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El peluquero envidioso

Lars Saabye Christensen | del: noruego

Traducción : Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

Introducción de Dana Caspi

Hace unos años me topé con una extraña noticia en un periódico local: un célebre peluquero, o “diseñador de peinados” según se los suele llamar, había cortado la larga cabellera de una dama sin su consentimiento. La noticia me perturbó por el grado de violencia que ella contenía, pero rápidamente la olvidé, quizás porque la descripción breve y lacónica no permitía vislumbrar a los personajes involucrados. En cambio Lars Saabye Christensen, el artista de los pequeños momentos –esos momentos en los que las emociones realmente grandes se ponen de manifiesto– ha tomado en “El peluquero envidioso” una situación de aquel mismo mundo –supuestamente trivial– donde se forjan relaciones entre los peluqueros y sus clientas, para construir un emotivo drama sobre la soledad, el sentimiento de culpa, y la envidia. El personaje de Bent es típico en la escritura de Saabye Christensen: un muchacho pueblerino solitario en la gran ciudad cuyo trabajo le impide establecer relaciones sociales; una persona rutinaria que siempre camina por el mismo trayecto por su gran miedo a cambiar. En cambio Frank, el peluquero, parece un personaje tomado de un relato del gran maestro noruego Knut Hamsun, quien suele poblar sus libros con excéntricos personajes que no siempre son conscientes de sus acciones y suscitan en los lectores una mezcla de identificación y desdén. Y de trasfondo: la amada Oslo de Saabye Christensen, la ciudad provinciana en la que creció y que se ha convertido ante sus ojos en un reducto yuppie con prestigiosos salones de peluquerías. La sensación de extrañeza, sobre la cual él se lamenta en casi todos los cuentos y novelas que ha escrito sobre Oslo, es el precio que Noruega ha pagado por su enriquecimiento a causa del célebre oro negro.

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Hacía muchos años que Bent se cortaba el pelo en la peluquería de Frank. Desde que a los veintinueve años se instaló en ese barrio de la ciudad, acudía allí el último viernes de un mes sí y otro no. Cada sesión duraba aproximadamente una hora, aunque tenía una cabeza fácil de arreglar, y no se fue complicando con el tiempo, más bien al contrario. Ahora Bent cumpliría pronto cuarenta y cuatro años, y si hacía cálculos, vería que había pasado cerca de cien horas en el sillón de barbero de Frank. Sin embargo no recordaba que hubieran conversado gran cosa, aparte de algunas frases sobre los partes meteorológicos cuando estos se equivocaban estrepitosamente, algún evento deportivo de importancia, o algún político que se había pasado de la raya en uno u otro sentido. Ni siquiera de su pelo hablaban gran cosa, porque Frank sabía cómo lo quería desde el primer viernes que entró en la peluquería, hace casi quince años: Bent colgaba la chaqueta en el perchero de pie que había junto a la puerta, tomaba asiento, el sillón era elevado un par de posiciones, Frank le ponía la capa y ese cuello de papel algo tieso, dejándole notar sus delicados dedos en las sienes y acto seguido se ponía manos a la obra, sin que ninguno de los dos pronunciara palabra. Pues a Frank le gustaba cortar en silencio, algo que Bent apreciaba, quizás fuera por eso por lo que siempre y en último término volvía a esa peluquería, porque se libraba de tener que contestar a toda clase de preguntas y de justificarse, a la vez que podía verse a sí mismo en ese viejo espejo mate, que era tan cortés con su cara, y escuchar los rápidos cortes de las tijeras alrededor de la cabeza, el tenue zumbido de la máquina de afeitar en la nuca y por fin la risa del suave cepillo por el cuello. Este era el lenguaje del peluquero. Esta era la única y duradera conversación de la peluquería: el dialecto del pelo.

Después de todos estos años sabían poco o nada el uno del otro. Tal vez fuera mejor así.

Bent vivía solo en un piso que constaba de cuarto de estar, dormitorio y cocina, tres plantas por encima de una tienda que estaba abierta las veinticuatro horas. A veces bajaba a medianoche y compraba tres rosquillas a la chica de detrás del mostrador, Susie se llamaba, lo ponía en una plaquita que llevaba, y alquilaba algún vídeo de Mia Farrow. Pero raramente servía de algo. Las películas no eran lo suficientemente soporíferas ni excitantes. Por otra parte empezó a engordar, se iba hinchando lentamente y casi todo le tiraba. Bent era camillero en el Hospital Central. Nunca había faltado a su trabajo.

Cuando se acercaba a la ventana de su cuarto de estar podía ver la peluquería de abajo. Frank se quedaba a menudo hasta tarde. Barría los pelos del suelo y los llevaba a la trastienda, lavaba los peines en agua azul, limpiaba las máquinas de afeitar, ordenaba las viejas revistas que todo el mundo había leído hacía tiempo, o escribía cartelitos que colgaría en la puerta al día siguiente: Corte para pensionistas a mitad de precio. A veces se quedaba simplemente sentado sin hacer nada en el sillón de barbero durante horas, como si estuviera dormido. Entonces Bent ya no quería ver más, se iba a la cocina y se sentaba a tomar un café. Pero le habría gustado ver a Frank cuando se cortaba el pelo a sí mismo.

Frank era un hombre enjuto y meticuloso, de unos cincuenta y cinco años. Había heredado la peluquería de su padre, un ex campeón de Oslo en la materia, que se retiró cuando estaba en la cúspide y murió sólo tres semanas después. Pero las copas seguían aún en una vitrina que había al lado de los espejos. Y el hijo, Frank, había conseguido resistir todos estos años, mientras nuevas peluquerías con nombres como Hairport, Agaton Sax y Spaghetti surgían en cada esquina, casi invadiendo el barrio. Frank lo había conseguido gracias a un círculo de clientes reducido pero fiel, que en su mayoría estaba compuesto por hombres de mediana edad con modestas exigencias sobre ingenio e inventiva en lo que al peinado se refería. Eran hombres que se contentaban con decir, si es que decían algo, “como siempre, corto por encima de las orejas”,  o tal vez, cuando se acercaban las vacaciones de verano, se  atrevían a decir, en un día afortunado, una frase entera. Creo que vamos a cortar bastante esta vez, Frank. Entonces Frank, con esa voz un poco ofendida a la vez que altanera, a la que muy pocos conseguían acostumbrarse del todo, pero que al fin y al cabo aceptaban porque querían evitar tener que acudir a otros sitios con sus escasos flequillos y profundas entradas, decía: Ya lo sé, tú siéntate. Al fin y al cabo, todo el lenguaje entre ellos estaba centrado en una palabra, cortar, el verbo mismo de sus vidas.

Así habían transcurrido los años y así seguían transcurriendo, ningún giro abrupto, ninguna catástrofe, ningún júbilo. Había en la vida algunos badenes y el tiempo era un peine lleno de pelos todas las mañanas. Se hacían mayores, pero apenas se daban cuenta. Elegían sus espejos con esmero, elegían los espejos de Frank. Lo único que en su opinión cambiaba era la ciudad en la que vivían. Cualquier día podían despertarse y encontrarse con un nuevo puesto de hamburguesas y perritos calientes y antes de acostarse ver un letrero más de publicidad luciendo con letras verdes y entrecortadas sobre la parada del tranvía, por no decir esos nuevos peluqueros con nombres modernos que abrían sus peluquerías donde antes había una tienda de comestibles, una ferretería o una tienda de confección. Todo esto les desconcertaba, les provocaba insomnio y se sentían como desahuciados incluso en sueños, pero a veces podían notar también un repentino golpe de felicidad, una especie de risa en la cabeza al ver esos cambios, porque de pronto se daban cuenta y con mucha fuerza de que ellos mismos eran los únicos puntos de apoyo fijos en sus vidas.

Y cuando suena el despertador se levantan enseguida, de todos modos ya han dormido, y tal vez limpien el peine de pelos, porque de vez en cuando alguno de ellos se peina dormido.

No se veían nunca, excepto en la puerta de la peluquería de Frank.

Era el último viernes de noviembre, el mes de Frank. Todo estaba mojado y amarillo, y en cualquier momento la lluvia podía convertirse en nieve. Bent volvía a casa andando por la ancha y reluciente calle comercial que iba desde el centro hasta su barrio. Había tenido un día duro en el trabajo, no más que de costumbre en cuanto a paseos hasta la cámara frigorífica, pero uno de los nuevos, un joven estudiante, había vomitado en el pasillo, directamente a la pared, y luego se había desplomado llorando. Llevaban a un niño. Bent estaba harto de esos sustitutos que iban y venían, no era así como debía ser, no era lo correcto. Pero él no amonestaba a nadie, sino que intentaba consolarlos, diciéndoles que antes o después se les pasaría. Se necesita tiempo para acostumbrarse a esa etiqueta con un número atada al blanco pie de un niño.

Ahora Bent estaba esperando a que el semáforo se pusiera verde en el cruce junto a la parada del tranvía. Quería pasar al otro lado. Quería protegerse. La lluvia se estaba convirtiendo en aguanieve y le caía pesadamente sobre los hombros y las manos. Entonces descubrió, para su sorpresa, que echaba sombra, una sombra nítida que entraba oblicua en la calle. Se volvió y le cegó la intensa luz blanca de Spaghetti, la más nueva de las peluquerías del barrio. Bent cambió de repente de parecer y entró allí, en Spaghetti. Luego sería incapaz de explicar por qué lo hizo. Simplemente lo hizo. Dirigió sus pasos en otra dirección. Podría haber recurrido a las mentiras verdaderas, como que había tenido un día duro en el trabajo, que estaba algo desequilibrado, o al menos no del todo equilibrado, porque, ¿quién es capaz, hablando con sinceridad, de acostumbrarse a una etiqueta con un número atada al pie derecho de un niño y a esa corriente de aire frío que notas cuando ese recuerdo se solidifica? Pero no fue esa la razón por la que de pronto Bent vio que le goteaba lluvia de la chaqueta, cayendo a chorros al suelo embaldosado que parecía un enorme tablero de ajedrez, y que en esos pocos segundos que llevaba en el local se había formado un charco alrededor de sus zapatos. Allí estaba él, un hombre llegado de la aguanieve, en la intensa luz de Spaghetti. Los olores eran distintos, saturados, llenos de un peso desconocido, casi como cuando uno está de viaje. Bent se pasó la mano por la frente y miró a su alrededor. Había tanto mujeres como hombres, estaban sentados mezclados en sillas normales y corrientes, delante de unos espejos altos que él no podía reconocer. Oía música, un ritmo monótono, martilleante, que le recordaba al generador del sótano del hospital y a noches de insomnio. Fue como si de repente se despertara. No podía quedarse en ese lugar. Tenía que salir de allí, tenía que escapar, se trataba de una equivocación, él iba a otro sitio, tenía que marcharse. Fuera, en la calle, el semáforo cambió, Bent vio la luz verde detrás de rayas grises de aguanieve, como una llama enferma en el fondo de una pantalla muerta de televisión cuando la película, por ejemplo con Mia Farrow, había acabado hacía mucho rato. Se marchaba. Ya se estaba yendo. Entonces un joven, más bien un chico, con pantalones de cuadros, casi como el suelo, se le acercó.

–Hola, ¿cómo te llamas?

–Bent –contestó Bent.

–¿Has pedido hora?

–No. Lo siento. Me voy ya. Lo siento.

El chico lo midió lentamente con la mirada, luego contempló el charco alrededor de los zapatos y se detuvo arriba, en el nacimiento del pelo, con una sonrisa.

–Te buscaremos un hueco, Bent. Muchas cancelaciones, ¿sabes? El tiempo. Terrible para salir. ¿A que sí?

–Puedo esperar a otro día. Lo siento.

El chico lo agarró del brazo.

–No tienes que disculparte para nada. Toma asiento, Bent. Todo irá bien.

El chico le ayudó a quitarse la chaqueta y Bent fue colocado en una silla, una silla normal y corriente, delante de un espejo con cuya mirada apenas soportaba encontrarse. A ambos lados de él había señoras o chicas, colegialas vergonzosamente jóvenes a las que les estaban arreglando el pelo para el fin de semana. Esto no parece una peluquería, pensó Bent, esto parece un teatro, seguro que esta es la pinta que tiene la parte posterior del teatro, detrás del escenario. Pelo que se arreglaba, pelo que se quemaba, pelo que se teñía, allí se hacía de todo con el pelo, excepto cortarlo. Bent entrelazó las manos, cerró los ojos y surgió en él un viejo temor, como el que sintió el primer día en la ciudad, fue en junio, cuando se bajó del tren en la estación Este, tras haber viajado durante cuarenta y ocho horas y se encontró solo en el andén, en otro mundo, con una maleta marrón, todas  sus pertenencias en una mano y el gran peso de expectativas en la otra, esa sombra de la que no lograba escapar, por no mencionar el primer turno de guardia cuando había conseguido un trabajo de verano en el Hospital Central, él, a cuatro patas delante de la cámara frigorífica, sollozando, meándose en los pantalones, la mierda, los vómitos y las risas arriba en la cantina luego, este no durará mucho, decían, una semana como mucho. Pero Bent duró más que ninguno. Fue a la ciudad para estudiar en la Academia Bancaria, en lugar de eso se quedó en el hospital, en las profundidades, en las catacumbas y el frigorífico. Bent era el sustituto que se quedó. Vivía en una habitación alquilada en el centro, vendió los libros de texto en un anticuario y estaba a poca distancia del trabajo. Luego se mudó al piso de encima de la tienda y empezó a cortarse el pelo en la peluquería de Frank. Nunca volvió a casa.

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El chico le puso una capa negra sobre los hombros, se colocó detrás de él, y le levantó apenas la cabeza.

–¿Hace mucho que no vas al peluquero?

–No, me corté… El chico le interrumpió.

–Al peluquero, quiero decir. ¿Hace mucho que no vas al peluquero?

–Dos meses. ¿Por qué?

–No, nada. Sólo me lo preguntaba, eso es todo. ¿Cómo lo quieres, Bent?

–Normal.

Ya no había posibilidad de retroceder. Ya había empezado. Se miró en el espejo. Había engordado más de lo que pensaba. Tendría que dejar de ver esas películas de Mia Farrow.

–Normal –repitió el chico–. ¿Normal?

Los otros peluqueros los miraban de reojo, los clientes también. Y las colegialas, ¿se estaban riendo? No, Bent no podía ver si se reían, sólo lo miraban antes de volverse a encontrar con su propia mirada, hablando entre ellas con los espejos de intermediarios.

–Sí –dijo Bent–. Como lo llevo ahora, sólo que un poco más corto, me figuro.

Nunca le había dicho tanto a Frank, y ese repentino pensamiento en Frank le intranquilizó, casi le estremeció. Frank lo estaría esperando ya en su peluquería, ya habría empezado a mirar el reloj, porque eran más de las cuatro y media, y Bent allí sentado, bajo manos desconocidas. ¿Qué estoy haciendo? pensó. ¿Qué he hecho? Los dedos del chico le apretaron las sienes.

–Habrá que mantener la cabeza quieta. Para que pueda trabajar en paz.

–Lo siento.

El chico se quedó detrás de él, inmerso en sus propios pensamientos, mientras pasaba un dedo por el pelo mojado de Bent.

–Eso suena muy aburrido –dijo por fin–. Lo de normal, quiero decir.

Y entonces Bent dijo algo que jamás habría creído que se atreviera a decir:

–Haz lo que quieras.

El chico levantó la mano y señaló al aire como si al principio no entendiera muy bien lo que acababa de oír. Al instante, sonrió y chasqueó ruidosamente los dedos.

–¡No te vas a arrepentir, Bent! –El chico le presionó las orejas hacia atrás, mientras lo estudiaba muy a fondo.

–¿Dejamos las chuletas tal cual o no? Bent miró velozmente al espejo. Era allí donde se hablaba.

–¿Las chuletas?

–Las patillas, Bent. ¿Dejamos las patillas o no?

El chico le soltó las orejas. Al parecer, aún no creía lo que había oído.

–Haz lo que quieras –repitió Bent.

Tardó menos tiempo que en la peluquería de Frank, pero tuvo que pagar el doble. El chico le dio incluso su tarjeta de visita, le gustaría hacerle un seguimiento, como dijo, y una muestra de champú. Cuando Bent salió, sentía casi como si tuviera una cabeza nueva. El semáforo se puso rojo. Seguía cayendo aguanieve. Consiguió parar un taxi en la siguiente esquina y se fue derecho a casa. Cuando pasaron por la peluquería de Frank, se agachó para atarse los cordones de los zapatos. No tenía valor para que lo viera en ese momento. Por suerte, el taxista no dijo nada, pero lo miró por el espejo un par de veces. Bent pagó y entró a toda prisa en la tienda, metió leche, el pan, una revista y medio pollo en la cesta y la llevó hasta el mostrador.

Susie lo miraba fijamente mientras marcaba los importes.

–Qué guapo estás –dijo. Bent se rascó la frente.

–¿Tú crees?

–Si no fuera así, no te lo habría dicho, ¿no?

–No, quizás no.

Susie le alcanzó la bolsa con la compra, y una vez más lo miró fijamente, no a los ojos, sino un poco más arriba y sin ocultarlo.

–¿Quizás? Te he dicho que me parece que estás guapo. Mucho más que antes.

–Gracias. Muchas gracias.

Bent fue hacia la puerta. Entonces Susie gritó detrás de él. Bent se volvió. Ella no dijo de repente nada. Bent se puso nervioso.

-¿Qué pasa?

–Las películas. Te has olvidado de devolver las películas.

–Ya las bajo.

Susie cogió un caramelo del plato del mostrador y se lo metió en la boca.

–No es que me corra prisa. No las pide nadie más que tú. Pero si no, te va a salir muy caro.

–No te preocupes.

–No me preocupo. ¿Son divertidas?

Bent se encogió de hombros.

–Al menos no te duermes viéndolas.

Susie se rió.

–Suenan superemocionantes.

Y por segunda vez ese día Bent dijo algo que no creía que fuera capaz de decir.

–Podemos verlas juntos alguna tarde. Si te apetece, quiero decir.

Susie se apoyó en el mostrador chupando lentamente el caramelo. Bent podía oírlo desde donde estaba.

–Quizás. Con tal que no sean aburridas…

Bent consiguió llegar a su portal, nada de correo, sólo un folleto con una oferta del carnicero. Cogió el ascensor hasta el segundo piso. Una vecina estaba ocupada en algo junto al hueco para tirar la basura. Lo miró velozmente, apartó la mirada y siguió a lo suyo. Olía a algo podrido, pescado, o tal vez una lata de comida para gatos. Bent abrió la puerta con la llave, dejó la bolsa de la compra en la cocina y fue al cuarto de baño. Allí se quedó un largo rato en la penumbra delante del espejo. Zumbaban las tuberías, los intestinos del edificio, el rugir del viernes. Su cara parecía más pequeña, más estrecha. Tengo que adelgazar, pensó. El resto del cuerpo no está en proporción con la cara. Se acabaron las rosquillas por las noches. Se puso la mano en la cabeza, lisa, esa fue su sensación, completamente lisa. Se olió los dedos, le recordaba a algo que no era capaz de recordar del todo, unas vacaciones que se había perdido, un regalo que nunca había abierto, fruta, quizás. Se lavó las manos y metió el frasquito de champú en el armario de las medicinas.

Luego se paseó de puntillas por el piso, apagó la luz y miró a través de las cortinas. No se veía a nadie allí abajo, en la peluquería de Frank. La ventana estaba oscura. No colgaba en la puerta ningún cartel escrito a mano con ofertas para los pensionistas del barrio. Bent se sintió intranquilo. Se comió el pollo frío, tuvo que quitarle la piel tiesa y pegajosa y tirarla. Había que tener cuidado con esas cosas, si no, empezaban a apestar, lo mismo pasaba con los huesos, los finos huesos de las patas, el hueso de la pechuga. El frasco de la mostaza estaba vacío, lo metió en agua hirviendo y raspó la etiqueta para quitarla. Vio las noticias en la televisión, pero luego no era capaz de recordar lo que había visto, ni siquiera qué tiempo iba a hacer o quién era el meteorólogo. Las películas estaban  colocadas en un montón junto al televisor. Las clasificó de tal modo que la que más le gustaba, o la que pensaba que a Susie, la chica de la tienda, más le gustaría, si es que tenían el mismo gusto, quedara encima, por si ella lo hubiera tomado en serio y acudiera. Volvió al baño y se presionó las orejas contra la cabeza, lo que hacía parecer que tenía la cara más fina aún. Mucho más guapo que antes, había dicho ella. Se pasó el peine por el pelo, hacia atrás, resultó pesado, como pasar la mano con los dedos separados a través del agua. Examinó luego el peine con más luz. No pudo ver nada. Luego fue a la cocina a hacer café. Las listas de las guardias colgaban en la puerta, al día siguiente le tocaba turno de mañana, a partir de las ocho. A Bent no le importaba hacer las guardias los domingos, los sustitutos, sin embargo, hacían todo lo posible por evitarlas, aunque eso significaba unas coronas más. Los fines de semanas eran estupendos, por alguna razón solían significar ratos tranquilos, como si la muerte tuviera un horario fijo y convenio salarial. Guardia angelical es como solían llamar a los fines de semana. Dejó la tarjeta del peluquero en la cesta de toda la demás publicidad y apartó la cafetera de la placa. Entonces sonó el teléfono.

Soltó la cafetera y corrió hasta el cuarto de estar. Nunca lo llamaba nadie. Esperó. Seguía sonando. Agarró el auricular.

–¿Ben? ¿Estás enfermo? –Era Frank.

Bent tuvo que sentarse. Se cambió el auricular de mano e inspiró lo más silenciosamente que pudo.

–¿Enfermo? No, no estoy enfermo.

Ya lo había dicho. Ya había hecho inutilizable esa mentira.

–No has venido –dijo Frank.

–Se me hizo tarde en el trabajo. Tuve que hacer un turno extra.

–Te he estado esperando mucho rato, Bent.

–Lo siento. De veras. Debería haberte avisado.

–Puedes venir ahora si quieres.

–¿Ahora? ¿Qué quieres decir?

–Que puedes venir ahora si quieres. Yo estoy aquí.

Bent se estiró hacia la ventana, hasta donde le llegaba el cable, y miró hacia fuera. Abajo, en la peluquería de Frank, se veía una luz azul. Pudo ver a Frank sentado de espaldas en el sillón de barbero del medio, y con un teléfono inalámbrico a la oreja. Llevaba la chaqueta blanca con todos los peines y unas relucientes tijeras en el bolsillo del pecho. Hizo un movimiento brusco y el sillón empezó a dar vueltas lentamente. Bent soltó la cortina y se echó hacia atrás. Oía que Frank se reía por lo bajo.

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–Creía que no estabas –dijo–. Tu casa está muy oscura.

–Aún no me ha dado tiempo a encender la luz. –Volvió a hacerse el silencio.

–¿Vienes?

–¿No puedo ir mejor el mes que viene? Tal vez el último viernes del mes que viene.

Bent oyó la pesada respiración de Frank y algo que cayó al suelo y se rompió. No se atrevió a mirar y averiguar lo que podía haber sido.

–¿El mes que viene? ¿Diciembre?

–Sí, el último viernes de diciembre. ¿Podría ser?

Frank volvió a reírse, una risa rara, como si se estuviera atrancando algo.

–No podrá ser.

–¿Por qué no?

–¿Qué por qué no?  ¿No puedes venir ahora? Yo estoy aquí.

–Estoy agotado.

–¿Seguro que no estás enfermo?

–Sólo agotado. El trabajo. Hoy hemos tenido que llevar a un niño a la cámara. A dos niños.

Bent se lo oyó decir a sí mismo. Se dejó caer en la silla.

Por tercera vez hoy, pensó, estoy diciendo sandeces. Dos cosas que había pensado que nunca diría y otra que nunca debería haber dicho. Quería retirarlo. Desmentirlo. Sólo los sustitutos hablaban de los muertos.

–Estoy agotado –repitió–. Es el tiempo.

–Puedes venir mañana.

–¿Sábado? Pero es cuando cierras.

–Abriré para ti.

Bent se encogió en la silla.

–Mañana también trabajo. Turno doble.

–¿Ah sí? ¿Tanto trabajo hay?

–No sé a qué hora volveré a casa. Siempre hay mucho trabajo.

Frank se quedó callado un buen rato.

–Estoy aquí ahora –dijo por fin–. Para que lo sepas, Bent–. Frank colgó. Bent se quedó con el auricular en la mano.

Luego lo soltó, dejándolo con cuidado en su sitio, como si tuviera miedo de despertar a alguien. No se atrevió a acercarse a la ventana. No se atrevió a encender la luz. Optó por ir al baño, donde se desnudó, se duchó y se lavó el pelo, no con el champú nuevo, ese lo dejó estar, sino con el viejo jabón que había usado siempre, se restregó el cuero cabelludo con dureza, con tanta dureza de la que fue capaz, temblaba bajo el chorro fino e irregular, se había vuelto demasiado pequeño para su cuerpo, como un proyector incapaz de iluminar al hombre entero, sólo a determinadas partes, las manos, el estómago, los hombros, las rodillas. Veía el agua que se llevaba rayas de pelo en un círculo negro por el desagüe.

Luego intentó ver una película, la de más abajo del montón, pero fue incapaz de seguir la acción. El número de personajes era demasiado grande y no entendía quién hacía qué y por qué lo hacía. Al cabo de un cuarto de hora lo dejó, comprobó que había apagado la placa de la cocina eléctrica, que la puerta estaba cerrada, y se fue a acostar. No consiguió dormir. Lo sabía. La sábana se le salió. Ese olor desconocido que provenía de su cabeza era ahora aún más fuerte, como si al ducharse se le hubiese esparcido por todo el cuerpo. Era como estar acostado en otro lugar, en otra cama, en la habitación de un hotel en la que alguien acababa de levantarse, dejando atrás su gruesa sombra como un hueco en el colchón. Los sonidos de la calle eran nítidos: gritos, música, motores, algo que se rompía en pedazos, una botella o una ventana. Luego se hacía el silencio, casi, nunca había un silencio absoluto.

Bent se despertó sobresaltado. Había sonado el teléfono. Volvió a sonar. Se apresuró hasta el aparato. Era pasada la medianoche. Estiró la mano. El teléfono no dejaba de sonar. Levantó el auricular.

–¿Bent Samuelsen? –dijo la voz de un hombre.

No era Frank, era otra persona, una voz desconocida. Sería alguien que se había equivocado de número, pensó Bent. Algún borracho. Pero no podía ser una equivocación, alguien acababa de pronunciar su nombre, su nombre completo. Alguien habría muerto, su padre, seguro que su padre, y alguien llamaba a Bent para comunicárselo, el párroco, el policía rural, un vecino, seguro que el vecino de la casa blanca de detrás de los cobertizos, donde solían jugar cuando la marea estaba baja.

–Sí –dijo Bent, casi impacientemente–. ¿Sí?

–Nos has decepcionado.

–¿Qué?

–Nos has decepcionado, Bent.

–¿Con quién estoy hablando?

–Tenemos un amigo común. Corto por encima de las orejas.

Bent cayó en la cuenta, era uno de los clientes de Frank, tenía que ser uno de los clientes de Frank, uno de esos con los que se encontraba entrando o saliendo tal vez, uno a quien había dejado abierta la puerta, a quien había saludado con la cabeza, pero con quien nunca había intercambiado una palabra. Bent se acercó con esfuerzo a la ventana, la peluquería estaba oscura, sólo se veía la tenue luz azul sobre el espejo, como en un gran acuario vacío.

–¿Qué quieres? –susurró Bent.

–¿Qué quieres tú? Esa es la cuestión.

Bent notó de repente que estaba a punto de ponerse furioso. No lograba estarse quieto. Algo le subía por dentro, una rabia, una tremenda rabia. Hacía mucho tiempo que no se había sentido así. Menos mal. Podría haber hecho pedazos cualquier cosa.

–¡Me has despertado! –gritó.

–No has contestado a mi pregunta.

–Y tú no has contestado a  la mía. ¿Qué quieres de mí? –Oyó la respiración al otro lado del auricular, de otro lugar

en la misma ciudad, en el mismo barrio, tal vez en la misma calle. Algo se cayó, un vaso, una taza, algo que chorreaba.

–¿Ahora tienes miedo? –preguntó el desconocido.

–¿Miedo? ¿Qué quieres decir?

Primero sonó una risa débil.

–¿Te crees muy fino o qué? ¿Más fino que nosotros? Bent no contestó. Tenía frío en los pies. Había corriente

por el suelo, venía de la entrada. Una sirena pasó por la ciudad, la ambulancia, algunos se habrían matado entre ellos justo antes de la hora de cierre. Un perro ladró en un piso de arriba o de abajo.

–Gilipollas –dijo Bent–. ¡Gilipollas de mierda!

Oyó un clic en el teléfono, un pitido, como si la red telefónica hubiese captado la sirena y ésta se expandiera en todas las direcciones. Volvió a sonar la voz.

–Tenemos que cuidar de Frank. Es todo lo que tengo que decir. Tenemos que cuidar de Frank.

Se cortó la comunicación. Bent soltó el auricular, que llegó justo hasta el suelo. Lo dejó allí colgando. Le dio una patada. El auricular dio contra la pared. Bent se fue alterado a la cocina, ahora no voy a poder dormir, pensó, ahora sí que no voy a poder dormir, revolvió la despensa, la nevera, pero logré decirlo, gilipollas, gilipollas de mierda, podría haber usado palabras más fuertes, las sabía, palabras que casi había olvidado, no le faltaba labia si la situación exigía algo fuerte. Escupió en la pila. Por fin encontró lo que estaba buscando en el fondo del cajón del pan, una rosquilla. Se sentó junto a la mesa de la cocina y se la comió despacio. La rosquilla estaba dura y seca. No importaba. Se la comió, se le disolvió en la boca como polvo grueso. Se bebió un vaso de agua, sabía a mostaza, y se fue a acostar.

Se quedó en la cama despierto y asustado, ahora sí, asustado, notaba como un pesado plomo en el estómago, el revés de la excitación y la rabia: el miedo. Se había salido. Los había traicionado a ellos, a ese círculo de hombres callados, al que él mismo había pertenecido. Los fieles clientes de Frank. Los había ridiculizado un viernes de noviembre, y lo había hecho por una ocurrencia repentina, sin ningún plan, sin premeditación, se había burlado de ellos. Bent tiraba del edredón. Ardía. Apretó la cara contra la almohada. Entonces por fin le llegó el sueño, soñó con Susie, ella lo esperaba mientras él rebobinaba todas las películas, pero las cintas no se paraban nunca, patinaban sin cesar dentro de las casetes, soñó con las conchas durante la marea baja, a las que ponían nombre según los animales de la granja, vaca, oveja, cabra, la almeja era vaca, el gato era azul y Bent soñó con los ojos negros del desagüe  absorbiendo pelos y piel, el sueño era una cadena de visiones que quedaban oxidadas en una nueva mañana.

Bent se despertó con una luz diferente. Se levantó asombrado, con una luz diferente. Se puso la bata y se acercó a la ventana. Invierno. Le habría gustado verlo, ver justo el momento en que el aguanieve se había convertido en nieve, de gris a blanco, de lo pesado a lo ligero. Pero ni siquiera había visto la lluvia convertirse en aguanieve, a pesar de encontrarse en medio de ella, notando el peso del frío húmedo. Entonces vio en la acera huellas de pasos que conducían hasta la peluquería de Frank y que cruzaban la calle a la altura del local. Alguien había estado ya allí. Bent se volvió de repente. El auricular colgaba sobre el suelo, todavía meciéndose suavemente, como un lento péndulo. Eran las siete y media. Colocó el auricular en su sitio y llamó al Hospital Central para decir que estaba enfermo. No podía ir, estaba enfermo, algo del estómago, tendría más información al día siguiente, estaba enfermo, era algo contagioso, sí, probablemente algo contagioso. Colgó con ímpetu. Se quedó donde estaba, jadeante, como esperando que volvieran a llamar inmediatamente para descubrirlo. Ya estaba hecho. Ahora no podía llamar para decir que estaba recuperado y duplicar así la mentira con una media verdad. ¿Por qué no había algo llamado verdad forzosa? Era la primera vez que no iba a trabajar. Hoy los muertos tendrían que aceptar un tiempo de espera más largo. Los muertos eran minoría. Los muertos no tenían derecho a decidir nada.

Puso la cafetera y se cortó una rebanada de pan. No tenía hambre y ni la tocó. Limpió las migas de la mesa, metió el cuchillo en el cajón. El invierno le estaba cegando. Lo blanco se metía por todas partes, nieve, luz erosionada, se fue al baño y se miró en el espejo. Sí, realmente tendría que adelgazar, la rosquilla de esa noche había sido la última. Las proporciones no eran correctas, él era una gran A con un círculo demasiado pequeño encima, no mayor que un puntito. Tendría que convertirse en una i, y ya era hora de ser una i normal y corriente, que dormía por las noches y no comía rosquillas en lugar de dormir.  Se pasó los dedos por el pelo. Ya no estaba liso, sino seco y tieso. Se miró los dedos, algo caía de ellos.

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En ese momento sonó el timbre. Alguien estaba llamando a la puerta de Bent Samuelsen. Había pasado mucho tiempo desde la última vez, entonces eran los testigos de Jehova. Se dirigió rápidamente a la entrada y se detuvo. ¿Y si era Susie? Y él con una bata horrible y los pies descalzos, recién salido de la cama el primer día del invierno. Vaya pinta que tendría. No podía sino abrir. Bent abrió la puerta. No era Susie. Era Frank.

Allí estaba Frank, con dos bolsas llenas de la tienda de abajo, mirándolo fijamente.

–¿No vas a invitarme a entrar?

Bent se apartó y le dejó entrar. Frank plantó las bolsas en el suelo, se quitó los zapatos y el abrigo y se volvió hacia él. Frank miraba fijamente la frente de Bent, esbozando una sonrisa.

–Conmigo puedes ser sincero, Bent.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿verdad?

Bent no contestó. La puerta se cerró sola.  La mirada de Frank estaba  por todas partes. La mirada de Frank estaba en él.

–¿No es así? ¿No nos conocemos desde hace mucho?

–Sí –contestó Bent.

–Quince años. ¿No son quince años?

–Creo que sí. Quince años.

Frank se acercó más. Frank estaba a punto de tocarlo.

–Pero si estás enfermo. ¿Por qué no me dijiste que estabas enfermo?

–No estoy enfermo.

–Acabo de llamar a tu trabajo. Han dicho que no estabas. Han dicho que estás enfermo.

Bent se sintió helado y asustado, aún más asustado.

–¿Has llamado al hospital? ¿Por qué has llamado al hospital?

–Estoy preocupado por ti, Bent. Frank levantó las bolsas de compra y volvió a sonreír.

–Te he comprado algunas cositas. ¿Las dejo en la cocina?

Bent respiró.

–Sí. La cocina. Vale.

Frank dio un paso atrás y volvió a escrutarlo con la mirada. Sacudió la cabeza un buen rato para que no hubiera ninguna duda.

–De verdad que tienes mal aspecto.  No cabe duda.

–No es nada grave.

–Yo sólo pensaba que te tomabas un día libre.

Frank se rió, repentina y ruidosamente. Bent miró en otra dirección, alterado.

–Yo no me tomo días libres sin motivo.

–Muchos lo hacen. Muchos.

Frank se puso a silbar la melodía de una conocida serie televisiva de años atrás, mientras iba a la cocina a meter la leche y el embutido en la nevera y el pan en el cajón de pan. Al final dejó una bolsa grande de papel sobre la mesa con una sonrisa.

Bent se quedó en el vano de la puerta.

–Rosquillas –dijo Frank. Bent no dijo nada.

–He oído que te gustan las rosquillas. ¿Eh?

Bent asintió con un gesto de la cabeza. Frank sacó una rosquilla de la bolsa y se la dio. Estaba recién hecha y caliente, y sin embargo le crecía en la boca, como si de setas se tratara. Bent tragó una y otra vez. La mirada de Frank lo rodeaba constantemente. Frank no le quitaba ojo.

–¿No vas a enseñarme el resto de la casa?

Volvieron al cuarto de estar. Frank pasó el dedo por la librería, echó un vistazo a una foto de los padres de Bent, sacada el día antes de que él se marchara de casa y cogió unas revistas que había tiradas en el suelo junto al televisor.

–¿Puedo llevarme estas, Bent? – Sí– ¿Seguro que las has leído?

–Sí, las he leído.

–¿Seguro? No las quiero si tú no las has leído.

–Las he leído. Llévatelas.

Frank metió las revistas en una de las bolsas vacías.

–En los viejos tiempos la peluquería estaba abonada a las revistas Allers y Hjemmet, y al periódico Aftenposten. Ya no se puede.

Frank suspiró y se colocó junto a la ventana, luego miró por entre las cortinas.

–Buena vista –dijo–. Tiene gracia ver mi peluquería desde aquí. Desde arriba.

Frank se quedó allí, de espaldas a Bent, callado, como una sombra estrecha en contraste con lo blanco. Las cortinas ondeaban suavemente a ambos lados de él. Yo me voy, pensó Bent. Me voy y lo dejo aquí, y no vuelvo hasta que haya desaparecido.

Frank empezó a hablar en voz baja.

–Cuando era un niño, a veces mi padre me dejaba venir con él. Entonces un corte costaba tres coronas y todo el mundo quería gel cheseline.  Yo me sentaba en un taburete en el rincón y tenía prohibido hablar. Mi padre no toleraba que se le estorbara mientras trabajaba. Pero un día me dormí. Me dormí y me caí del taburete. Mi padre se sobresaltó tanto que cortó medio lóbulo de la oreja del cliente. Chorreaba sangre. Dios mío, cuánta sangre.

Pero el cliente volvió. Al mes siguiente se sentó de nuevo en el sillón y la oreja se le había curado. ¿Alguna vez te he dado motivos para quejarte de mí, Bent? –No.

–¿Alguna vez has quedado descontento con mi forma de trabajar?

–Nunca. Nunca, Frank.

Frank se volvió hacia Bent, con todo el cuerpo encogido.

–Yo ya no puedo mucho más tiempo.

–¿Qué quieres decir?

–Con los años no rejuvenecemos precisamente. Pronto estaremos todos jubilados y tendremos derecho al cincuenta por ciento de descuento. Más vale saber dejarlo a tiempo.

–¿No lo dirás en serio? –preguntó Bent.

–¿Que no? Tengo tres sillones, pero sólo uso uno. Igual podéis venir a mi casa y os corto uno por uno.

–Los pensionistas pueden pagar el precio entero –dijo Bent. Como todos los demás.

Frank se echó a reír de pronto, golpeándose la frente.

–Aquí estoy yo, molestándote con todos mis problemillas. Como si tú no tuvieras de sobra con los tuyos.

Bent se intranquilizó. Frank no le quitaba ojo.

–¿Cuánto te debo? –preguntó Bent–. Por la compra.

–No te preocupes por eso ahora. Creo que deberías volver a la cama. Ponte bien. ¿Quieres que te prepare un té?

–No es necesario.

–Bueno. Sólo pregunto.

–Gracias –murmuró Bent–. Gracias.

Frank se acercó al televisor y empezó a meter las películas de Mia Farrow en las bolsas de la compra, junto con las revistas. Bent estaba a punto de detenerle.

–Yo también he pagado por ellas –dijo Frank–. Cuesta una fortuna alquilarlas si no las devuelves a tiempo.

Bent le dejó hacerlo. Vio cómo Frank metía una a una las películas en la bolsa y al final las sacaba a la entrada. Allí se puso el abrigo y se calzó, y al enderezarse volvió a mirar fijamente a Bent, con esa mirada que se inclinaba sobre él.

–Puedes bajar cuando te venga bien. Yo estaré en cualquier caso.

Frank abrió la puerta y vaciló, como si estuviera a punto de cambiar de idea y volver a entrar.

Bueno, sólo quería decirte esto. Que te mejores.

Frank se marchó. Bent se apresuró a la ventana, y al cabo de un rato vio a Frank entrar en la tienda. Cuando salió, sólo llevaba en la mano las revistas, cruzó la calle y abrió con llave la puerta de la peluquería. Una vez allí encendió la luz del techo y desapareció unos minutos, seguramente en la trastienda, luego volvió a aparecer con la chaqueta blanca y la insignia de oro de su padre en la solapa. Se sentó en el sillón de en medio, lo giró y se quedó mirando hacia arriba, a la ventana de Bent.

Bent soltó las cortinas y retrocedió. Así permaneció, inmóvil, hasta que notó frío. No había escuchado nunca tanta calma, la nieve era un silenciador. Fue de puntillas hasta la cocina y se comió las rosquillas lo más despacio que pudo. Pero no se tranquilizó. Rompió en pedazos la tarjeta de Spaghetti y los tiró al cubo de basura. Notaba ya un débil olor a podrido de los restos del pollo. Cerró la puerta del armario y se asustó por el ruido que hizo. Tuvo que volver a la ventana. Allí abajo estaba sentado Frank, mirando hacia él. Bent no aguantó más. Se vistió, bajó en el ascensor, la luz blanca le dio en los ojos cuando salió a la calle y tuvo que taparse la cara con las manos unos segundos. Luego cruzó la calle corriendo y entró en la peluquería de Frank.

Frank se levantó, se ajustó un poco la chaqueta, sonrió.

–Sabía que vendrías –dijo.

–Sí. Por fin he decidido venir.

–¿No tienes frío, Bent?

–No, ya estoy mejor. ¿Empezamos?

–Primero quiero enseñarte algo.

Bent acompañó a Frank a la trastienda. Había allí un montón de sacos negros de basura, todos llenos, apoyados en la pared, y en cada saco estaban escritos distintos años hacia atrás, hasta 1974, por lo que Bent pudo ver.

–La obra de mi vida –dijo Frank en voz baja.

Bent no sabía a qué se refería. Le entraron ganas de marcharse.

–¿Qué es?

–No podía tirarlo sin más, ¿no? –Frank volcó uno de los sacos y lo vació en el suelo. Pelo. Era pelo, un huracán de pelo que se arremolinó antes de tranquilizarse.   

  –1982 –dijo Frank–. ¿Reconoces el tuyo?

Vadeó por el montón de pelo, cogió unos mechones y los observó más de cerca.

–Aquí está, creo. –Frank miró de reojo a Bent.

–Tienes alguna cana más desde entonces. Por lo demás, te mantienes muy bien.

Frank se rió, juntó las manos y una nube de pelo se elevó a su alrededor.

–Bueno, bueno, tenemos que ponernos en marcha.

Volvieron a la peluquería, Bent se sentó en el sillón de en medio, Frank lo subió un par de posiciones, le puso primero la capa y luego el cuello de papel. A continuación se colocó detrás de Bent, sacó las tijeras del bolsillo del pecho, hizo unos cortes rápidos por el aire, y permaneció así, con las tijeras relucientes en la mano, como si de repente se acordara de algo. Entonces se las metió en el bolsillo y fue a por la máquina de afeitar. Bent cerró los ojos, escuchó el zumbido cerca de la oreja, muy cerca. Notó estirones en la nuca, las hojas que tiraban un poco de la piel. Frank le empujó la cabeza hacia delante, y le pasó la afeitadora lenta y firmemente por el pelo, hasta la frente.

Bent abrió los ojos de par en par y se miró en el espejo, en ese espejo viejo y mate que borraba más de lo que mostraba, y pudo ver su sesera, apareció su fino y abollado cráneo, la frágil y blanca membrana que lo rodeaba, y que era él. Frank puso su mano allí, en su cabeza desnuda, mientras la máquina de afeitar seguía zumbando en la otra mano.

Bent notó una repentina náusea. Se retorció para escapar. Pero Frank lo retuvo en el sillón.

–¿Ya somos amigos? –preguntó a Bent.

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