search
leyendo ahora: El origen de las especies | Ned Beauman
search

El origen de las especies

Ned Beauman | del: inglés

Traducción : Amelia Serraller Calvo

Introducción de Maya Feldman

El cuento se publicó por primera vez en The Guardian en la Navidad de 2013, siguiendo así la tradición de los cuentos de fantasmas de Navidad cuyo origen se remonta a la Inglaterra victoriana. Si esta tradición se recuerda en nuestros días, ello se debe al relato de Dickens "A Christmas Carol", de 1843, el cual ha recibido infinitas adaptaciones. ¿Qué tienen que ver los fantasmas con la Navidad? El asunto se conecta, aparentemente, con la fecha que se ha designado como el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre, en cuya mañana se sitúa el protagonista del cuento de Beauman con un hacha puesta encima de su cabeza frente a una monumental obra de arte en el MoMA – el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Estos días son los más cortos del año, las noches son más largas; y en la tradición pagana son días en los que el sol desaparece, en los que los muertos pueden cruzar la frontera hacia el mundo de los vivos y resolver cuestiones que habían quedado pendientes. En el cuento de Ned Beauman, el intento de resucitar las obras fantasmales del artista ficticio Conroy Glasser, se revelará como una empresa peligrosa y catastrófica. Es un cuento en el que todos están poseídos: los curadores, los artistas, sus descendientes, los investigadores de arte y sus epígonos – todos perseguidos por un mismo fantasma cuya apariencia, en este brillante relato, es tan real como sorpresiva. Lo que comienza como un cuento de fantasmas que trata del poder del arte, se revelará finalmente como un misterioso divertimento al estilo cherchez la femme.

Leer más

Cuando la escotilla se cerró bruscamente sobre su cabeza y se amortiguaron las voces de todos los que se quedaron arriba, Charles Darwin bajó cautelosamente por la escalera. Con un brazo se aferraba a la barandilla, pulida por un sinfín de manos, mientras que en el otro sostenía un candelabro con una gruesa vela de cera. Al bajar los últimos y chirriantes peldaños de la escalera, se soltó de la barandilla y avanzó con tiento.

Ya habían limpiado el suelo. La vela proporcionaba la luz suficiente como para distinguir los desvencijados paneles de las paredes, un barril de aspecto pegajoso, varias patatas esparcidas por el suelo y largas hileras de cajas idénticas que se adentraban en la creciente penumbra. Las cajas se erguían a ambos lados de la pasarela en diferentes filas, y estaban amarradas a la pared con gruesas cuerdas. Varios pasos más allá de la penumbra flotaban unos barriles de vino y una pila de fardos apilados contra la pared. Se ensanchó la pasarela. Más adelante, al parecer, había un poco de movimiento. Darwin se encogió y retrocedió, pero captó al vuelo lo que sucedía: de la penumbra emergió una corriente de aire, las llamas de las velas temblaban e inmediatamente detrás de ellas oscilaban las sombras: parecía que algo se agitaba por delante.

Cuando ya no había más cajas a los lados, Darwin dio con una habitación bastante amplia, cuyas esquinas estaban ocupadas por diferentes cachivaches: trozos de lona, calderas de carbón y tablas apiladas en franco desorden. Un trozo de cuerda se balanceaba suavemente justo delante de su cara. Darwin alzó el candelabro y miró al techo: en sus rústicos tablones había un enorme garfio enroscado, al que habían atado una cabellera. Esquivando concienzudamente la cuerda, Darwin dio varios pasos por el suelo, inestable, y se detuvo junto junto a la mesa y el banco, que se erigían junto a la pared.

Alrededor olía a moho y ratones, pero el olor tampoco era desagradable y no tardó en crear una apariencia de confort. Por su parte, un palo y una cesta cubierta con una tapa de mimbre se apoyaban contra la pared. Ambos se habían quedado en el mismo sitio donde los había dejado la noche anterior. Arremangándose los largos faldones  de la levita, Darwin se sentó en el banco, dejó la vela sobre la mesa y, meditabundo, clavó sus ojos en la penumbra.

¿Acaso no es esta oscuridad — pensó él, mirando alrededor los bordes salientes de los objetos y sus sombras— la misma por la que vaga la inteligencia humana? ¿Acaso no es justamente así como nosotros arrancamos de las tinieblas de la ignorancia un par de paralelismos accesibles para nuestra razón, sobre los que luego intentatamos trazar un mundo a medida de nuestro limitado entendimiento? He aquí ese barril, he aquí la caja que se encuentra su lado, pero del hecho de que ahora mismo los vea no se desprende que seguirá habiendo barricas y cajas allá donde yo vaya… Porque, ¿qué pintan aquí las cajas? Las cajas no pintan nada, y toda esta cuestión no va con ellas… sino con Lamarck, quien confiere mecánicamente a la naturaleza una de las funciones de la conciencia humana: De manera que él habla de una tendencia un tanto abstracta de la vida a perfeccionarse a sí misma. No obstante, si éste fuera el principal motivo de la evolución y de los cambios del mundo natural, tal y como Lamarck reivindica, entonces todos los seres se perfeccionarían en la misma medida. Y sin embargo, lo que vemos es muy diferente: cómo una especie da paso a otra, y luego una tercera reemplaza a esta última. Sin ir más lejos, ayer constatamos que es precisamente el entorno en el que se desarrolla la vida lo que ejerce sobre ésta una influencia decisiva. ¿Pero de qué manera? ¿Por qué una especie muere mientras que otra se multiplica? ¿Qué es lo que dirige este majestuoso proceso? ¿Qué fuerza impulsa a la vida a cobrar nuevas formas? ¿Y cómo hallar armonía en algo que a primera vista parece un caos total y absoluto?».

Su Breguet de bolsillo hizo sonar imperceptiblemente algunas notas de la obertura a Roberto el Diablo y Darwin volvió en sí. Como de costumbre, sus ideas le llevaban lejos, muy lejos. Tanto, que cuando abrió los ojos, no supo inmediatamente dónde se encontraba ni tampoco con qué fin había ido a parar allí.

«Por trabajo — penso— . Empezaremos donde lo dejamos ayer».

Incorporándose, se acercó a la pared, tomó un palo, lo levantó por encima de su cabeza y golpeó el techo con fuerza hasta en tres ocasiones. Pasó un segundo, y del otro lado respondieron con tres golpes idénticos. Entonces Darwin golpeó una vez más y dejó el palo en su sitio. Luego se quitó la levita y la colocó con esmero sobre la mesa. Seguía vistiendo un grueso chaleco negro de cuero, profusamente cubierto de tachuelas de acero. Una vez aflojados los cordones del pecho, Darwin se alejó de la mesa y empezó a mover los brazos y saltar para, tal y como es perceptivo, calentar sus músculos antes del experimento. Pero apenas le quedaba tiempo para la gimnasia: de la oscuridad llegó el crujido de la escotilla abierta, entre voces y gruñidos sordos de amenaza;  un segundo después, en la pasarela por donde acababa de salir, se apagó la luz. Acto seguido, se cerró bruscamente la escotilla, y de nuevo se restablecieron la oscuridad y el silencio.

Pasaron varios minutos, durante los cuales Darwin permaneció de pie, inmóvil junto a la mesa, escuchando con atención. Por fin, fuera de la zona iluminada se oyeron ruidos de arrastre: allende trasladaban algo pesado. Luego crujieron las tablas, se oyó un sonido lejano, parecido a una risa, y por la pasarela rodó rápidamente un barril, directo a los pies de Darwin. Éste se rió y se hizo a un lado. El barril le pasó rozando como una exhalación, chocó contra los sacos de harina y se detuvo.

Y de nuevo se hizo el silencio. De repente, un objeto contundente le golpeó en el pecho a Darwin y rebotó. Darwin se hizo a un lado de un salto y vio una patata enorme que se había caído al suelo. Desde detrás de las cajas voló otra patata y le golpeó en el hombro. Darwin dio un paso adelante, con un movimiento amplio embutió sus piernas en unas altas y pesadas botas, se inclinó y silbó con fuerza. En LA pasarela se dejó ver una figura difusa que agitaba una mano larga… y otra patatata más voló muy cerca de su oreja. Darwin recogió una de las patatas del suelo, apuntó y con todas sus fuerzas la lanzó al centro mismo de la esquiva silueta

En medio de la oscuridad se hizo ostensible un bramido resentido que desembocó en sollozos ahogados, y a Darwin le salió al encuentro una enorme sombra peluda. Ésta, gruñendo amenazadoramente, dio un paso hacia delante y se detuvo  en el borde mismo del espacio iluminado. Ahora era completamente visible. Aunque este espectáculo le era a Darwin enormemente familiar, sin darse cuenta, dio un paso atrás.

Ante él, apoyando sus largos brazos en el suelo, se erguía un viejo orangután. Su testa, angulosa en la coronilla y con un hocico prominente, recordaba a la cabeza de un bebé deforme que se hubiese llevado demasiada comida a la boca; sus rugosos labios estaban hinchados; su nariz era plana y sombría, y sus ojos, completamente humanos, miraban con desdén y desidia. Por encima de la cintura parecía un abotargado amante de la cerveza, cliente asiduo de los pubs de Edimburgo, que se había quitado la camisa por el calor. En su casi imberbe pecho destacaban unos fuertes pliegues, semejantes a unos pechos femeninos flácidos; este parecido lo subrayaban los grandes pezones oscuros, pero Darwin sabía que en los músculos de acero del animal no había ni una sola onza de grasa. Algo femenino había también en las trencitas cobrizas y largas, en las que había entrelazados varios mechones gruesos de pelo que crecían a los lados de un cuerpo poderoso, así como en las fuertes caderas anchas y la tripa que sobresalía hacia delante.

Psst, you might also like:
El hombre del tabaco

El orangután apartó las manos del suelo y aporreó el suelo con ambos puños. Darwin respondió golpeando con el pie, volvió a silbara y salió a su encuentro. Sus ojos se encontraron, y Darwin sintió que el simio lo entendía todo a las mil maravillas. En cambi él no sabía de qué forma su primitiva receptividad podría aprehender la esencia de lo que allí sucedía. De todas formas notaba que el gorila, tanto como él mismo, estaba listo para la batalla final: una batalla feroz y despiadada por la existencia en este mundo cruel. Darwin entendió todo esto con señales es absolutamente claras para su mirada de experto.

El corto cuello del simio se estremeció y, como si había protegido sus pliegues más profundos, el asunto se alargó. Como siempre, en los momentos de mayor agitación, el orangután hinchó la cavidad de la garganta. A veces Darwin se cubría los párpados por espacio de un segundo, emitía sonidos ahogados como un «oh” y movía las piernas; así, el peso de su robusto cuerpo descansaba sobre las manos, apoyadas en el suelo. Acercándosele lentamente al orangután, Darwin miró directamente sus patas, y cuando éstas fueron a levantarse del suelo, se sentó bruscamente sobre ellas.

Entonces, una enorme pata cayó sobre su cabeza, pero no agarró nada más que vacío. Darwin estaba ya muy cerca. Se sentó con la espalda recta y, sin esperar a que el simio intentase agarrarlo de nuevo, le empujó el pecho mientras resoplaba. El orangután perdió el equilibrio en el acto, agitó los brazos con torpeza, y Darwin le asestó un corto y preciso puñetazo sobre su nariz oscura y plana.

El orangután cayó al suelo, pero inmediatamente se levantó de un salto.

—Oh —murmuró.

Darwin silbó, y el simio le rodeó corriendo, evitando sin embargo acercársele demasiado. Él mientras se desplazó apoyando las manos en el suelo, y lanzó lejos las cortas y peludas piernas. Darwin le siguió con una fría sonrisa, girando sobre su eje para mantenerse en todo momento de cara al orangután. El orangután se detuvo, arrancó las zarpas del suelo y se golpeó fuertemente en el estómago con sus largas manos oblongas.

—Oh, —logró sostenerse una vez más y abrió los brazos.

Darwin saltó rápidamente en su pecho, y ambos cayeron al suelo. Sus dedos oprimieron la garganta rugosa del simio, y las piernas semiencorvadas rodearon tenazmente su vientre abultado. El orangután intentaba darse la vuelta y varias veces le sacudió fuertemente por debajo, pero Darwin se mantuvo  en lo alto y apretó los dedos con más fuerza. Durante algún tiempo las patas del simio lo golpearon a ciegas y someramente por los lados. Luego, de repente, se aferraron a sus patillas: al parecer el mono también quería agarrarlo por la garganta, pero con astucia. Darwin apoyó su barbilla en el pecho. El orangután  concentró su fuerza en las patillas y tiró de ellas hacia sí, presionando prácticamente el rostro de Darwin contra su testa.

Durante un tiempo el simio y el hombre yacieron inmóviles, y tan solo su rápida y ronca respiración rompía el silencio.

«La naturaleza, en esencia —pensó Darwin, haciendo una mueca por el olor pestilente de las fauces del animal—, es única. Es un solo organismo enorme, en el que diferentes seres y especies desempeñan la función de los diferentes órganos o células. Y aquello que, si se observa superficialmente, puede paracer una lucha antagónica por la vida, no es sino la autorenovación de este organismo, un proceso parecido al que ocurre en cualquier ser vivo cuando las células viejas caducan y parece como si rechazaran a las nuevas que emergen en su lugar. ¿Qué es un ser independiente desde el punto de vista de la especie? ¿Y qué supone la pervivencia de la especie desde el punto de vista del medio natural? ¡Un espejismo!».

Los dos cuerpos no se movieron, y un par de ojos clavó la mirada en el otro. Dos existencias se habían encontrado, entrelazándose en algo similar a un abrazo pasional, y tan sólo una de ellos podría vencer y seguir adelante. En cambio la otra, peor adaptada y por lo tanto indigna de existir, tenía que morir y convertirse en alimento para la miríada de criaturas grandes, pequeñas y completamente imperceptibles para el ojo humano, a las que también aguardaba una pelea mortal por cada partícula de carroña.     

«Así pues,—pensó Darwin recobrando fuerzas para el último asalto— incluso la lucha feroz entre dos seres vivos no es más que la interacción entre dos partículas dentro del conjunto de la existencia, una especie de reacción química. De hecho, somos uno, somos células de un ser inmortal que se devora incesantemente a sí mismo, al que llamamos Vida. La naturaleza no distingue a los individuo-o-os».

El orangután se retorció, arqueó la espalda y de repente dos gemidos de odio se fundieron en un alarido transversal, repleto de sufrimiento y amor a la vida. Por unos instantes hubo “un” cuerpo de cuatro brazos y cuatro patas; hasta el punto de que era imposible decir dónde empezaban el torso y las extremidades de cada uno. La garganta repelió la mano y los dedos sueltos arrancaron un mechón de pelo. Un trémulo torso se superpuso contra otro; crujieron las costillas, castañearon los dientes y varios colmillos se desenvainaron. Mientras escupían, el aire borboteaba  por la garganta y los talones chocaban veloces contra el suelo. Cada célula muscular, rígida por la tensión, entró en un combate letal y se esforzó por dar toda la fuerza que llevaba acumulada, como si sintiese que una ocasión así podía no volver a presentarse jamás. Las potentes caderas se doblaron hasta la ingle, la pelvis se abombó, una rodilla peluda presionó en la barriga reblandecida y los gemelos tiraron  longitudinalmente el uno del otro. Finalmente, se ensancharon los orificios nasales y cayó una lengua azul, cubierta de ampollas.

Durante un tiempo, dos voluntades antagónicas oscilaron en equilibrio, pero la suerte estaba ya echada: una de ellas vaciló, sucumbiendo, reculó y se desmoronó bajo el ímpetu de la segunda. Pasaron unos segundos, y dos de los cuatro ojos, velados por la bruma de la indiferencia, comenzaron a empañarse lentamente.

Darwin volvió nuevamente en sí, sacudió la cabeza, distendió los dedos sobre aquella enorme garganta, y se puso en pie con parsimonia. Le crujía todo el cuerpo: le dolía la uña arrancada de su mano derecha y le molestaba la contusión en la rodilla, pero todo ello no tenía comparación con el sentimiento que emergía desde las profundidades de su corazón, reanimando gradualmente su mente. Con mano temblorosa, Darwin se quitó del pecho los despojos que se le habían adherido.

«Siempre debemos ver el triunfo de la vida sobre la máscara del sufrimiento y la muerte —pensó—. A fin de cuentas, no existe la muerte; tan sólo existen las contracciones del parto que preludia el nacimiento de un mundo renovado y mejor. En eso Lamarck tiene toda la razón».

Miró a su alrededor y todos los diferentes cachivaches circundantes (las cajas, los fardos y las patatas tendidas en el suelo) cobraron una nueva presencia; así, cada artículo estaba ungido por el éxtasis de la victoria y destapaba candorosamente la belleza que se escondía en él, como una virgen que se retirase el velo de la cara ante el guerrero que la había conquistado. ¡El mundo era tan hermoso….!

Psst, you might also like:
El JPEG

Con las piernas rígidas por la reciente escaramuza, Darwin volvió lentamente hacia la mesa iluminada con una vela, y se sentó en el banco. Hacía tiempo que no se le ocurría ninguna idea nueva. Luego se miró su puño, velludo y lleno de arañazos, y se acordó de Lamarck.

«Pero aún así —pensó— la clave no está en que la naturaleza aspire conscientemente a la perfección. Vemos que hay una selección, y los peor adaptados dan paso a los que se adaptan mejor. Por eso, una especie reemplaza a otra, expandiéndose en su hábitat. Pero surge una pregunta: ¿qué en concreto es lo que determina el grado de adaptación? ¿La fuerza?»

Darwin observó nuevamente su propio puño. En la parte posterior de la mano tenía un tatuaje que esbozaba tres coronas y un libro abierto entre ellas, en cuyas páginas destacaban en azul las siguientes palabras: «Dominus illuminatia mea». Entre «Dominus» e «illuminatia», bajo la piel, latía velozmente una vena azulada.

«No, —pensó Darwin—Si no fuese más que la mera fuerza física, entonces  tan sólo los elefantes y las ballenas poblarían la tierra. Se trata de otra cosa sin duda. ¿Pero de qué? ¿De qué? A veces estoy tan cerca de la solución…».

Pasó mucho tiempo absorto en sus reflexiones, rodeando con los brazos la enorme cadavera. Poco a poco, la llama de la vela se consumía sobre la mesa, al tiempo que se derretía la cera. Mientras tanto, se podía oír a los invisibles ratones. Darwin reflexionó durante largo tiempo. Su imponente figura estaba completamente inmóvil y parecía una estatua.

Finalmente se movió, se puso de pie, agarró el palo apoyado en la pared y golpeó cuatro veces en el techo. Inmediatamente llegaron otros cuatro golpes como respuesta, y Darwin golpeó el techo una vez más. Mientras colocaba el palo en su sitio, se inclinó hacia la cesta, levantó la tapa enlazada y sacó dos plátanos verdes de ésta. Metiéndolos en los bolsillos de los pantalones negros anchos, se desató definitivamente el cordón que ceñía el chaleco, se lo pasó por la cabeza y lo arrojó sobre la mesa, junto a la levita.

Cuando la escotilla invisible se cerró, desde la pasarela, por entre las cajas, se notó el chirrido de las tablas al son de unos pasos acolchados, aunque también pesados. Darwin ya estaba listo. Esta vez ningún tubérculo voló sobre él: el nuevo invitado se comportaba, puesto que no armaba ningún revuelo. Avanzaba sin tocar el suelo con las manos, y se movía con seguridad e impaciencia.

En el haz de luz apareció un enorme gorila, cubierto uniformemente de pelo negro corto. Tan sólo la cara y las manos estaban desnudas, por lo que recordaba a un gigante embutido en unas mallas oscuras. De repente Darwin se sintió pequeño y débil: sus hombros eran casi igual de amplios, pero él medía una cabeza menos.

«Así pues, —pensó él, tragando saliva y apoyando firmemente los pies en el suelo en el suelo vacilante— la clave no está en la fuerza bruta. ¿Y qué es lo que determina entonces la selección natural? ¿Tal vez la adaptación a las condiciones   para la subsistencia? ¿La capacidad para hacer el mejor uso de las posibilidades del medio?»

Dio un paso hacia el gorila. Sus ojos pequeños, clavados profundamente en el cráneo, miraban desde debajo de los superciliares con cautela, pero sin miedo; su nariz era como una monstruosa cicatriz, y solamente las orejas eran completamente humanas. Darwin vio una de ellas cuando el gorila volvió la cabeza para mirar el cadáver de su predecesor.

La visión del cadáver le alteró al gorila. Éste gruñó discretamente, tal y como hacen los perros, exhibió sus enormes colmillos y trasladó su mirada a Darwin. No había tiempo que perder.

Darwin dio dos pasos rápidos hacia adelante, se arrancó  del suelo con todas sus fuerzas y con el salto agarró la cuerda enrollada al techo. Su cuerpo se inclinaba hacia delante como un enorme péndulo y, cuando no le quedaba más que una yarda para tocar al desprendido y miedoso gorila, le golpeó en tromba con ambos talones, directamente en su amplia jeta impasible; el animal intentó cubrirse y protegerse en el último momento, pero no llegó a tiempo.

El golpe fue terrible. El gorila retrocedió, perdió el equilibrió y se desplomó bruscamente sobre el suelo. Evidentemente, se había quedado sordo: una vez caído, intentó yacer inmóvil. Darwin saltó levemente al suelo y se acercó hacia él.

«Y entonces, ¿en qué consiste la adaptación? —pensó él— ¿Qué es lo que determina el grado de adaptación del ser a la vida en uno u otro medio? ¿Su capacidad   supervivencia? Pero entonces tenemos un círculo vicioso: la adaptación determina la capacidad de supervivencia, y la capacidad de supervivencia determina la adaptación. No. He perdido el hilo de este razonamiento lógico…»

Entonces retiró la pierna para patear, pero en este mismo momento el gorila abrió los ojos, se arrancó del suelo con sus patas delanteras y apretó la quijada sobre la bota izquierda de Darwin. Afortunadamente, éste logró retirar la pierna, y los dientes del animal se hundieron en la suela, probando el espeso  acero de la herradura. Darwin se precipitó hacia atrás, y la bota se soltó de su pie. El gorila se levantó de un salto y, trabajando con sus manos y la mandíbula, en unos pocos segundos convirtió la bota en una masa informe de piel deshecha. Sacudiéndola a un lado, dio un paso hacie el científico, gruñó, estiró las piernas hacia adelante, y el pelo ondulado de su cabeza se le puso de punta.

«Sí, —pensó Darwin—, tal vez la clave esté en que las leyes de la naturaleza, aunque sean comunes, se manifiesten con diferente intensidad en la vida de cada especie. Es decir, que se de como una especie de interacción de diferentes patrones, ¡cuya suma determina el resultado de la selección natural!»

—¡R-r-r-r! —exclamó Darwin.

Darwin sacó de su bolsillo un plátano, lo balanceó delante del hocico del gorila y lo lanzó hacia el techo. El simio levantó la cabeza y subió las manos hacia arriba, intentando agarrar el plátano. No obstante, en ese momento, Darwin le golpeó tomando impulso, y llevó el talón de su pie descalzo a su tripa indefensa. El gorila sollozó y se encorvó, y luego un potente gancho de derecha la tiró de vuelta al suelo: se desplomó sobre el pecho, y Darwin, sin perder tiempo, cayó sobre su espalda y le agarró la garganta, rodeándola con la mano.

«La inteligencia, —pensó mientras apretaba sobre su presa las tuercas de acero con más y más fuerza,— o quizás incluso aquello que precede al intelecto: he aquí el factor capaz de aumentar las posibilidades de la especie peor adaptada físicamente en la lucha por la supervivencia…»

Pero la lucha por la supervivencia no había hecho sino comenzar. Una vez recuperado de la conmoción por haber caído al suelo, el gorila gruñó y trató de volverse sobre su espalda. Darwin desplegó ampliamente las piernas, para aumentar su zona de apoyo, y redobló sus esfuerzos. En la garganta del gorila algo regurgitó, y éste entonces llevó su enorme pata hacia atrás. Darwin vio una mano arrugada que aparecía y desparecia como un destello por su misma cara, con los dedos intermedios conectado por una membrana coriáceo, que lo agarró de la pequeña coleta, compuesta de pelos trenzados sobre la cerviz. Los ojos de Darwin se oscurecieron de dolor y aflojó la presión. El gorila lo aprovechó de inmediato y, con un fuerte rugido, se puso de costado. Ahora, Darwin tuvo que ejercer toda su fuerza para mantenerlo en su sitio; al orangután le convenía girar un poco más, y Darwin estaría completamente indefenso ante sus temibles dientes.

Psst, you might also like:
Mis padres y mis hijos

Darwin gimió y sintió que estaba perdiendo el conocimiento. Ante sus ojos, se batía una ola rojiza. Luego, de repente vio claramente, como en un grabado polícromo, un edificio de tres plantas situado a la orilla del río, cubierto de hiedra casi hasta el techo; era la casa de Shrewsbury donde había pasado su infancia. Vio su cuarto lleno de cajitas con colecciones de conchas y huevos de aves, y luego se vio a sí mismo de pequeño, con una pequeña levita incómoda y estrecha, vagando por la playa durante las horas de marea baja, contemplando los moluscos y peces que habían arrojado las olas. Entonces vio el rostro a todas luces inspirado del profesor Grant, su primer maestro, hablando de las formas larvarias de sanguijuelas y briozoos, y luego aparecieron otros rostros, extrañamente vivos, a los que sólo había visto retratados: – el de su abuelo Erasmus, quien murió siete años antes de su nacimiento, Carl Linnaeus, Jean-Baptiste Lamarck, John Stevens (e inmediatamente recordó la firma bajo el dibujo de un raro escarabajo, en su libro sobre los insectos británicos: «atrapado por Charles Darwin»). Y todos estos personajes lo miraban esperanzados, pues esperaban que él, encontraría en su interior las fuerzas para vencer y continuaría el trabajo iniciado por ellos; todos ellos, atravesando la penumbra de los años y millas, le enviaban su apoyo y ayuda.

«No tengo derecho a morir —pensó Darwin— . Todavía no sé lo más importante… Yo no me puedo morir ahora»

Éste, con un esfuerzo sobrehumano, tensó todos los músculos de su fornido cuerpo, retorció con el brazo hacia abajo la garganta del simio y oyó el leve chasquido de sus cervicales. Inmediatamente, el gorila se debilitó ante su vigorosa  presión, pero durante un tiempo Darwin no pudo soltar a su presa y se tumbó sobre ella, recobrando así el aliento.

«Sí, —pensó él—, no sólo interviene el intelecto, sino también la voluntad. La voluntad de vivir. Tengo que reflexionar tranquilamente sobre todo esto».

Incorporándose, se acercó lentamente a la mesa, se colocó la levita sobre los hombros y tomó un candelabro con una vela que se extinguía poco a poco. Le sangraba su pecho arañado, le dolía una pierna y le molestaba una contractura en el cuello, pero Darwin, era feliz. La verdad estaba varios pasos más cerca y su majestuosa luz, que aún no brillaba, pero era claramente visible, admiraba a su alma. Darwin pasó por encima de un gorila muerto, evitó las piernas obscenamente arrellanadas del orangután y se dirigió a la salida.

Cuando la escotilla de cubierta principal se abrió, la luz del sol cegó a Darwin. En vano intentó parpadear durante un tiempo, mientras se aferraba a la barandilla;  más tarde, una mano respetuosa vino en su ayuda y le ayudó a ponerse a levantarse en cubierta.

Darwin se cubrió la cara con una mano. Cuando ya sus ojos se habían  acostumbrado un poco a la luz, abrió los párpados y vio la superficie azul clara del infinito océano, sobre la que se suspendían ejemplares de pájaros blancos. A lo lejos, detrás de la pared baja de la borda, a través de la extraña red de jarcias que subían a lo alto, se divisaba la verde orilla de alguna isla desconocida. Entonces, si él por todo esto se quedaba demasiado abajo, se levantaba para estar arriba y ver.

— ¿Está usted bien, Sir Charles? –sonó al oído la voz del capitán.

— No me llames “Sir”, —farfulló Darwin— Por el amor de Dios.

—Créame —dijo solemnemente el capitán— Tanto para mí como para toda la tripulación del bergantín “Beagle'”, es un gran honor acompañarle en este viaje.                                   

Darwin agitó débilmente la mano. Como para confirmar las palabras del capitán, en la proa retumbó un cañón, y una larga bocanada de humo blanco se propagó por el agua. Darwin alzó la vista. A ambos lados, estaban dispuestos los marineros en filas idénticas: habían reunido a casi toda la tripulación. Decenas de ojos lo miraron con afecto. Cuando el subcapitan —en pie con el uniforme de gala y liderando la formación— empuñó el sable por encima de la cubierta, un ensordecedor «hurra» se abrió paso por el mar.

—Yo ya se lo he pedido, —dijo Darwin.— En serio, me resulta embarazoso.

—Usted es el orgullo de Gran Bretaña —dijo el capitán—. Todos estos hombres hablarán de usted a sus nietos.

Darwin, apabullado y con el ceño fruncido, miró de reojo a la formación de marineros y avanzó por la cubierta. A su lado, intentando no quedarse atrás, iba el capitán y corría luego el contramaestre con sus guantes blancos, sosteniendo en las manos un cubo de champán helado. Un viento húmedo desabrochó primero los faldones de su levita para luego refrescar agradablemente el pecho desnudo Darwin.  Así fue cómo éste sintió que recobraba rápidamente las fuerzas.

—¿En qué está pensando?  —preguntó el capitán. 

—Pienso en… ¡Ay Dios, dígales que dejen de gritar…! 

El capitán hizo un gesto con la mano, y cesaron los ensordecedores «hurras».

—Pienso en mis estudios —dijo con sequedad Darwin.

—Créame, Sir Charles —dijo el capitán—: cuando yo me imagino las alturas y abismos sin fondo que recorre vuestro irreductible pensamiento, me siento incómodo. Sé que vuestras ideas pueden ser inaccesibles para un simple oficial de Su Majestad. Pero tampoco me considero un completo ignorante. Yo también estudié en Oxford en mi época…

El capitán, con un movimiento rápido, se arremangó la levita y le enseñó a Darwin un tatuaje: tres coronas azules que se extendían y. abierto entre ellas, un libro con un epígrafe familiar. La mirada de Darwin se tornó más amable.

—Yo estudié en Cambridge, —dijo él— pero no se trata de eso. Estoy reflexionando sobre la existencia. Existir es algo tan hermoso, ¿no es cierto? Pero sólo la lucha es capaz de convertir esta alegría en algo tangible. Una lucha despiadada y cruel, por el derecho a respirar este aire, contemplar este mar y estas gaviotas… ¿Me comprende?

Levantó los ojos hacia el capitán. El capitán asintió pensativo, como un hombre que todavía no entiende el sentido de las palabras que le iban llegando, pero las memoriza cuidadosamente para darse cuenta de su significado más adelante, después de repetírselas a sí mismo varias veces. Sus ojos se encontraron, Darwin levantó la mano para colocarla en el hombro de su interlocutor, y de repente los ojos del capitán se mudaron de color: la atención reverencial que se percibía en ellos se convirtió en un miedo casi físicamente palpable. Darwin sonrió con tristeza y dejó caer la mano. Por enésima vez, sintió el muro que lo separaba de los demás, los ajetreados habitantes de la vida cotidiana, entre los que resultaba tan difícil vivir, inscrito en la eternidad y la historia.

A fin de no incomodar al capitán, Darwin dirigió la mirada a las largas filas de  jaulas que había en la popa. De entre ellas, le miraban inexpresivos decenas de enormes primates; unos sostenían las patas tras los barrotes, varios se habían sentado a la turca y otros se movían somnolientos.

Al meterse la mano en el bolsillo, Darwin notó algo pegajoso y húmedo, y extrajo un plátano machacado, hecho papilla, con un par de pelos rojinegros incrustados. Lanzó el plátano por la borda y se volvió hacia el capitán.

—En una o dos horas suelte a los nuevos —dijo él—: creo que dos más son suficientes por hoy. Y ahora…

—¿Un poco de champán? —preguntó el capitán, dominándose a sí mismo.

—Se lo agradezco, —dijo Darwin— muchas gracias, pero tengo que trabajar. Y si le soy sincero, me duele terriblemente la cabeza.

The Short Story Project © | Ilamor LTD 2017

Lovingly crafted by Oddity&Rfesty

Shares
Share This