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Arno Schmidt | del:alemán

El tamborilero del zar

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Nora Bossong

Para que el punto quede en claro: "Yo mismo no viví nada en persona". Eso es al menos lo que sostiene ya en la primera oración el narrador del cuento "El tamborilero del zar" de Arno Schmidt. Se trata de un alguien, casi se podría decir de un cualquiera, solo que un poco más mordaz en sus observaciones y en su lenguaje, al que le gusta salir de paseo, sin llegar al gran mundo, pero que quizá algunas cosas vive por sí mismo, pues "¿...qué significa Nueva York, a fin de cuentas? Una metrópolis es una metrópolis, y yo estuve las suficientes veces en Hanover." Y rápidamente queda establecido: a este hombre le gusta dejar que las vivencias corran por cuenta de otras personas. Escucha cómo las relatan. Con él entramos a un bar de camioneros cerca de la frontera zonal, en el que se bebe Coca Cola con Nescafé, y mientras ese trago desborda de espuma, se comenta al pasar la reunificación y se cotillea sobre los problemas de la globalización con un par de números sobre la barra. Lo provinciano se enfrenta aquí contra lo que está en todas partes, contra el mundo de los "vigilados distinguidos". ¿Desde dónde se podría tener una visión mejor? Schmidt reporta desde el corazón de la Alemania federal de posguerra: rudo, gruñón, una y otra vez sarcástico y grandiosamente cómico y, no lo ocultemos: apetitoso-ofensivo. La jerga de bar se combina con una arqueología lingüística que va por todo. Eso le granjeó a Schmidt fama de ser uno de los autores más difíciles de habla alemana. Sin embargo, buena parte reside más bien en nuestro miedo pánico ante la puntuación. Si simplemente nos dejáramos llevar por ella, escucharíamos cómo la gente se llena de vida al hablar. La ternura del lenguaje de Schmidt insta a una frontalidad insultante y rechaza en su extravagancia cualquier tipo de acaparamiento.

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Yo mismo no viví nada en persona, cosa que por cierto me importa muy poco; no estoy tan mal de la cabeza como para envidiar a un trotamundos, para eso leí demasiado los manuales de geografía de Seydlitz o la enciclopedia de animales de Brehm. ¿Y qué significa Nueva York, a fin de cuentas? Una metrópolis es una metrópolis, y yo estuve las suficientes veces en Hanover: sé lo que es que mil marmitas con sus jarritas salgan disparadas por las mañanas de la estación central de trenes, en formación de abanico, hacia el interior de la época dorada. Uno camina como si lo persiguiera un perro salchicha. Se entremezclan seres color ladrillo, con paraguas como flechas en las manos sangrientas (o también en manos negro mortuorio; enseguida sus máquinas de escribir resonaran agudas como gorjeos de codorniz. Todos los despertados por despertadores. El auto carraspea severo a mi lado, y eso que en realidad, ya solo por mi aspecto exterior, no tengo edad para que pueda sospecharse de mí que la visión de dos glándulas mamarias logre aún hacerme quedar como un imbécil).

Es decir que todo eso no. Pero salir a pasear por las tardes y por las noches me motiva mucho – nótese la triple-murmurante “m”, también yo me acabo de dar desagradable cuenta (“por qué”, es algo no quiero saber; he dejado de creer en los “hallazgos psicológicos” desde que una vez indagué a escondidas el significado de paseos nocturnos como esos-míos. Un peritaje decía sin rodeos que yo era cobarde como una hiena y de naturaleza potencialmente criminal; cosa que sin dudas corresponde a la mayoría de nosotros. El otro dictaminaba que era un fenómeno de valentía, ¡ay, Dios santo! Como sea, muy rápido se me hizo demasiado, también demasiado caro. Luego pensé por mi cuenta largo tiempo en el asunto; la verdadera razón debe ser que tengo mala vista y que de día hay demasiada luz y demasiado calor para mí).

En todo caso, siempre camino primero todita una hora –sé que debería haber escrito “toda”, como es más usual, pero hubiera rimado con “hora”, y no me gustan los poemas–, ahí uno ve de todo y no necesita sentirse un voyeur, o sea “culposo”, o incluso “pecaminoso”: a la mayoría de nosotros se nos va la vida en reajustar laboriosamente las escalas que regulamos de manera errada en la juventud.

La estación del año no importa: puedo perfectamente apreciar un edificio nuevo en invierno, temprano a las 5; los obreros descongelan la bomba descongelada del edificio vecino, que ya está listo, con restos ardientes de papel de pared. Puede ser un meteoro de verano que arrastre a medianoche su hilo de nylon a través de la jirafa y se haga añicos sobre la RDA (así de cerca vivo del cruce fronterizo de las zonas. De ahí que por las dudas reconozco a la República Democrática Alemana). Puede ser una tarde de fines de otoño, donde uno se queda parado y escucha: ¿qué fue ese ruido? ¿Un grillo cercano o un tractor a millas de distancia? (De momento no se me ocurre nada para la primavera, y no soy tan puntilloso como para forzarme por eso de modo alguno; el otoño es de todas maneras mi estación del año preferida).

Posteriormente, me voy por lo general al bar de los camioneros, y esto puede durar largo rato a veces, pues allí se junta toda gente que “ha vivido algo”, o mejor dicho que está aún en medio de la vivencia, y a fondo.

Ya solo la atmósfera allí: la mezcla altamente óptica de pura luz artificial y sombras todas picaditas. Las mesas manchadas (mantel solo tienen las 2, a la izquierda de la entrada, donde se sientan los vigilados distinguidos, las delgadas espirales de dedos aferrándose a los cálices de vidrio helado sobre los cuales nadan corbatines de cáscaras de limón: ÉL, con aquella insipidez honorable y esa seriedad vacía tan inapreciables para la función pública (y al mismo tiempo tan tonto que no podría vender helado de crema ni siquiera en el infierno, si tuviera que trabajar por su cuenta); ELLA, del tipo que en los lugares de camping enseguida planta florcitas delante de la carpa y coloca al lado una piña de abeto).

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La gente seria es naturalmente la otra, tanto hombres como mujeres. En su mayoría anchos, con caras enérgicas y cubiertas de carnes, los conductores; todos ellos capaces, en caso de emergencia, de utilizar una pequeña escultura abstracta como abridor de latas (no estoy a favor de lo moderno, tal vez ya se ha notado). Las mujeres, en su mayoría, unas “bobitas”, con el defensor virginitatis ligeramente distendido, pero robusto; tampoco lo está el busto, adelante, Tarn & Tara, ni detrás la Porta nigra.

Por cierto, a la cincuentona en cuestión de anchas espaldas la había visto a menudo por aquí; siempre levemente ponche-ada, de modo que la voz se le volvía un encantador bajo alto afónico. Justo acababa de explicar por medio de la misma: “Mi padre era tamborilero del zar: ¡todo es natural en mí!” (Una lógica que, si bien a mí se me antojó audaz, a su pareja de hoy le resultó al parecer legítima, pues asintió solícitamente. Descubrí cuál era su oficio cuando enseguida se fue solo: hacía sus salidas de fin de semana con el coche fúnebre. Me lo imaginé durante 1 minuto de manera ilustrada. Hasta que no pude contener la risita.)

Mis 2 vecinos al otro lado se pidieron primero “un paquete ‘e ci’arrillos” (a lo que uno de ellos añadió unos “caramelos de menta”); y luego hicieron lo siguiente: cada uno echó en su vaso vacío 2 cucharitas colmadas de Nescafé y luego encima Coca-Cola fría: la espuma subió alto, espesa y de un marrón amarillento; todo parecía haberse disuelto; sorbieron y sonrieron, técnicos. (¡Eso debe levantar terriblemente! Vamo’ a probarlo). Con semejante bebida entyre pecho y espalda, es natural que después pudieran blasfemar, maldecir y contar muy bien:

Del operado de la laringe al que los rusos le habían robado la cánula de plata del cuello (y que además se llamaba “Wilke”, que viene, como es sabido, del eslavo “Wölk”, lo mismo que el alemán “Wolf”, lobo: ¡pero nada de eso le sirvió!).

“¿Quí se’a gana’o una empleada domé’tica que ha tra’ja’o 60 año’ en una y la misma familia?”. “Un certificado del prefecto”, decidió el otro, altanero. / También querían, relata refero, neutralizar y desarmar a Alemania; y después, además, una confederación sólido-laxa “entre Bonn y la RDA”; y su fundamentación no era, como ocurre siempre con los camioneros, para nada tan tonta. Partían de la base de la cláusula de barrera del 5 % y de un futuro estado mundial: en cuyo parlamento la capital “Bonn” no estaría representada de ninguna manera. “Porque cinco pol ciento de tre’ mil millone’, haz la cuenta, ¡eso da ciento cincuenta millone’!”. (Y el otro asintió, con el labio inferior para adelante, à la “yy sí, tampoco aquí to’ anda biem”.) / “¡Hombre, ¿todavía leyendo a Karl May?! ¡En sus libro’ no aparece niún auto! Ahí to’avía andan a caballo, como en lo de un viejo: ¡eso no tiene futuro!” / (Y al fin empezó a contar “cosas vividas”, que es lo que yo había estado esperando; que es lo que siempre espero; no otra cosa es lo que espero en absoluto. Ya volvía a sentirme otra vez como en Homero: ¡vamos: skin the goat!)

El incumbido –(voy a llamarlo, misteriosamente, “el incumbido”. Eso le cabe a muchos: ¿sequía en Baja Sajonia y a cambio inundaciones en Salzburgo?: “¡El incumbido ha vuelto a disponer mal las cosas!”)– había estado de visita aquí “en el Oeste”, lafarraloca; y, puesto que de profesión era empresario de autobuses, también había frecuentado estaciones de servicio y a vendedores de automóviles de por aquí. Con envidia había examinado los autos usados mejor mantenidos, cuando de pronto su ojo azul relució: ese de ahí, ¿no era el mismo autobús que el “de él”? Por supuesto, solo que mucho más elegante, y casi como nuevo. “¡A ese había que tenerlo!”.

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Se pusieron de acuerdo relativamente rápido, pues el incumbido tenía como segunda profesión la de directivo de la Organización Comercial, y ahí, como es sabido, siempre algo sobra. Solo que el “de él” tenía detrás 2 ventanas ovaladas: ? : “¡Se la’ recortamo’!”.

“¿Quince mil? ¿Eh?” “Sí. Pero a pagar solo contra entrega”. (Y cómo hacer para pasar la cosa a través de las fronteras de las diversas zonas; ¡a fin de cuentas no se trataba de un objeto que uno pudiera meterse bajo la manga!).

: “¡Y a eso me lo llevé pa’l otro lado!” (Ahora también la descendiente del tamborilero del zar arrimó interesada sus poderosos encantos un poco más. Al menos una parte seguro que era natural).

: “Primero, habían quema’o to’ el techo por dentro”; a saber, al cortar las dos nuevas ventanas traseras, imprescindibles para el camuflaje. Hasta Lüneburg hubo que buscar a un talabartero, “¡y yo ‘staba en a’cuas! Y se hiciero’ la’ nueve” (o sea, P.M.; de esto ya van 30 años, y la numeración de 24 horas sigue sin entrar en el acervo popular); “y se hiciero’ la’ dié’; a la final, a la’ once, me pude ir”.

Y había sido una noche oscura: la lluvia caía a cántaros; bajaba el chirrido de las veletas de las torres de las iglesias cuando él, con su Leviatán detrás, pasaba salpicando por los pueblos dormidos; Paul Revere, un poroto; hasta Helmstedt.

: “Cono’co a un tipo de la aduana, que me dice: ‘Mira a esa parejita, ello’ también esperan hace tre’ día’, a ver si alguien lo’ lleva. Seguro que se ’caparon y ahora quieren volver con mamita’. Tenían una pinta tenebrosa.” (Un portento: esperar 3 días, probablemente sin lavarse, sin dinero, y encima con ese clima. Como sea, y puesto que el bus estaba del todo vacío, él los había llevado, por amor de Dios, hasta la altura de Lehnin. Entendiblemente, con el espejo retrovisor puesto de tal forma de por las dudas poder tener vigilados a los dos arrugaditos. Describió asimismo las evoluciones íntimas de los jóvenes, a lo que nuestra avejentada oyente, con los labios competentemente apretados entre sí, asintió aprobatoria repetidas veces. Aunque en una ocasión lanzó despreciativa el aire por la nariz: ¡principiantes!).

: “Pasando Brunswick, ya había tenido a un ratón blanco detrás de mí” (así se le llama en esas regiones, irrespetuosamente, a un policía de tránsito que circula solo en su motocicleta); en Berlín occidental fue luego un “Coche Pedro” (es decir un patrullero entero) el que lo corrió hacia la banquina y le controló los papeles: habían sido extendidos para Alemania Occidental y Berlín Occidental vía la Zona Este, ergo inapelables; ahí no estaba tampoco la dificultad, pero

: “estoy entonces en Berlín-Charlottenburg y llega el incumbido: ¡con un portafolio’ así! Todo’ de cincuenta y de cien.” Le pasaron el total de la compra a un tercero neutral, respetable y conocido por ambas partes; este escribió con el sudor de su frente 15 formularios de giro postal, cada uno de mil marcos, y entregó en principio 7 de ellos en el correo: en Berlín ya no se sorprenden de nada.

: “¡¿Tienes la matrícula?!” Es decir la del “viejo carromato oriental” del incumbido: primero había que hacer que ambas matrículas encajaran, o sea que los agujeros para los tornillos quedaran justo unos arriba de los otros, y engrasar todas las tuercas. Y luego, como primer riesgo en serio.

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: “pasar por la Puerta de Brandemburgo: y esa sí qu’ era angosta, hermano, como en una virgen. ‘Tú mira afuera a la i’quierda, yo a la derecha’.”; así habían pasado, casi rozando las paredes, a través de aquel monumento alemán no marmóreo; y del otro lado ya los esperaba el policía del pueblo.

Ahora bien, para el tránsito interno dentro de Berlín no se necesitan más papeles, pero que haya uno que justo elija visitar el sector Este con un ómnibus vacío le causó un poco de extrañeza al de blanco. Pero el gordo, saturado todo alrededor de frentes de hierro, habló tanto del amor por las excursiones que tenía su corpulencia, señalando a su 1 amigo, hasta que el funcionario, alzándose de hombros, finalmente dijo: “El que gasta gasolina es usted”. Y lo dejó pasar.

: “pero ahora llegó la verda’era dificultá”, que era el paso desde Berlín Occidental a la ‘Zona’, es decir, disons le mot, la RDA: “Ahí yo había moviliza’o a mis conocido’ ya de antemano: ‘Elíjanme un paso de frontera bien solitario’” – sostuvo el índice con gran efecto 3 centímetros delante de los gordos labios de César, y nos fulminó a los oyentes majestuosamente (y también halagado. Los gestos del narrador son aquí múltiples.)

: “y que sea en dirección a Ludwigslust. Así que yo sigo andando to’ el tiempo a lo largo del canal. Delante de nosotro’, nadie; detrá’ de nosotro’, nadie; a fin de cuentas no es más que un camino casi de campo.” Adelante a estribor se hizo visible el puesto de control: una simple barraca de tablas, completamente inofensiva. Avanzaron hasta quedar a 300 metros

: “de’pué’, nos bajamo’. Yo digo: ‘Dame la matrícula: yo voy alante, tú detrá’. Y las tuercas solo así atornillada’ con lo’ dedo’. Tiramo’ la vieja matrícula al canal; y seguía sin aparecer ni el loro. Y yo que enderezaba. Y yo que la daba vuelta. Y ahí le dije: ‘Aquí tienes tu ómnibus’” (Y todos asentimos al compás, con envidia: ¡quedan hombres todavía!)

: “¡El otro no lo podía cré! Que ahora tenía un auto nuevo.” El incumbido se había limitado hasta ese momento a observar, siempre radiante, al monstruo laqueado occidentalmente a nuevo. Alternando con miradas al gordo valiente. Luego se subió feliz de un salto al sitio del conductor, le puso aún en la mano “cien marcos orientales: pa’l almuerzo” y se fue zumbando.

: “toda’ía lo estoy viendo, cómo se acerca a la casita del vigilante. Una única persona mira pa’ ‘fuera, con la cabeza. Y solo para hacer así con la mano” –la suya imitó el movimiento con una debilidad y un adormilamiento como no he visto nunca, in a long and misspent life– “y vuelve a saludar: y pa’ entonce’, el otro ya había pasado. Ningún control. Ná…”. Y extendió las manos, sacudiendo ligeramente la cabeza; y volvió a dejarlas caer sobre la mesa: hecho.

Nos vimos obligados a asentir una vez más. Y lo hicimos con gusto. El otro le ofreció un cigarro de reconocimiento.

“Yo tampoco sabía, por lo demá’, que la Puerta de Brandemburgo no era maciza. Siempre pensé q’ era al meno’ de granito o algo así.” Pero el narrador sacudió su experta cabeza: nada, absolutamente nada: “La pintura a la cal descascarándose por toda’ parte’”.

“Todo es natural en”, dijo la Valquiria, y se echó más de lleno hacia atrás: “¡Mi padre era el tamborilero del zar!”.


* Este cuento fue publicado en: ders., Trommler beim Zaren. © 1966 Stahlberg Verlag GmbH, Karlsruhe. Alle Rechte vorbehalten S. Fischer Verlag GmbH, Frankfurt am Main.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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