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leyendo ahora: A esa edad era un niño | Guillermo Fadanelli
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Guillermo Fadanelli | del:español

A esa edad era un niño

A esa edad era un niño y los niños no suelen tener tantos prejuicios, aunque la mayoría no sabe muy bien por qué razón están sentados en esos pupitres de madera, cargando una bolsa llena de cuadernos y lápices, escuchando hablar a una persona que no es ni su padre ni su madre. Y a pesar de que no saben por qué tienen que asistir a una escuela a aprender, lo hacen sin sentir odio, sin recriminarle nada a nadie, a veces tan sólo expresándose a través de sentidos lloriqueos sentimentales o de desaforados gritos de rabia que van amainando con el paso de los días. La mayor parte del tiempo los alumnos escuchábamos en silencio a ese hombre de cabello engomado y corbata mal anudada que nos hablaba con ternura mientras se paseaba a lo largo de las filas donde los niños, sorprendidos, lo seguíamos con la mirada sin acostumbrarnos del todo a sus extravagantes modales, no obstante que llevábamos ya varios años tomando clases en esa humilde escuela de barrio. En el fondo éramos idiotas, porque ahora que han pasado tantos años no puedo creer que no hayamos podido negarnos a hacer todo lo que el profesor ordenaba. Un día se le ocurrió que para celebrar a nuestras madres cada uno de los alumnos debía conseguir agujas y una madeja de estambre para tejer una gorrita de lana que habría de servirle a las viejas para cubrirse el cráneo. Yo sabía que no podría contar con el consentimiento de mi padre porque él no toleraría ver a su hijo tejiendo esa pendejada sin sentir que me estaba volviendo maricón. Así que busqué, como siempre, el apoyo de mi madre quien, por lo demás, se mostró muy complacida. Compró tres madejas de estambre color mostaza, un artefacto de plástico que haría el papel de las agujas de tejer y un carrete de hilo blanco.

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El perro

Las tardes que ocupaba para patear una pelota contra la pared descascarada de un callejón que se hallaba cerca de mi casa, esas tardes en las que sentado sobre esa misma pelota contaba pasar los autos mientras buscaba una razón que me convenciera de que la prohibición de ir hasta el parque para jugar con otros niños tenía algo de justicia, las cambié para encerrarme en mi recámara a tejer el gorro de mi madre. Y no me quejo, pero me hubiera gustado hacerlo abiertamente, después de todo no era más que una cursilería del profesor, y ¿acaso no había sido mi padre el responsable de haberme enviado a esa escuela? Todavía recuerdo su puño crispado diciendo que iba a matar al hijo de la chingada del profesor que estaba pervirtiendo a su hijo poniéndolo a tejer como si fuera una señorita, “¿Para eso me paso diez horas manejando un trolebús?” Pero mi madre me defendía, no como yo hubiera querido que lo hiciera, con mayor energía, con razones, haciéndole ver que en realidad no sucedía nada grave, me defendía tímidamente porque también le tenía miedo a esos brazos fornidos y a la mirada infame de aquel hombre que nos amenazaba a gritos y nos dejaba caer la mano sobre alguna parte del cuerpo para hacernos sentir que sólo con desearlo podría matarnos. El error había sido confiar en mi hermano, pedirle que por ningún motivo comentara esto con mi padre, quien ese mes había sido nombrado candidato para un cargo en el sindicato de transportes eléctricos, un error grave porque mi hermano, más temeroso que mi madre y yo juntos, pensó que sería mejor estar del lado del más fuerte aunque ello significara delatarnos; y lo hizo, el mismo día que mi padre tapizó la casa con decenas de planillas donde figuraba su nombre, el más pequeño después de los nombres del secretario general y el tesorero; pegó las planillas en ambas hojas de todas las puertas de la casa, en las paredes, en el refrigerador, en las ventanas para que la gente que pasara frente a nuestra casa pudiera ver que en esa familia progresábamos, que mi padre no se iba a quedar de chofer para toda su vida y que era mejor irnos respetando, a nosotros, a los Fadanelli.

No sé por qué se me ocurrió decirle aquella cosa, salió sola, como si mi boca perteneciera a otra persona, le dije, “no me estés chingando por favor”, no podía creerlo, ni yo ni él, ni mi madre, ni mi hermano que estaba espiando por la puerta de la recámara, “no me estés chingando”, y estaba tan sorprendido que no me dolió la bofetada, ni el puntapié en las nalgas, ni que me jalara de los cabellos para tirarme al piso. Le dolió más a él que su planilla perdiera las elecciones porque seguiría siendo chofer, un maldito chofer con un hijo que tejía gorritos de lana. Y mientras su familia se dedicaba a despegar todos los papeles con los que una semana antes habíamos tapizado la casa entera, él miraba por la ventana, con la mandíbula soldada por el coraje, con los puños cerrados, ¿quién sabe en qué estaría pensando? Pero yo pensaba en lo que le diría al profesor cuando me preguntara sobre el tejido, “no me esté chingando, por favor”, le diría igual que le había dicho a mi padre.

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Tamagotchi

La noche del día en que despegamos la propaganda de las paredes escuché sollozos en el cuarto de mis padres. Me levanté y acerqué la oreja a su puerta; mi hermano estaba detrás de mí y escuchó también su llanto, la voz de ella consolándolo y diciéndole que Dios sabía lo que hacía, que no estaba bien maldecir. Llorando como un marica, pensé, mi padre está llorando como un marica. Y mi hermano con sus ojos abiertos, muerto de miedo porque nunca había escuchado que él llorara; y yo satisfecho, porque eso era lo mejor que me podía haber pasado en ese momento, mi madre tenía razón, Dios sabía perfectamente lo que hacía. Aunque todo se hallaba obscuro sabía que mi hermano estaba mirándome, sentía sus ojos húmedos por las lágrimas. Escupí en el piso, dos veces, sintiendo de nuevo el aire milagroso de mis pulmones, dos escupitajos, uno por mi hermano y otro en honor de su padre que lloraba como un marica.


*Este cuento fue publicado en: Compraré un rifle © Guillermo Fadanelli,  Editorial Anagrama 2006.

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