Apúrate, Annie!

–¡Bueno, es lo que hago! No puedo hacer que el fuego vaya más rápido, ¿o sí?

–No deja de darle vueltas y entonces tarda mucho más –refunfuñó el chico.

–No te imagines siempre las peores cosas –repuso la madre.

En la oscuridad, la estancia se llenó muy pronto de los crujidos de la masticación. La madre comió muy poco. Tomó su té con mucha decisión y luego se quedó sentada, pensativa. Cuando se levantó, su rabia era evidente en la severa rigidez de su cabeza. Miró el pudin en el guardafuego y estalló:

–¡Es escandaloso que un hombre ni siquiera pueda llegar a casa para la cena! Si se achicharra completamente, no veo por qué debería preocuparme. Pasar por su propia puerta para irse al bar, y yo aquí sentada esperándolo con su cena…

Se asomó afuera. A medida que arrojaba piezas de carbón al fuego rojo, las sombras llenaban las paredes, hasta que la estancia quedó en una oscuridad casi total.

–No veo nada –refunfuñó el invisible John. A su pesar, la madre se echó a reír.

–Conoces el camino hasta tu boca –dijo. Sacó la pala por la puerta. Cuando volvió a entrar como una sombra sobre la chimenea, el muchacho repitió, quejándose malhumorado:

–No veo nada.

–¡Por Dios bendito! –gritó la madre irritada–. ¡Eres tan cascarrabias como tu padre, si está un poquito oscuro!

Sin embargo, tomó un papel enrollado de un manojo sobre la repisa de la chimenea y procedió a encender la lámpara que colgaba del cielorraso, en el medio de la habitación. Mientras se estiraba hacia arriba, su figura exhibió la redondez de la maternidad.

–¡Mamá…! –exclamó la niña.

–¿Qué? –dijo la mujer, suspendida en el acto de colocar el vaso de la lámpara sobre la llama. El reflector de cobre la iluminó espléndidamente, mientras permanecía con los brazos alzados, girando para darle la cara a su hija.

–¡Tienes una flor en tu delantal! –dijo la niña, en un pequeño éxtasis ante el acontecimiento infrecuente.

–¡Gracias a Dios! –exclamó aliviada la mujer–. Habría creído que la casa se incendiaba.

Colocó el vaso y esperó un momento antes de alzar el pabilo. Una pálida sombra se vio flotar vagamente sobre el suelo.

–¡Déjame olerla! –dijo la niña, todavía extasiada, adelantándose y poniendo la cara contra el pecho de la madre.

–¡No seas tonta! –dijo la madre, subiendo la lámpara. La luz reveló la tensión de su espera, a tal punto que la mujer la sintió casi insoportable. Annie seguía inclinada hacia su pecho. Irritada, la madre sacó las flores de la cinta del delantal.

–Oh, mamá… ¡no te las saques! –exclamó Annie, sujetando la mano de la madre y tratando de volver a encajar el ramito.

–¡Pero qué tonterías! –dijo la madre, apartándose. La niña acercó los pálidos crisantemos a sus labios. Murmuró:

–¡Ah! ¿Acaso no huelen bonito?

Su madre esbozó una breve risa.

–No –dijo–. No para mí. Había crisantemos cuando me casé con él, y crisantemos cuando tú naciste, y la primera vez que lo trajeron a casa borracho traía un crisantemo marrón en el ojal.

Miró a los hijos. Vio la perplejidad en sus ojos y sus labios entreabiertos. La madre se sentó. Durante un rato se balanceó en silencio. Luego miró el reloj.

–¡Seis menos veinte!

Y siguió, en un tono de delicada y amarga indiferencia:

–No, si no vendrá hasta que lo traigan. ¡Allí se quedará! Pero aunque venga rodando en la mugre del socavón, yo no lo lavaré. Puede acostarse en el suelo… ¡Qué tonta he sido, qué idiota! Y para esto vine a dar en este agujero inmundo, con ratas y todo, para que él pase a escondidas por delante de su propia puerta. Dos veces la semana pasada… ya ha comenzado.

Guardó silencio, se levantó para despejar la mesa.

Mientras los chicos jugaban, durante una hora, sumisamente resueltos, fértiles en imaginación, unidos en el miedo a la ira de su madre y en el pavor del regreso de su padre, la señora Bates estuvo sentada en su mecedora, confeccionando una camiseta de una gruesa franela color crema, produciendo un sonido apagado y lastimero a medida que arrancaba el borde gris. Trabajó en su costura con energía, oyendo a los chicos, hasta que su rabia se agotó por sí misma y se echó a descansar, pero de cuando en cuando abría los ojos y miraba fijamente, alzaba las orejas para escuchar. A veces, incluso, su rabia se acobardaba y se encogía, y la madre suspendía la costura, acechando los pasos que sonaban en sordina, afuera, a lo largo de los durmientes; entonces enderezaba bruscamente la cabeza y mandaba callar a los chicos, pero se recuperaba a tiempo, y los pasos seguían su camino más allá de la verja, y los niños no eran expulsados de su mundo de juego.

Pero al final Annie suspiró y se dio por vencida. Echó un vistazo a su vagón de durmientes y abominó del juego. Se volvió, quejosa, hacia su madre.

–¡Mamá! –Pero no pudo articular nada.

John salió arrastrándose como un sapo de debajo del sofá. La madre levantó la vista.

 –Sí –dijo–, ¡solo mira las mangas de esa camisa!

El chico se las tomó para examinarlas y no dijo nada. Entonces alguien llamó con voz ronca a lo lejos, línea abajo, y el suspenso erizó la habitación, hasta que afuera pasaron dos personas conversando.

–Es hora de ir a la cama –dijo la madre.

–¡Mi papá no llegó! –lloriqueó Annie. Pero su madre se había armado de coraje.

–No te preocupes. Cuando venga lo traerán… como a un leño.

Quería decir que no habría ninguna escena.

–Y puede dormir en el suelo hasta que despierte por sí solo. ¡Ya sé que mañana no irá a trabajar, después de esto!

Los chicos se habían secado las manos y las caras con una franela. Estaban muy silenciosos. Tras haberse puesto los camisones, dijeron sus plegarias, el chico en un murmullo. La madre bajó la vista hacia ellos, a la sedosa mata marrón de rizos entrelazados en la nuca de la niña, a la cabecita negra del varón, y su corazón rompió en rabia contra el padre, que les causaba semejante angustia a los tres. Los chicos ocultaron sus caritas en su falda, buscando consuelo.

Cuando la señora Bates bajó, la habitación estaba extrañamente vacía, con una tensión de expectativa. Retomó su costura y dio puntadas durante un rato, sin alzar la cabeza. Entretanto, su rabia se tiñó con un dejo de temor.

II.

El reloj dio las ocho y ella se levantó de repente, dejando caer su costura sobre la silla. Fue hasta la puerta y la abrió, escuchando. Luego salió y aseguró la puerta detrás de sí.

Alguna escaramuza que ocurría en el patio la sobresaltó, aunque sabía que solo eran las ratas de las que estaba infestado el lugar. Era una noche muy oscura. En la gran explanada de las vías, colmada de furgones, no había ni un rastro de luz, solo mucho más atrás pudo ver unas pocas lámparas amarillas en lo alto del pozo, y la mancha rojiza del terraplén del pozo que ardía en la noche. Se apresuró por el borde de la vía, y luego, cruzando las líneas convergentes, llegó a los peldaños junto a la verja blanca, por donde salió a la calle. Entonces el miedo que la había empujado se redujo. La gente se dirigía a New Brinsley; vio las luces de las casas; veinte metros más allá estaban los ventanales del Prince of Wales, muy brillante y acogedor, y podían oírse claramente las voces altisonantes de los hombres. ¡Qué tonta había sido al imaginar que le había sucedido algo! Simplemente estaba bebiendo allí, en el Prince of Wales. Vaciló. Nunca antes había ido a buscarlo, y jamás lo haría. De modo que siguió su marcha hacia la larga hilera de casas dispersas y se quedó inmóvil en la carretera. Entró en un pasaje entre las viviendas.

–¿El señor Rigley? ¡Sí! ¿Lo buscaba? No, en este momento no está.

La mujer enjuta se inclinó hacia adelante, desde su oscura antecocina, y atisbó a la otra, sobre quien daba una luz tenue a través de la persiana.

–¿Es la señora Bates? –preguntó, con un tono teñido de respeto.

–Sí. Me preguntaba si su esposo ya está en casa. El mío no ha venido aún.

–¿Ah, no llegó? Oh, Jack llegó, cenó y volvió a salir. Se fue media hora antes de la hora de acostarse. ¿Fue usted al Prince of Wales?

–No…

–¡Claro, no quiso ir! No es muy bonito. –La otra mujer era indulgente. Hubo una pausa incómoda–. Jack no dijo nada sobre… sobre su marido.

–¡No! ¡Supongo que estará metido ahí!

Elizabeth Bates lo dijo con amargura, irreflexivamente. Sabía que la mujer que vivía al otro lado del patio estaba de pie en su puerta, escuchando, pero no le importó. Y cuando ya se volvía para irse:

–¡Espere un minuto! –dijo la señora Rigley–. Iré a preguntarle a Jack si sabe algo.

–Oh, no… No querría ponerla en…

–Sí, lo haré, si usted entra un momento y vigila que los chicos no bajen y le prendan fuego a la casa.

Eizabeth Bates entró, esbozando una protesta. La mujer se disculpó por el estado de la habitación.

Y esa cocina realmente reclamaba una disculpa. Había pequeños vestidos y pantalones y ropa interior de niños sobre los bancos y en el suelo, y un revoltijo de juguetes por todas partes. Sobre el mantel americano de color negro que cubría la mesa había pedazos de pan y de pastel, cortezas, restos y una tetera con té frío.

–Bah, la nuestra no está mejor –dijo Elizabeth Bates, mirando a la mujer, no a la casa. La señora Rigley se puso un chal sobre la cabeza y salió con prisa, diciendo:

–No tardaré más de un minuto.

La otra se sentó, considerando con leve desaprobación el desaliño general del lugar. Luego se puso a contar los zapatos de diversos tamaños desparramados por el suelo. Había doce. Suspiró y se dijo: “No es para menos”, y echó un vistazo a la basura. Se oyó el sonido de dos pares de pies que se arrastraban en el patio, y entraron los Rigley. Elizabeth Bates se levantó. Rigley era un hombre alto, con huesos muy grandes. Su cabeza era particularmente huesuda. Tenía una cicatriz azul en la sien, causada por una herida que se había hecho en la mina, una herida en la que se había metido el polvo de carbón, azul como un tatuaje.

–¿Todavía no ha llegado a casa? –preguntó el hombre, sin el menor gesto de saludo, pero con deferencia y conmiseración–. No sabría decirle dónde está… ¡Allí no está! –sacudió la cabeza para dar a entender el Prince of Wales.

–Tal vez haya ido al Yew –dijo la señora Rigley.

Hubo otra pausa. Era evidente que Rigley tenía algo en la cabeza y que necesitaba expulsarlo de allí.

–Lo dejé terminando un trabajo –empezó a decir–. Habían pasado unos diez minutos cuando íbamos saliendo y le grité: “¿Vienes, Walt?”, y él dijo: “Vayan ustedes, no tardaré más de un minuto”, así que salimos del socavón, yo y Bowers, pensando que vendría detrás, con el siguiente grupo.

Se quedó perplejo, como si respondiera a la acusación de abandonar a su compañero. Elizabeth Bates, ahora otra vez segura del desastre, se apresuró a tranquilizarlo:

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–Espero que haya ido al Yew Tree, como usted dice. No es la primera vez. Ya me ha hecho enloquecer de preocupación en alguna otra ocasión. Llegará a casa cuando lo traigan.

–¡Ay, cómo la hace sufrir! –reprobó la otra mujer.

–Iré a casa de Dick y veré si está allí –se ofreció el hombre, con temor de parecer alarmado y de tomarse algunas libertades.

–Oh, no quiero que se moleste tanto –dijo Elizabeth Bates, enfáticamente, pero él se dio cuenta de que su ofrecimiento la alegraba.

Mientras caminaban trastabillando hacia la entrada, Elizabeth Bates oyó a la mujer de Rigley atravesar el patio a la carrera y abrir la puerta de su vecina. Entonces, toda la sangre en su corazón pareció cambiar de rumbo.

–¡Cuidado! –dijo Rigley–. Cuántas veces me he dicho que tengo que llenar estos agujeros de la entrada, alguien va a romperse una pierna un día de estos.

Ella se recompuso y aceleró el paso para ir a la par del minero.

–No me gusta dejar a los chicos acostados, sin nadie en la casa –dijo.

–¡Claro que no! –respondió él, cortésmente. Pronto llegaron a la verja de la casa.

–Bueno, solo tardaré unos minutos. No se preocupe, todo estará bien –dijo el hombre.

–Muchas gracias, señor Rigley.

–¡De nada! –tartamudeó él, alejándose–. Solo tardaré unos minutos.

La casa estaba en calma. Elizabeth Bates se quitó el sombrero y el chal, y desenrolló la alfombrilla. Al terminar, se sentó. Eran apenas pasadas las nueve. La sobresaltó el repentino fragor de la máquina de extracción del pozo, y el zumbido agudo de los frenos sobre la soga a medida que descendía. Volvió a sentir un doloroso viraje en su sangre, y se llevó la mano al costado mientras decía en voz alta, regañándose: “¡Santo Dios!… es solo el relevo de las nueve en punto, que baja”.

Se quedó quieta, escuchando. Media hora de esto, y ya estaba agotada.

–¿Para qué alterarme de ese modo? –se dijo lastimeramente–. Así solo lograré hacerme daño. –Volvió a sacar su costura.

A las diez menos cuarto se oyeron pasos. ¡Una sola persona! Miró la puerta a punto de abrirse. Era una mujer mayor, con un sombrero negro y un chal de lana negra… su suegra. De unos sesenta años, era pálida, de ojos azules, y su rostro estaba estragado y cubierto de arrugas. Cerró la puerta y se volvió hacia su nuera, contrariada.

–¡Ay, Lizzie, qué vamos a hacer, qué vamos a hacer! –exclamó.

Elizabeth retrocedió un paso, bruscamente.

–¿Qué pasa, madre? –dijo.

La anciana se sentó en el sofá.

–No lo sé, mi niña, ¡no sabría decírtelo! –sacudió despacio la cabeza. Elizabeth se sentó, observándola, angustiada y confusa.

–No lo sé –insistió la abuela, suspirando profundamente–. Mis problemas no tienen fin, de veras que no lo tienen. Las cosas por las que he pasado, ¡creo que ya son suficientes! –Sollozó sin enjugarse los ojos, dejando correr las lágrimas.

–Pero, madre… –la interrumpió Elizabeth–¿qué quiere decir? ¿Qué pasa?

La abuela se enjugó los ojos. Las lágrimas dejaron de manar ante la pregunta directa de Elizabeth. Se secó las lágrimas.

–¡Mi pobre niña! ¡Ay, pobrecita! –gimió–. No sé lo que vamos a hacer, no lo sé… y tú en tu estado… ¡Vaya situación!

Elizabeth quedó a la espera.

–¿Está muerto? –preguntó, y ante sus propias palabras su corazón dio un vuelco violento, aunque sintió un ligero rubor de vergüenza ante la definitiva extravagancia de la pregunta. Sus palabras asustaron lo bastante a la anciana como para hacerla casi volver en sí.

–¡No digas eso, Elizabeth! Esperemos que no sea tan grave; no, Dios nos libre, Elizabeth. Jack Rigley llegó justo cuando estaba sentada tomándome un vaso antes de ir a la cama, y me dijo: “Será mejor que vaya usted allá, señora Bates. Walt tuvo un accidente. Será mejor que vaya a sentarse con ella hasta que lo llevemos a casa”. No tuve tiempo de preguntarle nada antes de que se fuera. Me puse mi sombrero y vine enseguida, Lizzie. Y me dije: “Ay, esa pobre criatura bendita, si alguien fuese a decírselo de repente, quién sabe qué podría pasarle”. No debes dejar que esto te altere, Lizzie… o ya sabes lo que puede pasar. ¿De cuánto tiempo estás, seis meses… o son cinco, Lizzie? ¡Sí! –la vieja sacudió la cabeza–, ¡el tiempo huye, huye! ¡Sí!

Los pensamientos de Elizabeth estaban ocupados en otra parte. Si había muerto… ¿ella podría arreglarse con la pequeña pensión y con lo que pudiera ganar? Hizo cuentas rápidas. Si estaba herido… no lo llevarían al hospital… ¡qué fatigoso sería cuidarlo! Pero tal vez ella podría apartarlo de la bebida y de sus maneras odiosas. Lo haría… mientras él estuviese enfermo. Las lágrimas asomaron a sus ojos ante semejante cuadro. ¿Pero qué clase de ostentación sentimental era esta…?  Se puso a pensar en los chicos. En cualquier caso, ella era absolutamente necesaria para ellos. Siempre se ocuparía de ellos.

–¡Sí! –repitió la vieja–, parece que solo hiciera una semana o dos desde que me trajo su primera paga. Sí… era un buen muchacho, Elizabeth, lo era, a su manera. No sé por qué se convirtió en semejante trastorno, no lo sé. Era un muchacho feliz, en casa, lleno de buen humor. Pero no hay duda de que ha dado un montón de problemas, ¡qué duda cabe! Espero que el Señor lo proteja para que se enmiende. Eso espero, eso espero. Tú has tenido tantos problemas con él, Elizabeth, vaya si los has tenido. Pero conmigo fue un muchacho alegre, lo era, te lo aseguro. No sé cómo pasó que…

La vieja siguió reflexionando en voz alta, un sonido monótono e irritante, mientras Elizabeth pensaba, muy concentrada. Una vez se sobresaltó, cuando oyó el fragor repentino de la máquina de extracción, y los frenos que rechinaban con un aullido. Luego oyó que la máquina iba más lento, y los frenos no hacían ruido alguno. La vieja no lo notó. Elizabeth esperaba en suspenso. La suegra hablaba, con lapsos de silencio.

–Pero no era tu hijo, Lizzie, y eso es diferente. Fuera lo que fuera, me acuerdo de él cuando era pequeño, y yo aprendí a conocerlo y a hacer concesiones. Tú tienes que hacerles algunas concesiones…

Eran las diez y media, y la vieja decía: “Pero son problemas, de principio a fin; nunca eres demasiado vieja para los problemas, nunca demasiado vieja para eso…”, cuando la verja se abrió, allá atrás, y se oyeron pesados pasos en los peldaños.

–Yo iré, Lizzie, déjame ir –gritó la vieja, poniéndose de pie. Pero Elizabeth ya estaba en la puerta. Era un hombre con traje de minero.

–Lo están trayendo, señora –dijo. El corazón de Elizabeth se detuvo un momento. Y luego arrancó de nuevo, casi sofocándola.

–¿Está… está grave? –preguntó.

El hombre le volvió la espalda, mirando hacia la oscuridad:

–El médico dice que lleva varias horas muerto. Lo vio en la cabina de lámparas.

La vieja, que estaba de pie detrás de Elizabeth, se dejó caer en una silla, y plegó las manos, llorando: “¡Oh, mi hijo, mi hijo!”.

–¡Silencio! –dijo Elizabeth, frunciendo violentamente el ceño–. Quédese callada, madre, no despierte a los chicos: ¡no querría que bajen por nada del mundo!

Y la vieja gimió suavemente, hamacándose. El hombre retrocedía. Elizabeth dio un paso adelante.

–¿Cómo fue? –preguntó.

–Bueno, no puedo decirlo con certeza –respondió el hombre, muy incómodo–. Estaba terminando una tarea y sus compañeros ya se habían ido, y un montón de material le cayó encima.

–¿Y lo aplastó? –gimió la viuda, con un estremecimiento.

–No –dijo el hombre–, cayó a sus espaldas. Él estaba bajo la superficie, pero el derrumbe ni siquiera lo tocó. Parece que murió asfixiado.

Elizabeth se encogió. Oyó gritar a la vieja, allá atrás:

–¿Qué? ¿Qué dijo que ocurrió?

El hombre repitió, en voz más alta:

–¡Se asfixió!

Entonces la mujer dio un aullido, y eso alivió a Elizabeth.

–Oh, madre –dijo, poniendo su mano sobre la vieja–, no despierte a los niños, no despierte a los niños.

Ella lloró un poco, sin darse cuenta; mientras la vieja se hamacaba y gemía Elizabeth recordó que lo estaban trayendo a casa y que debía estar lista.

“Que lo recuesten en la sala”, se dijo, y por un momento se quedó pálida y perpleja.

Luego encendió un candil y entró en la diminuta habitación. El aire estaba frío y húmedo, pero no podía encender un fuego, no había chimenea. Apoyó el candil y miró a su alrededor. La luz del candil brilló sobre los cristales de la araña, sobre los dos floreros que sostenían algunos de los crisantemos rosas, sobre la caoba oscura. Un frío y sepulcral olor a crisantemos reinaba en la habitación. Elizabeth se quedó mirando las flores. Se apartó y calculó si habría espacio para recostarlo en el suelo, entre el diván y la cómoda. Empujó las sillas a un lado. Habría espacio para recostarlo y para pararse a su alrededor. Luego fue a buscar el viejo mantel rojo y otra tela vieja, y los extendió para cubrir su pedazo de alfombra. Tiritaba, al salir de la sala; luego, sacó del cajón del aparador una camisa limpia y la puso cerca del fuego, para ventilarla. Durante todo ese tiempo, su suegra estuvo hamacándose en la silla y gimiendo.

–Tendrá que hacerse a un lado, madre –dijo Elizabeth–. Están por traerlo. Venga a la mecedora.

La vieja madre se levantó mecánicamente y se sentó cerca del fuego, sin interrumpir su lamento. Elizabeth fue a la despensa a buscar otro candil, y allí, en el pequeño ático bajo las tejas desnudas, los oyó llegar. Se quedó inmóvil en el umbral de la despensa, escuchando. Los oyó pasar por el fondo de la casa y descender torpemente los tres peldaños, una confusión de pasos que se arrastran y de voces que murmuran. La vieja estaba en silencio. Los hombres llegaron al patio.

Entonces Elizabeth oyó a Matthews, el gerente de la mina, que decía:

–Entra tú primero, Jim. ¡Con cuidado!

Se abrió la puerta, y las dos mujeres vieron a un minero que entraba a reculones, sosteniendo un extremo de una camilla, sobre la cual pudieron ver las botas claveteadas del hombre muerto. Los dos portadores se detuvieron, y el hombre que iba adelante se agachó en el dintel de la puerta.

–¿Dónde lo quiere? –preguntó el gerente, un hombre bajo, de barba blanca.

Elizabeth se despabiló y se acercó desde la despensa trayendo el candil apagado.

–En la sala –dijo.

–¡Ahí dentro, Jim! –señaló el gerente, y los portadores giraron para entrar en la pequeña habitación. El abrigo con el que habían cubierto el cuerpo cayó mientras giraban torpemente a través de las puertas, y las mujeres vieron a su hombre, que yacía sin camisa, el pecho desnudo para el trabajo. La vieja comenzó a gemir con una voz apagada y llena de horror.

–¡Apoyen la camilla al costado –gritó el gerente– y pónganlo sobre las telas! ¡Cuidado, ahí! ¡Fíjate, ahí!

Uno de los hombres había derribado uno de los floreros con crisantemos. Miró con cara de tonto, y luego apoyaron la camilla. Elizabeth no miraba a su esposo. No bien entró en la habitación, fue a recoger el florero roto y las flores.

–¡Esperen un minuto! –dijo.

Los tres hombres esperaron en silencio mientras ella limpiaba el agua con un trapo.

–¡Ay, qué mala pasada, qué mala pasada, créanme! –estaba diciendo el gerente, mientras se frotaba la frente preocupado y consternado–. ¡Nunca vi una cosa así en mi vida, nunca. No tendría que haberse rezagado allí. ¡En mi vida nunca vi una cosa así! Le cayó encima limpiamente, y lo atrapó. No había siquiera un metro y medio de espacio, no lo había… y sin embargo, apenas si le hizo un magullón.

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Bajó la vista hacia el muerto, que yacía boca abajo, medio desnudo, todo sucio de polvo de carbón.

–Asfixiado –dijo el médico–. Es la jugarreta más terrible que he visto jamás. Parece hecho a propósito. Limpiamente sobre él, lo atrapó como una trampa para ratones –Hizo un gesto cortante, descendente, con su mano.

Los mineros que estaban allí de pie sacudieron las cabezas en un comentario desesperado. El horror de aquello los erizaba a todos.

Entonces se oyó a la niña, arriba, que llamaba con voz aguda:

–Mamá, mamá… ¿quién es? Mamá, ¿quién es?

Elizabeth corrió hasta el pie de las escaleras y abrió la puerta:

–¡A dormir! –ordenó con aspereza–. ¿Qué te ha dado por ponerte a gritar? A dormir inmediatamente… No pasa nada.

Y empezó a subir las escaleras. Ellos podían oírla sobre las tablas, y luego sobre el suelo de enlucido del cuarto pequeño. Podían oírla claramente:

–¿Y ahora qué pasa? ¿Qué pasa contigo, tontita? –Su voz sonaba muy agitada, con una dulzura irreal.

–Pensé que habían venido unos hombres –dijo la quejumbrosa voz de la niña–. ¿Llegó mi papá?

–Sí, ya lo trajeron. No hay razón para hacer escándalo. Y ahora a dormir, como una buena niña.

Podían oír su voz en el dormitorio, esperaron mientras ella cubría a los niños bajo las sábanas.

–¿Está borracho? –preguntó la niña, tímida, débilmente.

–¡No! ¡No está borracho! Está… dormido.

–¿Está durmiendo abajo?

–Sí… y no hagas ni un ruido.

Por un momento hubo silencio, luego los hombres oyeron otra vez a la niña asustada:

–¿Qué es ese sonido?

–No es nada, te digo, ¿qué es lo que te inquieta?

El sonido eran los gemidos de la abuela. Ella estaba ajena a todo, sentada en la silla, meciéndose y gimiendo. El gerente le puso una mano en el brazo y le ordenó: “¡Shh… shh!”.

La vieja abrió los ojos y lo miró. Estaba aturdida por la interrupción, y se veía sorprendida.

–¿Qué hora es? –preguntó al fin la voz quejumbrosa de la niña, mientras se hundía otra vez, a su pesar, en el sueño.

–Las diez –respondió suavemente la madre. Entonces debe de haberse inclinado y besado a los niños.

Matthews les hizo a los hombres señas de que se fueran. Se pusieron sus gorros y levantaron la camilla. Pasando por encima del cuerpo, salieron de la casa en puntas de pie. Ninguno de ellos habló hasta que estuvieron lejos de los niños desvelados.

Cuando Elizabeth bajó, encontró a la madre sola en el suelo de la sala, inclinada sobre el hombre muerto. Las lágrimas caían sobre él.

–Tenemos que prepararlo –dijo la esposa. Puso la caldera, luego volvió a arrodillarse junto a los pies y comenzó a desatar los cordones de cuero. La habitación estaba húmeda y sombría, iluminada por un solo candil, de modo que tenía que inclinar su cara casi hasta el suelo. Por fin logró quitar las pesadas botas y ponerlas a un costado.

–Ahora tiene que ayudarme –le susurró a la vieja. Entre las dos desnudaron al hombre.

Cuando se levantaron y lo vieron, yaciendo en la inocente dignidad de la muerte, las mujeres se detuvieron con temor y respeto. Por unos instantes permanecieron quietas, mirando hacia abajo, la vieja madre lloriqueaba. Elizabeth se sintió abolida. Lo veía, veía cómo yacía inviolable en sí mismo. Ella no tenía nada que ver con él. No podía aceptarlo. Agachándose, posó su mano sobre él, como un reclamo. Todavía estaba tibio, porque en la mina hacía mucho calor cuando murió. La anciana tenía la cara entre las manos y murmuraba incoherentemente. Las viejas lágrimas caían en sucesión, como gotas desde hojas mojadas: no sollozaba, tan solo sus lágrimas fluían. Elizabeth estrechó el cuerpo de su marido con las mejillas y los labios. Parecía estar escuchando, interrogándolo, tratando de conseguir alguna conexión. Pero no podía. Algo la alejaba. Él era inexpugnable.

Se puso de pie, fue a la cocina, donde vertió agua tibia en un tazón, trajo jabón y franela y una toalla suave.

–Tengo que lavarlo –dijo.

Entonces la vieja madre se levantó, rígida, y observó a Elizabeth mientras lavaba cuidadosamente la cara del hombre, peinaba y apartaba cuidadosamente de su boca, con la franela, el gran bigote rubio. Tenía un miedo sin fondo, así que se ocupaba de él. La vieja, celosa, dijo:

–¡Déjame limpiarlo! –Y se arrodilló del otro lado y se puso a secarlo despacio a medida que Elizabeth lavaba, con su gran sombrero negro rozando a veces la oscura cabeza de su nuera. Así trabajaron en silencio por largo rato. Nunca olvidaban que estaba muerto, y el tacto del cuerpo del muerto les provocaba extrañas sensaciones, diferentes en cada una de las mujeres; un gran pavor las poseía a ambas, la madre sentía que su vientre era desmentido, que ella misma era negada; la esposa sentía el completo aislamiento del alma humana, el niño dentro de ella era un peso ajeno.

Finalmente terminaron la tarea. Era un hombre de cuerpo muy bello y su rostro no mostraba huellas de la bebida. Era rubio, corpulento, de miembros finos. Pero estaba muerto.

–Bendito sea –susurró la madre, sin dejar de mirarle el rostro, y hablando con auténtico terror–. Mi muchacho… ¡bendito sea!

Hablaba en un débil éxtasis sibilante de temor y amor maternal.

Elizabeth volvió a hundirse en el suelo, y puso la cara contra su cuello, y tembló y se estremeció. Pero tenía que alejarse otra vez. Estaba muerto, y la carne viva de ella no tenía sitio contra él. Un gran pavor y una fatiga inmensa se apoderaron de ella: era tan inútil. Se le había ido la vida.

“¡Blanco como la leche, claro como un bebé de nueve meses, bendito sea, mi adorado!”, murmuraba la vieja. “Sin una sola marca, claro y limpio y blanco, hermoso como jamás ha habido un niño”, murmuraba con orgullo. Elizabeth mantenía su cara oculta.

–Se fue en paz, Lizzie… en paz como si durmiera. ¿No es hermoso, el corderito? Sí… debe de haber encontrado la paz, Lizzie. Tiene que haber encontrado la paz, encerrado allí. Tuvo tiempo. No se vería así si no hubiese encontrado la paz. El corderito, el adorado corderito. Ah, qué risa franca tenía. Me encantaba oírla. Tenía la risa más franca, Lizzie, cuando era muchacho…

Elizabeth alzó la vista. La boca del hombre había caído, ligeramente abierta bajo el manto del bigote. Los ojos, a medio cerrar, no lucían vidriosos en la oscuridad. La vida con su humeante ardor se había retirado de él, lo había vuelto lejano y completamente ajeno a ella. Y ella supo cuán extraño le era. En su vientre había un temor de hielo, debido a este extraño, desasido, con quien ella había vivido como una sola carne. ¿Era esto lo que significaba todo: completa, intacta separación, oscurecida por el calor de la vida? Apartó su cara con pavor. El hecho era demasiado terrible. No había habido nada entre los dos, y sin embargo habían estado juntos, intercambiando repetidamente su desnudez. Cada vez que él la había tomado, habían sido dos seres aislados, tan separados como ahora. Él no era más responsable que ella. El niño era como hielo en su vientre. Pues cuando miraba al hombre muerto, su mente, fría y despegada, decía claramente: “¿Quién soy? ¿Qué he estado haciendo? Estuve luchando con un esposo que no existía. Él era quien existía, todo el tiempo. ¿Qué daño hice? ¿Con qué estuve viviendo? Ahí yace la realidad, este hombre…”. Y su alma murió de miedo dentro de ella: supo que nunca lo había visto, que él nunca la había visto, se habían encontrado en la oscuridad y luchado en la oscuridad, sin saber con quién se encontraban ni con quién luchaban. Y ella veía, y al ver se quedaba muda. Pues había estado equivocada. Había dicho que él era algo que no era; había abusado de su confianza. Mientras que él había estado lejos todo el tiempo, viviendo como ella nunca vivió, sintiendo como ella nunca sintió. Con miedo y vergüenza miró su cuerpo desnudo, que había conocido falsamente. Y él era el padre de sus hijos. Su alma había sido desgarrada y separada de su cuerpo. Miró su cuerpo desnudo y sintió vergüenza, como si ella lo hubiese negado. Después de todo, era lo que era. Y eso le parecía horrible. Miró su cara, y volvió su propia cara hacia la pared. Pues su aspecto no era el de ella, su manera de ser no era la de ella. Le había negado aquello él que era… ahora lo veía. Lo había rechazado en su mismo ser… Y esta había sido la vida para ella, esta había sido la vida de él… Estaba agradecida con la muerte, que restauraba la verdad. Y supo que ella misma no estaba muerta.

Y durante todo ese tiempo su corazón estallaba de pena y de compasión por él. ¿Cuánto había sufrido? ¡Qué despliegue de horror para este hombre desamparado! Ella estaba rígida de agonía. No había sido capaz de ayudarlo. Había sido cruelmente lastimado, este hombre desnudo, este otro ser, y ella no podía ofrecerle ninguna reparación. Estaban los niños… pero los niños pertenecían a la vida. Este hombre muerto no tenía nada que ver con ellos. Ella y él solo eran canales a través de los cuales había fluido la vida para emanar en los niños. Ella era una madre… pero qué horrible, lo sabía ahora, había sido ser una esposa. Y él, ahora muerto, qué horrible debía de haberse sentido por ser un esposo. Sintió que en el otro mundo sería un extraño para ella. Si se encontraban ahí, en el más allá, tan solo se avergonzarían de lo que había sido antes. Los niños habían surgido, por alguna razón misteriosa, de ellos dos. Pero los niños no los unían. Ahora que él estaba muerto, ella supo cuán eternamente estaba separado de ella, cuán eternamente no tenía nada más que ver con ella. Vio cerrado este episodio de su vida. Se habían negado en vida el uno al otro. Y él se había retirado, ahora. Le sobrevino una angustia. Entonces todo había terminado: lo que había entre ellos carecía de esperanza desde mucho tiempo antes de que él muriera. Y sin embargo había sido su esposo. ¡Pero qué poco…!

–¿Tienes su camisa, ’Lizabeth?

Elizabeth se volvió sin responder, aunque se esforzaba por llorar y comportarse como su suegra esperaba de ella. Pero no podía, estaba muda. Fue a la cocina y regresó con la prenda.

–Ya se aireó –dijo, apretando aquí y allá la camisa de algodón para probar. Estaba casi avergonzada de prepararlo; qué derecho tenía ella o cualquiera a poner sus manos sobre él; pero su tacto sobre aquel cuerpo era humilde. Vestirlo fue un trabajo difícil. Estaba tan pesado e inerte. Un pavor terrible la sobrecogió durante todo ese tiempo: que pudiera ser tan pesado y completamente inerte, indolente, lejano. El horror de la distancia entre ellos fue casi demasiado para ella… era una brecha tan infinita al otro lado de la cual debía mirar.

Por fin terminaron. Lo cubrieron con una sábana y lo dejaron allí, con su rostro atado. Y ella aseguró la puerta de la pequeña sala: que los niños no vieran lo que yacía ahí. Entonces, con una paz que pesaba en lo hondo de su corazón, se puso a ordenar la cocina. Supo que se rendía a la vida, que era su ama inmediata. Pero ante la muerte, su ama definitiva, se encogía de vergüenza y de temor.

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