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Jane Rogers | del:inglés

El rojo entra en los ojos

Traducción : virginia Higa

Introducción de Ra Page

Jane Rogers es una virtuosa de la narrativa en primera persona. Así se trate de una novela o de los muy premiados radioteatros que ha escrito, ella es una maestra del monólogo. Sin embargo, esta habilidad que Rogers posee es especialmente visible en su narrativa breve: los cuentos cortos le ofrecen a la autora el tiempo exacto para configurar rápidamente un mundo entero en torno a la narradora, y otro poco de tiempo –un resto– que permite que la duda se instale en la mente del lector, de modo que ese mundo no sea tal como se lo habían presentado. Rogers sabe que el elemento de la duda, para que sea efectivo, debe ser sutil, cambiante, difícil de detectar. No puede “aterrizar” en el cuento bajo la forma de la ironía dramática –ese instrumento usado hasta el cansancio en los melodramas para adular al público. La duda debe trabajar, paradójicamente, al servicio de la narradora, de modo que nosotros –los lectores– nos pongamos de su lado aún mas. Jane Rogers lleva esto a cabo confiriéndole a sus personajes un alto grado de convicción y de robusta fe en sí mismos, a pesar de todo. En el presente relato, Julie, una joven y talentosa diseñadora textil, abandona Gran Bretaña para ir a trabajar a un refugio de mujeres golpeadas en Nigeria: ella cree fervientemente que esta es su oportunidad para efectuar cambios. Tras ciertos titubeos para que no piensen que ella desea imponerse por sobre las mujeres, Julie ganará confianza y pondrá su plan en marcha: enseñar a coser a las mujeres del refugio y brindarles así la posibilidad de independencia económica. Como tantos otros personajes de Rogers, también Julie sobresale por su confianza en sí misma, por su entusiasmo, por los calculados riesgos que asume, y por no amedrentarse ante los obstáculos que aparecen en su camino (por ejemplo, Fran, la disidente regenta del refugio). Pero al mismo tiempo que desarrollamos una identificación con la causa de Julie, sentimos que en el refugio está ocurriendo otra cosa, y a pesar de que lo sentimos antes que Julie, le perdonamos absolutamente que ella no se haya dado cuenta a tiempo. La potencia de Jane Rogers, en tanto autora de cuentos cortos, reside en mostrar que todo punto de vista es, en definitiva, falible. Hay ángulos muertos –y siempre habrá ángulos muertos– en cada punto de vista, independientemente de cuán inteligente o cauto sea quien está viendo. No es que Julie sea una narradora no-confiable, sino que es humana –contradictoria, apasionada, incluso crédula. Pero es en virtud de esas fallas, precisamente, que nosotros tanto simpatizamos con ella.

 

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Antes de ir a Nigeria, Julie compró doce tijeras afiladas de costura. Estar bien equipada era signo de respeto. Y comprar cosas la ayudaba a no entrar en pánico. Temía que a las mujeres les molestara su aparición repentina, que se instalara para enseñarles. Compró seis tijeras dentadas, diez paquetes de agujas y diez de alfileres, treinta carretes surtidos de hilo. Había ahorrado el dinero suficiente para pagar el pasaje y para comprar tres máquinas de coser restauradas de la tienda Singer de la calle Stockport. La revista Pura costura había donado ciento cincuenta libras a cambio de “consejos de moda de una joven diseñadora” para su próximo número. Julie mejoró un poco su ensayo de tercer año sobre el color:

¡Usa accesorios en rojo! No hay nada que pegue más que unos zapatos rojos brillantes combinados con una cartera roja. Brilla con un vestido negro, o transforma unos jeans y una camiseta en algo especial. Recuerda, el rojo entra en los ojos mucho más rápido que cualquier otro color.

Cuando aterrizó en Jos, ya había perdido el miedo. Desde el momento en que la empleada de control de pasaportes le sonrió y le dijo “Bienvenida a Nigeria” con su voz profunda y gorjeante, Julie se sintió de buen humor. Le encantaron los colores fuertes y los diseños de los vestidos de las mujeres,  y su postura grácil. Le encantó el calor y la luz, y el aire exótico, húmedo, que olía a gasolina; los chillidos de pájaros invisibles que parecían monos; los rojos y púrpuras de los hibiscos y las Santa Rita.

Lo único que la decepcionó fue la mujer del refugio. Fran apareció cuando Julie intentaba arrebatarle su equipaje a un funcionario arisco.

–Llevo máquinas de coser para una organización benéfica. Me dijeron que no me cobrarían.

Fran sonrió distraídamente y le dio dinero al hombre. Cuando Julie empezó a arrastrar sus valijas para subirlas a un carrito, Fran la detuvo.

–El chofer las traerá.

–No entiendo por qué le diste… –Julie dejó que se extinguiera su reclamo a medida que Fran se alejaba hacia el estacionamiento.

El chofer cargaba dos de las valijas de Julie con una mano, y la valija más grande con la otra. Julie intentó sacársela pero él negó con la cabeza.

Se sentaron en el asiento trasero mientras el chofer luchaba para hacer entrar las valijas en el baúl. Fran tomó una botella de agua fresca de abajo del asiento del acompañante y se la alcanzó a Julie diciendo:

–Por favor, no abras la ventanilla.

Tenía marcas como de rasguños alrededor de los ojos, y su pelo era más gris que rubio.

–¿Cuánto hace que trabajas aquí? –le preguntó Julie.

–Yewande y yo armamos el refugio en 2002. Pero hace años que estoy en Jos, antes daba clases.

Julie debió haberlo adivinado. El chofer subió al auto.

–Simon, Julie. Simon es nuestro chofer y guardia de seguridad.

Simon emitió una risita servil.

Cuando paraban en los semáforos, la gente al costado de la calle inundaba el tránsito: mujeres con cestos de naranjas sobre la cabeza, niños que vendían encendedores y teléfonos celulares, un hombre sin piernas en un carrito ofreciendo latas de gaseosas.

–¡Señorita Julie, ventana! –gritó Simon. Una niña había metido los dedos en la ranura que Julie había dejado desafiantemente abierta. Julie se alejó de los dedos, que eran de un rosa amarronado, con uñas romas y mordisqueadas, y ondulaban como los tentáculos de un pulpo. Fran se estiró para golpetear bruscamente la ventanilla y gritarle a la niña que se alejara. Los dedos ondulantes se retiraron. Fran subió la ventanilla de Julie por completo.

–La gente se lastima. Si tienen los dedos adentro y el auto avanza.

El refugio de mujeres era tal como Julie esperaba, aunque no había previsto que hubiera un guardia armado en la entrada del complejo. Fran le confirmó que era un arma de verdad.

–Tanto para su protección como para la de los demás.

En el patio, los niños corrían, peleaban y jugaban al fútbol con una pelota desinflada mientras las mujeres, la mayoría de ellas con un bebé dormido atado elegantemente en la espalda, charlaban, colgaban la ropa, cocinaban, les trenzaban el pelo a sus hijas y cantaban acompañando el murmullo de una radio.

Algunas le sonrieron. Podía ser cualquier grupo de madres e hijos en cualquier lugar, pero entonces sintió la conmoción de un brazo en cabestrillo, de la renguera, de las ronchas rojas producidas por un tazón de avena hirviendo.

La habitación de Julie, al igual que todas las otras, se abría hacia el patio. La ventana angosta dejaba entrar un rectángulo de luz que se movía a lo largo del piso por la mañana y desaparecía por la tarde. Sentada en su cama, mientras oía a los niños que cantaban afuera, Julie sintió un revoloteo de mariposas en el estómago.  ¡Eso era! Realmente iba a hacer una diferencia.

En su primera noche, Fran y Yewande la invitaron a su cuarto. Yewande era más joven y más sonriente que Fran, pero las dos hablaban de la misma manera llana y reflexiva; “como si el entusiasmo fuera una mala palabra”, le escribió más tarde Julie a su amiga Elspeth. Al menos Yewande era mitad nigeriana, al menos su ropa no era tan descuidada como la de Fran; aunque su blusa era demasiado apretada. Se podía ver el lugar donde el corpiño se incrustaba en la espalda. Las dos necesitaban un cambio de estilo. Mientras le daba sorbos a su cerveza fría y miraba las repisas con máscaras y muñecas primitivas de pechos cónicos y desnudos, Julie se dijo que seguramente fueran lesbianas.

Le contaron las reglas. Mantener el equipo de costura a salvo en la habitación, mantener la puerta de la habitación cerrada. Tratar de no tener una favorita entre las mujeres. Avisar a Fran o a Yewande ante el menor signo de problemas, y no hablar sobre religión. Quien sea que esté a cargo debe fichar la llegada del guardia de seguridad, cuando Obi releva a Zacchaeus, o Simon releva a Obi, o Zacchaeus releva a Simon. El portón exterior sólo puede ser abierto por el guardia. Nunca dejar entrar a nadie desconocido.

–Hombres, querrán decir –dijo Julie.

–Nunca dejes entrar a nadie que no viva aquí –la voz de Fran se arrastraba como dos pies planos.

–¿Pero cómo llegan nuevas mujeres?

–A través del hospital, o de las iglesias.

–Pensé que éste no era un lugar religioso.

–No tenemos ninguna afiliación tribal o religiosa –dijo enseguida Yewande–. En absoluto. Pero las iglesias a veces funcionan como refugio.

–Y trabajamos estrechamente con mi antigua escuela –dijo Fran–. Muchas veces nos envían…

–Pero si alguien está en peligro seguramente…

Yewande negó con la cabeza.

–No podemos tomar gente de la calle, es demasiado riesgoso. Algunos de los maridos de estas mujeres pasan por aquí todos los días.

–¿Alguno entró alguna vez?

–Un hombre con un machete. Pero Fran lo detuvo –dijo Yewande, riéndose.

–¿Cómo lo hiciste?

–Le dije que se fuera a casa antes de que llamara a la policía –dijo Fran, sin emoción.

Muy pronto Julie entendió todo. En realidad el lugar se administraba a sí mismo. Fran y Yewande tenían una especie de consultorio por la mañana, en el que daban consejos legales y de salud; Yewande también dictaba una clase de alfabetización. Y por las tardes tenían costura.

La primera tarde, nueve mujeres se reunieron alrededor de la larga mesa del comedor. Una mujer imponente cuyo nombre empezaba con R dijo que ella ya había cosido muchas prendas.

–Algunas de estas mujeres no saben nada –le dijo a Julie desdeñosamente–. Algunas de estas mujeres son ig-no-ran-tes.

Fran anunció que la señorita Julie venía a darles la oportunidad de hacer ropa para sus hijos y de aprender una habilidad con salida laboral. Les dijo que siempre debían pedir permiso antes de usar las máquinas. Las tijeras, las tijeras dentadas y las agujas, todo el equipamiento que se había traído de Inglaterra especialmente para ellas, debía contarse al comienzo y al final de cada clase. Julie miraba fijo hacia abajo, esperando que las mujeres no pensaran que había sido idea suya tratarlas con tanta condescendencia.

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Al fin Fran terminó y Julie dio un paso adelante. Iban a hacer cuadrados con retazos, y luego coserlos para hacer colchas de patchwork. Primero practicarían cómo hacer dobladillos a mano, luego a máquina. Hizo una demostración de los primeros pasos; midió cuadrados de seis pulgadas, cortó, dobló y ajustó los cuatro dobladillos con alfileres.

–Ah, ¡esto es muy fácil! –dijo R, cuyo nombre era Rifkatu. Algunas de las mujeres se rieron, Julie no supo si porque estaban de acuerdo o porque pensaban que Rifkatu estaba alardeando. Algunas permanecieron en silencio, mirando fugazmente a Julie debajo de los párpados, y luego apartando la vista, como si tuvieran miedo de que ella las viera. Si ya sabían coser, este ejercicio sería un insulto. Puso las muestras sobre la mesa y trató de sonreír.

–Elijan un color que les guste.

Dos mujeres quisieron tomar el mismo rectángulo de flores rojas y se rieron. Otra, hojeando en la pila, les consiguió uno idéntico. Todas medían, cortaban y ponían alfileres, dos de ellas con facilidad, las otras un poco más lentamente. Hablaban bajito entre ellas en su propia lengua. En el extremo más alejado de la mesa, una mujer delgada, ojerosa y de piel caoba toqueteaba su pedazo de tela. Julie rodeó la mesa y se ofreció a ayudarla.

–No puede entenderte. No habla inglés –dijeron las otras.

–¿Pueden traducirme? –les preguntó, y las mujeres se rieron–. ¿Pueden?

Ellas negaron con la cabeza:

–Nadie habla esa lengua.

–Ig-no-ran-te –dijo Rifkatu.

–Está bien –dijo Julie–. ¿Cómo te llamas?

La mujer la miró con atención.

–Soy Julie, ¿cómo te llamas? –dijo, e hizo una mímica incómoda con gestos. Cuando la mujer susurró su nombre, éste era un siseo de consonantes que Julie no pudo reproducir.

–Bien, te voy a mostrar. –Volvió a demostrar despacio la forma de medir, de cortar. Los ojos de la mujer seguían sus movimientos–. ¿Quieres intentar?

Le tendió la tijera a la mujer, que se estremeció bruscamente.

–Déjela, señorita Julie. Es una mujer simple. No entiende na-da.

Las mujeres se reían. Se mostraban unas a otras su trabajo, y se reían otra vez de los dobladillos torcidos y las esquinas que se levantaban. Se agruparon alrededor de Julie, que les mostró cómo sujetar el hilo a la tela, y cómo hacer pequeñas puntadas que fueran invisibles del otro lado. Las mujeres asintieron y elogiaron su trabajo, y enhebraron sus propias agujas. Dos de ellas se fueron para alimentar a sus bebés. Rifkatu preguntó si podía usar una de las máquinas, y Sara fue a buscar la plancha. La mujer extraña estaba sentada en la punta de la mesa, mirándolas a todas en silencio.

Al término de la tarde había una pequeña pila de cuadrados con su dobladillo hecho, y Julie les había mostrado cómo enhebrar las agujas de las máquinas. Las mujeres habían hablado y se habían reído, y la mayoría había seguido sus instrucciones. Había roto la aburrida atmósfera de salón de clases de Fran.

Le preguntó a Yewande sobre la mujer silenciosa.

–Mathenneh. La envió el hospital. No habla la lengua hausa así que no sabemos su historia completa. Lo único que podemos hacer es hacerla sentir a salvo.

Yewande le contó a Julie que menos de la mitad de las mujeres hablaban inglés.

–La mayoría habla la lengua hausa. Pero sus lenguas maternas… sus lenguas tribales… bueno… por el momento tenemos hablantes de duguza, tarok, izere, yoruba y berom. Berom es la que más se habla localmente. Pienso que Mathenneh debe venir de más al norte.

La clase de costura se convirtió en un gran éxito. Las mujeres aprendían a usar las máquinas de coser y charlaban sin parar. Sara y Hanatu se sentaban al lado de Julie y le traducían las bromas y los escándalos que encendían a las otras. Cuando entró Mathenneh, el coro de voces se convirtió en un murmullo bajo, y luego en silencio. Ésta se dio vuelta para irse, sin siquiera sentarse, y varias de las mujeres le dijeron cosas. Hubo un estallido de risas.

–¿Qué dijeron? –preguntó Julie.

–Nada –le dijo Sara–. A estas mujeres les gusta decir tonterías.

Sara tenía unos treinta años, era una mujer robusta y tenía un modo gracioso de mirar para arriba cuando Fran no paraba de hablar. Hanatu era más joven, como de la edad de Julie, y tenía una hija de tres meses. Irradiaba la dulce amabilidad de una llama piloto. Sara le contó a Julie que su marido la golpeaba con frecuencia, pero que la última vez habían tenido que llevarla al hospital, o la bebé habría muerto. Luego de eso, Hanatu no volvió a su casa. Las dos imaginaban para sí mismas futuros elaborados en los que se mudarían a Lagos y tendrían trabajos urbanos, bien pagos, de oficina. Les encantaban las copias de Vogue y Elle que había llevado Julie, y Sara hizo comentarios fulminantes acerca de las modelos raquíticas y mal vestidas. Todas se reían mucho en la clase de costura. Es cierto que una o dos cosas desaparecieron. El número de tijeras bajó a cinco y las tijeras dentadas iban y venían. Valía la pena perder algunas cositas para no tener que hacer de maestra de primaria y contar las cosas al final de la clase.

Muy pronto, todos los retazos estuvieron cosidos a máquina, luego cosidos en franjas, y finalmente las franjas se unieron, rellenando con mitades de retazos las partes donde las medidas habían fallado un poco. Había tres colchas coloridas. Fran decretó que irían a las camas de las tres recién llegadas, y que pasarían por turnos a las que fueran llegando. Las mujeres a las que primero les tocaban las colchas eran Mathenneh, Rifkatu y Catherine. Esto fue recibido en silencio. Julie le escribió un email a Elspeth diciendo “Fran le saca la alegría a todo”.

Yewande dijo que Mathenneh era musulmana, y que tal vez por eso las otras la evitaban.

–Pero aquí tienen otras mujeres musulmanas, ¿no? Kubra usa hiyab.

–Kubra nació en Jos, y fue a la escuela aquí. Es distinto. Mathenneh viene de las tribus pastoriles del norte. ¿Sabes que fueron los pastores los que cometieron las atrocidades en marzo?

Lo único que sabía Julie de las atrocidades era que los musulmanes habían asesinado a cristianos en pueblos al sur de Jos. Había salido en las noticias. Julie había calmado a su madre señalándole la naturaleza religiosa del conflicto y su distancia con Jos, y ella misma se lo había quitado de la cabeza. Yewande, con su voz suave y cascada, le explicó mientras tomaban café en el desayuno, en una esquina del patio:

–Esos pastores llegaron a caballo a Dogo Na Hawa a las tres de la mañana y dispararon para asustar a los pobladores y hacerlos salir de sus chozas. Luego los despedazaron con machetes –hombres, mujeres y niños– y quemaron las chozas. Murieron cientos. Todas las mujeres de aquí conocen a alguien que conoce a alguien que murió.

–Pero, ¿por qué?

Yewande se encogió de hombros.

–¿Represalias por las quemas de mezquitas de los cristianos y el asesinato de Jasawa, en enero? ¿Rabia porque los colonos granjeros tienen más derechos? No lo sé, es una locura. Los cristianos y los musulmanes viven juntos aquí en el pueblo, hasta se casan entre ellos, y luego surgen estas explosiones de violencia. Las matanzas siempre son venganzas. Y luego venganza de la venganza.

Fran apareció en la puerta de la oficina, parpadeando de frente al sol. Se acercó a ellas.

–Te estaba buscando –le dijo a Yewande.

–Perdón, ya voy.

Yewande se puso de pie.

–Estas mujeres tienen mucho con lo que lidiar –le dijo a Julie–. Problemas personales, y además conflictos tribales y religiosos. Tenemos que mantenerlas a salvo.

Mientras las miraba volver a la oficina, Julie se preguntó si Fran no estaría celosa. Yewande casi siempre se sentaba a charlar con Julie en el desayuno. “Desearía ser lesbiana” le escribió Julie a Elspeth. “No conocí a un solo hombre, aparte de los guardias de seguridad, que me tienen miedo. ¡¡¡Cuidado con la ninfómana cuando vuelva a casa!!!”.

Después de cuatro semanas, Julie ya era una veterana. Las mujeres de la clase de costura habían hecho batas coloridas con retazos para sus hijos. La antigua escuela de Fran había donado un rollo de algodón barato sin teñir con el que cosieron delantales para los alumnos; Julie tomó una foto de las mujeres sentadas en las máquinas y de los niños sonrientes con sus delantales, y se la envió a Pura Costura.

Entonces se quedaron sin tela, y sin dinero para comprar más. Julie fue al mercado con Sara. Recorrieron los puestos de venta de telas:

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–La mejor calidad, señora, ¡la última moda en París! No se destiñe, no se encoje, le durará toda la vida, señora.

Había anclas doradas sobre un fondo azul estridente; palmeras verdes y cocos violetas sobre fondo blanco. Julie compró un majestuoso batik de círculos concéntricos en rojo y violeta. Le describió su plan a Sara. Había diseñado una prenda simple. Una camisa de estilo kaftan con mangas anchas y cuello en v, lo suficientemente holgada para que pasara por la cabeza. Haría un prototipo y convencería a Fran y a Yewande de que juntaran algo de dinero. Con un pequeño aporte de capital, la clase de costura podría comprar una variedad de estas telas llamativas, hacer camisas kaftan y vendérselas a los turistas. Eran souvenirs perfectos: étnicos, unisex, y tenían mucho más estilo que una camiseta. Las mujeres muy pronto ganarían lo suficiente como para pagar el préstamo y ganar algo para ellas. Julie le explicó a Sara el término “pan comido” y las dos se rieron durante todo el camino de vuelta.

Fran y Yewande estaban indecisas. Julie sabía que así sería, pero de todas formas era exasperante. Alegaron que el refugio era una organización benéfica, no un negocio; no tenían permitido ganar dinero. Además, había que tener en cuenta los requisitos de seguridad e higiene. Y ¿quién vendería las camisas? ¿Quién decidiría el precio, y qué porcentaje de las ventas iría para cada quién?

En su email a Elspeth, Julie describió a Fran y Yewande como “la clase de personas que no encenderían un fósforo por miedo a causar un incendio forestal. ¡Aaaaargh! Les quiero poner una bomba”.

Fran finalmente decretó que el refugio pagaría las telas y las camisas se venderían en la escuela y en eventos de caridad de la iglesia. Las ganancias se usarían para financiar mejoras en el refugio, como la instalación de una nueva cabina de ducha.

–Puedes hacerlas para vender por tu cuenta cuando te vayas de aquí –le señaló Julie a Sara. Hanatu y tú pueden empezar un negocio.

–Está el pequeño problema de la máquina de coser.

–No veo por qué no pueda darte una de estas. Después de todo, yo las traje.

Se sintió incómoda pensando en sugerir esto a Fran y Yewande, pero, ¿acaso no eran suyas para entregárselas a quien quisiera?

Muy pronto, cada una de las mujeres de la clase de costura había completado su primera camisa, y había una carrera para ver quién podía hacer más. Durante las comidas, Julie se sentaba con ellas; se sentía mal por las otras mujeres, las que no hablaban inglés, o las que tenían vidas tan arrasadas por la crisis que la costura era una cosa irrelevante. Lamentó, sin embargo, la ausencia de Mathenneh. Yewande especuló que debía ser muda por elección: el traductor de lengua fula no había logrado sacarle una palabra, y ahora Yewande estaba tratando de que hiciera dibujos.

–Está traumatizada. Dios sabe lo que habrá visto. Necesita un psiquiatra, pero ¿quién va a pagar por eso?

La mujer fulani ya ni aparecía por la clase de costura: merodeaba en el borde del patio, o se sentaba en cuclillas en su habitación, que quedaba a tres de distancia de la de Julie, mirando a través de la puerta abierta a los niños que jugaban. Una vez, Julie escuchó que Rifkatu vociferaba:

–¡Quítale los ojos de encima a mi niño, mujer fantasma!

Pero Mathenneh no hablaba inglés, de modo que no podía haber entendido.

Cuando nadie la miraba, Julie hacía una pausa para hablarle.

–¿Por qué no vuelves a la clase de costura conmigo?

Apuntaba hacia la sala de costura y hacía la mímica de la aguja entrando y saliendo de la tela. Los ojos grandes y tristes de Mathenneh la miraban fijo, pero cuando Julie extendió la mano, Mathenneh retrocedió. Fue entonces que Julie vio una de sus tijeras sobre la mesa. Mathenneh debió notar su mirada, porque la tomó y la escondió detrás de la espalda.

–Tienes mi tijera –dijo Julie.

Mathenneh mantuvo su postura, y Julie se rio. Un momento después, la sombra de una sonrisa pareció cruzar el rostro de Mathenneh. ¡Qué joven era! Lentamente sacó la tijera de atrás de la espalda y la volvió a colocar sobre la mesa.

–¿Puedo llevármela?

Mathenneh apoyó los dedos sobre la tijera como protegiéndola.

–Eso quiere decir que no.

Se miraron.

–¿Vendrás a costura un día de estos, Mathenneh? ¿Por qué no traes las tijeras y vienes a costura?

Mathenneh apretó la tijera con más fuerza, y Julie fue a la clase de costura sintiéndose un poco halagada. Tal vez la tijera le recordara a Mathenneh una época en la que su vida había sido normal, antes de que le pasara lo que fuera que le hubiera pasado. La tijera mostraba que valoraba algo que Julie había traído. Tal vez realmente quería volver a la clase de costura.

El segundo sábado de junio hubo un Festival de Gala en la antigua escuela de Fran. Julie y Sara iban a llevar la primera tanda de treinta kaftanes para vender. Julie logró convencer a Hanatu, que tenía miedo de dejar el refugio, de ir con ellas. Ese mismo día, Fran y Yewande irían en auto hasta Abuja por el cumpleaños número sesenta de la madre de Yewande.

–Tendremos que irnos al mediodía, pero todo saldrá bien, siempre y cuando vuelvan y controlen el ingreso del guardia de seguridad a las tres –dijo Fran.

–Miren, probablemente esté de vuelta antes de que se vayan. Sólo quiero ayudarlas a armar el puesto. Un par de horas y estaré aquí.

Era raro que Fran y Yewande se ausentaran; Julie esperaba con ansias una dinámica diferente durante la cena. Le parecía que Fran creaba un clima sombrío.

Julie no consideraba que el Festival estuviera realmente a la altura. Un quiosco en la calle o en el mercado atraería a más turistas. Pero cuando llegaron para armar su puesto, una multitud festiva ya estaba esperando en la puerta. Niños pulcros de uniforme, mujeres resplandecientes en sus nuevos y coloridos vestidos tradicionales o luciendo su ropa occidental, con hermosos sombreros y turbantes; había un grupo de norteamericanos con cámaras y abultadas riñoneras. El Ministro de Educación del gobierno local se paró en un escenario construido especialmente en el patio escolar y le agradeció al Director, a los asistentes, los maestros, y el presidente y tesorero de la asociación de padres. Le agradeció al Gobernador del Estado de Plateau y a su encantadora esposa, y a una serie de funcionarios, cada uno más remotamente asociado con el evento que el anterior. Sara miró para arriba y a Julie se le escapó una risita nerviosa. Hanatu, con un pañuelo sobre la cabeza, se escabulló para alimentar a su bebé. Se entregaron premios; el coro escolar subió al escenario y cantó; el Director dio un discurso con agradecimientos por los agradecimientos, y una banda de niños más grandes tocó la flauta. Bocadillos fritos, café, gaseosas, tortas y rodajas de fruta aparecieron desde la cocina y la gente se amontonó alrededor de las mesas, dispuestas bajo la sombra de los árboles en el estacionamiento, que había sido cerrado para la ocasión.

Al mediodía, cuando abrieron los puestos, la gente los asedió, y las camisas del refugio de mujeres fueron una sensación. Una mujer norteamericana compró seis.

–¡Ya tengo regalos para todo mi grupo de estudio bíblico! –le dijo alegre a Julie.

A las dos y media de la tarde ya habían vendido todo. Había tanto efectivo que no entraba en la carterita roja de Julie, y tuvieron que guardarlo en una canasta de compras. Julie no podía dejar de sonreír: podrían comprar rollos y rollos de tela nueva. Rollos y rollos. Las mujeres podrían empezar un negocio, ¡podrían transformar sus vidas!

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Pasearon por los otros puestos; la mayoría de las cosas buenas se habían vendido, pero había un puesto de ropa de segunda mano que Julie quería investigar. Luego, a las tres y media, un grupo copó el escenario con guitarras acústicas y panderetas. Era imposible no bailar; Julie se entregó al calor y al ritmo de la multitud, hasta que Hanatu le tocó suavemente el brazo y le dijo:

–Es tarde.

Mientras volvían, estuvieron de acuerdo en que ahora Fran y Yewande tendrían que repensar su actitud hacia los kaftanes.

De golpe, Julie se acordó.

–¡Están en Abuja! El guardia de seguridad…

–Hacen el cambio de guardia tres veces al día –dijo Sara–, es probable que estos hombres ya lo tengan dominado.

–A Fran le gusta tenernos a salvo –dijo Hanatu, tapándose la cara con el pañuelo–. Pero todo estará bien, nadie le va a contar.

Sara se rio.

–¡Espera a que se enteren de que somos ricas!

Pero cuando llegaron al complejo, no había ningún guardia de turno. Julie empujó el portón, que se abrió de golpe. Se dio cuenta de que no había ningún sonido en el patio. No se oía el golpe seco de la pelota de los niños, ni cantos, ni risas, ni el murmullo de la radio. Silencio. Pisando despacio, como si sus pisadas pudieran despertar algo terrible, entraron en el patio desierto. Todas las puertas estaban cerradas.

–Algo pasó. Algo…

–Tal vez María tuvo a su bebé –susurró Hanatu.

Pero Julie sabía que no era eso. Incluso si María hubiese ido al hospital, eran las seis de la tarde, las preparaciones para la cena deberían estar en marcha. Se dirigió a la primera puerta y golpeó. No hubo respuesta. Intentó girar el picaporte; estaba cerrado.

–¿Rifkatu? ¿Rifkatu? –habló bajito, apoyándose en la puerta de madera, con el corazón latiéndole a destiempo.

Hubo un movimiento detrás de la puerta. Luego la voz de Rifkatu.

–¿Señorita Julie?

–Sí, Rifkatu, abre la puerta.

La cerradura giró lentamente, y lentamente se abrió la puerta. Los dos hijos de Rifkatu estaban sentados en la cama, detrás de ella. Tenían la cara gris.

–¿Qué pasó? ¿Dónde están todas?

–Están todas en sus habitaciones –dijo Rifkatu–. Oímos que había problemas.

–¿Qué tipo de problemas?

–Problemas –dijo Rifkatu con gravedad.

–¿Qué?

Rifkatu negó con la cabeza.

–¿Qué oyeron?

–Nada.

Sara chasqueó la lengua.

–Voy a buscar a María.

Luego de un momento, se entreabrió la puerta de María. Estaba bien. El sonido de sus voces debió oírse en las otras habitaciones porque gradualmente, una tras otra, se abrieron todas las puertas alrededor del patio. Las mujeres miraban hacia afuera, serias. Nadie habló.

–¿Qué pasa? –preguntó Julie–. ¿Qué pasó?

Cuatro puertas permanecían cerradas. La de Sara, la de Hanatu, la de Julie y la tercera puerta desde la habitación de Julie. Mientras iba hacia la habitación de Mathenneh sintió que las otras mujeres volvían a cerrar sus puertas, aunque no vio ni escuchó nada.

–¿Mathenneh? ¿Mathenneh? Soy Julie.

Tocó el picaporte y la puerta se abrió de golpe.

Rojo. El rojo entra en los ojos más rápido que cualquier otro color. En la pared, sobre la colcha colorida, en el piso, salpicado en el techo. Rojo sangre. A medida que el rojo entraba en los ojos de Julie, el olor le golpeó la garganta. El bulto en el piso era rojo, rojo y empapado, con un charco carmesí a su alrededor. El rojo siguió entrando en los ojos de Julie. No paraba. Y entonces la tijera. Sobresalía de la mejilla de Mathenneh.

Cuando Julie se subió al avión que la llevaría de vuelta a casa, seguía sin saber qué había pasado. Sólo rumores. Obi no había llegado para relevar a Simon. Simon les dijo que se había quedado treinta y cinco minutos después de su turno y entonces se había ido porque tenía que llevar a su mujer a visitar al nuevo bebé de su hermana. Simon lloró. Obi declaró que se había demorado porque le robaron la bicicleta, y luego el amigo que le había prometido llevarlo lo dejó plantado y su barrio está muy lejos del refugio. Declaró que sólo había llegado cuarenta y cinco minutos tarde, pero cuando llegó, la puerta estaba abierta y no había nadie alrededor. Le dio mala espina, así que volvió a irse. Podía o no estar diciendo la verdad. El arma, que debía pasar de un guardia a otro, fue encontrada, sin usar, en una esquina de la cabina.

Todas las mujeres dijeron que no sabían nada. Escucharon un grito, dijeron. Alrededor de las cuatro de la tarde. Escucharon un grito y pensaron que había entrado alguien peligroso, así que se encerraron junto con sus hijos en sus habitaciones, como Fran y Yewande les habían recomendado.

–Su marido malvado vino a buscarla –declaró Rifkatu–, la rastreó como una bestia.

Pero el arma asesina era una tijera. Había tantas puñaladas, tantas heridas… ¿podían haber sido hechas con una sola tijera?

Fran y Yewande casi no hablaron con Julie. Lidiaron de manera directa y tranquila con la policía y el fiscal. Hablaron con las mujeres y el personal que habían estado en el complejo en el momento del ataque. Julie fue a decirles, llorando, que Mathenneh tenía una de sus tijeras sobre la mesa, a la vista de todos.

–Yo no se la quité. No sé  por qué. Lo siento mucho.

A la mañana siguiente Fran fue a la habitación de Julie y le dijo que debía irse.

–No estás entre los sospechosos. No tiene nada que ver contigo. Deberías volver a casa.

–Lo siento mucho, Fran, lo siento mucho. Tendría que haber vuelto a tiempo, tendría que haber contado todas las…

–Usa el teléfono de la oficina, súbete al próximo vuelo.

–Pero… ¿no hay nada que pueda…?

Fran se dio vuelta para irse.

–¿Fue su marido?

Fran se detuvo en la puerta. Su cara estaba en sombras.

–Si fue él, sabía exactamente en qué media hora el portón quedaría sin guardia.

–Tal vez perdió los estribos y tomó la tijera…

Fran no respondió.

–¿Qué va a pasar?

–Ya te lo dije. Vuelve a casa. El refugio va a cerrar.

–¿Por un tiempo? ¿Temporariamente, mientras investigan el asunto?

–Si no podemos mantener a las mujeres a salvo, estamos fracasando. Pero no es tu culpa. ¡No es tu culpa! Yo soy la que… –Fran hizo un sonido extraño, como una risa contenida–. Es mi culpa. Yo tendría que haberte vigilado más de cerca. Pero porque Yewande… No quería que Yewande pensara que yo estaba…

–Lo siento –susurró Julie una vez más.

Fran resopló.

–Yo le pregunté. Le dije, ¿de qué hablan ustedes dos? Ella dijo que habían estado hablando de Dogo Na Hawa. Ahora Julie entiende las tensiones que hay aquí. Le importan estas mujeres.

–Fran, no entiendo.

Fran hablaba sin emoción.

–Una mujer fulani fue asesinada aquí, entre cristianas. ¿Qué es lo que no entiendes? Tenemos que enviar lejos a estas mujeres. No podemos protegerlas.

Julie no fue a cenar esa noche pero Sara fue a su habitación y le contó en susurros que la policía estaba revisando todos los cuartos de las mujeres.

–¿Qué están buscando? –preguntó Julie. Pero ya lo sabía–. Incluso si las encuentran, eso no prueba… Bueno, las van a encontrar, porque faltan siete tijeras. Eso no prueba…

–No –dijo Sara–. No prueba nada. Pero tienen miedo.

En el avión de vuelta a casa, Julie recordó el bolso de dinero del festival. Esperaba que Sara y Hanatu todavía lo tuvieran. Se preguntó adónde irían todas, y qué harían Fran y Yewande. Pensó en ellas, en su salón lleno de máscaras y muñecos. Al recordar sus reglas tediosas y prudentes, se le revolvió el estómago como si la hubiesen arrojado de cabeza por las escaleras.

Así que miró por la ventanilla hacia el cielo estúpidamente azul y las nubes blancas y doradas allá abajo, obligando a sus ojos a permanecer abiertos. Cada vez que los cerraba, en ellos entraba el rojo.

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