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El sueño de Gottfried Heinrich

Jaume Cabré | del: catalán

Traducción : Concha Cardeñoso Sáenz de Miera

Introducción de Editorial

Jaume Cabré es uno de los escritores más importantes de la literatura catalana contemporánea. El relato que presentamos a continuación pertenece a la colección de cuentos "Viaje de invierno", publicada en 2000. No pocas veces Cabré ha abordado en su escritura el tema del destino judío; ello ocurre en otro relato de esta colección y también en su monumental novela "Yo confieso", publicada en 2011. También en el presente cuento pareciera que Cabré se conecta con el judaísmo, pero ahora desde otro ángulo: resulta difícil leer este bello relato sobre el hijo del gran compositor de música sin pensar en otro cuento folklórico judío (el cual ha tenido numerosas adaptaciones, siendo la más famosa la del escritor idishista I. L. Peretz) acerca de aquel hombre tonto e inocente cuyo silbido logra llegar a las puertas del Cielo. La música, en el relato de Cabré, es el rezo, y Dios es el artista cuyo poder determina qué es el arte – esa expresión que surge del corazón. Y sin embargo: ¿se trata aquí de las alucinaciones de un hombre que agoniza, o de la última revelación de la verdad, tal como ocurre con Iván Ilich en la novela de Tolstoy? La decisión es abolida por la orden del criado obediente, y con la muerte del artista es como si ella se dirigiera al lector: tú decidirás qué cosa puede llamarse música, cuando ya no hay Dios.

 

 

 

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Es música, ha salido de un corazón.

J. S. B.

A las cuatro de la tarde el viejo se incorporó en la cama y dijo Kaspar, hijo, ¿dónde estás? Si bemol, la, re bemol, si, do. La frase le volvió de repente a la memoria. Siempre le había dado pena oír al pobre Gottfried tocando el clavicordio, mucha pena. Se acordaba de sus ojos grises, abiertísimos, como si quisieran escaparse de su sitio en pos de las notas que iba confeccionando con sus manos largas y nerviosas. Se lo imaginaba con el corazón desbocado, mirando a las mujeres con un deseo que al viejo le había hecho temblar más de una vez… Y sobre todo, el caos de sus pensamientos, que le producía un desorden mental constante.

Cuando el doctor Müthel les dijo que Gottfried Heinrich tenía algunos tornillos flojos, que crecería como los demás niños, pero que no le podrían pedir esfuerzos mentales porque no tenía pensamiento, lloraron los dos, su fiel Magdalena y él, por todas esas cosas. A pesar de todo, un día renació la esperanza como un estallido de luz fresca. Comprobaron que el médico se había equivocado mucho. Gottfried pensaba, pero, al parecer, pensaba con el corazón, no con la cabeza. Fue un día frío de mucha nieve, un día en el que volvía de la Tomasschule más cansado que de costumbre y con ganas de arremeter contra toda la Junta de Ineptos en pleno; mientras recorría el corto espacio que lo separaba de casa, oyó un tartamudeo extraño del clavicordio y se encontró a Gottfried, que a la sazón tenía siete años, sentado en la misma postura que él, inclinado sobre el teclado, con la mirada extraviada, tocando una versión poco nítida del Contrapunctum VIII, pieza que últimamente ensayaba él a menudo; el niño, sudoroso, estaba tan entregado a los sonidos, tan transportado, que ni siquiera se dio cuenta de la llegada de su padre. Nadie le había enseñado el arte del teclado, porque a los niños que no tienen pensamiento no se les enseña nada. Y su padre, allí plantado, en silencio, con la peluca en la mano y la boca abierta, comprobaba que su querido Gottfried tenía pensamiento, memoria y voluntad, porque, si era capaz de reproducir una cosa tan difícil, es que pensaba, recordaba y se esforzaba, alabado sea el Señor. Y el maestro se puso a pensar a qué escuela lo llevaría a partir del día siguiente sin dilación. Sin embargo, después de intentarlo varias veces y fracasar rotundamente otras tantas, llegaron a la fría conclusión de que Gottfried sólo tenía pensamiento, memoria y voluntad para la música; en cuanto a las demás cosas, seguía siendo lo que había dicho el doctor Müthel: un idiota. De por vida. De todos modos, a partir del día del Contrapunctum, Gottfried tuvo permiso expreso de su padre para tocar el clavicordio, como los demás hermanos. A menudo —los mayores con gran respeto y los menores con cierto miedo— escuchaban en silencio las improvisaciones alocadas, que podían durar mucho tiempo y conmovían a Magdalena hasta las lágrimas, mientras ella rezaba en su fuero interno y decía pobre hijo mío, pobre hijo mío que sólo tiene pensamiento para una música extraña. El 26 de octubre, cuando celebraban el decimosexto cumpleaños de Gottfried, todos los hermanos presentes le pidieron que improvisara, y él, como hacía siempre que iba a poner las manos en cualquier instrumento, levantó la vista y miró a su padre con una expresión suplicante, con la boca abierta, enseñando, sin darse cuenta, el hueco del diente que se había roto hacía dos años en una pelea, en el callejón que vomitaba barro y agua negra en el Pleisse, como solicitando un permiso difícil de conseguir, pues su débil cabeza no alcanzaba a comprender que se lo habían concedido para siempre. Y el padre tenía que asentir con un gesto de la cabeza para que el bendito Gottfried se pusiera a tocar con tranquilidad de espíritu. El anciano recordó lo difícil que fue aquel día, más que de costumbre, porque Gottfried empezó con un tema insólito, un si bemol, la, re bemol, si, do, y sus hermanos protestaron, pero él los mandó callar para ver adónde lo llevaba. Todos entendieron que las improvisaciones sobre ese tema llevaban a Gottfried directamente al infierno, pero, como sentían lástima del vacío tenía en la cabeza, le dejaron tocar hasta bien entrada la tarde, momento en que Elizabeth, la bendita Liza, para quitarle esa música diabólica de encima, le propuso ir a jugar con la nieve a la plaza de Santo Tomás. Si bemol, la, re bemol, si, do: como si el tema conocido se diluyera de una manera improcedente y fantasmagórica y tomase la forma BADESHC; nadie le encontraba sentido, a menos que, en alguna lengua desconocida y antigua, Badeshc fuera el nombre oculto de Satanás.

El anciano recordó el tema y la música que se derivaba de él. Por eso se incorporó en la cama, volvió los ojos inútiles hacia la pared y murmuró Kaspar, hijo, Kaspar, ¿no lo oyes? —No oigo nada, maestro.

El muchacho se estremeció. Se había quedado dormido con el libro abierto. El maestro se había rendido antes del final del séptimo capítulo. Y es que el tratado sobre los sonidos de la naturaleza que estaban leyendo era tan aburrido que se dormía sólo de pensar en las páginas que ya habían leído.

—¿Ha vuelto Gottfried?

Kaspar se despabiló del todo. Dejó en la página correspondiente la tira de piel amarilla con un león repujado que utilizaba siempre el maestro para señalar hasta dónde había leído, cerró el libro y lo puso en la mesilla, al lado de la medicina marrón que reposaba en una taza. Espabilado como era, enseguida se resituó:

—Ha ido a casa del señor Altnikol hasta…

—Hasta que me muera.

—Tal como lo habéis dispuesto, maestro.

Kaspar siguió atento, esperaba alguna reacción rara del anciano. Sin embargo, el anciano no se alteró, pero tampoco reposó la cabeza en las almohadas. Al contrario; apartó la fina sábana e hizo el amago de levantarse de la cama. El pobre Kaspar se asustó y no sabía qué hacer.

—Pero, maestro… No podéis…

—Ya lo creo. Todavía no me he muerto. ¿Dónde está el bastón?

—No sé… Yo no… —Desconcertado—: ¿El bastón? ¿Queréis el bastón? —Nadie creía que volvería a levantarme de la cama. ¿Lo habéis tirado?

—Yo os hago de bastón, maestro.

El anciano aceptó y admiró la capacidad de respuesta del jovencito al que llamaba hijo, aunque le habría gustado que no estuviera allí. Kaspar, por el contrario, maldecía su suerte. La señora no volvería hasta la noche y le habían encomendado que atendiese todos los deseos del maestro por nimios que fueran.

—Llévame al órgano.

Kaspar tuvo que cumplir funciones de báculo improvisado del maestro. Se imaginaba la cara que pondría la familia cuando supiera lo que había pasado. Pero él estaba allí para cumplir los deseos del maestro por nimios que fueran.

Cruzaron el comedor familiar y la sala de clavicordios y llegaron a la puertecilla que daba a la estancia del órgano.

—La llave estará puesta —dijo el maestro. En efecto, así era. Respirando con dificultad a causa del esfuerzo, el maestro se apoyó en la pared y dijo para sí pared, bendita seas, seguro que no esperabas que volviera a apoyarme en ti nunca más.

—¿Queréis volver a la cama? —preguntó Kaspar con esperanza.

—Ni hablar.

En cuanto se repuso del agotamiento, dio unos enigmáticos golpecitos en la pared y, del brazo del muchacho, entró en la sala del órgano. Como si lo viera: no era un instrumento muy grande, tenía poco registro, pero la mecánica era muy fiel y sólida e, insólitamente, estaba afinado a la perfección. Kaspar abrió los postigos, y la luz de principios de junio, agradecida, se posó en sus ojos, pasó de largo por los del maestro, con indiferencia, y fue a iluminar el teclado del órgano y el del clavicordio Hausmann, el favorito del maestro. —Dale aire, Kaspar.

El muchacho se colocó en el puesto del entonador y desbloqueó la palanca. Empezó a dar aire al órgano y enseguida apareció el tema si bemol, la, re bemol, si, do, el tema diabólico del pobre Gottfried; Kaspar no podía conocerlo, porque no había nacido la única vez que se oyó entre aquellas paredes. A continuación desarrolló el tema con más de treinta compases de contrapunto que producían unos alaridos extraños, disonantes, en séptimas y novenas, sin base argumental ni estructural, precisamente lo que el maestro decía que no había que hacer, sin tener en cuenta las voces, porque todo eran acordes completos. O no, ahora, con el registro más hiriente de trompeta, una melodía amarga y su imitatio en fuga, disonante… En fin, Kaspar se negaba a admitir que eso fuera una melodía. Miró al maestro; le sorprendió que sonriera.

El maestro sonreía porque estaba aceptando el sueño de Gottfried y se daba cuenta de que lo que su hijo decía con esos chillidos era que, a su manera, él también existía; e intuyó vagamente que eso podía llegar a ser música algún día. De pronto, terminó con un acorde breve, imposible, de do, re bemol, re, mi bemol, mi, fa y, cuando se hizo el silencio, oyó los gemidos contenidos de Kaspar, que apoyaba la cabeza en la placa metálica de la matrícula del instrumento, toda llena de verdín, en la que constaba que Olegarius Gualterius sauensis me fecit in Markkleeberg. Anno domini 1720. Kaspar, en el rincón del aventador, no se atrevía a mirar al maestro a los ojos ciegos.

—No me he vuelto loco, Kaspar. — ¿Qué es eso?

—El sueño de un bendito. Y ahora se me ocurren siete variaciones. Las tengo casi terminadas.

Kaspar pensó que estaba en la pesadilla del infierno y se asustó al ver que el maestro, en vez de decirle acompáñame a la cama, que estoy cansado, le dijera copia lo que has oído, Kaspar, que todavía nos queda mucho trabajo.

—Pero ¡eso no es música!

—No me digas que no te acuerdas…

Se lo dijo en su tono amenazador suave, el que más miedo inspiraba. Acostumbrado a obedecer, Kaspar se acercó al pupitre, sacó la pluma, el tintero y el papel pautado y, con la facilidad que le daba su extraordinaria retentiva, empezó a escribir el horror que había oído como si fuera música.

—Suena muy feo, maestro —dijo, cuando se vio obligado a repetir el compás vigesimoséptimo del tema.

—Suena como tiene que sonar a los puros de corazón.

Eso lo convenció de que el maestro se había trastornado. Suspiró y terminó el encargo con una repetición del tema inicial y el final horroroso en do, re bemol, re, mi bemol, mi, fa, y soltó la pluma sin poder contener una mueca de asco.

—Ya he terminado, maestro.

—Ahora, tócalo en el clavicordio.

Loco de remate, pero a Kaspar le habían enseñado a obedecer y a interpretar música y obedeció; sin embargo, no era música lo que interpretó, sino que reprodujo unos sonidos terribles, escandalosos, que no habrían podido imaginarse ni los niños más traviesos si los dejaban solos con un clavicordio.

—¡Fa sostenido, sol sostenido, la! —le regañó el maestro.

—Pero, es que así suena peor todavía —replicó el joven a modo de excusa—. Si estábamos en do bemol mayor…

La mirada ciega, perdida en un futuro imposible para él, murmuró unas palabras que jamás habría osado pronunciar de no haber sido por su querido Gottfried:

—Da igual dónde estuviéramos. No hay tónica. El tema y el desarrollo son sólo un espejismo… Siempre hay música inesperada.

—¿Y las disonancias?

—También son obra del Señor. —Tras una breve pausa, alargó la mano hacia donde creía que estaba Kaspar y, en poco más que un murmullo, repitió la orden—: Fa sostenido, sol sostenido, la…

Y Kaspar tocó fa sostenido, sol sostenido, la, y los horripilantes sonidos se cumplieron como quería el maestro. A continuación, el maestro empezó a dictar con furia, con la prisa de un moribundo que no quiere irse sin dejar su último pensamiento como un ancla para el recuerdo, un pensamiento osado, de iluminado, un contrapunto canónico con un equilibrio perfecto entre las fugas, a partir de la locura del tema inicial. Y sobre esa locura, seis variaciones más, todas con el mismo… como la misma falta de tono, como si todos los tonos tuvieran el mismo valor y no existiera la realidad de la tónica, la dominante, la subdominante y la sensible. Kaspar creía que perdería la cabeza, pero obedecía y copiaba con total fidelidad lo que dictaba el maestro. Dos horas después, el maestro estaba pálido, sudando del esfuerzo titánico que acababa de hacer. Entonces, sin moverse de su sitio, agarrándose con fuerza a los bordes de la mesa, dijo con voz ronca ahora, Kaspar, lo tocaré todo en el órgano. Fíjate bien mientras das fuelle, por si has cometido algún error.

—No he cometido ningún error, maestro —dijo Kaspar sin el menor alarde: sencillamente, siempre escribía bien la música—. En todo caso, donde puede haber algún error es en el…

—El pensamiento no se equivoca, Kaspar… —lo cortó con cierta sequedad—. Procura ser generoso. De lo contrario, nunca lo entenderás.

El maestro tocó el tema y los contrapuntos variados, y las paredes de la casa lloraban porque no estaban acostumbradas a que, precisamente en esa casa, se oyeran gemidos tan descontrolados como ésos.

Cuando terminó, el maestro se quedó cabizbajo, visiblemente fatigado, pero pensando todavía con gravedad en la concreción del sueño de su hijo. Se le iluminaron los ojos ciegos y miró hacia el lado del entonador.

—¿Sabes guardar un secreto, Kaspar?

—Sí, maestro. —Trae pluma y papel.

El muchacho obedeció con presteza. El maestro lo señaló como si pudiera verlo.

—Escribe el nombre de la obra.—Miró a lo lejos, como si buscara información en los límites del recuerdo, y recitó casi religiosamente—: Contrapunctum sobre un tema de Gottfried Heinrich Bach. —Y esperó con impaciencia—: ¿Ya está?

—Sí, maestro.

—Me gusta más al órgano que al clavicordio. Mañana haces una versión para laúd. ¿Me oyes, Kaspar?

—Sí, maestro, para laúd. —Y tragó saliva. — ¿Te ha gustado?

—No, maestro. Nada.

El maestro sonrió por segunda vez en todo el día. —A mí sí. Pon ahí nombre.

—¿Queréis firmarlo? —El pobre Kaspar se escandalizó otra vez—. ¿Esto?

—Precisamente esto, sí, Kaspar.

Con letra vacilante, Kaspar escribió la signatura que tan pocas veces le pedía el maestro: «Johannes Sebastian Bach fecit».

—Gracias, pequeño… —suspiró el anciano, al límite de sus fuerzas—. Ahora sí que tienes que llevarme enseguida a la cama. Y esto que hemos escrito… de momento, escóndelo. —Suspiró—. ¿Puedo fiarme de ti?

—Sabéis perfectamente que daría la vida por vos.

El anciano, complacido por la respuesta, dejó pasar unos momentos. Tal vez se recreaba en la muestra de lealtad; tal vez recordaba el tema de Gottfried y se lo imaginaba para un instrumento de cuerda.

—Cuando me muera, se lo llevas personalmente a mi hijo mayor.

—El señor Friedemann lo romperá.

—Di a Wilhelm Friedemann —dijo con voz cansada, entre jadeos— que este tema de su hermano Gottfried es lo que más aprecio en estos momentos y que es mi voluntad que sobreviva a todas las ventas que se hagan de mis manuscritos y libros.

—Pero ¿cómo va a vender nadie ni un solo manuscrito de….?

—Ya te enterarás —lo interrumpió el maestro—. Pero éste no se puede vender.

—¿Por qué, maestro?

—No sé. —El anciano miró soñadoramente la luna por la ventana como si pudiera verla—. En se rio, no sé…

—No es música, maestro.

—Es música: ha salido de un corazón. —Dirigió el rostro ciego hacia la voz de Kaspar y dio el tema por zanjado—. Entre tanto, escóndelo. No se lo enseñes a Magdalena, porque se llevaría un disgusto.

Se levantó con esfuerzo y el muchacho corrió a su vera.

—Estoy muy cansado. Esto se acaba… —Y cuando el muchacho llegó a su lado—: ¿Crees que estoy loco, Kaspar?

—Cuidado con el escalón, maestro.

El esfuerzo agotó al maestro y Kaspar lo ayudó a meterse en la cama. Era la primera hora de la tarde, caía un chaparrón estival; el muchacho pensaba por qué no han llegado todavía, por qué no viene nadie, que vengan ya, que venga alguien, por qué empezó a decir el maestro con voz rota Magdalena, dónde estás, dónde están mis hijos, que me muero, dónde está mi música, qué pasa, por qué está todo tan oscuro…

Y con voz ronca y desafinada se puso a cantar de cara a la pared ya basta, señor: cuando quieras, líbrame de las ataduras. Jesús, ven. ¡Ah, mundo, adiós! Me voy a la mansión celestial. Me voy sabiéndolo, en paz, dejo atrás mi gran miseria. Ya basta, Señor. Y Kaspar no sabía si debía dejarlo solo e ir corriendo a buscar ayuda. Pero se quedó paralizado al lado del maestro, porque éste le cogió la mano e inspiró con fuerza todo el aire del mundo. Y le apretó la mano más todavía, como aferrándose a la vida. Y no espiró el aire. Kaspar, atemorizado, se echó a llorar porque su maestro acababa de morir y él estaba solo en la casa y no sabía qué hacer.

La lluvia veraniega seguía aporreando los cristales de la habitación. Aprensivamente, Kaspar se soltó de la mano que lo aferraba y se levantó de pronto, sobresaltado por un pensamiento: la señora Magdalena, el señor Altnikol… todos lo acusarían de la muerte del maestro, por haber permitido que se levantara a trabajar, por desobedecer las instrucciones y por haberle dejado componer una música que había terminado con él. Despavorido, se fue corriendo a la sala del órgano. Con los ojos llorosos, recogió todos los papeles que había escrito esa tarde nefasta y los puso en un montón. Se frotó la frente para quitarse los recuerdos de la diabólica música, aunque era imposible que se le olvidara ni una sola de las notas que había oído; salió de la estancia sujetando las partituras con furia y se fue directo al fogón de la cocina. Empezó a echar las hojas al fuego una por una para borrar hasta el último vestigio de su desobediencia, hasta la última prueba de su delito, hasta que, con la última hoja, el fuego consumió el sueño de un loco y lo hizo desaparecer, como si de una vida se tratara, por el cañón de la chimenea, convertido en humo, en el cielo gris de Leipzig.

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