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leyendo ahora: Famous Blue Raincoat | Aixa de la Cruz
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Aixa de la Cruz | del:español

Famous Blue Raincoat

Introducción de María Fernanda Ampuero

Este es un cuento con banda sonora. O una banda sonora convertida en relato. No se sabe bien. Es, quizá, un cuento escrito a cuatro manos: las de Leonard Cohen y las de Aixa de la Cruz. Así que mientras se lee a Aixa de la Cruz, se puede escuchar en un loop interminable "Famous Blue Raincoat" de Leonard Cohen, el ser que con su muerte, el 7 de noviembre de este año sin nombre, dejó el mundo asqueroso mucho peor. Y suena, suena, suena esa guitarra y esa voz, la voz de Cohen, que es la voz de todas nuestras pérdidas, de la melancolía por lo que se es y por lo que no se pudo ser: la voz de la putada. Y parece una canción de amor— el cuento de Aixa, el tema de Cohen— cuando en realidad es una canción de traición. ¿O es al revés? Los conceptos se (con)funden, se entremezclan: odiar a lo que se admira, querer a lo que te ha destruido. Un pacto de sangre se ha ido al traste por una mujer. La más prohibida: la esposa del amigo. Y ahora que L.C. lo sabe todo, ¿qué hace sino escribir una carta de perdón a su “hermano”, a su “asesino”, hablarle del invierno en Nueva York, y decirle que ha escuchado que se está haciendo una casita en el desierto? Es en ese desierto donde Aixa de la Cruz mira cara a cara al traidor, al enamorado, a ese que ha escapado lo más lejos que se podía del pecado de desear a la mujer del hombre querido. Y en el cuento lo encuentra leyendo una y otra vez la carta de L.C. Pero el pasado es el presente y tiene la mala sangre de un alimaña vengativa. No hay escapatoria. En el cuento, una especie de segunda parte de la canción de Cohen, el hombra que se ha ido al desierto, mítico lugar de expiación, y ahí recibe las palabras de su hermano. Y son unas palabras que no puede, bajo ningún motivo, conocer su mujer, que nunca supo nada. Pero el desierto es canalla, también la existencia. Todo esto recuerda demasiado a ese verso de Cavafis: “así como has destruido tu vida aquí, en esta pequeña esquina, la has arruinado en el mundo entero”. Todo esto recuerda demasiado a esa única canción que Cohen escribió mil veces.

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And you treated my woman to a flake of your life,

And when she came back she was nobody’s wife.

(Leonard Cohen, «Famous Blue Raincoat»)

Dentro de una caravana perdida en el desierto, un hombre sostiene una carta entre sus manos. Mira fijamente la despedida: «Atentamente, L.C.» Parece la clase de pie de una carta de negocios. La ha leído del tirón y después de tantas frases determinantes, intencionadas, escritas con el objetivo de impugnar toda una vida, lo que más le sorprende es eso: «Atentamente, L.C.» Aséptico. Tan impersonal como una sentencia de muerte en boca del juez. Contrasta con el tono del cuerpo de la carta de una forma brutal y, aun así, no ve indicios de ironía. Es más bien un retractarse en el último momento. L.C. se acobarda, o miente. L.C. sigue escribiendo a máquina y lo hace con torpeza. Hay tachones y letras superpuestas. El papel es grueso y acusa no sólo la tinta, sino surcos que han dejado las teclas al impactar contra un suelo mullido. Pasa la yema de un dedo sobre las frases y siente el relieve de las palabras como el relieve de un tatuaje reciente. Qué hago con esto, se pregunta en voz alta. Tiene que deshacerse del documento antes de que vuelva su mujer, pero no hay chimenea en la que quemarlo; por no haber, no hay ni cubo de basura.

A cien metros de la caravana se acumulan cascotes y grava en torno al proyecto de una casa en la que envejecer lejos del mundo. Por el momento, utilizan la zona en obras de vertedero. Camuflan su basura entre la que generan los trabajadores, para que así se deshagan de ella. Emily no quiere que el coche huela. Hace más de tres horas que se fue al pueblo a comprar comida. Cuando están juntos en la caravana, la escasez de espacio vital es insoportable y sólo quiere que ella se esfume. Pero luego se siente solo. Mira el paisaje y se engaña creyendo que el punto más lejano, esa línea perfecta en la que sus ojos esquematizan la infinitud, es la línea del horizonte. Cuando recuerda que esto no es posible, lo embarga una nostalgia total. Pero lo cierto es que ha visto el mar abierto cuatro o cinco veces en su vida. Esta añoranza sólo puede ser un espejismo; uno más de los muchos que a menudo le provocan el aburrimiento y la sed. Porque desde que se instalaron en el desierto, se deshidrata con facilidad. No es que falte el agua; lo que ocurre es que se le olvida beber. Es como si su mecanismo de alerta ante esta necesidad fisiológica se hubiera estropeado. No siente la boca seca, la saliva pastosa, calambres en el estómago; no. Sólo recuerda que lleva más de treinta horas sin ingerir líquido cuando es demasiado tarde para evitar la visión nublada y el sudor frío que se desliza por su frente, segundos antes del desmayo.

Emily le ha configurado el reloj despertador de tal manera que un pitido le recuerda cada dos horas que sigue vivo y que, por tanto, se debe a ciertas obligaciones de mantenimiento biológico. El pitido es metálico y recuerda a las campanitas que utilizan los señores para avisar al servicio en las películas de época. Es el ruido que lo interrumpe a punto de iniciar una nueva relectura de la carta. Obediente, abandona por primera vez en horas la cuartilla de papel sobre la mesa y se dirige a la cocina. Al incorporarse, percibe movimiento en los faldones que cubren hasta el suelo el sofá-cama. No es la primera vez que entran alimañas. Hace unas semanas, encontraron un reguero de cagarrutas pequeñas dentro del mueble donde almacenan conservas. Colocaron trampas con veneno para roedores y al cabo de unos días, un olor intenso a carne podrida los alertó del cadáver de una zarigüeya atrapado bajo el fregadero. La cabeza picuda del animal se había congelado en una mueca de dolor patética, capaz de inspirar nauseas pero no culpa ni ternura. Dejó que Emily se encargara de retirar los restos. Desinfectaron la zona con productos de limpieza industrial pero aun hoy, si se esfuerza, reconoce un aroma dulzón flotando en la cocina que sólo se vuelve desagradable cuando recuerda de dónde proviene. Un reducto de pensamiento infantil le susurra: «esta zarigüeya ha venido para vengarse», y empuña una escoba con aprensión.

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Se aleja del sofá todo lo que la largura del palo le permite y adentra las cerdas en los bajos. Realiza un barrido rápido de lado a lado y nada ocurre. Aguarda unos instantes y se acerca un palmo, empujando el cabezal hacia el fondo. Repite el movimiento de un extremo a otro y en el centro, se topa con un escollo. Su cerebro procesa el sonido, similar al de un sonajero, antes siquiera de percibirlo conscientemente. Arroja la escoba al suelo y retrocede de un salto, a tiempo de esquivar el ataque de la serpiente, que ha emergido de los faldones del sofá con un movimiento teatral, como si éstos fueran el telón de un escenario. Ambos se congelan en una postura idéntica, el cuerpo inmóvil, la cabeza particularmente erguida, el cuello tenso. Con cierto retraso, deja escapar un grito agudo que no identifica como propio; si alguien lo escuchara desde fuera, pensaría que es el grito de una mujer, el grito de Emily, salvo que ella no gritaría por algo semejante. El sonido, en cualquier caso, parece útil, porque al escucharlo el animal se enrosca sobre sí mismo adoptando una forma de «S» y retrocede. Quiere salir corriendo, pero algo hipnótico en las figuras romboidales que adornan sus escamas le impide dejar de mirarla. Tiene la impresión de estar contemplando un lienzo puntillista, pero no es capaz de abstraerse del detalle para ver el conjunto. Piensa en la manera de abandonar la caravana sin acercarse al reptil ni darle la espalda. Se encarama muy lentamente a una silla y en las alturas se siente más seguro. Lo mejor será escapar sin volver a pisar el suelo. Trepa a la mesa del comedor y desde allí alcanza la encimera, que comunica con la ventana más amplia de su hogar portátil. Cada movimiento lo ha ido alejando de la serpiente y ésta no se ha inmutado. Ahora tiene que perderla de vista para descolgarse hacia el exterior y durante esos instantes, sentirá un hormigueo frío en la espalda. Será como si le estuvieran clavando finísimas agujas heladas o como si un veneno neurotóxico se abriera paso por su cuerpo. Al aterrizar en la arena, la sensación se desvanece.

Respira fuerte por la boca y le quema la garganta. No entiende por qué su corazón se desboca precisamente ahora que ha pasado todo, con efecto retardado. Le lleva unos segundos recuperar aliento, pulso y plena conciencia de la extensión inabarcable de arena rojiza que lo rodea. Por primera vez, le parece peligrosa. La parálisis del desierto es un disfraz, una fachada tras las que se oculta un entramado prehistórico de túneles sobrepoblados de alimañas, piensa. Se enjuga el sudor con la manga de la camisa y recuerda que en Nueva York es invierno; más bien, recuerda haber leído en la carta de L.C. que en Nueva York es invierno. Desde que se mudaron, apenas registra el paso del tiempo. Los obreros, que no trabajan los domingos, le recuerdan con su ausencia que las semanas van pasando, pero su libro avanza tan despacio que los folios amontonados en el escritorio bien podrían indicar que todo a su alrededor está en suspenso. Mientras leía «Atentamente, L.C.», se ha preguntado si a Jane le gustaría este lugar e inmediatamente ha decidido que es mejor no pensar en ello (en ella), porque si algo hace en mitad de la nada es aprender a no pensar. Ojalá llevara cigarrillos encima, eso sí. Ojalá tuviera el valor de entrar a por ellos. Se acerca a las huellas de neumático que ha dejado Emily con su Land Rover y se sienta en el suelo, como un náufrago, sin nada que hacer salvo aguardar el rescate.

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Algunos continentes habría sido mejor que nunca se descubrieran, Europa por ejemplo, con Europa siempre hubo problemas.

Ya está anocheciendo con una puesta de sol tan rojiza como la tierra cuando escucha el sonido del motor a lo lejos. Ha pensado que lo más sensato sería pasar la noche en un motel del pueblo. Por la mañana, contratarán a algún especialista para que se encargue de la situación. Emily detiene el coche a su lado y levanta una nube de polvo que lo ensucia de pies a cabeza. Sale del coche riendo y le pide que cargue las bolsas que trae en el maletero. Se dirige con decisión hacia la caravana y él tiene que correr tras ella. Le explica lo ocurrido esforzándose en mantener la calma, camuflando el miedo, porque está harto de que se burle de él. Cuando vivían en Nueva York, jamás mencionaba su infancia en un rancho de Texas. Ahora es su arma secreta, el origen del sarcasmo con el que recibe todos sus remilgos: la nata espesa de la leche recién exprimida que retira con repugnancia; su torpeza para imponerse a los obreros, que lo tratan como a un idiota pidiendo a gritos ser estafado. Y por supuesto, su miedo a los animales, no necesariamente peligrosos: el gigantesco perro dogo del capataz, las reses que a veces bloquean los caminos, las garrapatas cuyas cabezas negras se hinchan de sangre y confunde con lunares. Todo cuanto hace, dice o desconoce en su nuevo hábitat le sirve a ella de excusa para vengar una vida de complejos. Porque nunca se sintió cómoda entre su círculo de amigos. Le irritaban especialmente aquellas fiestas en casa de L.C. y Jane a las que acudían escritores y artistas con sus bromas indescifrables y sus preguntas insidiosas. ¿Y tú, Emily, a qué te dedicas? Emily era empleada en una imprenta. Emily no sabía de libros, ni de música, ni del affaire entre su esposo y la anfitriona de la fiesta. Ella nunca sabía nada.

Ahora juzga ridícula su propuesta de pasar la noche fuera. Toda la comida que trae es perecedera y se echará a perder si no entra pronto en el frigorífico. Observa sus pupilas dilatadas e intuye lo que va a ocurrir: ha decidido que se encargará ella misma de la serpiente. «Descríbemela», exige, pero el miedo y el asco han nublado su memoria. ¿Color? ¿Cabeza plana? ¿Su cola acababa en una punta tiesa? Sólo recuerda el efecto de sus manchas con forma de diamante. Emily resopla y regresa al coche. Saca de la guantera una pequeña pistola de 6 mm que adquirió nada más dejar Nueva York. Es muy ligera y ha aprendido a manejarla con bastante precisión, disparando contra latas en mitad del desierto. Su jardín trasero es, como ella dice, el campo de tiro ideal. «Ayúdame a buscar un palo», ordena. Él no intenta disuadirla, porque sabe que será en balde. Tampoco tiene la más mínima intención de entrar en la caravana tras ella. «Si lo haces, lo harás sola». Su mujer lo mira con desprecio y asiente. «Lo he hecho todo sola desde que llegamos.«

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Se acercan a las obras y, revolviendo entre escombros, encuentran un listón estrecho atravesado de clavos. Emily le pide que espere en el coche con el motor encendido, por si tienen que salir corriendo al hospital más cercano. La observa a través del espejo retrovisor, el palo en la mano izquierda, la pistola en la derecha. Se siente tan humillado que tiene ganas de llorar. La imagen de su mujer alejándose le trae a la memoria la imagen de la mujer de L.C. alejándose, no en el desierto sino en la estación de trenes y en un tiempo pretérito que se le hace inmemorial, prácticamente otra vida. Era la única forma de olvidarse de Jane: cambiar de ecosistema, como una especie amenazada. En la carta, L.C. reconocía sus agallas. Sus agallas por haber salido huyendo. Es una nueva paradoja en el escrito más involuntariamente contradictorio que le ha leído a su viejo amigo. Hasta los tachones, las letras superpuestas, parecen provenir de un mismo desorden estructural. «Atentamente, L.C.» Se recuesta en el asiento, cierra los ojos y atiende al ritmo del segundero en su reloj de muñeca, que se escucha nítidamente en el silencio que los rodea. Comienza a contar. Suma trescientos cuarenta y nueve golpes de aguja y se escucha un disparo. Sale del coche y corre hasta la puerta de la caravana sintiendo una oclusión a la altura de la nuez que no le permite tragar. Es probable que se esté deshidratando de nuevo. Escupe una bocanada de saliva espesa sobre la arena y grita el nombre de Emily. Aunque no obtiene respuesta, escucha los tacos de sus botas pisando con fuerza el suelo de la caravana y respira aliviado.

Ella abre la puerta con un pie. La patada es tan fuerte que la lámina de chapa rebota contra el marco varias veces; aletea. No ha utilizado las manos porque las tiene ocupadas. En una lleva el cadáver de la serpiente, sin cabeza: metro y medio de mosaicos de escama rematados por un muñón. Con la otra esgrime la carta de L.C, arrugada y con restos de sangre. Parece la representación alegórica de un concepto abstracto que no ubica, congelada en el umbral, sin moverse ni decir palabra, esperando a ser descifrada. Tiene la sensación de que algo muy duro acaba de impactar en su frente. «Cómo he podido olvidarlo. Cómo he podido olvidar que la carta estaba al descubierto sobre el escritorio.» No puede sostener su mirada y agacha la cabeza, avergonzado. Piensa que nunca dejará de sorprenderle la aridez de este terreno que ya ha engullido por completo el salivazo que acababa de escupir. Pronto, también se tragará el reguero de sangre que está dejando el cuerpo mutilado de la serpiente de cascabel.


Este cuento fue publicado en: Modelos animales, Editorial Salto de Página, 2015.

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