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Matthias Brandt | del:alemán

En ninguna otra parte

Traducción : Ariel Magnus

Introducción de Julia Encke

El actor y escritor Matthias Brandt ha calificado una vez la circunstancia de haberse criado como el hijo menor de Willy Brandt como una "circunstancia cortesana". Aunque no sin enseguida volver a relativizar esta peculiaridad: "Por supuesto que era una circunstancia muy especial, pero menos especial que lo que se cree. Mi padre tenía simplemente un trabajo raro. Creo que si hubiera crecido en otras circunstancias, hoy sería la misma persona." "En ninguna otra parte" cuenta la primera noche –y seguramente la última– que el narrador pasa en lo de su amigo Holger. Acostado en la cama, el niño no logra tranquilizarse, puesto que la tarde en el maravilloso mundo Holger le mostró dónde y cómo le gustaría vivir a él, es decir, tal como lo hacen en ese lugar; junto con los padres de Holger han visto el programa "Tres por nueve" con Wim Thoelke, mientras picaban los panes con salame y queso de untar con champiñones que la madre de Holger había servido en un plato junto con los pepinillos en vinagre cortados en abanico. Más tarde les había dado helado de tres colores con barquillos y diferentes tipos de caramelos de goma. Luego lo sorprendió la nostalgia de su hogar. Lo más impresionante de la forma en que Matthias Brandt captura el mundo cerrado de la familia anfitriona desde la mirada abierta del niño es sobre todo la precisión con que lo describe. No hay aquí palabras de más, ningún tipo de autocomplacencia estilística, nada de manierismos. Brandt logra efectivamente concentrar lo que cuenta en su punto justo.

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Los padres de Holger ya se habían acostado.

Yo estaba sentado en piyama sobre la cama, con gusto a pasta dentífrica ajena en la boca.

Holger estaba parado delante del acuario y le daba de comer a los peces guppy.

– Pero no, por favor ahora jimmi no – dijo.

Lo pronunció en alemán, o sea no shimmy, sino ‘imi, como a los jeans.

– ¿Quién?

– Otra vez están haciendo jimmi.

Ni idea de lo que estaba hablando.

Lo que escuché fue un chirrido bajito y regular, pero no supe a qué atribuirlo. Sonaba un poco como un auto que no arranca. Pero también podría haber sido un pájaro. Una paloma, tal vez, esas sonaban parecido, solo que más grave. ¿Una pequeña paloma, quizás? Por otro lado, el ruido parecía venir directo de la pared, o de la pieza de los padres que estaba detrás, por lo que ni lo uno ni lo otro entraba en consideración. Enigmático, y Holger no dio muestras de querer explicarme lo que estaba pasando. Solo revoleó los ojos y siguió golpeando con el dedo índice la lata de comida para peces.

Me había ido con Holger y su padre después del partido. Hacía semanas que esperaba esa tarde que pasaría con ellos. Holger me había contado tantas cosas sobre su magnífico hogar que ahora sentí pánico escénico. Los dos empleados de seguridad que me acompañaban y protegían nos habían seguido en su auto, sin perder de vista a nuestro Volkswagen Escarabajo. Se bajaron delante del edificio de tres pisos, en el que la familia de Holger ocupaba el del medio, y habían hablado brevemente con su padre, seguro que para coordinar la hora en que me buscarían al día siguiente. Cuando se fueron, les dije adiós con la mano, y el señor Danner al volante hizo el saludo del indio Winnetou, mientras que su colega, el señor Volquardsen, miraba por la ventana hacia el otro lado. 

El ruido se escuchaba ahora con mayor claridad. Un chirrido regular, de origen evidentemente mecánico, no bucal, cuya causa empecé paulatinamente a intuir por el desquiciado silencio de Holger.

Jimmi – jimmi – jimmi – jimmi – jimmi – jimmi.

Fue del acuario al tocadiscos y puso el disco de Slade que el equipo le había regalado para su cumpleaños. “Mama, weer all crazee now”. Aunque la música tapaba ahora el otro ruido, toda mi atención se dirigió hacia la pared, era casi como si solo esperara al surco vacío del LP, la pausa entre la canción que estaba tocando y la próxima, para escuchar cuál era el estado de la cuestión al lado.

Nuestro arquero, Nettekoven, había contado hacía un tiempo que sus padres, cuya cama doble estaba integrada a un armario de pared y se desplegaba desde allí, se habían pasado una noche y medio día enterrados vivos porque la cama se les había caído encima y no habían podido volver a levantarla. El domingo a la tarde volvió el hijo a la casa y buscó ayuda, de modo que los atrapados finalmente fueron liberados. Nettekoven había dicho con un chillido que sus padres habían estado “copulando” cuando ocurrió la desgracia, lo que acrecentó mi sospecha de que todo era una invención. Durante una conversación entre los policías Stöckl y Danner había oído una vez que el primero leía en voz alta un artículo del Express con una historia parecida, en la que por supuesto no aparecía el verbo que había utilizado Nettekoven, sino que se lo esquivaba graciosamente. En este caso, la pareja se había quedado atrapada dentro de un auto y había sido liberada con ayuda de un soplete, además de que el asunto había tenido lugar en Inglaterra. Sea como sea, el señor Danner no había podido contenerse.

Nos acostamos en la cama, Holger en la suya, donde yo había estado sentado hasta hace un momento, y yo adelante sobre un colchón de gomaespuma en el suelo. La luz del acuario brillaba violeta contra el cielorraso y la pared, creando una atmósfera acogedora a la vez que un poco fantasmal. Jimmi y Slade habían enmudecido, y yo levanté la vista hacia Holger, pero solo vi su pelo hirsuto sobresaliendo de la almohada y dibujándose en la pared. Poco tiempo después escuché su respiración regular.

Pensé en la hermosa noche que acabábamos de pasar: junto a los padres de Holger habíamos visto el programa “Tres por nueve” con Wim Thoelke, engullendo los panes con salame y queso de untar con champiñones que la madre de Holger había dispuesto en una bandeja. Entre los panes, pepinillos en vinagre cortados en abanico. Con cuidado corrí hacia los bordes de mi plato las rositas de perejil y los tajos de manzana dorados hasta las enzimas, pero la madre de Holger igual se dio cuenta. Cuando me lo dijo – al verme descubierto me puse colorado de inmediato – Holger me salvó tomando el pequeño montoncito y metiéndoselo entero en la boca; risas. Más tarde, cada uno recibió una porción de postre helado de tres colores con un barquillo insertado, y como despedida llegaron a la mesa fuentecitas de vidrio coloridas con caramelos de goma.

– Lástima que no te quedes a almorzar mañana – había dicho la madre de Holger – Tendremos la comida preferida de Siegfried, lengua de vaca en vino de Madeira.

Mi sonrisa podía significar cualquier cosa, es algo que le había copiado a mi madre. Ahora en todo caso me hizo muy feliz saber que al mediodía siguiente estaría muy lejos. Los padres de Holger habían bebido cerveza Kurfürsten Kölsch, nosotros Tri-Top de mandarina, los vasos y las copas tenían posavasos modelados y cocidos en plastilina por la hermana mayor de Holger, Biggi, y yo quedé entusiasmado por lo perfectamente organizado de esa vida. 

Todo y cada quien parecían tener su desarrollo y su lugar definidos, como un trencito eléctrico por rieles pensados y dispuestos de antemano, sin ningún peligro de desviarse o de chocar. La impresión era que representaban una obra que, tras haber sido ensayada y considerada buena, se llevaba a cabo desde entonces y para siempre de la misma manera. Aquí no parecían existir preguntas como las que a mí se me planteaban a diario y cuya respuesta absorbía gran parte de mi tiempo.

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Por ejemplo, a una señal para mí invisible, tal vez siempre a la misma hora, todos los miembros de la familia se retiraban a sus habitaciones, para acudir algunos minutos más tarde, en distintas variantes de la vestimenta de tiempo libre, a mirar televisión en la sala de estar.

Holger y yo teníamos puestos nuestros piyamas, su padre vestía un equipo de entrenamiento azul brillante con el escudo en blanco y negro del águila y la inscripción Ejército sobre el corazón, lo que le añadía a su figura de por sí rechoncha algo aún más cuadrático. Llevaba la chaqueta abierta, se le podía ver la camiseta y la tupida pelambre del pecho, en la que estaba suavemente embutido un pequeño colgante dorado, pendiendo de una cadena igual de delgada, que mostraba el signo zodíaco de Aries. En los pies tenía pantuflas de pana de la marca Romika “con plantilla”, según me aclaró en una ocasión. Durante el entrenamiento yo había aquejado dolores en el tendón de Aquiles y el padre de Holger, cuando se lo conté, estuvo seguro de que eso se debía a que a mis zapatos les faltaba una plantilla decente. El tema había salido varias veces más, y él siempre me preguntaba con gesto de seria preocupación si había habido avances con el asunto de la plantilla. Parecía obsesionado. Pero mi madre, cuando le expresé mi deseo de tener zapatos con una plantilla decente, se había limitado a alzarse de hombros sin entender.

Vestida ahora con un enterizo de felpa naranja y cierre dorado, la madre de Holger trajo un plato más con panes. También ella llevaba zapatos de andar por casa que no dejaban lugar a dudas en cuanto a que satisfacían las más altas exigencias en materia de protección de las articulaciones y sostén del arco longitudinal, probablemente hasta incluyeran pelotas de felpa para abrir los dedos de los pies, quién sabe.

La hermana de Holger, Biggi, que ya tenía quince y esta noche había salido a una fiesta, se quedaba a dormir a su vez en lo de una amiga. No supe si eso era algo que lamentaba o si en realidad me producía alivio. Es probable que ambas cosas al mismo tiempo.

El piso de la familia de Holger era de construcción moderna y contaba con una sala de estar, la habitación de los padres, las habitaciones de Holger y Biggi, la cocina y un baño. Todo estos ambientes salían de un pasillo, en el que había un perchero junto a la puerta y, a la altura de la puerta de la cocina, una mesita con un teléfono revestido con un brocado y acompañado de una guía telefónica igual de ennoblecida. Desde un primer momento me impresionó que gracias al esmero de sus habitantes todo en este departamento hubiera experimentado una revalorización tanto óptica como práctica.

La sala de estar, cubierta con una alfombra verde musgo, era un ambiente bastante pequeño y casi cuadrado, con una ventana que daba a la calle y al estacionamiento. Ahora de todos modos habían bajado las persianas, como pude adivinar a través del estor de crochet. Las paredes estaban pintadas de un marrón castaño, y el techo bajo de marrón claro.

Al entrar en la sala, había a la derecha contra la pared un sofá en L para cuatro personas revestido en pana beige, en cuyo tramo más corto, sobre el lado de la ventana, estaba el lugar del padre de Holger. Holger y yo nos sentamos en la parte central del sofá, delante del cual había, sobre una pequeña alfombra de lana, una mesa ratona de estructura cromada y una oscura placa de vidrio ahumado. Sobre esta, un cenicero de giro hecho de cristal y su correspondiente encendedor de mesa; al lado había cigarrillos, un paquete de Kim y otro de HB. Sobre el sofá colgaba una reproducción enmarcada de una pintura al óleo que mostraba el faro de Sankt Peter Ording, según leí al sentarme.

La madre de Holger se sentó a nuestra izquierda sobre un sillón del mismo color que pertenecía al conjunto. Apenas por sobre la mesa ratona pendía una lámpara de tonalidad glaseada, tuve que tomarla en cuenta para que su cable blanco en espiral no me tapara la visión al mirar la tele. El aparato estaba dentro del armario de roble que ocupaba toda la pared de enfrente. Durante el día estaba escondido detrás de una puerta plegable, que el padre de Holger había abierto tarareando de alegría. Arriba del armario había tubos de neón, encendidos como la lámpara colgante, de modo que la claridad era mucho más intensa que la que yo conocía de mi casa. Mi madre, que odiaba las luces de techo, empezaba con la caída de la noche a encender todas las lámparas y candilejas que estaban repartidas y en parte escondidas por la sala, porque era de la opinión que así resultaba más agradable. Aquí en cambio habían encendido la televisión, una último modelo de la marca Nordmende, y el padre de Holger se dejó caer sobre el tapizado frotándose las manos.

Empezó el programa y Holger y su madre cantaron la letra de la música de los títulos, mientras el padre los acompañaba silbando.

– Juegue con nosotros, la suerte hace hoy su show, juegue con nosotros, hoy la fortuna no dice no.

Era un tipo de entusiasmo nuevo para mí, en casa más bien se reían de algo así, se dormían enseguida o se levantaban a más tardar después de cinco minutos y se iban sin hacer comentarios, a lo sumo con las cejas alzadas, de modo que, si mi madre no se compadecía, yo era el único que se quedaba solo frente al televisor.

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Aquí siguieron el programa entero sin que declinara la atención, adivinando junto con los participantes (“Riiiesgo”, había murmurado la tribuna de la sala en coro) y cantando (“Haces sonar en mí acordes nunca conocidos, el Grand Prix d’ amour, eso eres para mí”), y compartiendo sus opiniones sobre el presentador y sus invitados famosos: “Thoelke también engordó”.

Cuando terminó de sonar el potpurrí final entonado por la orquesta Max Greger, los padres de Holger se hicieron una breve señal con la cabeza, apagaron el televisor, se pusieron de pie y rápidamente levantaron la mesa siguiendo un ritual ensayado. Traté de adaptarme de manera intuitiva a las reglas de este procedimiento, pero lamentablemente sin éxito, por lo que todo el tiempo estuve estorbando. Después fuimos con Holger a lavarnos los dientes y cuando salimos del baño el pasillo estaba oscuro y vacío.

Me costaba tranquilizarme, ahí acostado y escuchando la respiración de Holger, por la agitación de esa tarde compartida en ese mundo maravilloso. ¡Esa tarde me había mostrado cómo y dónde quería vivir yo! Mi vida futura se veía como la de aquí.

Cuántas cosas que me pasaban por la cabeza. Más tarde tal vez pudiera ingresar también yo a la administración del Parlamento y seguir la carrera como funcionario del padre de Holger, ¿por qué no? Pero solo después de hacer con Holger los cuatro años de ejército, algo que, según nos había explicado su padre, traía consigo, además de camaradería y el fortalecimiento tanto del cuerpo como del carácter, muchas ventajas económicas. Por ejemplo, elegido así al azar, con el seguro del auto, porque después de haber sacado el registro de balde en la mili, para auto más moto y camión, podíamos exigir las tarifas rebajadas para empleados públicos. Por ni hablar de los servicios para fomentar la formación de capital. Ahí papá Estado aportaba su buena porción.

La reconfortante armonía de este imaginario me adormeció de inmediato. Pero también veía ahora que lo de aquí era en todos los aspectos lo contrario a mi hogar. ¿O mejor debía decir de mi ex hogar? Por un lado, sentía pena de mí mismo por el hecho de que el destino pareciera haberme deparado este dilema, pero por el otro me sentía realmente eufórico por el hecho de que en la tarde de hoy me hubieran mostrado de manera tan patente una alternativa a la vida que me estaba esperando.

Sentí de pronto ganas de reírme al recordar una historia escuchada por la tarde. Había alabado el revestimiento de felpa de la tapa del inodoro, que hacía juego por su color con la pequeña alfombrita que estaba delante, y le dije a Holger lo hogareño que me parecía eso, a lo que Holger corrió conmigo hacia la cocina y allí le rogó a su madre que me contara la historia de la tía Otti, cosa que ella hizo de buena gana.

Lo que había ocurrido fue lo siguiente: a la señora Otto, una tía del padre de Holger que vivía en Dresde, le mandaban regularmente paquetes con alimentos, vestimenta y otros artículos que no se conseguían en el Este. En uno de esos paquetes habían puesto cierta vez uno de los juegos de baño de felpa que yo había admirado. Tiempo más tarde, los padres de Holger recibieron una carta de agradecimiento de dicha tía, que contenía la frase: “Gracias por la bella bufanda, lamentablemente la gorra me queda muy grande”. La madre de Holger casi no pudo terminar de contar la historia, mientras que Holger mismo se retorcía de risa en el suelo de la cocina. Yo en cambio no entendí dónde estaba el chiste de la cuestión hasta que me lo explicaron: la vieja señora, que desconocía la finalidad de esos elementos, se había puesto al parecer el cobertor de la tapa del inodoro en la cabeza y el felpudo alrededor del cuello.

Nadie esperaba de mí que le tuviera lástima, como lo demostraba la reacción de sus parientes. También eso me resultó inusual y desconcertante.

Mientras mirábamos televisión, me había pasado lo que ya tantas veces: cuando me sentía bien en un lugar, debía asimilarme a ese entorno por completo. No solo quería ser como esa gente entre la que me hallaba, sino que incluso quería ser más ellos que ellos mismos. Al mismo tiempo, sentía subir una profunda furia contra mi hogar, en especial contra mis padres, que me habían privado de tantas cosas, como descubría ahora. De todas las cosas, bien mirado, que hacían que la vida fuera digna de ser vivida. ¿Por qué debía ser arrancado a la mañana siguiente del seno de la familia con la que había pasado esa tarde grandiosa y de la que hacía tiempo que me sentía como un miembro más?

Por los míos ya no sentía en ese momento ningún amor. Pero esta amarga constatación no generaba en mí ninguna tristeza o nostalgia, y parecía como si la claridad y la frialdad del descubrimiento me prestara la fuerza necesaria para la ineludible emancipación, el corte, que habría de llevar a cabo algún día. Si todos los involucrados dejaban que reinara la racionalidad, se encontraría una forma digna de separación, para la cual ya no había alternativa alguna. En última instancia, nadie tenía la culpa de que la casualidad me hubiese puesto en el medio ambiente de un supuesto hogar que no me cuadraba en absoluto. No, del camino que ahora me habían mostrado ya no había vuelta atrás. Emocionado por mi propia bravura antes esta prueba que se me imponía a una edad tan temprana, finalmente logré dormirme, entregándome con seriedad y serenidad a lo inevitable.

Pasó un rato hasta que percibí que el gemido que me despertó venía de mí mismo. Por un segundo estuve desorientado en la pieza extraña. Me había frotado los ojos y al tocar con el dorso de las manos mi almohada sentí que estaba húmeda. Al enderezarme, una corriente de aire acarició mis mejillas bañadas en lágrimas. Demoré un poco en reconocer el motivo de mi desgracia, pero entonces me pegó con fuerza. El estómago se me contrajo de golpe y el siguiente sollozo escapó de mi oprimida garganta.

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Y luego – la conciencia fue más lenta que el cuerpo – me llegaron los pensamientos y las imágenes que a todas luces venían provocando este ataque desde hacía algún rato. Oí a mi madre desearme bajito las buenas noches, sentí mi frente apoyada contra la pechera de mi padre y supe que los había traicionado a ellos y a su amor. Que ahora no había nada que deseara más que estar con ellos, pero que ellos, tal era mi miedo, estaban perdidos para mí, porque hacía no más de un par de horas yo los había negado de manera tan inescrupulosa. Me puse la almohada delante de la cara, por miedo a que Holger se despertara. Solo quería una cosa, irme lo más rápido posible a casa, pero debía aguantar aquí hasta que los policías pasaran a buscarme. En ese instante, me pareció inconcebible sobrevivir las horas que faltaban hasta que eso ocurriese. Una fuerte presión pesaba sobre mi pecho, y me sentí tan solo como nunca antes. Con cuánto gusto hubiera borrado los pensamientos que había tenido antes de dormirme. Pero no era posible.     

A mi lado, Holger gruñía y daba vueltas, rápidamente giré hacia el otro lado. Mi padre me había contado una vez – yo le había preguntado qué significaba exactamente la saudade – una historia de tiempos antiguos sobre los mercenarios suizos del ejército francés, en cuya presencia el gobierno había prohibido, bajo amenaza de muerte, que se cantara una determinada canción popular, porque los mercenarios no aguantaban más de la saudade, enseguida desertaban y se marchaban hacia sus hogares. 

Extrañaba tanto a Gabor, la amplitud, ese estar solo que no era soledad.

El agotamiento hizo que en algún momento volviera a dormirme, quizá también un poco aliviado, porque me daba cuenta de que mi dolor no era otra cosa que el reconocimiento de cuál era mi lugar de pertenencia.

Durante el desayuno conjunto con Holger y sus padres anduve masticando mi pan por guardar las formas, aunque en realidad no podía tragar nada. Debía conseguir dejar intacto el gelatinoso huevo, pero ahí el tiempo jugaba a mi favor. Cuando el padre de Holger abrió la heladera para sacar la mermelada, aparté rápido la vista, por miedo a ver la azulada lengua de vaca que servirían al mediodía. De ninguna manera quería arriesgarme a que me preguntaran qué era lo que me pasaba, pues hubiera puesto en peligro la serenidad que guardaba con tanto esfuerzo.

Una y otra vez miraba con disimulo el reloj de cocina sobre la puerta. Es curioso: solo cuando lo miraba, escuchaba lo fuerte que hacía tic tac, de lo contrario no. Como si respondiera a mi mirada. Al mismo tiempo prestaba atención por si podía oír a través de la puerta de vidrio el ruido del motor del auto del señor Danner y del señor Volquardsen, mis salvadores. Habían arreglado con el padre de Holger que me buscarían a las diez de la mañana. Solo había que soportar un rato más, una vez en el auto ya estaría a salvo.

Era domingo a la mañana, y como por ese motivo casi no había gente circulando, escuché el Audi desde lejos. Me levanté de un salto, me precipité hacia la puerta del balcón y vi el auto entrando al estacionamiento. Ni con la mejor voluntad hubiera podido conservar la apariencia de calma, en un instante estuve en la habitación de Holger para buscar el bolso que hacía tiempo tenía preparado, y desde ahí corrí por el pasillo hasta el perchero para ponerme mi campera. Les di rápidamente la mano a los padres de Holger en la cocina e hice una reverencia. En realidad quería agradecerles la hospitalidad y la bonita velada, pero al abrir la boca, el labio inferior empezó de nuevo a temblarme y los ojos se me llenaron de lágrimas. Resollé fuerte como un caballo, me di vuelta sin decir palabra y me fui. La familia quedó estupefacta en su sitio.

Por suerte, la llave de la casa estaba colgada del lado de adentro de la puerta, de modo que pude abrir yo mismo y correr hacia abajo, siempre saltando de a dos escalones a la vez. Afuera corrí hacia el señor Danner, que se había bajado del auto, y lo abracé, de manera abrupta para él. El señor Volquardsen se había quedado sentado adentro del vehículo. “¡Buenoss díass!”, gruñó, con la mirada puesta hacia el frente, de una forma que dejaba en claro que ese había sido tanto el principio como el final de nuestra conversación. Nada más habría entre nosotros, algo que en ese momento me dio profundamente lo mismo. Hasta su mal humor despertó en mí una agradable nostalgia del hogar. Era raro, pero en mi actual euforia casi que no podía recordar la absoluta desesperación que había sentido unas horas antes.

Durante el viaje miré largo rato desde el asiento trasero la estampita de San Cristóbal que estaba pegada sobre el tablero.

Cuando la puerta corrediza se cerró detrás de mí, Gabor llegó ladrando a toda velocidad, yo sabía que durante mi ausencia debía haberse enfermado de inquietud. Lo saludé, luego miré la casa blanca demasiado grande en la que todos nos perdíamos con tanta facilidad.

Aquí quería estar.

Con ellos. Para mí.

En ninguna otra parte.


*Este cuento fue publicado en: “Raumpatrouille” por Matthias Brandt © 2016, Verlag Kiepenheuer & Witsch GmbH & Co, KG, Cologne/Alemania.

* Traducido con el apoyo del Instituto Goethe.

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